귀속 대상:> 공개일: 2026년 8월 22일
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Lo que pasa entre dueñas, doncellas, pajes, escuderos, gentiles hombres y otros enemigos no excusados. Comedia de entretenidas chanzas y píldora contra melancolía, sacada por orden del mejor gusto. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/lo-que-pasa-entre-duenas-doncellas-pajes.
Comedia nueva. de entretenidas chanzas, y píldora contra melancolías, sacada por orden del mejor gusto= Lo que pasa entre Dueñas, Doncellas, Pajes, Escuderos, y Gentiles hombres. Y otros enemigos no excusados.
+ 1 Dueñas, pajes y escuderos, gentilhombres y doncellas, mirad qué calabriada se llama aquesta comedia. Hablan en ella los embustes siguientes: Hernández, gentilhombre. Pérez, escudero. Álvarez, dueña. Osorio, dueña. Una doncella de labor. Bracamonte, viejo. Doña Teodora, su mujer. Dos pajes. Una moza de cocina. Un mágico. Una hechicera.
2 Dirección. A la más honesta hermosura de Manzanares, ninfa a quien debe mayor adoración el culto y mayor envidia lo cuerdo, etcétera. Comedia de disparates, a quien eres, Momo, adverso, dirijo, señora musa, ¿quién tendrá la culpa destos? Sirva vuestra merced, que yo pensé, parada la tengo; que la pluma corrida mide de mí cuatro dedos. Pero a mí ¿qué se me da, si puedo con este perro sazonar los sinsabores de lo vocal del infierno? ¿No se acuerda que una tarde me dijo, diablo: «¿Qué has hecho? Los preceptos soberanos son la llave del esfuerzo»?
Obedece y calla, y echa por esos trigos, que luego, si merecieres castigo, en él se embocan los premios. Baje las orejas como pudiera humilde sardesco, y empuñando el asnerino la invoco de medio a medio. Que paciencia y sufra injurias, que dichas por todo un cielo al Pindo serán finezas si en mí fueren escarmientos. Y yo no tengo voluntad, memoria ni entendimiento, que están todas tres potencias en el alma que obedezco. Una deidad aprisiona mis sentidos, muy de aquello de no admitir peregrinas impresiones el respecto. A las 3 A las finezas de esclavo en mi libertad me veo e idolatra del cuidado en las aras de lo honesto. Dueñas, pajes y doncellas, gentilhombres, escuderos, y a veces trampas son todos, ¿qué mucho que tropecemos? Pues, musa de mis entrañas, sopla bien hasta dar fuego, y si no los abrasares, chamúscalos por lo menos. Aprobación del licenciado Malagón Rebollo, abogado en la Noruega. Que de pasar esta historia por donde hubiere lugar para hacerse más notoria; y no la deben quemar, pero hacerla pepitoria cosas tiene del demonio.
que supo de antaño Antoño, que aquesta gente soez una y otra y otra vez levantan un testimonio. Muy bien se puede leer como dicen de pe a pa, y si se llega a ofender alguna dueña será por ser tan mala mujer. Si hiciere pundonor alguna doncella della, consulte con su doctor si aquesto de ser doncella viene a ser mucho peor. Y con esto y con esto otro y con aquello y el otro, damos licencia que se pueda imprimir, como que puede imprimirse el quillotro. Al pío lector + Al pío lector, el poeta. EL POETA. Lector cualquiera que seas, que esta comedia has de leer, mira, no eches a perder el gusto cuando la leas. Considera en una casa esta gente y luego, al punto, si no cayeres difunto, puedes ponerte la pasa. Mira en uno y otro enredo el ejemplo de esta gente, y verás que de repente es fuerza que tengas miedo. Y si acaso de alentado te precias y de sufrido, solo avisarte he podido si te dieren su recado.
Salen la doncella de labor, lo más disimulada que pueda, que no será poco, que todas son taimadas, y los picarillos de los pajes, recatándose, mirando a una y otra parte.
Tú lo viste.
Yo lo vi,
y por más señas estaba
Álvarez cenando a oscuras.
Cabos de vela la faltan
a una dueña, no es posible.
También al marqués de Mantua
le faltaron muchas veces,
yendo por el mar a caza,
no es ese mucho milagro.
Y ¿cómo fue el caso? Acaba,
mas ves primero, no acecha
hecha candil de sí misma
mirando las musarañas.
Dices bien. Examinemos
los rincones de esta sala,
y asegurados de chusma
os contaré lo que pasa.
Van mirando y está Álvarez con el ojo tan largo.
En un cantillo, a un rincón, y no la ven.
Todo está seguro agora,
os diré en breves palabras
lo que enreda este demonio,
esta dueña, esta fantasma,
que sin brujas en Logroño
es bruja de aquella casta.
Asómase Álvarez al paño, con unos antojos, toca de repulgo y mangas, y él llevare su aceruelo con banda, o el mozo se lo llevará, será otro tanto oro, y dice en voz baja:
Estos quieren murmurar
de mi brava barrumbada;
aguardo, pero no importa,
que también ellos la aguardan.
Sabes que es buena pieza,
mas no de cambray ni Holanda,
que de lienzo, pero tate,
que no ha entrado la Maraña,
que en la despensa se anda.
Esquilmando que topa,
y es un almacén su arca;
no hay cabo de vela, no hay
trapo viejo que no agarra;
hasta un braguero escondido,
el mandil y la almohaza
de un rocín que se murió,
y si al punto no le sacan,
amanece desnalgado,
y hace salchichas que paran
plaza de cuerpo, porque
tiene nuestra camarada
hechas con los pasteleros
sus mayores alianzas.
Esto no penséis que yo
se lo levanto, pasaba
un zapatero de viejo
pregonando en voces altas
zapato viejo, y ella,
como quien no dice nada,
con disimulo, que iba,
según dijo, a hacer agua,
en el zaguán le metió,
y con muy tiernas palabras,
yo, ignorante del caso,
pensé que le enamoraba,
le dijo que si quería
comprarle aquesto, no le espanta
treinta pares de zapatos:
-Prestos, que se los daba
por decir alguna nueva.-
Ella dijo que a las almas
del purgatorio (y sé yo
que convirtió la demanda
en andar comprando chismas,
aunque sé que no le faltan).
Y en efeto el zapatero
dijo de muy buena gana:
-Vaya vuesa merced por ellos-;
y en un santiamén estaba,
como jugador de manos,
la dueña. Echa una trampa:
sacó de las faldriqueras
seis pares, y de las faldas
otros seis pares, van doce;
y allá detrás de las arcas,
en unos senos traidores
a raíz de las enaguas,
tenía otros doce pares;
y los seis que le faltaban
sacó uno de la toca,
y como muchacho que ata
el dinero en la camisa
para que no le den caza,
tenía dos pares, y tres
acomodaba en la espalda,
al lado de la corcoba;
quedó desembarazada,
y concertó a real y cuartillo
cada par.
¡Oh, gente baja,
miren de lo que hacen caso!
Si supieran que mi ama
se le midió el otro día
con el aceite, y que anda
una tinaja que es gloria,
media cántara y tinaja,
que dijeran: seis arrobas
tengo, Dios loado, guardadas,
y hasta ahora no se ha echado
menos; y que se vaya
gastando, los tagarotes
llevarán la noramala,
porque aquesta falta suple,
sobra de otras tantas de agua.
¿Y el zapatero pagó?
Como él pagó, y en plata,
y por mí es maliciado
que tiene de innumerata
Álvarez gran cantidad
porque ella es una pirata.
Comer, si no es lo que coge
al vuelo con lo que agarra
de la mesa, otro bocado
por jamás; ni una blanca,
su ración la ahorra entera.
Pues ¿cómo daremos traza
de darla un buen antubión?
¿Antubión a mí? ¡Qué gracia!
Hoy a todas cerraduras
tengo de mudar las guardas,
no sea el diablo que curiosos
me descubran la hilaza.
Sepamos qué más inventan.
Yo daré una buena traza
para saber si es verdad
que tiene dinero.
Dala.
Yo diré que me han hurtado
una bujía de plata,
y que mi hermano Joanillo
sé que la tiene empeñada
en cuarenta reales, que,
pues somos amigas ambas,
me los preste sobre mí,
siendo deuda llana,
y que la daré de más
diez reales porque me haga
este bien, entonces ella
por asir aquesta ganga
me los prestará, y los tres,
cogida aquesta garrama,
merendaremos de aquello
y otro día, aunque rabia,
y después para cobrar
mi vestido a la mañana,
diremos que le pidió
prestado para una maula
levantando un testimonio
de cuantos ella levanta.
No me parece muy mal.
Que aquestas cosas se hagan.
Entre cristianos más que
cristiandad hay en Castilla
como doncellas y pajes
con Dueñas y los pajes
A un traidor dos alevosos
como dicen en chanza
Pues a envistir un embuste
Dueñas que se acobardan
ya no es un pensamiento
Que nido de quien ofalta
herir por los mismos filos
no lo enseñaba Carranza
Pues a ellos que es vergüenza
que pase por una muchacha
quieran triunfar de una dueña
con monjil y tocas largas
Vase
esto queda de su amante
harán como lo mandas
El engañar a una dueña
merece bronces y estatuas
Vanse
Sale Bracamonte barba entrecana, muy arriscado, Hernández gentilhombre lánguido, las alas del sombrero caídas y el dedo del pie derecho asomado como cabeza de galápago de quien es concha el
ajado zapato quien le punte no pase de 15 puntos
Por las entrañas de Dios =
Vuesa merced quede con Dios,
que yo no puedo sufrir
ay nieva e me de yr
Ques decis que os hace a vos
la dueña que me decia
que os han de casar con ella
Señor ella y la doncella
ponen mi vida en un tris
Contadme lo que ha pasado
que yo lo remediaré
Señor yo lo contaré
sino paga de contado
asisto algún nacimiento
por Pascua de Navidad
Muchos hay en la ciudad
Pues oiga vuestra merced atento
habrá cosa de tres días
y si no son mas de tres
es porque importa razones
lo mismo que nones es
que la doncella estaba
haciendo un poco de red
en una balona azul
Nombre, Garapiña es,
y porque acaso le dije:
«Dígame, vuestra merced,
esos lazos, esa red,
¿son para que caiga quien
mirare con atención?»
