digitanler Text von Amor es esclanvitud | BITESO
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digitanler Text von Amor es esclanvitud

Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026

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Mannuel Vidanl Sanlvandor
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Mannuel Vidanl Sanlvandor Sicher
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Comedian
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Amor es esclavitud. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/amor-es-esclavitud.

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AMOR ES ESCLAVITUD

Stanrt

Pang. 1

4-6

Manuel

D. Pedro Vidal.

Amor es esclavitud.

Comedia en tres jornadas

674,

Leg.º 1

Jornada primera

Pang. 2

Comedia famosa.

Amor es esclavitud. Fiesta que se representó al nombre de la reina nuestra señora doña María Luisa de Borbón en el Coliseo del Real Retiro.

Personas.

Eizenio, príncipe de Lesbos. Driante. Lisandro. Filopémenes. Licurgo, gracioso. Burguete, gracioso. Alce. Clearista. Dafneas. Zinta. Livia. Marineros. Soldados. Acompañamiento de Eizenio. Criados de Driante. Tirso. Bato. Silvia. Coro de zagales.

Apolo. El Amor. Orfeo. Dafne. Aretusa. Níobe. Amaltea. Escila. Caribdis. Lataxe. El Céfiro. Flora. Eco. La Música. Vulcano. Cuatro cíclopes. La Noche. El Sueño. El Silencio. Marsias, sátiro. Coro de niños sátiros. Coro de oríades. Aqueronte.

Es el teatro selva florida, cuyo foro contiene una fachada del templo de Orfeo, cuya puerta se cerrará y se abrirá cuando fuere necesario. (Selva)

Dentro, triste.

Música.

Suspire el viento, quéjense las aves,

lloren los troncos lágrimas tiernas,

y entre suspiros, lágrimas y quejas

vénzase la crueldad a la clemencia.

Dentro.

Marineros.

Piedad, príncipe, piedad.

Pang. 3

Dentro Lisardo.

¡Amparo divino, efeto...!

Dentro voces de mujeres.

Dentro Lisardo.

¿Quién castiga los delitos

Todas.

si atiende a la razón?

Dentro Lisardo.

No puedo atenderla al tiempo

que la firme la hermosura,

y la niega el escarmiento

huye del blando peligro

y aunque repitan los ecos.

Músicos.

Suspire el viento, presente las flores,

lloren los troncos lágrimas de flores.

Salen Arsenio, Lisandro, Lisardo y acompañamiento.

Lisardo.

Empeñada mi justicia

por el natural derecho

y en perseguir un tirano

a quien disfraza de bellos,

poco importa que me diga

a una, y otra vez, el viento.

Músicos.

Dentro suspiros, lágrimas, y quejas.

Vénzase la crueldad a la clemencia.

Licomedes.

Esta vez podré vengarme

de Libia, en quien aprendieron

a ser tiranos y crueles

los tigres de sus desiertos.

Arsenio.

¿Qué causa, señor, irrita

tu furor con tal extremo

que antes de verse el castigo

pasa de estrago el exceso?

Lisardo.

Si en el espejo del llanto

se revisten hermosos pechos

porque afecten con el fruto

los afanes que bebieron,

y si en la acorde fineza

de claveles halagüeños,

con la queja se rasgan,

y se cierran con el miedo.

Repara el menos piadoso,

se detiene el mar severo

Arsenio.

podrá creer con la muda

fe de su conocimiento,

que soy injusto, que soy

tirano, y que solo tengo

de príncipe en lo absoluto

la sinrazón de soberbio

pues no es así, mas presume

el que juzga que yo me excedo

castigo de mis hechos

por la ley de mis afectos

y para que conocidos

los motivos de mi empeño

no le quede a la verdad

la opinión de desvelos,

y para que Mitilene

sepa, y entienda mi reino

que yo no he hecho en vano

en los de camino recto

o de la causa de que

pende mi arrebatamiento.

Vino a la corte de esta isla

del Sol, nació en ella Orfeo

hijo del mismo planeta

tan parecido a él mismo

en lo ingenioso, en lo suave,

que con el claro embeleso

de pulsar y herir el noble

dulce sonoro instrumento

no fue que más mover

los escollos, ni imponer freno

a los ríos cuando acordes

finas cláusulas oyendo

las piedras se hicieron plumas,

oídos las aguas subieron.

Pang. 4

Arsenio.

Ni fue su mayor prodigio

el que en el lóbrego seno

del abismo, donde hay más

imposibles, que frenos,

se aprendiere como alivio

la cadencia de su plectro,

haciendo a las penas su

paréntesis en lo eterno.

Que pues, lo más admirable

de este músico, el ostento

fueron los hombres, que errantes

peregrinos de sus yerros,

dando rienda a su albedrío

tropezaban en sí mismos,

y les fraguaba su razón

sed de libertad, sin menos

pacto, que un ocio, que pudo

ser más torpe, que halagüeño,

aun esquivaba alivios cultos

capaces de parecerlo.

Supo este joven echar

a la humana ley del fuero

racional el primitivo

e ilustre establecimiento,

reduciéndolos a unión

política, y a derecho

civil, con que de las gentes,

digo, que fue asunto pequeño,

la inculta ferocidad

de todo el orbe, discreto,

formó la humana armonía

de ciudades, y de pueblos.

A este, pues, maravilloso,

gallardo músico diestro,

en Tracia le dieron muerte

las mujeres con pretexto

de vencer como tiranas

las que hermosas no vencieron;

fieras deidades; quién

podía en el engaño vuestro

asegurarse, si hacen

firmeza en trance, violento,

el triunfante a una infamia,

y el vencido a un ceño?

A su cítara clavaron

su fiereza, y con desprecio

al mar la arrojaron como

vil, y caduco fragmento.

De la tempestad, que indigna

que corrió el triste mancebo

entre escollos de hermosuras

y entre piélagos de acero,

llegó la cabeza acorde

a estas playas, imprimiendo

en las hondas frías voces,

que a modo de humildes ecos,

hasta hoy se escuchan formando

armonía de lamentos,

y lo mismo en estas selvas

oímos de él, que incienso

haremos en su altar;

esto dejo aquí, supuesto

que quizás esta noticia

ha de importar a su tiempo,

y más cuando la refieran

del modo que yo la cuento.

La armoniosa cabeza

llegó a esta isla, y queriendo

cebarse en ella una sierpe

que en torcidos movimientos

verde bajel de la arena

escupió espumas de fuego.

Pang. 5

Arsenio.

Apolo la convirtió

en piedra, raro portento,

que, el ver que del monstruo disforme

fragua viva de veneno

ardió siendo de esmeralda,

parase en flecha de hielo.

Una deidad, altar sacro,

y en fin, religioso templo

la ciudad de Mitilene,

y toda esta Isla de Lesbos

le dedicó, en cuyas aras

muchos príncipes oyeron

respuestas, dígalo Ciro

rey de Persia, que, acudiendo

a este oráculo sagrado

oyó, entre horrores funestos,

que tendría el mismo fin

que tuvo Orfeo, que fue cierto.

El vaticinio pues guardan

las historias del suceso.

A estas selvas que frecuentan

peregrinos pasajeros,

en fe de los vaticinios

que celebra el universo,

vengo dejando mi corte.

Todos los años, a tiempo

que celebramos las fiestas

del hijo del sol, y habiendo

todos los antecesores

determinado, y dispuesto

vengarse de las mujeres,

de Tracia por el sangriento

medio de sacrificarlas

por víctimas en su templo,

yo, pretendo, más piadoso,

Arsenio.

derogar este decreto,

y hacer que queden esclavas

de la pena, consintiendo

que se impriman en sus rostros

otros caracteres feos,

que expresen su esclavitud

con la sombra de sus yerros.

No extrañen que estas insignias

encuentre el odio, supuesto

que habrá autores que refieran

que así las introdujeron.

Esto es lo que determino

para la venganza, esto

es lo que ofrezco en el voto

para el día de los juegos

anuales, y a este fin

vengo trillando, huyendo,

cuando heridos de las voces

repiten los troncos secos.

Música.

Suspire el viento, quéjense las aves,

lloren los troncos lágrimas suaves.

Dentro Mujeres.

Piedad, príncipe, piedad.

Licenio.

Poco eficaz el ruego

a las puertas del oído

que cerró el ofendimiento.

Música.

Y entre suspiros, lágrimas, y quejas

vénzase la crueldad a la clemencia.

Salen Clearista, Cintia, Dafnea, Libia, y otras mujeres con lienzos en los ojos, y se arrodillan ante Licenio al tiempo que quiere huir de ellas, le detienen.

Todas.

Piedad, príncipe.

Licenio.

Sabré huir de todas.

Todas.

Licenio,

clemencia, piedad.

Licenio.

Mi nombre

casto templo de mi pecho

turbando alto soberano

ejercicio de severo,

qué intenta, qué solicita

Pang. 6

Licenio.

nuestro llanto?

(Levántanse)

Clea.

Con qué intento

por todas es que te canses

de escuchar nuestro silencio,

y que me atiendas humano

el rato que te merezco.

Lir.

Ya escucho; pero supongo,

que con mi justicia atiendo.

Licu.

Yo creer que hablará Livia,

en cuyo pico travieso

los engaños tienen alas,

las mentiras cumplimientos

con aquella hipocresía

que las sirva, sí por cierto.

(Aparte)

Clea.

Dejaste infelices, asístanos

con la fe de noble, y viendo

cuando te buscan mis ansias

no encontrarte en este puesto.

Lirenio, Príncipe augusto

de la Frigia, a cuyo imperio

le dio nombre su valiente

insigne ciudad de Lesbos,

oye la ponderación

de la queja que tenemos,

ya no afectada del llanto,

ni irritada del desprecio,

sí obligada de la injuria,

y atropellada de un riesgo.

No nos quejamos de ti

que contra un poder supremo

no hallaron los infelices

voces para el sentimiento,

solamente nos quejamos

de nuestra desdicha, ¿ah, cielos,

no le basta al desdichado

la constitución de serlo?

¿Que ha de ser su dolor mismo

cómplice de sus afectos?

Clea.

Privadas de nuestra patria,

rompiendo el blando sosiego

de nuestra hermosura, a que,

no inquieto humano sosiego

nos trujo a Lesbos el cruel

Licas pirata sangriento,

que con orden suyo va

infestando al Lilibeo

las espumas que le calzan

blancos talares a Venus.

Primeramente quisiste

por acomodarte al fuero

bárbaro que la costumbre

ciega indujo obedeciendo

a víctimas infelices

que vemos en este templo,

que Éolos, y Jonios suelen

frecuentar por cumplimiento,

siendo en los supersticiosos,

menos crueles, y más necios.

Pero después obligado

de este mismo pensamiento

creyendo que más piadoso

procedías, y creyendo,

que nuestra solicitud

comprase agradecimientos

quieres hacernos esclavas

de nuestra pena, sirviendo

a la ira de castigarnos,

con intereses de ofendernos.

Señales en nuestros rostros

quieres poner, ¿quién ha puesto

en vez de estrellas constantes

nubes feas en el cielo?

Tanto luminoso Sol

pretendes empañar ciego,

Sello: Biblioteca Nacional de España

Pang. 7

Clea.

embelleciendo enemigo

la esfera del lucimiento?

Ya que castigar procura

deja estos rayos muertos,

para que no acuerden los carbones

el feliz tiempo que ardieron;

apaga la luz del todo,

pero no en desdoro nuestro

permitas que quede el humo

independiente del fuego.

Es la hermosura el primer

favor que al cielo debemos

en edad, que no hizo el alma

estudio de merecerlo.

Solo el tiempo es su verdugo,

que ciegamente corriendo

no se detiene a los vivos

esplendores de lo bello,

y suele perdonar más

a quien le conoce menos.

¿Pues cómo, en la primavera

de nuestro ser, has dispuesto

que trascienda su malicia,

ya que no ha corrido el tiempo?

Las mujeres siempre han sido

de las piedades objetos,

persuadiendo a la atención

con la decencia del sexo.

Las armas contra las iras

de enemigos desatentos

o instrumentos del peligro

que amenaza el valor nuestro,

quebraron con su belleza,

porque, en fin, siempre sirvieron

o por hermosas vencidas

o hermosamente venciendo.

Pues, di, ¿qué gloria consigues

si en tu poderoso imperio

nos quitas las armas, para

el fin de ser nuestro opuesto?

Si en tu juicio tu crueldad

nos deja elección, queremos

morir antes que servir

a una fealdad, pues es cierto

que la servidumbre es muerte

civil, que ha hallado el derecho

de la guerra por sacar

de inútil muerte, útil precio.

¿Qué será cuando, llevadas

de aquel natural deseo

de mirar la perfección

y corregir el defecto,

lleguemos a ver la sombra

de viles obras, leyendo

nuestra afrenta autorizada

de nuestro conocimiento?

¿Qué será entonces al ver

el tenebroso reflejo,

el suspirar de los dos,

el castigar del silencio,

el violentar de las manos,

el descomponer del pecho,

el dividir a pedazos

el cristalino instrumento,

multiplicando evidencias

en las partes del espejo?

Y, en fin, ¿el sembrar de llanto

la traspariencia del suelo?

¿Y las manos, en la cerrada

región de su movimiento,

cegaren con la deshecha,

esquiva lluvia de celos?

Y en caso que tu rigor

Pang. 8

Clea.

no atienda a los privilegios

nunca violados de todas

las que mujeres nacemos,

como a turbar el castigo

con nuestra inocencia, siendo

las que delinquieron, otras.

¿Mas que agora padecemos?

¿Qué culpa tenemos, di,

en que ellas dieren a Orfeo

muerte, si acaso preciso

de la Justicia argumento

por que introduzcan las causas

castigar a sus efectos?

Este es nuestro llanto, esta

nuestra razón, nuestro celo,

este el motivo, que culpa

lo absuelto de su portento,

esta la noble piedad

que esperamos de tu pecho,

esta la gloria que puedes

añadir a tus trofeos,

y esta la causa porque

venimos todas diciendo:

Todas y Músi.

