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Texto digital de Contra el encanto el escudo

Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026

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Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Contra el encanto el escudo. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/contra-el-encanto-el-escudo.

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CONTRA EL ENCANTO EL ESCUDO

Pag. 1

DOS LOAS Y DOS AUTOS

Mss 14689

Biblioteca Nacional de España

Pag. 2

Mss. 14.689

Biblioteca Nacional de España

Pag. 3

V. 12

Loas

y Autos sacramentales

del siglo XVII.

Jornada primera

Pag. 4

Loas y autos sacramentales contenidos en este volumen. En el Retiro el maná (Loa) Contra el encanto el escudo (Auto) Sobre la salud del Rey nuestro Señor (Loa) Música enseña el amor (Auto)

Sello: BIBLIOTECA NACIONAL

Para el auto intitulado: Contra el encanto el escudo, que ha de representar la Compañía de Damián a sus Majestades y a esta Villa de Madrid en la fiesta del Corpus de este año de 1693. En el Retiro el maná. Metáfora sobre las ermitas, jardines, fuentes y estanques del Buen Retiro, y estatuas singulares de él. Palacio Galán = Damián. Buen Retiro Galán = Diego Antonio. Jardinero = La Baña. 2 hombres para acompañamiento de Palacio. 1 Hombre = Cárdenas. La Sabiduría = Águeda. La Vida Activa = Manuela. Vida Contemplativa = Mariana. 1ª Dama = Jacoba Laura. 2ª Dama = Cisneros. 3ª Dama = Francisca La Baña.

Sale la Vida Contemplativa.

Canta.

Vida Contemplativa.

En día de gracias

de vino, y de pan

¿quién de los mortales

quien me dirá

dónde hallaré el maná?

Sale por la parte contraria la Vida Activa sin verse la una a la otra.

Canta.

Vida Activa.

En día que es todo

delicia y solaz

¿quién de los mortales

quien me dirá,

dónde hallaré el maná?

Las dos.

Rayos, luces, planetas, estrellas y cielos;

rocío, nubes, escarcha y hielos,

¿quién, quién me dirá

dónde hallaré el maná?

Pag. 5

Representa Contemplativa.

Contemplativa.

Mas tú que mi voz invitas.

Activa.

Mas tú que el eco vocal

me hurtas.

Contemplativa.

¿Quién eres?

Activa.

Lo mismo

te pregunto.

Contemplativa.

La verdad

de Vida Contemplativa

que soy, te responderá;

Activa.

No quisiera parecerte

en la casualidad

tu opuesta, y competidora,

pues soy Vida Activa.

Contemplativa.

No hay

cuestión, en el punto de

el servir, o, el contemplar

principios de entendimiento,

o, causas de voluntad.

Activa.

Pudiera haberla, pues quien

sirve, y contempla, hace más

que el solo contemplativo:

Contemplativa.

En esta dificultad

yo tomo la mejor parte

que a María se le da,

quédate con la de Marta

entre el asistir, y amar;

porque el día va tan lleno

de perfección, y de paz,

que no deja a la disputa

tiempo, ocasión, ni lugar,

y así vuelvo a repetir.

Activa.

Y yo volveré a cantar.

Las dos.

Rayos, luces, plantas, estrellas, y cielos,

rocío, nubes, escarchas, y hielos,

quién me dirá,

quién me dirá,

dónde hallaré el Maná.

Por la parte de la Vida Activa sale el Palacio con los dos hombres que le acompañan: y por la de la Vida Contemplativa sale el Buen Retiro con un Jardinero.

Palacio.

En mi Alcázar le hallaréis.

Retiro.

En el Buen Retiro está.

Palacio.

¿Cómo siendo yo el Palacio

Regio, quieres disputar

mi grandeza?

Retiro.

¿Cómo siendo

yo el Buen Retiro, podrás

en metáfora del día

mi sitio desfigurar?

Jardinero.

Y más cuando el Jardinero

soy yo, y con gran claridad

daré noticia de todo

lo que pudiere importar.

Activa.

Yo siendo la Vida Activa

seguiré la propiedad

de Palacio.

Contemplativa.

A mí el Retiro

para contemplar, me da

las horas de la quietud

y ocios de la soledad.

Hombre 1.

Yo con mi atención espero

mi fineza coronar.

Pag. 6

Hombre 1.

en día que Amor se ofrece

cortés, gracioso, y galán,

Hombres.

todos estamos de parte

de Palacio.

Palacio.

Está además

con mi argumento, la guarda

de vuestra conformidad

porque si hoy derrama el cielo

al misterioso maná

admiración de los hombres,

y vianda angelical,

a quien la sabiduría,

le llama célebre pan

lleno de toda dulzura

de sabor, y suavidad:

a Palacio ha de tocarle

la gloria de este manjar

que es de Ángeles, y estos son

en la corte celestial

los primeros asistentes.

Retiro.

Responda por mí Tomás

con su angélica agudeza

que sobre el mismo lugar

y otros de David, explica

la diferencia que hay

entre hombres, y Ángeles, en

comer al divino pan,

porque el Ángel, en su especie

propria de la caridad

perfecta, y unión con Cristo,

le vee en su gloria inmortal

y le goza sin la fe:

mas el hombre, que incapaz

es de ver a Dios, estando

en esta vida mortal

hasta consumar el premio

su eterna felicidad

en la patria, por la fe,

se une con Cristo, y el pan

como sacramento come

y con esta calidad

no le come el Ángel.

Palacio.

Pero

dime, cómo salvarás

el que siendo esta merced

decreto de un memorial

de amor, y pasión que baja

de la triunfante ciudad

despachado en toda forma

de la diestra natural

del poderoso, no tenga

Palacio la principal

parte del sacro registro

de esta gracia!

Retiro.

Porque va

la merced acompañada

del retiro y del disfraz

y la pone en cifra el rey

de la gloria que se da

todo a todos por la vía

reservada, sin dejar

que ninguna inteligencia

baje por su majestad.

Pag. 7

Retiro.

Y aunque es de fe que en el Cielo

queda su Persona Real

por esencia y por presencia

con esta misma Entidad

aunque arreglada y ceñida

al modo Sacramental

al Buen Retiro de embozo

viene Pastor Bueno, y va

por el Campo la Azucena

de su Santa Humanidad

con el Supuesto Divino

que es el Oro que en sí tray

Palacio.

¡Campo y Buen Retiro! Creo

que en la metáfora das.

Buen Retiro.

Dicha será de mi Sitio.

Palacio.

Y también mía será

si la pruebas.

Buen Retiro.

No es difícil

cuando de mi parte está

la Sabiduría, que

atenta, docta y moral

vendrá presto, si estas dos

volvieren a preguntar.

Las dos Vidas.

Rayos, luces, planetas, estrellas y Cielo,

rocío, nubes, escarchas y hielos,

¿quién me dirá,

quién me dirá

dónde hallaré el Maná?

Sale la Sabiduría, dama, con las dos que la acompañan.

Sabiduría.

El Buen Pastor, en Buen Retiro está.

Música.

El Buen Pastor en Buen Retiro está.

Sabiduría.

Y en metáfora pía

Música.

Y en metáfora pía

Sabiduría.

Oigan los tropos que su Sitio envía.

Música.

Oigan los tropos que su Sitio envía.

Retiro.

Quiero ver cómo en mi Sitio

desempeñas tu argumento

probando que en mis jardines,

ermitas, fuentes y regios

simulacros, el Maná

y el día se están uniendo,

y a este fin diré por partes

lo que en aquel todo encuentro.

Sabiduría.

Admito el empeño.

Retiro.

Pues oigamos tu desempeño.

Retiro.

Jardín Alto de las Flores

me ocurre.

Sabiduría.

Y no sin misterio,

siendo el más alto y florido

le has encontrado el primero.

Alto jardín y cerrado,

integridad y respeto,

flor es, Vara de Jesé,

Virgen y Madre del Verbo,

carne y flor de su raíz,

María, gloria del Cielo.

Retiro.

Jardín de la Reina.

Palacio.

¿Cómo

pudiera faltar el premio

del nombre y de la corona

a tanto merecimiento?

Música.

Flor de pureza intacta.

Pag. 8

Música.

Reina de tierra y cielos

el maná soberano

al mundo tus virtudes nos trajeron.

Retiro.

Al cuarto Filipo, al grande

en su caballo contemplo.

Sabiduría.

Los cánticos de Abacuc

dan al simulacro el cuerpo

diciendo que el Señor sube

sobre sus caballos, siendo

la sanidad su camino,

y en este aparato regio

pone a la salud de Cristo

el Crisóstomo discreto;

con que hoy sin dejar mi asunto

de bronce en la estatua vemos

premiada la sanidad

de aquel católico pecho,

que siempre firme y seguro

con un igual movimiento

corrió, voló y defendió,

a los dos altos misterios

de la Concepción en gracia

y alteza del sacramento.

Música.

Oh, simulacro insigne

del defensor más tierno

del maná y de María,

tu bronce es parte que le toca al cielo.

Retiro.

De los reinos al jardín

voy bajando.

Palacio.

Y yo subiendo

sus armas que a Salomón

guardan el augusto lecho.

Todos con lealtad piadosa

por la religión han puesto

erarios, hijos y vidas

propugnando y defendiendo,

contra africanas banderas

y ejércitos sarracenos,

maná divino, y pureza

virginal, con fe y con celo.

Música.

Con las unidas armas

de vigilantes reinos,

buen pastor y rebaño

en la custodia quedan de un fiel cuerpo.

Retiro.

Con la ermita de San Pablo

doy.

Sabiduría.

La fe se va a su centro

y en el vaso de elección

pronto espíritu y dispuesto

a predicar y a morir

por el amor del Cordero,

claramente se distingue

su más fino privilegio,

pues después que el Salvador

subió triunfante a los cielos

en la tierra le vio Pablo

realmente como los hechos

apostólicos refieren

y lo prueba deste texto

el Angélico Doctor.

Retiro.

De Carlos Quinto en el mismo

sitio la estatua descubro:

Pag. 9

Palacio.

Prototipo verdadero

del Apóstol, fue el celoso

emperador, el guerrero

firme atleta (que así llama

la boca de oro al incendio

de Pablo), que a todas horas

sin diferencia de tiempos

de lugares, de dominios,

de soledades, de pueblos,

en mar y en tierra esgrimió

el más bien templado acero

a quien la herejía enorme

dobló el venenoso cuello.

Música.

De Carlos y de Pablo

el simulacro y templo,

de Belén a la casa

guardan el pan y fe, en que le contemplo.

Retiro.

Fuente grande con dos tazas.

Sabiduría.

Todos los dones supremos

salen de ella; y que es la fe,

con el Crisóstomo pruebo.

Y en las dos tazas se arguye

la mixtión que considero

de agua y vino.

Retiro.

En su remate

veo a Narciso.

Palacio.

En el viento

se quede su vanidad

para lastimoso ejemplo

de los que a la fuente llegan

presumidos y soberbios.

Jardín.

No olviden los dos negritos,

Sabiduría.

Dolor y arrepentimiento

con que ha de beber el alma,

lágrimas están vertiendo

sus dos fuentes.

Retiro.

De San Bruno

doy con la ermita.

Sabiduría.

Silencio

guarda, porque los sentidos

a vista del rito nuevo,

sin ejercicio quedaron,

y la fe es el suplemento.

Jardín.

Un plantel de frutas tiene

en sus jardines.

Palacio.

Por eso

la suavidad y el olor

de la hostia del Sacramento

con el Apóstol contemplas;

y a imitación de su Maestro

sus hijos, en el plantel

retirado del desierto,

ángeles viven.

Retiro.

La ermita

de San Juan se ofrece.

Sabiduría.

Ofrezco

de tan grande paraninfo

el anunciado Cordero;

y si el término fue Juan

del Antiguo Testamento

y principio de la nueva

ley, como prueba el ingenio

de Tomás, el Precursor,

Pag. 10

Sabiduría.

del día ayuda al portento.

Jardín.

Vean en sus dos jardines

el plantel de parras.

Palacio.

Veo

la metáfora tan llena

de prodigios, que concedo

al sitio el maná, y el vino

hace al plantel más extenso.

Retiro.

De San Isidro, la ermita

encontramos:

Sabiduría.

Y yo encuentro

las espigas, con que abrigo

la realidad del misterio:

Cristo dijo de su Padre

que es labrador, con que expresó

el lugar, nos significa

la substancia del misterio

que es el trigo para el hijo,

y para el Padre el empleo.

Música.

Espigas y racimos

el sitio está ofreciendo

de Isidro en la morada

y del Bautista en el plantel más bello.

Jardín.

A San Antonio en su ermita

veréis.

Palacio.

El amante tierno

¿cómo podía faltar

del dulce maná al contexto?

dígalo su fe admirable

que para alumbrar a un ciego,

tomó al Cordero de Dios

en sus manos, y al aspecto

del Pan de Ángeles, un bruto

hizo humilde acatamiento,

dejando el pasto, con que

le convidaba el soberbio

infiel, que en sombras vivía.

Retiro.

De la Magdalena vengo

a la casa.

Sabiduría.

En las grandezas

de su esposo y de su dueño,

tan interesada está,

que con sus rubios cabellos

ató al Amor, que ya andaba

flechándola el pensamiento,

y en breve tiempo amó tanto

que Amor celebró su incendio.

Jardín.

Dos estanques

Palacio.

Las piscinas

de Hesebón, en que se vieron

de la esposa retratados

los dos hermosos luceros,

pueden ser.

Jardín.

La vía.

Sabiduría.

Ese

es aquel camino estrecho

de penitencia y de llanto

que guía a la vida.

Retiro.

Luego

cuatro góndolas doradas

te enseño.

Pag. 11

Sabiduría.

Número cierto

de virtudes cardinales

que entre olas, borrascas, vientos,

con prudencia, con templanza,

justicia y firmeza, al puerto

nos guían de salvación.

Retiro.

En las ocho calles dejo

mi idea.

Palacio.

Feliz soy, pues

entre todos a ver llego

de las bienaventuranzas

repartidos los efectos.

Todos y música.

Maná en el Buen Retiro

y amante pastor bueno,

reparte tus finezas

a todas las ovejas de tu pueblo.

Palacio.

En día de tantas gracias,

que me ayudéis a un festejo

os pido.

Todos.

¿En qué forma?

Palacio.

Un auto

alegórico he dispuesto,

de Ulises y Circe, en que

la culpa, el hombre, sus yerros,

los auxilios, los olvidos,

sus reparos y tropiezos,

se ven patentes.

Todos.

¿Y qué

título al auto le has puesto?

Palacio.

Contra el encanto el escudo.

Todos.

Pues vamos a empezar luego.

Palacio.

Oíd que falta la loa.

Canta.

Bailete.

Vida Activa.

Esa puede ser diciendo:

A las plantas de Carlos

de esposa y de madres

ofrecemos unidas

nuestras voluntades.

Contemplativa.

De las perfecciones

de donde el sol nace

a las aras, que nunca

del humo se valen.

1.ª Dama.

Al respeto supremo

de los tribunales

donde es juicio el acierto

y premio el dictamen.

2.ª.

De Madrid coronada

a los singulares

atributos que ilustran

su noble carácter.

3.ª.

Y la pluma cómica

de nuestras piedades

sin laurel que la adule,

favor que la ampare.

Todos y música.

Y la pluma, etc.

Dan fin con esta repetición.

Rúbrica.

Biblioteca Nacional de España

Pag. 12

Dentro Ulises.

Pues el mar nos permite

quietud, con que la nave facilite

la primera aprehensión de aquesta sierra,

amaina.

Pag. 13

Otro.

Echa el esquife.

Voces.

¡A tierra, a tierra!

Música.

El cosario de los astros,

peregrino de los orbes.

Texto tachado: Con el blando imán de Circe, el yerro del alma toque. Ven a mi encanto, ven, ven a mis voces.

Sale Ulises.

Ulises.

Sea del duro aspecto desta roca,

ósculo frágil mi obediente boca,

y en cada arena, de su altivo bulto,

pondré una adoración, dejaré un culto.

Música.

Con lenguas de humo le avisen

aparentes resplandores,

que la distancia los finja

y la vecindad los llore.

Ven a mi encanto, ven,

ven a mis voces.

En lo alto de un carro, que será por lo exterior a modo de peñasco, se descubrirá humo.

Ulises.

Mas si el rumor profundo

del orbe de cristal, inquieto mundo,

le ha dejado a mi oído

sana la distinción para el ruido,

dulces ecos me llaman;

y si los ojos con verdad se inflaman,

sobre el ara constante de una peña,

veo del fuego la infalible seña.

Música.

El cosario de los astros,

peregrino de los orbes.

Música.

Con el blando imán de Circe,

el yerro del alma toque.

Ven a mi encanto, ven,

ven a mis voces.

Ulises.

Segunda vez me informa la armonía,

y otra vez del escrúpulo del día,

por la verde espesura de la cumbre,

nube piramidal se hace la lumbre;

de acentos y pavesas

encienden mis temores, mis empresas,

incultas sendas en mi horror presumo;

viento es la voz, y la esperanza es humo.

¡Ah de mis compañeros!

Salen los Sentidos.

Todos.

Obedientes

a tu precepto stamos.

Ulises.

Diligentes

sentidos míos, explorad qué tierra

es esta que pisamos; ved si encierra

pueblo civil o bárbaro agregado;

si de rey absoluto gobernado,

o libertad confusa se mantiene;

qué fortalezas, qué custodias tiene;

mientras que yo en la playa,

de los mares y montes atalayas

con vigilantes modos,

atenderé a la operación de todos.

Vista.

Yo que la Vista soy, fragua primera,

Pag. 14

Vista.

en quien cualquier objeto reverbera

con la exterior especie que me em-

le hurtaré sus espíritus al día.

Oído.

Yo, que el oído soy, fiel instrumento

a quien hieren los golpes del aliento

para no embarazar mi atención suma

volaré sin los rasgos de la pluma.

Tacto.

