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digitaler Text von Contra el encanto el escudo

Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Contra el encanto el escudo. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/contra-el-encanto-el-escudo.

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CONTRA EL ENCANTO EL ESCUDO

Pag. 1

DOS LOAS Y DOS AUTOS

Mss 14689

Biblioteca Nacional de España

Pag. 2

Mss. 14.689

Biblioteca Nacional de España

Pag. 3

V. 12

Loas

y Autos sacramentales

del siglo XVII.

Jornada primera

Pag. 12

Seguido sobre la Fábula de ULISES Y CIRCE, Según la propone Homero en los Libros X y XI de sus Odiseas.

Ulises el Hombre - La Vista Circe la Culpa - El Gusto Venus la Hermosura humana. 1. Carro - El Oído Terpsícore la Música. 2. Carro - El Tacto Juno la Riqueza. 3. Carro - El Olfato Minerva la Discreción. 4. Carro - Mercurio El Ruido Gracioso - La Razón

Dentro Ulises.

Pues el mar nos permite

quietud, con que la nave facilite

la primera aprehensión de aquesta sierra,

amaina.

Pag. 13

Otro.

Echa el esquife.

Voces.

¡A tierra, a tierra!

Música.

El cosario de los astros,

peregrino de los orbes.

Texto tachado: Con el blando imán de Circe, el yerro del alma toque. Ven a mi encanto, ven, ven a mis voces.

Sale Ulises.

Ulises.

Sea del duro aspecto desta roca,

ósculo frágil mi obediente boca,

y en cada arena, de su altivo bulto,

pondré una adoración, dejaré un culto.

Música.

Con lenguas de humo le avisen

aparentes resplandores,

que la distancia los finja

y la vecindad los llore.

Ven a mi encanto, ven,

ven a mis voces.

En lo alto de un carro, que será por lo exterior a modo de peñasco, se descubrirá humo.

Ulises.

Mas si el rumor profundo

del orbe de cristal, inquieto mundo,

le ha dejado a mi oído

sana la distinción para el ruido,

dulces ecos me llaman;

y si los ojos con verdad se inflaman,

sobre el ara constante de una peña,

veo del fuego la infalible seña.

Música.

El cosario de los astros,

peregrino de los orbes.

Música.

Con el blando imán de Circe,

el yerro del alma toque.

Ven a mi encanto, ven,

ven a mis voces.

Ulises.

Segunda vez me informa la armonía,

y otra vez del escrúpulo del día,

por la verde espesura de la cumbre,

nube piramidal se hace la lumbre;

de acentos y pavesas

encienden mis temores, mis empresas,

incultas sendas en mi horror presumo;

viento es la voz, y la esperanza es humo.

¡Ah de mis compañeros!

Salen los Sentidos.

Todos.

Obedientes

a tu precepto stamos.

Ulises.

Diligentes

sentidos míos, explorad qué tierra

es esta que pisamos; ved si encierra

pueblo civil o bárbaro agregado;

si de rey absoluto gobernado,

o libertad confusa se mantiene;

qué fortalezas, qué custodias tiene;

mientras que yo en la playa,

de los mares y montes atalayas

con vigilantes modos,

atenderé a la operación de todos.

Vista.

Yo que la Vista soy, fragua primera,

Pag. 14

Vista.

en quien cualquier objeto reverbera

con la exterior especie que me em-

le hurtaré sus espíritus al día.

Oído.

Yo, que el oído soy, fiel instrumento

a quien hieren los golpes del aliento

para no embarazar mi atención suma

volaré sin los rasgos de la pluma.

Tacto.

Yo con el tacto que a mi acción alteras

o apacible, o severas,

traeré firme noticia deste suelo.

Gusto.

Yo para tu consuelo

del gusto adelantando los tributos

probaré la dulzura de sus frutos.

Olfato.

Yo bebiendo al prado sus primores

te informaré del vulgo de las flores.

Ulises.

Pues a explorar, sentidos, con presteza.

Unos.

Al valle, al llano.

Otros.

Al monte, a la aspereza.

Vanse por diferentes partes.

Música.

Si cosario de los astros

peregrino de los orbes

con el blando imán de Circe

el yerro del alma toque.

Ven a mi encanto, ven,

ven a mis voces.

Ulises.

Los sentidos te envío

sonora adulación de mi albedrío,

y la Razón también porque sin ella

cualquiera intento humano se atropella.

Diosa de la luz preciosa

dádiva generosa

del erario divino

primer oriente, rayo matutino

que al séptimo crepúsculo acalora

la precisa noticia del que adora.

Sale la Razón con alas, coronada de plumas blancas y un cristal en el pecho.

Razón.

Oh, peregrino errante,

de quien es la razón, alma distante,

y el alma sin razón, próxima sombra,

como tu ciega confusión me nombra,

como tu voz me llama,

cuando en el vago rumbo de la fama

y en la ambición de tu horroroso pecho

has consentido a mi candor de hecho.

Ulises.

No es tiempo de culparme, Razón bella,

ni de admitir tampoco tu querella;

cuando van mis sentidos

libres, atropellados, y perdidos,

y sin ti.

Razón.

Por ahora es tu disculpa

Sello: Biblioteca Nacional de España

Pag. 15

Razón.

decir que ellos sin mí, yerran sin culpa;

y para no arriesgar sus propensiones,

te dejo en la razón de estas razones;

mientras vuelvo a informarte por entero

del peligro en que ya te considero,

y alegóricamente

Vase.

Razón.

te he de ver pecador y penitente.

Ulises.

Fértiles selvas de esperanzas locas,

satisfaced con opulentas bocas

al insaciable monstruo del deseo

que hoy os viene a ocupar, mas allí veo

un villano.

Olvido.

Si Dios me deparara

alguien que me guiara

por estas peñas duras,

caíme de mi propio.

Sale ahora cayendo.

Ulises.

Desventuras

son de tu entendimiento divertidas.

Hombre, levanta.

(Ayúdale a levantar)

Olvido.

¿Conque yo he caído?

Ulises.

Necia pregunta de visible acaso.

Olvido.

Pues ya no me acordaba de este paso.

Ulises.

Corta naturaleza

en el caer, le dejó de la simpleza;

dime, ¿quién eres, hombre?

Olvido.

Solo tengo memoria de mi nombre,

única obligación que he mantenido,

de no olvidar jamás, que soy Olvido.

Ulises.

¡Oh, bien venido seas!

Olvido.

Sin razón me deseas.

Ulises.

En su lugar te admito.

Olvido.

Última calidad de tu delito;

tu ingratitud injusta te reprehende,

pues la memoria y la razón te ofende.

Ulises.

Dame los brazos.

Olvido.

¿Cómo tu imprudencia

pide al Olvido la correspondencia?

Ulises.

Tu protección me valga, pues la trato;

Sap. 16. et D. Tho. 22. q. 107. art. 4.

Olvido.

¡Que quiera beneficios el ingrato!

Mas si obligarme quieres,

aunque lo he de olvidar, dime quién eres.

