testo digitale di Del agravio hacer venganza
Data di pubblicazione: 22 agosto 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Del agravio hacer venganza. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/del-agravio-hacer-venganza.
DEL AGRAVIO HACER VENGANZA
Jornada primera
Pag. 1
Sale Porcia e Isabel con manto.
Porcia, si con tu sentir
no se alivia tu tormento,
menos mal que el sentimiento
vengo a juzgar que el morir,
pena que hasta el discurrir
su dolor llega a atenuar,
pena que sabe callar
cuando vive es más desvelo,
y que tiene su consuelo
en la causa del penar.
No sé qué nombre le dé,
pues aunque sé tu dolor,
ni sé, Porcia, si es amor,
ni si son celos no sé;
que aunque en indicios se ve
tu color, casi turbada,
la razón alborotada,
y toda tú tan penosa,
parece que estás celosa,
o que estás enamorada.
Yo, aunque ignoro este ardor,
y no me mires quejosa,
bien sé qué es estar celosa,
bien conoces qué es amor;
y así viendo tu dolor
y admirando tu sentir
Pag. 2
Entendido, adivino
cuando advierto tus desvelos,
que sin duda tienes celos
pues no los sabes decir.
Amor se sabe explicar
aunque tenga más enojos
con la lengua de los ojos
cuando no puede hablar;
mas los celos con callar
manifiestan sus desvelos.
Mudos mueren en recelos
si está por medio el honor,
y así, habla más amor
lo que callan más los celos.
Amiga, mi padecer
fácilmente le entendieras
si por desdicha supieras
los afectos del querer,
que ellos no llego a tener.
Que llorando en sus recelos
publicaran mis desvelos
la ocasión de suspirar,
pues no se pueden callar
jamás, Isabel, los celos.
Porque a tan grandes enojos
tanto su dolor provoca,
que si los dice la boca
también los lloran los ojos,
son de los celos despojos
cuando se miran perdidos
los sentidos, y ofendidos
en el gusto y el honor,
para decir su dolor
se hacen lenguas los sentidos.
Esta celosa pasión
que vive en penosa calma,
aunque se siente en el alma
más aflige a el corazón,
y como en justa unión
es la parte más sentida
de la vida, y de la vida
son la muerte estos recelos,
así la pena de celos
no puede estar escondida.
Amor divino accidente
que fuego en el alma emprende,
es un dolor que no ofende
pues se busca, aunque se siente,
y como es gusto, aunque intente
manifestar su contento
tiene mayor sufrimiento;
los celos que son pesar
muy mal se pueden callar
que habla mucho un tormento.
Ya concluiste mejor
en sus rigores mortales
Pag. 3
Toda la columna izquierda y los dos primeros versos de la columna derecha se encuentran tachados en el manuscrito mediante aspas y líneas verticales.
No quiero que sean iguales
los celos con el amor;
si no se puede un dolor,
si no se puede un pesar
sufrir ni disimular
cuando matan sus rigores,
Isabela, dos dolores
menos se podrán callar.
Amor se puede tener
sin los celosos recelos,
y nunca se tienen celos,
Isabela, sin querer.
La que llega a padecer
en esta lucha amorosa,
siempre se mira quejosa,
nunca se juzga pagada,
que dichas de enamorada
borran penas de celosa.
Dirás que, si es dicha amor
cuando me miro pagada,
que mi queja es demasiada
y que es falso mi dolor;
mi pena engendra un temor
que en el corazón se ha entrado,
que enajena mi cuidado;
no nace de amor, mis celos
solo muere en los recelos
de perder lo que ha ganado.
Y pues este mal que toco,
Justina, amiga, me escuchas,
dirás que penas tan muchas
las encarezco muy poco.
Ya, Porcia, que te provoco
a que digas tu dolor,
dile pues, que aunque mi amor
no te pueda remediar,
sabrá, Porcia, aconsejar,
que no es consuelo menor.
Pues escucha mis desdichas,
advirtiendo en mis pesares
que aunque grandes al decirlos,
al sentirlos son más grandes.
Tres años ha que viuda,
que bien dije, que contarse
puede la vida aquel tiempo
que no supo enamorarse,
pues cuando queda sujeta
a solo sufrir desaires,
a solo sentir tormentos
y a solo conocer males,
no es vida la que se alienta,
Pag. 4
Vida es solo la que sabe
dar gusto a lo que se mira
y dar logro a lo que se hace;
si tú supieses de amor
dijeras qué disparate
es el de Porcia, pues quiere
explicar en un instante
los pesares que en su pecho
en tanto tiempo aun no caben;
dichosa tú que lo ignoras,
y dichosa tú que sabes
no embarazar de la vida
sus deseados instantes,
cuanto el sol dora con luces
todas las veces que nace,
cuanto murmuran las fuentes
con sus peinados cristales,
cuanto las flores componen
de prados, montes y valles,
y en fin, cuanto al alba dicen
los gorjeos de las aves,
todo lo escuchas y miras
sin que pueda enajenarte,
ni es tormento el afligirte
ni es el consuelo de quejarte,
que aquestas penas de amor
nacieron de tal linaje,
que solo tienen de alivio
cuando pueden explicarse.
Pero yo que en mis desdichas
solo procuro aliviarme
con querer saber sentir
más de lo que todas saben,
haciendo dudas los gustos,
haciendo ciertos los males,
creyendo los imposibles
y dudando lo que es fácil,
negándole el gusto a el pecho
porque en mi pecho no cabe
más que Carlos (o más, qué gusto
con Carlos puede igualarse).
Carlos es el que ofendido
tiene tanto mi linaje
en las caducas sospechas
que ha concebido mi padre,
pues juzga que su encomienda
sirvió solo en barajarse
porque en los pasados tiempos
tuvieron enemistades
siendo falso su pensar,
porque Carlos, que es mi amante,
Pag. 5
A el faltar sus atenciones,
no faltaran en sus verdades,
si por su esposa me quiere
fuera locura notable
de agravios tan manifiestos
buscarse tan grande parte;
por esta causa, Isabel,
hasta que el tiempo lo acabe,
ni Carlos su amor ha dicho,
ni mi amor lo sabe nadie;
dirás que es necio sentir
el querer solicitarse
tantas penas por su gusto,
a que te respondo, amante,
que aunque es verdad que el amor
es un efeto que nace
de las estrellas que dieron
ocasión para mirarse,
a los ojos, y los ojos
pudieron comunicarle
este efeto a el corazón
donde está la mayor parte
del compendio de la vida;
así no pudo estorbarle
con fuerza el entendimiento,
porque al querer engendrarse
mudo, y solo procura
por el corazón entrarse,
y al despertar la razón,
aunque conoce que es grande
el tormento que padece,
y quiera desbaratarle,
no puede, porque no es dueño
por haber tomado antes
el amor la posesión,
teniendo la mejor parte
de la vida, y la razón
como en el fuego no arde,
aconseja fácilmente
lo que a el corazón no es fácil;
pues también para sentir
al causar que disculparse
pueden en mayores riesgos
(mirada a luces tales
no le falta la disculpa
aunque la razón le falte).
¿No has visto aquel que navega
surcando diversos mares,
teniendo la vida a soplos,
la muerte por instantes,
ya clavado en las estrellas,
ya sepultado en cristales,
con miedo a el padecerlos,
y a los aciertos turbarse,
dudando lo que está viendo
y el que pudiera dudarse,
Pag. 6
Una gran línea vertical cruza el texto desde «Todo aquello que es penar» hasta «con atenciones iguales;», indicando un corte escénico.
Todo aquello que es penar,
y aunque quiera consolarse
como ve que de la vida
solo la muerte le aparte,
una tabla que en la espuma
sanguinosa es de azabache,
teme lo que está tan cerca,
pero al mirar los gigantes
que guardaron de sus fueros
los términos naturales,
al descubrir de la tierra
los animados plumajes
que fueron de las auroras
las mejores vanidades,
por cuyos fluidos puertos
vio su deseo cadáver,
tanto el alma se le alienta
y tanta en el gusto nace
que olvida lo padecido,
y solo quiere acordarse
de los gozos que le esperan,
pues se halla a sus pesares
segura bonanza. Yo,
que fluctúo en penas tales
atropellando en mi amor
otros más turbados mares,
teniendo la vida en duda
deseando por instantes
la muerte; y del pesar
solamente alimentarme,
y que al decir estas penas
son por Carlos, se deshacen
cuantos riesgos imagino
porque hallo que es muy fácil
atropellar imposibles
cuando el amor es tan grande;
disculpado va mi amor
por causas tan eficaces
una por gusto, y las otras
por efectos naturales,
habiéndome enamorada
vuelvo, Isabel, a contarte
que Carlos me corresponde,
dicha que puede dudarse,
que el amor se corresponda
con atenciones iguales;
tres años ha que de amor
hemos cursado constantes
su escuela, donde aprendimos
a ser perfectos amantes,
estudiando cuál podía
hacer finezas más grandes;
si se estudian las finezas
cuando quieren acertarse,
al horror del accidente,
conocimos el semblante,
que es la primera ventura
que te encarezco por grande,
en fin con esta fortuna,
Pag. 7
caminábamos iguales.
Si lo muda en el sentir,
es discreto en explicarse,
hasta que sus fojas todas
llegan a descuadernarme
con otras muchas erratas
ratos que fueron afables,
porque mi padre (¡ay de mí!),
mas ¿qué mucho si mi padre
fue principio de mi vida,
en fin, mi padre (¡qué pena!),
Isabel, quiere casarme
con un don Félix Tenorio,
que un impedimento retrase;
y esta noche dicen llega
a Madrid; mira qué tales
son, Isabel, mis venturas,
pues tan presto han de llorarme.
Carlos ignora esta pena,
que, aunque es verdad que la sabe
mi amor, nunca se la ha dicho;
que viene de tal linaje
este hielo que en mí muere,
este fuego que en mí nace,
que el ahorrarle disgustos
es el estudio que hace.
¿Fuera poca fineza
de mi afecto, cuando sabe
sentir por ambos las penas,
repartirse alguna parte,
quede libre el corazón
de Carlos, por si importare
pasar mi vida a su pecho
cuando en el mío se acabe?
¿Y por qué dudo también,
si es que pudiera llegarse
tan presto tanta desdicha,
y así he intentado callarle
muchas de tanto pesar,
hasta que el último lance
ha llegado, pues ahora
dicen que he de desposarme
con otro que no es mi Carlos,
¡qué donoso disparate!
y así, Isabela, resueltas
procuran romper la cárcel
del silencio, mis desdichas
comunicando a mi amante.
Pag. 8
mi pesar, y su tormento,
por ver si puede buscarse
remedio a tanto rigor,
y porque no se notase
en mi casa, con Beatriz,
tu criada, envié a llamarle
que venga a verme esta noche.
Ya te he dicho mis pesares,
ya te he dicho mi tormento,
y mi desventura sabes,
no me culpes, Isabel,
hasta que en tu pecho labre
amor, nevados incendios,
que en un punto, en un instante
te hielen afectos vivos
y muertas ansias te abrasen,
que en sabiendo qué es amor
verás, que aunque se declaren
las desdichas, son mayores
las que decirse no saben.
Mi Porcia, tu sentimiento
cuando le he llegado a oír
así sentir, en mi sentir
imagino su tormento,
que aunque vine tan ajena
de llorar tu desventura,
ya de tu poca ventura
me cobra a mí mucha pena.
Y pues iguales estamos
en las ansias del querer,
y lo en verte padecer
el remedio discurramos,
Carlos te paga tu amor,
noble, galán, entendido,
tan bueno para marido
que ninguno habrá mejor.
Y en ti, mi Porcia, verás,
no te parezca pasión,
que belleza y discreción
ninguna ha tenido más;
Y con gustos felices corréis
esta tormenta amorosa,
bien podéis verla gustosa
con que los dos os caséis,
antes que venga el dichoso
que juzga ser tu marido,
pues Carlos está advertido
sea Carlos más venturoso;
merezca Porcia el favor
quien goza de los desvelos.
No le pagues, Porcia, en celos
a quien debes tanto amor;
Tu padre, bien le es forzoso
apadrinar tus amores,
Pag. 9
O declara los enojos,
llamándose venturoso,
o en esta noche has de dar
para aliviar tu tormento
o los brazos al contento
o los ojos al pesar;
discurre ahora advertida
para escoger lo mejor
cómo arriesgarás tu amor
cuando en él fundas tu vida.
Dices bien, yo estoy resuelta
a seguir tu parecer
si es que le puede tener
quien ya se imagina muerta.
Venga Carlos.
Sale Beatriz con manto.
Tan contento
quedó leyendo el papel
que yo juzgo que con él
está con grillos el viento.
Beatriz, ¿qué te respondió?
Admirando tal suceso,
diole a tu papel un beso
y a mí esta joya me dio,
y cuando las letras toca
de tu amor mudos arrojos,
lloraba por los ojos
cuanto besaba con la boca,
tantas veces repetía
tu papel, señora, en fin,
que busqué qué iría en latín
pues confuso construía;
y no solo en esto estaba
la duda de tus razones,
pues también a sus pasiones
con las letras comentaba,
y así, señora, después
de comerse tus renglones
dijo: "dos mil corazones
iré a rendirle a sus pies."
