digitanler Text von El infierno de anmor | BITESO
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digitanler Text von El infierno de anmor

Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026

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Comedian
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El infierno de amor. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-infierno-de-amor.

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EL INFIERNO DE AMOR

Stanrt

Pang. 1

El infierno de amor

Jornada 1ª

Pang. 2

Personas

El rey

Otón

Carlos

Fabio

Enrique

Estebanillo

Fenisa

Isabela

Inés

Jornada primera

Pang. 3

Salen Fenisa y Inés.

Inés.

¡Extraña melancolía!

¡Riguroso mal!

Llora

Fenisa.

Inés,

nada de las ansias ves

en que vive el alma mía.

Busca para tanto mal

algún alivio siquiera;

que quien ama desespera

si es la afición desigual.

Mas para tales enojos,

tal tormento, tal dolor

será el remedio mejor

sacar la luz a estos ojos.

Inés.

Cobra alguna confianza:

acaba ya de llorar.

Fenisa.

¿Cómo puede descansar

quien ama sin esperanza?

Inés.

El secretario, señora,

es galán, y aunque es criado

es bien nacido, y honrado,

y por extremo te adora:

tu padre le estima, y quiere

haciéndole tal favor,

que en el buen trato, y amor

Pang. 4

Inés.

a tu hermano le prefiere.

Trújole niño de Francia,

y aunque no le conocemos

padre, todos le tenemos

por persona de importancia.

Mas si tanto te aborrece

por indigno ese lamento,

muda, señora, de intento;

elige a quien te merece.

El rey te quiere, y no ofende

con su afición a tu honor,

que es tan honesto su amor,

que solo amarte pretende.

Si admites agradecida

su pensamiento, jamás

de Fabio te acordarás,

que amor con amor se olvida.

Demás que no será justo

que olvide tu corazón

al mismo rey de Aragón,

por un amor tan injusto.

Fenisa.

Fabio me abrasa de suerte

que muero cuando le veo,

y declararle deseo

que es la causa de mi muerte.

Tan ciega por él estoy,

que te afirmo que quisiera

Pang. 5

Fenisa.

Para que mi esposo fuera

ser menor de lo que soy,

remedio pido a mi honor

para poder olvidarle;

y díseme que ausentarle

es el remedio mejor.

Si sus partes considero,

doy alivio a mi cuidado;

si considero su estado,

peno, lloro, rabio, muero.

ora bien, ello ha de ser;

váyase Fabio de aquí;

y el alma, que le rendí,

acabe de padecer.

Mas porque ocasión hubiera

de despedirle, gustara

que su amor me declarara,

y en algo me deserviera.

Inés.

Él viene aquí.

Fenisa.

Pues, amiga,

dile que me diga amores,

que pretenda mil favores,

y que sus ansias me diga;

que, pues declararle suele

su pensamiento, bien es

que algún auxilio le des.

Pang. 6

Fenisa.

para que más alto vuele.

Y si con lengua atrevida

me declara su pasión,

habrá entonces ocasión

para que yo le despida.

Y enojada le diré

que si no se va al momento,

a su loco atrevimiento

con rigor castigaré.

Y que ha de saber mi hermano

que como traidor aleve

a mi grandeza se atreve

su pensamiento liviano.

Viéndose al fin despreciado

de mi amor, será forzoso

que se vaya temeroso,

corrido y desesperado.

Inés.

Bien dices... Vete, señora,

y aguárdate un poco ahí

mientras yo le digo aquí

que tu corazón le adora.

Vase Fenisa. Salen Fabio y Esclavo.

Estebanillo.

En vana locura has dado,

Pang. 7

Fabio.

Amiga, dime si acaso

le dijiste a tu señora

que mi corazón la adora,

y que por ella me abraso.

Inés.

Ya le dije que ha mil días

que por ella te abrasabas,

y que no te declarabas,

porque su desdén temías.

Anímate, pues, señor;

que, según lo que yo vi,

ella se muere por ti

aun con más ardiente amor,

Fabio.

Burlando pienso que estás,

Inés, dime lo que pasa.

Inés.

Digo que por ti se abrasa,

y no me preguntes más.

Fabio.

Dichoso mil veces yo,

pues tanto bien merecí;

dichoso el día en que vi

la beldad que me abrasó.

