디지털 텍스트 El infierno de amor
공개일: 2026년 8월 22일
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El infierno de amor. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-infierno-de-amor.
EL INFIERNO DE AMOR
Pag. 9
El infierno de amor
Jornada 1ª
Pag. 10
El rey
Otón
Carlos
Fabio
Enrique
Estebanillo
Fenisa
Isabela
Inés
Jornada primera
Pag. 11
Salen Fenisa y Inés.
¡Extraña melancolía!
¡Riguroso mal!
Inés,
nada de las ansias ves
en que vive el alma mía.
Busca para tanto mal
algún alivio siquiera;
que quien ama desespera
si es la afición desigual.
Mas para tales enojos,
tal tormento, tal dolor
será el remedio mejor
sacar la luz a estos ojos.
Llora
Cobra alguna confianza:
acaba ya de llorar.
¿Cómo puede descansar
quien ama sin esperanza?
El secretario, señora,
es galán, y aunque es criado
es bien nacido, y honrado,
y por extremo te adora:
tu padre le estima, y quiere
haciéndole tal favor,
que en el buen trato, y amor
Pag. 12
a tu hermano le prefiere.
Trújole niño de Francia,
y aunque no le conocemos
padre, todos le tenemos
por persona de importancia.
Mas si tanto te aborrece
por indigno ese lamento,
muda, señora, de intento;
elige a quien te merece.
El rey te quiere, y no ofende
con su afición a tu honor,
que es tan honesto su amor,
que solo amarte pretende.
Si admites agradecida
su pensamiento, jamás
de Fabio te acordarás,
que amor con amor se olvida.
Demás que no será justo
que olvide tu corazón
al mismo rey de Aragón,
por un amor tan injusto.
Fabio me abrasa de suerte
que muero cuando le veo,
y declararle deseo
que es la causa de mi muerte.
Tan ciega por él estoy,
que te afirmo que quisiera
Pag. 13
Para que mi esposo fuera
ser menor de lo que soy,
remedio pido a mi honor
para poder olvidarle;
y díseme que ausentarle
es el remedio mejor.
Si sus partes considero,
doy alivio a mi cuidado;
si considero su estado,
peno, lloro, rabio, muero.
ora bien, ello ha de ser;
váyase Fabio de aquí;
y el alma, que le rendí,
acabe de padecer.
Mas porque ocasión hubiera
de despedirle, gustara
que su amor me declarara,
y en algo me deserviera.
Él viene aquí.
Pues, amiga,
dile que me diga amores,
que pretenda mil favores,
y que sus ansias me diga;
que, pues declararle suele
su pensamiento, bien es
que algún auxilio le des.
Pag. 14
para que más alto vuele.
Y si con lengua atrevida
me declara su pasión,
habrá entonces ocasión
para que yo le despida.
Y enojada le diré
que si no se va al momento,
a su loco atrevimiento
con rigor castigaré.
Y que ha de saber mi hermano
que como traidor aleve
a mi grandeza se atreve
su pensamiento liviano.
Viéndose al fin despreciado
de mi amor, será forzoso
que se vaya temeroso,
corrido y desesperado.
Bien dices... Vete, señora,
y aguárdate un poco ahí
mientras yo le digo aquí
que tu corazón le adora.
Vase Fenisa. Salen Fabio y Esclavo.
En vana locura has dado,
Pag. 18
Amiga, dime si acaso
le dijiste a tu señora
que mi corazón la adora,
y que por ella me abraso.
Ya le dije que ha mil días
que por ella te abrasabas,
y que no te declarabas,
porque su desdén temías.
Anímate, pues, señor;
que, según lo que yo vi,
ella se muere por ti
aun con más ardiente amor,
Burlando pienso que estás,
Inés, dime lo que pasa.
Digo que por ti se abrasa,
y no me preguntes más.
Dichoso mil veces yo,
pues tanto bien merecí;
dichoso el día en que vi
la beldad que me abrasó.
Ahora sí que animoso
a Fenisa le diré
lo que hasta ahora callé
dignamente temeroso.
Sale Fenisa
Si de mis ojos se ausenta
quien es de mi mal la causa;
Pag. 19
porque ausente ponga pausa
a un amor tan indecente.
Inés, yo te serviré,
como tú verás.
Adiós.
Vase Inés.
Solos estamos los dos:
¡ay, cielos!, ¿qué le diré?
Ea, honor, agora acabe
la causa de mi tristeza,
pues ofende a mi nobleza,
y en mi corazón no cabe.
¡Aquí estás, Fabio!
Señora,
aquí estoy; y tan alegre,
cuanto suele estar el día
con la luz, de que procede.
Cuanto la purpúrea aurora,
en las puertas del Oriente,
llorando el muerto Memnón,
al Eritreo enriquece.
Cuanto se ve el horizonte
con resplandores tan breves;
que siendo del sol otorgan
a la vista el accidente.
Al fin, cuando el claro Apolo
corona las altas sienes
de los montes, que soberbios
al mismo cielo se atreven.
Alégranse los jardines:
Pag. 20
Ríense las claras fuentes.
Ellos le ofrecen aromas,
ellas aljófar le ofrecen,
himnos alternan las aves,
cuya suavidad suspende
al músico movimiento
de la máquina celeste.
Agora que vuestro sol
en mis ojos amanece,
es justo que el alma mía
con tanta gloria se alegre,
y que este favor os pague
con morir eternamente,
agradecida a estos ojos,
que tanto bien le conceden.
Basta, no te alargues más
porque imposible parece
que pueda alegrarte tanto
quien de tristeza se muere.
Es sol la luz de tu cara:
igualmente resplandece,
y a cuanto sirve de objeto
todo se abrasa igualmente.
La púrpura de tu rostro
arde de la misma suerte
que el alma de quien te mira,
mas no se extingue, antes crece:
Pag. 21
y un sujeto tan sutil
cómo puede defenderse
de quien apenas un alma,
que es eterna, se defiende?
La sabia naturaleza,
que los remedios previene
para mitigar su ardor
le mezcló cándida nieve
si con mi favor se anima,
y por declararse muere,
mostrarme quiero amorosa
para que más se despeñe.
Digo que eres lisonjero;
mas hablas tan elocuente
que tus palabras me alegran:
Pag. 22
y casi me desvanecen.
Inés me dijo verdad.
Fenisa admitir pretende
mi amor, mas no se declara
porque indigno le parece.
Señora, pues que mis ojos
publican tan claramente
este riguroso fuego,
que me abrasa, que me enciende:
rompa el silencio mi lengua,
que el temor que la detiene
hace ofensa a la piedad
que tu vista me promete.
Yo me abraso: yo estoy loco:
ya mi corazón se atreve
a publicarte las penas,
que por tu causa padece.
Si piensas que mi afición
por ser humilde te ofende,
mira que el alma es divina;
y que ella sola te quiere.
Amor es acción del alma:
el alma bien lo merece,
que es idea soberana
de la sempiterna mente.
Basta, no me digas más.
Villano, atrevido, vete,
vete luego de mi casa,
Pag. 23
y haré que te den la muerte.
Señora...
No me repliques,
traidor, fementido, aleve,
que te sacarán el alma,
con que has podido ofenderme.
Salte luego de Aragón,
y si no te vas, advierte
que he de decir a mi hermano
la temeridad que emprendes.
¿Ansí estimas mi valor?
¿Ansí el decoro me pierdes?
Aquí sale Otón.
¿A las señoras de Francia
tratan ansí los franceses?
Por vida de Otón, mi padre,
que si no te vas...
Detente.
Basta, no pases de ahí.
¡Ay, amor! ¿Qué novedad es?
No solo Inés me engañó,
pero sus ojos alegres,
y sus palabras también
me engañaron. ¡Triste suerte!
¿Qué enojo es este, Fenisa?
Tú, señor, la culpa tienes,
pues estimas un Gileno,
que servirte no merece.
Pag. 24
Extraño modo de pena
es la que mi pecho siente,
que deseo que se vaya,
y deseo que se quede.
Pero ¿qué diré a mi padre?
Disimular me conviene.
Que lo que le he dicho a Fabio
basta para que se ausente.
Díjele a Fabio, señor,
que a la platería fuese
a pagarme unas cadenas
y unas joyas que me venden;
respondió que no podía,
sin que primero le dieses
licencia, pagar a nadie
de los dineros que tiene.
No me ofendió la respuesta,
porque sé que te obedece
en esto, mas ofendiome
el modo de responderme.
Perdona si te ofendí;
y si ausentarme pretendes
luego me iré de la corte
solo por obedecerte.
Éntrate, Fabio, allá dentro,
y aguarda en este retrete,
Pag. 25
que ya voy:
haré tu gusto.
¡Ay, amor, qué poco puedes!
Vase.
Hija, suspende el rigor,
y trata mejor a Fabio,
que es galán, discreto, sabio;
y no le falta valor.
¿Qué valor puede tener
hombre que no tiene padre,
y que al fin será su madre
alguna humilde mujer?
Si Fabio te disgustó,
no es justo tratarle mal,
que es hombre tan principal
y tan noble como yo.
¿Cómo, padre? ¿Qué decís?
Digo que es el camarero
el más noble caballero
que nació dentro en París.
No sé qué espíritus son
los que en mí se dilataron,
que en extremo me alegraron
el alma y el corazón.
Fabio, pues que sois honrado:
quedad muy en hora buena;
porque ya mi pecho ordena
dar remedio a mi cuidado.
Pag. 26
Pues es tanta su nobleza
trataréle con respeto
desde agora, y te prometo
que de ofendelle me pesa.
Importa que desta suerte
viva encubierto en mi casa.
Ya mi corazón se abrasa,
Fabio, por favorecerte.
Sale Escobavillo.
El Rey viene a visitarte,
que te alegres es razón,
porque en aquesta ocasión
será forzoso el honrarte.
Sale Inés.
Dicen que ha salido a caza
el Rey, y que viene a ver
esta casa de placer
mientras que la siesta pasa.
¿Su majestad?
Señor, sí.
Ea, traigan un dosel,
alfombras pónganse en él,
saquen las sillas aquí,
hija, llama a tu cuñada
y a tu hermano, que este día
Pag. 27
es bien que muestre alegría
casa, que está tan honrada.