Ya no tengo qué dudar,
pues se alivia mi tormento.
Sí, pero a tanto contento
se le opuso un gran pesar,
porque al salir de la casa
de don Carlos...
¿Quién te vio?
Tu hermano, y me conoció,
y como en llamas se abrasa
del amor de mi señora,
dijo turbado y celoso:
"Yo mataré al que dichoso
premia a tu ama, traidora."
Pag. 10
A Porcia.
A Isabel.
Ya ajeno con sus pasiones
de pura rabia temblando,
se fue, señora, volando
sin aguardar más razones,
con que quiso en su pensar,
según el suceso ando,
que tú la culpa has tenido,
pero tú lo has de pagar.
Feliz, aunque desdichada,
ha sido mi prevención,
pues mi hermano...
Entre pasión,
tu hermano no sabe nada.
Primero que mi pesar
quiera Isabela sentir,
te quiero, prima, advertir
que también sé yo callar
cuando se muestra mi ardor.
Te digo mi tormento,
(tú me callas), mucho siento
haberte dicho mi amor,
que a don Fernando has amado.
¡Ay, amiga, quién creyera
que es mi amor de tal manera
que no puede estar callado!
Que tu hermano solicita
con afectos mi cuidado,
qué importa este enamorado,
si mi pecho no le admite?
El que dice su dolor
y publica su accidente,
dele, amiga, te lo cuente,
que es el que tiene el amor.
Nunca vive disculpada
la que dice que es querida,
solo puede ser oída
la que llora enamorada.
Ya satisfecha, tu enojo
procura ahora escoger
o el tormento de un temer
o el alivio de un arrojo.
Vamos, prima, que mi suerte,
como se mira rendida,
la quiere buscar la vida
a los brazos de la muerte.
Vanse, y sale don Fernando de noche con espada y broquel.
Mucho tarda mi enemigo;
a quién, cielos, sucedió
a examinar un agravio
encontrar con dos ofensas,
de don Carlos mi sangre.
Justamente se querella.
Pag. 11
pues se embaraza atrevido
los premios de mi nobleza,
enemigos de mi padre,
cuando tan resuelto intenta
para darle de su honra
la mas justa preminencia.
No solo de esto trata
(aquí le falta a mi pena
para sentir los agravios
para referirlo quejas)
a Ysabel (¡ay! dulce ingrata)
dichosamente festeja,
claro está que corresponde
a su amor con sus finezas,
que mucho que en sus rigores
los mios se perdieran
si a mis afectos tiranos
en otro dueño se emplea.
(A Beatriz vi que salia
de su casa) estas sospechas
examinan mis desdichas
pues viven de mi tan cerca.
Y a mi enojo que labra
nueva fábrica de ofensas,
y a quien me enoja procuro,
si a quien me irrita se deja.
En un papel le resumi
como mi valor se espera
en aquesta parte, adonde
mis pesares logro tengan.
las nueve an dado, hazlo
pues Carlos de que recelas,
si sus favores se animan,
y los favores se alientan,
de Ysabel (¡ay! dulce ingrata)
que asi rigurosa ofendas
el amor mas bien nacido,
sino me engaño, ya llega.
Sale D. Felix vestido a lo solda- do, calzado con botas y espuelas de camino.
sin verle.
Aqui quiero descansar
mientras mis criados llevan
de haber dado la enbaxada
para que me prevengan fiestas,
que venga yo por casarme
de la guerra, cosa nueva,
si cuando por descasarse
se van tantos a la guerra.
Prodigios son de mi vida
otros estremos en cuenta,
mirad que a el arma an tocado
Pag. 12
El enemigo está cerca,
mira, honor, adónde avanzas;
porque en la batalla te entras
de cuatro mil enemigos hugonotes,
que todos juntos intentan
destruirte y acabarte.
Mira qué presto que empiezan.
Monos, guardainfantes, enaguas,
almillas, sayas, polleras,
corpiños, cotillas, guantes,
chapines, mantos, chinelas,
zapatos, ligas, listones,
valona, tocas, calcetas,
cintas para atar el pelo,
alfileres de la reina,
escarpines, si es muy limpia,
que esto se ahorra si es puerca;
medias de muchas colores,
diamantes, zarcillos, perlas,
coche, escudero, criadas;
mayor asalto me espera,
que aun esto es cosa de risa:
cuñados, suegros y suegras,
que es enemigo con quien
no valen ningunas fuerzas.
Pero, honor, esto ha de ser
toque al arma la simpleza,
que es la que en tales batallas
acomete la primera.
A parte.
Saca la espada.
Este es Carlos, mi enemigo,
¿y a mi venganza qué espera?
¿A quién aguarda mi espada?
A parte.
¿Es de burlas o es de veras?
Miren qué colchón de pluma
para un novio de manteca.
Ahora veréis si sé
castigaros.
A parte.
Ya comienzan
las desdichas de casado.
Y que mi agravio...
Se frena.
Hombre, advierta, repare
por qué razón el que piensas
no es don Carlos de Padilla.
A parte.
(Soy la puta de mi abuela).
No es don Carlos.
Perdonad.
Gastáis cierta linda flema.
Sabed que don Félix Tenorio me llamo.
Pues yo,
que he vivido en otra escuela,
he de enseñaros qué sé
reñir en Flandes.
Pag. 13
Sale Martín, criado de Don Félix.
Sin verlos.
Viéndolos.
Cerca
quedo de aquí, mi señor,
y si no mienten las señas,
este es; señor, ya te aguardan.
Llegas a ocasión muy buena;
búscale aquese hidalgo
un don Carlos, que desea
con quien quiere acuchillarse.
Ya Porcia y Tello te esperan.
Aparte.
Este es don Félix, mi hermano,
a quien ahora que suceda
tal confusión, ya conviene
el que don Félix no entienda
los agravios del don Carlos;
pues querrá que mi nobleza,
antes que entre la envidia
que cubren traidoras nieblas,
que quite la dichosa Porcia.
Va a irse.
Si ya satisfecho queda
vuestro enojo, que no soy
don Carlos; adiós, que esperan
mi novia y el cura.
Aguarda.
Pues merezco las primeras
albricias, dame los brazos.
Aparte.
¿Qué confusión es aquesta?
¿Los brazos? ¿Pretendéis,
nos rompamos la cabeza?
Hermano de Porcia soy.
Aparte.
No es posible que lo seas.
Pero, sí; que los cuñados
se reciben con pendencias.
Mucho dudo, mi ventura,
en granjear tan dulce prenda;
pero dejando esto aparte,
ya sabéis que es una mesma
mi honra y la de vuestro hermano;
sepa yo quién os altera,
sepa yo quién os enoja,
que aquesta espada está hecha
con valor a deshacer
agravios, tuertos y fuerzas.
¿No respondéis? ¡Don Fernando!
Sí, hermano , y porque esperan
de mi padre los afectos,
vamos, que tiempo nos queda
para saber mis enojos.
No, Fernando, que si llegan
Pag. 14
Aparte.
Al honor no hay de dejarse;
mucho, don Félix, aprieta.
Mis agravios callaré.
Pues importa que no se entiendan,
causas fueron de un enfado
que con el naipe se engendraron.
Sobre ajustar una mano
tuve cierta diferencia
con un don Carlos Padilla,
díjele que me siguiera;
esperábale y llegasteis.
Aparte.
Jugador, no me contenta.
Quizá está separado
mi dote de vuestra hacienda.
Aparte.
¡Qué necio don Félix es!
Vientos informes empiezan,
disimularé mi enfado.
Sí, don Félix.
No os parezca
curiosidad demasiada,
que es muy bueno que haya cuenta
entre padres y entre hijos.
Bien decís.
Y pues no llega
el enemigo tahúr,
y ya vuestro enojo queda
satisfecho, vamos.
Aparte.
Vamos,
tengamos, honor, paciencia.
Aparte.
Si mi cuñado me mata,
a mi suegro, ¿qué le queda?
Aparte.
Pues ya se ha cumplido el tiempo
en que mi valor te espera,
o eres, Carlos, muy gallina,
o mi fortuna adversa.
Vanse, y sale Lucía con una vela encendida, y don Carlos detrás con miedo. Y Lucía deja la vela, yéndose.
Ya mi señora vendrá,
quede aqueste corredor
Dile que aguardo su sol,
dile que ya a su hermosura
esta vida que ganó
humilde se sacrifica;
y dile en resolución
que Carlos, su firme esclavo,
que vive en llamas de amor,
la espera.
Vase.
Presto vendrá,
que está fuera mi señor.
¡Qué ventura es, altos cielos,
que Porcia paga mi amor,
que me llame Porcia cuando
Pag. 15
Con gustosa confusión
amor se teme dudoso
de merecer tal favor;
¿qué puede ser? Muchas dichas
imagino: loco estoy;
tanto que cuando busco
el logro, o el premio, me vio
un hombre en aquesta calle,
aqueste papel me dio,
y como el alma venía
con amante prevención,
no embarazarme procuro
en el estorbo menor;
no sé qué enigma que encierra;
venza, pues, la confusión
mientras a Porcia no veo;
déte tus alas amor.
Lee el papel.
Dice el papel de esta suerte:
"Quien sea injuriado de vos
y muchas quejas empieza,
os espera con valor
hasta las nueve, en la puente
Segoviana; guarde os Dios.
Don Fernando de Guzmán."
¿Quién vio tormento mayor,
cuando una dicha que espera,
un disgusto me buscó?
Yo he de salir a matarle,
que se queja mi valor,
que perdiese las finezas
si ha de llorarlo el honor,
si nace esta nueva queja
de la pasada en que dio
Don Tello, que le estorbaba
mi padre la pretensión,
de su debida encomienda;
o si ha sabido que yo
idolatro de su hermana
la más bella perfección.
Pero, ¿cómo me detengo?
Daré voces cuando no
me dejen salir las puertas.
En las puertas sale Porcia y Luisa al paño.
Cuidado.
Vase.
Aquí quedo yo.
Carlos.
Porcia.
Qué tristeza
es esta, di, qué temor
te aflige, cuando a mi afecto
no le embaraza mi honor,
cuando atropello imposibles,
cuando todo mi valor
aplico a muchas finezas,
Pag. 16
venciendo el miedo mayor,
tú, tibio, di con pesares:
A parte.
A ella.
Hace que se va.
Dime, Carlos, la ocasión.
A Porcia callar le quiero
que conviene a mi pasión,
que es su hermano, y soy su amante.
Mi bien, en tanto favor
como se hallan mis venturas,
tan mudo y absorto estoy,
y juzgo que son soñadas.
Esta fue mi suspensión,
ya sabes que el alma es tuya.
Déjame salir por Dios,
que yo volveré.
¿Qué dices?
Por menos que tu furor
acredite sentimientos,
escúchame.
A parte.
Loco estoy
a más empeños a un tiempo,
de amor, de riesgo, y de honor.
Dí, Porcia, que ya te atiendo,
pues escucha la mayor
desventura que se acerca.
No eres mía.
Tuya soy.
Mi amor, Porcia, no conoces.
Ya pago, Carlos, tu amor.
Pues, ¿qué puede haber que temas?
A parte.
Mi padre (¡fuerte rigor!).
Sale Luisa alborotada.
Abrázala.
Mira que con mucha priesa
te entra a casar mi señor.
¿Qué dices, Luisa?
Lo que has oído.
Línea tachada: Lui. lo q as oydo que biene ya.
A parte.
Qué pesar.
A parte.
Qué confusión.
Escóndete, Carlos, presto,
después sabrás mi dolor.
Mirando al paño.
Que viene, llega.
A parte.
Ya te obedezco,
qué horas de este favor
no me deben a mis pesares,
que en tanta pena estoy
que las venturas de amante
las deshaga una pasión.
Vase al paño y sale don Tello viejo, Padre de Porcia.
Hija.
Señor.
Ya ha llegado
esposo en aqueste instante,
tan discreto como amante,
tan galán como soldado,
viene a ser de tu hermosura
el Adonis más galán,
con que iguales se verán.
Pag. 17
Tu ventura y su ventura
la alegría en ti se vea;
júzgate, Porcia, dichosa,
Los siguientes diez versos están tachados en el original, con enmiendas ilegibles en los márgenes.
que aunque más sea hermosa,
eres la dicha de fea;
que antes que, Porcia, te des
esta noche a tu marido
la mano, ten advertido
lo que te he dicho porque veas
que no es falto de talento
ni que habla sin cuidado,
que son propias de un pesado
las chanzas (harto lo siento).
Fin de la sección tachada. El texto continúa abajo:
Es discreto, entretenido,
galante, cuerdo, prudente,
y aunque sea impertinente,
en fin, Porcia, este marido.
No porque tenga contento
un hombre siempre el semblante,
será sordo o ignorante
o falto de entendimiento;
¿qué dices?, ¿no me respondes?
Y un estado que es tan justo,
cuando le tomas con gusto,
¿por qué causa el gusto escondes?
Aparte.
Aparte.
Señor (¡quién vio tal desdicha!),
ya mi voluntad vendida,
(¡quién vio pena tan crecida!)
festejos hace a esta dicha.
Abrázala.
Sean, Porcia, estos abrazos
señales de mi contento.
Dentro.
