digitanler Text von Lo que pansan entre dueñans, doncellans, panjes, escuderos, gentiles hombres y otros enemigos no excusandos. Comedian de entretenidans channzans y píldoran contran melanncolían, sancandan por orden del mejor gusto | BITESO
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digitanler Text von Lo que pansan entre dueñans, doncellans, panjes, escuderos, gentiles hombres y otros enemigos no excusandos. Comedian de entretenidans channzans y píldoran contran melanncolían, sancandan por orden del mejor gusto

Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026

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Comedian
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El texto procede de lan trannscripción anutomátican del mannuscrito conservando en lan Bibliotecan Nancionanl de Espanñan, signanturan MSS/15010.

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Lo que pasa entre dueñas, doncellas, pajes, escuderos, gentiles hombres y otros enemigos no excusados. Comedia de entretenidas chanzas y píldora contra melancolía, sacada por orden del mejor gusto. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/lo-que-pasa-entre-duenas-doncellas-pajes.

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LO QUE PASA ENTRE DUEÑAS, DONCELLAS, PAJES, ESCUDEROS, GENTILES HOMBRES Y OTROS ENEMIGOS NO EXCUSADOS. COMEDIA DE ENTRETENIDAS CHANZAS Y PÍLDORA CONTRA MELANCOLÍA, SACADA POR ORDEN DEL MEJOR GUSTO

Stanrt

Pang. 1

Comedia nueva. de entretenidas chanzas, y píldora contra melancolías, sacada por orden del mejor gusto= Lo que pasa entre Dueñas, Doncellas, Pajes, Escuderos, y Gentiles hombres. Y otros enemigos no excusados.

Pang. 2

+ 1 Dueñas, pajes y escuderos, gentilhombres y doncellas, mirad qué calabriada se llama aquesta comedia. Hablan en ella los embustes siguientes: Hernández, gentilhombre. Pérez, escudero. Álvarez, dueña. Osorio, dueña. Una doncella de labor. Bracamonte, viejo. Doña Teodora, su mujer. Dos pajes. Una moza de cocina. Un mágico. Una hechicera.

Pang. 3

2 Dirección. A la más honesta hermosura de Manzanares, ninfa a quien debe mayor adoración el culto y mayor envidia lo cuerdo, etcétera. Comedia de disparates, a quien eres, Momo, adverso, dirijo, señora musa, ¿quién tendrá la culpa destos? Sirva vuestra merced, que yo pensé, parada la tengo; que la pluma corrida mide de mí cuatro dedos. Pero a mí ¿qué se me da, si puedo con este perro sazonar los sinsabores de lo vocal del infierno? ¿No se acuerda que una tarde me dijo, diablo: «¿Qué has hecho? Los preceptos soberanos son la llave del esfuerzo»?

Pang. 4

Obedece y calla, y echa por esos trigos, que luego, si merecieres castigo, en él se embocan los premios. Baje las orejas como pudiera humilde sardesco, y empuñando el asnerino la invoco de medio a medio. Que paciencia y sufra injurias, que dichas por todo un cielo al Pindo serán finezas si en mí fueren escarmientos. Y yo no tengo voluntad, memoria ni entendimiento, que están todas tres potencias en el alma que obedezco. Una deidad aprisiona mis sentidos, muy de aquello de no admitir peregrinas impresiones el respecto. A las 3 A las finezas de esclavo en mi libertad me veo e idolatra del cuidado en las aras de lo honesto. Dueñas, pajes y doncellas, gentilhombres, escuderos, y a veces trampas son todos, ¿qué mucho que tropecemos? Pues, musa de mis entrañas, sopla bien hasta dar fuego, y si no los abrasares, chamúscalos por lo menos. Aprobación del licenciado Malagón Rebollo, abogado en la Noruega. Que de pasar esta historia por donde hubiere lugar para hacerse más notoria; y no la deben quemar, pero hacerla pepitoria cosas tiene del demonio.

Pang. 5

que supo de antaño Antoño, que aquesta gente soez una y otra y otra vez levantan un testimonio. Muy bien se puede leer como dicen de pe a pa, y si se llega a ofender alguna dueña será por ser tan mala mujer. Si hiciere pundonor alguna doncella della, consulte con su doctor si aquesto de ser doncella viene a ser mucho peor. Y con esto y con esto otro y con aquello y el otro, damos licencia que se pueda imprimir, como que puede imprimirse el quillotro. Al pío lector + Al pío lector, el poeta. EL POETA. Lector cualquiera que seas, que esta comedia has de leer, mira, no eches a perder el gusto cuando la leas. Considera en una casa esta gente y luego, al punto, si no cayeres difunto, puedes ponerte la pasa. Mira en uno y otro enredo el ejemplo de esta gente, y verás que de repente es fuerza que tengas miedo. Y si acaso de alentado te precias y de sufrido, solo avisarte he podido si te dieren su recado.

Jornada primera

Pang. 6

Salen la doncella de labor, lo más disimulada que pueda, que no será poco, que todas son taimadas, y los picarillos de los pajes, recatándose, mirando a una y otra parte.

Paje 1.

Tú lo viste.

Paje 2.

Yo lo vi,

y por más señas estaba

Álvarez cenando a oscuras.

Doncella.

Cabos de vela la faltan

a una dueña, no es posible.

Paje 1.

También al marqués de Mantua

le faltaron muchas veces,

yendo por el mar a caza,

no es ese mucho milagro.

Doncella.

Y ¿cómo fue el caso? Acaba,

mas ves primero, no acecha

hecha candil de sí misma

mirando las musarañas.

Paje 1.

Dices bien. Examinemos

los rincones de esta sala,

y asegurados de chusma

os contaré lo que pasa.

Van mirando y está Álvarez con el ojo tan largo.

Pang. 7

En un cantillo, a un rincón, y no la ven.

Paje 1.

Todo está seguro agora,

os diré en breves palabras

lo que enreda este demonio,

esta dueña, esta fantasma,

que sin brujas en Logroño

es bruja de aquella casta.

Asómase Álvarez al paño, con unos antojos, toca de repulgo y mangas, y él llevare su aceruelo con banda, o el mozo se lo llevará, será otro tanto oro, y dice en voz baja:

Álvarez.

Estos quieren murmurar

de mi brava barrumbada;

aguardo, pero no importa,

que también ellos la aguardan.

Paje 1.

Sabes que es buena pieza,

mas no de cambray ni Holanda,

que de lienzo, pero tate,

que no ha entrado la Maraña,

que en la despensa se anda.

Esquilmando que topa,

y es un almacén su arca;

Paje 1.

no hay cabo de vela, no hay

trapo viejo que no agarra;

hasta un braguero escondido,

el mandil y la almohaza

de un rocín que se murió,

y si al punto no le sacan,

amanece desnalgado,

y hace salchichas que paran

plaza de cuerpo, porque

tiene nuestra camarada

hechas con los pasteleros

sus mayores alianzas.

Esto no penséis que yo

se lo levanto, pasaba

un zapatero de viejo

pregonando en voces altas

zapato viejo, y ella,

como quien no dice nada,

con disimulo, que iba,

según dijo, a hacer agua,

en el zaguán le metió,

y con muy tiernas palabras,

yo, ignorante del caso,

pensé que le enamoraba,

Pang. 8

Paje 1.

le dijo que si quería

comprarle aquesto, no le espanta

treinta pares de zapatos:

-Prestos, que se los daba

por decir alguna nueva.-

Ella dijo que a las almas

del purgatorio (y sé yo

que convirtió la demanda

en andar comprando chismas,

aunque sé que no le faltan).

Y en efeto el zapatero

dijo de muy buena gana:

-Vaya vuesa merced por ellos-;

y en un santiamén estaba,

como jugador de manos,

la dueña. Echa una trampa:

sacó de las faldriqueras

seis pares, y de las faldas

otros seis pares, van doce;

y allá detrás de las arcas,

en unos senos traidores

a raíz de las enaguas,

tenía otros doce pares;

y los seis que le faltaban

sacó uno de la toca,

y como muchacho que ata

el dinero en la camisa

para que no le den caza,

tenía dos pares, y tres

acomodaba en la espalda,

al lado de la corcoba;

quedó desembarazada,

y concertó a real y cuartillo

cada par.

Álvarez.

¡Oh, gente baja,

miren de lo que hacen caso!

Si supieran que mi ama

se le midió el otro día

con el aceite, y que anda

una tinaja que es gloria,

media cántara y tinaja,

que dijeran: seis arrobas

tengo, Dios loado, guardadas,

y hasta ahora no se ha echado

menos; y que se vaya

gastando, los tagarotes

llevarán la noramala,

porque aquesta falta suple,

sobra de otras tantas de agua.

Pang. 9

Paje 1.

¿Y el zapatero pagó?

Paje 2.

Como él pagó, y en plata,

y por mí es maliciado

que tiene de innumerata

Álvarez gran cantidad

porque ella es una pirata.

Comer, si no es lo que coge

al vuelo con lo que agarra

de la mesa, otro bocado

por jamás; ni una blanca,

su ración la ahorra entera.

Pues ¿cómo daremos traza

de darla un buen antubión?

Álvarez.

¿Antubión a mí? ¡Qué gracia!

Hoy a todas cerraduras

tengo de mudar las guardas,

no sea el diablo que curiosos

me descubran la hilaza.

Sepamos qué más inventan.

Doncella.

Yo daré una buena traza

para saber si es verdad

que tiene dinero.

Pajes.

Dala.

Doncella.

Yo diré que me han hurtado

una bujía de plata,

y que mi hermano Joanillo

sé que la tiene empeñada

en cuarenta reales, que,

pues somos amigas ambas,

me los preste sobre mí,

siendo deuda llana,

y que la daré de más

diez reales porque me haga

este bien, entonces ella

por asir aquesta ganga

me los prestará, y los tres,

cogida aquesta garrama,

merendaremos de aquello

y otro día, aunque rabia,

y después para cobrar

mi vestido a la mañana,

diremos que le pidió

prestado para una maula

levantando un testimonio

de cuantos ella levanta.

Paje 1.

No me parece muy mal.

Álvarez.

Que aquestas cosas se hagan.

Pang. 10

Álvarez.

Entre cristianos más que

cristiandad hay en Castilla

como doncellas y pajes

con Dueñas y los pajes

A un traidor dos alevosos

como dicen en chanza

Pues a envistir un embuste

Dueñas que se acobardan

ya no es un pensamiento

Que nido de quien ofalta

herir por los mismos filos

no lo enseñaba Carranza

Pues a ellos que es vergüenza

que pase por una muchacha

quieran triunfar de una dueña

con monjil y tocas largas

Vase

Paje 1.

esto queda de su amante

Paje 2.

harán como lo mandas

Doncella.

El engañar a una dueña

merece bronces y estatuas

Vanse

Sale Bracamonte barba entrecana, muy arriscado, Hernández gentilhombre lánguido, las alas del sombrero caídas y el dedo del pie derecho asomado como cabeza de galápago de quien es concha el

ajado zapato quien le punte no pase de 15 puntos

Bracamonte.

Por las entrañas de Dios =

Hernández.

Vuesa merced quede con Dios,

que yo no puedo sufrir

ay nieva e me de yr

Bracamonte.

Ques decis que os hace a vos

la dueña que me decia

que os han de casar con ella

Hernández.

Señor ella y la doncella

ponen mi vida en un tris

Bracamonte.

Contadme lo que ha pasado

que yo lo remediaré

Hernández.

Señor yo lo contaré

sino paga de contado

asisto algún nacimiento

por Pascua de Navidad

Bracamonte.

Muchos hay en la ciudad

Hernández.

Pues oiga vuestra merced atento

habrá cosa de tres días

y si no son mas de tres

es porque importa razones

lo mismo que nones es

que la doncella estaba

haciendo un poco de red

en una balona azul

Pang. 11

Hernández.

