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testo digitale di La bandolera de Baeza y peligro de alabarse

Data di pubblicazione: 22 agosto 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La bandolera de Baeza y peligro de alabarse. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-bandolera-de-baeza-y-peligro-de-alabarse.

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LA BANDOLERA DE BAEZA Y PELIGRO DE ALABARSE

Pag. 1

La Bandolera de Baeza =

Comedia en 3 jornadas -

Legº 27

3

Biblioteca Nacional de España

Pag. 2

La Bandolera

De Baeza

Ele

El Autor Caballero

Biblioteca Nacional de España

Pag. 3

Biblioteca Nacional de España

Pag. 4

+ D. Lope + Martin + Tres caballeros. + Un Ventero Un Alcalde Villano + Dos bandoleros.

Comedia de la Bandolera de Baeza y Peligro de Alabarse Primera Jornada

Hablan en ella las Personas Siguientes

Biblioteca Nacional de España

Jornada primera

Pag. 5

Salen Don Felix y Cangrejo

Félix.

¡Qué enfadosa está la luna!

Cangrejo.

La luna enfada en el cielo.

Félix.

Sí, pues desde allí me estorba

que se acerque mi deseo

a las rejas de Isabel,

que el recato y el respeto

con que permite mi amor

me quita el atrevimiento.

Cangrejo.

El llamar casta a Diana,

siendo la luna, yo pienso

que lo hicieron los antiguos

porque estorba galanteos

de mujeres recatadas

que las que no tienen miedo

de que se sepa su amor,

no son, según su despejo,

del colegio de Diana,

sino del prado de Venus.

Félix.

No pienses mal.

Cangrejo.

Como mal

los delitos deshonestos

todos se hacen a la sombra

de la obscuridad.

Félix.

Es cierto

que la luz siempre fue casta.

Cangrejo.

Un diestro pintor por eso

pintó de Píramo y Tisbe

la fábula, y puso en lejos

la ciudad, y como fingen

que fue de noche el suceso,

Biblioteca Nacional de España

Pag. 6

Cangrejo.

detrás de unos muros altos,

donde no daba el reflejo

de la luna, pintó a Tisbe

parlando por su agujero

con su galán; y envuelto que

pintó parados los cuerpos

junto al moral y la fuente,

dando la luna sobre ellos,

con que da a entender, que uno

que como casta en efecto

no dio luz para el delito,

y alumbraba el escarmiento.

Félix.

Bien pintó.

Cangrejo.

Y este planeta

hace gran daño al celebro,

porque de allí se originan

los incentivos.

Félix.

No es eso

cierto en la filosofía.

Cangrejo.

Así lo siente Galeno.

Félix.

Mucho te duele la luna.

Cangrejo.

Es que en los cascos la tengo.

Félix.

Bien lo creo de un sirviente.

Cangrejo.

Mas una dama sabiendo

que yo la tenía llena

cuando me vio sin dinero,

me quitó de ella tres cuartos,

y yéndose con un mozuelo,

y me la dejó en creciente.

Félix.

Retírate aquí, Cangrejo,

que ya está baja la luna,

y presto llegar podremos

Félix.

que ahora tiene este recato

Isabel con más extremo

porque está ausente su hermano.

Cangrejo.

Es muy cuerda y con exceso

pundonorosa, mas yo

esta parte no agradezco,

que no han de tener las damas

tantas de leyes del duelo,

porque es doctrina del diablo.

Félix.

Pero su observancia vemos

que tiene en pie las noblezas.

Cangrejo.

Pues es el diablo tan necio

que había de introducir

sus setas sin fundamento.

En cuantas leyes el diablo

introdujo en sus derechos

dio interés a su observancia

para engañarnos con ellos,

y así no se verá nadie

que quebrante sus preceptos,

siendo así que en los de Dios

somos frágiles y ciegos,

y verás esta verdad

ponderada en un ejemplo.

Félix.

Dique, con eso la pena

de la esperanza divierto.

Cangrejo.

Mira, debe un hombre a otro

cien ducados, y le ha hecho

escritura guarentigia,

Biblioteca Nacional de España

Pag. 7

Cangrejo.

y para cobrarlos siendo

ley de Dios pagar las deudas

es necesario primero

ejecuciones, citaciones,

días de la ley, mandamientos

y sentencia de remate,

con que un pobre en el proceso

gasta más de lo que cobra;

y sin nada de todo esto,

ponen dos sobre un bufete

toda su hacienda en dinero,

y allí con una baraja,

sin más sentencia ni pleitos,

que es esta ley del diablo,

porque vino sin encuentro

la sota sobre el caballo,

o el tres sobre el cuatro, luego

sin réplica el uno al otro

le entrega todo el dinero,

porque sentenció la sota,

que es alcalde del infierno.

Félix.

Tú has ponderado muy bien,

mas ya a la reja han abierto,

sin duda es el sol que adoro,

aparta que llegar quiero.

Cangrejo.

Siempre tú te vas al sol,

y yo a la luna me quedo.

A una reja Dª Isabel y Inés.

Isabel.

Si está en la calle Don Felix,

como el reló será cierto.

Félix.

Ahora, señora, reparo,

capo case que te doro,

pues dudas si estoy aquí,

mas a buscarme en tu pecho,

es cierto que conocieras

que de ti faltar no puedo.

Isabel.

Como de la vecindad

la murmura, con extremo

abre tan tarde Don Felix,

que puede tener recelo

de que no esperases tanto

Félix.

Donde hay la fe que yo tengo

puede faltar la esperanza.

Isabel.

Si hay fe, la esperanza creo.

Félix.

Pues ¿no la ves en mi amor?

Isabel.

No está bien a tu deseo

que yo la vea.

Félix.

¿Por qué?

Isabel.

Porque mi agradecimiento,

si la veo, será deuda,

y no viendo tus afectos,

y creyéndolos, mi amor

es fe con la que ahora deseo.

Félix.

Como tuya es la verdad.

Isabel.

Y como de honor, el miedo.

Félix.

Pues de qué ahora le tienes?

Isabel.

De que se sepa en el pueblo,

que estando ausente mi hermano

dando a su fama trofeos

Biblioteca Nacional de España

Pag. 8

Isabel.

en la guerra de Sevilla,

que a su rinde al asedio,

en que nuestro Rey Fernando

la tiene, aunque tan honesto,

esté yo dando en Baeza

permisión a un galanteo.

Félix.

Justo es el temor, mas tiene

la disculpa de que espero

que honre tu mano la mía,

y habiendo de ser tan presto,

bien pudieras dar lugar

a que yo te hablase dentro

de tu casa honestamente,

para excusarte el recelo.

Isabel.

Si hiciera, a no ser mayor

mi peligro en ese intento.

Félix.

Pues no has de fiar de mí

que te hable con el respeto

de imaginarte mi esposa.

Isabel.

No hay cordura en el deseo,

y poniendo la ocasión,

quien piensa que ha de ser cuerdo

está muy cerca de loco.

Félix.

Por la fe de caballero,

y la que tengo a tu amor,

que nunca mi pensamiento

se atrevió a la bajeza

Félix.

de pensar, aunque allá dentro,

me viera a solas contigo,

que pasara mi deseo

de la línea del decoro

que tu honestidad le ha puesto.

Isabel.

Bien eso me aseguraras

para excusar este riesgo,

conveniencia era que entraras.

Félix.

Fálteme, señora, el cielo,

y de vil y aleve mano

muera yo a impulso violento,

si faltare a esta atención.

Vanse.

Isabel.

Pues sobre ese juramento

voy a hacer que te abra Inés.

Félix.

¡Oh, qué ventura! ¡Cielos!

¡Cangrejo, yo soy dichoso!

Cangrejo.

¿Cómo?

Félix.

De entrar allá dentro

ha dado Isabel licencia.

Cangrejo.

Cuerpo de Dios, ¿vengo en ello?

Y pues licencia te da,

sé licenciado allá dentro.

Félix.

No haré más que ver y hablar.

Cangrejo.

Todos empiezan por eso,

porque el hablar es el grado

Biblioteca Nacional de España

Pag. 9

Página JSON duplicada; sin contenido dramático propio en el facsímil.

Pag. 10

Félix.

de bachiller que es primero,

traerla el de Ciencia los

y el de doctor viene luego,

con que saldremos con borla.

Lindamente lo has dispuesto,

porque con eso excusamos

mil peligros que tenemos.

Félix.

Tú no has de entrar.

Cangrejo.

Cómo no.

Félix.

Yo solo licencia tengo.

Cangrejo.

Y yo no.

Félix.

No me la han dado.

Cangrejo.

Pues, señor, riñen los cielos,

que haces muy mal en entrar

en casa de un caballero

que está ausente, a difamalle,

y a notable riesgo.

Félix.

Pues no me decías agora

que excuso peligro tenerlo.

Cangrejo.

Sí, mas vuelvo la tortilla

como yo no me caliento.

Félix.

Ya han abierto, aquí me espera.

Abre Inés una puerta que está junto a la ventana.

Inés.

¿Don Félix?

Félix.

Yo soy.

Inés.

Primero,

como entrando en fortaleza,

pues a mí alcaide me han hecho

de este castillo de honor,

estoy obligada a haceros

dejar las armas.

Félix.

Sí haré.

Inés.

Qué dejáis.

Félix.

Dejo el deseo,

y el apetito liviano.

Mira hacia entrar, y quedo.

Inés.

Bien podéis entrar, que los

hacéis como caballero.

Cangrejo.

Sí, hará, pues entra sin armas.

Inés.

Pues ya entro, la puerta cierro.

Cangrejo.

Oye, Inés, espera un poco.

Inés.

¿Quién es?

Cangrejo.

¿No conocéis ego?

Inés.

¿Quién es ego?

Cangrejo.

¿No habrá un poco de lugar

para un Cangrejo?

Inés.

No eres carne ni pescado.

Cangrejo.

Pues si no soy nada de eso,

déjame entrar por legumbre.

Inés.

¿Qué legumbres saber quiero?

Cangrejo.

Seré nabo o calabaza.

Inés.

Ya no vienes a buen tiempo.

Cangrejo.

¿Por qué?

Inés.

Es ahora verano,

y los nabos en adviento.

Pag. 11

Cangrejo.

Pues entraré por pepino,

que me has picado con eso.

Inés.

No hay licencia.

Cangrejo.

Vaya la tu...

Inés.

Eso es vino, que yo no puedo

dejarlo entrar sin registro.

Cangrejo.

Pues ¿no ves lo que te quiero?

Inés.

Para el vino eso ¿qué importa?

Cangrejo.

Que en dejarme entrar no hay riesgo,

porque no soy metedor,

sino pañal.

Inés.

Yo no envuelvo,

porque no caigo, alma mía,

que de criada me precio.

Vase.

Cangrejo.

Blanca es la Inés como tinta,

señores, el juicio pierdo,

¿qué he de hacer yo aquí esperando

para divertir el tiempo?

Tabaco yo no le traigo,

que sirve de compañero,

pasearme hace calor,

dormir no podré de miedo,

y a mí es faltar a mi amo

estarme a perder el seso.

Pues yo me he de divertir,

supongo pues que aquí encuentro

una gorrona, y la envisto

fingiéndome caballero.

Mas esto es peor, dos hombres / hacia aquí se van viniendo.

Cangrejo.

A vecina mía, ¿qué manda?

Espere usted, bien se ha hecho,

no me escuchará, ya aguardo,

¿dónde va usted, saber quiero,

dónde me llevan los pies?

Quiere compañía, no entiendo,

oiga, soy sorda de un diente,

por el hábito que tengo,

que es usted muy linda moza,

pues con eso cenaremos.

Deténgase, dele sola,

pues no se ha de ir suelta presto,

tente, no sea usted cansado,

¿han visto el hombre qué necio?

Ceda, no me ha conocido,

linda comida por cierto,

pues ¿no ves que soy lacayo?

¿Qué dices, no lo estás viendo?

En la librea anda, boba,

y en esta taberna entremos

con un cuarto de castañas,

que me perdones te ruego,

que no te había conocido,

toca, y a beber entremos,

y para con estas damas

Pag. 12

sabrán ustedes, concierto la diferencia que hay de un lacayo a un caballero. Mas esto es peor, divertido con mi negro galanteo, no he reparado en dos hombres que hacia aquí se van viniendo.

Cangrejo.

¿Quién será, válgame Dios?

Si es justicia, no la temo,

siendo del corregidor

Cangrejo.

hijo mi amo, mas yo quiero

retirarme, en el umbral

de aquesta puerta me embebo.

Salen don Lope y don Martín.

Lope.

Ya el infante don Enrique

queda en el alcázar.

Martín.

Cierto

que ha andado muy bien su alteza

en entrarse de secreto

en Baeza, pues así

podemos servirnos luego,

acostar sin embarazo.

Lope.

Aunque yo a mi casa tengo,

no es Martín, para acostarme,

pues es fuerza salir luego,

siquiera a poner los ojos

donde traigo el pensamiento,

después de ver a mi hermana.

Martín.

Aún sales con eso.

Después de correr la posta.

Lope.

Eso fue por llegar presto.

Llama a esa puerta, Martín.

Cangrejo.

Virgen, qué terrible aprieto,

este es don Lope, el hermano

de Isabel, fiesta tenemos.

Lope.

¿No llamáis ya?

Martín.

Busco un canto,

porque si no doy muy recio,

como no hemos avisado,

no oirán, que estarán durmiendo.

Cangrejo.

¡Cuánto va que a llamar viene

en mi frente!

Martín.

Aquello es bueno

para llamar.

Cangrejo.

Tenga usted,

que yo a ese canto despierto.

Lope.

¿Qué es esto, quién es?

Cangrejo.

Un quídam.

Lope.

¿Qué es quídam?

Martín.

Es rebodeo.

Pag. 13

Cangrejo.

No sabe usted a quídam, quédam.

Lope.

Decid quién sois al momento

o mi espada...

Cangrejo.

Tenga usted,

que soy un pobre extranjero.

Lope.

¿De qué nación?

Cangrejo.

Andaluz,

no sé lo que hablo de miedo,

aquí me matan a palos.

Lope.

Andaluz sois, ¿y extranjero?

Cangrejo.

Mi padre era andaluz,

mas yo, señor, soy tudesco,

natural de la Membrilla.

Lope.

¿Qué decís? Estáis sin seso.

Cangrejo.

Mire usted, estando mi madre

en la bodega bebiendo,

me parió al pie de una cuba,

paladearonme luego

con vino, que yo bebo tanto

que en el beber soy tudesco.

Martín.

Bien se os conoce agora el vino.

Cangrejo.

Y a usted el vinagre.

Martín.

Éste pienso

que es lacayo de don Félix,

y en la librea lo advierto.

que es la del corregidor.

Lope.

Aguarda, ¿no eres Cangrejo?

Cangrejo.

No, señor, no soy tan flaco,

aunque fácilmente peco.

Lope.

Pues, ¿tú qué haces a mi puerta?

Cangrejo.

Tiene mi amo un galanteo

a la vuelta de esta calle,

y como yo aquí le espero,

me arrimé a dormir en ella.

Lope.

Esto debe de ser cierto,

que es don Félix muy galán.

Llama, Martín.

Cangrejo.