Aparte él.
¡Que este sufra mi tormento,
mientras más dulces lazos
hacen tu gusto crecido!
Aparte.
¡Que viva en tal desventura!
Vase.
Porque logre tu hermosura,
voy, Porcia, por tu marido.
Sale Carlos turbado, como que se va, y, viéndolo irse, le detiene Porcia.
Yéndose.
Adiós, Porcia.
Detiénele.
Bueno es eso.
Carlos, cuando necesito
de los consuelos mayores
y de mayores alivios;
cuando el alma en dudas lucha
y turbados los sentidos,
ni dan certezas de muertos
ni dan indicios de vivos;
cuando fluctúo en desdichas,
cuando temo en los peligros,
estoy luchando en las dudas,
si eres mío o no eres mío;
ahora, Carlos, ahora,
Pag. 18
Carlos repare
llegándose a él
que ves el pecho rendido
a probar de la fortuna
los más acerados filos,
ahora que te procuro
más amante, más benigno,
¿que llorarás constante
obligaciones de fino,
extraño, triste, penoso,
mudo, absorto, seco, tibio?
¿Te vas diciendo: "Adiós, Porcia"?
¡Ay, Carlos! ¡Ay, dueño mío!
Si hablase el sentimiento,
cuánto se deja escondido.
Yo sé que aquestos agravios
te parecieran cariños;
poco el amor se luciera
si lograse sus designios
manifiestos al contento,
y para el pesar remisos,
mal pudiera acrisolarse
en sus penosos juicios
si en las llamas del tormento
no se acreditase fino.
¿Qué culpa tengo yo, Carlos,
que mi padre (¡padre impío!)
quiera casarme esta noche?
Pero si culpa he tenido,
cuando no en ejecutarlo,
solo en haberlo creído,
tú lo ves, tú te lo sabes,
discurre ahora el camino
donde logre mi esperanza
premios de tantos suspiros.
¿Cómo no respondes, Carlos?
¿Qué dudas, cuando publico
que soy tuya?
Calla, Porcia,
deja que tantos conflictos,
deja que tantos pesares
les descubra algún camino
donde, para padecerlos,
les venga a hallar principio.
No te espantes me enajene,
que es tal el tormento mío
que mil vidas consumiera
y agotara mil sentidos.
No sé por dónde comience,
no sé, Porcia, lo que digo:
tu padre... tú... mi desdicha...
don Fernando... tu marido...
Pag. 19
Carlos, reporta
tan sobrados desvaríos,
adónde está la razón,
advierte que no es alivio
para acabar con la pena...
no embarazar el peligro;
ten valor, pues lo tenemos,
y, supuesto que te he dicho
que soy tuya, y que primero
que falte este afecto mío
roto se verá el espeso
de esos turquesados vidrios,
mudas se verán las aves,
tristes se verán los ríos,
desnuda la primavera
y vestidos los estíos,
Carlos, mira que soy Porcia.
Engañoso cocodrilo,
¿para aquesto me llamabas?
Pero ¿qué culpa has tenido,
que la culpa tiene Carlos,
porque Carlos te ha querido?
Como tirana publicas...
este nombre has merecido.
Después de oír de tu boca
agravios tan mal nacidos,
¿cómo, si elegiste agora,
sin atender que, escondido,
escuchando que ofendías,
eran lince mis oídos,
que te querías casar,
y con gusto y regocijo
a tu padre diste el sí?
Oye, Carlos.
Verdad digo.
Dirás que fuiste obediente,
obligación que en los hijos,
aunque interior no se admita,
en lo exterior es preciso;
que no embarazaba amor
los deseados designios
el darle a tu padre el sí,
cuando yo te he merecido
los verdaderos afectos.
Bien está, pero averiguo
otra intención en tu pecho
con que doblas el delito.
Dentro D. Tello a voces.
Pag. 20
D. Feli. Queda Porcia y Ca.
mi padre (¡ay de mí!).
en fin, será preciso
que te vayas. ¿Qué he de hacer?
Escóndete, dueño mío.
Pues ¿qué importa que me maten,
cuando mi amor te ha perdido?
Mejor será que tu padre
y tu hermano,
precipitados,
no remedien mis desdichas.
Y así, bien te suplico,
pues solo porque esta esclava
nacieron estos estilos,
te ocultas en esa cuadra,
y verás que es preciso
socorrer a mis desdichas;
en tu infortunio fío
que pasará al corredor,
pues tiene abierto un postigo
por donde puedes salir.
¿Que yo he de ver que te casas,
y he de poder resistirlo?
Dime, Porcia, ¿has de casarte?
Sí, mi don Carlos, contigo.
Tuya soy, tú me has querido;
con esto me puso términos.
Ya ves el lance preciso:
mi padre viene, ya es fuerza
retirarte , dueño mío.
Yo quedo aquí, que lo basto.
Pues, Porcia, lo que te digo
es que adviertas que te veo.
Eres el diamante más fino.
Que aunque pudiera rendiros,
fuera dejar armas y bríos,
pues que te sirvo de estorbo,
y bien, aunque me retiro.
Pag. 21
Escondese y sale don Tello, don Fernando, y en medio traigan a don Felis. Sale Isabel, y Beatriz, y Luisa, y los demás que pudieren.
Otra vez dadme los brazos,
pues tal dicha llego a ver.
Abrázale.
Ved que los he menester,
no me los hagáis pedazos,
no os parezca demasiado
recelo; en aquestos casos
que ha menester muchos brazos
quien ha de ser desposado.
Aparte.
Aun más de lo que dijeron.
¿Es Felis poco entendido,
de quién ha de ser marido
de estas damas?
Quítase el sombrero.
Dentro.
Ya tuvieron
duro fin mis desventuras.
Porcia es mi hija.
Hace una reverencia.
Señor,
muy bien venido seáis.
Ya conozco que os turbáis,
agradezco tanto amor,
y si en necios ha de ser
la necedad la primera,
pasaréla de carrera,
dadme la mano.
Besa la mano a don Tello.
Tened.
¡Qué tormento mayor,
mi amor, rigurosos cielos!
¿Os tardáis? Ya tengo celos.
Sois noble con tal rigor,
que aun a mí me habéis turbado.
De vos lo tengo aprendido,
pues sin ser vuestro marido
tanto me habéis abrazado,
y otra cosa no deseo.
Porcia, señor, que acostarse.
Aparte.
Porcia, ¿qué es esto?
Aparte.
Doblarse
mis desdichas.
Dentro.
Que esto vea
y no me mate el tormento.
Aparte.
Muy grosero el novio ha andado.
Aparte.
Soy hijo muy desdichado.
Aparte.
¿Este es hombre o es jumento?
Guardadlo, a Porcia esto estorba.
Conviene disimular.
Decid si me he de casar,
que la gana se me acaba.
Hija, tu marido es
don Felis.
Aparte.
¡Ay, más rigores!
Pag. 22
Dejad, señora, temores;
dadme las manos a los pies,
y si os habéis enfadado
porque al llegaros a ver
mi amor, no se puso a hacer
un soneto por soldado,
no compongo más en prosa,
solo os digo en conclusión
que en vuestra comparación
es la luna lagañosa.
Bravo favor.
Aparte.
Gran locura.
Aparte.
Dentro.
Y a mis ansias son mortales.
Y diera el sol muchos reales
por tener vuestra hermosura.
Esto la campaña tiene
cuando tantas glorias da.
quien necio a la guerra va,
necio de la guerra viene.
Mas os pudiera decir,
pero vengo muy cansado,
y aun no me hallo casado
y me muero por dormir.
¿Adónde vais, desventuras?
Aparte.
Dentro.
Tormentos, ¿adónde vais?
Para novia floja estáis.
¿Quién vio tan triste ventura?
Porcia, dale a tu marido
la mano.
Que aquesto veas,
Aparte.
Pues quien desea
Va a darle la mano.
Dentro.
¿Quién ha de estar escondido?
Salga afuera mi pasión.
Aparte.
Dentro.
¿Quién ha de tener
sufrimiento? Esto ha de ser.
Sale fuera.
¿Quién vio tanta confusión?
Aparte.
Félix, si me buscáis
para vengar vuestra ofensa,
cruda envidia os ciega,
sin que yo la culpa tenga,
aquí me tenéis, venid,
que mi valor no se os niega,
hasta que quedéis seguro.
Que esto en mi casa suceda,
traidor.
En cualquier parte
el que ofende la decencia.
Empuña la espada y vase Carlos.
Y en mi casa me buscáis.
Esta boda se suspenda.
Empuñan las espadas.
Pag. 23
Isabel, ¡ay!, soy muerta.
En mi casa el pariente Carlos,
mi amor, en sus dudas, recela,
sin duda busca a Isabel.
aparte
Cuando el honor se querella,
la casa más encerrada casa,
es la campaña más abierta.
Con que buscando mi enojo
satisfacción a mi queja,
no hallando estorbo ninguno
que mi cólera detenga,
sin duda que vuestro gozo,
hallado francas las puertas,
siguiendo sus bizarrías,
he examinado estas piezas,
que si en la puerta las de-
jaron de esta manera,
enmendar por un acaso
lo que su enojo sospecha.
Perdone, Porcia, su honor.
Poco satisfecho queda
en mi casa.
aparte
En cualquiera parte
el duelo tiene fuerza.
saca la espada y vase
¡Fernando!
deteniéndole
Señor, detente.
deteniéndole
Isabel, no me detengas.
vase
Porcia, deja que le mate.
vase
¡Oh, si un alcalde viniera!
aparte
¡Ay, agravio semejante!
en mi vida esta afrenta
de amante y de capricornio
acabo temiendo más lances.
aparte
Espera, tirano, aguarda.
No hay quien su enojo detenga.
aparte y disimula
Pues no solo agraviarme
tu cólera manifiestas,
sino quieres estorbar
mis venturas.
vase
Buena es esta,
camina, señor don Félix,
que a toda prisa vayamos.
Luisa.
Beatriz.
que aguardes
mira [...]
Recogeos a vuestro cuarto,
que presto daré la vuelta.
vase
Jornada segunda
Pag. 24
que he de matar a la gorda / a esta vieja infame y puta.
Porcia. Vamos a morir penando.
Isabel. Beatriz, vamos a la puerta.
Vase haciendo la cortesía.
Porcia, alivia sus tormentos.
¿Cómo quieres que no sienta,
si tengo la vida en Carlos,
y está de la muerte cerca?
Vanse.
++ / 1200 / Sin lo quitado.
Fin de la primera Jornada.
Margen superior derecho: L / 24
Sale don Carlos, y Luisa de la mano como a oscuras.
¿A dónde vais, desventuras?
¿Dónde camináis, tormentos?
Si en los mayores peligros
solicitáis el remedio,
¿para qué queréis que viva,
si la vida que yo tengo
solo es vida en la apariencia,
cuando es muerte en sus efectos?
Anda, Carlos, más apriesa,
que cerca está mi aposento,
donde estarás más seguro.
Antes, Luisa, mi locura,
si es alivio el que me buscas,
no lo intentes, porque es cierto
se desvanezca la traza
y te queden los deseos.
Yo he de morir de infeliz,
ten paciencia.
Ya no tengo
sentido para las desdichas,
cuando soy de todas centro.
¿Qué paciencia he de tener,
dime, Luisa, cuando entiendo
Pag. 25
que ha de venir aquí esta noche.
A Porcia, en brazos ajenos,
puede ser que no se case.
Deja de buscar consuelos,
que de alivios tan impropios
se juzga incapaz mi pecho,
como que de ser...
Ya es tarde,
y don Fernando y don Lelio
están tan alborotados
de este impensado suceso,
que después que te buscaron,
y estuvo todo más quieto,
como fueron a la calle
tras de ti al mismo tiempo,
y errando en la escuridad,
o por dicha, o por acierto,
hasta mi cuarto llegaste
cuando, de cólera ciegos,
piensan que te retiraste.
Déjame salir, primero,
porque don Fernando entienda
que sabe pelear mi aliento
como mío, y que mi honor
quiere quedar satisfecho.
El texto de la página derecha se encuentra tachado en el manuscrito mediante líneas verticales y diagonales.
A pesar de más peligros,
Carlos, imposible es eso,
que la puerta está cerrada;
porque mi señor don Lelio,
apenas salió a la calle,
como te he dicho, y no viendo
que vengaba sus enojos,
aunque quiso, muy soberbio,
ir don Fernando a buscarte,
se lo estorbó luego Aurelio
con razones que le dijo;
y aunque quedó malcontento,
como es padre, obedecióle;
casi con su mano él mismo
echó la llave a la puerta.
Bien saben, Luisa, los cielos,
que el no acertar con la puerta
fue mi mayor sentimiento,
pues fuera el mayor alivio
que buscaran mis deseos,
morir primero que a Porcia
logren.
Carlos, vuelve en ti, no
notes más, que pues la Diosa
de esta suerte lo ha dispuesto
Pag. 26
Conoce que en sus venturas
se hace dueño este suceso,
¿qué aguardas a alguna dicha?
Si la mía ha de ser, pero
el morir con pausas muchas
porque dure mi tormento.
