귀속 대상:> 공개일: 2026년 8월 22일
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La descensión de Nuestra Señora en la Santa Iglesia de Toledo. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-descension-de-nuestra-senora-en-la-santa-iglesia-de-toledo.
Res. 7.ª 56 Y-18-9. R. 80
Res. 80
2
2 Autógrafo de Rojas 475
La descensión de Nuestra Señora en
la santa iglesia de Toledo, cuando trajo la
casulla a san Ildefonso.
Auto sacramental del maestro Joseph
de Valdivieso.
Legajo 14
6
6 - 7
Auto N. S. Nuestra Señora y San Ildefonso, cuando bajó a darle la casulla.
+ Jhus. Descensión de nuestra señora.
Personas:
Nuestra Señora.
Santa Leocadia.
San Ildefonso.
Un ángel.
El rey.
Un paje.
Florindo.
Braulio.
Pelagio.
Una vieja.
Moscón.
Un ciego pobre.
Un mudo pobre.
Un manco pobre.
Una mujer.
La justicia.
Dos alabarderos.
Un capitán niño.
Salen dos herejes llamados Florindo y Braulio.
Tiende tu lobuna capa,
que es capa de pecadores,
pues eres del que hace mal
amiga, ¡oh amiga noche!
Pues te precias poco honesta,
con nieblas y sombras torpes,
de cómplice y de tercera
de torpezas y de amores,
piadosamente si sabes,
las nieblas densas descoge
con que venciste en Egipto
del sol los rubios ardores.
Entenebrezca tu rostro
estos fugitivos hombres;
así lamias y hechiceras
sangre te ofrezcan y flores,
así amadores incastos
y mudos y calados,
de sus votos tus altares
temerosamente adornen;
que de Teudio y de Pelagio
favorezcan los fautores
que van de Toledo huyendo;
de David, segunda torre,
de ese vecino del cielo,
de esa ciudad sobre monte,
de esa escala de Jacob,
de ese milagro del orbe.
De ese doctor nos defiende
que, con libros y sermones,
nuestros trabajados dogmas,
ángel confuta, más que hombre.
Del Moisés que con la vara
ondas encrespa feroces
porque al gitano enemigo,
d'él congeladas, ahoguen.
Del que nos echó del Templo,
uno haciendo como azote,
porque le hacemos, tal dice,
espelunca de ladrones.
Del segundo evangelista
que, rodeado de soles,
el In principio escribió
de su virginidad noble.
De ese Ignacio que en el pecho,
como el de Jesús, su nombre,
y esculpe el de esa mujer,
Reina de los Cielos, once.
De ese Ildefonso
Florindo,
ni le mientes, ni le nombres,
sino es que aumentar pretendes
dolores a mis dolores.
que es su nombre formidable
al oscuro Flegetonte,
como el de la que a Dios niño
reclinó entre pajas pobres.
¿Qué haremos, Braulio, qué haremos?
Que entre jarales y robles
a la Galia nos volvamos,
primero que nos lo estorbe
la puericia de Toledo.
Toca dentro.
En armados escuadrones,
con piedras, palos y espadas,
nos buscan puestos en orden.
Oye las pueriles cajas,
los inquietos gritos oye.
Debajo de estos portales,
mientras que pasan, te esconde.
Salen los más niños que pudieren con espadas, plumas y atambor, y Moscón capigorrón armado a lo gracioso.
¡Viva la virginidad
de la celestial María,
que antes del parto fue virgen,
en él y después de él!
¡Viva!
¡Muera Helvidio con Pelagio,
con todos los de su secta,
y el hereje que no cree
que, madre, quedó doncella!
¡Mueran!
Marche por todas las calles
en orden la compañía,
y el bando que aquí se ha hecho
en las plazas se repita;
y cualquier blasfemo hereje
que con lengua desmentida
hablare mal del candor
de la que es más que el sol limpia,
muera apedreada y a palos.
Videtur hec pena chica.
Pues, ¿qué haremos?
Que moriatur, imitetur
aut gigotum, aut salchicham.
Gente parece que suena.
Dásela y toma la linterna a un niño.
Dato mihi linternillam.
Heus, tu puer, et vide amicus,
si est nobis gens, inimica.
Con las armas en las manos,
todo el mundo se aperciba,
y muera el que no dijere:
¡Viva la Virgen María!
¡Viva!
Sale una vieja abrigada con una candelilla en la mano.
Quis va, quis venid, heus, tú,
Pues ahora latinizas,
¿quién va allá?
Una pobre vieja,
que ha diez años que maitina.
Pues diga, ¿quién vive, madre?
Yo la aconsejo que diga,
que la Virgen siempre virgen,
aut probabit densas guijas.
Vive la madre de Dios,
su pureza no ofendida,
su eterna virginidad,
vive y viva siempre.
¡Viva!
¿Qué es esto, queridos hijos?
Es, madre, una compañía,
que en el nombre de tal reina
y su defensa milita.
¿Pueden recibir mujeres?
Recipiatur per meam vitam.
¿Mujeres? Y ¿afrentarnos?
Non, quia es quasi cofradía.
Y audite rationem meam:
sed quare causa o pueritia
iste exercitus non marchat
ut eréticos occidat?
Y non ne miratur suspensus,
dicito mihi, si hay ira,
pues ¿quién mejor que esta Sara
matabit mille herejías?
Y no busquéis soldados viejos
para la buena milicia,
¿quién más vieja que esta vieja
sin muelas y sin encías?
Sepa que ha de pelear
con temeraria osadía.
Por mi Virgen siempre Virgen,
a mil quitaré las vidas.
Y por vos, virginidad santa,
la espada es justo que ciña,
que Judit mató a Holofernes
y Jael al fuerte Sísara.
Expectate me poquitum.
No es bien que hable algarabía.
Sum catholicus christianus
y recé toda la doctrina.
Y no ando por los cementerios
con cercos ni candelillas,
ni me hallaron vuelto ganso
volando de viga en viga.
Y ante el señor capitán,
dejando a salvo mi vida,
si eres hombre, sal aquí.
Tan presto se encoleriza.
Y, madre, conozca a Mosecón,
aguador de la familia
que fue del santo arzobispo
y que agora se ejercita
en servir al limosnero.
Llevaba las esportillas,
y es limosnero del bodio.
¿Cómo, y el bodio le fían?
Empuñan las espadas y vense Florindo y Bravlio.
Dos hombres, señor capitán.
Muriéronnos la velilla.
Digan quién vive, ea, presto,
o abra, crepítanse china,
digan quién vive, ¿qué aguardan?
