à> Date de publication: 22 août 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Contra el encanto el escudo. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/contra-el-encanto-el-escudo.
DOS LOAS Y DOS AUTOS
Mss 14689
Biblioteca Nacional de España
Mss. 14.689
Biblioteca Nacional de España
V. 12
Loas
y Autos sacramentales
del siglo XVII.
Loas y autos sacramentales contenidos en este volumen. En el Retiro el maná (Loa) Contra el encanto el escudo (Auto) Sobre la salud del Rey nuestro Señor (Loa) Música enseña el amor (Auto)
Sello: BIBLIOTECA NACIONAL
Para el auto intitulado: Contra el encanto el escudo, que ha de representar la Compañía de Damián a sus Majestades y a esta Villa de Madrid en la fiesta del Corpus de este año de 1693. En el Retiro el maná. Metáfora sobre las ermitas, jardines, fuentes y estanques del Buen Retiro, y estatuas singulares de él. Palacio Galán = Damián. Buen Retiro Galán = Diego Antonio. Jardinero = La Baña. 2 hombres para acompañamiento de Palacio. 1 Hombre = Cárdenas. La Sabiduría = Águeda. La Vida Activa = Manuela. Vida Contemplativa = Mariana. 1ª Dama = Jacoba Laura. 2ª Dama = Cisneros. 3ª Dama = Francisca La Baña.
Sale la Vida Contemplativa.
Canta.
En día de gracias
de vino, y de pan
¿quién de los mortales
quien me dirá
dónde hallaré el maná?
Sale por la parte contraria la Vida Activa sin verse la una a la otra.
Canta.
En día que es todo
delicia y solaz
¿quién de los mortales
quien me dirá,
dónde hallaré el maná?
Rayos, luces, planetas, estrellas y cielos;
rocío, nubes, escarcha y hielos,
¿quién, quién me dirá
dónde hallaré el maná?
Representa Contemplativa.
Mas tú que mi voz invitas.
Mas tú que el eco vocal
me hurtas.
¿Quién eres?
Lo mismo
te pregunto.
La verdad
de Vida Contemplativa
que soy, te responderá;
No quisiera parecerte
en la casualidad
tu opuesta, y competidora,
pues soy Vida Activa.
No hay
cuestión, en el punto de
el servir, o, el contemplar
principios de entendimiento,
o, causas de voluntad.
Pudiera haberla, pues quien
sirve, y contempla, hace más
que el solo contemplativo:
En esta dificultad
yo tomo la mejor parte
que a María se le da,
quédate con la de Marta
entre el asistir, y amar;
porque el día va tan lleno
de perfección, y de paz,
que no deja a la disputa
tiempo, ocasión, ni lugar,
y así vuelvo a repetir.
Y yo volveré a cantar.
Rayos, luces, plantas, estrellas, y cielos,
rocío, nubes, escarchas, y hielos,
quién me dirá,
quién me dirá,
dónde hallaré el Maná.
Por la parte de la Vida Activa sale el Palacio con los dos hombres que le acompañan: y por la de la Vida Contemplativa sale el Buen Retiro con un Jardinero.
En mi Alcázar le hallaréis.
En el Buen Retiro está.
¿Cómo siendo yo el Palacio
Regio, quieres disputar
mi grandeza?
¿Cómo siendo
yo el Buen Retiro, podrás
en metáfora del día
mi sitio desfigurar?
Y más cuando el Jardinero
soy yo, y con gran claridad
daré noticia de todo
lo que pudiere importar.
Yo siendo la Vida Activa
seguiré la propiedad
de Palacio.
A mí el Retiro
para contemplar, me da
las horas de la quietud
y ocios de la soledad.
Yo con mi atención espero
mi fineza coronar.
en día que Amor se ofrece
cortés, gracioso, y galán,
todos estamos de parte
de Palacio.
Está además
con mi argumento, la guarda
de vuestra conformidad
porque si hoy derrama el cielo
al misterioso maná
admiración de los hombres,
y vianda angelical,
a quien la sabiduría,
le llama célebre pan
lleno de toda dulzura
de sabor, y suavidad:
a Palacio ha de tocarle
la gloria de este manjar
que es de Ángeles, y estos son
en la corte celestial
los primeros asistentes.
Responda por mí Tomás
con su angélica agudeza
que sobre el mismo lugar
y otros de David, explica
la diferencia que hay
entre hombres, y Ángeles, en
comer al divino pan,
porque el Ángel, en su especie
propria de la caridad
perfecta, y unión con Cristo,
le vee en su gloria inmortal
y le goza sin la fe:
mas el hombre, que incapaz
es de ver a Dios, estando
en esta vida mortal
hasta consumar el premio
su eterna felicidad
en la patria, por la fe,
se une con Cristo, y el pan
como sacramento come
y con esta calidad
no le come el Ángel.
Pero
dime, cómo salvarás
el que siendo esta merced
decreto de un memorial
de amor, y pasión que baja
de la triunfante ciudad
despachado en toda forma
de la diestra natural
del poderoso, no tenga
Palacio la principal
parte del sacro registro
de esta gracia!
Porque va
la merced acompañada
del retiro y del disfraz
y la pone en cifra el rey
de la gloria que se da
todo a todos por la vía
reservada, sin dejar
que ninguna inteligencia
baje por su majestad.
Y aunque es de fe que en el Cielo
queda su Persona Real
por esencia y por presencia
con esta misma Entidad
aunque arreglada y ceñida
al modo Sacramental
al Buen Retiro de embozo
viene Pastor Bueno, y va
por el Campo la Azucena
de su Santa Humanidad
con el Supuesto Divino
que es el Oro que en sí tray
¡Campo y Buen Retiro! Creo
que en la metáfora das.
Dicha será de mi Sitio.
Y también mía será
si la pruebas.
No es difícil
cuando de mi parte está
la Sabiduría, que
atenta, docta y moral
vendrá presto, si estas dos
volvieren a preguntar.
Rayos, luces, planetas, estrellas y Cielo,
rocío, nubes, escarchas y hielos,
¿quién me dirá,
quién me dirá
dónde hallaré el Maná?
Sale la Sabiduría, dama, con las dos que la acompañan.
El Buen Pastor, en Buen Retiro está.
El Buen Pastor en Buen Retiro está.
Y en metáfora pía
Y en metáfora pía
Oigan los tropos que su Sitio envía.
Oigan los tropos que su Sitio envía.
Quiero ver cómo en mi Sitio
desempeñas tu argumento
probando que en mis jardines,
ermitas, fuentes y regios
simulacros, el Maná
y el día se están uniendo,
y a este fin diré por partes
lo que en aquel todo encuentro.
Admito el empeño.
Pues oigamos tu desempeño.
Jardín Alto de las Flores
me ocurre.
Y no sin misterio,
siendo el más alto y florido
le has encontrado el primero.
Alto jardín y cerrado,
integridad y respeto,
flor es, Vara de Jesé,
Virgen y Madre del Verbo,
carne y flor de su raíz,
María, gloria del Cielo.
Jardín de la Reina.
¿Cómo
pudiera faltar el premio
del nombre y de la corona
a tanto merecimiento?
Flor de pureza intacta.
Reina de tierra y cielos
el maná soberano
al mundo tus virtudes nos trajeron.
Al cuarto Filipo, al grande
en su caballo contemplo.
Los cánticos de Abacuc
dan al simulacro el cuerpo
diciendo que el Señor sube
sobre sus caballos, siendo
la sanidad su camino,
y en este aparato regio
pone a la salud de Cristo
el Crisóstomo discreto;
con que hoy sin dejar mi asunto
de bronce en la estatua vemos
premiada la sanidad
de aquel católico pecho,
que siempre firme y seguro
con un igual movimiento
corrió, voló y defendió,
a los dos altos misterios
de la Concepción en gracia
y alteza del sacramento.
Oh, simulacro insigne
del defensor más tierno
del maná y de María,
tu bronce es parte que le toca al cielo.
De los reinos al jardín
voy bajando.
Y yo subiendo
sus armas que a Salomón
guardan el augusto lecho.
Todos con lealtad piadosa
por la religión han puesto
erarios, hijos y vidas
propugnando y defendiendo,
contra africanas banderas
y ejércitos sarracenos,
maná divino, y pureza
virginal, con fe y con celo.
Con las unidas armas
de vigilantes reinos,
buen pastor y rebaño
en la custodia quedan de un fiel cuerpo.
Con la ermita de San Pablo
doy.
La fe se va a su centro
y en el vaso de elección
pronto espíritu y dispuesto
a predicar y a morir
por el amor del Cordero,
claramente se distingue
su más fino privilegio,
pues después que el Salvador
subió triunfante a los cielos
en la tierra le vio Pablo
realmente como los hechos
apostólicos refieren
y lo prueba deste texto
el Angélico Doctor.
De Carlos Quinto en el mismo
sitio la estatua descubro:
Prototipo verdadero
del Apóstol, fue el celoso
emperador, el guerrero
firme atleta (que así llama
la boca de oro al incendio
de Pablo), que a todas horas
sin diferencia de tiempos
de lugares, de dominios,
de soledades, de pueblos,
en mar y en tierra esgrimió
el más bien templado acero
a quien la herejía enorme
dobló el venenoso cuello.
De Carlos y de Pablo
el simulacro y templo,
de Belén a la casa
guardan el pan y fe, en que le contemplo.
Fuente grande con dos tazas.
Todos los dones supremos
salen de ella; y que es la fe,
con el Crisóstomo pruebo.
Y en las dos tazas se arguye
la mixtión que considero
de agua y vino.
En su remate
veo a Narciso.
En el viento
se quede su vanidad
para lastimoso ejemplo
de los que a la fuente llegan
presumidos y soberbios.
No olviden los dos negritos,
Dolor y arrepentimiento
con que ha de beber el alma,
lágrimas están vertiendo
sus dos fuentes.
De San Bruno
doy con la ermita.
Silencio
guarda, porque los sentidos
a vista del rito nuevo,
sin ejercicio quedaron,
y la fe es el suplemento.
Un plantel de frutas tiene
en sus jardines.
Por eso
la suavidad y el olor
de la hostia del Sacramento
con el Apóstol contemplas;
y a imitación de su Maestro
sus hijos, en el plantel
retirado del desierto,
ángeles viven.
La ermita
de San Juan se ofrece.
Ofrezco
de tan grande paraninfo
el anunciado Cordero;
y si el término fue Juan
del Antiguo Testamento
y principio de la nueva
ley, como prueba el ingenio
de Tomás, el Precursor,
del día ayuda al portento.
Vean en sus dos jardines
el plantel de parras.
Veo
la metáfora tan llena
de prodigios, que concedo
al sitio el maná, y el vino
hace al plantel más extenso.
De San Isidro, la ermita
encontramos:
Y yo encuentro
las espigas, con que abrigo
la realidad del misterio:
Cristo dijo de su Padre
que es labrador, con que expresó
el lugar, nos significa
la substancia del misterio
que es el trigo para el hijo,
y para el Padre el empleo.
Espigas y racimos
el sitio está ofreciendo
de Isidro en la morada
y del Bautista en el plantel más bello.
A San Antonio en su ermita
veréis.
El amante tierno
¿cómo podía faltar
del dulce maná al contexto?
dígalo su fe admirable
que para alumbrar a un ciego,
tomó al Cordero de Dios
en sus manos, y al aspecto
del Pan de Ángeles, un bruto
hizo humilde acatamiento,
dejando el pasto, con que
le convidaba el soberbio
infiel, que en sombras vivía.
De la Magdalena vengo
a la casa.
En las grandezas
de su esposo y de su dueño,
tan interesada está,
que con sus rubios cabellos
ató al Amor, que ya andaba
flechándola el pensamiento,
y en breve tiempo amó tanto
que Amor celebró su incendio.
Dos estanques
Las piscinas
de Hesebón, en que se vieron
de la esposa retratados
los dos hermosos luceros,
pueden ser.
La vía.
Ese
es aquel camino estrecho
de penitencia y de llanto
que guía a la vida.
Luego
cuatro góndolas doradas
te enseño.
Número cierto
de virtudes cardinales
que entre olas, borrascas, vientos,
con prudencia, con templanza,
justicia y firmeza, al puerto
nos guían de salvación.
En las ocho calles dejo
mi idea.
Feliz soy, pues
entre todos a ver llego
de las bienaventuranzas
repartidos los efectos.
Maná en el Buen Retiro
y amante pastor bueno,
reparte tus finezas
a todas las ovejas de tu pueblo.
En día de tantas gracias,
que me ayudéis a un festejo
os pido.
¿En qué forma?
Un auto
alegórico he dispuesto,
de Ulises y Circe, en que
la culpa, el hombre, sus yerros,
los auxilios, los olvidos,
sus reparos y tropiezos,
se ven patentes.
¿Y qué
título al auto le has puesto?
Contra el encanto el escudo.
Pues vamos a empezar luego.
Oíd que falta la loa.
Canta.
Bailete.
Esa puede ser diciendo:
A las plantas de Carlos
de esposa y de madres
ofrecemos unidas
nuestras voluntades.
De las perfecciones
de donde el sol nace
a las aras, que nunca
del humo se valen.
Al respeto supremo
de los tribunales
donde es juicio el acierto
y premio el dictamen.
De Madrid coronada
a los singulares
atributos que ilustran
su noble carácter.
Y la pluma cómica
de nuestras piedades
sin laurel que la adule,
favor que la ampare.
Y la pluma, etc.
Dan fin con esta repetición.
Rúbrica.
Biblioteca Nacional de España
Pues el mar nos permite
quietud, con que la nave facilite
la primera aprehensión de aquesta sierra,
amaina.
Echa el esquife.
¡A tierra, a tierra!
El cosario de los astros,
peregrino de los orbes.
Texto tachado: Con el blando imán de Circe, el yerro del alma toque. Ven a mi encanto, ven, ven a mis voces.
Sale Ulises.
Sea del duro aspecto desta roca,
ósculo frágil mi obediente boca,
y en cada arena, de su altivo bulto,
pondré una adoración, dejaré un culto.
Con lenguas de humo le avisen
aparentes resplandores,
que la distancia los finja
y la vecindad los llore.
Ven a mi encanto, ven,
ven a mis voces.
En lo alto de un carro, que será por lo exterior a modo de peñasco, se descubrirá humo.
Mas si el rumor profundo
del orbe de cristal, inquieto mundo,
le ha dejado a mi oído
sana la distinción para el ruido,
dulces ecos me llaman;
y si los ojos con verdad se inflaman,
sobre el ara constante de una peña,
veo del fuego la infalible seña.
El cosario de los astros,
peregrino de los orbes.
Con el blando imán de Circe,
el yerro del alma toque.
Ven a mi encanto, ven,
ven a mis voces.
Segunda vez me informa la armonía,
y otra vez del escrúpulo del día,
por la verde espesura de la cumbre,
nube piramidal se hace la lumbre;
de acentos y pavesas
encienden mis temores, mis empresas,
incultas sendas en mi horror presumo;
viento es la voz, y la esperanza es humo.
¡Ah de mis compañeros!
Salen los Sentidos.
Obedientes
a tu precepto stamos.
Diligentes
sentidos míos, explorad qué tierra
es esta que pisamos; ved si encierra
pueblo civil o bárbaro agregado;
si de rey absoluto gobernado,
o libertad confusa se mantiene;
qué fortalezas, qué custodias tiene;
mientras que yo en la playa,
de los mares y montes atalayas
con vigilantes modos,
atenderé a la operación de todos.
Yo que la Vista soy, fragua primera,
en quien cualquier objeto reverbera
con la exterior especie que me em-
le hurtaré sus espíritus al día.
Yo, que el oído soy, fiel instrumento
a quien hieren los golpes del aliento
para no embarazar mi atención suma
volaré sin los rasgos de la pluma.
Yo con el tacto que a mi acción alteras
o apacible, o severas,
traeré firme noticia deste suelo.
Yo para tu consuelo
del gusto adelantando los tributos
probaré la dulzura de sus frutos.
Yo bebiendo al prado sus primores
te informaré del vulgo de las flores.
Pues a explorar, sentidos, con presteza.
Al valle, al llano.
Al monte, a la aspereza.
Vanse por diferentes partes.
Si cosario de los astros
peregrino de los orbes
con el blando imán de Circe
el yerro del alma toque.
Ven a mi encanto, ven,
ven a mis voces.
Los sentidos te envío
sonora adulación de mi albedrío,
y la Razón también porque sin ella
cualquiera intento humano se atropella.
