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testo digitale di La reina Matilda

Data di pubblicazione: 22 agosto 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La reina Matilda. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-reina-matilda.

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LA REINA MATILDA

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Portada: LA REINA MATILDA, TRAGEDIA DE JUAN DOMINGO BEVILACQUA. MUNDI VANITATE. EN NÁPOLES, En la Estampa de Felice Estillola, fuera de la Puerta Real, 1597.

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La Reina Matilda. Tragedia de Juan Domingo Bevilaqua. En Nápoles. En la estampa de Felice Estillola, fuera de la Puerta Real. 1597.

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A la Ilustrísima y Excelentísima Señora Doña Juana Pacheco, Princesa de Conca. Ilustrísima y Excelentísima Señora. Cuando se fue a Pésaro el se- ñor Príncipe, juntamente con V. E., dejó en Nápoles y en su casa a Juan Dominico Bevilacqua, su secretario, para que descansando gozase las mercedes que su Exce- lencia le hace, y que pocos señores hacen a los criados que no asisten actualmente al servicio a que están obligados; y esto por tener respeto (como señor de gran pecho) a las enfermedades que con la vejez se le han cargado. Mas por no quedarse el buen criado del to- do

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mano sobre mano antes mostrarse en algo agradecido; diose a compo- ner esta tragedia con intención de hacerla transcribir de buena ma- no, y presentarla a V. E. Diómela a mí para que la reconociese y diese a algún diligente escritor a trasla- darla no pudiendo hacerlo él por temblarle la mano, y yo como ami- go, no tan solamente he hecho lo uno, y lo otro, mas fiando en nuestra amis- tad, he tenido la tragedia en mis manos algunos días, tratándole que la hiciese imprimir, pues me parecía la obra no menos por la ma- teria que por el estilo, dina de ser vis- ta, y leída de personas entendien- tes: antes no poca maravilla me ha dado que siendo él napolitano ha- ya profesado, y acertado tanto en esta lengua como lo que se ve. Mas visto ya que por su mucha modes- tia en esto de hacerla imprimir iba muy recatado sin resolverse a ello, he tomado resolución yo de hacerla estampar con ponerle en la frente el Ilustrísimo y Ex- celentísimo nombre de V. E. para que cuando lo hubiese menester, le IV le tengan el respeto que se tuviera a la cierva de Julio César emperador. Espero que cuando sus devociones a V. E. darán lugar de leerla, dina la estimará de su cristiana pie- dad, por donde no le haya de parecer atrevimiento este mío, mas tome esta por ocasión de confirmarme por su criado como lo soy. Guarde Dios la Ilustrísima, y Excelentísima persona de V. E. para las grandezas que sus criados le deseamos. De Nápoles a 10 de julio de 1597. Ilustrísima y Excelentísima Señora. Besa a V. E. las manos su criado, y capellán Alexandro Pena.

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Argumento De la tragedia. Habiendo sido matado en una bata- lla, habida con los moros, y el Rey de Tarracon, y sucedido en el Reino Matilda, su única hija, y heredera trató el Conde de Tortosa, hermano del Rey muerto, y tío de ella, de to- marla por mujer. Mas rehusando la Reina de tomarlo, envió Ineno su ayo a la Andalucía a llamar a Oto- ger, General de los Aventureros del ejér- cito Cristiano, para casarse con él, de quien se había aficionado por su mu- cho valor, y más por haber sido matado de su mano el Rey Supero, que en la mis- ma batalla mató al Rey padre de Matil- da. Venido en grande enojo el Conde por haberle la Reina rehusado, pensó de atosigarla; y envió por el veneno, y contraveneno hasta Túnez a un Físi- co árabe, que en una jornada había sido preso del mismo Conde, y solta- do después, por beneficio recibido de haberle curado, y restituido la salud en una grandísima enfermedad. Mas tardando mucho el mensajero a volver, V hizo otro pensamiento para hacer morir a la Reina, y trazó esta traición, que fingiendo con Elvira, Camarera de la Reina, de haberse enamorado de ella le dio a entender, que si ella consentiría a hacerla morir, en muriendo la Reina, habiendo necesariamente de suceder él, se casaría con ella, y ella sería la Reina. De esto persuadida El- vira aceptó el partido, y entre los dos se concertó el modo que fue este. Mostró Elvira aficionada en Filiberto, uno de los Cortesanos de la Reina; lo cual él creyendo, persuadido quedó también de aceptar la comodidad, que por Elvira se le ofrecía. y la comodidad era, que una noche, mientras estaría la Reina cenando en la antecámara, Elvira lo introdujese en la cámara de la misma Reina, y debajo de la cama lo hiciese esconder. Habiendo salido esto, el Conde, como bien avisado, se fue la misma noche a palacio, y con achaque de haber habido cartas del campo, y de haberlas de conferir con la Reina, entró en el aposento de ella, y hizo buscar debajo de la cama; adonde hallado Filiberto, le arrastró hasta la antecámara, y le mató a puñala- das (permitiéndose esto por ciertos Estatutos) no embargante que fuese

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en presencia del Presidente del Consejo Supremo, con quien allá había ido el Conde, llamado de él; por donde fue la Reina presa, y estrechamente carcerada, y sotopuesta al juicio del Consejo Supre- mo, así requiriendo las leyes munici- pales, y privilegios del Reino. Al tiem- po que echó el Conde las manos encima de Filiberto, le puso en el pecho un billete, que había llevado escondido en la mano izquierda, y parecía de mano de la Rei- na, habiendo sido falseado de la de un allegado del Conde. Hallado el billete, y juzgado ser de mano de la Reina, diciéndose por él a Filiberto que fuese es- condidamente a buscarla, fue tanto más tenida por culpada por la instancia que contra ella hacía el Conde. Elvira con la inteligencia que tenía con el Con- de, entre la muchedumbre, y ruido de la gente se fue disfrazada en casa del propio Conde a do él la tuvo secretísi- mamente escondida en un aposento, en compañía de una Esclava salvaja dádale para que la sirviese: aunque el intento del Conde, de quien Elvira esta- ba preñada, fuese después de parida, ha- cerla morir sin que de nadie se supiese, y él casarse con otra. A la Reina se dio término de dos meses, para que o por vía civil, o de duelo, fuese defendida. Y Elvi-

ra por medio de la Esclava, y de un bille- te, que escondidamente envió al mayor- domo del Conde, el cual de ella había sido enamorado, habiéndole hecho saber el aprieto en que estaba por obra de él, y por una mina, vino a librarse; y tratán- do el mayordomo de huirla con un bajel, que en orden estaba para irse a Barcelo- na; al tiempo que se iban a embarcar, topose con el Conde, y de él fue matado a puñaladas; mas Elvira, que iba al- go atrás del mayordomo, y de ella no se había catado el Conde, se sal- vó dentro una casa: a do por el gran- dísimo miedo, vino a mal parir; y pasando por aquella calle uno de los Jueces del Consejo Supremo, oyendo los gritos de Elvira, subió en aquella y hallándola que se esta- ba muriendo, le hizo confesar todo lo que había pasado. Había ya llegado en Tarracón Otoger juntamente con Suero; y hallado la Reina estar car- cerada sin sabiendo la ocasión, le fue revelada de un religioso adivino; por donde se dispuso Otoger a combatir con el Conde en defensión de la Reina. Forzoso fue al Conde de también com- batir; mas habiendo llegado el día de antes el mensajero con el veneno, y contraveneno, por el cual le fue

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menester ir hasta Alexandría, no habiendo hallado en Tunes el mé- dico que lo había de dar; puéstose el Conde en temor de haber de quedar perdedor en aquel duelo, se resolvió a dar el veneno a la Reina, havien- do por ello cohechado al botillero, pa- ra que si había de murir, no mu- riese sin venganza; y dado la vevida al copero, se murió, quedando vivo el botillero por la salva. Venido a combatir quedó el Conde muerto y la Reina viva y libre, con gran- de aplauso y alegría de todo el pue- blo, y puesta en su silla real. Pare- ció entre tanto el Alcayde de Tor- tosa, y manifestó cómo de orden del Conde había tenido preso al falsifi- cador del billete; el cual, venido a enfermarse, estando cerca de morir, confesó todo lo hecho. Mas la Reina, que había tomado el veneno, que en siete horas había de hacer el efeto, se vino a morir; y tomando preso el botillero y con- fesado la traición, fue hecho mo- rir colgado de un pie y apedreado. En Tarracón es la Scena; los que la representan son: Brisenda. Aya de la Reina. Criada de Brisenda. Conde de Tortosa. Presidente del Consejo supremo. Suero. Ayo de la Reina. Otoger. Caballero extranjero. Amengo. Mayordomo del Conde. Gómez. Compañero de Amengo. Religioso silvesino. Elvira. Camarera de la Reina. Matilda. Reina de Tarracón. Alcaide de Tortosa. Menno. Botillero de la Reina. Juez del Consejo. Notario del Consejo. Mensajero. Alguacil de campaña. Coro. de Mujeres tarraconeses.

Jornada primera

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La Reina Matilda. Tragedia.

Escena Primera.

Brisenda, aya de la Reina, criada de Brisenda.

Criada.

¿Cómo podréis, con todo vuestro aliento,

que es tan débil, señora, fatigaros,

yendo con vuestros pies tan cuesta arriba,

que antes de haber llegado al alto torreón

(torre cruel, que de crueles hombres

en esta tan gentil y deleitosa

ciudad de Tarracón fundada fuiste)

a los debilitados pies no falte

la fuerza? Y juntamente venga menos

el espíritu triste y congojoso

del cuerpo tan atormentado y flaco

de vuestro mal tan grave y tan continuo.

Brisenda.

¡Ay!, ¿cuál mal puede tanto atormentarme,

que me haga faltar de lo que debo?

Si el que tan largo tiempo me atormenta

y muerte por momentos me amenaza

nunca pudo quitarme esta, no vida,

mas bien sombra de vida? Mas sin ella

tal me quiere dejar mi mal tamaño,

para que de este ya deshecho cuerpo

yo no me valga; a su pesar yo quiero

que me arrastre este cuerpo, y de las venas

se me vierta la sangre, y que estas carnes

se despedacen todas, para sola

esta vez de mi mal, y mi flaqueza

sacar fuerza, que al ir me ayude adonde

vea la reina mi hija, y mi señora.

A veros vengo, ¡oh luz de aquestos ojos!,

¡oh de esta vida tan cansada arrimo!

(arrimo un tiempo, sí, mas ya caído).

A veros, ¡ay!, no en vuestro alto palacio,

no con diadema, que por asentarse

en vuestra frente, más que por sus joyas

resplandecía; a veros no con cetro

en vuestra real mano, que es bien digna

de cuanto en el mundo hay repartido

entre otros muchos poderosos reyes.

¡Ay!, ¿cuál a veros vengo? ¡Ay, cuán mudada

de aquella poderosa y alta reina,

que

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3.

Brisenda.

Que un tiempo os vide. Detenida y presa.

En esta abominable torre a veros

Vuelvo, si podré viva, adonde en trueque

De ser de caballeros y señores

Servida y defendida, puesta en cerco

De enemigos estáis como enemiga;

Siendo los enemigos que os cercan

Vuestros propios vasallos y sujetos,

De vos tan buena Reina tan bien quistos.

Y para más, a tantas crueldades

Añadir crueldad no se permite

Que hombre o mujer viviente se os allegue

Para daros siquiera algún consuelo;

Y esto es más vedado a mí, que menos

Apartada de vos debían tenerme,

Como la que os crié desde nacida.

Tan miserable, pues, Matilda Reina,

Ejemplo singular de cuanta puede

En sexo mujeril hallarse honra;

Tan miserable a veros vuelvo agora,

Para nunca jamás volver a veros.

Y tu Casa Real cuyo ornamento

Tanto resplandeció cuanto del Reino

En ti tuviste, ¡ay, cuán sin ella quedas

Oscura y triste! ¡ay, cómo bien pareces

Al bien labrado y de fino oro anillo,

De quien haya caído rica joya!

Sabe mi alma aun, saben mis ojos

De pasar por delante de tu puerta,

Y de verte de fuera si por ella

Entrar en ti después nunca he osado,

Que saliendo de ti, ya para siempre

Salí de mi contento, y de mí misma.

Criada.

Vuestro dolor tan grave y excesivo,

Con vuestra discreción, que se le iguala

Templad, Señora, y con tan triste agüero

El detestable fin no se prevenga

A nuestra Reina. De su vida tanto

Queda aun, que cortar la verde planta

De la viva esperanza no se debe

Hasta que seca caiga por faltalle

Lo cual Dios no permita, aquel rocío

Que del cielo infundir el puede y suele.

Brisenda.

¡Ay qué esperanza queda a lo tampoco

Que queda de la vida? esperar debo

Que en este mismo día, que es destinado

A tan horrible y afrentosa muerte,

Haya de carecer quien en dos meses

Nunca ha más parecido? Persuadirme

Podré, que muerto mi marido viva?

Y que habiendo entendido el tan extraño

Caso de mi Señora, llegar pueda

Con un socorro tal, y tan a tiempo,

Que la honra, y la vida juntamente

Le libre? ¡Ay cómo esperar puedo tanto,

Si en busca dél por tan diversas partes

Habiendo despachado mensajeros,

Unos no han vuelto, otros inciertas nuevas

Nos dan? y el que más ciertas las da, dice

Que buscando en el campo de los nuestros

Allá entendió de un nuestro conocido

Haberle visto por algunos días, qu'en

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Brisenda.

Que en su tienda le tubo aposentado

el General de los aventureros

Oger Agolante, el valeroso.

Mas que ya mas de mes, y medio havia

Que del campo faltado habían entrambos,

Sin saverse peró por cual camino,

Ni para adonde, o paraque se fuesen:

Y que si bien en torno a tal partida

No faltaban juicios muy diversos,

Desta causa peró no se trataba,

Ni se podia tratar: porque tal nueva

No havia llegado allá cuando partieron.

Y si ya tanto sobra el tiempo al tiempo,

Que debria mi marido estar en casa,

Cual cosa buena d'el esperar puedo?

Fuerza es de sospechar (ahy de mi triste)

Haverle muerte sucedido, cuando

Enfermedad, o carcel, o desastre

Otro no le detenga en el camino.

Y puesto que por muerte yo no quede

Viuda d'el, dejará la cruel muerte

(Pues tan cerca ha llegado) de privarme

Tan presto de la Reina mi Señora,

Que tarda ya no sea de mi marido

La venida? y tambien tardo el socorro,

Que dar por obra d'el se le pudiera?

Entorpecida ya esta esperanza,

Sola la de la muerte se levanta;

Ni est' otra aun por cierta tener puedo.

Ahy muerte, ahy cruel muerte, tu de todos

Aborrecida, a mi sola aborreces.

De mi, que mas te busco, mas te apartas,

Y a los alcances vas de quien te huye

Si huyr aprovecha, o esconderse

Que a donde piensan mas cerrarte el paso

Por alla tu lo haces mas abierto.

Cortes importuna y retirada hace.

Mas para que entre tantos que te llevas,

A mi dejas, o fiera mas que Tigre,

O mas que aspid sorda? qu' entendiendo

Que el morir para mi será regalo

Antes de verte miserable excesso,

Que presto haras en la Real persona

De la Ynocente Reina, los oidos

te tapas a mis ruegos, en mi abiertos,

Estos ojos dejando a mayor pena

Que no será el morir. Diversamente

Prueban tu crueldad unos, y otros:

Unos, porque alargas mas deseando

La vida, del sangriento tu cuchillo

Se les queda atajada; otros qu' en pena

La llevan, aunque busquen acabarla,

tu por no ser con ellos mas piadosa

de lo que sueles, d'ellos te descuidas,

Dejándolos colgar de un muy delgado

Hilo, que aunque podrido, nunca acaba

De romperse; porque para romperlo,

tu no extiendes la mano, y de tal hilo,

Tienes colgada esta desecha vida.

Mas ya que sin tu mano no hay quien pueda

Morir, y tu d'echarla en mi t'esquivas;

Aguardarete a que por fuerza quieras.

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Brisenda.

Porque en la hora misma, que del mundo

Aquella quitarás, por quien yo vivo;

De manera asiréte con mis manos,

Que por soltarte d'ellas, de las mías

Te valdrás en soltarme de la vida.

Criada.

Que tanto dure vuestra vida amarga

(Según anda tratada) es maravilla:

Pues el siempre llorar de día y noche,

Y porfiadamente tener l'alma

En tantos pensamientos tan envuelta,

Otra persona más robusta y fuerte

Pudiera, creo, haber ya sepultado.

Y yo por mi otro entender no puedo,

Sino que Dios os tiene de su mano

Para lo que la vida vuestra importa.

Mas como a la verdad es imposible

Que hombre, el cual no es de acero, mas de carne

Corazón tenga con entrañas, que eso

Vea en aprieto tal, tan vuestra Reina,

(Y más yo, que con ser en sus servicios

Fiel aya, en amor madre le fuistes)

Así la razón quiere, que la raya

De la decencia, y de lo que a vos misma

Más obligada sois, no se traspase;

Que a Dios sería hacer no poca ofensa:

Temo, que si con ruegos no se os diese

Para el sostentamiento de la vida

Algo que todavía es tan escaso,

Un espanto es cómo pueda sustentaros,

El porfiado ayuno os mataría:

Ni sé cómo después de haber tenido

Abiertos a las lágrimas los ojos

Días, y noches enteras, por cerrallos

Breve espacio vencidos de la fuerza

Del cansancio decir se pueda aquello

Dormir o descansar, por donde pueda

El cuerpo restaurarse, si no menos

En aquel breve espacio trabajando

Con su desasosiego queda el alma;

Y las tristes imágenes, que el sueño

Le representa, los sentidos dentro

Perturban con terror, que así durmiendo

Como velando os tiene siempre en llanto

Y del tan demasiado angustiaros

Nace, que l'alma ver no puede en sueño

Si no cosas, que en sueños le atormentan,

Y como ellos no son ya verdaderos,

Así vanas también muestran las cosas.

Brisenda.

Sueños no son las cosas que se ven

Fuera del sueño, y d'ellas los remates

Muchas veces primero, que sucedan,

De piedad celestial en nuestras almas

Descúbrense en visión. El haber visto

(Velando oso decir que no durmiendo)

De la tumba salir los muertos padres

De nuestra Reina, y con sus manos frías

Tomarme a mí la una, y conducirme

A otra sepultura y allá muerta

Llorarla (digo en este mismo tiempo

Que se halla Reina en tal aprieto)

¿Diré que es vanidad? ¿Diré que es sueño?

Que se debe entender por las culebras

Que

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9.

Brisenda.

Que hallo cuando en sueños las arquillas

Abro, en que están sus joyas conservadas,

Y cuál es el ahúco cuando veo,

O de ver me parece que estos pechos,

Que le dieron la leche, sudan sangre.

Largo sería el contar la larga guerra

Que por tan largo tiempo con mil hace

Visiones (que no sueño) he tenido.

Ay, oh hermana, de mí tanto anoche

No te pesara, como te ha pesado;

Pues que por sospechar que me mataba

El afán, que durmiendo padecía,

No dándome socorro en despertarme,

Harto piadosa y curiosa fuiste.

Porque, según la guerra que me hizo

Tal visión, ya no dudo que con ella

Todas las demás guerras se acabaron

Con acabar mi vida, o a la fuerza

De la congoja no viniera menos.

Menguáronla estos ojos, que así abiertos

Engañaron el alma, pues no viendo

Ellos de fuera lo que el alma dentro

Recogida en sí misma había ya visto,

Le dieron a entender ser todo vano.

Piedad cruel, que por hacerme libre

De tormento en tormento me ha dejado.

Criada.

No plega a Dios, que tan cruel yo fuera,

Que dar pudiendo ayuda a quien la tiene

Menester, yo de darla deseara,

Y más a vos, señora, a quien debidos

Con todo amor y fe son los trabajos

Que mayores sufrir pueda esta vida.

Y bien creo, que aquesto se me crea,

Como lo que vos padecéis no hace

Creer vuestra afición con nuestra Reina.

Dormíame yo, y en sueño los gemidos

Sentí que vuestro angustiado pecho

Sacaba: despertéme, y parecióme

Que tal era el afán que no podía

Dejar luego al momento de arrancaros

El alma del cuerpo. A vuestra cama entonces

(Aunque temblando toda por el miedo

A despertaros) me allegué. Dios sabe

Cuánto mayor temor en despertaros

Tuve, según de vos se fue el aliento,

Y a volveros tardó, tras un desmayo

Otro siguiendo luego, y cuando de ellos

A sosegar dejasteis, de la cama

Salisteis, con el ímpetu, que apenas

Dio lugar a vestiros, por si a tiempo

Vos viva llegaríades a ver viva

Nuestra Reina. Mas ya que del castillo

A do presa y guardada está su Alteza,

No se abre aun la puerta si primero,

Abierta no se ve la de oriente;

Deteneros aquí más conviniendo

Que ir a esperar allá; gastar os ruego

Este espacio en narrar el triste sueño

Que tan triste os paró; cuando este mío

No sea demasiado atrevimiento.

Brisenda.

Si narrare, quizá volviendo el alma

A ponerse presente el caso horrible,

Echada

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Brisenda.

Echada de la fuerza del tamaño

Dolor, se me saldrá del cuerpo fuera.

En una ancha campaña y muy desierta

Me parecía de verme a do ni planta

Había, ni hoja, ni de hierba un hilo,

Ni una gota de agua; mas agudos

Espinales, y ásperos peñascos,

Cóncavos escondrijos, y profundas

Cuevas, donde salían fieros bramidos,

Que el aire escurecido enchían en torno.

Cómo, o por dónde allá me fuesse entrado

No me acuerdo. Buscar me parecía

Cosa, que en parte tan aborrecida

Nunca quisiera hallar: ni de buscarla

Me podía desistir: ni aun bien claro

Me parecía entender lo que buscaba.

Cuando a la flébil voz d'una doncella,

Que a una dura peña atada estaba,

Y cubierta de un hábito sencillo

Cual nieve blanco, enderecé mis pasos.

Mas no tanto podía apresurallos,

Como a mí apresuraba el gran cuidado.

Antes me era el andar muy trabajoso,

Como si grave carga en mí llevara,

O si alguno el andar me detuviera.

En esto vi un dragón el más terrible,

Que quizás haya visto en algún tiempo,

O en parte más remota; que lanzando

De la hedionda boca, y de los ojos

Un venenoso aliento, y unas llamas,

Que el aire corrompían, ardían la tierra.

Iba para tragarse a la doncella;

A la cual ya tan cerca había llegado,

Que pudo echarle, como bien echole,

Su pestilencial veneno encima.

Mas antes de ponérsela en las uñas,

Fue a encontralle un animoso, y fuerte

León, que le detuvo, y combatiendo

Con él, no le dejó, hasta dejarle

Tendido, y muerto. En mí fue l'alegría

Por el buen fin, que tubo la batalla,

Sin medida. Mas como a las mudanzas

Todas las cosas del estado humano

Sujetas son; aquel contento luego

De otro tanto dolor quedó seguido.

A la doncella del mortal aliento

Inficionada ya, que se moría,

Me allego, y veo (¡ay si podré decillo,

Ay dolor, pues que sufres que no viva

Bien sufrirás que así lo diga) qu'era,

Qu'era Matilda, Reina, y mi Señora.

Y ella como pudo conocerme

Mientras temblando toda en estos brazos

La sustentaba yo, y daba voces.