«¡Voto al mismo rey!,
¿quién os mete en eso, abor-
to?», me dijo. Yo repliqué:
«Nadie, señora, me mete,
porque yo me meteré.»
Y yo, entonces, la doncella,
como moro en Tremecén,
más rígida que otro tanto,
y otro tanto más cruel,
me dijo: «Sois un vinagre.»
Yo dije: «Aceite también.»
Y ella replicó: «Pues idos
a una desalmada a tener
conversación, que yo soy
sobrina del rey de Fez,
no dueña de mala mano
como las que hablar soléis.»
Osorio, que estaba entonces
detrás de alguna pared,
salió echando verbos como
fraile que cena un pastel.
Díjome que de los pinos
soy descendiente cruel,
y que esto de dar lanzada
no era para su broquel;
que era insensato, me dijo,
y sin qué ni para qué
me aseguró que había
todo el tiempo de llover.
Alcanzose la doncella
con esta dueña soez,
y la palabra alcahuete
me dijeron más de cien.
Y yo, señor, que desciendo
donde pude descender,
y de Asturias he venido
en mi mula de alquiler;
yo, que tengo ejecutoria
como cualquier portugués,
y se sabe que mi línea
fue el conde Partinoplés;
no quiero estar atenido
a que afrente tan soez,
pues que ni falta adonde
le pueda faltar el mes.
Yo soy honrado escudero
no alcahuete ni francés,
con mi ración me contento.
Y harto que os contentéis,
pero porque me criasteis
y en mi primera niñez
me dabais consejos como
pudo el mismo Lucifer,
no os vais agora, que yo
todo lo remediaré,
y a esos dos micos con vida
tal enojo mostraré
que me tiemblen en Asturias
los mismos turcos de Argel.
¿Vos no habéis visto una torre
de cal y ladrillo bien,
como la misma Giralda
de Sevilla, que a un vaivén
y a otro y a otras dos docenas
tiene tiesa la pared,
aunque el aire bambolee
la veleta de oropel?
¿No lo habéis visto?
Señor,
si vos gustáis lo veré,
que eso no es dificultoso.
Pareceos que no lo es;
pues no es más fácil que yo,
teniendo tanto poder,
no puedo ver a Sevilla
desde el mismo Leganés;
pero mis buenos amigos,
votos a prieto, sabéis
que cuatro docenas hacen
sin falta ocho veces seis;
sabéis que puedo, si quiero,
leer de Jerusalén
a un alfaquí peregrino
y sé contar hasta diez.
Pues si nada de esto ignoro,
porque vos no os entendéis,
pensáis que está el mundo ya
como estaba antedayer;
el que ha de ser buen cristiano
lo tiene de parecer.
Porque por eso en verano
parece la nieve bien.
La doncella de la uña,
aunque os parezca mujer,
no se os ponga por delante
a averiguar si lo es;
a abuelas llamaba un sabio
Sin llegar a conocer
si son carne o son pescado
hasta cascar la nuez,
pues las dueñas ya se sabe
que son cigüeñas en pie,
grullas por lo vigilante
y zorras en la doblez.
¿Qué es de una vana que teme
una grulla qué ha de hacer?
Volveos a casa y dejaos
de esos yelmos de buey,
que os empeño mi palabra
de haceros cantar réquiem,
que la dueña os remate
y la doncella también.
A tan horribles razones,
¿qué se puede responder,
sino que de hoz y de coz
quiero arrojarme a sus pies?
Pero pues me has prometido
hacerme tan grande bien,
empieza haciéndomelo.
Decid, Enrique, cuál es.
Que todo lo que ha pasado
lo calles a Osorio, que
con la quimera
concluirás la mujer;
digo que quiero casarme
con ella, que en buena fe,
que aunque embustera y mirona,
parece mujer de bien.
Y ella sabe vuestro gusto.
Sí, señor.
Y ríesele
de ser con vos tan entero.
Sabe de vos quien en pie...
No se burle, que ella sale
a hablar en mi abono una vez,
que esta invención bien puede
hacer la mamola a un juez.
¿Qué responder?
Que te escondas
antes que entre, y le diré
tus recados desde adentro.
Oirás su respuesta.
Bien.
Sale Osorio dando de gritos a Pilonga, sin cofia, que vuela a la cabeza ni por imagina, con un llavero y tocino de cos gordos, dándole que parezca sarta de muelas de dragón.
Osorio, sea bien venida,
y vuesa merced bien hallado.
Ya ve cómo la he buscado
sus remedios.
Conocida tengo la inclinación
de ese pecho generoso,
que a sujeto ansí dichoso
no le come sabañón.
Dice bien, mas porque sepa
cuán agradecido soy,
yo quiero casarle hoy,
y a amo pide la cepa;
una mujer no está bien
sin consorcio en esa edad,
que lo resto fue ciudad,
la misma Jerusalén.
¿Cuántos años tiene?
Yo,
sesenta y ocho cabales.
¿Y tocó los arrabales
los treinta y seis?
A ciento.
Pues mire, Hernández me ha dicho
que la ha cobrado afición,
y aquestas cosas no son
para poner entredicho;
dice que no será otra
en el mundo su mujer,
pero mire que ha de ser
cariñosa con su potra.
Él tiene, según confiesa,
ochenta y cinco años, y es
por su parte calabrés
y su madre calabresa;
flatos y el braguero a días
que le aprietan demasiado,
pero el tiempo lo ha causado,
no pidamos gollerías,
no hay cosa como tener
una mujer su marido,
que dos pájaros un nido
muy bien lo pueden hacer.
Con eso sale de dueña,
que en estrecha religión
no tendrá sarampión
como el gran Conde de Ureña;
libres de otras cautelas
vivirá un ciego a toca,
y si le duele la boca
por lo menos no son muelas,
que piensa que ha de sacar
La dueña que más se goza,
cuando más una coroza
se la escapan de acotar
a todas, y la cañada.
Vivo vida más que ahora,
y que fuere alcahueta
no se le dé honor no nada.
Porque piensa que Rodrigo
forzó a la Cava en un tris,
porque no estaba en París
ni en Bretaña su postigo,
llamó un navío a la mujer.
Tengo nacido en verano,
el alto monte no es llano,
salirse quiere de ayer.
Hernández aventajado,
como pudiera Roldán,
y notas que se le dan:
renombre de buen soldado.
Hombre fue en sus mocedades
que envasó los pellejos,
que por eso están tan lejos
unas de otras las ciudades;
cebaron de su murmullo
del alma y corazón sincero.
Si quieres hacerle hechicera,
lo hará un brujo brujo.
No hay tan sana condición
como la mía en el suelo;
él ha de ver un buñuelo,
mire si tengo razón.
A ofensa de aquesa mano,
¿qué te puedo responder,
sino que pueda tener
dos mil como un indiano?
Yo te confieso de plano
que el pensamiento tenía
de ser virgen todo un día,
pero pues tú gustas dello,
yo me animo a más de hacello
sin congoja ni agonía.
Y sabe ya mi señora
este repetido ardor,
porque en esto del amor
no es menos ser cantimplora,
pues ya no es dueña mora,
que es algo mejor que dueña.
Venga a mí como a una peña,
llegando sin embarazos,
a que le gocen mis brazos
sin resabios de cigüeña.
Vuestra Señora tendrá
en Dios remedio, Osorio,
y como del purgatorio
de ser dueña, os sacará;
yo la llamaré y vendrá.
Estáis agora contenta,
aunque no tengáis de renta
un ceití de Portugal,
pues ya sabéis que es el mal
el que remedios sustenta.
Sale doña Teodora, mujer de Bracamonte, vestida a lo antiguo, que el diablo la pueda ver, y al entrar ve hablar a Osorio y a su marido, y acechando como simple, dice:
Algún tanto divertido
sospecho a mi esposo, que
ha más de una hora que fue
a remendarse el vestido,
y puedo haberle perdido
como no sabe las calles,
y andará por esos valles
hecho manso sin cencerro.
Mas, ¿qué es lo que miro a Pedro?
Velos abrazarse.
Yo espero, Osorio, que os halléis
lindamente, dadme agora
dos abrazos de facción,
porque mis cosas no son
como las de esa Señora,
temporeras, que te adora,
y te quiere más que a sí.
¿No me querrás mucho, di?
Digo que te querré mucho.
Miren qué raro avechucho,
quiero volverle neblí.
Yo quiero entrar, pero no,
que quiero ver en qué para;
quizá querrán cosa rara
lo mismo que quiero yo.
Pero cate quien halló
su ofensa, castigue el daño,
que no es vicio el que es castaño,
y fuera mucha rudeza
no comer pan con corteza
quien ha de ser ermitaño.
Yo quiero entrar, lance fuerte,
pero en cuatro razones...
Me pegan dos opilaciones,
habré echado mala suerte,
pues me halla la muerte
en aqueste afán prolijo;
no podré tener un hijo.
Pues, ¿qué es lo que puedo hacer?
Agotar he menester
lo que mi suegra me dijo.
Digo que habéis de abrazarme
otra vez y otras dos mil;
¿no sabéis que vino abril
y puedo desempeñarme?
Tomad, señor, que el honrarme
me parece ya forzoso,
y si estáis menesteroso,
y no ha de daros enfado,
ved si queréis un bocado
antes que venga mi esposo.
No tengo hambre, mas creed
que le estimo de manera
como si aquí le comiera.
En todo me hacéis merced.
Yo he de entrar, que es mucha mengua
en cosas de pundonor
que me apasione el temor.
Esto que llamamos lengua.
Entra.
Esposo, ¿qué hacías aquí
con Osorio tan despacio?
Vengo agora de palacio.
¿De palacio venís?
Sí.
Y me parece muy bien
que la primera venida
la hagáis a la Osorita,
dueña de Macualén.
No soy ya dueña, señora.
Pues ¿qué sois? Decid, menguada.
Yo soy una fiel criada,
desde hoy de haber media hora.
Pues ¿no me queréis servir?
Id con Dios, que dueñas tengo.
O no me entendéis, o tengo
cuatro varas de medir.
Quiero hablaros claramente:
con Hernández me he casado,
porque me dijo un letrado
que se hace fácilmente.
Agora, señor, me ha dado
cierto recado por él.
Yo como mosca a la miel,
halcón que tiene el cuñado,
y solo esta licencia
aguardas a venir.
Y quedo yo comenzar
el casamiento en conciencia.
Sí, señora, ¿por qué no,
si ambas gustamos de aquello?