Yo con el tacto que a mi acción alteras

o apacible, o severas,

traeré firme noticia deste suelo.

Gusto.

Yo para tu consuelo

del gusto adelantando los tributos

probaré la dulzura de sus frutos.

Olfato.

Yo bebiendo al prado sus primores

te informaré del vulgo de las flores.

Ulises.

Pues a explorar, sentidos, con presteza.

Unos.

Al valle, al llano.

Otros.

Al monte, a la aspereza.

Vanse por diferentes partes.

Música.

Si cosario de los astros

peregrino de los orbes

con el blando imán de Circe

el yerro del alma toque.

Ven a mi encanto, ven,

ven a mis voces.

Ulises.

Los sentidos te envío

sonora adulación de mi albedrío,

y la Razón también porque sin ella

cualquiera intento humano se atropella.

Diosa de la luz preciosa

dádiva generosa

del erario divino

primer oriente, rayo matutino

que al séptimo crepúsculo acalora

la precisa noticia del que adora.

Sale la Razón con alas, coronada de plumas blancas y un cristal en el pecho.

Razón.

Oh, peregrino errante,

de quien es la razón, alma distante,

y el alma sin razón, próxima sombra,

como tu ciega confusión me nombra,

como tu voz me llama,

cuando en el vago rumbo de la fama

y en la ambición de tu horroroso pecho

has consentido a mi candor de hecho.

Ulises.

No es tiempo de culparme, Razón bella,

ni de admitir tampoco tu querella;

cuando van mis sentidos

libres, atropellados, y perdidos,

y sin ti.

Razón.

Por ahora es tu disculpa

Sello: Biblioteca Nacional de España

Pag. 15

Vase.

Razón.

decir que ellos sin mí, yerran sin culpa;

y para no arriesgar sus propensiones,

te dejo en la razón de estas razones;

mientras vuelvo a informarte por entero

del peligro en que ya te considero,

y alegóricamente

te he de ver pecador y penitente.

Ulises.

Fértiles selvas de esperanzas locas,

satisfaced con opulentas bocas

al insaciable monstruo del deseo

que hoy os viene a ocupar, mas allí veo

un villano.

Olvido.

Si Dios me deparara

alguien que me guiara

por estas peñas duras,

caíme de mi propio.

Sale ahora cayendo.

(Ayúdale a levantar)

Ulises.

Desventuras

son de tu entendimiento divertidas.

Hombre, levanta.

Olvido.

¿Conque yo he caído?

Ulises.

Necia pregunta de visible acaso.

Olvido.

Pues ya no me acordaba de este paso.

Ulises.

Corta naturaleza

en el caer, le dejó de la simpleza;

dime, ¿quién eres, hombre?

Olvido.

Solo tengo memoria de mi nombre,

única obligación que he mantenido,

de no olvidar jamás, que soy Olvido.

Ulises.

¡Oh, bien venido seas!

Olvido.

Sin razón me deseas.

Ulises.

En su lugar te admito.

Olvido.

Última calidad de tu delito;

tu ingratitud injusta te reprehende,

pues la memoria y la razón te ofende.

Ulises.

Dame los brazos.

Olvido.

¿Cómo tu imprudencia

pide al Olvido la correspondencia?

Ulises.

Tu protección me valga, pues la trato;

Sap. 16. et D. Tho. 22. q. 107. art. 4.

Olvido.

¡Que quiera beneficios el ingrato!

Mas si obligarme quieres,

aunque lo he de olvidar, dime quién eres.

Ulises.

Para vivir ingrato sin memoria,

solo al Olvido encargaré mi historia,

y en esta alegoría

en que el discreto mis acciones guía,

nadie de mí se olvide

que la Doctrina y la Verdad lo pide.

Ulises me llamo, Ulises,

y si lo reparas bien,

de Ulises y Olvido puedes

la memoria retener.

Ítaca, gloria de Grecia,

es mi patria; de su rey,

Pag. 16

Ulises.

Verde rama inmediata,

nací para su laurel.

Diome el Autor de la Luz

aquellos talentos que

descubre la aplicación

y esconde la estolidez;

brillantes disposiciones

que suelen resplandecer

perlas en la juventud,

diamantes en la vejez.

Esmeraldas en años de empezar

y estrellas al crisol del fenecer,

sin tutela del aliño

ni custodia del poder,

gobernaba los afectos

con tan recíproca ley

que andaba lo soberano

pendiente de lo cortés;

graciosa beneficencia

de los juicios de aquel

que ninguno los puede investigar

y todos con David han de temer.

En el espejo del llanto

muchas veces contemplé

de este microcosmos fácil

el alterable vaivén,

altiva máquina de oro

que del uno y otro eje

mueve al viento la cabeza

con el polvo de sus pies;

tanto, que amargo alimento

la vigilancia fiel

pan de lágrimas hacía

de la mesa del placer,

regando desde el campo de la Holanda

hasta el intacto culto del dosel.

Discreta modestia hería

de mi rostro el rosicler,

con los sustos decorosos

que en el treinta y nueve del

Génesis, coronó a Egipto

la azucena de Joseph,

como de la Majestad

lo enseña el Eclesiastés,

atendiendo a que debajo

del sol, nada puede haber

que en la vanidad no tenga

la fuga más descortés,

pues siempre es sombra al morir

lo que esplendor al nacer,

y viene a ser, la que antes fue quietud,

tribulación de espíritu, después.

No quise ungir mis ideas

de la palaciega tez

del injusto adulador

Pag. 17

Ulises.

cuya máxima observé

en el sagrado salmista,

y si acaso, alguna vez,

el fuego de la lisonja

que entre espinas suele arder,

traidoramente quería

liquidar mi solidez,

lo apagaba con voces de cristal,

saliendo al rostro edictos de clavel.

De la justicia mantuve

el indeclinable fiel

en cuyo peso los cielos

ponen sus ojos, por veer

sus estrellas y sus rayos

entre las manos de quien

rey los ha de colocar

y hombre los ha de encender.

¡Oh, grandeza de los justos,

que en vuestro solio tenéis

el celeste atributo de premiar

y el trisulco disforme de ofender!

Tremolé mis estandartes

siempre que necesité

de apagar la sed de muchos

solo con mirar mi sed,

que es misteriosa en sus aguas

la cisterna de Betlehem,

y ciñe al vaso el ejemplo

del que no quiso beber,

por templar con su templanza

a la adulta intrepidez

de un ejército que ama en el dolor

la tolerancia que en su dueño ve.

En diferentes batallas

salí vencedor, triunfé

de todos mis enemigos

como fuerte de Israel,

viendo a Dios, cuya esperanza

torre de firmeza fue

con que pude subyugar

la cerviz de Adarezer,

y de sus armas doradas

en una y otra pared

colgar votos, con que fuese

gloriosa Jerusalén

uniendo los metales de Beroth,

y agotando el erario de Beté.

En estas dichas (¡ay, triste,

infeliz, que las gocé!,

y es consecuencia del mal

la preterición del bien),

a este tiempo, la ambición

de Grecia por no caber

en el vastísimo mapa

Pag. 18

Ulises.

de su fértil redondez,

inventó empresas, y el fruto

de la más inútil, fue

el hipócrita caballo,

ofrenda tan al revés,

que abrasaba a la deidad,

a quien iba a agradecer.

Borró el aspecto de Troya

con la brocha de la pez,

subiendo a fuego el alma del color

y bajando a cenizas el pincel.

De su ruina escandalosa

alcázares levanté

en mi soberbia, comprando

a costa del padecer

fama, estimación, y nombre,

gusto, y deleite, de que

como joyas formidables

abultan a su pavés.

Junté gente de mi genio,

y esa nave al mar eché,

tan de mis deseos llena

desde el timón al bauprés,

que a no soplar tan de recio

el viento de mi altivez,

inmóvil risco la adorara el mar,

primer basa en las gradas de Babel,

tropezando con las islas

de los gigantes, me hallé

cautivo de Polifemo,

cíclope soberbio infiel

a cuya frente la noche

encajó su lobreguez

desde los párpados negros

de el inmodesto Luzbel,

dejándole en un carbunco

las luces del entender;

condición que no ha perdido

su naturaleza, aunque

privada de su excelsa dignidad

cayó inflexible en la tartárea red.

Vime en su poder, y dando

a su bruta desnudez

copia de vino, por capa

del sueño más descortés,

le hizo menos fiero el golpe

grave de la embriaguez;

con un encendido leño

de verde oliva, abrasé

del lucero peregrino

el óptico distender.

Vestido de pieles rubias

de sus manos escapé

entre las simples ovejas

que al tiempo de amanecer

Pag. 19

Ulises.

Hojas de amargura pastan,

y pisan flores de miel.

Repara en las alusiones

de esta alegoría, y ve

que a un misterio se reduce

la libertad de mi ser;

vino, fuego y oliva de la cruz,

disfraz y vellocino de la piel.

Ingrato a los beneficios

del que me los quiso hacer,

buscando nuevos errores,

me hice al mar segunda vez;

corrí deshecha tormenta,

y los vientos de tropel

me arrojaron a esta parte,

donde, viendo la esquivez

de las ondas, más benigna

puse en esta playa el pie,

y envié a mis compañeros,

a fin de reconocer

el país, cuya noticia

pronta aguardo, porque sé

que ellos en obedecerme

tienen no poco interés.

Esta es mi vida, mi historia,

y pues que la has de esconder

en los senos de tu olvido,

guárdala hasta tanto que

arrastre a mi memoria algún dolor,

que me acuerde misterios de la fe.

Olvido.

Digo que has dicho tu historia,

no sé si mal ni si bien,

pues de ella tan olvidado

estoy como de mi ley,

que a nadie la he tenido;

y no puedo responder

nada al caso, y es el cuento

que del caso me olvidé.

Ulises.

Bien hayas tú.

Dentro la Razón.

Razón.

¡Ay, infelices

sentidos, que no tenéis

forma de aquello que fuisteis!

Dejadme retroceder

volando (¡ay, triste pena!)

a Ulises.

Sale ahora.

Ulises.

Razón, ¿por qué

con ansias lúgubres rasgas

plumas de tu candidez?

Razón.

Toda tu atención aquí

el suceso ha menester.

Olvido.

Milagro es de la Razón

que yo en su presencia esté.

Canta la Razón.

Razón.

Volaron los sentidos

al palacio de Circe,

en alas del precepto

que los dejó para el error, más libres,

y apenas convidados

Pag. 20

Razón.

de sus hechizos viles,

su antojo rindieron,

apurando la pena con que sirven.

Cuando se transformaron

en los monstruos horribles

que imaginados hieren,

con la implacable sombra que los sigue.

La vista que solía

penetrar como lince,

padece oscuridades

de torpe noche en el regazo triste.

Al oído los golpes

de la cadena afligen,

si antes gozó lisonjas,

de intercadentes, despulsados cisnes.

El gusto, que aprobaba

fastidios del melindre,

a los robles les hurta

indignos frutos, y hojas a las vides.

Del cieno los vapores

el olfato percibe,

y atado al humo, llora

pisadas rosas, fáciles jazmines.

El tacto que entre holandas

impaciente se viste,

custodia de su sueño

duerme en el jaspe y como estatua vive.

Tan horrorosas formas

en su materia imprimen

que son menos crueles

la del lobo, del oso, y la del tigre,

deja pues que repita; ¡ay, infelices

sentidos, que no tenéis

forma de aquello que fuisteis!

Ulises.

Lastimado y ofendido

del suceso, y de su origen,

voy a librarlos.

Quiere irse y la Razón le detiene.

Razón.

Repara.

Ulises.

No me detengas.

Músicos.

Ulises,

Ulises, ven al descanso

de los palacios de Circe.

Razón.

No has de apartarte de mí;

Ulises.

pretendes un imposible;

pues mi furor.

Razón.

La Razón

se estará en su fuerza firme.

Luchando los dos.

Cae la Razón y Ulises la pisa.

Ulises.

Pues yo sabré atropellarte,

y cuando tus luces pise,

coronándome de sombras,

me obedecerás.

Vase.

Pag. 21

Música.

Ulises,

Ulises, ven al descanso

de los palacios de Circe.

(Levántase.)

Razón.

Mísero joven, ¿qué has hecho?

¡Ay de ti, pues ofendiste

con tu entendimiento proprio

al juicio, que te corrige!

Espera, indiscreto, aguarda;

mas, ¿quién podrá reducirte

si a mi inocencia destruyes

porque a tu culpa edifiques?

Olvido.

Yo también me voy.

Razón.

¿A dónde?

(Vase.)

Olvido.

A donde de ti me olvide,

que es fácil en cualquier parte

en que eres todo difícil.

Razón.

¡Qué bien los sacros Proverbios

en el capítulo quince

a la estulticia del alma

en esta forma definen!

Gozo de la necedad,

que de su llanto se ríe;

y al contrario, el que es prudente

todos sus pasos dirige

por las sendas de la luz.

Y el Eclesiástico dice:

¡Oh sueño del insensato

que a vana esperanza rindes

tus sentidos! A tu sombra

quieres poner cárcel firme,

y al bulto de tus engaños

al mismo viento prisiones!

¡Oh camino de las flores

que son espinas!

Música.

Ulises,

Ulises, ven al descanso

de los palacios de Circe.

Canta recitando.

Razón.

Pues yo, del salmo a la letra

con David, sabré decirte:

Piedad Señor, piedad, porque pisada

del hombre, la razón, intacta y bella.

Si antes del cielo estrella

flor de estos campos es mustia y ajada.

Todos mis enemigos se juntaron

y armas de horror al día le pidieron,

sus deseos profanos encendieron,

y mi luz apagaron.

Cuando yo te invoqué, mi Dios, me oíste

y en la tribulación amarga y triste,

dilataste mi aliento,

oye mi ruego, atiende a mi lamento,

¡oh corazón de Ulises! ¿hasta cuándo

has de obstinarte grave,

y amar la vanidad que en polvo acabe,

tus engaños buscando?

Sobre los hombres, de tu rostro bello

pones, Señor, la luz, y abres tu sello;

Pag. 22

Razón.

mi corazón se llena de alegría

pues mejorando tu fineza al día

con los frutos del Óleo, Pan y Vino,

podrá volver Ulises al camino

de la paz; oh, mi Dios, oh Señor mío,

única es mi esperanza, en ti confío.

Música.

El ilustre honor de Grecia

valiente y discreto Ulises

en hora dichosa llegue

a los Palacios de Circe.

Vase

Razón.

Seguiréle cuidadosa

por ver si Ulises distingue

de la mirra de mi llanto

fragrancias que el cielo elige

Saldrá Ulises con la Música

Música.

El ilustre honor de Grecia

valiente y discreto Ulises,

en hora dichosa llegue

a los Palacios de Circe

Ulises.

Si llegare.

Va hacia la Música, y le detiene Mercurio que saldrá con alas, plumas y caduceo con una serpiente dorada

Mercurio.

Espera, aguarda.

Ulises.

Quién eres tú, que me impides

mis pasos?

Mercurio.

Mercurio soy,

inteligencia sublime

que asisto adonde me llama

la operación del que asiste

en todo lugar; y si unes

de mi nombre el alto origen

y de Ángel, que embajador

suena en griego (como dicen

la Boca de Oro y el Sol

de las Escuelas) colige

que Mercurio y Ángel vengo

enviado, a fin de advertirte

como ministro moral

auxilios que te iluminen,

ya que no con eficaces

que en tu albedrío acrediten

esencia de libertad

y ejecución infalible

Repara, pues, que aunque Dios

tus desaciertos permite

no quiere tu muerte, atento

a si llega a reducirte

el posterior beneficio

ya que de tantos te olvides,

que es máxima, en el sentir

de Séneca, hacer posibles

el remedio de un ingrato

esperando a que le obligue

entre beneficios muertos

el último que recibe,

este sea, el preservarte

(ya que el engaño te hechice)

Pag. 23

Mercurio.

de la transformación bruta

que te previene una Esfinge,

con esta flor, que los hombres

con dificultad consiguen;

Dale un ramito de flores.

Mercurio.

Moly en los cielos se llama

y cuando le latinices

el nombre griego repara

que Molis es tierno, y sigue

sin violencia de la voz

las propiedades sensibles,

pues cándidas son las flores

y negras son sus raíces.

Porque en ternuras se exhale

el que sus misterios mire.

¡Oh, azucena de los valles,

que dulce sombra apacible

del seno de oro descoges,

porque a una pasión animes,

con la memoria presente,

de la pureza que pide

la candidez de tus hojas!

Y no es menos repetible

de tus raíces la negrura,

pues sobre una muerte triste,

oscura, afrentosa, y fea

fundaste la más insigne

maravilla de tus gracias,

y aquí es también, donde sirve

de radical fundamento,

al penitente flexible,

la negrura, y de dolor

con que a la tierra se humille.

Guarda este antídoto, y guarde

también tu memoria, el timbre

de mi caduceo, en cuya

empresa, es bien te descifre

el alto significado;

pues la serpiente se viste

el blasón de la prudencia,

con que los riesgos evites

del encanto, y cuando el agua

tribulaciones conspire,

te apartes de las sirenas

y huyas de Escila y Caribdis.

Y otra más noble alusión

en los números admite

la serpiente de metal,

signo elevado, que exprime

salud, para los que heridos

de ardientes sierpes lo miren.

También te advierto, que al tiempo

que Circe pretenda herirte

con su cetro, la amenaces

con esa espada que ciñes,

en que dejo mis palabras

porque con ellas la afiles.

Estos son los documentos,

las persuasiones, los fines

a que me envía el Poder,

y la piedad; no te fíes.

Pag. 24

Mercurio.

de tu ceguedad, y atiende

a la razón que perdiste.

(Vase

Ulises.

Oye embajador celeste

cláusulas con que te estime

tu fineza;

Dentro voces.

Ulises tarda

Circe.

Vuestros acentos le guíen

Música.

El ilustre honor de Grecia

valiente, y discreto Ulises,

en hora dichosa llegue

a los palacios de Circe

Ulises.

