إلى> تاريخ النشر: 22 أغسطس 2026
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<إلى clإلىss="inline-flex w-fit items-center" href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/deed.es" tإلىrget="_blإلىnk" rel="noopener noreferrer" إلىriإلى-lإلىbel="عرض تفاصيل ترخيص Creإلىtive Commons CC BY-NC 4.0">صيغة استشهاد مقترحة
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La reina Matilda. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-reina-matilda.
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Portada: LA REINA MATILDA, TRAGEDIA DE JUAN DOMINGO BEVILACQUA. MUNDI VANITATE. EN NÁPOLES, En la Estampa de Felice Estillola, fuera de la Puerta Real, 1597.
La Reina Matilda. Tragedia de Juan Domingo Bevilaqua. En Nápoles. En la estampa de Felice Estillola, fuera de la Puerta Real. 1597.
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A la Ilustrísima y Excelentísima Señora Doña Juana Pacheco, Princesa de Conca. Ilustrísima y Excelentísima Señora. Cuando se fue a Pésaro el se- ñor Príncipe, juntamente con V. E., dejó en Nápoles y en su casa a Juan Dominico Bevilacqua, su secretario, para que descansando gozase las mercedes que su Exce- lencia le hace, y que pocos señores hacen a los criados que no asisten actualmente al servicio a que están obligados; y esto por tener respeto (como señor de gran pecho) a las enfermedades que con la vejez se le han cargado. Mas por no quedarse el buen criado del to- do
mano sobre mano antes mostrarse en algo agradecido; diose a compo- ner esta tragedia con intención de hacerla transcribir de buena ma- no, y presentarla a V. E. Diómela a mí para que la reconociese y diese a algún diligente escritor a trasla- darla no pudiendo hacerlo él por temblarle la mano, y yo como ami- go, no tan solamente he hecho lo uno, y lo otro, mas fiando en nuestra amis- tad, he tenido la tragedia en mis manos algunos días, tratándole que la hiciese imprimir, pues me parecía la obra no menos por la ma- teria que por el estilo, dina de ser vis- ta, y leída de personas entendien- tes: antes no poca maravilla me ha dado que siendo él napolitano ha- ya profesado, y acertado tanto en esta lengua como lo que se ve. Mas visto ya que por su mucha modes- tia en esto de hacerla imprimir iba muy recatado sin resolverse a ello, he tomado resolución yo de hacerla estampar con ponerle en la frente el Ilustrísimo y Ex- celentísimo nombre de V. E. para que cuando lo hubiese menester, le IV le tengan el respeto que se tuviera a la cierva de Julio César emperador. Espero que cuando sus devociones a V. E. darán lugar de leerla, dina la estimará de su cristiana pie- dad, por donde no le haya de parecer atrevimiento este mío, mas tome esta por ocasión de confirmarme por su criado como lo soy. Guarde Dios la Ilustrísima, y Excelentísima persona de V. E. para las grandezas que sus criados le deseamos. De Nápoles a 10 de julio de 1597. Ilustrísima y Excelentísima Señora. Besa a V. E. las manos su criado, y capellán Alexandro Pena.
Argumento De la tragedia. Habiendo sido matado en una bata- lla, habida con los moros, y el Rey de Tarracon, y sucedido en el Reino Matilda, su única hija, y heredera trató el Conde de Tortosa, hermano del Rey muerto, y tío de ella, de to- marla por mujer. Mas rehusando la Reina de tomarlo, envió Ineno su ayo a la Andalucía a llamar a Oto- ger, General de los Aventureros del ejér- cito Cristiano, para casarse con él, de quien se había aficionado por su mu- cho valor, y más por haber sido matado de su mano el Rey Supero, que en la mis- ma batalla mató al Rey padre de Matil- da. Venido en grande enojo el Conde por haberle la Reina rehusado, pensó de atosigarla; y envió por el veneno, y contraveneno hasta Túnez a un Físi- co árabe, que en una jornada había sido preso del mismo Conde, y solta- do después, por beneficio recibido de haberle curado, y restituido la salud en una grandísima enfermedad. Mas tardando mucho el mensajero a volver, V hizo otro pensamiento para hacer morir a la Reina, y trazó esta traición, que fingiendo con Elvira, Camarera de la Reina, de haberse enamorado de ella le dio a entender, que si ella consentiría a hacerla morir, en muriendo la Reina, habiendo necesariamente de suceder él, se casaría con ella, y ella sería la Reina. De esto persuadida El- vira aceptó el partido, y entre los dos se concertó el modo que fue este. Mostró Elvira aficionada en Filiberto, uno de los Cortesanos de la Reina; lo cual él creyendo, persuadido quedó también de aceptar la comodidad, que por Elvira se le ofrecía. y la comodidad era, que una noche, mientras estaría la Reina cenando en la antecámara, Elvira lo introdujese en la cámara de la misma Reina, y debajo de la cama lo hiciese esconder. Habiendo salido esto, el Conde, como bien avisado, se fue la misma noche a palacio, y con achaque de haber habido cartas del campo, y de haberlas de conferir con la Reina, entró en el aposento de ella, y hizo buscar debajo de la cama; adonde hallado Filiberto, le arrastró hasta la antecámara, y le mató a puñala- das (permitiéndose esto por ciertos Estatutos) no embargante que fuese
en presencia del Presidente del Consejo Supremo, con quien allá había ido el Conde, llamado de él; por donde fue la Reina presa, y estrechamente carcerada, y sotopuesta al juicio del Consejo Supre- mo, así requiriendo las leyes munici- pales, y privilegios del Reino. Al tiem- po que echó el Conde las manos encima de Filiberto, le puso en el pecho un billete, que había llevado escondido en la mano izquierda, y parecía de mano de la Rei- na, habiendo sido falseado de la de un allegado del Conde. Hallado el billete, y juzgado ser de mano de la Reina, diciéndose por él a Filiberto que fuese es- condidamente a buscarla, fue tanto más tenida por culpada por la instancia que contra ella hacía el Conde. Elvira con la inteligencia que tenía con el Con- de, entre la muchedumbre, y ruido de la gente se fue disfrazada en casa del propio Conde a do él la tuvo secretísi- mamente escondida en un aposento, en compañía de una Esclava salvaja dádale para que la sirviese: aunque el intento del Conde, de quien Elvira esta- ba preñada, fuese después de parida, ha- cerla morir sin que de nadie se supiese, y él casarse con otra. A la Reina se dio término de dos meses, para que o por vía civil, o de duelo, fuese defendida. Y Elvi-
ra por medio de la Esclava, y de un bille- te, que escondidamente envió al mayor- domo del Conde, el cual de ella había sido enamorado, habiéndole hecho saber el aprieto en que estaba por obra de él, y por una mina, vino a librarse; y tratán- do el mayordomo de huirla con un bajel, que en orden estaba para irse a Barcelo- na; al tiempo que se iban a embarcar, topose con el Conde, y de él fue matado a puñaladas; mas Elvira, que iba al- go atrás del mayordomo, y de ella no se había catado el Conde, se sal- vó dentro una casa: a do por el gran- dísimo miedo, vino a mal parir; y pasando por aquella calle uno de los Jueces del Consejo Supremo, oyendo los gritos de Elvira, subió en aquella y hallándola que se esta- ba muriendo, le hizo confesar todo lo que había pasado. Había ya llegado en Tarracón Otoger juntamente con Suero; y hallado la Reina estar car- cerada sin sabiendo la ocasión, le fue revelada de un religioso adivino; por donde se dispuso Otoger a combatir con el Conde en defensión de la Reina. Forzoso fue al Conde de también com- batir; mas habiendo llegado el día de antes el mensajero con el veneno, y contraveneno, por el cual le fue
menester ir hasta Alexandría, no habiendo hallado en Tunes el mé- dico que lo había de dar; puéstose el Conde en temor de haber de quedar perdedor en aquel duelo, se resolvió a dar el veneno a la Reina, havien- do por ello cohechado al botillero, pa- ra que si había de murir, no mu- riese sin venganza; y dado la vevida al copero, se murió, quedando vivo el botillero por la salva. Venido a combatir quedó el Conde muerto y la Reina viva y libre, con gran- de aplauso y alegría de todo el pue- blo, y puesta en su silla real. Pare- ció entre tanto el Alcayde de Tor- tosa, y manifestó cómo de orden del Conde había tenido preso al falsifi- cador del billete; el cual, venido a enfermarse, estando cerca de morir, confesó todo lo hecho. Mas la Reina, que había tomado el veneno, que en siete horas había de hacer el efeto, se vino a morir; y tomando preso el botillero y con- fesado la traición, fue hecho mo- rir colgado de un pie y apedreado. En Tarracón es la Scena; los que la representan son: Brisenda. Aya de la Reina. Criada de Brisenda. Conde de Tortosa. Presidente del Consejo supremo. Suero. Ayo de la Reina. Otoger. Caballero extranjero. Amengo. Mayordomo del Conde. Gómez. Compañero de Amengo. Religioso silvesino. Elvira. Camarera de la Reina. Matilda. Reina de Tarracón. Alcaide de Tortosa. Menno. Botillero de la Reina. Juez del Consejo. Notario del Consejo. Mensajero. Alguacil de campaña. Coro. de Mujeres tarraconeses.
La Reina Matilda. Tragedia.
Escena Primera.
Brisenda, aya de la Reina, criada de Brisenda.
¿Cómo podréis, con todo vuestro aliento,
que es tan débil, señora, fatigaros,
yendo con vuestros pies tan cuesta arriba,
que antes de haber llegado al alto torreón
(torre cruel, que de crueles hombres
en esta tan gentil y deleitosa
ciudad de Tarracón fundada fuiste)
a los debilitados pies no falte
la fuerza? Y juntamente venga menos
el espíritu triste y congojoso
del cuerpo tan atormentado y flaco
de vuestro mal tan grave y tan continuo.
¡Ay!, ¿cuál mal puede tanto atormentarme,
que me haga faltar de lo que debo?
Si el que tan largo tiempo me atormenta
y muerte por momentos me amenaza
nunca pudo quitarme esta, no vida,
mas bien sombra de vida? Mas sin ella
tal me quiere dejar mi mal tamaño,
para que de este ya deshecho cuerpo
yo no me valga; a su pesar yo quiero
que me arrastre este cuerpo, y de las venas
se me vierta la sangre, y que estas carnes
se despedacen todas, para sola
esta vez de mi mal, y mi flaqueza
sacar fuerza, que al ir me ayude adonde
vea la reina mi hija, y mi señora.
A veros vengo, ¡oh luz de aquestos ojos!,
¡oh de esta vida tan cansada arrimo!
(arrimo un tiempo, sí, mas ya caído).
A veros, ¡ay!, no en vuestro alto palacio,
no con diadema, que por asentarse
en vuestra frente, más que por sus joyas
resplandecía; a veros no con cetro
en vuestra real mano, que es bien digna
de cuanto en el mundo hay repartido
entre otros muchos poderosos reyes.
¡Ay!, ¿cuál a veros vengo? ¡Ay, cuán mudada
de aquella poderosa y alta reina,
que
3.
Que un tiempo os vide. Detenida y presa.
En esta abominable torre a veros
Vuelvo, si podré viva, adonde en trueque
De ser de caballeros y señores
Servida y defendida, puesta en cerco
De enemigos estáis como enemiga;
Siendo los enemigos que os cercan
Vuestros propios vasallos y sujetos,
De vos tan buena Reina tan bien quistos.
Y para más, a tantas crueldades
Añadir crueldad no se permite
Que hombre o mujer viviente se os allegue
Para daros siquiera algún consuelo;
Y esto es más vedado a mí, que menos
Apartada de vos debían tenerme,
Como la que os crié desde nacida.
Tan miserable, pues, Matilda Reina,
Ejemplo singular de cuanta puede
En sexo mujeril hallarse honra;
Tan miserable a veros vuelvo agora,
Para nunca jamás volver a veros.
Y tu Casa Real cuyo ornamento
Tanto resplandeció cuanto del Reino
En ti tuviste, ¡ay, cuán sin ella quedas
Oscura y triste! ¡ay, cómo bien pareces
Al bien labrado y de fino oro anillo,
De quien haya caído rica joya!
Sabe mi alma aun, saben mis ojos
De pasar por delante de tu puerta,
Y de verte de fuera si por ella
Entrar en ti después nunca he osado,
Que saliendo de ti, ya para siempre
Salí de mi contento, y de mí misma.
Vuestro dolor tan grave y excesivo,
Con vuestra discreción, que se le iguala
Templad, Señora, y con tan triste agüero
El detestable fin no se prevenga
A nuestra Reina. De su vida tanto
Queda aun, que cortar la verde planta
De la viva esperanza no se debe
Hasta que seca caiga por faltalle
Lo cual Dios no permita, aquel rocío
Que del cielo infundir el puede y suele.
¡Ay qué esperanza queda a lo tampoco
Que queda de la vida? esperar debo
Que en este mismo día, que es destinado
A tan horrible y afrentosa muerte,
Haya de carecer quien en dos meses
Nunca ha más parecido? Persuadirme
Podré, que muerto mi marido viva?
Y que habiendo entendido el tan extraño
Caso de mi Señora, llegar pueda
Con un socorro tal, y tan a tiempo,
Que la honra, y la vida juntamente
Le libre? ¡Ay cómo esperar puedo tanto,
Si en busca dél por tan diversas partes
Habiendo despachado mensajeros,
Unos no han vuelto, otros inciertas nuevas
Nos dan? y el que más ciertas las da, dice
Que buscando en el campo de los nuestros
Allá entendió de un nuestro conocido
Haberle visto por algunos días, qu'en
Que en su tienda le tubo aposentado
el General de los aventureros
Oger Agolante, el valeroso.
Mas que ya mas de mes, y medio havia
Que del campo faltado habían entrambos,
Sin saverse peró por cual camino,
Ni para adonde, o paraque se fuesen:
Y que si bien en torno a tal partida
No faltaban juicios muy diversos,
Desta causa peró no se trataba,
Ni se podia tratar: porque tal nueva
No havia llegado allá cuando partieron.
Y si ya tanto sobra el tiempo al tiempo,
Que debria mi marido estar en casa,
Cual cosa buena d'el esperar puedo?
Fuerza es de sospechar (ahy de mi triste)
Haverle muerte sucedido, cuando
Enfermedad, o carcel, o desastre
Otro no le detenga en el camino.
Y puesto que por muerte yo no quede
Viuda d'el, dejará la cruel muerte
(Pues tan cerca ha llegado) de privarme
Tan presto de la Reina mi Señora,
Que tarda ya no sea de mi marido
La venida? y tambien tardo el socorro,
Que dar por obra d'el se le pudiera?
Entorpecida ya esta esperanza,
Sola la de la muerte se levanta;
Ni est' otra aun por cierta tener puedo.
Ahy muerte, ahy cruel muerte, tu de todos
Aborrecida, a mi sola aborreces.
De mi, que mas te busco, mas te apartas,
Y a los alcances vas de quien te huye
Si huyr aprovecha, o esconderse
Que a donde piensan mas cerrarte el paso
Por alla tu lo haces mas abierto.
Cortes importuna y retirada hace.
Mas para que entre tantos que te llevas,
A mi dejas, o fiera mas que Tigre,
O mas que aspid sorda? qu' entendiendo
Que el morir para mi será regalo
Antes de verte miserable excesso,
Que presto haras en la Real persona
De la Ynocente Reina, los oidos
te tapas a mis ruegos, en mi abiertos,
Estos ojos dejando a mayor pena
Que no será el morir. Diversamente
Prueban tu crueldad unos, y otros:
Unos, porque alargas mas deseando
La vida, del sangriento tu cuchillo
Se les queda atajada; otros qu' en pena
La llevan, aunque busquen acabarla,
tu por no ser con ellos mas piadosa
de lo que sueles, d'ellos te descuidas,
Dejándolos colgar de un muy delgado
Hilo, que aunque podrido, nunca acaba
De romperse; porque para romperlo,
tu no extiendes la mano, y de tal hilo,
Tienes colgada esta desecha vida.
Mas ya que sin tu mano no hay quien pueda
Morir, y tu d'echarla en mi t'esquivas;
Aguardarete a que por fuerza quieras.
Porque en la hora misma, que del mundo
Aquella quitarás, por quien yo vivo;
De manera asiréte con mis manos,
Que por soltarte d'ellas, de las mías
Te valdrás en soltarme de la vida.
Que tanto dure vuestra vida amarga
(Según anda tratada) es maravilla:
Pues el siempre llorar de día y noche,
Y porfiadamente tener l'alma
En tantos pensamientos tan envuelta,
Otra persona más robusta y fuerte
Pudiera, creo, haber ya sepultado.
Y yo por mi otro entender no puedo,
Sino que Dios os tiene de su mano
Para lo que la vida vuestra importa.
Mas como a la verdad es imposible
Que hombre, el cual no es de acero, mas de carne
Corazón tenga con entrañas, que eso
Vea en aprieto tal, tan vuestra Reina,
(Y más yo, que con ser en sus servicios
Fiel aya, en amor madre le fuistes)
Así la razón quiere, que la raya
De la decencia, y de lo que a vos misma
Más obligada sois, no se traspase;
Que a Dios sería hacer no poca ofensa:
Temo, que si con ruegos no se os diese
Para el sostentamiento de la vida
Algo que todavía es tan escaso,
Un espanto es cómo pueda sustentaros,
El porfiado ayuno os mataría:
Ni sé cómo después de haber tenido
Abiertos a las lágrimas los ojos
Días, y noches enteras, por cerrallos
Breve espacio vencidos de la fuerza
Del cansancio decir se pueda aquello
Dormir o descansar, por donde pueda
El cuerpo restaurarse, si no menos
En aquel breve espacio trabajando
Con su desasosiego queda el alma;
Y las tristes imágenes, que el sueño
Le representa, los sentidos dentro
Perturban con terror, que así durmiendo
Como velando os tiene siempre en llanto
Y del tan demasiado angustiaros
Nace, que l'alma ver no puede en sueño
Si no cosas, que en sueños le atormentan,
Y como ellos no son ya verdaderos,
Así vanas también muestran las cosas.
Sueños no son las cosas que se ven
Fuera del sueño, y d'ellas los remates
Muchas veces primero, que sucedan,
De piedad celestial en nuestras almas
Descúbrense en visión. El haber visto
(Velando oso decir que no durmiendo)
De la tumba salir los muertos padres
De nuestra Reina, y con sus manos frías
Tomarme a mí la una, y conducirme
A otra sepultura y allá muerta
Llorarla (digo en este mismo tiempo
Que se halla Reina en tal aprieto)
¿Diré que es vanidad? ¿Diré que es sueño?
Que se debe entender por las culebras
Que
9.
Que hallo cuando en sueños las arquillas
Abro, en que están sus joyas conservadas,
Y cuál es el ahúco cuando veo,
O de ver me parece que estos pechos,
Que le dieron la leche, sudan sangre.
Largo sería el contar la larga guerra
Que por tan largo tiempo con mil hace
Visiones (que no sueño) he tenido.
Ay, oh hermana, de mí tanto anoche
No te pesara, como te ha pesado;
Pues que por sospechar que me mataba
El afán, que durmiendo padecía,
No dándome socorro en despertarme,
Harto piadosa y curiosa fuiste.
Porque, según la guerra que me hizo
Tal visión, ya no dudo que con ella
Todas las demás guerras se acabaron
Con acabar mi vida, o a la fuerza
De la congoja no viniera menos.
Menguáronla estos ojos, que así abiertos
Engañaron el alma, pues no viendo
Ellos de fuera lo que el alma dentro
Recogida en sí misma había ya visto,
Le dieron a entender ser todo vano.
Piedad cruel, que por hacerme libre
De tormento en tormento me ha dejado.
No plega a Dios, que tan cruel yo fuera,
Que dar pudiendo ayuda a quien la tiene
Menester, yo de darla deseara,
Y más a vos, señora, a quien debidos
Con todo amor y fe son los trabajos
Que mayores sufrir pueda esta vida.
Y bien creo, que aquesto se me crea,
Como lo que vos padecéis no hace
Creer vuestra afición con nuestra Reina.
Dormíame yo, y en sueño los gemidos
Sentí que vuestro angustiado pecho
Sacaba: despertéme, y parecióme
Que tal era el afán que no podía
Dejar luego al momento de arrancaros
El alma del cuerpo. A vuestra cama entonces
(Aunque temblando toda por el miedo
A despertaros) me allegué. Dios sabe
Cuánto mayor temor en despertaros
Tuve, según de vos se fue el aliento,
Y a volveros tardó, tras un desmayo
Otro siguiendo luego, y cuando de ellos
A sosegar dejasteis, de la cama
Salisteis, con el ímpetu, que apenas
Dio lugar a vestiros, por si a tiempo
Vos viva llegaríades a ver viva
Nuestra Reina. Mas ya que del castillo
A do presa y guardada está su Alteza,
No se abre aun la puerta si primero,
Abierta no se ve la de oriente;
Deteneros aquí más conviniendo
Que ir a esperar allá; gastar os ruego
Este espacio en narrar el triste sueño
Que tan triste os paró; cuando este mío
No sea demasiado atrevimiento.
Si narrare, quizá volviendo el alma
A ponerse presente el caso horrible,
Echada
Echada de la fuerza del tamaño
Dolor, se me saldrá del cuerpo fuera.
En una ancha campaña y muy desierta
Me parecía de verme a do ni planta
Había, ni hoja, ni de hierba un hilo,
Ni una gota de agua; mas agudos
Espinales, y ásperos peñascos,
Cóncavos escondrijos, y profundas
Cuevas, donde salían fieros bramidos,
Que el aire escurecido enchían en torno.
Cómo, o por dónde allá me fuesse entrado
No me acuerdo. Buscar me parecía
Cosa, que en parte tan aborrecida
Nunca quisiera hallar: ni de buscarla
Me podía desistir: ni aun bien claro
Me parecía entender lo que buscaba.
Cuando a la flébil voz d'una doncella,
Que a una dura peña atada estaba,
Y cubierta de un hábito sencillo
Cual nieve blanco, enderecé mis pasos.
Mas no tanto podía apresurallos,
Como a mí apresuraba el gran cuidado.
Antes me era el andar muy trabajoso,
Como si grave carga en mí llevara,
O si alguno el andar me detuviera.
En esto vi un dragón el más terrible,
Que quizás haya visto en algún tiempo,
O en parte más remota; que lanzando
De la hedionda boca, y de los ojos
Un venenoso aliento, y unas llamas,
Que el aire corrompían, ardían la tierra.
Iba para tragarse a la doncella;
A la cual ya tan cerca había llegado,
Que pudo echarle, como bien echole,
Su pestilencial veneno encima.
