> Дата публикации: 22 августа 2026 г.
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El infierno de amor. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-infierno-de-amor.
El infierno de amor
Jornada 1ª
El rey
Otón
Carlos
Fabio
Enrique
Estebanillo
Fenisa
Isabela
Inés
Salen Fenisa y Inés.
¡Extraña melancolía!
¡Riguroso mal!
Llora
Inés,
nada de las ansias ves
en que vive el alma mía.
Busca para tanto mal
algún alivio siquiera;
que quien ama desespera
si es la afición desigual.
Mas para tales enojos,
tal tormento, tal dolor
será el remedio mejor
sacar la luz a estos ojos.
Cobra alguna confianza:
acaba ya de llorar.
¿Cómo puede descansar
quien ama sin esperanza?
El secretario, señora,
es galán, y aunque es criado
es bien nacido, y honrado,
y por extremo te adora:
tu padre le estima, y quiere
haciéndole tal favor,
que en el buen trato, y amor
a tu hermano le prefiere.
Trújole niño de Francia,
y aunque no le conocemos
padre, todos le tenemos
por persona de importancia.
Mas si tanto te aborrece
por indigno ese lamento,
muda, señora, de intento;
elige a quien te merece.
El rey te quiere, y no ofende
con su afición a tu honor,
que es tan honesto su amor,
que solo amarte pretende.
Si admites agradecida
su pensamiento, jamás
de Fabio te acordarás,
que amor con amor se olvida.
Demás que no será justo
que olvide tu corazón
al mismo rey de Aragón,
por un amor tan injusto.
Fabio me abrasa de suerte
que muero cuando le veo,
y declararle deseo
que es la causa de mi muerte.
Tan ciega por él estoy,
que te afirmo que quisiera
Para que mi esposo fuera
ser menor de lo que soy,
remedio pido a mi honor
para poder olvidarle;
y díseme que ausentarle
es el remedio mejor.
Si sus partes considero,
doy alivio a mi cuidado;
si considero su estado,
peno, lloro, rabio, muero.
ora bien, ello ha de ser;
váyase Fabio de aquí;
y el alma, que le rendí,
acabe de padecer.
Mas porque ocasión hubiera
de despedirle, gustara
que su amor me declarara,
y en algo me deserviera.
Él viene aquí.
Pues, amiga,
dile que me diga amores,
que pretenda mil favores,
y que sus ansias me diga;
que, pues declararle suele
su pensamiento, bien es
que algún auxilio le des.
para que más alto vuele.
Y si con lengua atrevida
me declara su pasión,
habrá entonces ocasión
para que yo le despida.
Y enojada le diré
que si no se va al momento,
a su loco atrevimiento
con rigor castigaré.
Y que ha de saber mi hermano
que como traidor aleve
a mi grandeza se atreve
su pensamiento liviano.
Viéndose al fin despreciado
de mi amor, será forzoso
que se vaya temeroso,
corrido y desesperado.
Bien dices... Vete, señora,
y aguárdate un poco ahí
mientras yo le digo aquí
que tu corazón le adora.
Vase Fenisa. Salen Fabio y Esclavo.
En vana locura has dado,
Amiga, dime si acaso
le dijiste a tu señora
que mi corazón la adora,
y que por ella me abraso.
Ya le dije que ha mil días
que por ella te abrasabas,
y que no te declarabas,
porque su desdén temías.
Anímate, pues, señor;
que, según lo que yo vi,
ella se muere por ti
aun con más ardiente amor,
Burlando pienso que estás,
Inés, dime lo que pasa.
Digo que por ti se abrasa,
y no me preguntes más.
Dichoso mil veces yo,
pues tanto bien merecí;
dichoso el día en que vi
la beldad que me abrasó.
Ahora sí que animoso
a Fenisa le diré
lo que hasta ahora callé
dignamente temeroso.
Sale Fenisa
Si de mis ojos se ausenta
quien es de mi mal la causa;
porque ausente ponga pausa
a un amor tan indecente.
Inés, yo te serviré,
como tú verás.
Adiós.
Vase Inés.
Solos estamos los dos:
¡ay, cielos!, ¿qué le diré?
Ea, honor, agora acabe
la causa de mi tristeza,
pues ofende a mi nobleza,
y en mi corazón no cabe.
¡Aquí estás, Fabio!
Señora,
aquí estoy; y tan alegre,
cuanto suele estar el día
con la luz, de que procede.
