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testo digitale di Las grandezas del Gran Capitán

Data di pubblicazione: 22 agosto 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Las grandezas del Gran Capitán. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/las-grandezas-del-gran-capitan.

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LAS GRANDEZAS DEL GRAN CAPITÁN

Pag. 1

+

Personas

Una criada suya.

Tres ciudadanos.

El rey Luis de Francia.

Un repostero.

Dos pajes.

Primera jornada

Jornada primera

Pag. 2

Entra Vargas, soldado, solo, y parece en una ventana una mano con muchas sortijas de oro de Violante dama.

Vargas.

¡Oh, ingrata fortuna, perra!

Ya has conmigo concluido,

la caja siempre al oído

y las manos en la guerra.

No sé a quién tal vida agrada,

¡oh, mísera soldadesca!

quiere el cielo que padezca

y que no se medre en nada.

Ve la mano con las sortijas.

Vargas.

Pesia tal, ¡qué mano aquella!

Conténtame, vive Dios,

que tales sortijas dos

podrán henchir una mella.

¿Qué digo a señora dama?

No gusta de parecer.

Déjeme el fruto coger,

y quédese con la rama.

Mi alma.

Violante.

Hombre importuno,

¿qué queréis?

Vargas.

¡Oh, amor tirano!

Dos dedos de aquesa mano,

o siquiera solo el uno.

Incita, mueve y convida

esa mano dulce, hermosa,

dulce, digo, y poderosa

de dar y quitar la vida.

Violante.

¿Tanto os contenta la mano?

Vargas.

Tan por extremo, señora,

que fuera muchacho agora

por recibir una mano.

Violante.

Es cierto que me holgara,

porque os castigara yo.

Vargas.

Ea, señora, que no,

que se os parece en la cara,

poco tenéis de cruel.

Violante.

Mal conocéis de mi pecho.

Descubre un Agnus Dei, sacando el pecho de la ventana, colgado de una banda.

Vargas.

Conozco el loco provecho

que vos hace ahí ese joyel.

¡Oh, quién le diera un alcance!

Abajaos acá, señora,

a que estoy aquí una hora

y no puedo hacer lance.

Violante.

¿Queréisme allá alguna cosa?

Vargas.

Quiero, después de bajada,

me deis una bofetada

con esa mano hermosa.

Dadme con esos anillos

en estos ojos, quebraldos,

y como a míos, trataldos,

ponédmelos amarillos;

que esa mano guarnecida

con ese metal ladrón

podrá con un bofetón

dar a mil Narcisos vida.

Baja y dadme un jarro de agua,

que vengo, por Dios, muriendo.

Violante.

Ea, señor, ya desciendo.

Vargas.

Agua, que se guarde la fragua,

a fe que tiene de arder

y purificar el oro

de las sortijas que adoro,

y que tanto es menester.

Entra Farfán, soldado.

Farfán.

Vargas, ¿qué hacéis ahí,

que quiere el campo marchar?

Dejad agora el parlar.

Vargas.

Paso, Farfán, pese a mí;

retiraos la calle abajo,

que luego al momento voy,

es que se ha de comer hoy,

y ha de ser de mi trabajo.

Sale la dama con el jarro de agua y Vargas saca una daga y quítale las sortijas y el joyel y caballos.

Pag. 3

Violante.

Ya traigo el agua, señor,

que me pedistes; bebed.

Vargas.

Esta es, señora, la sed,

estas me ponen calor:

las sortijas me alarga

con el hermoso joyel.

Violante.

Servíos dellas, y dél...

¡Ay, Dios! Señor, aguarda.

¿Queréis me sacar el dedo,

la oreja en que os ha ofendido?

Vargas.

Quiero hablaros al oído.

Violante.

Como diréis, paso quedo.

Mis dedos y orejas lloro,

¡oh fiera intención ingrata!

Vargas.

Ahí se os queda la plata,

que no llevo más del oro.

Violante.

¿Qué plata me dejáis vos?

Vargas.

De esa mano y pecho amado,

que en este punto me han dado

la vida, después de Dios.

Esto tengo en gran merced,

y fiad de mi bondad,

que fue de necesidad,

y no de vicio la sed.

Y no las llevo de balde,

que a tiempo se os pagarán.

Acudid al Gran Capitán,

la deuda significadle,

que la hago por su cuenta;

hasta que venga la paga

de Nápoles, satisfaga,

y, cuando no dé su renta,

en tanto perdonaréis

mi sobra de atrevimiento,

que ya los pífanos siento.

Violante.

¡Plegue a Dios no las gocéis!

Muy bien le conozco a fe;

no le perderé de vista,

aunque de jerga se vista,

que a su general iré.

Vase, y salen García de Paredes y Camudio capitanes.

Camudio.

Serví y callá, sufrid y haced espalda;

Paredes, al trabajo de la guerra

echad la vida y ánimo a la balda,

y adentro el mar, y a peleando en tierra,

el mal semblante y condición llevalda

del uno y otro; en sus trece afierra;

haced notables hechos y hazañas,

hasta echar los hígados y entrañas.

Poneos a con el nuestro Rey en cuentos,

y sin haber de qué, pondráse duda

aun de los más secretos pensamientos;

ninguno habrá que a la razón acuda,

sino con invenciones y argumentos.

Pretenderán que en todo sea desnuda

vuestra alabanza y valer tan sin segundo,

que basta a conquistar a todo el mundo.

Y Gonzalo, el grande capitán que llaman,

¿qué delito en Italia ha cometido,

que a nuestro señor Fernando, nuestro Rey, le infaman,

de lo que en pensamiento aun no ha tenido?

Paredes.

Es porque todos sus soldados le aman,

y porque pretendemos sea servido,

haciéndole el regalo que merece,

en ocasión cualquiera que se ofrece.

De aquel regalo, bárbaro privado,

que allá conturbas la Real oreja,

vente a la guerra, sal de lo abrigado,

busca el tiro, e huye la celada vieja,

verás de aquel que tienes infamado

cuál silla, cuál estado le apareja

la fama, digo, que en su pecho enciende,

no es Reino que tú dices que pretende.

