귀속 대상:> 공개일: 2026년 8월 22일
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Las grandezas del Gran Capitán. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/las-grandezas-del-gran-capitan.
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Una criada suya.
Tres ciudadanos.
El rey Luis de Francia.
Un repostero.
Dos pajes.
Primera jornada
†
Entra Vargas, soldado, solo, y parece en una ventana una mano con muchas sortijas de oro de Violante dama.
¡Oh, ingrata fortuna, perra!
Ya has conmigo concluido,
la caja siempre al oído
y las manos en la guerra.
No sé a quién tal vida agrada,
¡oh, mísera soldadesca!
quiere el cielo que padezca
y que no se medre en nada.
Ve la mano con las sortijas.
Pesia tal, ¡qué mano aquella!
Conténtame, vive Dios,
que tales sortijas dos
podrán henchir una mella.
¿Qué digo a señora dama?
No gusta de parecer.
Déjeme el fruto coger,
y quédese con la rama.
Mi alma.
Hombre importuno,
¿qué queréis?
¡Oh, amor tirano!
Dos dedos de aquesa mano,
o siquiera solo el uno.
Incita, mueve y convida
esa mano dulce, hermosa,
dulce, digo, y poderosa
de dar y quitar la vida.
¿Tanto os contenta la mano?
Tan por extremo, señora,
que fuera muchacho agora
por recibir una mano.
Es cierto que me holgara,
porque os castigara yo.
Ea, señora, que no,
que se os parece en la cara,
poco tenéis de cruel.
Mal conocéis de mi pecho.
Descubre un Agnus Dei, sacando el pecho de la ventana, colgado de una banda.
Conozco el loco provecho
que vos hace ahí ese joyel.
¡Oh, quién le diera un alcance!
Abajaos acá, señora,
a que estoy aquí una hora
y no puedo hacer lance.
¿Queréisme allá alguna cosa?
Quiero, después de bajada,
me deis una bofetada
con esa mano hermosa.
Dadme con esos anillos
en estos ojos, quebraldos,
y como a míos, trataldos,
ponédmelos amarillos;
que esa mano guarnecida
con ese metal ladrón
podrá con un bofetón
dar a mil Narcisos vida.
Baja y dadme un jarro de agua,
que vengo, por Dios, muriendo.
Ea, señor, ya desciendo.
Agua, que se guarde la fragua,
a fe que tiene de arder
y purificar el oro
de las sortijas que adoro,
y que tanto es menester.
Entra Farfán, soldado.
Vargas, ¿qué hacéis ahí,
que quiere el campo marchar?
Dejad agora el parlar.
Paso, Farfán, pese a mí;
retiraos la calle abajo,
que luego al momento voy,
es que se ha de comer hoy,
y ha de ser de mi trabajo.
Sale la dama con el jarro de agua y Vargas saca una daga y quítale las sortijas y el joyel y caballos.
Ya traigo el agua, señor,
que me pedistes; bebed.
Esta es, señora, la sed,
estas me ponen calor:
las sortijas me alarga
con el hermoso joyel.
Servíos dellas, y dél...
¡Ay, Dios! Señor, aguarda.
¿Queréis me sacar el dedo,
la oreja en que os ha ofendido?
Quiero hablaros al oído.
Como diréis, paso quedo.
Mis dedos y orejas lloro,
¡oh fiera intención ingrata!
Ahí se os queda la plata,
que no llevo más del oro.
¿Qué plata me dejáis vos?
De esa mano y pecho amado,
que en este punto me han dado
la vida, después de Dios.
Esto tengo en gran merced,
y fiad de mi bondad,
que fue de necesidad,
y no de vicio la sed.
Y no las llevo de balde,
que a tiempo se os pagarán.
Acudid al Gran Capitán,
la deuda significadle,
que la hago por su cuenta;
hasta que venga la paga
de Nápoles, satisfaga,
y, cuando no dé su renta,
en tanto perdonaréis
mi sobra de atrevimiento,
que ya los pífanos siento.
¡Plegue a Dios no las gocéis!
Muy bien le conozco a fe;
no le perderé de vista,
aunque de jerga se vista,
que a su general iré.
Vase, y salen García de Paredes y Camudio capitanes.
Serví y callá, sufrid y haced espalda;
Paredes, al trabajo de la guerra
echad la vida y ánimo a la balda,
y adentro el mar, y a peleando en tierra,
el mal semblante y condición llevalda
del uno y otro; en sus trece afierra;
haced notables hechos y hazañas,
hasta echar los hígados y entrañas.
Poneos a con el nuestro Rey en cuentos,
y sin haber de qué, pondráse duda
aun de los más secretos pensamientos;
ninguno habrá que a la razón acuda,
sino con invenciones y argumentos.
Pretenderán que en todo sea desnuda
vuestra alabanza y valer tan sin segundo,
que basta a conquistar a todo el mundo.
Y Gonzalo, el grande capitán que llaman,
¿qué delito en Italia ha cometido,
que a nuestro señor Fernando, nuestro Rey, le infaman,
de lo que en pensamiento aun no ha tenido?
Es porque todos sus soldados le aman,
y porque pretendemos sea servido,
haciéndole el regalo que merece,
en ocasión cualquiera que se ofrece.
De aquel regalo, bárbaro privado,
que allá conturbas la Real oreja,
vente a la guerra, sal de lo abrigado,
busca el tiro, e huye la celada vieja,
verás de aquel que tienes infamado
cuál silla, cuál estado le apareja
la fama, digo, que en su pecho enciende,
no es Reino que tú dices que pretende.
Testigo lo será Cefalonía,
y esta su fuerza fortísima del Jonio,
Calabria, y Pulla, y toda Berbería,
darán de su virtud el testimonio;
el cielo y yo daremos fe este día,
y en el infierno allá el mismo demonio
sabrá decir de la bondad extraña
del capitán de quien murmura España.
Ha de haber estado escuchando el Gran Capitán.
Paso, capitán, no más.
¡Ay! ¿Estábades, señor?
En mucho tengo el favor.
no tratéis dello jamás,
y ya sabe su majestad
las veras de mi intención,
y habrá consideración
de lo que es mi voluntad.
Tenemos un rey tan bueno,
tan amigo de justicia,
que, apartando la malicia,
dará virtud del veneno.
Tienda en buen hora sus redes
la envidia; dadme lugar,
Camudio, que quiero hablar
aquí en secreto a Paredes.
Pláceme de buena gana.
Entreteneos por ahí,
que luego concluyo aquí.
Qué humana cosa y qué llana.
Digo que se me ha ofrecido
terrible necesidad.
Y si va a decir verdad,
está el real oprimido,
y en parte tiene razón
que se dilata la paga,
y quieren que satisfaga,
o pierda de mi opinión.
Unos podrán esperar,
pero hay otros renegados
que con dineros sobrados
no saben disimular.
Y así, para aquestos tales
os vengo a pedir favor.
La bolsa os daré, señor,
creo que tiene cien reales,
que nunca tengo sobrado
jamás dinero conmigo,
sino en poder de un amigo
y de otro necesitado.
Pero si para empeñar
es de provecho una prenda...
No me ha quedado qué venda,
que prendas pudiera dar.
Buena será esta cadena,
si ahora no hay más recado,
que, a vuelta, cada soldado
dará la esperanza por buena.
A falta, así habrá de ser.
Fácil será deshacella.
Sino ahorcallos con ella,
que ansina se hubiera de ser.
No estamos ahora en tiempo
de castigar un soldado,
que está el campo alborotado
hasta que venga otro tiempo.
Ya llevo lo necesario,
y si es necesario más,
lo que no he hecho jamás
iré a robar al contrario;
y que, a su pesar, consienta,
en fuerza tan conocida,
y me dé hasta la vida
y, si arguyere, a mi cuenta.
Ya yo tengo conocido,
Paredes, vuestro valor.
Esto ha de ser con amor,
sin género de ruido.
Camudio, llegaos acá.
Tomad aqueste dinero,
y a uno y otro majadero
de vuestra gente pagá,
que, pasando por ahí,
sentí no sé qué ruido,
y palabras al oído
que en el alma recibí;
y si acaso no bastare,
hasta la paga más llena,
repartid esta cadena
por todos los que alcanzare.
Pues ¿cómo es esto, señor?
¿No valiera más pagar
con un castigo ejemplar
al uno y otro traidor?
