귀속 대상:> 공개일: 2026년 8월 22일
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Amor es esclavitud. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/amor-es-esclavitud.
4-6
Manuel
D. Pedro Vidal.
Amor es esclavitud.
Comedia en tres jornadas
674,
Leg.º 1
Comedia famosa.
Amor es esclavitud. Fiesta que se representó al nombre de la reina nuestra señora doña María Luisa de Borbón en el Coliseo del Real Retiro.
Personas.
Eizenio, príncipe de Lesbos. Driante. Lisandro. Filopémenes. Licurgo, gracioso. Burguete, gracioso. Alce. Clearista. Dafneas. Zinta. Livia. Marineros. Soldados. Acompañamiento de Eizenio. Criados de Driante. Tirso. Bato. Silvia. Coro de zagales.
Apolo. El Amor. Orfeo. Dafne. Aretusa. Níobe. Amaltea. Escila. Caribdis. Lataxe. El Céfiro. Flora. Eco. La Música. Vulcano. Cuatro cíclopes. La Noche. El Sueño. El Silencio. Marsias, sátiro. Coro de niños sátiros. Coro de oríades. Aqueronte.
Es el teatro selva florida, cuyo foro contiene una fachada del templo de Orfeo, cuya puerta se cerrará y se abrirá cuando fuere necesario. (Selva)
Dentro, triste.
Suspire el viento, quéjense las aves,
lloren los troncos lágrimas tiernas,
y entre suspiros, lágrimas y quejas
vénzase la crueldad a la clemencia.
Dentro.
Piedad, príncipe, piedad.
¡Amparo divino, efeto...!
Dentro voces de mujeres.
¿Quién castiga los delitos
si atiende a la razón?
No puedo atenderla al tiempo
que la firme la hermosura,
y la niega el escarmiento
huye del blando peligro
y aunque repitan los ecos.
Suspire el viento, presente las flores,
lloren los troncos lágrimas de flores.
Salen Arsenio, Lisandro, Lisardo y acompañamiento.
Empeñada mi justicia
por el natural derecho
y en perseguir un tirano
a quien disfraza de bellos,
poco importa que me diga
a una, y otra vez, el viento.
Dentro suspiros, lágrimas, y quejas.
Vénzase la crueldad a la clemencia.
Esta vez podré vengarme
de Libia, en quien aprendieron
a ser tiranos y crueles
los tigres de sus desiertos.
¿Qué causa, señor, irrita
tu furor con tal extremo
que antes de verse el castigo
pasa de estrago el exceso?
Si en el espejo del llanto
se revisten hermosos pechos
porque afecten con el fruto
los afanes que bebieron,
y si en la acorde fineza
de claveles halagüeños,
con la queja se rasgan,
y se cierran con el miedo.
Repara el menos piadoso,
se detiene el mar severo
podrá creer con la muda
fe de su conocimiento,
que soy injusto, que soy
tirano, y que solo tengo
de príncipe en lo absoluto
la sinrazón de soberbio
pues no es así, mas presume
el que juzga que yo me excedo
castigo de mis hechos
por la ley de mis afectos
y para que conocidos
los motivos de mi empeño
no le quede a la verdad
la opinión de desvelos,
y para que Mitilene
sepa, y entienda mi reino
que yo no he hecho en vano
en los de camino recto
o de la causa de que
pende mi arrebatamiento.
Vino a la corte de esta isla
del Sol, nació en ella Orfeo
hijo del mismo planeta
tan parecido a él mismo
en lo ingenioso, en lo suave,
que con el claro embeleso
de pulsar y herir el noble
dulce sonoro instrumento
no fue que más mover
los escollos, ni imponer freno
a los ríos cuando acordes
finas cláusulas oyendo
las piedras se hicieron plumas,
oídos las aguas subieron.
Ni fue su mayor prodigio
el que en el lóbrego seno
del abismo, donde hay más
imposibles, que frenos,
se aprendiere como alivio
la cadencia de su plectro,
haciendo a las penas su
paréntesis en lo eterno.
Que pues, lo más admirable
de este músico, el ostento
fueron los hombres, que errantes
peregrinos de sus yerros,
dando rienda a su albedrío
tropezaban en sí mismos,
y les fraguaba su razón
sed de libertad, sin menos
pacto, que un ocio, que pudo
ser más torpe, que halagüeño,
aun esquivaba alivios cultos
capaces de parecerlo.
Supo este joven echar
a la humana ley del fuero
racional el primitivo
e ilustre establecimiento,
reduciéndolos a unión
política, y a derecho
civil, con que de las gentes,
digo, que fue asunto pequeño,
la inculta ferocidad
de todo el orbe, discreto,
formó la humana armonía
de ciudades, y de pueblos.
A este, pues, maravilloso,
gallardo músico diestro,
en Tracia le dieron muerte
las mujeres con pretexto
de vencer como tiranas
las que hermosas no vencieron;
fieras deidades; quién
podía en el engaño vuestro
asegurarse, si hacen
firmeza en trance, violento,
el triunfante a una infamia,
y el vencido a un ceño?
A su cítara clavaron
su fiereza, y con desprecio
al mar la arrojaron como
vil, y caduco fragmento.
De la tempestad, que indigna
que corrió el triste mancebo
entre escollos de hermosuras
y entre piélagos de acero,
llegó la cabeza acorde
a estas playas, imprimiendo
en las hondas frías voces,
que a modo de humildes ecos,
hasta hoy se escuchan formando
armonía de lamentos,
y lo mismo en estas selvas
oímos de él, que incienso
haremos en su altar;
esto dejo aquí, supuesto
que quizás esta noticia
ha de importar a su tiempo,
y más cuando la refieran
del modo que yo la cuento.
La armoniosa cabeza
llegó a esta isla, y queriendo
cebarse en ella una sierpe
que en torcidos movimientos
verde bajel de la arena
escupió espumas de fuego.
Apolo la convirtió
en piedra, raro portento,
que, el ver que del monstruo disforme
fragua viva de veneno
ardió siendo de esmeralda,
parase en flecha de hielo.
Una deidad, altar sacro,
y en fin, religioso templo
la ciudad de Mitilene,
y toda esta Isla de Lesbos
le dedicó, en cuyas aras
muchos príncipes oyeron
respuestas, dígalo Ciro
rey de Persia, que, acudiendo
a este oráculo sagrado
oyó, entre horrores funestos,
que tendría el mismo fin
que tuvo Orfeo, que fue cierto.
El vaticinio pues guardan
las historias del suceso.
A estas selvas que frecuentan
peregrinos pasajeros,
en fe de los vaticinios
que celebra el universo,
vengo dejando mi corte.
Todos los años, a tiempo
que celebramos las fiestas
del hijo del sol, y habiendo
todos los antecesores
determinado, y dispuesto
vengarse de las mujeres,
de Tracia por el sangriento
medio de sacrificarlas
por víctimas en su templo,
yo, pretendo, más piadoso,
derogar este decreto,
y hacer que queden esclavas
de la pena, consintiendo
que se impriman en sus rostros
otros caracteres feos,
que expresen su esclavitud
con la sombra de sus yerros.
No extrañen que estas insignias
encuentre el odio, supuesto
que habrá autores que refieran
que así las introdujeron.
Esto es lo que determino
para la venganza, esto
es lo que ofrezco en el voto
para el día de los juegos
anuales, y a este fin
vengo trillando, huyendo,
cuando heridos de las voces
repiten los troncos secos.
Suspire el viento, quéjense las aves,
lloren los troncos lágrimas suaves.
Piedad, príncipe, piedad.
Poco eficaz el ruego
a las puertas del oído
que cerró el ofendimiento.
Y entre suspiros, lágrimas, y quejas
vénzase la crueldad a la clemencia.
Salen Clearista, Cintia, Dafnea, Libia, y otras mujeres con lienzos en los ojos, y se arrodillan ante Licenio al tiempo que quiere huir de ellas, le detienen.
Piedad, príncipe.
Sabré huir de todas.
Licenio,
clemencia, piedad.
Mi nombre
casto templo de mi pecho
turbando alto soberano
ejercicio de severo,
qué intenta, qué solicita
nuestro llanto?
(Levántanse)
Con qué intento
por todas es que te canses
de escuchar nuestro silencio,
y que me atiendas humano
el rato que te merezco.
Ya escucho; pero supongo,
que con mi justicia atiendo.
Yo creer que hablará Livia,
en cuyo pico travieso
los engaños tienen alas,
las mentiras cumplimientos
con aquella hipocresía
que las sirva, sí por cierto.
(Aparte)
Dejaste infelices, asístanos
con la fe de noble, y viendo
cuando te buscan mis ansias
no encontrarte en este puesto.
Lirenio, Príncipe augusto
de la Frigia, a cuyo imperio
le dio nombre su valiente
insigne ciudad de Lesbos,
oye la ponderación
de la queja que tenemos,
ya no afectada del llanto,
ni irritada del desprecio,
sí obligada de la injuria,
y atropellada de un riesgo.
No nos quejamos de ti
que contra un poder supremo
no hallaron los infelices
voces para el sentimiento,
solamente nos quejamos
de nuestra desdicha, ¿ah, cielos,
no le basta al desdichado
la constitución de serlo?
¿Que ha de ser su dolor mismo
cómplice de sus afectos?
Privadas de nuestra patria,
rompiendo el blando sosiego
de nuestra hermosura, a que,
no inquieto humano sosiego
nos trujo a Lesbos el cruel
Licas pirata sangriento,
que con orden suyo va
infestando al Lilibeo
las espumas que le calzan
blancos talares a Venus.
Primeramente quisiste
por acomodarte al fuero
bárbaro que la costumbre
ciega indujo obedeciendo
a víctimas infelices
que vemos en este templo,
que Éolos, y Jonios suelen
frecuentar por cumplimiento,
siendo en los supersticiosos,
menos crueles, y más necios.
Pero después obligado
de este mismo pensamiento
creyendo que más piadoso
procedías, y creyendo,
que nuestra solicitud
comprase agradecimientos
quieres hacernos esclavas
de nuestra pena, sirviendo
a la ira de castigarnos,
con intereses de ofendernos.
Señales en nuestros rostros
quieres poner, ¿quién ha puesto
en vez de estrellas constantes
nubes feas en el cielo?
Tanto luminoso Sol
pretendes empañar ciego,
Sello: Biblioteca Nacional de España
embelleciendo enemigo
la esfera del lucimiento?
Ya que castigar procura
deja estos rayos muertos,
para que no acuerden los carbones
el feliz tiempo que ardieron;
apaga la luz del todo,
pero no en desdoro nuestro
permitas que quede el humo
independiente del fuego.
Es la hermosura el primer
favor que al cielo debemos
en edad, que no hizo el alma
estudio de merecerlo.
Solo el tiempo es su verdugo,
que ciegamente corriendo
no se detiene a los vivos
esplendores de lo bello,
y suele perdonar más
a quien le conoce menos.
¿Pues cómo, en la primavera
de nuestro ser, has dispuesto
que trascienda su malicia,
ya que no ha corrido el tiempo?
Las mujeres siempre han sido
de las piedades objetos,
persuadiendo a la atención
con la decencia del sexo.
Las armas contra las iras
de enemigos desatentos
o instrumentos del peligro
que amenaza el valor nuestro,
quebraron con su belleza,
porque, en fin, siempre sirvieron
o por hermosas vencidas
o hermosamente venciendo.
Pues, di, ¿qué gloria consigues
si en tu poderoso imperio
nos quitas las armas, para
el fin de ser nuestro opuesto?
Si en tu juicio tu crueldad
nos deja elección, queremos
morir antes que servir
a una fealdad, pues es cierto
que la servidumbre es muerte
civil, que ha hallado el derecho
de la guerra por sacar
de inútil muerte, útil precio.
¿Qué será cuando, llevadas
de aquel natural deseo
de mirar la perfección
y corregir el defecto,
lleguemos a ver la sombra
de viles obras, leyendo
nuestra afrenta autorizada
de nuestro conocimiento?
¿Qué será entonces al ver
el tenebroso reflejo,
el suspirar de los dos,
el castigar del silencio,
el violentar de las manos,
el descomponer del pecho,
el dividir a pedazos
el cristalino instrumento,
multiplicando evidencias
en las partes del espejo?
Y, en fin, ¿el sembrar de llanto
la traspariencia del suelo?
¿Y las manos, en la cerrada
región de su movimiento,
cegaren con la deshecha,
esquiva lluvia de celos?
Y en caso que tu rigor
no atienda a los privilegios
nunca violados de todas
las que mujeres nacemos,
como a turbar el castigo
con nuestra inocencia, siendo
las que delinquieron, otras.
