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digitanler Text von Los elementos de anmor: voz, cristanl, luz y color

Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Los elementos de amor: voz, cristal, luz y color. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/los-elementos-de-amor-voz-cristal-luz-y-color.

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LOS ELEMENTOS DE AMOR: VOZ, CRISTAL, LUZ Y COLOR

Stanrt

Jornada primera

Pang. 1

Vy 808 fe papeles ++ Libr. Calderón

Personas

Segismundo.

Cintia, zagala.

Federico, príncipe de Silesia.

Clorinda, princesa de Tracia.

El rey de Chipre, barba.

Astrea, dama.

Aurelio, segundo barba.

Clavela, dama.

Danteo, zagal.

Marfisa, sacerdotisa.

Garulo, villano.

Gileta, villana.

Dentro.

Gileta.

¡Xo, pollina!

Garulo.

¡Xo, maldita!

Voces.

¡Jo, jo, al monte!

Pang. 2

Otras.

Ataja, ataja,

que la fiera al valle baja.

Gileta.

El miedo el abra me quita.

Garulo.

Y a mí el hambre de la boca.

A otra parte Cintia.

Cintia.

Sacad las redes del Mar,

y el barco podéis atar

a ese tronco, que a esa roca

da corona de esmeralda.

Voces.

Hacia aquí el monstruo se inclina.

Salen Gileta y Garubo, que traerá una cesta.

Garulo.

¡Ay, mi Cesta!

Gileta.

¡Ay, mi Pollina!

Voces.

Al llano.

Otras.

Al Monte.

Otras.

A la falda.

Garulo.

Yo de miedo estó abortando.

Gileta.

Y yo mal guisada estoy.

Garulo.

Mujer, ¿sabes dónde voy?

Gileta.

¿Sabes dónde estó, Marido?

Garulo.

Gila, ¿qué desdicha es esta?

Gileta.

No me hables, Garubo, nada,

que ya es mi vida acabada;

¡ay, mi Pollina!

Garulo.

¡Ay, mi Cesta!

Voces.

Al Mar se arrojó la fiera.

Los dos.

Buenas nuevas me dé Dios.

Garulo.

¿Estamos solos los dos?

Gileta.

¿Por qué lo dices?

Pang. 3

Garulo.

Quisiera

decirte una novedad

sin que tú me la persuadas

ni gastar tiempo.

Gileta.

No dudes

mi grande curiosidad.

Garulo.

¿Ese palacio no ves

con una cerca tamaña

que del mar y la montaña

besa la falda y los pies?

Gileta.

Sí, veo.

Garulo.

Pues mira, en él,

Aurelio, un hombre mayor,

que es gentil razonador,

me ha dicho que vive aquel

príncipe, que a las mujeres

nunca quiso hablar, ni ver,

ni oír;

Gileta.

Bien podré creer

cuanto en esto me dijeres,

pues las zagalas hermosas

murmuran del mal pergeño

de tan retirado dueño;

Garulo.

Pues paso a mayores cosas.

Dicen que es joven, galán,

valiente y de gran caletre,

no hay arte que no penetre;

armas y libros le dan

un placer bien repartido

con la noche y con el día,

y, en fin, tanto desconfía

de veros, que persuadido

vive en que es cada mujer

un basilisco, un dragón,

Pang. 4

Garulo.

y a ser todas como son

las Gilas, no hay más que ver;

su opinión es muy prudente,

y conmigo igual se copia,

pues por Gila, y mujer propia

eres dos veces serpiente.

Gileta.

Nada de eso te barrunto.

Garulo.

Dices bien, voy a mi cuento,

y sabe que mi talento

hoy va subiendo de punto.

Pues el viejo Aurelio quiere

que yo al Príncipe divierta,

y me manda que a esta puerta

que sale al monte le espere.

Esta novedad me da

que pensar en mi fortuna

que en fin cualquiera, o ninguna

igual para mí será,

como yo sin ti me vea

que es lo que el alma me anuda.

Costumbres la suerte muda,

dame un abrazo, y no sea

mujer, tu llanto debido

una ría respaldada.

Gileta.

¡Ay Gila desventurada

que hoy pierdes a tu marido!

Garulo.

Vete en paz.

Gileta.

Mas antes quiero

parlarte un cuento segundo

después del de Segismundo,

ese Príncipe severo.

Garulo.

¿Es muy largo?

Gileta.

Es prevención

para entendernos después.

Pang. 5

Garulo.

Según pienso, esto es

excusar la relación

a los galanes.

Gileta.

En fin,

¿conoces a Cintia?

Garulo.

que es una azucena en pie

en Chipre, selva y jardín.

Gileta.

Pues en la aldea aseguran

que de Aurelio es hija bella;

ella dice que su estrella

no es tanta; y si más la apuran

las sacerdotisas, que

al Templo de la gran Diosa

asisten, muy misteriosa

responde que no les dé

su vida ningún cuidado,

pues corre a cuenta del Cielo.

Garulo.

Hasta aquí tengo el consuelo

de saber cuanto has hablado.

Gileta.

Voy a que su inclinación

la lleva al mar, de tal suerte

que en la borrasca más fuerte

no perdona su afición

al barco, ni a la red, y

de zagalas asistida

en la pesca divertida

más de dos veces la vi

feriando a Venus albores

y al Amor nuevos despojos,

siendo la luz de sus ojos

fragua de muchos amores.

Dicen que cierto pintor

Pang. 6

Gileta.

muy preciado de sotil,

viendo un día del Abril

salir del mar esta flor,

quiso copiar su belleza,

y en fin consiguió un retrato

que a pesar de su recato

le hurtó a la naturaleza.

Cintia, pues, hoy me mandó

que la asistiere también,

con que en el mal, o en el bien,

marido, te imito yo.

Trepando por la colina

me encaminé a la ribera,

hubo susto;

Garulo.

Y hubo fiera.

¡Ay, mi cesta!

Gileta.

¡Ay, mi pollina!

¡que la he perdido!

Garulo.

Y yo y todo

la merienda que traía.

Gileta.

¡Ay, ruina del alma mía!

Don Aurelio.

¿Gayubo?

Garulo.

El último modo

de despedirnos es este,

pues Aurelio es quien me llama.

Doña Cintia.

¿Laura, Gila?

Gileta.

Y de mi ama

esta es la voz.

Garulo.

Hoy me preste

cualquier pájaro, dos plumas.

Gileta.

A mí, sus alas.

Los dos.

¡Adiós!

Pang. 7

Al irse a entrar, sale Aurelio por la parte de Gayubo, y Cintia por la de Ygla.

Cintia.

Con las espumas

y las redes batallando

estuve; pero aquí veo

a Aurelio; ¿Señor?

Aurelio.

Tu empleo

bella Cintia contemplando

estoy con toda atención,

y recelo que en el mar

has de venir a arriesgar

tu admirable perfección.

Verte gustosa quisiera

mas no arriesgada; y en fin

habiendo monte y jardín

donde la caza te espera,

y te convidan las flores

pudieras dejar tal vez

a la inconstante altivez

el monstruo de los horrores.

Garulo.

Dice muy bien su merced

que el agua es cosa pesada,

y donde está el vino, nada

alegra sino la red

de Baco que hacen las vides

con racimos anudados.

Gileta.

Y aun por eso tus pescados

son lobos.

Aurelio.

Cintia, en las lides

de la mayor competencia

hoy tu hermosura ha de hacer

Pang. 8

Aurelio.

aquel triunfo que ha de ser

fama, decoro y esencia

de tu sexo.

Cintia.

Di tu intento.

Aurelio.

Del Príncipe Segismundo

sabes la fama que el mundo

celebra como portento.

El pecho apenas dejó

de su madre afligida

cuando por guardar la vida

tierna libertad perdió.

Hasta sus catorce años

vio el Rey en su estrella impía

un mortal riesgo en que hacía

esfuerzo de sus engaños

una mujer: con que aquí

me mandó que le criase

y le escondiese y guardase

de ver mujeres; y mis

desvelos y gran asistencia

en guardarle habrán hecho,

que en su cerrado pecho

añadiese a la prevención

una tan rara aversión,

que aunque el Rey ha procurado

en dos veces que aquí ha estado,

llevarle con la razón

de ver su Corte; hizo tales

extremos en sentimiento

que el Rey cedió a lo violento

sus afectos naturales.

Que vuelve me avisa ahora

Su Majestad, y me ordena,

Pang. 9

Aurelio.

que en alguna industria buena

discurras, por si mejoras

Segismundo su extrañeza

tan dura como obstinada;

y viendo, Cintia, adornada

de mil gracias tu belleza,

paso a suplicarte, que

con Morfea, cuyo canto

más que dulzura, es encanto

de aquestas selvas, y de

los mares, procures sabia

atraer un corazón

que absoluto en su opinión

a las mujeres agravia;

con eso empeñarla arguyo,

por si su beldad consigue

que el astro que la persigue

reforme el aspecto suyo.

