النص الرقمي لـ Los agravios castigados
تاريخ النشر: 25 يونيو 2026
البيانات الوصفية للعمل
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- النوع الأدبي
- Comedia
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- El texto procede de la transcripción automática (HTR + LLM) del manuscrito MSS/15096 de la BNE.
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الترخيص
صيغة استشهاد مقترحة
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los agravios castigados. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/los-agravios-castigados.
LOS AGRAVIOS CASTIGADOS
Jornada primera
Pag. 1
Don Juan, primer galán.
Don Diego, segundo galán.
Don Pedro, tercer galán.
Don García Vellido de Burbia, largo, padre de don Pedro.
Doña Leonor, su hija, hermana de don Pedro.
Doña Ana, hermana de don Diego, segunda dama.
Lucía, criada de doña Leonor.
Martín, lacayo.
Tres hombres que al principio salen acuchillando a D. D. y que después pueden hacer justicia.
Un escudero.
Salen don Juan y Martín.
Amante que sosiega
el nombre finge, la fineza niega,
y el amante que alcanza
engaño sin amor a su esperanza.
Sosegar es cordura
del alcanzar objeto la ventura;
no premio merecido
de quien sin esperarle no ha querido.
Yo, Leonor, que te quiero,
que de bella ya la considero
Pag. 2
tan viva, que el cuidado
se ha temido tal vez interesado,
adonde la memoria
es el pintor que alcanza tanta gloria,
la idea, los pinceles
que apercibe jazmines y claveles;
yo pues, oh mal terrible,
que conozco que amo un imposible,
que solo en mi deseo
es que te hablo, te contemplo y veo,
guiado por un ciego,
acierto errando, ya tu casa llego,
movido de mi estrella,
de ti, que predominas la más bella
en todo mi albedrío,
porque vives en él te llamo mío;
yo a tu casa vengo,
que en mí no para, pues en mí te tengo;
estas paredes toco
por ver si con mi ansia las provoco,
aquestas rejas miro
por penetrarlas con algún suspiro,
y es todo cuanto espero
porque sepas, Leonor, lo que te quiero.
Pag. 3
Leonor acaso es fantasma?
Por ventura está durmiendo?
Ves a Leonor entre sombras?
Hablas con ella entre sueños?
Ruido dentro de cuchilladas.
Aquí pagarás, traidor,
tu maldad y de infames pechos .
El ser tantos contra uno
ponerme a su lado quiero.
Desenvaina don Juan.
Que ampararle estando solo
es en mi forzoso empeño.
No te corre obligación
que te detengas, te advierto.
Detiene a su amo.
No me estorbes, pues no ayudas.
Éntrase.
Quedo me estoy, pues me quedo.
Aquí estoy a vuestro lado.
Salen acuchillando tres hombres a D. D. y a don Juan.
Ya con temerle no temo.
Siempre los muchos son pocos,
que acompañados del miedo
no vienen sin compañía.
Paces digo, caballeros,
que no hay cosa tan amable
como la paz y sosiego.
Paces digo, y paces hago.
Tirando cuchilladas desde lejos.
Pag. 4
Grande valor; nosotros no podemos
contra su fuerza. Todos, seguidme,
que ser conocido temo.
Huyen los tres.
También os sigo, traidores.
Es en balde, y es exceso,
que habrá gente por las calles
y las miden como el viento.
Puente de plata al que huye
es consejo soldadesco;
al enemigo que riñe,
poner tierra de por medio.
Que os obedezca es muy justo,
porque ya no pierda tiempo
en pedir me deis los brazos
por la vida que les debo.
Obligaciones forzosas
adquieren honroso premio
en el cumplirlas, y ahora
en vuestros brazos le adquiero.
Con ventaja.
Un grande amigo
tendréis en mí, que el efecto
estimo más que la causa,
pues de ella resulta el serlo.
Pone don Juan un pie sobre la plaza.
Pag. 5
Al comienzo de la plana hay varias líneas tachadas, parcialmente ilegibles, descartadas del texto principal.
Tan obligado os estoy
a ese trato, que os prometo
que están de tantas finezas
con envidia mis deseos.
Decidme agora quién sois.
Soy un pobre caballero,
aunque honrado, que en lo rico
no está la sangre ni el serlo;
mi nombre es don Juan de Silva,
con que sabréis si procedo
Pag. 6
de buena sangre; alabanzas
las permito, no las cuento.
Quiero bien a cierta dama
que su noble nacimiento,
que su hacienda y lo heredado,
con su belleza es lo menos;
mi voluntad corresponde,
con que veréis si la quiero,
y con amarla y amarme
un imposible pretendo,
pues su padre, a quien el mío
con ser amigos y deudos,
se la pidió, me la niega,
excusando el casamiento
con mi pobreza, y atiende
a estorbar el galanteo,
de suerte que en muchos días
verla y hablarla no puedo.
De esta manera la adoro,
con amarla me contento,
siendo alivio a mi fineza
el ver lo poco que espero.
Pag. 7
Agora os pido también,
pues amigos verdaderos
hemos de ser, me digáis
vuestro nombre. Estadme atento.
Es don Diego de Mendoza
mi nombre, sangre que heredo
de un noble padre, que ha días
que vive en descanso eterno.
Críeme siempre soldado,
porque hallándome travieso
mi padre quiso apartarme,
como si fuera remedio
libertar un hombre mozo,
que es el forzoso respeto
sino freno de los vicios,
moderación de despeños.
En la poca edad que digo
me fui a Flandes; si cuento
los amores, las pendencias,
que en soldados son sosiegos,
seré largo; solo digo
que fue de tantos sucesos
un milagro quedar vivo
Pag. 8
y gran culpa que escarmientos
no lograsen en mi vida
las amenazas del cielo.
Pero son raíces fuertes
las de los años primeros.
Volvime porque mi padre
me llamó, que en este tiempo
le faltó mi hermano, que era
de su casa el heredero;
murió mi padre, dejome
con una hermana que tengo.
En este estado que digo
yo vi un sol y quedé ciego,
de un ángel enamorado,
sin resistencia a su imperio.
Entró un rayo por mi vista,
y penetró tan adentro,
que ella libre fue pasando
al corazón tanto fuego;
y si el amor permitiera
ser mayor, que desde luego
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entró gigante y no niño,
que creciera más es cierto
cuando yo supe quién era,
su virtud, su nacimiento,
con tan ilustre apellido,
que es de Guzmán por lo menos.
Válgame Dios, mas si acaso
es la misma que yo quiero.
Entrada tengo en su casa
por la amistad que yo tengo
con su hermano y con su padre.
Ya que dudo, vive el cielo,
que es la misma. Y su hermano,
cómo se llama?
Don Pedro
de Guzmán.
A un desdichado
nunca engañan los recelos.
Y esta que veis es su casa.
Cada seña es un tormento;
si a quien amo me pregunta,
fuerza es fingir otro puesto,
y otros amores que en este
me ha de valer el secreto.
Pag. 10
Y ella acaso corresponde
vuestro amor?
De galanteo
no la sirvo, que a su padre
he pedido el casamiento,
con que se excusa el camino
de billetes y requiebros
con gusto de los padres.
Yo no lo tengo por bueno,
pues no siendo necesario
a mi mujer la sujeto
a un ensayo tan liviano,
que nunca para en honesto;
alabo aquí su recato,
que nunca, siendo tan cuerdo,
con facilidades llame
ni despide con desprecios.
Con esto, don Juan, he dicho
quién soy, y de mis deseos
os doy parte, que con vos
será traición el secreto;
y si en vuestra pretensión,
por Dios que no es cumplimiento,
Pag. 11
es hacienda lo que os falta;
ya sabéis que hacienda tengo
para serviros con ella,
y que de todo sois dueño.
Cuando sabéis que es la vida
lo que conozco que os debo.
Aparte.
Cuando la vida le he dado,
entonces me deja muerto.
Hay más desdichas, fortuna?
No era mejor que un acero
de aquellos tres me matase?
No mejor morir sin celos?
Mas responde mi fortuna:
no era mejor, que era menos.
Qué mucho si honrada sangre
es don Diego la que tengo,
que presumiese la vuestra
y saliese a defenderos;
y qué mucho que un peligro
no dude por un acierto,
quien adivino ganancia
tan ventajosa al riesgo.
Con los brazos otra vez
tanta amistad agradezco.
Pag. 12
Quiero que sepáis mi casa
y saber la vuestra quiero.
Aparte.
No perderé vuestro lado,
porque me informen mis celos,
que saber un mal temido
es procurado tormento.
Vanse y salen doña Leonor y Lucía.
Si tuve libre albedrío
para querer de esta suerte,
para mudarme, ni hay muerte
ni ya le tengo por mío.
Si mi amor con desacierto
por pobre amara en don Juan,
qué descrédito le dan
por vileza lo tuviera;
pero es mucho que la quiera
tan noble, cuerdo y galán.
Pierdo en algo mi decoro
porque hacienda no le sobre,
ya que le quiero por pobre,
le dejaré por el oro
de don Diego, cuando adoro
su amor en mi pensamiento?
Pag. 13
Si el mío menos contento
aun estuviera dudoso,
pudiera ser codicioso
si fuera más avariento;
y don Juan con su nobleza
es rico, que es más segura
moderación con cordura
que con locura riqueza.
Sin gobierno no hay firmeza
en lo rico, que no hay duda
que don Diego no se ayuda,
pues cuando a don Juan dejara,
fuera bien que me mudara
por la hacienda que se muda.
Tu firmeza es acertada
y la elección lo parece,
porque don Juan lo merece
y porque estás declarada,
y dos veces empeñada
en tu amor te considero,
de su amor tan verdadero
y de estorbar tu disgusto
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que siempre amor para el gusto
es el mejor, el primero;
el mayor mal, el más fuerte,
es el sujetar rendida
a un casamiento una vida
que a disgusto es viva muerte,
y viene a ser de tal suerte
que en morir la voluntad
espera comodidad,
porque a un perpetuo sufrir
es cautiverio el vivir
y la muerte libertad.
A don Juan traición hiciera
si elegido le dejara,
después don Diego dudara
cuando mudable me viera;
por sí lo mismo temiera,
pues dejado y ofendido,
un señalado marido
le daba al otro buscado
un temor adelantado
y escarmiento prevenido.
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Llamaron.
Pienso que sí,
pero nadie aquí parece.
Ni lo será que se ofrece
lo que pasó fuera aquí;
mas si llaman, mira allí
quién se burla de tal suerte.
Sale Martín.
Quién puede ser, un quererte
que aquí delante me envía,
y soy un norte que guía
a tu don Juan, hasta verte.
Pues Martín, así te atreves
a que mi padre te tope?
Valiérame de un galope
y de dos mentiras breves.
Esto a mi amo le debes,
que esperando tu licencia,
deseando tu presencia,
en esa calle te asista,
de su bolsa y de tu vista
padeciendo tal ausencia.
Dile que dile mi amor,
que quiero verle, y que venga.
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Pero no, que se detenga,
dice primero el temor;
no verle será mejor,
que temo de mis placeres
la culpa de lo que vieres.
Quiero verle; dile que entre,
mas mi padre no le encuentre;
haz allá lo que quisieres.
Si en mi voluntad lo deja,
el venir será la mía,
solo por ver a Lucía;
pero tú qué me aconsejas?
Que allá te quedes sin queja
y tu amo venga.