Testigo lo será Cefalonía,

y esta su fuerza fortísima del Jonio,

Calabria, y Pulla, y toda Berbería,

darán de su virtud el testimonio;

el cielo y yo daremos fe este día,

y en el infierno allá el mismo demonio

sabrá decir de la bondad extraña

del capitán de quien murmura España.

Ha de haber estado escuchando el Gran Capitán.

Gran Capitán.

Paso, capitán, no más.

Paredes.

¡Ay! ¿Estábades, señor?

Gran Capitán.

En mucho tengo el favor.

Pag. 4

Gran Capitán.

no tratéis dello jamás,

y ya sabe su majestad

las veras de mi intención,

y habrá consideración

de lo que es mi voluntad.

Tenemos un rey tan bueno,

tan amigo de justicia,

que, apartando la malicia,

dará virtud del veneno.

Tienda en buen hora sus redes

la envidia; dadme lugar,

Camudio, que quiero hablar

aquí en secreto a Paredes.

Camudio.

Pláceme de buena gana.

Gran Capitán.

Entreteneos por ahí,

que luego concluyo aquí.

Camudio.

Qué humana cosa y qué llana.

Gran Capitán.

Digo que se me ha ofrecido

terrible necesidad.

Y si va a decir verdad,

está el real oprimido,

y en parte tiene razón

que se dilata la paga,

y quieren que satisfaga,

o pierda de mi opinión.

Unos podrán esperar,

pero hay otros renegados

que con dineros sobrados

no saben disimular.

Y así, para aquestos tales

os vengo a pedir favor.

Paredes.

La bolsa os daré, señor,

creo que tiene cien reales,

que nunca tengo sobrado

jamás dinero conmigo,

sino en poder de un amigo

y de otro necesitado.

Pero si para empeñar

es de provecho una prenda...

Gran Capitán.

No me ha quedado qué venda,

que prendas pudiera dar.

Paredes.

Buena será esta cadena,

si ahora no hay más recado,

que, a vuelta, cada soldado

dará la esperanza por buena.

Gran Capitán.

A falta, así habrá de ser.

Fácil será deshacella.

Paredes.

Sino ahorcallos con ella,

que ansina se hubiera de ser.

Gran Capitán.

No estamos ahora en tiempo

de castigar un soldado,

que está el campo alborotado

hasta que venga otro tiempo.

Ya llevo lo necesario,

y si es necesario más,

lo que no he hecho jamás

iré a robar al contrario;

y que, a su pesar, consienta,

en fuerza tan conocida,

y me dé hasta la vida

y, si arguyere, a mi cuenta.

Ya yo tengo conocido,

Paredes, vuestro valor.

Esto ha de ser con amor,

sin género de ruido.

Camudio, llegaos acá.

Tomad aqueste dinero,

y a uno y otro majadero

de vuestra gente pagá,

que, pasando por ahí,

sentí no sé qué ruido,

y palabras al oído

que en el alma recibí;

y si acaso no bastare,

hasta la paga más llena,

repartid esta cadena

por todos los que alcanzare.

Camudio.

Pues ¿cómo es esto, señor?

¿No valiera más pagar

con un castigo ejemplar

al uno y otro traidor?

Gran Capitán.

Harto trabajo padecen;

la hambre los hace hablar.

Según saben trabajar,

premio, digo, que merecen.

Camudio.

Mi gente fue la culpada.

Gran Capitán.

Púdolo hacer mejor.

Pag. 5

Gran Capitán.

como la de más valor,

y lo menos bien pagada,

y id luego y disimulad,

que así me dará contento,

y igual, os digo, de intento

satisface y aplaca.

Camudio.

A vello, señor, ansí.

Gran Capitán.

¿Qué os parece, capitán,

de lo que algunos me dan

por lo que padezco aquí?

Sale la dama a quien quitaron las sortijas quejándose del soldado, al Gran Capitán.

Violante.

Favor del cielo y de la tierra pido,

y al mundo todo a la venganza llamo.

¡Ay, bajeza, cuál esta hay prevertida!

Júrase mar. ¿Adónde no hay justicia?

Gran Capitán.

¿Qué es esto, dama, que decís que ha sido?

Violante.

Gran Capitán, venturosísimo,

soldados tuyos, que sin orden tuya

roban la tierra, hacen lo que quieren,

robando doncellas viven por su gusto;

acaso estaba dentro de mi casa

entretenida en los negocios de ella,

cuando un soldado, al parecer bizarro,

por calle y puerta de mi propia casa,

donde diciendo veinte desatinos

de amor, o no sé qué, que no le entiendo,

aficionado de un joyel de oro

y de una o dos sortijas que tenía,

entró, y ansí parece que le veo.

Asióme, digo, de mi muñeca y brazo,

y arranca de una daga furiosísimo,

diciendo: «Alarga las sortijas, hembra,

que no requiero para más dibujos;

no soy amigo de ofender a nadie,

que la necesidad es quien me fuerza.»

Díselas luego, y, hasta los zarcillos,

cruelmente arranca de mis orejas,

partiéndose la perla hasta el suelo,

diciendo humilde: «Perdonad, amores,

que en el tercio servirán de gala,

y en mí se tratarán más a provecho.

Pues pasaré con esto algunos días

hasta que venga la esperada paga,

y iréis al general, vuestros y deudos,

que os pague aquestas, que a su cuenta tomo,

y que me las descuente de mi paga,

que no pude aguardar a que viniese.»

Mirad, señor, si con razón me quejo.

Gran Capitán.

Extrañamente me pesa.

¿Qué se puede hacer agora?

Decidme, dama y señora,

si injuria notable es esa,

mas, puédese remediar.

¿No lo fiaréis de mí?

Paredes, fiadme aquí,

que me quieren sentar.

Paredes.

Y por abono, aquesa partida,

y otra que vaya adelante.

Gran Capitán.

Ora tomad este guante,

que es prenda bien conocida,

y a vuestro tiempo volved,

y habrá venido el dinero,

que por momentos espero

que se os pagará, creed.

¿De qué os suspendéis ansí?

Violante.

De ver tanta gentileza.

Gran Capitán.

Para con tanta belleza

conviene que la haya en mí.

Violante.

Tomad el guante, señor,

que prenda ninguna quiero.

Y que a fe que diera dinero

por poco de vuestro amor.

Gran Capitán.

¡Ay, que no hay rey a este igual!

