Digital text for Contra el encanto el escudo
Publication date: August 22, 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Contra el encanto el escudo. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/contra-el-encanto-el-escudo.
CONTRA EL ENCANTO EL ESCUDO
Pag. 1
DOS LOAS Y DOS AUTOS
Mss 14689
Biblioteca Nacional de España
Pag. 2
Mss. 14.689
Biblioteca Nacional de España
Pag. 3
V. 12
Loas
y Autos sacramentales
del siglo XVII.
Jornada primera
Pag. 12
Seguido sobre la Fábula de ULISES Y CIRCE, Según la propone Homero en los Libros X y XI de sus Odiseas.
Ulises el Hombre - La Vista Circe la Culpa - El Gusto Venus la Hermosura humana. 1. Carro - El Oído Terpsícore la Música. 2. Carro - El Tacto Juno la Riqueza. 3. Carro - El Olfato Minerva la Discreción. 4. Carro - Mercurio El Ruido Gracioso - La Razón
Pues el mar nos permite
quietud, con que la nave facilite
la primera aprehensión de aquesta sierra,
amaina.
Pag. 13
Echa el esquife.
¡A tierra, a tierra!
El cosario de los astros,
peregrino de los orbes.
Texto tachado: Con el blando imán de Circe, el yerro del alma toque. Ven a mi encanto, ven, ven a mis voces.
Sale Ulises.
Sea del duro aspecto desta roca,
ósculo frágil mi obediente boca,
y en cada arena, de su altivo bulto,
pondré una adoración, dejaré un culto.
Con lenguas de humo le avisen
aparentes resplandores,
que la distancia los finja
y la vecindad los llore.
Ven a mi encanto, ven,
ven a mis voces.
En lo alto de un carro, que será por lo exterior a modo de peñasco, se descubrirá humo.
Mas si el rumor profundo
del orbe de cristal, inquieto mundo,
le ha dejado a mi oído
sana la distinción para el ruido,
dulces ecos me llaman;
y si los ojos con verdad se inflaman,
sobre el ara constante de una peña,
veo del fuego la infalible seña.
El cosario de los astros,
peregrino de los orbes.
Con el blando imán de Circe,
el yerro del alma toque.
Ven a mi encanto, ven,
ven a mis voces.
Segunda vez me informa la armonía,
y otra vez del escrúpulo del día,
por la verde espesura de la cumbre,
nube piramidal se hace la lumbre;
de acentos y pavesas
encienden mis temores, mis empresas,
incultas sendas en mi horror presumo;
viento es la voz, y la esperanza es humo.
¡Ah de mis compañeros!
Salen los Sentidos.
Obedientes
a tu precepto stamos.
Diligentes
sentidos míos, explorad qué tierra
es esta que pisamos; ved si encierra
pueblo civil o bárbaro agregado;
si de rey absoluto gobernado,
o libertad confusa se mantiene;
qué fortalezas, qué custodias tiene;
mientras que yo en la playa,
de los mares y montes atalayas
con vigilantes modos,
atenderé a la operación de todos.
Yo que la Vista soy, fragua primera,
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en quien cualquier objeto reverbera
con la exterior especie que me em-
le hurtaré sus espíritus al día.
Yo, que el oído soy, fiel instrumento
a quien hieren los golpes del aliento
para no embarazar mi atención suma
volaré sin los rasgos de la pluma.
Yo con el tacto que a mi acción alteras
o apacible, o severas,
traeré firme noticia deste suelo.
Yo para tu consuelo
del gusto adelantando los tributos
probaré la dulzura de sus frutos.
Yo bebiendo al prado sus primores
te informaré del vulgo de las flores.
Pues a explorar, sentidos, con presteza.
Al valle, al llano.
Al monte, a la aspereza.
Vanse por diferentes partes.
Si cosario de los astros
peregrino de los orbes
con el blando imán de Circe
el yerro del alma toque.
Ven a mi encanto, ven,
ven a mis voces.
Los sentidos te envío
sonora adulación de mi albedrío,
y la Razón también porque sin ella
cualquiera intento humano se atropella.
Diosa de la luz preciosa
dádiva generosa
del erario divino
primer oriente, rayo matutino
que al séptimo crepúsculo acalora
la precisa noticia del que adora.
Sale la Razón con alas, coronada de plumas blancas y un cristal en el pecho.
Oh, peregrino errante,
de quien es la razón, alma distante,
y el alma sin razón, próxima sombra,
como tu ciega confusión me nombra,
como tu voz me llama,
cuando en el vago rumbo de la fama
y en la ambición de tu horroroso pecho
has consentido a mi candor de hecho.
No es tiempo de culparme, Razón bella,
ni de admitir tampoco tu querella;
cuando van mis sentidos
libres, atropellados, y perdidos,
y sin ti.
Por ahora es tu disculpa
Sello: Biblioteca Nacional de España
Pag. 15
decir que ellos sin mí, yerran sin culpa;
y para no arriesgar sus propensiones,
te dejo en la razón de estas razones;
mientras vuelvo a informarte por entero
del peligro en que ya te considero,
y alegóricamente
Vase.
te he de ver pecador y penitente.
Fértiles selvas de esperanzas locas,
satisfaced con opulentas bocas
al insaciable monstruo del deseo
que hoy os viene a ocupar, mas allí veo
un villano.
Si Dios me deparara
alguien que me guiara
por estas peñas duras,
caíme de mi propio.
Sale ahora cayendo.
Desventuras
son de tu entendimiento divertidas.
Hombre, levanta.
(Ayúdale a levantar)
¿Conque yo he caído?
Necia pregunta de visible acaso.
Pues ya no me acordaba de este paso.
Corta naturaleza
en el caer, le dejó de la simpleza;
dime, ¿quién eres, hombre?
Solo tengo memoria de mi nombre,
única obligación que he mantenido,
de no olvidar jamás, que soy Olvido.
¡Oh, bien venido seas!
Sin razón me deseas.
En su lugar te admito.
Última calidad de tu delito;
tu ingratitud injusta te reprehende,
pues la memoria y la razón te ofende.
Dame los brazos.
¿Cómo tu imprudencia
pide al Olvido la correspondencia?
Tu protección me valga, pues la trato;
Sap. 16. et D. Tho. 22. q. 107. art. 4.
¡Que quiera beneficios el ingrato!
Mas si obligarme quieres,
aunque lo he de olvidar, dime quién eres.
Para vivir ingrato sin memoria,
solo al Olvido encargaré mi historia,
y en esta alegoría
en que el discreto mis acciones guía,
nadie de mí se olvide
que la Doctrina y la Verdad lo pide.