Diosa de la luz preciosa
dádiva generosa
del erario divino
primer oriente, rayo matutino
que al séptimo crepúsculo acalora
la precisa noticia del que adora.
Sale la Razón con alas, coronada de plumas blancas y un cristal en el pecho.
Oh, peregrino errante,
de quien es la razón, alma distante,
y el alma sin razón, próxima sombra,
como tu ciega confusión me nombra,
como tu voz me llama,
cuando en el vago rumbo de la fama
y en la ambición de tu horroroso pecho
has consentido a mi candor de hecho.
No es tiempo de culparme, Razón bella,
ni de admitir tampoco tu querella;
cuando van mis sentidos
libres, atropellados, y perdidos,
y sin ti.
Por ahora es tu disculpa
Sello: Biblioteca Nacional de España
Vase.
decir que ellos sin mí, yerran sin culpa;
y para no arriesgar sus propensiones,
te dejo en la razón de estas razones;
mientras vuelvo a informarte por entero
del peligro en que ya te considero,
y alegóricamente
te he de ver pecador y penitente.
Fértiles selvas de esperanzas locas,
satisfaced con opulentas bocas
al insaciable monstruo del deseo
que hoy os viene a ocupar, mas allí veo
un villano.
Si Dios me deparara
alguien que me guiara
por estas peñas duras,
caíme de mi propio.
Sale ahora cayendo.
(Ayúdale a levantar)
Desventuras
son de tu entendimiento divertidas.
Hombre, levanta.
¿Conque yo he caído?
Necia pregunta de visible acaso.
Pues ya no me acordaba de este paso.
Corta naturaleza
en el caer, le dejó de la simpleza;
dime, ¿quién eres, hombre?
Solo tengo memoria de mi nombre,
única obligación que he mantenido,
de no olvidar jamás, que soy Olvido.
¡Oh, bien venido seas!
Sin razón me deseas.
En su lugar te admito.
Última calidad de tu delito;
tu ingratitud injusta te reprehende,
pues la memoria y la razón te ofende.
Dame los brazos.
¿Cómo tu imprudencia
pide al Olvido la correspondencia?
Tu protección me valga, pues la trato;
Sap. 16. et D. Tho. 22. q. 107. art. 4.
¡Que quiera beneficios el ingrato!
Mas si obligarme quieres,
aunque lo he de olvidar, dime quién eres.
Para vivir ingrato sin memoria,
solo al Olvido encargaré mi historia,
y en esta alegoría
en que el discreto mis acciones guía,
nadie de mí se olvide
que la Doctrina y la Verdad lo pide.
Ulises me llamo, Ulises,
y si lo reparas bien,
de Ulises y Olvido puedes
la memoria retener.
Ítaca, gloria de Grecia,
es mi patria; de su rey,
Verde rama inmediata,
nací para su laurel.
Diome el Autor de la Luz
aquellos talentos que
descubre la aplicación
y esconde la estolidez;
brillantes disposiciones
que suelen resplandecer
perlas en la juventud,
diamantes en la vejez.
Esmeraldas en años de empezar
y estrellas al crisol del fenecer,
sin tutela del aliño
ni custodia del poder,
gobernaba los afectos
con tan recíproca ley
que andaba lo soberano
pendiente de lo cortés;
graciosa beneficencia
de los juicios de aquel
que ninguno los puede investigar
y todos con David han de temer.
En el espejo del llanto
muchas veces contemplé
de este microcosmos fácil
el alterable vaivén,
altiva máquina de oro
que del uno y otro eje
mueve al viento la cabeza
con el polvo de sus pies;
tanto, que amargo alimento
la vigilancia fiel
pan de lágrimas hacía
de la mesa del placer,
regando desde el campo de la Holanda
hasta el intacto culto del dosel.
Discreta modestia hería
de mi rostro el rosicler,
con los sustos decorosos
que en el treinta y nueve del
Génesis, coronó a Egipto
la azucena de Joseph,
como de la Majestad
lo enseña el Eclesiastés,
atendiendo a que debajo
del sol, nada puede haber
que en la vanidad no tenga
la fuga más descortés,
pues siempre es sombra al morir
lo que esplendor al nacer,
y viene a ser, la que antes fue quietud,
tribulación de espíritu, después.
No quise ungir mis ideas
de la palaciega tez
del injusto adulador
cuya máxima observé
en el sagrado salmista,
y si acaso, alguna vez,
el fuego de la lisonja
que entre espinas suele arder,
traidoramente quería
liquidar mi solidez,
lo apagaba con voces de cristal,
saliendo al rostro edictos de clavel.
De la justicia mantuve
el indeclinable fiel
en cuyo peso los cielos
ponen sus ojos, por veer
sus estrellas y sus rayos
entre las manos de quien
rey los ha de colocar
y hombre los ha de encender.
¡Oh, grandeza de los justos,
que en vuestro solio tenéis
el celeste atributo de premiar
y el trisulco disforme de ofender!
Tremolé mis estandartes
siempre que necesité
de apagar la sed de muchos
solo con mirar mi sed,
que es misteriosa en sus aguas
la cisterna de Betlehem,
y ciñe al vaso el ejemplo
del que no quiso beber,
por templar con su templanza
a la adulta intrepidez
de un ejército que ama en el dolor
la tolerancia que en su dueño ve.
En diferentes batallas
salí vencedor, triunfé
de todos mis enemigos
como fuerte de Israel,
viendo a Dios, cuya esperanza
torre de firmeza fue
con que pude subyugar
la cerviz de Adarezer,
y de sus armas doradas
en una y otra pared
colgar votos, con que fuese
gloriosa Jerusalén
uniendo los metales de Beroth,
y agotando el erario de Beté.
En estas dichas (¡ay, triste,
infeliz, que las gocé!,
y es consecuencia del mal
la preterición del bien),
a este tiempo, la ambición
de Grecia por no caber
en el vastísimo mapa
de su fértil redondez,
inventó empresas, y el fruto
de la más inútil, fue
el hipócrita caballo,
ofrenda tan al revés,
que abrasaba a la deidad,
a quien iba a agradecer.
Borró el aspecto de Troya
con la brocha de la pez,
subiendo a fuego el alma del color
y bajando a cenizas el pincel.
De su ruina escandalosa
alcázares levanté
en mi soberbia, comprando
a costa del padecer
fama, estimación, y nombre,
gusto, y deleite, de que
como joyas formidables
abultan a su pavés.
Junté gente de mi genio,
y esa nave al mar eché,
tan de mis deseos llena
desde el timón al bauprés,
que a no soplar tan de recio
el viento de mi altivez,
inmóvil risco la adorara el mar,
primer basa en las gradas de Babel,
tropezando con las islas
de los gigantes, me hallé
cautivo de Polifemo,
cíclope soberbio infiel
a cuya frente la noche
encajó su lobreguez
desde los párpados negros
de el inmodesto Luzbel,
dejándole en un carbunco
las luces del entender;
condición que no ha perdido
su naturaleza, aunque
privada de su excelsa dignidad
cayó inflexible en la tartárea red.
Vime en su poder, y dando
a su bruta desnudez
copia de vino, por capa
del sueño más descortés,
le hizo menos fiero el golpe
grave de la embriaguez;
con un encendido leño
de verde oliva, abrasé
del lucero peregrino
el óptico distender.
Vestido de pieles rubias
de sus manos escapé
entre las simples ovejas
que al tiempo de amanecer
Hojas de amargura pastan,
y pisan flores de miel.
Repara en las alusiones
de esta alegoría, y ve
que a un misterio se reduce
la libertad de mi ser;
vino, fuego y oliva de la cruz,
disfraz y vellocino de la piel.
Ingrato a los beneficios
del que me los quiso hacer,
buscando nuevos errores,
me hice al mar segunda vez;
corrí deshecha tormenta,
y los vientos de tropel
me arrojaron a esta parte,
donde, viendo la esquivez
de las ondas, más benigna
puse en esta playa el pie,
y envié a mis compañeros,
a fin de reconocer
el país, cuya noticia
pronta aguardo, porque sé
que ellos en obedecerme
tienen no poco interés.
Esta es mi vida, mi historia,
y pues que la has de esconder
en los senos de tu olvido,
guárdala hasta tanto que
arrastre a mi memoria algún dolor,
que me acuerde misterios de la fe.
Digo que has dicho tu historia,
no sé si mal ni si bien,
pues de ella tan olvidado
estoy como de mi ley,
que a nadie la he tenido;
y no puedo responder
nada al caso, y es el cuento
que del caso me olvidé.
Bien hayas tú.
Dentro la Razón.
¡Ay, infelices
sentidos, que no tenéis
forma de aquello que fuisteis!
Dejadme retroceder
volando (¡ay, triste pena!)
a Ulises.
Sale ahora.
Razón, ¿por qué
con ansias lúgubres rasgas
plumas de tu candidez?
Toda tu atención aquí
el suceso ha menester.
Milagro es de la Razón
que yo en su presencia esté.
Canta la Razón.
Volaron los sentidos
al palacio de Circe,
en alas del precepto
que los dejó para el error, más libres,
y apenas convidados
de sus hechizos viles,
su antojo rindieron,
apurando la pena con que sirven.
Cuando se transformaron
en los monstruos horribles
que imaginados hieren,
con la implacable sombra que los sigue.
La vista que solía
penetrar como lince,
padece oscuridades
de torpe noche en el regazo triste.
Al oído los golpes
de la cadena afligen,
si antes gozó lisonjas,
de intercadentes, despulsados cisnes.
El gusto, que aprobaba
fastidios del melindre,
a los robles les hurta
indignos frutos, y hojas a las vides.
Del cieno los vapores
el olfato percibe,
y atado al humo, llora
pisadas rosas, fáciles jazmines.
El tacto que entre holandas
impaciente se viste,
custodia de su sueño
duerme en el jaspe y como estatua vive.
Tan horrorosas formas
en su materia imprimen
que son menos crueles
la del lobo, del oso, y la del tigre,
deja pues que repita; ¡ay, infelices
sentidos, que no tenéis
forma de aquello que fuisteis!
Lastimado y ofendido
del suceso, y de su origen,
voy a librarlos.
Quiere irse y la Razón le detiene.
Repara.
No me detengas.
Ulises,
Ulises, ven al descanso
de los palacios de Circe.
No has de apartarte de mí;
pretendes un imposible;
pues mi furor.
La Razón
se estará en su fuerza firme.
Luchando los dos.
Cae la Razón y Ulises la pisa.
Pues yo sabré atropellarte,
y cuando tus luces pise,
coronándome de sombras,
me obedecerás.
Vase.
Ulises,
Ulises, ven al descanso
de los palacios de Circe.
(Levántase.)
Mísero joven, ¿qué has hecho?
¡Ay de ti, pues ofendiste
con tu entendimiento proprio
al juicio, que te corrige!
Espera, indiscreto, aguarda;
mas, ¿quién podrá reducirte
si a mi inocencia destruyes
porque a tu culpa edifiques?
Yo también me voy.
¿A dónde?
(Vase.)
A donde de ti me olvide,
que es fácil en cualquier parte
en que eres todo difícil.
¡Qué bien los sacros Proverbios
en el capítulo quince
a la estulticia del alma
en esta forma definen!
Gozo de la necedad,
que de su llanto se ríe;
y al contrario, el que es prudente
todos sus pasos dirige
por las sendas de la luz.
Y el Eclesiástico dice:
¡Oh sueño del insensato
que a vana esperanza rindes
tus sentidos! A tu sombra
quieres poner cárcel firme,
y al bulto de tus engaños
al mismo viento prisiones!
¡Oh camino de las flores
que son espinas!
Ulises,
Ulises, ven al descanso
de los palacios de Circe.
Canta recitando.
Pues yo, del salmo a la letra
con David, sabré decirte:
Piedad Señor, piedad, porque pisada
del hombre, la razón, intacta y bella.
Si antes del cielo estrella
flor de estos campos es mustia y ajada.
Todos mis enemigos se juntaron
y armas de horror al día le pidieron,
sus deseos profanos encendieron,
y mi luz apagaron.
Cuando yo te invoqué, mi Dios, me oíste
y en la tribulación amarga y triste,
dilataste mi aliento,
oye mi ruego, atiende a mi lamento,
¡oh corazón de Ulises! ¿hasta cuándo
has de obstinarte grave,
y amar la vanidad que en polvo acabe,
tus engaños buscando?
Sobre los hombres, de tu rostro bello
pones, Señor, la luz, y abres tu sello;
mi corazón se llena de alegría
pues mejorando tu fineza al día
con los frutos del Óleo, Pan y Vino,
podrá volver Ulises al camino
de la paz; oh, mi Dios, oh Señor mío,
única es mi esperanza, en ti confío.
El ilustre honor de Grecia
valiente y discreto Ulises
en hora dichosa llegue
a los Palacios de Circe.
Vase
Seguiréle cuidadosa
por ver si Ulises distingue
de la mirra de mi llanto
fragrancias que el cielo elige
Saldrá Ulises con la Música
El ilustre honor de Grecia
valiente y discreto Ulises,
en hora dichosa llegue
a los Palacios de Circe
Si llegare.
Va hacia la Música, y le detiene Mercurio que saldrá con alas, plumas y caduceo con una serpiente dorada
Espera, aguarda.
Quién eres tú, que me impides
mis pasos?
Mercurio soy,
inteligencia sublime
que asisto adonde me llama
la operación del que asiste
en todo lugar; y si unes
de mi nombre el alto origen
y de Ángel, que embajador
suena en griego (como dicen
la Boca de Oro y el Sol
de las Escuelas) colige
que Mercurio y Ángel vengo
enviado, a fin de advertirte
como ministro moral
auxilios que te iluminen,
ya que no con eficaces
que en tu albedrío acrediten
esencia de libertad
y ejecución infalible
Repara, pues, que aunque Dios
tus desaciertos permite
no quiere tu muerte, atento
a si llega a reducirte
el posterior beneficio
ya que de tantos te olvides,
que es máxima, en el sentir
de Séneca, hacer posibles
el remedio de un ingrato
esperando a que le obligue
entre beneficios muertos
el último que recibe,
este sea, el preservarte
(ya que el engaño te hechice)
de la transformación bruta
que te previene una Esfinge,
con esta flor, que los hombres
con dificultad consiguen;
Dale un ramito de flores.
Moly en los cielos se llama
y cuando le latinices
el nombre griego repara
que Molis es tierno, y sigue
sin violencia de la voz
las propiedades sensibles,
pues cándidas son las flores
y negras son sus raíces.
Porque en ternuras se exhale
el que sus misterios mire.
¡Oh, azucena de los valles,
que dulce sombra apacible
del seno de oro descoges,
porque a una pasión animes,
con la memoria presente,
de la pureza que pide
la candidez de tus hojas!
Y no es menos repetible
de tus raíces la negrura,
pues sobre una muerte triste,
oscura, afrentosa, y fea
fundaste la más insigne
maravilla de tus gracias,
y aquí es también, donde sirve
de radical fundamento,
al penitente flexible,
la negrura, y de dolor
con que a la tierra se humille.
Guarda este antídoto, y guarde
también tu memoria, el timbre
de mi caduceo, en cuya
empresa, es bien te descifre
el alto significado;
pues la serpiente se viste
el blasón de la prudencia,
con que los riesgos evites
del encanto, y cuando el agua
tribulaciones conspire,
te apartes de las sirenas
y huyas de Escila y Caribdis.
Y otra más noble alusión
en los números admite
la serpiente de metal,
signo elevado, que exprime
salud, para los que heridos
de ardientes sierpes lo miren.
También te advierto, que al tiempo
que Circe pretenda herirte
con su cetro, la amenaces
con esa espada que ciñes,
en que dejo mis palabras
porque con ellas la afiles.
Estos son los documentos,
las persuasiones, los fines
a que me envía el Poder,
y la piedad; no te fíes.
de tu ceguedad, y atiende
a la razón que perdiste.
(Vase
Oye embajador celeste
cláusulas con que te estime
tu fineza;
Ulises tarda
Vuestros acentos le guíen
El ilustre honor de Grecia
valiente, y discreto Ulises,
en hora dichosa llegue
a los palacios de Circe
Qué poderosa me arrastras
que sin violencia me rindes,
dulce, armónica, sonora,
grave cadencia, apacible?
mas si con la fuga puedo
hacer que el viento utilice
plumas del temor.