Ulises.

Para vivir ingrato sin memoria,

solo al Olvido encargaré mi historia,

y en esta alegoría

en que el discreto mis acciones guía,

nadie de mí se olvide

que la Doctrina y la Verdad lo pide.

Ulises me llamo, Ulises,

y si lo reparas bien,

de Ulises y Olvido puedes

la memoria retener.

Ítaca, gloria de Grecia,

es mi patria; de su rey,

Pag. 16

Ulises.

Verde rama inmediata,

nací para su laurel.

Diome el Autor de la Luz

aquellos talentos que

descubre la aplicación

y esconde la estolidez;

brillantes disposiciones

que suelen resplandecer

perlas en la juventud,

diamantes en la vejez.

Esmeraldas en años de empezar

y estrellas al crisol del fenecer,

sin tutela del aliño

ni custodia del poder,

gobernaba los afectos

con tan recíproca ley

que andaba lo soberano

pendiente de lo cortés;

graciosa beneficencia

de los juicios de aquel

que ninguno los puede investigar

y todos con David han de temer.

En el espejo del llanto

muchas veces contemplé

de este microcosmos fácil

el alterable vaivén,

altiva máquina de oro

que del uno y otro eje

mueve al viento la cabeza

con el polvo de sus pies;

tanto, que amargo alimento

la vigilancia fiel

pan de lágrimas hacía

de la mesa del placer,

regando desde el campo de la Holanda

hasta el intacto culto del dosel.

Discreta modestia hería

de mi rostro el rosicler,

con los sustos decorosos

que en el treinta y nueve del

Génesis, coronó a Egipto

la azucena de Joseph,

como de la Majestad

lo enseña el Eclesiastés,

atendiendo a que debajo

del sol, nada puede haber

que en la vanidad no tenga

la fuga más descortés,

pues siempre es sombra al morir

lo que esplendor al nacer,

y viene a ser, la que antes fue quietud,

tribulación de espíritu, después.

No quise ungir mis ideas

de la palaciega tez

del injusto adulador

Pag. 17

Ulises.

cuya máxima observé

en el sagrado salmista,

y si acaso, alguna vez,

el fuego de la lisonja

que entre espinas suele arder,

traidoramente quería

liquidar mi solidez,

lo apagaba con voces de cristal,

saliendo al rostro edictos de clavel.

De la justicia mantuve

el indeclinable fiel

en cuyo peso los cielos

ponen sus ojos, por veer

sus estrellas y sus rayos

entre las manos de quien

rey los ha de colocar

y hombre los ha de encender.

¡Oh, grandeza de los justos,

que en vuestro solio tenéis

el celeste atributo de premiar

y el trisulco disforme de ofender!

Tremolé mis estandartes

siempre que necesité

de apagar la sed de muchos

solo con mirar mi sed,

que es misteriosa en sus aguas

la cisterna de Betlehem,

y ciñe al vaso el ejemplo

del que no quiso beber,

por templar con su templanza

a la adulta intrepidez

de un ejército que ama en el dolor

la tolerancia que en su dueño ve.

En diferentes batallas

salí vencedor, triunfé

de todos mis enemigos

como fuerte de Israel,

viendo a Dios, cuya esperanza

torre de firmeza fue

con que pude subyugar

la cerviz de Adarezer,

y de sus armas doradas

en una y otra pared

colgar votos, con que fuese

gloriosa Jerusalén

uniendo los metales de Beroth,

y agotando el erario de Beté.

En estas dichas (¡ay, triste,

infeliz, que las gocé!,

y es consecuencia del mal

la preterición del bien),

a este tiempo, la ambición

de Grecia por no caber

en el vastísimo mapa

Pag. 18

Ulises.

de su fértil redondez,

inventó empresas, y el fruto

de la más inútil, fue

el hipócrita caballo,

ofrenda tan al revés,

que abrasaba a la deidad,

a quien iba a agradecer.

Borró el aspecto de Troya

con la brocha de la pez,

subiendo a fuego el alma del color

y bajando a cenizas el pincel.

De su ruina escandalosa

alcázares levanté

en mi soberbia, comprando

a costa del padecer

fama, estimación, y nombre,

gusto, y deleite, de que

como joyas formidables

abultan a su pavés.

Junté gente de mi genio,

y esa nave al mar eché,

tan de mis deseos llena

desde el timón al bauprés,

que a no soplar tan de recio

el viento de mi altivez,

inmóvil risco la adorara el mar,

primer basa en las gradas de Babel,

tropezando con las islas

de los gigantes, me hallé

cautivo de Polifemo,

cíclope soberbio infiel

a cuya frente la noche

encajó su lobreguez

desde los párpados negros

de el inmodesto Luzbel,

dejándole en un carbunco

las luces del entender;

condición que no ha perdido

su naturaleza, aunque

privada de su excelsa dignidad

cayó inflexible en la tartárea red.

Vime en su poder, y dando

a su bruta desnudez

copia de vino, por capa

del sueño más descortés,

le hizo menos fiero el golpe

grave de la embriaguez;

con un encendido leño

de verde oliva, abrasé

del lucero peregrino

el óptico distender.

Vestido de pieles rubias

de sus manos escapé

entre las simples ovejas

que al tiempo de amanecer

Pag. 19

Ulises.

Hojas de amargura pastan,

y pisan flores de miel.

Repara en las alusiones

de esta alegoría, y ve

que a un misterio se reduce

la libertad de mi ser;

vino, fuego y oliva de la cruz,

disfraz y vellocino de la piel.

Ingrato a los beneficios

del que me los quiso hacer,

buscando nuevos errores,

me hice al mar segunda vez;

corrí deshecha tormenta,

y los vientos de tropel

me arrojaron a esta parte,

donde, viendo la esquivez

de las ondas, más benigna

puse en esta playa el pie,

y envié a mis compañeros,

a fin de reconocer

el país, cuya noticia

pronta aguardo, porque sé

que ellos en obedecerme

tienen no poco interés.

Esta es mi vida, mi historia,

y pues que la has de esconder

en los senos de tu olvido,

guárdala hasta tanto que

arrastre a mi memoria algún dolor,

que me acuerde misterios de la fe.

Olvido.

Digo que has dicho tu historia,

no sé si mal ni si bien,

pues de ella tan olvidado

estoy como de mi ley,

que a nadie la he tenido;

y no puedo responder

nada al caso, y es el cuento

que del caso me olvidé.

Ulises.

Bien hayas tú.

Dentro la Razón.

Razón.

¡Ay, infelices

sentidos, que no tenéis

forma de aquello que fuisteis!

Dejadme retroceder

volando (¡ay, triste pena!)

a Ulises.

Sale ahora.

Ulises.

Razón, ¿por qué

con ansias lúgubres rasgas

plumas de tu candidez?

Razón.

Toda tu atención aquí

el suceso ha menester.

Olvido.

Milagro es de la Razón

que yo en su presencia esté.

Canta la Razón.

Razón.