Conoce pues mi verdad,
pues en todo quiso el cielo
que se dispusiese bien,
pues a don Félix le han hecho
creer que fuiste un criado
quien casa se ha descompuesto
con mi señor don Fernando,
y el buen novio, o mal cordero,
se lo tragó, amigo; los tontos
tienen malos tragaderos.
Si don Félix a flaqueza,
que mi honor no ha satisfecho
el desafío pasado,
pero no, que su duelo
solo vengarle quería,
y por acaso tan nuevo
de esta suerte le dispuso.
Ya satisfecho le dejo,
pues en su casa le busco,
si me he tardado en el puesto;
y en no volver a buscarle
tampoco cargado quedo,
que siendo agravio de muchos,
cuando tan solo me veo,
dejar de pelear por dar
a mi honor más lucimiento,
ni pudo ser cobardía,
ni fue excusarme del riesgo.
Don Tello, dentro, y don Fernando.
Nadie le ha podido hallar.
Sin duda que abrió sus senos
la tierra para ocultarle.
En el margen izquierdo, los nombres Beatriz y Luisa aparecen tachados antes de Lucía.
¡Ay de mí, que este es mi dueño!
Vámonos apriesa.
Aprisa vamos, consuelo
de mis tormentos; despacio
dejad mis desempeños.
Pag. 27
La página izquierda del manuscrito se encuentra tachada en su totalidad con grandes aspas.
Acrediten mi valor,
nunca de burla tan necia
quieres perderte y perder
a Porcia; déjalo al tiempo,
mañana será otro día.
Solo por Porcia lo dejo,
que quiero mucho su vida;
a Porcia, con otro dueño
he de ver, he de vivir.
No lo creas.
No lo creo;
porque tengan mis desdichas
para matarme más tiempo.
Vanse, y sale don Tello y don Fernando, y un criado con luz.
Fernando.
Señor.
No sé
adónde hallen remedio
mis pesares, que a mi intento
multiplican más tormentos
al número de mi deseo.
La fortuna, que a este tiempo
con que a porfía festejaba
las venturas mi contento,
y que, cuando de mi honra
la tormenta en que me anego
entre envidias y entre agravios
hallo venturoso puerto,
pues ya triunfante y gustoso
con mi encomienda me veo
pues mis temidos despachos
hoy salieron del Consejo;
y este mozuelo atrevido,
con sobrado devaneo
que tanto inquietó mi honor,
así atropella el respeto
que a aquesta casa se debe,
aquí, soberanos cielos,
dadme valor al agravio,
pues que a sentir le tengo,
que así se atreviese a entrar
hasta el último aposento.
Pag. 28
De mi casa.
Como estaba
tan llena de este contento,
no es mucho, señor, que entrase,
sin que de su atrevimiento
pudiese tener testigos
que estorbasen sus intentos.
¿Dónde se pudo ocultar,
que no le han hallado mis siervos,
para quitarle la vida
en quien tantas muertes veo?
Si me estorbas que le siga,
cuando vegan el denuedo
que en mi casa me ha buscado...
Fernando, ya es otro tiempo,
que si aquel fue duelo tuyo,
este es ya de todos duelo.
fuera bueno, fuera bueno,
que se dijese en mí,
que metido en su aposento
tenía preso a Don Carlos,
pues aunque esté, como vemos,
por vía tan segura y tan libre
de semejantes empeños,
como tan noble y discreto,
el vulgo, fuera muy cierto,
que buscara lo peor.
Pues así, Fernando, por esto,
no es justo le desafíes,
que es pensamiento muy necio
dar a entender que pudiste
vencer y dejar un muerto.
tú tienes la culpa de esto,
pues cuando tu hermana aguarda
su dichoso casamiento,
quieres casarla cuando
sea mofa de todo el vulgo.
Pag. 29
Tú lo procuras perder,
a ruidos y pleitos atento,
a tu enemigo provocas
a que te ultraje, y luego,
porque le desafiaste...
Aquí callaré mis celos
aunque me culpe mi padre,
pues importa el silencio;
pareciome que mi sangre
se ajustaba mal al duelo
si para vengar su injuria
buscaba ofendido nuevo
y así antes que don Félix
de mi hermana fuese dueño
y fuese parte también
de agravios tan manifiestos
quise quitarle la vida
porque su honor descubierto
se mirase a todas luces.
Es ya muy fuera de tiempo
tu bizarría, Fernando,
pues teniendo este suceso
a otro que presente queja,
es dar que pensar, y creo
que pudiera sospecharlo
a no ser don Félix necio.
Pues, señor, antes que tenga
prevenciones de recelos,
haz que se case esta noche.
No lo tengo por acierto
hasta mañana, porque,
aunque tenga en su concepto
creído que fue un criado
quien su gozo ha descompuesto,
será fuerza acreditarlo
con darle aunque breve tiempo
para que crea este engaño,
y no juzgue se acelera
por causas que pidan priesa.
Dices bien, mas mis deseos
son tantos, que es imposible
detenerse.
Escucha atento.
Hablan aparte y salen Porcia, Isabel y Luisa y dicen aparte.
Los dos, Isabel, están
hablando.
Y en su secreto
imagino algún pesar;
alguna desdicha temo,
si bien que queda seguro
don Carlos.
En mi aposento.
Pag. 30
Queda debajo de llave;
sea, amiga, mi contento
a lo que te debo paga,
que son los bienes que tengo.
Pues de esta suerte ha de ser
con cuidado.
Aparte.
Ya te entiendo.
Aparte.
Aparte.
Porcia es esta; mi pesar
disimule su tormento.
Hija.
Señor.
Ay, ingrata,
que no estimes un afecto
que se emplea en adorarte
y que me mates con celos
cuando busco tu hermosura.
Ya todo queda más quieto,
vuelve al cuarto donde espera.
Qué pesar.
Aparte.
Félix tu dueño,
que es muy justo que agradezcas
los manifiestos deseos
que tiene de ser tu esposo.
Aparte.
Digo, señor, que obedezco
tu gusto, que en mí y antes
(bien sabe el amor que miento).
Aparte.
Vamos, hijos.
Sálense.
Mi señora
repara que a sus deseos
no hay cosa que le divierta,
pues juzga que no es festejo
otra cosa que casarse.
Sabe el cielo lo que siento
que don Félix sea tan loco.
Vase.
Dime, Isabel.
Yo no oigo
tus engaños, don Fernando.
Cuando en los míos padezco
rigores de mi tirana.
Bueno es que pidas celos
siendo tan niño mi amor,
que aún no ha tenido el primero.
Pag. 31
Conocimiento de estar obligado a otros desvelos y a ti quejas de mí
Pues yo sé
que no te quiero
¿y qué me dejas?
por otro
eso solo no consiento
Vase.
Si a riguroso procuras
di a Porcia tus sentimientos,
que yo sé que hará tus partes
y puede ser que, aunque muerto,
el fuego del pecho tome
para agradecer alientos.
¡Ysabel, escucha! Porcia,
hermana, si mis afectos,
si mis ansias, si mis males
pueden contigo, te ruego
me digas si de Ysabel
es don Carlos dulce dueño;
duélete de mis desdichas,
mira, Porcia, que me quemo;
siento los yelos de su amor
en las llamas de mis celos,
porque dejas a mi enemigo
entrar en tu cuarto mesmo.
Salen Beatriz y Porcia, e Ysabel al mismo tiempo.
Venía, Porcia, a visitarte,
mira si en aquestos miedos
es bastante consecuencia
la que sacan mis desvelos,
desvanece tantas dudas,
no culpo tu atrevimiento,
pues ser mujer y tu amiga
obliga a mayores riesgos.
Responde, Porcia, ¿qué dices?
Busquemos, pues, algún medio
para aliviar mis desdichas;
ciegos necios sentimientos,
que tanto escucho ofendida
y no tienen más fundamento,
mira que a Ysabel y a mí
ofendes al mismo tiempo;
della en juzgarla fácil
y a mí con tan mal conceto
como tienes de mi honor,
pues afea mis limpiezas,
desecharlos de mi vida.
Pag. 32
Aun fuera verdad, Alonso,
cuanto más suyo te viera,
de agravios tan manifiestos
Isabel te asegura
de tus soñados empeños,
pues a querer ver a Carlos,
si Carlos fuese su empleo,
mejor pudiera con Carlos,
que estando yo en mil miedos,
ver a Carlos en su casa,
que no buscar los empeños
con Carlos en este cuarto,
pues Carlos, que es caballero,
que es noble y es entendido,
es forzoso que atendiendo
a la sangre, que ha heredado
como de Carlos.
Ya entiendo,
no me alabes tanto a Carlos
que es mi enemigo.
Por eso,
que hablar bien del enemigo
es el mayor vencimiento.
Como es hombre y tan gustoso
del cuidado a mis tormentos.
Disimulemos, amor,
basta porfía, vano creo
a mis celos, pero di,
entrar en su cuarto mesmo
Carlos, ¿quién pudo traerle
sino fuera por concierto
de Beatriz y de Isabel?
Reconozcas que tus celos
formando se desahogan,
una dándole repulsa
porque a Carlos ya publica
no pudo llegar a tiempo
de cumplir su desafío
y quiso ausentar su duelo
viniendo su hermano a buscarle,
qué mucho si entrase dentro
de mi cuarto a dar puertas.
Tal es por mi sentimiento,
abiertas para mi llanto,
con el menor tormento
de una boda o de una muerte,
porque en mis desdichas espero.
Si Isabel no me ha ofendido,
muchas albricias te debo.
Pues se ha librado mi amor
en los brazos de mi dueño.
Pag. 33
Pues para lo que te pido,
obligar mis sentimientos,
da fin a mi amor y mis ansias.
Las siguientes líneas están enmarcadas y tachadas con un aspa
Fortuna, ¡qué bueno es esto!
Para quien no tiene vida,
cuidar de males ajenos.
De que, ¡qué de sus rigores
está el corazón tan lleno
que ya el aliento le falta,
aunque vive de su aliento!
Que, cuando no corresponda,
mi amor me pague con celos,
ansias tan bien padecidas,
también llorados desvelos.
Pues yo he de buscar alivios.
Fin de las líneas tachadas
Fernando, yo te prometo,
dando logro a tu esperanza,
aliviar tus desconsuelos
con que Isabela te quiera;
y esta noche, en mi aposento,
cuando todos recogidos
estén seguros y quietos,
te pondré donde le digas
lo que callas y yo entiendo.
Mas has de pagar, Fernando,
con otro nuevo consuelo,
a mi esperanza perdida.
Di, Porcia, qué te ofrezco
fuera del alma, porque es
de Isabel cuanto poseo.
Pues, hermano, con don Félix
no he de casarme, y advierto,
en ti libradas mis dichas;
haz que se vuelva este necio
a gozar su mayorazgo,
que yo solo me contento
(con Carlos) con retirarme
a morir en un convento.
Pides imposibles mayores,
que, si la vida te diera,
no haré mucho en darte gusto,
aunque me empine en los riesgos
que se pueden esperar
de tan impensado empeño.
Cúmpleme tú la palabra,
que yo haré lo que te ofrezco.
Si cumples lo que te pido,
hermana, dalo por hecho.
Pues, Fernando, está seguro
Pag. 34
avisaré al momento
que tuviere lugar. Adiós.
Vase.
Logre amantes deseos,
sacarlos por mi respeto,
a lícitos empeños nuevos.
Vanse.
Sale Don Félix y un muchacho delante con una luz, y pónenle un bufete, y Beatriz con un instrumento.
Vuelve, muchacha, a cantar,
y de un tono entretenido.
Ya sufro como marido.
¿Dejaron ya de pelear?
Ya vienen, señor.
¡Penosa
es pensión esta, llega a ser,
pues que a mí, que iba a ver
en los brazos de mi esposa,
que haya quien pueda esperar,
¡vive Dios que desconfío!
Aguarde un tonto, un frío
que apuran ciego a aguardar,
que hombre fui, al fin, inquieto.
No le encontraron,
aunque todos le buscaron;
ninguno, señor, le halló.
Duende sin duda sería;
así todos lo dijeron.
Y hasta los duendes vinieron
a estorbar la dicha mía.
¡Ay fortuna más escasa!
(Va de engaño) amigo, infiero
que el tal duende fue mochero,
que el buen señor de casa
esto me ha mandado aviso
de que quejoso.
Mal ha andado, pues le he buscado,
porque yo siempre le he buscado
muy severo, con despecho.
¿Quieres que cante?
Sí, quiero.
Vuelve, Beatriz, a alegrarme,
que por música y casarme
son dos cosas por que muero.
Canta.
A las sangrientas batallas
el Cid camina a la posta,
deseoso de más guerras
y ambicioso de más glorias.
Ausencia, ¿cómo consuela
oír tu nombre soberano?
Separaste muy cercano
de Sancha, mi bisabuela,
que fueron tan parecidos
y en sus hechos tan extraños.
Pag. 35
Antes de tener cien años
enterraremos siete maridos.
Gran valor.
Fortuna rara.
No os parezca como quiera,
que si más tiempo viviera,
otros tantos enterrara.
Sale Don Tello y Don Fernando.
Don Félix.
Suegro y señor.
Perdonad si me he tardado.
Ya estuve casi enojado
de ver este necio rumor
que mi boda alborotaba;
¿de esa suerte os inquietáis
para un hombre y no miráis
quien en esa calle estaba?