Harto trabajo padecen;
la hambre los hace hablar.
Según saben trabajar,
premio, digo, que merecen.
Mi gente fue la culpada.
Púdolo hacer mejor.
como la de más valor,
y lo menos bien pagada,
y id luego y disimulad,
que así me dará contento,
y igual, os digo, de intento
satisface y aplaca.
A vello, señor, ansí.
¿Qué os parece, capitán,
de lo que algunos me dan
por lo que padezco aquí?
Sale la dama a quien quitaron las sortijas quejándose del soldado, al Gran Capitán.
Favor del cielo y de la tierra pido,
y al mundo todo a la venganza llamo.
¡Ay, bajeza, cuál esta hay prevertida!
Júrase mar. ¿Adónde no hay justicia?
¿Qué es esto, dama, que decís que ha sido?
Gran Capitán, venturosísimo,
soldados tuyos, que sin orden tuya
roban la tierra, hacen lo que quieren,
robando doncellas viven por su gusto;
acaso estaba dentro de mi casa
entretenida en los negocios de ella,
cuando un soldado, al parecer bizarro,
por calle y puerta de mi propia casa,
donde diciendo veinte desatinos
de amor, o no sé qué, que no le entiendo,
aficionado de un joyel de oro
y de una o dos sortijas que tenía,
entró, y ansí parece que le veo.
Asióme, digo, de mi muñeca y brazo,
y arranca de una daga furiosísimo,
diciendo: «Alarga las sortijas, hembra,
que no requiero para más dibujos;
no soy amigo de ofender a nadie,
que la necesidad es quien me fuerza.»
Díselas luego, y, hasta los zarcillos,
cruelmente arranca de mis orejas,
partiéndose la perla hasta el suelo,
diciendo humilde: «Perdonad, amores,
que en el tercio servirán de gala,
y en mí se tratarán más a provecho.
Pues pasaré con esto algunos días
hasta que venga la esperada paga,
y iréis al general, vuestros y deudos,
que os pague aquestas, que a su cuenta tomo,
y que me las descuente de mi paga,
que no pude aguardar a que viniese.»
Mirad, señor, si con razón me quejo.
Extrañamente me pesa.
¿Qué se puede hacer agora?
Decidme, dama y señora,
si injuria notable es esa,
mas, puédese remediar.
¿No lo fiaréis de mí?
Paredes, fiadme aquí,
que me quieren sentar.
Y por abono, aquesa partida,
y otra que vaya adelante.
Ora tomad este guante,
que es prenda bien conocida,
y a vuestro tiempo volved,
y habrá venido el dinero,
que por momentos espero
que se os pagará, creed.
¿De qué os suspendéis ansí?
De ver tanta gentileza.
Para con tanta belleza
conviene que la haya en mí.
Tomad el guante, señor,
que prenda ninguna quiero.
Y que a fe que diera dinero
por poco de vuestro amor.
¡Ay, que no hay rey a este igual!
Cierto que hablo de veras,
y deben ser las primeras
que tengo de aqueste mal.
Y agora asiré muy bien
del guante, que es prenda vuestra.
Maravillosa es la muestra,
désele esotro también,
con el cual volved a mí,
que os daré la cantidad.
Y cumpla la voluntad
el Gran Capitán por sí,
pues voluntad le pedís,
y le soltáis el dinero.
La voluntad sola quiero.
Mirad bien lo que decís.
Yo sé en esto lo que gano.
Mi libertad, cuando menos.
Por Dios, los guantes son buenos
y que anda el negocio llano.
Calza el de la voluntad.
Este señor es primero,
y esotro para el dinero.
Le dejo con libertad.
Huélgome, cierto, Paredes,
que os han obligado a vos,
que pagaréis por los dos.
Pagarán vuestras mercedes.
Digo que yo pagaré,
mi parte segura está.
Dama, acudiréis acá,
que a todo satisfaré.
Salen Vargas y Farfán desesperados y muertos de hambre, y en viéndole, vase el Gran Capitán.
A ello, pues. A robar
sea de ganar esta vida.
Disimulad, por mi vida,
que al capitán veo estar.
¿Es posible que si vamos
a pedille y suplicalle
que no podamos sacalle
algo con que hoy comamos?
No nos metamos en cuentos,
que sabrá muy bien tomar
una espada y pelear
no con dos, mas con doscientos.
No es tiempo ya de locuras;
llamará dos, tres criados
donde por nuestros pecados
habremos de andar a oscuras.
Por fuerza, no; la humildad
se ha de profesar allí;
dejadme llegar a mí
con mi necesidad.
Sale el Gran Capitán a la puerta de su casa aderezado para subir a caballo, con su capa y de ciudad.
¡Hola! ¿Oyes, Perecillo?
aderézame un caballo.
Sale un esclavo herrado del Gran Capitán.
No resta más de ensillallo.
¿Cuál ha de ser el morcillo?
Porque le quiero correr
y darle una buena mano.
Gran señor, negocio es llano
que el soldado ha de comer,
esperando a que esta paga
estamos entretenidos
muy muchos hombres perdidos,
sin prenda que satisfaga;
y no hay ahora en el cielo
de qué podamos comer,
ni aun tenemos qué vender,
que estamos tan por el suelo;
y como ya el hombre honrado
no lo debe ir a hurtar,
venímosle a suplicar...
Ya os he entendido, soldado;
habéis a un tiempo venido
que hallaréis mi bolsa escasa,
pues sabe Dios, si en mi casa
desde anoche se ha comido.
Mi sangre os quisiera dar,
él mismo Dios me es testigo,
porque os he visto conmigo
mucha della derramar;
pero empeñad esta capa
si fuere de algún provecho;
Vase el Gran Capitán.
A la ropería derecho
con más contento que el Papa.
No vamos todos ahí.
Como sabéis pedir vos,
así os puede medrar Dios;
cada uno para sí
llama, señor, a otra puerta,
y un otro cielo busca,
de adonde os llueva maná,
que es la fortuna más cierta.
Ansí se ha de proceder,
eso no, ¡que vive Dios!,
que ha de cubrir a los dos.
la capa si puede ser.
yo habré de hacer mi gusto,
llevarala quien la tiene,
que en efeto no conviene
partir la capa del justo.
hase de partir al fin,
sino, a fuerza de los dos.
bien está, fuera de Dios
que yo fuera San Martín.
ese es ya mucho negocio.
si partilla no os agrada
defendedla con la espada.
Acuchíllanse, y al ruido sale el Gran Capitán con otra capa.
soldados.
burlamos de ocio.
es brava la burlería,
que para todos la dio
y a ambos a dos señaló
dando la su señoría.
por eso venís, traidores.
de aquesta vez se me escapa.
basta que mi pobre capa
sea fecho de pecadores,
¡ay desvergüenza terrible!
¿tú solo querías llevalla?
señor, por aprovechalla.
como cosa no partible,
que en esta capa pusiera
toda mi felicidad.
para ir día de ciudad,
cuando en España me viera,
y hasta la cara enfundara,
que supiera no comer
y no la hubiera de vender
al primer ladrón que hallara
y para mi autoridad.
que pudiera decir yo:
mi general me la dio
en cierta necesidad.
o por mi bondad, dijera
que algunas cosas he fecho
dignas de mayor provecho
y más que de capa entera.
andá, pues tira con ella.
pues yo he de quedar sin parte
tomá aquesta otra, y parte;
no hagas de mí querella.
sin capa habré de quedar,
y otras mil capas daré,
que con mil capas podré
mil voluntades ganar.
Dan voces dentro diciendo paga paga a los soldados amotinados
qué es esto, qué voces dan?
temo de algún alboroto.
paga, paga.
y el sayo roto.
Paga, paga, capitán.
capas y sayos quiere aquel,
perdido me han el respeto.
Salen los de las capas que los traen los otros y dice un soldado de los muy bravos.
Gran Capitán, que en efeto
has dado en sernos cruel.
damos asalto al castillo,
y por las picas subimos,
peleamos, destruimos,
aun hasta el postrer ladrillo,
y llega al fin tu mandado
que el saco cese conviene,
que de heridas que él tiene,
se pague cada soldado.
puédese compadecer,
es orden, Gran Capitán,
que puesto en la mesa un pan
no lleguemos a comer?
tenemos manjares otros,
¿no es terrible desatino
que beban ellos su vino
y nuestra sangre nosotros?