Violante.

Cierto que hablo de veras,

y deben ser las primeras

que tengo de aqueste mal.

Y agora asiré muy bien

del guante, que es prenda vuestra.

Paredes.

Maravillosa es la muestra,

désele esotro también,

con el cual volved a mí,

que os daré la cantidad.

Y cumpla la voluntad

el Gran Capitán por sí,

pues voluntad le pedís,

y le soltáis el dinero.

Pag. 6

Violante.

La voluntad sola quiero.

Gran Capitán.

Mirad bien lo que decís.

Violante.

Yo sé en esto lo que gano.

Gran Capitán.

Mi libertad, cuando menos.

Paredes.

Por Dios, los guantes son buenos

y que anda el negocio llano.

Calza el de la voluntad.

Violante.

Este señor es primero,

Paredes.

y esotro para el dinero.

Le dejo con libertad.

Gran Capitán.

Huélgome, cierto, Paredes,

que os han obligado a vos,

que pagaréis por los dos.

Violante.

Pagarán vuestras mercedes.

Paredes.

Digo que yo pagaré,

mi parte segura está.

Gran Capitán.

Dama, acudiréis acá,

que a todo satisfaré.

Salen Vargas y Farfán desesperados y muertos de hambre, y en viéndole, vase el Gran Capitán.

Vargas.

A ello, pues. A robar

sea de ganar esta vida.

Disimulad, por mi vida,

que al capitán veo estar.

¿Es posible que si vamos

a pedille y suplicalle

que no podamos sacalle

algo con que hoy comamos?

Farfán.

No nos metamos en cuentos,

que sabrá muy bien tomar

una espada y pelear

no con dos, mas con doscientos.

No es tiempo ya de locuras;

llamará dos, tres criados

donde por nuestros pecados

habremos de andar a oscuras.

Vargas.

Por fuerza, no; la humildad

se ha de profesar allí;

dejadme llegar a mí

con mi necesidad.

Sale el Gran Capitán a la puerta de su casa aderezado para subir a caballo, con su capa y de ciudad.

Gran Capitán.

¡Hola! ¿Oyes, Perecillo?

aderézame un caballo.

Sale un esclavo herrado del Gran Capitán.

Perecillo.

No resta más de ensillallo.

¿Cuál ha de ser el morcillo?

Gran Capitán.

Porque le quiero correr

y darle una buena mano.

Vargas.

Gran señor, negocio es llano

que el soldado ha de comer,

esperando a que esta paga

estamos entretenidos

muy muchos hombres perdidos,

sin prenda que satisfaga;

y no hay ahora en el cielo

de qué podamos comer,

ni aun tenemos qué vender,

que estamos tan por el suelo;

y como ya el hombre honrado

no lo debe ir a hurtar,

venímosle a suplicar...

Gran Capitán.

Ya os he entendido, soldado;

habéis a un tiempo venido

que hallaréis mi bolsa escasa,

pues sabe Dios, si en mi casa

desde anoche se ha comido.

Mi sangre os quisiera dar,

él mismo Dios me es testigo,

porque os he visto conmigo

mucha della derramar;

pero empeñad esta capa

si fuere de algún provecho;

Vase el Gran Capitán.

Vargas.

A la ropería derecho

con más contento que el Papa.

Farfán.

No vamos todos ahí.

Vargas.

Como sabéis pedir vos,

así os puede medrar Dios;

cada uno para sí

llama, señor, a otra puerta,

y un otro cielo busca,

de adonde os llueva maná,

que es la fortuna más cierta.

Farfán.

Ansí se ha de proceder,

eso no, ¡que vive Dios!,

que ha de cubrir a los dos.

Pag. 7

Farfán.

la capa si puede ser.

Vargas.

yo habré de hacer mi gusto,

llevarala quien la tiene,

que en efeto no conviene

partir la capa del justo.

Farfán.

hase de partir al fin,

sino, a fuerza de los dos.

Vargas.

bien está, fuera de Dios

que yo fuera San Martín.

Farfán.

ese es ya mucho negocio.

si partilla no os agrada

defendedla con la espada.

Acuchíllanse, y al ruido sale el Gran Capitán con otra capa.

Gran Capitán.

soldados.

Vargas.

burlamos de ocio.

Farfán.

es brava la burlería,

que para todos la dio

y a ambos a dos señaló

dando la su señoría.

Gran Capitán.

por eso venís, traidores.

Farfán.

de aquesta vez se me escapa.

Gran Capitán.

basta que mi pobre capa

sea fecho de pecadores,

¡ay desvergüenza terrible!

¿tú solo querías llevalla?

Vargas.

señor, por aprovechalla.

como cosa no partible,

que en esta capa pusiera

toda mi felicidad.

para ir día de ciudad,

cuando en España me viera,

y hasta la cara enfundara,

que supiera no comer

y no la hubiera de vender

al primer ladrón que hallara

y para mi autoridad.

que pudiera decir yo:

mi general me la dio

en cierta necesidad.

o por mi bondad, dijera

que algunas cosas he fecho

dignas de mayor provecho

y más que de capa entera.

Gran Capitán.

andá, pues tira con ella.

Farfán.

pues yo he de quedar sin parte

Gran Capitán.

tomá aquesta otra, y parte;

no hagas de mí querella.

sin capa habré de quedar,

y otras mil capas daré,

que con mil capas podré

mil voluntades ganar.

Dan voces dentro diciendo paga paga a los soldados amotinados

Gran Capitán.

qué es esto, qué voces dan?

temo de algún alboroto.

Soldados.

paga, paga.

Otro.

y el sayo roto.

Otro.

Paga, paga, capitán.

Gran Capitán.

capas y sayos quiere aquel,

perdido me han el respeto.

Salen los de las capas que los traen los otros y dice un soldado de los muy bravos.

Soldado.

Gran Capitán, que en efeto

has dado en sernos cruel.

damos asalto al castillo,

y por las picas subimos,

peleamos, destruimos,

aun hasta el postrer ladrillo,

y llega al fin tu mandado

que el saco cese conviene,

que de heridas que él tiene,

se pague cada soldado.

puédese compadecer,

es orden, Gran Capitán,

que puesto en la mesa un pan

no lleguemos a comer?

tenemos manjares otros,

¿no es terrible desatino

que beban ellos su vino

y nuestra sangre nosotros?