Cuanto la purpúrea aurora,
en las puertas del Oriente,
llorando el muerto Memnón,
al Eritreo enriquece.
Cuanto se ve el horizonte
con resplandores tan breves;
que siendo del sol otorgan
a la vista el accidente.
Al fin, cuando el claro Apolo
corona las altas sienes
de los montes, que soberbios
al mismo cielo se atreven.
Alégranse los jardines:
Ríense las claras fuentes.
Ellos le ofrecen aromas,
ellas aljófar le ofrecen,
himnos alternan las aves,
cuya suavidad suspende
al músico movimiento
de la máquina celeste.
Agora que vuestro sol
en mis ojos amanece,
es justo que el alma mía
con tanta gloria se alegre,
y que este favor os pague
con morir eternamente,
agradecida a estos ojos,
que tanto bien le conceden.
Basta, no te alargues más
porque imposible parece
que pueda alegrarte tanto
quien de tristeza se muere.
Es sol la luz de tu cara:
igualmente resplandece,
y a cuanto sirve de objeto
todo se abrasa igualmente.
La púrpura de tu rostro
arde de la misma suerte
que el alma de quien te mira,
mas no se extingue, antes crece:
y un sujeto tan sutil
cómo puede defenderse
de quien apenas un alma,
que es eterna, se defiende?
La sabia naturaleza,
que los remedios previene
para mitigar su ardor
le mezcló cándida nieve
si con mi favor se anima,
y por declararse muere,
mostrarme quiero amorosa
para que más se despeñe.
Digo que eres lisonjero;
mas hablas tan elocuente
que tus palabras me alegran:
y casi me desvanecen.
Inés me dijo verdad.
Fenisa admitir pretende
mi amor, mas no se declara
porque indigno le parece.
Señora, pues que mis ojos
publican tan claramente
este riguroso fuego,
que me abrasa, que me enciende:
rompa el silencio mi lengua,
que el temor que la detiene
hace ofensa a la piedad
que tu vista me promete.
Yo me abraso: yo estoy loco:
ya mi corazón se atreve
a publicarte las penas,
que por tu causa padece.
Si piensas que mi afición
por ser humilde te ofende,
mira que el alma es divina;
y que ella sola te quiere.
Amor es acción del alma:
el alma bien lo merece,
que es idea soberana
de la sempiterna mente.
Basta, no me digas más.
Villano, atrevido, vete,
vete luego de mi casa,
y haré que te den la muerte.
Señora...
Aquí sale Otón.
No me repliques,
traidor, fementido, aleve,
que te sacarán el alma,
con que has podido ofenderme.
Salte luego de Aragón,
y si no te vas, advierte
que he de decir a mi hermano
la temeridad que emprendes.
¿Ansí estimas mi valor?
¿Ansí el decoro me pierdes?
¿A las señoras de Francia
tratan ansí los franceses?
Por vida de Otón, mi padre,
que si no te vas...
Detente.
Basta, no pases de ahí.
¡Ay, amor! ¿Qué novedad es?
No solo Inés me engañó,
pero sus ojos alegres,
y sus palabras también
me engañaron. ¡Triste suerte!
¿Qué enojo es este, Fenisa?
Tú, señor, la culpa tienes,
pues estimas un Gileno,
que servirte no merece.
Extraño modo de pena
es la que mi pecho siente,
que deseo que se vaya,
y deseo que se quede.
Pero ¿qué diré a mi padre?
Disimular me conviene.
Que lo que le he dicho a Fabio
basta para que se ausente.
Díjele a Fabio, señor,
que a la platería fuese
a pagarme unas cadenas
y unas joyas que me venden;
respondió que no podía,
sin que primero le dieses
licencia, pagar a nadie
de los dineros que tiene.
No me ofendió la respuesta,
porque sé que te obedece
en esto, mas ofendiome
el modo de responderme.
Perdona si te ofendí;
y si ausentarme pretendes
luego me iré de la corte
solo por obedecerte.
Éntrate, Fabio, allá dentro,
y aguarda en este retrete,
Vase.
que ya voy:
haré tu gusto.
¡Ay, amor, qué poco puedes!
Hija, suspende el rigor,
y trata mejor a Fabio,
que es galán, discreto, sabio;
y no le falta valor.
¿Qué valor puede tener
hombre que no tiene padre,
y que al fin será su madre
alguna humilde mujer?
Si Fabio te disgustó,
no es justo tratarle mal,
que es hombre tan principal
y tan noble como yo.
¿Cómo, padre? ¿Qué decís?