¿Qué dices, Cintia?

Cintia.

Señor,

ya que responderte es fuerza,

sin desairar el cariño

que como padre me muestras,

digo que ese retirado

Príncipe, de quien me cuentas

la historia, tiene en mi pecho

condiciones tan opuestas,

que aborrezco hasta su nombre,

de suerte que aunque parezca

que quien estudia un olvido

de su memoria se acuerda,

Pang. 10

Cintia.

Yo sin acordarme dél,

estudio con diligencia,

no el olvido de su nombre,

sino el odio que me cuesta.

Yo por las mujeres todas

dejo airosa y satisfecha

nuestra gloria, pues si él juzga,

que va con la especie nuestra

la monstruosidad unida,

y librada la fiereza,

yo discurro, que él será

toda la agregada esencia

de cuantas monstruosidades

da el género de las fieras.

Si es sabio (que en mi sentir

es negado el que lo sea,

porque la inhumanidad

va muy lejos de la ciencia).

Si es valiente (que lo dudo;

pues es cobarde bajeza

que aborrezca a las mujeres,

y que sin amor las tema).

Estése muy en buen hora

con sus armas y sus letras,

conquistando dictados,

y observando sutilezas,

que todo es error, y nada

es tanto, como la ofensa

que se hace a sí mismo, en todas

las que agravia su soberbia.

Sea, como el mundo dice,

galán, entendido sea

Pang. 11

Cintia.

como afirman, y ninguno

tan amables partes tenga

como las que en él concurren;

que todas aquestas prendas

hacen mayor nuestra injuria,

pues nos juzga indignas de ellas

su presunción; que en la altiva

máquina de sus ideas

no es tanto lo que nos honra,

cuanto lo que infiel nos niega.

Ese príncipe discreto

experiméntese en diversas

artes; en la óptica solo

descubra sombras funestas;

en la aritmética sume

los errores que no cuenta;

en la música su oído

falsas disonancias tenga;

las líneas de la pintura

sus borrones oscurezcan;

de la arquitectura noble

destruya constantes reglas;

y, en fin, sus varios influjos

investigue a las estrellas,

que en luz, número, sonido,

color, fábrica y esfera,

si de nosotras se aparta,

con la ignorancia se queda,

pues funda sus discreciones

en juzgarnos indiscretas.

Estas en mí son las causas

de aborrecerle, y sin estas

Pang. 12

Cintia.

Hay otras que si las busco

alguna razón primera

no las alcanzo, y serán,

a lo que entiendo, de aquellas

que llaman antipatías

los que las experimentan;

Con esto Aurelio te digo

el motivo que me lleva

a la diversión del Mar

dejando Jardín, y selva,

pues en selva, y en Jardín

es más dable el que pudiera

ver a un hombre de quien huyo,

que no en la Mar, pues no piensa

en irse a arriesgar al agua

el que nos teme en la tierra.

Habite ese Alcázar sumo

Cuya docta grandeza

Corinto envidia; no trate

sino robustas, y feas

estatuas de Marte airado;

de Prometeo en su adversa

Fortuna, y del castigado

Ixión con la amarga rueda,

que con estas diversiones

y no saber que hay bellezas,

tiene andado cuanto puede

pedir una vida necia.

Y no solo no hacer pienso,

Aurelio, lo que me ordenas,

aunque tu amor me lo culpe,

y mi obligación lo sienta,

sino que desde hoy me empeño

en añadir artes nuevas

Pang. 13

Cintia.

para aborrecerle más,

huyendo con diligencia

de este sitio, aunque los mares

den sepulcro a mi tragedia,

y pirámides de nieve

apaguen odios de un Etna.

Aparte.

Aurelio.

Quién ha visto (¡ay de mí!) dos

opuestos sobre una misma

causa de no amar, ni vea

el fin con que se aborrezcan!

Mas si hay influjos distantes,

¡qué mucho que no anden cerca

la razón que los malquista,

ni el porqué los diferencia!

Gayubo hablando con Gila aparte.

Garulo.

Por Pan que lo parló Cintia

como una Siringa.

Gileta.

Es bella,

y aun por eso tan vana

como cantan en la aldea.

Aurelio.

Cintia famosa, no creí

que pesadumbre te diera

mi proposición; mas viendo

que ofendida la desprecias,

con tal ardor que parece

que el misterio de tu estrella

o se manifiesta en rayos,

o se descubre en pavesas,

digo que yo no pretendo

disgustarte, pues no fueran

magisterios del cariño

preceptos de la violencia;

y así en buen hora prosigue

las peregrinas tareas.

Pang. 14

Aparte.

Aurelio.

de tu barquilla en las ondas

y tus redes en la arena,

con calidad que a mi amor

no siempre pendiente tengas

de aquel susto que los mares

por su inconstancia se llevan;

no me admiro de que Cintia

a esta diversión se mueva,

pues como segunda Venus

es hija de una tormenta.

Cintia.

Padre y señor, que este nombre

debo darte, pues te cuesta

mi vida el mismo cuidado

que si realmente lo fueras,

larga edad y dichas sumas

te dé el Cielo, pues me dejas

libre con mi repugnancia,

y esclava con mi obediencia.

Aurelio.

Vete en paz, que ya la hora

de ver al Príncipe llega,

y no puedo decir más

sino que temples tu idea,

y pienses que Segismundo

no es el mismo que tú piensas.

Cintia.

Creo, Aurelio, lo que dices,

mas no será bien que crea,

que quien solo a sí se estima

nada conmigo merezca.

A Dios, señor.

Aurelio.

El gran Jove

guarde tu vida.

Vase.

Cintia.

Fileta,

ven conmigo.

Gileta.

El dios Neptuno

Pang. 15

Gileta.

nos depare buena pesca.

Vase.

Garulo.

¿Qué más lance, si tú vas

con tu cara de lamprea?

Aurelio.

Gayubo, una prevención

tengo que hacerte, cuando entras

a ver al príncipe.

Garulo.

¿Y es,

señor?

Aurelio.

Que no te acontezca

jamás el nombrar ninguna

mujer, porque su paciencia,

aunque de burlas te escuche,

ha de indignarse de veras.

Garulo.

Si hay algún dios de memoria

o alguna diosa de lengua,

bien pueden andar conmigo

ten con ten.

Aurelio.

Sigue y no temas.

Garulo.

Temo y sigo, por hacer

dos cosas en una mesma.

Vanse.

Dentro voces.

¡Amaina, amaina!

Otra.

¡Echad presto

el áncora!

Otra.

¡A tierra, a tierra!

Vuelven a salir por la parte contraria Aurelio y Gayubo.

Aurelio.

El cuarto de Segismundo

es este;

Garulo.

Y que abren la puerta

dice el ruido de una llave;

Ruido de abrir puerta.

Aurelio.

Él es.

Garulo.

El cuerpo me tiembla

de temor de no nombrarle

Pang. 16

Garulo.

a ninguna de las ellas...

Abriendo una puerta, saldrá Segismundo.

Segismundo.

¿Aurelio?

Aurelio.

¿Señor?

Segismundo.

¿Quién viene

contigo?

Aurelio.

Porque a tu Alteza,

con su candidez sencilla,

este villano entretenga,

le traigo.

Segismundo.

Yo te lo estimo.

Aurelio.

A besar la mano llega

a su Alteza.

Garulo.

Donde hay pies,

yo no quiero besar esas,

sino estotros, y con ellos

Dios me trajo bien en dereza.

Gran Señor, a darte gusto

mi buen humor y simpleza,

mal labrada y bien nacida,

te suplico que me tengas

en tu gracia.

Segismundo.

Ea, levanta.

aparte

Garulo.

Por Dios que su gentileza

es extremada, y su modo

no es como lo considera

Cintia: ¡oh quién pudiera hablar!

mas, ¿hay lengua más quieta

con las voces femeninas,

aunque te pases a neutra?

Segismundo.

¿Cómo te llamas?

Garulo.

Gayubo.

Pang. 17

Garulo.

árbol, señor, que más señas

a quien le dio el verde gajo

su proprio nombre en las sierras.

Segismundo.

¿En qué te ejercitas?

Garulo.

Tengo

mi ganadito, y mis yeguas,

y en este cuidado proprio

consiste toda mi hacienda.

Segismundo.

¡Feliz tú, que por ti mismo

haces rica a tu pobreza!

¡Qué bien dice aquel que afirma,

que por humilde que sea

la conversación, desnuda

de lisonjas, aprovecha!

¿Qué habilidad tienes?

Aparte.

Garulo.

Hice

algún tiempo coplas sueltas

cuando estuve enamorado.

Endemoniado dijeras

más bien; no lo eché a perder.

Segismundo.

¿De quién?

Garulo.

Si mucho me aprieta,

temo que han de entrar aquí

los versos de Gila y Menga.