Nombre, Garapiña es,

y porque acaso le dije:

«Dígame, vuestra merced,

esos lazos, esa red,

¿son para que caiga quien

mirare con atención?»

«¡Voto al mismo rey!,

¿quién os mete en eso, abor-

to?», me dijo. Yo repliqué:

«Nadie, señora, me mete,

porque yo me meteré.»

Y yo, entonces, la doncella,

como moro en Tremecén,

más rígida que otro tanto,

y otro tanto más cruel,

me dijo: «Sois un vinagre.»

Yo dije: «Aceite también.»

Y ella replicó: «Pues idos

a una desalmada a tener

conversación, que yo soy

sobrina del rey de Fez,

no dueña de mala mano

como las que hablar soléis.»

Osorio, que estaba entonces

detrás de alguna pared,

salió echando verbos como

Hernández.

fraile que cena un pastel.

Díjome que de los pinos

soy descendiente cruel,

y que esto de dar lanzada

no era para su broquel;

que era insensato, me dijo,

y sin qué ni para qué

me aseguró que había

todo el tiempo de llover.

Alcanzose la doncella

con esta dueña soez,

y la palabra alcahuete

me dijeron más de cien.

Y yo, señor, que desciendo

donde pude descender,

y de Asturias he venido

en mi mula de alquiler;

yo, que tengo ejecutoria

como cualquier portugués,

y se sabe que mi línea

fue el conde Partinoplés;

no quiero estar atenido

a que afrente tan soez,

pues que ni falta adonde

le pueda faltar el mes.

Yo soy honrado escudero

Pang. 12

Hernández.

no alcahuete ni francés,

con mi ración me contento.

Bracamonte.

Y harto que os contentéis,

pero porque me criasteis

y en mi primera niñez

me dabais consejos como

pudo el mismo Lucifer,

no os vais agora, que yo

todo lo remediaré,

y a esos dos micos con vida

tal enojo mostraré

que me tiemblen en Asturias

los mismos turcos de Argel.

¿Vos no habéis visto una torre

de cal y ladrillo bien,

como la misma Giralda

de Sevilla, que a un vaivén

y a otro y a otras dos docenas

tiene tiesa la pared,

aunque el aire bambolee

la veleta de oropel?

¿No lo habéis visto?

Hernández.

Señor,

si vos gustáis lo veré,

que eso no es dificultoso.

Bracamonte.

Pareceos que no lo es;

pues no es más fácil que yo,

teniendo tanto poder,

no puedo ver a Sevilla

desde el mismo Leganés;

pero mis buenos amigos,

votos a prieto, sabéis

que cuatro docenas hacen

sin falta ocho veces seis;

sabéis que puedo, si quiero,

leer de Jerusalén

a un alfaquí peregrino

y sé contar hasta diez.

Pues si nada de esto ignoro,

porque vos no os entendéis,

pensáis que está el mundo ya

como estaba antedayer;

el que ha de ser buen cristiano

lo tiene de parecer.

Porque por eso en verano

parece la nieve bien.

La doncella de la uña,

aunque os parezca mujer,

no se os ponga por delante

a averiguar si lo es;

a abuelas llamaba un sabio

Pang. 13

Bracamonte.

Sin llegar a conocer

si son carne o son pescado

hasta cascar la nuez,

pues las dueñas ya se sabe

que son cigüeñas en pie,

grullas por lo vigilante

y zorras en la doblez.

¿Qué es de una vana que teme

una grulla qué ha de hacer?

Volveos a casa y dejaos

de esos yelmos de buey,

que os empeño mi palabra

de haceros cantar réquiem,

que la dueña os remate

y la doncella también.

Hernández.

A tan horribles razones,

¿qué se puede responder,

sino que de hoz y de coz

quiero arrojarme a sus pies?

Pero pues me has prometido

hacerme tan grande bien,

empieza haciéndomelo.

Bracamonte.

Decid, Enrique, cuál es.

Hernández.

Que todo lo que ha pasado

lo calles a Osorio, que

con la quimera

concluirás la mujer;

digo que quiero casarme

con ella, que en buena fe,

que aunque embustera y mirona,

parece mujer de bien.

Bracamonte.

Y ella sabe vuestro gusto.

Hernández.

Sí, señor.

Bracamonte.

Y ríesele

de ser con vos tan entero.

Sabe de vos quien en pie...

Hernández.

No se burle, que ella sale

a hablar en mi abono una vez,

que esta invención bien puede

hacer la mamola a un juez.

¿Qué responder?

Bracamonte.

Que te escondas

antes que entre, y le diré

tus recados desde adentro.

Oirás su respuesta.

Hernández.

Bien.

Sale Osorio dando de gritos a Pilonga, sin cofia, que vuela a la cabeza ni por imagina, con un llavero y tocino de cos gordos, dándole que parezca sarta de muelas de dragón.

Pang. 14

Bracamonte.

Osorio, sea bien venida,

Osorio.

y vuesa merced bien hallado.

Bracamonte.

Ya ve cómo la he buscado

sus remedios.

Osorio.

Conocida tengo la inclinación

de ese pecho generoso,

que a sujeto ansí dichoso

no le come sabañón.

Bracamonte.

Dice bien, mas porque sepa

cuán agradecido soy,

yo quiero casarle hoy,

y a amo pide la cepa;

una mujer no está bien

sin consorcio en esa edad,

que lo resto fue ciudad,

la misma Jerusalén.

¿Cuántos años tiene?

Osorio.

Yo,

sesenta y ocho cabales.

Bracamonte.

¿Y tocó los arrabales

los treinta y seis?

Osorio.

A ciento.

Bracamonte.

Pues mire, Hernández me ha dicho

que la ha cobrado afición,

y aquestas cosas no son

para poner entredicho;

dice que no será otra

en el mundo su mujer,

pero mire que ha de ser

cariñosa con su potra.

Él tiene, según confiesa,

ochenta y cinco años, y es

por su parte calabrés

y su madre calabresa;

flatos y el braguero a días

que le aprietan demasiado,

pero el tiempo lo ha causado,

no pidamos gollerías,

no hay cosa como tener

una mujer su marido,

que dos pájaros un nido

muy bien lo pueden hacer.

Con eso sale de dueña,

que en estrecha religión

no tendrá sarampión

como el gran Conde de Ureña;

libres de otras cautelas

vivirá un ciego a toca,

y si le duele la boca

por lo menos no son muelas,

que piensa que ha de sacar

Pang. 15

Bracamonte.

La dueña que más se goza,

cuando más una coroza

se la escapan de acotar

a todas, y la cañada.

Vivo vida más que ahora,

y que fuere alcahueta

no se le dé honor no nada.

Porque piensa que Rodrigo

forzó a la Cava en un tris,

porque no estaba en París

ni en Bretaña su postigo,

llamó un navío a la mujer.

Tengo nacido en verano,

el alto monte no es llano,

salirse quiere de ayer.

Hernández aventajado,

como pudiera Roldán,

y notas que se le dan:

renombre de buen soldado.

Hombre fue en sus mocedades

que envasó los pellejos,

que por eso están tan lejos

unas de otras las ciudades;

cebaron de su murmullo

Bracamonte.

del alma y corazón sincero.

Si quieres hacerle hechicera,

lo hará un brujo brujo.

No hay tan sana condición

como la mía en el suelo;

él ha de ver un buñuelo,

mire si tengo razón.

Osorio.

A ofensa de aquesa mano,

¿qué te puedo responder,

sino que pueda tener

dos mil como un indiano?

Yo te confieso de plano

que el pensamiento tenía

de ser virgen todo un día,

pero pues tú gustas dello,

yo me animo a más de hacello

sin congoja ni agonía.

Y sabe ya mi señora

este repetido ardor,

porque en esto del amor

no es menos ser cantimplora,

pues ya no es dueña mora,

que es algo mejor que dueña.

Pang. 16

Osorio.

Venga a mí como a una peña,

llegando sin embarazos,

a que le gocen mis brazos

sin resabios de cigüeña.

Bracamonte.

Vuestra Señora tendrá

en Dios remedio, Osorio,

y como del purgatorio

de ser dueña, os sacará;

yo la llamaré y vendrá.

Estáis agora contenta,

aunque no tengáis de renta

un ceití de Portugal,

pues ya sabéis que es el mal

el que remedios sustenta.

Sale doña Teodora, mujer de Bracamonte, vestida a lo antiguo, que el diablo la pueda ver, y al entrar ve hablar a Osorio y a su marido, y acechando como simple, dice:

Doña Teodora.

Algún tanto divertido

sospecho a mi esposo, que

ha más de una hora que fue

a remendarse el vestido,

y puedo haberle perdido

como no sabe las calles,

y andará por esos valles

Doña Teodora.

hecho manso sin cencerro.

Mas, ¿qué es lo que miro a Pedro?

Velos abrazarse.

Bracamonte.

Yo espero, Osorio, que os halléis

lindamente, dadme agora

dos abrazos de facción,

porque mis cosas no son

como las de esa Señora,

temporeras, que te adora,

y te quiere más que a sí.

¿No me querrás mucho, di?

Osorio.

Digo que te querré mucho.

Doña Teodora.

Miren qué raro avechucho,

quiero volverle neblí.

Yo quiero entrar, pero no,

que quiero ver en qué para;

quizá querrán cosa rara

lo mismo que quiero yo.

Pero cate quien halló

su ofensa, castigue el daño,

que no es vicio el que es castaño,

y fuera mucha rudeza

no comer pan con corteza

quien ha de ser ermitaño.

Yo quiero entrar, lance fuerte,

pero en cuatro razones...

Pang. 17

Doña Teodora.

Me pegan dos opilaciones,

habré echado mala suerte,

pues me halla la muerte

en aqueste afán prolijo;

no podré tener un hijo.

Pues, ¿qué es lo que puedo hacer?

Agotar he menester

lo que mi suegra me dijo.

Bracamonte.

Digo que habéis de abrazarme

otra vez y otras dos mil;

¿no sabéis que vino abril

y puedo desempeñarme?

Osorio.

Tomad, señor, que el honrarme

me parece ya forzoso,

y si estáis menesteroso,

y no ha de daros enfado,

ved si queréis un bocado

antes que venga mi esposo.

Bracamonte.

No tengo hambre, mas creed

que le estimo de manera

como si aquí le comiera.

Osorio.

En todo me hacéis merced.

Doña Teodora.

Yo he de entrar, que es mucha mengua

en cosas de pundonor

que me apasione el temor.

Doña Teodora.

Esto que llamamos lengua.

Entra.

Doña Teodora.

Esposo, ¿qué hacías aquí

con Osorio tan despacio?

Bracamonte.

Vengo agora de palacio.

Doña Teodora.

¿De palacio venís?

Bracamonte.

Sí.

Doña Teodora.

Y me parece muy bien

que la primera venida

la hagáis a la Osorita,

dueña de Macualén.

Osorio.

No soy ya dueña, señora.

Doña Teodora.

Pues ¿qué sois? Decid, menguada.

Osorio.

Yo soy una fiel criada,

desde hoy de haber media hora.

Doña Teodora.

Pues ¿no me queréis servir?

Id con Dios, que dueñas tengo.

Osorio.

O no me entendéis, o tengo

cuatro varas de medir.

Quiero hablaros claramente:

con Hernández me he casado,

porque me dijo un letrado

que se hace fácilmente.

Agora, señor, me ha dado

cierto recado por él.

Pang. 18

Osorio.

Yo como mosca a la miel,

halcón que tiene el cuñado,

y solo esta licencia

aguardas a venir.

Doña Teodora.

Y quedo yo comenzar

el casamiento en conciencia.

Osorio.

Sí, señora, ¿por qué no,

si ambas gustamos de aquello?

Doña Teodora.

