digitanler Text von No hany fuerzan contran el anmor | BITESO
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digitanler Text von No hany fuerzan contran el anmor

Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026

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Jancinto López
Stilometrie-Zuschreibung
Jancinto López Sicher
Genre
Comedian
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El texto procede de lan trannscripción anutomátican de un mannuscrito de lan BNE (signanturan MSS/14886).

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de No hay fuerza contra el amor. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/no-hay-fuerza-contra-el-amor.

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NO HAY FUERZA CONTRA EL AMOR

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Jornada primera

Pang. 11

N 3 No hay fuerza contra el amor 1

Comedia Victoria

Crudavella reina griega, el Rey de diamantes Madania dama, Donaldo hijo del rey Serpedon ayo de la reina, Tongelio embajador un leonero, Curcio cavallero dos pescadores, Rincun gracioso

Ha de estar adornado el teatro como jardín y un trono para la reina y almohadas para los demás, tocan chirimías y salen algunos cavalleros de fiesta, entrasse de franceses y damas de griegos, han de salir acompañando a la reina y una de las damas ha de sacar una espada y escudo pin- tado un león y los músicos y un leonero.

Crudavella.

Lo que yo os tengo mandado

luego al punto habéis de hacer

porque gustaré de ver

cumplido así mi cuidado.

Leonero.

Mire vuestra majestad

Crudavella.

que el demorar es mi gusto

Leonero.

y el obedeceros justo.

Crudavella.

Cumplís con mi voluntad.

Cantan los músicos y danzan los cavalleros.

Músicos.

Al jardín venus salió

prestando vida a las flores

y ellas llenas de favores

invidia a febo le dio.

Pang. 12

Dentro.

Leonero.

Aparta, guarda el león.

Crudavella.

¿De qué es el temor? Decid,

que esta voz es ilusión;

que nadie se atreverá

a estorbaros vuestro intento,

porque fuera atrevimiento

donde yo estoy, y a esta hora.

Aquel león encerrado,

seguros podéis estar,

volved, volved a danzar,

que ya el rumor se ha acabado.

Prosiguen los músicos, y danzan los caballeros.

Músicos.

Rayos despiden sus ojos

que matan aunque dan vida,

es muy feroz su acogida,

cuando está causando enojos.

Dentro.

Leonero.

Afuera, guarda el león,

porque sale muy cruel,

y la resistencia en él

será en vano en cuantos sois.

Sale un león, y huyen los caballeros. La reina echa mano a un alfanje y mata el león.

Lucha.

Rey.

No os vayáis, que no hay que temer

este león invencible,

que aunque sale tan terrible,

muy poco le ha de valer.

Ya está preso, no temáis.

¡Hola!, llevadle de aquí.

Pang. 13

Sale el Leonero, asútase y llévale dentro.

Crudavella.

a mis pies

mi brazo le he puesto así,

¿qué tenéis, que os admiráis?

No hay para mi brazo fuerte

braveza en los animales,

todos los hago mortales,

porque soy la misma muerte;

y aun ella, si se atreviera

a mí, yo la sujetara,

porque al verme sé que dejara

sus fuerzas y me temiera.

¿Para aquesto me llamáis,

y con tantas prevenciones?

¿Estos son los corazones

de los hombres que alabáis?

Y en muy poco me tenéis,

pues que me queréis casar.

¿Con quién haya de acabar

el reyno, muy mal haréis?

Porque nadie me merece

de los hombres de la tierra,

que antes los he de dar guerra,

pues mi furia en verlos crece.

Que solo igualan conmigo

los dioses, pero otros no;

y de aquestos gusto yo,

al cielo doy por testigo.

Y si me habéis de casar,

venga el dios Marte, que es justo,

y aun no sé si vuestro gusto

con él se os ha de lograr.

Pang. 14

Crudavella.

traed también a Himineo,

que el dios de las bodas es,

o a Orfeo, por portugués,

para que os cumpla el deseo.

Que el uno, con su valor,

y el otro, por lo amoroso,

vendrá alguno a ser dichoso

que les honre con mi amor.

Llamad al rey Bel también,

que fue adorado por dios,

por ver si acaso los dos

nos adoramos también.

O enviad luego a llamar

al dios Apolo, que venga,

y podrá ser que convenga

a Neptuno, dios del mar.

O traed todos los dioses,

por si acaso me contentan,

si no es que de mí se afrentan,

viendo mis rayos feroces.

Porque hombres de la tierra

fuera afrenta para mí,

que ver sujeta aquí

a la diosa de la guerra.

Nunca jamás me tratéis

en vuestra vida casar,

porque en mí no habéis de hallar

cumplido lo que queréis.

Pang. 15

3

Vanse y sale acompañamiento de caballeros con recado de vestir, y el príncipe de diamantes, y Tongelio, embajador, y Rincún.

Donaldo.

¿Qué habéis sabido de Curcio?

No me ha escrito, que ya tarda,

y estoy con algún cuidado.

Tongelio.

Señor, no he sabido nada.

Que, como siempre, los pleitos

muchas veces se dilatan;

no escribir, será fundada

hasta saber lo que pasa,

y de cierto que aquesta sea

la causa de su tardanza.

Rincún.

Sí, señor, esa será,

que es su condición tan rara

que hasta ver todo el nublado,

si cae piedra o llueve agua,

para relatar mejor,

no querrá escribir palabra;

y aun después de haberlo visto,

no será poco que traiga

la relación por entero.

Donaldo.

Mucho me holgara de verle.

Rincún.

Y yo también, que se holgara,

que el ver jamás acobarda

si no es el que a oscuras anda.

Pang. 16

Rincún.

Pues aunque, siendo rincón

donde entra la luz por tasa,

aunque es poca, tengo gusto

porque la mía no falta.

Tuve un ciego cierto día

que en una iglesia rezaba,

que al darle cualquier moneda

a las nubes la enseñaba;

y pregunté, por saber,

si vía, y dijo que nada,

que aunque la moneda enseña

a los ojos, es patraña,

sino que era ya costumbre

por los que allí le miraban,

para darles a entender

que ve la moneda falsa.

Y así, Curcio, aunque allá está

con sus ojos a la clara,

no querrá enviar moneda

que en esta corte no pasa.

Querrálo saber muy bien;

corren muy grandes peligros

cuando llegan a contallas.

Curcio.

Rincún, mucho te agradezco

los donaires.

Rincún.

Cosa rara,

que cuanto digo agradecen,

y cuanto pido me callan.

Pang. 17

Rincún.

La tierra que me crio,

señor, es tierra que paga,

mas no convida con fruto

lo que en esta no se halla.

Aquí todo es yo agradezco,

allá es toma que agrada,

aquí, yo lo serviré,

mas nunca veo que hay nada.

Si yo viera en estas manos

una cadena esmaltada,

una joya de diamantes

o un bolsón lleno de plata,

fuera agradecer perfeto;

pero dar solo palabras,

jamás supe de aqueste guisado,

supe el sabor de su salsa.

Donaldo.

Tongelio.

Tongelio.

Señor.

Donaldo.

Daréis...

Rincún.

Esas, si fuera palabra,

que un toma vale por ciento,

que en dos mil daréis, que cansa.

Donaldo.

Pues tomad dos mil escudos.

Rincún.

Este es favor, esta es gracia,

que solo tú serlo puedes,

a rincones hacer plaza,

beso y rebeso tus pies

por esta fineza.

Donaldo.

Basta.

Pang. 18

Donaldo.

que mas os pretendo dar.

Rincún.

Eres, señor, gran monarca.

Donaldo.

¿Hauéis hecho preuenir

recado para la caza?

Tongelio.

Ya está todo preuenido,

porque vuestra alteza vaya

a diuertirse oy al campo.

Donaldo.

Es cosa que a mí me agrada.

Pero ¿qué ruydo es aqueste?

Rincún.

Curcio es que desemboca

de un salón a otro salón

las nuevas que trae guardadas.

Entra Curcio de camino.

Curcio.

Deme los pies vuestra alteza.

Donaldo.

En verdad que os deseaba.

¿Cómo benís?

Curcio.

Señor, bueno,

pues me veo a vuestras plantas

gozando tan gran fabor.

Donaldo.

Alzad, que ya tengo el alma

contenta con vuestra vista.

Suspended por oy la caza,

Tongolio, pues a venido

lo que tanto deseaba.

Vase.

Tongelio.

Al punto te seruiré.

Donaldo.

Dejaldo para mañana,

como las fiestas an sido.

Curcio.

Es cosa, señor, que espanta.

Pang. 19

Curcio.

Solo llegar a contarlo,

porque da temor al alma.

Donaldo.

Tendré gusto de saber

de aqueste temor la causa.

Curcio.

Llegué a la muy noble Grecia

antes que se celebraran

los festines a la reina

poco más de dos semanas;

fuime al palacio de Venus

y en el jardín de las damas

vi que estaban adornando,

aunque él muy vistoso estaba.

Informéme luego al punto

de dos hombres que colgaban

qué fiestas, y cuándo eran,

que el saberlo me importaba.

Y el uno me respondió

que lo que el rey no trazaba

era un sarao por saber

quién en él se señalaba

más brioso y más galán

para ser rey.

Donaldo.

¡Cosa rara!

Tal prevención no se ha visto.

Curcio.

Es cosa que al mundo espanta.

Al fin se llegó aquel día,

que era el que yo deseaba

para ver la bizarría

de príncipes y monarcas.

Volví a palacio y vi en él

el cielo todo de nácar.

Pang. 20

Curcio.

celos que la reina estima

por lo que la pintan brava.

Oigo tocar los clarines,

chirimías y dulzainas,

que solo al eco pudieran

tener mil glorias las almas;

y yo, contenta la mía,

que tanto lo deseaba,

me puse en parte escondido,

y aguardo que todos salgan.

Salió el acompañamiento,

manifestando las gracias

de la hermosura mayor

que en el orbe el cielo guarda.

El adorno fue muy grande,

la bizarría extremada,

y todos juntos formaron

primavera de sus galas.

Tras dellos salió la flor

que aquel jardín adornaba,

prestando rayos al sol,

haciendo gracias al alba,

dando luz a las estrellas,

aljófar a la mañana,

aliento a los ruiseñores

y vida a quien la miraba;

y con sus hermosos soles

fue haciendo gracia a las almas,

porque saliesen airosos

en lo que ellos deseaban.

Pang. 21

Curcio.

Ocupó el cielo la reina

y, que cielo se llamara,

su asiento allí era forzoso,

pues tal gloria se sentaba.

Acompañaron los lados

tanta hermosura de damas,

que bastó solo por fiesta,

pues vidas comunicaban.

Empezaron luego al punto

el sarao que yo aguardaba,

y apenas se comenzó

cuando oyeron: «¡Guarda, guarda,

que salió suelto del estado un león!»

Invención fue aquesta traza,

que la reina había mandado

por ver quién se señalaba

para merecer ser rey;

todos de la voz se espantan,

la reina manda prosigan,

que basta que ella resguarda;

que no la espantan leones,

porque es su furia tan brava

que el león pierde la suya

solo mirarla a la cara.

Volvieron a proseguir

su fiesta, que ya dejada

estaba por el temor,

y, antes que ellos la acabaran,

sueltan un león feroz,

y quedándose las damas

Pang. 22

Curcio.

Huyeron los caballeros

acción muy desacordada

dejar tanto serafín

en manos de la desgracia,

de aquella bestia feroz

que solo su nombre espanta.

Mas viendo su cobardía

la reina, su escudo embraza

y echando mano a su alfanje

se puso a guardar las damas

con tal valor que bastó

para que sacrificara

el león la vida, allí,

antes que ella la sacara.

Al fin el león murió,

y aun muchos que la miraban

sin ser leones también,

con los rayos que ella daba.

Retiróse luego al punto

a su cuarto con las damas

llevando vidas tras sí,

dejando sin luz las almas.

Aquestas fueron las fiestas

que no las hay sin desgracia,

y no por la del león

aunque su braveza espanta,

sino por ver eclipsado

el cielo, que consolaba

al que en sus rayos tenía

su vida, cuando los daba.

Pang. 23

Donaldo.

Y a mí sin haberla visto

me tiene cautiva el alma

con lo que me habéis contado;

decidme cómo se llama.

Curcio.

Crudavella hoy, señor,

que el reino así la llamaba.

Donaldo.

Qué propio el nombre al valor

y a su idea soberana.

Curcio.

Cierto, señor, en extremo,

pero cruda en ser amada,

porque Cupido con ella

muy pocas fuerzas alcanza.

Que apostaré si salieran

al campo a tener batalla

que se rindiera el dios niño

antes de tomar las armas.

Que si con su hermoso arpón

una flecha la arrojara,

repara ella con dos

que trae en su hermosa cara.

Porque mata de tal suerte

que ya a Cupido su parca

se la ha rendido a sus soles,

humillando su arrogancia.

Que es, señor, tal su hermosura

que con solo verla mata;

y son tantos los mortales

que deja cuando ella pasa,

que es necesario aquel día

desenterrar quien descansa.

Pang. 24

Curcio.

para poder sepultar

los que ella al siguiente mata.

Donaldo.