¿Mas que agora padecemos?
¿Qué culpa tenemos, di,
en que ellas dieren a Orfeo
muerte, si acaso preciso
de la Justicia argumento
por que introduzcan las causas
castigar a sus efectos?
Este es nuestro llanto, esta
nuestra razón, nuestro celo,
este el motivo, que culpa
lo absuelto de su portento,
esta la noble piedad
que esperamos de tu pecho,
esta la gloria que puedes
añadir a tus trofeos,
y esta la causa porque
venimos todas diciendo:
Suspire el viento, quéjense las aves,
lloren los troncos lágrimas suaves.
Movido de vuestro llanto
que es el mayor, siendo vuestro,
ofrezco en segundo voto
que si acaso en este tiempo
antes que los fuegos sacros,
y las fiestas celebremos,
alguna mujer de Tracia
trujere liras a Lesbos
ella por todas será
esclava, y con este medio
quedaréis libres, sin que
falte yo a mi ofrecimiento.
Ya empiezas a ser piadoso,
dilate tu vida el cielo.
Y para que sepan todos
la ley del edicto nuevo
publicad al punto el bando
diciendo a un concento.
Oíd, moradores de Lesbos,
atended, advertid, escuchad
el público edicto,
la ley principal,
que manda Lisenio
que observe el atento,
y admita el leal,
atended, advertid, escuchad.
Para vengar una injuria
que en Tracia dispuso la hermosa crueldad
contra la dulce esquivez de un aliento
que supo rendir sin las voces clamar.
Para que la tiranía
apague viviente la llama inmortal
bello peligro que anima el engaño
y tierna traición, que ejercita el disfraz.
Manda Lisenio, que sean
esclavas de Orfeo, las que hoy en su altar
último riesgo creyeron un fausto
ardiendo al temor de un favor olvidad.
Manda que oscuras señales
afeen la pompa de nieve, y coral,
cándido ejemplo que lloren los prados
y fácil rubí que se aprenda del mar.
Pero si alguna cautiva
trujere de Tracia la suerte fatal
antes que lleguen las fiestas de Orfeo
dulzura del sol, de su voz claridad.
Manda que sea por todas
esclava, que sirva a su pena eficaz
aunque de Venus intente candores
huyendo la Aurora de portal de cristal.
Venid acá al Templo en tanto
que ellas quedan repitiendo.
Entrase Licenio, y los suyos por la puerta del Templo
Entre suspiros de a =
Harto siento no poder
dar alivio al que siento
sus males desde que está
su ingratitud de misterio.
Vase
¡Ay Licas, queja a Neptuno
que es un inconstante viejo
que peinando tantas canas
tiene verdes sus cabellos.
Que traigas alguna suegra
dueña, o cuñada a este puerto
que nos haga la merced
de sacarnos de este aprieto.
Acá a la casa de campo
de Driante caminemos,
pues se empeñó su nobleza
en todo caso a valernos.
Vamos al cruzar la selva
digan los cóncavos huecos.
¡Suspire el viento, quéjense las aves,
lloren los troncos lágrimas suaves!
Con esta repetición se entran todas, y se muda el teatro en el de peñascos, y grutas vestidas de yedra sin aliño, y a partes troncos silvestres, y en el foro se descubre un mar poblado de naves que se distinguen lejanas, y dentro del foro estarán los dos escollos de Scila, y Caribdis, y Scila estará como sorbiendo agua por la boca a contra oposición de Caribdis que la vomita verde, y la otra cristalinas, y la Música se oye primero bien, luego más confusa, a manera de ecos, de suerte que los últimos apenas se perciban.
Si violento persigues
Eco sigues
El viento sigues?
Si concorde atraes.
Eco huyes
Acorde huyes.
Eco huyes
Y querellas veloces.
Bellas voces.
Eco voces.
A las penas desmienten.
Señas tienen.
Eco tienen.
Salen Driante, Filomenes, y Burguete, emboscados como oyendo los ecos.
En una, y otra Roca, que flores toca,
y espumas muerde, que
al amargo cincel, siente inconstante
en verdes fondos, pálido es diamante
tristes ecos ensaya
florida selva, y arenosa playa
antes que se mueva
en los inquietos labios de la nieve
desde que su llaneza
dejó impresa en los mares su fiereza,
y los árboles mudos
vestidos crecen por hablar desnudos.
Scila, y Caribdis riesgos conocidos
en estos mares ecos repetidos
suelen formar, porque aún el mismo espanto
disimula el horror con dulce canto.
¡Oh mujeres de Tracia!
quien pudiera aliviar vuestra desgracia
aunque mi noble generoso genio
se opusiera a las iras de Licenio!
Índices verdes de aliviar las mudas
almas, los troncos son, de nuestras dudas.
Tierna querella, suave sentimiento,
en boca de estos riscos forma el viento.
Hasta las peñas cantan
las horrorosas solfas que adelantan,
y algún sátiro diestro
suele ser el maestro,
que si la clava su compás empeza
músico es, quebradero de cabeza.
Esta noticia humana
el Poeta admitió de buena gana
pues con ella será sabida cosa
la música que forma,
sin que puedan dejar en su comedia
que la música es parte que remedia.
En estas pardas grutas,
helados laberintos de fieras brutas
de escura noche fatal
siguen el hilo de la luz del sol
y oceadas, dríadas se oyeron,
tal vez las voces, cuando respondieron
algo notó en el fuego que inflama,
que gran conceto de verdad las llama.
Dejadme aquí mientras que se resuelva
quejas al mar, suspiros a la selva.
Su gusto obedeciendo
ya te dejamos solo.
(Vanse)
Yo pretendo
buscar a Lidia mi cuidado cierto
porque luego pudo haberme muerto.
Y a haber sido mi brío
atributo capaz de un desafío.
(Vase)
De la piedad movido,
y del favor que tengo prometido,
en fe de noble, de cortés, y atento
a las mujeres que robó violento
piraterías, consultar quisiera
las ninfas que venera
entre estas rocas la piadosa fama:
las de las grutas, las del mar.
¿Quién llama?
Quien para libertar deidades sumas
consulta riscos, y venera espumas.
Feliz quien llega
a ennoblecer las voces con que ruega
respondan corrientes
los troncos, las flores, los riscos, las fuentes.
A una parte estará un laurel frondoso, y ocultando sus ramos, desabrocha del tronco una Dama que simboliza a Dafne que canta lo siguiente.
Desde el tronco esquivo,
donde oculta vivo
quitando a los rayos
ardientes ensayos
sale Dafne fiel
ama la esperanza
que ciñe el laurel.
Dafne que espere dice
siempre amó en esperanza el infelice.
Al otro lado estará un peñasco, que se desata, y aborta a Níobe Ninfa, que en correspondencia de Dafne, y imita sus compases prorrumpiendo su voz.
Desde el orbe frío,
donde mi albedrío,
sepulcro se labra,
en cada palabra,
Níobe salió
ama la constancia
con que lloro yo.
Si Níobe me empeña en lo constante,
sin duda quiere amor hacerme amante.
Al lado de Dafne estará otra estatua de mármol, desatándose en raudales que la acreditan de fuente, y desmentida la apariencia descubre la realidad (faltando la estatua) en su lugar a Arethusa, y mirando a las dos dicen sus acentos
Entre los cristales,
donde son mis males,
helados temores
de arenas, y flores
a Arethusa, ves
ama la fineza,
no llores después.
Arethusa, si en fineza me previenes
amantes males llorarán mis sienes.
En correspondencia de Arethusa, saldrá del centro de la tierra una cornucopia grande coronada de flores, y pendientes
Hiéndese de ella unos ramos, y en su corazón irá subiendo Amaltea, disminuyendo los celajes de las flores su vestido, pues siendo ellas de diversos matices, él imita al armiño en lo blanco, y en subiendo a la mediación se desata la cornucopia transformándose en cándida azucena, quedando en su cogollo Amaltea, que en dulces cláusulas alterna.
La rosada copia,
en que el mayo copia
colores fragantes,
jilguerillos amantes
de Amaltea es,
ama la terneza,
y adora mis pies.
Tiernos afectos escucha a Amaltea,
sin duda amor, en mí su influjo emplea.
Feliz, quien llegas
a ennoblecer las voces con que ruegas,
respondan sirvientes
los troncos, las flores, los ríos, las fuentes.
Con esta música que cantan las dos, se vuelven todas las realidades a su primitivo ser de laurel, peñasco, estatua, volando la azucena con las ninfas, y en su confusión la vista queda dudosa en lo veloz de su ejecución.
Que adore fino, que constante espere,
dicen las ninfas, Proteo como quiere.
Y que a su poder, que mi obediencia
se acomode al amor de una influencia,
permitiendo que ignore
la humana propiedad de quien adore?
¿Qué causa, mis afectos singulares
ha de mover?
Los mares.
¿De quién acusa crueldad las señas?
Las peñas.
¿Quién ablandar podrá desvío tanto?
El llanto.
¿Quién ha de unir el llanto, y el sosiego?
El fuego.
¿Cuándo escucho el enigma, que pudiera
penetrar corazón de lo que espera?
Pero descifro yo, que a unir llego.
Los mares, las peñas, el llanto, y el fuego.
Mas ya que firma mi esperanza fragua
El monte, la selva, el fuego, y el agua.
Recuéstase sobre un peñasco.
Sobre este escollo, en que el mar tropieza
mi sueño lisonjee su dureza,
y el sosiego en mi pecho desdichado
solo fue alivio, en cuanto que soñado,
descanse pues aquí mi pensamiento,
mientras en selva, y mar repite el viento.
Eco: sigue.
Si violento persigue.
El viento sigue.
Eco: huye.
Si concorde, circuye.
Acorde huye.
Eco: voces.
Y querellas veloces.
Ellas voces.
Eco: unen.
A las peñas desunen.
Señas unen.
Quédase dormido a los acentos de la Música, y se verá en el foso de mar un barco, y en él marineros, que arrojan al mar a Cloe.
Vaya al mar.
Piedad, Dioses.
No la esperes,
pues por tirana, y por injusta mueres.
Como forcejeando con ellos.
Traidores, oh tiranos,
serán puñales mis airadas manos.
Tu resistencia es vana,
sepulcro te dé el mar.
Queda sumergida en las ondas.
Fuerza villana,
¿qué recurso me dejas
al llanto, a la hermosura, ni a las quejas?
¿Hay deidad que me atienda,
en la última desdicha me defienda?
Entre Escila, y Caribdis nos hallamos.
Infeliz es el rumbo que llevamos.
Evidente peligro del golfo encierra.
Piloto, alarga, alarga, tierra, tierra.
Abarcar en la boca tenebrosa
de Sila codiciosa
furioso el viento al barco nos hincha.
Ya embiste a la bolina.
Alarga, alarga, tierra, tierra.
Ayuda el piloto.
Castigo es este, sin duda,
es del cielo.
Mas ya el timón perdimos.
De Caribdis huyendo, en Sila dimos.
En el miedo de las aguas sorbe,
por donde nos vomita nos resorbe.
Naufragando el barco con el ímpetu de las ondas, forma un remolino a la boca de Sila, y sumergirá el vaso con máquinas, y al mismo tiempo asoma por el contexto del foro el Amor sobre la espuma de las olas haciendo carroza de sus cristales, formando venera de sus conchas, a quien dos tritones sirven de conducirla, llevando por vela o estandarte la imperial carroza en carmesí tafetán, que impelido con la fuerza del viento, asegura la bonanza con la prosperidad de su curso, navegando al compás de las cláusulas que articula el Amor, quedando siempre los escollos de Sila y Caribdis a sus dos lados.
¡Ah de los montes disformes,
en cuyas torpes entrañas
el alimento de bruta materia
de brea encendida, y cloxan cartablas!
¡Ah de los fieros peligros,
a cuya traición diana
menos camina quien menos resiste,
y menos se acerca quien menos se aparta!
¡Ah de las voces ardientes,
para cuya sed mi fausta
los corazones son muertos alientos
que hielan el fuego y encienden el agua!
¡Ah de Caribdis y Sila,
troperos de vertiente campaña,
donde las conchas son flechas en dardo,
y donde las ondas son arcos de plata!
A la invocación de Amor los dos peñascos de Sila y Caribdis se transfiguran en dos damas y responden unánimes a sus preguntas.
¿Qué pides? ¿Qué quieres? ¿Qué mandas?
Que las aguas enciendas,
¿que los riscos ablandas?