Ya se sabe, porque por aquello

que a Mateo, que le llamo yo.

Bracamonte.

¡Oh, qué palabras preñadas

ha dicho aquí mi mujer!

para agora es menester

guardar una bofetada,

pero no con celos muerde,

que mucho no hay que espantar,

mas también trae el despegar

del modo que se le acuerde.

Osorio.

Esto sabe acá venir.

Pues yo los quiero estorbar;

adiós, voy a empezar

la tela que hemos de urdir.

Vase.

Bracamonte.

¿Estáis ya desengañada

de lo que Osorio trató?

Doña Teodora.

Y el abrazo que di yo.

Bracamonte.

Pues, ¿a qué no importa nada,

no por cierto, de contenta

de haberla puesto en estado,

medio de un brazo apretado.

Doña Teodora.

Y a vos corre por mi cuenta,

y nadie sin licencia

os puede abrazar a vos.

Porque me dejara Dios

a la luna de Valencia,

y sabe ya Hernandillo

lo que pasa en este dote

de Osorio.

Bracamonte.

No os alborote,

que aquí daremos el modo,

ellas de buenos aceros,

y aun en nada se ha metido,

que como le hagan marido,

más que ella dé en cueros.

Doña Teodora.

Pues con esta condición

voy contenta, vamos todos,

primero que hagamos lodos.

Bracamonte.

Digo que tenéis razón.

Vanse y sale la doncella muy disimulada como que no tiene malicia, halagando a Álvarez, que está con la misma cautela, y son dos embustes en carne.

Doncella.

Como digo, amiga mía,

aquel traidor de Juanillo

sé que la tiene empeñada

Pang. 19

Mirad que es gran desvío.

Álvarez.

¿Y qué, como novios,

que por eso un sabio dijo

que los candeleros iban

echando por esos trigos?

Grande lástima te tengo,

perdona que he de decillo;

estos niños azotallos

es hacelles beneficios.

Ven acá, ¿has visto una vara

como de alguacil, de guindo?

Pues lo mismo es un muchacho,

porque un muchacho es lo mismo.

Gracias a mi anciano padre,

que fue desde muy chico

muy inclinado a azotar,

y aunque no usaba el oficio

quiso ser maestro de escuela

porque era todo su vicio

a los niños que enseñaba

que enseñasen los culitos.

Verdad es que, ya lo sabes,

se levantan que habrá sido

algo puto, y por hereje

diz que le quemaron vivo.

Doncella.

No te acuerdes desas cosas,

que da lástima el oíllo,

y fue compasión no hacelle

compañero en Peralvillo,

y adiós, le lleve el diablo,

que no mancó de un pelillo.

Álvarez.

No le tengo.

Doncella.

Acá muy bien que,

quiero mejores de un pelillo,

quiero mejores blanco y lindo.

En fin, amiga, este apetito,

yo no puedo hallar resquicio

a mi remedio si tú

no me enseñas el camino.

Empeñada la vida,

y ha de armar voz en grito,

y engañará el viejo como

la hija de Carlos Quinto.

Esto de la negra honrilla

hace guardar el portillo,

que uno de los candeleros

aun no valen lo que cinco.

Por esto y porque mi ama

es honrada de poquino,

y en quejándose la pasa,

se pasa a puros castigos,

quisiera que me prestaras ocho,

de rodillas te lo pido.

Pang. 20

Dueña

Álvarez.

¿En qué,

y va empeñado este manteillo,

darete en prendas, amiga, por lo menos,

el dominguero vestido

y un mono que habrá dos horas

que me trajo un turco chino,

qué me respondes?

Álvarez.

Amiga,

aunque cierto dinerillo

tengo, no es sol ni luna

en una urna escondido,

allí lo guardo hasta que

salte un logrero beguino,

que a pérdida y a ganancia

me lo remeta al truxillo,

por cada cincuenta reales

me daba dos veces cinco,

que con diez, y rinde a ciento

dará veinte, que es lo mismo;

¿qué quieres? Todo es a causa,

si no se gana un poquito,

aquí y allí perecemos

los que no tenemos trigo;

hoy ya que no se llegó

interés del beneficio,

tuvieras un jamoncuelo

asaz de algunos chorizos.

Yo te prestara mil reales

con la condición que lo ignores,

ni el Cid Campeador no han

de sacar, que se lo fío.

Doncella.

Y en un mil veces mi boca

será como pergamino

sellado con el almagre

de nuncio que no olvidó

el jamón, aunque en pecado,

no falta más que un manteillo

y chorizos, tengo nueve.

Álvarez.

Poco rompo a ser finos,

mas qué remedio, yo gusto

del hacer bien que he podido;

dígalo mi capotero,

Condesa del Campillo,

ve por ello.

Aparte.

Doncella.

Que me place.

Jesús, toda me derrito,

mil reales, ¡oh dueña noble!

hoy te doy a su camino.

Vase.

Álvarez.

Esto está ya negociado;

en el garlito ha caído

la doncella mansonuevo,

una doncella en garlito,

¡vive Dios que ha de llevar,

si yo puedo, dentro en hitos!

Pang. 21

Álvarez.

que por vos un pollo muerto

es más seguro que vivo.

Ellas y los dos pajes han

de padecer un martirio,

la hechicera que es mi amiga,

el mágico es ya mi amigo,

pues ahora a la venganza

que he votado a Jesucristo

que han de acordarse del caso

por los siglos de los siglos.

Vuelve la doncella con una cesta, como que va a pescar,

bogas y luego verán lo que pesca.

Doncella.

En esta cesta va todo.

Álvarez.

No tienes dos conocidos

que vengan contigo a ser

del embeleco testigos?

Doncella.

El ama de llaves tengo

aquí, y están Juan y Perico,

los pajes, que son dos mozos

con sus narices y hocicos.

Álvarez.

Dices muy bien, y qué honrados,

qué callados, qué bonicos.

La gente honrada se echa

de ver en los desperdicios;

llámalos que dellos solos

porque tú los traes, maestro,

ellos son bien abonados,

no busquemos más bodigos.

Doncella.

Aquí están, que ya vienen,

y yo los tengo advertidos

del caso.

Entran.

Álvarez.

¡Qué doncella!

Estos mozos buenos niños.

Mirad que con esta niña

ambos a dos, los dos pinos,

habéis de bajar adonde

tengo un dinero escondido,

y sacar de allí un talego

de tafetán amarillo

en que tengo dos mil reales

y treinta arrobas de hilo;

por cuya gran ganancia

haréis como buenos hijos,

me contaréis mil reales

que lo aprecio como un indio,

y chitón, que cuando entrambos

gustéis de algunos membrillos

os daré de merendar

como si fueran pupilos.

Paje 1.

Ya hemos venido.

Paje 2.

Ya es lo dicho.

Álvarez.

Por la mañana, que ahora

Pang. 22

Paje.

Se me ha hinchado un tobillo

y no es posible dar paso,

pero de verdad os digo

que me tiene lastimado

esta niña el apetito.

Paje 1.

Dios te dé qué puedas.

Paje 2.

¡Qué caridad y qué abrigo!

Solo por aquí esta dueña

se echan a pasar los higos.

Aparte.

Álvarez.

Y adiós.

Paje.

Contigo quede

y el cielo te ofrezca un hijo.

Álvarez.

Ya es tarde, que se ha secado.

Doncella.

¿Qué, señora?

Álvarez.

Lo parido.

Doncella.

Pues Dios te dé muchos bienes.

Álvarez.

Yo para hacer bien los pido.

Paje 1.

¡Qué cristianas!

Paje 2.

Adiós,

cuenta con el apetito.

Doncella.

Y la mil pescamorromos,

una trinidad de obispos.

Vanse los pajes y doncellas.

Álvarez.

Agora la industria mía

Álvarez.

ha de llegar a este fin.

Aquí el maestro Martín

me hizo una bellaquería,

pero no me la ha pagado,

que es: siempre que te llame,

al instante te halle

en el ala del mercado;

un conjuro me enseñó

para llamarle, y yo quiero

hacer de mi camarero

la puta que me parió.

Hago el conjuro.

Saca de donde quisiere una mano de mortero, la más grandecita que se hallare, y hace cercos en el suelo alrededor y dice.

Álvarez.

Zara zara Zabulón,

huli huli han cachumba,

Dios con Dios y moscón,

salta, mirad que os conjuro

en virtud de mi virtud,

así Dios os dé salud.

Y lo veréis siempre puro.

Sale el maestro muy pulido. Barba de cabrón larga y sotana hasta los pies y manteo hasta las rodillas con anteojos sin vidrios. Sombrero bajo con borlas pendientes. Zapatos romos.

Pang. 23

y guantes porquinos.

Mágico.

¿Qué me quieres, que me nombras?

Álvarez.

Válgate, que he menester

que me ayudes a poner,

Mazo, aquestas alfombras.

Mágico.

¿Sabes mi ciencia?

Álvarez.

Yo, y cómo.

Mágico.

¿Sabes que puedo, si quiero,

hacer agujas de acero

mucho mejor que de plomo?

¿No sabes que de una coz

infundo una garrapata?

¿No sabes que a una beata

le comunico una hoz?

¿Sabes que en una muralla

puedo fundar un tapiz?

¿Y no sabes que está el mar

quince leguas de Sevilla?

¿Sabes que con un suspiro

hago al aire embravecer?

¿Y sabes que mi mujer

me dice topo y ramiro?

¿Sabes que con esta mano

no puedo llegar al cielo

como aquel que en un pelo

Mágico.

río sequito en verano?

En fin, sabes de mis mañas,

que cuando tengo calor

es índice aquel sudor

de haber comido castañas.

Álvarez.

Y como insolente ha sido

y por eso te he llamado.

Mágico.

Pues dime a quién he cuidado,

dime aquí lo sucedido.

Álvarez.

Pues sabrás que una doncella...

Escucha, niño, lo sabes,

que hay cosas que a mal decirse

son como nueces mollares.

Este virgo con peligro

de parecerse al de Cáncer,

que es mucha tardanza, sude

hacer el camino fácil.

Con dos pajes pasa en ello,

y que ciento llamo pajes,

conventos de ese nombre,

que pajes y pajas arden.

Por la mañanita quieren

pegarme con la del martes,

y no ha de salir barato

esto que quieren pegarme.

Al bodegón de la Cueva

Pang. 24

Álvarez.

a donde los doce pares

hicieron nones al miedo

los tengo de hacer que bajen

allí en un talego a

deponerme dos mil quinientos

fantasmas que hagan

levadura en un instante

yo estaré escondida afuera

y a manera de gigante

y moliéndole los huesos

revienten por los ijares

está avisado Merlín

Mágico.

Avisado que me place

codiciosa es la doncella

pues dueña asentadle el guante

los pajes lleven su cuera

y conozcan los bergantes

que a buen bocado buen grito

como gatos en desvanes

la Ordóñez amiga mía

la compañera que sabe

algo más que Celestina

y esto es lo menos que hace

está metida en un

cuero de aceite o vinagre

y al primer suspiro suyo

o de vuestro o de mal aire

verás lo que pasa

Álvarez.

Bien

pues con esto amiga te

si vuelve dado al demonio

como te parió tu madre

Mágico.

Dinerito la doncella

Álvarez.

Una doncella engañarme

Mágico.

Los pajes querer meriendas

Álvarez.

Merienda querer los pajes

Mágico.

Pues amiga a la venganza

Álvarez.

A la cólera al coraje

Mágico.

A la ira a la inclemencia

Álvarez.

A la ofensa y al ultraje

Mágico.

Lleven todos pan de perro

Álvarez.

¡Hoy allí el dale que dale!

Mágico.

Giman como duendes

Álvarez.

y córranse como sastres

Mágico.

Quien tal hizo tal merece

Álvarez.

