testo digitale di El buen ladrón y muerte de Cristo Nuestro Señor
Data di pubblicazione: 22 agosto 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El buen ladrón y muerte de Cristo Nuestro Señor. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-buen-ladron-y-muerte-de-cristo.
EL BUEN LADRÓN Y MUERTE DE CRISTO NUESTRO SEÑOR
Pag. 1
Ms
153
Pag. 2
Vv 253
Mss. 15324
Pag. 3
Vv - 253
Pag. 4
Ms. A
2.ª y 3.ª jornada
del
Buen Ladrón y Muerte de Cristo nuestro Señor
Véase Morir en la cruz con Cristo.
Distinta
Jornada segunda
Pag. 5
Salen Barrabás, capitán de bandoleros, y tres salteadores.
¿Qué rescata, caballeros?
¿Ha habido mucho que hurtar
por estos caminos fieros?
No se puede esperar
menos de vuestros aceros.
Algunas presas ha habido,
entre las que se han cogido,
que son de mucho valor.
Contadme, por vuestro amor,
todo lo que ha sucedido.
Es sin número la hacienda
que tenemos usurpada,
sin que ninguno lo entienda,
Vuestro término me agrada.
No hay nadie que no pretenda
señalarse en cosas tales.
Sois nobles y principales
y para aqueste ejercicio,
que tan de veras codicio,
o venís a ser muy leales.
Todo a tus pies se presenta
en señal de vasallaje,
Dadme, amigos, luego cuenta,
Sello: Biblioteca Nacional. Adquisición por el Gobierno en 1869
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al pie de aqueste boscaje,
de todo.
Acá aquí te asienta,
porque descanses, en fin.
Poneme aquí un traspontín.
Pónensele, y se sienta.
Aquí le tienes.
Decid lo que pasa
y referidme,
otras hazañas, en fin.
Desde ayer a mediodía
que nos dejaste, señor,
en esta selva sombría,
ha mostrado su valor
tu invencible compañía.
Aquí tenemos mujeres,
plata y oro de mercaderes,
que es una cosa infinita.
Pues salgan a las visitas.
En todo muestras quien eres.
Sacan una mujer y un hombre.
Aquesta mujer que topé,
de la suerte que se ve,
no sé si este es su marido;
responde, si eres servido,
de estos dos, ¿qué te place?
Que ningún dinero traían,
por más que los fui mirando;
la libertad me pedían,
dándome a entender llorando
que ya gastado lo habían.
¿Hacia dónde caminabas,
hombre vil? Que no pensabas
en mi renombre jamás;
por vida de Barrabás,
que has de dar lo que llevabas.
¿Adónde lo has escondido?
Dámelo aquí, si no quieres
verte preso y oprimido.
Del que sale con mujeres
siempre vive apercibido.
Cierto, señor, que salí
del modo que ves aquí.
Matadme luego este hombre,
porque la tierra se asombre
de lo que oyere de mí.
La mujer podréis llevar
para que pase la siesta
en prisión en este lugar.
¡Qué desventura es aquesta, señor!
No hay que replicar.
Llévanlos y sale un Escribano.
Aqueste hombre que ves,
le quité lo que traía,
que no fue poco interés.
¿Y qué fue?
Pienso que había
dos mil escudos.
¿Y él quién es?
Dice que es un escribano,
según confesó de plano,
que yo lo supe tan bien,
que iba a Jerusalén.
A fe que no vaya en vano,
porque estos siempre procuran
con sus plumas darnos muerte,
y en nuestro mal se conjuran,
por donde de aquesta suerte
nuestras desdichas procuran,
si este agora me cogiera.
Decidme, ¿qué es lo que hiciera?
Pag. 7
Yo os juro sin más pausa
que él escribiera una causa,
por donde yo pereciera,
corta de luego la mano,
para que no escriba más,
ni pueda ser escribano.
¡Escúcheme, Barrabás!
¿Qué he de escucharte, tirano?
Dices bien que le cortes
esa mano, ¿y qué me cortes
de su vida en tanta mengua,
si no le cortas la lengua?
Bien es que su vida acortes;
y de luego la lengua a cortar,
sin que pueda replicar,
que estoy de cólera ciego,
y es bien que el sol de mi fuego,
sin ella pueda contar
de mi pecho el vivo rayo.
Llévanle, y sacan un gitano que baila.
Junto al Jordán en un llano
topé con este gitano,
al punto que amanecía,
sin ninguna compañía.
Que te ha de agradar es claro,
porque baila por el cielo,
y por eso te le he traído
ante tus pies, que recelo
que ha de ser bien recibido,
y que es un águila en el suelo.
Servirá un poco de fiesta,
en esta verde floresta,
con que te alegres, señor.
Tocan y baile el gitano.
Venga luego el tañedor
mientras se pasa la siesta.
Él baila con gran donaire,
y me ha dado gusto, a fe.
¿Qué se hará de su desgaire?
Ahorcarle, porque dé
cabriolas en el aire.
Llévanle, y sacan a Pilatos el cuarto salteador.
Cerca de este oscuro monte,
y alumbra el cielo estrellado
con la luz de su horizonte,
topé con este letrado.
Llega, pues, y a mis pies ponte.
¿A qué parte caminabas?
¿Y de mí no te acordabas?
Dime tu nombre y tu trato.
Llámome Poncio Pilato.
Pues tan descuidado andabas,
¿no has oído jamás
en Roma la fama y nombre
del capitán Barrabás?
¿Quién habrá que no se asombre,
viendo del modo que estás?
A saber los miseriados,
que huyeron amedrentados
cuando me vieron prender,
de verte en tan vario ser
dejarán verse admirados.
Dime, pues, no con doblez,
¿dónde vas con tal vejez?
A Jerusalén me envía
el César, que gusta y fía
que le he de ser buen juez.
No te pienso perdonar,
ni con eso me requieras
para poderme obligar;
que si en tu poder me vieras,
me hicieras crucificar.
De continuo en nuestro daño
os desveláis sin provecho
para encubrir vuestro engaño;
mas, por quedar satisfecho,
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he de vengarme, entended,
agora he de presidir,
y tú tienes de morir;
porque siendo tú juez,
si vives alguna vez,
me darás en perseguir;
así de luego llevadle,
y por mi gusto también
en un palo crucificadle,
porque vea Jerusalén
en lo que estimo su alcaide.
Dos mil julios te daré,
con firme palabra y fe,
gran capitán Barrabás,
si aquesta vida me das.
Por cien mil no la daré.
Llevadle luego de aquí;
deste letrado infiel
no me estéis moliendo ansí,
porque quiero hacer yo de él
lo que él hiciera de mí.
Lleva el cuarto salteador a Pilatos.
Llevan a Pilatos y sacan a San Juan Bautista, niño de siete años, con pieles, descalzo y con una caña y clamar.
A la orilla del Jordán,
donde sus corrientes van,
con este niño encontré;
y según me ha dicho, a fe,
que su propio nombre es Juan.
Y aunque de tan tiernos días,
tiene en sí tanta humildad,
que me parece otro Elías
en virtud y santidad,
sin declarar profecías.
Y entiendo que hay más de ellos,
de los justos en terreno,
que, mirando su doctrina
santa, cual por sí adivina, imagina
si Juan es el mismo Dios.
Tu vista me pone espanto,
y pienso para entre nos
si este niño no es Dios,
debe de ser un gran santo.
Dime, niño, en este día,
pues cual águila veloz
vuelas con tanta alegría,
¿quién eres?
Soy la voz
del mismo Dios que me envía.
Llevadle y dadle la muerte,
porque así mi bien se acierte,
y quitadle la cabeza.
A hacer penitencia empiezo,
y ha de ser mejor mi suerte.
De esta cabeza que ves
tiene de ser presentada
para mayor interés,
y en fin ha de ser cortada
por decir verdad después.
Vuelve, Barrabás, en ti,
no estés de esa suerte ansí,
pues ves que hay Dios y que hay ley;
y mi cabeza otro rey
la espera, no es para ti;
teme ya de Dios la ira,
y busca ya tu provecho,
pues en ti mi voz aspira.
Mira los males que has hecho
y advierte que Dios te mira:
¡cien doncellas has gozado
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y su honor les has quitado;
sin tener jamás gobierno,
mira que hay Dios y hay infierno
que castiguen tu pecado.
¡Vuelve y mira, pecador,
todos los males que has hecho;
saldrás en justo rencor,
antes que te veas deshecho,
del rayo de su furor!
Matadle luego al momento,
y de cólera reviento.
¿Cómo he tenido paciencia
de mirar en mi presencia
este loco atrevimiento?
Que se entren los dos y sale el salteador 4º y le halla a Pilatos alborotado.
Escúchame, Barrabás,
estoy con mortal cuidado
viendo del modo que estás.
¿De qué vienes tan turbado?
Cuéntame, amigo.
¡Ay, Dios!
Obediente a tu mandado,
de la suerte que te diste,
en un punto nos embiste
todo un ejército armado.
Y hicimos lo que pudimos,
y allí el presidio defendimos,
mas la gente que llegó
del César no le quitó,
y huyendo de ellos venimos;
diez de ellos son los que han muerto,
y a ti te vienen buscando
por medio de este desierto.
Míralos que van bajando.
Que si quieres al punto,
ves que el bien y el mal juntos,
antes que no haya remedio,
si nos cogen en medio,
algunos andan barruntos.
Vámonos luego de aquí,
que este temor y este susto
que me tiene fuera de mí.
Sin duda soy desgraciado,
desde el punto en que nací.
De aquesta rabia quisiera
vengarme de otra manera,
pero solo con cortarse
algún día y quitarse
aquella lengua parlera.
Vanse todos y queda San Juan solo.
¡Triste de ti! ¿Dónde vas?
Que no buscas testimonio
al vicio en que airados,
pero al fin eres demonio,
pues te llamas Barrabás.
Como sin Dios ni conciencia,
con poco seso y prudencia,
sigues tan torpe camino,
ofendiendo al Rey divino
sin procurar penitencia.
¡Triste de ti si te embarcas
en la nave del pecado,
cuya vanidad abarcas,
que te has de ver anegado
si echan a fondo tus barcas
los que en pecados vivís!
Cierto, ¿cómo no advertís
que es el pecado enemigo?
