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Texto digital de María del Socorro

Data de publicação: 22 de agosto de 2026

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Comedia
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de María del Socorro. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/maria-del-socorro.

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MARÍA DEL SOCORRO

Pag. 1

Cubierta del manuscrito. En el lomo tejuelo con la signatura "Mss 15779". Abajo marca de agua: "Biblioteca Nacional de España".

Pag. 2

Xx - 161

Mss. 15779

Página en blanco.

Pag. 3

Página en blanco

Pag. 4

279

"Comedia nueva intitulada: María del Socorro, Beata Mercenaria;" Compuesta por Agustín Manuel. Representóse en Madrid, a fines de diciembre, 1693; según se infiere de las aprobaciones y licencia que la preceden. Probablemente inédita. No consta en los catálogos. Tomo 3.º - 7.ª

Pag. 5

2 1ª Madrid, 20 de diciembre de 1693. El autor lleve esta comedia al señor doctor don Agustín Guerrero para que la vea y me dé aviso con su parecer de lo que dijere. Larrañaga

Esta comedia no tiene cosa contra la fe ni buenas costumbres, antes bien exhorta a las más perfectas. Madrid y diciembre 21 de 1693. El doctor don Agustín Gallo Guerrero

Ilustrísimo señor: Habiendo recurrido con el doctor don Agustín Gallo Guerrero a la casa de Agustín Manuel, que ha escripto esta comedia de María del Socorro, a verla ensayar, y por la precisión del tiempo, que no da lugar a volver a pedir a vuestra ilustrísima...

Jornada primera

Pag. 6

decreto para que vuestra señoría la vea... digo que está con todo primor y decencia escrita, y que por su acierto merece una y muchas licencias de vuestra señoría para que se represente. Vuestra señoría mandará lo que más fuere servido. Madrid, 21 de diciembre, 1693. Don Pedro Francisco Lanini Sagredo Madrid y diciembre 21 de 1693. Dase licencia para que se haga esta comedia.

Comedia nueva intitulada María del Socorro, beata mercenaria =

Personas Don Guillén de Cerbellón Don Fadrique Centellas Don Ricarte Moncada Roberto, su hermano, y el Demonio, que hace uno mismo Don Pedro Centellas Fray Bernardo Corbaria Fray Pierres, lego Pernía, gracioso Doña María Cerbellón Doña Blanca Centellas Claudia, criada Un niño que hace a Cristo Una niña que hace a la Virgen Dos ángeles Criados y música

Salen por una puerta Ricarte de noche, y por otra Roberto, su hermano, que será el que ha de hacer el Demonio.

Don Ricarte Moncada.

Oscura noche fría,

trémula emulación del claro día,

Roberto.

póstumo que del sol aborto asombra

ver que al morir su luz nazca tu sombra,

Don Ricarte Moncada.

cifra del sueño,

Roberto.

efigie del espanto,

Don Ricarte Moncada.

di, tu pálido velo,

Pag. 7

Roberto.

de tu manto,

Don Ricarte Moncada.

mi amor se vale, que de ti se fía,

para poder lograr ver a María.

Roberto.

De ti me valgo por mostrar no en vano

ser más que fino amante, noble hermano.

Don Ricarte Moncada.

Claudia, de quien mi amante desvarío

se valió, que sirviendo al dueño mío

mi esperanza asegura,

diciendo que esta noche la ventura

de hablarla lograré, según colijo,

mi hermano me avisó que ella le dijo.

Sin duda esperará.

Roberto.

Claudia en efeto,

tercera de mi hermano con secreto,

me dijo que esta noche ver podría

por el jardín Ricarte a su María;

lo cual yo le avisé, mas receloso

de Don Pedro, que se acerca celoso,

con el traje mentido,

por no ser de ninguno conocido,

al postigo he llegado

del jardín por si acaso en él ha entrado,

guardarle las espaldas prevenida

mi atención, y tenerle la salida

asegurada si es que no ha venido;

porque sepa que cauto y prevenido,

por si no logra el lance la ventura,

con mi valor el suyo se asegura.

Don Ricarte Moncada.

Y así, ¿qué me detengo?, mas ¿qué veo?

Roberto.

Un hombre, si no miente el devaneo

de la tejida sombra.

Don Ricarte Moncada.

Un hombre, ¡cielos!,

si no es vaga ilusión de mis desvelos.

Roberto.

A mí se acerca.

Don Ricarte Moncada.

Me embaraza el paso.

Roberto.

Si Ricarte será...

Don Ricarte Moncada.

Si es este acaso

Don Pedro, mi enemigo,

mas, fingiendo ser yo él, mejor consigo

saberlo; pues oyendo que pretenda

valerme de su nombre, el que se ofenda

del engaño es preciso, y se declare.

Roberto.

Mas porque no averigüe, si acertare

a no ser él, quién soy, mejor infiero

será disimularme.

Don Ricarte Moncada.

Caballero,

el paso he menester desocupado.

Roberto.

Pase, quien se lo estorba.

Don Ricarte Moncada.

Pues a un lado

del postigo se aparte.

Roberto.

Este es mi hermano,

si no dice quién es, pretende en vano

conseguirlo.

Don Ricarte Moncada.

Fingir la voz pretendo:

soy Don Pedro Centellas.

Roberto.

Ya lo entiendo,

engañome la noche.

Don Ricarte Moncada.

Pues, ¿qué espera,

a apartarse?

Sacan las espadas.

Roberto.

Sí haré, de esta manera.

Don Ricarte Moncada.

Don Pedro es, mi recelo no fue vano.

Roberto.

Así cumplo conmigo y con mi hermano.

Pag. 8

Cae.

Roberto.

mal, ¡ay de mí!, valedme, vos, María.

Cae dentro.

Roberto.

Jesús, mil veces, muerto soy.

Entra por una puerta y sale por otra.

Llama.

Don Ricarte Moncada.

Ya, cielos,

satisfecho mi honor, vengué mis celos,

y asegurado ya de mi enemigo,

entraré en el jardín, pero, ¿qué digo?

Que si alguno a pasar la calle acierta,

y esta puerta abierta

del jardín de María, no ignorando

que ambos la pretendimos, juntos cuando

lo han publicado las enemistades

que tantas veces las parcialidades

de la una y otra parte han difinido,

confirmarán por cierto que yo he sido

el agresor, y pues tan cerca veo

de la Merced el templo donde creo

que Fray Bernardo de Corbaria sea

quien piadoso me valga, cuando vea

el influjo fatal que me persigue,

pues es fuerza también que a ello le obligue

ver con el justo amor y noble celo

que mi hermano Roberto y yo al anhelo

devotos le asistimos, de que tenga

veneración, y a más su culto venga,

hablarle determino,

para que enmiende mi fatal destino,

con hacer que el cadáver se sepulte

con secreto por que mejor se oculte,

que yo fui, pues pensar es evidente,

no viéndole por fijo, estar ausente.

Aquesta es la portería,

aunque es tan de noche quiero

llamar, que al fin el portero

sabe que esta casa es mía,

y que mi gran devoción,

que no tengo otra virtud,

merece más, mi inquietud

se mira en mi turbación.

Llamo, pues.

Fray Pierres.

¿Quién va? Deo gracias.

¿Quién llama con tanto brío?

Don Ricarte Moncada.

Ricarte soy, padre mío,

ya conoce mis desgracias,

ábrame presto.

Fray Pierres.

Ya iré,

no se aflija, entre en buen hora.

Don Ricarte Moncada.

Cierre agora.

Fray Pierres.

Cierro agora.

¿Y qué la desgracia fue?

Don Ricarte Moncada.

Maté a un hombre.

Fray Pierres.

¡Qué osadía!

Don Ricarte Moncada.

Soy en estremo infelice.

Fray Pierres.

Sí será, pues que lo dice,

mas diga, por vida mía,

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Fray Pierres.

Si en qué bueno y sano está,

si al difunto muerte ha dado

a hombre tan desgraciado,

el difunto, ¿qué será?

Don Ricarte Moncada.

¿Qué importa, si quedo yo

sujeto a que me suceda?

Fray Pierres.

Sí, pero en efecto queda,

si el difunto no quedó.

Porque Bernardo ha quedado / de obligarle a interceder / por él, y de ventura que / se le podrá recatar.

Sale Fray Bernardo Corbaria.

Fray Bernardo Corbaria.

¿Quién era que a aquesta hora

le obligó la puerta a abrir?

Fray Pierres.

Él se lo podrá decir,

si es que, como yo, lo ignora.

Fray Bernardo Corbaria.

Señor Ricarte, ¿qué es esto?

Don Ricarte Moncada.

Una desgracia improvisa

donde me importa que aprisa

me favorezcáis; me ha puesto

en tal estado, que calle

su nombre es bien; que en un punto

que se recoja un difunto

que queda en esotra calle,

me importa honor, ser y vida,

pues no hallándole allí yo,

no corro riesgo, pues no

sabrán que fui su homicida.

Fray Bernardo Corbaria.

¿Conocisteis el difunto

quién fuese?

Don Ricarte Moncada.

No, no lo sé,

que un lance rifado fue,

de su tragedia el asumpto.

Fray Bernardo Corbaria.

Pues al remedio acudamos,

con presteza vamos luego.

Fray Pierres.

Por cuanto tocará al lego

cargar con él.

Fray Bernardo Corbaria.

Vamos.

Don Ricarte Moncada.

Vamos.

Fray Bernardo Corbaria.

¡Eh, hermano, y otros dos

le traerán!

Fray Pierres.

Venga conmigo

a enseñarnos.

Don Ricarte Moncada.

Ya le sigo.

Fray Pierres.

San Cosme, San Babilés.

Don Ricarte Moncada.

Ya que malograda veo

con este azar mi ventura,

por ser tan tarde, apresura

en ala de mi deseo,

noche, el curso que dilata;

pueda la aurora reír

de ver cómo ha de dormir

el sol en lechos de plata.

Vanse, y sale Doña María triste y Claudia.

Claudia.

No con la pena, señora,

que indica tu triste llanto

aumentes más el quebranto

que alegre celebra Flora.

Doña María Cerbellón.

Es tan sensible mi pena,

Claudia, que a igual proporción

Pag. 10

Doña María Cerbellón.

de gusto a mi corazón

y al pesar la condena.

Claudia.

¿Y no podré yo saber

de ese penar y sentir,

de ese gustar y sufrir,

cuál la causa podrá ser?

Doña María Cerbellón.

Cuando el alivio imposible

considero, en explicarle,

llegando a comunicarle,

dos veces se hace sensible;

al mal, y fiero, provoca

a que dos penas reciba

el alma, y sin gusto viva

todo lo que al gusto toca.

Claudia.

Señora, de mi lealtad

que a mis trazas el discurso

puede llamar a concurso

para darte libertad,

declárame tu pasión,

dime tu pena inhumana,

no sujete infiel tirana

a la mejor Cerbellón.

Doña María Cerbellón.

Decírtela determino,

aunque con bastante susto.

Claudia.

Mi ingenio a todo tu gusto

hallará firme camino.

Doña María Cerbellón.

Heredera de mi casa

nací; mi padre, furioso,

pretende, dándome esposo,

hacerme de su honor basa.

Yo aspiro, de Dios esposa,

a la corona y la palma

virginal, dejando el alma

en prisión tan amorosa.

Si a mi padre obedecer

llego, mi dicha malogro;

si no le obedezco, logro

en su rigor más poder;

con que llegando a dudar

del mal que estoy padeciendo,

crece, activo, obedeciendo,

y se extingue por amar.

Mira si podré decir

con pena tan rigurosa,

que, triste a un tiempo y gustosa,

llego viviendo a morir.

Claudia.

Digo que poca razón

tienes para tu tristeza,

cómo, con tanta nobleza,

duda de tan dulce unión,

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Doña María Cerbellón.

Déjame sola, y no intente

otra vez tu aleve labio

pronunciar algún agravio

contra quien mi dicha aumente.

Claudia.

Yo, señora.

Doña María Cerbellón.

¿No te vas?

Vase.

Claudia.

Obedecerte es preciso.

Atraviesa el Niño Jesús el teatro en un tris con una tunicela blanca y arrodíllase Doña María.

Doña María Cerbellón.

Con dolor tan indeciso,

amado mío, ¿qué haré?

Niño.

Observar la castidad

es el alivio más cierto.

Doña María Cerbellón.

Y si a observarla no acierto,

Ocúltase el Niño. Córrese una cortina en medio del teatro y se ve en apariencia a Nuestra Señora y dos ángeles.

Niño.

mi madre seguridad

te dará, pues su pureza

para esposa la previno

del Espíritu Divino.

Doña María Cerbellón.

Pero ¿cómo la rudeza

de mi espíritu podrá

conseguir tan gran favor?

Virgen.

María, el ardiente amor

de Dios le conseguirá.

Baja mientras la música.

Música.

Y así espera gozosa,

felice y constante,

de tu dulce amante,

que logres el premio

saliendo triunfante

del dragón horrible,

del monstruo arrogante.

Doña María Cerbellón.

¡Quién tan sabia protectora,

soberana emperatriz,

pudo merecer feliz!

Virgen.

Quien tanto bien atesora,

así armada de la fe

y de ardiente caridad,

Pag. 12

Ángel.

Espera con humildad

que yo, hija, te ayudaré,

para que con animoso

valor a ti misma venzas

y venciéndote convenzas

al enemigo engañoso.

Doña María Cerbellón.

Desde luego sacrifico

obediente mi albedrío,

pues ignorando ser mío,

como tuyo le dedico.

(Vase subiendo con la misma música que bajó.)

Música.

Y así espera gozosa, etcétera.

Doña María Cerbellón.

¡Quién, dulce esposo, tan dichosa fuera,

que serafín amante se abrasara

en tu divino amor y renaciera,

porque con más fervor sacrificara!

Pues a mí, Señor, el mismo incendio me lograras,

por tan activo ardor, por favor santo,

aclamarte en el cielo santo, santo.

Quien casta madre, reina soberana,

paloma hermosa, mar de perfecciones,

cuya intacta pureza a la tirana

culpa eximió de nuestros corazones,

y dotada de su gracia más que humana,

publicará del orbe en las regiones

que era su sola cándida azucena,

basa de perfección, de gracia llena.

(Sale Claudia.)

Claudia.

Señora, tu prima entrar

quiere a verse y solo espera

tu licencia.

Doña María Cerbellón.

¿Quién pudiera

de quietud sola gozar?

Dila que aquí estoy.

(Salen Doña Blanca y Don Pedro, que viene hablando con ella.)

Claudia.

Ya viene

a cobrar ella el recado.

Don Pedro Centellas.

Ya sabes muero abrasado

de su beldad, y conviene

que interceda por mi amor.

(Aparte.)

Doña Blanca Centellas.

Digo, hermano, que lo haré;

de ese modo quitaré

de celos el vil rigor

que Ricarte, poco atento,

causa en mi altivez furiosa.

(Aparte.)

Don Pedro Centellas.

Perdonad, María hermosa,

entrar hasta aquí. Ya siento

más esta dulce pasión,

que por su acción cortesana,

fue, acompañando a mi hermana,

rendiros el corazón.

Doña María Cerbellón.

Mucho a vuestra cortesía

mi justa atención venera,

y para que mayor fuera,

que os fueseis estimaría;

porque me importa que a veros

no llegue mi padre.

Claudia.

Cierto,

se ha quedado el hombre muerto.

Don Pedro Centellas.

Mi gusto es obedeceros.

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Aparte.

Vase.

Don Pedro Centellas.

Su belleza peregrina

cautiva me tiene el alma.

Doña Blanca Centellas.

A una tan penosa calma

tu tristeza me destina,

prima mía, que ni el llanto

puede desahogar mi pecho,

que advertiré satisfecho

si te alegras.

Doña María Cerbellón.

Cuando el llanto

melancólico aplacar

puede del cielo el rigor,

razón es en el dolor

constante perseverar.

Doña Blanca Centellas.

Tampoco es razón, María,

que dando vida al tormento

niegue a tu entendimiento

la cordura que le guía.

Dios ama la penitencia,

pero su benignidad

a nuestra fragilidad

suple con la omnipotencia.

Aunque es verdad que el pecado,

por ser tan grave la ofensa

a la justa recompensa,

le deje al hombre obligado,

como Dios es ofendido

del que ofende, el pecador

solo su infinito amor

le pone a la gracia unido.

Doña María Cerbellón.

Nunca es el hombre más necio

que cuando su inobediencia

de la amable penitencia

hace cobarde desprecio.

Si Dios piadoso permite

que llorando mi desgracia

el aumento de la gracia

cuidadosa solicite,

¿por qué desagradecida

a quien tanto me ama y quiere

(bien de que vivo se infiere)

no he de ofrecerle mi vida?

Pag. 14

Doña María Cerbellón.

¿Qué importa que el cuerpo pene

con ásperos ejercicios,

si los gustos son indicios

de que el alma se condene?

Razón es que el hombre espere

en Dios misericordioso,

pero el juicio riguroso

es razón que considere;

pues si esto considerara

el alma ciega en su vicio,

¿en qué gustoso ejercicio

constante perseverara?

Lógreme ya el desengaño

en un vivo sentimiento,

feliz de la gracia aumento,

remedio a tan triste daño;

anegue en llanto mi pecho

porque mitigue el enojo;

de mi dolor el despojo

sea el corazón deshecho,

así llegando a advertir

que pudo estar condenado

por su atrevido pecado,

pene para más vivir.

Doña Blanca Centellas.

Sabiendo por qué la culpa

te mueve a la austeridad,

¿qué particularidad

te estorba de disculpa

que el matrimonio te exima?

Pag. 15

Doña María Cerbellón.

Conservar mi virginidad siquiera.

Doña Blanca Centellas.

Él la coloca en grandeza,

que a perfecta la sublima,

y más cuando la nobleza

eslabona a la hermosura

una afectuosa cordura,

una sin igual riqueza.

Doña María Cerbellón.

Solo por mi dueño quiero

a quien discreto y amante,

deseoso y vigilante

por mi bien le considero.

Claudia.

Señora, tu padre entró

con retiro en el jardín.

Doña María Cerbellón.

Mi tío y padre, ¿a qué fin?

Algún mal recelo.

Salen al paño Don Guillén y Don Fadrique.

Aparte.

Doña Blanca Centellas.

Yo

me alegro de esta manera;

se dispondrá que mi hermano

le dé de esposo la mano

a María, aunque no quiera.

Don Guillén de Cerbellón.

Como es razón agradezco

los favores que recibo

de vos, don Fadrique.

Don Fadrique Centellas.

Vivo

siempre deudor, y engrandece

mi ventura, pues alcanza

mi casa en su aclamación

el timbre de Cerbellón.

Aparte.

Doña Blanca Centellas.