Mas antes de ponérsela en las uñas,
Fue a encontralle un animoso, y fuerte
León, que le detuvo, y combatiendo
Con él, no le dejó, hasta dejarle
Tendido, y muerto. En mí fue l'alegría
Por el buen fin, que tubo la batalla,
Sin medida. Mas como a las mudanzas
Todas las cosas del estado humano
Sujetas son; aquel contento luego
De otro tanto dolor quedó seguido.
A la doncella del mortal aliento
Inficionada ya, que se moría,
Me allego, y veo (¡ay si podré decillo,
Ay dolor, pues que sufres que no viva
Bien sufrirás que así lo diga) qu'era,
Qu'era Matilda, Reina, y mi Señora.
Y ella como pudo conocerme
Mientras temblando toda en estos brazos
La sustentaba yo, y daba voces.
En mí poniendo los dolientes ojos
De piedad, y de lástima pintados,
Dijo. Ay, madre, ya veis cómo me muero;
Dadme, si podéis, madre, algún socorro.
Y con esto dio luego el alma fuera.
Bien hizo para ir a acompañalla
La mía todo su esfuerzo; mas al punto
Que ella de mí se estaba despidiendo,
13
Paróse a tu llamada, y no despierta
al sólito llorar abrir los ojos.
Bendición haya, y gloria eternamente
nuestro Dios, que las sombras de tal susto
hizo desaparecer y con asombros
ojos ya veis no haber por estas partes
ni león, ni dragón, y vos del miedo
y nuestra Reina del peligro libres
quedáis; y si a más cierto otro peligro
ella queda sujeta, de su amparo
Dios no la quitará, pues en un hora
suele dar lo que nunca vino en años.
Y quizá aun podría, el propio Conde,
el que la difamó vuelto en sí mismo
alumbrado de Dios, arrepentirse,
la verdad declarando, y la inocencia
de la Reina, de modo que la vida
con la honra le quede salva, como
ya no quedó por él, y sus mentiras,
que la una, y la otra no perdiese.
Tan bueno es nuestro Dios, que nunca deja
de alumbrar a cualquier hombre, que quiere
los rayos recibir con tan clara
luz, que por todo difundiendo esparce.
Mas ¿cómo puede entendimiento humano
ser de Dios alumbrado si la entrada
cierra a su claridad? y si en tinieblas
quiere quedarse. Porque muy bien él sabe,
sabe muy bien el conde, cómo ofende
a su sobrina, a Dios, y a su alma
con calumnia tan grande. Mas no quiere
la fealdad de su obstinado intento
volver atrás, sino que más ímpetu
trajo la codicia de reinar por muerte
de quien viva el reinar le quitara.
En ti solo, Señor, confío, y espero,
como en el mundo engañador no veo
qué confiar o qué esperar se pueda.
Y si ya no me queda otra esperanza
de la que en ti gimiendo agora vengo,
esta sé que las otras todas sobra.
Tú, todopoderoso, y todo justo,
tu socorro y amparo al inocente,
como ya la inocente y casta hebrea,
del mentiroso crimen de impúdica
libraste, y de la muerte aparejada:
Así libra, Señor, esta que tuya
hechura es, como aquella, y que es no menos
de aquella (como sabes) casta y pura.
Vamos, hermana, vamos, que es hora.
Scena Segunda.
El conde de Tortosa solo.
Quien puede, y no procura ensalzarse
y, en señorío aventajar a otro,
mas contento se queda en el estado,
que se trajo al nacer de su fortuna;
bien se puede decir, que no merece
haber nacido de hombre, entre los hombres,
Folio 15
Más de animal, entre animales que andan
tras el solo sentido sin discurso.
De quien tener ingenio se presume
más del que suele dar naturaleza.
A la gente común, y se descuida
en prevalerse de él también yo digo
que este o ingenio no tiene, o si lo tiene,
el tenello no es más, que no tenello;
como quien siendo rico de vestidos
desnudo y andrajoso andar quisiese.
Rey es el fiero león de cuantas fieras
por la haz de la tierra andan vagando;
mas no rey un león de los leones.
Así entre todos pájaros y aves,
que por el ancho y sotil aire el vuelo
despliegan, reina el águila se estima.
Y entre la muchedumbre del pescado,
que en el líquido mar hay tan diverso,
vemos que la ballena es la señora.
Mas al hombre dotando la natura
de entendimiento y ánimo elevado,
le concedió, que no tan solamente
de todas las especies de animales
sean en mar, sean en aire, o sean en tierra
fuese señor, mas que también de todos
los demás de su especie un hombre solo
ser lo pudiese. Así de tiempo en tiempo
en cuanto el océano abraza han sido
reyes unos a otros sucediendo.
Y el que ser para más aún se conoce,
busca de acrecentar reino a reino,
y de ensanchar su imperio, más que puede.
¿Qué maravilla es pues lo que se cuenta
del famoso Alejandro, que entendido,
mientras ganando más iba del mundo,
como habían otros mundos, vuelto todo
en tristeza lloró, porque al trabajo
de conquistarlos, no le bastaría
la vida como el ánimo, pues uno
para su inmenso corazón poco era.
Y si para ser rey ánimo tuvo
uno, que cual nació, tal fue criado,
toda su mocedad entre pastores,
y vino a serlo, que entre los antiguos
siete reyes romanos, fue el tercero;
¿dejaré yo de pretender de serlo?
Yo que de reyes soy hijo y hermano.
¿De reyes de la sangre generosa
de los famosos godos? Firme en esto
ha estado, y está todo mi intento, en esto
toda mi diligencia, ingenio y fuerza
por mí se ha de poner hasta alcanzallo,
si aún para alcanzallo algo me queda;
mas ¿qué puede quedar como se acabe
este por mí tan deseado día,
con el cual acabar deberá la vida
de la reina Matilda mi sobrina?
¿Quién me dirá que hago mal tratando
de hacerla morir? ¿Quién no cree
que cual culpable lo merece? Basta
que en el plazo ya dado de dos meses
que acaban hoy, ninguno ha parecido
17.
En su defensa, más a defendella
¿quién se había de atrever, y echarse a riesgo
de combatir conmigo? pues probanza
de testigos ni l'hay, ni puede haberla,
ni remedio hay civil, que le aproveche.
Y si bien mi conciencia algunas veces
me representa toda la maraña,
que por mis manos ha pasado; entiendo
todavía, que mayor d'ella es la culpa,
que no mía: pues tan poco miramiento
ha tenido a l'Alteza de su casa,
qu'ella ya no habiendo hombre quedado
sino yo, que de un padre con su padre
he nacido, y pudiendo, antes debiendo,
(consintiéndolo el gran Pastor supremo)
no con otro casarse que comigo
por no quitar d'su linaje el reino;
porfiada no quiso oír palabra
de cuanto la Real conveniencia
a ello l'obligaba. Antes barrunto,
que de sus mujeriles pensamientos,
y de consejo ajeno persuadida,
haya a Suero su ayo despachado
(según que por acá ya muchos días
no l'he visto) a tratar de casamiento.
Mas quién acertará con quién, y adónde.
Sea pero esto, y más, lo no tratado
para tratar no viene más a tiempo.
Pésame de que habiendo yo enviado
para el veneno, que propuesto había
de dar a mi sobrina, el mensajero
hasta ayer no haya vuelto en cuatro meses
que si al debido tiempo aquí llegara,
todo el trabajo que he después sufrido
bien excusado fuera, y yo contento.
Como contento, y satisfecho ando
de Hameth el gran médico, que esclavo
siendo mío por mi preso en la jornada
de Fraga, mereció ser hecho libre
por la cura que hizo en mi persona.
Y agora para más aventajarme
en liberalidad, así el veneno
como el contraveneno, me ha enviado.
Lo cual yo tengo en más de lo que entonces
él la cobrada libertad no tuvo.
Mas después que a volver el mensajero
tardó tanto que a mí no convenía,
tardar más, con andar perdiendo el tiempo
(siendo de sospechar que hubiese muerto
o él, o el propio médico mi amigo)
¿cuál tan loca paciencia detenerme
podría, que otro camino no tomase
para llegar a mi tan alto intento?
Tomélo, y acerté tanto que hoy mismo
tendré de mis sembrados la cosecha,
cual no puede faltar, los dos licores,
que de Alejandría Hameth me ha enviado
(adonde el mensajero fue a buscarle
no le hallando en Túnez) bien guardados
serán para otro efecto, a otro tiempo
quizá podrían servir: tal siendo el uno,
que al cabo de siete horas en momento
mata
[Folios 19 y 20]
Mata al que bebe d'él, sin entretanto
Sentir dolor o afanes dar señales
De veneración; teniendo el otro
Virtud y fuerza de quitar la fuerza
Al ponzoñoso como en dos perrillos
Ayer mismo la prueba tengo hecha.
Acabará pues en tan breve espacio
Mi sobrina la vida, y si el derecho
Padece fuerza a la sentencia valga
Del que supo valerse de la fuerza.
Que como dijo que forzar se puede
La ley para reinar, así lo puso
Por obra para sí su patria Roma,
Sujetando la cual demás de libre,
Señora y Reina fue de todo el mundo.
Mas mientras aquí estoy conmigo solo
Hablando ni hay persona que me entienda
Al desdichado ni ha puerta o cara
El cuidado adormece. El Presidente
Parece que debiera haber venido,
(Según me prometió) antes que el alba
Su claridad por todo esparciese;
Salido ha el sol por harto espacio en alto
Del horizonte, y cada uno atento
Anda tras su negocio, y poner busca
Por efecto lo que despierto tuvo
La noche en pensamiento. Ansí lo mesmo
Debiendo yo hacer mi diligencia
He hecho en levantarme tan temprano,
Mas ¿qué aprovecha? si por más velante
Y por más cuidadoso que me tengo,
El aguijón de aqueste pensamiento;
Para mí se descuida todo el mundo.
Tal es la flojedad casi de todos,
Los del Consejo en un tan arduo, y grave
Negocio, que si a ellos estuviera
De haber quien asista y haga parte
Como lo hago yo; muy bien entiendo
Que la Reina quedaría viva y Reina,
Por más que la tuvieran por culpable,
Cual ya negar no pueden de tenerla.
Que la soltaran digo, y la volvieran
En la silla Real, no ya por celo
Bueno, ni porque lástima la tengan,
Mas por pensar que Reyes serían ellos,
Habiendo de Reinar mujer, y moza;
Y mas el Presidente tan mi amigo,
Como tener se debe el que se olvida
De lo que es obligado a la persona,
De quien mercedes haya recibido.
Ya no se acuerda mal tal hombre como
Siendo de condición humilde y baja,
Por mi medio y favor al primer grado
Del Supremo Consejo ha pervenido:
Y en trueque de acudir a lo que ahora
Se me ofrece, no busca, ni procura
Sino como salvar pueda la vida
D'esta que sin tener defensa alguna
Queda ya disfamada y de conforme
Muerte merecedora requiriendo
La mucha obligación, que a mí me debe
No saber más de lo que ya se tiene
[Folio 21v]
Por sabido, y probado, y hecho claro;
y si un cortés yo no más de Conde
de Tortosa (si bien del Rey hermano)
por el tanto he podido, y hecho tanto,
no poniendo obra cosa, que palabras;
bien habrá para qué estar muy seguro,
que en allegando a la real grandeza
hecho, no más palabras, y bien hecho,
grandes ayudas hacer puede, y mercedes
un poderoso Rey, también hará.
Mas bien fue para mí que estando en duda
de si obrara o no, del confiarme;
por lo mejor y más seguro tuve
palabra no arrojar de esta mi boca,
por la cual él cayese en el secreto
que a solas he conmigo confiado.
Y con Cloria sola, pues sin ella
no había poder pensar de hacer algo.
Siendo ella Camarera de la Reina,
de ella me ha sido menester valerme
como buen cazador valerse suele
de señuelo, con que del aire hace
bajar a tierra halcón a do lo tomen.
De ella seguro he estado, y más agora,
que escondida la tengo acá en mi casa.
Mas ¿qué sabré yo?, tengo con mi intento
y mi tender con él la misma cuenta
que él conmigo ha tenido. Por agora
no quiero que me vea ir a buscalle
en casa suya, pues que él en la mía
venir no le parece, que conozca.
Llama, hola, paje, llama esos criados.
Desoídolos ya; no es menester llamarlos.
Tú tente ahí, de ahí no te menees.
[Folio 22r]
Scena Tercera.
El Presidente del Consejo Supremo, el Conde.
Tráigaos este sol, señor, un día
sin ñublo y tan alegre, que ninguna
niebla o pesadumbre no le ocupe.
Tal lo tendré si la hedionda mancha
veré quitada de mi cara, adonde
pegada se quedó después que echóla,
de toda nuestra casta al real nombre
con impúdico pensamiento y obra
Matilda indigna Reina, y mi sobrina.
Que tal mancha quitada haya de verse
con mostrarse a la luz más claro, y puro
este negocio, y sin que el miserable
acto a llegar se venga de echar mano
a derramar la sangre de la Reina;
desesperar ya no debemos, hasta
que por sentencia del Consejo todo
el verdugo usará de alzar el brazo
y descargar con la valiente espada
el golpe, que le corte la cabeza.
Qué clareza mayor pueda esperarse
de la verdad no entiendo; y holgaría
que
que, pidiéndola haber, se me diera.
Que si a nos pesa la que es Reina nuestra
haber de condenar, y muerta verla;
pesa a mí más, que de vasallos suyos,
siendo ella de mi sangre y mi sobrina,
sea condenada a muerte tan extraña,
y muy por causa tan vituperable.
Aunque por más vituperables tengo
las Leyes y estatutos de este Reino,
a los cuales los Reyes consintieron,
sufriendo que los súbditos de bajo
de ser de la Justicia Regidores
hayan de conocerlo, en los casos
que están allá distantes, de los cuales
este es el uno. Mas dejando agora
esta materia, pido que me digan
los del consejo, qué mayor clareza
puede haber, de la que se tiene, cuando
con achaque de haber no buenas nuevas
del campo, y referirlas a la Reina
a su cuarto me fui de media noche
en vuestra compañía, y de otras veinte,
y las puertas abrir habiendo hecho,
que poco antes habían sido cerradas,
hallé, o por mejor decir, hallamos
dentro su propia cámara, y debajo
de la misma su cama en que dormía,
al desleal y pérfido Eriberto?
Y como ella acostada al mismo punto
hubo de levantarse, bien mostraba
temblando su conciencia, que ofendida
y abatida del miedo de la muerte,
daba aquellos terribles alaridos,
no sabiendo esgrimir otra palabra
más de que traición se le había hecho.
Que traición se le haya hecho es cosa
muy posible y creíble: verdad sea
que si la hay, no la vemos descubierta,
bien hay ciertos indicios, mas en ellos
aquel temblar no pongo; pues bien pudo
ser la causa el ruido y, sobre todo,
que al corazón llegándole en un tiempo
con pavor, que por voz fue despavorida
de haber no buenas nuevas de la guerra.
De lo de más de miedo. Por indicio
más verosímil yo, Señor, tomara
el haberse aquel hombre allá escondido.
¡Indicio, y no más prueba es el hallarse
un hombre en casa ajena, y más de Reina
escondido debajo de la cama,
con las puertas cerradas, y de noche!
Contra Eriberto es llano que otra prueba
no se había de aguardar para que muerte
se le siguiese; y vos, Señor, que luego
en aquella antecámara por fuerza
habiéndolo arrastrado, a puñaladas
de vuestra propia mano se la disteis.
Desculpado quedáis, si no esperasteis
a que del tribunal de la justicia
se le mandare dar por los ministros.
Pues no dando lugar al sufrimiento
de tan grande dolor con justa causa,
25
suplen de aquí las leyes la venganza
De tal infamia a los que más cercanos
Son, en falta del padre, y del marido
De la mujer que haya caído en falta:
Y aun esto mas se suple a las personas,
Que son de mas respeto. Así concluyo,
Que lo que a condenar Filiberto solamente
Era bastante, no puede ser parte
Para también hacer morir la Reina.
Pues como, siendo dos en un delito,
La misma pena que se deve al uno
Al otro no será también devida?
Si cuando tenga el uno tanta culpa,
Como la tiene el otro. Mas el caso,
De que tratamos, es muy diferente.
Porque la culpa que en Filiberto es clara,
En la Reina no es clara. Acaso pudo
Haber entrado el atrevido mozo,
No con inteligencia de la Reina,
Mas de alguna criada. y quien tubiese
Por imposible, que de su locura,
De su propia locura persuadido,
No menos que engañado, y animado
De alguna imaginada su esperanza,
No se haya puesto al riesgo a que se puso.
Espantome de oír respuestas tales
Como si se empezara este negocio,
A entender desde agora, habiendo días
Que está entendido ya cumplidamente,
Y visto que ninguna de las damas
Tanta comodidad pudo haber dado
Al traydor, que encerrado se quedase
En el propio aposento de la Reina,
Sino la camarera Elvira sola,
Que sacando de bajo de la cama,
Su estrado, en las noches se dormía.
Como también se ha visto que en aquella
Que el caso sucedió, siendo asustada
La Reina, todas las demás criadas
(Según la acostumbrada usanza) luego
Se retiraron a su quarto, adonde
Por una puerta cerrada no pudieron
De allá salir, sino cuando al ruido
La Dueña, que la llave tener suele,
Abriéndoles, las hizo salir fuera.
No os espantéis señor de mis respuestas,
Pues según las preguntas, que me hacen
Respondo yo; y lo que hablo fundo
En la realidad a que el derecho
Y la razón me obliga. A lo que ahora
D' Elvira se me dize, lo que he dicho
Otras veces replico, que el haverse
Huido es grande indicio de su falta.
Y de haverse entendido con Filiberto;
Y más habiendo huido al mismo tiempo
Que a Filiberto matastes, cuando lleno
El palacio de gente y de alboroto,
Así tuvo lugar ella de huirse,
Como otros lo tuvieron de salvarse.
Aunque ni quien, ni como no se sepa.
Mas pues la violenta, y repentina
Muerte del mal hechor, y la huida
Página izquierda
D. Elvira así también tan de improviso,
que a nadie dio lugar para impedilla,
quitaron, que ni de él, ni de ella alguna
palabra, o conjetura se sacase,
de haber habido entre los dos concierto.
En duda queda si a Riberto Elvira
habiendo recogido por sí misma
recogido le hubiese, o por la Reina;
ya que su Alteza expresamente niega,
que el malvado Riberto lo que hizo,
con su consentimiento l'haya hecho.
¿Cómo dudar se puede lo que es claro?
Que Riberto haya muerto, y que algún rastro
no se halle de Elvira, y que no quiera
la Reina confesar su desvergüenza
(que todavía bien hace en no aceptarla
como fue gran maldad en cometerla)
negar ya no se puede que el tratado
con él no haya sido, si en el pecho
de Riberto, después que allí tendido
lo dejé muerto, entre el jubón y el sayo
todo de mano de la Reina escrito
hallamos el billete que sellado
de su sello secreto también era,
con sobrescrito en esta propia nota.
A mi señor y Rey, Riberto amado.
Grande de este billete es el indicio,
no se puede negar pues cotejadas
las letras de él con otras, que de mano
de la Reina escribir han visto muchos;
de ver no se echa diferencia alguna
De aquellas a las otras. Mas por esto
(como ninguno diga que a la misma
reina escribir ha visto de su mano
pues el mismo billete) convencida
no queda para que puedan las leyes
a muerte condenarla. También pudo
escribillo algún otro.
¿Quién el otro
había de ser?
Alguno, que de industria
contrahacer la mano de su alteza.
¿Y con qué intento?
Si estuviera preso
el falsario escritor, del se pudiera
entender eso; y cuanto al ir errado
aquel papel del sello pequeñito
que en cosas importantes y secretas
la reina usar solía, lo que en él dice,
bien puede ser que a quien se le hallase
alguna vez descubriese adónde
guardado con el sello, osó tomarlo
por el más entero daño o engaño.
Lo que por verosímil conjetura
vos tomáis en favor de mi sobrina,
contra ella con razón bien se retuerce.
Puesto que por su propio intento malo
(como decís) con Gilberto Elvira
se entendiese, ¿por cuál razón había
de poner por en medio a su señora?
No quiere hombre a mujer para que della
otro se goce, ni de mujer hombre
en cuanto, que con el otro se huelgue.
Mas si nada o muy poco se entendía
Elvira de escribir (como sabemos),
creerá que falsear haya podido
tanto al pie de la letra aquella mano
que escribe (aunque quisiese disculparse)
quizá mejor que algunos, que se estiman
de escribir bien con intento; y si tal ella
no hizo, pues no supo haberlo hecho.
¿Por qué se ha de creer que lo del sello
hiciera? Mas ¿adónde están tan claras
las cosas, de que sirven conjeturas?
Venga quien vio escribir de otra persona
que de la propia reina aquel billete.
Venga quien vio errar de otra persona
la misma carta con el mismo sello.
La propia Alvira al fin venga, y confiese
cómo pasó el negocio; y si no viene,
y si la por culpada se declara
con haberse ausentado, ¿no es más cierto
(por lo que ya se ha visto) que el culpable
es como compañera de la reina,
que como principal en este exceso?
Mas ¿había yo de ofrecer tan a riesgo
mi vida, y honra, y alma combatiendo
con el que combatiere conmigo hoy día,
si en mi ciencia, y conciencia, y juntamente
en verdad y razón muy bien fundada
no fuera mi querella? No más que una
es la verdad entera, y no partida
ha de ser la razón. Y pues ninguno
tal fundamento tiene, cual yo tengo;
ninguno ha habido ya, que con ofensa
de la razón, y la verdad, quisiese
El tuerto defender, y la mentira.
El entrar y salir tan a menudo
Del criado Lisberto, y morar largo
En l'aposento de la Reina cuando
Menos había de gente, y tener tanta
Familiaridad con ella dentro;
En que otra cosa de parar habían
De la que al fin se ha visto? El curioso
Y diligente cazador, qu'en busca
Va de algun animal, si las pisadas
Ve, con placer tras ellas va siguiendo
Y mas se alegra, si l'alcanza, y toma.
Mas no tanto, despues que por las señas
Que tengo dichas descubrí el mal rastro
Tras el andando para mi malgrado
Hallé lo que pluguiera a Dios que nunca
Hallara yo, aunque fue bien hallarlo,
Despues que la maldad fue cometida,
Para al que cometiola, dar la paga.
Señor, si os acordays, fue de Jofreda
Reina, qu'en gloria sea, paje Lisberto:
El cual al reino y desd'aquel dia primero
Qu'entró a servir se dio tan animoso,
Con su solicitud grande y nomada,
Que d'el solo el servicio relucía:
Y asi cada dia mas perseverando,
Fue de la Reina mas que todos quisto;
Y como tal despues ella moriendo
A la Infanta su hija a hora Reina,
(salió ya de paje) por criado
Lo dejó, con tambien remuneralle.