Ya se sabe, porque por aquello
que a Mateo, que le llamo yo.
¡Oh, qué palabras preñadas
ha dicho aquí mi mujer!
para agora es menester
guardar una bofetada,
pero no con celos muerde,
que mucho no hay que espantar,
mas también trae el despegar
del modo que se le acuerde.
Esto sabe acá venir.
Pues yo los quiero estorbar;
adiós, voy a empezar
la tela que hemos de urdir.
Vase.
¿Estáis ya desengañada
de lo que Osorio trató?
Y el abrazo que di yo.
Pues, ¿a qué no importa nada,
no por cierto, de contenta
de haberla puesto en estado,
medio de un brazo apretado.
Y a vos corre por mi cuenta,
y nadie sin licencia
os puede abrazar a vos.
Porque me dejara Dios
a la luna de Valencia,
y sabe ya Hernandillo
lo que pasa en este dote
de Osorio.
No os alborote,
que aquí daremos el modo,
ellas de buenos aceros,
y aun en nada se ha metido,
que como le hagan marido,
más que ella dé en cueros.
Pues con esta condición
voy contenta, vamos todos,
primero que hagamos lodos.
Digo que tenéis razón.
Vanse y sale la doncella muy disimulada como que no tiene malicia, halagando a Álvarez, que está con la misma cautela, y son dos embustes en carne.
Como digo, amiga mía,
aquel traidor de Juanillo
sé que la tiene empeñada
Mirad que es gran desvío.
¿Y qué, como novios,
que por eso un sabio dijo
que los candeleros iban
echando por esos trigos?
Grande lástima te tengo,
perdona que he de decillo;
estos niños azotallos
es hacelles beneficios.
Ven acá, ¿has visto una vara
como de alguacil, de guindo?
Pues lo mismo es un muchacho,
porque un muchacho es lo mismo.
Gracias a mi anciano padre,
que fue desde muy chico
muy inclinado a azotar,
y aunque no usaba el oficio
quiso ser maestro de escuela
porque era todo su vicio
a los niños que enseñaba
que enseñasen los culitos.
Verdad es que, ya lo sabes,
se levantan que habrá sido
algo puto, y por hereje
diz que le quemaron vivo.
No te acuerdes desas cosas,
que da lástima el oíllo,
y fue compasión no hacelle
compañero en Peralvillo,
y adiós, le lleve el diablo,
que no mancó de un pelillo.
No le tengo.
Acá muy bien que,
quiero mejores de un pelillo,
quiero mejores blanco y lindo.
En fin, amiga, este apetito,
yo no puedo hallar resquicio
a mi remedio si tú
no me enseñas el camino.
Empeñada la vida,
y ha de armar voz en grito,
y engañará el viejo como
la hija de Carlos Quinto.
Esto de la negra honrilla
hace guardar el portillo,
que uno de los candeleros
aun no valen lo que cinco.
Por esto y porque mi ama
es honrada de poquino,
y en quejándose la pasa,
se pasa a puros castigos,
quisiera que me prestaras ocho,
de rodillas te lo pido.
Dueña
¿En qué,
y va empeñado este manteillo,
darete en prendas, amiga, por lo menos,
el dominguero vestido
y un mono que habrá dos horas
que me trajo un turco chino,
qué me respondes?
Amiga,
aunque cierto dinerillo
tengo, no es sol ni luna
en una urna escondido,
allí lo guardo hasta que
salte un logrero beguino,
que a pérdida y a ganancia
me lo remeta al truxillo,
por cada cincuenta reales
me daba dos veces cinco,
que con diez, y rinde a ciento
dará veinte, que es lo mismo;
¿qué quieres? Todo es a causa,
si no se gana un poquito,
aquí y allí perecemos
los que no tenemos trigo;
hoy ya que no se llegó
interés del beneficio,
tuvieras un jamoncuelo
asaz de algunos chorizos.
Yo te prestara mil reales
con la condición que lo ignores,
ni el Cid Campeador no han
de sacar, que se lo fío.
Y en un mil veces mi boca
será como pergamino
sellado con el almagre
de nuncio que no olvidó
el jamón, aunque en pecado,
no falta más que un manteillo
y chorizos, tengo nueve.
Poco rompo a ser finos,
mas qué remedio, yo gusto
del hacer bien que he podido;
dígalo mi capotero,
Condesa del Campillo,
ve por ello.
Aparte.
Que me place.
Jesús, toda me derrito,
mil reales, ¡oh dueña noble!
hoy te doy a su camino.
Vase.
Esto está ya negociado;
en el garlito ha caído
la doncella mansonuevo,
una doncella en garlito,
¡vive Dios que ha de llevar,
si yo puedo, dentro en hitos!
que por vos un pollo muerto
es más seguro que vivo.
Ellas y los dos pajes han
de padecer un martirio,
la hechicera que es mi amiga,
el mágico es ya mi amigo,
pues ahora a la venganza
que he votado a Jesucristo
que han de acordarse del caso
por los siglos de los siglos.
Vuelve la doncella con una cesta, como que va a pescar,
bogas y luego verán lo que pesca.
En esta cesta va todo.
No tienes dos conocidos
que vengan contigo a ser
del embeleco testigos?
El ama de llaves tengo
aquí, y están Juan y Perico,
los pajes, que son dos mozos
con sus narices y hocicos.
Dices muy bien, y qué honrados,
qué callados, qué bonicos.
La gente honrada se echa
de ver en los desperdicios;
llámalos que dellos solos
porque tú los traes, maestro,
ellos son bien abonados,
no busquemos más bodigos.
Aquí están, que ya vienen,
y yo los tengo advertidos
del caso.
Entran.
¡Qué doncella!
Estos mozos buenos niños.
Mirad que con esta niña
ambos a dos, los dos pinos,
habéis de bajar adonde
tengo un dinero escondido,
y sacar de allí un talego
de tafetán amarillo
en que tengo dos mil reales
y treinta arrobas de hilo;
por cuya gran ganancia
haréis como buenos hijos,
me contaréis mil reales
que lo aprecio como un indio,
y chitón, que cuando entrambos
gustéis de algunos membrillos
os daré de merendar
como si fueran pupilos.
Ya hemos venido.
Ya es lo dicho.
Por la mañana, que ahora
Se me ha hinchado un tobillo
y no es posible dar paso,
pero de verdad os digo
que me tiene lastimado
esta niña el apetito.
Dios te dé qué puedas.
¡Qué caridad y qué abrigo!
Solo por aquí esta dueña
se echan a pasar los higos.
Aparte.
Y adiós.
Contigo quede
y el cielo te ofrezca un hijo.
Ya es tarde, que se ha secado.
¿Qué, señora?
Lo parido.
Pues Dios te dé muchos bienes.
Yo para hacer bien los pido.
¡Qué cristianas!
Adiós,
cuenta con el apetito.
Y la mil pescamorromos,
una trinidad de obispos.
Vanse los pajes y doncellas.
Agora la industria mía
ha de llegar a este fin.
Aquí el maestro Martín
me hizo una bellaquería,
pero no me la ha pagado,
que es: siempre que te llame,
al instante te halle
en el ala del mercado;
un conjuro me enseñó
para llamarle, y yo quiero
hacer de mi camarero
la puta que me parió.
Hago el conjuro.
Saca de donde quisiere una mano de mortero, la más grandecita que se hallare, y hace cercos en el suelo alrededor y dice.
Zara zara Zabulón,
huli huli han cachumba,
Dios con Dios y moscón,
salta, mirad que os conjuro
en virtud de mi virtud,
así Dios os dé salud.
Y lo veréis siempre puro.
Sale el maestro muy pulido. Barba de cabrón larga y sotana hasta los pies y manteo hasta las rodillas con anteojos sin vidrios. Sombrero bajo con borlas pendientes. Zapatos romos.
y guantes porquinos.
¿Qué me quieres, que me nombras?
Válgate, que he menester
que me ayudes a poner,
Mazo, aquestas alfombras.
¿Sabes mi ciencia?
Yo, y cómo.
¿Sabes que puedo, si quiero,
hacer agujas de acero
mucho mejor que de plomo?
¿No sabes que de una coz
infundo una garrapata?
¿No sabes que a una beata
le comunico una hoz?
¿Sabes que en una muralla
puedo fundar un tapiz?
¿Y no sabes que está el mar
quince leguas de Sevilla?
¿Sabes que con un suspiro
hago al aire embravecer?
¿Y sabes que mi mujer
me dice topo y ramiro?
¿Sabes que con esta mano
no puedo llegar al cielo
como aquel que en un pelo
río sequito en verano?
En fin, sabes de mis mañas,
que cuando tengo calor
es índice aquel sudor
de haber comido castañas.
Y como insolente ha sido
y por eso te he llamado.
Pues dime a quién he cuidado,
dime aquí lo sucedido.
Pues sabrás que una doncella...
Escucha, niño, lo sabes,
que hay cosas que a mal decirse
son como nueces mollares.
Este virgo con peligro
de parecerse al de Cáncer,
que es mucha tardanza, sude
hacer el camino fácil.
Con dos pajes pasa en ello,
y que ciento llamo pajes,
conventos de ese nombre,
que pajes y pajas arden.
Por la mañanita quieren
pegarme con la del martes,
y no ha de salir barato
esto que quieren pegarme.
Al bodegón de la Cueva
a donde los doce pares
hicieron nones al miedo
los tengo de hacer que bajen
allí en un talego a
deponerme dos mil quinientos
fantasmas que hagan
levadura en un instante
yo estaré escondida afuera
y a manera de gigante
y moliéndole los huesos
revienten por los ijares
está avisado Merlín
Avisado que me place
codiciosa es la doncella
pues dueña asentadle el guante
los pajes lleven su cuera
y conozcan los bergantes
que a buen bocado buen grito
como gatos en desvanes
la Ordóñez amiga mía
la compañera que sabe
algo más que Celestina
y esto es lo menos que hace
está metida en un
cuero de aceite o vinagre
y al primer suspiro suyo
o de vuestro o de mal aire
verás lo que pasa
Bien
pues con esto amiga te
si vuelve dado al demonio
como te parió tu madre
Dinerito la doncella
Una doncella engañarme
Los pajes querer meriendas
Merienda querer los pajes
Pues amiga a la venganza
A la cólera al coraje
A la ira a la inclemencia
A la ofensa y al ultraje
Lleven todos pan de perro
¡Hoy allí el dale que dale!