Esto es hecho,

allá dentro han de pescalle,

y yo avisalle no puedo.

Lope.

Llama, Martín.

Martín.

A de casa.

Cangrejo.

Esto no tiene remedio.

Martín.

A de casa, Inés.

Dentro.

Inés.

¿Quién es?

Lope.

Don Lope soy, abre luego.

Inés.

Ay, señora, que es tu hermano.

Martín.

Albricias pide.

Cangrejo.

De perro.

Pag. 14

Lope.

Ya estará alegre Isabel.

Martín.

No bajas a abrir.

Inés.

No puedo,

que estoy agora en camisa.

Cangrejo.

No fuera de mejor en cueros.

Martín.

Vístete.

Inés.

No hallo la saya,

marica, ¿dónde la has puesto?

Cangrejo.

Ni la halles de aquí a mañana.

Martín.

Cúbrete con un manteo,

o baja sin él.

Inés.

Ya bajo.

Cangrejo.

Mujer del diablo, primero

haz que se esconda mi amo.

Inés.

Ay Jesús.

Abre la puerta y tropieza Inés.

Cangrejo.

Tropieza, y luego

pide confesión por mí,

que yo aquí me estoy muriendo.

Lope.

Ya ha abierto, entremos, Martín.

Martín.

Vamos.

Éntranse.

Cangrejo.

Acabóse el remedio,

¿podré yo dar a mi amo

cuarto mejor que yo quedo?

Ahogarán de aquí a la calle.

Martín.

¿Por qué, si yo me detengo,

le pueden matar sin duda?

Y si yo escapo, no hay riesgo.

Mas ¿qué miro? La traspuerta

del jardín están abriendo,

y sale un hombre, señor,

eres tú.

Félix.

Yo soy, Cangrejo.

Cangrejo.

¿Qué ha habido?

Félix.

Extraño peligro,

vámonos acullá luego.

Cangrejo.

No me dices lo que ha habido.

Félix.

No sé, vamos, que no pienso

volver a entrar más en casa

de mujer donde haya viejo.

Cangrejo.

Pues si vas ya arrepentido,

harto me has dicho con eso.

Vanse.

Salen don Lope y Martín.

Lope.

Ya que hablé con Isabel

agora, cumplir intento,

Martín, con mi pensamiento,

mas una sospecha infiel

me saca con más cuidado,

pues cuando en mi casa entré,

vestida a mi hermana hallé,

y a Inés, y el haber tardado

en abrir es fuerte indicio

Pag. 15

Lope.

del daño que acaso tiene,

mas disimular conviene.

Martín.

Yo pierdo, señor, el juicio,

aún no acabas de venir,

y tan presto rondar quieres.

Lope.

Sirve, o, mi dueño eres.

Martín.

Sirvo, y te de no servir.

Lope.

Pues sirve, Martín, callando,

ley de honrados escuderos,

que criados y barberos

no han de hacer su oficio hablando.

Martín.

Caminar, y no dormir,

ni en llegando descansar,

aquí él no ha de hacer hablar.

Lope.

A quien supiere servir

éste es, Martín, mi sosiego,

que esta calle un ángel tiene,

donde amor a rendir viene

la flecha, el arco y el fuego.

Martín.

No será a doña Juana,

la hija del corregidor.

Lope.

Ella es dueño de mi amor,

y ésta ha de ser su ventana,

en ella una seña haré,

que ya la tengo avisada.

Hace una seña a la reja.

Martín.

Y no está muy descuidada,

pues ya la han abierto.

Hacen una seña a la reja, y asomase doña Juana.

Lope.

Ce.

Juana.

¿Quién es?

Lope.

Sombra, un soldado

que agora de Sevilla llega.

Juana.

¿Es don Lope?

Lope.

Quien sosiega

ya con haberte mirado.

Juana.

La carta que recibí

me hizo esperar.

Lope.

¿Fue muy bien?

Juana.

¿Cómo vienes?

Lope.

Como quien

pasó dos meses sin ti.

Juana.

Pues para mí tu venida

es alivio de una pena

que a la muerte me condena,

y tu favor apellida.

Lope.

¿Qué es, señora, tu pesar?

Juana.

Que el casamiento tratado

conmigo está efectuado

con don Pedro de Aguilar.

Lope.

Y esa pena es tuya, o mía,

que solo de haberte oído

Pag. 16

Lope.

he quedado sin sentido.

Juana.

De entrambos serlo podría,

mas de ninguno será,

si tienes resolución

Lope.

A tal desesperación

¿qué pecho no la tendrá?

Juana.

Pues don Lope, el plazo es breve

que me dan con este esposo,

de empeño tan peligroso

no sale quien no se atreve,

con esta imaginación,

tengo llave prevenida,

que hará fácil la salida,

en llegando la ocasión,

mas advierte que la mano

me has de dar antes de esposo.

Lope.

De eso está tu amor dudoso,

cuando yo tal dicha gano,

mano, y palabra también

de ser tu esposo, señora,

y te la doy desde agora.

Juana.

Yo la acepto.

Lope.

Eres mi bien.

Martín.

Gente por la calle pasa.

Juana.

Pues adiós, y ten cuidado,

no te coja descuidado

cuando me halles en tu casa.

Vase.

Lope.

Martín, mi ventura advierte,

ángel el infante ha sido,

que si no hubiera venido,

fuera sin duda mi muerte.

Martín.

Dicha ha sido, mas yo infiero

que el lograrlo fío muy llano,

porque es don Félix, su hermano,

muy bizarro caballero.

Pero dos hombres, señor,

se van acercando acá.

Lope.

Vamos andando hacia allá,

sin cuidado.

Martín.

Eso es mejor.

Salen don Félix y Cangrejo.

Félix.

Confieso que al verme dentro,

llegué a temer y a dudar.

Cangrejo.

Vive Dios, que es fuerte azar,

un hermano por encuentro.

Martín.

Don Félix es.

Lope.

Y él lo es,

su amor en mi causa tiene,

y de allá sin duda viene,

Pag. 17

Cangrejo.

Que rondan esta noche, creo,

tu padre le has de esperar.

Félix.

Libréme impensadamente,

de un hermano de repente,

y en paz me quiero acostar,

vamos.

Lope.

¿Qué he escuchado, cielos?

Sobre sospecha tan cierta,

estar su criado a mi puerta,

ya es más vivo mi recelo,

que él estaba dentro, es llano,

mas ¡Jesús!, qué necedad,

tal pienso yo, en la ciudad

¿no hay mil damas con hermano?

Cangrejo.

Dos hombres pasan, señor.

Félix.

Pasen, ¿qué importa?

Cangrejo.

Dos pitos,

mas en viendo broquelitos,

se me revuelve el valor,

por el siglo de mi madre.

Félix.

¿Qué haces?

Va a meter mano a la espada.

Cangrejo.

Emviste con ellos,

que tú aquí reconocerlos

puedes por parte de padre.

Félix.

Buena locura a mi puerta.

Cangrejo.

Yo lo he de hacer, vive Dios,

por si acaso de los dos

trae alguno vaina abierta,

oigan, ¿quién va a la justicia?

Lope.

Quien dejarse conocer

no quiere por no saber

si es justicia o es malicia.

Félix.

Caballeros, idos con Dios,

que aquéste es un majadero.

Lope.

Yo me iré, mas porque quiero,

que no por decirlo vos.

Félix.

Idos, o estaos, que a mí

en eso nada me va.

Cangrejo.

¿Qué hablan? Pues no basta ya

que los dejen ir de aquí.

Félix.

¿Qué haces, borracho?

Cangrejo.

Señor,

no puedo más que te enfadas,

que me están las cuchilladas

rebozando en el valor.

Martín.

Qué sea valiente Cangrejo.

Lope.

Martín, vámonos de aquí,

en la palabra que oí,

la mitad del alma dejo.

Vanse.

Félix.

Loco necio, impertinente.

Cangrejo.

Todo esto, señor, es vano,

Pag. 18

Cangrejo.

de aquí que no está en mi mano

el dejar de ser paciente.

Félix.

Eso es bueno en la ocasión,

no sin que ni para qué.

Cangrejo.

La valentía no fue

jamás fundada en razón,

el asar escarapelas

sin causa es valor que excede,

que obrando con razón, puede

ser valiente un sacamuelas.

Félix.

Vámonos, loco, a acostar.

Vase.

Cangrejo.

Con esto he cobrado nombre,

y para que al mundo asombre,

con traer turbio el mirar,

y agobiar un poco el cerro,

echar en arpón los pies,

de este modo, antes de un mes,

me han de llamar traga y yerro.

Vase.

Salen el infante y el corregidor, y tres caballeros.

Infante.

Estoy a la ciudad agradecido,

y en nombre de mi padre acepto

la gente que ha ofrecido.

Corregidor.

No quedará, señor, en este aprieto,

caballero ni hidalgo que no os sirva,

y si a quinientos la ciudad se obliga,

a que sean mil hombres yo me ofrezco.

Infante.

Y yo, corregidor, os agradezco

el celo de servir al rey tan justo,

y en albricias agora de este gusto

la nueva os doy, de que para entregarse

Infante.

está Sevilla ya capitulando,

a que al opuesto polo a dilatarse

el santo y grande nombre de Fernando,

y a él, que es sin segundo,

se vengue, estrecho, el cóncavo del mundo,

mas toda esta alegría,

ha descompuesto sola la osadía

con que Ben Alamar nos ha acogido

el fuerte de Aguilar, y yo he venido,

de accidente a Baeza,

que he de ganar el fuerte, y la cabeza

del moro he de enviar luego a Sevilla.

Corregidor.

Todo, señor, lo puede tu cuchilla.

Infante.

A escribir a mi padre voy agora,

y de vuestro abogado haré el oficio,

diciendo, aunque su alteza no lo ignora,

la lealtad de Baeza y el servicio

tan grande que le ofrece.

Vase.

Corregidor.

Tenga tu fama el lauro que merece,

¿qué os parece el infante, caballeros,

su bizarra que de suspenderos,

retrato de su padre le colijo.

Caballero 1.º.

Es bizarro.

Caballero 2.º.

Es gran príncipe.

Caballero 3.º.

Es su hijo.

Salen don Lope y Martín.

Lope.

A hablarle la ciudad habrá venido.

Martín.

Tu suegro es éste.

Lope.

Calla.

Corregidor.

Bien venido

Pag. 19

Corregidor.

seas, señor don Lope.

Lope.

Bien hallados

seáis todos vosotros, caballeros.

¿Cómo venís?

Lope.

Rendido a los cuidados

de la merced que aquí llego a deberos.

Salen don Félix y Cangrejo.

Félix.

Llena la sala está de caballeros.

Cangrejo.

Agora es el cortejo para tiempo.

Corregidor.

Llega, Félix, que llegas a buen tiempo,

y pues aquí está junta de Baeza,

la gala, discreción, y la nobleza,

os quiero proponer que a la venida

del infante, y la gloria prevenida

de la victoria que Castilla espera,

hagamos una fiesta.

Caballero 1.º.

Justa fuera.

Caballero 2.º.

Pues, señores, juguemos unas cañas.

Lope.

La envidia de tan ínclitas hazañas

me obligará a salir con mi cuadrilla,

mas si nuestro rey entra en Sevilla,

Caballero 1.º.

Pues cada uno elija los colores

conforme a los desdenes, o favores.

Caballero 2.º.

Yo estoy celoso, azul es mi cuidado.

Lope.

Yo estoy de verde asido,

a lo pasado entrego mis finezas.

Cangrejo.

Sí, mi dama a mí me trata con durezas,

sí, si en la fiesta entrara,

solo el color sacara,

por poder diferir su trato esquivo,

de acelga, que es color muy purgativo.

Félix.

Todos amáis sin favor,

todos estáis desdeñados.

Lope.

Por ausentes los soldados

no lo pasamos mejor.

Félix.

Pues yo ya que he de salir

a vuestras cañas, señores,

de más alegres colores

mi amor he de vestir,

porque mi dama es segura

de mi amor, que asaz pasa,

anoche me dio en su casa

tiempo, lugar y ventura,

y no penséis que esto ha sido

milagro en un fino amante,

que ventura semejante

muchos hay que la han tenido,

súpela obligar, rendido,

y esta gracia es de alabar,

que muchos van a obligar,

pero pocos han sabido,

dióme para otra ventura,

y vino gente y lo estorvó,

porque no pudiera yo

Pag. 20

Félix.

gozar de la coyuntura.

Cangrejo.

Fiádose por la ventura

de una traspuerta que abría,

de la cabeza traería

abierta la comisura.

Caballero 1.º.

Dichoso sois.

Félix.

Yo no más,

soy el dichoso en Baeza.

Martín.

Señor, ¿de qué es esta tristeza?

Lope.

No sé, después lo sabrás.

Vive Dios que de mi hermana

se alaba, y más siento aquí

que hable delante de mí,

que el que ella fuese liviana.

Corregidor.

Pues ya el color se ha escogido,

la fiesta se ha de aprestar.

Félix.

Sí, pero yo he de sacar

color de favorecido.

Caballero 1.º.

Ha de ser dorado.

Félix.

No,

la color de la victoria.

Caballero 1.º.

No es esa color notoria.

Caballero 2.º.

Yo no sé cuál es.

Caballero 3.º.

Ni yo.

Cangrejo.

Yo sí, pero tiene ensanchas.

Caballero 1.º.

Pues, ¿cuál es en el amor

la victoria del color?

Cangrejo.

Paño pardo y muchas manchas.

Corregidor.

¿Cuál será color tan rara?

Lope.

Si yo hubiera de elegirla

para vestir mi cuadrilla,

flor de almendro la llamara,

y con razón se le aplica

de la victoria el intento,

pues suele el aura, el aliento,

del necio que la publica.

Félix.

Pienso que en este color

vuestra atención me condena.

Lope.

Yo nunca tuve por buena

la alabanza del favor.

Félix.

Si esto llegáis a entender

tan al contrario, es mirado

que después de haber entrado

allá no pienso volver,

mirad si será alabanza

esta del favor, pues ya

claro mi amor está.

Lope.

Cómo han de hacer confianza

de los hombres las mujeres,

si anoche pasa un favor,

y hoy sin recato y honor,

decirlo en palacio quieres.

Félix.

Mas con cubierta de gente

nadie el sujeto penetra.

Pag. 21

Félix.

Licencia ha dado la letra,

y dijo discretamente:

concédese al amador,

en descuento de su llama,

que sin señalar la dama,

pueda decir el favor.

Lope.

Aunque esa licencia se halla,

los que saben entenderla

saben que pueden tenerla,

pero no deben usalla,

porque el que discreto ha sido,

en el más dichoso estado

se ha de juzgar despreciado,

cuando más favorecido,

pues cuando a su amor le ofrece

su dama más esperanza,

debe su desconfianza

pensar que no la merece,

y en la sala ha recatado

alguno dichas mayores,

y con muchos más favores

se juzga desesperado,

porque aunque se llegue a ver

de sus favores contento,

por su desmerecimiento

piensa que no puede ser.

Lope.

Y el que usa este respeto,

por la atención de su fama,

es más fino con su dama,

y consigo más discreto.

Corregidor.

Tiene don Lope razón,

que las quejas mejor suenan...

Félix.

Pues si todos me condenan,

yo he errado sin intención.