¿de qué nos has de pasar?
alarga presto la paga.
paga, paga.
¡paga, paga!
no tengo paga que os dar,
esperad.
desesperamos.
pues, amigos, ¿qué queréis?
cuales riquezas sabéis
que en mi casa reservamos,
y mis prendas ya las he dado,
que aun hasta la capa os di,
¿qué más esperáis de mí?
que estoy cual pobre soldado.
Ea, ¿qué hay que aguardar?
Si no tiene de qué pague,
un poco de honra estrague
si en sisas pongo a ganar.
Soldado, ¿por afrentarme?
Y darte como a enemigo.
Quierenle todos herir y aqueste soldado le pone el espada a los pechos y desviala el Gran Capitán riendo y dice:
Ea, ¿burlaste conmigo?
Mira que podrás matarme
y perderás un amor
cual no se ha visto y deseo.
Reniego del sino, creo
que es aqueste encantador.
Lleve el diablo a quien te hiere.
Déjenos, pues, saquear
este castillo y lugar,
que a dicha para sí quiere.
Eso es ir contra justicia.
Ahora bien, del cielo viene,
mi buen ánimo refrene
vuestro deseo y codicia.
Ordenad a vuestro modo
en mi voluntad, no escasa;
entrad en esa mi casa
y ponedlo a saco todo.
Llevad lo que hubiere allí,
que no soy nada mezquino.
A la bodega del vino.
Acullá, otro acá por aquí.
Quiero de aquí desviarme.
Id a todo el lugar,
que, en faltando qué robar,
habrán a mí de robarme.
Salen Paredes y el Gran Capitán.
¿Habéislo hecho como buen soldado?
Tanto Alberto resistía,
mostrome dientes y se los he sacado.
Que sabe el cielo si le queda encía;
mucho francés habemos cautivado,
muy muchas damas, mucha bizarría.
También Navarro ha dado buena cuenta
de esos lugares que llevó a su cuenta,
y batiólos e hizo allá todo posible,
ya me parece el reino está allanando,
empresa noble, al parecer terrible,
según estaba todo alborotado.
Que no se allana hasta lo imposible,
pudiera conseguir brío ayudado.
Gracias a vos, en lo del Garellano,
que mi cuidado fuera más que en vano.
Y la de Ruvo, hice de menos nombre,
donde, cinco estando dentro el muro,
con ánimo salistes más que de hombre,
y no quedastes de un francés seguro,
matando al general, que no sé el nombre,
que iba huyendo del alcance duro.
En el mismo lugar do hizo estrago
en la Romana, vence el de Cartago.
¿Ya Nápoles no tiene Rey jurado?
Y goza de ella nuestro Rey Fernando.
Que los recados para allá son idos,
que ya vendrán de vuelta caminando.
Pondránse con la nueva entristecidos
algunos que no tengo de mi bando,
otros holgados como ya otras veces,
y estos habrán de ser mis cordobeses.
Saca el soldado que afrentó al Gran Capitán, vendiendo a Perecillo, esclavo del Gran Capitán, y un comprador que llega.
Perro, ¿no eres tú mi esclavo?
¿Quieresme tú engañar?
¿Hay quién le quiera comprar?
¿Qué es de la ese, y el clavo?
Seguro que no se irá.
Al cabo del mundo iré.
Perro, yo os empringaré
antes que vais por allá.
Empringar mal año y mes.
¡Viva me el Gran Capitán!
Que espero comer su pan
tapandoos vuestro interés.
Perecillo, ¿no es aquel?
Sí parece,
pues ¿no veis lo que pasa?
Desde él salió de mi casa
nunca he sabido más de él.
Disimulad y veremos
en qué para aquesta venta.
No hayas miedo tal consienta.
Esperad, porque gustemos.
¿Véndese el esclavo?
Sí.
El esclavo no se vende.
Por Dios, que se le defiende.
Es donoso. Sí, le vi.
Perro, que te ahorcaré.
¿Para qué has de ir engañado?
Esclavo tan aventado,
señor, no le compraré.
Huye, pero tiene pies, al fin;
bebe, pero toda una bodega,
y a ratos con su ama juega.
¡Oh, hideputa ruin,
al diablo te daré!
Pues tengo más, que podría
pasarme en la tabernería
en menos que aquí llegué.
Tengo más un frenesí
que a muchos hombres enfada,
que doy una bofetada
al que está cerca de mí.
Cualquiera precio es injusto
que por mí se pueda dar,
porque no sé trabajar
sino cuando me da gusto.
Gran donaire tiene aquel.
¿No miráis bien lo que pasa?
Nadie me lleve a su casa,
que lleva un perro cruel,
grande mascador de pan,
y aunque bebo de contino,
que aun para hartarme de vino
no tiene el Gran Capitán.
Pues si llevas un buen amo...
Desengáñese, es el mejor,
que fuego de un asador
con el que más quiero y amo.
Señores que vendéis aquí.
Estoy por desjarretalle.
¿Cómo no sabéis echalle
un quintal de peso allí?
Perro, que no callaréis.
Conozco a aqueste soldado,
que es uno que me ha enojado
y es bien que le castiguéis,
que me dijo estotro día
que si no podía papar,
pusiese luego a apañar
de las uñas que tenía.
¡Qué tal desvergüenza habló!
Y se le pudo sufrir.
Pues aún no quiero decir
que matarme pretendió.
Rinde, soldado, la espada.
Señor, que la rendiré.
Átale a este, sin fe.
Hacelo, que a fe me agrada.
¿Por qué me han de atar, señor?
Porque sois desvergonzado,
y un pícaro mal hablado,
y grande alborotador.
Confiese, ahórquenle luego.
Señor, señor...
No hay lugar.
Yo mismo os he de ahorcar,
y pegaros luego fuego.
Estoy por desjarretaros,
sois un perro, vil esclavo,
y quiérovos echar un clavo,
mas será para ahorcaros.
Oiga vuestra señoría.
¿Qué tiene de oír, traidor?
Que ante Dios, nuestro señor,
le emplazo a tercero día
que allá parezca conmigo
a dar razón de mi muerte.
Digo que de cualquier suerte
te has de ahorcar, enemigo.
Para allá digo, le emplazo.
Allá podrá en mi lugar
don Alonso de Aguilar,
mi hermano, asistir al plazo.
que allá en la sierra bermeja
murió en los días pasados
Pensad, los otros pecados
y dejad esa conseja
camina hermano acabemos
quedaréis como en el aire
haciendo gestos al aire
con que todos nos holguemos.
Salen Lucrecia y Camila, hermanas. tachado: el gran capitán
Lucrecia, ¿estás enojada?
Pues no lo tengo de estar
que no puedo contentar
jamás a mi padre en nada
si abro la ventana celos
si salgo fuera tras mí
si voy a la iglesia allí
hallo presentes mis duelos
pregunto de qué me cela
no sabe cosa decirme
si lloro pues a pedirme
la causa porque me duela
si río que hay ocasión
si canto que llamo a alguno
y sabéis ya que a ninguno
hacemos conversación
que solo el Gran Capitán
pasando ayer por aquí
puso los ojos en mí
de que la culpa me dan
pues al criado que vino
no le dejaron llegar
y aquesto me ha de forzar
a hacer un desatino
Eso, hermana, no harás
que mirará tu nobleza
que sola nuestra pobreza
cela mi padre y no más
con pensar que esta podrá
lo que está seguro en ti
que también me cela a mí
de que nada se me da
pero téngole dolor
que no le duele otra cosa
que el verte pobre y hermosa
que es el cáncer del amor
mas, ¡ay!, con aviso estemos
que suena tropel de gente.
El gran Gran Capitán y Paredes salen de noche disimulados
Algún color aparente
para hablarlas busquemos
que por Dios la una es bella
y me crio un afición
dentro acá en mi corazón
sin género de ofendella
esta es la casa advertid
a lo que se fuere hablando.
Señores, ¿do vais entrando
que no está mi padre aquí?
No recibáis pesadumbre
señoras damas si os place
que la escuridad que hace
nos hizo buscar la lumbre
¿qué casa es esta?
Señor,
de un hombre honrado, y creed
que recibirá merced
de que le guardéis su honor.
Su honra le guardarán.
Y ¿quién son vuestras mercedes?