Ahora sí que animoso

a Fenisa le diré

lo que hasta ahora callé

dignamente temeroso.

Sale Fenisa

Fenisa.

Si de mis ojos se ausenta

quien es de mi mal la causa;

Pang. 8

Fenisa.

porque ausente ponga pausa

a un amor tan indecente.

Fabio.

Inés, yo te serviré,

como tú verás.

Inés.

Adiós.

Vase Inés.

Fabio.

Solos estamos los dos:

¡ay, cielos!, ¿qué le diré?

Fenisa.

Ea, honor, agora acabe

la causa de mi tristeza,

pues ofende a mi nobleza,

y en mi corazón no cabe.

¡Aquí estás, Fabio!

Fabio.

Señora,

aquí estoy; y tan alegre,

cuanto suele estar el día

con la luz, de que procede.

Cuanto la purpúrea aurora,

en las puertas del Oriente,

llorando el muerto Memnón,

al Eritreo enriquece.

Cuanto se ve el horizonte

con resplandores tan breves;

que siendo del sol otorgan

a la vista el accidente.

Al fin, cuando el claro Apolo

corona las altas sienes

de los montes, que soberbios

al mismo cielo se atreven.

Alégranse los jardines:

Pang. 9

Fabio.

Ríense las claras fuentes.

Ellos le ofrecen aromas,

ellas aljófar le ofrecen,

himnos alternan las aves,

cuya suavidad suspende

al músico movimiento

de la máquina celeste.

Agora que vuestro sol

en mis ojos amanece,

es justo que el alma mía

con tanta gloria se alegre,

y que este favor os pague

con morir eternamente,

agradecida a estos ojos,

que tanto bien le conceden.

Fenisa.

Basta, no te alargues más

porque imposible parece

que pueda alegrarte tanto

quien de tristeza se muere.

Fabio.

Es sol la luz de tu cara:

igualmente resplandece,

y a cuanto sirve de objeto

todo se abrasa igualmente.

La púrpura de tu rostro

arde de la misma suerte

que el alma de quien te mira,

mas no se extingue, antes crece:

Pang. 10

Fabio.

y un sujeto tan sutil

cómo puede defenderse

de quien apenas un alma,

que es eterna, se defiende?

La sabia naturaleza,

que los remedios previene

para mitigar su ardor

le mezcló cándida nieve

Fenisa.

si con mi favor se anima,

y por declararse muere,

mostrarme quiero amorosa

para que más se despeñe.

Digo que eres lisonjero;

mas hablas tan elocuente

que tus palabras me alegran:

Pang. 11

Fabio.

y casi me desvanecen.

Inés me dijo verdad.

Fenisa admitir pretende

mi amor, mas no se declara

porque indigno le parece.

Señora, pues que mis ojos

publican tan claramente

este riguroso fuego,

que me abrasa, que me enciende:

rompa el silencio mi lengua,

que el temor que la detiene

hace ofensa a la piedad

que tu vista me promete.

Yo me abraso: yo estoy loco:

ya mi corazón se atreve

a publicarte las penas,

que por tu causa padece.

Si piensas que mi afición

por ser humilde te ofende,

mira que el alma es divina;

y que ella sola te quiere.

Amor es acción del alma:

el alma bien lo merece,

que es idea soberana

de la sempiterna mente.

Fenisa.

Basta, no me digas más.

Villano, atrevido, vete,

vete luego de mi casa,

Pang. 12

Fenisa.

y haré que te den la muerte.

Fabio.

Señora...

Aquí sale Otón.

Fenisa.

No me repliques,

traidor, fementido, aleve,

que te sacarán el alma,

con que has podido ofenderme.

Salte luego de Aragón,

y si no te vas, advierte

que he de decir a mi hermano

la temeridad que emprendes.

¿Ansí estimas mi valor?

¿Ansí el decoro me pierdes?

¿A las señoras de Francia

tratan ansí los franceses?

Por vida de Otón, mi padre,

que si no te vas...

Otón.

Detente.

Basta, no pases de ahí.

Fabio.

¡Ay, amor! ¿Qué novedad es?

No solo Inés me engañó,

pero sus ojos alegres,

y sus palabras también

me engañaron. ¡Triste suerte!

Otón.

¿Qué enojo es este, Fenisa?

Fenisa.

Tú, señor, la culpa tienes,

pues estimas un Gileno,

que servirte no merece.

