귀속 대상:> 공개일: 2026년 8월 22일
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los triunfos del amor en pan. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/los-triunfos-del-amor-en-pan.
Triunfos del Amor en Pan y el Lirio y la espiga Auto Sacramental Alegórico. Para la fiesta de el Santísimo Sacramento que hizo Granada el año de 1690
Los que hablan
el Amor divino. La Naturaleza humana. el Dios Pan. La Fe. Cupido. La Culpa. el Bautista. La Esperanza. David. La Magdalena. Jacob. La Aurora. el Gusto. Un Ángel. el Oído. Pastores y Músicos.
Sale la Culpa =
¡Oh tú, ciega deidad, cuyo incentivo,
oh tú, constante mal, bien fugitivo,
oh tú, imperioso fuego,
doméstica batalla del sosiego,
de uno y otro sentido audaz conquista,
basilisco violento de la vista!
del oído sirena,
pasión apetecida, amada pena,
ciega luz que deslumbra,
que siempre abrasa, y que jamás alumbra
de la razón tirano,
apetito inhumano,
humano Amor, tú que eres
hijo de la lascivia,
Sale Cupido con arco y flechas.
¿Qué me quieres?
tiniebla propagada,
del ser humano herencia desdichada,
sucesivo veneno
del aliento vital, fatal abismo,
tenaz carácter del primer delito
jamás borrado, aun cuando en polvo escrito,
sepulcro de la cuna,
de la vida mortal, mortal fortuna,
de su aurora infeliz noche severa,
primera sombra de su luz primera,
común Culpa del hombre,
que te es tu original, tu propio nombre,
¿qué me quieres en fin?
¡Ay Dios vendado!
¡Ay Cupido! Mi pena te ha llamado;
porque mi enojo ordena,
salir de un susto a costa de una pena,
de un daño, de un desvelo
al profético ver de mi recelo,
antes amenazado,
siempre temido, y nunca derogado.
¿Qué dices? ¿Qué parece que desechas
el auxiliar impulso de mis flechas,
y tú a mi vista del miedo haces alarde,
sin que el miedo cobarde
de esos fríos temores,
se desate al calor de mis ardores?
¿Aún temer con mi aliento?
Sí, Cupido, yo temo, dudo, siento,
que aunque siempre lascivos tus arpones
triunfos me dan de humanos corazones,
siendo común delito
esfuerzo de la Culpa el apetito,
con todo tiemblo (¡oh dura pena mía!)
de que se acerque el día
en que con su rescate
del yugo se desate,
sacuda nuestro imperio esa villana
naturaleza humana.
¿Cómo ha de ser?
Cumpliéndose el decreto
que promete el unirse en un sujeto,
lo divino, y lo humano, y que se nombre
el que es hijo de Dios, hijo del hombre.
ruina siendo al poder de un misterio
toda tu actividad, todo mi imperio.
Calla, Culpa, que añades repetidas
con tu voz de este agravio las heridas.
Calla, digo otra vez, que es torpe mengua
que la injuria del pecho esté en la lengua.
No lo es cuando el agravio
para el remedio lo publica el labio,
y antes que de mis voces repetidos
mis intentos te informen los oídos,
te han de informar los ojos
de aquella unión que temen mis enojos,
y de su fiel promesa,
en la forma más clara, más expresa,
que refiere afligiendo mi memoria
la sagrada del Génesis historia,
que ves a aquella parte.
Luchar en dos Adonis miro a Marte,
cuyo invicto ardimiento
tan igual solicita el vencimiento,
que se ve en su certamen oportuno
cada uno triunfar, vencer ninguno.
Descúbrese el Amor Divino y Jacob luchando.
Pues esos dos que miras
a pesar de mis iras
son el Verbo Divino
y Jacob.
Su luchar es peregrino,
pues tanto junta los opuestos lazos
el cariño violento de sus brazos,
que mi vista sospecha
que es más, que lid reñida, unión estrecha.
Y tan estrecha unión que en esa lucha
capaz se ofrece al mundo, mas escucha
lo que dicen los dos.
Mucho es tu brío,
pues que toda la noche el brazo mío
resistir has podido, ¡oh bien fuerte!,
sin que llegue a vencerte,
y así la lucha ha de cesar.
Primero
que la contienda deje, un bien que espero
en ti he de asegurar.
Pues no has querido
así ceder,
Arrodilla Jacob.
un muslo me has herido,
mas no por eso mi valor se impida,
que esta solo es señal que no es herida.
Déjame, que la sombra desfallece,
y ya el día se ofrece
en los puros celajes de la aurora,
¿qué de mí quieres más?
Quiero que ahora,
pues nuestra lid a suspender me obligas,
que mi generación en mí bendigas.
La bendición le ha hecho lucha notable.
¡Ay de mí! que es visión tan admirable
que en ella cada acción, cada palabra
es un misterio, que en mí no cabrá.
Aguarda, que esa sombra misteriosa
sigue una luz hermosa,
que ya se ve purísima luciente
salir la Aurora por su claro Oriente.
¡Ay de mí! que su luz mi vista ciega,
torpe, helada y ciega,
al querer registrar la luz que envía,
la vista se desmaya,
el miedo nace, el ánimo fallece,
todo (¡ay triste!) me asusta, que parece
que su invencible planta
huella el fecundo horror de mi garganta.
¡Qué celaje divino es este, cielos!
que a mirarle no aciertan mis desvelos.
¡Qué alba es esta, ¡ay de mí!, que preservada
ni aun me la dejan ver representada!
Descúbrese la Aurora en el teatro cantando, bajanla por el tablado en un carro o plaustro que tiren dos palomas o cisnes blancos, o ya sea por arriba en tramoya en globo de nubes blancas y rosadas.
Albricias, mortales, albricias, que un día
feliz os anuncia mi claro esplendor.
Pues los purpúreos celajes del Alba
son encarnadas noticias del sol,
pues se avecina, esperad aquel día
que la Antonomasia llama del Señor,
pues ya para ser patente mañana
se enciende el carmín y se dora el albor.
Pues dichas obran, atended al anuncio,
templado, sereno, apacible, veloz,
que en claro acento, que en luz elocuente
se escucha en la vista, se mira en la voz.
Y advertid a la luz, aunque os llame
sin ya recelar asistiéndoos mi albor,
que os repela el horror de la noche,
puesto que la sombra aun en sombras cegó.
Pues en imagen unirse previene
lo humano y divino la luz de Jacob.
Albricias, mortales, albricias, que un día
feliz os anuncia mi claro esplendor.
¿Viste esa luz flamante?
Pues, ¿no la has visto?
No, que al instante...
¿Y la escuchaste?
Sí, que aunque he perdido
la vista, no el oído;
porque el oriente puro de esa aurora
no lo mira la culpa, que lo ignora,
pero volviendo a aquel primer cuidado...
para que de único recelo alzado,
pues vista ya la misteriosa lucha.
Dime ahora a mí.
Escucha.
Ya sabes que a un tiempo mismo
soy reina del universo y bella,
porque me dio la soberbia
el ser de la monarquía,
y apenas era yo, cuando
tiranicé al cielo invicta
la tercer parte de estrellas,
que exhalaciones nocivas,
o mariposas errantes
de esa esfera desasidas,
en sus ambiciosas luces
se abrasaron ellas mismas.
Y ya sabes que según
el águila más perspicua
me miró en su Apocalipsis
después del cielo expelida,
inundé a toda la tierra
siendo venenosa hidra,
que un impetuoso Nilo
por siete bocas vomita.
Aquí pues, hallé, oh Cupido,
cuando desagradecida
a Dios la fábrica suya,
su estado, con la ruina
el hombre primero, digo,
que de la falsa caricia
de un apetito postrado
perdió la gracia, y perdida
tú y yo partimos triunfantes
la gloria de su desdicha
siendo en mis manos trofeo
lo que en las tuyas conquista.
Mis vasallos desde entonces
él, y en él comprometida
la naturaleza toda
fueron, pues apenas pisa
cualquier infeliz humano
del ser las primeras líneas,
cuando en mi dominio cae
y en su ser mismo esculpida
mi mancha es un epitafio
de la muerte de su dicha;
y tan temprano comienzan
a dominarle mis iras
que aun sin nacer, ya es mi esclavo,
y es antes que entra en la vida
la edad de su cautiverio,
que el número de sus días.
Pecó el hombre, en fin, y el mundo
su inobediente malicia
tan presto imitó rebelde,
que la obediencia prescrita
reniego, mas no fue mucho,
que es menos culpable a vista
del ejemplar del que inventa
la sinrazón del que imita.
Libres pues de su dominio
las cosas en ricas ruinas
levantaron por su Rey
al Dios Pan que significa
todas las cosas, según
el griego, y deidad fingida
de los pastores, y campos
según la mitología.