Ulises me llamo, Ulises,
y si lo reparas bien,
de Ulises y Olvido puedes
la memoria retener.
Ítaca, gloria de Grecia,
es mi patria; de su rey,
Pag. 16
Verde rama inmediata,
nací para su laurel.
Diome el Autor de la Luz
aquellos talentos que
descubre la aplicación
y esconde la estolidez;
brillantes disposiciones
que suelen resplandecer
perlas en la juventud,
diamantes en la vejez.
Esmeraldas en años de empezar
y estrellas al crisol del fenecer,
sin tutela del aliño
ni custodia del poder,
gobernaba los afectos
con tan recíproca ley
que andaba lo soberano
pendiente de lo cortés;
graciosa beneficencia
de los juicios de aquel
que ninguno los puede investigar
y todos con David han de temer.
En el espejo del llanto
muchas veces contemplé
de este microcosmos fácil
el alterable vaivén,
altiva máquina de oro
que del uno y otro eje
mueve al viento la cabeza
con el polvo de sus pies;
tanto, que amargo alimento
la vigilancia fiel
pan de lágrimas hacía
de la mesa del placer,
regando desde el campo de la Holanda
hasta el intacto culto del dosel.
Discreta modestia hería
de mi rostro el rosicler,
con los sustos decorosos
que en el treinta y nueve del
Génesis, coronó a Egipto
la azucena de Joseph,
como de la Majestad
lo enseña el Eclesiastés,
atendiendo a que debajo
del sol, nada puede haber
que en la vanidad no tenga
la fuga más descortés,
pues siempre es sombra al morir
lo que esplendor al nacer,
y viene a ser, la que antes fue quietud,
tribulación de espíritu, después.
No quise ungir mis ideas
de la palaciega tez
del injusto adulador
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cuya máxima observé
en el sagrado salmista,
y si acaso, alguna vez,
el fuego de la lisonja
que entre espinas suele arder,
traidoramente quería
liquidar mi solidez,
lo apagaba con voces de cristal,
saliendo al rostro edictos de clavel.
De la justicia mantuve
el indeclinable fiel
en cuyo peso los cielos
ponen sus ojos, por veer
sus estrellas y sus rayos
entre las manos de quien
rey los ha de colocar
y hombre los ha de encender.
¡Oh, grandeza de los justos,
que en vuestro solio tenéis
el celeste atributo de premiar
y el trisulco disforme de ofender!
Tremolé mis estandartes
siempre que necesité
de apagar la sed de muchos
solo con mirar mi sed,
que es misteriosa en sus aguas
la cisterna de Betlehem,
y ciñe al vaso el ejemplo
del que no quiso beber,
por templar con su templanza
a la adulta intrepidez
de un ejército que ama en el dolor
la tolerancia que en su dueño ve.
En diferentes batallas
salí vencedor, triunfé
de todos mis enemigos
como fuerte de Israel,
viendo a Dios, cuya esperanza
torre de firmeza fue
con que pude subyugar
la cerviz de Adarezer,
y de sus armas doradas
en una y otra pared
colgar votos, con que fuese
gloriosa Jerusalén
uniendo los metales de Beroth,
y agotando el erario de Beté.
En estas dichas (¡ay, triste,
infeliz, que las gocé!,
y es consecuencia del mal
la preterición del bien),
a este tiempo, la ambición
de Grecia por no caber
en el vastísimo mapa
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de su fértil redondez,
inventó empresas, y el fruto
de la más inútil, fue
el hipócrita caballo,
ofrenda tan al revés,
que abrasaba a la deidad,
a quien iba a agradecer.
Borró el aspecto de Troya
con la brocha de la pez,
subiendo a fuego el alma del color
y bajando a cenizas el pincel.
De su ruina escandalosa
alcázares levanté
en mi soberbia, comprando
a costa del padecer
fama, estimación, y nombre,
gusto, y deleite, de que
como joyas formidables
abultan a su pavés.
Junté gente de mi genio,
y esa nave al mar eché,
tan de mis deseos llena
desde el timón al bauprés,
que a no soplar tan de recio
el viento de mi altivez,
inmóvil risco la adorara el mar,
primer basa en las gradas de Babel,
tropezando con las islas
de los gigantes, me hallé
cautivo de Polifemo,
cíclope soberbio infiel
a cuya frente la noche
encajó su lobreguez
desde los párpados negros
de el inmodesto Luzbel,
dejándole en un carbunco
las luces del entender;
condición que no ha perdido
su naturaleza, aunque
privada de su excelsa dignidad
cayó inflexible en la tartárea red.
Vime en su poder, y dando
a su bruta desnudez
copia de vino, por capa
del sueño más descortés,
le hizo menos fiero el golpe
grave de la embriaguez;
con un encendido leño
de verde oliva, abrasé
del lucero peregrino
el óptico distender.
Vestido de pieles rubias
de sus manos escapé
entre las simples ovejas
que al tiempo de amanecer
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Hojas de amargura pastan,
y pisan flores de miel.
Repara en las alusiones
de esta alegoría, y ve
que a un misterio se reduce
la libertad de mi ser;
vino, fuego y oliva de la cruz,
disfraz y vellocino de la piel.
Ingrato a los beneficios
del que me los quiso hacer,
buscando nuevos errores,
me hice al mar segunda vez;
corrí deshecha tormenta,
y los vientos de tropel
me arrojaron a esta parte,
donde, viendo la esquivez
de las ondas, más benigna
puse en esta playa el pie,
y envié a mis compañeros,
a fin de reconocer
el país, cuya noticia
pronta aguardo, porque sé
que ellos en obedecerme
tienen no poco interés.
Esta es mi vida, mi historia,
y pues que la has de esconder
en los senos de tu olvido,
guárdala hasta tanto que
arrastre a mi memoria algún dolor,
que me acuerde misterios de la fe.
Digo que has dicho tu historia,
no sé si mal ni si bien,
pues de ella tan olvidado
estoy como de mi ley,
que a nadie la he tenido;
y no puedo responder
nada al caso, y es el cuento
que del caso me olvidé.
Bien hayas tú.
Dentro la Razón.
¡Ay, infelices
sentidos, que no tenéis
forma de aquello que fuisteis!
Dejadme retroceder
volando (¡ay, triste pena!)
a Ulises.
Sale ahora.
Razón, ¿por qué
con ansias lúgubres rasgas
plumas de tu candidez?