Volaron los sentidos

al palacio de Circe,

en alas del precepto

que los dejó para el error, más libres,

y apenas convidados

Pag. 20

Razón.

de sus hechizos viles,

su antojo rindieron,

apurando la pena con que sirven.

Cuando se transformaron

en los monstruos horribles

que imaginados hieren,

con la implacable sombra que los sigue.

La vista que solía

penetrar como lince,

padece oscuridades

de torpe noche en el regazo triste.

Al oído los golpes

de la cadena afligen,

si antes gozó lisonjas,

de intercadentes, despulsados cisnes.

El gusto, que aprobaba

fastidios del melindre,

a los robles les hurta

indignos frutos, y hojas a las vides.

Del cieno los vapores

el olfato percibe,

y atado al humo, llora

pisadas rosas, fáciles jazmines.

El tacto que entre holandas

impaciente se viste,

custodia de su sueño

duerme en el jaspe y como estatua vive.

Tan horrorosas formas

en su materia imprimen

que son menos crueles

la del lobo, del oso, y la del tigre,

deja pues que repita; ¡ay, infelices

sentidos, que no tenéis

forma de aquello que fuisteis!

Ulises.

Lastimado y ofendido

del suceso, y de su origen,

voy a librarlos.

Quiere irse y la Razón le detiene.

Razón.

Repara.

Ulises.

No me detengas.

Músicos.

Ulises,

Ulises, ven al descanso

de los palacios de Circe.

Razón.

No has de apartarte de mí;

Ulises.

pretendes un imposible;

pues mi furor.

Razón.

La Razón

se estará en su fuerza firme.

Luchando los dos.

Ulises.

Pues yo sabré atropellarte,

Cae la Razón y Ulises la pisa.

Ulises.

y cuando tus luces pise,

coronándome de sombras,

me obedecerás.

Vase.

Pag. 21

Música.

Ulises,

Ulises, ven al descanso

de los palacios de Circe.

Razón.

Mísero joven, ¿qué has hecho?

¡Ay de ti, pues ofendiste

con tu entendimiento proprio

al juicio, que te corrige!

Espera, indiscreto, aguarda;

(Levántase.)

Razón.

mas, ¿quién podrá reducirte

si a mi inocencia destruyes

porque a tu culpa edifiques?

Olvido.

Yo también me voy.

Razón.

¿A dónde?

Olvido.

A donde de ti me olvide,

que es fácil en cualquier parte

en que eres todo difícil.

(Vase.)

Razón.

¡Qué bien los sacros Proverbios

en el capítulo quince

a la estulticia del alma

en esta forma definen!

Gozo de la necedad,

que de su llanto se ríe;

y al contrario, el que es prudente

todos sus pasos dirige

por las sendas de la luz.

Y el Eclesiástico dice:

¡Oh sueño del insensato

que a vana esperanza rindes

tus sentidos! A tu sombra

quieres poner cárcel firme,

y al bulto de tus engaños

al mismo viento prisiones!

¡Oh camino de las flores

que son espinas!

Música.

Ulises,

Ulises, ven al descanso

de los palacios de Circe.

Razón.

Pues yo, del salmo a la letra

con David, sabré decirte:

Canta recitando.

Razón.

Piedad Señor, piedad, porque pisada

del hombre, la razón, intacta y bella.

Si antes del cielo estrella

flor de estos campos es mustia y ajada.

Todos mis enemigos se juntaron

y armas de horror al día le pidieron,

sus deseos profanos encendieron,

y mi luz apagaron.

Cuando yo te invoqué, mi Dios, me oíste

y en la tribulación amarga y triste,

dilataste mi aliento,

oye mi ruego, atiende a mi lamento,

¡oh corazón de Ulises! ¿hasta cuándo

has de obstinarte grave,

y amar la vanidad que en polvo acabe,

tus engaños buscando?

Sobre los hombres, de tu rostro bello

pones, Señor, la luz, y abres tu sello;

Pag. 22

Razón.

mi corazón se llena de alegría

pues mejorando tu fineza al día

con los frutos del Óleo, Pan y Vino,

podrá volver Ulises al camino

de la paz; oh, mi Dios, oh Señor mío,

única es mi esperanza, en ti confío.

Música.

El ilustre honor de Grecia

valiente y discreto Ulises

en hora dichosa llegue

a los Palacios de Circe.

Razón.

Seguiréle cuidadosa

por ver si Ulises distingue

de la mirra de mi llanto

fragrancias que el cielo elige

Vase

Saldrá Ulises con la Música

Música.

El ilustre honor de Grecia

valiente y discreto Ulises,

en hora dichosa llegue

a los Palacios de Circe

Ulises.

Si llegare.

Va hacia la Música, y le detiene Mercurio que saldrá con alas, plumas y caduceo con una serpiente dorada

Mercurio.

Espera, aguarda.

Ulises.

Quién eres tú, que me impides

mis pasos?

Mercurio.

Mercurio soy,

inteligencia sublime

que asisto adonde me llama

la operación del que asiste

en todo lugar; y si unes

de mi nombre el alto origen

y de Ángel, que embajador

suena en griego (como dicen

la Boca de Oro y el Sol

de las Escuelas) colige

que Mercurio y Ángel vengo

enviado, a fin de advertirte

como ministro moral

auxilios que te iluminen,

ya que no con eficaces

que en tu albedrío acrediten

esencia de libertad

y ejecución infalible

Repara, pues, que aunque Dios

tus desaciertos permite

no quiere tu muerte, atento

a si llega a reducirte

el posterior beneficio

ya que de tantos te olvides,

que es máxima, en el sentir

de Séneca, hacer posibles

el remedio de un ingrato

esperando a que le obligue

entre beneficios muertos

el último que recibe,

este sea, el preservarte

(ya que el engaño te hechice)

Pag. 23

Mercurio.

de la transformación bruta

que te previene una Esfinge,

con esta flor, que los hombres

con dificultad consiguen;

Dale un ramito de flores.

Mercurio.

Moly en los cielos se llama

y cuando le latinices

el nombre griego repara

que Molis es tierno, y sigue

sin violencia de la voz

las propiedades sensibles,

pues cándidas son las flores

y negras son sus raíces.

Porque en ternuras se exhale

el que sus misterios mire.

¡Oh, azucena de los valles,

que dulce sombra apacible

del seno de oro descoges,

porque a una pasión animes,

con la memoria presente,

de la pureza que pide

la candidez de tus hojas!

Y no es menos repetible

de tus raíces la negrura,

pues sobre una muerte triste,

oscura, afrentosa, y fea

fundaste la más insigne

maravilla de tus gracias,

y aquí es también, donde sirve

de radical fundamento,

al penitente flexible,

la negrura, y de dolor

con que a la tierra se humille.

Guarda este antídoto, y guarde

también tu memoria, el timbre

de mi caduceo, en cuya

empresa, es bien te descifre

el alto significado;

pues la serpiente se viste

el blasón de la prudencia,

con que los riesgos evites

del encanto, y cuando el agua

tribulaciones conspire,

te apartes de las sirenas

y huyas de Escila y Caribdis.