Y a mí, sin haberla visto, con lo que habéis contado,

me ha sepultado su fama,

y para poder vivir

me importa ver la su cara.

Ya de oírlo estoy celoso

y el alma está enamorada

y muerta por ver su gloria,

pues en ella está guardada.

Ya es imposible que tenga

contento, sino desgracia,

en aquesta triste vida

si desta gloria no alcanza.

Ya el ser rey en nada estimo,

siendo la cosa más alta,

si con el poder carezco

deste cielo que me falta.

Ya he llegado a conocer

que el poder con arrogancia

nunca ha vencido imposibles;

esta razón es muy clara:

que querer vencer con guerra

al amor no es buena traza,

que suele quedar rendido

quien soberbio se levanta.

Quiero de su majestad

saber si lo que esperaba

ha tenido algunas nuevas

que me den contento al alma.

Pang. 25

Rey.

Quiero ver saber qué responde

Crudavella a su embajada,

que puede ser, por ser rey,

no esté en casarse tirana;

y cuando salga al contrario,

yo en persona he de ir a hablarla,

que quien pretende la gloria

por poco no se ha de dejarla.

Yo he de ver a quien adoro,

yo he de procurar su gracia,

que los ojos ven los ojos

y en ellos hablan las almas.

Y viéndome desta suerte,

que el reino no estimo en nada

por solo adorar su cielo,

y gozar de su luz del alba,

no ha de ser su corazón

tan fuerte que no le oiga

algún sentimiento el verse

que estoy humilde a sus plantas.

Que es mujer y la humildad

en tales casos ablanda

los corazones de piedra;

aquesta verdad es clara.

Rincún.

Señor, mire vuestra alteza

que no es muy buena esa traza,

porque eso no es ir a verla,

sino a morir al mirarla;

que si como la han pintado

Curcio diciendo que mata

Pang. 26

Rincún.

es atreverse a los leones

que sin porte así despachan.

Lo mejor de todo es

ir yo, que con una chanza

haré al basilisco dueña,

que es la que todo lo alcanza.

Y si acaso me matare

no será muy grande hazaña,

más vale que muera yo

con los dos desta dama.

Porque la vida de un rey

no es juego de pasapasa,

como el juego de los niños

que ya son reyes y papas.

Aquesto, señor, es justo,

y lo demás no es ganancia.

Donaldo.

Que será acabar el mundo,

no me aconsejéis, que basta.

Que yo tengo gusto en esto

y esta es acción que me agrada,

y me costará la vida

si me estorbáis que no vaya.

Yo he de procurar vencer,

que no hay soberbia tan brava

que al hombre no esté sujeta

o por fuerzas o por maña.

Vamos, avisaré a mi padre,

que cada hora que pasa

es un siglo para mí

con que padece mi alma.

Curcio.

Ya obedezco a vuestra alteza.

Pang. 27

Donaldo.

Las cosas que a mí me agradan

no gusto me las estorben.

Curcio.

Señor...

Donaldo.

No me hables palabra.

Vanse y salen la Reina y Madania, secretaria.

Crudavella.

¿Qué dice el reino, Madania, de mi

atrevido valor?

¿Hay en la corte rumor

de lo que vieron allí?

Madania.

¿Quién se había de atrever

a hablar de tu majestad,

sino es tratando verdad

que no pudiera temer?

Que decir mal de su rey

a nadie fue permitido,

teniendo libre el sentido,

que no fuera justa ley.

Antes el reino quisiera

solo en servirte acertar,

y buscar con qué alegrar

tu persona, si pudiera.

Que ya se les ha olvidado

tratar más de casamiento,

y ha sido todo su intento

el no darte a ti cuidado.

Crudavella.

Será para mí gran gusto,

y también se lo agradezco,

y de premiarles me ofrezco

su buen celo, pues es justo.

En lo que el reino pidiere

Pang. 28

Crudavella.

pero casarme en su vida

verá su dicha cumplida

el que este intento tuviere.

Que no hay hombres para mí,

que a verlos al punto hiciera

lo que el reino me pidiera

aunque fuera contra mí.

Pero sujetarme yo

a quien el valor le falta,

será como quien esmalta

piedra en oro. Aqueso no.

Que no es justo eche a perder

lo que soy con tal tormento,

y nunca mi pensamiento

pensó lo que no ha de ser.

Madania.

Vuestra majestad no tiene

que afligir el corazón,

que ya saben la razón

y que hacerlo no conviene.

En otras cosas de gusto

se puede ahora tratar,

y esto sé que es acertar,

porque en los pesares, justo.

Que ya está todo olvidado.

Crudavella.

¿Qué hay de guerras? ¿Cómo va?

Pues esto gusto me da,

y es la gloria de mi hado.

Madania.

Todo está quieto, señora.

Crudavella.

¿No te dice cosa alguna

que me alivie mi fortuna?

Madania.

No se trata nada ahora.

Pang. 29

Sale Serpedón caballero

Serpedón.

Señora, un embajador

de Diamantea ha llegado.

Crudavella.

Decid que entre, ¿qué cuidado

le trae a este embajador?

Entra acompañamiento y Tongelio, embajador

Crudavella.

Decid a lo que venís.

Tongelio.

Señora, el rey, mi señor,

por saber vuestro valor...

Crudavella.

No entiendo lo que decís.

Tongelio.

De Diamantea me envía

a tratar un casamiento.

Crudavella.

¿Y con quién tiene el intento

de su amorosa porfía?

Tongelio.

Sepa vuestra majestad

que a lo que soy enviado,

antes contento que enfado

ha de causar la verdad.

Hoy tiene el rey, mi señor,

un hijo, que guarde el cielo,

que es al reino de consuelo

por su gallardo valor.

Es espejo de alegría

en que todos nos miramos

y si bien consideramos

es Héctor en valentía.

Un César por lo prudente

se mira en el gobernar,

es prodigio singular,

aquesto es cosa evidente.

Pang. 30

Tongelio.

es Alejandro en las guerras,

porque a todos está dando,

y con solo estar mirando,

da ánimo y fortaleza.

Un Catón es en prudencia,

Séneca en sabiduría,

y de su padre alegría,

espejo de su presencia.

El rey, mi señor, quisiera

que con vuestra majestad

casara, a cuya beldad

se rinde, en fe verdadera.

Crudavella.

No debe de conocer

vuestro rey mi gran valor,

pues no ha tenido temor

contra mi fuerte poder.

Cuando envía de esta suerte

a tratar de casamiento,

con tan grande atrevimiento,

muy poco teme la muerte.

Sin duda no se ha sonado

mis hazañas en su reino,

y el modo de mi gobierno,

pues vive tan descuidado.

Si se ha atrevido a enviar

embajada como aquesta,

no temiendo la respuesta

que yo le había de dar.

Porque, si me conociera,

mi nombre solo temblara,

y seguro que ejecutara

su intento, que me temiera.

Pang. 31

Crudavella.

que no siendo de mi gusto,

y dándome a mí pesar,

le puedo venir a dar

en su reyno gran disgusto.

Y aquí no os castigo, aunque es cierto,

que al fin sois embajador,

vuestro atrevido valor

agradecédselo a Dios, y a ser tan necios con esto.

Que venís a su mandado,

y no fuera calidad

usar con vos crueldad

porque afrentará mi estado.

No me paréis más aquí,

que juro por mi corona

vengar en vuestra persona

este pesar que hay en mí.

Ni en mi corte habéis de estar

una hora, este es mi gusto.

Tongelio.

Obedeceros es justo.

E irme sin réplica.

Vase el embajador y su gente.

Crudavella.

A vuestro rey le diréis

que escuse aquesta embajada

otra vez, que no me agrada;

pues temblarme allá podéis.

Serpedón, al momento acudid

que mi consejo prevenga

para cuando este rey venga

gente, y vos os poned

con la vuestra, a que esto importa

porque sepa mi valor

Pang. 32

Crudavella.

que al mundo le doy temor.

Flor.

Señora, es fuerza muy corta

deste rey a tanta guerra,

pues sé yo que, solamente

ver tu persona presente,

se rendirá por la tierra.

Si con todo el orbe fuera,

aquesto pudiera ser

el haberle menester,

y aun él mismo te temiera.

Crudavella.

No lo hago por llegar

con ello a la ejecución,

que para mí es ilusión

que el rey quiera aquí intentar

el venir a darme guerra,

que sé que le estará mal,

que tiene corto caudal

y poca gente en su tierra.

¿Qué es menester aguardar

para venir contra mí,

que el cielo le lleva allí

gente con que pelear?

Porque los que tiene hoy

no les importa venir,

pues el venir sin venir el vivir,

yo de barato les doy.

Flor.

Señora, aquí no hay que hacer,

porque no se atreverá

a venir, que no querrá

ver los suyos padecer.

Pang. 33

Crudavella.

Aquesto que digo importa,

porque me conviene así.

Madania.

¿Quién puede aquí contra ti

venir con fuerza tan cierta,

que con solo imaginar

tal intento, es declarado

que desde aquí está vengado

sin llegar a pelear?

Crudavella.

Es verdad, mas es mi gusto

que esté la gente avisada,

y basta que a mí me agrada.

Serpedón.

Digo, señora, que es justo.

Vanse, y sale el Príncipe, Donaldo y Rincún.

Rey.

¿Qué ha escrito el embajador?

Donaldo.

Señor, de que viene ya;

otra nueva no me da

la carta.

Rey.

Grave dolor

siente cada día el alma,

que no sé qué el corazón

me dice, que la razón

está por minuto en calma.

Rincún.

Turbado y sin vida estoy

de verte de aquesta suerte.

Rey.

Es mi mal penosa muerte,

porque lo que soy no soy.

¿Qué me aprovecha el ser rey...

Pang. 34

Donaldo.

sino alcanzo lo que quiero

y con todo el poder muero

de amor, tan injusta ley.

¿Hay mayor mal que el querer?

¿Y iguálase algún dolor

a tan insufrible ardor,

ver por amor padecer

sin poderlo remediar?

Rey.

¿De qué sirve la grandeza,

si falta la fortaleza

para poderle curar?

Rincún.

Señor, mire vuestra alteza

que con tanto padecer

se viene a echar a perder

la vida.

Donaldo.

¿Qué fortaleza

puede mostrar mi valor,

si a mí me falta la vida,

porque la tengo rendida

a los pies del dios de amor?

Y si le he sacrificado

todo lo que puede ser,

bien cierto doy a entender

que me ha de costar cuidado.

Y así que tema perder

aquesta joya preciosa,

es muerte muy tenebrosa,

pues vivo y muero en ver.

Pang. 35

Rey.

Rey tengo de ser por ley

y rey me confieso hoy,

mas de la suerte que estoy

en poco estimo el ser rey.

Rincún.

Siendo rey, ¿hay mayor cielo,

si no se puede llegar

en el mando hoy a gozar

mayor dicha ni consuelo?

¿Qué cosa puede tener

un rey en aquesta tierra

imposible, si por guerra

lo puede todo vencer?

Si fuera yo, que si quiero

algo que me da contento,

lo gozo con pensamiento,

que con obra es mentira.

Para el pobre que desea

gozar lo que no ha de ser,

porque es echarse a perder

si con el amor se emplea.

¿Qué me importa enamorarme

ni empeñarme en tal dolor,

si no he de sacar de amor

otro lauro que quejarme?

Pero tú, señor, te mueres

teniendo tanto poder.

Pang. 36

Rincún.

no sé cómo puede ser

sino es ver que mal te quiere.

¿Quieres que te alegre yo

y que haga venir aquí

la que tu amor trata así

antes de un hora?

Donaldo.

Lloro,

porque es disparate creer

lo que no ha de ser, Rincón;

basta, porque el corazón

le echas con esto a perder.

Rincún.

Pues recréate con gloria.

Donaldo.

Ésa es la que me falta,

que es la corona más alta

que carece mi memoria.

Y con ser rey no se alcanza,

que no aprovecha el poder

porque se suele perder

en medio de la privanza.

Y si en esta no hay victoria

poco puede aprovechar

si al fin no vengo a alcanzar

con todo el poder la gloria;

ésta la tiene encerrada

en la hermosura mayor

de Crudavella el amor.

Pang. 37

Donaldo.

y mientras esté guardada,

que desde allá no me envía

su luz para mi consuelo,

ni espero gloria ni cielo,

ni consuelo ni alegría.

Sale acompañamiento, Tongelio, embajador, y el Rey de diamantes.

Rey.

Donaldo, ¿qué hacéis? ¿Se han despachado

los memoriales que os he recibido?

Donaldo.

Ya está fuera, señor, ese cuidado,

que en cosas del gobernar nunca me olvido.

Rey.

El consejo de guerras, ¿qué ha tratado?

¿Hay esta nueva?

Donaldo.

Todo ha fenecido;

no hay cosa que dependa hoy al estado;

bien puedes descansar, porque no hay guerras,

y nadie quiere ruido con tus tierras.

Todos tiemblan, señor, darte disgusto,

que temen tu poder y fortaleza;

y que la tiemble el mundo, aquí es hoy justo,

que aunque con saña vengan y braveza,

bien sé que no podrán darte disgusto,

aunque se armen de Marte y su fiereza;

que sujetarte a ti, eso es en vano,

si de las guerras eres un Vulcano.

