귀속 대상:> 공개일: 2026년 8월 22일
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de No hay fuerza contra el amor. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/no-hay-fuerza-contra-el-amor.
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N 3 No hay fuerza contra el amor 1
Comedia Victoria
Crudavella reina griega, el Rey de diamantes Madania dama, Donaldo hijo del rey Serpedon ayo de la reina, Tongelio embajador un leonero, Curcio cavallero dos pescadores, Rincun gracioso
Ha de estar adornado el teatro como jardín y un trono para la reina y almohadas para los demás, tocan chirimías y salen algunos cavalleros de fiesta, entrasse de franceses y damas de griegos, han de salir acompañando a la reina y una de las damas ha de sacar una espada y escudo pin- tado un león y los músicos y un leonero.
Lo que yo os tengo mandado
luego al punto habéis de hacer
porque gustaré de ver
cumplido así mi cuidado.
Mire vuestra majestad
que el demorar es mi gusto
y el obedeceros justo.
Cumplís con mi voluntad.
Cantan los músicos y danzan los cavalleros.
Al jardín venus salió
prestando vida a las flores
y ellas llenas de favores
invidia a febo le dio.
Dentro.
Aparta, guarda el león.
¿De qué es el temor? Decid,
que esta voz es ilusión;
que nadie se atreverá
a estorbaros vuestro intento,
porque fuera atrevimiento
donde yo estoy, y a esta hora.
Aquel león encerrado,
seguros podéis estar,
volved, volved a danzar,
que ya el rumor se ha acabado.
Prosiguen los músicos, y danzan los caballeros.
Rayos despiden sus ojos
que matan aunque dan vida,
es muy feroz su acogida,
cuando está causando enojos.
Dentro.
Afuera, guarda el león,
porque sale muy cruel,
y la resistencia en él
será en vano en cuantos sois.
Sale un león, y huyen los caballeros. La reina echa mano a un alfanje y mata el león.
Lucha.
No os vayáis, que no hay que temer
este león invencible,
que aunque sale tan terrible,
muy poco le ha de valer.
Ya está preso, no temáis.
¡Hola!, llevadle de aquí.
Sale el Leonero, asútase y llévale dentro.
a mis pies
mi brazo le he puesto así,
¿qué tenéis, que os admiráis?
No hay para mi brazo fuerte
braveza en los animales,
todos los hago mortales,
porque soy la misma muerte;
y aun ella, si se atreviera
a mí, yo la sujetara,
porque al verme sé que dejara
sus fuerzas y me temiera.
¿Para aquesto me llamáis,
y con tantas prevenciones?
¿Estos son los corazones
de los hombres que alabáis?
Y en muy poco me tenéis,
pues que me queréis casar.
¿Con quién haya de acabar
el reyno, muy mal haréis?
Porque nadie me merece
de los hombres de la tierra,
que antes los he de dar guerra,
pues mi furia en verlos crece.
Que solo igualan conmigo
los dioses, pero otros no;
y de aquestos gusto yo,
al cielo doy por testigo.
Y si me habéis de casar,
venga el dios Marte, que es justo,
y aun no sé si vuestro gusto
con él se os ha de lograr.
traed también a Himineo,
que el dios de las bodas es,
o a Orfeo, por portugués,
para que os cumpla el deseo.
Que el uno, con su valor,
y el otro, por lo amoroso,
vendrá alguno a ser dichoso
que les honre con mi amor.
Llamad al rey Bel también,
que fue adorado por dios,
por ver si acaso los dos
nos adoramos también.
O enviad luego a llamar
al dios Apolo, que venga,
y podrá ser que convenga
a Neptuno, dios del mar.
O traed todos los dioses,
por si acaso me contentan,
si no es que de mí se afrentan,
viendo mis rayos feroces.
Porque hombres de la tierra
fuera afrenta para mí,
que ver sujeta aquí
a la diosa de la guerra.
Nunca jamás me tratéis
en vuestra vida casar,
porque en mí no habéis de hallar
cumplido lo que queréis.
3
Vanse y sale acompañamiento de caballeros con recado de vestir, y el príncipe de diamantes, y Tongelio, embajador, y Rincún.
¿Qué habéis sabido de Curcio?
No me ha escrito, que ya tarda,
y estoy con algún cuidado.
Señor, no he sabido nada.
Que, como siempre, los pleitos
muchas veces se dilatan;
no escribir, será fundada
hasta saber lo que pasa,
y de cierto que aquesta sea
la causa de su tardanza.
Sí, señor, esa será,
que es su condición tan rara
que hasta ver todo el nublado,
si cae piedra o llueve agua,
para relatar mejor,
no querrá escribir palabra;
y aun después de haberlo visto,
no será poco que traiga
la relación por entero.
Mucho me holgara de verle.
Y yo también, que se holgara,
que el ver jamás acobarda
si no es el que a oscuras anda.
Pues aunque, siendo rincón
donde entra la luz por tasa,
aunque es poca, tengo gusto
porque la mía no falta.
Tuve un ciego cierto día
que en una iglesia rezaba,
que al darle cualquier moneda
a las nubes la enseñaba;
y pregunté, por saber,
si vía, y dijo que nada,
que aunque la moneda enseña
a los ojos, es patraña,
sino que era ya costumbre
por los que allí le miraban,
para darles a entender
que ve la moneda falsa.
Y así, Curcio, aunque allá está
con sus ojos a la clara,
no querrá enviar moneda
que en esta corte no pasa.
Querrálo saber muy bien;
corren muy grandes peligros
cuando llegan a contallas.
Rincún, mucho te agradezco
los donaires.
Cosa rara,
que cuanto digo agradecen,
y cuanto pido me callan.
La tierra que me crio,
señor, es tierra que paga,
mas no convida con fruto
lo que en esta no se halla.
Aquí todo es yo agradezco,
allá es toma que agrada,
aquí, yo lo serviré,
mas nunca veo que hay nada.
Si yo viera en estas manos
una cadena esmaltada,
una joya de diamantes
o un bolsón lleno de plata,
fuera agradecer perfeto;
pero dar solo palabras,
jamás supe de aqueste guisado,
supe el sabor de su salsa.
Tongelio.
Señor.
Daréis...
Esas, si fuera palabra,
que un toma vale por ciento,
que en dos mil daréis, que cansa.
Pues tomad dos mil escudos.
Este es favor, esta es gracia,
que solo tú serlo puedes,
a rincones hacer plaza,
beso y rebeso tus pies
por esta fineza.
Basta.
que mas os pretendo dar.
Eres, señor, gran monarca.
¿Hauéis hecho preuenir
recado para la caza?
Ya está todo preuenido,
porque vuestra alteza vaya
a diuertirse oy al campo.
Es cosa que a mí me agrada.
Pero ¿qué ruydo es aqueste?
Curcio es que desemboca
de un salón a otro salón
las nuevas que trae guardadas.
Entra Curcio de camino.
Deme los pies vuestra alteza.
En verdad que os deseaba.
¿Cómo benís?
Señor, bueno,
pues me veo a vuestras plantas
gozando tan gran fabor.
Alzad, que ya tengo el alma
contenta con vuestra vista.
Suspended por oy la caza,
Tongolio, pues a venido
lo que tanto deseaba.
Vase.
Al punto te seruiré.
Dejaldo para mañana,
como las fiestas an sido.
Es cosa, señor, que espanta.
Solo llegar a contarlo,
porque da temor al alma.
Tendré gusto de saber
de aqueste temor la causa.
Llegué a la muy noble Grecia
antes que se celebraran
los festines a la reina
poco más de dos semanas;
fuime al palacio de Venus
y en el jardín de las damas
vi que estaban adornando,
aunque él muy vistoso estaba.
Informéme luego al punto
de dos hombres que colgaban
qué fiestas, y cuándo eran,
que el saberlo me importaba.
Y el uno me respondió
que lo que el rey no trazaba
era un sarao por saber
quién en él se señalaba
más brioso y más galán
para ser rey.
¡Cosa rara!
Tal prevención no se ha visto.
Es cosa que al mundo espanta.
Al fin se llegó aquel día,
que era el que yo deseaba
para ver la bizarría
de príncipes y monarcas.
Volví a palacio y vi en él
el cielo todo de nácar.
celos que la reina estima
por lo que la pintan brava.
Oigo tocar los clarines,
chirimías y dulzainas,
que solo al eco pudieran
tener mil glorias las almas;
y yo, contenta la mía,
que tanto lo deseaba,
me puse en parte escondido,
y aguardo que todos salgan.
Salió el acompañamiento,
manifestando las gracias
de la hermosura mayor
que en el orbe el cielo guarda.
El adorno fue muy grande,
la bizarría extremada,
y todos juntos formaron
primavera de sus galas.
Tras dellos salió la flor
que aquel jardín adornaba,
prestando rayos al sol,
haciendo gracias al alba,
dando luz a las estrellas,
aljófar a la mañana,
aliento a los ruiseñores
y vida a quien la miraba;
y con sus hermosos soles
fue haciendo gracia a las almas,
porque saliesen airosos
en lo que ellos deseaban.
Ocupó el cielo la reina
y, que cielo se llamara,
su asiento allí era forzoso,
pues tal gloria se sentaba.
Acompañaron los lados
tanta hermosura de damas,
que bastó solo por fiesta,
pues vidas comunicaban.
Empezaron luego al punto
el sarao que yo aguardaba,
y apenas se comenzó
cuando oyeron: «¡Guarda, guarda,
que salió suelto del estado un león!»
Invención fue aquesta traza,
que la reina había mandado
por ver quién se señalaba
para merecer ser rey;
todos de la voz se espantan,
la reina manda prosigan,
que basta que ella resguarda;
que no la espantan leones,
porque es su furia tan brava
que el león pierde la suya
solo mirarla a la cara.
Volvieron a proseguir
su fiesta, que ya dejada
estaba por el temor,
y, antes que ellos la acabaran,
sueltan un león feroz,
y quedándose las damas
Huyeron los caballeros
acción muy desacordada
dejar tanto serafín
en manos de la desgracia,
de aquella bestia feroz
que solo su nombre espanta.
Mas viendo su cobardía
la reina, su escudo embraza
y echando mano a su alfanje
se puso a guardar las damas
con tal valor que bastó
para que sacrificara
el león la vida, allí,
antes que ella la sacara.
Al fin el león murió,
y aun muchos que la miraban
sin ser leones también,
con los rayos que ella daba.
Retiróse luego al punto
a su cuarto con las damas
llevando vidas tras sí,
dejando sin luz las almas.
Aquestas fueron las fiestas
que no las hay sin desgracia,
y no por la del león
aunque su braveza espanta,
sino por ver eclipsado
el cielo, que consolaba
al que en sus rayos tenía
su vida, cuando los daba.
Y a mí sin haberla visto
me tiene cautiva el alma
con lo que me habéis contado;
decidme cómo se llama.
Crudavella hoy, señor,
que el reino así la llamaba.
Qué propio el nombre al valor
y a su idea soberana.
Cierto, señor, en extremo,
pero cruda en ser amada,
porque Cupido con ella
muy pocas fuerzas alcanza.
Que apostaré si salieran
al campo a tener batalla
que se rindiera el dios niño
antes de tomar las armas.
Que si con su hermoso arpón
una flecha la arrojara,
repara ella con dos
que trae en su hermosa cara.
Porque mata de tal suerte
que ya a Cupido su parca
se la ha rendido a sus soles,
humillando su arrogancia.
Que es, señor, tal su hermosura
que con solo verla mata;
y son tantos los mortales
que deja cuando ella pasa,
que es necesario aquel día
desenterrar quien descansa.
para poder sepultar
los que ella al siguiente mata.
Y a mí, sin haberla visto, con lo que habéis contado,
me ha sepultado su fama,
y para poder vivir
me importa ver la su cara.
Ya de oírlo estoy celoso
y el alma está enamorada
y muerta por ver su gloria,
pues en ella está guardada.
Ya es imposible que tenga
contento, sino desgracia,
en aquesta triste vida
si desta gloria no alcanza.
Ya el ser rey en nada estimo,
siendo la cosa más alta,
si con el poder carezco
deste cielo que me falta.