Temed de Dios el castigo,
pues como vivís morís,
y asentada la sentencia,
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Vase.
a bien enmienda, que ya es hora
si os mueve vuestra conciencia.
Pues voy predicando agora:
«¡Penitencia, penitencia!».
Sale Dimas de la cárcel, mal vestido.
Sale un hombre y prosigue.
Diez meses he padecido,
y me he visto perseguido
en esta triste prisión,
sin haber dado ocasión
jamás a hombre nacido;
que tengo, de afanes muriendo,
de hambre en esta ocasión,
quien me viene persiguiendo
sin causa ni razón,
de sed siempre padeciendo.
Remedie el cielo mi pena
en tanta calamidad,
pues estoy en tierra ajena
y, en fin, la necesidad,
jamás hizo cosa buena.
Desnudo y pobre me veo
en aqueste humano empleo,
después que murió la reina,
que en el cielo vive y reina:
desocupado lo veo.
Ya mis bienes y mi esperanza
murieron y se acabaron,
con esta triste mudanza,
que siempre los que privaron
se acuerdan de la privanza.
¿Dónde iré de aquesta suerte
que a tener socorro acierte?
Tente, fortuna enemiga,
antes que publique y diga
que aun me alargas la muerte,
si Job, en un muladar,
con gran pobreza se vio,
y Dios le quiso probar,
premio la dicha le dio
en este triste lugar,
parece que siento gente.
Quiero esperar humilmente
y algún socorro pedir,
que para poder vivir
es necesario y decente.
Sabe el cielo si quisiera
tener en qué trabajar,
por no estar de esta manera;
mas quiéreme Dios probar
por ver mi fe verdadera.
En este punto, señor,
con gran miseria y dolor
salgo de prisión, cual digo.
Vase.
No tengo qué os dar, amigo.
Sale un galán y prosigue.
¡Ay, tal pena a tal rigor!
Denme los cielos paciencia,
pues tuvieron fin mis dichas.
Dirase por experiencia
que suelen ser las desdichas
crisoles de la conciencia.
Un galán viene hacia aquí;
quiero llegarme. ¡Ay de mí!
Dadme limosna este día.
Vase.
No tengo, por vida mía.
Paciencia, pues es ansí.
Sale un segador.
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¡Lleve Bercebú tal juego,
y aquel que jugare de ahora
en su vida!
A aqueste llego.
¿Y al fin le parece dar
de mi paciencia testigo?
¿Tenéis qué dar a este pobre,
así la riqueza os sobre
y os libre de testimonio?
Daros he, hermano, al demonio.
Vase.
Paciencia, mi pecho, cobre.
Sale un labrador y prosigue.
Un labrador imagino
que viene; quiero llegar
a pedir en el camino.
Pues estos suelen en el dar
ser liberales contino,
dadme alguna caridad,
que salgo de una prisión
con mucha necesidad,
dolor de mi pasión.
Buen mozo sois, trabajad,
y haciendo aquesto que digo,
de aquesta manera, amigo,
no os faltará de comer.
¿Pues quién me querrá acoger,
siéndome pobre y mendigo?
Si vos, amigo, me dais
fianzas, yo os llevaré
donde al momento comáis.
No conozco a nadie, a fe,
soy solo, cual miráis.
Tal noble me pareceréis,
que aunque nunca me las deis,
conmigo habéis de venir.
¿De qué os tengo de servir,
pues tanta merced me hacéis?
De guardar cierto ganado
de cerdas.
Yo lo haré bien.
Pues ha querido mi hado
que me venga a ver también
y en tan miserable estado.
Agora me considero,
en aqueste trance fiero,
un pródigo en las desdichas,
pues al fin de tantas dichas
he venido a ser porquero.
Siga su deleite el mundo,
descubriendo sus derrotas,
en aqueste mar profundo,
y en desear las bellotas
soy un pródigo segundo.
¿Cómo es vuestro nombre, amigo?
Dimas me llamo.
Pues digo,
amigo Dimas, que tengo
un hijo tonto, y prevengo
que venga a estar conmigo,
porque el pobre es mentecato
y tengo miedo no pierda
algún marranchón del hato
deste ganado de cerda,
que se nos pierde a cada rato.
Allí pasaréis la vida,
sin que os falte la comida;
porque, como digo, Bato
es un grande mentecato,
y trae la hacienda perdida.
El alma tengo suspensa,
con esta estrella enemiga,
causa de mi pena inmensa;
mas necesidad obliga
a lo que el hombre no piensa.
Pag. 12
Echad por esos atallos,
que están los lechones bayos,
según sospecho y recelo.
Sin duda me guarda el cielo,
para mayores trabajos.
Vanse.
Sale Gestas vestido de pieles con bastón en la mano.
Después que en este desierto,
he vivido desviado
del mundo y su desconcierto,
vivo libre y descuidado,
y que es lo mejor es cierto,
aquí en esta soledad,
sin pompa ni vanidad,
junto a estos verdes laureles,
paso el tiempo con mis pieles.
Muy mejor que en la ciudad,
todo el tiempo que he gastado,
en ser cruel y homicida,
me pone en mortal cuidado,
aquí pasaré la vida,
hasta pagar mi pecado.
Aquesta selva me agrada
y en ella tengo posada,
que es todo mi gusto y bien,
porque ya Jerusalén
con justa razón me enfada.
Aquí determino estar
en este monte escondido,
sin salir de este lugar,
que pues he estado dormido,
ya es tiempo de recordar.
Haga Gestas penitencia,
de su maldad e insolencia,
porque no le trague el suelo,
y a voces publica el cielo
mi torpe y mala conciencia.
Sale un mercader huyendo con unas joyas en brazos.
Corriendo por el desierto,
con el miedo de la muerte
vengo huyendo de esta suerte,
como el que se ha visto muerto.
¿Adónde hallaré acogida?
Parece que un hombre veo.
Si no me engaña el deseo,
que podrá darme la vida.
Amigo, si es que en vos mora
misericordia y piedad,
os pido por caridad,
que me socorráis agora.
Soy un pobre mercader,
que aquestas joyas llevaba,
con que mi vida pasaba,
y ganaba de comer.
Iba agora de camino,
con otros en compañía,
y la desventura mía
me persigue de contino.
Dos leguas y poco más
de aqueste apacible centro,
al subir de un valle, encuentro
las gentes de Barrabás.
Mataron a mis compañeros
y yo solo me escapé
de la muerte que severa,
con ansias de mis dineros.
Llevadme a vuestra cabaña,
así el cielo soberano
os premie con franca mano
la gloria de aquesta hazaña.
Quisiera en esta ocasión,
porque mi voluntad vieses,
tener para regalarte
muchas grandezas e intereses;
Pag. 13
Siéntanse.
y en lugar de mi cabaña,
que es hecha de mirtos verdes,
tener los ricos palacios
que hubieron Darío y Jerjes;
las alfombras de Tartaria
y las pinturas de Apeles;
ricos colchones de pluma,
que a grandes príncipes tienen;
las sábanas de algodón,
las almohadas de redes,
adonde del oro y plata
envidiosa tuviesen;
al pie de estas claras fuentes,
todas las siestas del mundo
pasando la vida alegre;
quisieras tener mil huertas
de arrayán y sauce fértil,
porque al olor de sus flores
logres descansando siempre;
quisieras tener las aves
y los pájaros celestes
para que al salir del alba
alegres salvas te diesen;
y al fin, para tu comida,
quisieras tener al fénix,
que alzan en los montes de Arabia
tiene su nido y albergue.
Pero los ricos colchones
y los palacios de Jerjes,
las alfombras de Tartaria,
y las pinturas de Apeles,
las sábanas de algodón
y las almohadas de redes,
las aves y pajarillos,
y a la blanca y bella fénix,
todos en mi voluntad,
para tu servicio tienes.
En efeto, en esta choza
tendrás adonde te alegres,
y en ella te haré la cama
de juncia, mirra y laureles,
y sobre todo tendrás,
con que te abrigues, dos pieles.
Siéntate conmigo aquí,
y cuéntame de dónde eres,
y tendré por gran regalo
que alguna cosa me cuentes.
Con tan buen acogimiento
no es bien que cosa se os niegue,
que me habéis robado el alma.
Ved vuestro gusto qué quiere.
Solo quiero que me digas,
noble amigo, ¿dónde fueres?
En Jerusalén nací,
y en ella tengo parientes
de valor.
Mucho me he holgado
de saber lo que refieres.
Mas dime: en esa ciudad,
¿conoces alguna gente?
Casi la conozco toda,
por el trato en que se ejerce.
¿Conociste a Jonás allí,
noble y de ricos parientes?
¡Y cómo si conocí!
Es un hombre maldiciente,
sin ley, sin Dios, ni justicia,
ni vergüenza entre las gentes.
Pag. 14
pues que un hijo tenía,
otro ladrón insolente,
llamado por nombre Gestas,
el cual tuvo mala muerte,
según por allá se dice,
ser que en Egipto se entiende,
que murió crucificado
por sus delitos aleves.
¿Conociste tú a ese Gestas?
¡Di, pues dices tantos bienes!
Bien le conocí.
Levántase Gestas.
Pues dime,
falso enemigo imprudente,
¿cómo, si le conociste,
de la muerte te refieres?
No, a mis ojos, soy yo
que delante me tienes.
El cielo me ha dado la vida,
y para ti de la muerte.
Ya te digo, villano,
que todo el mundo miente,
que Gestas es muy honrado,
y hace como noble siempre.
Perdonadme, señor Gestas.
No perdono yo a quien quisiere
poner lengua y deshonras
a quien el lauro merece.
Tomad las joyas, señor,
y todos los demás bienes,
y dejadme con la vida.
Muere de esta vez, aleve.
Dale dos con el bastón y hácele bajar, y dicen dentro:
¡Ay, que me has muerto, tirano!
Porque quiero que escarmientes,
y que no pongas la lengua
en los demás que vivieres.
Vuelve a salir Gestas con la caja de las joyas.
Vase.
Con estas joyas agora
y con todos estos bienes,
me quiero tornar al mundo,
y dejar aquestas pieles,
que ha sido terrible engaño
el vivir entre serpientes,
pudiendo gozar de damas,
de fiestas y de banquetes.