Digo que es el camarero
el más noble caballero
que nació dentro en París.
No sé qué espíritus son
los que en mí se dilataron,
que en extremo me alegraron
el alma y el corazón.
Fabio, pues que sois honrado:
quedad muy en hora buena;
porque ya mi pecho ordena
dar remedio a mi cuidado.
Pues es tanta su nobleza
trataréle con respeto
desde agora, y te prometo
que de ofendelle me pesa.
Importa que desta suerte
viva encubierto en mi casa.
Ya mi corazón se abrasa,
Fabio, por favorecerte.
Sale Escobavillo.
El Rey viene a visitarte,
que te alegres es razón,
porque en aquesta ocasión
será forzoso el honrarte.
Sale Inés.
Dicen que ha salido a caza
el Rey, y que viene a ver
esta casa de placer
mientras que la siesta pasa.
¿Su majestad?
Señor, sí.
Ea, traigan un dosel,
alfombras pónganse en él,
saquen las sillas aquí,
hija, llama a tu cuñada
y a tu hermano, que este día
Vase.
es bien que muestre alegría
casa, que está tan honrada.
¿Qué dices desto, señora?
Vase.
Digo que por Fabio muero,
que es muy noble caballero,
y mi corazón le adora.
Y digo que agora voy
a decille que se quede;
pues tanto en mi pecho puede,
que mi libertad le doy.
Inés, oye.
¿Qué me quieres?
Hablarte un poco.
Después
hablaremos.
Oye, Inés,
hoy digo, por quien eres,
no me prives de tu luz;
da remedio a mi tormento,
que si te vas, al momento
he de ponerme un capuz.
Mucho te pica el amor.
Más me pica que un cilicio;
y pues muero en tu servicio,
concédeme algún favor.
Dame esa mano; y si es mucho,
no me des más que esas uñas
con que el alma me rascuñas
cuando te miro, y te escucho.
que son tan puras, tan bellas,
que Amor para sí las quiere:
y si el sol sarna tuviere
podrá rascarse con ellas.
Vase.
Bueno está; quédate a Dios.
Que después nos hablaremos,
vete, aunque tarde hallaremos
tan buena ocasión los dos.
Sale el Rey, Enrique y Otón.
¡Hola!
Mi señor.
Llegad
una silla hacia a la fuente,
para que con su corriente
se alegre su majestad.
Es este soto extremado,
y apacible este jardín,
mas basta a asistirle en fin
la causa de mi cuidado.
Vuestros dos hijos, Otón,
¿cómo a verme no han venido?
Vase.
Señor, porque no han sabido
esta dichosa ocasión.
Mas yo les avisaré
de que honrándonos estás,
si tu licencia me das.
di, que verlos gustare.
¿Parécete bien, Enrique,
que este dolor excesivo,
en que eternamente vivo,
a Carlos le comunique?
¿Quién, como Carlos, podrá
ser con Fenisa tercero?
Hacerle mercedes espero
si alivio a mis males da.
Salen Otón y Carlos.
¿Cómo no viene tu esposa?
Previniéndose quedaba
para venir, que ignoraba
esta ocasión venturosa.
Dame a besar esos pies,
gran señor.
Carlos, levanta.
Deja que por honra tanta
tus plantas bese otra vez;
que no hay méritos en mí
para tan grande favor.
Conde.
¿Qué mandas, señor?
Váyanse todos de aquí,
y quede Carlos no más.
Manda el rey que nos salgamos
de aquí.
Pues obedezcamos.
Vanse.
Ya solo, y conmigo estás.
¿Qué es lo que mandas?
Amigo,
yo me abraso en vivo fuego,
y tiéneme amor tan ciego,
que ya mis ansias te digo.
Solo tú remediar puedes
mi mal; y mira que es justo
que solicites mi gusto
para que te haga mercedes.
Amor me abrasa de suerte
por un ángel celestial;
y es mi pena tan mortal,
que ha de causarme la muerte.
Duélete, Carlos, de mí:
haz lo que el alma desea,
aunque lícito no sea,
y aunque sea contra ti.
¡Cielos! El Rey, ¿qué querrá
de mí con tal prevención?
Estoy puesto en confusión.
Pienso que me entiendes ya:
En efecto amor me abrasa
en la llama rigurosa
de una luz, de una alba hermosa
que resplandece en tu casa.
¿En mi casa?
No te alteres;
que ya sé que me engañaba
en lo que de ti pensaba,
y que servirme no quieres.