Ya he llegado a conocer
que el poder con arrogancia
nunca ha vencido imposibles;
esta razón es muy clara:
que querer vencer con guerra
al amor no es buena traza,
que suele quedar rendido
quien soberbio se levanta.
Quiero de su majestad
saber si lo que esperaba
ha tenido algunas nuevas
que me den contento al alma.
Quiero ver saber qué responde
Crudavella a su embajada,
que puede ser, por ser rey,
no esté en casarse tirana;
y cuando salga al contrario,
yo en persona he de ir a hablarla,
que quien pretende la gloria
por poco no se ha de dejarla.
Yo he de ver a quien adoro,
yo he de procurar su gracia,
que los ojos ven los ojos
y en ellos hablan las almas.
Y viéndome desta suerte,
que el reino no estimo en nada
por solo adorar su cielo,
y gozar de su luz del alba,
no ha de ser su corazón
tan fuerte que no le oiga
algún sentimiento el verse
que estoy humilde a sus plantas.
Que es mujer y la humildad
en tales casos ablanda
los corazones de piedra;
aquesta verdad es clara.
Señor, mire vuestra alteza
que no es muy buena esa traza,
porque eso no es ir a verla,
sino a morir al mirarla;
que si como la han pintado
Curcio diciendo que mata
es atreverse a los leones
que sin porte así despachan.
Lo mejor de todo es
ir yo, que con una chanza
haré al basilisco dueña,
que es la que todo lo alcanza.
Y si acaso me matare
no será muy grande hazaña,
más vale que muera yo
con los dos desta dama.
Porque la vida de un rey
no es juego de pasapasa,
como el juego de los niños
que ya son reyes y papas.
Aquesto, señor, es justo,
y lo demás no es ganancia.
Que será acabar el mundo,
no me aconsejéis, que basta.
Que yo tengo gusto en esto
y esta es acción que me agrada,
y me costará la vida
si me estorbáis que no vaya.
Yo he de procurar vencer,
que no hay soberbia tan brava
que al hombre no esté sujeta
o por fuerzas o por maña.
Vamos, avisaré a mi padre,
que cada hora que pasa
es un siglo para mí
con que padece mi alma.
Ya obedezco a vuestra alteza.
Las cosas que a mí me agradan
no gusto me las estorben.
Señor...
No me hables palabra.
Vanse y salen la Reina y Madania, secretaria.
¿Qué dice el reino, Madania, de mi
atrevido valor?
¿Hay en la corte rumor
de lo que vieron allí?
¿Quién se había de atrever
a hablar de tu majestad,
sino es tratando verdad
que no pudiera temer?
Que decir mal de su rey
a nadie fue permitido,
teniendo libre el sentido,
que no fuera justa ley.
Antes el reino quisiera
solo en servirte acertar,
y buscar con qué alegrar
tu persona, si pudiera.
Que ya se les ha olvidado
tratar más de casamiento,
y ha sido todo su intento
el no darte a ti cuidado.
Será para mí gran gusto,
y también se lo agradezco,
y de premiarles me ofrezco
su buen celo, pues es justo.
En lo que el reino pidiere
pero casarme en su vida
verá su dicha cumplida
el que este intento tuviere.
Que no hay hombres para mí,
que a verlos al punto hiciera
lo que el reino me pidiera
aunque fuera contra mí.
Pero sujetarme yo
a quien el valor le falta,
será como quien esmalta
piedra en oro. Aqueso no.
Que no es justo eche a perder
lo que soy con tal tormento,
y nunca mi pensamiento
pensó lo que no ha de ser.
Vuestra majestad no tiene
que afligir el corazón,
que ya saben la razón
y que hacerlo no conviene.
En otras cosas de gusto
se puede ahora tratar,
y esto sé que es acertar,
porque en los pesares, justo.
Que ya está todo olvidado.
¿Qué hay de guerras? ¿Cómo va?
Pues esto gusto me da,
y es la gloria de mi hado.
Todo está quieto, señora.
¿No te dice cosa alguna
que me alivie mi fortuna?
No se trata nada ahora.
Sale Serpedón caballero
Señora, un embajador
de Diamantea ha llegado.
Decid que entre, ¿qué cuidado
le trae a este embajador?
Entra acompañamiento y Tongelio, embajador
Decid a lo que venís.
Señora, el rey, mi señor,
por saber vuestro valor...
No entiendo lo que decís.
De Diamantea me envía
a tratar un casamiento.
¿Y con quién tiene el intento
de su amorosa porfía?
Sepa vuestra majestad
que a lo que soy enviado,
antes contento que enfado
ha de causar la verdad.
Hoy tiene el rey, mi señor,
un hijo, que guarde el cielo,
que es al reino de consuelo
por su gallardo valor.
Es espejo de alegría
en que todos nos miramos
y si bien consideramos
es Héctor en valentía.
Un César por lo prudente
se mira en el gobernar,
es prodigio singular,
aquesto es cosa evidente.
es Alejandro en las guerras,
porque a todos está dando,
y con solo estar mirando,
da ánimo y fortaleza.
Un Catón es en prudencia,
Séneca en sabiduría,
y de su padre alegría,
espejo de su presencia.
El rey, mi señor, quisiera
que con vuestra majestad
casara, a cuya beldad
se rinde, en fe verdadera.
No debe de conocer
vuestro rey mi gran valor,
pues no ha tenido temor
contra mi fuerte poder.
Cuando envía de esta suerte
a tratar de casamiento,
con tan grande atrevimiento,
muy poco teme la muerte.
Sin duda no se ha sonado
mis hazañas en su reino,
y el modo de mi gobierno,
pues vive tan descuidado.
Si se ha atrevido a enviar
embajada como aquesta,
no temiendo la respuesta
que yo le había de dar.
Porque, si me conociera,
mi nombre solo temblara,
y seguro que ejecutara
su intento, que me temiera.
que no siendo de mi gusto,
y dándome a mí pesar,
le puedo venir a dar
en su reyno gran disgusto.
Y aquí no os castigo, aunque es cierto,
que al fin sois embajador,
vuestro atrevido valor
agradecédselo a Dios, y a ser tan necios con esto.
Que venís a su mandado,
y no fuera calidad
usar con vos crueldad
porque afrentará mi estado.
No me paréis más aquí,
que juro por mi corona
vengar en vuestra persona
este pesar que hay en mí.
Ni en mi corte habéis de estar
una hora, este es mi gusto.
Obedeceros es justo.
E irme sin réplica.
Vase el embajador y su gente.
A vuestro rey le diréis
que escuse aquesta embajada
otra vez, que no me agrada;
pues temblarme allá podéis.
Serpedón, al momento acudid
que mi consejo prevenga
para cuando este rey venga
gente, y vos os poned
con la vuestra, a que esto importa
porque sepa mi valor
que al mundo le doy temor.
Señora, es fuerza muy corta
deste rey a tanta guerra,
pues sé yo que, solamente
ver tu persona presente,
se rendirá por la tierra.
Si con todo el orbe fuera,
aquesto pudiera ser
el haberle menester,
y aun él mismo te temiera.
No lo hago por llegar
con ello a la ejecución,
que para mí es ilusión
que el rey quiera aquí intentar
el venir a darme guerra,
que sé que le estará mal,
que tiene corto caudal
y poca gente en su tierra.
¿Qué es menester aguardar
para venir contra mí,
que el cielo le lleva allí
gente con que pelear?
Porque los que tiene hoy
no les importa venir,
pues el venir sin venir el vivir,
yo de barato les doy.
Señora, aquí no hay que hacer,
porque no se atreverá
a venir, que no querrá
ver los suyos padecer.
Aquesto que digo importa,
porque me conviene así.
¿Quién puede aquí contra ti
venir con fuerza tan cierta,
que con solo imaginar
tal intento, es declarado
que desde aquí está vengado
sin llegar a pelear?
Es verdad, mas es mi gusto
que esté la gente avisada,
y basta que a mí me agrada.
Digo, señora, que es justo.
Vanse, y sale el Príncipe, Donaldo y Rincún.
¿Qué ha escrito el embajador?
Señor, de que viene ya;
otra nueva no me da
la carta.
Grave dolor
siente cada día el alma,
que no sé qué el corazón
me dice, que la razón
está por minuto en calma.
Turbado y sin vida estoy
de verte de aquesta suerte.
Es mi mal penosa muerte,
porque lo que soy no soy.
¿Qué me aprovecha el ser rey...
sino alcanzo lo que quiero
y con todo el poder muero
de amor, tan injusta ley.
¿Hay mayor mal que el querer?
¿Y iguálase algún dolor
a tan insufrible ardor,
ver por amor padecer
sin poderlo remediar?
¿De qué sirve la grandeza,
si falta la fortaleza
para poderle curar?
Señor, mire vuestra alteza
que con tanto padecer
se viene a echar a perder
la vida.
¿Qué fortaleza
puede mostrar mi valor,
si a mí me falta la vida,
porque la tengo rendida
a los pies del dios de amor?
Y si le he sacrificado
todo lo que puede ser,
bien cierto doy a entender
que me ha de costar cuidado.
Y así que tema perder
aquesta joya preciosa,
es muerte muy tenebrosa,
pues vivo y muero en ver.
Rey tengo de ser por ley
y rey me confieso hoy,
mas de la suerte que estoy
en poco estimo el ser rey.
Siendo rey, ¿hay mayor cielo,
si no se puede llegar
en el mando hoy a gozar
mayor dicha ni consuelo?
¿Qué cosa puede tener
un rey en aquesta tierra
imposible, si por guerra
lo puede todo vencer?
Si fuera yo, que si quiero
algo que me da contento,
lo gozo con pensamiento,
que con obra es mentira.
Para el pobre que desea
gozar lo que no ha de ser,
porque es echarse a perder
si con el amor se emplea.
¿Qué me importa enamorarme
ni empeñarme en tal dolor,
si no he de sacar de amor
otro lauro que quejarme?
Pero tú, señor, te mueres
teniendo tanto poder.
no sé cómo puede ser
sino es ver que mal te quiere.
¿Quieres que te alegre yo
y que haga venir aquí
la que tu amor trata así
antes de un hora?
Lloro,
porque es disparate creer
lo que no ha de ser, Rincón;
basta, porque el corazón
le echas con esto a perder.
Pues recréate con gloria.
Ésa es la que me falta,
que es la corona más alta
que carece mi memoria.
Y con ser rey no se alcanza,
que no aprovecha el poder
porque se suele perder
en medio de la privanza.
Y si en esta no hay victoria
poco puede aprovechar
si al fin no vengo a alcanzar
con todo el poder la gloria;
ésta la tiene encerrada
en la hermosura mayor
de Crudavella el amor.
y mientras esté guardada,
que desde allá no me envía
su luz para mi consuelo,
ni espero gloria ni cielo,
ni consuelo ni alegría.
Sale acompañamiento, Tongelio, embajador, y el Rey de diamantes.
Donaldo, ¿qué hacéis? ¿Se han despachado
los memoriales que os he recibido?
Ya está fuera, señor, ese cuidado,
que en cosas del gobernar nunca me olvido.
El consejo de guerras, ¿qué ha tratado?
¿Hay esta nueva?
Todo ha fenecido;
no hay cosa que dependa hoy al estado;
bien puedes descansar, porque no hay guerras,
y nadie quiere ruido con tus tierras.
Todos tiemblan, señor, darte disgusto,
que temen tu poder y fortaleza;
y que la tiemble el mundo, aquí es hoy justo,
que aunque con saña vengan y braveza,
bien sé que no podrán darte disgusto,
aunque se armen de Marte y su fiereza;
que sujetarte a ti, eso es en vano,
si de las guerras eres un Vulcano.
No le luce en la reina Crudavella,
pues mi embaxada en poco la ha estimado,
que me ha dicho Tongelio que es centella,
que ponen sus resultos en cuydado.
Mucho, señor, me admiro, siendo estrella
que arroja rayos con semblante ayrado,
siendo su luz divina y agradable
y a los ojos del hombre tan amable.