Vase.
¿Qué dices desto, señora?
Digo que por Fabio muero,
que es muy noble caballero,
y mi corazón le adora.
Y digo que agora voy
a decille que se quede;
pues tanto en mi pecho puede,
que mi libertad le doy.
Vase.
Inés, oye.
¿Qué me quieres?
Hablarte un poco.
Después
hablaremos.
Oye, Inés,
hoy digo, por quien eres,
no me prives de tu luz;
da remedio a mi tormento,
que si te vas, al momento
he de ponerme un capuz.
Mucho te pica el amor.
Más me pica que un cilicio;
y pues muero en tu servicio,
concédeme algún favor.
Dame esa mano; y si es mucho,
no me des más que esas uñas
con que el alma me rascuñas
cuando te miro, y te escucho.
Pag. 28
que son tan puras, tan bellas,
que Amor para sí las quiere:
y si el sol sarna tuviere
podrá rascarse con ellas.
Bueno está; quédate a Dios.
Vase.
Que después nos hablaremos,
vete, aunque tarde hallaremos
tan buena ocasión los dos.
Sale el Rey, Enrique y Otón.
¡Hola!
Mi señor.
Llegad
una silla hacia a la fuente,
para que con su corriente
se alegre su majestad.
Es este soto extremado,
y apacible este jardín,
mas basta a asistirle en fin
la causa de mi cuidado.
Vuestros dos hijos, Otón,
¿cómo a verme no han venido?
Señor, porque no han sabido
esta dichosa ocasión.
Mas yo les avisaré
de que honrándonos estás,
si tu licencia me das.
Vase.
Pag. 29
di, que verlos gustare.
¿Parécete bien, Enrique,
que este dolor excesivo,
en que eternamente vivo,
a Carlos le comunique?
¿Quién, como Carlos, podrá
ser con Fenisa tercero?
Hacerle mercedes espero
si alivio a mis males da.
Salen Otón y Carlos.
¿Cómo no viene tu esposa?
Previniéndose quedaba
para venir, que ignoraba
esta ocasión venturosa.
Dame a besar esos pies,
gran señor.
Carlos, levanta.
Deja que por honra tanta
tus plantas bese otra vez;
que no hay méritos en mí
para tan grande favor.
Conde.
¿Qué mandas, señor?
Váyanse todos de aquí,
y quede Carlos no más.
Manda el rey que nos salgamos
de aquí.
Pag. 30
Pues obedezcamos.
Vanse.
Ya solo, y conmigo estás.
¿Qué es lo que mandas?
Amigo,
yo me abraso en vivo fuego,
y tiéneme amor tan ciego,
que ya mis ansias te digo.
Solo tú remediar puedes
mi mal; y mira que es justo
que solicites mi gusto
para que te haga mercedes.
Amor me abrasa de suerte
por un ángel celestial;
y es mi pena tan mortal,
que ha de causarme la muerte.
Duélete, Carlos, de mí:
haz lo que el alma desea,
aunque lícito no sea,
y aunque sea contra ti.
¡Cielos! El Rey, ¿qué querrá
de mí con tal prevención?
Estoy puesto en confusión.
Pienso que me entiendes ya:
En efecto amor me abrasa
en la llama rigurosa
de una luz, de una alba hermosa
Pag. 31
que resplandece en tu casa.
¿En mi casa?
No te alteres;
que ya sé que me engañaba
en lo que de ti pensaba,
y que servirme no quieres.
No importa, sea en buen hora;
mas si mi intento alcanzaste,
imagina que soñaste
todo lo que oíste agora.
Señor.
Basta.
Escucha, espera.
Hablemos en otra cosa.
Pero aquí viene su esposa,
y podrá ser mi tercera;
y creo que ha de estimar
dar remedio a mi pasión,
y que con su discreción
a Fenisa ha de obligar.
Sale Isabela
Deme vuestra majestad
sus pies.
Señora Isabela,
sois deste jardín clavel
por mi vida. Levantad.
Pag. 32
Esa lisonja, señor,
a tu grandeza agradezco,
no porque yo la merezco,
mas porque me da valor.
Carlos.
¿Qué mandas?
Ve presto
a tu retrete y responde
a aquesta carta del Conde.
Dale una carta.
A servirte estoy dispuesto.
Vase.
Isabela, el alma mía
vive de amor abrasada
por Fenisa, tu cuñada,
cuya luz da ser al día;
pero su injusto desdén
es igual a su belleza,
porque muestra que le pesa
de que yo la quiera bien.
A tal extremo he llegado
que a su pecho riguroso
he de vencer, poderoso,
si no puedo enamorado;
y ansí te pido que agora
busques remedio a mi pena
ablandando esta sirena,
que mi corazón adora.
Pag. 33
El fin de tu pensamiento
dificultoso parece,
que un pecho noble aborrece
el amor sin casamiento.
Mude vuestra majestad
de intento, y mire que ofende
con lo que agora pretende
a mi noble calidad.
Es mi tormento insufrible,
Isabela, no hay que hacer:
lo que te digo ha de ser
aunque parezca imposible.
En tu mano está mi vida.
No pretendas disgustarme,
que la vida ha de quitarme
quien este gusto me impida.
¿Cómo quieres que pretenda
lo que a mí no me está bien,
y cómo quieres también
que al conde mi suegro ofenda?
Confieso que ya me matas
con tan necias objeciones,
que en todas cuantas me pones
de darme disgusto tratas.
Nunca en el mundo se vio
Pag. 34
A amar un rey a una dama
de más opinión y fama,
que la que a mí me abrasó?
¿Y a ti parécete mal
que porque un rey se enamora
le sirva de intercesora
una dama principal?
Porque los tormentos veo,
que tu corazón padece,
cosa justa me parece
sujetarme a tu deseo.
Mas también porque imagino
lo que tu afición ordena,
ser tercera de tu pena
me parece un acto indigno.
Yo no intento ser querido,
ser admitido quisiera,
porque no hay pena más fiera
que amar sin ser admitido.
De manera que no ofendo
al ídolo a quien adoro,
antes le guardo el decoro,
pues solo amarle pretendo.
Y apenas mi amor se atreve
a morir por tal sujeto,
que es soberano el respeto
que a tanta deidad se debe.
Pag. 35
Mira agora si merezco
que tu cuñada me admita,
y que piadosa permita
el tormento que padezco.
Mira agora si es razón
dar remedio a mi tristeza,
y responde a tu nobleza
tan honesta intercesión.
Señor, no te canses más,
y no permitas que intente
una acción tan indecente.
Digo que pesada estás;
Isabela, vuelve en ti;
mira que tienes esposo,
y que soy rey poderoso,
Aquí sale Carlos con una carta, y quédase en la puerta.
pero duélete de mí.
Haz lo que tanto te pido,
que es mi pena sin igual,
y si remedias mi mal
he de honrar a tu marido.
Mas porque veas que soy
Alejandro aragonés,
el título de marqués
con una llave le doy.
¿De qué sirven esas honras?
Deja, señor, de cansarte,
que le honras por una parte,
y por otra le deshonras.
¡Cielos!, ¿qué es esto que escucho?
¿Qué es esto?, ¿qué miro, cielos?
Pag. 36
Ya mis sospechas son celos,
ya con el infierno quedo.
Mi esposo viene, detente;
no hablemos en eso más.
Oye.
Después me hablarás,
en lugar más conveniente.
Vase
¡Amor, no me desampares!
Pues con tu fuego me abrasas,
no permitas que esta fiera
huya a mis quejas ingrata.
Quiero buscar a Fenisa
y decirle de mis ansias,
quizá que en esta ocasión
pueda mi amor obligarla.
Oye, señor.
¿Qué me dices?
Que firmes aquesta carta,
que me mandaste escribir;
y que veas si te agrada.
Después me la mostrarás,
que mientras la siesta pasa
quiero descansar un poco
a la sombra destas hayas.
Vase
¡Cielos! si vuestro favor
en esta ocasión me falta,
hoy es el día infelice,
Pag. 37
en que mi vida se acaba.
El rey me dice que adora
una deidad soberana
dentro de mi casa, dentro
de mi pecho y de mi alma;
pues tan manifiestamente
el rey su afición declara,
él está ciego y perdido.
Mas, ¿si será por mi hermana?
Que no debe ser mi esposa,
pues declararse intentaba
conmigo. Pero, ¿qué dudo
si está la verdad tan clara?
Yo mismo ahora le he visto
con mi esposa; y las palabras,
que por mi mal escuché,
bien arguyen mi desgracia,
que si es mi esposa querida
de sus tormentos la causa.
Para hablarla, para verla,
en mi pecho ha de buscarla.
¡Isabela de mis ojos!
Y mirad que con vuestra gracia
dais ocasión a que el rey
pretenda manchar mi fama.
Y mirad que me ofendisteis
en oír lo que os hablaba,
Pag. 38
con que vencer pretendía
vuestra fe, vuestra constancia,
que si altiva le escuchastes,
y respondistes honrada,
escucharle y responderle
es animar su esperanza.
Celoso estoy, y cercado
de tan rigurosas ansias,
que doy crédito al temor,
que indignamente me asalta.
Isabela, perdonad
si este temor os agravia;
que temo, porque hay Tarquinos
para Lucrecias romanas.
Amor, ¿qué tengo de hacer,
si aquesto adelante pasa?
Irme quiero de la corte,
que está mi honor en balanza;
huyamos, pues, Isabela,
que aunque vuestro honor os guarda,
puede mucho la ocasión,
y el poder todo lo allana.
No quiero del rey mercedes,
que si liberal me paga,
enamorado aniquila
la nobleza de mi casa.
Vase. Salen Fabio y el Carrillo.
Pag. 39
Fab. Escobar y C.
Señor.
Toma postas, que mañana
me parto de aquí, y ve presto,
y sean postas con alas,
para que escaparme pueda
de la luz, que me amenaza,
o de aquella ingrata enemiga,
que darme la muerte trata.
Plegue a Dios que aquesta vez
no nos hiendan las espaldas,
que os vea alguien en este patio
tan largo como una lanza.
Si como el amor es niño,
supuestos, y culpas paga
con azotes, hoy sin duda
a entrambos nos hacen rajas.