Pang. 13

Fenisa.

Extraño modo de pena

es la que mi pecho siente,

que deseo que se vaya,

y deseo que se quede.

Pero ¿qué diré a mi padre?

Disimular me conviene.

Que lo que le he dicho a Fabio

basta para que se ausente.

Díjele a Fabio, señor,

que a la platería fuese

a pagarme unas cadenas

y unas joyas que me venden;

respondió que no podía,

sin que primero le dieses

licencia, pagar a nadie

de los dineros que tiene.

No me ofendió la respuesta,

porque sé que te obedece

en esto, mas ofendiome

el modo de responderme.

Fabio.

Perdona si te ofendí;

y si ausentarme pretendes

luego me iré de la corte

solo por obedecerte.

Otón.

Éntrate, Fabio, allá dentro,

y aguarda en este retrete,

Pang. 14

Vase.

Fabio.

que ya voy:

haré tu gusto.

¡Ay, amor, qué poco puedes!

Otón.

Hija, suspende el rigor,

y trata mejor a Fabio,

que es galán, discreto, sabio;

y no le falta valor.

Fenisa.

¿Qué valor puede tener

hombre que no tiene padre,

y que al fin será su madre

alguna humilde mujer?

Otón.

Si Fabio te disgustó,

no es justo tratarle mal,

que es hombre tan principal

y tan noble como yo.

Fenisa.

¿Cómo, padre? ¿Qué decís?

Otón.

Digo que es el camarero

el más noble caballero

que nació dentro en París.

Fenisa.

No sé qué espíritus son

los que en mí se dilataron,

que en extremo me alegraron

el alma y el corazón.

Fabio, pues que sois honrado:

quedad muy en hora buena;

porque ya mi pecho ordena

dar remedio a mi cuidado.

Pang. 15

Fenisa.

Pues es tanta su nobleza

trataréle con respeto

desde agora, y te prometo

que de ofendelle me pesa.

Otón.

Importa que desta suerte

viva encubierto en mi casa.

Fenisa.

Ya mi corazón se abrasa,

Fabio, por favorecerte.

Sale Escobavillo.

Estebanillo.

El Rey viene a visitarte,

que te alegres es razón,

porque en aquesta ocasión

será forzoso el honrarte.

Sale Inés.

Inés.

Dicen que ha salido a caza

el Rey, y que viene a ver

esta casa de placer

mientras que la siesta pasa.

Otón.

¿Su majestad?

Estebanillo.

Señor, sí.

Otón.

Ea, traigan un dosel,

alfombras pónganse en él,

saquen las sillas aquí,

hija, llama a tu cuñada

y a tu hermano, que este día

Pang. 16

Vase.

Otón.

es bien que muestre alegría

casa, que está tan honrada.

Inés.

¿Qué dices desto, señora?

Vase.

Fenisa.

Digo que por Fabio muero,

que es muy noble caballero,

y mi corazón le adora.

Y digo que agora voy

a decille que se quede;

pues tanto en mi pecho puede,

que mi libertad le doy.

Estebanillo.

Inés, oye.

Inés.

¿Qué me quieres?

Estebanillo.

Hablarte un poco.

Inés.

Después

hablaremos.

Estebanillo.

Oye, Inés,

hoy digo, por quien eres,

no me prives de tu luz;

da remedio a mi tormento,

que si te vas, al momento

he de ponerme un capuz.

Inés.

Mucho te pica el amor.

Estebanillo.

Más me pica que un cilicio;

y pues muero en tu servicio,

concédeme algún favor.

Dame esa mano; y si es mucho,

no me des más que esas uñas

con que el alma me rascuñas

cuando te miro, y te escucho.

Pang. 17

Estebanillo.

que son tan puras, tan bellas,

que Amor para sí las quiere:

y si el sol sarna tuviere

podrá rascarse con ellas.

Vase.

Inés.

Bueno está; quédate a Dios.

Estebanillo.

Que después nos hablaremos,

vete, aunque tarde hallaremos

tan buena ocasión los dos.

Sale el Rey, Enrique y Otón.

Otón.

¡Hola!

Estebanillo.

Mi señor.

Otón.

Llegad

una silla hacia a la fuente,

para que con su corriente

se alegre su majestad.

Rey.

Es este soto extremado,

y apacible este jardín,

mas basta a asistirle en fin

la causa de mi cuidado.