Doblemos aquí la foja
y vamos a que afligida
la naturaleza humana
desgoznada, y peregrina
sin reino, patria, ni abrigo
disimulando vivía
su dolor con su esperanza
y con su fe, sus fatigas
lloró, en fin, nunca llorara
porque corrió tan crecida
lluvia de sus ojos tanto
que llegó a romper la orilla
de aquel océano inmenso
de las piedades divinas:
Lo que en Dios pudo el imperio
de sus lágrimas lo digan
tantos anuncios, promesas
sombras, vislumbres, enigmas
y señas, como en las dos
leyes natural, y escrita
la libertad le prometen
dígalo la alegoría
de aquella lucha que viste
en cuya visión se cifra
que ha de tomar ser humano
en la estirpe esclarecida
de Jacob el Ser divino
en quien se admiren unidas
de hombre, Dios, señor, y siervo
las distancias infinitas;
pero lo que más me asusta
más me aflige, más me horripila
es, que habrá (ay triste) es que habrá
sagrada pluma, que diga,
que esta hipostática lucha
tendrá extinción repetida
en otro misterio, en otro
sacrificio (suerte impía)
que ha de ser (veneno exhalo)
al mortal (y escupo iras)
no solo (el dolor me ahogue)
salud sino eterna vida.
¡Qué misterio es este, cielos!
que en tantos lejos, y cifras
lo encierra aqueste volumen
de las sagradas noticias?
pues no se encuentra panal
dulce, lluvia cristalina
Cordero humilde, león fuerte,
vid fecunda, margarita
preciosa, Maná suave,
tórtola fiel, verde oliva,
cándido cisne, morado
lirio, ni dorada espiga
que luz no den de esta rara
misteriosa maravilla,
que aun en los lejos campea
y aun entre las sombras brilla.
Ya veo que me argüirá
tu suspensión, que origina
mas que otras veces mis ansias,
pues lo que hoy se participa
mi voz, solo es un presagio
de una tragedia temida,
y de la ruina esperada,
la amenaza aun no es ruina.
Ojalá que así lo fuera,
mas temo que se motiva
mi temor de que este daño
ya se acerca, si mal fija
la especulación no miente
de las conjeturas mías;
pues si allá en el sacro texto,
cuando el siglo profetiza
de la venida del Verbo
que estará (dice Isaías)
pacífico todo el orbe
nunca más se ve cumplida
esta señal, que hoy su pueblo
que en su campaña extendida
sin uso la guerra yace,
y solo la paz milita.
Y si allá el mismo Profeta
a una mujer apellida
a un tiempo Virgen, y madre
de quien nacerá el Mesías
hoy en Nazareth se halla,
y hoy en Judea se mira
un madrugador lucero
que con clara voz publica
ser de este Sol, que ya viene
resplandeciente noticia;
Y hoy en fin el tierno Himno
del anciano Zacarías
incluyendo en sí la voz
de los profetas antigua
Redención, Salud se llama,
por quien del poder se exima
esta vil naturaleza,
de nuestra mano enemiga,
y por quien luz a los que antes
en la infiel tiniebla fría
ciegos yacen, y a la sombra
de la muerte se reclinan.
Este es el daño, Cupido,
que contra los dos se alista,
contra ti digo también
porque ilación precisa
donde la culpa fallece
que el apetito no viva.
Y así prevenido el daño,
nuestro valor se resista,
que es apadrinar la ofensa
conocerla, y no impedirla;
del ingenio nos valgamos
porque le dé a nuestras iras
una industria contra ese
hombre, y Dios, y sea vestida
del disfraz y del sentido
sutil de la alegoría;
y supuesto que la humana
Naturaleza se mira
una princesa infelice,
que al verse desposeída
de su reino, los retiros
de unos jardines habita:
Demos hoy que el Verbo eterno,
pues que le llama el salmista
Príncipe, y Rey, y que acto
del amor es su venida
(según Juan refiere), demos
en la alegórica cifra,
que Amor Divino se llame,
que de la bajeza impura
es un príncipe, que viene
amante de una cautiva
Naturaleza a librarla
a un tiempo, y restituirla
a su antiguo estado: y demos
(oye ahora, por tu vida,
que ya desdoblo la basa
que dejé doblada arriba)
demos, pues, que Pan, o ya
Dios de los campos se diga,
o ya Rey del universo,
como fiel amante, sirva
también la Naturaleza,
y al Divino Amor compita.
Esto supuesto, Cupido,
para lo que hoy apellida
mi voz el imperio tuyo,
es para que a Pan asistas,
dándole en la competencia,
del divino amor tan viva
la pretensión, tan ardiente
de su afecto la porfía
y tan sujeto el cariño,
que aunque se halle más esquiva,
venza a la Naturaleza,
porque donde opuestos lidian
Las finezas vencedoras
son siempre las más rendidas;
y así, una vez conseguimos
los dos, que aquesta enemiga
naturaleza se incline
a las instancias continuas,
de Pan en cuyo sujeto
el terreno amor se explica,
que el divino amor se olvide
es consecuencia precisa;
mas si tus actividades
con su desengaño, frías,
llegan a ser en mi pecho
antes que incendios, cenizas,
nuestro celo y su castigo
padezca, y al combatirla
la malicia nuestra pase
a más allá de malicia;
sienta ese amante divino
también penas, e ignominias,
de nuestra astucia inventadas,
de nuestro impulso movidas,
hasta que su pecho rompa
nuestra sangrienta osadía
de su amor, manifestando
las invisibles heridas;
pene a nuestra envidia, pene
aunque cede a nuestra envidia,
muestre su vertida sangre
pues por común bebida
el escarmiento al que mata
es victoria del que expira;
mas antes que a mirar llegue
mi ciencia contra mí misma
ese hombre, o Dios que me pasma,
esa lucha que me indigna,
esa extensión que me ofende,
sacramento que me domina
de esa vil naturaleza
al fin tan favorecida,
antes, pues, logre mi saña
que alterada la armonía
de todos los elementos,
al impulso de mis iras
tiemble el fuego, arda la tierra,
brame el agua, el viento gima,
siendo a mi pena, a mi enojo,
a mi furor, a mi envidia,
bastardo centro la tierra,
urna el agua embravecida,
vago monumento el aire,
y el fuego incesante pira.
Atento, Culpa, al asunto
que tus penas justifica,
con la obediencia responde
mi amistad, y pues invictas
guarda mis flechas la aljaba
solo para que te sirvan,
oh Culpa discurre, inventa,
traza, dispón, e imagina
cuanto quisiere tu empeño
que las lides que fabricas
si a mí me toca emprenderlas
a ti te toca advertirlas;
y así pon tú de tu parte,
porque mejor se consiga
el entendimiento Culpa,
que yo pondré de la mía
pues soy el amor humano
la Voluntad.
Suenan instrumentos.
Pues si animas
tú mi venganza y me ayudas
a contrastar esa impía
Naturaleza, no dudo
que para su buen término
el original tropiezo
pase a la actual caída,
ya fío en mi valor, mas ¿qué
que suena acorde armonía
de instrumentos, y si no
se ha engañado mi noticia
es de la Naturaleza
la música que asistida
del oído y la esperanza
las amenidades pisa
de esos jardines, siguiendo
la metáfora ofrecida?
Pues mi llanto al cielo envío,
llorad tristes ojos tanto
que enternecida a mi llanto
vierta el Alba su rocío,
oh, pese al llanto.
Tristes voces.
Más entristecen que alivian
pues si no hieren el aire
parece que lo lastiman.
A mí me injurian.
Suena grita de pastores.
Aguarda,
que si no miente la vista
hacia esta otra parte viene
Pan y con él la festiva
música de sus pastores,
alentada y conducida
del gusto venerado que es
la sazón de su familia.
Canta como al otro lado.
Hoy al prado le hace salva
nuestra alegría, pastores,
como se rían las flores,
más que nunca llore el Alba.
Bien distinto afecto es este.
Ay de veras, cuan vecinas
en el Mundo están las voces
del pesar, y el' alegría,
Mas vamos antes que lleguen;
porque mi ardid solicita
volver luego a aqueste sitio
disfrazada, y a la mira
de cualquier suceso estando
Como industriosas espías
no haya ocasión que no logren
mis ceños y tus caricias
instrumentos
Vamos pues, porque otra vez
los instrumentos avisan
que viene ya ...
Al arma industrias
y no mi esfuerzo se rinda
al valor incontrastable
del llanto de esa enemiga
por mas que con el aliento
de su esperanza repita
pidiendo su desagravio
Contra su invencible encanto
que enternecida a mi llanto
vierta el Alba su rocío
Vamos a la empresa Culpa,
y no cobarde te aflijas,
pues ya dice la otra salva
desmintiendo tus temores
Como se rían las flores
mas que nunca llore el Alba
Vanse
Sale por una parte la Naturaleza humana de Dama y La esperanza de Dama y el Oído y Música= Y por otra el Dios Pan vestido de Pastor muy bizarro con manto blanco matizado de ovispas de oro y el Gusto de Pastor y acompaña= ñamiento de Pastores.