En mí poniendo los dolientes ojos

De piedad, y de lástima pintados,

Dijo. Ay, madre, ya veis cómo me muero;

Dadme, si podéis, madre, algún socorro.

Y con esto dio luego el alma fuera.

Bien hizo para ir a acompañalla

La mía todo su esfuerzo; mas al punto

Que ella de mí se estaba despidiendo,

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Brisenda.

Paróse a tu llamada, y no despierta

al sólito llorar abrir los ojos.

Criada.

Bendición haya, y gloria eternamente

nuestro Dios, que las sombras de tal susto

hizo desaparecer y con asombros

ojos ya veis no haber por estas partes

ni león, ni dragón, y vos del miedo

y nuestra Reina del peligro libres

quedáis; y si a más cierto otro peligro

ella queda sujeta, de su amparo

Dios no la quitará, pues en un hora

suele dar lo que nunca vino en años.

Y quizá aun podría, el propio Conde,

el que la difamó vuelto en sí mismo

alumbrado de Dios, arrepentirse,

la verdad declarando, y la inocencia

de la Reina, de modo que la vida

con la honra le quede salva, como

ya no quedó por él, y sus mentiras,

que la una, y la otra no perdiese.

Brisenda.

Tan bueno es nuestro Dios, que nunca deja

de alumbrar a cualquier hombre, que quiere

los rayos recibir con tan clara

luz, que por todo difundiendo esparce.

Mas ¿cómo puede entendimiento humano

ser de Dios alumbrado si la entrada

cierra a su claridad? y si en tinieblas

quiere quedarse. Porque muy bien él sabe,

sabe muy bien el conde, cómo ofende

a su sobrina, a Dios, y a su alma

con calumnia tan grande. Mas no quiere

la fealdad de su obstinado intento

volver atrás, sino que más ímpetu

trajo la codicia de reinar por muerte

de quien viva el reinar le quitara.

En ti solo, Señor, confío, y espero,

como en el mundo engañador no veo

qué confiar o qué esperar se pueda.

Y si ya no me queda otra esperanza

de la que en ti gimiendo agora vengo,

esta sé que las otras todas sobra.

Tú, todopoderoso, y todo justo,

tu socorro y amparo al inocente,

como ya la inocente y casta hebrea,

del mentiroso crimen de impúdica

libraste, y de la muerte aparejada:

Así libra, Señor, esta que tuya

hechura es, como aquella, y que es no menos

de aquella (como sabes) casta y pura.

Vamos, hermana, vamos, que es hora.

Scena Segunda.

El conde de Tortosa solo.

Conde.

Quien puede, y no procura ensalzarse

y, en señorío aventajar a otro,

mas contento se queda en el estado,

que se trajo al nacer de su fortuna;

bien se puede decir, que no merece

haber nacido de hombre, entre los hombres,

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Folio 15

Conde.

Más de animal, entre animales que andan

tras el solo sentido sin discurso.

De quien tener ingenio se presume

más del que suele dar naturaleza.

A la gente común, y se descuida

en prevalerse de él también yo digo

que este o ingenio no tiene, o si lo tiene,

el tenello no es más, que no tenello;

como quien siendo rico de vestidos

desnudo y andrajoso andar quisiese.

Rey es el fiero león de cuantas fieras

por la haz de la tierra andan vagando;

mas no rey un león de los leones.

Así entre todos pájaros y aves,

que por el ancho y sotil aire el vuelo

despliegan, reina el águila se estima.

Y entre la muchedumbre del pescado,

que en el líquido mar hay tan diverso,

vemos que la ballena es la señora.

Mas al hombre dotando la natura

de entendimiento y ánimo elevado,

le concedió, que no tan solamente

de todas las especies de animales

sean en mar, sean en aire, o sean en tierra

fuese señor, mas que también de todos

los demás de su especie un hombre solo

ser lo pudiese. Así de tiempo en tiempo

en cuanto el océano abraza han sido

reyes unos a otros sucediendo.

Y el que ser para más aún se conoce,

busca de acrecentar reino a reino,

y de ensanchar su imperio, más que puede.

¿Qué maravilla es pues lo que se cuenta

del famoso Alejandro, que entendido,

mientras ganando más iba del mundo,

como habían otros mundos, vuelto todo

en tristeza lloró, porque al trabajo

de conquistarlos, no le bastaría

la vida como el ánimo, pues uno

para su inmenso corazón poco era.

Y si para ser rey ánimo tuvo

uno, que cual nació, tal fue criado,

toda su mocedad entre pastores,

y vino a serlo, que entre los antiguos

siete reyes romanos, fue el tercero;

¿dejaré yo de pretender de serlo?

Yo que de reyes soy hijo y hermano.

¿De reyes de la sangre generosa

de los famosos godos? Firme en esto

ha estado, y está todo mi intento, en esto

toda mi diligencia, ingenio y fuerza

por mí se ha de poner hasta alcanzallo,

si aún para alcanzallo algo me queda;

mas ¿qué puede quedar como se acabe

este por mí tan deseado día,

con el cual acabar deberá la vida

de la reina Matilda mi sobrina?

¿Quién me dirá que hago mal tratando

de hacerla morir? ¿Quién no cree

que cual culpable lo merece? Basta

que en el plazo ya dado de dos meses

que acaban hoy, ninguno ha parecido

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17.

Conde.

En su defensa, más a defendella

¿quién se había de atrever, y echarse a riesgo

de combatir conmigo? pues probanza

de testigos ni l'hay, ni puede haberla,

ni remedio hay civil, que le aproveche.

Y si bien mi conciencia algunas veces

me representa toda la maraña,

que por mis manos ha pasado; entiendo

todavía, que mayor d'ella es la culpa,

que no mía: pues tan poco miramiento

ha tenido a l'Alteza de su casa,

qu'ella ya no habiendo hombre quedado

sino yo, que de un padre con su padre

he nacido, y pudiendo, antes debiendo,

(consintiéndolo el gran Pastor supremo)

no con otro casarse que comigo

por no quitar d'su linaje el reino;

porfiada no quiso oír palabra

de cuanto la Real conveniencia

a ello l'obligaba. Antes barrunto,

que de sus mujeriles pensamientos,

y de consejo ajeno persuadida,

haya a Suero su ayo despachado

(según que por acá ya muchos días

no l'he visto) a tratar de casamiento.

Mas quién acertará con quién, y adónde.

Sea pero esto, y más, lo no tratado

para tratar no viene más a tiempo.

Pésame de que habiendo yo enviado

para el veneno, que propuesto había

de dar a mi sobrina, el mensajero

hasta ayer no haya vuelto en cuatro meses

que si al debido tiempo aquí llegara,

todo el trabajo que he después sufrido

bien excusado fuera, y yo contento.

Como contento, y satisfecho ando

de Hameth el gran médico, que esclavo

siendo mío por mi preso en la jornada

de Fraga, mereció ser hecho libre

por la cura que hizo en mi persona.

Y agora para más aventajarme

en liberalidad, así el veneno

como el contraveneno, me ha enviado.

Lo cual yo tengo en más de lo que entonces

él la cobrada libertad no tuvo.

Mas después que a volver el mensajero

tardó tanto que a mí no convenía,

tardar más, con andar perdiendo el tiempo

(siendo de sospechar que hubiese muerto

o él, o el propio médico mi amigo)

¿cuál tan loca paciencia detenerme

podría, que otro camino no tomase

para llegar a mi tan alto intento?

Tomélo, y acerté tanto que hoy mismo

tendré de mis sembrados la cosecha,

cual no puede faltar, los dos licores,

que de Alejandría Hameth me ha enviado

(adonde el mensajero fue a buscarle

no le hallando en Túnez) bien guardados

serán para otro efecto, a otro tiempo

quizá podrían servir: tal siendo el uno,

que al cabo de siete horas en momento

mata

Pag. 21

[Folios 19 y 20]

Conde.

Mata al que bebe d'él, sin entretanto

Sentir dolor o afanes dar señales

De veneración; teniendo el otro

Virtud y fuerza de quitar la fuerza

Al ponzoñoso como en dos perrillos

Ayer mismo la prueba tengo hecha.

Acabará pues en tan breve espacio

Mi sobrina la vida, y si el derecho

Padece fuerza a la sentencia valga

Del que supo valerse de la fuerza.

Que como dijo que forzar se puede

La ley para reinar, así lo puso

Por obra para sí su patria Roma,

Sujetando la cual demás de libre,

Señora y Reina fue de todo el mundo.

Mas mientras aquí estoy conmigo solo

Hablando ni hay persona que me entienda

Al desdichado ni ha puerta o cara

El cuidado adormece. El Presidente

Parece que debiera haber venido,

(Según me prometió) antes que el alba

Su claridad por todo esparciese;

Salido ha el sol por harto espacio en alto

Del horizonte, y cada uno atento

Anda tras su negocio, y poner busca

Por efecto lo que despierto tuvo

La noche en pensamiento. Ansí lo mesmo

Debiendo yo hacer mi diligencia

He hecho en levantarme tan temprano,

Mas ¿qué aprovecha? si por más velante

Y por más cuidadoso que me tengo,

El aguijón de aqueste pensamiento;

Para mí se descuida todo el mundo.

Tal es la flojedad casi de todos,

Los del Consejo en un tan arduo, y grave

Negocio, que si a ellos estuviera

De haber quien asista y haga parte

Como lo hago yo; muy bien entiendo

Que la Reina quedaría viva y Reina,

Por más que la tuvieran por culpable,

Cual ya negar no pueden de tenerla.

Que la soltaran digo, y la volvieran

En la silla Real, no ya por celo

Bueno, ni porque lástima la tengan,

Mas por pensar que Reyes serían ellos,

Habiendo de Reinar mujer, y moza;

Y mas el Presidente tan mi amigo,

Como tener se debe el que se olvida

De lo que es obligado a la persona,

De quien mercedes haya recibido.

Ya no se acuerda mal tal hombre como

Siendo de condición humilde y baja,

Por mi medio y favor al primer grado

Del Supremo Consejo ha pervenido:

Y en trueque de acudir a lo que ahora

Se me ofrece, no busca, ni procura

Sino como salvar pueda la vida

D'esta que sin tener defensa alguna

Queda ya disfamada y de conforme

Muerte merecedora requiriendo

La mucha obligación, que a mí me debe

No saber más de lo que ya se tiene

Pag. 22

[Folio 21v]

Conde.

Por sabido, y probado, y hecho claro;

y si un cortés yo no más de Conde

de Tortosa (si bien del Rey hermano)

por el tanto he podido, y hecho tanto,

no poniendo obra cosa, que palabras;

bien habrá para qué estar muy seguro,

que en allegando a la real grandeza

hecho, no más palabras, y bien hecho,

grandes ayudas hacer puede, y mercedes

un poderoso Rey, también hará.

Mas bien fue para mí que estando en duda

de si obrara o no, del confiarme;

por lo mejor y más seguro tuve

palabra no arrojar de esta mi boca,

por la cual él cayese en el secreto

que a solas he conmigo confiado.

Y con Cloria sola, pues sin ella

no había poder pensar de hacer algo.

Siendo ella Camarera de la Reina,

de ella me ha sido menester valerme

como buen cazador valerse suele

de señuelo, con que del aire hace

bajar a tierra halcón a do lo tomen.

De ella seguro he estado, y más agora,

que escondida la tengo acá en mi casa.

Mas ¿qué sabré yo?, tengo con mi intento

y mi tender con él la misma cuenta

que él conmigo ha tenido. Por agora

no quiero que me vea ir a buscalle

en casa suya, pues que él en la mía

venir no le parece, que conozca.

Llama, hola, paje, llama esos criados.

Desoídolos ya; no es menester llamarlos.

Tú tente ahí, de ahí no te menees.

[Folio 22r]

Scena Tercera.

El Presidente del Consejo Supremo, el Conde.

Presidente.

Tráigaos este sol, señor, un día

sin ñublo y tan alegre, que ninguna

niebla o pesadumbre no le ocupe.

Conde.

Tal lo tendré si la hedionda mancha

veré quitada de mi cara, adonde

pegada se quedó después que echóla,

de toda nuestra casta al real nombre

con impúdico pensamiento y obra

Matilda indigna Reina, y mi sobrina.

Presidente.

Que tal mancha quitada haya de verse

con mostrarse a la luz más claro, y puro

este negocio, y sin que el miserable

acto a llegar se venga de echar mano

a derramar la sangre de la Reina;

desesperar ya no debemos, hasta

que por sentencia del Consejo todo

el verdugo usará de alzar el brazo

y descargar con la valiente espada

el golpe, que le corte la cabeza.

Conde.

Qué clareza mayor pueda esperarse

de la verdad no entiendo; y holgaría

que

Pag. 23

Conde.

que, pidiéndola haber, se me diera.

Que si a nos pesa la que es Reina nuestra

haber de condenar, y muerta verla;

pesa a mí más, que de vasallos suyos,

siendo ella de mi sangre y mi sobrina,

sea condenada a muerte tan extraña,

y muy por causa tan vituperable.

Aunque por más vituperables tengo

las Leyes y estatutos de este Reino,

a los cuales los Reyes consintieron,

sufriendo que los súbditos de bajo

de ser de la Justicia Regidores

hayan de conocerlo, en los casos

que están allá distantes, de los cuales

este es el uno. Mas dejando agora

esta materia, pido que me digan

los del consejo, qué mayor clareza

puede haber, de la que se tiene, cuando

con achaque de haber no buenas nuevas

del campo, y referirlas a la Reina

a su cuarto me fui de media noche

en vuestra compañía, y de otras veinte,

y las puertas abrir habiendo hecho,

que poco antes habían sido cerradas,

hallé, o por mejor decir, hallamos

dentro su propia cámara, y debajo

de la misma su cama en que dormía,

al desleal y pérfido Eriberto?

Y como ella acostada al mismo punto

hubo de levantarse, bien mostraba

temblando su conciencia, que ofendida

Conde.

y abatida del miedo de la muerte,

daba aquellos terribles alaridos,

no sabiendo esgrimir otra palabra

más de que traición se le había hecho.

Presidente.

Que traición se le haya hecho es cosa

muy posible y creíble: verdad sea

que si la hay, no la vemos descubierta,

bien hay ciertos indicios, mas en ellos

aquel temblar no pongo; pues bien pudo

ser la causa el ruido y, sobre todo,

que al corazón llegándole en un tiempo

con pavor, que por voz fue despavorida

de haber no buenas nuevas de la guerra.

De lo de más de miedo. Por indicio

más verosímil yo, Señor, tomara

el haberse aquel hombre allá escondido.

Conde.

¡Indicio, y no más prueba es el hallarse

un hombre en casa ajena, y más de Reina

escondido debajo de la cama,

con las puertas cerradas, y de noche!

Presidente.

Contra Eriberto es llano que otra prueba

no se había de aguardar para que muerte

se le siguiese; y vos, Señor, que luego

en aquella antecámara por fuerza

habiéndolo arrastrado, a puñaladas

de vuestra propia mano se la disteis.

Desculpado quedáis, si no esperasteis

a que del tribunal de la justicia

se le mandare dar por los ministros.

Pues no dando lugar al sufrimiento

de tan grande dolor con justa causa,

Pag. 24

25

Presidente.

suplen de aquí las leyes la venganza

De tal infamia a los que más cercanos

Son, en falta del padre, y del marido

De la mujer que haya caído en falta:

Y aun esto mas se suple a las personas,

Que son de mas respeto. Así concluyo,

Que lo que a condenar Filiberto solamente

Era bastante, no puede ser parte

Para también hacer morir la Reina.

Conde.

Pues como, siendo dos en un delito,

La misma pena que se deve al uno

Al otro no será también devida?

Presidente.

Si cuando tenga el uno tanta culpa,

Como la tiene el otro. Mas el caso,

De que tratamos, es muy diferente.

Porque la culpa que en Filiberto es clara,

En la Reina no es clara. Acaso pudo

Haber entrado el atrevido mozo,

No con inteligencia de la Reina,

Mas de alguna criada. y quien tubiese

Por imposible, que de su locura,

De su propia locura persuadido,

No menos que engañado, y animado

De alguna imaginada su esperanza,

No se haya puesto al riesgo a que se puso.

Conde.

Espantome de oír respuestas tales

Como si se empezara este negocio,

A entender desde agora, habiendo días

Que está entendido ya cumplidamente,

Y visto que ninguna de las damas

Tanta comodidad pudo haber dado

Al traydor, que encerrado se quedase

En el propio aposento de la Reina,

Sino la camarera Elvira sola,

Que sacando de bajo de la cama,

Su estrado, en las noches se dormía.

Como también se ha visto que en aquella

Que el caso sucedió, siendo asustada

La Reina, todas las demás criadas

(Según la acostumbrada usanza) luego

Se retiraron a su quarto, adonde

Por una puerta cerrada no pudieron

De allá salir, sino cuando al ruido

La Dueña, que la llave tener suele,

Abriéndoles, las hizo salir fuera.

Presidente.

No os espantéis señor de mis respuestas,

Pues según las preguntas, que me hacen

Respondo yo; y lo que hablo fundo

En la realidad a que el derecho

Y la razón me obliga. A lo que ahora

D' Elvira se me dize, lo que he dicho

Otras veces replico, que el haverse

Huido es grande indicio de su falta.

Y de haverse entendido con Filiberto;

Y más habiendo huido al mismo tiempo

Que a Filiberto matastes, cuando lleno

El palacio de gente y de alboroto,

Así tuvo lugar ella de huirse,

Como otros lo tuvieron de salvarse.

Aunque ni quien, ni como no se sepa.

Mas pues la violenta, y repentina

Muerte del mal hechor, y la huida

Pag. 25

Página izquierda

Presidente.

D. Elvira así también tan de improviso,

que a nadie dio lugar para impedilla,

quitaron, que ni de él, ni de ella alguna

palabra, o conjetura se sacase,

de haber habido entre los dos concierto.

En duda queda si a Riberto Elvira

habiendo recogido por sí misma

recogido le hubiese, o por la Reina;

ya que su Alteza expresamente niega,

que el malvado Riberto lo que hizo,

con su consentimiento l'haya hecho.

Conde.

¿Cómo dudar se puede lo que es claro?

Que Riberto haya muerto, y que algún rastro

no se halle de Elvira, y que no quiera

la Reina confesar su desvergüenza

(que todavía bien hace en no aceptarla

como fue gran maldad en cometerla)

negar ya no se puede que el tratado

con él no haya sido, si en el pecho

de Riberto, después que allí tendido

lo dejé muerto, entre el jubón y el sayo

todo de mano de la Reina escrito

hallamos el billete que sellado

de su sello secreto también era,

con sobrescrito en esta propia nota.

A mi señor y Rey, Riberto amado.

Presidente.

Grande de este billete es el indicio,

no se puede negar pues cotejadas

las letras de él con otras, que de mano

de la Reina escribir han visto muchos;

de ver no se echa diferencia alguna

Pag. 26

Presidente.

De aquellas a las otras. Mas por esto

(como ninguno diga que a la misma

reina escribir ha visto de su mano

pues el mismo billete) convencida

no queda para que puedan las leyes

a muerte condenarla. También pudo

escribillo algún otro.

Conde.

¿Quién el otro

había de ser?

Presidente.

Alguno, que de industria

contrahacer la mano de su alteza.

Conde.

¿Y con qué intento?

Presidente.

Si estuviera preso

el falsario escritor, del se pudiera

entender eso; y cuanto al ir errado

aquel papel del sello pequeñito

que en cosas importantes y secretas

la reina usar solía, lo que en él dice,

bien puede ser que a quien se le hallase

alguna vez descubriese adónde

guardado con el sello, osó tomarlo

por el más entero daño o engaño.

Conde.

Lo que por verosímil conjetura

vos tomáis en favor de mi sobrina,

contra ella con razón bien se retuerce.

Puesto que por su propio intento malo

(como decís) con Gilberto Elvira

se entendiese, ¿por cuál razón había

de poner por en medio a su señora?

No quiere hombre a mujer para que della

otro se goce, ni de mujer hombre

en cuanto, que con el otro se huelgue.

Mas si nada o muy poco se entendía

Elvira de escribir (como sabemos),

creerá que falsear haya podido

tanto al pie de la letra aquella mano

que escribe (aunque quisiese disculparse)

quizá mejor que algunos, que se estiman

de escribir bien con intento; y si tal ella

no hizo, pues no supo haberlo hecho.

¿Por qué se ha de creer que lo del sello

hiciera? Mas ¿adónde están tan claras

las cosas, de que sirven conjeturas?

Venga quien vio escribir de otra persona

que de la propia reina aquel billete.

Venga quien vio errar de otra persona

la misma carta con el mismo sello.

La propia Alvira al fin venga, y confiese

cómo pasó el negocio; y si no viene,

y si la por culpada se declara

con haberse ausentado, ¿no es más cierto

(por lo que ya se ha visto) que el culpable

es como compañera de la reina,

que como principal en este exceso?

Mas ¿había yo de ofrecer tan a riesgo

mi vida, y honra, y alma combatiendo

con el que combatiere conmigo hoy día,

si en mi ciencia, y conciencia, y juntamente

en verdad y razón muy bien fundada

no fuera mi querella? No más que una

es la verdad entera, y no partida

ha de ser la razón. Y pues ninguno

tal fundamento tiene, cual yo tengo;

ninguno ha habido ya, que con ofensa

de la razón, y la verdad, quisiese

Pag. 27

Conde.

El tuerto defender, y la mentira.

El entrar y salir tan a menudo

Del criado Lisberto, y morar largo

En l'aposento de la Reina cuando

Menos había de gente, y tener tanta

Familiaridad con ella dentro;

En que otra cosa de parar habían

De la que al fin se ha visto? El curioso

Y diligente cazador, qu'en busca

Va de algun animal, si las pisadas

Ve, con placer tras ellas va siguiendo

Y mas se alegra, si l'alcanza, y toma.

Mas no tanto, despues que por las señas

Que tengo dichas descubrí el mal rastro

Tras el andando para mi malgrado

Hallé lo que pluguiera a Dios que nunca

Hallara yo, aunque fue bien hallarlo,

Despues que la maldad fue cometida,

Para al que cometiola, dar la paga.

Presidente.

Señor, si os acordays, fue de Jofreda

Reina, qu'en gloria sea, paje Lisberto:

El cual al reino y desd'aquel dia primero

Qu'entró a servir se dio tan animoso,

Con su solicitud grande y nomada,

Que d'el solo el servicio relucía:

Y asi cada dia mas perseverando,

Fue de la Reina mas que todos quisto;

Y como tal despues ella moriendo

A la Infanta su hija a hora Reina,

(salió ya de paje) por criado

Lo dejó, con tambien remuneralle.

Y pues cual a la Reina madre havia

Servido, tal perseverar mostrase

En el servicio de la Reina hija;

Aquella su asistencia quám loable,

Y cual de su costumbre yo tenia

(Sin sospecha ninguna) en buena parte;

Si no que con mi harto descontento

He visto, lo que he visto, y lo que ha sido

Ser no puede jamas que no haya sido;

Y que a la muerte no reduzca, y lleve

Con afrenta cruel como disfraza,

La Reina, cuando bien fuera inocente.

Conde.

Qué es lo que hasta ahora se descubre

La culpa o la inocencia?

Presidente.

Descubierta

Decirse puede que se vé la culpa,

No la inocencia.

Conde.

La razon qué quiere?