Vive
¡Que tragan saliva!
La Virgen digan, o sean
de aqueste asador morcillas.
¿Quién vive?
Vive la Virgen.
Diga, ¿qué virgen?
María.
Diga, ¿qué María?
La madre
de Dios, virgen y parida.
Pues digan luego que abjuran
la depravada doctrina
de Teudio y Pelagio, que ardan
de alquitrán en llamas vivas.
¿Qué responden?
Que abjuramos
todas sus herejías.
Digan que son unos cueros
y que mienten, presto digan.
Decimos que cueros son,
y cuanto dicen, mentira.
Pues rebójanse, que es tarde.
la flor vil que nos placa.
Extraña dicha.
Vanse los dos.
Y pese a mi flema, ¿no hallará
de aquesta gente herética,
siquiera media docena
que desvalijar las tripas?
Marche a la plaza mayor
la devota infantería,
y al son de las cajas, todos
digamos: "¡La Virgen viva!".
¡La Virgen viva!
Vanse.
Sale San Ildefonso con un libro en la mano.
Belleza del sagrario, divino bulto,
por quien bienes el cielo y gracias llueve,
como a merecedor del sacro culto,
pues como él vivo honestamente mueve
este volumen del ingenio inculto,
parto el que pudo dar, sino el que debe,
de estilo pobre y de codicia rico,
con toda el alma y corazón dedico.
Infundió en el barro organizado,
si por mis débiles manos, virtuosa
respiración y aliento, derivado
de la vida del pecho generosa,
que, con soplo vivífico informado,
elevada la parte ponderosa
con tal virtud regida, que a luz salga,
y lo que por mí pierde, por vos valga.
Del sol de quien sois centro, luz descienda
que el sacrificio que en el ara breve
la devoción os sacrifica, encienda,
y encendido, gloriosamente eleve,
su dicha en vuestras manos encomienda.
leve paloma que en salir se atreve
del arca de este pecho discurriendo
tras la paz, blanca, por el mar tremendo.
Mirad, oh madre misericordiosa,
que vivís del hereje denostada,
que vos estáis de vos menesterosa,
que vos estáis de vos necesitada,
a vos interceded por vos, piadosa,
y para vos con vos sed abogada.
A vos pedid por vos, señora mía,
pues cuanto pide a Dios, puede María.
El ver que la mal cortada pluma mía
no escribió lo que debe me desvela,
y saber que escribió lo que podía
no siendo de algún ángel, me consuela;
pues si el de la más alta jerarquía
que más cerca del solio de Dios vuela
lo escribiera mejor, que no lo dudo,
no, lo que merecéis, que nunca pudo.
Dicen dentro el capitán de los niños y otros.
¡Víctor, víctor, Ildefonso!
¡Hola, Helvidio y can Pelagio!
¡Víctor, víctor, amas, meus!
¡Víctor, víctor, meus, a muy!
¡Víctor la virginidad
del vientre siempre sellado!
¡Víctor, digo, aunque repese
a los herejes bellacos!
¡Viva el pastor Ildefonso!
¡Digo que viva y bebamos!
Aquí rotular podemos
al virginal abogado.
¿No atendéis que el sol flamenco,
con su rostro aborrachado,
sale por aquellos montes
que matiza con sus rayos?
Y celebrad, hijos queridos,
el virginal desagravio
de quien fue en el parto virgen,
antes y después del parto.
Y cantad sonorosos versos
al montón de trigo casto,
a la Virgen, siempre virgen,
arca y puerta, puerto y arco.
Cantan dentro.
Los herejes lobos
huyen del pastor;
mueran los vencidos,
viva el vencedor.
Cesa.
Y cantad, hijos de la Iglesia,
a la madre del amor,
entre espinas blanco lirio,
entre nubes rubio sol;
no a mí, que un flaco instrumento
de sus alabanzas soy.
Mueran los vencidos,
viva el vencedor.
Repite. Cesa.
Sale Moscón.
Ilustrísimo señor,
del Alcázar ha salido
el rey, del sol competido,
de quien es competidor.
Y de grandes acompañado,
y de mil títulos godos,
circunferencia hechos todos
del rey, que es su centro amado.
Los clarines y trompetas,
de que sale, dan señal
a las lenguas de metal;
hoy grandemente discretas
avisan con dulce son
las alegres chirimías,
dando nuevas de alegrías
que sale la procesión.
Vase.
Luego de vestir me den,
que no es bien que el rey espere,
que honrar la procesión quiere
honrándome a mí también.
Vase.
Hoy, tarde, se ha de yantar,
yo quiero visitar las plazas,
y manducarme en hogazas
las que pudiere campar,
una bota y un jamón,
porque comer a las tres,
muy de caballeros es,
y un pícaro Moscón.
Salen Florindo y Braulio, herejes, de peregrinos.
¿De qué sirve que vistamos
estos hábitos, me di?
De que vestidos así
hoy la procesión veamos,
que será mucho de ver
yendo en ella el rey, advierte.
Más lo será nuestra muerte,
si llegan a conocer
los muchachos a los dos.
No temas, Braulio, no harán.
porque en la procesión van
ocupados.
Plegue a Dios.
Gozaremos de las calles,
los adornos, las ventanas
y de tantas toledanas
los rostros, picos y talles;
e iremos ansí a la vega,
hasta donde está enterrada,
hoy, después de ser azotada,
Leocadia, una moza ciega;
y gozaremos del buen día.
Hermoso para de invierno.
Que Amaltea vierte el cuerno
de sus flores, juraría.
El diciembre me parece
que se transforma en mil mayos,
y que el sol con áureos rayos
las nubes desaparece.
Mezclémonos a la gente;
entre tanta confusión
veremos la procesión,
aunque escondidos.
Detente;
repara en este aldeano
que se parece.
Ya entiendo.
Sale Pelagio en hábito de labrador, hereje.
De Toledo salgo huyendo
en este traje villano.
No así esclavo fugitivo
huyó de temor helado;
no así pálido forzado
huyó del cómitre esquivo.
No así ladrón torpe huye
que del alguacil se escapa
casi asido de la capa
en que ciego tropieza,
como yo entre asombro y miedo,
que de este disfraz me valgo,
huyendo y turbado salgo
de ese peñón de Toledo.
Salva, oh vestido, a Pelagio,
que muda vestido y habla,
serás socorrida tabla
del que padece naufragio.
Digo que es él.
Puede ser.
Buen agüero, peregrinos,
diréles dos desatinos
pues no me han de conocer.
