إلى> تاريخ النشر: 22 أغسطس 2026
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<إلى clإلىss="inline-flex w-fit items-center" href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/deed.es" tإلىrget="_blإلىnk" rel="noopener noreferrer" إلىriإلى-lإلىbel="عرض تفاصيل ترخيص Creإلىtive Commons CC BY-NC 4.0">صيغة استشهاد مقترحة
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La bandolera de Baeza y peligro de alabarse. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-bandolera-de-baeza-y-peligro-de-alabarse.
La Bandolera de Baeza =
Comedia en 3 jornadas -
Legº 27
3
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La Bandolera
De Baeza
Ele
El Autor Caballero
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+ D. Lope + Martin + Tres caballeros. + Un Ventero Un Alcalde Villano + Dos bandoleros.
Comedia de la Bandolera de Baeza y Peligro de Alabarse Primera Jornada
Hablan en ella las Personas Siguientes
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Salen Don Felix y Cangrejo
¡Qué enfadosa está la luna!
La luna enfada en el cielo.
Sí, pues desde allí me estorba
que se acerque mi deseo
a las rejas de Isabel,
que el recato y el respeto
con que permite mi amor
me quita el atrevimiento.
El llamar casta a Diana,
siendo la luna, yo pienso
que lo hicieron los antiguos
porque estorba galanteos
de mujeres recatadas
que las que no tienen miedo
de que se sepa su amor,
no son, según su despejo,
del colegio de Diana,
sino del prado de Venus.
No pienses mal.
Como mal
los delitos deshonestos
todos se hacen a la sombra
de la obscuridad.
Es cierto
que la luz siempre fue casta.
Un diestro pintor por eso
pintó de Píramo y Tisbe
la fábula, y puso en lejos
la ciudad, y como fingen
que fue de noche el suceso,
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detrás de unos muros altos,
donde no daba el reflejo
de la luna, pintó a Tisbe
parlando por su agujero
con su galán; y envuelto que
pintó parados los cuerpos
junto al moral y la fuente,
dando la luna sobre ellos,
con que da a entender, que uno
que como casta en efecto
no dio luz para el delito,
y alumbraba el escarmiento.
Bien pintó.
Y este planeta
hace gran daño al celebro,
porque de allí se originan
los incentivos.
No es eso
cierto en la filosofía.
Así lo siente Galeno.
Mucho te duele la luna.
Es que en los cascos la tengo.
Bien lo creo de un sirviente.
Mas una dama sabiendo
que yo la tenía llena
cuando me vio sin dinero,
me quitó de ella tres cuartos,
y yéndose con un mozuelo,
y me la dejó en creciente.
Retírate aquí, Cangrejo,
que ya está baja la luna,
y presto llegar podremos
que ahora tiene este recato
Isabel con más extremo
porque está ausente su hermano.
Es muy cuerda y con exceso
pundonorosa, mas yo
esta parte no agradezco,
que no han de tener las damas
tantas de leyes del duelo,
porque es doctrina del diablo.
Pero su observancia vemos
que tiene en pie las noblezas.
Pues es el diablo tan necio
que había de introducir
sus setas sin fundamento.
En cuantas leyes el diablo
introdujo en sus derechos
dio interés a su observancia
para engañarnos con ellos,
y así no se verá nadie
que quebrante sus preceptos,
siendo así que en los de Dios
somos frágiles y ciegos,
y verás esta verdad
ponderada en un ejemplo.
Dique, con eso la pena
de la esperanza divierto.
Mira, debe un hombre a otro
cien ducados, y le ha hecho
escritura guarentigia,
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y para cobrarlos siendo
ley de Dios pagar las deudas
es necesario primero
ejecuciones, citaciones,
días de la ley, mandamientos
y sentencia de remate,
con que un pobre en el proceso
gasta más de lo que cobra;
y sin nada de todo esto,
ponen dos sobre un bufete
toda su hacienda en dinero,
y allí con una baraja,
sin más sentencia ni pleitos,
que es esta ley del diablo,
porque vino sin encuentro
la sota sobre el caballo,
o el tres sobre el cuatro, luego
sin réplica el uno al otro
le entrega todo el dinero,
porque sentenció la sota,
que es alcalde del infierno.
Tú has ponderado muy bien,
mas ya a la reja han abierto,
sin duda es el sol que adoro,
aparta que llegar quiero.
Siempre tú te vas al sol,
y yo a la luna me quedo.
A una reja Dª Isabel y Inés.
Si está en la calle Don Felix,
como el reló será cierto.
Ahora, señora, reparo,
capo case que te doro,
pues dudas si estoy aquí,
mas a buscarme en tu pecho,
es cierto que conocieras
que de ti faltar no puedo.
Como de la vecindad
la murmura, con extremo
abre tan tarde Don Felix,
que puede tener recelo
de que no esperases tanto
Donde hay la fe que yo tengo
puede faltar la esperanza.
Si hay fe, la esperanza creo.
Pues ¿no la ves en mi amor?
No está bien a tu deseo
que yo la vea.
¿Por qué?
Porque mi agradecimiento,
si la veo, será deuda,
y no viendo tus afectos,
y creyéndolos, mi amor
es fe con la que ahora deseo.
Como tuya es la verdad.
Y como de honor, el miedo.
Pues de qué ahora le tienes?
De que se sepa en el pueblo,
que estando ausente mi hermano
dando a su fama trofeos
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en la guerra de Sevilla,
que a su rinde al asedio,
en que nuestro Rey Fernando
la tiene, aunque tan honesto,
esté yo dando en Baeza
permisión a un galanteo.
Justo es el temor, mas tiene
la disculpa de que espero
que honre tu mano la mía,
y habiendo de ser tan presto,
bien pudieras dar lugar
a que yo te hablase dentro
de tu casa honestamente,
para excusarte el recelo.
Si hiciera, a no ser mayor
mi peligro en ese intento.
Pues no has de fiar de mí
que te hable con el respeto
de imaginarte mi esposa.
No hay cordura en el deseo,
y poniendo la ocasión,
quien piensa que ha de ser cuerdo
está muy cerca de loco.
Por la fe de caballero,
y la que tengo a tu amor,
que nunca mi pensamiento
se atrevió a la bajeza
de pensar, aunque allá dentro,
me viera a solas contigo,
que pasara mi deseo
de la línea del decoro
que tu honestidad le ha puesto.
Bien eso me aseguraras
para excusar este riesgo,
conveniencia era que entraras.
Fálteme, señora, el cielo,
y de vil y aleve mano
muera yo a impulso violento,
si faltare a esta atención.
Vanse.
Pues sobre ese juramento
voy a hacer que te abra Inés.
¡Oh, qué ventura! ¡Cielos!
¡Cangrejo, yo soy dichoso!
¿Cómo?
De entrar allá dentro
ha dado Isabel licencia.
Cuerpo de Dios, ¿vengo en ello?
Y pues licencia te da,
sé licenciado allá dentro.
No haré más que ver y hablar.
Todos empiezan por eso,
porque el hablar es el grado
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de bachiller que es primero,
traerla el de Ciencia los
y el de doctor viene luego,
con que saldremos con borla.
Lindamente lo has dispuesto,
porque con eso excusamos
mil peligros que tenemos.
Tú no has de entrar.
Cómo no.
Yo solo licencia tengo.
Y yo no.
No me la han dado.
Pues, señor, riñen los cielos,
que haces muy mal en entrar
en casa de un caballero
que está ausente, a difamalle,
y a notable riesgo.
Pues no me decías agora
que excuso peligro tenerlo.
Sí, mas vuelvo la tortilla
como yo no me caliento.
Ya han abierto, aquí me espera.
Abre Inés una puerta que está junto a la ventana.
¿Don Félix?
Yo soy.
Primero,
como entrando en fortaleza,
pues a mí alcaide me han hecho
de este castillo de honor,
estoy obligada a haceros
dejar las armas.
Sí haré.
Qué dejáis.
Dejo el deseo,
y el apetito liviano.
Mira hacia entrar, y quedo.
Bien podéis entrar, que los
hacéis como caballero.
Sí, hará, pues entra sin armas.
Pues ya entro, la puerta cierro.
Oye, Inés, espera un poco.
¿Quién es?
¿No conocéis ego?
¿Quién es ego?
¿No habrá un poco de lugar
para un Cangrejo?
No eres carne ni pescado.
Pues si no soy nada de eso,
déjame entrar por legumbre.
¿Qué legumbres saber quiero?
Seré nabo o calabaza.
Ya no vienes a buen tiempo.
¿Por qué?
Es ahora verano,
y los nabos en adviento.
Pues entraré por pepino,
que me has picado con eso.
No hay licencia.
Vaya la tu...
Eso es vino, que yo no puedo
dejarlo entrar sin registro.
Pues ¿no ves lo que te quiero?
Para el vino eso ¿qué importa?
Que en dejarme entrar no hay riesgo,
porque no soy metedor,
sino pañal.
Yo no envuelvo,
porque no caigo, alma mía,
que de criada me precio.
Vase.
Blanca es la Inés como tinta,
señores, el juicio pierdo,
¿qué he de hacer yo aquí esperando
para divertir el tiempo?
Tabaco yo no le traigo,
que sirve de compañero,
pasearme hace calor,
dormir no podré de miedo,
y a mí es faltar a mi amo
estarme a perder el seso.
Pues yo me he de divertir,
supongo pues que aquí encuentro
una gorrona, y la envisto
fingiéndome caballero.
Mas esto es peor, dos hombres / hacia aquí se van viniendo.
A vecina mía, ¿qué manda?
Espere usted, bien se ha hecho,
no me escuchará, ya aguardo,
¿dónde va usted, saber quiero,
dónde me llevan los pies?
Quiere compañía, no entiendo,
oiga, soy sorda de un diente,
por el hábito que tengo,
que es usted muy linda moza,
pues con eso cenaremos.
Deténgase, dele sola,
pues no se ha de ir suelta presto,
tente, no sea usted cansado,
¿han visto el hombre qué necio?
Ceda, no me ha conocido,
linda comida por cierto,
pues ¿no ves que soy lacayo?
¿Qué dices, no lo estás viendo?
En la librea anda, boba,
y en esta taberna entremos
con un cuarto de castañas,
que me perdones te ruego,
que no te había conocido,
toca, y a beber entremos,
y para con estas damas
sabrán ustedes, concierto la diferencia que hay de un lacayo a un caballero. Mas esto es peor, divertido con mi negro galanteo, no he reparado en dos hombres que hacia aquí se van viniendo.
¿Quién será, válgame Dios?
Si es justicia, no la temo,
siendo del corregidor
hijo mi amo, mas yo quiero
retirarme, en el umbral
de aquesta puerta me embebo.
Salen don Lope y don Martín.
Ya el infante don Enrique
queda en el alcázar.
Cierto
que ha andado muy bien su alteza
en entrarse de secreto
en Baeza, pues así
podemos servirnos luego,
acostar sin embarazo.
Aunque yo a mi casa tengo,
no es Martín, para acostarme,
pues es fuerza salir luego,
siquiera a poner los ojos
donde traigo el pensamiento,
después de ver a mi hermana.
Aún sales con eso.
Después de correr la posta.
Eso fue por llegar presto.
Llama a esa puerta, Martín.
Virgen, qué terrible aprieto,
este es don Lope, el hermano
de Isabel, fiesta tenemos.
¿No llamáis ya?
Busco un canto,
porque si no doy muy recio,
como no hemos avisado,
no oirán, que estarán durmiendo.
¡Cuánto va que a llamar viene
en mi frente!
Aquello es bueno
para llamar.
Tenga usted,
que yo a ese canto despierto.
¿Qué es esto, quién es?
Un quídam.
¿Qué es quídam?
Es rebodeo.
No sabe usted a quídam, quédam.
Decid quién sois al momento
o mi espada...
Tenga usted,
que soy un pobre extranjero.
¿De qué nación?
Andaluz,
no sé lo que hablo de miedo,
aquí me matan a palos.
Andaluz sois, ¿y extranjero?
Mi padre era andaluz,
mas yo, señor, soy tudesco,
natural de la Membrilla.
¿Qué decís? Estáis sin seso.
Mire usted, estando mi madre
en la bodega bebiendo,
me parió al pie de una cuba,
paladearonme luego
con vino, que yo bebo tanto
que en el beber soy tudesco.
Bien se os conoce agora el vino.
Y a usted el vinagre.
Éste pienso
que es lacayo de don Félix,
y en la librea lo advierto.
que es la del corregidor.
Aguarda, ¿no eres Cangrejo?
No, señor, no soy tan flaco,
aunque fácilmente peco.
Pues, ¿tú qué haces a mi puerta?
Tiene mi amo un galanteo
a la vuelta de esta calle,
y como yo aquí le espero,
me arrimé a dormir en ella.
Esto debe de ser cierto,
que es don Félix muy galán.
Llama, Martín.
Esto es hecho,
allá dentro han de pescalle,
y yo avisalle no puedo.
Llama, Martín.
A de casa.
Esto no tiene remedio.
A de casa, Inés.
Dentro.
¿Quién es?
Don Lope soy, abre luego.
Ay, señora, que es tu hermano.