Pang. 38

Rey.

No le luce en la reina Crudavella,

pues mi embaxada en poco la ha estimado,

que me ha dicho Tongelio que es centella,

que ponen sus resultos en cuydado.

Donaldo.

Mucho, señor, me admiro, siendo estrella

que arroja rayos con semblante ayrado,

siendo su luz divina y agradable

y a los ojos del hombre tan amable.

Tongelio.

Verdad es que lo es, porque su modo

es en la condición Nerón terrible,

y con solo el mirar lo humilla todo,

pues tiembla el mundo della; es infalible

que mata con la vista y con su modo

sin saber cómo, porque es invisible;

que cuando piensan que el mirar da vida,

causa la muerte al hombre sin herida.

Pues apenas le dije la embaxada,

cuando me respondió, señor, de suerte

que cosa desta vida no le agrada,

que antes a todos ha de darles muerte;

y yo, delante della, verla ayrada,

la temí, por quien soy, verla tan fuerte,

porque me respondió con tal despego,

echando por su boca vivo fuego:

hizo gracia mi vida por mandado

y me dijo que al punto yo me fuera.

Pang. 39

Tongelio.

y dijera a mi rey que su cuidado

en casos semejantes no pusiera,

si es que desea verse descansado,

pues no podrá, sino de esta manera,

que no estima ella reyes, que es locura

quien pensare gozar de su hermosura.

Esto, señor, con ella me ha pasado.

Donaldo.

Que respondiese el cielo de esta suerte,

que tenga clima para estar airado,

que cause con su luz tan dura muerte,

que manifieste fuego a un desdichado,

que pueda su dulzura ser tan fuerte,

que por no dar su luz, se ponga luto,

porque no participen de su fruto.

Rey.

Donaldo.

Donaldo.

Señor.

Rey.

¿Qué es vuestra pena?

Donaldo.

Admirarme de ver tan gran portento,

y que esté Crudavella tan ajena

que el tratar de casar le da tormento,

y el ver que no la ablanda ni refrena

ternezas de marido el pensamiento,

y que no puede en esto ganar nada

si a vuestra majestad ella no agrada.

Rey.

Muy brava está, en poco me ha estimado.

Pang. 40

Rey.

cuando de aquesta suerte ha respondido,

con gran valor se siente y sin cuidado,

y porfía me tiene ya venido

con responderme a mí con desagrado;

pues su valor verá presto rendido,

que soberbias abato yo en el suelo

los que piensan compiten con el cielo.

¡Oh por Júpiter, dios a quien adoro!

Que no ciña corona yo en mi frente

mientras que no borrare su decoro

desta reina cruel, que el sol consiente

que goce de sus rayos, y hebras de oro

para que luzca ella en el oriente,

que no se ha de alabar de su braveza

si sabe que hay en mí gran fortaleza.

Tongelio, luego al punto se aperciba,

y se divulgue guerra por mi reino,

que tengo aquesta reina ver cautiva

y sujeta su furia a mi gobierno;

porque sepa que en mí el valor priva

y que tiembla de mí todo el infierno,

que furia de mujer es cosa poca,

que solo tiene fuerza con la boca.

Vanse todos y queda el príncipe, y Tongelio, y Rincún.

Pang. 41

Donaldo.

¿Desta suerte respondió?

Tongelio.

Del modo que aquí he contado;

vengo, señor, admirado,

no sé qué me sucedió.

Cuando la embajada di,

porque apenas la acabé,

cuando confuso quedé,

y casi fuera de mí,

porque parecía un león

cada palabra que hablaba,

y, viendo que lo escuchaba,

era un volcán, un Nerón,

y luego mandó me fuese

delante de su presencia,

que era muy poca decencia

que a tal cosa me atreviese.

Pero lo que vuestra alteza

me mandó, antes de entrar,

lo procuré ejecutar

por no esperar su braveza.

Éste es, señor, el retrato,

que dudo que haya diosa

en el mundo tan airosa,

pues así muestra recato.

Rincún.

¡Pardiós, hermosa mujer!

Ya digo que no me espanto

que muera por este encanto.

Pang. 42

Rincún.

el príncipe y pierda el ser.

Luego con ser de esta suerte,

por vella estuviera loco,

teniendo que fuera poco

hasta costarme la muerte.

Ahora digo que es verdad

que mata con su hermosura,

y que no hay vida segura

el que mira esta beldad.

Luego con este suspiro

que he mirado es de tal modo,

que estoy muerto casi todo,

mas por vivir me retiro.

Porque fuera gran locura,

pues veis que es necedad,

que es corta mi calidad,

y esta gloria en mí es escura.

Donaldo.

Muestra esa sombra divina,

si con ella he de alegrarme,

que quiero un poco quejarme,

aunque no es la cristalina

hermosura celestial,

este retrato me enseña

que esta beldad sin tempera

y aqueste sol paga mal.

¿Cómo puede esta hermosura

hacer mal y ser cruel?

Pang. 43

Donaldo.

Si este rasgo de pincel

da vida con su frescura,

si aquí es deydad soberana

y da aliento al corazón,

cómo puede la razón

llamarte, que eres tirana.

Confieso estoy envidioso

que un tosco pincel tuviera

atrevimiento, y quisiera

oponerte codicioso,

a competir con tu cielo

y quererte a ti igualar,

siendo gracia singular

que presta hermosura al cielo.

Pero en vano emprende el arte,

ni puede belleza tanta

imitar en esta planta

mucho cielo en poca parte.

Las rosas de tus mexillas

de color nácar y hermoso

este retrato amoroso

está haciendo maravillas.

Del divino y celestial

sus labios que derramando

la grana me van mostrando

Pang. 44

Donaldo.

cuál es su hermoso raudal.

Los ojos, que prestan vida,

aunque no lucen aquí,

me comunican a mí

la que tengo yo perdida;

estas manos, que en blancura

exceden la condesada

nieve, está declarada

nacer della la blancura.

¿Cómo estando aquí sin vida

causas a mi alma muerte,

y cómo mudas de suerte

si con muerte me das vida?

Al fin eres primavera

aunque sin alma te veo,

que das gloria a mi deseo

no siendo la misma esfera.

Con tanto afecto te adoro

que a ser capaz de animarte

aquí pudieras quejarte

si ofendiera tu decoro.

Tongelio.

Tongelio, a mí me conviene,

y yo por embajador,

esto importa a mi valor,

yo he de ver el sol que tiene.

Pang. 45

18

Donaldo.

ardiendo mi corazón,

yo he de aplacar este fuego,

y esto importa que sea luego.

Tongelio.

Señor, eso no es razón,

que es peligroso el camino

y puede en él suceder

peligro, grande mal.

Donaldo.

No puede ser,

si llevo este ángel divino

que me librará del mal;

sin él no puedo vivir,

y así me importa acudir

a buscar vida al raudal

donde están las perfecciones

y el alma deste retrato,

pues que no ir, fuera ingrato

a tantas admiraciones.

Que este aquí me está esperando

donde su hermoso reflejo

es del aurora el espejo

donde el sol se está mirando.

Tongelio.

Pues esto, ¿cómo ha de ser,

si ya me tiene mandado

que tenga el campo ordenado

para guerra?

Donaldo.

Yo he de ver

Pang. 46

Donaldo.

primero a su majestad,

y alcanzaré lo suspenda

antes que nadie lo entienda,

y iré con siguridad;

viéndome podrá ser

que la aplaque su rigor,

y que la cause mi amor

algo que llegue a vencer.

Rincún.

¡Plegue a Dios que sea por bien

esta jornada, señor,

no se nos vuelva en dolor!

¿Tengo de ir yo allá también?

Porque soy muy temeroso,

y esto de pasar por agua,

acá dentro se me fragua

un no sé qué, tan forzoso,

que no es más que no morir.

Tongelio.

No hay que hacer extremos, vamos,

porque los tres nos partamos.

Donaldo.

Conmigo habéis de partir.

Rincún.

Alto, pues, no hay que temer,

que si ello ha de ser, paciencia;

mas juro por mi conciencia

que me temo no volver.

Fin de la primera jornada

Jornada segunda

Pang. 47

+ Segunda jornada. No hay fuerzas contra el amor. [Victoria por amor, tachado]. 19

Dentro, estas dos coplas.

Músicos.

Amayna las velas, mira

que nos perdemos aquí.

Aferra el varco, que así

pasaremos esta yra.

Su ayuda nos dé aquí el cielo

y ampare nuestro valor.

Donaldo.

Ea, no tengáis temor,

que nos ha de dar consuelo.

Salen Tongelio y Rincún, gracioso, y el Príncipe, de camino.

Donaldo.

Gracias al cielo que estamos

en puerto de salvarnos.

Rincún.

No es pasada la ocasión,

porque la buelta esperamos.

Yo en la mar, cuando en oýr

el nombre de agua es de suerte,

que sin trabajos la muerte

conmigo me vio morir.

Perdone mi asno aquí,

que, pues de aquesta he escapado,

no me pienso ver pasado

por agua otra vez así.

Tongelio.

¿Quieres, señor, descansar

un poco en aqueste prado,

que te miro fatigado

de la tormenta del mar?

Pang. 48

Donaldo.

Yo confieso la temí,

y que de ella no saliera,

mas el morir no sintiera

aunque era contra mí,

sino por dejar de ver

a la hermosura mayor,

a quien tiene al dios de amor

rendido con su poder;

a la que excede en belleza

al sol con su resplandor,

pues le empresta su valor

porque tenga fortaleza;

que si ella no le ayudara

con sus rayos que luciera,

nunca el día amaneciera

ni el sol jamás alumbrara;

a la diosa de las diosas,

que puede con su hermosura

dar alma a toda figura

con sus dos estrellas hermosas.

Tongelio.

Si es que has de descansar,

por aquí podemos ir

donde puedas divertir

tu cuidado, y sosegar.

Que primero eres señor

que nadie en el mundo todo,

y no es bien que de ese modo

halle lugar el dolor.

Rincún.

No atormentes más tu pecho

Pang. 49

Rincún.

que el cielo te hará dichoso

de ver ese sol hermoso,

mas de muy poco provecho.

¡Qué propio de enamorados

es esto de sol y estrellas,

luna, lucero, centellas,

apodos tan ensayados!

Que hasta en lacayos se usa

con las damas fregoniles

estos requiebros gentiles

que aun en ellas no se escusa.

Pero en llegando a alcanzar

estas luces remontadas,

quedan las alas cortadas

al verbo del apodar.

No la has visto y ya lo sabes

que presta rayos al sol,

y que su hermoso arrebol

da aquestos rayos suaves.

Donaldo.

Aunque no la he visto yo,

Rincún, todo puede ser.

Rincún.

Digo que se echa de ver.

¿Llamo?

Donaldo.

ahora no.

Salen dos pescadores.

Pescador 1.

¡Hola! Gente hay en la playa,

no ha sido bueno este encuentro,

en la trampa hemos caído.

Pescador 2.

No tienes que tener miedo,

que en el modo que yo he visto,

gente parece de pelo.

Pang. 50

Rincún.

y que no viene a robar

moros en el campo veo

esta vez dimos al traste

en argel con los requiebros

ques lo que auemos de azer

Tongelio.

ablarlos dejad, yo llego

Donaldo.

Yo no yo llegare

Tongelio.

Señor esso no es acuerdo

estando los dos aqui

Rincún.

que son dos, porque yo puedo

Vender miedo en tetuan

no e de llegar no ay remedio

que sin ir me veo perdido

Donaldo.

yo de llegar no recelo

Amigos por cortesia

que si lo sabeis os ruego

digais cual es el camino

mas brebe y mas verdadero

Para llegar a la corte

de Grecia, que no estoy cierto

por donde tengo de ir

ansi os de bienes el cielo

y donde podre buscar

algo para que llebemos

con que pasar el camino

que por quien soy os prometo

Que si esta merced me azeis

y este bien agradeceros

Pang. 51

Donaldo.

el trabajo de manera

que quedéis bien satisfechos.

Pescador 1.

Estamoslo, señor, tanto

y ese talle y cortesía,

en que el camino enseñemos.

Que si os importa el partir

con brevedad, y el deseo

ver cumplido, por la mar

mas no es seguro, os prometo.

Pero por la tierra, sí,

aunque largo, más ameno,

de deleites y frescura,

sombras, que es de gran recreo.

Para el que va caminando

fuentes que se están riyendo

con el agua cristalina

que destilan de su seno;

caza deleitosa mucha,

con que os vais entreteniendo,

donde el camino parece

a quien va por él, un cielo.

Mas si queréis compañía

y gustáis llevarla, os ruego

que os esperéis por dos días

a los dos, porque tenemos

de hacer jornada a la corte

de Grecia, y así podremos

Pang. 52

Pescador 1.

serviros por el camino.

Donaldo.

Mucho en el alma me huelgo.

Rincún.

Señor, a mí me parece

aqueste fácil remedio

ir por tierra, que por agua

hallo muy mal rodeo.

Yo sé que en esto que digo

es un bonísimo acuerdo.

Donaldo.

Mucho temes el morir.

Rincún.

Eso solo es lo que temo.

Donaldo.