Y otra más noble alusión

en los números admite

la serpiente de metal,

signo elevado, que exprime

salud, para los que heridos

de ardientes sierpes lo miren.

También te advierto, que al tiempo

que Circe pretenda herirte

con su cetro, la amenaces

con esa espada que ciñes,

en que dejo mis palabras

porque con ellas la afiles.

Estos son los documentos,

las persuasiones, los fines

a que me envía el Poder,

y la piedad; no te fíes.

Pag. 24

Mercurio.

de tu ceguedad, y atiende

a la razón que perdiste.

(Vase

Ulises.

Oye embajador celeste

cláusulas con que te estime

tu fineza;

Dentro voces.

Ulises tarda

Circe.

Vuestros acentos le guíen

Música.

El ilustre honor de Grecia

valiente, y discreto Ulises,

en hora dichosa llegue

a los palacios de Circe

Ulises.

Qué poderosa me arrastras

que sin violencia me rindes,

dulce, armónica, sonora,

grave cadencia, apacible?

mas si con la fuga puedo

hacer que el viento utilice

plumas del temor.

Va a huir, y a este tiempo sale Circe sobre un carro dorado, tirado de los sentidos, que tendrán formas de fieras, ella estará coronada de varias flores, tendrá un cetro en su mano, y a sus pies una esfera.

Circe.

Villano

discurres, qué fácil es

que a las alas de tus pies

ceda el cetro de mi mano!

Ulises.

De tan rara majestad

huir, y escapar no puedo

cuando es sacrificio el miedo

del fuego de su beldad.

Circe.

En crimen de especie muda,

mayor castigo mereces

pues me ofendes muchas veces

con la vista y con la duda.

Ningún obsequio me hicieras,

si antes de adorar mis aras,

o, por vil, me despreciaras,

o, por cruel, me temieras.

Pero huir, llegando a ver

la forma que me asegura

deponiendo a mi hermosura

del solio de mi poder;

es contumelia afrentosa,

y tan exquisita, que

jamás la vi aunque estudié

calamidades de hermosa.

Ulises.

Quién eres deidad, que enciendes

con tus iras tu belleza?

qué absoluta es su grandeza!

(Aparte

Circe.

Yo lo diré, si me atiendes,

(Baja del carro

Circe.

Yo soy Circe, cuyo nombre

tremendo, augusto, y feliz,

águila pudo a la fama

de plumas, y ojos vestir,

para que monstruos del viento

ya ruidoso, ya sutil,

divulgase mis acciones

en uno y otro cenit.

Pag. 25

Circe.

por los átomos inquietos

del brillar y del lucir,

excediendo mi pompa

estupenda y gentil

a todas las imágenes del sol,

a cuantas voces respiró el clarín.

Soberbio es mi nacimiento,

ser culpa con que nací

de la temeraria cuna

de un luciente querubín,

cuyas plumas destempladas

presumieron escribir

la altísima semejanza

del que es Uno y tres en sí,

y rasgadas descendieron,

e imposibles de subir,

carbones de esperanza

o del humo matiz,

que vuelan en la oscura eternidad

negadas al oriente de salir.

También después en el hombre

segundo lauro adquirí

no de menor respecto,

pues se vino a transfundir

como género la especie

del eritis sicut dii;

acto de estímulo altivo

que en un fecundo jardín

le hurtó sus frutas a un árbol.

necio ladrón contra sí,

que comiéndose el delito

no lo pudo digerir,

hasta que en otro leño,

(¡ay, mísero de mí!)

el que negó la fruta como Dios,

racimo se exprimió de intacta vid.

Esto es en cuanto a mi origen

principal, y desde aquí

paso a mis trofeos, que

son tantos, que a competir

llegan con la infinidad

de cuanta necia cerviz

se dobla a mi planta; y paso

al arte con que vencí

en su milicia al hombre,

para que llegues a oír

los prodigios de mi ciencia,

de la magia el alto fin,

de mi vida los progresos,

y de mi estudio el ardid,

que en el fuego y el aire,

agua, tierra y raíz,

de hierba, planta, flor y mineral,

transforma las pasiones del vivir.

Sea el ejemplo del fuego

una envidia que encendí

con las primicias de Abel,

en las venas de Caín.

Pag. 26

Circe.

Cuya ponzoña, abrasada

quiso a polvo reducir

la corta unión de la sangre,

que con traje pastoril,

vivía a expensas graciosas

del sacrificio feliz

en que escogía la fe

los tributos del redil;

y en tan aceptable llama

docta pude introducir

las émulas centellas

de la ceniza ruin

que estrenó en la palma el más traidor

desalumbrado, prófugo neblí.

El agua que es el cristal,

en que puede corregir

el llanto cuantos defectos

mira, el que atiende a su fin;

con las vanas reflexiones

de un incauto descubrir

la transparente armonía

de la rosa y del jazmín,

cuando Betsabé templaba

los impulsos del herir

sobre el astro organizado

de las cuerdas de marfil,

levantó rayos nocivos

a los ojos de David,

siendo magia perniciosa

del soberano desliz,

la desahogada nieve

del bañado carmín

en que puse el encanto del amor

y abracé al mejor hijo de Isaí.

Deste lazo escandaloso

(que fue ñudo, al desunir

la fineza militar

del arriesgado adalid

Urías) fue Salomón

firme consuelo; tan sin

recelos de sus ruinas,

como el que llegó a cumplir,

de Gabaón en la cumbre,

voto de holocaustos mil;

y despertando de un sueño

solo a Dios quiso pedir

discreción para saber

reinar en su edad pueril.

A este, pues, que levantó

al Templo, de su raíz,

adornando sus misterios

con el oro y el buril,

le vencí con los hechizos

de las beldades; y en fin

informado en la tierra

de su materia vil,

Pag. 27

3. Reg. 11.

Circe.

y adoró en los sidonios a Astartem,

y al ídolo Moloch pasó a servir

confirme Absalón mi magia

lucero hermoso y gentil,

de los días de Israel,

tan perfecto, que por sí

le concluyeron las gracias

hasta el último perfil;

su cabello era del año

siglo de oro, sol de Ofir,

larga noche del diciembre

purpúreo arroyo de abril;

precio encrespado del aire

fácil undoso telliz,

que encubría los bostezos

del soñoliento nadir,

esta, pues, traviesa pompa

siempre trenzada hasta allí

por mi mano, se erizó

en áspid, para infundir

en su cabeza el delirio

del mando, el furor hostil

que le dejó en el viento

con sus cabellos, y

blanco de las tres lanzas de Joab.

bello clavel, del noto fue alhelí;

De todos estos prodigios,

joven puedes inferir

cuán absoluta es mi ciencia;

y si del orbe civil

de mis promulgadas leyes

dudas lo que has de elegir

verás que enjugando el alba

aquel sudor femenil,

aunque se afana a llorar

el donaire de reír

desentrañando a las nubes

el vago embrión sutil

que torpeza le bebieron,

a violencia han de escupir

y redoblando eficacias

de su rostro carmín,

celosa de mi imperio

en horrorosa lid

de rayos a las hierbas bordará

que antes de perlas procuró vestir.