¡Ah, buen hombre, labrador!
¡Hola, hermano!
Que pescuda,
que nos saquéis de una duda.
Soy yo su desdudador.
Conócelos
¿Quién vive?
Mi desventura,
mi dolor, mi pertinacia,
contra esa llena de gracia,
a mi pesar, Virgen pura.
Vive mi eterno dolor,
mi inmensurable tristeza,
de que sobre mi cabeza
triunfe su pie vencedor.
De que expelidos de España
salgan estos labradores
que entre sus mieses y flores
sembraron letal cizaña.
Salgo huyendo a vela y remo,
del que es en ciencia un abismo,
salgo huyendo de mí mismo,
que a mí contra mí me temo.
¿Qué esperas de aquesta suerte,
Pelagio, que si te ven
y sin duda que te den
mil muertes en una muerte?
Escondido en una cueva
un amigo me ha tenido,
hasta que en este vestido
última fortuna prueba.
Huiré entre oscuros temores
de este invencible Toledo,
si no me detiene el miedo
que hace las cosas mayores.
A la Galia volveré,
donde, contra ese pastor
y el defendido candor,
libelos le escribiré;
contra la que él sublima,
escribiré con desvelo,
aunque es escupir al cielo
para que me caiga encima.
Escalaré el aire puro,
y con impensado vuelo
pensad que he de hacer que el cielo
no viva de mí seguro.
Turbaré sus luces sumas,
y peleará mi deseo
contra manos de Briareo
para escribir con cien plumas.
De entre el confuso tropel,
sal a la gótica Galia,
deja a España, infesta a Italia,
más fácil y menos fiel.
Y vosotros
Partiremos
dentro de dos o tres días,
y los dogmas que porfías
constantes defenderemos.
Mil abrazos daros quiero.
Adiós.
Él vaya contigo.
Vase.
Muera aquese mi enemigo
como yo de envidia muero.
Si te parece, atajemos
las calles, y al templo vamos
donde al rey godo veamos.
Vase.
Sí, que es tarde, caminemos.
Salen dos alabarderos, que se ponen a la puerta, que no entre gente, y hablan con la gente de adentro.
Entre por la otra puerta a la capilla,
que esta no se ha de abrir de ningún modo,
hasta que llegue el rey y el arzobispo.
Ya pasen las religiones adelante
y esperen con las cruces y pendones;
también puede pasar la clerecía
que no podemos salir del orden.
El cabildo está aquí.
Pues entre y siéntese,
que sola la ciudad y el lugar tienen
para estas fiestas sus antiguos puestos.
Despojen, caballeros, que el rey sale.
¡Plaza!
¡Plaza de aquí, plaza, señores!
O por fuerza, o por grado, o por rigores.
Tocan chirimías y atabales; salen el rey Recesvinto y San Ildefonso, con algunos caballeros.
que los acompañan, y pónense de ro- dillas enfrente del sepulcro de Santa Leocadia.
Y Braulio y Florinda saliendo al paño, hablan con los soldados de guarda, ala- barderos.
Suplico a vuestras mercedes que den licencia
a estos dos peregrinos caballeros
para que, sin que ocupen, gozar puedan
de la celebridad de fiesta tanta.
Entren vuesas mercedes, mas advierto
que al cabo se retiren de la iglesia.
De buena gana, y estimamos mucho
el favor y merced que nos han hecho.
Que son más que parecen, me sospecho.
Notable majestad el rey sustenta.
Venerable persona el arzobispo;
si supiese quién somos
Disimula.
Temblando estoy de miedo de miralle,
¡qué fuego tiene en ojos y palabras!
Calla, que cantan dulces chanzonetas
con voces repetidas,
y son discretas.
Cantan dentro.
A Leocadia Ildefonso
pide con ruegos
que la parte de tierra
descubra el cielo.
Cesa.
Aquí, en urna religiosa,
a tanto tesoro breve,
la porción de grana y nieve
en segura paz reposa.
Descubre, Leocadia hermosa,
a nuestro piadoso celo,
porque te honre el patrio suelo,
que parte de esta encierra,
el que fue cielo en la tierra,
y tierra que ha de ser cielo.
Leocadia, honor de Toledo,
que coronada de luz
el alma diste a la cruz
que esculpió el buril del dedo,
al corazón manso y ledo
que le alumbre, luz descienda,
donde la sagrada prenda
del cuerpo virgen habita,
aunque por tal margarita
hecho mercader me venda.
Cantan dentro, y sale santa Leocadia, cubierta con un velo de plata, una cruz en la mano derecha, y en la otra una palma.
Ildefonso se alegre
con Leocadia bella,
pues que goza viva
la que besas muerta.
Túrbanse todos y caen.
Por ti, oh Ildefonso, vive
la reina nuestra señora,
la madre de Dios, María,
la que es madre y virgen sola.
Por ti la estrella del mar,
a quien encrespadas olas
oscurecer pretendieron,
resplandece más hermosa.
A tu erudición y pluma
se constituye deudora
y confiesa que te debe,
pues se la has dado, la honra.
Por ti al soberano rey,
una esencia en tres personas,
parece que le acrecientas,
siendo infinita, la honra.
por ti la virginidad
que con permanente gloria
fue tálamo del sol Dios,
en la opinión, vida cobra.
Y yo de la Reina vengo
de luces, ceniza y rosa,
para anunciarte la paz,
en nube que el sol colora.
Y como Michael armado,
oh, generoso Mendoza,
del cielo de España expeles
al dragón de negras conchas.
Michael, ¿quién como Dios?,
dijo en la suprema bola,
y tú, ¿quién como la Reina,
dijiste, nuestra Señora?
Los serafines te ensalzan,
los querubines te loan,
las virtudes te bendicen,
las potestades te honran.
Las dominaciones cantan
tus alabanzas heroicas,
los principados y tronos,
tu resolución, gloriosa,
los arcángeles, al son
de arpas, violines, tiorbas,
a la Virgen, siempre virgen,
dan alegre la en buen hora.
Los ángeles siempre gratos
al favor que a esta imperiosa
emperatriz, dar quisiste,
por ti, mil justas convocan.
Los reyes y los profetas,
padres de la casta aurora,
componen en tu alabanza
obras, dignas de tus obras.
los apóstoles, que han sido
de la fama de Dios trompas,
por las plazas de los cielos
la tuya alegres pregonan;
los que en sangre del Cordero
tiñen las blancas estolas
te aperciben rojas palmas
y sus invictas coronas.