Vuestros dos hijos, Otón,

¿cómo a verme no han venido?

Vase.

Otón.

Señor, porque no han sabido

esta dichosa ocasión.

Mas yo les avisaré

de que honrándonos estás,

si tu licencia me das.

Pang. 18

Rey.

di, que verlos gustare.

¿Parécete bien, Enrique,

que este dolor excesivo,

en que eternamente vivo,

a Carlos le comunique?

Enrique.

¿Quién, como Carlos, podrá

ser con Fenisa tercero?

Rey.

Hacerle mercedes espero

si alivio a mis males da.

Salen Otón y Carlos.

Otón.

¿Cómo no viene tu esposa?

Carlos.

Previniéndose quedaba

para venir, que ignoraba

esta ocasión venturosa.

Dame a besar esos pies,

gran señor.

Rey.

Carlos, levanta.

Carlos.

Deja que por honra tanta

tus plantas bese otra vez;

que no hay méritos en mí

para tan grande favor.

Rey.

Conde.

Otón.

¿Qué mandas, señor?

Rey.

Váyanse todos de aquí,

y quede Carlos no más.

Otón.

Manda el rey que nos salgamos

de aquí.

Pang. 19

Enrique.

Pues obedezcamos.

Vanse.

Carlos.

Ya solo, y conmigo estás.

¿Qué es lo que mandas?

Rey.

Amigo,

yo me abraso en vivo fuego,

y tiéneme amor tan ciego,

que ya mis ansias te digo.

Solo tú remediar puedes

mi mal; y mira que es justo

que solicites mi gusto

para que te haga mercedes.

Amor me abrasa de suerte

por un ángel celestial;

y es mi pena tan mortal,

que ha de causarme la muerte.

Duélete, Carlos, de mí:

haz lo que el alma desea,

aunque lícito no sea,

y aunque sea contra ti.

Carlos.

¡Cielos! El Rey, ¿qué querrá

de mí con tal prevención?

Estoy puesto en confusión.

Rey.

Pienso que me entiendes ya:

En efecto amor me abrasa

en la llama rigurosa

de una luz, de una alba hermosa

Pang. 20

Rey.

que resplandece en tu casa.

Carlos.

¿En mi casa?

Rey.

No te alteres;

que ya sé que me engañaba

en lo que de ti pensaba,

y que servirme no quieres.

No importa, sea en buen hora;

mas si mi intento alcanzaste,

imagina que soñaste

todo lo que oíste agora.

Carlos.

Señor.

Rey.

Basta.

Carlos.

Escucha, espera.

Rey.

Hablemos en otra cosa.

Pero aquí viene su esposa,

y podrá ser mi tercera;

y creo que ha de estimar

dar remedio a mi pasión,

y que con su discreción

a Fenisa ha de obligar.

Sale Isabela

Isabela.

Deme vuestra majestad

sus pies.

Rey.

Señora Isabela,

sois deste jardín clavel

por mi vida. Levantad.

Pang. 21

Isabela.

Esa lisonja, señor,

a tu grandeza agradezco,

no porque yo la merezco,

mas porque me da valor.

Rey.

Carlos.

Carlos.

¿Qué mandas?

Dale una carta.

Rey.

Ve presto

a tu retrete y responde

a aquesta carta del Conde.

Vase.

Carlos.

A servirte estoy dispuesto.

Rey.

Isabela, el alma mía

vive de amor abrasada

por Fenisa, tu cuñada,

cuya luz da ser al día;

pero su injusto desdén

es igual a su belleza,

porque muestra que le pesa

de que yo la quiera bien.

A tal extremo he llegado

que a su pecho riguroso

he de vencer, poderoso,

si no puedo enamorado;

y ansí te pido que agora

busques remedio a mi pena

ablandando esta sirena,

que mi corazón adora.

Pang. 22

Isabela.

El fin de tu pensamiento

dificultoso parece,

que un pecho noble aborrece

el amor sin casamiento.

Mude vuestra majestad

de intento, y mire que ofende

con lo que agora pretende

a mi noble calidad.

Rey.

Es mi tormento insufrible,

Isabela, no hay que hacer:

lo que te digo ha de ser

aunque parezca imposible.

En tu mano está mi vida.

No pretendas disgustarme,

que la vida ha de quitarme

quien este gusto me impida.

