귀속 대상:> 공개일: 2026년 8월 22일
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los elementos de amor: voz, cristal, luz y color. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/los-elementos-de-amor-voz-cristal-luz-y-color.
Vy 808 fe papeles ++ Libr. Calderón
Segismundo.
Cintia, zagala.
Federico, príncipe de Silesia.
Clorinda, princesa de Tracia.
El rey de Chipre, barba.
Astrea, dama.
Aurelio, segundo barba.
Clavela, dama.
Danteo, zagal.
Marfisa, sacerdotisa.
Garulo, villano.
Gileta, villana.
Dentro.
¡Xo, pollina!
¡Xo, maldita!
¡Jo, jo, al monte!
Ataja, ataja,
que la fiera al valle baja.
El miedo el abra me quita.
Y a mí el hambre de la boca.
A otra parte Cintia.
Sacad las redes del Mar,
y el barco podéis atar
a ese tronco, que a esa roca
da corona de esmeralda.
Hacia aquí el monstruo se inclina.
Salen Gileta y Garubo, que traerá una cesta.
¡Ay, mi Cesta!
¡Ay, mi Pollina!
Al llano.
Al Monte.
A la falda.
Yo de miedo estó abortando.
Y yo mal guisada estoy.
Mujer, ¿sabes dónde voy?
¿Sabes dónde estó, Marido?
Gila, ¿qué desdicha es esta?
No me hables, Garubo, nada,
que ya es mi vida acabada;
¡ay, mi Pollina!
¡Ay, mi Cesta!
Al Mar se arrojó la fiera.
Buenas nuevas me dé Dios.
¿Estamos solos los dos?
¿Por qué lo dices?
Quisiera
decirte una novedad
sin que tú me la persuadas
ni gastar tiempo.
No dudes
mi grande curiosidad.
¿Ese palacio no ves
con una cerca tamaña
que del mar y la montaña
besa la falda y los pies?
Sí, veo.
Pues mira, en él,
Aurelio, un hombre mayor,
que es gentil razonador,
me ha dicho que vive aquel
príncipe, que a las mujeres
nunca quiso hablar, ni ver,
ni oír;
Bien podré creer
cuanto en esto me dijeres,
pues las zagalas hermosas
murmuran del mal pergeño
de tan retirado dueño;
Pues paso a mayores cosas.
Dicen que es joven, galán,
valiente y de gran caletre,
no hay arte que no penetre;
armas y libros le dan
un placer bien repartido
con la noche y con el día,
y, en fin, tanto desconfía
de veros, que persuadido
vive en que es cada mujer
un basilisco, un dragón,
y a ser todas como son
las Gilas, no hay más que ver;
su opinión es muy prudente,
y conmigo igual se copia,
pues por Gila, y mujer propia
eres dos veces serpiente.
Nada de eso te barrunto.
Dices bien, voy a mi cuento,
y sabe que mi talento
hoy va subiendo de punto.
Pues el viejo Aurelio quiere
que yo al Príncipe divierta,
y me manda que a esta puerta
que sale al monte le espere.
Esta novedad me da
que pensar en mi fortuna
que en fin cualquiera, o ninguna
igual para mí será,
como yo sin ti me vea
que es lo que el alma me anuda.
Costumbres la suerte muda,
dame un abrazo, y no sea
mujer, tu llanto debido
una ría respaldada.
¡Ay Gila desventurada
que hoy pierdes a tu marido!
Vete en paz.
Mas antes quiero
parlarte un cuento segundo
después del de Segismundo,
ese Príncipe severo.
¿Es muy largo?
Es prevención
para entendernos después.
Según pienso, esto es
excusar la relación
a los galanes.
En fin,
¿conoces a Cintia?
Sé
que es una azucena en pie
en Chipre, selva y jardín.
Pues en la aldea aseguran
que de Aurelio es hija bella;
ella dice que su estrella
no es tanta; y si más la apuran
las sacerdotisas, que
al Templo de la gran Diosa
asisten, muy misteriosa
responde que no les dé
su vida ningún cuidado,
pues corre a cuenta del Cielo.
Hasta aquí tengo el consuelo
de saber cuanto has hablado.
Voy a que su inclinación
la lleva al mar, de tal suerte
que en la borrasca más fuerte
no perdona su afición
al barco, ni a la red, y
de zagalas asistida
en la pesca divertida
más de dos veces la vi
feriando a Venus albores
y al Amor nuevos despojos,
siendo la luz de sus ojos
fragua de muchos amores.
Dicen que cierto pintor
muy preciado de sotil,
viendo un día del Abril
salir del mar esta flor,
quiso copiar su belleza,
y en fin consiguió un retrato
que a pesar de su recato
le hurtó a la naturaleza.
Cintia, pues, hoy me mandó
que la asistiere también,
con que en el mal, o en el bien,
marido, te imito yo.
Trepando por la colina
me encaminé a la ribera,
hubo susto;
Y hubo fiera.
¡Ay, mi cesta!
¡Ay, mi pollina!
¡que la he perdido!
Y yo y todo
la merienda que traía.
¡Ay, ruina del alma mía!
¿Gayubo?
El último modo
de despedirnos es este,
pues Aurelio es quien me llama.
¿Laura, Gila?
Y de mi ama
esta es la voz.
Hoy me preste
cualquier pájaro, dos plumas.
A mí, sus alas.
¡Adiós!
Al irse a entrar, sale Aurelio por la parte de Gayubo, y Cintia por la de Ygla.
Con las espumas
y las redes batallando
estuve; pero aquí veo
a Aurelio; ¿Señor?
Tu empleo
bella Cintia contemplando
estoy con toda atención,
y recelo que en el mar
has de venir a arriesgar
tu admirable perfección.
Verte gustosa quisiera
mas no arriesgada; y en fin
habiendo monte y jardín
donde la caza te espera,
y te convidan las flores
pudieras dejar tal vez
a la inconstante altivez
el monstruo de los horrores.
Dice muy bien su merced
que el agua es cosa pesada,
y donde está el vino, nada
alegra sino la red
de Baco que hacen las vides
con racimos anudados.
Y aun por eso tus pescados
son lobos.
Cintia, en las lides
de la mayor competencia
hoy tu hermosura ha de hacer
aquel triunfo que ha de ser
fama, decoro y esencia
de tu sexo.
Di tu intento.
Del Príncipe Segismundo
sabes la fama que el mundo
celebra como portento.
El pecho apenas dejó
de su madre afligida
cuando por guardar la vida
tierna libertad perdió.
Hasta sus catorce años
vio el Rey en su estrella impía
un mortal riesgo en que hacía
esfuerzo de sus engaños
una mujer: con que aquí
me mandó que le criase
y le escondiese y guardase
de ver mujeres; y mis
desvelos y gran asistencia
en guardarle habrán hecho,
que en su cerrado pecho
añadiese a la prevención
una tan rara aversión,
que aunque el Rey ha procurado
en dos veces que aquí ha estado,
llevarle con la razón
de ver su Corte; hizo tales
extremos en sentimiento
que el Rey cedió a lo violento
sus afectos naturales.
Que vuelve me avisa ahora
Su Majestad, y me ordena,
que en alguna industria buena
discurras, por si mejoras
Segismundo su extrañeza
tan dura como obstinada;
y viendo, Cintia, adornada
de mil gracias tu belleza,
paso a suplicarte, que
con Morfea, cuyo canto
más que dulzura, es encanto
de aquestas selvas, y de
los mares, procures sabia
atraer un corazón
que absoluto en su opinión
a las mujeres agravia;
con eso empeñarla arguyo,
por si su beldad consigue
que el astro que la persigue
reforme el aspecto suyo.
¿Qué dices, Cintia?