Verdad es que lo es, porque su modo
es en la condición Nerón terrible,
y con solo el mirar lo humilla todo,
pues tiembla el mundo della; es infalible
que mata con la vista y con su modo
sin saber cómo, porque es invisible;
que cuando piensan que el mirar da vida,
causa la muerte al hombre sin herida.
Pues apenas le dije la embaxada,
cuando me respondió, señor, de suerte
que cosa desta vida no le agrada,
que antes a todos ha de darles muerte;
y yo, delante della, verla ayrada,
la temí, por quien soy, verla tan fuerte,
porque me respondió con tal despego,
echando por su boca vivo fuego:
hizo gracia mi vida por mandado
y me dijo que al punto yo me fuera.
y dijera a mi rey que su cuidado
en casos semejantes no pusiera,
si es que desea verse descansado,
pues no podrá, sino de esta manera,
que no estima ella reyes, que es locura
quien pensare gozar de su hermosura.
Esto, señor, con ella me ha pasado.
Que respondiese el cielo de esta suerte,
que tenga clima para estar airado,
que cause con su luz tan dura muerte,
que manifieste fuego a un desdichado,
que pueda su dulzura ser tan fuerte,
que por no dar su luz, se ponga luto,
porque no participen de su fruto.
Donaldo.
Señor.
¿Qué es vuestra pena?
Admirarme de ver tan gran portento,
y que esté Crudavella tan ajena
que el tratar de casar le da tormento,
y el ver que no la ablanda ni refrena
ternezas de marido el pensamiento,
y que no puede en esto ganar nada
si a vuestra majestad ella no agrada.
Muy brava está, en poco me ha estimado.
cuando de aquesta suerte ha respondido,
con gran valor se siente y sin cuidado,
y porfía me tiene ya venido
con responderme a mí con desagrado;
pues su valor verá presto rendido,
que soberbias abato yo en el suelo
los que piensan compiten con el cielo.
¡Oh por Júpiter, dios a quien adoro!
Que no ciña corona yo en mi frente
mientras que no borrare su decoro
desta reina cruel, que el sol consiente
que goce de sus rayos, y hebras de oro
para que luzca ella en el oriente,
que no se ha de alabar de su braveza
si sabe que hay en mí gran fortaleza.
Tongelio, luego al punto se aperciba,
y se divulgue guerra por mi reino,
que tengo aquesta reina ver cautiva
y sujeta su furia a mi gobierno;
porque sepa que en mí el valor priva
y que tiembla de mí todo el infierno,
que furia de mujer es cosa poca,
que solo tiene fuerza con la boca.
Vanse todos y queda el príncipe, y Tongelio, y Rincún.
¿Desta suerte respondió?
Del modo que aquí he contado;
vengo, señor, admirado,
no sé qué me sucedió.
Cuando la embajada di,
porque apenas la acabé,
cuando confuso quedé,
y casi fuera de mí,
porque parecía un león
cada palabra que hablaba,
y, viendo que lo escuchaba,
era un volcán, un Nerón,
y luego mandó me fuese
delante de su presencia,
que era muy poca decencia
que a tal cosa me atreviese.
Pero lo que vuestra alteza
me mandó, antes de entrar,
lo procuré ejecutar
por no esperar su braveza.
Éste es, señor, el retrato,
que dudo que haya diosa
en el mundo tan airosa,
pues así muestra recato.
¡Pardiós, hermosa mujer!
Ya digo que no me espanto
que muera por este encanto.
el príncipe y pierda el ser.
Luego con ser de esta suerte,
por vella estuviera loco,
teniendo que fuera poco
hasta costarme la muerte.
Ahora digo que es verdad
que mata con su hermosura,
y que no hay vida segura
el que mira esta beldad.
Luego con este suspiro
que he mirado es de tal modo,
que estoy muerto casi todo,
mas por vivir me retiro.
Porque fuera gran locura,
pues veis que es necedad,
que es corta mi calidad,
y esta gloria en mí es escura.
Muestra esa sombra divina,
si con ella he de alegrarme,
que quiero un poco quejarme,
aunque no es la cristalina
hermosura celestial,
este retrato me enseña
que esta beldad sin tempera
y aqueste sol paga mal.
¿Cómo puede esta hermosura
hacer mal y ser cruel?
Si este rasgo de pincel
da vida con su frescura,
si aquí es deydad soberana
y da aliento al corazón,
cómo puede la razón
llamarte, que eres tirana.
Confieso estoy envidioso
que un tosco pincel tuviera
atrevimiento, y quisiera
oponerte codicioso,
a competir con tu cielo
y quererte a ti igualar,
siendo gracia singular
que presta hermosura al cielo.
Pero en vano emprende el arte,
ni puede belleza tanta
imitar en esta planta
mucho cielo en poca parte.
Las rosas de tus mexillas
de color nácar y hermoso
este retrato amoroso
está haciendo maravillas.
Del divino y celestial
sus labios que derramando
la grana me van mostrando
cuál es su hermoso raudal.
Los ojos, que prestan vida,
aunque no lucen aquí,
me comunican a mí
la que tengo yo perdida;
estas manos, que en blancura
exceden la condesada
nieve, está declarada
nacer della la blancura.
¿Cómo estando aquí sin vida
causas a mi alma muerte,
y cómo mudas de suerte
si con muerte me das vida?
Al fin eres primavera
aunque sin alma te veo,
que das gloria a mi deseo
no siendo la misma esfera.
Con tanto afecto te adoro
que a ser capaz de animarte
aquí pudieras quejarte
si ofendiera tu decoro.
Tongelio, a mí me conviene,
y yo por embajador,
esto importa a mi valor,
yo he de ver el sol que tiene.
18
ardiendo mi corazón,
yo he de aplacar este fuego,
y esto importa que sea luego.
Señor, eso no es razón,
que es peligroso el camino
y puede en él suceder
peligro, grande mal.
No puede ser,
si llevo este ángel divino
que me librará del mal;
sin él no puedo vivir,
y así me importa acudir
a buscar vida al raudal
donde están las perfecciones
y el alma deste retrato,
pues que no ir, fuera ingrato
a tantas admiraciones.
Que este aquí me está esperando
donde su hermoso reflejo
es del aurora el espejo
donde el sol se está mirando.
Pues esto, ¿cómo ha de ser,
si ya me tiene mandado
que tenga el campo ordenado
para guerra?
Yo he de ver
primero a su majestad,
y alcanzaré lo suspenda
antes que nadie lo entienda,
y iré con siguridad;
viéndome podrá ser
que la aplaque su rigor,
y que la cause mi amor
algo que llegue a vencer.
¡Plegue a Dios que sea por bien
esta jornada, señor,
no se nos vuelva en dolor!
¿Tengo de ir yo allá también?
Porque soy muy temeroso,
y esto de pasar por agua,
acá dentro se me fragua
un no sé qué, tan forzoso,
que no es más que no morir.
No hay que hacer extremos, vamos,
porque los tres nos partamos.
Conmigo habéis de partir.
Alto, pues, no hay que temer,
que si ello ha de ser, paciencia;
mas juro por mi conciencia
que me temo no volver.
Fin de la primera jornada
+ Segunda jornada. No hay fuerzas contra el amor. [Victoria por amor, tachado]. 19
Dentro, estas dos coplas.
Amayna las velas, mira
que nos perdemos aquí.
Aferra el varco, que así
pasaremos esta yra.
Su ayuda nos dé aquí el cielo
y ampare nuestro valor.
Ea, no tengáis temor,
que nos ha de dar consuelo.
Salen Tongelio y Rincún, gracioso, y el Príncipe, de camino.
Gracias al cielo que estamos
en puerto de salvarnos.
No es pasada la ocasión,
porque la buelta esperamos.
Yo en la mar, cuando en oýr
el nombre de agua es de suerte,
que sin trabajos la muerte
conmigo me vio morir.
Perdone mi asno aquí,
que, pues de aquesta he escapado,
no me pienso ver pasado
por agua otra vez así.
¿Quieres, señor, descansar
un poco en aqueste prado,
que te miro fatigado
de la tormenta del mar?
Yo confieso la temí,
y que de ella no saliera,
mas el morir no sintiera
aunque era contra mí,
sino por dejar de ver
a la hermosura mayor,
a quien tiene al dios de amor
rendido con su poder;
a la que excede en belleza
al sol con su resplandor,
pues le empresta su valor
porque tenga fortaleza;
que si ella no le ayudara
con sus rayos que luciera,
nunca el día amaneciera
ni el sol jamás alumbrara;
a la diosa de las diosas,
que puede con su hermosura
dar alma a toda figura
con sus dos estrellas hermosas.
Si es que has de descansar,
por aquí podemos ir
donde puedas divertir
tu cuidado, y sosegar.
Que primero eres señor
que nadie en el mundo todo,
y no es bien que de ese modo
halle lugar el dolor.
No atormentes más tu pecho
que el cielo te hará dichoso
de ver ese sol hermoso,
mas de muy poco provecho.
¡Qué propio de enamorados
es esto de sol y estrellas,
luna, lucero, centellas,
apodos tan ensayados!
Que hasta en lacayos se usa
con las damas fregoniles
estos requiebros gentiles
que aun en ellas no se escusa.
Pero en llegando a alcanzar
estas luces remontadas,
quedan las alas cortadas
al verbo del apodar.
No la has visto y ya lo sabes
que presta rayos al sol,
y que su hermoso arrebol
da aquestos rayos suaves.
Aunque no la he visto yo,
Rincún, todo puede ser.
Digo que se echa de ver.
¿Llamo?
ahora no.
Salen dos pescadores.
¡Hola! Gente hay en la playa,
no ha sido bueno este encuentro,
en la trampa hemos caído.
No tienes que tener miedo,
que en el modo que yo he visto,
gente parece de pelo.
y que no viene a robar
moros en el campo veo
esta vez dimos al traste
en argel con los requiebros
ques lo que auemos de azer
ablarlos dejad, yo llego
Yo no yo llegare
Señor esso no es acuerdo
estando los dos aqui
que son dos, porque yo puedo
Vender miedo en tetuan
no e de llegar no ay remedio
que sin ir me veo perdido
yo de llegar no recelo
Amigos por cortesia
que si lo sabeis os ruego
digais cual es el camino
mas brebe y mas verdadero
Para llegar a la corte
de Grecia, que no estoy cierto
por donde tengo de ir
ansi os de bienes el cielo
y donde podre buscar
algo para que llebemos
con que pasar el camino
que por quien soy os prometo
Que si esta merced me azeis
y este bien agradeceros
el trabajo de manera
que quedéis bien satisfechos.
Estamoslo, señor, tanto
y ese talle y cortesía,
en que el camino enseñemos.
Que si os importa el partir
con brevedad, y el deseo
ver cumplido, por la mar
mas no es seguro, os prometo.
Pero por la tierra, sí,
aunque largo, más ameno,
de deleites y frescura,
sombras, que es de gran recreo.
Para el que va caminando
fuentes que se están riyendo
con el agua cristalina
que destilan de su seno;
caza deleitosa mucha,
con que os vais entreteniendo,
donde el camino parece
a quien va por él, un cielo.
Mas si queréis compañía
y gustáis llevarla, os ruego
que os esperéis por dos días
a los dos, porque tenemos
de hacer jornada a la corte
de Grecia, y así podremos
serviros por el camino.
Mucho en el alma me huelgo.
Señor, a mí me parece
aqueste fácil remedio
ir por tierra, que por agua
hallo muy mal rodeo.
Yo sé que en esto que digo
es un bonísimo acuerdo.
Mucho temes el morir.
Eso solo es lo que temo.
Tongelio, aquesto me importa
para ir más encubierto,
que vamos con estos hombres,
no hay sino tener secreto.
Verdad es que estos dos días
dejo de gozar el cielo
y cobrar vista los ojos
y el alma gloria y consuelo.
Porque para mí serán
dos días siglos eternos
carecer de ver la luz
que alumbra los firmamentos.
Mas al fin aquesto importa,
porque me va mi remedio,
y mudándonos su traje
nos partiremos con ellos.
Esto conviene se haga.
Señor, a tus pies sujeto
me tienes, manda a tu gusto.
Yo digo también lo mesmo.