Entrado
tengo primero y amado,
que te llamo propiamente
Lucía mía de presente.
No Lucía de pasado.
Quién puede haber que resista
el ver a quien quiere bien
y quien el hablarle, quién,
si se le estorba su vista?
Los temores no conquista
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que el corazón que suspira
por don Juan, si no le mira,
decía con variedad
en que entrase la verdad,
en que se fuese mentira.
Salen don Juan y Martín.
Aquí me tienes, Leonor,
aunque sin vida me tienes,
si no a manos de desdenes,
a desdichas de mi amor.
Guiado de mi dolor,
aquí la muerte he buscado
y a tu padre no he topado;
mas quién muriera con verte,
quién alcanzó ni la muerte
si busca desesperado.
Ay Leonor, si considero
que a tal amar, tal querer,
a otro toca el merecer,
me muero de que no muero;
que a un amor tan verdadero
soy quien le tiene afrentado,
en qué pecho hubiera entrado
sin haberte merecido,
que el amor está corrido
de no verse en mí logrado.
Pag. 18
que el amor está corrido
de no verse en mí logrado.
Tan noble amor nunca entrara,
cuando más ciego estuviera,
en pecho que no tuviera
nobleza con que te amara;
siempre al objeto mirara,
y elegido como ves,
para que en mi pecho estés
queda vencido mi amor,
porque a otro, aunque menor,
le apadrina el interés.
Ponte en aquella ventana, a la criada, y no entre mi padre.
Presumo de tus razones.
La gana de algunas satisfacciones,
mas si cargo no me pones,
quieres que alguna te dé?
Quieres que tenga de qué?
En el amor si te sigo,
no a la parte voy contigo
en ofensas de mi fe.
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No con dejar me acredito
tu voluntad satisfecha,
que en ella cupo sospecha
y en la mía no el delito.
Defensas no solicito,
que si tu temor parece
que por mi culpa no crece,
es contra ti, que en amor
tiene de vil el temor
presumir que no merece.
Bien creo que habrás mirado
mi amor con estimación,
y que mueve tu razón ,
lo servido y no medrado.
Pero si tomas estado,
y estoy cierto, y no dudoso,
que no puedo ser tu esposo,
temo que te has mudado,
disculpando lo obligado
con leyes de lo forzoso.
No me mates más, don Juan,
que no quedo ofendido.
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matarme como marido,
dejarme como galán.
Bien podrás, y bien podrán
hacer tus cosas que muera;
si yo dejarte pudiera,
otro remedio buscara;
no dejarme te mandara,
antes morir escogiera.
Mas es mi amor de esa suerte,
porque un amor enojado,
si está muy desesperado,
no escoge el mal menos fuerte;
desesperado la muerte
pidieras, no es bien te quejes,
ni que a mi amor aconsejes.
Menos sientes, más despides,
porque tú la muerte pides
y yo pido que me dejes.
Luego hubieras de sentir
más mi ausencia que tu muerte.
Sí, que por solo no verte
es que sintiera morir.
Esto me obliga a decir
Pag. 21
como por fuerza mi amor
que es en tiempo que al rigor
no estorbo, ni solicito,
porque quejas no permito
con agravios de mi honor.
En tu honor, aunque pueda
recelar alguna duda,
mi sospecha no le muda,
que siempre en su ser se queda.
Yo la tengo de que exceda
mi sospecha a mi razón,
que a tu honor y obligación
no le muda si le asombra
una apariencia, una sombra,
un antojo, una ilusión.
Al sol no has visto mudado,
que un leve vapor que sube
engendre una densa nube
y hace a lo claro nublado,
no por haber variado
de su luz el sol ni el cielo,
darle en ella algún desvelo.
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que aunque en su curso le mueve,
la nube solo se atreve
a correr al sol un velo.
Así tu honor variedad
no puede nunca admitir,
que no es luna en recibir
ni mengua su claridad;
es un sol con igualdad,
y vapores de desvelos,
si se atreven a sus cielos
y a dar a tu luz desmayos,
no son menguas de tus rayos,
sino nubes de mis celos.
La misma comparación
quiero que te dé a entender
cuánto al sol debe exceder
de la honra la opinión;
si miro con atención
que el sol no mengua ni crece
y tan claro no parece,
apercibo en mi concepto
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que en su luz no está el defecto
estando en quien le oscurece.
Pero si miras mi honor
y juzgas por el semblante,
topas la nube delante
que ofusca su resplandor;
no apercibes mi interior,
que con ser al sol igual,
con tener su luz cabal,
muy poco importa ser una,
si con tus dudas soy luna
y mi pecho no es cristal.
Eres mi Lucía hermosa
como tú misma, en razón
que toda comparación
yo la tengo por odiosa,
y eres mía, que es la cosa
sobre que tanto porfío.
Con amor soy en mi albedrío;
eres, Martín, muy bonito,
y eres mico martinico,
que es en romance ser mío.
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que significa en latín.
Que de Martín la persona
es lo mismo que irse amona,
si se va por san Martín.
Latín sabes; mas, en fin,
debes de estar enseñada
a saberlo a la trocada.
Yo no pensé, con tu mengua,
que supieses esa lengua,
siendo moza y siendo honrada.
Ay desdichada de mí,
que viene ya mi señor;
nunca me engañó el temor.
Escóndete presto aquí.
Y qué se ha de hacer de mí?
Por ti me escondo turbado.
Ponte también a este lado.
Siempre me hallan escondido.
Yo quiero darme a partido
antes que verme cercado.
Sale el viejo.
Hija, quién sois? Qué buscáis?
Quién soy será cuento largo
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para la prisa que tengo.
Lo que busco es un hidalgo,
escudero de esta casa,
que es el Gómez, hombre honrado
y pariente de mi agüelo.
Lo que quería, si al caso
hace también, es pagarle
cierta deudilla, unos cuartos,
porque una capa me tiene
que es balandrán desdichado.
Esto quiero y esto busco;
yo me entré mi paso a paso
y me salgo como entré,
pues paso a paso me salgo.
Vase.
Salte, Lucía, allá fuera.
Vase Lucía.
Triste de mí, mas si acaso
ha sabido de don Juan,
de temor estoy temblando.
Tu honra, hija, y la mía,
y también la de tu hermano,
qué he de hacer, si ya me dice
que a todos tengo afrentado.
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El sosiego de los tres
Sus palabras no le atajo,
mis disculpas no anticipo,
porque enmudecen los labios.
Al fin la quietud de todos
consiste en el darte estado.
No de todos, pues en eso
está la muerte que aguardo.
Es la hermosura un peligro
a galanes vinculado,
de suerte que algunas veces
no lo estorba ni el recato,
que siendo fuerza ser vista,
el uno de enamorado,
el otro de galanteo,
y los dos de cortesanos,
buscan a costa de honras
un pasatiempo al enfado,
una calle a sus paseos,
y a sus vidas los milagros.
El excusar estas cosas
es de un marido cuidado
Pag. 27
que no es mío, aunque le tenga,
ni tampoco de tu hermano,
que los dos, si no admitimos,
agora disimulamos.
El pretendiente que excusa
tiene en el fin que no es malo,
mas después del casamiento
queda el honor tan guardado,
que lugar a lo atrevido
no le da si no el agravio.
Por esto, hija, temiendo
un corto plazo a mis años,
casarte quiero, que un padre
que ansí deja descuidado
una hermosura sin dueño,
sin prevención de mil daños,
no determina dudoso
o confía temerario.
Un caballero muy noble,
que es muy rico y muy bizarro,
me ha pedido el casamiento,
que estoy contigo tratando.
Pag. 28
es persona en quien a días
que yo puse mi cuidado;
pero, hija, aquí le has visto
algunas veces.
Qué aguardo,
que en sus manos no me entrego?
Ay, hombre más desdichado!
Es don Diego de Mendoza
su nombre.
Que pueda tanto
un pesar solo conmigo,
que ya por grande, apretado,
en mi pecho se divide
en don Juan, porque en entrambos
pueda caber, sin que alivio
me conceda, pues qué paso
el que a mi suerte ha cabido
y el que a don Juan le ha tocado.
Mira agora qué respondes.
Vive el cielo que me abraso,
y que es mucho lo que sufro,
pues no salgo reventando.
Quién en el mundo se ha visto
en medio de dos contrarios,
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como de un amor oyendo
y de un respeto mandando?
Si a bien librar no obedece,
qué importa, pues está claro
que su padre gusta de ello,
que no haya, cielos, un rayo.
Si te parece, señor,
que en la respuesta he dudado,
es en cosa que conviene
por lo menos el mirarlo.
El casamiento propuesto
ni lo condeno ni alabo,
mas digo con tu licencia
que no sé si es acertado.
Es don Diego de Mendoza
caballero muy honrado,
sé que es muy noble y que es rico.
Dirás, pues en qué reparo,
si es esto lo que se busca?
Por bastante no lo hallo,
ni lo esencial te parezca,
si bien es lo necesario.
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Nuestra vida necesita
de adornos y de reparos,
estas cosas no son vida,
si bien la ayudan en algo.
El adorno de lo noble,
de la hacienda lo sobrado,
son partes para que viva,
pero el todo, vinculado
está dentro de nosotros.
Pues nos lo muestra bien claro
que a los ricos y los nobles
falta vida a cada paso.
El casamiento es lo mismo,
pues ya ves que dura tanto
como la vida, si en él
acá dentro no hay descanso.
Si el marido sin sosiego
vive solo a lo soldado,
aunque juntes cuantas cosas
son la calidad de amparo,
es un fantástico alivio,
siendo mortal el trabajo.
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Con esto digo que mires,
que consideres despacio
que lo cuerdo es lo primero,
y que don Diego está falto
de esta opinión, pues la suya
es ya sátira de tantos,
que lo mejor en caballero
con nobleza y sosegado,
menos rico, pues con él,
no con la hacienda me caso.
Es de esa suerte don Juan?
que parece le has pintado.
El que fuere de esta suerte
me parece que no es malo,
sea don Juan o don Diego,
que en los nombres no reparo.
Con qué ojos la codicia
siempre a lo pobre ha mirado.
Despacio lo considero,
que con tu remedio trato
casar primero tu gusto.
Yo procuro tu descanso.
Vase el viejo y sale don Juan.
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Bien sé, Leonor, que te debo
esta vida que me has dado;
el beneficio no apruebo,
porque solo has dilatado
el pesar con que la llevo.
Si te casaras, muriera,
no la vida resistiera
tanto mal, y si acabara,
no verte ajena esperara.
Pues ya propia no te espera,
tan a costa de un sufrir
que obra te pueda alcanzar,
me has estorbado el morir,
que dilataste el pesar
y no estorbaste el sentir.
Y si en el vivir padezco,
viendo que no te merezco,
una vida que me sobra
no te agradezco la obra,
la voluntad te agradezco.
Mío don Juan has de ser,
sin que lo pueda estorbar,
Pag. 33
pero quién a tal querer
quitará de su lugar
el que fuese tu mujer.
La muerte sí, con morir
pudiera en mí conseguir
no ser tuya; que en quererte
de ti tampoco la muerte
me pudiera dividir.
Mira, pues, si habrá rigor,
si habrá violencia que pueda
ser al amor superior,
si la misma muerte queda
ya vencida del amor.