Albricias pide.
De perro.
Ya estará alegre Isabel.
No bajas a abrir.
No puedo,
que estoy agora en camisa.
No fuera de mejor en cueros.
Vístete.
No hallo la saya,
marica, ¿dónde la has puesto?
Ni la halles de aquí a mañana.
Cúbrete con un manteo,
o baja sin él.
Ya bajo.
Mujer del diablo, primero
haz que se esconda mi amo.
Ay Jesús.
Abre la puerta y tropieza Inés.
Tropieza, y luego
pide confesión por mí,
que yo aquí me estoy muriendo.
Ya ha abierto, entremos, Martín.
Vamos.
Éntranse.
Acabóse el remedio,
¿podré yo dar a mi amo
cuarto mejor que yo quedo?
Ahogarán de aquí a la calle.
¿Por qué, si yo me detengo,
le pueden matar sin duda?
Y si yo escapo, no hay riesgo.
Mas ¿qué miro? La traspuerta
del jardín están abriendo,
y sale un hombre, señor,
eres tú.
Yo soy, Cangrejo.
¿Qué ha habido?
Extraño peligro,
vámonos acullá luego.
No me dices lo que ha habido.
No sé, vamos, que no pienso
volver a entrar más en casa
de mujer donde haya viejo.
Pues si vas ya arrepentido,
harto me has dicho con eso.
Vanse.
Salen don Lope y Martín.
Ya que hablé con Isabel
agora, cumplir intento,
Martín, con mi pensamiento,
mas una sospecha infiel
me saca con más cuidado,
pues cuando en mi casa entré,
vestida a mi hermana hallé,
y a Inés, y el haber tardado
en abrir es fuerte indicio
del daño que acaso tiene,
mas disimular conviene.
Yo pierdo, señor, el juicio,
aún no acabas de venir,
y tan presto rondar quieres.
Sirve, o, mi dueño eres.
Sirvo, y te de no servir.
Pues sirve, Martín, callando,
ley de honrados escuderos,
que criados y barberos
no han de hacer su oficio hablando.
Caminar, y no dormir,
ni en llegando descansar,
aquí él no ha de hacer hablar.
A quien supiere servir
éste es, Martín, mi sosiego,
que esta calle un ángel tiene,
donde amor a rendir viene
la flecha, el arco y el fuego.
No será a doña Juana,
la hija del corregidor.
Ella es dueño de mi amor,
y ésta ha de ser su ventana,
en ella una seña haré,
que ya la tengo avisada.
Hace una seña a la reja.
Y no está muy descuidada,
pues ya la han abierto.
Hacen una seña a la reja, y asomase doña Juana.
Ce.
¿Quién es?
Sombra, un soldado
que agora de Sevilla llega.
¿Es don Lope?
Quien sosiega
ya con haberte mirado.
La carta que recibí
me hizo esperar.
¿Fue muy bien?
¿Cómo vienes?
Como quien
pasó dos meses sin ti.
Pues para mí tu venida
es alivio de una pena
que a la muerte me condena,
y tu favor apellida.
¿Qué es, señora, tu pesar?
Que el casamiento tratado
conmigo está efectuado
con don Pedro de Aguilar.
Y esa pena es tuya, o mía,
que solo de haberte oído
he quedado sin sentido.
De entrambos serlo podría,
mas de ninguno será,
si tienes resolución
A tal desesperación
¿qué pecho no la tendrá?
Pues don Lope, el plazo es breve
que me dan con este esposo,
de empeño tan peligroso
no sale quien no se atreve,
con esta imaginación,
tengo llave prevenida,
que hará fácil la salida,
en llegando la ocasión,
mas advierte que la mano
me has de dar antes de esposo.
De eso está tu amor dudoso,
cuando yo tal dicha gano,
mano, y palabra también
de ser tu esposo, señora,
y te la doy desde agora.
Yo la acepto.
Eres mi bien.
Gente por la calle pasa.
Pues adiós, y ten cuidado,
no te coja descuidado
cuando me halles en tu casa.
Vase.
Martín, mi ventura advierte,
ángel el infante ha sido,
que si no hubiera venido,
fuera sin duda mi muerte.
Dicha ha sido, mas yo infiero
que el lograrlo fío muy llano,
porque es don Félix, su hermano,
muy bizarro caballero.
Pero dos hombres, señor,
se van acercando acá.
Vamos andando hacia allá,
sin cuidado.
Eso es mejor.
Salen don Félix y Cangrejo.
Confieso que al verme dentro,
llegué a temer y a dudar.
Vive Dios, que es fuerte azar,
un hermano por encuentro.
Don Félix es.
Y él lo es,
su amor en mi causa tiene,
y de allá sin duda viene,
Que rondan esta noche, creo,
tu padre le has de esperar.
Libréme impensadamente,
de un hermano de repente,
y en paz me quiero acostar,
vamos.
¿Qué he escuchado, cielos?
Sobre sospecha tan cierta,
estar su criado a mi puerta,
ya es más vivo mi recelo,
que él estaba dentro, es llano,
mas ¡Jesús!, qué necedad,
tal pienso yo, en la ciudad
¿no hay mil damas con hermano?
Dos hombres pasan, señor.
Pasen, ¿qué importa?
Dos pitos,
mas en viendo broquelitos,
se me revuelve el valor,
por el siglo de mi madre.
¿Qué haces?
Va a meter mano a la espada.
Emviste con ellos,
que tú aquí reconocerlos
puedes por parte de padre.
Buena locura a mi puerta.
Yo lo he de hacer, vive Dios,
por si acaso de los dos
trae alguno vaina abierta,
oigan, ¿quién va a la justicia?
Quien dejarse conocer
no quiere por no saber
si es justicia o es malicia.
Caballeros, idos con Dios,
que aquéste es un majadero.
Yo me iré, mas porque quiero,
que no por decirlo vos.
Idos, o estaos, que a mí
en eso nada me va.
¿Qué hablan? Pues no basta ya
que los dejen ir de aquí.
¿Qué haces, borracho?
Señor,
no puedo más que te enfadas,
que me están las cuchilladas
rebozando en el valor.
Qué sea valiente Cangrejo.
Martín, vámonos de aquí,
en la palabra que oí,
la mitad del alma dejo.
Vanse.
Loco necio, impertinente.
Todo esto, señor, es vano,
de aquí que no está en mi mano
el dejar de ser paciente.
Eso es bueno en la ocasión,
no sin que ni para qué.
La valentía no fue
jamás fundada en razón,
el asar escarapelas
sin causa es valor que excede,
que obrando con razón, puede
ser valiente un sacamuelas.
Vámonos, loco, a acostar.
Vase.
Con esto he cobrado nombre,
y para que al mundo asombre,
con traer turbio el mirar,
y agobiar un poco el cerro,
echar en arpón los pies,
de este modo, antes de un mes,
me han de llamar traga y yerro.
Vase.
Salen el infante y el corregidor, y tres caballeros.
Estoy a la ciudad agradecido,
y en nombre de mi padre acepto
la gente que ha ofrecido.
No quedará, señor, en este aprieto,
caballero ni hidalgo que no os sirva,
y si a quinientos la ciudad se obliga,
a que sean mil hombres yo me ofrezco.
Y yo, corregidor, os agradezco
el celo de servir al rey tan justo,
y en albricias agora de este gusto
la nueva os doy, de que para entregarse
está Sevilla ya capitulando,
a que al opuesto polo a dilatarse
el santo y grande nombre de Fernando,
y a él, que es sin segundo,
se vengue, estrecho, el cóncavo del mundo,
mas toda esta alegría,
ha descompuesto sola la osadía
con que Ben Alamar nos ha acogido
el fuerte de Aguilar, y yo he venido,
de accidente a Baeza,
que he de ganar el fuerte, y la cabeza
del moro he de enviar luego a Sevilla.
Todo, señor, lo puede tu cuchilla.
A escribir a mi padre voy agora,
y de vuestro abogado haré el oficio,
diciendo, aunque su alteza no lo ignora,
la lealtad de Baeza y el servicio
tan grande que le ofrece.
Vase.
Tenga tu fama el lauro que merece,
¿qué os parece el infante, caballeros,
su bizarra que de suspenderos,
retrato de su padre le colijo.
Es bizarro.
Es gran príncipe.
Es su hijo.
Salen don Lope y Martín.
A hablarle la ciudad habrá venido.
Tu suegro es éste.
Calla.
Bien venido
seas, señor don Lope.
Bien hallados
seáis todos vosotros, caballeros.
¿Cómo venís?
Rendido a los cuidados
de la merced que aquí llego a deberos.
Salen don Félix y Cangrejo.
Llena la sala está de caballeros.
Agora es el cortejo para tiempo.
Llega, Félix, que llegas a buen tiempo,
y pues aquí está junta de Baeza,
la gala, discreción, y la nobleza,
os quiero proponer que a la venida
del infante, y la gloria prevenida
de la victoria que Castilla espera,
hagamos una fiesta.
Justa fuera.
Pues, señores, juguemos unas cañas.
La envidia de tan ínclitas hazañas
me obligará a salir con mi cuadrilla,
mas si nuestro rey entra en Sevilla,
Pues cada uno elija los colores
conforme a los desdenes, o favores.
Yo estoy celoso, azul es mi cuidado.
Yo estoy de verde asido,
a lo pasado entrego mis finezas.
Sí, mi dama a mí me trata con durezas,
sí, si en la fiesta entrara,
solo el color sacara,
por poder diferir su trato esquivo,
de acelga, que es color muy purgativo.
Todos amáis sin favor,
todos estáis desdeñados.
Por ausentes los soldados
no lo pasamos mejor.
Pues yo ya que he de salir
a vuestras cañas, señores,
de más alegres colores
mi amor he de vestir,
porque mi dama es segura
de mi amor, que asaz pasa,
anoche me dio en su casa
tiempo, lugar y ventura,
y no penséis que esto ha sido
milagro en un fino amante,
que ventura semejante
muchos hay que la han tenido,
súpela obligar, rendido,
y esta gracia es de alabar,
que muchos van a obligar,
pero pocos han sabido,
dióme para otra ventura,
y vino gente y lo estorvó,
porque no pudiera yo
gozar de la coyuntura.
Fiádose por la ventura
de una traspuerta que abría,
de la cabeza traería
abierta la comisura.
Dichoso sois.
Yo no más,
soy el dichoso en Baeza.
Señor, ¿de qué es esta tristeza?
No sé, después lo sabrás.
Vive Dios que de mi hermana
se alaba, y más siento aquí
que hable delante de mí,
que el que ella fuese liviana.
Pues ya el color se ha escogido,
la fiesta se ha de aprestar.
Sí, pero yo he de sacar
color de favorecido.
Ha de ser dorado.
No,
la color de la victoria.
No es esa color notoria.
Yo no sé cuál es.
Ni yo.
Yo sí, pero tiene ensanchas.
Pues, ¿cuál es en el amor
la victoria del color?
Paño pardo y muchas manchas.
¿Cuál será color tan rara?
Si yo hubiera de elegirla
para vestir mi cuadrilla,
flor de almendro la llamara,
y con razón se le aplica
de la victoria el intento,
pues suele el aura, el aliento,
del necio que la publica.
Pienso que en este color
vuestra atención me condena.
Yo nunca tuve por buena
la alabanza del favor.
Si esto llegáis a entender
tan al contrario, es mirado
que después de haber entrado
allá no pienso volver,
mirad si será alabanza
esta del favor, pues ya
claro mi amor está.
Cómo han de hacer confianza
de los hombres las mujeres,
si anoche pasa un favor,
y hoy sin recato y honor,
decirlo en palacio quieres.
Mas con cubierta de gente
nadie el sujeto penetra.
Licencia ha dado la letra,
y dijo discretamente:
concédese al amador,
en descuento de su llama,
que sin señalar la dama,
pueda decir el favor.
Aunque esa licencia se halla,
los que saben entenderla
saben que pueden tenerla,
pero no deben usalla,
porque el que discreto ha sido,
en el más dichoso estado
se ha de juzgar despreciado,
cuando más favorecido,
pues cuando a su amor le ofrece
su dama más esperanza,
debe su desconfianza
pensar que no la merece,
y en la sala ha recatado
alguno dichas mayores,
y con muchos más favores
se juzga desesperado,
porque aunque se llegue a ver
de sus favores contento,
por su desmerecimiento
piensa que no puede ser.
Y el que usa este respeto,
por la atención de su fama,
es más fino con su dama,
y consigo más discreto.
Tiene don Lope razón,
que las quejas mejor suenan...
Pues si todos me condenan,
yo he errado sin intención.
La reprensión es castigo,
si no encierra otros desvelos.
No porque estos no son celos,
sino advertencia de amigo.
Pues ya repartido estáis
cada uno en su cuadrilla,
vamos luego a prevenilla,
vamos todos.
Vamos ya.
Don Félix.
Voy advertido.
Vanse el corregidor y los caballeros.
Señor, don Lope ha quedado
de la plática picado,
y pienso que algo ha sabido.
Cuando lo supiera, en fin,
como hermano, ¿qué ha de hacer?
Querer enterrarte, y ser
hermano de Antón Martín.
Vanse.
