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<إلى clإلىss="inline-flex w-fit items-center" href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/deed.es" tإلىrget="_blإلىnk" rel="noopener noreferrer" إلىriإلى-lإلىbel="عرض تفاصيل ترخيص Creإلىtive Commons CC BY-NC 4.0">صيغة استشهاد مقترحة
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de María del Socorro. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/maria-del-socorro.
Cubierta del manuscrito. En el lomo tejuelo con la signatura "Mss 15779". Abajo marca de agua: "Biblioteca Nacional de España".
Xx - 161
Mss. 15779
Página en blanco.
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279
"Comedia nueva intitulada: María del Socorro, Beata Mercenaria;" Compuesta por Agustín Manuel. Representóse en Madrid, a fines de diciembre, 1693; según se infiere de las aprobaciones y licencia que la preceden. Probablemente inédita. No consta en los catálogos. Tomo 3.º - 7.ª
2 1ª Madrid, 20 de diciembre de 1693. El autor lleve esta comedia al señor doctor don Agustín Guerrero para que la vea y me dé aviso con su parecer de lo que dijere. Larrañaga
Esta comedia no tiene cosa contra la fe ni buenas costumbres, antes bien exhorta a las más perfectas. Madrid y diciembre 21 de 1693. El doctor don Agustín Gallo Guerrero
Ilustrísimo señor: Habiendo recurrido con el doctor don Agustín Gallo Guerrero a la casa de Agustín Manuel, que ha escripto esta comedia de María del Socorro, a verla ensayar, y por la precisión del tiempo, que no da lugar a volver a pedir a vuestra ilustrísima...
decreto para que vuestra señoría la vea... digo que está con todo primor y decencia escrita, y que por su acierto merece una y muchas licencias de vuestra señoría para que se represente. Vuestra señoría mandará lo que más fuere servido. Madrid, 21 de diciembre, 1693. Don Pedro Francisco Lanini Sagredo Madrid y diciembre 21 de 1693. Dase licencia para que se haga esta comedia.
Comedia nueva intitulada María del Socorro, beata mercenaria =
Personas Don Guillén de Cerbellón Don Fadrique Centellas Don Ricarte Moncada Roberto, su hermano, y el Demonio, que hace uno mismo Don Pedro Centellas Fray Bernardo Corbaria Fray Pierres, lego Pernía, gracioso Doña María Cerbellón Doña Blanca Centellas Claudia, criada Un niño que hace a Cristo Una niña que hace a la Virgen Dos ángeles Criados y música
Salen por una puerta Ricarte de noche, y por otra Roberto, su hermano, que será el que ha de hacer el Demonio.
Oscura noche fría,
trémula emulación del claro día,
póstumo que del sol aborto asombra
ver que al morir su luz nazca tu sombra,
cifra del sueño,
efigie del espanto,
di, tu pálido velo,
de tu manto,
mi amor se vale, que de ti se fía,
para poder lograr ver a María.
De ti me valgo por mostrar no en vano
ser más que fino amante, noble hermano.
Claudia, de quien mi amante desvarío
se valió, que sirviendo al dueño mío
mi esperanza asegura,
diciendo que esta noche la ventura
de hablarla lograré, según colijo,
mi hermano me avisó que ella le dijo.
Sin duda esperará.
Claudia en efeto,
tercera de mi hermano con secreto,
me dijo que esta noche ver podría
por el jardín Ricarte a su María;
lo cual yo le avisé, mas receloso
de Don Pedro, que se acerca celoso,
con el traje mentido,
por no ser de ninguno conocido,
al postigo he llegado
del jardín por si acaso en él ha entrado,
guardarle las espaldas prevenida
mi atención, y tenerle la salida
asegurada si es que no ha venido;
porque sepa que cauto y prevenido,
por si no logra el lance la ventura,
con mi valor el suyo se asegura.
Y así, ¿qué me detengo?, mas ¿qué veo?
Un hombre, si no miente el devaneo
de la tejida sombra.
Un hombre, ¡cielos!,
si no es vaga ilusión de mis desvelos.
A mí se acerca.
Me embaraza el paso.
Si Ricarte será...
Si es este acaso
Don Pedro, mi enemigo,
mas, fingiendo ser yo él, mejor consigo
saberlo; pues oyendo que pretenda
valerme de su nombre, el que se ofenda
del engaño es preciso, y se declare.
Mas porque no averigüe, si acertare
a no ser él, quién soy, mejor infiero
será disimularme.
Caballero,
el paso he menester desocupado.
Pase, quien se lo estorba.
Pues a un lado
del postigo se aparte.
Este es mi hermano,
si no dice quién es, pretende en vano
conseguirlo.
Fingir la voz pretendo:
soy Don Pedro Centellas.
Ya lo entiendo,
engañome la noche.
Pues, ¿qué espera,
a apartarse?
Sacan las espadas.
Sí haré, de esta manera.
Don Pedro es, mi recelo no fue vano.
Así cumplo conmigo y con mi hermano.
Cae.
mal, ¡ay de mí!, valedme, vos, María.
Cae dentro.
Jesús, mil veces, muerto soy.
Entra por una puerta y sale por otra.
Llama.
Ya, cielos,
satisfecho mi honor, vengué mis celos,
y asegurado ya de mi enemigo,
entraré en el jardín, pero, ¿qué digo?
Que si alguno a pasar la calle acierta,
y esta puerta abierta
del jardín de María, no ignorando
que ambos la pretendimos, juntos cuando
lo han publicado las enemistades
que tantas veces las parcialidades
de la una y otra parte han difinido,
confirmarán por cierto que yo he sido
el agresor, y pues tan cerca veo
de la Merced el templo donde creo
que Fray Bernardo de Corbaria sea
quien piadoso me valga, cuando vea
el influjo fatal que me persigue,
pues es fuerza también que a ello le obligue
ver con el justo amor y noble celo
que mi hermano Roberto y yo al anhelo
devotos le asistimos, de que tenga
veneración, y a más su culto venga,
hablarle determino,
para que enmiende mi fatal destino,
con hacer que el cadáver se sepulte
con secreto por que mejor se oculte,
que yo fui, pues pensar es evidente,
no viéndole por fijo, estar ausente.
Aquesta es la portería,
aunque es tan de noche quiero
llamar, que al fin el portero
sabe que esta casa es mía,
y que mi gran devoción,
que no tengo otra virtud,
merece más, mi inquietud
se mira en mi turbación.
Llamo, pues.
¿Quién va? Deo gracias.
¿Quién llama con tanto brío?
Ricarte soy, padre mío,
ya conoce mis desgracias,
ábrame presto.
Ya iré,
no se aflija, entre en buen hora.
Cierre agora.
Cierro agora.
¿Y qué la desgracia fue?
Maté a un hombre.
¡Qué osadía!
Soy en estremo infelice.
Sí será, pues que lo dice,
mas diga, por vida mía,
Si en qué bueno y sano está,
si al difunto muerte ha dado
a hombre tan desgraciado,
el difunto, ¿qué será?
¿Qué importa, si quedo yo
sujeto a que me suceda?
Sí, pero en efecto queda,
si el difunto no quedó.
Porque Bernardo ha quedado / de obligarle a interceder / por él, y de ventura que / se le podrá recatar.
Sale Fray Bernardo Corbaria.
¿Quién era que a aquesta hora
le obligó la puerta a abrir?
Él se lo podrá decir,
si es que, como yo, lo ignora.
Señor Ricarte, ¿qué es esto?
Una desgracia improvisa
donde me importa que aprisa
me favorezcáis; me ha puesto
en tal estado, que calle
su nombre es bien; que en un punto
que se recoja un difunto
que queda en esotra calle,
me importa honor, ser y vida,
pues no hallándole allí yo,
no corro riesgo, pues no
sabrán que fui su homicida.
¿Conocisteis el difunto
quién fuese?
No, no lo sé,
que un lance rifado fue,
de su tragedia el asumpto.
Pues al remedio acudamos,
con presteza vamos luego.
Por cuanto tocará al lego
cargar con él.
Vamos.
Vamos.
¡Eh, hermano, y otros dos
le traerán!
Venga conmigo
a enseñarnos.
Ya le sigo.
San Cosme, San Babilés.
Ya que malograda veo
con este azar mi ventura,
por ser tan tarde, apresura
en ala de mi deseo,
noche, el curso que dilata;
pueda la aurora reír
de ver cómo ha de dormir
el sol en lechos de plata.
Vanse, y sale Doña María triste y Claudia.
No con la pena, señora,
que indica tu triste llanto
aumentes más el quebranto
que alegre celebra Flora.
Es tan sensible mi pena,
Claudia, que a igual proporción
de gusto a mi corazón
y al pesar la condena.
¿Y no podré yo saber
de ese penar y sentir,
de ese gustar y sufrir,
cuál la causa podrá ser?
Cuando el alivio imposible
considero, en explicarle,
llegando a comunicarle,
dos veces se hace sensible;
al mal, y fiero, provoca
a que dos penas reciba
el alma, y sin gusto viva
todo lo que al gusto toca.
Señora, de mi lealtad
que a mis trazas el discurso
puede llamar a concurso
para darte libertad,
declárame tu pasión,
dime tu pena inhumana,
no sujete infiel tirana
a la mejor Cerbellón.
Decírtela determino,
aunque con bastante susto.
Mi ingenio a todo tu gusto
hallará firme camino.
Heredera de mi casa
nací; mi padre, furioso,
pretende, dándome esposo,
hacerme de su honor basa.
Yo aspiro, de Dios esposa,
a la corona y la palma
virginal, dejando el alma
en prisión tan amorosa.
Si a mi padre obedecer
llego, mi dicha malogro;
si no le obedezco, logro
en su rigor más poder;
con que llegando a dudar
del mal que estoy padeciendo,
crece, activo, obedeciendo,
y se extingue por amar.
Mira si podré decir
con pena tan rigurosa,
que, triste a un tiempo y gustosa,
llego viviendo a morir.
Digo que poca razón
tienes para tu tristeza,
cómo, con tanta nobleza,
duda de tan dulce unión,
Déjame sola, y no intente
otra vez tu aleve labio
pronunciar algún agravio
contra quien mi dicha aumente.
Yo, señora.
¿No te vas?
Vase.
Obedecerte es preciso.
Atraviesa el Niño Jesús el teatro en un tris con una tunicela blanca y arrodíllase Doña María.
Con dolor tan indeciso,
amado mío, ¿qué haré?
Observar la castidad
es el alivio más cierto.
Y si a observarla no acierto,
Ocúltase el Niño. Córrese una cortina en medio del teatro y se ve en apariencia a Nuestra Señora y dos ángeles.
mi madre seguridad
te dará, pues su pureza
para esposa la previno
del Espíritu Divino.
Pero ¿cómo la rudeza
de mi espíritu podrá
conseguir tan gran favor?
María, el ardiente amor
de Dios le conseguirá.
Baja mientras la música.
Y así espera gozosa,
felice y constante,
de tu dulce amante,
que logres el premio
saliendo triunfante
del dragón horrible,
del monstruo arrogante.
¡Quién tan sabia protectora,
soberana emperatriz,
pudo merecer feliz!
Quien tanto bien atesora,
así armada de la fe
y de ardiente caridad,
Espera con humildad
que yo, hija, te ayudaré,
para que con animoso
valor a ti misma venzas
y venciéndote convenzas
al enemigo engañoso.
Desde luego sacrifico
obediente mi albedrío,
pues ignorando ser mío,
como tuyo le dedico.
(Vase subiendo con la misma música que bajó.)
Y así espera gozosa, etcétera.
¡Quién, dulce esposo, tan dichosa fuera,
que serafín amante se abrasara
en tu divino amor y renaciera,
porque con más fervor sacrificara!
Pues a mí, Señor, el mismo incendio me lograras,
por tan activo ardor, por favor santo,
aclamarte en el cielo santo, santo.
Quien casta madre, reina soberana,
paloma hermosa, mar de perfecciones,
cuya intacta pureza a la tirana
culpa eximió de nuestros corazones,
y dotada de su gracia más que humana,
publicará del orbe en las regiones
que era su sola cándida azucena,
basa de perfección, de gracia llena.
(Sale Claudia.)
Señora, tu prima entrar
quiere a verse y solo espera
tu licencia.
¿Quién pudiera
de quietud sola gozar?
Dila que aquí estoy.
(Salen Doña Blanca y Don Pedro, que viene hablando con ella.)
Ya viene
a cobrar ella el recado.
Ya sabes muero abrasado
de su beldad, y conviene
que interceda por mi amor.
(Aparte.)
Digo, hermano, que lo haré;
de ese modo quitaré
de celos el vil rigor
que Ricarte, poco atento,
causa en mi altivez furiosa.
(Aparte.)
Perdonad, María hermosa,
entrar hasta aquí. Ya siento
más esta dulce pasión,
que por su acción cortesana,
fue, acompañando a mi hermana,
rendiros el corazón.
Mucho a vuestra cortesía
mi justa atención venera,
y para que mayor fuera,
que os fueseis estimaría;
porque me importa que a veros
no llegue mi padre.
Cierto,
se ha quedado el hombre muerto.
Mi gusto es obedeceros.
Aparte.
Vase.
Su belleza peregrina
cautiva me tiene el alma.
A una tan penosa calma
tu tristeza me destina,
prima mía, que ni el llanto
puede desahogar mi pecho,
que advertiré satisfecho
si te alegras.
Cuando el llanto
melancólico aplacar
puede del cielo el rigor,
razón es en el dolor
constante perseverar.
Tampoco es razón, María,
que dando vida al tormento
niegue a tu entendimiento
la cordura que le guía.
Dios ama la penitencia,
pero su benignidad
a nuestra fragilidad
suple con la omnipotencia.
Aunque es verdad que el pecado,
por ser tan grave la ofensa
a la justa recompensa,
le deje al hombre obligado,
como Dios es ofendido
del que ofende, el pecador
solo su infinito amor
le pone a la gracia unido.
Nunca es el hombre más necio
que cuando su inobediencia
de la amable penitencia
hace cobarde desprecio.
Si Dios piadoso permite
que llorando mi desgracia
el aumento de la gracia
cuidadosa solicite,
¿por qué desagradecida
a quien tanto me ama y quiere
(bien de que vivo se infiere)
no he de ofrecerle mi vida?
¿Qué importa que el cuerpo pene
con ásperos ejercicios,
si los gustos son indicios
de que el alma se condene?
Razón es que el hombre espere
en Dios misericordioso,
pero el juicio riguroso
es razón que considere;
pues si esto considerara
el alma ciega en su vicio,
¿en qué gustoso ejercicio
constante perseverara?
Lógreme ya el desengaño
en un vivo sentimiento,
feliz de la gracia aumento,
remedio a tan triste daño;
anegue en llanto mi pecho
porque mitigue el enojo;
de mi dolor el despojo
sea el corazón deshecho,
así llegando a advertir
que pudo estar condenado
por su atrevido pecado,
pene para más vivir.