Qué poderosa me arrastras

que sin violencia me rindes,

dulce, armónica, sonora,

grave cadencia, apacible?

mas si con la fuga puedo

hacer que el viento utilice

plumas del temor.

Va a huir, y a este tiempo sale Circe sobre un carro dorado, tirado de los sentidos, que tendrán formas de fieras, ella estará coronada de varias flores, tendrá un cetro en su mano, y a sus pies una esfera.

Circe.

Villano

discurres, qué fácil es

que a las alas de tus pies

ceda el cetro de mi mano!

Ulises.

De tan rara majestad

huir, y escapar no puedo

cuando es sacrificio el miedo

del fuego de su beldad.

Circe.

En crimen de especie muda,

mayor castigo mereces

pues me ofendes muchas veces

con la vista y con la duda.

Ningún obsequio me hicieras,

si antes de adorar mis aras,

o, por vil, me despreciaras,

o, por cruel, me temieras.

Pero huir, llegando a ver

la forma que me asegura

deponiendo a mi hermosura

del solio de mi poder;

es contumelia afrentosa,

y tan exquisita, que

jamás la vi aunque estudié

calamidades de hermosa.

(Aparte

Ulises.

Quién eres deidad, que enciendes

con tus iras tu belleza?

qué absoluta es su grandeza!

(Baja del carro

Circe.

Yo lo diré, si me atiendes,

Yo soy Circe, cuyo nombre

tremendo, augusto, y feliz,

águila pudo a la fama

de plumas, y ojos vestir,

para que monstruos del viento

ya ruidoso, ya sutil,

divulgase mis acciones

en uno y otro cenit.

Pag. 25

Circe.

por los átomos inquietos

del brillar y del lucir,

excediendo mi pompa

estupenda y gentil

a todas las imágenes del sol,

a cuantas voces respiró el clarín.

Soberbio es mi nacimiento,

ser culpa con que nací

de la temeraria cuna

de un luciente querubín,

cuyas plumas destempladas

presumieron escribir

la altísima semejanza

del que es Uno y tres en sí,

y rasgadas descendieron,

e imposibles de subir,

carbones de esperanza

o del humo matiz,

que vuelan en la oscura eternidad

negadas al oriente de salir.

También después en el hombre

segundo lauro adquirí

no de menor respecto,

pues se vino a transfundir

como género la especie

del eritis sicut dii;

acto de estímulo altivo

que en un fecundo jardín

le hurtó sus frutas a un árbol.

necio ladrón contra sí,

que comiéndose el delito

no lo pudo digerir,

hasta que en otro leño,

(¡ay, mísero de mí!)

el que negó la fruta como Dios,

racimo se exprimió de intacta vid.

Esto es en cuanto a mi origen

principal, y desde aquí

paso a mis trofeos, que

son tantos, que a competir

llegan con la infinidad

de cuanta necia cerviz

se dobla a mi planta; y paso

al arte con que vencí

en su milicia al hombre,

para que llegues a oír

los prodigios de mi ciencia,

de la magia el alto fin,

de mi vida los progresos,

y de mi estudio el ardid,

que en el fuego y el aire,

agua, tierra y raíz,

de hierba, planta, flor y mineral,

transforma las pasiones del vivir.

Sea el ejemplo del fuego

una envidia que encendí

con las primicias de Abel,

en las venas de Caín.

Pag. 26

Circe.

Cuya ponzoña, abrasada

quiso a polvo reducir

la corta unión de la sangre,

que con traje pastoril,

vivía a expensas graciosas

del sacrificio feliz

en que escogía la fe

los tributos del redil;

y en tan aceptable llama

docta pude introducir

las émulas centellas

de la ceniza ruin

que estrenó en la palma el más traidor

desalumbrado, prófugo neblí.

El agua que es el cristal,

en que puede corregir

el llanto cuantos defectos

mira, el que atiende a su fin;

con las vanas reflexiones

de un incauto descubrir

la transparente armonía

de la rosa y del jazmín,

cuando Betsabé templaba

los impulsos del herir

sobre el astro organizado

de las cuerdas de marfil,

levantó rayos nocivos

a los ojos de David,

siendo magia perniciosa

del soberano desliz,

la desahogada nieve

del bañado carmín

en que puse el encanto del amor

y abracé al mejor hijo de Isaí.

Deste lazo escandaloso

(que fue ñudo, al desunir

la fineza militar

del arriesgado adalid

Urías) fue Salomón

firme consuelo; tan sin

recelos de sus ruinas,

como el que llegó a cumplir,

de Gabaón en la cumbre,

voto de holocaustos mil;

y despertando de un sueño

solo a Dios quiso pedir

discreción para saber

reinar en su edad pueril.

A este, pues, que levantó

al Templo, de su raíz,

adornando sus misterios

con el oro y el buril,

le vencí con los hechizos

de las beldades; y en fin

informado en la tierra

de su materia vil,

Pag. 27

3. Reg. 11.

Circe.

y adoró en los sidonios a Astartem,

y al ídolo Moloch pasó a servir

confirme Absalón mi magia

lucero hermoso y gentil,

de los días de Israel,

tan perfecto, que por sí

le concluyeron las gracias

hasta el último perfil;

su cabello era del año

siglo de oro, sol de Ofir,

larga noche del diciembre

purpúreo arroyo de abril;

precio encrespado del aire

fácil undoso telliz,

que encubría los bostezos

del soñoliento nadir,

esta, pues, traviesa pompa

siempre trenzada hasta allí

por mi mano, se erizó

en áspid, para infundir

en su cabeza el delirio

del mando, el furor hostil

que le dejó en el viento

con sus cabellos, y

blanco de las tres lanzas de Joab.

bello clavel, del noto fue alhelí;

De todos estos prodigios,

joven puedes inferir

cuán absoluta es mi ciencia;

y si del orbe civil

de mis promulgadas leyes

dudas lo que has de elegir

verás que enjugando el alba

aquel sudor femenil,

aunque se afana a llorar

el donaire de reír

desentrañando a las nubes

el vago embrión sutil

que torpeza le bebieron,

a violencia han de escupir

y redoblando eficacias

de su rostro carmín,

celosa de mi imperio

en horrorosa lid

de rayos a las hierbas bordará

que antes de perlas procuró vestir.

Pero si dócil, si atento

te dejares persuadir

de mi voz; verás que el monte

hoy produce para ti

cuánta sujeción monstruosa

alcances a discurrir;

el león, rey de las fieras,

te será halago servil;

vendrá a ser tu alfombra el tigre

Pag. 28

Circe.

que te guarda el jabalí;

adorará desde el mar

tu fortuna el delfín;

serán minutos las flores

de un momentáneo pensil,

que sin excepción de meses

a mi arbitrio han de vivir.

Gozarás cuantas delicias

imaginares, y si

te faltaren los deseos

los volveré a producir.

¿Tendrás ya qué dudar?

¿Tendrás qué temer, di?

¡Ay de ti, si te ruega mi poder!

¡Si tú me desprecias, ay de mí!

Ulises.

¡Oh gran Circe, en quien aprehendo

la hermosura de Naim

con más prodigios, que estrellas

guarda el despierto zafir,

pendiente de tus preceptos

estaré:

Circe.

Pues ven tras mí

a gozar, a poseer

a no esperar, y a decir.

Ellas y Música.

Al alcázar de Circe camina

con paso feliz,

quien tendrá más placeres, que perlas

las fuentes de Elim.

Éxodo, 15

Éntranse con la música por una parte, y salen por otra.

Circe.

Las piezas de mi palacio

has de ver correspondidas

de las piedras más lucidas

desde el diamante al topacio;

mi familia gobernada

de mi excelsa majestad

muestra en cada calidad

una admiración postrada.

Y porque mi amor procura

que sin embarazo veas

la perfección que deseas,

fía de mi propria hermosura:

Ábrese el primer carro, que se adornará de tocadores y espejos, y sale de él, la Hermosura, y antes de cantar representará la redondilla:

Hermosura.

No es difícil convencer

la arriesgada inclinación

del que pide a su elección

cuanto le puede ofender.

Venus canta.

Los jardines de Chipre

me produjeron

para rosa de Adonis

alma de Venus.

En mi pecho Cupido

chupa sus gracias.

Pag. 29

Venus canta.

y en mis labios recoge

flechas de nácar.

En mis aras consumo

tantos alientos,

que aunque en aire se acaban

no basta un templo.

Mi cadena es el premio

de todo el orbe

y de estímulos sirven

sus eslabones.

Ya me cansan las voces

de los rendidos

y me ofende la sombra

de los suspiros.

Es tan alta mi idea,

que en su concepto,

faltan respiraciones

para mi obsequio.

Cada flor que amanece

para servirme

anochece en el siglo

de arrepentirse.

Mírame, Ulises, mírame, Ulises,

que me sobran descuidos

para rendirte.

Ulises.

Su acabada perfección,

o verdadera o fingida

es el alma de mi vida.

Circe.

Repara en la discreción;

¿hola de Minerva?

Ábrese el segundo carro, que se adornará con un olivo, de cuyas ramas estarán pendientes varios libros e instrumentos matemáticos; saldrá Minerva y en su celada traerá una lechuza.

Minerva.

A tu acento

mi ciencia obedecerá,

y a Ulises le propondrá

este sutil argumento:

Canta.

Minerva.

Nace Amor cuando es perfecto

del concepto

del juicio,

que se mira fecundado

del cuidado

conocido.

Voluntad que a nada atiende

cuando enciende

sus acciones,

es dibujo que en su sombra

mancha y nombra

las colores.

El amar discretamente

en la mente

de los sabios

es aquel conocimiento

fiel y atento

de su amado.

Pide amor correspondencia

en la esencia

Pag. 30

Relativa.

¿Y el que el mérito destruye

cómo arguye

sin premisas?

¿Luego aquel que conociere

lo que quiere

digno y bello,

tendrá gloria en lo que adora

que no ignora

que es perfecto?

¿Luego tú, que a Circe miras,

cuando aspiras

a su trono,

o has de amarla, o eres necio,

con desprecio

de sus ojos?

Óyeme, Ulises,

óyeme, Ulises,

que me sobran conceptos

para argüirte.

Ulises.

Déjame tan precisado

tu prodigioso argumento,

que todo mi entendimiento

es razón de lo probado.

Circe.

Si te paga la opulencia,

en mis riquezas repara;

¡hola de Juno!

Ábrese el quinto carro, que se adornará con el arco

iris. Una ara llena de vasos de oro y alhajas

preciosas, y un pavón que las guarda con las

alas extendidas, y sale Juno.

Canta.

Juno.

No es avara

la expresión de mi obediencia.

En este alcázar grande

en donde tiene altar

de Circe generosa

la rica majestad,

del mundo subterráneo

el nervio sustancial

se agota por estilo

del adquirir y el dar.

Del aire taladrando

están la vanidad

agujas de diamantes

en basas de cristal.

Las nubes que en los techos

del oro son disfraz

lloviendo perlas, rompen

su blanda tempestad.

Los rayos del carbunclo

vivientes siempre están

sin conocer ocaso

del nocturno animal.

Rubíes y zafiros

son vulgo popular,

que atiende quien se paga

de mucha variedad.

Las plantas, por aborto,

Pag. 31

Juno.

En todos tiempos, dan

las olas de esmeraldas,

las flores de coral.

Culpándose de Midas

la inútil necedad,

el oro es comestible

y precioso el manjar:

diversas plumas mullen

el catre del solaz

y el Fénix no se abrasa

por dejar las que trae.

Créeme Ulises, créeme Ulises

que me sobran riquezas

para servirte.

Ulises.

Si tus riquezas poseo

Circe hermosa, y liberal,

ya no quiero más caudal

que el erario del deseo.

Circe.

Ni aun ese te ha de faltar;

¡Ah de la acorde harmonía

de Terpsícores!

Ábrese el 1.º carro, que se vestirá de un laurel

coronado de varios instrumentos músicos, y sale

Terpsícore tocando uno.

Terpsícore.

Ya el día

de tu voz, llamó a cantar.

Canta.

Terpsícore.

Desciendan los orbes al plectro sonoro

que hiere mi mano

trémulas porque yo los inquieto

fáciles pues su ruido es mi cántico.

Despierten sus ojos, que sueñan hechizos,

dormidos los astros

póstumo, lucimiento del día

último frenesí de sus párpados.

Al dulce donaire, travieso y cadente,

que adornan mis labios,

víctima se destine volátil

plácida la atención de los pájaros.

De riscos, y hiedras arranquen los troncos

raíces y lazos,

fértiles pues mis voces esperan,

íntimos, con la unión de los átomos.

La red apacible de acentos sutiles

que teje mi encanto

número me aprisione de fieras

dóciles sin memoria del páramo.

La vena suave del orden fecundo

que libre declaro

lírico ponga freno a los ríos

límites en la senda de rápidos.

Óyeme Ulises,

óyeme Ulises,

que me sobran dulzuras

con que te hechice.

Ulises.

Su perfecta consonancia

ingeniosamente deja

Pag. 32

Ulises.

en tu silencio a mi queja

y en mi encanto a tu elegancia.

Aparte

Circe.

De mi grandeza hospedado,

de mi familia asistido

nada generoso griego

echarás menos; el hilo

dorado de las delicias

en el feliz laberinto

de mi alcázar seguirás;

y ahora intento (aquí es preciso

pues admite mis ofrendas

ser fuego de su albedrío)

que repares tus trabajos,

y fatigas del camino,

con una bebida dulce

que de las flores destilo,

tan eficaz, tan preciosa,

que en el estudio exquisito

con que la preparo, logro,

mucho más que lo que pido.

Juno sírvele la copa

a Ulises, con el más rico

vaso de cuantos adornan

a mi regio frontispicio.

Vase

Juno.

Con diligencia obedezco

las órdenes de tu arbitrio.

Circe.

Y vosotras entre tanto

repetid con claro estilo:

Música.

Ya de Circe admitido es Ulises

su dueño feliz

que tendrá más delicias que perlas

las fuentes de Elim.

Vuelve a salir Juno con una copa y vaso muy rico y se la servirá a Ulises.

Aparte

Circe.

Bebe Ulises; de esta suerte

ha de probar mis hechizos

para transformarle en bruto.

Aparte

Ulises.

Con mucho recelo aplico

el labio al vaso; y aquí

me aprovechará el aviso

que el enviado Mercurio

me dio; su antídoto elijo

conservando la memoria

del remedio peregrino

sobre la flor blanca, y raíces negras.

Circe.

¿Qué dudas?

Bebe

Ulises.

Estimo

fuera del merecimiento,

los favores que recibo,

ya te obedezco.

Aparte

Circe.

Aquí viene

a la letra, lo que dijo

Job, que bebe el hombre frágil

por cristales sus delitos.

Ya la confección bebiste,

Pag. 33

Circe.

Y ahora, de mi cetro herido,

verás que en monstruos...

Va Circe a darle con su cetro, y Ulises arranca la espada y la amaga con ella.

Ulises.

Mi espada,

con sus agudos filos,

que es la palabra que oí

de un soberano ministro,

podrá romper la cabeza

a cualquier dragón nocivo,

como lo advierte el Apóstol

y el Crisóstomo, en su mismo

lugar.

Póstrase a los pies de Ulises.

Circe.

¡Ay de mí! Suspende

de ese acero vengativo

la sombra, y el duro amago

que me vuelve a los principios,

del negárseme la entrada

en el feliz paraíso

con una espada versátil

de fuego (¡rabias respiro!),

y aunque tú (¡valedme, furias!)

de esgrimirla eres indigno,

basta esa memoria, y basta

mi infierno, pues no hay olvido.

¿Dónde estás, borrón ingrato

de la noche de los siglos?

Sale el Olvido bostezando.

Olvido.

Nunca te dejo, y aunque

tuve este rato por mío

cuando en memoria despierta

me consentiste dormido,

ya vuelvo a ampararte.

Levantan el Olvido y las dos mujeres a Circe.

Las dos.

Todas

a tu reparo acudimos.

Ulises.

Yo, con el olvido, quedo

bien hallado, y más perdido.

Vuelve la espada a la vaina y Circe se pone el lienzo a los ojos llorando.

Ulises.

Viendo, Circe hermosa, el tierno

embarazo cristalino

con que se apartan tus ojos

del lenguaje de los míos,

no llores, beldad.

Aparte.

Circe.

Ya vuelve

al llamamiento atractivo;

pavesa muere en el riesgo

aquel que adora el peligro.

¡Tirano Ulises, traidor,

falso, alevoso, enemigo,

que con cautela...!

Ulises.

Mi dueño,

cese el rigor, y si he sido

la causa de tus enojos...

Pag. 34

Ulises.

perdona a mi desvarío;

(apart.

Circe.

En este segundo cerro

mayor victoria consigo,

pues culpa a su razón, y hace

de su sinrazón alivio.

¿Finges Ulises?

Ulises.

No busques

más verdad, que mis suspiros,

en que siente mi confianza

que tú no puedas seguirlos.

(apart.

Circe.

(Su espíritu es aire blando

como el sabio lo previno.

Pues llega a mis brazos.

(abraza a Circe.

Ulises.

Toda

el alma en ellos te rindo.

Circe.

Ven a tomar posesión

del trono que te dedico.

Ulises.

Antes tengo que pedirte

una merced.

Circe.

Solo aspiro

a darte gusto.

Ulises.

Mis pobres

compañeros, que son cinco

nobles, leales, y atentos

sé, que en brutos convertidos

agravian mi propria forma

con sus torpes ejercicios;

y para que dignamente

te sirvan.

(apart.

Circe.

Obedecido

quedarás luego, en que vuelvan

a su grado primitivo.

¡Oh, error del abismo, que

pasas de uno en otro abismo!

Huyendo de la razón

hecha menos los sentidos.

Ven mientras dicen las voces

celebrando tu dominio.

Música.

En los brazos de Circe, descansa

Ulises feliz,

que tendrá más delicias, que perlas

las fuentes de Elim.

Sello de la Biblioteca Nacional

Vanse con la música; y sale la Razón.