Toda tu atención aquí
el suceso ha menester.
Milagro es de la Razón
que yo en su presencia esté.
Canta la Razón.
Volaron los sentidos
al palacio de Circe,
en alas del precepto
que los dejó para el error, más libres,
y apenas convidados
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de sus hechizos viles,
su antojo rindieron,
apurando la pena con que sirven.
Cuando se transformaron
en los monstruos horribles
que imaginados hieren,
con la implacable sombra que los sigue.
La vista que solía
penetrar como lince,
padece oscuridades
de torpe noche en el regazo triste.
Al oído los golpes
de la cadena afligen,
si antes gozó lisonjas,
de intercadentes, despulsados cisnes.
El gusto, que aprobaba
fastidios del melindre,
a los robles les hurta
indignos frutos, y hojas a las vides.
Del cieno los vapores
el olfato percibe,
y atado al humo, llora
pisadas rosas, fáciles jazmines.
El tacto que entre holandas
impaciente se viste,
custodia de su sueño
duerme en el jaspe y como estatua vive.
Tan horrorosas formas
en su materia imprimen
que son menos crueles
la del lobo, del oso, y la del tigre,
deja pues que repita; ¡ay, infelices
sentidos, que no tenéis
forma de aquello que fuisteis!
Lastimado y ofendido
del suceso, y de su origen,
voy a librarlos.
Quiere irse y la Razón le detiene.
Repara.
No me detengas.
Ulises,
Ulises, ven al descanso
de los palacios de Circe.
No has de apartarte de mí;
pretendes un imposible;
pues mi furor.
La Razón
se estará en su fuerza firme.
Luchando los dos.
Pues yo sabré atropellarte,
Cae la Razón y Ulises la pisa.
y cuando tus luces pise,
coronándome de sombras,
me obedecerás.
Vase.
Pag. 21
Ulises,
Ulises, ven al descanso
de los palacios de Circe.
Mísero joven, ¿qué has hecho?
¡Ay de ti, pues ofendiste
con tu entendimiento proprio
al juicio, que te corrige!
Espera, indiscreto, aguarda;
(Levántase.)
mas, ¿quién podrá reducirte
si a mi inocencia destruyes
porque a tu culpa edifiques?
Yo también me voy.
¿A dónde?
A donde de ti me olvide,
que es fácil en cualquier parte
en que eres todo difícil.
(Vase.)
¡Qué bien los sacros Proverbios
en el capítulo quince
a la estulticia del alma
en esta forma definen!
Gozo de la necedad,
que de su llanto se ríe;
y al contrario, el que es prudente
todos sus pasos dirige
por las sendas de la luz.
Y el Eclesiástico dice:
¡Oh sueño del insensato
que a vana esperanza rindes
tus sentidos! A tu sombra
quieres poner cárcel firme,
y al bulto de tus engaños
al mismo viento prisiones!
¡Oh camino de las flores
que son espinas!
Ulises,
Ulises, ven al descanso
de los palacios de Circe.
Pues yo, del salmo a la letra
con David, sabré decirte:
Canta recitando.
Piedad Señor, piedad, porque pisada
del hombre, la razón, intacta y bella.
Si antes del cielo estrella
flor de estos campos es mustia y ajada.
Todos mis enemigos se juntaron
y armas de horror al día le pidieron,
sus deseos profanos encendieron,
y mi luz apagaron.
Cuando yo te invoqué, mi Dios, me oíste
y en la tribulación amarga y triste,
dilataste mi aliento,
oye mi ruego, atiende a mi lamento,
¡oh corazón de Ulises! ¿hasta cuándo
has de obstinarte grave,
y amar la vanidad que en polvo acabe,
tus engaños buscando?
Sobre los hombres, de tu rostro bello
pones, Señor, la luz, y abres tu sello;
Pag. 22
mi corazón se llena de alegría
pues mejorando tu fineza al día
con los frutos del Óleo, Pan y Vino,
podrá volver Ulises al camino
de la paz; oh, mi Dios, oh Señor mío,
única es mi esperanza, en ti confío.
El ilustre honor de Grecia
valiente y discreto Ulises
en hora dichosa llegue
a los Palacios de Circe.
Seguiréle cuidadosa
por ver si Ulises distingue
de la mirra de mi llanto
fragrancias que el cielo elige
Vase
Saldrá Ulises con la Música
El ilustre honor de Grecia
valiente y discreto Ulises,
en hora dichosa llegue
a los Palacios de Circe
Si llegare.
Va hacia la Música, y le detiene Mercurio que saldrá con alas, plumas y caduceo con una serpiente dorada
Espera, aguarda.
Quién eres tú, que me impides
mis pasos?
Mercurio soy,
inteligencia sublime
que asisto adonde me llama
la operación del que asiste
en todo lugar; y si unes
de mi nombre el alto origen
y de Ángel, que embajador
suena en griego (como dicen
la Boca de Oro y el Sol
de las Escuelas) colige
que Mercurio y Ángel vengo
enviado, a fin de advertirte
como ministro moral
auxilios que te iluminen,
ya que no con eficaces
que en tu albedrío acrediten
esencia de libertad
y ejecución infalible
Repara, pues, que aunque Dios
tus desaciertos permite
no quiere tu muerte, atento
a si llega a reducirte
el posterior beneficio
ya que de tantos te olvides,
que es máxima, en el sentir
de Séneca, hacer posibles
el remedio de un ingrato
esperando a que le obligue
entre beneficios muertos
el último que recibe,
este sea, el preservarte
(ya que el engaño te hechice)
Pag. 23
de la transformación bruta
que te previene una Esfinge,
con esta flor, que los hombres
con dificultad consiguen;
Dale un ramito de flores.
Moly en los cielos se llama
y cuando le latinices
el nombre griego repara
que Molis es tierno, y sigue
sin violencia de la voz
las propiedades sensibles,
pues cándidas son las flores
y negras son sus raíces.
Porque en ternuras se exhale
el que sus misterios mire.
¡Oh, azucena de los valles,
que dulce sombra apacible
del seno de oro descoges,
porque a una pasión animes,
con la memoria presente,
de la pureza que pide
la candidez de tus hojas!
Y no es menos repetible
de tus raíces la negrura,
pues sobre una muerte triste,
oscura, afrentosa, y fea
fundaste la más insigne
maravilla de tus gracias,
y aquí es también, donde sirve
de radical fundamento,
al penitente flexible,
la negrura, y de dolor
con que a la tierra se humille.