Amigos, ya está ordenado
el aguardaros el tiempo
que decís, y con gran gusto
los tres con vos nos iremos.
Pues venid, descansaréis,
porque aquí cerca tenemos
nuestra morada, aunque pobre,
vos y vuestros compañeros.
Vamos, que aqueste favor
de pagaros le prometo.
No hay mayor paga en los dos
que veros que vais contentos.
Vanse. Sale la reina, Serpedón secretario, Madania.
¿Qué sabéis de Diamantes?
Ninguna cosa hay de cierto;
todo a esta vera se calla,
si hay algo en ella de nuevo.
Solo supe de un soldado
que hoy habita en aquel reyno,
cómo el rey recibió mal
su embajada, y muy soberbio
trató de venir al punto
a dar guerra, por su acuerdo;
mas pues no lo ha efectuado,
sin duda que tiene miedo.
Pero vuestra majestad
no tiene que hacer en esto
mientras no viene otra orden,
pues el reino está tan quieto.
Que no temo su valor,
ni su poder no le temo,
y venga cuando quisiere,
que sola yo basto y puedo
para contra su poder
y contra todo su reino,
pues sabe que haré temblar
con mi vista un mundo entero.
Ampárese de los dioses,
ampárese del infierno,
que no me espantan sus furias,
si a todos tengo sujetos
debajo de mi poder,
pues con mi brazo soberbio,
si a mí se atreven, pondré
en el más profundo seno
que encierra entre sí la tierra,
y les bajaré del cielo,
lugar que yo les he dado,
que no será buen acuerdo
conmigo alzarse a mayores,
pues saben que soy primero
y quien a ellos les ha dado,
pues gozan por mí, mi cielo.
y así vengan, que jamás
colgado traen del cabello;
que si reyes se coronan,
esclavos serán eternos.
Mire vuestra majestad
que es cansar el pensamiento
en imaginar tal cosa,
si saben que el mundo entero
es poco para el valor
que está encerrado en tu pecho.
Mejor es tratar aquí
de divertirle, que entiendo
que será más acertado,
y olvidar el pensamiento
ahora en cosas de guerras,
cuando
pues está tan quieto el reino.
Digo que tienes razón,
Madania, yo lo agradezco,
y quiero hacer hoy tu gusto,
pues que le tienes tan bueno.
Ahí está, como la caza
da mayor gusto y recreo,
pues vuestra majestad gusta
tanto de cazar.
Confieso
que es verdad como tú dices,
y que es el mayor contento
gozando tener la caza
que me puede causar hoy;
pero algunos ratos pienso
cosas, mas no de pesar,
que en mí no puede ser eso,
porque las guerras son gloria
que con ellos me recreo.
Pues, señora, mejor es
que olvides glorias de fuego
y goces de lo de plumas,
que viene a ser más ligero;
y sin tanta pesadumbre,
aunque para ti no entiendo
que puede el pesar llegar,
porque no cabe en el cielo.
Y pues son cielo los campos
y glorias estos desiertos,
sirenas los avecillos
que descansan a tu acento,
goza de todo a tu gusto.
Y ya que eres de todo dueño,
y no trates de pesares,
pues no caben en tu pecho;
escucha los ruiseñores,
que con suaves acentos
te están diciendo ternezas
por ver que el campo has esleído.
Y favorecidos dicen
con el gozo de su empleo.
mil requiebros a tus ojos,
cobrando vida con ellos.
Todo por verte, señora,
es su música y contento,
todo es dicha, todo es gloria,
todo es bien, todo es consuelo.
Esto es cosa que te importa
y aquesto es todo el remedio
de verte el reino contenta,
y alegre tu pensamiento.
Mucho gusto he recibido,
y digo que luego quiero
salir al campo esta tarde.
He de avisar los monteros.
No, Serpedón, que yo sola
quiero ir, porque no es nuevo
para mí. Haréis poner
el caballo que yo suelo
llevar con lo necesario;
vamos, Madania, que quiero
que me saquéis de vestir
de campo.
Ya te obedezco.
Vanse. Y salen Tongelio, Rincún, un pescador y el Príncipe. Todos de pescadores.
¿Qué falta para llegar,
porque me siento cansado?
Ya no hay que tener cuidado,
que presto se ha de lograr.
Poco, señor.
Si es poco, muy bueno está.
Aquesta senda va allá;
sigamos, no hay sin tener valor.
Rincón, pasa tú adelante,
que los tres te seguiremos;
mira bien, por si volvemos,
la senda.
Soy ignorante.
Nunca me precié, señor,
de oficio de adelantado;
dale a otro ese cuidado,
que yo no tengo valor.
Demás que aquesto no es justo,
que yo adelante camine,
porque nadie no imagine
algún pesar de disgusto.
Yo soy paje, y no es de dar
lugar que nadie por mí
haga un pecado; y así,
hoy me puedes perdonar.
Vámonos, que os detenéis,
porque si queréis llegar
con brevedad a la cor-
te iremos, no os desandéis.
Digo que tienes razón,
porque a mí me falta el ser,
y hasta llegar no he de ver
alegre mi corazón.
Pues vámonos por aquí,
que muy presto llegaremos.
Digo que te seguiremos,
que nos das la vida así.
Van a entrar y salen tres salteadores con rodelas.
La pesca hemos menester;
dejarla, o perder la vida,
que nos falta la comida,
y esto que digo ha de ser.
Esta vez por Jesucristo
que hemos topado la muerte.
Rincón soy, pero esta suerte
mala ha sido, pues me han visto.
A mí me tienen aquí,
porque me dejen pasar.
Los demás la han de dejar,
porque me da gusto a mí.
¿Y yo qué les dejaré,
señores buenos ladrones?
Denme cuatro mojicones
y con eso pasaré.
Ni la pesca ha de quedar,
ni yo lo he de consentir,
que primero he de morir.
que me la queráis quitar.
Que nunca lo acostumbré,
dejar lo que me ha costado
tanto trabajo y cuidado;
y así la vida podré
dejar primero, esto es cierto,
y perdiéndola podréis
llevarla, si vos queréis,
pero ahora no estoy muerto.
Lo mismo los dos decimos,
y así dejadnos pasar,
si no quieren acabar
las vidas.
No consentimos.
Jamás habléis de ese modo,
y no han de pasar de aquí,
aquesto ha de ser así,
aunque aquí se pierda todo.
Acuchíllanse el príncipe, Tongelio con los salteadores, y dentro los mata y muere Tongelio.
Muy mala anda la fiesta,
no puede parar en bien,
yo me escondo, que también
vendrán a darme en la testa,
si no se les ha olvidado.
Dentro.
Muerto soy, válgame el cielo,
no hay aquí buscar consuelo
pues que me le habéis quitado.
Mala va esta procesión.
todos han rodado en tierra;
válgame el cielo, qué guerra
por tan corta posesión.
Vámonos luego a esconder,
por no ver este destrozo.
Bien dices, que de rebozo
es mejor ver, que no ver.
Escóndese Rincún y el pescador. Sale el príncipe herido en la cabeza.
Cielos, ¿cómo consentistes
este rigor contra mí?
¿Cómo me tratáis así?
¿Cómo no me defendistes?
¿En qué os he agraviado yo,
pues gustáis que aquesta vida
se salga de su acogida
no tiniendo culpa? No,
de tratarme desta suerte,
¿no me dejaras primero
ver el hermoso lucero
antes de darme la muerte?
Que después más dulce fuera,
pues muriera sin cuidado,
el haber antes llegado
a ver la luz de su esfera.
Muy desmayado me siento;
sin duda quiere acabar
la vida, ya de dejar
el corazón sin aliento.
Échase en el suelo.
Sale la reina de caza con una escopeta
¿Qué es esto que he visto, cielo?
¿Quién tuuo tanto poder
que mereceisse tener
cumplido aquí su consuelo?
Brabo corazón tenía,
pues tantas vidas quitó,
que aqueste no fuera yo,
mucho a mí se parecía.
En su soberbio valor
no supiera yo quién era,
para que luego pusiera
algún rayo de mi amor.
Cielos, que mal me tratáis,
pues me queréis acabar
antes de llegar a dar
obediencia a quien la dais.
Llega hacia el prin.
Parece que se an quejado,
o me engaña el corazón,
de sobra la razón
según está mi cuydado.
Acia aquí la voz sonó
y de cuerpo lastimado
del modo que se a quejado,
pues saberlo tengo yo.
Válgame el cielo, ¡qué suerte
es esta tan desgraciada,
que vida tan mal lograda
está en manos de la muerte!
Sale en lo alto Venus y Cupido vendado con arco y flechas.
¿Qué es lo que intentas hacer?
Quiero ir a sujetar
a quien no quiere guardar
mis leyes. Esto ha de ser,
porque no quiero se alabe
y diga que me burlo.
Claro es hazaña, no
digo, porque bien se sabe
que quien a un David rindió,
y al prudente Salomón,
y a aquel tan fuerte Sansón,
que hombre ninguno venció,
y a un Virgilio gran poeta,
y a Hércules, que es batalla
que de ninguno se calla,
gasta hoy esta saeta.
Que venza esta mujer,
pero es tiempo mal gastado
mostrarte con ella airado,
si no te falta el poder.
Pero yo te pido aquí
que aquesta bárbara dejes.
Madre, tú no me aconsejes,
porque esto ha de ser así.
Ella me ha de obedecer,
yo la he de sujetar,
aquí no hay que replicar.
y así la voy a vencer.
Baja Cupido y tírale una flecha a la reina; no se va.
¡Que hubiese manos atroces,
que de esta suerte pusiesen
este hombre y se atreviesen
a tal crueldad! ¡Oh, feroces!
¿No tuvierais compasión,
manos traidoras y aleves?
No ser aquí tan crueles,
pues no tuvisteis razón.
¿Es posible que la muerte
sea en ti tan poderosa,
y a tal belleza alevosa,
tratándote de esta suerte?
¿Que haya quitado el valor
que este mancebo tenía?
Confieso que es tiranía
usar con él tal rigor.
Este debió de quitar
aquestos hombres la vida,
pues la suya está perdida
y casi para espirar.
Traidores descomedidos,
¿qué os hizo aquesta belleza,
si no os movió su riqueza,
y al fin quedasteis perdidos?
Mas, ¿por qué le doy tal nombre?
Merece este sujetar
mi libertad y alcanzar
que yo en mi boca le nombre.
Dioses injustos que hacéis,
cómo así os habéis vengado
de mí, pues yo he despreciado
a todos los que sabéis.
Cómo me hacéis adorar
a un cadáver yerto y frío,
cómo sujetáis mi brío,
por qué me queréis matar.
Mas al fin me castigáis
por enfrenar mi locura,
aquesto es cosa segura
pues veo que me negáis.
Pero ¿qué digo, ay de mí?,
¿puede haberla aquí mayor,
que este acabe su valor
si no me ha ofendido a mí?
A la persona del mundo
que más poder ha tenido,
pues sin vida me ha venido
en mala razón lo fundo.
Pues ¿puedo tener contento
con desearle la vida
hallando en mí su acogida
al paso de su tormento?
¿Cómo no procuro ver
si ya la parca ha cortado
la vida de este cuitado
que sujeta mi poder?
Y si alguna vida tiene,
cómo no procuro yo
Llégase a él.
que no desampare, no,
su belleza, pues conviene.
Hablad, señor, si podéis,
si tenéis alguna vida,
antes que la vea perdida,
pues la mía me tenéis.
Mirad que en hablar me dais
otra alma en mí diferente,
no esté vuestro hablar ausente,
si dos almas hoy gozáis.
Mirad que tendré consuelo
saber que no os ha dejado
vuestra vida, y mi cuidado
saldrá aquí de su desvelo.
Dulce bien, dulce amor mío,
no me hagáis tanto penar,
porque estoy para acabar
veros con tan poco brío.
¿Es posible que eres cielo
para mí tan riguroso
que te muestres tan quejoso,
quitándome mi consuelo?
Siquiera no me dejaras,
antes de darme la muerte,
que yo cumpliera mi suerte,
y después tú me acabaras.