No cantéis cesad que al ver
la peregrina belleza
de la gran Naturaleza
todo sea de suspender
Pan si el Gusto he de ser
que os sirva, mis desvelos
hhan de ser tus deseosos
ay Gusto que mal sufridos
la atención de mis oídos
tiranizan ya mis Ayes
Cantad vosotros mis penas
pues no le hará repugnancia
a su triste consonancia
el rumor de mis cadenas
sed de mi dolor Sirenas.
Yo que la esperanza he sido
que te alivia, ese ruido
que suene al mundo haré
Yo tu atención moveré
pues se sirve en mi el Oído
Yo mientras su ternura
al canto el alivio fía,
atenderé a la harmonía
perfecta de su hermosura.
Pedid que de mi ventura
llegue el día al cielo justo.
Pues ellos, no me asusto
yo, muy mal ando en tonar,
pues cómo puede cantar
bien a quien le falta el gusto.
Canta la Esperanza.
A la Naturaleza
Señor divino oíd
de su triste cantar
el métrico gemir.
Vuestro inmenso bien cure
su inmenso mal, que al fin,
hallar por sí no puede
lo que perdió por sí.
Si pareciere que cante estas dos coplas la Esperanza y después el Coro el estribillo =
Venid, Señor, venid,
que como tardáis a la fe la esperanza
le dice el vivir.
cantando.
¡Ay, que al ser desdichada yo por mí,
por mí llegar no puedo a ser feliz!
Desde aquel infeliz dichoso día
que tan a un tiempo hallé el cielo y perdí,
que aun no ilustró la frente la Corona
y ya agobiaba el yugo la cerviz:
cuando al Dragón astuto, inficionada
de su fecundo tóxico caí,
tan ciega que el error de haberle visto
no valió a hacer incrédulo el ardid.
Contra mi error amotinado el Orbe,
de lloro, y pasmo desterrada fui
tan luego que del golpe de mi ofensa
mi ruina sonido fue infeliz:
a cuya pena, a cuyo susto, a cuya
ansia, congoja, sobresalto, y
dolor, tímida, absorta, desmayada
sin aliento quedé, sin vida, sin
alma, pues ¡ay de mí infeliz, el alma
fue la primera aldea que perdí!
Desde aquel, pues, infausto (oh Señor mío)
y felice día, vuelvo a repetir
gemí por mi estrago y vuestra promesa
a un tiempo se miró infausto, y feliz.
A las misericordias vuestras cuantas
veces, Señor, insté, clamé, gemí,
y en el mar de mi llanto sumergida
mi esperanza fue tabla que del fin:
Mil veces, que cumpláis vuestra infalible
palabra os ruega en mi desdicha, y mil
me mostráis el remedio en sombras, porque
mi ceguedad lo pueda descubrir:
Ea, mi Dios, apresurad el plazo,
cumplid vuestra promesa, y al zafir;
las puertas franquead, que la Justicia
cerró, y la piedad tocó que de abrir:
Al globo soberano de la triste tierra
vuestros divinos rayos esparcid.
bien que el candor tiñendo lo encarnado
vista a la luz disfraza el matiz:
Cómo os tardáis, amadas lumbres mías?
Cuándo al mísero, cuándo al infeliz
le dejaron (gran Dios) vuestras piedades
ociosas las instancias del pedir?
Ay que al ser desdichado yo por mí,
por mí llegar no puedo a ser feliz.
Venid, Señor, venid,
que como os tardáis a la fe la esperanza
le dice el vivir.
Sin duda alguna que fue
concepto de mi fineza,
oh hermosa Naturaleza,
lo que en tu voz escuché.
Por qué lo dices?
Porque,
si hallar no puedo sin ti
lo que en tus ojos perdí,
por mi tormento prolijo,
es cierto, es cierto que tu voz dijo,
ay que al ser desdichado yo por mí,
por mí llegar no puedo a ser feliz.
Y así, mi veneración
no desprecie tu deidad,
que arriesga su vanidad
quien huye su adoración;
antes paga mi afición,
que más triunfos ven logrados
de una beldad los agrados
que los ceños desabridos;
pues dice un favor rendido
de un desdén escarmentado;
y así, del astro que influye,
mi amor vendido te ves;
verás el mundo a tus pies,
pues en mí todo se incluye.
Huye de este necio, huye,
que intenta con su desvelo
templar tu divino anhelo;
pues quien con horror profundo
se aficionare del mundo,
no espere el favor del cielo.
Pan, ni aun tu afecto a estimar
puedo llegarte a ofrecer,
que un público agrado de ver
si en ti halla do amar;
y así, bien puedes dejar
tu persuasión, que la ciencia
de amar, solo en la elocuencia
de los astros, se ha aprendido;
porque el amor nunca ha sido
estudio, sino influencia:
fuera
que al más desdichado influxo
un deseo me conduxo,
estoy mal con el amor;
el mío busque otro empleo,
porque si fácil lo admito,
mal saldré del infinito.
daño, que a mí me sucede,
pues un delito, no puede
indultar otro delito.
Redime tu voluntad
mientras yo lloro mi daño.
Qué grillo, tu desengaño
me condena a libertad,
mas aunque tu crueldad
esquiva, mi ardor interno
desprecie, en Pan será eterno
el amor, que nunca olvida
quien así quiere.
En mi vida
he encontrado Pan más tierno.
Ya vuelva el instrumento
a hacer al cielo armonía
y vuelva su dulce porfía
a suspender mi tormento:
al tener su advenimiento
pedid; pero ¿qué lisonjera
luz rompe el aire ligera?
Tanta claridad contiene,
que parece que se viene
abajo toda la esfera.
Un joven acelerado
entre la luz se adivina.
Que veloz el viento pisa,
como plumas calza alado!
Hacia nosotros guiado,
ya por acercarse anhela
Pues del empíreo resalta
algún correo luciente
a mi vista.
Y bien diligente
porque camina que vuela.
Baja un ángel en tramoya cantando y vuelve a subir al acabar de cantar y desaparece
Pastores de los campos
del universo, que
con el blanco pellico
vestís la candidez:
fieles agricultores
a cuyo sudor fiel
más que a la lluvia, crece
la agradecida mies.
Venid, y veréis
de Dios y del hombre la paz y la gloria
al cielo, y la tierra quietar, y mover
Venid, cómo ha llegado
hoy a la tierra el que es
heredero divino
del altísimo Rey
el Príncipe increado
del imperio, el que fue
antes de las edades,
y el que será después.
Venid, y veréis
que de sus criados el traje vistiendo
exalta al humano humillando su ser
a hacer feliz la culpa
viene y quien viene a hacer
felicidad del mal
Desaparece.
Mirad que baja del cielo;
venid pues para hallarle,
zagalones, venid,
en mi voz y en mi luz
dulce imán, Norte fiel.
Venid y veréis
de Dios y del hombre la paz y la gloria
al cielo y la tierra quietar y mover.
¡Extraño aviso!
¿Quién vio
tan canoros resplandores?
Vamos a verle, pastores,
pues con nosotros habló
el embajador alado.
Vamos pues.
Vamos aprisa.
Aparte.
No sé qué su voz adivina
el corazón, que alentado
en mi pecho se halla estrecho,
y entre muchos gozos late.
Aparte.
No sé qué temor combate,
con susto, a Dios, a mi pecho;
pero, ¿qué mi labio dice?
¡Oh, qué necia cobardía!
Mas, ¿qué incierta es la alegría
en quien es tan infelice?
Ea, pastores, ¿qué intento
nos embelesa? No, vamos,
más que a parecer, llegamos
pastores de nacimiento.
Busquémosle con presteza.
Pues si a ese Príncipe veis,
de mi parte le diréis
(aunque su estado y grandeza
a mi noticia se esconde),
que quien a mi imperio viene,
que hospicio en mi casa tiene.
¿Pan, de esos palacios dónde
le oímos de decir que están?
Adonde, en Belén; pues, ¿quién
ha ignorado que a Belén
llaman la casa de Pan?
Así, señor, lo diremos.
Pues yo a guiaros me ofrezco.
¡Oh, pues si nos lleva el gusto,
cantando y bailando iremos!
Atraviésase cantando y bailando el coro de pastores y dánse.
Al truso se mueva
uno y otro pastor,
buscando al Señor
que divino don nos lleva.
Aparte.
¿Quién será aqueste extranjero?
Cielos, ¿si vendrá por mí?
Que viene del cielo oí.
Sin duda es el que yo espero.
Pero vuelva mi tristeza,
mientras lo ignoro, a sentir.
Pero vuelva a persuadir
mi amor, la Naturaleza,
hermosísima beldad
en quien mi amante pasión
ve tan ciega la prisión,
¿Tan lejos la libertad
como de mi rendimiento
desdeñas, sin ver que ha sido
el desprecio del vencido
desaire del vencimiento?