¿de qué nos has de pasar?

alarga presto la paga.

Uno.

paga, paga.

Otro.

¡paga, paga!

Gran Capitán.

no tengo paga que os dar,

esperad.

Soldado.

desesperamos.

Gran Capitán.

pues, amigos, ¿qué queréis?

Pag. 8

Gran Capitán.

cuales riquezas sabéis

que en mi casa reservamos,

y mis prendas ya las he dado,

que aun hasta la capa os di,

¿qué más esperáis de mí?

que estoy cual pobre soldado.

Soldado.

Ea, ¿qué hay que aguardar?

Si no tiene de qué pague,

un poco de honra estrague

si en sisas pongo a ganar.

Gran Capitán.

Soldado, ¿por afrentarme?

Soldado.

Y darte como a enemigo.

Quierenle todos herir y aqueste soldado le pone el espada a los pechos y desviala el Gran Capitán riendo y dice:

Gran Capitán.

Ea, ¿burlaste conmigo?

Mira que podrás matarme

y perderás un amor

cual no se ha visto y deseo.

Otro.

Reniego del sino, creo

que es aqueste encantador.

Lleve el diablo a quien te hiere.

Soldado.

Déjenos, pues, saquear

este castillo y lugar,

que a dicha para sí quiere.

Gran Capitán.

Eso es ir contra justicia.

Ahora bien, del cielo viene,

mi buen ánimo refrene

vuestro deseo y codicia.

Ordenad a vuestro modo

en mi voluntad, no escasa;

entrad en esa mi casa

y ponedlo a saco todo.

Llevad lo que hubiere allí,

que no soy nada mezquino.

Soldado.

A la bodega del vino.

Otro.

Acullá, otro acá por aquí.

Gran Capitán.

Quiero de aquí desviarme.

Id a todo el lugar,

que, en faltando qué robar,

habrán a mí de robarme.

Jornada segunda

Pag. 9

Salen Paredes y el Gran Capitán.

Gran Capitán.

¿Habéislo hecho como buen soldado?

Paredes.

Tanto Alberto resistía,

mostrome dientes y se los he sacado.

Que sabe el cielo si le queda encía;

mucho francés habemos cautivado,

muy muchas damas, mucha bizarría.

Gran Capitán.

También Navarro ha dado buena cuenta

de esos lugares que llevó a su cuenta,

y batiólos e hizo allá todo posible,

ya me parece el reino está allanando,

empresa noble, al parecer terrible,

según estaba todo alborotado.

Paredes.

Que no se allana hasta lo imposible,

pudiera conseguir brío ayudado.

Gran Capitán.

Gracias a vos, en lo del Garellano,

que mi cuidado fuera más que en vano.

Paredes.

Y la de Ruvo, hice de menos nombre,

donde, cinco estando dentro el muro,

con ánimo salistes más que de hombre,

y no quedastes de un francés seguro,

matando al general, que no sé el nombre,

que iba huyendo del alcance duro.

En el mismo lugar do hizo estrago

en la Romana, vence el de Cartago.

Gran Capitán.

¿Ya Nápoles no tiene Rey jurado?

Y goza de ella nuestro Rey Fernando.

Que los recados para allá son idos,

que ya vendrán de vuelta caminando.

Pondránse con la nueva entristecidos

algunos que no tengo de mi bando,

otros holgados como ya otras veces,

y estos habrán de ser mis cordobeses.

Saca el soldado que afrentó al Gran Capitán, vendiendo a Perecillo, esclavo del Gran Capitán, y un comprador que llega.

Soldado.

Perro, ¿no eres tú mi esclavo?

¿Quieresme tú engañar?

¿Hay quién le quiera comprar?

Comprador.

¿Qué es de la ese, y el clavo?

Pag. 10

Soldado.

Seguro que no se irá.

Perecillo.

Al cabo del mundo iré.

Soldado.

Perro, yo os empringaré

antes que vais por allá.

Perecillo.

Empringar mal año y mes.

¡Viva me el Gran Capitán!

Que espero comer su pan

tapandoos vuestro interés.

Paredes.

Perecillo, ¿no es aquel?

Gran Capitán.

Sí parece,

pues ¿no veis lo que pasa?

Desde él salió de mi casa

nunca he sabido más de él.

Disimulad y veremos

en qué para aquesta venta.

Paredes.

No hayas miedo tal consienta.

Gran Capitán.

Esperad, porque gustemos.

Comprador.

¿Véndese el esclavo?

Soldado.

Sí.

Perecillo.

El esclavo no se vende.

Paredes.

Por Dios, que se le defiende.

Gran Capitán.

Es donoso. Sí, le vi.

Soldado.

Perro, que te ahorcaré.

Perecillo.

¿Para qué has de ir engañado?

Comprador.

Esclavo tan aventado,

señor, no le compraré.

Huye, pero tiene pies, al fin;

bebe, pero toda una bodega,

y a ratos con su ama juega.

¡Oh, hideputa ruin,

al diablo te daré!

Perecillo.

Pues tengo más, que podría

pasarme en la tabernería

en menos que aquí llegué.

Tengo más un frenesí

que a muchos hombres enfada,

que doy una bofetada

al que está cerca de mí.

Cualquiera precio es injusto

que por mí se pueda dar,

porque no sé trabajar

sino cuando me da gusto.

Gran Capitán.

Gran donaire tiene aquel.

¿No miráis bien lo que pasa?

Perecillo.

Nadie me lleve a su casa,

que lleva un perro cruel,

grande mascador de pan,

y aunque bebo de contino,

que aun para hartarme de vino

no tiene el Gran Capitán.

Comprador.

Pues si llevas un buen amo...

Perecillo.

Desengáñese, es el mejor,

que fuego de un asador

con el que más quiero y amo.

Comprador.

Señores que vendéis aquí.

Soldado.

Estoy por desjarretalle.

Comprador.

¿Cómo no sabéis echalle

un quintal de peso allí?

Soldado.

Perro, que no callaréis.

Gran Capitán.

Conozco a aqueste soldado,

que es uno que me ha enojado

y es bien que le castiguéis,

que me dijo estotro día

que si no podía papar,

pusiese luego a apañar

de las uñas que tenía.