Las vírgenes, de los lauros
con que sus frentes adornan,
estrellas entretejiendo,
guirnalda te hacen de gloria.
Los doctores de la Iglesia,
que beben néctar y ambrosía,
con sus plumas de oro escriben
tus virtudes generosas.
Los penitentes del yermo,
de sí mismos con victoria,
en las murallas celestes
tus banderas enarbolan.
Los inocentes meninos,
todos con nupciales ropas,
hacen danzas, lazos tejen,
cantando musas sonoras.
Y, en fin, ninguno en el cielo
del Rey Trino el rostro goza
que el parabién que les das
conmigo no le retorna.
Nuestra Señora la Reina,
la que en todo excede a todas,
sol de la virginidad
y de la belleza sola,
a visitarte me envía
de su parte, y ella propia
codicia el venir a verte
porque el corazón la robas.
Espera mayor ventura,
y que entre flores y aromas,
luceros, soles y días,
pisos, cielos, goces, glorias,
quedad a Dios, padre mío.
Espera, blanca paloma,
después del vencido hereje
de la paz anunciadora;
deja en tus nevados pies
que bese las breves formas,
y que el alma entre los labios
para adorarte se ponga.
En caso tan admirable
las almas se vuelven locas.
Mira a Ildefonso, que al Rey
el puñal turbado toma.
Toma San Ildefonso el puñal o daga al Rey, y corta un pedazo del velo de la Santa.
Mira que, asido del velo
que el virginal cuerpo adorna,
con respeto y devoción,
del velo una parte toma.
Mira que, esparciendo rayos,
a su sepulcro se torna,
y que sobre el cuerpo hermoso
se vuelve la helada losa.
Desaparece la Santa con chirimías.
¡Por la vida de Ildefonso,
que Leocadia, mi señora,
está viva!
Tus venturas,
oh, padre Ildefonso, goza.
Levántase.
El alma en los ojos tierna
y el corazón en la boca,
y en el cielo boca y ojos,
mis dichas haré notorias.
Las flores aparecieron,
España, tierra dichosa,
el sol bordando de nuevas luces
sus nunca tocadas hojas.
La tierra de promisión
miel virgen y leche brota,
y la Astrea soberana
el siglo dorado torna.
El aurora de María,
de sus lumbres precursora,
vimos subir del desierto,
perlas vertiendo y aljófar.
Oyose en la tierra nuestra
la tortolilla amorosa
que, regalando los aires,
cielos y tierra enamora.
Renació la Fénix bella
entre aromáticas gomas,
haciendo la breve pira
juntamente cuna y fosa.
Oh, velo, velo del cielo
por manos tejido hermosas,
que sutil transparentaste
de marfil la virgen goda.
Velo del retablo hermoso
que el celo es justo que esconda
para que no le profanen
ojos que en la tierra lloran.
De la imagen de Leocadia
fuiste cortina celosa,
que tiene celos el rey
y a quien ama, estima, y honra.
Del cendal delgado hiciste
viriles a la custodia
que guarda un cuerpo de virgen
tan entero que me asombra.
y del sol de Leocadia bella
has sido nube piadosa,
porque no cegase el mundo
a sus radiantes antorchas.
El sol fue Leocadia, sol, y
sol que al del cielo dora;
y si se puso, qué mucho
que nos dejase a su sombra.
El velo con el cuchillo
en el sagrario se ponga,
en fe de tan gran milagro
y para perpetua memoria;
y en orden la procesión
vuelva con la misma pompa,
dando a los cielos las gracias
por tan admirables glorias.
Vase y cantan.
Ildefonso se alegre
con Leocadia bella,
pues que goza viva
la que buscó muerta.
Quedan los dos herejes.
Monstruosa resolución
causa en mí el caso presente,
con su luz resplandeciente
me ha alumbrado el corazón.
Las palabras que por rosas
néctar y ambrosía esparcieron,
del arco del pecho fueron
flechas de luz poderosas;
la cruz que en su diestra vi,
espada me parecía
de fuego, y que la esgrimía
indignada contra mí.
Y la que mostró rubia palma
entre círculos de gloria,
la palma, triunfo y victoria
que consiguió de mi alma,
y que de temor, entre el hielo,
que fuera de mí confusa
la cabeza de Medusa
si corriera el sutil velo.
Aunque con sus bellas facciones
en piedra nos convirtiera.
Qué mucho, cuando lo hiciera,
pues lo son los corazones.
En tu pensamiento estoy,
Leocadia, me ha convencido,
como ciervo al agua herido
a buscar mi salud voy.
Y que alegre el alma atropella
los herejes de Pelagio
y espera en tanto naufragio
propicia del mar la estrella.
De mis errores me aparto,
confesando el alma mía
que antes virgen fue María
en él y después del parto.
Alegre el alma confiesa,
autorizado el vellón,
la flor y fruto de Aarón,
la zarza en el fuego ilesa.
La puerta de Ezequiel,
la doncella de Isaías,
la mujer que Jeremías
vio cercar al varón fiel.
Y la que en gracia fénix una
quedó doncella y parida
del sol que vistió, y vestida
y calzada de la luna.
A Ildefonso buscaremos
a quien llorosos los dos,
la hermosa Madre de Dios
por Virgen confesaremos.
Los corazones contritos
amansarán sus enojos,
diluvios vueltos los ojos
que aneguen nuestros delitos.
Y pediremos que interceda
a la Virgen defendida,
pues si le debe la vida,
¿qué habrá que no le conceda?
Que nuestras culpas remita
el Hijo, de su amor premio,
y que de la Iglesia al gremio
segunda vez nos admita.
Que lo habemos de alcanzar
de su clemencia colijo,
que lo deprendió del Hijo,
que es muerto por perdonar.
Vase.
De entre zarzas del error,
del lobo infernal heridas,
estas ovejas perdidas
vuelven a su buen pastor.
Salen Moscón con un paje.
Vivit Dominus, Petre, que me pesa
de que non vidi virginem Leocadiam,
ut dicis mihi pulchram velut lunam
y escogidam ut solem.
Moscón mío,
¿quisieras levantar la inmóvil losa
por sí sola, si bien se presumía
que alguna escuadra de ángeles hermosos
que acompañaron a Leocadia santa
con manos invisibles la levanta,
parecía que el cielo distilaba
leche y miel en suspensos corazones,
y que los corazones levantados
en lágrimas alegres se exhalaban
por los ojos que absortos la miraban.
Dicito mihi, amice, si salibit
cum linteis del sepulcro, hoc est, mortaja,
que si salió de muerta, yo renuncio
por el miedo de ver, que soy medroso.