Suspire el viento, quéjense las aves,

lloren los troncos lágrimas suaves.

Lis.

Movido de vuestro llanto

que es el mayor, siendo vuestro,

ofrezco en segundo voto

que si acaso en este tiempo

antes que los fuegos sacros,

y las fiestas celebremos,

alguna mujer de Tracia

trujere liras a Lesbos

ella por todas será

esclava, y con este medio

quedaréis libres, sin que

falte yo a mi ofrecimiento.

Todas.

Ya empiezas a ser piadoso,

dilate tu vida el cielo.

Lis.

Y para que sepan todos

la ley del edicto nuevo

publicad al punto el bando

diciendo a un concento.

Cantan a dúo.

Oíd, moradores de Lesbos,

atended, advertid, escuchad

el público edicto,

la ley principal,

que manda Lisenio

que observe el atento,

y admita el leal,

atended, advertid, escuchad.

1.ª.

Para vengar una injuria

que en Tracia dispuso la hermosa crueldad

contra la dulce esquivez de un aliento

que supo rendir sin las voces clamar.

2.ª.

Para que la tiranía

apague viviente la llama inmortal

bello peligro que anima el engaño

y tierna traición, que ejercita el disfraz.

1.ª.

Manda Lisenio, que sean

esclavas de Orfeo, las que hoy en su altar

último riesgo creyeron un fausto

ardiendo al temor de un favor olvidad.

2.ª.

Manda que oscuras señales

afeen la pompa de nieve, y coral,

cándido ejemplo que lloren los prados

y fácil rubí que se aprenda del mar.

1.ª.

Pero si alguna cautiva

trujere de Tracia la suerte fatal

antes que lleguen las fiestas de Orfeo

dulzura del sol, de su voz claridad.

2.ª.

Manda que sea por todas

esclava, que sirva a su pena eficaz

aunque de Venus intente candores

huyendo la Aurora de portal de cristal.

Pang. 9

Licenio.

Venid acá al Templo en tanto

que ellas quedan repitiendo.

Entrase Licenio, y los suyos por la puerta del Templo

Todas, y Música.

Entre suspiros de a =

Licia.

Harto siento no poder

dar alivio al que siento

sus males desde que está

su ingratitud de misterio.

Vase

Libia.

¡Ay Licas, queja a Neptuno

que es un inconstante viejo

que peinando tantas canas

tiene verdes sus cabellos.

Que traigas alguna suegra

dueña, o cuñada a este puerto

que nos haga la merced

de sacarnos de este aprieto.

Clea.

Acá a la casa de campo

de Driante caminemos,

pues se empeñó su nobleza

en todo caso a valernos.

Cintia.

Vamos al cruzar la selva

digan los cóncavos huecos.

Todas, y Música.

¡Suspire el viento, quéjense las aves,

lloren los troncos lágrimas suaves!

Con esta repetición se entran todas, y se muda el teatro en el de peñascos, y grutas vestidas de yedra sin aliño, y a partes troncos silvestres, y en el foro se descubre un mar poblado de naves que se distinguen lejanas, y dentro del foro estarán los dos escollos de Scila, y Caribdis, y Scila estará como sorbiendo agua por la boca a contra oposición de Caribdis que la vomita verde, y la otra cristalinas, y la Música se oye primero bien, luego más confusa, a manera de ecos, de suerte que los últimos apenas se perciban.

Música.

Si violento persigues

Eco sigues

Eco.

El viento sigues?

Música.

Si concorde atraes.

Eco huyes

Eco.

Acorde huyes.

Eco huyes

Música.

Y querellas veloces.

Eco.

Bellas voces.

Eco voces.

Música.

A las penas desmienten.

Eco.

Señas tienen.

Eco tienen.

Salen Driante, Filomenes, y Burguete, emboscados como oyendo los ecos.

Driante.

En una, y otra Roca, que flores toca,

y espumas muerde, que

al amargo cincel, siente inconstante

en verdes fondos, pálido es diamante

tristes ecos ensaya

florida selva, y arenosa playa

antes que se mueva

en los inquietos labios de la nieve

desde que su llaneza

dejó impresa en los mares su fiereza,

y los árboles mudos

vestidos crecen por hablar desnudos.

Scila, y Caribdis riesgos conocidos

en estos mares ecos repetidos

suelen formar, porque aún el mismo espanto

disimula el horror con dulce canto.

¡Oh mujeres de Tracia!

quien pudiera aliviar vuestra desgracia

aunque mi noble generoso genio

se opusiera a las iras de Licenio!

Filomenes.

Índices verdes de aliviar las mudas

almas, los troncos son, de nuestras dudas.

Tierna querella, suave sentimiento,

en boca de estos riscos forma el viento.

Burquete.

Hasta las peñas cantan

las horrorosas solfas que adelantan,

y algún sátiro diestro

suele ser el maestro,

que si la clava su compás empeza

músico es, quebradero de cabeza.

Esta noticia humana

el Poeta admitió de buena gana

pues con ella será sabida cosa

Pang. 10

Burquete.

la música que forma,

sin que puedan dejar en su comedia

que la música es parte que remedia.

Driante.

En estas pardas grutas,

helados laberintos de fieras brutas

de escura noche fatal

siguen el hilo de la luz del sol

y oceadas, dríadas se oyeron,

tal vez las voces, cuando respondieron

algo notó en el fuego que inflama,

que gran conceto de verdad las llama.

Dejadme aquí mientras que se resuelva

quejas al mar, suspiros a la selva.

Phil.

Su gusto obedeciendo

ya te dejamos solo.

(Vanse)

Burquete.

Yo pretendo

buscar a Lidia mi cuidado cierto

porque luego pudo haberme muerto.

Y a haber sido mi brío

atributo capaz de un desafío.

(Vase)

Driante.

De la piedad movido,

y del favor que tengo prometido,

en fe de noble, de cortés, y atento

a las mujeres que robó violento

piraterías, consultar quisiera

las ninfas que venera

entre estas rocas la piadosa fama:

las de las grutas, las del mar.

Dent. Musi.

¿Quién llama?

Driante.

Quien para libertar deidades sumas

consulta riscos, y venera espumas.

Musi.

Feliz quien llega

a ennoblecer las voces con que ruega

respondan corrientes

los troncos, las flores, los riscos, las fuentes.

A una parte estará un laurel frondoso, y ocultando sus ramos, desabrocha del tronco una Dama que simboliza a Dafne que canta lo siguiente.

Cant. Daf.

Desde el tronco esquivo,

donde oculta vivo

quitando a los rayos

ardientes ensayos

sale Dafne fiel

ama la esperanza

que ciñe el laurel.

Driante.

Dafne que espere dice

siempre amó en esperanza el infelice.

Al otro lado estará un peñasco, que se desata, y aborta a Níobe Ninfa, que en correspondencia de Dafne, y imita sus compases prorrumpiendo su voz.

Cant. Nio.

Desde el orbe frío,

donde mi albedrío,

sepulcro se labra,

en cada palabra,

Níobe salió

ama la constancia

con que lloro yo.

Driante.

Si Níobe me empeña en lo constante,

sin duda quiere amor hacerme amante.

Al lado de Dafne estará otra estatua de mármol, desatándose en raudales que la acreditan de fuente, y desmentida la apariencia descubre la realidad (faltando la estatua) en su lugar a Arethusa, y mirando a las dos dicen sus acentos

Cant. Areth.

Entre los cristales,

donde son mis males,

helados temores

de arenas, y flores

a Arethusa, ves

ama la fineza,

no llores después.

Driante.

Arethusa, si en fineza me previenes

amantes males llorarán mis sienes.

En correspondencia de Arethusa, saldrá del centro de la tierra una cornucopia grande coronada de flores, y pendientes

Pang. 11

Hiéndese de ella unos ramos, y en su corazón irá subiendo Amaltea, disminuyendo los celajes de las flores su vestido, pues siendo ellas de diversos matices, él imita al armiño en lo blanco, y en subiendo a la mediación se desata la cornucopia transformándose en cándida azucena, quedando en su cogollo Amaltea, que en dulces cláusulas alterna.

Canta Amaltea.

La rosada copia,

en que el mayo copia

colores fragantes,

jilguerillos amantes

de Amaltea es,

ama la terneza,

y adora mis pies.

Oriana.

Tiernos afectos escucha a Amaltea,

sin duda amor, en mí su influjo emplea.

Cantan las dos.

Feliz, quien llegas

a ennoblecer las voces con que ruegas,

respondan sirvientes

los troncos, las flores, los ríos, las fuentes.

Con esta música que cantan las dos, se vuelven todas las realidades a su primitivo ser de laurel, peñasco, estatua, volando la azucena con las ninfas, y en su confusión la vista queda dudosa en lo veloz de su ejecución.

Oriana.

Que adore fino, que constante espere,

dicen las ninfas, Proteo como quiere.

Y que a su poder, que mi obediencia

se acomode al amor de una influencia,

permitiendo que ignore

la humana propiedad de quien adore?

¿Qué causa, mis afectos singulares

ha de mover?

Música dentro.

Los mares.

Oriana.

¿De quién acusa crueldad las señas?

Música.

Las peñas.

Oriana.

¿Quién ablandar podrá desvío tanto?

Música.

El llanto.

Oriana.

¿Quién ha de unir el llanto, y el sosiego?

Música.

El fuego.

Oriana.

¿Cuándo escucho el enigma, que pudiera

penetrar corazón de lo que espera?

Pero descifro yo, que a unir llego.

Él y Música.

Los mares, las peñas, el llanto, y el fuego.

Oriana.

Mas ya que firma mi esperanza fragua

Él y Música.

El monte, la selva, el fuego, y el agua.

Recuéstase sobre un peñasco.

Oriana.

Sobre este escollo, en que el mar tropieza

mi sueño lisonjee su dureza,

y el sosiego en mi pecho desdichado

solo fue alivio, en cuanto que soñado,

descanse pues aquí mi pensamiento,

mientras en selva, y mar repite el viento.

Eco: sigue.

Música.

Si violento persigue.

Eco.

El viento sigue.

Eco: huye.

Música.

Si concorde, circuye.

Eco.

Acorde huye.

Eco: voces.

Música.

Y querellas veloces.

Eco.

Ellas voces.

Eco: unen.

Música.

A las peñas desunen.

Eco.

Señas unen.

Quédase dormido a los acentos de la Música, y se verá en el foso de mar un barco, y en él marineros, que arrojan al mar a Cloe.

Todos.

Vaya al mar.

Cloe.

Piedad, Dioses.

Todos.

No la esperes,

pues por tirana, y por injusta mueres.

Como forcejeando con ellos.

Cloe.

Traidores, oh tiranos,

serán puñales mis airadas manos.

Todos.

Tu resistencia es vana,

sepulcro te dé el mar.

Queda sumergida en las ondas.

Cloe.

Fuerza villana,

¿qué recurso me dejas

al llanto, a la hermosura, ni a las quejas?

¿Hay deidad que me atienda,

en la última desdicha me defienda?

Marinero 1.

Entre Escila, y Caribdis nos hallamos.

Pang. 12

2.º.

Infeliz es el rumbo que llevamos.

3.º.

Evidente peligro del golfo encierra.

Todos.

Piloto, alarga, alarga, tierra, tierra.

2.º.

Abarcar en la boca tenebrosa

de Sila codiciosa

furioso el viento al barco nos hincha.

1.º.

Ya embiste a la bolina.

Unos.

Alarga, alarga, tierra, tierra.

Todos.

Ayuda el piloto.

1.º.

Castigo es este, sin duda,

es del cielo.

2.º.

Mas ya el timón perdimos.

3.º.

De Caribdis huyendo, en Sila dimos.

Todos.

En el miedo de las aguas sorbe,

por donde nos vomita nos resorbe.

Naufragando el barco con el ímpetu de las ondas, forma un remolino a la boca de Sila, y sumergirá el vaso con máquinas, y al mismo tiempo asoma por el contexto del foro el Amor sobre la espuma de las olas haciendo carroza de sus cristales, formando venera de sus conchas, a quien dos tritones sirven de conducirla, llevando por vela o estandarte la imperial carroza en carmesí tafetán, que impelido con la fuerza del viento, asegura la bonanza con la prosperidad de su curso, navegando al compás de las cláusulas que articula el Amor, quedando siempre los escollos de Sila y Caribdis a sus dos lados.

Canta Amor.

¡Ah de los montes disformes,

en cuyas torpes entrañas

el alimento de bruta materia

de brea encendida, y cloxan cartablas!

¡Ah de los fieros peligros,

a cuya traición diana

menos camina quien menos resiste,

y menos se acerca quien menos se aparta!

¡Ah de las voces ardientes,

para cuya sed mi fausta

los corazones son muertos alientos

que hielan el fuego y encienden el agua!

¡Ah de Caribdis y Sila,

troperos de vertiente campaña,

donde las conchas son flechas en dardo,

y donde las ondas son arcos de plata!

A la invocación de Amor los dos peñascos de Sila y Caribdis se transfiguran en dos damas y responden unánimes a sus preguntas.

Las dos cantan.

¿Qué pides? ¿Qué quieres? ¿Qué mandas?

Amor.

Que las aguas enciendas,

Deidad.

¿que los riscos ablandas?

Amor.

Que a esta infeliz hermosura

que frías bóvedas guardan

en los cimientos de vuestra soberbia,

que adornan corales, con labios de nácar,

libréis. ¿Por qué? Que mi aliento

con su eterna beldad rara

graves sangrientas sospechas esto consiente,

y viles fealdades y su odio señala.