No tuvieras piedad,
basta que llegara a ver
y gozar quien me dio el ser,
con la hermosura y beldad
de la reina, mi señora.
¡Ay, dista de aquesta vida
que por ti tengo perdida,
pues a ti solo te adora!
Sea yo aquí tan dichoso
por ti que llegue a tener
vida, solo para ver
este cielo milagroso.
Pues que aquí se me ha cumplido
ver que en vida le he hallado,
pues aquí he visto que ha hablado,
no quiero poner descuido.
Saca un pomo de bálsamo y échale en las heridas, y con un volante le ata.
Entre sí.
En procurarle curar,
pues aquí traigo con qué,
que quien por mí tiene fe
el bien no le he de negar.
Vuelve, divino mancebo,
en ti, y verás tus bienes,
pues dos corazones tienes
y dos almas, yo lo apruebo.
¿Cómo no te dan aliento,
recreo del alma mía?
¿Cómo callas la alegría,
si está ya tu pensamiento
gozando lo que pensaba?
Vuelve, mi bien y mi vida,
a esta reina que, perdida
por ti, sin verte lo estaba.
Maldigo aquesta vasalla.
¿Estoy en mí? ¿Qué locura
me causa aquesta figura
que apenas su vida halla?
¿Cómo este nombre me doy?
¿Yo vasalla? ¿Estoy en mí?
¿Cómo me sujeto aquí
a un cadáver? ¿Cómo estoy
tan baja, siendo tan alta?
Si solo con mi valor
daba al mundo resplandor,
siendo luz, y la más alta,
¿cómo me sujeto yo
a quien nunca ha merecido
ser mi vasallo, y perdido
sin vida le estimo yo.
El hábito que este tiene
no es de un pobre pescador;
¿qué es lo que quiere el amor?
¿qué es lo que conmigo tiene?
Basta tanto sujetarme;
muere, mancebo, ¿y qué importa
que tengas tu vida corta,
porque cese ya el quejarme?
Que menos importa en ti
tu vida, que mi deshonra,
que al fin sin ti tendré honra,
viviendo, no la habrá en mí.
Basta que tú has merecido,
estando muerto, más gloria,
si así has tenido victoria
lo que vivos no han podido.
Y pues tuviste ventura
sin llegarla a merecer,
conténtate con tener
la gloria de esta coyuntura.
Ya yo estoy desengañada
y conozco esta verdad,
y para mi calidad
tu belleza no me agrada;
yo quiero irme de aquí.
Vuelve Cupido a tirar la otra flecha y vase.
Hace que se va y detiénese.
basta tanto padecer,
que es abatir mi poder
si esto no me importa a mí.
¿Qué es esto? ¿Cómo no puedo
caminar hacia delante?
¿Hay temor tan semejante?
¿Quién pone a mi valor miedo?
¿Qué quieres conmigo, Amor?
¿Cómo me tratas así,
tanto rigor contra mí?
Yo de andar tengo temor.
Dioses, ¿cómo me dejáis?
¿Tan presto os habéis cansado?
Decidme, ¿en qué os he agraviado,
pues este pesar me dais?
¿Yo a un muerto tener amor?
¿Yo haberle dado mi vida
y estar así tan perdida,
yo sujeta a su valor?
Ea, que no puede ser,
yo le tengo de dejar.
Mas no, porque ha de quedar
solo, si le debo el ser.
Quiero volver, ¡ay de mí!,
a que ver aquesta belleza,
ver si tiene fortaleza
después que me fui de aquí.
Vuelvese a sentar junto a él.
Dulce bien del corazón,
aliento del alma mía,
gloria de mi compañía,
pues lo eres, con razón,
¿cómo tan suspenso estás
que no das vida a tu vida?
Siga por ti esta perdida
viendo que no se la das.
No estés, mi bien, de esa suerte,
no me causes tanto mal,
que más que tú, estoy mortal
si vives hoy, con mi muerte.
Gracias te doy, reina hermosa,
por el bien que a mí me has hecho,
pues tengo por ti mi pecho
libre de pena furiosa,
que solo con el deseo
que tengo siempre de verte
me has librado de la muerte
y vida por ti poseo.
Aparte.
La reina ha nombrado aquí,
sin duda debe de ser
por mí tanto padecer,
yo he de ver si esto es por mí.
Aparte.
No hay en el mundo qué ver
si he llegado a imaginar
que quien me llegó a curar
es quien da a todos el ser.
Ya mis heridas sanaron
y no siento mi dolor,
pues me está dando favor
la reina, y aseguraron.
Conviene disimular
de que no la he conocido,
ya que estoy favorecido
deste bien tan singular.
¿Quién os puso desta suerte?
A mí, señora, la hicieron
esos que tus ojos vieron
que descansan con su muerte.
Con intento de quitarnos
la pesca, y yo como mozo,
viendo su fuerte alborozo
y que era en balde tornarnos,
la pesca al fin defendí,
y en la refriega quedaron
los que a mí me acompañaron
y ellos también. (¡Ay de mí!)
Pero doy gracias al cielo
y a aqueste lugar precioso
que me ha hecho tan dichoso
topando en él mi consuelo.
¿Quiéresme hacer un favor?
¿En quién tienes ocupada
tu memoria? ¿Quién te agrada,
y a quién tiene tu alma amor?
Pues que me mandáis que diga,
que os manifieste la gloria
que tiene mi pensamiento,
escuchadme, vos, señora.
Porque sepáis, aunque humilde
de nacimiento, no es cosa
para no tener el alma
pensamientos de su gloria.
Hoy los tengo yo ocupados
en la cosa más hermosa
que alumbra el luciente Febo
al despedirse la aurora.
Y esta es la reina de Grecia,
cuya beldad es notoria
por el mundo, pues a nadie
deja con libertad propia.
Y la mía entre las redes,
y la fama voladora
no se ha podido escapar,
que me la ha robado toda.
Viendo que ausente de ella
estaba el alma penosa,
dejando todo el cuidado
quise buscarla, su gloria
olvidando el bullicioso
gusto de la pesca hermosa,
dejándolos descansar
en su morada espumosa.
que hasta los pescados fueron
dichosos del bien que gozan,
si por esta reina tienen
vida, pues ella lo estorba.
Trocando con mi hermano
el oficio, por ser cosa
para venir a la corte
a vender, y ser dichosa
mi suerte en tal ocasión.
Por ver lo que al alma importa,
me partí con pensamiento
de estar en la corte toda
mi vida, sin volver más
a pescar, aunque es curiosa
la pesca, a quien se ha criado
en ella, es cosa notoria
que en suerte he de morir,
porque mi vida gustosa
la tenga de ver mi reina,
consuelo para mi gloria.
Siente, es castigo del cielo
verme así, en muerte penosa,
por tan atroz pensamiento
en tan humilde persona.
Pero si se considera
esta causa piadosa,
no debo ser yo culpado
en adorar tal persona,
que al alma ha resucitado
de una muerte tenebrosa,
solo pensando en su cielo,
pues hoy me la da su sombra.
No tienes, bello mancebo,
que darte pena y congoja
tus heridas, que muy presto
tendrás la salud dichosa
y podrás ir a aliviar
los del alma, pues es cosa
que sanarán con la vista
de tu reina y tu señora.
Sana mientras que yo voy
a traerte algo que comas;
en esta cueva escondido
te he de dejar, porque importa.
No te tardes en venir,
si tanta merced me otorgas.
No tienes que tener pena,
que soy mía por ser sola.
Métele la reina en una cueva y vase la reina, sale Rincún y el pescador.
Gracias al cielo que es ida
la reina de aqueste prado,
y ya puedo, descuidado,
poner en salvo mi vida.
Viendo he estado lo que ha hecho
sin que ella a mí me sintiera,
que sé que si ella me viera
me hiciera muy mal provecho.
Porque, al fin, yo no viviera
si supiera que escuchaba,
y por mi vida no daba
un quatrín si lo entendiera.
En esta cueva ha escondido
aquel pobre caminante.
Llegóse a la cueva.
¡Ah, lucero relumbrante,
cuál traes a mi amo perdido!
Si será muerto, que estoy
con grandísimo cuidado,
y os aseguro que ha espirado.
Claro está que necio soy, pero yo voy
en aquesta cueva a ver
en qué para su tormento,
solo porque el pensamiento
descanse del padecer.
¡Ah, señor! ¿Descansas ya,
o estás padeciendo aquí?
Rincún soy, que me escondí
por temores, como va.
Sale el príncipe.
No descanso que antes muero,
después que miré aquel sol,
que con su hermoso arrebol
me alumbró en este destierro, pero ¿qué quiero,
si ya estoy en su acogida
con fuerzas, brío y valor,
si con sus manos amor
ha querido darme vida?
Ya mi mal yo no le siento,
y no tuviera sentido
si no fuera agradecido
a quien me quitó el tormento.
Pero ¿cómo te va a ti,
y cómo te has escapado,
que estás así descuidado?
Declárame el modo aquí.
Cuando en la refriega estabas
riñendo con agonía,
por no estorbar tu porfía
de la empresa con que andabas,
este pescador y yo,
como quien sabe la tierra,
por no vernos en tal guerra
los dos nos fuimos, que no...
somos dos los en rehenes
y no ay en esto cordura,
que, en aviendo coyuntura,
no ay cosa como el dar de huir.
En tanto que tu as passado
con la reina tus amores,
me a contado sus favores,
que dan temor y cuydado.
Y ansi te vine a buscar
por saber lo que avia hecho
contigo, porque mi pecho
no podia descansar.
Y bien sabe el alto cielo
que me e holgado de verte,
que estes libre de la muerte,
que es para mi gran consuelo.
Señor, pues solos estamos,
oy nos podemos bolver
donde podamos tener
buen fin, si acaso acertamos.
Que, si de esta as escapado,
no busques otra ocasion,
no pongas tu corazon
en otro nuevo cuydado.
Que si an dado de esta suerte
contigo tan amorosa,
otra vez vendra furiosa,
y te podra dar la muerte.
El consejo te agradezco
por la merced y el favor,
que al fin se luce tu amor,
pero premiarle te ofrezco.
Mas ya no podrá eso ser,
que está mi amor empeñado,
y pues voy desengañado,
aquí pienso padecer.
Dio al sol ya el medio vida,
y quien una vez la dio,
nunca por él la perdió;
esto es cosa conocida.
Él me mandó aquí esperar,
yo tengo de obedecer,
y lo contrario es perder
el bien que él me ha de dar.
Y así, volveos a esconder,
no venga y os tope aquí,
porque me pesará a mí
veros por mí padecer;
y pues sabéis donde estoy,
aquí me podréis hablar.
Que ¿al fin quieres esperar
a esta fiera? Muerto voy.
Pero dime, ¿qué has de hacer
35
sino cumples tu ventura.
Morirme, que es más segura
la muerte que el padecer.
Un consejo te he de dar,
que pienso será extremado;
no tengas de oírle enfado.
Di, que te quiero escuchar.
Pon en tu imaginación
que has alcanzado esta diosa,
que la has gozado amorosa,
que has visto su corazón;
que te quiere y tú la adoras,
que te has visto entre sus brazos,
gozando sus dulces lazos
ciegos con que te enamoras;
que has estado dos mil años
con ella viendo sus ojos,
y que no te ha dado enojos,
ni en sus amores engaños;
o que por un no sé qué
te has enojado con ella,
y mirándola, es centella
que de tu pecho se fue;
y luego entra el olvido
de tal modo y de tal suerte
que su vista es una muerte
para el que la ha aborrecido.
Pues haz de cuenta, señor,
que todo esto te ha pasado,
y que al fin te has enfadado,
y no le tienes amor;
y con aquesto podrás
volverte, porque es locura
cansar tu ingenio y cordura,
y al cabo lo perderás.
Vete, porque tu consejo
no me está bien a mi honor,
que hay en mi nuevo valor.
Vanse el Pescador y Rincún.
Digo, señor, que te dejo.
Ay, bien de paz, contento, alegre gloria,
vuelto en aquesta guerra y triste pena,
que prisiones arrastras y cadena,
que atormentan al alma con su furia,
Amor, ¿cuándo saldrás con tu victoria?,
¿cuándo me aliviarás?