Corregidor.

La reprensión es castigo,

si no encierra otros desvelos.

Lope.

No porque estos no son celos,

sino advertencia de amigo.

Corregidor.

Pues ya repartido estáis

cada uno en su cuadrilla,

vamos luego a prevenilla,

vamos todos.

Caballeros 2 y 3.

Vamos ya.

Corregidor.

Don Félix.

Félix.

Voy advertido.

Vanse el corregidor y los caballeros.

Cangrejo.

Señor, don Lope ha quedado

de la plática picado,

y pienso que algo ha sabido.

Félix.

Cuando lo supiera, en fin,

como hermano, ¿qué ha de hacer?

Cangrejo.

Querer enterrarte, y ser

hermano de Antón Martín.

Vanse.

Lope.

Martín.

Pag. 22

Martín.

¿Dices, señor...?

Lope.

Tú, aunque me sirves, hoy día

tienes al fin sangre mía,

Martín.

y con ella tu valor.

Lope.

Pues yo estoy con un recelo,

bien sabrás lo que pasa.

Martín.

¿Dónde vamos?

Lope.

A mi casa,

que he de apurar mi desvelo.

Vanse, y salen Inés e Isabel.

Inés.

Señora, indicio es bastante

de que él sospecha algo de eso,

el que anoche tan perplejo

y hoy trae triste el semblante.

Isabel.

Mal llegas a presumir,

porque Lope es tan celoso

que, a estar en esto, sospechoso

no lo pudiera encubrir.

Inés.

Yo, por sí, previne el aprieto,

abriendo por el jardín,

mas, ¿qué es esto? Que él y Martín

andan hablando en secreto.

Isabel.

Serán celos, propio mal

de quien viene de la guerra.

Inés.

Ellos vienen.

Salen Lope y Martín.

Lope.

Entra y cierra.

Inés.

Cerrazón, mala señal.

Isabel.

Lope, ¿qué hay?

Lope.

Hermana mía,

yo he sido bien recibido

de la ciudad, mas ha habido

en palacio una porfía.

Juntose conversación,

trájose un juego de cañas

a instancia de las hazañas

que honra de Fernando son.

Repartiéronse colores;

unos tomaron por celos

los colores de los cielos,

otros congojas de amores.

Todos, hermana, en efecto,

atentos en guardar famas,

se quejaban de sus damas

con amor fino y discreto.

Solo don Félix, untado,

se alabó de tan querido,

puesto el honor en olvido

de su dama, que arrogado

dijo que hacía elección

del color de la victoria,

de la que tuvo en memoria,

no con poca confusión

de los que estaban presentes,

Pag. 23

Isabel.

Mas, Isabel de mi alma,

¿qué es lo que dices de ti?

Que, si en mi cara lo sientes,

dio señas de alguna dama

que te toca, son falsillos,

no, hermana, sino cuchillos

de mi honor y de tu fama.

Isabel.

¿Mi fama? ¡Cielos, qué oigo!

Inés.

Muy malo va este guisado.

Isabel.

Lope, tú te has engañado.

Lope.

No engaño, escúchame.

Isabel.

Di.

Lope.

Cuando todos, como digo,

pintaban las calidades

de su amor, con mil desprecios,

contó Félix arrogante

que anoche llegó a una reja

y que, con palabras tales,

a su dama persuadió,

sin preguntárselo nadie,

que le abrió la puerta.

Isabel.

Bien,

todas las puertas se abren,

si oficio es ese que quieres.

Lope.

Óyeme, pasa adelante.

Isabel.

Dijo no su dicha en eso,

en que a tal hora llamase,

y este que estorbó su intento,

y el deseo por que lo fácil

de darle entrada, le dio

todo el amor.

Isabel.

¡Ah, hombre infame,

que en razón los que llamaban,

sino que en el mismo instante

que los abrieron salió!

Isabel.

Pues, ¿quería que aguardase

a que le cogiesen dentro?

Lope.

Oye, en que vengo a culparte

de esta alabanza, Isabel.

Isabel.

Luego, ¿quieres que él se alabe

de que entró anoche en tu casa,

teniéndote a ti delante?

Lope.

Sí, que hay hombres que no miran

que esté delante la parte,

ni lo que suelen costar

alabanzas semejantes.

Yo, en fin, no he de gastar tiempo

en decirte las señales,

ni indicios que tengo, basta

que para mí son bastantes.

Isabel.

¿Qué señales, qué es aquello?

Esto de la puerta traes,

sin estos los esperados

regalos, los almaizares,

Pag. 24

Isabel.

las tocas, granas, alfombras,

perlas, cuentas, granates,

estas las esclavas moras,

las aljorcas y collares

que bien nos pagan Inés,

con desprecios tan infames,

las oraciones, las misas,

las citaciones y altares,

Inés.

las lágrimas que nos cuestan.

¿Y cómo que de llorarle

aquí están que pueden verse?

Tengo en el rostro canales.

Al tabernero de enfrente

me daba a beber de balde,

por que llorara en su cueva.

Lope.

Isabel, no has de engañarme

con hechizos de mujer,

que ya para mí caes, áspid.

Don Félix es caballero,

y que contigo se case

me está muy bien, y me tiene

más conveniencia que sabes.

Dime si es esta la verdad,

si él entró anoche a hablarte,

con casarte se remedia.

Inés.

¡Oh, que no tiene donaire!

Lope.

No te rías, Isabel,

que, vive Dios, que me enfade.

Isabel.

Don Lope, ya el sufrimiento

llega a los últimos lances,

que haciendo oficios de hermano

has excedido el de padre;

y hallándome tu liviana

te tocaba castigarme,

pero, por sospechas tuyas,

no te toca hacerme fácil.

Si esta sangre, tan honrada,

que en ella acción vil no cabe,

no de no de ser tu hermana,

pues no me das esta sangre,

si la soy y la tengo,

satisfacción es bastante

que no cupiera en la mía

lo que en la tuya no caus-.

Si te es a ti conveniencia

que con don Félix me case,

proponme su casamiento,

mas no por esto me agravies;

porque, si a ti te está bien,

como me propones antes,

no has menester mi delito

para que tú me lo trates.

Pag. 25

Isabel.

Yo, casada con él,

las sospechas son en balde,

en que tú lo hayas sabido,

que honor y fama te añade,

hacer tu querella de más.

Calla, don Lope, y casarme

y a ti daño se remedia,

y de un cargo sales

con que me guardes aquí.

¿Qué es lo que yo confiese,

hermano, que entró anoche a casarme?

Pues hazlo, sin que lo diga,

y excúsame el ser infame;

determinada has de saber,

por más que a mí me amenaces,

a pesar de tus recelos,

soy yo quien soy, y esto baste.

Y, si en tan necia sospecha

pasas, don Lope, adelante,

quien los cielos que osada

tome un veneno y me mate.

Vase.

Martín.

Señor, ella está inocente.

Lope.

Eso dices tú, no sabes

quién son mujeres, Martín,

ven acá, tú, escucha, aparte.

Inés.

Yo, señor, virgen sagrada,

Lope.

No temas, di lo que sabes,

qué he de

Inés.

¿Qué he de saber? Plegue a Dios

que aquesta saya me falte

a la hora de mi muerte,

si acá he visto entrar a nadie.

Lope.

Esto es aquí perder tiempo,

y el remedio de este lance,

en la dilación se arriesga,

mas, mientras le ejecutare,

mi recámara a las dos

las ha de servir de cárcel.

Ven, Martín, que he de cerrar.

Martín.

Vamos donde tú mandares.

Lope.

A satisfacer mi honor,

o morir en el examen.

Vanse.

Inés.

¡Ay, madre de Dios, que cierran!

Sale Isabel.

Isabel.

Inés.

Inés.

Señora, mal grande.

Isabel.

No es ya el riesgo de mi vida

el dolor que me combate,

sino que en el alma tengo

un abismo de volcanes.

¡Don Félix, mal caballero!

¡Mal galán y mal amante!

Se alaba de mis favores,

cuando mi honor se los hace,

más que mi facilidad.

Pag. 26

Isabel.

y él teniéndome por fácil

se yela de mi fineza.

Reventando de coraje

el corazón en el pecho

quiere salir a vengarse;

y en riesgo estoy, sin honor,

y he de salir a cobrarle,

Inés.

¿Cómo, si estamos cerradas?

Isabel.

Ventana hay, no te acobardes,

los vestidos de mi hermano

saca luego.

Inés.

¿Pues qué haces?

Isabel.

No me preguntes, Inés,

haz lo que digo al instante,

que estoy que pierdo el sentido.

Inés.

Pues a los vamos a dalle.

Isabel.

Vamos, que el mundo ha de ver

en una acción que le espante

cuándo son necios los hombres

y el peligro de alabarse.

Vase.

Inés.

Vamos, que yo también tengo

en esta ofensa mi parte,

y lo que ha de ser allá

lo veredes, dijo Agrajes.

Fin de la 1ª Jornada

Segunda Jornada de la Bandolera de Baeza

Jornada segunda

Pag. 27

Sale don Lope.

Lope.

Para no fiar de nadie

tan importante materia,

desde que salí de casa

dejando cerrada en ella

a Isabel, vine a buscar

a don Félix, que aunque muera,

no he de volver a mi casa

sin satisfacer mi ofensa.

Él no está en casa, y he dado

a esta calle tantas vueltas

que doña Juana, pensando

que es mi cuidado por ella,

me arrojó ahora un papel

por una ventana de esas.

Quiero ver lo que me dice.

Lee.

Lope.

"Don Lope, esta noche espera

a la puerta de mi casa,

que a las doce saldré de ella

a desposarme contigo."

¡Cielos, si mi dicha es cierta,

qué riesgo temo en mi honor,

pues con esto se remedia!

Que, teniendo a doña Juana

Pag. 28

Lope.

en mi casa, ha de ser fuerza

que lo que yo solicito

en su ruego se convierta.

Mas, aquí viene el criado,

guardo el papel, no lo entienda.

Sale Cangrejo.

Cangrejo.

Toda esta tarde, don Lope,

con la color a los enferma

anda, aquí la color misma

que mi amo pidió en la fiesta

es la que él trae en la cara,

no sea el diablo que éste sepa

que mi amo anda tratando

de sacar una pollera

y por excusar el susto

le venga a dar una felpa.

Yo quiero llegarme a él.

Lope.

Y, por si acaso lo piensa,

con un embuste pretendo

deslumbrarle la sospecha.

Señor don Lope.

Lope.

Cangrejo.

Cangrejo.

Traigo una graciosa nueva.

Lope.

Pues, ¿qué ha habido?

Cangrejo.

Ya vio usted

que mi amo dio a su librea

el color de la victoria,

pues según lo que se ordena,

el color era de rosa,

Lope.

mas ya saca rosa seca.

Lope.

¿Por qué?

Cangrejo.

Porque aquella dama

que anoche le abrió la puerta

se le ha ido con otro

que a Málaga se la lleva.

Lope.

¿Que a Málaga, a que se van?

Cangrejo.

Ella es muy golosa y era

muy amiga de batatas.

Y van allá a hartarse de ellas.

Lope.

Calla, loco. Pues, a mí

¿quieres buscarme?

Cangrejo.

Esa es buena.

Vive Dios, que se le ha ido,

no piense usted que es quimera.

Lope.

Válgame Dios, si esto es cierto.

Pero que sea, o no sea,

lo que a mí me importa es

disimular mi sospecha,

y volver ahora a mi casa

y asegurar con cautela

a Isabel, que está encerrada,

culpando ya mi violencia;

que en cualquier caso en su hermana

tiene mi honor buena prenda.

Adiós, Cangrejo.

Vase.

Cangrejo.

Él os guarde.

Pag. 29

Cangrejo.

Ya la ha tragado, ¡sabría

que haya en el mundo estos hombres!

Mas ya el cielo tiene puesta

su capa de vario azul,

toda gayada de estrellas,

y por si acaso hace oscuro

trae la luna por linterna.

Mas aquí vienen dos hombres,

que aunque los bultos se muestran,

no se distinguen las caras.

Salen Isabel e Inés, de hombre, embozadas.

Isabel.

Pues ya los caballos quedan

en seguro y en secreto,

no hay sino soltar la rienda

al valor y a la venganza,

que mujeres de mis prendas,

en tales casos conviene

quedar honradas o muertas.

Inés.

Terrible resolución

es, señora, la que intentas.

Isabel.

Inés, callar y seguirme,

o vete, si el miedo te llena,

no trates de aconsejarme.

Inés.

No es consejo, es advertencia,

que yo siempre he de ir contigo,

aunque por seguirte muera.

Isabel.

Pues, esta es, Inés, su casa.

Inés.

Un criado está a la puerta.

Isabel.

Llega y pregunta por él.

Inés.

Y ¿qué diré, si está en ella?

Isabel.

Que un caballero le llama

que quiere hablarle acá fuera.

Inés.

Esto es hecho. Por hidalgo.

Cangrejo.

Solo por parte de abuela;

pero lo tengo empatado

por la parte de mi suegra.

Inés.

¿Es de esta casa?

Cangrejo.

Ella es

mía, que yo no soy de ella.

Inés.

¿Está aquí el señor don Félix?

Cangrejo.

¿Quién lo pregunta?

Inés.

Esa es buena.

Pues, si ve un hombre, ¿duda?

Cangrejo.

En traje de hombres hay bestias.

Inés.

Señora, Cangrejo es este.

Dime quién eres.

Isabel.

¿Qué esperas?

Inés.

Pregunta que quién le llama.

Isabel.

Di que soy yo en hora buena.

Inés.

Cangrejo, ¿no has conocido?

Cangrejo.

No, por Dios. ¿Quién eres?

Inés.

Sepa.

Inés soy.

Cangrejo.

¿Tú en este traje

de marimachos? ¿Qué intentas?

Inés.

Acompaño a mi señora.

Cangrejo.

Luego, ¿es aquella?

Inés.

La mesma.

Cangrejo.

Pues, ¿dónde vais de ese modo?

Pag. 30

Inés.

A hacer alguna comedia.

Cangrejo.

No es sino tragedia.

Inés.

Cómo,

presto verás el fin de ella.

Llama a tu señor al punto.

Cangrejo.

Inés, el alma me lleva

ese brío y ese talle,

y pues vienes a mi puerta

que es, sin duda, a enamorarme.

Inés.

Dime un requiebro,

anda apriesa.

Cangrejo.

No lo haré sin que me lo digas.

Inés.

Y ¿irás luego?

Cangrejo.

Sí, en conciencia.

Inés.

Pues, va.

Cangrejo.

Di.

Inés.

Dulce lacayo.

Cangrejo.

Dulce Inés, tu boca sea

confites sean tus dientes,

y mermelada tu lengua,

tu frente calabazate,

tus ojos sean ciruelas,

tus mejillas sean bizcochos,

sea tu nariz jalea,

tus cabellos caramelos,

y peladillas tus cejas.

Vase.

Inés.

Entró a llamar a mi amo.

Señora, esta diligencia

ya está hecha.

Isabel.

Entró a llamarle.

Inés.

Sí, señora.

Isabel.

Pues violencias

poneos contra mi amor,

de la parte de mi ofensa.

¡Mal caballero! ¡Villano!