Ya se acabó la pendencia;
ya no queda que buscar,
y a mí me tenéis de dar
para enfadarme licencia.
Hasta la calle salí
buscando el bulto escondido,
mas ya, como soy marido,
ni el ruido ni el bulto vi.
¿Quién mis bodas embaraza?
Aquí empieza mi cuidado. —
Fernando con un criado
quedó despedido de casa;
no hubo más voces pasadas.
Fernando, entre estos criados
hay algunos tan honrados
que dan lindas cuchilladas.
Líneas tachadas y adiciones al margen. Tachado: "Don Félix. Y pues no supo escapar / goce su buena ventura." Añadido:
Y privan sus alientos
que os instan atrevidos
a aseguraros.
Félix, a mí mayor enfado.
Hay más extraña locura.
Yo me quiero casar
antes que vuelva el criado
avenir otra pendencia,
que se acaba mi paciencia
de no verme ya casado.
Señor Don Félix, estimo
tanto afecto; mas quisiera
que esta boda se hiciera
mañana (que mal reprimo
mi sentimiento).
Señor,
qué despacio que vivís;
para mañana decís,
quien os viera con mi amor.
Y donde lo estimara
porque queda alborotada.
Casalda vos, que casada
la inquietud se quitara.
Esto ha de ser porque es justo;
mañana os veréis casado.
Yo que soy el desposado,
este casarme a mi gusto
agora ha de ser.
Señor...
Pag. 36
Este es simple, que aun porfía.
Aparte.
De la boda me desvía.
Aparte.
Dejarle será mejor,
o interés lo que has pedido;
adiós, don Félix, mañana.
Ya se me quita la gana,
don Tello, de ser marido,
y ansí haced vuestro gusto,
porque en vuestra casa estáis.
Que si no,
que os enojáis,
es enojo ha sido injusto;
quedad, don Félix, contento,
que mañana nos veremos.
Vase.
¡Vive Dios, que forme extremos
de pena mi sentimiento!
¡Martín!
Repórtate un poco.
Pasease.
Vete un rato a acostar,
que me quede sin casar
y que no me vuelva loco.
¿Quién habrá que esto conciba?
Don Tello, no hay que porfiar:
o el dote me habéis de dar
esta noche, o vuestra hija.
Vanse y sale Porcia, y Luisa y don Carlos de la mano como a oscuras.
Desde aquí, Carlos, podemos,
porque Tello se descuida,
estar a los más seguros
de esa puerta, que permita
conocer que no son sueños
estos que goza mi dicha.
Isabel quedó avisada,
y también lo quedó Luisa,
por si algún estorbo hubiere
que mis venturas impidan.
Siéntanse en el estrado
Satisfízose tu amor.
Estoy, Porcia, tan contento,
que ya parece que siento
que no dure mi temor,
que aunque es terrible el dolor
de estos llorados desvelos,
apurados sus recelos,
que viendo la pena en calma,
queda, Porcia, toda el alma
gustosa con tales celos.
Yo, Carlos, en el tormento
que siento de tu temor,
he llegado a conocer
que es doblado mi contento,
tú tienes tu sentimiento
satisfecho, y mi temor...
Pag. 37
De ver que es poco tu amor
también lo tengo acabado,
con que te tengo probado
que mi contento es mayor.
Padecer un accidente,
Porcia, es sufrir y es temer;
pero verle padecer
es forzoso al que lo siente,
con que es dolor más urgente
y es más fuerte su veneno,
ya la razón condeno
pues es tormento mayor
llorar uno su dolor
que sentir el mal ajeno;
apartas en ti porfía
y sofístico argumento
sabe amor cuánto lo siento
tu alma, Carlos, de la mía
que como no se desvía
y en dolores tan mortales
corren las penas iguales,
siempre huye en mi penar
mis males para llorar
y para sentir tus males.
Porcia, si aquestos recelos
en tu sentir verdad son,
Porcia, di por qué razón
ha de sentir quien da celos,
si fuesen estos desvelos
de un imposible tormento:
que embarazara el contento
de amar; pudiera callar
mas si yo busco el pesar
señal es que no lo siento.
Yo te llego a convencer
si lo apuras en rigor;
satisfacerse es mejor.
Mas gusto es satisfacer.
Porcia.
Di, ha de ser
esta pena, la postrera,
como la ventura quiera
poner mi fortuna en calma,
no habrá más;
tuya es el alma.
Dentro Don Félix.
Dentro.
¡Hola, Martín!
¿Quién hay fuera?
Levántanse alborotados.
Dentro.
Martín.
Don Félix es este
quien causó tal desdicha.
Pag. 38
Que gozar de mis venturas
mi amor, Carlos, no permita.
¿Qué querrá este necio? (Cielos,
hay más estorbos que impidan
de amor la mejor lisonja,
de quien celos tiene envidias?)
Dentro.
¿No te levantas? ¿Qué aguardas?
Si te ven, yo soy perdida.
Esa es la puerta del cuarto
donde se recoge Luisa.
Vete, Carlos, pero advierte
que con el cuarto confina
de don Félix; no la yerres,
que yo no seré sentida
hasta mi cuarto. Adiós, Carlos.
Adiós, mi bien.
Vete a prisa,
que después te buscaré.
Ya sabes que sin tu vista,
aun más ciego mi amor queda,
porque es el blanco a que tira.
Carlos, no yerre la puerta.
No lo querrá mi desdicha.
Ya te entiendo.
Vase.
Loco voy.
Vase.
Adiós, Carlos, voy sin vida.
Sale don Félix a medio vestir, y Martín de la misma suerte con una luz.
Yo no lo puedo llevar.
Esto sin duda ha de ser,
o me tengo de volver,
o me tengo de casar.
¿No ves que das qué decir,
que están todos acostados?
Si ellos no son desposados,
muy bien hacen en dormir.
Llama a mi suegro y cuñado,
y si quieres acertar,
a tu novia has de llamar.
Aparte.
Que es el todo, en esto andado.
Mira, los desacomodas,
que es de noche, y que es mal rato.
De noche, di, mentecato,
¿no son las mejores bodas?
Sí, pero ya recibidos,
no lo tengo por acierto.
Martín, si ya estoy dispuesto...
¿Qué importa que estén dormidos?
Mañana le puedes dar
la mano a porfía si quieres.
El primer criado eres
que estorbaste un pesar.
Ya te voy a obedecer,
y a dar logro a tus intentos.
¿No ves que los casamientos
con tanta prisa han de ser,
que llego tan afligido?
Pag. 39
en este confuso estado,
que aun no hallándome casado
ya me hallo arrepentido,
y fuera terrible error
en tan penosa porfía
dejarlo para otro día
que me suceda peor;
vive Dios, que estoy de parto
por casarme.
Párase.
Sale Don Carlos tentando con miedo.
Aparte.
¡Ay, más desvelos!
Mayores son mis recelos,
pues es de Félix el cuarto
que piso; ya se concierta
acabarse mi tormento.
Yo he de casarme al momento.
Aparte.
¡Que no acertase la puerta
de Luisa!
¡Qué mal resisto
mi deseo, pero es nada
ser noble sin desposada!
Aparte.
Yo fío que no me ha visto;
y aún volverme quisiera.
Vese.
A quien obra sucedida
es ser de anillo marido,
¿dónde vais de esa manera?
¿Quién sois vos, que descortés
en mi cuarto habéis entrado?
¿Sois por ventura el criado
de la pendencia?
Aparte.
Ya es
fuerza me valga su engaño,
pues mi dicha es tan escasa.
Criado soy de esta casa.
No os hagáis conmigo extraño,
decidme a qué habéis entrado.
Aparte.
¡Desventuras, qué queréis!
Pues vos no me conocéis,
de Dorila soy desposado.
Aparte.
¡Tú mientes, falso enga-
ñador!
¿Qué decís?
Después que en casa venís,
procuráis que os ampare;
ello ha sido inadvertencia
sacar la espada atrevido.
Aparte.
¡Quién en tal pena se vido!
¿Ofendíme la pendencia?
Aparte.
Mi industria me ha de valer,
pues esta ocasión me ha dado.
Cómo sabe estar turbado
quien valiente sabe ser.
Aparte.
Porque te quiero decir...
(Vamos adelante, amor).
Pag. 40
que corre riesgo de honor.
¿Esto se puede sufrir?
Aparte.
Si mi engaño me valiera,
venturoso me llamara.
Pues decidme cara a cara,
si diciendo esa manera,
pesadumbre que ofenderme
pudieran a un marido,
quien en tal riesgo se vido...
Decid quién pudo ofenderme.
El secreto os guardaré.
Si solo, señor, estáis,
y el secreto me guardáis.
Solo a Porcia lo diré.
Menos a Porcia ha de ser
que a todos.
Decid, importuno,
¿hubo secreto ninguno
entre marido y mujer?
Pero decid, que callar
os prometo, aunque estuviera
mudo un año, y no supiera
al fin del año hablar.
Pues Porcia, tu desposada,
que tanto adora tu pecho...
Aparte.
Mucha desdicha sospecho.
En secreto está casada.
Casada no puede ser,
cuando yo no estoy casado.
Ya, señor, te he declarado
lo que es muy justo temer.
¿Antes que a Madrid viniera,
Porcia se pudo casar?
Sí, señor.
¿Quién vido tal?
Yo lo vi.
De esa manera,
no tengo que pretender;
mas en suerte tan penosa,
Isabel es buena moza.
Esa puedes escoger,
que es bella y es entendida.
Ya el trocar será forzoso;
¡qué suceso vil, cauteloso!
Aparte.
Amor vuelve a cobrar vida;
si este necio lo creyera,
dichoso viniera a ser.
Ya que tengo que temer,
salga Porcia, vaya fuera
del corazón (¡ah, cruel!,
pues hiciste tal traición),
y en mi noble corazón
tendrá lugar Isabel.
Y está tan enamorada
de su marido, en efeto,
Pag. 41
Bueno es casarse en secreto,
y Ysabel está casada.
Ysabel nunca ha tenido
tal intento, que es constante.
Pues de vuestro soy amante,
y de Ysabel soy marido.
D. Tello dentro.
Dad, don Felis, lo que lleva.
Este es don Tello; mejor
antes que entre, mi señor,
que si aquí me ve, se infiere
te he descubierto este agravio.
Puedes salir a estorbar,
no me vea, y excusar
no me mate.
Cierra el labio,
no seas gallina, mas quiero
que con esta diferencia
no se engendre otra pendencia,
que de mi suerte lo infiero,
que estorbe darme a Ysabel.
No salgáis de aquí, a este momento,
que de Ysabel sea marido;
lo haré por vos.
Vase.
Mata la luz.
¿Quién vido
mejor asumir tormento?
Quiera el cielo que se logren
mis intentos, Porcia bella,
que no importan tus favores
si la fortuna es adversa.
Aunque es tan necio don Felis,
mi amor Porcia se recela,
pues las venturas las tuvo
quien no supo merecerlas.
Si no miente mi cuidado,
ruido siento, no quisiera
fiar a un necio mis dichas
porque no se alce con ellas.
Dando muerte a la luz,
y pues cerca está la puerta
del cuarto de Luisa, voyme,
que puede ser que me vean
que agravio la vida a Porcia;
y es la vida que más penas
ha ocasionado a la mía,
aunque realmente de ellas...
Va a irse y topa con D. Fernando.
Esta es la puerta,
hacia aquí.
Pag. 42
A Porcia vi y a Isabela,
amor, si a buscarme fueron;
pero me entraré en la pieza
de Felis. ¿Quién eres, hombre?
Tópale.
Aparte.
Ya dieron fin mis cautelas,
Don Fernando es este, ¡cielos!,
como mi valor recela,
mataréle si me estorba
el que salga. ¡Fuerte pena!
O Don Felis, o es Martín.
Los siguientes versos están enmarcados para supresión
Aparte.
Topa la espada.
Cerca juzgo está la puerta,
mas la espada de Fernando
parece que está más cerca.
Di quién eres, hombre, a bulto,
pero si callar intentas,
de las bocas de tu pecho
esta espada será lenguas.
La puerta es esta. Déjame,
a buscar fortuna nueva.
Vase.
Fin de los versos enmarcados
No huyas, que iré a buscarte,
que aunque perdiera
en esta ocasión tan bue-
na, que no te valiera
el aprovecharse de ella.
si te escondes en la tierra,
o si por huir mi furia
te subes a las estrellas.
Búscale Fernando y sale Porcia, turbada y tentando.
Carlos, mi bien, ¿qué desdicha,
con la turbación y priesa,
de huida erró el aposento,
y en este cuarto que hospedas
a este necio de Don Felis,
vi que entró? Y cuando desea
seguirle mi amor, y darle
bonanza a tantas tormentas,
escucho ruido de espadas.
¿A qué aguardas? Di, ¿no llegas?
Aparte.
Fernando es este, ¡ay de mí!
A quien ahora que suceda
tan grande pesar, si fue
con Don Carlos la pendencia,
¿qué he de hacer?
¿Qué te retiras?
Aparte.
Valga mi engaño en tal pena;
la industria me valga cuando
toda la dicha me deja.