Señor,
ya que responderte es fuerza,
sin desairar el cariño
que como padre me muestras,
digo que ese retirado
Príncipe, de quien me cuentas
la historia, tiene en mi pecho
condiciones tan opuestas,
que aborrezco hasta su nombre,
de suerte que aunque parezca
que quien estudia un olvido
de su memoria se acuerda,
Yo sin acordarme dél,
estudio con diligencia,
no el olvido de su nombre,
sino el odio que me cuesta.
Yo por las mujeres todas
dejo airosa y satisfecha
nuestra gloria, pues si él juzga,
que va con la especie nuestra
la monstruosidad unida,
y librada la fiereza,
yo discurro, que él será
toda la agregada esencia
de cuantas monstruosidades
da el género de las fieras.
Si es sabio (que en mi sentir
es negado el que lo sea,
porque la inhumanidad
va muy lejos de la ciencia).
Si es valiente (que lo dudo;
pues es cobarde bajeza
que aborrezca a las mujeres,
y que sin amor las tema).
Estése muy en buen hora
con sus armas y sus letras,
conquistando dictados,
y observando sutilezas,
que todo es error, y nada
es tanto, como la ofensa
que se hace a sí mismo, en todas
las que agravia su soberbia.
Sea, como el mundo dice,
galán, entendido sea
como afirman, y ninguno
tan amables partes tenga
como las que en él concurren;
que todas aquestas prendas
hacen mayor nuestra injuria,
pues nos juzga indignas de ellas
su presunción; que en la altiva
máquina de sus ideas
no es tanto lo que nos honra,
cuanto lo que infiel nos niega.
Ese príncipe discreto
experiméntese en diversas
artes; en la óptica solo
descubra sombras funestas;
en la aritmética sume
los errores que no cuenta;
en la música su oído
falsas disonancias tenga;
las líneas de la pintura
sus borrones oscurezcan;
de la arquitectura noble
destruya constantes reglas;
y, en fin, sus varios influjos
investigue a las estrellas,
que en luz, número, sonido,
color, fábrica y esfera,
si de nosotras se aparta,
con la ignorancia se queda,
pues funda sus discreciones
en juzgarnos indiscretas.
Estas en mí son las causas
de aborrecerle, y sin estas
Hay otras que si las busco
alguna razón primera
no las alcanzo, y serán,
a lo que entiendo, de aquellas
que llaman antipatías
los que las experimentan;
Con esto Aurelio te digo
el motivo que me lleva
a la diversión del Mar
dejando Jardín, y selva,
pues en selva, y en Jardín
es más dable el que pudiera
ver a un hombre de quien huyo,
que no en la Mar, pues no piensa
en irse a arriesgar al agua
el que nos teme en la tierra.
Habite ese Alcázar sumo
Cuya docta grandeza
Corinto envidia; no trate
sino robustas, y feas
estatuas de Marte airado;
de Prometeo en su adversa
Fortuna, y del castigado
Ixión con la amarga rueda,
que con estas diversiones
y no saber que hay bellezas,
tiene andado cuanto puede
pedir una vida necia.
Y no solo no hacer pienso,
Aurelio, lo que me ordenas,
aunque tu amor me lo culpe,
y mi obligación lo sienta,
sino que desde hoy me empeño
en añadir artes nuevas
para aborrecerle más,
huyendo con diligencia
de este sitio, aunque los mares
den sepulcro a mi tragedia,
y pirámides de nieve
apaguen odios de un Etna.
Aparte.
Quién ha visto (¡ay de mí!) dos
opuestos sobre una misma
causa de no amar, ni vea
el fin con que se aborrezcan!
Mas si hay influjos distantes,
¡qué mucho que no anden cerca
la razón que los malquista,
ni el porqué los diferencia!
Gayubo hablando con Gila aparte.
Por Pan que lo parló Cintia
como una Siringa.
Es bella,
y aun por eso tan vana
como cantan en la aldea.
Cintia famosa, no creí
que pesadumbre te diera
mi proposición; mas viendo
que ofendida la desprecias,
con tal ardor que parece
que el misterio de tu estrella
o se manifiesta en rayos,
o se descubre en pavesas,
digo que yo no pretendo
disgustarte, pues no fueran
magisterios del cariño
preceptos de la violencia;
y así en buen hora prosigue
las peregrinas tareas.
Aparte.
de tu barquilla en las ondas
y tus redes en la arena,
con calidad que a mi amor
no siempre pendiente tengas
de aquel susto que los mares
por su inconstancia se llevan;
no me admiro de que Cintia
a esta diversión se mueva,
pues como segunda Venus
es hija de una tormenta.
Padre y señor, que este nombre
debo darte, pues te cuesta
mi vida el mismo cuidado
que si realmente lo fueras,
larga edad y dichas sumas
te dé el Cielo, pues me dejas
libre con mi repugnancia,
y esclava con mi obediencia.
Vete en paz, que ya la hora
de ver al Príncipe llega,
y no puedo decir más
sino que temples tu idea,
y pienses que Segismundo
no es el mismo que tú piensas.
Creo, Aurelio, lo que dices,
mas no será bien que crea,
que quien solo a sí se estima
nada conmigo merezca.
A Dios, señor.
El gran Jove
guarde tu vida.
Vase.
Fileta,
ven conmigo.
El dios Neptuno
nos depare buena pesca.
Vase.
¿Qué más lance, si tú vas
con tu cara de lamprea?
Gayubo, una prevención
tengo que hacerte, cuando entras
a ver al príncipe.
¿Y es,
señor?
Que no te acontezca
jamás el nombrar ninguna
mujer, porque su paciencia,
aunque de burlas te escuche,
ha de indignarse de veras.
Si hay algún dios de memoria
o alguna diosa de lengua,
bien pueden andar conmigo
ten con ten.
Sigue y no temas.
Temo y sigo, por hacer
dos cosas en una mesma.
Vanse.
¡Amaina, amaina!
¡Echad presto
el áncora!
¡A tierra, a tierra!
Vuelven a salir por la parte contraria Aurelio y Gayubo.
El cuarto de Segismundo
es este;
Y que abren la puerta
dice el ruido de una llave;
Ruido de abrir puerta.
Él es.
El cuerpo me tiembla
de temor de no nombrarle
a ninguna de las ellas...
Abriendo una puerta, saldrá Segismundo.
¿Aurelio?
¿Señor?
¿Quién viene
contigo?
Porque a tu Alteza,
con su candidez sencilla,
este villano entretenga,
le traigo.
Yo te lo estimo.
A besar la mano llega
a su Alteza.
Donde hay pies,
yo no quiero besar esas,
sino estotros, y con ellos
Dios me trajo bien en dereza.
Gran Señor, a darte gusto
mi buen humor y simpleza,
mal labrada y bien nacida,
te suplico que me tengas
en tu gracia.
Ea, levanta.
aparte
Por Dios que su gentileza
es extremada, y su modo
no es como lo considera
Cintia: ¡oh quién pudiera hablar!
mas, ¿hay lengua más quieta
con las voces femeninas,
aunque te pases a neutra?
¿Cómo te llamas?
Gayubo.
árbol, señor, que más señas
a quien le dio el verde gajo
su proprio nombre en las sierras.
¿En qué te ejercitas?
Tengo
mi ganadito, y mis yeguas,
y en este cuidado proprio
consiste toda mi hacienda.
¡Feliz tú, que por ti mismo
haces rica a tu pobreza!
¡Qué bien dice aquel que afirma,
que por humilde que sea
la conversación, desnuda
de lisonjas, aprovecha!
¿Qué habilidad tienes?
Aparte.
Hice
algún tiempo coplas sueltas
cuando estuve enamorado.
Endemoniado dijeras
más bien; no lo eché a perder.
¿De quién?
Si mucho me aprieta,
temo que han de entrar aquí
los versos de Gila y Menga.
Señor, yo me enamoré
para poder ser Poeta
de una Musa medio Urraca
tía por parte de abuela
de un Dios que se llama Momo
a quien todo se lo cuenta.