Yo, García de Paredes,
y otro amigo capitán.
General podréis decir.
¿Quién soy yo, por vida mía?
Y vuestra señoría
que no se puede encubrir
mas ¿cuál ha sido el intento
de haber en mi casa entrado?
Buscando para un soldado
un cómodo alojamiento.
Y ¿dio mi casa el aviso
con la apariencia de fuera?
¿Quién, señora, no creyera
que estaba aquí un paraíso?
Antes infierno es verdad
que en ella toda no siento
un rincón buen aposento
si no es de mi voluntad.
Aposento hay para mí
Para tan grande soldado
está poco aderezado.
Basta, yo le quiero ansí,
que bien sé pequeño hacerme.
Que en efecto no soy grande,
aunque mi nombre sea grande,
a veces suelo encogerme.
El nombre es el que no cabe,
que el huésped muy bien cabría.
Muy bueno por vida mía,
todo aquello pica y sabe.
¡Gentil es el aposento!
¡Y gentil el proceder!
Ay, señor, que sea de hacer,
que afuera a mi padre siento,
y soy dél atormentada.
Paso, no os quitéis de ahí.
Señor padre, llegue aquí,
que busca el señor posada.
¿Quién es?
El Gran Capitán.
A gran ventura tuviera
que esta mi casilla fuera
tal cual otra hallarán.
Buen hombre, para un soldado,
la quiero. ¿Sabéis de alguna?
No sé más de aquesta una
en que vino de prestado.
A priesa otra busquemos
por esta calle Toledo.
Corrido y confuso quedo,
de que aquesta no le demos,
con todo puede alojar
en ella su señoría.
Antes venid a la mía,
traeréis con qué esta labrar.
Vanse.
¿Qué novedad es aquesta?
Si casas le faltarán,
agora, al Gran Capitán,
que hubo de bajarse de esta,
algo olió que pudo ser.
Almo de otra hermosura,
con tanta desenvoltura,
que me he de echar a perder.
Pero ya pluguiese al cielo
que de alguna se pagase,
porque a todos remediase,
que no hay tal hombre en el suelo.
Vanse, y sale un caballero francés, pidiendo a un soldado una sortija que le quitó en Úbeda donde fue preso.
Poco ganas, soldado, en retenerme
la sortija que en Úbeda me quitaste,
que bien me bastará cautivo verme
sin que con otra pesadumbre lastre.
Mira que, si eres, puedes hombre hacerme,
si me la das, ya que esto solo baste,
que te daré por ella esta mi vida
a ti y al Capitán tuyo rendida.
¿Qué tiene esta sortija? No es de oro
y puede ser de alquimia cuando menos;
qué falta os hace, harto más decoro
perdéis, llorando, gotas en ella, a menos
que sea animada; no sé qué tesoro
se incluye en él, qué secretos buenos
que os mueve tanto el ánimo y deseo,
que un poco de oro y de acero veo.
Basta que diga yo que es importante.
Dámela, digo, o darte he por ella
el precio que pidieres, muy bastante,
que te aproveche más que el retenella.
No pretendas saber más adelante,
que está mi libertad solo en tenella,
que en Nápoles perdí por mis pecados.
Solo en menos la daré de mil ducados.
Darélos, digo a fe, señor soldado.
Darélos, digo, en cuanto vais conmigo,
y hasta que se os dé de oro recado,
no me la deis, que os quiero por amigo.
Sale el gran capitán.
¿Qué es esto que hacéis aquí, Alvarado?
¿Y vos, quién sois?
Señor, del enemigo
despojo fue, poséele Rosales
de que pretende haber muchos reales
y dice ser hidalgo caballero,
y el de Soria pariente muy cercano,
el cual me ha entretenido el día entero
aquí hablando y porfiando en vano;
que cuando le ganó por prisionero
quítele una sortija de la mano,
que ha publicado más que así querella,
pues mil ducados ya me da por ella.
Que se ofreciera mucha más ganancia,
por ser como es empresa de una dama
del extremo mayor que tiene Francia,
que la llaman, señor, Julia madama.
¿Qué tanto es la sortija de importancia?
¡Oh amor, mal disimula quien bien ama!
Mostrádmela, soldado.
Y a vella es cierto,
la ausencia de ella que me tiene muerto.
¡Qué armas son estas!
Lises en campaña,
y orla y corona de la estirpe suya,
y ese león en medio la montaña
que una serpiente parece destruya,
es la parte que tiene de la España,
las letras F y N dicen huya
no de enemigos en campo ni en batalla,
sino de deservilla y enojalla.
Ahora pues, soldado, tómola por mía,
y id a mi casa, y os daré el dinero;
digo la cantidad que prometía,
que yo la vuelvo a aqueste caballero.
Y con aquella lleve en compañía
para en memoria de que fui tercero.
Aquesta otra que a su dama ofrezca,
porque allá en su memoria entrar merezca.
¡Ah, gran Capitán, con razón grande
ambos profesaremos tu servicio
en cualquiera ocasión que se nos mande,
que no se entenderá otro ejercicio
que es la merced que recibimos grande!
Si acabas de hacerme el beneficio
de que la vaya a ver, con fe primero
de volver a Rosales prisionero.
¿Que no estáis libre? Yo no lo sabía.
Muy en buen hora haced a vuestro gusto,
pues vuestra libertad está en la mía,
que pagaré vuestro rescate al justo.
Es que, señor, del capitán temía
que un precio intolerable, feo, injusto,
me pedía por mí y por esta dama;
ese trabajo tiene quien bien ama.
Sale el viejo padre de las damas.
¡Gran Capitán y señor,
ya de mi necesidad
te es notoria la verdad,
como soy tu servidor,
y queda mi casa de suerte,
y de mí con tal querella
que temo el volverme a ella
solo por no ver mi muerte!
Pido me ocupes en algo
si en algo soy de provecho,
que al valor de tu buen pecho
se acoge cualquier hidalgo;
y la ocupación querría
fuese fuera de la tierra,
no por huir de la guerra,
mas por evitar la mía.
¿Qué guerra tenéis en casa?
De unas dos tigres rabiosas.
Doncellas pobres, hermosas,
con quien trabajo se pasa,
pues, ¿a quién en vuestra ausencia
las dejáis encomendadas?
que hermosas y olvidadas
toman muy mala licencia.
No porque tengo temor
de lo que en ellas no habría;
solo vuestra señoría
las podría hacer favor,
que ¿a quién puedo encomendallas
que más guarde su decoro?
[Vase.]
Entra un paje.
Mal se guarda tal tesoro,
y erraréis en dejallas,
siendo, como es, cosa llana,
que se mueven por antojos,
y aun se ofenden de los ojos,
que son de sangre liviana.
Id y llamadme un criado;
vos, llamadme un contador.
Basta, que entiendo el humor
del bueno del viejo honrado.
Quiéreme hacer guarda dellas,
porque libre goce el resto;
yo tengo la culpa desto,
que las vi y pude no vellas.
Grande extremo de afición
aquí se me ha bajado
en haberme este fiado
lo que está en mi corazón.
¡Oh, miserable pobreza!
¿A quién hay que no sujete
padre de hija, alcahuete,
necesidad y bajeza?
Yo lo habré de remediar.
¿Manda vuestra señoría
alguna cosa?
Entra el contador y el viejo.
Querría
que te dejases hallar;
con llave a mi aposento,
y de los cofres cerrados
unos dos lienzos atados
me saca y vuelve al momento.
Vos, oídme, contador:
de mis bienes de soldados
daréis aquí mil ducados,
debidos a su valor.
Señor, que se le darán.
¿Hay más que pidáis, soldado?
Entra el paje.
No, señor, porque me has dado
como grande capitán.
Ya traigo los lienzos.
Muestra.
Ora tomad, hombre honrado,
que allí lleváis de contado
para cada hija vuestra,
con cargo que las caséis,
y las hagáis compañía,
que no es prenda que se fía
la mujer, como sabéis;
y cuando ya estén casadas,
qué fácil las desposáis,
si a mil ducados las dais,
y ellas bien acomodadas.
Y acudiréis vos aquí,
que os daré un acostamiento
con que paséis a contento,
y roguéis a Dios por mí.
¡Oh, extremo de caridad!
Págüete, señor, el cielo,
que así levanta de vuelo
mi pobre necesidad.