Que a un amor a quien ya pudo
servir el alma de escudo,
la parca más atrevida
corta el hilo de la vida,
pero no del alma el nudo.
Mi Leonor, todo mi bien,
no desperdicies favores,
no conmigo, no con quien
Pag. 34
espira de esos amores
más que si fuera un desdén.
Mi sentimiento es mayor,
es más grande mi dolor,
cuando ansí te considero,
pues me quieres y te quiero
sin que se logre el amor.
Que del deseo que no alcanza
le consuela su firmeza,
pareciéndole alabanza
y juzgando por fineza
el amar sin esperanza.
Pero viendo mi albedrío
que le sigues sin desvío
con ese amor, si le veo,
cree entonces mi deseo
por el tuyo y por el mío.
Lo que después ha de ser
lo tengo de dilatar;
yo con ansia de querer,
yo pudiéndome casar,
quiero a mi amor detener.
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Ya no más la dilación,
no me sufre el corazón;
que si ser suya procuro,
no sin honra me aventuro,
ni tampoco sin pasión.
Ah fortuna, que me impidas
este bien que me has quitado,
y que tenga divididas
un interés limitado
dos voluntades unidas.
Mal haya quien en el oro
puso tan grande decoro,
que pudo hacer esta prueba
de que a dos almas se atreva,
estorbando lo que adoro.
Ya, don Juan, está mi amor
a cumplir determinado
de su violencia el rigor.
Qué dices, y está mirado
sin ofensa de tu honor?
Solo le ofende quien piensa
que en él cabe alguna ofensa.
Pag. 36
No tú, porque eres testigo
que el mismo amor ni contigo
en leyes de honra dispensa.
Bien verás que nunca ofendo
ni en mi deseo a tu honor,
que aunque con ansia pretendo,
me pongo contra mi amor,
y es tu honor el que defiendo.
Mira, pues, si esto es ansí,
lo que yo te estimo en ti,
que entendiendo de tu fe
mancha en tu honor te estorbe
y me puse contra mí.
Pero di que no sosiego.
Cómo ha de ser?
Pues te adora
el amor a que me entrego,
el modo sabrás agora.
Pero el cuándo ha de ser luego.
Ese plazo en mi querer
encontrado viene a ser,
que en servir y en desear
es luego tarde el lograr,
y es muy presto el merecer.
Pag. 37
Un grande amor diferencia
tiene en su mismo deseo:
la fineza resistencia,
en alcanzar en su empleo
la pasión su competencia.
Y cuando modo me das
de ser tuyo, queda atrás
la pasión del alcanzarte,
porque con más esperarte
el amor merezca más.
Estas mañanas, don Juan,
como sabes, he salido,
conmigo criados van;
trazo, pues, tener marido
y excusar tener galán.
También manera sabré,
y luego me apartaré
de mi gente si te viere;
tú me sigue donde fuere,
que en un jardín me entraré
solo con esa criada
que sabe lo que te quiero.
Pag. 38
La puerta estará cerrada,
estorbando el jardinero
a mis criados la entrada;
saldré por otra y contigo,
pues a tanto que te sigo,
me casaré, con un modo
que a ti te espante, pues todo
ha de ser como lo digo.
Y después del casamiento?
Será tu entrada tan cierta,
que entrarás en mi aposento,
dando lugar una puerta
muy fácilmente a tu intento.
Y te advierto que si llego
a seguir amor tan ciego,
que no afrentoso le sigo:
mal no me caso contigo,
sin casarme no me entrego.
Bien haya quien en un punto
tanto acredita su amor,
pues que ya con un asunto
mi amor, el suyo, tu honor
satisfaces todo junto.
Pag. 39
Bien hayas tú, que a ser puedes,
cuando ya lo humano excedes,
que el poder te dé la palma,
que es enriquecer el alma
efecto de tus mercedes.
Vete, pues que no quisiera
que mi hermano...
Ya me voy;
quien sin tu mano se fuera?
Dale la mano.
Ya de dártela la doy.
Que si no, no te la diera.
Que soy, en fin, tan dichoso.
Eres, don Juan, poderoso.
Grande es la suerte que alabo,
mi Leonor, yo soy tu esclavo.
Eres ya, don Juan, mi esposo.
Vanse. Salen don Pedro, hermano de doña Leonor, y don Diego, y su hermana doña Ana.
El señor don Pedro, hermana,
viene a veros; estimadle
el favor, agradecedle
la merced que a mí me hace.
Obligado vuestro hermano
de sí mismo, de su sangre,
Pag. 40
de mi deseo en servirle
procura desempeñarse,
y que a sus demostraciones
a superiores señales,
que de deudor, pues con veros,
trata agora de obligarme.
Si con empeñarse más
ya mi hermano os satisface,
no corre riesgo de ingrato
quien paga con obligarse.
Qué belleza, qué donaire!
Ya rendido a su hermosura,
solo por ver su donaire,
me sujeto con don Diego
a hacer lo mismo que él hace.
Pues yo le llevo a que vea
a mi hermana, a que la hable,
no queriendo que con ella
tan a disgusto se case
un hombre que es tan perdido;
pero mi hermana no es fácil,
Pag. 41
Aparte.
y pienso que le aborrece,
pues se le excusa de escucharle.
Por solo ver a su hermana
soy su tercero y soy parte
de que pueda ver la mía,
que enamorado la trate,
porque consigo me lleve,
con saber yo que el casarse
con mi hermana no es posible,
que don Pedro por su madre
de primero matrimonio
no es bien nacido, y que pase
quiere mi amor por mi afrenta
sin que en peligros repare;
mas mi hermana le aborrece,
pues se excusa de hablarle.
Doña Leonor está buena?
Con deseo está bien grande
de que en las dos las visitas
acrediten amistades.
Ese deseo es el mío,
porque su vista agradable
solicita que la busquen
con envidia de sus partes.
Pag. 42
Mi hermana irá muchas veces
a vuestra casa, por darme
parte en su dicha, y el gusto
de que entonces la acompañe.
Y dejando cumplimientos,
sabed los dos que en un trance
me he visto bien a peligro
que la vida me quitasen.
Pues saliendo de una casa
al pasar por una calle
me acometieron tres hombres,
tan resueltos a matarme,
que la furia y la venganza
se pusieron de su parte
con tanta resistencia
como estar solo y ser tarde.
No presumo de mi vida
que por yerro me buscasen,
que si vivo como pienso,
porque todo no me falte,
cuando tal vez el agravio
es delito que no nace
Pag. 43
de mi mano, y sin mi culpa
quiere el cielo castigarme,
cómplice en otro delito.
No habrá yerro que me mate
por yerro que toma el cielo
por la parte que le cabe
de su injuria, un instrumento,
permitiendo que se paguen
los agravios diferentes
cuando le tocan iguales.
Al punto que me embistieron,
dando de plazo un instante
a mi vida, se me puso
a mi lado un hombre o ángel.
Un rayo fue que a su fuerza
fue lo valiente cobarde,
pues de los tres de la muerte
pudo su brazo librarme.
Huyeron todos, quedeme
agradeciendo el rescate
de la vida que le debo,
y sabiendo de su sangre
Pag. 44
la nobleza de lo noble,
tanta amistad, tantas partes,
quedé de suerte empeñado
que es con amor entrañable,
porque no he visto en mi vida
caballero más galante.
Aparte.
Ya por amigo me tiene
con deseo de tratarse,
de la ocasión envidioso
y agradecido del lance.
Aparte.
Gracias a Dios que estás libre;
doyte gracias de que te saque
siempre de tantos peligros
como pasar cada instante,
que agradecida me tiene.
Hombre tan noble y amable.
Mucho siento que a doña Ana
tan de veras le alabase.
Cómo se llama el amigo?
Don Juan de Silva; delante
le tenéis.
Pag. 45
Por cumplir la palabra
que de veros me tomasteis,
y por cumplir mi deseo,
no he querido dilatarle.
Sois mi amigo verdadero,
y no habrá cosa que baste
a que estemos divididos,
unidas las voluntades.
Al señor don Juan, hermana,
debéis mi vida, y a darle
quedó obligada la mía
a quien un favor me hace
como ofrecerme por vuestro.
Qué galán, qué lindo talle!
Yo soy vuestro servidor.
El señor don Pedro, habladle,
que es un grande amigo mío.
Personas tan principales
siempre serán conocidas,
aunque ocasiones nos falten
de servirlas, de tratarlas;
pero los que poco valen
vivimos muy retirados.
Pag. 46
Mil días a que obligarme
pudo en mí para serviros
el conocer vuestras partes;
pero el tiempo que he perdido
me permitiréis que gane,
siendo siempre vuestro amigo.
No me aparto de mirarle,
ni tengo por su mirar
que entre la vista en la cárcel,
porque si presa se queda
es imposible librarse.
Muy cuidadosa le mira.
Irme quiero por llevarle;
los tres nos vamos al prado
antes que pase la tarde.
A don Juan acompañemos.
Que os sirva, que os acompañe
es muy justo; vos, señora,
pues ya soy vuestro, mandadme.
Yo os suplico que a mi hermano
vuestro lado no le falte,
que le busquéis muchas veces.
Pag. 47
Ansí lo haré.
Dios os guarde.
Vanse los tres.
A gentil hombre; mas a mí,
mas podré ver que se engañe
dando acaso por oficio
lo que no me da por talle.
De qué servir a don Juan?
De que las damas me llamen
y de informarlas a todas
que yo le sirvo de balde,
que es oficio más honroso
que de provecho, no cabe
todo en mi saco, ni elijo
que quisiera mucho antes
una espléndida comida
que un espléndido linaje.
Don Juan será muy querido.
Él quiere bien, no es amante,
porque impedido se halla
de un pesadísimo achaque.
En don Juan puede haber cosa
que para amar le embarace?
Intrínseca no es posible,
que aunque el achaque le nace
Pag. 48
de poder poco en sí mismo,
no hay potencia que le falte:
la voluntad, la memoria,
entendimiento notable,
y si acaso hay más potencias,
todas tiene sin que falte.
Pues qué decís que le falta?
Dinero con que regale
la criada, el escudero,
la parienta, el mal de madre;
con que todo facilite,
dificultades allane,
con que venza lo imposible
y rinda las voluntades.
No está sobrado don Juan.
De alguna necesidad,
en que también yo le sirvo
y voy con él a la parte.
No le pagan bien sus rentas,
es muy poco lo que valen,
las fincas no son muy buenas
y es forzoso sustentarse
Pag. 49
como quien es, con criados,
sin que pueda alimentarme
a mí solo, ni tener
caballerosos disfraces.
Es de comer lo que os falta.
Soy tan señor en mi hambre
que como hambre en gigote,
hambre engañada en manjares
exquisitos, porque todos
apetece mi gaznate,
camaleón empalagado
de comerlos en el aire.
Dele una cadena.
Tomad pues esta cadena.
Agarrela, aunque me llames
avestruz; una me has puesto
para que con ella trace
que le ponga a mi amo
una esposa como un ángel.
Venidme a ver muchas veces.
Cada eslabón que quitare
Jornada segunda
Pag. 50
me servirá de memoria,
y como algunos se gasten
me servirá de codicia
oro de tantos quilates.
No sepa nada don Juan.
De nada le daré parte
por no dársela de nada.
A mí sí.
Mas de cuanto alcance.