Y aqueste Jesús me ha dicho,
no una, sino mil veces,
que he de morir por ladrón
en Jerusalén un viernes,
al lado de un gran señor;
aquí a Dios, si yo conociese,
me podría dar la vida,
y un reino eternamente.
Y que si no le conozco,
por estos tormentos crueles,
me he de ver en el infierno,
penando y muriendo siempre;
pues ya presto estoy,
para que este fuego ardiente,
¿de qué me sirve de estar
entre estos montes silvestres?
Al mundo me he de volver,
y gozar de sus deleites,
robando a cuantos topare;
pues es aquesta mi suerte,
a Jerusalén me vuelvo,
que allí quieren entretenerme,
que si he de morir en cruz,
poco sirve que me ausente.
Pag. 15
Sale Dimas como porquero con un fajado.
Cuando me pongo a pensar,
en el punto que me vi,
¡me da gana de llorar!,
y en un momento subí
y en otro vine a bajar,
¡qué de veces me he librado
en aqueste humano estado,
por mi desdicha y mi suerte,
de las manos de la muerte
a que estaba condenado!
Si ansí quisieres, fortuna,
de ofenderme y de matarme,
pues desde mi tierna cuna
me subes para arrojarme
del alcázar de la luna.
Del pródigo soy traslado,
bien al natural sacado,
pues vengo a ser en el mundo
quien representa el segundo
guardando aqueste ganado.
¡Mundo miserable y triste,
que siempre vas declinando!
¡De un otro trono me viste!
Mas como al fin vas rodando,
conmigo en el suelo diste.
No es solo un mal el que lidia
conmigo, que me fastidia
en este estado cruel,
que también viene con él
la ponzoña de la envidia,
a este hombre que haya venido
a tener en este suelo,
¡las desdichas que he tenido!
Sin duda que allá en el cielo
tengo algún dios ofendido.
Que sea la muerte tan fuerte,
conmigo de aquesta suerte,
porque sabe que la quiero;
mas sospecho que no muero
porque me agrada la muerte.
Sale Bato, pastor simple, llorando.
Después que faltó mi madre,
(no cabe en mí regocijo),
que es bien que el llorar me cuadre,
pues no me trata cual hijo
en esta ocasión mi padre,
¿qué es lo que aguardo? Y espero,
que si el dolor con que muero,
da al traste con mis razones,
siendo guarda los lechones
a un hombre que es extranjero.
¡Triste de mí! ¿A dónde iré,
sin mis lechones queridos,
a quien ofrecí mi fe,
que andan tristes y amaridos,
después que yo los dejé?
Todo me falta, cual digo,
y el tiempo me es enemigo.
Yo me acuerdo cuando entraban
más lucidos y se holgaban
en este campo conmigo,
pues la lechona parida,
Pag. 16
a quien regalaba Bato,
que flaca está y amarida,
por aqueste mentecato,
¡ay, lechona de mi vida!
¿Por qué lloras, Bato amigo?
Oye atento lo que digo:
dime todo lo que has,
que en mi consuelo hallarás,
si te consuelas conmigo.
Cuéntame quién te ha enojado,
que te juro y te prometo,
a fe de pobre soldado,
que esté en profundo secreto
lo que me fuere contado.
Amigo no sos amigo,
y esto con razón lo digo,
Ninunia damas espiritis,
porque después que venistis,
os tengo por enemigo.
¿Decí, sois mejor que yo?
¿O sois vos de mejor madre,
que la que a mí me parió?
¿Y en conciencia mi padre,
mis marranchones os dio,
si vistis que los guardaba
y con ellos me alegraba,
en este campo de Dios,
para que me quitáis vos
las cosas que más amaba?
Dejad vuesas pretensiones,
¡noramala para vos!,
y volvedme mis lechones,
si no queréis que los dos
andemos a mojicones.
Que si os veo descuidado
algún día en este prado,
yo sé que os ha de pesar,
porque os tengo de cascar
con la porra del cayado.
Que aun hasta aquí no reposo;
¿qué tengo, cielos, de hacer,
si el padecer es forzoso,
que del trono del placer
me derriba un envidioso?
¿Dónde iré de aquesta suerte,
que a poder vivir acierte,
si conciencia no tuviera,
en este punto le diera
a este villano la muerte?
¿Qué sino o planeta airado
me atormenta y me fastidia
en tiempo tan desdichado?
Pero sin duda la envidia
ha nacido en este prado.
Quiero callar y sufrirme,
y de aquestos montes irme,
que este salvaje grosero
se muere por ser porquero
y gusta de perseguirme.
Si me voy, ¿serás mi amigo?
Sí, por Dios, si vos os vais
de la manera que digo;
que si en el hato quedáis,
seréis siempre mi enemigo.
Pag. 17
Abrazadme, porque quiero
seguir el mal de que muero.
¿Hacia dónde queréis ir?
Amigo, voy a morir,
porque ya a la muerte espero.
¿Luego la muerte buscáis?
Con ello descansaré
del tormento que miráis.
Pues, Dimas, en buena fe,
¿decís de veras que os vais?
Este villano me enfada
con esta envidia pesada.
Digo que vos lo veréis.
¿Y cuándo, amigo, os iréis?
Luego será mi jornada.
Dame un pedazo de pan,
para que pase el camino
en medio de tanto afán,
que mis males imagino
que ya acabándose van.
Tomad de aqueste zurrón,
lo que hubiere sin pasión;
que viendo que me dejáis,
mis lechones y que os vais,
era poco el corazón.
Quisiérote, amigo, abrazar,
por fin de mi despedida.
Abrázanse y vase Bato.
De hoy más os torno a aguardar,
marranchones de mi vida;
ya bien me puedo alegrar.
La envidia me persigue y me da guerra
y me tiene en aqueste pobre estado,
donde mi pena y mi dolor se encierra.
Sin duda he sido siempre desdichado,
pues así me persigue cielo y tierra.
¿Qué desdichas son estas que he pasado,
que me tienen agora de esta suerte,
y aun no me quiere bien la misma muerte?
¡Qué de cosas he visto en esta vida
y qué de desventuras me han trillado!
Bien es que de este mundo me despida,
por no verme metido en tal cuidado,
¿qué es aquesto, Fortuna, tan caída
en esta tan terrible prohedado?
Pero pues que la envidia me fastidia,
¡válgame Dios, despreciador de envidia!
Sale Barrabás.
Mientras que llega a este monte
mi gente, quiero aguardar,
antes que el sol se remonte
y ya se empica a eclipsios,
poco a poco en su horizonte;
presto pienso que vendrán
a ver a su capitán.
Vilos de aquí cerca
de este monte en una cerca,
adonde robando están.
Pero un hombre de buen talle
parece que he visto allí;
quiero llegar a miralle,
si trae dinero.
¡Ay de mí,
que vengo a estar de este talle!
Quejándose está, y yo quiero
saber si lleva dinero.
Muerte, ¿por qué te detienes?
¿Adónde estás que no vienes,
pues que sabes que te espero?
¡Oye, hidalgo!
¡Ay, amigo!
¿Dónde camina?
A la muerte,
Pag. 18
aunque siempre está conmigo,
porque la espero muy fuerte.
Pues, volviendo al caso, digo:
¿adónde lleva el dinero?
¿Dinero, caballero?
El que lleva, por ventura.
Mi bolsa va bien segura
de ese trance duro y fiero.
¿Qué dinero ha de traer,
en aquesta coyuntura,
el que se ha venido a ver,
en tan grande desventura,
que mayor no puede ser?
Con un labrador estaba,
unos lechones guardaba,
pero el dolor que en mí lidia
vio con pesar de la envidia
que en un villano reinaba.
Pobre voy, como me veis,
en medio de tal rigor;
remediadme, si queréis,
porque con algo, señor,
mi tormento remediéis.
Un mozo de vuestra edad,
y en aquesta mocedad,
¿ha de pasar tal pobreza?
¡Por Dios, que es grande bajeza
y terrible flojedad!
Pues ¿qué he de hacer, mi señor?
Yo y bueno, por mi amor,
porque nos habéis de enrolar,
para que os vaya mejor.
Pues ¿qué ejercicio tenéis,
y a que vos me respondéis,
siendo tan noble y galán?
Yo, amigo, soy capitán
de un escuadrón, cual veréis.
Pues yo quisiera, señor,
entrar por vuestro soldado,
soy hombre, aunque de honor.
Pues decid: ¿habéis mostrado
al mundo vuestro valor?
¿Habéis robado contino
en uno y otro camino?
¿Habéis forzado doncellas
por ser hermosas y bellas?
A nada de eso me he inclinado;
más quiero andar mendigando,
hecho siempre un pordiosero,
y no hacerme bandolero
y andar continuo robando.
¡Por Dios, que desatináis!
¿Y que teniendo tengáis
esa pobreza, ¡a fe mía!,
pudiendo hurtar cada día
mil cosas con que comáis?
Cuanto más, que muchos reyes
de nuestras humanas greyes,
sin perder de sus blasones,
gustaron de ser ladrones
y de seguir nuestras leyes.
El rey Ciro, ¿no hurtó?
Y Ulises, ¿no hubo a gran bien
todo aquello que robó?
Y Tulio César también,
de ser ladrón se apreció.
Pues si aquestos que aquí ves
y sin fin que ha habido después
se honraron y se preciaron
de todo aquello que hurtaron
y tuvieron a sus pies,
¿por qué tienes a bajeza
el hurtar por los caminos,
siendo de tanta grandeza,
que hasta los dioses divinos
lo han tenido por nobleza?
La necesidad me obliga
Pag. 19
a que vuestro oficio siga,
que nunca pensé jamás
ser ladrón; pero, como es,
a lo que es menester obliga.
Venid tras mi precepto,
que hallado mi escuadrón,
vos veréis mi limpio celo.
Tú serás un buen ladrón.
Plega a Dios lo sea del cielo.
Vanse.
Sale Gestas muy galán y con él un criado.
¿Ves la causa, mis ojos,
de aquesta melancolía?
Desecha un poco el dolor
y dime, por vida mía,
¿qué tienes?
¡Muero de amor!
De aquella ingrata, ¿sabes?,
el sentimiento tan grave,
que acrecienta mis enojos,
y tiene un lince en los ojos,
aunque los muestra süaves.