Lógrese ya mi esperanza.

Don Guillén de Cerbellón.

Mas ya que al jardín entramos

y en él a nuestras hijas vemos,

vamos y las hablaremos.

Don Fadrique Centellas.

Vamos en buen hora.

Salen de los paños.

Don Guillén de Cerbellón.

Vamos.

Doña María Cerbellón.

Dame, buen Jesús, constancia,

porque apartarme no pueda

de tu divina vereda.

Aparte.

Claudia.

Ya cesará su arrogancia.

Don Guillén de Cerbellón.

María.

Doña María Cerbellón.

Padre y señor.

Don Fadrique Centellas.

Blanca.

Doña Blanca Centellas.

Como el sentimiento

tanto de mi prima siento,

vine a templarle mi amor.

Don Fadrique Centellas.

Que su tristeza divierta

es para mí de gran gusto.

Don Guillén de Cerbellón.

Cese ya tanto disgusto

pues con venturas tan ciertas

Pag. 16

Don Guillén de Cerbellón.

no tiene lugar mi llanto.

Doña María Cerbellón.

Solo me podré alegrar

cuando a Dios llegue a gozar

con un celo justo y santo.

Don Guillén de Cerbellón.

Mas que la tristeza ahuyentes

es preciso por ahora,

supuesto que el sol minora

su esplendor a los vivientes,

despeñando el rubio coche,

con que con tal casamiento

da a mi vejez aliento.

Aparte.

Claudia.

Esto sabe a troche y moche.

Doña María Cerbellón.

Señor, pues tu esclava soy,

así mi defensa toca.

Vase.

Claudia.

¡Por Dios, que a pedir de boca

me viene la boda hoy!

Don Guillén de Cerbellón.

Vamos, hija.

Doña María Cerbellón.

Obedecer

tu precepto solicito.

Vase.

Don Fadrique Centellas.

Ya mi fortuna acredito.

Vase.

Doña Blanca Centellas.

Ya, amor, cesó el padecer.

Vase.

Doña María Cerbellón.

Dulce esposo, amado mío,

pues conoce mi bajeza,

guíe tu sabia grandeza

a ti rindo mi albedrío.

Vase. Salen Pernía y Don Ricarte Moncada.

Claudia.

Muy mal Ricarte asegura,

pues anoche no acudió,

y que hoy vendría avisó,

gozar de la coyuntura,

pues ya don Pedro, que ufano

con buenas cartas ha entrado,

esta polla se ha llevado,

ganándola por la mano;

pero el papel que ha enviado

se cayó. Dios sea conmigo,

no doy por mi vida un higo

si alguien de casa le ha hallado.

Pernía.

En fin, no tiene remedio.

Don Ricarte Moncada.

Pesado está el desvarío.

Pernía.

Plega a Dios.

Don Ricarte Moncada.

¿Qué?

Pernía.

No te cueste

la torta un pan.

Don Ricarte Moncada.

¿Qué motivo,

Pernía, te obliga a que

en el pleito de mi juicio

a ser fiscal te pasases?

Pernía.

El ver que ya le has perdido.

Don Ricarte Moncada.

¿Cómo, o en qué fundar puede

tu opinión?

Pernía.

Que oigas te pido:

tú me contaste que anoche,

porque me quedé dormido

en parte donde el hallarme

no era fácil, pues yo mismo,

aunque me busqué, no pude

por entonces dar conmigo,

de Claudia avisado que

abierto tenía el postigo,

Pag. 17

Pernía.

del jardín viniste solo

a la calle, y en el sitio

hallaste un hombre.

Don Ricarte Moncada.

Es verdad.

Pernía.

¿Y le diste muerte?

Don Ricarte Moncada.

Eso.

Pernía.

Tú me dijiste que era

don Pedro.

Don Ricarte Moncada.

Y ahora lo afirmo.

Pernía.

Pues vives muy engañado.

¿Tú le viste?

Don Ricarte Moncada.

No le he visto,

porque, como te he contado,

a la Merced le trujimos

en un ataúd, y luego,

por tener ya percibido

ser don Pedro, y porque nunca

supiesen que él había sido

el que maté, sin dejar

destaparle, le metimos

en mi bóveda.

Pernía.

Tú hiciste

un tamaño desatino.

Don Ricarte Moncada.

¿Por qué?

Pernía.

Porque no repara

en el adagio, que dijo:

"Guárdeme Dios de los muertos,

que solo haré de los vivos";

y en consecuencia de un cuento

tan cierto cuanto sucinto:

un devoto de las almas,

receloso del conflicto

de encontrar con los ladrones,

iba rezando quedito

por el ánima más sola

que carece del alivio.

Saliéronle los ladrones,

y cogido en el garlito,

dio a voces: "¡Aquí, almas!"

Y asaltados de improviso,

solo vieron los garrotes,

que, al son de sus huesos mismos,

un paloteado formaban

danzantes del otro siglo.

Don Ricarte Moncada.

Deja tantos disparates,

y dime de qué has sabido

que don Pedro no fue el hombre

que maté.

Pernía.

De que me dijo

Claudia, cuando tu papel

la llevé, donde el aviso

la enviabas de que esta noche

te espere, y que no haber ido

la pasada fue un acaso

a que acudir fue preciso,

que don Pedro esta mañana

con su padre, que es el tío

de tu María, encerrados...

Pag. 18

Pernía.

con don Guillén, tu enemigo,

padre también de la dicha

María, habían conferido

que esta noche desposase

con tu María su primo

don Pedro, hijo de Fadrique,

su hermano.

Don Ricarte Moncada.

¿Qué es lo que he oído?

Pernía.

Cansado ya don Guillén

de la repugnancia que hizo

al casamiento su hija,

pues porque este requisito

no falte, advertirse ha,

había, señor, venido

la dispensación de que

emprima en los dos primos.

Don Ricarte Moncada.

Son tantos y tan diversos

los casos no prevenidos, que imagino

que para mis desdichas nacen

mil donde una ha fallecido.

Dejo aparte el casamiento

ya tratado, pues impíos

los astros no lo embarazan,

no logrará su designio

don Pedro, si yo esta noche

las flores del jardín piso.

Pag. 19

Don Ricarte Moncada.

pretendiendo vengativo

que ceda la conveniencia

al estrago del castigo;

y voy solo, a quien sería

el hombre que tan altivo,

por solo estorbar mi dicha,

se labró su precipicio.

Y aunque aquí por una parte,

incrédulo a tus avisos

(que pudo mentirse Claudia),

estoy teniendo por fijo

ser don Pedro, pues restado

ninguno tan atrevido

sin importarle anduviera,

por otra también me rindo

a que será verdad, puesto

que no hallo ningún motivo

para imaginar que Claudia

pudiera haberte mentido;

y así, sin más dilatarlo,

ir al jardín solicito;

y por si dispensa el hado,

que en él el cielo divino

esté de María, tú

vuelve, y en cualquiera sitio

donde hallares a mi hermano,

de mi empeño le da aviso,

y que sin falta ninguna

se venga luego conmigo,

que como él esté a mi lado

no temo ningún peligro.

Pernía.

¿Dónde he de hallarle, si sabes

que en todo hoy no ha parecido?

Don Ricarte Moncada.

Pues está cerca, en la calle

de Blanca, tengo por fijo

que este, que como amante

idolatrará rendido

los umbrales de su casa.

Pernía.

Y si se está en ella escondido,

eso porque no estará

a lo que el buen

don Pedro aguarda.

Don Ricarte Moncada.

¡Qué loco!

pues si no hubiese salido

luego que le sintió don Pedro,

según dijeron, el

aviso fue de un postillón

con don Pedro.

Pernía.

Pues, como

su salida por andar

de día ofrece indicios

de haber estado encerrado,

Don Ricarte Moncada.

Y fue el empeño, digo,

mas supuesto que dices,

¿por qué cansar ese juicio?

Haz lo que te mando.

Pernía.

Voy;

y al difunto le suplico.

Pag. 20

Vase.

Pernía.

no pague un Pernía aquel

mal, que un Ricarte le hizo.

Don Ricarte Moncada.

Entre tanto que mi hermano

viene, pues tan cerca miro

la casa, iréme acercando.

Noche, el curso fugitivo

suspende, porque...

Dentro.

Roberto.

Ricarte.

Don Ricarte Moncada.

Mas, cielos, ¿qué es lo que he oído?

(¿Quién me ha llamado?) Sin duda

ficción de la idea ha sido,

pues a nadie veo y nadie

responde. Ya sí, prosigo;

¿en ir adónde?

Dentro.

Roberto.

Ricarte.

Don Ricarte Moncada.

Ya no es dudar, es preciso

que quien me llama, o quién es...

Roberto.

Yo.

Don Ricarte Moncada.

¿Quién eres?

Sale Roberto del mismo modo que le dieron muerte.

Roberto.

Yo.

Empuña la espada.

Don Ricarte Moncada.

Si prolijo,

apurarme la paciencia

con el "yo, yo", has pretendido,

a aqueste acero...

Roberto.

Detente;

no, segunda vez, impío,

derrame tu propia sangre.

Don Ricarte Moncada.

¿Qué dices?

Roberto.

Que soy...

Don Ricarte Moncada.

¿Qué he oído?

Roberto.

El que anoche diste muerte.

Don Ricarte Moncada.

Pues si vienes a lo mismo,

no tardarás en lograrlo.

Roberto.

Mira bien.

Don Ricarte Moncada.

Lo dicho, dicho.

Roberto.

No vengo sino a pagarte

el agravio recibido

con una fineza.

Don Ricarte Moncada.

¿Cómo?

Roberto.

Como en la patria en que asisto

no es nuevo se recompensen

por agravios, beneficios.

Vase a ir.

Don Ricarte Moncada.

Pues si alguno he de deberte,

sea decir a qué has venido,

que tengo que hacer.

Roberto.

Detente;

mira que para decirlo

te he menester muy despacio

y atento.

Don Ricarte Moncada.

Lindo capricho

para un hombre desesperado.

Di, si por fuerza he de oírlo.

Roberto.

Primero me has de hacer pleito

homenaje por testigo,

poniendo, de no romperle,

a la que tanto has debido,

que sola su intercesión

Pag. 21

Roberto.

bastó para este prodigio

aquella de quien devoto

fuiste, de que habiendo oído

lo que vengo a prevenirte

no rehusará el cumplirlo.

Don Ricarte Moncada.

Haré, mas sepa quién eres

antes.

Roberto.

No tengo permiso

para poder declararlo.

Don Ricarte Moncada.

¿Por qué?

Roberto.

No quieras los juicios

arcanos investigar

del que lo tiene previsto.

Aparte.

Don Ricarte Moncada.

Dices bien, no sé qué impulso

me obliga a no resistirlo,

cuando bastara el haber

antepuesto tal testigo.

Solo prometo, y de nuevo

la palabra te confirmo.

Roberto.

Pues sígueme.

Don Ricarte Moncada.

¿Dónde vamos?

Roberto.

Donde a ver lo sucedido

sepas lo que me preguntas

y lo que yo no te digo;

llegando a un tiempo los dos,

solo con que lo hayas visto,

yo a decirlo sin saberlo,

tú a saberlo sin decirlo.

Van andando.

Don Ricarte Moncada.

Vamos, pues, pero entretanto

que llegamos a este sitio,

por lo que antes te escuché,

que me satisfagas pido

a una duda.

Roberto.

Dila, pues.

Don Ricarte Moncada.

Sepa yo por qué al principio

de aquesta proporción

me dijiste que, no impío,

segunda vez derramase

mi sangre.

Roberto.

No es labio mío:

lo que se reserva al tiempo

debe decir, que es fijo

que lo que él encubre nadie

lo descubre como él mismo.

Don Ricarte Moncada.

Bien dices.

Roberto.

Pues vamos.

Don Ricarte Moncada.

Vamos.

Roberto.

Sígueme, pues.

Entran por una puerta y salen por otra.

Don Ricarte Moncada.

Ya te sigo.

Roberto.

¿Sabes dónde estás?

Don Ricarte Moncada.

Si mal

no me engaño, tú a aquel mismo

sitio donde yo venía

sospecho que me has traído.

Roberto.

¿Cómo?

Don Ricarte Moncada.

Como es el jardín

de don Guillén el que miro.

Pag. 22

Roberto.

Es verdad, y así otra vez

vuelvo a decir que advertido

de que a lo que oigas y veas,

aunque se te culpe el brío,

ni te muevas, ni respondas;

como tienes ofrecido,

te advierto que has de quedarte

al umbral deste postigo,

ya que abierto le encontramos.

Don Ricarte Moncada.

Esa novedad no admiro,

pues Claudia, para que entrase,

le abriría.

Roberto.

Muy distinto

es el efecto del que

piensas, y dígalo él mismo.

Quédanse a la puerta retirados de donde no abran del todo, y salen por el otro lado don Fadrique y don Pedro, y Guillén, que saldrá cerrando un papel que trae en la mano, como que le ha leído.

Don Guillén de Cerbellón.

Ya lo que aqueste papel

maldice, este basilisco,

con cuyas nocivas letras

mata, viendo o siendo visto,

contiene, sabéis.

Don Pedro Centellas.

Y absorto

me ha dejado.

[Aparte]

Don Fadrique Centellas.

De su estilo,

saco ser esta la causa

de haber tanto resistido

el casamiento María

con don Pedro.

Don Pedro Centellas.

Pero dinos,

¿a qué al jardín nos conduces?

¿Cuál es tu intento?

Don Guillén de Cerbellón.

Ya lo digo.

En el cuarto de mi hija

hallé el papel, que perdido

ella sin duda, le abría;

y hallé, abriéndole, leído

ser de Moncada, pues dice

que hoy, para ver convenidos

Moncadas y Cerbellones,

solo con que queda, fino,

ver esta noche a María.

[Aparte]

Don Ricarte Moncada.

Aquese es el papel mío.

Roberto.

Calla y atiende.

Don Guillén de Cerbellón.

Y prosigue

que, aunque juzgue por más digno

a don Pedro, don Guillén,

una vez que en poder mío

esté, será conveniencia

después, lo que antes delito.

Don Pedro Centellas.

¿Por qué, si ya lo sabemos,

añadís con referirlo

dolor al dolor?

Don Guillén de Cerbellón.

Porque,

aunque lo oísteis, colijo,

pues que procuráis la causa

saber por qué os he traído

Pag. 23

Don Guillén de Cerbellón.

al jardín, que no sabéis

bien del todo comprehendido.

Don Fadrique Centellas y Don Pedro Centellas.

¿Cómo?

Don Guillén de Cerbellón.

¿No acaba diciendo:

"y así, como prevenido

te tengo, y tendrás abierto

del jardín aquel postigo"?

Don Fadrique Centellas y Don Pedro Centellas.

Así es la verdad.

Don Guillén de Cerbellón.

¿Que cómo

dudáis que el intento mío

será, dándole la muerte,

dejar mi honor puro y limpio,

y de una vez acabar

con todos mis enemigos,

para cuyo efecto abierta

dejé aquesa puerta?

Don Pedro Centellas.

Ha sido

como tuya la advertencia.

Don Fadrique Centellas.

Solo una duda percibo.

Don Ricarte Moncada.

¿Quién vio caso más extraño?

Don Guillén de Cerbellón.

¿Y es?

Don Fadrique Centellas.

El no saber de fijo

cuál será de los hermanos.

Don Pedro Centellas.

Ya que es Ricarte, ¿no han dicho

los públicos galanteos?

Don Guillén de Cerbellón.

Y a no bastar este indicio,

¿no bastaba confirmarlo

el habérmela pedido?

Don Fadrique Centellas.

Y así...

Roberto.

Ya se ha llegado

la ocasión en que cumplido

lo que te advertí se vea;

oye y mira.

Don Ricarte Moncada.

No respiro.

Vase saliendo poco a poco.

Roberto.

Que lo que has de hacer después

sacarás del caso mismo.

Mira lo que prometiste.

Don Ricarte Moncada.

Y haré.

Don Pedro Centellas.

Si no me ha mentido

la noche, ya hacia la puerta

pasos siento.

Don Fadrique Centellas.

Y yo diviso

un bulto.

Don Guillén de Cerbellón.

Él es; mientras yo,

quién es le pregunte, omiso,

por detrás de aquesas murtas

vosotros sin ser sentidos

podréis, tomando la vuelta,

impedir que del retiro

de aquella puerta se valga,

y asaltado de improviso

muera, aunque a traición, que en casos

del honor nunca fue indigno.

Van cogiendo la vuelta, arrimados a los paños, hasta que le cojan de espaldas.

Don Fadrique Centellas y Don Pedro Centellas.

Así será.

Don Ricarte Moncada.

Y a mi riesgo

por evidentes confirmo

en lo que oí...

Pag. 24

Don Guillén de Cerbellón.

¿Quién va?

Roberto.

Quien

lo pregunta.

Cae en el suelo.

Don Guillén de Cerbellón.

Muera, amigos.

Don Fadrique Centellas y Don Pedro Centellas.

Cayó en tierra.

Don Guillén de Cerbellón.

Y tan muerto,

según se ve que remiso,

aún no le debió el aliento

la propiedad del suspiro.

Don Ricarte Moncada.

No lograrais la traición,

si como es cadáver frío

fuera yo, o no refrenara

con sus preceptos mi brío.

Don Pedro Centellas.

¿Qué habemos de hacer ahora?

Don Guillén de Cerbellón.

Que porque no se halle indicio

de este caso en esta gruta

(que ya es caduco edificio,

pues a las ruinas del tiempo

es padrastro del olvido)

lo metamos hasta tanto

que del silencio validos

de aquí podamos sacarle

solos los tres.

Don Fadrique Centellas y Don Pedro Centellas.

Bien has dicho.

Don Guillén de Cerbellón.

Y a la Merced le llevemos

donde quizá conmovidos

del ruego, o del interés,

darle sepulcro es preciso

los monjes de aquella casa.

Don Fadrique Centellas.

Ese es el mejor arbitrio,

y así no hay que dilatarlo.

Mientras cogen entre los tres el cuerpo dicen estos versos.

Don Pedro Centellas.

Vamos.

Vanse llevando el difunto.

Don Guillén de Cerbellón.

¡Cielo divino!

este borrón de mi fama

esclareció el valor mío.

Don Ricarte Moncada.

¡A tanto asombro como el alma admira,

e inútil el discurso ya delira,

o neutralmente, todos confundidos,

yacen en mi potencia los sentidos!

¡Cielos! ¿esto es verdad o lo he soñado?

Pero torpe, confuso y asustado,

en vez de huir el peligro que en él tengo,

al jardín segunda vez me vengo,

y pues no puedo osado

faltar a lo que ya una vez jurado

dejé, pues si esto aquí no me atajara

de la aleve traición yo me vengara;

al salir de él revuelvo, mas ¿qué veo?