Y pues cual a la Reina madre havia
Servido, tal perseverar mostrase
En el servicio de la Reina hija;
Aquella su asistencia quám loable,
Y cual de su costumbre yo tenia
(Sin sospecha ninguna) en buena parte;
Si no que con mi harto descontento
He visto, lo que he visto, y lo que ha sido
Ser no puede jamas que no haya sido;
Y que a la muerte no reduzca, y lleve
Con afrenta cruel como disfraza,
La Reina, cuando bien fuera inocente.
Qué es lo que hasta ahora se descubre
La culpa o la inocencia?
Descubierta
Decirse puede que se vé la culpa,
No la inocencia.
La razon qué quiere?
Que se haya de absolver quien no se sabe
Si es inocente? o condenar quien reo
Se ha demostrado?
Ley no sé ninguna
Que absuelva, si no a quien averiguose
Ser inocente; ni ley que condene
Si no al que ser culpable se ha probado.
Pues, si por lo que va probado, queda
La Reina por culpada, y sin descargo,
(Que bien, cuando lo hubiera, me holgara)
Despues que acabe el termino ya dado
Que oy con el tramontar del sol acaba;
Hase mas de aguardar para que muera
Con ella mi deshonra, y de mi cara?
Morir no deve alguno, que no quede
Condenado primero por sentencia.
¿Esa sentencia no se dio ya cuando
diose a la reina el plazo de dos meses,
con que quedando defendida, libre,
quedase, y sin defensa condenada?
No dan tal orden nuestros estatutos;
sino (según la claridad requiere
de la persona así como del caso)
término competente a defenderse:
el cual pasado, dan otro tan breve
como sería de dos, o de tres días,
a escudriñar la causa, para luego
promulgar la sentencia, y promulgada,
si condenado queda el reo, se entrega
a los que de cumplir han la justicia,
y al confesor que a bien morir le ayude.
¡Nunca desventurado quien espejo
se mire, vido en un cortado rostro
herida que le afee con tanta pena,
como es la que me ha traspasado el alma!
¡Ha ya más de dos meses que estoy viendo
por la memoria la cruel afrenta
que se me hizo! y aguardando el día
que terminase su término tan largo,
agora este día digo, este en que estamos,
las horas he contado, cual contarlas
suele el que atado cuelga de tormento;
y ¿cuál tan gran tormento hay que se iguale
al que en sí siente un caballero honrado
que deshonrado ha sido? Y por remate
de tan penosa vida, que he pasado,
años, no diré días; siglos, no meses,
tengo aún de aguardar años, no días,
para ver mi venganza?
Han apurado,
señor, los meses, que por tantos siglos
habéis contado, así también los días,
que a vos han parecido años tan largos,
si ha pasado lo más, pasará lo menos.
Dice que el tiempo lo da todo, y quita:
ni por su mucho madrugar el hombre
hará que se amanezca más aína:
que como su ordenado curso tiene
el sol sin exceder o parar nunca,
así tienen sus términos las leyes
en conocer y terminar las causas,
los cuales abreviar ninguno puede.
Esto, señores, lo que a decir se ofrece;
y si no puedo en más satisfaceros,
el no poder me excuse. No por esto
hay en mi voluntad falta, o descuido
de acudir al servicio a que me obliga
la razón por tan grandes, y notables
favores, que de vos he recibido,
y que asentados llevo en la memoria.
Lo que por vos he hecho, no pretendo
se agradezca; pues tan poco pienso
que en cosa de la cual sea menos que justa,
me lo hayáis de pagar; mas quiero que hoy se ayunte
todo el consejo, pido al asistente,
para que mis razones pronunciadas
de mi letrado de mejor manera,
por lo que, mejor también se entiendan.
Haré que en todo caso así se haga.
Scena Quarta.
Suero ayo de la Reina, Otoger caballero.
Por mucha diligencia, que aquí pongan
en guardar la ciudad, y tener cuenta
así con los que en ella entrando vienen,
como con los que d'ella andan saliendo
(tal requiriendo el orden de la guerra,
y más en este tiempo que los moros
echados d'este Reino toda via
gran parte ocupan de la noble España)
Y por muchos que yo vea, y conozca
ninguno he visto aun, que haya mostrado
de conocernos, mas que si conocían
extrangeros, que van en Romería.
Tambien debaxo d'este habito nuestro
desconocidos de por todo andamos;
tanto más yo con barbas tan crecidas.
Cosa, de que hemos de sentir contento,
siendo de conocer a mi el peligro
(que ayo soy de la Reina mi señora)
más que a vos, a quien, pues, veis poco
ya años ha pudieron haber visto:
de mas, que en la memoria d'estos creo
no havrá quedado por tan largo tiempo
entera vuestra effigie: verdad sea,
que por vuestro valor tan soberano,
conocido, y amado entre cristianos,
conocido, y temido entre enemigos,
es de Otoger el muy claro renombre.
Y ansí dije, que cuando bien había
(como huvó) ocasión por nuestro boto
de visitar aquel sagrado templo
(aquel, qu'en Monserrat es dedicado
a la que mereció ser elegida
antes de todos siglos, de los cielos,
Reina, y madre de Dios, hija y esposa)
bien era todavía q'en este escuro
habito de veniros disfrazado.
Que aunque firme más que antigua peña
sea desta buena Reina el pensamiento
de ser vuestra mujer a os decente
ya no seria de descubriros antes
si ella en presencia del consejo todo,
y de los feudatarios de su Reino,
la sancta eleccion no declarase
de la ilustre persona vuestra, como
a mí, y a mi mujer secretamente
la declaró: pues como aborreciendo
de tomar por marido al propio tío,
diole al sobervio conde de tortosa.
Por bien tubieron los señores todos
con el consejo, qu'ella la persona
escogiesse que más le agradaría;
Y si se ha de creer que rehusando
y con pretensión, ya excluida
ellos desdel mismo punto que entendiessen
vuestra venida, bien entended que
para que fuésedes, y convertido todo
en
En ira mala, y ponzoñosa rabia,
Procuraría de a traición la vida
Avasallar, y así no sin peligro
La de la Reina quedaría. Por esto
Dar conviene diligencia, y temple
Que la nao que ha llegado salva al puerto
Dentro del puerto a perecer no venga.
Pésame que de más de aquellos días
Que tan por extremo allá en el campo
Hubisteis de gastar para partiendo
Las órdenes dejar que convenían,
Haya mi enfermedad tan grave sido
Ocasión deteneros harto
Por el camino: aunque por otra parte
Ocasión a mí fue de contento
Por la notable experiencia vista
De vuestra gran benignidad. Bien digo
Que si a vuestros trabajos tan pesados
De tan perversa guerra, y de batallas
Que sin duda os han tan peligrosas
Así entre los ejércitos trabadas,
Como de cuerpo a cuerpo (de las cuales
Sin nunca alzar vuestra invencible mano
Victorioso siempre habéis salido)
Nuevos padecimientos, y trabajos
Se os han seguido por haberos puesto
A venir con solo este siervo vuestro
Por camino tan largo, y fatigoso
De los confines de Vandalia adonde
Se recogió huyendo el campo Moro:
De creer es que el tan a vos debido
Descanso a mejor tiempo o coyuntura
Llegaros no podrá. Y yo dichoso
Embajador, que acá, Señor os traje
Para que unido en matrimonio santo
Con Reina tal, de este tan claro reino
Llevéis cetro y corona en dulce olvido
Echaré los trabajos, que para esto
No se me volverán a la memoria
Que para muy alegres darles siempre
Por muy bien empleados, y loores
Dar al que el cielo, y el universo rige.
Trabajo con tan buena compañía
Nunca he sentido, ni peligro he visto,
Ni en mi cuerpo jamás padecimiento,
Si no es el que sentí, dentro mi alma
Por el que en la persona vos sentisteis.
Y si por quien os puso a padecerlo
De haberlo padecido sois contento;
Yo (si mi padecer ha sido algo)
Tanto más contentar de ello me debo,
Cuanto que si la vida me costara,
Para mí fuera muy honrosa muerte,
Valiendo más con muerte ganar honra,
Que desear de ganarla estando en vida.
No digo tal por que cetro, y corona
De la Reina Matilda la llamada
Me hiciese penar, pues poco de esto
Se me mueve codicia dentro el pecho
Mas porque la persona poseyendo
De Reina tal, de todo el mundo todo
Lo mejor poseer me parecía.
Foliación 38 en el margen superior izquierdo y 39 en el superior derecho.
De Reina tal no puede otro, ni debe,
El Reino poseer, ni la persona.
No puede porque ya ella no quiere:
No debe, porque nuestro es el derecho:
Y si por ella está bien entendida
La razón d'esto; confirmada siempre
Será de todos que razón entienden
Con desapasionado entendimiento:
Pues la memoria aún en cada uno
Fresca debe quedar del beneficio,
Que de más de otros pueblos y lugares,
Esta ciudad muy señaladamente
Tuvo de vuestra valerosa mano,
Cuando cercada la ciudad, y puesto
Pelayo nuestro Rey en grande aprieto,
D'ella él saliendo con su gente armada,
Vos con la vuestra ejercitada, y diestra
Al socorro acudiste, peleando,
Y trabando aquella ayrada batalla
Con mortandad tan grande de los moros,
Que no tan solamente a retirarse
Fuerza les fue, y a dejar el cerco;
Mas siguiendo los dos la gran victoria,
Y persiguiendo la enemiga hueste;
Vos con el fiero Rey cabeza d'ellos
(El bárbaro Almanzor digo) topando
Del alma, del orgullo, y de las armas
Con vuestro eterno honor le despojasteis.
La jornada a Braga memorable
Narra el yo agora, y el suceso,
En que con solos cuatro los más bravos
Capitanes, que habían, entre los moros
El cruel Rey Supero al buen Pelayo
Cruelmente matando, la venganza
Dentro de breve espacio, en un otero,
La cabeza cortándole, y los restos
Haciendo que volviesen, nunca yerta.
Adonde habían ya vuelto las espaldas?
Venganza honrada, que en el tierno pecho
De la huérfana Reina para siempre
Tan asentada queda, que no viendo
Cómo corresponder con recompensa,
Que a tanta obligación se iguale, ha hecho
De vos por su legítimo marido
Firme elección, con daros el primero
Que luego tomaréis deste su Reino.
Dejo las otras obras memorables,
Que de vos han salido, y que esculpidas
La Eternidad conservará en su templo.
Porque d'ellas tratar con quien es d'ellas
El propio autor, es como con el dedo
Mostrar al sol su propia luz: bendigo
Que como ya la Reina mi señora
Todos los muchos méritos entienda;
Así de conocer no deja cuanto
Os debe, y cuanto más por vuestra mano,
Que por otra ninguna, será siempre
Defendido su reino, vida, y honra.
Mas pésame de que yo hoy por parte,
Para representaros por entero
Las razones, y el término, con que ella
Bien instruído venía conmigo a hablaros.
Folio 40v
Que no os he agora y antes referido.
Juzgar bien puedo, que de su corona,
Bondad, y discreción que en ella sobran
La tierna edad y de su tan insines
Virtudes referido mucho menos
Me habéis de lo que suena en todas partes
Su claro nombre, aunque el haber callado
Lo demás sea, no ya por falta vuestra
Sino por ser en el hablar modesto.
Y si para quien nunca de presencia
La hubiera visto (no diré de niña
Cual yo la vi en el tiempo, que deshecho
A esta ciudad el cerco, con el padre
Hice grande amistad y alianza)
Menester fuera otro testigo, allende
Del vuestro, y de su fama tan célebre,
Por razón natural muy buen testigo
Sería el retrato de su lindo rostro,
(Si pero más de la verdad no muestra)
Este retrato digo, seña y prenda
De vuestra cortesía, a la cual prendada
Tiene mi voluntad para emplearme
En cuanto a serviros el hacer yo pudiere,
Nunca, o muy pocas veces un encierro
De natura formado con sus miembros
A justa proporción correspondientes,
Y por orden dispuestos, cuando ornado
De clara sangre y gracia es como ella,
Asiento tuvo un alma, que igualmente
No fuese tan hermosa cuanto exenta
De feos pensamientos, como amiga
Folio 41r
De todo lo que es más bueno, y honroso.
Y que tal de la Reina es el semblante,
Cual mi imaginación aquí lo representa,
Bien tengo de creerlo cuando todo
Lo demás que me habéis dicho y loado
Con la experiencia averiguado queda.
Muy cerca sois, señor, de hacer prueba
De lo que dicho os he de esta alta Reina
Cotejando el oído con la vista,
Y lo oído figurado la figura.
Llegado hemos en tanto a nuestra casa.
Vuestra es aquélla que frontero vemos.
Juzgo por lo que muestra el edificio
Y el ornamento del primero encuentro,
Cotejando lo yo con la memoria,
Que al palacio real parece el otro.
Él es el propio y maravilla dame
El verle en soledad no acostumbrada,
Sino que todavía es de mañana.
Vamos en casa, adonde descansando
Enviaremos mi mujer Brisenda
A la Reina a avisar nuestra venida.
Coro.
Entre las altas obras que han salido
De la mano de aquél, que de no nada
Crió cuanto hay de ver con lo visible.
Hizo al hombre de vil tierra asquerosa,
Mas tal, que de su gracia ennoblecido,
Gozase
Gózase de su bien incomprensible,
junto en él con la parte corruptible,
la incorruptible inmortal alma y ente;
criándola en momento,
infundió el racional entendimiento,
y libre quiso en voluntad hacella,
para que con aquél todo entendiese,
con ésta el bien o el mal por sí escogiese.
Después que hubo criado el mundo todo
dio la orden inmutable, que a Natura
hubiesen de servir los elementos,
para que el hombre en ver cuán productiva
lo que de ellos se engendra en algún modo,
no detuviese aquí sus pensamientos.
Mas mirando de acá los ornamentos
tan inefables del cielo, contemplase,
cuán de aquella luciente
morada, es esta nuestra diferente;
y de allegar allá se trabajase.
Mas ¿para qué trabajo ha de llamarse,
y no deleite a Dios el acercarse?
Andan estos efectos tan trocados,
que por ofuscar, al que se debe el nombre
de bien, por bien, y no por mal lo llamen.
Esto nace por que no quiere el hombre
(puesto en sus pensamientos depravados)
ni del bien ni del mal hacer examen.
¿Qué maravilla es pues que muchos amen
de la razón dar el lugar primero
al apetito ciego,
que trayéndolos siempre sin sosiego,
trabuque en algún despeñadero?
Do la memoria dejan con la vida,
y con la honra el alma perdida.
Hay quien en ensalzarse habiendo dado
(pues tras su gusto cada uno anda)
para reinar todo su esfuerzo hace.
Por mandar él, ambiciona el mando;
deseando gozar vive penado;
toda ley, toda fe quiebra y deshace:
y habiendo por razón lo que le place,
engáñase en su propia confianza;
que con ansia le sigue, y se abalanza,
y del todo de Dios se aparta y aleja.
Mas su justicia que por todo alcanza,
de ver que así llamándole le aguarda,
carga el castigo más cuanto más tarda.
¡Cuánto más vale al hombre lo que en mano
seguro tiene, y que ser suyo sabe,
gozar en paz con ánimo sereno!
Que no lo que en razón ninguna cabe
con engañosa prisa (que hacer vano
suele el intento) procurar lo ajeno.
Que no quiera la Reina a todo sin freno
apetito del Conde dar su asenso
para con él juntarse,
no tiene él para qué de ella quejarse.
Y si darla quien puede su consenso;
ella (pues ley ninguna a tal la obliga)
de ley es más, que de dispensa amiga.
Tú, que ves del abismo en las tinieblas
echada la verdad, sácala.
Folio 44v
Saca la tu, Señor, a claridad,
y deshaciendo estas tan foscas nieblas,
haz que santo y legítimo Himeneo
cumpla de nuestra Reina el buen deseo.
Folio 45r
Scena Primera
Amingo, mayordomo del Conde, y Gómez.
Cuán a tiempo mientras
por vos busco
me venís a la mano, ami-
go Gómez,
que no habiendo hal-
lado en la posada,
puesto me había en punto de por todo
iros buscando, sin pararme hasta
hallaros y hablaros, según tengo
necesidad agora, más que nunca,
de valerme de vuestra fe y ayuda.
Que os haya quitado este trabajo
mucho me place, y si entender pudiera
que menester me habíades, a buscaros
bien fuera yo, mas ¿qué es lo que de nuevo
para vuestro servicio se os ofrece,
después que os di la llave de esa casa,
tres días ha, saliéndome por ella?
Muy mucho es para mí lo que habéis hecho
vuestra casa prestándome, mas queda
cosa más importante, y bien confío
que la haréis, como en vos gana siempre
has de hacer por mí; el caso es este:
En...
46.
En la postrera parte del palacio
Del conde mi señor hay una torre,
No que forma de torre por de fuera
Se echa de ver, sino que por de dentro
Habiendo algunos aposentos cerca
Del cuarto principal do se usa d'ella,
Él hizo derrocar los propios suelos
Hasta el que encima de los fundamentos
Queda asentado, d'estos tres o cuatro,
Que ya d'antes habrían, se hizo un solo,
El cual salió bien alto, y por l'altura
Vino a ser algo angosto; con qué intento
Se lo hiciese no sabría decillo.
Sé que gran secrecanza puso en ello,
Y que grandes marañas de contino
Lleva en sus pensamientos. En lo hondo
Por escalera retorcida y hecha
A caracol se abaja, y d'ella encima
Hay una portezuela que responde
A un aposentico cabe el cuarto
Del mismo conde; y él d'este aposento,
Como de algunos otros, que andan juntos,
Las llaves, sin fiar ninguna a otro,
Que a él propio, consigo lleva siempre.
A este mismo aposentico el conde
(Que allá yendo adelante, me aguardan)
Llevar me ha hecho de mañana, y noche
Ha ya dos meses, poco más, o menos,
Bien de comer y de cenar, y abriendo
La puerta qu'está encima a la escalera
Hacía subir una salvaje esclava
Que
Que por cosa muy rara le fue dada,
Hermosa siendo, si por ser bien hecha
De miembros, hermosura se le admite,
Siendo negra también como azafacha.
A ella, que hablar en nuestra lengua
No sabe, ni en la suya hay quien l'entienda,
Yo las viandas entregaba, y ella
Abajo las llevaba, y luego fuera
Yo me salía tras mí también saliendo
Poco después el conde, el cual las puertas
Así d'el caracol, como las otras
Iba cerrando de su propia mano.
D'ella imaginé ser una persona
De mucha calidad y de respeto.
Y esto más se me hacía creíble,
Porque mostraba el conde no miralla
Cual esclava. Mas como plomo o cobre
Que algunas hojitas de oro tengan encima,
Con menearlo a descubrir se viene;
Así fingir el conde el rostro alegre
A la esclava no pudo en mi presencia
Tanto, que a recatarme no viniese
Al fin, que por esclava la tenía
En servicio d'alguna otra persona,
Qu'escondida allá bajo estar debía;
Y pues d'aquella noche que fue presa
Nuestra reina, y llevada a la gran torre,
Su camarera Elvira, que primero
Se dijo, que con ella fue llevada,
Y no fue la verdad, ni d'ella nueva
Nunca después oyóse, he barruntado
Que
48.
Que Elvira ser debía la que allá abaxo
presa se detenía, así por orden
de la justicia, como consentido
d'ello el conde, para que a ninguno
lugar se diese de hablar con ella.
Un día (que más de quince han ya pasado)
mientras la esclava Severica tomando
de mis manos los platos, en que andaban
disfrazadas las viandas, vime
d'ella con las suyas hacer señas,
con que luego entendí, que me pedía
por parte de la que quedaba abaxo,
recado de escribir, ya no pudiendo
ver esto el conde, el cual a una ventana
tenía arrimado el codo, y a la mano
el carrillo orgulloso, puesto todo
en un alto, y profundo pensamiento.
Yo, que gran tiempo por amor de Elvira
perdido andube, y tanto más perdido,
cuanto menos me dio con su aspereza
en qué poder fundar mis esperanzas,
dime a creer, que por hacer conmigo
algún milagro amor de los que suele,
dióme abrir la puerta a mi deseo,
pues le vino a la mano aquesta llave,
con que abriendo en Elvira el duro pecho,
ella entendiese que de un preso suyo
su prisión tan estrecha se le abriera.
Tan acertado fue mi pensamiento,
que al dar de la comida la siguiente
mañana, habiendo dado de mi mano
a la esclava un tintero, sin que el conde
lo viese, y dentro un pan puesto una pluma
(papel no di por menos embarazo,
y más que haber d'ella mucho debía
del que con confituras en cajitas
se le enviaba siempre) vi a la noche
ponérseme en las manos por la esclava
(dándole yo la cena) este billete:
Este que en mucho más yo tengo, que oro
que el cetro no tuviera de un gran reino.
Veamos (si a vos place) qué contiene.
Estad vos a escuchar, que yo por menos
nuevo trabajo leeré, no siendo
la letra muy leíble, a mí leerla
me enseñó aquel maestro de quien todos
aprendemos amar.
Leed, yo escucho.
«Elvira en cárcel puesta y sepultada
a Armerigo su fiel envía
salud, si quien salud en sí no tiene
la puede a otro dar. Bien se me hace
creíble, que de vos aborrecida
tanto agora seré, cuanto otro tiempo
fui de vos querida; pues si agradecieron
por mostrar lo mucho, que merecían
quererme, razón fuera, que al menos
de un agradecer me sirviese
en el que querrá vos no confïanza,
más fuerza llamaréis, que al favor vuestro
me hace recurrir. Mas cuando culpa
aún de ingratitud echarme quiera,
de mi culpa es disculpa, que otro modo»
Para salvar mi honra y vuestra vida
ninguno había, sino con mi descuido
al vuestro tan desesperado intento
echar peso; así como al que en mí misma
sentía, u hice: el cual jurar osara
que no menos de vuestro fuese ardiente,
si más presto creer no os pareciere
con artificio ser mi juramento
para alcanzar la libertad que busco.
Mas tiempo havrá para aun más abierta
mostraros la verdad de lo que digo,
si mudable el tiempo no me quita en tanto
y apagado no queda aquí tan tierno
fuego que por mi amor ya se mantubo
dentro de vuestro pecho, y si centella
alguna aun vive d'él, y es tal que pueda
moveros a piedad de quien no pudo
satisfacer al suyo, y vuestro intento,
desvíos que con engaño, astucia agena
me ha conducido aquí donde otro paso
para salir no veo que el de la muerte,
o del vuestro socorro, a este ruego
echad mano, y la muerte desechando
acoged esta vida, la cual libre
por esclava de vos quedará siempre.