Isabela.

¿Cómo quieres que pretenda

lo que a mí no me está bien,

y cómo quieres también

que al conde mi suegro ofenda?

Rey.

Confieso que ya me matas

con tan necias objeciones,

que en todas cuantas me pones

de darme disgusto tratas.

Nunca en el mundo se vio

Pang. 23

Rey.

A amar un rey a una dama

de más opinión y fama,

que la que a mí me abrasó?

¿Y a ti parécete mal

que porque un rey se enamora

le sirva de intercesora

una dama principal?

Isabela.

Porque los tormentos veo,

que tu corazón padece,

cosa justa me parece

sujetarme a tu deseo.

Mas también porque imagino

lo que tu afición ordena,

ser tercera de tu pena

me parece un acto indigno.

Rey.

Yo no intento ser querido,

ser admitido quisiera,

porque no hay pena más fiera

que amar sin ser admitido.

De manera que no ofendo

al ídolo a quien adoro,

antes le guardo el decoro,

pues solo amarle pretendo.

Y apenas mi amor se atreve

a morir por tal sujeto,

que es soberano el respeto

que a tanta deidad se debe.

Pang. 24

Rey.

Mira agora si merezco

que tu cuñada me admita,

y que piadosa permita

el tormento que padezco.

Mira agora si es razón

dar remedio a mi tristeza,

y responde a tu nobleza

tan honesta intercesión.

Isabela.

Señor, no te canses más,

y no permitas que intente

una acción tan indecente.

Aquí sale Carlos con una carta, y quédase en la puerta.

Rey.

Digo que pesada estás;

Isabela, vuelve en ti;

mira que tienes esposo,

y que soy rey poderoso,

pero duélete de mí.

Haz lo que tanto te pido,

que es mi pena sin igual,

y si remedias mi mal

he de honrar a tu marido.

Mas porque veas que soy

Alejandro aragonés,

el título de marqués

con una llave le doy.

Isabela.

¿De qué sirven esas honras?

Deja, señor, de cansarte,

que le honras por una parte,

y por otra le deshonras.

Carlos.

¡Cielos!, ¿qué es esto que escucho?

¿Qué es esto?, ¿qué miro, cielos?

Pang. 25

Carlos.

Ya mis sospechas son celos,

ya con el infierno quedo.

Isabela.

Mi esposo viene, detente;

no hablemos en eso más.

Rey.

Oye.

Vase

Isabela.

Después me hablarás,

en lugar más conveniente.

Rey.

¡Amor, no me desampares!

Pues con tu fuego me abrasas,

no permitas que esta fiera

huya a mis quejas ingrata.

Quiero buscar a Fenisa

y decirle de mis ansias,

quizá que en esta ocasión

pueda mi amor obligarla.

Carlos.

Oye, señor.

Rey.

¿Qué me dices?

Carlos.

Que firmes aquesta carta,

que me mandaste escribir;

y que veas si te agrada.

Vase

Rey.

Después me la mostrarás,

que mientras la siesta pasa

quiero descansar un poco

a la sombra destas hayas.

Carlos.

¡Cielos! si vuestro favor

en esta ocasión me falta,

hoy es el día infelice,

Pang. 26

Carlos.

en que mi vida se acaba.

El rey me dice que adora

una deidad soberana

dentro de mi casa, dentro

de mi pecho y de mi alma;

pues tan manifiestamente

el rey su afición declara,

él está ciego y perdido.

Mas, ¿si será por mi hermana?

Que no debe ser mi esposa,

pues declararse intentaba

conmigo. Pero, ¿qué dudo

si está la verdad tan clara?

Yo mismo ahora le he visto

con mi esposa; y las palabras,

que por mi mal escuché,

bien arguyen mi desgracia,

que si es mi esposa querida

de sus tormentos la causa.

Para hablarla, para verla,

en mi pecho ha de buscarla.

¡Isabela de mis ojos!

Y mirad que con vuestra gracia

dais ocasión a que el rey

pretenda manchar mi fama.

Y mirad que me ofendisteis

en oír lo que os hablaba,

Pang. 27

Carlos.

con que vencer pretendía

vuestra fe, vuestra constancia,

que si altiva le escuchastes,

y respondistes honrada,

escucharle y responderle

es animar su esperanza.