Guarda este antídoto, y guarde
también tu memoria, el timbre
de mi caduceo, en cuya
empresa, es bien te descifre
el alto significado;
pues la serpiente se viste
el blasón de la prudencia,
con que los riesgos evites
del encanto, y cuando el agua
tribulaciones conspire,
te apartes de las sirenas
y huyas de Escila y Caribdis.
Y otra más noble alusión
en los números admite
la serpiente de metal,
signo elevado, que exprime
salud, para los que heridos
de ardientes sierpes lo miren.
También te advierto, que al tiempo
que Circe pretenda herirte
con su cetro, la amenaces
con esa espada que ciñes,
en que dejo mis palabras
porque con ellas la afiles.
Estos son los documentos,
las persuasiones, los fines
a que me envía el Poder,
y la piedad; no te fíes.
Pag. 24
de tu ceguedad, y atiende
a la razón que perdiste.
(Vase
Oye embajador celeste
cláusulas con que te estime
tu fineza;
Ulises tarda
Vuestros acentos le guíen
El ilustre honor de Grecia
valiente, y discreto Ulises,
en hora dichosa llegue
a los palacios de Circe
Qué poderosa me arrastras
que sin violencia me rindes,
dulce, armónica, sonora,
grave cadencia, apacible?
mas si con la fuga puedo
hacer que el viento utilice
plumas del temor.
Va a huir, y a este tiempo sale Circe sobre un carro dorado, tirado de los sentidos, que tendrán formas de fieras, ella estará coronada de varias flores, tendrá un cetro en su mano, y a sus pies una esfera.
Villano
discurres, qué fácil es
que a las alas de tus pies
ceda el cetro de mi mano!
De tan rara majestad
huir, y escapar no puedo
cuando es sacrificio el miedo
del fuego de su beldad.
En crimen de especie muda,
mayor castigo mereces
pues me ofendes muchas veces
con la vista y con la duda.
Ningún obsequio me hicieras,
si antes de adorar mis aras,
o, por vil, me despreciaras,
o, por cruel, me temieras.
Pero huir, llegando a ver
la forma que me asegura
deponiendo a mi hermosura
del solio de mi poder;
es contumelia afrentosa,
y tan exquisita, que
jamás la vi aunque estudié
calamidades de hermosa.
Quién eres deidad, que enciendes
con tus iras tu belleza?
qué absoluta es su grandeza!
(Aparte
Yo lo diré, si me atiendes,
(Baja del carro
Yo soy Circe, cuyo nombre
tremendo, augusto, y feliz,
águila pudo a la fama
de plumas, y ojos vestir,
para que monstruos del viento
ya ruidoso, ya sutil,
divulgase mis acciones
en uno y otro cenit.
Pag. 25
por los átomos inquietos
del brillar y del lucir,
excediendo mi pompa
estupenda y gentil
a todas las imágenes del sol,
a cuantas voces respiró el clarín.
Soberbio es mi nacimiento,
ser culpa con que nací
de la temeraria cuna
de un luciente querubín,
cuyas plumas destempladas
presumieron escribir
la altísima semejanza
del que es Uno y tres en sí,
y rasgadas descendieron,
e imposibles de subir,
carbones de esperanza
o del humo matiz,
que vuelan en la oscura eternidad
negadas al oriente de salir.
También después en el hombre
segundo lauro adquirí
no de menor respecto,
pues se vino a transfundir
como género la especie
del eritis sicut dii;
acto de estímulo altivo
que en un fecundo jardín
le hurtó sus frutas a un árbol.
necio ladrón contra sí,
que comiéndose el delito
no lo pudo digerir,
hasta que en otro leño,
(¡ay, mísero de mí!)
el que negó la fruta como Dios,
racimo se exprimió de intacta vid.
Esto es en cuanto a mi origen
principal, y desde aquí
paso a mis trofeos, que
son tantos, que a competir
llegan con la infinidad
de cuanta necia cerviz
se dobla a mi planta; y paso
al arte con que vencí
en su milicia al hombre,
para que llegues a oír
los prodigios de mi ciencia,
de la magia el alto fin,
de mi vida los progresos,
y de mi estudio el ardid,
que en el fuego y el aire,
agua, tierra y raíz,
de hierba, planta, flor y mineral,
transforma las pasiones del vivir.
Sea el ejemplo del fuego
una envidia que encendí
con las primicias de Abel,
en las venas de Caín.
Pag. 26
Cuya ponzoña, abrasada
quiso a polvo reducir
la corta unión de la sangre,
que con traje pastoril,
vivía a expensas graciosas
del sacrificio feliz
en que escogía la fe
los tributos del redil;
y en tan aceptable llama
docta pude introducir
las émulas centellas
de la ceniza ruin
que estrenó en la palma el más traidor
desalumbrado, prófugo neblí.
El agua que es el cristal,
en que puede corregir
el llanto cuantos defectos
mira, el que atiende a su fin;
con las vanas reflexiones
de un incauto descubrir
la transparente armonía
de la rosa y del jazmín,
cuando Betsabé templaba
los impulsos del herir
sobre el astro organizado
de las cuerdas de marfil,
levantó rayos nocivos
a los ojos de David,
siendo magia perniciosa
del soberano desliz,
la desahogada nieve
del bañado carmín
en que puse el encanto del amor
y abracé al mejor hijo de Isaí.
Deste lazo escandaloso
(que fue ñudo, al desunir
la fineza militar
del arriesgado adalid
Urías) fue Salomón
firme consuelo; tan sin
recelos de sus ruinas,
como el que llegó a cumplir,
de Gabaón en la cumbre,
voto de holocaustos mil;
y despertando de un sueño
solo a Dios quiso pedir
discreción para saber
reinar en su edad pueril.
A este, pues, que levantó
al Templo, de su raíz,
adornando sus misterios
con el oro y el buril,
le vencí con los hechizos
de las beldades; y en fin
informado en la tierra
de su materia vil,
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3. Reg. 11.
y adoró en los sidonios a Astartem,
y al ídolo Moloch pasó a servir
confirme Absalón mi magia
lucero hermoso y gentil,
de los días de Israel,
tan perfecto, que por sí
le concluyeron las gracias
hasta el último perfil;
su cabello era del año
siglo de oro, sol de Ofir,
larga noche del diciembre
purpúreo arroyo de abril;
precio encrespado del aire
fácil undoso telliz,
que encubría los bostezos
del soñoliento nadir,
esta, pues, traviesa pompa
siempre trenzada hasta allí
por mi mano, se erizó
en áspid, para infundir
en su cabeza el delirio
del mando, el furor hostil
que le dejó en el viento
con sus cabellos, y
blanco de las tres lanzas de Joab.
bello clavel, del noto fue alhelí;
De todos estos prodigios,
joven puedes inferir
cuán absoluta es mi ciencia;
y si del orbe civil
de mis promulgadas leyes
dudas lo que has de elegir
verás que enjugando el alba
aquel sudor femenil,
aunque se afana a llorar
el donaire de reír
desentrañando a las nubes
el vago embrión sutil
que torpeza le bebieron,
a violencia han de escupir
y redoblando eficacias
de su rostro carmín,
celosa de mi imperio
en horrorosa lid
de rayos a las hierbas bordará
que antes de perlas procuró vestir.