Un hombre, si no miente el devaneo.

Sale Roberto por la misma puerta que va a salir Ricarte, con diferente vestido que el que tenía cuando le mataron.

Pag. 25

Don Ricarte Moncada.

De la ofuscada duda en que me miro

por donde he de salir entro, el retiro

destas murtas me valga,

por si entre tanto para que yo salga

hallo senda o camino

en la atroz influencia del destino.

Retírase en medio y dice Roberto, que se habrá paseado por el tablado mientras dijo Ricarte los versos de arriba, sin que lo divisase:

Roberto.

Pues ya de las alturas

mis inflexibles, vanas conjeturas

como de mi envidia engendradas

se ven desvanecidas y postradas,

y si el permiso tengo

para tomar la forma en que ahora vengo

de Roberto difunto,

no dilate momento, instante o punto

en que osada no muestre mi fiereza

que a la naturaleza,

flaco embrión del limo de la tierra,

mi imperio serle publicó la guerra

por atreverse ufano,

o quien no se acordará al soberano

imperio de la gracia

que mi soberbia, aun más que mi desgracia,

perdió, en cuyo trabado encuentro fiero

bajó centella la que fue lucero;

y que hacer que pierda no ha bastado

Claudia el papel que Don Guillén ha hallado,

para que fin tuviera

este devoto de María. ¡Fiera,

inútil rabia mía!

Ya, aunque lo remedie María,

Don Ricarte Moncada.

¿Quién será el que a sus solas cauto mide

la margen del jardín, si a mí me impide

que salir pueda?

Habla muy recio.

Roberto.

Empiece ya mi amago

a forjar nuevo ardid, en cuyo estrago,

pues este ha de vivir, esta María,

hija de Don Guillén, al ansia mía

(ya que conserve cuerda

su honesta castidad) su opinión pierda.

¿Dónde estará (que ya le busco en vano

en el jardín) Ricarte?

Sale afuera.

Don Ricarte Moncada.

Este es mi hermano,

que sin duda en mi busca entró su brío

hasta el jardín. ¡Roberto!

Roberto.

Hermano mío,

tú recatado. ¿Qué hay? ¿Qué ha sido aquesto?

Declárate.

Don Ricarte Moncada.

Sí haré, mas no en el puesto

en que al presente estamos,

que afuera lo sabrás, de aquí salgamos.

Aparte.

Alto.

Roberto.

No harás, sin que antes examine, ciego,

mi nuevo engaño. Vamos.

Pag. 26

Dentro, unos.

Criado.

¡Fuego!

Dentro, otros.

Criado.

¡Fuego!

Don Ricarte Moncada.

¿Qué escucho?

Roberto.

Que se abrasa,

al parecer, de Don Guillén la casa.

Don Ricarte Moncada.

¡Qué, ay cielos! Mas no juzgo forzosa

mi palabra en acción que es tan piadosa.

Roberto.

Eso sí; ¿dónde vas?

Vase.

Don Ricarte Moncada.

¿Qué me preguntas,

cuando concurren en mi pecho juntas

tantas obligaciones, que hoy espero

ostentar como amante y caballero,

a pesar del estrago devoroso,

fueros de amante y leyes de piadoso?

Dentro, voces.

Criado.

¡Fuego, fuego!

Roberto.

Eso sí, llegue a su extremo

mi furor.

Dentro, unos.

Criado.

¡Que me abraso!

Dentro, otros.

Criado.

¡Que me quemo!

Vase.

Roberto.

Pero, porque no note de cobarde

Ricarte mi valor, no es bien que tarde

en apagar el fuego, aunque sospecho

más inmenso el volcán que arde en mi pecho.

Dentro.

Doña Blanca Centellas.

¡Ay, infeliz de mí!

Dentro.

Doña María Cerbellón.

¡Cielos, clemencia!

Dentro.

Don Ricarte Moncada.

A pesar de la indómita violencia

de la intrépida llama que me ofusca,

te ha de librar quien tu socorro busca.

Dentro.

Roberto.

Lo hará, pues yo te guío.

Don Pedro Centellas.

Ya mi valor se atreve.

Dentro.

Doña María Cerbellón.

¡Padre mío!

Don Guillén de Cerbellón.

Ya mi caduco aliento,

a pesar del voraz, fiero elemento,

el peligro desprecia.

Don Pedro Centellas.

Ya mi anhelo

a un amparo se ofrece.

Sale Don Ricarte Moncada con Doña María Cerbellón en los brazos, desmayada.

Vuelve del desmayo.

Don Ricarte Moncada.

Ya el desvelo de mi ansiosa porfía

del peligro mortal saca a María;

sol eclipsado, no al fatal desmayo

faltó acá el día, si rematase el mayo.

Doña María Cerbellón.

¡Ay, infeliz de mí!

Don Ricarte Moncada.

Ya su luz pura

nuevo esplendor añade a su hermosura.

Sale Roberto con Doña Blanca Centellas en los brazos.

Roberto.

Libre ya del peligro, Blanca hermosa,

pues que el candor empurpura la rosa.

Doña María Cerbellón.

Pero, ¿qué es lo que veo?

Doña Blanca Centellas.

Mas, ¿qué miro?

Doña María Cerbellón.

Otro peligro.

Doña Blanca Centellas.

Ahógueme el suspiro.

Doña María Cerbellón.

¿Yo en brazos de...?

Doña Blanca Centellas.

¿Ricarte a otra primero

favoreció que a mí? ¡Ay, cielos, muero!

Don Ricarte Moncada.

Ya que mi dicha esta ocasión me ofrece...

Roberto.

Si esta fineza algo con vos merece...

Don Fadrique Centellas.

Ya el incendio voraz está apagado.

Don Pedro Centellas.

Mirad si alguna gente ha peligrado.

Don Fadrique Centellas.

¡Blanca!

Don Guillén de Cerbellón.

¡María!

Pag. 27

Doña María Cerbellón y Doña Blanca Centellas.

¡Ay de mí!

Don Ricarte Moncada y Roberto.

No nos asombres.

Dentro.

Claudia.

En el jardín están, porque dos hombres

a él vi que las pasaron,

los que del incendio las libraron.

Doña María Cerbellón.

Mi padre baja ya.

Doña Blanca Centellas.

Mi padre viene.

Doña María Cerbellón.

Idos, pues.

Doña Blanca Centellas.

Que os avisa.

Doña María Cerbellón.

¿Qué os detiene?

Don Ricarte Moncada.

¿Cómo, que en tal lance mal hiciera

si la ocasión lograda la perdiera?

Roberto.

Eso no, pues no debe mi cuidado

perder la dicha habiéndola encontrado.

Doña María Cerbellón.

No contra mi opinión así os detenga

un ciego error, que viene ya.

Don Ricarte Moncada.

Que venga.

Doña Blanca Centellas.

Que miréis por mi honor es bien que os ruegue,

si me estimáis; que llega ya.

Roberto.

Que llegue.

Doña María Cerbellón y Doña Blanca Centellas.

¿Qué intentáis aquí estando de ese modo?

Don Ricarte Moncada.

Que tú conmigo vengas.

Roberto.

Y tú, todo.

Doña María Cerbellón.

Mirad, qué osado.

Doña Blanca Centellas.

Ved, que de esa suerte...

Doña María Cerbellón.

La vida me quitáis.

Doña Blanca Centellas.

Me dais la muerte.

Doña María Cerbellón.

Señor, no me dejéis.

Doña Blanca Centellas.

Como esta injuria...

Baja un ángel.

Ángel.

Ya asisto en tu favor.

Roberto.

¡Pese a mis furias!

Mas yo me vengaré.

Doña María Cerbellón.

Mi mal mejora.

Doña Blanca Centellas.

Se permite...

Claudia.

Aquí están.

Salen Don Pedro Centellas, Don Guillén de Cerbellón, Don Fadrique Centellas, Claudia y cuatro criados con hachas.

Don Fadrique Centellas y Don Guillén de Cerbellón.

¡Hijas!

Claudia.

Señora.

Don Pedro Centellas.

Blanca, María.

Don Ricarte Moncada.

Pues perdida miro

la ocasión, a esta parte mi retiro.

Don Guillén de Cerbellón.

¿Quién en el incendio...?

Don Fadrique Centellas.

¿Quién en aquel estrago...?

Roberto.

Caduque el orbe a impulsos de mi amago.

Ángel.

Nada temas.

Don Guillén de Cerbellón.

Feliz logro sacaros.

Don Fadrique Centellas.

El riesgo despreció.

Don Pedro Centellas.

Pudo libraros.

Doña María Cerbellón.

Yo postrada, aun desmayo.

Doña Blanca Centellas.

Yo rendida.

Doña María Cerbellón.

No sé quién fue.

Doña Blanca Centellas.

No sé quién me dio vida.

Don Guillén de Cerbellón.

Pues vamos, ya que el cielo ha mejorado

el susto, donde queda reparado,

quedar del todo.

Doña María Cerbellón.

Vamos.

Doña Blanca Centellas.

¡Hados bellos!

Roberto.

Rasguen las nubes sus tupidos velos.

Al decir este verso el demonio, se hundirán las cuatro hachas debajo del tablado. Se llevará el ángel de la mano a María cuando lo avisen los versos, y se va.

Pag. 28

Pasarán todos como que se hallan en una tempestad oscura, saliendo Ricarte de donde está, obrando todos conforme lo avisan los versos.

Hombres.

¡Cielos! ¿Qué es esto?

Mujeres.

¡Tempestad furiosa!

Todos.

Bramando el viento, todo lo destroza.

Doña María Cerbellón.

¡Ay infeliz de mí!

Ángel.

¿Qué te acobarda,

el que siempre te asiste, ahora te guarda?

Vase.

Roberto.

Perezcan de mis iras al ensayo.

Todos.

Antes que no el relámpago, es el rayo.

Encuentra Don Guillén con Claudia y agárrala.

Don Guillén de Cerbellón.

Sígueme por aquí, María.

Claudia.

Bueno,

salve yo el rayo, ahora dé allá el trueno.

Encuentra con Ricarte Blanca.

Doña Blanca Centellas.

¿Quién va? ¿Eres tú, señor?

Don Ricarte Moncada.

Esta es María,

sígueme, que yo soy.

Doña Blanca Centellas.

La pena mía

de turbada a dar paso no se atreve.

Don Fadrique Centellas.

Blanca.

Roberto.

No ha de escucharte.

Don Fadrique Centellas.

El paso mueve.

Don Ricarte Moncada.

¿No vienes?

Encuentra Don Pedro con Don Guillén.

Doña Blanca Centellas.

Ya te sigo.

Don Guillén de Cerbellón.

¿Quién va?

Don Pedro Centellas.

Don Pedro soy.

Don Guillén de Cerbellón.

Pues ya conmigo

viene María, y Don Fadrique ha sido

quien a Blanca encontró.

Don Pedro Centellas.

Ya solo he oído.

Don Guillén de Cerbellón.

Huyamos el furor de la tormenta.

Don Pedro Centellas.

Bien has dicho.

Encuentra con Roberto Ricarte.

Roberto.

Ricarte.

Don Ricarte Moncada.

Ya se alienta

con tu favor la empresa que me ofrece

mi dicha.

Todos.

Pues se mira que más crece

la tempestad, huyamos.

Doña Blanca Centellas.

¡Qué recelos!

Roberto.

Vamos.

Don Ricarte Moncada.

Vamos.

Vanse todos.

Todos.

¡Piedad, socorro, cielos!

Laus Deo.

Jornada segunda

Pag. 29

Salen Ricarte, Roberto y Blanca.

Don Ricarte Moncada.

Pues que fuera del jardín

nos vemos y la tormenta

ha cesado antes que el alba,

esperezando risueña

albores de nieve y nácar,

a la aurora soñolienta

la obligue que desperdicie

en vez de lágrimas, perlas,

déme María...

Doña Blanca Centellas.

¿Qué escucho?

Don Ricarte Moncada.

Pues ya del peligro...

Doña Blanca Centellas.

Espera.

Don Ricarte Moncada.

Si se engañan los sentidos...

Doña Blanca Centellas.

Si es ilusión de la idea,

este no es Ricarte. ¡Celos!

Roberto.

¡Ea, ardid!

Don Ricarte Moncada.

¿Blanca no es esta?

Pues, ¿cómo...?

Doña Blanca Centellas.

Pues, ¿de qué suerte...

Roberto.

...que se asusta y que se altera?

Don Ricarte Moncada.

El ver que cuando gozosa

mi ventura juzgó que eras

María, la que sacaba

del jardín, la suerte adversa

dándome la que no busco,

la que solicita, niega;

pero cuando las venturas

Pag. 30

Don Ricarte Moncada.

de un infeliz fueron ciertas?

Doña Blanca Centellas.

El ver que cuando rendida

al peligro que me lleva

mi padre juzgo, me miro

en otro poder violenta,

y en poder de quien por otra

me tuvo, con que ya expuesta

es fuerza estar al desaire

de que mi altivez se vea

sujeta al civil desprecio

de sentir la contingencia.

Pero cuando la fortuna

así a una infeliz no premia...

Don Ricarte Moncada.

Yo, señora, ¿qué desprecio

puedo hacer de mi estrella?

¿Vuestro influjo previno

que yo por otra os tuviera?

Ni en mí es delito el engaño,

ni en vos liviandad la fuerza;

y más cuando estar presumo

de vuestra casa tan cerca,

que borrar consiga toda

malicia vuestra presencia.

Doña Blanca Centellas.

No dudo yo que el hallarme

en ella mi padre fuera

motivo a que no pudiese

concebirse la sospecha

de mi falta, si a este alivio

el riesgo no se siguiera

de haberme ya echado menos;

pues que, rendida mi flaqueza,

ha de haber notado, cuando,

ya la tempestad dispuesta,

mi reparo procurando,

conocido habrá mi ausencia.

Roberto.

No dice mal, pues ya

en tu poder está, tenga

su vida y honor reparo

en la tuya; que, ¿qué dijera

de tu proceder el mundo,

si su divina belleza,

expuesta al riesgo, dejases

de que honor y vida pierda?

Don Ricarte Moncada.

Dice bien, pero no hay

en los males más enmienda,

que al tropel de la desdicha,

cuando de alivio carezcan,

al reparo vamos.

Roberto.

Dile.

Doña Blanca Centellas.

No sé qué el alma recela.

Don Ricarte Moncada.

Tú, Roberto, enamorado

de Blanca...

Doña Blanca Centellas.

¡Quién tal creyera!

Don Ricarte Moncada.

sacrificaste a sus aras

toda un alma por ofrenda;

¿no es así?

Pag. 31

Roberto.

Sí, Dios felice,

mil veces si mereciera

que esa deuda del cariño

me pagase con la mesma.

Doña Blanca Centellas.

No entiendo qué habláis conmigo.

Roberto.

Si hubiera amor, me entendieras.

Don Ricarte Moncada.

Pues siendo su esposo...

(Hace que se va.)

Doña Blanca Centellas.

Calla,

no prosigas, cesa, cesa,

que en vez de aliviarle, dobla

al cautivo la cadena.

Yo me volveré a mi casa,

aunque arriesgo, vaya,

ofensa,

todo el furor del infierno

de mi padre.

Don Ricarte Moncada.

Tente.

Roberto.

Espera

tú también, que hacia esta parte

gente siento que se acerca;

y aun ojalá que quién es

no penetrara mi ciencia.

Doña Blanca Centellas.

¿Si será mi padre?

Roberto.

Vamos.

Don Ricarte Moncada.

Eso no apruebo, pues fuera,

si es él, querer que la fuga

conciba alguna sospecha,

y a reconocernos llegue.

Roberto.

¡Ay de mí, que ya a evidencia

paso, porque mis ardides

no se logren, que este sea

Fray Bernardo Corbaria!

Doña Blanca Centellas.

Mi enemigo.

(Aparte.)

Don Ricarte Moncada.

Que ya llega;

pues este umbral por acaso

no nos vio, tenernos pueda

ocultos de él.

(Aparte.)

Roberto.

¡Ay, que espanta!

(Salen Fray Bernardo Corbaria y Fray Pierres.)

Fray Bernardo Corbaria.

¡Cuánto desvela la propuesta!

Sígame y calle.

Fray Pierres.

¿Que siga?

Bien mal saco consecuencia

en el que calle.

Fray Bernardo Corbaria.

¿Por qué?

Fray Pierres.

Porque que no hable quien tenga

por qué callar es muy justo;

pero no el que hablarle fuerza

razón tan fundada como

que al cuarto del alba quiera

venir a ser de las calles

fantástica centinela.

Fray Bernardo Corbaria.

Importa.

Fray Pierres.

¿Qué importa?

Fray Bernardo Corbaria.

Aun más

de lo que presume o piensa.

Fray Pierres.

¿Le han llamado?

Fray Bernardo Corbaria.

No.

Fray Pierres.

¿Pues quién

le avisó?

(Aparte.)

Fray Bernardo Corbaria.

La providencia

del que en sí todo previsto

lo tiene.

(Aparte.)

Roberto.

Salióme cierta

mi conjetura.

Fray Bernardo Corbaria.

A mí, nadie.

Pag. 32

Don Ricarte Moncada.

¿Quién será?

Sale hacia donde está Fray Bernardo.

Roberto.

Tú aquí te queda

mientras yo le reconozco,

por si evitar el que vea

a Blanca conseguir puedo.

Fray Pierres.

Pues ¿a qué, antes que amanezca,

de casa sale?

Fray Bernardo Corbaria.

Dirálo

bien aprisa la experiencia.

Fray Pierres.

No le entiendo.

Fray Bernardo Corbaria.

Alguien me entiende

que entenderme no quisiera.

Roberto.

Déjame, Bernardo, pues

del cielo tengo licencia

para intentar con ardides,

industrias y estratagemas,

si borrar la devoción

puedo de este, o la pureza

de la que a Dios ama tanto.

Fray Bernardo Corbaria.

¿Quién impide tus cautelas?

Fray Pierres.

¿Con quién habla padre?

Fray Bernardo Corbaria.

Calla.

Roberto.

¿Tú, que a embarazarlas llegas?

Fray Bernardo Corbaria.

Tú mismo te contradices,

que uno es el que la defienda

y otro el que las embarace.

Según dices, bueno fuera

que tú al mal los inclinaras

y a su mísera flaqueza

no dispensase el auxilio

medios para la defensa

cuando embrazan el escudo

de Dios, uno en la perfecta

devoción que de María

de las Mercedes observa,

y otra en la perseverancia

del casto amor con que anhela

a ser esposa de Cristo.

Fray Pierres.

Que por más que lo pretenda,

no pueda entender lo que hablan

el padre y este, que apesta

con un olor así como

de aceitunas zapateras.

Roberto.