Martín.
¿Dices, señor...?
Tú, aunque me sirves, hoy día
tienes al fin sangre mía,
y con ella tu valor.
Pues yo estoy con un recelo,
bien sabrás lo que pasa.
¿Dónde vamos?
A mi casa,
que he de apurar mi desvelo.
Vanse, y salen Inés e Isabel.
Señora, indicio es bastante
de que él sospecha algo de eso,
el que anoche tan perplejo
y hoy trae triste el semblante.
Mal llegas a presumir,
porque Lope es tan celoso
que, a estar en esto, sospechoso
no lo pudiera encubrir.
Yo, por sí, previne el aprieto,
abriendo por el jardín,
mas, ¿qué es esto? Que él y Martín
andan hablando en secreto.
Serán celos, propio mal
de quien viene de la guerra.
Ellos vienen.
Salen Lope y Martín.
Entra y cierra.
Cerrazón, mala señal.
Lope, ¿qué hay?
Hermana mía,
yo he sido bien recibido
de la ciudad, mas ha habido
en palacio una porfía.
Juntose conversación,
trájose un juego de cañas
a instancia de las hazañas
que honra de Fernando son.
Repartiéronse colores;
unos tomaron por celos
los colores de los cielos,
otros congojas de amores.
Todos, hermana, en efecto,
atentos en guardar famas,
se quejaban de sus damas
con amor fino y discreto.
Solo don Félix, untado,
se alabó de tan querido,
puesto el honor en olvido
de su dama, que arrogado
dijo que hacía elección
del color de la victoria,
de la que tuvo en memoria,
no con poca confusión
de los que estaban presentes,
Mas, Isabel de mi alma,
¿qué es lo que dices de ti?
Que, si en mi cara lo sientes,
dio señas de alguna dama
que te toca, son falsillos,
no, hermana, sino cuchillos
de mi honor y de tu fama.
¿Mi fama? ¡Cielos, qué oigo!
Muy malo va este guisado.
Lope, tú te has engañado.
No engaño, escúchame.
Di.
Cuando todos, como digo,
pintaban las calidades
de su amor, con mil desprecios,
contó Félix arrogante
que anoche llegó a una reja
y que, con palabras tales,
a su dama persuadió,
sin preguntárselo nadie,
que le abrió la puerta.
Bien,
todas las puertas se abren,
si oficio es ese que quieres.
Óyeme, pasa adelante.
Dijo no su dicha en eso,
en que a tal hora llamase,
y este que estorbó su intento,
y el deseo por que lo fácil
de darle entrada, le dio
todo el amor.
¡Ah, hombre infame,
que en razón los que llamaban,
sino que en el mismo instante
que los abrieron salió!
Pues, ¿quería que aguardase
a que le cogiesen dentro?
Oye, en que vengo a culparte
de esta alabanza, Isabel.
Luego, ¿quieres que él se alabe
de que entró anoche en tu casa,
teniéndote a ti delante?
Sí, que hay hombres que no miran
que esté delante la parte,
ni lo que suelen costar
alabanzas semejantes.
Yo, en fin, no he de gastar tiempo
en decirte las señales,
ni indicios que tengo, basta
que para mí son bastantes.
¿Qué señales, qué es aquello?
Esto de la puerta traes,
sin estos los esperados
regalos, los almaizares,
las tocas, granas, alfombras,
perlas, cuentas, granates,
estas las esclavas moras,
las aljorcas y collares
que bien nos pagan Inés,
con desprecios tan infames,
las oraciones, las misas,
las citaciones y altares,
las lágrimas que nos cuestan.
¿Y cómo que de llorarle
aquí están que pueden verse?
Tengo en el rostro canales.
Al tabernero de enfrente
me daba a beber de balde,
por que llorara en su cueva.
Isabel, no has de engañarme
con hechizos de mujer,
que ya para mí caes, áspid.
Don Félix es caballero,
y que contigo se case
me está muy bien, y me tiene
más conveniencia que sabes.
Dime si es esta la verdad,
si él entró anoche a hablarte,
con casarte se remedia.
¡Oh, que no tiene donaire!
No te rías, Isabel,
que, vive Dios, que me enfade.
Don Lope, ya el sufrimiento
llega a los últimos lances,
que haciendo oficios de hermano
has excedido el de padre;
y hallándome tu liviana
te tocaba castigarme,
pero, por sospechas tuyas,
no te toca hacerme fácil.
Si esta sangre, tan honrada,
que en ella acción vil no cabe,
no de no de ser tu hermana,
pues no me das esta sangre,
si la soy y la tengo,
satisfacción es bastante
que no cupiera en la mía
lo que en la tuya no caus-.
Si te es a ti conveniencia
que con don Félix me case,
proponme su casamiento,
mas no por esto me agravies;
porque, si a ti te está bien,
como me propones antes,
no has menester mi delito
para que tú me lo trates.
Yo, casada con él,
las sospechas son en balde,
en que tú lo hayas sabido,
que honor y fama te añade,
hacer tu querella de más.
Calla, don Lope, y casarme
y a ti daño se remedia,
y de un cargo sales
con que me guardes aquí.
¿Qué es lo que yo confiese,
hermano, que entró anoche a casarme?
Pues hazlo, sin que lo diga,
y excúsame el ser infame;
determinada has de saber,
por más que a mí me amenaces,
a pesar de tus recelos,
soy yo quien soy, y esto baste.
Y, si en tan necia sospecha
pasas, don Lope, adelante,
quien los cielos que osada
tome un veneno y me mate.
Vase.
Señor, ella está inocente.
Eso dices tú, no sabes
quién son mujeres, Martín,
ven acá, tú, escucha, aparte.
Yo, señor, virgen sagrada,
No temas, di lo que sabes,
qué he de
¿Qué he de saber? Plegue a Dios
que aquesta saya me falte
a la hora de mi muerte,
si acá he visto entrar a nadie.
Esto es aquí perder tiempo,
y el remedio de este lance,
en la dilación se arriesga,
mas, mientras le ejecutare,
mi recámara a las dos
las ha de servir de cárcel.
Ven, Martín, que he de cerrar.
Vamos donde tú mandares.
A satisfacer mi honor,
o morir en el examen.
Vanse.
¡Ay, madre de Dios, que cierran!
Sale Isabel.
Inés.
Señora, mal grande.
No es ya el riesgo de mi vida
el dolor que me combate,
sino que en el alma tengo
un abismo de volcanes.
¡Don Félix, mal caballero!
¡Mal galán y mal amante!
Se alaba de mis favores,
cuando mi honor se los hace,
más que mi facilidad.
y él teniéndome por fácil
se yela de mi fineza.
Reventando de coraje
el corazón en el pecho
quiere salir a vengarse;
y en riesgo estoy, sin honor,
y he de salir a cobrarle,
¿Cómo, si estamos cerradas?
Ventana hay, no te acobardes,
los vestidos de mi hermano
saca luego.
¿Pues qué haces?
No me preguntes, Inés,
haz lo que digo al instante,
que estoy que pierdo el sentido.
Pues a los vamos a dalle.
Vamos, que el mundo ha de ver
en una acción que le espante
cuándo son necios los hombres
y el peligro de alabarse.
Vase.
Vamos, que yo también tengo
en esta ofensa mi parte,
y lo que ha de ser allá
lo veredes, dijo Agrajes.
Fin de la 1ª Jornada
Segunda Jornada de la Bandolera de Baeza
Sale don Lope.
Para no fiar de nadie
tan importante materia,
desde que salí de casa
dejando cerrada en ella
a Isabel, vine a buscar
a don Félix, que aunque muera,
no he de volver a mi casa
sin satisfacer mi ofensa.
Él no está en casa, y he dado
a esta calle tantas vueltas
que doña Juana, pensando
que es mi cuidado por ella,
me arrojó ahora un papel
por una ventana de esas.
Quiero ver lo que me dice.
Lee.
"Don Lope, esta noche espera
a la puerta de mi casa,
que a las doce saldré de ella
a desposarme contigo."
¡Cielos, si mi dicha es cierta,
qué riesgo temo en mi honor,
pues con esto se remedia!
Que, teniendo a doña Juana
en mi casa, ha de ser fuerza
que lo que yo solicito
en su ruego se convierta.
Mas, aquí viene el criado,
guardo el papel, no lo entienda.
Sale Cangrejo.
Toda esta tarde, don Lope,
con la color a los enferma
anda, aquí la color misma
que mi amo pidió en la fiesta
es la que él trae en la cara,
no sea el diablo que éste sepa
que mi amo anda tratando
de sacar una pollera
y por excusar el susto
le venga a dar una felpa.
Yo quiero llegarme a él.
Y, por si acaso lo piensa,
con un embuste pretendo
deslumbrarle la sospecha.
Señor don Lope.
Cangrejo.
Traigo una graciosa nueva.
Pues, ¿qué ha habido?
Ya vio usted
que mi amo dio a su librea
el color de la victoria,
pues según lo que se ordena,
el color era de rosa,
mas ya saca rosa seca.
¿Por qué?
Porque aquella dama
que anoche le abrió la puerta
se le ha ido con otro
que a Málaga se la lleva.
¿Que a Málaga, a que se van?
Ella es muy golosa y era
muy amiga de batatas.
Y van allá a hartarse de ellas.
Calla, loco. Pues, a mí
¿quieres buscarme?
Esa es buena.
Vive Dios, que se le ha ido,
no piense usted que es quimera.
Válgame Dios, si esto es cierto.
Pero que sea, o no sea,
lo que a mí me importa es
disimular mi sospecha,
y volver ahora a mi casa
y asegurar con cautela
a Isabel, que está encerrada,
culpando ya mi violencia;
que en cualquier caso en su hermana
tiene mi honor buena prenda.
Adiós, Cangrejo.
Vase.
Él os guarde.
Ya la ha tragado, ¡sabría
que haya en el mundo estos hombres!
Mas ya el cielo tiene puesta
su capa de vario azul,
toda gayada de estrellas,
y por si acaso hace oscuro
trae la luna por linterna.
Mas aquí vienen dos hombres,
que aunque los bultos se muestran,
no se distinguen las caras.
Salen Isabel e Inés, de hombre, embozadas.
Pues ya los caballos quedan
en seguro y en secreto,
no hay sino soltar la rienda
al valor y a la venganza,
que mujeres de mis prendas,
en tales casos conviene
quedar honradas o muertas.
Terrible resolución
es, señora, la que intentas.
Inés, callar y seguirme,
o vete, si el miedo te llena,
no trates de aconsejarme.
No es consejo, es advertencia,
que yo siempre he de ir contigo,
aunque por seguirte muera.
Pues, esta es, Inés, su casa.
Un criado está a la puerta.
Llega y pregunta por él.
Y ¿qué diré, si está en ella?
Que un caballero le llama
que quiere hablarle acá fuera.
Esto es hecho. Por hidalgo.
Solo por parte de abuela;
pero lo tengo empatado
por la parte de mi suegra.
¿Es de esta casa?
Ella es
mía, que yo no soy de ella.
¿Está aquí el señor don Félix?
¿Quién lo pregunta?
Esa es buena.
Pues, si ve un hombre, ¿duda?
En traje de hombres hay bestias.
Señora, Cangrejo es este.
Dime quién eres.
¿Qué esperas?
Pregunta que quién le llama.
Di que soy yo en hora buena.
Cangrejo, ¿no has conocido?
No, por Dios. ¿Quién eres?
Sepa.
Inés soy.
¿Tú en este traje
de marimachos? ¿Qué intentas?
Acompaño a mi señora.
Luego, ¿es aquella?
La mesma.
Pues, ¿dónde vais de ese modo?
A hacer alguna comedia.
No es sino tragedia.
Cómo,
presto verás el fin de ella.
Llama a tu señor al punto.
Inés, el alma me lleva
ese brío y ese talle,
y pues vienes a mi puerta
que es, sin duda, a enamorarme.
Dime un requiebro,
anda apriesa.
No lo haré sin que me lo digas.
Y ¿irás luego?
Sí, en conciencia.
Pues, va.
Di.
Dulce lacayo.
Dulce Inés, tu boca sea
confites sean tus dientes,
y mermelada tu lengua,
tu frente calabazate,
tus ojos sean ciruelas,
tus mejillas sean bizcochos,
sea tu nariz jalea,
tus cabellos caramelos,
y peladillas tus cejas.
Vase.
Entró a llamar a mi amo.
Señora, esta diligencia
ya está hecha.
Entró a llamarle.
Sí, señora.
Pues violencias
poneos contra mi amor,
de la parte de mi ofensa.
¡Mal caballero! ¡Villano!
Que a una mujer noble afrentas,
ahora probarás las iras
que amor ofendido engendra.
Amor, desmiento yo
que si te amé blanda y tierna,
ya el incendio de mi agravio,
ardiendo en llamas violentas,
consumió toda la parte
que tuvo el pecho de cera.
Ponte tú a mi lado.
Miedo me das.
Salen Félix y Cangrejo.
No lo creas.
Digo que son ellas dos.
Rara novedad es esta.
Ya está aquí mi amo, señora.
Y también yo.
Aparte.