Canta.

¡A dónde vas, ingrato,

errante peregrino,

en la razón tan libre,

como en el mal cautivo!

¿A dónde vas bebiendo

la sombra de tus vicios,

sediento de la frágil

imagen de Narciso?

Quejosa y lastimada

a tus desdenes sigo,

y eco soy que en tu culpa

me dan razón los riscos.

Pastora de mis ansias

las guardo en mi retiro,

y cresce mi ganado

Pag. 35

Canta.

del dolor que concibo.

Bella soy, aunque negra,

y el sol me ha colorido

dejándome en sus rayos

las prendas del aprecio.

Si atiendes las colores

que al cielo le he debido,

la grana es mi desmayo,

la nieve mi suspiro.

Escucha del esposo

el amoroso silbo,

que es mirra destilada

del labio de sus lirios.

Advierte que te mira

celoso y escondido

entre canceles que hacen

misterios del recibo.

Recoge, pues, ingrato,

potencias y sentidos

antes que de oro y plata

tu vida rompa el hilo.

Sale la Vista.

toma un retrato de Venus del carro de Juno

Vista.

Pues ya a mi primera gala

restituida me miro,

quiero con velocidad

gozar del hermoso sitio,

que dispensa a mis objetos

las juventudes del viso.

Razón.

Oh, Vista, si descubres

al astro matutino,

¿podrá ser que a la tarde

ciegues de haberle visto?

Sale el Oído.

Eclesiastés 2. versículo 8.

toma un instrumento músico del carro de Terpsícore

Oído.

Ya sin embarazo puedo

oír los métricos himnos

que la música dispone,

con preciosos sostenidos,

y al compás de las delicias

ajustaré mis aliños.

ídem 12. versículo 4.

Razón.

Las falsas lisonjeras

de los versos medidos,

cadencias serán falsas

de sordos desatinos.

Sale el Gusto.

ídem 2. versículo 10.

coge unas frutas del carro de Minerva

Gusto.

Ya es tiempo de que a los troncos

arranque frutos opimos,

hurtando al viento las aves

de más infestado nido,

al mar peces, y a la tierra

sus sabrosos sensitivos.

ídem 12. versículo 5.

Lucas 15.

Razón.

Crecerá en la langosta

el veneno ofensivo,

y encontrarás el hambre

del más pródigo hijo.

Sale el Tacto.

Tacto.

Lograr pretendo mi suerte

Pag. 36

Sap. 2. v. 9.

Tacto.

que por tacto me ha cabido

dejando por las veredas

del licencioso camino

en cada huella una seña

de la alegría que piso.

Toma un penacho de plumas del carro de Juno y se le pone.

Eccles. 12. v. 6. et 7.

Razón.

Romperase en la fuente

el barro quebradizo

y verás como el polvo

se vuelve a su principio.

Sale el Olfato.

Sapi. 2.

Coge un ramo de flores del carro de Amor y huele.

Olfato.

Antes que la flor del tiempo

desatando sus hechizos

llore mustios desengaños

con la pereza del frío,

atravesará mi olfato

amenos prados floridos,

coronando mi afición

de rosas y de jacintos.

Eccles. 12. v. 5.

Razón.

Florecerá el almendro,

y en el febrero mismo

hará temblar el Noto

a los cedros altivos.

¡Favor, piedad, mi Dios,

venga tu auxilio!

Mas retirada a una parte

observaré los designios,

acciones y movimientos

de Ulises y sus sentidos.

Sentidos.

En medio de estas delicias

Ellos y Música.

repetiremos festivos,

bailemos alegres

pues el tiempo quiso

darnos tanta parte

de sus incentivos.

Cuanto la fortuna

mejorada vino,

vamos, y en sus aras

tenga agradecidos.

Ábrese segunda vez el 1º carro y véase Ulises durmiendo reclinado en las faldas de Circe; y lo interior del carro será de un pabellón muy rico bordado de diversas flores.

Música.

En el regazo de Circe

confunde Amor sus prodigios,

pues sueña Ulises despierto

lo que consigue dormido,

a espacio, silencio, hola, quedito.

Circe.

¡Qué neciamente descansas

sobre este lecho, mullido

de volátiles lisonjas,

colgados a los más ricos

tapetes, en que se excede

el sutil primor de Egipto!

Ya lo advierte en sus proverbios

Salomón, ¡oh inadvertido

joven!, que facilitando

tu quietud, para mis tiros

Pag. 37

Circe.

aguda saeta esperas,

que abrazas tus desaliños,

hasta que el día bostece

complicados parasismos.

Razón.

Víctima de sus alientos

lisonjea el precipicio,

que entre los lazos que armaba

el ansia de repetirlos,

Salen la Música, Minerva, Juno, y Venus, cantando: En el regazo de Circe, etc.

Música.

En brazos de aquel cariño

en que ciño mi atención,

corazón, corazón,

sosiega, pues el Céfiro

callando pone en calma

el alma de tu acción.

Juno.

Descansa, pues la constancia

que es instancia del amor,

superior, superior,

ofrece fuego y púrpura,

con que mantiene y quema

diadema y esplendor.

Venus.

Las flores vierten su licor

en los brazos del Abril,

que es sutil, y es sutil

la envidia de sus túmulos,

al ver que Circe hermosa

es rosa, y es pensil.

Minerva.

Las fuentes por no ofenderte

en la suerte del gozar

quieren dar

liciones a los mármoles

que explican siendo mudas

las dudas del callar.

Terpsícore.

No estudian hoy las abejas,

por tus quejas, el primor

de la flor,

que en sus prisiones débiles

se exhala, sin el viento

violento del rumor.

Terpsícore.

Amante el vuelo no toma

la paloma, hacia el vergel

porque fiel

arrullos teme fáciles

que inquieten con sus llamas

las ramas del laurel.

Las 4.

Duerme sin fúnebres

pálidas ansias.

Razón.

Duerme con fúnebres

pálidas ansias, etc.

Las 4.

Tú que del Tártaro

Razón.

Tú que del Tártaro

hórridas próximas sombras abrazas,

hórridas próximas sombras abrazas.

Las 4.

Seas la víctima.

Razón.

No seas la víctima.

Pag. 38

Ellas.

Mísera y vana.

Razón.

Prisionera so

del fuego lúgubre,

rápido estímulo,

fuerte del alma.

Las dos.

¡Qué bien el tósigo!

Razón.

¡Qué mal el tósigo!

Vanse.

Ellas.

Mágicos encantos

a nuevos crímenes,

áspides trágicos

de iras tiranas.

Proverb. 6. v. 9.

Razón.

¿Hasta cuándo has de dormir,

perezoso Ulises? Basta

el sueño.

Circe.

Ya le he infundido

la idea más temeraria,

para que descienda al reino

del inflexible monarca

Plutón.

Psalm. 6.

Razón.

Señor, no le arguyas

con tu furor; con tu saña

no le castigues. Enfermo

está Ulises, tú le sana.

Ya conturbados sus huesos

con la turbación del alma

se disuelven. Mas, Señor,

tu misericordia es tanta

que espero que has de librarle,

sin que a las prisiones vaya

en que nadie te confiesa.

La muerte con que te paga

mi Dios, envía un auxilio

de tu inviolable eficacia.

Sale Mercurio que traerá un escudo cubierto con un tafetán carmesí.

Mercurio.

Ya con una inteligencia

de su piedad soberana,

tiene Razón la respuesta.

Razón.

¡Feliz quien llegue a escucharla!

Mercurio.

¿Ulises, Ulises?

Despertando.

Ulises.

¡Cielos!

¿Quién me nombra? ¿Quién me llama?

Circe.

¡Ay de mí, que este sin duda

le dio el antídoto!

Mercurio.

Baja

desde ese solio mentido

a la humilde verdad llana

de tu polvo.

Ulises.

Ya ejecuto,

Mercurio, lo que me mandas.

Quiere descender y Circe le detiene.

Canti. 8.

Circe.

No podrás, porque mi amor

será tu muerte, y tirana

como el infierno mi envidia.

Pag. 39

Circe.

¡Hola, presto, ah de mi alcázar!

Salen todos.

Unos.

¿Qué mandas?

Otros.

¿Qué nos ordenas?

Circe.

Que a Ulises le pongáis guarda.

Ulises.

Suelta, Circe, porque al Cielo

agravias en cuanto me agravias.

Baja Ulises, y postrase a los pies de Mercurio, y síguele Circe.

Circe.

Prendedle luego, Sentidos.

Sentidos.

¿Cómo podremos si manda

la Razón?

Circe.

Valga el olvido.

Olvido.

¿Cómo quieres que te valga

si en la memoria del polvo

contempla el fin que le aguarda?

Circe.

¿Y vosotras, Perfecciones?

Descubre el escudo que será dorado, en su campo tendrá una Cruz Roja, y en medio un Cáliz con su Hostia.

Mercurio.

Tan necia como pesada

eres, Circe, y eres culpa;

y para que de ti salga

Ulises, correré el velo

a este escudo y a sus armas.

Del Hércules soberano

es blasón, y de su casa

la más heroica grandeza.

Circe.

¡Ay de mí, que ya me pasman

los misterios de su enigma!

memoria fecit mirabilium suorum.

Ulises.

¡Oh, memoria la más rara

de todas sus maravillas!

De sus proezas y hazañas

aquí en realidad descubre

firmeza de sangre hidalga,

viendo que pisó al león

infernal, dejando hollada

a la hidra vil ponzoñosa,

en cuya cabeza vana

la más perfecta mujer

puso sus divinas plantas;

y de su amor obligado

se vistió en la forma humana

de su traje, sin perder

la inmortal eterna gala,

que por parte del repuesto

divino, esencia increada,

desde ab eterno le sigue;

y porque nada le falta

al Hércules misterioso

que el escudo me señala,

con la humildad de su amor,

hiló también, como lana.

Pag. 40

Ulises.

por boca del Rey Profeta:

la nieve con que preparan

sus ojos los penitentes

para las estolas blancas

del Cordero, y el vestido

de la pureza se labran.

Que en el leño de la Cruz,

pendiente de tres escarpias,

hiló el precio de los siglos

con el valor de su grana:

y del dorado gusano

Fénix que el abril repartas

en renovables tareas

de su cuna y su mortaja,

el jeroglífico apunta

del hilo la semejanza,

pues hilar hebras de vida

es juntar formas gloriosas,

que a la inmortal duración

como viático nos llaman.

Este es de amor el Escudo

que corona nuestras almas

como lo canta David

cuando el salmo quinto acaba.

Y la fe el Escudo fuerte

que nos protege y nos guarda

de las puntas encendidas

de Luzbel, como lo encarga

a los de Éfeso el Apóstol;

Y la Empresa Sacrosanta

de Amor, en su non plus ultra,

es con propiedad fundada

el Escudo de la fe,

que en las tremendas batallas

del Hombre, no deja parte

que no quede asegurada

del todo, que en toda junta

guarda su cuerpo y sustancia,

que es calidad del Escudo

que el Crisóstomo repara

en la fe con la del diablo;

Y pues su Amor me arrebata,

su fineza me aficiona

y su manjar me regala,

con delicias infinitas

quede Circe castigada,

sin holocausto su altar,

sin adoración sus aras,

derramados sus hechizos,

impracticable su magia;

desvanecida su pompa.

Pag. 41

Ulises.

y destruida de arrogancia;

Ea compañeros míos,

esa nave, carenada

de mis torpezas, con nuevo

lastre, de llanto y plegarias,

vuelva al mar, y el norte fijo

por la estrella desvelada

de Tres Magos, a Belén

nos guíe, porque en su cara

que es de pan, después de haber

pasado, por las amargas

aguas, de la penitencia,

nos repare su vianda

contra el encanto el escudo

hoy del hechizo me apartas;

y para que celebremos

tan gran victoria, las cajas

y clarines, den al aire

señas de fuga y de marcha.

Tocan. Cajas y clarines.

Mercurio.

Sígueme Ulises.

Vase

Ulises.

Tus huellas

son de mi razón las alas.

Vase

Razón.

Venid todos.

Vase

Sentidos.

Obedientes

seguiremos tus pisadas.

Vanse

Circe.

Ulises.

Dentro.

Tu voz desprecio

Circe.

¿Que me olvidas?

Olvido.

No repara

que obedece a una memoria

que a mí, en tu olvido, me arrastra

Vase

Circe.

¿Terpsícore?

Terpsícore.

Tu armonía

fío en fe de una palabra

Vase

Circe.

¿Juno?

Juno.

Aquel escudo de oro

tiene riquezas tan altas

que pan de ángeles ofrece

Vase

Circe.

¡Discreción!

Minerva.

Sin juicio me hablas,

viendo que mi entendimiento

conoce el bien a quien ama

Vase

Circe.

Hermosura.

Venus.

Del amado

las perfecciones son tantas

que en cada rosa vertida

hallo mil vidas premiadas

Vase

Circe.

¿Todas me dejáis? ¡Ah, infieles!

Ulises, Ulises;

Ulises dentro.

Vaya

la nave al piélago

Todos.

Viva

Pag. 42

Todos.

al mar

Clarines y cajas, y al mismo tiempo dice ella con la música.

Circe.

Las sirenas vagas

confundan con sus halagos

del bronce hinchado las salvas.

Ingrato, te ausentas,

tirano, me matas,

me deja el fuego,

te lleva el agua.

Aquí se verá Ulises con todos los demás navegando en una nave que traerá un fanal encendido, y sobre él, el Escudo del Sacramento.

Ulises.

Atadme al árbol, que explica

muerte y leño; y cera blanda

aplicad a mis oídos.

Circe.

De la sirena escapa,

Escila y Caribdis, sorbed

la nave en vuestras entrañas.

Ábrense los dos carros.

Ulises.

Confesados los horrores

de las tormentas pasadas,

la nave del mercader

segura su trigo pasa.

Y para que veas, Circe,

que el Escudo que me aparta

de tu nocivo veneno,

de tus hechizos y magias,

es el misterio divino

del Cordero; que en las aras

incruentas, su memoria

nos deja representada.

Mira de Melquisedec

la mesa.

Mercurio.

También repara

en el celestial rocío

que al vellocino se encarga.

Razón.

La serpiente de metal

a la poderosa causa

del imán, que es Cristo, ofrece.

Ulises.

Y la piedra celebrada

del desierto fuente viva

en piedades se derrama.

Circe.

Montes, mares, peñas, ondas,

brutos, peces, aves, plantas,

Vesubios, ráfagas, Etnas,

sombras, vestiglos, fantasmas,

opio, cicuta, beleño,

centellas, furias y rabias.

Pag. 43

Circe.

Amparadme, defendedme,

pues ya sus victorias canta

contra el encanto el escudo;

y yo diré en mi desgracia:

Ella y Música.

Ingrato, te ausentas,

tirano, me matas,

me dejas el fuego,

te llevas el agua.

Húndese entre muchas llamas.

Ulises.

Nosotros repetiremos,

navegando con bonanza,

después que la alegoría

tocó del puerto la raya:

Todos con la Música.

Escudo constante

de vida y de gracia,

libra del encanto

de Circe que mata.

FIN

Pag. 44

En el folio izquierdo hay pruebas de pluma: "bx", un pequeño dibujo y "La Amiga".

J. M. J. Th. Bar. P. E. V. Aug. Hier. Mis. Anim.

Loa sacramental alegórica.

Para el auto de Música enseña el amor, que se ha de representar en la villa de Madrid en la fiesta del Corpus de este año de 1693.

Sobre la salud del rey nuestro señor (Dios le guarde).

Para la compañía de Agustín Manuel.

La Salud

El Corazón

La Alegoría

La Gracia

La Fe

El Oro

El Fuego

El Dolor

Música.

A la salud del gran Carlos,

hijo del milagro grande,

vienen muchos accidentes,

porque un misterio los trae;

no los detenga nadie,

que en la salud del día todos caben.

Sale la Salud coronada de flores.

Salud.

Yo los detendré, que soy

la Salud, y remediarme

sabré, en cualquiera violencia

que contra mí se intentare.

Por la parte contraria sale la Alegoría coronada de laurel.

Alegoría.

No podrás, pues mis colores

toman armas de mis frases.

Salud.

¿Quién eres tú que pretendes

turbar mis serenidades?

Alegoría.

Soy la Alegoría, que

Pag. 45

Alegoría.

Según enseñan, el Ángel

de las Escuelas y el Maestro

de las Sentencias, con arte

hablo voces que resuenan

en materia bien distante

de lo que el sentido toca

y el entendimiento abstrae.

Salud.

Pues ¿cómo quieres del día

la sanidad disputarme?

Alegoría.

No es impugnarla, es quererla.

Salud.

¿De qué suerte?

Alegoría.

El que repare

que hoy se propone a las almas

la memoria de un amante

herido de su pasión,

tan asaltado de achaques

desde el frío de Bethlehem

hasta el crecimiento grande

de amor en su fin, que unió

todas las enfermedades

del mundo, y con sed ardiente

de remediar tantos males,

por muchas venas abiertas

en un leño dio su sangre,

no extrañará el que yo empeñe

las enfermas calidades

del amar y el padecer,

mayormente cuando ya antes

lo cantó David, diciendo:

Mi corazón se deshace

como cera blanda; todos

mis huesos pueden contarse;

con el sudor me resuelvo

en agua; mi virtud grande

se va secando; mi lengua

en medio de estos volcanes

pegada está a mi garganta,

y hasta a la muerte me traen

este ardor, frío y congoja,

que todo a la letra sale

al encuentro de mi asunto;

y porque nada le falte

a una pasión tan real,

y para que el otro cante

que muchas veces el nombre

conviene a las propiedades

de aquello que significa,

¿ves cómo quiso dejarme

este amor entre distintas

especies accidentales

que le acompañan?

Salud.