Pues prevénte a la batalla,

formando la competencia.

Fray Bernardo Corbaria.

Quien tiene a Dios de su parte

lleva la victoria cierta;

dígalo Roberto, pues

darle muerte no aprovecha,

de ti incitado su hermano,

para que de la clemencia

de Dios perdón no alcanzase.

¿Cómo conseguirle esperas?

El que ignorante no sabe

que murió, pues la licencia

como dices Dios te ha dado

por juicios que así reserva,

para que tomar pudieses

traje, voz, rostro y presencia

hasta que el tiempo se llegue

de manifestar quién seas.

Don Ricarte Moncada.

¿Qué hará mi hermano? Mas, ya

Pag. 33

Salen del paño.

Don Ricarte Moncada.

presumo que acá se acercan.

Y si no engaña la opaca

luz que, trémula, dispensa

aquí arrebatando sombras,

crepúsculos pestañea,

es fray Bernardo. ¿Qué aguardo,

que no le hablo? ¿Quién pudiera,

sino vos, Padre, aliviar

los temores que me cercan?

Fray Bernardo Corbaria.

Ya, señor Ricarte, ya,

informado cuáles sean,

pues Roberto, vuestro hermano,

lo sucedido me cuenta...

Fray Pierres.

Su hermano, mejor Roberto

del diablo decir pudiera.

Fray Bernardo Corbaria.

No hay para qué en referirlos

tiempo u ocasión se pierdan.

Vais a acudir al reparo,

nos importa con presteza,

después que anoche el incendio

quiso con voraces etnas

reducir el edificio

de don Guillén en pavesas;

sin pasar de ser amago

lo voraz de su inclemencia,

pues aunque no excusó el susto

al principio, solo dejas,

de la confusión del humo,

la no excusada molestia,

me avisó que no dejase

de verle así que amanezca

para conferir un caso

que comunicarme es fuerza

tan importante que solo

a mi atención le reserva.

Yo a obedecerle venía,

pues a tiempo en que se pueda

reparar de Blanca el riesgo,

tanto como aquí os inquieta

de cuidados, podéis iros

a descansar, que a mi cuenta

queda el alivio de Blanca.

Doña Blanca Centellas.

Dejad que a las plantas vuestras

diga que nunca a Ricarte

le di ocasión...

Fray Bernardo Corbaria.

No pretenda

disculparse quien tan clara

oí su verdad manifiesta.

Don Ricarte Moncada.

Dejadme que una y mil veces

a vuestros pies agradezca

tanto bien.

Vase.

Fray Bernardo Corbaria.

Señor Ricarte,

el error pide la enmienda,

no os fiéis del que quizá

en sus palabras alberga

el áspid de la malicia,

ni tampoco consecuencia

hagáis de este caso, pues

no se vio siempre ser cierta

la opinión vulgar, que dice

no hay mal que por bien no venga.

Id con Dios.

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Vase.

Fray Pierres.

A diablo del

Roberto huele, que apesta.

Don Ricarte Moncada.

A Dios guarde. Ven, Roberto.

Roberto.

Ya te sigo.

Vase.

Don Ricarte Moncada.

Blanca bella,

el cielo os haga dichosa.

Vase.

Roberto.

Y permita que agradezca

mi afecto.

Doña Blanca Centellas.

Tarde ese alivio

tendréis, pues lidian opuestas

en mí dos inclinaciones

tan contrarias, tan diversas,

que los desprecios estimo

y desprecio las finezas.

Vuelve Fray Bernardo.

Fray Bernardo Corbaria.

¿No venís, Blanca?

Doña Blanca Centellas.

Ya os sigo.

Fray Bernardo Corbaria.

No temáis.

Vanse, y salen Claudia y Pernía.

Doña Blanca Centellas.

Nada recela

quien lleva en vos el escudo

del reparo por defensa.

Claudia.

¿A qué, di, tan de mañana

vienes aquí, no sabiendo

la noche que hemos pasado

donde juzgamos por cierto

amanecer chicharrones

fritos, sin sartén?

Pernía.

A eso

respondo que, yendo yo

al jardín con el intento

de ver si acaso a mi amo

en él hallaba, supuesto

según dijo anoche que

amante osado y resuelto

a él iba, mientras que yo,

con tanta hambre como sueño,

calle abajo y calle arriba,

en busca fui de Roberto;

que sin duda algún demonio

debe de ser, en el centro

se esconde para que hallarle

yo no pudiese; y a Mendo,

cochero de casa, y pues

no ignorarás cuán estrechos,

por concomitancia, amigos

son lacayos y cocheros;

dicho se está que lo sabe,

porque él me contó el suceso.

Y pues en breve y espacio

tu pregunta he satisfecho,

a la mía satisface,

pues de ti saber deseo

lo primero en el estado

que está nuestro amor, y luego

en el estado en que está

de tu amo el casamiento,

si anoche la habló mi amo,

si ha salido o está dentro,

si por ventura has visto

aquel diablo de Roberto,

que él es Roberto del diablo,

pues se esconde en el infierno.

Claudia.

Cinco cosas me preguntas,

y a todas cinco pretendo

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Claudia.

responder. Y aun añadirles

a las cinco, otras que pienso

te importen saberlas, porque

requisito más, o menos,

no me calumnies que falto

a las citas del enredo.

En cuanto a mi amor, ya sabes

que soy tuya, suponiendo

que hemos de partir iguales

tercerías y provechos.

Cuanto al estado en que está

de mi ama el casamiento,

entre el será y no será,

hay el sí quiero, o no quiero.

En cuanto a si habló con ella,

nihil; en cuanto a si dentro

está, nonis; en si he visto

por acá a su hermano, nego,

ergo, ya está respondido.

Pernía.

Etiam.

Claudia.

Ahora vade mecum.

Sabrás que los dos hermanos,

padre y tío de mi dueño,

menos echando a María,

echaron a Blanca menos.

Yo que encima del estrado

me quedé, duermo o no duermo,

ya lo conformaba cuando,

oigo, así como entre sueños,

que mi ama y Blanca llamaban;

hago como que despierto,

y como galga de muestra

venteándolas el acento,

vine a sacarlas con solo

el olfato de los ecos.

Fray Bernardo de Corbaria,

con quien mi ama, según pienso,

comunica allá los casos

de conciencia más secretos,

con ellas estaba, por

más señas que me dijeron

Pag. 36

Claudia.

que a mi amo estaba esperando

Fray Bernardo con un lego

tan liberal, tan cumplido,

tan cortés y tan discreto,

que si le vieras, presumo...

mas no hablemos más en esto.

O pues, todo de pe a pa

te construí por extenso,

sin reservar un tan solo

semicadente del cuento,

habido y aun por haber,

y llegué al quibus, laus Deo.

Pernía.

Todo ha estado muy cumplido,

pero lo que yo pondero

es la sabia legacía

con que alega el argumento,

ser legítima elegancia

de la doctrina del lego.

¡Vive Dios! ha sido parado

basilisco venidero,

y presente cocodrilo,

triforme excepción del sexo,

¿qué he de hacer?

Claudia.

Hacia aquí vienen

mis amos, déjate de eso.

Pernía.

¿Qué es dejar? No he de dejarlo

sin que tú dejes primero

la voluntad elegante,

o le he de dejar sin huesos

al lego, fondo en simplicio.

Claudia.

Calla.

Pernía.

¿Yo callar con celos?

Claudia.

Repara, Pernía, que

mi pundonor...

Pernía.

Salió huero.

Claudia.

Mi fama...

Pernía.

Es una...

Claudia.

Detente,

no alces el grito.

Pernía.

Sí quiero.

Claudia.

Vete ahora, que después

satisfacerte prometo,

que vienen mis amos.

Aparte.

Va a salir por donde viene Don Guillén.

Pernía.

Voyme

por no llegar al extremo

de hacer algún disparate

contigo, que valor tengo

para todo.

Si no fuera

estar temblando de miedo.

Viene Don Guillén, y así

me volveré.

Claudia.

Ten, que pienso

que ya no puedes salir,

pues el paso te cogieron

viniendo por el descanso

de ese corredor.

Pernía.

¿Qué haremos?

Claudia.

Que para que no te vean,

de este caracol secreto

que baja al jardín te valgas,

que yo iré a buscarte luego

que se hayan ido.

Pernía.

Yo voy,

pues no tiene otro remedio.

Claudia.

Y por si acaso bajasen

primero que yo, te advierto

que...

Pag. 37

Claudia.

que en ti hay donde esconderte,

en retiros de entresuelos.

Pernía.

Buena comisión me encarga.

Claudia.

Cierra y calla.

Pernía.

Callo y cierro.

Éntrase por la parte izquierda. Quedase Claudia en el tablado y salen Don Guillén, Don Fadrique y Don Pedro, Fray Bernardo y Pierres, Blanca y María.

Don Guillén de Cerbellón.

Esta fue la causa.

Fray Bernardo Corbaria.

No

me admira que, al echar menos,

hija y sobrina, forjasen

las dudas algún recelo;

pero de Blanca y María

sus virtudes conociendo,

sin reparar en que el susto

del estrago pudo aceros

dividir, pues en tal lance

solo a cuidar a su dueño

al reparo de la vida

no fue prudente el acuerdo.

Dígalo el lance, pues Blanca

hallando el postigo abierto

del jardín, como nos rige

senda o camino en los riesgos

el afligido, da siempre

a más felice, al primero

por él se salió, mas como

aun no cobrada, el aliento

embargado, mudo el labio,

torpe la planta, siguiendo

las huellas de su destino,

tropezando iba en su miedo,

sin elección, al discurso

bajaba su pensamiento.

Mandasteisme que viniera

al romper el día a veros,

y al entrar en vuestra calle

vi un bulto, y reconociendo

ser Blanca, y a su desdicha

refiriéndome el suceso,

a vuestra casa llegamos;

y hallando el portal abierto

al cuarto de vuestra hija

me llevó, y a nadie viendo,

fuimos buscando a María,

que, de su devoto celo

valida, en tantos asombros,

venció el sueño y desvelo,

y en su oratorio la hallamos

adonde nos visteis.

Doña Blanca Centellas.

Puerto

fue de mi infeliz borrasca

vuestra piedad.

Doña María Cerbellón.

Y del cielo

socorro, que en tales lances

no desampara a sus siervos.

Don Guillén de Cerbellón.

Pues ya que tanta ventura

hoy por vos lograda vemos,

como ver que se restauren

vida y honor, me prometo,

que de un caso en que a los tres

importa tanto el secreto,

como el acierto, en vos solo

hallaremos el consuelo.

Fray Bernardo Corbaria.

Señor Don Guillén, aunque

tan torpe y rudo es mi ingenio,

me servirá de disculpa

Pag. 38

Fray Bernardo Corbaria.

cuando no encuentre los medios

para acertar, que no yerra

el que yerra obedeciendo.

Don Fadrique Centellas.

Pues, entretanto que Blanca

y María divirtiendo

con sus honestos discursos

quedan este breve tiempo,

podremos tratar del caso.

Don Guillén de Cerbellón.

Venid, pues.

Fray Bernardo Corbaria.

Guarde os el cielo,

señoras.

Vanse los tres.

Doña Blanca Centellas y Doña María Cerbellón.

Ya Dios os guíe

como puede.

Don Pedro Centellas.

El alma dejo.

Fray Pierres.

Adiós, ninfa del catar.

Claudia.

Adiós, mi Adonis mostrenco.

Vase.

Don Pedro Centellas.

Ay, soberana María,

entre hermosos luceros

cuya influencia en el alma

tal veneración ha puesto,

que idolatra de sus rayos,

cuando a sus luces me acerco

reverencio los pesares,

cuanto con gozos respeto.

Blanca, pues que con María

te quedas, di la más necia

anduve, que aún con las ansias

me parece que la ofendo.

Doña María Cerbellón.

Claudia.

Claudia.

Señora.

Doña María Cerbellón.

Una cosa

por mí has de hacer.

Hablan aparte.

Claudia.

Ya la espero.

Doña Blanca Centellas.

Haré, pues a mí qué importa

que se logren tus deseos,

aún más que a ti, pues consigo

aquí vitarse con esto

el ansia que muero, muera,

padezca el mal que padezco,

viva del dolor que vivo

y pene como yo peno.

Doña María Cerbellón.

Cuando salga mi padre,

avisa.

Vase.

Claudia.

Ya te obedezco;

paréceme que Pernía

se ha de quedar al sereno

esta noche.

Doña Blanca Centellas.

Qué tristeza,

prima mía, ya depuesto

aquel impensado susto,

o qué pesar indiscreto

al nácar de tus mejillas

en terso candor ha vuelto

que vi en vos.

Doña María Cerbellón.

No me es posible

explicarte lo que siento.

Doña Blanca Centellas.

¿Por qué?

Doña María Cerbellón.

Porque la dolencia

de mi mal no estriba en serlo,

cuanto en no serlo estriba.

Doña Blanca Centellas.

¿El no ser mal?

Doña María Cerbellón.

Es cierto

que los achaques del mundo,

cuando más padece el cuerpo,

salud suelen ser del alma,

y así la dolencia tengo

en no adolecer parando.

Pag. 39

Doña María Cerbellón.

y es desear padecerlos

solo es de tales achaques

el antídoto más cierto.

Doña Blanca Centellas.

Tomarse el mal por su mano,

o desearle, que es lo mismo,

no presumo yo que pueda

ser virtud, como no apruebo

que lo sea el no casarse;

porque yo por virtud tengo

el matrimonio, que enlaza

dos almas en solo un cuerpo,

si la voluntad las une

recíproca; aún querer menos,

si un tanto le aborrece.

Doña María Cerbellón.

Uno y otro te concedo,

y errado, como dices,

del matrimonio aborrezco,

aunque el matrimonio amo.

Doña Blanca Centellas.

Pues, ¿cómo puede ser eso?

Doña María Cerbellón.

Como el que elige mi padre

sin examinar primero

si en naturales distintos

éramos los dos opuestos,

fue error, sin ver si confrontan

en trato, costumbre y genio

las inclinaciones nuestras.

Pues ser no puede uno mismo

el querer; mas si yo elijo

esposo de quien ya tengo

experiencia que me ama

y a mi voluntad atento,

como yo a la suya, entrambos

venimos a un querer cierto.

Virtud será el matrimonio,

de cuyo claro argumento,

sacando la consecuencia,

conocerás que no yerro

si por buscar al que amo,

al que no amo desprecio.

Doña Blanca Centellas.

Luego, ¿ya tienes esposo

elegido?

Doña María Cerbellón.

No lo niego.

Doña Blanca Centellas.

¿Sí a tu gusto?

Doña María Cerbellón.

Sí a mi gusto.

Doña Blanca Centellas.

Pues, don Pedro...

Doña María Cerbellón.

No es don Pedro.

Doña Blanca Centellas.

No te merece.

Doña María Cerbellón.

Antes yo

soy la que no le merezco.

Doña Blanca Centellas.

¿No ha agradado?

Doña María Cerbellón.

No confronta

mi voluntad con su intento.

Doña Blanca Centellas.

¿Por qué?

Doña María Cerbellón.

Porque ya entregada

la tengo a más noble dueño.

Doña Blanca Centellas.

Confirmóse mi sospecha,

sacia la venganza, celos.

Pag. 40

Doña Blanca Centellas.

llore mi tío su ofensa,

mi hermano sienta el desprecio,

su engaño mi padre note,

porque todos tres a un tiempo,

satisfaciendo su agravio,

den la venganza a mis celos.

Doña María Cerbellón.

¿Qué es lo que absorta y confusa,

a tú sola discurriendo,

mal hallada con tu pena,

riñe a tu pensamiento?

Vase.

Doña Blanca Centellas.

Solo discurriendo estaba

en tu libre devaneo,

atropellando de un padre

la obediencia y el respeto.

Y, más pues este delito

a otro tribunal infiero

que la apelación remite,

con tu locura te dejo.

Mas solo quiero advertirte,

si no dejas el intento,

que hay para el cuello dogales,

para el corazón venenos,

que donde honor es lo más,

todo lo demás es menos.

Tocan chirimías y aparecen la Virgen en una azucena cerrada y Cristo en un clavel también cerrado, que se abrirán en el aire luego que lleguen a su tope.

Doña María Cerbellón.

Oye, escucha, espera, aguarda.

¿Qué me ha sucedido, cielos?

Sin duda que mis palabras

como a dos sentidos fueron,

tuvo el malo en la malicia

más eficacia que el bueno.

Pero, ¿cómo yo me olvido,

ya que aquí sola me veo,

de esta pasión arrastrada,

de mi dulce amado dueño,

mayormente si memoria

hago del mismo despecho

que usó Blanca que me advierte

su reprensión por tan cierto

que donde Dios es lo más,

todo lo demás es menos.

Amante cuidadoso,

gloria del alma, susto del infierno,

monarca poderoso,

primogénito fiel del padre eterno,

asilo soberano,

antídoto feliz contra el tirano,

estrella refulgente,

aurora del mejor sol de justicia,

pozo de sacra fuente,

que borró al pecador de la malicia,

norte feliz cual cielo,

guía borrando de la culpa el velo.

Pag. 41

Niño.

Ya tu ruego, María,

Niña.

la humilde sierva de mi hijo amado,

Niño.

viene en mi compañía,

Niña.

conmigo viene más enamorado;

Niño.

mi madre oye con consuelo

Niña.

mi hijo a la vocación que has hecho al cielo.

Niño.

Que María se aflige,

Niña.

qué desconsuelo tu pasión molesta,

Niño.

tu queja a mí dirige;

Niña.

tu aflicción, tu angustia manifiesta,

Niño.

que ya en tu amparo vengo,

Niña.

que ya al amparo de tu pena atiendo.

Doña María Cerbellón.

Querido, amado esposo,

pura Virgen, amparo, norte, guía,

sabed si en mí es forzoso

obedecer a un padre, la fe mía;

y si será inobediencia,

o en mi humildad faltar a su obediencia.

Mi esposo, te venero,

y a ti, sacra reina, me dedico;

mi bien, te considero,

siempre en tu protección me sacrifico.

Ampárame piadoso,

concédeme a tu hijo por mi esposo,

al mundo menosprecio,

a ti servir intenta, humilde, el alma;

su vanidad desprecio,

porque logre mi fe la eterna palma

de esclava de tal madre

y de esposa de un hijo de tal padre.

Niña.

Ama, espera y confía.

Niño.

No dudes de la fe con que te quiero.

Niña.

Que cese la porfía,

Niño.

qué fino amante, qué esposo verdadero;

Niña.

que intenta su desvelo,

Niño.

ha de lograr conmigo el casto celo.

Tocan chirimías, y encúbrese la apariencia. Salen Don Guillén, Don Pedro, Don Fadrique, Fray Bernardo, y Pierres, Doña Blanca y Claudia.