Isabel bella,
¡qué propio es en las mujeres
venirlos a buscar ellas
cuando se entibian los hombres!
¡Tan peligrosa fineza
hacer por mí!
Quedo, quedo,
que se engaña quien lo piensa,
señor don Félix untado.
¿Hurtador de honras ajenas?
Sabéis, vos, quién es aquí
doña Isabel de Baeza,
de que es en esta ciudad
su sangre de las primeras.
Sabéis que la habéis servido
con el respeto y decencia
que a su sangre se le debe.
Eso de mi amor es deuda
y obligación a mí mismo.
Sabéis que el daros licencia
de entrar en su casa fue
después de muchas promesas,
por excusar el peligro
de curiosidades necias,
y que no excedisteis vos
estando hablando con ella
en acciones ni palabras
el coto de la modestia.
Cómo puede eso dudarse,
siendo en igual competencia
mi respeto el que te hablaba
y a quien me oyó tu entereza.
Pues, traidor y mal caballero,
si es posible que lo sea
quien de la sangre del pecho
se desmiente con la lengua,
es bien alabaros, dando
más malicia a la sospecha
de que os dio entrada en su casa
quien se os recató en su reja,
es bien hecho publicar
que os abrió libre la puerta
quien tuvo en una ventana
temor de hablaros en ella,
entrada os da quien su amor
aun de un vecino recela
y vos lo hacéis en palacio
público a toda Baeza.
Vos sois amante mentís
y mienten vuestras finezas,
que el que quiere hace a su dama
agasajos y no ofensas.
Si vos fuerais fino amante,
un favor que el alma alienta
no le sacarais del pecho,
para no apartarle de ella.
El que quiere no publica
los favores que grangea,
porque teme que al decirlos
en la voz se desvanezcan.
Y no, ingrato necio, anduvisteis,
pues, siendo esto conveniencia,
a no callar por la mía
debíais callar por la vuestra,
y luego también mentisteis
a mi honor, una vileza,
pues decir que os estorbó
quien llamó a lograr la ofensa,
pues si yo en vuestro deseo
un átomo percibiera
que excediera a mi recato,
os diera entrada a mi ofensa.
Y cuando tuvierais vos
esta osadía encubierta,
al entender yo un amago,
no en la acción, sino en la lengua,
una luz, una palabra
que no fuese muy compuesta,
no creyerais de mi valor
que al punto que le entendiera
por un balcón os echara
a quien os abrió por la puerta.
¿Vos atreveros conmigo?
¿Vos osado en mi presencia,
sin que os arrancara yo
del pecho la intención mesma,
y el corazón donde estaba
en mil pedazos le hiciera,
que tiene átomos el sol
para ejemplo?
Es gran locura
que es mal medio el que has buscado,
para que a querer te vuelva.
¿Yo pretender que me quieras?
No vengo sino a vengarme
de este agravio.
Bien te empeñas,
bienes a reñir conmigo.
Sí, pero de esta manera,
esto es hecho, ven conmigo.
Tírale un carabinazo y vase.
Muerto soy.
¡Virgen de Regla!
A los caballos, Inés.
¿Dónde vamos, que estoy muerta?
Pues, ya murió mi esperanza,
a salvar lo que me queda.
Señor mío de mi alma.
Amigo, llama a quien pueda
ayudarme, que yo muero.
La bala el pecho me quema.
Confesión a un caballero,
que los diablos se le llevan,
si no acuden, que hay diez años
y más que no se confiesa.
Sale el Corregidor y dos criados.
Aquí tiraron, ¿qué es esto?
¡Ay, señor, una tragedia!
¿Qué dices? ¿Han muerto a alguno?
Tu hijo por yerro de cuenta.
Caiga el cielo sobre mí,
si tanta desdicha es cierta.
¡Ay, señor, ay, padre mío!
¡Hijo! Alzadle de la tierra.
Quien ha de ser el agresor,
la sierpe que engañó a Eva,
pero en lugar de manzana,
sino con una escopeta.
¿Quién te ha herido, hijo?
No sé,
mi suerte, o mi mano mesma,
que pues yo tuve la culpa,
yo mesmo me herí con ella.
¡Ay desdichada vejez,
toda mi esperanza muera!
Padre, ya a cuidar del alma
es la mejor diligencia.
Llevalde adentro, entra a dar,
hijo, a tu madre esta nueva,
porque tenga la desdicha
adónde lograr más flechas.
Y entrá adentro también tú,
porque el agresor se sepa,
y le busque mi venganza,
aunque el mundo le defienda.
Llévanle y vase.
Malo cae vuelta esto,
mucho peor que la cuenta,
si confieso y mi amo muere
por nullidad de la fiesta,
es posible que me aforren
las espaldas en baqueta.
Si sano por hablador
puede ser que mi amo vuelva,
a cargarme de nogal.
Con que, que muera o no muera
de baqueta o nogal ando,
siempre con la silla a cuestas,
pues que he de hacer, mudar aire,
mi nombre me lo aconseja,
que el cangrejo se hace al mar
cuando hay peligro en la tierra.
Sale don Lope.
Sin honra y sin alma vuelvo
al examen de mi afrenta,
pues yendo a mi casa he hallado
que falta mi hermana de ella,
lo que yo temía, por burla,
fue atrevida desvergüenza
del criado que en mi cara
me dijo mi infamia mesma,
y aquí le vengo a buscar.
Ahora bien, esto es sentencia,
la cuerda es cosa que escurre,
y escurrir es cosa cuerda.
Esto es hecho, pian, pian,
me llego aquí a Cartagena.
¿Quién va allá?
¿Quién no va allá?
Sino acullá, y muy de prisa.
A traidor, a ti te busco.
¿A mí, señor? Pues, ¿qué intentas?
Infame, ya que tuviste
osadía tan resuelta
que me dijiste en mi cara
mi deshonra sin vergüenza,
me has de decir cuánto sabes
de mi hermana.
Yo sé de ella.
Traidor, cuando yo sabía
que la dama que festeja
tu señor era mi hermana,
tú, con atrevida lengua,
me dijiste que hoy se ha ido,
y al ir con esta sospecha,
hallo que falta en mi casa,
para no dudar que es ella,
pues tú lo sabías primero.
Dime cuánto hay en mi afrenta,
y advierte que si del caso
la menor noticia dejas,
te he de dar mil puñaladas.
¡Los cristos de la paciencia!
Que lo que, por deslumbrarle,
le dije yo con cautela,
de veras le haya salido.
Maldita sea mi lengua.
¿Qué es lo que intentas, villano?
Dilo,
dilo al instante o no quieras
que te atraviese esta daga.
Tenga usted, por Dios, y advierta
que, si yo digo la suerte,
y en ella usted atraviesa,
ca ha de perder hasta el codo.
Piérdase lo que se pierda.
Advierta usted que en su suerte
la bota y encima de ella,
está ya vista la mía.
Dilo, villano, ¿qué esperas?
Pues, digo, y a paso, señor,
verdad es cuanto usted piensa.
Mi amo entró anoche en su casa,
y ella, que es una hechicera,
supo que se había alabado,
y hecha una misma centella,
vino a buscar a mi amo,
y hallándole aquí a su puerta,
le tiró un pistoletazo,
de que es la grita y la priesa
que está usted oyendo en su casa,
con que mi amo muerto queda,
y ella con una criada...
Calla, ¡ay de mí!, infame, cesa.
No quiero, que yo la gano.
Cuente, usted, que tenga paciencia,
vestidas de hombres las dos
se van a Sierra Morena.
Porque venían con caballos,
las botas, que allá a la cuenta
como están ya arrepentidas,
se van a hacer penitencia.
Y esto es lo más importante,
que pues usted de la fiesta
sabe, la música quiso,
sepa la fuga con ella.
¡Cielos! Todo esto es sin duda,
pues yo hallé en casa de vuelta
la ropa con mis vestidos,
y dos caballos se llevan.
Iré a buscar a esta aleve,
no hay amor que me detenga,
perdóname, doña Juana,
que no es bien que en tanta afrenta,
hasta hallarla y darla muerte,
nadie la cara me vea.
Vase.
Ahí te queda que adobar.
Señores, esta materia
se va encendiendo por puntos,
mis costillas apelan
a alforjas, bota y camino,
que cuando tal dicha tengan,
que no me las toque el fuego,
no hay quien las libre de leña.
Vase, y sale el ventero y su hija.
Muy buena prisa te das.
¡Han visto el talle que tiene!
Padre, yo no puedo más.
¡Bien haya quien te parió,
que a una olla no das fin!
Si está tan duro el rocín,
¿qué culpa le tengo yo?
Ves aquí dos forasteros
que ya en la venta se apean.
Salen Ysabel y Ynés.
Loado sea Dios, huésped.
Sean
bienvenidos, caballeros.
Acomodar los caballos
es en primer lugar.
De eso podéis descuidar,
que yo voy a acomodallos.
Pues mirad que cuidéis de ellos,
porque vienen fatigados,
y vamos apresurados,
que hay mucho que andar con ellos.
No os dé pena.
¿Hay qué comer?
Habrá una olla de venado.
De rocín viejo matado.
Buen vino, que es menester,
y caza no falta ahora,
al fin, la gracia de Dios.
Cuidad de los caballos vos,
que eso lo hará esta señora.
La mesa puedes poner,
que voy a desensillallos.
Cierto que vuestros caballos
del sol merecían ser.
Jesús, ¿tal favor por qué?
Tan galán hombre no vi,
oyen, fíense de mí,
que yo los regalaré.
Nos haréis mucho favor,
muy buena gracia tenéis.
La vuestra al cielo debéis,
que aunque sois hombre, el mayor
yerro la naturaleza
en no hacer con esa cara
una mujer, que asombrara
los hombres con su belleza.
El hombre el dueño del nombre
bien está que fuera así.
A lo menos para mí,
mejor me está que seáis hombre.
También os parezco a vos.
De daros el alma trato.
Pues yo en mi vida fui ingrato.
Daseisme un abrazo.
Y dos.
Alto, por la mesa voy,
he de sacalle a este lobo
dos perdices del adobo.
Bien haréis.
Vuestro soy.
¡Y cómo que voy por ella!
Pero digo, camarada,
no sepa mi padre nada,
que piensa que soy doncella.
Vase.
Bien, señora, te diviertes.
Ay Ynés, ¿qué es lo que he de hacer?
¿Cómo me he de defender
de dos contrarios tan fuertes
como son amor y honor,
pues entre entrambos metida,
por darle al honor cabida
le di la muerte al honor,
mas ya no es tiempo de dar
al alma, con mis tormentos,
desconsuelos sino alientos.
¿Dónde hemos de ir a parar?
A Portugal o Aragón,
y en topando algún camino
donde nos lleve el destino,
que yo no tengo elección.
Sale la Hija con la mesa, pan, vino y algo que comer.
Ya está aquí la mesa.
Venga.
Aquí están escabechadas
dos perdices, camaradas,
pan y vino, y Dios mantenga.
De esas manos, ¿qué es más?
Pues bastan a sazonallas.
Sentarse, pues, y tirallas,
que yo voy por lo demás.
Vase.
Siéntate, Ynés.
Bueno fuera
verme a tu lado sentada.
Ahora aquí eres mi criada,
pero ya mi compañera.
Siéntanse, y salen dos bandoleros.
La comida haremos cena.
Loado sea Dios, caballeros.
Ay, señora, bandoleros.
Sean muy enhorabuena.
Carmona, paraos allí,
que es caza.
Ellos son lucidos.
Camaradas, bienvenidos.
¿Qué hay que comer por aquí?
Eso el huésped lo dirá,
y ustedes, ¿no tienen boca?
Sí, pero eso no nos toca,
entren a saberlo allá.
Yo aquí veo qué comer.
Y son perdices, ¡por Dios!
Estas son para los dos,
mas, si nos quieren hacer
honra, sentaos.
Buena es esa,
y entre los dos se divida.
¿Quién será aquí el que convida?
Yo, pues es mía la mesa.
Y las perdices serán
suyas.
Sí tengo entendido.
¿Y sabe usted si ha leído
el testamento de Adán,
a quién las perdices mande,
que yo cuando lo pasé
para ser de él, no hallé
cláusula chica ni grande,
y hacer suyo aqueste plato
me parece que es violento.
Adán no hizo testamento,
porque murió ab intestato.
Siendo así, vendrían a ser
estas de quien las comiese.
Ello sea lo que fuere,
todos hemos de comer,
usted si quiere se siente.
Llegad Celio.
Aléjese, puerco,
pese a su alma, que en todo esto
no hay para que yo unte un diente,
y a aqueste monte no bajan
perdices para peinados.
Siquiera por convidados
dejaros sentar podía.
Aún se come munición
de esta boca podrá ser,
que esto yo lo he menester.
Señala a la escopeta.
Tiene usted mucha razón.
Carmona, ordenad mil flores
mientras yo estoy merendando,
mirad, si es de contrabando,
la ropa de estos señores.
Yo voy.
Echando pase.
Vase.
No más vuestro lo seré.
Pues deme a beber.
Sí haré,
y a rebiento de coraje.
Calla.
Ya se me ha apurado
la paciencia.
Eso es quimera.
