Testo digitale

testo digitale di El infierno de amor

Data di pubblicazione: 22 agosto 2026

Metadati dell'opera

Attribuzione tradizionale

Obra atribuida a Manuel de Gallegos.

Attribuzione stilometrica

Le analisi stilometriche non consentono di associare chiaramente quest'opera ad alcun profilo autoriale presente nel corpus.

Genere
Comedia
Stato del testo
Transcripción automática de manuscrito
Origine
El texto procede de la transcripción automática del manuscrito autógrafo conservado en la Biblioteca Nacional de España, signatura RES/82.

Avvertimento

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licenza

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licenza Creative Commons CC BY-NC 4.0

Citazione suggerita

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El infierno de amor. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-infierno-de-amor.

Prima pagina dell'opera
Prima pagina dell'opera
Ultima pagina dell'opera
Ultima pagina dell'opera

EL INFIERNO DE AMOR

Pag. 9

El infierno de amor

Jornada 1ª

Pag. 10

Personas

El rey

Otón

Carlos

Fabio

Enrique

Estebanillo

Fenisa

Isabela

Inés

Jornada primera

Pag. 11

Salen Fenisa y Inés.

Inés.

¡Extraña melancolía!

¡Riguroso mal!

Fenisa.

Inés,

nada de las ansias ves

en que vive el alma mía.

Busca para tanto mal

algún alivio siquiera;

que quien ama desespera

si es la afición desigual.

Mas para tales enojos,

tal tormento, tal dolor

será el remedio mejor

sacar la luz a estos ojos.

Llora

Inés.

Cobra alguna confianza:

acaba ya de llorar.

Fenisa.

¿Cómo puede descansar

quien ama sin esperanza?

Inés.

El secretario, señora,

es galán, y aunque es criado

es bien nacido, y honrado,

y por extremo te adora:

tu padre le estima, y quiere

haciéndole tal favor,

que en el buen trato, y amor

Pag. 12

Inés.

a tu hermano le prefiere.

Trújole niño de Francia,

y aunque no le conocemos

padre, todos le tenemos

por persona de importancia.

Mas si tanto te aborrece

por indigno ese lamento,

muda, señora, de intento;

elige a quien te merece.

El rey te quiere, y no ofende

con su afición a tu honor,

que es tan honesto su amor,

que solo amarte pretende.

Si admites agradecida

su pensamiento, jamás

de Fabio te acordarás,

que amor con amor se olvida.

Demás que no será justo

que olvide tu corazón

al mismo rey de Aragón,

por un amor tan injusto.

Fenisa.

Fabio me abrasa de suerte

que muero cuando le veo,

y declararle deseo

que es la causa de mi muerte.

Tan ciega por él estoy,

que te afirmo que quisiera

Pag. 13

Fenisa.

Para que mi esposo fuera

ser menor de lo que soy,

remedio pido a mi honor

para poder olvidarle;

y díseme que ausentarle

es el remedio mejor.

Si sus partes considero,

doy alivio a mi cuidado;

si considero su estado,

peno, lloro, rabio, muero.

ora bien, ello ha de ser;

váyase Fabio de aquí;

y el alma, que le rendí,

acabe de padecer.

Mas porque ocasión hubiera

de despedirle, gustara

que su amor me declarara,

y en algo me deserviera.

Inés.

Él viene aquí.

Fenisa.

Pues, amiga,

dile que me diga amores,

que pretenda mil favores,

y que sus ansias me diga;

que, pues declararle suele

su pensamiento, bien es

que algún auxilio le des.

Pag. 14

Fenisa.

para que más alto vuele.

Y si con lengua atrevida

me declara su pasión,

habrá entonces ocasión

para que yo le despida.

Y enojada le diré

que si no se va al momento,

a su loco atrevimiento

con rigor castigaré.

Y que ha de saber mi hermano

que como traidor aleve

a mi grandeza se atreve

su pensamiento liviano.

Viéndose al fin despreciado

de mi amor, será forzoso

que se vaya temeroso,

corrido y desesperado.

Inés.

Bien dices... Vete, señora,

y aguárdate un poco ahí

mientras yo le digo aquí

que tu corazón le adora.

Vase Fenisa. Salen Fabio y Esclavo.

Estebanillo.

En vana locura has dado,

Pag. 18

Fabio.

Amiga, dime si acaso

le dijiste a tu señora

que mi corazón la adora,

y que por ella me abraso.

Inés.

Ya le dije que ha mil días

que por ella te abrasabas,

y que no te declarabas,

porque su desdén temías.

Anímate, pues, señor;

que, según lo que yo vi,

ella se muere por ti

aun con más ardiente amor,

Fabio.

Burlando pienso que estás,

Inés, dime lo que pasa.

Inés.

Digo que por ti se abrasa,

y no me preguntes más.

Fabio.

Dichoso mil veces yo,

pues tanto bien merecí;

dichoso el día en que vi

la beldad que me abrasó.

Ahora sí que animoso

a Fenisa le diré

lo que hasta ahora callé

dignamente temeroso.

Sale Fenisa

Fenisa.

Si de mis ojos se ausenta

quien es de mi mal la causa;

Pag. 19

Fenisa.

porque ausente ponga pausa

a un amor tan indecente.

Fabio.

Inés, yo te serviré,

como tú verás.

Inés.

Adiós.

Vase Inés.

Fabio.

Solos estamos los dos:

¡ay, cielos!, ¿qué le diré?

Fenisa.

Ea, honor, agora acabe

la causa de mi tristeza,

pues ofende a mi nobleza,

y en mi corazón no cabe.

¡Aquí estás, Fabio!

Fabio.

Señora,

aquí estoy; y tan alegre,

cuanto suele estar el día

con la luz, de que procede.

Cuanto la purpúrea aurora,

en las puertas del Oriente,

llorando el muerto Memnón,

al Eritreo enriquece.

Cuanto se ve el horizonte

con resplandores tan breves;

que siendo del sol otorgan

a la vista el accidente.

Al fin, cuando el claro Apolo

corona las altas sienes

de los montes, que soberbios

al mismo cielo se atreven.

Alégranse los jardines:

Pag. 20

Fabio.

Ríense las claras fuentes.

Ellos le ofrecen aromas,

ellas aljófar le ofrecen,

himnos alternan las aves,

cuya suavidad suspende

al músico movimiento

de la máquina celeste.

Agora que vuestro sol

en mis ojos amanece,

es justo que el alma mía

con tanta gloria se alegre,

y que este favor os pague

con morir eternamente,

agradecida a estos ojos,

que tanto bien le conceden.

Fenisa.

Basta, no te alargues más

porque imposible parece

que pueda alegrarte tanto

quien de tristeza se muere.

Fabio.

Es sol la luz de tu cara:

igualmente resplandece,

y a cuanto sirve de objeto

todo se abrasa igualmente.

La púrpura de tu rostro

arde de la misma suerte

que el alma de quien te mira,

mas no se extingue, antes crece:

Pag. 21

Fabio.

y un sujeto tan sutil

cómo puede defenderse

de quien apenas un alma,

que es eterna, se defiende?

La sabia naturaleza,

que los remedios previene

para mitigar su ardor

le mezcló cándida nieve

Fenisa.

si con mi favor se anima,

y por declararse muere,

mostrarme quiero amorosa

para que más se despeñe.

Digo que eres lisonjero;

mas hablas tan elocuente

que tus palabras me alegran:

Pag. 22

Fabio.

y casi me desvanecen.

Inés me dijo verdad.

Fenisa admitir pretende

mi amor, mas no se declara

porque indigno le parece.

Señora, pues que mis ojos

publican tan claramente

este riguroso fuego,

que me abrasa, que me enciende:

rompa el silencio mi lengua,

que el temor que la detiene

hace ofensa a la piedad

que tu vista me promete.

Yo me abraso: yo estoy loco:

ya mi corazón se atreve

a publicarte las penas,

que por tu causa padece.

Si piensas que mi afición

por ser humilde te ofende,

mira que el alma es divina;

y que ella sola te quiere.

Amor es acción del alma:

el alma bien lo merece,

que es idea soberana

de la sempiterna mente.

Fenisa.

Basta, no me digas más.

Villano, atrevido, vete,

vete luego de mi casa,

Pag. 23

Fenisa.

y haré que te den la muerte.

Fabio.

Señora...

Fenisa.

No me repliques,

traidor, fementido, aleve,

que te sacarán el alma,

con que has podido ofenderme.

Salte luego de Aragón,

y si no te vas, advierte

que he de decir a mi hermano

la temeridad que emprendes.

¿Ansí estimas mi valor?

¿Ansí el decoro me pierdes?

Aquí sale Otón.

Fenisa.

¿A las señoras de Francia

tratan ansí los franceses?

Por vida de Otón, mi padre,

que si no te vas...

Otón.

Detente.

Basta, no pases de ahí.

Fabio.

¡Ay, amor! ¿Qué novedad es?

No solo Inés me engañó,

pero sus ojos alegres,

y sus palabras también

me engañaron. ¡Triste suerte!

Otón.

¿Qué enojo es este, Fenisa?

Fenisa.

Tú, señor, la culpa tienes,

pues estimas un Gileno,

que servirte no merece.

Pag. 24

Fenisa.

Extraño modo de pena

es la que mi pecho siente,

que deseo que se vaya,

y deseo que se quede.

Pero ¿qué diré a mi padre?

Disimular me conviene.

Que lo que le he dicho a Fabio

basta para que se ausente.

Díjele a Fabio, señor,

que a la platería fuese

a pagarme unas cadenas

y unas joyas que me venden;

respondió que no podía,

sin que primero le dieses

licencia, pagar a nadie

de los dineros que tiene.

No me ofendió la respuesta,

porque sé que te obedece

en esto, mas ofendiome

el modo de responderme.

Fabio.

Perdona si te ofendí;

y si ausentarme pretendes

luego me iré de la corte

solo por obedecerte.

Otón.

Éntrate, Fabio, allá dentro,

y aguarda en este retrete,

Pag. 25

Fabio.

que ya voy:

haré tu gusto.

¡Ay, amor, qué poco puedes!

Vase.

Otón.

Hija, suspende el rigor,

y trata mejor a Fabio,

que es galán, discreto, sabio;

y no le falta valor.

Fenisa.

¿Qué valor puede tener

hombre que no tiene padre,

y que al fin será su madre

alguna humilde mujer?

Otón.

Si Fabio te disgustó,

no es justo tratarle mal,

que es hombre tan principal

y tan noble como yo.

Fenisa.

¿Cómo, padre? ¿Qué decís?

Otón.

Digo que es el camarero

el más noble caballero

que nació dentro en París.