Tendrán Sila y Caribdis en sus manos una faja vestida de ramos de coral, matizada de conchas y pececillos, y en medio de la faja estará una concha tan capaz y grande que (extendiendo las dos la faja) penetrar lo profundo del golfo, de quien sacarán a Cloe, que vendrá sentada en el trono de la concha, sacando del espumoso piélago, o ya por divina, o ya por timbre, un manto azul ingrave que vistan los habitadores de sus bóvedas profundas, y al compás del movimiento las imitan los peñascos, caminando al norte del Amor que los conduce hasta la orilla.

Cantan las tres.

Riesgos apacibles

amor declara,

pues en la tormenta

funda la bonanza,

Pang. 13

Cantan las tres.

Háganle salva.

Eco.

Dentro Música.

Háganle salva.

Salva.

Las tres.

En ecos suaves.

Eco.

Música.

En ecos suaves.

Suaves.

Las tres.

Del viento las aves.

Eco.

Música.

Del viento las aves.

Aves.

Las tres.

Los peces del agua.

Eco.

Música.

Los peces del agua.

Agua.

Eco.

Las tres.

Háganle salva.

Salva.

Cloe.

Amor, siempre tu asistencia

sirve pasmosa soberana,

gozándola no tuve

por desdicha mi desgracia.

Canta Amor.

Llega, Cloe, llega

adonde te aguardan

cuidados dormidos,

y despiertas ansias.

Canta Sila.

Llega, donde sean

fortunas contrarias

amantes celos

finezas premiadas.

Canta Caribdis.

Llega como objeto

de triste esperanza,

que cuando te invoca,

es cuando te agravia.

Amor.

Has de amar constante

siendo yo la causa

de que a la influencia

de elección añadas;

yo ofrezco a mis sirtes

que te oigan gratas

deidades de exentos

del fuego, del agua;

llega, deidad, llega

para ser esclava,

del hombre primero

que halles en la playa.

Habiendo llegado a la orilla despiden de su protección a Cloe, y vuelven retrocediendo su curso cantando hasta perderse de vista, quedando Cloe en el tablado, hasta que repara a un tiempo en Oribante, a quien suspende su sosiego el sueño.

Las tres.

Riesgos apacibles

amor declara,

pues en la tormenta

funda la bonanza.

Háganle salva.

Eco.

Música.

Háganle salva.

Salva.

Las tres.

En ecos suaves.

Eco.

Música.

En ecos suaves.

Suaves.

Las tres.

Del viento las aves.

Eco.

Música.

Del viento las aves.

Aves.

Las tres.

Los peces del agua.

Eco.

Música.

Los peces del agua.

Agua.

Las tres.

Háganle salva.

Todos.

Salva.

Cloe.

¡Oh nunca, dioses, oh nunca,

de los riesgos me librarais

del mar para permitir

mayor peligro a mis ansias!

¿Yo esclava, cielos? ¿Del que

primero encuentre? ¿Yo esclava

del dichoso me vea

para hacerme desdichada?

¡Oh, indigna fortuna, de ser

la que me castigas vana,

vuelve alguna vez propicia

el orbe de tu inconstancia!

Altivos peñascos duros,

si acaso en vuestras entrañas

guardáis el efeto enemigo

que mi esclavitud aguarda,

disolved la pesadez

en que robustos descansa

república vegetable

de verdes fértiles plantas,

Pang. 14

repara en Driante

quítale la espada

Al querer ejecutar el golpe se suspende.

Cloe.

acabad con él; mas cielos

¡Ay! que el temor no me engaña

creyendo en la contingencia

las sombras de mi ignorancia

reclinado a un hombre miro

sobre un peñasco, ya basta

para desengaño el ver

que inmóvil risco se halla

que está durmiendo presumo.

e, injusta estrella contraria,

si es tirano ¿cómo duerme?

¡Ay! traidor, ¿cómo descansas?

Pero pues hallan mis iras

ocasión, su misma espada

el instrumento ha de ser

con que ejecute mi saña

valiente, famoso ejemplo

nos ofrece esta enseñanza,

quien con sus armas se duerme

muera con sus mismas armas.

muera; mas Dioses ¿qué he visto?

¡Ay! ilusión temeraria,

si los encantos se sueñan

este es sueño que me encanta.

no vi tan gallardo joven,

no vi tan tierna, tan clara

serenidad, ¡ay de mí!

¡Ay! que las flechas doradas

de amor para esta ocasión

me impusieron su esclava.

¿qué culpa tendré? mas cómo

cuando el amor me declara,

que he de ser esclava suya

tengo piedad? muera a falsa

respiración, que me alientas

al paso que me desmayas

no muera, pues le defiende

mi turbación, y acobarda

para no agraviarle, todo,

los que a mi piedad agravia;

pero, primero es la gloria

de mi libertad, no valgan

inclinaciones rendidas,

ni mi altivez, muera.

Al ejecutar el golpe despierta Driante, y queda suspensa Cloe.

repara en Cloe

Driante.

Pesada

fue la lucha de mi sueño,

en que una traición tirana

quiso darme muerte, Dioses,

¿desde un sueño a otro pasa

mi vida? al mismo peligro

de pavor, en discordia tanta

dude lo que me sucede

o crea que soñaba.

tan divina perfección,

tan peregrina, tan rara

ni la celebró el deseo,

ni la adoró la esperanza.

mas si a la fe la verdad

hace, yo quiero que salga

del principio de creerla

la obligación de adorarla,

¿deidad?

Cloe.

¡Ay de mí!

Driante.

Si esgrimes...

Cloe.

el aliento que me falta.

Driante.

contra mi vida.

Cloe.

¡oh violencia!

Driante.

un acero.

Cloe.

No hallo palabras,

que contra mi acción esquiva

a mis dudas satisfagan.

Driante.

Que de esa tu hermosura

divinamente, airada

cedes a la tirana

el dominio de tus gracias?

y cómo en la indiferencia

Pang. 15

Deja Cloe caer la espada llena de suspensión.

Driante.

de temeridad soberana,

para herir más misteriosa

y hacer burla de las armas?

Mas ya la razón penetra

de tu cielo; es excusada

la violencia, donde son

tus ojos los que avasallan.

Cloe.

Nada a ti lo que diga

quién yerta turbación embaraza?

Darindo.

Mujer, prodigio o verdad

que el ardid busco de verte

de bella, para divina,

de enemiga, para humana,

y para prodigio todo,

los que misteriosa callas,

quién eres pregunto, aunque

fiera me castigues.

Cloe.

Hartas aquí fueron mis temores

arbitrios de mis palabras;

mas ya es forzoso romper

el velo al silencio; Tracia

es mi patria, Tracia;

con esta no fiera, cuantas

razones hallo mi estrella

para hacerme desdichada.

Cloe es mi nombre, mi origen

esclarecido, pues guarda

de la antigüedad de Troya

las cenizas no apagadas,

siendo nuestras armas, de Héctor

las generosas hazañas.

Vino la tarde, pues que al Etna

medí la florida falda

ocupada en el ardiente

ejercicio de la caza.

Llegué siguiendo mañeras

hasta la huerta. Y sana

verde cinta del Egeo

con tiernos lazos ataba

las quiebradas de la espuma,

y furores de la playa.

Miraba de unos escollos

la ruda, estable muralla

por donde el Etna desborda

los vesubios que dispara

contra la carena ruidosa

del mar, que a la repugnancia

de las espumosas piedras

de la eminencia se bajan

como hidrópicas salvas

escupen bocas sin fauces

contra las ambras de fuego,

nubes que el Etna levanta.

Juntos, tiempo (¡ay de mí, ay de mi suerte!)

salieron de unas calas,

donde ocultan los corsarios

sus galeotas y fragatas.

Los piratas enemigos,

a quien la greciana

infestador declarado

de las costas de Tracia,

robáronme en fin (¡ha, cielos!

para que Júpiter fragüe

rayos, si atroces insultos

a su majedad ensayan?)

Cloe; nada pudo el llanto,

Señor; fueron quejas vanas,

rogué, sordos estuvieron,

suspiré, nada bastaba,

hasta que a vista de Lesbos,

midiose el cruel pirata

y a ser mi último corso

Pang. 16

Cloe.

me traía, y que llevada

de la indignación mi estima

el aliento de mi fama

consumirme puntual muerte

pedí, cuando todos trataban

en venganza de mi dueño

¡Cielos!, de cólera gravara

de echarme al mar, la deidad

de amor, a mi vida amparaba.

Escila, Álvaro garupense

sumergió, y en esta playa

me deja el hijo de Venus;

pero me advierte que esclava

seré del que halle primero,

y viendo que tú esperabas,

dormido mi servidumbre

quise con tu misma espada

darte muerte, si no suena

con que suspensa.

Dentro.

Clarista.

No es vana

la información de Busquete,

pues entre estas grutas pardas

la veo.

Salen Clarista y sus ninfas.

Todas dentro.

¡Todas lleguemos!

Clea.

Drante, de tu palabra

el noble empeño seguimos,

pues hoy el Príncipe; ¡extraña

ilusión! ¿no es esta Cloe?

Dafnea.

¡Cielos! Cloe, ¿aquí robada?

Cloe.

¿Aquí Clarista? Dafnea,

Sintia y Libia me acompañan

en la dicha sin duda.

Sintia.

¡Albricias me pide el alma!,

pues Cloe viene a librarnos

a costa de su desgracia.

Clea.

En acaso es misterioso

el haber venido a esta playa,

la que fue de mi hermosura

única opuesta en mi patria.

Sabe cuán de generosa

mujer, que el hado maltrataba,

nuestra libertad tenías,

pues, Lirenio.

Cloe.

¡Triste infanta!

Clea.

Ofreció en solemne voto,

que antes que celebraran

las fiestas de Orfeo, alguna

mujer viniese de Tracia

librándonos ella a todas,

sería por todas esclava.

Cloe.

¡Ay de mí feliz!

Dría.

¿Qué escucho?

Cielos, no es fácil que salga

bien mi acción, si tan santo empeño

a estas ofrece librarlas,

a esta deidad peregrina

rendí en este instante el alma

licencia hizo el voto, que a Orfeo

la celebridad aguarda

de las fiestas, y estas selvas

al hijo del Sol contagian,

¿qué haré en tan confuso abismo?

mas la cueva de mi casa

de campo, contra los riesgos

de Orfeo podrá guardarla

mientras hallo otros caminos

para cumplir mi palabra.

Todas.

Después nos muerte Cloe

admite Orfeo las gracias.

Se abren.

Música.

Venida,

bienvenida sea

de Lesbos a la isla,

de Orfeo a la selva,

sea bienvenida.

Pang. 17

Música.

llegue enhorabuena

para pena suya,

para gloria nuestra.

Cloe.

¿Dioses, tal rigor se sufre?

Amor, ¿cómo no me amparas?

Por las cuatro esquinas del Teatro se juntan en el aire por líneas diagonales la Tarde, y el Zéfiro, subiendo de abajo, y al mismo tiempo bajando de arriba el Eco, y la Música cantando todos cuatro.

Zéf. y Tar.

La Tarde, y el Zéfiro suben alegres.

Eco y Mús.

El Eco, y la Música tristes descienden.

Zéf. y Tar.

Amor a los átomos hace armoniosos.

Eco y Mús.

Orfeo en las cláusulas canta sollozos.

Todos 6.

Y en todos juntos

la batalla se forma de los anuncios.

Por en medio del Zéfiro, y la Tarde sube el Amor al tiempo que baja Orfeo entre el Eco, y la Música.

Cant. Amor.

El monte, y las dríades canten risueñas.

Mús. alegre.

Sea bien venida,

bien venida sea

la beldad de Tracia

que a Amor desempeña.

Cant. Orfeo.

En troncos, y cóncavos digan las selvas.

Mús. triste.

Sea bien venida,

llegue enhorabuena

para pena suya,

para gloria nuestra.

Clea.

¡Dioses, qué confuso abismo!

Cloe.

¡Amor, qué piedad tan rara!

Driante.

¡Cielos, qué afectos distintos!

Todas.

¡Oh, qué voces tan contrarias!

Rép.da Amor.

Mi sagrado la defiende.

Orfeo.

Mi dominio la amenaza.

Amor.

Contra la crueldad hay flechas.

Orfeo.

contra el hierro consonancias.

Amor, Zéf. y Tar.

Pues triunfando.

Orf., Eco y Mús.

Pues venciendo.

Todos 6.

Diremos en la batalla.

Fórmase en el viento la batalla al compás de los acentos, variándose de suerte que la vista se equivoque con la suspensión de acentos, unos alegres, y otros tristes, de suerte que al acabar los últimos versos se desvanezca todo.

Zéf. y Tar.

La Tarde, y el Zéfiro suben alegres.

Eco y Mús.

El Eco, y la Música tristes descienden.

Zéf. y Tar.

Amor a los átomos hace armoniosos.

Eco y Mús.

Orfeo en las cláusulas canta sollozos.

Todos y Mús.

Y en todos juntos

la batalla se forma

de los anuncios,

mientras declaran

ser amor servidumbre

noble del alma.

(Selva) (950)

Representándose ellos, y cantando todos mezclados confusamente se desvanecen las tramoyas, y se da fin a la Jornada Primera.

Se sigue el Entremés

Jornada segunda

Pang. 18

A 69.

Transmútase el teatro en el de una cueva artificial subterránea, cuyas bóvedas son de piedra artificiosamente labrada, corriendo el remate a primorosos arcos, suntuosa labor, y en las cornisas superiores se mirarán seis claraboyas en correspondencia, por donde entran las luces del cielo, transparentándose en trión, y al foro se ve un peñasco que sirve de mordaza a la boca de la cueva, y salen Cloe y Driante, que sacará unas pieles en la una mano, y en la otra una antorcha que pondrá sobre un brandón. Cueva.

Driante.

En fe de noble, y en fe

de que te vales de mí,

segura quedas aquí.

Cloe.

De tu nobleza fue

vida y honor.

Driante.

Yo me empeño

en defender tu hermosura.

Cloe.

Tu esclava soy.

Driante.

Si se trueca

mi acción por único dueño,

no me causes más enojos

nombrándote esclava, pues

ya me he rendido a tus pies,

como esclavo de tus ojos.