Sabiendo por qué la culpa
te mueve a la austeridad,
¿qué particularidad
te estorba de disculpa
que el matrimonio te exima?
Conservar mi virginidad siquiera.
Él la coloca en grandeza,
que a perfecta la sublima,
y más cuando la nobleza
eslabona a la hermosura
una afectuosa cordura,
una sin igual riqueza.
Solo por mi dueño quiero
a quien discreto y amante,
deseoso y vigilante
por mi bien le considero.
Señora, tu padre entró
con retiro en el jardín.
Mi tío y padre, ¿a qué fin?
Algún mal recelo.
Salen al paño Don Guillén y Don Fadrique.
Aparte.
Yo
me alegro de esta manera;
se dispondrá que mi hermano
le dé de esposo la mano
a María, aunque no quiera.
Como es razón agradezco
los favores que recibo
de vos, don Fadrique.
Vivo
siempre deudor, y engrandece
mi ventura, pues alcanza
mi casa en su aclamación
el timbre de Cerbellón.
Aparte.
Lógrese ya mi esperanza.
Mas ya que al jardín entramos
y en él a nuestras hijas vemos,
vamos y las hablaremos.
Vamos en buen hora.
Salen de los paños.
Vamos.
Dame, buen Jesús, constancia,
porque apartarme no pueda
de tu divina vereda.
Aparte.
Ya cesará su arrogancia.
María.
Padre y señor.
Blanca.
Como el sentimiento
tanto de mi prima siento,
vine a templarle mi amor.
Que su tristeza divierta
es para mí de gran gusto.
Cese ya tanto disgusto
pues con venturas tan ciertas
no tiene lugar mi llanto.
Solo me podré alegrar
cuando a Dios llegue a gozar
con un celo justo y santo.
Mas que la tristeza ahuyentes
es preciso por ahora,
supuesto que el sol minora
su esplendor a los vivientes,
despeñando el rubio coche,
con que con tal casamiento
da a mi vejez aliento.
Aparte.
Esto sabe a troche y moche.
Señor, pues tu esclava soy,
así mi defensa toca.
Vase.
¡Por Dios, que a pedir de boca
me viene la boda hoy!
Vamos, hija.
Obedecer
tu precepto solicito.
Vase.
Ya mi fortuna acredito.
Vase.
Ya, amor, cesó el padecer.
Vase.
Dulce esposo, amado mío,
pues conoce mi bajeza,
guíe tu sabia grandeza
a ti rindo mi albedrío.
Vase. Salen Pernía y Don Ricarte Moncada.
Muy mal Ricarte asegura,
pues anoche no acudió,
y que hoy vendría avisó,
gozar de la coyuntura,
pues ya don Pedro, que ufano
con buenas cartas ha entrado,
esta polla se ha llevado,
ganándola por la mano;
pero el papel que ha enviado
se cayó. Dios sea conmigo,
no doy por mi vida un higo
si alguien de casa le ha hallado.
En fin, no tiene remedio.
Pesado está el desvarío.
Plega a Dios.
¿Qué?
No te cueste
la torta un pan.
¿Qué motivo,
Pernía, te obliga a que
en el pleito de mi juicio
a ser fiscal te pasases?
El ver que ya le has perdido.
¿Cómo, o en qué fundar puede
tu opinión?
Que oigas te pido:
tú me contaste que anoche,
porque me quedé dormido
en parte donde el hallarme
no era fácil, pues yo mismo,
aunque me busqué, no pude
por entonces dar conmigo,
de Claudia avisado que
abierto tenía el postigo,
del jardín viniste solo
a la calle, y en el sitio
hallaste un hombre.
Es verdad.
¿Y le diste muerte?
Eso.
Tú me dijiste que era
don Pedro.
Y ahora lo afirmo.
Pues vives muy engañado.
¿Tú le viste?
No le he visto,
porque, como te he contado,
a la Merced le trujimos
en un ataúd, y luego,
por tener ya percibido
ser don Pedro, y porque nunca
supiesen que él había sido
el que maté, sin dejar
destaparle, le metimos
en mi bóveda.
Tú hiciste
un tamaño desatino.
¿Por qué?
Porque no repara
en el adagio, que dijo:
"Guárdeme Dios de los muertos,
que solo haré de los vivos";
y en consecuencia de un cuento
tan cierto cuanto sucinto:
un devoto de las almas,
receloso del conflicto
de encontrar con los ladrones,
iba rezando quedito
por el ánima más sola
que carece del alivio.
Saliéronle los ladrones,
y cogido en el garlito,
dio a voces: "¡Aquí, almas!"
Y asaltados de improviso,
solo vieron los garrotes,
que, al son de sus huesos mismos,
un paloteado formaban
danzantes del otro siglo.
Deja tantos disparates,
y dime de qué has sabido
que don Pedro no fue el hombre
que maté.
De que me dijo
Claudia, cuando tu papel
la llevé, donde el aviso
la enviabas de que esta noche
te espere, y que no haber ido
la pasada fue un acaso
a que acudir fue preciso,
que don Pedro esta mañana
con su padre, que es el tío
de tu María, encerrados...
con don Guillén, tu enemigo,
padre también de la dicha
María, habían conferido
que esta noche desposase
con tu María su primo
don Pedro, hijo de Fadrique,
su hermano.
¿Qué es lo que he oído?
Cansado ya don Guillén
de la repugnancia que hizo
al casamiento su hija,
pues porque este requisito
no falte, advertirse ha,
había, señor, venido
la dispensación de que
emprima en los dos primos.
Son tantos y tan diversos
los casos no prevenidos, que imagino
que para mis desdichas nacen
mil donde una ha fallecido.
Dejo aparte el casamiento
ya tratado, pues impíos
los astros no lo embarazan,
no logrará su designio
don Pedro, si yo esta noche
las flores del jardín piso.
pretendiendo vengativo
que ceda la conveniencia
al estrago del castigo;
y voy solo, a quien sería
el hombre que tan altivo,
por solo estorbar mi dicha,
se labró su precipicio.
Y aunque aquí por una parte,
incrédulo a tus avisos
(que pudo mentirse Claudia),
estoy teniendo por fijo
ser don Pedro, pues restado
ninguno tan atrevido
sin importarle anduviera,
por otra también me rindo
a que será verdad, puesto
que no hallo ningún motivo
para imaginar que Claudia
pudiera haberte mentido;
y así, sin más dilatarlo,
ir al jardín solicito;
y por si dispensa el hado,
que en él el cielo divino
esté de María, tú
vuelve, y en cualquiera sitio
donde hallares a mi hermano,
de mi empeño le da aviso,
y que sin falta ninguna
se venga luego conmigo,
que como él esté a mi lado
no temo ningún peligro.
¿Dónde he de hallarle, si sabes
que en todo hoy no ha parecido?
Pues está cerca, en la calle
de Blanca, tengo por fijo
que este, que como amante
idolatrará rendido
los umbrales de su casa.
Y si se está en ella escondido,
eso porque no estará
a lo que el buen
don Pedro aguarda.
¡Qué loco!
pues si no hubiese salido
luego que le sintió don Pedro,
según dijeron, el
aviso fue de un postillón
con don Pedro.
Pues, como
su salida por andar
de día ofrece indicios
de haber estado encerrado,
Y fue el empeño, digo,
mas supuesto que dices,
¿por qué cansar ese juicio?
Haz lo que te mando.
Voy;
y al difunto le suplico.
Vase.
no pague un Pernía aquel
mal, que un Ricarte le hizo.
Entre tanto que mi hermano
viene, pues tan cerca miro
la casa, iréme acercando.
Noche, el curso fugitivo
suspende, porque...
Dentro.
Ricarte.
Mas, cielos, ¿qué es lo que he oído?
(¿Quién me ha llamado?) Sin duda
ficción de la idea ha sido,
pues a nadie veo y nadie
responde. Ya sí, prosigo;
¿en ir adónde?
Dentro.
Ricarte.
Ya no es dudar, es preciso
que quien me llama, o quién es...
Yo.
¿Quién eres?
Sale Roberto del mismo modo que le dieron muerte.
Yo.
Empuña la espada.
Si prolijo,
apurarme la paciencia
con el "yo, yo", has pretendido,
a aqueste acero...
Detente;
no, segunda vez, impío,
derrame tu propia sangre.
¿Qué dices?
Que soy...
¿Qué he oído?
El que anoche diste muerte.
Pues si vienes a lo mismo,
no tardarás en lograrlo.
Mira bien.
Lo dicho, dicho.
No vengo sino a pagarte
el agravio recibido
con una fineza.
¿Cómo?
Como en la patria en que asisto
no es nuevo se recompensen
por agravios, beneficios.
Vase a ir.
Pues si alguno he de deberte,
sea decir a qué has venido,
que tengo que hacer.
Detente;
mira que para decirlo
te he menester muy despacio
y atento.
Lindo capricho
para un hombre desesperado.
Di, si por fuerza he de oírlo.
Primero me has de hacer pleito
homenaje por testigo,
poniendo, de no romperle,
a la que tanto has debido,
que sola su intercesión
bastó para este prodigio
aquella de quien devoto
fuiste, de que habiendo oído
lo que vengo a prevenirte
no rehusará el cumplirlo.
Haré, mas sepa quién eres
antes.
No tengo permiso
para poder declararlo.
¿Por qué?
No quieras los juicios
arcanos investigar
del que lo tiene previsto.
Aparte.
Dices bien, no sé qué impulso
me obliga a no resistirlo,
cuando bastara el haber
antepuesto tal testigo.
Solo prometo, y de nuevo
la palabra te confirmo.
Pues sígueme.
¿Dónde vamos?
Donde a ver lo sucedido
sepas lo que me preguntas
y lo que yo no te digo;
llegando a un tiempo los dos,
solo con que lo hayas visto,
yo a decirlo sin saberlo,
tú a saberlo sin decirlo.
Van andando.
Vamos, pues, pero entretanto
que llegamos a este sitio,
por lo que antes te escuché,
que me satisfagas pido
a una duda.
Dila, pues.
Sepa yo por qué al principio
de aquesta proporción
me dijiste que, no impío,
segunda vez derramase
mi sangre.
No es labio mío:
lo que se reserva al tiempo
debe decir, que es fijo
que lo que él encubre nadie
lo descubre como él mismo.
Bien dices.
Pues vamos.
Vamos.
Sígueme, pues.
Entran por una puerta y salen por otra.
Ya te sigo.
¿Sabes dónde estás?
Si mal
no me engaño, tú a aquel mismo
sitio donde yo venía
sospecho que me has traído.
¿Cómo?
Como es el jardín
de don Guillén el que miro.
Es verdad, y así otra vez
vuelvo a decir que advertido
de que a lo que oigas y veas,
aunque se te culpe el brío,
ni te muevas, ni respondas;
como tienes ofrecido,
te advierto que has de quedarte
al umbral deste postigo,
ya que abierto le encontramos.
Esa novedad no admiro,
pues Claudia, para que entrase,
le abriría.
Muy distinto
es el efecto del que
piensas, y dígalo él mismo.
Quédanse a la puerta retirados de donde no abran del todo, y salen por el otro lado don Fadrique y don Pedro, y Guillén, que saldrá cerrando un papel que trae en la mano, como que le ha leído.
Ya lo que aqueste papel
maldice, este basilisco,
con cuyas nocivas letras
mata, viendo o siendo visto,
contiene, sabéis.
Y absorto
me ha dejado.
[Aparte]
De su estilo,
saco ser esta la causa
de haber tanto resistido
el casamiento María
con don Pedro.
Pero dinos,
¿a qué al jardín nos conduces?
¿Cuál es tu intento?
Ya lo digo.
En el cuarto de mi hija
hallé el papel, que perdido
ella sin duda, le abría;
y hallé, abriéndole, leído
ser de Moncada, pues dice
que hoy, para ver convenidos
Moncadas y Cerbellones,
solo con que queda, fino,
ver esta noche a María.
[Aparte]
Aquese es el papel mío.
Calla y atiende.
Y prosigue
que, aunque juzgue por más digno
a don Pedro, don Guillén,
una vez que en poder mío
esté, será conveniencia
después, lo que antes delito.
¿Por qué, si ya lo sabemos,
añadís con referirlo
dolor al dolor?
Porque,
aunque lo oísteis, colijo,
pues que procuráis la causa
saber por qué os he traído
al jardín, que no sabéis
bien del todo comprehendido.
¿Cómo?
¿No acaba diciendo:
"y así, como prevenido
te tengo, y tendrás abierto
del jardín aquel postigo"?
Así es la verdad.
¿Que cómo
dudáis que el intento mío
será, dándole la muerte,
dejar mi honor puro y limpio,
y de una vez acabar
con todos mis enemigos,
para cuyo efecto abierta
dejé aquesa puerta?
Ha sido
como tuya la advertencia.
Solo una duda percibo.
¿Quién vio caso más extraño?
¿Y es?
El no saber de fijo
cuál será de los hermanos.
Ya que es Ricarte, ¿no han dicho
los públicos galanteos?
Y a no bastar este indicio,
¿no bastaba confirmarlo
el habérmela pedido?
Y así...
Ya se ha llegado
la ocasión en que cumplido
lo que te advertí se vea;
oye y mira.
No respiro.
Vase saliendo poco a poco.
Que lo que has de hacer después
sacarás del caso mismo.
Mira lo que prometiste.
Y haré.
Si no me ha mentido
la noche, ya hacia la puerta
pasos siento.
Y yo diviso
un bulto.
Él es; mientras yo,
quién es le pregunte, omiso,
por detrás de aquesas murtas
vosotros sin ser sentidos
podréis, tomando la vuelta,
impedir que del retiro
de aquella puerta se valga,
y asaltado de improviso
muera, aunque a traición, que en casos
del honor nunca fue indigno.
Van cogiendo la vuelta, arrimados a los paños, hasta que le cojan de espaldas.
Así será.
Y a mi riesgo
por evidentes confirmo
en lo que oí...
¿Quién va?
Quien
lo pregunta.
Cae en el suelo.
Muera, amigos.
Cayó en tierra.
Y tan muerto,
según se ve que remiso,
aún no le debió el aliento
la propiedad del suspiro.
No lograrais la traición,
si como es cadáver frío
fuera yo, o no refrenara
con sus preceptos mi brío.
¿Qué habemos de hacer ahora?
Que porque no se halle indicio
de este caso en esta gruta
(que ya es caduco edificio,
pues a las ruinas del tiempo
es padrastro del olvido)
lo metamos hasta tanto
que del silencio validos
de aquí podamos sacarle
solos los tres.
Bien has dicho.
Y a la Merced le llevemos
donde quizá conmovidos
del ruego, o del interés,
darle sepulcro es preciso
los monjes de aquella casa.
Ese es el mejor arbitrio,
y así no hay que dilatarlo.
Mientras cogen entre los tres el cuerpo dicen estos versos.
Vamos.
Vanse llevando el difunto.