Fenisa.

No sé qué espíritus son

los que en mí se dilataron,

que en extremo me alegraron

el alma y el corazón.

Fabio, pues que sois honrado:

quedad muy en hora buena;

porque ya mi pecho ordena

dar remedio a mi cuidado.

Pag. 26

Fenisa.

Pues es tanta su nobleza

trataréle con respeto

desde agora, y te prometo

que de ofendelle me pesa.

Otón.

Importa que desta suerte

viva encubierto en mi casa.

Fenisa.

Ya mi corazón se abrasa,

Fabio, por favorecerte.

Sale Escobavillo.

Estebanillo.

El Rey viene a visitarte,

que te alegres es razón,

porque en aquesta ocasión

será forzoso el honrarte.

Sale Inés.

Inés.

Dicen que ha salido a caza

el Rey, y que viene a ver

esta casa de placer

mientras que la siesta pasa.

Otón.

¿Su majestad?

Estebanillo.

Señor, sí.

Otón.

Ea, traigan un dosel,

alfombras pónganse en él,

saquen las sillas aquí,

hija, llama a tu cuñada

y a tu hermano, que este día

Pag. 27

Otón.

es bien que muestre alegría

casa, que está tan honrada.

Vase.

Inés.

¿Qué dices desto, señora?

Fenisa.

Digo que por Fabio muero,

que es muy noble caballero,

y mi corazón le adora.

Y digo que agora voy

a decille que se quede;

pues tanto en mi pecho puede,

que mi libertad le doy.

Vase.

Estebanillo.

Inés, oye.

Inés.

¿Qué me quieres?

Estebanillo.

Hablarte un poco.

Inés.

Después

hablaremos.

Estebanillo.

Oye, Inés,

hoy digo, por quien eres,

no me prives de tu luz;

da remedio a mi tormento,

que si te vas, al momento

he de ponerme un capuz.

Inés.

Mucho te pica el amor.

Estebanillo.

Más me pica que un cilicio;

y pues muero en tu servicio,

concédeme algún favor.

Dame esa mano; y si es mucho,

no me des más que esas uñas

con que el alma me rascuñas

cuando te miro, y te escucho.

Pag. 28

Estebanillo.

que son tan puras, tan bellas,

que Amor para sí las quiere:

y si el sol sarna tuviere

podrá rascarse con ellas.

Inés.

Bueno está; quédate a Dios.

Vase.

Estebanillo.

Que después nos hablaremos,

vete, aunque tarde hallaremos

tan buena ocasión los dos.

Sale el Rey, Enrique y Otón.

Otón.

¡Hola!

Estebanillo.

Mi señor.

Otón.

Llegad

una silla hacia a la fuente,

para que con su corriente

se alegre su majestad.

Rey.

Es este soto extremado,

y apacible este jardín,

mas basta a asistirle en fin

la causa de mi cuidado.

Vuestros dos hijos, Otón,

¿cómo a verme no han venido?

Otón.

Señor, porque no han sabido

esta dichosa ocasión.

Mas yo les avisaré

de que honrándonos estás,

si tu licencia me das.

Vase.

Pag. 29

Rey.

di, que verlos gustare.

¿Parécete bien, Enrique,

que este dolor excesivo,

en que eternamente vivo,

a Carlos le comunique?

Enrique.

¿Quién, como Carlos, podrá

ser con Fenisa tercero?

Rey.

Hacerle mercedes espero

si alivio a mis males da.

Salen Otón y Carlos.

Otón.

¿Cómo no viene tu esposa?

Carlos.

Previniéndose quedaba

para venir, que ignoraba

esta ocasión venturosa.

Dame a besar esos pies,

gran señor.

Rey.

Carlos, levanta.

Carlos.

Deja que por honra tanta

tus plantas bese otra vez;

que no hay méritos en mí

para tan grande favor.

Rey.

Conde.

Otón.

¿Qué mandas, señor?

Rey.

Váyanse todos de aquí,

y quede Carlos no más.

Otón.

Manda el rey que nos salgamos

de aquí.

Pag. 30

Enrique.

Pues obedezcamos.

Vanse.

Carlos.

Ya solo, y conmigo estás.

¿Qué es lo que mandas?

Rey.

Amigo,

yo me abraso en vivo fuego,

y tiéneme amor tan ciego,

que ya mis ansias te digo.

Solo tú remediar puedes

mi mal; y mira que es justo

que solicites mi gusto

para que te haga mercedes.

Amor me abrasa de suerte

por un ángel celestial;

y es mi pena tan mortal,

que ha de causarme la muerte.

Duélete, Carlos, de mí:

haz lo que el alma desea,

aunque lícito no sea,

y aunque sea contra ti.

Carlos.

¡Cielos! El Rey, ¿qué querrá

de mí con tal prevención?

Estoy puesto en confusión.

Rey.

Pienso que me entiendes ya:

En efecto amor me abrasa

en la llama rigurosa

de una luz, de una alba hermosa

Pag. 31

Rey.

que resplandece en tu casa.

Carlos.

¿En mi casa?

Rey.

No te alteres;

que ya sé que me engañaba

en lo que de ti pensaba,

y que servirme no quieres.

No importa, sea en buen hora;

mas si mi intento alcanzaste,

imagina que soñaste

todo lo que oíste agora.

Carlos.

Señor.

Rey.

Basta.

Carlos.

Escucha, espera.

Rey.

Hablemos en otra cosa.

Pero aquí viene su esposa,

y podrá ser mi tercera;

y creo que ha de estimar

dar remedio a mi pasión,

y que con su discreción

a Fenisa ha de obligar.

Sale Isabela

Isabela.

Deme vuestra majestad

sus pies.

Rey.

Señora Isabela,

sois deste jardín clavel

por mi vida. Levantad.

Pag. 32

Isabela.

Esa lisonja, señor,

a tu grandeza agradezco,

no porque yo la merezco,

mas porque me da valor.

Rey.

Carlos.

Carlos.

¿Qué mandas?

Rey.

Ve presto

a tu retrete y responde

a aquesta carta del Conde.

Dale una carta.

Carlos.

A servirte estoy dispuesto.

Vase.

Rey.

Isabela, el alma mía

vive de amor abrasada

por Fenisa, tu cuñada,

cuya luz da ser al día;

pero su injusto desdén

es igual a su belleza,

porque muestra que le pesa

de que yo la quiera bien.

A tal extremo he llegado

que a su pecho riguroso

he de vencer, poderoso,

si no puedo enamorado;

y ansí te pido que agora

busques remedio a mi pena

ablandando esta sirena,

que mi corazón adora.

Pag. 33

Isabela.

El fin de tu pensamiento

dificultoso parece,

que un pecho noble aborrece

el amor sin casamiento.

Mude vuestra majestad

de intento, y mire que ofende

con lo que agora pretende

a mi noble calidad.

Rey.

Es mi tormento insufrible,

Isabela, no hay que hacer:

lo que te digo ha de ser

aunque parezca imposible.

En tu mano está mi vida.

No pretendas disgustarme,

que la vida ha de quitarme

quien este gusto me impida.

Isabela.

¿Cómo quieres que pretenda

lo que a mí no me está bien,

y cómo quieres también

que al conde mi suegro ofenda?

Rey.

Confieso que ya me matas

con tan necias objeciones,

que en todas cuantas me pones

de darme disgusto tratas.

Nunca en el mundo se vio

Pag. 34

Rey.

A amar un rey a una dama

de más opinión y fama,

que la que a mí me abrasó?

¿Y a ti parécete mal

que porque un rey se enamora

le sirva de intercesora

una dama principal?

Isabela.

Porque los tormentos veo,

que tu corazón padece,

cosa justa me parece

sujetarme a tu deseo.

Mas también porque imagino

lo que tu afición ordena,

ser tercera de tu pena

me parece un acto indigno.

Rey.

Yo no intento ser querido,

ser admitido quisiera,

porque no hay pena más fiera

que amar sin ser admitido.

De manera que no ofendo

al ídolo a quien adoro,

antes le guardo el decoro,

pues solo amarle pretendo.

Y apenas mi amor se atreve

a morir por tal sujeto,

que es soberano el respeto

que a tanta deidad se debe.

Pag. 35

Rey.

Mira agora si merezco

que tu cuñada me admita,

y que piadosa permita

el tormento que padezco.

Mira agora si es razón

dar remedio a mi tristeza,

y responde a tu nobleza

tan honesta intercesión.

Isabela.

Señor, no te canses más,

y no permitas que intente

una acción tan indecente.

Rey.

Digo que pesada estás;

Isabela, vuelve en ti;

mira que tienes esposo,

y que soy rey poderoso,

Aquí sale Carlos con una carta, y quédase en la puerta.

Rey.

pero duélete de mí.

Haz lo que tanto te pido,

que es mi pena sin igual,

y si remedias mi mal

he de honrar a tu marido.

Mas porque veas que soy

Alejandro aragonés,

el título de marqués

con una llave le doy.

Isabela.

¿De qué sirven esas honras?

Deja, señor, de cansarte,

que le honras por una parte,

y por otra le deshonras.

Carlos.

¡Cielos!, ¿qué es esto que escucho?

¿Qué es esto?, ¿qué miro, cielos?

Pag. 36

Carlos.

Ya mis sospechas son celos,

ya con el infierno quedo.

Isabela.

Mi esposo viene, detente;

no hablemos en eso más.

Rey.

Oye.

Isabela.

Después me hablarás,

en lugar más conveniente.

Vase

Rey.

¡Amor, no me desampares!

Pues con tu fuego me abrasas,

no permitas que esta fiera

huya a mis quejas ingrata.

Quiero buscar a Fenisa

y decirle de mis ansias,

quizá que en esta ocasión

pueda mi amor obligarla.

Carlos.

Oye, señor.

Rey.

¿Qué me dices?

Carlos.

Que firmes aquesta carta,

que me mandaste escribir;

y que veas si te agrada.

Rey.

Después me la mostrarás,

que mientras la siesta pasa

quiero descansar un poco

a la sombra destas hayas.

Vase

Carlos.

¡Cielos! si vuestro favor

en esta ocasión me falta,

hoy es el día infelice,

Pag. 37

Carlos.

en que mi vida se acaba.

El rey me dice que adora

una deidad soberana

dentro de mi casa, dentro

de mi pecho y de mi alma;

pues tan manifiestamente

el rey su afición declara,

él está ciego y perdido.

Mas, ¿si será por mi hermana?

Que no debe ser mi esposa,

pues declararse intentaba

conmigo. Pero, ¿qué dudo

si está la verdad tan clara?