Que a esta infeliz hermosura
que frías bóvedas guardan
en los cimientos de vuestra soberbia,
que adornan corales, con labios de nácar,
libréis. ¿Por qué? Que mi aliento
con su eterna beldad rara
graves sangrientas sospechas esto consiente,
y viles fealdades y su odio señala.
Tendrán Sila y Caribdis en sus manos una faja vestida de ramos de coral, matizada de conchas y pececillos, y en medio de la faja estará una concha tan capaz y grande que (extendiendo las dos la faja) penetrar lo profundo del golfo, de quien sacarán a Cloe, que vendrá sentada en el trono de la concha, sacando del espumoso piélago, o ya por divina, o ya por timbre, un manto azul ingrave que vistan los habitadores de sus bóvedas profundas, y al compás del movimiento las imitan los peñascos, caminando al norte del Amor que los conduce hasta la orilla.
Riesgos apacibles
amor declara,
pues en la tormenta
funda la bonanza,
Háganle salva.
Eco.
Háganle salva.
Salva.
En ecos suaves.
Eco.
En ecos suaves.
Suaves.
Del viento las aves.
Eco.
Del viento las aves.
Aves.
Los peces del agua.
Eco.
Los peces del agua.
Agua.
Eco.
Háganle salva.
Salva.
Amor, siempre tu asistencia
sirve pasmosa soberana,
gozándola no tuve
por desdicha mi desgracia.
Llega, Cloe, llega
adonde te aguardan
cuidados dormidos,
y despiertas ansias.
Llega, donde sean
fortunas contrarias
amantes celos
finezas premiadas.
Llega como objeto
de triste esperanza,
que cuando te invoca,
es cuando te agravia.
Has de amar constante
siendo yo la causa
de que a la influencia
de elección añadas;
yo ofrezco a mis sirtes
que te oigan gratas
deidades de exentos
del fuego, del agua;
llega, deidad, llega
para ser esclava,
del hombre primero
que halles en la playa.
Habiendo llegado a la orilla despiden de su protección a Cloe, y vuelven retrocediendo su curso cantando hasta perderse de vista, quedando Cloe en el tablado, hasta que repara a un tiempo en Oribante, a quien suspende su sosiego el sueño.
Riesgos apacibles
amor declara,
pues en la tormenta
funda la bonanza.
Háganle salva.
Eco.
Háganle salva.
Salva.
En ecos suaves.
Eco.
En ecos suaves.
Suaves.
Del viento las aves.
Eco.
Del viento las aves.
Aves.
Los peces del agua.
Eco.
Los peces del agua.
Agua.
Háganle salva.
Salva.
¡Oh nunca, dioses, oh nunca,
de los riesgos me librarais
del mar para permitir
mayor peligro a mis ansias!
¿Yo esclava, cielos? ¿Del que
primero encuentre? ¿Yo esclava
del dichoso me vea
para hacerme desdichada?
¡Oh, indigna fortuna, de ser
la que me castigas vana,
vuelve alguna vez propicia
el orbe de tu inconstancia!
Altivos peñascos duros,
si acaso en vuestras entrañas
guardáis el efeto enemigo
que mi esclavitud aguarda,
disolved la pesadez
en que robustos descansa
república vegetable
de verdes fértiles plantas,
repara en Driante
quítale la espada
Al querer ejecutar el golpe se suspende.
acabad con él; mas cielos
¡Ay! que el temor no me engaña
creyendo en la contingencia
las sombras de mi ignorancia
reclinado a un hombre miro
sobre un peñasco, ya basta
para desengaño el ver
que inmóvil risco se halla
que está durmiendo presumo.
e, injusta estrella contraria,
si es tirano ¿cómo duerme?
¡Ay! traidor, ¿cómo descansas?
Pero pues hallan mis iras
ocasión, su misma espada
el instrumento ha de ser
con que ejecute mi saña
valiente, famoso ejemplo
nos ofrece esta enseñanza,
quien con sus armas se duerme
muera con sus mismas armas.
muera; mas Dioses ¿qué he visto?
¡Ay! ilusión temeraria,
si los encantos se sueñan
este es sueño que me encanta.
no vi tan gallardo joven,
no vi tan tierna, tan clara
serenidad, ¡ay de mí!
¡Ay! que las flechas doradas
de amor para esta ocasión
me impusieron su esclava.
¿qué culpa tendré? mas cómo
cuando el amor me declara,
que he de ser esclava suya
tengo piedad? muera a falsa
respiración, que me alientas
al paso que me desmayas
no muera, pues le defiende
mi turbación, y acobarda
para no agraviarle, todo,
los que a mi piedad agravia;
pero, primero es la gloria
de mi libertad, no valgan
inclinaciones rendidas,
ni mi altivez, muera.
Al ejecutar el golpe despierta Driante, y queda suspensa Cloe.
repara en Cloe
Pesada
fue la lucha de mi sueño,
en que una traición tirana
quiso darme muerte, Dioses,
¿desde un sueño a otro pasa
mi vida? al mismo peligro
de pavor, en discordia tanta
dude lo que me sucede
o crea que soñaba.
tan divina perfección,
tan peregrina, tan rara
ni la celebró el deseo,
ni la adoró la esperanza.
mas si a la fe la verdad
hace, yo quiero que salga
del principio de creerla
la obligación de adorarla,
¿deidad?
¡Ay de mí!
Si esgrimes...
el aliento que me falta.
contra mi vida.
¡oh violencia!
un acero.
No hallo palabras,
que contra mi acción esquiva
a mis dudas satisfagan.
Que de esa tu hermosura
divinamente, airada
cedes a la tirana
el dominio de tus gracias?
y cómo en la indiferencia
Deja Cloe caer la espada llena de suspensión.
de temeridad soberana,
para herir más misteriosa
y hacer burla de las armas?
Mas ya la razón penetra
de tu cielo; es excusada
la violencia, donde son
tus ojos los que avasallan.
Nada a ti lo que diga
quién yerta turbación embaraza?
Mujer, prodigio o verdad
que el ardid busco de verte
de bella, para divina,
de enemiga, para humana,
y para prodigio todo,
los que misteriosa callas,
quién eres pregunto, aunque
fiera me castigues.
Hartas aquí fueron mis temores
arbitrios de mis palabras;
mas ya es forzoso romper
el velo al silencio; Tracia
es mi patria, Tracia;
con esta no fiera, cuantas
razones hallo mi estrella
para hacerme desdichada.
Cloe es mi nombre, mi origen
esclarecido, pues guarda
de la antigüedad de Troya
las cenizas no apagadas,
siendo nuestras armas, de Héctor
las generosas hazañas.
Vino la tarde, pues que al Etna
medí la florida falda
ocupada en el ardiente
ejercicio de la caza.
Llegué siguiendo mañeras
hasta la huerta. Y sana
verde cinta del Egeo
con tiernos lazos ataba
las quiebradas de la espuma,
y furores de la playa.
Miraba de unos escollos
la ruda, estable muralla
por donde el Etna desborda
los vesubios que dispara
contra la carena ruidosa
del mar, que a la repugnancia
de las espumosas piedras
de la eminencia se bajan
como hidrópicas salvas
escupen bocas sin fauces
contra las ambras de fuego,
nubes que el Etna levanta.
Juntos, tiempo (¡ay de mí, ay de mi suerte!)
salieron de unas calas,
donde ocultan los corsarios
sus galeotas y fragatas.
Los piratas enemigos,
a quien la greciana
infestador declarado
de las costas de Tracia,
robáronme en fin (¡ha, cielos!
para que Júpiter fragüe
rayos, si atroces insultos
a su majedad ensayan?)
Cloe; nada pudo el llanto,
Señor; fueron quejas vanas,
rogué, sordos estuvieron,
suspiré, nada bastaba,
hasta que a vista de Lesbos,
midiose el cruel pirata
y a ser mi último corso
me traía, y que llevada
de la indignación mi estima
el aliento de mi fama
consumirme puntual muerte
pedí, cuando todos trataban
en venganza de mi dueño
¡Cielos!, de cólera gravara
de echarme al mar, la deidad
de amor, a mi vida amparaba.
Escila, Álvaro garupense
sumergió, y en esta playa
me deja el hijo de Venus;
pero me advierte que esclava
seré del que halle primero,
y viendo que tú esperabas,
dormido mi servidumbre
quise con tu misma espada
darte muerte, si no suena
con que suspensa.
Dentro.
No es vana
la información de Busquete,
pues entre estas grutas pardas
la veo.
Salen Clarista y sus ninfas.
¡Todas lleguemos!
Drante, de tu palabra
el noble empeño seguimos,
pues hoy el Príncipe; ¡extraña
ilusión! ¿no es esta Cloe?
¡Cielos! Cloe, ¿aquí robada?
¿Aquí Clarista? Dafnea,
Sintia y Libia me acompañan
en la dicha sin duda.
¡Albricias me pide el alma!,
pues Cloe viene a librarnos
a costa de su desgracia.
En acaso es misterioso
el haber venido a esta playa,
la que fue de mi hermosura
única opuesta en mi patria.
Sabe cuán de generosa
mujer, que el hado maltrataba,
nuestra libertad tenías,
pues, Lirenio.
¡Triste infanta!
Ofreció en solemne voto,
que antes que celebraran
las fiestas de Orfeo, alguna
mujer viniese de Tracia
librándonos ella a todas,
sería por todas esclava.
¡Ay de mí feliz!
¿Qué escucho?
Cielos, no es fácil que salga
bien mi acción, si tan santo empeño
a estas ofrece librarlas,
a esta deidad peregrina
rendí en este instante el alma
licencia hizo el voto, que a Orfeo
la celebridad aguarda
de las fiestas, y estas selvas
al hijo del Sol contagian,
¿qué haré en tan confuso abismo?
mas la cueva de mi casa
de campo, contra los riesgos
de Orfeo podrá guardarla
mientras hallo otros caminos
para cumplir mi palabra.
Después nos muerte Cloe
admite Orfeo las gracias.
Se abren.
Venida,
bienvenida sea
de Lesbos a la isla,
de Orfeo a la selva,
sea bienvenida.
llegue enhorabuena
para pena suya,
para gloria nuestra.
¿Dioses, tal rigor se sufre?
Amor, ¿cómo no me amparas?
Por las cuatro esquinas del Teatro se juntan en el aire por líneas diagonales la Tarde, y el Zéfiro, subiendo de abajo, y al mismo tiempo bajando de arriba el Eco, y la Música cantando todos cuatro.
La Tarde, y el Zéfiro suben alegres.
El Eco, y la Música tristes descienden.
Amor a los átomos hace armoniosos.
Orfeo en las cláusulas canta sollozos.
Y en todos juntos
la batalla se forma de los anuncios.
Por en medio del Zéfiro, y la Tarde sube el Amor al tiempo que baja Orfeo entre el Eco, y la Música.
El monte, y las dríades canten risueñas.
Sea bien venida,
bien venida sea
la beldad de Tracia
que a Amor desempeña.
En troncos, y cóncavos digan las selvas.
Sea bien venida,
llegue enhorabuena
para pena suya,
para gloria nuestra.
¡Dioses, qué confuso abismo!
¡Amor, qué piedad tan rara!
¡Cielos, qué afectos distintos!
¡Oh, qué voces tan contrarias!
Mi sagrado la defiende.
Mi dominio la amenaza.
Contra la crueldad hay flechas.
contra el hierro consonancias.
Pues triunfando.
Pues venciendo.
Diremos en la batalla.
Fórmase en el viento la batalla al compás de los acentos, variándose de suerte que la vista se equivoque con la suspensión de acentos, unos alegres, y otros tristes, de suerte que al acabar los últimos versos se desvanezca todo.
La Tarde, y el Zéfiro suben alegres.
El Eco, y la Música tristes descienden.
Amor a los átomos hace armoniosos.
Orfeo en las cláusulas canta sollozos.
Y en todos juntos
la batalla se forma
de los anuncios,
mientras declaran
ser amor servidumbre
noble del alma.
(Selva) (950)
Representándose ellos, y cantando todos mezclados confusamente se desvanecen las tramoyas, y se da fin a la Jornada Primera.
Se sigue el Entremés
A 69.
Transmútase el teatro en el de una cueva artificial subterránea, cuyas bóvedas son de piedra artificiosamente labrada, corriendo el remate a primorosos arcos, suntuosa labor, y en las cornisas superiores se mirarán seis claraboyas en correspondencia, por donde entran las luces del cielo, transparentándose en trión, y al foro se ve un peñasco que sirve de mordaza a la boca de la cueva, y salen Cloe y Driante, que sacará unas pieles en la una mano, y en la otra una antorcha que pondrá sobre un brandón. Cueva.