Que se haya de absolver quien no se sabe

Si es inocente? o condenar quien reo

Se ha demostrado?

Presidente.

Ley no sé ninguna

Que absuelva, si no a quien averiguose

Ser inocente; ni ley que condene

Si no al que ser culpable se ha probado.

Conde.

Pues, si por lo que va probado, queda

La Reina por culpada, y sin descargo,

(Que bien, cuando lo hubiera, me holgara)

Despues que acabe el termino ya dado

Que oy con el tramontar del sol acaba;

Hase mas de aguardar para que muera

Con ella mi deshonra, y de mi cara?

Presidente.

Morir no deve alguno, que no quede

Condenado primero por sentencia.

Pag. 28

Conde.

¿Esa sentencia no se dio ya cuando

diose a la reina el plazo de dos meses,

con que quedando defendida, libre,

quedase, y sin defensa condenada?

Presidente.

No dan tal orden nuestros estatutos;

sino (según la claridad requiere

de la persona así como del caso)

término competente a defenderse:

el cual pasado, dan otro tan breve

como sería de dos, o de tres días,

a escudriñar la causa, para luego

promulgar la sentencia, y promulgada,

si condenado queda el reo, se entrega

a los que de cumplir han la justicia,

y al confesor que a bien morir le ayude.

Conde.

¡Nunca desventurado quien espejo

se mire, vido en un cortado rostro

herida que le afee con tanta pena,

como es la que me ha traspasado el alma!

¡Ha ya más de dos meses que estoy viendo

por la memoria la cruel afrenta

que se me hizo! y aguardando el día

que terminase su término tan largo,

agora este día digo, este en que estamos,

las horas he contado, cual contarlas

suele el que atado cuelga de tormento;

y ¿cuál tan gran tormento hay que se iguale

al que en sí siente un caballero honrado

que deshonrado ha sido? Y por remate

de tan penosa vida, que he pasado,

años, no diré días; siglos, no meses,

tengo aún de aguardar años, no días,

para ver mi venganza?

Presidente.

Han apurado,

señor, los meses, que por tantos siglos

habéis contado, así también los días,

que a vos han parecido años tan largos,

si ha pasado lo más, pasará lo menos.

Dice que el tiempo lo da todo, y quita:

ni por su mucho madrugar el hombre

hará que se amanezca más aína:

que como su ordenado curso tiene

el sol sin exceder o parar nunca,

así tienen sus términos las leyes

en conocer y terminar las causas,

los cuales abreviar ninguno puede.

Esto, señores, lo que a decir se ofrece;

y si no puedo en más satisfaceros,

el no poder me excuse. No por esto

hay en mi voluntad falta, o descuido

de acudir al servicio a que me obliga

la razón por tan grandes, y notables

favores, que de vos he recibido,

y que asentados llevo en la memoria.

Conde.

Lo que por vos he hecho, no pretendo

se agradezca; pues tan poco pienso

que en cosa de la cual sea menos que justa,

me lo hayáis de pagar; mas quiero que hoy se ayunte

todo el consejo, pido al asistente,

para que mis razones pronunciadas

de mi letrado de mejor manera,

por lo que, mejor también se entiendan.

Presidente.

Haré que en todo caso así se haga.

Pag. 29

Scena Quarta.

Suero ayo de la Reina, Otoger caballero.

Suero.

Por mucha diligencia, que aquí pongan

en guardar la ciudad, y tener cuenta

así con los que en ella entrando vienen,

como con los que d'ella andan saliendo

(tal requiriendo el orden de la guerra,

y más en este tiempo que los moros

echados d'este Reino toda via

gran parte ocupan de la noble España)

Y por muchos que yo vea, y conozca

ninguno he visto aun, que haya mostrado

de conocernos, mas que si conocían

extrangeros, que van en Romería.

Tambien debaxo d'este habito nuestro

desconocidos de por todo andamos;

tanto más yo con barbas tan crecidas.

Cosa, de que hemos de sentir contento,

siendo de conocer a mi el peligro

(que ayo soy de la Reina mi señora)

más que a vos, a quien, pues, veis poco

ya años ha pudieron haber visto:

de mas, que en la memoria d'estos creo

no havrá quedado por tan largo tiempo

entera vuestra effigie: verdad sea,

que por vuestro valor tan soberano,

conocido, y amado entre cristianos,

conocido, y temido entre enemigos,

es de Otoger el muy claro renombre.

Y ansí dije, que cuando bien había

(como huvó) ocasión por nuestro boto

de visitar aquel sagrado templo

(aquel, qu'en Monserrat es dedicado

a la que mereció ser elegida

antes de todos siglos, de los cielos,

Reina, y madre de Dios, hija y esposa)

bien era todavía q'en este escuro

habito de veniros disfrazado.

Que aunque firme más que antigua peña

sea desta buena Reina el pensamiento

de ser vuestra mujer a os decente

ya no seria de descubriros antes

si ella en presencia del consejo todo,

y de los feudatarios de su Reino,

la sancta eleccion no declarase

de la ilustre persona vuestra, como

a mí, y a mi mujer secretamente

la declaró: pues como aborreciendo

de tomar por marido al propio tío,

diole al sobervio conde de tortosa.

Por bien tubieron los señores todos

con el consejo, qu'ella la persona

escogiesse que más le agradaría;

Y si se ha de creer que rehusando

y con pretensión, ya excluida

ellos desdel mismo punto que entendiessen

vuestra venida, bien entended que

para que fuésedes, y convertido todo

en

Pag. 30

Suero.

En ira mala, y ponzoñosa rabia,

Procuraría de a traición la vida

Avasallar, y así no sin peligro

La de la Reina quedaría. Por esto

Dar conviene diligencia, y temple

Que la nao que ha llegado salva al puerto

Dentro del puerto a perecer no venga.

Pésame que de más de aquellos días

Que tan por extremo allá en el campo

Hubisteis de gastar para partiendo

Las órdenes dejar que convenían,

Haya mi enfermedad tan grave sido

Ocasión deteneros harto

Por el camino: aunque por otra parte

Ocasión a mí fue de contento

Por la notable experiencia vista

De vuestra gran benignidad. Bien digo

Que si a vuestros trabajos tan pesados

De tan perversa guerra, y de batallas

Que sin duda os han tan peligrosas

Así entre los ejércitos trabadas,

Como de cuerpo a cuerpo (de las cuales

Sin nunca alzar vuestra invencible mano

Victorioso siempre habéis salido)

Nuevos padecimientos, y trabajos

Se os han seguido por haberos puesto

A venir con solo este siervo vuestro

Por camino tan largo, y fatigoso

De los confines de Vandalia adonde

Se recogió huyendo el campo Moro:

De creer es que el tan a vos debido

Descanso a mejor tiempo o coyuntura

Llegaros no podrá. Y yo dichoso

Embajador, que acá, Señor os traje

Para que unido en matrimonio santo

Con Reina tal, de este tan claro reino

Llevéis cetro y corona en dulce olvido

Echaré los trabajos, que para esto

No se me volverán a la memoria

Que para muy alegres darles siempre

Por muy bien empleados, y loores

Dar al que el cielo, y el universo rige.

Otoger.

Trabajo con tan buena compañía

Nunca he sentido, ni peligro he visto,

Ni en mi cuerpo jamás padecimiento,

Si no es el que sentí, dentro mi alma

Por el que en la persona vos sentisteis.

Y si por quien os puso a padecerlo

De haberlo padecido sois contento;

Yo (si mi padecer ha sido algo)

Tanto más contentar de ello me debo,

Cuanto que si la vida me costara,

Para mí fuera muy honrosa muerte,

Valiendo más con muerte ganar honra,

Que desear de ganarla estando en vida.

No digo tal por que cetro, y corona

De la Reina Matilda la llamada

Me hiciese penar, pues poco de esto

Se me mueve codicia dentro el pecho

Mas porque la persona poseyendo

De Reina tal, de todo el mundo todo

Lo mejor poseer me parecía.

Pag. 31

Foliación 38 en el margen superior izquierdo y 39 en el superior derecho.

Suero.

De Reina tal no puede otro, ni debe,

El Reino poseer, ni la persona.

No puede porque ya ella no quiere:

No debe, porque nuestro es el derecho:

Y si por ella está bien entendida

La razón d'esto; confirmada siempre

Será de todos que razón entienden

Con desapasionado entendimiento:

Pues la memoria aún en cada uno

Fresca debe quedar del beneficio,

Que de más de otros pueblos y lugares,

Esta ciudad muy señaladamente

Tuvo de vuestra valerosa mano,

Cuando cercada la ciudad, y puesto

Pelayo nuestro Rey en grande aprieto,

D'ella él saliendo con su gente armada,

Vos con la vuestra ejercitada, y diestra

Al socorro acudiste, peleando,

Y trabando aquella ayrada batalla

Con mortandad tan grande de los moros,

Que no tan solamente a retirarse

Fuerza les fue, y a dejar el cerco;

Mas siguiendo los dos la gran victoria,

Y persiguiendo la enemiga hueste;

Vos con el fiero Rey cabeza d'ellos

(El bárbaro Almanzor digo) topando

Del alma, del orgullo, y de las armas

Con vuestro eterno honor le despojasteis.

La jornada a Braga memorable

Narra el yo agora, y el suceso,

En que con solos cuatro los más bravos

Capitanes, que habían, entre los moros

El cruel Rey Supero al buen Pelayo

Cruelmente matando, la venganza

Dentro de breve espacio, en un otero,

La cabeza cortándole, y los restos

Haciendo que volviesen, nunca yerta.

Adonde habían ya vuelto las espaldas?

Venganza honrada, que en el tierno pecho

De la huérfana Reina para siempre

Tan asentada queda, que no viendo

Cómo corresponder con recompensa,

Que a tanta obligación se iguale, ha hecho

De vos por su legítimo marido

Firme elección, con daros el primero

Que luego tomaréis deste su Reino.

Dejo las otras obras memorables,

Que de vos han salido, y que esculpidas

La Eternidad conservará en su templo.

Porque d'ellas tratar con quien es d'ellas

El propio autor, es como con el dedo

Mostrar al sol su propia luz: bendigo

Que como ya la Reina mi señora

Todos los muchos méritos entienda;

Así de conocer no deja cuanto

Os debe, y cuanto más por vuestra mano,

Que por otra ninguna, será siempre

Defendido su reino, vida, y honra.

Mas pésame de que yo hoy por parte,

Para representaros por entero

Las razones, y el término, con que ella

Bien instruído venía conmigo a hablaros.

Pag. 32

Folio 40v

Suero.

Que no os he agora y antes referido.

Otoger.

Juzgar bien puedo, que de su corona,

Bondad, y discreción que en ella sobran

La tierna edad y de su tan insines

Virtudes referido mucho menos

Me habéis de lo que suena en todas partes

Su claro nombre, aunque el haber callado

Lo demás sea, no ya por falta vuestra

Sino por ser en el hablar modesto.

Y si para quien nunca de presencia

La hubiera visto (no diré de niña

Cual yo la vi en el tiempo, que deshecho

A esta ciudad el cerco, con el padre

Hice grande amistad y alianza)

Menester fuera otro testigo, allende

Del vuestro, y de su fama tan célebre,

Por razón natural muy buen testigo

Sería el retrato de su lindo rostro,

(Si pero más de la verdad no muestra)

Este retrato digo, seña y prenda

De vuestra cortesía, a la cual prendada

Tiene mi voluntad para emplearme

En cuanto a serviros el hacer yo pudiere,

Nunca, o muy pocas veces un encierro

De natura formado con sus miembros

A justa proporción correspondientes,

Y por orden dispuestos, cuando ornado

De clara sangre y gracia es como ella,

Asiento tuvo un alma, que igualmente

No fuese tan hermosa cuanto exenta

De feos pensamientos, como amiga

Folio 41r

Otoger.

De todo lo que es más bueno, y honroso.

Y que tal de la Reina es el semblante,

Cual mi imaginación aquí lo representa,

Bien tengo de creerlo cuando todo

Lo demás que me habéis dicho y loado

Con la experiencia averiguado queda.

Suero.

Muy cerca sois, señor, de hacer prueba

De lo que dicho os he de esta alta Reina

Cotejando el oído con la vista,

Y lo oído figurado la figura.

Llegado hemos en tanto a nuestra casa.

Vuestra es aquélla que frontero vemos.

Otoger.

Juzgo por lo que muestra el edificio

Y el ornamento del primero encuentro,

Cotejando lo yo con la memoria,

Que al palacio real parece el otro.

Suero.

Él es el propio y maravilla dame

El verle en soledad no acostumbrada,

Sino que todavía es de mañana.

Vamos en casa, adonde descansando

Enviaremos mi mujer Brisenda

A la Reina a avisar nuestra venida.

Coro.

Coro.

Entre las altas obras que han salido

De la mano de aquél, que de no nada

Crió cuanto hay de ver con lo visible.

Hizo al hombre de vil tierra asquerosa,

Mas tal, que de su gracia ennoblecido,

Gozase

Pag. 33

Coro.

Gózase de su bien incomprensible,

junto en él con la parte corruptible,

la incorruptible inmortal alma y ente;

criándola en momento,

infundió el racional entendimiento,

y libre quiso en voluntad hacella,

para que con aquél todo entendiese,

con ésta el bien o el mal por sí escogiese.

Después que hubo criado el mundo todo

dio la orden inmutable, que a Natura

hubiesen de servir los elementos,

para que el hombre en ver cuán productiva

lo que de ellos se engendra en algún modo,

no detuviese aquí sus pensamientos.

Mas mirando de acá los ornamentos

tan inefables del cielo, contemplase,

cuán de aquella luciente

morada, es esta nuestra diferente;

y de allegar allá se trabajase.

Mas ¿para qué trabajo ha de llamarse,

y no deleite a Dios el acercarse?

Andan estos efectos tan trocados,

que por ofuscar, al que se debe el nombre

de bien, por bien, y no por mal lo llamen.

Esto nace por que no quiere el hombre

(puesto en sus pensamientos depravados)

ni del bien ni del mal hacer examen.

¿Qué maravilla es pues que muchos amen

de la razón dar el lugar primero

al apetito ciego,

que trayéndolos siempre sin sosiego,

Coro.

trabuque en algún despeñadero?

Do la memoria dejan con la vida,

y con la honra el alma perdida.

Hay quien en ensalzarse habiendo dado

(pues tras su gusto cada uno anda)

para reinar todo su esfuerzo hace.

Por mandar él, ambiciona el mando;

deseando gozar vive penado;

toda ley, toda fe quiebra y deshace:

y habiendo por razón lo que le place,

engáñase en su propia confianza;

que con ansia le sigue, y se abalanza,

y del todo de Dios se aparta y aleja.

Mas su justicia que por todo alcanza,

de ver que así llamándole le aguarda,

carga el castigo más cuanto más tarda.

¡Cuánto más vale al hombre lo que en mano

seguro tiene, y que ser suyo sabe,

gozar en paz con ánimo sereno!

Que no lo que en razón ninguna cabe

con engañosa prisa (que hacer vano

suele el intento) procurar lo ajeno.

Que no quiera la Reina a todo sin freno

apetito del Conde dar su asenso

para con él juntarse,

no tiene él para qué de ella quejarse.

Y si darla quien puede su consenso;

ella (pues ley ninguna a tal la obliga)

de ley es más, que de dispensa amiga.

Tú, que ves del abismo en las tinieblas

echada la verdad, sácala.

Pag. 34

Folio 44v

Coro.

Saca la tu, Señor, a claridad,

y deshaciendo estas tan foscas nieblas,

haz que santo y legítimo Himeneo

cumpla de nuestra Reina el buen deseo.

Folio 45r

Jornada segunda

Pag. 35

Scena Primera

Amingo, mayordomo del Conde, y Gómez.

Amengo.

Cuán a tiempo mientras

por vos busco

me venís a la mano, ami-

go Gómez,

que no habiendo hal-

lado en la posada,

puesto me había en punto de por todo

iros buscando, sin pararme hasta

hallaros y hablaros, según tengo

necesidad agora, más que nunca,

de valerme de vuestra fe y ayuda.

Gómez.

Que os haya quitado este trabajo

mucho me place, y si entender pudiera

que menester me habíades, a buscaros

bien fuera yo, mas ¿qué es lo que de nuevo

para vuestro servicio se os ofrece,

después que os di la llave de esa casa,

tres días ha, saliéndome por ella?

Amengo.

Muy mucho es para mí lo que habéis hecho

vuestra casa prestándome, mas queda

cosa más importante, y bien confío

que la haréis, como en vos gana siempre

has de hacer por mí; el caso es este:

En...

Pag. 36

46.

Amengo.

En la postrera parte del palacio

Del conde mi señor hay una torre,

No que forma de torre por de fuera

Se echa de ver, sino que por de dentro

Habiendo algunos aposentos cerca

Del cuarto principal do se usa d'ella,

Él hizo derrocar los propios suelos

Hasta el que encima de los fundamentos

Queda asentado, d'estos tres o cuatro,

Que ya d'antes habrían, se hizo un solo,

El cual salió bien alto, y por l'altura

Vino a ser algo angosto; con qué intento

Se lo hiciese no sabría decillo.

Sé que gran secrecanza puso en ello,

Y que grandes marañas de contino

Lleva en sus pensamientos. En lo hondo

Por escalera retorcida y hecha

A caracol se abaja, y d'ella encima

Hay una portezuela que responde

A un aposentico cabe el cuarto

Del mismo conde; y él d'este aposento,

Como de algunos otros, que andan juntos,

Las llaves, sin fiar ninguna a otro,

Que a él propio, consigo lleva siempre.

A este mismo aposentico el conde

(Que allá yendo adelante, me aguardan)

Llevar me ha hecho de mañana, y noche

Ha ya dos meses, poco más, o menos,

Bien de comer y de cenar, y abriendo

La puerta qu'está encima a la escalera

Hacía subir una salvaje esclava

Que

Que por cosa muy rara le fue dada,

Hermosa siendo, si por ser bien hecha

De miembros, hermosura se le admite,

Siendo negra también como azafacha.

A ella, que hablar en nuestra lengua

No sabe, ni en la suya hay quien l'entienda,

Yo las viandas entregaba, y ella

Abajo las llevaba, y luego fuera

Yo me salía tras mí también saliendo

Poco después el conde, el cual las puertas

Así d'el caracol, como las otras

Iba cerrando de su propia mano.

D'ella imaginé ser una persona

De mucha calidad y de respeto.

Y esto más se me hacía creíble,

Porque mostraba el conde no miralla

Cual esclava. Mas como plomo o cobre

Que algunas hojitas de oro tengan encima,

Con menearlo a descubrir se viene;

Así fingir el conde el rostro alegre

A la esclava no pudo en mi presencia

Tanto, que a recatarme no viniese

Al fin, que por esclava la tenía

En servicio d'alguna otra persona,

Qu'escondida allá bajo estar debía;

Y pues d'aquella noche que fue presa

Nuestra reina, y llevada a la gran torre,

Su camarera Elvira, que primero

Se dijo, que con ella fue llevada,

Y no fue la verdad, ni d'ella nueva

Nunca después oyóse, he barruntado

Que

Pag. 37

48.

Amengo.

Que Elvira ser debía la que allá abaxo

presa se detenía, así por orden

de la justicia, como consentido

d'ello el conde, para que a ninguno

lugar se diese de hablar con ella.

Un día (que más de quince han ya pasado)

mientras la esclava Severica tomando

de mis manos los platos, en que andaban

disfrazadas las viandas, vime

d'ella con las suyas hacer señas,

con que luego entendí, que me pedía

por parte de la que quedaba abaxo,

recado de escribir, ya no pudiendo

ver esto el conde, el cual a una ventana

tenía arrimado el codo, y a la mano

el carrillo orgulloso, puesto todo

en un alto, y profundo pensamiento.

Yo, que gran tiempo por amor de Elvira

perdido andube, y tanto más perdido,

cuanto menos me dio con su aspereza

en qué poder fundar mis esperanzas,

dime a creer, que por hacer conmigo

algún milagro amor de los que suele,

dióme abrir la puerta a mi deseo,

pues le vino a la mano aquesta llave,

con que abriendo en Elvira el duro pecho,

ella entendiese que de un preso suyo

su prisión tan estrecha se le abriera.

Tan acertado fue mi pensamiento,

que al dar de la comida la siguiente

mañana, habiendo dado de mi mano

a la esclava un tintero, sin que el conde

lo viese, y dentro un pan puesto una pluma

(papel no di por menos embarazo,

y más que haber d'ella mucho debía

del que con confituras en cajitas

se le enviaba siempre) vi a la noche

ponérseme en las manos por la esclava

(dándole yo la cena) este billete:

Este que en mucho más yo tengo, que oro

que el cetro no tuviera de un gran reino.

Gómez.

Veamos (si a vos place) qué contiene.

Amengo.

Estad vos a escuchar, que yo por menos

nuevo trabajo leeré, no siendo

la letra muy leíble, a mí leerla

me enseñó aquel maestro de quien todos

aprendemos amar.

Gómez.

Leed, yo escucho.

Amengo.

«Elvira en cárcel puesta y sepultada

a Armerigo su fiel envía

salud, si quien salud en sí no tiene

la puede a otro dar. Bien se me hace

creíble, que de vos aborrecida

tanto agora seré, cuanto otro tiempo

fui de vos querida; pues si agradecieron

por mostrar lo mucho, que merecían

quererme, razón fuera, que al menos

de un agradecer me sirviese

en el que querrá vos no confïanza,

más fuerza llamaréis, que al favor vuestro

me hace recurrir. Mas cuando culpa

aún de ingratitud echarme quiera,

de mi culpa es disculpa, que otro modo»

Pag. 38

Amengo.

Para salvar mi honra y vuestra vida

ninguno había, sino con mi descuido

al vuestro tan desesperado intento

echar peso; así como al que en mí misma

sentía, u hice: el cual jurar osara

que no menos de vuestro fuese ardiente,

si más presto creer no os pareciere

con artificio ser mi juramento

para alcanzar la libertad que busco.

Mas tiempo havrá para aun más abierta

mostraros la verdad de lo que digo,

si mudable el tiempo no me quita en tanto

y apagado no queda aquí tan tierno

fuego que por mi amor ya se mantubo

dentro de vuestro pecho, y si centella

alguna aun vive d'él, y es tal que pueda

moveros a piedad de quien no pudo

satisfacer al suyo, y vuestro intento,

desvíos que con engaño, astucia agena

me ha conducido aquí donde otro paso

para salir no veo que el de la muerte,

o del vuestro socorro, a este ruego

echad mano, y la muerte desechando

acoged esta vida, la cual libre

por esclava de vos quedará siempre.

Gómez.

¿Cuál corazon de cuál tan dura piedra,

cuál cruel tigre, o cuál tan arrabiada

furia infernal qu'el delicado rrostro,

y las dulces maneras de tal dama

haya visto una buelta, a ruegos tales

todo no se ablandara y deshiziera,

como al sol nieve, o como cera al fuego?

Amengo.

No diré los cuydados, que al momento

en mí se levantaron, discurriendo

sobre lo que de incierto se ofrecia

debaxo de lo cierto: pues trajera,

juntamente y plazer, lástima, y ira,

amor, y resistencia, y con sospecha

confianza, y con miedo atrevimiento.