Señor, yo me enamoré

para poder ser Poeta

de una Musa medio Urraca

tía por parte de abuela

de un Dios que se llama Momo

a quien todo se lo cuenta.

Gila en Telamón, y Pila

tan linda en una gatera,

que cierto Sátiro ciego

Pang. 18

Garulo.

Olvidado de ser bestia

como un ingenio puro

con cien coplas de la legua,

que me fui como un perdido

buscando de peña en peña

a la fuente Cabalina,

donde dicen que por fuerza

asisten las nueve hermanas,

que beban, o que no beban;

y a la verdad, que no fue

en mí la menor fineza

andarme a ojeo de fuentes

siendo el agua mi culebra.

En fin, no pude encontrarla

y viendo mis diligencias

burladas, como son todas

las que en las musas se emplean,

al pie de un árbol sin fruto

que dicen que tiene ingrata

a una Ninfa como un tronco,

y aun deidad como corteza,

hice estos versos, que en dúo

cantaron tres garzas nuevas.

¡Oh, musa siempre Urraca,

no vista de Garubo, y de él querida,

si estás en la montaña

en una de sus fuentes convertida,

torceré mi camino,

que yo no busco a el agua, sino al vino.

Segismundo.

Buen humor gastas.

Garulo.

Señor,

no hay médicos en la aldea

Pang. 19

Garulo.

Con que a tiempo me aplico

lo que estos nunca recelan.

Segismundo.

Aurelio.

Aurelio.

¿Qué es lo que mandas?

Aparte.

Segismundo.

Que los dos os salgáis fuera

y me dejéis con mis libros;

mejor diré con mis penas,

pues mi padre me ha avisado

que viene, y llevarme intenta

a Córcega; ¡ay de mí, infeliz!

¡qué de pesares me esperan!

Aparte.

Aurelio.

Ya, señor, te obedecemos;

ven, Garubo, oh, Venus bella

de este corazón de mármol

saca un tributo de cera.

Vanse los dos.

Garulo.

Mi musa me sacó en paz,

del escollo de las hembras;

mas si otra vez me pregunta,

cuidado con las respuestas.

Segismundo.

Soberano estudio mío,

con que labro dos diademas,

una de intactas virtudes,

y otra de gloriosas ciencias,

a ti vuelve un peregrino

que pocas horas te deja

sin adorar la memoria

de tu variedad inmensa;

tu umbral saludo, y rendido

vengo a fijar en tus puertas

la primera tabla rasa;

que así llaman la primera

razón del hombre los sabios,

Pang. 20

Segismundo.

cuando aun todavía en ella

nada dibujó el estudio,

el arte, ni la prudencia;

Con benignidad recibe

mi aplicación, y por prenda

a un entendimiento amante

de finas inteligencias.

Hoy ha de ser mi ejercicio

discurrir en la materia

de los elementos, que

componen con diferencia

a todas las entidades

sublunares, sin que pueda

haber compuesto ninguno

que de los cuatro no tenga

la calidad que le toca,

consistiendo en su perpetua

lucha, y fuerte oposición

del compuesto la coexistencia;

de suerte, que cuando falta

aquesta precisa guerra,

o porque algún elemento

cedió a los demás sus fuerzas,

o porque hicieron los cuatro

paces con su resistencia,

es en el compuesto ruina

lo que en ellos falsa tregua.

Y siendo en los animados

la respiración abierta

el comercio de la vida,

y recíproca asistencia

de los alientos de adentro,

Pang. 21

Suena Clarín

Segismundo.

y beneficios de afuera,

trataré primeramente,

del aire: pero ¡qué seña

dando al viento lo que es suyo

me veda la quietud atenta!

A otra parte instrumentos; y canta Marfisa =

Canta Marfisa.

Allá caminas, voz, donde no llegan

los suspiros de amor, plumas, ni flechas.

Clarín.

Instrumentos.

Segismundo.

¡Qué dulce rasgo del viento

mis atenciones penetra,

y en breves cláusulas pone

tanta cifra de ternezas!

O se engañan mis oídos,

o en ellos el aire engendra

un nuevo elemento de

condiciones tan opuestas,

que aquí lo que hiela, inflama,

y allí lo que alivia, quema;

diciendo en la confusión

de mi propia indiferencia:

Canta Marfisa y el repite.

Allá caminas, voz, etc. =

Clarín.

saca la espada =

Segismundo.

Tú que impeles, tú que obligas,

tú que mandas, tú que fuerzas,

con el generoso ruido,

con la racional cadencia,

al valor que perfeccionas,

y al espíritu que elevas,

¿quién eres? pero parece

que las armas me aconsejan

que a tu estrépito pregunte

todo lo que cabe en ellas.

Pang. 22

Segismundo.

Ya te sigo, espera, aguarda.

Va a entrarse y con la voz de Marfisa y los instrumentos se detiene.

Marfisa.

Allá caminas, voz, donde no llegan

los suspiros de amor, plumas, ni flechas.

Segismundo.

Una calidad contraria

hija de una causa mesma,

pues el aire que te trae

es el que de aquí te lleva.

¿Quién eres? Pero arrojemos

en borrasca tan derecha

al viento algunos peligros

por salvar los que me esperan.

Clarín.

Corazón al arma.

Música.

Al arma.

Segismundo.

Viva mi albedrío.

Música.

Guerra.

Segismundo.

Voy a buscar dos principios

que es preciso que me muevan,

Clarín.

El uno bélico.

Música.

Alarma.

Segismundo.

Y el otro halagüeño.

Música.

Guerra.

Segismundo.

Una furia me arrebata;

un halago me despeña,

Guerra.

Clarín, Música.

Guerra.

Segismundo.

Alarma.

Música.

Alarma;

Viva el amor.

Segismundo.

Todos mueran.

Va a entrarse como furioso con la espada desnuda, y le detiene el Rey que sale con Aurelio.

Pang. 23

Rey.

Hijo, ¿cómo de esta suerte

me recibes? ¿Qué furor

es este?

Segismundo.

Padre y señor,

cobré mi sosiego al verte;

a tus pies mis dichas viven.

Rey.

¿Qué violentos embarazos

te apartaban de mis brazos?

Segismundo.

Cuando en ellos me recibes,

y me honra tu Majestad

con tanto exceso, no son

los ecos de mi aprehensión

voces de esta realidad.

Seas, señor, bien venido

adonde mi rendimiento

logre en la ocasión de atento

las muestras de agradecido.

¿Su Majestad cómo viene?

Rey.

Bueno; y mejor volveré,

si de ti consigo, el que

hagas lo que más conviene

a mi estado, y tu persona;

Segismundo.

No sé si estará en mi mano

buscar un riesgo tirano.

Rey.

Cesó el riesgo; y la corona

te llama a una obligación

de tan estrecha entidad,

que hacia ella, tu voluntad

no nació con elección.

Por ley de las gentes queda

probada y establecida,

siendo incapaz una vida

de agraviarse en lo que hereda.

En manos de un soberano

Pang. 24

Aparte.

Rey.

ponen los dioses la ley,

mas no podrás como rey

negar al cielo tu mano.

El cetro heredar de Cupido,

que yo dejo en ti desde hoy,

mira si en lo que te doy

con libertad has nacido.

Extraña es su obstinación,

y creo que habrán de ser

la violencia y el poder

mi última resolución.

Yo dispuse el que Marfisa

en los jardines entrase

y que con otras cantase;

mientras del clarín le avisa

el eco por otra parte;

y he visto que su fuerza

confunde el blando rumor

con el estruendo de Marte.

¿Qué respondes, Segismundo?

Torna el clarín.

Segismundo.

Señor, que si solo hubiera

en el mundo la primera

parte, que escuché del mundo,

esto es aquel instrumento

que antes sonaba en mi oído:

(mas ya vuelve repetido)

saliera alegre y contento

a emprender sobre la tierra

mil generosas hazañas;

pero cuando en sus campañas

oigo otra voz.

Música.

Arma, guerra.

Marfisa.

Allá caminas, voz, donde no llegan

los suspiros de amor, plumas, ni flechas.

Pang. 25

Segismundo.

El vago sutil estruendo

me regala y me recrea,

y aunque penetrar desea

el alma lo que no entiendo

con mi ignorancia profunda;

ir, y quedarme quisiera

con mi espada, a la primera,

y sin alma, a la segunda.

Rey.

¿Qué resuelves?

Segismundo.

Obediente

tus órdenes cumpliré,

pero te suplico que

en la confusión presente

me permitas retirarme,

y que me dejes pensar

en el último pesar

a que he de sacrificarme.

Al Rey.

Aurelio.

Señor, yo de mi sentir

por ahora le dejara

hasta que se serenara

de lo que ha llegado a oír.

Aparte.

Rey.

Su consejo es muy prudente,

pues si mi instancia le irrita,

el callarla no me quita

que después más bien la intente.

Hijo, ven donde yo vea

tus estudios liberales,

y las artes principales

en que tu ingenio se emplea.