Quien tal hace que tal pague

Fin de la primera jornada

Jornada segunda

Pang. 25

Sale la dueña y el Masico y la señora Hechicera como a oscuras. Queda gran velloc =

Álvarez.

En este rincón escondidos

habéis de aguardar, que ya

la doncelluda vendrá

y los pajes acudidos.

Por Dios os pido que lleguéis,

de las burlas dadles como

pudiera muer palomo,

pues conmigo oxte y bau.

Mil azotes a cada uno

no es mucho lleven los palos,

y conozcan sirvientes

lo que puede un día de ayuno.

Mágico.

Anda, no faltes en casa,

que te vendrán a buscar.

Hechicera.

Déjame bien hechizar,

porfiando aquesta masa.

Verás que destevirgo pongo

en el puro cordobán,

que ni Bargas ni Galván

no le acierten el diptongo.

no sean injuriados.

Álvarez.

Sí.

Hechicera.

No quieren darse papilla.

Álvarez.

A ver, eso es cierto.

Hechicera.

Pues, Sevilla,

no es maravilla que ande aquí.

Veré, pues.

Álvarez.

Ya voy.

Mágico.

Pues vete,

y hazlos que vengan apriesa,

que no habemos oído misa

por la falta de bonete.

Álvarez.

Pues, adiós.

Hechicera.

Ve enhorabuena.

Mágico.

¿Qué es lo que habemos de hacer?

Hechicera.

Tú eres hombre y yo mujer,

no haga el robo de Elena.

Mágico.

Paréceme que los tres,

doncella y pajes, irán

por los mil reales.

Hechicera.

Sí harán,

como no estén con el ama.

¿Oyes ruido?

Mágico.

Me parece.

Pang. 26

Mágico.

que pican como quedito.

Hechicera.

¡Oh, el glorioso San Benito!

Un religioso se ofrece.

Mágico.

¿Al teatino?

Hechicera.

Yo no.

Mágico.

Pues, ¿cómo le ha conocido?

Hechicera.

Como en que pisa pulido.

Mágico.

¡Bien haya quien te parió!

Al apartarse los dos a un ladico como faldriquera y llave, quedan solos la doncella, los dos pajes y la dueña, adiestrándolos, que parecen lazarillos y ciegos.

Álvarez.

Ya vistis que mi dinero

di presto con caridad;

mirad lo que importa,

y agora los bajáis

por esa escalera abajo,

y a mano derecha allá,

en un nicho de la cueva

que edificó el Preste Juan,

a cuatro pasos y medio,

hallaréis un almaizal

que fue del Rey Mamolín;

y debajo de él están

los talegos que os he dicho,

que fue del gran

general de los leones.

Con toda la honestidad

que pudieres y los mil

reales que os he dicho, contados.

Doncella.

¿Son en vellón o en plata?

Álvarez.

De toda moneda hay:

tarjas, ochavos y cuartos

que antes del diluvio estaban

sepultados, porque como

siempre llovía en diluviar,

hay moneda en el talego

desde tiempos de Adán.

Doncella.

En nombre de Dios bajamos.

Álvarez.

Mirad que habéis de callar

y hacer, porque en esta cueva

estuvo encantado más

de ciento y cincuenta años

el abuelo de Roldán.

Doncella.

¿Roldán de la maza?

Álvarez.

Eso

no he podido averiguar,

Roldán era, y tal cual veis

el miedo no pasa allá.

Doncella.

Las doncellas y los pajes

no tememos.

Pang. 27

Álvarez.

Pues andad,

y dados prisa a subir.

Pajes.

Ya entramos. Pisan, han; ciérrame.

Álvarez.

Esto ya no puede dejarse,

ya están dentro, pues yo quiero

echar el golpe primero

y no los oirán quejarse.

Cierra una puerta por donde hayan entrado, y oyen en altas voces como aullidos de lobos, y luego dicen dentro:

Doncella.

¡Ay, ay, que me muero!

Paje 1.

¡Yo todo!

Paje 2.

Ya yo me empiezo a morir.

Doncella.

Álvarez, haznos abrir,

mira que está con mucho lodo.

Paje.

El tino habemos perdido.

Álvarez, por vida tuya,

que cantes una aleluya

por el alma de tu marido.

Álvarez.

Mucho tardan en llegar.

Paje.

¡Ay, mi cabeza!

Álvarez.

Ya empieza

a cascarle en la cabeza,

que no hay más que desear.

Doncella.

¿De qué te quejas?, que quiero

golpes, parece que oí.

Pajes.

A él dan, duélete de mí,

yo te presentaré un queso.

Doncella.

¿Ayudado veáis?

Paje.

Sí.

Doncella.

Pues, ¿cómo no lo he sentido?,

pero ¿quién hace ruido?

Pajes.

El que me cascan a mí.

Doncella.

Álvarez, mira que ya

no queremos el dinero,

que me matarán por febrero.

Pajes.

Pues saca un melonero.

Doncella.

Sácanos de este trabajo,

a Dios, reducidos,

mira que calatravas

es ave de mucho asco.

Masico a voces horribles dentro.

Mágico.

¿Quién ha osado profanar

este encanto poderoso?

¿Quién sin ser llamado pisa

los umbrales del demonio?

Doncella.

¡Jesús, Jesús!

Mágico.

No me espanto

de temblar en agosto.

Pang. 28

Sale.

Mágico.

Dime qué era, o qué

buscas en este contorno.

Doncella.

No se me acuerda.

Mágico.

¿Tan presto se te olvidó?

Doncella.

Tengo corto

el sentido y por aquesto

no fui esta mañana al horno.

Mágico.

Y esos garzones, ¿quién son?

Doncella.

Estos son dos asquerosos

que por hacerte merced

quieren jugar a los bolos.

Mágico.

Hermana, huli.

Hechicera.

Esto va malo,

¿qué me quieres?

Mágico.

Esos mozos

agarra y demos con ellos.

Hechicera.

¿Dónde, hermano?

Mágico.

En Moncongo.

Pajes.

¡Piedad, piedad!

Mágico.

Y a esta niña

con sus bofos y su moño

da con ella en un convento

que tenga los frailes gordos.

Doncella.

Qué linda labor harán.

Mágico.

Llevas la muestra del lomo.

Doncella.

Quedad encamado, amor.

Mágico.

Quede donde os cuelga el moco

Doncella.

de la nariz.

Mágico.

Díjote lo que pudo Marco Antonio

y porque seas tan Lucrecia,

yo quiero ser en su abono.

¿Cuánta nalgada os han dado?

Doncella.

A mí cuatro.

Pajes.

A entrambos ocho.

Mágico.

¿Sabéis por qué fue el castigo?

Pajes.

Señor, por codiciosos.

Mágico.

¿Y seréislo más?

Doncella.

Yo no.

Mágico.

¿Y los dos pajes?

Pajes.

Tampoco.

Mágico.

Pues agarraos a los dos

y os sacaremos de pronto

a la luz y luego al punto,

o nos volvemos polvos.

Están agarrados.

Todos asidos.

Mágico y Hechicera.

Pues ya volamos nosotros.

Aquí los sacan al tablado en bofetón o sopapo o como pareciere a vuestra merced de salto, y desaparece el Macho y Hechicera.

Pang. 29

Doncella.

¿Dónde íbamos?

Paje 1.

¿Qué sé yo?

Doncella.

Ni supe, rico.

Paje 2.

Tampoco.

Doncella.

Juguemos los tres al coco.

Paje 1.

Para jugar es roído.

Doncella.

¿Qué tienes?

Paje 1.

Mil cardenales.

Doncella.

¿Adónde?

Paje 1.

En el cuerpo todo.

Doncella.

Según eso, de ese modo

no traes los dos mil reales.

Paje.

Lo que os cuento.

Doncella.

Gran trabajo.

Paje.

Otro pudo haber mayor.

Doncella.

¿Cómo?

Paje.

Comiendo.

Doncella.

Es terror.

Paje.

No era más, si dieran ajo.

Doncella.

Mucho podía responder,

pero no es sazón agora.

Paje.

¿No vistes la reina mora?

Doncella.

No más quisiera la ver.

Dentro la dueña, hecha aya, riñendo de eso que llaman voz en grito.

Álvarez.

A muchachos, a donceles,

mirad que os llama señor.

Paje 1.

A que no, es mucho peor.

Doncella.

¡Quién se comiera una pella!

Paje 2.

¿Tienes hambre?

Doncella.

Estudiantona,

el alma tengo en un tris;

mirad que si no venís

que podrá haber disciplina.

Doncella.

Ya yo voy, vamos los tres.

Paje 2.

Por dónde, que está cerrado.

Doncella.

¡Oh, quién comiera un bocado

al derecho y al revés!

Sale Álvarez, dada a mil demonios, hecha una visión, con los muchachos.

Álvarez.

Lindo modo de servir,

¿acaso es buena conciencia

no haberos estado en presencia

y echaros luego a dormir?

Hemos de dar treinta voces

cuando os llama mi señora.

Doncella.

Ya nos vamos, embustidora.

Aparte.

Paje.

Aquí temo que llueva.

Álvarez.

¿Con quién hablas?

Pang. 30

Doncella.

Yo contigo.

Pajes.

Contigo hablo yo también.

Pajes.

El diablo te lleve.

Álvarez.

Amén,

y digan que yo lo digo.

Doncella.

Ven acá, ¿por qué ocasión

nos han embestido los griegos?

Álvarez.

Ay, muchachos, ¡qué de cosas

os puedo decir de nuevo!

Sabed que habrá doce años

y tres días, si bien me acuerdo,

que Roldán desencantado

quiso sacudirme un perro,

y yo entonces, ¡válgame Dios!,

lo que descansan mis huesos,

le dije que no sabía

adónde estaba mi abuelo,

que me saliese una noche

y viniese amaneciendo,

otro día, y que al instante

que oyese tocar a fuego

entrase a socorrerme;

y en el que lo estaba oyendo

no sé cómo os diga cómo

dio conmigo de celebro.

¿Habéis visto cuando el alba

viene por aquellos cerros

y a pura porfía de rayos

quiere enturbiarle el cabello?

¿Habéis visto cuando un hombre

con los impulsos de ciego

levantó un leño de cien

arrobas con ser un leño?

Pues de la misma manera

y del modo que os lo cuento

estaba Roldán entonces

con los impulsos de un ciego.

Doncella.

En fin, ¿qué te sucedió?

Álvarez.

Aquello a lo que yo temo,

deciros, porque al oírlo

podéis llegar a encenderos.

Si aquí me dieran palabra

de no escucharme, lo menos

pudiera ser que tomara,

se quedara en el pellejo.

Pero ¿qué dudo?, sabed

que anoche estando en el puerto

de Guadarrama, vi un oso

peleando con un negro.

Pang. 31

Álvarez.

Yo, que vi cómo reñían,

y que era cosa de miedo,

en un ciruelo me subo,

y me colgué del ciruelo.

Estaba allí un perrazo

y agarrando de un buñuelo

le metió al oso en la boca

dulce como un caramelo,

y ya lo veis, el oso entonces

gustó la miel a lo lejos,

y abriendo de ambos los brazos

quiso pagarle el festejo.

Hicieron las amistades

porque el salvaje del yermo

imaginó que tenía

cien colmenas por lo menos,

y díxole el capillero:

"Sabrás que una dueña tengo

por amiga, que se llama

María Álvarez de Toledo.

Aunque me ves hacendoso,

llamándome mochuelo,

porque un encanto me tiene

dando voces en un yermo.

Pero porque eres mi amigo,

ve a mi casa de aposento,

y en una sima escondidos

tengo metidos en talegos

la doncella y los dos pajes

quieren hacerla algún cuento

y robarla mil ducados

que hubo de vino añejo.