Yo mismo ahora le he visto

con mi esposa; y las palabras,

que por mi mal escuché,

bien arguyen mi desgracia,

que si es mi esposa querida

de sus tormentos la causa.

Para hablarla, para verla,

en mi pecho ha de buscarla.

¡Isabela de mis ojos!

Y mirad que con vuestra gracia

dais ocasión a que el rey

pretenda manchar mi fama.

Y mirad que me ofendisteis

en oír lo que os hablaba,

Pag. 38

Carlos.

con que vencer pretendía

vuestra fe, vuestra constancia,

que si altiva le escuchastes,

y respondistes honrada,

escucharle y responderle

es animar su esperanza.

Celoso estoy, y cercado

de tan rigurosas ansias,

que doy crédito al temor,

que indignamente me asalta.

Isabela, perdonad

si este temor os agravia;

que temo, porque hay Tarquinos

para Lucrecias romanas.

Amor, ¿qué tengo de hacer,

si aquesto adelante pasa?

Irme quiero de la corte,

que está mi honor en balanza;

huyamos, pues, Isabela,

que aunque vuestro honor os guarda,

puede mucho la ocasión,

y el poder todo lo allana.

No quiero del rey mercedes,

que si liberal me paga,

enamorado aniquila

la nobleza de mi casa.

Vase. Salen Fabio y el Carrillo.

Pag. 39

Fab. Escobar y C.

Estebanillo.

Señor.

Fabio.

Toma postas, que mañana

me parto de aquí, y ve presto,

y sean postas con alas,

para que escaparme pueda

de la luz, que me amenaza,

o de aquella ingrata enemiga,

que darme la muerte trata.

Estebanillo.

Plegue a Dios que aquesta vez

no nos hiendan las espaldas,

que os vea alguien en este patio

tan largo como una lanza.

Si como el amor es niño,

supuestos, y culpas paga

con azotes, hoy sin duda

a entrambos nos hacen rajas.

Si los pajes de Fenisa

más que un arenque nos majan,

pero quien es majadero

como majadero acaba.

Fabio.

Fenisa intentó saber

si mis ojos aspiraban

al cielo de su hermosura

con mis afectos mostraba.

Con una piedad fingida

dio principio a mi esperanza:

Pag. 40

Fabio.

Ánimo a mi pensamiento,

y valor a mis palabras.

Huyamos pues, que pretende

ausentarme de su casa,

y ha de matarme su hermano

si mi pasión le declara.

Estebanillo.

Huyamos en hora buena,

pero si las postas faltan

iré por ellas.

Vase.

Fabio.

Ve presto,

que hay peligro en la tardanza.

¡Adiós, ingrata Fenisa,

que hoy de tus ojos nos parta

un alma, de que eres cuerpo,

un cuerpo, de que eres alma!

Pero el rey viene, y con él

la que es de mi mal la causa.

Retirarme quiero aquí.

Salen el rey y Fenisa.

Fenisa.

Tu grandeza me levanta.

Rey.

Advierte que tu desdén

tanto de límite pasa,

que ya murmura este arroyo

del rigor con que me tratas.

Vuelve esos serenos ojos,

cuyas luces soberanas

alegran este horizonte,

Pag. 41

Rey.

alumbran la esfera octava.

Solo quiero que remedies

el tormento que me mata,

con que dejes que mi pecho

sea fénix en su llama.

Fenisa.

Sabe el cielo que me pesa

de que penes por mi causa.

Vuelve en ti, señor, y mira

que es tu afición temeraria,

porque con tu pensamiento

a mi calidad agravias;

y si publicas tu amor

temo a la reina enojada.

Rey.

Fenisa hermosa...

Fenisa.

Detente,

que te escuchan. Esto basta.

Vete con Dios.

Rey.

En buen hora.

Tú sola en mi pecho mandas,

y porque veas la fe

que mi pensamiento guarda,

tu voluntad. Ya me quiero

irme, pues gustas de que me vaya.

Quédate con Dios, Fenisa,

aunque de mí no te apartas,

que en mi firme corazón

te tiene amor colocada.

Vase el rey.

Pag. 42

Fenisa.

Fabio.

Fabio.

Señora.

Fenisa.

¿Qué es esto?

¿Aún aquí estás?

Fabio.

Aguardaba

despedirme de ti,

que ha de ser mi ausencia larga,

porque aunque el conde, tu padre,

no permite que me vaya,

ausentarme de la corte

es justo, pues tú lo mandas.

Que me perdones te pido,

humilde, puesto a tus plantas,

que de mi loca osadía

tus ojos fueron la causa.

Fenisa.

Alza del suelo.

Fabio.

Señora...

Fenisa.

¿En qué reparas? Levanta.

Fabio.

Reparo en que ese favor

en mí viene a ser venganza,

y temo que tu deidad

no me digna de sus aras

ni admite la adoración

con que pretendo obligarla.

Fenisa.

Haz lo que digo, y advierte

(si es que de obligarme tratas)

que humillándote me fuerzas

a responderte enojada.

Fabio.

Obedezco.

Fenisa.

La humildad

no merece con las damas.

Pag. 43

Fenisa.

y en un pecho que es humilde

no puede haber sangre hidalga.

Muestra que hay valor en ti

para una empresa tan alta,

que no puede merecerme

quien de rodillas me habla.

Fabio.

¿Para qué con tal exceso

te muestras piadosa y grata,

cuando airada y vengativa

me despides de tu casa?

Fenisa.

Cúbrete, Fabio.

Fabio.

¿Qué dices,

señora?

Fenisa.

¿De qué te espantas,

si me excedes en amor

y en la calidad me igualas?

Hasta ahora pretendía,

para remediar mis ansias,

apartarte de estos ojos,

que por los tuyos se abrasan;

porque, viendo que a mi padre

servías, imaginaba

que no era tu calidad

como pregona la fama.

Cúbrete, pues, y pretende

el favor a que aspirabas.

Fabio.

Anímasme ya de suerte

que, aunque el temor me acobarda,

Pag. 44

Fabio.

De atreverme esta vez

a pensar que no me engañas.

Caballero soy sin duda;

porque para serlo basta

aspirar mi pensamiento

al sol de tu hermosa cara.

Mas pues muestras que me quieres,

sabe que eres adorada

de mi pecho, y que estoy ciego

cuando tu vista me falta.

Fenisa.

Acaba ya de cubrirte.

Fabio.

Cúbrome, pues tú lo mandas.

Fenisa.

Dime agora de tu amor,

dime la pena que pasas,

y dime si al alma mía

agradecido le pagas

este dolor riguroso

que mi paciencia contrasta.

Porque es tan ardiente el fuego,

que amor en mi pecho fragua,

que mi pena ha de matarme

si el remedio se dilata.

Fabio.

En tu mano está el remedio,

pues que penan nuestras almas

con tan entrañable amor:

¿qué dudas?, ¿qué lo dilatas?

Ya después que merecí

el amor que me declaras;

Pag. 45

Fabio.

no será justo que sea

tu mano en mi bien escasa.

Si confiesas que me estimas,

el corazón de quien ama

temeridades emprende,

y dificultades allana.

Fenisa.

Para ser tuya nací;

que esta afición tan extraña

influjo fue de los astros,

que cuando nací reinaban.

Fabio.

Pues que soy de ti querido,

recibe, señora, el alma

en pago de la firmeza,

que mi corazón te guarda:

y dame esa hermosa mano,

en quien pusieron las Parcas

aquesta vida, que amor

a tu belleza consagra.

Fenisa.

Después que mis tristes ojos

de mi amor dan muestras claras:

¿qué favor puedes pedirme,

que no te conceda grata?

Ves aquí, Fabio, la mano;

y a los cielos doy palabra

de ser tuya.

Fabio.

¡Oh mano hermosa!

Danse las manos.

Fenisa.

Y más que la nieve blanca,

tuya soy, y lo he de ser,

Pag. 46

Fenisa.

Pues que mi vista te abrasa

con tal afecto, que aspira

a empresa tan temeraria.

Fabio.

Si es divina deidad esa luz pura,

que en tus ojos amable resplandece,

adorarte es forzoso el que merece

ser águila del sol de tu hermosura.

Si en el fuego la víctima se apura,

holocausto en mi pecho amor te ofrece,

la llama, en que me abraso, me ennoblece,

y merecer tu mano me asegura.

Aspire pues mi amor al luminoso

cielo de tu belleza; y no desista

de empresa tan altiva el pensamiento.

Abrásese mi pecho, y animoso

espere merecerte; que tu vista

engendra amor; y amor merece intento.

Fenisa.

Si es tan pura tu fe, si tan altivo

el amor, con que soy de ti querida;

será fuerza rendirme agradecida

al dolor, que padeces excesivo.

Si el fuego, que en mi pecho arde tensivo

forma de nuestras almas una vida,

qué vigor puede haber, que me divida

del amoroso aspecto, por quien vivo.

Ríndase pues mi alma, y con afecto

a tu firme afición equivalente

purifique las lágrimas, que lloro.

Pag. 47

Fenisa.

No se aparten mis ojos de su objeto,

pues me fuerza el amor, y ocultamente

me transforma en el ídolo que adoro.

Fin de la 1ª jornada

Jornada segunda

Pag. 2-2

¿Qué me dices?

La verdad.

Ya Fenisa tiene esposo.

¿Y quién es el venturoso

que goza tanta beldad?

Un hidalgo de su casa,

que según me dijo Inés

es caballero francés.

Ya mi corazón se abrasa.

Ya va creciendo mi pena

con tan notable rigor,

que parece que el amor

a su infierno me condena.

¿Que está casada, en efecto?

no creo que pueda ser.

Inés me dijo que ayer

se casaron en secreto,

y que Carlos conocía

tu amorosa pretensión;

y ausentarse de Aragón

por un año pretendía.

¿Que a mi amor y a mi grandeza

Fenisa un hombre prefiere,

que aunque por ella se muere

no es digno de su belleza?

Pag. 2-3

Y que ausentarla pretende

Carlos por darme disgusto,

pero remediar es justo

esta llama que me enciende.

Fabio dicen que se llama

el francés, que ha merecido

ser estimado y querido

del sol cuya luz te inflama.

Pues, Enrique, muera Fabio:

y ojalá que yo pudiera

vengarme de aquesta fiera

como pide un tal agravio.

Muera Carlos, mueran todos

los que pretenden mi mal,

pues esta pena mortal

me mata por tantos modos.

¡[ilegible], desconocida!

¿Así pagas el decoro

con que te estimo, y te adoro

tan a costa de mi vida.

Señor, no te aflijas tanto

que tu mal tendrá remedio.

¿Cómo si está de por medio

el mar de mi triste llanto?