Gila en Telamón, y Pila
tan linda en una gatera,
que cierto Sátiro ciego
Olvidado de ser bestia
como un ingenio puro
con cien coplas de la legua,
que me fui como un perdido
buscando de peña en peña
a la fuente Cabalina,
donde dicen que por fuerza
asisten las nueve hermanas,
que beban, o que no beban;
y a la verdad, que no fue
en mí la menor fineza
andarme a ojeo de fuentes
siendo el agua mi culebra.
En fin, no pude encontrarla
y viendo mis diligencias
burladas, como son todas
las que en las musas se emplean,
al pie de un árbol sin fruto
que dicen que tiene ingrata
a una Ninfa como un tronco,
y aun deidad como corteza,
hice estos versos, que en dúo
cantaron tres garzas nuevas.
¡Oh, musa siempre Urraca,
no vista de Garubo, y de él querida,
si estás en la montaña
en una de sus fuentes convertida,
torceré mi camino,
que yo no busco a el agua, sino al vino.
Buen humor gastas.
Señor,
no hay médicos en la aldea
Con que a tiempo me aplico
lo que estos nunca recelan.
Aurelio.
¿Qué es lo que mandas?
Aparte.
Que los dos os salgáis fuera
y me dejéis con mis libros;
mejor diré con mis penas,
pues mi padre me ha avisado
que viene, y llevarme intenta
a Córcega; ¡ay de mí, infeliz!
¡qué de pesares me esperan!
Aparte.
Ya, señor, te obedecemos;
ven, Garubo, oh, Venus bella
de este corazón de mármol
saca un tributo de cera.
Vanse los dos.
Mi musa me sacó en paz,
del escollo de las hembras;
mas si otra vez me pregunta,
cuidado con las respuestas.
Soberano estudio mío,
con que labro dos diademas,
una de intactas virtudes,
y otra de gloriosas ciencias,
a ti vuelve un peregrino
que pocas horas te deja
sin adorar la memoria
de tu variedad inmensa;
tu umbral saludo, y rendido
vengo a fijar en tus puertas
la primera tabla rasa;
que así llaman la primera
razón del hombre los sabios,
cuando aun todavía en ella
nada dibujó el estudio,
el arte, ni la prudencia;
Con benignidad recibe
mi aplicación, y por prenda
a un entendimiento amante
de finas inteligencias.
Hoy ha de ser mi ejercicio
discurrir en la materia
de los elementos, que
componen con diferencia
a todas las entidades
sublunares, sin que pueda
haber compuesto ninguno
que de los cuatro no tenga
la calidad que le toca,
consistiendo en su perpetua
lucha, y fuerte oposición
del compuesto la coexistencia;
de suerte, que cuando falta
aquesta precisa guerra,
o porque algún elemento
cedió a los demás sus fuerzas,
o porque hicieron los cuatro
paces con su resistencia,
es en el compuesto ruina
lo que en ellos falsa tregua.
Y siendo en los animados
la respiración abierta
el comercio de la vida,
y recíproca asistencia
de los alientos de adentro,
Suena Clarín
y beneficios de afuera,
trataré primeramente,
del aire: pero ¡qué seña
dando al viento lo que es suyo
me veda la quietud atenta!
A otra parte instrumentos; y canta Marfisa =
Allá caminas, voz, donde no llegan
los suspiros de amor, plumas, ni flechas.
Clarín.
Instrumentos.
¡Qué dulce rasgo del viento
mis atenciones penetra,
y en breves cláusulas pone
tanta cifra de ternezas!
O se engañan mis oídos,
o en ellos el aire engendra
un nuevo elemento de
condiciones tan opuestas,
que aquí lo que hiela, inflama,
y allí lo que alivia, quema;
diciendo en la confusión
de mi propia indiferencia:
Allá caminas, voz, etc. =
Clarín.
saca la espada =
Tú que impeles, tú que obligas,
tú que mandas, tú que fuerzas,
con el generoso ruido,
con la racional cadencia,
al valor que perfeccionas,
y al espíritu que elevas,
¿quién eres? pero parece
que las armas me aconsejan
que a tu estrépito pregunte
todo lo que cabe en ellas.
Ya te sigo, espera, aguarda.
Va a entrarse y con la voz de Marfisa y los instrumentos se detiene.
Allá caminas, voz, donde no llegan
los suspiros de amor, plumas, ni flechas.
Una calidad contraria
hija de una causa mesma,
pues el aire que te trae
es el que de aquí te lleva.
¿Quién eres? Pero arrojemos
en borrasca tan derecha
al viento algunos peligros
por salvar los que me esperan.
Corazón al arma.
Al arma.
Viva mi albedrío.
Guerra.
Voy a buscar dos principios
que es preciso que me muevan,
El uno bélico.
Alarma.
Y el otro halagüeño.
Guerra.
Una furia me arrebata;
un halago me despeña,
Guerra.
Guerra.
Alarma.
Alarma;
Viva el amor.
Todos mueran.
Va a entrarse como furioso con la espada desnuda, y le detiene el Rey que sale con Aurelio.
Hijo, ¿cómo de esta suerte
me recibes? ¿Qué furor
es este?
Padre y señor,
cobré mi sosiego al verte;
a tus pies mis dichas viven.
¿Qué violentos embarazos
te apartaban de mis brazos?
Cuando en ellos me recibes,
y me honra tu Majestad
con tanto exceso, no son
los ecos de mi aprehensión
voces de esta realidad.
Seas, señor, bien venido
adonde mi rendimiento
logre en la ocasión de atento
las muestras de agradecido.
¿Su Majestad cómo viene?
Bueno; y mejor volveré,
si de ti consigo, el que
hagas lo que más conviene
a mi estado, y tu persona;
No sé si estará en mi mano
buscar un riesgo tirano.
Cesó el riesgo; y la corona
te llama a una obligación
de tan estrecha entidad,
que hacia ella, tu voluntad
no nació con elección.
Por ley de las gentes queda
probada y establecida,
siendo incapaz una vida
de agraviarse en lo que hereda.
En manos de un soberano
Aparte.
ponen los dioses la ley,
mas no podrás como rey
negar al cielo tu mano.
El cetro heredar de Cupido,
que yo dejo en ti desde hoy,
mira si en lo que te doy
con libertad has nacido.
Extraña es su obstinación,
y creo que habrán de ser
la violencia y el poder
mi última resolución.
Yo dispuse el que Marfisa
en los jardines entrase
y que con otras cantase;
mientras del clarín le avisa
el eco por otra parte;
y he visto que su fuerza
confunde el blando rumor
con el estruendo de Marte.
¿Qué respondes, Segismundo?
Torna el clarín.
Señor, que si solo hubiera
en el mundo la primera
parte, que escuché del mundo,
esto es aquel instrumento
que antes sonaba en mi oído:
(mas ya vuelve repetido)
saliera alegre y contento
a emprender sobre la tierra
mil generosas hazañas;
pero cuando en sus campañas
oigo otra voz.
Arma, guerra.
Allá caminas, voz, donde no llegan
los suspiros de amor, plumas, ni flechas.
El vago sutil estruendo
me regala y me recrea,
y aunque penetrar desea
el alma lo que no entiendo
con mi ignorancia profunda;
ir, y quedarme quisiera
con mi espada, a la primera,
y sin alma, a la segunda.
¿Qué resuelves?
Obediente
tus órdenes cumpliré,
pero te suplico que
en la confusión presente
me permitas retirarme,
y que me dejes pensar
en el último pesar
a que he de sacrificarme.
Al Rey.
Señor, yo de mi sentir
por ahora le dejara
hasta que se serenara
de lo que ha llegado a oír.
Aparte.
Su consejo es muy prudente,
pues si mi instancia le irrita,
el callarla no me quita
que después más bien la intente.
Hijo, ven donde yo vea
tus estudios liberales,
y las artes principales
en que tu ingenio se emplea.
Venus ablanda este pecho.