Paredes.

¡Qué tal desvergüenza habló!

Y se le pudo sufrir.

Gran Capitán.

Pues aún no quiero decir

que matarme pretendió.

Paredes.

Rinde, soldado, la espada.

Soldado.

Señor, que la rendiré.

Paredes.

Átale a este, sin fe.

Perecillo.

Hacelo, que a fe me agrada.

Soldado.

¿Por qué me han de atar, señor?

Paredes.

Porque sois desvergonzado,

y un pícaro mal hablado,

y grande alborotador.

Gran Capitán.

Confiese, ahórquenle luego.

Soldado.

Señor, señor...

Gran Capitán.

No hay lugar.

Perecillo.

Yo mismo os he de ahorcar,

y pegaros luego fuego.

Estoy por desjarretaros,

sois un perro, vil esclavo,

y quiérovos echar un clavo,

mas será para ahorcaros.

Soldado.

Oiga vuestra señoría.

Perecillo.

¿Qué tiene de oír, traidor?

Soldado.

Que ante Dios, nuestro señor,

le emplazo a tercero día

que allá parezca conmigo

a dar razón de mi muerte.

Gran Capitán.

Digo que de cualquier suerte

te has de ahorcar, enemigo.

Soldado.

Para allá digo, le emplazo.

Gran Capitán.

Allá podrá en mi lugar

don Alonso de Aguilar,

mi hermano, asistir al plazo.

Pag. 11

Gran Capitán.

que allá en la sierra bermeja

murió en los días pasados

Paredes.

Pensad, los otros pecados

y dejad esa conseja

camina hermano acabemos

quedaréis como en el aire

haciendo gestos al aire

con que todos nos holguemos.

Salen Lucrecia y Camila, hermanas. tachado: el gran capitán

Camila.

Lucrecia, ¿estás enojada?

Lucrecia.

Pues no lo tengo de estar

que no puedo contentar

jamás a mi padre en nada

si abro la ventana celos

si salgo fuera tras mí

si voy a la iglesia allí

hallo presentes mis duelos

pregunto de qué me cela

no sabe cosa decirme

si lloro pues a pedirme

la causa porque me duela

si río que hay ocasión

si canto que llamo a alguno

y sabéis ya que a ninguno

hacemos conversación

que solo el Gran Capitán

pasando ayer por aquí

puso los ojos en mí

de que la culpa me dan

pues al criado que vino

no le dejaron llegar

y aquesto me ha de forzar

a hacer un desatino

Camila.

Eso, hermana, no harás

que mirará tu nobleza

que sola nuestra pobreza

cela mi padre y no más

con pensar que esta podrá

lo que está seguro en ti

que también me cela a mí

de que nada se me da

pero téngole dolor

que no le duele otra cosa

que el verte pobre y hermosa

que es el cáncer del amor

mas, ¡ay!, con aviso estemos

que suena tropel de gente.

El gran Gran Capitán y Paredes salen de noche disimulados

Gran Capitán.

Algún color aparente

para hablarlas busquemos

que por Dios la una es bella

y me crio un afición

dentro acá en mi corazón

sin género de ofendella

esta es la casa advertid

a lo que se fuere hablando.

Camila.

Señores, ¿do vais entrando

que no está mi padre aquí?

Gran Capitán.

No recibáis pesadumbre

señoras damas si os place

que la escuridad que hace

nos hizo buscar la lumbre

¿qué casa es esta?

Camila.

Señor,

de un hombre honrado, y creed

que recibirá merced

de que le guardéis su honor.

Paredes.

Su honra le guardarán.

Lucrecia.

Y ¿quién son vuestras mercedes?

Paredes.

Yo, García de Paredes,

y otro amigo capitán.

Lucrecia.

General podréis decir.

Gran Capitán.

¿Quién soy yo, por vida mía?

Lucrecia.

Y vuestra señoría

que no se puede encubrir

mas ¿cuál ha sido el intento

de haber en mi casa entrado?

Gran Capitán.

Buscando para un soldado

un cómodo alojamiento.

Lucrecia.

Y ¿dio mi casa el aviso

con la apariencia de fuera?

Gran Capitán.

¿Quién, señora, no creyera

que estaba aquí un paraíso?

Lucrecia.

Antes infierno es verdad

que en ella toda no siento

un rincón buen aposento

si no es de mi voluntad.

Gran Capitán.

Aposento hay para mí

Lucrecia.

Para tan grande soldado

está poco aderezado.

Pag. 12

Gran Capitán.

Basta, yo le quiero ansí,

que bien sé pequeño hacerme.

Que en efecto no soy grande,

aunque mi nombre sea grande,

a veces suelo encogerme.

Lucrecia.

El nombre es el que no cabe,

que el huésped muy bien cabría.

Paredes.

Muy bueno por vida mía,

todo aquello pica y sabe.

¡Gentil es el aposento!

¡Y gentil el proceder!

Lucrecia.

Ay, señor, que sea de hacer,

que afuera a mi padre siento,

y soy dél atormentada.

Gran Capitán.

Paso, no os quitéis de ahí.

Lucrecia.

Señor padre, llegue aquí,

que busca el señor posada.

Viejo.

¿Quién es?

Paredes.

El Gran Capitán.

Viejo.

A gran ventura tuviera

que esta mi casilla fuera

tal cual otra hallarán.

Gran Capitán.

Buen hombre, para un soldado,

la quiero. ¿Sabéis de alguna?

Viejo.

No sé más de aquesta una

en que vino de prestado.

Paredes.

A priesa otra busquemos

por esta calle Toledo.

Viejo.

Corrido y confuso quedo,

de que aquesta no le demos,

con todo puede alojar

en ella su señoría.

Gran Capitán.

Antes venid a la mía,

traeréis con qué esta labrar.

Vanse.

Viejo.

¿Qué novedad es aquesta?

Si casas le faltarán,

agora, al Gran Capitán,

que hubo de bajarse de esta,

algo olió que pudo ser.

Almo de otra hermosura,

con tanta desenvoltura,

que me he de echar a perder.

Pero ya pluguiese al cielo

que de alguna se pagase,

porque a todos remediase,

que no hay tal hombre en el suelo.