Venus ablanda este pecho.

Aparte.

Aurelio.

Y a Cintia el amor también,

que es archivo del desdén,

de contrariedades hecho.

Aparte.

Segismundo.

Ya te obedezco, señor,

¡oh voz, oh nuevo elemento!

Pang. 26

Segismundo.

si no caes en el viento,

dónde irás con mi temor?

Vanse.

Dentro Música.

El templo saludemos

de la Deidad hermosa

que es Madre de las llamas,

y es hija de las ondas.

Dentro Clorinda.

Componed Himnos a Venus

porque su piedad nos oiga.

A otra parte Cintia.

Echad al mar el barquillo

en que mis iras se engolfan.

Dentro Federico.

Aguarda, prodigio bello,

espera veloz lisonja

del martirio que me dejas,

y del alma que me robas.

Oye, atiende.

Sale Cintia, y siguiéndola Federico.

Aparte.

Cintia.

No me sigas,

repara tu acción, y cobra

con una atención debida

una enemistad forzosa.

Dioses, ¿si este es Segismundo?

mas hay que la duda sobra

para que el odio castigue

contingencias de su sombra.

Federico.

Perfectísima Zagala,

la primera vez que logra

vea tu esplendor quien lo admira,

y tu Cielo quien lo adora.

Aparte.

Cintia.

¿Qué más claro ha de decirlo?

este es el Príncipe.

Federico.

Todas

tus iras, no es bien que estrenes,

de una vez; porque si a costa

Pang. 27

Aparte

Federico.

De tantas armas me rinde,

¿quién dirá que fue victoria?

¡Amor! ¿Qué hermosura es esta

que aun la admiración ignora

si lo más de un imposible

es lo menos que la adorna!

Aparte

Cintia.

La novedad con que mira

no haberle visto hasta ahora,

y mi rabia sobre todo,

que es Segismundo me informa;

huyo el horror de su encuentro;

Vase y tras ella Federico

Federico.

¡Válgame el mar!

Dentro Federico.

Oye, pronta

exhalación de jazmín,

fugitivo albor de rosa.

Dentro Cintia.

Yo me puesto en mi barquilla,

doblad los remos.

Dentro Federico.

Si doblas

dos soles sobre la espuma

no hay mares que los recojan.

Vuelve a salir Federico por la parte contraria.

Federico.

Burlado en tierra, y en agua,

me dejas beldad gloriosa,

con el fuego y con el viento

en que mi pasión zozobra.

Caprichos de mi fortuna

son estos, que apenas toma

tierra, dejando el bajel

que arrimado a la persona

del Rey mi tío, me trajo

con Clorinda a aquestas costas,

Pang. 28

Federico.

cuando la mayor tormenta

de un desdén quieren que corra,

a tiempo que con las damas

viene al templo de la Diosa

Clorinda, y acordemente

repiten cuando la imploran:

Salen Clorinda, Marfisa y las damas con canastillos de rosas; y Marfisa con dos palomas; y por otra parte Dantes, Zagal y Gayubo.

Todas y música.

Al templo saludemos

de la Deidad hermosa

que es madre de las llamas

y es hija de las ondas.

Danteo.

Gayubo, lo que me cuentas

me da gran gusto; y si ahora,

entre aquestas hermosuras,

viese yo a Cintia.

Garulo.

Es ociosa

diligencia el que la busques

en tierra firme.

Federico.

Perdona

Venus, si vuelvo la vista

al mar donde está el aurora.

Clorinda.

Purpúreas rosas fragantes,

candidísimas palomas,

hechizo vivo de plumas,

arrullo travieso de hojas.

Astrea.

Aves de apacible vuelo,

flores de unión amorosa

que el aura os riza a suspiros,

y en perlas el alba os borda.

Marfisa.

Volantes correspondencias.

Pang. 29

Clavela.

Fragrancias madrugadoras.

Marfisa.

Primer asunto de Venus.

Clavela.

De Adonis postrer memoria.

Todas y Música.

Servid de sacrificio

a la deidad hermosa

que es madre de las llamas

y es hija de las ondas.

Canta.

Recitado.

Marfisa.

Esa fábrica hermosa,

alcázar sumo de la Ciprea Diosa,

cuyo dórico estilo

emula el Tíber, y celebra el Nilo;

ese templo supremo,

donde pendiente remo

de las tormentas roto

a la hija de la espuma, cumple el voto

que el mísero, afligido ansioso pecho

en lágrimas deshecho

ofreció a la deidad, cuando surcaba

la amargura del golfo en que se hallaba,

es el centro felice que buscamos

y de rosas y plumas coronamos,

para que el voto admita Venus bella

mejorando el aspecto de una estrella

que en Segismundo influye

la aversión enemiga con que huye

del Oriente ejemplar de la hermosura,

retirado a la oscura

infausta idea de su pensamiento;

rompa mi voz el viento,

término ponga al mar, freno a los ríos;

y de tantos desvíos

le saque a estas riberas deleitosas.

Pang. 30

Marfisa.

diciendo nuestras ansias fervorosas.

Todas y Música.

Al templo saludemos

de la deidad hermosa

que es madre de las llamas

y es hija de las ondas.

Vanse todas.

Danteo.

¡Ay, Cintia, que no te veo!

pero si tengo tu copia

en una tabla pequeña,

sea el retrato mi gloria.

Federico.

¡Ay, esperanza perdida,

que al mar de mi amor me arrojas!

Garulo.

¡Ay, que ya Aurelio me espera

y Fila por mí solloza!

Danteo.

Imagen.

Federico.

Desdén.

Garulo.

Cuidado.

Danteo.

Fragua es de amor con su sombra.

Federico.

Premio esquivo es de mis ansias.

Garulo.

Es prenda de mi memoria.

Los Tres.

Mientras en el templo dicen

las que sus víctimas postran:

Ellos y Música.

Servid de sacrificio

a la deidad hermosa,

que es madre del incendio

y es hija de las ondas.

Vanse cada uno por diferente parte.

Jornada segunda

Pang. 31

Sale Segismundo con acciones arrebatadas de seguir alguna cosa.

Segismundo.

Sombra, ilusión, o fantasma

que de mi quietud has hecho

la fábrica de mi asombro

y la máquina de el riesgo,

ya te sigo, espera aguarda;

ya tu ligereza advierto,

tu velocidad, tu amago,

tu ejecución, y

Quiere entrarse y le detiene Aurelio, que le sale al paso.

Pang. 32

Aurelio.

¿Qué es esto,

señor? ¿Quién así arrebata

la grandeza de tu pecho?

¿Si acaso escuchó a Marfia

sus dulcísimos acentos,

que con industria del rey,

que lo estaba disponiendo,

en los jardines quedaba

oculta?

Segismundo.

¿Estamos, Aurelio,

solos?

Aurelio.

Nadie nos escucha.

Segismundo.

Pues oye un rato.

Aurelio.

Ya atiendo.

Segismundo.

Cansado de mis estudios,

que son cuchillo severo

que agudamente sutiles

hieren al entendimiento,

dividiendo en precisiones

el alma de los conceptos;

y quebrantado de tantas

instancias, que como ruegos

vienen de mi padre, y son

de la majestad preceptos,

me entregué un rato al descanso,

para buscar en el sueño

el olvido de una idea,

que después que oí los ecos

de aquella blanda armonía

y aquel incentivo estruendo,

no puedo apartar de mí;

y apenas con el sosiego

restauraban mis sentidos

Pang. 33

Segismundo.

las acciones que perdieron,

cuando haciendo la memoria

cuenta del erario inmenso

donde guarda los tesoros

de los tributos del tiempo,

o fingidos en especie,

o en sustancia verdaderos,

soñé que veía, ¡ay de mí!

¡oh, quién supiera discreto

dibujarte, Aurelio, hablando

lo que mudo estuve viendo!

Pero sin embargo escucha

una pintura, que creo

que ninguno la habrá oído,

pues ninguno hasta hoy se ha puesto

a pintar lo imaginado

no llegando a comprenderlo.

Vi pues la forma sensible

de un soberano sujeto

que ignorado de mis ojos

y de mi aprensión ajeno

haciéndose más benigno

me dejaba más atento.

Mi propria especie tenía

si en mi juicio no yerro,

pues me hablaban sus razones

con mis proprios sentimientos,

y la reflexión del alma

nos miraba en un espejo,

pero elevado a más alta

calidad, a más perfecto

modo, gozaba en sí mismo

tan heroicos privilegios,

Pang. 34

Segismundo.

que su divinidad me dijo

que con absoluto imperio

la ponía muy distante

de mi condición, su sexo.

Este, pues, se componía

de los mismos elementos

de que yo empecé a tratar;

mas dejaban su compuesto

tan asistido de gracias,

y de perfecciones lleno,

como dirá su pintura,

si es que a referirla acierto.

A soplos de oro redujo

el aire entre sus cabellos,

la siempre pródiga y vaga

codicia de galas moviendo.