En tanta confusión tenía mi alma

que a querer bien por orden referillo,

la propia orden confusa quedara:

diré en suma, que mientra tan diversos

afectos combatian mi entendimiento,

como de varios vientos conmovidas

las olas de la mar combatir suelen

nave sin timonero, o quasi rrota

dentro mi corazon Amor hablando

a la consideración me replicaba,

que en su escuela los que entran leer pueden

en mármol esculpido en esta letra:

Favor al animoso favorece,

al cobarde rechaza y aborrece.

Entonces entendí, que el que presume

en las cosas de amor de ser prudente

es necio, por que en ellas se rrequiere

resolución rrepente, aunque no buena,

mas que consejo tardo aunque no malo.

Toméla luego yo la que se hubiere

visto de echo soltar Elvira,

por mas que a mí la vida me costara:

así por buen camino, y muy seguro

mo-

Pag. 39

Amengo.

Mostróme Amor, que tendría yo mi intento

Cuando posible fuera por debajo

De la casa del conde los cimientos

De otra casa cercana y muy secreta

Horadar de manera, que tirando

Hacia donde posaba Eloísa, el hoyo

Fuese a desembocar a su aposento.

Luego tras del palacio paseando

Salíme a reconocer la callejuela

Que la torre aunque torre no parece

Por la parte de fuera alinda y cerca

Y sin pararme por quitar sospecha

Seguí por ella arriba hasta el llano,

A do (aunque no entera) se levanta

La venerable estatua del famoso

Escipión Africano, caí a la vuelta

Por la calle ya dicha que ni angosta

Es mucho ni muy ancha, ni del todo

Poblada ni de muchos frecuentada

Vine a catarme que una casa había

Por alquilar la cual bien ojeando

Para lo que trazaba parecióme

Tan a punto que más no se acertara

A pedillo yo mismo por la boca.

Esta tan buena casa hice luego

Que se alquilase por un deudo mío,

El cual como poco ha que aquí se halla

Poco y aun casi nada es conocido.

Y para que no sospechase el dueño

De mi palabra, desto no le dije,

Ni me le dejé ver mucho, ni poco.

Mi deudo enderecé, que fue a buscalle,

Trocose el nombre, y mercader fingiose;

Con él se concertó pagó el dinero,

Y la casa tomó. Yo visto habiendo

Lo que hacer podía con un sirviente

(Que di a la propia esclava el mismo día

Sin verlo el conde) respondí a Eloísa;

Y la certifiqué ser más ferviente

Agora que haya sido en otro tiempo

Mi afición en su amor y que segura

Estuviese de que sería muy presto

Libre y salva, y que cuando algún ruido

De bulto o de pies sintiese, entonces

Se alegraría más, que por mis manos

La deseada libertad le iría

A buscar por debajo de la tierra.

Entró él en la casa, y viole el dueño

Con alhajas entrar, y aderezos

Por mostrar que de asiento él había intento

De vivir, yo después entré a la noche;

Y luego de contino echamos mano

A romper la pared de una bodega

Que es frontero a la torre, y la rompimos

En breve espacio, y por el hoyo entramos

El uno tras del otro holgadamente.

Y por más añadirse, súbitamente,

En un desván tan ancho, cuanto encima

Anchaba la callejuela, nos topamos,

Que a la ciudad un tiempo de acueducto

Solió servir. De tapia muy recia

También rompimos, que con los cimientos

Pag. 40

Amengo.

de la casa del conde anda pegada;

los cuales entendí (si no engañéme)

ser fundamentos de la propria torre,

en que Elvira así presa deteníase.

Fuimos los gastadores tan valientes,

y con tan buena maña y sin pereza

a la obra entendimos, que ya al cabo

(loores tengo, señor) hemos venido.

Gómez.

Pues a desembocar en aquel proprio

aposento acertastes?

Amengo.

Acertamos.

Gómez.

No fue poco; ¿y en quántos días?

Amengo.

En quinze,

haviéndonos de mucha ayuda sido

el vinagre que usávamos, empapando

con él aquella fábrica muy vieja,

que con menos estruendo a deshacerse

y a caer de mano en mano vino.

En fin, todo se ha hecho a cumplimiento.

Gómez.

¿Y sacastes a Elvira?

Amengo.

La sacamos,

en hábito de hombre con la esclava,

que aún no havrán cuatro horas.

Gómez.

¿Y adónde

las llevastes?

Amengo.

Mi deudo en vuestra casa

las llevó a entrambas por secretas calles.

Después que ellas se fueron, yo la puerta

de la casa alquilada, por de fuera,

cerrando con candado, a ver a Elvira

me fui, la cual, si bien mostró en el rostro

holgarse, parecióme todavía

que era el plazer mezclado con tristeza,

y hecha un yelo se temblava toda.

Gómez.

En flaco corazón no es maravilla;

y yo apostara, que ella así mesmo

no creía aún de verse libre y suelta.

Amengo.

No se pierda más tiempo en lo que queda.

Lo que a mí cumple es enviar persona

a quien yo dé de la marina cargo,

que busque y flete para Barcelona

algún bajel; ir yo a la marina

no es bien por no toparme con el conde.

Que aunque menester ya no me tenga

para llevar a Elvira la comida,

pudiera todavía con él topando

venir a embarazar este negocio.

Yd vos allá, que a vos pido y confío

esto que he dicho del vaxel, pues falta

tengo de cualquier otro en quien fiarme,

no estando aquí mi deudo, ni llevarle

pudiendo a Barcelona sin peligro

de su vida, por muy grave caso,

por el cual la justicia le persigue.

Y como aquí no faltarían personas

que le conocerían, aquí pararse

no le he dejado, mas en una hora

he hecho que se vaya d'aquí lexos,

lo más que puede. En la Vandalia irase

a servir de soldado al campo nuestro.

Y a vos, como a muy bueno, y caro amigo,

demás de lo que agora os he pedido,

encarecidamente os pido, y ruego,

que en la necesidad d'esta jornada

os contentéys, señor, de acompañarme.

Gómez.

El uno, y el otro haré yo con buena gana,

como la obligación que es intensiva

de

Pag. 41

Gómez.

de mí requiere. Al muelle voyme agora,

ado ya estaba una muy buena nave

para sacar las anclas, y la proa

vuelta hacia Barcelona, y en no siendo

(como no creo que sea) partida haréla

entretener hasta que vos y el cura

yo, y la esclava a embarcarnos vamos,

y así de mí seréis servido en todo.

Amengo.

Yo pues que en vuestra casa yo os aguardo.

Scena Segunda.

Suero, Otoger, Religioso adivino.

Suero.

Para salir de tan profundo abismo

de confusión, en que nos tiene puestos

el haber entendido el tan extraño

suceso de la cárcel de la Reina

camino otro tomar no me parece

que convenga de irnos al castillo

ado l'han puesto, y mi mujer Bricenda

que es ida allá buscar para con ella

hablar, y d'ella, y de la propia Reina

(si todavía así lo permitieren)

entender por entero lo que pasa.

Pues no hay en casa quien nos lo refiera.

Y ansí la claridad, que tomaremos,

nos guiará para tomar partido

que a la necesidad, y nuestras fuerzas

más corresponda, si pero del todo

por su juicio digo no habrá quitado

a la Reina el juicio por que en falsedad

caer se haya dejado de manera

que faltó a l'hombre entendimiento y fuerza

de poder echar mano a socorrella.

Otoger.

En faltar puede bien haber caído

siendo mujer, como no hay, quien no caiga

sea mujer o sea hombre, a quien no tenga

Dios de su mano. Mas según por todo

el nombre de Matilda Reina suena,

falta de honra en ella es increíble.

Y puesto sea verdad que pueda un hombre

de bueno volver malo, y así de malo

hacerse bueno, siempre al bueno ayuda

la presunción de que por tal s'estime,

mientras por los externos ciegos sentidos

del desapasionado entendimiento

no se descubran las contrarias obras.

Mas si ya por la culpa que l'echaron

(tal cual es que encubierta anda a nosotros)

otra cosa no queda por remate

d'este negocio, que perder la vida,

a que deben hoy injustos condenalla;

quién creerá que si inocente es ella,

su inocencia en dos meses que está presa,

no se haya descubierto, y entendida,

por más que en ello el conde haga su apuro?

Y si está descubierta, y entendida

cómo de creer hemos que inocente

l'hayan de condenar, y que más presto

Pag. 42

Otoger.

¿No haga la justicia su derecho?

Bien es, pues que allá vamos; y una tilde

de toda imaginable diligencia,

ni de tiempo se pierda. Y si estorbada

pudiéndose cobrar, puede la tuya,

piérdase, que el perdella honradamente

por causa honesta y justa (como es)

servir a la Reina en tan extremo,

¿qué cual mayor ganancia en este mundo

se me pudiera seguir? Sí: la ofrezco

con todo mi juicio, y albedrío.

Plega a Dios que en contrario no haya cosa.

Religioso.

Cosa no hay en contrario, ni haber puede

a lo que Dios ordena. Él, como justo,

así también piadoso, manda y quiere

que la inocencia de Matilda Reina,

hollada y oprimida se levante,

y quede de hoy honrada para siempre;

deshaga la maldad, y la mentira.

A esta su divina Providencia

te escogió desde que con otro intento

la Reina te llamó. Tú, caballero

deseoso de varón, de honra amigo,

valeroso Otoger, saber no busques

el fin en que parar deben las cosas.

Y tú cuando verás poco haber hecho

con cuanto hagas, que ya no será poco,

te pesará no haber venido a tiempo;

menester es que entiendas, que otro tiempo

no puede haber del que Dios quiere y manda.

Y el que de otros azares y peligros, te

te ha guardado también del sobrante

te guardará si así tú lo confías.

Para a ti si este reino no te toque;

y si es menos del que, merecer cabe,

otro que este mayor se te apareja

si ganar lo sabes. Incomprensibles

son de Dios los altísimos secretos.

Otoger.

Sierva de Dios (por tal te nombro, y por lo

bien me pareces) son tan eficaces

tus palabras, y tan dentro del alma

se me han puesto, que otro pensamiento

no queda en ella más que de emplearme

en lo que por querer de Dios me encargas.

Amigo (a lo que entiendo) de vos es tío

de vuestra Reina, el conde de Tortosa

y aquí, que a perder procura echarla.

Con él pues la pendencia ha de ser averle

y yo, por no faltar de lo que debo,

prometí con él, y con cualquiera

otro que sea, la tomaré. Mas ¿cómo

haré, que armas no tengo, cuando en uso,

armas son menester?

Suero.

No faltarán.

Téngolas yo muy buenas, y bien hechas,

(fueron a la medida de este cuerpo)

acomodadas bien vendrán ni más ni menos,

pues no ninguna habiendo diferencia

de el uno, a el otro. Mas razón no supe,

que en caso semejante por la vida

y honra de la Reina, yo criado,

que más de cuantos viven en el mundo

tengo obligación, dese de obrarlas.

Otog.

Pag. 43

Otoger.

Por lo que a un leal criado y caballero

se pertenece, bien decís. Mas ruego

se me diga, ¿cuál yo (por lo que tanto

soy obligado) entre personas nobles

habría de parecer? ¡Ay, Dios no quiera,

que al cabo de haber tanto trabajado

por el celo de honor (nunca excusando

honrada ocasión) de la que agora

de él se me ofrece atrás yo me retire!

Por la edad bien se excusa en vos aquello,

que expresamente aún encarga, y manda.

Mas puesto todo esto aparte, cuando

de aquesta empresa, a vuestro (más que mío)

el cargo fuese, y yo os lo pidiese;

¿podría faltarme vuestra cortesía

de concederlo a mí? Yo tal no creo.

Suero.

Tampoco quiera Dios, que sea mi intento

de porfiar con vos, lo más no quiero

de lo que vos queréis, ni querer debo.

Mas sin gastar más tiempo bien será

que al castillo nos vamos de presto:

a do ya que en mi hábito mudado

el de romero me vea el alcaide,

entrar me dejará, ni hará caso

duro en vuestra persona Oto; antes por duda

de la que podría haber, o de otro embargo,

mejor será con atajar camino,

que a casa no volvamos, y que luego

apercibido todo el aderezo

para el abatimiento, a la presencia

de quien autoridad tiene sobre ello

me vaya a presentar y ofrecerme.

Otoger.

Por mejor lo que a vos parece atiendo,

haré yo pues serviros de padrino.

Scena Tercera.

Gómez, Amérigo.

Gómez.

Vuélvome muy alegre a dar respuesta,

y avisar a Amérigo cómo

no es partida la nave, y que buen rato

antes que partir pueda detendráse:

porque allanado está cierto recado.

Mas cátale que a esta vuelta viene;

y parece al semblante muy turbado.

¿Cuál es, señor, la ocasión que os hace

salir de casa triste, y congojoso?

Amengo.

No sin acrecentamiento congojoso

podré decirlo: ¡Oh, cuánto, amigo Gómez,

los juicios humanos las más veces

andan errados! ¡Cómo fácilmente

los hombres ciegos y juntos se engañan

en cosa, que en su ser es muy incierta!

Pensé ser presa Elvira con la Reina:

huyóse cuando fue la Reina presa.

Entendiendo, que en cárceles del Conde

creí ser puesta allí por la justicia.

Para soltarla voy, búscola, y hallo,

que oculta por sí el Conde la tenía.

Y de doncella, que fingida veo

Pag. 44

Amengo.

Que es del Conde preñada ha ya tres meses!

Oh mi suerte o amor cuán diferente

Es lo que veo, y toco, y hallo ahora,

De lo que ya poco antes me ofrecisteis.

Bien alegre, y reyendo me mostrasteis

El rostro, no porque con vos hubiese

De reír yo también; mas por burlaros

De mí, cual ya me veo tras mucho fuego

Burlado, y aun de mí mismo corrido.

Gómez.

Señor, no sufre el tiempo andar en quejas:

Lo hecho ya no puede ser no hecho:

A lo de por venir con buen consejo

Y todo nuestro esfuerzo proveamos.

El morar más aquí no es sin peligro,

Y en el dejar a Elvira no conviene.

Lo que conviene es con presteza luego

Del peligro apartaros vos, y ella.

La nao, que dije, aún no es partida;

Y para tres, y aun quizá cuatro hay

Bien tendremos lugar para embarcarnos.

Mas no por esto aflojar hemos

De darnos prisa. Yo señor también diría

Que saliendo lo menos que es posible

Por una, y otra calle rodeando:

Y aquel hábito que es de cortesano

Traje de mercader (Ansí vamos en casa

Para Elvira, y la esclava, y dar la orden

De cómo hemos de ir bien concertados.

Scena Cuarta.

Roger, Suero, Presidente.

Otoger.

Ya que también me vienen nuevas armas

Como si para mi propia persona

Todas de pieza en pieza fuesen hechas;

Y ejecutar no se puede, que primero

No vamos a la Reina a presentarnos;

Bien será que con toda diligencia

Hagamos esto, para que volviendo

Momento no se pierda más del día

Y ponernos en orden. Quién es este

Que acia nos viene.

Suero.

Este es el Presidente

Del Consejo Supremo: bien a tiempo,

Y en buena coyuntura le topamos;

Y a él bien agora que acuitamos.

Salud tengáis Señor.

Presidente.

Quien puede darla

A vos también la dé, y más si Suero

Sois vos si sois.

Suero.

Yo soy el desdichado.

Que harto más de lo que yo quisiera

Voy alargando el curso de esta vida.

Presidente.

Cuál negocio, o cuál fuerza, y para adónde

(Si fuera de razón no es mi pregunta)

De nos os ha alejado tantos días?

Cuando para el servicio de la Reina

Era más menester vuestra persona?

Suero.

Cuál otra cosa más decir se puede

Sino el querer de Dios? Pues ya sabemos

Que sin Él no se mueve en árbol hoja.

Pag. 45

Suero.

Esto saber os basta en todo, cuanto

lo por qué él no quiere que os asombre.

Cierto es que por servicio de la reina

de menear el pie Cachi no haría,

mas ya sin ocasión de su servicio,

ni sin su mandamiento ya no fuera.

¡Ay, quién tan alevoso mal dijera!

Saliendo de aquí partíme, que a la vuelta

hallaría a la reina mi señora

en tan amargo y miserable estado!

Mas sepamos, señor, cuál es el caso

que de orden privándola de paso

la pone de las leyes sujeta

la hace al escrutinio de ministros?

¿Quién es acusador, y qué se prueba?

¿Y qué defensa puede haber por ella?

Presidente.

El conde de Tortosa, el propio tío,

es el acusador; grave es la causa,

que con Gilberto cortesano, dice,

la reina haberse echado. Este de noche

en cámara, y debajo de la cama

hallaron de la misma reina, y luego

arrastrado y matado a puñaladas,

por las manos del propio Conde airado,

que como más cercano deudo pudo

hacerlo; pues en el jubón del muerto cuerpo

se halló un billete que de mano

parecía de la reina, en que llamaba

y persuadía a Gilberto que allá fuese.

Pruebas no hay dello, indicios ciertos,

contra los cuales cita, que en defensa

sea de la reina, aún no ha parecido,

y hoy debe acabarse de seis meses

el plazo, que según los estatutos

del reino se le ha dado; y si al mismo

antes de anochecer, hombre que haga

la verdad manifiesta, o contendiendo

o combatiendo con el propio Conde

con lanza y espada, no parece, es muerta

por la forzosa muerte que daremos

a la reina, aunque fuese ella inocente,

tal estas nuestras leyes determinan.

Otoger.

Si con lanza y espada tiene el conde

de sustentar su causa, con las mismas

me ofrezco yo a sustentar que miente.

Presidente.

Yo, por parte del consejo, toda

vuestra oferta recibo, caballero.

Mas bien será que, para que se entienda

ser la oferta de tal, que no se pueda

del conde rehusar, el vuestro nombre

decidnos, y si sois caballero

no se puede negar el vuestro gesto;

y quizá aún de mí sois conocido.

Otoger.

Negar aún mi nombre

Presidente.

No del todo,

Otoger.

desconocido haría mi nueva efigie.

Presidente.

De conocer bien me parecía.

Mas deso no vos dé, por lo que cumple

a un juez el usar de tal pregunta.

Bien conocido sois, y pues por obra

queréis poner la oferta, a armaros luego

podréis ir, y vos, Suero, si venido

sois en su compañía, a acompañarle.

Pag. 46

Otoger.

Deberéis también en todo lo que queda.

Suero.

En compañía del vino, yo también quiero

Acompañarle en todo lo que puedo.

Lugar no habría para primero en tanto

Ir a notificar nuestra venida

A la Reina, y a mi mujer avisando

Que había con ella estado esta mañana.

Presidente.

Lugar por vos sí habría, mas porque entengan

Allá a otorgar no se permite.

Yo cuidado tendré que así la Reina,

Como los del consejo, con el conde

De la venida entiendan con las fiestas

Que por vos otorgar están ya hechas.

Otoger.

De armaros será bien que nos vamos.

Escena Quinta.

Conde.

¿Es posible que tanto atrevimiento

Haya habido Armerigo, que una cosa

Que por mí se tenía tan escondida,

Tan curiosamente él haya osado

De descubrir, como no sin peligro

De mi vida, y mi honra ha descubierto?

Mas esto ¿cómo puede él haber hecho

Sin medio de la esclava, si palabra

No entiende ella, ni habla en nuestra lengua,

Cómo han podido entre ellos entenderse?

Y puesto que en la nuestra ella hablase,

O en la de ella Armerigo la entendiese,

Cuando a solas hablar jamás pudieron,

¿No les dando lugar mi asistencia?

¿Ni habiendo fuera de ella poder verse?

Yo (por mí) cómo puedo haber parado

En hecho tal, no acabo de entenderlo:

Ni sé cómo el haber visto la esclava

El otra cosa barruntar pudiese,

Sino que mi cautiva era, y persona

De mucha calidad, y de respeto.

Mas ¿para qué buscando voy lo cómo,

Si hallo ya haber sido Armerigo

El que tomó la caja tras la otra,

Y que de allá minando por debajo

Vino a salir al suelo de la torre,

En que posaba Elvira con la Esclava,

Sacando entrambas por la misma mina?

Este puñal traidor que bien conozco

Ser tuyo, el cual halló vino a cajeta,

Y de tu traición hace testigo;

Este mismo, porque vayas perdido,

No dejará hasta doquier que vayas,

De perseguirte y con sus propias manos

De quitarte la vida que no mereces.

Buena fue la ocasión de haber yo ido

Adelantadamente más de una hora

De la salida allá, para que dada

La comida a Elvira, yo de caja

Me desembarazase y el consejo

Juntar hiciese con el Presidente,

Según quedamos ya de ayuntamiento.

Pag. 47

Conde.

Buena fue la ocasión, digo, por mengua.

Gastar tiempo en buscar al buen criado

después que había de ver lo que he visto.

Si en casa, amigo, no se había escondido

con Elvira, por fuerza ha de ir buscando

tras él, para con ella andarse en parte,

a do gozar seguro le parezca.

Mas quizá donde piensan departirse

entrambos quedarán allá tendidos.

A buscarle me voy, y solo ir quiero,

que ya no veo de quien debo fiarme.

Escena sexta.

Amerigo, Elvira, Gómez.

Amengo.

Si nos hemos de ir como propuesto

tenemos ya, tan triste no quisiera

veros, Señora; ni hay razón por donde

debáis (según mi parecer) estarlo.

Después que libre os veo de aquella cueva,

en que estuvisteis sepultada viva.

Elvira.

Bien sé que esa razón debía tenerme

contenta y alegre; mas al tal contento

ni de tal alegría gozar no puedo.

Gómez.

Si porque aborrecéis de haberme, alguna

suerte os obliga ahora a la tristeza,

muy fuera de ella os hago en mi honra

prenda, en que vos me quisisteis cuando

la merced en mandarme me hicisteis.

Elvira.

Pésame que de un tal pensamiento

hagáis, señor, pues por quedar yo fuera

de obligación de ser habría primero

fuera de entendimiento, y de juicio.

De haber yo visto, cómo el cruel Conde

por engañar y deshonrar de muerte

procurar a la Reina mi Señora,

a un engaño primero, me ha nacido

un dolor entrañable, y tan continuo,

que al penar triste, y afligido

no da para que pueda sosegarse

lugar, ni espacio de un momento solo.

Gómez.

Porque engañado os haya el Conde (como

referido me habéis) hoy cogiendo

del virginal honor la rica joya;

y que os rinda llaves del cruel encierro,

tengo entendido ya, no pero entiendo

cómo por causa de él, y su engaño

haya venido a padecer la Reina;

si otra cosa no hay más de lo dicho.

Elvira.

¡Ay!, ¿para qué del alargarme a tanto,

si nada el narrar cosas tan pesadas

es para aprovechar, ni el pensamiento

para buscar remedio es ir a tiempo?

Amengo.

Eso, señora, por tan firme y cierto,

no debíais creer, que el pleito

deseéis, a quien bien clara y manifiesta

falsía por experiencia os ha mostrado.

Que lo imposible no creía del todo,

discurriendo los dos sobre las cosas

que pasan, que algún paso nos faltase,

donde

Pag. 48

70

Amengo.

Donde resolucion podria tomarse,

Que en algo fuesse provechosa? y cuando

Con ello no se salga, y todo fuesse,

Si fuere, oy doy fe de toda

Que sabe tener bien miedo, o sospecha

No se ha de haber que pueda salir daño

Mas por que no podriamos sin peligro

Ir nos entreteniendo por las calles,

Cuando por mala suerte con el Conde

Topasemos; es bien que a la marina

Fuessemos con presteza a embarcarnos,

Si bien con el topando, a mi no creo

Conociera, que en habito assi torpe

De Mercader ni a vos Elvira, que hombre

No mujer pareceys, ni a la esclava,

Que esclavo (segun anda) mas parece

Demas que anday al par del, las manos

El hocico se encubre con los brazos.