El gaudium del miraculo famoso
con un velo salió resplandeciente,
luces brillando de color de cielo,
con que a los circunstantes deslumbraba,
de modo que ninguno el rostro bello
vio de Leocadia virgen, sino solo
el arzobispo, mi señor, que pudo,
llamando virgen de la Virgen pura,
ver por su gran virtud tanta hermosura.
Dentro dice un pobre.
Deo gracias, padre Mosén,
ya los pobres han comido.
Mira adentro.
Den gracias, hermanos pobres,
y digan como yo digo:
¡Viva la virginidad
¡Viva la virginidad
del intacto paraíso!
¡Del intacto paraíso!
Virgen madre y madre virgen.
Virgen madre y madre virgen.
de Acedia, a pesar, y Envidia.
De Acedia, a pesar, y Envidia.
Vase.
Y digan una avemaría
por mi amo el arzobispo,
y, en diciéndola, se vayan,
si quieren, con Jesucristo.
Voy a repartir el brodio
a los hermanos mendigos
con los pedazos de pan;
de lo que sobra, sorbo vino.
Que me parece que suenan,
ay, voces en mis oídos,
como abejas que susurran,
o como gruñen cochinos.
Quiero dar mi brodio en paz,
más que el agua, claro y limpio.
A más ver, patrón caro.
Vase.
Moscón, Dios vaya contigo.
Salen pobres, en diferentes figuras, un manco, un ciego, un mudo y otros dos. Sale el ciego con un criado.
Cuando saliere Moscón,
avísame, mendruguillo,
que, si las coplas me estafa,
las oraciones le siso.
Y veme diciendo, por orden,
los que entran.
El mortecino.
Es el que se fingió muerto,
y diz que los lleva vivos.
El mudillo.
Ba, ba, ba.
para que estaba conmigo.
Sí, sé que charla
más que un hablante cautivo.
El maneante y el tullense.
El que tulle y manca niños,
hace llagas y abre piernas,
sor compadre, bienvenido.
Que rezongla sor Palomo,
como el lomo de mi oficio,
este aprendí y este exerzo,
con mil honras loor a Cristo.
También ciego de limosna,
manco y tullo a los amigos,
que alma tengo y soy cristiano.
Señores, sí, un bendito.
El tripero.
El que el alcalde
cogió con el artificio
de las tripas, y al pescuezo
con ellas le dio cien priscos.
La gallinera.
Sale una mujer pobre.
Ya entiéndola,
que la jería, que la digo
soy viuda vergonzona,
mirarla quiero el vestido.
Miente como ciego falso.
Ciego falso, y soy mentido,
si eres hombre, sal aquí,
que a palos te desafío.
No derrame yo el poleo,
sor Palomo o Palomino.
¿Rufianicos para mí?
Señores, séanme testigos.
¿Qué es esto estando yo en vela?
Dense las manos de amigos,
que parecemos bribones.
Su amigo soy si lo es mío.
Y en recibiendo la sopa,
iremos a ahogar en vino
todos estos remoquetes.
El pan siendo bueno y frío.
Y entretanto, el sor Palomo,
pues es poeta
Desdigo.
Avísole que no lo soy,
ni lo he de ser, ni lo he sido,
y yo soy ciego muy honrado,
no poeta, ¡oh, qué lindico!
Pues, ¿es malo ser poeta?
Dios lo sabe, soy de dicho.
¿Y no hace coplas?
No, señor,
las que canto, otro las hizo.
Perdone.
Linda es "perdone"
después de haberme ofendido.
¿Trae alguna historia nueva,
algún caso, o milagrito?
Milagrito, y aun milagro
de los buenos que se han visto.
¿No saben lo que pasó
al santo arzobispo
en la vega con la Virgen
Leocadia, y caso divino,
y se le dio a componer
a un poeta de poquito,
que hace coplas con ayuda
a la verdad, y que es novicio?
Seis cuartos le di en señal
y quedéle a deber cinco.
Paso, que viene Moscón.
Sale Moscón.
Oh, señor Moscón, bienvenido.
Mendrugo, dale la hortera.
Hasta en el brodio hay peligro
y desdicha.
¿Cómo, y qué?
Como el brodio se ha vertido.
Y mal vertido, por Dios;
burlábase el mosconcito.
No me burlo, hermano ciego,
y especialmente con pícaros.
Que a desgracia, señor,
por nosotros ha venido.
No es cristiano el que así agravia
a todo aqueste pobrismo.
Verterse el brodio me huele
a gula y a ladronicio,
mas podrá ser que lo allane
mi señor el arzobispo,
que, aunque llenos de remiendos,
mancos, cojos y tullidos,
no le huelen mal los pobres
ni se le cierra el oído.
Hablan aparte los pobres.
¿No es mejor que a este Moscón,
moscardo, mosca o mosquito,
con los palos hoy le demos
la miel que dan los encinos?
Aparte.
Vive Dios, que estoy temblando,
más de miedo que de frío.
Cércanle a Moscón.
que estoy solo y temer puedo
de palos un torbellino.
Colérico soy, mis pobres,
perdonadme, pobres míos,
que ya que no ha habido bodigo,
habrá cornado y bodigo.
Digo y hago.
Doyte y voy.
Bodigo y cornado lindo,
por barba.
Por barba, pues.
¡Oh, Moscón de Jesucristo!
Esperen, que voy por ello.
Págueselo el uno y trino.
Vase Moscón.
Por orden, todos por orden.
Por orden y sin ruido.
¡Qué de súpito el buen Moscón
vaya a hacerlo a Peralvillo!
Para canónigo aprende,
él aprende honroso oficio.
El Arzobispo presumo
que viene con él.
Sale San Ildefonso y Moscón.
Hijos,
mucho me alegráis el alma,
que un Cristo en cada uno miro.
Llegad, abrazadme todos,
tiñosos, rotos, pediculosos;
no os retiréis, abrazadme.
Ay, señor, no somos dignos.
Pegadme unos remiendos,
que por cielos los codicio,
que disimuláis con ellos.
divinamente a Dios mismo.
Denles a cada uno un real
y un pan.
¡Viva treinta siglos!
No, padre y padre santo,
santo no más, y aun santísimo,
como del sepulcro vio
entre cánticos divinos
salir la virgen Leocadia
de rosas cercada y lirios;
plegue a Dios que a honrarle venga,
que baje del cielo empíreo
María nuestra Señora,
que Virgen ha defendido.
Dios le dé lo que merece.
Más me da que he merecido.