Ve a Merlín y a la hechicera

que está encantada en Majueco,

y diles que le suplico

con todo encarecimiento

que la libren de este enfado;

que la doncella y mozuelos

la quieren hacer, porque

es un hurto manifiesto,

que aunque es verdad que piadosa

les prestaba su dinero,

el no lo querer pagar

tenían en su pensamiento.

Esto escudriñaba yo cuando

oí una voz desde lejos

que decía: "Ya han llevado

todos tres un almofrejo,

pero aún falta lo peor,

porque el amante, en diciendo

a su ama o a su amo

algo de lo que hemos hecho,

se descolgará a los pajes"

Pang. 32

Álvarez.

boca abajo y consintiendo

a manera de correa

llevarán por los greguescos

la doncella he de pringalla

sin tener tocino añejo

porque con pez y resina

la he de flechar por lo hueco

y porque no presuman

ignorancia en ningún tiempo

por los avisos reiterados

do yo encargo del mancebo

acusador del castigo

y quedaré que en efeto

ya que la piedad los libra

podía valerse un consejo

esto digo, haced agora

lo que quisiereis más luego

no os quejéis de la fortuna

pues yo tampoco me quejo.

Vase.

Doncella.

El diablo hablará palabra.

Paje 1.

Yo pronto a rezar el Credo.

Paje 2.

Los que se meten con dueñas

morirán.

Doncella.

No digáis eso

que de cualquiera manera

por más que las alabemos

el mastín y la hechicera

nos llevarán por un pelo.

Doncella.

Si de esta escapo no más.

Paje 1.

Sirva de escarmiento.

Paje 2.

Vamos, que aguardando estamos.

Doncella.

Muy buena la habemos hecho.

Vanse y sale Bracamonte y doña Dorotea Hernández y Osorio, que pueden servir de leña seca en el mismo infierno.

Doña Teodora.

Agora que ya estáis viuda

quiero casaros, porque ninguno

pueda alegar que le engañan

no habiendo nacido turco.

A don Lope de Osorio quiero

que el papel le mande por junto

para que después no diga

que un mal casamiento en julio

es primero; tiene Osorio

por su caudal un diluvio

de embustes que desde niña

le enseña un moro zurdo.

Aquestos son menester

para si se viere más apuro.

Pang. 33

Doña Teodora.

Porque aguado ya es

exclamación del vulgo,

debe de tener de sebo

mil arrobas, algo rucio,

porque fue de mi ánima

sobras de San Guarduño.

Zapatos viejos, chapines

y borceguíes a lo turco,

tendrán cien pares y más

que, ya se ve, valen mucho.

Diez cestos de vendimias

de trapos viejos que pudo

ir juntando para hacer

papel de estraza y de pujo.

Cuatro tocas remendadas,

son muy gruesos los repulgos,

con que zura de empanadas

sacará por lo ruido.

Ítem, más ochenta pares

de guantes viejos y mugros,

los más de la mano izquierda

y de la derecha algunos;

tres vestidos de bayeta,

un anacote que los hubo

de la dueña quintañona,

su deudo y de Marco Tulio.

Las camisas, a quien ello,

son tres, con más infortunios

y más remiendos que tiene

el hábito de un cartujo.

Pero todas aseadas,

porque el remiendo presumo

tales de lienzo y tales

de anjeo fino de lo crudo.

Además de estas alhajas

que merecen tanto estudio,

le doy yo cama que consta

de un colchón que medio anuncio,

tres sábanas de sedeña,

dos de lana y cuatro cubos

para que saque del pozo

el agua por todo junio.

Un badil, unas tenazas,

un barreñón viejo y mustio,

que servía de bacías

lo que se lavan los grullos.

Una sartenzuela y

dos asadores agudos,

cuatro sillas de costillas,

dos bancos y rueca y huso,

estos rudos e inmundos

con sus diez dedos muy sucios.

Pang. 34

Doña Teodora.

Hacen diez ganzúas y diez

garabatos por lo zurdo.

Sus costumbres y acciones,

cuales son punto por punto.

Lo de asechar e inventos,

no hay a quien se la pase.

Andar con chismes es cosa

que no se escapa ninguno.

Levantar un testimonio,

siempre lo hacen con mil gustos.

Las maldiciones del alma

las dicen, mas no las culpo,

mayores niñerías que vi,

tan criminales las juzgo.

No hace cosa sin gruñir,

es gran dueña machucho.

Ve ganar otro tanto oro,

murmurar más que un diluvio,

ser golosa lo que basta

para no morir de susto,

que viene a ser lo que importa.

En todos los días de ayuno,

lo demás de su labor

no quiero meterme en puntos.

Dios la haga bien casada

y la saque de mal mundo.

Osorio.

Tan agradecida estoy

a la merced que me has hecho,

que entendida que soy.

Pero pues tú en centurión,

tan honrada me la has pintado,

di que mi marido honrado

se pague la relación,

pues tan dichosa fui

que ha de ver toda mi cepa

de la viña en quien que sepa.

Bracamonte.

Aquesto me toca a mí.

Hernández, Osorio mía,

por lo menos es hidalgo,

descendiente de un judío

de los mejores del Cayro.

En mis primeras auroras,

cuando estaba muchacho,

que debe de haber cabales,

pienso que sesenta años.

Vino desde diez y seis

a servirme de lacayo,

con cuello y medias azules,

venido de paño pardo.

Quieren decir malas lenguas

que estuvo un poco encerrado,

porque llevaba un vestido

sin voluntad de su amo.

Otros dicen que está viudo,

aquesa vez apalmeado,

pero esto fue testimonio

que muchos le levantaron.

Pang. 35

Bracamonte.

Dígolo porque Cristóbal,

aunque siempre le he criado,

mi dinero por jamás

me tomara solo un cuarto.

De mi lacayo pasó

a despensero mayorazo,

por cuyo oficio sé yo

que se comiera las manos.

En aquesta ocupación

estuvo sus treinta años,

y después con el amor

que en casa le hemos cobrado,

le pasamos a escudero,

al casquete redomazo

de los de mitra y pepino,

merecedor de obispado.

Vístele vestido negro

entonces de arriba abajo

con su sombrero entrefino

y de ramplón sus zapatos.

Lleva una espada que fue

de mi abuelo el Veinticuatro

con sus tiros y pretina

que heredé de garabato.

Vaquero en paños mayores

y va donde acompañando,

si a misa, cerca, a pie,

y si lejos, a caballo.

Cátase aquí que llovía

y a las cuatro, sin ser milagro,

y si acaso se mojaba

no era el murmurar acaso.

En esto el diablo no fue

más mal acondicionado;

maldiciones es Osorio,

la dueña de los nublados.

Lo que he dicho de alcahueta

y lo que de aquietado,

quien viera un cielo frío

como murió Mauregato,

y a no quita en las doncellas

andar haciendo retablos

que aparecen las mejores

a todo el chinchaparrazo.

En fin Hernández es hombre

que de su mismo tamaño

coge una zorra y a veces

tiene un lobo por el rabo.

Aquestas son sus costumbres,

sus alhajas su recado,

de medio abajo ballena,

de medio arriba rayado;

tiene dos pares de anteojos

que no le pueden dar asco,

obra que a dos años nuevos

valen un real de a cuatro.

Pang. 36

Bracamonte.

sus camisas, talequales,

su media, y sus zapatos,

y hanega y media de trigo

con su artesa y su cedazo.

Doña Teodora.

¡Ciego marido que sois,

hombre de la piel del diablo!

¿Cedazo nombráis? ¡Jesús,

qué mal hombre avenzonado!

¿Si vos sabéis que le trabáis,

echa Osorio con mil garbos,

porque abrace años juntos

que la dieron su recado?

¿Y sabéis que de dedalillo

juega mejor que un soldado,

para qué se lo nombráis?

Osorio.

¡Jesús, de lo que hacen ascos!

Pues, una curiosidad,

¿quién la ignora?

Hernández.

Caro, taro.

No puede ya una mujer

saber cosa de un dado;

si lo ignora, es una boba;

si lo sabe, es con espanto;

y cierto que a mí me tiene

confuso y maravillado,

de manera que está el mundo,

o malicioso, y de falso.

Hernández.

Esposa, a mí me parece

otro tanto oro cuanto

sabéis, y pluguiera a Dios

que supierais otro tanto.

Bracamonte.

Hernández, ¿estáis contento?

Hernández.

Señor, como un indiano.

Doña Teodora.

Osorio, ¿estáis satisfecha?

Osorio.

Yo, como quien come nabos.

Doña Teodora.

Sois ya marido y mujer.

Hernández.

Yo, señora, soy el macho.

Doña Teodora.

Sea lo muy enhorabuena.

Bracamonte.

Eso no está averiguado.

Hernández.

Yo daré mi información.

Osorio.

Pues luego acudiré al despacho.

Bracamonte.

Pues a celebrar las bodas.

Hernández.

Pues que me place, vamos.

Vanse y sale la moza de cocina, riñendo, y con mucha pasión, con las dueñas y pajes por ciertos hurtillos que allí traen en la colada, y dice:

Moza.

¡El diablo lleve mi alma

si lo tengo de perder!

Cuatro rodillas me faltan,

una media, velas, y su

sardina fresca, que cierto

estamos aquí en Argel,

esto no quiere dinero.

Pang. 37

Álvarez.

¡Lástima de mujer!

Cierto queda con pasión.

Moza.

Agora en un santiamén,

pues aquí no ha entrado perro

ni gato, ni ha habido quien

lo haya llevado, si no lo hemos alguna.

Nistrosa.

¿Y qué es

lo que os falta, doñita?

Moza.

¿Ya no lo he dicho una vez?:

tres medias velas de sebo,

cuatro rodillas con que

limpiaban los candeleros,

seis sardinas y también

medio pan, a vos ensufra.

Álvarez.

¡Qué lástima de mujer!

Moza.

Ahora, señora, aquí

no ha entrado ningún virrey,

yo lo tengo de buscar.

Nistrosa.

Y cómo que hará bien.

Moza.

Pues yo he de mirar a todas

las faltriqueras.

Álvarez.

¿A quién?

Moza.

A todas.

Álvarez.

Tened crianza;

mirad cómo respondéis

y esas palabras deudas

a las dueñas de alquiler,

no a mí, que soy más que dueña.

Moza.

Aunque más disimuléis,

en los veranos, dueñita,

es fuerza que tropecéis;

pero ¿qué bulto es aqueste

que acá veo que esconden?

¿No son éstas mis rodillas?

Álvarez saca las rodillas de una manga, porque sin más ni más, con gran disimulo, como que no hubiera cometido tan feo y abominable delicto, dice:

Álvarez.

¿A qué sazón, qué queréis?

Pero la culpa a quien toca.

Mi señora, ¿qué tenéis?

Muy poco cuidado con

la limpieza en lo que hacéis.

¿Para qué os sirvo?

Moza.

¡Qué bueno!

¡Ayudáis en compadecer

de mí y id sacando trapos,

dueña ingerta en Lucifer!

Álvarez.

Moza de cocina, en fin,

gallega de mala ralea...

Vase.

Nistrosa.

Cierto que no hay cosa oculta

en el mundo.

Moza.

Decís bien,

porque los cabos de vela

en esas mangas se ven.

Pang. 38

Nistrosa.

Pues ¿a qué niñería

qué importa?

Moza.

Todo lo hacéis cosa de poca importancia.

Nistrosa.

Pues esto decid qué es.

Moza.

Dos medias velas, que hacen

una entera, y las venden,

y luego lo pago yo.

Pajes.

¡Qué lástima de mujer!

Vase.

Nistrosa.

Mirad, Brígida, no hagáis

caso de "no quieros",

nublaos de brava sangre,

ni del deshonor avisen.

Moza.