Pero si dócil, si atento

te dejares persuadir

de mi voz; verás que el monte

hoy produce para ti

cuánta sujeción monstruosa

alcances a discurrir;

el león, rey de las fieras,

te será halago servil;

vendrá a ser tu alfombra el tigre

Pag. 28

Circe.

que te guarda el jabalí;

adorará desde el mar

tu fortuna el delfín;

serán minutos las flores

de un momentáneo pensil,

que sin excepción de meses

a mi arbitrio han de vivir.

Gozarás cuantas delicias

imaginares, y si

te faltaren los deseos

los volveré a producir.

¿Tendrás ya qué dudar?

¿Tendrás qué temer, di?

¡Ay de ti, si te ruega mi poder!

¡Si tú me desprecias, ay de mí!

Ulises.

¡Oh gran Circe, en quien aprehendo

la hermosura de Naim

con más prodigios, que estrellas

guarda el despierto zafir,

pendiente de tus preceptos

estaré:

Circe.

Pues ven tras mí

a gozar, a poseer

a no esperar, y a decir.

Ellas y Música.

Al alcázar de Circe camina

con paso feliz,

quien tendrá más placeres, que perlas

las fuentes de Elim.

Éxodo, 15

Éntranse con la música por una parte, y salen por otra.

Circe.

Las piezas de mi palacio

has de ver correspondidas

de las piedras más lucidas

desde el diamante al topacio;

mi familia gobernada

de mi excelsa majestad

muestra en cada calidad

una admiración postrada.

Y porque mi amor procura

que sin embarazo veas

la perfección que deseas,

fía de mi propria hermosura:

Ábrese el primer carro, que se adornará de tocadores y espejos, y sale de él, la Hermosura, y antes de cantar representará la redondilla:

Hermosura.

No es difícil convencer

la arriesgada inclinación

del que pide a su elección

cuanto le puede ofender.

Venus canta.

Los jardines de Chipre

me produjeron

para rosa de Adonis

alma de Venus.

En mi pecho Cupido

chupa sus gracias.

Pag. 29

Venus canta.

y en mis labios recoge

flechas de nácar.

En mis aras consumo

tantos alientos,

que aunque en aire se acaban

no basta un templo.

Mi cadena es el premio

de todo el orbe

y de estímulos sirven

sus eslabones.

Ya me cansan las voces

de los rendidos

y me ofende la sombra

de los suspiros.

Es tan alta mi idea,

que en su concepto,

faltan respiraciones

para mi obsequio.

Cada flor que amanece

para servirme

anochece en el siglo

de arrepentirse.

Mírame, Ulises, mírame, Ulises,

que me sobran descuidos

para rendirte.

Ulises.

Su acabada perfección,

o verdadera o fingida

es el alma de mi vida.

Circe.

Repara en la discreción;

¿hola de Minerva?

Ábrese el segundo carro, que se adornará con un olivo, de cuyas ramas estarán pendientes varios libros e instrumentos matemáticos; saldrá Minerva y en su celada traerá una lechuza.

Minerva.

A tu acento

mi ciencia obedecerá,

y a Ulises le propondrá

este sutil argumento:

Canta.

Minerva.

Nace Amor cuando es perfecto

del concepto

del juicio,

que se mira fecundado

del cuidado

conocido.

Voluntad que a nada atiende

cuando enciende

sus acciones,

es dibujo que en su sombra

mancha y nombra

las colores.

El amar discretamente

en la mente

de los sabios

es aquel conocimiento

fiel y atento

de su amado.

Pide amor correspondencia

en la esencia

Pag. 30

Relativa.

¿Y el que el mérito destruye

cómo arguye

sin premisas?

¿Luego aquel que conociere

lo que quiere

digno y bello,

tendrá gloria en lo que adora

que no ignora

que es perfecto?

¿Luego tú, que a Circe miras,

cuando aspiras

a su trono,

o has de amarla, o eres necio,

con desprecio

de sus ojos?

Óyeme, Ulises,

óyeme, Ulises,

que me sobran conceptos

para argüirte.

Ulises.

Déjame tan precisado

tu prodigioso argumento,

que todo mi entendimiento

es razón de lo probado.

Circe.

Si te paga la opulencia,

en mis riquezas repara;

¡hola de Juno!

Ábrese el quinto carro, que se adornará con el arco

iris. Una ara llena de vasos de oro y alhajas

preciosas, y un pavón que las guarda con las

alas extendidas, y sale Juno.

Juno.

No es avara

la expresión de mi obediencia.

Canta.

Juno.

En este alcázar grande

en donde tiene altar

de Circe generosa

la rica majestad,

del mundo subterráneo

el nervio sustancial

se agota por estilo

del adquirir y el dar.

Del aire taladrando

están la vanidad

agujas de diamantes

en basas de cristal.

Las nubes que en los techos

del oro son disfraz

lloviendo perlas, rompen

su blanda tempestad.

Los rayos del carbunclo

vivientes siempre están

sin conocer ocaso

del nocturno animal.

Rubíes y zafiros

son vulgo popular,

que atiende quien se paga

de mucha variedad.

Las plantas, por aborto,

Pag. 31

Juno.

En todos tiempos, dan

las olas de esmeraldas,

las flores de coral.

Culpándose de Midas

la inútil necedad,

el oro es comestible

y precioso el manjar:

diversas plumas mullen

el catre del solaz

y el Fénix no se abrasa

por dejar las que trae.

Créeme Ulises, créeme Ulises

que me sobran riquezas

para servirte.

Ulises.

Si tus riquezas poseo

Circe hermosa, y liberal,

ya no quiero más caudal

que el erario del deseo.

Circe.

Ni aun ese te ha de faltar;

¡Ah de la acorde harmonía

de Terpsícores!

Ábrese el 1.º carro, que se vestirá de un laurel

coronado de varios instrumentos músicos, y sale

Terpsícore tocando uno.

Terpsícore.

Ya el día

de tu voz, llamó a cantar.

Canta.

Terpsícore.

Desciendan los orbes al plectro sonoro

que hiere mi mano

trémulas porque yo los inquieto

fáciles pues su ruido es mi cántico.

Despierten sus ojos, que sueñan hechizos,

dormidos los astros

póstumo, lucimiento del día

último frenesí de sus párpados.

Al dulce donaire, travieso y cadente,

que adornan mis labios,

víctima se destine volátil

plácida la atención de los pájaros.

De riscos, y hiedras arranquen los troncos

raíces y lazos,

fértiles pues mis voces esperan,

íntimos, con la unión de los átomos.

La red apacible de acentos sutiles

que teje mi encanto

número me aprisione de fieras

dóciles sin memoria del páramo.

La vena suave del orden fecundo

que libre declaro

lírico ponga freno a los ríos

límites en la senda de rápidos.