¿Cuál corazon de cuál tan dura piedra,
cuál cruel tigre, o cuál tan arrabiada
furia infernal qu'el delicado rrostro,
y las dulces maneras de tal dama
haya visto una buelta, a ruegos tales
todo no se ablandara y deshiziera,
como al sol nieve, o como cera al fuego?
No diré los cuydados, que al momento
en mí se levantaron, discurriendo
sobre lo que de incierto se ofrecia
debaxo de lo cierto: pues trajera,
juntamente y plazer, lástima, y ira,
amor, y resistencia, y con sospecha
confianza, y con miedo atrevimiento.
En tanta confusión tenía mi alma
que a querer bien por orden referillo,
la propia orden confusa quedara:
diré en suma, que mientra tan diversos
afectos combatian mi entendimiento,
como de varios vientos conmovidas
las olas de la mar combatir suelen
nave sin timonero, o quasi rrota
dentro mi corazon Amor hablando
a la consideración me replicaba,
que en su escuela los que entran leer pueden
en mármol esculpido en esta letra:
Favor al animoso favorece,
al cobarde rechaza y aborrece.
Entonces entendí, que el que presume
en las cosas de amor de ser prudente
es necio, por que en ellas se rrequiere
resolución rrepente, aunque no buena,
mas que consejo tardo aunque no malo.
Toméla luego yo la que se hubiere
visto de echo soltar Elvira,
por mas que a mí la vida me costara:
así por buen camino, y muy seguro
mo-
Mostróme Amor, que tendría yo mi intento
Cuando posible fuera por debajo
De la casa del conde los cimientos
De otra casa cercana y muy secreta
Horadar de manera, que tirando
Hacia donde posaba Eloísa, el hoyo
Fuese a desembocar a su aposento.
Luego tras del palacio paseando
Salíme a reconocer la callejuela
Que la torre aunque torre no parece
Por la parte de fuera alinda y cerca
Y sin pararme por quitar sospecha
Seguí por ella arriba hasta el llano,
A do (aunque no entera) se levanta
La venerable estatua del famoso
Escipión Africano, caí a la vuelta
Por la calle ya dicha que ni angosta
Es mucho ni muy ancha, ni del todo
Poblada ni de muchos frecuentada
Vine a catarme que una casa había
Por alquilar la cual bien ojeando
Para lo que trazaba parecióme
Tan a punto que más no se acertara
A pedillo yo mismo por la boca.
Esta tan buena casa hice luego
Que se alquilase por un deudo mío,
El cual como poco ha que aquí se halla
Poco y aun casi nada es conocido.
Y para que no sospechase el dueño
De mi palabra, desto no le dije,
Ni me le dejé ver mucho, ni poco.
Mi deudo enderecé, que fue a buscalle,
Trocose el nombre, y mercader fingiose;
Con él se concertó pagó el dinero,
Y la casa tomó. Yo visto habiendo
Lo que hacer podía con un sirviente
(Que di a la propia esclava el mismo día
Sin verlo el conde) respondí a Eloísa;
Y la certifiqué ser más ferviente
Agora que haya sido en otro tiempo
Mi afición en su amor y que segura
Estuviese de que sería muy presto
Libre y salva, y que cuando algún ruido
De bulto o de pies sintiese, entonces
Se alegraría más, que por mis manos
La deseada libertad le iría
A buscar por debajo de la tierra.
Entró él en la casa, y viole el dueño
Con alhajas entrar, y aderezos
Por mostrar que de asiento él había intento
De vivir, yo después entré a la noche;
Y luego de contino echamos mano
A romper la pared de una bodega
Que es frontero a la torre, y la rompimos
En breve espacio, y por el hoyo entramos
El uno tras del otro holgadamente.
Y por más añadirse, súbitamente,
En un desván tan ancho, cuanto encima
Anchaba la callejuela, nos topamos,
Que a la ciudad un tiempo de acueducto
Solió servir. De tapia muy recia
También rompimos, que con los cimientos
de la casa del conde anda pegada;
los cuales entendí (si no engañéme)
ser fundamentos de la propria torre,
en que Elvira así presa deteníase.
Fuimos los gastadores tan valientes,
y con tan buena maña y sin pereza
a la obra entendimos, que ya al cabo
(loores tengo, señor) hemos venido.
Pues a desembocar en aquel proprio
aposento acertastes?
Acertamos.
No fue poco; ¿y en quántos días?
En quinze,
haviéndonos de mucha ayuda sido
el vinagre que usávamos, empapando
con él aquella fábrica muy vieja,
que con menos estruendo a deshacerse
y a caer de mano en mano vino.
En fin, todo se ha hecho a cumplimiento.
¿Y sacastes a Elvira?
La sacamos,
en hábito de hombre con la esclava,
que aún no havrán cuatro horas.
¿Y adónde
las llevastes?
Mi deudo en vuestra casa
las llevó a entrambas por secretas calles.
Después que ellas se fueron, yo la puerta
de la casa alquilada, por de fuera,
cerrando con candado, a ver a Elvira
me fui, la cual, si bien mostró en el rostro
holgarse, parecióme todavía
que era el plazer mezclado con tristeza,
y hecha un yelo se temblava toda.
En flaco corazón no es maravilla;
y yo apostara, que ella así mesmo
no creía aún de verse libre y suelta.
No se pierda más tiempo en lo que queda.
Lo que a mí cumple es enviar persona
a quien yo dé de la marina cargo,
que busque y flete para Barcelona
algún bajel; ir yo a la marina
no es bien por no toparme con el conde.
Que aunque menester ya no me tenga
para llevar a Elvira la comida,
pudiera todavía con él topando
venir a embarazar este negocio.
Yd vos allá, que a vos pido y confío
esto que he dicho del vaxel, pues falta
tengo de cualquier otro en quien fiarme,
no estando aquí mi deudo, ni llevarle
pudiendo a Barcelona sin peligro
de su vida, por muy grave caso,
por el cual la justicia le persigue.
Y como aquí no faltarían personas
que le conocerían, aquí pararse
no le he dejado, mas en una hora
he hecho que se vaya d'aquí lexos,
lo más que puede. En la Vandalia irase
a servir de soldado al campo nuestro.
Y a vos, como a muy bueno, y caro amigo,
demás de lo que agora os he pedido,
encarecidamente os pido, y ruego,
que en la necesidad d'esta jornada
os contentéys, señor, de acompañarme.
El uno, y el otro haré yo con buena gana,
como la obligación que es intensiva
de
de mí requiere. Al muelle voyme agora,
ado ya estaba una muy buena nave
para sacar las anclas, y la proa
vuelta hacia Barcelona, y en no siendo
(como no creo que sea) partida haréla
entretener hasta que vos y el cura
yo, y la esclava a embarcarnos vamos,
y así de mí seréis servido en todo.
Yo pues que en vuestra casa yo os aguardo.
Scena Segunda.
Suero, Otoger, Religioso adivino.
Para salir de tan profundo abismo
de confusión, en que nos tiene puestos
el haber entendido el tan extraño
suceso de la cárcel de la Reina
camino otro tomar no me parece
que convenga de irnos al castillo
ado l'han puesto, y mi mujer Bricenda
que es ida allá buscar para con ella
hablar, y d'ella, y de la propia Reina
(si todavía así lo permitieren)
entender por entero lo que pasa.
Pues no hay en casa quien nos lo refiera.
Y ansí la claridad, que tomaremos,
nos guiará para tomar partido
que a la necesidad, y nuestras fuerzas
más corresponda, si pero del todo
por su juicio digo no habrá quitado
a la Reina el juicio por que en falsedad
caer se haya dejado de manera
que faltó a l'hombre entendimiento y fuerza
de poder echar mano a socorrella.
En faltar puede bien haber caído
siendo mujer, como no hay, quien no caiga
sea mujer o sea hombre, a quien no tenga
Dios de su mano. Mas según por todo
el nombre de Matilda Reina suena,
falta de honra en ella es increíble.
Y puesto sea verdad que pueda un hombre
de bueno volver malo, y así de malo
hacerse bueno, siempre al bueno ayuda
la presunción de que por tal s'estime,
mientras por los externos ciegos sentidos
del desapasionado entendimiento
no se descubran las contrarias obras.
Mas si ya por la culpa que l'echaron
(tal cual es que encubierta anda a nosotros)
otra cosa no queda por remate
d'este negocio, que perder la vida,
a que deben hoy injustos condenalla;
quién creerá que si inocente es ella,
su inocencia en dos meses que está presa,
no se haya descubierto, y entendida,
por más que en ello el conde haga su apuro?
Y si está descubierta, y entendida
cómo de creer hemos que inocente
l'hayan de condenar, y que más presto
¿No haga la justicia su derecho?
Bien es, pues que allá vamos; y una tilde
de toda imaginable diligencia,
ni de tiempo se pierda. Y si estorbada
pudiéndose cobrar, puede la tuya,
piérdase, que el perdella honradamente
por causa honesta y justa (como es)
servir a la Reina en tan extremo,
¿qué cual mayor ganancia en este mundo
se me pudiera seguir? Sí: la ofrezco
con todo mi juicio, y albedrío.
Plega a Dios que en contrario no haya cosa.
Cosa no hay en contrario, ni haber puede
a lo que Dios ordena. Él, como justo,
así también piadoso, manda y quiere
que la inocencia de Matilda Reina,
hollada y oprimida se levante,
y quede de hoy honrada para siempre;
deshaga la maldad, y la mentira.
A esta su divina Providencia
te escogió desde que con otro intento
la Reina te llamó. Tú, caballero
deseoso de varón, de honra amigo,
valeroso Otoger, saber no busques
el fin en que parar deben las cosas.
Y tú cuando verás poco haber hecho
con cuanto hagas, que ya no será poco,
te pesará no haber venido a tiempo;
menester es que entiendas, que otro tiempo
no puede haber del que Dios quiere y manda.
Y el que de otros azares y peligros, te
te ha guardado también del sobrante
te guardará si así tú lo confías.
Para a ti si este reino no te toque;
y si es menos del que, merecer cabe,
otro que este mayor se te apareja
si ganar lo sabes. Incomprensibles
son de Dios los altísimos secretos.
Sierva de Dios (por tal te nombro, y por lo
bien me pareces) son tan eficaces
tus palabras, y tan dentro del alma
se me han puesto, que otro pensamiento
no queda en ella más que de emplearme
en lo que por querer de Dios me encargas.
Amigo (a lo que entiendo) de vos es tío
de vuestra Reina, el conde de Tortosa
y aquí, que a perder procura echarla.
Con él pues la pendencia ha de ser averle
y yo, por no faltar de lo que debo,
prometí con él, y con cualquiera
otro que sea, la tomaré. Mas ¿cómo
haré, que armas no tengo, cuando en uso,
armas son menester?
No faltarán.
Téngolas yo muy buenas, y bien hechas,
(fueron a la medida de este cuerpo)
acomodadas bien vendrán ni más ni menos,
pues no ninguna habiendo diferencia
de el uno, a el otro. Mas razón no supe,
que en caso semejante por la vida
y honra de la Reina, yo criado,
que más de cuantos viven en el mundo
tengo obligación, dese de obrarlas.
Otog.
Por lo que a un leal criado y caballero
se pertenece, bien decís. Mas ruego
se me diga, ¿cuál yo (por lo que tanto
soy obligado) entre personas nobles
habría de parecer? ¡Ay, Dios no quiera,
que al cabo de haber tanto trabajado
por el celo de honor (nunca excusando
honrada ocasión) de la que agora
de él se me ofrece atrás yo me retire!
Por la edad bien se excusa en vos aquello,
que expresamente aún encarga, y manda.
Mas puesto todo esto aparte, cuando
de aquesta empresa, a vuestro (más que mío)
el cargo fuese, y yo os lo pidiese;
¿podría faltarme vuestra cortesía
de concederlo a mí? Yo tal no creo.
Tampoco quiera Dios, que sea mi intento
de porfiar con vos, lo más no quiero
de lo que vos queréis, ni querer debo.
Mas sin gastar más tiempo bien será
que al castillo nos vamos de presto:
a do ya que en mi hábito mudado
el de romero me vea el alcaide,
entrar me dejará, ni hará caso
duro en vuestra persona Oto; antes por duda
de la que podría haber, o de otro embargo,
mejor será con atajar camino,
que a casa no volvamos, y que luego
apercibido todo el aderezo
para el abatimiento, a la presencia
de quien autoridad tiene sobre ello
me vaya a presentar y ofrecerme.
Por mejor lo que a vos parece atiendo,
haré yo pues serviros de padrino.
Scena Tercera.
Gómez, Amérigo.
Vuélvome muy alegre a dar respuesta,
y avisar a Amérigo cómo
no es partida la nave, y que buen rato
antes que partir pueda detendráse:
porque allanado está cierto recado.
Mas cátale que a esta vuelta viene;
y parece al semblante muy turbado.
¿Cuál es, señor, la ocasión que os hace
salir de casa triste, y congojoso?
No sin acrecentamiento congojoso
podré decirlo: ¡Oh, cuánto, amigo Gómez,
los juicios humanos las más veces
andan errados! ¡Cómo fácilmente
los hombres ciegos y juntos se engañan
en cosa, que en su ser es muy incierta!
Pensé ser presa Elvira con la Reina:
huyóse cuando fue la Reina presa.
Entendiendo, que en cárceles del Conde
creí ser puesta allí por la justicia.
Para soltarla voy, búscola, y hallo,
que oculta por sí el Conde la tenía.
Y de doncella, que fingida veo
Que es del Conde preñada ha ya tres meses!
Oh mi suerte o amor cuán diferente
Es lo que veo, y toco, y hallo ahora,
De lo que ya poco antes me ofrecisteis.
Bien alegre, y reyendo me mostrasteis
El rostro, no porque con vos hubiese
De reír yo también; mas por burlaros
De mí, cual ya me veo tras mucho fuego
Burlado, y aun de mí mismo corrido.
Señor, no sufre el tiempo andar en quejas:
Lo hecho ya no puede ser no hecho:
A lo de por venir con buen consejo
Y todo nuestro esfuerzo proveamos.
El morar más aquí no es sin peligro,
Y en el dejar a Elvira no conviene.
Lo que conviene es con presteza luego
Del peligro apartaros vos, y ella.
La nao, que dije, aún no es partida;
Y para tres, y aun quizá cuatro hay
Bien tendremos lugar para embarcarnos.
Mas no por esto aflojar hemos
De darnos prisa. Yo señor también diría
Que saliendo lo menos que es posible
Por una, y otra calle rodeando:
Y aquel hábito que es de cortesano
Traje de mercader (Ansí vamos en casa
Para Elvira, y la esclava, y dar la orden
De cómo hemos de ir bien concertados.
Scena Cuarta.
Roger, Suero, Presidente.
Ya que también me vienen nuevas armas
Como si para mi propia persona
Todas de pieza en pieza fuesen hechas;
Y ejecutar no se puede, que primero
No vamos a la Reina a presentarnos;
Bien será que con toda diligencia
Hagamos esto, para que volviendo
Momento no se pierda más del día
Y ponernos en orden. Quién es este
Que acia nos viene.
Este es el Presidente
Del Consejo Supremo: bien a tiempo,
Y en buena coyuntura le topamos;
Y a él bien agora que acuitamos.
Salud tengáis Señor.
Quien puede darla
A vos también la dé, y más si Suero
Sois vos si sois.
Yo soy el desdichado.
Que harto más de lo que yo quisiera
Voy alargando el curso de esta vida.
Cuál negocio, o cuál fuerza, y para adónde
(Si fuera de razón no es mi pregunta)
De nos os ha alejado tantos días?
Cuando para el servicio de la Reina
Era más menester vuestra persona?
Cuál otra cosa más decir se puede
Sino el querer de Dios? Pues ya sabemos
Que sin Él no se mueve en árbol hoja.
Esto saber os basta en todo, cuanto
lo por qué él no quiere que os asombre.
Cierto es que por servicio de la reina
de menear el pie Cachi no haría,
mas ya sin ocasión de su servicio,
ni sin su mandamiento ya no fuera.
¡Ay, quién tan alevoso mal dijera!
Saliendo de aquí partíme, que a la vuelta
hallaría a la reina mi señora
en tan amargo y miserable estado!
Mas sepamos, señor, cuál es el caso
que de orden privándola de paso
la pone de las leyes sujeta
la hace al escrutinio de ministros?
¿Quién es acusador, y qué se prueba?
¿Y qué defensa puede haber por ella?
El conde de Tortosa, el propio tío,
es el acusador; grave es la causa,
que con Gilberto cortesano, dice,
la reina haberse echado. Este de noche
en cámara, y debajo de la cama
hallaron de la misma reina, y luego
arrastrado y matado a puñaladas,
por las manos del propio Conde airado,
que como más cercano deudo pudo
hacerlo; pues en el jubón del muerto cuerpo
se halló un billete que de mano
parecía de la reina, en que llamaba
y persuadía a Gilberto que allá fuese.
Pruebas no hay dello, indicios ciertos,
contra los cuales cita, que en defensa
sea de la reina, aún no ha parecido,
y hoy debe acabarse de seis meses
el plazo, que según los estatutos
del reino se le ha dado; y si al mismo
antes de anochecer, hombre que haga
la verdad manifiesta, o contendiendo
o combatiendo con el propio Conde
con lanza y espada, no parece, es muerta
por la forzosa muerte que daremos
a la reina, aunque fuese ella inocente,
tal estas nuestras leyes determinan.
Si con lanza y espada tiene el conde
de sustentar su causa, con las mismas
me ofrezco yo a sustentar que miente.
Yo, por parte del consejo, toda
vuestra oferta recibo, caballero.
Mas bien será que, para que se entienda
ser la oferta de tal, que no se pueda
del conde rehusar, el vuestro nombre
decidnos, y si sois caballero
no se puede negar el vuestro gesto;
y quizá aún de mí sois conocido.
Negar aún mi nombre
No del todo,
desconocido haría mi nueva efigie.
De conocer bien me parecía.
Mas deso no vos dé, por lo que cumple
a un juez el usar de tal pregunta.
Bien conocido sois, y pues por obra
queréis poner la oferta, a armaros luego
podréis ir, y vos, Suero, si venido
sois en su compañía, a acompañarle.
Deberéis también en todo lo que queda.
En compañía del vino, yo también quiero
Acompañarle en todo lo que puedo.
Lugar no habría para primero en tanto
Ir a notificar nuestra venida
A la Reina, y a mi mujer avisando
Que había con ella estado esta mañana.
Lugar por vos sí habría, mas porque entengan
Allá a otorgar no se permite.
Yo cuidado tendré que así la Reina,
Como los del consejo, con el conde
De la venida entiendan con las fiestas
Que por vos otorgar están ya hechas.
De armaros será bien que nos vamos.
Escena Quinta.
¿Es posible que tanto atrevimiento
Haya habido Armerigo, que una cosa
Que por mí se tenía tan escondida,
Tan curiosamente él haya osado
De descubrir, como no sin peligro
De mi vida, y mi honra ha descubierto?
Mas esto ¿cómo puede él haber hecho
Sin medio de la esclava, si palabra
No entiende ella, ni habla en nuestra lengua,
Cómo han podido entre ellos entenderse?
Y puesto que en la nuestra ella hablase,
O en la de ella Armerigo la entendiese,
Cuando a solas hablar jamás pudieron,
¿No les dando lugar mi asistencia?
¿Ni habiendo fuera de ella poder verse?
Yo (por mí) cómo puedo haber parado
En hecho tal, no acabo de entenderlo:
Ni sé cómo el haber visto la esclava
El otra cosa barruntar pudiese,
Sino que mi cautiva era, y persona
De mucha calidad, y de respeto.
Mas ¿para qué buscando voy lo cómo,
Si hallo ya haber sido Armerigo
El que tomó la caja tras la otra,
Y que de allá minando por debajo
Vino a salir al suelo de la torre,
En que posaba Elvira con la Esclava,
Sacando entrambas por la misma mina?
Este puñal traidor que bien conozco
Ser tuyo, el cual halló vino a cajeta,
Y de tu traición hace testigo;
Este mismo, porque vayas perdido,
No dejará hasta doquier que vayas,
De perseguirte y con sus propias manos
De quitarte la vida que no mereces.
Buena fue la ocasión de haber yo ido
Adelantadamente más de una hora
De la salida allá, para que dada
La comida a Elvira, yo de caja
Me desembarazase y el consejo
Juntar hiciese con el Presidente,
Según quedamos ya de ayuntamiento.
Buena fue la ocasión, digo, por mengua.
Gastar tiempo en buscar al buen criado
después que había de ver lo que he visto.
Si en casa, amigo, no se había escondido
con Elvira, por fuerza ha de ir buscando
tras él, para con ella andarse en parte,
a do gozar seguro le parezca.
Mas quizá donde piensan departirse
entrambos quedarán allá tendidos.
A buscarle me voy, y solo ir quiero,
que ya no veo de quien debo fiarme.
Escena sexta.
Amerigo, Elvira, Gómez.
Si nos hemos de ir como propuesto
tenemos ya, tan triste no quisiera
veros, Señora; ni hay razón por donde
debáis (según mi parecer) estarlo.
Después que libre os veo de aquella cueva,
en que estuvisteis sepultada viva.
Bien sé que esa razón debía tenerme
contenta y alegre; mas al tal contento
ni de tal alegría gozar no puedo.
Si porque aborrecéis de haberme, alguna
suerte os obliga ahora a la tristeza,
muy fuera de ella os hago en mi honra
prenda, en que vos me quisisteis cuando
la merced en mandarme me hicisteis.
Pésame que de un tal pensamiento
hagáis, señor, pues por quedar yo fuera
de obligación de ser habría primero
fuera de entendimiento, y de juicio.
De haber yo visto, cómo el cruel Conde
por engañar y deshonrar de muerte
procurar a la Reina mi Señora,
a un engaño primero, me ha nacido
un dolor entrañable, y tan continuo,
que al penar triste, y afligido
no da para que pueda sosegarse
lugar, ni espacio de un momento solo.
Porque engañado os haya el Conde (como
referido me habéis) hoy cogiendo
del virginal honor la rica joya;
y que os rinda llaves del cruel encierro,
tengo entendido ya, no pero entiendo
cómo por causa de él, y su engaño
haya venido a padecer la Reina;
si otra cosa no hay más de lo dicho.
¡Ay!, ¿para qué del alargarme a tanto,
si nada el narrar cosas tan pesadas
es para aprovechar, ni el pensamiento
para buscar remedio es ir a tiempo?