Haré, señor, tu mandado,
y mis hijas desde aquí
te deberán más que a mí,
pues tú las has remediado.
Vase el viejo y sale Paredes.
Basta, señor, que viene ya camino
de aqueste reino el ínclito Fernando,
que una fragata que antenoche vino
en Cartagena le dejó embarcando.
Respóndele el Gran Capitán muy alegre.
Venga en buen hora, tráigale benigno
el mar y viento, hasta que triunfado
del reino que ganado le tenemos,
la llave y posesión suya le demos.
Y conozca a los brazos valerosos
de sus soldados, y cabellos canos
que allá embarcaron rubios y hermosos;
miráunos a los callos de las manos
y verá de los castillos poderosos
los baluartes por el suelo llanos,
y los señores dellos abatidos,
al yugo de la España sometidos.
Vos, Paredes, habéis al rey servido
y trabajado como buen soldado;
tenéis seguro el premio merecido
y que el rey os le ha de dar aventajado.
Y porque lo que tengo recibido
y que en necesidad me habéis prestado
ha de ser a la cuenta de mi hacienda,
quiero os pagar sin que el buen rey lo entienda.
Y tomad la llave, y quince mil ducados
que están en el rincón de un cofre mío;
sacá y llevaldos, que os serán bien dados,
y se os deben, Paredes, yo lo fío.
Señor, ¿qué efestos tienes los sobrados,
o quieres declararme, que confío
en eso poco con que te he servido
habiendo el cuatro tanto recibido?
Habéislos de llevar, que es mi contento,
y el caballo andaluz enjaezado,
en que salgáis allá al recibimiento;
que habéis de trabajar por mi cuidado,
esto es respeto del merecimiento
que en vos he visto en cuanto buen soldado;
que por el amistad que me habéis hecho
os quiero dar aqueste brazo; estiende.
No hay más, señor, tu voluntad me espanta,
hombre vil como yo, mas yo en efeto
soy hombre en quien no cabe virtud tanta,
de tanto nombre y valeroso efeto.
Dejemos eso, Paredes, digo que me encanta,
y que no lo podré tener secreto.
Vamos a ver a Carlos, que conviene,
que se me antoja que en la playa viene.
Sale el rey don Fernando y el Gran Capitán y Paredes y el capitán Navarro y el capitán Camudio y otros soldados y un atambor y dice el rey.
Gran reino os debe mi real corona,
Gran Capitán, que tal se la habéis dado,
con más, por otra parte, mi persona,
de haberme en este reino regalado;
que ni el tesoro que a Venecia entona,
ni el mismo reino que me habéis ganado,
pudiese por bastante, le tendría
de la que tengo acá por deuda mía.
Mas por mi voluntad, que cierto es grande,
recibid el cual al presente muestro,
Duque de Sesa, el título es grande;
Cúbrese el Gran Capitán.
fuera del Grande que tenéis por vuestro,
que de Sesa gozáis en cuanto Grande;
la belicosa espada y brazo diestro,
que os tiene por el mundo celebrado
y os hará para siempre eternizado.
Y quisiera estar un poco más contento,
para significaros lo que entiendo,
que debo dar a vuestro pensamiento
y lo que a vuestras obras dar pretendo;
mas llévame el dolor y el sentimiento
de Filipe, mi yerno, que muriendo
ha hecho falta a muchos sus amigos,
pero dejando aquesto para España,
Es Nápoles, ciudad, por cierto, hermosa,
de las que el sol calienta y agua baña.
Pues tiene más, señor, una fe extraña,
con quien una vez ama generosa,
que nunca olvida un bien eternamente
y la merced estiman sumamente.
Yo la tengo por tan buena,
y así le sabré sufrir,
y a todo punto acudir.
¿Qué gente es esta que suena?
Salen los capitanes en orden y un atambor tocando a la orden.
Favor de la soldadesca,
besen esas manos tuyas,
señor, por las buenas suyas,
que no hay quien no lo merezca.
Decid por orden quién son.
Paredes es el primero,
a quien de este reino entero
tenemos obligación.
Huélgome cierto de velle,
que le he tenido afición,
y deseaba ocasión
para más bien conocelle.
Y tengo vuestro buen servicio,
Paredes, muy en memoria,
que la bondad que es notoria
llama tras sí el beneficio.
Y despacio vendréis a verme.
Ínclito rey y señor,
cuanto soy tu servidor,
puedes la merced hacerme.
Navarro es este segundo,
cuya industria claramente
conoce el reino presente,
y su valor todo el mundo.
Y diole Vuestra Majestad
título de señorío,
y no hay quien cual él hoy día
merezca la propiedad.
Désele, que a mí me agrada,
que ya yo sé quién él es.
Beso tus reales pies
por merced tan señalada.
Camudio, llegaos aquí,
besad a vuestro rey las manos,
es el temor de paganos,
y encogido sí le vi.
Habla un soldado que estaba en un rincón.
Siempre pedir y rogar,
¿cómo se puede sufrir?,
y arde tanto mal decir,
tanto mal desesperar.
Pasa, llega, ve, soldado,
pide de tu buen servicio
el debido beneficio
al rey que está allí sentado.
No estoy para parecer.
Yo lo pediré por ti.
Ven acá, llégate aquí.
¿Y hay, duque, más que hacer?
Este pobrete, señor,
es y ha sido buen soldado,
y hace el tiempo maltratado
del juego que es de este humor.
Y pide a Vuestra Majestad
que se le haga merced.
Allá le satisfaced,
vista su necesidad.
Y hacedle dar mil ducados,
y si es necesario, más.
[Línea tachada: esquibeza en los soldados]
Nunca pude ver jamás
esquibeza en los soldados,
y pedir a quien puede dar,
que es bueno sepa pedir
quien sabe tan bien servir,
y por su rey pelear.
Y volverás después aquí,
que yo te contentaré.
¡Oh Gran Capitán! Vendré.
A que resguarde mi valor,
pero soy de aquesta ley,
que en cualquier tiempo y lugar
mándenme ir a pelear,
y no a pedir a mi rey.
Sale el atambor diciendo.
Rey poderoso y señor,
con esta tengo de hablar.
Haced a ese que calle.
¡Hola! Oye tú, atambor.
Quiero quebralla y rompella,
porque me tengo de oír.
Quiere con ella pedir
al que ha servido con ella.
Aquesta y yo somos dos.
Oye vuestra majestad.
Parecidos tenéis en verdad,
yo las llagas, ¡vive Dios!
Y con todo, te traigo a cuestas,
aunque me sueles pesar,
y no te pienso olvidar,
que te amo más que me cuestas.
Y viva el rey, guárdeme Dios,
para jamás enojalle.
También podéis contentalle,
duque, si os parece a vos;
y haced, si esa le maltrata,
que no le pese jamás.
Antes, porque pese más,
se la quiero dar de plata.
Lo que os pareciere haced.
¡Viva, viva, mi Fernando!
Esta tengo de ir quebrando,
señor, allá a la casa iré.
Que sea muy en buen hora;
gusta vuestra majestad
de visitar la ciudad.
Vamos, si conviene ahora.
Éntranse todos y sale Violante, dama, con un guante en la mano.
No subáis tan alto,
dulce pensamiento,
no derribe el viento
qué sentimiento galano
tiene la media coplilla
que al son de una guitarrilla
cantaba un italiano.
Y yo soy quien puso la mira
en la mayor perfección
de la española nación,
que a nada menos aspira.
Y adonde será imposible
de lo que es amor gozar,
que a fuerza habré de callar
lo que callar no es posible.
Y pues así voy a palacio
a ver al Gran Capitán,
ni allá me recibirán
ni le hallaré despacio.
Y pues a verme no vendrá,
por no dejar a su rey,
que antes la amorosa ley
que la suya quebrará.
Y no sé adónde vaya, es cierto;
perpleja estoy, ¿qué haré?
¿Iréme allá o volveré?
Todo al fin lo hallo incierto.
Entra un soldado pariente de Violante, necesitado.
¿Qué es esto de mi parienta?
¿Quién la ha vuelto del revés?
¿Hanla despojado, pues?
No sé cómo no escarmienta.
Y no hay quien os pueda entender.
¿Qué hacéis aquí, Violante?
Oyendo de aqueste guante,
como no tengo qué hacer.
Pues miente ese guante, más
que un poco de un buen olor
tiene de color y valor,
lo que no sabréis jamás.