No importa, sea en buen hora;
mas si mi intento alcanzaste,
imagina que soñaste
todo lo que oíste agora.
Señor.
Basta.
Escucha, espera.
Hablemos en otra cosa.
Pero aquí viene su esposa,
y podrá ser mi tercera;
y creo que ha de estimar
dar remedio a mi pasión,
y que con su discreción
a Fenisa ha de obligar.
Sale Isabela
Deme vuestra majestad
sus pies.
Señora Isabela,
sois deste jardín clavel
por mi vida. Levantad.
Esa lisonja, señor,
a tu grandeza agradezco,
no porque yo la merezco,
mas porque me da valor.
Carlos.
¿Qué mandas?
Dale una carta.
Ve presto
a tu retrete y responde
a aquesta carta del Conde.
Vase.
A servirte estoy dispuesto.
Isabela, el alma mía
vive de amor abrasada
por Fenisa, tu cuñada,
cuya luz da ser al día;
pero su injusto desdén
es igual a su belleza,
porque muestra que le pesa
de que yo la quiera bien.
A tal extremo he llegado
que a su pecho riguroso
he de vencer, poderoso,
si no puedo enamorado;
y ansí te pido que agora
busques remedio a mi pena
ablandando esta sirena,
que mi corazón adora.
El fin de tu pensamiento
dificultoso parece,
que un pecho noble aborrece
el amor sin casamiento.
Mude vuestra majestad
de intento, y mire que ofende
con lo que agora pretende
a mi noble calidad.
Es mi tormento insufrible,
Isabela, no hay que hacer:
lo que te digo ha de ser
aunque parezca imposible.
En tu mano está mi vida.
No pretendas disgustarme,
que la vida ha de quitarme
quien este gusto me impida.
¿Cómo quieres que pretenda
lo que a mí no me está bien,
y cómo quieres también
que al conde mi suegro ofenda?
Confieso que ya me matas
con tan necias objeciones,
que en todas cuantas me pones
de darme disgusto tratas.
Nunca en el mundo se vio
A amar un rey a una dama
de más opinión y fama,
que la que a mí me abrasó?
¿Y a ti parécete mal
que porque un rey se enamora
le sirva de intercesora
una dama principal?
Porque los tormentos veo,
que tu corazón padece,
cosa justa me parece
sujetarme a tu deseo.
Mas también porque imagino
lo que tu afición ordena,
ser tercera de tu pena
me parece un acto indigno.
Yo no intento ser querido,
ser admitido quisiera,
porque no hay pena más fiera
que amar sin ser admitido.
De manera que no ofendo
al ídolo a quien adoro,
antes le guardo el decoro,
pues solo amarle pretendo.
Y apenas mi amor se atreve
a morir por tal sujeto,
que es soberano el respeto
que a tanta deidad se debe.
Mira agora si merezco
que tu cuñada me admita,
y que piadosa permita
el tormento que padezco.
Mira agora si es razón
dar remedio a mi tristeza,
y responde a tu nobleza
tan honesta intercesión.
Señor, no te canses más,
y no permitas que intente
una acción tan indecente.
Aquí sale Carlos con una carta, y quédase en la puerta.
Digo que pesada estás;
Isabela, vuelve en ti;
mira que tienes esposo,
y que soy rey poderoso,
pero duélete de mí.
Haz lo que tanto te pido,
que es mi pena sin igual,
y si remedias mi mal
he de honrar a tu marido.
Mas porque veas que soy
Alejandro aragonés,
el título de marqués
con una llave le doy.
¿De qué sirven esas honras?
Deja, señor, de cansarte,
que le honras por una parte,
y por otra le deshonras.
¡Cielos!, ¿qué es esto que escucho?
¿Qué es esto?, ¿qué miro, cielos?
Ya mis sospechas son celos,
ya con el infierno quedo.
Mi esposo viene, detente;
no hablemos en eso más.
Oye.
Vase
Después me hablarás,
en lugar más conveniente.
¡Amor, no me desampares!
Pues con tu fuego me abrasas,
no permitas que esta fiera
huya a mis quejas ingrata.
Quiero buscar a Fenisa
y decirle de mis ansias,
quizá que en esta ocasión
pueda mi amor obligarla.
Oye, señor.
¿Qué me dices?
Que firmes aquesta carta,
que me mandaste escribir;
y que veas si te agrada.
Vase
Después me la mostrarás,
que mientras la siesta pasa
quiero descansar un poco
a la sombra destas hayas.