Eso, señora, por tan firme y cierto,
no debíais creer, que el pleito
deseéis, a quien bien clara y manifiesta
falsía por experiencia os ha mostrado.
Que lo imposible no creía del todo,
discurriendo los dos sobre las cosas
que pasan, que algún paso nos faltase,
donde
70
Donde resolucion podria tomarse,
Que en algo fuesse provechosa? y cuando
Con ello no se salga, y todo fuesse,
Si fuere, oy doy fe de toda
Que sabe tener bien miedo, o sospecha
No se ha de haber que pueda salir daño
Mas por que no podriamos sin peligro
Ir nos entreteniendo por las calles,
Cuando por mala suerte con el Conde
Topasemos; es bien que a la marina
Fuessemos con presteza a embarcarnos,
Si bien con el topando, a mi no creo
Conociera, que en habito assi torpe
De Mercader ni a vos Elvira, que hombre
No mujer pareceys, ni a la esclava,
Que esclavo (segun anda) mas parece
Demas que anday al par del, las manos
El hocico se encubre con los brazos.
Embarcados, alla podremos, señora,
Lo del Conde retirados refiriendo.
Sea pues del andar nuestro tal la orden,
Este adelante un poco vaya, y Gomez
Siga a vos con las dos; a la marina
Llegare yo primero, y en barquilla
Desquite hare, que apercebido estea
Para llevarnos todos a la nabe.
Vuestra orden hare, que se ejecute.
71
Scena Setima.
Alcayde de Tortosa.
El haber ya venido de Tortosa
Encima de un muy buen caballo, poco
Cansancio me ha causado, mas me tiene
Cansado el rodear que a pies he hecho
Del palacio al castillo, y del castillo
Al tribunal supremo, y de alli luego
A la plaza, y a otras muchas partes,
Buscando al Presidente, o a los Jueces
Alguno, en quien este bien confiado
El secreto que dentro de mi pecho
Traygo, y no un dolor destruyga y ruego
De haber de ser la Reina condenada
(Segun el murmurar se siente) a cerca,
Y a todos el hablarle es prohibido.
Bien deben andar todos ocupados,
Y trabados harto, por ser harto
Importante negocio el que se trata.
Mas luego todos de mi boca entiendan
La relacion que la verdad aclara,
Salva sera la Reina. Mas porque tanta
Queja de mi desdicha se me hace,
Que tanta sean mis diligencias todas
Con ser la priesa mayor de lo posible
En llegar a do no yo entendia lo?
Mas de parar no tengo, ni un momento,
Hasta cumplir lo que por mi se debe.
72
Scena octava. El conde.
Lejos huir pensaste de mis manos
Amengo traydor; mas ciego en ellas
Caíste antes que d'ellas te alejasses.
Por que de mí, que bien te conocía,
no fueras conocido, tus vestidos
En los de mercader trocar supiste;
Mas la cara trocar no se te pudo.
Y si tan poco pudo, así atajando
tu traición de asomo que con cuanto
Me topava dejaba el tino, en irnos
A andar todos mirando(no en el trage
Mas en el rostro) había de desandarme
Topándome contigo? Pues topéte,
Y bien te conocí. Ni a ti el derecho
Te fue el querer huir, que allá con este
Puñal, que por tu muerte me dejaste
El cuerpo te enclavé, por do saliesse
El alma desleal. Mas, ¡o mal aya
Mi tan poca paciencia, y furor grande,
El cual no me advirtió de templar tanto,
Que antes qu'este el traydor, viniesse a menos
Su vida, de entender yo procurasse
Por boca d'él do Elvira dejaría.
Tarde a catarme vine del descuydo,
Ni pude arremediarlo, aunque a la nave
Me fuesse luego, la cual yo entendiendo
Había que por hacer camino estaba
Y que en ella los dos deviessen yrse
Sospeché con razón, y pues Elvira
Con el traydor no era, imagineme
Que ella se fue adelante á embarcarse.
Mas fue, no quiso su tan buena suerte:
Que ni en ella estaba, ya ni d'ella,
Ni de lo que por mí lleva en el cuerpo
Piedad tubiera mas de la que tube
Del traydor Amengo. Y si allá ido
Aun ella no había que averiguado
Lo he con el que es cabeza de la nabe;
Ya no era mas a tiempo; porque luego
Desembarcando yo, al vasel vide
Las ancoras alzar, soltar el cabo,
Y las velas hinchadas, dar al viento.
Qué haré pues? Seré tan para poco
Que del lugar no habiendo ella salido
(Y aunque haya salido) no la haga
A mis manos volver. Antes que vaya
A las de la Justicia? Por agora
Embevecido de furor, y rabia,
En descuydo mayor caer no quiero,
Mas llevar escondido, como puedo,
Este puñal sangriento en este lienzo
Embuelta con la mano, qu'ensuciada
Quedó también, de la vellaca sangre.
Cuando con atención, y con cuidado
No mira el hombre a lo que más conviene,
Como quien anda por el camino errado
Con lo que menos piensa a topar viene.
Y si de andar siguiendo es porfiado
Tras lo que puso en pensamiento tiene,
Por loco el sin consejo da consigo,
Y muerto aun queda por el camino.
Vese que el que tal anda, si no puede
De sí solo alcanzar su mal intento,
Compañero se busca, el cual procede
Según del otro, se le da el aliento.
Al mal obrando el uno, y luego excede
De amistad dan palabra y juramento.
Mas siendo el fundamento inestable,
Tal amistad no puede ser durable.
Nace de un mal principio, un mal daño,
Al cual luego otro, y otro se acompaña,
Y mientras crece más, más peligroso
Se hace a quien lo trata, y más le daña.
Cual vemos río crecido y caudaloso
Salir de madre y huir por la campaña,
Y al que encuentra, y más a él se allega,
Mas le pesa, y con ímpetu le anega.
No creer, no escuchar, no ver al Conde
Ay cuanto mejor era por Eloísa,
Al menos viviera salva a donde
En su afición, tenía mayor gloria,
¿Y si vive ella agora, a do el Conde?
¿Quién lástima le tiene? ¿Quién la mira?
Mírala tú, Señor, que arrepentida,
El Ánima no pierda con la vida.
Mas si de todo el mal cabeza, y fuente
No es sino del Conde la porfía;
Haced que él mude la obstinada mente,
De tu suma bondad obra sería.
Y si de lo pasado él se arrepiente
Con volverse a la ya dejada vía:
Acabaríanse todos estos males
Con darse a ti loores inmortales.
Por nuestra Reina, que por esta tierra
Rey del cielo estos ruegos te ofrecemos,
Para que en paz después de tanta guerra
Nuestros dones gozando descansemos.
Con el sabor, que en sí su alma encierra,
Rige su Reino, y en saber tenemos
Que rígeslo tú de ti; tú pues sin vida
Por tu bondad no dejes deprimida.
Ito
Escena primera.
El Presidente, y el Conde
De buscaros, señor, agora vengo
del castillo primero, por si el caso
os condujo allá, lo que se ofrece.
Vuelto he después por vuestra casa, donde
entendí que con harta pesadumbre
salistes; que no poco me ha pesado,
como a quien os desea todo sosiego.
Sosiego desear bien se me puede,
mas no tenerlo yo mientras yo tengo
de entender con criados indiscretos,
que enemigos llamar devría más presto.
Mas hablar desto agora no conviene.
¿Será vuestra venida por ventura
para lo que apuntado esta mañana
entre los dos quedó, siendo ya hora,
de ayuntarse el consejo, y juntamente
mi razón escuchar de mis letrados?
Cuando en un negocio cosa hay de nuevo,
nueva resolución ha de tomarse.
¿Qué cosa hay pues de nuevo, o haber puede?
Como noticia aún no tenéis della.
Que la tenga o no la tenga, ¿qué impiden?
Que en la defensa, que se hará a la reina,
por vos, señor, se haga otro proceso.
¿Será por este caso de Amérigo?
¿Cómo lo habrán sabido al mismo punto?
¿Decís que otro proceso ha de hacerse?
El que disponen nuestros estatutos,
y a lo que vos, señor, os obligastes.
¿Yo me obligué a qué, y cómo, y cuándo?
Cuando la causa fue por vos proferida,
si os acordáis, entonces ofrecistes
con vuestra obligación, que en pareciendo
caballero con armas a caballo,
que sustentar quisiese ser la reina
inocente, y de vos mal acusada;
vos, con armas iguales a caballo
sustentaríades lo contrario, y de otra
manera vuestra acusa, y vuestra instancia
no se admitiera; estableciendo la orden
de las municipales nuestras leyes.
Bien está todo eso; y ¿ninguno
nunca ha más parecido?
Parecido
se ha un caballero.
¿Un caballero?
¿Y cuándo ha parecido?
No ha dos horas.
¿Después que esta mañana aquí tratamos
los dos de este negocio?
Ya no ha mucho
después.
¿Y cómo, habiendo ya pasado
tanto, y tantos días en este pleito,
que según vos decís es el postrero
del término, y no antes ha venido?
Esto, señor, no sé ni buscar debo
el saberlo, sino si vino a tiempo.
Y si es caballero. A tiempo vino,
y caballero él es, y conocido.
Que le conozca yo más hace al caso.
Así razón lo quiere y Dios lo quiere.
En verdad, ¿quién es el caballero?
Roger Agolantes, tan amigo
del buen Rey mi señor y vuestro hermano,
como debéis, señor, bien acordaros.
Porque amigo haya sido de mi hermano,
no podría ahora ser sino enemigo,
como de mí lo es, pues con el riesgo
de su propia persona trata y busca,
sin mirar contra quién se abalanza tanto,
que en vida quede quien vivir no debe,
como la que no tuvo miramiento,
que el nombre del cual nuestro linaje
que es espejo y honor del mundo todo,
en obscuras tinieblas sepultado
miserablemente se quedase.
Mas otro pensamiento y otra traza
a este caballero habrá movido;
pues dejó el guerrear contra enemigos
para en tierra de amigos anegarse,
vengar lo que a él no pertenece, mire,
mas yo haré muy bien que el escarmiente,
y aun él, como todos los que mano
dado han de tener a tal maraña,
que era mucho mejor por cada uno
endurmiendo el león, no despertalle.
Perezcan todos malos pensamientos,
el hombre malo en su maldad se enrede,
y el que cavó la huesa, en ella él caiga.
En vos, señor, seguros habéis nacido
de padres y de abuelos generosos,
así de Dios fieles como amigos
de razón, de verdad y de sus leyes.
Nunca sino conformes pensamientos
con semejantes obras resplandezcan,
que inofensa cada uno la inocencia
esto vos procurando, venceréis,
nunca podrá ingenio o fuerza humana.
Y pues tal confianza en vos se asienta,
bien es que antes que armado el combatiente
resida en la plaza de la fiesta
para cumplir el desafío propuesto,
allá vuestra persona se presente
armada cual a vos, señor, conviene,
aguardando más presto al adversario,
que no sufriendo que él a vos aguarde.
Tan breve es el espacio que de hoy queda
para tanto aderezo, que podría
diferirse a mañana este combate.
Esto no podría ser sin perjuicio
de la Reina y muy grande, pues se trata
de su vida y su honra, ¿y si hoy libre
puede quedar, por qué ha de contentarse
quedar también mañana al mismo riesgo
sujeta de la muerte? ¿y de tal muerte?
¿Por el cual ha pasado ya su nombre?
Ni el caballero tal consentir debe
por mucho que de su valor y fuerza
se prometa la victoria cierta.
Lo que por ley hace en favor del reo
quiere la ley que se ejecute todo.
80
faltar una tilde. Y si no pareciendo
hoy al tenor mientras que de los rayos
al sol queda alumbrado este hemisferio,
no más se admitiría, en vuestra instancia
de cortarse a la Reina la cabeza,
habría más reparar, aun quedando
por vos el combatir, con quien en tiempo
se presentó, por más que cerca el día
fuese al ocaso; habría la Reina luego,
entramontando el sol, muerto horrendo,
de quedar libre y al real asiento
de volver sin quedar en ella mancha,
más que la tenga el más puro cristal, do,
que de las ricas urnas se produzca.
Y a vos, señor, como sabéis, muchas veces
entendido, y sabido, aquella pena
de la afrentosa muerte que debida
sería a la Reina si culpada fuese,
la misma a vos de retrocer se habría.
Si por haber yo dicho que pudiera
este combatimiento al día siguiente
diferirse, pensáis que mayor gusto
no recibí, que con este caballero,
de que luego vengamos a las manos;
muy mucho os engañáis. Él, por cierto,
y por darse a creer con arrogancia,
que a la de todos su bravura sobra;
hace como el que en juego, poco haciendo
de perder, busca el jugar con hombre
con quien ganando, espera ganar mucho,
y de este modo aquella su codicia
81
el discurso le ofusca, que no piensa
que esta empresa a tomar viene por cosa,
la cual tomo en verdad, pues no sabe.
¿Y contra quién decís? Contra persona,
que como las mentiras de su propia
condición aborrece, así más presto
mil estados, y más mil, y mil vidas,
sufriría de perder, que un solo punto
de la razón que tiene, y de su honra.
No sé cómo o porqué, confiar deba
tanto en sus fuerzas, y en saber de armas
golpear. Y se advierta que no tiene
que con el conde de Tortosa viene
a contender, de quien muy bien se sabe
cuáles fueron los hechos, y si algunos
caballeros, no menos que el famoso,
así de moros, como de franceses,
de su brazo abatidos han quedado.
Mas cotejar el uno con el otro
nos debemos muy presto. Saber quiero
si la venida de Fitger la Reina
sabe aún, y el intento con que vino.
Yo a manifestalle su venida
fui al castillo, así también las veras
que el caballero ha hecho de defendella.
¿De tal combatimiento ella es contenta?
Ello, y ¿por cuál razón ser no lo debe?
Porque si en su conciencia mirar quiere,
verá que el combatir sería por ella
contra toda razón, y las más veces
la pasión se junta con el tuerto.
Muy bien por vos señor, está sabido
que por los casos que venir no pueden
A luz y averiguarse con testigos
En falta d'evidencia así ordinaria,
Que las leyes civiles ya mandaron
Una invención el duelo, y pusiéronlo
Del cual puede servirse, quien lo quiere
O sea por hecho propio, o por ajeno.
Y de los casos en que más se observa
Este tal privilegio, éste es el uno.
Si sabéis que bien sé yo todo eso,
¿Qué menester es que de vos lo entienda?
Por esto, que si en su conciencia sabe
La Reina, que mal hace lo que hace
En sufrir que por ella, y por el tuerto
Se combata, otra cosa no se puede
Sino a su conciencia remitillo.
También sabemos que eso está muy claro,
Mas Rey conciencia tiene, si ella es hembra.
Esto he de decir de paso quiero,
Que si mi parecer lugar tuviese,
Mi parecer sería que en todo caso
Por ofensas pasadas se quitase
El desafío, y uso del duelo.
Porque ¿cuál más incierta prueba dada
Hay del duelo? o ¿cuál suceso cierto
Dél se puede esperar por más o menos
En sí tener razón, el que la tiene?
O ¿quién piensa que Dios está obligado
A quien tiene razón dar la victoria?
O ¿cuántas veces vemos los remates
Tan contra nos, y mueren los hombres
Lástima al doble, viéndose que pierde
El perdedor la vida tras la honra.
El juicio de Dios no ha de tentarse.
No es consejo para los cobardes.
Antes es encontrar los combatientes,
¿No habrá el mantenedor de ver la Reina?
¿Y hablarle también si alguna cosa
Se le ofrece? ¿y así el aventurero?
Cosa es debida a uno, y así al otro:
Mas de lo uno apartado ha de ser l'otro.
Esto creo no será en el castillo
Por la sospecha que hay en extranjero.
Yo lo pensé, y reforzar la guardia
De la gente de a pie y caballeros,
Para que bien acompañada salga
La Reina aquí, que es parte más llana.
Iré yo en tanto para lo que cumple.
Scena Segunda. El conde solo.
¡Ay, qué encubierto es hecho este tratado!
Y cómo tan a punto ha parecido
Este Otoger a embarazar mi diestra
Fortuna como si escondido en parte
Hubiera estado, adó sin dél saberse,
Lo que él querría saber sabido hubiese.
Con favorables ojos me miraste.
Nunca
47
Hasta agora, ¡oh mi suerte!, en todas cosas
tu mano extendiéndose a mí como
podía yo desear pedir con lengua.
Y a lo más alto de tu inestable rueda
tan cerca me llevaste que no había
sino de darme este consejo, el cetro
del reino, y de esta ancha ciudad las llaves,
y en la gran silla de marfil, y de oro
sentado en rico y real manto envuelto,
y en la frente asentada la corona,
todos a una voz y con aplauso
rey saludarme, y yo mandar a todos.
Mas he aquí cómo al momento mismo
el rostro que tan blando me mostraba,
agora veo muy áspero y turbado.
Así de una revuelta algunas veces
vemos nave soltar bien guarnecida
de jarcia, y de todo bastimento,
y las velas hinchadas dar al viento
por camino derecho y mar tranquila;
cuando cerca del puerto se le mueve
contrario viento tan terrible y fuerte,
que antes que pueda dentro recogerse,
por breve espacio que le quede, queda
fuera del puerto, ni quedar ya puede
en él mismo, que a la fuerza mal su grado
volver atrás a donde la tormenta
en las saladas olas le sepulte,
o de entre duras peñas quiebre y rompa.
Conforme fin tal vez se me amenaza
de mi propia conciencia, la cual nunca
Hablome como agora, ni manera
de hablar en lo que yo de ella siento,
sino fieros gemidos, que me exprimen
mi perdición sin que salvar me pueda.
¿Cómo a la verdad podré salvarme?
Y con dar en claro lo que por mi mano
tan encubierto es ya? ¡Ay, antes mil veces,
muero yo de mil muertes que viviendo
espectáculo queda a todo el mundo
de nuevas crueldades! Bien ha dado
de esta tempestad indicio y señas
la muerte de Elvira con la muerte
de Armengo; de que importa que el uno
de estos que mas no hable, ya por esto
no puedo asegurarme que viviendo
Elvira de venir no haya en mano
de la justicia, y revelarlo todo.
Mas ¡ay de mí, cobarde! estas sospechas
¿qué hacen en mí? ¿De qué yo de un
común hombre encontrarme a lanza y espada?
Si he sido yo el conde de Tolosa
el que en tantas batallas generales,
y en las de solo a solo lo que valgo
he hecho conocer conservándome.
¿No soy yo agora el mismo conde?
Ni siempre yo por cosas, que conforme
hayan sido a razón, he combatido.
Ni en esto he sido solo, ni por falta
de razón siempre faltó la victoria.
Dardo lanzado atrás volver no puede.
Fuerza es de combatir, combatir quiero;
que de desesperado estoy seguro.
Mas también quiero, echando a un traste
andar por tierra, que Matilda el Reino
no goce viuda, pues pudiendo
ser de ella, y quedar la misma Reina
casándose con migo con licencia
del Pastor Apostólico Supremo.
A mí me rehusó como si fuera
yo de linaje inferior o como,
por mal tuviese que quien fue hermano
de su Padre con ella juntamente
señorease el Reino el cual si vino
por conquista y ha estado en nuestra casa
ha años ya; el mal querer que de ella
salga a hora, merece que del mundo
y de la vida ella primero salga.
Muera pues del veneno, el cual si antes
no surtió efeto: remedios todavía
a tiempo para mi venganza mía,
dan Dios, y mis antecesores.
De los cuales si yo de ver no tengo
el heredero séalo quien quisiere
de aquí de quien tengo de servirme.
Scena Tercera.
Conde, Merino botillero.
Buena suerte, Merino, es la que agora
al lance de mis ojos te ha guiado
Siempre Señor con ella muy alegres
me aveis mirado, y nunca diferente
el ánimo tuviste en hacerme
toda merced, y tan mi buena suerte
será cumplida siempre qu'emplearme
o agradaré en cosa que os agrade.
Y ansí Señor me ayudareys vos mismo
a pagar en parte lo que os debo,
que mucho es, y no sé si con la vida
fuera bastante; mientras bien me aveis dado
que en la Casa Real por vos yo tengo
el botiller mayor, plaza y assiento;
y más de haverme con el valor vuestro
quitado de las manos del Verdugo,
aunque el negocio fue por cosa honrada.
Si entiendes que por mí la vida tienes,
también quiero que entiendas que llevarla
muy a salvo podrás por todas partes,
y que acabando de servir a uno,
podrás empezar a ser servido.
Qué cosa puede ser tan importante
hacer que por hacerla se merezca
tan grande galardón?
Cosa importante
será, que tú como de propia mano
me asientes la corona de este Reino
en esta frente.
Yo vil hombre y pobre?
Señor, si otro sentido del que suenan
las palabras, d'entender no tengo,
suplico, que más claro se me exprima.
Sentido otro del propio que en las propias
palabras anda expresso, yo no quiero
88.
¿Tú entenderás cuando ansí hacerlo juzgas?
¿Haráslo?
Sí haré. Mas la manera
Esto es menester que yo la entienda:
Pues lo que entiendo yo, es que sin obra
De persona nacida, al mismo punto
Que la Reina muriere, vos el Conde
De Tortosa, a quien Dios dé muchos años,
Seréis creado Rey como heredero,
Y sucesor legítimo del Reino.
Y como pocas horas me parece
Que quedan de su vida, muy de grado
A la oportunidad, que se nos ofrece
Me valgo, y así os doy la enhorabuena.
Con darme la tendrás tú parte en ella.
Por vuestra gentileza así lo espero.
Y si lo que habéis dicho de asentaros
De mi mano en la frente la corona,
Es porque al tiempo que ella al gran Consejo
Se deba presentar, queréis que puesta
Por mano de los más preeminentes
Oficiales, yo allegue y descendiendo
La mía, alguna ceremonia haga;
De la vuestra merced enoblecido
Tendréme. Mas humilde más que nunca
Quedaré para siempre vuestro siervo.
Ea, amigo acabemos; ya tú entiendes
Que a mi sucesión dar no se puede
Lugar sino por muerte de la Reina.
Ésta pues ¿no es tan cierta, que no deba
Procurar (a pesar de quien la impide)
Que siga en todo caso, y de otra mano
89.
No puede ser, que de la propia tuya.
He aquí como vienes de tu mano
A darme la corona de este Reino.
Pues pudiéndolo hacer, ¿haráslo como
Agora, agora a mí lo has prometido?
Y yo de más de darte esta cadena,
Y esta esmeralda por agora (piezas
De más valor de cuatro mil ducados)
Y de más de cargarte allá en mi casa
De muchas copias de dinero al tiempo
Que mucho mayor bien podré hacerte,
A ti me acordaré, y de manera,
Que tú de mí te acuerdes para siempre.