Embarcados, alla podremos, señora,

Lo del Conde retirados refiriendo.

Sea pues del andar nuestro tal la orden,

Este adelante un poco vaya, y Gomez

Siga a vos con las dos; a la marina

Llegare yo primero, y en barquilla

Desquite hare, que apercebido estea

Para llevarnos todos a la nabe.

Gómez.

Vuestra orden hare, que se ejecute.

71

Scena Setima.

Alcayde de Tortosa.

Alcaide.

El haber ya venido de Tortosa

Encima de un muy buen caballo, poco

Cansancio me ha causado, mas me tiene

Cansado el rodear que a pies he hecho

Del palacio al castillo, y del castillo

Al tribunal supremo, y de alli luego

A la plaza, y a otras muchas partes,

Buscando al Presidente, o a los Jueces

Alguno, en quien este bien confiado

El secreto que dentro de mi pecho

Traygo, y no un dolor destruyga y ruego

De haber de ser la Reina condenada

(Segun el murmurar se siente) a cerca,

Y a todos el hablarle es prohibido.

Bien deben andar todos ocupados,

Y trabados harto, por ser harto

Importante negocio el que se trata.

Mas luego todos de mi boca entiendan

La relacion que la verdad aclara,

Salva sera la Reina. Mas porque tanta

Queja de mi desdicha se me hace,

Que tanta sean mis diligencias todas

Con ser la priesa mayor de lo posible

En llegar a do no yo entendia lo?

Mas de parar no tengo, ni un momento,

Hasta cumplir lo que por mi se debe.

Pag. 49

72

Scena octava. El conde.

Conde.

Lejos huir pensaste de mis manos

Amengo traydor; mas ciego en ellas

Caíste antes que d'ellas te alejasses.

Por que de mí, que bien te conocía,

no fueras conocido, tus vestidos

En los de mercader trocar supiste;

Mas la cara trocar no se te pudo.

Y si tan poco pudo, así atajando

tu traición de asomo que con cuanto

Me topava dejaba el tino, en irnos

A andar todos mirando(no en el trage

Mas en el rostro) había de desandarme

Topándome contigo? Pues topéte,

Y bien te conocí. Ni a ti el derecho

Te fue el querer huir, que allá con este

Puñal, que por tu muerte me dejaste

El cuerpo te enclavé, por do saliesse

El alma desleal. Mas, ¡o mal aya

Mi tan poca paciencia, y furor grande,

El cual no me advirtió de templar tanto,

Que antes qu'este el traydor, viniesse a menos

Su vida, de entender yo procurasse

Por boca d'él do Elvira dejaría.

Tarde a catarme vine del descuydo,

Ni pude arremediarlo, aunque a la nave

Me fuesse luego, la cual yo entendiendo

Había que por hacer camino estaba

Y que en ella los dos deviessen yrse

Sospeché con razón, y pues Elvira

Con el traydor no era, imagineme

Que ella se fue adelante á embarcarse.

Mas fue, no quiso su tan buena suerte:

Que ni en ella estaba, ya ni d'ella,

Ni de lo que por mí lleva en el cuerpo

Piedad tubiera mas de la que tube

Del traydor Amengo. Y si allá ido

Aun ella no había que averiguado

Lo he con el que es cabeza de la nabe;

Ya no era mas a tiempo; porque luego

Desembarcando yo, al vasel vide

Las ancoras alzar, soltar el cabo,

Y las velas hinchadas, dar al viento.

Qué haré pues? Seré tan para poco

Que del lugar no habiendo ella salido

(Y aunque haya salido) no la haga

A mis manos volver. Antes que vaya

A las de la Justicia? Por agora

Embevecido de furor, y rabia,

En descuydo mayor caer no quiero,

Mas llevar escondido, como puedo,

Este puñal sangriento en este lienzo

Embuelta con la mano, qu'ensuciada

Quedó también, de la vellaca sangre.

Pag. 50

Coro.

Cuando con atención, y con cuidado

No mira el hombre a lo que más conviene,

Como quien anda por el camino errado

Con lo que menos piensa a topar viene.

Y si de andar siguiendo es porfiado

Tras lo que puso en pensamiento tiene,

Por loco el sin consejo da consigo,

Y muerto aun queda por el camino.

Vese que el que tal anda, si no puede

De sí solo alcanzar su mal intento,

Compañero se busca, el cual procede

Según del otro, se le da el aliento.

Al mal obrando el uno, y luego excede

De amistad dan palabra y juramento.

Mas siendo el fundamento inestable,

Tal amistad no puede ser durable.

Nace de un mal principio, un mal daño,

Al cual luego otro, y otro se acompaña,

Y mientras crece más, más peligroso

Se hace a quien lo trata, y más le daña.

Cual vemos río crecido y caudaloso

Salir de madre y huir por la campaña,

Y al que encuentra, y más a él se allega,

Mas le pesa, y con ímpetu le anega.

No creer, no escuchar, no ver al Conde

Ay cuanto mejor era por Eloísa,

Al menos viviera salva a donde

En su afición, tenía mayor gloria,

¿Y si vive ella agora, a do el Conde?

¿Quién lástima le tiene? ¿Quién la mira?

Mírala tú, Señor, que arrepentida,

El Ánima no pierda con la vida.

Mas si de todo el mal cabeza, y fuente

No es sino del Conde la porfía;

Haced que él mude la obstinada mente,

De tu suma bondad obra sería.

Y si de lo pasado él se arrepiente

Con volverse a la ya dejada vía:

Acabaríanse todos estos males

Con darse a ti loores inmortales.

Por nuestra Reina, que por esta tierra

Rey del cielo estos ruegos te ofrecemos,

Para que en paz después de tanta guerra

Nuestros dones gozando descansemos.

Con el sabor, que en sí su alma encierra,

Rige su Reino, y en saber tenemos

Que rígeslo tú de ti; tú pues sin vida

Por tu bondad no dejes deprimida.

Ito

Jornada tercera

Pag. 51

Escena primera.

El Presidente, y el Conde

Presidente.

De buscaros, señor, agora vengo

del castillo primero, por si el caso

os condujo allá, lo que se ofrece.

Vuelto he después por vuestra casa, donde

entendí que con harta pesadumbre

salistes; que no poco me ha pesado,

como a quien os desea todo sosiego.

Conde.

Sosiego desear bien se me puede,

mas no tenerlo yo mientras yo tengo

de entender con criados indiscretos,

que enemigos llamar devría más presto.

Mas hablar desto agora no conviene.

¿Será vuestra venida por ventura

para lo que apuntado esta mañana

entre los dos quedó, siendo ya hora,

de ayuntarse el consejo, y juntamente

mi razón escuchar de mis letrados?

Presidente.

Cuando en un negocio cosa hay de nuevo,

nueva resolución ha de tomarse.

Conde.

¿Qué cosa hay pues de nuevo, o haber puede?

Presidente.

Como noticia aún no tenéis della.

Conde.

Que la tenga o no la tenga, ¿qué impiden?

Presidente.

Que en la defensa, que se hará a la reina,

por vos, señor, se haga otro proceso.

Conde.

¿Será por este caso de Amérigo?

¿Cómo lo habrán sabido al mismo punto?

¿Decís que otro proceso ha de hacerse?

Presidente.

El que disponen nuestros estatutos,

y a lo que vos, señor, os obligastes.

Conde.

¿Yo me obligué a qué, y cómo, y cuándo?

Presidente.

Cuando la causa fue por vos proferida,

si os acordáis, entonces ofrecistes

con vuestra obligación, que en pareciendo

caballero con armas a caballo,

que sustentar quisiese ser la reina

inocente, y de vos mal acusada;

vos, con armas iguales a caballo

sustentaríades lo contrario, y de otra

manera vuestra acusa, y vuestra instancia

no se admitiera; estableciendo la orden

de las municipales nuestras leyes.

Conde.

Bien está todo eso; y ¿ninguno

nunca ha más parecido?

Presidente.

Parecido

se ha un caballero.

Conde.

¿Un caballero?

¿Y cuándo ha parecido?

Presidente.

No ha dos horas.

Conde.

¿Después que esta mañana aquí tratamos

los dos de este negocio?

Presidente.

Ya no ha mucho

después.

Conde.

¿Y cómo, habiendo ya pasado

tanto, y tantos días en este pleito,

que según vos decís es el postrero

del término, y no antes ha venido?

Presidente.

Esto, señor, no sé ni buscar debo

el saberlo, sino si vino a tiempo.

Y si es caballero. A tiempo vino,

y caballero él es, y conocido.

Pag. 52

Conde.

Que le conozca yo más hace al caso.

Presidente.

Así razón lo quiere y Dios lo quiere.

Conde.

En verdad, ¿quién es el caballero?

Presidente.

Roger Agolantes, tan amigo

del buen Rey mi señor y vuestro hermano,

como debéis, señor, bien acordaros.

Conde.

Porque amigo haya sido de mi hermano,

no podría ahora ser sino enemigo,

como de mí lo es, pues con el riesgo

de su propia persona trata y busca,

sin mirar contra quién se abalanza tanto,

que en vida quede quien vivir no debe,

como la que no tuvo miramiento,

que el nombre del cual nuestro linaje

que es espejo y honor del mundo todo,

en obscuras tinieblas sepultado

miserablemente se quedase.

Mas otro pensamiento y otra traza

a este caballero habrá movido;

pues dejó el guerrear contra enemigos

para en tierra de amigos anegarse,

vengar lo que a él no pertenece, mire,

mas yo haré muy bien que el escarmiente,

y aun él, como todos los que mano

dado han de tener a tal maraña,

que era mucho mejor por cada uno

endurmiendo el león, no despertalle.

Presidente.

Perezcan todos malos pensamientos,

el hombre malo en su maldad se enrede,

y el que cavó la huesa, en ella él caiga.

En vos, señor, seguros habéis nacido

de padres y de abuelos generosos,

así de Dios fieles como amigos

de razón, de verdad y de sus leyes.

Nunca sino conformes pensamientos

con semejantes obras resplandezcan,

que inofensa cada uno la inocencia

esto vos procurando, venceréis,

nunca podrá ingenio o fuerza humana.

Y pues tal confianza en vos se asienta,

bien es que antes que armado el combatiente

resida en la plaza de la fiesta

para cumplir el desafío propuesto,

allá vuestra persona se presente

armada cual a vos, señor, conviene,

aguardando más presto al adversario,

que no sufriendo que él a vos aguarde.

Conde.

Tan breve es el espacio que de hoy queda

para tanto aderezo, que podría

diferirse a mañana este combate.

Presidente.

Esto no podría ser sin perjuicio

de la Reina y muy grande, pues se trata

de su vida y su honra, ¿y si hoy libre

puede quedar, por qué ha de contentarse

quedar también mañana al mismo riesgo

sujeta de la muerte? ¿y de tal muerte?

¿Por el cual ha pasado ya su nombre?

Ni el caballero tal consentir debe

por mucho que de su valor y fuerza

se prometa la victoria cierta.

Lo que por ley hace en favor del reo

quiere la ley que se ejecute todo.

Pag. 53

80

Presidente.

faltar una tilde. Y si no pareciendo

hoy al tenor mientras que de los rayos

al sol queda alumbrado este hemisferio,

no más se admitiría, en vuestra instancia

de cortarse a la Reina la cabeza,

habría más reparar, aun quedando

por vos el combatir, con quien en tiempo

se presentó, por más que cerca el día

fuese al ocaso; habría la Reina luego,

entramontando el sol, muerto horrendo,

de quedar libre y al real asiento

de volver sin quedar en ella mancha,

más que la tenga el más puro cristal, do,

que de las ricas urnas se produzca.

Y a vos, señor, como sabéis, muchas veces

entendido, y sabido, aquella pena

de la afrentosa muerte que debida

sería a la Reina si culpada fuese,

la misma a vos de retrocer se habría.

Conde.

Si por haber yo dicho que pudiera

este combatimiento al día siguiente

diferirse, pensáis que mayor gusto

no recibí, que con este caballero,

de que luego vengamos a las manos;

muy mucho os engañáis. Él, por cierto,

y por darse a creer con arrogancia,

que a la de todos su bravura sobra;

hace como el que en juego, poco haciendo

de perder, busca el jugar con hombre

con quien ganando, espera ganar mucho,

y de este modo aquella su codicia

81

Conde.

el discurso le ofusca, que no piensa

que esta empresa a tomar viene por cosa,

la cual tomo en verdad, pues no sabe.

¿Y contra quién decís? Contra persona,

que como las mentiras de su propia

condición aborrece, así más presto

mil estados, y más mil, y mil vidas,

sufriría de perder, que un solo punto

de la razón que tiene, y de su honra.

No sé cómo o porqué, confiar deba

tanto en sus fuerzas, y en saber de armas

golpear. Y se advierta que no tiene

que con el conde de Tortosa viene

a contender, de quien muy bien se sabe

cuáles fueron los hechos, y si algunos

caballeros, no menos que el famoso,

así de moros, como de franceses,

de su brazo abatidos han quedado.

Mas cotejar el uno con el otro

nos debemos muy presto. Saber quiero

si la venida de Fitger la Reina

sabe aún, y el intento con que vino.

Presidente.

Yo a manifestalle su venida

fui al castillo, así también las veras

que el caballero ha hecho de defendella.

Conde.

¿De tal combatimiento ella es contenta?

Presidente.

Ello, y ¿por cuál razón ser no lo debe?

Conde.

Porque si en su conciencia mirar quiere,

verá que el combatir sería por ella

contra toda razón, y las más veces

la pasión se junta con el tuerto.

Pag. 54

Presidente.

Muy bien por vos señor, está sabido

que por los casos que venir no pueden

A luz y averiguarse con testigos

En falta d'evidencia así ordinaria,

Que las leyes civiles ya mandaron

Una invención el duelo, y pusiéronlo

Del cual puede servirse, quien lo quiere

O sea por hecho propio, o por ajeno.

Y de los casos en que más se observa

Este tal privilegio, éste es el uno.

Conde.

Si sabéis que bien sé yo todo eso,

¿Qué menester es que de vos lo entienda?

Presidente.

Por esto, que si en su conciencia sabe

La Reina, que mal hace lo que hace

En sufrir que por ella, y por el tuerto

Se combata, otra cosa no se puede

Sino a su conciencia remitillo.

Conde.

También sabemos que eso está muy claro,

Mas Rey conciencia tiene, si ella es hembra.

Presidente.

Esto he de decir de paso quiero,

Que si mi parecer lugar tuviese,

Mi parecer sería que en todo caso

Por ofensas pasadas se quitase

El desafío, y uso del duelo.

Porque ¿cuál más incierta prueba dada

Hay del duelo? o ¿cuál suceso cierto

Dél se puede esperar por más o menos

En sí tener razón, el que la tiene?

O ¿quién piensa que Dios está obligado

A quien tiene razón dar la victoria?

O ¿cuántas veces vemos los remates

Tan contra nos, y mueren los hombres

Lástima al doble, viéndose que pierde

El perdedor la vida tras la honra.

El juicio de Dios no ha de tentarse.

Conde.

No es consejo para los cobardes.

Antes es encontrar los combatientes,

¿No habrá el mantenedor de ver la Reina?

¿Y hablarle también si alguna cosa

Se le ofrece? ¿y así el aventurero?

Presidente.

Cosa es debida a uno, y así al otro:

Mas de lo uno apartado ha de ser l'otro.

Conde.

Esto creo no será en el castillo

Por la sospecha que hay en extranjero.

Presidente.

Yo lo pensé, y reforzar la guardia

De la gente de a pie y caballeros,

Para que bien acompañada salga

La Reina aquí, que es parte más llana.

Iré yo en tanto para lo que cumple.

Scena Segunda. El conde solo.

Conde.

¡Ay, qué encubierto es hecho este tratado!

Y cómo tan a punto ha parecido

Este Otoger a embarazar mi diestra

Fortuna como si escondido en parte

Hubiera estado, adó sin dél saberse,

Lo que él querría saber sabido hubiese.

Con favorables ojos me miraste.

Nunca

Pag. 55

47

Conde.

Hasta agora, ¡oh mi suerte!, en todas cosas

tu mano extendiéndose a mí como

podía yo desear pedir con lengua.

Y a lo más alto de tu inestable rueda

tan cerca me llevaste que no había

sino de darme este consejo, el cetro

del reino, y de esta ancha ciudad las llaves,

y en la gran silla de marfil, y de oro

sentado en rico y real manto envuelto,

y en la frente asentada la corona,

todos a una voz y con aplauso

rey saludarme, y yo mandar a todos.

Mas he aquí cómo al momento mismo

el rostro que tan blando me mostraba,

agora veo muy áspero y turbado.

Así de una revuelta algunas veces

vemos nave soltar bien guarnecida

de jarcia, y de todo bastimento,

y las velas hinchadas dar al viento

por camino derecho y mar tranquila;

cuando cerca del puerto se le mueve

contrario viento tan terrible y fuerte,

que antes que pueda dentro recogerse,

por breve espacio que le quede, queda

fuera del puerto, ni quedar ya puede

en él mismo, que a la fuerza mal su grado

volver atrás a donde la tormenta

en las saladas olas le sepulte,

o de entre duras peñas quiebre y rompa.

Conforme fin tal vez se me amenaza

de mi propia conciencia, la cual nunca

Hablome como agora, ni manera

de hablar en lo que yo de ella siento,

sino fieros gemidos, que me exprimen

mi perdición sin que salvar me pueda.

¿Cómo a la verdad podré salvarme?

Y con dar en claro lo que por mi mano

tan encubierto es ya? ¡Ay, antes mil veces,

muero yo de mil muertes que viviendo

espectáculo queda a todo el mundo

de nuevas crueldades! Bien ha dado

de esta tempestad indicio y señas

la muerte de Elvira con la muerte

de Armengo; de que importa que el uno

de estos que mas no hable, ya por esto

no puedo asegurarme que viviendo

Elvira de venir no haya en mano

de la justicia, y revelarlo todo.

Mas ¡ay de mí, cobarde! estas sospechas

¿qué hacen en mí? ¿De qué yo de un

común hombre encontrarme a lanza y espada?

Si he sido yo el conde de Tolosa

el que en tantas batallas generales,

y en las de solo a solo lo que valgo

he hecho conocer conservándome.

¿No soy yo agora el mismo conde?

Ni siempre yo por cosas, que conforme

hayan sido a razón, he combatido.

Ni en esto he sido solo, ni por falta

de razón siempre faltó la victoria.

Dardo lanzado atrás volver no puede.

Fuerza es de combatir, combatir quiero;

Pag. 56

Conde.

que de desesperado estoy seguro.

Mas también quiero, echando a un traste

andar por tierra, que Matilda el Reino

no goce viuda, pues pudiendo

ser de ella, y quedar la misma Reina

casándose con migo con licencia

del Pastor Apostólico Supremo.

A mí me rehusó como si fuera

yo de linaje inferior o como,

por mal tuviese que quien fue hermano

de su Padre con ella juntamente

señorease el Reino el cual si vino

por conquista y ha estado en nuestra casa

ha años ya; el mal querer que de ella

salga a hora, merece que del mundo

y de la vida ella primero salga.

Muera pues del veneno, el cual si antes

no surtió efeto: remedios todavía

a tiempo para mi venganza mía,

dan Dios, y mis antecesores.

De los cuales si yo de ver no tengo

el heredero séalo quien quisiere

de aquí de quien tengo de servirme.

Scena Tercera.

Conde, Merino botillero.

Conde.

Buena suerte, Merino, es la que agora

al lance de mis ojos te ha guiado

Menno.

Siempre Señor con ella muy alegres

me aveis mirado, y nunca diferente

el ánimo tuviste en hacerme

toda merced, y tan mi buena suerte

será cumplida siempre qu'emplearme

o agradaré en cosa que os agrade.

Y ansí Señor me ayudareys vos mismo

a pagar en parte lo que os debo,

que mucho es, y no sé si con la vida

fuera bastante; mientras bien me aveis dado

que en la Casa Real por vos yo tengo

el botiller mayor, plaza y assiento;

y más de haverme con el valor vuestro

quitado de las manos del Verdugo,

aunque el negocio fue por cosa honrada.

Conde.

Si entiendes que por mí la vida tienes,

también quiero que entiendas que llevarla

muy a salvo podrás por todas partes,

y que acabando de servir a uno,

podrás empezar a ser servido.

Menno.

Qué cosa puede ser tan importante

hacer que por hacerla se merezca

tan grande galardón?

Conde.

Cosa importante

será, que tú como de propia mano

me asientes la corona de este Reino

en esta frente.

Menno.

Yo vil hombre y pobre?

Señor, si otro sentido del que suenan

las palabras, d'entender no tengo,

suplico, que más claro se me exprima.

Conde.

Sentido otro del propio que en las propias

palabras anda expresso, yo no quiero

Pag. 57

88.

Conde.

¿Tú entenderás cuando ansí hacerlo juzgas?

¿Haráslo?

Menno.

Sí haré. Mas la manera

Esto es menester que yo la entienda:

Pues lo que entiendo yo, es que sin obra

De persona nacida, al mismo punto

Que la Reina muriere, vos el Conde

De Tortosa, a quien Dios dé muchos años,

Seréis creado Rey como heredero,

Y sucesor legítimo del Reino.

Y como pocas horas me parece

Que quedan de su vida, muy de grado

A la oportunidad, que se nos ofrece

Me valgo, y así os doy la enhorabuena.

Conde.

Con darme la tendrás tú parte en ella.

Menno.

Por vuestra gentileza así lo espero.

Y si lo que habéis dicho de asentaros

De mi mano en la frente la corona,

Es porque al tiempo que ella al gran Consejo

Se deba presentar, queréis que puesta

Por mano de los más preeminentes

Oficiales, yo allegue y descendiendo

La mía, alguna ceremonia haga;

De la vuestra merced enoblecido

Tendréme. Mas humilde más que nunca

Quedaré para siempre vuestro siervo.

Conde.

Ea, amigo acabemos; ya tú entiendes

Que a mi sucesión dar no se puede

Lugar sino por muerte de la Reina.

Ésta pues ¿no es tan cierta, que no deba

Procurar (a pesar de quien la impide)

Que siga en todo caso, y de otra mano

89.

Conde.

No puede ser, que de la propia tuya.

He aquí como vienes de tu mano

A darme la corona de este Reino.

Pues pudiéndolo hacer, ¿haráslo como

Agora, agora a mí lo has prometido?

Y yo de más de darte esta cadena,

Y esta esmeralda por agora (piezas

De más valor de cuatro mil ducados)

Y de más de cargarte allá en mi casa

De muchas copias de dinero al tiempo

Que mucho mayor bien podré hacerte,

A ti me acordaré, y de manera,

Que tú de mí te acuerdes para siempre.

Menno.

Yo bien podría decir que prometido

No he señor, al dar muerte a la Reina:

Pues de ello entre los dos no se ha tratado.

Mas decir quiero haberlo prometido;

: esto pero no debe

Entenderse, sino del propio modo,

Y con la condición por vos propuesta.

Si puedo: ¿cómo puedo?

Conde.