En fe de noble, y en fe
de que te vales de mí,
segura quedas aquí.
De tu nobleza fue
vida y honor.
Yo me empeño
en defender tu hermosura.
Tu esclava soy.
Si se trueca
mi acción por único dueño,
no me causes más enojos
nombrándote esclava, pues
ya me he rendido a tus pies,
como esclavo de tus ojos.
Insigne fábrica!
En ella
puede en desdicha importuna
contra el hado y la fortuna,
contra el influjo y la estrella
repararse el retraído
y merezca este sagrado
Solamente fabricado
para fin de ti ideado.
Contra envidias, y traidores
del bien, y el aplauso lleva,
idearon esta cueva
mis nobles antecesores.
Y porque en caso severo
no la diese la malicia
de su idea esta noticia
al legítimo heredero
de esta casa, y entre el mar
y la selva fabricada
de campo es fértil morada
contrapuesta para evitar
el riesgo triste, a este efecto,
dispuestas, en la cual asienta
una mesa que alimenta
las sospechas del secreto.
La otra puerta al campo sale,
y en aquel peñasco herbal
que por fin a la cueva da
ninguno habrá que señales
del mármol al diferencial
las líneas, pues de tal suerte
hizo el arte la unión fuerte
que parece natural.
Contra asechanzas infieles,
en caso que el retraído
disfrazado y escondido
salga a la selva, estas pieles
pueden encubrir su ser.
Yo de manto he de llevar
con lo cual dije que al mar
se arrojase, y que al querer
de tenerte porque fieras
las astadas remediaras,
Y para que crueles aras,
sus esclavos fieras,
ciega contra mí mismo hablando,
y con tus razones locas
de arrojarte de una roca
dejándome solo el manto,
y porque nadie este intento
penetre, y porque no esté
arriesgado, yo seré
quien te sirva de alimento.
No hay fuerza que no debas
en breves tiempos a tu pecho.
Cuando solo se hubiera hecho
para este caso la cueva,
fábrica era misteriosa.
Toma el manto, que será
seña muy propia.
Dale el manto
Señora,
¡oh, mi queja lastimosa
poderosos contornos!
Fiera,
el cielo que fue...
¿Qué dices?
Que no nos haga infelices.
¿Quién?
La desdicha por fuera.
Mi vida daré por ti.
¿Serás fino?
El más constante.
Temo.
¿Qué temes?
Diriante,
que no te olvides de mí.
Ese es fingido recelo.
Nací infeliz.
Noble soy.
Quiero bien.
Amando estoy.
¿Quién te me asegura?
Tu cielo.
Pues vete a fin de mi muerte.
Sin iré de tal manera
que yo mismo creyera
apoderar de verte;
a Dios, Cloe, basta que alcance
llegue de mi noble empeño.
Aquí esperaré a mi dueño.
Vase.
Aquí volverá tu esclavo.
Pues que de mis patrios lares
me robó injusta traición,
veré si en esta mansión
tendré sacros tutelares.
Bóveda, donde acredita
el arte su perfección,
oculta hermosa región,
¿quién te ocupa, quién te habita?
Por las seis claraboyas transparentes entran de rápido seis ninfas Dríades que alternando cláusulas disponen un baile de saxos con diversos lazos, y en tal proporción, que en acabando de cantar repiten la velocidad de la fuga por donde entran saliendo por las mismas claraboyas.
Las Dríades bellas
de aqueste horizonte,
que en prado o en monte
son flores, y estrellas,
alegres venimos,
risueñas vagamos,
dejando los ramos,
que verdes vestimos.
Tu hermosa tristeza
nos trae obedientes,
y es justo que alientes
con esta fineza.
Propicias queremos,
cuando nos invocas,
dejar de estas rocas
los fríos extremos.
Despierten suaves
tus dulces prisiones,
fragantes canciones,
y floridas aves.
(Acaban y desaparecen)
Sagradas Dríades, ninfas,
que en los árboles vivís
palideces del Enero,
y candideces de Abril,
oíd, pero ya volando
de aquesta prisión salí
a lograr lo que a la tarde
liquidare el mar.
Pero pues Driante dijo
que en este escollo, que en fin
es de estas bóvedas, puerta
hay para poder salir
al campo, al mármol pretendo
levantar para que así
vea mi curiosidad
¡el oloroso confín!
Pero aunque cobrando alientos
intento al mármol abrir,
no bastan todas mis fuerzas
a correr los hierros, ni
vale mi industria en el caso
desta violencia, decid
deidades que de este seno
las lobregueces vivís,
quellas, ignorando al día,
¿sabrá quién me ayude?
Forcejea con la peña de la gruta que está en el foro para abrirla.
Sí.
¿Quién eres tú, que piadoso
mis voces llegaste a oír?
Del centro de la tierra sale Vulcano en un carro de acero a que tiran dos leones que abortan fuego por las narices, y canta Vulcano.
Vulcano soy, que a intrépidos
golpes de ardiente lid
contra ambiciones fúnebres
armas sangrientas di.
Gobernando a mis Cíclopes
con animoso ardid,
que de las nubes Júpiter
pudo asustar, y herir
pues del Etna en las bóvedas
los
Los rayos encendí,
reformando en la fábrica
¡Acenderás del vivir!
Y viendo, que en las cárceles
de este albergue triste,
no puedes de ser pórfido
romper hierros, abrir,
vengo a que corran fáciles
como materia vil
de la robusta práctica
que sudando aprendí.
Apéase del carro.
Lucha con el peñasco, y le rompe, y se descubre la Campana verde poblada de árboles que matizan una deliciosa selva.
Vuelve a subir en el carro.
Ya queda abierto el tránsito
para poder salir
a estas riberas fértiles,
que asaz verás de aquí.
Adonde va buscándote
por la voz infeliz
el Dios triunfante, ejército
de militares mil.
Pero sin riesgo práctico
quedas segura aquí,
aunque la noche ocasional
traiga funesta lid.
Ruido de cajas, y clarines.
Vuelve a sumirse, y se entran todos.
¿Qué furiosos los soldados
me buscan? ¡Ay, infeliz!
¡Qué hombres, y estrellas, a un tiempo
se conjuran contra mí!
Pero discordes sin duda
van volviendo contra sí
sus armas, fraguando altivos
el vivo ardor de un motín,
mientras en estos peñascos
parece, que llega a oír.
Repitan los vientos.
Vientos.
En mares y en tierra.
Tierra.
Arma, arma, guerra, guerra.
Arma, arma, etcétera.
A los clarines Música.
Y con desasosiego
hiera el fuego.
Fuego.
Pues por las iras fragua
El agua.
Arma.
Arma.
En vientos, en tierra
guerra.
Guerra.
En fuego, y en agua
arma, arma.
Arma, arma.
A tanto tropel, a tanto
sangriento abismo, libre,
rueda la noche, que
en tan horrorosa lid
Iris serán las tinieblas
que lleguen a desunir
el furor desordenado.
¡Oh, noche, si merecí
al alivio de tus sombras
ve saliendo a presidir
con el silencio, y el sueño
al que es tu opuesto cenit.
De lo profundo del Coliseo va subiendo la Noche sobre una lechuza que rebate las alas hasta su tiempo, y como va subiendo va desplegando su manto negro todo dibujado de estrellas de suerte que cubra todo el Teatro.
Saliendo va la Noche
como bostezo oscuro
de las frías cavernas
donde es el ocio morador confuso.
Tinieblas va esgrimiendo
sobre el inquieto vulgo
que cegando a las luces
en su desprecio repitió su orgullo.
Ocupa sus horrores
en este fácil estudio,
con que el viento disuelve
la siempre vana claridad que tuvo.
¡Ah del sueño apacible!,
¡ah del silencio mudo!,
a cuyos dos afectos
de blandas plumas ocultó el arrullo.
Suspende su movimiento, y empieza a batir las alas, y a su impulso descubre debajo de ellas dos niños, que simbolizan el uno el sueño, que estará sembrando adormideras, y el otro el silencio, que tendrá una ave opresa por el cuello con una mano, no impidiendo su ejercicio, de que pronuncien sus acentos.
El sueño se responde
como ahijado suyo
que solo se compone
de los desmayos que consiente el mundo.
También habla el silencio
que siendo su atributo
en funestos idiomas
encuentra voces que ignoró el tumulto.
Desde la triste arena
que mueve el Lethes inmundo
sembrando blancas flores
helada nube de los dos subo.
Suspendiendo a las aves
sus canoros anuncios
y suspirando sombras
endechas formo del horror que infundo.
Van subiendo.
Diciendo todos juntos.
que la noche, el silencio, y el sueño
asisten al luto
los vientos que asombros arden
los campos que inundan sustos.
Desaparecen.
Toma las pieles.
Mas pues ya salió la noche
a ocultar, y a confundir
con el silencio, y el sueño
rayos de una injusta luz,
vestida con estas pieles
que me podrán encubrir
en la puerta de esta cueva
procuraré distinguir
qué fin horroroso tengan
las voces, que antes oí.
Peñascos y Marina.
Transmútase el teatro en el repetido de mar, y peñascos, sobre quienes habrá faroles encendidos en forma de atalayas, estando las luces del teatro a oscuras, en la imitación de ser de noche, y el foro será de marina, y salen pastoras, y pastores cantando, y bailando, y Bato, y Silura, villanos rústicos.
Pues la noche alegre
envías, cabañas,
en glorias de Pales
sus astros dispara,
vaya de fiesta, y de júbilo vaya.
Pues que la noche nos deja
salir de nuestro cortijo
en busca de regocijo
que casi siempre se aleja,
de nuestro empercudamiento
festejemos con mil sales
a la gran deidad de Pales.
Bato, de nuestro contento
que la diosa nos envía,
yo satisfecha no estó.
¿Por qué, Silura?
Porque no
la curiosa andanza mía,
de los montes en las cumbres
arder encendidas teas.
¿Y qué importa que las veas?
Temo mucho aquesas lumbres.
Si por fantásticos modos
temer superstición quiere,
por si algo nos sucediere,
Bailemos cantando todos.
Pues la noche alegre
envías, etc.
Bailan.
Sale Tirse villano.
Salen todas las ninfas.
Pastores, ¿cómo bailáis
cuando en esos montes veis
las señas que no teméis?
Si acaso las ignoráis,
sabed que en aquestas playas,
y en toda aquesta marina,
de esta agreste cabaña vecina
tienen ciertos atalayas,
para que en toda ocasión,
o de peligro evidente,
o público delincuente,
se niegue la embarcación
al que pretenda salir
de esta isla; esto supuesto,
nuestro príncipe ha dispuesto
prender, buscar e inquirir
a una mujer, que hoy llegó
a esta arena desde Tracia,
y aunque hay quien, en su desgracia,
dice que al mar se arrojó,
hay diversos pareceres,
y en esta contrariedad,
por guardar su libertad,
la buscan esas mujeres,
entre confusos clamores,
mucha piedad solicitan,
y el hallarla facilitan.
Si acaso viereis, pastores,
a una mujer peregrina,
que fugitiva y ansiosa,
o se oculta temerosa,
o desdichada camina,
detenedla suponiendo
que a todas nos libertáis
si a aquesta mujer halláis.
Ved que buscando y volviendo
vamos de día y de noche
por entre troncos y peñas,
sin el brial de las dueñas,
y sin el para del coche.
Advierto que la buscamos
para común libertad.
Válganos una piedad,
cuando infelices lloramos.
¡Ay, qué donosas plegarias!
Voto que me embobo a vellas.
Más brillan que las estrellas.
Y pues que las luminarias
de estos faroles que vemos
nos ayudan a buscalla,
no hay tal como empercudalla.
Todos juntos la busquemos.
Al querer todos irse por diferentes partes, se suspenden al oír el acento del Amor y también el de Orfeo, cruzando las dos voces con movimientos encontrados.
Suspended, zagales,
de mi voz airado, que llama caduca,
que apagan mis flechas
al aire violento que celan mis plumas.
Proseguid, pastores,
de paso ardiente la senda robusta,
que enseñan mis ecos
en blando certamen, que el viento divulga.
Mi poder supremo,
si acaso rompiereis la ley absoluta,
hará que los mares
diluvios, azotes y llamas sacudan.
La deidad de Apolo,
si sordos al plectro burláis mi dulzura,
hará que las nubes
aborten incendios, centellas escupan.
Yo mando en las aguas.
A Cloe.
Mi padre en los vientos, y basta que descubra
A Cloe, Licenio
verás que los rayos ofenden y asustan.
En que Licenio vea a Cloe,
más crueldad se asegura.