No falta más de que ahora

me riñan porque no sé

guardar lo que me han llevado,

y me faltan cada mes

dos mil trastos, que no puede

guardarlos el guardador,

y no encargan mi conciencia.

Pajes.

Cierto que habéis menester

cuidado con las alhajas.

Moza.

¿Cuidado? ¿Y cómo no?

Y aun un millón de cuidados

no me bastan a tener

seguras mis baratijas.

Pajes.

¡Qué lástima de mujer!

Pajes.

Cuando es una golosina.

Vaya con Dios, lleváis

verbigracia como yo,

que solo porque probé

una sardina soasá

al instante provocó.

Moza.

Y eso no cuesta dinero,

no me piden cuenta de él,

me dan el cargo, pagallo;

no basta tanto lamer

de platos, que muchas veces

fregallos no es menester,

porque los dejáis más limpios

que bolitas de oropel,

con conoceros golosos.

Pajes.

Suaves como la miel.

Moza.

Pues yo pienso escarmentar.

Pajes.

¡Qué lástima de mujer!

Vanse. Sale Bracamonte y doña Teodora Osorio con moño de plata, sin guardainfante, chapines muy altos que se pudieren hallar de treinta dedos serán muy a propósito, con un antojo de vara larga pendiente con que ha de mirar de cuando en cuando su perrillo pelado el más pequeño que se hallare, balona y puños de red y guantes de los de olores, y Hernando, su esposo, siguiéndole con calza atacada sin...

Pang. 39

Hernández.

En fin, Osorio, ya sois

mi mujer, y ya no sois dueña.

Osorio.

Para serviros, Hernández.

Hernández.

Eso está como de perlas.

Pero pues dice el refrán

que al reñir la hornera

los panes suelen hacerse

tuertos aunque no sea tuerta,

os quiero dar un consejo

que a mí me le dio mi agüela,

muchas veces en efeto

fue mujer hecha y derecha.

Lo primero, amiga Osorio,

en los recados de dueña

no habéis de delinquir más,

so la pena de la pena;

y si os fuere posible,

excusaros la tarea

del gruñir, será una cosa

que no se haya visto en Grecia.

Ítem, no habéis de estar mala

en ningún tiempo en cuaresma,

porque dos gastos, ya veis,

no los hace mi despensa.

Andar con chismes no importa.

Pang. 40

Hernández.

Andas muy enhorabuena;

que todas las casadas

tratan en esta materia.

No me parece posible

cesar en esta diligencia;

por respecto de que es el diablo

de los chismes el que os tienta,

lo de más y lo de menos

vos lo sabéis, que es vergüenza;

allá os lo avenéis vos con vos

y vuestra ánima y conciencia.

Osorio.

Cierto, Hernández, que son malos

los consejos que, aunque vieja,

me parece que soy moza

después que los dais por cuenta.

En el corazón los tengo

de poner en una emprenta.

Me conformo, ¿estáis contento?

Hernández.

Sí, mi Osorio.

Osorio.

Y yo contenta.

Bracamonte.

Pues alto, a cenar, zagales,

que son ya las seis y media.

Doña Teodora.

¡Válgame Dios, y qué largas

son las horas que se esperan!

Hernández.

Sola una merced os pido,

Hernández.

señores, por la postrera,

y es que, en cenando, se vayan

los convidados apriesa.

Osorio.

De rodillas os suplico

lo mismo, porque me aprieta

faja y zapatilla ya,

que otra cosa no me aprieta.

Bracamonte.

Digo que se irán al punto

que cenen.

Doña Teodora.

Ved que lo yerra,

que tiene largo viaje

y camina muchas leguas.

Hernández.

Yo me iré muy espacio

Osorio.

conforme fuere la yegua.

Bracamonte.

Pues alto, a poner a punto

los cojines y maleta.

Fin de la segunda jornada.

Pang. 41

Apertura sin escritura activa; solo se transparenta la tinta de las caras contiguas.

Jornada tercera

Pang. 42

Salen las dueñas Álvarez y Osorio y la doncelluela de labor con una envidia del diablo de ver casar a Dorotea y hacen su conciliábulo diciendo

Álvarez.

Con efeto, Osorio, ya

dejó el monjil y las tocas

y de mogollón se mete

a ser esta noche novia.

Doncella.

Sí, señora, cincuenta,

que ha llegado a la edad

y ha dado en tal bobería

sin ser tiempo de langosta.

A mí que me pasen duelos

porque voy honrada y moza

y a la viejezuda

la casan.

Álvarez.

Tienes envidia.

Doncella.

Sí, tengo envidia una poca,

que, aunque no de casarse,

no hay un indio que el Nuevo Mundo da.

Álvarez.

A que no, sino congojo

quedarte.

Doncella.

Qué dices, ¡hola!

Álvarez.

Que tengo un marido como...

Pang. 43

Álvarez.

la Torre de Babilonia;

quiero deciros que habla

toda lengua y la española,

la portuguesa, alemana

y la francesa y etiopia,

y es como, así me lo quiero,

y demasiado respondona,

de gruñona sé que tiene

parentesco con las monjas.

Canta al son de una jácara

al amanecer, que es gloria,

que me parece canario

de Medellín y Saboya.

Tendrá veinte y cinco años,

poco más o menos, que goza

un mayorazgo de renta,

y sabe hacer alcorzas

Doncella.

y alfajores si hubiera.

Por Dios, es la buena obra

que no trujera yo peor.

Álvarez.

Pues como hagas una cosa,

lo tengo por cierto.

Doncella.

¿Y qué?

Álvarez.

Para que aduerma una

tanto yo curo con ella.

Álvarez.

Como puede una amazona

de mí no ha de tomar nada.

Y acá, para cierta cosa

que le importa a mi remedio,

un cacillo le importa,

tengo cierta conservezilla

de la color de acenoria

que parece chocolate,

y como sois tan piadosa

y sé que esta noche tienen

de andarse de unas a otras,

para reforzar el pecho,

quiere mi misericordia

que la tome, y no sé cómo,

que pruebe aquesta mazamorra.

Mira que era muy su amiga

dila que una religiosa

te ha dado este chocolate,

que será un poco quejicosa,

que andará dos leguas más

esta noche si lo toma.

Esto quisiera que hicieras

por mí.

Doncella.

Por Dios, señora,

que es una niñería

forjada en muy buena obra;

yo iré a dárselo y tomará

si yo se lo doy, ponzoña.

Pang. 44

Doncella.

que más de un día querrá

para que no quede cara.

Álvarez.

Pues toma y dile que vas

a hacer la petitoria,

y no la pierdas de vista

hasta ver cómo lo toma.

Doncella.

Voy volando y vuelvo luego.

Vase

Álvarez.

Esto no se ha visto en Roma.

Ahora bien, nitrosa mía,

ya las dos quedamos solas,

tráete el almíbar y echen

el culantrillo y las moscas.

Nistrosa.

De el modo que lo ordenaste

está todo.

Álvarez.

Resta agora

hacerte duecha.

Nistrosa.

¿Cómo?

Álvarez.

Es muy fácil, de esta forma:

En acabando la cena,

has de decir a Señora

que vas a hacer chocolate

de Guaxaca o de escudilla.

Porque después de cenar

asegura y perfecciona

los estómagos, y más

en la noche de la boda,

tráesele, y en la tacita

que tengo de Barcelona.

Álvarez.

Prevenida por el caso

darás al novio y la novia.

Osorio ya me conoce,

que es golosa sobre boba.

Aunque ella está tan arrevesada,

toda boba a lo golosa,

no yerra la traza, mira

lo que hace mi nitrosa,

que importa mucho el acierto

para el nudo de tramoya.

Nistrosa.

No hay así miedo que yerre.

Álvarez.

Pues anda, ve, que ya es hora

que han levantado de mesa.

Nistrosa.

Pues ahora un tiempo.

Vase

Álvarez.

Agora,

si la doncelluda ave

dar el caldillo a la sola

Osorio y una Casilla,

y la segunda conozca

la nitrosa a novias sirviendo,

que tienen en dichas alcobas,

puedo yo segura del nido,

con temor de las congojas,

que al paso que pasen más

se han de aflojar las hojas.

Pang. 45

Doncella.

de la cara, de su boca,

fuera de aquellas narices

que, como nalgas de mona,

están que parece que huye

una ventana de otra;

en fin, fuera de toda ella,

y puesta en su lugar otra,

cualquiera fuera mejor,

como barquillos y aloja.

Álvarez.

Pues mira, a cuanto dijeren,

a cuanto sepas y oigas,

di que aquello que la diste

es chocolate de Angola.

Doncella.

Así lo diré.

Álvarez.

Así, así, ven,

pero ya, ya sale Nucrosa;

y tú no le digas nada,

disimula, aquí la tosa.

Sale la Nucrosa, y no hay que espantar que es dueña y quiere vengarse, sale hecha una tarántula de bulto, ufana con centurina de haber dado la bebida con las mosquillas.

Nistrosa.

Lindamente ha sucedido,

vinieron como unas lobas

y se entran a acostar.

Álvarez.

Qué cuidado, y no nos oigan.

Pang. 46

Vanse, y salen los pajes hechos unos demonios agarrados de un plato de peltre viejo con unas arrebañaduras de albondiguillas de macho y teniendo uno de un lado y otro de otro, dicen:

Paje 1.

Yo le he cogido primero

y le tengo de lamer.

Paje 2.

Eso no puede ser

hasta pasado febrero.

Paje 1.

Suéltale.

Paje 2.

Suéltale tú,

que es mío.

Paje 1.

No le he de soltar,

en vano es el porfiar.

Paje 2.

O fuerza o avenencia,

quiere que entre ambos a dos

le lamamos.

Paje 1.

Aún aqueso

no aguardará un mal suceso.

Paje 2.

Pues lamo en nombre de Dios.

Paje 1.

Todo el plato se ha llevado.

Paje 2.

¡Oh, cómo sabe!

Paje 1.

Engullir

puede aqueste mozo dar,

que se le falta al malogrado.

Lamen con toda cortesía como perro y gato, y dice Bracamonte:

Bracamonte dentro.

Bracamonte.

Candil, muchachos, que se

van aquestos convidados.

Por acá muy descuidados.

Pajes.

Ya vamos, en buena fe. Vanse.

Salen alumbrando con un candil de garabato cada uno al maestro y a la hechicera, meritísimos huéspedes de estas abominables bodas.

Bracamonte.

Que se asienten, todos lo honran.

Mágico.

Los honrados somos nos.

Hechicera.

A no me afligir mis males

no me fueran acatados.

Bracamonte.

¿Y qué dijeran los novios?

Hechicera.

Bracamonte, dígote

porque no sé qué me ha dado

a esta oreja el corazón,

que habéis de haber menester

ayuda de Badajoz,

porque de Osorio y Hernández

no son tres porque son dos,

mirad la edad, y cansancio

no caben en un arzón,

y pienso, si no es antojo,

que no ha de haber buen peón.

Pang. 47

Hechicera.

En la obra que se mete

y no ha de ser buen peón,

que la obra en que se mete

quiere mucha munición,

y, ya lo veis, en los flacos

tienen gran jurisdicción.

Bracamonte.

¡Daca, dadlo al diablo, que reniego!

Lo creyera Salomón,

y el Turco, y el Arzobispo,

y el Mariscal de Birón.

Mágico.

Esa es la pura verdad,

pero en tiempo de calor

maduran los melocotones,

y los higos y el melón.

Esto no es cierto.

Bracamonte.

Pues...

Mágico.

Pues ya me ves, viejo soy,

y temo alguna ruina.

Bracamonte.

Es cuerdo aqueste temor.

Mágico.

¿Habéis visto en Lombardía,

por dicha, alguna legión

de tordos que en una torre

cantan ut, re, mi, fa, sol?

¿Vistes acaso arroyo

que es de una peña sudor

y despeñado a un valle

moja por donde pasó?