Pues tocas

un punto que ha de tocarme

ponerle en su lugar proprio,

omitiendo disputables

argumentos que en el día

no siempre han de ser constantes,

por mí Isaías responda,

Pag. 46

Salud.

que en profético semblante

a Israel anunció el día

de la salud más amable,

y por ella bajó al mundo,

y en su olor celestiales

vio con los suyos Simeón

el remedio saludable

de todo el género humano,

que sin la vida, cadáver

yacía; y aunque es verdad

que amor, hasta consumarse

nuestro remedio en la cruz

tuvo sus enfermedades,

(que como dicen el Maestro

Sentenciario, y otros padres

fueron injurias, afrentas,

contumelias, y crueldades),

hoy, que instituido queda

el sacramento admirable

para remedio y salud

(como en su tercera parte

el sol Tomás lo declara)

y hoy (el Crisóstomo añade)

que la mesa del Cordero

nos da la vida en su carne,

sin la cual ninguno vive

pues la luz de las verdades

lo dijo por San Mateo,

como quiera que me ganen

los accidentes, un día

de tan altas sanidades,

que el Rey de la gloria vive

con virtudes inmortales,

y el de la tierra, en el mismo

misterio augusto renace

a cuenta de quien fían

su vida y prosperidades,

como el Austria lo confiesa,

y España lo persuade.

Y así entiende, Alegoría

que no cederé, aunque cantes:

Los dos con la música:

Los dos y Música.

A la salud del gran Carlos

hijo del milagro grande

vienen muchos accidentes

porque un misterio los trae;

no los detenga nadie,

que en la salud del día, todos caben:

Alegoría.

Verás cómo figurados

accidentes te combaten.

Salud.

Verás cómo me sosiegan

atributos sustanciales.

Alegoría.

Vengan, vengan, unidas mis ideas.

Música.

Vengan, vengan, unidas mis ideas.

Salud.

Lleguen, lleguen intactas mis verdades.

Música.

Lleguen, lleguen intactas mis verdades.

Pag. 47

Salen por la parte de la Alegoría el Fuego, el Corazón y el Dolor y por la de la Salud, la Gracia, la Fe y el Oro; todos sacarán sus tarjetas. En la del Fuego se pintarán unas llamas, con este mote: Lampades Ignis. En la del Corazón, se pintará él mismo atravesado con dos flechas; su mote: Vulnerasti: en la del Dolor una azucena cercada de espinas; mote: Amore langueo. En la de la Gracia una granada abierta: con esta palabra: Præmititur. En la de la Fe un racimo, y espigas; mote: Ad ritum. En la del Oro una nubecilla que lo llueva: y su letra: Aurum optimum.

Corazón.

Yo que soy el Corazón

que el Esposo en los Cantares

herido dos veces muestra

con la vista penetrante

de su esposa, y sus cabellos,

que sueltos de vanidades

al cuello de mi firmeza

son sortijas de diamantes,

vengo con la misma herida

a buscar si hay quien me sane.

Gracia.

Yo soy la Gracia, y podré

sin dificultad curarte,

pues sacramento es gracioso

el que no se niega a nadie,

mas con distintos efectos;

porque aquel que se probare

a sí mismo, con San Pablo

logra la unión entrañable

de la virtud del misterio

aumentando los quilates

de su amor; pero el que indigno

llega a comer sin juzgarse

es juzgado como reo

de un sacrilegio execrable;

en los Cánticos la esposa

mi empresa podrá explicarte,

con la granada que ofrece

amargura y suavidades,

penitencia es la corteza

que amargo dolor la parte;

gracia es el grano sabroso

que en las mejillas amables

del Esposo y de su Iglesia

a los fieles se reparte;

y con este ejemplo, el que

quiera su remedio, antes,

rompa la corteza, y luego

a comer los granos pase.

Fuego.

Yo que abrasado en las llamas,

y en las lámparas flamantes

del Esposo busco el centro

de eternas felicidades,

siempre voy peregrinando

por moradas eficaces;

no descanso, ni sosiego,

y aunque la quietud me llame,

duermo tal vez, pero está

mi corazón vigilante.

Pag. 48

Fuego.

Muchas aguas no han podido

extinguirme, ni apagarme,

y adolezco de un ardor

que me abrasa.

Oro.

En mí ha de hallarse

el remedio, pues yo soy

el Oro más apreciable,

que en lluvia de beneficios

desde su Cabeza esparce

la fineza del Esposo;

y si tus actividades

quieres que siendo mayores,

te parezcan más tratables,

la Esperanza que en mí tiene

preciosas seguridades,

diga con David; Dios mío,

cuando te invoqué, escuchaste

la equidad de mi Oración,

dilatándome la cárcel

de mi atribulado pecho;

y Salomón la acompañe

diciendo, tus Labios son

una cinta de granates,

tus palabras dulce idioma

destilado de panales,

y templará desta suerte

el incendio en que te abrases.

Dolor.

Y yo que soy el dolor

atribuido a un Amante,

qué remedio hallar podré,

cuando es duro, fuerte, y grave

como el infierno y la muerte

mi Amor; y para guardarme

siendo Azucena, me cercan

de Espinas, que a penetrarme

llegan el Alma: y yo pido

en mi deliquio suave

que me circuyan de flores,

deliciosas, y fragrantes.

Fe.

Y yo que soy la Fe, y el día

es mío por todas partes,

pues el Misterio de Fe

Milagro es de sus instantes,

te respondo con el Rey

Profeta: tú me alargaste

Dios mío, la protección

de tu salud Venerable,

y con tu diestra amorosa

a mi humildad abrazaste.

Y si está de las Espinas

maltratado tu ropaje

del Pan, y el Vino, al abrigo

puedes, dolor, repararte,

y en la incruenta Oblación,

que para transubstanciarse

pan y Vino en el Cordero

Pag. 49

Fe.

Guarda especies naturales,

y tengo yo el mérito, pues

recibe su cuerpo y sangre

el hombre invisiblemente

y a pan y vino le saben,

que es angélica doctrina

de Tomás.

Alegoría.

Su abismo baste

a mí, para convencerme

y al dolor, para aliviarle

y más cuando he reparado

que vienen para ejemplares

de la salud, la granada,

oro y fe, que es un enlace

de católica corona,

que nunca puede arruinarse.

Coronada va la fruta,

el oro es la mejor parte

de las coronas del mundo

y la fe el celeste esmalte.

Salud.

Aunque eres Alegoría

otra alusión te dejaste.

Alegoría.

¿Qué es?

Salud.

Que Carlos, de dos mundos

es monarca insuperable:

oro el uno le tributa

por la vía de los mares,

el otro mieses y frutos,

y en la Granada abundantes,

siendo reino, se contienen

los demás que se le añaden,

y la fe, que en todos reina,

los hace a todos iguales.

Y pues como Alegoría

ya convencida quedaste,

como Analogía, hoy

te ruego que me acompañes

a una fiesta.

Alegoría.

¿Qué es?

Salud.

Un auto:

que sin metáfora abrace,

una armonía apacible

contra un yerro disonante.

Música enseña el Amor

se intitula;

Alegoría.

Y es bien fácil

siendo día de Salud,

y de Amor, que el Amor cante,

voces que se correspondan

al compás de las piedades.

Vamos a empezar.

Salud.

Espera,

que falta un punto notable

a la introducción.

Alegoría.

¿Cuál es?

Salud.

La loa, que en semejante

Pag. 50

Salud.

aparato; el olvidarlas

fuera desgracia y achaque.

Alegoría.

Pues remédiese.

Salud.

¿En qué forma?

Alegoría.

En la de sacrificarte

siendo Salud, a las plantas

de tres altas Majestades,

que armonía amante forman

de Hijo, de Esposa, y de Madre.

Salud.

Y al soberano respecto

de las acordes beldades

que solo por eco tienen

aquellos milagros que hacen.

Corazón.

Al oráculo prudente

de los regios tribunales,

que hablan por boca de Astrea,

aciertos inalterables.

Gracia.

A la coronada villa

de Madrid, y al timbre grande;

de su ilustre Ayuntamiento

orbe de felicidades.

Fuego.

A la atención de los nobles.

Oro.

De los doctos a la clase;

Fe.

Y de la plebe al concurso

Todos.

diciendo con humildades:

Con la música.

Que pues Salud a todos

os anunciamos

sea un sano silencio

vítor del Auto.

Salud.

Que las tres Majestades

vivan y reinen

más años que los astros

influjos tienen.

Alegoría.

Y los bellos prodigios

que el Sol venera

copiando de sus aras

luz que respeta.

Gracia.

Y los serios consejos

de voces justas

en que Numa prudente

sus leyes funda.

Fe.

De Madrid coronada

la lealtad noble,

que en la verdad descubre

sus atenciones.

Salud.

De los nobles y sabios

la ilustre forma

que en materias de ingenio

suple y perdona.

Alegoría.

Y pues Salud a todos

os anunciamos

sea un sano silencio

vítor del Auto.

Dan fin bailando.

Pag. 51

Este auto sacramental, su título Música enseña el amor, le he leído por mandado del señor don Ilegible y no hallo en él cosa que se oponga a nuestra santa fe católica ni a buenas costumbres, antes bien está escrito con mucho Ilegible y así me parece se le puede dar la licencia que pide. Madrid y mayo Ilegible de 1693. Firma ilegible

Vista la Ilegible del padre Ilegible , doy licencia para que se represente este auto sacramental con tal que no se cante en él cosa que sea profana, ni se Ilegible Madrid a Ilegible de mayo de 1693. Firma ilegible

Memoria de los vestidos que se han de dar para este auto. Primeramente para la Música un vestido de Ilegible , más un tafetán blanco Ilegible , más una bota de Ilegible . Un vestido de Ilegible Para el Ilegible Para Ilegible

Por mandado de vuestra señoría he visto este auto sacramental, su título Música enseña el amor, y no hallo en él cosa que repugne a nuestra santa fe católica, y buenas costumbres, antes bien con mucha devoción y espíritu Ilegible se le puede dar la licencia que pide para que se represente. En este convento de Ilegible de Madrid, a 12 de mayo de 1693. Firma ilegible

Vista la aprobación de arriba, doy licencia para que se represente este auto sacramental, su título, Música enseña el amor, con tal que no se cante en él cosa profana, ni se Ilegible Madrid a 13 de mayo de 1693. Firma ilegible

Personas. Hablan las personas siguientes: La Naturaleza El Príncipe La Envidia El Mundo El Verbo La Gracia

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Personas

El Verbo Divino

La Naturaleza humana

El Príncipe de las tinieblas

La Envidia

La Memoria

El Deseo

La Gracia

Mundo Gracioso

Jerusalén

Daniel

Jonás

Sidrach

Misach

Abdénago

Pastores

Músicos

Música.

Música enseña el Amor

porque llegue el feliz día

en que temple la armonía

los suspiros del horror.

Ábrese un peñasco y sale de su seno el Príncipe, repitiendo la letra.

Príncipe.

Música enseña el Amor, etc.

Sonoro enigma que mi ciencia ignora,

luciente anuncio de suave Aurora,

acorde pasmo de mi noche triste,

dulzura que en el número consiste,

qué impresión misteriosa,

qué virtud poderosa.

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Príncipe.

En mis iras atroces,

caracteres de luz, vibrantes voz,

y quien voraz, sediento

mares de humo surqué, en ondas de viento

pirata de mí mismo

y náufrago primero del abismo,

siendo de inteligencias el contagio

para la eternidad, mortal naufragio,

en cuyo seno, escuela de baldones,

cayeron astros, los que son carbones,

me atormentes, me irrites,

si es que otra vez repites.

Música.

Música enseña el amor, etcétera.

Príncipe.

Pero, ¿cómo mi rabia,

que es más cruel por conocerse sabia,

huyendo de un pesar imaginado

encuentra todos los que no ha olvidado?

¡Ah del monstruo terrible,

en sus necias desdichas invencible,

en sus triunfos oscuros desdichado,

de amarga palidez alimentado,

desvelo eterno de gemido ronco,

rama de sierpes y de llamas tronco,

rayo funesto que en mi albor sereno

vaso ceniza, y le escupí veneno,

¡ah de mi envidia!

Sale la Envidia coronada de sierpes.

Envidia.

En vano me has llamado,

pues soy tu sombra y nunca te he dejado

desde que al ver más soberana alteza

aspiraste a Criador, siendo criatura.

Príncipe.

Es, que en la duda que mi pena siente

cifra armoniosa, en que lo inteligente

descomparado corre,

tu inquietud solamente me socorre,

y mi altivez con vuelo te declara,

que si tú me faltares, te buscara.

Envidia.

Príncipe tenebroso,

cuyo reino violento y pavoroso

ha de esgrimir para inmortal quebranto,

gusanos de dolor, fuego de llanto,

¿qué intentas?, ¿qué imaginas?

Príncipe.

Si tu atención inclinas

al concento del mundo,

no dudarás, en que mis ansias fundo,

pues desatando al garbo de mi ciencia

enigmática dice su cadencia:

Él y Música.

Música enseña el amor

porque llegue el feliz día

en que temple la armonía

los suspiros del horror.

Envidia.

Aunque no entiendo día tan felice

como una letra cándida predice,

ya la Envidia, que quien conmigo lidia

niega lo bueno, al paso que lo envidia.

¿Mas qué discurres tú, príncipe sabio?

Príncipe.

Discurro, que una voz; pero aquí el labio

duros candados de mis yerros labra,

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Príncipe.

sin poder pronunciar una palabra

que a Israel llegará por Isaías,

viendo Jacob en estas profecías

la palabra del Cielo;

y sin correr a la armonía el velo

aumenta este Profeta mis cuidados,

diciendo que los montes y collados

cantarán alabanzas,

y los troncos con lenguas de esperanzas

aplaudirán en blando movimiento

cláusulas verdes que susurre el viento.

David también dice: Adoraciones

te dé toda la Tierra, y sus canciones

a tu nombre consagre; y antes de esto

persuade en otro texto;

Cantad cántico nuevo acordemente,

y unidas voces vuestro coro aliente,

porque es recta, es perfecta, y armoniosa

del Señor la palabra misteriosa;

Cantad sus maravillas, celebradlas,

referidlas, contadlas,

que yo le alabaré mientras viviere.

Destos lugares mi dolor infiere,

y de otros infinitos,

que no refiero, porque van escritos

y sin duda vendrá quien los comente,

lo que no sé decir, aunque lo intente;

mas ya lo entenderemos,

si el hombre canta lo que no sabemos;

esta Música, pues, que prevenida

antes, que declarada, hoy defendida

de Filósofos oigo, y, sea acaso,

o vaticinio del que temo caso

en la inferior naturaleza humana

después que quiso idea soberana,

que a una mujer temiese

y que entre sombras, a sus pies me viese,

de suerte me atormenta, que imagino

humano acento, y esplendor divino.

rabiosas ansias mi desvelo enciende.

Envidia.

Nada mi pena entiende,

y en la armonía de sagradas letras

yo solo envidio lo que no penetras.

Príncipe.

Mas a esta parte llega.

Envidia.

¿Quién?

Príncipe.

La humana

naturaleza, y aunque escuela vana

de Griegos, hoy se empeña

en defender que Amor música enseña,

disuadirlo pretendo,

la contraria opinión por mí defiendo,

si es que en similitud, y analogía,

quieren probar que Amor es armonía,

Envidia.

dejarte no podré.

Príncipe.

¡Qué mayor pena,

que arrastrar de la Envidia la cadena!

Envidia.

Pues a las empresas.

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Príncipe.

Al triunfo.

Envidia.

A la victoria.

Príncipe.

Con el deseo trae a la memoria;

esclava vil de mis asombros sea,

pues altiva dejó, lo que hoy desea.

Salen la Naturaleza humana y la Memoria, vestidas de luto, y delante el Deseo galán con alas.

Naturaleza.

Deseo, no vueles, para

al precepto de mi angustia,

si es que manda el infeliz

con la voz que no pronuncia;

detén el vuelo.

Deseo.

Mis penas

son mis alas, y si juzgas

detenerme cuando vuelo,

corta a tu dolor las plumas.

Naturaleza.

¡Triste memoria!

Memoria.

Tus ansias

no me olvidaron, que nunca

en desgracias poseídas,

pasadas glorias se ocultan,

porque la pérdida sea

con el recuerdo más dura.

Príncipe.

Parece que la memoria

más es mía, que no suya.

Envidia.

Yo con el deseo corro,

que él siempre a la envidia busca.

Naturaleza.

Con dos afectos iguales

memoria, y deseo, asedian

mis lágrimas vergonzosas,

cuantos mis ojos enjugan,

con el fuego que destilan,

sobre las flores que ahuman;

que como a Dios ofendí

tan ciegamente absoluta,

que ni aun tuve, para errante

la detención de confusa;

y a aquella sierpe: (¡Ay de mí!)

postrada al dolor.

Cae y va a levantarla el Príncipe.

(Aparte.)

Príncipe.

Acuda

a levantarla, mi engaño;

que siempre intentó mi astucia,

para crecer el despeño

guiar a mayor altura.

Naturaleza.

¿Quién eres tú, que sirviendo

de báculo, a mi caduca

desgracia, en estado humilde

que el olvido me sepulta

me levantas, y me dejas

más vana, y menos segura?

(Aparte.)

Príncipe.

Soy quien ignora (bien dije

pues según Job articula,

la ira da muerte al necio.)

Envidia.

Y prosigue en sus angustias,

la envidia al pequeño mata,

Pag. 56

Envidia.

Verdad dijo, no me culpas.

Príncipe.

Soy (vuelvo a decir), hermosa

Naturaleza, quien duda,

a fuerza de inteligencia

(que, si la verdad se apura,

poco en lo difícil sabe

aquel que no dificulta),

la sustancia de esa letra,

que antes repitió confusa:

Él y Música.

Música enseña, etcétera.

(Aparte.)

Príncipe.

Aunque me instan sus males,

no importa que los resuma,

repitiendo la noticia

del crimen con que me adula;

y más, cuando entre sus males

busco ardientes conjeturas.

Naturaleza.