¡Cielos! si vuestro favor
en esta ocasión me falta,
hoy es el día infelice,
en que mi vida se acaba.
El rey me dice que adora
una deidad soberana
dentro de mi casa, dentro
de mi pecho y de mi alma;
pues tan manifiestamente
el rey su afición declara,
él está ciego y perdido.
Mas, ¿si será por mi hermana?
Que no debe ser mi esposa,
pues declararse intentaba
conmigo. Pero, ¿qué dudo
si está la verdad tan clara?
Yo mismo ahora le he visto
con mi esposa; y las palabras,
que por mi mal escuché,
bien arguyen mi desgracia,
que si es mi esposa querida
de sus tormentos la causa.
Para hablarla, para verla,
en mi pecho ha de buscarla.
¡Isabela de mis ojos!
Y mirad que con vuestra gracia
dais ocasión a que el rey
pretenda manchar mi fama.
Y mirad que me ofendisteis
en oír lo que os hablaba,
con que vencer pretendía
vuestra fe, vuestra constancia,
que si altiva le escuchastes,
y respondistes honrada,
escucharle y responderle
es animar su esperanza.
Celoso estoy, y cercado
de tan rigurosas ansias,
que doy crédito al temor,
que indignamente me asalta.
Isabela, perdonad
si este temor os agravia;
que temo, porque hay Tarquinos
para Lucrecias romanas.
Amor, ¿qué tengo de hacer,
si aquesto adelante pasa?
Irme quiero de la corte,
que está mi honor en balanza;
huyamos, pues, Isabela,
que aunque vuestro honor os guarda,
puede mucho la ocasión,
y el poder todo lo allana.
No quiero del rey mercedes,
que si liberal me paga,
enamorado aniquila
la nobleza de mi casa.
Vase. Salen Fabio y el Carrillo.
Fab. Escobar y C.
Señor.
Toma postas, que mañana
me parto de aquí, y ve presto,
y sean postas con alas,
para que escaparme pueda
de la luz, que me amenaza,
o de aquella ingrata enemiga,
que darme la muerte trata.
Plegue a Dios que aquesta vez
no nos hiendan las espaldas,
que os vea alguien en este patio
tan largo como una lanza.
Si como el amor es niño,
supuestos, y culpas paga
con azotes, hoy sin duda
a entrambos nos hacen rajas.
Si los pajes de Fenisa
más que un arenque nos majan,
pero quien es majadero
como majadero acaba.
Fenisa intentó saber
si mis ojos aspiraban
al cielo de su hermosura
con mis afectos mostraba.
Con una piedad fingida
dio principio a mi esperanza:
Ánimo a mi pensamiento,
y valor a mis palabras.
Huyamos pues, que pretende
ausentarme de su casa,
y ha de matarme su hermano
si mi pasión le declara.
Vase.
Huyamos en hora buena,
pero si las postas faltan
iré por ellas.
Ve presto,
que hay peligro en la tardanza.
¡Adiós, ingrata Fenisa,
que hoy de tus ojos nos parta
un alma, de que eres cuerpo,
un cuerpo, de que eres alma!
Pero el rey viene, y con él
la que es de mi mal la causa.
Retirarme quiero aquí.
Salen el rey y Fenisa.
Tu grandeza me levanta.
Advierte que tu desdén
tanto de límite pasa,
que ya murmura este arroyo
del rigor con que me tratas.
Vuelve esos serenos ojos,
cuyas luces soberanas
alegran este horizonte,
alumbran la esfera octava.
Solo quiero que remedies
el tormento que me mata,
con que dejes que mi pecho
sea fénix en su llama.
Sabe el cielo que me pesa
de que penes por mi causa.
Vuelve en ti, señor, y mira
que es tu afición temeraria,
porque con tu pensamiento
a mi calidad agravias;
y si publicas tu amor
temo a la reina enojada.
Fenisa hermosa...
Detente,
que te escuchan. Esto basta.
Vete con Dios.
En buen hora.
Tú sola en mi pecho mandas,
y porque veas la fe
que mi pensamiento guarda,
tu voluntad. Ya me quiero
irme, pues gustas de que me vaya.
Quédate con Dios, Fenisa,
aunque de mí no te apartas,
que en mi firme corazón
te tiene amor colocada.
Vase el rey.
Fabio.
Señora.
¿Qué es esto?
¿Aún aquí estás?