Aparte.
Y a Cintia el amor también,
que es archivo del desdén,
de contrariedades hecho.
Aparte.
Ya te obedezco, señor,
¡oh voz, oh nuevo elemento!
si no caes en el viento,
dónde irás con mi temor?
Vanse.
El templo saludemos
de la Deidad hermosa
que es Madre de las llamas,
y es hija de las ondas.
Componed Himnos a Venus
porque su piedad nos oiga.
Echad al mar el barquillo
en que mis iras se engolfan.
Aguarda, prodigio bello,
espera veloz lisonja
del martirio que me dejas,
y del alma que me robas.
Oye, atiende.
Sale Cintia, y siguiéndola Federico.
Aparte.
No me sigas,
repara tu acción, y cobra
con una atención debida
una enemistad forzosa.
Dioses, ¿si este es Segismundo?
mas hay que la duda sobra
para que el odio castigue
contingencias de su sombra.
Perfectísima Zagala,
la primera vez que logra
vea tu esplendor quien lo admira,
y tu Cielo quien lo adora.
Aparte.
¿Qué más claro ha de decirlo?
este es el Príncipe.
Todas
tus iras, no es bien que estrenes,
de una vez; porque si a costa
Aparte
De tantas armas me rinde,
¿quién dirá que fue victoria?
¡Amor! ¿Qué hermosura es esta
que aun la admiración ignora
si lo más de un imposible
es lo menos que la adorna!
Aparte
La novedad con que mira
no haberle visto hasta ahora,
y mi rabia sobre todo,
que es Segismundo me informa;
huyo el horror de su encuentro;
Vase y tras ella Federico
¡Válgame el mar!
Oye, pronta
exhalación de jazmín,
fugitivo albor de rosa.
Yo me puesto en mi barquilla,
doblad los remos.
Si doblas
dos soles sobre la espuma
no hay mares que los recojan.
Vuelve a salir Federico por la parte contraria.
Burlado en tierra, y en agua,
me dejas beldad gloriosa,
con el fuego y con el viento
en que mi pasión zozobra.
Caprichos de mi fortuna
son estos, que apenas toma
tierra, dejando el bajel
que arrimado a la persona
del Rey mi tío, me trajo
con Clorinda a aquestas costas,
cuando la mayor tormenta
de un desdén quieren que corra,
a tiempo que con las damas
viene al templo de la Diosa
Clorinda, y acordemente
repiten cuando la imploran:
Salen Clorinda, Marfisa y las damas con canastillos de rosas; y Marfisa con dos palomas; y por otra parte Dantes, Zagal y Gayubo.
Al templo saludemos
de la Deidad hermosa
que es madre de las llamas
y es hija de las ondas.
Gayubo, lo que me cuentas
me da gran gusto; y si ahora,
entre aquestas hermosuras,
viese yo a Cintia.
Es ociosa
diligencia el que la busques
en tierra firme.
Perdona
Venus, si vuelvo la vista
al mar donde está el aurora.
Purpúreas rosas fragantes,
candidísimas palomas,
hechizo vivo de plumas,
arrullo travieso de hojas.
Aves de apacible vuelo,
flores de unión amorosa
que el aura os riza a suspiros,
y en perlas el alba os borda.
Volantes correspondencias.
Fragrancias madrugadoras.
Primer asunto de Venus.
De Adonis postrer memoria.
Servid de sacrificio
a la deidad hermosa
que es madre de las llamas
y es hija de las ondas.
Canta.
Recitado.
Esa fábrica hermosa,
alcázar sumo de la Ciprea Diosa,
cuyo dórico estilo
emula el Tíber, y celebra el Nilo;
ese templo supremo,
donde pendiente remo
de las tormentas roto
a la hija de la espuma, cumple el voto
que el mísero, afligido ansioso pecho
en lágrimas deshecho
ofreció a la deidad, cuando surcaba
la amargura del golfo en que se hallaba,
es el centro felice que buscamos
y de rosas y plumas coronamos,
para que el voto admita Venus bella
mejorando el aspecto de una estrella
que en Segismundo influye
la aversión enemiga con que huye
del Oriente ejemplar de la hermosura,
retirado a la oscura
infausta idea de su pensamiento;
rompa mi voz el viento,
término ponga al mar, freno a los ríos;
y de tantos desvíos
le saque a estas riberas deleitosas.
diciendo nuestras ansias fervorosas.
Al templo saludemos
de la deidad hermosa
que es madre de las llamas
y es hija de las ondas.
Vanse todas.
¡Ay, Cintia, que no te veo!
pero si tengo tu copia
en una tabla pequeña,
sea el retrato mi gloria.
¡Ay, esperanza perdida,
que al mar de mi amor me arrojas!
¡Ay, que ya Aurelio me espera
y Fila por mí solloza!
Imagen.
Desdén.
Cuidado.
Fragua es de amor con su sombra.
Premio esquivo es de mis ansias.
Es prenda de mi memoria.
Mientras en el templo dicen
las que sus víctimas postran:
Servid de sacrificio
a la deidad hermosa,
que es madre del incendio
y es hija de las ondas.
Vanse cada uno por diferente parte.
Sale Segismundo con acciones arrebatadas de seguir alguna cosa.
Sombra, ilusión, o fantasma
que de mi quietud has hecho
la fábrica de mi asombro
y la máquina de el riesgo,
ya te sigo, espera aguarda;
ya tu ligereza advierto,
tu velocidad, tu amago,
tu ejecución, y
Quiere entrarse y le detiene Aurelio, que le sale al paso.
¿Qué es esto,
señor? ¿Quién así arrebata
la grandeza de tu pecho?
¿Si acaso escuchó a Marfia
sus dulcísimos acentos,
que con industria del rey,
que lo estaba disponiendo,
en los jardines quedaba
oculta?
¿Estamos, Aurelio,
solos?
Nadie nos escucha.
Pues oye un rato.
Ya atiendo.
Cansado de mis estudios,
que son cuchillo severo
que agudamente sutiles
hieren al entendimiento,
dividiendo en precisiones
el alma de los conceptos;
y quebrantado de tantas
instancias, que como ruegos
vienen de mi padre, y son
de la majestad preceptos,
me entregué un rato al descanso,
para buscar en el sueño
el olvido de una idea,
que después que oí los ecos
de aquella blanda armonía
y aquel incentivo estruendo,
no puedo apartar de mí;
y apenas con el sosiego
restauraban mis sentidos
las acciones que perdieron,
cuando haciendo la memoria
cuenta del erario inmenso
donde guarda los tesoros
de los tributos del tiempo,
o fingidos en especie,
o en sustancia verdaderos,
soñé que veía, ¡ay de mí!
¡oh, quién supiera discreto
dibujarte, Aurelio, hablando
lo que mudo estuve viendo!
Pero sin embargo escucha
una pintura, que creo
que ninguno la habrá oído,
pues ninguno hasta hoy se ha puesto
a pintar lo imaginado
no llegando a comprenderlo.
Vi pues la forma sensible
de un soberano sujeto
que ignorado de mis ojos
y de mi aprensión ajeno
haciéndose más benigno
me dejaba más atento.
Mi propria especie tenía
si en mi juicio no yerro,
pues me hablaban sus razones
con mis proprios sentimientos,
y la reflexión del alma
nos miraba en un espejo,
pero elevado a más alta
calidad, a más perfecto
modo, gozaba en sí mismo
tan heroicos privilegios,
que su divinidad me dijo
que con absoluto imperio
la ponía muy distante
de mi condición, su sexo.
Este, pues, se componía
de los mismos elementos
de que yo empecé a tratar;
mas dejaban su compuesto
tan asistido de gracias,
y de perfecciones lleno,
como dirá su pintura,
si es que a referirla acierto.
A soplos de oro redujo
el aire entre sus cabellos,
la siempre pródiga y vaga
codicia de galas moviendo.