Andad con Dios y sed buenos,
sed honestos y sufridos,
que el corazón me lleváis
entre los rotos vestidos.
Pobre corazón.
¿Por qué?
Porque morirá comido
de piojos.
Calla ya, necio,
no me indignes, que me indigno
como el buen amigo que oye
hablar mal de sus amigos.
Muchos de estos son mauleros,
y de mayor parte, fingidos.
Para mí son pobres todos,
y a todos amo y estimo.
No digas, Moscón, a nadie
que con los pobres me has visto.
cuando yo callar supiera
sus remiendos dieran gritos.
Vanse los pobres.
Entran Braulio y Florindo, de peregrinos.
Deo gracias.
Mira quién llama.
¿Quién llama?
Dos peregrinos.
Tarde vienen.
Nunca es tarde
para hacer lo que es debido;
abre y previénles un baño,
mesas y camas sin gruñirlo,
porque puede ser que vengan
dos ángeles de camino.
Si aquestos ángeles son,
yo por querub me confirmo.
Danos los pies, varón santo.
Abrázalos.
Los brazos os apercibo,
y muy en buen hora seáis
a mi casa venidos.
¿Qué queréis, qué pretendéis?
Mayor secreto pedimos.
Habla con Moscón.
Entremos, pues, allá adentro.
Aquesta noche, maitino,
que es víspera de la O,
a los sacristanes dilo
y di que la hermosa imagen
del Sagrario, a quien dedico
con el alma que la adora
de su defensión el libro,
que sobre el altar mayor
la coloquen, advertidos.
que de estrellas, sol y luna
quisiera hacerla vestido.
Dicam, Domine, al momento.
Hermanos, vengan conmigo,
piensen que esta casa es suya
y yo más suyo que mío.
Los rateros vanse.
Cuando el milagro que vi
no me hubiera convertido,
sin duda me convirtieran
los que en Ildefonso miro.
Vase.
¡Plegue a Dios que no la cojan
donde sin verlo ni oírlo,
estos hermanos romeros
me le dejen patifrío!
Vase.
Sale Pelagio con vaquero, medio dormitando.
Tu cárcel quebrante fuerte,
lisonjero burlador,
o sueño despertador
de mi vida y de mi muerte;
del lecho, con inquieta
ansia, huyo soñoliento
por este tormento,
donde hasta el alma me aprieta;
y aunque con mayor crueldad
de las que otras veces sueles,
me apretaste los cordeles,
no he de confesar verdad.
Y si hablé mal de esa mujer,
ya lo dije, aunque se enoje
Dios, y enfadado me arroje
al centro del padecer.
De su piedad desespero
porque es tal mi obstinación
que, aunque me ofrezca el perdón,
ni le pido ni le quiero.
No sé si despierto vi,
o soñando, que bajaba
la Justicia, que vibraba
una lanza contra mí,
que indignada me decía:
"castigada mi maldad,
viva la virginidad
de la celestial María".
Sale por lo alto la Justicia, que es un ángel, con una lanza, que le pueda alcanzar.
Mas, ¿qué es esto, airado cielo?
¿Contra mí tanto rigor?
A tu esquivo resplandor
me voy convirtiendo en hielo.
¿Qué me persigues? ¿Qué quieres,
de diamante armado y oro?
¿Por qué en vano a este Heliodoro
turbas, persigues y hieres?
Dice el Ángel, como ministro de justicia:
Tiembla Pelagio.
Sal, con destierro preciso,
entre abrojos y entre espinos,
ofensor de las divinas
bellezas del paraíso,
de la iglesia y esta puerta
de mis desvelos guardada,
que bien que la halle cerrada
el que la desprecia abierta
cuantas veces la que adora
el cielo, de ti ofendida,
de tus culpas condolida,
fue clemente intercesora.
¡Cuántas veces, oh villano,
porque tu perdón codicia,
la espada de la justicia
quitó al Hijo de la mano!
Y como Datán y Abirón
se abra la tierra avarienta,
donde con ellos oprima
tu rebelde obstinación;
porque a la luz te atreviste,
entre sus rayos cegaste,
cae en el lazo que armaste,
cae en la cueva que hiciste.
De las manos de la muerte
darás en las del infierno,
donde con dolor eterno
se alegre el cielo de verte.
Pues que el infierno me espera
que ardiendo no me recibe
a quien como tú, hereje, vive,
como tú es justo que muera.
Dale con la lanza y húndese Pelagio, y salen llamas de fuego, con ruido de cohetes.
Vaya entre gente traidora
presa tu iniquidad.
¡Viva la virginidad
de la reina mi señora!
Dentro repite
¡Viva la virginidad
de la reina mi señora!
Y viva Ildefonso fiel,
defensor de su pureza.
a cuya docta cabeza
previene el casto laurel,
viva Toledo, que adora
con amor y con piedad
la eterna virginidad
de la reina, mi señora.
Repite, música.
La eterna virginidad
de la reina, mi señora.
Cesa.
Eterno premio aperciba
al que esta verdad venera;
el que la negare, muera,
y el que la creyere, viva.
Repite, música.
El que la negare, muera,
y el que la creyere, viva.
Cesa.
Desaparece la Justicia, y sale por abajo, la vieja con un zamarro y una linternilla, temblando de frío, que va a maitines.
Con qué hielo se levantan
los benditos maitinantes
a los coros semejantes
que maitines a Dios cantan.
Mas, aunque carga más hielo,
a mis maitines iré,
que estoy ya vieja y no sé
cuándo daré cuenta al cielo.
Sestaréme en un rincón,
que ya Dios tal querer podría
que más que el hielo me enfría,
me encienda la devoción.
Hiele bien, y escárche harto,
que aunque dé diente con diente,
tengo de hallarme presente.
a la expectación del parto,
y más que Ildefonso santo
se hallará en ellos, pues no,
si la fiesta instituyó
del misterio sacrosanto.
Dicen que, más que en la aurora
bella, en mudo regocijo,
vio a Leocadia que le dijo:
«Por ti vive mi señora».
Y que con música del cielo
la piedra se levantó,
y que humilde le cortó
parte del celeste velo.
Que suspenso en su luz bella
pedazos del alma llora,
y en mi alma pecadora,
¡qué me alegrara de vella!
Pero no me desconsuelo,
aquesta fe vive en mí,
que si entonces no la vi,
espero verla en el cielo.
Esté hecho un altar, y en él una imagen de Nuestra Señora de bulto, que parezca a la del Sagrario de Toledo, morena; la cual estará de forma que, cuando baje Nuestra Señora a dar la casulla al santo, la pueda abrazar.