Pero si dócil, si atento
te dejares persuadir
de mi voz; verás que el monte
hoy produce para ti
cuánta sujeción monstruosa
alcances a discurrir;
el león, rey de las fieras,
te será halago servil;
vendrá a ser tu alfombra el tigre
Pag. 28
que te guarda el jabalí;
adorará desde el mar
tu fortuna el delfín;
serán minutos las flores
de un momentáneo pensil,
que sin excepción de meses
a mi arbitrio han de vivir.
Gozarás cuantas delicias
imaginares, y si
te faltaren los deseos
los volveré a producir.
¿Tendrás ya qué dudar?
¿Tendrás qué temer, di?
¡Ay de ti, si te ruega mi poder!
¡Si tú me desprecias, ay de mí!
¡Oh gran Circe, en quien aprehendo
la hermosura de Naim
con más prodigios, que estrellas
guarda el despierto zafir,
pendiente de tus preceptos
estaré:
Pues ven tras mí
a gozar, a poseer
a no esperar, y a decir.
Al alcázar de Circe camina
con paso feliz,
quien tendrá más placeres, que perlas
las fuentes de Elim.
Éxodo, 15
Éntranse con la música por una parte, y salen por otra.
Las piezas de mi palacio
has de ver correspondidas
de las piedras más lucidas
desde el diamante al topacio;
mi familia gobernada
de mi excelsa majestad
muestra en cada calidad
una admiración postrada.
Y porque mi amor procura
que sin embarazo veas
la perfección que deseas,
fía de mi propria hermosura:
Ábrese el primer carro, que se adornará de tocadores y espejos, y sale de él, la Hermosura, y antes de cantar representará la redondilla:
No es difícil convencer
la arriesgada inclinación
del que pide a su elección
cuanto le puede ofender.
Los jardines de Chipre
me produjeron
para rosa de Adonis
alma de Venus.
En mi pecho Cupido
chupa sus gracias.
Pag. 29
y en mis labios recoge
flechas de nácar.
En mis aras consumo
tantos alientos,
que aunque en aire se acaban
no basta un templo.
Mi cadena es el premio
de todo el orbe
y de estímulos sirven
sus eslabones.
Ya me cansan las voces
de los rendidos
y me ofende la sombra
de los suspiros.
Es tan alta mi idea,
que en su concepto,
faltan respiraciones
para mi obsequio.
Cada flor que amanece
para servirme
anochece en el siglo
de arrepentirse.
Mírame, Ulises, mírame, Ulises,
que me sobran descuidos
para rendirte.
Su acabada perfección,
o verdadera o fingida
es el alma de mi vida.
Repara en la discreción;
¿hola de Minerva?
Ábrese el segundo carro, que se adornará con un olivo, de cuyas ramas estarán pendientes varios libros e instrumentos matemáticos; saldrá Minerva y en su celada traerá una lechuza.
A tu acento
mi ciencia obedecerá,
y a Ulises le propondrá
este sutil argumento:
Canta.
Nace Amor cuando es perfecto
del concepto
del juicio,
que se mira fecundado
del cuidado
conocido.
Voluntad que a nada atiende
cuando enciende
sus acciones,
es dibujo que en su sombra
mancha y nombra
las colores.
El amar discretamente
en la mente
de los sabios
es aquel conocimiento
fiel y atento
de su amado.
Pide amor correspondencia
en la esencia
Pag. 30
¿Y el que el mérito destruye
cómo arguye
sin premisas?
¿Luego aquel que conociere
lo que quiere
digno y bello,
tendrá gloria en lo que adora
que no ignora
que es perfecto?
¿Luego tú, que a Circe miras,
cuando aspiras
a su trono,
o has de amarla, o eres necio,
con desprecio
de sus ojos?
Óyeme, Ulises,
óyeme, Ulises,
que me sobran conceptos
para argüirte.
Déjame tan precisado
tu prodigioso argumento,
que todo mi entendimiento
es razón de lo probado.
Si te paga la opulencia,
en mis riquezas repara;
¡hola de Juno!
Ábrese el quinto carro, que se adornará con el arco
iris. Una ara llena de vasos de oro y alhajas
preciosas, y un pavón que las guarda con las
alas extendidas, y sale Juno.
No es avara
la expresión de mi obediencia.
Canta.
En este alcázar grande
en donde tiene altar
de Circe generosa
la rica majestad,
del mundo subterráneo
el nervio sustancial
se agota por estilo
del adquirir y el dar.
Del aire taladrando
están la vanidad
agujas de diamantes
en basas de cristal.
Las nubes que en los techos
del oro son disfraz
lloviendo perlas, rompen
su blanda tempestad.
Los rayos del carbunclo
vivientes siempre están
sin conocer ocaso
del nocturno animal.
Rubíes y zafiros
son vulgo popular,
que atiende quien se paga
de mucha variedad.
Las plantas, por aborto,
Pag. 31
En todos tiempos, dan
las olas de esmeraldas,
las flores de coral.
Culpándose de Midas
la inútil necedad,
el oro es comestible
y precioso el manjar:
diversas plumas mullen
el catre del solaz
y el Fénix no se abrasa
por dejar las que trae.
Créeme Ulises, créeme Ulises
que me sobran riquezas
para servirte.
Si tus riquezas poseo
Circe hermosa, y liberal,
ya no quiero más caudal
que el erario del deseo.
Ni aun ese te ha de faltar;
¡Ah de la acorde harmonía
de Terpsícores!
Ábrese el 1.º carro, que se vestirá de un laurel
coronado de varios instrumentos músicos, y sale
Terpsícore tocando uno.
Ya el día
de tu voz, llamó a cantar.
Canta.
Desciendan los orbes al plectro sonoro
que hiere mi mano
trémulas porque yo los inquieto
fáciles pues su ruido es mi cántico.