Mas de tu desdén arguyo
que es contra ti solo empleo
pues si es tuyo mi albedrío,
también su desprecio es tuyo:
ea, vence tu desdén
que es afecto desigual
por estar conmigo mal
el no estar contigo bien.
Y aunque en un sentido soy
Pan, cuando en otro sentido
el mundo está en mí incluido
con justo motivo estoy
admirando esta extrañeza
en que mis pesares fundo;
pues cuando desprecio el mundo
la Humana Naturaleza
Con esa razón se enciende
aún más mi esquivo rigor
pues, siendo Pan tu amor
ni me obliga ni me ofende,
como mundo el desvarío
tuyo he llegado a temer
tanto, que en mí viene a ser
la honra lo que fue desvío;
déjame.
Un escollo labra,
mi amor que no ha entendido
mi ruego?
Yo soy su oído,
si no he entendido palabra.
Esperanza en mí alcanza
lo que a mis ansias ruego;
porque alguna dicha yo
consiga con su esperanza.
Pan, apadrinar mi anhelo
esta terrena porfía
mal podrá, porque la mía
es esperanza del cielo.
Pues ya que no hay quien me aliente
solo apadrinen mi fe
estos campos, con lo que
persuaden mudamente.
Mira aquel olmo, los lazos
amar de una hiedra, pues
porque camina a sus pies
la subió luego a sus brazos.
Miras a ese olmo, e imagina
también, que con el alivio
de aquese traidor cariño
se compone la ruina.
Pues mira en la verde rama
de aquel laurel aquel ave,
como responde süave
al consorte que le llama.
Si mas, también advertí
que llamó su incauta voz
su peligro en la veloz
tiranía de un neblí.
Porque al prado y sus verdores
aquel arroyo se humilla,
mira acariciar su orilla
las aguas de estas flores.
Sí, mas también a ver llega
que ese humilde arroyo crece
y si un día las florece
otro día las anega.
¿Quién sean por mi mal
en ti ejemplares de amor
con su arrullo lazo y flor,
la ave, el olmo y el cristal?
No, que ejemplares son
cristal, ave y olmo en ti,
en mí lo son el neblí,
la ruina y la inundación;
y así deja tu locura,
que del mundo en el intento
me aconseja mi escarmiento,
que es peligro la ventura
conque del cielo mi amor
sin riesgos la dicha espera
Que ingrata tu rigor
y no quiera tu crueldad
añadir celos también
que el desaire del desdén
le sobra a mi vanidad;
pues, ¿quién di por más que fina
quiera tu esquivez rendir,
podrá mi amor competir?
quién pues.
Sale el Baptista.
Clamor Divino.
Aparte.
Presagio infeliz.
Señora,
que me adelantase yo
a avisarte me mandó,
cómo al mundo llegó ahora
y que presto verte espera.
Aparte.
¿De dónde vienes? di, di, mi
si será el que presumí.
De la celestial esfera,
y a prevenirle el camino
sea delante mi eficacia.
¿Quién eres?
Juan es mi gracia,
que sirvo al amor divino.
Van saliendo Cupido y la Culpa disfrazada en traje de pastora muy bizarra.
¿Divino amor querido?
Gracia, y Juan, que llegó a ver,
mas este juzgo a decir,
si no me engaño Cupido,
aquel precursor luciente.
que madrugó allá en Judea:
pero el que fuere, sea;
solo sabré brevemente
que para eso desmentida
pastoril traje me he puesto,
que se introduce más presto
la Culpa no conocida.
¿Quién, di, este Príncipe es?
que no le conozco.
¿No?
pues antes es el que yo,
aunque ha venido después.
(Aparte)
Luego ya ha venido. Advierte
no salió mi temor vano:
dinos, joven soberano,
(aunque tu grandeza avilte
aquese disfraz grosero)
¿este Príncipe que anuncias
eres tú?
¿Cómo pronuncias
engaño tan lisonjero?
pues del alto Señor que
os vengo a manifestar,
no merezco desatar
las lazadas de su pie;
porque solo de su asiento
soy una voz enviada.
Voz, pues no le digas nada,
que es predicar en desierto.
Y para que averigüéis
la verdad en que me fundo,
no conocida del mundo,
volved los ojos, veréis
por esta parte venir,
el que mis voces previenen.
Allí mis pastores vienen.
La su gaita llego a oír.
Pues ved en tela pastora
como cordero, llegar,
aquel que viene a indultar
de la tierra los errores.
Salen los pastores cantando entre ellos, y el Divino Amor galán con arco y flechas.
Bailando y el Dulce detrás Omnia
En buena hora venga a nos
aunque en humano disfraz
el Fénix con quien la paz
goza el mundo y toca a Dios;
venga en buena hora
la paz y la gloria.
Venga en buena hora mil veces
y de mis captividades
las enemigas prisiones
comiencen a desatarse.
Después, oh Naturaleza,
que tú misma te labraste,
bien como infeliz gusano,
la mortal estrecha cárcel,
Después que mi padre inmenso
determinó que lograse
en libertad imposible
por mí los fueros de fácil
quiso el soberano acuerdo
de su mente dilatarte
mi venida, porque a costa
del mérito de esperarme,
llegara a ser en deseo
reclamo de mis piedades.
Mas ya que llorando siempre
suspendieron eficaces
de su esfera lazos
tus dos líquidos imanes,
de mi piedad atractivos
tanto han merecido, que hacen
que la infalible promesa
venga a cumplir de mi padre
uniendo de tierra, y cielo
la oposición más distante
ea pues, Naturaleza
suspéndanse ya tus males,
pues en mí tienes no solo
restaurador sino amante;
caigo tu beldad rindiendo,
y la alegórica frase
con una verdad vestida
vea el mundo. Como el grave
peso de tus males quiero,
que sobre mis hombros cargue
y llegue a ser de la tierra
otra vez el celo Atlante
Señor tu favor inmenso
tan nuevo al alma se hace
que en mí por feliz lo dudo
siendo lo creo por grande
pues si por parte Señor
de tu fineza inefable
cabe el deshacer los yerros
de mis prisiones, por parte
de la ingratitud primera
de mi voluntad no cabe;
y así mi amor
Calla, calla
Naturaleza, y tú sabes
o forastero que vienes
a mis reinos a ostentarte
más natural en lo libre,
que extranjero en lo cobarde
quiero esta belleza adoro.
Y sabes que hay quien allane
sus inmortales cadenas
sin que pueda, de inmortales
romper la lima del tiempo
sus eslabones tenaces
Sabes pues que a Pan lo asisto
y que en su ayuda arrogante
Si embrazo el arco, si mucho
la cuerda, si rompo el aire
no hay firme escollo, no hay muro
rebelde, que a los combates
de mis harpones no sean
blanda cera, polvo fácil.
Ya, Pan, conozco, pues contra
todo el humano linaje,
tú, Pan, el mundo gobiernas,
y tú, oh Culpa inexorable,
que a dominar te levantas
del precipicio de un ángel,
a este amor lascivo unida
luces con sus ceguedades,
con que los tres de la humana
Naturaleza en ultraje
siendo Pan, Culpa y Cupido,
sois Mundo, Demonio y Carne.
¡Ay de mí! que tan fecundas
sean mis adversidades,
que cuando encuentro dichosa
quien al mal que lloro trae
un remedio, encuentro para
su resistencia tres males.
Señora, no te apasiones,
no te aflijas, no desmayes,
que esos achaques no solo
dejan de ser incurables,
mas está en tu propia mano
que a ser no lleguen achaques.
Pues ya estamos conocidos,
porque no se sobresalte
la Naturaleza, hagamos
que desmintiendo agradable
la suavidad del estilo
nuestra enemistad disfrace.
Dices bien.
Yo, Amor divino,
el activo fuego, que arde
en mi pecho no lo enciendo
cauteloso, sino amante,
y así para que lo adviertas
la Naturaleza iguales:
uno y otro volveremos,
verás como en el examen
de nuestro amor, voluntario,
tan atento, y tan constante,
que de su favor consiga
mi rendido vasallaje
la gloria de merecerle
y a quien la de alcanzarle.
Con nuestro ardid se conforma
Pan. Y tú, Cupido, ¿qué haces?
que ya la Naturaleza
al amor de Pan no atraes.
Ay Culpa, que no es posible
(si la industria no nos vale)
vencerla, mientras la asista
la esperanza.
Pues ¿qué añade
a su desdén la esperanza?
¿cuándo esta puede mudarse?
Mucho, porque los del cielo,
a quien con ella mirare,
del humano amor
las ciegas actividades.
Pan, y Narciso aguardemos.
con que quitarle
de su esperanza divina
los objetos celestiales.