Vanse, y sale un caballero francés, pidiendo a un soldado una sortija que le quitó en Úbeda donde fue preso.

Caballero francés.

Poco ganas, soldado, en retenerme

la sortija que en Úbeda me quitaste,

que bien me bastará cautivo verme

sin que con otra pesadumbre lastre.

Mira que, si eres, puedes hombre hacerme,

si me la das, ya que esto solo baste,

que te daré por ella esta mi vida

a ti y al Capitán tuyo rendida.

Soldado.

¿Qué tiene esta sortija? No es de oro

y puede ser de alquimia cuando menos;

qué falta os hace, harto más decoro

perdéis, llorando, gotas en ella, a menos

que sea animada; no sé qué tesoro

se incluye en él, qué secretos buenos

que os mueve tanto el ánimo y deseo,

que un poco de oro y de acero veo.

Caballero francés.

Basta que diga yo que es importante.

Dámela, digo, o darte he por ella

el precio que pidieres, muy bastante,

que te aproveche más que el retenella.

No pretendas saber más adelante,

que está mi libertad solo en tenella,

que en Nápoles perdí por mis pecados.

Soldado.

Solo en menos la daré de mil ducados.

Caballero francés.

Darélos, digo a fe, señor soldado.

Darélos, digo, en cuanto vais conmigo,

y hasta que se os dé de oro recado,

no me la deis, que os quiero por amigo.

Pag. 13

Sale el gran capitán.

Gran Capitán.

¿Qué es esto que hacéis aquí, Alvarado?

¿Y vos, quién sois?

Soldado.

Señor, del enemigo

despojo fue, poséele Rosales

de que pretende haber muchos reales

y dice ser hidalgo caballero,

y el de Soria pariente muy cercano,

el cual me ha entretenido el día entero

aquí hablando y porfiando en vano;

que cuando le ganó por prisionero

quítele una sortija de la mano,

que ha publicado más que así querella,

pues mil ducados ya me da por ella.

Caballero francés.

Que se ofreciera mucha más ganancia,

por ser como es empresa de una dama

del extremo mayor que tiene Francia,

que la llaman, señor, Julia madama.

Gran Capitán.

¿Qué tanto es la sortija de importancia?

¡Oh amor, mal disimula quien bien ama!

Mostrádmela, soldado.

Caballero francés.

Y a vella es cierto,

la ausencia de ella que me tiene muerto.

Gran Capitán.

¡Qué armas son estas!

Caballero francés.

Lises en campaña,

y orla y corona de la estirpe suya,

y ese león en medio la montaña

que una serpiente parece destruya,

es la parte que tiene de la España,

las letras F y N dicen huya

no de enemigos en campo ni en batalla,

sino de deservilla y enojalla.

Gran Capitán.

Ahora pues, soldado, tómola por mía,

y id a mi casa, y os daré el dinero;

digo la cantidad que prometía,

que yo la vuelvo a aqueste caballero.

Y con aquella lleve en compañía

para en memoria de que fui tercero.

Aquesta otra que a su dama ofrezca,

porque allá en su memoria entrar merezca.

Caballero francés.

¡Ah, gran Capitán, con razón grande

ambos profesaremos tu servicio

en cualquiera ocasión que se nos mande,

que no se entenderá otro ejercicio

que es la merced que recibimos grande!

Si acabas de hacerme el beneficio

de que la vaya a ver, con fe primero

de volver a Rosales prisionero.

Gran Capitán.

¿Que no estáis libre? Yo no lo sabía.

Muy en buen hora haced a vuestro gusto,

pues vuestra libertad está en la mía,

que pagaré vuestro rescate al justo.

Caballero francés.

Es que, señor, del capitán temía

que un precio intolerable, feo, injusto,

me pedía por mí y por esta dama;

ese trabajo tiene quien bien ama.

Sale el viejo padre de las damas.

Viejo.

¡Gran Capitán y señor,

ya de mi necesidad

te es notoria la verdad,

como soy tu servidor,

y queda mi casa de suerte,

y de mí con tal querella

que temo el volverme a ella

solo por no ver mi muerte!

Pido me ocupes en algo

si en algo soy de provecho,

que al valor de tu buen pecho

se acoge cualquier hidalgo;

y la ocupación querría

fuese fuera de la tierra,

no por huir de la guerra,

mas por evitar la mía.

Gran Capitán.

¿Qué guerra tenéis en casa?

Viejo.

De unas dos tigres rabiosas.

Pag. 14

Viejo.

Doncellas pobres, hermosas,

con quien trabajo se pasa,

Gran Capitán.

pues, ¿a quién en vuestra ausencia

las dejáis encomendadas?

que hermosas y olvidadas

toman muy mala licencia.

Viejo.

No porque tengo temor

de lo que en ellas no habría;

solo vuestra señoría

las podría hacer favor,

que ¿a quién puedo encomendallas

que más guarde su decoro?

[Vase.]

Entra un paje.

Gran Capitán.

Mal se guarda tal tesoro,

y erraréis en dejallas,

siendo, como es, cosa llana,

que se mueven por antojos,

y aun se ofenden de los ojos,

que son de sangre liviana.

Id y llamadme un criado;

vos, llamadme un contador.

Basta, que entiendo el humor

del bueno del viejo honrado.

Quiéreme hacer guarda dellas,

porque libre goce el resto;

yo tengo la culpa desto,

que las vi y pude no vellas.

Grande extremo de afición

aquí se me ha bajado

en haberme este fiado

lo que está en mi corazón.

¡Oh, miserable pobreza!

¿A quién hay que no sujete

padre de hija, alcahuete,

necesidad y bajeza?

Yo lo habré de remediar.

Paje.

¿Manda vuestra señoría

alguna cosa?

Entra el contador y el viejo.

Gran Capitán.

Querría

que te dejases hallar;

con llave a mi aposento,

y de los cofres cerrados

unos dos lienzos atados

me saca y vuelve al momento.

Vos, oídme, contador:

de mis bienes de soldados

daréis aquí mil ducados,

debidos a su valor.

Contador.

Señor, que se le darán.

¿Hay más que pidáis, soldado?

Entra el paje.

Viejo.

No, señor, porque me has dado

como grande capitán.

Paje.

Ya traigo los lienzos.

Gran Capitán.