Quiero sacarle de aquí
porque mejor Carlos pueda
huir del riesgo que aguarda,
y en que mi honor le tuviera.
¡Fernando!
¿Es Porcia?
Yo soy.
¿Qué confusión es aquesta?
Con un hombre me reñía,
Pag. 43
deja, a tu hermano las sospechas,
mira que es buena ocasión,
que ya Isabela te espera
más humana en sus rigores.
Y a tus finezas más tiernas,
que dices, Porcia, a ti debo
todo el vivir, pues empieza
a dar indicios de vida
un alma que estaba muerta.
¿Quién entró contigo?
Nadie.
Si bien que con mucha priesa
Don Félix salió enojado.
Pues Don Félix no dijera
su nombre.
Aparte.
Tú haces reparos
en Don Félix cuando intenta,
en sus errores de necio,
y viva
Dentro Don Tello.
Daca una luz.
Traigan hachas, traigan velas.
que hemos de ver quién altera
mi cuarto con cuchilladas.
Aparte.
Ya no puede ser, que llegan,
si Don Carlos no ha salido
fueron vanas mis cautelas.
Vamos adelante, espera,
y sea de esta manera,
Fernando, no se ha de ver.
Dime, Porcia, lo que esperas,
qué hemos de hacer.
Retirarnos
a esta alcoba será fuerza,
a donde Don Félix viene.
La Cama...
Sigue mis pasos.
Aparte.
Qué importa
que no finjas
mi padre algunas sospechas
de verme en aquesta sala,
cuando solo vine a ella,
Fernando, por darte gusto,
y a decirte que se acerca
la dicha de que tu amor
debido favor merezca;
entra, Fernando, ¡ay, mi Carlos!
si este engaño te aprovecha.
Sale Don Félix en cuerpo y espada en la mano.
Pag. 44
el que descubrió el intento que a estas locuras refrena.
Dices bien, amor ayuda.
Fortuna mueve la rueda.
Escondense en el paño.
Entra don Tello a medio vestir y don Felis, Martín con luces y Luisa con otra luz.
La luz han muerto también,
amigos son de tinieblas.
¿Qué decís, don Felis?
Digo
que los diablos no pudieran
entender tales enredos,
porque apenas salgo fuera
a decir vuestros engaños
de que tengo mucha queja,
cuando escucho unas espadas
que toda la casa alteran.
Sin duda no son aquí,
que está muy quieta la pieza.
Y así, don Tello, escuchad.
Aparte.
A quién ahora que suceda
tanto pesar, ¡oh, mal haya
el interés de la hacienda!
Pues por ser Felis tan rico,
a Porcia, querida prenda,
le he dado sin reparar
que es más rico de simplezas,
pues qué miedo que tiene.
Disimular será fuerza;
cuando los primeros godos
con cajas y con trompetas
en la robusta montaña
vertieron sangre primera,
vino mi tatarabuelo
a hacer de tan grande empresa.
Uno de los capitanes
que con gorra y pechovera
fue este freno de los moros;
pues en él sus lanzas quiebran,
murió, en fin; mi bisabuelo,
que de años quedaba treinta
de la muerte de su padre,
vengar el agravio intenta.
En un caballo morcillo,
con cotas, botas y espuelas,
adarga, lanza y morrión,
en la batalla se empeña;
pero al pasar un collado
que abrazan dos huecas peñas,
dos mil moros le salieron
que a menos no se rindiera;
diéronle quinientos palos,
que hubo falta de escopeta.
Pag. 45
porque entonces no se usaban,
que la sumillería empieza,
bien pudiera por bigote
pasar plaza en cualquier mesa;
mi abuelo dejó las armas
y casose con mi abuela
de cincuenta años, que entonces
iban de treinta a la escuela
ejercitarse en la caza.
Para decir vuestras quejas,
¿qué necesidad tenéis?
¿Decís que es larga mi arenga?
Dentro.
De la porfía que es necia...
Dentro.
Calla, hermano, y espera
este suceso en qué para.
¡Ay, más extraña novela!
¿Qué necesidad? ¿No veis
que para que vuestra ofensa
parezca mayor, que quiero
referiros mi ascendencia?
¿No hace caso de que tengo
diez mil ducados de renta,
si bien que por ser vos mi suegro
aqueesta cobdicia os lleva?
Esperad, señor Don Félix,
ya conozco la nobleza
que heredáis de vuestros padres,
y tanto, que ella pudiera
ocasionar solamente
que mi hija os ofreciera.
Ahí entra, señor Don Tello,
mi enojo, pues hallo tretas
en vuestras palabras...
¿Cómo?
Porque Porcia no es doncella
y pagármela queréis.
Don Félix, si no entendiera
que soñáis o que estáis loco...
Dentro.
Porcia.
Dentro.
¿Qué dices?
Muy buena
está tu honra.
Aparte.
Gran rato,
y mi afecto lo celebra,
pues de que Carlos se ha ido.
Ni es locura ni lo sueño,
mi honor, que es tanta verdad
como son luces aquestas.
Que esto se pueda sufrir...
¡Vive el cielo, si supiera
que es verdad lo que decís,
que con estas manos mesmas...
Pag. 46
Le quitara dos mil vidas
si dos mil vidas tuviera.
¿Quién os ha dicho ese engaño,
si os importa que se sepa?
Un criado me lo dijo
de casa, que en esta mesma
cuadra le dejé escondido
cuando me encontrasteis fuera.
Criado, ¿quién pudo ser?
Esto es así. No hay defensas
contra la misma verdad:
Porcia es casada.
¿Que sea
posible tanto pesar?
Pero aqueso no os dé pena,
que si Porcia está casada,
de balde, señor, lo sea...
Dadme a Isabel por esposa,
que es más buena porque es buena.
Dentro.
¡Ay, hombre más extremado!
Dentro.
Bien mi fortuna lo ordena.
Aparte.
¡Ay, locura más extraña!
Don Félix, decid, ¿qué señas
ese criado tenía?
Ciclán, muchas melenas,
el bigote hasta el lobo,
muchos pelos en las cejas,
pero muy pocas pestañas,
y algo zambo.
Aparte.
Aqueste suena.
Son buenas señas, don Tello.
Aparte.
Bien claras se manifiestan;
dejóos un mentecato,
denme los cielos paciencia,
que el diablo será aqueste.
Tomad vos aquesa vela;
puede ser que en la recámara
se esconda.
Dentro.
¡Porcia!
Dentro.
Aquí entra,
y ayudadme, Fernando.
Mira, hermana, lo que intentas.
Toma don Tello una luz, y don Félix otra, y llegan al paño donde están los dos, y salgan a los brazos.
Jesús.
¿Qué es esto?
Yo soy.
Padre y señor, pues llegas
a examinar mis desdichas,
el que te lo cuenten ellas.
Aparte.
¿Cómo entrasteis aquí dentro?
Aparte.
¿En qué ha de parar mi pena?
Aparte.
Dicha fue el hablar tan quedo.
Pag. 47
Fernando, ¿qué es esto?
Deja
de preguntármelo a mí.
Sale Isabel y Luisa. Beatriz.
¿Qué dices?
Aparte.
Seguro queda don Carlos.
Porcia lo sabe.
Mas, ¿qué miro?
Prima, llega,
sabrás tus nuevas venturas.
Mi amor que nunca sosiega
sin ti, me trajo a buscarte.
Porcia, acaba, que se anega
el alma en golfos de angustia.
Aparte.
¡Qué bonita es la Isabela!
Padre, el señor don Félix,
que tanto de ti se queja,
y para inventar agravios
a mi proprio honor afrenta,
está tan arrepentido,
como lo dicen las muestras;
pues llora los que son yerros
con su mentida cautela,
de Isabel enamorado,
tanto en sus llamas se quema,
que por correr con su gusto
toda su casa atropella,
con ella quiere casarse,
y a mí no solo me deja,
sino en oprobios infames
culpas pone a mi inocencia,
de sus enredos sospecha,
y mi honor que lo recela,
que es muy leal el honor
para prevenirse penas;
y así, sabiendo su intento,
a mi hermano le di cuenta
de sus injurias y de mi agravio,
de tu enojo, y el que queja,
llaméle, y entrándolos juntos,
porque testigos hubiera
para ofenderse mi honor,
porque tu enojo no diera
otra causa a este suceso,
y ocultos en esa pieza
hemos estado atendiéndole
como ha dicho.
El labio cierra,
Porcia, que de estas injurias,
yo tengo la culpa de ellas.
¿Qué es esto, Porcia?
Isabel,
calla.
Aparte.
La industria es buena,
mas todo mi amor peligra.
Pag. 48
que está empeñada Isabela.
A voces.
Aparte.
Mienten todos mis criados.
Señor don Félix, quisiera
satisfacer a mi honor
de otra suerte, pero es fuerza
sufrir, que soy desgraciado.
Y así a las luces primeras
os podéis ir de mi casa.
Tened, don Tello, paciencia,
que, voto a Dios y a esta cruz,
que no es tramoya y quimera
la que he dicho, porque un hombre
de quien os he dado seña,
cuanto habéis oído, dijo,
y para que más entendáis
mi verdad, es el criado
de la pasada pendencia.
Aparte.
Mucha enigma el caso tiene.
Este es simple; ya sospecha
mi concepto más desdicha;
disimulemos ofensa
hasta apurar sus intentos.
Señor don Félix, pudiera...
¿Qué pudiera?
Prevenir
que es mi hermana Dorcia.
Sea
una santa; di, Fernando,
¿habrá cristiano que pueda
librarse de un testimonio?
Nada creo, y porque veas
cuán buena es mi condición,
Va a darle la mano.
Dorcia, tu marido soy.
No es posible que lo sea;
dale a Isabela la mano.
Aparte.
No he visto mayor simpleza.
¡Ay, loco más extremado!
Si por sacarte yo fuera
de tus empeños, pretendes
que yo, prima, lo padezca,
no haces bien.
Prima, así importa.
A Isabel.
¡Qué hermosura!
Vase a Isabel, va a darle la mano.
Razón que das
de reír; sabe Juno
en esta parte merezca,
Isabel, tu nombre que sea.
Dichosa, don Félix, fuera,
pero mi prima es primero.
¿Qué importa Dorcia lo sea,
si no se quiere casar?
Dorcia, vuelve tus estrellas
más afables; tu marido
he de ser, aunque no quieras.
Váyase.
Aparte.
Estoy casada en secreto,
y Carlos, mi dueño, espera.
Aparte.
¡Qué discreta Dorcia anduvo!
Ya Dorcia se fue, Isabela,
cásate agora conmigo,
antes que a estorbarlo vuelva
don Tello y mi señor don Félix.
Vanse.
Don Tello, mi señor don Félix.
Jornada tercera
Pag. 49
Aparte.
Ay, mi Isabel, ¿no dijeras
que estabas casada ya
con quien tanto te desea?
Juro, bien vive Dios también,
señor suegro...
Aparte.
Más prudencia,
el suceso ha menester.
No me tardéis la respuesta.
Vase.
Dormid, don Félix, un poco,
ya quietad esa cabeza.
¿Sabéis que quiero casarme?
¿Cómo queréis que esté quieta?
Fernando, también os vais.
Aparte.
El alma, Isabel, me llevas.
¡Oye, Fernando, he de casarme!
Vase.
Sí, Félix, con tu inocencia.
Martín.
Repórtate un poco.
¿A quién habrá que suceda
tal desdicha?
¿Qué desdicha?
Di, mentecato, ¿es pequeña
no casarme? A la venganza
toca amor, armas apresta,
que he de casarme esta noche
aunque sea con mi negra.
Vase.
Fin de la segunda jornada.
Sale don Félix y Martín, su criado.
¿Tanto has de madrugar?
¿A qué aguardas a dormir?
Es forzoso que me desvele
sin haberme de casar.
Esa es necia porfía.
¿Qué horas son, Martín?
Las dos,
y no nos falta, por Dios,
cuatro horas para el día.
Para ver a mi esposa voy,
que me quiero despedir.
Mira...
¿Qué quieres decir,
cuando ves que loco estoy?
¿En su cuarto me he de entrar?
Si te siente su padre...
Martín, como no hay madre,
no me queda qué dudar.
Pag. 50
Vete luego a tu aposento
que yo presto volveré.
Vase.
Esperando te estaré,
pues que tengo sufrimiento.
Vase.
Salen don Tello, don Félix, Porcia, Isabel y Luisa con una luz.
Con esto queda acabado
el yerro que pudo haber.
Aun no lo llego a creer.
Don Fernando, desengañado,
a su tierra volverá,
adonde, más advertido,
aprenda a ser entendido.
Ya con esto estará
su amor, Porcia, más seguro.
Todo ha sucedido bien.
Como mis penas estén
conmigo, más le aventuro.
En parecer fui acertado
y discreta Porcia anduvo.
Vistes qué necio que estuvo
Fernando, mal desposado.
No vi loco semejante.
Bien os podéis recoger,
que ya no hay más que aguardar.
Vase.
Pues ves, Isabel, qué amante
solicito tu hermosura,
para mi fe, prima mía...
Don Félix, mi porfía
más atento ver procura,
y mira, pues que Isabel,
como tú, nació tan buena,
y que mi honor me condena
a conservarte fiel;
prima, en tu cuarto te espero.