Si los pajes de Fenisa
más que un arenque nos majan,
pero quien es majadero
como majadero acaba.
Fenisa intentó saber
si mis ojos aspiraban
al cielo de su hermosura
con mis afectos mostraba.
Con una piedad fingida
dio principio a mi esperanza:
Pag. 40
Ánimo a mi pensamiento,
y valor a mis palabras.
Huyamos pues, que pretende
ausentarme de su casa,
y ha de matarme su hermano
si mi pasión le declara.
Huyamos en hora buena,
pero si las postas faltan
iré por ellas.
Vase.
Ve presto,
que hay peligro en la tardanza.
¡Adiós, ingrata Fenisa,
que hoy de tus ojos nos parta
un alma, de que eres cuerpo,
un cuerpo, de que eres alma!
Pero el rey viene, y con él
la que es de mi mal la causa.
Retirarme quiero aquí.
Salen el rey y Fenisa.
Tu grandeza me levanta.
Advierte que tu desdén
tanto de límite pasa,
que ya murmura este arroyo
del rigor con que me tratas.
Vuelve esos serenos ojos,
cuyas luces soberanas
alegran este horizonte,
Pag. 41
alumbran la esfera octava.
Solo quiero que remedies
el tormento que me mata,
con que dejes que mi pecho
sea fénix en su llama.
Sabe el cielo que me pesa
de que penes por mi causa.
Vuelve en ti, señor, y mira
que es tu afición temeraria,
porque con tu pensamiento
a mi calidad agravias;
y si publicas tu amor
temo a la reina enojada.
Fenisa hermosa...
Detente,
que te escuchan. Esto basta.
Vete con Dios.
En buen hora.
Tú sola en mi pecho mandas,
y porque veas la fe
que mi pensamiento guarda,
tu voluntad. Ya me quiero
irme, pues gustas de que me vaya.
Quédate con Dios, Fenisa,
aunque de mí no te apartas,
que en mi firme corazón
te tiene amor colocada.
Vase el rey.
Pag. 42
Fabio.
Señora.
¿Qué es esto?
¿Aún aquí estás?
Aguardaba
despedirme de ti,
que ha de ser mi ausencia larga,
porque aunque el conde, tu padre,
no permite que me vaya,
ausentarme de la corte
es justo, pues tú lo mandas.
Que me perdones te pido,
humilde, puesto a tus plantas,
que de mi loca osadía
tus ojos fueron la causa.
Alza del suelo.
Señora...
¿En qué reparas? Levanta.
Reparo en que ese favor
en mí viene a ser venganza,
y temo que tu deidad
no me digna de sus aras
ni admite la adoración
con que pretendo obligarla.
Haz lo que digo, y advierte
(si es que de obligarme tratas)
que humillándote me fuerzas
a responderte enojada.
Obedezco.
La humildad
no merece con las damas.
Pag. 43
y en un pecho que es humilde
no puede haber sangre hidalga.
Muestra que hay valor en ti
para una empresa tan alta,
que no puede merecerme
quien de rodillas me habla.
¿Para qué con tal exceso
te muestras piadosa y grata,
cuando airada y vengativa
me despides de tu casa?
Cúbrete, Fabio.
¿Qué dices,
señora?
¿De qué te espantas,
si me excedes en amor
y en la calidad me igualas?
Hasta ahora pretendía,
para remediar mis ansias,
apartarte de estos ojos,
que por los tuyos se abrasan;
porque, viendo que a mi padre
servías, imaginaba
que no era tu calidad
como pregona la fama.
Cúbrete, pues, y pretende
el favor a que aspirabas.
Anímasme ya de suerte
que, aunque el temor me acobarda,
Pag. 44
De atreverme esta vez
a pensar que no me engañas.
Caballero soy sin duda;
porque para serlo basta
aspirar mi pensamiento
al sol de tu hermosa cara.
Mas pues muestras que me quieres,
sabe que eres adorada
de mi pecho, y que estoy ciego
cuando tu vista me falta.
Acaba ya de cubrirte.
Cúbrome, pues tú lo mandas.
Dime agora de tu amor,
dime la pena que pasas,
y dime si al alma mía
agradecido le pagas
este dolor riguroso
que mi paciencia contrasta.
Porque es tan ardiente el fuego,
que amor en mi pecho fragua,
que mi pena ha de matarme
si el remedio se dilata.
En tu mano está el remedio,
pues que penan nuestras almas
con tan entrañable amor:
¿qué dudas?, ¿qué lo dilatas?
Ya después que merecí
el amor que me declaras;
Pag. 45
no será justo que sea
tu mano en mi bien escasa.
Si confiesas que me estimas,
el corazón de quien ama
temeridades emprende,
y dificultades allana.
Para ser tuya nací;
que esta afición tan extraña
influjo fue de los astros,
que cuando nací reinaban.
Pues que soy de ti querido,
recibe, señora, el alma
en pago de la firmeza,
que mi corazón te guarda:
y dame esa hermosa mano,
en quien pusieron las Parcas
aquesta vida, que amor
a tu belleza consagra.
Después que mis tristes ojos
de mi amor dan muestras claras:
¿qué favor puedes pedirme,
que no te conceda grata?
Ves aquí, Fabio, la mano;
y a los cielos doy palabra
de ser tuya.
¡Oh mano hermosa!
Danse las manos.
Y más que la nieve blanca,
tuya soy, y lo he de ser,
Pag. 46
Pues que mi vista te abrasa
con tal afecto, que aspira
a empresa tan temeraria.
Si es divina deidad esa luz pura,
que en tus ojos amable resplandece,
adorarte es forzoso el que merece
ser águila del sol de tu hermosura.
Si en el fuego la víctima se apura,
holocausto en mi pecho amor te ofrece,
la llama, en que me abraso, me ennoblece,
y merecer tu mano me asegura.
Aspire pues mi amor al luminoso
cielo de tu belleza; y no desista
de empresa tan altiva el pensamiento.
Abrásese mi pecho, y animoso
espere merecerte; que tu vista
engendra amor; y amor merece intento.
Si es tan pura tu fe, si tan altivo
el amor, con que soy de ti querida;
será fuerza rendirme agradecida
al dolor, que padeces excesivo.
Si el fuego, que en mi pecho arde tensivo
forma de nuestras almas una vida,
qué vigor puede haber, que me divida
del amoroso aspecto, por quien vivo.
Ríndase pues mi alma, y con afecto
a tu firme afición equivalente
purifique las lágrimas, que lloro.
Pag. 47
No se aparten mis ojos de su objeto,
pues me fuerza el amor, y ocultamente
me transforma en el ídolo que adoro.
Fin de la 1ª jornada
Jornada segunda
Pag. 2-2
¿Qué me dices?
La verdad.
Ya Fenisa tiene esposo.
¿Y quién es el venturoso
que goza tanta beldad?
Un hidalgo de su casa,
que según me dijo Inés
es caballero francés.
Ya mi corazón se abrasa.
Ya va creciendo mi pena
con tan notable rigor,
que parece que el amor
a su infierno me condena.
¿Que está casada, en efecto?
no creo que pueda ser.
Inés me dijo que ayer
se casaron en secreto,
y que Carlos conocía
tu amorosa pretensión;
y ausentarse de Aragón
por un año pretendía.
¿Que a mi amor y a mi grandeza
Fenisa un hombre prefiere,
que aunque por ella se muere
no es digno de su belleza?
Pag. 2-3
Y que ausentarla pretende
Carlos por darme disgusto,
pero remediar es justo
esta llama que me enciende.
Fabio dicen que se llama
el francés, que ha merecido
ser estimado y querido
del sol cuya luz te inflama.
Pues, Enrique, muera Fabio:
y ojalá que yo pudiera
vengarme de aquesta fiera
como pide un tal agravio.
Muera Carlos, mueran todos
los que pretenden mi mal,
pues esta pena mortal
me mata por tantos modos.
¡[ilegible], desconocida!
¿Así pagas el decoro
con que te estimo, y te adoro
tan a costa de mi vida.
Señor, no te aflijas tanto
que tu mal tendrá remedio.
¿Cómo si está de por medio
el mar de mi triste llanto?
¿Qué remedio he de tener
si agora que peno y rabio
considerando este agravio
me olvido de mi poder?
Pag. 2-4
Mas pues están ya casados
una traza he de buscar
con que pueda remediar
mis ansias y mis cuidados.
Que me viene al pensamiento
una industria con que espero
sanar del mal de que muero,
deshaciendo el casamiento.
El conde viene, señor,
disimula.
Pues, Enrique,
agora es justo que aplique
remedio a tanto dolor.
Por la merced que me hacéis
en esta ocasión, dejad
que os bese los pies.
Alzad,
que todo lo merecéis.
Quisiera que este jardín
fuera palacio de Flora,
y que esparciera el aurora
y dalias rosas en fin,
para que con la belleza
de otra flor más excelente
mereciera dignamente
vuestra cesárea grandeza.
Pag. 2-5
Conde, a veros he venido
por ver si me divertía
de cierta melancolía
que me tiene algo afligido.
También vengo a encomendaros
cierto negocio en secreto;
que, si lo hacéis, os prometo
que como rey he de honraros.
Dichoso soy, si tenéis
ocasión en que ocuparme,
y pues me honráis en mandarme,
decidme lo que queréis.
Quiero que padre os fingáis
deste vuestro camarero,
pues dicen que es caballero,
y como suyo le honráis.
Que piensa doña Leonora
que es hija de Otón mi tío,
y con este desvarío
ofende una gran señora.
Obedeceros pretendo.
Lo que me mandáis haré;
aunque en aquesto bien sé
que a mi calidad ofendo.
Mas basta ser vuestro gusto.
Sabe Dios que no lo hiciera
si la condesa viviera,
por no dalle ese disgusto.
Pag. 2-6
Ea, conde, no tardéis;
haced luego lo que os digo;
que os prometo como amigo
de honraros como veréis.
En vuestra casa primero
este francés publicad,
por hijo vuestro, y guardad
el secreto que os [ilegible].
Vuestra voluntad es ley
obedecer es forzoso,
que el vasallo es venturoso
que dél se sirve el rey.
Haré lo que me mandáis
al momento.
Id en buen hora,
que con ese amor agora
nuevamente me obligáis.