¿Pegósele alguna miel?
Esto será a la verdad,
es acá una voluntad
melosa que hallo en él.
que por términos más llanos
y en cierta forma es amor
a cuya miel y sabor
suelo comerme las manos.
¿Y adónde está este otro guante?
Éste no tiene segundo
porque es el mejor del mundo,
nunca admitió semejante.
Que solo en mi sola es
de mi sola propiedad,
porque de la voluntad
que otro tengo de interés,
que es este de la derecha.
¿Por qué le llamas así?
Hay cierto misterio aquí
que en cierta forma aprovecha.
Es que te vienen muy anchos.
Son guantes de autoridad,
que, si va a decir verdad,
por esto me vienen anchos.
Dios te entienda, Violante.
Dámelos, señora, a mí,
si no te vienen a ti,
que tengo de echar un guante.
¿Como qué guante ha de ser?
De limosna en la ciudad
para mi necesidad,
que harta debo tener.
Al tuyo. Lo quiero dar,
que por orden de este guante
hallaréis medio bastante
para nunca mendigar.
A Paredes llegaréis,
diréis que ese guante ampare,
y si de mí se hablare,
al punto me avisaréis,
que tengo necesidad
de satisfacerme de esto.
Y yo volveré tan presto
cual cumple a tu voluntad,
pues seréis aprovechado
más que os sabré encarecer,
y no os quiero detener
porque me traigáis recado.
Vase el soldado y salen dos caballeros émulos del Gran Capitán, don Jorge y don Nuño.
¿Que a fuerza ha de ser rey Gonzalo Hernández,
que ha de tener la suya por el cielo
para de allí mirar nuestra bajeza?
No ha de subir, si lo permite Nápoles,
y el Rey sepa que de que gaste y triunfe,
que si reino le tiene conquistado,
le ha comido más que vale el reino.
Queréis saber en cuánto grado es eso,
que al Rey tienen enojosas esperas,
pues dice que le ha hallado en esta tierra
muy mucha voluntad, muchos criados,
gentiles casas, mucha hermosura,
pero por ser el mayordomo amigo
hay mucha perdición en su hacienda;
pues nada se le diera de esto todo
si no temiera del mayor peligro
por parte del amor que a aquél le tiene
y del respeto, y fe que se le guarda.
Que ayer, poniendo Fúnez y Alvarado,
con otros del jaez, mano a las armas,
ni el Rey fue parte ni los grandes todos
para quitarlos, hasta que al ruido
allegó este señor de quien se trata,
que, viéndole, bajaron sus cabezas,
metiendo avergonzados las espadas;
que en verse el Rey pospuesto a su criado
lo ha sentido, señor, con tantas veras
que lo ha mandado se le tomen cuentas
con orden de llevarle luego a España,
que ya los contadores, bien solícitos,
buscan papeles, sumas y libranzas
para hacerle cargo del recibo.
que montará a trescientos mil ducados,
yo huélgome, por Dios, que se las tome,
porque se abaje de fanfarria y punto
y pierda el cielo que en Italia tiene.
Ora esperad, Nuño, que he pensado
en tanto que me habéis tratado deso,
un buen ardid, y no será de quema,
aunque nos servirá de más que dársela,
hasta saber lo que en su pecho tiene.
Buscadme agora dos o tres mochachos,
veréis, burla burlando, lo que intento.
Veislos allí, están jugando.
Conténtalos con dineros.
Muchachos, llegaos acá.
¿Cuál de vosotros querrá...?
Mas tengo de entrar pagando.
Veníos luego conmigo,
para que, en donde os pusiere
y por la orden que diere,
os burléis de cierto amigo.
Que quiero que le sigáis,
y adonde fuere y parare,
o dondequiera que entrare,
¡que viva el rey! le digáis.
Maravillosa invención.
Maravillosa será.
Veamos cómo ceba
con aquesta tentación.
Entra el Gran Capitán y Paredes.
¿Qué os parece desta cuenta,
Paredes?
Señor, no sé;
que en faltando, acudiré
con lo poco de mi renta.
Ríome, y con gran razón,
del tropel de contadores
y de algunos mis señores
que buscarme esta ocasión.
¡Viva el rey!
Viva en buen hora,
como en quien mi gloria estriba.
¡Viva el rey!
Mil años viva,
y la reina mi señora.
¡Viva el rey!
Matóme. Yo...
tiéntanme, ¡ay!, Dios me vala.
Muchachos, no va mala,
¿habéis de callar o no?
Dejadlos, digan y tengan
un viva el rey en su boca,
que por lo que a mí me toca
gusto de que me entretengan.
Reniego de amigos tales,
que haya en hombres principales
tal modo de proceder.
Vive Dios, que es caso fuerte,
y pésame, a la verdad,
de que ante Su Majestad
haya cosa desta suerte.
Después sabido quién son
será un rapaz, y el estado
marquesote almidonado,
ahembrado maricón;
y será un viejo incapaz
de todo el bien de la tierra,
inútil para la guerra,
y hablador en la paz,
aforrado de un ropón,
guardado del viento y frío,
haciendo del señorío
en toda conversación.
¡Guay del pecador que está
los meses y el año entero
vestido de un grueso acero,
lo que él de martas allá!
Ora dejémonos deso,
que va la cuenta despacio,
acudamos a palacio,
que será de mucho peso.
Salen don Jorge y don Nuño, y vanse el Capitán y Paredes.
Cumpliéndonos va el deseo.
De veras, su majestad,
con mucha severidad
y pesadumbre le veo;
en la mano está la cuenta,
ya vienen los contadores.
Sale el Gran Capitán, y par de sí dos contadores, y sacan una mesa, y papeles, y escribanía y libros.
Muy en buen hora, señores;
póngase mi vida en venta.
Sabe vuestra señoría
a lo que somos venidos.
No ha llegado a mis oídos
nueva de más alegría,
la del alma es de temer;
que la cuenta del que vive
mala o buena se recibe,
cuál la mía habrá de ser.
Ea, hágaseme el cargo,
si está sumado el recibo.
Tráiganse mientras escribo
los papeles del descargo.
Conmigo los traigo aquí;
ya sale su majestad.
Sale el Rey.
¡Qué pobreza de ciudad,
nunca tal della creí!
Al fin le tomáis la cuenta;
por mi contento la haced,
y los propios recoged
desta ciudad y su renta.
Hanla robado franceses,
ya en la España les gastado,
que habrán de tener sobrado
fuera de picas y arneses;
hierro les sobra y acero,
y la sangre derramada
al que la tiene ganada
con todo este reino entero.
Búsquense debajo tierra
si hay tesoros encubiertos,
quizá los tienen los muertos
que murieron en la guerra.
O vaya a mi posada,
hallarán racimos de oro
del granjeado tesoro
de la tierra conquistada.
O de mi estado se entienda,
en cuanto salgo empeñado,
lo que me habrán enviado
de esa poca de mi hacienda.
Por setenta y dos partidas
que a aquesta suma conviene,
vuestra señoría tiene
cien mil doblas recibidas
de frutos desta ciudad,
y lo que este reino ha dado,
que por lo abajo firmado
aún monta más cantidad,
que serán trescientos mil,
con las de España enviadas,
puestas aquí ya sentadas,
hasta primero de abril.
Ésta en efeto es la suma
del cargo que se le hace.
Saca un papel.
Y la que me satisface,
que he recibido gran suma.
Primero doy por descargo
estos treinta mil ducados,
que repartí con soldados.
Ya se han quitado del cargo.
Más dos mil que gasté ayer
que me dio su majestad,
más por orden de ciudad
dos mil, que más deben ser.
Súmese todo y veamos
lo que se resta debiendo.
Vamos con más procediendo,
que aún al cuarto no llegamos;
es la cuarta parte escasa.
No traigo toda la cuenta;
vuestra majestad consienta
que llegue hasta mi casa,
que me importará un papel.
Id, capitán, en buen hora.
Vase el Gran Capitán.
No le apuréis tanto ahora,
contador, pasa con él,
que me pone compasión
de velle tan fatigado,
y a tan famoso soldado
se le hace sinrazón.
Tomad la cuenta que os debe,
demasiada la daba.
Ni un alcance adeudara
dándola como él quisiere.
De trescientos mil ducados
resta la satisfacción.