Tongelio, aquesto me importa

para ir más encubierto,

que vamos con estos hombres,

no hay sino tener secreto.

Verdad es que estos dos días

dejo de gozar el cielo

y cobrar vista los ojos

y el alma gloria y consuelo.

Porque para mí serán

dos días siglos eternos

carecer de ver la luz

que alumbra los firmamentos.

Mas al fin aquesto importa,

porque me va mi remedio,

y mudándonos su traje

nos partiremos con ellos.

Esto conviene se haga.

Tongelio.

Señor, a tus pies sujeto

me tienes, manda a tu gusto.

Pang. 53

Rincún.

Yo digo también lo mesmo.

Donaldo.

Amigos, ya está ordenado

el aguardaros el tiempo

que decís, y con gran gusto

los tres con vos nos iremos.

Pescador 1.

Pues venid, descansaréis,

porque aquí cerca tenemos

nuestra morada, aunque pobre,

vos y vuestros compañeros.

Donaldo.

Vamos, que aqueste favor

de pagaros le prometo.

Pescador 1.

No hay mayor paga en los dos

que veros que vais contentos.

Vanse. Sale la reina, Serpedón secretario, Madania.

Crudavella.

¿Qué sabéis de Diamantes?

Serpedón.

Ninguna cosa hay de cierto;

todo a esta vera se calla,

si hay algo en ella de nuevo.

Solo supe de un soldado

que hoy habita en aquel reyno,

cómo el rey recibió mal

su embajada, y muy soberbio

trató de venir al punto

a dar guerra, por su acuerdo;

mas pues no lo ha efectuado,

sin duda que tiene miedo.

Pang. 54

Serpedón.

Pero vuestra majestad

no tiene que hacer en esto

mientras no viene otra orden,

pues el reino está tan quieto.

Crudavella.

Que no temo su valor,

ni su poder no le temo,

y venga cuando quisiere,

que sola yo basto y puedo

para contra su poder

y contra todo su reino,

pues sabe que haré temblar

con mi vista un mundo entero.

Ampárese de los dioses,

ampárese del infierno,

que no me espantan sus furias,

si a todos tengo sujetos

debajo de mi poder,

pues con mi brazo soberbio,

si a mí se atreven, pondré

en el más profundo seno

que encierra entre sí la tierra,

y les bajaré del cielo,

lugar que yo les he dado,

que no será buen acuerdo

conmigo alzarse a mayores,

pues saben que soy primero

y quien a ellos les ha dado,

pues gozan por mí, mi cielo.

Pang. 55

Crudavella.

y así vengan, que jamás

colgado traen del cabello;

que si reyes se coronan,

esclavos serán eternos.

Madania.

Mire vuestra majestad

que es cansar el pensamiento

en imaginar tal cosa,

si saben que el mundo entero

es poco para el valor

que está encerrado en tu pecho.

Mejor es tratar aquí

de divertirle, que entiendo

que será más acertado,

y olvidar el pensamiento

ahora en cosas de guerras,

cuando

pues está tan quieto el reino.

Crudavella.

Digo que tienes razón,

Madania, yo lo agradezco,

y quiero hacer hoy tu gusto,

pues que le tienes tan bueno.

Madania.

Ahí está, como la caza

da mayor gusto y recreo,

pues vuestra majestad gusta

tanto de cazar.

Crudavella.

Confieso

que es verdad como tú dices,

y que es el mayor contento

Pang. 56

Crudavella.

gozando tener la caza

que me puede causar hoy;

pero algunos ratos pienso

cosas, mas no de pesar,

que en mí no puede ser eso,

porque las guerras son gloria

que con ellos me recreo.

Madania.

Pues, señora, mejor es

que olvides glorias de fuego

y goces de lo de plumas,

que viene a ser más ligero;

y sin tanta pesadumbre,

aunque para ti no entiendo

que puede el pesar llegar,

porque no cabe en el cielo.

Y pues son cielo los campos

y glorias estos desiertos,

sirenas los avecillos

que descansan a tu acento,

goza de todo a tu gusto.

Y ya que eres de todo dueño,

y no trates de pesares,

pues no caben en tu pecho;

escucha los ruiseñores,

que con suaves acentos

te están diciendo ternezas

por ver que el campo has esleído.

Y favorecidos dicen

con el gozo de su empleo.

Pang. 57

Serpedón.

mil requiebros a tus ojos,

cobrando vida con ellos.

Todo por verte, señora,

es su música y contento,

todo es dicha, todo es gloria,

todo es bien, todo es consuelo.

Esto es cosa que te importa

y aquesto es todo el remedio

de verte el reino contenta,

y alegre tu pensamiento.

Crudavella.

Mucho gusto he recibido,

y digo que luego quiero

salir al campo esta tarde.

Serpedón.

He de avisar los monteros.

Crudavella.

No, Serpedón, que yo sola

quiero ir, porque no es nuevo

para mí. Haréis poner

el caballo que yo suelo

llevar con lo necesario;

vamos, Madania, que quiero

que me saquéis de vestir

de campo.

Madania.

Ya te obedezco.

Vanse. Y salen Tongelio, Rincún, un pescador y el Príncipe. Todos de pescadores.

Pang. 58

Donaldo.

¿Qué falta para llegar,

porque me siento cansado?

Pescador 1.

Ya no hay que tener cuidado,

que presto se ha de lograr.

Poco, señor.

Donaldo.

Si es poco, muy bueno está.

Pescador 1.

Aquesta senda va allá;

sigamos, no hay sin tener valor.

Donaldo.

Rincón, pasa tú adelante,

que los tres te seguiremos;

mira bien, por si volvemos,

la senda.

Rincún.

Soy ignorante.

Nunca me precié, señor,

de oficio de adelantado;

dale a otro ese cuidado,

que yo no tengo valor.

Demás que aquesto no es justo,

que yo adelante camine,

porque nadie no imagine

algún pesar de disgusto.

Yo soy paje, y no es de dar

lugar que nadie por mí

haga un pecado; y así,

hoy me puedes perdonar.

Vámonos, que os detenéis,

porque si queréis llegar

con brevedad a la cor-

te iremos, no os desandéis.

Pang. 59

Donaldo.

Digo que tienes razón,

porque a mí me falta el ser,

y hasta llegar no he de ver

alegre mi corazón.

Pescador 1.

Pues vámonos por aquí,

que muy presto llegaremos.

Donaldo.

Digo que te seguiremos,

que nos das la vida así.

Van a entrar y salen tres salteadores con rodelas.

Salteador.

La pesca hemos menester;

dejarla, o perder la vida,

que nos falta la comida,

y esto que digo ha de ser.

Rincún.

Esta vez por Jesucristo

que hemos topado la muerte.

Rincón soy, pero esta suerte

mala ha sido, pues me han visto.

Pescador 1.

A mí me tienen aquí,

porque me dejen pasar.

Salteador.

Los demás la han de dejar,

porque me da gusto a mí.

Rincún.

¿Y yo qué les dejaré,

señores buenos ladrones?

Denme cuatro mojicones

y con eso pasaré.

Donaldo.

Ni la pesca ha de quedar,

ni yo lo he de consentir,

que primero he de morir.

Pang. 60

Donaldo.

que me la queráis quitar.

Que nunca lo acostumbré,

dejar lo que me ha costado

tanto trabajo y cuidado;

y así la vida podré

dejar primero, esto es cierto,

y perdiéndola podréis

llevarla, si vos queréis,

pero ahora no estoy muerto.

Tongelio.

Lo mismo los dos decimos,

y así dejadnos pasar,

si no quieren acabar

las vidas.

Salteadores.

No consentimos.

Jamás habléis de ese modo,

y no han de pasar de aquí,

aquesto ha de ser así,

aunque aquí se pierda todo.

Acuchíllanse el príncipe, Tongelio con los salteadores, y dentro los mata y muere Tongelio.

Rincún.

Muy mala anda la fiesta,

no puede parar en bien,

yo me escondo, que también

vendrán a darme en la testa,

si no se les ha olvidado.

Dentro.

Donaldo.

Muerto soy, válgame el cielo,

no hay aquí buscar consuelo

pues que me le habéis quitado.

Rincún.

Mala va esta procesión.

Pang. 61

Rincún.

todos han rodado en tierra;

válgame el cielo, qué guerra

por tan corta posesión.

Pescador 1.

Vámonos luego a esconder,

por no ver este destrozo.

Rincún.

Bien dices, que de rebozo

es mejor ver, que no ver.

Escóndese Rincún y el pescador. Sale el príncipe herido en la cabeza.

Donaldo.

Cielos, ¿cómo consentistes

este rigor contra mí?

¿Cómo me tratáis así?

¿Cómo no me defendistes?

¿En qué os he agraviado yo,

pues gustáis que aquesta vida

se salga de su acogida

no tiniendo culpa? No,

de tratarme desta suerte,

¿no me dejaras primero

ver el hermoso lucero

antes de darme la muerte?

Que después más dulce fuera,

pues muriera sin cuidado,

el haber antes llegado

a ver la luz de su esfera.

Muy desmayado me siento;

sin duda quiere acabar

la vida, ya de dejar

el corazón sin aliento.

Échase en el suelo.

Pang. 62

Sale la reina de caza con una escopeta

Crudavella.

¿Qué es esto que he visto, cielo?

¿Quién tuuo tanto poder

que mereceisse tener

cumplido aquí su consuelo?

Brabo corazón tenía,

pues tantas vidas quitó,

que aqueste no fuera yo,

mucho a mí se parecía.

En su soberbio valor

no supiera yo quién era,

para que luego pusiera

algún rayo de mi amor.

Donaldo.

Cielos, que mal me tratáis,

pues me queréis acabar

antes de llegar a dar

obediencia a quien la dais.

Llega hacia el prin.

Crudavella.

Parece que se an quejado,

o me engaña el corazón,

de sobra la razón

según está mi cuydado.

Acia aquí la voz sonó

y de cuerpo lastimado

del modo que se a quejado,

pues saberlo tengo yo.

Válgame el cielo, ¡qué suerte

es esta tan desgraciada,

que vida tan mal lograda

está en manos de la muerte!

Pang. 63

Sale en lo alto Venus y Cupido vendado con arco y flechas.

Venus.

¿Qué es lo que intentas hacer?

Cupido.

Quiero ir a sujetar

a quien no quiere guardar

mis leyes. Esto ha de ser,

porque no quiero se alabe

y diga que me burlo.

Venus.

Claro es hazaña, no

digo, porque bien se sabe

que quien a un David rindió,

y al prudente Salomón,

y a aquel tan fuerte Sansón,

que hombre ninguno venció,

y a un Virgilio gran poeta,

y a Hércules, que es batalla

que de ninguno se calla,

gasta hoy esta saeta.

Que venza esta mujer,

pero es tiempo mal gastado

mostrarte con ella airado,

si no te falta el poder.

Pero yo te pido aquí

que aquesta bárbara dejes.

Cupido.

Madre, tú no me aconsejes,

porque esto ha de ser así.

Ella me ha de obedecer,

yo la he de sujetar,

aquí no hay que replicar.

Pang. 64

Serpedón.

y así la voy a vencer.

Baja Cupido y tírale una flecha a la reina; no se va.

Crudavella.

¡Que hubiese manos atroces,

que de esta suerte pusiesen

este hombre y se atreviesen

a tal crueldad! ¡Oh, feroces!

¿No tuvierais compasión,

manos traidoras y aleves?

No ser aquí tan crueles,

pues no tuvisteis razón.

¿Es posible que la muerte

sea en ti tan poderosa,

y a tal belleza alevosa,

tratándote de esta suerte?

¿Que haya quitado el valor

que este mancebo tenía?

Confieso que es tiranía

usar con él tal rigor.

Este debió de quitar

aquestos hombres la vida,

pues la suya está perdida

y casi para espirar.

Traidores descomedidos,

¿qué os hizo aquesta belleza,

si no os movió su riqueza,

y al fin quedasteis perdidos?

Mas, ¿por qué le doy tal nombre?

Merece este sujetar

mi libertad y alcanzar

que yo en mi boca le nombre.

Pang. 65

Crudavella.

Dioses injustos que hacéis,

cómo así os habéis vengado

de mí, pues yo he despreciado

a todos los que sabéis.

Cómo me hacéis adorar

a un cadáver yerto y frío,

cómo sujetáis mi brío,

por qué me queréis matar.

Mas al fin me castigáis

por enfrenar mi locura,

aquesto es cosa segura

pues veo que me negáis.

Pero ¿qué digo, ay de mí?,

¿puede haberla aquí mayor,

que este acabe su valor

si no me ha ofendido a mí?

A la persona del mundo

que más poder ha tenido,

pues sin vida me ha venido

en mala razón lo fundo.

Pues ¿puedo tener contento

con desearle la vida

hallando en mí su acogida

al paso de su tormento?

¿Cómo no procuro ver

si ya la parca ha cortado

la vida de este cuitado

que sujeta mi poder?

Y si alguna vida tiene,

cómo no procuro yo

Pang. 66

Llégase a él.

Crudavella.

que no desampare, no,

su belleza, pues conviene.

Hablad, señor, si podéis,

si tenéis alguna vida,

antes que la vea perdida,

pues la mía me tenéis.