Dioses, ¿qué suceso tan funesto
más voces articulan?
Pues compitan las nubes y vientos.
Pues batallen las llamas y espumas.
Mientras se ve y se escucha,
el horror, el lamento,
en truenos, en mares,
en troncos y yerbas.
Con esta repetición de música se acaban de ocultar las tram- pas de Orfeo y Amor, y se apagan los faroles de las peñas. Al sú- bito estruendo de una tempestad, que ocasiona la porfía de los dos y al gemir de los vientos, y al estrépito de truenos, y pavor de rayos, se oscurece el teatro, y queda todo en una tinie- bla sin más luz que la que dispensan los relámpagos y rayos que desgajan troncos y peñascos. Y el mar se condensa al- gunas nubecillas negras, que elevándose de las espumas au- mentan su cuerpo en la elevación, despidiendo de sí fieros rayos que embravecen el mar a los continuos embates de las olas, en cuya confusión todos andan perdidos, bus- cando dónde guarecerse de tan prevenido riesgo.
¡Qué tempestad tan horrible!
¡Qué violenta, qué sañuda!
(Sale Licenio como espavorido)
Cielos, errante camino
por estas selvas incultas,
donde mi familia va
buscando, porque yo cumpla
mi voto, a aquella mujer
que el temor sin dudas oculta.
(Sale por otro lado Príamo también asombrado, no cesando el terremoto)
Después que, entregando el mando
que me dio Cloe, en algunas
partes quise persuadir
lo que dudaron en muchas;
hará mi casa de campo
solita, cuando me turba
la tempestad, que me ciega
con los rayos que me alumbra.
Sale Licurgo.
Al príncipe busco, cuando
cercano el miedo me busca.
Sale Burquete.
Por más que llame a mi amo,
ni aun responden las lechuzas.
¡Qué abismo!
¡Qué horror!
¡Qué pasmo!
(Vanse los pastores)
Válganos esta espesura
de árboles.
En tanto riesgo,
caminemos todas juntas
huyendo el peligro.
(Vanse las mujeres)
¡Voto,
quiero hallar cueva o gruta
dónde meterme!
(Vase)
Asombro,
del cielo templen mi fuga.
(Vase)
(No cesa el terremoto)
Yo voy como pelota
corriendo, y según me zurran
las nubes, que en mí juegan
entre rayas de fortuna,
solo falta el contrarresto
de alguna fiera sañuda
que quiera sanar de veras
lo que yo pierdo de burlas.
¿Dónde estás? No diré Baco,
que es Júpiter de las cubas,
donde fragua alegres rayos
contra la sed canina.
Caco diré, ¿dónde estás?
silvestre ladrón, que me hurtas
el sueño, que yo guardaba
sobre la yerba menuda.
¡Ay, si encuentro alguna bestia!
(Encuéntranse los dos)
Si con ella...
Es cosa mucha,
sálvase él, y tan salvaje.
como mi amo es.
Si murmurar
es verdad al vino.
Si su ardor es.
Si sus coces y sus uñas.
Más que se adelanta vence.
Más que si acomete triunfa.
Vaya de coz y de bocado.
Vaya de piñete y de zurra.
A arma contra arma sálvase.
Guerra contra esta ave nocturna.
Pero si es verdad la paz.
Más que es animal de burlas.
Callo y calle.
Ni hablo ni hable.
Tal de pediros a escuadra,
sin cumplimientos de vara,
usted.
Déseme y cumpla
con vuestra arca.
Es escusado.
Hablaré bien.
Por vida de hija.
Que me quedo.
Es perder tiempo.
No será así.
Que me ocupa.
Buen tiempo los dos, ea, vamos,
esta escena se concluya.
Cueva
(Entránse haciendo muchas cortesías de dos en dos.)
Transmútase el teatro al través en el de la cueva, con presencia; pero esta jornada consta con la diferencia de estar todo abierto el foro, por donde se miran los reflejos de los relámpagos, y el hacha estará en blandón alumbrando, y sale Cloe con un hacha.
(Epélas.)
El campo horror, y temerosa
la tenebrosa penumbra
de las nubes de este centro
albergue, que me asegura.
Merezco, y veré entrando,
si es que mi dueño me busca,
que ya es vano su tardanza,
para el alma la acusa.
Si le tendrán violencias
de mis enemigas, cuyas
persuasiones poderosas
esclaviguen, y la concluyan?
¿O, como el temor me vence
o, como el riesgo me asusta!
Mas no, que es noble, y el pecho
de agua no, noble sangre ilustra,
que alimenta quimeras
contra inconstancias caducas
mi fatiga al sueño llama,
¡o, humana pensión! Que ¿nunca
perdonas a los vivientes
la sombra en que los sepultas?
Si aun el sosiego es de dicha,
en que un infeliz se juzga,
fuerza es que mi alma descanse
entre el riesgo, si esto es ventura.
(Siéntase en unas peñas, y dicho esto de estar encontrada por consecuencia de la luz.)
Huyendo la tempestad,
y zozobrando a esta gruta
llegué, y viendo que a la vez
me llama una luz confusa,
que en las sendas del abismo
aun la claridad es umbra;
entro siguiendo curioso
el blando auris que ahuma
cuando con incendios alora
cuando con lágrimas suda;
pero ¿de ignorada estampa
erecta, en cuya clausura
manda una luz, y obedece
el silencio que la escucha?
¡Rara fábrica, excelentes
fuertes bóvedas abruman
en cóncavo, solo falta
saber qué dueño la ocupa,
aunque a costa del peligro
venza el horror de mi duda.
(Cesan los relámpagos, y quédase dormida, y sale Licenio por la puerta del foro.)
Repara en Cloe y la verá despajada.
Toma la antorcha.
Mírala y se admira.
¿Quién será? Pero ¡alerta, cielos!
ver si de Peles brutas
algún monstruo me amenaza,
que en mi oído procura
oír, si esperanza cabe,
si discordancias pulsa.
Pero el movimiento blando
de su respiración muda
le acredita menos torpe,
y, más cruel, la asegura.
¿Quién será, cielos?, ¿quién, traición?
¡Ah, certezas! ¿Quién traidora,
si duermes, cómo piadosa,
y despertar cómo injuria?
Mas con esta luz pretendo
ver si disforme e inmunda
fealdad, antes que el valor
mi gloria en su muerte cumpla.
¡Cielos! ¿Quién vio tal encanto?
Tan rara veldad, tan suma
perfección, agora confirmo
mi resuelta desdicha,
pues viendo el traje horroroso,
que a su alegre cielo injuria,
creí que era monstruo; y veo
ser monstruo de la hermosura.
¡Veldad, que aun siendo vencida
sobre esa dureza fuerte,
haces espejo a la muerte
de las sombras de la vida!
Y apacible estás dormida,
logrando atentos dispuestos,
no despiertes, para enojos;
que más quiero que dormidos
me castiguen sus oídos,
que no despiertos sus dos.
Y Sansón temeroso de miro
Y cuando amoroso aprendes,
a cada aliento que entiendes,
si respiras, y yo espiro,
de ansias, cuando suspiro,
pasmo es en mí el veleno.
De día aguardo el ceño,
creyendo cuando respiras
que me amanecen tus giras
en la noche de este sueño,
si duermes para enseñar
la influencia prendes,
si en ti es de más el dormir,
si en mí es forzoso el soñar,
con razón puedo dudar
si el sueño es mi atención cierta
ó, si su imagen muestra,
equivocando rendido
entre mi temor dormido
su respiración despierta.
En este dulce primor,
en este sosiego blando
su belleza estoy mirando,
y temiendo su rigor
de este accidental favor
arguyo más cruel herida,
pues la hermosura aplaudida
siempre está en mi contra alerta,
para aborrecer despierta,
y para olvidar dormida.
Al de esta luz material,
ardores mi pecho fragua,
muere esta llama en el agua,
y o me abraso en su cristal,
y ¡ah, humano!, ¿a qué mortal,
su quieto el alma dueño,
si aun en él, que no se atreve,
a producir sin duelo
(Vuelve a poner la luz a donde estaba)
(Queda la luz a la espalda de Cloe y de Licenio)
arde el temor como yelo
a la llama de la nieve,
mas su principio esencial,
y cierta proporción,
que no se ha dado razón
para una razón formal
de su luz artificial
de su sueño mariposa,
que no es su lugar la rosa,
que no es para mí estrella,
que es de Camenas bella,
para ver la más hermosa.
¿Habrá venido mi dueño?
Quedo la voz escuché,
ser cierto que la soñé,
si la ha pronunciado Driante.
Pero ya mi dicha la halla,
y entre muda suspensión
recela mi corazón
mucho más de lo que él calla.
Mi dueño, ¿vuelvo a decirte
que en ti prisionera soy?
Turbado, cielos, estoy
cuando esto llego a oír:
¡hablarnos de consuelos
solo es su dueño, rigores!
¿cuándo ha empezado el amor
por la rabia de los celos?
¿No me respondes? ¿Qué tienes?
(Están hablando Cloe y Licenio, y sale por el otro lado Driante)
En dichas accidentales
sordo he de hacerme a mis males,
que en ser amante merece
a la hermosura mayor;
solo es favor el favor
en tanto que lo parece.
Disimularé el arte
por si pudiere entender
¡quién es su dueño!
(Repara en ellos)
Hasta haber
el hado entregado a parte
las mujeres tracias, que
huyendo la tempestad
buscaron seguridad,
en mi casa, y en mi fe,
¡sino cuidadoso amante
vuelvo a la hermosa presencia
de mi bien!, en una ausencia
es un siglo cada instante.
Pero ¿qué ilusión será?
¿Qué engaño es aquél?
Que es esto, cielos, ¿aquí
un hombre...? ¡Oh, nunca yo viera
tal desengaño!, si espero
y no me mato antes que
llegue a saber lo que sé,
pueda querer como quiero.
¿Qué dudas? Y en esperanza
personas que dejé abiertas,
verse peñasco a la puerta.
¡Ah, que en desengaño actual
sin mí estoy!
Bueno, he podido
saber quién es su dueño.
(Poner una banda al cuello y tirarse con Licenio)
¡Infeliz!
¡A mi espada ha de morir!,
y por no ser conocido,
en caso que a la gruta salga
disfrazado, reméteme.
Este sin duda es el que
la obliga, ¡el valor me valga!
Cielos, ¿qué miro? ¡Qué asombro!
¡Parad, detened, ay Dios!
no distingo entre los dos
a Driante, ni le nombro,
por callar que de esta cueva
es el dueño.
Noble valor.
Fiero despojo.
Su desdicha es superior.
Notable venida llena;
pero si es favorecido,
¿qué me admira? El retirarme
es preciso, y ocultarme
de poder ser conocido.
¿Quién será en sitio horroroso
dueño de tanta hermosura?
(Vase retirando a la puerta del foro y Driante tras él)
Sacarle al campo procura
mi espada.
Dolor penoso
es este, cielos, ¿qué haré
en confusión tan terrible?
Detenerlos no es posible,
porque tal fuego, fiel,
tal furioso ardimiento,
que cuando se competan,
sus aceros ostentan
la diafanidad del viento.
¿Qué firmeza? ¡Qué pesar!
¡Qué ansia! ¡Qué afán! ¡Qué duelo!
No aguardo humano consuelo,
nadie podrá remediar
mi desdicha, y si consulto
el oráculo que dice,
que no hay para el infeliz,
lugar, ni sagrado oculto.
Halla mi infelicidad,
cuando aquí mi vida arriesgo,
que hay casos en que aun es riesgo
la misma seguridad.
Sin alma quedo, ¡ay de mí!
Lágrimas, templad mis penas.
(Vuelve a salir Driante por la puerta de la cueva y cierra la)
Apenas me retiré, apenas
al príncipe conocí,
cuando por una arboleda
antes que me descubriese,
me oculté, y por si volviese
cuidadoso, como queda
sin duda, la puerta cierro.
Que al campo desde aquí pasa,
porque el fuego que me abrasa
no fragüe segundo yerro.
Pero ya el mármol cerrando
llega el otro, ¿si es que es
Oriante? Asustado está
mi pecho.
Yo voy llegando
celoso, y fino a buscarla,
y cuando esto considero,
bien sé que culparla quiero,
mas no cómo he de culparla.
Pues Driante reconocido,
piadoso, noble señor.
Atributo de piadoso
empezó a darme favor
en este caso, y no dudo,
que tal vez supo el temor
disfrazar con la piedad
enigmas de traición.