Yo bien podría decir que prometido
No he señor, al dar muerte a la Reina:
Pues de ello entre los dos no se ha tratado.
Mas decir quiero haberlo prometido;
: esto pero no debe
Entenderse, sino del propio modo,
Y con la condición por vos propuesta.
Si puedo: ¿cómo puedo?
De aquel modo
Tan fácil, que entendiéndolo tú agora
Te holgarás no poco. Dos licores
Tengo en dos ampolletas apartadas,
Que de entrambos de Alejandría me vinieron
Ayer mismo. Veneno es de tal fuerza
El uno, que el que de él cierta medida
Bebiere, de acabar la vida tiene
En siete horas a punto: ni remedio
Puede haber en el mundo, que le valga.
Mal sabor a la boca, que descubra
90.
Ni da, ni deja, ni de suyo, ni al tiempo.
Ni aun en las entrañas siente alguno
El que es avenenado, sino al cabo
De las seis horas, algo poco antes.
Es de tal liquor de tan extrema
Virtud, que junto con el ponzoñoso,
O algo antes tomado, al otro abate
La fuerza de tal modo, que no puede
Hacer más daño del que haga el agua
De clara fuente, de que beban todos.
Tú darás al copero de la Reina,
Cuando acudiere a ti por la bebida
Del licor ponzoñoso, y muy seguro
Le harás la salva habiendo antes bebido
(Sin otro que él lo vea) de aquel tan bueno,
Que se debe llamar contra veneno.
¿De l'uno y l'otro habéis vos hecho prueba?
Ayer propio la hice en la persona
Del mismo mensajero que me trajo
El un licor y el otro. Y como había
Hecho él la misma prueba, en la del mismo
Arabio filósofo que entrambos
Compuso, bebiólo muy libremente
(Viéndolo yo) después de haber vertido
Del que sana, bebió de aquel que mata.
Mas para ti no quiero que esto baste.
Y después yo: quiero que averigües
Mi dicho con la prueba en mi persona,
Donde más de la tuya te asegures.
Esa prueba, Señor, yo no rehuso,
Como tampoco el don he rehusado,
En he-
91.
En hecho, ni haréis, ni las demás mercedes
Rehusaré que me habéis ya ofrecido.
Porque quiero que aun por vos entienda,
Que como me contento de quedaros
Muy obligado, gana también tengo
De serviros en este, y en otro siempre.
Al castillo me iré con el copero:
Y dentro quizá en menos de una hora
(Que ya la del comer se va acercando)
Este servicio quedará cumplido.
Mas si para salvarme, me iré luego
Lejos de aquí, no más habréis de verme,
Sino quizá después de largo tiempo;
No tengáis d'esto que maravillaros;
Porque yo de salvarme determino.
Que me place. Antes esto es, lo que quiero;
Como mas yo te encargo y te encarezco;
Ya que todo recaudo para todo
No te haré faltar. Vamos en hora.
Scena Quarta.
Criada de Brisenda, Brisenda.
Muy grande es el contento que recibo
Por haber allegado sano y salvo
Suero vuestro marido tan a tiempo;
Y de tal caballero en compañía;
Pues d'esto la esperanza en nuestra alma
Se reverdece de que nuestra alegría
92
Haya de quedar libre, y muy me huelgo
Que nunca en mí las esperanzas buenas
Se han venido perdiendo, y confiada
En el favor de Dios justo y piadoso.
De ti, hermana, confieso, y reconozco
Tanta merced y aun mayor la espero
Con todo bueno y próspero suceso.
Muerta era yo, con sospechar que muerto
Fuese ya mi marido; y muerta y viendo
Cuán cierta muerte a nuestra buena Reina
Se amenazaba, y cuán cerca era de ella.
Volvió él, y volviendo entrambos vivos
E inmortales nos ha vuelto. Esto es un sueño
No lo lamento ya porque respiro,
Y entiendo y hablo, y ando y muevo el cuerpo
Mas hoy porque las ya perdidas fuerzas
Cobradas tengo que al andar me hacen
No sentir tanto la penosa carga
De la vejez, y aun con el recaudo
Que me encargó la Reina mi Señora
Para Otoger me vuelvo a nuestra casa,
Y para visitalle, y la disculpa
Dar si no fue permitido el entrar dentro
Del castillo a hablar con nuestra Reina.
Esto no pareciendo al Presidente
Por algún buen respeto; y más pudiendo
Perderse tiempo en lo que poco importa,
En cumplimiento digo, más sabiendo
Estas horas gastar con más provecho
Para la Reina, y mientras que su Alteza
Se entretiene conviniendo, el Presidente
Hará que allá al castillo vaya toda
La gente armada, y también vayan todos
Los caballeros, que han de acompañarla.
Vamos, que de Otoger y mi marido
Menester me será que me despida
Con toda brevedad para que luego
Me vuelva, y que me halle tan a tiempo,
Que mi Señora aun no haya salido
Del castillo: allá yo tengo de irme.
Por vía más corta, que no he venido.
Scena Quinta.
De esta manera dares, y tomares
No sé si muchas veces acontecen.
Dar veneno, y tomar joyas, y oro,
Cosa es muy rara; y ¿quién no lo hiciera?
Bien es verdad, que pues contra la Reina
Había el veneno de servir, quisiera
No haberlo dado cuando con de menos
Pudiera hacer de darlo. Mas ¿cuál simple
Dejará de tomar por los cabellos
La fortuna en el tiempo que delante
Con el rostro reyente se le para?
Si sin hacer tú esto las espaldas
Ella te vuelve, bien trabajo en balde
Será correr tras, que atrás se deja
Los más veloces vientos, ni alcanzalla
[Folio 94]
Orden del hombre, el proprio pensamiento.
Nunca en cien años, dudando bien cien años,
La Reina y yo hiciéramos; nuestro
Sonara tanto bien, cuanto en un hora
Ha hoy ganado: ¡oh, día por mí dichoso!
Es de ver, que he dado ya el veneno.
Con la salva al copero, a quien he visto
Echar en la más rica, y preciosa copa,
Entre el comer, del mismo atosigado
Licor dado a la Reina. A mí, ¿qué queda
De hacer más?, si no partirme luego
En este mismo punto, a toda priesa,
Con un muy buen caballo, que del conde
He habido, y salir fuera del Reino.
Por el camino de los Pirineos
Me pasaré a Francia. Tras mí venga
Quien me buscare. Y si es verdad que hoy mismo
Entra el conde, y no sé qué caballero,
Habrá de haber no sé qué abatimiento
Por causa de la Reina: allá se avengan;
Y muera el conde, el caballero, y muera
El copero, y la Reina, y todo el mundo.
Scena Sexta.
Presidente, Reina, Conde, Otoger.
Ya señora, no más; por las razones
Que da la ley, o el natural discurso,
[Folio 95]
Desentrañar se ha vuestro negocio.
Arduo, y grave negocio, por respeto
De la tan grave culpa que se trata;
Y más por la real vuestra persona,
Que por tal causa, y nuestros estatutos,
Disminuyendo de su Alteza, vino
Al Supremo Consejo a sugetarse.
Arduo, y grave también, y aun más lo hace
La dicha calidad, contra asistencia
Del vuestro acusador, ilustre y claro.
Y pues contra las cosas producidas
En los indicios, que hay, nunca en el plazo,
De dos meses, por vos ha parecido
Testigo, prueba, indicio, o cosa alguna,
Que se pueda decir, ser relevante,
Hoy, en que debe el término acabarse,
En defensa de vuestra vida, y honra
Con armas, y caballo, ha ofrecido
Según el escrito publicado, (anduvo)
Otoger Agolante, caballero
Por fama, no de presencia conocido.
Si su oferta por vos será aceptada;
En aceptando el conde la batalla,
En la gran plaza de la justa luego
Guardada por guardar vuestra persona
De infantería gente, y bien armada
En escuadras de a pie, y de a caballo,
Del general Supremo repartidas;
Las resonantes trompas oiránse
De una, así, como de la otra parte
Llamar con desafío los combatientes;
96.
Y la del perdedor al fin callando,
A la del vencedor (según se suele)
Dará lugar a que su son alegre
Redoble, y de por todo en él haga.
Injusta acusada de inventada culpa,
Codicia, ambición, astucia, engaño,
A juicio engañado m'entregaron.
Engáñense los hombres a sí mismos;
Engáñense los unos a los otros,
Que engañar no se puede al que tan claro
Todo lo ve debajo de la tierra,
Como en los altos cielos estrellados.
El escudriñador de corazones,
Con aquella agudeza de sus ojos
(Que ya no de carne) que penetra
Cielos en momentos, mas que a nubes
Alumbra hasta que del cielo
Venga a tierra lanzada de su mano,
Mirando a mi inocencia de que manchada
Como quite del falso pensamiento,
De tan cruel, y áspera porfía
En procurar mi muerte y mi deshonra,
Que en mayor pena a él al fin resulte.
Pues cuando entender no quiera el conde
Esto, quédese de otorgar la oferta
Al Conde que la misma he yo acetado,
Con agradecimiento cual conviene.
Mi alumbramiento y mi salud tú eres,
Oh altísimo Dios, y mi amparo.
De quien pues fiado mi pecho puede
Entrar miedo, o temblor, duda o sospecha.
Desde qu'en ser criada entender supe
Tu santísimo nombre, y que a ti había
De conocer por mi único, y solo
Dios y Señor, en ti mis esperanzas
Puse siempre arrimando, ni por cosa,
Que a mí en contrario me suceda,
Me confundí jamás, ni haré en eterno.
Vuestra culpa está ya tan manifiesta
Por las cosas tan claras, que se han visto
Que no había para qué más publicarlas.
Mas ya que así lo quieren también quiero
Yo que por mí no quede lo que queda
De desplegarla al mundo con la prueba,
Que las demás confirme. Allí veráse,
Que no envidia de reinar movióme,
Mas celo de vengar tanta deshonra.
Por toda vuestra casta desparcida,
M'empelió, y forzó a lo que he hecho;
Y esto baste ya por mi disculpa.
Ni de palabras, ya ni de razones
Es más tiempo. Por vuestro mandamiento,
A la arena allá voy, adonde espero
Con el favor de quien me lleva, y guía
Cumplir con mi palabra, y lo que debo.
Vayan los caballeros a hacer prueba
del ánimo y valor que cada uno
siente en sí; mas el uno,
si en lugar de razón, el engaño aprueba,
luego verá (ya no por cosa nueva)
cómo de sí hace el daño
caer donde salió vago el engaño.
El otro no porque el sienta en su lado
más razón, tenga el enemigo a esquivo,
ni en el pecho altivo
vaya de la victoria confiado;
pues lo que el justo Dios ha ordenado
por un firme decreto,
queda aun de su mente en lo secreto.
Bien justo es él y cuando ansí parece
que salga algún suceso diferente
del que la humana gente
juzgara por razón; ya no carece
de premio el que merece,
ni al reo pena escura
del mal que su conciencia propia acusa.
Y si el punir o apremiar difiere
su Divina Justicia en esta vida;
aun no se entienda
es la razón porque así manda y quiere.
Mas a do se requiere
suplicio, o premio eterno,
no falta en darlo el tribunal superno.
Esto en su astucia Gigés necio, y vano
ya no supo entender, pues entendía,
que si nadie le vía,
menos sobre él había Dios soberano;
cuando trayendo en mano
la sortija encantada,
cometer todo mal tenía en nada.
Por no haber (como dicen) quien le viese,
de Lidia al Rey mató, y a cualquiera,
que impedir le pudiera;
como por mil testigos no valiese
su conciencia y tuviese
por derecho, y por ley,
poder del Rey ajeno hacerse Rey.
Con tal codicia a sujetar moviose,
su patria aquel, que del contrario bando
con razón sospechando,
de ser nombrado Rey poco preciose.
Creyó de serlo estimose
por su imperio, y su arte,
sin que en ello tuviese el cielo parte.
Mas aquel que de más era ofendido
con falsa religión, con falsas leyes,
siendo el Rey de los Reyes;
después de haberle todo permitido,
fiero aunque temido
entregose a puñaladas
de manos de personas conjuradas.
Cosas como estas muchas sucedieron
entre los idólatras infieles;
mas otras más crueles
Entre el pueblo de Dios también se vieron,
que, pues Dios conocieron
y su ley entendían,
menos disculpa en ofenderle havrían.
¡Ay, qué no piensa! ¿Qué no traza y tienta
el deseo de reynar? Cuando Absalón,
criado de ambición,
al buen padre con quien tenía Dios cuenta,
con invencible afrenta
movió guerras y quitalle
el reino pretendió, y aun matalle.
Mas antes de llegar a tan horrendo
exceso, diole Dios condigno pago.
Verle hizo el estrago
de su exército, y él aun huyendo,
el peligro no viendo,
con sus largos cabellos
en un encina dio colgando d'ellos.
Colgando así, Joab (luego alcanzóle,
casi de Dios ministro en la venganza)
hizo que con su lanza
por tres veces el cuerpo traspassóle.
Y si David lloróle,
cumplió con su terneza,
mas tuvo en su justicia Dios firmeza.
Para salvarse el hombre,
tiene en su mano la llave;
quien sabe bien obrar, salvarse sabe.
Atto.
Scena Primera. Gómez, Juez del Consejo, Notario del Consejo.
Quitado ni añadido, no he una tilde,
señor, a la verdad, con lo que he dicho,
habiendo por entero referido
todo cuanto a Amerigo de mi boca,
aun parando, si no esta mañana,
de aver sacado a Elvira de la torre,
adonde el conde la tenía escondida;
y de cómo, en mi casa puesta en salvo,
se resolvió con ella y con la esclava
d'irse con una nave en Barcelona,
por donde yo a hacerle compañía
prometí a el rogado. Y he también dicho,
cómo habiendo d'andar a embarcarnos,
nos ívamos los dos tras de Amerigo,
que delante nos iva, cuanto un tiro
de mano, y que aunque en hábito anduviese
de mercader, con él topando el conde,
luego le conoció, y arrebatóle
con ímpeto a sus pies a puñaladas,
haciéndole caer tendido y muerto.
(luego que fue de vos reconocida)
visto el cual encuentro así de lexos
nosotros al momento en una casa
entramos, que cerquita a mano derecha
nos venía, y el dueño a nuestros ruegos,
por de dentro su puerta con candado
luego cerró. De esto no creo que el Conde
se catase. Mas tal tomó a Elvira
miedo, temblor, afán, pena, y congoja,
con una muy ardiente calentura,
que vino a mal parir; y un acaso
por la calle pasando, a lo que a gritos
en ella y la otra gente iban esparciendo,
habiéndoos parado a oír la cuenta
o historia. A Elvira acrecentóse
el dolor de manera, que trabajo
tuvisteis a sacarle de la boca
antes que el alma le viniese menos,
la maraña que hubo con el Conde,
y todo lo demás que, que de ella sola
mejor que de persona otra ninguna
entender se pudiera pues. Por agora
esto basta, y a vos, Notario, mando
que preso y acompañado con alguno
de estos ministros le enviéis porque ande.
(Juez, vos leedlo)
Eso no es menester: vaya la esclava
presa también con él, y allí me aguarden
en el palacio del Real Consejo,
en el cuarto en que vive el Presidente.
Y yo, antes que allá vaya, os requiero
se entienda como el dicho está asentado
de la malvada Elvira.
Señor, aunque el terror que me causasteis
en pareciéndoos a mis dolientes ojos,
hubo al momento de arrancarme el alma
de este deshecho cuerpo: he todavía
algo vuelta en mí misma, y de esto viendo
haberme Dios hecho merced no poca,
para que espacio tenga confesando
la verdad, de remitir mi tan cargada
conciencia a descargar. Así confieso
que a la Reina Matilde mi señora
maldad y traición he cometido.
Del conde Sexto ya persuadida
que de mí aficionado deseaba
ser mi marido, y Reina de este Reino
hacerme si primero de casarse
la Reina se muriera (en el cual caso
el de derecho suceder debía)
a desear la muerte por momentos
a la Reina me torné, y de concierto
ambos a procurársela venimos.
De esta manera: que a Gilberto diese
yo a entender ser de él aficionada,
para que en mí de veras él echase
su amoroso intento como suyo.
Debajo de esta muestra así fingida
reduje a que de él se me pidiese
comodidad para secretamente
tratar nuestros secretos pensamientos.
La que le di, fue, que de noche a hora
que en la cuadra cenar debía la Reina,
104
En la cámara entraron a do conmigo
Hablando en el momento que ninguno
Se cataría, debajo de la cama
Escondiese de do, cuando era el tiempo,
Yo vine a llevarlo a mi aposento.
Animóse a hacerlo, y ya lo hizo
El pobre y desdichado caballero.
Acostada la Reina vino el conde
Avisado de todo con achaque
De tener cartas con no buenas nuevas
Del campo de los nuestros, y debajo
De la cama sacar hizo a Lisberto,
Matándole y echándole en el pecho
Cierto billete que de propia mano
No siendo, parecía ser de la Reina;
La cual llevaron presa al mismo tiempo.
Llenóse el palacio lleno de ruido;
Entre la muchedumbre de la gente
En hábito de hombre disfrazada,
Saliéndome, en su casa me fui luego.
A do en un aposento muy profundo
En compañía de aquesta sola esclava
Todo este tiempo he estado: siendo de antes
Por mi mayor desdicha de él preñada,
Sin verme él más, ni desear de otro verme
Como de allí de día yo me saliese.
Me queda que decir: mas, ¡ay!, no puedo.
¡Ay!, que no puedo más: ¡ay!, que me muero.
A Dios pido perdón de mis errores.
Plega a Dios se lo haya concedido.
¡Ay!, que no pudo más, que acabó antes
La
vida de acabar el dicho entero;
Lo demás ya tenemos entendido.
¡Extraño y nunca más oído caso!
¿Quién tal creyera? ¡Ah!, y cómo muchas veces
Aquella incomprehensible sapiencia
De Dios, por más cumplir con su justicia,
Deja que el pecador tras su apetito
Siga el camino errado sin tropiezo,
Para que en el más obstinado venga
A caer en algún despeñadero!
A lo menos dime le faltaría.
Bien urdir y tejer supo la tela
El conde, y otro ya no le faltaba,
Sino hacer castillo del orgullo
De la vida de nuestra buena Reina.
Mas he aquí, que confiado todo
En sus engaños de los propios viene
A quedar engañado el más que otro.
Porque ya que la Reina casta y pura
Habrá de declararse, y viva, y libre,
De Reina volverá; ya pena el conde
Por razón pagará con su cabeza,
Que a ella con maldad se procuraba.
¡Bondad de Dios!, que si por tu consejo,
Al cual no alcanza entendimiento humano,
La verdad algún tiempo anda encubierta;
No por esto debajo de la tierra
La dejas sepultada.
Nunca en dos meses, ni señal, ni rastro
De esta verdad se vio, y en este día,
Que de las aguardadas esperanzas,
Se de
106.
Y de angustiada y lastimable
vida de nuestra Reina en el postrero,
pues que menos parecer se ha visto
Guerrero que con armas la defienda,
Que a sacarla viene a luz por donde
Otro por otro intento abrió el camino.
Vamos, que al Occidente de andar tengo
A destruir este tan arduo y grave
Sendero con la priesa que conviene,
Si aun no tardare con darme priesa.
Scena Segunda.
Alcaide de Tortosa, Juez.
Paraos a escucharme lo que cumple
Que me escuchéis, señor, os pido y ruego,
Dando (a lo que me parece) tregua
De los que en el consejo tienen cuenta
Con las cosas que tocan a justicia,
Soylo; mas no querría que en esta hora
El ir a donde voy se me estorbase,
Pues la vida y la honra de la Reina
Me obligan al andar con mucha priesa.
La misma obligación con mucha priesa
A mí también a venir me ha hecho
De Tortosa, de donde soy alcaide,
Que aunque el cargo de la mano tuve
Del conde que señor es de la villa,
De ser fiel he profesado siempre, mas
Mas que al conde a la Reina a quien debida
La misma fieldad es por el conde.
Mas cuando él a su fe haya faltado,
No pienso de faltar yo de la mía.
Bien pensáis, y hacéis honradamente,
Y loor y merced vos mereciendo,
El galardón daré yo procuraros.
Procurar galardón bien se me puede
Cual de razón parece. Mas movido
No me ha a galardón cudicia alguna
Grande y bastante para mi contento,
Siendo el que yo a mí mismo recibo
Con hacer lo que debo.
Ser hidalgo
Bien se os echa de ver. Mas lo que pasa
Narrad, que escucharé de buena gana.
Una carta escribióme (ha ya dos meses)
El conde, y me avisaba en ella cómo
Para el siguiente día con otra carta
Me enviaría un hombre, que criado
Habiéndose en su casa muy de niño,
Y respeto de que él más olvidado
Era de ningún otro, osado había
A tentar una dama y (dama suya)
De deshonestidad; lo cual él tuvo
Por bien andar disimulando entonces.
Mas el disimular, según debiendo
Al sentimiento, quería darle el pago,
Y que el pago era de tenerle preso
Por algún tiempo allá en el castillo
De Tortosa, mandándome por esto,
Que aunque por la otra carta, que abriendo
(tal su nombre era) me presentaría,
se me ordenase de entregarle luego
cierta heredad la cual decía de darle
por sus servicios, la heredad hubiese
ser la cárcel más honda de la torre;
y que no permitiese yo dejarle
hablar con hombre de mujer nacido.
Vino Dolindo y trájome la carta,
segunda, que acordado había el conde.
Yo la primera ejecuté, y el pobre
viose preso con sus quejas dadas
a entender que engañado le había el conde
con apretarle que hiciese cosa,
que no debía, y que por no venirse
a descubrir en trueque de la ofensa
de darle el vivir para sus días,
allá le había enviado a do sus días
antes del natural curso acabando
entróse antes de muerto sepultado.
Sus palabras, sus quejas, y sus lloros,
yo no escuchaba más que escucharía
una estatua de piedra: tal conviene
mostrarse el hombre que mi cargo tenga.
Mas venido a enfermarse, y de manera
que bien vi que alargársele la vida
no podía mucho; porque procuróse
que de hablar me había sobre un muy grave
negocio, que a la vida, y a la honra
a la Reina importaba: atentamente
los oídos le di. Él declaróse
como su habilidad sabiendo el conde
que tan del natural contrahacía
la letra de cualquiera mano vista,
sola una vez, que errar no había
juicio humano al cotejar (entrambas)
cuál verdadera, o contrahecha fuese;
le requirió que la de nuestra Reina,
la cual él muchas veces había visto,
contrahiciese en un billete en tantos
renglones a Filberto dirigidos.