Mágico.

¿Vistes una calentura

que muestra mal corazón

a la cara y las narices

sin testigos de la tos?

¿Habéis visto treinta cuerdos

a la vista de un jamón

que tiemblan de comérsele

en pringo de bendición?

Pues todas aquestas cosas

un ejemplo vivo son

de lo que ha de suceder

a Hernández.

Bracamonte.

¡Válgame Dios!

Mágico.

Quedad con Dios, y en habiendo

menester una porción,

dad un grito, en que digáis:

¡Ayúdame, Sacapón!

Vanse.

Bracamonte.

Que me place, así lo haré,

el demonio me metió

en casamentero, caduco,

de Castilla y de León.

Vase, y suenan dentro voces lastimosas como capilla de convalecientes en tono de pulso lamentable.

Osorio.

¡Que me fino!

Hernández.

¡Yo también!

Osorio.

¡Jesús, y qué tiritada!

Cuarenta cruces he hecho.

Pang. 48

Osorio.

sin cursar en Salamanca

Hernández.

Esos os parecen muchos,

pues, Osorio, aquesto es nada,

cincuenta y más son los míos

sin los demás que me faltan.

Osorio.

Que gran lex.

Hernández.

No es eso lo que me mata,

sino este afán, que no puedo

domeñar sus amenazas,

no sé qué diablos me quiere.

Osorio.

Allá va otra camarada

en los guardas escudado.

Hernández.

En poco menos es navaja,

Osorio, no es mucho eso,

dad voces.

Osorio.

Que aquesto pasa.

El chocolate de anoche

fue purga de malas mañas.

Hernández.

El que a mí me dieron era

de sen y ciruelas pasas.

Bracamonte, señor mío.

Todo dentro.

Bracamonte.

Hola, muchachos, que llaman

los novios, mirad si quieren

que les oigan dos palabras.

Osorio.

Ten piedad de tus criados,

que no tenemos pujanza

para más, y está mi esposo

haciendo mil caravanas.

Sale Bracamonte muy amohinado, que parece que venían las voces de esposar, y dice asomándose como al aposento de los novios.

Bracamonte.

Hernández, paso, que dure,

porque en esta edad cansada

la posesión del majuelo

me parece a mí que basta.

Más días hay que longanizas,

ya os veréis con esa muchacha,

la quiero como a mi hija,

bueno está Hernández de Salva.

Sale Hernández.

Hernández.

Señor, que no lo entienden,

según la cuenta que traza,

del consuno le ha tocado,

ni de pito ni de flauta,

el chocolate de anoche

era alguna patarata

que a Osorio la ha vaciado

y a mí por otras me rasca.

Osorio.

Remedio con esta blandura.

Hernández.

Y con esta dureza daca.

Bracamonte.

Ya os entiendo, alguna dueña

os ha hecho alguna maula.

Pang. 49

Bracamonte.

y sienta la doncellita,

y pajes, ¡a qué canalla!

¿Tenéis romero?

Osorio.

Ni luz,

que murió el candil de trampa.

Bracamonte.

¡Hola, muchachos!

Dentro.

Pajes.

Señor.

Bracamonte.

¿Tenéis candil?

Paje.

Ni migaja.

Bracamonte.

Pues no hay remedio, esperad

a que llegue la mañana,

que ya han cantado los gallos,

porque son las doce dadas.

Vase, y salen VICTORIA, ALBANY y la DONCELLA de la voz, como rebozándose, haciendo de las zancas, de JOAN RAMOS.

Álvarez.

¿Preguntaron algo?

Nistrosa.

No.

Álvarez.

¿Y a ella, nueva?

Nistrosa.

Tampoco.

Álvarez.

Saber dónde está el mozo

toda la vida importó.

Pasmo en tener tanta gana

de casarse Osorio quiere,

ver a uno muy potingue

con una mujer anciana.

Nistrosa.

La neguilla importa, que entra.

Álvarez.

Y cómo no, si no huelga

nuestra ama, a los dos mancebos

salen ya.

Nistrosa.

Sal y pimienta.

Salen HERNANDO y OSORIO con muletillas, atadas las cabezas, con cada rodilla de lana, para dar más compasión, que cierto que es una lástima verlos echar traspiés.

Hernández.

Que me quemo, que me abraso,

según lo que está quedado.

Álvarez.

¿Qué hay, señores? ¿Cómo ha ido?

Osorio.

Que me quemo.

Hernández.

Que me abraso,

aun no me quiere dejar

este afán necio y prolijo.

Álvarez.

Ya un Postumiano dijo

que eran los males del casar.

Osorio.

Que me caigo.

Doncella.

Ciertamente,

que da verlos compasión.

Álvarez.

Mirá, niñas, a qué atención,

siervos del omnipotente,

han querido trabajar

en la viña del Señor.

Hernández.

Jesús, qué extraño calor.

Pang. 50

Hernández.

que me caigo.

Doña G.

Buen andar.

Osorio.

Nuñoza, dígame, ¿quién

la dio anoche el chocolate?,

que es muy corriente.

Nistrosa.

Eso calle,

no lo hay mejor en Belén;

aún media caja ha quedado,

si acaso la hace provecho,

para reforzarle el pecho

ha de guisarla un bocado.

Osorio.

Quisiera yo que tomara

otro tanto como yo.

Nistrosa.

Si no me dispongo yo,

como una que no repara.

Osorio.

Miren, Nuñoza, el demonio

se lo debió de traer.

Nistrosa.

Jesús, qué mala mujer,

y qué falso testimonio;

tan mal la supone, era

de Guaxaca y de Cambray.

Hernández.

¡Ay, mi Osorio!, ¡ay, ay, ay!

¿dónde está mi camarera?

Doña G.

Toda mía.

Hernández.

Toda mía,

estoy mollar, que es contento.

Doña G.

Queréinos contar un cuento.

Osorio.

Es una bellaquería.

Elvira.

A los novios el dejallos,

está de ellos muy quejoso.

Doña G.

Osorio cae en el pellejo.

Nistrosa.

Y Hernando, y entra en ellos.

Vanse, y quedan los mozos tratando de la cruel y abominable venganza que han de tomar contra las dueñas y doncellas, y dicen:

Osorio.

Y nos, infames, no han

dado para que purguemos.

Hernández.

Hagamos lo que solemos,

ladra como perro.

Osorio.

¡Hau!

Hernández.

¿No es tu amiga la hechicera?

Osorio.

¿Y el mágico no lo es tuyo?

Hernández.

Pues con aqueso concluyo.

Osorio.

¿Cómo?

Hernández.

De aquesta manera:

las dueñas y esta doncella

quieran quedos,

solo porque ella lo dice

y se ha de tener por fe,

nos han hecho empeñar,

y hemos de darlas canción

suave.

Pang. 51

Osorio.

¿De qué manera?

Hernández.

Oye y yo te lo diré:

aquí mi amigo el vecino

vino de caza un lebrel,

lleno de sarna de tal

calidad y madurez,

que buscando lo abrigado,

este perro calabrés

se metió en sus camastros

sin melindre ni esquivez.

No se le dio dos pepinos,

en fin acostáronse

y amanecieron con sarna,

más que usurpa un mercader.

Pues yo tengo de traelle

y le tengo de meter

en sus camas y halagalle,

dándole allí qué comer;

andaráse por las camas

revolcando y rascarse,

que ignorantes del fracaso

se acuestan y amanecen

llenos de sarna perruna;

pues este achaque no es

para que le disimulen,

que sin qué ni para qué

verás que hacen más mudanzas

Hernández.

matrona de Valle.

Hernández.

Al mágico y la hechicera

después de eso que ande el hacer.

Osorio.

Jesús, ¡qué crudo castigo!

Pido a los dioses poder,

y no lo puedo pedillos,

que de compasión me den

un remedio con que cese

esta comezón soez.

Hernández.

Que Osorio a la venganza...

Osorio.

Al coraje ten contén.

Hernández.

A la furia...

Osorio.

A dar castigo

a quien daños causen.

Vanse, y sale la doncellita, sota, envidiosa, e Ysabela, embuste de las dueñas, y Quiterita muy nueva en docena de a enredo.

Doncella.

Los pajes se me han quedado;

si lleva el diablo el castigo,

mas ya se ve el que es amigo,

ha de ser amigo honrado.

Una burlita quisiera

hacerlas de buen amor,

sin peligro ni dolor.

¡Válgame Dios, cómo fuera!

Pang. 52

Doncella.

Hará bien, no será bueno,

esto mismo se determina,

echarles pez y tierra

en el caldo, pues veneno

trae, no quiero matallos,

quisiera burla pesada.

Mejor es una empanada,

pero aquí no es de regalallos.

En la cama he de poner

aulagas y ajos moriscos,

simiente de escaramujo,

que no hay más que encarecer.

Acostaránse, y quieta

la gana, entrará el rascar,

porque en esto del picar

la sarna es niña de uva;

y si lo llevan por sano,

alguna culpa tuvieron

en los golpes que me dieron.

¡Ayúdame, gavilano!

Vase, y salen Nitrosa y Álvarez, comiéndose y rascándose, que parece que han dormido en algún hospital o un año contino en la calle de los negros.

Álvarez.

Algún diablo me ha picado,

que muero de comezón.

Nistrosa.

Que yo paso sarampión,

y sarna y tiña me ha dado.

Álvarez.

Que yo buena me acosté.

Nistrosa.

Yo también me acosté buena.

Álvarez.

Esto que sarna y da pena

quisiera...

Nistrosa.

Yo bien lo sé,

de la India sarpullido

se lo oí de llamar,

y yo. Pero, ¿quién nos lo pegó?

Álvarez.

¿No sería la tiña dado?

No es chanza, en toda mi vida

vi tal comer ni rascar.

Nistrosa.

A mí me empieza a cenar,

y desde ahora comida.

Álvarez.

Si veneno me tienen dado,

¿no es acaso este castigo?

Nistrosa.

Lo mismo que tú yo digo.

Álvarez.

Ya otro indicio se teme,

si acaso Osorio y su amante

nos han puesto de este modo.

Nistrosa.

Lo que sé de aquesto todo

se me pone por delante.

Asómanse Hernando y Osorio al paño, y venlos, y huélganse como en un cuento del concomio de las dueñas, y dicen:

Pang. 53

Osorio.

Mira qué linda mudanza

hacen las dueñas, asombro

es verlas jugar de hombro.

Hernández.

No enseñó mejores danzas.

Osorio.

Pues agora entrará el miedo

que las tengo de poner.

Hernández.

Di que vienes como a duer.

Osorio.

De esta suerte enano quedo.

A voces Osorio, que las pueden oír en el mismo infierno.

Osorio.

Álvarez.

Álvarez.

¿Quién, quién me llama?

Nistrosa.

¿Quién me da voces?

Osorio.

¿Queréis que os vuelva a coser?

Álvarez.

No.

Osorio.

Pues volveos a la cama,

mirad que tenéis las dos

al Cielo muy ofendido,

a Dios y al mundo.

Álvarez.

Calla, antes que a Dios,

que al instante obedecemos.

Osorio.

Eso es lo que importará.

Nistrosa.

Válgame Dios, ¿quién será?

Osorio.

¿No sois el Conde de Lemos?

Álvarez.

Pues, ¿qué eres tú? ¿En qué parte

esta pobre te ofendió?

Osorio.

No disimules, que yo

Osorio.

pretendo ser el dios Marte.

En la cama habéis de estar

con esta gruesa porfía.

Tú y nuestra Nuñe Díaz

si no osaron levantar

y después que la conciencia

de ambos quede asegurada,

no se os dé un higo de nada

ni del Duque de Florencia.

Álvarez.

¿Qué hemos de hacer, señor? ¿Llama

nuestro dueño?

Osorio.