Cuando misterioso atiendas,

no has de oír lo que procuras,

creyendo en mi comprensión

lo que niegas a tu industria;

mas, no obstante, autorizando

mi inteligencia y la tuya,

en mí por lo que refiero,

y en ti por lo que me escuchas,

oye el suceso que dio

principio a mis desventuras;

y si en mis lamentos

te debiere alguna

atención, no culpes

ansias que me turban.

Del silencio de la nada

sacó la voz absoluta

de Dios, a la armoniosa

perfección cuantas criaturas

despertó el fiat sagrado,

proporcionando las unas

al dominio de las otras,

observando todas juntas

número, peso y medida;

y en la simetría muda

fue música de los ojos

la luz, color y hermosura,

que en varias especies

de la unión fecunda

concordaron todas,

no faltó ninguna.

Midió los cielos, pesó

las aguas, y la caduca

gravedad de tierra y montes

dejó librada y segura

(dice Isaías hablando

de Dios), y David ajusta

la firmeza de los cielos

con la palabra divina

de la boca del Señor,

cuya virtud los ilustra;

el concento de los cielos

contempla Job, y disputa

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D. August. de Music.

Naturaleza.

en mejor edad tendrán

los Sabios sobre sí pulsan

física armonía, y no

ha de faltar Ave Augusta

Africana, que describa

con los Rayos que descubra,

que es el Orden de los Siglos

Un hermoso Verso cuyas

sílabas altas humildes

templadas graves, y agudas

forman Larga consonancia

y en la Universal fecunda

colocación de entidades

Viva elocuencia pronuncian,

Metro de los años

que en minutos funda

Ocios que se lloran,

trabajos que frutan

Esto supuesto (que todo

puede importar, para alguna

música fiel, que quizá

sin Alegoría, anuncian

para desterrar Lamentos

tantas veces de escrituras)

Volveré a la Creación

porque a mi principio acuda;

Salí de la poderosa

mano de Dios, Viva hechura

de su Idea Soberana,

Y en fin tan Imagen suya

Como imitación acorde

de su peregrina, y suma

Virtud, dejando en mí, Cierta

especie impresa, e infusa

de Divinidad, que siendo

ad extra, Grandeza suya,

Comunicarse (Según

que en Literarias Consultas

de Oráculos doctos, bien

será, que el Bien se difunda)

Me hizo capaz de imitarle

en la línea de Criatura;

oh Alta Omnipotencia,

mi horror se confunda

pues iluminaste

a la sombra obscura!

Quedé en la potestad

Regia, sobre las sañudas

Fieras, y canoras Aves,

Siendo su obediencia bruta

tan conforme, que alternaban

el halago sin la injuria,

sin garras la Utilidad

y la Sujeción sin plumas;

Sacerdotisa me vi

e intérprete, de la pura

razón, que participada

Pag. 58

Naturaleza.

Como sacro don que alumbra,

antes era inteligencia,

que se conociese duda;

obedientes los sentidos

a la razón sin la lucha

intelectual, que es campo

de laureles, y disputas,

al plectro del corazón

que el primer aliento pulsa,

y apaga el último, para

llamamiento de la tumba,

blandamente gobernados

del compás de mi ventura,

sin falsas respiraciones,

ataban cláusulas justas,

firme dependencia,

del centro que buscan

líneas racionales,

que corren seguras.

Trascendiendo mansos soplos

inquietas ondas purpúreas,

las hojas de labios tiernos

sílabas eran menudas,

que al sol que entonaban solo

no se deshojaban mustias.

Los arroyos apacibles

que la ardiente arena enjuta

hidrópico vaso bebe,

suspiro fogoso chupas,

entonces todos templados

al punto de su dulzura

clarificaban risueños

cadencias, pausas, y fugas,

y el sonoro paso

de la blanca espuma

hechizo era siempre,

precipicio nunca.

Esta música expresada

con alientos, y figuras

en la sustancia, distintas,

en el modo acorde, una,

oídos, y ojos lograban

contemplando en todas juntas

la obediente perfección

especial de su conducta:

En esta dicha (¡qué poco

las felicidades duran

cuando promete el engaño

lo que la soberbia busca!)

una sierpe (mas la voz

próximo el temor me ocupa)

infestando (en vano el alma

pronunciaciones estudia)

mi quietud (¡ay de mí triste!

no sé qué sombra me turba,

que callo ya en mi desgracia

Pag. 59

Naturaleza.

¡La memoria que me culpa!)

me dejó abiertos los ojos

con ceguedad tan impura

que en la bronca, escandalosa,

fértil, lamentable cuna

de un árbol, donde escupió

áspid fiero, amarga fruta,

discerniendo el bien y el mal

miré mi fealdad desnuda:

perdí el compás de la gracia,

seguí el metro de la culpa,

sin el orden de la luz

tomé mudanzas nocturnas,

dejé el punto, olvidé el canto,

llórelo mi desventura;

¡oh, qué alivio fuera

de mi amarga angustia,

el tener mi llanto

tenor de disculpa!

Pero viendo que en Atenas,

y en otras escuelas muchas,

y defienden que el amor

música enseña; y se fundan

en que la filosofía

es amor de ciencia, a cuya

viva diligencia, que

la comprensión estimula,

se ennoblece intelectiva

la ignorante humildad ruda,

quiero amar nuestra Esperanza,

porque el amor me haga culta,

discreta, agraciada y docta,

mis imperfecciones pula,

y mis cánticos suavice;

mayormente cuando ayuda

Débora a las profecías

que en mi fineza redundan,

y abeja estudiosa, dice

entre judiciarias juntas:

Oíd, príncipes, yo soy

la que cantaré en voz justa

al Señor Dios de Israel

cuanto a su gloria conduzca;

y prosiguiendo este texto

de los Jueces, se apresura

Débora al cántico, y fina

a la alabanza madruga,

aprehendiendo el alba

los candores que usa

a labios que cantan

verdades que juzgan.

Al primero de los reyes,

se dio la señal segura

del reino a Saúl, en que

junto a la encina robusta

del Tabor, encontraría

Pag. 60

Naturaleza.

Pan y vino (¡oh, cuánto alumbran

a mi esperanza estas voces!).

Que después desto le anuncia

Samuel un alegre coro

de profetas, que le infundan

alborozo, con salterio

y cítara; y pues se ajusta

después del pan y del vino

la música, es bien que cumpla

mi pecho con esperar

esta armonía futura,

que con tantas ansias

errante y confusa

solicito en premio

de amor que las junta.

Cuando David subió el arca

al monte Sion, no hay duda

que cantaban en octavas,

porque a Dios, en Sion, le gusta

la música; y si reparo

en que el cenáculo ocupa

la eminencia de este monte,

me será preciso, el que una

música y cena, manjar

de alimento y de dulzura:

Que he de esperar, pues, atenta

a la voz de las alturas;

a sus cláusulas me estreche,

a sus preceptos recurra;

ya mi amor la solicita,

mi estudio no la rehúsa,

los profetas la proponen,

las escuelas la propugnan.

Amor me enseñe las reglas

de la que es música suya;

y cuando benigno

su palabra cumpla,

verás que sus ecos

en gracia redundan.

(Aparte)

(Aparte)

Príncipe.

¡Ay de mí! ¡Válgame el vulgo

de mis infernales furias!

Errada naturaleza,

tu idea te desalumbra,

pues de contrarios extremos

el medio imposible buscas

a la pasada armonía

y a la disonancia tuya:

(Aquí importan de mi ciencia

las demostraciones.) ¿Juzgas

que las experiencias son

las que claramente apuran

la verdad, sin que arriesgados

los principios se discurran,

o lo sofístico engañe,

o lo probable presuma?

Pag. 61

Príncipe.

¿O dudas, que si pudiera

esa música, en que fundas

tu alegría, componerse

otra vez, fuera, sin duda,

comenzando por el orden

natural, uniendo algunas

porciones elementales,

que unidamente confusas,

como primeros principios

de todo ser, dieran alma,

cantidad, peso, y medida

a esa dulce Arquitectura?

Pues mira los Elementos

y verás cuánto repugna

la consonancia que aguardas

con el desorden que escuchas.

¿Qué ves en la Tierra?

Ábrese el quinto carro, y se verá Hyerusalem, representada en una mujer cautiva, vestida de luto, con su cadena, atada a un árbol, de cuyas ramas estarán colgados algunos instrumentos músicos.

Naturaleza.

¡Ay triste!

tierno el corazón se angustia;

esclava Hyerusalem

en la Babilonia inmunda,

sin olvidar a Sión

en sus sollozos fluctúa;

¿a quién no enternece, el ver

que esta ciudad la más justa

y más amada de Dios,

llore servidumbre dura?

¿Y que se vendan sus reyes

al precio de sus injurias?

al aire entrega el pecho

diciendo cautiva, y viuda:

Canta Hyerusalem.

¡Quién dará a mi cabeza

agua, y de llanto fuentes a mis ojos,

para llorar la que perdí grandeza

sepultada en cenizas de despojos!

Lloraré noche y día

buscando soledad la pena mía.

Sobre la arena torpe de estos ríos

de Babilonia, lloro enternecida

con la memoria de Sión perdida,

corriendo fuego mis alientos fríos.

Entre estos sauces fértiles, pendientes

mis instrumentos armoniosos dejo,

siendo sepulcro trémulo, y espejo

de mudos cuerpos, rápidas corrientes.

¿Cómo podré cantar en tierra ajena

cánticos del Señor a oídos broncos

que menos blandos que insensibles troncos

redoblan el rumor de mi cadena?

De mi diestra me falte la memoria,

y mi lengua se pegue a mi garganta,

si en tanta esclavitud, si en pena tanta

olvidaré los siglos de mi gloria.

Pag. 62

Música.

Hyerusalem cautiva

su voz al aire entrega,

y es llanto repetido

el eco que venera.

Ciérrase el carro.

Naturaleza.

¡Qué sentimiento! ¡Qué ansia!

Memoria.

¡Qué dolor!

Deseo.

¡Qué desventura!

Envidia.

La envidia es fuego, pues no hay

perfección, que no consuma;

y así yo le manifieste

para que en las llamas luzca.

Príncipe.

¿Qué ves en el fuego?

Ábrese el 2.º carro, que será un horno ardiendo, y entre sus llamas se verán los tres niños paseándose.

Naturaleza.

Cielos,

¿que esto vuestra piedad sufra?

Sidrach, Misach, y Abdenago,

porque adoración tributan

a Dios, despreciando aquella

que la idolatría usurpa,

en culto de altiva estatua,

que fácil cimiento ocupa,

pies de barro para el golpe,

y de oro madejas rubias

para la lisonja, al horno

de Babilonia se arrullan,

y salamandras amantes

dicen con voces maduras:

Daniel cap. 3.

Cantan.

Bendito seas siempre

Eterno Señor,

y de nuestros Padres

Poderoso Dios.

Porque en todo guardas

justificación,

tus obras enseñan

la verdad mayor.

Todos tus juicios

verdaderos son,

y tus sendas guían

sin desliz ni error.

En Hyerusalem,

y en nosotros vio

sombras y delitos

tu justo esplendor.

Sidrach.

Lisonja son los incendios

para nuestro corazón.

Misach.

Dios con su rocío templa

la actividad del ardor.

Abdenago.

Contra nuestra fe, las llamas

no tienen jurisdicción.

Música.

Bendito seas siempre

Eterno Señor,

y de nuestros Padres

Poderoso Dios.

Ciérrase el carro.

Príncipe.

Mira al viento, y sus horrores

a tu esperanza concluyan.

Pag. 63

Ábrese el carro 3º, en que se verá Daniel dormido sobre un peñasco y desde unas nubes elevadas bajarán cuatro vientos, que respirarán sobre las cuatro bestias, que pinta el mismo profeta en su capítulo 7.

Naturaleza.

Daniel, profeta sagrado

(mi vista y mi voz se inmutan),

de cuatro vientos furiosos

que mares y montes turban,

sueña la visión, en que

de cuatro bestias sañudas

a lo misterioso atiende,

diciendo en la noche oscura:

como soñando =

Daniel.

En confusos desalientos,

soñada verdad, me asombras,

pues siendo monstruos las sombras,

imágenes son los vientos.

En cada fiera imagina

el susto un tirano dueño,

siendo el golpe de mi sueño

amago de su ruina.

(ciérrase el carro)

Música.

Del cielo en la amenaza,

el sueño del profeta

descubre cuatro vientos

que bajan a la tierra.

Príncipe.

¿Qué ves en el agua?

(Ábrese el 4º carro, que será un mar borrascoso con un navío, y Jonás fluctuando entre las olas.

Naturaleza.

Veo

que el profeta Jonás sulca

tribulaciones de nieve,

inquietudes de amargura;

arrojado de la nave

que en la tempestad fluctúa,

dice, convocando escamas

sobre el rostro de la espuma:

Jonás.

Mi obediencia constante,

en volubles espejos,

sombra mira de llanto

que hilan mis ojos y que teje el viento.

A Nínive camino,

para voz de los cielos

y anunciar una ruina

que no deje memoria de su aspecto.

Arrojado del débil,

vano, veloz tropiezo,

que nunca va seguro

siendo portátil máquina de riesgos.

A ti, Señor, te invoco

y que me oigas espero

en las contrariedades

desta lid de cristal, campo de ruegos.

De flujos y reflujos

entre los movimientos,

son mis ojos perennes

amargas fuentes del dolor que bebo.

A mi cabeza inundan

ofensivos reencuentros,

dudando en canos rizos

si son espumas o si son cabellos,

y aunque tan apartado

Pag. 64

Jonás.

de tus ojos me veo,

Señor, en ti confío,

vuelva yo a ver tu soberano templo.

Música.

De la nave le arrojan

al que justo navega

y el mar que le recibe

su lágrima venera.

Ciérrase el carro.

Aparte.

Príncipe.

No espere dulces concentos

tu mal fundada opinión,

cuando disonantes son

los primeros elementos.

Vuelve a tu infausto gemido

que el orbe civil alterna

y en una desgracia eterna

sea tu pena el sonido.

Mi malicia enfurecida

busca en el alma culpada,

llanto de desesperada,

no dolor de arrepentida.

¿Qué imaginas?

Naturaleza.

Que aunque veo

discordia tan disonante,

espero dulzura amante.

Príncipe.

¿Quién la ha de oír?

Naturaleza.

Mi deseo.

Deseo.

Naturaleza, no estoy

para oírte en este estado.

Naturaleza.

¿Por qué?

Deseo.

Desde que has pecado

tras de mi antojo me voy.

Naturaleza.

Rayo de la posesión

para el dolor, que respiro.

Deseo.

Desde que esclava te miro

no obedezco a tu razón.

Vase.

Príncipe.

Su esperanza desvanece

este rebelde Profeta.

Envidia.

Sí, que siempre es el deseo

quien primero te obedece.

Naturaleza.

¡Ah, injusto, ah, traidor, tu gloria

desobedeciendo pierdes

y porque de mí te acuerdes,

vaya tras ti mi memoria.

Memoria.

No le sigo.

Naturaleza.

¡Dura suerte!

que no puedo persuadirte!

Memoria.

No, porque quiero afligirte,

sin que llegue a obedecerte.

Príncipe.

Todo afecto es enemigo

en la desgracia mortal.

Naturaleza.

¡Ah, tirana! ¡Ah, desleal!

Memoria.

Siempre he de quedar contigo;

que en bienes que has de llorarlos,

para volver a tenerlos,

más que el susto de perderlos,

es el dolor de acordarlos.

Aparte.

Príncipe.

La música prometida

que siempre hiere a mi oído

Pag. 65

Príncipe.

Voy a escuchar, escondido

con el disfraz de la vida

humana; que el Adversario

del hombre, para vencer

suele vestirse, y mover

las armas de su contrario.

Quede sola y sin disculpa

la torpe indigna querella;

mas yo no me aparto de ella

estándose ella en su culpa.

Vase.

Envidia.

A mi Príncipe emulando,

seguiré su rumbo mismo,

pues soy sombra del abismo

y siempre voy tropezando.

Vase.

Naturaleza.

Conturbado el corazón

suspira entre mis temores.

Dentro el Mundo.

Velad, hermanos pastores,

porque un valiente León

va por el monte buscando

a quien despedace hambriento.

Naturaleza.

¡Qué susto, qué desaliento!

Sale el Mundo como despeñado desde un risco.

Mundo.

El Mundo viene rodando

porque llegué a ser tan leve,

que en el Etna de mi cara,

el menor gusto me para

y cualquier rumor me mueve.

Naturaleza.

Mundo, ¿quién te despeñó

con descompasados modos?

Mundo.

Es que yo ando como todos,

y todos van como yo.

Naturaleza.

¿Cómo a tu serio poder

la indigna burla le alcanza?

Mundo.

Metiéndolo todo a chanza

nada tengo que perder.

Naturaleza.

Nadie habrá que te disculpe,

cuando tu risa castigue.

Mundo.

Si el que me culpa me sigue,

no me siga, o no me culpe.

Naturaleza.

En esta angustia cruel

de ti mis ojos se alejan;

Mundo.

Muchos hay que al mundo dejan

por estar mejor con él.

Naturaleza.

Eres mordaz, pero siendo

en tu verdad, tu castigo.

Mundo.

Si es cierto que verdad digo,

creeré que soy otro mundo.

Naturaleza.

Mi cítara vuelta en llanto,

o mi armonía en lamento,

sea la voz del tormento

respiración de mi canto.

Señor, al Cordero envía

dominador de la Tierra,

de la piedra del desierto

hasta el monte de la bella.

Pag. 66

Cant. 1.

Naturaleza.

hija de Sión; suaves

ósculos, tu boca tierna

principio de mi armonía

dulcemente me conceda,

porque mejor que no el vino

es de tus pechos el néctar,

y sobre aromas sedientos

fragrantes ungüentos siembran,

por más que repita el monte

cuando fiero león nos cerca.

Música dentro.

Tenga Dios gloria en los cielos,

y paz el hombre en la tierra.

Naturaleza.

Pero ¿qué voces alegres?

Memoria.

Pero ¿qué armonía nueva?