De aquel modo

Tan fácil, que entendiéndolo tú agora

Te holgarás no poco. Dos licores

Tengo en dos ampolletas apartadas,

Que de entrambos de Alejandría me vinieron

Ayer mismo. Veneno es de tal fuerza

El uno, que el que de él cierta medida

Bebiere, de acabar la vida tiene

En siete horas a punto: ni remedio

Puede haber en el mundo, que le valga.

Mal sabor a la boca, que descubra

Pag. 58

90.

Conde.

Ni da, ni deja, ni de suyo, ni al tiempo.

Ni aun en las entrañas siente alguno

El que es avenenado, sino al cabo

De las seis horas, algo poco antes.

Es de tal liquor de tan extrema

Virtud, que junto con el ponzoñoso,

O algo antes tomado, al otro abate

La fuerza de tal modo, que no puede

Hacer más daño del que haga el agua

De clara fuente, de que beban todos.

Tú darás al copero de la Reina,

Cuando acudiere a ti por la bebida

Del licor ponzoñoso, y muy seguro

Le harás la salva habiendo antes bebido

(Sin otro que él lo vea) de aquel tan bueno,

Que se debe llamar contra veneno.

Menno.

¿De l'uno y l'otro habéis vos hecho prueba?

Conde.

Ayer propio la hice en la persona

Del mismo mensajero que me trajo

El un licor y el otro. Y como había

Hecho él la misma prueba, en la del mismo

Arabio filósofo que entrambos

Compuso, bebiólo muy libremente

(Viéndolo yo) después de haber vertido

Del que sana, bebió de aquel que mata.

Mas para ti no quiero que esto baste.

Y después yo: quiero que averigües

Mi dicho con la prueba en mi persona,

Donde más de la tuya te asegures.

Menno.

Esa prueba, Señor, yo no rehuso,

Como tampoco el don he rehusado,

En he-

91.

Menno.

En hecho, ni haréis, ni las demás mercedes

Rehusaré que me habéis ya ofrecido.

Porque quiero que aun por vos entienda,

Que como me contento de quedaros

Muy obligado, gana también tengo

De serviros en este, y en otro siempre.

Al castillo me iré con el copero:

Y dentro quizá en menos de una hora

(Que ya la del comer se va acercando)

Este servicio quedará cumplido.

Mas si para salvarme, me iré luego

Lejos de aquí, no más habréis de verme,

Sino quizá después de largo tiempo;

No tengáis d'esto que maravillaros;

Porque yo de salvarme determino.

Conde.

Que me place. Antes esto es, lo que quiero;

Como mas yo te encargo y te encarezco;

Ya que todo recaudo para todo

No te haré faltar. Vamos en hora.

Scena Quarta.

Criada de Brisenda, Brisenda.

Criada.

Muy grande es el contento que recibo

Por haber allegado sano y salvo

Suero vuestro marido tan a tiempo;

Y de tal caballero en compañía;

Pues d'esto la esperanza en nuestra alma

Se reverdece de que nuestra alegría

Pag. 59

92

Criada.

Haya de quedar libre, y muy me huelgo

Que nunca en mí las esperanzas buenas

Se han venido perdiendo, y confiada

En el favor de Dios justo y piadoso.

Brisenda.

De ti, hermana, confieso, y reconozco

Tanta merced y aun mayor la espero

Con todo bueno y próspero suceso.

Muerta era yo, con sospechar que muerto

Fuese ya mi marido; y muerta y viendo

Cuán cierta muerte a nuestra buena Reina

Se amenazaba, y cuán cerca era de ella.

Volvió él, y volviendo entrambos vivos

E inmortales nos ha vuelto. Esto es un sueño

No lo lamento ya porque respiro,

Y entiendo y hablo, y ando y muevo el cuerpo

Mas hoy porque las ya perdidas fuerzas

Cobradas tengo que al andar me hacen

No sentir tanto la penosa carga

De la vejez, y aun con el recaudo

Que me encargó la Reina mi Señora

Para Otoger me vuelvo a nuestra casa,

Y para visitalle, y la disculpa

Dar si no fue permitido el entrar dentro

Del castillo a hablar con nuestra Reina.

Esto no pareciendo al Presidente

Por algún buen respeto; y más pudiendo

Perderse tiempo en lo que poco importa,

En cumplimiento digo, más sabiendo

Estas horas gastar con más provecho

Para la Reina, y mientras que su Alteza

Se entretiene conviniendo, el Presidente

Hará que allá al castillo vaya toda

La gente armada, y también vayan todos

Los caballeros, que han de acompañarla.

Vamos, que de Otoger y mi marido

Menester me será que me despida

Con toda brevedad para que luego

Me vuelva, y que me halle tan a tiempo,

Que mi Señora aun no haya salido

Del castillo: allá yo tengo de irme.

Por vía más corta, que no he venido.

Scena Quinta.

Menno.

De esta manera dares, y tomares

No sé si muchas veces acontecen.

Dar veneno, y tomar joyas, y oro,

Cosa es muy rara; y ¿quién no lo hiciera?

Bien es verdad, que pues contra la Reina

Había el veneno de servir, quisiera

No haberlo dado cuando con de menos

Pudiera hacer de darlo. Mas ¿cuál simple

Dejará de tomar por los cabellos

La fortuna en el tiempo que delante

Con el rostro reyente se le para?

Si sin hacer tú esto las espaldas

Ella te vuelve, bien trabajo en balde

Será correr tras, que atrás se deja

Los más veloces vientos, ni alcanzalla

Pag. 60

[Folio 94]

Menno.

Orden del hombre, el proprio pensamiento.

Nunca en cien años, dudando bien cien años,

La Reina y yo hiciéramos; nuestro

Sonara tanto bien, cuanto en un hora

Ha hoy ganado: ¡oh, día por mí dichoso!

Es de ver, que he dado ya el veneno.

Con la salva al copero, a quien he visto

Echar en la más rica, y preciosa copa,

Entre el comer, del mismo atosigado

Licor dado a la Reina. A mí, ¿qué queda

De hacer más?, si no partirme luego

En este mismo punto, a toda priesa,

Con un muy buen caballo, que del conde

He habido, y salir fuera del Reino.

Por el camino de los Pirineos

Me pasaré a Francia. Tras mí venga

Quien me buscare. Y si es verdad que hoy mismo

Entra el conde, y no sé qué caballero,

Habrá de haber no sé qué abatimiento

Por causa de la Reina: allá se avengan;

Y muera el conde, el caballero, y muera

El copero, y la Reina, y todo el mundo.

Scena Sexta.

Presidente, Reina, Conde, Otoger.

Presidente.

Ya señora, no más; por las razones

Que da la ley, o el natural discurso,

[Folio 95]

Presidente.

Desentrañar se ha vuestro negocio.

Arduo, y grave negocio, por respeto

De la tan grave culpa que se trata;

Y más por la real vuestra persona,

Que por tal causa, y nuestros estatutos,

Disminuyendo de su Alteza, vino

Al Supremo Consejo a sugetarse.

Arduo, y grave también, y aun más lo hace

La dicha calidad, contra asistencia

Del vuestro acusador, ilustre y claro.

Y pues contra las cosas producidas

En los indicios, que hay, nunca en el plazo,

De dos meses, por vos ha parecido

Testigo, prueba, indicio, o cosa alguna,

Que se pueda decir, ser relevante,

Hoy, en que debe el término acabarse,

En defensa de vuestra vida, y honra

Con armas, y caballo, ha ofrecido

Según el escrito publicado, (anduvo)

Otoger Agolante, caballero

Por fama, no de presencia conocido.

Si su oferta por vos será aceptada;

En aceptando el conde la batalla,

En la gran plaza de la justa luego

Guardada por guardar vuestra persona

De infantería gente, y bien armada

En escuadras de a pie, y de a caballo,

Del general Supremo repartidas;

Las resonantes trompas oiránse

De una, así, como de la otra parte

Llamar con desafío los combatientes;

Pag. 61

96.

Presidente.

Y la del perdedor al fin callando,

A la del vencedor (según se suele)

Dará lugar a que su son alegre

Redoble, y de por todo en él haga.

Matilda.

Injusta acusada de inventada culpa,

Codicia, ambición, astucia, engaño,

A juicio engañado m'entregaron.

Engáñense los hombres a sí mismos;

Engáñense los unos a los otros,

Que engañar no se puede al que tan claro

Todo lo ve debajo de la tierra,

Como en los altos cielos estrellados.

El escudriñador de corazones,

Con aquella agudeza de sus ojos

(Que ya no de carne) que penetra

Cielos en momentos, mas que a nubes

Alumbra hasta que del cielo

Venga a tierra lanzada de su mano,

Mirando a mi inocencia de que manchada

Como quite del falso pensamiento,

De tan cruel, y áspera porfía

En procurar mi muerte y mi deshonra,

Que en mayor pena a él al fin resulte.

Pues cuando entender no quiera el conde

Esto, quédese de otorgar la oferta

Al Conde que la misma he yo acetado,

Con agradecimiento cual conviene.

Mi alumbramiento y mi salud tú eres,

Oh altísimo Dios, y mi amparo.

De quien pues fiado mi pecho puede

Entrar miedo, o temblor, duda o sospecha.

Desde qu'en ser criada entender supe

Tu santísimo nombre, y que a ti había

De conocer por mi único, y solo

Dios y Señor, en ti mis esperanzas

Puse siempre arrimando, ni por cosa,

Que a mí en contrario me suceda,

Me confundí jamás, ni haré en eterno.

Conde.

Vuestra culpa está ya tan manifiesta

Por las cosas tan claras, que se han visto

Que no había para qué más publicarlas.

Mas ya que así lo quieren también quiero

Yo que por mí no quede lo que queda

De desplegarla al mundo con la prueba,

Que las demás confirme. Allí veráse,

Que no envidia de reinar movióme,

Mas celo de vengar tanta deshonra.

Por toda vuestra casta desparcida,

M'empelió, y forzó a lo que he hecho;

Y esto baste ya por mi disculpa.

Matilda.

Ni de palabras, ya ni de razones

Es más tiempo. Por vuestro mandamiento,

A la arena allá voy, adonde espero

Con el favor de quien me lleva, y guía

Cumplir con mi palabra, y lo que debo.

Pag. 62

Coro.

Vayan los caballeros a hacer prueba

del ánimo y valor que cada uno

siente en sí; mas el uno,

si en lugar de razón, el engaño aprueba,

luego verá (ya no por cosa nueva)

cómo de sí hace el daño

caer donde salió vago el engaño.

El otro no porque el sienta en su lado

más razón, tenga el enemigo a esquivo,

ni en el pecho altivo

vaya de la victoria confiado;

pues lo que el justo Dios ha ordenado

por un firme decreto,

queda aun de su mente en lo secreto.

Bien justo es él y cuando ansí parece

que salga algún suceso diferente

del que la humana gente

juzgara por razón; ya no carece

de premio el que merece,

ni al reo pena escura

del mal que su conciencia propia acusa.

Y si el punir o apremiar difiere

su Divina Justicia en esta vida;

aun no se entienda

es la razón porque así manda y quiere.

Mas a do se requiere

suplicio, o premio eterno,

no falta en darlo el tribunal superno.

Coro.

Esto en su astucia Gigés necio, y vano

ya no supo entender, pues entendía,

que si nadie le vía,

menos sobre él había Dios soberano;

cuando trayendo en mano

la sortija encantada,

cometer todo mal tenía en nada.

Por no haber (como dicen) quien le viese,

de Lidia al Rey mató, y a cualquiera,

que impedir le pudiera;

como por mil testigos no valiese

su conciencia y tuviese

por derecho, y por ley,

poder del Rey ajeno hacerse Rey.

Con tal codicia a sujetar moviose,

su patria aquel, que del contrario bando

con razón sospechando,

de ser nombrado Rey poco preciose.

Creyó de serlo estimose

por su imperio, y su arte,

sin que en ello tuviese el cielo parte.

Mas aquel que de más era ofendido

con falsa religión, con falsas leyes,

siendo el Rey de los Reyes;

después de haberle todo permitido,

fiero aunque temido

entregose a puñaladas

de manos de personas conjuradas.

Cosas como estas muchas sucedieron

entre los idólatras infieles;

mas otras más crueles

Pag. 63

Coro.

Entre el pueblo de Dios también se vieron,

que, pues Dios conocieron

y su ley entendían,

menos disculpa en ofenderle havrían.

¡Ay, qué no piensa! ¿Qué no traza y tienta

el deseo de reynar? Cuando Absalón,

criado de ambición,

al buen padre con quien tenía Dios cuenta,

con invencible afrenta

movió guerras y quitalle

el reino pretendió, y aun matalle.

Mas antes de llegar a tan horrendo

exceso, diole Dios condigno pago.

Verle hizo el estrago

de su exército, y él aun huyendo,

el peligro no viendo,

con sus largos cabellos

en un encina dio colgando d'ellos.

Colgando así, Joab (luego alcanzóle,

casi de Dios ministro en la venganza)

hizo que con su lanza

por tres veces el cuerpo traspassóle.

Y si David lloróle,

cumplió con su terneza,

mas tuvo en su justicia Dios firmeza.

Para salvarse el hombre,

tiene en su mano la llave;

quien sabe bien obrar, salvarse sabe.

Atto.

Jornada cuarta

Pag. 64

Scena Primera. Gómez, Juez del Consejo, Notario del Consejo.

Gómez.

Quitado ni añadido, no he una tilde,

señor, a la verdad, con lo que he dicho,

habiendo por entero referido

todo cuanto a Amerigo de mi boca,

aun parando, si no esta mañana,

de aver sacado a Elvira de la torre,

adonde el conde la tenía escondida;

y de cómo, en mi casa puesta en salvo,

se resolvió con ella y con la esclava

d'irse con una nave en Barcelona,

por donde yo a hacerle compañía

prometí a el rogado. Y he también dicho,

cómo habiendo d'andar a embarcarnos,

nos ívamos los dos tras de Amerigo,

que delante nos iva, cuanto un tiro

de mano, y que aunque en hábito anduviese

de mercader, con él topando el conde,

luego le conoció, y arrebatóle

con ímpeto a sus pies a puñaladas,

haciéndole caer tendido y muerto.

Pag. 65

(luego que fue de vos reconocida)

Gómez.

visto el cual encuentro así de lexos

nosotros al momento en una casa

entramos, que cerquita a mano derecha

nos venía, y el dueño a nuestros ruegos,

por de dentro su puerta con candado

luego cerró. De esto no creo que el Conde

se catase. Mas tal tomó a Elvira

miedo, temblor, afán, pena, y congoja,

con una muy ardiente calentura,

que vino a mal parir; y un acaso

por la calle pasando, a lo que a gritos

en ella y la otra gente iban esparciendo,

habiéndoos parado a oír la cuenta

o historia. A Elvira acrecentóse

el dolor de manera, que trabajo

tuvisteis a sacarle de la boca

antes que el alma le viniese menos,

la maraña que hubo con el Conde,

y todo lo demás que, que de ella sola

mejor que de persona otra ninguna

entender se pudiera pues. Por agora

esto basta, y a vos, Notario, mando

que preso y acompañado con alguno

de estos ministros le enviéis porque ande.

(Juez, vos leedlo)

Juez.

Eso no es menester: vaya la esclava

presa también con él, y allí me aguarden

en el palacio del Real Consejo,

en el cuarto en que vive el Presidente.

Y yo, antes que allá vaya, os requiero

se entienda como el dicho está asentado

de la malvada Elvira.

Notario.

Señor, aunque el terror que me causasteis

en pareciéndoos a mis dolientes ojos,

hubo al momento de arrancarme el alma

de este deshecho cuerpo: he todavía

algo vuelta en mí misma, y de esto viendo

haberme Dios hecho merced no poca,

para que espacio tenga confesando

la verdad, de remitir mi tan cargada

conciencia a descargar. Así confieso

que a la Reina Matilde mi señora

maldad y traición he cometido.

Del conde Sexto ya persuadida

que de mí aficionado deseaba

ser mi marido, y Reina de este Reino

hacerme si primero de casarse

la Reina se muriera (en el cual caso

el de derecho suceder debía)

a desear la muerte por momentos

a la Reina me torné, y de concierto

ambos a procurársela venimos.

De esta manera: que a Gilberto diese

yo a entender ser de él aficionada,

para que en mí de veras él echase

su amoroso intento como suyo.

Debajo de esta muestra así fingida

reduje a que de él se me pidiese

comodidad para secretamente

tratar nuestros secretos pensamientos.

La que le di, fue, que de noche a hora

que en la cuadra cenar debía la Reina,

Pag. 66

104

Notario.

En la cámara entraron a do conmigo

Hablando en el momento que ninguno

Se cataría, debajo de la cama

Escondiese de do, cuando era el tiempo,

Yo vine a llevarlo a mi aposento.

Animóse a hacerlo, y ya lo hizo

El pobre y desdichado caballero.

Acostada la Reina vino el conde

Avisado de todo con achaque

De tener cartas con no buenas nuevas

Del campo de los nuestros, y debajo

De la cama sacar hizo a Lisberto,

Matándole y echándole en el pecho

Cierto billete que de propia mano

No siendo, parecía ser de la Reina;

La cual llevaron presa al mismo tiempo.

Llenóse el palacio lleno de ruido;

Entre la muchedumbre de la gente

En hábito de hombre disfrazada,

Saliéndome, en su casa me fui luego.

A do en un aposento muy profundo

En compañía de aquesta sola esclava

Todo este tiempo he estado: siendo de antes

Por mi mayor desdicha de él preñada,

Sin verme él más, ni desear de otro verme

Como de allí de día yo me saliese.

Me queda que decir: mas, ¡ay!, no puedo.

¡Ay!, que no puedo más: ¡ay!, que me muero.

A Dios pido perdón de mis errores.

Juez.

Plega a Dios se lo haya concedido.

¡Ay!, que no pudo más, que acabó antes

La

vida de acabar el dicho entero;

Lo demás ya tenemos entendido.

¡Extraño y nunca más oído caso!

¿Quién tal creyera? ¡Ah!, y cómo muchas veces

Aquella incomprehensible sapiencia

De Dios, por más cumplir con su justicia,

Deja que el pecador tras su apetito

Siga el camino errado sin tropiezo,

Para que en el más obstinado venga

A caer en algún despeñadero!

A lo menos dime le faltaría.

Bien urdir y tejer supo la tela

El conde, y otro ya no le faltaba,

Sino hacer castillo del orgullo

De la vida de nuestra buena Reina.

Mas he aquí, que confiado todo

En sus engaños de los propios viene

A quedar engañado el más que otro.

Porque ya que la Reina casta y pura

Habrá de declararse, y viva, y libre,

De Reina volverá; ya pena el conde

Por razón pagará con su cabeza,

Que a ella con maldad se procuraba.

¡Bondad de Dios!, que si por tu consejo,

Al cual no alcanza entendimiento humano,

La verdad algún tiempo anda encubierta;

No por esto debajo de la tierra

La dejas sepultada.

Nunca en dos meses, ni señal, ni rastro

De esta verdad se vio, y en este día,

Que de las aguardadas esperanzas,

Se de

Pag. 67

106.

Juez.

Y de angustiada y lastimable

vida de nuestra Reina en el postrero,

pues que menos parecer se ha visto

Guerrero que con armas la defienda,

Que a sacarla viene a luz por donde

Otro por otro intento abrió el camino.

Vamos, que al Occidente de andar tengo

A destruir este tan arduo y grave

Sendero con la priesa que conviene,

Si aun no tardare con darme priesa.

Scena Segunda.

Alcaide de Tortosa, Juez.

Alcaide.

Paraos a escucharme lo que cumple

Que me escuchéis, señor, os pido y ruego,

Dando (a lo que me parece) tregua

De los que en el consejo tienen cuenta

Con las cosas que tocan a justicia,

Juez.

Soylo; mas no querría que en esta hora

El ir a donde voy se me estorbase,

Pues la vida y la honra de la Reina

Me obligan al andar con mucha priesa.

Alcaide.

La misma obligación con mucha priesa

A mí también a venir me ha hecho

De Tortosa, de donde soy alcaide,

Que aunque el cargo de la mano tuve

Del conde que señor es de la villa,

De ser fiel he profesado siempre, mas

Mas que al conde a la Reina a quien debida

La misma fieldad es por el conde.

Mas cuando él a su fe haya faltado,

No pienso de faltar yo de la mía.

Juez.

Bien pensáis, y hacéis honradamente,

Y loor y merced vos mereciendo,

El galardón daré yo procuraros.

Alcaide.

Procurar galardón bien se me puede

Cual de razón parece. Mas movido

No me ha a galardón cudicia alguna

Grande y bastante para mi contento,

Siendo el que yo a mí mismo recibo

Con hacer lo que debo.

Juez.

Ser hidalgo

Bien se os echa de ver. Mas lo que pasa

Narrad, que escucharé de buena gana.

Alcaide.

Una carta escribióme (ha ya dos meses)

El conde, y me avisaba en ella cómo

Para el siguiente día con otra carta

Me enviaría un hombre, que criado

Habiéndose en su casa muy de niño,

Y respeto de que él más olvidado

Era de ningún otro, osado había

A tentar una dama y (dama suya)

De deshonestidad; lo cual él tuvo

Por bien andar disimulando entonces.

Mas el disimular, según debiendo

Al sentimiento, quería darle el pago,

Y que el pago era de tenerle preso

Por algún tiempo allá en el castillo

De Tortosa, mandándome por esto,

Que aunque por la otra carta, que abriendo

Pag. 68

Alcaide.

(tal su nombre era) me presentaría,

se me ordenase de entregarle luego

cierta heredad la cual decía de darle

por sus servicios, la heredad hubiese

ser la cárcel más honda de la torre;

y que no permitiese yo dejarle

hablar con hombre de mujer nacido.

Vino Dolindo y trájome la carta,

segunda, que acordado había el conde.

Yo la primera ejecuté, y el pobre

viose preso con sus quejas dadas

a entender que engañado le había el conde

con apretarle que hiciese cosa,

que no debía, y que por no venirse

a descubrir en trueque de la ofensa

de darle el vivir para sus días,

allá le había enviado a do sus días

antes del natural curso acabando

entróse antes de muerto sepultado.

Sus palabras, sus quejas, y sus lloros,

yo no escuchaba más que escucharía

una estatua de piedra: tal conviene

mostrarse el hombre que mi cargo tenga.

Mas venido a enfermarse, y de manera

que bien vi que alargársele la vida

no podía mucho; porque procuróse

que de hablar me había sobre un muy grave

negocio, que a la vida, y a la honra

a la Reina importaba: atentamente

los oídos le di. Él declaróse

como su habilidad sabiendo el conde

que tan del natural contrahacía

la letra de cualquiera mano vista,

sola una vez, que errar no había

juicio humano al cotejar (entrambas)

cuál verdadera, o contrahecha fuese;

le requirió que la de nuestra Reina,

la cual él muchas veces había visto,

contrahiciese en un billete en tantos

renglones a Filberto dirigidos.

Que le persuadiesen con palabras

acostumbradas, que la misma noche

en tiempo que estaba ella cenando,

debajo de la cama don Álvaro

se escondiese sin ser de alguno visto,

sino de Elvira sola, de quien sola

ella fiaba, y él fiar podía.

Porque ya que a las llamas amorosas

no podía resistir, determinaba

(por no caer en falta abominable

de deshonestidad) con el casarse:

por donde a tomar fuese el señorío

de su persona, y consumar primero

el matrimonio, el cual después quería

se publicase, y rey el saludado

fuese de todos, y que muy seguro

él estuviese sobre su palabra,

la cual daba ella escrita de su mano.