Lo ladrón yo lo sufriera,
mas no lo desvergonzado,
empine usted ese jarro,
y écheme un trago.
¡Y alá!
Echa, Celio, que no está.
Tome usted.
A la salud
de los que en paz nos gobiernan.
Ya eché trago.
Pero es fuerte,
porque será el de la muerte.
Mientras bebe, rueda Ysabel de una patada la mesa y encárale con el arcabuz y sale.
¡Muerto soy!
Réquiem eternam.
Cielo, ¿qué has hecho, traidor?
Tener de ay, caballeros,
todos somos bandoleros,
viva el que tire mejor.
Oye, que tiré con acierto.
Porque quedo yo después,
hombre que has hecho no ves
que el capitán nos has muerto,
de cien hombres de campaña
que en aqueste monte están.
También soy yo capitán,
pero tuve mejor maña,
y vos advertid con ellos,
que si muero ha de ser hoy
bien vendido, por que doy
más ladrón que todos ellos,
y si esto algún medio tiene,
ser vuestro compañero.
Luego, ¿tú eres bandolero?
Como en ello se contiene.
Vive Dios que aunque el error
que has hecho me haya irritado,
más de ti me ha aficionado
ver tu edad y tu valor.
¿Querrás en nuestro ejercicio
venir a ser capitán?
Mirad los si ellos querrán,
que yo no tengo otro oficio.
Sí harán si yo lo prevengo.
Ven sin miedo por aquí,
no le tengáis vos de mí,
que yo de vos no le tengo.
Y a esto y en ello arrestada,
¡ay, señora, qué alma tienes!
De mujer desesperada.
Con hombres de tales tratos
vas a vivir, no con hombres.
Así haré guerra a los hombres
para vengarme de ingratos.
Valiente enemigo soy,
pues esto es hecho, a la lid,
tiemblenme los habladores.
Vamos.
Voy, mas el pebre,
me he de llevar a la fiera,
si saliere la ventera,
díganla que vierta el pobre.
Vanse.
Sale Cang.
Por dejar a mi amo
todos los mozos
con delejo me han dado,
pero no como
que gran cosa es caminar
con hambre, a pie y sin dinero,
que ha quince días infiero
que de lugar en lugar
ando como penitente,
gran vida es la flor del soto,
ello se anda pan puerro
mas sépase alegremente,
porque cuando falta soga
con quien meter zorra espero,
apelo al lugar primero,
si no hay convento hay gran soga,
sino me finjo estudiante,
y con quidam pauper llego
salamanticensis y luego
me reciben por tunante.
Y si en latín me interrogan
por la sotana latrones,
sé ya responder: latrones
furaberunt mihi togam.
Voyme al cura por si ono,
y no temo hablarle a escuras,
porque topo muchos curas
que saben menos que yo.
Dígole mi arenga allí,
con que él pública me ha dado,
ya de estudiante robado
nueve ochavos en mi vi.
Otros me dan tantarugos,
y en fin valen más que chinas,
que los que tienen gallinas,
compran luego los mendrugos,
y cuando crece la queja
del furaberunt latrones,
uno me da unos calzones,
y otro una ropilla vieja,
y luego en dinero fiel
se convierte este aparato,
que hay pobre que tiene trato
con molinos de papel.
Pues no es mejor este estado,
que esperar yo una pavana
si mi amo sana o no sana,
que ya habrá muerto o sanado.
Mas con todo voy temblando
por aquí, que a esta sazón
un bandolero capón
anda por aquí robando,
que dizque es hijo del diablo,
mas luego me ha de encontrar.
Dentro una al camino.
Sale a atajar.
¿Qué es lo que escucho, San Pablo?
Atájale por la loma.
O Belcebú o Leviatán
inventaron el refrán
de en mentando al ruin de Roma.
Tírale, como pudieres.
Disparan.
¡Muerto soy!
¡Ay, Padre Eterno!
Vaya el vergante al infierno
a hablar mal de las mujeres.
Ay lengua como la mía,
siempre a mi mal la prevengo,
lengua de sanado tengo,
que es mucho peor que judía.
Sale Ynes.
Un rayo eres.
Sale Ysab.
Muerto queda el catalán.
Bien hecho está, un capitán
no ha de hablar mal de mujeres,
¿qué en aquel carro traía?
Vestidos de munición.
Buenos para el monte son.
Dale un pliego doblado y ella lo yerra y pone sobre la cabeza.
Vista el rey mi compañía,
este traía en el pecho.
Su patente era esto, es ley.
Rómpela.
Firma del rey,
Ynés, no fuera bien hecho,
guardarla quiero.
Metela en el pecho.
Aquí está
un hombre.
¡Ay pobre Cangrejo,
moriste como conejo!
Apúntale Ysab.
¿Quién es? Responda, ¿quién va?
No tengo palabras, pocas,
a quién he de responder,
A mí, no lo echa de ver.
Que no hable usted con dos bocas.
¿Dos bocas yo?
Sí, yo pierda,
la que habla a la que me apunta.
Por qué una hace la pregunta
y otra tiene la respuesta.
Este es Cangrejo.
No miente.
¿Qué es lo que miro a mi mano?
Viniste a morir, villano.
Tú eres señora, detente.
Pues si en el riesgo presente
no quieres ser desdichado,
cuéntame lo que ha pasado
desde que yo estoy ausente.
¿Cuántas de nuevo te toca?
Diré, si el miedo me aprieta,
mas quita allá esa escopeta,
que no has de oír con la boca.
Habla, pues.
Baja la escopeta.
Ahora sí haré,
pues señora, lo que ha habido
es que mi amo quedó herido,
lo demás no lo sé.
Traidor, eso es negar.
Paso.
Oye, por Dios, yo me vi
a grande peligro allí
siendo zurcidor del caso,
y temiendo algún tormento
porque de ello diese fe,
la bola escurrí, con que
no traigo jota del cuento.
Y ahora, ¿dónde ibas?
Yo iba
tunando por los lugares,
que entre pobres escolares
llaman esto, y a la briba.
¿Quieres ser mi compañero?
Jesús, qué es mi vocación,
y cumplo mi devoción
metiéndome bandolero.
Mil gracias te doy por ello,
que en mi es virtud de verdad.
¿Cómo?
En una enfermedad
hice yo voto de serlo.
Pues vete a aquella cabaña
que allí luego te darán
de comer, y te armarán.
Oh, qué dicha tan extraña.
Anda, pobrete.
Ynerilla.
Yo era mal hombre y lo soy,
mil gracias al cielo doy
que esto ha sido maravilla.
Vase.
Señora, no echas de ver
que te arriesgas con este hombre.
Si yo no encubro mi nombre,
¿qué temor he de tener?
No me has visto y conocido
harta gente de Baeza,
no saben que mi fiereza
pública venganza ha sido.
Sepan, pues todos que osada,
he muerto más de cien hombres,
que aborrezco hasta sus nombres,
y he de morir bien vengada.
Por aquí habéis de llegar.
De un caballo, señora,
que acaso han cogido ahora,
veo que se hacen apear
a una mujer.
No la harán
daño alguno si es mujer.
Ya llega y lo puedes ver.
Sale un bandolero con doña Juana.
Este es nuestro capitán,
llegad.
A tus pies, señor,
llega mi llanto rendido,
con la piedad que espero,
pido favor a un peligro,
que acaso en el riesgo tuyo
sea enlazado con el mío.
Alzad, señora, del suelo,
segura de nuestro alivio,
y decid qué negocio es.
Cuanto yo puedo deciros
es que este monte cercado
de soldados y ministros
llega ya el corregidor
de Baeza, el padre mío,
y yo vengo huyendo de él.
Válgame el cielo, que he oído,
sin duda alguna es aquesta
la hermana de mi enemigo,
y os huís de vuestro padre
en caso extraño.
Decidlo,
que puede ser que os importe
saberlo yo.
Como miro
en tal estado que es fuerza
que para buscar mi alivio
me valga de cualquier medio,
y, generoso caudillo,
en Baeza quise bien
a un caballero igual al mío,
trató mi padre casarme
con otro que fue tan preciso
que me usurpó la violencia
el fuero del albedrío.
Viéndome yo en este aprieto
y viéndome prevenida
dádome ya palabra
mi galán de esposo mío,
resolví irme de mi casa
una noche al tiempo mismo
que un hermano que yo tengo
acaso favorecido
de una hermana de mi amante,
se alabó, grosero estilo,
mas ella, que tan bizarra,
que castigó su delito
dándole un pistoletazo,
de que quedó malherido.
Y aunque en él vertió mi sangre,
quedé envidiando su brío,
que si hizo tan mal mi hermano,
ella en vengarse bien hizo.
Mirad qué confusión son,
se vieron a un tiempo mismo
mi hermano herido en mi casa,
su dama huyendo el peligro,
mi amante buscando en vano
a su hermana, vengativo,
y yo buscando a mi amante,
olvidado de mi alivio.
La obligación de honrado
no se acordó de lo fino,
no hallando de quien valerme
de un criado anciano mío
me fié y de su lealtad,
en su casa tuve abrigo
hasta que sanó mi hermano,
y viendo que era preciso
el peligro de buscarme,
de secreto determino
darme a mí en un convento
donde el favor solicito
de una hermana de mi madre,
que está en él, y en el camino
supe que mi padre, airado,
habiendo acaso sabido
que la dama de mi hermano
hizo al monte su retiro
donde a vengar su injuria
comete extraños delitos,
juntando toda la gente
de aquestos pueblos vecinos,
viene a buscarla a estos montes,
y, uniendo el temor mío,
huyendo de aqueste riesgo,
dieron, ¡ay de mí!, conmigo,
unos compañeros vuestros.
Señor, que atendáis os pido,
que si mi padre me alcanza,
no hay enmienda en mi peligro.
Si esto es codicia del oro,
cuantas joyas he traído
pondré luego en vuestras manos,
solo la vida os suplico,
que me dejéis, y libréis
del riesgo, que es vuestro y mío.
y pues que le prevengáis
os propongo aqueste aviso.
Mi señora, lo primero
sabed que yo soy el mismo
dueño de aquesa venganza,
que en estos montes asisto
no a robar, sino a matar
a cuantos con tosco estilo
ofenden a las mujeres.
Conque tendréis entendido
cuán segura estáis aquí,
lo segundo, ese peligro
ni le temáis ni le temo,
que tengo de alma un brío,
y a la noche os embaraza
para seguir el camino,
quedaros aquí esta noche
no tiene riesgo conmigo,
que mañana hasta poneros
en salvo yo he de asistiros.
¡El cielo el favor os pague!
Compañeros, al vano mío,
llevad aquesta señora.
Dichoso mi riesgo ha sido.
Luego yo os iré a serviros.
Yo a gradecer este alivio.
Vase con el bandolero.
Señora, el riesgo no temáis.
No es muy fácil su designio.
que somos muchos y ignoran
las trochas de este distrito.
Sale Cang.
Señora, muerto vengo.
¿Qué hay, Cangrejo?
Mil hombres trae al monte
aquel mal viejo
del padre de mi amo, y ha cercado
todo aqueste distrito, y yo he escapado
por un milagro, aporto de sus manos.
No hay dónde huir, sino dar en los villanos,
de mi infelicidad fue testimonio,
que muero al primer día que el demonio
quiere tentarme, como soy novicio,
por que dejé esta vida, y de en un vicio.
Llama a los compañeros con un silbo.
No es posible,
que están de la otra parte del collado,
y por el medio aquí nos han cortado,
solo la noche puede defendernos,
si aquestas ramas quitan de escondernos.
Dentro.
Bajad por la ladera,
cercad todo el monte.
Guarda fuera.
¿Qué hacer, señora, pues no veis que llegan?
La noche ayuda, pues las sombras ciegan.
De ella me he de valer para un engaño
con que hemos de escapar libres del daño.
Ynés, ve al carro que hoy hemos cogido
del capitán, y trae unos sombreros
y unos capotes de esos primeros,
a las encinas corta luego algunas varas.
Cortadas allí hay mil.
Pues qué te paras,
luego por ellas ve.
Voy de un instante.
El pellejo primero fue estudiante,
y la necesidad de en todo modo
con que suele dar remedio a todo.
Sale Ynes.
Aquí están los sombreros y capotes,
señora, muerta estoy.
No te alborotes.
Mil hombres vienen.
No seáis gallinas.
Ve poniendo en los pies de esas encinas
un capote y sombrero a cada una.
Aquí están ya las varas.
La fortuna
nos ayude, ve armando a estos soldados
con estas varas.
De tu intento infiero,
que aqueste es el de Pedro Carbonero.
A buen tiempo la noche unta las luces.
Ponedlas a manera de arcabuces.
Gran obra hace el estar blando los sombreros,
por Cristo que parecen mosqueteros.
¡Ay, señora, que llegan!
Tened cuenta,
retiraos a este lado, y nadie os sienta.
Retíranse a un lado, y salen el corregidor, don Félix y villanos.
Félix, hijo, escapar es imposible,
si no mira esta sierra tan terrible.
Fingiendo con mi padre la venganza,
me conduce a este monte la esperanza
de si en él puedo ver a Ysabel bella,
y si es cierto que es ella
quien cometió tan bárbaros delitos,
como ya contra ella están escritos,
por librarla, que tenga quien la acuda.