Giman como duendes
y córranse como sastres
Quien tal hizo tal merece
Quien tal hace que tal pague
Fin de la primera jornada
Sale la dueña y el Masico y la señora Hechicera como a oscuras. Queda gran velloc =
En este rincón escondidos
habéis de aguardar, que ya
la doncelluda vendrá
y los pajes acudidos.
Por Dios os pido que lleguéis,
de las burlas dadles como
pudiera muer palomo,
pues conmigo oxte y bau.
Mil azotes a cada uno
no es mucho lleven los palos,
y conozcan sirvientes
lo que puede un día de ayuno.
Anda, no faltes en casa,
que te vendrán a buscar.
Déjame bien hechizar,
porfiando aquesta masa.
Verás que destevirgo pongo
en el puro cordobán,
que ni Bargas ni Galván
no le acierten el diptongo.
no sean injuriados.
Sí.
No quieren darse papilla.
A ver, eso es cierto.
Pues, Sevilla,
no es maravilla que ande aquí.
Veré, pues.
Ya voy.
Pues vete,
y hazlos que vengan apriesa,
que no habemos oído misa
por la falta de bonete.
Pues, adiós.
Ve enhorabuena.
¿Qué es lo que habemos de hacer?
Tú eres hombre y yo mujer,
no haga el robo de Elena.
Paréceme que los tres,
doncella y pajes, irán
por los mil reales.
Sí harán,
como no estén con el ama.
¿Oyes ruido?
Me parece.
que pican como quedito.
¡Oh, el glorioso San Benito!
Un religioso se ofrece.
¿Al teatino?
Yo no.
Pues, ¿cómo le ha conocido?
Como en que pisa pulido.
¡Bien haya quien te parió!
Al apartarse los dos a un ladico como faldriquera y llave, quedan solos la doncella, los dos pajes y la dueña, adiestrándolos, que parecen lazarillos y ciegos.
Ya vistis que mi dinero
di presto con caridad;
mirad lo que importa,
y agora los bajáis
por esa escalera abajo,
y a mano derecha allá,
en un nicho de la cueva
que edificó el Preste Juan,
a cuatro pasos y medio,
hallaréis un almaizal
que fue del Rey Mamolín;
y debajo de él están
los talegos que os he dicho,
que fue del gran
general de los leones.
Con toda la honestidad
que pudieres y los mil
reales que os he dicho, contados.
¿Son en vellón o en plata?
De toda moneda hay:
tarjas, ochavos y cuartos
que antes del diluvio estaban
sepultados, porque como
siempre llovía en diluviar,
hay moneda en el talego
desde tiempos de Adán.
En nombre de Dios bajamos.
Mirad que habéis de callar
y hacer, porque en esta cueva
estuvo encantado más
de ciento y cincuenta años
el abuelo de Roldán.
¿Roldán de la maza?
Eso
no he podido averiguar,
Roldán era, y tal cual veis
el miedo no pasa allá.
Las doncellas y los pajes
no tememos.
Pues andad,
y dados prisa a subir.
Ya entramos. Pisan, han; ciérrame.
Esto ya no puede dejarse,
ya están dentro, pues yo quiero
echar el golpe primero
y no los oirán quejarse.
Cierra una puerta por donde hayan entrado, y oyen en altas voces como aullidos de lobos, y luego dicen dentro:
¡Ay, ay, que me muero!
¡Yo todo!
Ya yo me empiezo a morir.
Álvarez, haznos abrir,
mira que está con mucho lodo.
El tino habemos perdido.
Álvarez, por vida tuya,
que cantes una aleluya
por el alma de tu marido.
Mucho tardan en llegar.
¡Ay, mi cabeza!
Ya empieza
a cascarle en la cabeza,
que no hay más que desear.
¿De qué te quejas?, que quiero
golpes, parece que oí.
A él dan, duélete de mí,
yo te presentaré un queso.
¿Ayudado veáis?
Sí.
Pues, ¿cómo no lo he sentido?,
pero ¿quién hace ruido?
El que me cascan a mí.
Álvarez, mira que ya
no queremos el dinero,
que me matarán por febrero.
Pues saca un melonero.
Sácanos de este trabajo,
a Dios, reducidos,
mira que calatravas
es ave de mucho asco.
Masico a voces horribles dentro.
¿Quién ha osado profanar
este encanto poderoso?
¿Quién sin ser llamado pisa
los umbrales del demonio?
¡Jesús, Jesús!
No me espanto
de temblar en agosto.
Sale.
Dime qué era, o qué
buscas en este contorno.
No se me acuerda.
¿Tan presto se te olvidó?
Tengo corto
el sentido y por aquesto
no fui esta mañana al horno.
Y esos garzones, ¿quién son?
Estos son dos asquerosos
que por hacerte merced
quieren jugar a los bolos.
Hermana, huli.
Esto va malo,
¿qué me quieres?
Esos mozos
agarra y demos con ellos.
¿Dónde, hermano?
En Moncongo.
¡Piedad, piedad!
Y a esta niña
con sus bofos y su moño
da con ella en un convento
que tenga los frailes gordos.
Qué linda labor harán.
Llevas la muestra del lomo.
Quedad encamado, amor.
Quede donde os cuelga el moco
de la nariz.
Díjote lo que pudo Marco Antonio
y porque seas tan Lucrecia,
yo quiero ser en su abono.
¿Cuánta nalgada os han dado?
A mí cuatro.
A entrambos ocho.
¿Sabéis por qué fue el castigo?
Señor, por codiciosos.
¿Y seréislo más?
Yo no.
¿Y los dos pajes?
Tampoco.
Pues agarraos a los dos
y os sacaremos de pronto
a la luz y luego al punto,
o nos volvemos polvos.
Están agarrados.
Todos asidos.
Pues ya volamos nosotros.
Aquí los sacan al tablado en bofetón o sopapo o como pareciere a vuestra merced de salto, y desaparece el Macho y Hechicera.
¿Dónde íbamos?
¿Qué sé yo?
Ni supe, rico.
Tampoco.
Juguemos los tres al coco.
Para jugar es roído.
¿Qué tienes?
Mil cardenales.
¿Adónde?
En el cuerpo todo.
Según eso, de ese modo
no traes los dos mil reales.
Lo que os cuento.
Gran trabajo.
Otro pudo haber mayor.
¿Cómo?
Comiendo.
Es terror.
No era más, si dieran ajo.
Mucho podía responder,
pero no es sazón agora.
¿No vistes la reina mora?
No más quisiera la ver.
Dentro la dueña, hecha aya, riñendo de eso que llaman voz en grito.
A muchachos, a donceles,
mirad que os llama señor.
A que no, es mucho peor.
¡Quién se comiera una pella!
¿Tienes hambre?
Estudiantona,
el alma tengo en un tris;
mirad que si no venís
que podrá haber disciplina.
Ya yo voy, vamos los tres.
Por dónde, que está cerrado.
¡Oh, quién comiera un bocado
al derecho y al revés!
Sale Álvarez, dada a mil demonios, hecha una visión, con los muchachos.
Lindo modo de servir,
¿acaso es buena conciencia
no haberos estado en presencia
y echaros luego a dormir?
Hemos de dar treinta voces
cuando os llama mi señora.
Ya nos vamos, embustidora.
Aparte.
Aquí temo que llueva.
¿Con quién hablas?
Yo contigo.
Contigo hablo yo también.
El diablo te lleve.
Amén,
y digan que yo lo digo.
Ven acá, ¿por qué ocasión
nos han embestido los griegos?
Ay, muchachos, ¡qué de cosas
os puedo decir de nuevo!
Sabed que habrá doce años
y tres días, si bien me acuerdo,
que Roldán desencantado
quiso sacudirme un perro,
y yo entonces, ¡válgame Dios!,
lo que descansan mis huesos,
le dije que no sabía
adónde estaba mi abuelo,
que me saliese una noche
y viniese amaneciendo,
otro día, y que al instante
que oyese tocar a fuego
entrase a socorrerme;
y en el que lo estaba oyendo
no sé cómo os diga cómo
dio conmigo de celebro.
¿Habéis visto cuando el alba
viene por aquellos cerros
y a pura porfía de rayos
quiere enturbiarle el cabello?
¿Habéis visto cuando un hombre
con los impulsos de ciego
levantó un leño de cien
arrobas con ser un leño?
Pues de la misma manera
y del modo que os lo cuento
estaba Roldán entonces
con los impulsos de un ciego.
En fin, ¿qué te sucedió?
Aquello a lo que yo temo,
deciros, porque al oírlo
podéis llegar a encenderos.
Si aquí me dieran palabra
de no escucharme, lo menos
pudiera ser que tomara,
se quedara en el pellejo.
Pero ¿qué dudo?, sabed
que anoche estando en el puerto
de Guadarrama, vi un oso
peleando con un negro.
Yo, que vi cómo reñían,
y que era cosa de miedo,
en un ciruelo me subo,
y me colgué del ciruelo.
Estaba allí un perrazo
y agarrando de un buñuelo
le metió al oso en la boca
dulce como un caramelo,
y ya lo veis, el oso entonces
gustó la miel a lo lejos,
y abriendo de ambos los brazos
quiso pagarle el festejo.
Hicieron las amistades
porque el salvaje del yermo
imaginó que tenía
cien colmenas por lo menos,
y díxole el capillero:
"Sabrás que una dueña tengo
por amiga, que se llama
María Álvarez de Toledo.
Aunque me ves hacendoso,
llamándome mochuelo,
porque un encanto me tiene
dando voces en un yermo.
Pero porque eres mi amigo,
ve a mi casa de aposento,
y en una sima escondidos
tengo metidos en talegos
la doncella y los dos pajes
quieren hacerla algún cuento
y robarla mil ducados
que hubo de vino añejo.
Ve a Merlín y a la hechicera
que está encantada en Majueco,
y diles que le suplico
con todo encarecimiento
que la libren de este enfado;
que la doncella y mozuelos
la quieren hacer, porque
es un hurto manifiesto,
que aunque es verdad que piadosa
les prestaba su dinero,
el no lo querer pagar
tenían en su pensamiento.