Pan, la competencia acepto;
y pues lo que en lid suave
han de ser hoy las finezas
armas de nuestro certamen,
yo permito que la Culpa,
y Cupido de tu parte
puestos, ayuden tu empresa;
porque de los tres triunfante
mi fineza más trofeos
tenga, de qué coronarse:
si bien el vencerlos yo
no será mucho; que es fácil
que un amor inmortal triunfe
de sus afectos mortales.
Pues a la lid.
A la empresa.
Al festín.
Sale la Fe con venda en la frente
Vigilante
Argos del Amor divino,
hasta aquí vengo a buscarte,
por penetrar sus intentos;
pues donde vienen a hallarse
juntos Pan, Naturaleza,
y Amor Divino, es constante
que ha de haber algún misterio;
y así para declararle
como apostólica Fe
suya he venido en su alcance.
¿Fe, tú aquí?
Yo aquí, Señor;
que apenas llegué a mirarte,
cuando todo lo dejé
por seguirte.
Aunque es tan grande
tu fineza, aumentarás
en mí, por lo que dejaste,
lo que va de los eternos
a los bienes temporales.
Triste estoy.
¿Qué te entristece
Señora?
Pues ¿no es bastante
ocasión el ver mis dichas
pero a decir con tal aire
la pérdida, que dorando
el hierro, con lo galante
la dé a la Naturaleza.
De buen gusto está.
¿Escuchaste
aquello?
Muy bien.
¿No dice
que el que en el juego se borrare
sirva a la Naturaleza
con una prenda?
Sí.
¿Y sabes
que al contacto de mi venda
no hay yelo que no se abrase?
¿También en eso? Mas ¿qué intentas?
Perder. Mas el mismo lance
te dirá, que este juego
una victoria ha de darme.
Hermosa Naturaleza,
¿qué color quieres?
Señale
mi cautiverio el pardo.
A mí es razón que me agrade,
siendo el amor, el morado.
Yo, que un desdén, fino amante,
sirvo, elijo lo dorado;
pues al desprecio equivale.
El noguerado a la fe
le toca.
A mí ha de tocarme,
pues soy la esperanza, el verde.
Pues Juan llega a interpretarse
gracia, y lo blanco es pureza
elíjalo mi dictamen.
Yo el color azul admito,
pues en los juegos combates
del amor humano, nunca
dejan los celos de hallarse.
La culpa tome encarnado,
pues es crueldad.
Aceptarle no quiero
porque mi rabia
si del encarnado nace,
y solo al negro se ajustan
mis tristezas implacables.
Yo no he de entrar en el juego,
pero fiscal del que cae,
para ofender al que pierde,
tomaré el color de aire.
¿La introducción del juego
quién la hará?
Gusto, tú, y antes
pues tan apacible sombra
nos dan las amenidades
destos jardines, sus flores
asiento nos den fragante.
Siéntanse.
Supuesto que la parola
a mí me toca, informarme
ahora pretendo cómo
los colores se reparten:
¿a el amor toca?
El morado.
¿La naturaleza trae?
Por cautiverio el pajizo.
¿Y Pan tomó por su parte?
El dorado que es desprecio.
¿Conque a la fe vino a darle?
Noguerado.
¿A la esperanza?
Verde.
¿Y Juan también se vale
del blanco que es la pureza?
¿Y tú Cupido tomaste?
Azul, y celos.
¿La culpa?
Negro, y tristeza.
Pues ande
el juego; que los que quieren
que pintor nada elegante
me imita ensayar colores
aquí; mas no lo reparen
porque en las tablas es donde
mejor los colores salen;
y pues ya el juego comienza
con la música suave.
Nadie se me divierta.
Atención.
Alerta.
Alerta,
que el que pierde sus lástimas, despierte.
Ninguno se retire,
que dos suertes son
pagar una prenda
y perder el color.
El autor poderoso
de una palabra al eco generoso,
que formó su poder, no un desvelo,
crio la tierra toda, todo el cielo
edificando con su voz sagrada
dos esferas, dos todos de una nada.
De sus ligeros pasos
lució orientes, y desvió ocasos,
y lustró el cielo, fecundó la tierra
de cuanto él resplandece, y ella encierra
formando al sexto día entre obras tantas
de brutos, peces, aves, flores, plantas,
¡oh, gran Naturaleza!,
la fábrica feliz de su belleza
a cuyo imperio sujeto, suaves
las flores, plantas, brutos, peces, aves
en fin, todo de sus delicias lleno,
la habitación de un paraíso ameno,
donde galán el prado nunca pierde
la posesión de su esperanza.
Verde.
Pues rey siempre el abril, no ve en su imperio
del agosto el patrio.
Cautiverio.
Aquí pues conservaba con cuidado,
en floreciente sencillez, el prado.
Blanco.
Fue de las flores la nobleza.
Negro.
Horror nunca fue que desluza
tanta quietud, gozó su beldad hermosa,
que en el bello tapete
de su unión la paz hizo un ramillete.
El girasol de fe aquí inclinado
a su desprecio.
Dorado.
Jamás llegó a sentir, y sin delirio,
lecciones dio de amor.
Morado.
El lirio
también aquí enseñó fe.
Noguerado.
Un baladí humillado
a un jacinto que azul, que azul desvelos
a Cupido le dio, pues pierde en celos.
Perdió, perdió.
pues paga.
Esta venda mi yerro satisfaga
ciña, oh Naturaleza, supersticiosa
coronación por mí tu frente hermosa,
para que llegue en ella
cada diamante a presumir de estrella.
Dale una venda rica a la Naturaleza y ella se la pone en la frente.
Pues que perdió Cupido,
sírvate solo
el quitarte la venda
de abrir los ojos.
Aparte.
La culpa su miedo se venera,
que ya mi venda fue a cegar su vista.
Prosigo, pues; ninguno se divierta,
atención.
Atención.
Alerta.
Alerta,
que el que pierde sus lástimas despierta.
De aquel, pues, ameno paraíso
siempre de la esperanza
Verde.
Aviso,
miraban la mansión sin tener celos
Azules.
Los cristales de los cielos;
pues de una clara fuente la pureza
Blanco.
Espejo se vio de su belleza.
Las arenas que su orilla doran
por las luces que brillan y atesoran
desprecio sin desprecio son dejado
del sol.
Con el desprecio Pan se ha enojado.
Dale unas memorias a la Naturaleza y ella se las pone en el pecho.
Estas memorias de oro satisfecho
doren mis brazos y lleguen a tu pecho.
A su error en prenda
le dé castigos,
pagando con memorias
quien tiene olvidos.
Ya parece que empiezan sus victorias
Cupido, pues de Pan tiene memorias.
Vuelvo a decir y cada uno advierta,
atención.
Atención.
Alerta.
Alerta,
que el que pierde sus lástimas despierta.
No bien en tan amena monarquía
pacífica reinaba su alegría,
cuando, oh Naturaleza,
fatal origen fue de tu belleza
Negro
error que mudó el florido imperio,
en paraíso engañoso
Cautiverio.
Cayó Naturaleza.
En su caída
repitió aquella culpa cometida;
mas qué mucho, si copió al tierno ingrato
de aquel original este retrato.
Pague pues ha perdido.
No hay en mi arca, ni jamás ha habido
para pagar mi error prenda bastante.
Pues yo satisfaré por ti constante,
y muestre mi fineza apasionada
esta cruz de rubíes esmaltada.
Dale el Amor una cruz, y no la admite.
Tómala pues.
¿Perdiendo?
A quien ha errado,
¿por qué se le ha de dar
prenda empeñada
en tal joya, mi intento inmenso
que quede en mi poder no será airoso,
dan, tómala tú.
Dásela a la Esperanza, y tómala.
¡Qué misteriosa
galantería!
El alma está dudosa,
pues la razón no alcanza
de ver la cruz de amor en la esperanza.
¿Proseguirá el juego?
Levántase.
No.
Pues yo sé que mal pudiera
pasar con el juego adelante
habiendo dado en tragedia,
porque siempre el gusto acaba
donde la desdicha empieza.
¡Ay de mí! No sé qué nuevo
dolor, qué fatiga nueva
en mi pecho desconozco,
que ni sé si es luz, que ciega,
humo que alumbra, desdén
que favorece, violencia
que obliga, bien que disgusta,
y desmayo, ¡ay Dios!, que alienta.
De estos son afectos míos,
Culpa, cegole mi venda.
Aparte.
El corazón en el pecho
me dice mucho, y las quejas
que explica en mudos latidos
son enigmas en la lengua.
El divino amor me obliga;
pero no sé quién me fuerza
a arrastrar hacia otro afecto
los cariños que él me lleva:
a Pan aborrezco, pero
menos esquiva, y más tierna
ya en él me atormenta más
lo menos, que me atormenta,
y con amor no tan fina,
si con Pan es tan severa,
desconozco mis afectos;
pues con los dos a ser llegan
mis finezas y desdenes,
ni desdenes, ni finezas.