Alcanzar pretendía
el poblado vulgo inquieto,
que en la infinidad armado
dobló triunfos de soberbio.
Frente por frente el cristal
espacioso campo terso
le dio al agua, que ambiciosa
de tan peregrino centro
hizo puente de jazmines
hasta la nariz, corriendo
por golfos de nieve y flores
lo que hay de la tierra al cielo.
La luz consiguió en sus ojos
evidencias para serlo,
y el sol no tuvo más día
que el que se abrasaba en ellos.
No estaban sus esplendores
a la operación sujetos,
pues sin fatigas de rayos
eran descanso de incendios.
Un Iris bien repartido
sobre aquestos dos luceros
venían a ser las cejas,
que con iguales extremos
si los descubrían vivos
los recataban modestos.
Siendo la vida una llama
que se cuenta por alientos,
y que da en el desengaño
cuanto apuntó en el deseo;
Era muestra de clavel
su boca, que a los pequeños
cándidos dientes tocaba
como números del centro,
con que movidos sus labios
del espíritu del pecho,
eran saeta del alma
con sutil punta de fuego.
Dos suspiros de el Aurora
en sus mejillas se vieron,
tan vivamente inflamados
del martirio del silencio,
que no pudiendo esconder
su hermoso merecimiento,
si el ser suspiros callaron,
el ser rosas me dijeron.
Un nevado sacrificio
de los candores del pecho,
hacia el ídolo del rostro
se articulaba en su cuello;
Víctimas de nieve pura
ofrecían a este intento
sus manos; ¿quién había visto
un sacrificio tan nuevo,
de arder en dos azucenas
diez holocaustos de hielo?
Toda la delicadeza
que cabe en el aire, al tiempo
que en la cuna de esmeralda
mece al jazmín, y al jilguero,
de uno las hojas libando,
de otro las plumas puliendo,
ceñía su talle, en fe
de ser tan sutil misterio,
que la realidad se andaba
sin la distinción del cuerpo.
Esto vi, y no fue lo más
vea mis ojos todo esto,
sino el oír sus palabras,
cuya voz, dulce veneno
bebido sin albedrío,
me halló sin merecimiento,
con que les quitó a mis ansias
la vida de estarla viendo.
Y no solo de sus voces
se labró mi cautiverio;
más noble cadena puso
a mi razón, atendiendo
a sus altas discreciones,
que eslabonando trofeos,
me reprendían con luces
lo que yo dudaba en yerros.
Hablome en fin, mas hablome
de suerte, que no me atrevo
a separar el hechizo
de la integridad del ceño.
¿Cómo, dijo (aquí del labio
huye la voz) indiscreto
Segismundo, (no articula
la lengua lo que pretendo)
juzgas (mis respiraciones
retroceden hacia dentro)
manchar (la acción me ha faltado)
el puro esplendor? (mi aliento
cuanto le oprimo dormido
vuelve a padecer despierto).
¿Cómo presumes manchar
(dijo otra vez) el más bello
origen, que califica
los timbres del Universo?
¿Cómo incurre tu altivez
en el error de los necios
que curan con su ignorancia
la culpa de los discretos?
¿Es falta en las perfecciones
no estar en conocimiento
de todos? ¿es crimen suyo
la impresión de los soberbios?
¿qué virtud, dime, ha tenido
tan merituosa dicha y premio,
que notoria no sea envidia
u ignorada sea desprecio?
En medio de estos errores
te sucede a ti lo mesmo
que aquel que nació sin vista
y en el día más sereno
del abrasador estío
anda por el sol expuesto
a sus rayos, injuriando
con indignos vituperios
a la mayor hermosura
que aman los que más la vieron;
de suerte, que su ignorancia
no sabe huir los incendios,
y la perfección del sol
pasa a ser odio en el ciego.
Esto dijo con airado
semblante; y cuando más lejos
estaban mis turbaciones
de encontrar con los aciertos,
quise responderla, y quise
(¡ay, Aurelio!) a tan mal tiempo,
que huyó con el imposible
para dejarme el deseo.
Desapareció el prodigio,
y yo desperté siguiendo
por las huellas de mi asombro
la imagen de aquel objeto;
de quien no sabré decirte
más de que me tiene preso
su imaginación hermosa
que aún dura en mi pensamiento.
Su nombre ignoro; su origen,
tampoco, ¡ay de mí! penetro;
y la admiración no sabe
componerse con el miedo.
Si te digo que adorando
estoy lo que vi, recelo
añadir a sus rigores
la ocasión de merecerlos.
Si es que deidad la imagino
airada la considero;
si voy a buscar sus aras,
no sé dónde tiene el templo;
si invento algún sacrificio,
¿qué sé yo si es sacrilegio?
Donde a su oráculo busco
a mi confusión encuentro;
mis esperanzas destruyo
en donde su altar asiento;
si es que vuelvo a retirarme
juzgo que a ofenderla vuelvo.
y si salgo al mundo, salgo
al abismo de los riesgos;
este es el dolor, el ansia,
la novedad, el tormento,
el susto, pena y cuidado,
que inquietamente padezco;
esta causa me arrebata,
este es el ardor violento
que me abrasa y precipita,
con tan contrarios efectos,
que de su violencia vivo,
y de su memoria muero.
Tan admirado me deja
Segismundo este suceso
como así el bello milagro
representado en el sueño.
¿Si por ventura será
la que vio, la airada Venus,
que ofendida en la hermosura
vino a castigar desprecios
de este joven obstinado?
Dime, ¿qué discurres de eso?
No alcanzo más que el peligro
grande, en que te considero
si a los dioses no obedeces.
Y ¿cómo ha de ser?
Saliendo
a ver el mundo.
Y si en él
tiene mi aborrecimiento
a las principales causas
que me amenazan, ¿qué puedo
hacer?
Oponer al valor
postrando aquestos recelos.
El odio en mí es influencia.
De las estrellas, es dueño,
con su dirección, el sabio.
¿Quién eligió en lo más bueno
de una prudente quietud
monstruosos desasosiegos?
Quien quiere gloria, y la fama
anda del temor muy lejos.
Conmigo nació el valor.
Sepultarlo es no ejercerlo.
Yo no me niego a las armas,
solo a las mujeres temo;
y bien sé, que es gloria mía
el susto que las confieso.
Tan cortesana es tu ciencia
como engañoso tu miedo.
Con él estoy batallando,
y entre el furor, y el respeto,
la osadía, y el temor,
la duda, y el sufrimiento
en busca de aquella sombra
voy a mi pesar diciendo.
Por la parte que va a entrar oye la voz de Marfisa y se suspende.
Dentro cantan.
Cantad pajarillos.
Cantad pajarillos.
Corred arroyuelos.
Corred arroyuelos.
Respirad claveles.
Respirad claveles.
Inflamad luceros.
Inflamad luceros.
Segunda vez el encanto
mis sentidos va atajando;
siendo la voz
Pajarillos.
Siendo el cristal
Arroyuelos.
Sobre los campos.
Claveles.
Sobre la esfera.
Luceros.
Y todo junto, si a escucharlo vuelve
Voz, cristal, luz y color.
Voz, cristal, luz y color.
Son del dolor primeros elementos.
Son del amor primeros elementos.
Ya te sigo, blando hechizo,
ya me sacas de mi centro,
hacia los jardines voy
a buscarte; ven, Aurelio.
Con pronta obediencia y gusto
tu resolución apruebo.
La voz de Marsisa ha dádote
principio al triunfo, y espero
que Cintia con su hermosura
coronará el vencimiento.
Oígase ya voz suave
repitiendo los últimos acentos
que decían con alma superior:
Voz, cristal, luz y color.
Voz, cristal, luz y color.
Son del dolor primeros elementos.
Son del amor primeros elementos.
Vanse.
Salen Cintia, Garuba y Fila.