Esto escudriñaba yo cuando
oí una voz desde lejos
que decía: "Ya han llevado
todos tres un almofrejo,
pero aún falta lo peor,
porque el amante, en diciendo
a su ama o a su amo
algo de lo que hemos hecho,
se descolgará a los pajes"
boca abajo y consintiendo
a manera de correa
llevarán por los greguescos
la doncella he de pringalla
sin tener tocino añejo
porque con pez y resina
la he de flechar por lo hueco
y porque no presuman
ignorancia en ningún tiempo
por los avisos reiterados
do yo encargo del mancebo
acusador del castigo
y quedaré que en efeto
ya que la piedad los libra
podía valerse un consejo
esto digo, haced agora
lo que quisiereis más luego
no os quejéis de la fortuna
pues yo tampoco me quejo.
Vase.
El diablo hablará palabra.
Yo pronto a rezar el Credo.
Los que se meten con dueñas
morirán.
No digáis eso
que de cualquiera manera
por más que las alabemos
el mastín y la hechicera
nos llevarán por un pelo.
Si de esta escapo no más.
Sirva de escarmiento.
Vamos, que aguardando estamos.
Muy buena la habemos hecho.
Vanse y sale Bracamonte y doña Dorotea Hernández y Osorio, que pueden servir de leña seca en el mismo infierno.
Agora que ya estáis viuda
quiero casaros, porque ninguno
pueda alegar que le engañan
no habiendo nacido turco.
A don Lope de Osorio quiero
que el papel le mande por junto
para que después no diga
que un mal casamiento en julio
es primero; tiene Osorio
por su caudal un diluvio
de embustes que desde niña
le enseña un moro zurdo.
Aquestos son menester
para si se viere más apuro.
Porque aguado ya es
exclamación del vulgo,
debe de tener de sebo
mil arrobas, algo rucio,
porque fue de mi ánima
sobras de San Guarduño.
Zapatos viejos, chapines
y borceguíes a lo turco,
tendrán cien pares y más
que, ya se ve, valen mucho.
Diez cestos de vendimias
de trapos viejos que pudo
ir juntando para hacer
papel de estraza y de pujo.
Cuatro tocas remendadas,
son muy gruesos los repulgos,
con que zura de empanadas
sacará por lo ruido.
Ítem, más ochenta pares
de guantes viejos y mugros,
los más de la mano izquierda
y de la derecha algunos;
tres vestidos de bayeta,
un anacote que los hubo
de la dueña quintañona,
su deudo y de Marco Tulio.
Las camisas, a quien ello,
son tres, con más infortunios
y más remiendos que tiene
el hábito de un cartujo.
Pero todas aseadas,
porque el remiendo presumo
tales de lienzo y tales
de anjeo fino de lo crudo.
Además de estas alhajas
que merecen tanto estudio,
le doy yo cama que consta
de un colchón que medio anuncio,
tres sábanas de sedeña,
dos de lana y cuatro cubos
para que saque del pozo
el agua por todo junio.
Un badil, unas tenazas,
un barreñón viejo y mustio,
que servía de bacías
lo que se lavan los grullos.
Una sartenzuela y
dos asadores agudos,
cuatro sillas de costillas,
dos bancos y rueca y huso,
estos rudos e inmundos
con sus diez dedos muy sucios.
Hacen diez ganzúas y diez
garabatos por lo zurdo.
Sus costumbres y acciones,
cuales son punto por punto.
Lo de asechar e inventos,
no hay a quien se la pase.
Andar con chismes es cosa
que no se escapa ninguno.
Levantar un testimonio,
siempre lo hacen con mil gustos.
Las maldiciones del alma
las dicen, mas no las culpo,
mayores niñerías que vi,
tan criminales las juzgo.
No hace cosa sin gruñir,
es gran dueña machucho.
Ve ganar otro tanto oro,
murmurar más que un diluvio,
ser golosa lo que basta
para no morir de susto,
que viene a ser lo que importa.
En todos los días de ayuno,
lo demás de su labor
no quiero meterme en puntos.
Dios la haga bien casada
y la saque de mal mundo.
Tan agradecida estoy
a la merced que me has hecho,
que entendida que soy.
Pero pues tú en centurión,
tan honrada me la has pintado,
di que mi marido honrado
se pague la relación,
pues tan dichosa fui
que ha de ver toda mi cepa
de la viña en quien que sepa.
Aquesto me toca a mí.
Hernández, Osorio mía,
por lo menos es hidalgo,
descendiente de un judío
de los mejores del Cayro.
En mis primeras auroras,
cuando estaba muchacho,
que debe de haber cabales,
pienso que sesenta años.
Vino desde diez y seis
a servirme de lacayo,
con cuello y medias azules,
venido de paño pardo.
Quieren decir malas lenguas
que estuvo un poco encerrado,
porque llevaba un vestido
sin voluntad de su amo.
Otros dicen que está viudo,
aquesa vez apalmeado,
pero esto fue testimonio
que muchos le levantaron.
Dígolo porque Cristóbal,
aunque siempre le he criado,
mi dinero por jamás
me tomara solo un cuarto.
De mi lacayo pasó
a despensero mayorazo,
por cuyo oficio sé yo
que se comiera las manos.
En aquesta ocupación
estuvo sus treinta años,
y después con el amor
que en casa le hemos cobrado,
le pasamos a escudero,
al casquete redomazo
de los de mitra y pepino,
merecedor de obispado.
Vístele vestido negro
entonces de arriba abajo
con su sombrero entrefino
y de ramplón sus zapatos.
Lleva una espada que fue
de mi abuelo el Veinticuatro
con sus tiros y pretina
que heredé de garabato.
Vaquero en paños mayores
y va donde acompañando,
si a misa, cerca, a pie,
y si lejos, a caballo.
Cátase aquí que llovía
y a las cuatro, sin ser milagro,
y si acaso se mojaba
no era el murmurar acaso.
En esto el diablo no fue
más mal acondicionado;
maldiciones es Osorio,
la dueña de los nublados.
Lo que he dicho de alcahueta
y lo que de aquietado,
quien viera un cielo frío
como murió Mauregato,
y a no quita en las doncellas
andar haciendo retablos
que aparecen las mejores
a todo el chinchaparrazo.
En fin Hernández es hombre
que de su mismo tamaño
coge una zorra y a veces
tiene un lobo por el rabo.
Aquestas son sus costumbres,
sus alhajas su recado,
de medio abajo ballena,
de medio arriba rayado;
tiene dos pares de anteojos
que no le pueden dar asco,
obra que a dos años nuevos
valen un real de a cuatro.
sus camisas, talequales,
su media, y sus zapatos,
y hanega y media de trigo
con su artesa y su cedazo.
¡Ciego marido que sois,
hombre de la piel del diablo!
¿Cedazo nombráis? ¡Jesús,
qué mal hombre avenzonado!
¿Si vos sabéis que le trabáis,
echa Osorio con mil garbos,
porque abrace años juntos
que la dieron su recado?
¿Y sabéis que de dedalillo
juega mejor que un soldado,
para qué se lo nombráis?
¡Jesús, de lo que hacen ascos!
Pues, una curiosidad,
¿quién la ignora?
Caro, taro.
No puede ya una mujer
saber cosa de un dado;
si lo ignora, es una boba;
si lo sabe, es con espanto;
y cierto que a mí me tiene
confuso y maravillado,
de manera que está el mundo,
o malicioso, y de falso.
Esposa, a mí me parece
otro tanto oro cuanto
sabéis, y pluguiera a Dios
que supierais otro tanto.
Hernández, ¿estáis contento?
Señor, como un indiano.
Osorio, ¿estáis satisfecha?
Yo, como quien come nabos.
Sois ya marido y mujer.
Yo, señora, soy el macho.
Sea lo muy enhorabuena.
Eso no está averiguado.
Yo daré mi información.
Pues luego acudiré al despacho.
Pues a celebrar las bodas.
Pues que me place, vamos.
Vanse y sale la moza de cocina, riñendo, y con mucha pasión, con las dueñas y pajes por ciertos hurtillos que allí traen en la colada, y dice:
¡El diablo lleve mi alma
si lo tengo de perder!
Cuatro rodillas me faltan,
una media, velas, y su
sardina fresca, que cierto
estamos aquí en Argel,
esto no quiere dinero.
¡Lástima de mujer!
Cierto queda con pasión.
Agora en un santiamén,
pues aquí no ha entrado perro
ni gato, ni ha habido quien
lo haya llevado, si no lo hemos alguna.
¿Y qué es
lo que os falta, doñita?
¿Ya no lo he dicho una vez?:
tres medias velas de sebo,
cuatro rodillas con que
limpiaban los candeleros,
seis sardinas y también
medio pan, a vos ensufra.
¡Qué lástima de mujer!
Ahora, señora, aquí
no ha entrado ningún virrey,
yo lo tengo de buscar.
Y cómo que hará bien.
Pues yo he de mirar a todas
las faltriqueras.
¿A quién?
A todas.
Tened crianza;
mirad cómo respondéis
y esas palabras deudas
a las dueñas de alquiler,
no a mí, que soy más que dueña.
Aunque más disimuléis,
en los veranos, dueñita,
es fuerza que tropecéis;
pero ¿qué bulto es aqueste
que acá veo que esconden?
¿No son éstas mis rodillas?
Álvarez saca las rodillas de una manga, porque sin más ni más, con gran disimulo, como que no hubiera cometido tan feo y abominable delicto, dice:
¿A qué sazón, qué queréis?
Pero la culpa a quien toca.
Mi señora, ¿qué tenéis?
Muy poco cuidado con
la limpieza en lo que hacéis.
¿Para qué os sirvo?
¡Qué bueno!
¡Ayudáis en compadecer
de mí y id sacando trapos,
dueña ingerta en Lucifer!
Moza de cocina, en fin,
gallega de mala ralea...
Vase.
Cierto que no hay cosa oculta
en el mundo.
Decís bien,
porque los cabos de vela
en esas mangas se ven.
Pues ¿a qué niñería
qué importa?
Todo lo hacéis cosa de poca importancia.
Pues esto decid qué es.
Dos medias velas, que hacen
una entera, y las venden,
y luego lo pago yo.
¡Qué lástima de mujer!
Vase.
Mirad, Brígida, no hagáis
caso de "no quieros",
nublaos de brava sangre,
ni del deshonor avisen.
No falta más de que ahora
me riñan porque no sé
guardar lo que me han llevado,
y me faltan cada mes
dos mil trastos, que no puede
guardarlos el guardador,
y no encargan mi conciencia.