¿Qué es esto, Cielos? ¿Qué es esto?
¿Quién ha visto, sin violencia
que la llama se amortigüe
y la ceniza se encienda?
¿Que me abraso, que me hielo?
¡Ay de mí!
penas.
¡Ay!
el pecho.
advierte,
repara.
Tierra, si de tus penas
yo causa puedo haber sido...
No que mi dolencia,
aunque contigo se agrava,
también contigo se templa.
¡Qué escucho, cielos!
Un dardo,
que a un tiempo ofende y deleita.
A un mundo...
luego podré
cobrar aliento, y a cuenta
vivir ya de la esperanza.
Si inquieres; pues quien licencia
a tu amor ha permitido,
no le escusa que merezca.
Ea, amor, ya más airoso
me miro en tu competencia,
que siendo conmigo menos
cruel la Naturaleza,
agradecerá mis ansias;
pues a quien fiel la celebra
permitir méritos es
prometer correspondencias.
Cuando permisión le he dado
a tu pretensión opuesta,
no porque alientas lasciva
se desmayará mi fineza;
que si a vencerte he venido
antes más me lisonjea
la oposición, que no hay
victorias sin resistencias.
¿Victorias tú, un forastero
que ahora llegó con las uñas
de mísero a mis umbrales,
como pariente de quien
que príncipe caes del cielo,
cuando yo miro en mis puertas
buscar el abrigo huyendo
del cielo las inclemencias?
Y para que veas, Señora,
lo que excede mi grandeza
a lo que sirve este amante;
en los vientos cuanto vuela,
cuanto habita en los cristales,
cuanto discurre en las selvas,
levantas doradas minas,
rotas sus fecundas venas
da a las fértiles caídas
de los arados la tierra,
porque es mío el señorío.
Mira, pues, cómo pudieras
vivir sin que yo te sirva,
pues sin mí, Naturaleza,
es preciso que te falte
lo mismo que te conserva.
Qué engañoso ofrecimiento,
qué sofística promesa;
pues dime, Pan, dime, qué hace
que tú guardes, o poseas
en brutos, campos, y mares
aves, peces, plantas, fieras,
si no es tenerle no más,
pues para que tus riquezas
la Naturaleza llegue
a conseguir, di, ¿no es fuerza
que cumpliendo aquel decreto
de la maldición primera,
que con sudor de su rostro
consiga lo que le ostentas?
Sin que tu afecto mentido
provecho granjearle pueda,
que pan de desdichas coma,
y agua de lágrimas beba.
Pues siendo esto así, ¿qué premio,
qué utilidad, qué fineza
es la tuya? Si al mostrar
esas dádivas molestas,
la oferta dices, y callas
los afanes de la oferta.
Mas siendo tú el mundo, cuando
tus enemigas cautelas
no han adornado las ruinas
con traje de conveniencias.
Pues si pan puede tan poco,
haz tú lo que él hace, y sea
convertir de esa campaña
las infecundas arenas
en agradecidos frutos,
y vuelve tú, en pan esas piedras.
Más tentación, que argumento
me parece tu propuesta,
la enemiga voz suspende,
no prosigas, calla, fiera,
porque no con solo pan
vive la Naturaleza;
en mí sí que logrará,
con liberal providencia,
su hermosura, no tan solo
la conservación sin penas,
sino el aumento con dichas,
tales, que lleguen inmensas
a hacerle que transformada
ella en mí, cuando yo en ella
por la gracia de un misterio
tanto a mí se me parezca,
que si deidad soy humana,
ella humana deidad sea.
Tu proposición no entiendo;
mas si ese aumento que muestras
es porque tú, siendo Amor,
nace de esa unión estrecha
la propagación humana,
también es justo, que adviertas,
que no falta maldición,
que tu ofrecimiento vuelva
en azar, pues también dice
(si volvemos a la letra
con que tú a mí me impugnaste)
el sagrado texto, que esa
propagación logrará
con dolores su belleza
tan acerbos, que le cueste
solo un hijo muchas quejas.
Mal tu discurso el realce
de mis dádivas penetra,
que el aumento que yo digo
es de virtudes excelsas,
desta sucesión que ofrezco,
se admira naturaleza,
número más dilatado
que a la benigna influencia
del sol partos olorosos
saca a luz la primavera,
y temporales favores,
pues si mi amor te franquea
lo eterno, siendo lo más,
qué vedará es consecuencia
lo temporal, que es lo menos,
y no como experimentas
en Pan, pues a fuer de mundo
con bizarría avarienta
quien engañoso de cielo
todo lo que da de tierra.
Sí, pero yo...
Vase.
Pan, amor,
al oír la cuestión vuestra
neutral el pecho, indiviso
el corazón titubea
entre uno y otro cariño
y así en tanto que no encuentra
mi confusión el camino
de salir de aquella ciega
opresión, de aqueste influjo
esta inquietud, esta fuerza,
que oprimiendo mi albedrío
con ignoradas cadenas
seguir es violencia, y no sé
si la hacen porque es violencia
dejadme, ¡ay de mí!, que el llanto
vaya a anegar mis tristezas.
Si es que este mal albedrío
aun a mis lágrimas deja
Vase.
No te aflijas, que si en
de Pan, y Cupido llevas
venda y memorias, que mueven
tu confusión, en la prenda
de amor, que es aquesta cruz
que yo llevo un bien espera;
pues en ella de tus dichas
va la esperanza más cierta.
A oír llorar va el oído
hombres que tenéis orejas
atended a mi desdicha
Silva
Pues tengo una alma tan tierna
que quiere ser la que llore,
y que yo el sentido sea.
Vase.
Amor, pues nuestras razones
ya oyó la Naturaleza
examine los esfuerzos
ahora, y así a lid nueva
mi valor te desafía.
Yo la aceto, y de las flechas
te permito, que te valgas
de Cupido.
Pues con ellas
el combate se disponga
de suerte, que Pan ofrezca
un rendido de mis armas
a las tuyas, y no opuesta
emulación le destitu-
ya a las mías, y sean
un rendido, y otro el blanco
de las contrarias saetas.
Mi valor se ha precisado.
Ahora dirá la experiencia
en diferente certamen
si como arguyes, aciertas;
Y si en flechas, y razones
tienes igual la agudeza
En todo sabré venceros;
pues en la verde palestra
de unos jardines, que ocupa
siempre la Naturaleza
el lugar damos; porque a vista
de su beldad el que venza
más airoso logre el triunfo.
Vánselos tres.
También yo me hallo en contiendas
tales, y pues hoy el gusto
ha de juzgar en ella
sin pasión, que el que venciere
será quien a mí me tenga.
Vase.
Señor, Sumo, los cielos
tus divinas glorias cuentan,
y las obras de tus manos
el firmamento vocea
mostrando en él tantas luces
de tu poder, como estrellas;
porque, di, tu ser inmenso
tanto, Señor, tanto celas,
que das lugar a que el mundo
se te oponga ingrato?
Llega
ya a tu ley inmaculada
a correr el velo, y vean
los espíritus humanos
que hay quien su noche convierta
en el día deseado
de su gracia.
Dejad
persuasiones, que aún no es tiempo
de publicar mi grandeza
a lo que en el Sol poniendo
mi tabernáculo vea,
la Naturaleza en mí,
quien como esposo le ofrezca
en unión de amor, y Pan,
el tálamo de una mesa,
y en tanto al combate vamos,
Amor, porque en su contienda
las mis amorosas ansias
están de triunfar sedientas.
Ya pues, tus divinos pasos
seguimos los dos.
O quieras,
Señor, que tu nombre grande
lo por todo el orbe extienda,
y que conforme lo escuchen
sus vecinas más opuestas.
Vanse, y salen el Gusto y el Oído.
Oído, ¿qué hay?
El disgusto
de oír a mi amo llorar,
que el mal, que por descansar
me trae buscándote, Gusto.
Pues me hallarás distraído.
¿Por qué?
Porque, como ahora
tan fino mi amo adora,
tiene el gusto muy perdido.
Pues de Pan criado eres,
dime, ¿en qué le sirves hoy?
Mira, cuando es Mundo soy
el gusto de sus placeres;
y cuando Pan es, me toca
otra ocupación lucida,
que es servirle en la comida
de gentilhombre de boca.
¿Sabes lo que he discurrido?
¿Que aquí parecemos?
¿Qué?
Portería, pues se ve
la boca junto al oído.
También los dos parecemos
equívoco, pues al día,
por virtud de alegoría,
a dos sentidos asimos,
dando de vista cuestión
entre amor divino y Pan.
Sí, que aunque dos nombre dan,
no me niegan la atención;
en este sitio ha de ser,
porque su amante porfía
desde aquella galería
llegue mi señora a ver.
Di, ¿no es fineza muy dura
hacer de flechas fineza,
queriendo con tal fiereza
quien obligue una hermosura?
A mi amo lo achacarás,
pues ha entendido su error.