El ardid es extremado:
sin duda de aquesta vez
se ahorca el pobre francés,
y se acaba tu cuidado.
Ya deliberado estoy
a vencer con mi porfía
aquesta enemiga mía,
que se olvida de quien soy.
Y pues Carlos determina
privarme del sol hermoso
que venero respetuoso,
y que en mi pecho domina.
Pag. 2-7
Quiero hacerle embajador
para que de aquí se ausente,
y porque estorbar no intente
los designios de mi amor.
Irme a la alameda quiero
a ver si veo esta ingrata,
que rigurosa me trata
cuando por ella me muero.
Quédate aquí mientras loco,
y casi desesperado,
voy a decir mi cuidado
a quien le tiene en muy poco.
En todo tu gusto haré.
¿Y así te olvidas, traidora,
del corazón que te adora?
Pero yo me vengaré.
Tiéneme desvanecido,
esposa del corazón,
el ver que con mi afición
tanto bien he merecido.
Tente, no te alargues tanto,
que te escuchan.
Ciego estaba,
y como loco te hablaba;
de mi descuido me espanto.
¡Oh peregrina beldad!
¡Oh dichoso caballero!
Pag. 2-8
Mas irme al momento quiero,
llamaré a su majestad,
porque no pase adelante
esta plática amorosa,
y no sea tan dichosa
el alma de un vil amante.
Ya quien nos vía se fue.
Agora hablarme podréis.
Y si licencia me dais,
contigo me sentaré.
Que me place.
Mi señora,
mi dueño, mi prenda cara,
a cuya belleza rara
se rinde la hermosa aurora:
dime agora que estimas
la libertad que te doy;
que del temor en que estoy
con tus palabras me animas.
Esposo del corazón,
ídolo del alma mía,
norte a quien adoro y sigo,
estrella que en mí domina,
objeto de mi memoria,
gloria de mi fantasía,
vida de todo mi bien,
y bien de toda mi vida,
eterno curso de edad
goce vuestra compañía.
Pag. 2-9
Alegre con mi afición,
abrazada en vuestra vista.
Forme amor a nuestras almas
un cuerpo, una esencia misma,
porque estén nuestras acciones
a una voluntad asidas.
Una nuestra vida sea,
la muerte no nos divida;
sea eterna nuestra llama,
y con nuestras almas viva.
Porque el tiempo riguroso
y universal homicida
a nuestro amor no dé fin,
aunque acabe nuestras vidas.
Aurora, que en la mañana
resplandecéis de mi día,
coronada de astros de oro,
de [ilegible] rosas vestida;
sol, que a mis ojos dais luz
con dos amorosas niñas,
que con sus rayos abrasan,
y con su gracia cautivan:
ya la jocunda deidad,
que el orbe tercero habita,
os envidia por hermosa,
os adora por divina.
Ya sale el blando Himeneo
desde los bosques de Nisa,
Pag. 2-10
y en este jardín hermoso
altares os sacrifica.
A la tierra en que pisáis
divinamente matiza
con las flores de los campos,
que Venus y amor cultivan.
El tálamo venturoso
con aromas purifica
en recompensa del ámbar
que vuestros labios respiran.
Ya la triste Filomena
en los ramos desa oliva
alegres canciones canta,
y sus pasiones olvida.
Aquesta fuente sonora
alegre en el campo gira,
y pródiga de su plata
a la tierra fertiliza.
Allí Narciso florece
alegre porque imagina
que erais vos la deidad
que en el agua se escondía.
Y al fin con vos se disculpa
de su afición excesiva,
que solo vuestra belleza
es de tal exceso digna.
Mas ya parece que el sol,
envidioso de mi dicha,
acelerando su curso,
la noche nos antecipa.
Pag. 2-11
Y la causa por que agora
presuroso se retira,
será porque vuestra luz
o le abrasa o le aniquila.
No huyas, Apolo, vuelve;
no quieras que Dafnes diga
que huye de una mujer
quien sabe seguir las ninfas.
Que en efecto eres mi esposo.
Tu esclavo soy, mi Fenisa;
que pues eres mi señora,
como esclavo el bien te sirva.
¿Quiéresme con el extremo
que cuando me pretendías?
Que el amor suele acabar
con la esperanza cumplida.
El amor que es verdadero
en la posesión se aviva
con la gloria de que goza
quien alcanza lo que estima.
Ya crece con los favores
que me concedes, benigna,
esta pasión amorosa,
que a morir por ti me obliga.
Que si la correspondencia
las voluntades confirma,
claro está que he de adorarte
pues eres agradecida,
y si con sola una vez
Pag. 2-12
que gozaba de tu vista
me abrasaba, ¿qué haré agora
que te gozo y que eres mía?
Es tal la gloria en que estoy,
cuando contemplo en mi dicha,
que ya mi alegre semblante
a todos mi amor publica.
Sepa el mundo que te adoro,
y si el bien se comunica,
publíquese aquesta gloria
que me inquieta y solicita.
Alégrense los amantes,
si acaso los desaniman
dificultades que amor
imposibles facilita.
Alégrese el cielo octavo,
que por las almas se inclina
deste triunfo igualmente
con el amor participa.
Plaza, plaza.
¿Qué es aquesto?
Su majestad nos visita
segunda vez, que le agrada
por extremo aquesta quinta.
No te alteres, mi señora,
que Fabio de mí se fía,
y de su amorosa pena
solo conmigo se alivia.
Pag. 2-13
Escobarillo es honrado,
y tanto conmigo priva,
que le fío este secreto
como tú de Inés le fías.
Dese modo será justo
que tenga la dicha misma
conmigo que con mi esposo.
Toma, amigo, esta sortija.
Vivas, señora, más años
que los hombres, cuyas vidas
importan poco en el mundo,
y cuando mueras revivas.
Un templo en aquesta piedra
a tu grandeza fabrican,
adonde tus alabanzas
para siempre se eternizan.
Está buen humor el hombre.
Sí, señora, y cada día.
Dígalo los taberneros,
y mi estómago lo diga.
Pero no será razón
que con mis bufonerías
perturbe vuestro sosiego,
y vuestros gustos impida.
Recién casados estáis,
goce Fabio de su dicha,
y tú, señora, también
goza de su compañía.
Pag. 2-14
Que yo me voy a la puerta,
adonde es justo que asista
por centinela de amor,
que hay banderas enemigas.
Entre tanto duerme un poco,
si es que el sueño te convida;
enramarete la puerta
cantarete una letrilla.
Tejerete una guirnalda
para ti, señora mía,
de azucenas, de jacintos,
jazmín, salvia, clavellinas,
rosas, lirios, tornasoles,
albahacas, englantinas,
peregrinas, azahares,
pinos, lentiscos, encinas,
acebuches, escaramujos,
cinamomo, encienso, mirra,
alcaparras, aceitunas,
rábanos, coles, ortigas,
pepinos y calabazas,
y todo cuanto Dios cría.
Bien lo has dicho, Escobarillo.
Vete y déjanos un poco.
Estoy de alegría loco
en virtud de aqueste anillo.
Mas quedo, tu padre viene,
y Carlos viene también.
Pues levántate, mi bien,
Pag. 2-15
Fabio.
Señor.
Ven acá,
que quiero que aqueste día
se sepa que es sangre mía
la que el aliento te da.
Hijos, aqueste francés,
que me sirve de criado,
quiero que sea estimado
de vosotros por quien es.
Por lo cual será forzoso
descubrir una verdad,
decir una novedad
para bien de aqueste mozo.
Sabed que en París trataba
cierta señora francesa,
cuya divina belleza
a la del sol igualaba.
Éramos viudos los dos,
y su noble pensamiento
aspiraba a casamiento,
pero llevósela Dios.
En efecto es hijo mío
este mozo, y de tal madre,
Pag. 2-16
que me honro de ser su padre,
y os cuento este desvarío
por que de hoy más le tratéis
como merece el valor
que tiene, y con el amor
que a vuestro hermano debéis.
¡Cielos! ¿Qué veneno es este
que bebo por los oídos?
¿Quién perturba mis sentidos
con tan manifiesta peste?
¡Yo casada con mi hermano!
¿Hay hombre más desdichado?
¡Yo de mi hermana gozado!
Favor, cielo soberano.
Dame los brazos, amigo,
que sin que mi hermano fueras,
para quererte de veras
basta criarte conmigo.
Pues qué tan dichoso soy
que tal ventura merezco.
Como hermano te obedezco.
En el mismo infierno estoy.
¿Has visto caso igual?
¡Ay tan desdichada suerte!
Loca estoy, mas ya la muerte
quiere dar fin a mi mal.
Pag. 2-17
A lindo tiempo el vejete
dijo que era de corona.
Mas guarde Dios la persona
del reverendo alcahuete.
Que el negocio va muy malo,
y temo que a mi pesar
me haga un verdugo bailar
la zarabanda en un palo.
Dame licencia, señor,
que me vaya a mi aposento.
Ve en buen hora.
¡Ay tal tormento!
¡Ay tan notable dolor!
Ciega estoy y tan perdida,
que a darme la muerte voy;
que pues desdichada soy,
bien es que acabe mi vida.
Sin duda a matarse va
Fenisa, seguirla quiero;
aunque en tormento tan fiero
ningún remedio tendrá.
Ya te he dicho, Isabela, que no ofendes
con esta intercesión a tu nobleza.
Pag. 2-18
Si, como es justo, mi quietud pretendes,
algún alivio busca a mi tristeza.
Ablanda aquesta ingrata, pues entiendes
que no es digno mi amor de su fiereza.
Mira, señor, que en el jardín hay gente;
no publiques tu amor tan claramente.
Conde.
Señor, ¿qué mandas?
¿Habéis hecho
aquello que os he dicho?
He servido,
como acostumbra aqueste hidalgo pecho,
que honres a Carlos por merced te pido,
si estás de mis servicios satisfecho,
y si alguna merced he merecido.
Carlos por su valor todo merece.
Vuestra grandeza siempre me enriquece.
Desde hoy más mi embajador quiero que sea
en la corte de Francia, adonde espero
que en mi grandeza claramente vea
lo mucho que a su casa estimo y quiero.
Beso tus pies.