Mundo.

Que música nunca oída

Los tres.

dice en viento, en monte y selva.

Ellos y Música.

Tenga Dios gloria en los cielos

y paz el hombre en la tierra.

Naturaleza.

No sé qué favor concibo

de estas cláusulas, que internas

me inflaman; y a entender vengo

que ya de Isaías llega

la música prometida,

pues los cielos la comprueban;

ecos de alegría esparcen

los extremos de la tierra:

en los claustros de los montes

las alabanzas resuenan,

los collados y los troncos

el júbilo representan;

unos con acentos de hojas,

y otros con voces de peñas;

y yo tan otra me juzgo,

que en la pauta de serena,

creo que un hombre del cielo

busca a mi naturaleza,

corramos tras el perfume

de los aromas que eleva,

pues tres veces me ha llamado

esposa.

Memoria.

Y con tres diademas

te busca ansioso.

Naturaleza.

Sin duda

la voz de mi amado es esta.

Memoria.

Saltando viene en los montes.

Naturaleza.

Y por los collados trepa.

Vamos a encontrarle.

Memoria.

Vamos,

mientras repite la letra:

Vanse.

Las dos y Música.

Tenga Dios gloria en los cielos

y paz el hombre en la tierra.

Mundo.

Id vosotras a buscar

a ese, que las ansias vuestras,

o como palabra aguardan,

o como nuncio esperan,

que yo al compás de mis gustos,

entonando ligerezas,

cantaré engaños, que son

Pag. 67

Mundo.

las cláusulas halagüeñas,

que grita la adulación,

y la malicia vocea.

¿Yo aprender música? No,

que en mi desorden, no asienta

bien, la habilidad que ocupa,

sino el delito que suena;

estudien los desdichados,

que a mi vanidad, le cuesta

menos, el ocio que logra,

que el trabajo que desea;

y así los que aman y cantan,

repitan enhorabuena:

Sale un coro de pastores cantando y bailando, y después el Verbo divino con la Gracia vestida de blanco, y todos adorarán al Verbo.

Pastores.

Ea, digamos alegres

con júbilo y fiesta

adorémosle, adorémosle,

que en la casa del pan

y portal de Betlehem

la eterna palabra

resuena muy bien.

adorémosle, adorémosle.

Canta

Verbo.

Estos son los pequeñuelos

que mi amor les manifiesta

lo que a los sabios esconde,

porque con eso se entienda,

que una humildad resignada

es una virtud discreta,

y obligado de ella, quiero

decirles de esta manera:

Oíd, oíd pastorcillos,

cándidos, sencillos

la tierna música,

que ha de ser lírica

y última ley,

de quien canta amoroso, rendido, obligado

del pellico, redil, y ganado

con voz que resuena en el trono de su Rey,

¡ay, ay, ay!,

que yo lo diré

escúchenme, escúchenme,

no se pierdan las voces

del que canta bien.

Humilde traje

que me enamora con tu candidez

y al alma de las vidas

llegas a encender,

¡ay, ay, ay!,

que yo lo diré.

Decoro bello

que me sujeta a tu especie fiel,

y el color de los montes

te dejó cortés,

¡ay, ay, ay!, que yo lo diré.

Al mediodía

buscas la sombra del mejor ciprés,

y a tu fin contemplando

huyes del laurel

ay, ay, etcétera.

Pag. 68

Verbo.

Humildad pura

tierna azucena del feliz vergel,

que inclina tu cabeza

a adorar mis pies

ay, ay, ay, que yo lo diré

escúchenme, escúchenme

no se pierdan las voces

del que canta bien.

Mundo.

Turbado quedo a esta luz

que luce entre mis tinieblas,

sin que me sea posible

el que su esplendor comprenda.

Gracia.

Mundo, ¿cómo así te apartas

de la debida obediencia

al Verbo, que se hizo carne?

¿Por qué a sus plantas no llegas?

Mundo.

Porque yo no le conozco.

Verbo.

Fábrica eres de mi idea,

¿y no conoces al que

quiso, y pudo hacer que fueras?

Yo soy Cordero de Dios

que quito las culpas feas

del mundo; y el que quisiere

seguir de mis voces tiernas

la armonía soberana,

tome su cruz, porque en ella,

bronca cítara, pesada,

que templará mi fineza,

hiriéndola flacos hombros

con el plectro de mis venas,

cantaré siete palabras

amorosamente tiernas,

de suerte, que aprisionando

las plumas de mi grandeza

(que no será novedad

que piadosa alas tenga

para congregar polluelos)

cisne verdadero sea,

que para que el hombre viva,

cantando de amores muera;

pero perdida y errante

la humana naturaleza

con deseo, y con memoria

camina, con que se acuerda

de lo que un tiempo perdió,

y de lo que ahora desea.

(Vase)

Gracia.

Para que vuelva a tus ojos

yo que soy la gracia eterna,

tan tuya, que soy espejo

que hace brillar tus ideas,

la guiaré.

Verbo.

Y aquí vendrá

la voz de Pablo a la letra

cuando diga: que yo huiré

porque al fugitivo vuelva

a mi presencia amorosa;

bien así, como el que lleva

delante su sombra misma,

que para que la detenga,

y para quitarla el ser

sombra, en la tierra se estrecha.

Pag. 69

Verbo.

Y cuanto se agobia más

menos de sombra la dejas;

pero ya viene mi Amada

que siempre el Alma me encuentra

amante, y Esposo cuando

en gracia, y con Amor vuelva.

Sale la Gracia y siguiéndola la Naturaleza con gala muy rica, la acompañan Deseo y Memoria.

Gracia canta.

Sígueme, sígueme

Naturaleza

que el Autor de la Gracia

con fina eficacia

de amante destreza

te dice conmigo.

Ella y el Verbo.

Ven, querida, a tu Bien

ven, ven,

Esposa graciosa

que Amor que te ruega,

canta, llora, suspira, gorjea

y en Cielos y en Tierra

los Astros, las Luces,

las flores, las perlas,

cánticos envidian

lágrimas aprecian.

Gracia.

Canta el Verbo atado

a la humana Regla,

sin salir del orden

de pasión y penas,

Las dos.

Llega, llega,

que Amor que te ruega

Verbo.

canta, llora, suspira, gorjea,

Cuanto lo suspiro

es para que vuelva

en mi aliento libre

tu correspondencia.

Las dos.

Llega, llega ya.

Gracia.

Llora su cariño

al ver tu tibieza

que en desvíos vanos

se andaba grosera.

Las dos.

Llega ya.

Verbo.

Dulces mis gorjeos

oyen las Estrellas

y aprehenden ternuras

las Inteligencias.

Las dos.

Llega, llega,

que Amor que te ruega

canta, llora, suspira, gorjea,

y en Cielos y en Tierra,

los Astros, las Luces,

las flores, las perlas

cánticos envidian

lágrimas aprecian.

Gracia.

Ven presto.

Naturaleza.

Con tu luz, que es vida

no erraré.

Póstrase a los pies del Verbo.

Verbo.

Toda eres bella,

con la Gracia, Esposa mía;

llega a mis brazos.

Abrázanse.

Naturaleza.

La estrecha

unión parece armonía.

Verbo.

Interesada concuerdas

Pag. 70

Verbo.

Un misterio, que con voces

sobre sensible material,

te explicará las dulzuras

de consonancias eternas;

y para que manifieste

mi amor la enseñanza, y sepan

su música los mortales,

olvidando las severas

lamentaciones que fueron

de una caída cadencias,

desciendo como palabra,

que la mente sempiterna

habla con limpia expresión

en cándido origen, muestra

el Padre que es la luz misma,

que en su imagen reverbera,

cuya producción vigila

que es principio en la influencia,

no causa (como Tomás,

el Ángel de las Escuelas,

explicará en el idioma

latino, contra las griegas

frases, que errores pronuncian);

y volviendo a la propuesta

armonía, para que

en similitud, se ofrenda

lo que defiende mi esposa

inspirada de mi idea.

La música se reduce

a tres voces, que son estas:

ut, mi, sol, en que se funda

cuanto el sonido concuerda;

y aquí del Misterio Trino

la consonancia se prueba,

pues las tres voces distintas

componen sola una esencia

de armonía; y siendo así

que lo dejaré por prenda

de mi amor, un sello vivo

de la divinidad mesma,

música sacramental

una será, que a la interna

de Dios imite, y por eco

a la música fiel tenga

del humano corazón;

que sentidos y potencias,

echando el compás la gracia,

cantarán, como a la letra

Pablo lo dirá también.

Y en las tres voces propuesta

tendrán la fe, la esperanza,

y la caridad, su nueva

música; la fe, en el ut,

que es el que funda y gobierna

la armonía; la esperanza

en el mi, que es la voz media

en el arte de cantar,

y la de mayor firmeza;

la caridad, en el sol,

contralto que a la soberbia

del alto Luzbel castigue,

y con estas evidencias,

la naturaleza humana

Pag. 71

Verbo.

por mi Voz se desempeña,

puesto que trazó el Amor

mi desposorio con ella,

hallando una Mujer Fuerte

de los Valles Azucena,

cuya inclinación humilde,

como su Cántico prueba

con la palabra de Esclava

me trajo Verbo a la Tierra;

y siendo así, que infinita

distancia hay, desde la inmensa

Naturaleza Divina

a humana Naturaleza,

pasé toda la distancia

uniéndolas, de manera

que soy hombre, siendo Dios,

que poder, Amor, y Ciencia,

en cuanto a manifestarse

tuvieron por conveniencia

este lazo misterioso

de las dos Naturalezas,

pues esta es la prodigiosa

Música de Amor, en esta

ha de probar Augustino

de la numerosa Viola

del Concento, el ritmo, dando

definición, que establezca

lo acorde en lo disonante,

lo grave, en lo agudo, y tenga

el número Vaso, Voz

alta, que templarlo pueda

En tanto que caminando

voy por las áridas Sendas;

y entre las nubes de Espinas

deshojadas Rosas lluevan,

Cielo, que empape una mano,

Sol, que una muerte oscurezca,

estos Cándidos Pastores

me alaben, porque se vea

que la Voz de los humildes

es la que mejor me suena.

Naturaleza.

Todos conmigo igualmente

la Enseñanza te agradezcan.

Cantan.

Vanse.

Pastores.

E digamos alegres

con júbilo, y fiesta

adorémosle, adorémosle,

que en la Casa del pan

y Portal de Bethlem

la Eterna Palabra

resuena muy bien.

Mundo.

Caminen muy en buen hora

por las incultas veredas,

donde no hay Risco, que no

vista Zarza como suegras,

como Dueñas calce abrojos,

que son perniciosas Hierbas,

que por enfermo Vómito

cuando Purgas me recetan;

vaya el Músico a lucir

con su Voz, que si las señas,

y el Testimonio que da

de su luz, se considera

Voz del que clama en desierto.

Pag. 72

Mundo.

podrá ser, que turbas necias

le llamen Samaritano,

y que tiene diablo.

Salen el Príncipe, y la Envidia.

Príncipe.

Sea

el Mundo, quien desta duda

nos saque.

Envidia.

Las otras muestras

experimente, si acaso

con la ignorancia nos deja.

Mundo.

Con miedo voy, pues parece

que el monte dio por respuesta

de un diablo, dos malas caras;

¿dónde huiré que no me vean?

Quiere apartarse, y le detiene el Príncipe.

Príncipe.

Detente, móvil teatro

de la vida, cuyas escenas

en ceniza vil acaban,

y por llama ilustre, empiezan;

foro donde mis engaños

con bello color se expresan,

siendo a la vista de un punto,

sombra, ilusión, y apariencia;

delicioso globo, en cuya

variable inconstante rueda

el que sube más asido

cae con mayor violencia:

primer valiente enemigo

del hombre, que en tu palestra

riges por espadas, flores

y lucias plumas por saetas;

en fin Mundo, que mi amigo

eres, desde la primera

lid campal, cuyo triunfo

me ayudó en armas tiernas

un árbol alimentado

de la infancia de tus venas,

oye, escucha.

Mundo.

Tus razones

son tan mías, que pudiera,

con motivo de escucharlas,

obligarme a defenderlas;

y aunque he perdido los ojos

lechuza de las miserias,

tu voz me declara, que eres

Príncipe de las tinieblas.

Envidia.

Oh, Príncipe poderoso

en el mundo.

Mundo.

Es evidencia

que tú eres su Envidia, pues

solo del poder te acuerdas,

¿qué mandas Príncipe adulto

del caos eterno, en que abrevias

el nunca medido cuerpo

disforme, de tu soberbia?

¿qué quieres?

Príncipe.

¡Ay infeliz!

mi desgracia es tan violenta

que lo que hablo como alivio

lo interpreto como ofensa;

de forma, que aunque procuro

pasar la vista a la lengua,

de la presunción me arrastro,

y me rindo a la evidencia.

Pag. 73

Príncipe.

Di, ¿qué viviente prodigio

agoniza a tu espalda seca

a quien la tierra y el cielo

rinden unida obediencia?

Rústicos pastores cantan

con harmonía tan nueva,

que ya sus albogues rudos

son cítaras de las selvas.

Una estrella envió el cielo,

y aunque mi altivez inquieta,

viendo tres adoraciones,

tres majestuosas ofrendas,

movió al corazón de Herodes,

para que en víctimas tiernas

bárbaro cierzo agostase

la purpúrea primavera

de tantas flores benignas,

que aun no había por pequeñas

arrancado la malicia

del vergel de la inocencia,

hoy corro mayor borrasca

tan en mi fuego deshecha,

que viendo a unos pescadores

salir del mar a la tierra,

dejando sus redes, para

celosía de la arena,

me anego en golfos confusos

de amargas dudas; y apenas

voy midiendo la distancia

del tiempo, sin que se pierda

la atención de los discretos,

(pues a las sacras empresas

miro como sucedidas

fuera de la contingencia)

veo, que a Hierusalem

un hijo del hombre llega,

que según presumen, es

alguno de los profetas;

entre palmas, y entre olivas,

triunfos, y paces celebran,

diciendo para mayor

confusión de mis tristezas:

Música.

Bendito el Rey que viene

en nombre del Señor,

su paz canten los cielos

en gloria de su acción.

Príncipe.

¿Qué dices Mundo, que infieres

de aqueste hombre, a quien festeja

tanta populosa turba

vana, y fácil?

Mundo.

Yo quisiera

seguirle, y con esto ya

te doy la mejor respuesta.

Príncipe.

¿Por qué?

Mundo.

Porque todo el mundo

va tras él, y en mi conciencia

debo seguir al seguido,

que esta es del mundo la regla;

pero lo que he reparado

(si es que las voces horrendas

de los que compran deleites,

y pregonan penitencia

dejaron ocioso, algún

martillo, de mis orejas)

Pag. 74

Mundo.

es, que la voz de este hombre,

que no he conocido, llena

tan dulcemente mis senos,

que un difunto se espereza

del sueño, en que ya su vida

durmió para cosa muerta!

Príncipe.

Ya volvió en sí, y sacudió

la ceniza soñolienta,

en que su memoria sana

el polvo presente observa.

Envidia.

Grande fue el prodigio; ¡oh quién

de obrarlo el modo supiera!

Mundo.

Es, por extraño camino,

que fue esta maravilla hecha,

pues cuando en aquellos tiempos

los muertos se desentierran

para matar a los vivos,

en este caso, se prueba,

que hay quien anima a los huesos,

por dar vida a su nobleza:

Príncipe.

¡Ah, pese a mi rabia! ¡Oh, pese

a mi furia! ¡Oh, nunca oyera

los ecos, cuyo compás

las palmas y afectos llevan,

repitiendo, para nuevo

castigo de mi fiereza:

Música.

Bendito el Rey que viene

en nombre del Señor,

su paz el Cielo cante

en gloria de su acción.

Príncipe.

En este confuso abismo

donde la desdicha nuestra

camina a la disonancia,

y en la armonía tropieza;

en este mar proceloso

de prodigios, donde huella

de luz estampa, el que hombre

pasiblemente navega;

Dígalo el suceso (¡ay triste!)

de haberse creído, que era

fantasma del aire, que

sobre la cerviz traviesa

del mar, calzado de espumas

batía plumas ligeras,

y el haber librado a un pobre

pescador, que a la funesta

verde bóveda del agua

en fe se arrojó de piedra;

y dígalo; pero ¿cómo

mi inflexible altivez fiera,

no desmiente lo sabido,

para que asombros desmienta?

Ea, Envidia, mordaz viento

de la que piso tormenta,

sin que espere más bonanza

el buque de mi soberbia,

desde que arrastró mi proa

tanto piélago de estrellas:

Ea, Mundo, desde hoy

tremolemos las banderas

en que alistados los vicios,

que mi ardor capitanea,

las virtudes se abandonen,

y las fealdades se atiendan.

Envidia.

Yo ofrezco encender el pecho

de la gente farisea.

Juan 12.

Pag. 75

Envidia.

envidiándole sus glorias,

al ver, que ya no aprovecha

su hipocresía, y que el pueblo

a ninguno reverencia.

Mundo.

Yo daré los instrumentos,

y armas, para que le venzas;

bronces tengo, fierros, y oro,

cruz doy, clavos, y monedas,

para que algunos le compren,

y para que otro le venda;

Príncipe.

Pues coligados.

Envidia.

Unidos.

Mundo.

Vea el cielo,

Príncipe.

el mundo vea,

Envidia.

que exhalando testimonios,

Mundo.

que sepultando reverencias,

Príncipe.

que sembrando cizaña

Los 3.

se rinde a las armas nuestras.

Príncipe.

A la lid.

Envidia.

A la batalla.

Mundo.

Al campo.

Príncipe.

A la competencia,

todo el abismo me anima.

Envidia.

Todas sus llamas me alientan.

Mundo.

Todos mis visos pronuncian.

Cajas y clarines

Dentro voces.

Arma, arma.

Los 3.

Arma, arma,

Voces.

Guerra, guerra.

Los 3.