Dueño mío,
No seré
el que tú imaginas, no,
pues hablando con más viva
solicitud con mayor
fineza, nombraste dueño
a otro, y me da la razón
que él lleve el favor, y sea
el favorecido yo.
Driante, pues ¿cómo, cuándo
yo esperando...?
No el rigor
de esta turbación te asuste,
porque pasa a ser atroz
la sospecha que camina
Con paradas y turbación.
¿Digo, mi bien?
En mis males
pudieras dar mejor,
y yo empezaba mi bien
cuando mi mal empezó.
Luego creí hablar contigo.
Y su pecho creyó,
sin duda, pío a su engaño,
la fe de su inclinación.
¿En verdad dudas?
Pues ¿cómo
puedo creer persuadieron
a tu rigidez que tenías
abierto ese mármol, por
darle entrada a este secreto?
Mi cuidado te espero,
y a este, sin abrir la puerta.
¿Y hubo de ser a ocasión
de entrarse por ella un hombre
sendas buscando al horror?
A los dioses soberanos
de una jurisdicción
pender el castigo absoluto
contra el engaño; hay dos,
juro que si al humano aviso,
maternal sombra exterior,
la luz hubiese empañado
de mi primera atención,
antes me partiera un rayo
que me amenazara el fulgor.
(ap.)
Que no es fácil averiguar
el accidente seguido
al príncipe, porque escarmiento,
que Cloe no le avisó
de esta novedad, ni pudo
este, que halló mi amor,
salva de errar, conocerle.
No agrave su suspensión
la realidad de mi fe.
Hasta saber, me obligó
a entrar viendo a esta cueva
me afligía esta pasión;
mas pues ya, saliendo al campo,
ya el matutino albor
convoca a este horizonte
los ejércitos del sol,
entremos en el jardín
de mi casa, donde son
las dulzuras del perfume
las fragancias de la voz.
Ya te sigo; ¡ay, infeliz!
del agua entre prisiones
arrastra como leona
la cadena de mi horror.
[Jardín]
Entránse por una parte, en cuyo intermedio se trasmuta el teatro en el de un ameno jardín, compuesto de espléndidos emparrados, cristalinas fuentes y de graciosos cuadros. Vuelven a salir Driante y Cloe.
¡Qué armoniosa y sirena
la mañana despertó!
Cuyos dados son de Amaltea.
Tan primorosos son,
como los de ver subir
entre el verde color,
diciendo Amaltea al blando
compás de la adulación.
De lo ínfimo del jardín va saliendo Amaltea, subiendo a lo superior del teatro, trasrugando una cinta grande matizada de flores diversas, y al compás de sus acentos van despertando las aves, y mirando sus cláusulas en tunados compases.
Aves, flores, estrellas,
imiten mis huellas
(Desaparece)
Es estrellas, aves, flores,
copen mis primores,
porque estrellas, flores, y aves
candulces, ternezas, y arroyillos suaves
me admiren, me celebren, veneren y aclamen.
Fe de la herencia hermosa
de Santa Rosa,
ufana y gloriosa
aprende a querer,
ya es tiempo de arder.
País, cuyos claveles,
vivos son pinceles,
para copiar fieles,
fragante abrazar,
ya es hora de amar.
Fuentes, cuya armonía
de noche corría
buscando el día,
feliz florecer,
ya es tiempo de arder.
Aves desplegando
el plumaje blando
alegres, cantando
salid a volar,
ya es hora de amar.
Astros que sois flamantes,
eternos diamantes,
doblad inconstantes
para iluminar,
ya es hora de amar.
Aves, flores, estrellas y al
triunfen mis huellas etc.
¡Qué hermosamente madruga
quien dulcemente durmió!
Al imán de su belleza
es cetro dorado el sol,
y aun la misma luz padece
las ceguedades de amor.
Pero componiendo Flora
su abundante emulación,
cargando flores al viento,
tira con amante voz.
Por la parte opuesta de donde salió Amaltea saldrá Flora Ninfa, coronada de flores, y al tiempo que sube se va levantando de la superficie de la tierra un pequeño soplo de aura, que yendo en aumento, crecerá hasta ocupar los vacíos del aire, e irá sembrando el campo Flora de hermosas cuanto risueñas flores.
Aura tierna, amorosa,
si entra, y ara flor,
ay descansa el amor,
ay reposa,
ven deliciosa.
Aura apacible, ven,
ay mientras canto mi mal,
ay mientras lloro mi bien.
Amor de flores se viste
disimulando rigores
de que se viste,
sabe llorar cuando ríen las flores.
Y pues entre primores
ay reposa,
ven deliciosa.
Aura apacible, ven,
ay mientras canto mi mal,
ay mientras lloro mi bien.
Cupido riesgos señala
entre floridos halagos,
siendo regala
dulce traición de violentos estragos.
Y pues con sus amagos
ay reposa,
ven deliciosa!
Aura apacible, ven.
ay mientras canto mi mal,
ay mientras lloro mi bien,
florece primavera
con la inquietud enemiga,
según espera
la brevedad con que risueña mi dicha,
y pues cuando castiga
ay reposa,
ven Deliciosa
Aura apacible, ven,
ay mientras canto mi mal,
ay mientras lloro mi bien.
Aura tierna amorosa,
si entra, y si a flor
ay descansa el amor
ay reposa,
ven Deliciosa
Aura apacible, ven,
ay mientras canto mi mal,
ay mientras lloro mi bien.
Desaparece y dice dentro que se...
Llegad, pues en el jardín
le encargo haremos.
¡Ay, Dios!
¿Si contigo aquí me ven?
Entre el frondoso verdor
destos ramos ocultarte
puedes mientras yo
a los que lleguen despedir.
Retírase Cloe. Sale.
Ampare el cielo a los dos.
Aquí está, llegad.
Driante,
si acaso tu noble acción
quiere cumplir como dueño
la palabra que nos dio
ayer, cuando se ha de ver
nos defender, pues ya
mi Irene solicitar
con juegos de Orfeo, y no
es bien atento, y evitando peligro
sosiegue la dilación
del aliento que ofreció librarnos.
Y pues todo lo ofreció,
y aun en caso que piadosa
ocultase su pasión
a Cloe, entregarla dueño
al príncipe, porque no
afrentase su ceguedad
su primera obligación.
¡Cielos, qué obligado amante
en tal abismo me veo!
¡Qué poco consuelo (¡ay, triste!)
a mi esperanza quedó!
Ten caro, que ella se oculte
por enemigo temor
parece que a crueldad
equivoca la estimación.
con que adoraciones santas
en Trinacria pretendió.
Su tirana su hermosura
vencer toda oposición
no se escondas, salgas a ser
del poderoso señor
indignado cruel tirano
amorosa admiración
salga a verle.
Sale Cloe.
Sí saldré
para librar vuestros, con
mi muerte, y pues ya no siento
de mi estrella el rigor.
Y solo, (¡ay, Driante amado!)
aspira mi corazón
a reducir mis desdichas
a la última, y la mayor
desesperada pretendo
(Vase)
verificar la ficción
de Orante, y arrojarme
desde una roca al furor
de las ondas, donde tenga
fin mi desesperación.
Oye.
Aguarda.
(Vase)
Seguiré
sus huellas, con tan veloz
paso y corra mi planta
a la par de su imaginación.
¿Quién escuchó tal engaño?
¿Quién tal desengaño no?
¡Fiero impulso!
¡Cruel intento!
¡Extraña resolución!
A ver en su fin el camino
camine nuestro dolor.
A arbitrio de su desdicha
vaya nuestra indignación.
Morir sin servidumbre
es la fortuna mayor.
A alcanzarla.
A detenerla.
A apresurarla.
Salgan
de los fríos eslabones,
gémase nuestro dolor,
se entren las almas, y al aliento
ondee fúnebre rumor.
Espera, detente,
rayo veloz,
no apaguen las aguas
de Ilus su ardor,
no desespere, no
ansía libertad
su desesperación.
Cantando unas, y repitiendo otras, y todas con despecho dan fin a la Jornada Segunda.
Empieza la Jornada con el teatro selva florida con los troncos de las pirámides, y el foro será un peñasco por donde saldrá Cloe, volviendo a cerrarse, significando ser boca de gruta.
Selva florida, foro de peñascos.
Triste soledad obscura,
donde dos veces presa mi hermosura
con amor, y con penas
tiñe la eternidad de dos cadenas,
si acaso a mis voces ocupadas
al silencio le niegas la morada
que juzgando al horror la quietud mía
permíteme salir a ver el día
para que al riesgo mi desdicha vuelva
abrióse el mármol, y pisé la selva.
Ábrese la boca del peñasco y sale Cloe por ella, volviéndose a cerrar.
Que después que de Orante
mi fino dueño, y verdadero amante,
procuro entre mis ansias defenderme,
y a la cueva volverme,
siguiendo una vereda,
tan fría, y muro una alameda
en sus nidos, huyendo con dulzura
más al sol herido, más mirando al cielo.
mas hoy desesperada
de estas rústicas pieles disfrazada
a vivir como fiera salgo al monte,
por todo este horizonte,
correrá mi fineza sin sosiego
llorando quejas, suspirando fuego,
hasta que en caso fiero
halle el primer alivio de mi muerte.
(Sale por otro lado Licenio)
¡Injusta pasión mía!,
¡hija sin duda de mi fantasía!,
adónde...
donde la voz de su inquietud me llevaba
del que vi en la más temerosa cueva
cuyas señas no encuentro,
la doy dar peregrina en senderos
a cuya luz, ¡oh propia!, ¡oh aparente!
bebió esta ceguedad en pecho ardiente,
sin alivio, sin vida y sin aliento.
Pregunta mi dolor, responde el viento,
y en la duda propuestas
a más pena me tiene carepuesta.
A esa dilusión se añade haber salido
de la cueva arrojado, no vencido,
según con el valor y con el arte
pudiera coronar triunfos de Marte.
La cueva he de buscar, aunque mis penas
rompan riscos al monte, al mar arenas.
(Vase)
Mucha la sed a mi pasión maltrata,
aquesta línea seguiré de plata,
girando flores, entre cuyo cielo
cometa es legítimo un arroyuelo.
(Voces dentro)
Por estas selvas buscan mis criados
de mi afecto guiados,
la bóveda que vio mi rendimiento,
aquella admiración del pensamiento,
aquel bello prodigio soberano.
¡Pasa, ataja!
¡Jo, jo!
Al monte, al llano.
Aquí pudo ocultarla su ventura.
A la alameda, al bosque, a la espesura.
(Salen Lirandro, Licurgo y criados)
La soledad se ve de esotra informada
palestra es de mis penas ocupada.
Señor, porque las ampares
llegan las presas mujeres,
buscándote compañeros,
pues habiendo hallado en este
nido a una mujer extraña
que fruto, agrado al accidente
a verlos segunda vez,
caperuzón con que pierden
sino la encontrasen luego
antes que las fiestas lleguen
de opuesto su libertad.
¿Pues qué intentan? ¿Qué pretenden?
Quemarla, porque decreto
es que cualquiera que la encuentre
la entregue a su poderosa
mano.
¿Y para qué se la entregues?
Ofrezco premio que pague
su acción.
(Ni tiene
narices de perro, para
buscar cuando más se empierce
almas basquiñas, aunque
con las zarzas se le atraviesen.)
(Cap.)
(Vanse)
Seguidme, con el cuidado
que no deis albergue a
caverna lóbrega, obscura
mansión, embarazo verde
que no examinéis, aunque
el sol sus rayos os niegue,
buscadla todos, prendedla.
Entre afectos diferentes
almas busco para esclava
que ser digno por su fe
y astucia para dueño, a quien
mi albedrío se sujete
mientras mandan mis gran-
des tras mi amor, se obede-
ce la imaginación, y tras de ella
el imposible en mí se bebe.
Fuéronse todos, y van,
tan fuera de lo que emprehenden,
como haber allí dejado
una
Una cueva, sin que nieren
ni tragaron sus entrañas
otra mujer; mas Burquete
viene corriendo.
Sale Burquete.
Es hoy
desde una charamada alegre,
donde los pájaros son
músicos, sin que me nieguen,
que el príncipe ofrece premio
al que una mujer encuentre;
y pues ves allí una gruta.
¡Ojalá y no careciere!
Entraré en ella.
Eso no.
¿Por qué?
Porque dan las leyes
acción de ceder la joya
al primero que la viere.
[Que se sacará de la cueva y le darán de palos]
No hablarás como letrado
a no ser hechicero.
Advierte
que me importa.
Nada me bastará,
porque he de entrar.
Que me ofendes,
cuando el derecho me usurpas.
Y si en lo que me detienes
me mataras...