Que a una mujer noble afrentas,

ahora probarás las iras

que amor ofendido engendra.

Amor, desmiento yo

que si te amé blanda y tierna,

ya el incendio de mi agravio,

ardiendo en llamas violentas,

consumió toda la parte

que tuvo el pecho de cera.

Ponte tú a mi lado.

Inés.

Miedo me das.

Salen Félix y Cangrejo.

Félix.

No lo creas.

Cangrejo.

Digo que son ellas dos.

Félix.

Rara novedad es esta.

Cangrejo.

Ya está aquí mi amo, señora.

Isabel.

Y también yo.

Aparte.

Félix.

Isabel bella,

¡qué propio es en las mujeres

venirlos a buscar ellas

cuando se entibian los hombres!

¡Tan peligrosa fineza

hacer por mí!

Isabel.

Quedo, quedo,

que se engaña quien lo piensa,

señor don Félix untado.

Pag. 31

Félix.

¿Hurtador de honras ajenas?

Sabéis, vos, quién es aquí

doña Isabel de Baeza,

de que es en esta ciudad

su sangre de las primeras.

Isabel.

Sabéis que la habéis servido

con el respeto y decencia

que a su sangre se le debe.

Félix.

Eso de mi amor es deuda

y obligación a mí mismo.

Isabel.

Sabéis que el daros licencia

de entrar en su casa fue

después de muchas promesas,

por excusar el peligro

de curiosidades necias,

y que no excedisteis vos

estando hablando con ella

en acciones ni palabras

el coto de la modestia.

Félix.

Cómo puede eso dudarse,

siendo en igual competencia

mi respeto el que te hablaba

y a quien me oyó tu entereza.

Isabel.

Pues, traidor y mal caballero,

si es posible que lo sea

quien de la sangre del pecho

se desmiente con la lengua,

es bien alabaros, dando

más malicia a la sospecha

de que os dio entrada en su casa

quien se os recató en su reja,

es bien hecho publicar

que os abrió libre la puerta

quien tuvo en una ventana

temor de hablaros en ella,

entrada os da quien su amor

aun de un vecino recela

y vos lo hacéis en palacio

público a toda Baeza.

Vos sois amante mentís

y mienten vuestras finezas,

que el que quiere hace a su dama

agasajos y no ofensas.

Si vos fuerais fino amante,

un favor que el alma alienta

no le sacarais del pecho,

para no apartarle de ella.

El que quiere no publica

los favores que grangea,

porque teme que al decirlos

en la voz se desvanezcan.

Y no, ingrato necio, anduvisteis,

pues, siendo esto conveniencia,

a no callar por la mía

debíais callar por la vuestra,

y luego también mentisteis

a mi honor, una vileza,

pues decir que os estorbó

Pag. 32

Isabel.

quien llamó a lograr la ofensa,

pues si yo en vuestro deseo

un átomo percibiera

que excediera a mi recato,

os diera entrada a mi ofensa.

Y cuando tuvierais vos

esta osadía encubierta,

al entender yo un amago,

no en la acción, sino en la lengua,

una luz, una palabra

que no fuese muy compuesta,

no creyerais de mi valor

que al punto que le entendiera

por un balcón os echara

a quien os abrió por la puerta.

¿Vos atreveros conmigo?

¿Vos osado en mi presencia,

sin que os arrancara yo

del pecho la intención mesma,

y el corazón donde estaba

en mil pedazos le hiciera,

que tiene átomos el sol

para ejemplo?

Félix.

Es gran locura

que es mal medio el que has buscado,

para que a querer te vuelva.

Isabel.

¿Yo pretender que me quieras?

No vengo sino a vengarme

de este agravio.

Félix.

Bien te empeñas,

bienes a reñir conmigo.

Isabel.

Sí, pero de esta manera,

esto es hecho, ven conmigo.

Tírale un carabinazo y vase.

Félix.

Muerto soy.

Cangrejo.

¡Virgen de Regla!

Isabel.

A los caballos, Inés.

Inés.

¿Dónde vamos, que estoy muerta?

Isabel.

Pues, ya murió mi esperanza,

a salvar lo que me queda.

Cangrejo.

Señor mío de mi alma.

Félix.

Amigo, llama a quien pueda

ayudarme, que yo muero.

La bala el pecho me quema.

Cangrejo.

Confesión a un caballero,

que los diablos se le llevan,

si no acuden, que hay diez años

y más que no se confiesa.

Sale el Corregidor y dos criados.

Corregidor.

Aquí tiraron, ¿qué es esto?

Cangrejo.

¡Ay, señor, una tragedia!

Corregidor.

¿Qué dices? ¿Han muerto a alguno?

Cangrejo.

Tu hijo por yerro de cuenta.

Corregidor.

Caiga el cielo sobre mí,

si tanta desdicha es cierta.

Félix.

¡Ay, señor, ay, padre mío!

Corregidor.

¡Hijo! Alzadle de la tierra.

Pag. 33

Cangrejo.

Quien ha de ser el agresor,

la sierpe que engañó a Eva,

pero en lugar de manzana,

sino con una escopeta.

Corregidor.

¿Quién te ha herido, hijo?

Félix.

No sé,

mi suerte, o mi mano mesma,

que pues yo tuve la culpa,

yo mesmo me herí con ella.

Corregidor.

¡Ay desdichada vejez,

toda mi esperanza muera!

Félix.

Padre, ya a cuidar del alma

es la mejor diligencia.

Corregidor.

Llevalde adentro, entra a dar,

hijo, a tu madre esta nueva,

porque tenga la desdicha

adónde lograr más flechas.

Y entrá adentro también tú,

porque el agresor se sepa,

y le busque mi venganza,

aunque el mundo le defienda.

Llévanle y vase.

Cangrejo.

Malo cae vuelta esto,

mucho peor que la cuenta,

si confieso y mi amo muere

por nullidad de la fiesta,

es posible que me aforren

las espaldas en baqueta.

Si sano por hablador

puede ser que mi amo vuelva,

a cargarme de nogal.

Con que, que muera o no muera

de baqueta o nogal ando,

siempre con la silla a cuestas,

pues que he de hacer, mudar aire,

mi nombre me lo aconseja,

que el cangrejo se hace al mar

cuando hay peligro en la tierra.

Sale don Lope.

Lope.

Sin honra y sin alma vuelvo

al examen de mi afrenta,

pues yendo a mi casa he hallado

que falta mi hermana de ella,

lo que yo temía, por burla,

fue atrevida desvergüenza

del criado que en mi cara

me dijo mi infamia mesma,

y aquí le vengo a buscar.

Cangrejo.

Ahora bien, esto es sentencia,

la cuerda es cosa que escurre,

y escurrir es cosa cuerda.

Esto es hecho, pian, pian,

me llego aquí a Cartagena.

Lope.

¿Quién va allá?

Cangrejo.

¿Quién no va allá?

Sino acullá, y muy de prisa.

Lope.

A traidor, a ti te busco.

Pag. 34

Cangrejo.

¿A mí, señor? Pues, ¿qué intentas?

Lope.

Infame, ya que tuviste

osadía tan resuelta

que me dijiste en mi cara

mi deshonra sin vergüenza,

me has de decir cuánto sabes

de mi hermana.

Cangrejo.

Yo sé de ella.

Lope.

Traidor, cuando yo sabía

que la dama que festeja

tu señor era mi hermana,

tú, con atrevida lengua,

me dijiste que hoy se ha ido,

y al ir con esta sospecha,

hallo que falta en mi casa,

para no dudar que es ella,

pues tú lo sabías primero.

Dime cuánto hay en mi afrenta,

y advierte que si del caso

la menor noticia dejas,

te he de dar mil puñaladas.

Cangrejo.

¡Los cristos de la paciencia!

Que lo que, por deslumbrarle,

le dije yo con cautela,

de veras le haya salido.

Maldita sea mi lengua.

Lope.

¿Qué es lo que intentas, villano?

Dilo,

dilo al instante o no quieras

que te atraviese esta daga.

Cangrejo.

Tenga usted, por Dios, y advierta

que, si yo digo la suerte,

y en ella usted atraviesa,

ca ha de perder hasta el codo.

Lope.

Piérdase lo que se pierda.

Cangrejo.

Advierta usted que en su suerte

la bota y encima de ella,

está ya vista la mía.

Lope.

Dilo, villano, ¿qué esperas?

Cangrejo.

Pues, digo, y a paso, señor,

verdad es cuanto usted piensa.

Mi amo entró anoche en su casa,

y ella, que es una hechicera,

supo que se había alabado,

y hecha una misma centella,

vino a buscar a mi amo,

y hallándole aquí a su puerta,

le tiró un pistoletazo,

de que es la grita y la priesa

que está usted oyendo en su casa,

con que mi amo muerto queda,

y ella con una criada...

Lope.

Calla, ¡ay de mí!, infame, cesa.

Cangrejo.

No quiero, que yo la gano.

Pag. 35

Cangrejo.

Cuente, usted, que tenga paciencia,

vestidas de hombres las dos

se van a Sierra Morena.

Porque venían con caballos,

las botas, que allá a la cuenta

como están ya arrepentidas,

se van a hacer penitencia.

Y esto es lo más importante,

que pues usted de la fiesta

sabe, la música quiso,

sepa la fuga con ella.

Lope.

¡Cielos! Todo esto es sin duda,

pues yo hallé en casa de vuelta

la ropa con mis vestidos,

y dos caballos se llevan.

Iré a buscar a esta aleve,

no hay amor que me detenga,

perdóname, doña Juana,

que no es bien que en tanta afrenta,

hasta hallarla y darla muerte,

nadie la cara me vea.

Vase.

Cangrejo.

Ahí te queda que adobar.

Señores, esta materia

se va encendiendo por puntos,

mis costillas apelan

a alforjas, bota y camino,

que cuando tal dicha tengan,

que no me las toque el fuego,

no hay quien las libre de leña.

Vase, y sale el ventero y su hija.

Ventero.

Muy buena prisa te das.

Hija.

¡Han visto el talle que tiene!

Padre, yo no puedo más.

Ventero.

¡Bien haya quien te parió,

que a una olla no das fin!

Hija.

Si está tan duro el rocín,

¿qué culpa le tengo yo?

Ventero.

Ves aquí dos forasteros

que ya en la venta se apean.

Salen Ysabel y Ynés.

Isabel.

Loado sea Dios, huésped.

Ventero.

Sean

bienvenidos, caballeros.

Inés.

Acomodar los caballos

es en primer lugar.

Ventero.

De eso podéis descuidar,

que yo voy a acomodallos.

Isabel.

Pues mirad que cuidéis de ellos,

porque vienen fatigados,

y vamos apresurados,

que hay mucho que andar con ellos.

Ventero.

No os dé pena.

Inés.

¿Hay qué comer?

Pag. 36

Ventero.

Habrá una olla de venado.

Hija.

De rocín viejo matado.

Ventero.

Buen vino, que es menester,

y caza no falta ahora,

al fin, la gracia de Dios.

Isabel.

Cuidad de los caballos vos,

que eso lo hará esta señora.

Ventero.

La mesa puedes poner,

que voy a desensillallos.

Hija.

Cierto que vuestros caballos

del sol merecían ser.

Isabel.

Jesús, ¿tal favor por qué?

Hija.

Tan galán hombre no vi,

oyen, fíense de mí,

que yo los regalaré.

Isabel.

Nos haréis mucho favor,

muy buena gracia tenéis.

Hija.

La vuestra al cielo debéis,

que aunque sois hombre, el mayor

yerro la naturaleza

en no hacer con esa cara

una mujer, que asombrara

los hombres con su belleza.

Isabel.

El hombre el dueño del nombre

bien está que fuera así.

Hija.

A lo menos para mí,

mejor me está que seáis hombre.

Isabel.

También os parezco a vos.

Hija.

De daros el alma trato.

Isabel.

Pues yo en mi vida fui ingrato.

Hija.

Daseisme un abrazo.

Isabel.

Y dos.

Hija.

Alto, por la mesa voy,

he de sacalle a este lobo

dos perdices del adobo.

Isabel.

Bien haréis.

Hija.

Vuestro soy.

¡Y cómo que voy por ella!

Pero digo, camarada,

no sepa mi padre nada,

que piensa que soy doncella.

Vase.

Inés.

Bien, señora, te diviertes.

Isabel.

Ay Ynés, ¿qué es lo que he de hacer?

¿Cómo me he de defender

de dos contrarios tan fuertes

como son amor y honor,

pues entre entrambos metida,

por darle al honor cabida

Pag. 37

Isabel.

le di la muerte al honor,

mas ya no es tiempo de dar

al alma, con mis tormentos,

desconsuelos sino alientos.

Inés.

¿Dónde hemos de ir a parar?

Isabel.

A Portugal o Aragón,

y en topando algún camino

donde nos lleve el destino,

que yo no tengo elección.

Sale la Hija con la mesa, pan, vino y algo que comer.

Hija.

Ya está aquí la mesa.

Isabel.

Venga.

Hija.

Aquí están escabechadas

dos perdices, camaradas,

pan y vino, y Dios mantenga.

Isabel.

De esas manos, ¿qué es más?

Pues bastan a sazonallas.

Hija.

Sentarse, pues, y tirallas,

que yo voy por lo demás.

Vase.

Isabel.

Siéntate, Ynés.

Inés.

Bueno fuera

verme a tu lado sentada.

Isabel.

Ahora aquí eres mi criada,

pero ya mi compañera.

Siéntanse, y salen dos bandoleros.

Bandolero 1.º.

La comida haremos cena.

Bandolero 2.º.

Loado sea Dios, caballeros.

Inés.

Ay, señora, bandoleros.

Isabel.

Sean muy enhorabuena.

Bandolero 2.º.

Carmona, paraos allí,

que es caza.

Bandolero 1.º.

Ellos son lucidos.

Isabel.

Camaradas, bienvenidos.

Bandolero 2.º.

¿Qué hay que comer por aquí?

Isabel.

Eso el huésped lo dirá,

y ustedes, ¿no tienen boca?

Bandolero 2.º.

Sí, pero eso no nos toca,

entren a saberlo allá.

Bandolero 1.º.

Yo aquí veo qué comer.

Y son perdices, ¡por Dios!

Isabel.

Estas son para los dos,

mas, si nos quieren hacer

honra, sentaos.

Bandolero 2.º.

Buena es esa,

y entre los dos se divida.

¿Quién será aquí el que convida?

Isabel.

Yo, pues es mía la mesa.

Bandolero 2.º.

Y las perdices serán

suyas.

Isabel.

Sí tengo entendido.

Bandolero 2.º.

¿Y sabe usted si ha leído

el testamento de Adán,

a quién las perdices mande,

Pag. 38

Bandolero 2.º.

que yo cuando lo pasé

para ser de él, no hallé

cláusula chica ni grande,

y hacer suyo aqueste plato

me parece que es violento.

Isabel.

Adán no hizo testamento,

porque murió ab intestato.

Bandolero 2.º.

Siendo así, vendrían a ser

estas de quien las comiese.

Isabel.

Ello sea lo que fuere,

todos hemos de comer,

usted si quiere se siente.

Llegad Celio.

Bandolero 2.º.

Aléjese, puerco,

pese a su alma, que en todo esto

no hay para que yo unte un diente,

y a aqueste monte no bajan

perdices para peinados.