Alcanzar pretendía

el poblado vulgo inquieto,

que en la infinidad armado

dobló triunfos de soberbio.

Frente por frente el cristal

espacioso campo terso

le dio al agua, que ambiciosa

de tan peregrino centro

hizo puente de jazmines

hasta la nariz, corriendo

por golfos de nieve y flores

lo que hay de la tierra al cielo.

La luz consiguió en sus ojos

evidencias para serlo,

y el sol no tuvo más día

que el que se abrasaba en ellos.

Pang. 35

Segismundo.

No estaban sus esplendores

a la operación sujetos,

pues sin fatigas de rayos

eran descanso de incendios.

Un Iris bien repartido

sobre aquestos dos luceros

venían a ser las cejas,

que con iguales extremos

si los descubrían vivos

los recataban modestos.

Siendo la vida una llama

que se cuenta por alientos,

y que da en el desengaño

cuanto apuntó en el deseo;

Era muestra de clavel

su boca, que a los pequeños

cándidos dientes tocaba

como números del centro,

con que movidos sus labios

del espíritu del pecho,

eran saeta del alma

con sutil punta de fuego.

Dos suspiros de el Aurora

en sus mejillas se vieron,

tan vivamente inflamados

del martirio del silencio,

que no pudiendo esconder

su hermoso merecimiento,

si el ser suspiros callaron,

el ser rosas me dijeron.

Un nevado sacrificio

de los candores del pecho,

Pang. 36

Segismundo.

hacia el ídolo del rostro

se articulaba en su cuello;

Víctimas de nieve pura

ofrecían a este intento

sus manos; ¿quién había visto

un sacrificio tan nuevo,

de arder en dos azucenas

diez holocaustos de hielo?

Toda la delicadeza

que cabe en el aire, al tiempo

que en la cuna de esmeralda

mece al jazmín, y al jilguero,

de uno las hojas libando,

de otro las plumas puliendo,

ceñía su talle, en fe

de ser tan sutil misterio,

que la realidad se andaba

sin la distinción del cuerpo.

Esto vi, y no fue lo más

vea mis ojos todo esto,

sino el oír sus palabras,

cuya voz, dulce veneno

bebido sin albedrío,

me halló sin merecimiento,

con que les quitó a mis ansias

la vida de estarla viendo.

Y no solo de sus voces

se labró mi cautiverio;

más noble cadena puso

a mi razón, atendiendo

a sus altas discreciones,

que eslabonando trofeos,

Pang. 37

Segismundo.

me reprendían con luces

lo que yo dudaba en yerros.

Hablome en fin, mas hablome

de suerte, que no me atrevo

a separar el hechizo

de la integridad del ceño.

¿Cómo, dijo (aquí del labio

huye la voz) indiscreto

Segismundo, (no articula

la lengua lo que pretendo)

juzgas (mis respiraciones

retroceden hacia dentro)

manchar (la acción me ha faltado)

el puro esplendor? (mi aliento

cuanto le oprimo dormido

vuelve a padecer despierto).

¿Cómo presumes manchar

(dijo otra vez) el más bello

origen, que califica

los timbres del Universo?

¿Cómo incurre tu altivez

en el error de los necios

que curan con su ignorancia

la culpa de los discretos?

¿Es falta en las perfecciones

no estar en conocimiento

de todos? ¿es crimen suyo

la impresión de los soberbios?

¿qué virtud, dime, ha tenido

tan merituosa dicha y premio,

que notoria no sea envidia

u ignorada sea desprecio?

Pang. 38

Segismundo.

En medio de estos errores

te sucede a ti lo mesmo

que aquel que nació sin vista

y en el día más sereno

del abrasador estío

anda por el sol expuesto

a sus rayos, injuriando

con indignos vituperios

a la mayor hermosura

que aman los que más la vieron;

de suerte, que su ignorancia

no sabe huir los incendios,

y la perfección del sol

pasa a ser odio en el ciego.

Esto dijo con airado

semblante; y cuando más lejos

estaban mis turbaciones

de encontrar con los aciertos,

quise responderla, y quise

(¡ay, Aurelio!) a tan mal tiempo,

que huyó con el imposible

para dejarme el deseo.

Desapareció el prodigio,

y yo desperté siguiendo

por las huellas de mi asombro

la imagen de aquel objeto;

de quien no sabré decirte

más de que me tiene preso

su imaginación hermosa

que aún dura en mi pensamiento.

Su nombre ignoro; su origen,

Pang. 39

Segismundo.

tampoco, ¡ay de mí! penetro;

y la admiración no sabe

componerse con el miedo.

Si te digo que adorando

estoy lo que vi, recelo

añadir a sus rigores

la ocasión de merecerlos.

Si es que deidad la imagino

airada la considero;

si voy a buscar sus aras,

no sé dónde tiene el templo;

si invento algún sacrificio,

¿qué sé yo si es sacrilegio?

Donde a su oráculo busco

a mi confusión encuentro;

mis esperanzas destruyo

en donde su altar asiento;

si es que vuelvo a retirarme

juzgo que a ofenderla vuelvo.

y si salgo al mundo, salgo

al abismo de los riesgos;

este es el dolor, el ansia,

la novedad, el tormento,

el susto, pena y cuidado,

que inquietamente padezco;

esta causa me arrebata,

este es el ardor violento

que me abrasa y precipita,

con tan contrarios efectos,

que de su violencia vivo,

y de su memoria muero.

Aurelio.

Tan admirado me deja

Pang. 40

Aurelio.

Segismundo este suceso

como así el bello milagro

representado en el sueño.

¿Si por ventura será

la que vio, la airada Venus,

que ofendida en la hermosura

vino a castigar desprecios

de este joven obstinado?

Segismundo.

Dime, ¿qué discurres de eso?

Aurelio.

No alcanzo más que el peligro

grande, en que te considero

si a los dioses no obedeces.

Segismundo.

Y ¿cómo ha de ser?

Aurelio.

Saliendo

a ver el mundo.

Segismundo.

Y si en él

tiene mi aborrecimiento

a las principales causas

que me amenazan, ¿qué puedo

hacer?

Aurelio.

Oponer al valor

postrando aquestos recelos.

Segismundo.

El odio en mí es influencia.

Aurelio.

De las estrellas, es dueño,

con su dirección, el sabio.

Segismundo.

¿Quién eligió en lo más bueno

de una prudente quietud

monstruosos desasosiegos?

Aurelio.

Quien quiere gloria, y la fama

anda del temor muy lejos.

Pang. 41

Segismundo.

Conmigo nació el valor.

Aurelio.

Sepultarlo es no ejercerlo.

Segismundo.

Yo no me niego a las armas,

solo a las mujeres temo;

y bien sé, que es gloria mía

el susto que las confieso.

Aurelio.

Tan cortesana es tu ciencia

como engañoso tu miedo.

Segismundo.

Con él estoy batallando,

y entre el furor, y el respeto,

la osadía, y el temor,

la duda, y el sufrimiento

en busca de aquella sombra

voy a mi pesar diciendo.

Por la parte que va a entrar oye la voz de Marfisa y se suspende.

Dentro cantan.

Marfisa.

Cantad pajarillos.

Música.

Cantad pajarillos.

Marfisa.

Corred arroyuelos.

Música.

Corred arroyuelos.

Marfisa.

Respirad claveles.

Música.

Respirad claveles.

Marfisa.

Inflamad luceros.

Música.

Inflamad luceros.

Segismundo.

Segunda vez el encanto

mis sentidos va atajando;

siendo la voz

Música.

Pajarillos.

Segismundo.

Siendo el cristal

Música.

Arroyuelos.

Segismundo.

Sobre los campos.

Pang. 42

Música.

Claveles.

Segismundo.

Sobre la esfera.

Música.

Luceros.

Segismundo.

Y todo junto, si a escucharlo vuelve

Voz, cristal, luz y color.

Música.

Voz, cristal, luz y color.

Segismundo.

Son del dolor primeros elementos.

Música.

Son del amor primeros elementos.

Segismundo.

Ya te sigo, blando hechizo,

ya me sacas de mi centro,

hacia los jardines voy

a buscarte; ven, Aurelio.

Aurelio.

Con pronta obediencia y gusto

tu resolución apruebo.

La voz de Marsisa ha dádote

principio al triunfo, y espero

que Cintia con su hermosura

coronará el vencimiento.

Segismundo.

Oígase ya voz suave

repitiendo los últimos acentos

que decían con alma superior:

Voz, cristal, luz y color.

Música.

Voz, cristal, luz y color.

Segismundo.

Son del dolor primeros elementos.

Música.

Son del amor primeros elementos.

Vanse.

Salen Cintia, Garuba y Fila.

Garulo.

Gracias a Baco que un día,

Cintia y Fila, os encontré

fuera de redes y de

Pang. 43

Garulo.

el mal de la hidropesía,

que es el agua a quien yo temo;

y gracias a mi fortuna,

que pongo el pie donde es una

la primera sin el remo.