Cierto que habéis menester
cuidado con las alhajas.
¿Cuidado? ¿Y cómo no?
Y aun un millón de cuidados
no me bastan a tener
seguras mis baratijas.
¡Qué lástima de mujer!
Cuando es una golosina.
Vaya con Dios, lleváis
verbigracia como yo,
que solo porque probé
una sardina soasá
al instante provocó.
Y eso no cuesta dinero,
no me piden cuenta de él,
me dan el cargo, pagallo;
no basta tanto lamer
de platos, que muchas veces
fregallos no es menester,
porque los dejáis más limpios
que bolitas de oropel,
con conoceros golosos.
Suaves como la miel.
Pues yo pienso escarmentar.
¡Qué lástima de mujer!
Vanse. Sale Bracamonte y doña Teodora Osorio con moño de plata, sin guardainfante, chapines muy altos que se pudieren hallar de treinta dedos serán muy a propósito, con un antojo de vara larga pendiente con que ha de mirar de cuando en cuando su perrillo pelado el más pequeño que se hallare, balona y puños de red y guantes de los de olores, y Hernando, su esposo, siguiéndole con calza atacada sin...
En fin, Osorio, ya sois
mi mujer, y ya no sois dueña.
Para serviros, Hernández.
Eso está como de perlas.
Pero pues dice el refrán
que al reñir la hornera
los panes suelen hacerse
tuertos aunque no sea tuerta,
os quiero dar un consejo
que a mí me le dio mi agüela,
muchas veces en efeto
fue mujer hecha y derecha.
Lo primero, amiga Osorio,
en los recados de dueña
no habéis de delinquir más,
so la pena de la pena;
y si os fuere posible,
excusaros la tarea
del gruñir, será una cosa
que no se haya visto en Grecia.
Ítem, no habéis de estar mala
en ningún tiempo en cuaresma,
porque dos gastos, ya veis,
no los hace mi despensa.
Andar con chismes no importa.
Andas muy enhorabuena;
que todas las casadas
tratan en esta materia.
No me parece posible
cesar en esta diligencia;
por respecto de que es el diablo
de los chismes el que os tienta,
lo de más y lo de menos
vos lo sabéis, que es vergüenza;
allá os lo avenéis vos con vos
y vuestra ánima y conciencia.
Cierto, Hernández, que son malos
los consejos que, aunque vieja,
me parece que soy moza
después que los dais por cuenta.
En el corazón los tengo
de poner en una emprenta.
Me conformo, ¿estáis contento?
Sí, mi Osorio.
Y yo contenta.
Pues alto, a cenar, zagales,
que son ya las seis y media.
¡Válgame Dios, y qué largas
son las horas que se esperan!
Sola una merced os pido,
señores, por la postrera,
y es que, en cenando, se vayan
los convidados apriesa.
De rodillas os suplico
lo mismo, porque me aprieta
faja y zapatilla ya,
que otra cosa no me aprieta.
Digo que se irán al punto
que cenen.
Ved que lo yerra,
que tiene largo viaje
y camina muchas leguas.
Yo me iré muy espacio
conforme fuere la yegua.
Pues alto, a poner a punto
los cojines y maleta.
Fin de la segunda jornada.
Apertura sin escritura activa; solo se transparenta la tinta de las caras contiguas.
Salen las dueñas Álvarez y Osorio y la doncelluela de labor con una envidia del diablo de ver casar a Dorotea y hacen su conciliábulo diciendo
Con efeto, Osorio, ya
dejó el monjil y las tocas
y de mogollón se mete
a ser esta noche novia.
Sí, señora, cincuenta,
que ha llegado a la edad
y ha dado en tal bobería
sin ser tiempo de langosta.
A mí que me pasen duelos
porque voy honrada y moza
y a la viejezuda
la casan.
Tienes envidia.
Sí, tengo envidia una poca,
que, aunque no de casarse,
no hay un indio que el Nuevo Mundo da.
A que no, sino congojo
quedarte.
Qué dices, ¡hola!
Que tengo un marido como...
la Torre de Babilonia;
quiero deciros que habla
toda lengua y la española,
la portuguesa, alemana
y la francesa y etiopia,
y es como, así me lo quiero,
y demasiado respondona,
de gruñona sé que tiene
parentesco con las monjas.
Canta al son de una jácara
al amanecer, que es gloria,
que me parece canario
de Medellín y Saboya.
Tendrá veinte y cinco años,
poco más o menos, que goza
un mayorazgo de renta,
y sabe hacer alcorzas
y alfajores si hubiera.
Por Dios, es la buena obra
que no trujera yo peor.
Pues como hagas una cosa,
lo tengo por cierto.
¿Y qué?
Para que aduerma una
tanto yo curo con ella.
Como puede una amazona
de mí no ha de tomar nada.
Y acá, para cierta cosa
que le importa a mi remedio,
un cacillo le importa,
tengo cierta conservezilla
de la color de acenoria
que parece chocolate,
y como sois tan piadosa
y sé que esta noche tienen
de andarse de unas a otras,
para reforzar el pecho,
quiere mi misericordia
que la tome, y no sé cómo,
que pruebe aquesta mazamorra.
Mira que era muy su amiga
dila que una religiosa
te ha dado este chocolate,
que será un poco quejicosa,
que andará dos leguas más
esta noche si lo toma.
Esto quisiera que hicieras
por mí.
Por Dios, señora,
que es una niñería
forjada en muy buena obra;
yo iré a dárselo y tomará
si yo se lo doy, ponzoña.
que más de un día querrá
para que no quede cara.
Pues toma y dile que vas
a hacer la petitoria,
y no la pierdas de vista
hasta ver cómo lo toma.
Voy volando y vuelvo luego.
Vase
Esto no se ha visto en Roma.
Ahora bien, nitrosa mía,
ya las dos quedamos solas,
tráete el almíbar y echen
el culantrillo y las moscas.
De el modo que lo ordenaste
está todo.
Resta agora
hacerte duecha.
¿Cómo?
Es muy fácil, de esta forma:
En acabando la cena,
has de decir a Señora
que vas a hacer chocolate
de Guaxaca o de escudilla.
Porque después de cenar
asegura y perfecciona
los estómagos, y más
en la noche de la boda,
tráesele, y en la tacita
que tengo de Barcelona.
Prevenida por el caso
darás al novio y la novia.
Osorio ya me conoce,
que es golosa sobre boba.
Aunque ella está tan arrevesada,
toda boba a lo golosa,
no yerra la traza, mira
lo que hace mi nitrosa,
que importa mucho el acierto
para el nudo de tramoya.
No hay así miedo que yerre.
Pues anda, ve, que ya es hora
que han levantado de mesa.
Pues ahora un tiempo.
Vase
Agora,
si la doncelluda ave
dar el caldillo a la sola
Osorio y una Casilla,
y la segunda conozca
la nitrosa a novias sirviendo,
que tienen en dichas alcobas,
puedo yo segura del nido,
con temor de las congojas,
que al paso que pasen más
se han de aflojar las hojas.
de la cara, de su boca,
fuera de aquellas narices
que, como nalgas de mona,
están que parece que huye
una ventana de otra;
en fin, fuera de toda ella,
y puesta en su lugar otra,
cualquiera fuera mejor,
como barquillos y aloja.
Pues mira, a cuanto dijeren,
a cuanto sepas y oigas,
di que aquello que la diste
es chocolate de Angola.
Así lo diré.
Así, así, ven,
pero ya, ya sale Nucrosa;
y tú no le digas nada,
disimula, aquí la tosa.
Sale la Nucrosa, y no hay que espantar que es dueña y quiere vengarse, sale hecha una tarántula de bulto, ufana con centurina de haber dado la bebida con las mosquillas.
Lindamente ha sucedido,
vinieron como unas lobas
y se entran a acostar.
Qué cuidado, y no nos oigan.
Vanse, y salen los pajes hechos unos demonios agarrados de un plato de peltre viejo con unas arrebañaduras de albondiguillas de macho y teniendo uno de un lado y otro de otro, dicen:
Yo le he cogido primero
y le tengo de lamer.
Eso no puede ser
hasta pasado febrero.
Suéltale.
Suéltale tú,
que es mío.
No le he de soltar,
en vano es el porfiar.
O fuerza o avenencia,
quiere que entre ambos a dos
le lamamos.
Aún aqueso
no aguardará un mal suceso.
Pues lamo en nombre de Dios.
Todo el plato se ha llevado.
¡Oh, cómo sabe!
Engullir
puede aqueste mozo dar,
que se le falta al malogrado.
Lamen con toda cortesía como perro y gato, y dice Bracamonte:
Bracamonte dentro.
Candil, muchachos, que se
van aquestos convidados.
Por acá muy descuidados.
Ya vamos, en buena fe. Vanse.
Salen alumbrando con un candil de garabato cada uno al maestro y a la hechicera, meritísimos huéspedes de estas abominables bodas.
Que se asienten, todos lo honran.
Los honrados somos nos.
A no me afligir mis males
no me fueran acatados.
¿Y qué dijeran los novios?
Bracamonte, dígote
porque no sé qué me ha dado
a esta oreja el corazón,
que habéis de haber menester
ayuda de Badajoz,
porque de Osorio y Hernández
no son tres porque son dos,
mirad la edad, y cansancio
no caben en un arzón,
y pienso, si no es antojo,
que no ha de haber buen peón.
En la obra que se mete
y no ha de ser buen peón,
que la obra en que se mete
quiere mucha munición,
y, ya lo veis, en los flacos
tienen gran jurisdicción.
¡Daca, dadlo al diablo, que reniego!
Lo creyera Salomón,
y el Turco, y el Arzobispo,
y el Mariscal de Birón.
Esa es la pura verdad,
pero en tiempo de calor
maduran los melocotones,
y los higos y el melón.
Esto no es cierto.
Pues...
Pues ya me ves, viejo soy,
y temo alguna ruina.
Es cuerdo aqueste temor.
¿Habéis visto en Lombardía,
por dicha, alguna legión
de tordos que en una torre
cantan ut, re, mi, fa, sol?
¿Vistes acaso arroyo
que es de una peña sudor
y despeñado a un valle
moja por donde pasó?
¿Vistes una calentura
que muestra mal corazón
a la cara y las narices
sin testigos de la tos?
¿Habéis visto treinta cuerdos
a la vista de un jamón
que tiemblan de comérsele
en pringo de bendición?