Isabel.

Siquiera por convidados

dejaros sentar podía.

Bandolero 2.º.

Aún se come munición

de esta boca podrá ser,

que esto yo lo he menester.

Señala a la escopeta.

Isabel.

Tiene usted mucha razón.

Bandolero 2.º.

Carmona, ordenad mil flores

mientras yo estoy merendando,

mirad, si es de contrabando,

la ropa de estos señores.

Bandolero 1.º.

Yo voy.

Bandolero 2.º.

Echando pase.

Vase.

Isabel.

No más vuestro lo seré.

Bandolero 2.º.

Pues deme a beber.

Isabel.

Sí haré,

y a rebiento de coraje.

Inés.

Calla.

Isabel.

Ya se me ha apurado

la paciencia.

Inés.

Eso es quimera.

Isabel.

Lo ladrón yo lo sufriera,

mas no lo desvergonzado,

empine usted ese jarro,

y écheme un trago.

¡Y alá!

Echa, Celio, que no está.

Tome usted.

Bandolero 2.º.

A la salud

de los que en paz nos gobiernan.

Ya eché trago.

Isabel.

Pero es fuerte,

porque será el de la muerte.

Mientras bebe, rueda Ysabel de una patada la mesa y encárale con el arcabuz y sale.

Bandolero 2.º.

¡Muerto soy!

Inés.

Réquiem eternam.

Pag. 39

Bandolero 1.º.

Cielo, ¿qué has hecho, traidor?

Isabel.

Tener de ay, caballeros,

todos somos bandoleros,

viva el que tire mejor.

Inés.

Oye, que tiré con acierto.

Bandolero 1.º.

Porque quedo yo después,

hombre que has hecho no ves

que el capitán nos has muerto,

de cien hombres de campaña

que en aqueste monte están.

Isabel.

También soy yo capitán,

pero tuve mejor maña,

y vos advertid con ellos,

que si muero ha de ser hoy

bien vendido, por que doy

más ladrón que todos ellos,

y si esto algún medio tiene,

ser vuestro compañero.

Bandolero 1.º.

Luego, ¿tú eres bandolero?

Isabel.

Como en ello se contiene.

Bandolero 1.º.

Vive Dios que aunque el error

que has hecho me haya irritado,

más de ti me ha aficionado

ver tu edad y tu valor.

¿Querrás en nuestro ejercicio

venir a ser capitán?

Isabel.

Mirad los si ellos querrán,

que yo no tengo otro oficio.

Bandolero 1.º.

Sí harán si yo lo prevengo.

Isabel.

Ven sin miedo por aquí,

no le tengáis vos de mí,

que yo de vos no le tengo.

Inés.

Y a esto y en ello arrestada,

¡ay, señora, qué alma tienes!

Isabel.

De mujer desesperada.

Inés.

Con hombres de tales tratos

vas a vivir, no con hombres.

Isabel.

Así haré guerra a los hombres

para vengarme de ingratos.

Valiente enemigo soy,

Inés.

pues esto es hecho, a la lid,

tiemblenme los habladores.

Isabel.

Vamos.

Inés.

Voy, mas el pebre,

me he de llevar a la fiera,

si saliere la ventera,

díganla que vierta el pobre.

Vanse.

Sale Cang.

Cangrejo.

Por dejar a mi amo

todos los mozos

con delejo me han dado,

pero no como

que gran cosa es caminar

con hambre, a pie y sin dinero,

que ha quince días infiero

que de lugar en lugar

ando como penitente,

gran vida es la flor del soto,

ello se anda pan puerro

Pag. 40

Cangrejo.

mas sépase alegremente,

porque cuando falta soga

con quien meter zorra espero,

apelo al lugar primero,

si no hay convento hay gran soga,

sino me finjo estudiante,

y con quidam pauper llego

salamanticensis y luego

me reciben por tunante.

Y si en latín me interrogan

por la sotana latrones,

sé ya responder: latrones

furaberunt mihi togam.

Voyme al cura por si ono,

y no temo hablarle a escuras,

porque topo muchos curas

que saben menos que yo.

Dígole mi arenga allí,

con que él pública me ha dado,

ya de estudiante robado

nueve ochavos en mi vi.

Otros me dan tantarugos,

y en fin valen más que chinas,

que los que tienen gallinas,

compran luego los mendrugos,

y cuando crece la queja

del furaberunt latrones,

uno me da unos calzones,

y otro una ropilla vieja,

y luego en dinero fiel

se convierte este aparato,

que hay pobre que tiene trato

con molinos de papel.

Pues no es mejor este estado,

que esperar yo una pavana

si mi amo sana o no sana,

que ya habrá muerto o sanado.

Mas con todo voy temblando

por aquí, que a esta sazón

un bandolero capón

anda por aquí robando,

que dizque es hijo del diablo,

mas luego me ha de encontrar.

Dentro una al camino.

Isabel.

Sale a atajar.

Cangrejo.

¿Qué es lo que escucho, San Pablo?

Isabel.

Atájale por la loma.

Cangrejo.

O Belcebú o Leviatán

inventaron el refrán

de en mentando al ruin de Roma.

Isabel.

Tírale, como pudieres.

Disparan.

Don Juan.

¡Muerto soy!

Cangrejo.

¡Ay, Padre Eterno!

Isabel.

Vaya el vergante al infierno

Pag. 41

Isabel.

a hablar mal de las mujeres.

Cangrejo.

Ay lengua como la mía,

siempre a mi mal la prevengo,

lengua de sanado tengo,

que es mucho peor que judía.

Sale Ynes.

Inés.

Un rayo eres.

Sale Ysab.

Isabel.

Muerto queda el catalán.

Bien hecho está, un capitán

no ha de hablar mal de mujeres,

¿qué en aquel carro traía?

Inés.

Vestidos de munición.

Isabel.

Buenos para el monte son.

Dale un pliego doblado y ella lo yerra y pone sobre la cabeza.

Inés.

Vista el rey mi compañía,

este traía en el pecho.

Isabel.

Su patente era esto, es ley.

Inés.

Rómpela.

Isabel.

Firma del rey,

Ynés, no fuera bien hecho,

guardarla quiero.

Metela en el pecho.

Inés.

Aquí está

un hombre.

Cangrejo.

¡Ay pobre Cangrejo,

moriste como conejo!

Apúntale Ysab.

Isabel.

¿Quién es? Responda, ¿quién va?

Cangrejo.

No tengo palabras, pocas,

a quién he de responder,

Isabel.

A mí, no lo echa de ver.

Cangrejo.

Que no hable usted con dos bocas.

Isabel.

¿Dos bocas yo?

Cangrejo.

Sí, yo pierda,

la que habla a la que me apunta.

Por qué una hace la pregunta

y otra tiene la respuesta.

Inés.

Este es Cangrejo.

Cangrejo.

No miente.

Isabel.

¿Qué es lo que miro a mi mano?

Viniste a morir, villano.

Cangrejo.

Tú eres señora, detente.

Isabel.

Pues si en el riesgo presente

no quieres ser desdichado,

cuéntame lo que ha pasado

desde que yo estoy ausente.

Cangrejo.

¿Cuántas de nuevo te toca?

Diré, si el miedo me aprieta,

mas quita allá esa escopeta,

que no has de oír con la boca.

Isabel.

Habla, pues.

Baja la escopeta.

Cangrejo.

Ahora sí haré,

pues señora, lo que ha habido

es que mi amo quedó herido,

lo demás no lo sé.

Isabel.

Traidor, eso es negar.

Cangrejo.

Paso.

Oye, por Dios, yo me vi

a grande peligro allí

siendo zurcidor del caso,

y temiendo algún tormento

porque de ello diese fe,

la bola escurrí, con que

no traigo jota del cuento.

Pag. 42

Isabel.

Y ahora, ¿dónde ibas?

Cangrejo.

Yo iba

tunando por los lugares,

que entre pobres escolares

llaman esto, y a la briba.

Isabel.

¿Quieres ser mi compañero?

Cangrejo.

Jesús, qué es mi vocación,

y cumplo mi devoción

metiéndome bandolero.

Mil gracias te doy por ello,

que en mi es virtud de verdad.

Isabel.

¿Cómo?

Cangrejo.

En una enfermedad

hice yo voto de serlo.

Isabel.

Pues vete a aquella cabaña

que allí luego te darán

de comer, y te armarán.

Cangrejo.

Oh, qué dicha tan extraña.

Inés.

Anda, pobrete.

Cangrejo.

Ynerilla.

Yo era mal hombre y lo soy,

mil gracias al cielo doy

que esto ha sido maravilla.

Vase.

Inés.

Señora, no echas de ver

que te arriesgas con este hombre.

Isabel.

Si yo no encubro mi nombre,

¿qué temor he de tener?

No me has visto y conocido

harta gente de Baeza,

no saben que mi fiereza

pública venganza ha sido.

Isabel.

Sepan, pues todos que osada,

he muerto más de cien hombres,

que aborrezco hasta sus nombres,

y he de morir bien vengada.

Bandolero 1.º.

Por aquí habéis de llegar.

Inés.

De un caballo, señora,

que acaso han cogido ahora,

veo que se hacen apear

a una mujer.

Isabel.

No la harán

daño alguno si es mujer.

Inés.

Ya llega y lo puedes ver.

Sale un bandolero con doña Juana.

Bandolero 1.º.

Este es nuestro capitán,

llegad.

Juana.

A tus pies, señor,

llega mi llanto rendido,

con la piedad que espero,

pido favor a un peligro,

que acaso en el riesgo tuyo

sea enlazado con el mío.

Isabel.

Alzad, señora, del suelo,

segura de nuestro alivio,

y decid qué negocio es.

Juana.

Cuanto yo puedo deciros

es que este monte cercado

de soldados y ministros

llega ya el corregidor

Pag. 43

Juana.

de Baeza, el padre mío,

y yo vengo huyendo de él.

Isabel.

Válgame el cielo, que he oído,

sin duda alguna es aquesta

la hermana de mi enemigo,

y os huís de vuestro padre

en caso extraño.

Juana.

Decidlo,

que puede ser que os importe

saberlo yo.

Isabel.

Como miro

en tal estado que es fuerza

que para buscar mi alivio

me valga de cualquier medio,

y, generoso caudillo,

en Baeza quise bien

a un caballero igual al mío,

trató mi padre casarme

con otro que fue tan preciso

que me usurpó la violencia

el fuero del albedrío.

Viéndome yo en este aprieto

y viéndome prevenida

dádome ya palabra

mi galán de esposo mío,

resolví irme de mi casa

una noche al tiempo mismo

que un hermano que yo tengo

acaso favorecido

de una hermana de mi amante,

se alabó, grosero estilo,

mas ella, que tan bizarra,

que castigó su delito

dándole un pistoletazo,

de que quedó malherido.

Y aunque en él vertió mi sangre,

quedé envidiando su brío,

que si hizo tan mal mi hermano,

ella en vengarse bien hizo.

Mirad qué confusión son,

se vieron a un tiempo mismo

mi hermano herido en mi casa,

su dama huyendo el peligro,

mi amante buscando en vano

a su hermana, vengativo,

y yo buscando a mi amante,

olvidado de mi alivio.

La obligación de honrado

no se acordó de lo fino,

no hallando de quien valerme

de un criado anciano mío

me fié y de su lealtad,

en su casa tuve abrigo

hasta que sanó mi hermano,

y viendo que era preciso

Pag. 44

Isabel.

el peligro de buscarme,

de secreto determino

darme a mí en un convento

donde el favor solicito

de una hermana de mi madre,

que está en él, y en el camino

supe que mi padre, airado,

habiendo acaso sabido

que la dama de mi hermano

hizo al monte su retiro

donde a vengar su injuria

comete extraños delitos,

juntando toda la gente

de aquestos pueblos vecinos,

viene a buscarla a estos montes,

y, uniendo el temor mío,

huyendo de aqueste riesgo,

dieron, ¡ay de mí!, conmigo,

unos compañeros vuestros.

Señor, que atendáis os pido,

que si mi padre me alcanza,

no hay enmienda en mi peligro.

Si esto es codicia del oro,

cuantas joyas he traído

pondré luego en vuestras manos,

solo la vida os suplico,

que me dejéis, y libréis

del riesgo, que es vuestro y mío.

y pues que le prevengáis

os propongo aqueste aviso.

Isabel.

Mi señora, lo primero

sabed que yo soy el mismo

dueño de aquesa venganza,

que en estos montes asisto

no a robar, sino a matar

a cuantos con tosco estilo

ofenden a las mujeres.

Conque tendréis entendido

cuán segura estáis aquí,

lo segundo, ese peligro

ni le temáis ni le temo,

que tengo de alma un brío,

y a la noche os embaraza

para seguir el camino,

quedaros aquí esta noche

no tiene riesgo conmigo,

que mañana hasta poneros

en salvo yo he de asistiros.

Juana.

¡El cielo el favor os pague!

Isabel.

Compañeros, al vano mío,

llevad aquesta señora.

Juana.

Dichoso mi riesgo ha sido.

Isabel.

Luego yo os iré a serviros.

Juana.

Yo a gradecer este alivio.

Vase con el bandolero.

Inés.

Señora, el riesgo no temáis.

Isabel.

No es muy fácil su designio.

Pag. 45

Isabel.

que somos muchos y ignoran

las trochas de este distrito.

Sale Cang.

Cangrejo.

Señora, muerto vengo.

Isabel.

¿Qué hay, Cangrejo?

Cangrejo.

Mil hombres trae al monte

aquel mal viejo

del padre de mi amo, y ha cercado

todo aqueste distrito, y yo he escapado

por un milagro, aporto de sus manos.

No hay dónde huir, sino dar en los villanos,

de mi infelicidad fue testimonio,

que muero al primer día que el demonio

quiere tentarme, como soy novicio,

por que dejé esta vida, y de en un vicio.

Isabel.

Llama a los compañeros con un silbo.

Cangrejo.

No es posible,

que están de la otra parte del collado,

y por el medio aquí nos han cortado,

solo la noche puede defendernos,

si aquestas ramas quitan de escondernos.

Dentro.

Voz dentro.

Bajad por la ladera,

cercad todo el monte.

Cangrejo.

Guarda fuera.

Inés.

¿Qué hacer, señora, pues no veis que llegan?

Isabel.

La noche ayuda, pues las sombras ciegan.

De ella me he de valer para un engaño

con que hemos de escapar libres del daño.

Ynés, ve al carro que hoy hemos cogido

del capitán, y trae unos sombreros

y unos capotes de esos primeros,

a las encinas corta luego algunas varas.

Cangrejo.

Cortadas allí hay mil.

Isabel.

Pues qué te paras,

luego por ellas ve.

Cangrejo.

Voy de un instante.

Isabel.

El pellejo primero fue estudiante,

y la necesidad de en todo modo

con que suele dar remedio a todo.

Sale Ynes.

Inés.

Aquí están los sombreros y capotes,

señora, muerta estoy.

Isabel.

No te alborotes.

Inés.

Mil hombres vienen.

Isabel.

No seáis gallinas.

Ve poniendo en los pies de esas encinas

un capote y sombrero a cada una.

Cangrejo.

Aquí están ya las varas.

Isabel.