Cintia.

El ejercicio del mar

hoy por Aurelio he dejado;

y el cariño y el cuidado

de ver si le puedo hablar,

a este sitio me han traído

con harto susto (¡ay de mí!),

acordándome que aquí

vi a aquel hombre aborrecido

de mi pensamiento. ¡Ah, Cielos!

quién duda que es Segismundo

si sobre mis iras fundo

la verdad de mis recelos.

Gileta.

Yo creo que no será,

Cintia, el que piensas.

Cintia.

¿Por qué?

Gileta.

No sé si lo acertaré;

mas Garrudo lo dirá,

que me ha dicho en conclusión

que vio al Príncipe, y de modo

es su pintura, que en todo

no es más que una perfección.

¿Él es galán?

Garulo.

Bueno es eso,

a fe mía que lo es tanto,

que el alba entre risa y llanto

por mirarle pierde el seso.

Pang. 44

Garulo.

Y los pájaros su canto.

Gileta.

Viste bien según me has dicho;

Garulo.

Tanto en esto se señala

que ningún lindo le iguala.

Su vestido es de capricho

y al uso del sol su gala.

Gileta.

¿Pues su talle?

Garulo.

Hablar del talle

es decirme que lo calle

porque es un vaso gentil

para abrasarse el Abril

y echarse el Mayo en la calle.

Gileta.

¿No dices también marido

que entiende mucho en efecto?

Garulo.

En materia de entendido

si es lo que suena al oído

no puede ser más discreto.

Gileta.

¿Y su brío?

Garulo.

Su valor

del proprio Marte ha heredado,

solo confiesa un temor

que por no ser el menor

viene a ser el más honrado.

Gileta.

Di, ¿qué teme?

Cintia.

No he de oíros

si del Príncipe me habláis

más; pues así me acordáis

odio, rencor y suspiros,

que la memoria me cuesta

de haberle encontrado.

Gileta.

¡Ay Dios!,

hablemos para los dos

Pang. 45

Gileta.

lo que a la pintura resta;

porque a mi curiosidad

nada le suena mejor.

Garulo.

Ser un marido hablador

Gila, ¿acaso es novedad?

Mujer, ¿qué quieres de mí?

Gileta.

Que me cuentes lo demás

que viste.

Garulo.

Eso lo sabrás

cuando vayas donde fui.

Gileta.

Ya por saberlo me muero.

Garulo.

Vi un gigante.

Gileta.

¡Ay, no prosigas!

Garulo.

Un tigre.

Gileta.

Nada me digas.

Garulo.

Y un oso.

Gileta.

Ya más no quiero

saber.

Garulo.

Encontré también

sobre una puerta un Platón

puesto en imaginación

de la gala de un desdén.

Gileta.

Ese plato imaginado

mi golosina movió.

Garulo.

Pues de sus ideas, yo

no probé ni aun bocado.

Cintia.

Mucho tarda Aurelio, y siento

el rato que me destierra

del mar.

Dentro canta Marfisa.

En agua y en tierra,

en fuego y en viento,

es el amor superior elemento.

Pang. 46

Cintia.

¿En agua y en tierra,

en fuego y en viento,

es el amor superior elemento?

¿Quién canta de amor las glorias?

Garulo.

Es Marfisa acompañada

de su voz y de su gusto

con que sola se regala;

saliendo de los jardines

de palacio, hasta aquí pasa

diciendo a la soledad

que sus afectos arrastra.

Sale Marfisa cantando.

Marfisa.

En fuego y en viento,

en tierra y en agua,

es el amor elemento del alma.

Ardor ejecutivo,

con la razón que abrasas,

haciéndose el discurso

materia de tus llamas.

Sosiega, descansa,

pues faltarán las vidas si tú les faltas.

Respiración unida

al corazón que inflamas,

y de alientos que oprimes

tus duraciones sacas.

Sosiega, descansa,

porque nadie respira

si tú desmayas.

Firmeza en que se funda

la obligación sagrada

de admitir atenciones

del que noble las paga.

Pang. 47

Marfisa.

estrecha y enlaza

recíprocos laureles

de la constancia.

fineza en los cristales

de la verdad mirada

que con la nieve del miedo

osadías apaga.

dibuja, retrata

con tu pureza al Cielo

de la esperanza.

Con fuego y en viento,

en tierra y en agua,

es el amor elemento del alma.

Vuelven a entrar sin reparar en ellos.

Garulo.

¡Qué diestramente lo dice!

Cintia.

No es sino error lo que canta.

¿Qué amor, qué elemento puede

tener dominio en las almas?

miente la voz, miente el lauro

y si acaso temeraria

mi duda al eco creyere

miente también mi ignorancia.

Gileta.

Dice bien, y esa mentira

probaré con linda gracia

yo, que también sé cantar

con mi rede, y mi barca.

Cintia.

¿Cuya es la letra?

Gileta.

Sayubo

la compuso en su cabaña.

Cintia.

Será extremada.

Gileta.

Es preciosa.

Pang. 48

Garulo.

Ella lo ha de decir.

Gileta.

Vaya.

Canta.

Mientes, amor,

que no eres ardor,

ni viento, ni tierra, ni agua,

pues ¿qué serás? una fragua

del engaño y del error.

Si quieres decir, Cupido,

que es más que fuego tu acción

porque un pastor tuvo luna

y cierta ninfa mal sol;

mientes, mientes, amor,

pues yo he visto mi noche oscura

y cien hermosuras

sin tanto rigor.

Si de ser viento te precias

por la osadía veloz

que algunos dicen que es pluma

y otros dicen que es arpón;

mientes, mientes, amor,

pues el necio que está enamorado

aún es más pesado

que no su dolor.

Si en las rocas de los montes

haces tu comparación

porque nunca se apartaron

del lugar que tienen hoy,

mientes, mientes, amor,

pues bien sé que ningún miserable

ha sido mudable

y el rico peor.

Si al agua quieres tratarle

Pang. 49

Canta.

su pureza y su canción

por andar con la corriente

del riesgo en adulación.

Mientes, mientes, Amor,

que yo he visto mudar los cristales

las mismas señales

en otro color;

mientes, mientes, Amor,

que no eres ardor,

ni viento, ni tierra, ni agua;

pues ¿qué serás? Una fragua

del engaño y del error.

Cintia.

Mil sales tiene la letra.

Garulo.

Del mar sale y al mar vaya,

que con la merced de Cintia

cualquier golfo será gracia.

Dentro, música y todos.

De Clorinda y Federico

Venus admita en sus aras

los votos que puso Chipre

en manos de su monarca.

Cintia.

Del templo salen las voces.

Garulo.

Y según veo, ya acaban

la solemnidad; pues todos

salen del templo;

Gileta.

Y su planta

hacia esta parte encaminan.

Cintia.

Huyendo voy.

Garulo.

Tente.

Gileta.

Aguarda.

Cintia.

No me detengáis.

Garulo.

Espera,

que ocultos entre estas ramas

Pang. 50

Garulo.

podremos verlos, sin vernos.

Cintia.

Bien dices, pues la distancia

en que tan cerca los miro

no me permite, que salga

de aquí; donde escucharemos

si repiten, cuando pasan.

Salen con la música, el Rey, Federico, soldados,

Clorinda, Astrea y Clavela.

Música.

De Clorinda y Federico

Venus admira en sus aras

los votos que puso Chipre

en manos de su Monarca.

Rey.

Ya de su deidad se ha visto

un prodigio, pues la extraña

y horrorosa obstinación

que Segismundo mostraba

en salir de su retiro

se va haciendo menos ardua

bajando hasta los jardines

donde suspenso quedaba

la variedad contemplando

de flores, que en ellos halla.

Clorinda.

¡Oh, quiera amor desmentir

su fiereza imaginada,

y adornar del mayor triunfo

a la pompa de su aljaba!

Federico.

¡Oh, quiera Venus que encuentre

a aquella hermosa zagala

que tiene en mi pensamiento

el archivo de mis ansias!

Cintia.

Este es Paulino el que dice.

Pang. 51

Garulo.

¿El que aborreces con tantas

veras?

Cintia.

El mismo.

Garulo.

Pues mira

cómo estuviste engañada,

que el Príncipe es de Silesia,

y Federico se llama.

Cintia.

No sé en esto qué decirte.

Gileta.

Mejor es no hablar palabra

y confesar que creíste

lo peor.

Cintia.

Sila, atiende y calla.

Canta Astrea.

Mientras estuvo Cupido

de su ceguedad rendido,

y en sí mismo retirado,

por vivir sin cuidado,

no era entendido.

Músicos.

¡Ay qué gracia, qué hechizo,

querer poner sus glorias

en un abismo!

Canta Clavela.

Mientras Venus se escondía

a la claridad del día,

y del sol a los favores

mal logró sus primores

y no crecía.