Pártete luego al momento,
que estoy de amor abrasado,
y dile mi pensamiento,
y quizá se habrá acabado
tan riguroso tormento.
Pues, ¿qué quieres que le diga?
Que no se muestre enemiga
a quien la desea servir.
Eso y más pienso decir.
Anda, y si mi amor te obliga,
dile cómo quedo ciego,
y que he de venir a andar
cual mariposa en el fuego.
¿Dónde te tengo de hallar?
Vase.
En esta casa de juego.
Amor cruel, bocado ponzoñoso,
niño desvergonzado y atrevido,
viejo caduco, loco y sin sentido,
ciego con vista, oráculo dudoso,
basilisco mortal, ángel hermoso,
espantable león, perro dormido,
sierpe de Libia, toro embravecido,
gigante en armas, áspid riguroso,
arco con flechas de oro, bronce y plata
que procuras tirar por darme muerte,
mira que tu rigor me vence y mata.
No te muestres conmigo tan rabioso y fuerte,
¿pero quieres que venza aquesto, ingrata,
y que te pene siempre de esta suerte?
Salen un alguacil y un acreedor, que traen preso a Jonías, padre de Gestas.
¿Eso se tiene de hacer
con un hombre como yo?
Procurad vos de pagar
el dinero que os dio,
y así os librarán de aquesto.
Buen hijo y rico tenéis.
Pagad hoy, pues podéis.
¿Y esto se ha de consentir?
A la cárcel habéis de ir
si no es que aquí me paguéis.
Muy rigurosos estáis.
¿Por qué a mi padre lleváis
de esa suerte aprisionado?
Por dineros, hijo amado.
Pues, ¿por qué no los pagáis?
Porque no tengo, hijo mío,
con que poderlos pagar.
Este es total, muy grande desvarío,
y muy bien los podéis dar.
Véngase a albedrío.
A la cárcel podéis ir,
Pag. 20
y allá podéis remitir.
Aquí, ¡iros! Deste dinero,
que, aunque lo tengo, no quiero
con vos agora partir.
Eso se consiente. ¡Adiós!
Y da la cárcel a mí,
que no pienso dar por vos
tan solo un maravedí.
Bien se han pagado los dos.
Pagad lo que habéis gastado
y comido a buen sabor,
que ya estoy escarmentado.
¡Plegue a los dioses, traidor,
que mueras crucificado,
y que en el trance postrero
no te oiga el Dios verdadero!
Ved que estamos esperando.
Vaya, que está caducando.
Vase Gestas.
¡Ver aquesto, ingrato fiero!
En mi vida he visto tal.
No ha nacido hijo de madre
de tan cruel natural.
¿Cómo, y a tu mismo padre
trates ansí, desleal?
Vanse.
Llévanle preso y sale el criado de Gestas.
¿Dónde hallaré a mi señor
para decille el furor
de aquella ingrata bellaca,
a quien la Naturaleza
hizo archivo del rigor?
Primero se allanarán
los montes más encumbrados
y por tierra se verán
que descansen sus cuidados,
en medio de tanto afán.
Muy bien despachado vengo
con la respuesta que tengo;
¿qué ha de decir mi señor
cuando escuche su rigor?
Pero en vano me detengo,
a decillo quiero ir;
la respuesta que me dio,
que acorta el vivir,
o en pensar que pueda un no
hacer a un hombre morir.
Sale Gestas como que ha perdido, rompiendo naipes.
¡Reniego de la fortuna,
siempre en mi daño importuna,
que contino he de perder
el dinero sin tener
en el juego dicha alguna!
¡Malahaya quien me parió,
y la leche que mamé,
y el padre que me engendró!
¿Por qué das voces?
No sé.
¿Perdiste acaso?
¡Quemé!
Desecha aquese rigor.
¡Y que me ganase la flor!
¡Por el cielo soberano,
que quien perdió aquella mano
es un infame traidor!
¿Quieres saber lo que ha habido,
mi señor, de tus amores?
Dímelo, ¿qué ha sucedido?
Que con tan altos sabores
olvídose lo perdido.
De la suerte que mandaste
fui a ver la Ninfa, y tu nombre,
disfrazado en lluvias de oro
con el mayor de los dioses
llegué, mi señor, a hablarla,
buscando mil invenciones.
Una mujer que es honrada
requiere muchos tenores,
y quiso al fin mi ventura
Pag. 21
que salió de casa entonces
su marido, con que tuve
lugar de dar mis razones.
Preguntóme qué buscaba,
y de verme allí turbose,
eclipsando la vergüenza
sus dos angélicos soles.
No podré significarte
las ansias y los temblores
que tuve cuando me vi
dentro de sus corredores.
Mostrando nuevo aliento
llegué a su bello horizonte,
en sus mejillas bellas,
siembra sus ojos la noche,
díjele: «Señora mía,
mi señor, que ya os conoce
por la fama que ha volado
de ese pecho al suyo noble,
os suplica, pues podéis,
que remediéis sus dolores;
que el fuego que tiene
puede abrasar cien mil montes;
estimad sus cortesías,
a decir que ha tenido
ventura en vuestros amores».
Apenas llegué a este punto
cuando con cien mil rigores
se levanta del estrado
y en alta voz me responde:
«Dile a Festas, tu señor,
y no quiera que me enoje,
que ya se sabe quién es
por la fama y por el nombre
y deje sus esperanzas,
antes que sus pretensiones
le den el justo castigo
digno de su intento torpe;
esto me dijo, en efeto,
y esto por mí te responde:
no te enamores jamás,
señor, de damas tan nobles».
Mete mano.
¡Te juro y te prometo
que al bajar los escalones,
y con ser más de setenta,
no pude contar ni aun doce!
¿Desvergonzada? ¡Esto pasa,
sin duda! ¿No conoces
que Festas podrá gozarte,
antes que pase la noche?
Y que lo vengo a cumplir
ansí juro por los dioses,
por el alto firmamento
y por los celestes orbes,
de matar a tu marido
y de derribar tus torres,
arder toda tu hacienda
y quemar todos tus cofres,
y a toda Jerusalén
si delante se me pone,
¡a fuerza muera esta ingrata!
¿Qué es esto? Das en los postes.
¡Ah, mi señor! ¿Qué haces,
que temo los testones?
Vase.
¡Déjame, que loco estoy,
y como loco doy voces!
Vase.
¿Quiero seguirle? Aún que temo
que todo el mundo alborote.
Salen Barrabás y Dimas y dos salteadores.
Yo y toda mi compañía,
con muchísima alegría,
Pag. 22
En este lugar que estamos,
como te digo, gustamos
de que mandes este día,
y así de aquesta manera
iremos todos mandando
con amistad verdadera,
en todo prueba mostrando
una lealtad muy entera,
y pues aqueste es mi día,
mando que la compañía
salga al camino a robar
y que me vengan a dar
cuenta como cosa mía.
Parece que viene gente.
A esta parte nos pongamos,
por si alguno nos siente,
podrá ser que nos perdamos
y que el César nos afrente.
Salen dos caminantes.
¿Adónde, ansí, camináis?
Yo y mi compañero,
de la muerte que miráis,
vamos camino.
Quiero
ver si dinero lleváis.
Hartos pocos llevó,
que ayer de Menfis salí,
y aun ayer se publicó,
anteayer, según huí, de algunos oí
como el gran César murió.
Y de algo venga el dinero,
que es menester.
Yo quiero,
pues mando en aqueste día,
que toda mi compañía
me obedezca como espero.
Venid acá, que lleváis,
allegad, sin os turbar;
dos julios traigo, ¡a fe mía!,
que mi bolsa anda muy pía.
¿Y vos con cuánto os halláis?
Yo también, señor, conmigo
para un momento el dinero.
Pues dad eso a ese amigo,
los tres a aquel compañero,
pues veis que tomando elijo,
que en estos caminos fieros,
corsarios y salteadores,
os doy mi palabra y fe,
que este caballo ande a pie
sin ir también sin dineros.
Los otros tres os tomad,
y estos otros cuatro me dad,
que con eso os sostenéis,
para el camino que hacéis.
Medraremos, en verdad,
si siempre por aquesta vía
¡Collejas! ¡Bien pagaremos!
Ya sabéis que hoy es mi día.
En todo te serviremos,
con fe, con gusto y porfía.
Quítenles, pues, los vestidos.
Dejadlos, si sois servido,
y por ellos os daré
a mis cuatro julios, ¡a fe!,
y ándese agradecido.
El cielo prospere y guarde
por largos años tu vida.
Vámonos de aquí, que es tarde,
Pag. 23
Proseguid vuestra partida.
Vanse los caminantes.
En fuego mi pecho se arde.
Sale un pobre.
Dadme limosna, señores,
así alcancéis mil favores
del que el cielo manda y tiene.
No es bozo que te nos viene
el bribonazo con flores.
Váyase luego de aquí,
si no quiere que le demos
con algo.
¡Triste de mí!
Dejadle.
Bien medraremos
si esto pasa a siempre ansí.
Toma aquesta capa, amigo,
que bien la habéis menester,
que estáis muy falto de abrigo.
El Dios de mayor poder,
en tu muerte esté contigo.
Vete en paz.
Deste suelo,
para hallado tal consuelo.
La capa al pobre le ha dado.
Vase el pobre.
Él es un ladrón honrado.
Plegue a Dios que sobre el cielo.
Sacan una mujer.
Aquesta mujer que ves,
la topé en este camino.
No ha sido mal interés,
porque su rostro divino
un ángel nos dice que es.
Bien lo dice y manifiesta
su rostro; duerma esta siesta,
porque es mi gusto, conmigo;
después podréis, amigo,
tener con ella la fiesta.
Meténla adentro, y sacan a Gestas con una mujer, y sale el cuarto salteador.
Después que de este lado
he robado noche y día
con particular cuidado
por dar a tu compañía,
en los hurtos dechado,
todo viene a tu poder.
Este hombre y esta mujer
te ofrezco con nuevos dones
de logradas ocasiones
y con lo que puede ser.
Della se viene quejando,
según he entendido yo,
porque este que estáis mirando
a su marido mató,
con otros tres desrobando;
dice que quemó su casa
sin poner en nada tasa,
porque no le dio lugar
para poderla gozar.