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Hermosísimas flores,
alegre campo de colores,
a quien el sol les debe
de unas con otras conservar lo breve,
pues vuelve lo que quita
y unas florece y otras marchita;
arroyo que al oído
es agradable y manso te ruido,
ramas en quien se alcanza
juntas la posesión y la esperanza;
pues ostentáis lo verde
sin que ambición de fruto se os acuerde,
cuando el de fruta ufano
está sujeto al golpe de una mano;
ramas, arroyo, flores,
qué festejos tenéis de ruiseñores.
Dadme la norabuena,
que os miro alegre, si os miro con pena.
Yo soy aquel dichoso
que veis agora de Leonor esposo,
que fue tan desdichado
que visteis deste bien desesperado.
Pag. 52
El que pudo algún día
mentir con su pesar vuestra alegría,
y quien os mira agora
sin tinieblas a vista de la aurora,
amante sin mudanza,
mas en la posesión que en la esperanza;
que el que habiendo querido,
alcanzándose halla arrepentido,
será porque ha buscado
contento que no es firme en mal estado,
donde es fuerza suceda
que pasa el gusto si el pecado queda;
no donde yo gozoso,
poseyendo amante, quiero esposo.
Pag. 53
Pero también contemplo
que no hay perfecto bien en este ejemplo,
pues tengo el bien que quiero
y con ser todo, no lo tengo entero,
gozando sin sosiego
lo que pretende contra mí don Diego.
Y sin que salga el día
escondiéndome voy de don García,
donde la noche breve
que paso con mi bien es día breve,
y el día con tal carga
que paso sin mi bien es noche larga;
que el más dichoso estado
en el mundo se goza limitado.
Don Diego y don García,
los dos opuestos de la dicha mía,
veo; aquí me oculto,
si bien el escucharlos dificulto.
Escóndese. Salen el viejo y don Diego.
Si es solo razón de estado
dilatar mi casamiento,
que no tendréis otro intento,
siendo quien ha rogado,
Pag. 54
Para que os quiera buscar
sin dilatar mi esperanza,
que no acabo la alabanza
del haceros de rogar.
Que si aquello que queréis
por más honra lo dudáis,
con lo mismo os afrentáis
si cosa vuestra lo hacéis.
El casamiento he dudado
sin haberos respondido
por si acaso algún olvido
os pudiera haber mudado;
pero ya que me sacáis
donde agora me tenéis
ya qué respuesta queréis,
cuando tanto me apretáis.
Os digo que yo propuse
a mi hija vuestro intento,
que excusó su casamiento,
aunque con vos lo propuse;
Pag. 55
y que habiéndome informado,
perdonadme si a esto llego,
colijo en todo, don Diego,
que estáis muy mal opinado.
Esta es licencia de viejo,
que el modo con que lo digo
estimaréis como amigo,
por enmienda y por consejo.
Aparte.
Vive Dios que sufro mucho
y que estoy desesperado;
a su hija me ha negado
con el modo que le escucho.
Disimular me conviene
por la parte que me toca,
que aunque el furor me provoca,
un grande amor me detiene.
Mirad primero mejor
si soy pobre o mal nacido,
si malo para marido,
aunque sea de Leonor,
y mirad, pues sois discreto,
que no parece locura
Pag. 56
sin vileza, travesura,
que en un mozo no es defecto.
Siempre hallaréis en un mozo
liviandades cortesanas;
si os informáis en las canas
de los delitos del mozo,
si os informáis de mi igual
y alguno viejo me viera,
o por loco me tuviera
o por de poco caudal.
Decidme, pues, en qué pierdo
la opinión en que me fundo,
cuando la pierde en el mundo
lo juvenil con lo cuerdo.
Esa opinión os condeno
y a la mía no la igualo,
que es cierto que aun con el malo
tiene su lugar el bueno.
Porque el malo cuando miente
a sí mismo satisface,
con alabar lo que hace
vitupera lo que siente.
Pag. 57
que el malo cuando le toca
alaba lo que es ajeno
dentro de sí, pero el bueno
con corazón y con boca.
Vuelvo a decir que mejor
lo que os conviene miréis.
Don Diego, no me canséis;
no ha de ser vuestra Leonor,
a lo menos mientras vivo.
Y en tanto que no me muero,
ignoráis en lo que quiero
el pesar que yo recibo,
si acaso no lo ignoráis.
Cómo así me respondéis?
Ya caduco no teméis
que soy yo con quien habláis.
Si se arrojare imprudente,
yo soy parte y no testigo.
Pues tú te atreves conmigo,
poco, rapaz, insolente?
Si a mi furia me provoco,
presumiréis lo que os quiero.
Pag. 58
Vive el cielo que mi injuria
a venganza solicitas.
Ya que furioso me incitas,
sepa este monte mi furia.
Suelta don Diego. Sale don Juan.
Pues tú eres contra mí?
Siempre ves que defendí
los que oprimidos están,
y de esto serás testigo,
cuando obligado me estás;
mas quiero obligarte más.
Ya que me llamas amigo,
y esto ha de ser de este modo,
que de locuras iguales
así borro las señales,
ya que no es posible el todo.
Y quién tanto te aprovecha,
que está siempre de esta suerte
estorbándote tu muerte
y una cosa tan mal hecha,
Pag. 59
te avisa que el amor mal
no habrá fuerza que lo impida,
pues yo que te di la vida
quito solo una señal,
con que verás en lo sabio
que es más posible, más cierto
dar tal vez la vida a un muerto
que dar honor a un agravio.
Corrido estoy. No quisiera
que don Juan me hubiera visto;
la venganza aquí resisto,
porque a mis manos no muera.
Ser don Juan tan puntual
no ha de ser contra el amigo,
que aun en lo malo le sigo
si tiene gusto en el mal.
Es la culpa el elegir,
que después la aprobación
no ha de mirar la razón
para estorbar o seguir,
porque la cólera crece
el que con mucha prudencia
Pag. 60
da sin tiempo la advertencia
y al más amigo enfurece.
Yo cumplo mi obligación
en todo lo que yo sigo,
porque aunque soy vuestro amigo,
lo soy más de la razón.
Y si amigo me estorbara
que yo la razón siguiera,
si otro remedio no hubiera,
vive Dios que le matara.
Mas me parece pasión
que no razón la que mueve,
pues defenderse se debe
sin pasión a la razón.
Pero si el consejo sigo
que en amistad os he dado,
también lo tengo aprobado,
pues os dejo por amigo.
Y a vos os digo que aquí
lo mejor averigüéis,
Pag. 61
que a vuestra hija me deis,
o que la guardéis de mí,
porque estoy enamorado,
porque puede poco agora
amor loco en hombre loco
a serle desatinado.
Hijo tengo que te impida
ese loco pensamiento,
que ataje tu atrevimiento
y que te quite la vida,
que morirás por su mano
si fueres tan atrevido.
Primero es la de un marido
y después la de un hermano.
Mas esta acción agradezco
cuanto es menos merecida,
y si es deuda prevenida
también la paga os ofrezco.
No corréis en lo prudente
con ese loco pareja,
pues sois el mismo en la queja
y en la acción tan diferente.
Pag. 62
que con haberos negado
lo mismo que él ha pedido,
estoy de vos defendido
cuando del otro afrentado.
Con que si al uno condeno
por bueno al otro señalo,
porque al lado de uno malo
se conoce más el bueno.
Quien tanto favor alcanza,
qué otra posesión espera,
pues tengo la verdadera
en Leonor, en tu alabanza?
Es servirte beneficio,
y ya he podido alcanzar
cuanto tú me puedes dar
en Leonor, en tu servicio;
que cumplir mi obligación
es lo que solo me toca,
no me permite la boca
agravios del corazón.
No quiero perder tu lado.
Que me acompañes permito,
Pag. 63
Aparte.
porque entiendas necesito
de estar bien acompañado,
porque esperes compañía
que a tu gusto considero;
es la tuya la que espero,
que ya yo tengo la mía.
Vanse. Salen doña Leonor y Lucía.
No hay alivio, no hay paciencia
a la pena en que me abraso,
porque es la ausencia que paso
pesada si breve ausencia.
Tengo el bien en apariencia,
y con sombras la alegría,
al bien que es propio no hay día,
que en dos casados amantes
son tormentos los instantes
sin su trato y compañía.
Considérome casada,
y como amante me veo,
pues tan a hurto poseo
que ver el día me enfada.
Pag. 64
Aquel trato cuando agrada,
aquel bien en propiedad,
aquella conformidad
es el mayor interés,
y estoy enferma al revés
por más larga enfermedad.
Va de un enfermo el desvelo,
que el mal de noche le crece,
que ya mira si amanece
y así luz entra del cielo,
que espera en ella consuelo.
Ya sé un siglo de un momento,
que se levanta sediento,
que se sienta, que no cesa,
que a cada vuelta confiesa
mucho mal en su tormento.
Pues yo, al revés, si amanece,
me levanto sin sosiego,
a la ventana me llego,
y ya don Juan no parece;
crece el día, el ansia crece,
Pag. 65
sospechosa considero
en que le gasta; aquí muero,
en nada tengo alegría,
y como el que espera el día,
así yo la noche espero.
El mal que yo paso es,
si acaso no lo sospechas,
enfermedad a derechas,
cuando la tuya al revés;
que es tal el sueño que ves,
que ya yo paso por ti,
que a tu padre respondí
a un poco que preguntó:
si con la boca que no,
con la cabeza que sí.
Tanto tu amor me desvela,
con abrir quedar vestida,
que entre despierta y dormida
soy nocturna centinela.
No entre dos luces sin vela
he de bajar y subir,
después estar sin dormir,
Pag. 66
si piedad en yerro cabe,
me tiene piedad la llave,
y tal vez no quiere abrir;
mas abre al fin, que oprimida,
aunque la llave se hiera,
la mueve entonces la fuerza
de mi obediencia movida.
Por eso toda la vida
te tengo yo de pagar
haber querido juntar
a dos casados, que en fin,
si no es por medio ruin,
bueno es saber obligar.
Mas qué dices de don Juan?
Quiérame bien en otra parte?
Lo que no fuere dejarte
es permitido a un galán;
las damas le buscarán.
Qué dices? Esa licencia
la tomaste en violencia,
cuando estaba satisfecha
que quitases la sospecha,
le das nombre de evidencia.
Pag. 67
No ves que siempre un recelo,
si con dudas se acredita,
contradicción solicita
en quien espera consuelo?
Que si se teme un desvelo,
luego busca el corazón
permitida adulación,
porque a males esperados,
temidos y no llegados,
se debe contradicción.
Yo por haberle alabado
me pareció que él debía
de pasar de paso el día
siendo de algunas buscado.
Digo que te has engañado,
y que cuando yo no veo
responder a mi deseo
soy yo misma quien me ayudo,
porque entretanto que dudo
por lo menos no lo creo.
No me alabes a don Juan,
porque yo le quiero así.
Pag. 68
Galán cual es para mí,
no por allá tan galán.
Las mujeres siempre están
sujetas a que un marido
esté fuera divertido;
si está en casa sin desdén,
aprende a llevarlo bien
si excusar quieres ruido.
Sale Martín con la cadena al cuello atravesada.
Señor Martín?
Mi señora,
enviado vengo y traído
de don Juan y de Cupido,
que arrastra a quien enamora.
Mas bien haya quien te adora,
quien tiene tanta ventura,
quien hermosa te procura;
sola a Lucía querría,
que no luce una Lucía
delante de tu hermosura.