¡Ay qué gracia tan linda

malquistar perfecciones

de amor nacidas!

Canta Astrea.

Ocultar la inteligencia

sobre la misma evidencia

de una aprehensión conocida,

es error de la vida

contra la ciencia.

Pang. 52

Canta Astrea.

¡Ay, qué engaño, qué tema,

proceder de las luces

a las tinieblas!

Canta.

Clavela.

Que la razón se rinda

al examen de la vista,

haciendo al discurso ciego,

apagando aquel fuego

que le conquista!

¡Ay, qué gracia tan linda,

ser discreto el dichoso

que se retira!

Rey.

A las voces de Marfisa

y de las que la acompañan

en el canto, mucha parte

se debe de esta mudanza;

Marfisa y Dama.

A todas, señor, nos honras.

Rey.

Seguid todas mis pisadas,

y entre el verde laberinto

de hiedras, murtas y parras,

repetid acordemente

esa dulce consonancia.

Vanse.

Todos y Música.

De Clorinda y Federico

Venus admira en sus aras

los votos que puso Chipre

en manos de su monarca.

Cintia.

¿Conque ya el príncipe dicen

que a ver los jardines baja?

Faguto.

¿Y qué tenemos con eso?

Cintia.

Mucho; pues que antes se estaba

con su estudio y con sus libros,

Pang. 53

Cintia.

dejando la hoja doblada

a la injuria que nos hizo,

inventando nuestras faltas,

puede ser que alguna vez

cuando se halle más humana

su condición, me halle a mí,

saliendo a ver la campaña,

y vea que mi esquivez

es más que bastante causa

a producir la fiereza

que en todas imaginaba.

Gileta.

¡Lo que me holgara de verle!

Cintia.

¡Lo que de eso me pesara!

Gileta.

¡Ay, que dicen que es perfecto!

Cintia.

Será lisonja ordinaria.

Gileta.

Dilo tú, Payubo, y vuelve

a lo que antes me contabas.

Garulo.

¿Prosigo?

Gileta.

Por vida tuya.

Garulo.

Ítem más, vi una fantasma

con dos clavas por palillos,

y dos Hércules por mazas.

Un sastre con guantes limpios,

dos doctores con espadas,

matándose por saber

el que más cura o más mata.

Vi una sierpe con patines

corriendo sobre la tabla

de los hielos, que por Junio

dio el pozo de una garrafa;

Un dragón con sus antojos,

y sobre todo una araña

Pang. 54

Con tonillo.

Gileta.

No prosiga,

que el temor conmigo acaba

al oír.

Sale.

Dentro. Aurelio.

Cintia querida,

¿por qué de mi amor te apartas?

¿Cintia? ¿Sila? ¡Hola! ¿Zambo?

Cintia.

Solo, señor, la esperanza

de verte, aquí me detiene;

y como tanto tardabas,

no creyendo conseguirlo,

afligida y asustada,

me iba al mar, a dar mi llanto

más amargura a sus aguas.

Aurelio.

Dame los brazos.

Cintia.

En ellos

todas mis penas se acaban.

Aparte.

Aurelio.

Y quieran también los dioses

que algún día tus desgracias

se acaben; si como premio

el retrato y la medalla

con que saliste del mar

dan luz a tus altas causas.

¿Sabes cómo Segismundo

con la música se ablanda

después que en un sueño ha visto

la imagen representada

de una mujer?

Cintia.

¡Ay, Aurelio!,

ya sabes las circunstancias

con que siempre aborrecí

a Segismundo.

Aurelio.

Te engañas,

que aunque sientes mal del nombre

Pang. 55

Aurelio.

van sus prendas apartadas

de ese rencor.

Cintia.

Solo sé

que hasta su nombre me cansa.

Aurelio.

Solo sé que sin embargo

de tan mortal repugnancia,

suelen hacer las estrellas

oficio de equivocadas,

y que está tal vez la dicha

en manos de quien la aparta.

Cintia.

La única en mí es la de verte.

Aurelio.

Igual fortuna me pagas

con tus ojos. Adiós, Cintia,

que Segismundo me aguarda

en los jardines.

Cintia.

Y a mí

mi afición sobre las aguas.

Aurelio.

Ven, Gayubo.

Cintia.

Gila, ven.

Garulo.

Ya obedezco.

Gileta.

Lo que mandas

hago ya; acabóse el cuento.

Garulo.

Ítem más, esta palabra;

vime sin mujer y entonces

no pude ver cosa mala.

Gileta.

Ítem, conjunta persona,

y mi marido en sustancia,

enemigo a todas horas,

el mar es puente de plata.

Vanse Aurelio y Gayubo por una parte, y por otra Cintia y Gileta, y sale Dantes con el retrato de Cintia en la mano.

Danteo.

¿Adónde, Cintia bella,

Pang. 56

Danteo.

te ocultas de un zagal, que por su estrella

tan callado te adora

que aun la esperanza su pasión ignora?

Mis ojos mudamente te dijeron

cuando en los montes tu hermosura vieron,

que de tus soles abrasados mueren,

y viven por morir de lo que quieren.

¿Adónde (otra vez digo)

tu desdén enemigo

en alas te ha llevado

de tu contradicción, y mi cuidado?

Al margen de este arroyo cristalino,

que atraviesa con paso peregrino

por los jardines de palacio (¡ah, cielos!,

¡con la memoria crecen mis desvelos!)

gané a un pintor que entonces asistía

en palacio; y en fe de que pendía

mucho si Segismundo le encontraba

retrato de mujer, y le miraba,

me dio esta tabla, que en lugar pequeño

la majestad incluye de mi dueño.

Copia es de Cintia, y lo es tan verdadera

como fino mi amor; mientras espera

mi cuidado a Payubo,

por saber si vio a Cintia, y de ella tuvo

noticias, que por Isla las consigue,

temple el descanso el mal que me persigue,

y al margen del arroyo,

halle mi sueño su florido apoyo.

Vase.

Música.

A los pensiles de Chipre

baja el retirado Adonis;

¿cómo suspenden las voces

al que es alma de las flores?

Pang. 57

Sale Segismundo.

Segismundo.

Sonoro encanto mío,

que hiriéndome la luz del albedrío,

con fuerza apercebida,

compones mi remedio de mi herida;

e impaciente te busca mi sentido,

robado y atraído

de aquesas suspensiones

que dicen a mis vagas propensiones:

Él y Música.

A los pensiles de Chipre

baja el retirado Adonis.

Segismundo.

Porque llego a gozar esta hermosura

la más fragrante y pura.

¡Oh sitio delicioso,

voz del descanso, lengua del reposo!

Ya mis ojos reparan,

que las fuentes disparan

salvas de abril con munición de nieve;

sediento el jazmín bebe

vivas dulzuras, cándidos desmayos;

no hay flor que a los ensayos

del color no se apague, o no se cobre;

el capillo más pobre

mercedes preciosísimas recibe;

sobre limpio cristal el sol escribe

sus decretos flamantes;

los pájaros amantes

desde el olmo y laurel se arrullan bellos,

puliendo picos y rizando cuellos;

¡ay, hechizo suave!

Esta mi dicha por tu causa sabe,

pues animas y alientas mis temores

repitiendo apacibles tus favores.

Pang. 58

Hay música.

Música.

¿Cómo suspenden las voces

al que es alma de las flores?

Hace que se inclina a tomar el retrato de Cintia.

Segismundo.

Para que de mi estudio

los principios no malogre,

volveré a los elementos,

que en este arroyo que corre

por los jardines, el agua

me dará puras lecciones.

Dime, cristal, ¿quién te guía

a los mares, desde donde

por sendas ocultas vuelves

a nacer fuente en el monte?

¿Quién tu propiedad? Mas, cielos,

no sé qué imagen propone

a mis ojos la corriente,

sobre una tabla; (¡ah, temores!)

¿Qué aguardo que no la saco

del agua? ¡Yo quedé inmóvil!

¿Quién vio tan raro prodigio?

Esta imagen corresponde

a la que me habló en el sueño.

¿Si estoy dormido? Oh, no logre

despertar en tanta dicha,

¡quien duerme y la reconoce!

Con la diferencia que esta

beldad, o deidad la nombre,

o cuidado universal

del estudio de los dioses,

sin el ceño de sus iras,

a mi confusión responde.

Sol, que en cuna de cristales

Pang. 59

Segismundo.

muriendo tus arreboles

el mejor día de un siglo

a estos jardines pregones,

más bien por ti repitieran

aquellas primeras voces:

Música.

A los pensiles de Chipre

baja el venerado Adonis.

Segismundo.

Bella Aurora que me sacas

de las sombras de la noche,

desatando muchos sustos

con un clavel que recoges,

a tu albor dirá el acento

con ventajas superiores:

Música.

Como a las rosas abrasa

el que es alma de las flores,

Sale Danteo y se queda al paño.

Danteo.