Cloe.

Insigne fábrica!

Driante.

En ella

puede en desdicha importuna

contra el hado y la fortuna,

contra el influjo y la estrella

repararse el retraído

y merezca este sagrado

Pang. 19

Driante.

Solamente fabricado

para fin de ti ideado.

Contra envidias, y traidores

del bien, y el aplauso lleva,

idearon esta cueva

mis nobles antecesores.

Y porque en caso severo

no la diese la malicia

de su idea esta noticia

al legítimo heredero

de esta casa, y entre el mar

y la selva fabricada

de campo es fértil morada

contrapuesta para evitar

el riesgo triste, a este efecto,

dispuestas, en la cual asienta

una mesa que alimenta

las sospechas del secreto.

La otra puerta al campo sale,

y en aquel peñasco herbal

que por fin a la cueva da

ninguno habrá que señales

del mármol al diferencial

las líneas, pues de tal suerte

hizo el arte la unión fuerte

que parece natural.

Contra asechanzas infieles,

en caso que el retraído

disfrazado y escondido

salga a la selva, estas pieles

pueden encubrir su ser.

Yo de manto he de llevar

con lo cual dije que al mar

se arrojase, y que al querer

de tenerte porque fieras

las astadas remediaras,

Driante.

Y para que crueles aras,

sus esclavos fieras,

ciega contra mí mismo hablando,

y con tus razones locas

de arrojarte de una roca

dejándome solo el manto,

y porque nadie este intento

penetre, y porque no esté

arriesgado, yo seré

quien te sirva de alimento.

Cloe.

No hay fuerza que no debas

en breves tiempos a tu pecho.

Driante.

Cuando solo se hubiera hecho

para este caso la cueva,

fábrica era misteriosa.

Cloe.

Toma el manto, que será

seña muy propia.

Dale el manto

Driante.

Señora,

¡oh, mi queja lastimosa

poderosos contornos!

Cloe.

Fiera,

el cielo que fue...

Driante.

¿Qué dices?

Cloe.

Que no nos haga infelices.

Driante.

¿Quién?

Cloe.

La desdicha por fuera.

Driante.

Mi vida daré por ti.

Cloe.

¿Serás fino?

Driante.

El más constante.

Cloe.

Temo.

Driante.

¿Qué temes?

Cloe.

Diriante,

que no te olvides de mí.

Driante.

Ese es fingido recelo.

Cloe.

Nací infeliz.

Driante.

Noble soy.

Cloe.

Quiero bien.

Driante.

Amando estoy.

Cloe.

¿Quién te me asegura?

Driante.

Tu cielo.

Cloe.

Pues vete a fin de mi muerte.

Driante.

Sin iré de tal manera

que yo mismo creyera

apoderar de verte;

a Dios, Cloe, basta que alcance

Pang. 20

Driante.

llegue de mi noble empeño.

Cloe.

Aquí esperaré a mi dueño.

Vase.

Driante.

Aquí volverá tu esclavo.

Cloe.

Pues que de mis patrios lares

me robó injusta traición,

veré si en esta mansión

tendré sacros tutelares.

Bóveda, donde acredita

el arte su perfección,

oculta hermosa región,

¿quién te ocupa, quién te habita?

Por las seis claraboyas transparentes entran de rápido seis ninfas Dríades que alternando cláusulas disponen un baile de saxos con diversos lazos, y en tal proporción, que en acabando de cantar repiten la velocidad de la fuga por donde entran saliendo por las mismas claraboyas.

Cantan las Dríades.

Las Dríades bellas

de aqueste horizonte,

que en prado o en monte

son flores, y estrellas,

alegres venimos,

risueñas vagamos,

dejando los ramos,

que verdes vestimos.

Tu hermosa tristeza

nos trae obedientes,

y es justo que alientes

con esta fineza.

Propicias queremos,

cuando nos invocas,

dejar de estas rocas

los fríos extremos.

Despierten suaves

tus dulces prisiones,

fragantes canciones,

y floridas aves.

(Acaban y desaparecen)

Cloe.

Sagradas Dríades, ninfas,

que en los árboles vivís

palideces del Enero,

y candideces de Abril,

oíd, pero ya volando

de aquesta prisión salí

a lograr lo que a la tarde

liquidare el mar.

Pero pues Driante dijo

que en este escollo, que en fin

es de estas bóvedas, puerta

hay para poder salir

al campo, al mármol pretendo

levantar para que así

vea mi curiosidad

¡el oloroso confín!

Pero aunque cobrando alientos

intento al mármol abrir,

no bastan todas mis fuerzas

a correr los hierros, ni

vale mi industria en el caso

desta violencia, decid

deidades que de este seno

las lobregueces vivís,

quellas, ignorando al día,

¿sabrá quién me ayude?

Forcejea con la peña de la gruta que está en el foro para abrirla.

Canta Vulcano.

Sí.

Cloe.

¿Quién eres tú, que piadoso

mis voces llegaste a oír?

Del centro de la tierra sale Vulcano en un carro de acero a que tiran dos leones que abortan fuego por las narices, y canta Vulcano.

Canta Vulcano.

Vulcano soy, que a intrépidos

golpes de ardiente lid

contra ambiciones fúnebres

armas sangrientas di.

Gobernando a mis Cíclopes

con animoso ardid,

que de las nubes Júpiter

pudo asustar, y herir

pues del Etna en las bóvedas

los

Pang. 21

Canta Vulcano.

Los rayos encendí,

reformando en la fábrica

¡Acenderás del vivir!

Y viendo, que en las cárceles

de este albergue triste,

no puedes de ser pórfido

romper hierros, abrir,

vengo a que corran fáciles

como materia vil

de la robusta práctica

que sudando aprendí.

Apéase del carro.

Lucha con el peñasco, y le rompe, y se descubre la Campana verde poblada de árboles que matizan una deliciosa selva.

Vuelve a subir en el carro.

Canta Vulcano.

Ya queda abierto el tránsito

para poder salir

a estas riberas fértiles,

que asaz verás de aquí.

Adonde va buscándote

por la voz infeliz

el Dios triunfante, ejército

de militares mil.

Pero sin riesgo práctico

quedas segura aquí,

aunque la noche ocasional

traiga funesta lid.

Ruido de cajas, y clarines.

Vuelve a sumirse, y se entran todos.

Cloe.

¿Qué furiosos los soldados

me buscan? ¡Ay, infeliz!

¡Qué hombres, y estrellas, a un tiempo

se conjuran contra mí!

Pero discordes sin duda

van volviendo contra sí

sus armas, fraguando altivos

el vivo ardor de un motín,

mientras en estos peñascos

parece, que llega a oír.

Música.

Repitan los vientos.

Ecos.

Vientos.

Música.

En mares y en tierra.

Ecos.

Tierra.

Música.

Arma, arma, guerra, guerra.

Ecos.

Arma, arma, etcétera.

A los clarines Música.

Música.

Y con desasosiego

hiera el fuego.

Eco.

Fuego.

Música.

Pues por las iras fragua

Eco.

El agua.

Música.

Arma.

Eco.

Arma.

Música.

En vientos, en tierra

guerra.

Eco.

Guerra.

Música.

En fuego, y en agua

arma, arma.

Eco.

Arma, arma.

Cloe.

A tanto tropel, a tanto

sangriento abismo, libre,

rueda la noche, que

en tan horrorosa lid

Iris serán las tinieblas

que lleguen a desunir

el furor desordenado.

¡Oh, noche, si merecí

al alivio de tus sombras

ve saliendo a presidir

con el silencio, y el sueño

al que es tu opuesto cenit.

De lo profundo del Coliseo va subiendo la Noche sobre una lechuza que rebate las alas hasta su tiempo, y como va subiendo va desplegando su manto negro todo dibujado de estrellas de suerte que cubra todo el Teatro.

Canta Noche.

Saliendo va la Noche

como bostezo oscuro

de las frías cavernas

donde es el ocio morador confuso.

Tinieblas va esgrimiendo

sobre el inquieto vulgo

que cegando a las luces

en su desprecio repitió su orgullo.

Ocupa sus horrores

en este fácil estudio,

con que el viento disuelve

Pang. 22

Canta Noche.

la siempre vana claridad que tuvo.

¡Ah del sueño apacible!,

¡ah del silencio mudo!,

a cuyos dos afectos

de blandas plumas ocultó el arrullo.

Suspende su movimiento, y empieza a batir las alas, y a su impulso descubre debajo de ellas dos niños, que simbolizan el uno el sueño, que estará sembrando adormideras, y el otro el silencio, que tendrá una ave opresa por el cuello con una mano, no impidiendo su ejercicio, de que pronuncien sus acentos.

Cantan. Sueño.

El sueño se responde

como ahijado suyo

que solo se compone

de los desmayos que consiente el mundo.

Cantan. Silencio.

También habla el silencio

que siendo su atributo

en funestos idiomas

encuentra voces que ignoró el tumulto.

Sueño.

Desde la triste arena

que mueve el Lethes inmundo

sembrando blancas flores

helada nube de los dos subo.

Silencio.

Suspendiendo a las aves

sus canoros anuncios

y suspirando sombras

endechas formo del horror que infundo.

Van subiendo.

Diciendo todos juntos.

Los tres.

que la noche, el silencio, y el sueño

asisten al luto

los vientos que asombros arden

los campos que inundan sustos.

Desaparecen.

Toma las pieles.

Cloe.

Mas pues ya salió la noche

a ocultar, y a confundir

con el silencio, y el sueño

rayos de una injusta luz,

vestida con estas pieles

que me podrán encubrir

en la puerta de esta cueva

procuraré distinguir

qué fin horroroso tengan

las voces, que antes oí.

Peñascos y Marina.

Transmútase el teatro en el repetido de mar, y peñascos, sobre quienes habrá faroles encendidos en forma de atalayas, estando las luces del teatro a oscuras, en la imitación de ser de noche, y el foro será de marina, y salen pastoras, y pastores cantando, y bailando, y Bato, y Silura, villanos rústicos.

Música.

Pues la noche alegre

envías, cabañas,

en glorias de Pales

sus astros dispara,

vaya de fiesta, y de júbilo vaya.

Bato.

Pues que la noche nos deja

salir de nuestro cortijo

en busca de regocijo

que casi siempre se aleja,

de nuestro empercudamiento

festejemos con mil sales

a la gran deidad de Pales.

Silura.

Bato, de nuestro contento

que la diosa nos envía,

yo satisfecha no estó.

Bato.

¿Por qué, Silura?

Silura.

Porque no

la curiosa andanza mía,

de los montes en las cumbres

arder encendidas teas.

Bato.

¿Y qué importa que las veas?

Silura.

Temo mucho aquesas lumbres.

Bato.

Si por fantásticos modos

temer superstición quiere,

por si algo nos sucediere,

Pang. 23

Bailemos cantando todos.

Música.

Pues la noche alegre

envías, etc.

Bailan.

Sale Tirse villano.

Salen todas las ninfas.

Tirse.

Pastores, ¿cómo bailáis

cuando en esos montes veis

las señas que no teméis?

Si acaso las ignoráis,

sabed que en aquestas playas,

y en toda aquesta marina,

de esta agreste cabaña vecina

tienen ciertos atalayas,

para que en toda ocasión,

o de peligro evidente,

o público delincuente,

se niegue la embarcación

al que pretenda salir

de esta isla; esto supuesto,

nuestro príncipe ha dispuesto

prender, buscar e inquirir

a una mujer, que hoy llegó

a esta arena desde Tracia,

y aunque hay quien, en su desgracia,

dice que al mar se arrojó,

hay diversos pareceres,

y en esta contrariedad,

por guardar su libertad,

la buscan esas mujeres,

entre confusos clamores,

mucha piedad solicitan,

y el hallarla facilitan.

Clarinta.

Si acaso viereis, pastores,

a una mujer peregrina,

que fugitiva y ansiosa,

o se oculta temerosa,

o desdichada camina,

detenedla suponiendo

que a todas nos libertáis

si a aquesta mujer halláis.

Libia.

Ved que buscando y volviendo

vamos de día y de noche

por entre troncos y peñas,

sin el brial de las dueñas,

y sin el para del coche.

Tirse.

Advierto que la buscamos

para común libertad.

Dafne.

Válganos una piedad,

cuando infelices lloramos.

Silvia.

¡Ay, qué donosas plegarias!

Bato.

Voto que me embobo a vellas.

Tirse.

Más brillan que las estrellas.

Bato.

Y pues que las luminarias

de estos faroles que vemos

nos ayudan a buscalla,

no hay tal como empercudalla.

Todos.

Todos juntos la busquemos.

Al querer todos irse por diferentes partes, se suspenden al oír el acento del Amor y también el de Orfeo, cruzando las dos voces con movimientos encontrados.

Canta Amor.

Suspended, zagales,

de mi voz airado, que llama caduca,

que apagan mis flechas

al aire violento que celan mis plumas.

Canta Orfeo.

Proseguid, pastores,

de paso ardiente la senda robusta,

que enseñan mis ecos

en blando certamen, que el viento divulga.

Amor.

Mi poder supremo,

si acaso rompiereis la ley absoluta,

hará que los mares

diluvios, azotes y llamas sacudan.

Orfeo.

La deidad de Apolo,

si sordos al plectro burláis mi dulzura,

hará que las nubes

aborten incendios, centellas escupan.

Amor.

Yo mando en las aguas.

A Cloe.

Orfeo.

Mi padre en los vientos, y basta que descubra

Pang. 24

A Cloe, Licenio

Amor.

verás que los rayos ofenden y asustan.

Repite Amor.

En que Licenio vea a Cloe,

más crueldad se asegura.

Todos.

Dioses, ¿qué suceso tan funesto

más voces articulan?

Canta Orfeo.

Pues compitan las nubes y vientos.

Canta Amor.

Pues batallen las llamas y espumas.

Los dos.