Doña Blanca Centellas.

Tú verás cómo eres solo

quien se engaña.

Don Guillén de Cerbellón.

El que te crea

no es posible, cuando ya

tanta virtud y modestia

asegurado me tienen;

y más si es que considera

mi enojo, que ser no puede

Ricarte, cuando le deja

muerto en el jardín mi acero.

Don Fadrique Centellas.

No hay quien persuadirse pueda

a que sea cierto.

Don Pedro Centellas.

Te engañas,

que no es posible que quepa

en su virtud tal mudanza.

Doña Blanca Centellas.

Presto os dará la experiencia

el desengaño.

Fray Bernardo Corbaria.

Hasta entonces

cese vuestra competencia.

Claudia.

Mi ama fue siempre una santa.

Fray Pierres.

Mas sin vigilia, mi reina.

Doña María Cerbellón.

Señor, ¿qué es esto?, ¿qué pudo

ocasionarse a que vengáis

tan asustados a mi cuarto?

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Don Guillén de Cerbellón.

Querer de ti con certeza

saber, como Blanca dijo

que recelo, si la aspereza

con que a don Pedro no admites

es porque ya tienes hecha

elección de nuevo esposo.

Aparte.

Doña María Cerbellón.

Tu auxilio, Señor, merezca,

quien por conseguir su dueño

y a los peligros desprecia.

Sí, señor, esposo tengo

y de tan ilustres prendas

que es, sino amarle, delito,

y así, aunque la vida pierda,

a tus aras me dedico,

antes, Señor, que le ofenda,

ni de mi casto decoro

se profane la pureza.

Don Guillén de Cerbellón.

Esto mi furor escucha.

Don Fadrique Centellas.

Esto sufre mi prudencia.

Don Pedro Centellas.

Esto toleran mis celos.

Doña Blanca Centellas.

Esto mi desdicha ordena.

Don Guillén de Cerbellón.

Y furioso...

Don Fadrique Centellas.

E irritado...

Don Pedro Centellas.

E impaciente...

Doña Blanca Centellas.

De esta ofensa...

Empuñan los tres.

Don Guillén de Cerbellón y Don Fadrique Centellas y Don Pedro Centellas.

A mi acero.

Fray Bernardo Corbaria.

Teneos todos,

que engañados su inocencia

culpando hacéis al estrago,

recto Juez...

Don Guillén de Cerbellón.

No me detengas.

Don Fadrique Centellas.

No me estorbes.

Don Pedro Centellas.

No me impidas.

Doña Blanca Centellas.

Pague mi error.

Fray Bernardo Corbaria.

Vea que ciega

vuestra imprudencia se arroja

al precipicio, y atenta

vuestra cordura me escucha.

Satisfaré la que ofensa

juzgáis, del previsto daño

que a tal insulto os despeña.

Como solo Dios

basta para su defensa,

remitiéndome a su causa,

si me escucháis...

Don Guillén de Cerbellón y Don Fadrique Centellas.

Di.

Doña Blanca Centellas y Don Pedro Centellas.

Comienza.

Fray Bernardo Corbaria.

Aclamo este Señor dichoso,

a quien conseguir quisiera

en la admirable Salem,

una heredad que conserva

la gracia, con cuyo fruto

consiga la vida eterna.

Que innumerables caudales,

que temporales riquezas,

no dejará el que felice

esta heredad poseyera.

Esto supuesto, sabiendo

que la caridad perfecta,

para entrar en el Salem

fue siempre llave maestra,

la virtud de vuestra hija

a la castidad anhela,

no malogréis este fruto.

Pag. 43

Fray Bernardo Corbaria.

sazonele la prudencia,

y, si no, considerad

la amorosa sentencia

de aquel paciente pastor

que, dejando las noventa

y nueve, buscó celoso

en la otra la penitencia.

Ved que dice el Evangelio

que, sin mirar conveniencia

que el mundo ofrece inconstante

con su engañosa cautela,

le sigamos, despreciando

los cariños y flaquezas

de nuestros padres y hermanos

con voluntad tan resuelta,

que solo su amor supremo

a estos excesos nos mueva;

esta advocación felice

da a entender con evidencia,

en su virtud, vuestra hija,

que a tal esposo se entrega.

Reconoced vuestro engaño,

mirad que María es prenda

de un Adonai supremo,

de un Joab que en todo impera,

de un Sadai suficiente,

de un Sabaot, suma ciencia,

de un Geoba innominable,

de un Eloe que interpreta

hebreo Dios, y al fin,

un Jesús en quien se encierra

ciencia, poder y virtud

de las dos naturalezas.

Don Guillén de Cerbellón.

A mí me tiene el terror...

Don Pedro Centellas.

Mal haya mi torpeza.

Don Fadrique Centellas.

¡Qué eficaz exhortación!

Doña Blanca Centellas.

Con esto mi vida alienta.

Claudia.

Cartuja meterme pienso.

Fray Pierres.

Más santa es que yo en conciencia.

Fray Bernardo Corbaria.

¿Qué resolvéis?

Don Guillén de Cerbellón.

No estorbar

la advocación que pretenda

seguir mi hija.

Don Fadrique Centellas.

¿Quién, airado,

osara impedirlo?

Don Pedro Centellas.

Ofensa,

no seguir tan justo celo,

en quien la ama pareciera.

Doña Blanca Centellas.

Eso es muy cierto.

Doña María Cerbellón.

Yo intento

observar la santa regla

que mi confesor me diere.

Doña Blanca Centellas.

¡Ay, la abominable afrenta

que contra ti cometí!

Con presunciones groseras,

humilde perdón te pido.

Doña María Cerbellón.

El Señor te le conceda.

Don Guillén de Cerbellón.

Vamos a rendirle gracias

a la soberana Reina

del cielo, pues tantas dichas

hoy a su hijo dispensa.

Doña María Cerbellón.

Feliz quien llamarse puede,

ya, Señor, esclava vuestra.

Don Guillén de Cerbellón.

¡Qué maravilla!

Don Fadrique Centellas.

¡Qué asombro!

Doña Blanca Centellas.

¡Dichoso fin de mis penas!

Don Pedro Centellas.

¡Oh, con cuánto gozo el alma

de su pasión se enajena!

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Don Guillén de Cerbellón.

Padre Fray Bernardo, luego

para aquella diligencia

del jardín...

Fray Bernardo Corbaria.

Ya os he entendido,

y informado de las señas

dónde su fatal desgracia

y vuestra tía la dejan.

El hermano compañero

bajará para que sepa

a dónde para llevarle

le ha de buscar. Pierres, venga.

Fray Pierres.

Voy, adiós, luz de mis ojos,

Vanse.

Claudia.

malas cataratas tengas.

Sale Pernía en el jardín.

Pernía.

Oh, Claudia, no, pues me aquejas

la malicia que previno

tu maldad y mi destino.

Consigas llegar a vieja.

¿No eres tú? Esto se permite

la que dijo me bajase

y que para que jugase

con un muerto al escondite.

¡Oh, arpía de mala seta!

Yo te juro por mi fe

que te he de hacer en un pie

jugar a la corcojita.

No, a mi valor, si lo advierto,

nada asusta ni amedrenta;

que no es temor sino cuenta

de si se levanta el muerto

quien allí le dejaría,

mas yo para qué lo apuro

por estar allí a lo obscuro,

pues solo dispensa el día,

un crepúsculo no entero,

no puede, a bulto inquirido,

por el rostro ni el vestido

ser natural o extranjero.

Si acaso en aquella estancia

me pide por su criado,

la muerte sin ser culpado,

más que por concomitancia,

quien sea, quien fuere en qué fundo

saber lo que ando ofenderle

que de su malo meterse

con gente del otro mundo,

solo entretenerme quiero

en ver si pudiese hallar

cordón de las afufar,

un resquicio o agujero,

que una fantasma ha bajado

tan horrible, fiera y fría

que se parece a una tía

del suegro de mi cuñado.

Sale Claudia.

Claudia.

Ya que sola en su aposento

dejo con Blanca a mi ama

que una por marido clama

y otra gime por convento,

y mientras allá Fray Bernardo

a los demás catequiza

bajar quise con sumisa

voz, y con paso tardo,

por si el asustado Pernía

que sin duda estará alerta

le puedo echar por la puerta

del jardín antes que el día

ocasione que aquí dentro

vuelva a quedarse escondido.

Pag. 45

Pernía.

¿Qué es lo que he oído?

Claudia.

Pero a Pierres, que no le encuentro.

Pernía.

¡Qué mal el miedo mitigo!

Claudia.

Antes, sin hacer estruendo,

que le encuentre, abrir pretendo

para que salga al postigo.

Sale Fray Pierres.

Fray Pierres.

Este es el jardín; con no escaso

temor, enviado vengo

de Fray Bernardo; prevengo

examinar paso a paso

dónde entre aquellos oteros

este difunto tendrán,

pues a ayudarme vendrán

los hermanos compañeros

a llevarle a medianoche;

y ya en buscarle me tardo,

porque sepa Fray Bernardo

que hallé, aunque a troche y moche,

a oscuras y sin sentido,

me ofusqué en mil pareceres.

Encuentra con Pernía.

Pernía.

¡Ay de mí!

Fray Pierres.

Sombra, ¿quién eres?

Claudia.

Salí a abrir, pero ¿qué he oído?

Pernía.

Este es el muerto; un cuitado

que aún más que tú muerto yace.

Claudia.

¿Qué escucho?

Fray Pierres.

Pues vade in pace,

muerto, que yo soy finado.

Claudia.

¡Qué espanto!

Fray Pierres.

¡Vive!

Pernía.

Eso no.

Fray Pierres.

Ten credo.

Pernía.

Yo lo doy por recibido.

Fray Pierres.

Que no lo digo por tanto.

Claudia.

O mal el miedo despego,

o estos, Pierres y Pernía,

son sin duda.

Pernía.

Juraría

por la voz que este era lego.

Fray Pierres.

Mas, si mal no presumo,

sin duda, según barrunto,

tiene el amigo difunto

tanto miedo como yo.

Salen por el postigo, que abrió Claudia, Roberto y Don Ricarte Moncada.

Don Ricarte Moncada.

Pues hoy la dicha concierto

Pag. 46

Don Ricarte Moncada.

que esperando en esta calle,

a Pierres la puerta halle

de aqueste jardín abierta.

Sígueme, Roberto, a ver

si se logra mi ventura.

Roberto.

Mi valor te la asegura.

Pernía.

Esto, en efecto, ha de ser.

Fray Pierres.

A conocerle me llego.

Encuéntranse con otro en la calle.

Pernía.

Hoy con él encontraré,

si vo; ¿no ves que está a oscuras?

Fray Pierres.

¡Muerto! ¿Qué haces? ¿Estás ciego?

Roberto.

Gente, juzgo, que escuchamos,

si no miente la tupida

sombra.

Don Ricarte Moncada.

Por la entretejida

pared que hacen estos ramos,

Don Ricarte Moncada.

con una puerta encontrar

pude que esta murta esconde,

y presumo que es por donde

María suele bajar.

Claudia.

Ellos son, y los cuidados

aquí me la han de pagar.

Don Ricarte Moncada.

En lo que he oído notar

fío de que son los criados.

Roberto.

Pues no está aquí, y que de vella,

según noto, la osadía,

vive, pues ves que te guía

hoy tan propicia la estrella.

Don Ricarte Moncada.

Subamos, que está de más

ya ningún recelo en mí.

Vanse por la escalera que bajó Claudia.

Roberto.

¡Ay infelice de ti,

que no sabes dónde vas!

Claudia.

¡Pernía, Pierres, al punto!

Pernía.

Que estoy helado.

Fray Pierres.

Yo yerto.

Fray Pierres.

Que este es el muerto difunto.

¿Eres Pernía?

Pernía.

Sí, ¿tú

eres Pierres?

Fray Pierres.

Sí.

Pernía y Fray Pierres.

¡Qué espanto!

Fray Pierres.

Defiéndeme de este encanto.

Pag. 47

Pernía.

Defiéndete, Belcebú.

Claudia.

Entrambos, sin más quimeras,

y sin llegarme a enojar,

luego me habéis de entregar

cuanto en vuestras faldriqueras

esconde el temor en balde.

Fray Pierres.

Excúsalo, pues contigo

cargaré, si así te obligo.

Pernía.

Yo te enterraré de balde.

Dentro.

Doña Blanca Centellas.

Padre, don Guillén, don Pedro,

¿nadie me oye?

Dentro.

Doña María Cerbellón.

Claudia.

Fray Pierres.

Andar.

Pernía.

Aquel es otro cantar.

Claudia.

Solo en mis desdichas medro.

Pierres, tu miedo no creas,

tú, Pernía, vete al punto,

que aquel fingido difunto

yo fui.

Fray Pierres.

¿Tú?

Pernía.

Maldita seas,

mas ¿por dónde he de salir?

Claudia.

Por ese abierto postigo.

Fray Pierres.

Y yo, ¿qué he de hacer?

Claudia.

Conmigo

esta escalera subir.

Dentro.

Doña María Cerbellón.

Padre, señor.

Pernía.

Lindo empleo.

Claudia.

Pierres.

Fray Pierres.

¿Hacia dónde estás?

Claudia.

¿No mirarás cómo vas?

Encuentra Pernía con Claudia.

Pernía.

Lleve el diablo cuanto veo.

Claudia.

Vamos.

Hacia la puerta con Pierres y Pernía por el tablado.

Fray Pierres.

Ya yo me confundo.

Pernía.

Yo no acierto a salir.

Fray Pierres.

Del muerto, ¿qué he de decir?

Vanse Pierres, Claudia.

Pernía.

Di que está en el otro mundo.

Ya encontré, si mal no entiendo,

con el abierto postigo.

Don Guillén de Cerbellón.

En vano huyes, que te sigo.

Criado.

En esta casa el estruendo

se escucha.

Pernía.

¿En qué me detengo?

La ronda es.

Batiendo el Veguer y ministros.

Criado.

Ya que está abierta,

entremos por esta puerta.

Criado.

¿Quién va?

Pernía.

Yo ni voy ni vengo.

Criado.

¿Quién es el que aquí se encierra?

Pernía.

Oiga la prisa que trae

el alma de Garibay,

que ni está en cielo ni en tierra.

Criado.

¿Qué el ruido es?

Pernía.

De buena gana

lo diré, si no te altera,

que el que se encalló en ratonera

le zurran la badana.

Criado.

Espadas oigo.

Pernía.

No caen,

que arriba son.

Criado.

Dígame,

¿por dónde subir podré?

Pag. 48

Pernía.

Busquen los que luces traen.

(Buscan la puerta los ministros.)

Criado.

Una escalera encontramos.

Pernía.

Yo, entre tanto, escaparé

de aquí.

(Vase.)

Criado.

El hombre se fue.

El Veguer.

No importa, arriba subamos.

Suben por donde subió Claudia y sale Ricarte retirándose de Don Guillén, Don Pedro y Don Fadrique por la puerta izquierda.

Don Guillén de Cerbellón.

Por más que encubrirse intentas,

ha de conseguir mi brío

el conocerte, o que rindas

antes la vida a los filos

de mi fulminante acero.

Don Pedro Centellas.

Mi esfuerzo...

Don Fadrique Centellas.

Y el valor mío...

Don Pedro Centellas.

Te asistirá.

Don Fadrique Centellas.

Lo asegura.

Don Ricarte Moncada.

En vano, ya me resisto,

pues Roberto, que sin duda

le han muerto o le han prendido,

la obscuridad de mi lado

me falta.

(Dentro.)

Criado.

Hacia aquí es el ruido.

Don Guillén de Cerbellón.

¡Hola! Traed luces.

(Dentro.)

Criado.

Ya vamos.

(Sale.)

Criado.

Aquí están.

El Veguer.

Entrad conmigo.

Tened, esperad, ¿qué es esto?

(Al salir el Veguer, encubre Ricarte el rostro.)

Don Guillén de Cerbellón.

Vengar mi honor ofendido.

Don Pedro Centellas.

Satisfacer una ofensa...

Don Fadrique Centellas.

Castigar a un atrevido.

(Van a embestir.)

El Veguer.

Teneos todos y mirad

que aquí yo como ministro

sabré, y como caballero,

refrenar a un tiempo mismo

desatenciones, bien como

sabré castigar delitos.

Respetad la justicia.

Don Guillén de Cerbellón.

Me templo.

Don Fadrique Centellas.

Yo me resisto.

Don Pedro Centellas.

Su autoridad nos reporta.

El Veguer.

Pues decidme lo que ha sido,

vos; y vos, ¿por qué embozado

estáis, habiéndome visto?

Don Guillén de Cerbellón.

La causa de nuestro enojo

fue que, estando en su retiro

mi hija con mi sobrina,

que nos llamaban oímos

con tales voces que daban

de alguna desgracia indicios.

Don Fadrique Centellas.

Acudimos todos cuando

salir de su cuarto vimos

ese hombre que, por temor

quizá de ser conocido,

matando las luces, saca

la espada.

Don Pedro Centellas.

Hasta este sitio,

defendiéndose bizarro,

de una cuadra en otra vino

retirándose, hasta que

vuestra vista fue su asilo.

El Veguer.

De vos ahora saber resta

quién sois, y con qué motivo

en aquesta casa entrasteis.

Pag. 49

Don Ricarte Moncada.

Válgame su engaño mismo.

No entré a deslucir la fama

del honor esclarecido

desta casa, solo dar

la muerte fue mi designio

a uno de los tres que miras,

porque sepan que mi brío

solo en uno satisface

lo que tres han cometido.

Y puesto que satisfecho

con saber a qué he venido

estáis, que no me mandéis

decir quién soy os suplico,

que con las señas que he dado

los tres me habrán conocido.

El Veguer.

¿Qué importa, si a mí me falta

conoceros? Descubríos.

Don Ricarte Moncada.

Ved que sigo...

El Veguer.

Ya es en vano.

Descúbrese.

Don Ricarte Moncada.

Que yo soy...

Don Guillén de Cerbellón.

¡Cielos!, ¿qué miro?

Don Fadrique Centellas.

¿Qué ves?

Don Pedro Centellas.

Absorto he quedado.

El Veguer.

Esta turbación me ha dicho

más que de saber quisiera,

y remediarlo imagino.

Don Guillén de Cerbellón.

De absorto el labio enmudece.

Don Fadrique Centellas.

De confuso no respiro.

Don Pedro Centellas.

De asombrado inmóvil quedo.

El Veguer.

Este es el mejor camino.

Caballeros, entretanto

que lo que a Ricarte he oído

procuro que comprobado

quede, según imagino,

con vuestras deposiciones,

el que tengáis es preciso

aquesta casa por cárcel,

que yo a Ricarte me obligo

a acompañar a las suyas,

a quien también apercibo

advierta como prisión

de las dos.