¡Cielo divino!
este borrón de mi fama
esclareció el valor mío.
¡A tanto asombro como el alma admira,
e inútil el discurso ya delira,
o neutralmente, todos confundidos,
yacen en mi potencia los sentidos!
¡Cielos! ¿esto es verdad o lo he soñado?
Pero torpe, confuso y asustado,
en vez de huir el peligro que en él tengo,
al jardín segunda vez me vengo,
y pues no puedo osado
faltar a lo que ya una vez jurado
dejé, pues si esto aquí no me atajara
de la aleve traición yo me vengara;
al salir de él revuelvo, mas ¿qué veo?
Un hombre, si no miente el devaneo.
Sale Roberto por la misma puerta que va a salir Ricarte, con diferente vestido que el que tenía cuando le mataron.
De la ofuscada duda en que me miro
por donde he de salir entro, el retiro
destas murtas me valga,
por si entre tanto para que yo salga
hallo senda o camino
en la atroz influencia del destino.
Retírase en medio y dice Roberto, que se habrá paseado por el tablado mientras dijo Ricarte los versos de arriba, sin que lo divisase:
Pues ya de las alturas
mis inflexibles, vanas conjeturas
como de mi envidia engendradas
se ven desvanecidas y postradas,
y si el permiso tengo
para tomar la forma en que ahora vengo
de Roberto difunto,
no dilate momento, instante o punto
en que osada no muestre mi fiereza
que a la naturaleza,
flaco embrión del limo de la tierra,
mi imperio serle publicó la guerra
por atreverse ufano,
o quien no se acordará al soberano
imperio de la gracia
que mi soberbia, aun más que mi desgracia,
perdió, en cuyo trabado encuentro fiero
bajó centella la que fue lucero;
y que hacer que pierda no ha bastado
Claudia el papel que Don Guillén ha hallado,
para que fin tuviera
este devoto de María. ¡Fiera,
inútil rabia mía!
Ya, aunque lo remedie María,
¿Quién será el que a sus solas cauto mide
la margen del jardín, si a mí me impide
que salir pueda?
Habla muy recio.
Empiece ya mi amago
a forjar nuevo ardid, en cuyo estrago,
pues este ha de vivir, esta María,
hija de Don Guillén, al ansia mía
(ya que conserve cuerda
su honesta castidad) su opinión pierda.
¿Dónde estará (que ya le busco en vano
en el jardín) Ricarte?
Sale afuera.
Este es mi hermano,
que sin duda en mi busca entró su brío
hasta el jardín. ¡Roberto!
Hermano mío,
tú recatado. ¿Qué hay? ¿Qué ha sido aquesto?
Declárate.
Sí haré, mas no en el puesto
en que al presente estamos,
que afuera lo sabrás, de aquí salgamos.
Aparte.
Alto.
No harás, sin que antes examine, ciego,
mi nuevo engaño. Vamos.
Dentro, unos.
¡Fuego!
Dentro, otros.
¡Fuego!
¿Qué escucho?
Que se abrasa,
al parecer, de Don Guillén la casa.
¡Qué, ay cielos! Mas no juzgo forzosa
mi palabra en acción que es tan piadosa.
Eso sí; ¿dónde vas?
Vase.
¿Qué me preguntas,
cuando concurren en mi pecho juntas
tantas obligaciones, que hoy espero
ostentar como amante y caballero,
a pesar del estrago devoroso,
fueros de amante y leyes de piadoso?
Dentro, voces.
¡Fuego, fuego!
Eso sí, llegue a su extremo
mi furor.
Dentro, unos.
¡Que me abraso!
Dentro, otros.
¡Que me quemo!
Vase.
Pero, porque no note de cobarde
Ricarte mi valor, no es bien que tarde
en apagar el fuego, aunque sospecho
más inmenso el volcán que arde en mi pecho.
Dentro.
¡Ay, infeliz de mí!
Dentro.
¡Cielos, clemencia!
Dentro.
A pesar de la indómita violencia
de la intrépida llama que me ofusca,
te ha de librar quien tu socorro busca.
Dentro.
Lo hará, pues yo te guío.
Ya mi valor se atreve.
Dentro.
¡Padre mío!
Ya mi caduco aliento,
a pesar del voraz, fiero elemento,
el peligro desprecia.
Ya mi anhelo
a un amparo se ofrece.
Sale Don Ricarte Moncada con Doña María Cerbellón en los brazos, desmayada.
Vuelve del desmayo.
Ya el desvelo de mi ansiosa porfía
del peligro mortal saca a María;
sol eclipsado, no al fatal desmayo
faltó acá el día, si rematase el mayo.
¡Ay, infeliz de mí!
Ya su luz pura
nuevo esplendor añade a su hermosura.
Sale Roberto con Doña Blanca Centellas en los brazos.
Libre ya del peligro, Blanca hermosa,
pues que el candor empurpura la rosa.
Pero, ¿qué es lo que veo?
Mas, ¿qué miro?
Otro peligro.
Ahógueme el suspiro.
¿Yo en brazos de...?
¿Ricarte a otra primero
favoreció que a mí? ¡Ay, cielos, muero!
Ya que mi dicha esta ocasión me ofrece...
Si esta fineza algo con vos merece...
Ya el incendio voraz está apagado.
Mirad si alguna gente ha peligrado.
¡Blanca!
¡María!
¡Ay de mí!
No nos asombres.
Dentro.
En el jardín están, porque dos hombres
a él vi que las pasaron,
los que del incendio las libraron.
Mi padre baja ya.
Mi padre viene.
Idos, pues.
Que os avisa.
¿Qué os detiene?
¿Cómo, que en tal lance mal hiciera
si la ocasión lograda la perdiera?
Eso no, pues no debe mi cuidado
perder la dicha habiéndola encontrado.
No contra mi opinión así os detenga
un ciego error, que viene ya.
Que venga.
Que miréis por mi honor es bien que os ruegue,
si me estimáis; que llega ya.
Que llegue.
¿Qué intentáis aquí estando de ese modo?
Que tú conmigo vengas.
Y tú, todo.
Mirad, qué osado.
Ved, que de esa suerte...
La vida me quitáis.
Me dais la muerte.
Señor, no me dejéis.
Como esta injuria...
Baja un ángel.
Ya asisto en tu favor.
¡Pese a mis furias!
Mas yo me vengaré.
Mi mal mejora.
Se permite...
Aquí están.
Salen Don Pedro Centellas, Don Guillén de Cerbellón, Don Fadrique Centellas, Claudia y cuatro criados con hachas.
¡Hijas!
Señora.
Blanca, María.
Pues perdida miro
la ocasión, a esta parte mi retiro.
¿Quién en el incendio...?
¿Quién en aquel estrago...?
Caduque el orbe a impulsos de mi amago.
Nada temas.
Feliz logro sacaros.
El riesgo despreció.
Pudo libraros.
Yo postrada, aun desmayo.
Yo rendida.
No sé quién fue.
No sé quién me dio vida.
Pues vamos, ya que el cielo ha mejorado
el susto, donde queda reparado,
quedar del todo.
Vamos.
¡Hados bellos!
Rasguen las nubes sus tupidos velos.
Al decir este verso el demonio, se hundirán las cuatro hachas debajo del tablado. Se llevará el ángel de la mano a María cuando lo avisen los versos, y se va.
Pasarán todos como que se hallan en una tempestad oscura, saliendo Ricarte de donde está, obrando todos conforme lo avisan los versos.
¡Cielos! ¿Qué es esto?
¡Tempestad furiosa!
Bramando el viento, todo lo destroza.
¡Ay infeliz de mí!
¿Qué te acobarda,
el que siempre te asiste, ahora te guarda?
Vase.
Perezcan de mis iras al ensayo.
Antes que no el relámpago, es el rayo.
Encuentra Don Guillén con Claudia y agárrala.
Sígueme por aquí, María.
Bueno,
salve yo el rayo, ahora dé allá el trueno.
Encuentra con Ricarte Blanca.
¿Quién va? ¿Eres tú, señor?
Esta es María,
sígueme, que yo soy.
La pena mía
de turbada a dar paso no se atreve.
Blanca.
No ha de escucharte.
El paso mueve.
¿No vienes?
Encuentra Don Pedro con Don Guillén.
Ya te sigo.
¿Quién va?
Don Pedro soy.
Pues ya conmigo
viene María, y Don Fadrique ha sido
quien a Blanca encontró.
Ya solo he oído.
Huyamos el furor de la tormenta.
Bien has dicho.
Encuentra con Roberto Ricarte.
Ricarte.
Ya se alienta
con tu favor la empresa que me ofrece
mi dicha.
Pues se mira que más crece
la tempestad, huyamos.
¡Qué recelos!
Vamos.
Vamos.
Vanse todos.
¡Piedad, socorro, cielos!
Laus Deo.
Salen Ricarte, Roberto y Blanca.
Pues que fuera del jardín
nos vemos y la tormenta
ha cesado antes que el alba,
esperezando risueña
albores de nieve y nácar,
a la aurora soñolienta
la obligue que desperdicie
en vez de lágrimas, perlas,
déme María...
¿Qué escucho?
Pues ya del peligro...
Espera.
Si se engañan los sentidos...
Si es ilusión de la idea,
este no es Ricarte. ¡Celos!
¡Ea, ardid!
¿Blanca no es esta?
Pues, ¿cómo...?
Pues, ¿de qué suerte...
...que se asusta y que se altera?
El ver que cuando gozosa
mi ventura juzgó que eras
María, la que sacaba
del jardín, la suerte adversa
dándome la que no busco,
la que solicita, niega;
pero cuando las venturas
de un infeliz fueron ciertas?
El ver que cuando rendida
al peligro que me lleva
mi padre juzgo, me miro
en otro poder violenta,
y en poder de quien por otra
me tuvo, con que ya expuesta
es fuerza estar al desaire
de que mi altivez se vea
sujeta al civil desprecio
de sentir la contingencia.
Pero cuando la fortuna
así a una infeliz no premia...
Yo, señora, ¿qué desprecio
puedo hacer de mi estrella?
¿Vuestro influjo previno
que yo por otra os tuviera?
Ni en mí es delito el engaño,
ni en vos liviandad la fuerza;
y más cuando estar presumo
de vuestra casa tan cerca,
que borrar consiga toda
malicia vuestra presencia.
No dudo yo que el hallarme
en ella mi padre fuera
motivo a que no pudiese
concebirse la sospecha
de mi falta, si a este alivio
el riesgo no se siguiera
de haberme ya echado menos;
pues que, rendida mi flaqueza,
ha de haber notado, cuando,
ya la tempestad dispuesta,
mi reparo procurando,
conocido habrá mi ausencia.
No dice mal, pues ya
en tu poder está, tenga
su vida y honor reparo
en la tuya; que, ¿qué dijera
de tu proceder el mundo,
si su divina belleza,
expuesta al riesgo, dejases
de que honor y vida pierda?
Dice bien, pero no hay
en los males más enmienda,
que al tropel de la desdicha,
cuando de alivio carezcan,
al reparo vamos.
Dile.
No sé qué el alma recela.
Tú, Roberto, enamorado
de Blanca...
¡Quién tal creyera!
sacrificaste a sus aras
toda un alma por ofrenda;
¿no es así?
Sí, Dios felice,
mil veces si mereciera
que esa deuda del cariño
me pagase con la mesma.
No entiendo qué habláis conmigo.
Si hubiera amor, me entendieras.
Pues siendo su esposo...
(Hace que se va.)
Calla,
no prosigas, cesa, cesa,
que en vez de aliviarle, dobla
al cautivo la cadena.
Yo me volveré a mi casa,
aunque arriesgo, vaya,
ofensa,
todo el furor del infierno
de mi padre.
Tente.
Espera
tú también, que hacia esta parte
gente siento que se acerca;
y aun ojalá que quién es
no penetrara mi ciencia.
¿Si será mi padre?
Vamos.
Eso no apruebo, pues fuera,
si es él, querer que la fuga
conciba alguna sospecha,
y a reconocernos llegue.
¡Ay de mí, que ya a evidencia
paso, porque mis ardides
no se logren, que este sea
Fray Bernardo Corbaria!
Mi enemigo.
(Aparte.)
Que ya llega;
pues este umbral por acaso
no nos vio, tenernos pueda
ocultos de él.
(Aparte.)
¡Ay, que espanta!
(Salen Fray Bernardo Corbaria y Fray Pierres.)
¡Cuánto desvela la propuesta!
Sígame y calle.
¿Que siga?
Bien mal saco consecuencia
en el que calle.
¿Por qué?
Porque que no hable quien tenga
por qué callar es muy justo;
pero no el que hablarle fuerza
razón tan fundada como
que al cuarto del alba quiera
venir a ser de las calles
fantástica centinela.
Importa.
¿Qué importa?
Aun más
de lo que presume o piensa.
¿Le han llamado?
No.
¿Pues quién
le avisó?
(Aparte.)
La providencia
del que en sí todo previsto
lo tiene.
(Aparte.)
Salióme cierta
mi conjetura.
A mí, nadie.
¿Quién será?
Sale hacia donde está Fray Bernardo.
Tú aquí te queda
mientras yo le reconozco,
por si evitar el que vea
a Blanca conseguir puedo.
Pues ¿a qué, antes que amanezca,
de casa sale?
Dirálo
bien aprisa la experiencia.
No le entiendo.
Alguien me entiende
que entenderme no quisiera.
Déjame, Bernardo, pues
del cielo tengo licencia
para intentar con ardides,
industrias y estratagemas,
si borrar la devoción
puedo de este, o la pureza
de la que a Dios ama tanto.
¿Quién impide tus cautelas?
¿Con quién habla padre?
Calla.
¿Tú, que a embarazarlas llegas?
Tú mismo te contradices,
que uno es el que la defienda
y otro el que las embarace.
Según dices, bueno fuera
que tú al mal los inclinaras
y a su mísera flaqueza
no dispensase el auxilio
medios para la defensa
cuando embrazan el escudo
de Dios, uno en la perfecta
devoción que de María
de las Mercedes observa,
y otra en la perseverancia
del casto amor con que anhela
a ser esposa de Cristo.
Que por más que lo pretenda,
no pueda entender lo que hablan
el padre y este, que apesta
con un olor así como
de aceitunas zapateras.
Pues prevénte a la batalla,
formando la competencia.
Quien tiene a Dios de su parte
lleva la victoria cierta;
dígalo Roberto, pues
darle muerte no aprovecha,
de ti incitado su hermano,
para que de la clemencia
de Dios perdón no alcanzase.
¿Cómo conseguirle esperas?
El que ignorante no sabe
que murió, pues la licencia
como dices Dios te ha dado
por juicios que así reserva,
para que tomar pudieses
traje, voz, rostro y presencia
hasta que el tiempo se llegue
de manifestar quién seas.
¿Qué hará mi hermano? Mas, ya
Salen del paño.
presumo que acá se acercan.