Celoso estoy, y cercado

de tan rigurosas ansias,

que doy crédito al temor,

que indignamente me asalta.

Isabela, perdonad

si este temor os agravia;

que temo, porque hay Tarquinos

para Lucrecias romanas.

Amor, ¿qué tengo de hacer,

si aquesto adelante pasa?

Irme quiero de la corte,

que está mi honor en balanza;

huyamos, pues, Isabela,

que aunque vuestro honor os guarda,

puede mucho la ocasión,

y el poder todo lo allana.

No quiero del rey mercedes,

que si liberal me paga,

enamorado aniquila

la nobleza de mi casa.

Vase. Salen Fabio y el Carrillo.

Pang. 28

Fab. Escobar y C.

Estebanillo.

Señor.

Fabio.

Toma postas, que mañana

me parto de aquí, y ve presto,

y sean postas con alas,

para que escaparme pueda

de la luz, que me amenaza,

o de aquella ingrata enemiga,

que darme la muerte trata.

Estebanillo.

Plegue a Dios que aquesta vez

no nos hiendan las espaldas,

que os vea alguien en este patio

tan largo como una lanza.

Si como el amor es niño,

supuestos, y culpas paga

con azotes, hoy sin duda

a entrambos nos hacen rajas.

Si los pajes de Fenisa

más que un arenque nos majan,

pero quien es majadero

como majadero acaba.

Fabio.

Fenisa intentó saber

si mis ojos aspiraban

al cielo de su hermosura

con mis afectos mostraba.

Con una piedad fingida

dio principio a mi esperanza:

Pang. 29

Fabio.

Ánimo a mi pensamiento,

y valor a mis palabras.

Huyamos pues, que pretende

ausentarme de su casa,

y ha de matarme su hermano

si mi pasión le declara.

Vase.

Estebanillo.

Huyamos en hora buena,

pero si las postas faltan

iré por ellas.

Fabio.

Ve presto,

que hay peligro en la tardanza.

¡Adiós, ingrata Fenisa,

que hoy de tus ojos nos parta

un alma, de que eres cuerpo,

un cuerpo, de que eres alma!

Pero el rey viene, y con él

la que es de mi mal la causa.

Retirarme quiero aquí.

Salen el rey y Fenisa.

Fenisa.

Tu grandeza me levanta.

Rey.

Advierte que tu desdén

tanto de límite pasa,

que ya murmura este arroyo

del rigor con que me tratas.

Vuelve esos serenos ojos,

cuyas luces soberanas

alegran este horizonte,

Pang. 30

Rey.

alumbran la esfera octava.

Solo quiero que remedies

el tormento que me mata,

con que dejes que mi pecho

sea fénix en su llama.

Fenisa.

Sabe el cielo que me pesa

de que penes por mi causa.

Vuelve en ti, señor, y mira

que es tu afición temeraria,

porque con tu pensamiento

a mi calidad agravias;

y si publicas tu amor

temo a la reina enojada.

Rey.

Fenisa hermosa...

Fenisa.

Detente,

que te escuchan. Esto basta.

Vete con Dios.

Rey.

En buen hora.

Tú sola en mi pecho mandas,

y porque veas la fe

que mi pensamiento guarda,

tu voluntad. Ya me quiero

irme, pues gustas de que me vaya.

Quédate con Dios, Fenisa,

aunque de mí no te apartas,

que en mi firme corazón

te tiene amor colocada.

Vase el rey.

Pang. 31

Fenisa.

Fabio.

Fabio.

Señora.

Fenisa.

¿Qué es esto?

¿Aún aquí estás?

Fabio.

Aguardaba

despedirme de ti,

que ha de ser mi ausencia larga,

porque aunque el conde, tu padre,

no permite que me vaya,

ausentarme de la corte

es justo, pues tú lo mandas.

Que me perdones te pido,

humilde, puesto a tus plantas,

que de mi loca osadía

tus ojos fueron la causa.

Fenisa.

Alza del suelo.

Fabio.

Señora...

Fenisa.

¿En qué reparas? Levanta.

Fabio.

Reparo en que ese favor

en mí viene a ser venganza,

y temo que tu deidad

no me digna de sus aras

ni admite la adoración

con que pretendo obligarla.

Fenisa.

Haz lo que digo, y advierte

(si es que de obligarme tratas)

que humillándote me fuerzas

a responderte enojada.

