Ulises / el Hombre
Protagonista alegórico del auto; representa a la humanidad pecadora que, tras desobedecer a Dios, emprende un viaje de arrepentimiento hasta recuperar la Gracia.
Juan Ruiz Alceo
요약 공개일: 2026년 6월 18일
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추천 인용
Cuéllar, Álvaro. "Resúmenes asistidos por modelos de lenguaje para un vasto corpus de obras literarias del Siglo de Oro". En: El teatro del Siglo de Oro en el horizonte de las humanidades digitales. Peter Lang, 2026 (en prensa).
En un tiempo bíblico y alegórico, Ulises figura al Hombre caído que, tras pecar y perder a Gracia, reconoce su culpa mientras el mundo aparece abrasado por la desobediencia. La acción se desarrolla sobre todo en el mar del pecado y en varias islas o parajes de tentación, donde el Entendimiento guía al navegante entre Ignorancia, Circe, las sirenas y otros engaños de los sentidos. Después de naufragar entre Scila y Caribdis, el protagonista se salva por la Penitencia, la cruz y el auxilio de la Gracia, y culmina su viaje en un templo eucarístico donde recupera la amistad de Dios.
El auto presenta al Hombre, identificado alegóricamente con Ulises, después de haber desobedecido a Dios y de haber perdido por su culpa la Gracia. Sus cinco sentidos, personificados como soldados o compañeros suyos, le reprochan no haber resistido la tentación del fruto prohibido y le hacen ver que por su culpa el mundo entero arde y padece desorden. El propio Hombre reconoce su pecado, recuerda los bienes que Dios le había concedido desde la creación y admite que ha quebrantado el precepto divino por atrevimiento y apetito. En paralelo, se representa el triunfo infernal de Engaño, Envidia, Lascivia y otros príncipes del mal, que se glorían de haber derribado al Hombre y de haberlo separado de su verdadera esposa, la Gracia, mediante la seducción, la soberbia y el deseo de ser como Dios. La acción inicial se organiza así como una caída espiritual, entendida como incendio del mundo y pérdida de la amistad divina.
Movido por el arrepentimiento, Ulises decide hacerse a la mar para recuperar a Gracia, figurada también como Penélope casta. Sus sentidos prometen seguirle y obedecerle, y se inicia una navegación alegórica por el mar del pecado y del desengaño. Durante ese viaje, referido en parte por la propia Gracia y por otros personajes, el Hombre pasa por diversas pruebas: la isla de Ignorancia y los lotófagos del olvido, la cueva de Avaricia figurada en Polifemo, los engaños de Circe y de los deleites, y el canto de las sirenas. En ese trayecto aparece de manera decisiva el Entendimiento, presentado como verdadero piloto, que le advierte de los peligros y le reprende por haber vivido ciego, sin temor de Dios ni huida del infierno. Gracias a ese auxilio y al desengaño que va naciendo del dolor, Ulises comienza a resistir los halagos sensibles; incluso, en uno de los momentos más significativos del auto, tapa los oídos de sus sentidos con pan blanco entendido como figura sacramental, para que no sucumban al canto de las sirenas y al deleite engañoso.
La parte final concentra el peligro extremo y la salvación. Los enemigos del Hombre preparan nuevos escollos, identificados con Scila y Caribdis, prometiéndole dignidades, honras y grandezas mundanas para hundir definitivamente su nave; y, en efecto, Ulises queda sin piloto ni soldados, zarandeado por la tormenta. Entonces interviene Penitencia, que se declara único puerto seguro para el navegante perdido, y Gracia intercede ante Dios en favor del pecador arrepentido. Al Hombre se le da la tabla del desengaño y, finalmente, una cruz a la que se abraza como tabla de salvación; por ese medio sale del golfo del pecado y es conducido al templo o mesa donde alcanza puerto en la Gracia. El desenlace adopta un sentido eucarístico muy explícito: ante un altar con el Santísimo, se le ofrece el pan transustanciado como verdadero cuerpo de Dios, superior a las antiguas figuras bíblicas. Reconciliado con Gracia, recupera a su esposa perdida, sus sentidos quedan ordenados, y la navegación concluye con acción de gracias por haber pasado del mar del delito a la ribera del amor divino.
Protagonista alegórico del auto; representa a la humanidad pecadora que, tras desobedecer a Dios, emprende un viaje de arrepentimiento hasta recuperar la Gracia.
Esposa alegórica del Hombre, perdida por el pecado y recuperada al final; intercede por él y simboliza la amistad divina restaurada.
Piloto verdadero de la nave interior del Hombre; le advierte de los peligros, lo desengaña y lo orienta hacia la salvación.
Figura salvadora que aparece como único puerto seguro en la tormenta final y facilita la reconciliación del Hombre con Dios.
Encarnación del deleite y del engaño sensual; entretiene y hechiza a Ulises para apartarlo de su camino.
Príncipe infernal que se atribuye la caída del Hombre y dirige varias estrategias para mantenerlo apartado de Dios.
Personificación del apetito sensual y aliada de las fuerzas del mal; colabora en la seducción del protagonista.
Otro de los príncipes enemigos del Hombre; participa en las asechanzas del viaje y en la maquinaria infernal contra su salvación.
Vista, oído, olfato, gusto y tacto aparecen personificados como soldados del Hombre; primero son ocasión de caída y después deben ser disciplinados y ordenados.
Presencia suprema del auto, a veces indirecta y a veces explícita en la escena final; es el ofendido por el pecado y quien concede finalmente perdón y alimento eucarístico.
Espacio central del auto; en él se figura la vida humana como travesía peligrosa entre culpa, tentación, arrepentimiento y salvación.
Lugar operativo de la acción viajera y símbolo del estado interior del Hombre, gobernado alternativamente por los sentidos o por el Entendimiento.
Paraje de seducción y olvido donde el protagonista queda entretenido por placeres engañosos que lo apartan de su destino.
Espacio de extravío mencionado en la navegación, asociado al olvido de la gloria y a la pérdida de memoria espiritual.
Lugar alegórico donde se representa una de las pruebas del viaje, vinculada a la codicia y a la violencia del mundo caído.
Tramo culminante del viaje, figurado como peligro extremo y casi naufragio definitivo del Hombre entre promesas mundanas y ruina espiritual.
Espacio final de descanso y salvación, donde el protagonista alcanza puerto en la Gracia y recibe el pan sacramental.
Espacio simbólico y objeto operativo a la vez; abrazarse a ella permite al Hombre salir del golfo del pecado y sobrevivir al naufragio.
La obra parte de la desobediencia al mandato divino y de la pérdida de la Gracia, presentadas como origen del desorden personal y universal.
El reconocimiento de la culpa, el llanto y la penitencia son el camino necesario para apagar el incendio del pecado y volver a Dios.
Toda la acción se organiza como un viaje marítimo en el que el hombre atraviesa peligros morales hasta alcanzar puerto seguro.
Los sentidos pueden conducir a la caída si siguen el deleite, mientras que el Entendimiento debe gobernarlos para ordenar la vida humana.
Circe, las sirenas, las dignidades y otros atractivos representan los bienes engañosos que apartan al protagonista de su fin verdadero.
La Gracia no abandona del todo al Hombre y actúa como mediadora compasiva que busca su restauración pese a la ingratitud recibida.
El rescate final del protagonista se vincula de forma explícita con abrazarse a la cruz y con la misericordia divina.
El auto concluye subrayando el pan transustanciado como alimento supremo, cumplimiento de figuras bíblicas y meta sacramental de la navegación.