Mirad que en hablar me dais

otra alma en mí diferente,

no esté vuestro hablar ausente,

si dos almas hoy gozáis.

Mirad que tendré consuelo

saber que no os ha dejado

vuestra vida, y mi cuidado

saldrá aquí de su desvelo.

Dulce bien, dulce amor mío,

no me hagáis tanto penar,

porque estoy para acabar

veros con tan poco brío.

Donaldo.

¿Es posible que eres cielo

para mí tan riguroso

que te muestres tan quejoso,

quitándome mi consuelo?

Siquiera no me dejaras,

antes de darme la muerte,

que yo cumpliera mi suerte,

y después tú me acabaras.

No tuvieras piedad,

basta que llegara a ver

y gozar quien me dio el ser,

con la hermosura y beldad

de la reina, mi señora.

¡Ay, dista de aquesta vida

que por ti tengo perdida,

pues a ti solo te adora!

Sea yo aquí tan dichoso

por ti que llegue a tener

vida, solo para ver

este cielo milagroso.

Crudavella.

Pues que aquí se me ha cumplido

ver que en vida le he hallado,

pues aquí he visto que ha hablado,

no quiero poner descuido.

Pang. 67

Saca un pomo de bálsamo y échale en las heridas, y con un volante le ata.

Entre sí.

Crudavella.

En procurarle curar,

pues aquí traigo con qué,

que quien por mí tiene fe

el bien no le he de negar.

Vuelve, divino mancebo,

en ti, y verás tus bienes,

pues dos corazones tienes

y dos almas, yo lo apruebo.

¿Cómo no te dan aliento,

recreo del alma mía?

¿Cómo callas la alegría,

si está ya tu pensamiento

gozando lo que pensaba?

Vuelve, mi bien y mi vida,

a esta reina que, perdida

por ti, sin verte lo estaba.

Maldigo aquesta vasalla.

¿Estoy en mí? ¿Qué locura

me causa aquesta figura

que apenas su vida halla?

¿Cómo este nombre me doy?

¿Yo vasalla? ¿Estoy en mí?

¿Cómo me sujeto aquí

a un cadáver? ¿Cómo estoy

tan baja, siendo tan alta?

Si solo con mi valor

daba al mundo resplandor,

siendo luz, y la más alta,

¿cómo me sujeto yo

Pang. 68

Crudavella.

a quien nunca ha merecido

ser mi vasallo, y perdido

sin vida le estimo yo.

El hábito que este tiene

no es de un pobre pescador;

¿qué es lo que quiere el amor?

¿qué es lo que conmigo tiene?

Basta tanto sujetarme;

muere, mancebo, ¿y qué importa

que tengas tu vida corta,

porque cese ya el quejarme?

Que menos importa en ti

tu vida, que mi deshonra,

que al fin sin ti tendré honra,

viviendo, no la habrá en mí.

Basta que tú has merecido,

estando muerto, más gloria,

si así has tenido victoria

lo que vivos no han podido.

Y pues tuviste ventura

sin llegarla a merecer,

conténtate con tener

la gloria de esta coyuntura.

Crudavella.

Ya yo estoy desengañada

y conozco esta verdad,

y para mi calidad

tu belleza no me agrada;

yo quiero irme de aquí.

Pang. 69

Vuelve Cupido a tirar la otra flecha y vase.

Hace que se va y detiénese.

Crudavella.

basta tanto padecer,

que es abatir mi poder

si esto no me importa a mí.

¿Qué es esto? ¿Cómo no puedo

caminar hacia delante?

¿Hay temor tan semejante?

¿Quién pone a mi valor miedo?

¿Qué quieres conmigo, Amor?

¿Cómo me tratas así,

tanto rigor contra mí?

Yo de andar tengo temor.

Dioses, ¿cómo me dejáis?

¿Tan presto os habéis cansado?

Decidme, ¿en qué os he agraviado,

pues este pesar me dais?

¿Yo a un muerto tener amor?

¿Yo haberle dado mi vida

y estar así tan perdida,

yo sujeta a su valor?

Ea, que no puede ser,

yo le tengo de dejar.

Mas no, porque ha de quedar

solo, si le debo el ser.

Quiero volver, ¡ay de mí!,

a que ver aquesta belleza,

ver si tiene fortaleza

después que me fui de aquí.

Pang. 70

Vuelvese a sentar junto a él.

Crudavella.

Dulce bien del corazón,

aliento del alma mía,

gloria de mi compañía,

pues lo eres, con razón,

¿cómo tan suspenso estás

que no das vida a tu vida?

Siga por ti esta perdida

viendo que no se la das.

No estés, mi bien, de esa suerte,

no me causes tanto mal,

que más que tú, estoy mortal

si vives hoy, con mi muerte.

Donaldo.

Gracias te doy, reina hermosa,

por el bien que a mí me has hecho,

pues tengo por ti mi pecho

libre de pena furiosa,

que solo con el deseo

que tengo siempre de verte

me has librado de la muerte

y vida por ti poseo.

Aparte.

Rincún.

La reina ha nombrado aquí,

sin duda debe de ser

por mí tanto padecer,

yo he de ver si esto es por mí.

Aparte.

Donaldo.

No hay en el mundo qué ver

si he llegado a imaginar

que quien me llegó a curar

es quien da a todos el ser.

Pang. 71

Donaldo.

Ya mis heridas sanaron

y no siento mi dolor,

pues me está dando favor

la reina, y aseguraron.

Conviene disimular

de que no la he conocido,

ya que estoy favorecido

deste bien tan singular.

Crudavella.

¿Quién os puso desta suerte?

Donaldo.

A mí, señora, la hicieron

esos que tus ojos vieron

que descansan con su muerte.

Con intento de quitarnos

la pesca, y yo como mozo,

viendo su fuerte alborozo

y que era en balde tornarnos,

la pesca al fin defendí,

y en la refriega quedaron

los que a mí me acompañaron

y ellos también. (¡Ay de mí!)

Pero doy gracias al cielo

y a aqueste lugar precioso

que me ha hecho tan dichoso

topando en él mi consuelo.

Crudavella.

¿Quiéresme hacer un favor?

¿En quién tienes ocupada

tu memoria? ¿Quién te agrada,

y a quién tiene tu alma amor?

Pang. 72

Donaldo.

Pues que me mandáis que diga,

que os manifieste la gloria

que tiene mi pensamiento,

escuchadme, vos, señora.

Porque sepáis, aunque humilde

de nacimiento, no es cosa

para no tener el alma

pensamientos de su gloria.

Hoy los tengo yo ocupados

en la cosa más hermosa

que alumbra el luciente Febo

al despedirse la aurora.

Y esta es la reina de Grecia,

cuya beldad es notoria

por el mundo, pues a nadie

deja con libertad propia.

Y la mía entre las redes,

y la fama voladora

no se ha podido escapar,

que me la ha robado toda.

Viendo que ausente de ella

estaba el alma penosa,

dejando todo el cuidado

quise buscarla, su gloria

olvidando el bullicioso

gusto de la pesca hermosa,

dejándolos descansar

en su morada espumosa.

Pang. 73

Pescador 1.

que hasta los pescados fueron

dichosos del bien que gozan,

si por esta reina tienen

vida, pues ella lo estorba.

Trocando con mi hermano

el oficio, por ser cosa

para venir a la corte

a vender, y ser dichosa

mi suerte en tal ocasión.

Por ver lo que al alma importa,

me partí con pensamiento

de estar en la corte toda

mi vida, sin volver más

a pescar, aunque es curiosa

la pesca, a quien se ha criado

en ella, es cosa notoria

que en suerte he de morir,

porque mi vida gustosa

la tenga de ver mi reina,

consuelo para mi gloria.

Siente, es castigo del cielo

verme así, en muerte penosa,

por tan atroz pensamiento

en tan humilde persona.

Pero si se considera

esta causa piadosa,

Pang. 74

Donaldo.

no debo ser yo culpado

en adorar tal persona,

que al alma ha resucitado

de una muerte tenebrosa,

solo pensando en su cielo,

pues hoy me la da su sombra.

Crudavella.

No tienes, bello mancebo,

que darte pena y congoja

tus heridas, que muy presto

tendrás la salud dichosa

y podrás ir a aliviar

los del alma, pues es cosa

que sanarán con la vista

de tu reina y tu señora.

Sana mientras que yo voy

a traerte algo que comas;

en esta cueva escondido

te he de dejar, porque importa.

Donaldo.

No te tardes en venir,

si tanta merced me otorgas.

Crudavella.

No tienes que tener pena,

que soy mía por ser sola.

Métele la reina en una cueva y vase la reina, sale Rincún y el pescador.

Pang. 75

Pescador 1.

Gracias al cielo que es ida

la reina de aqueste prado,

y ya puedo, descuidado,

poner en salvo mi vida.

Rincún.

Viendo he estado lo que ha hecho

sin que ella a mí me sintiera,

que sé que si ella me viera

me hiciera muy mal provecho.

Porque, al fin, yo no viviera

si supiera que escuchaba,

y por mi vida no daba

un quatrín si lo entendiera.

Pescador 1.

En esta cueva ha escondido

aquel pobre caminante.

Llegóse a la cueva.

Rincún.

¡Ah, lucero relumbrante,

cuál traes a mi amo perdido!

Si será muerto, que estoy

con grandísimo cuidado,

y os aseguro que ha espirado.

Claro está que necio soy, pero yo voy

en aquesta cueva a ver

en qué para su tormento,

solo porque el pensamiento

descanse del padecer.

¡Ah, señor! ¿Descansas ya,

o estás padeciendo aquí?

Pang. 76

Rincún.

Rincún soy, que me escondí

por temores, como va.

Sale el príncipe.

Donaldo.

No descanso que antes muero,

después que miré aquel sol,

que con su hermoso arrebol

me alumbró en este destierro, pero ¿qué quiero,

si ya estoy en su acogida

con fuerzas, brío y valor,

si con sus manos amor

ha querido darme vida?

Ya mi mal yo no le siento,

y no tuviera sentido

si no fuera agradecido

a quien me quitó el tormento.

Pero ¿cómo te va a ti,

y cómo te has escapado,

que estás así descuidado?

Declárame el modo aquí.

Rincún.

Cuando en la refriega estabas

riñendo con agonía,

por no estorbar tu porfía

de la empresa con que andabas,

este pescador y yo,

como quien sabe la tierra,

por no vernos en tal guerra

los dos nos fuimos, que no...

Pang. 77

Rincún.

somos dos los en rehenes

y no ay en esto cordura,

que, en aviendo coyuntura,

no ay cosa como el dar de huir.

En tanto que tu as passado

con la reina tus amores,

me a contado sus favores,

que dan temor y cuydado.

Y ansi te vine a buscar

por saber lo que avia hecho

contigo, porque mi pecho

no podia descansar.

Y bien sabe el alto cielo

que me e holgado de verte,

que estes libre de la muerte,

que es para mi gran consuelo.

Pescador 1.

Señor, pues solos estamos,

oy nos podemos bolver

donde podamos tener

buen fin, si acaso acertamos.

Que, si de esta as escapado,

no busques otra ocasion,

no pongas tu corazon

en otro nuevo cuydado.

Que si an dado de esta suerte

contigo tan amorosa,

otra vez vendra furiosa,

y te podra dar la muerte.

Pang. 78

Donaldo.

El consejo te agradezco

por la merced y el favor,

que al fin se luce tu amor,

pero premiarle te ofrezco.

Mas ya no podrá eso ser,

que está mi amor empeñado,

y pues voy desengañado,

aquí pienso padecer.

Dio al sol ya el medio vida,

y quien una vez la dio,

nunca por él la perdió;

esto es cosa conocida.

Él me mandó aquí esperar,

yo tengo de obedecer,

y lo contrario es perder

el bien que él me ha de dar.

Y así, volveos a esconder,

no venga y os tope aquí,

porque me pesará a mí

veros por mí padecer;

y pues sabéis donde estoy,

aquí me podréis hablar.

Rincún.

Que ¿al fin quieres esperar

a esta fiera? Muerto voy.

Pero dime, ¿qué has de hacer

Pang. 79

35

Rincún.

sino cumples tu ventura.

Donaldo.

Morirme, que es más segura

la muerte que el padecer.

Rincún.

Un consejo te he de dar,

que pienso será extremado;

no tengas de oírle enfado.

Donaldo.

Di, que te quiero escuchar.

Rincún.

Pon en tu imaginación

que has alcanzado esta diosa,

que la has gozado amorosa,

que has visto su corazón;

que te quiere y tú la adoras,

que te has visto entre sus brazos,

gozando sus dulces lazos

ciegos con que te enamoras;

que has estado dos mil años

con ella viendo sus ojos,

y que no te ha dado enojos,

ni en sus amores engaños;

o que por un no sé qué

te has enojado con ella,

y mirándola, es centella

que de tu pecho se fue;

y luego entra el olvido

de tal modo y de tal suerte

que su vista es una muerte

para el que la ha aborrecido.

Pues haz de cuenta, señor,

Pang. 80

Rincún.

que todo esto te ha pasado,

y que al fin te has enfadado,

y no le tienes amor;

y con aquesto podrás

volverte, porque es locura

cansar tu ingenio y cordura,

y al cabo lo perderás.