Mi bien tengo de esperar
o mi muerte, si es posible,
que no es amor tan terrible
que empiece así a castigar.
Y si yo he de padecer,
padezca, si así es tu gusto,
que amor, viendo que no es justo,
me vendrá a favorecer,
y cuando en los mares muera,
desta beldad, tendré gloria,
que morir será victoria,
vivir muerte verdadera.
Fin.
[El texto de esta página se encuentra tachado y es prácticamente ilegible]
Tercera Jornada. No hay fuerza contra el amor. 37
Sale el Príncipe, y la reina.
Hacedme un favor, señora,
puesto que este bien recibo
y por vuestras manos vivo.
¿Quién sois? Si un bien adoro,
que sepa quién me dio vida,
librándome de la muerte,
merece saber qué suerte
tuvo mi vida, perdida.
La vida yo no os la ofrezco,
porque vos me la habéis dado;
si me sacáis de cuidado
y cansado no parezco
en que yo quiera saber
lo que queréis encubrir,
más os ofrezco servir
con el alma, no el poder.
Porque en mí muy corto está
que es de un pobre pescador,
mas aunque humilde el valor,
no sé qué muestras me da
viendo aquestas luces dos;
de aliento, en mi corazón,
que le sobra la razón
viendo que le ayudáis vos.
Contentaos, bello mancebo,
con lo que habéis recibido,
no queráis ser atrevido
a saber cosas de nuevo.
Basta que habéis alcanzado
más que persona en el mundo
y en esta razón lo fundo;
cese ya vuestro cuidado.
Señora, no puede ser,
porque como el alma adora
a la reina, mi señora,
a quien debo todo el ser,
será imposible callar
hasta que vos me digáis
quién sois, porque me matáis
con tanto disimular.
Que me parece imposible;
según parecéis a ella,
sois vos su misma estrella
o el alma; esto es infalible.
Y si lo sois, no neguéis
a mi alma aquesta gloria;
alegralda su memoria,
pues que tan fácil podéis.
Que solo a la reina adoro,
y solo por ella muero,
y sin ella yo no quiero
vida, siendo gran tesoro;
que si he de vivir muriendo,
y vos no lo sois, ¡ay, mi suerte!,
la tendré en ver la muerte
antes que estar padeciendo.
No quiero verte quejar,
porque me das pena a mí;
mancebo, vuelve ya en ti,
porque te quiero alegrar.
Sabe el cielo que tenía
diferente pensamiento
de no cumplir tu intento
ni darte más alegría.
38
Mas no ha podido sufrir
mi corazón tu tormento,
que en verte quejar lo siento
tanto, que me va el vivir.
Veíste quién soy aquí
y porque tengas tu vida
de todo punto cumplida,
la reina soy, vuelve en ti.
Sol que alumbras al del cielo,
tú que das a todos vida,
del alma perdida
por ti, pues la das consuelo.
Cómo pudiera vivir
si aquí no hubiera allegado
al cielo más deseado
que estaba por descubrir.
No sin causa el corazón
me atormentaba, siquiera
esta gloria verdadera
con tan sobrada razón.
Ya mi penar se acabó,
pues está el alma en la gloria;
ya puede amor su victoria
publicarla, pues venció.
Ya no hay más bien que miraros
ni dicha que obedeceros,
y por señora teneros
y, vuestro sol, adoraros.
Que quien la vida me ha dado
y me recibe en su cielo,
qué mayor bien y consuelo
hombre en el mundo ha alcanzado.
Basta que me atormentáis
y abrasáis mi corazón,
que si os quejáis con razón,
con eso más me matáis.
Que ya os pago vuestro amor,
que si el alma me habéis dado,
las dos me habéis vos robado
con vuestro hermoso valor.
Bien podéis ya descansar,
pues el bien se os ha cumplido;
no os quejéis, que no es perdido,
pues está a vuestro mandar.
Sujeta aquí me tenéis,
que vuestra hermosa belleza
ha tenido fortaleza
para vencer lo que veis.
Aqueso, señora, no
consentiré que digáis,
que de nuevo me matáis,
si soy el esclavo yo,
quien jamás pudo llegar
a sujetaros a vos.
Amor, que lo ha sido por vos,
me pudo a mí sujetar;
pues él rindió mi pecho
que yo os llegase a querer;
a él debéis el poder
de veros ya satisfecho.
Mil gracias le doy, Amor,
pues tanta gloria me ha dado,
y de nuevo me ha formado,
según vuestro resplandor.
Aparte.
Vamos, señor, vamos luego,
que, digo, no estoy en mí,
que este me sujete aquí
y me abrase en vivo fuego.
Yo me voy, que me conviene.
Señora, no os descuidéis
si vuestro vivo queréis
que el alma note que tiene.
Como ve ausentar su cielo,
aunque yo me voy de aquí,
el alma que vive en mí
os queda dando consuelo.
Aparte.
Si el alma vos me dejáis,
podré pasar esta ausencia,
pues me dejáis en presencia
lo que vos más estimáis.
Dichosa mi suerte ha sido
en esta feria a mi ida,
cuando aquesta aurora hermosa
tanto me ha favorecido.
Vanse. Y salen el Rey de diamantes, y Monfred, privado del Rey.
Que no haya nuevas de ninguna suerte
de Donaldo, mucho me he espantado.
Sin duda Crudavella le dio muerte,
y por no darme pena se ha callado.
Triste partida y triste fue su muerte,
si es verdad que la vida le ha quitado,
porque no saber nada en su partida
es sin duda, mi hijo está sin vida.
De que en el reino cosa no se sabe,
estoy bien informado, esto es de cierto.
el negar la verdad, si fuera muerto,
a quien la vida en tus manos sabe
que está sujeta, por tal desacierto
si de su alteza la verdad callara
y a ti, señor, no la manifestara.
¡Ah, bárbara, cruel, fiera homicida!
¿Qué te hizo este Abel, que de la suerte,
sin averte ofendido a ti en tu vida,
la suya le acortaste con la muerte,
a sangre de mi sangre, que vertida
está a manos de este Nerón fuerte?
Pues con la tuya se bebió la mía,
triunfando mi poder y mi alegría.
Mas yo te juro por el alto cielo,
y por Júpiter, dios a quien adoro,
que as de pagar aqueste desconsuelo
que al alma as dado; pues a su decoro
le perdiste el respeto, y mi desvelo
a de ser para ti, cual fiero toro
que a quien le ofende mil pedazos hace
y no queda vengado en lo que hace.
Mandad y executad luego al momento,
que el campo se aperciba para guerra,
y cumpliendo con esto a mi intento,
le tengo de abrasar toda su tierra
y a ella la he de dar cruel tormento;
pues justo aquesta bárbara que muera,
que pues el bien a mí me le a quitado,
de su crueldad me he de ver vengado.
Señor, no es justo que ejecutes luego
sin saber deste caso la certeza,
y que vayas rompiendo a sangre y fuego
con tan pocos es justo en tu fortaleza,
que yo me obligo de saberlo luego,
si es verdad que te ha hecho tal fiereza,
y siendo así te ofrezco de vengarte,
que tomo esta venganza por mi parte.
Montfred, yo os agradezco ese buen pecho
que tenéis de vengarme, sois honrado,
pero no quedaré bien satisfecho
si con mis manos no me veo vengado.
Yo he de beber la sangre de su pecho,
y aun no estará contento mi cuidado,
que si así no restauro yo mi vida
con brazo ajeno, quedará perdida.
Yo he de cobrar lo que ella me ha quitado,
yo he de saber si es cierta aquesta muerte,
yo he de ver desta ausencia el triste hado,
yo he de ir a mi suerte, o a su suerte,
y no quiero sin hijo ir a mi estado,
yo no puedo sufrir este mal fuerte,
yo tengo de morir, o ver mi pecho
de tan gran crueldad bien satisfecho.
Avisad a esta bárbara, aperciba
todo el poder que tiene, que no quiero
cogerla descuidada, porque viva
si su poder saliere verdadero;
porque para traerla yo cautiva
sin avisar pudiera, mas no quiero,
que no es hazaña en mí sacar la espada
si está desta ocasión muy descuidada.
Digo, señor, que al punto te obedezco,
y avisaré del modo que has mandado,
y la vida que tengo te la ofrezco
para ayudar a tu feliz cuidado.
El gusto que me dais os le agradezco,
y os ofrezco de mí seréis premiado,
que quien me ayuda a sentir mis males,
sin ser rey, hoy los dos somos iguales.
Vanse, y sale la reina, sola.
¿Qué es lo que me ha sucedido?
¡Cómo me veo trocada!
¿Yo soy la diosa guardada,
que jamás hombre ha podido
sujetarme? Por perdido
que han dado por mi valor,
¿yo a un hombre tener amor
tan humilde? ¿Cómo, cielos,
causáis en mí estos desvelos,
dándome tan gran temor?
¿Yo soy reina? Aquel, ¡oh no!,
porque no pudiera ser
sujeto yo mi poder
a quien es menor que yo.
No puede ser, esto no.
Ya yo no soy Crudavella,
pues tengo tan baja estrella,
que he puesto en un pescador
todo el poder y valor,
y ya se eclipsó mi luz bella.
Amor, ¿cómo has sujetado
mi poder de aquesta suerte?
¿Cómo me das esta muerte,
a costa de mi cuidado?
¿Qué has visto en mí, qué has hallado
de liviana en mi valor,
pues quieres que tenga amor
a quien nunca ha merecido
que aun en el público ruido
siendo para él honor?
La columna derecha de la página contiene texto completamente tachado, aparentemente un borrador previo.
que yo lo olvidara allí,
que acudiendo de aquesta suerte
te librara de la muerte,
y hoy este me la da a mí.
¿Cómo, amor, tratas así
a quien tú debes el ser?
¿Cómo muestras tu poder
con quien el honor te ha dado?
¿Cómo a mí me has agraviado
en quererme a ti vencer?
¿No sabes que he deshechado
tantos príncipes y reyes,
y he quebrantado mil leyes
que en mí se han notificado?
Que si de ti con agrado
con los hombres he temido,
¿cómo no me has defendido
de que en tal cosa cayera,
para que no me perdiera,
guardándome mi sentido?
Dioses injustos, ¿por qué
así me desamparáis,
y desta suerte dejáis
a vuestra defensa? No sé
cómo en vosotros se ve
tanto descuido conmigo.
El cielo me sea testigo
deste agravio, que en mi pecho
todos juntos habéis hecho
para que os venga el castigo.
Ya me veo sin honor
ya sin fuerza ni poder,
pues he venido a caer
en tan grave deshonor;
y pues está mi valor
sujeto a tanta humildad,
yo he de encubrir la verdad
con dar muerte a este homicida,
para que quede mi vida
libre de aquesta maldad.
Yo le voy luego a buscar
que a Dios quiero le ver,
yo he de cumplir mi deseo
en irle luego a matar;
porque no se ha de alabar
que este hombre así sujetarme ha venido
y que a mi poder ha ofendido
con su humildad y belleza,
y que tuvo fortaleza
para ser tan atrevido.
Vase y sale el Príncipe de Sacueba.
Que pueda en calma vivir
a costa de mis pesares,
estando mi vida ausente
cercada de tantos males.
Pues desahuciada del bien
procura desenfadarse,
a pesar de los desdichos,
y mi fortuna alegrarse.
¿No es mejor, alma, te digo,
que te volvieras cadáver,
y desterrada del bien
no has de poder consolarte?
O por lo menos dijeras,
si acaso puedes quejarte,
aquí donde mis suspiros
pueblan estas soledades,
si con esto enternecieras
a los montes y a las aves
para que tu pena fiera
a sentir se la ayudasen.
Pero si me falta el cielo,
¿cómo podré yo alegrarme?
Todo en mí ha de ser tormentos,
y mis contentos, pesares.
siento los rayos de gloria
que gozaba de aquel ángel,
diciendo: «¡triste de mí,
que a tanto se obliguen mis males!».
¿Habrá alguno destos montes
que mis penas acompañen,
pues ya me ha negado el día
y el norte en esta noche afable?