Y porque el mundo crea
que es el amor que os tengo verdadero,
Pag. 2-19
a vos os hago, Otón, mi adelantado.
Siempre como quien eres me has honrado.
Parta Carlos mañana, si ser puede,
que importa a mi servicio.
Haré tu gusto.
Ya mi temor sus límites excede.
El rey trata mi afrenta; mas es justo
callar y obedecer.
Eterno quede
en todo el mundo tu valor augusto,
y tu poder sujete al hemisferio
contrapuesto a los fines de tu imperio.
Por tu vida, Isabela, que agradezcas
esta merced que hice a tu marido.
Pues a tu rey es justo que obedezcas,
y no ofende a tu honor lo que te pido.
Liberal a mi amor es bien te ofrezcas,
para que a Carlos honre agradecido.
Éntrate adentro y dile a tu cuñada
que mire que de un rey es adorada.
Mira, señor, que no conviene agora
tratar de tu afición.
Tiéneme ciego
el resplandor que el alma mía adora.
A la alameda voy; sígueme luego,
que tengo que te hablar.
Pag. 2-20
Sea en buen hora.
Arde en mi pecho un Etna, cuyo fuego
aviva el agua que mi alma llora.
Ya mi esposa a quien es no corresponde,
pues le mira, le escucha y le responde.
¿Por qué aceptaste, esposo de mi vida,
merced tan rigurosa que es forzoso
que de tu aspecto afable me divida?
Fue magnánimo el rey, mas riguroso,
pues la muerte me da con tu partida.
¿Lloras, esposa mía?
Ay caro esposo,
que aunque en mi pecho asistes retratado,
sin tu vista se aumenta mi cuidado.
No te aflijas, mi bien, que si me ausento
es para merecer con mi servicio
la privanza del rey, a quien intento
dar del valor que tengo claro indicio.
No se aparta de ti mi pensamiento,
que si el alma te ofrezco en sacrificio,
en tu objeto se emplea mi memoria,
y al corazón infunde eterna gloria.
¿Es posible que puedes ausentarte
Pag. 2-21
no más de porque el rey honrarte quiere,
desta vista que solo con mirarte
al corazón espíritos adquiere?
Mira que llevas la sublime parte
del alma que en la tuya amor transfiere.
Vuelve si te vas al pecho mío
el sujeto en que asiste mi albedrío.
No consienten las lágrimas que llora
que crea que mi amor es fingimiento,
y que olvidando el alma que le adora
hace ofensa a mi noble pensamiento.
Pero pretende deslumbrarme agora
con aqueste fingido sentimiento.
Disimulemos, pues. No llores tanto,
esposa, que me ofendes con tu llanto.
Consiente que te llame ingrato amante,
pues sin llorar te apartas de mi vista.
¿¿No merece aquesta fe constante
que el alma tuya eternamente asista,
donde ofrezca a mis ojos tu semblante?
¿Cómo quieres, señora, que resista
al poderoso rey que me destierra,
y que a mi pecho mueve mortal guerra?
Pag. 2-22
Pues antes que te vayas hablarle quiero,
y pedirle que excuse tu jornada;
porque el dolor que me atormenta fiero
me tiene del vivir desesperada.
Ya por averiguar mis dudas muero,
aunque mi afrenta está tan declarada
que no puede pensar el alma mía
que se engaña mi triste fantasía.
Celos, ¿qué fuego es este que me enciende?
¿Qué confusión es esta? ¿En qué me puso
aquella que manchar mi honor pretende?
Un infierno de amor arde confuso
en este pecho, que Isabela ofende;
que si mi afrenta a mi nobleza acuso,
desmiente a mi sospecha el niño ciego,
y así me abraso en uno y otro fuego.
Quiero bien a mi esposa y yo miro
que no paga la fe con que la adoro.
Honradamente a la venganza aspiro,
mas el amor me dice que el decoro
no pierda a la deidad por quien suspiro.
Siento mi agravio, su desdicha lloro.
Si me ofende Isabela he de vengarme,
si la mato también he de matarme.
Pag. 2-23
¡Oh, riguroso mal! ¡Oh, dura suerte,
que el remedio que tiene el dolor mío
ha de ser la causa de mi muerte!
¡Notable ceguedad, gran desvarío!
¡Yo ofendido estoy y siento perderte!
Mucho pudo en mi pecho aquel rocío,
aquel tierno licor con que llorosa
bañó del rostro la purpúrea rosa.
Por una parte honor me precipita,
por otra amor airado me amenaza,
a mi pecho la razón incita,
con más afecto un nuevo ardor le abrasa.
Es tan fiero mi mal, tan infinita
la pena que padezco, que esta casa
el alma mía con razón parece
un infierno de amor en que padece.
Tente, señor, que no es justo
que mates de aquesta suerte
quien no ha podido ofenderte
ni jamás te dio disgusto.
¡Viven los cielos, villano,
que la lengua te sacara
Pag. 2-24
y aun la vida te quitara
a no estar aquí mi hermano!
Envaina la daga, Fabio,
y pon a tu enojo pausa,
que la cólera sin causa
no es acción de un hombre sabio.
¿En qué te pude ofender?
Ea, perdonado estás.
Pues que tu favor le das,
no tiene ya que temer.
Honor, busquemos remedio
para esta pena mortal,
aunque con poder igual
asista amor de por medio.
Averígüense los celos
que tengo de aquesta ingrata,
que este dolor que me mata
no le permiten los cielos.
Si quieres, Fabio, que esté
tu casamiento en secreto,
como honrado te prometo
que solo a Dios lo diré.
Pag. 2-25
Que aunque me veas parlero,
cuando importa sé callar.
No tienes que recelar
de lo mucho que te quiero.
que miente como traidor
es villano tu amigo,
que te dice que yo digo
los secretos de tu amor.
Ahora bien, pues te parece
que podrás dentro del alma
guardar aqueste secreto,
fíome de tu palabra.
Mas ¡ay, que ya por mis venas
un vivo ardor se desata!
Veo en mi fantasía
mil quimeras, mil fantasmas.
Parece que ya la noche
sus negros lutos arrastra
y con tinieblas la luna
encubre su hermosa cara.
¡No hay una estrella en el cielo!
¡No hay luz en aquesta sala!
¡Oh, qué noche tan horrible!
¡Qué confusión tan extraña!
Ya se me eriza el cabello,
Pag. 2-26
el espíritu me falta,
que le oprime el corazón
con el peso de mis ansias.
¿Qué estruendo es este que escucho,
que parece que se arranca
el orbe de sus dos polos
y que la tierra le traga?
¿Qué ardiente rueda es aquella?
¿Qué monstruo es ese que exhala
llamas de cerúleo fuego
por tres horribles gargantas?
¿Qué horroroso golfo es ese
que perezoso dilata
rayos líquidos que surca
una mortífera barca?
¿Quién son estos que padecen
como yo sin esperanza?
Son almas de condenados,
y es el infierno esta casa.
Aquí me tiene el amor,
donde me enciende una llama
que con su furor compite,
pues me quema y no me mata.
Pag. 2-27
Estas imaginaciones
tan gran tormento me causan,
que temo que he de matarme
por haber gozado a mi hermana.
Ten buen ánimo, señor,
no publiques tu desgracia,
que si se viene a saber
pierde crédito tu hermana.
Bien me aconsejas, amigo,
mas es mi desdicha tanta
que no hay paciencia que pueda
resistir a su eficacia.
Dime tú que se ha visto
en las edades pasadas
tan desventurado amante
ni tan infelice dama.
No lloren tus ojos más,
que aunque fuiste desdichada
no es bien que tu corazón
en lágrimas se deshaga.
No me repliques, Inés,
Inés, no me digas nada.
Déjame, que estoy furiosa,
Pag. 2-28
y me ofenden tus palabras.
¡Yo casada con mi hermano!
¡Yo de mi hermano gozada!
¿Esto los cielos consienten?
Pues ¿cómo un ángel no baja
con una espada de fuego
a tomar de mí venganza?
¿Cómo no se abre la tierra
y me esconde en sus entrañas?
Mas bástame por castigo
este fuego que me abrasa,
estos rigurosos rayos
que amor en mi pecho fragua,
con que mi muerte se acerca,
con que mi vida se alarga.
Estrellas del alto cielo,
eternas luces soberanas,
con un influjo fatal
fueron de mi mal la causa.
Huid de ver mi desdicha
y contra mí conjuradas
procurad todas mi muerte,
Pag. 2-29
pues se descuidan las parcas.
Mas ¡ay, Fabio!, ¿qué es esto?
¿Cómo de mí no te apartas?
¿Cómo no te vas adonde
jamás te vea la cara?
Si para darme la pena
que merezco me acompañas,
acaba ya de matarme,
mancha en mi sangre tu espada.
Y si matarme no quieres,
vuélvete luego a tu patria,
que ya me ofende tu vista,
si antes la vida me daba.
Vete, hermano, de mis ojos,
y de la afición pasada
no te acuerdes, que fue fuego
con que el amor nos burlaba.
Estas prendas amorosas,
este retrato, estas cartas,
llévalas, Fabio, contigo,
que si las veo me matan.
Lleva contigo también
el alma que te adoraba,
que porque fue cosa tuya
Pag. 2-30
aunque me anima me agravia.
Solo quiero que me quede
la memoria, porque basta
para quitarme la vida
en esta ausencia tan larga.
Y las prendas que te he dado,
si acaso las guardabas,
como mías ya podrás
con razón despedazarlas.
Rompe, Fabio, mis papeles,
que lo que en ellos te hablaba
ofende a mi calidad
y la muerte me amenaza.
Aquel retrato amoroso
que cual ídolo adorabas,
bórrale, que no es razón
que viva tan vil estampa.
Mas no te detengas más,
toma postas, vete a Francia,
que aumentarás mi dolor
si dilatas tu jornada.
Vete de mi casa luego,
que si no te vas mañana
he de publicar al mundo
que estoy contigo casada.
Pag. 2-31
Salte de aqueste aposento,
vete, Fabio, que me matas
y me tiene aquesta pena
del todo desesperada.
Mira que furiosa estoy,
no me obligues a que salga
de mi casa dando voces
por las calles, por las plazas.
¿Quién tiene tanto valor
como tú, mi prenda amada,
de esa manera se rinde
a las ansias que le asaltan?