Va a huir, y a este tiempo sale Circe sobre un carro dorado, tirado de los sentidos, que tendrán formas de fieras, ella estará coronada de varias flores, tendrá un cetro en su mano, y a sus pies una esfera.
Villano
discurres, qué fácil es
que a las alas de tus pies
ceda el cetro de mi mano!
De tan rara majestad
huir, y escapar no puedo
cuando es sacrificio el miedo
del fuego de su beldad.
En crimen de especie muda,
mayor castigo mereces
pues me ofendes muchas veces
con la vista y con la duda.
Ningún obsequio me hicieras,
si antes de adorar mis aras,
o, por vil, me despreciaras,
o, por cruel, me temieras.
Pero huir, llegando a ver
la forma que me asegura
deponiendo a mi hermosura
del solio de mi poder;
es contumelia afrentosa,
y tan exquisita, que
jamás la vi aunque estudié
calamidades de hermosa.
(Aparte
Quién eres deidad, que enciendes
con tus iras tu belleza?
qué absoluta es su grandeza!
(Baja del carro
Yo lo diré, si me atiendes,
Yo soy Circe, cuyo nombre
tremendo, augusto, y feliz,
águila pudo a la fama
de plumas, y ojos vestir,
para que monstruos del viento
ya ruidoso, ya sutil,
divulgase mis acciones
en uno y otro cenit.
por los átomos inquietos
del brillar y del lucir,
excediendo mi pompa
estupenda y gentil
a todas las imágenes del sol,
a cuantas voces respiró el clarín.
Soberbio es mi nacimiento,
ser culpa con que nací
de la temeraria cuna
de un luciente querubín,
cuyas plumas destempladas
presumieron escribir
la altísima semejanza
del que es Uno y tres en sí,
y rasgadas descendieron,
e imposibles de subir,
carbones de esperanza
o del humo matiz,
que vuelan en la oscura eternidad
negadas al oriente de salir.
También después en el hombre
segundo lauro adquirí
no de menor respecto,
pues se vino a transfundir
como género la especie
del eritis sicut dii;
acto de estímulo altivo
que en un fecundo jardín
le hurtó sus frutas a un árbol.
necio ladrón contra sí,
que comiéndose el delito
no lo pudo digerir,
hasta que en otro leño,
(¡ay, mísero de mí!)
el que negó la fruta como Dios,
racimo se exprimió de intacta vid.
Esto es en cuanto a mi origen
principal, y desde aquí
paso a mis trofeos, que
son tantos, que a competir
llegan con la infinidad
de cuanta necia cerviz
se dobla a mi planta; y paso
al arte con que vencí
en su milicia al hombre,
para que llegues a oír
los prodigios de mi ciencia,
de la magia el alto fin,
de mi vida los progresos,
y de mi estudio el ardid,
que en el fuego y el aire,
agua, tierra y raíz,
de hierba, planta, flor y mineral,
transforma las pasiones del vivir.
Sea el ejemplo del fuego
una envidia que encendí
con las primicias de Abel,
en las venas de Caín.
Cuya ponzoña, abrasada
quiso a polvo reducir
la corta unión de la sangre,
que con traje pastoril,
vivía a expensas graciosas
del sacrificio feliz
en que escogía la fe
los tributos del redil;
y en tan aceptable llama
docta pude introducir
las émulas centellas
de la ceniza ruin
que estrenó en la palma el más traidor
desalumbrado, prófugo neblí.
El agua que es el cristal,
en que puede corregir
el llanto cuantos defectos
mira, el que atiende a su fin;
con las vanas reflexiones
de un incauto descubrir
la transparente armonía
de la rosa y del jazmín,
cuando Betsabé templaba
los impulsos del herir
sobre el astro organizado
de las cuerdas de marfil,
levantó rayos nocivos
a los ojos de David,
siendo magia perniciosa
del soberano desliz,
la desahogada nieve
del bañado carmín
en que puse el encanto del amor
y abracé al mejor hijo de Isaí.
Deste lazo escandaloso
(que fue ñudo, al desunir
la fineza militar
del arriesgado adalid
Urías) fue Salomón
firme consuelo; tan sin
recelos de sus ruinas,
como el que llegó a cumplir,
de Gabaón en la cumbre,
voto de holocaustos mil;
y despertando de un sueño
solo a Dios quiso pedir
discreción para saber
reinar en su edad pueril.
A este, pues, que levantó
al Templo, de su raíz,
adornando sus misterios
con el oro y el buril,
le vencí con los hechizos
de las beldades; y en fin
informado en la tierra
de su materia vil,
3. Reg. 11.
y adoró en los sidonios a Astartem,
y al ídolo Moloch pasó a servir
confirme Absalón mi magia
lucero hermoso y gentil,
de los días de Israel,
tan perfecto, que por sí
le concluyeron las gracias
hasta el último perfil;
su cabello era del año
siglo de oro, sol de Ofir,
larga noche del diciembre
purpúreo arroyo de abril;
precio encrespado del aire
fácil undoso telliz,
que encubría los bostezos
del soñoliento nadir,
esta, pues, traviesa pompa
siempre trenzada hasta allí
por mi mano, se erizó
en áspid, para infundir
en su cabeza el delirio
del mando, el furor hostil
que le dejó en el viento
con sus cabellos, y
blanco de las tres lanzas de Joab.
bello clavel, del noto fue alhelí;
De todos estos prodigios,
joven puedes inferir
cuán absoluta es mi ciencia;
y si del orbe civil
de mis promulgadas leyes
dudas lo que has de elegir
verás que enjugando el alba
aquel sudor femenil,
aunque se afana a llorar
el donaire de reír
desentrañando a las nubes
el vago embrión sutil
que torpeza le bebieron,
a violencia han de escupir
y redoblando eficacias
de su rostro carmín,
celosa de mi imperio
en horrorosa lid
de rayos a las hierbas bordará
que antes de perlas procuró vestir.
Pero si dócil, si atento
te dejares persuadir
de mi voz; verás que el monte
hoy produce para ti
cuánta sujeción monstruosa
alcances a discurrir;
el león, rey de las fieras,
te será halago servil;
vendrá a ser tu alfombra el tigre
que te guarda el jabalí;
adorará desde el mar
tu fortuna el delfín;
serán minutos las flores
de un momentáneo pensil,
que sin excepción de meses
a mi arbitrio han de vivir.
Gozarás cuantas delicias
imaginares, y si
te faltaren los deseos
los volveré a producir.
¿Tendrás ya qué dudar?
¿Tendrás qué temer, di?
¡Ay de ti, si te ruega mi poder!
¡Si tú me desprecias, ay de mí!
¡Oh gran Circe, en quien aprehendo
la hermosura de Naim
con más prodigios, que estrellas
guarda el despierto zafir,
pendiente de tus preceptos
estaré:
Pues ven tras mí
a gozar, a poseer
a no esperar, y a decir.
Al alcázar de Circe camina
con paso feliz,
quien tendrá más placeres, que perlas
las fuentes de Elim.
Éxodo, 15
Éntranse con la música por una parte, y salen por otra.
Las piezas de mi palacio
has de ver correspondidas
de las piedras más lucidas
desde el diamante al topacio;
mi familia gobernada
de mi excelsa majestad
muestra en cada calidad
una admiración postrada.
Y porque mi amor procura
que sin embarazo veas
la perfección que deseas,
fía de mi propria hermosura:
Ábrese el primer carro, que se adornará de tocadores y espejos, y sale de él, la Hermosura, y antes de cantar representará la redondilla:
No es difícil convencer
la arriesgada inclinación
del que pide a su elección
cuanto le puede ofender.
Los jardines de Chipre
me produjeron
para rosa de Adonis
alma de Venus.
En mi pecho Cupido
chupa sus gracias.
y en mis labios recoge
flechas de nácar.
En mis aras consumo
tantos alientos,
que aunque en aire se acaban
no basta un templo.
Mi cadena es el premio
de todo el orbe
y de estímulos sirven
sus eslabones.
Ya me cansan las voces
de los rendidos
y me ofende la sombra
de los suspiros.
Es tan alta mi idea,
que en su concepto,
faltan respiraciones
para mi obsequio.
Cada flor que amanece
para servirme
anochece en el siglo
de arrepentirse.
Mírame, Ulises, mírame, Ulises,
que me sobran descuidos
para rendirte.
Su acabada perfección,
o verdadera o fingida
es el alma de mi vida.
Repara en la discreción;
¿hola de Minerva?
Ábrese el segundo carro, que se adornará con un olivo, de cuyas ramas estarán pendientes varios libros e instrumentos matemáticos; saldrá Minerva y en su celada traerá una lechuza.
A tu acento
mi ciencia obedecerá,
y a Ulises le propondrá
este sutil argumento:
Canta.
Nace Amor cuando es perfecto
del concepto
del juicio,
que se mira fecundado
del cuidado
conocido.
Voluntad que a nada atiende
cuando enciende
sus acciones,
es dibujo que en su sombra
mancha y nombra
las colores.
El amar discretamente
en la mente
de los sabios
es aquel conocimiento
fiel y atento
de su amado.
Pide amor correspondencia
en la esencia
¿Y el que el mérito destruye
cómo arguye
sin premisas?
¿Luego aquel que conociere
lo que quiere
digno y bello,
tendrá gloria en lo que adora
que no ignora
que es perfecto?
¿Luego tú, que a Circe miras,
cuando aspiras
a su trono,
o has de amarla, o eres necio,
con desprecio
de sus ojos?
Óyeme, Ulises,
óyeme, Ulises,
que me sobran conceptos
para argüirte.
Déjame tan precisado
tu prodigioso argumento,
que todo mi entendimiento
es razón de lo probado.
Si te paga la opulencia,
en mis riquezas repara;
¡hola de Juno!
Ábrese el quinto carro, que se adornará con el arco
iris. Una ara llena de vasos de oro y alhajas
preciosas, y un pavón que las guarda con las
alas extendidas, y sale Juno.
Canta.
No es avara
la expresión de mi obediencia.
En este alcázar grande
en donde tiene altar
de Circe generosa
la rica majestad,
del mundo subterráneo
el nervio sustancial
se agota por estilo
del adquirir y el dar.
Del aire taladrando
están la vanidad
agujas de diamantes
en basas de cristal.
Las nubes que en los techos
del oro son disfraz
lloviendo perlas, rompen
su blanda tempestad.
Los rayos del carbunclo
vivientes siempre están
sin conocer ocaso
del nocturno animal.
Rubíes y zafiros
son vulgo popular,
que atiende quien se paga
de mucha variedad.
Las plantas, por aborto,
En todos tiempos, dan
las olas de esmeraldas,
las flores de coral.
Culpándose de Midas
la inútil necedad,
el oro es comestible
y precioso el manjar:
diversas plumas mullen
el catre del solaz
y el Fénix no se abrasa
por dejar las que trae.
Créeme Ulises, créeme Ulises
que me sobran riquezas
para servirte.
Si tus riquezas poseo
Circe hermosa, y liberal,
ya no quiero más caudal
que el erario del deseo.
Ni aun ese te ha de faltar;
¡Ah de la acorde harmonía
de Terpsícores!
Ábrese el 1.º carro, que se vestirá de un laurel
coronado de varios instrumentos músicos, y sale
Terpsícore tocando uno.
Ya el día
de tu voz, llamó a cantar.
Canta.
Desciendan los orbes al plectro sonoro
que hiere mi mano
trémulas porque yo los inquieto
fáciles pues su ruido es mi cántico.
Despierten sus ojos, que sueñan hechizos,
dormidos los astros
póstumo, lucimiento del día
último frenesí de sus párpados.
Al dulce donaire, travieso y cadente,
que adornan mis labios,
víctima se destine volátil
plácida la atención de los pájaros.
De riscos, y hiedras arranquen los troncos
raíces y lazos,
fértiles pues mis voces esperan,
íntimos, con la unión de los átomos.
La red apacible de acentos sutiles
que teje mi encanto
número me aprisione de fieras
dóciles sin memoria del páramo.
La vena suave del orden fecundo
que libre declaro
lírico ponga freno a los ríos
límites en la senda de rápidos.
Óyeme Ulises,
óyeme Ulises,
que me sobran dulzuras
con que te hechice.
Su perfecta consonancia
ingeniosamente deja
en tu silencio a mi queja
y en mi encanto a tu elegancia.
Aparte
De mi grandeza hospedado,
de mi familia asistido
nada generoso griego
echarás menos; el hilo
dorado de las delicias
en el feliz laberinto
de mi alcázar seguirás;
y ahora intento (aquí es preciso
pues admite mis ofrendas
ser fuego de su albedrío)
que repares tus trabajos,
y fatigas del camino,
con una bebida dulce
que de las flores destilo,
tan eficaz, tan preciosa,
que en el estudio exquisito
con que la preparo, logro,
mucho más que lo que pido.
Juno sírvele la copa
a Ulises, con el más rico
vaso de cuantos adornan
a mi regio frontispicio.
Vase
Con diligencia obedezco
las órdenes de tu arbitrio.
Y vosotras entre tanto
repetid con claro estilo:
Ya de Circe admitido es Ulises
su dueño feliz
que tendrá más delicias que perlas
las fuentes de Elim.
Vuelve a salir Juno con una copa y vaso muy rico y se la servirá a Ulises.
Aparte
Bebe Ulises; de esta suerte
ha de probar mis hechizos
para transformarle en bruto.
Aparte
Con mucho recelo aplico
el labio al vaso; y aquí
me aprovechará el aviso
que el enviado Mercurio
me dio; su antídoto elijo
conservando la memoria
del remedio peregrino
sobre la flor blanca, y raíces negras.
¿Qué dudas?
Bebe
Estimo
fuera del merecimiento,
los favores que recibo,
ya te obedezco.
Aparte
Aquí viene
a la letra, lo que dijo
Job, que bebe el hombre frágil
por cristales sus delitos.
Ya la confección bebiste,
Y ahora, de mi cetro herido,
verás que en monstruos...
Va Circe a darle con su cetro, y Ulises arranca la espada y la amaga con ella.
Mi espada,
con sus agudos filos,
que es la palabra que oí
de un soberano ministro,
podrá romper la cabeza
a cualquier dragón nocivo,
como lo advierte el Apóstol
y el Crisóstomo, en su mismo
lugar.
Póstrase a los pies de Ulises.
¡Ay de mí! Suspende
de ese acero vengativo
la sombra, y el duro amago
que me vuelve a los principios,
del negárseme la entrada
en el feliz paraíso
con una espada versátil
de fuego (¡rabias respiro!),
y aunque tú (¡valedme, furias!)
de esgrimirla eres indigno,
basta esa memoria, y basta
mi infierno, pues no hay olvido.
¿Dónde estás, borrón ingrato
de la noche de los siglos?
Sale el Olvido bostezando.
Nunca te dejo, y aunque
tuve este rato por mío
cuando en memoria despierta
me consentiste dormido,
ya vuelvo a ampararte.
Levantan el Olvido y las dos mujeres a Circe.
Todas
a tu reparo acudimos.
Yo, con el olvido, quedo
bien hallado, y más perdido.
Vuelve la espada a la vaina y Circe se pone el lienzo a los ojos llorando.
Viendo, Circe hermosa, el tierno
embarazo cristalino
con que se apartan tus ojos
del lenguaje de los míos,
no llores, beldad.
Aparte.
Ya vuelve
al llamamiento atractivo;
pavesa muere en el riesgo
aquel que adora el peligro.
¡Tirano Ulises, traidor,
falso, alevoso, enemigo,
que con cautela...!
Mi dueño,
cese el rigor, y si he sido
la causa de tus enojos...
perdona a mi desvarío;
(apart.
En este segundo cerro
mayor victoria consigo,
pues culpa a su razón, y hace
de su sinrazón alivio.
¿Finges Ulises?
No busques
más verdad, que mis suspiros,
en que siente mi confianza
que tú no puedas seguirlos.
(apart.
(Su espíritu es aire blando
como el sabio lo previno.
Pues llega a mis brazos.
(abraza a Circe.
Toda
el alma en ellos te rindo.
Ven a tomar posesión
del trono que te dedico.
Antes tengo que pedirte
una merced.
Solo aspiro
a darte gusto.
Mis pobres
compañeros, que son cinco
nobles, leales, y atentos
sé, que en brutos convertidos
agravian mi propria forma
con sus torpes ejercicios;
y para que dignamente
te sirvan.
(apart.
Obedecido
quedarás luego, en que vuelvan
a su grado primitivo.
¡Oh, error del abismo, que
pasas de uno en otro abismo!