¿Qué remedio he de tener

si agora que peno y rabio

considerando este agravio

me olvido de mi poder?

Pag. 2-4

Mas pues están ya casados

una traza he de buscar

con que pueda remediar

mis ansias y mis cuidados.

Que me viene al pensamiento

una industria con que espero

sanar del mal de que muero,

deshaciendo el casamiento.

El conde viene, señor,

disimula.

Pues, Enrique,

agora es justo que aplique

remedio a tanto dolor.

Por la merced que me hacéis

en esta ocasión, dejad

que os bese los pies.

Alzad,

que todo lo merecéis.

Quisiera que este jardín

fuera palacio de Flora,

y que esparciera el aurora

y dalias rosas en fin,

para que con la belleza

de otra flor más excelente

mereciera dignamente

vuestra cesárea grandeza.

Pag. 2-5

Conde, a veros he venido

por ver si me divertía

de cierta melancolía

que me tiene algo afligido.

También vengo a encomendaros

cierto negocio en secreto;

que, si lo hacéis, os prometo

que como rey he de honraros.

Dichoso soy, si tenéis

ocasión en que ocuparme,

y pues me honráis en mandarme,

decidme lo que queréis.

Quiero que padre os fingáis

deste vuestro camarero,

pues dicen que es caballero,

y como suyo le honráis.

Que piensa doña Leonora

que es hija de Otón mi tío,

y con este desvarío

ofende una gran señora.

Obedeceros pretendo.

Lo que me mandáis haré;

aunque en aquesto bien sé

que a mi calidad ofendo.

Mas basta ser vuestro gusto.

Sabe Dios que no lo hiciera

si la condesa viviera,

por no dalle ese disgusto.

Pag. 2-6

Ea, conde, no tardéis;

haced luego lo que os digo;

que os prometo como amigo

de honraros como veréis.

En vuestra casa primero

este francés publicad,

por hijo vuestro, y guardad

el secreto que os [ilegible].

Vuestra voluntad es ley

obedecer es forzoso,

que el vasallo es venturoso

que dél se sirve el rey.

Haré lo que me mandáis

al momento.

Id en buen hora,

que con ese amor agora

nuevamente me obligáis.

El ardid es extremado:

sin duda de aquesta vez

se ahorca el pobre francés,

y se acaba tu cuidado.

Ya deliberado estoy

a vencer con mi porfía

aquesta enemiga mía,

que se olvida de quien soy.

Y pues Carlos determina

privarme del sol hermoso

que venero respetuoso,

y que en mi pecho domina.

Pag. 2-7

Quiero hacerle embajador

para que de aquí se ausente,

y porque estorbar no intente

los designios de mi amor.

Irme a la alameda quiero

a ver si veo esta ingrata,

que rigurosa me trata

cuando por ella me muero.

Quédate aquí mientras loco,

y casi desesperado,

voy a decir mi cuidado

a quien le tiene en muy poco.

En todo tu gusto haré.

¿Y así te olvidas, traidora,

del corazón que te adora?

Pero yo me vengaré.

Tiéneme desvanecido,

esposa del corazón,

el ver que con mi afición

tanto bien he merecido.

Tente, no te alargues tanto,

que te escuchan.

Ciego estaba,

y como loco te hablaba;

de mi descuido me espanto.

¡Oh peregrina beldad!

¡Oh dichoso caballero!

Pag. 2-8

Mas irme al momento quiero,

llamaré a su majestad,

porque no pase adelante

esta plática amorosa,

y no sea tan dichosa

el alma de un vil amante.

Ya quien nos vía se fue.

Agora hablarme podréis.

Y si licencia me dais,

contigo me sentaré.

Que me place.

Mi señora,

mi dueño, mi prenda cara,

a cuya belleza rara

se rinde la hermosa aurora:

dime agora que estimas

la libertad que te doy;

que del temor en que estoy

con tus palabras me animas.

Esposo del corazón,

ídolo del alma mía,

norte a quien adoro y sigo,

estrella que en mí domina,

objeto de mi memoria,

gloria de mi fantasía,

vida de todo mi bien,

y bien de toda mi vida,

eterno curso de edad

goce vuestra compañía.

Pag. 2-9

Alegre con mi afición,

abrazada en vuestra vista.

Forme amor a nuestras almas

un cuerpo, una esencia misma,

porque estén nuestras acciones

a una voluntad asidas.

Una nuestra vida sea,

la muerte no nos divida;

sea eterna nuestra llama,

y con nuestras almas viva.

Porque el tiempo riguroso

y universal homicida

a nuestro amor no dé fin,

aunque acabe nuestras vidas.

Aurora, que en la mañana

resplandecéis de mi día,

coronada de astros de oro,

de [ilegible] rosas vestida;

sol, que a mis ojos dais luz

con dos amorosas niñas,

que con sus rayos abrasan,

y con su gracia cautivan:

ya la jocunda deidad,

que el orbe tercero habita,

os envidia por hermosa,

os adora por divina.

Ya sale el blando Himeneo

desde los bosques de Nisa,

Pag. 2-10

y en este jardín hermoso

altares os sacrifica.

A la tierra en que pisáis

divinamente matiza

con las flores de los campos,

que Venus y amor cultivan.

El tálamo venturoso

con aromas purifica

en recompensa del ámbar

que vuestros labios respiran.

Ya la triste Filomena

en los ramos desa oliva

alegres canciones canta,

y sus pasiones olvida.

Aquesta fuente sonora

alegre en el campo gira,

y pródiga de su plata

a la tierra fertiliza.

Allí Narciso florece

alegre porque imagina

que erais vos la deidad

que en el agua se escondía.

Y al fin con vos se disculpa

de su afición excesiva,

que solo vuestra belleza

es de tal exceso digna.

Mas ya parece que el sol,

envidioso de mi dicha,

acelerando su curso,

la noche nos antecipa.

Pag. 2-11

Y la causa por que agora

presuroso se retira,

será porque vuestra luz

o le abrasa o le aniquila.

No huyas, Apolo, vuelve;

no quieras que Dafnes diga

que huye de una mujer

quien sabe seguir las ninfas.

Que en efecto eres mi esposo.

Tu esclavo soy, mi Fenisa;

que pues eres mi señora,

como esclavo el bien te sirva.

¿Quiéresme con el extremo

que cuando me pretendías?

Que el amor suele acabar

con la esperanza cumplida.

El amor que es verdadero

en la posesión se aviva

con la gloria de que goza

quien alcanza lo que estima.

Ya crece con los favores

que me concedes, benigna,

esta pasión amorosa,

que a morir por ti me obliga.

Que si la correspondencia

las voluntades confirma,

claro está que he de adorarte

pues eres agradecida,

y si con sola una vez

Pag. 2-12

que gozaba de tu vista

me abrasaba, ¿qué haré agora

que te gozo y que eres mía?

Es tal la gloria en que estoy,

cuando contemplo en mi dicha,

que ya mi alegre semblante

a todos mi amor publica.

Sepa el mundo que te adoro,

y si el bien se comunica,

publíquese aquesta gloria

que me inquieta y solicita.

Alégrense los amantes,

si acaso los desaniman

dificultades que amor

imposibles facilita.

Alégrese el cielo octavo,

que por las almas se inclina

deste triunfo igualmente

con el amor participa.

Plaza, plaza.

¿Qué es aquesto?

Su majestad nos visita

segunda vez, que le agrada

por extremo aquesta quinta.

No te alteres, mi señora,

que Fabio de mí se fía,

y de su amorosa pena

solo conmigo se alivia.

Pag. 2-13

Escobarillo es honrado,

y tanto conmigo priva,

que le fío este secreto

como tú de Inés le fías.

Dese modo será justo

que tenga la dicha misma

conmigo que con mi esposo.

Toma, amigo, esta sortija.

Vivas, señora, más años

que los hombres, cuyas vidas

importan poco en el mundo,

y cuando mueras revivas.

Un templo en aquesta piedra

a tu grandeza fabrican,

adonde tus alabanzas

para siempre se eternizan.

Está buen humor el hombre.

Sí, señora, y cada día.

Dígalo los taberneros,

y mi estómago lo diga.

Pero no será razón

que con mis bufonerías

perturbe vuestro sosiego,

y vuestros gustos impida.

Recién casados estáis,

goce Fabio de su dicha,

y tú, señora, también

goza de su compañía.

Pag. 2-14

Que yo me voy a la puerta,

adonde es justo que asista

por centinela de amor,

que hay banderas enemigas.

Entre tanto duerme un poco,

si es que el sueño te convida;

enramarete la puerta

cantarete una letrilla.

Tejerete una guirnalda

para ti, señora mía,

de azucenas, de jacintos,

jazmín, salvia, clavellinas,

rosas, lirios, tornasoles,

albahacas, englantinas,

peregrinas, azahares,

pinos, lentiscos, encinas,

acebuches, escaramujos,

cinamomo, encienso, mirra,

alcaparras, aceitunas,

rábanos, coles, ortigas,

pepinos y calabazas,

y todo cuanto Dios cría.

Bien lo has dicho, Escobarillo.

Vete y déjanos un poco.

Estoy de alegría loco

en virtud de aqueste anillo.

Mas quedo, tu padre viene,

y Carlos viene también.

Pues levántate, mi bien,

Pag. 2-15

Fabio.

Señor.

Ven acá,

que quiero que aqueste día

se sepa que es sangre mía

la que el aliento te da.

Hijos, aqueste francés,

que me sirve de criado,

quiero que sea estimado

de vosotros por quien es.

Por lo cual será forzoso

descubrir una verdad,

decir una novedad

para bien de aqueste mozo.

Sabed que en París trataba

cierta señora francesa,

cuya divina belleza

a la del sol igualaba.

Éramos viudos los dos,

y su noble pensamiento

aspiraba a casamiento,

pero llevósela Dios.

En efecto es hijo mío

este mozo, y de tal madre,

Pag. 2-16

que me honro de ser su padre,

y os cuento este desvarío

por que de hoy más le tratéis

como merece el valor

que tiene, y con el amor

que a vuestro hermano debéis.

¡Cielos! ¿Qué veneno es este

que bebo por los oídos?

¿Quién perturba mis sentidos

con tan manifiesta peste?

¡Yo casada con mi hermano!

¿Hay hombre más desdichado?

¡Yo de mi hermana gozado!

Favor, cielo soberano.

Dame los brazos, amigo,

que sin que mi hermano fueras,

para quererte de veras

basta criarte conmigo.

Pues qué tan dichoso soy

que tal ventura merezco.

Como hermano te obedezco.

En el mismo infierno estoy.

¿Has visto caso igual?

¡Ay tan desdichada suerte!