Y si no engaña la opaca
luz que, trémula, dispensa
aquí arrebatando sombras,
crepúsculos pestañea,
es fray Bernardo. ¿Qué aguardo,
que no le hablo? ¿Quién pudiera,
sino vos, Padre, aliviar
los temores que me cercan?
Ya, señor Ricarte, ya,
informado cuáles sean,
pues Roberto, vuestro hermano,
lo sucedido me cuenta...
Su hermano, mejor Roberto
del diablo decir pudiera.
No hay para qué en referirlos
tiempo u ocasión se pierdan.
Vais a acudir al reparo,
nos importa con presteza,
después que anoche el incendio
quiso con voraces etnas
reducir el edificio
de don Guillén en pavesas;
sin pasar de ser amago
lo voraz de su inclemencia,
pues aunque no excusó el susto
al principio, solo dejas,
de la confusión del humo,
la no excusada molestia,
me avisó que no dejase
de verle así que amanezca
para conferir un caso
que comunicarme es fuerza
tan importante que solo
a mi atención le reserva.
Yo a obedecerle venía,
pues a tiempo en que se pueda
reparar de Blanca el riesgo,
tanto como aquí os inquieta
de cuidados, podéis iros
a descansar, que a mi cuenta
queda el alivio de Blanca.
Dejad que a las plantas vuestras
diga que nunca a Ricarte
le di ocasión...
No pretenda
disculparse quien tan clara
oí su verdad manifiesta.
Dejadme que una y mil veces
a vuestros pies agradezca
tanto bien.
Vase.
Señor Ricarte,
el error pide la enmienda,
no os fiéis del que quizá
en sus palabras alberga
el áspid de la malicia,
ni tampoco consecuencia
hagáis de este caso, pues
no se vio siempre ser cierta
la opinión vulgar, que dice
no hay mal que por bien no venga.
Id con Dios.
Vase.
A diablo del
Roberto huele, que apesta.
A Dios guarde. Ven, Roberto.
Ya te sigo.
Vase.
Blanca bella,
el cielo os haga dichosa.
Vase.
Y permita que agradezca
mi afecto.
Tarde ese alivio
tendréis, pues lidian opuestas
en mí dos inclinaciones
tan contrarias, tan diversas,
que los desprecios estimo
y desprecio las finezas.
Vuelve Fray Bernardo.
¿No venís, Blanca?
Ya os sigo.
No temáis.
Vanse, y salen Claudia y Pernía.
Nada recela
quien lleva en vos el escudo
del reparo por defensa.
¿A qué, di, tan de mañana
vienes aquí, no sabiendo
la noche que hemos pasado
donde juzgamos por cierto
amanecer chicharrones
fritos, sin sartén?
A eso
respondo que, yendo yo
al jardín con el intento
de ver si acaso a mi amo
en él hallaba, supuesto
según dijo anoche que
amante osado y resuelto
a él iba, mientras que yo,
con tanta hambre como sueño,
calle abajo y calle arriba,
en busca fui de Roberto;
que sin duda algún demonio
debe de ser, en el centro
se esconde para que hallarle
yo no pudiese; y a Mendo,
cochero de casa, y pues
no ignorarás cuán estrechos,
por concomitancia, amigos
son lacayos y cocheros;
dicho se está que lo sabe,
porque él me contó el suceso.
Y pues en breve y espacio
tu pregunta he satisfecho,
a la mía satisface,
pues de ti saber deseo
lo primero en el estado
que está nuestro amor, y luego
en el estado en que está
de tu amo el casamiento,
si anoche la habló mi amo,
si ha salido o está dentro,
si por ventura has visto
aquel diablo de Roberto,
que él es Roberto del diablo,
pues se esconde en el infierno.
Cinco cosas me preguntas,
y a todas cinco pretendo
responder. Y aun añadirles
a las cinco, otras que pienso
te importen saberlas, porque
requisito más, o menos,
no me calumnies que falto
a las citas del enredo.
En cuanto a mi amor, ya sabes
que soy tuya, suponiendo
que hemos de partir iguales
tercerías y provechos.
Cuanto al estado en que está
de mi ama el casamiento,
entre el será y no será,
hay el sí quiero, o no quiero.
En cuanto a si habló con ella,
nihil; en cuanto a si dentro
está, nonis; en si he visto
por acá a su hermano, nego,
ergo, ya está respondido.
Etiam.
Ahora vade mecum.
Sabrás que los dos hermanos,
padre y tío de mi dueño,
menos echando a María,
echaron a Blanca menos.
Yo que encima del estrado
me quedé, duermo o no duermo,
ya lo conformaba cuando,
oigo, así como entre sueños,
que mi ama y Blanca llamaban;
hago como que despierto,
y como galga de muestra
venteándolas el acento,
vine a sacarlas con solo
el olfato de los ecos.
Fray Bernardo de Corbaria,
con quien mi ama, según pienso,
comunica allá los casos
de conciencia más secretos,
con ellas estaba, por
más señas que me dijeron
que a mi amo estaba esperando
Fray Bernardo con un lego
tan liberal, tan cumplido,
tan cortés y tan discreto,
que si le vieras, presumo...
mas no hablemos más en esto.
O pues, todo de pe a pa
te construí por extenso,
sin reservar un tan solo
semicadente del cuento,
habido y aun por haber,
y llegué al quibus, laus Deo.
Todo ha estado muy cumplido,
pero lo que yo pondero
es la sabia legacía
con que alega el argumento,
ser legítima elegancia
de la doctrina del lego.
¡Vive Dios! ha sido parado
basilisco venidero,
y presente cocodrilo,
triforme excepción del sexo,
¿qué he de hacer?
Hacia aquí vienen
mis amos, déjate de eso.
¿Qué es dejar? No he de dejarlo
sin que tú dejes primero
la voluntad elegante,
o le he de dejar sin huesos
al lego, fondo en simplicio.
Calla.
¿Yo callar con celos?
Repara, Pernía, que
mi pundonor...
Salió huero.
Mi fama...
Es una...
Detente,
no alces el grito.
Sí quiero.
Vete ahora, que después
satisfacerte prometo,
que vienen mis amos.
Aparte.
Va a salir por donde viene Don Guillén.
Voyme
por no llegar al extremo
de hacer algún disparate
contigo, que valor tengo
para todo.
Si no fuera
estar temblando de miedo.
Viene Don Guillén, y así
me volveré.
Ten, que pienso
que ya no puedes salir,
pues el paso te cogieron
viniendo por el descanso
de ese corredor.
¿Qué haremos?
Que para que no te vean,
de este caracol secreto
que baja al jardín te valgas,
que yo iré a buscarte luego
que se hayan ido.
Yo voy,
pues no tiene otro remedio.
Y por si acaso bajasen
primero que yo, te advierto
que...
que en ti hay donde esconderte,
en retiros de entresuelos.
Buena comisión me encarga.
Cierra y calla.
Callo y cierro.
Éntrase por la parte izquierda. Quedase Claudia en el tablado y salen Don Guillén, Don Fadrique y Don Pedro, Fray Bernardo y Pierres, Blanca y María.
Esta fue la causa.
No
me admira que, al echar menos,
hija y sobrina, forjasen
las dudas algún recelo;
pero de Blanca y María
sus virtudes conociendo,
sin reparar en que el susto
del estrago pudo aceros
dividir, pues en tal lance
solo a cuidar a su dueño
al reparo de la vida
no fue prudente el acuerdo.
Dígalo el lance, pues Blanca
hallando el postigo abierto
del jardín, como nos rige
senda o camino en los riesgos
el afligido, da siempre
a más felice, al primero
por él se salió, mas como
aun no cobrada, el aliento
embargado, mudo el labio,
torpe la planta, siguiendo
las huellas de su destino,
tropezando iba en su miedo,
sin elección, al discurso
bajaba su pensamiento.
Mandasteisme que viniera
al romper el día a veros,
y al entrar en vuestra calle
vi un bulto, y reconociendo
ser Blanca, y a su desdicha
refiriéndome el suceso,
a vuestra casa llegamos;
y hallando el portal abierto
al cuarto de vuestra hija
me llevó, y a nadie viendo,
fuimos buscando a María,
que, de su devoto celo
valida, en tantos asombros,
venció el sueño y desvelo,
y en su oratorio la hallamos
adonde nos visteis.
Puerto
fue de mi infeliz borrasca
vuestra piedad.
Y del cielo
socorro, que en tales lances
no desampara a sus siervos.
Pues ya que tanta ventura
hoy por vos lograda vemos,
como ver que se restauren
vida y honor, me prometo,
que de un caso en que a los tres
importa tanto el secreto,
como el acierto, en vos solo
hallaremos el consuelo.
Señor Don Guillén, aunque
tan torpe y rudo es mi ingenio,
me servirá de disculpa
cuando no encuentre los medios
para acertar, que no yerra
el que yerra obedeciendo.
Pues, entretanto que Blanca
y María divirtiendo
con sus honestos discursos
quedan este breve tiempo,
podremos tratar del caso.
Venid, pues.
Guarde os el cielo,
señoras.
Vanse los tres.
Ya Dios os guíe
como puede.
El alma dejo.
Adiós, ninfa del catar.
Adiós, mi Adonis mostrenco.
Vase.
Ay, soberana María,
entre hermosos luceros
cuya influencia en el alma
tal veneración ha puesto,
que idolatra de sus rayos,
cuando a sus luces me acerco
reverencio los pesares,
cuanto con gozos respeto.
Blanca, pues que con María
te quedas, di la más necia
anduve, que aún con las ansias
me parece que la ofendo.
Claudia.
Señora.
Una cosa
por mí has de hacer.
Hablan aparte.
Ya la espero.
Haré, pues a mí qué importa
que se logren tus deseos,
aún más que a ti, pues consigo
aquí vitarse con esto
el ansia que muero, muera,
padezca el mal que padezco,
viva del dolor que vivo
y pene como yo peno.
Cuando salga mi padre,
avisa.
Vase.
Ya te obedezco;
paréceme que Pernía
se ha de quedar al sereno
esta noche.
Qué tristeza,
prima mía, ya depuesto
aquel impensado susto,
o qué pesar indiscreto
al nácar de tus mejillas
en terso candor ha vuelto
que vi en vos.
No me es posible
explicarte lo que siento.
¿Por qué?
Porque la dolencia
de mi mal no estriba en serlo,
cuanto en no serlo estriba.
¿El no ser mal?
Es cierto
que los achaques del mundo,
cuando más padece el cuerpo,
salud suelen ser del alma,
y así la dolencia tengo
en no adolecer parando.
y es desear padecerlos
solo es de tales achaques
el antídoto más cierto.
Tomarse el mal por su mano,
o desearle, que es lo mismo,
no presumo yo que pueda
ser virtud, como no apruebo
que lo sea el no casarse;
porque yo por virtud tengo
el matrimonio, que enlaza
dos almas en solo un cuerpo,
si la voluntad las une
recíproca; aún querer menos,
si un tanto le aborrece.
Uno y otro te concedo,
y errado, como dices,
del matrimonio aborrezco,
aunque el matrimonio amo.
Pues, ¿cómo puede ser eso?
Como el que elige mi padre
sin examinar primero
si en naturales distintos
éramos los dos opuestos,
fue error, sin ver si confrontan
en trato, costumbre y genio
las inclinaciones nuestras.
Pues ser no puede uno mismo
el querer; mas si yo elijo
esposo de quien ya tengo
experiencia que me ama
y a mi voluntad atento,
como yo a la suya, entrambos
venimos a un querer cierto.
Virtud será el matrimonio,
de cuyo claro argumento,
sacando la consecuencia,
conocerás que no yerro
si por buscar al que amo,
al que no amo desprecio.
Luego, ¿ya tienes esposo
elegido?
No lo niego.
¿Sí a tu gusto?
Sí a mi gusto.
Pues, don Pedro...
No es don Pedro.
No te merece.
Antes yo
soy la que no le merezco.
¿No ha agradado?
No confronta
mi voluntad con su intento.
¿Por qué?
Porque ya entregada
la tengo a más noble dueño.
Confirmóse mi sospecha,
sacia la venganza, celos.
llore mi tío su ofensa,
mi hermano sienta el desprecio,
su engaño mi padre note,
porque todos tres a un tiempo,
satisfaciendo su agravio,
den la venganza a mis celos.
¿Qué es lo que absorta y confusa,
a tú sola discurriendo,
mal hallada con tu pena,
riñe a tu pensamiento?
Vase.
Solo discurriendo estaba
en tu libre devaneo,
atropellando de un padre
la obediencia y el respeto.
Y, más pues este delito
a otro tribunal infiero
que la apelación remite,
con tu locura te dejo.
Mas solo quiero advertirte,
si no dejas el intento,
que hay para el cuello dogales,
para el corazón venenos,
que donde honor es lo más,
todo lo demás es menos.
Tocan chirimías y aparecen la Virgen en una azucena cerrada y Cristo en un clavel también cerrado, que se abrirán en el aire luego que lleguen a su tope.
Oye, escucha, espera, aguarda.
¿Qué me ha sucedido, cielos?
Sin duda que mis palabras
como a dos sentidos fueron,
tuvo el malo en la malicia
más eficacia que el bueno.
Pero, ¿cómo yo me olvido,
ya que aquí sola me veo,
de esta pasión arrastrada,
de mi dulce amado dueño,
mayormente si memoria
hago del mismo despecho
que usó Blanca que me advierte
su reprensión por tan cierto
que donde Dios es lo más,
todo lo demás es menos.
Amante cuidadoso,
gloria del alma, susto del infierno,
monarca poderoso,
primogénito fiel del padre eterno,
asilo soberano,
antídoto feliz contra el tirano,
estrella refulgente,
aurora del mejor sol de justicia,
pozo de sacra fuente,
que borró al pecador de la malicia,
norte feliz cual cielo,
guía borrando de la culpa el velo.
Ya tu ruego, María,
la humilde sierva de mi hijo amado,
viene en mi compañía,
conmigo viene más enamorado;
mi madre oye con consuelo
mi hijo a la vocación que has hecho al cielo.
Que María se aflige,
qué desconsuelo tu pasión molesta,
tu queja a mí dirige;
tu aflicción, tu angustia manifiesta,
que ya en tu amparo vengo,
que ya al amparo de tu pena atiendo.
Querido, amado esposo,
pura Virgen, amparo, norte, guía,
sabed si en mí es forzoso
obedecer a un padre, la fe mía;
y si será inobediencia,
o en mi humildad faltar a su obediencia.
Mi esposo, te venero,
y a ti, sacra reina, me dedico;
mi bien, te considero,
siempre en tu protección me sacrifico.
Ampárame piadoso,
concédeme a tu hijo por mi esposo,
al mundo menosprecio,
a ti servir intenta, humilde, el alma;
su vanidad desprecio,
porque logre mi fe la eterna palma
de esclava de tal madre
y de esposa de un hijo de tal padre.
Ama, espera y confía.
No dudes de la fe con que te quiero.