Corren una cortina y aparece puesto el altar.
¡Ay, la imagen del Sagrario
está en medio del altar!
¡Oh, belleza singular!
Rezaréla mi rosario.
Morena, resplandecéis,
de mil hermosuras llena.
Qué mucho, si sois morena,
si al sol en brazos tenéis.
Plegue a Dios que no me duerma,
mas la vejez es enferma,
temo que me dormiré.
Ponse a un lado con donaire, y reza y duérmese. Sale el Sacristán y Moscón a componer el altar y a encender las velas.
Dómine sacristán, audite, cimbala
cum badajos de hierro voceando
ad clericos nocturnos, que celebren
las horas matutinas, in honorem
de la que siempre fue post partum, virgo.
Deje el latinizar en estos tiempos.
Omni tempore sum grande estudiante,
mi honor y mi latín vaya adelante.
Mire que es tarde, encienda aquesas velas,
porque los maitinantes vendrán presto,
los devotos de la fiesta sacra,
Expectación del Parto que intitulan,
en que las esperanzas de la Virgen
y su divino parto se celebran.
Pues ¿por qué de la O fiesta se nombra
y la Iglesia con voces disonantes
por estos ocho días la festeja?
Es fiesta de la O por la entereza
desta letra, a la entereza parecida
en que la Virgen nos parió la vida;
y también porque la O nos representa
las ansias, los deseos, las plegarias
de los padres del Limbo, deseando
ver a Dios niño, en un portal, llorando.
El sueño me ha vencido, perezoso,
después le alabaré, señor rosario,
perdonadme, morena de mi alma,
que soy mujer, y el sueño es porfiado.
Las velas encendí, ¿manda otra cosa?
Que registre los libros en el coro.
Él prevenga las capas y los cetros,
saque hisopo y naveta del sagrario
y prevenga al incienso el incensario.
Suena ruido como de truenos y tocan chirimías, y espántanse.
¿Qué truenos y relámpagos son estos
que ensordecen y ciegan los sentidos?
En medio del invierno, gran portento.
Válgame el verbum caro, panem verum,
y la que veneratur, Virgo Virginum.
San Macario me valga y San Panuncio,
casus aliquis novus tibi anuncio.
Moscón, huyamos, ¿dónde está la puerta?
Pauperculo de mí, ciego he quedado.
Por estos mis pecados, que son grandes.
Y como si lo son, digo los míos:
soy un bellaco y un marimaricos,
desdichado y fullero; miserere,
siso el pan a los pobres, chupo el brodio,
meto el pan en la olla, soy poeta,
y a más de treinta meses que lo huyo,
estas las culpas son de que me acuso.
Lléguese a mí.
Tras él me voy, adonde
asido de su pie, vaya guiando.
Que habemos de ir a gatas.
Pues, ¿qué importa?
Guarde los postes.
Caput meum servabo.
Música dulce,
¿algún ladrón se espere?
¡Cómo sonará bien al que se muere!
Vanse los dos.
Queda la vieja y descúbrese una nube y en ella Nuestra Señora con una casulla en las manos, cercada de ángeles y Santa Leocadia; tocan chirimías, y canta la música.
A vestir a Ildefonso
viene María
casulla de estrellas,
soles y días.
Cantad, oh, músicos míos,
a mi regalado amante,
mientras que yo a media noche
rondo su puerta y su calle.
Del cielo bajo por él,
decilde que se levante,
que sé que vela de oficio,
traigo un vestido que darle.
A edades juzgo las horas,
a siglos juzgo los instantes,
que a dos que bien se quieren
siempre es hora para verse, y tarde.
De que a estas horas le busco,
de mí todo el mundo hable;
aunque, si a los dos conoce,
¿en qué podrá murmurarse?
Abre, Ildefonso, pastor,
abre, y hallarás si abres
que y en celos de mi esposo
he venido a visitarte.
Y yo, fiadora, si supieras,
dotor, que andaba a buscarte,
que hecho brazos, que hecho ojos
tú salieras a buscarme.
A el hijo que parí virgen,
que soy doncella y soy madre,
vestí de tierra y de cielo;
bajó a vestirse y a honrarte.
A él del cielo le truje
para vestirle de carne;
y a mí, a vestirse de cielo
hasta tu casa me traes.
Para que yo le vistiera,
me rogó con un arcángel,
y yo con este vestido
vengo por mí a rogarte.
Y imitas al Padre Eterno,
que si me dio vida y padre,
tú la del honor me diste,
que en el honor me adoraste.
Y imitas al Hijo Eterno,
que si él redimió a su madre,
tú redimiste mi honor
de unos piratas alarbes.
Y imitas al Amor Neuma,
que vino a mí en forma de ave,
sombra a mi pureza haciendo
con tus plumas elegantes.
Capitán de mi limpieza,
así es justo que se llame.
Como dijo Jeremías,
ven a verme y a alegrarme.
Ven, apóstol en la fe;
ven en la victoria, mártir;
evangelista en la pluma;
en la lengua, doctor grave;
ven, virgen en la pureza;
ven en la ventura, ángel;
en la ciencia, querubín;
serafín, en tu amor grande;
ven, y vengas en buen hora,
de mi honor cristiano Atlante,
que has alegrado mis ojos
como el alma me robaste.
Sale San Ildefonso y túrbase.
¡Ave María! ¿Qué es esto?
¿Qué voces oigo suaves?
¿Qué cielos por estos postes?
¿Qué soles por estos aires?
Fugitivos con las hachas
me desamparan los pajes;
turbados y amarillos
encuentro los sacristanes.
Ánimo, corazón mío,
que no hay amador cobarde;
que si Dios es con nosotros
no nos puede ofender nadie.
¿Qué es esto? ¡Grande visión!
Bien será que me descalce
como a la zarza Moisés,
entre las llamas constantes.
Parece un carro de fuego
que del cielo al suelo baje.
sino Elías, la hermosura
que es a Dios muy semejante.
Parece que entre humo y nieblas,
aunque sin las animales,
miro el cielo, si no lleno
de Dios, lleno de su Madre.
A la falda me parece
que del árbol fulgurante,
el sol, vestido de nieve,
ciega en las luces que esparce.
Podré decir como Esteban:
mi rostro, no como un Ángel,
que los cielos miro abiertos
y en ellos la Virgen Ave.
Ildefonso.
Híncase de rodillas a sus pies
¡Dulce voz!
Suenan tus acentos graves
al alma, por el oído,
que dentro de sí no cabe.