Loca estoy, mas ya la muerte

quiere dar fin a mi mal.

Pag. 2-17

A lindo tiempo el vejete

dijo que era de corona.

Mas guarde Dios la persona

del reverendo alcahuete.

Que el negocio va muy malo,

y temo que a mi pesar

me haga un verdugo bailar

la zarabanda en un palo.

Dame licencia, señor,

que me vaya a mi aposento.

Ve en buen hora.

¡Ay tal tormento!

¡Ay tan notable dolor!

Ciega estoy y tan perdida,

que a darme la muerte voy;

que pues desdichada soy,

bien es que acabe mi vida.

Sin duda a matarse va

Fenisa, seguirla quiero;

aunque en tormento tan fiero

ningún remedio tendrá.

Ya te he dicho, Isabela, que no ofendes

con esta intercesión a tu nobleza.

Pag. 2-18

Si, como es justo, mi quietud pretendes,

algún alivio busca a mi tristeza.

Ablanda aquesta ingrata, pues entiendes

que no es digno mi amor de su fiereza.

Mira, señor, que en el jardín hay gente;

no publiques tu amor tan claramente.

Conde.

Señor, ¿qué mandas?

¿Habéis hecho

aquello que os he dicho?

He servido,

como acostumbra aqueste hidalgo pecho,

que honres a Carlos por merced te pido,

si estás de mis servicios satisfecho,

y si alguna merced he merecido.

Carlos por su valor todo merece.

Vuestra grandeza siempre me enriquece.

Desde hoy más mi embajador quiero que sea

en la corte de Francia, adonde espero

que en mi grandeza claramente vea

lo mucho que a su casa estimo y quiero.

Beso tus pies.

Y porque el mundo crea

que es el amor que os tengo verdadero,

Pag. 2-19

a vos os hago, Otón, mi adelantado.

Siempre como quien eres me has honrado.

Parta Carlos mañana, si ser puede,

que importa a mi servicio.

Haré tu gusto.

Ya mi temor sus límites excede.

El rey trata mi afrenta; mas es justo

callar y obedecer.

Eterno quede

en todo el mundo tu valor augusto,

y tu poder sujete al hemisferio

contrapuesto a los fines de tu imperio.

Por tu vida, Isabela, que agradezcas

esta merced que hice a tu marido.

Pues a tu rey es justo que obedezcas,

y no ofende a tu honor lo que te pido.

Liberal a mi amor es bien te ofrezcas,

para que a Carlos honre agradecido.

Éntrate adentro y dile a tu cuñada

que mire que de un rey es adorada.

Mira, señor, que no conviene agora

tratar de tu afición.

Tiéneme ciego

el resplandor que el alma mía adora.

A la alameda voy; sígueme luego,

que tengo que te hablar.

Pag. 2-20

Sea en buen hora.

Arde en mi pecho un Etna, cuyo fuego

aviva el agua que mi alma llora.

Ya mi esposa a quien es no corresponde,

pues le mira, le escucha y le responde.

¿Por qué aceptaste, esposo de mi vida,

merced tan rigurosa que es forzoso

que de tu aspecto afable me divida?

Fue magnánimo el rey, mas riguroso,

pues la muerte me da con tu partida.

¿Lloras, esposa mía?

Ay caro esposo,

que aunque en mi pecho asistes retratado,

sin tu vista se aumenta mi cuidado.

No te aflijas, mi bien, que si me ausento

es para merecer con mi servicio

la privanza del rey, a quien intento

dar del valor que tengo claro indicio.

No se aparta de ti mi pensamiento,

que si el alma te ofrezco en sacrificio,

en tu objeto se emplea mi memoria,

y al corazón infunde eterna gloria.

¿Es posible que puedes ausentarte

Pag. 2-21

no más de porque el rey honrarte quiere,

desta vista que solo con mirarte

al corazón espíritos adquiere?

Mira que llevas la sublime parte

del alma que en la tuya amor transfiere.

Vuelve si te vas al pecho mío

el sujeto en que asiste mi albedrío.

No consienten las lágrimas que llora

que crea que mi amor es fingimiento,

y que olvidando el alma que le adora

hace ofensa a mi noble pensamiento.

Pero pretende deslumbrarme agora

con aqueste fingido sentimiento.

Disimulemos, pues. No llores tanto,

esposa, que me ofendes con tu llanto.

Consiente que te llame ingrato amante,

pues sin llorar te apartas de mi vista.

¿¿No merece aquesta fe constante

que el alma tuya eternamente asista,

donde ofrezca a mis ojos tu semblante?

¿Cómo quieres, señora, que resista

al poderoso rey que me destierra,

y que a mi pecho mueve mortal guerra?

Pag. 2-22

Pues antes que te vayas hablarle quiero,

y pedirle que excuse tu jornada;

porque el dolor que me atormenta fiero

me tiene del vivir desesperada.

Ya por averiguar mis dudas muero,

aunque mi afrenta está tan declarada

que no puede pensar el alma mía

que se engaña mi triste fantasía.

Celos, ¿qué fuego es este que me enciende?

¿Qué confusión es esta? ¿En qué me puso

aquella que manchar mi honor pretende?

Un infierno de amor arde confuso

en este pecho, que Isabela ofende;

que si mi afrenta a mi nobleza acuso,

desmiente a mi sospecha el niño ciego,

y así me abraso en uno y otro fuego.

Quiero bien a mi esposa y yo miro

que no paga la fe con que la adoro.

Honradamente a la venganza aspiro,

mas el amor me dice que el decoro

no pierda a la deidad por quien suspiro.

Siento mi agravio, su desdicha lloro.

Si me ofende Isabela he de vengarme,

si la mato también he de matarme.

Pag. 2-23

¡Oh, riguroso mal! ¡Oh, dura suerte,

que el remedio que tiene el dolor mío

ha de ser la causa de mi muerte!

¡Notable ceguedad, gran desvarío!

¡Yo ofendido estoy y siento perderte!

Mucho pudo en mi pecho aquel rocío,

aquel tierno licor con que llorosa

bañó del rostro la purpúrea rosa.

Por una parte honor me precipita,

por otra amor airado me amenaza,

a mi pecho la razón incita,

con más afecto un nuevo ardor le abrasa.

Es tan fiero mi mal, tan infinita

la pena que padezco, que esta casa

el alma mía con razón parece

un infierno de amor en que padece.

Tente, señor, que no es justo

que mates de aquesta suerte

quien no ha podido ofenderte

ni jamás te dio disgusto.

¡Viven los cielos, villano,

que la lengua te sacara

Pag. 2-24

y aun la vida te quitara

a no estar aquí mi hermano!

Envaina la daga, Fabio,

y pon a tu enojo pausa,

que la cólera sin causa

no es acción de un hombre sabio.

¿En qué te pude ofender?

Ea, perdonado estás.

Pues que tu favor le das,

no tiene ya que temer.

Honor, busquemos remedio

para esta pena mortal,

aunque con poder igual

asista amor de por medio.

Averígüense los celos

que tengo de aquesta ingrata,

que este dolor que me mata

no le permiten los cielos.

Si quieres, Fabio, que esté

tu casamiento en secreto,

como honrado te prometo

que solo a Dios lo diré.

Pag. 2-25

Que aunque me veas parlero,

cuando importa sé callar.

No tienes que recelar

de lo mucho que te quiero.

que miente como traidor

es villano tu amigo,

que te dice que yo digo

los secretos de tu amor.

Ahora bien, pues te parece

que podrás dentro del alma

guardar aqueste secreto,

fíome de tu palabra.

Mas ¡ay, que ya por mis venas

un vivo ardor se desata!

Veo en mi fantasía

mil quimeras, mil fantasmas.

Parece que ya la noche

sus negros lutos arrastra

y con tinieblas la luna

encubre su hermosa cara.

¡No hay una estrella en el cielo!

¡No hay luz en aquesta sala!

¡Oh, qué noche tan horrible!

¡Qué confusión tan extraña!

Ya se me eriza el cabello,

Pag. 2-26

el espíritu me falta,

que le oprime el corazón

con el peso de mis ansias.

¿Qué estruendo es este que escucho,

que parece que se arranca

el orbe de sus dos polos

y que la tierra le traga?

¿Qué ardiente rueda es aquella?

¿Qué monstruo es ese que exhala

llamas de cerúleo fuego

por tres horribles gargantas?

¿Qué horroroso golfo es ese

que perezoso dilata

rayos líquidos que surca

una mortífera barca?

¿Quién son estos que padecen

como yo sin esperanza?

Son almas de condenados,

y es el infierno esta casa.

Aquí me tiene el amor,

donde me enciende una llama

que con su furor compite,

pues me quema y no me mata.

Pag. 2-27

Estas imaginaciones

tan gran tormento me causan,

que temo que he de matarme

por haber gozado a mi hermana.

Ten buen ánimo, señor,

no publiques tu desgracia,

que si se viene a saber

pierde crédito tu hermana.

Bien me aconsejas, amigo,

mas es mi desdicha tanta

que no hay paciencia que pueda

resistir a su eficacia.

Dime tú que se ha visto

en las edades pasadas

tan desventurado amante

ni tan infelice dama.

No lloren tus ojos más,

que aunque fuiste desdichada

no es bien que tu corazón

en lágrimas se deshaga.

No me repliques, Inés,

Inés, no me digas nada.

Déjame, que estoy furiosa,

Pag. 2-28

y me ofenden tus palabras.

¡Yo casada con mi hermano!

¡Yo de mi hermano gozada!

¿Esto los cielos consienten?

Pues ¿cómo un ángel no baja

con una espada de fuego

a tomar de mí venganza?

¿Cómo no se abre la tierra

y me esconde en sus entrañas?

Mas bástame por castigo

este fuego que me abrasa,

estos rigurosos rayos

que amor en mi pecho fragua,

con que mi muerte se acerca,

con que mi vida se alarga.

Estrellas del alto cielo,

eternas luces soberanas,

con un influjo fatal

fueron de mi mal la causa.

Huid de ver mi desdicha

y contra mí conjuradas

procurad todas mi muerte,

Pag. 2-29

pues se descuidan las parcas.

Mas ¡ay, Fabio!, ¿qué es esto?

¿Cómo de mí no te apartas?

¿Cómo no te vas adonde

jamás te vea la cara?

Si para darme la pena

que merezco me acompañas,

acaba ya de matarme,

mancha en mi sangre tu espada.

Y si matarme no quieres,

vuélvete luego a tu patria,

que ya me ofende tu vista,

si antes la vida me daba.

Vete, hermano, de mis ojos,

y de la afición pasada

no te acuerdes, que fue fuego

con que el amor nos burlaba.