¡Oh, que tanta maldad pasa!
Matalde luego al momento.
Aguardad, pues me parece,
para que tome escarmiento,
volvedle a la mujer,
que le tenga a su contento.
Yo te perdono, señor.
En eso has hecho mejor;
como mujer de valor
y de inestimable nombre,
ganes un grande renombre,
te deba el lauro mayor.
Pag. 24
hoy ensalce tu renombre,
y el hijo como mujer,
y tú, en efeto, cual hombre.
D'aquesta mujer, ¿qué haremos?
Conmigo puede quedarse.
Y la otra que tenemos,
que trata detiene le darse,
pues en todo obedecemos.
La una ya he dicho, amigos,
duerma la siesta conmigo,
y la otra de esta noche
hoy ha de venir cuando el coche,
deseoso vuelva a su abrigo.
Y el hombre, príncipe, dice:
Se puede ir.
Aquí me quiero quedar,
que mis vicios proseguir,
que también sé yo robar.
Conmigo puedes venir,
que lo has hecho como hombre honrado,
y en estos aquí te has mostrado:
roba, mata y atropella,
pues que te alaba tu estrella
por este dichoso estado.
Salen José y María y el Niño Jesús, con un pollino.
Siempre la paz aquí sea.
Aquí no queremos paz,
que el corazón se recrea
con la guerra y solaz.
Siempre la paz se desea.
¿Adónde camináis agora
con esta hermosa señora,
viendo que se pasa el día,
y os dais sin compañía
por este campo a deshora?
A Jerusalén partimos
Jesús y mi santa esposa.
Y este camino seguimos.
Por cierto que ella es hermosa.
Grande ventura tuvimos.
Y están aguardando agora ansí,
y por mi vida que me espanto
del extremo que en vos vi;
quitadle al momento el manto
a esta señora... mas di:
¿Qué es esto que considero?
Que por más que decir quiero
señora la he de llamar,
¡por Dios, que vengo a pensar
que es algún dios verdadero!
Dapeadla del pollino,
traigo al punto y a la hora,
que parece una señora.
Dejadlos pasar agora,
y sigan los tres su camino.
Si él lo manda, a fe mía,
que medraremos todos bien.
Ya sabéis que es por mi día,
dejadme mandar también.
Ya que tú porfías,
tan grande es la afición
que aqueste Niño he tomado
por su gracia y perfeción.
Si tú mueres a mi lado,
serás un buen ladrón;
dichosa ha de ser tu suerte,
y en esto, digo, advierte,
gran dichoso serás.
Pag. 25
al dulce fin de tu muerte,
auras de la gloria terrena,
si el cielo quieres robar,
no te olvides de esta señora,
a quien has de imitar
en el fuego y en la cera.
Y den buen monte, señores,
y ninguno os hará mal
de todos mis salteadores.
En mi vida he visto tal.
El Niño es como unas flores.
Porque el Niño va cansado
de este camino pesado,
en el alma me quejé,
y un camello se le dé.
Dénsele, pues lo has mandado,
y ambos cansados van,
por ser tan largo el camino.
Sin duda cansados van.
Yo, no en cuanto al ser divino;
en cuanto hombre paso afán;
y pues te dueles de mí,
con corazón verdadero,
como se ha mostrado aquí,
en el tránsito postrero
yo me acordaré de ti.
El camello les daréis,
y por mi gusto saldréis
los tres en su compañía.
Yo lo pagaré algún día
cuando vos menos penséis.
Vanse ellos y quedando los salteadores.
Recibiré gran placer.
Y me envíes, Barrabás,
al punto esa mujer,
no deis cuenta a los demás.
Cuanto pretendes hacer...
Vase.
Y quedas sola conmigo.
Quiero advertirte, señor,
pues que honra la quietud,
no os persiguiese juez,
yo seré buen amigo.
O quiero que ninguno osase
ofenderos ni ultrajase,
quise conmigo dejaros
y de esta suerte guardaros,
para que mi fe os mostrase.
Sale la mujer primera.
Barrabás, aqueste traidor,
por ti me mandó llamar;
es para romper mi honor,
porque te quiere abrazar,
y soy doncella, señor.
Yo me quejo extrañamente,
y pues sois hermosa y bella
y en virtudes excelente,
procurad de ser doncella,
si podéis, eternamente.
Es un don esclarecido,
y ansí os ruego, mando y pido,
porque con más perfección,
siempre honréis tan alto don,
os goce vuestro marido.
Proseguid con ese bien
que en el corazón lleváis,
y decidme, pues es bien:
¿hacia adónde camináis?
Yo voy a Jerusalén.
¿Y vos dónde vais agora?
Yo sigo el mismo camino
que lleva aquesa señora,
Pag. 26
Si quisiere el cielo divino,
tal favor me dan en tal hora.
Por vos nos hemos librado
de este escuadrón desgarrado.
Siempre aquesto presumí.
En toda mi vida vi
ladrón más noble y honrado.
Fin de la segunda jornada del Buen ladrón y muerte de Cristo.
Biblioteca Nacional
Jornada tercera
Pag. 27
Jornada tercera del Buen Ladrón y muerte de Cristo, nuestro Señor.
Salen Centurio, capitán romano, y tres soldados.
Con el bastón, guardado el alto César,
para prender aquesta infame gente,
guardad los pasos por aquestos montes,
sin perdonar jamás persona alguna.
¿Quién es capitán de esta cuadrilla?
El capitán de aquestos se llama Barrabás,
hombre vil.
Pues alto, vamos,
sin tardar, que yo espero que esta gente
ha de venir, sin duda, a nuestras manos;
quinientos hombres traigo en esta guarda,
los cuales vienen bien apercebidos,
por si acaso aquesta casa se defiende.
Gran cuidado es.
Pues nos partamos
en diferentes bandos y caminos,
porque no se nos vayan de las manos.
Y el capitán que tienen es astuto,
Pues aunque sea más que lo que dices,
no se ha de ir esta vez sin su castigo.
Excesos de espanto deben ser los muertos
y los robos que ha hecho este tirano
en toda la comarca de esta tierra.
Partámonos los dos por este monte,
y el capitán podrá con sus soldados
seguir otro camino.
Biblioteca Nacional
Pag. 28
Y me place,
echad vos por ese monte arriba,
y en encontrando alguno haced no se os huya.
Pues partámonos de aquí, que no nos oiga.
Vanse los tres por una parte y el capitán por otra, y salen Dimas y Barrabás.
¿Al fin te quieres partir?
Solo a tu presencia he vuelto
para poderme despedir,
enfadado de esta vida,
que es muy cansada y afligida,
y llena de mil engaños.
Hasta de edad veinte años,
sin ser hoy más homicida,
por el mundo quiero andar,
a pesar de mi ventura.
Si nací con tanto azar,
hasta que todas venturas
vengan conmigo a acabar.
Mucho, Dimas, sentiré
el verte partir, a fe,
porque tu conversación
me ha robado el afán
y lo demás que se fue.
No quisiera, amigo Dimas,
haber visto tu presencia,
porque el alma me lastima
con estos golpes de ausencia.
Si ansí mi valor estimas,
porque has estado conmigo,
te quiero a Dios rogar
y te des ya de robar
y que te vengas conmigo.
Sígueme, pues, como amigo,
y me llega al alma, amigo,
siento el verte en tal lugar.
No tienes que persuadirme,
que aquí me quiero quedar,
que es por demás el partirme
un punto de este lugar.
Pues con esto quiero irme.
Dame primero esos brazos,
para que sirvan de lazos
y de prisiones al alma,
pues le cabe de amor la palma
con semejantes abrazos.
Tómalos, y considera
la amistad que hemos tenido
tan conforme y verdadera.
Vase.
De tu pecho he conocido
la voluntad que es tan sincera,
nunca entendí por mi vida
que sintiera tu partida
el modo que la siento,
porque en aqueste momento
tengo el alma enternecida.
Veinte años debe de haber
que estamos en compañía,
y, en conforme parecer,
estando de noche y día
con regalos y con placer.
Ya quiera el cielo divino,
debe por este camino
de ejecutar sus intentos.
Tal vez sus pensamientos
ocultos son de contino.
Él al fin se cansó
de esta vida y su porfía,
Pag. 29
y quiso apartarse de ella;
siga Dimas con su estrella,
Dios, y quise la mía.
Pero no sé qué pasión
me ha dado en el corazón,
turbado estoy. ¿Qué es aquesto?
¿Quién de este modo me ha puesto,
con tanta tribulación?
Los cabellos se me erizan
en medio de estos desvelos;
sin duda que profetizan
mi triste muerte los cielos,
pues ansí me escandalizan.
Salen Centurio y los tres soldados, y préndenle.
Date a prisión, Barrabás,
que si luego no te das,
o te echamos de cortas las manos.
¿Qué es esto, infames villanos?
¿Ansí llegáis por detrás?
Soltadme,
pues habéis sido traidores,
en allegar a traición.
¿De qué sirve proseguir
tu vida, infame ladrón?
Soltadme, si no queréis
que todos juntos estéis
hechos aquí mil pedazos.
¿Más me atáis los brazos
de miedo que me tenéis?
Soltadme, enemiga gente,
si no queréis que me ensañe.
¡Nunca vi ladrón valiente!
¡Por el cielo, que os arroje
en el mar!
Calla, insolente.
Soltadme, os rabias las manos,
y echaréis de ver, villanos,
la fuerza de Barrabás.
Tus fuerzas son por demás,
que somos, al fin, romanos.
Caminad con el soldado,
y llevadle preso bien,
si queréis veros premiados.
Vamos a Jerusalén,
porque pagues tus pecados.
Vanse.
Llévanle preso, y sale Dimas.
Sin duda el cielo divino
me guarda para algún bien,
pues vengo a Jerusalén
por diferente camino.
Donde al presente imagino
que ha de cesar mi recelo.
Y en aqueste mar del suelo,
y para más perfección,
me han de llamar el ladrón
que vino a robar el cielo.
No sé si pase adelante,
o que en Jerusalén asista,
que sus murallas dan vista
en aqueste mismo instante;
pero quiero ser constante,
y tener firme también,
entrándome hacia Belén;
porque si me encuentra alguno,
me ha de llevar al tribuno
que asiste en Jerusalén.