Óyeme Ulises,

óyeme Ulises,

que me sobran dulzuras

con que te hechice.

Ulises.

Su perfecta consonancia

ingeniosamente deja

Pag. 32

Ulises.

en tu silencio a mi queja

y en mi encanto a tu elegancia.

Circe.

De mi grandeza hospedado,

de mi familia asistido

nada generoso griego

echarás menos; el hilo

dorado de las delicias

en el feliz laberinto

de mi alcázar seguirás;

y ahora intento (aquí es preciso

Aparte

Circe.

pues admite mis ofrendas

ser fuego de su albedrío)

que repares tus trabajos,

y fatigas del camino,

con una bebida dulce

que de las flores destilo,

tan eficaz, tan preciosa,

que en el estudio exquisito

con que la preparo, logro,

mucho más que lo que pido.

Juno sírvele la copa

a Ulises, con el más rico

vaso de cuantos adornan

a mi regio frontispicio.

Juno.

Con diligencia obedezco

las órdenes de tu arbitrio.

Vase

Circe.

Y vosotras entre tanto

repetid con claro estilo:

Música.

Ya de Circe admitido es Ulises

su dueño feliz

que tendrá más delicias que perlas

las fuentes de Elim.

Vuelve a salir Juno con una copa y vaso muy rico y se la servirá a Ulises.

Circe.

Bebe Ulises; de esta suerte

Aparte

Circe.

ha de probar mis hechizos

para transformarle en bruto.

Ulises.

Con mucho recelo aplico

Aparte

Ulises.

el labio al vaso; y aquí

me aprovechará el aviso

que el enviado Mercurio

me dio; su antídoto elijo

conservando la memoria

del remedio peregrino

sobre la flor blanca, y raíces negras.

Circe.

¿Qué dudas?

Ulises.

Estimo

fuera del merecimiento,

los favores que recibo,

ya te obedezco.

Bebe

Circe.

Aquí viene

Aparte

Circe.

a la letra, lo que dijo

Job, que bebe el hombre frágil

por cristales sus delitos.

Ya la confección bebiste,

Pag. 33

Circe.

Y ahora, de mi cetro herido,

verás que en monstruos...

Va Circe a darle con su cetro, y Ulises arranca la espada y la amaga con ella.

Ulises.

Mi espada,

con sus agudos filos,

que es la palabra que oí

de un soberano ministro,

podrá romper la cabeza

a cualquier dragón nocivo,

como lo advierte el Apóstol

y el Crisóstomo, en su mismo

lugar.

Circe.

¡Ay de mí! Suspende

Póstrase a los pies de Ulises.

Circe.

de ese acero vengativo

la sombra, y el duro amago

que me vuelve a los principios,

del negárseme la entrada

en el feliz paraíso

con una espada versátil

de fuego (¡rabias respiro!),

y aunque tú (¡valedme, furias!)

de esgrimirla eres indigno,

basta esa memoria, y basta

mi infierno, pues no hay olvido.

¿Dónde estás, borrón ingrato

de la noche de los siglos?

Sale el Olvido bostezando.

Olvido.

Nunca te dejo, y aunque

tuve este rato por mío

cuando en memoria despierta

me consentiste dormido,

ya vuelvo a ampararte.

Levantan el Olvido y las dos mujeres a Circe.

Las dos.

Todas

a tu reparo acudimos.

Ulises.

Yo, con el olvido, quedo

bien hallado, y más perdido.

Vuelve la espada a la vaina y Circe se pone el lienzo a los ojos llorando.

Ulises.

Viendo, Circe hermosa, el tierno

embarazo cristalino

con que se apartan tus ojos

del lenguaje de los míos,

no llores, beldad.

Circe.

Ya vuelve

Aparte.

Circe.

al llamamiento atractivo;

pavesa muere en el riesgo

aquel que adora el peligro.

¡Tirano Ulises, traidor,

falso, alevoso, enemigo,

que con cautela...!

Ulises.

Mi dueño,

cese el rigor, y si he sido

la causa de tus enojos...

Pag. 34

Ulises.

perdona a mi desvarío;

Circe.

En este segundo cerro

(apart.

Circe.

mayor victoria consigo,

pues culpa a su razón, y hace

de su sinrazón alivio.

¿Finges Ulises?

Ulises.

No busques

más verdad, que mis suspiros,

en que siente mi confianza

que tú no puedas seguirlos.

Circe.

(Su espíritu es aire blando

(apart.

Circe.

como el sabio lo previno.

Pues llega a mis brazos.

Ulises.

Toda

(abraza a Circe.

Ulises.

el alma en ellos te rindo.

Circe.

Ven a tomar posesión

del trono que te dedico.

Ulises.

Antes tengo que pedirte

una merced.

Circe.

Solo aspiro

a darte gusto.

Ulises.

Mis pobres

compañeros, que son cinco

nobles, leales, y atentos

sé, que en brutos convertidos

agravian mi propria forma

con sus torpes ejercicios;

y para que dignamente

te sirvan.

Circe.

Obedecido

quedarás luego, en que vuelvan

a su grado primitivo.

¡Oh, error del abismo, que

(apart.

Circe.

pasas de uno en otro abismo!

Huyendo de la razón

hecha menos los sentidos.

Ven mientras dicen las voces

celebrando tu dominio.

Música.

En los brazos de Circe, descansa

Ulises feliz,

que tendrá más delicias, que perlas

las fuentes de Elim.

Sello de la Biblioteca Nacional

Vanse con la música; y sale la Razón.

Canta.

¡A dónde vas, ingrato,

errante peregrino,

en la razón tan libre,

como en el mal cautivo!

¿A dónde vas bebiendo

la sombra de tus vicios,

sediento de la frágil

imagen de Narciso?

Quejosa y lastimada

a tus desdenes sigo,

y eco soy que en tu culpa

me dan razón los riscos.

Pastora de mis ansias

las guardo en mi retiro,

y cresce mi ganado

Pag. 35

Canta.

del dolor que concibo.

Bella soy, aunque negra,

y el sol me ha colorido

dejándome en sus rayos

las prendas del aprecio.

Si atiendes las colores

que al cielo le he debido,

la grana es mi desmayo,

la nieve mi suspiro.

Escucha del esposo

el amoroso silbo,

que es mirra destilada

del labio de sus lirios.

Advierte que te mira

celoso y escondido

entre canceles que hacen

misterios del recibo.

Recoge, pues, ingrato,

potencias y sentidos

antes que de oro y plata

tu vida rompa el hilo.

Sale la Vista.

Vista.

Pues ya a mi primera gala

restituida me miro,

quiero con velocidad

gozar del hermoso sitio,

toma un retrato de Venus del carro de Juno

Vista.

que dispensa a mis objetos

las juventudes del viso.

Razón.

Oh, Vista, si descubres

al astro matutino,

¿podrá ser que a la tarde

ciegues de haberle visto?

Sale el Oído.

Eclesiastés 2. versículo 8.