Mientras se ve y se escucha,

el horror, el lamento,

en truenos, en mares,

en troncos y yerbas.

Con esta repetición de música se acaban de ocultar las tram- pas de Orfeo y Amor, y se apagan los faroles de las peñas. Al sú- bito estruendo de una tempestad, que ocasiona la porfía de los dos y al gemir de los vientos, y al estrépito de truenos, y pavor de rayos, se oscurece el teatro, y queda todo en una tinie- bla sin más luz que la que dispensan los relámpagos y rayos que desgajan troncos y peñascos. Y el mar se condensa al- gunas nubecillas negras, que elevándose de las espumas au- mentan su cuerpo en la elevación, despidiendo de sí fieros rayos que embravecen el mar a los continuos embates de las olas, en cuya confusión todos andan perdidos, bus- cando dónde guarecerse de tan prevenido riesgo.

Clearte.

¡Qué tempestad tan horrible!

Todos.

¡Qué violenta, qué sañuda!

(Sale Licenio como espavorido)

Licenio.

Cielos, errante camino

por estas selvas incultas,

donde mi familia va

buscando, porque yo cumpla

mi voto, a aquella mujer

que el temor sin dudas oculta.

(Sale por otro lado Príamo también asombrado, no cesando el terremoto)

Príamo.

Después que, entregando el mando

que me dio Cloe, en algunas

partes quise persuadir

lo que dudaron en muchas;

hará mi casa de campo

solita, cuando me turba

la tempestad, que me ciega

con los rayos que me alumbra.

Sale Licurgo.

Licurgo.

Al príncipe busco, cuando

cercano el miedo me busca.

Sale Burquete.

Burquete.

Por más que llame a mi amo,

ni aun responden las lechuzas.

Unos.

¡Qué abismo!

Otros.

¡Qué horror!

Otros.

¡Qué pasmo!

(Vanse los pastores)

Pastores.

Válganos esta espesura

de árboles.

Mujeres.

En tanto riesgo,

caminemos todas juntas

huyendo el peligro.

(Vanse las mujeres)

Lisis.

¡Voto,

quiero hallar cueva o gruta

dónde meterme!

(Vase)

Oria.

Asombro,

del cielo templen mi fuga.

(Vase)

(No cesa el terremoto)

Licurgo.

Yo voy como pelota

corriendo, y según me zurran

las nubes, que en mí juegan

entre rayas de fortuna,

solo falta el contrarresto

de alguna fiera sañuda

que quiera sanar de veras

lo que yo pierdo de burlas.

Burquete.

¿Dónde estás? No diré Baco,

que es Júpiter de las cubas,

donde fragua alegres rayos

contra la sed canina.

Caco diré, ¿dónde estás?

silvestre ladrón, que me hurtas

el sueño, que yo guardaba

sobre la yerba menuda.

¡Ay, si encuentro alguna bestia!

(Encuéntranse los dos)

Burquete.

Si con ella...

Licurgo.

Es cosa mucha,

sálvase él, y tan salvaje.

Pang. 25

Licurgo.

como mi amo es.

Burquete.

Si murmurar

es verdad al vino.

Licurgo.

Si su ardor es.

Burquete.

Si sus coces y sus uñas.

Licurgo.

Más que se adelanta vence.

Burquete.

Más que si acomete triunfa.

Licurgo.

Vaya de coz y de bocado.

Burquete.

Vaya de piñete y de zurra.

Licurgo.

A arma contra arma sálvase.

Burquete.

Guerra contra esta ave nocturna.

Licurgo.

Pero si es verdad la paz.

Burquete.

Más que es animal de burlas.

Licurgo.

Callo y calle.

Burquete.

Ni hablo ni hable.

Licurgo.

Tal de pediros a escuadra,

sin cumplimientos de vara,

usted.

Burquete.

Déseme y cumpla

con vuestra arca.

Licurgo.

Es escusado.

Burquete.

Hablaré bien.

Licurgo.

Por vida de hija.

Burquete.

Que me quedo.

Licurgo.

Es perder tiempo.

Burquete.

No será así.

Licurgo.

Que me ocupa.

Los dos.

Buen tiempo los dos, ea, vamos,

esta escena se concluya.

Cueva

(Entránse haciendo muchas cortesías de dos en dos.)

Transmútase el teatro al través en el de la cueva, con presencia; pero esta jornada consta con la diferencia de estar todo abierto el foro, por donde se miran los reflejos de los relámpagos, y el hacha estará en blandón alumbrando, y sale Cloe con un hacha.

(Epélas.)

Cloe.

El campo horror, y temerosa

la tenebrosa penumbra

de las nubes de este centro

albergue, que me asegura.

Merezco, y veré entrando,

si es que mi dueño me busca,

que ya es vano su tardanza,

para el alma la acusa.

Si le tendrán violencias

de mis enemigas, cuyas

persuasiones poderosas

esclaviguen, y la concluyan?

¿O, como el temor me vence

o, como el riesgo me asusta!

Mas no, que es noble, y el pecho

de agua no, noble sangre ilustra,

que alimenta quimeras

contra inconstancias caducas

mi fatiga al sueño llama,

¡o, humana pensión! Que ¿nunca

perdonas a los vivientes

la sombra en que los sepultas?

Si aun el sosiego es de dicha,

en que un infeliz se juzga,

fuerza es que mi alma descanse

entre el riesgo, si esto es ventura.

(Siéntase en unas peñas, y dicho esto de estar encontrada por consecuencia de la luz.)

Licenio.

Huyendo la tempestad,

y zozobrando a esta gruta

llegué, y viendo que a la vez

me llama una luz confusa,

que en las sendas del abismo

aun la claridad es umbra;

entro siguiendo curioso

el blando auris que ahuma

cuando con incendios alora

cuando con lágrimas suda;

pero ¿de ignorada estampa

erecta, en cuya clausura

manda una luz, y obedece

el silencio que la escucha?

¡Rara fábrica, excelentes

fuertes bóvedas abruman

en cóncavo, solo falta

saber qué dueño la ocupa,

aunque a costa del peligro

venza el horror de mi duda.

(Cesan los relámpagos, y quédase dormida, y sale Licenio por la puerta del foro.)

Pang. 26

Repara en Cloe y la verá despajada.

Toma la antorcha.

Mírala y se admira.

Licenio.

¿Quién será? Pero ¡alerta, cielos!

ver si de Peles brutas

algún monstruo me amenaza,

que en mi oído procura

oír, si esperanza cabe,

si discordancias pulsa.

Pero el movimiento blando

de su respiración muda

le acredita menos torpe,

y, más cruel, la asegura.

¿Quién será, cielos?, ¿quién, traición?

¡Ah, certezas! ¿Quién traidora,

si duermes, cómo piadosa,

y despertar cómo injuria?

Mas con esta luz pretendo

ver si disforme e inmunda

fealdad, antes que el valor

mi gloria en su muerte cumpla.

¡Cielos! ¿Quién vio tal encanto?

Tan rara veldad, tan suma

perfección, agora confirmo

mi resuelta desdicha,

pues viendo el traje horroroso,

que a su alegre cielo injuria,

creí que era monstruo; y veo

ser monstruo de la hermosura.

¡Veldad, que aun siendo vencida

sobre esa dureza fuerte,

haces espejo a la muerte

de las sombras de la vida!

Y apacible estás dormida,

logrando atentos dispuestos,

no despiertes, para enojos;

que más quiero que dormidos

me castiguen sus oídos,

que no despiertos sus dos.

Y Sansón temeroso de miro

Y cuando amoroso aprendes,

a cada aliento que entiendes,

si respiras, y yo espiro,

de ansias, cuando suspiro,

pasmo es en mí el veleno.

De día aguardo el ceño,

creyendo cuando respiras

que me amanecen tus giras

en la noche de este sueño,

si duermes para enseñar

la influencia prendes,

si en ti es de más el dormir,

si en mí es forzoso el soñar,

con razón puedo dudar

si el sueño es mi atención cierta

ó, si su imagen muestra,

equivocando rendido

entre mi temor dormido

su respiración despierta.

En este dulce primor,

en este sosiego blando

su belleza estoy mirando,

y temiendo su rigor

de este accidental favor

arguyo más cruel herida,

pues la hermosura aplaudida

siempre está en mi contra alerta,

para aborrecer despierta,

y para olvidar dormida.

Al de esta luz material,

ardores mi pecho fragua,

muere esta llama en el agua,

y o me abraso en su cristal,

y ¡ah, humano!, ¿a qué mortal,

su quieto el alma dueño,

si aun en él, que no se atreve,

a producir sin duelo

Pang. 27

(Vuelve a poner la luz a donde estaba)

(Queda la luz a la espalda de Cloe y de Licenio)

Licenio.

arde el temor como yelo

a la llama de la nieve,

mas su principio esencial,

y cierta proporción,

que no se ha dado razón

para una razón formal

de su luz artificial

de su sueño mariposa,

que no es su lugar la rosa,

que no es para mí estrella,

que es de Camenas bella,

para ver la más hermosa.

Cloe.

¿Habrá venido mi dueño?

Licenio.

Quedo la voz escuché,

ser cierto que la soñé,

si la ha pronunciado Driante.

Cloe.

Pero ya mi dicha la halla,

y entre muda suspensión

recela mi corazón

mucho más de lo que él calla.

Mi dueño, ¿vuelvo a decirte

que en ti prisionera soy?

Licenio.

Turbado, cielos, estoy

cuando esto llego a oír:

¡hablarnos de consuelos

solo es su dueño, rigores!

¿cuándo ha empezado el amor

por la rabia de los celos?

Cloe.

¿No me respondes? ¿Qué tienes?

(Están hablando Cloe y Licenio, y sale por el otro lado Driante)

Licenio.

En dichas accidentales

sordo he de hacerme a mis males,

que en ser amante merece

a la hermosura mayor;

solo es favor el favor

en tanto que lo parece.

Disimularé el arte

por si pudiere entender

¡quién es su dueño!

(Repara en ellos)

Driante.

Hasta haber

el hado entregado a parte

las mujeres tracias, que

huyendo la tempestad

buscaron seguridad,

en mi casa, y en mi fe,

¡sino cuidadoso amante

vuelvo a la hermosa presencia

de mi bien!, en una ausencia

es un siglo cada instante.

Pero ¿qué ilusión será?

¿Qué engaño es aquél?

Que es esto, cielos, ¿aquí

un hombre...? ¡Oh, nunca yo viera

tal desengaño!, si espero

y no me mato antes que

llegue a saber lo que sé,

pueda querer como quiero.

Cloe.

¿Qué dudas? Y en esperanza

personas que dejé abiertas,

verse peñasco a la puerta.

Driante.

¡Ah, que en desengaño actual

sin mí estoy!

Licenio.

Bueno, he podido

saber quién es su dueño.

(Poner una banda al cuello y tirarse con Licenio)

Driante.

¡Infeliz!

¡A mi espada ha de morir!,

y por no ser conocido,

en caso que a la gruta salga

disfrazado, reméteme.

Licenio.

Este sin duda es el que

la obliga, ¡el valor me valga!

Cloe.

Cielos, ¿qué miro? ¡Qué asombro!

¡Parad, detened, ay Dios!

no distingo entre los dos

a Driante, ni le nombro,

por callar que de esta cueva

es el dueño.

Licenio.

Noble valor.

Driante.

Fiero despojo.

Pang. 28

Driante.

Su desdicha es superior.

Licenio.

Notable venida llena;

pero si es favorecido,

¿qué me admira? El retirarme

es preciso, y ocultarme

de poder ser conocido.

¿Quién será en sitio horroroso

dueño de tanta hermosura?

(Vase retirando a la puerta del foro y Driante tras él)

Driante.

Sacarle al campo procura

mi espada.

Cloe.

Dolor penoso

es este, cielos, ¿qué haré

en confusión tan terrible?

Detenerlos no es posible,

porque tal fuego, fiel,

tal furioso ardimiento,

que cuando se competan,

sus aceros ostentan

la diafanidad del viento.

¿Qué firmeza? ¡Qué pesar!

¡Qué ansia! ¡Qué afán! ¡Qué duelo!

No aguardo humano consuelo,

nadie podrá remediar

mi desdicha, y si consulto

el oráculo que dice,

que no hay para el infeliz,

lugar, ni sagrado oculto.

Halla mi infelicidad,

cuando aquí mi vida arriesgo,

que hay casos en que aun es riesgo

la misma seguridad.

Sin alma quedo, ¡ay de mí!

Lágrimas, templad mis penas.

(Vuelve a salir Driante por la puerta de la cueva y cierra la)

Driante.

Apenas me retiré, apenas

al príncipe conocí,

cuando por una arboleda

antes que me descubriese,

me oculté, y por si volviese

cuidadoso, como queda

sin duda, la puerta cierro.

Que al campo desde aquí pasa,

porque el fuego que me abrasa

no fragüe segundo yerro.

Cloe.

Pero ya el mármol cerrando

llega el otro, ¿si es que es

Oriante? Asustado está

mi pecho.

Driante.

Yo voy llegando

celoso, y fino a buscarla,

y cuando esto considero,

bien sé que culparla quiero,

mas no cómo he de culparla.

Cloe.

Pues Driante reconocido,

piadoso, noble señor.

Driante.

Atributo de piadoso

empezó a darme favor

en este caso, y no dudo,

que tal vez supo el temor

disfrazar con la piedad

enigmas de traición.

Cloe.

Dueño mío,

Driante.

No seré

el que tú imaginas, no,

pues hablando con más viva

solicitud con mayor

fineza, nombraste dueño

a otro, y me da la razón

que él lleve el favor, y sea

el favorecido yo.

Cloe.

Driante, pues ¿cómo, cuándo

yo esperando...?

Driante.

No el rigor

de esta turbación te asuste,

porque pasa a ser atroz

la sospecha que camina

Pang. 29

Con paradas y turbación.

Cloe.

¿Digo, mi bien?