Que cese la porfía,
qué fino amante, qué esposo verdadero;
que intenta su desvelo,
ha de lograr conmigo el casto celo.
Tocan chirimías, y encúbrese la apariencia. Salen Don Guillén, Don Pedro, Don Fadrique, Fray Bernardo, y Pierres, Doña Blanca y Claudia.
Tú verás cómo eres solo
quien se engaña.
El que te crea
no es posible, cuando ya
tanta virtud y modestia
asegurado me tienen;
y más si es que considera
mi enojo, que ser no puede
Ricarte, cuando le deja
muerto en el jardín mi acero.
No hay quien persuadirse pueda
a que sea cierto.
Te engañas,
que no es posible que quepa
en su virtud tal mudanza.
Presto os dará la experiencia
el desengaño.
Hasta entonces
cese vuestra competencia.
Mi ama fue siempre una santa.
Mas sin vigilia, mi reina.
Señor, ¿qué es esto?, ¿qué pudo
ocasionarse a que vengáis
tan asustados a mi cuarto?
Querer de ti con certeza
saber, como Blanca dijo
que recelo, si la aspereza
con que a don Pedro no admites
es porque ya tienes hecha
elección de nuevo esposo.
Aparte.
Tu auxilio, Señor, merezca,
quien por conseguir su dueño
y a los peligros desprecia.
Sí, señor, esposo tengo
y de tan ilustres prendas
que es, sino amarle, delito,
y así, aunque la vida pierda,
a tus aras me dedico,
antes, Señor, que le ofenda,
ni de mi casto decoro
se profane la pureza.
Esto mi furor escucha.
Esto sufre mi prudencia.
Esto toleran mis celos.
Esto mi desdicha ordena.
Y furioso...
E irritado...
E impaciente...
De esta ofensa...
Empuñan los tres.
A mi acero.
Teneos todos,
que engañados su inocencia
culpando hacéis al estrago,
recto Juez...
No me detengas.
No me estorbes.
No me impidas.
Pague mi error.
Vea que ciega
vuestra imprudencia se arroja
al precipicio, y atenta
vuestra cordura me escucha.
Satisfaré la que ofensa
juzgáis, del previsto daño
que a tal insulto os despeña.
Como solo Dios
basta para su defensa,
remitiéndome a su causa,
si me escucháis...
Di.
Comienza.
Aclamo este Señor dichoso,
a quien conseguir quisiera
en la admirable Salem,
una heredad que conserva
la gracia, con cuyo fruto
consiga la vida eterna.
Que innumerables caudales,
que temporales riquezas,
no dejará el que felice
esta heredad poseyera.
Esto supuesto, sabiendo
que la caridad perfecta,
para entrar en el Salem
fue siempre llave maestra,
la virtud de vuestra hija
a la castidad anhela,
no malogréis este fruto.
sazonele la prudencia,
y, si no, considerad
la amorosa sentencia
de aquel paciente pastor
que, dejando las noventa
y nueve, buscó celoso
en la otra la penitencia.
Ved que dice el Evangelio
que, sin mirar conveniencia
que el mundo ofrece inconstante
con su engañosa cautela,
le sigamos, despreciando
los cariños y flaquezas
de nuestros padres y hermanos
con voluntad tan resuelta,
que solo su amor supremo
a estos excesos nos mueva;
esta advocación felice
da a entender con evidencia,
en su virtud, vuestra hija,
que a tal esposo se entrega.
Reconoced vuestro engaño,
mirad que María es prenda
de un Adonai supremo,
de un Joab que en todo impera,
de un Sadai suficiente,
de un Sabaot, suma ciencia,
de un Geoba innominable,
de un Eloe que interpreta
hebreo Dios, y al fin,
un Jesús en quien se encierra
ciencia, poder y virtud
de las dos naturalezas.
A mí me tiene el terror...
Mal haya mi torpeza.
¡Qué eficaz exhortación!
Con esto mi vida alienta.
Cartuja meterme pienso.
Más santa es que yo en conciencia.
¿Qué resolvéis?
No estorbar
la advocación que pretenda
seguir mi hija.
¿Quién, airado,
osara impedirlo?
Ofensa,
no seguir tan justo celo,
en quien la ama pareciera.
Eso es muy cierto.
Yo intento
observar la santa regla
que mi confesor me diere.
¡Ay, la abominable afrenta
que contra ti cometí!
Con presunciones groseras,
humilde perdón te pido.
El Señor te le conceda.
Vamos a rendirle gracias
a la soberana Reina
del cielo, pues tantas dichas
hoy a su hijo dispensa.
Feliz quien llamarse puede,
ya, Señor, esclava vuestra.
¡Qué maravilla!
¡Qué asombro!
¡Dichoso fin de mis penas!
¡Oh, con cuánto gozo el alma
de su pasión se enajena!
Padre Fray Bernardo, luego
para aquella diligencia
del jardín...
Ya os he entendido,
y informado de las señas
dónde su fatal desgracia
y vuestra tía la dejan.
El hermano compañero
bajará para que sepa
a dónde para llevarle
le ha de buscar. Pierres, venga.
Voy, adiós, luz de mis ojos,
Vanse.
malas cataratas tengas.
Sale Pernía en el jardín.
Oh, Claudia, no, pues me aquejas
la malicia que previno
tu maldad y mi destino.
Consigas llegar a vieja.
¿No eres tú? Esto se permite
la que dijo me bajase
y que para que jugase
con un muerto al escondite.
¡Oh, arpía de mala seta!
Yo te juro por mi fe
que te he de hacer en un pie
jugar a la corcojita.
No, a mi valor, si lo advierto,
nada asusta ni amedrenta;
que no es temor sino cuenta
de si se levanta el muerto
quien allí le dejaría,
mas yo para qué lo apuro
por estar allí a lo obscuro,
pues solo dispensa el día,
un crepúsculo no entero,
no puede, a bulto inquirido,
por el rostro ni el vestido
ser natural o extranjero.
Si acaso en aquella estancia
me pide por su criado,
la muerte sin ser culpado,
más que por concomitancia,
quien sea, quien fuere en qué fundo
saber lo que ando ofenderle
que de su malo meterse
con gente del otro mundo,
solo entretenerme quiero
en ver si pudiese hallar
cordón de las afufar,
un resquicio o agujero,
que una fantasma ha bajado
tan horrible, fiera y fría
que se parece a una tía
del suegro de mi cuñado.
Sale Claudia.
Ya que sola en su aposento
dejo con Blanca a mi ama
que una por marido clama
y otra gime por convento,
y mientras allá Fray Bernardo
a los demás catequiza
bajar quise con sumisa
voz, y con paso tardo,
por si el asustado Pernía
que sin duda estará alerta
le puedo echar por la puerta
del jardín antes que el día
ocasione que aquí dentro
vuelva a quedarse escondido.
¿Qué es lo que he oído?
Pero a Pierres, que no le encuentro.
¡Qué mal el miedo mitigo!
Antes, sin hacer estruendo,
que le encuentre, abrir pretendo
para que salga al postigo.
Sale Fray Pierres.
Este es el jardín; con no escaso
temor, enviado vengo
de Fray Bernardo; prevengo
examinar paso a paso
dónde entre aquellos oteros
este difunto tendrán,
pues a ayudarme vendrán
los hermanos compañeros
a llevarle a medianoche;
y ya en buscarle me tardo,
porque sepa Fray Bernardo
que hallé, aunque a troche y moche,
a oscuras y sin sentido,
me ofusqué en mil pareceres.
Encuentra con Pernía.
¡Ay de mí!
Sombra, ¿quién eres?
Salí a abrir, pero ¿qué he oído?
Este es el muerto; un cuitado
que aún más que tú muerto yace.
¿Qué escucho?
Pues vade in pace,
muerto, que yo soy finado.
¡Qué espanto!
¡Vive!
Eso no.
Ten credo.
Yo lo doy por recibido.
Que no lo digo por tanto.
O mal el miedo despego,
o estos, Pierres y Pernía,
son sin duda.
Juraría
por la voz que este era lego.
Mas, si mal no presumo,
sin duda, según barrunto,
tiene el amigo difunto
tanto miedo como yo.
Salen por el postigo, que abrió Claudia, Roberto y Don Ricarte Moncada.
Pues hoy la dicha concierto
que esperando en esta calle,
a Pierres la puerta halle
de aqueste jardín abierta.
Sígueme, Roberto, a ver
si se logra mi ventura.
Mi valor te la asegura.
Esto, en efecto, ha de ser.
A conocerle me llego.
Encuéntranse con otro en la calle.
Hoy con él encontraré,
si vo; ¿no ves que está a oscuras?
¡Muerto! ¿Qué haces? ¿Estás ciego?
Gente, juzgo, que escuchamos,
si no miente la tupida
sombra.
Por la entretejida
pared que hacen estos ramos,
con una puerta encontrar
pude que esta murta esconde,
y presumo que es por donde
María suele bajar.
Ellos son, y los cuidados
aquí me la han de pagar.
En lo que he oído notar
fío de que son los criados.
Pues no está aquí, y que de vella,
según noto, la osadía,
vive, pues ves que te guía
hoy tan propicia la estrella.
Subamos, que está de más
ya ningún recelo en mí.
Vanse por la escalera que bajó Claudia.
¡Ay infelice de ti,
que no sabes dónde vas!
¡Pernía, Pierres, al punto!
Que estoy helado.
Yo yerto.
Que este es el muerto difunto.
¿Eres Pernía?
Sí, ¿tú
eres Pierres?
Sí.
¡Qué espanto!
Defiéndeme de este encanto.
Defiéndete, Belcebú.
Entrambos, sin más quimeras,
y sin llegarme a enojar,
luego me habéis de entregar
cuanto en vuestras faldriqueras
esconde el temor en balde.
Excúsalo, pues contigo
cargaré, si así te obligo.
Yo te enterraré de balde.
Dentro.
Padre, don Guillén, don Pedro,
¿nadie me oye?
Dentro.
Claudia.
Andar.
Aquel es otro cantar.
Solo en mis desdichas medro.
Pierres, tu miedo no creas,
tú, Pernía, vete al punto,
que aquel fingido difunto
yo fui.
¿Tú?
Maldita seas,
mas ¿por dónde he de salir?
Por ese abierto postigo.
Y yo, ¿qué he de hacer?
Conmigo
esta escalera subir.
Dentro.
Padre, señor.
Lindo empleo.
Pierres.
¿Hacia dónde estás?
¿No mirarás cómo vas?
Encuentra Pernía con Claudia.
Lleve el diablo cuanto veo.
Vamos.
Hacia la puerta con Pierres y Pernía por el tablado.
Ya yo me confundo.
Yo no acierto a salir.
Del muerto, ¿qué he de decir?
Vanse Pierres, Claudia.
Di que está en el otro mundo.
Ya encontré, si mal no entiendo,
con el abierto postigo.
En vano huyes, que te sigo.
En esta casa el estruendo
se escucha.
¿En qué me detengo?
La ronda es.
Batiendo el Veguer y ministros.
Ya que está abierta,
entremos por esta puerta.
¿Quién va?
Yo ni voy ni vengo.
¿Quién es el que aquí se encierra?
Oiga la prisa que trae
el alma de Garibay,
que ni está en cielo ni en tierra.
¿Qué el ruido es?
De buena gana
lo diré, si no te altera,
que el que se encalló en ratonera
le zurran la badana.
Espadas oigo.
No caen,
que arriba son.
Dígame,
¿por dónde subir podré?
Busquen los que luces traen.
(Buscan la puerta los ministros.)
Una escalera encontramos.
Yo, entre tanto, escaparé
de aquí.
(Vase.)
El hombre se fue.
No importa, arriba subamos.
Suben por donde subió Claudia y sale Ricarte retirándose de Don Guillén, Don Pedro y Don Fadrique por la puerta izquierda.
Por más que encubrirse intentas,
ha de conseguir mi brío
el conocerte, o que rindas
antes la vida a los filos
de mi fulminante acero.
Mi esfuerzo...
Y el valor mío...
Te asistirá.
Lo asegura.
En vano, ya me resisto,
pues Roberto, que sin duda
le han muerto o le han prendido,
la obscuridad de mi lado
me falta.
(Dentro.)
Hacia aquí es el ruido.
¡Hola! Traed luces.
(Dentro.)
Ya vamos.
(Sale.)
Aquí están.
Entrad conmigo.
Tened, esperad, ¿qué es esto?
(Al salir el Veguer, encubre Ricarte el rostro.)
Vengar mi honor ofendido.
Satisfacer una ofensa...
Castigar a un atrevido.
(Van a embestir.)
Teneos todos y mirad
que aquí yo como ministro
sabré, y como caballero,
refrenar a un tiempo mismo
desatenciones, bien como
sabré castigar delitos.
Respetad la justicia.
Me templo.
Yo me resisto.
Su autoridad nos reporta.
Pues decidme lo que ha sido,
vos; y vos, ¿por qué embozado
estáis, habiéndome visto?
La causa de nuestro enojo
fue que, estando en su retiro
mi hija con mi sobrina,
que nos llamaban oímos
con tales voces que daban
de alguna desgracia indicios.
Acudimos todos cuando
salir de su cuarto vimos
ese hombre que, por temor
quizá de ser conocido,
matando las luces, saca
la espada.
Hasta este sitio,
defendiéndose bizarro,
de una cuadra en otra vino
retirándose, hasta que
vuestra vista fue su asilo.
De vos ahora saber resta
quién sois, y con qué motivo
en aquesta casa entrasteis.
Válgame su engaño mismo.
No entré a deslucir la fama
del honor esclarecido
desta casa, solo dar
la muerte fue mi designio
a uno de los tres que miras,
porque sepan que mi brío
solo en uno satisface
lo que tres han cometido.
Y puesto que satisfecho
con saber a qué he venido
estáis, que no me mandéis
decir quién soy os suplico,
que con las señas que he dado
los tres me habrán conocido.
¿Qué importa, si a mí me falta
conoceros? Descubríos.
Ved que sigo...
Ya es en vano.
Descúbrese.
Que yo soy...
¡Cielos!, ¿qué miro?
¿Qué ves?
Absorto he quedado.
Esta turbación me ha dicho
más que de saber quisiera,
y remediarlo imagino.
De absorto el labio enmudece.
De confuso no respiro.
De asombrado inmóvil quedo.
Este es el mejor camino.
Caballeros, entretanto
que lo que a Ricarte he oído
procuro que comprobado
quede, según imagino,
con vuestras deposiciones,
el que tengáis es preciso
aquesta casa por cárcel,
que yo a Ricarte me obligo
a acompañar a las suyas,
a quien también apercibo
advierta como prisión
de las dos.
Yo la recibo.
Grave el disgusto es, sin duda.
Yo como tal la admito.
Yo a su obediencia me ajusto.
Yo a esa atención no replico.
Pues quedad con Dios.
El cielo
os guarde.
Vase con los ministros por la puerta derecha.