Don Ricarte Moncada.

Yo la recibo.

El Veguer.

Grave el disgusto es, sin duda.

Don Guillén de Cerbellón.

Yo como tal la admito.

Don Fadrique Centellas.

Yo a su obediencia me ajusto.

Don Pedro Centellas.

Yo a esa atención no replico.

El Veguer.

Pues quedad con Dios.

Los tres.

El cielo

os guarde.

Vase con los ministros por la puerta derecha.

Don Ricarte Moncada.

Pues tan impío

astro te mostraste, labra

con tus ultrajes mi olvido.

Don Pedro Centellas.

María hacia aquesta parte

viene.

Don Guillén de Cerbellón.

Pues veníos conmigo,

que no pretendo que sepa

nada de lo sucedido.

Recelos...

Don Fadrique Centellas.

Dudas...

Don Pedro Centellas.

Sospechas...

Vanse, y sale María sola.

Los tres.

En tanto tropel de abismos,

o descifrad el enigma,

o dad a mi mal alivio.

Doña María Cerbellón.

Dulce, adorado dueño...

Pag. 50

Doña María Cerbellón.

Amado esposo mío,

abócase el alma

a quejarse de amor el pecho herido;

en la regla que ufana

hoy fundar solicito,

me niega la esperanza

el descanso, el sosiego y el alivio,

pues a mi fiel protesta

Fray Bernardo me ha dicho

que es inútil su efecto,

por parecer que en mí no será digno

uno de cuatro votos

que observar es preciso,

y quererlo ejecutarle,

que el de la redención es de cautivos,

y mi padre lo permite,

habiéndome ofrecido

su hacienda reservando

solo lo que al sustento le convino;

y ya que este voto cuarto

observar no he podido,

súplale con que logre

serlo el favorecer los afligidos;

fundar un beaterio

solo mi intento ha sido,

para cuya observancia,

que orle mi pecho vuestro escudo pido.

Tocan las chirimías y baja la tramoya en que vienen Cristo, la Virgen y dos ángeles a los lados cantando, Virgen en medio, a su tiempo.

Ángel.

Del sacro consistorio,

del monarca uno y trino,

hoy desciende la aurora,

precursora del sol, amante fino,

Ángel.

para tantos favores;

y el acto positivo

y el sincero anhelo

de observar de su amor los sacros ritos,

Ángel.

logre ya tu constancia

el premio merecido

que consiguió piadosa

la madre, esposa y hija de un Dios trino.

Cristo.

Hija, tu fiel promesa

y cuarto voto admito,

que el servir a los pobres

a mí me imitas cuando yo en ti asisto.

Virgen.

Escapulario y manto

al hombro te dedico,

dando a entender que de ellos

has de ser protectora y cierto asilo.

Cristo.

Por sacra fundadora

del orden te confirmo,

pues tu virtud heroica

pudo extender sus votos hasta cinco.

Virgen.

Este escudo glorioso

en el pecho te cifro,

explicando que firme

al viento dominar podrá tu brío.

Doña María Cerbellón.

Humilde, gran Señora,

mi corazón rendido

te venera por madre,

Pag. 51

Sube la apariencia.

Vase.

Doña María Cerbellón.

piadosa y protectora de tus hijos,

ya alistada en la bandera

de nuestro monarca Cristo,

nada recelo, y así

en el más próximo sitio

de esta casa he de fundar

un monasterio, que abrigo

para las matronas sea

que quisieran vivir conmigo

para alabar su grandeza

por los siglos de los siglos.

Laus Deo.

Jornada tercera

Pag. 52

Sale Claudia de beata, y Pernía.

Pernía.

Posible es que convencerte

mi amor y ruego no bastan.

Claudia.

Ya es otro tiempo, Pernía.

Pernía.

Pues dime, ¿qué te embaraza

para casarnos?

Claudia.

Calzar

los entonos de beata.

Pernía.

¡Oh, chilindrina! Pues antes,

para que los simples caigan

en la red de bobarrones,

una etiqueta extremada,

lo cabizbajo, y armonía

fruncida, a lo remilgada.

Claudia.

¿El voto?

Pernía.

Hacerle reniego.

Claudia.

¿La devoción?

Pernía.

Mascarla.

Claudia.

¿O la mortificación?

Pernía.

Para el ataúd guardarla.

Claudia.

¿Del cuerpo?

Pernía.

Darle por tercios

Claudia.

¿A quién?

Pernía.

A quien das el alma.

Claudia.

Amigo, estoy muy profesa

en la devota eficacia.

Pernía.

¿Has dejado lo alcahueta?

Claudia.

Prométote, que esta tacha,

a los principios...

Pernía.

¿Qué? Dilo.

Claudia.

¡Oh, fragilidad humana!

Pag. 53

Claudia.

...la dejase.

Pernía.

Malo es esto.

Claudia.

Mas, por más esfuerzos que haga,

como la aprendí tan niña,

no me es posible olvidarla.

Pernía.

Esto es bueno, según eso

presumo que no lo errara

en confiarte un secreto,

que más no te digo nada.

Claudia.

¿Qué es? Dímelo por tu vida.

Pernía.

Temo que con él no salgas,

digo, boba, y con lo mucho

que ha de valerse entonada,

procures un novio rico

y a mí me envíes...

Claudia.

...noramala.

¿Qué modo de hablar es ese

con mi fe, amor y constancia?

Dímelo, por vida mía.

Pernía.

¿Y el voto?

Claudia.

Es cosa pasada.

Pernía.

¿Y la devoción?

Claudia.

No es hora.

Pernía.

¿Lo mortificado?

Claudia.

Basta,

que no ha de ser siempre.

Pernía.

¿Del

cuerpo?

Claudia.

No le duele nada.

Pernía.

Pues según lleva el trote,

en carrera está tu alma.

Claudia.

Acaba, di lo que quieres.

Pernía.

No pienso decirte nada.

Claudia.

Ni yo saber lo que tú eres;

patillas, que tiene la marcha.

Adiós, pues.

Pernía.

Adiós.

Claudia.

¿Así

te vas?

Pernía.

¿No lo ves?

Claudia.

Pues, anda.

Pernía.

Voime, pero oye.

Claudia.

¿Qué dices?

Pernía.

Presumí que me llamabas.

Claudia.

¡Oh, tacaño! ¿De qué sirven

rodeos, si tú...

Pernía.

¡Oh, taimada!

Claudia.

...aun más que yo de saberlo,

de decirlo tienes gana?

Pernía.

Dices bien; óyenos alguien.

Claudia.

Sí, algunos, mas gente honrada

son tantos que aunque murmuren

hasta que a la calle salgan

acabada la comedia,

no publicarán tus faltas.

Pernía.

Pues como digo, ya sabes

que al ver Ricarte borrada

la pretensión de María,

mudó su amor a otra casa.

Claudia.

Ya sé que es Blanca, y que ella

le admitió entre dulce y agria,

melindre de las doncellas,

que al caballito de bamba

parecen, que hasta casarse

ni comen, ni beben, ni andan.

Pernía.

Pues a ella aqueste papel

mi amo...

Claudia.

Adelante pasa.

Pernía.

...envía, y quiere que tú...

pues ocasión no te falta...

Pag. 54

Claudia.

Se le des, no lo hará.

Ita.

Pernía.

No te entiendo.

Claudia.

Si lo extrañas,

es decirte que sí en él,

el idioma de las beatas,

muy adelante irás.

Dame

el papel.

Pernía.

Ecce quam amas.

Claudia.

Ira que le tengo, dime.

(Al paño.)

Fray Pierres.

Cogebitur en la trampa.

Claudia.

¿Qué es lo que me traes, que tanto

me lo encareciste marras?

Pernía.

Omnia mea mecum porto,

que en la frase castellana

nada se interpreta...

Claudia.

Ni

de prometido.

Pernía.

Nequaquam.

Claudia.

Amigo, en breves ratos,

yendo y viniendo se gasta,

el eje suele quebrarse

en medio de la jornada.

Pernía.

¿Qué quieres decir en eso?

(Échale en el suelo y sale Fray Pierres y písale.)

Claudia.

Que el carro sin unto no anda.

Tome su papel.

Fray Pierres.

¿Qué es esto?

Pernía.

Cogióme.

(Alza Fray Pierres el papel.)

Claudia.

¿Qué ha de ser? Nada.

Una oración me pidió

(de las que reza mi ama

Blanca), enviome por ella

a ese hombre, y yo se la echaba

en el suelo, porque él

no con su mano intentara

tomarle, y por el contacto

la mía se inficionara.

Fray Pierres.

Engañifa no, en miserias.

Claudia.

¿Qué hace? ¡Ay, desdichada!

Fray Pierres.

Levanto lo que tú arrojas.

Claudia.

¿Y por qué?

Fray Pierres.

Por venerarla;

al paso que tú, imprudente,

la menosprecias, de aquella

tan impensada la dicha

que ha un siglo que deseaba

mi devoción de leerla.

Claudia.

Mira.

Pernía.

Atiende.

Claudia.

Oye.

Pernía.

Repara.

Fray Pierres.

¿Qué?

Claudia.

Que yo te daré otra.

Fray Pierres.

¿Cuándo?

Claudia.

Luego.

Fray Pierres.

¿Y si me engañas?

Claudia.

No haré tal.

Fray Pierres.

Pues toma, pero...

¡Ay, que no me acordaba!

Claudia.

¿De qué?

Fray Pierres.

De aquel refrancillo.

Claudia.

¿Cuál?

Fray Pierres.

Que dice...

Claudia.

¿Cómo?

Pernía.

Acaba.

(Va a abrir.)

Fray Pierres.

Más vale pájaro en mano,

y así...

(Empuña la espada.)

Pernía.

¡Sit anema raiga!

Le he de rasgar la cabeza

al lego.

(Arremángase y saca un alfanje.)

Fray Pierres.

¡Vive Dios! Las faldas

me arremango con aqueste

cuchillón de más de marca.

Pag. 55

Fray Pierres.

Al lacayo he de quitarle

las orejas.

Queriendo embestirse los dos.

Claudia.

¡Tente!

Apartan. Sale Roberto.

Pernía y Fray Pierres.

¡Aparta!

Roberto.

¿Qué es esto?

Claudia.

Es, si cuando yo...

Pernía.

Esto es, esto.

Hacen que se van.

Fray Pierres.

Y santas pascuas.

Roberto.

Espera, Pernía, espere;

Fray Pierres, tú también, Claudia,

espera.

Claudia.

Pues, ¿qué me ordenas?

Pernía.

¿Qué me quieres?

Fray Pierres.

¿Qué me mandas?

Roberto.

Que me digáis lo que ha habido.

Claudia.

Que yo este papel le daba,

que es una oración devota,

para que llevase a Blanca

a Pernía, cuando Pierres,

que al mismo tiempo llegaba,

le tomó y leerle quiso,

y, sobre estorbarlo, paró

en el disgusto que viste.

Roberto.

Pues como quien en aquella carta

debe, mueve las pendencias,

esta cuestión acabada

ha de quedar, con que tú

seas la que lleve a Blanca

el papel o la oración.

Fray Pierres.

Yo se le daré.

Quítale el papel, y mételo en el bolsillo.

Aparte. Trocándole, sacará de un efecto dos venganzas.

Roberto.

Da, es vana

tu porfía, suelta, digo,

hipócrita, que mi rabia

si me replicas, hará

que experimentes...

Pernía.

¡Zarazas!

Roberto.

a pesar de todo el cielo,

mi enojo.

Claudia.

Si tal aguardas,

¿cómo he de llevarle?

Roberto.

Has dicho

bien, cegóme la ignorancia

de este simple, y entre otros

le quise...

Claudia.

Poco embaraza,

pues podrá bien conocerse

cuál es por la sobrecarta.

Saca Roberto algunos papeles, y Claudia saca uno de ellos.

Roberto.

No hay duda, y pues le conoces,

búscale tú.

Aparte.

Claudia.

Éste es.

Aparte.

Roberto.

Te engañas,

que no es sino el que previno

mi envidiosa vigilancia

para lograr; mas el tiempo

lo dirá.

Vase.

Claudia.

Si no me mandas

otra cosa, voy a llevarle;

iré, que, haciendo esto, y falta

a mi señora.

Roberto.

Sí, vete.

Pernía.

Y yo.

Roberto.

También.

Fray Pierres.

Y yo.

Roberto.

Acaba.

Vanse.

Pernía y Fray Pierres.

Nos dé licencia, y a Dios te guarde

por un ojo de la cara.

Roberto.

Pero ahora aquí viene con

Fray Bernardo de Corbaria

este asombro de virtudes,

esta, a quien mis acechanzas

en vez de lograr su triunfo

en fe de su tolerancia,

para más tormento mío...

Pag. 56

Roberto.

la subliman a la gracia,

¡ah, Señor!, si los advertís

vuestros, con tanta eficacia

llorar un más rebelde

atraen, que si dispensaras

a que a un pedernal hiriesen,

como cera se ablandara;

y aun más lo apuro, si yo,

que incapaz de dicha tanta,

cuanto de arrepentimiento,

si a merecer llegara

(siendo imposible) un minuto,

un átomo, una atenuada

vislumbre de vuestro auxilio,

toda mi maldad borrara;

¿cómo, cómo he de poder

contrastar tan elevada

fortaleza, si resiste

los asaltos de emboscadas,

de mis marciales astucias,

con vuestras divinas armas?

Minorad los alimentos

que dentro de aquesta plaza

víveres del albedrío

la mantienen, y al sitiarla

veréis que sin bastimentos

al primer asalto pacta;

mas, ¡ay!, que en vano me quejo

de vos, que el que en vos llama,

y a sus clamores nunca

hallaron puerta cerrada

en vuestra misericordia,

bien como yo, en quien los labra,

de puertas adentro, no

conseguí tener entrada,

las aldabadas del cielo

si eficaces son, arrastran

las potencias, y sentidos,

y en cierto modo avasallan

el albedrío, de suerte

que solo a Dios dedicada

su libertad, no halla senda

que pueda de él apartarla,

que solo su omnipotencia

fuera bueno que llamara

Dios al pecador, y él

"no quiero", le replicara,

y que su piedad quedase

por inútil desairada.

No, pues si esto ser no puede,

¿qué me sirve atormentarla,

si como esposa de Cristo

a la virginal, la palma

de mártir la añade? Pues

con tanto valor los pasa

que como cosa perdida

ya me he resuelto a dejarla,

mas no tan del todo que

en aquellos que se amparan

de su protección no vengue

mi furia, cuando se valgan

de su intercesión; pues son

tantos los que por su causa

del lazo de mis engaños

torpes nudos desatan;

que María del Socorro

en su idioma catalana

que quiere decir María

del Socorro, se le llama,

y pues al tiempo testigo

Pag. 57

El Demonio.

he de hacer de mi venganza,

dígalo el tiempo; entre tanto

que de su vista me aparta

aquel esplendor, que, aun toda

mi ciencia a apagar no basta.

Vase, y van saliendo María, fray Bernardo y Pierres.

Fray Bernardo Corbaria.

Esto, mi amor le suplica.

Doña María Cerbellón.

Mándeme su reverencia,

pues soy hija de obediencia.

Fray Bernardo Corbaria.

Bien su celo certifica

la que a Dios se dedica.

Doña María Cerbellón.

¿Cómo se llama?

Fray Bernardo Corbaria.

Lucía,

es noble, y su afecto guía

a Dios su hacienda, que llega

a ser bastante la entrega

dedicada al mismo día,

que el hábito la concedas;

pues ya la obra ha empezado

del beaterio que ha fundado,

para que acabarle pueda.

Doña María Cerbellón.

Ya por mi cuenta queda.

Fray Bernardo Corbaria.

¿Cómo se hallan allí?

Dígame, doña Isabel Bertí

y Eulalia Pin, ¿cómo están?

Doña María Cerbellón.

Ejemplos son, y me dan

harto que envidiar a mí

con su sincera bondad.

Fray Bernardo Corbaria.

No en vano el cielo la envía

tan amable compañía.

Doña María Cerbellón.

Cúmplase su voluntad.

Fray Bernardo Corbaria.

¡Oh, ejemplo de la humildad!

Doña María Cerbellón.

A casa de don Fadrique,

porque a la obra me dedique,

como sabe, se pasó

mi padre a vivir, y yo,

deseando se multiplique

la devoción de esta casa,

ensancharla pretendí,

pues la hacienda que adquirí

no viene a ser tan escasa

que faltar pueda, pues pasa

de lo que está concertado,

mayormente habiendo dado,

Fray Pierres.

como asegura este día,

toda su hacienda Lucía,

sea el Señor alabado.

Fray Bernardo Corbaria.

Ya hemos llegado a su casa.

Doña María Cerbellón.

Pues que entre, padre, conmigo

le suplico, porque pueda

(pues de casa no han salido

desde aquel día que entraron,

y tanto ha que no le han visto)

hablar a Isabel y a Eulalia.

Fray Bernardo Corbaria.

Haré.

Doña María Cerbellón.

Pues entre conmigo.

Entran por una puerta y salen por otra, y sale Claudia.

Claudia.

Madre, sea bien venida,

que, sin su presencia, firmo

que su soledad nos causa

gran tristeza.

Doña María Cerbellón.

Yo la estimo,

aunque parece lisonja,

el afecto.

Claudia.

Que es cariño.

Doña María Cerbellón.

Vaya a doña Isabel y Eulalia,

advierta cómo ha venido

a verlas su reverencia,

y presto.

Claudia.

Voy de dos brincos.

Vase.

Fray Bernardo Corbaria.

En fin, ya de don Ricarte,

Fadrique y Guillén, amigos,

juntamente con don Pedro,

Pag. 58

Fray Bernardo Corbaria.

quedaron.

Doña María Cerbellón.

Y habiendo sido

los tres los que estuvieron

en casa presos, ya admiro

que no se haya publicado,

según mi padre me dijo,

quién fue el hombre a quien la muerte

dieron los tres vengativos

en el jardín; que esto vos,

no lo ignoráis, si colijo

que para que sepultura

le dieseis, de vos previno

confiar todo el secreto.

Fray Bernardo Corbaria.

Pues dígame, ¿no ha sabido

que sabe acaso quién fue

el mortal cadáver frío?

Doña María Cerbellón.

No lo sé.

(Aparte.)

(Aparte.)

Fray Bernardo Corbaria.

Ni yo tampoco

(pues en mí no fuera digno

lo que Dios no la revela

revelárselo atrevido).

No sé más de que una noche

en un coche le trujimos

a la iglesia, luego, (y fue

su sepulcro el sitio mismo

donde le pusimos antes).

Fray Pierres.