Driante.

En mis males

pudieras dar mejor,

y yo empezaba mi bien

cuando mi mal empezó.

Cloe.

Luego creí hablar contigo.

Driante.

Y su pecho creyó,

sin duda, pío a su engaño,

la fe de su inclinación.

Cloe.

¿En verdad dudas?

Driante.

Pues ¿cómo

puedo creer persuadieron

a tu rigidez que tenías

abierto ese mármol, por

darle entrada a este secreto?

Cloe.

Mi cuidado te espero,

y a este, sin abrir la puerta.

Driante.

¿Y hubo de ser a ocasión

de entrarse por ella un hombre

sendas buscando al horror?

Cloe.

A los dioses soberanos

de una jurisdicción

pender el castigo absoluto

contra el engaño; hay dos,

juro que si al humano aviso,

maternal sombra exterior,

la luz hubiese empañado

de mi primera atención,

antes me partiera un rayo

que me amenazara el fulgor.

(ap.)

Driante.

Que no es fácil averiguar

el accidente seguido

al príncipe, porque escarmiento,

que Cloe no le avisó

de esta novedad, ni pudo

este, que halló mi amor,

salva de errar, conocerle.

Cloe.

No agrave su suspensión

la realidad de mi fe.

Driante.

Hasta saber, me obligó

a entrar viendo a esta cueva

me afligía esta pasión;

mas pues ya, saliendo al campo,

ya el matutino albor

convoca a este horizonte

los ejércitos del sol,

entremos en el jardín

de mi casa, donde son

las dulzuras del perfume

las fragancias de la voz.

Cloe.

Ya te sigo; ¡ay, infeliz!

del agua entre prisiones

arrastra como leona

la cadena de mi horror.

[Jardín]

Entránse por una parte, en cuyo intermedio se trasmuta el teatro en el de un ameno jardín, compuesto de espléndidos emparrados, cristalinas fuentes y de graciosos cuadros. Vuelven a salir Driante y Cloe.

Driante.

¡Qué armoniosa y sirena

la mañana despertó!

Cloe.

Cuyos dados son de Amaltea.

Driante.

Tan primorosos son,

como los de ver subir

entre el verde color,

diciendo Amaltea al blando

compás de la adulación.

De lo ínfimo del jardín va saliendo Amaltea, subiendo a lo superior del teatro, trasrugando una cinta grande matizada de flores diversas, y al compás de sus acentos van despertando las aves, y mirando sus cláusulas en tunados compases.

Canta Amaltea.

Aves, flores, estrellas,

imiten mis huellas

Pang. 30

(Desaparece)

Canta Amaltea.

Es estrellas, aves, flores,

copen mis primores,

porque estrellas, flores, y aves

candulces, ternezas, y arroyillos suaves

me admiren, me celebren, veneren y aclamen.

Fe de la herencia hermosa

de Santa Rosa,

ufana y gloriosa

aprende a querer,

ya es tiempo de arder.

País, cuyos claveles,

vivos son pinceles,

para copiar fieles,

fragante abrazar,

ya es hora de amar.

Fuentes, cuya armonía

de noche corría

buscando el día,

feliz florecer,

ya es tiempo de arder.

Aves desplegando

el plumaje blando

alegres, cantando

salid a volar,

ya es hora de amar.

Astros que sois flamantes,

eternos diamantes,

doblad inconstantes

para iluminar,

ya es hora de amar.

Aves, flores, estrellas y al

triunfen mis huellas etc.

Cloe.

¡Qué hermosamente madruga

quien dulcemente durmió!

Driante.

Al imán de su belleza

es cetro dorado el sol,

y aun la misma luz padece

las ceguedades de amor.

Pero componiendo Flora

su abundante emulación,

cargando flores al viento,

tira con amante voz.

Por la parte opuesta de donde salió Amaltea saldrá Flora Ninfa, coronada de flores, y al tiempo que sube se va levantando de la superficie de la tierra un pequeño soplo de aura, que yendo en aumento, crecerá hasta ocupar los vacíos del aire, e irá sembrando el campo Flora de hermosas cuanto risueñas flores.

Canta Flora.

Aura tierna, amorosa,

si entra, y ara flor,

ay descansa el amor,

ay reposa,

ven deliciosa.

Aura apacible, ven,

ay mientras canto mi mal,

ay mientras lloro mi bien.

Amor de flores se viste

disimulando rigores

de que se viste,

sabe llorar cuando ríen las flores.

Y pues entre primores

ay reposa,

ven deliciosa.

Aura apacible, ven,

ay mientras canto mi mal,

ay mientras lloro mi bien.

Cupido riesgos señala

entre floridos halagos,

siendo regala

dulce traición de violentos estragos.

Y pues con sus amagos

ay reposa,

ven deliciosa!

Aura apacible, ven.

Pang. 31

Canta Flora.

ay mientras canto mi mal,

ay mientras lloro mi bien,

florece primavera

con la inquietud enemiga,

según espera

la brevedad con que risueña mi dicha,

y pues cuando castiga

ay reposa,

ven Deliciosa

Aura apacible, ven,

ay mientras canto mi mal,

ay mientras lloro mi bien.

Aura tierna amorosa,

si entra, y si a flor

ay descansa el amor

ay reposa,

ven Deliciosa

Aura apacible, ven,

ay mientras canto mi mal,

ay mientras lloro mi bien.

Desaparece y dice dentro que se...

Burquete.

Llegad, pues en el jardín

le encargo haremos.

Cloe.

¡Ay, Dios!

Driante.

¿Si contigo aquí me ven?

Entre el frondoso verdor

destos ramos ocultarte

puedes mientras yo

a los que lleguen despedir.

Retírase Cloe. Sale.

Cloe.

Ampare el cielo a los dos.

Dentro Burquete.

Aquí está, llegad.

Clearista.

Driante,

si acaso tu noble acción

quiere cumplir como dueño

la palabra que nos dio

ayer, cuando se ha de ver

nos defender, pues ya

mi Irene solicitar

con juegos de Orfeo, y no

es bien atento, y evitando peligro

sosiegue la dilación

del aliento que ofreció librarnos.

Y pues todo lo ofreció,

y aun en caso que piadosa

ocultase su pasión

a Cloe, entregarla dueño

al príncipe, porque no

afrentase su ceguedad

su primera obligación.

Driante.

¡Cielos, qué obligado amante

en tal abismo me veo!

Cloe.

¡Qué poco consuelo (¡ay, triste!)

a mi esperanza quedó!

Clearista.

Ten caro, que ella se oculte

por enemigo temor

parece que a crueldad

equivoca la estimación.

con que adoraciones santas

en Trinacria pretendió.

Su tirana su hermosura

vencer toda oposición

no se escondas, salgas a ser

del poderoso señor

indignado cruel tirano

amorosa admiración

salga a verle.

Sale Cloe.

Cloe.

Sí saldré

para librar vuestros, con

mi muerte, y pues ya no siento

de mi estrella el rigor.

Y solo, (¡ay, Driante amado!)

aspira mi corazón

a reducir mis desdichas

a la última, y la mayor

desesperada pretendo

Pang. 32

(Vase)

Cloe.

verificar la ficción

de Orante, y arrojarme

desde una roca al furor

de las ondas, donde tenga

fin mi desesperación.

Unas.

Oye.

Otras.

Aguarda.

(Vase)

Dirce.

Seguiré

sus huellas, con tan veloz

paso y corra mi planta

a la par de su imaginación.

Clarinta.

¿Quién escuchó tal engaño?

Cintia.

¿Quién tal desengaño no?

Dafne.

¡Fiero impulso!

Silvia.

¡Cruel intento!

Todas.

¡Extraña resolución!

Clarinta.

A ver en su fin el camino

camine nuestro dolor.

Cintia.

A arbitrio de su desdicha

vaya nuestra indignación.

Dafne.

Morir sin servidumbre

es la fortuna mayor.

Clarinta.

A alcanzarla.

Cintia.

A detenerla.

Dafne.

A apresurarla.

Todas.

Salgan

de los fríos eslabones,

gémase nuestro dolor,

se entren las almas, y al aliento

ondee fúnebre rumor.

Todas y Música.

Espera, detente,

rayo veloz,

no apaguen las aguas

de Ilus su ardor,

no desespere, no

ansía libertad

su desesperación.

Cantando unas, y repitiendo otras, y todas con despecho dan fin a la Jornada Segunda.

Jornada tercera

Pang. 33

Empieza la Jornada con el teatro selva florida con los troncos de las pirámides, y el foro será un peñasco por donde saldrá Cloe, volviendo a cerrarse, significando ser boca de gruta.

Selva florida, foro de peñascos.

Dentro Cloe.

Triste soledad obscura,

donde dos veces presa mi hermosura

con amor, y con penas

tiñe la eternidad de dos cadenas,

si acaso a mis voces ocupadas

al silencio le niegas la morada

que juzgando al horror la quietud mía

permíteme salir a ver el día

para que al riesgo mi desdicha vuelva

abrióse el mármol, y pisé la selva.

Ábrese la boca del peñasco y sale Cloe por ella, volviéndose a cerrar.

Cloe.

Que después que de Orante

mi fino dueño, y verdadero amante,

procuro entre mis ansias defenderme,

y a la cueva volverme,

siguiendo una vereda,

tan fría, y muro una alameda

en sus nidos, huyendo con dulzura

más al sol herido, más mirando al cielo.

mas hoy desesperada

de estas rústicas pieles disfrazada

a vivir como fiera salgo al monte,

por todo este horizonte,

correrá mi fineza sin sosiego

llorando quejas, suspirando fuego,

hasta que en caso fiero

halle el primer alivio de mi muerte.

(Sale por otro lado Licenio)

Licenio.

¡Injusta pasión mía!,

¡hija sin duda de mi fantasía!,

adónde...

Pang. 34

Licenio.

donde la voz de su inquietud me llevaba

del que vi en la más temerosa cueva

cuyas señas no encuentro,

la doy dar peregrina en senderos

a cuya luz, ¡oh propia!, ¡oh aparente!

bebió esta ceguedad en pecho ardiente,

sin alivio, sin vida y sin aliento.

Pregunta mi dolor, responde el viento,

y en la duda propuestas

a más pena me tiene carepuesta.

A esa dilusión se añade haber salido

de la cueva arrojado, no vencido,

según con el valor y con el arte

pudiera coronar triunfos de Marte.

La cueva he de buscar, aunque mis penas

rompan riscos al monte, al mar arenas.

(Vase)

Cloe.

Mucha la sed a mi pasión maltrata,

aquesta línea seguiré de plata,

girando flores, entre cuyo cielo

cometa es legítimo un arroyuelo.

(Voces dentro)

Lis.

Por estas selvas buscan mis criados

de mi afecto guiados,

la bóveda que vio mi rendimiento,

aquella admiración del pensamiento,

aquel bello prodigio soberano.

Unos.

¡Pasa, ataja!

Otros.

¡Jo, jo!

Otros.

Al monte, al llano.

Mujeres.

Aquí pudo ocultarla su ventura.

Otras.

A la alameda, al bosque, a la espesura.

(Salen Lirandro, Licurgo y criados)

Lis.

La soledad se ve de esotra informada

palestra es de mis penas ocupada.

Lic.

Señor, porque las ampares

llegan las presas mujeres,

buscándote compañeros,

pues habiendo hallado en este

nido a una mujer extraña

que fruto, agrado al accidente

a verlos segunda vez,

caperuzón con que pierden

sino la encontrasen luego

antes que las fiestas lleguen

de opuesto su libertad.

Lis.

¿Pues qué intentan? ¿Qué pretenden?

Lic.

Quemarla, porque decreto

es que cualquiera que la encuentre

la entregue a su poderosa

mano.

Lis.

¿Y para qué se la entregues?

Lic.

Ofrezco premio que pague

su acción.

(Ni tiene

narices de perro, para

buscar cuando más se empierce

almas basquiñas, aunque

con las zarzas se le atraviesen.)

(Cap.)

(Vanse)

Lis.

Seguidme, con el cuidado

que no deis albergue a

caverna lóbrega, obscura

mansión, embarazo verde

que no examinéis, aunque

el sol sus rayos os niegue,

buscadla todos, prendedla.

Entre afectos diferentes

almas busco para esclava

que ser digno por su fe

y astucia para dueño, a quien

mi albedrío se sujete

mientras mandan mis gran-

des tras mi amor, se obede-

ce la imaginación, y tras de ella

el imposible en mí se bebe.

Lic.

Fuéronse todos, y van,

tan fuera de lo que emprehenden,

como haber allí dejado

una

Pang. 35

Lic.

Una cueva, sin que nieren

ni tragaron sus entrañas

otra mujer; mas Burquete

viene corriendo.

Sale Burquete.

Burquete.

Es hoy

desde una charamada alegre,

donde los pájaros son

músicos, sin que me nieguen,

que el príncipe ofrece premio

al que una mujer encuentre;

y pues ves allí una gruta.

Licenio.

¡Ojalá y no careciere!

Burquete.

Entraré en ella.

Licenio.

Eso no.

Burquete.

¿Por qué?

Licenio.

Porque dan las leyes

acción de ceder la joya

al primero que la viere.

[Que se sacará de la cueva y le darán de palos]

Burquete.

No hablarás como letrado

a no ser hechicero.

Licenio.

Advierte

que me importa.

Burquete.

Nada me bastará,

porque he de entrar.

Licenio.

Que me ofendes,

cuando el derecho me usurpas.

Burquete.

Y si en lo que me detienes

me mataras...

Licenio.

Pues de este modo

padecieras.

Burquete.

Pues de esta suerte

será.

Licenio.

¡Por mis narices falsas!

Burquete.

¡Por mis muelas aparentes!

Al forcejar los dos sobre entrar en la gruta, se abrirá, y saldrá por ella Máximo. Saldrá huyendo con una clava disforme, a cuyo amago caen los dos atemorizados, y a los amagos y temblores suyos, oírse una responder con son y saltos de miedo.