Siguiendo, ¡ay de mí infelice!

este arroyo, llegué adonde

vea si puedo encontrar

lo que en un sueño (perdone

Cintia) he perdido, ¡ay retrato

donde están tus perfecciones!

mas aquí está Segismundo

y es imposible que cobre

mi prenda amada, hasta tanto

que mi suerte se mejore.

Y con aqueste cuidado

voy por donde el agua corre

hacia el mar; en cuyas ondas

sepulcro mi vida escoge.

Pang. 60

Segismundo.

¡Ay, dulce encanto!

Danteo.

¡Ay, dolor!

Segismundo.

La voz al cristal socorre,

mi admiración al hechizo

y la luz a mis colores.

Con que de cuatro elementos

unidamente conformes,

voz, cristal, luz y color,

mi nuevo amor se compone.

Danteo.

Lince seré de las aguas.

Segismundo.

Viviré con tus ardores.

Danteo.

Diciendo con mis pesares.

Segismundo.

Diciendo con mis pasiones.

Danteo.

Dónde te ocultas, sol, dónde te ocultas.

Segismundo.

Dónde naces, oh luz, dónde te pones.

Fin de la segunda jornada.

Jornada tercera

Pang. 61

Música. Sobre un altar de rosas coloca Segismundo el ídolo primero, de su mejor estudio. Sale Gileta cantando.

Canta Gileta.

Mi barquilla se queda en la arena,

¡ay, ay, ay de mi pena!,

y yo vengo volando,

diciendo y cantando,

Pang. 62

Canta Gileta.

que el Ídolo primero

del Príncipe severo

en hora buena tenga

el célebre altar que a su culto convenga,

de rosas y flores,

a cuyos primores

ofrezca el vergel

el sabio pincel

de la primavera

si dicen que es sabio porque no venera

a las que están en la especie de rosas

y tienen de hermosas

la gloria mayor?

Si esconde su amor

o vive sin él

su pecho cruel

espere de Venus el alto castigo;

pero, ¿qué, qué digo?

que, según me ha pintado Gárulo,

el Príncipe estuvo

bien hallado con sus perfecciones,

y en las atenciones

del docto saber

ni nos quiere oír,

ni nos quiere ver.

Mas, pues Cintia me espera

del mar en la ribera,

y miraré veloz a este arroyuelo

mientras diré el fervor contra su hielo.

Ella y Música.

Sobre un altar de rosas

coloca Segismundo

el Ídolo primero,

Pang. 63

Ella y Música.

de su mejor estudio.

Sale Segismundo con el retrato de Cintia.

Segismundo.

Deidad cuyo nombre ignoro,

aunque según lo discurro

con que te llame Deidad

el más propio te atribuyo;

¿hasta cuándo tu silencio

ha de alimentar mi susto

temiendo que el labio rompas

contra errores que pronuncio?

Decirte que entre las flores

eres el astro más puro,

y que la vida de todas

depende de tus influjos;

que presidiendo a los astros

eres flor de tan buen gusto,

que a la Aurora das candores

y al sol estímulos rubios;

que azucena resplandeces,

y que floreces carbunclo,

sustituyendo excepciones

de luz, y olor, piedra, y humo.

Y en fin decir que eres centro

de la perfección del mundo,

y que todo lo admirable

es línea de aqueste punto,

es corta frase, es vulgar

elocuencia, es un confuso

hablar, en que va el respeto

Pang. 64

Segismundo.

arriesgado a ser insulto.

Y finalmente es error

en que tropezaron muchos

queriendo que su capricho

dé todo el valor al culto.

¿Hasta cuándo (haciendo bulto)

sagrado prodigio sumo,

en ti has de observar hermoso

lo que en mí conquistas mudo?

De ti he preguntado a Anteo

para poder más seguro

venir en inteligencia

del modo de hacerme tuyo.

Mas él con tanto misterio

responde cauto y astuto,

que solo de su respuesta

por indicios conjeturo,

que eres Deidad de los mares,

y que en tus ondas, recurso

halla tu desdén, riendo

de los hombres, y del Mundo.

¿Si serás aquel Cupido

que en aquestos mares tuvo

su origen según refieren?

¿Si serás más absoluto

que el mismo Amor? ¿si serás

alguna Ninfa pregunto?

O, ¿serás Mujer? mas ¿cómo

agravio tus atributos?

¡Mujer dije! ¡oh error bien grande!

Pang. 65

Segismundo.

¡Mujer! ¡Oh, crimen injusto!

¿Cómo cabe que ser puedas

aquello en que yo te injurio?

¡Mas hay que por otra parte

hago no sé qué discursos

que aborrecen lo que ignoro,

y adoran lo que descubro!

¡Su templo en estos pensiles

de muchas vidas construyo,

al compás de aquellas voces

que a mi oído el aire trujo!

Música.

Sobre un altar de rosas

coloca Segismundo

el ídolo primero

de su mejor estudio.

Segismundo.

Mas por entre aquellos mirtos

he descubierto a Garubo,

y me dirá cuanto sepa.

Sale Garubo.

Garulo.

Dame, grande Segismundo,

tu pie para que le bese

quien de puro alegre y puro

contento, está en suma gloria,

viéndote fuera del uso

de estarte siempre encerrado

en un gabinete oscuro.

Segismundo.

Ya echaba menos tu genio

que es sazonado y agudo.

Garulo.

No es envidioso en los pocos,

ni malignante en los muchos,

que ya es una parte buena

Pang. 66

Garulo.

con que las malas disculpo.

Segismundo.

Una pregunta que hacerte

tengo.

Aparte.

Garulo.

Por Baco que juzgo

que va a pedirme otras coplas,

y mi ingenio casquivano

no siempre ha de hallar las Musas

declinables por su gusto.

Sáqueme Pan de este aprieto

con algún fauno nocturno.

Segismundo.

Mira que has de hablar verdad

en lo que yo te pregunto.

Aparte.

Garulo.

Esto es hecho: ¡ay, Gila mía!,

el matrimonio renuncio;

más que me manda empalar

¿si el que soy marido supo?

Señor, sí, cuando, en efecto,

la musa Uraña el enturbio

de la fuente.

Segismundo.

¿De qué, dime,

te turbaste?

Aparte.

Garulo.

Es que soy rudo,

y en hablando de las fuentes

como un bendito me turbo.

Gileta, lo dicho dicho,

hacerme cartujano juro.

Segismundo.

Nada temas; y responde

si conoces este asumpto

del sutil pincel, y aqueste

retrato.

Pang. 67

Enséñale el retrato.

Aparte.

Garulo.

¡Dioses! ¿Quién pudo

darle de Cintia el retrato?

¡Perdido estoy de confuso!

Segismundo.

No me niegues la verdad.

Garulo.

Con la misma te aseguro

que es de Cintia.

Segismundo.

¿De Diana?

No digas más, pues arguyo

de su verdad la de Aurelio;

cuando a la luna no dudo

que Diana muchos la llaman,

y otros Cintia, y que su influjo

domina sobre los mares;

¡oh, sacra deidad! Ya acudo

con la adoración y el voto

a tu imagen, que dispuso

ser la primera entre tantas

tutelar mía.

Aparte.

Garulo.

¡Qué escucho!

¡Quién vio tan raro capricho!

Señor, pues a mí me cupo

la ocasión de hablar de veras,

como muy hombre, y maduro,

debo decirte, que aquesta

Cintia, no es de plenilunio,

de traílla ni lebreles,

es una zagala ad summum

criada en aquestos montes.

Pang. 68

Garulo.

e hija de Aurelio, que.

Segismundo.

El curso

de tus palabras suspende,

cierra tus labios impuro,

villano insolente; ¿cómo

profanar intentas uno

de los ídolos mayores

que el cielo en mi mano puso?

Garulo.

¡Ay, Gayubo, por tu vida

no daré dos almendrucos!

Señor, yo, Cintia, Sileva;

a Dios, ya me veo incurso

en el matrimonio.

Segismundo.

Calla,

vete de aquí.

Garulo.

Ya me escurro

con tanto miedo, que paro

más allá de lo que sudo.

Segismundo.

Vete presto; mas espera;

¡ay de mí, que miro juntos

dos opuestos!

Garulo.

¿En un potro

me manda poner?

Segismundo.

Pregunto:

¿esa Cintia es tan perfecta

como este retrato suyo?

Garulo.

Pese a Caco, tanto dista

su beldad de este dibujo

cuanto va de mí a tu Alteza;

Segismundo.

¿Qué dices?

Pang. 69

Garulo.

nada la adulo;

no hay rosa en estos jardines

que la imite en lo purpúreo,

ni azucena, que su nieve

no la rinda por tributo,

no hay jazmín tan apacible,

ni clavel tan rubicundo;

toda es un dije de flores,

del alba un melindre puro,

escollo de la esperanza,

y de el deseo sepulcro

celestial, en donde paran

sus imposibles futuros,

los pasados, y presentes

en suceso, y en anuncio;

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