En todo hay cuenta y razón,
pocos siento atesorados;
él ha servido a su Rey,
y a él muy mucho que ha ganado.
Ya este hablar apasionado
y fuera de toda ley,
que por vida de Paredes
que solo tiene heridas
a un real pecho ofrecidas
de todas Vuestras mercedes,
y los demás no tenemos
más que una buena esperanza
que cualquier soldado alcanza,
el más bajo que sabemos;
y quien publicarse atreve
que el Gran Capitán ha hecho
más por su mismo provecho
que por lo que al Rey se debe,
tómese de mí ese guante
que en esa mesa le arrojo.
Entra el Gran Capitán con un librillo de cuentas.
¿De dónde nace este enojo,
estando aquí el Rey delante?
Hase de considerar
la tierra que está ganada
a puro golpe de espada,
y no a virón sacar.
Toma el Rey el guante de la mesa y volviéndosele a Paredes dice.
Paredes, tenéis razón,
y el otro guante tomad,
que esa es la pura verdad
y estotro todo es pasión.
Él me ha servido mejor
que sabré significar,
y es hombre particular
de mucho pecho y valor;
y vos le sois buen amigo,
aunque sobra de amistad
donde está mi autoridad
buscar de industria enemigo.
Yo pido perdón, señor.
Bien está, vayan las cuentas.
Exhibo estas cartas cuentas,
si fueren de algún valor.
Y adviértase que el alcance
me ha de ser restituido
como dinero debido
cuando en un real alcance,
que no lo perdonaré
al mesmo que me ha engendrado,
porque lo tengo gastado
y también lo trabajé.
Lee los papeles.
Primeramente tengo dados a frailes,
sacerdotes y religiosos y pobres monjas,
los cuales continamente estaban
en oración rogando a nuestro Señor
Jesucristo y a todos sus santos y santas
que me diesen victoria, doscientos mil
y setecientos y treinta y seis ducados
y nueve reales.
Más tengo gastado en portes de cartas
por todos los reinos y diligencieros,
despachos y negocios, treinta y siete
mil y cuatrocientos ducados
y seis reales y medio.
Más setecientos mil y cuatrocientos
y noventa y cuatro ducados que
secretamente tengo dados a espías para
saber los designios de los enemigos,
por los cuales he ganado tantas victorias,
y finalmente de un tan
gran reino.
Más de premios a soldados por
hazañas que han hecho, ayudándome
en todas las ocasiones en
servicio de su majestad ciento y veinte
y tres mil ducados y tres reales
y un cuartillo más.
Para aquesta cuenta cese,
que estos papeles pasados
me alcanzan en mis estados,
y pagaré en que me pese.
Buenas cuentas habéis dado,
mucho se os debe, pariente,
triunfa y gasta llanamente
de eso que puede quedar.
Y vamos, que os veo enfadado
de tanto papel y cuenta;
satisfecho me ha la cuenta
y en parte regocijado.
Sale el Gran Capitán y Paredes.
Extremo gusto de volver a España,
por ver la dulce patria y los amigos.
Harto más dulce fuera la campaña;
y en ella beber sangre de enemigos,
ya entiendo, tanto proceder de maña
y los cielos, allá me son testigos
que lo tengo de atrás pronosticado
que ha sido el rey de muchos incitado.
Y bien entendí, señor, que nos dejara
en este reino con algún oficio,
y en el gobierno de la dulce y cara
ciudad en que le hicisteis tal servicio.
Antes, por mi salud, que me pesara;
yo en el trabajo, goce del vicio
el virrey que le deja su Fernando,
que es el de Leo, agora Conde Orlando.
Muy tarde partió el rey.
No hace al caso.
Derecho va a Saona, para allí partiremos.
Luego, ¿qué importa?, va a seguirle el caso,
y así quiero que luego despachemos,
adónde viene el Capitán Circaso.
No partió con el rey, pues de ello sabremos.
Entra el Capitán Circaso.
Como no embarca vuestra señoría,
aderezando estoy, ya yo querría.
Muy triste queda el reino y suspira,
vienen muy muchos hacia la marina
que no lo hicieron en el rey Fernando;
también las damas, Julia y Agustina,
de aquesta ausencia tuya blasfemando,
y del que así la hace repentina,
porque quisieran toda aquesta gente
gozar de tu presencia eternamente.
Sale el soldado del guante.
Las manos de su excelencia.
¿Qué manda el señor soldado?
Viene el hombre alborotado,
con la nueva de esta ausencia,
y no sé qué venía a pedir,
y antes me caeré aquí muerto.
¿Qué quieres pedir?
¿Es cierto
que quieres, señor, partir?
Cáesele un papel del guante al soldado.
Es el negocio importante,
porque me culpéis en él.
Mirad qué es ese papel
que cayó de ese guante.
Del guante cayó.
Así pasa;
paréceme que le vi.
Pues yo ni le puse aquí,
ni tal saqué de mi casa.
Lee el papel el Gran Capitán.
Mostrad, que yo lo veré.
De persona es conocida,
Paredes, por vuestra vida,
tómale, Paredes, y léele,
que no me toca, lee.
Decid, ¿quién os dio este guante?
Señor, allá le tenía,
una prima hermana mía,
llamada Julia Violante,
diomele y dijo: "acudiese
aquí a vuestra señoría,
que la merced me haría
que yo en efecto pidiese".
Basta, señor, ¿qué queréis,
que cumpla lo prometido?
Ya yo el billete he leído,
si debo, también debéis.
Pero lo que es el dinero
yo lo tengo de pagar,
leed, que quiero gustar
d'ese concepto primero.
Léele.
Famoso capitán y soldado, la merced que se me ha de hacer salvo el guante a ningún tiempo de más importancia que agora que tengo necesidad de que vuestra merced interceda por su parte ante el excelentísimo Gonzalo Fernández, que sea servido de corresponder con la voluntad que me está obligado a la que yo tengo de serville de grandeza de voluntad.
Julia Violante.
No saben vuestra partida,
mas veisla aquí, por mi vida,
que sale de la ciudad.
Toma esta prenda, soldado.
Beso las manos, señor,
por tal merced y favor.
¿Qué se os parece? Ya está pagado.
No, no, que es mi obligación;
pase vuestra señoría
por esta licencia mía,
que es mía en resolución.
Entra Violante y yéndose a humillar al Gran Capitán, cáese amortecida.
¿Que es cierta aquesta partida,
señor?
No haya más, señora,
cese el cumplimiento agora,
basta que está amortecida.
¡Oh, qué terrible experiencia!
¡Cómo está muerta, señor!
Sí, muerta estará de amor,
que es grande mal el de ausencia.
Pues otra dama se acerca.
Si hubiéramos ya embarcado
se hubiera todo excusado,
estando la mar tan cerca.
Ya vuelve. Dama, ¿qué es esto?
¡Ay, pesadumbre y enojos,
que puse en unos llorosos,
que se han de poner tan presto
saliendo de aquese oriente!
Dama, que se ponga allá,
ha de volver por acá
con mi alma juntamente.
Cumpla vuestra señoría
con aquesa hermosa dama,
que doña Agustina llama.
Pésame, por vida mía.
Muy presto vuelve, señora.
Ya el ánimo tengo y pecho
al puro martirio hecho.
Sale doña Agustina con un velo tapado el rostro y con ella una criada.
¿Qué es esta partida agora?
¿Qué puedes, señor, partir?
¿Cuál razón lo determina?
¡Oh, mi señora Agustina!
¿Adónde me tengo de ir,
que solo el cuerpo se parte,
y el alma queda obligada
en esa ciudad amada,
donde tenéis tanta parte?
Dadme vuestra bendición,
que no partiré sin ella,
alzad esa mano bella
sobre vuestro corazón.
Alzalda, por vida mía.
¿Agora, a la despedida,
lo que no ha hecho en su vida,
burla vuestra señoría?
Gente crece, ¿qué haremos?
A no se ha de estar aquí,
adereza un esquife ahí,
adonde presto saltemos.
Viene gente de la ciudad y dice
Mira este pueblo, señor,
lo que siente tu partida,
mira que es la nuestra vida
en que nos hagas favor,
pues no pretendemos cosa
de más contento y placer
que tu presencia tener
en vida tan trabajosa.
En la España, ¿qué te dan,
si allá te alejan forzado?