Tan galán y cortesano,
yo te doy la norabuena.
Es de toque la cadena.
No es de toque de tu mano.
Pag. 69
Bravamente estás ufano.
No te quisiera Lucía
codiciosita; desvía,
que a la cadena te juntas
y por su salud preguntas
primero que por la mía.
Lo atravesado no agrada;
póntela de otra manera.
Lo travieso no quisiera;
pero ves la atravesada?
Pues soy yo ciega?
Engañado
te tienen esos antojos;
no la miras con enojos
cuando por ella suspiras,
ni atravesada la miras
si la ves con buenos ojos.
Qué hace don Juan?
Más no sabe,
y él no lo sabe tampoco,
que yo le juzgo por loco
el rato que no te ve.
Pag. 70
porque amor con un amante,
ya que no puede ignorante,
le puede hacer divertido.
De los amigos se esconde,
de los gustos se desvía,
ya no busca la alegría
ni a propósito responde;
solo a ti te corresponde,
y él a solas habla en ti,
y como vio que le vi
me dijo con grande amor:
pues conmigo y sin Leonor
fuera bueno estar en mí.
Sale Leonor. Aquí doña Ana aparte.
Aquí doña Ana ha parado.
Di que venga norabuena.
Dándosela.
Partiremos la cadena.
Este nombre no he tragado;
a tiempo viene ocupado
esta señora doña Ana,
de don Diego no es hermana.
Pues qué importa que lo sea?
Yo no quiero que me vea,
ni de verla tengo gana.
Pag. 71
Esconderme te conviene.
Por qué tan poco sosiego?
Quítala y dásela a doña Ana con manto.
Es amigo de don Diego,
mi amo, y si esta viene
y aquí me viere, este tiene
ya con recelo a mi pena
de malicias esta llena.
No me escondes, no responde,
pero ya que no me escondes,
quiero esconder la cadena.
Leonor amiga.
Sí, doña Ana.
Cómo me mira derecha.
Luego miró mi sospecha,
y yo temo que no es vana.
Vengo a mostrarte la gana
que tengo del casamiento
de mi hermano, pues su intento
Pag. 72
Qué gran desdicha es la mía
si lo que temo es lo cierto.
Con las palabras no acierto.
Oh, mal haya la cadena.
De sentido estoy ajena.
Habla el color y está muerto.
Yo veré si me declara
su semblante mis recelos,
que son fingidos los celos
si no salen a la cara.
Cómo está don Juan?
Reparo
en que no es acción decente
preguntar sin ser pariente
por un hombre, y hoy dificulta
menos hace quien pregunta
que no aquella que lo siente.
Ves que en don Juan se alcance
lo galán y lo cortés.
Aparte.
Hela es la primera vez
que mal oigo su alabanza.
Puede ser que mi esperanza
busque en don Juan un marido,
Pag. 73
si le he visto, no parece
mucho amor que te parece.
Bien siempre me ha parecido.
Es galán.
Y muy galán.
Es entendido.
Discreto.
Es muy valiente.
Es sujeto
de muchas partes don Juan.
Bueno, tartajas se dan.
Ay, Lucía, mas viene ahora
que debiendo estar celosa
me pregunte muy segura.
Que al mostrarte mi locura
no responda sospechosa.
Dile a don Juan que mi hermano
le pide que venga luego.
Dile a don Juan que don Diego
le quiere ver muy temprano.
No meto en esto la mano,
porque la discordia tan llana
entre Leonor y doña Ana
cuando no hablase una
por no enfadar a ninguna,
me tomará la mañana.
Pag. 74
Mi hermano viene obligado
al presente mensajero;
con el mío está primero
su amo más empeñado.
Con no dar ningún recado
queda igual el pundonor.
Con metafórico amor
me dicen por cosa llana
mi obligación a doña Ana,
la de mi amo a Leonor.
Pues qué te importa que aquí
venga don Juan lo primero?
Qué me importa considero
otro tanto como a ti;
sienta los celos así
quien con tanta presunción
asegura el corazón.
Alárguense sus recelos,
ya que engendraron mis celos
su grande satisfacción.
A don Juan no digas nada,
porque bien sabe mi hermano
Pag. 75
buscar como cortesano
a tu amo en su posada.
Si es aqueso ocasionada
de juzgar a atrevimiento
mi respuesta, fue mi intento,
fundado en su voluntad,
que es muy grande la amistad
para usar de cumplimiento.
Mas parece que venías
a mostrarme tu afición.
Parece que la ocasión
acá dentro me tenías;
quédate a Dios, que otros días
hablaremos de otra cosa.
Dios te guarde, cuidadosa.
Vanse las dos.
Hablar palabra no puedo,
harto celosa me quedo,
de aquí me voy bien celosa.
Tú, Martín, la has hecho buena.
Quién se fía de tu amor?
Muestra hiciste de traidor
por dar muestra de cadena.
Pag. 76
Esa muestra te condena,
mercader, pues no lo soy;
puedes buscar, si me voy,
que en dar muestra satisfaga,
que la dé, no que haga,
que yo la hago y no la doy.
Vanse y salen don Pedro y don Diego.
Si a reñir sale conmigo,
acabose mi esperanza.
Oh, cuánto puede la honra,
pues la antepongo a su hermana.
Ya, don Pedro, os he seguido;
esta soledad es tanta
que solo el aire nos oye,
solo los ecos nos hablan,
donde al agua de estas fuentes,
a las hojas de estas ramas,
otro ruido no impide
su agradable consonancia.
Pag. 77
Decidme agora el intento
de sacarme aquí, la causa
de mostraros disgustado
sin hablarme una palabra.
Que ignoréis lo que me mueve,
mucho, don Diego, me espanta;
si no es que ciego a locuras
perdáis el miedo a desgracias.
Dos ocasiones me obligan,
la una que ejecutada
venganza pide, la otra
que del intento no pasa
pide atajarla con tiempo,
porque solo su amenaza
ofende con la porfía,
con hacer la fuerza agravia.
De la injuria que le hicisteis
a mi padre, a cuyas canas
lo furioso se mitiga,
pues que la misma ventaja
quita el enojo al valiente
cuanto es acción más bizarra.
Pag. 78
Por no reñir con un viejo
darle el respeto por armas.
Bien veréis si ya me toca
el tomar de vos venganza,
pues heredo de mi padre,
como las honras, las manchas,
de la tema en los amores
en que mostráis con mi hermana,
por glorias de vencimientos
resoluciones temerarias.
Si venganza no pidiera,
por lo menos os sacara
donde de ella os previniese
con tomaros la palabra,
que pienso que vencería
el cumplirla a la arrogancia
de suponer conseguida
cualquier pasión intentada.
Y aunque una vez en el campo
no piense que las palabras
dilaten al agravio
lo que ya toca a las armas.
Pag. 79
Mete mano.
Estas causas os he dicho,
porque si al fin mi desgracia
quedar con vida os concede,
siempre temáis estas causas.
Ya con la espada os espero.
Sacad, don Diego, la espada.
Mirad primero, don Pedro,
nuestra amistad, que el sacarla
ha de ser a daros muerte,
la defensa necesaria.
En las mismas humildades
mezcláis también arrogancias;
meted menos, o vive el cielo
que anticipe mi venganza.
Lo alevoso, que el agravio
tomarla así me obligara,
si mi sangre permitiera
cosa que juzga por baja.
Fuerte trance, mas forzoso,
aunque ya pierda a su hermana.
Pag. 80
Querer morir, que a matarme
un mundo entero no basta.
No atemorizan locuras,
ni palabras me acobardan.
Con muy grande gallardía
medís conmigo la espada.
Cae con una estocada, arrimado a la espada.
Mucha razón me defiende
y vuestras culpas me amparan;
pero ya me siento herido,
todo el aliento me falta.
Que me pesa sabe el cielo.
¿Qué sentís?
Una estocada
que pienso que me atraviesa.
Miremos ya por el alma.
Esta calle de Alcalá
donde tenéis vuestra casa
está bien cerca; en mis brazos
os llevaré.
Si se llama
en este santo convento
de recoletos que salgan
podrá ser, y me confiesen,
que avisen desta desgracia
Pag. 81
a mi padre, porque os vais
sin que ansí se sienta nada.
Hágase de esa suerte.
Llegaos a mí, que no pasa
persona alguna, y la vida
también sin Leonor me mata.
Llévasele consigo, y salen don Juan y Martín de noche.
Es, Martín, la posesión
que me da mi dulce dueño
no capaz de galardón,
y es al fin un grande empeño
sobre grande obligación.
Querido y enamorado
me hallaba bien obligado,
siendo de un ángel querido,
después que soy su marido.
Mira si estoy empeñado:
no estar loco de contento
es harto grande locura,
es no sentir lo que siento,
que le debo a mi ventura
mucho más que el pensamiento.
Pag. 82
Solo con él satisfago
la estimación que yo hago
de tanto bien como llevo,
aunque con lo mismo que debo,
cuando me empeño le pago.
Porque el amor que en un pecho
tiene tanto de infinito,
en sí vive como estrecho,
y si el obrar le limito
no se da por satisfecho.
De suerte que si le sigo,
recibiendo como digo,
hago lisonja al amor,
y obligo tanto a Leonor
cuanto ya de ella me obligo.
En mí se junta el oír
tus pensamientos diversos,
no comer, y no dormir;
solo me falta hacer versos
para sin seso vivir.
No hay hombre, bajo silencio,
aquella bonita pieza
a verse su presumido
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Apártase y pone la capa por cabecera, y échase.
que esté tan desvanecido
como yo de la cabeza.
En este suelo me tiendo,
aquí me voy apartando,
en el sueño me encomiendo,
porque si fuera cenando,
que jamás durmiera entiendo.
Mucho tardan; yo me llego
y me acerco a mi sosiego.
Pierdo tiempo, y soy amante,
que dos pasos y un instante
es dilación de mi fuego.
Dentro ruido. Sale don Diego huyendo por una puerta y entra por otra con la espada desnuda. Mete mano don Juan. Salen luego dos hombres con varas en las golillas, como ronda, corriendo tras don Diego, y detiénense con don Juan.
Favor pido a la justicia.
Tengan a ese hombre, detengan.
Con la espada me prevengo.
Válgame mi ligereza.
Siempre se ofrecen estorbos
cuando una dicha se espera.
¿Qué he de hacer? Yo soy perdido
si aquí parado me encuentran.
Aquí tengo al delincuente.
Asilde bien; vaya presa
su persona. Dad las armas
por esa calle atraviesa.
Mirad que soy caballero.
Pues, ¿qué importa que lo sea,
si a un hombre en aquese prado
ya casi muerto le deja?
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El que buscáis, que yo estaba
bien libre desta pendencia,
y parado en esta calle.
La disculpa no aprovecha,
y con la espada en la mano,
sin que nadie aquí parezca.
Metí mano, por si acaso
alguno me acometiera.
Mirad que soy caballero.
Pues, ¿qué importa que lo sea,
si a un hombre en aquese prado
ya casi muerto le deja?
Pues llevadme a que el herido
me reconozca y me vea,
y veréis que no lo dice.
Pues, ¿qué queréis que dijera?
Vamos, pues sois caballero,
no a la cárcel, a dar cuenta
a quien, si libre os envía,
no culpe la diligencia.
Eso es mejor, porque guardas
nos toquen de esa manera.