Donaldo.

Vete, porque tu consejo

no me está bien a mi honor,

que hay en mi nuevo valor.

Vanse el Pescador y Rincún.

Rincún.

Digo, señor, que te dejo.

Donaldo.

Ay, bien de paz, contento, alegre gloria,

vuelto en aquesta guerra y triste pena,

que prisiones arrastras y cadena,

que atormentan al alma con su furia,

Amor, ¿cuándo saldrás con tu victoria?,

¿cuándo me aliviarás?

Donaldo.

Mi bien tengo de esperar

o mi muerte, si es posible,

que no es amor tan terrible

que empiece así a castigar.

Y si yo he de padecer,

padezca, si así es tu gusto,

que amor, viendo que no es justo,

me vendrá a favorecer,

y cuando en los mares muera,

Pang. 81

Donaldo.

desta beldad, tendré gloria,

que morir será victoria,

vivir muerte verdadera.

Fin.

Pang. 82

[El texto de esta página se encuentra tachado y es prácticamente ilegible]

Jornada tercera

Pang. 83

Tercera Jornada. No hay fuerza contra el amor. 37

Sale el Príncipe, y la reina.

Donaldo.

Hacedme un favor, señora,

puesto que este bien recibo

y por vuestras manos vivo.

¿Quién sois? Si un bien adoro,

que sepa quién me dio vida,

librándome de la muerte,

merece saber qué suerte

tuvo mi vida, perdida.

La vida yo no os la ofrezco,

porque vos me la habéis dado;

si me sacáis de cuidado

y cansado no parezco

en que yo quiera saber

lo que queréis encubrir,

más os ofrezco servir

con el alma, no el poder.

Porque en mí muy corto está

que es de un pobre pescador,

mas aunque humilde el valor,

no sé qué muestras me da

viendo aquestas luces dos;

de aliento, en mi corazón,

que le sobra la razón

viendo que le ayudáis vos.

Crudavella.

Contentaos, bello mancebo,

con lo que habéis recibido,

no queráis ser atrevido

a saber cosas de nuevo.

Basta que habéis alcanzado

más que persona en el mundo

Pang. 84

Crudavella.

y en esta razón lo fundo;

cese ya vuestro cuidado.

Donaldo.

Señora, no puede ser,

porque como el alma adora

a la reina, mi señora,

a quien debo todo el ser,

será imposible callar

hasta que vos me digáis

quién sois, porque me matáis

con tanto disimular.

Que me parece imposible;

según parecéis a ella,

sois vos su misma estrella

o el alma; esto es infalible.

Y si lo sois, no neguéis

a mi alma aquesta gloria;

alegralda su memoria,

pues que tan fácil podéis.

Que solo a la reina adoro,

y solo por ella muero,

y sin ella yo no quiero

vida, siendo gran tesoro;

que si he de vivir muriendo,

y vos no lo sois, ¡ay, mi suerte!,

la tendré en ver la muerte

antes que estar padeciendo.

Crudavella.

No quiero verte quejar,

porque me das pena a mí;

mancebo, vuelve ya en ti,

porque te quiero alegrar.

Sabe el cielo que tenía

diferente pensamiento

de no cumplir tu intento

ni darte más alegría.

Pang. 85

38

Crudavella.

Mas no ha podido sufrir

mi corazón tu tormento,

que en verte quejar lo siento

tanto, que me va el vivir.

Veíste quién soy aquí

y porque tengas tu vida

de todo punto cumplida,

la reina soy, vuelve en ti.

Donaldo.

Sol que alumbras al del cielo,

tú que das a todos vida,

del alma perdida

por ti, pues la das consuelo.

Cómo pudiera vivir

si aquí no hubiera allegado

al cielo más deseado

que estaba por descubrir.

No sin causa el corazón

me atormentaba, siquiera

esta gloria verdadera

con tan sobrada razón.

Ya mi penar se acabó,

pues está el alma en la gloria;

ya puede amor su victoria

publicarla, pues venció.

Ya no hay más bien que miraros

ni dicha que obedeceros,

y por señora teneros

y, vuestro sol, adoraros.

Que quien la vida me ha dado

y me recibe en su cielo,

qué mayor bien y consuelo

hombre en el mundo ha alcanzado.

Pang. 86

Crudavella.

Basta que me atormentáis

y abrasáis mi corazón,

que si os quejáis con razón,

con eso más me matáis.

Que ya os pago vuestro amor,

que si el alma me habéis dado,

las dos me habéis vos robado

con vuestro hermoso valor.

Bien podéis ya descansar,

pues el bien se os ha cumplido;

no os quejéis, que no es perdido,

pues está a vuestro mandar.

Sujeta aquí me tenéis,

que vuestra hermosa belleza

ha tenido fortaleza

para vencer lo que veis.

Donaldo.

Aqueso, señora, no

consentiré que digáis,

que de nuevo me matáis,

si soy el esclavo yo,

quien jamás pudo llegar

a sujetaros a vos.

Crudavella.

Amor, que lo ha sido por vos,

me pudo a mí sujetar;

pues él rindió mi pecho

que yo os llegase a querer;

a él debéis el poder

de veros ya satisfecho.

Donaldo.

Mil gracias le doy, Amor,

pues tanta gloria me ha dado,

y de nuevo me ha formado,

según vuestro resplandor.

Pang. 87

Aparte.

Rey.

Vamos, señor, vamos luego,

que, digo, no estoy en mí,

que este me sujete aquí

y me abrase en vivo fuego.

Yo me voy, que me conviene.

Príncipe.

Señora, no os descuidéis

si vuestro vivo queréis

que el alma note que tiene.

Como ve ausentar su cielo,

Rey.

aunque yo me voy de aquí,

el alma que vive en mí

os queda dando consuelo.

Aparte.

Príncipe.

Si el alma vos me dejáis,

podré pasar esta ausencia,

pues me dejáis en presencia

lo que vos más estimáis.

Dichosa mi suerte ha sido

en esta feria a mi ida,

cuando aquesta aurora hermosa

tanto me ha favorecido.

Vanse. Y salen el Rey de diamantes, y Monfred, privado del Rey.

Rey.

Que no haya nuevas de ninguna suerte

de Donaldo, mucho me he espantado.

Sin duda Crudavella le dio muerte,

y por no darme pena se ha callado.

Triste partida y triste fue su muerte,

si es verdad que la vida le ha quitado,

porque no saber nada en su partida

es sin duda, mi hijo está sin vida.

Montfredo.

De que en el reino cosa no se sabe,

estoy bien informado, esto es de cierto.

Pang. 88

Montfredo.

el negar la verdad, si fuera muerto,

a quien la vida en tus manos sabe

que está sujeta, por tal desacierto

si de su alteza la verdad callara

y a ti, señor, no la manifestara.

Rey.

¡Ah, bárbara, cruel, fiera homicida!

¿Qué te hizo este Abel, que de la suerte,

sin averte ofendido a ti en tu vida,

la suya le acortaste con la muerte,

a sangre de mi sangre, que vertida

está a manos de este Nerón fuerte?

Pues con la tuya se bebió la mía,

triunfando mi poder y mi alegría.

Mas yo te juro por el alto cielo,

y por Júpiter, dios a quien adoro,

que as de pagar aqueste desconsuelo

que al alma as dado; pues a su decoro

le perdiste el respeto, y mi desvelo

a de ser para ti, cual fiero toro

que a quien le ofende mil pedazos hace

y no queda vengado en lo que hace.

Mandad y executad luego al momento,

que el campo se aperciba para guerra,

y cumpliendo con esto a mi intento,

le tengo de abrasar toda su tierra

y a ella la he de dar cruel tormento;

pues justo aquesta bárbara que muera,

que pues el bien a mí me le a quitado,

de su crueldad me he de ver vengado.

Pang. 89

Montfredo.

Señor, no es justo que ejecutes luego

sin saber deste caso la certeza,

y que vayas rompiendo a sangre y fuego

con tan pocos es justo en tu fortaleza,

que yo me obligo de saberlo luego,

si es verdad que te ha hecho tal fiereza,

y siendo así te ofrezco de vengarte,

que tomo esta venganza por mi parte.

Rey.

Montfred, yo os agradezco ese buen pecho

que tenéis de vengarme, sois honrado,

pero no quedaré bien satisfecho

si con mis manos no me veo vengado.

Yo he de beber la sangre de su pecho,

y aun no estará contento mi cuidado,

que si así no restauro yo mi vida

con brazo ajeno, quedará perdida.

Yo he de cobrar lo que ella me ha quitado,

yo he de saber si es cierta aquesta muerte,

yo he de ver desta ausencia el triste hado,

yo he de ir a mi suerte, o a su suerte,

y no quiero sin hijo ir a mi estado,

yo no puedo sufrir este mal fuerte,

yo tengo de morir, o ver mi pecho

de tan gran crueldad bien satisfecho.

Avisad a esta bárbara, aperciba

todo el poder que tiene, que no quiero

cogerla descuidada, porque viva

si su poder saliere verdadero;

porque para traerla yo cautiva

sin avisar pudiera, mas no quiero,

que no es hazaña en mí sacar la espada

si está desta ocasión muy descuidada.

Montfredo.

Digo, señor, que al punto te obedezco,

y avisaré del modo que has mandado,

y la vida que tengo te la ofrezco

para ayudar a tu feliz cuidado.

Pang. 90

Rey.

El gusto que me dais os le agradezco,

y os ofrezco de mí seréis premiado,

que quien me ayuda a sentir mis males,

sin ser rey, hoy los dos somos iguales.

Vanse, y sale la reina, sola.

Crudavella.

¿Qué es lo que me ha sucedido?

¡Cómo me veo trocada!

¿Yo soy la diosa guardada,

que jamás hombre ha podido

sujetarme? Por perdido

que han dado por mi valor,

¿yo a un hombre tener amor

tan humilde? ¿Cómo, cielos,

causáis en mí estos desvelos,

dándome tan gran temor?

¿Yo soy reina? Aquel, ¡oh no!,

porque no pudiera ser

sujeto yo mi poder

a quien es menor que yo.

No puede ser, esto no.

Ya yo no soy Crudavella,

pues tengo tan baja estrella,

que he puesto en un pescador

todo el poder y valor,

y ya se eclipsó mi luz bella.

Amor, ¿cómo has sujetado

mi poder de aquesta suerte?

¿Cómo me das esta muerte,

a costa de mi cuidado?

¿Qué has visto en mí, qué has hallado

de liviana en mi valor,

pues quieres que tenga amor

a quien nunca ha merecido

que aun en el público ruido

siendo para él honor?

Pang. 91

La columna derecha de la página contiene texto completamente tachado, aparentemente un borrador previo.

Crudavella.

que yo lo olvidara allí,

que acudiendo de aquesta suerte

te librara de la muerte,

y hoy este me la da a mí.

¿Cómo, amor, tratas así

a quien tú debes el ser?

¿Cómo muestras tu poder

con quien el honor te ha dado?

¿Cómo a mí me has agraviado

en quererme a ti vencer?

¿No sabes que he deshechado

tantos príncipes y reyes,

y he quebrantado mil leyes

que en mí se han notificado?

Que si de ti con agrado

con los hombres he temido,

¿cómo no me has defendido

de que en tal cosa cayera,

para que no me perdiera,

guardándome mi sentido?

Dioses injustos, ¿por qué

así me desamparáis,

y desta suerte dejáis

a vuestra defensa? No sé

cómo en vosotros se ve

tanto descuido conmigo.

El cielo me sea testigo

deste agravio, que en mi pecho

todos juntos habéis hecho

para que os venga el castigo.

Ya me veo sin honor

ya sin fuerza ni poder,

pues he venido a caer

en tan grave deshonor;

y pues está mi valor

sujeto a tanta humildad,

yo he de encubrir la verdad

con dar muerte a este homicida,

para que quede mi vida

libre de aquesta maldad.

Pang. 92

Crudavella.

Yo le voy luego a buscar

que a Dios quiero le ver,

yo he de cumplir mi deseo

en irle luego a matar;

porque no se ha de alabar

que este hombre así sujetarme ha venido

y que a mi poder ha ofendido

con su humildad y belleza,

y que tuvo fortaleza

para ser tan atrevido.

Vase y sale el Príncipe de Sacueba.

Donaldo.

Que pueda en calma vivir

a costa de mis pesares,

estando mi vida ausente

cercada de tantos males.

Pues desahuciada del bien

procura desenfadarse,

a pesar de los desdichos,

y mi fortuna alegrarse.

¿No es mejor, alma, te digo,

que te volvieras cadáver,

y desterrada del bien

no has de poder consolarte?

O por lo menos dijeras,

si acaso puedes quejarte,

aquí donde mis suspiros

pueblan estas soledades,

si con esto enternecieras

a los montes y a las aves

para que tu pena fiera

a sentir se la ayudasen.

Pero si me falta el cielo,

¿cómo podré yo alegrarme?

Todo en mí ha de ser tormentos,

y mis contentos, pesares.

Pang. 93

Donaldo.

siento los rayos de gloria

que gozaba de aquel ángel,

diciendo: «¡triste de mí,

que a tanto se obliguen mis males!».