Huyendo de la razón
hecha menos los sentidos.
Ven mientras dicen las voces
celebrando tu dominio.
En los brazos de Circe, descansa
Ulises feliz,
que tendrá más delicias, que perlas
las fuentes de Elim.
Sello de la Biblioteca Nacional
Vanse con la música; y sale la Razón.
¡A dónde vas, ingrato,
errante peregrino,
en la razón tan libre,
como en el mal cautivo!
¿A dónde vas bebiendo
la sombra de tus vicios,
sediento de la frágil
imagen de Narciso?
Quejosa y lastimada
a tus desdenes sigo,
y eco soy que en tu culpa
me dan razón los riscos.
Pastora de mis ansias
las guardo en mi retiro,
y cresce mi ganado
del dolor que concibo.
Bella soy, aunque negra,
y el sol me ha colorido
dejándome en sus rayos
las prendas del aprecio.
Si atiendes las colores
que al cielo le he debido,
la grana es mi desmayo,
la nieve mi suspiro.
Escucha del esposo
el amoroso silbo,
que es mirra destilada
del labio de sus lirios.
Advierte que te mira
celoso y escondido
entre canceles que hacen
misterios del recibo.
Recoge, pues, ingrato,
potencias y sentidos
antes que de oro y plata
tu vida rompa el hilo.
Sale la Vista.
toma un retrato de Venus del carro de Juno
Pues ya a mi primera gala
restituida me miro,
quiero con velocidad
gozar del hermoso sitio,
que dispensa a mis objetos
las juventudes del viso.
Oh, Vista, si descubres
al astro matutino,
¿podrá ser que a la tarde
ciegues de haberle visto?
Sale el Oído.
Eclesiastés 2. versículo 8.
toma un instrumento músico del carro de Terpsícore
Ya sin embarazo puedo
oír los métricos himnos
que la música dispone,
con preciosos sostenidos,
y al compás de las delicias
ajustaré mis aliños.
ídem 12. versículo 4.
Las falsas lisonjeras
de los versos medidos,
cadencias serán falsas
de sordos desatinos.
Sale el Gusto.
ídem 2. versículo 10.
coge unas frutas del carro de Minerva
Ya es tiempo de que a los troncos
arranque frutos opimos,
hurtando al viento las aves
de más infestado nido,
al mar peces, y a la tierra
sus sabrosos sensitivos.
ídem 12. versículo 5.
Lucas 15.
Crecerá en la langosta
el veneno ofensivo,
y encontrarás el hambre
del más pródigo hijo.
Sale el Tacto.
Lograr pretendo mi suerte
Sap. 2. v. 9.
que por tacto me ha cabido
dejando por las veredas
del licencioso camino
en cada huella una seña
de la alegría que piso.
Toma un penacho de plumas del carro de Juno y se le pone.
Eccles. 12. v. 6. et 7.
Romperase en la fuente
el barro quebradizo
y verás como el polvo
se vuelve a su principio.
Sale el Olfato.
Sapi. 2.
Coge un ramo de flores del carro de Amor y huele.
Antes que la flor del tiempo
desatando sus hechizos
llore mustios desengaños
con la pereza del frío,
atravesará mi olfato
amenos prados floridos,
coronando mi afición
de rosas y de jacintos.
Eccles. 12. v. 5.
Florecerá el almendro,
y en el febrero mismo
hará temblar el Noto
a los cedros altivos.
¡Favor, piedad, mi Dios,
venga tu auxilio!
Mas retirada a una parte
observaré los designios,
acciones y movimientos
de Ulises y sus sentidos.
En medio de estas delicias
repetiremos festivos,
bailemos alegres
pues el tiempo quiso
darnos tanta parte
de sus incentivos.
Cuanto la fortuna
mejorada vino,
vamos, y en sus aras
tenga agradecidos.
Ábrese segunda vez el 1º carro y véase Ulises durmiendo reclinado en las faldas de Circe; y lo interior del carro será de un pabellón muy rico bordado de diversas flores.
En el regazo de Circe
confunde Amor sus prodigios,
pues sueña Ulises despierto
lo que consigue dormido,
a espacio, silencio, hola, quedito.
¡Qué neciamente descansas
sobre este lecho, mullido
de volátiles lisonjas,
colgados a los más ricos
tapetes, en que se excede
el sutil primor de Egipto!
Ya lo advierte en sus proverbios
Salomón, ¡oh inadvertido
joven!, que facilitando
tu quietud, para mis tiros
aguda saeta esperas,
que abrazas tus desaliños,
hasta que el día bostece
complicados parasismos.
Víctima de sus alientos
lisonjea el precipicio,
que entre los lazos que armaba
el ansia de repetirlos,
Salen la Música, Minerva, Juno, y Venus, cantando: En el regazo de Circe, etc.
En brazos de aquel cariño
en que ciño mi atención,
corazón, corazón,
sosiega, pues el Céfiro
callando pone en calma
el alma de tu acción.
Descansa, pues la constancia
que es instancia del amor,
superior, superior,
ofrece fuego y púrpura,
con que mantiene y quema
diadema y esplendor.
Las flores vierten su licor
en los brazos del Abril,
que es sutil, y es sutil
la envidia de sus túmulos,
al ver que Circe hermosa
es rosa, y es pensil.
Las fuentes por no ofenderte
en la suerte del gozar
quieren dar
liciones a los mármoles
que explican siendo mudas
las dudas del callar.
No estudian hoy las abejas,
por tus quejas, el primor
de la flor,
que en sus prisiones débiles
se exhala, sin el viento
violento del rumor.
Amante el vuelo no toma
la paloma, hacia el vergel
porque fiel
arrullos teme fáciles
que inquieten con sus llamas
las ramas del laurel.
Duerme sin fúnebres
pálidas ansias.
Duerme con fúnebres
pálidas ansias, etc.
Tú que del Tártaro
Tú que del Tártaro
hórridas próximas sombras abrazas,
hórridas próximas sombras abrazas.
Seas la víctima.
No seas la víctima.
Mísera y vana.
Prisionera so
del fuego lúgubre,
rápido estímulo,
fuerte del alma.
¡Qué bien el tósigo!
¡Qué mal el tósigo!
Vanse.
Mágicos encantos
a nuevos crímenes,
áspides trágicos
de iras tiranas.
Proverb. 6. v. 9.
¿Hasta cuándo has de dormir,
perezoso Ulises? Basta
el sueño.
Ya le he infundido
la idea más temeraria,
para que descienda al reino
del inflexible monarca
Plutón.
Psalm. 6.
Señor, no le arguyas
con tu furor; con tu saña
no le castigues. Enfermo
está Ulises, tú le sana.
Ya conturbados sus huesos
con la turbación del alma
se disuelven. Mas, Señor,
tu misericordia es tanta
que espero que has de librarle,
sin que a las prisiones vaya
en que nadie te confiesa.
La muerte con que te paga
mi Dios, envía un auxilio
de tu inviolable eficacia.
Sale Mercurio que traerá un escudo cubierto con un tafetán carmesí.
Ya con una inteligencia
de su piedad soberana,
tiene Razón la respuesta.
¡Feliz quien llegue a escucharla!
¿Ulises, Ulises?
Despertando.
¡Cielos!
¿Quién me nombra? ¿Quién me llama?
¡Ay de mí, que este sin duda
le dio el antídoto!
Baja
desde ese solio mentido
a la humilde verdad llana
de tu polvo.
Ya ejecuto,
Mercurio, lo que me mandas.
Quiere descender y Circe le detiene.
Canti. 8.
No podrás, porque mi amor
será tu muerte, y tirana
como el infierno mi envidia.
¡Hola, presto, ah de mi alcázar!
Salen todos.
¿Qué mandas?
¿Qué nos ordenas?
Que a Ulises le pongáis guarda.
Suelta, Circe, porque al Cielo
agravias en cuanto me agravias.
Baja Ulises, y postrase a los pies de Mercurio, y síguele Circe.
Prendedle luego, Sentidos.
¿Cómo podremos si manda
la Razón?
Valga el olvido.
¿Cómo quieres que te valga
si en la memoria del polvo
contempla el fin que le aguarda?
¿Y vosotras, Perfecciones?
Descubre el escudo que será dorado, en su campo tendrá una Cruz Roja, y en medio un Cáliz con su Hostia.
Tan necia como pesada
eres, Circe, y eres culpa;
y para que de ti salga
Ulises, correré el velo
a este escudo y a sus armas.
Del Hércules soberano
es blasón, y de su casa
la más heroica grandeza.
¡Ay de mí, que ya me pasman
los misterios de su enigma!
memoria fecit mirabilium suorum.
¡Oh, memoria la más rara
de todas sus maravillas!
De sus proezas y hazañas
aquí en realidad descubre
firmeza de sangre hidalga,
viendo que pisó al león
infernal, dejando hollada
a la hidra vil ponzoñosa,
en cuya cabeza vana
la más perfecta mujer
puso sus divinas plantas;
y de su amor obligado
se vistió en la forma humana
de su traje, sin perder
la inmortal eterna gala,
que por parte del repuesto
divino, esencia increada,
desde ab eterno le sigue;
y porque nada le falta
al Hércules misterioso
que el escudo me señala,
con la humildad de su amor,
hiló también, como lana.
por boca del Rey Profeta:
la nieve con que preparan
sus ojos los penitentes
para las estolas blancas
del Cordero, y el vestido
de la pureza se labran.
Que en el leño de la Cruz,
pendiente de tres escarpias,
hiló el precio de los siglos
con el valor de su grana:
y del dorado gusano
Fénix que el abril repartas
en renovables tareas
de su cuna y su mortaja,
el jeroglífico apunta
del hilo la semejanza,
pues hilar hebras de vida
es juntar formas gloriosas,
que a la inmortal duración
como viático nos llaman.
Este es de amor el Escudo
que corona nuestras almas
como lo canta David
cuando el salmo quinto acaba.
Y la fe el Escudo fuerte
que nos protege y nos guarda
de las puntas encendidas
de Luzbel, como lo encarga
a los de Éfeso el Apóstol;
Y la Empresa Sacrosanta
de Amor, en su non plus ultra,
es con propiedad fundada
el Escudo de la fe,
que en las tremendas batallas
del Hombre, no deja parte
que no quede asegurada
del todo, que en toda junta
guarda su cuerpo y sustancia,
que es calidad del Escudo
que el Crisóstomo repara
en la fe con la del diablo;
Y pues su Amor me arrebata,
su fineza me aficiona
y su manjar me regala,
con delicias infinitas
quede Circe castigada,
sin holocausto su altar,
sin adoración sus aras,
derramados sus hechizos,
impracticable su magia;
desvanecida su pompa.
y destruida de arrogancia;
Ea compañeros míos,
esa nave, carenada
de mis torpezas, con nuevo
lastre, de llanto y plegarias,
vuelva al mar, y el norte fijo
por la estrella desvelada
de Tres Magos, a Belén
nos guíe, porque en su cara
que es de pan, después de haber
pasado, por las amargas
aguas, de la penitencia,
nos repare su vianda
contra el encanto el escudo
hoy del hechizo me apartas;
y para que celebremos
tan gran victoria, las cajas
y clarines, den al aire
señas de fuga y de marcha.
Tocan. Cajas y clarines.
Sígueme Ulises.
Vase
Tus huellas
son de mi razón las alas.
Vase
Venid todos.
Vase
Obedientes
seguiremos tus pisadas.
Vanse
Ulises.
Tu voz desprecio
¿Que me olvidas?
No repara
que obedece a una memoria
que a mí, en tu olvido, me arrastra
Vase
¿Terpsícore?
Tu armonía
fío en fe de una palabra
Vase
¿Juno?
Aquel escudo de oro
tiene riquezas tan altas
que pan de ángeles ofrece
Vase
¡Discreción!
Sin juicio me hablas,
viendo que mi entendimiento
conoce el bien a quien ama
Vase
Hermosura.
Del amado
las perfecciones son tantas
que en cada rosa vertida
hallo mil vidas premiadas
Vase
¿Todas me dejáis? ¡Ah, infieles!
Ulises, Ulises;
Vaya
la nave al piélago
Viva
al mar
Clarines y cajas, y al mismo tiempo dice ella con la música.
Las sirenas vagas
confundan con sus halagos
del bronce hinchado las salvas.
Ingrato, te ausentas,
tirano, me matas,
me deja el fuego,
te lleva el agua.
Aquí se verá Ulises con todos los demás navegando en una nave que traerá un fanal encendido, y sobre él, el Escudo del Sacramento.
Atadme al árbol, que explica
muerte y leño; y cera blanda
aplicad a mis oídos.
De la sirena escapa,
Escila y Caribdis, sorbed
la nave en vuestras entrañas.
Ábrense los dos carros.
Confesados los horrores
de las tormentas pasadas,
la nave del mercader
segura su trigo pasa.
Y para que veas, Circe,
que el Escudo que me aparta
de tu nocivo veneno,
de tus hechizos y magias,
es el misterio divino
del Cordero; que en las aras
incruentas, su memoria
nos deja representada.
Mira de Melquisedec
la mesa.
También repara
en el celestial rocío
que al vellocino se encarga.
La serpiente de metal
a la poderosa causa
del imán, que es Cristo, ofrece.
Y la piedra celebrada
del desierto fuente viva
en piedades se derrama.
Montes, mares, peñas, ondas,
brutos, peces, aves, plantas,
Vesubios, ráfagas, Etnas,
sombras, vestiglos, fantasmas,
opio, cicuta, beleño,
centellas, furias y rabias.
Amparadme, defendedme,
pues ya sus victorias canta
contra el encanto el escudo;
y yo diré en mi desgracia:
Ingrato, te ausentas,
tirano, me matas,
me dejas el fuego,
te llevas el agua.
Húndese entre muchas llamas.
Nosotros repetiremos,
navegando con bonanza,
después que la alegoría
tocó del puerto la raya:
Escudo constante
de vida y de gracia,
libra del encanto
de Circe que mata.
FIN
En el folio izquierdo hay pruebas de pluma: "bx", un pequeño dibujo y "La Amiga".
J. M. J. Th. Bar. P. E. V. Aug. Hier. Mis. Anim.
Loa sacramental alegórica.
Para el auto de Música enseña el amor, que se ha de representar en la villa de Madrid en la fiesta del Corpus de este año de 1693.
Sobre la salud del rey nuestro señor (Dios le guarde).
Para la compañía de Agustín Manuel.
La Salud
El Corazón
La Alegoría
La Gracia
La Fe
El Oro
El Fuego
El Dolor
A la salud del gran Carlos,
hijo del milagro grande,
vienen muchos accidentes,
porque un misterio los trae;
no los detenga nadie,
que en la salud del día todos caben.
Sale la Salud coronada de flores.
Yo los detendré, que soy
la Salud, y remediarme
sabré, en cualquiera violencia
que contra mí se intentare.
Por la parte contraria sale la Alegoría coronada de laurel.
No podrás, pues mis colores
toman armas de mis frases.
¿Quién eres tú que pretendes
turbar mis serenidades?
Soy la Alegoría, que
Según enseñan, el Ángel
de las Escuelas y el Maestro
de las Sentencias, con arte
hablo voces que resuenan
en materia bien distante
de lo que el sentido toca
y el entendimiento abstrae.
Pues ¿cómo quieres del día
la sanidad disputarme?
No es impugnarla, es quererla.
¿De qué suerte?
El que repare
que hoy se propone a las almas
la memoria de un amante
herido de su pasión,
tan asaltado de achaques
desde el frío de Bethlehem
hasta el crecimiento grande
de amor en su fin, que unió
todas las enfermedades
del mundo, y con sed ardiente
de remediar tantos males,
por muchas venas abiertas
en un leño dio su sangre,
no extrañará el que yo empeñe
las enfermas calidades
del amar y el padecer,
mayormente cuando ya antes
lo cantó David, diciendo:
Mi corazón se deshace
como cera blanda; todos
mis huesos pueden contarse;
con el sudor me resuelvo
en agua; mi virtud grande
se va secando; mi lengua
en medio de estos volcanes
pegada está a mi garganta,
y hasta a la muerte me traen
este ardor, frío y congoja,
que todo a la letra sale
al encuentro de mi asunto;
y porque nada le falte
a una pasión tan real,
y para que el otro cante
que muchas veces el nombre
conviene a las propiedades
de aquello que significa,
¿ves cómo quiso dejarme
este amor entre distintas
especies accidentales
que le acompañan?