Que si la prenden, morirá sin duda,
que aunque mi fuego estaba ya templado,
de ver su bizarría se ha avivado
la llama antigua que en mi pecho ardía,
pues se encendió la sangre mía
a la caída que, según que va derecha,
al manso fue bala de su flecha.
Félix, con esta gente te reparte,
y ve a sentir del monte la otra parte.
Mira, señor, que quedas arriesgado
aquí con poca gente.
Esta es bastante,
cuando cientos hombres van delante,
que si los bandoleros van huyendo,
no han de volver aquí.
Yo así lo entiendo.
Voy a obedecerte,
que ir de chanza a lograr es la muerte,
perdona, Ysabel mía, aqueste agravio,
que por ir a te librar finjo mi celo.
Vase.
¿No oyes esto?
Si el eco no me engaña,
Félix viene a prenderme, infame hazaña.
Contra una dama esto un noble acaudilla.
Cierto que es el galán de la Membrilla.
Salid conmigo ahora de repente.
Aquí importan fingir que hay mucha gente.
Tened cuenta al camino y hablad quedo.
Cierto, señor, que estamos con gran miedo.
Haced alto a esta parte, compañeros,
nadie tire, si fuesen pasajeros,
todo hombre su arcabuz tenga calado,
donde va aquella gente a aquel vallado.
¡O, portugués de un, con los cien hombres
naon fujo baia a cá, itu que este oteiro
toda a gente há de ser meu companheiro!
A, señor Federico, gamba curta,
el italiano rabia si no hurta,
y con doscientos hombres va al camino.
mas se ha de descubrirnos la emboscada
yo vuelvo a andar perdiendo la estacada
esteve quedó allí en ese vacío
o que te diga que el cántaro perdió
donde el vizcaíno confuso en te queda
juras a Dios si vienes de malicia
que has de llevar en canos el justicia
Arriba.
Abajo.
Al monte.
A la ladera.
Remetan, ay.
Salgan afuera.
Ay amigos, aquí somos perdidos,
que es mucha gente.
Aquí nos trae vendidos.
Blanquear veo más de mil sombreros.
Decid siempre que somos pasajeros.
Salen Ysabel
Tened que hay aquí gente, nadie tire,
quien va responda o su peligro mire.
Teneos caballeros,
que somos unos pobres pasajeros
y con la noche erramos el camino.
Larguen las armas.
Ya aquí están rendidas.
Mas si nos dan las vidas,
bajen la boca ya a aquesos soldados.
No basta noticiar.
Ya desarmados
están todos hidalgos, ¿qué dinero?
Abajan todos las armas.
Cuánto yo traigo y espero
que está en este bolsillo.
Quedo, galán corregidor, no quiero
quitarle yo el dinero
mas sí le desaviso, y ponga liga,
cuando encuentre a su hijo que me diga.
Con cuidado que yo voy a buscalle,
y a donde le encontrase he de matalle.
Soldados, a correr el monte vamos,
del puerto cuiden hasta que volvamos,
pues este paso con cien hombres dejo que pase.
Marchen pues los de allá, cuál queda el viejo,
quien viera al camarada,
lo que hará cuando vea la emboscada.
Señor, aquí ¿qué hacemos o qué esperas?
¿Qué hemos de hacer, si esta nueva ladera
cubiertas de ladrones, cual delirio
mal hize en apartarme de mi hijo
mas quien ymaginara
que a qui tantos ladrones encontrara
Caballeros pues la Vida
me ha dado Vuestro Caudillo
habla con los bultos
Y con tal galanteria
abeis andado con migo
venga uno de Vosotros
a acomparnarme os suplico
no sea que enquentre a otros
donde tenga mas Peligro
no Respondes, esta gente
es barbara
Dentro felix - azia el camino
que aqui abajo esta mi Padre
ay Cielos este es mi hijo
y a qui se ha de aventurar
sale felix
todo el monte hemos Corrido
y a han huido los ladrones
eres tu Señor
tente hijo
no ves el monte Cubierto
de hombres alli
Ya los miro
Las armas nos han quitado
y ahora de a qui se ha ido
aquella Mujer tirana
Luego ella ha estado contigo
Si y ha dejado estos hombres
de guarda aqui
Pues mi brio
a de temer a ladrones
abiendose asi atrevido
Canalla viven los Cielos
Cerrad con ellos amigos
Pero que es esto Señor
estos son bultos finjidos
Dales de Cuchilladas y los troncos ban Cayendo
que dices
que son Sombreros
en troncos con Capotillos
Con la noche me ha engañado
mas seguirla determino
luego con toda la gente
que estan muy Cerca es preciso
Venid a darme un Caballo
ella nos dejo por Cristo
la de Pedro Carbonero
Vanse
Si ysabel es la que estimo
y aya escapado del riesgo
y que a mi Padre agora sigo
por poderla asegurar
amor si eres Dios te pido
que la lleves tu las nuevas
de la esperanza en que vivo
Vase.
Fin de la 2 Jornada
Dicen Dentro los dos primeros Versos y Salen Ysabel, Juana, Cangrejo y Ines
por aqui, por aqui van
teneos no llegue nadie
amigos, es imposible
esquivar que nos alcancen
buenas nuevas te de dios
circundannos estos sauzes
ay infeliz de mi
si son mi hermano y mi Padre
aqui me ande dar la muerte
En tan apretado lanze
Doña Juana tu as de ser
la que primero se ampare
yo anoche me libre de ellos
con una industria notable
y olvidada de tu riesgo
pude en montilla ampararme
donde con una Patente
que a un capitan arogante
matando quite en el monte
les requeri alos alcaldes
que iba alli alebantar gente
por socorrer al instante
que se halla sobre aguilar
sin gente para el Combate
todo el Lugar lo admitio
con tal gusto que al instante
se ofrecieron ala empresa
mil mancebos y zagales
y lo viendo a buen efecto
esto que fingio el dictamen
de librarme solamente
use de llevarlo adelante
para que acion tan bizarra
fuese a medio de indultarme
de tan enormes Delitos
como mi noble coraje
a cometido en el monte
mas quiso el cielo acordarme
de que en el monte quedavas
buscandome con tu Padre
donde era el Riesgo tan fuerte
como imposible el hallarte
bolui a buscarte a la Cueva
y al bajar por este Valle
descubriendonos a todos
nos siguieron a el alcance
los Caballos nos an muerto
con que ya el Riesgo es mas grande
porque en el uno que quedo
solos dos pueden librarse
llevando el uno en las ancas
pues Señora en riesgos tales
de las dos tu eres quien tienes
mas peligro con tu Padre
tu te as de escapar en el
con Ines que te a conpañe
que pues ya sabe el camino
podra a Montilla guiarte
donde yendo en nombre mio
te haran decente ospedaje
hasta que alli tomes medio
de proseguir tu dictamen
esto es todo cuanto puedo
y cuanto deuo en tal laze
basta que tu seas mujer
de verme yo en este traje
para que obre yo como hombre
y como a dama te ampare
Señora, que es lo que dices
pues tu aqui quieres quedarte
aviendo echo tantas muertes
y viniendo veinte alcaldes
con provisiones del Rey
para prenderte o matarte
que si te cojen a mano
luego en la encina mas grande
te han de poner por bellota
Señora no lo dilates
Dentro
Entre los sauzes estan
al caballo Ines no aguardes
Doña Juana que te enquentren
En tan peligroso tranze
sin discurio o tra el temor
del que el pecho me combate
no me da lugar a mas
que a huir de riesgo tan grande
Ven señora
Ya te sigo
Yo a Pelo amis al Pargares
Donde vas Cangrejo
a una
aguarda no huyas cobarde
que los dos con una industria
hemos de salir del valle
Si ay industria soy contento
pero dimela al instante
porque llegan ya a nosotros
cual es
prevenir la llave
del arcabuz y matar
los primeros que llegaren
y bolver a cargar luego
para que antes que nos maten
le cueste una vida veinte
a esso me dices que aguarde
essa era la bella industria
lleve el diablo quien parare
desde aqui asta Barcelona
Espera
alla en Monserrate
Pues mira que te derribo
tente pesse a mi linaje
Si te vas te he de tirar
no me ire ya aun que me mates
baja aessa boca señor
que me das en el gaznate
pues ponte luego a mi lado
que llegan ya estos cobardes
Señora me lleve el diablo
si esta es mujer sino cafre
Dentro
aqui estan
ten esse estribo
no llegue con migo nadie
que yo solo e de prendellas
Felix es
o vil amante
Ya e logrado mi deseo
llega cavallero infame
y si vienes a prenderme
que ha de ser muriendo save
porque yo no e de rendirme
sino echa pedazos antes
ni yo sino echo jigote
porque assi como la carne
tente Ysabel
no ay tenerme
oye
mire lo que hace
que apunto al hojo derecho
y si tiro e de dejarle
tuerto y curco de una vez
tira cangrejo no aguardes
mi bien Ysabel señora
si piensas que a maltratarte
e venido ni a prenderte
las armas que son señales
de esse vigor en mi mano
pongo a tus pies desso bastes
para que sepas que yo
noble rendido y amante
vengo solo a que me escuches
y uno mi bien a enojarte
Pues que pretendes con esso
si esto es tratado de pazes
oygamos las condiciones
que si no nos agradaren
la respuesta esta en la mano
en apretando la llave
pues habla que ya te escucho
aun que tu traicion dilates
Pues Ysabel porque veas
que no es mi intento vengarme
y que te busco piadoso
mas que enemigo oye y antes
que te diga lo que intento
quiero mi amor confesarte
que yo del riesgo que puse
a tu decoro ignorante juzgarte
pues nunca llegue a pensar
que pudo vencenderme nadie
es verdad que me alabe
de tu favor arrogante
y si vio con tu hermosura
culpa dardo que no caven
ni en la obligacion de atento
ni en la fineza de amante
yo fui necio y poco fino
que no intento disculparme
sino agravar mi delito
porque pido a tus piedades
perdon del y si lo alcanzo
siendo varon para amarte
no quiero yo hacerte menos
la deuda de perdonarme
la varon con que te obligo
es que desde el mismo instante
que tan airosa venganza
dio a tu decoro el esmalte
que yo pense sin razon
que avia perdido por facil
bolbio a encenderse en mi pecho
aquella llama que antes
con tu favor era alivio
y ahora en mis penas arde
la herida que abrio en mi pecho
fue puerta para tu imajen
por donde amor en mi alma
la dibuxo con mi sangre
yo bella Ysabel te adoro
testigos son estos valles
a donde solo respira
de mis suspiros el aire
y cuando mas ofendido
que mas te adore no estrañes
que la venganza del honor
cuando solo de amor naze
aun del mismo a quien ofende
hace al enemigo amable
y aviendote asegurado
de mi amor en esta parte
dire ahora a lo que vengo
que esto es lo mas importante
los homicidios que a echo
tu vengativo coraje
y el temor que de tu enojo
tienen todos los lugares
circunvezinos al monte
llevaron contra tu sangre
al Rey su cobarde queja
y el tan justo como saves
despacho seis provisiones
para prenderte o matarte
con ellas de este districto
se arman todos los villajes
siendo el caudillo de todos
estas justicias mi padre
viendo yo que en este enpeño
era tu riesgo tan grande
de mi venganza el pretexto
fingi para acompañarle
porque con esta ocassion
la tibieza del desaire
con que te ofendi venciesses
despues tras el corazon mano
bella Ysabel si tu en mano
de tan tas justicias caes
cuando las mas ofendidas
de sus querellas son parte
para librarte despues
siendo el delito tan grave
no ay ruego poder ni instancia
ni aun en ellas mismas cave
ni en mi amor la puede aver
que en enpeño semejante
sera el morir a tu lado
cuando su poder te alcance
el ultimo toque que
diga en mi amor los quilates
un medio ay tan solamente
de que tu del riesgo escapes
y yo a este intento te ayude
como noble y como amante
en un caballo escojido
vengo que previne antes
que el assi que a esse criado
llevara que te acompañe
yo estoy resuelto a dejar
por ti casa hazienda y padre
que a logro de ser tu esclavo
no ay ditha que se compare
mas si ahora boy con tigo
es imposible escaparte
no quedando quien detenga
a los que an de ir en tu alcance
quedandome yo a engañarlos
ponerte tu en salbo es facil
y irte despues a buscar
al puerto que me señales
bella Ysabel si es possible
que el rendimiente te ablande
o tu amor de mi humildad
no desprecia el vasallaje
que huyas el riesgo te pido
y caso que yo no gane
la gracia de tu hermosura
y a de tu vida la salve
si te prenden nuestras vidas
corren peligros iguales
tu al poder de la justicia
y yo a la pena de amante
vete pues que aun que yo muera
si tu enojada te partes
no muera yo de tu riesgo
y a alla tu desden me mate
si mi noble amor mereze
que en algun premio le esmaltes
con este agradecimiento
te pido que me lo pagues
y advierte que en el desseo
de que tu vida se guarde
no ay fineza que te obligue
sino deuda que me añades
porque como es ley de amor
que nuestras vidas se enlazen
donde peligra la tuya
entra la mia a la parte
y quisiera no quererte
solamente en este lanze
pues el ser mia tu vida
hace grosero el dictamen
Felix aun que tu desamor delito
borro en mi pecho el caracter
que el primer amor imprime
con el sello mas constante
para que toda la mancha
de aquella ofensa se lave
solo el ver esta fineza
tan noble a sido bastante
yo te quiero mas que a mi
y ya no solo como antes
sino con la obligacion
que esta fineza me añade
y no teniendo eleccion
mas que para cautivarme
mis armas pongo a tus pies
haz de mi lo que gustares
los dos señor somos tuyos
az quenta que nos compraste
pero no tanto señor
que nos vendas a tu padre
Ysabel llega a mis brazos
y ya que unia amor al canze
tu favor de ese peligro
te pido que me restaures
toma luego esse caballo
esso Felix no me mandes
teniendo te yo a mi lado
no ay riesgo que me amenaze
yo sin ti no quiero vida
mas como tu me a compañes
vamos donde tu quisieres
es imposible escaparte
yendos los dos con tigo
porque esta gente a mi padre
a de avisar y es preciso
que el camino nos atajen
por cualquier parte que vamos
y cuando deuo a mi sangre
a tu amor y tu fineza
cuando juntos nos alcancen
sera morir a tu lado
por defenderte y librarte
mas todo sera perderte
porque no es solo mi padre
el que te viene a prender
sino todos los alcaldes
de aquestos pueblos vezinos
mejor es que yo te ampare
en asegurarte el passo
y que diviendome la parte
donde vas yo ire a seguirte
cuando ya en salbo te a lles
Señora por Cristo santo
que huyamos que estos alcaldes
con montera son pilatos
y ahorcaron a un infante
por dar al pueblo un buen dia
en el año que les cave
valgame el cielo es possible
que mis delitos sean tales
que me tengan en estado
que ya no puedo librarme
sino perdiendo mi patria
pues buelba por mi mi sangre
y lo que perdio el valor
el mismo valor restaure
ya a mi en montilla me tienen
los regidores y alcaldes
admitida la patente
bolviendo alla luego es facil
sacar una compañia
de aquel y de otros lugares
con que puedo ir a servir
sin que me conozca nadie
y merezer el perdon
o morir por alcanzadle
que resuelbes Ysabel
que ya sigo tu dictamen
pues lo quiere la fortuna
a Cordova yre a esperarte
pues toma luego el caballo
en el me pongo al instante
ven tu a ponerme a las ancas
ve luego no lo dilates
pues si yo a las ancas boy
bien es que en Cordova pare
porque llegare sin huesso
a Dios Felix
vanse
el te guarde
yo e de yr a tras que Dios
para ser tuyo te alcanzo
mas cielos de aquella cumbre
baja mucha gente al valle
ire luego a detenerlos
pero ya imitando al aire
va ysabel en el caballo
con un liemze señas hace
Dentro Ysabel
Felix
Ysabel que dices
que yo no voy a esperarte
sino a merezer perdon
de mis delitos no aguardes
verme asta verle alcanzado
espera Ysabel que haces
no vas a Cordova
no
sino donde me llevare
mi fortuna a merezerle
pues donde te vas
a Flandes
espera ysabel espera
que si esso es morir mas vale
morir con tigo y o yre
donde tu fueres
no aguardes
verme sino perdonada
o muerta
o pecho cobarde
que ir tu mismo corazon
de su presencia desaste
mi dueño ysabel espera
que ya aun que me despedazes
ire con tigo ay de mi
que ya entre los verdes sauces
se va escondiendo a mis ojos,
y como infeliz amante,
para dejarme esperanzas
ni aun el ser verde me vale.