¿Habrá alguno destos montes

que mis penas acompañen,

pues ya me ha negado el día

y el norte en esta noche afable?

¿Habrá quien tantos desdichos

conmigo en el mundo iguale,

aquí, donde en cualquier día

que amanecen mis pesares...?

No puede haber quien no tenga

penas en el mundo y males,

pero los que yo padezco

están por imaginarse.

Pues estos montes y selvas,

estos prados y estos valles,

estas aguas que en la arena

van rompiendo los cristales,

que parece que la risa

que entre ella los guijarros ven,

pueden dar vida a los muertos

y a vivos quitar pesares;

y estos dulces jilguerillos

con sus hermosos pasajes,

que están diciendo ternezas

al aurora cuando sale,

para aliviar mi pasión

no vienen a ser bastantes,

pues siempre mis ojos son

arroyos entre estos sauces.

Pues en mirando a los montes

que piensan avecindarse

en el cielo con su altura,

son causa de más pesares.

Pang. 94

Donaldo.

Pues no me llevan contigo

por si de alto alcanzase

a ver si el cielo que adoro

por allá arriba topase

si vuelvo a ver estas selvas

y aquestos prados galantes

que con su frescura hermosa

dan vida a Venus y a Marte

a mí me la quitan luego

cuando veo que no sale

de entre su hermosa espesura

la flor que causa mis males

Triste, ausente y ofendido

vivo, en los hermosos valles

pues el alba no me muestran

cuando amanecen brillantes

Del rocío de la noche

que el cielo en pago les hace

de la risa que le muestran

cuando el sol dorado sale

En nada hallan contento

mis vanas seguridades

a menos de su belleza

cada vez que el alba sale

Porque el vivir de ti ausente

no llamo muerte agradable

que es muerte con purgatorio

pues no hay bien sin ti que baste

Sin ti todo el bien es muerte

y sin ti quién ha de hallarse

pues sin ti todo es tormentos

pesares y más pesares

Porque tus ojos son cielo

y pudiera yo espantarme

si por olvidarte hubiera

alma tan grosera en nadie

Pang. 95

Donaldo.

Yo no sé qué he merecido

a tus hermosos cristales,

pues pudiendo darme vida,

con muerte has querido honrarme.

Pues desterrados están

de tus luces relumbrantes

mis ojos en las tinieblas

del sol que los eclipsaste.

Pero pues de mí te ausentas,

bien pudieras perdonarme

mis yerros, si te ofendieron

por los aciertos de amarte.

Mucho mis recelos temen,

¡ah triste, mi amor constante!

pues me pagas con olvido

de ausencia tremenda cárcel.

Pero en grandes pretensiones

las penas han de ser grandes,

por llegar tan atrevido

a tus luceros brillantes.

Si por quererte castigas,

mejor fuera no adorarte,

que a veces el menosprecio

es causa de amor más grande.

Pero, ¿cómo he de poder

olvidar, si eres el ángel

que siempre a mi lado tengo

aunque jamás me acompañes?

Desdenes y prevenciones

mis ojos temen, que saben

que al poder con tiranía,

toda resistencia es fácil.

Y así, enviando suspiros,

que son los que van delante,

ablandarán tu rigor

y ese corazón diamante.

Pang. 96

Sale la reina sola.

Aparte.

Donaldo.

Señora, seas bien venida.

Como no me ha respondido,

pierdo de verla el sentido,

temo en sus manos mi vida.

¿Cómo venís desta suerte?

¿Cómo eclipsáis las estrellas,

sabiendo vos que con ellas

me librasteis de la muerte?

Aparte.

Crudavella.

Yo con temor, ¿pues por qué?

Si este es quien me ha quitado

mi honor, y así me ha agraviado.

¿Qué tengo? Porque noté

qué pasión tiene mi pecho.

Ten ánimo, corazón,

¿no ves que tengo razón?

Pero no será bien hecho

que yo le quiera matar,

que le adoro como a mí.

¿Qué digo? ¿Estoy en mí?

Yo me puedo reportar.

¿Para aquesto vine yo

tan fuerte y determinada?

¿Cómo estoy tan desmayada

que no ejecuto? Mas no,

porque es echarme a perder;

quiero primero escuchalle,

que no es justo así matalle,

sin darle el porqué a entender.

Donaldo.

Señora, ¿cómo venís

desta suerte disfrazada?

¿Qué pena tenéis guardada?

¿Cómo no habláis? ¿Qué decís?

Pang. 97

Donaldo.

¿Cómo el sol luce sin vos,

si está vuestro sol nublado?

¿Cómo en el sol hay cuidado

si le dais vos con los dos?

Decid la causa, señora,

no me hagáis más padecer,

mirad que quitáis el ser

al alma que en vos adora.

Que si duráis de esta suerte,

será imposible vivir,

si a vos no podré acudir

por librarme de la muerte.

Si ya estáis arrepentida

de hacerme tanta merced,

sabed, señora, sabed

que en mí no ha estado perdida.

Y porque de mí sepáis,

aunque en este traje estoy,

que no soy, porque no soy

el que vos en mí estimáis.

Yo os quiero luego alegrar,

si acaso os ha parecido

que a quien os habéis rendido

con vos no puede igualar.

Yo, señora, soy, de donde

siendo vos quien me dio vida,

de vuestra dulce acogida,

aunque hoy de mí se esconde...

Pero de dónde nací

os diré, de Diamantea,

una pobre y triste aldea,

aunque corte para mí.

Pang. 98

Donaldo.

en ella vine a tener

nuevas de vuestra belleza,

con que alcancé fortaleza

para veniros a ver;

y el cielo me hizo dichoso,

y hallé en toparos luego aquí,

pues me disteis vida a mí

con el rostro milagroso.

Verdad es que disfrazado

me importó venir a ver

vuestra gloria, por tener

cumplido ya mi cuidado.

Y así, señora, podéis

alegraros, porque soy

hijo del rey, aunque estoy

del modo que aquí me veis.

Y Donaldo es mi nombre,

príncipe de Diamantea,

pero esclavo, que desea

serviros, y no os asombre.

De lo que a mí me escucháis,

que soy el que os he contado,

aunque veis que lo he callado

con el traje que en mí halláis.

Y si de esto estáis quejosa,

volved en vos, pues sabéis

quién es el que vos queréis,

salga vuestra luz hermosa.

Y de aquesta dilación

os pido perdón aquí.

Habladme, señora, a mí,

alegrad mi corazón.

Pang. 99

Crudavella.

Que al fin sois hijo de rey.

Donaldo.

Soy lo que aquí he contado;

bien puede vuestro cuidado

poner otra nueva ley.

Crudavella.

Mayor le tengo de veros,

pues que me habéis engañado,

venir así disfrazado.

Donaldo.

Importa para teneros

por mi reina y mi señora.

(Aparte.)

Crudavella.

Que este con todo el poder

no me pudiese vencer

siendo rey, y solo ahora

pudiese con su belleza,

y por humilde alcanzar

donde no pensó llegar

con toda su fortaleza.

¿Qué hago que no le mato?

¿cómo vive y deshonora,

y yo no me vengo ahora

de aqueste gran desacato?

Corrida estoy de lo hecho,

que me sujetara a mí;

beberle tengo yo aquí

toda la sangre del pecho.

Pues, ¡oh, cielos!, ¿qué es esto?

¿yo sin honor y sin vida,

yo sujeta y tan perdida,

cómo consentí aquesto?

¡Por los dioses, que he de hacer

este hombre mil pedazos,

y el alma aquí entre mis brazos

también tengo deshacer!

Pang. 100

Crudavella.

infame, yo he de matarte,

porque me importa mi honra,

que viviendo mi deshonra,

vive con mi disparate.

Esto ha de ser desta suerte,

yo he de dejar enterrado

el secreto en ti, y callado,

con darte ahora la muerte.

Saca un puñal y va a le dar.

Donaldo.

Señora, no te he ofendido.

Crudavella.

¿Cómo no, si me has llegado

al alma, y me has engañado?

Luchan los dos, el príncipe defendiéndose.

Donaldo.

Mira, detén, que rendido

me tienes con tu poder,

duélete de mí si puedes,

pues sabes hacer mercedes.

Dale una puñalada y suena un correo.

Crudavella.

Aquí no te ha de valer

la humildad, muere, traidor.

¿Qué ruido es este que viene?

¿Quién mi cólera detiene?

Aquí importa mi valor.

Vase la reina, y cáysele el puñal. Y queda herido el príncipe, quejándose.

Donaldo.

No te vayas, no, detente,

acábame de matar,

que morir por ti es ganar

el cielo, estando presente.

No siento, no, aquesta herida,

mas siento el ver que te vas,

pues que con eso me das

más muerte, a mi triste vida.

Pang. 101

Donaldo.

Mal pagas a quien te adora,

pues te vas de aquesta suerte,

que con irte me das muerte,

y vida, siendo

vida quedándote ahora.

Vuelve, vuelve, no te ausentes,

que aunque me dejas herido,

mucho más quedo rendido

de amor, con tales presentes.

Confieso que te he ofendido,

mas ya te pido perdón;

dame ahora el galardón

que pide un arrepentido.

Mas, ¿qué pido?, ¿estoy en mí?

si con puñal me das gloria,

qué se aflije mi memoria,

sin duda que no está en sí.

Sale el pescador y ve al príncipe suspenso.

Pescador 1.

Señor, ¿de qué es la tristeza?

¿piensas acaso en la muerte?

mira que es muy mala suerte

dar en tan necia flaqueza.

Donaldo.

Aunque me ves de este modo,

suspenso y todo turbado,

la gloria me ha dado

un ángel, que lo es en todo.

Pescador 1.

Ángel que quita la vida,

mala gloria puede dar

si te ha querido matar.

Donaldo.

Antes me ha dado la vida.

Pang. 102

Donaldo.

Porque el querer sin dolor

no es querer, que ha de costar

trabajo, el que empieza a amar

si muestra que tiene amor.

Que para ser estimado,

si no empieza a padecer,

no diga sabe querer

si no le cuesta cuidado.

La reina me ha puesto así,

pero no lo siento yo no,

mas siento que me dejó

y se fue, triste de mí.

Rincún.

De perder una mujer

sientes, cuando está tu vida

casi del todo perdida,

está, sentí, y en efeto.

Vámonos, señor, de aquí;

perdido has lo que has tenido,

mira que te ves perdido.

Donaldo.

No me está bien eso a mí.

Aquí me dejó y se fue,

aquí me tiene de hallar,

y aquí tengo de esperar

la gloria.

Rincún.

Señor, no sé,

que aquesto te ha asustado,

que si no está arrepentida,

acabará con tu vida.

Donaldo.

Descansará mi cuidado.

Pang. 103

Pescador 1.

y así te pido, señor,

que me cumplas este gusto,

pues lo que pido es tan justo

que importa a tu valor.

Donaldo.

Quiero al fin obedecerte,

pues que me quieres curar.

Pescador 1.

Quisiera luego acertar,

por librarte de la muerte.

Vanse, y sale la reina a buscar al príncipe y no le topa, y ve el puñal y álzalo, diciendo esto:

Crudavella.

Amor, mucho me atormentas,

pues me haces venir a ver

a quien me ha echado a perder;

mucho amor, mi honor afrentas.

Con un pobre pescador

me has puesto de aquesta suerte,

dándome tan fiera muerte,

quitándome mi valor.

Pero ¿qué digo? ¡Ay de mí!

nombre de pobre le doy

como tan trocada estoy,

con quien quiero más que a mí.

Quiero ver si tiene vida

a quien me la ha dado a mí,

que no es bien que esté yo aquí

tan descuidada y perdida.

Llega a la cueva y ve el puñal en el suelo y álzalo.

Pang. 104

Álzale.

Crudavella.

¿Qué es esto? ¡Válgame el cielo!

¿Aqueste no es el puñal

que ha causado tanto mal,

el que está en aqueste suelo?

Pues como yo le dejé,

grande fue mi turbación

cuando estaba en la traición

con quien inocente fue.

Puñal, pues desamparaste

a tu reina, ¿dónde está

el que la vida me da,

pues que tú le acompañaste?

Habla, pues tienes poder,

ya que te ves en mi mano,

no seas contra mí tirano,

pues mi mano te da el ser.

Dame cuenta de mi vida,

y dime dónde quedó,

si es vivo o si se murió,

que sin él estoy perdida.

Puñal, que fuiste instrumento

de toda mi perdición,

muéstrame mi corazón,

no me des tanto tormento.

Vive sin duda. Que no,

pues callando estás diciendo

que murió o se está muriendo,

mas adónde, no sé yo.

¡Cielos, tanta crueldad,

tanto rigor contra mí!

Pang. 105

Donaldo.

pues que lo merezco, sí,

si me faltó caridad

con quien la tuvo conmigo,

pues, pudiéndome matar,

quitó verte atormentar

con este puñal, testigo

de tu inocente humildad;

y pues este brazo fuerte

a sí mismo se dio muerte,

pues no tuvo piedad,

padezca el alma por él,

muera el cuerpo, pues le falta

una joya, la más alta,

que es la vida, por cruel.

Pero, ¿qué clarín al cielo

es este que con su voz

por el aire tan veloz

quiere corromper su vuelo?