Canta Máximo.

Como a este albergue rústico,

donde tengo mi báculo

o a decir ver, pícaros,

a llegar como bárbaros.

Ténenme aquí las Dríades

como primer obstáculo

de quien buscase al cóncavo

de aquesta cueva el tránsito.

Licenio.

Yo no entiendo este lenguaje.

Burquete.

Es que el temor no le entiende.

Máximo.

Ea, presto hablen, respondan.

Licenio.

Hablaré aunque mal conviene.

Canta.

Salvadrísimo Salvaje

muy salvadrisímonamente.

Este Burquete astrólogo

en invenciones práctico,

quiso hacer por pronóstico

de los nocturnos satíricos.

Canta Burquete.

Este Licurgo rígido

legislador de páramos

promulgó en la ley única

de thesauris en párrafo.

Fija la clava en el suelo.

Canta Máximo.

Pues para que sus crímenes

tengan castigos ásperos

de esta clava en la palma!

ponga su diestro báculo.

De sabandijas ínfimas,

y de pigmeos clásicos

salga bastante número

resuelto en virtudes átomos.

Abrése el cuerpo de la clava, de cuyo embrión salen siete salvajitos verdaderos salvajes, y van atando con unos lazos a Burquete y a Licurgo, que yacen de rodillas.

Burquete y Licurgo.

¿Son enanos, que más

castigo?

Máximo.

Atadles, prendedles,

al punto a este gran rey,

que aquel su palacio tiene

en Tito.

Pang. 36

Máximo.

dentro de esta clara esfera

les ofreceréis.

Licurgo.

No apretaré

tanto, señor pequeñito.

Burquete.

Señores de este asiento,

que yo pueda respirar.

Marsias.

Ni respiren, ni resuellen,

quedito, paso, atención

que de este palacio, a verles

sale el gran Frangodomar,

nieto de los Floriseles.

Da un golpe con la clava en el suelo, y sube por un escalón un niño muy pequeñito vestido de sátiro, y luego compondrán entre todos los sátiros un baile.

Licurgo.

El de la clava es Frangodomar

sin duda; estos otros siete

son Bulfalboro, Vigantes,

y aquellos otros valientes

que nos vendrán una comedia

clara, con y reveses.

Marsias.

Ea, llegadlos; mas no

tocadlos mientras que oyeren

a Frangodomar, en que la voz

será de las ninfas si les oyereis.

(Bailan los sátiros y la música canta dentro)

Música.

Al compás de los céfiros

entre los verdes álamos,

va bailando un ejército

de generosos sátiros,

mírenles, déjenles los dos felibres.

Con el último acento de la música, se desvanecen los sátiros y ninfas, sepultándolos el centro de la tierra, y quedan Licurgo y Burquete como asombrados.

Licurgo.

¡Ay Dios! ¿Si eran enanos mudos?

Burquete.

Entre este milagro pues

el de la mosquetería

poner, sin duda que enmudece.

Los dos.

Mas volvamos a buscar.

Dentro Clearista.

¡Home, Rgaí!

Todas.

Defenderte

nadie podrá.

(Sale Cloe fugitiva de las mujeres que vienen en su seguimiento, vexándola todas de suerte que no pueda escaparse)

Cloe.

¡Ay mísera!

Si huyo, porque más me acerque.

Licurgo.

Ya perdimos el hallazgo;

pues sin duda las mujeres

caen con razón.

Clearista.

Esta vez

librarte ninguno puede.

(Vase)

Licurgo.

Voy a avisar a Licenio,

porque las albricias gane.

(Vase)

Burquete.

Sabré alcanzarle aunque corra,

porque soy galgo, y de libre.

Cloe.

Sin duda irados dioses

ha acabado la inclemente

influencia de mi estrella,

y bien mi temor concibe,

pues si a la víctima llegué,

nada falta en que me arriesgue

buscando mi fin, el frío

desengaño de una fuente

como fiera me encontraron

mis enemigas crueles.

Clearista.

¡Pues que libres a todas!

Cloe.

¡Ah fiera!

Clearista.

No sea, a este

fin, en los cóncavos suyos

alegres ecos resuenen.

Alegre.

Música.

Dichas y desgracias

las selvas celebren

ya por lo que libran,

ya por lo que prenden.

Pang. 37

Música.

En esta, pues, si besas

la alegría tienes,

la que sin respuesta

el que te persigues.

Dentro.

Licurgo.

Llega, señor, que aquí están.

Salen Licermio, Cloe y dos.

Licermio.

El voto cumplir promete

mi pecho segunda vez,

Clea.

para que a todas luces

veamos cómo le irá de suerte.

Llega Cloe a los pies de Licermio, ponle el lienzo en los ojos.

Cloe.

¡Ah, mi dura y tirana suerte!,

pues vendes mi libertad

por mi vida, y mis ansias vendes

y otra y feliz a los dos.

Licermio.

Cielos, ¿qué siento?

Cloe.

Merece

clemencia poseer mujer.

Licermio.

Tan sin aliento me tiene

ver este prodigio humano

como el dolor de no verle.

Cloe.

¡En mi llanto!

Licermio.

Esta deidad

disfrazada entre estas pieles

es la que encontré en la gruta,

¿quién vio más raro accidente?

Todas.

Con su esclavitud ya libres

quedamos.

Licermio.

¡Quién en tan fuerte

empeño se halló! Yo tengo

dada palabra, que siempre

que a esta mujer encontrasen

y a mis plantas la ofreciesen

cumpliría el voto al Orfeo

sin imaginar que fuese

esta hermosura, y que yo

soy cautivo amante desde

que la admire imaginada

en las sombras de mi muerte.

Alf.

Cap.

Sale Dorante.

Dorante.

Tropezando en mis angustias

asustado de Burquete

vengo; mas ya veo aquí

a Cloe, y mi amor pretende

hurtarla en todo caso

aunque castigo me cueste.

Licermio.

Pero ya mi medio discurso

para que en estas me vengue

del odio antiguo, y que leyes

de su fiera costumbre empiece

defendiendo a esta hermosura,

y a decir, que yo caer haga

el Alcaide, pues siendo el

defensor de todas siempre

no podrán juzgar en mí

sea pasión el que la desee

tan con toda, y al arbitrio

declarándole igualmente

mi intención! Dorante, os

paso a decretar, que quedes

por guarda, y Alcaide real

de esta mujer.

Se

Cap.

Dorante.

Serviré fielmente

en este oficio; ¡ay de mí!,

cuando sabrá si yo fuere

un rendido amante, Alcaide

de los dos. ¿Se le prenden?

Licermio.

Y para que desde luego

la celebridad empiece

de las fiestas, mandaré

avisar a Milene.

Habla aparte con secreto a Dorante.

Licermio.

Dorante, en esta beldad tiene

mi amor su esperanza

desde que la hallé dormida

Huyendo.

Pang. 38

Licermio.

huyendo otra inclemente

tempestad, y aunque fue acaso

me valió, que así la mere-

ce, has de explicarla mi amor,

en esa casa que tienes

de campo en esa la, mira

que mi pasión se previene

que hay quien dichoso recibe

pues ese hombre (o no me acuerde

del suceso de la cueva)

que no puede conocerle

sin más de su atención

hasta que el Príncipe le advierte

dando de su lealtad

todo el ser de lo que quiere.

(Vase con su criada y dos)

Oria.

Venid todos.

Señor, oye,

escucha, en vano pretende

ser oído un desdichado

cuando alguna vez encuentre...

Clearte.

Pues ya quedamos sin riesgo

solo oculte, si que la hospede

Orvante, poco embaraza.

Todas.

Pues vamos diciendo alegres.

Ellas y Música.

Dichas y desgracias

las selvas celebren,

y a por los que libran,

y a por los que prenden.

(Vanse)

Oria.

Cosa de hermosa ignorancia

ande frigidanal fragua

encendiéndose del agua

el clarín de la influencia.

¡Mi bien, cuando ciego avergüence

tan fieramente afligida

quisiera llorar su vida

con las ansias de mi muerte.

Oria.

No llores enternecido

de suerte es hoy la de Nando,

que no tengo para darlo

dolor bastante sentido.

Cloe.

Dueño mío, a quien venera

el alma que se ofrece

según según oye,

soy dos veces prisionera

en tanta infelicidad,

en contradicción tan fuerte

Cloe porque he de perderte,

más no por mi libertad.

Oria.

¡Amortal dolor, hacerlos

que activas llamas abrasan

a aquel amante, en que pasan

a ser preceptos los celos!

Cómo puedo obedecer

al gremio de enojos,

es el poder del amor

en mí el primero poder.

Entre inquietas ansias ardo

en ningún medio me acuerdo,

sino la guardo la pierdo,

y la pierdo si la guardo.

En tan enemiga pena

corriendo a mi muerte vaya,

cuando nos niega la playa

el salir de aquesta arena.

Desde anoche, que ardientes

teas, la costa avisaron

las atalayas quedaron

vigilantes, y obedientes

y no hay barco que podamos

echar al agua.

Cloe.

Yo intento

Pang. 39

Cloe.

embocar con rendimiento

a las ninfas, que a estos ramos

dan vida, pues me ofrecieron

su asistencia; a los troncos,

cuyos ropajes broncos

las dríades se vistieron.

De ocho troncos esparcidos por la selva, de cada uno sale una dríade hermosa, quedando los troncos en el teatro sin ocultarse.

Cantan.

Invocadas del ruego salimos

porque fabrique

nuestra acción, de los troncos robustos

barco, que os libre.

A Vulcano, que en sus cíclopes llama

nuestro ruego

porque fragüen en este peñasco

los instrumentos.

Cloe.

¡Qué prodigiosa piedad!

Dríade.

Dichoso quien la celebra.

Rásgase la boca de la cueva que está en el foro, por cuyo boquete sale Vulcano acompañado de sus cíclopes, que haciendo hermoso el horror de su aspecto cantarán al son de los yunques, y golpes de sus martillos en la fragua.

Canta Vulcano.

Segunda vez a Cloe

ofrezco mi asistencia,

para que libre salga

de esta enemiga arena.

Mis cíclopes fabriquen

los yerros que convengan

para cortar los troncos

y pulir sus cortezas.

Reparten los cíclopes instrumentos como hachas, y segures a las dríades, con que corten los troncos, y las producirán, de suerte que derribándolos, compongan de sus fragmentos tablones, y leños, de que fabricarán un barco, o bajel al compás de la música.

Cantan Dríades.

A los golpes de nuestros acentos

salen cantando

leves plumas, con que sea el barco

ave del agua.

Vulcano.

Ajusten fuertes yerros

con rústica materia,

que siendo vaso leve

o ningunas aguas beba.

Dríades.

Asistir los riesgos amantes

noble es empeño

obligando a los cielos la causal

de unos ruegos.

Fabricar ligerezas, que valgan

es acción digna

que la misma inconstancia establezca

y cuando camina.

Vulcano.

En esta unión de tablas

Amor su fe establezca,

y aunque leves caminen

no inestables se duelan.

Aquí se juntan cíclopes, y ninfas para acabar de perfeccionar la fábrica del vaso.

Dríades.

Al poder, y a la industria se vence

lo más difícil

con que solo las bellas deidades

son imposibles,

y con esto ya son opiniones

los imposibles.

Cantan Vulcano.

Pues ya con el dictado

está la obra perfecta

Pang. 40

Vulcano.

Llevad, Cíclopes míos,

el barco hasta la arena.

Cargan los Cíclopes con el barco y ciérrase la fragua.

Dríades.

Venid, dichosos amantes.

Los dos.

Ya seguimos vuestras huellas,

entrando rudamente

a repetir las voces vuestras.

Repiten las voces vuestras.

Música.

El poder y la industria se vence

con más difícil... etcétera.

Marinas y peñascos.

Con esta música se entran todos por un bastidor, y en el segundo se transmuta el teatro en el de marina, foro de mar, y vuelven a salir los mismos con el barco.

Vulcano.

Echad barco al agua,

para que los dos tengan

contra sangrientas olas

bonanzas halagüeñas.

Echan al mar el barco.

Vidal.

Al barco Cloe y Durante

da fácil ligereza,

Entran en el barco Cloe y Durante.

Cloe.

contemos de peligros,

Driante.

y esperanzas de velas.

Los dos.

Contra favor no puede

el mar fulminar tormentas.

Dríades.

Adiós, horrorosa playa.

Cloe.

Nunca yo a sus costas vuelva.

Las Dríades.

Que su vela,

Eco.

vela,

Las Dríades.

amor y fortuna,

no abra alguna,

Eco.

alguna,

Las Dríades.

traición contra su vela.

Eco.

vela.

Las Dríades.

Corre, barquillo, corre, vuela.

Comienza el barco a navegar, y los Cíclopes y Vulcano se van a tiempo que se oyen voces de soldados dentro.

Soldados.

¡Traición, traición, pues embarco

de esta costa se aleja!

Otros.

¡Suenen las atalayas,

así fue destruido, sepan!

De lo último del foro sale Orfeo cantando sobre un delfín y al son de sus cláusulas acompaña la cítara que lleva en sus manos, al tiempo que por el aire le siguen dos tropas de aves, y por el mar cuatro ninfas sobre dos peñascos de Escila y Caribdis; se mueven a las voces sonoras de su melodía y todas se incorporan a modo que formen un muro adamantino en medio del golfo.

Orfeo.

¡Oh, vosotros que del mar,

el cuello inquieto oprimís,

sin el freno eficaz del timón,

sin la espuela del remo rival,

sin constancias de mi caridad

otra firmeza rendís,

esperando serpiente el favor,

esperando el golfo cálido!

¡Yo, que el dulce Orfeo soy,

y al abismo suspendo

el ardiente sensible temblar,

el ardiente ruidoso gemir!

A Cloe, segunda vez,

osado restituyo

con el claro poder de mi voz,

con el fiero valor de mi ardor.