Guerra, guerra.

y sordos los pechos,

en iras deshechas,

digan en fuego, y viento, en agua y tierra

Todos.

Arma, arma, guerra, guerra.

Vanse: y salen el Verbo, y la Naturaleza; y se verá un manzano.

Cant. 1.

Canta el Verbo recitativo.

Amada esposa mía,

de cuyos labios, néctar, y ambrosía

recogen las abejas, y las flores;

tú, que esparciendo olores

de adquiridas virtudes peregrinas

eres reina de nácar entre espinas,

venciendo a los aromas elegantes,

aprehende tiernos cánticos amantes,

que de tus pechos la verdad hermosa

cándida explique, cante deliciosa,

contra las engañosas lamias fieras

de las aulas del mundo lisonjeras;

para cuyos delitos,

castigos infinitos

cuando león terrible;

rayo seré de luz inaccesible,

y majestad airada,

que esgrimiendo los filos de mi espada,

sin perder mi justísima armonía

les negaré la claridad del día.

Naturaleza.

Querido esposo mío

que dejándome libre el albedrío,

(¡oh suavidad del yugo que me pones!)

porque al mérito fragüen mis acciones,

sin que violencias de injusticia tema,

quieres, que yo me labre mi diadema,

yo cantaré amorosa,

y mi garganta imitará gustosa

el coloquio suave que me enseñes;

y ahora te pido, que me desempeñes

con la enseñanza de el amor propuesta;

Verbo.

Ven a la sombra de este tronco, a ver

Pag. 76

Verbo.

donde te desperté, y donde perdiste

eco inocente con malicia triste.

Hoy a la sombra suya

quiere mi fino amor, te restituya

la celeste armonía,

que sea gloria tuya, y pasión mía.

Naturaleza.

Al árbol llego con temor y espanto.

Siéntase debajo del manzano.

Verbo.

Figura es de la regla de mi canto;

no temas, pues la música que enseño

tendrá por voz a un sol, por pauta un leño.

Naturaleza.

Obedeciendo llego temerosa,

porque aunque bella soy por ser tu esposa,

soy negra, si reparo, si repito,

que el estímulo ardiente del delito

me enferma, aunque el espíritu se aliente.

idem 8.

Verbo.

Pues ponme como sello permanente

sobre tu corazón; que el amor fino

ha de ser fuerte; mas por el camino

de mi luz, que infinitas sendas tiene.

Vienen cantando los pastores.

Dentro.

Pastores.

Suene

la música, cantemos y bailemos,

y al triunfante y bendito coronemos.

Salen los pastores cantando y bailando, con ramos de oliva, flores, y palmas, que ofrecerán arrodillados a los pies del Verbo.

Música.

El que tiene en sus labios

la gracia bella,

el que es flor de los campos

bendito sea.

Al que tiene a sus plantas

palmas, y olivas,

como a rey le corone

nuestra alegría.

Verbo.

Lirios, claveles, y rosas

son las ofrendas que admito

de vuestras manos, por ser

todas flores que he previsto

como figuras fragantes

de mis dolores esquivos.

A duro cierzo de azotes,

a fría cadena asido,

echaré funestas hojas

de claveles fugitivos.

Al pesado movimiento

de una mano, en rostro limpio

cinco disfrazadas hojas

dejarán abierto un lirio.

Las rosas en mi cabeza

han de tener dos oficios,

viendo entre espinas y nácar,

rigurosamente unidos

verde ejército de puntas,

campo de púrpura vivo.

Naturaleza.

Mi gloria al oír tus voces

en pena se ha convertido.

Verbo.

Siempre te amé, y hasta el fin

tendrá mi amor su ejercicio.

Id en paz, y acordaos siempre

de mis voces pastorcillos.

Con la música.

Pastores.

Con esa memoria vamos

diciendo alegres y unidos:

El que en sus labios tiene

la gracia bella,

el que es flor de los campos

bendito sea.

Vanse los pastores.

Verbo.

Aunque a muchos llamé, aquestos

Pag. 77

Verbo.

pocos, son los escogidos.

Naturaleza.

Humildes son.

Verbo.

Por si acaso

ignorares tu principio,

bellísima Esposa, sigue

de cándidos corderillos

las huellas, junto a los pobres

rudos albergues pajizos

de los pastores.

Naturaleza.

Así

mi humildad he conocido.

Verbo.

Pero pues llega la hora

del último aliento mío,

a cuyo triste suceso

en volubles torbellinos

ha de temblar la tierra, abriendo

pardos dientes de sus riscos,

quiero darte una lición

para la música.

Naturaleza.

Herido

de tu agonía, mi pecho

derrama amantes suspiros,

y tus manos que están hechas

a torno, me han parecido

nevados ecos que explican

mi pena, pues las diviso

llenas de amorosos ayes

con las flores de jacintos.

Verbo.

Gracia, Deseo, y Memoria

han de ser los puntos fijos

con que ha de cantar tu lengua

el glorioso metro, el fino,

que en siete números, tenga

accidentes del sentido,

Verbo.

que sin sujeto acompañen

al que de palabras cinco

atienda a la forma, y baje

a la dimensión ceñido,

de suerte, que aunque dividan

los accidentes, él mismo

que estaba en el todo, esté

en las partes indiviso;

cuerpo que realmente suene

en cada una escondido.

Naturaleza.

Ese es notable misterio.

Verbo.

Será de fe; y aquí elijo,

que tu deseo me busque

sin verme.

Sale el Deseo

Deseo.

No voy perdido

buscando al dueño amoroso

de mis potencias. Amigos,

¡hola, hao!, ¿ah de la sierra?

Dentro la Gracia cantando

Gracia.

¿Quién llama?

Deseo.

El que arrepentido

subió por las asperezas

de este monte, y busca al mismo

que le ama.

Sale la Gracia y canta

(Guíale hacia el Verbo)

Gracia.

Sígueme, sígueme

que yo te guío

para hallar las dulzuras

que el Amor canta,

debe todo Deseo

llegar en gracia.

El que vista la gala

de penitente

probará las delicias

que el Amor tiene.

Pruébese pues el hombre

Pag. 78

Gracia.

no llegue reo,

comiéndose el juicio

contra sí mismo.

Deseo.

Feliz, Señor, quien te halla.

Verbo.

Nunca por este camino

de rectitud y de paz

me perderás.

Sale la Memoria.

Memoria.

No me olvido

de este Músico que pone

en consonancia al cariño.

Naturaleza.

La Memoria, cuidadosa

viene también.

Verbo.

He querido

venir como memorial

al círculo a que me ciño,

porque tenga quien me logre

memoria del beneficio,

y se acuerde mi pasión.

Dentro voces.

¡Muera, muera!

Uno.

No hay delito

en él.

[Levántase]

Naturaleza.

Pero, ¿qué alboroto

es este?

[Arrodíllase]

Verbo.

Pues es preciso

que pase por mí, este cáliz

de amargura, Padre mío,

cúmplase tu Voluntad.

Naturaleza.

¡Qué terneza!

Memoria.

¡Qué cariño!

A una parte el Príncipe y la Envidia.

Envidia.

A prenderle llegan ya.

Príncipe.

Pero, ¿qué es esto que miro?

Junto a un tronco (¡ay de mí triste!)

orando (¡rabias innatas!)

está, cuando un Árbol fue

Cátedra del precipicio

Príncipe.

del Hombre!

Envidia.

Llega a quitarle

la Vida.

Príncipe.

Aunque más me animo

no puedo, porque en este hombre

he descubierto unos visos

de prodigioso, mas nunca

les comprendo lo Divino.

Voces dentro.

¡Muera, muera!

[Levántase]

Verbo.

Esposa amada,

este tropel, este ruido

es de mi prisión anuncio,

de mi muerte último indicio;

dame los brazos.

Naturaleza.

De pena

en sollozos repartidos

mi corazón, por los ojos

habla el idioma de vidrio.

[Canta]

Verbo.

La paz de mi boca

se quede contigo

y el Bien de los bienes

tesoro escondido.

Tus campos bañados

del blanco rocío

a Ruth acrecienten

las mieses del trigo.

Caleb en tus viñas

envidie racimos

que nunca los talen

los brutos ni el frío.

A fin de que vivas

morir solicito,

y por que me goces

de ti me despido.

Deseo.

¡Qué sentimiento!

Memoria.

¡Qué ansia!

Pag. 79

Gracia.

¡Qué inocencia!

Naturaleza.

¡Qué martirio!

Envidia.

¡Qué ira!

Príncipe.

¡Qué furia!

Verbo.

Mi cuerpo

bañado de sudor frío

dejó impresos en la tierra

caracteres sensitivos;

vamos luego a practicar

los misterios ofrecidos,

en que sean las palabras

números de lo infinito.

Príncipe.

¡Qué escucho!

Envidia.

¡Qué oigo!

Príncipe.

Sin duda

hoy con la música dimos.

Verbo.

Seguidme.

Naturaleza.

Tan deseable

eres, esposo querido,

que tu suave garganta

da aficiones al más tibio.

Gracia, Deseo y Memoria.

¡Oh, amante músico, ya

tu voz y tu amor seguimos!

Vanse.

Príncipe.

Sobresaltos, confusiones,

miedos, horrores, abismos,

Envidia.

llamas, incendios, Vesubios,

sustos, afanes, peligros,

Príncipe.

me amenazan.

Envidia.

Me circuyen.

Príncipe.

En tal pena,

Envidia.

en tal conflicto,

Príncipe.

solo las iras del pueblo,

Envidia.

solo del vulgo los gritos

Voces dentro.

¡Muera, muera!

Los dos.

Me sosiegan.

Príncipe.

Mas a otra parte escondidos

veremos el fin de aquella

música, encanto y hechizo.

Retíranse a una parte. Sale el Mundo como alborotado.

Mundo.

En el confuso desorden

donde es virtud el arbitrio

facilitándose el odio

al paso de lo que envidio,

precipitado y furioso

con el rumor incentivo

de todos los que me llaman

parte de sus desvaríos,

(como si acaso ignorasen

que engaño en cuanto convido)

padezco entre varias turbas

el achaque de ofensivo,

pues aquel hombre que excede

al conocimiento mío,

diciendo que de este mundo

no es su reino, y que ha venido

a fin de dar testimonio

de la verdad, nos predijo

que vendrá día en que digan

sus sañudos enemigos:

"Montes, caed sobre nosotros,

y con nocturnos vestigios

romped, soberbios collados,

el árido claustro frío

que nos fabrique a fragmentos

de peñascos desasidos,

sepulcro de eterna infamia,

cuna de ardientes suspiros";

todo es clamor, todo es susto,

cuanto en mi centro diviso;

del poder me sobresalto;

del gusto me atemorizo;

temo lo mismo que intento;

culpo lo propio que elijo.

Pag. 80

Mundo.

Pero fatigado el joven,

de su dolor atraído,

de paz enarbola un leño

y en el sangriento camino

cayó tres veces.

Salen la Naturaleza, Memoria, y Deseo llorando, y luego la Gracia, y el Verbo vestido de Nazareno, que caerá al salir, y le ayudarán a levantar la Gracia, y la Naturaleza; traerá una cruz hecha en la forma de una cítara, en el clavo del pie estará el Libro del Apocalipsis cerrado, y desde él, se extenderán hasta los brazos de la cruz, siete cuerdas de diversos colores, y a cada una le corresponderá un sello en lugar de clavija.

Canta.

Verbo.

Las cuerdas

falsas, de tantos delitos,

pesan infinito más

que el instrumento que rijo.

¡Oh, sonoro instrumento,

hoy a tus cuerdas fío

delicados primores

que sostiene el cariño!,

de los cedros más altos

(¡oh, dulce leño mío!)

sobre excelsos verdores

han de verse los siglos.

Rojo estandarte sacro

serás de mis dominios,

y a la voz de tu insignia

se postrará el abismo,

y aunque duro acompañas

a mi cuerpo rendido,

después por el contacto

resonarán prodigios,

por timbre he de guardarte

del triunfo que consigo,

y subirás de punto

clave del Paraíso,

¡ay, gloria del alma,

pena del sentido!,

no me dejes, no,

pues los ecos míos

cláusulas han de ser

eternamente

de angélicos coros,

de espíritus dignos.

Naturaleza.

¡Quién no se enternece al ver

(¡ay, amado dueño mío!)

que cantes entre tus penas

la gloria de mis alivios!

Príncipe.

Música es, pero muy triste

la que oigo.

Envidia.

Bien la percibo

aunque atiendo mal.

Mundo.

En estas

cláusulas, he comprendido

un cantar, que no me agrada

porque, en fin, no es como el mío.

Verbo.

Ésta es la sagrada lira

cuyo pesado artificio

me quita humanos alientos,

y mueve acentos divinos;

siete palabras, en ella

se oirán, y los siete signos,

que ajustadamente sellan

a este misterioso libro,

dejarán patente al hombre

el arcano de su escrito,

y siendo siete palabras,

siete sellos, siete visos

de artículos de la fe,

mi divinidad explico,

y también mi humanidad,

multiplicando el guarismo

(como lo dirá Ruperto).

Pag. 81

Verbo.

a su tiempo), y pues aspiro

a la música de amor,

cuando en el monte se ha visto

mi dulzura levantada

entre mi esplendor caído,

la Gracia, que es voz eterna,

diga por mí en dulce estilo:

Va pasando el Verbo con la cruz mientras canta la Gracia.

Gracia.

Parda, sañuda sierra,

en cuyos obeliscos

eterno sol amante

duro sepulcro solicita a giros;

último escalón fiero

del paso más benigno

que, articulando angustias,

serenará las sendas del peligro.

Firme, estupenda basis

en cuyo ardiente sitio,

la principal columna,

zanjará de la Iglesia el edificio.

Oye, sagrado monte,

la armonía que imito,

arrancando a tus plantas

y atrayendo al remate de tu risco.

Verbo.

Hoy a mis voces, los que eran

prisioneros del abismo,

con sus cítaras saldrán

entonando alegres himnos,

y, explicándose mi amor

en el convite más rico,

dará fundamento al noble,

claro ingenio comprehensivo

de Tomás, para que ajuste

el más soberano oficio

de mi sagrada pasión

con sus cánticos y ritmos.

Venid todos.

Canta.

Gracia.

Mientras yo

sonoramente repito:

Oye, sagrado monte,

la armonía que imito, etcétera.

Vanse, y quedan el Mundo, Príncipe y Envidia.

Príncipe.

Esta dulzura...

Envidia.

Este canto...

Mundo.

Este misterio...

Príncipe.

Este libro...

Los tres.

Y esta música, ¿qué pueden

ser?

Dentro el Verbo.

Verbo.

El espíritu mío

pongo, Señor, en tus manos.

Ruido de temblor de tierra.

Mundo.

Temblando estoy, e imagino

que, dándome con las piedras

de un terremoto, tiritos.

Príncipe.

¡Qué novedad!

Envidia.

¡Qué discordia!

Descúbrese la cruz con el libro abierto, y en el altar escritas estas palabras: Ex vi verborum Pignus Amoris. Y en los sellos estas siete: Odor, Color, Sapor, Parvitas, Quantitas, Levitas, Rotunditas. En la cabeza de la cruz se verá un cáliz, y un corderillo sacrificado que le corone.

Todos.

¡Oh, prodigio de prodigios!

Música.

Venid, mortales, venid, pues suave

el libro que abierto el cordero dejó

la música guarda, con palabras y con accidentes, que enseña el amor.

Pag. 82

Príncipe.

Furias, ¿qué es esto que veo?

Envidia.

Rabias, ¿qué es esto que miro?

arrodíllase

Mundo.

Verdaderamente creo

que este era de Dios el hijo.

Ábrese el primer carro y véase Hyerusalem coronada y triunfante, y en el foro una ciudad hermosísima.

Canta

Hyerusalem.

Sus glorias cantar podré

triunfando en sublime sitio,

pues libre mi grandeza

de Babilonia

encuentra en el Cordero

música y gloria.

Ábrese el segundo carro, y aparecen los santos niños arrodillados con palmas batidas por el suelo, junto a la ara en que estará un Cordero.

Los Santos.

Al Cordero solamente

palmas y vidas rendimos.

Música.

Porque todas las obras

que hizo su mano

alaben al más grande

de sus milagros.

En el tercer carro se descubre Daniel, pisando a la bestia de los diez cuernos, y las otras de su visión estarán postradas e inclinadas al cetro de oro que tendrá en su mano el Profeta.

Daniel.

Ya despertando del grave

triste horrendo parasismo,

en que movían los vientos

la fiereza que ahora piso,

al Altísimo se dé

la potestad y el dominio,

y le obedezcan los reyes

por los siglos de los siglos.

Él con la música.

Porque todas las obras

que hizo su mano

En el cuarto carro se verá Jonás arrodillado fuera de la mar, y en ella donde hubo el navío, una ballena.

Jonás.

Pues en tan glorioso puerto

felizmente resucito,

después de tres días, que

escamado laberinto

habité, y más que alimento

le fui embarazo vivo.

Él y música.

Cantaré tu alabanza

Señor eterno

entre las dulces voces

de tus misterios.

Naturaleza.

¡Qué gloria!

Gracia.

¡Qué suavidad!

Deseo.

¡Qué paz!

Memoria.

¡Qué gusto!

Mundo.

¡Qué alivio!

Príncipe.

¡Qué congoja!

Envidia.

¡Qué tormento!

Príncipe.

Por no verlos.

Envidia.

Por no oírlos.

Príncipe.

Náufrago vuelvo a las llamas.

Envidia.

Fiera busco los gemidos.

Húndense los dos con estrépito, llamas y humo.

Naturaleza.

Pues ya en su analogía

está el auto concluido,

pidiendo por el ingenio

perdón de yerros escritos,

y celebrando de amor

Pag. 83

Todos con la música.

La consonancia, decimos.

Venid, mortales, venid, pues suave

el libro que abierto el Cordero dejó

con palabras, y con accidentes

la música guarda que enseña el Amor.

FINIS.

Sello de la Biblioteca Nacional.