La fortuna

nos ayude, ve armando a estos soldados

con estas varas.

Cangrejo.

De tu intento infiero,

que aqueste es el de Pedro Carbonero.

A buen tiempo la noche unta las luces.

Isabel.

Ponedlas a manera de arcabuces.

Cangrejo.

Gran obra hace el estar blando los sombreros,

por Cristo que parecen mosqueteros.

Inés.

¡Ay, señora, que llegan!

Pag. 46

Isabel.

Tened cuenta,

retiraos a este lado, y nadie os sienta.

Retíranse a un lado, y salen el corregidor, don Félix y villanos.

Corregidor.

Félix, hijo, escapar es imposible,

si no mira esta sierra tan terrible.

Félix.

Fingiendo con mi padre la venganza,

me conduce a este monte la esperanza

de si en él puedo ver a Ysabel bella,

y si es cierto que es ella

quien cometió tan bárbaros delitos,

como ya contra ella están escritos,

por librarla, que tenga quien la acuda.

Que si la prenden, morirá sin duda,

que aunque mi fuego estaba ya templado,

de ver su bizarría se ha avivado

la llama antigua que en mi pecho ardía,

pues se encendió la sangre mía

a la caída que, según que va derecha,

al manso fue bala de su flecha.

Corregidor.

Félix, con esta gente te reparte,

y ve a sentir del monte la otra parte.

Félix.

Mira, señor, que quedas arriesgado

aquí con poca gente.

Corregidor.

Esta es bastante,

cuando cientos hombres van delante,

que si los bandoleros van huyendo,

no han de volver aquí.

Félix.

Yo así lo entiendo.

Voy a obedecerte,

que ir de chanza a lograr es la muerte,

perdona, Ysabel mía, aqueste agravio,

que por ir a te librar finjo mi celo.

Vase.

Inés.

¿No oyes esto?

Isabel.

Si el eco no me engaña,

Félix viene a prenderme, infame hazaña.

Contra una dama esto un noble acaudilla.

Cangrejo.

Cierto que es el galán de la Membrilla.

Isabel.

Salid conmigo ahora de repente.

Cangrejo.

Aquí importan fingir que hay mucha gente.

Corregidor.

Tened cuenta al camino y hablad quedo.

Villano 1.º.

Cierto, señor, que estamos con gran miedo.

Isabel.

Haced alto a esta parte, compañeros,

nadie tire, si fuesen pasajeros,

todo hombre su arcabuz tenga calado,

donde va aquella gente a aquel vallado.

Cangrejo.

¡O, portugués de un, con los cien hombres

naon fujo baia a cá, itu que este oteiro

toda a gente há de ser meu companheiro!

A, señor Federico, gamba curta,

el italiano rabia si no hurta,

y con doscientos hombres va al camino.

Pag. 47

Isabel.

mas se ha de descubrirnos la emboscada

yo vuelvo a andar perdiendo la estacada

esteve quedó allí en ese vacío

o que te diga que el cántaro perdió

donde el vizcaíno confuso en te queda

juras a Dios si vienes de malicia

que has de llevar en canos el justicia

Isabel.

Arriba.

Inés.

Abajo.

Isabel.

Al monte.

Cangrejo.

A la ladera.

Isabel.

Remetan, ay.

Cangrejo.

Salgan afuera.

Corregidor.

Ay amigos, aquí somos perdidos,

que es mucha gente.

Villano 1.º.

Aquí nos trae vendidos.

Villano 2.º.

Blanquear veo más de mil sombreros.

Corregidor.

Decid siempre que somos pasajeros.

Salen Ysabel

Isabel.

Tened que hay aquí gente, nadie tire,

quien va responda o su peligro mire.

Corregidor.

Teneos caballeros,

que somos unos pobres pasajeros

y con la noche erramos el camino.

Isabel.

Larguen las armas.

Corregidor.

Ya aquí están rendidas.

Villano 1.º.

Mas si nos dan las vidas,

bajen la boca ya a aquesos soldados.

Isabel.

No basta noticiar.

Cangrejo.

Ya desarmados

están todos hidalgos, ¿qué dinero?

Abajan todos las armas.

Corregidor.

Cuánto yo traigo y espero

que está en este bolsillo.

Isabel.

Quedo, galán corregidor, no quiero

quitarle yo el dinero

mas sí le desaviso, y ponga liga,

cuando encuentre a su hijo que me diga.

Con cuidado que yo voy a buscalle,

y a donde le encontrase he de matalle.

Soldados, a correr el monte vamos,

del puerto cuiden hasta que volvamos,

pues este paso con cien hombres dejo que pase.

Cangrejo.

Marchen pues los de allá, cuál queda el viejo,

quien viera al camarada,

lo que hará cuando vea la emboscada.

Villano 1.º.

Señor, aquí ¿qué hacemos o qué esperas?

Corregidor.

¿Qué hemos de hacer, si esta nueva ladera

Pag. 48

Corregidor.

cubiertas de ladrones, cual delirio

mal hize en apartarme de mi hijo

mas quien ymaginara

que a qui tantos ladrones encontrara

Caballeros pues la Vida

me ha dado Vuestro Caudillo

habla con los bultos

Corregidor.

Y con tal galanteria

abeis andado con migo

venga uno de Vosotros

a acomparnarme os suplico

no sea que enquentre a otros

donde tenga mas Peligro

no Respondes, esta gente

es barbara

Dentro felix - azia el camino

Félix.

que aqui abajo esta mi Padre

Corregidor.

ay Cielos este es mi hijo

y a qui se ha de aventurar

sale felix

Félix.

todo el monte hemos Corrido

y a han huido los ladrones

eres tu Señor

Corregidor.

tente hijo

no ves el monte Cubierto

de hombres alli

Félix.

Ya los miro

Corregidor.

Las armas nos han quitado

y ahora de a qui se ha ido

aquella Mujer tirana

Félix.

Luego ella ha estado contigo

Corregidor.

Si y ha dejado estos hombres

de guarda aqui

Félix.

Pues mi brio

a de temer a ladrones

abiendose asi atrevido

Canalla viven los Cielos

Cerrad con ellos amigos

Pero que es esto Señor

estos son bultos finjidos

Dales de Cuchilladas y los troncos ban Cayendo

Corregidor.

que dices

Félix.

que son Sombreros

en troncos con Capotillos

Corregidor.

Con la noche me ha engañado

mas seguirla determino

Pag. 49

Corregidor.

luego con toda la gente

que estan muy Cerca es preciso

Venid a darme un Caballo

Villano 2.º.

ella nos dejo por Cristo

la de Pedro Carbonero

Vanse

Félix.

Si ysabel es la que estimo

y aya escapado del riesgo

y que a mi Padre agora sigo

por poderla asegurar

amor si eres Dios te pido

que la lleves tu las nuevas

de la esperanza en que vivo

Vase.

Fin de la 2 Jornada

Jornada tercera

Pag. 50

Dicen Dentro los dos primeros Versos y Salen Ysabel, Juana, Cangrejo y Ines

Juana.

por aqui, por aqui van

Félix.

teneos no llegue nadie

Isabel.

amigos, es imposible

esquivar que nos alcancen

Cangrejo.

buenas nuevas te de dios

Inés.

circundannos estos sauzes

Juana.

ay infeliz de mi

si son mi hermano y mi Padre

aqui me ande dar la muerte

Isabel.

En tan apretado lanze

Doña Juana tu as de ser

la que primero se ampare

yo anoche me libre de ellos

con una industria notable

y olvidada de tu riesgo

pude en montilla ampararme

Pag. 51

Isabel.

donde con una Patente

que a un capitan arogante

matando quite en el monte

les requeri alos alcaldes

que iba alli alebantar gente

por socorrer al instante

que se halla sobre aguilar

sin gente para el Combate

todo el Lugar lo admitio

con tal gusto que al instante

se ofrecieron ala empresa

mil mancebos y zagales

y lo viendo a buen efecto

esto que fingio el dictamen

de librarme solamente

use de llevarlo adelante

para que acion tan bizarra

fuese a medio de indultarme

de tan enormes Delitos

como mi noble coraje

a cometido en el monte

mas quiso el cielo acordarme

de que en el monte quedavas

buscandome con tu Padre

donde era el Riesgo tan fuerte

como imposible el hallarte

bolui a buscarte a la Cueva

y al bajar por este Valle

descubriendonos a todos

nos siguieron a el alcance

los Caballos nos an muerto

con que ya el Riesgo es mas grande

porque en el uno que quedo

solos dos pueden librarse

llevando el uno en las ancas

pues Señora en riesgos tales

de las dos tu eres quien tienes

mas peligro con tu Padre

tu te as de escapar en el

con Ines que te a conpañe

que pues ya sabe el camino

podra a Montilla guiarte

donde yendo en nombre mio

te haran decente ospedaje

hasta que alli tomes medio

de proseguir tu dictamen

esto es todo cuanto puedo

y cuanto deuo en tal laze

Pag. 52

Isabel.

basta que tu seas mujer

de verme yo en este traje

para que obre yo como hombre

y como a dama te ampare

Cangrejo.

Señora, que es lo que dices

pues tu aqui quieres quedarte

aviendo echo tantas muertes

y viniendo veinte alcaldes

con provisiones del Rey

para prenderte o matarte

que si te cojen a mano

luego en la encina mas grande

te han de poner por bellota

Isabel.

Señora no lo dilates

Dentro

Voces.

Entre los sauzes estan

Isabel.

al caballo Ines no aguardes

Doña Juana que te enquentren

Juana.

En tan peligroso tranze

sin discurio o tra el temor

del que el pecho me combate

no me da lugar a mas

que a huir de riesgo tan grande

Inés.

Ven señora

Juana.

Ya te sigo

Cangrejo.

Yo a Pelo amis al Pargares

Isabel.

Donde vas Cangrejo

Cangrejo.

a una

Isabel.

aguarda no huyas cobarde

que los dos con una industria

hemos de salir del valle

Cangrejo.

Si ay industria soy contento

pero dimela al instante

porque llegan ya a nosotros

cual es

Isabel.

prevenir la llave

del arcabuz y matar

los primeros que llegaren

y bolver a cargar luego

para que antes que nos maten

le cueste una vida veinte

Cangrejo.

a esso me dices que aguarde

essa era la bella industria

lleve el diablo quien parare

desde aqui asta Barcelona

Isabel.

Espera

Cangrejo.

alla en Monserrate

Pag. 53

Isabel.

Pues mira que te derribo

Cangrejo.

tente pesse a mi linaje

Isabel.

Si te vas te he de tirar

Cangrejo.

no me ire ya aun que me mates

baja aessa boca señor

que me das en el gaznate

pues ponte luego a mi lado

que llegan ya estos cobardes

Señora me lleve el diablo

si esta es mujer sino cafre

Dentro

Voces.

aqui estan

Félix.

ten esse estribo

no llegue con migo nadie

que yo solo e de prendellas

Cangrejo.

Felix es

Isabel.

o vil amante

Félix.

Ya e logrado mi deseo

Isabel.

llega cavallero infame

y si vienes a prenderme

que ha de ser muriendo save

porque yo no e de rendirme

sino echa pedazos antes

Cangrejo.

ni yo sino echo jigote

porque assi como la carne

Félix.

tente Ysabel

Isabel.

no ay tenerme

Félix.

oye

Cangrejo.

mire lo que hace

que apunto al hojo derecho

y si tiro e de dejarle

tuerto y curco de una vez

Isabel.

tira cangrejo no aguardes

Félix.

mi bien Ysabel señora

si piensas que a maltratarte

e venido ni a prenderte

las armas que son señales

de esse vigor en mi mano

pongo a tus pies desso bastes

para que sepas que yo

noble rendido y amante

vengo solo a que me escuches

y uno mi bien a enojarte

Isabel.

Pues que pretendes con esso

Cangrejo.

si esto es tratado de pazes

oygamos las condiciones

Pag. 54

Isabel.

que si no nos agradaren

la respuesta esta en la mano

en apretando la llave

pues habla que ya te escucho

aun que tu traicion dilates

Félix.

Pues Ysabel porque veas

que no es mi intento vengarme

y que te busco piadoso

mas que enemigo oye y antes

que te diga lo que intento

quiero mi amor confesarte

que yo del riesgo que puse

a tu decoro ignorante juzgarte

pues nunca llegue a pensar

que pudo vencenderme nadie

es verdad que me alabe

de tu favor arrogante

y si vio con tu hermosura

culpa dardo que no caven

ni en la obligacion de atento

ni en la fineza de amante

yo fui necio y poco fino

que no intento disculparme

sino agravar mi delito

porque pido a tus piedades

perdon del y si lo alcanzo

siendo varon para amarte

no quiero yo hacerte menos

la deuda de perdonarme

la varon con que te obligo

es que desde el mismo instante

que tan airosa venganza

dio a tu decoro el esmalte

que yo pense sin razon

que avia perdido por facil

bolbio a encenderse en mi pecho

aquella llama que antes

con tu favor era alivio

y ahora en mis penas arde

la herida que abrio en mi pecho

fue puerta para tu imajen

por donde amor en mi alma

la dibuxo con mi sangre

yo bella Ysabel te adoro

Pag. 55

Félix.

testigos son estos valles

a donde solo respira

de mis suspiros el aire

y cuando mas ofendido

que mas te adore no estrañes

que la venganza del honor

cuando solo de amor naze

aun del mismo a quien ofende

hace al enemigo amable

y aviendote asegurado

de mi amor en esta parte

dire ahora a lo que vengo

que esto es lo mas importante

los homicidios que a echo

tu vengativo coraje

y el temor que de tu enojo

tienen todos los lugares

circunvezinos al monte

llevaron contra tu sangre

al Rey su cobarde queja

y el tan justo como saves

despacho seis provisiones

para prenderte o matarte

con ellas de este districto

se arman todos los villajes

siendo el caudillo de todos

estas justicias mi padre

viendo yo que en este enpeño

era tu riesgo tan grande

de mi venganza el pretexto

fingi para acompañarle

porque con esta ocassion

la tibieza del desaire

con que te ofendi venciesses

despues tras el corazon mano

bella Ysabel si tu en mano

de tan tas justicias caes

cuando las mas ofendidas

de sus querellas son parte

para librarte despues

siendo el delito tan grave

no ay ruego poder ni instancia

ni aun en ellas mismas cave

ni en mi amor la puede aver

que en enpeño semejante

Pag. 56

Félix.

sera el morir a tu lado

cuando su poder te alcance

el ultimo toque que

diga en mi amor los quilates

un medio ay tan solamente

de que tu del riesgo escapes

y yo a este intento te ayude

como noble y como amante

en un caballo escojido

vengo que previne antes

que el assi que a esse criado

llevara que te acompañe

yo estoy resuelto a dejar

por ti casa hazienda y padre

que a logro de ser tu esclavo

no ay ditha que se compare

mas si ahora boy con tigo

es imposible escaparte

no quedando quien detenga

a los que an de ir en tu alcance

quedandome yo a engañarlos

ponerte tu en salbo es facil

y irte despues a buscar

al puerto que me señales

bella Ysabel si es possible

que el rendimiente te ablande

o tu amor de mi humildad

no desprecia el vasallaje

que huyas el riesgo te pido

y caso que yo no gane

la gracia de tu hermosura

y a de tu vida la salve

si te prenden nuestras vidas

corren peligros iguales

tu al poder de la justicia

y yo a la pena de amante

vete pues que aun que yo muera

si tu enojada te partes

no muera yo de tu riesgo

y a alla tu desden me mate

si mi noble amor mereze

que en algun premio le esmaltes

Pag. 57

Félix.

con este agradecimiento

te pido que me lo pagues

y advierte que en el desseo

de que tu vida se guarde

no ay fineza que te obligue

sino deuda que me añades

porque como es ley de amor

que nuestras vidas se enlazen

donde peligra la tuya

entra la mia a la parte

y quisiera no quererte

solamente en este lanze

pues el ser mia tu vida

hace grosero el dictamen

Isabel.