Y nadie mejor decirlo

pudiera que yo, pues tuve

por muchos días molidos

los huesos del espinazo

entre seso y entresijo.

Sale Claudia.

Claudia.

Ya avisadas Isabel

y Eulalia, padre, me han dicho

que bien puede entrar a verlas.

Doña María Cerbellón.

Vaya, que yo determino

por un breve espacio a solas

quedarme, pues necesito

acerca de la obra ver

si es apropósito un sitio

que para labrar la iglesia

tengo en la idea previsto.

Fray Bernardo Corbaria.

Solo obedecer me toca.

Fray Pierres.

Y yo he de ir.

Vase.

Fray Bernardo Corbaria.

Venga conmigo.

Vase.

Fray Pierres.

Ya voy adentro, picaña,

que ajustemos solicito

que cuenta, donde por los dedos

resumen tenga el guarismo.

Claudia.

Vaya, mogrollo, que yo

le muestre bien cuántas son cinco,

si vendrá Pernía por

la respuesta que me dijo

Blanca que a él se la daría

del que la envió.

Doña María Cerbellón.

Dios mío,

Claudia.

Oración mental tenemos.

Doña María Cerbellón.

solo a vos

Claudia.

Doy un pasito.

Doña María Cerbellón.

consagro en tantos afanes

Claudia.

Atrás, atrás.

Doña María Cerbellón.

el albedrío.

Claudia.

Llegándome a la puerta...

Doña María Cerbellón.

Claudia.

Claudia.

¡Cae en qué garlito!

Doña María Cerbellón.

¿Dónde va?

Claudia.

Hacia la cocina

me llegaba.

Doña María Cerbellón.

¿No le he dicho

que socorra más piadosa

Pag. 59

Doña María Cerbellón.

la pobreza, pues a Cristo

se da lo que en caridad

(pues los pobres son sus hijos)

a ellos se les entrega.

Aparte.

Claudia.

Sí, madre, ya lo he oído;

casi tal, nada se le escapa.

Esto es porque hoy un manquillo

quiso quitarme la carne

de la olla algo mohíno,

y dándole en la cabeza

con ella, no muy quedito,

le abrí los cascos, con cascos

de Alcorcón, pero bastó.

Doña María Cerbellón.

Por Dios, lástima me hacen

los pobres. Si compasivos

con amor se la ofrecemos,

del mismo Dios conseguimos

con aumentos de la gracia

más colmados beneficios.

Aquesto es indubitable,

pues cuando damos, pedimos

con precisión tan forzosa,

que declara el mismo Cristo:

si así lo hacemos, que ciento

dará por uno que dimos.

¿De qué sirve el sufrimiento?

Claudia.

Madre, me saca de quicio

lo mucho que me replican,

y no puedo más conmigo.

Doña María Cerbellón.

Déjeme sola. Si acaso

viene alguien, lleve advertido

no le despida, sin que antes

me venga a dar el aviso.

Vase.

Claudia.

Harélo ansí.

Doña María Cerbellón.

Ya que solos,

dulce amante esposo mío,

estamos, no desdeñoso,

aunque os haya merecido

algún desdén mi flaqueza,

os mostréis con mil cariños.

Mirad que en vos es impropio

ostentar lo vengativo;

confieso que errada anduve,

como frágil he caído,

en aprovechar el tiempo,

en todo lo que no ha sido

contemplar vuestras finezas.

Ya vuelve, Señor, más fino,

mi afecto a buscar la gracia,

que en vos no faltó al que vino

a ilustraros la victoria,

con ostentarse rendido.

Ea, Señor, no la ausencia

acredite vuestro olvido.

Pag. 60

Doña María Cerbellón.

Y vos, Soberana Hija

del Padre, Madre del Hijo,

a quien por esposo dieron

al Espíritu Divino;

pues abogada os aclama

el infeliz peregrino,

que en este mísero valle

de lágrimas vive hóspido,

oigáis mi súplica, pues

se ausenta el esposo mío.

Baja la Virgen en una tramoya.

Virgen.

No, María, no se ausenta,

que a mí concederme quiso

que yo asista a tus fatigas,

dando a tus males alivio;

y así, dime lo que pides.

Doña María Cerbellón.

Que, pues me está permitido

que yo en mi casa labrase

un beatorio que, de hospicio,

además de ser albergue

de las que sin pena a Cristo

servir pudiesen, a los que

la redención de cautivos

volviese a su amada patria,

intercedáis que, propicios

los mares, blandos los vientos,

surquen, suave y tranquilo,

el vago piélago undoso;

porque, de vos conducidos,

lograr pueda yo la dicha,

que los primeros han sido

que en esta casa han entrado,

de alojarlos y servirlos;

esto humildemente os ruego.

Virgen.

Ya lo tienes concedido,

y aun más por mi intercesión

alcanzas, pues el asilo

has de ser de las borrascas;

y tanto, que el afligido

que, fluctuando, te invocare,

sobre los salobres rizos,

te verá (como notorio

en los venideros siglos

lo aprobarán los anales

de tu vida en los escritos).

Pag. 61

Virgen.

Y para que esta verdad

tenga en tu abono principio,

la nao que del rescate

llega al puerto en el conflicto,

se halla de una borrasca;

aquí en el fiero enemigo

alienta con los impulsos

de sus rencores nocivos;

y quiero que, porque queden

sin fuerzas sus poderíos,

fiando de ti otra empresa

a que también reducidos

tiene a otros dos infelices

su diabólico artificio,

que, esferas rasgando el aire,

acompañada conmigo,

por ti consigan la dicha

de librarse del peligro.

Doña María Cerbellón.

Para explicar tal ventura,

¿qué idioma ha de haber, ni ha habido?

Virgen.

Ven, amada sierva mía.

Doña María Cerbellón.

¡Quién tal dicha ha merecido!

(Vuelan, y salen Don Pedro, Don Fadrique, Blanca, Don Guillén y Claudia.)

Claudia.

Recogida a mi señora

en su oratorio la dejo,

y si gustáis de avisarla,

iré, porque al cumplimiento

desta visita no falte.

Don Guillén de Cerbellón.

No la llames, que no vengo

a estorbarla, pues es solo

mi venida y mi deseo

saber cómo está, y lo mismo

Blanca, Fadrique y Don Pedro

pretenden; y así, entretanto

que sale, divertiremos,

siéndola grata molestia,

del esperar.

Claudia.

Allá dentro

Fray Bernardo de Corbaria

está.

Don Fadrique Centellas.

Según eso, infiero

que será mejor entrar

a emplear el breve tiempo

en su amable compañía.

Don Pedro Centellas.

Mejor será que así entremos.

Don Fadrique Centellas.

Vamos; ¿tú no vienes, Blanca?

Doña Blanca Centellas.

Yo no, señor, que pretendo

esperar aquí a mi prima,

para que logre mi afecto

ser la primera que alcance

los agrados de su cielo.

(Vanse.)

Don Fadrique Centellas.

Está bien; Don Guillén, vamos.

(Vase.)

Don Pedro Centellas.

¡Ay, María, quién creyera,

sin que las especies borre

de aquel cariño primero,

dijera que ansiosa el alma

trocar pudiese tan presto

las esperanzas de esposo

en tan honestos deseos,

que solo se logran cuando

veneración y respeto

hacen que, al mirarte, viva,

por ver que sin verte muero!

Doña Blanca Centellas.

Ya que lograr a mis solas

el ver este papel puedo

que de Ricarte me dio

Claudia, y ni un solo momento

ocasión para leerle

tuve; pues sola me veo,

sepamos, alma, sepamos

Pag. 62

Lee.

Doña Blanca Centellas.

lo que contiene. "Mi dueño,

supuesto que me has escrito

que fue solo fingimiento

esa mentida apariencia

del voto y recogimiento,

por saber cuánto tu padre

muerte te diera, que cuerdo

el ser mía permitiese,

y aquesta noche has resuelto

esperarme en el jardín,

cuando ya el mudo silencio

a las demás que te asisten

tenga entregadas al sueño,

y que no venga, me adviertes,

sin que fletada primero

deje embarcación que pueda

conducirnos a otro reino,

para que no se dilate

con esperar, te prevengo

tengas abierto el postigo

del jardín, como por cierto

que tu Ricarte no falte

a obedecer tus preceptos."

¡Ay de mí!, ¿qué es lo que he visto?

¿Qué es lo que he mirado, cielos?

María, ¿cómo es posible?

Mas, ¿qué dudo? Que los celos

en sospechas de infelices

amantes, ¿cuándo mintieron?

Mas la virtud de mi prima,

no es posible, no lo creo.

¡Qué haré, ay de mí, que en trabada

lid batallan en mi pecho

la verdad y la mentira!

Neutral el conocimiento,

ni me acerco a la evidencia

ni de la duda me alejo.

Pero, ¿qué dudo?, ¿qué dudo,

cuando pueden mis recelos

satisfacerse con solo

ir al jardín, donde espero,

o vivir de un desengaño,

o morir de un escarmiento?

Vase, y salen don Ricarte y Pernía.

Don Ricarte Moncada.

¿Qué me dices?

Pernía.

Lo que pasa.

Don Ricarte Moncada.

¿Por qué no esperaste?

Pernía.

Bueno.

Cuando su padre y su tío

ni un instante ni un momento

se apartaron de ella...

Don Ricarte Moncada.

Infame,

¿ahora te vienes con eso?

Pernía.

Pues, ¿con qué quieres que venga,

si hablarla no pude?

Don Ricarte Moncada.

Necio,

no te faltará ocasión,

pues pudiera ser, saliendo

a algún negocio los dos,

a ti te la diesen luego

para traer la respuesta.

Pernía.

No fuera, porque saliendo

a visitar a su prima

ella, los dos y don Pedro,

todos cuatro de consuno,

fuera en vano.

Don Ricarte Moncada.

¡Vive el cielo,

villano, que has de pagarme

el pesar!...

Pag. 63

Pernía.

Señor.

Sale Roberto.

Roberto.

¿Qué es esto?

Pernía.

El romperme la cabeza,

por lo que culpa no tengo.

Roberto.

Pues, ¿qué ha sido?

Don Ricarte Moncada.

Que se viene

sin respuesta.

Pernía.

Aquesto niego,

que se la di de cabeza,

bien cumplida y por entero,

respondiéndote mis cascos

a preguntas de tu acero.

Don Ricarte Moncada.

¿El papel que esta mañana

llevó a Blanca?

Roberto.

Ya lo entiendo,

y aquesa ha sido la causa,

tu enojo aliviar espero,

que presumiendo haber errado

de Blanca, juzgando su afeto,

en mí ha hecho el aguardo,

con traerte la respuesta.

Don Ricarte Moncada.

¿Cómo?

Roberto.

Como Blanca, yendo

con los tres, según te ha dicho

ya Pernía, y como es cierto,

antes de entrar en la casa

de su prima, seña haciendo

de que de su velo alzase,

le dejó caer al mismo

umbral de la puerta, antes

de entrar, por haber ya hecho

reparo en que yo allí estaba,

y podría tomarle, y esto

se acredita con que queda

mejor decírtelo él mismo.

Dale el papel.

Pernía.

¿Quién creyera que mi contrario

viniese a ser mi San Telmo?

Pues del próximo enemigo

tan malos son los consejos,

que a mi amo desengaña,

falta cargo, que recelo

que es algún diablo, según

se alegra del mal ajeno.

Don Ricarte Moncada.

Llegó a su fin mi ventura.

Aparte.

A Don Ricarte Moncada.

Roberto.

No llegó tal, pues infiero

que a la desdicha principio

antes ha de dar.

Contento

presumo que te ha dejado

lo que has leído.

Don Ricarte Moncada.

Es tan nuevo

que reine en mí la alegría,

tanto a los pesares hecho,

que no admiro que lo extrañes.

Roberto.

Pues, ¿qué dice?

Lee.

Don Ricarte Moncada.

Escucha atento.

Agradecida a las ansias

de vuestros nobles afectos,

confiada en la palabra

que por tan segura tengo

de que mi esposo seréis,

en el jardín os espero

de mi prima, que en su casa

podré quedarme fingiendo

alguna excusa, y mirad

que si quedarme resuelvo,

no es para hablaros, que solo

es advertiros mi intento

de que tengáis prevenida

embarcación, y resuelto

me saquéis de aquí esta noche;

pues en diferente reino

lograr podréis lo que aquí

no es posible, pues el fiero

rigor de mi padre impide

Pag. 64

Don Ricarte Moncada.

negarme aqueste consuelo = Blanca.

Roberto.

¿Qué dices?

que es cosa

tan fácil, que yo me ofrezco

a tenerte prevenida

la embarcación.

Don Ricarte Moncada.

Yo agradezco

tu cuidado, y pues no es

posible hallar otro medio,

según dice, aprovecharnos

deste es el mejor acuerdo.

Pernía.

¿Yo he de quedarme?

Don Ricarte Moncada.

No.

Pernía.

Malo.

Don Ricarte Moncada.

Pero sí quieto aquí.

Pernía.

Bueno.

Don Ricarte Moncada.

Espía secreta podrás

avisarme todo aquello

que en mi ausencia sucediere.

Roberto.

Bien dices.

Don Ricarte Moncada.

El detenernos,

pues que ya la noche baja,

no es acertado. Tú luego

ve a la marina y apresta

la embarcación, mientras dejo

yo todo lo necesario

para partirnos dispuesto.

Roberto.

Pues yo voy a obedecerte.

Vanse.

Don Ricarte Moncada.

Yo a esto voy.

Paséase por el tablado.

Pernía.

Y yo me quedo;

pero, pues la noche baja

tan obscura que bostezo,

parece sin duda del

alma de algún tabernero,

a la casa de mi Claudia

paso entre paso me acerco,

por ver si pudiese hablarla,

que traigo en el entrecejo

una picazón que llaman

por antonomasia celos,

aunque en nosotros implica

contradicción el tenerlos.

Esta es la casa, si esta

la que paso, si el reflejo

del farol no me ha engañado,

por el corredor yo quiero

llamarla: ce, ce.

Claudia.

¿Quién llama

a estas horas con ce, ce?

Pernía.

Un mendigante.

Sale.

Claudia.

Pues Dios

le provea, que no puedo

por ahora socorrer

su necesidad; ¿qué veo?

¿Eres tú el pobre Pernía?

Pernía.

Yo soy.

Claudia.

Pues, ¿qué quieres, necio?

Pernía.

Saber si ya arrepentida

de hacerme tantos desprecios

estás, y te hallas conforme

de que los dos nos casemos.

Claudia.

Buena pregunta.

Pernía.

¿Tan mala

es?

Claudia.

¿Ahora vienes con eso?

Pernía.

Ahora, porque me importa

más que piensas el saberlo.

Claudia.

¿Por qué?

Pernía.

Porque me veo apurado,

quiero que me des, te ruego,

a cuenta del dote algo.

Claudia.

¿Qué te he de dar, si no tengo

sobre qué caer?

Pag. 65

Pernía.

¿No es

andar buscando rodeos,

y echando por atajos,

a sacarte de tropiezo?

Claudia.

Vete, que pueden salir

mi amo, Fadrique, y don Pedro,

que adentro están de visita.

Pernía.

¿No vino Blanca con ellos?

Claudia.

Sí, pero Blanca al jardín

bajó.

Pernía.

¿A qué?

Claudia.

A tomar el fresco,

la noche de Navidad.

Pernía.

No reparas, majadero,

que, mejor que tales noches,

nunca hizo mal el sereno.

Claudia.

Pues vete.

Pernía.

¿De esta suerte

me despides?

Vase.

Claudia.

No profeso

otro estilo con los hombres

como tú.

Tempestad.

Pernía.

Yo te prometo,

cotorrona, que de mantilla

capilla hiciste; ¡qué truenos,

rayos, relámpagos, y agua,

tiran de repente!

Dentro.

Doña Blanca Centellas.

¡Cielos,

amparad a una infelice!

Pernía.

¿No es de Blanca aqueste acento?

Suyo es, que como tan cerca

el mar está de este pecho,

que el temporal a los tres

les cogió de medio a medio,

poco después de embarcados;

pues la voz no se oye lejos.

Dentro.

Uno.

¡Amaina la mayor!

Dentro.

Otro.

¡Cía

la escota!

Dentro.

Todos.

¡Que nos perdemos!

Dentro.

Don Ricarte Moncada.

Pues el mísero barquillo

a pique se va, apelemos

a la inclemencia del agua.

Dentro.

Roberto.

¡Sirvan los brazos de remos,

al agua, al agua!

Dentro.

Don Ricarte Moncada.

Esta tabla,

infeliz beldad, asiendo,

procura salvar la vida.

Pernía.

Esto es malo, pues al tiempo

mismo que mi amo peligra,

sin duda un bajel, corriendo

fortuna, el mar le embaraza

poder arribar al puerto.

Pag. 66

Pernía.

Según oí, pero a mí

más me conviene que yendo

a enjugarme me repare.

Vase. Aparécese el Ángel en una parte con algunos cautivos, y en otra don Fadrique con Roberto, Blanca, Ricarte y dos marineros.

Y queden ellos diciendo:

Todos.

Todos a pique nos vamos

sin amparo y sin remedio.

Doña Blanca Centellas.

María, dame socorro.

Todos.

Todos juntos la invoquemos.

María del Socorro, valnos.

Baja María.

Doña María Cerbellón.

Ya el dragón soberbio

aplaca del mar la furia.

Ángel.

Pues aunque el poder inmenso

hacerlo pudiera, quiere

que pues fuiste el instrumento

de su peligro, lo seas

de su amparo, de esos infelices aliento.

Baja asiendo hasta llegar a la tabla do está.

Roberto.

Ya te obedezco.

Don Ricarte Moncada.

Ya el mar aplaca su furia.

Ya llegamos, Roberto,

a tierra para que Blanca,

que desmayada contemplo,

se repare.

Toma a María, que la ampara asido de entrambos, para que segura pueda bajar a Blanca de la tabla.

Adentro.

Sube el Ángel.

Dentro.

¡Salva en tierra!

Todos.

¡Al puerto, al puerto!

Don Ricarte Moncada.

Gracias a Dios, que ya libres

de la tempestad nos vemos.

Roberto.

Recuesta a Blanca entretanto,

por si al ruido del estruendo

don Guillén y los demás,

que en el otro navío salen,

por estar cerca acudieron

con la gente, que al socorro

vino del mísero leño;

que yo, si acaso han salido,

toda la playa corriendo

para volver a avisarte,

por si no vuelve tan presto

del desmayo, la pesquisa

voy a hacer.

Don Ricarte Moncada.

Bien lo has dispuesto.

Mientras reclina Ricarte a Blanca sobre un peñasco, detiene María a Roberto que quería irse.

Doña María Cerbellón.

Ya frustradas tus cautelas

has visto.