Quédate acá por soldado
cuando no por capitán,
y todos te respetaremos,
y con la fortuna tuya
cada cual pondrá la suya
con las veras que sabemos.
Y ya partió su majestad,
huelga un poco con nosotros.
¿Qué gustáis de eso vosotros?
Gusta toda la ciudad
y eres su hijo, es tu madre,
con ramos te admitirán
y en hombros te llevarán
como de la patria a padre.
Estos me han de detener,
yo quiero el cuerpo hurtarles
y con dinero engañarles.
Ea, soldados, al coger.
Saca dineros de la faltriquera, y espárcelos, y entretanto que ellos los cogen, vase sin que le vean.
Aquí, soldados, aquí,
nada sea desperdiciado.
¡Ay, que se nos ha embarcado!
Burlado nos ha.
Y no a mí,
dando las velas al viento;
porque nos dejas, señor,
pago indigno de un amor
de tanta fe y fundamento.
Y ora a la ciudad volvamos.
Con muy gentiles ducados,
ricos y desconsolados,
no sé cierto en qué medramos.
Vanse, y sale el rey Luis de Francia y el rey don Fernando en Saona, juntos.
Ya vuestra majestad tiene contento
con un tan grande reino conquistado,
y la Castilla sin impedimento,
que no poco la muerte ha negociado,
cortó la flor y marchitóla el viento.
Murió mi yerno al fin, perdiose el vado.
Dejémosla y hablemos de otra suerte:
¡Gentil suceso tuvo tanta guerra!
que es la española valerosa gente
puede muy mucho fuera de su tierra
y en los trabajos sea constantemente.
Acuérdome de aquel, que al mundo suena,
cuán presto le acabó aquel excelente
y gallardo español capitán grande,
muy mucho es su valor.
Sí, por cierto.
Y felice puede, es cierto, un rey llamarse
que alcanza en ocasión un tal criado
con quien pueda en efecto descuidarse
de semejantes cosas de cuidado.
¿Fuele forzoso en Nápoles quedarse
o fue por vuestra majestad mandado?
No hice tal, mas antes de partirse
él quiso de la Italia despedirse.
Si a vuestra majestad parece, entremos
a ver la gente que estará aguardando;
mas la intención del pecho que tenemos
de lo que ayer veníamos tratando,
es bien, y, ínclito rey, disimulemos
los que tenemos el imperio y mando,
la rabiosa codicia veneciana,
su presunción hidrópica tirana,
y nos la iguala con el padre santo
de que hayan a la iglesia defraudado,
Faenza y Arímino y todo cuanto
en la vacante descuidó el estado,
y de Pulla y demás tierra de Otranto
no podré sufrir me hayan quitado
la posesión que dellas ya tenía,
siendo realmente posesión tan mía.
¿Y yo podré sufrir de aquesta gente
que a Bérgamo, Cremona, Crema y Bresa,
del milanés gobierno, falsamente,
me haya quitado, haciendo della presa?
A Vuestra Majestad será decente
vista mi injuria, la de Roma y esa,
que pongan en ello buenas manos,
no riendo de nosotros venecianos.
Entran don Nuño y don Jorge, émulos del Gran Capitán, y vanse el Rey don Fernando y el Rey Luis.
Que el día y noche ocupados
hasta los reyes están
con este Gran Capitán,
que nos tiene ya enfadados;
y sabe agora el Rey Luis
lo que yo sé decir dél.
Sale el Gran Capitán tras ellos y escúchales lo que dicen, escondido en alguna parte.
¡Oh, espectáculo cruel!
¿Hasta agora me argüís?
Quiero ver en lo que para.
Agora esta carta mira,
leedla y considerad
que le ha de costar bien cara.
. C. R. M. Ha sentido Nápoles con tanto extremo la partida de Vuestra Majestad que no sabré significarlo, aunque en parte les ha consolado la presencia de Gonzalo Fernández, Gran Capitán, que Vuestra Majestad aquí dejó para su regalo, que ya de lo pasado no acuerdan, porque en efeto le adoran; y si Vuestra Majestad mucho le olvidase podría olvidar deste reino, y ha de venir tiempo en el cual, aunque no quiera, se la han de poner en la cabeza, y no de espinas; y adivinase del amor que le tienen &c.
Buena está. ¿Qué se ha de hacer
para que el Rey esa lea?
De cualquier suerte que sea
la habrá de ver y leer.
Descuidaremosla así
aquí, en aqueste lugar,
que alguno la habrá de alzar
pasado el Rey por aquí,
y vamos adentro luego.
Sale el Gran Capitán y alza la carta.
¡Oh, mal fundada intención!
¡Ay, otra mala traición!
De amigos tales me niego.
¿Qué terné de por amigo
aqueste infame traidor,
y procúreme dolor
como el mayor enemigo?
Lance por cierto se ha echado
a la entrada de Saona;
quiero buscar la persona
de aqueste hidalgo honrado.
Pase, y salen a poner la mesa el Repostero y criados.
Aprisa poné la mesa,
que es hora ya de comer;
aquí se puede poner.
Ea, micer Juan, aprisa,
y presto, que su majestad
lo tiene mandado ansí;
sacad y aderezá aquí
con toda la brevedad.
Mientras se pone el recado, sale el Gran Capitán por otro lado, sacando por el brazo al que echó la carta.
Quiéros avisar, señor,
siquiera para otro día,
que se os ponga en fantasía.
¿Qué carta es esta?, leed.
¿Qué habéis conocido en mí
desto que decís aquí?
Pero hacéisme gran merced:
levantáis mi pensamiento
do nunca puso la mira,
que a mayor gloria no aspira.
rompe la carta
que a dar a su rey contento
que es de servir a mi rey
mi perpetua voluntad
hagámonos amistad
guardemos la buena ley
esto será lo más sano
dadme el castigo, señor,
de que soy merecedor
alzad contra mí esa mano
abra calle
si alcancé más para aquesto
que deso no me doy nada
la mesa está aderezada
los reyes salen al puesto
salen los Reyes y encuentran con el gran capitán
oh, duque, seáis bien venido
que os tenía aderezado
oh, capitán y soldado,
que mejor que el mundo vido
dadnos parte del señor
dénseme, señor, tus manos
besarélas, que en cristianos
se estiman de más valor
no las tenéis de besar
levantad, y os estoy contento
con cualquiera cumplimiento
y vámonos a sentar
Vuestra majestad se siente
cómo habéis tanto tardado
amigos me han ocupado
de aquí la ciudad y gente
un asiento le sacad
y asiéntese par de mí
Gonzalo Hernández aquí
si manda su majestad
todo cabe en su valor
quiero que comáis conmigo
como con un vuestro amigo
no cabe en mí tal valor
y de un plato y de una presa
por qué no hacéis mi mandado
es que el señor y el criado
no caben en una mesa
y no se me debe mandar
dejemos de tantas leyes
quien ha vencido a los reyes
con reyes se ha de asentar
y ya questo me satisface
lo que se os manda haced
recibid esta merced
que su majestad os hace
hágase su voluntad
como ve que le traen silla toma una almohada y híncase de rodillas descaperuzado
aquí, señor, bueno estoy
será este día de hoy
el de mi felicidad
como eres, oh, de soldado
en todo punto estáis bien
hacéislo, señor, tan bien
que me tiene aficionado
y es digno cierto del nombre
que por el mundo le dan
de tan grande capitán
agora, señor, soy hombre
que me haces tal merced
y doy por bien empleado
todo el trabajo pasado
traen recado y cantan y el gran capitán reparte de allí a sus soldados que le miran
aun más merecéis, creed
alcen aquesto de aquí
mucho me habéis contentado
duque porque habéis estado
el más gallardo que vi
de haberte, señor, servido
que no pudiera esperar
agora podréis alzar
la plata en que se ha comido
y así, duque, disponed
de toda aquesa vajilla
quiero, señor, recebilla
pues se me hace merced
Y así hago, como mía,
ea, soldado, ir al tesoro,
asid de esa plata y oro,
que hoy debe ser vuestro día.
Entran muchos soldados y no dejan pieza en el aparador, y espantado el Rey Luis dice.
Espantado me ha, por Dios,
tanta liberalidad.
Grande fue mi voluntad,
mas téngoos envidia a vos.
En tanto nos recojamos,
que hay mucho que concluir,
y yo me habré de partir,
que ha mucho tiempo que holgamos.
FINIS