Pues tan impío
astro te mostraste, labra
con tus ultrajes mi olvido.
María hacia aquesta parte
viene.
Pues veníos conmigo,
que no pretendo que sepa
nada de lo sucedido.
Recelos...
Dudas...
Sospechas...
Vanse, y sale María sola.
En tanto tropel de abismos,
o descifrad el enigma,
o dad a mi mal alivio.
Dulce, adorado dueño...
Amado esposo mío,
abócase el alma
a quejarse de amor el pecho herido;
en la regla que ufana
hoy fundar solicito,
me niega la esperanza
el descanso, el sosiego y el alivio,
pues a mi fiel protesta
Fray Bernardo me ha dicho
que es inútil su efecto,
por parecer que en mí no será digno
uno de cuatro votos
que observar es preciso,
y quererlo ejecutarle,
que el de la redención es de cautivos,
y mi padre lo permite,
habiéndome ofrecido
su hacienda reservando
solo lo que al sustento le convino;
y ya que este voto cuarto
observar no he podido,
súplale con que logre
serlo el favorecer los afligidos;
fundar un beaterio
solo mi intento ha sido,
para cuya observancia,
que orle mi pecho vuestro escudo pido.
Tocan las chirimías y baja la tramoya en que vienen Cristo, la Virgen y dos ángeles a los lados cantando, Virgen en medio, a su tiempo.
Del sacro consistorio,
del monarca uno y trino,
hoy desciende la aurora,
precursora del sol, amante fino,
para tantos favores;
y el acto positivo
y el sincero anhelo
de observar de su amor los sacros ritos,
logre ya tu constancia
el premio merecido
que consiguió piadosa
la madre, esposa y hija de un Dios trino.
Hija, tu fiel promesa
y cuarto voto admito,
que el servir a los pobres
a mí me imitas cuando yo en ti asisto.
Escapulario y manto
al hombro te dedico,
dando a entender que de ellos
has de ser protectora y cierto asilo.
Por sacra fundadora
del orden te confirmo,
pues tu virtud heroica
pudo extender sus votos hasta cinco.
Este escudo glorioso
en el pecho te cifro,
explicando que firme
al viento dominar podrá tu brío.
Humilde, gran Señora,
mi corazón rendido
te venera por madre,
Sube la apariencia.
Vase.
piadosa y protectora de tus hijos,
ya alistada en la bandera
de nuestro monarca Cristo,
nada recelo, y así
en el más próximo sitio
de esta casa he de fundar
un monasterio, que abrigo
para las matronas sea
que quisieran vivir conmigo
para alabar su grandeza
por los siglos de los siglos.
Laus Deo.
Sale Claudia de beata, y Pernía.
Posible es que convencerte
mi amor y ruego no bastan.
Ya es otro tiempo, Pernía.
Pues dime, ¿qué te embaraza
para casarnos?
Calzar
los entonos de beata.
¡Oh, chilindrina! Pues antes,
para que los simples caigan
en la red de bobarrones,
una etiqueta extremada,
lo cabizbajo, y armonía
fruncida, a lo remilgada.
¿El voto?
Hacerle reniego.
¿La devoción?
Mascarla.
¿O la mortificación?
Para el ataúd guardarla.
¿Del cuerpo?
Darle por tercios
¿A quién?
A quien das el alma.
Amigo, estoy muy profesa
en la devota eficacia.
¿Has dejado lo alcahueta?
Prométote, que esta tacha,
a los principios...
¿Qué? Dilo.
¡Oh, fragilidad humana!
...la dejase.
Malo es esto.
Mas, por más esfuerzos que haga,
como la aprendí tan niña,
no me es posible olvidarla.
Esto es bueno, según eso
presumo que no lo errara
en confiarte un secreto,
que más no te digo nada.
¿Qué es? Dímelo por tu vida.
Temo que con él no salgas,
digo, boba, y con lo mucho
que ha de valerse entonada,
procures un novio rico
y a mí me envíes...
...noramala.
¿Qué modo de hablar es ese
con mi fe, amor y constancia?
Dímelo, por vida mía.
¿Y el voto?
Es cosa pasada.
¿Y la devoción?
No es hora.
¿Lo mortificado?
Basta,
que no ha de ser siempre.
¿Del
cuerpo?
No le duele nada.
Pues según lleva el trote,
en carrera está tu alma.
Acaba, di lo que quieres.
No pienso decirte nada.
Ni yo saber lo que tú eres;
patillas, que tiene la marcha.
Adiós, pues.
Adiós.
¿Así
te vas?
¿No lo ves?
Pues, anda.
Voime, pero oye.
¿Qué dices?
Presumí que me llamabas.
¡Oh, tacaño! ¿De qué sirven
rodeos, si tú...
¡Oh, taimada!
...aun más que yo de saberlo,
de decirlo tienes gana?
Dices bien; óyenos alguien.
Sí, algunos, mas gente honrada
son tantos que aunque murmuren
hasta que a la calle salgan
acabada la comedia,
no publicarán tus faltas.
Pues como digo, ya sabes
que al ver Ricarte borrada
la pretensión de María,
mudó su amor a otra casa.
Ya sé que es Blanca, y que ella
le admitió entre dulce y agria,
melindre de las doncellas,
que al caballito de bamba
parecen, que hasta casarse
ni comen, ni beben, ni andan.
Pues a ella aqueste papel
mi amo...
Adelante pasa.
...envía, y quiere que tú...
pues ocasión no te falta...
Se le des, no lo hará.
Ita.
No te entiendo.
Si lo extrañas,
es decirte que sí en él,
el idioma de las beatas,
muy adelante irás.
Dame
el papel.
Ecce quam amas.
Ira que le tengo, dime.
(Al paño.)
Cogebitur en la trampa.
¿Qué es lo que me traes, que tanto
me lo encareciste marras?
Omnia mea mecum porto,
que en la frase castellana
nada se interpreta...
Ni
de prometido.
Nequaquam.
Amigo, en breves ratos,
yendo y viniendo se gasta,
el eje suele quebrarse
en medio de la jornada.
¿Qué quieres decir en eso?
(Échale en el suelo y sale Fray Pierres y písale.)
Que el carro sin unto no anda.
Tome su papel.
¿Qué es esto?
Cogióme.
(Alza Fray Pierres el papel.)
¿Qué ha de ser? Nada.
Una oración me pidió
(de las que reza mi ama
Blanca), enviome por ella
a ese hombre, y yo se la echaba
en el suelo, porque él
no con su mano intentara
tomarle, y por el contacto
la mía se inficionara.
Engañifa no, en miserias.
¿Qué hace? ¡Ay, desdichada!
Levanto lo que tú arrojas.
¿Y por qué?
Por venerarla;
al paso que tú, imprudente,
la menosprecias, de aquella
tan impensada la dicha
que ha un siglo que deseaba
mi devoción de leerla.
Mira.
Atiende.
Oye.
Repara.
¿Qué?
Que yo te daré otra.
¿Cuándo?
Luego.
¿Y si me engañas?
No haré tal.
Pues toma, pero...
¡Ay, que no me acordaba!
¿De qué?
De aquel refrancillo.
¿Cuál?
Que dice...
¿Cómo?
Acaba.
(Va a abrir.)
Más vale pájaro en mano,
y así...
(Empuña la espada.)
¡Sit anema raiga!
Le he de rasgar la cabeza
al lego.
(Arremángase y saca un alfanje.)
¡Vive Dios! Las faldas
me arremango con aqueste
cuchillón de más de marca.
Al lacayo he de quitarle
las orejas.
Queriendo embestirse los dos.
¡Tente!
Apartan. Sale Roberto.
¡Aparta!
¿Qué es esto?
Es, si cuando yo...
Esto es, esto.
Hacen que se van.
Y santas pascuas.
Espera, Pernía, espere;
Fray Pierres, tú también, Claudia,
espera.
Pues, ¿qué me ordenas?
¿Qué me quieres?
¿Qué me mandas?
Que me digáis lo que ha habido.
Que yo este papel le daba,
que es una oración devota,
para que llevase a Blanca
a Pernía, cuando Pierres,
que al mismo tiempo llegaba,
le tomó y leerle quiso,
y, sobre estorbarlo, paró
en el disgusto que viste.
Pues como quien en aquella carta
debe, mueve las pendencias,
esta cuestión acabada
ha de quedar, con que tú
seas la que lleve a Blanca
el papel o la oración.
Yo se le daré.
Quítale el papel, y mételo en el bolsillo.
Aparte. Trocándole, sacará de un efecto dos venganzas.
Da, es vana
tu porfía, suelta, digo,
hipócrita, que mi rabia
si me replicas, hará
que experimentes...
¡Zarazas!
a pesar de todo el cielo,
mi enojo.
Si tal aguardas,
¿cómo he de llevarle?
Has dicho
bien, cegóme la ignorancia
de este simple, y entre otros
le quise...
Poco embaraza,
pues podrá bien conocerse
cuál es por la sobrecarta.
Saca Roberto algunos papeles, y Claudia saca uno de ellos.
No hay duda, y pues le conoces,
búscale tú.
Aparte.
Éste es.
Aparte.
Te engañas,
que no es sino el que previno
mi envidiosa vigilancia
para lograr; mas el tiempo
lo dirá.
Vase.
Si no me mandas
otra cosa, voy a llevarle;
iré, que, haciendo esto, y falta
a mi señora.
Sí, vete.
Y yo.
También.
Y yo.
Acaba.
Vanse.
Nos dé licencia, y a Dios te guarde
por un ojo de la cara.
Pero ahora aquí viene con
Fray Bernardo de Corbaria
este asombro de virtudes,
esta, a quien mis acechanzas
en vez de lograr su triunfo
en fe de su tolerancia,
para más tormento mío...
la subliman a la gracia,
¡ah, Señor!, si los advertís
vuestros, con tanta eficacia
llorar un más rebelde
atraen, que si dispensaras
a que a un pedernal hiriesen,
como cera se ablandara;
y aun más lo apuro, si yo,
que incapaz de dicha tanta,
cuanto de arrepentimiento,
si a merecer llegara
(siendo imposible) un minuto,
un átomo, una atenuada
vislumbre de vuestro auxilio,
toda mi maldad borrara;
¿cómo, cómo he de poder
contrastar tan elevada
fortaleza, si resiste
los asaltos de emboscadas,
de mis marciales astucias,
con vuestras divinas armas?
Minorad los alimentos
que dentro de aquesta plaza
víveres del albedrío
la mantienen, y al sitiarla
veréis que sin bastimentos
al primer asalto pacta;
mas, ¡ay!, que en vano me quejo
de vos, que el que en vos llama,
y a sus clamores nunca
hallaron puerta cerrada
en vuestra misericordia,
bien como yo, en quien los labra,
de puertas adentro, no
conseguí tener entrada,
las aldabadas del cielo
si eficaces son, arrastran
las potencias, y sentidos,
y en cierto modo avasallan
el albedrío, de suerte
que solo a Dios dedicada
su libertad, no halla senda
que pueda de él apartarla,
que solo su omnipotencia
fuera bueno que llamara
Dios al pecador, y él
"no quiero", le replicara,
y que su piedad quedase
por inútil desairada.
No, pues si esto ser no puede,
¿qué me sirve atormentarla,
si como esposa de Cristo
a la virginal, la palma
de mártir la añade? Pues
con tanto valor los pasa
que como cosa perdida
ya me he resuelto a dejarla,
mas no tan del todo que
en aquellos que se amparan
de su protección no vengue
mi furia, cuando se valgan
de su intercesión; pues son
tantos los que por su causa
del lazo de mis engaños
torpes nudos desatan;
que María del Socorro
en su idioma catalana
que quiere decir María
del Socorro, se le llama,
y pues al tiempo testigo
he de hacer de mi venganza,
dígalo el tiempo; entre tanto
que de su vista me aparta
aquel esplendor, que, aun toda
mi ciencia a apagar no basta.
Vase, y van saliendo María, fray Bernardo y Pierres.
Esto, mi amor le suplica.
Mándeme su reverencia,
pues soy hija de obediencia.
Bien su celo certifica
la que a Dios se dedica.
¿Cómo se llama?
Lucía,
es noble, y su afecto guía
a Dios su hacienda, que llega
a ser bastante la entrega
dedicada al mismo día,
que el hábito la concedas;
pues ya la obra ha empezado
del beaterio que ha fundado,
para que acabarle pueda.
Ya por mi cuenta queda.
¿Cómo se hallan allí?
Dígame, doña Isabel Bertí
y Eulalia Pin, ¿cómo están?
Ejemplos son, y me dan
harto que envidiar a mí
con su sincera bondad.
No en vano el cielo la envía
tan amable compañía.
Cúmplase su voluntad.
¡Oh, ejemplo de la humildad!
A casa de don Fadrique,
porque a la obra me dedique,
como sabe, se pasó
mi padre a vivir, y yo,
deseando se multiplique
la devoción de esta casa,
ensancharla pretendí,
pues la hacienda que adquirí
no viene a ser tan escasa
que faltar pueda, pues pasa
de lo que está concertado,
mayormente habiendo dado,
como asegura este día,
toda su hacienda Lucía,
sea el Señor alabado.
Ya hemos llegado a su casa.
Pues que entre, padre, conmigo
le suplico, porque pueda
(pues de casa no han salido
desde aquel día que entraron,
y tanto ha que no le han visto)
hablar a Isabel y a Eulalia.
Haré.
Pues entre conmigo.
Entran por una puerta y salen por otra, y sale Claudia.
Madre, sea bien venida,
que, sin su presencia, firmo
que su soledad nos causa
gran tristeza.
Yo la estimo,
aunque parece lisonja,
el afecto.
Que es cariño.
Vaya a doña Isabel y Eulalia,
advierta cómo ha venido
a verlas su reverencia,
y presto.
Voy de dos brincos.
Vase.
En fin, ya de don Ricarte,
Fadrique y Guillén, amigos,
juntamente con don Pedro,
quedaron.
Y habiendo sido
los tres los que estuvieron
en casa presos, ya admiro
que no se haya publicado,
según mi padre me dijo,
quién fue el hombre a quien la muerte
dieron los tres vengativos
en el jardín; que esto vos,
no lo ignoráis, si colijo
que para que sepultura
le dieseis, de vos previno
confiar todo el secreto.
Pues dígame, ¿no ha sabido
que sabe acaso quién fue
el mortal cadáver frío?
No lo sé.
(Aparte.)
(Aparte.)
Ni yo tampoco
(pues en mí no fuera digno
lo que Dios no la revela
revelárselo atrevido).
No sé más de que una noche
en un coche le trujimos
a la iglesia, luego, (y fue
su sepulcro el sitio mismo
donde le pusimos antes).
Y nadie mejor decirlo
pudiera que yo, pues tuve
por muchos días molidos
los huesos del espinazo
entre seso y entresijo.
Sale Claudia.
Ya avisadas Isabel
y Eulalia, padre, me han dicho
que bien puede entrar a verlas.