Repórtate, por quien eres,
que si mi vista te enfada,
yo me iré luego de aquí.
Tente, mi bien, no te vayas.
Perdóname si te ofendo,
que estoy en una batalla
en que del todo rendido
mi corazón se desmaya.
¡Ay, Fenisa de mis ojos!,
¿quién divide nuestras almas
ahora que tu piedad
lo que te quiero me paga?
¿Quién te impide que me otorgues
Pag. 2-32
el favor de que gozaba
después que de aquesa mano
toqué la nieve animada?
Pero el conde, mi señor,
¿no dice que eres mi hermana?
Luego ¿qué es lo que pretendo?
¿Qué es lo que mi pecho aguarda?
¿Cómo no me doy la muerte,
pues mi esperanza se acaba
y amor en sus prisiones
para siempre nos enlaza?
Fenisa, dame licencia
que, pues ausentarme mandas,
de tus ojos irme quiero
donde la muerte me llama.
Mas quisiera que el amor
blandamente te sacara
del corazón en que fuiste
como deidad adorada,
porque si llevo conmigo
el sol de tu hermosa cara,
¿cómo apartarme podré
de sus amorosas llamas?
Salte, hermana, de mi pecho,
que esta pena que me causas
hace eclipsar quejosa
Pag. 2-33
la luz de tus ojos clara.
Pero quédate con Dios,
que de palabra en palabra
va creciendo mi tormento
y mi ausencia se dilata.
Quiero ausente de tu luz
ir a llorar mi desgracia
hasta que la dura muerte
a mis males ponga pausa.
Y si al fin como mujer
piadosamente me tratas,
para estorbar mi partida
en vano, mi bien, te cansas.
No digas que no me ausente,
que si estorbas mi jornada,
mi padre a todo el mundo
ha de decir lo que pasa.
Mira qué furioso estoy;
si no quieres que me vaya,
yo mismo me he de entregar
a los filos de mi espada.
¿Es posible, dueño mío,
que ahora te desampara
Pag. 2-34
el excesivo valor
con que tanto me animabas?
Sí te ausentas porque ya
mi presencia no te agrada.
Yo me esconderé de ti.
Tente, mi Fenisa, aguarda,
y si te ofendo perdona,
que en pena tan temeraria
mis potencias, mis sentidos
están en confusa calma.
Mira, señor, que amanece
y pienso que se levanta
su padre.
Pues mi Fenisa,
vete, que estarás cansada,
y algún alivio procura
a tus rigurosas ansias,
que como hermana te estima
el corazón que te amaba.
Voyme a descansar un poco
para que se atreva el alma
con este infierno de amor
en que vivo condenada.
No quiero ya que te ausentes,
mas que busques una traza
Pag. 2-35
con que del todo te olvides
de afición tan desdichada.
Pues yo te prometo, esposa
de quien el cielo me aparta,
de borrar del corazón
el ídolo que adoraba,
porque faltando a mis ojos
tu belleza soberana,
se acabe esta triste vida,
si vida es justo llamarla.
Acábese aqueste fuego
que el infierno de amor fragua
en mi corazón, y acabe
con mi vida mi esperanza.
¡Viven los cielos, Inés,
que te hiciera mil tajadas
y a bocados te comiera
si fueras carne de vaca!
¿Es posible que sabías
que eras tú también mi hermana
por parte de Adán y Eva
y no me lo declarabas?
¿Estás borracho? ¿Qué es esto?
Pag. 2-36
Envaina luego la daga,
que no es tiempo ya de burlas,
y a fe que estoy enfadada.
Ahora bien, pues te parece
que podrás dentro de un arca
guardar aqueste lacayo,
fíome de tu palabra.
Mas ¡ay, que ya por mi mal
conozco que a mis espaldas
hoy habrá más cardenales
que a las espaldas del papa!
Pero ¿qué palo es aqueste
que en la plaza se levanta?
Horca parece, por Dios,
ya se me erizan las barbas,
y sospecho que un verdugo
con algún lacito trata
de hacer hoy en mi persona
algún paso de garganta.
¿No hay jamón en la cocina?
¿No hay vino en aquesa taza?
¡Oh, qué hambre tan horrible!
¡Qué sed tan extraordinaria!
Pag. 2-37
Pero quédate con Dios,
que pues ausentarme mandas,
de tus ojos irme quiero
al centro de una gurapa.
Y si al fin como ternera,
que digo tierna, me tratas,
para detenerme en vano
te cansas, mujer infausta.
No digas que no me esconda,
que si la tierra me falta,
¡vive Dios, que he de esconderme
en el cielo de tu cama!
No huyas, Escobarillo,
que yo me saldré de casa
primero si es que procuras
ausentarte por mi causa.
Tente, mi bien, que a fe mía
que contigo me burlaba,
porque bien sé que este infierno
no domina entre estas almas.
Jornada tercera
Pag. 3-40
A que te diese estas cartas
me envía su majestad,
para que con brevedad
aquesta noche me parta.
En servir y obedecer
nunca he sido descuidado,
porque soy vasallo honrado
y procuro merecer
de todo estoy prevenido
para ocasión tan honrada,
que solo en esta jornada
tengo ocupado el sentido.
Su majestad te merece
que le obedezcas en todo;
mas por tan notable modo
como quien es te ennoblece.
Quédate con Dios, Enrique,
que pues en esta ocasión
me ocupa el rey, es razón
que [ilegible] con mi intento,
de mi parte le dirás
Pag. 3-41
que ya de camino estaba
y solamente aguardaba
por las cartas que me das.
Lo que me mandas haré,
y si en Aragón te queda
algo en que servirte pueda,
en todo te serviré.
Muriendo de pena voy
mas quiero disimular
que hoy tengo de averiguar
estas dudas en que estoy.
Aguardando estaba allí
a que mi señor se fuese
para que yo hablarte pudiese.
También yo te aguardo aquí,
porque el principal intento
con que a la quinta he venido
solo para hablarte ha sido
en aqueste casamiento
que se dice por allí
que es hermana tu señora
Pag. 3-42
deste Fabio a quien adora
y con quien casada está.
Cuéntame, Inés, lo que pasa.
Penan por diversos modos
como en el infierno todos
los que entran en esta casa.
Fenisa está de manera
afligida y temerosa,
y en pena tan rigurosa,
que temo que se nos muera.
Fabio vive en tal tormento
llorando su desventura,
que imagino que procura
declarar su casamiento.
En efecto están los dos
desesperados de suerte
que ya no temen la muerte
sino el castigo de Dios.
Digo que fue desdichada
tu señora, y que me pesa
de ver con tanta tristeza
su hermosura malograda.
Mas, amiga, el rey desea
hablarle de su tormento
dentro en su mismo aposento
adonde nadie le vea.
Mira, pues, qué orden habrá
para que pueda seguro
saltar por aqueste muro,
Pag. 3-43
y entrar adonde ella está,
aunque mejor entraremos
por la puerta del jardín,
porque hay menos gente en fin
y menos rumor haremos.
Pues yo la llave sacaré
de esa puerta de la fuente
y porque entréis fácilmente
abierta la dejaré.
El rey te sabrá pagar
como es justo, mas advierte
que esté la casa de suerte
que no haya en qué tropezar.
No tienes que me decir,
que yo sé lo que he de hacer,
y si esta noche ha de ser,
a las dos podéis venir.
Bien está, quédate a Dios,
que muy presto nos veremos,
porque pienso que vendremos
aun antes que den las dos.
Vete con Dios, señor mío.
El secreto te encomiendo.
Por servirte en todo pretendo.
De tu palabra me fío.
Ya puedo vivir segura
del castigo que temía,
pues es tal la dicha mía
que él mismo rey me asegura
intercederme desde hoy.
Pag. 3-44
por su noble pensamiento,
para que en su amoroso intento
dispuesta a servirle estoy.
Ya que no quiere el cielo
que acabe con mi vida mi tormento,
riegue mi llanto al suelo,
y con un fuego intrínseco y violento
hurte a la primavera aquestas flores,
para que no publiquen mis amores.
La admiración que causa
al que me escucha la desgracia mía
suspenda y ponga pausa
a la sonora y métrica armonía
destas aves que, en piadoso canto,
publican ya la causa de mi llanto.
Los suspiros que exhala
el fuego, que en mi pecho riguroso
al mismo infierno iguala,
abrasen este arroyo caudaloso
antes que murmurando de mis males
estampe mi desdicha en sus cristales.
El eco resonante
de las voces, que doy desesperada,
revuelva penetrante
el agua dulce desta fuente helada,
que cuando veo en ella mi figura
me parece mayor mi desventura.
Pag. 3-45
Pero si estoy furiosa,
despedace mi mano estos enebros,
cuya copa frondosa
testigo un tiempo fue de mis requiebros;
no quede en el jardín planta ninguna
que no sienta el rigor de mi fortuna.
Marchítese este prado
con el grave contacto de mi planta,
que cuando mi cuidado
causa a mi corazón tristeza tanta,
es justo que las flores se entristezcan
y que conmigo este dolor padezcan.
No escape de mi mano
el laurel de que Apolo se corona,
que si el rayo inhumano
del fulminante Jove le perdona,
aqueste incendio que me abrasa eterno
vence a las mismas llamas del infierno.
Amor me tiene loca
con forzarme a que quiera un imposible,
y cuando más provoca
con el tormento que padezco horrible,
una llama de hielo me amenaza,
que sin llegar al corazón le abrasa.
Estoy tan temerosa
del áspero castigo que merezco,
que mil veces quejosa
Pag. 3-1
del penoso infierno en que padezco,
pido la muerte al hado ejecutivo
por huir de otro ardor más intensivo.
Cuando a los cielos miro,
pienso que el claro sol es un cometa,
cuyo siniestro giro
tanto me solicita y me inquieta
que el murmullo del viento me parece
rayo que contra el alma se enfurece.
Señora, ¿para qué quieres
con tan notable furor
dar indicios de tu amor
y del dolor de que mueres?
Estoy tan desesperada
y es mi mal tan excesivo
que no es vida la que vivo,
sino muerte dilatada.
Pero Fabio viene aquí;
huir quiero de su vista
para que mi honor resista
al amor que vive en mí,
que la ocasión puede mucho
y acabar del todo quiero
la pena de que me muero
cuando le miro y le escucho.