Falt. Suenan cajas y un clarín de guerra, y di adentro.

Voz.

Marche el campo, marche luego,

que nos importa llegar,

esta guerra a sangre y fuego.

Crudavella.

Si este campo es contra mí,

mas viene mal informado,

que parece el cielo airado

con prevenciones así.

Porque si el mundo viniera,

mi reino no sujetara,

porque sola yo bastara

para que aquí se perdiera.

O no teme mi poder

a los reyes de la tierra,

porque esta es pequeña guerra

que es de mi valor vencer.

Pang. 106

Donaldo.

Bien me puede perdonar

amor en esta ocasión,

que voy a la perdición

de quien me viene a buscar.

Vase, y sale acompañamiento de soldados de guerra y el rey de diamantes armado, y suenan cajas y trompetas.

Capitán.

Aquí se puede poner

el campo, pues cerca estamos,

o manda, señor, que hagamos

que te hemos de obedecer.

Rey.

Muy bien me parece a mí

este lugar.

Capitán.

Estremado.

Disparan dos escopetas.

Rey.

Habéis muy bien acordado;

hágase la seña aquí,

porque sepan que aguardamos.

Echen sin bala algún fuego,

ea, soldados, sea luego,

pues a vencer nos juntamos.

Sepa esta reina el valor

que en mí se encierra, y poder,

y que no llego a temer

su amenaza y su furor.

Sepa que yo solo puedo

a todo el mundo acabar.

Pang. 107

Rincún.

porque con solo el mirar

hago que me tengan miedo.

Que para mí una mujer

por fuerte y brava que sea

es mujer, y si pelea

es de boca, sin poder.

Suenan cajas de guerra.

Capitán.

El campo contra ti viene,

mira qué habemos de hacer.

Rey.

Venga todo su poder,

que eso es lo que le conviene.

Para valerse de mí

ea soldados valor,

nadie muestre aquí temor,

pues que me tenéis a mí.

Tocan cajas y salen soldados de guerra y la reina armada.

Crudavella.

Ya en el campo con los dos

que ha deshecho toda tu guarda

me tienes, di lo que quieres,

habla si tienes palabras.

Para poder responder

qué haces, cómo te tardas

en ejecutar tu furia,

quién te detiene, qué callas.

Pang. 108

Rey.

Escucha, diré a qué vengo:

yo te envié una embajada

para casar a mi hijo

contigo, y tú, tan ingrata,

respondiste con tal modo

que quise darte batalla.

Luego que vi tu respuesta,

pues en ella vi tu cara

ser Nerona de los hombres,

pues con tan grande arrogancia

me dijiste no temías

mi poder, y está bien clara

la razón en lo que os he hecho,

pues un pedazo del alma

me tienes en tu poder,

pues aquesta fue la causa

de no venir contra ti

hasta que él viese tu cara.

Partióse para tu corte,

partida para mí amarga,

pues no sé si es muerto o vivo;

es mi hijo, aquí reposa

en que me le has de volver

vivo o muerto, o tu alma

ha de salir de tu cuerpo

con los que a ti te acompañan.

Si no me das lo que pido,

veréis lo que te agrada.

Pang. 109

Crudavella.

Ni su hijo es tuyo ya,

ni hoy en mi corte se guarda,

ni le tengo en mi poder,

mintiendo lo que me hablas.

Ni entiendas que yo te temo

todas esas amenazas,

que es tu poder con el mío

muy corto, porque no alcanza

a solo el valor de uno

de los que a mí me acompañan

para que tú te defiendas

sin quedar en la demanda;

y porque sepas quién soy,

y que el mundo no me espanta,

me holgara de haberle muerto

solo por ver que te daba

tal golpe en el corazón,

y que te quitaba el alma

por matar a quien adoras,

que esa es muy grande arrogancia.

¿No te han dicho allá en tu reino

quién soy, y que no me espanta

tu valor, siendo mujer?

¿Qué me miras? ¿Por qué aguardas

a que mi campo te acabe

tu poder, y te deshaga

el tuyo luego en ceniza?

Y escoge lo que te agrada:

o irte sin pelear,

o quedar en la demanda.

Pang. 110

Crudavella.

no sientes que por mujer

tienes cierta la vatalla,

y si de esto no tienes res-

resolución, ni te agrada,

haz cuenta que yo a tu hijo

demuestro, y que su alma

con mis manos he quitado;

procura aquí restauralla,

que ni temo tu poder

ni ese campo que te guarda.

Capitán.

Señor, ¿por qué te detienes?

¿Que no damos la vattalla?

Acometamos, si gustas;

muera, señor, su arogancia.

Dentro.

Todos.

¡Viva el rey de diamantes!

Dentro.

Todos.

¡Viva la reina que manda

el mundo y muera el rey,

y toda su furia brava!

Apréstanse para dar guerra, y antes sale el Príncipe armado, y el Pescador, y Rincún.

Rincún.

La reina viva mil veces,

y yo estoy aquí feroz,

que la defiende Donaldo,

aunque ella por sí se guarda.

Vase acia la reina.

Donaldo.

Padre, que ya ves, Señor,

qué poco de provecho os

las fuerzas que a conquistar

al mundo provocáis hoy;

pues advierte que yo solo

basto para combatiros

este exército y salir

con lauro de su esfuerzo.

Pang. 111

Crudavella.

Tente, no llegues acá;

teme, soldado, mi espada;

vuélvete, pues tienes vida,

no la pierdas tan barata.

Donaldo.

Soy, señora, de tu bando.

Crudavella.

No te he menester, que basta

mi brazo contra tu rey.

Que te costará la vida

si no vuelves las espaldas.

Donaldo.

No es nobleza en mi persona,

y veis aquí quien la aguarda.

Dale la reina una acuchillada, y cáesele la visera, y conócelo.

Crudavella.

¡Cielos! ¿Qué es esto que miro?

Ya, para contentar el alma,

de ver su gloria a los ojos,

por causa de la batalla.

Donaldo.

Señora, esta gloria es mía;

ya aquí mis penas se acaban,

pues llego a ver vuestro cielo

con poder de vuestras armas.

Curcio.

El Príncipe, mi señor,

es con quien la reina habla.

Llega el Rey.

Rey.

Donaldo, ¿hijo mío?

Donaldo.

Padre y señor de mi alma.

Pang. 112

Rey.

Como con tanto descuido,

pues por vos esta batalla,

pensando que estabais muerto,

salimos a la demanda.

[Arrodíllase.]

Donaldo.

Hasta salir con mi intento,

juré de no hablar palabra,

y ya los cielos me han hecho

tan dichoso y con tal gracia,

que la reina, mi señora,

a quien debo vida y alma,

me ha hecho dueño de sí,

gloria que al fin yo buscaba.

Supe el caso y la discordia,

y porque no se llegara

a ejecución, he venido

para estorbar la batalla;

y así de mi parte os pido

el perdón de vuestra gracia.

[Arrodíllase.]

Crudavella.

Yo digo, señor, lo mismo,

pues ya soy prenda del alma.

Rey.

Felices años gocéis

aquesa prenda del alma,

publicando hoy el amor

desta discordia bonanza.

Crudavella.

Y vos, señor, estos brazos

de vuestra esposa os aguardan.

Donaldo.

Dichoso mil veces yo,

pues gloria por mí se canta.

Pang. 113

Sale Cupido con los músicos en una nube cantando.

Músicos.

Victoria por el amor,

oy aquestos coros cantan,

que rindió con su poder

la hermosa reina de Braualba.

Desaparecese la musica.

Pescador 1.

Señor, vuestra majestad,

pues he servido de guarda,

se acuerde de mi pobreza,

porque de la pesca salga.

Donaldo.

Dos mil ducados de renta

te doy.

Pescador 1.

El cielo te haga

poderoso en todo el mundo,

con salud y vida larga.

Rincún.

Y para Rincun ¿no habrá

alguna luz, porque salga

de donde ha estado escondido

los días y noches largas

sin ver un quarto de oro y plata?

Donaldo.

Otro tanto te doy tambien,

y de mi palacio guarda.

Rincún.

Beso tus pies soberanos

por esta rica ganancia.

Aqui, muy noble senado,

aquesta istoria se acaba;

victoria por el amor,

perdonad todas las faltas.

Pang. 114

[Página en blanco o paratexto]

Pang. 115

Segunda Jornada victoria por amor

dentro

Crudavella.

reina infeliz

que no perdones aqui,

ofendida bien, que así

no volverá a tu beldad

dichoso un llanto aflijido

con tu sangrienta herida

cuando agraviada señora

matando a su aborrecido

sale rincon

Rincún.

Aun, Dios perdone a mi amo,

que furia que rigor veo,

como se va del empeño

huyendo, que es justo intento,

que un pariente así loco

por la vía que ha tomado.

Donaldo.

Ya rincon vengo alcanzando

los pasos a uno que altivo

Rincún.

Donde esta que no le veo

huir d'esse parricida,

adonde va que a las aspas

así deja, a un pobre ciego

adonde queda perdida

mi vida desamparada

que con el estoy mirando

quien te ha de vengar oyendo

quien te ha de vengar muriendo

Pang. 116

[Página en blanco o paratexto]

Pang. 117

Segunda Jornada, victoria por amor

54

Dentro.

Pescador 1.

Amaina las velas,

que nos perdemos aquí;

aférrala bien, que así

no subirá a las estrellas.

Donaldo.

Dichosa mi suerte ha sido

en esta feria amorosa,

cuando aquesta aurora hermosa

tanto me ha favorecido.

Sale Rincún.

Rincún.

Cien años, según mi cuenta,

ha, señor, que no te veo;

¿cómo te va del empleo

de amor, que la reina intenta?

Que estoy, por Dios, casi loco,

por saber lo que ha pasado.

Donaldo.

Ya, Rincón, vengo alcanzado,

logréla, pues que la toco.

Rincún.

¿Dónde está, que no la veo?

Bueno es eso pa mi vida,

¿adónde está, que la topas?

Casi, por Dios, me provocas

a decir que está perdida

tu vida de aquesa suerte;

que, como te estoy mirando,

voy yo mismo imaginando

que trabajas con tu muerte.

Pang. 118

Donaldo.

¿Qué es la ocasión que has hallado?

Rincún.

Vienes al fin como sueles,

muy poco de mí te dueles

cuando tienes tal agrado.

Yo no quiero y en mi vida

he de querer, que es locura,

porque amor nunca asegura

bienes en voluntad encendida.

Ves aquí que crees, señor,

porque te dices querido

de esta reina y que atrevido

amor rindió su valor.

Ves aquí que amor se enfada

contigo y vuelve la hoja

y entre congoja y congoja

con el tiempo no le agrada.

Y si te dio querer,

hoy quiere que te aborrezca

y que su veneno crezca

en hacerte padecer.

¿Qué has de haber con esta gloria

que se acaba y nunca dura?

Donaldo.

Morir, Rincón, que es cordura

por no olvidar la memoria.

Pero no me digas eso,

porque es imposible ver

que haya de venir a ser

tal tormento recompeso.

Pang. 119

Donaldo.

que pues amor me ha metido

con esta luz, este sol,

siempre estará su arrebol

alumbrando mi sentido.

Rincún.

Verdad es que alumbrará,

pues ahora no lo niego,

pero de su luz reniego.

Donaldo.

No digas que faltará,

que es en vano tu porfía;

que si aquesta luz no hubiera,

jamás en el mundo hubiera

solo un rato de alegría.

Vamos de aquí, vamos luego

a buscar aquesta aurora.

Rincún.

Por mí vámonos, si es hora,

a buscar en ella el fuego.

Vanse. Sale el rey de diamantes y Monfil privado.

Donaldo.

Cuando el aurora quemó,

siendo una dulce frescura,

Rincún.

no es buena esa conjetura,

si hoy hallo que te abrasó.

Que hay auroras de tal modo

que abrasan a todos hoy,

pero tú, como enamorado,

sientes la frescura en todo.

Donaldo.

No me estorbes mi contento,

que sabes mi mucho mal.

Rincún.

Bien dices, que un inmortal

no siente ningún tormento.

Pang. 120

[Página tachada]

Madania.

Y ver lo que siempre aplaudo,

tiene al fin más ofendida.

Rey.

Muy poco devían deidades,

cuando te pesa el agrado,

pero quiero que mi vida

es de quien quiero lo mesmo,

porque amo nunca ofendida

a los cielos ha ofendido,

de rigor querer tomar

porque lo más que he sentido

de la reina y que abrazo

ama más a su valor

ver aquí que así lo intento

como ya igual le consiento.

no se disculpe de amor,

Si te han dado quejas

que la vences en rigor

con acierto padecer

que has de ser conocido

que te acaba de vencer,

morir sino es de amor.

Donaldo.

Déjame indigno amor,

porque es imposible cosa

que haya dolores de amor

tal tormento en tal rigor.

Tongelio.

de hacer un ciego bosquejo,

si el mundo ha de ver después,

adivino en los sucesos

a que avisan los recelos,

que parece lo seguro

en lo más claro que veo,

pues sin excusa lo pienso

obrar en mis deseos,

que vengo ya a ofrecer

una razón conocida,

y es que un necio apasionado

que no le falte un cuidado.

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