Despierten sus ojos, que sueñan hechizos,
dormidos los astros
póstumo, lucimiento del día
último frenesí de sus párpados.
Al dulce donaire, travieso y cadente,
que adornan mis labios,
víctima se destine volátil
plácida la atención de los pájaros.
De riscos, y hiedras arranquen los troncos
raíces y lazos,
fértiles pues mis voces esperan,
íntimos, con la unión de los átomos.
La red apacible de acentos sutiles
que teje mi encanto
número me aprisione de fieras
dóciles sin memoria del páramo.
La vena suave del orden fecundo
que libre declaro
lírico ponga freno a los ríos
límites en la senda de rápidos.
Óyeme Ulises,
óyeme Ulises,
que me sobran dulzuras
con que te hechice.
Su perfecta consonancia
ingeniosamente deja
Pag. 32
en tu silencio a mi queja
y en mi encanto a tu elegancia.
De mi grandeza hospedado,
de mi familia asistido
nada generoso griego
echarás menos; el hilo
dorado de las delicias
en el feliz laberinto
de mi alcázar seguirás;
y ahora intento (aquí es preciso
Aparte
pues admite mis ofrendas
ser fuego de su albedrío)
que repares tus trabajos,
y fatigas del camino,
con una bebida dulce
que de las flores destilo,
tan eficaz, tan preciosa,
que en el estudio exquisito
con que la preparo, logro,
mucho más que lo que pido.
Juno sírvele la copa
a Ulises, con el más rico
vaso de cuantos adornan
a mi regio frontispicio.
Con diligencia obedezco
las órdenes de tu arbitrio.
Vase
Y vosotras entre tanto
repetid con claro estilo:
Ya de Circe admitido es Ulises
su dueño feliz
que tendrá más delicias que perlas
las fuentes de Elim.
Vuelve a salir Juno con una copa y vaso muy rico y se la servirá a Ulises.
Bebe Ulises; de esta suerte
Aparte
ha de probar mis hechizos
para transformarle en bruto.
Con mucho recelo aplico
Aparte
el labio al vaso; y aquí
me aprovechará el aviso
que el enviado Mercurio
me dio; su antídoto elijo
conservando la memoria
del remedio peregrino
sobre la flor blanca, y raíces negras.
¿Qué dudas?
Estimo
fuera del merecimiento,
los favores que recibo,
ya te obedezco.
Bebe
Aquí viene
Aparte
a la letra, lo que dijo
Job, que bebe el hombre frágil
por cristales sus delitos.
Ya la confección bebiste,
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Y ahora, de mi cetro herido,
verás que en monstruos...
Va Circe a darle con su cetro, y Ulises arranca la espada y la amaga con ella.
Mi espada,
con sus agudos filos,
que es la palabra que oí
de un soberano ministro,
podrá romper la cabeza
a cualquier dragón nocivo,
como lo advierte el Apóstol
y el Crisóstomo, en su mismo
lugar.
¡Ay de mí! Suspende
Póstrase a los pies de Ulises.
de ese acero vengativo
la sombra, y el duro amago
que me vuelve a los principios,
del negárseme la entrada
en el feliz paraíso
con una espada versátil
de fuego (¡rabias respiro!),
y aunque tú (¡valedme, furias!)
de esgrimirla eres indigno,
basta esa memoria, y basta
mi infierno, pues no hay olvido.
¿Dónde estás, borrón ingrato
de la noche de los siglos?
Sale el Olvido bostezando.
Nunca te dejo, y aunque
tuve este rato por mío
cuando en memoria despierta
me consentiste dormido,
ya vuelvo a ampararte.
Levantan el Olvido y las dos mujeres a Circe.
Todas
a tu reparo acudimos.
Yo, con el olvido, quedo
bien hallado, y más perdido.
Vuelve la espada a la vaina y Circe se pone el lienzo a los ojos llorando.
Viendo, Circe hermosa, el tierno
embarazo cristalino
con que se apartan tus ojos
del lenguaje de los míos,
no llores, beldad.
Ya vuelve
Aparte.
al llamamiento atractivo;
pavesa muere en el riesgo
aquel que adora el peligro.
¡Tirano Ulises, traidor,
falso, alevoso, enemigo,
que con cautela...!
Mi dueño,
cese el rigor, y si he sido
la causa de tus enojos...
Pag. 34
perdona a mi desvarío;
En este segundo cerro
(apart.
mayor victoria consigo,
pues culpa a su razón, y hace
de su sinrazón alivio.
¿Finges Ulises?
No busques
más verdad, que mis suspiros,
en que siente mi confianza
que tú no puedas seguirlos.
(Su espíritu es aire blando
(apart.
como el sabio lo previno.
Pues llega a mis brazos.
Toda
(abraza a Circe.
el alma en ellos te rindo.
Ven a tomar posesión
del trono que te dedico.
Antes tengo que pedirte
una merced.
Solo aspiro
a darte gusto.
Mis pobres
compañeros, que son cinco
nobles, leales, y atentos
sé, que en brutos convertidos
agravian mi propria forma
con sus torpes ejercicios;
y para que dignamente
te sirvan.
Obedecido
quedarás luego, en que vuelvan
a su grado primitivo.
¡Oh, error del abismo, que
(apart.
pasas de uno en otro abismo!
Huyendo de la razón
hecha menos los sentidos.
Ven mientras dicen las voces
celebrando tu dominio.
En los brazos de Circe, descansa
Ulises feliz,
que tendrá más delicias, que perlas
las fuentes de Elim.
Sello de la Biblioteca Nacional
Vanse con la música; y sale la Razón.
¡A dónde vas, ingrato,
errante peregrino,
en la razón tan libre,
como en el mal cautivo!
¿A dónde vas bebiendo
la sombra de tus vicios,
sediento de la frágil
imagen de Narciso?
Quejosa y lastimada
a tus desdenes sigo,
y eco soy que en tu culpa
me dan razón los riscos.
Pastora de mis ansias
las guardo en mi retiro,
y cresce mi ganado
Pag. 35
del dolor que concibo.
Bella soy, aunque negra,
y el sol me ha colorido
dejándome en sus rayos
las prendas del aprecio.
Si atiendes las colores
que al cielo le he debido,
la grana es mi desmayo,
la nieve mi suspiro.
Escucha del esposo
el amoroso silbo,
que es mirra destilada
del labio de sus lirios.
Advierte que te mira
celoso y escondido
entre canceles que hacen
misterios del recibo.
Recoge, pues, ingrato,
potencias y sentidos
antes que de oro y plata
tu vida rompa el hilo.