Porfiado el tirador
que aficiona el disparar,
pero ya el clarín veloz
de que vienen da señal.
Suenan clarines.
Ya oigo su voz de metal,
qué lindo metal de voz.
Mas por este lado creo
que viene el divino Amor.
Y a su competidor
por esa otra parte veo.
Oye que también responde
a su bella harmonía
esa hermosa galería
con músico estruendo, donde
la Naturaleza miro
salir a ver el certamen.
Yo pienso que en este examen
a ella le han de hacer el tiro.
Ha de haber un balconcito alto donde saldrá la Naturaleza y la Esperanza y la Música y dos palenques que corran por los lados hasta el tablado, y por el uno llegarán hasta él Amor, divina Caza, el Bautista que llevarán a David como prisionero con corona de púrpura, y por el otro Pan, Culpa y Cupido, entre quien llevarán a la Magdalena del mismo género, muy bizarra, y suenan a un mismo tiempo la música y los clarines.
Vengan en hora buena,
vengan los dos guerreros
a continuar sus glorias
al teatro del tiempo.
Y triunfe de mucho
el que en la lid alegórica llegue
a coronarse anuncios de trofeos.
¡Ah de la mansión florida!
¡Ah del hospedaje ameno!
Ocaso verde que esconde
la dorada frente a Febo...
Verde habitación, que es chipre
mesón de la mayor Venus...
Hermosa Naturaleza,
humana
Prodigio bello
de perfección, mira...
atiende...
Pan, ya miro; Amor, ya atiendo.
Pues ya que llego a tus ojos
a combatir.
Ya que llego
a el aliento de tu vista
a aumentar mi heroico aliento.
Verás cuánto se dilata
de mis flechas el imperio.
Verás a cuánto se extiende
el dominio de mi esfuerzo;
porque por mí aquesas voces
celebren.
Porque ese estruendo
sonoramente publique
por mí,
que triunfe de nuevo
el que en la lid alegórica llegue
a coronarse otra vez de trofeos.
No solo el alma os atiende
mas pendiente del acierto,
de uno de los dos el alma
me asegura en mudos ecos
a mí la gloria del triunfo
siendo suyo el vencimiento.
Pan, ya aquí tienes mis armas,
toma y el aljaba soberbio.
Embraza el arco atrevido,
nada con ellas recelo.
Tira Cupido a Pan el arco y flechas.
Bien haces, que no es la vez
primera que al ver los rudos
arpones del apetito,
se ha valido el mundo de ellos.
Ea, Pan, ese rendido
del poderoso ardimiento
de mis divinos arpones
que anuncio, púrpura y versos
profeta, Rey y salmista
le llaman, y en quien yo veo
el pecho más abultado
a la elección de mi pecho,
para blanco de tus flechas
hoy en esta lid te ofrezco,
mira si puedes pasarle
de mi calor a tu fuego.
Ahora lo verás.
Elige,
Pan, un arpón de adulterio
para que sin resistencia
quede viuda, pues es cierto,
que a un peligro cariñoso inducen
los estímulos de ajeno.
Tírale, pues, ¿a qué aguardas?
Sentirá este arpón violento
su corazón.
Tírale una flecha.
¡Ay de mí!
¿Qué es esto, cielos, qué es esto?
Acertóle.
¡Bravo tiro!
¡Que me abraso, que me quemo!
Con Betsabé, con Urías
amante y celoso muero.
Si adúltero, si amoroso,
si mi crueldad, si mi afecto
me violentan, me arrebatan
a estos mortales incendios,
viva Betsabé y mi amor,
muera Urías y mis celos.
En los brazos de la culpa
vino a caer.
Cae y recíbelo la Culpa en los brazos.
Pues en ellos
hallarás cercano abrigo.
Poco importa, que el supremo
auxilio de aquesta flecha
se restituya a mi imperio.
¡Ay de mí!
Cae la culpa y él se levanta.
Ya veo,
que tus amables heridas,
divino Señor, a un tiempo
son desmayos en la culpa
y de mi corazón alientos.
Tira el Amor una flecha a David, y a un tiempo se levanta la Culpa.
¡Malhaya mi cobardía,
y pese al arpón incruento,
que siendo suya la herida,
sea yo quien la padezco!
Con la música.
Otra vez, Señor, a los tuyos
y a ti reducido intento
aunque salí de tus manos
formado, vuelvo derecho,
y si mis ojos no pueden
lavar la mancha del pecho,
den, si no te enternezco,
a mi estrago mis lágrimas aumento:
pequé, Señor, contra ti,
y pues naufrago, gimiendo
las misericordias tuyas
hallen en su mar inmenso
la iniquidad anegada,
mis fragilidades puerto,
pequé, Señor, contra ti.
Estos versos los dice David cantando.
De tu presencia, sol bello,
común circunstancia, que hace
siempre el dolor más necio:
Se entran advirtiendo, de paso, que la música repita estos dos últimos versos.
Con la música.
a mi estrago mis lágrimas aumento.
¡Oh, cómo! De aquellas voces
dan en mí piedad los ecos.
Ya de Amor es este triunfo,
Señora.
Quieran los cielos,
que también, mis confusiones,
lleguen a ser sus trofeos,
que tan mal aquella flecha
afirmaste.
Es muy dueño.
Que cauteloso en mi culpa,
está perdida, y queriendo,
flaqueza en tus armas quieras
adoptársela a mis yerros.
Pues en la segunda empresa
que Amor divino veremos
si es tan activo su impulso.
Oculto lo dirá el suceso.
Esta profana hermosura,
este apetecido riesgo
de la voluntad más libre,
imperioso cautiverio,
a quien Jerusalén llama
Pecadora, en ella viendo
del mas público delito
el escándalo mas bello:
esta, pues, firme rendida
de Cupido (si es que puedo
nombrar así a la deidad
de su desvanecimiento)
propongo, Amor, a tus flechas,
y veamos, si es lo mesmo,
que restaurar lo que es propio
conquistar lo que es ajeno.
Tira el Amor una flecha a la Magdalena
De aqueste arpón te responda
el casto amoroso fuego.
Desnúdase
Póstrase a los pies del Amor Divino
Ay Dios! que ignoradas luces
son estas, que raros fuegos
que mi voluntad abrasan,
que alumbran mi entendimiento?
que suavísima violencia
es esta, que a mis afectos
conmigo, y sin mi los mueve
pues con un amable objeto
a el me lleva el albedrío
preciso mas no violento?
a cuya luz reconozco,
a cuya eficacia, advierto
cuanto este adorno me rinde,
cuanto este profano exceso
tiranamente me agravia;
que solo ciego el deseo,
de mis vanidades locas
pudo hacer gasto al viento:
delirios son cuantos hallo,
que me componen, pues veo
de mi desengaño al toque
que son ellos oro bajo,
pero ya miro, que es tuyo,
Señor, mi conocimiento
pues es cada harpon que tiras
de tu ilustración reflejo;
vayan estos vanos adornos
estos aliños, que fueron
rémora del desengaño
y atractivo del despeño,
salgan de mi aborrecidos
restitúyanse a su centro,
que si me los trujo el aire
ya al aire yo se los vuelvo,
y a tus pies lloren mis ojos
tanto, que en líquido fuego
se desaten de mis culpas
los endurecidos hielos
bañen pues, tus pies mis ojos,
sin que se extrañe por ello
el que al cielo de tus plantas
lo que tierra soy lloviendo
inunde en mares copiosos;
Pues por mi llanto aquel texto
debió de decir, que están
las aguas sobre los cielos.
Venció el Amor.
Pena airada.
Da a mis pies el vencimiento,
ella confiesa rendida.
Tira Pan y da con la flecha en las galas de que se despojó la Magdalena
No publiquéis, no, tan presto
esta gloria, que aún le queda
a mi valor el empleo
desta flecha, con que el triunfo,
que por mí se cante espero.
¡Erróla!
Corrido estoy.
¡Malhaya
el arpón fiero!
Solo vacará en lo profano
de las galas, pues le veo
fijado en ellas.
Si el mundo
tiró, ¿qué dice? No es nuevo
solamente en lo profano,
pues mucho que acierte en ello,
porque siempre se da el golpe
a lo que el brazo está hecho;
y tú, mujer, no le des
más jurisdicción al ceño
deste cruel; conmigo
hay pan, levanta del suelo,
pues miras cuán de tu parte
tantas lágrimas me han puesto.
¡Que esto sufra!
¡Que esto mire!
¡Que esto consienta! Veneno
respiro.
De ira soy toda
un volcán.
Todo incendio.
Esperanza ven conmigo,
que esta opresión pretendo
estorbar, porque no pase
su lid a mayor empeño.
Bájanse desde el balcón
Según lo que he visto, nada
es contra el Amor recelo.
¿Qué es esto? ¿Qué por mí pasa?