Adiós, Félix.
Detenedla,
penas, si a ser de su parte
no os obliga la dureza.
Mas, con vano eco la llamo,
pues ya la perdí, y mira
que el eco de mi distante
apenas llega a mis oídos.
Isabel ingrata, ya ve
que me quedo a morir
sin ti.
Requiescat in pace.
Cielos, la perdí de todo,
y aunque yo nunca la alcance,
no me falte la esperanza
de seguirla, y ella falte.
Pero otra pena me halla.
Dentro.
¿Dónde está Félix? Al valle.
Mas este riesgo es mayor,
que este que viene es mi padre,
y si yo aquí no le engaño,
es posible que la atajen
los villanos el camino,
y el mayor mal, que la alcancen.
Él llega, esto es lo primero.
Sale el Corregidor.
Félix, tú solo, ¿qué haces?
¿No encontraste a aquella fiera?
Señor, seguirla es en balde,
que quien pensabas que era
fue un caballero que antes
que ella voló en el camino,
y temiendo el mismo lance,
huía de nuestra gente.
Atajéle yo en el valle,
y al conocerme vendido
me pidió que le amparase.
Yo mi caballo le di,
y él me dijo cuán distante
estaba ya de nosotros,
pues él la dejó al pasarle
en camino de Granada,
con que seguirla es cansarte.
Ay, Félix, mucho lo siento,
que el prenderla era el rescate
de nuestro honor y tu ofensa,
pues ya el aviso me traen
de que su hermano don Lope
fue quien, manchando mi sangre,
robó a Juana de mi casa.
Si el señor al casarse
con ella en cualquier suceso
mejor te está que se escape
su hermana de la justicia,
y que no muera infame
el que ha de ser hijo tuyo.
Félix, pues que en el remate
de mi vida quiere el cielo
con tal dolor castigarme,
casi sin dente se halla
sobre Aguilar el infante,
pues la que lo ha traído
a esta empresa andan en baldes
con ella de socorrerle,
que de más de que el dictamen
están de mi obligación,
servirá también de darles
ocasión a mi fortuna
por si en penas semejantes
hallo un dardo o una flecha
que ponga fin a mis males.
Señor, ese intento es
como de hombre de tu sangre.
Vamos al punto a Aguilar,
y quiera amor que lo halle.
Si he de perder a Isabel,
otra que conmigo acabe.
Pues, Félix, sígueme luego
a Aguilar.
La gente marche.
Cielos, acaben allí
o mi vida o mis pesares.
O halle mi amor a Isabel,
o a mí la muerte me halle.
Vanse.
Señora, ¿a quién has de tener?
Gran quimera que no se llama
ya doña Isabel mi ama.
Dime tú lo que he de hacer.
Que la has de llamar reparo
don Ramón de Tarragona,
que la patente lo abona
y a mí alférez Guevara,
porque este nombre tenía
el capitán que mató,
a quien patente quitó,
y cuantas armas traía,
en vena de alabarda
jineta, casa y venda,
con que aquí entró de manera
que todo el lugar le aguarda.
Solo temo una crueldad,
si en el monte la han prendido.
Eso yo no lo he temido,
porque sé su agilidad.
Mas aquí viene el salvaje
del alcalde, ten cuidado.
Sale el Alcalde.
Que yo al amarle enviado
porque te haga el hospedaje.
Señor alférez, que es esto,
adónde está el capitán.
Él y el sargento vendrán
de una diligencia presto.
Más de cien mozos gallardos
le esperan ya en el lugar,
que plaza quieren sentar,
todos como unos bernardos;
todos se han de ir, y ahora
porque no salga de balde
el menester que el alcalde
nos aloje a esta señora,
que es casa del capitán.
Pues pregunto, ¿son casados?
Mas mirad que los soldados
no saben cómo lo están.
Mas mire que es menester
que no se le antoje nada,
porque la tiene preñada,
zape, y cuál debe de ser.
Entre adentro su merced,
que la huéspeda está ahí,
y a ella suplica por mí,
que es buena mujer a fe.
Si me hacéis tanto favor,
no tengo que replicar.
No hay favor, sino entrar.
La llaneza es lo mejor.
Pase.
Voto al sol que la zagala
es como un ángel del cielo.
A mí me ha venido a pelo
porque le enseñe a Pascuala
aquel talbeque postizo,
como con ello se da,
porque toda la cara está
ahumada como chorizo.
Viva, viva el capitán.
¿Qué es aquello?
Ay Dios, que he oído.
Ya mi señora ha venido,
de mejor semblante están
nuestras fortunas con esto.
Es el señor capitán.
Sí, que ya llegado han
él y el sargento, voy presto
a darle la bienvenida.
Vase.
Pues decidle cómo está
ya aquella señora acá.
Por Dios que ha de ser lucida
la compañía de gente,
mas presto, o yo me engaño,
ser que el alcalde de este año
que sí fuera presidente.
Sale Don Lope.
Ya que mi estrella infeliz,
impidiendo mi venganza
a la parte del delito
de aquella cruel hermana,
desesperado de honor,
pues mi valor no la halla,
y de mi amor pues por ella
dejé el alma en doña Juana,
para que sepulte olvido
los desdoros de mi fama,
de mi muerte a buscar vengo
la senda desesperada,
y he tenido noticia
que aquí un capitán levanta
una compañía, y revuelto
con él vengo a sentar plaza,
porque mudado mi nombre,
al primer rencuentro, ¡vaya!
de mi desesperación
se logre la postrer ansia.
Amigo, si es del lugar,
¿dónde está el cuerpo de guardia
de una compañía que hoy
aquesta villa levanta?
¿Para qué lo preguntáis?
Vengo en ella a sentar plaza.
¿Quién sois?
Un caballero
natural de la montaña.
¿Sois hidalgo?
Y vos sois necio.
No es mi pregunta tan llana,
pues puede haber caballero
que no lo sea en España.
Sí que yo siempre que salgo
en mi burra de mi casa
voy caballero y no hidalgo,
y alguno puede ser que haya
que lo premie y no lo sea,
cuando de su burra caiga.
¿Dónde está el capitán?
Ahora de llegar acaba
de fuera, mas vedle aquí,
creo que viene a la plaza
con los soldados que alista,
que es toda gente bizarra.
Sale Isabel de capitán y algunos soldados.
Cielos, gran dicha he tenido,
logrando hoy mi esperanza.
Señores soldados, luego
se pondrá el cuerpo de guardia,
y sentarán plaza todos.
Mas, cielos, yo estoy sin alma,
¿no es mi hermano el que está allí?
Cielos, que miran mis ansias,
dudando estoy lo que veo.
El capitán no es mi hermana.
Pero válgame mi aliento,
que si mi rostro desmaya,
o confesará soy yo
y el verme sin miedo basta
para obligarle a la duda
cuando capitán me halla,
no acaba de persuadirse
que aunque fuese tan bizarra
que a servir al rey se fuese,
ella en tan breve distancia
no puede ser capitán
cuando su valor la haya
desmentido de mujer
quien vio confusión tan rara.
Llegad señor don Ramón.
¿Qué decís?
Que aquí os aguarda
un caballero que quiere
ser soldado.
Aunque mi cara
lo publique, mi valor
desmienta evidencia tanta.
¿Quién es el soldado?
Yo.
La presencia es muy bizarra,
para honrar mi compañía
solo tal soldado basta.
Llegad a darme los brazos,
que en ella por camarada,
más que por soldado os quiero.
Del talle, quién sois declara.
La admiración me suspende,
porque aquesta confianza
no cabe en quien de temerme
tuviera tan justa causa.
¿De qué os suspendéis?
De ver
la poca edad que señala
vuestro rostro, y de que en ella
puedan ya caber hazañas
que os hagan digno del puesto.
Pues sabed, necio, os espanta,
que a diez años que al rey sirvo
y que este pecho me pasan
más heridas que tengo años
de alfanjes, flechas y lanzas.
Y aquí, si queréis, podéis verlas.
Tened, que decirlo basta.
¡Válgame el cielo! ¿Qué es posible
que hiciese el cielo otra cara
tan precisamente toda
de las señas de mi hermana?
Pues mirad, esta patente
ha venido, si está ganada
por favores, al servicio
vuestro valor lo declara.
Mas leed, ser conoceros.
Gusto me haréis en pasarla.
Lee don Lope: Atendiendo a los servicios del alférez don Ramón de Tarragona, que me sirve de diez años a esta parte, habien- do estado cautivo dos veces, y hallándose en diez batallas campa- les y en la toma de Murcia y de Jaén por todo lo cual me doy por bien servido de su persona, he tenido por bien de hacerle merced de capitán de una compañía de infantería la cual ha de levantar por su persona en el lugar que más conveniente le fuere de todos mis reinos, dada en el campo sobre Sevilla a diez de octubre de la era de mil doscientos y ochenta y seis años. - Yo el Rey.
Cuanto más crece mi duda,
mi admiración se adelanta.
Justamente el rey os hace
tal merced, y en vos se paga;
pero ¿de sois? ¿Catalán? Natural
Natural de Villafranca
de donde de catorce años
salí y tomando las armas
a los quince cumplí en Jaén,
subiendo por su muralla.
Mas vos, ¿quién sois?
Un hidalgo,
hijo segundo en mi casa
de las montañas de Burgos,
mi herencia es solo mi espada
y voy a servir con ella.
Pues si queréis sentar plaza
no hay sino venir conmigo
y dejar luego la capa.
Yo no puedo persuadirme
por las leyes soberanas,
contra tan clara evidencia.