¿Qué se os da,

que no estáis en Madrid,

que vivís en otra cama?

Nistrosa.

Y si cierta comezón

nos aprieta demasiado,

¿qué haremos?

Osorio.

Tener cuidado

de aflojar el corazón,

y no me repliquéis más,

que a Júpiter el tonante

prometo que tenéis delante.

Hernández.

¿En qué piensas? ¿Dónde vas?

Váyanse

Álvarez.

A obedecer su precepto,

a tus órdenes guardar.

Osorio.

A las dueñas a acostar.

Álvarez.

¡Que atácame el cólera!

Pang. 54

Vanse y salen los pajes, apuñeteándose y tirándose cuatro puñetes en las narices, que les salga sangre; demás de ser salsa, será muy a propósito para el paso.

Paje 1.

Hijo de un cornudo, ¿tú

me has echado las ortigas,

porque te almorcé las migas

y te comí el alajú?

Paje 2.

Digo, non de Dios, verdugo,

que me comiste los callos.

Paje 1.

Juramento que Zaballos

te reprehende a tarugo.

Paje 2.

Más de un millón de piojos

pienso que andan sobre mí.

Paje 1.

Es un diablo, a velequí,

pues dél son enojos.

Paje 2.

Para remediar el daño

de lo que habemos de hacer,

Paje 1.

tú no me querrás creer.

Paje 2.

Sí, amigo.

Paje 1.

Vamos al baño.

Vanse, y sale toda la barahúnda de sabandijas de la comedia.

Doña Teodora.

Aquí se han de averiguar

cuantos embustes se han hecho,

que no quiero que en mi casa

se llame cual más, cual menos.

El primer embuste fue

de los pajes, que por yerro

a ellos y a las doncellitas

los pegaron por ajeno;

quien dio principio a este embuste

no me responden. Pasemos

adelante: los encantos,

el chocolate, el enredo

de la mosca y el ruibarbo,

y polvos de sen, y luego

el origen de la sarna

y todo su batimiento;

en confesión aquí estamos

padres e hijos; en secreto

se me diga, y yo perdono

a los que lo hubieren hecho.

Bracamonte.

Lo que ha dicho mi señora

me parece a mí que es celo

de que nuestras amistades

las sepa el Rey, de manera

no ha de haber en casa enojos,

y pues esto no apuremos,

que si fueron bromas hechas,

ya que rudas, fue buen celo.

Lo que importa es, desde ahora,

la prudencia y escarmiento.

Pang. 55

Bracamonte.

y que por continuancia

el oficio despensero

casi nos toca y atañe

y nos juzga por de dentro,

es verdad que tal cual vez

en aqueste oficio ascendemos

de lacayos, un estado

del polo que no veremos

algunos como milagro

ya cansados nos metemos

a ermitaños y nos tienta

a ser putos al momento;

esto es cosa averiguada

y de que hay tantos ejemplos

que fuera nunca acabar

el persuadir a cuerdos.

Y descargo mi conciencia

con dejar nuestro abolengo,

agora de las doncellas

puede decir el más viejo.

Mágico.

Según eso, a mí me toca.

Diego.

Sí, señor, de medio a medio.

Mágico.

Pues con licencia de todos,

digo ansí.

Diego.

Empieza.

Mágico.

Ya empiezo.

Pang. 56

Mágico.

Las doncellas se ofenden

de caracoles,

porque en un aposentico

pasan sus flores.

Un conejo a una rana

diz que quería,

y la rana al conejo

le aborrecía.

Regalaba el gazapo

su dama bella,

y catare el demonio

que los enreda.

Una zorra su amiga

supo la historia,

y en hacer amistades

se enredó toda.

A los dos los casaron,

y a pocos días

a la rana faltaron

las porquerías.

Conociéronla luego

por esta falta,

y que de la lavandera

se hizo preñada.

Hizo tantos melindres

con la barriga,

que el gazapo enojado

se fue a las Indias.

Llegó el tiempo del parto

por su costumbre,

y a los cuatro empujones

nació un embuste,

admiradas doncellas

que allí lo vieron:

el un cuerno al cielo

y otro al infierno.

Ya crecido el enredo

de buen tamaño,

a una vuelta de ojos

se vio el engaño.

Casóse la doncella

hecha y derecha,

sin pecado ni carne

una barrendera.

Casi como capones

las llaman dayas,

reservando a su tiempo

sus esperanzas.

Estas son las doncellas

una por una,

y menos las entiende

que más las hurga.

Paje.

Esa es la pura verdad,

que como por mí ha pasado.

Pang. 57

Paje.

lo miro desamparado

desde mi primera edad,

y las dueñas

Hechicera.

Claro,

relación que yo aprecio,

que la diga porque yo

la he dudado, tamaño

hay diversas opiniones,

en la línea, en el Carlos,

prosapia y genealogía

de este género dueñino;

deciros que de doncellas

descienden, es barbarismo,

las dueñas nacieron hechas,

y no tuvieron principio.

Carlasón quiso decir

que nació en tiempo de frío

de Merlín, y que Celestina

parió en llegando el estío;

dice que nació de un hongo

Sansacot aquel prodigio

de ramos, que en Sumari

fue gran mercader de micos;

Godofre, otro sabio viejo,

de puro estudiar ahíto,

dijo que las dueñas son

fantasmas de locutorio.

Garibay, aquel figura,

que no tuvo más oficio

que andar a ofrecer su alma

a Dios, si el diablo la quiso,

dice, y no dice muy mal,

porque lleva algún camino,

que las dueñas son demonios

que se dan siempre a partidos.

Bocoquín el de Tarpeya

afirma sin artificio

que es cierto que se engendraron

de los ojos de un beato.

Risio, un escritor moderno

que vivió en el Apenino,

asegura que nacieron

de cabezas de moruecos.

Fray Durango, un coronista,

de Alverque, un sabio médico

y retórico que me ha hecho

mucha fuerza su silogismo,

dice que aquella mozuela

de Pilatos el maldito,

que trajera a que lavara

al más santo en el gastizo,

era su tía con tocas,

de persuadir tan maligno,

oblicuo y prevaricante.

Pang. 58

Hechicera.

El Calvo apóstol de Chaves

que fueron sus amenazas

de modo tan exquisito

que Vianova tuvo miedo

y tropezó y dio de hocicos

Juan Gamasico Aniano

de Lope de Calaínos

dice que de una tramoya

los coros más vengativos

sacaron hechas picazas

presumiendo que esta era

las dueñas hechas añicos

Garbalán un mozo zurdo

que agora está en el cocito

el del brazo arremangado

todo tuerto y madavico

dice que un día se juntaron

los más sabios del abismo

y que formaron las dueñas

de los chismes de vecinos

Mamelucos afirmaron

juramentos exquisitos

que a no venir de leño

en el abrasado risco

y que ellas y las beatas

e hipócritas de los vicios

Hechicera.

Son los diablos tentadores

que previno el antecristo

Zorobabel gran letrado

porfía dando mil gritos

que las dueñas se formaron

de lágrimas de maridos

de cuñados y de yernos

de los suegros y de primos

y de sucias del halago

que es embuste del mundo vivo

funda aquesta opinión

en la banca en el vestiglo

antiguos donde las dueñas

eran plañideras y simios

de mochuelos y lechuzas

afirma Pascual Remigio

fundándose en que de noche

hacen las dueñas sus ritos

Un calabre de Noruega

primo hermano del Burdillo

de la corca y de maladros

el del imperio mero y mixto

dice con gran energía

que estuvo ciego Domingo

como dicen que está el mundo

para dar un estallido

Pang. 59

Hechicera.

y que asegura una noche

mil lamentables aullidos,

a fuer de zorras los unos,

los otros a fuer de micos,

y que llegándose cerca

de un compañón moribundo,

vio que estaba una bruja

al basín, pelo marico,

pariendo, que era contento,

y ayudaba a lo parido

en voz de comadre un diablo

del género masculino.

La bruja diz que gemía

terriblemente en su ahínco,

diciendo: acaba, sal, sal,

embuste del mundo, fino;

y que aviéndose al demonio,

dando una culebra visos,

por una voz en el vientre

del ánima de un judío,

vinieron descabellados

los dolores vengativos.

Bramó el mar y el aire y todo

fue relámpago y granizos.

Y en aquesta confusión

Hechicera.

Entre un millón de suspiros,

aun a llana cavaré,

salió una dueña del nicho,

esto afirman mil autores

con catarro como el mío,

sanos como una manzana

y blandos como un membrillo.

Pero miento, será peor,

ser abuelo, que es un dicho

ni nadie sino yo alcanza.

Este embustero prodigio

quiero dejar los autores

que he estudiado con ahínco,

que hablan de ser quinientos,

o lo que el diablo ha escrivido.

Atención te pido,

da gran horror el oíllo.

Pero no puede ser menos,

escuchad que ya prosigo:

que un infame lucero,

tan necio como atrevido,

quiso igualarse con Dios,

y ser un borracho quiso,

ya San Miguel blandiendo

aquel rayo vengativo

Pang. 60

Hechicera.

A Luzbel y su sequaza

al foso del paraíso,

pues dicen estos autores

que muchos diablos benignos,

de los que fueron también

culpados en el delito,

por suspensos del cielo,

no cayeron al abismo

de alquitrán y de resina,

de pez y cera derretido,

sino que allá en la región

del aire, sin más abrigo,

se quedaron menudos,

juntos, o duendecillos;

y uno dellos recayó

con una dueña, y al mismo

juntóla, empreñó y parió

una dueña de hechizo.

Conocéis esta verdad

en lo que habréis conocido

deste género de gente,

deste embustero prodigio;

los duendes que hacen quebrar

los platos, hacen ruido,

no parecen si los buscan.

A un aullido y a otro aullido

meten miedo a quien le tiene,

pues díganmelo los que han visto

que las dueñas que se usan

cargan lanzas de Longinos.

Con aquellas reverencias

del hijo de Baldovinos,

una toca hasta el zancajo

sin haber muerto el marido,

¿a quién no meterán miedo,

pues la rencilla su oficio,

el medrar y las dueñas,

es manteca y tocino?

Haya algún cabo de vela,

algún trapo, algún ombligo,

que allá en el pozo de Herodes

se lo contaré a dormidos;

que no tengan las dueñas

agarrados y escondidos

por maña, no por provecho,

por costumbre y por delirio.

No que guardan que es convento,

pues chusma, ¡oh, qué lindico!

Si se perdieran se hallaran

en su menor desperdicio.

Pang. 61

Hechicera.

Enredos a la experiencia,

maldiciones a lo inmenso,

mormurar hasta no más,

golosear un poquito,

dormilonas lo que basta;

y en fin, aquí concluimos,

ellas son diablos en carne,

como el sabio Merlín dijo.

Bracamonte.

Señores, este ganado

queda así bien repartido.

Aguilar.

Lo que son dueñas, doncellas.

Pajes.

Lo que es doncella, amigos.

Hernández.

Ved lo que son gentilhombres.

Osorio.

Lo que son pajes del siglo.

Moza.

De doncellas y de pajes,

dueñas y el escuderismo,

se hace una calabriada

como dos y tres son cinco.

Bracamonte.

Señores, al escarmiento.

Álvarez.

Al ejemplo más propio.

Gascón.

Al que Dios libra de todos

es señal que no es muy rico;

y creo que mayor riqueza,

si a buenas luces lo miro,

que no haber encajaenredos,

chismes, embustes de lujo.

Y finalmente son dueñas,

pajes y doncellas mixto,

de todos los testimonios

que tienen como nacidos.

Y estas son, y este ganado

sustentáis, siendo enemigos

de vuestras comodidades

con título de cariño.

Pues desde hoy abrid el ojo,

y resbalen mis avisos;

harto habéis visto, miraldo,

y harto os he dicho, oído.

Finis.

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