A todo esto añadió Dolindo cómo

el billete escribió del tenor mismo,

imitando la mano de la Reina,

y al conde lo dio; el cual en pago

Pag. 69

Alcaide.

le dio mucho dinero y privilegio

demás del despacho de aquella pieza

de tierra, que ordenó fingidamente

a mí que le entregase, y pues Dios quiso

que con pago digno se le siguiese

a su obra mal conforme, y más doliente,

reconociendo la verdad, venía

a declararla para que enterada,

quedase su conciencia descargada.

Todo esto dijo a mi adolorido, y como

por todo desparado era, que fuera

se exenta la Reina, porque encima

se halló de Gilberto un cierto escrito

de mano de ella al tiempo que sacado

de la cámara, en que dormía la Reina,

fue del conde matado, entendí luego,

que tal escrito es propio de María,

que confesado a mí había doliendo.

Con todo esto, por más asegurarme

en sudicho llamar hice al momento

el sacerdote, y otras dos personas,

de autoridad, y fe merecedoras,

y en presencia de todos tres lo mismo

hice que replicase, y confirmase.

De tal obra quedé yo muy contento,

porque después de allí a pocas horas

el alma dividiéndose del cuerpo,

al tribunal de Dios fue a presentarse.

Y yo a testificar, según he venido

por la verdad lo que por mí ha pasado.

Plega a Dios que en tal término se hallen

las...

cosas de la Reina mi señora,

que servicio y provecho haya su Alteza.

Juez.

Si espero harto, pero tardar un día

mas no era menester.

Alcaide.

Señor, si verla

y hablarla podré, favorecedme.

Juez.

Yo lo procuraré, que bien honesto

me parece. Pero primero y luego

debemos acudir al presidente.

Escena tercera.

Mensajero, Coro.

Mensajero.

¡Oh, día tan venturoso y tan alegre,

oh, día de claridad y de contento,

día cual no se vio en otro cualquier tiempo

haya este sol abierto a estos ojos!

Mas a ti, sumo sol, que solo fuente

eres de mi inmensa luz, me vuelvo y llamo

por testigo de tanta mi alegría;

que no cabiendo en mí, voy de mí fuera

esparciendo la adondequiera que vaya.

Coro.

Ésta quizá de la batalla nueva

trae que al espectáculo presente

decideitas. Mas cuál de las dos partes

vencedora el contento le habrá dado

no se ha entendido aún.

Mensajero.

Mil y mil pechos

de tanta que en mí sobra, coger pueden.

¡Oh, buena Reina, ya abatido y muerto

yace tu cruel feudo, y tu enemigo!

Pag. 70

112

Mensajero.

Oh Dios tú, que tan justo, y tan piadoso

Con la debida pena tu justicia

Con el uno mostraste, y con la otra

La merecida gracia, de esta menos

Nunca señor le vengas, y con ella

Acompañados sean sus largos años.

Coro.

Con la divina gracia acompañados

De nuestra reina sean muy largos años,

Ya que del gran peligro es libre y vive;

Según de vos honrado caballero

Venimos a entender, con tener parte

Del gran contento que en vos bien se cata.

Mas si gustáis, que el que sentís diverso

Se cumpla en vos como es razón, narrando

El principio, y el fin que la contienda

Hubo entre el uno, y el otro combatiente,

Si vos halla presente habéis estado.

Mensajero.

Eso haré muy de grado que presente

He estado al hecho, y estoy muy bien cauto,

Que por mucho, que muchos de contino

Cojan de mi placer a mi no falta,

Como fuente que mana, o como llama

De hacha, de la cual si toman lumbre

Vijas muchas a ellas no la quitan.

Fuese ya la plaza de la justa

De toda cantidad de gente enchiendo,

Y a mucha priesa andamios, y tablados

Por todo alrededor se levantaban;

Y las ventanas todas adobadas

De tapices, y otras colgaduras,

Otros muchos mayores ornamentos

Descubriendo venían de mano en mano

Los muy hermosos rostros de las damas,

Y los ricos vestidos y las joyas,

Conque sus hermosuras acrecían.

Ni hombre ni mujer creo que hubiese,

Que próspero suceso no agorase

A nuestra reina así por la creída

Su inocencia, como por la fama

Del gran valor del fuerte caballero,

Que a combatir por ella había venido.

Cuando no bien aún la plaza llena,

Dos caballeros a caballo armados

De todas piezas pareciendo entraron

En el estacado, el uno el combatiente

Era, y el otro su padrino, que cuyo

Es de la misma reina, anexo digo.

Como si en la alta región del aire

Nueva cometa comparece, luego

Levantan sus cabezas los mortales,

Y con admiración, y con mesmo tiro

Los ojos hacia ella enderezado,

Juntamente los unos a los otros

Varias preguntas hacen, y discursos;

Así tan presto como de sí muestra

A la liza salieron, todos cuantos

Allí con la vista se volvieron,

Y más atentamente al extranjero:

Cuyo gesto era tal, que la vista sola

Llevarse parecía en el semblante.

Gran gorgear había entre la gente,

Y más crecía aquel, creyendo adueños

Pag. 71

114

Mensajero.

A parecer después no tardó mucho

nuestra alta Reina tan acompañada,

que quedado no habrá, bien creo, ninguno

hay en esta ciudad más principales

caballeros, y otras menos nobles

siquiera un solo, habiendo de más todos

de los mayores hasta los menores,

regidores, y hombres de justicia.

Coro.

¿Hasta entonces el conde de Tolosa

no había deseado verse?

Mensajero.

Por momentos.

Que fue después aguardado, y tardó tanto,

que no faltaba ya quien murmurando

juzgase que no más pareciera.

Mas vino al fin, y también con él vino

armado un caballero a apadrinarle,

al cual no conocí; y desarmados

no muchos pajes que le acompañasen.

Y él con ello mucho deteniendo

se venía, con hablar al uno y al otro.

Mas el aventurero sus trompetas

apresurando, aprestar bien hizo

al conde que saliese a la batalla.

De la una parte el uno, y de la otra

tomó el otro del campo, y replicando

los sonoros metales sus llamadas,

no parecía sino que cada uno

con más gana entendiese el desafío.

Moviéronse los dos combatidores;

dadas a los caballos las espuelas;

y arrimando sus lanzas a encontrarse,

vinieron: mas a dar vino en vacío

la

115

Mensajero.

la suya atravesando el triste conde.

A él le golpeó en la celada

el otro caballero, y de corrido

de no haber acertado a echarle al suelo,

apenas a parar vino el caballo,

que luego lo volvió a la carrera.

Hacer lo mismo al conde fue forzoso;

y venido los dos a otro encuentro,

acertó el extranjero con la punta

y en muy recia lanza a traspasarle

la garganta, y salir sangriento viose

tras él por afuera el afilado hierro.

Y así el mísero (ya no nuestro rey)

conde cayendo del caballo al llano

con muy horrible, y espantoso estruendo,

con la vida acabó sus pretensiones.

Coro.

¿O cuál contento en viendo tal la Reina

pudo sentir?

Mensajero.

Razón fue de notarlo.

Mas con real sosiego y gran cordura

rostro no hizo alguno, mas de al cielo

alzar los ojos. Bien fue sin medida

de todos el placer, y regocijo;

quitados, pero, aquellos (ya no muchos)

amigos que eran del perverso conde.

Que habiendo a sus criados encargado

llevar a iglesia el cuerpo, o no sé adónde,

como asombrados se salieron quedos

de la plaza, quizá para salirse

de la ciudad, y no desear más verse.

A los demás no haber sido vistos

como en saliendo el sol del oriente,

ven.

Pag. 72

116. 118

Mensajero.

Y en descubriendo sus dorados rayos,

Las aves que se havían la noche antes

Entre ojas y árboles en valle

Remoto, y deleitoso, recogido,

Sacan de las gargantas a contienda

Con suaves acentos sus cantares,

Saltando alegres de una en otra rama,

Al luminoso Planeta saludando;

Así tan presto, como de la mente

De cada uno con tan buen suceso

Aquella nube de sospecha, y miedo

Vino a quitarse que ya tantos días

Ofuscado nos tubo; enviando todos

Tan clara claridad de la inocencia

De nuestra Reina a Dios grandes loores

Dieron con altas voces de continuo;

Ni había quien no buscase de obligarse

De ella, ni de besar su real mano;

Y quien de cerca y quien de lexos hoy

Gozavan de decir, viva la Reina.

Coro.

También nos es de decir, viva la Reina:

Gozamos: así quien viva Dios ella

Viva en tranquilidad Dios la mantenga.

Mensajero.

Este contento, del cual parte os hice,

No sufre, que aquí mas yo me detenga.

Señas por la ciudad devan hacerse

Esta noche de tan grande alegría

Con claras llamas de encendidos fuegos.

Y pues a mi afición la de ninguno

Sé que lleva ventaja, bien querría

(Cuando no pueda yo ser el primero)

No ser de los postreros, a lo menos

De los de mi quartel a demostrarme

En tal ocasión; por esto voyme

Sin mas a preparar mi luminaria.

Coro.

Piense hacer lo mesmo por nosotros.

Scena Quarta

Juez, Presidente.

Juez.

O cuanto mas holgarme si antes

Llegara por hallarme en el principio

Del desafío que entre los dos ha havido.

Mucho espacio he gastado, y con de menos

Hacer no se ha podido para en claro

Sacar y por estenso asentar todo.

Cuando desocupado me volvía

A palacio, entendí que un caballero

Había venido a defender la Reina.

Las trompetas oí, y apresurarme

No pude más para llegar a tiempo.

Mas harto a tiempo he todavía llegado

Cuando al segundo encuentro con brío asaz

Caer vi muerto al Conde: el regocijo

Común comigo fue como con todos,

Y acompañé con toda nuestra Reina

A la Iglesia mayor a dar devotas

Gracias al gran Dios, cantando el himno

Que cantaron primero los dos Santos

Doctores respondiendo el uno al otro.

Lo

Pag. 73

Juez.

Lo que añadir a lo ya dicho debo,

es que ninguna orden pareciome

de dar para que Iglesia y sepultura

a Elvira se diesse por si algo

diferente de aquesto por quien tiene

mayor poder, deviesse de ordenarse.

Presidente.

Pues tan harto anda mi alma del contento

d'este tan buen suceso libre y suelta,

viendo la nuestra Reina, que no puedo

tan por entero, y tan atentamente

escuchar lo de Elvira con el conde,

ni lo del mayordomo por el muerto,

como bien lo haria cuando era cosa,

o parte della d'entender dina me

a haverse dado a todos en un punto

el tan prospero fin que Dios ha dado.

Bien terne pena que en poder del Consejo

gran descuydo haya havido en mi confesso

haber sido mayor de no haber hecho

hacer mas expressiva diligencia,

de la que se ha mostrado allá en casa

del conde en ir buscando por Elvira

pues el en ella la tenia escondida.

Que si d'entonces se hallara, d'ella

misma la verdad toda por su hilo

bien se sacara, y su Alteza tanta

afrenta con trabajo padeciera.

Mas (segun tan contrario y enemigo

d'Elvira se mostraba el propio conde,

y segun el negocio andar se via,

de contrarios sentidos rodeado)

quien cayera en la cuenta de tan grande,

y nunca tal entretexido engaño.

Mas lo que no alcanza juicio humano,

descubierto nos ha querido Dios mesmo:

y assi de creer hemos que esto todo,

de aquel es hecho que es Señor de todo.

Muerto es el conde ya, muerta es Elvira,

muerto es Dolindo, el desleal vasallo;

el juicio de Dios justo matolos.

D'ellos no hay mas, ni habran entre los vivos,

sino cuanto a la Reina d'esto hecho

y de sus traiciones, y engaños

en otro dia relacion haremos;

pues l'alegria, la fiesta, el regocijo,

que tan devidamente nos ocupan,

lugar no nos han dado a ello agora.

Juez.

En estos dias Señor, que tan alegres

nos tienen, bien seria que a l'alegria

presente, antes que afloxe, se añadiese

otra, como seria que con marido

digno de Reina tal, su Alteza en dulce

y casto matrimonio se juntase,

para que d'ella, y de su sangre el Reino

tuviesse nuevos Reyes, y se dilata

los hijos, y los que d'ellos naciesen,

del real apellido se nombrasen.

Y quiza no seria de razon fuera,

ni de conveniencia se errase

con este tan famoso Caballero;

puesto que Reina a Rey devida sea:

pues bien decir se puede tal ventura

haber-

Pag. 74

Folio 120r y 121r

Juez.

Haberse la ganado de su mano

Con mucho más razón (a lo que entiendo)

Que Pélope de Tántalo, el hijo,

No mereció (fábula sea o historia)

De poseer con la persona el Reino

De Hipodamia, el cual no siempre

Trató, valióse más que el engaño.

Presidente.

Su merecimiento por tal causa

En otorgar no es solo; por linaje

No menos clara en él nobleza cabe,

Que en nuestra Reina quepa, en quien no habría

De degradar ni de menguar aquella

Real grandeza, que consigo trae.

Al suyo antepasado. Es sabido

Por aquí con que los generosos

Reyes Bretones, decendencia tiene,

A más que su valor, sus muy ilustres

Hazañas, sus costumbres y manera

Dan testimonio de ello! mas no siendo

El negocio que deba yo tratallo

Como vos, no saldré yo primero

A proponer a tan discreta Reina

Ni este, ni algún otro casamiento,

Que de ella ocasión no se me ofrezca.

Y menos osaré de aconsejarla

Sin que ella me lo mande, pues se suelen

Por lo menos a las veces, los consejos

Estimar mucho más, cuando se piden,

Que no cuando se dan sin ser pedidos.

Cuando ella sus secretos pensamientos

En mí confíe, y parecer me pida,

No faltaré a lo que mi entendimiento

Me dictare de andarle desplegando

Con muy entera fe cual he jurado

De vuestra obligación, a que es debida.

Venido he agora a ver que muy cumplido

Se haga todo lo que está ordenado

Para las fiestas así dentro el palacio

Con sus aderezos, (que adelante

A este efeto envié al mayordomo,

Que por la otra puerta habrá entrado)

Como de fuera aquí, por esta plaza,

Y por todo el lugar con cuidado.

Mire, señor Alcalde Mayor, qué digo,

Que pregonar hagáis por toda la villa,

Que por estos tres días no se abra tienda

De mercader, ni oficial ose echar mano

A trabajar, si no será por solo

Hacer nuevo vestido, y libreas

(Que esto todavía admito en casos)

Para los que se holgaren presentarse

A nuestra Reina, súbditos fieles.

En la sala mayor a un cabo de ella

Se aderece una escena que demuestre

Ciudad para que en ella ansí de vista

Comedia con primor se represente,

En trono pomposo se levante

Un soberbio dosel, de hábiles manos,

De entalle delicado, y bien labrado,

En que haya sitial para la Reina.

Así también abajo haya en el patio

Para torneo de a pie un estacado,

Ado

Pag. 75

122

Presidente.

A do sobre sus cuerpos bien armados,

Muestren los caballeros con sus tiesos

Y pesados estoques quién más bello,

Más suelto mueve en golpear el brazo.

Otro también se haga en este llano

Para un y otro torneo de a caballo,

A do los caballeros por escuadras

Divididos se embistan, y con juego

El pelear simulen, que de veras

Suele haber en batalla entre enemigos.

Sígase de esto aquí mesmo un feroz toro

(Y no solo uno) de sacar habráse,

Que enfurecido y muy terrible venga

De garrochas picalle, y si a alguno,

Con sus cuernos habrá llevado al aire,

Otro escarmiente, y mire si le basta

Para llegar a él, y acuchillarle

El corazón, y si para huirle

Ligero de los pies se siente tanto,

Que la cornuda bestia no le alcance.

Y pues ninguno ha de faltar de cuantos

Juegos por estas partes se acostumbran,

Puesta laudablemente el de las cañas,

Orden daréis que tras de aquesto haya

El de la lucha; luchadores fieros

Sé que han de haber, y tales que confunderán

A los que la treta y maña hacen

(Por faltarles el tiempo y la destreza)

Solo tienen los pies, dar las espaldas.

Se gusta del correr de los caballos

De cualquier casta, y especie no se exceda;

Mas

Mas no que las especies se confundan.

Correr han jinetes con jinetes,

Y bárbaro con bárbaro, y tratar

Cada especie por sí; de los que dados

Por los dueños serán, y por quien quiera

Nombre de corredor de su caballo

Ganar, y para sí tomarse el precio.

Haya allí un cadalso donde puedan

Ver los Jueces a quien deba ser el premio:

Y con diverso breve donde averigüen

Cuantas partidas son de corredores.

Lo dicho, dicho, para que conforme

Todo al pie de la letra se ejecute.

Escena Quinta

Alguacil de Campaña, Presidente, Menino.

Alguacil.

Deteneos, Señor, que aquí traemos

Preso un ladrón, el cual hombre viviente

Quizá nunca creyera. Este Menino,

Este que del tesoro de la Reina

Guarda es el ladrón, ni negar puede

El furto, pues cargado del dinero,

Que al Conde de Tolosa haber hurtado

Dice (según el mismo Conde llora)

Con lindo caballo, y estas joyas

Se huía, y Dios quiso que no mucho

Lejos de este lugar en la Floresta,

Que

Pag. 76

Alguacil.

Que llaman Maleoguer, dieron en manos

Destos unos ladrones que allá asaltaron

Robando, y lo robado le robaron.

Yo que por la campaña iba rondando,

Con mi escuadra, atrevíme en arma vello,

Y con él cogí todos estos otros.

Presidente.

¿Qué es lo que veo y oigo? si los ojos

No tengo encandilados, este es proprio

Merlín. A la verdad, ¿tan confiado

En este caballo, rucio era del conde?

Ladrón, traidor, pues cómo le hurtaste,

¿También hurtaste tú tanto dinero?

¿Estas joyas también no son hurtadas?

Menno.

Yo hurtado no he cosa ninguna.

Presidente.

¿Cómo tal decir osas? si en las manos,

Estando tú huyendo, se ha hallado

Este tan grande y tan notorio hurto.

Menno.

Cosa, que se da dada no es hurto.

Presidente.

¿Pues decir quieres que te fueron dadas

Cosas de tanto precio?

Menno.

Yo lo digo.

Presidente.

¿Quién te las dio? sepámoslo.

Menno.

Si han sido

Presidente.

¿Si no fue el propio conde, quién entiendes

Que haya sido?

Menno.

Pues si tú ya lo averiguas.

Presidente.

¿El propio conde fue?

Menno.

El propio conde.

Presidente.

Ladrón traidor, tú mientes.

Menno.

Yo no miento.

Presidente.

¿Y para qué cosas que tanto valen

Te había de dar el conde?

Menno.

Él bien lo sabe.

Presidente.

¿Y no lo sabes tú?

Menno.

También yo lo...

Presidente.

Pues si lo sabes, dilo.

Menno.

Venga el conde,

Que ante él yo lo diré.

Presidente.

¿Para qué eso?

Menno.

Para que si él dijere no conforme

A lo que diré yo, que es verdad cierta,

Quien no da, mentirále.

Presidente.

Y ¿cómo tanto

Obrará?

Menno.

Sí obraré, y aun más digo,

Que cuando por razón yo morir deba,

Por razón él morir deba primero.

Presidente.

Si la verdad de lo que pasa ahora

Ocultar ordenáis, sin que hasta el conde

Secreto te sea decirla cuando

De los tormentos colgado, llevadle

Vos capitán, a la más honda cárcel

Que haya entre todas; y en cruz luego

En afligiendo haréis que vomite como

Saben los llegados de con la fuerza

Del martirio sacar de las entrañas

Del malhechor, y de la propia boca

La escondida verdad. Estando el mismo,

Que vive y no del que muerto ya vemos,

Se ha de sacar, saber no se le haga

Por manera ninguna, ni por señas,

Cómo haya muerto el conde, si primero

Del todo la verdad no está aclarada.

Echa esta diligencia, a referirme

Vendréis todo lo hecho, aunque delante

Sea de la Reina: allá yo voyme ahora.

Vos llevad también estos ladrones.

Óiganse las trompetas, que a la Reina acompañan.

Pag. 77

[Folio 126v]

Coro.

amenazaron estas,

pero antes guerra y muerte,

paz a todos agora.

Pregonan con la vida

de la que vivir debe,

muerte al que ya debía

morir con su porfía.

Horas, vos que, ministras,

sois del sol tan ligeras,

no tan demasiado

con vuestro ardiente azote

castiguéis los caballos.

Dejad que más a paso

se vayan al ocaso,

para que con el día

se alargue esta alegría.

Si por los anchos campos

del estrellado cielo

yendo siempre y volviendo,

traéis a los mortales

cuando amarga tristeza,

cuando placer suave:

ninguna grande amargura

ya tras de vuestra prisa

a causar se devota.

Vos de agora adelante

de los más apacibles

y benignos planetas

coged en frutos y flores

lo mejor y más puro,

y venidlo esparciendo

en cima

[Folio 127r]

Coro.

en cima de esta Reina,

en quien Virtud se cifra,

valor y lozanía.

Que así lo quiera y mande

el que a sola una seña

(a vos digo y a ellos),

hacer bien lo adivino;

pues tras agravio infinito

seguir debe el sosiego

por justicia infalible,

que nunca se desvía

de su derecha vía.

Fin

Jornada quinta

Pag. 78

128.

Presidente, Matilda, Brisenda.

Presidente.

Alta Reina, que en nuestros corazones

tenéis fundado vuestro señorío,

hacéis que en muchas ciudades, aunque fuertes,

de macizas murallas bien cercadas,

salud, tranquilidad, fuerza, y deleite,

con gozo perenal del alto cielo

en la real vuestra persona lluevan.

De todos vuestros súbditos, que un tiempo

lágrimas de dolor dieron y agora

de ternura las dan, y de alegría;

recibid por las señas que se ven,

satisfacción que se ve confirmada:

No diré es exceso, que si no todos,

muchos, y muchos ya no habrían dejado

de dar las vidas por cobrar la vuestra,

cuando tan de cobrarla fueran ciertos.

Matilda.

Eso bien cierto creo, y a creerlo

me obliga la razón, y así por cuanto

razón también me obliga, y yo procuro,

con todos mis fieles tener cuenta.

Presidente.

De indulto general a vuestra Alteza

así por sí, como por nombre y parte

de todas las demás comunidades,

suplica esta ciudad, y patria nuestra.

129.

Matilda.

Que me place, y de más a vos encargo,

que todos los que presos se detienen

por cualquiera delito aunque muy grave

(como no haya acusador) se suelten.

Suéltense así también los demás todos,

que por deudas civiles han perdido

la libertad la cual con el dinero

de la nuestra real tesorería,

(así lo quiero, y mando) se rescate.

Presidente.

Todo conforme a como vuestra Alteza

lo quiere, y manda, haré yo que se cumpla.

Matilda.

¿Cuál es la ocasión que en el palacio

no se ha dicho, si hay de Elvira nueva?

¿Nunca pues pareció viva, ni muerta?

Presidente.

Viva ha quedado hasta hoy de aquella

tan de tristeza memorable noche,

que la traición que a vos, Señora,

se hizo, y a Gilberto juntamente:

Y quien la hizo fue la misma Elvira

con concierto del Conde que en su casa

escondida la tuvo en este tiempo.