Roberto.

Mas no por eso

desmayo, pues aún me quedan

para poder atraerlos

al precipicio, esperanzas.

Doña María Cerbellón.

Yo en la piedad espero

del que es todopoderoso,

que la forma disponiendo

de que te vales, conozcan

tu engaño, siendo tú mismo

quien la verdad declarando

haga el error escarmiento.

Roberto.

No me impidas, no me impidas

el paso.

Vase Roberto.

Doña María Cerbellón.

Libre te dejo,

Don Ricarte Moncada.

¡Qué escucho!

Doña María Cerbellón.

pues su castigo

para otra ocasión reservo.

Don Ricarte Moncada.

Sin duda con don Guillén

acaso encontró Roberto,

y deteniéndole el paso

con otros está, que espero

iré, mientras vuelve Blanca,

a hallarle a su lado.

Vase.

Doña María Cerbellón.

¡Oh, ciego,

cuánto inadvertido, pues

Pag. 67

Doña María Cerbellón.

siendo tu peligro cierto,

apenas un riesgo salvas

cuando das en otro riesgo.

Blanca, Blanca.

Doña Blanca Centellas.

¿Quién me llama?

Doña María Cerbellón.

Quien aliviar tu tormento

solo en tu busca ha venido.

Doña Blanca Centellas.

María, pues ¿cómo a fiero

huracán... di, ¿do mi culpa

aquí?, ¡ay de mí!, hablar no puedo.

Doña María Cerbellón.

Vuelve en ti, y asegurado

tu temor, ven me siguiendo.

Doña Blanca Centellas.

Si yo inadvertida y ciega...

Doña María Cerbellón.

No tus disculpas espero.

Doña Blanca Centellas.

¿Cómo...?

Doña María Cerbellón.

Como solo pide

la enmienda el conocimiento,

sígueme pues.

Vanse y sale Ricarte.

Doña Blanca Centellas.

Ya te sigo,

¡ay de mí!, que un monte intento

mover, pues torpe las plantas

conmigo misma tropiezo.

Vase y salen María y Blanca.

Don Ricarte Moncada.

A nadie encontré, sin duda

fue vaga ilusión del viento.

Blanca, pues no me responde,

y sin duda que no ha vuelto

del desmayo; mas sobre esta

peña quedó, y no la encuentro.

Mal presumí, pues sin duda

mientras yo falto, en su acuerdo

restituida, el no verme,

que en mi busca y su recelo

la ha portado a la orilla

del mar, buscarla pretendo.

Doña María Cerbellón.

Ya que el peligro, Blanca, se asegura,

que fatal anuncia tu desventura,

huyendo de riesgo tanto,

tras dejar la copia de tu llanto,

pues ansioso tu anhelo

pudo a piedad mover al que del cielo

hacedor soberano

al verte despeñar, tan divina mano

tenderte quiso, que en tan triste suerte

luchado hubieras con la infausta muerte.

Y advierto, no publique tu cuidado

nada de lo que has visto que ha pasado,

pues por medio del mal tu dicha alcanza

ver de su bien lograda la esperanza.

Doña Blanca Centellas.

Solo en esta ocasión la pena mía

pudiera conseguir por ti, María,

ver tras de tanto anhelo sucedido

que el mal en bien se hubiese convertido.

Doña María Cerbellón.

Di que conmigo en mi oratorio estabas.

Sale Claudia.

Doña Blanca Centellas.

¿Quién es?

Doña María Cerbellón.

Yo soy.

Claudia.

Tú me llamabas.

Doña María Cerbellón.

Yo te llamé, ¿qué hacías?

Claudia.

Esperando

a que tú me llamases, y escuchando

estaba aquella plática suave

de fray Bernardo, que tan dulce sabe

reducir sin violencia y sin engaño

la perdida ovejuela a su rebaño.

Don Pedro, don Guillén y don Fadrique

con él están también.

Doña María Cerbellón.

Que se dedique

de mi obediencia el fiel y justo celo

a los dos, pues los dos en tierra y cielo

me dieron consiguiente la victoria

del triunfo temporal para la gloria;

llámalos.

Claudia.

Excusada es la advertencia.

Pag. 68

Claudia.

pues oyendo tu voz a su presencia

supongo que vienen ya.

(Salen Don Fadrique, Don Guillén, Don Pedro, Fray Bernardo y Fray Pierres)

Don Fadrique Centellas.

Soberana mía.

Don Guillén de Cerbellón.

Hija amada.

Doña María Cerbellón.

Señor,

Fray Bernardo Corbaria.

Madre María.

Doña María Cerbellón.

Padre, sus pies me dé, que a ellos me ofrezco.

Fray Bernardo Corbaria.

Más cerca están mis brazos.

Doña María Cerbellón.

No merezco

tal dignidad.

Fray Bernardo Corbaria.

Más gloria en mí sería

besar sus pies, que dar la mano mía.

Don Fadrique Centellas.

Los dos de santidad ejemplo han sido.

Don Guillén de Cerbellón.

Quien, cielos, tanto bien ha merecido,

Don Pedro Centellas.

no sé lo que en el pecho me contemplo

al mirar de virtud tan nuevo ejemplo.

Ay, María, que sin violencia pudo,

de mi pasado error rompiendo el nudo,

hallar norte la fe que a ti me inclina,

que humana te juzgué, y eres divina.

Doña María Cerbellón.

Dadme, señor, la mano.

Don Guillén de Cerbellón.

Alzad del suelo,

que esta tierra incapaz de tanto cielo.

Doña María Cerbellón.

Primos, con bien vengáis.

Don Pedro Centellas.

¿Cómo podría

no serlo quien logró tu compañía?

Doña María Cerbellón.

¿Qué hora será?

Claudia.

Estaba ahora contando

las once.

Doña María Cerbellón.

Pues que ya se va acercando

la hora.

Claudia.

A disciplina esto me suena,

mira en qué colación de Nochebuena.

Doña María Cerbellón.

De maitines víspera es ahora

en que al mundo nació para alegría

de los vivientes, y terror eterno

del que triste morada hizo Averno,

de aquel Sol de Justicia Soberano,

que todos me dejéis aquí os suplico

sola con fray Bernardo.

Don Guillén de Cerbellón.

No replico,

siendo en un padre esta la vez primera

que obedecer al hijo alegre espera.

Don Fadrique Centellas.

Ni yo a impedirte aspiro.

Don Pedro Centellas.

Yo, obediente a tu voz, ya me retiro.

Doña Blanca Centellas.

Yo también, mostrando así el efecto

del que es tan inviolable tu precepto.

Fray Bernardo Corbaria.

Váyanse.

Doña María Cerbellón.

Tú también.

Claudia.

De buena gana.

Mas, ¿con quién me he de ir?

Fray Pierres.

Conmigo, hermana.

(Vanse menos Fray Bernardo y María)

Doña María Cerbellón.

Dichoso padre mío,

la hora en que consagraste el albedrío,

quedó a ser alma unida

para poder mostrarme agradecida

al esposo de quien la unión dichosa

me hizo esclava feliz, siendo su esposa.

Fray Bernardo Corbaria.

Démosle gracias, pues al Uno Trino,

que de pan tan humilde a darnos vino

con la salud del alma,

de la gloria inmortal la eterna palma.

Doña María Cerbellón.

Y a la que de luceros coronada

en claustro virginal le dio morada,

para que mejor hoy se frecuente

nuestra oración mental, digo...

Ángel.

Detente,

que de Dios enviado a tus anhelos,

rasgando los celestes paralelos,

prevenirte, María, es ya forzoso,

previsto por el Todopoderoso,

que antes que el sol dorando valle y monte

precipite su luz a otro horizonte,

has de ir de su piedad ya satisfecha

a darle estrecha cuenta...

Pag. 69

Doña María Cerbellón.

¡Oh, bien estrecha!

Llora, pues en el número ha excedido

mi maldad a las que hayan cometido

todas las criaturas que nacieron.

Ángel.

Y para que conozcas cuán inmensa

su bondad infinita es, te dispensa

desde su sacro imperio

a verse manifiesto aquel misterio

que contemplando estabas;

y mañana en la iglesia a do acabas

escuchar en el sacro sacrificio

de la misa con que este beneficio

a tu desvelo advierte,

que si quiso impedírtelo la muerte

al ver ya tan cercana tu partida,

el sumo bien te le concede en vida.

Y porque al ver de Dios enamorado

a Bernardo le fue de tanto agrado,

quiso, porque su celo más se aumente,

como a tu confesor, esté presente.

Fray Bernardo Corbaria.

Gracias es bien que mi humildad ofrezca,

al que dispuso tanto bien merezca.

Doña María Cerbellón.

Cúmplase del Señor en esta esclava

la voluntad, pues si pavesa acaba

la vida, a un soplo cuando reverbera

en otra eternidad lucir espera.

(Descúbrese la apariencia del nacimiento.)

Ángel.

Vuelve los ojos y verás ahora

nacer el sol de la mejor aurora.

Atiende bien y advierte

a lo que ves, pues de la misma suerte

que aquí se representa

le cree la fe, del evangelio cuenta.

Música.

Pues en un portal se encierra

quien dio a Luzbel tanta guerra

muriendo por las criaturas,

gloria a Dios en las alturas

y paz al hombre en la tierra.

Doña María Cerbellón.

Alba de la luz más pura

que allá en su mente formó,

aquí sola te crió

excepción de la criatura

para gloriosa clausura

del que con piadoso anhelo

rasgó de la culpa el velo,

y al verse también hallado

le pareció a su cuidado

no haber salido del cielo.

Fray Bernardo Corbaria.

Dulce bien, manso cordero,

a quien juzgó la injusticia

de la cruenta malicia,

pendiente de aquel madero.

Y cuando os juzgó severo,

de tanto rigor esquivo,

al sentaros vengativo

habiéndoos tan mal pagado,

por veros apasionado

os comprendió compasivo.

Fray Bernardo Corbaria.

Sin mi amable compañía.

Doña María Cerbellón.

Sin vos me turba el pecado.

Fray Bernardo Corbaria.

¿Cómo así me habéis dejado?

Doña María Cerbellón.

Sed mi norte, luz segura.

Fray Bernardo Corbaria.

Pues, Señor, ¿lleváis a María?

Doña María Cerbellón.

Pues sois soberana estrella,

Fray Bernardo Corbaria.

¿Cómo he de vivir sin ella?

Doña María Cerbellón.

Pero, ¿qué me desconfía?

Fray Bernardo Corbaria.

Si me falta en ella el día.

Doña María Cerbellón.

Con protectora tan bella.

(Cúbrese la apariencia.)

Ángel.

Ya, María, que has logrado

ver del modo que nació

en un portal entre pajas,

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Ángel.

A que ser a todo Dios,

y a que la hora se acerca

que mi voz te señaló

porque de este valle pases

al alcázar de Sión,

a pagar como criatura

lo que debes al Creador,

¿qué respondes?

Doña María Cerbellón.

No me admira,

soberano embajador,

que me lo preguntes, pues

para entenderlo mejor

siempre a Dios más bien sonaron

las voces del pecador

que no, cuando las disculpas

remite a la intercesión,

que he de responder gozosa,

ufana y alegre estoy,

pues está en su voluntad

de convenir con amor.

Aquí se cumpla, que es cuanto

buscaba mi corazón.

{Vuela.}

Ángel.

Que yo, rasgando la esfera,

a dar la respuesta voy

a quien, abiertos los brazos,

dará a la virtud premio.

Doña María Cerbellón.

¡Qué maravilla!

Fray Bernardo Corbaria.

¡Qué angustia!

Doña María Cerbellón.

¡Qué alegría!

Fray Bernardo Corbaria.

¡Qué aflicción!

{Cae desmayada, y salen don Guillén, don Fadrique, Blanca, Claudia, don Pedro y Pierres.}

Doña María Cerbellón.

Pues no dilatar la dicha

me conviene... ¿a qué espero?

Mi obediencia, Padre, Blanca,

Don Pedro... pero, ¡ay!, la voz,

la respiración me falta

para la pronunciación.

Don Guillén de Cerbellón.

¿Qué nos quieres?

Doña Blanca Centellas.

¿Qué das voces?

Don Fadrique Centellas.

¿Qué nos llamas?

Don Pedro Centellas.

¿Qué asusto

te inquieta?

Fray Bernardo Corbaria.

Un accidente

tan improviso asaltó

la constancia de su pecho

que a este extremo la obliga.

Don Guillén de Cerbellón.

¡Qué pena!

Doña Blanca Centellas.

¡Qué desconsuelo!

Don Pedro Centellas.

Todo el cielo se eclipsó.

Don Fadrique Centellas.

Desmayo será, sin duda.

{Salen Ricarte, Roberto y Pernía al paño.}

Fray Bernardo Corbaria.

No temáis, pues el Señor

nos concederá que vuelva.

Don Ricarte Moncada.

Aquí con tal precisión

me traes, cuando ya de Blanca

me aseguraste que entró

en su casa.

Pernía.

Testimonio.

Claudia.

¿No es Ricarte el que ahora entró

con Roberto?

Pernía.

Ya que amar

a mi amo no le abrasó,

quiere ver si entre las llamas

anega su perdición.

Roberto.

¡Ay de mí! ¿Qué más quiere?

Forzado lo vengo yo,

¿qué me quiere esta María,

que más tormento me dio

que las virtudes que ejerce

de su nombre la alusión?

Doña María Cerbellón.

¡Ay de mí!

Fray Bernardo Corbaria.

¡Albricias, que vuelve

en sí!

Don Guillén de Cerbellón.

¡María!

Doña María Cerbellón.

¡Señor!

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Don Guillén de Cerbellón.

que sientes

Doña Blanca Centellas.

di que te aflige

Doña María Cerbellón.

Solo la humana pensión

a cuya deuda obligado

todo lo mortal nació

y pues es fuerza pagar la

y el espacio que midió

el brebe tránsito asido

quien de mi me enajenó

para que viese entre sueños

la verdad como ilusión

escuchadla atentos todos

ricarte ya se llegó

el tiempo en que tu esperanza

consiga el ser posesión

y así pidiendo a Fadrique

la debida permisión

que espero que no me niegue

a blanca le has de dar hoy

la mano

Don Fadrique Centellas.

pues como

Doña María Cerbellón.

aquite

que es el camino mejor

que allar pudieron mis ruegos

para quietud de los dos

Don Fadrique Centellas.

no replico

Doña Blanca Centellas.

Yo combengo

en ello

Don Ricarte Moncada.

Yo se la doi

satisfecho y obligado

Doña Blanca Centellas.

bien lo merece mi amor

Pernía.

acaba esta boda

Claudia.

Y muerte

que una misma cosa son

Doña María Cerbellón.

roberto

no os asusteis

di pues que la permisión

de tu fingida apariencia

fin en mi tránsito dio

para que todos lo sepan

quien eres pues el señor

que aqui para esto te induze

sabes que assi lo hordeno

El Demonio.

apesar de la obediencia

Y ahora escuchadme todos

aquel brillante lucero

que la soberbia apago

Yo aqui tomando la forma

de roberto a quien mato

su hermano ricarte

Pernía.

fuego

miren si lo dige yo

Don Ricarte Moncada.

de mi sangre el agresor

que escucho cielos yo os sigo

El Demonio.

a tal insulto le induze

aquel hombre a quien le dio

a los tres la fiera muerte

por alta disposicion

fue el ya difunto roberto

que del sepulcro salio

para librar a su hermano

del peligro en que le bio

a ruegos de don guillen

bernardo

Fray Pierres.

no sino yo

y diganlo mis costillas

Don Ricarte Moncada.

ay ermano de mi vida

los quejidos que el tartaro asordio

El Demonio.

El ardid que fomento

con dos papeles mi engaño

el saberlo no importo

pues se libraron del riesgo

prebenidos a quellos dos

para quien yo le prebine

solo por la imbocacion

que a maria del socorro

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Húndese.

Roberto.

hicieron, como logró,

al mismo auxilio la nave

que a salvamento arribó,

que es la que de Argel nos dio

la esperada redención;

pues ardides ni trazas

que mi cautela inventó,

ya frustradas por María,

de ningún provecho son.

Sepúltense en el abismo

mi soberbia y presunción.

Don Guillén de Cerbellón.

¡Qué maravilla!

Don Fadrique Centellas.

¡Qué asombro!

Doña Blanca Centellas.

¡Qué espanto!

Don Pedro Centellas.

¡Qué admiración!

Claudia.

¡Qué prodigio!

Don Fadrique Centellas.

Absorto quedo.

Fray Bernardo Corbaria.

¡Oh, inescrutable favor!

Fray Pierres.

¡Qué pestilencial perfume!

Pernía.

¡Qué perversísimo olor!

Doña María Cerbellón.

Ya, padre amado, ya, Blanca,

ya, fray Bernardo, llegó,

pues el crítico accidente,

palpitando el corazón,

a impulsos de la dolencia

el espíritu postró.

Ya vuelvo a decir, la hora

se cumple de que al Señor

el espíritu encomiende.

Unos.

¡Qué lástima!

Otros.

¡Qué dolor!

Doña María Cerbellón.

María, abogada y madre,

válgame tu intercesión,

hoy, que al Creador le vuelvo

el alma que me entregó.

Don Guillén de Cerbellón.

¡María!

Fray Bernardo Corbaria.

Madre, interceda

por mí con su Creador.

Doña María Cerbellón.

¡Salve!

Don Guillén de Cerbellón.

Mi llanto me anega.

Baja la apariencia en que vienen los ángeles para subir el alma.

Doña María Cerbellón.

Jesús, Jesús.

Fray Bernardo Corbaria.

Ya expiró.

Pernía.

Arrullóse la paloma.

Fray Pierres.

Agafarito voló.

Don Guillén de Cerbellón.

Mas, ¿qué reflejos...?

Don Fadrique Centellas.

¿Qué luces...?

Doña Blanca Centellas.

¿Qué admirable resplandor?

Don Pedro Centellas.

Que baña la región del aire,

Don Ricarte Moncada.

parece que se bajó

a la tierra todo el cielo.

Fray Bernardo Corbaria.

Verdad es, no presunción;

Claudia.

Ésa sí que es nochebuena,

que a un muerto así entierran, no.

Sube la apariencia.

Ángel.

Suba a gozar a la gloria

de los favores de Dios,

quien de su casta pureza

la honestidad conservó.

Vosotros, mortales,

no lloréis, no, no,

a quien desprecia al mundo

por una eternidad, a que aspiró.

Don Guillén de Cerbellón.

Vamos a llorar su falta.

Doña Blanca Centellas.

No es medio a tanto dolor.

Pernía.

Y aquí acaba la comedia.

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Pernía.

pidiendo humilde el autor

que supliendo los yerros

le concedáis el perdón.

Laudes.