Pues todas aquestas cosas
un ejemplo vivo son
de lo que ha de suceder
a Hernández.
¡Válgame Dios!
Quedad con Dios, y en habiendo
menester una porción,
dad un grito, en que digáis:
¡Ayúdame, Sacapón!
Vanse.
Que me place, así lo haré,
el demonio me metió
en casamentero, caduco,
de Castilla y de León.
Vase, y suenan dentro voces lastimosas como capilla de convalecientes en tono de pulso lamentable.
¡Que me fino!
¡Yo también!
¡Jesús, y qué tiritada!
Cuarenta cruces he hecho.
sin cursar en Salamanca
Esos os parecen muchos,
pues, Osorio, aquesto es nada,
cincuenta y más son los míos
sin los demás que me faltan.
Que gran lex.
No es eso lo que me mata,
sino este afán, que no puedo
domeñar sus amenazas,
no sé qué diablos me quiere.
Allá va otra camarada
en los guardas escudado.
En poco menos es navaja,
Osorio, no es mucho eso,
dad voces.
Que aquesto pasa.
El chocolate de anoche
fue purga de malas mañas.
El que a mí me dieron era
de sen y ciruelas pasas.
Bracamonte, señor mío.
Todo dentro.
Hola, muchachos, que llaman
los novios, mirad si quieren
que les oigan dos palabras.
Ten piedad de tus criados,
que no tenemos pujanza
para más, y está mi esposo
haciendo mil caravanas.
Sale Bracamonte muy amohinado, que parece que venían las voces de esposar, y dice asomándose como al aposento de los novios.
Hernández, paso, que dure,
porque en esta edad cansada
la posesión del majuelo
me parece a mí que basta.
Más días hay que longanizas,
ya os veréis con esa muchacha,
la quiero como a mi hija,
bueno está Hernández de Salva.
Sale Hernández.
Señor, que no lo entienden,
según la cuenta que traza,
del consuno le ha tocado,
ni de pito ni de flauta,
el chocolate de anoche
era alguna patarata
que a Osorio la ha vaciado
y a mí por otras me rasca.
Remedio con esta blandura.
Y con esta dureza daca.
Ya os entiendo, alguna dueña
os ha hecho alguna maula.
y sienta la doncellita,
y pajes, ¡a qué canalla!
¿Tenéis romero?
Ni luz,
que murió el candil de trampa.
¡Hola, muchachos!
Dentro.
Señor.
¿Tenéis candil?
Ni migaja.
Pues no hay remedio, esperad
a que llegue la mañana,
que ya han cantado los gallos,
porque son las doce dadas.
Vase, y salen VICTORIA, ALBANY y la DONCELLA de la voz, como rebozándose, haciendo de las zancas, de JOAN RAMOS.
¿Preguntaron algo?
No.
¿Y a ella, nueva?
Tampoco.
Saber dónde está el mozo
toda la vida importó.
Pasmo en tener tanta gana
de casarse Osorio quiere,
ver a uno muy potingue
con una mujer anciana.
La neguilla importa, que entra.
Y cómo no, si no huelga
nuestra ama, a los dos mancebos
salen ya.
Sal y pimienta.
Salen HERNANDO y OSORIO con muletillas, atadas las cabezas, con cada rodilla de lana, para dar más compasión, que cierto que es una lástima verlos echar traspiés.
Que me quemo, que me abraso,
según lo que está quedado.
¿Qué hay, señores? ¿Cómo ha ido?
Que me quemo.
Que me abraso,
aun no me quiere dejar
este afán necio y prolijo.
Ya un Postumiano dijo
que eran los males del casar.
Que me caigo.
Ciertamente,
que da verlos compasión.
Mirá, niñas, a qué atención,
siervos del omnipotente,
han querido trabajar
en la viña del Señor.
Jesús, qué extraño calor.
que me caigo.
Buen andar.
Nuñoza, dígame, ¿quién
la dio anoche el chocolate?,
que es muy corriente.
Eso calle,
no lo hay mejor en Belén;
aún media caja ha quedado,
si acaso la hace provecho,
para reforzarle el pecho
ha de guisarla un bocado.
Quisiera yo que tomara
otro tanto como yo.
Si no me dispongo yo,
como una que no repara.
Miren, Nuñoza, el demonio
se lo debió de traer.
Jesús, qué mala mujer,
y qué falso testimonio;
tan mal la supone, era
de Guaxaca y de Cambray.
¡Ay, mi Osorio!, ¡ay, ay, ay!
¿dónde está mi camarera?
Toda mía.
Toda mía,
estoy mollar, que es contento.
Queréinos contar un cuento.
Es una bellaquería.
A los novios el dejallos,
está de ellos muy quejoso.
Osorio cae en el pellejo.
Y Hernando, y entra en ellos.
Vanse, y quedan los mozos tratando de la cruel y abominable venganza que han de tomar contra las dueñas y doncellas, y dicen:
Y nos, infames, no han
dado para que purguemos.
Hagamos lo que solemos,
ladra como perro.
¡Hau!
¿No es tu amiga la hechicera?
¿Y el mágico no lo es tuyo?
Pues con aqueso concluyo.
¿Cómo?
De aquesta manera:
las dueñas y esta doncella
quieran quedos,
solo porque ella lo dice
y se ha de tener por fe,
nos han hecho empeñar,
y hemos de darlas canción
suave.
¿De qué manera?
Oye y yo te lo diré:
aquí mi amigo el vecino
vino de caza un lebrel,
lleno de sarna de tal
calidad y madurez,
que buscando lo abrigado,
este perro calabrés
se metió en sus camastros
sin melindre ni esquivez.
No se le dio dos pepinos,
en fin acostáronse
y amanecieron con sarna,
más que usurpa un mercader.
Pues yo tengo de traelle
y le tengo de meter
en sus camas y halagalle,
dándole allí qué comer;
andaráse por las camas
revolcando y rascarse,
que ignorantes del fracaso
se acuestan y amanecen
llenos de sarna perruna;
pues este achaque no es
para que le disimulen,
que sin qué ni para qué
verás que hacen más mudanzas
matrona de Valle.
Al mágico y la hechicera
después de eso que ande el hacer.
Jesús, ¡qué crudo castigo!
Pido a los dioses poder,
y no lo puedo pedillos,
que de compasión me den
un remedio con que cese
esta comezón soez.
Que Osorio a la venganza...
Al coraje ten contén.
A la furia...
A dar castigo
a quien daños causen.
Vanse, y sale la doncellita, sota, envidiosa, e Ysabela, embuste de las dueñas, y Quiterita muy nueva en docena de a enredo.
Los pajes se me han quedado;
si lleva el diablo el castigo,
mas ya se ve el que es amigo,
ha de ser amigo honrado.
Una burlita quisiera
hacerlas de buen amor,
sin peligro ni dolor.
¡Válgame Dios, cómo fuera!
Hará bien, no será bueno,
esto mismo se determina,
echarles pez y tierra
en el caldo, pues veneno
trae, no quiero matallos,
quisiera burla pesada.
Mejor es una empanada,
pero aquí no es de regalallos.
En la cama he de poner
aulagas y ajos moriscos,
simiente de escaramujo,
que no hay más que encarecer.
Acostaránse, y quieta
la gana, entrará el rascar,
porque en esto del picar
la sarna es niña de uva;
y si lo llevan por sano,
alguna culpa tuvieron
en los golpes que me dieron.
¡Ayúdame, gavilano!
Vase, y salen Nitrosa y Álvarez, comiéndose y rascándose, que parece que han dormido en algún hospital o un año contino en la calle de los negros.
Algún diablo me ha picado,
que muero de comezón.
Que yo paso sarampión,
y sarna y tiña me ha dado.
Que yo buena me acosté.
Yo también me acosté buena.
Esto que sarna y da pena
quisiera...
Yo bien lo sé,
de la India sarpullido
se lo oí de llamar,
y yo. Pero, ¿quién nos lo pegó?
¿No sería la tiña dado?
No es chanza, en toda mi vida
vi tal comer ni rascar.
A mí me empieza a cenar,
y desde ahora comida.
Si veneno me tienen dado,
¿no es acaso este castigo?
Lo mismo que tú yo digo.
Ya otro indicio se teme,
si acaso Osorio y su amante
nos han puesto de este modo.
Lo que sé de aquesto todo
se me pone por delante.
Asómanse Hernando y Osorio al paño, y venlos, y huélganse como en un cuento del concomio de las dueñas, y dicen:
Mira qué linda mudanza
hacen las dueñas, asombro
es verlas jugar de hombro.
No enseñó mejores danzas.
Pues agora entrará el miedo
que las tengo de poner.
Di que vienes como a duer.
De esta suerte enano quedo.
A voces Osorio, que las pueden oír en el mismo infierno.
Álvarez.
¿Quién, quién me llama?
¿Quién me da voces?
¿Queréis que os vuelva a coser?
No.
Pues volveos a la cama,
mirad que tenéis las dos
al Cielo muy ofendido,
a Dios y al mundo.
Calla, antes que a Dios,
que al instante obedecemos.
Eso es lo que importará.
Válgame Dios, ¿quién será?
¿No sois el Conde de Lemos?
Pues, ¿qué eres tú? ¿En qué parte
esta pobre te ofendió?
No disimules, que yo
pretendo ser el dios Marte.
En la cama habéis de estar
con esta gruesa porfía.
Tú y nuestra Nuñe Díaz
si no osaron levantar
y después que la conciencia
de ambos quede asegurada,
no se os dé un higo de nada
ni del Duque de Florencia.
¿Qué hemos de hacer, señor? ¿Llama
nuestro dueño?
¿Qué se os da,
que no estáis en Madrid,
que vivís en otra cama?
Y si cierta comezón
nos aprieta demasiado,
¿qué haremos?
Tener cuidado
de aflojar el corazón,
y no me repliquéis más,
que a Júpiter el tonante
prometo que tenéis delante.
¿En qué piensas? ¿Dónde vas?
Váyanse
A obedecer su precepto,
a tus órdenes guardar.
A las dueñas a acostar.
¡Que atácame el cólera!
Vanse y salen los pajes, apuñeteándose y tirándose cuatro puñetes en las narices, que les salga sangre; demás de ser salsa, será muy a propósito para el paso.
Hijo de un cornudo, ¿tú
me has echado las ortigas,
porque te almorcé las migas
y te comí el alajú?