Vase.
Isabel, espera, aguarda,
que amor, fuego frío acobarda;
a yelo que en ti venero,
yo he de seguir sus rigores.
Pag. 51
cuando me abrazarán tus ojos,
y a pura prueba de enojos
te he de deberte favores.
Vase.
O si el diablo los llevase,
mira, señora, que espera
Don Carlos en mi aposento.
Ya el alma que los celebra,
Luisa, de estima el cuidado,
y así, cuando vieres quieta
la casa, tráele a mi cuarto,
y dile a Isabel que tenga
cuidado con mis temores,
que yo voy a ver si queda
mi padre durmiendo, adiós.
Vase.
¡Que haya quien sea alcahueta
cuando es un tonto el veterano,
es por una envidia perpetua!
Vase.
Sale Don Félix como a oscuras.
Buscando de Porcia el cuarto
me he entrado de prisa en esta
sin saber adónde voy
ni aun de dónde me venga,
arrepentido me veo,
que es locura manifiesta,
cuando por bien no me quiere
querer que por mal me quiera,
pero ya empeñado estoy,
vaya adelante mi cautela,
que si me desaprovecha
la tengo de hacer buena.
Ya en el cuarto hemos entrado,
y esta es sin duda la puerta.
pues hagamos la pasada,
ella la ha dejado abierta.
Vase.
Sale Porcia, de la mano de Don Carlos, sin luz, y andando como con miedo.
Ya que en sueños sepultados
Carlos mío todos quedan,
ya que de mi fortuna
parece para la cuita,
aquí puedes consolar
Pag. 52
Mis desdichas con tu pena,
mi tormento con tus sustos,
y mi amago con tu queja,
seguros busco, que estamos.
¿Si habrá seguro que pueda
ser sagrado de mis males
y ser de mi amor defensa?
Mi prima queda avisada,
y en esa sala de afuera
custodia de mis venturas
y de mi amor centinela.
Siéntate, Carlos. Siéntanse.
El siguiente bloque de texto se encuentra tachado en el manuscrito.
Mi bien, si
quien ha llegado a las finezas
de mis desdichas, di, que a mi ruego
puede haber porfía que tema,
que se nos sigue en tus favores;
después que la tormenta
en que mi amor se anegaba
y en la porfía numeraba
De mi zozobra a la cuenta,
mi fortuna más contenta
vuelve a adorar tu hermosura,
y así mi porfía procura,
viendo su tormenta en calma,
darte en desdichas un alma
si en desdichas hay ventura;
que aunque he llegado a tener
la parte de aquella gloria,
tan soberana victoria
a ti la quiero deber;
y si vengo a merecer
un premio tan conocido,
que no procuro atrevido,
viendo muertos los rigores,
ya no esperados favores
cobrados de un desvanecido.
Si es lisonja prevenida
la paga de mi firmeza,
parece, Carlos, que empieza
de nuevo a doler la herida,
fineza tan conocida
Pag. 53
Toda la página se encuentra tachada con varias líneas diagonales y verticales.
Tenga vencido temor
en casi perdido honor,
como has visto en mis desvelos,
si en esto pones recelos
es negar todo mi amor.
Si en el tiempo pasado
o por acaso o por suerte,
de mi vida o de mi muerte
fuiste San Telmo exhalado,
no, Carlos, mal lo has pensado,
pues en el riesgo que vi
importaste poco allí,
porque mi amor temeroso
sin ti pudo ser dichoso,
mas no lo pudo sin mí.
Por justicia has de tener
a mi amor la dicha mía,
no, Carlos, de cortesía,
solo la quieras creer
de llegarte a merecer
tan soberana palma,
y quedando en esta calma
tus desvelos convencidos,
cree que mienten los sentidos
pero nunca miente el alma.
Toda la página se encuentra cruzada por líneas de tachadura.
No, Porcia, estoy creyendo
tus finas demostraciones,
parece que en tus razones
no las estás concediendo.
A mí, Carlos, ¿qué me ofende?
¿Y cuando adoro con tal arte,
pensar que el amor departe
finezas por otro modo,
y que cuando soy el todo
quieras juzgarte su parte?
Todo sátira de decir,
a mí todo se ha debido.
¿Y digo de qué he servido?
De mirarme padecer.
Carlos...
Ya no quiero conceder
tan sofístico argumento,
con que dirá mi tormento,
viendo cuál vengo a pensar:
o que yo no sé amar
o amo sin entendimiento.
Pag. 54
No arguyas, Carlos, que a mí
se debe toda esta dicha.
¿Y si acaso mi desdicha,
Porcia, no me entregase allí
a tiempo que diste el sí
a tu padre, ¡qué rigor!
¿Cómo vieras este favor
de que Félix me prometió?
Ese sí le dio el respeto,
pero no le dio mi amor,
que aunque el sí a mi padre di
por templarle sus enojos,
no el alma dijo en los ojos
si la boca dijo sí,
y así en el riesgo que vi
fluctuar toda mi pena,
animar tu cara serena,
cuando me juzgaste suya,
porque siendo yo tan tuya,
mal pudo temerme ajena.
Con que tiene convenido
la verdad de mi argumento.
Sale don Félix como parando a escuchar por donde entró.
Que me parece que aquí adentro
una paloma en su nido,
mas no miente el oído,
que aquesta es Porcia.
Los dos
la fortuna más atroz
hemos vencido constantes.
Ejemplo somos de amantes.
Este es pasmo, voto a Dios, aquí,
quiero escuchar más atento,
pues la suerte me ha traído,
sabré quién es el galán
Adonis de aqueste limbo,
y a todas las dudas dejo,
y de nuevo sacrifico
a tu celo toda mi alma.
Pag. 55
Para amor todo un sentido,
el sol muera, don Félix,
que vive un dueño mío.
Aparte.
Muere tú, que mientes veces,
que esto sufro y no me irrito.
Créditos bastantes tiene
mi amor de tantos suspiros,
de santas ansias mi afecto;
pero le temí perdido,
pues don Félix me robaba
esos ojos tan divinos,
que al mirarlos el amor,
ciego, quedóse, y corrido;
si estos ojos tiene Porcia,
vendarme quiero los míos.
Aparte.
Con pleito de albaceas este.
Su hermosura ya se ha visto,
que ha formado competencia
con esos bellos zafiros,
ganando su parte humana
lo que pierden por divinos;
y asistiendo a ser hermosa
cuando yo, infeliz, me miro,
¿qué mucho temiese, Porcia,
el perderte?
Ya es preciso
que conozcas que te adoro.
Aparte.
Bien haya el padre que os hizo,
y qué conformes que estáis.
Si bien, Carlos, que me indigno
que temieses que mi amor
pudiese hacer dos delitos:
uno de dejarte, y otro
de entregarle mi albedrío
a un monstruo, a un bruto salvaje.
Aparte.
¿Cómo es esto, vive Cristo,
que me ponen como nuevo?
Tan necio, tan desmentido
de las señales de humano,
que mi amor queda corrido
aun más de esta loca ofensa
que de su primer delito.
Pag. 56
Tan necio te pareció,
pues yo, mi Porcia, no he visto
ni más lindo galán
ni amante más entendido.
Vive Dios que es hombre honrado.
Si tus celos te han tenido
tan ciego, que en mis temores
dudabas ya de ser míos,
qué mucho te pareciese
tan discreto y tan lucido,
que te obligase a pensar
que un amor tan bien nacido
faltando a sus conveniencias
no se faltase a sí mismo.
¡Qué retóricos que están!
Por Dios, que me ha parecido
entendidaza la Porcia;
mas este amante embutido
entre celajes de duende,
¿quién puede ser, que le estimo?
¿El que de mí se enamore?
¡Qué desgraciado que he sido!
Pues se me trueca el amor
en género masculino.
Celebre mis dichas, Porcia,
todo el contento que estimo,
toda la gloria que gano,
pues Carlos le ha merecido.
Pícaro, ¿pues te mereces...
Carlos, dijo. Carlos, dijo.
A Carlos de la pendencia
de don Fernando, esté asido,
pues llenándole la polla,
quiso, triunfando el badillo,
cascarle con la espadilla;
y aquí el criado me dijo
que se ha casado en secreto
con Porcia...
Pues ya has creído
que toda la gloria es mía
cuando fue tuyo el peligro,
mayor mi amor se acredita.
Tu amor tengo conocido.
Pues ¿cómo dudaste, Carlos?
Y en el pasado peligro
celó todo tu ardimiento;
y ahora que te he tenido
más seguro, reconoces
lo que a mi amor has debido,
festejando tus venturas.
Hermosa Porcia, habla más bajito.
Pag. 57
Un arroyo que a las flores
espejo es cristalino,
donde al mirar su hermosura
van descorriendo capillos,
y sedientas de sí mismas
en su cristal son narcisos,
corona la verde campaña
tan de sí desvanecidos
que del llanto de la aurora
forma plumajes y rizos,
y de las perlas lloradas
tiene su caudal más rico;
y que cuando más lozano
al cierzo helado y frío,
envidioso de su gloria,
aquellos cristales mismos
que su contento explicaron
en yelos suspendidos
los detiene, y sordo arroyo
que yace fuga sin brío,
y en aquella misma materia
que dio causa a su principio,
absorto está el arroyuelo,
mudo queda en sus designios;
hasta que llegando el rayo
de las flores dulce asilo,
al sol le pide venganza
porque vengue amarillos
los alientos de sus flores,
y el sol planeta divino
con sus rayos desbarata
el yelo de los blandos cuellos;
vuelve arroyo fugitivo
que huyendo de sí propio,
dio tropezón a sí mismo,
y de la tirana ofensa
cuando se vio suspendido
corriendo con sus aguas,
tenues pareciendo quejas
agradeciendo al benigno
lucero, que en encendida
pira doraba lisonja
lo que culpaban castigos,
ayer, querida Flavia,
llegué más atrevido
en las flores de mi dicha
al invierno de un desvío.
Pag. 58
O qué bien pintado arroyo
manda a venero florido
de este presumido y loco,
Tiene el criado medido
que casada Porcia estaba
a quien agradecido,
lo que a mí, a cualquiera robo
por hacer desvío.
Sale Isabel turbada
Carlos, responda a mis brazos,
alma, a abrazarte.
¿Qué es esto? ¿Qué siento ruido?
Porcia, prima, don Pedro,
tu hermano, fuerte peligro,
se ha entrado en tu cuarto, y yo,
sintiéndole con cariño,
llevada más de tu riesgo
que de mi afecto nacido,
¡Qué desdicha!
(Alborótanse)
Como han hallado
a quien dejé inadvertido
desobligarme amante.
Pag. 59
Y en su porfía más fino
a las violencias remite
seguro, si necio, arbitrio
la paga de sus finezas;
y temiendo que a sus penas
de tu pena el alma exánimo,
te vengo a dar el aviso.
¿Qué dices?
Aparte.
Terrible empeño.
Aparte.
Con todos en el garlito.
Muerta estoy.
Sin vida quedo,
¿qué he de hacer?
Morir conmigo,
Porcia, no falte tu aliento,
pues ves que aún Carlos es vivo.
¿Cuánto dura? A tal digo yo,
por hallarse fugitivo,
saltando de mata en mata.
Mas parece que ha venido
de haceros un veneno ardiente
que os ha de dejar muy frío.
Tachado en el margen superior: Vete hacia Don Fernando. / con fantasma baldo / quítese que estorba en medio.
Hacia la puerta.
Aparte.
Oh don Carlos.
Ve que no puede.
¡Ay de mí!
Ya no se premia.
Carlos.
Porcia.
Di, ¿qué intentas?
Llevarte, mi bien, conmigo,
si lo estorban las furias
de ese cavernoso abismo,
adonde son los tormentos
sumas, escogido alivio,
pues al dolor de la pena
eternidad da olvido.
Aparte.
Aun a los diablos pica,
me enamora, vive Cristo,
y hideputa soy tan celoso
de este don Carlos amigo.
Sale don Fernando como a oscuras y tentando las paredes.
Pag. 60
Isabel, mi bien, escucha
aquellos afectos míos
engendrados de tu hielo,
ya de mi pecho son hijos.
¿Por qué esquiva a sus finezas
te escondes a mis suspiros?
Y en vanidades de ingrata,
tanto triunfas de un rendido.
Oye, prima.
Aparte.
Esto es hecho,
y a nueva queja adivino
que este amor de Don Fernando
ya pasa de amor de primo.
El diablo está en Cantillana.
¿No respondes?
Aparte.
¿Cómo atino?
Aparte.
Fortuna, dame tus alas.
De la mano de Carlos asida.
Carlos, coge este postigo,
ya cerca de él estamos.
Pues, ingrata, no has querido,
agradecida a mis ansias,
humanarte al ruego mío,
cuando público es serviros,
y también mi amor publico,
de aquesta suerte ha de ser.
Fuerza la puerta.
Señor, la puerta...
A pestillo
ha echado.
Agora, Amor,
humano te solicito,
primero es Porcia, y primero
mi honra, salga del ánimo
de esta suerte mi valor.
Saca la espada.
Aparte.
¡Quién tanta desdicha ha visto!
Los pasos de Don Fernando
son estos.
Aparte.
Cielos impíos,
¿en qué han de parar mis males?