Pues las señas de la cara
se acreditarán en la voz.
Ya darla de puñaladas,
sea o no sea, me resuelvo.
Venid.
La mano en la daga
tengo que aguarda mi brío.
Seguidme. ¿Qué os embaraza?
Aguardad, que os he reparado
que se os demuda la cara.
¿Es turbación, es accidente
o disgusto?
Esto no es nada.
Pues, ¿qué es lo que os descompone?
Es que por vos me acordaba
de un hombre con quien yo tuve
un duelo.
Si esa es la causa
que os altera y teméis algo
conmigo, no sepan nada
los que están aquí, y seguidme,
que yo os llevaré a campaña
dónde podáis desahogaros.
Cielos, si fuera mi hermana,
no fuera posible hablarme
con aquesta confianza.
Este es prodigio del cielo,
yo con vos no tengo nada,
que es injusta esta sospecha.
Vamos al cuerpo de guardia.
Tened, habéis de advertir
que antes de sentar la plaza
si tenéis algo conmigo
podéis reñir y sentadas,
si os atrevéis a reñir
conmigo, aunque tengáis causa,
os haré arcabucear.
Ya yo os he dicho que es vana
vuestra sospecha.
Pues vamos.
Yo iré desde mi posada
a buscaros.
Bien está.
Venid al cuerpo de guardia
sin mí, voy porque en mi vida
hice acción más arrojada,
que no rendirme al temor
teniendo aquí tanta causa.
Mas esta resolución
para una vez sola basta,
y para enviarla a pelo
a Cangrejo y doña Juana,
que si el talle aquí es fortuito.
que la deuda de ampararla
le obligue a cuidar de mí,
este remedio me valga.
Vase.
¿Qué os parece el capitán?
¿No es la presencia gallarda?
Yo, su poca edad extraño.
Mas tiene una grande falta.
¿Qué es?
Que es muy enamorado.
¿Qué decís?
Trae una dama
como un sol.
¿Y dónde está?
Yo se la hospedo en mi casa.
¿Y vos sabéis que lo es suya?
Bueno, la tiene preñada
con la barriga a la boca.
Cielos, con esto sea causa
de concluir mi sospecha,
no cuidé cosa más vana,
pero la naturaleza
hace cosas más extrañas.
Y porque veáis si es cierto
os llevaré yo a mi casa.
Así me inquieta muy grande.
Al paño.
¿Qué es por santa Susana?
¡Válgame aquí Celestina
y dos tías alquiladas
que aquí bien es menester
el socorro de las santas!
Venid pues que la veréis.
Vase.
Vamos.
Digo, camarada.
¿Quién es?
Míreme a este caso.
Cangrejo.
Pese a mi alma,
con esa flema conoce
a quien por buscarte anda
ocho meses de camino
por ventas y por posadas.
¿Tú a mí me buscas? ¿Qué dices?
Miren esas buenas gracias,
me das de lo que me debes,
lleve el diablo a quien trabaja
por gente que no agradece.
Pues si yo ignoro la causa,
¿qué he de hacer? Tú ¿con qué intento
me buscas?
Con doña Juana.
¿Doña Juana?
Sí, señor,
que la traigo como carga
de vidrio, porque no hay parte
ni senda por donde vaya
donde no me ofrezca el diablo
un peligro en que quebrarla.
¿Tú con doña Juana vienes?
La noche de la desgracia
de don Félix ella a solas
huyó por ti de su casa,
no hallándote me encontró,
pidióme que la llevara
a Jaén, donde un convento
y una tía la esperaban.
Yo anduve como un zafiro,
busqué un rocín todo tabas
y ella y el rocín y yo
hicimos esta jornada,
como quien va con guía
y pericón y pendanga.
Y al pasar por cierto monte
quiso el diablo que tu hermana,
en él fuese bandolera
y por él robando andaba.
Como fue de Baeza,
echa un perro, paró en gata
su padre el corregidor
para lograr la venganza,
de su hijo iba a prenderlas,
y allí damos en sus garras
si un capitán valeroso
a esta sazón no llegara,
y este dicho capitán
a la dicha doña Juana
y al susodicho Cangrejo
libró de la dicha chanza,
y en el dicho rocín
todos los tres se escapan
y en esta presente villa
de que doy fe, juntos paran.
¿Doña Juana dónde está?
Famosamente alojada
en la casa del alcalde.
¿Qué dices? ¿Luego es la dama
que hospeda el alcalde?
Sí.
Pues peor está que estaba.
Señor, ¿qué dices?
Traidor,
pues tú al desaire me llamas,
de que yo a mi dama vea
con otro.
Virgen sagrada.
¿Pues a dónde eso presumes?
¿Qué es presumir, si su infamia
sabe ya todo el lugar?
Señor, que infierna tu alma,
que el capitán es un santo,
y es más casto que su cara.
Cielos, con esto se aviva
la duda de que es mi hermana,
y sea hombre o sea mujer,
yo tengo por las dos causas
obligación a matarle,
porque o me ofende o me infama.
Éste se sosiega.
Tú la verdad me tratas,
el capitán es mujer.
Malo, peor está que estaba.
Mujer, señor, eso dices.
Pues si es hombre ella es su dama,
y le he de matar por ella,
mas las señas de la cara
acreditan que es mujer.
¡Oh cielo de mi venganza,
me has logrado la ocasión!
Señor, ve tú a doña Juana,
que en su inocencia verás
la verdad asegurada.
Sale el Alcalde.
¿Adónde está el capitán?
¿Qué es esto, alcalde?
Que pasa
por aquí el corregidor
de Baeza, porque marcha
con más de docientos hombres
de Aguilar a la campaña
y porque sepa Baeza
como montilla la iguala.
ha de salir nuestra gente
a hacerle cuerpo de guardia,
vénganse todos tras mí.
Vase.
Señor, el riesgo repara,
saca de aquí a esta señora,
no suceda una desgracia.
En tal riesgo lo primero
es acudir a librarla.
Guíame tú dónde está,
que ella por salvar su fama
me ha de decir si es mujer.
Entra pues que esta es la casa.
Librarla lo primero
y volver a mi venganza.
Vase.
Malo aquí no hay más remedio
que escurrir y ande la danza.
Vase.
Tocan cajas, salen el infante, Félix y soldados.
No hay quien pueda llegar al muro al alto.
Toquen a retirar, cese el asalto.
¡A retirar, a retirar, soldados!
Pese a la injusta saña de los hados.
Afrentado estoy, cielos, y corrido,
de ver que con la gente que he perdido
proseguir el asalto es imposible,
pues me puedo perder por faltar gente,
y fuera el volverme vergonzosamente
porque ganar el fuerte no es posible.
Prosigamos, señor, que más honrados
quedamos muertos, ya que retirados.
Félix, osar morir es ardimiento,
pero saber vencer heroico aliento.
Id presto a retirar vuestros soldados,
que no es solo valor morir osados.
Yo obedecerte voy pese a mi suerte,
que cuando más la busco huye la muerte.
Vase.
¿Qué dirá el rey a quien allá pintaron
tan fácil esta empresa los que hallaron,
porque solo ven moros en la corte,
y no esgrimiendo el alfanje el corte?
Que estoy corrido con razón confieso.
Sale Corregidor.
Al brío gran señor.
¿De qué suceso?
Un valiente mancebo que el bozo
no ofende el rostro, más gallardo mozo,
a vista del castillo ha entrado ahora
con una tan lucida compañía.
que deshacer el fuerte presumía
doscientos hombres trae en su cuadrilla
de Cabra, de Lucena y de Montilla.
El fuerte he de ganar con esta gente;
vamos a ver al Capitán valiente.
Antes él ya se acerca a tu presencia.
Salen Isabel de Capitán, Inés de alférez y Carag. de sargento.
Señores, marchemos con prudencia,
vayan iguales todas las hileras
que parten el tercio de parroquia.
Haced alto, soldados, Vuestra Alteza
me dé los pies
Extraña gentileza
los brazos deudo
Honrará a quien se humilla.
Vuestro padre, señor, me honró en Sevilla
con este cargo mi lealtad premiando,
y estando yo en Montilla leuantando
aquesta gente, supe que tenía
poca tu alteza con mi compañía.
Vengo a servirle y doscientos hombres
bien vendrán, si los moros se defienden.
Si el servicio de su rey atienden
los nobles, yo por él os lo agradezco
y del socorro el justo premio ofrezco.
Señora, el suegro aqueso va perdido.
Disimula si él me ha conocido,
ya yo estoy en campaña y arrestada
saldremos a beber por cuchilladas.
Capitán, vuelva atrás la compañía,
y avisa de Aguilar que la osadía
del moro ha de templarse sobre sellos.
No es la gente, señor, que traigo en ellos
para espantar al moro en el bulto
sino para arrancarle del castillo,
aunque estuviera dentro de lo oculto
todo el infierno para resistillo;
y si quiere que no se pierda el día
pues están las escalas arrimadas,
solo licencia de mi compañía
que a pesar de sus lunas tremoladas,
he de poner entre ellas mi bandera
aunque este muro Babilonia fuera.
Vase.
Solo ahora en mi vida tuve envidia,
y por pagaros el ofrecimiento,
os he de acompañar en el intento.
¡Soldados, hoy a asaltos, y pongan
Santiago y en batir todos me sigan!
Vase.
Mi espada os sigue ya.
En mi compañía
Vase.
hagan todos lo mismo tras la mía.
Vase.
Soldados, a seguir esta bandera.
¡Viva el infante!
Vase.
Y el castillo muera,
que por que huyan los perros de la plaza
al encuentro un moro le echa de maza.
Dentro.
Subir tengo aunque lluevan enemigos.
Dentro.
A socorrer al Capitán, amigos.
¡A vida todos!
Sale Lope.
¡Ah, fortuna airada!
La ocasión de vengarme ya he perdido,
pues doña Juana de su honor forzada
que era mi hermana confesó a mi oído
que ya del lugar se hallaba ausente,
volviendo a mi venganza diligente
después que la dejé puesta en seguro;
siguiéndola he venido, mas por verla
aquí un moro en contra ella,
estando el campo todo en la batalla,
porque los moros viéndose asaltados
salida han hecho ya desesperados,
y en el muro y el campo se pelea,
pues donde mi furor mejor se emplea
que en aquesta ocasión, cielos, y veo
a aquel soldado imitar a un trofeo,
que hecho un erizo de flechas sube al muro
a pesar de los bárbaros seguro,
y una bandera en él va tremolando.
Dentro.
¡Victoria por el ínclito Fernando!
Dentro.
Ya los moros huyendo van.
¡Victoria!
Vase.
A tener parte voy en esta gloria.
Que huyen los moros todo el campo...
De mí huyen, solo darles vuelvo a tiros.
¡Viva el infante, victoria!
Salen Félix y Isabel.
¡Cielos, si mienten mis ojos!
¡Isabel!
Detente, Félix,
y pues por dorar mis yerros
he hecho una acción tan gloriosa,
hasta que un perdón honroso
alcance, no me descubras;
calla, que el rey aguarda mi enojo.
Sale Lope.
¡Ay, Félix! Vente a mi lado,
que este es mi hermano.
¿Qué oigo?
Él me ha robado a mi hermana.
Con su muerte mi honor cobro.
Eso no, que en este caso
yo a defenderle me pongo.
Salen todos.
Señor, soldados, ¿qué es esto?
A mi capitán... Miralos
aquí tienes, a mi alférez.
Y aquí está el sargento.
Pues viendo que esta victoria
se debe al valor heroico
de este capitán, y quien
se lo oponga cuando todos
darle las gracias debemos
por tan bien vencidos moros,
pedidme merced.
Señor,
a vuestras plantas me postro,
segura que en su sagrado
tengan mis fortunas logro,
y pues merced me mandáis
que os pida, no ha de ser poco.
La bandolera, señor,
que en este monte fragoso
satisfaciendo su honor
dio al reino tantos enojos
te pide...
te pide perdón en mí
y solo esta merced escojo
y la que hacerme prometéis.
Yo digo que la perdono
desde pasar por Baeza
y al que dio causa a mi enojo
como ella quiera prometa
darle en justo matrimonio.
Pues yo, gran señor, he sido
quien tuvo culpa de todo.
Y yo soy doña Isabel.
¿Qué decís? Extraño asombro,
¿que sois mujer?
Mujer soy.
Con servicios tan famosos
habéis cubierto el laurel.
Vuestras venganzas, yo borro,
y a ser padrino de los reyes
me obligáis, para que el enojo
del rey sea la primera
de amor en testimonios,
la segunda en vuestras bodas.
Daos las manos.
Soy dichoso.
Con esto quedo contento.
Yo no, porque a un deudo osado
una hija me ha robado.
Si yo se la robo,
como a mi esposa la tengo.
Con esto se allana todo,
y porque con algo nuevo
sea causa que este coloquio
alférez, dame la mano.
Tuya soy.
Y en testimonio
de que un sargento se casó
con un alférez, a todos
pide un víctor sin gemidos
con un perdón generoso,
dando aquí la bandolera
de Baeza, fin dichoso.
L L D
Finis laudem Dei
Se escribió en Zaragoza a 9 de Mayo de 1688