Pues tocas
un punto que ha de tocarme
ponerle en su lugar proprio,
omitiendo disputables
argumentos que en el día
no siempre han de ser constantes,
por mí Isaías responda,
que en profético semblante
a Israel anunció el día
de la salud más amable,
y por ella bajó al mundo,
y en su olor celestiales
vio con los suyos Simeón
el remedio saludable
de todo el género humano,
que sin la vida, cadáver
yacía; y aunque es verdad
que amor, hasta consumarse
nuestro remedio en la cruz
tuvo sus enfermedades,
(que como dicen el Maestro
Sentenciario, y otros padres
fueron injurias, afrentas,
contumelias, y crueldades),
hoy, que instituido queda
el sacramento admirable
para remedio y salud
(como en su tercera parte
el sol Tomás lo declara)
y hoy (el Crisóstomo añade)
que la mesa del Cordero
nos da la vida en su carne,
sin la cual ninguno vive
pues la luz de las verdades
lo dijo por San Mateo,
como quiera que me ganen
los accidentes, un día
de tan altas sanidades,
que el Rey de la gloria vive
con virtudes inmortales,
y el de la tierra, en el mismo
misterio augusto renace
a cuenta de quien fían
su vida y prosperidades,
como el Austria lo confiesa,
y España lo persuade.
Y así entiende, Alegoría
que no cederé, aunque cantes:
Los dos con la música:
A la salud del gran Carlos
hijo del milagro grande
vienen muchos accidentes
porque un misterio los trae;
no los detenga nadie,
que en la salud del día, todos caben:
Verás cómo figurados
accidentes te combaten.
Verás cómo me sosiegan
atributos sustanciales.
Vengan, vengan, unidas mis ideas.
Vengan, vengan, unidas mis ideas.
Lleguen, lleguen intactas mis verdades.
Lleguen, lleguen intactas mis verdades.
Salen por la parte de la Alegoría el Fuego, el Corazón y el Dolor y por la de la Salud, la Gracia, la Fe y el Oro; todos sacarán sus tarjetas. En la del Fuego se pintarán unas llamas, con este mote: Lampades Ignis. En la del Corazón, se pintará él mismo atravesado con dos flechas; su mote: Vulnerasti: en la del Dolor una azucena cercada de espinas; mote: Amore langueo. En la de la Gracia una granada abierta: con esta palabra: Præmititur. En la de la Fe un racimo, y espigas; mote: Ad ritum. En la del Oro una nubecilla que lo llueva: y su letra: Aurum optimum.
Yo que soy el Corazón
que el Esposo en los Cantares
herido dos veces muestra
con la vista penetrante
de su esposa, y sus cabellos,
que sueltos de vanidades
al cuello de mi firmeza
son sortijas de diamantes,
vengo con la misma herida
a buscar si hay quien me sane.
Yo soy la Gracia, y podré
sin dificultad curarte,
pues sacramento es gracioso
el que no se niega a nadie,
mas con distintos efectos;
porque aquel que se probare
a sí mismo, con San Pablo
logra la unión entrañable
de la virtud del misterio
aumentando los quilates
de su amor; pero el que indigno
llega a comer sin juzgarse
es juzgado como reo
de un sacrilegio execrable;
en los Cánticos la esposa
mi empresa podrá explicarte,
con la granada que ofrece
amargura y suavidades,
penitencia es la corteza
que amargo dolor la parte;
gracia es el grano sabroso
que en las mejillas amables
del Esposo y de su Iglesia
a los fieles se reparte;
y con este ejemplo, el que
quiera su remedio, antes,
rompa la corteza, y luego
a comer los granos pase.
Yo que abrasado en las llamas,
y en las lámparas flamantes
del Esposo busco el centro
de eternas felicidades,
siempre voy peregrinando
por moradas eficaces;
no descanso, ni sosiego,
y aunque la quietud me llame,
duermo tal vez, pero está
mi corazón vigilante.
Muchas aguas no han podido
extinguirme, ni apagarme,
y adolezco de un ardor
que me abrasa.
En mí ha de hallarse
el remedio, pues yo soy
el Oro más apreciable,
que en lluvia de beneficios
desde su Cabeza esparce
la fineza del Esposo;
y si tus actividades
quieres que siendo mayores,
te parezcan más tratables,
la Esperanza que en mí tiene
preciosas seguridades,
diga con David; Dios mío,
cuando te invoqué, escuchaste
la equidad de mi Oración,
dilatándome la cárcel
de mi atribulado pecho;
y Salomón la acompañe
diciendo, tus Labios son
una cinta de granates,
tus palabras dulce idioma
destilado de panales,
y templará desta suerte
el incendio en que te abrases.
Y yo que soy el dolor
atribuido a un Amante,
qué remedio hallar podré,
cuando es duro, fuerte, y grave
como el infierno y la muerte
mi Amor; y para guardarme
siendo Azucena, me cercan
de Espinas, que a penetrarme
llegan el Alma: y yo pido
en mi deliquio suave
que me circuyan de flores,
deliciosas, y fragrantes.
Y yo que soy la Fe, y el día
es mío por todas partes,
pues el Misterio de Fe
Milagro es de sus instantes,
te respondo con el Rey
Profeta: tú me alargaste
Dios mío, la protección
de tu salud Venerable,
y con tu diestra amorosa
a mi humildad abrazaste.
Y si está de las Espinas
maltratado tu ropaje
del Pan, y el Vino, al abrigo
puedes, dolor, repararte,
y en la incruenta Oblación,
que para transubstanciarse
pan y Vino en el Cordero
Guarda especies naturales,
y tengo yo el mérito, pues
recibe su cuerpo y sangre
el hombre invisiblemente
y a pan y vino le saben,
que es angélica doctrina
de Tomás.
Su abismo baste
a mí, para convencerme
y al dolor, para aliviarle
y más cuando he reparado
que vienen para ejemplares
de la salud, la granada,
oro y fe, que es un enlace
de católica corona,
que nunca puede arruinarse.
Coronada va la fruta,
el oro es la mejor parte
de las coronas del mundo
y la fe el celeste esmalte.
Aunque eres Alegoría
otra alusión te dejaste.
¿Qué es?
Que Carlos, de dos mundos
es monarca insuperable:
oro el uno le tributa
por la vía de los mares,
el otro mieses y frutos,
y en la Granada abundantes,
siendo reino, se contienen
los demás que se le añaden,
y la fe, que en todos reina,
los hace a todos iguales.
Y pues como Alegoría
ya convencida quedaste,
como Analogía, hoy
te ruego que me acompañes
a una fiesta.
¿Qué es?
Un auto:
que sin metáfora abrace,
una armonía apacible
contra un yerro disonante.
Música enseña el Amor
se intitula;
Y es bien fácil
siendo día de Salud,
y de Amor, que el Amor cante,
voces que se correspondan
al compás de las piedades.
Vamos a empezar.
Espera,
que falta un punto notable
a la introducción.
¿Cuál es?
La loa, que en semejante
aparato; el olvidarlas
fuera desgracia y achaque.
Pues remédiese.
¿En qué forma?
En la de sacrificarte
siendo Salud, a las plantas
de tres altas Majestades,
que armonía amante forman
de Hijo, de Esposa, y de Madre.
Y al soberano respecto
de las acordes beldades
que solo por eco tienen
aquellos milagros que hacen.
Al oráculo prudente
de los regios tribunales,
que hablan por boca de Astrea,
aciertos inalterables.
A la coronada villa
de Madrid, y al timbre grande;
de su ilustre Ayuntamiento
orbe de felicidades.
A la atención de los nobles.
De los doctos a la clase;
Y de la plebe al concurso
diciendo con humildades:
Que pues Salud a todos
os anunciamos
sea un sano silencio
vítor del Auto.
Que las tres Majestades
vivan y reinen
más años que los astros
influjos tienen.
Y los bellos prodigios
que el Sol venera
copiando de sus aras
luz que respeta.
Y los serios consejos
de voces justas
en que Numa prudente
sus leyes funda.
De Madrid coronada
la lealtad noble,
que en la verdad descubre
sus atenciones.
De los nobles y sabios
la ilustre forma
que en materias de ingenio
suple y perdona.
Y pues Salud a todos
os anunciamos
sea un sano silencio
vítor del Auto.
Dan fin bailando.
Este auto sacramental, su título Música enseña el amor, le he leído por mandado del señor don Ilegible y no hallo en él cosa que se oponga a nuestra santa fe católica ni a buenas costumbres, antes bien está escrito con mucho Ilegible y así me parece se le puede dar la licencia que pide. Madrid y mayo Ilegible de 1693. Firma ilegible
Vista la Ilegible del padre Ilegible , doy licencia para que se represente este auto sacramental con tal que no se cante en él cosa que sea profana, ni se Ilegible Madrid a Ilegible de mayo de 1693. Firma ilegible
Memoria de los vestidos que se han de dar para este auto. Primeramente para la Música un vestido de Ilegible , más un tafetán blanco Ilegible , más una bota de Ilegible . Un vestido de Ilegible Para el Ilegible Para Ilegible
Por mandado de vuestra señoría he visto este auto sacramental, su título Música enseña el amor, y no hallo en él cosa que repugne a nuestra santa fe católica, y buenas costumbres, antes bien con mucha devoción y espíritu Ilegible se le puede dar la licencia que pide para que se represente. En este convento de Ilegible de Madrid, a 12 de mayo de 1693. Firma ilegible
Vista la aprobación de arriba, doy licencia para que se represente este auto sacramental, su título, Música enseña el amor, con tal que no se cante en él cosa profana, ni se Ilegible Madrid a 13 de mayo de 1693. Firma ilegible
Personas. Hablan las personas siguientes: La Naturaleza El Príncipe La Envidia El Mundo El Verbo La Gracia
El Verbo Divino
La Naturaleza humana
El Príncipe de las tinieblas
La Envidia
La Memoria
El Deseo
La Gracia
Mundo Gracioso
Jerusalén
Daniel
Jonás
Sidrach
Misach
Abdénago
Pastores
Músicos
Música enseña el Amor
porque llegue el feliz día
en que temple la armonía
los suspiros del horror.
Ábrese un peñasco y sale de su seno el Príncipe, repitiendo la letra.
Música enseña el Amor, etc.
Sonoro enigma que mi ciencia ignora,
luciente anuncio de suave Aurora,
acorde pasmo de mi noche triste,
dulzura que en el número consiste,
qué impresión misteriosa,
qué virtud poderosa.
En mis iras atroces,
caracteres de luz, vibrantes voz,
y quien voraz, sediento
mares de humo surqué, en ondas de viento
pirata de mí mismo
y náufrago primero del abismo,
siendo de inteligencias el contagio
para la eternidad, mortal naufragio,
en cuyo seno, escuela de baldones,
cayeron astros, los que son carbones,
me atormentes, me irrites,
si es que otra vez repites.
Música enseña el amor, etcétera.
Pero, ¿cómo mi rabia,
que es más cruel por conocerse sabia,
huyendo de un pesar imaginado
encuentra todos los que no ha olvidado?
¡Ah del monstruo terrible,
en sus necias desdichas invencible,
en sus triunfos oscuros desdichado,
de amarga palidez alimentado,
desvelo eterno de gemido ronco,
rama de sierpes y de llamas tronco,
rayo funesto que en mi albor sereno
vaso ceniza, y le escupí veneno,
¡ah de mi envidia!
Sale la Envidia coronada de sierpes.
En vano me has llamado,
pues soy tu sombra y nunca te he dejado
desde que al ver más soberana alteza
aspiraste a Criador, siendo criatura.
Es, que en la duda que mi pena siente
cifra armoniosa, en que lo inteligente
descomparado corre,
tu inquietud solamente me socorre,
y mi altivez con vuelo te declara,
que si tú me faltares, te buscara.
Príncipe tenebroso,
cuyo reino violento y pavoroso
ha de esgrimir para inmortal quebranto,
gusanos de dolor, fuego de llanto,
¿qué intentas?, ¿qué imaginas?
Si tu atención inclinas
al concento del mundo,
no dudarás, en que mis ansias fundo,
pues desatando al garbo de mi ciencia
enigmática dice su cadencia:
Música enseña el amor
porque llegue el feliz día
en que temple la armonía
los suspiros del horror.
Aunque no entiendo día tan felice
como una letra cándida predice,
ya la Envidia, que quien conmigo lidia
niega lo bueno, al paso que lo envidia.
¿Mas qué discurres tú, príncipe sabio?
Discurro, que una voz; pero aquí el labio
duros candados de mis yerros labra,
sin poder pronunciar una palabra
que a Israel llegará por Isaías,
viendo Jacob en estas profecías
la palabra del Cielo;
y sin correr a la armonía el velo
aumenta este Profeta mis cuidados,
diciendo que los montes y collados
cantarán alabanzas,
y los troncos con lenguas de esperanzas
aplaudirán en blando movimiento
cláusulas verdes que susurre el viento.
David también dice: Adoraciones
te dé toda la Tierra, y sus canciones
a tu nombre consagre; y antes de esto
persuade en otro texto;
Cantad cántico nuevo acordemente,
y unidas voces vuestro coro aliente,
porque es recta, es perfecta, y armoniosa
del Señor la palabra misteriosa;
Cantad sus maravillas, celebradlas,
referidlas, contadlas,
que yo le alabaré mientras viviere.
Destos lugares mi dolor infiere,
y de otros infinitos,
que no refiero, porque van escritos
y sin duda vendrá quien los comente,
lo que no sé decir, aunque lo intente;
mas ya lo entenderemos,
si el hombre canta lo que no sabemos;
esta Música, pues, que prevenida
antes, que declarada, hoy defendida
de Filósofos oigo, y, sea acaso,
o vaticinio del que temo caso
en la inferior naturaleza humana
después que quiso idea soberana,
que a una mujer temiese
y que entre sombras, a sus pies me viese,
de suerte me atormenta, que imagino
humano acento, y esplendor divino.
rabiosas ansias mi desvelo enciende.
Nada mi pena entiende,
y en la armonía de sagradas letras
yo solo envidio lo que no penetras.
Mas a esta parte llega.
¿Quién?
La humana
naturaleza, y aunque escuela vana
de Griegos, hoy se empeña
en defender que Amor música enseña,
disuadirlo pretendo,
la contraria opinión por mí defiendo,
si es que en similitud, y analogía,
quieren probar que Amor es armonía,
dejarte no podré.
¡Qué mayor pena,
que arrastrar de la Envidia la cadena!
Pues a las empresas.
Al triunfo.
A la victoria.
Con el deseo trae a la memoria;
esclava vil de mis asombros sea,
pues altiva dejó, lo que hoy desea.
Salen la Naturaleza humana y la Memoria, vestidas de luto, y delante el Deseo galán con alas.
Deseo, no vueles, para
al precepto de mi angustia,
si es que manda el infeliz
con la voz que no pronuncia;
detén el vuelo.
Mis penas
son mis alas, y si juzgas
detenerme cuando vuelo,
corta a tu dolor las plumas.
¡Triste memoria!
Tus ansias
no me olvidaron, que nunca
en desgracias poseídas,
pasadas glorias se ocultan,
porque la pérdida sea
con el recuerdo más dura.
Parece que la memoria
más es mía, que no suya.
Yo con el deseo corro,
que él siempre a la envidia busca.
Con dos afectos iguales
memoria, y deseo, asedian
mis lágrimas vergonzosas,
cuantos mis ojos enjugan,
con el fuego que destilan,
sobre las flores que ahuman;
que como a Dios ofendí
tan ciegamente absoluta,
que ni aun tuve, para errante
la detención de confusa;
y a aquella sierpe: (¡Ay de mí!)
postrada al dolor.
Cae y va a levantarla el Príncipe.
(Aparte.)
Acuda
a levantarla, mi engaño;
que siempre intentó mi astucia,
para crecer el despeño
guiar a mayor altura.
¿Quién eres tú, que sirviendo
de báculo, a mi caduca
desgracia, en estado humilde
que el olvido me sepulta
me levantas, y me dejas
más vana, y menos segura?
(Aparte.)
Soy quien ignora (bien dije
pues según Job articula,
la ira da muerte al necio.)
Y prosigue en sus angustias,
la envidia al pequeño mata,
Verdad dijo, no me culpas.
Soy (vuelvo a decir), hermosa
Naturaleza, quien duda,
a fuerza de inteligencia
(que, si la verdad se apura,
poco en lo difícil sabe
aquel que no dificulta),
la sustancia de esa letra,
que antes repitió confusa:
Música enseña, etcétera.