Que le persuadiesen con palabras
acostumbradas, que la misma noche
en tiempo que estaba ella cenando,
debajo de la cama don Álvaro
se escondiese sin ser de alguno visto,
sino de Elvira sola, de quien sola
ella fiaba, y él fiar podía.
Porque ya que a las llamas amorosas
no podía resistir, determinaba
(por no caer en falta abominable
de deshonestidad) con el casarse:
por donde a tomar fuese el señorío
de su persona, y consumar primero
el matrimonio, el cual después quería
se publicase, y rey el saludado
fuese de todos, y que muy seguro
él estuviese sobre su palabra,
la cual daba ella escrita de su mano.
A todo esto añadió Dolindo cómo
el billete escribió del tenor mismo,
imitando la mano de la Reina,
y al conde lo dio; el cual en pago
le dio mucho dinero y privilegio
demás del despacho de aquella pieza
de tierra, que ordenó fingidamente
a mí que le entregase, y pues Dios quiso
que con pago digno se le siguiese
a su obra mal conforme, y más doliente,
reconociendo la verdad, venía
a declararla para que enterada,
quedase su conciencia descargada.
Todo esto dijo a mi adolorido, y como
por todo desparado era, que fuera
se exenta la Reina, porque encima
se halló de Gilberto un cierto escrito
de mano de ella al tiempo que sacado
de la cámara, en que dormía la Reina,
fue del conde matado, entendí luego,
que tal escrito es propio de María,
que confesado a mí había doliendo.
Con todo esto, por más asegurarme
en sudicho llamar hice al momento
el sacerdote, y otras dos personas,
de autoridad, y fe merecedoras,
y en presencia de todos tres lo mismo
hice que replicase, y confirmase.
De tal obra quedé yo muy contento,
porque después de allí a pocas horas
el alma dividiéndose del cuerpo,
al tribunal de Dios fue a presentarse.
Y yo a testificar, según he venido
por la verdad lo que por mí ha pasado.
Plega a Dios que en tal término se hallen
las...
cosas de la Reina mi señora,
que servicio y provecho haya su Alteza.
Si espero harto, pero tardar un día
mas no era menester.
Señor, si verla
y hablarla podré, favorecedme.
Yo lo procuraré, que bien honesto
me parece. Pero primero y luego
debemos acudir al presidente.
Escena tercera.
Mensajero, Coro.
¡Oh, día tan venturoso y tan alegre,
oh, día de claridad y de contento,
día cual no se vio en otro cualquier tiempo
haya este sol abierto a estos ojos!
Mas a ti, sumo sol, que solo fuente
eres de mi inmensa luz, me vuelvo y llamo
por testigo de tanta mi alegría;
que no cabiendo en mí, voy de mí fuera
esparciendo la adondequiera que vaya.
Ésta quizá de la batalla nueva
trae que al espectáculo presente
decideitas. Mas cuál de las dos partes
vencedora el contento le habrá dado
no se ha entendido aún.
Mil y mil pechos
de tanta que en mí sobra, coger pueden.
¡Oh, buena Reina, ya abatido y muerto
yace tu cruel feudo, y tu enemigo!
112
Oh Dios tú, que tan justo, y tan piadoso
Con la debida pena tu justicia
Con el uno mostraste, y con la otra
La merecida gracia, de esta menos
Nunca señor le vengas, y con ella
Acompañados sean sus largos años.
Con la divina gracia acompañados
De nuestra reina sean muy largos años,
Ya que del gran peligro es libre y vive;
Según de vos honrado caballero
Venimos a entender, con tener parte
Del gran contento que en vos bien se cata.
Mas si gustáis, que el que sentís diverso
Se cumpla en vos como es razón, narrando
El principio, y el fin que la contienda
Hubo entre el uno, y el otro combatiente,
Si vos halla presente habéis estado.
Eso haré muy de grado que presente
He estado al hecho, y estoy muy bien cauto,
Que por mucho, que muchos de contino
Cojan de mi placer a mi no falta,
Como fuente que mana, o como llama
De hacha, de la cual si toman lumbre
Vijas muchas a ellas no la quitan.
Fuese ya la plaza de la justa
De toda cantidad de gente enchiendo,
Y a mucha priesa andamios, y tablados
Por todo alrededor se levantaban;
Y las ventanas todas adobadas
De tapices, y otras colgaduras,
Otros muchos mayores ornamentos
Descubriendo venían de mano en mano
Los muy hermosos rostros de las damas,
Y los ricos vestidos y las joyas,
Conque sus hermosuras acrecían.
Ni hombre ni mujer creo que hubiese,
Que próspero suceso no agorase
A nuestra reina así por la creída
Su inocencia, como por la fama
Del gran valor del fuerte caballero,
Que a combatir por ella había venido.
Cuando no bien aún la plaza llena,
Dos caballeros a caballo armados
De todas piezas pareciendo entraron
En el estacado, el uno el combatiente
Era, y el otro su padrino, que cuyo
Es de la misma reina, anexo digo.
Como si en la alta región del aire
Nueva cometa comparece, luego
Levantan sus cabezas los mortales,
Y con admiración, y con mesmo tiro
Los ojos hacia ella enderezado,
Juntamente los unos a los otros
Varias preguntas hacen, y discursos;
Así tan presto como de sí muestra
A la liza salieron, todos cuantos
Allí con la vista se volvieron,
Y más atentamente al extranjero:
Cuyo gesto era tal, que la vista sola
Llevarse parecía en el semblante.
Gran gorgear había entre la gente,
Y más crecía aquel, creyendo adueños
114
A parecer después no tardó mucho
nuestra alta Reina tan acompañada,
que quedado no habrá, bien creo, ninguno
hay en esta ciudad más principales
caballeros, y otras menos nobles
siquiera un solo, habiendo de más todos
de los mayores hasta los menores,
regidores, y hombres de justicia.
¿Hasta entonces el conde de Tolosa
no había deseado verse?
Por momentos.
Que fue después aguardado, y tardó tanto,
que no faltaba ya quien murmurando
juzgase que no más pareciera.
Mas vino al fin, y también con él vino
armado un caballero a apadrinarle,
al cual no conocí; y desarmados
no muchos pajes que le acompañasen.
Y él con ello mucho deteniendo
se venía, con hablar al uno y al otro.
Mas el aventurero sus trompetas
apresurando, aprestar bien hizo
al conde que saliese a la batalla.
De la una parte el uno, y de la otra
tomó el otro del campo, y replicando
los sonoros metales sus llamadas,
no parecía sino que cada uno
con más gana entendiese el desafío.
Moviéronse los dos combatidores;
dadas a los caballos las espuelas;
y arrimando sus lanzas a encontrarse,
vinieron: mas a dar vino en vacío
la
115
la suya atravesando el triste conde.
A él le golpeó en la celada
el otro caballero, y de corrido
de no haber acertado a echarle al suelo,
apenas a parar vino el caballo,
que luego lo volvió a la carrera.
Hacer lo mismo al conde fue forzoso;
y venido los dos a otro encuentro,
acertó el extranjero con la punta
y en muy recia lanza a traspasarle
la garganta, y salir sangriento viose
tras él por afuera el afilado hierro.
Y así el mísero (ya no nuestro rey)
conde cayendo del caballo al llano
con muy horrible, y espantoso estruendo,
con la vida acabó sus pretensiones.
¿O cuál contento en viendo tal la Reina
pudo sentir?
Razón fue de notarlo.
Mas con real sosiego y gran cordura
rostro no hizo alguno, mas de al cielo
alzar los ojos. Bien fue sin medida
de todos el placer, y regocijo;
quitados, pero, aquellos (ya no muchos)
amigos que eran del perverso conde.
Que habiendo a sus criados encargado
llevar a iglesia el cuerpo, o no sé adónde,
como asombrados se salieron quedos
de la plaza, quizá para salirse
de la ciudad, y no desear más verse.
A los demás no haber sido vistos
como en saliendo el sol del oriente,
ven.
116. 118
Y en descubriendo sus dorados rayos,
Las aves que se havían la noche antes
Entre ojas y árboles en valle
Remoto, y deleitoso, recogido,
Sacan de las gargantas a contienda
Con suaves acentos sus cantares,
Saltando alegres de una en otra rama,
Al luminoso Planeta saludando;
Así tan presto, como de la mente
De cada uno con tan buen suceso
Aquella nube de sospecha, y miedo
Vino a quitarse que ya tantos días
Ofuscado nos tubo; enviando todos
Tan clara claridad de la inocencia
De nuestra Reina a Dios grandes loores
Dieron con altas voces de continuo;
Ni había quien no buscase de obligarse
De ella, ni de besar su real mano;
Y quien de cerca y quien de lexos hoy
Gozavan de decir, viva la Reina.
También nos es de decir, viva la Reina:
Gozamos: así quien viva Dios ella
Viva en tranquilidad Dios la mantenga.
Este contento, del cual parte os hice,
No sufre, que aquí mas yo me detenga.
Señas por la ciudad devan hacerse
Esta noche de tan grande alegría
Con claras llamas de encendidos fuegos.
Y pues a mi afición la de ninguno
Sé que lleva ventaja, bien querría
(Cuando no pueda yo ser el primero)
No ser de los postreros, a lo menos
De los de mi quartel a demostrarme
En tal ocasión; por esto voyme
Sin mas a preparar mi luminaria.
Piense hacer lo mesmo por nosotros.
Scena Quarta
Juez, Presidente.
O cuanto mas holgarme si antes
Llegara por hallarme en el principio
Del desafío que entre los dos ha havido.
Mucho espacio he gastado, y con de menos
Hacer no se ha podido para en claro
Sacar y por estenso asentar todo.
Cuando desocupado me volvía
A palacio, entendí que un caballero
Había venido a defender la Reina.
Las trompetas oí, y apresurarme
No pude más para llegar a tiempo.
Mas harto a tiempo he todavía llegado
Cuando al segundo encuentro con brío asaz
Caer vi muerto al Conde: el regocijo
Común comigo fue como con todos,
Y acompañé con toda nuestra Reina
A la Iglesia mayor a dar devotas
Gracias al gran Dios, cantando el himno
Que cantaron primero los dos Santos
Doctores respondiendo el uno al otro.
Lo
Lo que añadir a lo ya dicho debo,
es que ninguna orden pareciome
de dar para que Iglesia y sepultura
a Elvira se diesse por si algo
diferente de aquesto por quien tiene
mayor poder, deviesse de ordenarse.
Pues tan harto anda mi alma del contento
d'este tan buen suceso libre y suelta,
viendo la nuestra Reina, que no puedo
tan por entero, y tan atentamente
escuchar lo de Elvira con el conde,
ni lo del mayordomo por el muerto,
como bien lo haria cuando era cosa,
o parte della d'entender dina me
a haverse dado a todos en un punto
el tan prospero fin que Dios ha dado.
Bien terne pena que en poder del Consejo
gran descuydo haya havido en mi confesso
haber sido mayor de no haber hecho
hacer mas expressiva diligencia,
de la que se ha mostrado allá en casa
del conde en ir buscando por Elvira
pues el en ella la tenia escondida.
Que si d'entonces se hallara, d'ella
misma la verdad toda por su hilo
bien se sacara, y su Alteza tanta
afrenta con trabajo padeciera.
Mas (segun tan contrario y enemigo
d'Elvira se mostraba el propio conde,
y segun el negocio andar se via,
de contrarios sentidos rodeado)
quien cayera en la cuenta de tan grande,
y nunca tal entretexido engaño.
Mas lo que no alcanza juicio humano,
descubierto nos ha querido Dios mesmo:
y assi de creer hemos que esto todo,
de aquel es hecho que es Señor de todo.
Muerto es el conde ya, muerta es Elvira,
muerto es Dolindo, el desleal vasallo;
el juicio de Dios justo matolos.
D'ellos no hay mas, ni habran entre los vivos,
sino cuanto a la Reina d'esto hecho
y de sus traiciones, y engaños
en otro dia relacion haremos;
pues l'alegria, la fiesta, el regocijo,
que tan devidamente nos ocupan,
lugar no nos han dado a ello agora.
En estos dias Señor, que tan alegres
nos tienen, bien seria que a l'alegria
presente, antes que afloxe, se añadiese
otra, como seria que con marido
digno de Reina tal, su Alteza en dulce
y casto matrimonio se juntase,
para que d'ella, y de su sangre el Reino
tuviesse nuevos Reyes, y se dilata
los hijos, y los que d'ellos naciesen,
del real apellido se nombrasen.
Y quiza no seria de razon fuera,
ni de conveniencia se errase
con este tan famoso Caballero;
puesto que Reina a Rey devida sea:
pues bien decir se puede tal ventura
haber-
Folio 120r y 121r
Haberse la ganado de su mano
Con mucho más razón (a lo que entiendo)
Que Pélope de Tántalo, el hijo,
No mereció (fábula sea o historia)
De poseer con la persona el Reino
De Hipodamia, el cual no siempre
Trató, valióse más que el engaño.
Su merecimiento por tal causa
En otorgar no es solo; por linaje
No menos clara en él nobleza cabe,
Que en nuestra Reina quepa, en quien no habría
De degradar ni de menguar aquella
Real grandeza, que consigo trae.
Al suyo antepasado. Es sabido
Por aquí con que los generosos
Reyes Bretones, decendencia tiene,
A más que su valor, sus muy ilustres
Hazañas, sus costumbres y manera
Dan testimonio de ello! mas no siendo
El negocio que deba yo tratallo
Como vos, no saldré yo primero
A proponer a tan discreta Reina
Ni este, ni algún otro casamiento,
Que de ella ocasión no se me ofrezca.
Y menos osaré de aconsejarla
Sin que ella me lo mande, pues se suelen
Por lo menos a las veces, los consejos
Estimar mucho más, cuando se piden,
Que no cuando se dan sin ser pedidos.
Cuando ella sus secretos pensamientos
En mí confíe, y parecer me pida,
No faltaré a lo que mi entendimiento
Me dictare de andarle desplegando
Con muy entera fe cual he jurado
De vuestra obligación, a que es debida.
Venido he agora a ver que muy cumplido
Se haga todo lo que está ordenado
Para las fiestas así dentro el palacio
Con sus aderezos, (que adelante
A este efeto envié al mayordomo,
Que por la otra puerta habrá entrado)
Como de fuera aquí, por esta plaza,
Y por todo el lugar con cuidado.
Mire, señor Alcalde Mayor, qué digo,
Que pregonar hagáis por toda la villa,
Que por estos tres días no se abra tienda
De mercader, ni oficial ose echar mano
A trabajar, si no será por solo
Hacer nuevo vestido, y libreas
(Que esto todavía admito en casos)
Para los que se holgaren presentarse
A nuestra Reina, súbditos fieles.
En la sala mayor a un cabo de ella
Se aderece una escena que demuestre
Ciudad para que en ella ansí de vista
Comedia con primor se represente,
En trono pomposo se levante
Un soberbio dosel, de hábiles manos,
De entalle delicado, y bien labrado,
En que haya sitial para la Reina.
Así también abajo haya en el patio
Para torneo de a pie un estacado,
Ado
122
A do sobre sus cuerpos bien armados,
Muestren los caballeros con sus tiesos
Y pesados estoques quién más bello,
Más suelto mueve en golpear el brazo.
Otro también se haga en este llano
Para un y otro torneo de a caballo,
A do los caballeros por escuadras
Divididos se embistan, y con juego
El pelear simulen, que de veras
Suele haber en batalla entre enemigos.
Sígase de esto aquí mesmo un feroz toro
(Y no solo uno) de sacar habráse,
Que enfurecido y muy terrible venga
De garrochas picalle, y si a alguno,
Con sus cuernos habrá llevado al aire,
Otro escarmiente, y mire si le basta
Para llegar a él, y acuchillarle
El corazón, y si para huirle
Ligero de los pies se siente tanto,
Que la cornuda bestia no le alcance.
Y pues ninguno ha de faltar de cuantos
Juegos por estas partes se acostumbran,
Puesta laudablemente el de las cañas,
Orden daréis que tras de aquesto haya
El de la lucha; luchadores fieros
Sé que han de haber, y tales que confunderán
A los que la treta y maña hacen
(Por faltarles el tiempo y la destreza)
Solo tienen los pies, dar las espaldas.
Se gusta del correr de los caballos
De cualquier casta, y especie no se exceda;
Mas
Mas no que las especies se confundan.
Correr han jinetes con jinetes,
Y bárbaro con bárbaro, y tratar
Cada especie por sí; de los que dados
Por los dueños serán, y por quien quiera
Nombre de corredor de su caballo
Ganar, y para sí tomarse el precio.
Haya allí un cadalso donde puedan
Ver los Jueces a quien deba ser el premio:
Y con diverso breve donde averigüen
Cuantas partidas son de corredores.
Lo dicho, dicho, para que conforme
Todo al pie de la letra se ejecute.
Escena Quinta
Alguacil de Campaña, Presidente, Menino.
Deteneos, Señor, que aquí traemos
Preso un ladrón, el cual hombre viviente
Quizá nunca creyera. Este Menino,
Este que del tesoro de la Reina
Guarda es el ladrón, ni negar puede
El furto, pues cargado del dinero,
Que al Conde de Tolosa haber hurtado
Dice (según el mismo Conde llora)
Con lindo caballo, y estas joyas
Se huía, y Dios quiso que no mucho
Lejos de este lugar en la Floresta,
Que
Que llaman Maleoguer, dieron en manos
Destos unos ladrones que allá asaltaron
Robando, y lo robado le robaron.
Yo que por la campaña iba rondando,
Con mi escuadra, atrevíme en arma vello,
Y con él cogí todos estos otros.
¿Qué es lo que veo y oigo? si los ojos
No tengo encandilados, este es proprio
Merlín. A la verdad, ¿tan confiado
En este caballo, rucio era del conde?
Ladrón, traidor, pues cómo le hurtaste,
¿También hurtaste tú tanto dinero?
¿Estas joyas también no son hurtadas?
Yo hurtado no he cosa ninguna.
¿Cómo tal decir osas? si en las manos,
Estando tú huyendo, se ha hallado
Este tan grande y tan notorio hurto.
Cosa, que se da dada no es hurto.
¿Pues decir quieres que te fueron dadas
Cosas de tanto precio?
Yo lo digo.
¿Quién te las dio? sepámoslo.
Si han sido
¿Si no fue el propio conde, quién entiendes
Que haya sido?
Pues si tú ya lo averiguas.
¿El propio conde fue?
El propio conde.
Ladrón traidor, tú mientes.
Yo no miento.
¿Y para qué cosas que tanto valen
Te había de dar el conde?
Él bien lo sabe.
¿Y no lo sabes tú?
También yo lo...
Pues si lo sabes, dilo.
Venga el conde,
Que ante él yo lo diré.
¿Para qué eso?
Para que si él dijere no conforme
A lo que diré yo, que es verdad cierta,
Quien no da, mentirále.
Y ¿cómo tanto
Obrará?
Sí obraré, y aun más digo,
Que cuando por razón yo morir deba,
Por razón él morir deba primero.
Si la verdad de lo que pasa ahora
Ocultar ordenáis, sin que hasta el conde
Secreto te sea decirla cuando
De los tormentos colgado, llevadle
Vos capitán, a la más honda cárcel
Que haya entre todas; y en cruz luego
En afligiendo haréis que vomite como
Saben los llegados de con la fuerza
Del martirio sacar de las entrañas
Del malhechor, y de la propia boca
La escondida verdad. Estando el mismo,
Que vive y no del que muerto ya vemos,
Se ha de sacar, saber no se le haga
Por manera ninguna, ni por señas,
Cómo haya muerto el conde, si primero
Del todo la verdad no está aclarada.
Echa esta diligencia, a referirme
Vendréis todo lo hecho, aunque delante
Sea de la Reina: allá yo voyme ahora.
Vos llevad también estos ladrones.
Óiganse las trompetas, que a la Reina acompañan.
[Folio 126v]
amenazaron estas,
pero antes guerra y muerte,
paz a todos agora.
Pregonan con la vida
de la que vivir debe,
muerte al que ya debía
morir con su porfía.
Horas, vos que, ministras,
sois del sol tan ligeras,
no tan demasiado
con vuestro ardiente azote
castiguéis los caballos.
Dejad que más a paso
se vayan al ocaso,
para que con el día
se alargue esta alegría.
Si por los anchos campos
del estrellado cielo
yendo siempre y volviendo,
traéis a los mortales
cuando amarga tristeza,
cuando placer suave:
ninguna grande amargura
ya tras de vuestra prisa
a causar se devota.
Vos de agora adelante
de los más apacibles
y benignos planetas
coged en frutos y flores
lo mejor y más puro,
y venidlo esparciendo
en cima
[Folio 127r]
en cima de esta Reina,
en quien Virtud se cifra,
valor y lozanía.
Que así lo quiera y mande
el que a sola una seña
(a vos digo y a ellos),
hacer bien lo adivino;
pues tras agravio infinito
seguir debe el sosiego
por justicia infalible,
que nunca se desvía
de su derecha vía.
Fin
128.
Presidente, Matilda, Brisenda.
Alta Reina, que en nuestros corazones
tenéis fundado vuestro señorío,
hacéis que en muchas ciudades, aunque fuertes,
de macizas murallas bien cercadas,
salud, tranquilidad, fuerza, y deleite,
con gozo perenal del alto cielo
en la real vuestra persona lluevan.
De todos vuestros súbditos, que un tiempo
lágrimas de dolor dieron y agora
de ternura las dan, y de alegría;
recibid por las señas que se ven,
satisfacción que se ve confirmada:
No diré es exceso, que si no todos,
muchos, y muchos ya no habrían dejado
de dar las vidas por cobrar la vuestra,
cuando tan de cobrarla fueran ciertos.
Eso bien cierto creo, y a creerlo
me obliga la razón, y así por cuanto
razón también me obliga, y yo procuro,
con todos mis fieles tener cuenta.
De indulto general a vuestra Alteza
así por sí, como por nombre y parte
de todas las demás comunidades,
suplica esta ciudad, y patria nuestra.
129.
Que me place, y de más a vos encargo,
que todos los que presos se detienen
por cualquiera delito aunque muy grave
(como no haya acusador) se suelten.
Suéltense así también los demás todos,
que por deudas civiles han perdido
la libertad la cual con el dinero
de la nuestra real tesorería,
(así lo quiero, y mando) se rescate.
Todo conforme a como vuestra Alteza
lo quiere, y manda, haré yo que se cumpla.
¿Cuál es la ocasión que en el palacio
no se ha dicho, si hay de Elvira nueva?
¿Nunca pues pareció viva, ni muerta?