Arrojaréme a esos pies,
de jazmines y de azahares,
intacta virginidad,
Madre de Dios, Virgen Madre.
Reparte un Ángel las velas
¿Duerme o vela, corazón?
Si es que estáis en mí, avisadme.
Si duermo, los cielos veo;
si velo, venturas grandes.
¿No es Ángel el que las velas
con faz risueña reparte?
Señor Ángel, no me olvide,
deme velas.
Que me place,
tome, mas con condición
que ha de volvérmela, madre.
Démela una por una.
Volverála.
Dios lo sabe.
échale la casulla
Llega, siervo fiel, llega y recibe
este don de los cielos, de mi mano,
mientras que sube, al que se apercibe
de esencial gloria, el trono soberano.
Por ti, doctor egregio, mi honor vive
y vivirá, a pesar de Elvidiano,
cercado de laureles y de palmas,
en libros, templos, corazones y almas.
Recibe en prenda de la eterna paga
esta de voluntad, para que entiendas
que al hijo amante que mis deudas paga
ni le duele la paga, ni las prendas;
y para que a tus obras satisfaga
con la mejor de todas encomiendas,
de que conmigo el hábito te envía
de Maestre sirviéndose María.
Y porque más tu dicha se celebre,
a Dios busqué y le puse, valeroso,
entre animales, rústico pesebre;
y a ti, entre ángeles mil, templo famoso,
cuando el vital estambre Átropos quiebre,
que en el huso está hilando presuroso
de su tarea Cloto desabrida,
conmigo subirás a mejor vida.
canta música
¡Oh, qué bien os está el vestido
que la reina del cielo os da!
Nadie dirá que no os viene nacido.
¡Oh, qué bien, oh, qué bien que os está!
Alma virginidad, ya que no tenga
de puro serafín los labios de oro
en saber alabar cuanto convenga,
ni tesorera tal, ni tal tesoro,
rudo diré, ¿de dónde a mí que venga
la hermosa madre del Señor que adoro?
Si vino con el sol en tus entrañas,
hoy, hecha un sol, del Tajo a las montañas.
¿De dónde a mí, que no en el tiempo estribo
como el esperanzado patriarca,
que hospedó cortésmente y compasivo
los tres con pasmo y fe, no parca,
pero cercado de esplendor nativo,
de la que es de amor arco y de Dios arca?
Mejor que Obededón el arca hospedo,
con gozo de David, de Oza con miedo.
Diré verdad, que querubines pisa,
que quedará presente en la memoria
del clero toledano, por divisa
y eternas armas, la presente historia;
y diré que, antes de empezar la misa,
me cantaron los ángeles la gloria,
y que, tras ella, con favor notorio,
me quisisteis hacer el ofertorio.
Y alabarme podré que descendisteis,
donde a deshora, Virgen, me esperasteis;
y que en secreto me favorecisteis,
y de amor un río, prendas me dejasteis;
y que decir a todo el mundo disteis,
que os conoció en lo hermoso que bajasteis,
y que las piedras lo dirán, que osaron
ser cielo de las plantas que besaron.
Y en esta piedra donde asiento toma
Una presencia hermosa ha infundido,
del rigor acosada la paloma,
donde hallará clemente al ofendido;
que es piedra que después de la de Roma
el erizo entre picos, y escondida,
servirá de refugio donde pueda
huir de Dios la indignación airada.
Nuestra Señora se vuelve al altar, y abraza a la imagen que está allí.
Vuelve a abrazar la imagen.
Antes que al cielo vuelva, oh imagen mía,
e ilustre del sagrario, he de abrazarte;
de santo resplandor, del que me envía,
comunicando, mil bellezas darte.
La gloria que me baña de alegría,
quisiera, a tu beldad comunicarte;
mil dichas y mil bienes repartirte,
vida alentarte, y espíritu infundirte.
Como una a ti y a mí nos considera,
a ti y a mí un mismo culto ofrece;
por ti a mí me engrandece y me venera,
y a ti por mí se honra y engrandece.
De mí por ti la intercesión espera,
a ti por mí alcanzada, la agradece;
por ti en el cielo, me conozco honrada,
y tú por mí en la tierra, venerada.
Adiós, Ángel de Guarda de Toledo,
y Reina de los Ángeles, contigo;
aunque al cielo me voy, copiada quedo,
y transformada en mí, sube conmigo.
Padre Ildefonso, adiós.
Chirimías.
Desaparece.
o si huyo de mi mal sin vos puedo ya huir,
al vivir, que ansioso y deshalado, os sigo,
viéndola ya, aunque con palio de mejor Elías,
dejáis presea a la gloria de las mías.
Madre, deme la vela.
Ángel bendito,
perdone su merced.
De aquesta suerte
la vuelve, o si por fuerza se la quito?
No hará, porque sabré hacerme fuerte.
Grande devoción.
Guardarla solicito
para el tránsito triste de la muerte;
no me la quite.
Guárdela en buen hora.
Viva, viva la Reina, mi señora.
Y después de haberos visto, qué me queda
en la tierra que ver, oh, deidad alma,
hasta volver a veros, con que pueda
estos ojos consolar, quietar el alma,
dejar de veros el favor aceda,
de haberos visto se alboroza el alma,
porque al que os vio, si sabe conoceros,
es la pena mayor dejar de veros.
Qué gracias, toda hermosa, podré daros,
si el favor de la vía no me viene,
con qué voz intentaré alabaros,
cuando Dios tanto que alabaros tiene,
qué cánticos irán a acompañaros,
y admiración del que hoy escucháis, previene,
oyendo en dulce acento de sus mentes puras
que al sol, que va tras vos, dejáis a oscuras.
Y como del monte a la sagrada falda
que en sierpes de cristal, y en blanda risa,
ofrece en canastillos de esmeralda
flores la fuente, cuya margen pisa,
mira bajar con la febea guirnalda
la gente que le espera circuncisa
a la voz de Faraón, de Dios privanza,
que todo cuanto quiere, de él, alcanza.
Y ansí parece, que de aliento ajenos
a la puerta del templo, conturbados,
entre nubes, relámpagos, y truenos
tengo de hallar, los tímidos criados,
pues que con rayos, de hermosura llenos
de la madre del sol comunicados
bajo del monte, donde vi su gloria,
dando fin dulce a la sabrosa historia.
Fin.
En 21 de marzo, sábado, cerca de la una del medio día; año de 1643 años, día del glorioso san Benito, se acabó de trasladar.
Sub correta, ss.