(Aparte.)
Aunque me instan sus males,
no importa que los resuma,
repitiendo la noticia
del crimen con que me adula;
y más, cuando entre sus males
busco ardientes conjeturas.
Cuando misterioso atiendas,
no has de oír lo que procuras,
creyendo en mi comprensión
lo que niegas a tu industria;
mas, no obstante, autorizando
mi inteligencia y la tuya,
en mí por lo que refiero,
y en ti por lo que me escuchas,
oye el suceso que dio
principio a mis desventuras;
y si en mis lamentos
te debiere alguna
atención, no culpes
ansias que me turban.
Del silencio de la nada
sacó la voz absoluta
de Dios, a la armoniosa
perfección cuantas criaturas
despertó el fiat sagrado,
proporcionando las unas
al dominio de las otras,
observando todas juntas
número, peso y medida;
y en la simetría muda
fue música de los ojos
la luz, color y hermosura,
que en varias especies
de la unión fecunda
concordaron todas,
no faltó ninguna.
Midió los cielos, pesó
las aguas, y la caduca
gravedad de tierra y montes
dejó librada y segura
(dice Isaías hablando
de Dios), y David ajusta
la firmeza de los cielos
con la palabra divina
de la boca del Señor,
cuya virtud los ilustra;
el concento de los cielos
contempla Job, y disputa
D. August. de Music.
en mejor edad tendrán
los Sabios sobre sí pulsan
física armonía, y no
ha de faltar Ave Augusta
Africana, que describa
con los Rayos que descubra,
que es el Orden de los Siglos
Un hermoso Verso cuyas
sílabas altas humildes
templadas graves, y agudas
forman Larga consonancia
y en la Universal fecunda
colocación de entidades
Viva elocuencia pronuncian,
Metro de los años
que en minutos funda
Ocios que se lloran,
trabajos que frutan
Esto supuesto (que todo
puede importar, para alguna
música fiel, que quizá
sin Alegoría, anuncian
para desterrar Lamentos
tantas veces de escrituras)
Volveré a la Creación
porque a mi principio acuda;
Salí de la poderosa
mano de Dios, Viva hechura
de su Idea Soberana,
Y en fin tan Imagen suya
Como imitación acorde
de su peregrina, y suma
Virtud, dejando en mí, Cierta
especie impresa, e infusa
de Divinidad, que siendo
ad extra, Grandeza suya,
Comunicarse (Según
que en Literarias Consultas
de Oráculos doctos, bien
será, que el Bien se difunda)
Me hizo capaz de imitarle
en la línea de Criatura;
oh Alta Omnipotencia,
mi horror se confunda
pues iluminaste
a la sombra obscura!
Quedé en la potestad
Regia, sobre las sañudas
Fieras, y canoras Aves,
Siendo su obediencia bruta
tan conforme, que alternaban
el halago sin la injuria,
sin garras la Utilidad
y la Sujeción sin plumas;
Sacerdotisa me vi
e intérprete, de la pura
razón, que participada
Como sacro don que alumbra,
antes era inteligencia,
que se conociese duda;
obedientes los sentidos
a la razón sin la lucha
intelectual, que es campo
de laureles, y disputas,
al plectro del corazón
que el primer aliento pulsa,
y apaga el último, para
llamamiento de la tumba,
blandamente gobernados
del compás de mi ventura,
sin falsas respiraciones,
ataban cláusulas justas,
firme dependencia,
del centro que buscan
líneas racionales,
que corren seguras.
Trascendiendo mansos soplos
inquietas ondas purpúreas,
las hojas de labios tiernos
sílabas eran menudas,
que al sol que entonaban solo
no se deshojaban mustias.
Los arroyos apacibles
que la ardiente arena enjuta
hidrópico vaso bebe,
suspiro fogoso chupas,
entonces todos templados
al punto de su dulzura
clarificaban risueños
cadencias, pausas, y fugas,
y el sonoro paso
de la blanca espuma
hechizo era siempre,
precipicio nunca.
Esta música expresada
con alientos, y figuras
en la sustancia, distintas,
en el modo acorde, una,
oídos, y ojos lograban
contemplando en todas juntas
la obediente perfección
especial de su conducta:
En esta dicha (¡qué poco
las felicidades duran
cuando promete el engaño
lo que la soberbia busca!)
una sierpe (mas la voz
próximo el temor me ocupa)
infestando (en vano el alma
pronunciaciones estudia)
mi quietud (¡ay de mí triste!
no sé qué sombra me turba,
que callo ya en mi desgracia
¡La memoria que me culpa!)
me dejó abiertos los ojos
con ceguedad tan impura
que en la bronca, escandalosa,
fértil, lamentable cuna
de un árbol, donde escupió
áspid fiero, amarga fruta,
discerniendo el bien y el mal
miré mi fealdad desnuda:
perdí el compás de la gracia,
seguí el metro de la culpa,
sin el orden de la luz
tomé mudanzas nocturnas,
dejé el punto, olvidé el canto,
llórelo mi desventura;
¡oh, qué alivio fuera
de mi amarga angustia,
el tener mi llanto
tenor de disculpa!
Pero viendo que en Atenas,
y en otras escuelas muchas,
y defienden que el amor
música enseña; y se fundan
en que la filosofía
es amor de ciencia, a cuya
viva diligencia, que
la comprensión estimula,
se ennoblece intelectiva
la ignorante humildad ruda,
quiero amar nuestra Esperanza,
porque el amor me haga culta,
discreta, agraciada y docta,
mis imperfecciones pula,
y mis cánticos suavice;
mayormente cuando ayuda
Débora a las profecías
que en mi fineza redundan,
y abeja estudiosa, dice
entre judiciarias juntas:
Oíd, príncipes, yo soy
la que cantaré en voz justa
al Señor Dios de Israel
cuanto a su gloria conduzca;
y prosiguiendo este texto
de los Jueces, se apresura
Débora al cántico, y fina
a la alabanza madruga,
aprehendiendo el alba
los candores que usa
a labios que cantan
verdades que juzgan.
Al primero de los reyes,
se dio la señal segura
del reino a Saúl, en que
junto a la encina robusta
del Tabor, encontraría
Pan y vino (¡oh, cuánto alumbran
a mi esperanza estas voces!).
Que después desto le anuncia
Samuel un alegre coro
de profetas, que le infundan
alborozo, con salterio
y cítara; y pues se ajusta
después del pan y del vino
la música, es bien que cumpla
mi pecho con esperar
esta armonía futura,
que con tantas ansias
errante y confusa
solicito en premio
de amor que las junta.
Cuando David subió el arca
al monte Sion, no hay duda
que cantaban en octavas,
porque a Dios, en Sion, le gusta
la música; y si reparo
en que el cenáculo ocupa
la eminencia de este monte,
me será preciso, el que una
música y cena, manjar
de alimento y de dulzura:
Que he de esperar, pues, atenta
a la voz de las alturas;
a sus cláusulas me estreche,
a sus preceptos recurra;
ya mi amor la solicita,
mi estudio no la rehúsa,
los profetas la proponen,
las escuelas la propugnan.
Amor me enseñe las reglas
de la que es música suya;
y cuando benigno
su palabra cumpla,
verás que sus ecos
en gracia redundan.
(Aparte)
(Aparte)
¡Ay de mí! ¡Válgame el vulgo
de mis infernales furias!
Errada naturaleza,
tu idea te desalumbra,
pues de contrarios extremos
el medio imposible buscas
a la pasada armonía
y a la disonancia tuya:
(Aquí importan de mi ciencia
las demostraciones.) ¿Juzgas
que las experiencias son
las que claramente apuran
la verdad, sin que arriesgados
los principios se discurran,
o lo sofístico engañe,
o lo probable presuma?
¿O dudas, que si pudiera
esa música, en que fundas
tu alegría, componerse
otra vez, fuera, sin duda,
comenzando por el orden
natural, uniendo algunas
porciones elementales,
que unidamente confusas,
como primeros principios
de todo ser, dieran alma,
cantidad, peso, y medida
a esa dulce Arquitectura?
Pues mira los Elementos
y verás cuánto repugna
la consonancia que aguardas
con el desorden que escuchas.
¿Qué ves en la Tierra?
Ábrese el quinto carro, y se verá Hyerusalem, representada en una mujer cautiva, vestida de luto, con su cadena, atada a un árbol, de cuyas ramas estarán colgados algunos instrumentos músicos.
¡Ay triste!
tierno el corazón se angustia;
esclava Hyerusalem
en la Babilonia inmunda,
sin olvidar a Sión
en sus sollozos fluctúa;
¿a quién no enternece, el ver
que esta ciudad la más justa
y más amada de Dios,
llore servidumbre dura?
¿Y que se vendan sus reyes
al precio de sus injurias?
al aire entrega el pecho
diciendo cautiva, y viuda:
¡Quién dará a mi cabeza
agua, y de llanto fuentes a mis ojos,
para llorar la que perdí grandeza
sepultada en cenizas de despojos!
Lloraré noche y día
buscando soledad la pena mía.
Sobre la arena torpe de estos ríos
de Babilonia, lloro enternecida
con la memoria de Sión perdida,
corriendo fuego mis alientos fríos.
Entre estos sauces fértiles, pendientes
mis instrumentos armoniosos dejo,
siendo sepulcro trémulo, y espejo
de mudos cuerpos, rápidas corrientes.
¿Cómo podré cantar en tierra ajena
cánticos del Señor a oídos broncos
que menos blandos que insensibles troncos
redoblan el rumor de mi cadena?
De mi diestra me falte la memoria,
y mi lengua se pegue a mi garganta,
si en tanta esclavitud, si en pena tanta
olvidaré los siglos de mi gloria.
Hyerusalem cautiva
su voz al aire entrega,
y es llanto repetido
el eco que venera.
Ciérrase el carro.
¡Qué sentimiento! ¡Qué ansia!
¡Qué dolor!
¡Qué desventura!
La envidia es fuego, pues no hay
perfección, que no consuma;
y así yo le manifieste
para que en las llamas luzca.
¿Qué ves en el fuego?
Ábrese el 2.º carro, que será un horno ardiendo, y entre sus llamas se verán los tres niños paseándose.
Cielos,
¿que esto vuestra piedad sufra?
Sidrach, Misach, y Abdenago,
porque adoración tributan
a Dios, despreciando aquella
que la idolatría usurpa,
en culto de altiva estatua,
que fácil cimiento ocupa,
pies de barro para el golpe,
y de oro madejas rubias
para la lisonja, al horno
de Babilonia se arrullan,
y salamandras amantes
dicen con voces maduras:
Daniel cap. 3.
Bendito seas siempre
Eterno Señor,
y de nuestros Padres
Poderoso Dios.
Porque en todo guardas
justificación,
tus obras enseñan
la verdad mayor.
Todos tus juicios
verdaderos son,
y tus sendas guían
sin desliz ni error.
En Hyerusalem,
y en nosotros vio
sombras y delitos
tu justo esplendor.
Lisonja son los incendios
para nuestro corazón.
Dios con su rocío templa
la actividad del ardor.
Contra nuestra fe, las llamas
no tienen jurisdicción.
Bendito seas siempre
Eterno Señor,
y de nuestros Padres
Poderoso Dios.
Ciérrase el carro.
Mira al viento, y sus horrores
a tu esperanza concluyan.
Ábrese el carro 3º, en que se verá Daniel dormido sobre un peñasco y desde unas nubes elevadas bajarán cuatro vientos, que respirarán sobre las cuatro bestias, que pinta el mismo profeta en su capítulo 7.
Daniel, profeta sagrado
(mi vista y mi voz se inmutan),
de cuatro vientos furiosos
que mares y montes turban,
sueña la visión, en que
de cuatro bestias sañudas
a lo misterioso atiende,
diciendo en la noche oscura:
como soñando =
En confusos desalientos,
soñada verdad, me asombras,
pues siendo monstruos las sombras,
imágenes son los vientos.
En cada fiera imagina
el susto un tirano dueño,
siendo el golpe de mi sueño
amago de su ruina.
(ciérrase el carro)
Del cielo en la amenaza,
el sueño del profeta
descubre cuatro vientos
que bajan a la tierra.
¿Qué ves en el agua?
(Ábrese el 4º carro, que será un mar borrascoso con un navío, y Jonás fluctuando entre las olas.
Veo
que el profeta Jonás sulca
tribulaciones de nieve,
inquietudes de amargura;
arrojado de la nave
que en la tempestad fluctúa,
dice, convocando escamas
sobre el rostro de la espuma:
Mi obediencia constante,
en volubles espejos,
sombra mira de llanto
que hilan mis ojos y que teje el viento.
A Nínive camino,
para voz de los cielos
y anunciar una ruina
que no deje memoria de su aspecto.
Arrojado del débil,
vano, veloz tropiezo,
que nunca va seguro
siendo portátil máquina de riesgos.
A ti, Señor, te invoco
y que me oigas espero
en las contrariedades
desta lid de cristal, campo de ruegos.
De flujos y reflujos
entre los movimientos,
son mis ojos perennes
amargas fuentes del dolor que bebo.
A mi cabeza inundan
ofensivos reencuentros,
dudando en canos rizos
si son espumas o si son cabellos,
y aunque tan apartado
de tus ojos me veo,
Señor, en ti confío,
vuelva yo a ver tu soberano templo.
De la nave le arrojan
al que justo navega
y el mar que le recibe
su lágrima venera.
Ciérrase el carro.
Aparte.
No espere dulces concentos
tu mal fundada opinión,
cuando disonantes son
los primeros elementos.
Vuelve a tu infausto gemido
que el orbe civil alterna
y en una desgracia eterna
sea tu pena el sonido.
Mi malicia enfurecida
busca en el alma culpada,
llanto de desesperada,
no dolor de arrepentida.
¿Qué imaginas?
Que aunque veo
discordia tan disonante,
espero dulzura amante.
¿Quién la ha de oír?
Mi deseo.
Naturaleza, no estoy
para oírte en este estado.
¿Por qué?
Desde que has pecado
tras de mi antojo me voy.
Rayo de la posesión
para el dolor, que respiro.
Desde que esclava te miro
no obedezco a tu razón.
Vase.
Su esperanza desvanece
este rebelde Profeta.
Sí, que siempre es el deseo
quien primero te obedece.
¡Ah, injusto, ah, traidor, tu gloria
desobedeciendo pierdes
y porque de mí te acuerdes,
vaya tras ti mi memoria.
No le sigo.
¡Dura suerte!
que no puedo persuadirte!
No, porque quiero afligirte,
sin que llegue a obedecerte.
Todo afecto es enemigo
en la desgracia mortal.
¡Ah, tirana! ¡Ah, desleal!
Siempre he de quedar contigo;
que en bienes que has de llorarlos,
para volver a tenerlos,
más que el susto de perderlos,
es el dolor de acordarlos.
Aparte.
La música prometida
que siempre hiere a mi oído
Voy a escuchar, escondido
con el disfraz de la vida
humana; que el Adversario
del hombre, para vencer
suele vestirse, y mover
las armas de su contrario.
Quede sola y sin disculpa
la torpe indigna querella;
mas yo no me aparto de ella
estándose ella en su culpa.
Vase.
A mi Príncipe emulando,
seguiré su rumbo mismo,
pues soy sombra del abismo
y siempre voy tropezando.
Vase.
Conturbado el corazón
suspira entre mis temores.
Velad, hermanos pastores,
porque un valiente León
va por el monte buscando
a quien despedace hambriento.
¡Qué susto, qué desaliento!
Sale el Mundo como despeñado desde un risco.
El Mundo viene rodando
porque llegué a ser tan leve,
que en el Etna de mi cara,
el menor gusto me para
y cualquier rumor me mueve.
Mundo, ¿quién te despeñó
con descompasados modos?
Es que yo ando como todos,
y todos van como yo.
¿Cómo a tu serio poder
la indigna burla le alcanza?
Metiéndolo todo a chanza
nada tengo que perder.
Nadie habrá que te disculpe,
cuando tu risa castigue.
Si el que me culpa me sigue,
no me siga, o no me culpe.
En esta angustia cruel
de ti mis ojos se alejan;
Muchos hay que al mundo dejan
por estar mejor con él.
Eres mordaz, pero siendo
en tu verdad, tu castigo.
Si es cierto que verdad digo,
creeré que soy otro mundo.
Mi cítara vuelta en llanto,
o mi armonía en lamento,
sea la voz del tormento
respiración de mi canto.
Señor, al Cordero envía
dominador de la Tierra,
de la piedra del desierto
hasta el monte de la bella.