Aguardaba
despedirme de ti,
que ha de ser mi ausencia larga,
porque aunque el conde, tu padre,
no permite que me vaya,
ausentarme de la corte
es justo, pues tú lo mandas.
Que me perdones te pido,
humilde, puesto a tus plantas,
que de mi loca osadía
tus ojos fueron la causa.
Alza del suelo.
Señora...
¿En qué reparas? Levanta.
Reparo en que ese favor
en mí viene a ser venganza,
y temo que tu deidad
no me digna de sus aras
ni admite la adoración
con que pretendo obligarla.
Haz lo que digo, y advierte
(si es que de obligarme tratas)
que humillándote me fuerzas
a responderte enojada.
Obedezco.
La humildad
no merece con las damas.
y en un pecho que es humilde
no puede haber sangre hidalga.
Muestra que hay valor en ti
para una empresa tan alta,
que no puede merecerme
quien de rodillas me habla.
¿Para qué con tal exceso
te muestras piadosa y grata,
cuando airada y vengativa
me despides de tu casa?
Cúbrete, Fabio.
¿Qué dices,
señora?
¿De qué te espantas,
si me excedes en amor
y en la calidad me igualas?
Hasta ahora pretendía,
para remediar mis ansias,
apartarte de estos ojos,
que por los tuyos se abrasan;
porque, viendo que a mi padre
servías, imaginaba
que no era tu calidad
como pregona la fama.
Cúbrete, pues, y pretende
el favor a que aspirabas.
Anímasme ya de suerte
que, aunque el temor me acobarda,
De atreverme esta vez
a pensar que no me engañas.
Caballero soy sin duda;
porque para serlo basta
aspirar mi pensamiento
al sol de tu hermosa cara.
Mas pues muestras que me quieres,
sabe que eres adorada
de mi pecho, y que estoy ciego
cuando tu vista me falta.
Acaba ya de cubrirte.
Cúbrome, pues tú lo mandas.
Dime agora de tu amor,
dime la pena que pasas,
y dime si al alma mía
agradecido le pagas
este dolor riguroso
que mi paciencia contrasta.
Porque es tan ardiente el fuego,
que amor en mi pecho fragua,
que mi pena ha de matarme
si el remedio se dilata.
En tu mano está el remedio,
pues que penan nuestras almas
con tan entrañable amor:
¿qué dudas?, ¿qué lo dilatas?
Ya después que merecí
el amor que me declaras;
no será justo que sea
tu mano en mi bien escasa.
Si confiesas que me estimas,
el corazón de quien ama
temeridades emprende,
y dificultades allana.
Para ser tuya nací;
que esta afición tan extraña
influjo fue de los astros,
que cuando nací reinaban.
Pues que soy de ti querido,
recibe, señora, el alma
en pago de la firmeza,
que mi corazón te guarda:
y dame esa hermosa mano,
en quien pusieron las Parcas
aquesta vida, que amor
a tu belleza consagra.
Después que mis tristes ojos
de mi amor dan muestras claras:
¿qué favor puedes pedirme,
que no te conceda grata?
Ves aquí, Fabio, la mano;
y a los cielos doy palabra
de ser tuya.
Danse las manos.
¡Oh mano hermosa!
Y más que la nieve blanca,
tuya soy, y lo he de ser,
Pues que mi vista te abrasa
con tal afecto, que aspira
a empresa tan temeraria.
Si es divina deidad esa luz pura,
que en tus ojos amable resplandece,
adorarte es forzoso el que merece
ser águila del sol de tu hermosura.
Si en el fuego la víctima se apura,
holocausto en mi pecho amor te ofrece,
la llama, en que me abraso, me ennoblece,
y merecer tu mano me asegura.
Aspire pues mi amor al luminoso
cielo de tu belleza; y no desista
de empresa tan altiva el pensamiento.
Abrásese mi pecho, y animoso
espere merecerte; que tu vista
engendra amor; y amor merece intento.
Si es tan pura tu fe, si tan altivo
el amor, con que soy de ti querida;
será fuerza rendirme agradecida
al dolor, que padeces excesivo.
Si el fuego, que en mi pecho arde tensivo
forma de nuestras almas una vida,
qué vigor puede haber, que me divida
del amoroso aspecto, por quien vivo.
Ríndase pues mi alma, y con afecto
a tu firme afición equivalente
purifique las lágrimas, que lloro.
No se aparten mis ojos de su objeto,
pues me fuerza el amor, y ocultamente
me transforma en el ídolo que adoro.
Fin de la 1ª jornada