¡Adiós, murallas famosas,
Pag. 30
hechas de un fuerte diamante,
e ya camino adelante
por destos ásperos cerros,
adiós, penas rigurosas
por quien de Dios me desvelo.
Hecho atalaya, velo
por mi bien y salvación,
e ya que he sido ladrón,
quisiera robar al cielo.
Sale San Pedro llorando.
Decidme por caridad,
¿adónde hallaré una cueva
para llorar mi maldad,
que ya mi culpa me lleva
a eterna escuridad?
¿Dónde irá este desdichado,
que a su Señor ha negado
por seguir vanos antojos?
Háganse fuentes mis ojos,
lloren los que han pecado.
¿Adónde me meteré?
Que ningún hombre me vea,
triste de mí, ¿dónde iré?
Saber mi alma desea
quién sois.
Un hombre sin fe
y un traidor desconocido.
¿A quién habéis ofendido,
que así os obliga a llorar?
A quien me puede salvar,
y por mi mal he perdido;
la fe negué a mi Señor
como traidor enemigo,
sin atender a su honor.
Tened esperanza, amigo,
que oirá Dios vuestro dolor.
No me deis aqueste nombre,
que soy un hombre sin fe,
y para más os asombre,
otra vez os negaré,
porque en efeto soy hombre.
Que es mi ventura tan poca
y mi conciencia tan loca,
que al que más quiere conmigo,
porque en llegándome al fuego
se me calienta la boca,
ya ningún consuelo hallo
en esta vida mezquina,
pues, ¿para qué mi mal callo,
si soy por mi mal gallina
que temo la voz del gallo?
Mirad si habéis menester
alguna cosa, señor,
en que os pueda socorrer,
que me habéis dado dolor
en veros entristecer.
Solo pretendo llorar
mi desdicha y mis penas,
en una cueva metido,
que un hombre desconocido
en aquesta ha de parar,
llore con amargo llanto
quien a Dios negó la fe.
Tomad, buen viejo, este manto.
¿Cómo, que al Señor negué?
De mi firmeza me espanto;
Dios os pague el favor
con su soberana mano, amén,
y a mí mi dolor me llevo.
Allí hallaréis una cueva.
Vase S. Pe.
¡Que negase a mi Señor!
Pag. 31
¿Qué tendrá Jerusalén,
¡oh, qué tanto alboroto siento!
Mas de aquesta sabe bien
tan espantoso portento,
que a mí me asombra también.
Sale un ciudadano de Jerusalén.
En extraña confusión
está toda la ciudad,
con esta nueva prisión.
¿Y de aquesta novedad,
para quien sabe la ocasión,
si de preguntas soy digno,
me digáis algo también?
Vos solo en Jerusalén
sois, amigo, peregrino;
pero pues habéis llegado
a tener tanta ventura,
os quiero contar de grado
lo que en esta coyuntura
en la ciudad ha pasado.
Habéis de saber, amigo,
que habrá cosa de dos noches,
que entre las nueve y las diez
fueron a prender a un hombre,
cuya vida prodigiosa
os contaré en dos razones,
según he sido informado
por algunos sacerdotes.
El cual nació en un portal
tan miserable y tan pobre,
que solos los animales
le acompañaron entonces;
pero dicen que naciendo,
todos los prados y montes
de la tierra de Belén
se vieron llenos de flores,
y que con mil instrumentos
tronos y dominaciones
le dieron la bienvenida,
del sacro sol de los soles,
diciendo con voces claras
a los rústicos pastores:
«Sabed que Dios ha nacido
por dar salud a los hombres».
Ellos, desque lo supieron,
con perfectos corazones
fueron a adorar al Niño
y a dalle preciosos dones.
Y desde allí a trece días
vinieron tres reyes nobles,
con incienso, mirra y oro,
a reconocer su nombre;
a quien por Dios adoraron.
Y porque preguntó Herodes,
antes que viesen la vuelta,
de ver al Niño conformes;
y, en fin, para concluir
y abreviar en mis razones,
digo que de siete años
disputó con los doctores.
Y después de aquestas cosas
desterró del templo a azotes
a todos los que trataban
en cosas bajas e inormes;
ha dado a los ciegos vista
con el lodo que les pone,
y resucitado a muertos:
Pag. 32
al borde de la probina,
sanó de varios rigores,
dándole salud y fe, da en su ida,
y por allí le llamó entonces.
Y con solos cinco panes
y dos peces en un monte,
habrá cosa de ocho días,
sustentó cinco mil hombres.
Y Pedro, que es su querido
y el más viejo de los doce,
a sus pies se echó en la mar,
sin que sus plantas se mojen.
Mas que todos estos milagros
sean vistos y se conozcan,
cuéntase ser arte diabólica
y de sus encantadores.
Dice que es rey de judíos
y que por bien de los hombres,
tomó carne en una Virgen
llena de mil perfeciones.
Pero dejando esto aparte,
sin otras cosas mayores,
entró triunfando el domingo
en medio de sus apóstoles,
por toda Jerusalén,
lleno de ramos y flores,
en señal de vencimiento
y de glorioso renombre.
Mas luego confederados
escribas y sacerdotes,
determinando prenderle
por embaidor y mal hombre.
Y un apóstol que tenía,
a quien llamaban por nombre
Judas, por treinta dineros
se le vendió a las tres noches.
En un huerto le prendieron
con muchas armas y voces.
Y agora está sentenciado
a que pase muerte inorme.
El cual tiene de ser puesto,
por mano de los sayones,
en una cruz afrentosa
en medio de dos ladrones.
Y en efeto andan buscando
los más malos y feroces,
para que puestos con él
le afrenten y le deshonren.
Esto pasa en la ciudad;
entran y salen rumores
y los corrillos que andan
entre plebeyos y nobles.
Vase.
Turbado y confuso quedo,
de lo que éste me ha contado;
si en parte me ha dado miedo,
si es nuevo crucificado,
y de desdicha lo credo,
con razón me recelaba
de no entrar en la ciudad.
Y en esto confuso estaba;
pero aquesta novedad,
mi vida y ser menoscaba.
A Belén me quiero ir
y mi camino seguir
y quizá me irá más bien.
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que si entro en Jerusalén,
sospecho que he de morir;
no sé qué tengo de hacer,
en estas tan tribulaciones,
que imagino que he de ser
uno de los dos ladrones,
que muerte han de padecer.
Sale un ladrón huyendo con los vasos del templo y dáselos.
Guárdame, amigo, si quieres,
estas cosas que aquí ves,
que son de grandes haberes,
y no te espantes ni alteres,
que yo volveré después.
¿Qué es esto?
Tenlas si quieres.
Dale los vasos y vase huyendo, y Dimas los está mirando.
En confusión me ha dejado
este que se fue de aquí;
y agora que he imaginado,
que pues me los de tramoya a mí,
las debe de haber hurtado.
Temo no sea de malicia,
y que vara de justicia
en ser cosas y tan bellas,
echo de ver su codicia.
Libre medios de este enredo,
y estos pronósticos son
los prodigios de mi miedo.
Quiero en aquesta ocasión
huir, pero ya no puedo.
Salen dos guardas con alabardas.
Andad, que aquí está el ladrón,
que hurtó los vasos del templo.
Acá que los esconde.
Ya he visto mi perdición,
y de esta vez me contemplo
puesto sin culpa en prisión.
¿Dónde los esconderé?
¡Cielo santo y soberano!
Este es el ladrón, a fe.
¿Qué es lo que escondéis, hermano?
¿Yo qué escondo? No lo sé.
Buena ha estado, por mi vida,
esa disculpa fingida.
Por Dios, que a muy pocos pasos
le cogimos con los vasos.
¿Dónde tiene la guarida?
Escuchadme, si queréis,
ya que preso me tenéis,
aunque sin culpa y razón.
Yo no soy el ladrón,
ni de mí tal hallaréis.
No te sirve disculpar
con tus pensamientos vanos,
pues los venimos a hallar
de aquesta forma en tus manos.
Estos me han de atropellar.
Átanle.
Los vasos con que en el templo
se hace el oficio divino
hurtaste, según contemplo,
pues en aqueste camino
das de ello bastante ejemplo.
Atémosle fuertemente,
hasta entrar en la ciudad,
porque escarmiente la gente.
¡Tan grande riguridad!
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¿a entre humanos se consiente?
Lleno de gozo y consuelo
voy con aquesta prisión.
Mi triste muerte recelo.
Camine apriesa el ladrón.
Plega a Dios lo sea del cielo.
Salen tres soldados de cueros a jugar a los dados.
Aquí podremos jugar,
que está bien acomodado
para podernos echar.
Vengan los dados, soldado,
y comiencen a parar.
Sale Gestas malvestido con una capilla vieja y siéntase a jugar.
Mucho atrevimiento ha sido
el venir a esta ciudad,
donde soy tan conocido;
mas si va a decir verdad,
lo disculpa este vestido.
Jugando están a los dados,
en palacio estos soldados;
quiero llegar, que ya muero
por parar este dinero.
Que me parecen honrados,
y mientras están jugando,
pienso urtárselo primero
a aquel que fuere ganando.
Llégase a parar.
Paro.
¿Cuánto, caballero?
Aquesto; ¿en qué está dudando?
Mas a diez.
Aquesto paro
si puedo ganar.
No sé,
porque en el dado declaro
que todo el resto gané.
Bien se ha visto claro.
Va ganando el soldado 2.° y Gestas se lo va sacando de la faltriquera.
A nueve.
Estos julios van.
Voy a doce.
Estos que tengo,
si me deshace mi afán.
De continuo a perder vengo.
Adonde las toman, las dan.
A siete.
Esto me queda.
A trece.
Esos julios de oro.
Yo he ganado la moneda.
¡Soy un puto!
Soy un moro.
Que Fortuna con su rueda
me pierda siempre el decoro.
Pues el dinero he perdido,
adiós, soldados.
Adiós.
Grande ventura ha tenido
el compañero.
¿Quién?
Vos.
Todo lo habéis cogido.
Bien podéis darnos barato,
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pues nos llevaréis el dinero
sin darnos resuello un rato.
Dejadme mirar primero
cómo me ha ido en el trato,
y habéis perdido, ¡a fe mía!,
¿o cuatro de plata y bronce?