Felix aun que tu desamor delito

borro en mi pecho el caracter

que el primer amor imprime

con el sello mas constante

para que toda la mancha

de aquella ofensa se lave

solo el ver esta fineza

tan noble a sido bastante

yo te quiero mas que a mi

y ya no solo como antes

sino con la obligacion

que esta fineza me añade

y no teniendo eleccion

mas que para cautivarme

mis armas pongo a tus pies

haz de mi lo que gustares

Cangrejo.

los dos señor somos tuyos

az quenta que nos compraste

pero no tanto señor

que nos vendas a tu padre

Félix.

Ysabel llega a mis brazos

y ya que unia amor al canze

tu favor de ese peligro

te pido que me restaures

toma luego esse caballo

Isabel.

esso Felix no me mandes

teniendo te yo a mi lado

no ay riesgo que me amenaze

yo sin ti no quiero vida

mas como tu me a compañes

vamos donde tu quisieres

Félix.

es imposible escaparte

Pag. 58

Félix.

yendos los dos con tigo

porque esta gente a mi padre

a de avisar y es preciso

que el camino nos atajen

por cualquier parte que vamos

y cuando deuo a mi sangre

a tu amor y tu fineza

cuando juntos nos alcancen

sera morir a tu lado

por defenderte y librarte

mas todo sera perderte

porque no es solo mi padre

el que te viene a prender

sino todos los alcaldes

de aquestos pueblos vezinos

mejor es que yo te ampare

en asegurarte el passo

y que diviendome la parte

donde vas yo ire a seguirte

cuando ya en salbo te a lles

Cangrejo.

Señora por Cristo santo

que huyamos que estos alcaldes

con montera son pilatos

y ahorcaron a un infante

por dar al pueblo un buen dia

en el año que les cave

Isabel.

valgame el cielo es possible

que mis delitos sean tales

que me tengan en estado

que ya no puedo librarme

sino perdiendo mi patria

pues buelba por mi mi sangre

y lo que perdio el valor

el mismo valor restaure

ya a mi en montilla me tienen

los regidores y alcaldes

admitida la patente

bolviendo alla luego es facil

sacar una compañia

de aquel y de otros lugares

con que puedo ir a servir

sin que me conozca nadie

y merezer el perdon

o morir por alcanzadle

Félix.

que resuelbes Ysabel

Pag. 59

Isabel.

que ya sigo tu dictamen

pues lo quiere la fortuna

a Cordova yre a esperarte

Félix.

pues toma luego el caballo

Isabel.

en el me pongo al instante

ven tu a ponerme a las ancas

Félix.

ve luego no lo dilates

Cangrejo.

pues si yo a las ancas boy

bien es que en Cordova pare

porque llegare sin huesso

Isabel.

a Dios Felix

vanse

Félix.

el te guarde

yo e de yr a tras que Dios

para ser tuyo te alcanzo

mas cielos de aquella cumbre

baja mucha gente al valle

ire luego a detenerlos

pero ya imitando al aire

va ysabel en el caballo

con un liemze señas hace

Dentro Ysabel

Isabel.

Felix

Félix.

Ysabel que dices

Isabel.

que yo no voy a esperarte

sino a merezer perdon

de mis delitos no aguardes

verme asta verle alcanzado

Félix.

espera Ysabel que haces

no vas a Cordova

Isabel.

no

sino donde me llevare

mi fortuna a merezerle

Félix.

pues donde te vas

Cangrejo.

a Flandes

Félix.

espera ysabel espera

que si esso es morir mas vale

morir con tigo y o yre

donde tu fueres

Isabel.

no aguardes

verme sino perdonada

o muerta

Félix.

o pecho cobarde

que ir tu mismo corazon

de su presencia desaste

mi dueño ysabel espera

que ya aun que me despedazes

ire con tigo ay de mi

Pag. 60

Félix.

que ya entre los verdes sauces

se va escondiendo a mis ojos,

y como infeliz amante,

para dejarme esperanzas

ni aun el ser verde me vale.

Isabel.

Adiós, Félix.

Félix.

Detenedla,

penas, si a ser de su parte

no os obliga la dureza.

Mas, con vano eco la llamo,

pues ya la perdí, y mira

que el eco de mi distante

apenas llega a mis oídos.

Isabel ingrata, ya ve

que me quedo a morir

sin ti.

Corregidor.

Requiescat in pace.

Félix.

Cielos, la perdí de todo,

y aunque yo nunca la alcance,

no me falte la esperanza

de seguirla, y ella falte.

Pero otra pena me halla.

Dentro.

Corregidor.

¿Dónde está Félix? Al valle.

Félix.

Mas este riesgo es mayor,

que este que viene es mi padre,

y si yo aquí no le engaño,

es posible que la atajen

los villanos el camino,

y el mayor mal, que la alcancen.

Él llega, esto es lo primero.

Sale el Corregidor.

Corregidor.

Félix, tú solo, ¿qué haces?

¿No encontraste a aquella fiera?

Félix.

Señor, seguirla es en balde,

que quien pensabas que era

fue un caballero que antes

que ella voló en el camino,

y temiendo el mismo lance,

huía de nuestra gente.

Atajéle yo en el valle,

y al conocerme vendido

me pidió que le amparase.

Yo mi caballo le di,

y él me dijo cuán distante

Pag. 61

Félix.

estaba ya de nosotros,

pues él la dejó al pasarle

en camino de Granada,

con que seguirla es cansarte.

Corregidor.

Ay, Félix, mucho lo siento,

que el prenderla era el rescate

de nuestro honor y tu ofensa,

pues ya el aviso me traen

de que su hermano don Lope

fue quien, manchando mi sangre,

robó a Juana de mi casa.

Félix.

Si el señor al casarse

con ella en cualquier suceso

mejor te está que se escape

su hermana de la justicia,

y que no muera infame

el que ha de ser hijo tuyo.

Corregidor.

Félix, pues que en el remate

de mi vida quiere el cielo

con tal dolor castigarme,

casi sin dente se halla

sobre Aguilar el infante,

pues la que lo ha traído

a esta empresa andan en baldes

con ella de socorrerle,

que de más de que el dictamen

están de mi obligación,

servirá también de darles

ocasión a mi fortuna

por si en penas semejantes

hallo un dardo o una flecha

que ponga fin a mis males.

Félix.

Señor, ese intento es

como de hombre de tu sangre.

Vamos al punto a Aguilar,

y quiera amor que lo halle.

Si he de perder a Isabel,

otra que conmigo acabe.

Corregidor.

Pues, Félix, sígueme luego

a Aguilar.

Félix.

La gente marche.

Corregidor.

Cielos, acaben allí

o mi vida o mis pesares.

Félix.

O halle mi amor a Isabel,

o a mí la muerte me halle.

Vanse.

Pag. 62

Inés.

Señora, ¿a quién has de tener?

Gran quimera que no se llama

ya doña Isabel mi ama.

Juana.

Dime tú lo que he de hacer.

Inés.

Que la has de llamar reparo

don Ramón de Tarragona,

que la patente lo abona

y a mí alférez Guevara,

porque este nombre tenía

el capitán que mató,

a quien patente quitó,

y cuantas armas traía,

en vena de alabarda

jineta, casa y venda,

con que aquí entró de manera

que todo el lugar le aguarda.

Juana.

Solo temo una crueldad,

si en el monte la han prendido.

Inés.

Eso yo no lo he temido,

porque sé su agilidad.

Mas aquí viene el salvaje

del alcalde, ten cuidado.

Sale el Alcalde.

Alcalde.

Que yo al amarle enviado

porque te haga el hospedaje.

Señor alférez, que es esto,

adónde está el capitán.

Inés.

Él y el sargento vendrán

de una diligencia presto.

Alcalde.

Más de cien mozos gallardos

le esperan ya en el lugar,

que plaza quieren sentar,

todos como unos bernardos;

todos se han de ir, y ahora

porque no salga de balde

el menester que el alcalde

nos aloje a esta señora,

que es casa del capitán.

Inés.

Pues pregunto, ¿son casados?

Alcalde.

Mas mirad que los soldados

no saben cómo lo están.

Mas mire que es menester

que no se le antoje nada,

porque la tiene preñada,

zape, y cuál debe de ser.

Pag. 63

Alcalde.

Entre adentro su merced,

que la huéspeda está ahí,

y a ella suplica por mí,

que es buena mujer a fe.

Juana.

Si me hacéis tanto favor,

no tengo que replicar.

Alcalde.

No hay favor, sino entrar.

Juana.

La llaneza es lo mejor.

Pase.

Alcalde.

Voto al sol que la zagala

es como un ángel del cielo.

A mí me ha venido a pelo

porque le enseñe a Pascuala

aquel talbeque postizo,

como con ello se da,

porque toda la cara está

ahumada como chorizo.

Voz dentro.

Viva, viva el capitán.

Alcalde.

¿Qué es aquello?

Inés.

Ay Dios, que he oído.

Ya mi señora ha venido,

de mejor semblante están

nuestras fortunas con esto.

Alcalde.

Es el señor capitán.

Inés.

Sí, que ya llegado han

él y el sargento, voy presto

a darle la bienvenida.

Vase.

Alcalde.

Pues decidle cómo está

ya aquella señora acá.

Por Dios que ha de ser lucida

la compañía de gente,

mas presto, o yo me engaño,

ser que el alcalde de este año

que sí fuera presidente.

Sale Don Lope.

Lope.

Ya que mi estrella infeliz,

impidiendo mi venganza

a la parte del delito

de aquella cruel hermana,

desesperado de honor,

pues mi valor no la halla,

y de mi amor pues por ella

dejé el alma en doña Juana,

para que sepulte olvido

los desdoros de mi fama,

de mi muerte a buscar vengo

la senda desesperada,

y he tenido noticia

Pag. 64

Lope.

que aquí un capitán levanta

una compañía, y revuelto

con él vengo a sentar plaza,

porque mudado mi nombre,

al primer rencuentro, ¡vaya!

de mi desesperación

se logre la postrer ansia.

Amigo, si es del lugar,

¿dónde está el cuerpo de guardia

de una compañía que hoy

aquesta villa levanta?

Alcalde.

¿Para qué lo preguntáis?

Lope.

Vengo en ella a sentar plaza.

Alcalde.

¿Quién sois?

Lope.

Un caballero

natural de la montaña.

Alcalde.

¿Sois hidalgo?

Lope.

Y vos sois necio.

Alcalde.

No es mi pregunta tan llana,

pues puede haber caballero

que no lo sea en España.

Sí que yo siempre que salgo

en mi burra de mi casa

voy caballero y no hidalgo,

y alguno puede ser que haya

que lo premie y no lo sea,

cuando de su burra caiga.

Lope.

¿Dónde está el capitán?

Alcalde.

Ahora de llegar acaba

de fuera, mas vedle aquí,

creo que viene a la plaza

con los soldados que alista,

que es toda gente bizarra.

Sale Isabel de capitán y algunos soldados.

Isabel.

Cielos, gran dicha he tenido,

logrando hoy mi esperanza.

Señores soldados, luego

se pondrá el cuerpo de guardia,

y sentarán plaza todos.

Mas, cielos, yo estoy sin alma,

¿no es mi hermano el que está allí?

Lope.

Cielos, que miran mis ansias,

dudando estoy lo que veo.

El capitán no es mi hermana.

Isabel.

Pero válgame mi aliento,

que si mi rostro desmaya,

o confesará soy yo

Pag. 65

Isabel.

y el verme sin miedo basta

para obligarle a la duda

cuando capitán me halla,

no acaba de persuadirse

que aunque fuese tan bizarra

que a servir al rey se fuese,

ella en tan breve distancia

no puede ser capitán

cuando su valor la haya

desmentido de mujer

quien vio confusión tan rara.

Alcalde.

Llegad señor don Ramón.

Isabel.

¿Qué decís?

Alcalde.

Que aquí os aguarda

un caballero que quiere

ser soldado.

Isabel.

Aunque mi cara

lo publique, mi valor

desmienta evidencia tanta.

¿Quién es el soldado?

Lope.

Yo.

Isabel.

La presencia es muy bizarra,

para honrar mi compañía

solo tal soldado basta.

Llegad a darme los brazos,

que en ella por camarada,

más que por soldado os quiero.

Del talle, quién sois declara.

Lope.

La admiración me suspende,

porque aquesta confianza

no cabe en quien de temerme

tuviera tan justa causa.

Isabel.

¿De qué os suspendéis?

Lope.

De ver

la poca edad que señala

vuestro rostro, y de que en ella

puedan ya caber hazañas

que os hagan digno del puesto.

Isabel.

Pues sabed, necio, os espanta,

que a diez años que al rey sirvo

y que este pecho me pasan

más heridas que tengo años

de alfanjes, flechas y lanzas.

Y aquí, si queréis, podéis verlas.

Lope.

Tened, que decirlo basta.

¡Válgame el cielo! ¿Qué es posible

Pag. 66

Lope.

que hiciese el cielo otra cara

tan precisamente toda

de las señas de mi hermana?

Isabel.

Pues mirad, esta patente

ha venido, si está ganada

por favores, al servicio

vuestro valor lo declara.

Mas leed, ser conoceros.

Lope.

Gusto me haréis en pasarla.

Lee don Lope: Atendiendo a los servicios del alférez don Ramón de Tarragona, que me sirve de diez años a esta parte, habien- do estado cautivo dos veces, y hallándose en diez batallas campa- les y en la toma de Murcia y de Jaén por todo lo cual me doy por bien servido de su persona, he tenido por bien de hacerle merced de capitán de una compañía de infantería la cual ha de levantar por su persona en el lugar que más conveniente le fuere de todos mis reinos, dada en el campo sobre Sevilla a diez de octubre de la era de mil doscientos y ochenta y seis años. - Yo el Rey.

Lope.

Cuanto más crece mi duda,

mi admiración se adelanta.

Justamente el rey os hace

tal merced, y en vos se paga;

pero ¿de sois? ¿Catalán? Natural

Isabel.

Natural de Villafranca

de donde de catorce años

salí y tomando las armas

a los quince cumplí en Jaén,

subiendo por su muralla.

Mas vos, ¿quién sois?

Lope.

Un hidalgo,

hijo segundo en mi casa

de las montañas de Burgos,

mi herencia es solo mi espada

y voy a servir con ella.

Isabel.

Pues si queréis sentar plaza

no hay sino venir conmigo

y dejar luego la capa.

Lope.

Yo no puedo persuadirme

por las leyes soberanas,

contra tan clara evidencia.