Sale la Vista.
Pues ya a mi primera gala
restituida me miro,
quiero con velocidad
gozar del hermoso sitio,
toma un retrato de Venus del carro de Juno
que dispensa a mis objetos
las juventudes del viso.
Oh, Vista, si descubres
al astro matutino,
¿podrá ser que a la tarde
ciegues de haberle visto?
Sale el Oído.
Eclesiastés 2. versículo 8.
Ya sin embarazo puedo
oír los métricos himnos
que la música dispone,
toma un instrumento músico del carro de Terpsícore
con preciosos sostenidos,
y al compás de las delicias
ajustaré mis aliños.
ídem 12. versículo 4.
Las falsas lisonjeras
de los versos medidos,
cadencias serán falsas
de sordos desatinos.
Sale el Gusto.
ídem 2. versículo 10.
Ya es tiempo de que a los troncos
arranque frutos opimos,
coge unas frutas del carro de Minerva
hurtando al viento las aves
de más infestado nido,
al mar peces, y a la tierra
sus sabrosos sensitivos.
ídem 12. versículo 5.
Lucas 15.
Crecerá en la langosta
el veneno ofensivo,
y encontrarás el hambre
del más pródigo hijo.
Sale el Tacto.
Lograr pretendo mi suerte
Pag. 36
Sap. 2. v. 9.
que por tacto me ha cabido
dejando por las veredas
del licencioso camino
en cada huella una seña
de la alegría que piso.
Toma un penacho de plumas del carro de Juno y se le pone.
Eccles. 12. v. 6. et 7.
Romperase en la fuente
el barro quebradizo
y verás como el polvo
se vuelve a su principio.
Sale el Olfato.
Sapi. 2.
Antes que la flor del tiempo
desatando sus hechizos
Coge un ramo de flores del carro de Amor y huele.
llore mustios desengaños
con la pereza del frío,
atravesará mi olfato
amenos prados floridos,
coronando mi afición
de rosas y de jacintos.
Eccles. 12. v. 5.
Florecerá el almendro,
y en el febrero mismo
hará temblar el Noto
a los cedros altivos.
¡Favor, piedad, mi Dios,
venga tu auxilio!
Mas retirada a una parte
observaré los designios,
acciones y movimientos
de Ulises y sus sentidos.
En medio de estas delicias
repetiremos festivos,
bailemos alegres
pues el tiempo quiso
darnos tanta parte
de sus incentivos.
Cuanto la fortuna
mejorada vino,
vamos, y en sus aras
tenga agradecidos.
Ábrese segunda vez el 1º carro y véase Ulises durmiendo reclinado en las faldas de Circe; y lo interior del carro será de un pabellón muy rico bordado de diversas flores.
En el regazo de Circe
confunde Amor sus prodigios,
pues sueña Ulises despierto
lo que consigue dormido,
a espacio, silencio, hola, quedito.
¡Qué neciamente descansas
sobre este lecho, mullido
de volátiles lisonjas,
colgados a los más ricos
tapetes, en que se excede
el sutil primor de Egipto!
Ya lo advierte en sus proverbios
Salomón, ¡oh inadvertido
joven!, que facilitando
tu quietud, para mis tiros
Pag. 37
aguda saeta esperas,
que abrazas tus desaliños,
hasta que el día bostece
complicados parasismos.
Víctima de sus alientos
lisonjea el precipicio,
que entre los lazos que armaba
el ansia de repetirlos,
Salen la Música, Minerva, Juno, y Venus, cantando: En el regazo de Circe, etc.
En brazos de aquel cariño
en que ciño mi atención,
corazón, corazón,
sosiega, pues el Céfiro
callando pone en calma
el alma de tu acción.
Descansa, pues la constancia
que es instancia del amor,
superior, superior,
ofrece fuego y púrpura,
con que mantiene y quema
diadema y esplendor.
Las flores vierten su licor
en los brazos del Abril,
que es sutil, y es sutil
la envidia de sus túmulos,
al ver que Circe hermosa
es rosa, y es pensil.
Las fuentes por no ofenderte
en la suerte del gozar
quieren dar
liciones a los mármoles
que explican siendo mudas
las dudas del callar.
No estudian hoy las abejas,
por tus quejas, el primor
de la flor,
que en sus prisiones débiles
se exhala, sin el viento
violento del rumor.
Amante el vuelo no toma
la paloma, hacia el vergel
porque fiel
arrullos teme fáciles
que inquieten con sus llamas
las ramas del laurel.
Duerme sin fúnebres
pálidas ansias.
Duerme con fúnebres
pálidas ansias, etc.
Tú que del Tártaro
Tú que del Tártaro
hórridas próximas sombras abrazas,
hórridas próximas sombras abrazas.
Seas la víctima.
No seas la víctima.
Pag. 38
Mísera y vana.
Prisionera so
del fuego lúgubre,
rápido estímulo,
fuerte del alma.
¡Qué bien el tósigo!
¡Qué mal el tósigo!
Mágicos encantos
a nuevos crímenes,
áspides trágicos
de iras tiranas.
Vanse.
Proverb. 6. v. 9.
¿Hasta cuándo has de dormir,
perezoso Ulises? Basta
el sueño.
Ya le he infundido
la idea más temeraria,
para que descienda al reino
del inflexible monarca
Plutón.
Psalm. 6.
Señor, no le arguyas
con tu furor; con tu saña
no le castigues. Enfermo
está Ulises, tú le sana.
Ya conturbados sus huesos
con la turbación del alma
se disuelven. Mas, Señor,
tu misericordia es tanta
que espero que has de librarle,
sin que a las prisiones vaya
en que nadie te confiesa.
La muerte con que te paga
mi Dios, envía un auxilio
de tu inviolable eficacia.
Sale Mercurio que traerá un escudo cubierto con un tafetán carmesí.
Ya con una inteligencia
de su piedad soberana,
tiene Razón la respuesta.
¡Feliz quien llegue a escucharla!
¿Ulises, Ulises?
¡Cielos!
Despertando.
¿Quién me nombra? ¿Quién me llama?
¡Ay de mí, que este sin duda
le dio el antídoto!
Baja
desde ese solio mentido
a la humilde verdad llana
de tu polvo.
Ya ejecuto,
Mercurio, lo que me mandas.
Quiere descender y Circe le detiene.
Canti. 8.
No podrás, porque mi amor
será tu muerte, y tirana
como el infierno mi envidia.
Pag. 39
¡Hola, presto, ah de mi alcázar!