Gracias a Baco que un día,
Cintia y Fila, os encontré
fuera de redes y de
el mal de la hidropesía,
que es el agua a quien yo temo;
y gracias a mi fortuna,
que pongo el pie donde es una
la primera sin el remo.
El ejercicio del mar
hoy por Aurelio he dejado;
y el cariño y el cuidado
de ver si le puedo hablar,
a este sitio me han traído
con harto susto (¡ay de mí!),
acordándome que aquí
vi a aquel hombre aborrecido
de mi pensamiento. ¡Ah, Cielos!
quién duda que es Segismundo
si sobre mis iras fundo
la verdad de mis recelos.
Yo creo que no será,
Cintia, el que piensas.
¿Por qué?
No sé si lo acertaré;
mas Garrudo lo dirá,
que me ha dicho en conclusión
que vio al Príncipe, y de modo
es su pintura, que en todo
no es más que una perfección.
¿Él es galán?
Bueno es eso,
a fe mía que lo es tanto,
que el alba entre risa y llanto
por mirarle pierde el seso.
Y los pájaros su canto.
Viste bien según me has dicho;
Tanto en esto se señala
que ningún lindo le iguala.
Su vestido es de capricho
y al uso del sol su gala.
¿Pues su talle?
Hablar del talle
es decirme que lo calle
porque es un vaso gentil
para abrasarse el Abril
y echarse el Mayo en la calle.
¿No dices también marido
que entiende mucho en efecto?
En materia de entendido
si es lo que suena al oído
no puede ser más discreto.
¿Y su brío?
Su valor
del proprio Marte ha heredado,
solo confiesa un temor
que por no ser el menor
viene a ser el más honrado.
Di, ¿qué teme?
No he de oíros
si del Príncipe me habláis
más; pues así me acordáis
odio, rencor y suspiros,
que la memoria me cuesta
de haberle encontrado.
¡Ay Dios!,
hablemos para los dos
lo que a la pintura resta;
porque a mi curiosidad
nada le suena mejor.
Ser un marido hablador
Gila, ¿acaso es novedad?
Mujer, ¿qué quieres de mí?
Que me cuentes lo demás
que viste.
Eso lo sabrás
cuando vayas donde fui.
Ya por saberlo me muero.
Vi un gigante.
¡Ay, no prosigas!
Un tigre.
Nada me digas.
Y un oso.
Ya más no quiero
saber.
Encontré también
sobre una puerta un Platón
puesto en imaginación
de la gala de un desdén.
Ese plato imaginado
mi golosina movió.
Pues de sus ideas, yo
no probé ni aun bocado.
Mucho tarda Aurelio, y siento
el rato que me destierra
del mar.
En agua y en tierra,
en fuego y en viento,
es el amor superior elemento.
¿En agua y en tierra,
en fuego y en viento,
es el amor superior elemento?
¿Quién canta de amor las glorias?
Es Marfisa acompañada
de su voz y de su gusto
con que sola se regala;
saliendo de los jardines
de palacio, hasta aquí pasa
diciendo a la soledad
que sus afectos arrastra.
Sale Marfisa cantando.
En fuego y en viento,
en tierra y en agua,
es el amor elemento del alma.
Ardor ejecutivo,
con la razón que abrasas,
haciéndose el discurso
materia de tus llamas.
Sosiega, descansa,
pues faltarán las vidas si tú les faltas.
Respiración unida
al corazón que inflamas,
y de alientos que oprimes
tus duraciones sacas.
Sosiega, descansa,
porque nadie respira
si tú desmayas.
Firmeza en que se funda
la obligación sagrada
de admitir atenciones
del que noble las paga.
estrecha y enlaza
recíprocos laureles
de la constancia.
fineza en los cristales
de la verdad mirada
que con la nieve del miedo
osadías apaga.
dibuja, retrata
con tu pureza al Cielo
de la esperanza.
Con fuego y en viento,
en tierra y en agua,
es el amor elemento del alma.
Vuelven a entrar sin reparar en ellos.
¡Qué diestramente lo dice!
No es sino error lo que canta.
¿Qué amor, qué elemento puede
tener dominio en las almas?
miente la voz, miente el lauro
y si acaso temeraria
mi duda al eco creyere
miente también mi ignorancia.
Dice bien, y esa mentira
probaré con linda gracia
yo, que también sé cantar
con mi rede, y mi barca.
¿Cuya es la letra?
Sayubo
la compuso en su cabaña.
Será extremada.
Es preciosa.
Ella lo ha de decir.
Vaya.
Mientes, amor,
que no eres ardor,
ni viento, ni tierra, ni agua,
pues ¿qué serás? una fragua
del engaño y del error.
Si quieres decir, Cupido,
que es más que fuego tu acción
porque un pastor tuvo luna
y cierta ninfa mal sol;
mientes, mientes, amor,
pues yo he visto mi noche oscura
y cien hermosuras
sin tanto rigor.
Si de ser viento te precias
por la osadía veloz
que algunos dicen que es pluma
y otros dicen que es arpón;
mientes, mientes, amor,
pues el necio que está enamorado
aún es más pesado
que no su dolor.
Si en las rocas de los montes
haces tu comparación
porque nunca se apartaron
del lugar que tienen hoy,
mientes, mientes, amor,
pues bien sé que ningún miserable
ha sido mudable
y el rico peor.
Si al agua quieres tratarle
su pureza y su canción
por andar con la corriente
del riesgo en adulación.
Mientes, mientes, Amor,
que yo he visto mudar los cristales
las mismas señales
en otro color;
mientes, mientes, Amor,
que no eres ardor,
ni viento, ni tierra, ni agua;
pues ¿qué serás? Una fragua
del engaño y del error.
Mil sales tiene la letra.
Del mar sale y al mar vaya,
que con la merced de Cintia
cualquier golfo será gracia.
De Clorinda y Federico
Venus admita en sus aras
los votos que puso Chipre
en manos de su monarca.
Del templo salen las voces.
Y según veo, ya acaban
la solemnidad; pues todos
salen del templo;
Y su planta
hacia esta parte encaminan.
Huyendo voy.
Tente.
Aguarda.
No me detengáis.
Espera,
que ocultos entre estas ramas
podremos verlos, sin vernos.
Bien dices, pues la distancia
en que tan cerca los miro
no me permite, que salga
de aquí; donde escucharemos
si repiten, cuando pasan.
Salen con la música, el Rey, Federico, soldados,
Clorinda, Astrea y Clavela.
De Clorinda y Federico
Venus admira en sus aras
los votos que puso Chipre
en manos de su Monarca.
Ya de su deidad se ha visto
un prodigio, pues la extraña
y horrorosa obstinación
que Segismundo mostraba
en salir de su retiro
se va haciendo menos ardua
bajando hasta los jardines
donde suspenso quedaba
la variedad contemplando
de flores, que en ellos halla.
¡Oh, quiera amor desmentir
su fiereza imaginada,
y adornar del mayor triunfo
a la pompa de su aljaba!
¡Oh, quiera Venus que encuentre
a aquella hermosa zagala
que tiene en mi pensamiento
el archivo de mis ansias!
Este es Paulino el que dice.
¿El que aborreces con tantas
veras?
El mismo.
Pues mira
cómo estuviste engañada,
que el Príncipe es de Silesia,
y Federico se llama.
No sé en esto qué decirte.
Mejor es no hablar palabra
y confesar que creíste
lo peor.
Sila, atiende y calla.
Mientras estuvo Cupido
de su ceguedad rendido,
y en sí mismo retirado,
por vivir sin cuidado,
no era entendido.
¡Ay qué gracia, qué hechizo,
querer poner sus glorias
en un abismo!
Mientras Venus se escondía
a la claridad del día,
y del sol a los favores
mal logró sus primores
y no crecía.
¡Ay qué gracia tan linda
malquistar perfecciones
de amor nacidas!
Ocultar la inteligencia
sobre la misma evidencia
de una aprehensión conocida,
es error de la vida
contra la ciencia.