Pues de este modo
padecieras.
Pues de esta suerte
será.
¡Por mis narices falsas!
¡Por mis muelas aparentes!
Al forcejar los dos sobre entrar en la gruta, se abrirá, y saldrá por ella Máximo. Saldrá huyendo con una clava disforme, a cuyo amago caen los dos atemorizados, y a los amagos y temblores suyos, oírse una responder con son y saltos de miedo.
Como a este albergue rústico,
donde tengo mi báculo
o a decir ver, pícaros,
a llegar como bárbaros.
Ténenme aquí las Dríades
como primer obstáculo
de quien buscase al cóncavo
de aquesta cueva el tránsito.
Yo no entiendo este lenguaje.
Es que el temor no le entiende.
Ea, presto hablen, respondan.
Hablaré aunque mal conviene.
Salvadrísimo Salvaje
muy salvadrisímonamente.
Este Burquete astrólogo
en invenciones práctico,
quiso hacer por pronóstico
de los nocturnos satíricos.
Este Licurgo rígido
legislador de páramos
promulgó en la ley única
de thesauris en párrafo.
Fija la clava en el suelo.
Pues para que sus crímenes
tengan castigos ásperos
de esta clava en la palma!
ponga su diestro báculo.
De sabandijas ínfimas,
y de pigmeos clásicos
salga bastante número
resuelto en virtudes átomos.
Abrése el cuerpo de la clava, de cuyo embrión salen siete salvajitos verdaderos salvajes, y van atando con unos lazos a Burquete y a Licurgo, que yacen de rodillas.
¿Son enanos, que más
castigo?
Atadles, prendedles,
al punto a este gran rey,
que aquel su palacio tiene
en Tito.
dentro de esta clara esfera
les ofreceréis.
No apretaré
tanto, señor pequeñito.
Señores de este asiento,
que yo pueda respirar.
Ni respiren, ni resuellen,
quedito, paso, atención
que de este palacio, a verles
sale el gran Frangodomar,
nieto de los Floriseles.
Da un golpe con la clava en el suelo, y sube por un escalón un niño muy pequeñito vestido de sátiro, y luego compondrán entre todos los sátiros un baile.
El de la clava es Frangodomar
sin duda; estos otros siete
son Bulfalboro, Vigantes,
y aquellos otros valientes
que nos vendrán una comedia
clara, con y reveses.
Ea, llegadlos; mas no
tocadlos mientras que oyeren
a Frangodomar, en que la voz
será de las ninfas si les oyereis.
(Bailan los sátiros y la música canta dentro)
Al compás de los céfiros
entre los verdes álamos,
va bailando un ejército
de generosos sátiros,
mírenles, déjenles los dos felibres.
Con el último acento de la música, se desvanecen los sátiros y ninfas, sepultándolos el centro de la tierra, y quedan Licurgo y Burquete como asombrados.
¡Ay Dios! ¿Si eran enanos mudos?
Entre este milagro pues
el de la mosquetería
poner, sin duda que enmudece.
Mas volvamos a buscar.
¡Home, Rgaí!
Defenderte
nadie podrá.
(Sale Cloe fugitiva de las mujeres que vienen en su seguimiento, vexándola todas de suerte que no pueda escaparse)
¡Ay mísera!
Si huyo, porque más me acerque.
Ya perdimos el hallazgo;
pues sin duda las mujeres
caen con razón.
Esta vez
librarte ninguno puede.
(Vase)
Voy a avisar a Licenio,
porque las albricias gane.
(Vase)
Sabré alcanzarle aunque corra,
porque soy galgo, y de libre.
Sin duda irados dioses
ha acabado la inclemente
influencia de mi estrella,
y bien mi temor concibe,
pues si a la víctima llegué,
nada falta en que me arriesgue
buscando mi fin, el frío
desengaño de una fuente
como fiera me encontraron
mis enemigas crueles.
¡Pues que libres a todas!
¡Ah fiera!
No sea, a este
fin, en los cóncavos suyos
alegres ecos resuenen.
Alegre.
Dichas y desgracias
las selvas celebren
ya por lo que libran,
ya por lo que prenden.
En esta, pues, si besas
la alegría tienes,
la que sin respuesta
el que te persigues.
Dentro.
Llega, señor, que aquí están.
Salen Licermio, Cloe y dos.
El voto cumplir promete
mi pecho segunda vez,
para que a todas luces
veamos cómo le irá de suerte.
Llega Cloe a los pies de Licermio, ponle el lienzo en los ojos.
¡Ah, mi dura y tirana suerte!,
pues vendes mi libertad
por mi vida, y mis ansias vendes
y otra y feliz a los dos.
Cielos, ¿qué siento?
Merece
clemencia poseer mujer.
Tan sin aliento me tiene
ver este prodigio humano
como el dolor de no verle.
¡En mi llanto!
Esta deidad
disfrazada entre estas pieles
es la que encontré en la gruta,
¿quién vio más raro accidente?
Con su esclavitud ya libres
quedamos.
¡Quién en tan fuerte
empeño se halló! Yo tengo
dada palabra, que siempre
que a esta mujer encontrasen
y a mis plantas la ofreciesen
cumpliría el voto al Orfeo
sin imaginar que fuese
esta hermosura, y que yo
soy cautivo amante desde
que la admire imaginada
en las sombras de mi muerte.
Alf.
Cap.
Sale Dorante.
Tropezando en mis angustias
asustado de Burquete
vengo; mas ya veo aquí
a Cloe, y mi amor pretende
hurtarla en todo caso
aunque castigo me cueste.
Pero ya mi medio discurso
para que en estas me vengue
del odio antiguo, y que leyes
de su fiera costumbre empiece
defendiendo a esta hermosura,
y a decir, que yo caer haga
el Alcaide, pues siendo el
defensor de todas siempre
no podrán juzgar en mí
sea pasión el que la desee
tan con toda, y al arbitrio
declarándole igualmente
mi intención! Dorante, os
paso a decretar, que quedes
por guarda, y Alcaide real
de esta mujer.
Se
Cap.
Serviré fielmente
en este oficio; ¡ay de mí!,
cuando sabrá si yo fuere
un rendido amante, Alcaide
de los dos. ¿Se le prenden?
Y para que desde luego
la celebridad empiece
de las fiestas, mandaré
avisar a Milene.
Habla aparte con secreto a Dorante.
Dorante, en esta beldad tiene
mi amor su esperanza
desde que la hallé dormida
Huyendo.
huyendo otra inclemente
tempestad, y aunque fue acaso
me valió, que así la mere-
ce, has de explicarla mi amor,
en esa casa que tienes
de campo en esa la, mira
que mi pasión se previene
que hay quien dichoso recibe
pues ese hombre (o no me acuerde
del suceso de la cueva)
que no puede conocerle
sin más de su atención
hasta que el Príncipe le advierte
dando de su lealtad
todo el ser de lo que quiere.
(Vase con su criada y dos)
Venid todos.
Señor, oye,
escucha, en vano pretende
ser oído un desdichado
cuando alguna vez encuentre...
Pues ya quedamos sin riesgo
solo oculte, si que la hospede
Orvante, poco embaraza.
Pues vamos diciendo alegres.
Dichas y desgracias
las selvas celebren,
y a por los que libran,
y a por los que prenden.
(Vanse)
Cosa de hermosa ignorancia
ande frigidanal fragua
encendiéndose del agua
el clarín de la influencia.
¡Mi bien, cuando ciego avergüence
tan fieramente afligida
quisiera llorar su vida
con las ansias de mi muerte.
No llores enternecido
de suerte es hoy la de Nando,
que no tengo para darlo
dolor bastante sentido.
Dueño mío, a quien venera
el alma que se ofrece
según según oye,
soy dos veces prisionera
en tanta infelicidad,
en contradicción tan fuerte
Cloe porque he de perderte,
más no por mi libertad.
¡Amortal dolor, hacerlos
que activas llamas abrasan
a aquel amante, en que pasan
a ser preceptos los celos!
Cómo puedo obedecer
al gremio de enojos,
es el poder del amor
en mí el primero poder.
Entre inquietas ansias ardo
en ningún medio me acuerdo,
sino la guardo la pierdo,
y la pierdo si la guardo.
En tan enemiga pena
corriendo a mi muerte vaya,
cuando nos niega la playa
el salir de aquesta arena.
Desde anoche, que ardientes
teas, la costa avisaron
las atalayas quedaron
vigilantes, y obedientes
y no hay barco que podamos
echar al agua.
Yo intento
embocar con rendimiento
a las ninfas, que a estos ramos
dan vida, pues me ofrecieron
su asistencia; a los troncos,
cuyos ropajes broncos
las dríades se vistieron.
De ocho troncos esparcidos por la selva, de cada uno sale una dríade hermosa, quedando los troncos en el teatro sin ocultarse.
Invocadas del ruego salimos
porque fabrique
nuestra acción, de los troncos robustos
barco, que os libre.
A Vulcano, que en sus cíclopes llama
nuestro ruego
porque fragüen en este peñasco
los instrumentos.
¡Qué prodigiosa piedad!
Dichoso quien la celebra.
Rásgase la boca de la cueva que está en el foro, por cuyo boquete sale Vulcano acompañado de sus cíclopes, que haciendo hermoso el horror de su aspecto cantarán al son de los yunques, y golpes de sus martillos en la fragua.
Segunda vez a Cloe
ofrezco mi asistencia,
para que libre salga
de esta enemiga arena.
Mis cíclopes fabriquen
los yerros que convengan
para cortar los troncos
y pulir sus cortezas.
Reparten los cíclopes instrumentos como hachas, y segures a las dríades, con que corten los troncos, y las producirán, de suerte que derribándolos, compongan de sus fragmentos tablones, y leños, de que fabricarán un barco, o bajel al compás de la música.
A los golpes de nuestros acentos
salen cantando
leves plumas, con que sea el barco
ave del agua.
Ajusten fuertes yerros
con rústica materia,
que siendo vaso leve
o ningunas aguas beba.
Asistir los riesgos amantes
noble es empeño
obligando a los cielos la causal
de unos ruegos.
Fabricar ligerezas, que valgan
es acción digna
que la misma inconstancia establezca
y cuando camina.
En esta unión de tablas
Amor su fe establezca,
y aunque leves caminen
no inestables se duelan.
Aquí se juntan cíclopes, y ninfas para acabar de perfeccionar la fábrica del vaso.
Al poder, y a la industria se vence
lo más difícil
con que solo las bellas deidades
son imposibles,
y con esto ya son opiniones
los imposibles.
Pues ya con el dictado
está la obra perfecta
Llevad, Cíclopes míos,
el barco hasta la arena.
Cargan los Cíclopes con el barco y ciérrase la fragua.
Venid, dichosos amantes.
Ya seguimos vuestras huellas,
entrando rudamente
a repetir las voces vuestras.
Repiten las voces vuestras.
El poder y la industria se vence
con más difícil... etcétera.
Marinas y peñascos.
Con esta música se entran todos por un bastidor, y en el segundo se transmuta el teatro en el de marina, foro de mar, y vuelven a salir los mismos con el barco.
Echad barco al agua,
para que los dos tengan
contra sangrientas olas
bonanzas halagüeñas.
Echan al mar el barco.
Al barco Cloe y Durante
da fácil ligereza,
Entran en el barco Cloe y Durante.
contemos de peligros,
y esperanzas de velas.
Contra favor no puede
el mar fulminar tormentas.
Adiós, horrorosa playa.
Nunca yo a sus costas vuelva.
Que su vela,
vela,
amor y fortuna,
no abra alguna,
alguna,
traición contra su vela.
vela.
Corre, barquillo, corre, vuela.
Comienza el barco a navegar, y los Cíclopes y Vulcano se van a tiempo que se oyen voces de soldados dentro.
¡Traición, traición, pues embarco
de esta costa se aleja!
¡Suenen las atalayas,
así fue destruido, sepan!
De lo último del foro sale Orfeo cantando sobre un delfín y al son de sus cláusulas acompaña la cítara que lleva en sus manos, al tiempo que por el aire le siguen dos tropas de aves, y por el mar cuatro ninfas sobre dos peñascos de Escila y Caribdis; se mueven a las voces sonoras de su melodía y todas se incorporan a modo que formen un muro adamantino en medio del golfo.
¡Oh, vosotros que del mar,
el cuello inquieto oprimís,
sin el freno eficaz del timón,
sin la espuela del remo rival,
sin constancias de mi caridad
otra firmeza rendís,
esperando serpiente el favor,
esperando el golfo cálido!