Digo, non de Dios, verdugo,
que me comiste los callos.
Juramento que Zaballos
te reprehende a tarugo.
Más de un millón de piojos
pienso que andan sobre mí.
Es un diablo, a velequí,
pues dél son enojos.
Para remediar el daño
de lo que habemos de hacer,
tú no me querrás creer.
Sí, amigo.
Vamos al baño.
Vanse, y sale toda la barahúnda de sabandijas de la comedia.
Aquí se han de averiguar
cuantos embustes se han hecho,
que no quiero que en mi casa
se llame cual más, cual menos.
El primer embuste fue
de los pajes, que por yerro
a ellos y a las doncellitas
los pegaron por ajeno;
quien dio principio a este embuste
no me responden. Pasemos
adelante: los encantos,
el chocolate, el enredo
de la mosca y el ruibarbo,
y polvos de sen, y luego
el origen de la sarna
y todo su batimiento;
en confesión aquí estamos
padres e hijos; en secreto
se me diga, y yo perdono
a los que lo hubieren hecho.
Lo que ha dicho mi señora
me parece a mí que es celo
de que nuestras amistades
las sepa el Rey, de manera
no ha de haber en casa enojos,
y pues esto no apuremos,
que si fueron bromas hechas,
ya que rudas, fue buen celo.
Lo que importa es, desde ahora,
la prudencia y escarmiento.
y que por continuancia
el oficio despensero
casi nos toca y atañe
y nos juzga por de dentro,
es verdad que tal cual vez
en aqueste oficio ascendemos
de lacayos, un estado
del polo que no veremos
algunos como milagro
ya cansados nos metemos
a ermitaños y nos tienta
a ser putos al momento;
esto es cosa averiguada
y de que hay tantos ejemplos
que fuera nunca acabar
el persuadir a cuerdos.
Y descargo mi conciencia
con dejar nuestro abolengo,
agora de las doncellas
puede decir el más viejo.
Según eso, a mí me toca.
Sí, señor, de medio a medio.
Pues con licencia de todos,
digo ansí.
Empieza.
Ya empiezo.
Las doncellas se ofenden
de caracoles,
porque en un aposentico
pasan sus flores.
Un conejo a una rana
diz que quería,
y la rana al conejo
le aborrecía.
Regalaba el gazapo
su dama bella,
y catare el demonio
que los enreda.
Una zorra su amiga
supo la historia,
y en hacer amistades
se enredó toda.
A los dos los casaron,
y a pocos días
a la rana faltaron
las porquerías.
Conociéronla luego
por esta falta,
y que de la lavandera
se hizo preñada.
Hizo tantos melindres
con la barriga,
que el gazapo enojado
se fue a las Indias.
Llegó el tiempo del parto
por su costumbre,
y a los cuatro empujones
nació un embuste,
admiradas doncellas
que allí lo vieron:
el un cuerno al cielo
y otro al infierno.
Ya crecido el enredo
de buen tamaño,
a una vuelta de ojos
se vio el engaño.
Casóse la doncella
hecha y derecha,
sin pecado ni carne
una barrendera.
Casi como capones
las llaman dayas,
reservando a su tiempo
sus esperanzas.
Estas son las doncellas
una por una,
y menos las entiende
que más las hurga.
Esa es la pura verdad,
que como por mí ha pasado.
lo miro desamparado
desde mi primera edad,
y las dueñas
Claro,
relación que yo aprecio,
que la diga porque yo
la he dudado, tamaño
hay diversas opiniones,
en la línea, en el Carlos,
prosapia y genealogía
de este género dueñino;
deciros que de doncellas
descienden, es barbarismo,
las dueñas nacieron hechas,
y no tuvieron principio.
Carlasón quiso decir
que nació en tiempo de frío
de Merlín, y que Celestina
parió en llegando el estío;
dice que nació de un hongo
Sansacot aquel prodigio
de ramos, que en Sumari
fue gran mercader de micos;
Godofre, otro sabio viejo,
de puro estudiar ahíto,
dijo que las dueñas son
fantasmas de locutorio.
Garibay, aquel figura,
que no tuvo más oficio
que andar a ofrecer su alma
a Dios, si el diablo la quiso,
dice, y no dice muy mal,
porque lleva algún camino,
que las dueñas son demonios
que se dan siempre a partidos.
Bocoquín el de Tarpeya
afirma sin artificio
que es cierto que se engendraron
de los ojos de un beato.
Risio, un escritor moderno
que vivió en el Apenino,
asegura que nacieron
de cabezas de moruecos.
Fray Durango, un coronista,
de Alverque, un sabio médico
y retórico que me ha hecho
mucha fuerza su silogismo,
dice que aquella mozuela
de Pilatos el maldito,
que trajera a que lavara
al más santo en el gastizo,
era su tía con tocas,
de persuadir tan maligno,
oblicuo y prevaricante.
El Calvo apóstol de Chaves
que fueron sus amenazas
de modo tan exquisito
que Vianova tuvo miedo
y tropezó y dio de hocicos
Juan Gamasico Aniano
de Lope de Calaínos
dice que de una tramoya
los coros más vengativos
sacaron hechas picazas
presumiendo que esta era
las dueñas hechas añicos
Garbalán un mozo zurdo
que agora está en el cocito
el del brazo arremangado
todo tuerto y madavico
dice que un día se juntaron
los más sabios del abismo
y que formaron las dueñas
de los chismes de vecinos
Mamelucos afirmaron
juramentos exquisitos
que a no venir de leño
en el abrasado risco
y que ellas y las beatas
e hipócritas de los vicios
Son los diablos tentadores
que previno el antecristo
Zorobabel gran letrado
porfía dando mil gritos
que las dueñas se formaron
de lágrimas de maridos
de cuñados y de yernos
de los suegros y de primos
y de sucias del halago
que es embuste del mundo vivo
funda aquesta opinión
en la banca en el vestiglo
antiguos donde las dueñas
eran plañideras y simios
de mochuelos y lechuzas
afirma Pascual Remigio
fundándose en que de noche
hacen las dueñas sus ritos
Un calabre de Noruega
primo hermano del Burdillo
de la corca y de maladros
el del imperio mero y mixto
dice con gran energía
que estuvo ciego Domingo
como dicen que está el mundo
para dar un estallido
y que asegura una noche
mil lamentables aullidos,
a fuer de zorras los unos,
los otros a fuer de micos,
y que llegándose cerca
de un compañón moribundo,
vio que estaba una bruja
al basín, pelo marico,
pariendo, que era contento,
y ayudaba a lo parido
en voz de comadre un diablo
del género masculino.
La bruja diz que gemía
terriblemente en su ahínco,
diciendo: acaba, sal, sal,
embuste del mundo, fino;
y que aviéndose al demonio,
dando una culebra visos,
por una voz en el vientre
del ánima de un judío,
vinieron descabellados
los dolores vengativos.
Bramó el mar y el aire y todo
fue relámpago y granizos.
Y en aquesta confusión
Entre un millón de suspiros,
aun a llana cavaré,
salió una dueña del nicho,
esto afirman mil autores
con catarro como el mío,
sanos como una manzana
y blandos como un membrillo.
Pero miento, será peor,
ser abuelo, que es un dicho
ni nadie sino yo alcanza.
Este embustero prodigio
quiero dejar los autores
que he estudiado con ahínco,
que hablan de ser quinientos,
o lo que el diablo ha escrivido.
Atención te pido,
da gran horror el oíllo.
Pero no puede ser menos,
escuchad que ya prosigo:
que un infame lucero,
tan necio como atrevido,
quiso igualarse con Dios,
y ser un borracho quiso,
ya San Miguel blandiendo
aquel rayo vengativo
A Luzbel y su sequaza
al foso del paraíso,
pues dicen estos autores
que muchos diablos benignos,
de los que fueron también
culpados en el delito,
por suspensos del cielo,
no cayeron al abismo
de alquitrán y de resina,
de pez y cera derretido,
sino que allá en la región
del aire, sin más abrigo,
se quedaron menudos,
juntos, o duendecillos;
y uno dellos recayó
con una dueña, y al mismo
juntóla, empreñó y parió
una dueña de hechizo.
Conocéis esta verdad
en lo que habréis conocido
deste género de gente,
deste embustero prodigio;
los duendes que hacen quebrar
los platos, hacen ruido,
no parecen si los buscan.
A un aullido y a otro aullido
meten miedo a quien le tiene,
pues díganmelo los que han visto
que las dueñas que se usan
cargan lanzas de Longinos.
Con aquellas reverencias
del hijo de Baldovinos,
una toca hasta el zancajo
sin haber muerto el marido,
¿a quién no meterán miedo,
pues la rencilla su oficio,
el medrar y las dueñas,
es manteca y tocino?
Haya algún cabo de vela,
algún trapo, algún ombligo,
que allá en el pozo de Herodes
se lo contaré a dormidos;
que no tengan las dueñas
agarrados y escondidos
por maña, no por provecho,
por costumbre y por delirio.
No que guardan que es convento,
pues chusma, ¡oh, qué lindico!
Si se perdieran se hallaran
en su menor desperdicio.
Enredos a la experiencia,
maldiciones a lo inmenso,
mormurar hasta no más,
golosear un poquito,
dormilonas lo que basta;
y en fin, aquí concluimos,
ellas son diablos en carne,
como el sabio Merlín dijo.
Señores, este ganado
queda así bien repartido.
Lo que son dueñas, doncellas.
Lo que es doncella, amigos.
Ved lo que son gentilhombres.
Lo que son pajes del siglo.
De doncellas y de pajes,
dueñas y el escuderismo,
se hace una calabriada
como dos y tres son cinco.
Señores, al escarmiento.
Al ejemplo más propio.
Al que Dios libra de todos
es señal que no es muy rico;
y creo que mayor riqueza,
si a buenas luces lo miro,
que no haber encajaenredos,
chismes, embustes de lujo.
Y finalmente son dueñas,
pajes y doncellas mixto,
de todos los testimonios
que tienen como nacidos.
Y estas son, y este ganado
sustentáis, siendo enemigos
de vuestras comodidades
con título de cariño.
Pues desde hoy abrid el ojo,
y resbalen mis avisos;
harto habéis visto, miraldo,
y harto os he dicho, oído.
Finis.
Sello: BIBLIOTECA NACIONAL