Yo debía de traer once,
que los saqué a mediodía.
Pues el otro algo perdió.
Danos barato.
Echa mano y no halla nada en la falda.
Eso quiero.
¡Pesar de quien me parió!
¿Qué se ha hecho mi dinero?
¿Quién de aquí me lo sacó?
Basta la friega, señores,
que os daré barato.
¡Por Dios, que son buenas flores!
Basta ya la burla un rato,
que me salen mil colores.
Sin duda aquel que fugó,
junto a vos os lo llevó,
y sospecho para mí
que era ladrón, pues aquí
tan de presto os lo sacó.
Vamos al punto tras él,
no se vaya de las manos
aqueste ladrón infiel.
Sus pensamientos livianos
tendrán castigo cruel.
Vanse.
Salen Gestas y Jonás.
¡A fe que estás desmedrado,
con todo lo que has corrido,
y que vienes bien honrado
con ese infame vestido,
tan roto y tan desgarrado!
¿Qué has hecho el dinero, di,
enemigo, que te di,
que vienes de aqueste modo
hecho mil pedazos todo?
Mejor fuera que os paráis,
viejo ruin y cruel,
que aquí traigo en este pecho,
envuelto en este papel,
más de mil juicios que he hecho
de mi ingenio noble y fiel.
Y sobre todo esto quiero
que me des algún dinero
de esos que tienes guardados,
antes que con rostro airado,
de esta suerte me tratáis,
vuestra dureza y malicia,
sin ver que me lastimáis.
Dejadme estar un poquito,
y veréis cómo os halláis.
Venga el dinero al momento.
¿Qué es esto, infame traidor?
¿Dónde va tu pensamiento?
¿No callaréis, viejo embaidor?
¿Viose tal atrevimiento?
¿Qué esperáis?
Que he de ver presto
mi desdicha y mi pesar,
si es bien que este mal me cuadre,
pues ¿no veis que soy tu padre
y quien te pudo engendrar?
Lo peor que tengo es serlo,
que no quisiera, ¡por Dios!,
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según lo que aquí confieso,
que fuerais mi padre vos.
¡Gestas, demonio impío!
Salen los tres soldados y prenden a Gestas; salgan tras la banda.
Aquí imagino que está
aquel ladrón que os llevó
el dinero.
Asilde ya.
Ásenle.
¿Qué es aquesto?
No sé yo.
Vaya, y allá lo verá.
¿Por qué me prendéis ansí,
villanos, torpe escuadrón,
sin mirar lo que hay en mí?
Prendémoste por ladrón.
Nunca en mi vida lo fui.
Vaya a la cárcel agora,
que me parece que es hora.
¿Cómo que ansí os atrevéis,
villanos, y no miréis
que ansí mi honor se desdora?
¿De qué te sirve abonos,
sabiendo bien que se vio
que me llegaste a sacar,
según lo que allí se vio,
todo lo que fui a ganar?
Por ladrón te llevaremos
al César.
Y pretenderemos,
camine luego el ladrón,
que en semejante ocasión
sus astucias conocemos.
Dos de ellos le amagan.
Padre, socorredme vos,
pues que me veis de esta suerte,
que me hacéis fieros los dos.
Vaya el traidor a la muerte,
que así lo permite Dios.
Y no lo soltéis, que ha matado,
con pecho torpe y airado,
a su hermano y su mujer,
y tiene talle de hacer
agora algún mal recado.
Y sin esto que aquí os cuento,
con rostro infame y exento
a muchas doncellas ha habido.
¿Qué es esto que ha avenido?
¡Que no basta el dolor que siento,
sino que vos me atropelléis
en esta ocasión ansí!
Pues que afligido me veis,
dejadme salir de aquí,
que vos me lo pagaréis.
Llévanle preso y queda Jonatás.
Vaya el vil desvergonzado,
por infame y malhechor,
que mis canas ha afrentado,
y pienso que este traidor
ha de ser crucificado.
¡Plegue a Dios, cielos divinos,
hermosos y cristalinos,
que si me has de dar enojos,
o te vengan a ver mis ojos
en cruz por esos caminos!
Vase.
Sale Dimas preso en la cárcel, con grillos.
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¿En qué ha de parar, fortuna,
mi desdicha y mi pesar,
porque estás tan importuna,
que siempre me diste azar
desde el lecho de la cuna?
Bien dicen que el corazón,
cuando nace la pasión,
su tormento y mal divisa,
y tiene razón, que avisa
de cualquier tribulación.
Cuando en las puertas me vi
de Jerusalén, sentí
que el corazón me decía
que había de ser este día
preso cual estoy aquí.
Siga el mundo su compás
con estos golpes terrenos,
que me siguen tras de atrás,
que ya no puedo ir a menos
ni puedo venir a más.
Salen dos presos con prisiones.
¿Por qué está aquí este soldado?
Dimas no tiene culpa,
que le han aprisionado
sin admitirle disculpa,
con ser muchas las que ha dado.
Venga, amigo, la patente,
antes que la mano asiente
sobre ese rostro grosero.
No me acompaña dinero,
amigo, agora al presente.
Mañana yo os lo daré
sin que otra cosa se entienda,
de mi crédito y mi fe.
Pues denos alguna prenda,
o si no la quitaré.
Dejadme por vuestra vida.
No se nos piense escapar
con esa humildad fingida,
que por Dios que ha de pagar.
Ninguno se descomida
si no quiere que me enoje,
y que con todo me arroje.
Sale Barrabás preso.
¿Qué es esto, amigos? ¿Qué habéis?
¿Por qué pendencia tenéis?
Dejadme que le despoje,
porque no nos haga más
estas bravatas ansí.
Por vida de Barrabás,
que no ha de pasar ansí;
no haya pesadumbre más.
¡Mas qué es lo que estoy mirando!
¿No eres tú, Dimas?
Yo soy,
que de verme estoy temblando,
porque ya en el paso estoy
adonde he de ir acabando.
Dejadle, amigos, por Dios,
y ser amigo de los dos
y honrado por su persona,
y esto que hoy más le abona.
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Gestas y Barrabás son.
Mucho me huelgo de veros,
Dimas, en esta ocasión.
Sería fuerza del quereros,
pero en esta prisión
no quisiera conoceros.
¿Por qué causa os han traído,
amigo, a aquesta prisión
que me habéis enternecido?
Yo he venido por ladrón, mi desventura
y esta ocasión [ilegible] ha permitido.
Aquí fortuna cruel
me ha traído de este modo
con todo aqueste tropel.
Ya quiere acabar con todo
y que acabe en un cordel.
Mi torpe vida confieso.
¿Y vos, amigo, estáis preso?
También estoy por ladrón.
Y hoy en aquesta ocasión
me tienen hecho el proceso.
¡Y tantos abrazos di
que os prendieron!
Desde el punto,
yo padezco por mi desdicha,
desde entonces barrunto
que mi desdicha.
Con temeroso recelo
estoy en aqueste suelo,
y me dice el corazón
que he de morir por ladrón
un ladrón del cielo.
¡Es posible, fortuna,
que me persigues de esa suerte!
Sin darme dicha ninguna
yo imagino que la muerte
me sigue desde la cuna.
No sé adónde he de llegar
con mis tormentos y mi dolor,
y cuándo me han de soltar
de semejante rigor,
pienso que me he de acabar.
Ruido de cárcel y dicen dentro.
Allá va un preso, soldados.
¿Por qué viene?
Por ladrón.
Él pagará sus pecados,
pues viene en esta ocasión.
Sale Gestas, preso.
Todos somos desgraciados.
La patente venga, amigo.
Qué patente he de dar
si está el tormento conmigo.
Por mí le habéis de soltar.
Vuestro gusto, señor, sigo.
Danse de palos
¡Oh, Gestas!
¡Oh, Barrabás!
¿Qué fortuna os ha traído
por semejantes compás?
Pag. 39
De mi estrella he conocido
lo que no pensábamos.
En fin, por diversos modos
nos venimos a juntar
agora.
Acá estamos todos,
y no sé qué triste hado
nos ha puesto en estos lados.
Llegar.
¿No es este quien me quitó
la mujer el otro día,
y aquel que me prendió
con su falsa hipocresía
y con mis bienes se alzó?
Pues ¿no le he de dar cordel? —¡O qué!—
en semejante ocasión,
porque no sea más cruel,
el homicida Nerón
con un soldado tan fiel,
por haber él a su gusto,
quitarme aquella mujer
y darme también disgustos;
pero no debió de ser
que estaba en ella mi gusto.
Y ya no estamos en el monte
para usar tanto de brazos
en medio de su horizonte,
y le haremos mil pedazos
antes que de este monte
hable agora en la prisión,
y aquí nos entenderemos
con el infame ladrón,
que lengua y manos tenemos
para cualquier ocasión, sin razón.
Eres un desvergonzado,
y en todo cuanto has hablado
mientes como fementido,
Tírale el sombrero a Dimas y Barrabás se pone de por medio.
como a mi honor desmentido,
por verme en aqueste estado.
Paz, amigos, ¿será aquesto?
¿Quién mete aquesta discordia?
La afrenta ya manifiesto.
Tened más paz y concordia,
pues en el medio estoy puesto.
Yo digo que soy su amigo.
Yo con lo mesmo prosigo.
Pues dense luego las manos
y, como buenos hermanos,
estén en quietud conmigo.
Prometo eternamente,
la amistad no quebraré,
antes la tendré presente.
Con esto mi buena fe
aquesta amistad consiente.
Sale el escribano con papeles.
¿Quién es aquí Barrabás?
Por mí pregunta. ¡Ay de mí!
¿Adónde, fortuna, vas,
que de aqueste modo ansí
tantos tártagos me das?
Ya, Dimas, llegó mi muerte,
pues en este trance fuerte,
sin género de clemencia,
se me ha de leer la sentencia
de mi desdichada suerte.
Haced, amigo, buen pecho
en semejante ocasión;
no estéis de dolor deshecho,
que cosas son de prisión,
aunque el triste fin sospecho.
Porque, señor, ¿qué queréis,
que aquí humilde me tenéis,
y ante vuestros pies rendido?
Pag. 40
Albricias, amigo, os pido,
de que salirte saldréis.
¡Pues cómo puede ser eso!