Vaya, que yo determino
por un breve espacio a solas
quedarme, pues necesito
acerca de la obra ver
si es apropósito un sitio
que para labrar la iglesia
tengo en la idea previsto.
Solo obedecer me toca.
Y yo he de ir.
Vase.
Venga conmigo.
Vase.
Ya voy adentro, picaña,
que ajustemos solicito
que cuenta, donde por los dedos
resumen tenga el guarismo.
Vaya, mogrollo, que yo
le muestre bien cuántas son cinco,
si vendrá Pernía por
la respuesta que me dijo
Blanca que a él se la daría
del que la envió.
Dios mío,
Oración mental tenemos.
solo a vos
Doy un pasito.
consagro en tantos afanes
Atrás, atrás.
el albedrío.
Llegándome a la puerta...
Claudia.
¡Cae en qué garlito!
¿Dónde va?
Hacia la cocina
me llegaba.
¿No le he dicho
que socorra más piadosa
la pobreza, pues a Cristo
se da lo que en caridad
(pues los pobres son sus hijos)
a ellos se les entrega.
Aparte.
Sí, madre, ya lo he oído;
casi tal, nada se le escapa.
Esto es porque hoy un manquillo
quiso quitarme la carne
de la olla algo mohíno,
y dándole en la cabeza
con ella, no muy quedito,
le abrí los cascos, con cascos
de Alcorcón, pero bastó.
Por Dios, lástima me hacen
los pobres. Si compasivos
con amor se la ofrecemos,
del mismo Dios conseguimos
con aumentos de la gracia
más colmados beneficios.
Aquesto es indubitable,
pues cuando damos, pedimos
con precisión tan forzosa,
que declara el mismo Cristo:
si así lo hacemos, que ciento
dará por uno que dimos.
¿De qué sirve el sufrimiento?
Madre, me saca de quicio
lo mucho que me replican,
y no puedo más conmigo.
Déjeme sola. Si acaso
viene alguien, lleve advertido
no le despida, sin que antes
me venga a dar el aviso.
Vase.
Harélo ansí.
Ya que solos,
dulce amante esposo mío,
estamos, no desdeñoso,
aunque os haya merecido
algún desdén mi flaqueza,
os mostréis con mil cariños.
Mirad que en vos es impropio
ostentar lo vengativo;
confieso que errada anduve,
como frágil he caído,
en aprovechar el tiempo,
en todo lo que no ha sido
contemplar vuestras finezas.
Ya vuelve, Señor, más fino,
mi afecto a buscar la gracia,
que en vos no faltó al que vino
a ilustraros la victoria,
con ostentarse rendido.
Ea, Señor, no la ausencia
acredite vuestro olvido.
Y vos, Soberana Hija
del Padre, Madre del Hijo,
a quien por esposo dieron
al Espíritu Divino;
pues abogada os aclama
el infeliz peregrino,
que en este mísero valle
de lágrimas vive hóspido,
oigáis mi súplica, pues
se ausenta el esposo mío.
Baja la Virgen en una tramoya.
No, María, no se ausenta,
que a mí concederme quiso
que yo asista a tus fatigas,
dando a tus males alivio;
y así, dime lo que pides.
Que, pues me está permitido
que yo en mi casa labrase
un beatorio que, de hospicio,
además de ser albergue
de las que sin pena a Cristo
servir pudiesen, a los que
la redención de cautivos
volviese a su amada patria,
intercedáis que, propicios
los mares, blandos los vientos,
surquen, suave y tranquilo,
el vago piélago undoso;
porque, de vos conducidos,
lograr pueda yo la dicha,
que los primeros han sido
que en esta casa han entrado,
de alojarlos y servirlos;
esto humildemente os ruego.
Ya lo tienes concedido,
y aun más por mi intercesión
alcanzas, pues el asilo
has de ser de las borrascas;
y tanto, que el afligido
que, fluctuando, te invocare,
sobre los salobres rizos,
te verá (como notorio
en los venideros siglos
lo aprobarán los anales
de tu vida en los escritos).
Y para que esta verdad
tenga en tu abono principio,
la nao que del rescate
llega al puerto en el conflicto,
se halla de una borrasca;
aquí en el fiero enemigo
alienta con los impulsos
de sus rencores nocivos;
y quiero que, porque queden
sin fuerzas sus poderíos,
fiando de ti otra empresa
a que también reducidos
tiene a otros dos infelices
su diabólico artificio,
que, esferas rasgando el aire,
acompañada conmigo,
por ti consigan la dicha
de librarse del peligro.
Para explicar tal ventura,
¿qué idioma ha de haber, ni ha habido?
Ven, amada sierva mía.
¡Quién tal dicha ha merecido!
(Vuelan, y salen Don Pedro, Don Fadrique, Blanca, Don Guillén y Claudia.)
Recogida a mi señora
en su oratorio la dejo,
y si gustáis de avisarla,
iré, porque al cumplimiento
desta visita no falte.
No la llames, que no vengo
a estorbarla, pues es solo
mi venida y mi deseo
saber cómo está, y lo mismo
Blanca, Fadrique y Don Pedro
pretenden; y así, entretanto
que sale, divertiremos,
siéndola grata molestia,
del esperar.
Allá dentro
Fray Bernardo de Corbaria
está.
Según eso, infiero
que será mejor entrar
a emplear el breve tiempo
en su amable compañía.
Mejor será que así entremos.
Vamos; ¿tú no vienes, Blanca?
Yo no, señor, que pretendo
esperar aquí a mi prima,
para que logre mi afecto
ser la primera que alcance
los agrados de su cielo.
(Vanse.)
Está bien; Don Guillén, vamos.
(Vase.)
¡Ay, María, quién creyera,
sin que las especies borre
de aquel cariño primero,
dijera que ansiosa el alma
trocar pudiese tan presto
las esperanzas de esposo
en tan honestos deseos,
que solo se logran cuando
veneración y respeto
hacen que, al mirarte, viva,
por ver que sin verte muero!
Ya que lograr a mis solas
el ver este papel puedo
que de Ricarte me dio
Claudia, y ni un solo momento
ocasión para leerle
tuve; pues sola me veo,
sepamos, alma, sepamos
Lee.
lo que contiene. "Mi dueño,
supuesto que me has escrito
que fue solo fingimiento
esa mentida apariencia
del voto y recogimiento,
por saber cuánto tu padre
muerte te diera, que cuerdo
el ser mía permitiese,
y aquesta noche has resuelto
esperarme en el jardín,
cuando ya el mudo silencio
a las demás que te asisten
tenga entregadas al sueño,
y que no venga, me adviertes,
sin que fletada primero
deje embarcación que pueda
conducirnos a otro reino,
para que no se dilate
con esperar, te prevengo
tengas abierto el postigo
del jardín, como por cierto
que tu Ricarte no falte
a obedecer tus preceptos."
¡Ay de mí!, ¿qué es lo que he visto?
¿Qué es lo que he mirado, cielos?
María, ¿cómo es posible?
Mas, ¿qué dudo? Que los celos
en sospechas de infelices
amantes, ¿cuándo mintieron?
Mas la virtud de mi prima,
no es posible, no lo creo.
¡Qué haré, ay de mí, que en trabada
lid batallan en mi pecho
la verdad y la mentira!
Neutral el conocimiento,
ni me acerco a la evidencia
ni de la duda me alejo.
Pero, ¿qué dudo?, ¿qué dudo,
cuando pueden mis recelos
satisfacerse con solo
ir al jardín, donde espero,
o vivir de un desengaño,
o morir de un escarmiento?
Vase, y salen don Ricarte y Pernía.
¿Qué me dices?
Lo que pasa.
¿Por qué no esperaste?
Bueno.
Cuando su padre y su tío
ni un instante ni un momento
se apartaron de ella...
Infame,
¿ahora te vienes con eso?
Pues, ¿con qué quieres que venga,
si hablarla no pude?
Necio,
no te faltará ocasión,
pues pudiera ser, saliendo
a algún negocio los dos,
a ti te la diesen luego
para traer la respuesta.
No fuera, porque saliendo
a visitar a su prima
ella, los dos y don Pedro,
todos cuatro de consuno,
fuera en vano.
¡Vive el cielo,
villano, que has de pagarme
el pesar!...
Señor.
Sale Roberto.
¿Qué es esto?
El romperme la cabeza,
por lo que culpa no tengo.
Pues, ¿qué ha sido?
Que se viene
sin respuesta.
Aquesto niego,
que se la di de cabeza,
bien cumplida y por entero,
respondiéndote mis cascos
a preguntas de tu acero.
¿El papel que esta mañana
llevó a Blanca?
Ya lo entiendo,
y aquesa ha sido la causa,
tu enojo aliviar espero,
que presumiendo haber errado
de Blanca, juzgando su afeto,
en mí ha hecho el aguardo,
con traerte la respuesta.
¿Cómo?
Como Blanca, yendo
con los tres, según te ha dicho
ya Pernía, y como es cierto,
antes de entrar en la casa
de su prima, seña haciendo
de que de su velo alzase,
le dejó caer al mismo
umbral de la puerta, antes
de entrar, por haber ya hecho
reparo en que yo allí estaba,
y podría tomarle, y esto
se acredita con que queda
mejor decírtelo él mismo.
Dale el papel.
¿Quién creyera que mi contrario
viniese a ser mi San Telmo?
Pues del próximo enemigo
tan malos son los consejos,
que a mi amo desengaña,
falta cargo, que recelo
que es algún diablo, según
se alegra del mal ajeno.
Llegó a su fin mi ventura.
Aparte.
A Don Ricarte Moncada.
No llegó tal, pues infiero
que a la desdicha principio
antes ha de dar.
Contento
presumo que te ha dejado
lo que has leído.
Es tan nuevo
que reine en mí la alegría,
tanto a los pesares hecho,
que no admiro que lo extrañes.
Pues, ¿qué dice?
Lee.
Escucha atento.
Agradecida a las ansias
de vuestros nobles afectos,
confiada en la palabra
que por tan segura tengo
de que mi esposo seréis,
en el jardín os espero
de mi prima, que en su casa
podré quedarme fingiendo
alguna excusa, y mirad
que si quedarme resuelvo,
no es para hablaros, que solo
es advertiros mi intento
de que tengáis prevenida
embarcación, y resuelto
me saquéis de aquí esta noche;
pues en diferente reino
lograr podréis lo que aquí
no es posible, pues el fiero
rigor de mi padre impide
negarme aqueste consuelo = Blanca.
¿Qué dices?
que es cosa
tan fácil, que yo me ofrezco
a tenerte prevenida
la embarcación.
Yo agradezco
tu cuidado, y pues no es
posible hallar otro medio,
según dice, aprovecharnos
deste es el mejor acuerdo.
¿Yo he de quedarme?
No.
Malo.
Pero sí quieto aquí.
Bueno.
Espía secreta podrás
avisarme todo aquello
que en mi ausencia sucediere.
Bien dices.
El detenernos,
pues que ya la noche baja,
no es acertado. Tú luego
ve a la marina y apresta
la embarcación, mientras dejo
yo todo lo necesario
para partirnos dispuesto.
Pues yo voy a obedecerte.
Vanse.
Yo a esto voy.
Paséase por el tablado.
Y yo me quedo;
pero, pues la noche baja
tan obscura que bostezo,
parece sin duda del
alma de algún tabernero,
a la casa de mi Claudia
paso entre paso me acerco,
por ver si pudiese hablarla,
que traigo en el entrecejo
una picazón que llaman
por antonomasia celos,
aunque en nosotros implica
contradicción el tenerlos.
Esta es la casa, si esta
la que paso, si el reflejo
del farol no me ha engañado,
por el corredor yo quiero
llamarla: ce, ce.
¿Quién llama
a estas horas con ce, ce?
Un mendigante.
Sale.
Pues Dios
le provea, que no puedo
por ahora socorrer
su necesidad; ¿qué veo?
¿Eres tú el pobre Pernía?
Yo soy.
Pues, ¿qué quieres, necio?
Saber si ya arrepentida
de hacerme tantos desprecios
estás, y te hallas conforme
de que los dos nos casemos.
Buena pregunta.
¿Tan mala
es?
¿Ahora vienes con eso?
Ahora, porque me importa
más que piensas el saberlo.
¿Por qué?
Porque me veo apurado,
quiero que me des, te ruego,
a cuenta del dote algo.
¿Qué te he de dar, si no tengo
sobre qué caer?
¿No es
andar buscando rodeos,
y echando por atajos,
a sacarte de tropiezo?
Vete, que pueden salir
mi amo, Fadrique, y don Pedro,
que adentro están de visita.
¿No vino Blanca con ellos?
Sí, pero Blanca al jardín
bajó.
¿A qué?
A tomar el fresco,
la noche de Navidad.
No reparas, majadero,
que, mejor que tales noches,
nunca hizo mal el sereno.
Pues vete.
¿De esta suerte
me despides?
Vase.
No profeso
otro estilo con los hombres
como tú.
Tempestad.
Yo te prometo,
cotorrona, que de mantilla
capilla hiciste; ¡qué truenos,
rayos, relámpagos, y agua,
tiran de repente!
Dentro.
¡Cielos,
amparad a una infelice!
¿No es de Blanca aqueste acento?
Suyo es, que como tan cerca
el mar está de este pecho,
que el temporal a los tres
les cogió de medio a medio,
poco después de embarcados;
pues la voz no se oye lejos.
Dentro.
¡Amaina la mayor!
Dentro.
¡Cía
la escota!
Dentro.
¡Que nos perdemos!
Dentro.
Pues el mísero barquillo
a pique se va, apelemos
a la inclemencia del agua.
Dentro.
¡Sirvan los brazos de remos,
al agua, al agua!
Dentro.
Esta tabla,
infeliz beldad, asiendo,
procura salvar la vida.
Esto es malo, pues al tiempo
mismo que mi amo peligra,
sin duda un bajel, corriendo
fortuna, el mar le embaraza
poder arribar al puerto.
Según oí, pero a mí
más me conviene que yendo
a enjugarme me repare.
Vase. Aparécese el Ángel en una parte con algunos cautivos, y en otra don Fadrique con Roberto, Blanca, Ricarte y dos marineros.
Y queden ellos diciendo:
Todos a pique nos vamos
sin amparo y sin remedio.
María, dame socorro.
Todos juntos la invoquemos.
María del Socorro, valnos.
Baja María.
Ya el dragón soberbio
aplaca del mar la furia.
Pues aunque el poder inmenso
hacerlo pudiera, quiere
que pues fuiste el instrumento
de su peligro, lo seas
de su amparo, de esos infelices aliento.
Baja asiendo hasta llegar a la tabla do está.
Ya te obedezco.
Ya el mar aplaca su furia.
Ya llegamos, Roberto,
a tierra para que Blanca,
que desmayada contemplo,
se repare.
Toma a María, que la ampara asido de entrambos, para que segura pueda bajar a Blanca de la tabla.
Adentro.