Estas prendas amorosas,

este retrato, estas cartas,

llévalas, Fabio, contigo,

que si las veo me matan.

Lleva contigo también

el alma que te adoraba,

que porque fue cosa tuya

Pag. 2-30

aunque me anima me agravia.

Solo quiero que me quede

la memoria, porque basta

para quitarme la vida

en esta ausencia tan larga.

Y las prendas que te he dado,

si acaso las guardabas,

como mías ya podrás

con razón despedazarlas.

Rompe, Fabio, mis papeles,

que lo que en ellos te hablaba

ofende a mi calidad

y la muerte me amenaza.

Aquel retrato amoroso

que cual ídolo adorabas,

bórrale, que no es razón

que viva tan vil estampa.

Mas no te detengas más,

toma postas, vete a Francia,

que aumentarás mi dolor

si dilatas tu jornada.

Vete de mi casa luego,

que si no te vas mañana

he de publicar al mundo

que estoy contigo casada.

Pag. 2-31

Salte de aqueste aposento,

vete, Fabio, que me matas

y me tiene aquesta pena

del todo desesperada.

Mira que furiosa estoy,

no me obligues a que salga

de mi casa dando voces

por las calles, por las plazas.

¿Quién tiene tanto valor

como tú, mi prenda amada,

de esa manera se rinde

a las ansias que le asaltan?

Repórtate, por quien eres,

que si mi vista te enfada,

yo me iré luego de aquí.

Tente, mi bien, no te vayas.

Perdóname si te ofendo,

que estoy en una batalla

en que del todo rendido

mi corazón se desmaya.

¡Ay, Fenisa de mis ojos!,

¿quién divide nuestras almas

ahora que tu piedad

lo que te quiero me paga?

¿Quién te impide que me otorgues

Pag. 2-32

el favor de que gozaba

después que de aquesa mano

toqué la nieve animada?

Pero el conde, mi señor,

¿no dice que eres mi hermana?

Luego ¿qué es lo que pretendo?

¿Qué es lo que mi pecho aguarda?

¿Cómo no me doy la muerte,

pues mi esperanza se acaba

y amor en sus prisiones

para siempre nos enlaza?

Fenisa, dame licencia

que, pues ausentarme mandas,

de tus ojos irme quiero

donde la muerte me llama.

Mas quisiera que el amor

blandamente te sacara

del corazón en que fuiste

como deidad adorada,

porque si llevo conmigo

el sol de tu hermosa cara,

¿cómo apartarme podré

de sus amorosas llamas?

Salte, hermana, de mi pecho,

que esta pena que me causas

hace eclipsar quejosa

Pag. 2-33

la luz de tus ojos clara.

Pero quédate con Dios,

que de palabra en palabra

va creciendo mi tormento

y mi ausencia se dilata.

Quiero ausente de tu luz

ir a llorar mi desgracia

hasta que la dura muerte

a mis males ponga pausa.

Y si al fin como mujer

piadosamente me tratas,

para estorbar mi partida

en vano, mi bien, te cansas.

No digas que no me ausente,

que si estorbas mi jornada,

mi padre a todo el mundo

ha de decir lo que pasa.

Mira qué furioso estoy;

si no quieres que me vaya,

yo mismo me he de entregar

a los filos de mi espada.

¿Es posible, dueño mío,

que ahora te desampara

Pag. 2-34

el excesivo valor

con que tanto me animabas?

Sí te ausentas porque ya

mi presencia no te agrada.

Yo me esconderé de ti.

Tente, mi Fenisa, aguarda,

y si te ofendo perdona,

que en pena tan temeraria

mis potencias, mis sentidos

están en confusa calma.

Mira, señor, que amanece

y pienso que se levanta

su padre.

Pues mi Fenisa,

vete, que estarás cansada,

y algún alivio procura

a tus rigurosas ansias,

que como hermana te estima

el corazón que te amaba.

Voyme a descansar un poco

para que se atreva el alma

con este infierno de amor

en que vivo condenada.

No quiero ya que te ausentes,

mas que busques una traza

Pag. 2-35

con que del todo te olvides

de afición tan desdichada.

Pues yo te prometo, esposa

de quien el cielo me aparta,

de borrar del corazón

el ídolo que adoraba,

porque faltando a mis ojos

tu belleza soberana,

se acabe esta triste vida,

si vida es justo llamarla.

Acábese aqueste fuego

que el infierno de amor fragua

en mi corazón, y acabe

con mi vida mi esperanza.

¡Viven los cielos, Inés,

que te hiciera mil tajadas

y a bocados te comiera

si fueras carne de vaca!

¿Es posible que sabías

que eras tú también mi hermana

por parte de Adán y Eva

y no me lo declarabas?

¿Estás borracho? ¿Qué es esto?

Pag. 2-36

Envaina luego la daga,

que no es tiempo ya de burlas,

y a fe que estoy enfadada.

Ahora bien, pues te parece

que podrás dentro de un arca

guardar aqueste lacayo,

fíome de tu palabra.

Mas ¡ay, que ya por mi mal

conozco que a mis espaldas

hoy habrá más cardenales

que a las espaldas del papa!

Pero ¿qué palo es aqueste

que en la plaza se levanta?

Horca parece, por Dios,

ya se me erizan las barbas,

y sospecho que un verdugo

con algún lacito trata

de hacer hoy en mi persona

algún paso de garganta.

¿No hay jamón en la cocina?

¿No hay vino en aquesa taza?

¡Oh, qué hambre tan horrible!

¡Qué sed tan extraordinaria!

Pag. 2-37

Pero quédate con Dios,

que pues ausentarme mandas,

de tus ojos irme quiero

al centro de una gurapa.

Y si al fin como ternera,

que digo tierna, me tratas,

para detenerme en vano

te cansas, mujer infausta.

No digas que no me esconda,

que si la tierra me falta,

¡vive Dios, que he de esconderme

en el cielo de tu cama!

No huyas, Escobarillo,

que yo me saldré de casa

primero si es que procuras

ausentarte por mi causa.

Tente, mi bien, que a fe mía

que contigo me burlaba,

porque bien sé que este infierno

no domina entre estas almas.

Jornada tercera

Pag. 3-40

A que te diese estas cartas

me envía su majestad,

para que con brevedad

aquesta noche me parta.

En servir y obedecer

nunca he sido descuidado,

porque soy vasallo honrado

y procuro merecer

de todo estoy prevenido

para ocasión tan honrada,

que solo en esta jornada

tengo ocupado el sentido.

Su majestad te merece

que le obedezcas en todo;

mas por tan notable modo

como quien es te ennoblece.

Quédate con Dios, Enrique,

que pues en esta ocasión

me ocupa el rey, es razón

que [ilegible] con mi intento,

de mi parte le dirás

Pag. 3-41

que ya de camino estaba

y solamente aguardaba

por las cartas que me das.

Lo que me mandas haré,

y si en Aragón te queda

algo en que servirte pueda,

en todo te serviré.

Muriendo de pena voy

mas quiero disimular

que hoy tengo de averiguar

estas dudas en que estoy.

Aguardando estaba allí

a que mi señor se fuese

para que yo hablarte pudiese.

También yo te aguardo aquí,

porque el principal intento

con que a la quinta he venido

solo para hablarte ha sido

en aqueste casamiento

que se dice por allí

que es hermana tu señora

Pag. 3-42

deste Fabio a quien adora

y con quien casada está.

Cuéntame, Inés, lo que pasa.

Penan por diversos modos

como en el infierno todos

los que entran en esta casa.

Fenisa está de manera

afligida y temerosa,

y en pena tan rigurosa,

que temo que se nos muera.

Fabio vive en tal tormento

llorando su desventura,

que imagino que procura

declarar su casamiento.

En efecto están los dos

desesperados de suerte

que ya no temen la muerte

sino el castigo de Dios.

Digo que fue desdichada

tu señora, y que me pesa

de ver con tanta tristeza

su hermosura malograda.

Mas, amiga, el rey desea

hablarle de su tormento

dentro en su mismo aposento

adonde nadie le vea.

Mira, pues, qué orden habrá

para que pueda seguro

saltar por aqueste muro,

Pag. 3-43

y entrar adonde ella está,

aunque mejor entraremos

por la puerta del jardín,

porque hay menos gente en fin

y menos rumor haremos.

Pues yo la llave sacaré

de esa puerta de la fuente

y porque entréis fácilmente

abierta la dejaré.

El rey te sabrá pagar

como es justo, mas advierte

que esté la casa de suerte

que no haya en qué tropezar.

No tienes que me decir,

que yo sé lo que he de hacer,

y si esta noche ha de ser,

a las dos podéis venir.

Bien está, quédate a Dios,

que muy presto nos veremos,

porque pienso que vendremos

aun antes que den las dos.

Vete con Dios, señor mío.

El secreto te encomiendo.

Por servirte en todo pretendo.

De tu palabra me fío.

Ya puedo vivir segura

del castigo que temía,

pues es tal la dicha mía

que él mismo rey me asegura

intercederme desde hoy.

Pag. 3-44

por su noble pensamiento,

para que en su amoroso intento

dispuesta a servirle estoy.

Ya que no quiere el cielo

que acabe con mi vida mi tormento,

riegue mi llanto al suelo,

y con un fuego intrínseco y violento

hurte a la primavera aquestas flores,

para que no publiquen mis amores.

La admiración que causa

al que me escucha la desgracia mía

suspenda y ponga pausa

a la sonora y métrica armonía

destas aves que, en piadoso canto,

publican ya la causa de mi llanto.

Los suspiros que exhala

el fuego, que en mi pecho riguroso

al mismo infierno iguala,

abrasen este arroyo caudaloso

antes que murmurando de mis males

estampe mi desdicha en sus cristales.

El eco resonante

de las voces, que doy desesperada,

revuelva penetrante

el agua dulce desta fuente helada,

que cuando veo en ella mi figura

me parece mayor mi desventura.

Pag. 3-45

Pero si estoy furiosa,

despedace mi mano estos enebros,

cuya copa frondosa

testigo un tiempo fue de mis requiebros;

no quede en el jardín planta ninguna

que no sienta el rigor de mi fortuna.

Marchítese este prado

con el grave contacto de mi planta,

que cuando mi cuidado

causa a mi corazón tristeza tanta,

es justo que las flores se entristezcan

y que conmigo este dolor padezcan.

No escape de mi mano

el laurel de que Apolo se corona,

que si el rayo inhumano

del fulminante Jove le perdona,

aqueste incendio que me abrasa eterno

vence a las mismas llamas del infierno.

Amor me tiene loca

con forzarme a que quiera un imposible,

y cuando más provoca

con el tormento que padezco horrible,

una llama de hielo me amenaza,

que sin llegar al corazón le abrasa.