Cant. 1.
hija de Sión; suaves
ósculos, tu boca tierna
principio de mi armonía
dulcemente me conceda,
porque mejor que no el vino
es de tus pechos el néctar,
y sobre aromas sedientos
fragrantes ungüentos siembran,
por más que repita el monte
cuando fiero león nos cerca.
Tenga Dios gloria en los cielos,
y paz el hombre en la tierra.
Pero ¿qué voces alegres?
Pero ¿qué armonía nueva?
Que música nunca oída
dice en viento, en monte y selva.
Tenga Dios gloria en los cielos
y paz el hombre en la tierra.
No sé qué favor concibo
de estas cláusulas, que internas
me inflaman; y a entender vengo
que ya de Isaías llega
la música prometida,
pues los cielos la comprueban;
ecos de alegría esparcen
los extremos de la tierra:
en los claustros de los montes
las alabanzas resuenan,
los collados y los troncos
el júbilo representan;
unos con acentos de hojas,
y otros con voces de peñas;
y yo tan otra me juzgo,
que en la pauta de serena,
creo que un hombre del cielo
busca a mi naturaleza,
corramos tras el perfume
de los aromas que eleva,
pues tres veces me ha llamado
esposa.
Y con tres diademas
te busca ansioso.
Sin duda
la voz de mi amado es esta.
Saltando viene en los montes.
Y por los collados trepa.
Vamos a encontrarle.
Vamos,
mientras repite la letra:
Vanse.
Tenga Dios gloria en los cielos
y paz el hombre en la tierra.
Id vosotras a buscar
a ese, que las ansias vuestras,
o como palabra aguardan,
o como nuncio esperan,
que yo al compás de mis gustos,
entonando ligerezas,
cantaré engaños, que son
las cláusulas halagüeñas,
que grita la adulación,
y la malicia vocea.
¿Yo aprender música? No,
que en mi desorden, no asienta
bien, la habilidad que ocupa,
sino el delito que suena;
estudien los desdichados,
que a mi vanidad, le cuesta
menos, el ocio que logra,
que el trabajo que desea;
y así los que aman y cantan,
repitan enhorabuena:
Sale un coro de pastores cantando y bailando, y después el Verbo divino con la Gracia vestida de blanco, y todos adorarán al Verbo.
Ea, digamos alegres
con júbilo y fiesta
adorémosle, adorémosle,
que en la casa del pan
y portal de Betlehem
la eterna palabra
resuena muy bien.
adorémosle, adorémosle.
Canta
Estos son los pequeñuelos
que mi amor les manifiesta
lo que a los sabios esconde,
porque con eso se entienda,
que una humildad resignada
es una virtud discreta,
y obligado de ella, quiero
decirles de esta manera:
Oíd, oíd pastorcillos,
cándidos, sencillos
la tierna música,
que ha de ser lírica
y última ley,
de quien canta amoroso, rendido, obligado
del pellico, redil, y ganado
con voz que resuena en el trono de su Rey,
¡ay, ay, ay!,
que yo lo diré
escúchenme, escúchenme,
no se pierdan las voces
del que canta bien.
Humilde traje
que me enamora con tu candidez
y al alma de las vidas
llegas a encender,
¡ay, ay, ay!,
que yo lo diré.
Decoro bello
que me sujeta a tu especie fiel,
y el color de los montes
te dejó cortés,
¡ay, ay, ay!, que yo lo diré.
Al mediodía
buscas la sombra del mejor ciprés,
y a tu fin contemplando
huyes del laurel
ay, ay, etcétera.
Humildad pura
tierna azucena del feliz vergel,
que inclina tu cabeza
a adorar mis pies
ay, ay, ay, que yo lo diré
escúchenme, escúchenme
no se pierdan las voces
del que canta bien.
Turbado quedo a esta luz
que luce entre mis tinieblas,
sin que me sea posible
el que su esplendor comprenda.
Mundo, ¿cómo así te apartas
de la debida obediencia
al Verbo, que se hizo carne?
¿Por qué a sus plantas no llegas?
Porque yo no le conozco.
Fábrica eres de mi idea,
¿y no conoces al que
quiso, y pudo hacer que fueras?
Yo soy Cordero de Dios
que quito las culpas feas
del mundo; y el que quisiere
seguir de mis voces tiernas
la armonía soberana,
tome su cruz, porque en ella,
bronca cítara, pesada,
que templará mi fineza,
hiriéndola flacos hombros
con el plectro de mis venas,
cantaré siete palabras
amorosamente tiernas,
de suerte, que aprisionando
las plumas de mi grandeza
(que no será novedad
que piadosa alas tenga
para congregar polluelos)
cisne verdadero sea,
que para que el hombre viva,
cantando de amores muera;
pero perdida y errante
la humana naturaleza
con deseo, y con memoria
camina, con que se acuerda
de lo que un tiempo perdió,
y de lo que ahora desea.
(Vase)
Para que vuelva a tus ojos
yo que soy la gracia eterna,
tan tuya, que soy espejo
que hace brillar tus ideas,
la guiaré.
Y aquí vendrá
la voz de Pablo a la letra
cuando diga: que yo huiré
porque al fugitivo vuelva
a mi presencia amorosa;
bien así, como el que lleva
delante su sombra misma,
que para que la detenga,
y para quitarla el ser
sombra, en la tierra se estrecha.
Y cuanto se agobia más
menos de sombra la dejas;
pero ya viene mi Amada
que siempre el Alma me encuentra
amante, y Esposo cuando
en gracia, y con Amor vuelva.
Sale la Gracia y siguiéndola la Naturaleza con gala muy rica, la acompañan Deseo y Memoria.
Sígueme, sígueme
Naturaleza
que el Autor de la Gracia
con fina eficacia
de amante destreza
te dice conmigo.
Ven, querida, a tu Bien
ven, ven,
Esposa graciosa
que Amor que te ruega,
canta, llora, suspira, gorjea
y en Cielos y en Tierra
los Astros, las Luces,
las flores, las perlas,
cánticos envidian
lágrimas aprecian.
Canta el Verbo atado
a la humana Regla,
sin salir del orden
de pasión y penas,
Llega, llega,
que Amor que te ruega
canta, llora, suspira, gorjea,
Cuanto lo suspiro
es para que vuelva
en mi aliento libre
tu correspondencia.
Llega, llega ya.
Llora su cariño
al ver tu tibieza
que en desvíos vanos
se andaba grosera.
Llega ya.
Dulces mis gorjeos
oyen las Estrellas
y aprehenden ternuras
las Inteligencias.
Llega, llega,
que Amor que te ruega
canta, llora, suspira, gorjea,
y en Cielos y en Tierra,
los Astros, las Luces,
las flores, las perlas
cánticos envidian
lágrimas aprecian.
Ven presto.
Con tu luz, que es vida
no erraré.
Póstrase a los pies del Verbo.
Toda eres bella,
con la Gracia, Esposa mía;
llega a mis brazos.
Abrázanse.
La estrecha
unión parece armonía.
Interesada concuerdas
Un misterio, que con voces
sobre sensible material,
te explicará las dulzuras
de consonancias eternas;
y para que manifieste
mi amor la enseñanza, y sepan
su música los mortales,
olvidando las severas
lamentaciones que fueron
de una caída cadencias,
desciendo como palabra,
que la mente sempiterna
habla con limpia expresión
en cándido origen, muestra
el Padre que es la luz misma,
que en su imagen reverbera,
cuya producción vigila
que es principio en la influencia,
no causa (como Tomás,
el Ángel de las Escuelas,
explicará en el idioma
latino, contra las griegas
frases, que errores pronuncian);
y volviendo a la propuesta
armonía, para que
en similitud, se ofrenda
lo que defiende mi esposa
inspirada de mi idea.
La música se reduce
a tres voces, que son estas:
ut, mi, sol, en que se funda
cuanto el sonido concuerda;
y aquí del Misterio Trino
la consonancia se prueba,
pues las tres voces distintas
componen sola una esencia
de armonía; y siendo así
que lo dejaré por prenda
de mi amor, un sello vivo
de la divinidad mesma,
música sacramental
una será, que a la interna
de Dios imite, y por eco
a la música fiel tenga
del humano corazón;
que sentidos y potencias,
echando el compás la gracia,
cantarán, como a la letra
Pablo lo dirá también.
Y en las tres voces propuesta
tendrán la fe, la esperanza,
y la caridad, su nueva
música; la fe, en el ut,
que es el que funda y gobierna
la armonía; la esperanza
en el mi, que es la voz media
en el arte de cantar,
y la de mayor firmeza;
la caridad, en el sol,
contralto que a la soberbia
del alto Luzbel castigue,
y con estas evidencias,
la naturaleza humana
por mi Voz se desempeña,
puesto que trazó el Amor
mi desposorio con ella,
hallando una Mujer Fuerte
de los Valles Azucena,
cuya inclinación humilde,
como su Cántico prueba
con la palabra de Esclava
me trajo Verbo a la Tierra;
y siendo así, que infinita
distancia hay, desde la inmensa
Naturaleza Divina
a humana Naturaleza,
pasé toda la distancia
uniéndolas, de manera
que soy hombre, siendo Dios,
que poder, Amor, y Ciencia,
en cuanto a manifestarse
tuvieron por conveniencia
este lazo misterioso
de las dos Naturalezas,
pues esta es la prodigiosa
Música de Amor, en esta
ha de probar Augustino
de la numerosa Viola
del Concento, el ritmo, dando
definición, que establezca
lo acorde en lo disonante,
lo grave, en lo agudo, y tenga
el número Vaso, Voz
alta, que templarlo pueda
En tanto que caminando
voy por las áridas Sendas;
y entre las nubes de Espinas
deshojadas Rosas lluevan,
Cielo, que empape una mano,
Sol, que una muerte oscurezca,
estos Cándidos Pastores
me alaben, porque se vea
que la Voz de los humildes
es la que mejor me suena.
Todos conmigo igualmente
la Enseñanza te agradezcan.
Cantan.
Vanse.
E digamos alegres
con júbilo, y fiesta
adorémosle, adorémosle,
que en la Casa del pan
y Portal de Bethlem
la Eterna Palabra
resuena muy bien.
Caminen muy en buen hora
por las incultas veredas,
donde no hay Risco, que no
vista Zarza como suegras,
como Dueñas calce abrojos,
que son perniciosas Hierbas,
que por enfermo Vómito
cuando Purgas me recetan;
vaya el Músico a lucir
con su Voz, que si las señas,
y el Testimonio que da
de su luz, se considera
Voz del que clama en desierto.
podrá ser, que turbas necias
le llamen Samaritano,
y que tiene diablo.
Salen el Príncipe, y la Envidia.
Sea
el Mundo, quien desta duda
nos saque.
Las otras muestras
experimente, si acaso
con la ignorancia nos deja.
Con miedo voy, pues parece
que el monte dio por respuesta
de un diablo, dos malas caras;
¿dónde huiré que no me vean?
Quiere apartarse, y le detiene el Príncipe.
Detente, móvil teatro
de la vida, cuyas escenas
en ceniza vil acaban,
y por llama ilustre, empiezan;
foro donde mis engaños
con bello color se expresan,
siendo a la vista de un punto,
sombra, ilusión, y apariencia;
delicioso globo, en cuya
variable inconstante rueda
el que sube más asido
cae con mayor violencia:
primer valiente enemigo
del hombre, que en tu palestra
riges por espadas, flores
y lucias plumas por saetas;
en fin Mundo, que mi amigo
eres, desde la primera
lid campal, cuyo triunfo
me ayudó en armas tiernas
un árbol alimentado
de la infancia de tus venas,
oye, escucha.
Tus razones
son tan mías, que pudiera,
con motivo de escucharlas,
obligarme a defenderlas;
y aunque he perdido los ojos
lechuza de las miserias,
tu voz me declara, que eres
Príncipe de las tinieblas.
Oh, Príncipe poderoso
en el mundo.
Es evidencia
que tú eres su Envidia, pues
solo del poder te acuerdas,
¿qué mandas Príncipe adulto
del caos eterno, en que abrevias
el nunca medido cuerpo
disforme, de tu soberbia?
¿qué quieres?
¡Ay infeliz!
mi desgracia es tan violenta
que lo que hablo como alivio
lo interpreto como ofensa;
de forma, que aunque procuro
pasar la vista a la lengua,
de la presunción me arrastro,
y me rindo a la evidencia.
Di, ¿qué viviente prodigio
agoniza a tu espalda seca
a quien la tierra y el cielo
rinden unida obediencia?
Rústicos pastores cantan
con harmonía tan nueva,
que ya sus albogues rudos
son cítaras de las selvas.
Una estrella envió el cielo,
y aunque mi altivez inquieta,
viendo tres adoraciones,
tres majestuosas ofrendas,
movió al corazón de Herodes,
para que en víctimas tiernas
bárbaro cierzo agostase
la purpúrea primavera
de tantas flores benignas,
que aun no había por pequeñas
arrancado la malicia
del vergel de la inocencia,
hoy corro mayor borrasca
tan en mi fuego deshecha,
que viendo a unos pescadores
salir del mar a la tierra,
dejando sus redes, para
celosía de la arena,
me anego en golfos confusos
de amargas dudas; y apenas
voy midiendo la distancia
del tiempo, sin que se pierda
la atención de los discretos,
(pues a las sacras empresas
miro como sucedidas
fuera de la contingencia)
veo, que a Hierusalem
un hijo del hombre llega,
que según presumen, es
alguno de los profetas;
entre palmas, y entre olivas,
triunfos, y paces celebran,
diciendo para mayor
confusión de mis tristezas:
Bendito el Rey que viene
en nombre del Señor,
su paz canten los cielos
en gloria de su acción.
¿Qué dices Mundo, que infieres
de aqueste hombre, a quien festeja
tanta populosa turba
vana, y fácil?
Yo quisiera
seguirle, y con esto ya
te doy la mejor respuesta.
¿Por qué?
Porque todo el mundo
va tras él, y en mi conciencia
debo seguir al seguido,
que esta es del mundo la regla;
pero lo que he reparado
(si es que las voces horrendas
de los que compran deleites,
y pregonan penitencia
dejaron ocioso, algún
martillo, de mis orejas)
es, que la voz de este hombre,
que no he conocido, llena
tan dulcemente mis senos,
que un difunto se espereza
del sueño, en que ya su vida
durmió para cosa muerta!
Ya volvió en sí, y sacudió
la ceniza soñolienta,
en que su memoria sana
el polvo presente observa.
Grande fue el prodigio; ¡oh quién
de obrarlo el modo supiera!
Es, por extraño camino,
que fue esta maravilla hecha,
pues cuando en aquellos tiempos
los muertos se desentierran
para matar a los vivos,
en este caso, se prueba,
que hay quien anima a los huesos,
por dar vida a su nobleza:
¡Ah, pese a mi rabia! ¡Oh, pese
a mi furia! ¡Oh, nunca oyera
los ecos, cuyo compás
las palmas y afectos llevan,
repitiendo, para nuevo
castigo de mi fiereza:
Bendito el Rey que viene
en nombre del Señor,
su paz el Cielo cante
en gloria de su acción.
En este confuso abismo
donde la desdicha nuestra
camina a la disonancia,
y en la armonía tropieza;
en este mar proceloso
de prodigios, donde huella
de luz estampa, el que hombre
pasiblemente navega;
Dígalo el suceso (¡ay triste!)
de haberse creído, que era
fantasma del aire, que
sobre la cerviz traviesa
del mar, calzado de espumas
batía plumas ligeras,
y el haber librado a un pobre
pescador, que a la funesta
verde bóveda del agua
en fe se arrojó de piedra;
y dígalo; pero ¿cómo
mi inflexible altivez fiera,
no desmiente lo sabido,
para que asombros desmienta?
Ea, Envidia, mordaz viento
de la que piso tormenta,
sin que espere más bonanza
el buque de mi soberbia,
desde que arrastró mi proa
tanto piélago de estrellas:
Ea, Mundo, desde hoy
tremolemos las banderas
en que alistados los vicios,
que mi ardor capitanea,
las virtudes se abandonen,
y las fealdades se atiendan.
Yo ofrezco encender el pecho
de la gente farisea.
Juan 12.
envidiándole sus glorias,
al ver, que ya no aprovecha
su hipocresía, y que el pueblo
a ninguno reverencia.