Vuelve el barco hacia el teatro.

Driante.

¿Injusto Orfeo, por qué haces

las mismas injurias fieras?

Cloe.

¿Cuándo se ha oído que fuesen

armoniosas las violencias?

Orfeo.

A mi templo caminad

donde el voto ha de cumplir

quien cruel servidumbre ofreció

por la injuria que yo padecí.

En habiendo los conducidos a la parte del teatro se vuelven a cerrar los escollos, y a proseguir su curso midiendo la distancia.

Pang. 41

Distancia con las cláusulas de la música, y al último acento, se desvanezca todo, quedando solo el barco con ellos y los peñascos en sus lugares como están.

Desaparece.

Orfeo.

Llegad, resolved, salid,

que aunque Amor, poderosa deidad,

sus flechas vence

con el tris que forma mi voz

sobre la espalda del ergente Delfín,

llegad, resolved, salid.

Driante.

Sin que den más desdichas,

bastante dicha nos queda

si aguardar las penas es

del alma la mayor pena.

Cloe.

Si la amenaza castiga

y es la de más aspereza,

templando el dolor del golpe

la acción de la contingencia.

Dentro soldados.

¡Traición!

Traición, que poderosas señas

reembarcaron, y volvieron.

Driante.

Pero estos corsas llegan

de los soldados, y yo intento

morir antes que nos prendan.

Salen tropas de soldados con armas.

Soldados.

Daos a prisión, pues rompisteis

las leyes que os observa

por decreto principal.

Driante.

Valor tengo, y no quisiera

desesperado tener

más vidas para perderlas.

Cloe.

¡Alto, esperad, tened!

No hay quien su furia detenga.

Driante.

Verán qué produce mi brazo.

Ríñese con todos.

Vase retirando.

Todos.

Su acero vibra centellas,

al Príncipe avisaremos

de su delito.

Cloe.

Fía severa

disposición del influjo,

¿cómo entre las ansias mías

duras tanto, cuando tienes

calidades de violenta?

Diante, mi bien, mi dueño,

vuelve a mis ojos.

Sale Diante.

Driante.

Las tropas huyendo de mi furor

por la intrincada maleza

del monte, y así antes que

aquí mejorados vuelvan

los villanos que habitan

en esa inculta aspereza,

hacia mi casa de campo

caminemos, donde sepas

de mi dicha; ¡ay de mí!

el mayor de lo que pensaba.

Cloe.

Con este nuevo cuidado,

un paroxismo es que me lleva.

Driante.

¡Ah, riguroso precepto!

Cloe.

¡Ah, tirana dependencia!

Driante.

¡Murió! Templad os el trago.

Cloe.

No es; de enojo templad.

Driante.

Pues amante.

Cloe.

Pues fina.

Driante.

Y noble.

Cloe.

Y verdadera.

Driante.

Se reconoce mi pecho.

Cloe.

En verdad se experimenta.

Driante.

Nada mueven los rigores.

Cloe.

Nada las finezas remedian.

Los dos.

Y solo es Amor el que

vence, que triunfa y reina.

Vánse. Palacio.

Transmútese el teatro en el de un suntuoso salón de una casa de campo, adornado de vistosos pensiles, y doradas rejillas, iluminando

Pang. 42

Los dos.

iluminando el cielo con sus luces la esfera, y entrando

también por balcones, y rejas sus diáfanas claraboyas.

Sale Lizerio.

Lizerio.

Aquí mando que Dorante

alcaide de Cloe sea,

y habiendo ya descansado

en su lealtad mi grandeza,

dilatando mi poder

la obligación de quererla,

que está vinculada, en que

llegó a mirar su certeza.

Vengo a saber muy dudoso

si es de mi amor su respuesta,

si mi adoración la obliga,

si mi cariño la empeña,

si mi verdad la aficiona,

y la mueve mi fineza,

que no dudo que en el caso

de verse presa, y sujeta

a la observancia de un voto,

y a la ley de mi promesa,

responda como piadosa,

para obligar como cuerda.

Mas pasos siento a esta parte,

y por si acaso aquí llega

Cloe, estaré retirado

hasta que mi oído tenga

el desengaño.

(Retírase a un lado. Salen Cloe y Dorante.)

Dorante.

Pues solos

llegamos, en presencia

oye, Cloe, de mi precepto

la verdad.

Lizerio.

Sin duda empieza

a declararla mi amor,

su lealtad es manifiesta.

Dorante.

Padece mi alma y padece

con tan obsequiosa pena,

solo guarda el dominio

para aquello en que padezca.

Lizerio.

Que finalmente me fiara.

Cloe.

No es fácil que yo le entienda

según se explica.

(Aparte)

Dorante.

Es mi amor

tan hijo de la advertencia

como del conocimiento

de su perfección, (y apenas

acierto a decir la causa

de estos efectos) no afecta

su pasión, que siendo absoluta

la dice por boca ajena.

Lizerio.

Mucho debo a tu amistad,

nada hay que yo no le deba.

Cloe.

Dime, ¿de qué nos hablas?, que

según tus voces expresan,

si vas faltando a tu amor,

si a otra esclavitud me entregas.

Dorante.

Digo que el Príncipe...

Cloe.

Acaba.

Dorante.

No acierto a decillo.

Cloe.

Abrasas.

Dorante.

Me mandó (¡caso terrible!)

que te ame.

Cloe.

Oye, Lessa,

si intentas ofender

el cielo de mi firmeza

esperando mi constancia

con indignas experiencias,

se castigarán esquivos

los rayos de mi fineza

pues ¿cómo?

Lizerio.

¿Qué es esto, cielos?

Pang. 43

Cloe.

¿Te atreves?

Oxi.

No me atreviera

sino haber...

Cloe.

¿Quién?

Oxi.

Un precepto

encargado.

Cloe.

No me ofendas.

Oxi.

Pues no te enojes, bien mío,

y hablándote ahora de veras;

aunque falso como amante,

y firme a la obediencia.

Liz.

¡Ah, traidor! ¡Ah, infel!

Oxi.

Yo soy

siempre el mismo, y aunque pierda

mi vida...

Sale Lizerio.

Liz.

Si perderás

yendo tus evidencias

a de mi guarda, soldados:

prended al amante.

Cloe.

¡Penas!

¿Faltaba otra circunstancia

para hacernos más fieras?

Oxi.

Si llego a perder a Cloe,

es mayor muerte.

(Salen los soldados)

Unos.

¿Qué ordenas?

Otros.

Señor, ¿qué mandas?

Liz.

Que preso

llevéis a Oxiante.

1.º.

En esta

ocasión llegamos todos

a acusarte, pues entras

con tan reembarco sin orden

suyo, y llevabas a esa

mujer, y con él hallamos.

Liz.

Solo el delito se pruebe

con que has de morir.

Oxi.

Pues ya

Oxi.

he escuchado la sentencia,

y he de morir, si es intento

vuestro, señor; que fuerza es

faltar a mi obligación

y obscurecer mi nobleza

el no amar a Cloe, pues,

apenas salió a esta arena

con el amparo de Amor,

expresó que Leila soberbia

a Licas y a ti, Salesas,

remeció entre sus cavernas;

cuando la vi y defendí,

ella amenaza siniestra

de la esclavitud, guardando

su hermosura en esa cueva

oculta.

Liz.

Rendido arguyo

que él fue quien me sacó de ella.

Sale Lisandro.

Lis.

Señor,

la gente noble y plebeya

de Miseno afectuosos

al templo de Orfeo llegan,

imitados de las mujeres

que se hallan presentes, y sea

Cloe la ofrenda del voto

y la esclava de la pena,

y aguardan todos, a fin

de que en sus aras la ofrezcas.

Cloe.

Corónese mi dicha.

Oxi.

Moriré antes que esto vea.

Liz.

Entre el odio y el amor,

entre el voto y la clemencia

no hallo medio que me ayude

para que justo resuelva.

Quedar esclavas las dos

contra mi palabra es fea

Pang. 44

Liz.

resolución, castigar

a esta adorada belleza,

que manda mi corazón,

bárbara ceguedad fiera!

¡No cumplir el primer voto

es en mi celo sospecha!

Suspender por algún tiempo

las siempre célebres fiestas

es hacer la novedad

más alteración tercera,

esperando de los jonios

y eolios la competencia.

¿Qué haré, dioses? Mas al templo

llegamos donde se espera

de oráculo sagrado

el consuelo en nuestras puertas.

Todos.

Vamos todos al impulso

de la interior fineza;

blandos repitan los troncos,

dulces pronuncien las peñas.

Música.

Escucha, Orfeo, el canto,

atiende al triste ruego

de los dos al fuego

del corazón al llanto.

Todos y Música.

Escucha, Orfeo, el canto, etc.

Selva

Con esta repetición de música se entran, y se transforma el teatro en el de selva florida, siendo su foro la fachada del suntuoso Templo de Orfeo, y vuelven a salir por otra parte damas y galanes, y Liserio, y los demás.

Cloe.

Merezca yo tu piedad.

Oxi.

Logre mi amor tu asistencia.

Liz.

Respóndenos con clemencia.

Todos.

Sosiéganos de piedad.

Ábrese la puerta del templo, y se descubre una estatua de Orfeo con su cítara en la mano tan parecida a la que hace su imagen, así en adorno y traje, como en los coloridos del jaspe que equivoca la vista, no distinga cuál es la aparente, o la real, teniendo debajo de sus pies un pedestal de mármol, basa que sustenta la estatua, y detrás de la estatua voz que canta sin que se pueda ver.

Cantan Orfeo.

Pues ha llegado el día

en que la gloria mía

sin culto en mí no tiene,

el nombre solo de costumbre tiene,

rompiendo a sobremanera

que el voto en la ley grave inconstancia

a los tomos invertido

trasladar hasta el último cimiento

de mi templo la fábrica excelente.

Aquí empieza a moverse el templo elevándose en el viento al mismo compás de las cláusulas de Orfeo.

Cantan Orfeo.

Siendo mi voz el dulce y más valiente

que la máquina atraiga lisonjera,

y no es la vez primera

que alternando el concento

me siguieron los riscos por el viento

en este suelo sirve, en este puesto

el lago Estigio severo y funesto.

Habiendo subido el templo hasta la mediana, se ve abajo en su lugar el lago Estigio poblado de ondas de fuego, y una barca, en que estará Aqueronte surcando sus ondas, y alrededor muchos monstruos.

Pang. 45

Cantan Orfeo.

Monstruos horribles, cuanto espantosos,

Canta Orfeo.

En varias ondas pálidas y obscuras

os asombren fantasías y figuras,

amenazándoos fieros

el incansable mísero barquero,

ansias, sustos, horrores,

penas, tormentos, quejas y clamores,

iras, rabias y furias,

muertes, estragos, fieras,

sin piedad, sin alivio, sin consuelo

a suburbios serán de aqueste suelo.

Todos.

A otra Deidad superior

rendidamente invocamos,

y en sus gracias esperamos

las piedades del amor.

Todos y Música.

Escucha, Amor, el canto

adonde al altar te ruego

de los dos al fuego

del corazón al llanto.

A la armoniosa invocación de Amor se rasgan las esferas y saliendo de ellas el Amor sentado sobre un hermoso arco iris, y en lo superior del arco vendrá Apolo sentado, y al juntarse la gloria de Apolo con el arco del Amor, con las cornisas del templo se oculta la estatua de Orfeo sobre el dirigiendo el lugar, y se abrocha el templo su corazón, donde descubre la admiración mayor fábrica, que la idea puede penetrar así de hermoso cuanto más perfecto palacio de un Fénix, primero los dos de la admiración, cuatro ventajosos mármoles, jaspe y bronces, y canta el Amor.

Canta Amor.

Cesen las iras, Orfeo,

sangre de Apolo su padre,

comanda el decreto sumo

que has de guardar inviolable.

Canta Apolo.

Venera, infeliz belleza,

otra esclavitud buscarte,

que a conseguirte la gloria

desciende el atrevido amante.

Canta Amor.

Si ver qué empresa querrías

en su rostro las señales,

en su corazón mi flecha

las dejó más eficaces.

Váse ocultando el lago.

Canta Apolo.

El lago que ígneos voraces

porque sus ondas

no inunden mares de flores,

y fraguas dolor no abrasen.

Al herboso del templo vuelva,

y sus hierbas celebrarse

podrán con todo el concurso

de ninfas y de zagales.

tal

Repite Apolo.

Pues que seamos el primero,

su mano dar a Dorante.

(Dánselas las manos)

Cloe.

Lo mismo mi fineza

sin que de su luz comande.

Dorante.

¡Dichoso que llega a verse,

esclavo, libre y amante!

Licinio.

Pues esto ha querido Amor

Pang. 46

Licinio.

es fuerza que mi amor calle.

Canta Orfeo.

Si el amor es esclavitud,

satisfecho me desparte,

quedando ya libres todas

las infelices beldades.

Don Fernando.

Si el amor, según discurso,

es la esclavitud más grande,

en la nobleza del alma

deja impreso su carácter.

Luego logran mayor triunfo,

y, en fin, sus piedades

con el amor, por correr

distancias tan desiguales,

de ser esclava que sirva,

a ser esclava que ame.

Canta Apolo.

Y pues reconoce Lesbos

tan altas felicidades,

de Orfeo en las fiestas todos

den con alegres bailes.

Al empezar los del tablado a cantar, y formar lazos, se empiezan a mover las apariencias, y palacios, de suerte, que con los últimos acentos se ve todo desvanecido, y se da fin a la comedia.

Música.

Pues si de Apolo la luz

serena las tempestades,

los montes resuenen acentos felices,

las selvas respiren delicias suaves.

Si el amor es esclavitud,

confiesen ya los amantes,

felicen el peso a su dulce cadena,

y templan la furia a su duro quilate.

Repiten todos esta última copla, cantándola unos, y representándola otros, y habiéndose desvanecido las tramoyas se da fin a la comedia.

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