Muestra.

Ora tomad, hombre honrado,

que allí lleváis de contado

para cada hija vuestra,

con cargo que las caséis,

y las hagáis compañía,

que no es prenda que se fía

la mujer, como sabéis;

y cuando ya estén casadas,

qué fácil las desposáis,

si a mil ducados las dais,

y ellas bien acomodadas.

Y acudiréis vos aquí,

que os daré un acostamiento

con que paséis a contento,

y roguéis a Dios por mí.

Viejo.

¡Oh, extremo de caridad!

Págüete, señor, el cielo,

que así levanta de vuelo

mi pobre necesidad.

Haré, señor, tu mandado,

y mis hijas desde aquí

te deberán más que a mí,

pues tú las has remediado.

Pag. 15

Vase el viejo y sale Paredes.

Paredes.

Basta, señor, que viene ya camino

de aqueste reino el ínclito Fernando,

que una fragata que antenoche vino

en Cartagena le dejó embarcando.

Respóndele el Gran Capitán muy alegre.

Gran Capitán.

Venga en buen hora, tráigale benigno

el mar y viento, hasta que triunfado

del reino que ganado le tenemos,

la llave y posesión suya le demos.

Y conozca a los brazos valerosos

de sus soldados, y cabellos canos

que allá embarcaron rubios y hermosos;

miráunos a los callos de las manos

y verá de los castillos poderosos

los baluartes por el suelo llanos,

y los señores dellos abatidos,

al yugo de la España sometidos.

Vos, Paredes, habéis al rey servido

y trabajado como buen soldado;

tenéis seguro el premio merecido

y que el rey os le ha de dar aventajado.

Y porque lo que tengo recibido

y que en necesidad me habéis prestado

ha de ser a la cuenta de mi hacienda,

quiero os pagar sin que el buen rey lo entienda.

Y tomad la llave, y quince mil ducados

que están en el rincón de un cofre mío;

sacá y llevaldos, que os serán bien dados,

y se os deben, Paredes, yo lo fío.

Paredes.

Señor, ¿qué efestos tienes los sobrados,

o quieres declararme, que confío

en eso poco con que te he servido

habiendo el cuatro tanto recibido?

Gran Capitán.

Habéislos de llevar, que es mi contento,

y el caballo andaluz enjaezado,

en que salgáis allá al recibimiento;

que habéis de trabajar por mi cuidado,

esto es respeto del merecimiento

que en vos he visto en cuanto buen soldado;

que por el amistad que me habéis hecho

os quiero dar aqueste brazo; estiende.

Paredes.

No hay más, señor, tu voluntad me espanta,

hombre vil como yo, mas yo en efeto

soy hombre en quien no cabe virtud tanta,

de tanto nombre y valeroso efeto.

Gran Capitán.

Dejemos eso, Paredes, digo que me encanta,

y que no lo podré tener secreto.

Vamos a ver a Carlos, que conviene,

que se me antoja que en la playa viene.

Jornada tercera

Pag. 16

Sale el rey don Fernando y el Gran Capitán y Paredes y el capitán Navarro y el capitán Camudio y otros soldados y un atambor y dice el rey.

Rey Fernando.

Gran reino os debe mi real corona,

Gran Capitán, que tal se la habéis dado,

con más, por otra parte, mi persona,

de haberme en este reino regalado;

que ni el tesoro que a Venecia entona,

ni el mismo reino que me habéis ganado,

pudiese por bastante, le tendría

de la que tengo acá por deuda mía.

Mas por mi voluntad, que cierto es grande,

recibid el cual al presente muestro,

Duque de Sesa, el título es grande;

Cúbrese el Gran Capitán.

Rey Fernando.

fuera del Grande que tenéis por vuestro,

que de Sesa gozáis en cuanto Grande;

la belicosa espada y brazo diestro,

que os tiene por el mundo celebrado

y os hará para siempre eternizado.

Y quisiera estar un poco más contento,

para significaros lo que entiendo,

que debo dar a vuestro pensamiento

y lo que a vuestras obras dar pretendo;

mas llévame el dolor y el sentimiento

de Filipe, mi yerno, que muriendo

ha hecho falta a muchos sus amigos,

pero dejando aquesto para España,

Pag. 17

Rey Fernando.

Es Nápoles, ciudad, por cierto, hermosa,

de las que el sol calienta y agua baña.

Gran Capitán.

Pues tiene más, señor, una fe extraña,

con quien una vez ama generosa,

que nunca olvida un bien eternamente

y la merced estiman sumamente.

Rey Fernando.

Yo la tengo por tan buena,

y así le sabré sufrir,

y a todo punto acudir.

¿Qué gente es esta que suena?

Salen los capitanes en orden y un atambor tocando a la orden.

Gran Capitán.

Favor de la soldadesca,

besen esas manos tuyas,

señor, por las buenas suyas,

que no hay quien no lo merezca.

Rey Fernando.

Decid por orden quién son.

Gran Capitán.

Paredes es el primero,

a quien de este reino entero

tenemos obligación.

Rey Fernando.

Huélgome cierto de velle,

que le he tenido afición,

y deseaba ocasión

para más bien conocelle.

Y tengo vuestro buen servicio,

Paredes, muy en memoria,

que la bondad que es notoria

llama tras sí el beneficio.

Y despacio vendréis a verme.

Paredes.

Ínclito rey y señor,

cuanto soy tu servidor,

puedes la merced hacerme.

Gran Capitán.

Navarro es este segundo,

cuya industria claramente

conoce el reino presente,

y su valor todo el mundo.

Y diole Vuestra Majestad

título de señorío,

y no hay quien cual él hoy día

merezca la propiedad.

Rey Fernando.

Désele, que a mí me agrada,

que ya yo sé quién él es.

Navarro.

Beso tus reales pies

por merced tan señalada.

Gran Capitán.

Camudio, llegaos aquí,

besad a vuestro rey las manos,

es el temor de paganos,

y encogido sí le vi.

Habla un soldado que estaba en un rincón.

Soldado.

Siempre pedir y rogar,

¿cómo se puede sufrir?,

y arde tanto mal decir,

tanto mal desesperar.

Gran Capitán.

Pasa, llega, ve, soldado,

pide de tu buen servicio

el debido beneficio

al rey que está allí sentado.