Sube el Ángel.
¡Salva en tierra!
¡Al puerto, al puerto!
Gracias a Dios, que ya libres
de la tempestad nos vemos.
Recuesta a Blanca entretanto,
por si al ruido del estruendo
don Guillén y los demás,
que en el otro navío salen,
por estar cerca acudieron
con la gente, que al socorro
vino del mísero leño;
que yo, si acaso han salido,
toda la playa corriendo
para volver a avisarte,
por si no vuelve tan presto
del desmayo, la pesquisa
voy a hacer.
Bien lo has dispuesto.
Mientras reclina Ricarte a Blanca sobre un peñasco, detiene María a Roberto que quería irse.
Ya frustradas tus cautelas
has visto.
Mas no por eso
desmayo, pues aún me quedan
para poder atraerlos
al precipicio, esperanzas.
Yo en la piedad espero
del que es todopoderoso,
que la forma disponiendo
de que te vales, conozcan
tu engaño, siendo tú mismo
quien la verdad declarando
haga el error escarmiento.
No me impidas, no me impidas
el paso.
Vase Roberto.
Libre te dejo,
¡Qué escucho!
pues su castigo
para otra ocasión reservo.
Sin duda con don Guillén
acaso encontró Roberto,
y deteniéndole el paso
con otros está, que espero
iré, mientras vuelve Blanca,
a hallarle a su lado.
Vase.
¡Oh, ciego,
cuánto inadvertido, pues
siendo tu peligro cierto,
apenas un riesgo salvas
cuando das en otro riesgo.
Blanca, Blanca.
¿Quién me llama?
Quien aliviar tu tormento
solo en tu busca ha venido.
María, pues ¿cómo a fiero
huracán... di, ¿do mi culpa
aquí?, ¡ay de mí!, hablar no puedo.
Vuelve en ti, y asegurado
tu temor, ven me siguiendo.
Si yo inadvertida y ciega...
No tus disculpas espero.
¿Cómo...?
Como solo pide
la enmienda el conocimiento,
sígueme pues.
Vanse y sale Ricarte.
Ya te sigo,
¡ay de mí!, que un monte intento
mover, pues torpe las plantas
conmigo misma tropiezo.
Vase y salen María y Blanca.
A nadie encontré, sin duda
fue vaga ilusión del viento.
Blanca, pues no me responde,
y sin duda que no ha vuelto
del desmayo; mas sobre esta
peña quedó, y no la encuentro.
Mal presumí, pues sin duda
mientras yo falto, en su acuerdo
restituida, el no verme,
que en mi busca y su recelo
la ha portado a la orilla
del mar, buscarla pretendo.
Ya que el peligro, Blanca, se asegura,
que fatal anuncia tu desventura,
huyendo de riesgo tanto,
tras dejar la copia de tu llanto,
pues ansioso tu anhelo
pudo a piedad mover al que del cielo
hacedor soberano
al verte despeñar, tan divina mano
tenderte quiso, que en tan triste suerte
luchado hubieras con la infausta muerte.
Y advierto, no publique tu cuidado
nada de lo que has visto que ha pasado,
pues por medio del mal tu dicha alcanza
ver de su bien lograda la esperanza.
Solo en esta ocasión la pena mía
pudiera conseguir por ti, María,
ver tras de tanto anhelo sucedido
que el mal en bien se hubiese convertido.
Di que conmigo en mi oratorio estabas.
Sale Claudia.
¿Quién es?
Yo soy.
Tú me llamabas.
Yo te llamé, ¿qué hacías?
Esperando
a que tú me llamases, y escuchando
estaba aquella plática suave
de fray Bernardo, que tan dulce sabe
reducir sin violencia y sin engaño
la perdida ovejuela a su rebaño.
Don Pedro, don Guillén y don Fadrique
con él están también.
Que se dedique
de mi obediencia el fiel y justo celo
a los dos, pues los dos en tierra y cielo
me dieron consiguiente la victoria
del triunfo temporal para la gloria;
llámalos.
Excusada es la advertencia.
pues oyendo tu voz a su presencia
supongo que vienen ya.
(Salen Don Fadrique, Don Guillén, Don Pedro, Fray Bernardo y Fray Pierres)
Soberana mía.
Hija amada.
Señor,
Madre María.
Padre, sus pies me dé, que a ellos me ofrezco.
Más cerca están mis brazos.
No merezco
tal dignidad.
Más gloria en mí sería
besar sus pies, que dar la mano mía.
Los dos de santidad ejemplo han sido.
Quien, cielos, tanto bien ha merecido,
no sé lo que en el pecho me contemplo
al mirar de virtud tan nuevo ejemplo.
Ay, María, que sin violencia pudo,
de mi pasado error rompiendo el nudo,
hallar norte la fe que a ti me inclina,
que humana te juzgué, y eres divina.
Dadme, señor, la mano.
Alzad del suelo,
que esta tierra incapaz de tanto cielo.
Primos, con bien vengáis.
¿Cómo podría
no serlo quien logró tu compañía?
¿Qué hora será?
Estaba ahora contando
las once.
Pues que ya se va acercando
la hora.
A disciplina esto me suena,
mira en qué colación de Nochebuena.
De maitines víspera es ahora
en que al mundo nació para alegría
de los vivientes, y terror eterno
del que triste morada hizo Averno,
de aquel Sol de Justicia Soberano,
que todos me dejéis aquí os suplico
sola con fray Bernardo.
No replico,
siendo en un padre esta la vez primera
que obedecer al hijo alegre espera.
Ni yo a impedirte aspiro.
Yo, obediente a tu voz, ya me retiro.
Yo también, mostrando así el efecto
del que es tan inviolable tu precepto.
Váyanse.
Tú también.
De buena gana.
Mas, ¿con quién me he de ir?
Conmigo, hermana.
(Vanse menos Fray Bernardo y María)
Dichoso padre mío,
la hora en que consagraste el albedrío,
quedó a ser alma unida
para poder mostrarme agradecida
al esposo de quien la unión dichosa
me hizo esclava feliz, siendo su esposa.
Démosle gracias, pues al Uno Trino,
que de pan tan humilde a darnos vino
con la salud del alma,
de la gloria inmortal la eterna palma.
Y a la que de luceros coronada
en claustro virginal le dio morada,
para que mejor hoy se frecuente
nuestra oración mental, digo...
Detente,
que de Dios enviado a tus anhelos,
rasgando los celestes paralelos,
prevenirte, María, es ya forzoso,
previsto por el Todopoderoso,
que antes que el sol dorando valle y monte
precipite su luz a otro horizonte,
has de ir de su piedad ya satisfecha
a darle estrecha cuenta...
¡Oh, bien estrecha!
Llora, pues en el número ha excedido
mi maldad a las que hayan cometido
todas las criaturas que nacieron.
Y para que conozcas cuán inmensa
su bondad infinita es, te dispensa
desde su sacro imperio
a verse manifiesto aquel misterio
que contemplando estabas;
y mañana en la iglesia a do acabas
escuchar en el sacro sacrificio
de la misa con que este beneficio
a tu desvelo advierte,
que si quiso impedírtelo la muerte
al ver ya tan cercana tu partida,
el sumo bien te le concede en vida.
Y porque al ver de Dios enamorado
a Bernardo le fue de tanto agrado,
quiso, porque su celo más se aumente,
como a tu confesor, esté presente.
Gracias es bien que mi humildad ofrezca,
al que dispuso tanto bien merezca.
Cúmplase del Señor en esta esclava
la voluntad, pues si pavesa acaba
la vida, a un soplo cuando reverbera
en otra eternidad lucir espera.
(Descúbrese la apariencia del nacimiento.)
Vuelve los ojos y verás ahora
nacer el sol de la mejor aurora.
Atiende bien y advierte
a lo que ves, pues de la misma suerte
que aquí se representa
le cree la fe, del evangelio cuenta.
Pues en un portal se encierra
quien dio a Luzbel tanta guerra
muriendo por las criaturas,
gloria a Dios en las alturas
y paz al hombre en la tierra.
Alba de la luz más pura
que allá en su mente formó,
aquí sola te crió
excepción de la criatura
para gloriosa clausura
del que con piadoso anhelo
rasgó de la culpa el velo,
y al verse también hallado
le pareció a su cuidado
no haber salido del cielo.
Dulce bien, manso cordero,
a quien juzgó la injusticia
de la cruenta malicia,
pendiente de aquel madero.
Y cuando os juzgó severo,
de tanto rigor esquivo,
al sentaros vengativo
habiéndoos tan mal pagado,
por veros apasionado
os comprendió compasivo.
Sin mi amable compañía.
Sin vos me turba el pecado.
¿Cómo así me habéis dejado?
Sed mi norte, luz segura.
Pues, Señor, ¿lleváis a María?
Pues sois soberana estrella,
¿Cómo he de vivir sin ella?
Pero, ¿qué me desconfía?
Si me falta en ella el día.
Con protectora tan bella.
(Cúbrese la apariencia.)
Ya, María, que has logrado
ver del modo que nació
en un portal entre pajas,
A que ser a todo Dios,
y a que la hora se acerca
que mi voz te señaló
porque de este valle pases
al alcázar de Sión,
a pagar como criatura
lo que debes al Creador,
¿qué respondes?
No me admira,
soberano embajador,
que me lo preguntes, pues
para entenderlo mejor
siempre a Dios más bien sonaron
las voces del pecador
que no, cuando las disculpas
remite a la intercesión,
que he de responder gozosa,
ufana y alegre estoy,
pues está en su voluntad
de convenir con amor.
Aquí se cumpla, que es cuanto
buscaba mi corazón.
{Vuela.}
Que yo, rasgando la esfera,
a dar la respuesta voy
a quien, abiertos los brazos,
dará a la virtud premio.
¡Qué maravilla!
¡Qué angustia!
¡Qué alegría!
¡Qué aflicción!
{Cae desmayada, y salen don Guillén, don Fadrique, Blanca, Claudia, don Pedro y Pierres.}
Pues no dilatar la dicha
me conviene... ¿a qué espero?
Mi obediencia, Padre, Blanca,
Don Pedro... pero, ¡ay!, la voz,
la respiración me falta
para la pronunciación.
¿Qué nos quieres?
¿Qué das voces?
¿Qué nos llamas?
¿Qué asusto
te inquieta?
Un accidente
tan improviso asaltó
la constancia de su pecho
que a este extremo la obliga.
¡Qué pena!
¡Qué desconsuelo!
Todo el cielo se eclipsó.
Desmayo será, sin duda.
{Salen Ricarte, Roberto y Pernía al paño.}
No temáis, pues el Señor
nos concederá que vuelva.
Aquí con tal precisión
me traes, cuando ya de Blanca
me aseguraste que entró
en su casa.
Testimonio.
¿No es Ricarte el que ahora entró
con Roberto?
Ya que amar
a mi amo no le abrasó,
quiere ver si entre las llamas
anega su perdición.
¡Ay de mí! ¿Qué más quiere?
Forzado lo vengo yo,
¿qué me quiere esta María,
que más tormento me dio
que las virtudes que ejerce
de su nombre la alusión?
¡Ay de mí!
¡Albricias, que vuelve
en sí!
¡María!
¡Señor!
que sientes
di que te aflige
Solo la humana pensión
a cuya deuda obligado
todo lo mortal nació
y pues es fuerza pagar la
y el espacio que midió
el brebe tránsito asido
quien de mi me enajenó
para que viese entre sueños
la verdad como ilusión
escuchadla atentos todos
ricarte ya se llegó
el tiempo en que tu esperanza
consiga el ser posesión
y así pidiendo a Fadrique
la debida permisión
que espero que no me niegue
a blanca le has de dar hoy
la mano
pues como
aquite
que es el camino mejor
que allar pudieron mis ruegos
para quietud de los dos
no replico
Yo combengo
en ello
Yo se la doi
satisfecho y obligado
bien lo merece mi amor
acaba esta boda
Y muerte
que una misma cosa son
roberto
no os asusteis
di pues que la permisión
de tu fingida apariencia
fin en mi tránsito dio
para que todos lo sepan
quien eres pues el señor
que aqui para esto te induze
sabes que assi lo hordeno
apesar de la obediencia
Y ahora escuchadme todos
aquel brillante lucero
que la soberbia apago
Yo aqui tomando la forma
de roberto a quien mato
su hermano ricarte
fuego
miren si lo dige yo
de mi sangre el agresor
que escucho cielos yo os sigo
a tal insulto le induze
aquel hombre a quien le dio
a los tres la fiera muerte
por alta disposicion
fue el ya difunto roberto
que del sepulcro salio
para librar a su hermano
del peligro en que le bio
a ruegos de don guillen
bernardo
no sino yo
y diganlo mis costillas
ay ermano de mi vida
los quejidos que el tartaro asordio
El ardid que fomento
con dos papeles mi engaño
el saberlo no importo
pues se libraron del riesgo
prebenidos a quellos dos
para quien yo le prebine
solo por la imbocacion
que a maria del socorro
Húndese.
hicieron, como logró,
al mismo auxilio la nave
que a salvamento arribó,
que es la que de Argel nos dio
la esperada redención;
pues ardides ni trazas
que mi cautela inventó,
ya frustradas por María,
de ningún provecho son.
Sepúltense en el abismo
mi soberbia y presunción.
¡Qué maravilla!
¡Qué asombro!
¡Qué espanto!
¡Qué admiración!
¡Qué prodigio!
Absorto quedo.
¡Oh, inescrutable favor!
¡Qué pestilencial perfume!
¡Qué perversísimo olor!
Ya, padre amado, ya, Blanca,
ya, fray Bernardo, llegó,
pues el crítico accidente,
palpitando el corazón,
a impulsos de la dolencia
el espíritu postró.
Ya vuelvo a decir, la hora
se cumple de que al Señor
el espíritu encomiende.
¡Qué lástima!
¡Qué dolor!
María, abogada y madre,
válgame tu intercesión,
hoy, que al Creador le vuelvo
el alma que me entregó.
¡María!
Madre, interceda
por mí con su Creador.
¡Salve!
Mi llanto me anega.
Baja la apariencia en que vienen los ángeles para subir el alma.
Jesús, Jesús.
Ya expiró.
Arrullóse la paloma.
Agafarito voló.
Mas, ¿qué reflejos...?
¿Qué luces...?
¿Qué admirable resplandor?
Que baña la región del aire,
parece que se bajó
a la tierra todo el cielo.
Verdad es, no presunción;
Ésa sí que es nochebuena,
que a un muerto así entierran, no.
Sube la apariencia.
Suba a gozar a la gloria
de los favores de Dios,
quien de su casta pureza
la honestidad conservó.
Vosotros, mortales,
no lloréis, no, no,
a quien desprecia al mundo
por una eternidad, a que aspiró.
Vamos a llorar su falta.
No es medio a tanto dolor.
Y aquí acaba la comedia.
pidiendo humilde el autor
que supliendo los yerros
le concedáis el perdón.
Laudes.