¡Ay, qué engaño, qué tema,
proceder de las luces
a las tinieblas!
Canta.
Que la razón se rinda
al examen de la vista,
haciendo al discurso ciego,
apagando aquel fuego
que le conquista!
¡Ay, qué gracia tan linda,
ser discreto el dichoso
que se retira!
A las voces de Marfisa
y de las que la acompañan
en el canto, mucha parte
se debe de esta mudanza;
A todas, señor, nos honras.
Seguid todas mis pisadas,
y entre el verde laberinto
de hiedras, murtas y parras,
repetid acordemente
esa dulce consonancia.
Vanse.
De Clorinda y Federico
Venus admira en sus aras
los votos que puso Chipre
en manos de su monarca.
¿Conque ya el príncipe dicen
que a ver los jardines baja?
¿Y qué tenemos con eso?
Mucho; pues que antes se estaba
con su estudio y con sus libros,
dejando la hoja doblada
a la injuria que nos hizo,
inventando nuestras faltas,
puede ser que alguna vez
cuando se halle más humana
su condición, me halle a mí,
saliendo a ver la campaña,
y vea que mi esquivez
es más que bastante causa
a producir la fiereza
que en todas imaginaba.
¡Lo que me holgara de verle!
¡Lo que de eso me pesara!
¡Ay, que dicen que es perfecto!
Será lisonja ordinaria.
Dilo tú, Payubo, y vuelve
a lo que antes me contabas.
¿Prosigo?
Por vida tuya.
Ítem más, vi una fantasma
con dos clavas por palillos,
y dos Hércules por mazas.
Un sastre con guantes limpios,
dos doctores con espadas,
matándose por saber
el que más cura o más mata.
Vi una sierpe con patines
corriendo sobre la tabla
de los hielos, que por Junio
dio el pozo de una garrafa;
Un dragón con sus antojos,
y sobre todo una araña
Con tonillo.
No prosiga,
que el temor conmigo acaba
al oír.
Sale.
Cintia querida,
¿por qué de mi amor te apartas?
¿Cintia? ¿Sila? ¡Hola! ¿Zambo?
Solo, señor, la esperanza
de verte, aquí me detiene;
y como tanto tardabas,
no creyendo conseguirlo,
afligida y asustada,
me iba al mar, a dar mi llanto
más amargura a sus aguas.
Dame los brazos.
En ellos
todas mis penas se acaban.
Aparte.
Y quieran también los dioses
que algún día tus desgracias
se acaben; si como premio
el retrato y la medalla
con que saliste del mar
dan luz a tus altas causas.
¿Sabes cómo Segismundo
con la música se ablanda
después que en un sueño ha visto
la imagen representada
de una mujer?
¡Ay, Aurelio!,
ya sabes las circunstancias
con que siempre aborrecí
a Segismundo.
Te engañas,
que aunque sientes mal del nombre
van sus prendas apartadas
de ese rencor.
Solo sé
que hasta su nombre me cansa.
Solo sé que sin embargo
de tan mortal repugnancia,
suelen hacer las estrellas
oficio de equivocadas,
y que está tal vez la dicha
en manos de quien la aparta.
La única en mí es la de verte.
Igual fortuna me pagas
con tus ojos. Adiós, Cintia,
que Segismundo me aguarda
en los jardines.
Y a mí
mi afición sobre las aguas.
Ven, Gayubo.
Gila, ven.
Ya obedezco.
Lo que mandas
hago ya; acabóse el cuento.
Ítem más, esta palabra;
vime sin mujer y entonces
no pude ver cosa mala.
Ítem, conjunta persona,
y mi marido en sustancia,
enemigo a todas horas,
el mar es puente de plata.
Vanse Aurelio y Gayubo por una parte, y por otra Cintia y Gileta, y sale Dantes con el retrato de Cintia en la mano.
¿Adónde, Cintia bella,
te ocultas de un zagal, que por su estrella
tan callado te adora
que aun la esperanza su pasión ignora?
Mis ojos mudamente te dijeron
cuando en los montes tu hermosura vieron,
que de tus soles abrasados mueren,
y viven por morir de lo que quieren.
¿Adónde (otra vez digo)
tu desdén enemigo
en alas te ha llevado
de tu contradicción, y mi cuidado?
Al margen de este arroyo cristalino,
que atraviesa con paso peregrino
por los jardines de palacio (¡ah, cielos!,
¡con la memoria crecen mis desvelos!)
gané a un pintor que entonces asistía
en palacio; y en fe de que pendía
mucho si Segismundo le encontraba
retrato de mujer, y le miraba,
me dio esta tabla, que en lugar pequeño
la majestad incluye de mi dueño.
Copia es de Cintia, y lo es tan verdadera
como fino mi amor; mientras espera
mi cuidado a Payubo,
por saber si vio a Cintia, y de ella tuvo
noticias, que por Isla las consigue,
temple el descanso el mal que me persigue,
y al margen del arroyo,
halle mi sueño su florido apoyo.
Vase.
A los pensiles de Chipre
baja el retirado Adonis;
¿cómo suspenden las voces
al que es alma de las flores?
Sale Segismundo.
Sonoro encanto mío,
que hiriéndome la luz del albedrío,
con fuerza apercebida,
compones mi remedio de mi herida;
e impaciente te busca mi sentido,
robado y atraído
de aquesas suspensiones
que dicen a mis vagas propensiones:
A los pensiles de Chipre
baja el retirado Adonis.
Porque llego a gozar esta hermosura
la más fragrante y pura.
¡Oh sitio delicioso,
voz del descanso, lengua del reposo!
Ya mis ojos reparan,
que las fuentes disparan
salvas de abril con munición de nieve;
sediento el jazmín bebe
vivas dulzuras, cándidos desmayos;
no hay flor que a los ensayos
del color no se apague, o no se cobre;
el capillo más pobre
mercedes preciosísimas recibe;
sobre limpio cristal el sol escribe
sus decretos flamantes;
los pájaros amantes
desde el olmo y laurel se arrullan bellos,
puliendo picos y rizando cuellos;
¡ay, hechizo suave!
Esta mi dicha por tu causa sabe,
pues animas y alientas mis temores
repitiendo apacibles tus favores.
Hay música.
¿Cómo suspenden las voces
al que es alma de las flores?
Hace que se inclina a tomar el retrato de Cintia.
Para que de mi estudio
los principios no malogre,
volveré a los elementos,
que en este arroyo que corre
por los jardines, el agua
me dará puras lecciones.
Dime, cristal, ¿quién te guía
a los mares, desde donde
por sendas ocultas vuelves
a nacer fuente en el monte?
¿Quién tu propiedad? Mas, cielos,
no sé qué imagen propone
a mis ojos la corriente,
sobre una tabla; (¡ah, temores!)
¿Qué aguardo que no la saco
del agua? ¡Yo quedé inmóvil!
¿Quién vio tan raro prodigio?
Esta imagen corresponde
a la que me habló en el sueño.
¿Si estoy dormido? Oh, no logre
despertar en tanta dicha,
¡quien duerme y la reconoce!
Con la diferencia que esta
beldad, o deidad la nombre,
o cuidado universal
del estudio de los dioses,
sin el ceño de sus iras,
a mi confusión responde.
Sol, que en cuna de cristales
muriendo tus arreboles
el mejor día de un siglo
a estos jardines pregones,
más bien por ti repitieran
aquellas primeras voces:
A los pensiles de Chipre
baja el venerado Adonis.
Bella Aurora que me sacas
de las sombras de la noche,
desatando muchos sustos
con un clavel que recoges,
a tu albor dirá el acento
con ventajas superiores:
Como a las rosas abrasa
el que es alma de las flores,
Sale Danteo y se queda al paño.