El tronco de ese laurel
que está junto de la fuente
Pag. 3-2
te esconderá fácilmente.
Meterme quisiera en él.
La yegua un poquito es lerda;
hoy he de hacerla en tajadas,
porque a puras sofrenadas
le he de hacer que el trote pierda,
que cuando cerril estaba,
con dos trabas que la eché,
de manera la amansé
que apenas se meneaba.
Nadie de sus pies escapa;
ayer me pegó una tunda
que el demonio me confunda
si no quedé como sapa.
Si divertir mi furor
con tus locuras intentas,
advierte que me atormentas
más que mi propio dolor.
Que pues que el cielo ordena
dividir dos voluntades,
¿quieres con tus necedades
divertirme de mi pena?
Mas si estoy desesperado
Pag. 3-3
y mi padre no consiente
que de una hermana me ausente
con quien estuve casado
acábese aquesta vida,
aunque parece imposible
que esta pasión insufrible
del corazón se divida.
Ocúpate, señor mío,
en contemplar estas flores,
que tratar de tus amores
es muy grande desvarío.
Mira estas rosas, señor,
cuya pompa nevada
tanto a los ojos agrada
como al olfato su olor.
Mira esos rojos claveles
y estos jacintos hermosos
que guarnecen olorosos
los troncos de los laureles.
Mira también el jazmín
y el lirio que por lo hermoso
vence al Febo luminoso,
y hácese cielo este jardín.
Escobatilla, detente,
no profanes este prado,
que debe de ser sagrado
Pag. 3-4
a la ninfa de esta fuente.
¿No ves entre aquellas ramas
una soberana diosa,
cuya vista luminosa
fulmina amorosas llamas?
Quiero llegar atrevido,
por ver si tanta belleza
puede aliviar la tristeza
de un corazón afligido.
Mas ¿qué es esto, mi señora?
¿A los mis ojos te ascondes?
¿De ese modo correspondes
a quien por tu causa llora?
¿Cómo resistir podré
en tan forzosa ocasión?
Mas, pues hablarle es razón,
como hermana le hablaré.
Si quieres que no me aparte
jamás de tu compañía,
del amor que te tenía
y del tuyo has de olvidarte,
porque el cielo soberano
dijo que tu hermana soy
y me fuerza a que desde hoy
te trate como mi hermano.
Tal estoy que no me acuerdo,
cuando veo tu hermosura,
Pag. 3-5
de la pasada ventura
ni de la gloria que pierdo.
Háblame, hermana querida,
declárame ese dolor
que eclipsa tu resplandor
tan a costa de mi vida.
Como hermana hablaros quiero,
porque la razón me obliga
a que las ansias te diga,
de que remedio no espero.
Yo prometo a tu beldad
de responderte también
como hermano, porque es bien
rendirme a tu voluntad,
y porque quiero que acabe
la llama que nos enciende,
que por indigna me ofende
y en mi grandeza no cabe.
Hermano querido,
¿qué furia es aquesta
que a mi corazón
causa tanta pena?
¿Qué es lo que mis ojos
ven en tu presencia,
que cuando te miro,
mis males se aumentan?
Pag. 3-6
Pensé que en tu vista
hallaran mis quejas
alivio y remedio
para mi tristeza;
pero ya conozco
que mi suerte ordena
que aumentes mis ansias
como causa de ellas.
Si ofendido estás
y matarme intentas,
quítame la vida,
antes con tu ausencia,
porque no es razón
que el amor consienta
que ojos tan afables
castiguen ofensas.
Si de ti me ascondo,
es porque no veas
en mis ojos tristes
escrita mi afrenta,
que estoy tan corrida
que al alma le pesa
de que mi semblante
miren las estrellas.
Mas agora es justo
que diga mi lengua
Pag. 3-7
lo que mis suspiros
y mi llanto muestran.
Pues eres mi hermano
(que nunca lo fueras),
oye de mi honor
la horrible tragedia,
que aunque mi tormento
los labios me cierra,
el dolor me anima
y el valor me esfuerza.
En mis tiernos años,
cuando el alma apenas
ejercer podía
la mayor potencia,
vide un caballero
en esta alameda,
en quien se estremaba
la naturaleza,
su persona en todo
era tan perfecta
que Diana le amara
si cual yo le viera.
De su vista afable
amor hizo flechas,
con que al alma mía
movió mortal guerra.
Procuré mil veces
Pag. 3-8
hacer resistencia,
más quedé vencida
y del todo ciega.
Creció mi cuidado
y de tal manera
que animé su pecho
con palabras tiernas
y con mil favores
le otorgué licencia
para que intentase
merecer mis prendas,
hasta que animoso
cual Ícaro vuela,
sin temer los rayos
del sol de mi esfera,
porque no hay amante
que imposible tema
cuando le asegura
la correspondencia.
En efecto, hermano,
porque no te ofenda
el largo discurso
que mi mal renueva,
sabe que le di
la mano, y con ella
le ofrecí las flores
de mi primavera.
Pag. 3-9
Vivimos casados
con tanta fineza
que nuestra afición
parecía eterna.
Y cuando pensé
que con fe sincera
mi lealtad pagara,
entonces se ausenta,
entonces me olvida,
entonces me deja,
porque no es posible
que mi esposo sea.
Mas, pues soy tu hermana
y con ansia extrema,
tan notable culpa
mi boca confiesa,
venga en mí tu honra,
porque es indecencia
que viva quien puso
mancha en tu nobleza.
Hermana del alma mía,
a cuyos hermosos ojos
rinde Febo por despojos
los resplandores del día,
si con tu ciega osadía
pusiste mancha en tu honor,
Pag. 3-10
es justo que mi valor
tome venganza animoso,
no de ti, mas de tu esposo,
pues se olvida de tu amor.
Que si tú, como mujer,
a pesar de tu grandeza,
entregaste esa belleza
a quien te supo vencer,
¿qué castigo puede haber
como tu propio cuidado?
Pues quien la mano te ha dado,
de esposo agora procura
dejar aquella hermosura
de quien fue tan adorado.
Un castigo riguroso
tienes en tu misma culpa;
el ser mujer te disculpa
de aqueste exceso amoroso.
Por lo cual será forzoso
que tome venganza fiera
de quien olvidarse espera
de un alma que le adoró.
Y, pues Fabio te ofendió,
razón que Fabio muera.
Pag. 3-11
Después de darte la mano,
es villanía ausentarse,
ingratitud olvidarse
de tu rostro soberano.
Advierte, querido hermano
(si es que de vengarme tratas),
que mi tormento dilatas
y me haces mortal agravio,
porque, si matas a Fabio,
también a tu hermana matas.
Ay, Fénix, cara esposa,
que no sufre el alma mía
que acabe en mi fantasía
la idea que adoro hermosa.
Con esa vista amorosa
en tal estado me pones
que, aunque tú no me perdones,
he de hablarte como amante,
que no es bien que a mi semblante
contradigan mis razones.
Fabio, no te alargues más,
que si no quieres matarme,
de tu vista he de apartarme
para no verte jamás.
Mas, pues abrasado estás,
publicándome la pena,
Pag. 3-12
a que el amor te condena,
quiero decir al momento
a mi padre mi tormento
y lo que tu pecho ordena.
Aguarda, esposa querida,
que si un dolor tan mortal
quieres publicar tu mal,
porque de ti no divida
no temas que te lo impida,
que, pues ser tuyo no espero,
diré que por ti me muero,
porque la muerte me den
y porque muera también
confesando que te quiero.
Espera y mira, señor,
que intentas tu desventura.
¿Hay semejante locura?
¿Hay tan notable furor?
Deme el cielo su favor,
que temo que aquesta noche
algún mulato me abroche.
Pag. 3-13
la garganta en un botijo,
y me vendrá algún morisco
con un correón del coche.
Escobatilla.
Inés mía.
¿Qué horas son?
Las once han dado.
Si no me engaña el cuidado,
que agora me dijo el día.
Mi señor y tu señora
llegaron a tal extremo
con su locura que temo
que se declaran agora.
Toda esta noche estuvieron
en este jardín hablando,
que pienso andan penando
los ángeles que cayeron;
mas voyme, porque es razón
que agora a mi señor siga
y que le estorbe que diga
la causa de su pasión.
Pag. 3-14
A gran peligro me atrevo;
mal con aquesto le pago
al conde Otón, y mal hago
lo que a mi señora debo.
Pero es fuerza obedecer
a un amante poderoso,
que liberal y hermoso
sabe obligar y vencer.
Estos son, si mi señor
es Enrique.
Enrique soy,
y en el jardín donde estoy
entra sin hacer rumor.
¿Qué hace Fénix?
Imagino
que está llorando su mal,
porque con ansia mortal
pena y llora de contino.
Vete, pues, a su aposento
y mira si está despierta.
Que me place.
En esta puerta
te aguardo.
Pag. 3-15
Vendré al momento.
Pésame de que esta ingrata
por mi causa llore tanto,
porque yo su perpetuo llanto
más que su desdén me mata.
Quisiera secretamente
decirle que no es su hermano
el hombre a quien dio la mano;
mas amor no lo consiente,
que si me aflige llorosa
perdida y desesperada,
cuando yo mire casada,
me matara rigurosa.
Bien merece tu desdén
el tormento de quien muere,
pues un lacayo prefiere
a un rey que la quiere bien.
Muerta vengo de temor.
Ríe de mí.
¿Qué ha sucedido,
amiga?
Isabel os ha oído
Pag. 3-16
pasar por el corredor,
y me preguntó quién era
el caballero embozado
que en tu casa había entrado
y que en la puerta le abriera.
No pude al fin deslumbrarla
y díjele que entendía
que era Carlos, que venía
en secreto a visitarla.
En peligro tan forzoso
que os volváis luego conviene,
que al jardín pienso que viene,
porque piensa que es su esposo.
Isabel, si nos viere...
Importa muy poco, Inés.
Vete, señor, que otra vez
vendrás, si ocasión hubiere.
Enrique, salte allá fuera,
que esta noche mi firmeza
ha de vencer la dureza
y el rigor de aquesta fiera.
Haré tu gusto.