Viva ha quedado hasta hoy de aquella
tan de tristeza memorable noche,
que la traición que a vos, Señora,
se hizo, y a Gilberto juntamente:
Y quien la hizo fue la misma Elvira
con concierto del Conde que en su casa
escondida la tuvo en este tiempo.
De allá con cierto medio que ha tenido
hoy mismo se salió, y en la huida
Elvira diz, que preñada mal pariese,
y por el mal parir viéndose cerca
de la muerte acordó por su descargo
declarar todo lo que había pasado.
¿De esa manera, pues, muriose Elvira?
Dios el mal, que me hizo, le perdone,
que bien se lo perdono yo de grado.
Pues tanto la real, y tan cristiana
Piedad se mueve, bien podrá la misma
Moverse a perdonar al desdichado
(Aunque haya muerto ya) porque alcance
De Dios misericordia, de aquel digo,
Que con su mano sabe vuestra Alteza
Sino también falsear en el billete,
Que en el pecho del mísero Roberto
Muriendo se halló adonde puesto
Le había el conde en el tiempo que las manos
Le echó encima, y tan horriblemente
A puñaladas le mató y en paga
Al que falseó el billete con fingidas
Y falsas esperanzas prometiendo
De enriquecerle, le envió a traición,
Digo en lo hondo de una la más alta
Torre de aquella fortaleza, hizo
Que sepultado se estuviese vivo,
Sin que hombre le hablase, ni le viese,
Hasta que enfermo, y de morir bien cerca
(Como todo llega a morir como)
Al alcaide en presencia de testigos,
Y señaladamente de aquel padre
Que le había confesado todo el hecho
Por orden de su pliego para que todo
De publicar se sirviese por descargo
De su consciencia; acá el mismo Alcaide
Para también él descargar la suya,
Ha hoy venido a referirlo todo;
Como todo esto y más a vuestra Alteza
Referiré después a mejor tiempo.
Si él también, y otros todos cuantos
En aqueste tratado de mi muerte
Tuvieron mano, yo muy libremente
Perdono, y juntamente a Dios protesto
Que, no porque siendo ellos muertos, falte
A quien dar el castigo en esta vida,
Mas porque a perdonar él enseñóme
De todo corazón yo les perdono.
Así también a mí con su infinita
Piedad él me perdone.
Perdón Señor te pido:
Extiéndase tu mano
Señor a socorrerme,
Que menester lo tengo.
¡Ay señora qué es esto!
¡Qué revolver de ojos!
Aquí estoy yo señora;
¿Qué puedo hacer? mandadme.
Ay madre que me muero.
No plega a Dios mi Reina.
¡Ay, qué grande desmayo!
Idos, ¡oh Caballeros!
Que los médicos todos
Vengan a socorrerla.
Ay madre que me muero.
Nunca tal Dios permita,
Si primero no tengo
De morir yo mil veces.
Dadme si podéis madre.
Socorro de agua quiso;
¡Ay, ni decirlo pudo!
Faltándole el socorro
Faltóle la palabra.
¡Ay, que el espíritu he visto
salírsele del cuerpo,
arrancándole el alma
de vivo con mis ojos!
¡Ay!, ¿quién tanto detiene
la mía en esta cárcel,
que a seguirla no vaya?
Razón es, bien señora,
que llores, y que todos
juntamente lloremos;
que después que su vida
con fuegos tan hirvientes,
y con tantos trabajos
Dios cobrar nos ha hecho,
caer tan de repente
la vemos sin saberse
la ocasión por donde
esto haya sucedido.
¡Ay, que muy bien se puede
tener como por cierto
que el que buscó infamarla,
visto no haber salido
con su malvado intento,
a otro se haya vuelto;
y digo el procurarle
la muerte con veneno.
Todo mal de tan malo,
cosa tengo por cierto
creeré yo, pues tal se ha descubierto.
Mas, ¿cómo haber trazado
pueda en tan breve espacio
cosa tan ardua y dura,
me espanto y me confundo:
y más que (a lo que entiendo)
nunca a la buena Reina
comida, ni bebida
sin salva se le ha dado.
¡Ay!, que cuando bien esto
se sepa, ¿qué aprovecha?
Lo que nos atormenta
ya sabemos, y vemos.
¡Ay, que a quien yerta vemos!
Matilda, nuestra Reina,
muerta eres tú, y yo viva.
Tú, apenas nacida,
en estos brazos fuiste recogida,
y de estos muriendo ahora te despides.
Yo de ti un solo momento
nunca osé de apartarme:
apartome estos días
cruel engaño, y fuerza
de engañada justicia,
con ahínco, y tal suerte,
que apartarnos del todo haya la muerte.
Mas esto no hará ella.
Si ella hace ya fuerza,
que en trueque de apartarnos
luego haya de juntarnos.
¡Ay, que el dolor me corta, y veo
que queriendo morir, morir no puedo.
124
Por lo que el dolor no hace
Cuidar al hombre mirarte,
Hacer contra sí mismo
Non debe hombre Cristiano.
Por esto contentarte
Bien debes madre señora,
A quedar viva mientras
Vivir Dios os dejaré.
Y si otro consuelo
Que de llorar no queda;
A llorar os exorto,
Pues otro por mí ninguno
No se halla, sino este sol uno.
Ahy si el llorar pudiese
Recrear mi tormento
De llorar no dejara
Hasta que el que en mí siento,
Llorando esta mi vida deshiciese;
Mas si el llorar más presto
Alivio causar suele,
Tal por solo un momento
No busco yo ni quiero
Que en muerte está el descanso que yo espero.
Ahy quántos varios sueños
Me avisaron del triste
Y doloroso fin que haber devía
Matilda Reina mía.
Ahy que tales otros muchos,
O ella o otra misma
Atada a una peña
Vi que un dragón a devorarla iva.
Y aunque un León fiero
A defendella viene, y ya primero
El dragón gastó tanto su veneno
La emponzoñó de modo
Que la vida acabó; y aun muriendo,
Como agora l'he visto,
Algún socorro me venía pidiendo.
Ahy, que el dragón salido
Del centro del Infierno,
Ya por el propio conde está entendido;
Y el león que matóle,
Es este caballero,
Ahy sueño quán saliste verdadero.
De ninguna diré de las dos puertas,
De marfil ni de cuerno,
Que al Dios del sueño los antiguos dieron,
Vuestros sueños salieron.
Mas bien que Ángel del cielo,
Dormiendo esta Señora,
Le mostró lo que agora
Despierta ha visto; como muchas cosas
Mostró a Joseph el casto
Ciertas, y verdaderas,
Y que las entendiese muy de veras.
Mas a fe que también ella
Se muere, y si no quiero sostenerla,
El precioso cuerpo
A mi Reina dejar me convendría.
Ahy muera yo más presto.
Ayudadme señores,
A llevarlos entrambos; Que
Folio 126v
que dentro del palacio
no conviene dejarlos.
Y yo si tube parte
de los desassiegos,
atiendo a la verdad mis dos cuydados.
La que a mis hombros toca,
no quiero que me falte.
Llevaré pues por uno
yo con vos, le consumo
en esta real silla, el real cuerpo.
El otro por piedad lleven los brazos,
así gloriosa carga,
¡ay dolor, ay mi vida tan amarga!
Scena Segunda.
Otoger, Suero, Coro.
Grandes gemidos oygo, y grandes voces,
voces entran de quejas, y sospiros.
¿Quál puede ser la ocasión, que un día
tan alegre, y gozoso nos perturbe?
Ninguna a lo que cato. Mas si un instante
nos detenemos para desarmarnos,
o si con todo, que estamos armados,
vamos a la Reina acompañando,
aquí bien allegáramos a tiempo
que el suceso entendiéramos.
Pues la marcha
que sea bien, me parece desacierto
a mi de ir al palacio; y estas damas
nos lo dirán. Mas tal es la tristeza
que con las lágrimas muestran, y el lloro,
que quizá propio hecho, mas que ageno
nos narrarán.
Yá a vuestra pregunta
como halla entendida, caballeros,
entended vos, lo que sin aflicción,
entender no podréis, cuando a nosotros
el dolor dé lugar a referillo.
Si es el dolor por cosa propia vuestra,
para tener en él nos contrapeso
van pidiendo en algo aprovechaos,
con toda voluntad nos ofrecemos.
Esa os agradecemos; mas provecho
ninguno otro recibe
el mal que en nuestro pecho
para matarnos vive,
si no llorar de modo,
que en llanto nuestra vida se deshaga,
y ver que el mundo todo
lo mismo también haga.
Si privada es la causa, el sentimiento
¿de quál razón tan público ser deve?
Ahy que publica el llanto
la causa, como el daño
por todo se destiende.
Y si a todos ofende,
caso tan impensado, y tan horrible:
¿cómo Suero tan poco
cuenta d'ello mostráis, si a vos no toca?
Otra cosa no sé que a mi más toque,
de dar gracias a Dios por lo que a todos
Folio 138v
Nos ha hecho, y a mí más señalada.
Habiendo cuando más de llorar era
La boda de la nuestra santa Reina
Dándonos medio tal, que libre, y salva
Ya la tenemos como al que trataba
Hacérsela quitar por nuestras leyes.
El mismo medio a él por ley divina
Se la quitó de propia mano: i esto
Estar debía de vos tan entendido
Como cosa tan pública, y si el medio
Quál haya sido de saber os place,
Es este caballero, y me parece
Que os obliga tan gozoso suceso
A desechar de vuestros corazones
Cualquier descontento, que haya en mí
Por cualquiera ocasión cuando bien mucho
Del exército nuestro se tuviese
Que a Vía en la Vandalia desterrado
Y de hecho haya sido de los moros);
Que seria lo peor de cuánto malo
Pudiese suceder en este tiempo
A toda esta ciudad, a todo el Reino.
¡Ay de mí desdichada! a vos parece
Que aun a nuestro oído
Ageno de aquel bien, que sucedido
De nuestra Reina oy mismo
Levantó nuestras almas
A dar gracias a Dios con juntas palmas.
Mas el mal que siguióse
Luego después, vióse
Por nuestros propios ojos,
Por
Folio 139r
Por vos aun no se sabe.
¡Mal!
¿Qué mal?
¿Cómo cabe
En alegría enojo, i pesadumbre?
A ley que antigua costumbre
Es de inmutable fortuna,
Luego que te haya dado
Un vaso de licor, suave lleno,
Dentro echarle veneno
Que escupirlo no puedas,
Y en tiempo de beber el precioso,
Tragarás todo el hecho ponzoñoso.
Bien a tiempo llegasteis,
Vos caballero valeroso y fuerte,
Para librar de muerte
Nuestra Reina inocente, y la librasteis.
Mas cesando por vos la muerte cierta,
Mas que cierta siguió la que era incierta.
¿Muerta es pues nuestra Reina?
Así nos fue.
Que otro cualquier grave infortunio tanto
No nos moviera a tan penoso llanto.
¡Ay! no os pese, si morir la visteis,
Decirnos cómo ha muerto; que entendiendo
Muerte tan repentina, esto nos hace
Caer en mil tristes pensamientos.
Con grande muchedumbre
De gente y grande aplauso,
La nuestra buena Reina
Veníase a su palacio;
Y aquí por breve espacio
Habiéndose partido
Con afán extremado
140
dos o tres veces dijo,
que morir se sentía.
Murió, y a quien pedía
socorro (¡ay, justo, que era
vuestra mujer Busenda!),
queriendo socorrella,
y no pudiendo, se murió con ella.
¿Muriose? ¡Ay dolor grave y excesivo!,
ya no es razón que el ser a mí viva.
Que si fuerza tuviste con la muerte
de la una de dar muerte a la otra,
con la de entrambas debes
para matar a mí tener más fuerza.
Cosas, señor, son estas
que da el cielo, ni al cielo
hay reparar con fuerza
humana, o con mortal entendimiento.
En su propio cimiento
firme esté el hombre justo
entre las variedades de esta vida,
con mente apercebida,
que de ninguna sentirá disgusto.
Si en medio el mar se halla,
no se turba mirando el mar turbado.
Por más que el Austro airado
las olas revolviendo ensoberbezca,
porque quiebre y perezca
el mundo todo, y de él salgan pedazos;
herirle ellos podrán en cualquier parte,
mas de darle temor no serán parte.
Si no sois vos, señor, el que consuelo
dando,
dando a otro, por vos sabéis tomarlo;
no sé quién resista tan fácilmente
queja tal de adversidad, que nos encuentra.
Encontrado nos ha, y en el vella
es menester a donde va mudada
veréis vuestra fortuna: que yo rindo,
rendido no diré, muy acatado,
todo mi bien, procuraré se acabe
con el llanto, y tan debido oficio
de llorar esta vida congojosa,
ya que no hay gusto que más sustento halla.
Scena Tercera.
Presidente.
Prepárense las honras funerales,
como a tan alta Reina son debidas;
después que antes de haberse comenzado
tan miserablemente las solenes
y suntuosas bodas se acabaron.
¡Ay, cuál mármol será, cuál bronce digno
de ti, señora! Bien ignoraría
qué nuevo mausoleo resplandeciente
por ti se levantase, que encubriese
tus solos miembros; pues haber no debe
tu glorioso nombre a do se encierre,
mas de continuo andar por donde quiera
que se acompañe con el sol la aurora,
mas tu alma tan pura, y adornada
de
142
De mil dones y gracias celestiales,
allá volando con doradas plumas,
volvióse donde ya el alto senado
su criador a este bajo mundo
la envió para que tras sus pisadas
fuesen los que subir piensan al cielo.
Y los que aquí quedamos, tan devotos
deste tan triste oficio, de año en año
no cesaremos, dando a tu sepulcro
lágrimas abundantes y suspiros,
con las rosas de olor más precioso
que de ribera fértil, o Sabea
vengan saliendo. Y como en esta vida
ejemplo fuiste y singular en eso
de honestidad, de celo, de justicia,
de bondad, de modestia y constancia,
de piedad, de saber y entendimiento,
de todo valor y de virtudes
(virtudes que no todas, sino de ellas
pocas a pocas dan los altos cielos),
estas y otras muchas de alta estima
tus loores llorando cantaremos.
Escena Cuarta
Inés, Presidente.
Oscurézcase el sol, lluevan los cielos
rayos y vigas de encendido fuego,
que encendiendo la tierra, adondequiera
que se hallen los mortales, semejante
a los que aquí se ven, del grave hiedo
purguen en torno el aire inficionado.
Éstas son cosas ásperas y graves,
no sé si porque a vos haya llegado
noticia de la amarga y repentina
muerte de nuestra desdichada Reina.
¿Cuál causa en mí tan oscuras podía
entrar quejas, y mover con este llanto?
¿Y cómo no se había en el momento
de tal clamor oír el grave estruendo?
Oíla, cuando ya a entender vine
lo que, señor, aún vos por ventura
entendido no habréis: que por veneno
nuestra Reina haya muerto.
¿Por veneno?
¡Ay, que todo lo tengo ya entendido
por conjetura, más clara que cuando,
cogido preso el botillero (dijo)
sospechas, que al Conde aquellas joyas
con tanto oro y dinero y otras cosas
que huyendo consigo se llevaba,
hurtado hubiese. Mas agora tengo,
más verosímilmente y sin sospecha
entendido, se las dio el propio Conde
de soborno induciéndolo a que diese
el veneno a la Reina en la bebida.
No hay para qué juzgar por conjetura
lo que por ciencia está ya manifiesto.
Manifiesto lo dio con propia boca
el malhechor, que confesado tiene
en el tormento, y por extremo, cómo
de su mano le dio el mismo Conde
dos licores: el uno, que en siete horas
al que lo toma mata sin moverle,
ni afán ni pasión hasta bien cerca
de la muerte, y el otro que la fuerza
quita al veneno; y como defendido
del uno dio el vaso ponzoñoso
al copero, que dándolo a la Reina
simplemente matóla y simplemente
tomándolo por sí, mató a sí mismo.
¿Murió pues el copero?
Él había muerto.
En la Iglesia mayor me refirieron,
yendo por devoción cuando la Reina
allá salió celando, había quedado;
y cayó el primero que la Reina,
como el que fue primero estragado.
No le vi con mis ojos, que la priesa
de venir a informarnos de estas cosas,
no me daba lugar de ir a verle.
Mas orden di que obsequias condignas
en el enterramiento se le hiciesen.
¡Ay, pobre y desdichado caballero,
de tu tan desastrada y cruel muerte!
Bien debíamos llorar, si a mayor llanto
por caso sibi medita más cercano
nuestras almas no fuesen obligadas.
Mas al traidor mismo, ¿cuál condigna
muerte habéis destinado? Si ninguna
tengo se halle, que a punir acierto
delito grave baste. ¿Cuándo bien se echan
en el toro de bronce, que inventado
de Perilo, a probarlo fue el primero.
Condenado le tengo y la sentencia
esta ya es ejecutada. De una horca
colgado por un pie, cabeza abajo,
de cuantos ganapanes se hallaron
ha sido apedreado; y si no es muerto,
como traidor muriendo ya le estorba.
Tal acontezca a todos los traidores.
Mas hacia acá venir triste le veo...
Otoger que es también en su tristeza
grave y disimulado, cual a hombre
de pecho y alto corazón conviene.
Scena Quinta.
Presidente, Otoger.
¿Cómo tan presto, señor mío, dejasteis
a lo que nomás quedó de la Reina,
el cuerpo, que si bien sin alma queda,
es su vida, con vida y alma amado?
¿Atentas había de ser? Y si ya tanto,
viviendo ella, por ella trabajasteis,
honrar agora sus funestas honras
con la vuestra presencia, es honra vuestra;
y más de recibir favor nosotros.
No es dejar adonde viva queda
la memoria, aunque triste, y a do vuelto
el pensamiento, otra cosa no vee,
de lo que desea; y con desearlo siempre
se lo lleva adelante; esto bien puede
de mí creerse. Mas si en otras partes
no hay cosa para qué más detenerme,
sino con mis indicios del tal mi suerte
con sus variedades me ha traído? Ni...
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Ni asiento, ni lugar en estas honras
a mí no toca, allá donde más cumple
hallará mi persona, resolviendo
de andarme a ver qué es lo que de ella manda
el cielo, con hacer yo lo que debo.
Aclarado, y entendido ya se tiene
lo que pronosticó el adivino
Polidoro, cuando respondiendo
a mi dudosa mente la sospecha,
a tomar me empeñó la digna y justa
defensa de la Reina, y si en su falta
esa, al parecer, que envuelta diere
lo demás entender bien se pudiere,
el sentido que sin tomarme gana
de aqueste reino, de ganar buscaré
otro mayor cual ya la buena Reina
se habrá ganado con sus obras santas.
Allá si entre enemigos peleando
caer me convendrá de mi caída,
no sentiré de mi muerte tanto
la culpa o la desgracia cuanto en otro
tiempo por lo pasado lo sintiera;
puesto que por Jesús solo es gustoso
perder la vida frágil y caduca,
para ganar la firme y sempiterna.
Toda resolución, que en estas cosas
tomáredes, señor, nacer no puede
sino de alto consejo y muy prudente,
mas puesto que esta a mí cumplir se deba,
dése su bien cumplirla, que a lo menos
las obsequias primero no se acaben.
Ni asistir a ellas nos parece, ni
ni haceros ver en el real palacio,
ni en el de fuera posar, mas si place
en mi casa por estos pocos días
suplico que vengáis a retiraros.
Solo en un descontento me contento,
o solamente haber de contentarme
de llorar solo sin que hombre me estorbe.
Bien podréis allá dentro
llorar entre paredes retirado;
mas será vuestro llanto acompañado
del nuestro que del centro
de nuestro corazón, como de fuente
incesable saldrá perpetuamente.
Pues ¿quién será tan fiero,
que por caso tan áspero, inhumano
no llore, si no fuese aquel tirano,
que corazón de acero
contra su sangre tuvo dentro el pecho,
perdición tomando por provecho?
Mas también él agora,
si en muriendo no tuvo sentimiento,
cercado de dolor, y de tormento,
otras lágrimas llora:
que como de otras son mucho más graves,
dulces le serán estas, y suaves.
Mas ¡ay!, que si el maligno
murió siendo del mundo aborrecido:
también que nuestro bien ha fallecido,
gentil, tierno, benigno,
Norte fiel, como al ocaso andaste.
¿Cómo, sin guía, a todos nos dejaste?
No tan presto saliste,
¡oh, Reina!, del peligro de la vida,
en esotra red, cual te tenía tendida
aquel traidor caute;
y contigo, en tan fiera acechanza,
cayeron todas nuestras esperanzas.
Caíste y como yace
purpúrea flor que ha sido ya en estima,
si le pasa el arado por encima
se marchita y deshace;
tal, junto con tu edad florida y verde,
tu belleza y tu valor todo se pierde.
De aquí cuál anda el mundo,
que tanto el bueno en esta vida vive,
cuanto la vida el malo le prescribe:
pues del abismo profundo
el regidor a quien a él se allega,
por todo mal obrar favor no niega.
¡Ay!, cuánto es más segura
fortuna humilde adonde ambiciones,
odio o envidia, no dan ocasiones
de alterar mente sana.
Y al preciado no hay fuerza por hacerle
miedo, no puede dar tal padecerlo.
Cerca del día es la noche,
y de la vida más cerca es la muerte:
acabar bien es por divina suerte.
Imprimatur. Lud. Bordus. Vic. Sen. Noap.
Jacobus Heredius Societatis Jesu.
D. Martinus Alphonsus Vivaldus I. C. ac
Sacrae Theologiae Magister & Doctor.
Errores acontecidos en el imprimir, con sus emendaciones. Plana 2.a superar. a su pesar. misma plana Que se arrastre este cuerpo. Que arrastrando se vaya. misma pl. Resplancia. Resplandecía. plana 6. Con tu importuna. y retorcida hez. Con tu hez importuna y rigurosa. pl. 15. vesti- dos. vestido. pl. 16. es pues. es pus. pl. 27. en cometerla. el cometerla. pl. 30 malogrado. malgrado. pl. 31. lo hable. loable. pl 35 cono sca. conozca. pl. 46. s'echa. s'eche. pl. 47. aza in ha. acavacha. pl 53. le iria. le inia. pl 62. no es. no es pl 69. ben. bien. pl 79. mana. mañana. pl 87 agradare. agardare pl 88. En entiendo. En entienda. pl 96 acusada acusa. pl 103. Pues esta palabra. Pues es super- flua. mis. pl. aficionada. aficionado. pl 108 que. que. pl 109. diriges dirigido. mis pl. salutado. saludado. pl 115 riguroso. regocijo. pl 128. En la vuestra Real. En vuestra Real, y Real. pl 136 hombre hombre. plana 142. osaurescare. oscurescare.