Estoy tan temerosa

del áspero castigo que merezco,

que mil veces quejosa

Pag. 3-1

del penoso infierno en que padezco,

pido la muerte al hado ejecutivo

por huir de otro ardor más intensivo.

Cuando a los cielos miro,

pienso que el claro sol es un cometa,

cuyo siniestro giro

tanto me solicita y me inquieta

que el murmullo del viento me parece

rayo que contra el alma se enfurece.

Señora, ¿para qué quieres

con tan notable furor

dar indicios de tu amor

y del dolor de que mueres?

Estoy tan desesperada

y es mi mal tan excesivo

que no es vida la que vivo,

sino muerte dilatada.

Pero Fabio viene aquí;

huir quiero de su vista

para que mi honor resista

al amor que vive en mí,

que la ocasión puede mucho

y acabar del todo quiero

la pena de que me muero

cuando le miro y le escucho.

El tronco de ese laurel

que está junto de la fuente

Pag. 3-2

te esconderá fácilmente.

Meterme quisiera en él.

La yegua un poquito es lerda;

hoy he de hacerla en tajadas,

porque a puras sofrenadas

le he de hacer que el trote pierda,

que cuando cerril estaba,

con dos trabas que la eché,

de manera la amansé

que apenas se meneaba.

Nadie de sus pies escapa;

ayer me pegó una tunda

que el demonio me confunda

si no quedé como sapa.

Si divertir mi furor

con tus locuras intentas,

advierte que me atormentas

más que mi propio dolor.

Que pues que el cielo ordena

dividir dos voluntades,

¿quieres con tus necedades

divertirme de mi pena?

Mas si estoy desesperado

Pag. 3-3

y mi padre no consiente

que de una hermana me ausente

con quien estuve casado

acábese aquesta vida,

aunque parece imposible

que esta pasión insufrible

del corazón se divida.

Ocúpate, señor mío,

en contemplar estas flores,

que tratar de tus amores

es muy grande desvarío.

Mira estas rosas, señor,

cuya pompa nevada

tanto a los ojos agrada

como al olfato su olor.

Mira esos rojos claveles

y estos jacintos hermosos

que guarnecen olorosos

los troncos de los laureles.

Mira también el jazmín

y el lirio que por lo hermoso

vence al Febo luminoso,

y hácese cielo este jardín.

Escobatilla, detente,

no profanes este prado,

que debe de ser sagrado

Pag. 3-4

a la ninfa de esta fuente.

¿No ves entre aquellas ramas

una soberana diosa,

cuya vista luminosa

fulmina amorosas llamas?

Quiero llegar atrevido,

por ver si tanta belleza

puede aliviar la tristeza

de un corazón afligido.

Mas ¿qué es esto, mi señora?

¿A los mis ojos te ascondes?

¿De ese modo correspondes

a quien por tu causa llora?

¿Cómo resistir podré

en tan forzosa ocasión?

Mas, pues hablarle es razón,

como hermana le hablaré.

Si quieres que no me aparte

jamás de tu compañía,

del amor que te tenía

y del tuyo has de olvidarte,

porque el cielo soberano

dijo que tu hermana soy

y me fuerza a que desde hoy

te trate como mi hermano.

Tal estoy que no me acuerdo,

cuando veo tu hermosura,

Pag. 3-5

de la pasada ventura

ni de la gloria que pierdo.

Háblame, hermana querida,

declárame ese dolor

que eclipsa tu resplandor

tan a costa de mi vida.

Como hermana hablaros quiero,

porque la razón me obliga

a que las ansias te diga,

de que remedio no espero.

Yo prometo a tu beldad

de responderte también

como hermano, porque es bien

rendirme a tu voluntad,

y porque quiero que acabe

la llama que nos enciende,

que por indigna me ofende

y en mi grandeza no cabe.

Hermano querido,

¿qué furia es aquesta

que a mi corazón

causa tanta pena?

¿Qué es lo que mis ojos

ven en tu presencia,

que cuando te miro,

mis males se aumentan?

Pag. 3-6

Pensé que en tu vista

hallaran mis quejas

alivio y remedio

para mi tristeza;

pero ya conozco

que mi suerte ordena

que aumentes mis ansias

como causa de ellas.

Si ofendido estás

y matarme intentas,

quítame la vida,

antes con tu ausencia,

porque no es razón

que el amor consienta

que ojos tan afables

castiguen ofensas.

Si de ti me ascondo,

es porque no veas

en mis ojos tristes

escrita mi afrenta,

que estoy tan corrida

que al alma le pesa

de que mi semblante

miren las estrellas.

Mas agora es justo

que diga mi lengua

Pag. 3-7

lo que mis suspiros

y mi llanto muestran.

Pues eres mi hermano

(que nunca lo fueras),

oye de mi honor

la horrible tragedia,

que aunque mi tormento

los labios me cierra,

el dolor me anima

y el valor me esfuerza.

En mis tiernos años,

cuando el alma apenas

ejercer podía

la mayor potencia,

vide un caballero

en esta alameda,

en quien se estremaba

la naturaleza,

su persona en todo

era tan perfecta

que Diana le amara

si cual yo le viera.

De su vista afable

amor hizo flechas,

con que al alma mía

movió mortal guerra.

Procuré mil veces

Pag. 3-8

hacer resistencia,

más quedé vencida

y del todo ciega.

Creció mi cuidado

y de tal manera

que animé su pecho

con palabras tiernas

y con mil favores

le otorgué licencia

para que intentase

merecer mis prendas,

hasta que animoso

cual Ícaro vuela,

sin temer los rayos

del sol de mi esfera,

porque no hay amante

que imposible tema

cuando le asegura

la correspondencia.

En efecto, hermano,

porque no te ofenda

el largo discurso

que mi mal renueva,

sabe que le di

la mano, y con ella

le ofrecí las flores

de mi primavera.

Pag. 3-9

Vivimos casados

con tanta fineza

que nuestra afición

parecía eterna.

Y cuando pensé

que con fe sincera

mi lealtad pagara,

entonces se ausenta,

entonces me olvida,

entonces me deja,

porque no es posible

que mi esposo sea.

Mas, pues soy tu hermana

y con ansia extrema,

tan notable culpa

mi boca confiesa,

venga en mí tu honra,

porque es indecencia

que viva quien puso

mancha en tu nobleza.

Hermana del alma mía,

a cuyos hermosos ojos

rinde Febo por despojos

los resplandores del día,

si con tu ciega osadía

pusiste mancha en tu honor,

Pag. 3-10

es justo que mi valor

tome venganza animoso,

no de ti, mas de tu esposo,

pues se olvida de tu amor.

Que si tú, como mujer,

a pesar de tu grandeza,

entregaste esa belleza

a quien te supo vencer,

¿qué castigo puede haber

como tu propio cuidado?

Pues quien la mano te ha dado,

de esposo agora procura

dejar aquella hermosura

de quien fue tan adorado.

Un castigo riguroso

tienes en tu misma culpa;

el ser mujer te disculpa

de aqueste exceso amoroso.

Por lo cual será forzoso

que tome venganza fiera

de quien olvidarse espera

de un alma que le adoró.

Y, pues Fabio te ofendió,

razón que Fabio muera.

Pag. 3-11

Después de darte la mano,

es villanía ausentarse,

ingratitud olvidarse

de tu rostro soberano.

Advierte, querido hermano

(si es que de vengarme tratas),

que mi tormento dilatas

y me haces mortal agravio,

porque, si matas a Fabio,

también a tu hermana matas.

Ay, Fénix, cara esposa,

que no sufre el alma mía

que acabe en mi fantasía

la idea que adoro hermosa.

Con esa vista amorosa

en tal estado me pones

que, aunque tú no me perdones,

he de hablarte como amante,

que no es bien que a mi semblante

contradigan mis razones.

Fabio, no te alargues más,

que si no quieres matarme,

de tu vista he de apartarme

para no verte jamás.

Mas, pues abrasado estás,

publicándome la pena,

Pag. 3-12

a que el amor te condena,

quiero decir al momento

a mi padre mi tormento

y lo que tu pecho ordena.

Aguarda, esposa querida,

que si un dolor tan mortal

quieres publicar tu mal,

porque de ti no divida

no temas que te lo impida,

que, pues ser tuyo no espero,

diré que por ti me muero,

porque la muerte me den

y porque muera también

confesando que te quiero.

Espera y mira, señor,

que intentas tu desventura.

¿Hay semejante locura?

¿Hay tan notable furor?

Deme el cielo su favor,

que temo que aquesta noche

algún mulato me abroche.

Pag. 3-13

la garganta en un botijo,

y me vendrá algún morisco

con un correón del coche.

Escobatilla.

Inés mía.

¿Qué horas son?

Las once han dado.

Si no me engaña el cuidado,

que agora me dijo el día.

Mi señor y tu señora

llegaron a tal extremo

con su locura que temo

que se declaran agora.

Toda esta noche estuvieron

en este jardín hablando,

que pienso andan penando

los ángeles que cayeron;

mas voyme, porque es razón

que agora a mi señor siga

y que le estorbe que diga

la causa de su pasión.

Pag. 3-14

A gran peligro me atrevo;

mal con aquesto le pago

al conde Otón, y mal hago

lo que a mi señora debo.

Pero es fuerza obedecer

a un amante poderoso,

que liberal y hermoso

sabe obligar y vencer.

Estos son, si mi señor

es Enrique.

Enrique soy,

y en el jardín donde estoy

entra sin hacer rumor.

¿Qué hace Fénix?

Imagino

que está llorando su mal,

porque con ansia mortal

pena y llora de contino.

Vete, pues, a su aposento

y mira si está despierta.

Que me place.

En esta puerta

te aguardo.

Pag. 3-15

Vendré al momento.

Pésame de que esta ingrata

por mi causa llore tanto,

porque yo su perpetuo llanto

más que su desdén me mata.

Quisiera secretamente

decirle que no es su hermano

el hombre a quien dio la mano;

mas amor no lo consiente,

que si me aflige llorosa

perdida y desesperada,

cuando yo mire casada,

me matara rigurosa.

Bien merece tu desdén

el tormento de quien muere,

pues un lacayo prefiere

a un rey que la quiere bien.

Muerta vengo de temor.

Ríe de mí.

¿Qué ha sucedido,

amiga?

Isabel os ha oído

Pag. 3-16

pasar por el corredor,

y me preguntó quién era

el caballero embozado

que en tu casa había entrado

y que en la puerta le abriera.

No pude al fin deslumbrarla

y díjele que entendía

que era Carlos, que venía

en secreto a visitarla.