No sé
Pag. 3-17
si es mi esposo este que veo
llegar aquí.
Oh, mi deseo,
si puedo conseguiré.
¿Sois vos, mi señor?
Yo soy,
yo soy, señora Isabel,
que el rigor de esta cruel
me ha traído adonde estoy.
No os admire mi locura,
porque la afición me obliga
a que venza esta enemiga
con adorar su hermosura.
Mirad, señor, lo que hacéis,
y advertí que no es razón
que ofenda vuestra afición
a quien honrar pretendéis.
Hablar quiero a tu señora
y preguntarle si es gusto
que pretenda mi disgusto,
cuando es de mí tan amada.
¿Estáis de suerte afligido
con las ansias que padeces
que confieso que mereces
Pag. 3-18
ser de Fénix admitido;
pero nunca lo verás,
que es tan fiera y tan ingrata
que rigurosa te trata
cuando el corazón le das.
Dadme, cielo, vuestro amparo,
que apenas moverme puedo
con el peso de mis males,
con el rigor de mis celos.
Cuando están durmiendo todos
en un profundo silencio,
hallo entrada en el jardín
y aun en mi propio aposento.
De este modo hallo mi casa,
cuando averiguar pretendo
lo que enojado confirmo
y lo que amoroso niego.
En tan manifiesto agravio
valor le falta a mi pecho,
y no puede la paciencia
resistir a mi tormento.
Tal me tiene mi temor
que cada sombra que veo
me parece que es el rey.
Pag. 3-19
que, aunque me agravia, le temo.
Pues mi valor se anime
y aqueste amoroso fuego
que hasta agora me abrasaba
se vuelva en furia y veneno.
Muera Isabel, pues me ofende,
mas, ay, que en el alma siento
que me responde llorosa
que sin razón la condeno.
Y no puedo imaginar
que aspire su pensamiento
a poner mancha en su honra,
cuando yo tanto la quiero.
Podrá ser que por descuido
quedase el jardín abierto;
pero aquesta no es la puerta
de quien con razón me quejo.
¿No es este el rey que me ofende
y a quien tanto reverencio,
que aun apenas con los ojos
a su grandeza me atrevo?
Honor, ¿qué tengo de hacer,
si he llegado a tal extremo
que, cuando el valor me exhorta,
Pag. 3-20
me desanima el respeto.
No temas que yo lo impida,
que, pues con tan gran exceso
padeces, no es bien que estorbe
de tus males el remedio;
y si en mi pecho jamás
halló tu amante deseo
auxilio, no será justo
halle agora impedimento.
Oye, Isabel, por tu vida,
haz lo que tanto te ruego,
pues te mueven a piedad
estas ansias que padezco.
Mas seguirla me conviene,
porque sin ella no creo
que alcanzara mi firmeza
los favores que merezco.
Amor, préstame tus alas
y detén el movimiento
de Apolo, que la ocasión
no tiene más de un cabello.
Pag. 3-21
Aquí me pierdo del todo.
Mi señor.
¿Qué es aquesto?
Carlos, ¿cómo no te fuiste?
¿Hay tan grande atrevimiento?
¿No te mandé que esta noche
partieses?
Advierte.
Yo advierto
que has de ver por tu mal,
si me enojas, lo que puedo.
Señor.
No me digas nada.
¿De esta manera?
Prometo
que he de quitarte la vida
si me disgustas.
¡Ah, cielos!
Agora es justo que acabe
el indigno amor que tengo
a esta ingrata y que animoso
manche en su sangre mi acero.
Pag. 3-22
Pero si me afrenta un rey
cuyo poder es inmenso,
¿cómo podré restaurar
el honor que agora pierdo?
No más infame temor,
no más cobarde respeto;
muera quien quiere afrentarme
antes que logre su intento.
Precipíteme el agravio
que agora mis ojos vieron,
que un afrentado furioso
es incapaz de consejo.
Pag. 3-23
Mire vuestra majestad
que sus indignos excesos
animan a mi valor
contra el poder de su cetro.
No se canse en persuadirme,
porque está mi honor dispuesto
a olvidarse del respeto
que a su grandeza le debo.
No llores, Fenisa hermosa,
que con mi amor no te ofendo,
y quiero más a tu vida
que al corazón que te ofrezco.
El resplandor de tu luz
tan observante venero
que solo a tu voluntad,
aunque indigna, me sujeto.
Si no te mueven las ansias
Pag. 3-24
que de continuo padezco,
máteme el fiero dolor
que me causa este desprecio,
que no quiero que forzada
dé a mis males remedio,
si han de matarme tus ojos
con su injusto sentimiento.
Pag. 3-25
¿Así se paga, traidora,
un amor tan verdadero
como el mío? Esta lealtad
me guarda tu infame pecho.
Vive el cielo que he de darte
un castigo tan acerbo
que en el rigor de tus ansias
quede mi honor satisfecho.
Aguarda, esposo querido,
que más que la muerte siento
el ver que quieres matarme
porque piensas que te ofendo.
No procures desmentir
lo que claramente vieron
mis ojos, que no ha lugar
entre mi espada y tu cuello.
Pag. 3-26
Sabe el cielo que me matas
sin razón.
Hijo, ¿qué es esto?
¿Por qué matas a tu esposa,
si de virtud es ejemplo?
Detente.
Padre.
Detente,
que es engaño manifiesto
pensar que ofenderte pudo
quien te ama con tal exceso.
Yo sé que el rey, mi señor,
se abrasa en ardiente fuego
por mi esposa y que me agravia
con su indigno pensamiento.
Envaina la espada, Carlos,
que de mi amor el objeto
es esta ingrata enemiga,
cuyos desdenes padezco,
y tu esposa es tan honrada
que atropellando mis ruegos
Pag. 3-27
Jamás con su intercesión
dio favor a mis deseos.
Suspende el enojo, hermano,
que son indignos recelos
porque es honrada Isabela
y te quiere por extremo.
Perdona, esposa querida,
el agravio que te he hecho,
que ya conozco que han sido
mis celos sin fundamento;
pero nació mi temor
de lo mucho que te quiero.
Hija, perdona a tu esposo
y dale los brazos luego,
que la afición que te tiene
le disculpa de su yerro.
Aunque su temor injusto
ofendió mi noble pecho,
ya me olvido del agravio
y le amo con más afecto.
El rey mi señor pretende
vencer el rigor inmenso
de tu hermana, por quien vive
Pag. 3-28
en riguroso tormento.
Esta afrenta es bien que sufra
un tal vasallo. Reviento
de cólera. Mis pasados
en reyes como vos fueron.
¡Vive Dios!
Considera.
Perdona, que el sentimiento
me precipita.
Hasta agora
mi amor no pudo ofenderos,
porque Fenisa bien sabe
que es su rigor tan inmenso
que apenas ser admitido
mereció mi pensamiento.
Agora es justo que diga
el infelice suceso
de mi amor, porque la muerte
a mis males dé remedio.
Hermano, padre y señor,
es el día postrero
de mi vida; hoy se ha de ver
en nuestra casa un portento.
Yo soy la más desdichada
Pag. 3-29
que nació desde que Febo
con su resplandor alumbra
el diáfano firmamento.
Mas dejando digresiones,
que no las permite el tiempo,
sabed que en este jardín
pisé un áspid encubierto,
bebí por un vaso de oro
tan mortífero veneno
que ya para declararme
me va faltando el aliento.
Al fin rindióme el amor
y caséme de secreto
con Fabio, que le tenía
por hijo del conde Alberto.
Ved qué inestable desdicha
y qué delito tan feo.
Sacad las espadas todos,
cortad este indigno cuello.
Si no queréis que a fuerza
padezca en aqueste infierno,
y como Porcia y Lucrecia
brasas trague, empuñe acero,
para hurtar aquesta vida
al rigor del justo cielo.
Pag. 3-30
que me amenaza ofendido
con mi infelice casamiento.
Esa culpa tengo yo,
pues me atreví como ciego
a poner mis viles ojos
en tan altivo sujeto.
Que me deis la muerte os pido,
que pues yo la culpa tengo
será razón que me den
el castigo que merezco.
Supuesto que me ofendisteis,
no me enojo, antes me alegro
de ver casada a Fenisa
con tan noble caballero.
Alberto, conde de Brava,
y madama de Oliveros
son padres de aqueste mozo
que agora me dais por yerno.
Era dama de palacio
la madre y con tal afecto
al conde amaba que un día
le dio entrada en su aposento.
Publicóse este favor,
pero casáronse luego,
y a los seis meses la dama
Pag. 3-31
parió este ilustre mancebo.
Criéle en mi propia casa
porque ellos me lo pidieron,
que presumían que el rey
los castigase severo.
Trújelo, como sabéis,
a ver el hispano suelo;
sirvime de él, pero siempre
le tuve un amor paterno.
Esta es la verdad del caso,
lo demás fue fingimiento,
y sabe el rey, mi señor,
que no es Fabio hermano vuestro.
Ya de la afición pasada
justamente me arrepiento,
pues que vencer no he podido
con tantas trazas y enredos.
Si hasta agora procuré
vuestro mal, desde hoy me atrevo
a procurar con desvelos
vuestro bien, y mi sosiego
diez mil ducados de renta
quiero darte.
Tus pies beso.
Ya, Fabio, le doy los brazos.
Prospere tu vida el cielo.
dame los brazos, esposa.
Pag. 3-32
que a tu belleza prometo
de adorarte y de pagar
con obras lo que te debo.
Aguarden, cuerpo de tal.
Llega, Inés, y pediremos
mercedes, porque hasta agora
servimos sin estipendio.
Dame aquesa hermosa mano
y a los pies del rey lleguemos.
La mano y con ella el alma
de quien siempre fuiste dueño.
Suplico a tu majestad,
que aunque yo no lo merezco,
Pag. 3-33
me escuche cuatro palabras
en un átomo de tiempo.
¿Qué es lo que quieres?
Señor,
que mires el gran tormento
en que por mi causa Inés
pena y rabia más que un perro.
¿Querrás casarte?
Más antes
que no me cases te ruego,
porque haya alguna comedia
que acabe sin casamiento.
En buena hora no te cases,
y acábese aquí el infierno
de amor, en que nuestras almas
tantas penas padecieron.