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No lo hago por respeto.
Con el herido no queda
un compañero.
A su casa
luego al punto que la sepa
le llevará. Caminemos.
No resisto lo que es fuerza.
Desdichas, si es con envidia
mi gran dicha me consuela,
si envidiosas no sois tantas
que os atreváis a soberbias,
Vanse. Sale don Pedro por otra puerta con la espada desnuda.
Lo veloz que no repara
donde su curso se lleva,
cuando el mismo movimiento
apresura tan a ciegas,
me ha traído con las alas
de una valiente carrera,
cuanto medrosa, si el miedo,
huyendo el peligro, alienta
a la calle que he dejado,
al mismo puesto doy vuelta,
donde estaré más seguro,
si me buscan y se alejan,
porque acercando a don Diego,
como me dijo, a la iglesia
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Si no está ciego, no acierta.
Pero, ¿qué es esto que siento?
Una llave en esta puerta.
Oigo abrir; es puerta falsa,
y es hora ya de sospecha.
Ya están abriendo, ¿qué dudo?
Ya la llave dio la vuelta.
Ya don Juan está esperando,
y habrá rato que me espera,
porque aguardamos primero
a don Pedro, sin que venga.
¿Qué digo?
Yo me llego.
¿Sois vos?
¿Quién queréis que fuera?
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Asidme, que de la ropa
que mi señora os espera.
¿Hay luz con que puedan verme?
No hay sino solo tinieblas.
Ellas ayuden mi dicha,
la ocasión me favorezca.
Entranse y vuélvese a cerrar.
Como jugando entre dos.
Paro a eslabón, y eslabón;
topo y hago, tenga cuenta:
una, dos; el tres faltará.
Para Balona era buena
la suerte de mi contrario,
que de encajes está llena.
Débeme veinte eslabones,
paro toda la cadena
a la trocada; no quiero
sino que me dé la media.
Bueno, a femia juguemos
como quien somos, no sea
que estos príncipes menores
ya por pícaros nos tengan.
Suelte, digo, no es soldada
si no solo de una pieza.
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Levántase.
Tome, pues, lo que le sobra
en dinero; enhorabuena.
Esto he ganado perdiendo,
porque la falsa se lleva
y me quedo con la fina.
Salto, brinco, linda treta.
Lindamente lo he soñado,
que dormido no pudiera
sin hombre que si no come
cuanto le pasa lo sueña.
Mi amo está muy despacio
con Leonor, no con Lucrecia;
aunque se den de las astas,
yo me voy, que no soy bestia
para dormir en el campo,
ni tampoco, aunque me vea,
soy yo galán político
que al sereno se serena.
Vase. Salen doña Leonor revuelta, y don Diego.
No des voces, dueño mío.
Sosiega, Leonor, sosiega.
Dime, traidor; mas no puedo
mover apenas la lengua,
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porque asida a la garganta
como un nudo la atraviesa
quiere la furia quejarse,
y del susto tan opresa
salir no puede a la boca,
y en el pecho me revienta.
Leonor mía, yo soy tuyo.
No hay aliento para quejas.
Mira, villano, atrevido,
que mi padre está tan cerca,
que ese aposento le oculta
en el tiempo que le afrentas.
Dime quién eres, y mira
que en el nombre no me mientas
como en la acción que atrevida
ya se valió de violenta.
Y mira que te conoce
mi presunción, mi sospecha,
y que si eres el que pienso,
pues es fuerza que lo seas,
que ya mi honra me debes.
Pues basta para perderla
Pag. 90
haber tocado mis brazos,
puesto mancha en mi limpieza,
mi honestidad profanado,
y violado mi inocencia,
y que solo el matrimonio
puede ser mi recompensa,
o la vida, si ya fuese
que estorbar ya no pueden
mi venganza solicitó.
Aparte.
Disimulando mi ofensa
su marido quiere hacerme,
cuando goza su belleza
un dichoso que la alcanza,
sin alguna resistencia,
que gozarla no pudiese,
y que pude entre ternezas
gozar en manos y labios
claveles y azucenas.
Mas daréle la palabra
porque me mande que vuelva;
que ya vencido el principio
no resiste la vergüenza.
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Dime el nombre, que no quiero
que en mi cuarto te detengas.
Don Diego soy de Mendoza,
quien te adora, quien desea
más ser tuyo que la vida,
y quien sin ti la desprecia.
Aparte.
No es tiempo agora, don Diego,
de que mi padre te sienta.
Con qué fuerza disimulo
lo atrevido desta fuerza.
Podré verte como esposo.
Yo te daré la respuesta.
¿Oyes, Lucía?
Señora.
A asomarse al llamado.
Escucha aparte. Tú lleva
de aquí a don Juan, que mi padre,
aun desta tengo vergüenza,
le podrá ver. No le nombres,
que me importa que así sea,
y si algo te preguntare,
tampoco le des respuesta.
Temes que el viejo lo sienta.
El miedo siempre recela.
Pag. 92
Venid tras mí.
Aquí estoy.
Seguidme, porque no venga
don Pedro, que no ha venido.
Os llevo por otra puerta.
Venid paso.
Ya te sigo,
y ya sigo las tinieblas,
porque están al apetito
ya rendidas las potencias.
Vanse y queda doña Leonor.
O no siento mis desdichas,
pues me quedan los sentidos,
o puede ser que me falte,
sin que lo sienta, el juicio.
Quedar en mí no es posible,
porque hay males tan prodigios
que las fuerzas naturales
no se atreven a sufrirlos.
Querer el cielo usurparse
nombre acaso de benigno,
estorbarme mi locura,
llamar piedad al castigo,
son efectos de otras causas
menores que las que miro.
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son violencias que no pasan
del corazón el distrito.
Pero males tan terribles,
para que quepan conmigo,
de mí misma han de sacarme,
o salirse de sí mismos.
No es posible que me dejen
qué permisiones de alivio
se reservan donde admiten
de remedio algún resquicio.
Pero penas esculpidas,
impresas con artificio,
sin que el tiempo las consuma,
sin que apelen al olvido,
sin que lágrimas las borren,
sin ablandar las dos ríos,
sin que el aliento las saque
arrancadas con suspiros,
bronces busquen inmortales,
no corazón como el mío,
y la vida me atropellen,
o me quiten el sentido.
Pag. 94
Quien en el mundo anegado
el accidente al peligro,
quien a un pequeño tropiezo
no le rinde un sudor frío.
Pues aquel susto, aquel pasmo,
el asombro repentino
que es natural a lo libre
toca solo a lo cautivo,
no más efectos crueldades
donde veis que lo improviso
asombro fue de un instante
que durara mientras vivo.
Yo sin honor, en un pecho
donde amor más encendido
no oso forjar en su fuego
una flecha al incentivo.
Yo sin honor, yo rendida
a mi mayor enemigo,
donde ninguna advertencia
consiguiera algún aviso,
donde noche tenebrosa
rebozar pudo un delito
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que si da miedo intentado
hace temblar conseguido.
Pues qué siento del desprecio
de no haber venido,
quién duda que con desdicha,
mas cómo agora permito
en sentimientos de afrentas
otra causa a mi sentido.
Pero siento que en mi pecho
las sospechas, los indicios,
hacen dudar si son ellas
o la afrenta mi martirio.
¿Qué he de hacer, si la descubro?
Por lo menos la repito,
que hay agravios tan infames
que es nueva infamia el decirlos.
Si se lo encubro a don Juan,
y por otro algún camino
llega a saberlo, atribuye
a traición lo que es destino.
Si al fin lo digo resuelta,
su venganza solicito
a mi padre y a mi hermano;
le descubro por marido.
Jornada tercera
Pag. 96
No mudéis, cielos, las suertes;
de mí no estáis ofendidos.
O ya matadme piadosos,
o disponed vengativos.
Venganza, cielos, venganza;
aquí un rayo a tal delito,
y cuatro venganzas juntas
conseguiréis de un castigo.
Pag. 97
Leonor mía, la tristeza
ya que me ves se despida,
que todo a mí se me olvida
cuando miro tu belleza.
Que si aprecia la grandeza
de tal bien la estimación,
mal permite la afición
dividir el pensamiento
cuando para tal contento
aun es corta la aprensión.
Si te miro no me acuerdo,
si no solo de mirarte;
si dejo de contemplarte,
bien conozco lo que pierdo.
Mi loco amor es muy cuerdo
en desperdicios que den
un indicio de desdén,
que fuera agravio fatal
dar lugar a ningún mal
a la vista deste bien.
Si tal vez alguna pena
ya se atreve a la memoria,
Pag. 98
convertida viene en gloria
cuando ya se mira ajena.
Quien por disgusto condena
el peligro en el acierto,
quien libre de verse muerto
cualquier suceso no admira,
quien al naufragio no mira
cuando ya goza del puerto.
Que estaba loco confieso,
preso sin tu compañía;
a la noche sigue el día,
y en tus ojos estoy preso.
Mira, Leonor, que es exceso
recibirme con enojos;
son recelos, son antojos
que tienes que no me miras.
¿Es posible que suspiras
tus lágrimas en los ojos?
No es nada, don Juan; no tengo
cosa que te dé cuidado.
Grande es un mal si es callado;
por grande a traerle vengo.
Pag. 99
En vano el llanto detengo;
oprime con resistencia
una fuente, y su violencia
saca un raudal más crecido,
que después de detenido
satisface su violencia.
Miro, Leonor, sin consuelo,
ya con el llanto en los ojos,
que das perlas por despojos
con un pródigo desvelo.
De tus lágrimas recelo
mucho mal, y que a juntarlas
van las unas por tenerlas,
que con las unas que vas
formas un mar que después
otras coge y forma perlas.
Ya, don Juan, que no puedo
esconderte mi mal, que pierdo el miedo,
atiende, pues, escucha,
si es mucha mi razón, y mi pena es mucha.
Pag. 100
Voy a callar la queja,
y el corazón airado no me deja.
No has reparado acaso
que conserva el licor un lleno vaso;
mas si le aplican fuego,
en él no cabe y brota sin sosiego,
y creciendo la llama,
por una y otra parte se derrama.
Mi corazón, que lleno
detiene desta suerte su veneno,
una llama de enojos
del corazón le saca por los ojos,
y otra llama de agravios
del corazón le saca por los labios,
que una pena tan grave
airado el corazón en él no cabe.
Bien sabes lo primero,
porque seguro estés de que te quiero,
que siempre te he querido,
no acordándome nunca del olvido.
Pag. 101
que mi padre a disgusto
casarme quiso, que vencí su gusto,
que me casé contigo
con las trazas y modo que no digo,
que como esposo entraste,
que permitido tálamo ocupaste,
y de la entrada el modo
todo lo paso, pues lo sabes todo.
Porque en estas razones
al caso voy, no pinto obligaciones.
Aquella noche triste,
mas cómo pudo ser si no viniste,
aquella que faltaste
nuestra afrenta sin culpa ocasionaste.
Bajando esa criada
abrió la puerta cerrada,
que a males una puerta
en lo fácil de abrir se juzga abierta.
Aplicaba con tiento
el tacto y el oído al movimiento
que en la noche que hacía
divisar con la vista no podía.
Pag. 102
Y en lo oscuro y nublado
tu bulto coligió por su cuidado,
con una corta seña
que aun para ti juzgaba por pequeña.