Ansí lo dice el proceso,
y lo escrito verdad trata.
Quedo admirado y sin seso.
Tornadlo otra vez a leer.
Yo no tengo más que ver.
¿De saquito, libre so?
Aun no lo puedo creer;
decidme qué sucedió,
y me tendréis con cuidado.
Sabed que el pueblo ha pedido
que le entregue el senado un preso.
Ya lo he entendido,
si bien el fin he dudado.
Y como es costumbre aquesta
soltar por Pascua un preso
y libre al pueblo se da,
piden, sin embargo de eso,
en pública vocería...
¿Piden...?
Hoy jamás en Jerusalén
se ha visto:
¡Que suelten a Barrabás
y a Jesús de Nazaret
le dejen!
No digas más,
¿están locos los judíos,
que a mí me manden soltar,
y a mayores desvaríos
no sé qué pueda pensar
de sus arrogantes bríos?
Si han sabido que he entrado
como corsario atrevido
por los montes apartados,
decidles cómo he sido...
¡para haberme perdonado!
Yo, que tengo deshonradas
tantas doncellas honradas,
insultando aquestos modos,
¡sin duda que están locos todos!
Esas son prosas pasadas.
Libre voy, Dimas, adiós,
voy loco de contento.
Otro día saldréis vos,
que según de aquesto siento,
bien presto saldréis los dos.
Vase abrazando a Dimas y a Gestas.
Tendremos más esperanza,
que debéis ya de apresuraros,
que es buena la confianza.
Entretando (mal es fiero),
si han soltado a Barrabás,
también nosotros saldremos.
¡Ay de mí!
¿Qué es lo que has?
Mal pleito, amigo, tenemos.
Velo tú agorando más.
¡Dimas y Gestas, quién son!
Ves cómo nos han llamado;
ten ánimo y corazón,
que también nos han librado
a los dos de la prisión.
Nosotros somos.
Por Dios,
que habéis sido desgraciados,
porque en efeto los dos
a muerte estáis condenados.
¿Qué decís? ¿Estáis en vos?
¿A muerte?
Esto pasa, al fin.
No hay sino tener buen pecho
y esperar en el bien sin fin,
porque en efeto ya es hecho.
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¡Oh, gente baja y ruin!
Con Jesús de Nazaret
estáis los dos condenados
por toda Jerusalén,
y seréis crucificados
junto a su lado también.
No en balde mi corazón
de continuo me decía
mi tormento y mi pasión,
y que a padecer vendría
en la cruz por ladrón.
No hay sino tener paciencia,
que ya mi muerte ha llegado
a tomarme residencia.
Pésame haber pecado,
y de mi mala conciencia.
¡Deja de pena!
De todo,
y en fin de mi mal vivir.
Pues ponte agora de lodo,
pues que vienes a morir
en un palo de ese modo.
Y aun por eso siento tanto
el no ser bueno.
Pues yo de ser tan bueno me espanto,
porque jamás se ofendió
de mi vida el cielo santo;
contento voy a morir,
y no tengo que temer.
Conmigo podéis venir,
porque ya no hay más que hacer,
ni tengo más que os decir.
Vamos, pues el tiempo vario
me ha sido siempre contrario
de la suerte que miráis.
Vamos.
¿Dónde nos lleváis, amigo?
Al monte Calvario, amigo.
Vamos, Gestas, que recelo
que en semejante ocasión
me ha de envidiar todo el suelo.
¿Qué ha de envidiar a un ladrón?
Plegue a Dios lo sea del cielo.
Llévalos, y sale la Fama en lo alto del tablado, junto al monte Calvario.
Yo, Fama, voz de los buenos,
desde estos palacios reales
corono las sacras sienes
de mil césares triunfantes.
Paso las corrientes aguas,
corro desde el Nilo al Ganje,
con esta trompa divina
diciendo sus bienes grandes.
Y por mí vino a ensalzarse
con las insignes victorias
que gozó de tantas partes.
Di fama al gran Aníbal,
a Cartago un fuerte Marte,
enriqueciendo sus muros
de mil preciosos diamantes.
A Ciro, rey de los persas,
di mil triunfos singulares,
porque con tales hazañas
su nombre se eternizase.
El ínclito macedonio,
padre de Alejandro el grande,
gozó de aqueste renombre;
es bien que su gloria cante,
Pag. 42
y que quede eterno al mundo.
Entre pérsidos y tarses,
de los grandes Escipiones,
de aquella romana sangre,
levantaron nuevos hechos,
honrando sus estandartes.
Del gran Judas Macabeo,
de Dios amigo inefable,
eternicé muchas veces
sus hazañas memorables.
El gran profeta David,
con matar aquel gigante,
vino a ser rey de Israel,
respeto de sus ciudades.
El capitán Josué,
paró dos horas tan grande,
detuvo el sol claro y bello,
que fue una victoria espantable.
Hoy ya el verdadero rey,
por querer hacer las paces,
entre el hombre y su grandeza,
vestido de humana carne,
se pone entre dos ladrones
a padecer penas grandes,
porque ha de morir en cruz
por el humano rescate;
quiero llamar a Ocasión,
con voces dulces y graves,
que a uno de ellos ayude
en este postrero trance.
Ocasión, sube ligera,
y estas glorias celestiales
apareja para Dimas,
que ha de ser hoy de Dios grande.
Sale la Ocasión.
¿Qué me quieres, Fama amiga noble,
que ruedas voces tan grandes?
Quiero llevarte al Calvario,
adonde en aqueste instante
verás al Rey de los cielos
lleno de mil cardenales,
a un ladrón asilado,
cuya astuta y diestra maña
quiere robar su gloria,
y a las tres de la tarde,
dejando eterno su nombre,
con este robo admirable,
sube al punto si quisieres,
si es tu gusto, y no te tardes,
que del copete que tienes peines,
te he de ver en el aire.
Ya subo, que si tú quieres
y a meterme delante,
en cuanto puedo servirte,
que es justa cosa agradarte.
Sube la Ocasión por tramoya hasta donde está la Fama, y corren una cortina, y aparece Cristo en la cruz y los dos ladrones a los lados, puestos en cruz, atados con sogas, en camisetas y de lienzo las piernas como quebradas, llenas de sangre; y pónese la Ocasión al lado de Dimas, y dice la Fama:
Pídote, amiga, que ayudes
a un ladrón que en este trance
ha de robar todo el cielo,
con fe y amor admirable;
vesle aquí al lado derecho
de Dios, que vierte su sangre
por el amor de los hombres,
para que en ella se salven.
Dimas, amigo, recuerda;
mira que te es importante
abrir los cinco sentidos
Pag. 43
para que puedas salvarte.
A Cristo tienes al lado,
llega con fe muy constante,
y pídele triunfo, amor y gloria,
que más que esto puede darte,
y va a el cielo milagroso
con esta divina llave,
y por ser llave de cruz
semejantes puertas abre.
Pídele, amigo, su reino;
huye agora el ser cobarde,
que dichoso tú si aciertas
a gozar de bienes tales.
Yo soy la Ocasión, amigo,
y quiero que en este instante
hagas un hurto famoso
que tengamos que envidiarte.
Por ese costado abierto,
entra, que es puerta inefable
o de los palacios divinos
que tiene su eterno Padre.
¿Qué le pediré, Ocasión?
Pide, Dimas, que te salve
y que te lleve a su reino.
Dime, Ocasión, ¿será tarde?
No es tarde, Dimas, con nunca,
y si agora pedir sabes,
serás el más venturoso
que se ha visto en estas partes.
Mira que te está mirando
y aquella preciosa sangre,
que vierte, son los rubíes
de sus indias orientales;
pídele agora mercedes,
acaba, no seas cobarde,
que si aciertas a pedir,
serás en su corte grande.
Enmudéceme la lengua
el pensar de mis maldades.
Por eso es Dios el que miras
y podrá su gloria darte.
Si tú tienes que padecer
por borrar mis culpas grandes
en el árbol de la cruz,
lleno de mil cardenales,
yo te conozco por Dios,
y digo con fe constante
que eres el Rey verdadero
de los reinos celestiales.
Y así te suplico y pido
con lágrimas abundantes
que cuando estés en tu reino,
a la diestra de tu Padre,
te acuerdes, Señor, de mí,
pues también perdonar sabes
a aquel que llega humilmente
ante tus pies inefables.
¡Por Dios, que me estoy riendo,
Dimas, de tus disparates!
No puede salvarse a sí,
¿y quieres tú que te salve?
Di que si es Hijo de Dios,
que pruebe a desenclavarse,
y que nos libre a nosotros
de aquestas cruces infames.
Como eres mal ladrón,
así burla de Dios haces,
sabiendo que nuestras culpas
le tienen puesto en tal trance;
y le confieso por Dios
y digo que fue su madre
Virgen después de parida.
Noble Dimas, esobaste.
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Hoy serás conmigo, amigo,
en mis reinos celestiales,
y robarás todo el cielo,
¡con esa dichosa llave!
Di, más, dichoso ladrón. Dimas, di, más, no te canse, que a quien como tú me honra quiero admitirle, premiarle. Dale las gracias, no cejes
Dale las gracias, amigo, no cejes,
por bienes tan singulares,
pues has de ser el primero
que por sus reinos entrase.
Mil gracias te doy, Señor,
pues en este mismo instante
perdonaste al más malo e indigno
de todos cuantos criaste.
Mas como declina el día
y son las tres de la tarde,
hácesme sombra, Señor,
porque con ella me salve,
y a tu sombra me convida,
y mil mercedes me haces,
que es el pabellón de gloria
con que cubres mis maldades.
Goce el alma de esos ojos
que a ninguno miraste,
Rey soberano y divino,
que jamás se condenase,
y en tus feridas, pues que ves
estos divinos cristales
de la fuente de la vida,
llega si quieres salvarte,
vota tú también agora,
que entiendo que a pocos lances
puedes robar mil tesoros,
¿Qué he de robar si está en cueros?
Cubren la apariencia y dice la Fama.
¿Qué puede dar si está en carnes?
Yo publicaré continuo,
con palma y lauro triunfante,
este robo milagroso
de aqueste dichoso mártir,
con que se verá la gloria
de estos bienes celestiales,
y el fin del Ladrón del cielo,
bautizado en fuego y sangre.
Fin.