Oído.

Ya sin embarazo puedo

oír los métricos himnos

que la música dispone,

toma un instrumento músico del carro de Terpsícore

Oído.

con preciosos sostenidos,

y al compás de las delicias

ajustaré mis aliños.

ídem 12. versículo 4.

Razón.

Las falsas lisonjeras

de los versos medidos,

cadencias serán falsas

de sordos desatinos.

Sale el Gusto.

ídem 2. versículo 10.

Gusto.

Ya es tiempo de que a los troncos

arranque frutos opimos,

coge unas frutas del carro de Minerva

Gusto.

hurtando al viento las aves

de más infestado nido,

al mar peces, y a la tierra

sus sabrosos sensitivos.

ídem 12. versículo 5.

Lucas 15.

Razón.

Crecerá en la langosta

el veneno ofensivo,

y encontrarás el hambre

del más pródigo hijo.

Sale el Tacto.

Tacto.

Lograr pretendo mi suerte

Pag. 36

Sap. 2. v. 9.

Tacto.

que por tacto me ha cabido

dejando por las veredas

del licencioso camino

en cada huella una seña

de la alegría que piso.

Toma un penacho de plumas del carro de Juno y se le pone.

Eccles. 12. v. 6. et 7.

Razón.

Romperase en la fuente

el barro quebradizo

y verás como el polvo

se vuelve a su principio.

Sale el Olfato.

Sapi. 2.

Olfato.

Antes que la flor del tiempo

desatando sus hechizos

Coge un ramo de flores del carro de Amor y huele.

Olfato.

llore mustios desengaños

con la pereza del frío,

atravesará mi olfato

amenos prados floridos,

coronando mi afición

de rosas y de jacintos.

Eccles. 12. v. 5.

Razón.

Florecerá el almendro,

y en el febrero mismo

hará temblar el Noto

a los cedros altivos.

¡Favor, piedad, mi Dios,

venga tu auxilio!

Mas retirada a una parte

observaré los designios,

acciones y movimientos

de Ulises y sus sentidos.

Sentidos.

En medio de estas delicias

Ellos y Música.

repetiremos festivos,

bailemos alegres

pues el tiempo quiso

darnos tanta parte

de sus incentivos.

Cuanto la fortuna

mejorada vino,

vamos, y en sus aras

tenga agradecidos.

Ábrese segunda vez el 1º carro y véase Ulises durmiendo reclinado en las faldas de Circe; y lo interior del carro será de un pabellón muy rico bordado de diversas flores.

Música.

En el regazo de Circe

confunde Amor sus prodigios,

pues sueña Ulises despierto

lo que consigue dormido,

a espacio, silencio, hola, quedito.

Circe.

¡Qué neciamente descansas

sobre este lecho, mullido

de volátiles lisonjas,

colgados a los más ricos

tapetes, en que se excede

el sutil primor de Egipto!

Ya lo advierte en sus proverbios

Salomón, ¡oh inadvertido

joven!, que facilitando

tu quietud, para mis tiros

Pag. 37

Circe.

aguda saeta esperas,

que abrazas tus desaliños,

hasta que el día bostece

complicados parasismos.

Razón.

Víctima de sus alientos

lisonjea el precipicio,

que entre los lazos que armaba

el ansia de repetirlos,

Salen la Música, Minerva, Juno, y Venus, cantando: En el regazo de Circe, etc.

Música.

En brazos de aquel cariño

en que ciño mi atención,

corazón, corazón,

sosiega, pues el Céfiro

callando pone en calma

el alma de tu acción.

Juno.

Descansa, pues la constancia

que es instancia del amor,

superior, superior,

ofrece fuego y púrpura,

con que mantiene y quema

diadema y esplendor.

Venus.

Las flores vierten su licor

en los brazos del Abril,

que es sutil, y es sutil

la envidia de sus túmulos,

al ver que Circe hermosa

es rosa, y es pensil.

Minerva.

Las fuentes por no ofenderte

en la suerte del gozar

quieren dar

liciones a los mármoles

que explican siendo mudas

las dudas del callar.

Terpsícore.

No estudian hoy las abejas,

por tus quejas, el primor

de la flor,

que en sus prisiones débiles

se exhala, sin el viento

violento del rumor.

Terpsícore.

Amante el vuelo no toma

la paloma, hacia el vergel

porque fiel

arrullos teme fáciles

que inquieten con sus llamas

las ramas del laurel.

Las 4.

Duerme sin fúnebres

pálidas ansias.

Razón.

Duerme con fúnebres

pálidas ansias, etc.

Las 4.

Tú que del Tártaro

Razón.

Tú que del Tártaro

hórridas próximas sombras abrazas,

hórridas próximas sombras abrazas.

Las 4.

Seas la víctima.

Razón.

No seas la víctima.

Pag. 38

Ellas.

Mísera y vana.

Razón.

Prisionera so

del fuego lúgubre,

rápido estímulo,

fuerte del alma.

Las dos.

¡Qué bien el tósigo!

Razón.

¡Qué mal el tósigo!

Ellas.

Mágicos encantos

a nuevos crímenes,

áspides trágicos

de iras tiranas.

Vanse.

Proverb. 6. v. 9.

Razón.

¿Hasta cuándo has de dormir,

perezoso Ulises? Basta

el sueño.

Circe.

Ya le he infundido

la idea más temeraria,

para que descienda al reino

del inflexible monarca

Plutón.

Psalm. 6.

Razón.

Señor, no le arguyas

con tu furor; con tu saña

no le castigues. Enfermo

está Ulises, tú le sana.

Ya conturbados sus huesos

con la turbación del alma

se disuelven. Mas, Señor,

tu misericordia es tanta

que espero que has de librarle,

sin que a las prisiones vaya

en que nadie te confiesa.

La muerte con que te paga

mi Dios, envía un auxilio

de tu inviolable eficacia.

Sale Mercurio que traerá un escudo cubierto con un tafetán carmesí.

Mercurio.

Ya con una inteligencia

de su piedad soberana,

tiene Razón la respuesta.

Razón.

¡Feliz quien llegue a escucharla!

Mercurio.

¿Ulises, Ulises?

Ulises.

¡Cielos!

Despertando.

Ulises.

¿Quién me nombra? ¿Quién me llama?

Circe.

¡Ay de mí, que este sin duda

le dio el antídoto!

Mercurio.

Baja

desde ese solio mentido

a la humilde verdad llana

de tu polvo.

Ulises.

Ya ejecuto,

Mercurio, lo que me mandas.

Quiere descender y Circe le detiene.

Canti. 8.

Circe.

No podrás, porque mi amor

será tu muerte, y tirana

como el infierno mi envidia.

Pag. 39

Circe.

¡Hola, presto, ah de mi alcázar!

Salen todos.

Unos.

¿Qué mandas?

Otros.

¿Qué nos ordenas?

Circe.

Que a Ulises le pongáis guarda.

Ulises.

Suelta, Circe, porque al Cielo

agravias en cuanto me agravias.