Un hombre ve a su lado,
sin sospechar al fin lo simulado,
y en viendo que se junta,
que responde yo soy a su pregunta.
Le guía a mi aposento,
movido de su grande atrevimiento.
Yo que espero a mi dueño,
aquel rato juzgaba por pequeño.
Entregóme en sus brazos,
donde a mi furia fueran sus pedazos,
si mi padre no fuera
corto alimento de una grande fiera.
Luego al principio dudo,
cotejo sus amores con lo mudo,
las ternezas escande;
a mis preguntas nada me responde.
Pag. 103
Temblando me levanto,
quiero apartarme, detiéneme el espanto;
al fin me aliento y salgo,
y de la misma furia ya me valgo.
Y con la voz turbada,
en corto acento mal articulada,
con un color difunto,
que me diga su nombre le pregunto.
Porque al agravio asido
fue luego mi venganza prevenida.
Bien entendí yo luego
que nadie pudo ser sino don Diego;
pero de furia loca
certificarme quise de su boca,
y fue como lo digo,
porque en el nombre contestó conmigo.
Si juzgas que mi vida
debo perder, pero no quedo perdida,
ni ya estuvo en mi mano,
ni librarme tampoco de un tirano.
Tú puedes, tú la quita,
y un grande sentimiento me limita.
Pag. 104
Yo te juro, mi Leonor,
que presto no vuelva a verte
sin que pague con su muerte
nuestra ofensa ese traidor.
Esto te jura mi amor,
y en lo breve a que me obligo
es tu vista buen testigo
que en su castigo violento,
por cumplir mi juramento,
ya se tarda su castigo.
Del agravio que me debe
satisfacerá recompensa,
solo su muerte a mi ofensa
y al juramento lo breve.
Y aunque la prisa me mueve
por cumplir este deseo
de volver a verte, creo
que por verte no le mato,
pues la muerte le dilato
este rato que te veo.
Pero es posible, traidor,
tal maldad, tal osadía,
Pag. 105
que a tan cruda tiranía
le pongas nombre de amor;
que te atrevas a Leonor,
a su padre, que yo vi
puesto a tus pies, que de ti
herido salga su hermano,
y tus ofensas, villano,
también pasen contra mí.
Que en el agravio que emprendes
con tan loco atrevimiento,
no cabe en tu pensamiento
tantas honras como ofendes.
Pero aquel que tú no entiendes
que tanta parte le alcanza
deste agravio, y su esperanza
ese propio, el mismo digo
que te ha de dar el castigo,
dando a todos la venganza.
Ya, don Juan, me siento tal
que este mi amor te confiesa
el honor, no, que me pesa
de haberte dicho mi mal.
Pag. 106
De tu pena estoy mortal,
que teme mi pensamiento
que en ti pierda mi contento;
que a un grande mal no hay violencia,
pues la misma diligencia
acrecienta el sentimiento.
Qué mal hice, si al amor
le consultó, fue cruel;
pero no redunda en él
cualquier mancha de mi honor.
Cese, mi bien, el dolor;
lleve yo tu sentimiento,
sosiega tu pensamiento,
que si la pena me das,
quedas sin ella, y harás
que yo quede más contento.
Como estoy contigo.
En mí
mejor que en ti, ¿qué me espanto?
Si tú no te quieres tanto
como yo te quiero a ti.
Pag. 107
Cuando jamás te perdí
del alma, donde eres más
que en ti misma, pues verás
en el modo que lo digo
que no siempre estás contigo,
y conmigo siempre estás.
Quiéresme mucho.
Te hago
ver mi amor verdadero;
no digo lo que te quiero
porque miento si lo digo.
Quedo tan corta conmigo,
que el amor más remontado,
si encarece demasiado
y en palabras ha caído,
cuando queda encarecido,
en mi queda aniquilado.
Él se encarece mejor
con hablar así, que admira
que en riesgo de tanta ira
tenga lugar el amor.
Pag. 108
A Dios queda, que al honor
la satisfacción le impido
si de ti no me despido,
que si este rato no pierdo,
solo de hablarte me acuerdo
y de vengarte me olvido.
Vaste al fin, qué confusión.
Dame, mi Leonor, tus brazos.
Quieres prenderte en más lazos
para dejar la prisión.
Preso queda el corazón;
en él vas.
Los brazos doy,
y por no soltarte estoy.
Dios te guarde.
Estoy perdida.
Venme a ver.
No me despido
porque sin ti no me voy.
Vase. Salen don Pedro con banda y doña Ana.
Mil veces enhorabuena
ya de la salud gocéis.
Si fuere para serviros,
solo entonces la querré.
Pag. 109
A don Diego, vuestro hermano,
desafié, como sabéis,
por cumplir mi obligación
y por morir de una vez;
que al vivir desesperado,
cuando yo llegué a entender
que una causa me quitaba
honor y premio a mi fe,
quise a tan fuertes efectos
con morir satisfacer,
que al vivir sin esperaros
este remedio tomé.
El ser vuestro resultaba
de que mi padre, mujer,
diese a don Diego en mi hermana,
su prudencia y su vejez
sin pasión de enamorado,
que con ella lo mire,
reparando novedades
no fue de tal parecer;
mas don Diego, que lo supo,
una tarde que con él
Pag. 110
juntos fueron, el respeto
pudo a sus canas perder;
solicitaba a mi hermana
de suerte que si antes fue
el amor quien le movía,
solo tema era después.
Al fin ya sin esperanza,
una noche le saqué,
donde dudó de mi vida
de una herida lo cruel,
mas lo piadoso que quiso
lo posible socorrer
subo en don Diego, que en brazos
me llevase, cuando ve
venir tres hombres, temiendo,
como luego vino a ser,
que era justicia, me deja
y se vale de sus pies.
Uno me lleva a mi casa,
que se quedó de los tres;
los dos siguen a don Diego,
y como vine a saber
Pag. 111
a don Juan de Silva encuentran,
que preso con ellos fue.
Cuando a don Diego otra calle
le ocultaba el parecer,
después que todo se supo
que de la herida sané,
que soltaron a don Juan,
y amigos pudimos ser,
me dice un criado vuestro
que hablarme a solas queréis.
Cuando fue con mis deseos
la respuesta obedecer.
Muy obligado, don Pedro,
con vuestro amor me tenéis,
mas nosotros no podemos
nuestro estado disponer.
Lo que puedo hacer agora,
porque en parte lo estiméis,
es deciros que mi hermano
por unos días se fue,
que por quitar ocasiones
de Madrid se salió ayer.
Pag. 112
Y que sin su compañía
bien tan sola no quede
doña Leonor, es la amiga
que siempre más estime,
y con su lado querría
decente gusto tener.
Pues no puede estar conmigo,
quiero que me hagáis merced
de pedirla que estos días
con ella en su cuarto esté,
que aunque la casa de Fabio
estoy con otra mujer,
mucho mejor que nosotras
pues tan sola no estoy bien.
Su respuesta puedo daros
sin que ella a mí me la dé,
que fuera dejarme que
me lo debe agradecer,
también le haréis compañía
y tanta merced le haréis
que lo que en vos es decencia,
gusto en ella viene a ser,
Pag. 113
y porque en tiempo tan corto
como estar allá queréis,
ya no lo pierda mi hermana,
al punto la avisaré,
ya prevenida os espera.
Lo que procurar también
es que entre vos y mi hermano
la amistad muy firme esté.
Hasta su condición
no hubiera sido que ver
que el cumplir su deseo
y estorbaros algún desdén,
yo avisaré a mi hermana.
Pues decid que luego iré.
A acompañaros no quiero,
porque vos no gustaréis.
Sé que puede tanto mi amor
que ya que libre me ve
me diga que lo que temo
lo debo reconocer,
que ya que sois mi alivio,
quiera que vais a dar fe.
Pag. 114
de un solo que me matan,
si yo no los llego a ver,
mas el verlos es alivio,
no es descubrirlos, no es
un tormento que pensado
se quede tanto temer.
Pues porque sigo al amor,
porque voy llevada dél,
y obedecí mis deseos
cuando a un ciego me entregue.
Vase. Salen don Juan y don Diego.
Llegué, don Juan, como digo,
a su casa, y el poder
fue bien corto en mi deseo,
pues ella vino conmigo.
Allí dudéme, confiando
del deseo algún lugar,
si siguiendo vine del daño
o si me vine siguiendo.
Pag. 115
Luego sentí que una puerta
tan oculta, tan cerrada,
que al sol le niega la entrada,
pues él no la ha visto abierta,
tan a deshora se abría,
con que luego recelaba
que algún dichoso gozara
el bien que yo pretendía.
Siento que llaman, yo llego,
sois vos, preguntan, yo digo
que el mismo soy, que la sigo,
ya sin luz dos veces ciego.
Y diciendo que Leonor
esperaba, llego dentro,
y con llegar a su centro
más inquieto vi al amor.
Dice Leonor sin desdén:
bien mío, quién vio tal,
que me dijese mi mal
llamándome ella su bien.
Pag. 116
Al fin callando me llego,
cuando mi mano se atreve
a tocar aquella nieve
que engendraba tanto fuego,
cuando el ansia me provoca,
y ya llegaba a sus labios.
Aparte.
Calla ya, que los agravios
no han de llegar a la boca.
Pues no es tiempo del castigo
que disimulé conmigo,
no que le escuche mi afrenta.
Estoy dentro de respeto,
que aun conmigo te parece
que su dicha no merece
lo que no ha sido bien hecho.
Si hay disculpas en amor
que puedan satisfacerse
antes tocan al querer,
porque el decir es peor
Pag. 117
el que adore lo injusto,
mas queda sin encubrirlo
lo mal hecho del decirlo,
sin la disculpa del gusto.
Lo que agora te conviene
es mirar, reconocer,
quién el hombre puede ser
que con Leonor lugar tiene.
A saberlo iré contigo
esta noche, que al entrar
lo tengo de averiguar.
Pues me tratas como amigo.
Desde luego ya siento
que con mi pecho se mide,
si a conceder lo que pide
se adelanta el pensamiento.
En cuanto quise decir
eso te quise rogar,
y no me diste lugar
por escucharme el pedir.
Pag. 118
Porque el amigo que quiero
no advierte prevenido,
o no entiende lo pedido,
o entenderlo no quiere.
Aparte.
No sabe que mi rigor
pudiera disimular,
pero quiérome vengar
sin que yo pierda a Leonor,
que con esto solicito,
por testigo a la ocasión,
de su castigo el perdón
con renovar su delito.
Estoy, don Juan, tan celoso,
es mi mal tan sin remedio,
que ya no alcanzo algún medio.
Pues ser no puedo su esposo,
sola a mi hermano he dejado,
y qué camino he fingido
por poder ver escondido
todo mi mal declarado.
Pag. 119
En su casa quiero estar
hasta que pueda saber
quién goza de esta mujer,
y allí le quiero matar.
Ya no puedes desta suerte
ser marido de Leonor,
pues queda libre el honor,
ya resuelta de su muerte;
y con esto, pues ya puede
de que has entrado vencida,
algo quedar rendida,
será forzoso que quede.
Pues a su calle me voy,
porque es temprano al esperar.
Bien me quedo aguardar,
que ya por parte me doy.
Al enemigo que tiene
tanta de él, tanta suerte,
o le daremos la muerte,
o yo entraré si no viene.
Pag. 120
Entrar no, que no es razón.