¡Yo, que el dulce Orfeo soy,
y al abismo suspendo
el ardiente sensible temblar,
el ardiente ruidoso gemir!
A Cloe, segunda vez,
osado restituyo
con el claro poder de mi voz,
con el fiero valor de mi ardor.
Vuelve el barco hacia el teatro.
¿Injusto Orfeo, por qué haces
las mismas injurias fieras?
¿Cuándo se ha oído que fuesen
armoniosas las violencias?
A mi templo caminad
donde el voto ha de cumplir
quien cruel servidumbre ofreció
por la injuria que yo padecí.
En habiendo los conducidos a la parte del teatro se vuelven a cerrar los escollos, y a proseguir su curso midiendo la distancia.
Distancia con las cláusulas de la música, y al último acento, se desvanezca todo, quedando solo el barco con ellos y los peñascos en sus lugares como están.
Desaparece.
Llegad, resolved, salid,
que aunque Amor, poderosa deidad,
sus flechas vence
con el tris que forma mi voz
sobre la espalda del ergente Delfín,
llegad, resolved, salid.
Sin que den más desdichas,
bastante dicha nos queda
si aguardar las penas es
del alma la mayor pena.
Si la amenaza castiga
y es la de más aspereza,
templando el dolor del golpe
la acción de la contingencia.
¡Traición!
Traición, que poderosas señas
reembarcaron, y volvieron.
Pero estos corsas llegan
de los soldados, y yo intento
morir antes que nos prendan.
Salen tropas de soldados con armas.
Daos a prisión, pues rompisteis
las leyes que os observa
por decreto principal.
Valor tengo, y no quisiera
desesperado tener
más vidas para perderlas.
¡Alto, esperad, tened!
No hay quien su furia detenga.
Verán qué produce mi brazo.
Ríñese con todos.
Vase retirando.
Su acero vibra centellas,
al Príncipe avisaremos
de su delito.
Fía severa
disposición del influjo,
¿cómo entre las ansias mías
duras tanto, cuando tienes
calidades de violenta?
Diante, mi bien, mi dueño,
vuelve a mis ojos.
Sale Diante.
Las tropas huyendo de mi furor
por la intrincada maleza
del monte, y así antes que
aquí mejorados vuelvan
los villanos que habitan
en esa inculta aspereza,
hacia mi casa de campo
caminemos, donde sepas
de mi dicha; ¡ay de mí!
el mayor de lo que pensaba.
Con este nuevo cuidado,
un paroxismo es que me lleva.
¡Ah, riguroso precepto!
¡Ah, tirana dependencia!
¡Murió! Templad os el trago.
No es; de enojo templad.
Pues amante.
Pues fina.
Y noble.
Y verdadera.
Se reconoce mi pecho.
En verdad se experimenta.
Nada mueven los rigores.
Nada las finezas remedian.
Y solo es Amor el que
vence, que triunfa y reina.
Vánse. Palacio.
Transmútese el teatro en el de un suntuoso salón de una casa de campo, adornado de vistosos pensiles, y doradas rejillas, iluminando
iluminando el cielo con sus luces la esfera, y entrando
también por balcones, y rejas sus diáfanas claraboyas.
Sale Lizerio.
Aquí mando que Dorante
alcaide de Cloe sea,
y habiendo ya descansado
en su lealtad mi grandeza,
dilatando mi poder
la obligación de quererla,
que está vinculada, en que
llegó a mirar su certeza.
Vengo a saber muy dudoso
si es de mi amor su respuesta,
si mi adoración la obliga,
si mi cariño la empeña,
si mi verdad la aficiona,
y la mueve mi fineza,
que no dudo que en el caso
de verse presa, y sujeta
a la observancia de un voto,
y a la ley de mi promesa,
responda como piadosa,
para obligar como cuerda.
Mas pasos siento a esta parte,
y por si acaso aquí llega
Cloe, estaré retirado
hasta que mi oído tenga
el desengaño.
(Retírase a un lado. Salen Cloe y Dorante.)
Pues solos
llegamos, en presencia
oye, Cloe, de mi precepto
la verdad.
Sin duda empieza
a declararla mi amor,
su lealtad es manifiesta.
Padece mi alma y padece
con tan obsequiosa pena,
solo guarda el dominio
para aquello en que padezca.
Que finalmente me fiara.
No es fácil que yo le entienda
según se explica.
(Aparte)
Es mi amor
tan hijo de la advertencia
como del conocimiento
de su perfección, (y apenas
acierto a decir la causa
de estos efectos) no afecta
su pasión, que siendo absoluta
la dice por boca ajena.
Mucho debo a tu amistad,
nada hay que yo no le deba.
Dime, ¿de qué nos hablas?, que
según tus voces expresan,
si vas faltando a tu amor,
si a otra esclavitud me entregas.
Digo que el Príncipe...
Acaba.
No acierto a decillo.
Abrasas.
Me mandó (¡caso terrible!)
que te ame.
Oye, Lessa,
si intentas ofender
el cielo de mi firmeza
esperando mi constancia
con indignas experiencias,
se castigarán esquivos
los rayos de mi fineza
pues ¿cómo?
¿Qué es esto, cielos?
¿Te atreves?
No me atreviera
sino haber...
¿Quién?
Un precepto
encargado.
No me ofendas.
Pues no te enojes, bien mío,
y hablándote ahora de veras;
aunque falso como amante,
y firme a la obediencia.
¡Ah, traidor! ¡Ah, infel!
Yo soy
siempre el mismo, y aunque pierda
mi vida...
Sale Lizerio.
Si perderás
yendo tus evidencias
a de mi guarda, soldados:
prended al amante.
¡Penas!
¿Faltaba otra circunstancia
para hacernos más fieras?
Si llego a perder a Cloe,
es mayor muerte.
(Salen los soldados)
¿Qué ordenas?
Señor, ¿qué mandas?
Que preso
llevéis a Oxiante.
En esta
ocasión llegamos todos
a acusarte, pues entras
con tan reembarco sin orden
suyo, y llevabas a esa
mujer, y con él hallamos.
Solo el delito se pruebe
con que has de morir.
Pues ya
he escuchado la sentencia,
y he de morir, si es intento
vuestro, señor; que fuerza es
faltar a mi obligación
y obscurecer mi nobleza
el no amar a Cloe, pues,
apenas salió a esta arena
con el amparo de Amor,
expresó que Leila soberbia
a Licas y a ti, Salesas,
remeció entre sus cavernas;
cuando la vi y defendí,
ella amenaza siniestra
de la esclavitud, guardando
su hermosura en esa cueva
oculta.
Rendido arguyo
que él fue quien me sacó de ella.
Sale Lisandro.
Señor,
la gente noble y plebeya
de Miseno afectuosos
al templo de Orfeo llegan,
imitados de las mujeres
que se hallan presentes, y sea
Cloe la ofrenda del voto
y la esclava de la pena,
y aguardan todos, a fin
de que en sus aras la ofrezcas.
Corónese mi dicha.
Moriré antes que esto vea.
Entre el odio y el amor,
entre el voto y la clemencia
no hallo medio que me ayude
para que justo resuelva.
Quedar esclavas las dos
contra mi palabra es fea
resolución, castigar
a esta adorada belleza,
que manda mi corazón,
bárbara ceguedad fiera!
¡No cumplir el primer voto
es en mi celo sospecha!
Suspender por algún tiempo
las siempre célebres fiestas
es hacer la novedad
más alteración tercera,
esperando de los jonios
y eolios la competencia.
¿Qué haré, dioses? Mas al templo
llegamos donde se espera
de oráculo sagrado
el consuelo en nuestras puertas.
Vamos todos al impulso
de la interior fineza;
blandos repitan los troncos,
dulces pronuncien las peñas.
Escucha, Orfeo, el canto,
atiende al triste ruego
de los dos al fuego
del corazón al llanto.
Escucha, Orfeo, el canto, etc.
Selva
Con esta repetición de música se entran, y se transforma el teatro en el de selva florida, siendo su foro la fachada del suntuoso Templo de Orfeo, y vuelven a salir por otra parte damas y galanes, y Liserio, y los demás.
Merezca yo tu piedad.
Logre mi amor tu asistencia.
Respóndenos con clemencia.
Sosiéganos de piedad.
Ábrese la puerta del templo, y se descubre una estatua de Orfeo con su cítara en la mano tan parecida a la que hace su imagen, así en adorno y traje, como en los coloridos del jaspe que equivoca la vista, no distinga cuál es la aparente, o la real, teniendo debajo de sus pies un pedestal de mármol, basa que sustenta la estatua, y detrás de la estatua voz que canta sin que se pueda ver.
Pues ha llegado el día
en que la gloria mía
sin culto en mí no tiene,
el nombre solo de costumbre tiene,
rompiendo a sobremanera
que el voto en la ley grave inconstancia
a los tomos invertido
trasladar hasta el último cimiento
de mi templo la fábrica excelente.
Aquí empieza a moverse el templo elevándose en el viento al mismo compás de las cláusulas de Orfeo.
Siendo mi voz el dulce y más valiente
que la máquina atraiga lisonjera,
y no es la vez primera
que alternando el concento
me siguieron los riscos por el viento
en este suelo sirve, en este puesto
el lago Estigio severo y funesto.
Habiendo subido el templo hasta la mediana, se ve abajo en su lugar el lago Estigio poblado de ondas de fuego, y una barca, en que estará Aqueronte surcando sus ondas, y alrededor muchos monstruos.
Monstruos horribles, cuanto espantosos,
En varias ondas pálidas y obscuras
os asombren fantasías y figuras,
amenazándoos fieros
el incansable mísero barquero,
ansias, sustos, horrores,
penas, tormentos, quejas y clamores,
iras, rabias y furias,
muertes, estragos, fieras,
sin piedad, sin alivio, sin consuelo
a suburbios serán de aqueste suelo.
A otra Deidad superior
rendidamente invocamos,
y en sus gracias esperamos
las piedades del amor.
Escucha, Amor, el canto
adonde al altar te ruego
de los dos al fuego
del corazón al llanto.
A la armoniosa invocación de Amor se rasgan las esferas y saliendo de ellas el Amor sentado sobre un hermoso arco iris, y en lo superior del arco vendrá Apolo sentado, y al juntarse la gloria de Apolo con el arco del Amor, con las cornisas del templo se oculta la estatua de Orfeo sobre el dirigiendo el lugar, y se abrocha el templo su corazón, donde descubre la admiración mayor fábrica, que la idea puede penetrar así de hermoso cuanto más perfecto palacio de un Fénix, primero los dos de la admiración, cuatro ventajosos mármoles, jaspe y bronces, y canta el Amor.
Cesen las iras, Orfeo,
sangre de Apolo su padre,
comanda el decreto sumo
que has de guardar inviolable.
Venera, infeliz belleza,
otra esclavitud buscarte,
que a conseguirte la gloria
desciende el atrevido amante.
Si ver qué empresa querrías
en su rostro las señales,
en su corazón mi flecha
las dejó más eficaces.
Váse ocultando el lago.
El lago que ígneos voraces
porque sus ondas
no inunden mares de flores,
y fraguas dolor no abrasen.
Al herboso del templo vuelva,
y sus hierbas celebrarse
podrán con todo el concurso
de ninfas y de zagales.
tal
Pues que seamos el primero,
su mano dar a Dorante.
(Dánselas las manos)
Lo mismo mi fineza
sin que de su luz comande.
¡Dichoso que llega a verse,
esclavo, libre y amante!
Pues esto ha querido Amor
es fuerza que mi amor calle.
Si el amor es esclavitud,
satisfecho me desparte,
quedando ya libres todas
las infelices beldades.
Si el amor, según discurso,
es la esclavitud más grande,
en la nobleza del alma
deja impreso su carácter.
Luego logran mayor triunfo,
y, en fin, sus piedades
con el amor, por correr
distancias tan desiguales,
de ser esclava que sirva,
a ser esclava que ame.
Y pues reconoce Lesbos
tan altas felicidades,
de Orfeo en las fiestas todos
den con alegres bailes.
Al empezar los del tablado a cantar, y formar lazos, se empiezan a mover las apariencias, y palacios, de suerte, que con los últimos acentos se ve todo desvanecido, y se da fin a la comedia.
Pues si de Apolo la luz
serena las tempestades,
los montes resuenen acentos felices,
las selvas respiren delicias suaves.
Si el amor es esclavitud,
confiesen ya los amantes,
felicen el peso a su dulce cadena,
y templan la furia a su duro quilate.
Repiten todos esta última copla, cantándola unos, y representándola otros, y habiéndose desvanecido las tramoyas se da fin a la comedia.