Yo daré los instrumentos,
y armas, para que le venzas;
bronces tengo, fierros, y oro,
cruz doy, clavos, y monedas,
para que algunos le compren,
y para que otro le venda;
Pues coligados.
Unidos.
Vea el cielo,
el mundo vea,
que exhalando testimonios,
que sepultando reverencias,
que sembrando cizaña
se rinde a las armas nuestras.
A la lid.
A la batalla.
Al campo.
A la competencia,
todo el abismo me anima.
Todas sus llamas me alientan.
Todos mis visos pronuncian.
Cajas y clarines
Arma, arma.
Arma, arma,
Guerra, guerra.
Guerra, guerra.
y sordos los pechos,
en iras deshechas,
digan en fuego, y viento, en agua y tierra
Arma, arma, guerra, guerra.
Vanse: y salen el Verbo, y la Naturaleza; y se verá un manzano.
Cant. 1.
Amada esposa mía,
de cuyos labios, néctar, y ambrosía
recogen las abejas, y las flores;
tú, que esparciendo olores
de adquiridas virtudes peregrinas
eres reina de nácar entre espinas,
venciendo a los aromas elegantes,
aprehende tiernos cánticos amantes,
que de tus pechos la verdad hermosa
cándida explique, cante deliciosa,
contra las engañosas lamias fieras
de las aulas del mundo lisonjeras;
para cuyos delitos,
castigos infinitos
cuando león terrible;
rayo seré de luz inaccesible,
y majestad airada,
que esgrimiendo los filos de mi espada,
sin perder mi justísima armonía
les negaré la claridad del día.
Querido esposo mío
que dejándome libre el albedrío,
(¡oh suavidad del yugo que me pones!)
porque al mérito fragüen mis acciones,
sin que violencias de injusticia tema,
quieres, que yo me labre mi diadema,
yo cantaré amorosa,
y mi garganta imitará gustosa
el coloquio suave que me enseñes;
y ahora te pido, que me desempeñes
con la enseñanza de el amor propuesta;
Ven a la sombra de este tronco, a ver
donde te desperté, y donde perdiste
eco inocente con malicia triste.
Hoy a la sombra suya
quiere mi fino amor, te restituya
la celeste armonía,
que sea gloria tuya, y pasión mía.
Al árbol llego con temor y espanto.
Siéntase debajo del manzano.
Figura es de la regla de mi canto;
no temas, pues la música que enseño
tendrá por voz a un sol, por pauta un leño.
Obedeciendo llego temerosa,
porque aunque bella soy por ser tu esposa,
soy negra, si reparo, si repito,
que el estímulo ardiente del delito
me enferma, aunque el espíritu se aliente.
idem 8.
Pues ponme como sello permanente
sobre tu corazón; que el amor fino
ha de ser fuerte; mas por el camino
de mi luz, que infinitas sendas tiene.
Vienen cantando los pastores.
Dentro.
Suene
la música, cantemos y bailemos,
y al triunfante y bendito coronemos.
Salen los pastores cantando y bailando, con ramos de oliva, flores, y palmas, que ofrecerán arrodillados a los pies del Verbo.
El que tiene en sus labios
la gracia bella,
el que es flor de los campos
bendito sea.
Al que tiene a sus plantas
palmas, y olivas,
como a rey le corone
nuestra alegría.
Lirios, claveles, y rosas
son las ofrendas que admito
de vuestras manos, por ser
todas flores que he previsto
como figuras fragantes
de mis dolores esquivos.
A duro cierzo de azotes,
a fría cadena asido,
echaré funestas hojas
de claveles fugitivos.
Al pesado movimiento
de una mano, en rostro limpio
cinco disfrazadas hojas
dejarán abierto un lirio.
Las rosas en mi cabeza
han de tener dos oficios,
viendo entre espinas y nácar,
rigurosamente unidos
verde ejército de puntas,
campo de púrpura vivo.
Mi gloria al oír tus voces
en pena se ha convertido.
Siempre te amé, y hasta el fin
tendrá mi amor su ejercicio.
Id en paz, y acordaos siempre
de mis voces pastorcillos.
Con la música.
Con esa memoria vamos
diciendo alegres y unidos:
El que en sus labios tiene
la gracia bella,
el que es flor de los campos
bendito sea.
Vanse los pastores.
Aunque a muchos llamé, aquestos
pocos, son los escogidos.
Humildes son.
Por si acaso
ignorares tu principio,
bellísima Esposa, sigue
de cándidos corderillos
las huellas, junto a los pobres
rudos albergues pajizos
de los pastores.
Así
mi humildad he conocido.
Pero pues llega la hora
del último aliento mío,
a cuyo triste suceso
en volubles torbellinos
ha de temblar la tierra, abriendo
pardos dientes de sus riscos,
quiero darte una lición
para la música.
Herido
de tu agonía, mi pecho
derrama amantes suspiros,
y tus manos que están hechas
a torno, me han parecido
nevados ecos que explican
mi pena, pues las diviso
llenas de amorosos ayes
con las flores de jacintos.
Gracia, Deseo, y Memoria
han de ser los puntos fijos
con que ha de cantar tu lengua
el glorioso metro, el fino,
que en siete números, tenga
accidentes del sentido,
que sin sujeto acompañen
al que de palabras cinco
atienda a la forma, y baje
a la dimensión ceñido,
de suerte, que aunque dividan
los accidentes, él mismo
que estaba en el todo, esté
en las partes indiviso;
cuerpo que realmente suene
en cada una escondido.
Ese es notable misterio.
Será de fe; y aquí elijo,
que tu deseo me busque
sin verme.
Sale el Deseo
No voy perdido
buscando al dueño amoroso
de mis potencias. Amigos,
¡hola, hao!, ¿ah de la sierra?
Dentro la Gracia cantando
¿Quién llama?
El que arrepentido
subió por las asperezas
de este monte, y busca al mismo
que le ama.
Sale la Gracia y canta
(Guíale hacia el Verbo)
Sígueme, sígueme
que yo te guío
para hallar las dulzuras
que el Amor canta,
debe todo Deseo
llegar en gracia.
El que vista la gala
de penitente
probará las delicias
que el Amor tiene.
Pruébese pues el hombre
no llegue reo,
comiéndose el juicio
contra sí mismo.
Feliz, Señor, quien te halla.
Nunca por este camino
de rectitud y de paz
me perderás.
Sale la Memoria.
No me olvido
de este Músico que pone
en consonancia al cariño.
La Memoria, cuidadosa
viene también.
He querido
venir como memorial
al círculo a que me ciño,
porque tenga quien me logre
memoria del beneficio,
y se acuerde mi pasión.
¡Muera, muera!
No hay delito
en él.
[Levántase]
Pero, ¿qué alboroto
es este?
[Arrodíllase]
Pues es preciso
que pase por mí, este cáliz
de amargura, Padre mío,
cúmplase tu Voluntad.
¡Qué terneza!
¡Qué cariño!
A una parte el Príncipe y la Envidia.
A prenderle llegan ya.
Pero, ¿qué es esto que miro?
Junto a un tronco (¡ay de mí triste!)
orando (¡rabias innatas!)
está, cuando un Árbol fue
Cátedra del precipicio
del Hombre!
Llega a quitarle
la Vida.
Aunque más me animo
no puedo, porque en este hombre
he descubierto unos visos
de prodigioso, mas nunca
les comprendo lo Divino.
¡Muera, muera!
[Levántase]
Esposa amada,
este tropel, este ruido
es de mi prisión anuncio,
de mi muerte último indicio;
dame los brazos.
De pena
en sollozos repartidos
mi corazón, por los ojos
habla el idioma de vidrio.
[Canta]
La paz de mi boca
se quede contigo
y el Bien de los bienes
tesoro escondido.
Tus campos bañados
del blanco rocío
a Ruth acrecienten
las mieses del trigo.
Caleb en tus viñas
envidie racimos
que nunca los talen
los brutos ni el frío.
A fin de que vivas
morir solicito,
y por que me goces
de ti me despido.
¡Qué sentimiento!
¡Qué ansia!
¡Qué inocencia!
¡Qué martirio!
¡Qué ira!
¡Qué furia!
Mi cuerpo
bañado de sudor frío
dejó impresos en la tierra
caracteres sensitivos;
vamos luego a practicar
los misterios ofrecidos,
en que sean las palabras
números de lo infinito.
¡Qué escucho!
¡Qué oigo!
Sin duda
hoy con la música dimos.
Seguidme.
Tan deseable
eres, esposo querido,
que tu suave garganta
da aficiones al más tibio.
¡Oh, amante músico, ya
tu voz y tu amor seguimos!
Vanse.
Sobresaltos, confusiones,
miedos, horrores, abismos,
llamas, incendios, Vesubios,
sustos, afanes, peligros,
me amenazan.
Me circuyen.
En tal pena,
en tal conflicto,
solo las iras del pueblo,
solo del vulgo los gritos
¡Muera, muera!
Me sosiegan.
Mas a otra parte escondidos
veremos el fin de aquella
música, encanto y hechizo.
Retíranse a una parte. Sale el Mundo como alborotado.
En el confuso desorden
donde es virtud el arbitrio
facilitándose el odio
al paso de lo que envidio,
precipitado y furioso
con el rumor incentivo
de todos los que me llaman
parte de sus desvaríos,
(como si acaso ignorasen
que engaño en cuanto convido)
padezco entre varias turbas
el achaque de ofensivo,
pues aquel hombre que excede
al conocimiento mío,
diciendo que de este mundo
no es su reino, y que ha venido
a fin de dar testimonio
de la verdad, nos predijo
que vendrá día en que digan
sus sañudos enemigos:
"Montes, caed sobre nosotros,
y con nocturnos vestigios
romped, soberbios collados,
el árido claustro frío
que nos fabrique a fragmentos
de peñascos desasidos,
sepulcro de eterna infamia,
cuna de ardientes suspiros";
todo es clamor, todo es susto,
cuanto en mi centro diviso;
del poder me sobresalto;
del gusto me atemorizo;
temo lo mismo que intento;
culpo lo propio que elijo.
Pero fatigado el joven,
de su dolor atraído,
de paz enarbola un leño
y en el sangriento camino
cayó tres veces.
Salen la Naturaleza, Memoria, y Deseo llorando, y luego la Gracia, y el Verbo vestido de Nazareno, que caerá al salir, y le ayudarán a levantar la Gracia, y la Naturaleza; traerá una cruz hecha en la forma de una cítara, en el clavo del pie estará el Libro del Apocalipsis cerrado, y desde él, se extenderán hasta los brazos de la cruz, siete cuerdas de diversos colores, y a cada una le corresponderá un sello en lugar de clavija.
Canta.
Las cuerdas
falsas, de tantos delitos,
pesan infinito más
que el instrumento que rijo.
¡Oh, sonoro instrumento,
hoy a tus cuerdas fío
delicados primores
que sostiene el cariño!,
de los cedros más altos
(¡oh, dulce leño mío!)
sobre excelsos verdores
han de verse los siglos.
Rojo estandarte sacro
serás de mis dominios,
y a la voz de tu insignia
se postrará el abismo,
y aunque duro acompañas
a mi cuerpo rendido,
después por el contacto
resonarán prodigios,
por timbre he de guardarte
del triunfo que consigo,
y subirás de punto
clave del Paraíso,
¡ay, gloria del alma,
pena del sentido!,
no me dejes, no,
pues los ecos míos
cláusulas han de ser
eternamente
de angélicos coros,
de espíritus dignos.
¡Quién no se enternece al ver
(¡ay, amado dueño mío!)
que cantes entre tus penas
la gloria de mis alivios!
Música es, pero muy triste
la que oigo.
Bien la percibo
aunque atiendo mal.
En estas
cláusulas, he comprendido
un cantar, que no me agrada
porque, en fin, no es como el mío.
Ésta es la sagrada lira
cuyo pesado artificio
me quita humanos alientos,
y mueve acentos divinos;
siete palabras, en ella
se oirán, y los siete signos,
que ajustadamente sellan
a este misterioso libro,
dejarán patente al hombre
el arcano de su escrito,
y siendo siete palabras,
siete sellos, siete visos
de artículos de la fe,
mi divinidad explico,
y también mi humanidad,
multiplicando el guarismo
(como lo dirá Ruperto).
a su tiempo), y pues aspiro
a la música de amor,
cuando en el monte se ha visto
mi dulzura levantada
entre mi esplendor caído,
la Gracia, que es voz eterna,
diga por mí en dulce estilo:
Va pasando el Verbo con la cruz mientras canta la Gracia.
Parda, sañuda sierra,
en cuyos obeliscos
eterno sol amante
duro sepulcro solicita a giros;
último escalón fiero
del paso más benigno
que, articulando angustias,
serenará las sendas del peligro.
Firme, estupenda basis
en cuyo ardiente sitio,
la principal columna,
zanjará de la Iglesia el edificio.
Oye, sagrado monte,
la armonía que imito,
arrancando a tus plantas
y atrayendo al remate de tu risco.
Hoy a mis voces, los que eran
prisioneros del abismo,
con sus cítaras saldrán
entonando alegres himnos,
y, explicándose mi amor
en el convite más rico,
dará fundamento al noble,
claro ingenio comprehensivo
de Tomás, para que ajuste
el más soberano oficio
de mi sagrada pasión
con sus cánticos y ritmos.
Venid todos.
Canta.
Mientras yo
sonoramente repito:
Oye, sagrado monte,
la armonía que imito, etcétera.
Vanse, y quedan el Mundo, Príncipe y Envidia.
Esta dulzura...
Este canto...
Este misterio...
Este libro...
Y esta música, ¿qué pueden
ser?
Dentro el Verbo.
El espíritu mío
pongo, Señor, en tus manos.
Ruido de temblor de tierra.
Temblando estoy, e imagino
que, dándome con las piedras
de un terremoto, tiritos.
¡Qué novedad!
¡Qué discordia!
Descúbrese la cruz con el libro abierto, y en el altar escritas estas palabras: Ex vi verborum Pignus Amoris. Y en los sellos estas siete: Odor, Color, Sapor, Parvitas, Quantitas, Levitas, Rotunditas. En la cabeza de la cruz se verá un cáliz, y un corderillo sacrificado que le corone.
¡Oh, prodigio de prodigios!
Venid, mortales, venid, pues suave
el libro que abierto el cordero dejó
la música guarda, con palabras y con accidentes, que enseña el amor.
Furias, ¿qué es esto que veo?
Rabias, ¿qué es esto que miro?
arrodíllase
Verdaderamente creo
que este era de Dios el hijo.
Ábrese el primer carro y véase Hyerusalem coronada y triunfante, y en el foro una ciudad hermosísima.
Canta
Sus glorias cantar podré
triunfando en sublime sitio,
pues libre mi grandeza
de Babilonia
encuentra en el Cordero
música y gloria.
Ábrese el segundo carro, y aparecen los santos niños arrodillados con palmas batidas por el suelo, junto a la ara en que estará un Cordero.
Al Cordero solamente
palmas y vidas rendimos.
Porque todas las obras
que hizo su mano
alaben al más grande
de sus milagros.
En el tercer carro se descubre Daniel, pisando a la bestia de los diez cuernos, y las otras de su visión estarán postradas e inclinadas al cetro de oro que tendrá en su mano el Profeta.
Ya despertando del grave
triste horrendo parasismo,
en que movían los vientos
la fiereza que ahora piso,
al Altísimo se dé
la potestad y el dominio,
y le obedezcan los reyes
por los siglos de los siglos.
Porque todas las obras
que hizo su mano
En el cuarto carro se verá Jonás arrodillado fuera de la mar, y en ella donde hubo el navío, una ballena.
Pues en tan glorioso puerto
felizmente resucito,
después de tres días, que
escamado laberinto
habité, y más que alimento
le fui embarazo vivo.
Cantaré tu alabanza
Señor eterno
entre las dulces voces
de tus misterios.
¡Qué gloria!
¡Qué suavidad!
¡Qué paz!
¡Qué gusto!
¡Qué alivio!
¡Qué congoja!
¡Qué tormento!
Por no verlos.
Por no oírlos.
Náufrago vuelvo a las llamas.
Fiera busco los gemidos.
Húndense los dos con estrépito, llamas y humo.
Pues ya en su analogía
está el auto concluido,
pidiendo por el ingenio
perdón de yerros escritos,
y celebrando de amor
La consonancia, decimos.
Venid, mortales, venid, pues suave
el libro que abierto el Cordero dejó
con palabras, y con accidentes
la música guarda que enseña el Amor.
FINIS.
Sello de la Biblioteca Nacional.