¿Habrá quien tantos desdichos
conmigo en el mundo iguale,
aquí, donde en cualquier día
que amanecen mis pesares...?
No puede haber quien no tenga
penas en el mundo y males,
pero los que yo padezco
están por imaginarse.
Pues estos montes y selvas,
estos prados y estos valles,
estas aguas que en la arena
van rompiendo los cristales,
que parece que la risa
que entre ella los guijarros ven,
pueden dar vida a los muertos
y a vivos quitar pesares;
y estos dulces jilguerillos
con sus hermosos pasajes,
que están diciendo ternezas
al aurora cuando sale,
para aliviar mi pasión
no vienen a ser bastantes,
pues siempre mis ojos son
arroyos entre estos sauces.
Pues en mirando a los montes
que piensan avecindarse
en el cielo con su altura,
son causa de más pesares.
Pues no me llevan contigo
por si de alto alcanzase
a ver si el cielo que adoro
por allá arriba topase
si vuelvo a ver estas selvas
y aquestos prados galantes
que con su frescura hermosa
dan vida a Venus y a Marte
a mí me la quitan luego
cuando veo que no sale
de entre su hermosa espesura
la flor que causa mis males
Triste, ausente y ofendido
vivo, en los hermosos valles
pues el alba no me muestran
cuando amanecen brillantes
Del rocío de la noche
que el cielo en pago les hace
de la risa que le muestran
cuando el sol dorado sale
En nada hallan contento
mis vanas seguridades
a menos de su belleza
cada vez que el alba sale
Porque el vivir de ti ausente
no llamo muerte agradable
que es muerte con purgatorio
pues no hay bien sin ti que baste
Sin ti todo el bien es muerte
y sin ti quién ha de hallarse
pues sin ti todo es tormentos
pesares y más pesares
Porque tus ojos son cielo
y pudiera yo espantarme
si por olvidarte hubiera
alma tan grosera en nadie
Yo no sé qué he merecido
a tus hermosos cristales,
pues pudiendo darme vida,
con muerte has querido honrarme.
Pues desterrados están
de tus luces relumbrantes
mis ojos en las tinieblas
del sol que los eclipsaste.
Pero pues de mí te ausentas,
bien pudieras perdonarme
mis yerros, si te ofendieron
por los aciertos de amarte.
Mucho mis recelos temen,
¡ah triste, mi amor constante!
pues me pagas con olvido
de ausencia tremenda cárcel.
Pero en grandes pretensiones
las penas han de ser grandes,
por llegar tan atrevido
a tus luceros brillantes.
Si por quererte castigas,
mejor fuera no adorarte,
que a veces el menosprecio
es causa de amor más grande.
Pero, ¿cómo he de poder
olvidar, si eres el ángel
que siempre a mi lado tengo
aunque jamás me acompañes?
Desdenes y prevenciones
mis ojos temen, que saben
que al poder con tiranía,
toda resistencia es fácil.
Y así, enviando suspiros,
que son los que van delante,
ablandarán tu rigor
y ese corazón diamante.
Sale la reina sola.
Aparte.
Señora, seas bien venida.
Como no me ha respondido,
pierdo de verla el sentido,
temo en sus manos mi vida.
¿Cómo venís desta suerte?
¿Cómo eclipsáis las estrellas,
sabiendo vos que con ellas
me librasteis de la muerte?
Aparte.
Yo con temor, ¿pues por qué?
Si este es quien me ha quitado
mi honor, y así me ha agraviado.
¿Qué tengo? Porque noté
qué pasión tiene mi pecho.
Ten ánimo, corazón,
¿no ves que tengo razón?
Pero no será bien hecho
que yo le quiera matar,
que le adoro como a mí.
¿Qué digo? ¿Estoy en mí?
Yo me puedo reportar.
¿Para aquesto vine yo
tan fuerte y determinada?
¿Cómo estoy tan desmayada
que no ejecuto? Mas no,
porque es echarme a perder;
quiero primero escuchalle,
que no es justo así matalle,
sin darle el porqué a entender.
Señora, ¿cómo venís
desta suerte disfrazada?
¿Qué pena tenéis guardada?
¿Cómo no habláis? ¿Qué decís?
¿Cómo el sol luce sin vos,
si está vuestro sol nublado?
¿Cómo en el sol hay cuidado
si le dais vos con los dos?
Decid la causa, señora,
no me hagáis más padecer,
mirad que quitáis el ser
al alma que en vos adora.
Que si duráis de esta suerte,
será imposible vivir,
si a vos no podré acudir
por librarme de la muerte.
Si ya estáis arrepentida
de hacerme tanta merced,
sabed, señora, sabed
que en mí no ha estado perdida.
Y porque de mí sepáis,
aunque en este traje estoy,
que no soy, porque no soy
el que vos en mí estimáis.
Yo os quiero luego alegrar,
si acaso os ha parecido
que a quien os habéis rendido
con vos no puede igualar.
Yo, señora, soy, de donde
siendo vos quien me dio vida,
de vuestra dulce acogida,
aunque hoy de mí se esconde...
Pero de dónde nací
os diré, de Diamantea,
una pobre y triste aldea,
aunque corte para mí.
en ella vine a tener
nuevas de vuestra belleza,
con que alcancé fortaleza
para veniros a ver;
y el cielo me hizo dichoso,
y hallé en toparos luego aquí,
pues me disteis vida a mí
con el rostro milagroso.
Verdad es que disfrazado
me importó venir a ver
vuestra gloria, por tener
cumplido ya mi cuidado.
Y así, señora, podéis
alegraros, porque soy
hijo del rey, aunque estoy
del modo que aquí me veis.
Y Donaldo es mi nombre,
príncipe de Diamantea,
pero esclavo, que desea
serviros, y no os asombre.
De lo que a mí me escucháis,
que soy el que os he contado,
aunque veis que lo he callado
con el traje que en mí halláis.
Y si de esto estáis quejosa,
volved en vos, pues sabéis
quién es el que vos queréis,
salga vuestra luz hermosa.
Y de aquesta dilación
os pido perdón aquí.
Habladme, señora, a mí,
alegrad mi corazón.
Que al fin sois hijo de rey.
Soy lo que aquí he contado;
bien puede vuestro cuidado
poner otra nueva ley.
Mayor le tengo de veros,
pues que me habéis engañado,
venir así disfrazado.
Importa para teneros
por mi reina y mi señora.
(Aparte.)
Que este con todo el poder
no me pudiese vencer
siendo rey, y solo ahora
pudiese con su belleza,
y por humilde alcanzar
donde no pensó llegar
con toda su fortaleza.
¿Qué hago que no le mato?
¿cómo vive y deshonora,
y yo no me vengo ahora
de aqueste gran desacato?
Corrida estoy de lo hecho,
que me sujetara a mí;
beberle tengo yo aquí
toda la sangre del pecho.
Pues, ¡oh, cielos!, ¿qué es esto?
¿yo sin honor y sin vida,
yo sujeta y tan perdida,
cómo consentí aquesto?
¡Por los dioses, que he de hacer
este hombre mil pedazos,
y el alma aquí entre mis brazos
también tengo deshacer!
infame, yo he de matarte,
porque me importa mi honra,
que viviendo mi deshonra,
vive con mi disparate.
Esto ha de ser desta suerte,
yo he de dejar enterrado
el secreto en ti, y callado,
con darte ahora la muerte.
Saca un puñal y va a le dar.
Señora, no te he ofendido.
¿Cómo no, si me has llegado
al alma, y me has engañado?
Luchan los dos, el príncipe defendiéndose.
Mira, detén, que rendido
me tienes con tu poder,
duélete de mí si puedes,
pues sabes hacer mercedes.
Dale una puñalada y suena un correo.
Aquí no te ha de valer
la humildad, muere, traidor.
¿Qué ruido es este que viene?
¿Quién mi cólera detiene?
Aquí importa mi valor.
Vase la reina, y cáysele el puñal. Y queda herido el príncipe, quejándose.
No te vayas, no, detente,
acábame de matar,
que morir por ti es ganar
el cielo, estando presente.
No siento, no, aquesta herida,
mas siento el ver que te vas,
pues que con eso me das
más muerte, a mi triste vida.
Mal pagas a quien te adora,
pues te vas de aquesta suerte,
que con irte me das muerte,
y vida, siendo
vida quedándote ahora.
Vuelve, vuelve, no te ausentes,
que aunque me dejas herido,
mucho más quedo rendido
de amor, con tales presentes.
Confieso que te he ofendido,
mas ya te pido perdón;
dame ahora el galardón
que pide un arrepentido.
Mas, ¿qué pido?, ¿estoy en mí?
si con puñal me das gloria,
qué se aflije mi memoria,
sin duda que no está en sí.
Sale el pescador y ve al príncipe suspenso.
Señor, ¿de qué es la tristeza?
¿piensas acaso en la muerte?
mira que es muy mala suerte
dar en tan necia flaqueza.
Aunque me ves de este modo,
suspenso y todo turbado,
la gloria me ha dado
un ángel, que lo es en todo.
Ángel que quita la vida,
mala gloria puede dar
si te ha querido matar.
Antes me ha dado la vida.
Porque el querer sin dolor
no es querer, que ha de costar
trabajo, el que empieza a amar
si muestra que tiene amor.
Que para ser estimado,
si no empieza a padecer,
no diga sabe querer
si no le cuesta cuidado.
La reina me ha puesto así,
pero no lo siento yo no,
mas siento que me dejó
y se fue, triste de mí.
De perder una mujer
sientes, cuando está tu vida
casi del todo perdida,
está, sentí, y en efeto.
Vámonos, señor, de aquí;
perdido has lo que has tenido,
mira que te ves perdido.
No me está bien eso a mí.
Aquí me dejó y se fue,
aquí me tiene de hallar,
y aquí tengo de esperar
la gloria.
Señor, no sé,
que aquesto te ha asustado,
que si no está arrepentida,
acabará con tu vida.
Descansará mi cuidado.
y así te pido, señor,
que me cumplas este gusto,
pues lo que pido es tan justo
que importa a tu valor.
Quiero al fin obedecerte,
pues que me quieres curar.
Quisiera luego acertar,
por librarte de la muerte.
Vanse, y sale la reina a buscar al príncipe y no le topa, y ve el puñal y álzalo, diciendo esto:
Amor, mucho me atormentas,
pues me haces venir a ver
a quien me ha echado a perder;
mucho amor, mi honor afrentas.
Con un pobre pescador
me has puesto de aquesta suerte,
dándome tan fiera muerte,
quitándome mi valor.
Pero ¿qué digo? ¡Ay de mí!
nombre de pobre le doy
como tan trocada estoy,
con quien quiero más que a mí.
Quiero ver si tiene vida
a quien me la ha dado a mí,
que no es bien que esté yo aquí
tan descuidada y perdida.
Llega a la cueva y ve el puñal en el suelo y álzalo.
Álzale.
¿Qué es esto? ¡Válgame el cielo!
¿Aqueste no es el puñal
que ha causado tanto mal,
el que está en aqueste suelo?
Pues como yo le dejé,
grande fue mi turbación
cuando estaba en la traición
con quien inocente fue.
Puñal, pues desamparaste
a tu reina, ¿dónde está
el que la vida me da,
pues que tú le acompañaste?
Habla, pues tienes poder,
ya que te ves en mi mano,
no seas contra mí tirano,
pues mi mano te da el ser.
Dame cuenta de mi vida,
y dime dónde quedó,
si es vivo o si se murió,
que sin él estoy perdida.
Puñal, que fuiste instrumento
de toda mi perdición,
muéstrame mi corazón,
no me des tanto tormento.
Vive sin duda. Que no,
pues callando estás diciendo
que murió o se está muriendo,
mas adónde, no sé yo.
¡Cielos, tanta crueldad,
tanto rigor contra mí!
pues que lo merezco, sí,
si me faltó caridad
con quien la tuvo conmigo,
pues, pudiéndome matar,
quitó verte atormentar
con este puñal, testigo
de tu inocente humildad;
y pues este brazo fuerte
a sí mismo se dio muerte,
pues no tuvo piedad,
padezca el alma por él,
muera el cuerpo, pues le falta
una joya, la más alta,
que es la vida, por cruel.