Fabio.

Obedezco.

Fenisa.

La humildad

no merece con las damas.

Pang. 32

Fenisa.

y en un pecho que es humilde

no puede haber sangre hidalga.

Muestra que hay valor en ti

para una empresa tan alta,

que no puede merecerme

quien de rodillas me habla.

Fabio.

¿Para qué con tal exceso

te muestras piadosa y grata,

cuando airada y vengativa

me despides de tu casa?

Fenisa.

Cúbrete, Fabio.

Fabio.

¿Qué dices,

señora?

Fenisa.

¿De qué te espantas,

si me excedes en amor

y en la calidad me igualas?

Hasta ahora pretendía,

para remediar mis ansias,

apartarte de estos ojos,

que por los tuyos se abrasan;

porque, viendo que a mi padre

servías, imaginaba

que no era tu calidad

como pregona la fama.

Cúbrete, pues, y pretende

el favor a que aspirabas.

Fabio.

Anímasme ya de suerte

que, aunque el temor me acobarda,

Pang. 33

Fabio.

De atreverme esta vez

a pensar que no me engañas.

Caballero soy sin duda;

porque para serlo basta

aspirar mi pensamiento

al sol de tu hermosa cara.

Mas pues muestras que me quieres,

sabe que eres adorada

de mi pecho, y que estoy ciego

cuando tu vista me falta.

Fenisa.

Acaba ya de cubrirte.

Fabio.

Cúbrome, pues tú lo mandas.

Fenisa.

Dime agora de tu amor,

dime la pena que pasas,

y dime si al alma mía

agradecido le pagas

este dolor riguroso

que mi paciencia contrasta.

Porque es tan ardiente el fuego,

que amor en mi pecho fragua,

que mi pena ha de matarme

si el remedio se dilata.

Fabio.

En tu mano está el remedio,

pues que penan nuestras almas

con tan entrañable amor:

¿qué dudas?, ¿qué lo dilatas?

Ya después que merecí

el amor que me declaras;

Pang. 34

Fabio.

no será justo que sea

tu mano en mi bien escasa.

Si confiesas que me estimas,

el corazón de quien ama

temeridades emprende,

y dificultades allana.

Fenisa.

Para ser tuya nací;

que esta afición tan extraña

influjo fue de los astros,

que cuando nací reinaban.

Fabio.

Pues que soy de ti querido,

recibe, señora, el alma

en pago de la firmeza,

que mi corazón te guarda:

y dame esa hermosa mano,

en quien pusieron las Parcas

aquesta vida, que amor

a tu belleza consagra.

Fenisa.

Después que mis tristes ojos

de mi amor dan muestras claras:

¿qué favor puedes pedirme,

que no te conceda grata?

Ves aquí, Fabio, la mano;

y a los cielos doy palabra

de ser tuya.

Danse las manos.

Fabio.

¡Oh mano hermosa!

Fenisa.

Y más que la nieve blanca,

tuya soy, y lo he de ser,

Pang. 35

Fenisa.

Pues que mi vista te abrasa

con tal afecto, que aspira

a empresa tan temeraria.

Fabio.

Si es divina deidad esa luz pura,

que en tus ojos amable resplandece,

adorarte es forzoso el que merece

ser águila del sol de tu hermosura.

Si en el fuego la víctima se apura,

holocausto en mi pecho amor te ofrece,

la llama, en que me abraso, me ennoblece,

y merecer tu mano me asegura.

Aspire pues mi amor al luminoso

cielo de tu belleza; y no desista

de empresa tan altiva el pensamiento.

Abrásese mi pecho, y animoso

espere merecerte; que tu vista

engendra amor; y amor merece intento.

Fenisa.

Si es tan pura tu fe, si tan altivo

el amor, con que soy de ti querida;

será fuerza rendirme agradecida

al dolor, que padeces excesivo.

Si el fuego, que en mi pecho arde tensivo

forma de nuestras almas una vida,

qué vigor puede haber, que me divida

del amoroso aspecto, por quien vivo.

Ríndase pues mi alma, y con afecto

a tu firme afición equivalente

purifique las lágrimas, que lloro.

Pang. 36

Fenisa.

No se aparten mis ojos de su objeto,

pues me fuerza el amor, y ocultamente

me transforma en el ídolo que adoro.

Fin de la 1ª jornada

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