Pues las señas de la cara

se acreditarán en la voz.

Ya darla de puñaladas,

sea o no sea, me resuelvo.

Isabel.

Venid.

Lope.

La mano en la daga

Pag. 67

Lope.

tengo que aguarda mi brío.

Isabel.

Seguidme. ¿Qué os embaraza?

Aguardad, que os he reparado

que se os demuda la cara.

¿Es turbación, es accidente

o disgusto?

Lope.

Esto no es nada.

Isabel.

Pues, ¿qué es lo que os descompone?

Lope.

Es que por vos me acordaba

de un hombre con quien yo tuve

un duelo.

Isabel.

Si esa es la causa

que os altera y teméis algo

conmigo, no sepan nada

los que están aquí, y seguidme,

que yo os llevaré a campaña

dónde podáis desahogaros.

Lope.

Cielos, si fuera mi hermana,

no fuera posible hablarme

con aquesta confianza.

Este es prodigio del cielo,

yo con vos no tengo nada,

que es injusta esta sospecha.

Vamos al cuerpo de guardia.

Isabel.

Tened, habéis de advertir

que antes de sentar la plaza

si tenéis algo conmigo

podéis reñir y sentadas,

si os atrevéis a reñir

conmigo, aunque tengáis causa,

os haré arcabucear.

Lope.

Ya yo os he dicho que es vana

vuestra sospecha.

Isabel.

Pues vamos.

Lope.

Yo iré desde mi posada

a buscaros.

Isabel.

Bien está.

Venid al cuerpo de guardia

sin mí, voy porque en mi vida

hice acción más arrojada,

que no rendirme al temor

teniendo aquí tanta causa.

Mas esta resolución

para una vez sola basta,

y para enviarla a pelo

a Cangrejo y doña Juana,

que si el talle aquí es fortuito.

Pag. 68

Isabel.

que la deuda de ampararla

le obligue a cuidar de mí,

este remedio me valga.

Vase.

Alcalde.

¿Qué os parece el capitán?

¿No es la presencia gallarda?

Lope.

Yo, su poca edad extraño.

Alcalde.

Mas tiene una grande falta.

Lope.

¿Qué es?

Alcalde.

Que es muy enamorado.

Lope.

¿Qué decís?

Alcalde.

Trae una dama

como un sol.

Lope.

¿Y dónde está?

Alcalde.

Yo se la hospedo en mi casa.

Lope.

¿Y vos sabéis que lo es suya?

Alcalde.

Bueno, la tiene preñada

con la barriga a la boca.

Lope.

Cielos, con esto sea causa

de concluir mi sospecha,

no cuidé cosa más vana,

pero la naturaleza

hace cosas más extrañas.

Alcalde.

Y porque veáis si es cierto

os llevaré yo a mi casa.

Lope.

Así me inquieta muy grande.

Al paño.

Cangrejo.

¿Qué es por santa Susana?

¡Válgame aquí Celestina

y dos tías alquiladas

que aquí bien es menester

el socorro de las santas!

Alcalde.

Venid pues que la veréis.

Vase.

Lope.

Vamos.

Cangrejo.

Digo, camarada.

Lope.

¿Quién es?

Cangrejo.

Míreme a este caso.

Lope.

Cangrejo.

Cangrejo.

Pese a mi alma,

con esa flema conoce

a quien por buscarte anda

ocho meses de camino

por ventas y por posadas.

Lope.

¿Tú a mí me buscas? ¿Qué dices?

Cangrejo.

Miren esas buenas gracias,

me das de lo que me debes,

lleve el diablo a quien trabaja

por gente que no agradece.

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Lope.

Pues si yo ignoro la causa,

¿qué he de hacer? Tú ¿con qué intento

me buscas?

Cangrejo.

Con doña Juana.

Lope.

¿Doña Juana?

Cangrejo.

Sí, señor,

que la traigo como carga

de vidrio, porque no hay parte

ni senda por donde vaya

donde no me ofrezca el diablo

un peligro en que quebrarla.

Lope.

¿Tú con doña Juana vienes?

Cangrejo.

La noche de la desgracia

de don Félix ella a solas

huyó por ti de su casa,

no hallándote me encontró,

pidióme que la llevara

a Jaén, donde un convento

y una tía la esperaban.

Yo anduve como un zafiro,

busqué un rocín todo tabas

y ella y el rocín y yo

hicimos esta jornada,

como quien va con guía

y pericón y pendanga.

Cangrejo.

Y al pasar por cierto monte

quiso el diablo que tu hermana,

en él fuese bandolera

y por él robando andaba.

Como fue de Baeza,

echa un perro, paró en gata

su padre el corregidor

para lograr la venganza,

de su hijo iba a prenderlas,

y allí damos en sus garras

si un capitán valeroso

a esta sazón no llegara,

y este dicho capitán

a la dicha doña Juana

y al susodicho Cangrejo

libró de la dicha chanza,

y en el dicho rocín

todos los tres se escapan

y en esta presente villa

de que doy fe, juntos paran.

Lope.

¿Doña Juana dónde está?

Cangrejo.

Famosamente alojada

Pag. 70

Cangrejo.

en la casa del alcalde.

Lope.

¿Qué dices? ¿Luego es la dama

que hospeda el alcalde?

Cangrejo.

Sí.

Lope.

Pues peor está que estaba.

Cangrejo.

Señor, ¿qué dices?

Lope.

Traidor,

pues tú al desaire me llamas,

de que yo a mi dama vea

con otro.

Cangrejo.

Virgen sagrada.

¿Pues a dónde eso presumes?

Lope.

¿Qué es presumir, si su infamia

sabe ya todo el lugar?

Cangrejo.

Señor, que infierna tu alma,

que el capitán es un santo,

y es más casto que su cara.

Lope.

Cielos, con esto se aviva

la duda de que es mi hermana,

y sea hombre o sea mujer,

yo tengo por las dos causas

obligación a matarle,

porque o me ofende o me infama.

Cangrejo.

Éste se sosiega.

Tú la verdad me tratas,

el capitán es mujer.

Cangrejo.

Malo, peor está que estaba.

Mujer, señor, eso dices.

Lope.

Pues si es hombre ella es su dama,

y le he de matar por ella,

mas las señas de la cara

acreditan que es mujer.

¡Oh cielo de mi venganza,

me has logrado la ocasión!

Cangrejo.

Señor, ve tú a doña Juana,

que en su inocencia verás

la verdad asegurada.

Sale el Alcalde.

Alcalde.

¿Adónde está el capitán?

Lope.

¿Qué es esto, alcalde?

Alcalde.

Que pasa

por aquí el corregidor

de Baeza, porque marcha

con más de docientos hombres

de Aguilar a la campaña

y porque sepa Baeza

como montilla la iguala.

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Alcalde.

ha de salir nuestra gente

a hacerle cuerpo de guardia,

vénganse todos tras mí.

Vase.

Cangrejo.

Señor, el riesgo repara,

saca de aquí a esta señora,

no suceda una desgracia.

Lope.

En tal riesgo lo primero

es acudir a librarla.

Guíame tú dónde está,

que ella por salvar su fama

me ha de decir si es mujer.

Cangrejo.

Entra pues que esta es la casa.

Lope.

Librarla lo primero

y volver a mi venganza.

Vase.

Cangrejo.

Malo aquí no hay más remedio

que escurrir y ande la danza.

Vase.

Tocan cajas, salen el infante, Félix y soldados.

Félix.

No hay quien pueda llegar al muro al alto.

Infante.

Toquen a retirar, cese el asalto.

Todos.

¡A retirar, a retirar, soldados!

Félix.

Pese a la injusta saña de los hados.

Infante.

Afrentado estoy, cielos, y corrido,

de ver que con la gente que he perdido

proseguir el asalto es imposible,

pues me puedo perder por faltar gente,

y fuera el volverme vergonzosamente

porque ganar el fuerte no es posible.

Félix.

Prosigamos, señor, que más honrados

quedamos muertos, ya que retirados.

Infante.

Félix, osar morir es ardimiento,

pero saber vencer heroico aliento.

Id presto a retirar vuestros soldados,

que no es solo valor morir osados.

Félix.

Yo obedecerte voy pese a mi suerte,

que cuando más la busco huye la muerte.

Vase.

Infante.

¿Qué dirá el rey a quien allá pintaron

tan fácil esta empresa los que hallaron,

porque solo ven moros en la corte,

y no esgrimiendo el alfanje el corte?

Que estoy corrido con razón confieso.

Sale Corregidor.

Corregidor.

Al brío gran señor.

Infante.

¿De qué suceso?

Corregidor.

Un valiente mancebo que el bozo

no ofende el rostro, más gallardo mozo,

a vista del castillo ha entrado ahora

con una tan lucida compañía.

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Corregidor.

que deshacer el fuerte presumía

doscientos hombres trae en su cuadrilla

de Cabra, de Lucena y de Montilla.

Infante.

El fuerte he de ganar con esta gente;

vamos a ver al Capitán valiente.

Corregidor.

Antes él ya se acerca a tu presencia.

Salen Isabel de Capitán, Inés de alférez y Carag. de sargento.

Cangrejo.

Señores, marchemos con prudencia,

vayan iguales todas las hileras

que parten el tercio de parroquia.

Isabel.

Haced alto, soldados, Vuestra Alteza

me dé los pies

Infante.

Extraña gentileza

los brazos deudo

Isabel.

Honrará a quien se humilla.

Vuestro padre, señor, me honró en Sevilla

con este cargo mi lealtad premiando,

y estando yo en Montilla leuantando

aquesta gente, supe que tenía

poca tu alteza con mi compañía.

Vengo a servirle y doscientos hombres

bien vendrán, si los moros se defienden.

Infante.

Si el servicio de su rey atienden

los nobles, yo por él os lo agradezco

y del socorro el justo premio ofrezco.

Cangrejo.

Señora, el suegro aqueso va perdido.

Isabel.

Disimula si él me ha conocido,

ya yo estoy en campaña y arrestada

saldremos a beber por cuchilladas.

Infante.

Capitán, vuelva atrás la compañía,

y avisa de Aguilar que la osadía

del moro ha de templarse sobre sellos.

Isabel.

No es la gente, señor, que traigo en ellos

para espantar al moro en el bulto

sino para arrancarle del castillo,

aunque estuviera dentro de lo oculto

todo el infierno para resistillo;

y si quiere que no se pierda el día

pues están las escalas arrimadas,

solo licencia de mi compañía

que a pesar de sus lunas tremoladas,

he de poner entre ellas mi bandera

aunque este muro Babilonia fuera.

Vase.

Infante.

Solo ahora en mi vida tuve envidia,

y por pagaros el ofrecimiento,

os he de acompañar en el intento.

¡Soldados, hoy a asaltos, y pongan

Santiago y en batir todos me sigan!

Vase.

Corregidor.

Mi espada os sigue ya.

Isabel.

En mi compañía

Pag. 73

Vase.

Isabel.

hagan todos lo mismo tras la mía.

Vase.

Inés.

Soldados, a seguir esta bandera.

Todos.

¡Viva el infante!

Vase.

Cangrejo.

Y el castillo muera,

que por que huyan los perros de la plaza

al encuentro un moro le echa de maza.

Dentro.

Isabel.

Subir tengo aunque lluevan enemigos.

Dentro.

Infante.

A socorrer al Capitán, amigos.

Todos.

¡A vida todos!

Sale Lope.

Lope.

¡Ah, fortuna airada!

La ocasión de vengarme ya he perdido,

pues doña Juana de su honor forzada

que era mi hermana confesó a mi oído

que ya del lugar se hallaba ausente,

volviendo a mi venganza diligente

después que la dejé puesta en seguro;

siguiéndola he venido, mas por verla

aquí un moro en contra ella,

estando el campo todo en la batalla,

porque los moros viéndose asaltados

salida han hecho ya desesperados,

y en el muro y el campo se pelea,

pues donde mi furor mejor se emplea

que en aquesta ocasión, cielos, y veo

Lope.

a aquel soldado imitar a un trofeo,

que hecho un erizo de flechas sube al muro

a pesar de los bárbaros seguro,

y una bandera en él va tremolando.

Dentro.

Isabel.

¡Victoria por el ínclito Fernando!

Dentro.

Infante.

Ya los moros huyendo van.

Todos.

¡Victoria!

Vase.

Lope.

A tener parte voy en esta gloria.

Infante.

Que huyen los moros todo el campo...

Cangrejo.

De mí huyen, solo darles vuelvo a tiros.

Todos.

¡Viva el infante, victoria!

Salen Félix y Isabel.

Félix.

¡Cielos, si mienten mis ojos!

¡Isabel!

Isabel.

Detente, Félix,

y pues por dorar mis yerros

he hecho una acción tan gloriosa,

hasta que un perdón honroso

alcance, no me descubras;

calla, que el rey aguarda mi enojo.

Sale Lope.

Isabel.

¡Ay, Félix! Vente a mi lado,

que este es mi hermano.

Félix.

¿Qué oigo?

Él me ha robado a mi hermana.

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Lope.

Con su muerte mi honor cobro.

Isabel.

Eso no, que en este caso

yo a defenderle me pongo.

Salen todos.

Inés.

Señor, soldados, ¿qué es esto?

A mi capitán... Miralos

aquí tienes, a mi alférez.

Cangrejo.

Y aquí está el sargento.

Infante.

Pues viendo que esta victoria

se debe al valor heroico

de este capitán, y quien

se lo oponga cuando todos

darle las gracias debemos

por tan bien vencidos moros,

pedidme merced.

Isabel.

Señor,

a vuestras plantas me postro,

segura que en su sagrado

tengan mis fortunas logro,

y pues merced me mandáis

que os pida, no ha de ser poco.

La bandolera, señor,

que en este monte fragoso

satisfaciendo su honor

dio al reino tantos enojos

te pide...

Isabel.

te pide perdón en mí

y solo esta merced escojo

y la que hacerme prometéis.

Infante.

Yo digo que la perdono

desde pasar por Baeza

y al que dio causa a mi enojo

como ella quiera prometa

darle en justo matrimonio.

Félix.

Pues yo, gran señor, he sido

quien tuvo culpa de todo.

Isabel.

Y yo soy doña Isabel.

Infante.

¿Qué decís? Extraño asombro,

¿que sois mujer?

Isabel.

Mujer soy.

Infante.

Con servicios tan famosos

habéis cubierto el laurel.

Vuestras venganzas, yo borro,

y a ser padrino de los reyes

me obligáis, para que el enojo

del rey sea la primera

de amor en testimonios,

la segunda en vuestras bodas.

Daos las manos.

Félix.

Soy dichoso.

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Lope.

Con esto quedo contento.

Corregidor.

Yo no, porque a un deudo osado

una hija me ha robado.

Lope.

Si yo se la robo,

como a mi esposa la tengo.

Cangrejo.

Con esto se allana todo,

y porque con algo nuevo

sea causa que este coloquio

alférez, dame la mano.

Inés.

Tuya soy.

Cangrejo.

Y en testimonio

de que un sargento se casó

con un alférez, a todos

pide un víctor sin gemidos

con un perdón generoso,

dando aquí la bandolera

de Baeza, fin dichoso.

L L D

Finis laudem Dei

Se escribió en Zaragoza a 9 de Mayo de 1688