Salen todos.
¿Qué mandas?
¿Qué nos ordenas?
Que a Ulises le pongáis guarda.
Suelta, Circe, porque al Cielo
agravias en cuanto me agravias.
Baja Ulises, y postrase a los pies de Mercurio, y síguele Circe.
Prendedle luego, Sentidos.
¿Cómo podremos si manda
la Razón?
Valga el olvido.
¿Cómo quieres que te valga
si en la memoria del polvo
contempla el fin que le aguarda?
¿Y vosotras, Perfecciones?
Tan necia como pesada
eres, Circe, y eres culpa;
y para que de ti salga
Ulises, correré el velo
a este escudo y a sus armas.
Descubre el escudo que será dorado, en su campo tendrá una Cruz Roja, y en medio un Cáliz con su Hostia.
Del Hércules soberano
es blasón, y de su casa
la más heroica grandeza.
¡Ay de mí, que ya me pasman
los misterios de su enigma!
memoria fecit mirabilium suorum.
¡Oh, memoria la más rara
de todas sus maravillas!
De sus proezas y hazañas
aquí en realidad descubre
firmeza de sangre hidalga,
viendo que pisó al león
infernal, dejando hollada
a la hidra vil ponzoñosa,
en cuya cabeza vana
la más perfecta mujer
puso sus divinas plantas;
y de su amor obligado
se vistió en la forma humana
de su traje, sin perder
la inmortal eterna gala,
que por parte del repuesto
divino, esencia increada,
desde ab eterno le sigue;
y porque nada le falta
al Hércules misterioso
que el escudo me señala,
con la humildad de su amor,
hiló también, como lana.
Pag. 40
por boca del Rey Profeta:
la nieve con que preparan
sus ojos los penitentes
para las estolas blancas
del Cordero, y el vestido
de la pureza se labran.
Que en el leño de la Cruz,
pendiente de tres escarpias,
hiló el precio de los siglos
con el valor de su grana:
y del dorado gusano
Fénix que el abril repartas
en renovables tareas
de su cuna y su mortaja,
el jeroglífico apunta
del hilo la semejanza,
pues hilar hebras de vida
es juntar formas gloriosas,
que a la inmortal duración
como viático nos llaman.
Este es de amor el Escudo
que corona nuestras almas
como lo canta David
cuando el salmo quinto acaba.
Y la fe el Escudo fuerte
que nos protege y nos guarda
de las puntas encendidas
de Luzbel, como lo encarga
a los de Éfeso el Apóstol;
Y la Empresa Sacrosanta
de Amor, en su non plus ultra,
es con propiedad fundada
el Escudo de la fe,
que en las tremendas batallas
del Hombre, no deja parte
que no quede asegurada
del todo, que en toda junta
guarda su cuerpo y sustancia,
que es calidad del Escudo
que el Crisóstomo repara
en la fe con la del diablo;
Y pues su Amor me arrebata,
su fineza me aficiona
y su manjar me regala,
con delicias infinitas
quede Circe castigada,
sin holocausto su altar,
sin adoración sus aras,
derramados sus hechizos,
impracticable su magia;
desvanecida su pompa.
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y destruida de arrogancia;
Ea compañeros míos,
esa nave, carenada
de mis torpezas, con nuevo
lastre, de llanto y plegarias,
vuelva al mar, y el norte fijo
por la estrella desvelada
de Tres Magos, a Belén
nos guíe, porque en su cara
que es de pan, después de haber
pasado, por las amargas
aguas, de la penitencia,
nos repare su vianda
contra el encanto el escudo
hoy del hechizo me apartas;
y para que celebremos
tan gran victoria, las cajas
y clarines, den al aire
señas de fuga y de marcha.
Tocan. Cajas y clarines.
Sígueme Ulises.
Vase
Tus huellas
son de mi razón las alas.
Vase
Venid todos.
Vase
Obedientes
seguiremos tus pisadas.
Vanse
Ulises.
Tu voz desprecio
¿Que me olvidas?
No repara
que obedece a una memoria
que a mí, en tu olvido, me arrastra
Vase
¿Terpsícore?
Tu armonía
fío en fe de una palabra
Vase
¿Juno?
Aquel escudo de oro
tiene riquezas tan altas
que pan de ángeles ofrece
Vase
¡Discreción!
Sin juicio me hablas,
viendo que mi entendimiento
conoce el bien a quien ama
Vase
Hermosura.
Del amado
las perfecciones son tantas
que en cada rosa vertida
hallo mil vidas premiadas
Vase
¿Todas me dejáis? ¡Ah, infieles!
Ulises, Ulises;
Vaya
la nave al piélago
Viva
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al mar
Las sirenas vagas
confundan con sus halagos
del bronce hinchado las salvas.
Clarines y cajas, y al mismo tiempo dice ella con la música.
Ingrato, te ausentas,
tirano, me matas,
me deja el fuego,
te lleva el agua.
Aquí se verá Ulises con todos los demás navegando en una nave que traerá un fanal encendido, y sobre él, el Escudo del Sacramento.
Atadme al árbol, que explica
muerte y leño; y cera blanda
aplicad a mis oídos.
De la sirena escapa,
Escila y Caribdis, sorbed
la nave en vuestras entrañas.
Confesados los horrores
de las tormentas pasadas,
la nave del mercader
segura su trigo pasa.
Y para que veas, Circe,
que el Escudo que me aparta
de tu nocivo veneno,
de tus hechizos y magias,
es el misterio divino
del Cordero; que en las aras
incruentas, su memoria
nos deja representada.
Ábrense los dos carros.
Mira de Melquisedec
la mesa.
También repara
en el celestial rocío
que al vellocino se encarga.
La serpiente de metal
a la poderosa causa
del imán, que es Cristo, ofrece.
Y la piedra celebrada
del desierto fuente viva
en piedades se derrama.
Montes, mares, peñas, ondas,
brutos, peces, aves, plantas,
Vesubios, ráfagas, Etnas,
sombras, vestiglos, fantasmas,
opio, cicuta, beleño,
centellas, furias y rabias.
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Amparadme, defendedme,
pues ya sus victorias canta
contra el encanto el escudo;
y yo diré en mi desgracia:
Ingrato, te ausentas,
tirano, me matas,
me dejas el fuego,
te llevas el agua.
Húndese entre muchas llamas.
Nosotros repetiremos,
navegando con bonanza,
después que la alegoría
tocó del puerto la raya:
Escudo constante
de vida y de gracia,
libra del encanto
de Circe que mata.
FIN