Yo vencido, yo sujeto
a un repetido desaire,
y que tenga mi desvelo,
cuando el aliento le falta,
para respirar aliento.
¡Malhayan, amén, las armas
ajenas, cuyos efectos
jamás consiguen victorias
sino es en frágiles pechos,
y mal haya mil veces,
pues desconfiado necio
de mi valor, que es lo más
Me valí de lo que es menos,
y pues no les dé un triunfo
vuele en cenizas deshecho
su fiero ardor esparcido
del leve soplo del viento.
(arroja el arco y las flechas)
(Vase)
¿A mis armas ella injuria,
dio su agravio corriente?
Vivo yo: pero mi enojo
espere a que en mejor tiempo
triunfa Pan; si de mis armas
es débil hoy el incendio,
que el desdén de una hermosura
me vengará este desprecio,
y mientras temed mortales,
temed, que de este sitio huyendo
se van a ensayar mis iras
en los corazones vuestros.
Chispas echa Dios Cupido,
lleva el demonio en el cuerpo.
¿Tú has visto, Pan, mis victorias?
Ya las he visto, mas eso
solo es fortuna, y así,
hacer examen pretendo
de tu valor en la lid
de los brazos.
Pues en ellos
te hallarás también vencido
logrando por este medio
dar a la naturaleza
libertad, gracia, y aumento.
¡Qué escucho! Pan tente, aguarda,
que no examinas el riesgo
que esa lucha te previene;
pues (si la pasada vuelvo
a acordar) aquella lucha
es la extensión, que los trinos
de los misterios de aquella
en el mayor Sacramento.
En vano me persuades.
Pues, si por aquí no puedo,
mira, pues, que en otra historia
(bien que fabulosa) leo,
que ha de vencerte luchando
el amor, sin ser violento,
que humano, o divino sea
para este lance, supuesto
que en ti soberanas señas
de humano y divino vemos.
Sobre cobarde estás necia.
En fin, Pan, ¿que estás resuelto
a luchar?
Será imposible
dejarlo ya.
Pues primero
la que a la cautela mía
y le desarmas el intento
por no ver, por no escuchar
ese prodigio, a quien tiemblo
por quien la Naturaleza
llegue a abandonar mi imperio
enfurecida, impaciente
voy donde el infausto seno
de la tierra me sepulte,
si ya no duran, oh Cielos,
a más dilatadas penas
los encantos de su centro.
Vase.
Fuese sin decir adiós,
alabole el cumplimiento.
Ea, Pan, llega ¿qué aguardas?
Ya en el toque previniendo
que experimentes mis brazos.
Luchan los dos.
Mira en los míos si llego
a ver otra vez mis glorias.
Al valor tuve inmenso
mas ha de costar el triunfo
muchos afanes sangrientos.
Sangre sudo, mas prosigue
que a anudar mis vencimientos
esta sangre sale animada.
Arrodíllase Pan.
Venciste, Amor, ya confieso
el valor de aquesta sangre,
ya está, déjame.
Primero
me has de dar alguna seña
de que has sido mi trofeo.
Deja Pan el manto en poder del Señor.
Este manto, que descubre
de doradas minas lleno
el imperio de ambos nombres,
ya, Amor divino, te ofrezco.
Y aun aunque vaya vencido
llevo, a mi pesar, consuelo
el mirar, que la sustancia
de mi ser, en ti no dejo
sino solo el accidente
de un exterior ornamento.
Señor, ¿a tus pasos sigo?
Vase.
No me sigas más, que temo
no con tu rapaza a mí
porque yo gusto no llevo.
Pues aunque por accidente
ahora me dejas, yo entiendo
que sin mí no has de poder
pasar jamás, pues lo mismo
es pan sin gusto, que un
zapatazo de comiendo.
Señor, ¿estás mal herido?
Sí lo estoy, mas con el velo
de este manto, bastará que esté
en memorias de tormento
se quede, y con sus disfraces
el tiempo examen haciendo
de mi amor ha de encubrirme;
aunque mi conocimiento
duda la Naturaleza
al verme.
Salen la Naturaleza y la esperanza
¿Combaten ocultos
Pan, Amor, pero qué miro?
Ni a Pan, ni a Amor encuentro;
y solo toco una sombra,
una vislumbre, unos ecos
de uno y otro, y no hallo nada.
¿Qué es esto, Cielos, qué es esto?
¿No estaban embistiendo
poco ha los dos compitiendo?
Desconóceme.
No es mucho,
Señor, porque es el misterio
de tu disfraz tan profundo,
que al verte tan encubierto
solo te conozco yo
por ser la fe.
El Juicio pierdo.
Naturaleza, suspende
tu confusión, y recelo,
que yo el Amor soy divino,
aunque disfrazado.
Eso,
¿cómo puede ser? Siento
aún más señas, considero
de Pan, que de Amor, pues te hallo
el traje de Pan vistiendo,
y el gusto de Pan contigo.
Infórmale tú, el suceso
Fe, para que se convenza.
Yo le informaré, que atento
he visto lo que ha pasado.
Sin mí nada harás, que es cierto,
que no creerá a su oído
sin la fe. Los dos lleguemos.
Señora, el Amor Divino
es él.
No prosigas, necio.
¿Con tantas señas de Pan
quieres que crea?
Yo espero
poder con él convencerte,
y para lograrlo es medio
ya preciso el despojarte
de las prendas, que en el fuego
pasado adquiriste, y sea
el quitarte lo primero
esas memorias de Pan,
en lugar suyo poniendo
la cruz del Amor Divino,
de quien fue para este tiempo
depósito tu esperanza:
estas memorias volviendo
en la de esta Cruz, que sirva
de darte amantes recuerdos
del Amor, y de las ansias
de su apasionado pecho,
y en lugar de aquesta venda
con que puso embargo ciego
a tus potencias Cupido,
el suave impedimento
te ciña de la mía,
toma que su lazo estrecho
solo llegará a dejarte
cautivo el entendimiento;
mira, pues, qué ves ahora.
No prosigas, que ya veo
el que dudaban mis años,
con las voces de tu acierto,
pues ya conozco, a pesar
de mi ser rudo y grosero,
al Amor con capa de pan
en el mayor Sacramento.
Pues ya que me has conocido,
y al ver este triunfo inmenso
tu terror pasado confiesas,
llega, y logrará tu anhelo
en mi carne y en mi sangre
el manjar más verdadero
y la más cierta bebida;
y, anudando el concepto
en el misterio sentido,
llega, pues, porque mi afecto
por esposa te avecina,
logrando ya por el medio
de esta unión el que tú en mí
y yo en ti nos transformemos.
¡Feliz mil veces yo,
que tantas dichas merezco!
Pues en tanto que la fe
te explica más el empleo
de tus dichas, yo al disfraz
eucarístico me vuelvo.
¿Te ausentas, Señor?
Sí y no,
pues al sentido encubriendo
a tus dichas no me aparto,
aunque a tus ojos me ausento.
Y yo, pues, en un sentido
alegórico vexilo
he merecido, a esperar
me voy de Abraham al seno
las ya tan cercanas glorias
de mis antiguos deseos.
Y yo, de mi penitencia
movida al imán severo,
la ciudad de Dios triunfante
voy a buscar al desierto.
Suben estas tramoyas por los dos lados, David y la Magdalena, y por la de en medio el Amor Divino, hasta esconderse en unas nubes.
¿Cómo, si el Amor se ausenta,
se puede gozar?
Comiendo.
En la mesa del altar,
y un jeroglífico bello,
para que mejor lo adviertas,
de pan y de amor te ofrezco.
Mira, pues, aquella nube,
que antes fue del Amor velo,
es patente de aquel cáliz,
y en el misterioso cerco
de aquellos morados lirios
un montón de trigo puesto.
Rómpese la nube y dentro se aparece un cáliz, y encima un círculo de lirios morados y, en su centro, un ramo de espigas.
¡Oh, hermoso ramo de espigas!
y de aquestos lazos atado,
volviendo al fuego pasado.
Allí al mismo Amor advierto
dél embozado en los lirios,
que en pan se queda encubierto
en las doradas espigas.
Con cuya unión y misterio,
de que Amor espiga se vea,
repita vuestro dulce acento:
En uno y otro color
el jeroglífico diga
que aclaman lirio y espiga,
en pan los triunfos de Amor.
¡Feliz yo que ya logro
libertar mi cautiverio
y de aquel mortal bocado
en este el contraveneno!
¡Feliz yo que lo aclamo!
¡Feliz yo que lo venero!
¡Feliz yo que lo predico!
¡Feliz yo que lo atiendo!
¡Y feliz yo, que soy
a dos sentidos divinos
para su comida gusto,
gusto para su misterio!
Y a las generosas plantas,
y aras, todas den su culto,
repitan pues nuestras voces
con la Música diciendo:
En uno y otro color,
el jeroglífico diga
que aclaman lirio y espiga
en pan los triunfos de Amor.