En peligro tan forzoso

que os volváis luego conviene,

que al jardín pienso que viene,

porque piensa que es su esposo.

Isabel, si nos viere...

Importa muy poco, Inés.

Vete, señor, que otra vez

vendrás, si ocasión hubiere.

Enrique, salte allá fuera,

que esta noche mi firmeza

ha de vencer la dureza

y el rigor de aquesta fiera.

Haré tu gusto.

No sé

Pag. 3-17

si es mi esposo este que veo

llegar aquí.

Oh, mi deseo,

si puedo conseguiré.

¿Sois vos, mi señor?

Yo soy,

yo soy, señora Isabel,

que el rigor de esta cruel

me ha traído adonde estoy.

No os admire mi locura,

porque la afición me obliga

a que venza esta enemiga

con adorar su hermosura.

Mirad, señor, lo que hacéis,

y advertí que no es razón

que ofenda vuestra afición

a quien honrar pretendéis.

Hablar quiero a tu señora

y preguntarle si es gusto

que pretenda mi disgusto,

cuando es de mí tan amada.

¿Estáis de suerte afligido

con las ansias que padeces

que confieso que mereces

Pag. 3-18

ser de Fénix admitido;

pero nunca lo verás,

que es tan fiera y tan ingrata

que rigurosa te trata

cuando el corazón le das.

Dadme, cielo, vuestro amparo,

que apenas moverme puedo

con el peso de mis males,

con el rigor de mis celos.

Cuando están durmiendo todos

en un profundo silencio,

hallo entrada en el jardín

y aun en mi propio aposento.

De este modo hallo mi casa,

cuando averiguar pretendo

lo que enojado confirmo

y lo que amoroso niego.

En tan manifiesto agravio

valor le falta a mi pecho,

y no puede la paciencia

resistir a mi tormento.

Tal me tiene mi temor

que cada sombra que veo

me parece que es el rey.

Pag. 3-19

que, aunque me agravia, le temo.

Pues mi valor se anime

y aqueste amoroso fuego

que hasta agora me abrasaba

se vuelva en furia y veneno.

Muera Isabel, pues me ofende,

mas, ay, que en el alma siento

que me responde llorosa

que sin razón la condeno.

Y no puedo imaginar

que aspire su pensamiento

a poner mancha en su honra,

cuando yo tanto la quiero.

Podrá ser que por descuido

quedase el jardín abierto;

pero aquesta no es la puerta

de quien con razón me quejo.

¿No es este el rey que me ofende

y a quien tanto reverencio,

que aun apenas con los ojos

a su grandeza me atrevo?

Honor, ¿qué tengo de hacer,

si he llegado a tal extremo

que, cuando el valor me exhorta,

Pag. 3-20

me desanima el respeto.

No temas que yo lo impida,

que, pues con tan gran exceso

padeces, no es bien que estorbe

de tus males el remedio;

y si en mi pecho jamás

halló tu amante deseo

auxilio, no será justo

halle agora impedimento.

Oye, Isabel, por tu vida,

haz lo que tanto te ruego,

pues te mueven a piedad

estas ansias que padezco.

Mas seguirla me conviene,

porque sin ella no creo

que alcanzara mi firmeza

los favores que merezco.

Amor, préstame tus alas

y detén el movimiento

de Apolo, que la ocasión

no tiene más de un cabello.

Pag. 3-21

Aquí me pierdo del todo.

Mi señor.

¿Qué es aquesto?

Carlos, ¿cómo no te fuiste?

¿Hay tan grande atrevimiento?

¿No te mandé que esta noche

partieses?

Advierte.

Yo advierto

que has de ver por tu mal,

si me enojas, lo que puedo.

Señor.

No me digas nada.

¿De esta manera?

Prometo

que he de quitarte la vida

si me disgustas.

¡Ah, cielos!

Agora es justo que acabe

el indigno amor que tengo

a esta ingrata y que animoso

manche en su sangre mi acero.

Pag. 3-22

Pero si me afrenta un rey

cuyo poder es inmenso,

¿cómo podré restaurar

el honor que agora pierdo?

No más infame temor,

no más cobarde respeto;

muera quien quiere afrentarme

antes que logre su intento.

Precipíteme el agravio

que agora mis ojos vieron,

que un afrentado furioso

es incapaz de consejo.

Pag. 3-23

Mire vuestra majestad

que sus indignos excesos

animan a mi valor

contra el poder de su cetro.

No se canse en persuadirme,

porque está mi honor dispuesto

a olvidarse del respeto

que a su grandeza le debo.

No llores, Fenisa hermosa,

que con mi amor no te ofendo,

y quiero más a tu vida

que al corazón que te ofrezco.

El resplandor de tu luz

tan observante venero

que solo a tu voluntad,

aunque indigna, me sujeto.

Si no te mueven las ansias

Pag. 3-24

que de continuo padezco,

máteme el fiero dolor

que me causa este desprecio,

que no quiero que forzada

dé a mis males remedio,

si han de matarme tus ojos

con su injusto sentimiento.

Pag. 3-25

¿Así se paga, traidora,

un amor tan verdadero

como el mío? Esta lealtad

me guarda tu infame pecho.

Vive el cielo que he de darte

un castigo tan acerbo

que en el rigor de tus ansias

quede mi honor satisfecho.

Aguarda, esposo querido,

que más que la muerte siento

el ver que quieres matarme

porque piensas que te ofendo.

No procures desmentir

lo que claramente vieron

mis ojos, que no ha lugar

entre mi espada y tu cuello.

Pag. 3-26

Sabe el cielo que me matas

sin razón.

Hijo, ¿qué es esto?

¿Por qué matas a tu esposa,

si de virtud es ejemplo?

Detente.

Padre.

Detente,

que es engaño manifiesto

pensar que ofenderte pudo

quien te ama con tal exceso.

Yo sé que el rey, mi señor,

se abrasa en ardiente fuego

por mi esposa y que me agravia

con su indigno pensamiento.

Envaina la espada, Carlos,

que de mi amor el objeto

es esta ingrata enemiga,

cuyos desdenes padezco,

y tu esposa es tan honrada

que atropellando mis ruegos

Pag. 3-27

Jamás con su intercesión

dio favor a mis deseos.

Suspende el enojo, hermano,

que son indignos recelos

porque es honrada Isabela

y te quiere por extremo.

Perdona, esposa querida,

el agravio que te he hecho,

que ya conozco que han sido

mis celos sin fundamento;

pero nació mi temor

de lo mucho que te quiero.

Hija, perdona a tu esposo

y dale los brazos luego,

que la afición que te tiene

le disculpa de su yerro.

Aunque su temor injusto

ofendió mi noble pecho,

ya me olvido del agravio

y le amo con más afecto.

El rey mi señor pretende

vencer el rigor inmenso

de tu hermana, por quien vive

Pag. 3-28

en riguroso tormento.

Esta afrenta es bien que sufra

un tal vasallo. Reviento

de cólera. Mis pasados

en reyes como vos fueron.

¡Vive Dios!

Considera.

Perdona, que el sentimiento

me precipita.

Hasta agora

mi amor no pudo ofenderos,

porque Fenisa bien sabe

que es su rigor tan inmenso

que apenas ser admitido

mereció mi pensamiento.

Agora es justo que diga

el infelice suceso

de mi amor, porque la muerte

a mis males dé remedio.

Hermano, padre y señor,

es el día postrero

de mi vida; hoy se ha de ver

en nuestra casa un portento.

Yo soy la más desdichada

Pag. 3-29

que nació desde que Febo

con su resplandor alumbra

el diáfano firmamento.

Mas dejando digresiones,

que no las permite el tiempo,

sabed que en este jardín

pisé un áspid encubierto,

bebí por un vaso de oro

tan mortífero veneno

que ya para declararme

me va faltando el aliento.

Al fin rindióme el amor

y caséme de secreto

con Fabio, que le tenía

por hijo del conde Alberto.

Ved qué inestable desdicha

y qué delito tan feo.

Sacad las espadas todos,

cortad este indigno cuello.

Si no queréis que a fuerza

padezca en aqueste infierno,

y como Porcia y Lucrecia

brasas trague, empuñe acero,

para hurtar aquesta vida

al rigor del justo cielo.

Pag. 3-30

que me amenaza ofendido

con mi infelice casamiento.

Esa culpa tengo yo,

pues me atreví como ciego

a poner mis viles ojos

en tan altivo sujeto.

Que me deis la muerte os pido,

que pues yo la culpa tengo

será razón que me den

el castigo que merezco.

Supuesto que me ofendisteis,

no me enojo, antes me alegro

de ver casada a Fenisa

con tan noble caballero.

Alberto, conde de Brava,

y madama de Oliveros

son padres de aqueste mozo

que agora me dais por yerno.

Era dama de palacio

la madre y con tal afecto

al conde amaba que un día

le dio entrada en su aposento.

Publicóse este favor,

pero casáronse luego,

y a los seis meses la dama

Pag. 3-31

parió este ilustre mancebo.

Criéle en mi propia casa

porque ellos me lo pidieron,

que presumían que el rey

los castigase severo.

Trújelo, como sabéis,

a ver el hispano suelo;

sirvime de él, pero siempre

le tuve un amor paterno.

Esta es la verdad del caso,

lo demás fue fingimiento,

y sabe el rey, mi señor,

que no es Fabio hermano vuestro.

Ya de la afición pasada

justamente me arrepiento,

pues que vencer no he podido

con tantas trazas y enredos.

Si hasta agora procuré

vuestro mal, desde hoy me atrevo

a procurar con desvelos

vuestro bien, y mi sosiego

diez mil ducados de renta

quiero darte.

Tus pies beso.

Ya, Fabio, le doy los brazos.

Prospere tu vida el cielo.

dame los brazos, esposa.

Pag. 3-32

que a tu belleza prometo

de adorarte y de pagar

con obras lo que te debo.

Aguarden, cuerpo de tal.

Llega, Inés, y pediremos

mercedes, porque hasta agora

servimos sin estipendio.

Dame aquesa hermosa mano

y a los pies del rey lleguemos.

La mano y con ella el alma

de quien siempre fuiste dueño.

Suplico a tu majestad,

que aunque yo no lo merezco,

Pag. 3-33

me escuche cuatro palabras

en un átomo de tiempo.

¿Qué es lo que quieres?

Señor,

que mires el gran tormento

en que por mi causa Inés

pena y rabia más que un perro.

¿Querrás casarte?

Más antes

que no me cases te ruego,

porque haya alguna comedia

que acabe sin casamiento.

En buena hora no te cases,

y acábese aquí el infierno

de amor, en que nuestras almas

tantas penas padecieron.