Aparte.
Mi cuñado está muy fino
con la prima, ¿qué es aquesto?
yo he de perder el juicio.
Ya está casado también,
pero no, porque si miro
que Carolina, su amante,
no ha llegado, arrepentido
mucho se me va acercando.
Saca la espada.
Aparte.
Pues mi suerte lo ha querido.
Aparte.
Pues mis penas lo han buscado.
Pag. 61
Aparte.
Pues mi amor no ha merecido
Aparte.
Pues mi desdicha recelo,
Aparte.
Saca la espada.
Pues el diablo me ha metido
en estos ruidos, amantes,
cuando yo no busco ruidos,
de esta suerte he de vengarlos.
Aparte.
Todo el amor va conmigo.
Aparte.
Un hielo anima las venas,
el vital aliento mío,
embargado de temor,
le van faltando los bríos.
Aparte.
¿Adónde, prima, te escondes?
Si conoces que te estimo,
dudas no ponga tu honor
cuando tu honor es el mío.
Aparte.
¿Que aún no ha domado a esta yegua?
En sus quejas imagino...
Aparte.
Yo le quiero ir a decir
que, en un lance sangriento,
menos importa Mengano
que apurar tanto peligro;
quiero hablarle...
Tope la espada de don Carlos con la de don Félix.
Aparte.
¡Porcia, mientras huyo...!
Aparte.
¡Ay de mí!
Saca la espada.
¿Qué ruido
estorba a mi amor de honor
estos roncos avisos?
Aparte.
Tira cuchilladas.
Voto a Dios, que va de veras.
Pues, fantasmas de este siglo,
si estocadas me tiráis,
guardaos de los tajos míos,
que son de buen carnicero.
¿Quién es el que, así atrevido,
todo mi honor alborota?
Aparte.
No son más que un par de amigos.
¿De aquesta suerte, villanos,
procura ostentarse impío
el honor de aquesta casa?
Aparte.
A fin de mis penas miro.
Aparte.
Tras de cuernos, penitencia.
Pag. 62
Vive Dios, me ha parecido
que mis desgracias suceden,
pues el refrán se ha cumplido.
¿Quién pudiera abrir la puerta?
Detente, Fernando, primo.
¡Ah, traidora! ¿Así me ofendes?
Verdad mi sospecha ha sido.
Dentro, D. Tello, dando golpes a la puerta.
Apuraré mis injurias.
Abre, Fernando.
Mi tío.
Mi padre. Acabóse todo.
Qué nuevo empeño imagino,
que hoy al riesgo de mi muerte
llevando bandos enemigos...
Dentro.
Abre, o he de echar las puertas
en el suelo.
Ea, martirios
de mi desdicha, a acabarme.
Esto llegó al finiquito,
y conocerá Don Tello
cómo mi gusto ha tenido
tanta razón como agravio;
si piensas que se ha perdido
el valor que le sustenta,
te engañas, porque mi brío
renace cual nuevo fénix.
Derriba la puerta y sale lleno de polvo, apriesa, con una luz, y detrás Martín; y Don Carlos se arreboza a un lado del tablado, y don Félix de la misma suerte.
Pero, ¿qué es esto que miro?
Buenas noches nos dé Dios.
¿Quién sois los que en este sitio,
profanando mi decoro,
a saltar el templo altivo
de mi honor, que se ha mirado
en todos tiempos tan limpio,
y estas canas ofendéis?
Responded, porque me irrito,
afuera de mirar la ofensa,
de que la calléis, temidos.
Responda V. S., don Carlos.
Pag. 63
Diga como buen testigo
si está vuestro honor a mi gusto.
Aparte.
Aun más dudas imagino,
Isabel dura a mis ruegos
y aquí Carlos escondido.
Aparte.
¡Ay, más penas por venir!
¿No veis cómo no han sido
todas mis quejas soñadas?
Don Félix, vuestros delirios
aún no cesan, aún no acaban.
Aparte.
¡Qué, Don Carlos!
mal resisto
tantos empeños a un tiempo.
Quien dichoso ha merecido
ser vuestro yerno por fuerza
y el que, fiado, me dijo
le tuvo desafiado...
Descúbrese.
Pues ya, Don Tello, es preciso
que tu nobleza me ampare;
a tus pies llego rendido.
¿Cómo aleve así te atreves?
Como tirano has querido...
Embístenle.
Ofenderme tantas veces,
Padre.
Félix.
Tíos míos.
Deteniéndole.
Acuchíllanse.
Pagáis con soberbia loca
esos rendimientos míos.
Esta espada os dará muerte,
Aparte.
Pónese al lado de Carlos.
Aunque pudiera ofendido
de Porcia buscar venganzas,
no quiero, porque si he nacido
noble, defenderle importa;
que esta atención le he debido
a Carlos, que con sus modos
me ha obligado y merecido.
Defendiéndome con Porcia,
señor Don Tello, suplícoos
se detenga vuestro enojo;
conoced que a mí haciendo
Don Carlos más atenciones...
No defiendas mi enemigo.
Deja, Félix, que te mate.
Es muy bueno, ¡vive Cristo!
que tocándome el agravio
por mis pesares de marido,
le perdone, y que vosotros,
tan honrados de capricho,
Pag. 64
Le querréis quitar la vida
si acaso algún corcino
viste que después matalde
os hizo agradecido......
Don Carlos os conoce,
que fue siempre buen amigo,
aun en los acasos ausentes
hablar bien del enemigo.
Obras como caballero
hiciera agradecido.
Darte a Porcia, mano, quiero,
que es el bien que solicito,
por mi esposa y por mi dueño.
Mueran ambos, pues han sido
iguales en las ofensas.
Padre señor...
Señor mío...
Si mis lágrimas...
Si acaso...
deteniéndole / deteniéndole
Si es verdad que me has querido,
escucha a Porcia primero,
que me atiendas te suplico,
y después de averiguada
la verdad de mi delito,
desque visto, receloso,
vuelve mi cuello a los filos.
Por ti, Porcia, me detengo,
Por ti, Isabel, me reparo.
Di pues qué quieres, mi agravio,
dando a mi temor enojos,
satisfacerse a sí propio,
porque suele el ver delitos
quitar la luz a los ojos.
detienen las espadas
Escúchame primero,
padre y señor, que aunque airoso
ejecute tu furia,
que tiempo habrá que vengues tu injuria,
y castigar tu agravio
con renombre de sabio,
pues que no solicito
que publiquen a voces mi delito,
y después de escucharme
con más justicia puedes castigarme,
esperando, señor, como prudente,
que confiese su culpa el delincuente,
que con hacer aquesta diligencia
no te afamas cruel, justa sentencia.
Don Carlos, como amante y obligado,
perdona que, perdiéndote el decoro,
la verdad te confiese, que es tan buena
la verdad, que aunque a voces me condena
Pag. 65
Decirte aseguro,
porque contra sí sea mi fuerte muro
quien me defienda fuerte,
de la verdad que me condena a muerte;
porque aunque es una misma en la conciencia,
en los tiempos, señor, se diferencia,
que la verdad que al cometerse es culpa
al confesarla sirve de disculpa.
Mas antes, padre mío,
de entregar a don Carlos mi albedrío,
es fuerza me queje,
templar con la bondad de tus enojos
entré conmigo en cuenta
por no ser causa nunca de tu afrenta;
que aunque pudiera amarlo por su gala,
viendo que a la mayor amor le iguala,
o por su brío, de quien dice el mundo
que es el primero y no tendrá segundo,
o por razón de ser su ingenio tanto,
que se deja decir por ser espanto,
con todas estas partes no le amara
si primero, señor, no reparara
que de mezclar mi sangre con la suya
no se ofende la tuya,
pues es tan noble que decir no dudo
que la nobleza nace de su escudo
tan antiguo en la suya que bien pudo
blasonar de que al mesmo tiempo excede,
esta la causa fue, señor, primera
de que yo le quisiera,
haber también que Carlos me ha querido
con nombre de marido,
tan firme y tan constante
que el de marido unió con el de amante,
la queja que has tenido
de don Carlos ha sido
la causa de callarte aqueste intento
y publicar a voces mi contento,
de que te satisfago,
si en don Carlos previene algún amago
de ofender tu nobleza,
en que sin juicio cabe, quien confiesa,
que cuando muerta amando,
fe siempre, señor, a ti jurando,
que el mundo se ha ofendido
dejara las promesas de marido,
que no puede pensarse
que ninguno amor propio ha de afrentarse,
mi verdad se concluya,
cuando tu honra y la mía se excluya,
teniendo aqueste estado,
mi miedo se ha callado
por ver en tus enojos
Pag. 66
El texto de esta página se encuentra tachado con una cruz.
cada instante más vivos los enojos...
no te culpo, sentido,
si juzgaste tu honor tan ofendido,
pues tal es la ofensa
que se agravia también el que la piensa,
y aunque no esté afrentado,
por fuerza lo ha de estar quien lo ha pensado.
Don Félix, que presente
o por dicha o acaso o accidente,
de este suceso ha sido fiel testigo,
merecido ha tenido su castigo;
pues viendo en mis enojos
el poco gusto que mostré en los ojos,
bien pudiera, ofendido,
olvidar el intento que ha traído,
y dejarme gustosa
a ser de Carlos adorada esposa,
y, padre, ten a crédito
satisfecho ha quedado mi delito,
y si el mundo tan noble te ha juzgado,
vea el mundo es verdad lo que ha pensado;
y si tu honra ha sido escrupulosa,
acabemos, que no queda sospechosa.
Los siguientes versos están añadidos al margen inferior izquierdo:
Carlos es ya mi esposo,
y te busco piadoso,
por noble lo has de hacer, aunque ofendido,
tanto tiempo su enojo has retenido.
De rodillas.
Si no estás satisfecho,
traspase mi acero aqueste pecho,
y en su coral bañado
quedará su temor acrisolado;
valga tanta disculpa,
Carlos está sin culpa,
con que a tus pies rendida,
ya te ofrezco la vida,
ya que luego, señor, cuando presumo
todo el delito del suceso tengo,
den en mí sus rigores, que en tal suerte
el remedio mejor será la muerte.
Los siguientes versos se encuentran tachados dentro de un recuadro:
Ap.
¡Válgame aquí la prudencia!
Ap.
Amor vuelve a cobrar vuelo.
Levanta apriesa del suelo.
¿Quién ha de hacer resistencia
si está tan determinada?
¡Ay, firmeza semejante!
¡Y bizarría tan constante!
Porfía mostrará.
Envaina la espada.
Nunca, don Carlos, creyera
satisfacer mis enojos
de esta suerte, y pues los ojos
han visto de tal manera
Pag. 67
Una prevención cobarde,
y mi honor sin embarazos
estos, Carlos, son mis brazos.
Abrázale.
Nuestra amistad asentada
el tiempo verá fiel,
y a Carlos mi mano os doy.
Dale la mano.
Que es mi esposa.
Que soy
de Carlos.
Y pues ya
tanto su honor desempeña,
no me queda que temer.
A lo que os llego a deber,
es lisonja muy pequeña,
Dale la mano a Porcia.
Con esto, Carlos, mi honor
todo su ser ha debido.
Celebre ufano el contento
que con tal ventura gano.
Dame los brazos, hermano.
Abrácense.
Hecho aqueste casamiento,
que es muy justo, pues los dos
tanto tiempo se han querido,
y aunque pudiera ofendido
solo quejarme de vos,
lo dejo con que Isabela
tome este puño cerrado.
Va a darle la mano.
¡Ay hombre más extremado!
Aparte.
¡Ay fortuna más cruel!
Aparte.
primero yo la matara.
Aparte.
Isabel.
Señor.
Procura
advertir esta locura,
aunque primero repara
que es noble y que es rico él.
Dale la mano.
Aunque obedecerte es justo,
y he de casarme a mi gusto,
no me mueve otro interés.
Don Fernando, mi querido,
a quien ofrezco la mano,
señor, yo soy.
Aquí gano
siendo de Isabel marido.
La elección ha sido buena.
Pag. 68
Y muy contento he quedado.
Yo no, que quedo agraviado,
pues se me dobla la pena;
pero yo me he de vengar
de todos aquesta vez.
¿Y tu venganza cuál es?
Con volverme sin casar.
La venganza ha sido extraña.
Que se queda sin casar.
Que de ellos han de envidiar.
A don Tello.
A Carlos.
A don Fernando.
Y en la robusta montaña
de ti me veré vengado,
pues ves frustrado el intento
que te obligó al casamiento
que con mi hacienda has tratado;
de ti, que miras tu amor,
tan premiado aquesta vez,
también vengado me ves,
pues te nombras mi deudor;
de ti, fiero y atrevido,
también vengado me veo,
pues tu más dichoso empleo
es parar en sin marido.
Y pues en tanta mudanza,
por dejar que aquí sentir,
hoy por mí se ha de decir
Del agravio hacer venganza.
Perdón os pide mi autor,
pues de tanto atrevimiento
pide disculpado aliento,
que tiene de vuestro amor;
y siendo aqueste su empleo,
con que os sirve de aplauso,
ya de justicia y forzoso
tenga un mejor suceso.
650
Fin de la comedia Del agravio hacer venganza y Hablar bien del enemigo.