Siguiendo, ¡ay de mí infelice!
este arroyo, llegué adonde
vea si puedo encontrar
lo que en un sueño (perdone
Cintia) he perdido, ¡ay retrato
donde están tus perfecciones!
mas aquí está Segismundo
y es imposible que cobre
mi prenda amada, hasta tanto
que mi suerte se mejore.
Y con aqueste cuidado
voy por donde el agua corre
hacia el mar; en cuyas ondas
sepulcro mi vida escoge.
¡Ay, dulce encanto!
¡Ay, dolor!
La voz al cristal socorre,
mi admiración al hechizo
y la luz a mis colores.
Con que de cuatro elementos
unidamente conformes,
voz, cristal, luz y color,
mi nuevo amor se compone.
Lince seré de las aguas.
Viviré con tus ardores.
Diciendo con mis pesares.
Diciendo con mis pasiones.
Dónde te ocultas, sol, dónde te ocultas.
Dónde naces, oh luz, dónde te pones.
Fin de la segunda jornada.
Música. Sobre un altar de rosas coloca Segismundo el ídolo primero, de su mejor estudio. Sale Gileta cantando.
Mi barquilla se queda en la arena,
¡ay, ay, ay de mi pena!,
y yo vengo volando,
diciendo y cantando,
que el Ídolo primero
del Príncipe severo
en hora buena tenga
el célebre altar que a su culto convenga,
de rosas y flores,
a cuyos primores
ofrezca el vergel
el sabio pincel
de la primavera
si dicen que es sabio porque no venera
a las que están en la especie de rosas
y tienen de hermosas
la gloria mayor?
Si esconde su amor
o vive sin él
su pecho cruel
espere de Venus el alto castigo;
pero, ¿qué, qué digo?
que, según me ha pintado Gárulo,
el Príncipe estuvo
bien hallado con sus perfecciones,
y en las atenciones
del docto saber
ni nos quiere oír,
ni nos quiere ver.
Mas, pues Cintia me espera
del mar en la ribera,
y miraré veloz a este arroyuelo
mientras diré el fervor contra su hielo.
Sobre un altar de rosas
coloca Segismundo
el Ídolo primero,
de su mejor estudio.
Sale Segismundo con el retrato de Cintia.
Deidad cuyo nombre ignoro,
aunque según lo discurro
con que te llame Deidad
el más propio te atribuyo;
¿hasta cuándo tu silencio
ha de alimentar mi susto
temiendo que el labio rompas
contra errores que pronuncio?
Decirte que entre las flores
eres el astro más puro,
y que la vida de todas
depende de tus influjos;
que presidiendo a los astros
eres flor de tan buen gusto,
que a la Aurora das candores
y al sol estímulos rubios;
que azucena resplandeces,
y que floreces carbunclo,
sustituyendo excepciones
de luz, y olor, piedra, y humo.
Y en fin decir que eres centro
de la perfección del mundo,
y que todo lo admirable
es línea de aqueste punto,
es corta frase, es vulgar
elocuencia, es un confuso
hablar, en que va el respeto
arriesgado a ser insulto.
Y finalmente es error
en que tropezaron muchos
queriendo que su capricho
dé todo el valor al culto.
¿Hasta cuándo (haciendo bulto)
sagrado prodigio sumo,
en ti has de observar hermoso
lo que en mí conquistas mudo?
De ti he preguntado a Anteo
para poder más seguro
venir en inteligencia
del modo de hacerme tuyo.
Mas él con tanto misterio
responde cauto y astuto,
que solo de su respuesta
por indicios conjeturo,
que eres Deidad de los mares,
y que en tus ondas, recurso
halla tu desdén, riendo
de los hombres, y del Mundo.
¿Si serás aquel Cupido
que en aquestos mares tuvo
su origen según refieren?
¿Si serás más absoluto
que el mismo Amor? ¿si serás
alguna Ninfa pregunto?
O, ¿serás Mujer? mas ¿cómo
agravio tus atributos?
¡Mujer dije! ¡oh error bien grande!
¡Mujer! ¡Oh, crimen injusto!
¿Cómo cabe que ser puedas
aquello en que yo te injurio?
¡Mas hay que por otra parte
hago no sé qué discursos
que aborrecen lo que ignoro,
y adoran lo que descubro!
¡Su templo en estos pensiles
de muchas vidas construyo,
al compás de aquellas voces
que a mi oído el aire trujo!
Sobre un altar de rosas
coloca Segismundo
el ídolo primero
de su mejor estudio.
Mas por entre aquellos mirtos
he descubierto a Garubo,
y me dirá cuanto sepa.
Sale Garubo.
Dame, grande Segismundo,
tu pie para que le bese
quien de puro alegre y puro
contento, está en suma gloria,
viéndote fuera del uso
de estarte siempre encerrado
en un gabinete oscuro.
Ya echaba menos tu genio
que es sazonado y agudo.
No es envidioso en los pocos,
ni malignante en los muchos,
que ya es una parte buena
con que las malas disculpo.
Una pregunta que hacerte
tengo.
Aparte.
Por Baco que juzgo
que va a pedirme otras coplas,
y mi ingenio casquivano
no siempre ha de hallar las Musas
declinables por su gusto.
Sáqueme Pan de este aprieto
con algún fauno nocturno.
Mira que has de hablar verdad
en lo que yo te pregunto.
Aparte.
Esto es hecho: ¡ay, Gila mía!,
el matrimonio renuncio;
más que me manda empalar
¿si el que soy marido supo?
Señor, sí, cuando, en efecto,
la musa Uraña el enturbio
de la fuente.
¿De qué, dime,
te turbaste?
Aparte.
Es que soy rudo,
y en hablando de las fuentes
como un bendito me turbo.
Gileta, lo dicho dicho,
hacerme cartujano juro.
Nada temas; y responde
si conoces este asumpto
del sutil pincel, y aqueste
retrato.
Enséñale el retrato.
Aparte.
¡Dioses! ¿Quién pudo
darle de Cintia el retrato?
¡Perdido estoy de confuso!
No me niegues la verdad.
Con la misma te aseguro
que es de Cintia.
¿De Diana?
No digas más, pues arguyo
de su verdad la de Aurelio;
cuando a la luna no dudo
que Diana muchos la llaman,
y otros Cintia, y que su influjo
domina sobre los mares;
¡oh, sacra deidad! Ya acudo
con la adoración y el voto
a tu imagen, que dispuso
ser la primera entre tantas
tutelar mía.
Aparte.
¡Qué escucho!
¡Quién vio tan raro capricho!
Señor, pues a mí me cupo
la ocasión de hablar de veras,
como muy hombre, y maduro,
debo decirte, que aquesta
Cintia, no es de plenilunio,
de traílla ni lebreles,
es una zagala ad summum
criada en aquestos montes.
e hija de Aurelio, que.
El curso
de tus palabras suspende,
cierra tus labios impuro,
villano insolente; ¿cómo
profanar intentas uno
de los ídolos mayores
que el cielo en mi mano puso?
¡Ay, Gayubo, por tu vida
no daré dos almendrucos!
Señor, yo, Cintia, Sileva;
a Dios, ya me veo incurso
en el matrimonio.
Calla,
vete de aquí.
Ya me escurro
con tanto miedo, que paro
más allá de lo que sudo.
Vete presto; mas espera;
¡ay de mí, que miro juntos
dos opuestos!
¿En un potro
me manda poner?
Pregunto:
¿esa Cintia es tan perfecta
como este retrato suyo?
Pese a Caco, tanto dista
su beldad de este dibujo
cuanto va de mí a tu Alteza;
¿Qué dices?
nada la adulo;
no hay rosa en estos jardines
que la imite en lo purpúreo,
ni azucena, que su nieve
no la rinda por tributo,
no hay jazmín tan apacible,
ni clavel tan rubicundo;
toda es un dije de flores,
del alba un melindre puro,
escollo de la esperanza,
y de el deseo sepulcro
celestial, en donde paran
sus imposibles futuros,
los pasados, y presentes
en suceso, y en anuncio;