De allá con cierto medio que ha tenido

hoy mismo se salió, y en la huida

Elvira diz, que preñada mal pariese,

y por el mal parir viéndose cerca

de la muerte acordó por su descargo

declarar todo lo que había pasado.

Matilda.

¿De esa manera, pues, muriose Elvira?

Dios el mal, que me hizo, le perdone,

que bien se lo perdono yo de grado.

Presidente.

Pues tanto la real, y tan cristiana

Pag. 79

Presidente.

Piedad se mueve, bien podrá la misma

Moverse a perdonar al desdichado

(Aunque haya muerto ya) porque alcance

De Dios misericordia, de aquel digo,

Que con su mano sabe vuestra Alteza

Sino también falsear en el billete,

Que en el pecho del mísero Roberto

Muriendo se halló adonde puesto

Le había el conde en el tiempo que las manos

Le echó encima, y tan horriblemente

A puñaladas le mató y en paga

Al que falseó el billete con fingidas

Y falsas esperanzas prometiendo

De enriquecerle, le envió a traición,

Digo en lo hondo de una la más alta

Torre de aquella fortaleza, hizo

Que sepultado se estuviese vivo,

Sin que hombre le hablase, ni le viese,

Hasta que enfermo, y de morir bien cerca

(Como todo llega a morir como)

Al alcaide en presencia de testigos,

Y señaladamente de aquel padre

Que le había confesado todo el hecho

Por orden de su pliego para que todo

De publicar se sirviese por descargo

De su consciencia; acá el mismo Alcaide

Para también él descargar la suya,

Ha hoy venido a referirlo todo;

Como todo esto y más a vuestra Alteza

Referiré después a mejor tiempo.

Matilda.

Si él también, y otros todos cuantos

En aqueste tratado de mi muerte

Tuvieron mano, yo muy libremente

Perdono, y juntamente a Dios protesto

Que, no porque siendo ellos muertos, falte

A quien dar el castigo en esta vida,

Mas porque a perdonar él enseñóme

De todo corazón yo les perdono.

Así también a mí con su infinita

Piedad él me perdone.

Perdón Señor te pido:

Extiéndase tu mano

Señor a socorrerme,

Que menester lo tengo.

Presidente.

¡Ay señora qué es esto!

¡Qué revolver de ojos!

Brisenda.

Aquí estoy yo señora;

¿Qué puedo hacer? mandadme.

Matilda.

Ay madre que me muero.

Brisenda.

No plega a Dios mi Reina.

¡Ay, qué grande desmayo!

Idos, ¡oh Caballeros!

Que los médicos todos

Vengan a socorrerla.

Matilda.

Ay madre que me muero.

Brisenda.

Nunca tal Dios permita,

Si primero no tengo

De morir yo mil veces.

Matilda.

Dadme si podéis madre.

Brisenda.

Socorro de agua quiso;

¡Ay, ni decirlo pudo!

Presidente.

Faltándole el socorro

Pag. 80

Presidente.

Faltóle la palabra.

Brisenda.

¡Ay, que el espíritu he visto

salírsele del cuerpo,

arrancándole el alma

de vivo con mis ojos!

¡Ay!, ¿quién tanto detiene

la mía en esta cárcel,

que a seguirla no vaya?

Presidente.

Razón es, bien señora,

que llores, y que todos

juntamente lloremos;

que después que su vida

con fuegos tan hirvientes,

y con tantos trabajos

Dios cobrar nos ha hecho,

caer tan de repente

la vemos sin saberse

la ocasión por donde

esto haya sucedido.

Brisenda.

¡Ay, que muy bien se puede

tener como por cierto

que el que buscó infamarla,

visto no haber salido

con su malvado intento,

a otro se haya vuelto;

y digo el procurarle

la muerte con veneno.

Presidente.

Todo mal de tan malo,

cosa tengo por cierto

creeré yo, pues tal se ha descubierto.

Mas, ¿cómo haber trazado

Presidente.

pueda en tan breve espacio

cosa tan ardua y dura,

me espanto y me confundo:

y más que (a lo que entiendo)

nunca a la buena Reina

comida, ni bebida

sin salva se le ha dado.

Brisenda.

¡Ay!, que cuando bien esto

se sepa, ¿qué aprovecha?

Lo que nos atormenta

ya sabemos, y vemos.

¡Ay, que a quien yerta vemos!

Matilda, nuestra Reina,

muerta eres tú, y yo viva.

Tú, apenas nacida,

en estos brazos fuiste recogida,

y de estos muriendo ahora te despides.

Yo de ti un solo momento

nunca osé de apartarme:

apartome estos días

cruel engaño, y fuerza

de engañada justicia,

con ahínco, y tal suerte,

que apartarnos del todo haya la muerte.

Mas esto no hará ella.

Si ella hace ya fuerza,

que en trueque de apartarnos

luego haya de juntarnos.

¡Ay, que el dolor me corta, y veo

que queriendo morir, morir no puedo.

Pag. 81

124

Presidente.

Por lo que el dolor no hace

Cuidar al hombre mirarte,

Hacer contra sí mismo

Non debe hombre Cristiano.

Por esto contentarte

Bien debes madre señora,

A quedar viva mientras

Vivir Dios os dejaré.

Y si otro consuelo

Que de llorar no queda;

A llorar os exorto,

Pues otro por mí ninguno

No se halla, sino este sol uno.

Brisenda.

Ahy si el llorar pudiese

Recrear mi tormento

De llorar no dejara

Hasta que el que en mí siento,

Llorando esta mi vida deshiciese;

Mas si el llorar más presto

Alivio causar suele,

Tal por solo un momento

No busco yo ni quiero

Que en muerte está el descanso que yo espero.

Ahy quántos varios sueños

Me avisaron del triste

Y doloroso fin que haber devía

Matilda Reina mía.

Presidente.

Ahy que tales otros muchos,

O ella o otra misma

Atada a una peña

Vi que un dragón a devorarla iva.

Y aunque un León fiero

A defendella viene, y ya primero

El dragón gastó tanto su veneno

La emponzoñó de modo

Que la vida acabó; y aun muriendo,

Como agora l'he visto,

Algún socorro me venía pidiendo.

Ahy, que el dragón salido

Del centro del Infierno,

Ya por el propio conde está entendido;

Y el león que matóle,

Es este caballero,

Ahy sueño quán saliste verdadero.

Presidente.

De ninguna diré de las dos puertas,

De marfil ni de cuerno,

Que al Dios del sueño los antiguos dieron,

Vuestros sueños salieron.

Mas bien que Ángel del cielo,

Dormiendo esta Señora,

Le mostró lo que agora

Despierta ha visto; como muchas cosas

Mostró a Joseph el casto

Ciertas, y verdaderas,

Y que las entendiese muy de veras.

Mas a fe que también ella

Se muere, y si no quiero sostenerla,

El precioso cuerpo

A mi Reina dejar me convendría.

Ahy muera yo más presto.

Ayudadme señores,

A llevarlos entrambos; Que

Pag. 82

Folio 126v

Presidente.

que dentro del palacio

no conviene dejarlos.

Y yo si tube parte

de los desassiegos,

atiendo a la verdad mis dos cuydados.

La que a mis hombros toca,

no quiero que me falte.

Llevaré pues por uno

yo con vos, le consumo

en esta real silla, el real cuerpo.

El otro por piedad lleven los brazos,

así gloriosa carga,

¡ay dolor, ay mi vida tan amarga!

Scena Segunda.

Otoger, Suero, Coro.

Otoger.

Grandes gemidos oygo, y grandes voces,

voces entran de quejas, y sospiros.

¿Quál puede ser la ocasión, que un día

tan alegre, y gozoso nos perturbe?

Suero.

Ninguna a lo que cato. Mas si un instante

nos detenemos para desarmarnos,

o si con todo, que estamos armados,

vamos a la Reina acompañando,

aquí bien allegáramos a tiempo

que el suceso entendiéramos.

Otoger.

Pues la marcha

que sea bien, me parece desacierto

a mi de ir al palacio; y estas damas

nos lo dirán. Mas tal es la tristeza

que con las lágrimas muestran, y el lloro,

que quizá propio hecho, mas que ageno

nos narrarán.

Coro.

Yá a vuestra pregunta

como halla entendida, caballeros,

entended vos, lo que sin aflicción,

entender no podréis, cuando a nosotros

el dolor dé lugar a referillo.

Otoger.

Si es el dolor por cosa propia vuestra,

para tener en él nos contrapeso

van pidiendo en algo aprovechaos,

con toda voluntad nos ofrecemos.

Coro.

Esa os agradecemos; mas provecho

ninguno otro recibe

el mal que en nuestro pecho

para matarnos vive,

si no llorar de modo,

que en llanto nuestra vida se deshaga,

y ver que el mundo todo

lo mismo también haga.

Otoger.

Si privada es la causa, el sentimiento

¿de quál razón tan público ser deve?

Coro.

Ahy que publica el llanto

la causa, como el daño

por todo se destiende.

Y si a todos ofende,

caso tan impensado, y tan horrible:

¿cómo Suero tan poco

cuenta d'ello mostráis, si a vos no toca?

Suero.

Otra cosa no sé que a mi más toque,

de dar gracias a Dios por lo que a todos

Pag. 83

Folio 138v

Suero.

Nos ha hecho, y a mí más señalada.

Habiendo cuando más de llorar era

La boda de la nuestra santa Reina

Dándonos medio tal, que libre, y salva

Ya la tenemos como al que trataba

Hacérsela quitar por nuestras leyes.

El mismo medio a él por ley divina

Se la quitó de propia mano: i esto

Estar debía de vos tan entendido

Como cosa tan pública, y si el medio

Quál haya sido de saber os place,

Es este caballero, y me parece

Que os obliga tan gozoso suceso

A desechar de vuestros corazones

Cualquier descontento, que haya en mí

Por cualquiera ocasión cuando bien mucho

Del exército nuestro se tuviese

Que a Vía en la Vandalia desterrado

Y de hecho haya sido de los moros);

Que seria lo peor de cuánto malo

Pudiese suceder en este tiempo

A toda esta ciudad, a todo el Reino.

Coro.

¡Ay de mí desdichada! a vos parece

Que aun a nuestro oído

Ageno de aquel bien, que sucedido

De nuestra Reina oy mismo

Levantó nuestras almas

A dar gracias a Dios con juntas palmas.

Mas el mal que siguióse

Luego después, vióse

Por nuestros propios ojos,

Por

Folio 139r

Coro.

Por vos aun no se sabe.

Suero.

¡Mal!

Coro.

¿Qué mal?

Suero.

¿Cómo cabe

En alegría enojo, i pesadumbre?

Coro.

A ley que antigua costumbre

Es de inmutable fortuna,

Luego que te haya dado

Un vaso de licor, suave lleno,

Dentro echarle veneno

Que escupirlo no puedas,

Y en tiempo de beber el precioso,

Tragarás todo el hecho ponzoñoso.

Bien a tiempo llegasteis,

Vos caballero valeroso y fuerte,

Para librar de muerte

Nuestra Reina inocente, y la librasteis.

Mas cesando por vos la muerte cierta,

Mas que cierta siguió la que era incierta.

Suero.

¿Muerta es pues nuestra Reina?

Coro.

Así nos fue.

Que otro cualquier grave infortunio tanto

No nos moviera a tan penoso llanto.

Suero.

¡Ay! no os pese, si morir la visteis,

Decirnos cómo ha muerto; que entendiendo

Muerte tan repentina, esto nos hace

Caer en mil tristes pensamientos.

Coro.

Con grande muchedumbre

De gente y grande aplauso,

La nuestra buena Reina

Veníase a su palacio;

Y aquí por breve espacio

Habiéndose partido

Con afán extremado

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140

Coro.

dos o tres veces dijo,

que morir se sentía.

Murió, y a quien pedía

socorro (¡ay, justo, que era

vuestra mujer Busenda!),

queriendo socorrella,

y no pudiendo, se murió con ella.

Suero.

¿Muriose? ¡Ay dolor grave y excesivo!,

ya no es razón que el ser a mí viva.

Que si fuerza tuviste con la muerte

de la una de dar muerte a la otra,

con la de entrambas debes

para matar a mí tener más fuerza.

Otoger.

Cosas, señor, son estas

que da el cielo, ni al cielo

hay reparar con fuerza

humana, o con mortal entendimiento.

En su propio cimiento

firme esté el hombre justo

entre las variedades de esta vida,

con mente apercebida,

que de ninguna sentirá disgusto.

Si en medio el mar se halla,

no se turba mirando el mar turbado.

Por más que el Austro airado

las olas revolviendo ensoberbezca,

porque quiebre y perezca

el mundo todo, y de él salgan pedazos;

herirle ellos podrán en cualquier parte,

mas de darle temor no serán parte.

Suero.

Si no sois vos, señor, el que consuelo

dando,

dando a otro, por vos sabéis tomarlo;

no sé quién resista tan fácilmente

queja tal de adversidad, que nos encuentra.

Encontrado nos ha, y en el vella

es menester a donde va mudada

veréis vuestra fortuna: que yo rindo,

rendido no diré, muy acatado,

todo mi bien, procuraré se acabe

con el llanto, y tan debido oficio

de llorar esta vida congojosa,

ya que no hay gusto que más sustento halla.

Scena Tercera.

Presidente.

Presidente.

Prepárense las honras funerales,

como a tan alta Reina son debidas;

después que antes de haberse comenzado

tan miserablemente las solenes

y suntuosas bodas se acabaron.

¡Ay, cuál mármol será, cuál bronce digno

de ti, señora! Bien ignoraría

qué nuevo mausoleo resplandeciente

por ti se levantase, que encubriese

tus solos miembros; pues haber no debe

tu glorioso nombre a do se encierre,

mas de continuo andar por donde quiera

que se acompañe con el sol la aurora,

mas tu alma tan pura, y adornada

de

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142

Presidente.

De mil dones y gracias celestiales,

allá volando con doradas plumas,

volvióse donde ya el alto senado

su criador a este bajo mundo

la envió para que tras sus pisadas

fuesen los que subir piensan al cielo.

Y los que aquí quedamos, tan devotos

deste tan triste oficio, de año en año

no cesaremos, dando a tu sepulcro

lágrimas abundantes y suspiros,

con las rosas de olor más precioso

que de ribera fértil, o Sabea

vengan saliendo. Y como en esta vida

ejemplo fuiste y singular en eso

de honestidad, de celo, de justicia,

de bondad, de modestia y constancia,

de piedad, de saber y entendimiento,

de todo valor y de virtudes

(virtudes que no todas, sino de ellas

pocas a pocas dan los altos cielos),

estas y otras muchas de alta estima

tus loores llorando cantaremos.

Escena Cuarta

Inés, Presidente.

Juez.

Oscurézcase el sol, lluevan los cielos

rayos y vigas de encendido fuego,

que encendiendo la tierra, adondequiera

que se hallen los mortales, semejante

a los que aquí se ven, del grave hiedo

purguen en torno el aire inficionado.

Presidente.

Éstas son cosas ásperas y graves,

no sé si porque a vos haya llegado

noticia de la amarga y repentina

muerte de nuestra desdichada Reina.

Juez.

¿Cuál causa en mí tan oscuras podía

entrar quejas, y mover con este llanto?

¿Y cómo no se había en el momento

de tal clamor oír el grave estruendo?

Oíla, cuando ya a entender vine

lo que, señor, aún vos por ventura

entendido no habréis: que por veneno

nuestra Reina haya muerto.

Presidente.

¿Por veneno?

¡Ay, que todo lo tengo ya entendido

por conjetura, más clara que cuando,

cogido preso el botillero (dijo)

sospechas, que al Conde aquellas joyas

con tanto oro y dinero y otras cosas

que huyendo consigo se llevaba,

hurtado hubiese. Mas agora tengo,

más verosímilmente y sin sospecha

entendido, se las dio el propio Conde

de soborno induciéndolo a que diese

el veneno a la Reina en la bebida.

Juez.

No hay para qué juzgar por conjetura

lo que por ciencia está ya manifiesto.

Manifiesto lo dio con propia boca

el malhechor, que confesado tiene

en el tormento, y por extremo, cómo

de su mano le dio el mismo Conde

dos licores: el uno, que en siete horas

Pag. 86

Juez.

al que lo toma mata sin moverle,

ni afán ni pasión hasta bien cerca

de la muerte, y el otro que la fuerza

quita al veneno; y como defendido

del uno dio el vaso ponzoñoso

al copero, que dándolo a la Reina

simplemente matóla y simplemente

tomándolo por sí, mató a sí mismo.

Presidente.

¿Murió pues el copero?

Juez.

Él había muerto.

En la Iglesia mayor me refirieron,

yendo por devoción cuando la Reina

allá salió celando, había quedado;

y cayó el primero que la Reina,

como el que fue primero estragado.

No le vi con mis ojos, que la priesa

de venir a informarnos de estas cosas,

no me daba lugar de ir a verle.

Mas orden di que obsequias condignas

en el enterramiento se le hiciesen.

Presidente.

¡Ay, pobre y desdichado caballero,

de tu tan desastrada y cruel muerte!

Bien debíamos llorar, si a mayor llanto

por caso sibi medita más cercano

nuestras almas no fuesen obligadas.

Mas al traidor mismo, ¿cuál condigna

muerte habéis destinado? Si ninguna

tengo se halle, que a punir acierto

delito grave baste. ¿Cuándo bien se echan

en el toro de bronce, que inventado

de Perilo, a probarlo fue el primero.

Condenado le tengo y la sentencia

Juez.

esta ya es ejecutada. De una horca

colgado por un pie, cabeza abajo,

de cuantos ganapanes se hallaron

ha sido apedreado; y si no es muerto,

como traidor muriendo ya le estorba.

Presidente.

Tal acontezca a todos los traidores.

Mas hacia acá venir triste le veo...

Otoger que es también en su tristeza

grave y disimulado, cual a hombre

de pecho y alto corazón conviene.

Scena Quinta.

Presidente, Otoger.

Presidente.

¿Cómo tan presto, señor mío, dejasteis

a lo que nomás quedó de la Reina,

el cuerpo, que si bien sin alma queda,

es su vida, con vida y alma amado?

¿Atentas había de ser? Y si ya tanto,

viviendo ella, por ella trabajasteis,

honrar agora sus funestas honras

con la vuestra presencia, es honra vuestra;

y más de recibir favor nosotros.

Otoger.

No es dejar adonde viva queda

la memoria, aunque triste, y a do vuelto

el pensamiento, otra cosa no vee,

de lo que desea; y con desearlo siempre

se lo lleva adelante; esto bien puede

de mí creerse. Mas si en otras partes

no hay cosa para qué más detenerme,

sino con mis indicios del tal mi suerte

con sus variedades me ha traído? Ni...

Pag. 87

46

Otoger.

Ni asiento, ni lugar en estas honras

a mí no toca, allá donde más cumple

hallará mi persona, resolviendo

de andarme a ver qué es lo que de ella manda

el cielo, con hacer yo lo que debo.

Aclarado, y entendido ya se tiene

lo que pronosticó el adivino

Polidoro, cuando respondiendo

a mi dudosa mente la sospecha,

a tomar me empeñó la digna y justa

defensa de la Reina, y si en su falta

esa, al parecer, que envuelta diere

lo demás entender bien se pudiere,

el sentido que sin tomarme gana

de aqueste reino, de ganar buscaré

otro mayor cual ya la buena Reina

se habrá ganado con sus obras santas.

Allá si entre enemigos peleando

caer me convendrá de mi caída,

no sentiré de mi muerte tanto

la culpa o la desgracia cuanto en otro

tiempo por lo pasado lo sintiera;

puesto que por Jesús solo es gustoso

perder la vida frágil y caduca,

para ganar la firme y sempiterna.

Presidente.

Toda resolución, que en estas cosas

tomáredes, señor, nacer no puede

sino de alto consejo y muy prudente,

mas puesto que esta a mí cumplir se deba,

dése su bien cumplirla, que a lo menos

las obsequias primero no se acaben.

Ni asistir a ellas nos parece, ni

ni haceros ver en el real palacio,

ni en el de fuera posar, mas si place

en mi casa por estos pocos días

suplico que vengáis a retiraros.

Otoger.

Solo en un descontento me contento,

o solamente haber de contentarme

de llorar solo sin que hombre me estorbe.

Coro.

Bien podréis allá dentro

llorar entre paredes retirado;

mas será vuestro llanto acompañado

del nuestro que del centro

de nuestro corazón, como de fuente

incesable saldrá perpetuamente.

Pues ¿quién será tan fiero,

que por caso tan áspero, inhumano

no llore, si no fuese aquel tirano,

que corazón de acero

contra su sangre tuvo dentro el pecho,

perdición tomando por provecho?

Mas también él agora,

si en muriendo no tuvo sentimiento,

cercado de dolor, y de tormento,

otras lágrimas llora:

que como de otras son mucho más graves,

dulces le serán estas, y suaves.

Mas ¡ay!, que si el maligno

murió siendo del mundo aborrecido:

también que nuestro bien ha fallecido,

gentil, tierno, benigno,

Norte fiel, como al ocaso andaste.

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Coro.

¿Cómo, sin guía, a todos nos dejaste?

No tan presto saliste,

¡oh, Reina!, del peligro de la vida,

en esotra red, cual te tenía tendida

aquel traidor caute;

y contigo, en tan fiera acechanza,

cayeron todas nuestras esperanzas.

Caíste y como yace

purpúrea flor que ha sido ya en estima,

si le pasa el arado por encima

se marchita y deshace;

tal, junto con tu edad florida y verde,

tu belleza y tu valor todo se pierde.

De aquí cuál anda el mundo,

que tanto el bueno en esta vida vive,

cuanto la vida el malo le prescribe:

pues del abismo profundo

el regidor a quien a él se allega,

por todo mal obrar favor no niega.

¡Ay!, cuánto es más segura

fortuna humilde adonde ambiciones,

odio o envidia, no dan ocasiones

de alterar mente sana.

Y al preciado no hay fuerza por hacerle

miedo, no puede dar tal padecerlo.

Cerca del día es la noche,

y de la vida más cerca es la muerte:

acabar bien es por divina suerte.

Imprimatur. Lud. Bordus. Vic. Sen. Noap.

Jacobus Heredius Societatis Jesu.

D. Martinus Alphonsus Vivaldus I. C. ac

Sacrae Theologiae Magister & Doctor.

Errores acontecidos en el imprimir, con sus emendaciones. Plana 2.a superar. a su pesar. misma plana Que se arrastre este cuerpo. Que arrastrando se vaya. misma pl. Resplancia. Resplandecía. plana 6. Con tu importuna. y retorcida hez. Con tu hez importuna y rigurosa. pl. 15. vesti- dos. vestido. pl. 16. es pues. es pus. pl. 27. en cometerla. el cometerla. pl. 30 malogrado. malgrado. pl. 31. lo hable. loable. pl 35 cono sca. conozca. pl. 46. s'echa. s'eche. pl. 47. aza in ha. acavacha. pl 53. le iria. le inia. pl 62. no es. no es pl 69. ben. bien. pl 79. mana. mañana. pl 87 agradare. agardare pl 88. En entiendo. En entienda. pl 96 acusada acusa. pl 103. Pues esta palabra. Pues es super- flua. mis. pl. aficionada. aficionado. pl 108 que. que. pl 109. diriges dirigido. mis pl. salutado. saludado. pl 115 riguroso. regocijo. pl 128. En la vuestra Real. En vuestra Real, y Real. pl 136 hombre hombre. plana 142. osaurescare. oscurescare.