Yo me tengo de vengar
antes que vuelva a entrar
y tomar la posesión.
Vanse. Salen doña Leonor y doña Ana con manto.
Aparte.
A don Pedro agradecida,
estoy tomando esta ocasión
para pagar la afición
que le tengo tan debida.
Aquí contigo estaré,
mientras que viene mi hermano.
Y ofensas de amor tirano
desta suerte abreviaré.
Aquí estás bien, porque aquí
estás conmigo mejor.
Para mi hermano es favor,
y también lo es para mí,
de suerte que por servirte,
por darte gusto a mi hermano,
por el mío, que es tan llano,
mal pudiera despedirte.
Pag. 121
Aparte.
Aunque de rabia me muero,
aquí la quiero conmigo,
que es la parte del castigo
que en su hermano considero.
Y que teme el corazón
aquel golpe ejecutado
a mi miedo adelantado
le prevengo su perdón,
cuando don Diego vendrá.
Aparte.
Por pocos días se fue;
muy presto aquí le tendré,
y a tu servicio estará,
que quisiera que al deseo
le diese satisfacción,
y que fuese nuestra unión
por la causa de su empleo,
que dices quiero probar.
Conforma el casamiento.
Agora mi pensamiento
no me trata de casar.
Pag. 122
Aparte.
A traidor que otra cosa
apetece, no otra suerte.
Aparte.
Cuando trato de su muerte
hacerme quiere su esposa.
Y cuando ya que lo soy
de don Juan, ser desdichada
me puede hacer mal casada,
cuando bien casada estoy.
Ves a don Juan, yo me muero.
Aparte.
Lo curioso no esperaba,
que yo por él preguntara.
Tú me preguntas primero.
Como es más propio a un recelo,
querer la más satisfecha,
asegurar la sospecha
que no encubrir el recelo,
alguna vez le he visto.
Aparte.
Aunque miente en lo que oculta,
siempre lo que temo mucho
no sin dudas lo resisto.
Pag. 123
Entra, quitarase el manto.
No quiero hablar.
De él quiero estorbar
que en él hable cuando es tanto.
Vanse. Sale don Diego solo.
Donde pasos me llevan,
que a seguiros no me atrevo,
si me decís que yo os llevo.
Yo digo que os engañáis,
tantos ya me sujetáis
que si la advertencia elige
de qué tanto andar tropieza,
la venganza vive al revés,
doy la razón a los pies,
la pasión a la cabeza.
Soñé que ya siquiera
pero cuando aquí llegáis,
pasos no me sosegáis,
aunque ya que os parecéis,
qué importa que descanséis.
Pag. 124
Si substituye el tormento
otros pasos que más siento,
pues si andáis vos cuando voy,
cuando llego y quedo estoy,
mal camina el pensamiento.
Pero pues hemos llegado,
descansad en esta pena,
que allí su cara me enseña
de Leonor, cuando aqueste prado
me muestra de estotro lado.
Y en este rato pequeño,
pues no es hora, y soy su dueño,
me valga el mirar por todo.
Descanse del mismo modo
el pensamiento en el sueño.
Para olvidar mi tormento,
tanto en el sueño confío,
que siento solo por mío
aquel rato que no siento.
Temeroso el pensamiento
Pag. 125
Duérmese.
teme lo eterno, la suerte
del morir, y de la suerte
teme el vivir sin remedio.
Y solo el sueño es un medio
entre el tormento y la muerte.
Ya mi vida me condena,
y lo imposible es testigo;
temo si muero el castigo,
temo si vivo la pena.
Ya la razón vive ajena,
es cautiverio el empeño
del conocerlo, soy dueño
para tormentos mayores,
pues entre tantos temores
haga las paces el sueño.
A este puesto y a esta hora
alegre vine algún día,
pero miento, fue de noche,
que es muy de noche mi dicha,
que diferente que vengo,
como agora atemoriza.
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Un remedio tan costoso
que en lo airado me lastima;
los cielos de honra y violencia,
que amenazan las desdichas,
que después de ejecutadas
solo la afrenta publican.
Esto es fuerza, no dejemos
a la sangre que me obliga
que murmure, pues seguro
no debo estar de ella misma.
A mi enemigo no veo,
y al honor esta desdicha,
no es posible que no espere
si el descuido es quien castiga.
A don Diego no responde,
mas parece que la vista,
un hombre allí recostado,
si no es antojo divisa.
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Yo llego, pero qué dudo,
el mismo es, que aquí dormía,
descuidado del castigo,
que no teme quien le irrita.
Darle muerte dormido es
posible que a la ira,
cuando una vida no basta,
le ha de bastar media vida.
Pero el honor no repara
ni juzga por cobardía
darle la muerte, que siendo
esperanza prevenida
mueva, pues.
Jesús mil veces.
Dale con la daga, y sale don Diego.
Muere, traidor, y no vivas
quien quitar pudo mi honra
para hacerme su homicida.
Ejecutar falta agora
lo que pensar temía,
que el fingir que yo le mato
a la dentro, si derriba
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Dale de coser a la puerta.
Echa la puerta.
Esta puerta tan pequeña
mi furia no ha de resistir;
que pues fuerte puerta falsa
no para mi será fino.
Abierta está; con el muerto
en mis hombros voy arriba,
que ya tengo bien contados
los pasos por donde el daño.
Entrándose con don Diego, se entra por la puerta. Sale Leonor por otra medio desnuda.
Golpes he oído en la puerta
que mi desdicha me avisan,
aunque ya para entenderlos
me la dicen mis agravios.
Leonor.
Responder no puedo.
Yo estoy muerta, estoy sin vida.
¿Qué ruido es ese, don Pedro?
Aquí empiezan mis desdichas,
cuando pensé que entre tantas
se cansaban ellas mismas.
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Pues Leonor, tú levantada.
Muere, traidor.
Sale el viejo medio vestido, con un candelero en una mano y en la otra la espada. Oye a don Juan desde dentro.
Viejo maldito,
que aquí guardas esta vida.
Aguarda, infame.
Señor,
aquí junta de homicidas
soy un mármol, que no hay muerte
a sangre que está tan fría.
Si pasar quieres, me paso;
primero el pecho, la vida
te dé entrada.
Desvía.
Al querer entrar don Juan, que es alto, mete la daga en la mano, y por otra puerta entran don Pedro y doña Ana, y a César.
Excúsame, don García,
yo pude ver como sabes
una hermosura, un asombro,
mi logro raro, que excede
lo natural de lo hermoso,
si por único no dudo
que admira el cielo su rostro.
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conocimiento, no agravio;
ni temeroso le nombro,
ni rendirme a su belleza.
Solo en pensarlo me corro,
fuera negarme potencias
y ser de un bruto mis ojos.
No miro rosa entre espinas
que apercibiendo su adorno
es si a la vista agradable,
a la sangre peligroso.
Miro en ella, que lo noble
la acompaña tan hermoso,
que en sus virtudes granjea
estimación y decoro.
Esto, pues, que satisfecho
de que una alma nunca esposo
para ser correspondida,
cuando el engaste no es todo,
se obligó de mis finezas,
me pudo hacer tan dichoso.
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Como verás, que la suya
doble aquí, es solo corto,
una noche que a sus puertas
la pasaba triste y solo,
donde el alba muchas veces
se rió de verme loco,
que a cuestas llevaba tres hombres
a un caballero le cojo.
Conforme luego a su lado,
no sufriendo lo alevoso,
resistiólos de manera
que ellos huyen, y a dos
nos dejaron, donde juntos
los dos nos quedamos solos.
Luego quién soy me pregunta,
con mi nombre le respondo,
por el suyo le pregunto,
y hace conmigo lo propio.
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Don Diego soy de Mendoza,
me responde, y porque todo
sepáis de mí como amigo,
pues lo debo a tal socorro,
os digo que en esta casa
una belleza enamoro,
que la tengo ya pedida
a su padre en matrimonio.
Yo me quedé tan de yelo
que tuve en tiempo tan corto
para hablar la lengua muda,
para andar los pies de plomo,
prosiguiendo mis amores,
quiso Leonor, ya la nombro,
para tomarle una mano
que se la diese de esposo.
Si liviandad te parece,
mira en tu hija piadoso
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un amor que es tan honrado
que no es capaz de impropio
su elección, no tan errada,
pues conoces y conozco
que yo la igualo, perdona
que es su disculpa mi abono;
en efecto el casamiento
tuvo fin, no digo cómo,
que en amores tan unidos
son muy fáciles los modos.
Diome entrada en su aposento
por una puerta, que a poco
que me pagó su delito,
pues fue puerta para otro.
Aquí no hay culpa; debido
era el tálamo que gozo
al vínculo que primero
en el honor es forzoso.
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Una tarde que en el campo
lazos notaba envidiosos,
viene don Diego a tu lado,
detrás de un árbol me escondo.
Allí pasó lo que sabes
de don Diego, como noto
las acciones más ocultas,
las murmuraba un arroyo.
Al fin yo, a quien tocaba
la venganza, cauteloso,
me encubro parte, y la sangre
bien descubrió mi alboroto.
Aquí pasó el desafío,
mi prisión aquí no toco,
que no importan para el caso
algunas cosas que corto,
esta noche en que un suceso
sabrás pues tan espantoso.
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Vine algo tarde, y llegando
un criado reconozco,
que espantado me pregunta
cómo estoy fuera, dudoso
si soy su amo repara.
Yo digo que soy el propio;
pues esa puerta se ha abierto
y ha entrado un hombre, le oigo.
Yo que no tuve en tal caso
el corazón mentiroso,
doy dos coces a la puerta,
con tanta furia la rompo,
que pude sacar de quicio
a quien pudo hacerme loco.
Nunca tan bravo se ha visto
salir el toro del coso,
como yo subí bramando;
nunca el Euro, nunca el Noto
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amenazaron ruinas
desgajando fuertes troncos,
que yo subo, cual yo entro,
cómo acometo furioso,
veo a Leonor, que sudando
con lágrimas y sollozos,
su corazón resistía
y la lleva temeroso.
Aquí llegó a mi enemigo,
y a puñaladas le coso
un pecho que en sus costumbres
siempre ha vivido tan roto.
Si su nombre no te digo,
si de quién es no te informo,
es porque mires cadáver
quien vivió contra nosotros.
Abre una cortina, y a los pies de una cama parece muerto don Diego.
Notable caso. ¿Qué es esto?
Muerto mi hermano, que miran
mis ojos, que era su muerte
a mi agravio tan debida.
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Pero porque no lo mires,
vuelvo a cerrar la cortina.
Raro suceso. Si es donde hallo
sin piedad, señora, amiga,
no como parte te indignes,
como mujer me apadrina;
sirve de ejemplo a mi padre,
con perdonar le mitiga.
Don Pedro, esta ocasión
tu defensa solicita,
si de Leonor era esposo
y era tu honra la mía.
Yo digo que aunque la muerte,
por ser de hermano, me indigna,
a don Juan perdono, y miro
cuánto su razón me obliga;
y si es caso sin remedio,
aunque conozco mi prisa,
porque a don Juan le perdones
y perdone la justicia.
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a don Pedro doy la mano;
yo con el alma la mía.
Con eso todo se acaba,
y tiene fin tal desdicha.
Los agravios castigados
dan fin también, porque pida
el perdón que ya merece
quien no ofende si castiga.