Baja Ulises, y postrase a los pies de Mercurio, y síguele Circe.

Circe.

Prendedle luego, Sentidos.

Sentidos.

¿Cómo podremos si manda

la Razón?

Circe.

Valga el olvido.

Olvido.

¿Cómo quieres que te valga

si en la memoria del polvo

contempla el fin que le aguarda?

Circe.

¿Y vosotras, Perfecciones?

Mercurio.

Tan necia como pesada

eres, Circe, y eres culpa;

y para que de ti salga

Ulises, correré el velo

a este escudo y a sus armas.

Descubre el escudo que será dorado, en su campo tendrá una Cruz Roja, y en medio un Cáliz con su Hostia.

Mercurio.

Del Hércules soberano

es blasón, y de su casa

la más heroica grandeza.

Circe.

¡Ay de mí, que ya me pasman

los misterios de su enigma!

memoria fecit mirabilium suorum.

Ulises.

¡Oh, memoria la más rara

de todas sus maravillas!

De sus proezas y hazañas

aquí en realidad descubre

firmeza de sangre hidalga,

viendo que pisó al león

infernal, dejando hollada

a la hidra vil ponzoñosa,

en cuya cabeza vana

la más perfecta mujer

puso sus divinas plantas;

y de su amor obligado

se vistió en la forma humana

de su traje, sin perder

la inmortal eterna gala,

que por parte del repuesto

divino, esencia increada,

desde ab eterno le sigue;

y porque nada le falta

al Hércules misterioso

que el escudo me señala,

con la humildad de su amor,

hiló también, como lana.

Pag. 40

Ulises.

por boca del Rey Profeta:

la nieve con que preparan

sus ojos los penitentes

para las estolas blancas

del Cordero, y el vestido

de la pureza se labran.

Que en el leño de la Cruz,

pendiente de tres escarpias,

hiló el precio de los siglos

con el valor de su grana:

y del dorado gusano

Fénix que el abril repartas

en renovables tareas

de su cuna y su mortaja,

el jeroglífico apunta

del hilo la semejanza,

pues hilar hebras de vida

es juntar formas gloriosas,

que a la inmortal duración

como viático nos llaman.

Este es de amor el Escudo

que corona nuestras almas

como lo canta David

cuando el salmo quinto acaba.

Y la fe el Escudo fuerte

que nos protege y nos guarda

de las puntas encendidas

de Luzbel, como lo encarga

a los de Éfeso el Apóstol;

Y la Empresa Sacrosanta

de Amor, en su non plus ultra,

es con propiedad fundada

el Escudo de la fe,

que en las tremendas batallas

del Hombre, no deja parte

que no quede asegurada

del todo, que en toda junta

guarda su cuerpo y sustancia,

que es calidad del Escudo

que el Crisóstomo repara

en la fe con la del diablo;

Y pues su Amor me arrebata,

su fineza me aficiona

y su manjar me regala,

con delicias infinitas

quede Circe castigada,

sin holocausto su altar,

sin adoración sus aras,

derramados sus hechizos,

impracticable su magia;

desvanecida su pompa.

Pag. 41

Ulises.

y destruida de arrogancia;

Ea compañeros míos,

esa nave, carenada

de mis torpezas, con nuevo

lastre, de llanto y plegarias,

vuelva al mar, y el norte fijo

por la estrella desvelada

de Tres Magos, a Belén

nos guíe, porque en su cara

que es de pan, después de haber

pasado, por las amargas

aguas, de la penitencia,

nos repare su vianda

contra el encanto el escudo

hoy del hechizo me apartas;

y para que celebremos

tan gran victoria, las cajas

y clarines, den al aire

señas de fuga y de marcha.

Tocan. Cajas y clarines.

Mercurio.

Sígueme Ulises.

Vase

Ulises.

Tus huellas

son de mi razón las alas.

Vase

Razón.

Venid todos.

Vase

Sentidos.

Obedientes

seguiremos tus pisadas.

Vanse

Circe.

Ulises.

Dentro.

Tu voz desprecio

Circe.

¿Que me olvidas?

Olvido.

No repara

que obedece a una memoria

que a mí, en tu olvido, me arrastra

Vase

Circe.

¿Terpsícore?

Terpsícore.

Tu armonía

fío en fe de una palabra

Vase

Circe.

¿Juno?

Juno.

Aquel escudo de oro

tiene riquezas tan altas

que pan de ángeles ofrece

Vase

Circe.

¡Discreción!

Minerva.

Sin juicio me hablas,

viendo que mi entendimiento

conoce el bien a quien ama

Vase

Circe.

Hermosura.

Venus.

Del amado

las perfecciones son tantas

que en cada rosa vertida

hallo mil vidas premiadas

Vase

Circe.

¿Todas me dejáis? ¡Ah, infieles!

Ulises, Ulises;

Ulises dentro.

Vaya

la nave al piélago

Todos.

Viva

Pag. 42

Todos.

al mar

Circe.

Las sirenas vagas

confundan con sus halagos

del bronce hinchado las salvas.

Clarines y cajas, y al mismo tiempo dice ella con la música.

Circe.

Ingrato, te ausentas,

tirano, me matas,

me deja el fuego,

te lleva el agua.

Aquí se verá Ulises con todos los demás navegando en una nave que traerá un fanal encendido, y sobre él, el Escudo del Sacramento.

Ulises.

Atadme al árbol, que explica

muerte y leño; y cera blanda

aplicad a mis oídos.

Circe.

De la sirena escapa,

Escila y Caribdis, sorbed

la nave en vuestras entrañas.

Ulises.

Confesados los horrores

de las tormentas pasadas,

la nave del mercader

segura su trigo pasa.

Y para que veas, Circe,

que el Escudo que me aparta

de tu nocivo veneno,

de tus hechizos y magias,

es el misterio divino

del Cordero; que en las aras

incruentas, su memoria

nos deja representada.

Ábrense los dos carros.

Ulises.

Mira de Melquisedec

la mesa.

Mercurio.

También repara

en el celestial rocío

que al vellocino se encarga.

Razón.

La serpiente de metal

a la poderosa causa

del imán, que es Cristo, ofrece.

Ulises.

Y la piedra celebrada

del desierto fuente viva

en piedades se derrama.

Circe.

Montes, mares, peñas, ondas,

brutos, peces, aves, plantas,

Vesubios, ráfagas, Etnas,

sombras, vestiglos, fantasmas,

opio, cicuta, beleño,

centellas, furias y rabias.

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Circe.

Amparadme, defendedme,

pues ya sus victorias canta

contra el encanto el escudo;

y yo diré en mi desgracia:

Ella y Música.

Ingrato, te ausentas,

tirano, me matas,

me dejas el fuego,

te llevas el agua.

Húndese entre muchas llamas.

Ulises.

Nosotros repetiremos,

navegando con bonanza,

después que la alegoría

tocó del puerto la raya:

Todos con la Música.

Escudo constante

de vida y de gracia,

libra del encanto

de Circe que mata.

FIN