Pero, ¿qué clarín al cielo
es este que con su voz
por el aire tan veloz
quiere corromper su vuelo?
Falt. Suenan cajas y un clarín de guerra, y di adentro.
Marche el campo, marche luego,
que nos importa llegar,
esta guerra a sangre y fuego.
Si este campo es contra mí,
mas viene mal informado,
que parece el cielo airado
con prevenciones así.
Porque si el mundo viniera,
mi reino no sujetara,
porque sola yo bastara
para que aquí se perdiera.
O no teme mi poder
a los reyes de la tierra,
porque esta es pequeña guerra
que es de mi valor vencer.
Bien me puede perdonar
amor en esta ocasión,
que voy a la perdición
de quien me viene a buscar.
Vase, y sale acompañamiento de soldados de guerra y el rey de diamantes armado, y suenan cajas y trompetas.
Aquí se puede poner
el campo, pues cerca estamos,
o manda, señor, que hagamos
que te hemos de obedecer.
Muy bien me parece a mí
este lugar.
Estremado.
Disparan dos escopetas.
Habéis muy bien acordado;
hágase la seña aquí,
porque sepan que aguardamos.
Echen sin bala algún fuego,
ea, soldados, sea luego,
pues a vencer nos juntamos.
Sepa esta reina el valor
que en mí se encierra, y poder,
y que no llego a temer
su amenaza y su furor.
Sepa que yo solo puedo
a todo el mundo acabar.
porque con solo el mirar
hago que me tengan miedo.
Que para mí una mujer
por fuerte y brava que sea
es mujer, y si pelea
es de boca, sin poder.
Suenan cajas de guerra.
El campo contra ti viene,
mira qué habemos de hacer.
Venga todo su poder,
que eso es lo que le conviene.
Para valerse de mí
ea soldados valor,
nadie muestre aquí temor,
pues que me tenéis a mí.
Tocan cajas y salen soldados de guerra y la reina armada.
Ya en el campo con los dos
que ha deshecho toda tu guarda
me tienes, di lo que quieres,
habla si tienes palabras.
Para poder responder
qué haces, cómo te tardas
en ejecutar tu furia,
quién te detiene, qué callas.
Escucha, diré a qué vengo:
yo te envié una embajada
para casar a mi hijo
contigo, y tú, tan ingrata,
respondiste con tal modo
que quise darte batalla.
Luego que vi tu respuesta,
pues en ella vi tu cara
ser Nerona de los hombres,
pues con tan grande arrogancia
me dijiste no temías
mi poder, y está bien clara
la razón en lo que os he hecho,
pues un pedazo del alma
me tienes en tu poder,
pues aquesta fue la causa
de no venir contra ti
hasta que él viese tu cara.
Partióse para tu corte,
partida para mí amarga,
pues no sé si es muerto o vivo;
es mi hijo, aquí reposa
en que me le has de volver
vivo o muerto, o tu alma
ha de salir de tu cuerpo
con los que a ti te acompañan.
Si no me das lo que pido,
veréis lo que te agrada.
Ni su hijo es tuyo ya,
ni hoy en mi corte se guarda,
ni le tengo en mi poder,
mintiendo lo que me hablas.
Ni entiendas que yo te temo
todas esas amenazas,
que es tu poder con el mío
muy corto, porque no alcanza
a solo el valor de uno
de los que a mí me acompañan
para que tú te defiendas
sin quedar en la demanda;
y porque sepas quién soy,
y que el mundo no me espanta,
me holgara de haberle muerto
solo por ver que te daba
tal golpe en el corazón,
y que te quitaba el alma
por matar a quien adoras,
que esa es muy grande arrogancia.
¿No te han dicho allá en tu reino
quién soy, y que no me espanta
tu valor, siendo mujer?
¿Qué me miras? ¿Por qué aguardas
a que mi campo te acabe
tu poder, y te deshaga
el tuyo luego en ceniza?
Y escoge lo que te agrada:
o irte sin pelear,
o quedar en la demanda.
no sientes que por mujer
tienes cierta la vatalla,
y si de esto no tienes res-
resolución, ni te agrada,
haz cuenta que yo a tu hijo
demuestro, y que su alma
con mis manos he quitado;
procura aquí restauralla,
que ni temo tu poder
ni ese campo que te guarda.
Señor, ¿por qué te detienes?
¿Que no damos la vattalla?
Acometamos, si gustas;
muera, señor, su arogancia.
Dentro.
¡Viva el rey de diamantes!
Dentro.
¡Viva la reina que manda
el mundo y muera el rey,
y toda su furia brava!
Apréstanse para dar guerra, y antes sale el Príncipe armado, y el Pescador, y Rincún.
La reina viva mil veces,
y yo estoy aquí feroz,
que la defiende Donaldo,
aunque ella por sí se guarda.
Vase acia la reina.
Padre, que ya ves, Señor,
qué poco de provecho os
las fuerzas que a conquistar
al mundo provocáis hoy;
pues advierte que yo solo
basto para combatiros
este exército y salir
con lauro de su esfuerzo.
Tente, no llegues acá;
teme, soldado, mi espada;
vuélvete, pues tienes vida,
no la pierdas tan barata.
Soy, señora, de tu bando.
No te he menester, que basta
mi brazo contra tu rey.
Que te costará la vida
si no vuelves las espaldas.
No es nobleza en mi persona,
y veis aquí quien la aguarda.
Dale la reina una acuchillada, y cáesele la visera, y conócelo.
¡Cielos! ¿Qué es esto que miro?
Ya, para contentar el alma,
de ver su gloria a los ojos,
por causa de la batalla.
Señora, esta gloria es mía;
ya aquí mis penas se acaban,
pues llego a ver vuestro cielo
con poder de vuestras armas.
El Príncipe, mi señor,
es con quien la reina habla.
Llega el Rey.
Donaldo, ¿hijo mío?
Padre y señor de mi alma.
Como con tanto descuido,
pues por vos esta batalla,
pensando que estabais muerto,
salimos a la demanda.
[Arrodíllase.]
Hasta salir con mi intento,
juré de no hablar palabra,
y ya los cielos me han hecho
tan dichoso y con tal gracia,
que la reina, mi señora,
a quien debo vida y alma,
me ha hecho dueño de sí,
gloria que al fin yo buscaba.
Supe el caso y la discordia,
y porque no se llegara
a ejecución, he venido
para estorbar la batalla;
y así de mi parte os pido
el perdón de vuestra gracia.
[Arrodíllase.]
Yo digo, señor, lo mismo,
pues ya soy prenda del alma.
Felices años gocéis
aquesa prenda del alma,
publicando hoy el amor
desta discordia bonanza.
Y vos, señor, estos brazos
de vuestra esposa os aguardan.
Dichoso mil veces yo,
pues gloria por mí se canta.
Sale Cupido con los músicos en una nube cantando.
Victoria por el amor,
oy aquestos coros cantan,
que rindió con su poder
la hermosa reina de Braualba.
Desaparecese la musica.
Señor, vuestra majestad,
pues he servido de guarda,
se acuerde de mi pobreza,
porque de la pesca salga.
Dos mil ducados de renta
te doy.
El cielo te haga
poderoso en todo el mundo,
con salud y vida larga.
Y para Rincun ¿no habrá
alguna luz, porque salga
de donde ha estado escondido
los días y noches largas
sin ver un quarto de oro y plata?
Otro tanto te doy tambien,
y de mi palacio guarda.
Beso tus pies soberanos
por esta rica ganancia.
Aqui, muy noble senado,
aquesta istoria se acaba;
victoria por el amor,
perdonad todas las faltas.
[Página en blanco o paratexto]
Segunda Jornada victoria por amor
dentro
reina infeliz
que no perdones aqui,
ofendida bien, que así
no volverá a tu beldad
dichoso un llanto aflijido
con tu sangrienta herida
cuando agraviada señora
matando a su aborrecido
sale rincon
Aun, Dios perdone a mi amo,
que furia que rigor veo,
como se va del empeño
huyendo, que es justo intento,
que un pariente así loco
por la vía que ha tomado.
Ya rincon vengo alcanzando
los pasos a uno que altivo
Donde esta que no le veo
huir d'esse parricida,
adonde va que a las aspas
así deja, a un pobre ciego
adonde queda perdida
mi vida desamparada
que con el estoy mirando
quien te ha de vengar oyendo
quien te ha de vengar muriendo
[Página en blanco o paratexto]
Segunda Jornada, victoria por amor
54
Dentro.
Amaina las velas,
que nos perdemos aquí;
aférrala bien, que así
no subirá a las estrellas.
Dichosa mi suerte ha sido
en esta feria amorosa,
cuando aquesta aurora hermosa
tanto me ha favorecido.
Sale Rincún.
Cien años, según mi cuenta,
ha, señor, que no te veo;
¿cómo te va del empleo
de amor, que la reina intenta?
Que estoy, por Dios, casi loco,
por saber lo que ha pasado.
Ya, Rincón, vengo alcanzado,
logréla, pues que la toco.
¿Dónde está, que no la veo?
Bueno es eso pa mi vida,
¿adónde está, que la topas?
Casi, por Dios, me provocas
a decir que está perdida
tu vida de aquesa suerte;
que, como te estoy mirando,
voy yo mismo imaginando
que trabajas con tu muerte.
¿Qué es la ocasión que has hallado?
Vienes al fin como sueles,
muy poco de mí te dueles
cuando tienes tal agrado.
Yo no quiero y en mi vida
he de querer, que es locura,
porque amor nunca asegura
bienes en voluntad encendida.
Ves aquí que crees, señor,
porque te dices querido
de esta reina y que atrevido
amor rindió su valor.
Ves aquí que amor se enfada
contigo y vuelve la hoja
y entre congoja y congoja
con el tiempo no le agrada.
Y si te dio querer,
hoy quiere que te aborrezca
y que su veneno crezca
en hacerte padecer.
¿Qué has de haber con esta gloria
que se acaba y nunca dura?
Morir, Rincón, que es cordura
por no olvidar la memoria.
Pero no me digas eso,
porque es imposible ver
que haya de venir a ser
tal tormento recompeso.
que pues amor me ha metido
con esta luz, este sol,
siempre estará su arrebol
alumbrando mi sentido.
Verdad es que alumbrará,
pues ahora no lo niego,
pero de su luz reniego.
No digas que faltará,
que es en vano tu porfía;
que si aquesta luz no hubiera,
jamás en el mundo hubiera
solo un rato de alegría.
Vamos de aquí, vamos luego
a buscar aquesta aurora.
Por mí vámonos, si es hora,
a buscar en ella el fuego.
Vanse. Sale el rey de diamantes y Monfil privado.
Cuando el aurora quemó,
siendo una dulce frescura,
no es buena esa conjetura,
si hoy hallo que te abrasó.
Que hay auroras de tal modo
que abrasan a todos hoy,
pero tú, como enamorado,
sientes la frescura en todo.
No me estorbes mi contento,
que sabes mi mucho mal.
Bien dices, que un inmortal
no siente ningún tormento.
[Página tachada]
Y ver lo que siempre aplaudo,
tiene al fin más ofendida.
Muy poco devían deidades,
cuando te pesa el agrado,
pero quiero que mi vida
es de quien quiero lo mesmo,
porque amo nunca ofendida
a los cielos ha ofendido,
de rigor querer tomar
porque lo más que he sentido
de la reina y que abrazo
ama más a su valor
ver aquí que así lo intento
como ya igual le consiento.
no se disculpe de amor,
Si te han dado quejas
que la vences en rigor
con acierto padecer
que has de ser conocido
que te acaba de vencer,
morir sino es de amor.
Déjame indigno amor,
porque es imposible cosa
que haya dolores de amor
tal tormento en tal rigor.
de hacer un ciego bosquejo,
si el mundo ha de ver después,
adivino en los sucesos
a que avisan los recelos,
que parece lo seguro
en lo más claro que veo,
pues sin excusa lo pienso
obrar en mis deseos,
que vengo ya a ofrecer
una razón conocida,
y es que un necio apasionado
que no le falte un cuidado.