Soldado.

No estoy para parecer.

Gran Capitán.

Yo lo pediré por ti.

Ven acá, llégate aquí.

Rey Fernando.

¿Y hay, duque, más que hacer?

Gran Capitán.

Este pobrete, señor,

es y ha sido buen soldado,

y hace el tiempo maltratado

del juego que es de este humor.

Y pide a Vuestra Majestad

que se le haga merced.

Rey Fernando.

Allá le satisfaced,

vista su necesidad.

Y hacedle dar mil ducados,

y si es necesario, más.

[Línea tachada: esquibeza en los soldados]

Gran Capitán.

Nunca pude ver jamás

esquibeza en los soldados,

y pedir a quien puede dar,

que es bueno sepa pedir

quien sabe tan bien servir,

y por su rey pelear.

Y volverás después aquí,

que yo te contentaré.

Soldado.

¡Oh Gran Capitán! Vendré.

Pag. 18

Soldado.

A que resguarde mi valor,

pero soy de aquesta ley,

que en cualquier tiempo y lugar

mándenme ir a pelear,

y no a pedir a mi rey.

Sale el atambor diciendo.

Atambor.

Rey poderoso y señor,

con esta tengo de hablar.

Rey Fernando.

Haced a ese que calle.

Gran Capitán.

¡Hola! Oye tú, atambor.

Atambor.

Quiero quebralla y rompella,

porque me tengo de oír.

Gran Capitán.

Quiere con ella pedir

al que ha servido con ella.

Atambor.

Aquesta y yo somos dos.

Gran Capitán.

Oye vuestra majestad.

Atambor.

Parecidos tenéis en verdad,

yo las llagas, ¡vive Dios!

Y con todo, te traigo a cuestas,

aunque me sueles pesar,

y no te pienso olvidar,

que te amo más que me cuestas.

Y viva el rey, guárdeme Dios,

para jamás enojalle.

Rey Fernando.

También podéis contentalle,

duque, si os parece a vos;

y haced, si esa le maltrata,

que no le pese jamás.

Gran Capitán.

Antes, porque pese más,

se la quiero dar de plata.

Rey Fernando.

Lo que os pareciere haced.

Atambor.

¡Viva, viva, mi Fernando!

Esta tengo de ir quebrando,

señor, allá a la casa iré.

Gran Capitán.

Que sea muy en buen hora;

gusta vuestra majestad

de visitar la ciudad.

Rey Fernando.

Vamos, si conviene ahora.

Éntranse todos y sale Violante, dama, con un guante en la mano.

Violante.

No subáis tan alto,

dulce pensamiento,

no derribe el viento

qué sentimiento galano

tiene la media coplilla

que al son de una guitarrilla

cantaba un italiano.

Y yo soy quien puso la mira

en la mayor perfección

de la española nación,

que a nada menos aspira.

Y adonde será imposible

de lo que es amor gozar,

que a fuerza habré de callar

lo que callar no es posible.

Y pues así voy a palacio

a ver al Gran Capitán,

ni allá me recibirán

ni le hallaré despacio.

Y pues a verme no vendrá,

por no dejar a su rey,

que antes la amorosa ley

que la suya quebrará.

Y no sé adónde vaya, es cierto;

perpleja estoy, ¿qué haré?

¿Iréme allá o volveré?

Todo al fin lo hallo incierto.

Entra un soldado pariente de Violante, necesitado.

Soldado.

¿Qué es esto de mi parienta?

¿Quién la ha vuelto del revés?

¿Hanla despojado, pues?

No sé cómo no escarmienta.

Y no hay quien os pueda entender.

¿Qué hacéis aquí, Violante?

Violante.

Oyendo de aqueste guante,

como no tengo qué hacer.

Soldado.

Pues miente ese guante, más

que un poco de un buen olor

Violante.

tiene de color y valor,

lo que no sabréis jamás.

Soldado.

¿Pegósele alguna miel?

Esto será a la verdad,

es acá una voluntad

melosa que hallo en él.

Pag. 19

Violante.

que por términos más llanos

y en cierta forma es amor

a cuya miel y sabor

suelo comerme las manos.

Soldado.

¿Y adónde está este otro guante?

Violante.

Éste no tiene segundo

porque es el mejor del mundo,

nunca admitió semejante.

Que solo en mi sola es

de mi sola propiedad,

porque de la voluntad

que otro tengo de interés,

que es este de la derecha.

Soldado.

¿Por qué le llamas así?

Violante.

Hay cierto misterio aquí

que en cierta forma aprovecha.

Soldado.

Es que te vienen muy anchos.

Violante.

Son guantes de autoridad,

que, si va a decir verdad,

por esto me vienen anchos.

Soldado.

Dios te entienda, Violante.

Dámelos, señora, a mí,

si no te vienen a ti,

que tengo de echar un guante.

¿Como qué guante ha de ser?

De limosna en la ciudad

para mi necesidad,

que harta debo tener.

Violante.

Al tuyo. Lo quiero dar,

que por orden de este guante

hallaréis medio bastante

para nunca mendigar.

A Paredes llegaréis,

diréis que ese guante ampare,

y si de mí se hablare,

al punto me avisaréis,

que tengo necesidad

de satisfacerme de esto.

Soldado.

Y yo volveré tan presto

cual cumple a tu voluntad,

Violante.

pues seréis aprovechado

más que os sabré encarecer,

y no os quiero detener

porque me traigáis recado.

Vase el soldado y salen dos caballeros émulos del Gran Capitán, don Jorge y don Nuño.

Don Nuño.

¿Que a fuerza ha de ser rey Gonzalo Hernández,

que ha de tener la suya por el cielo

para de allí mirar nuestra bajeza?

Don Jorge.

No ha de subir, si lo permite Nápoles,

y el Rey sepa que de que gaste y triunfe,

que si reino le tiene conquistado,

le ha comido más que vale el reino.

Don Nuño.

Queréis saber en cuánto grado es eso,

que al Rey tienen enojosas esperas,

pues dice que le ha hallado en esta tierra

muy mucha voluntad, muchos criados,

gentiles casas, mucha hermosura,

pero por ser el mayordomo amigo

hay mucha perdición en su hacienda;

pues nada se le diera de esto todo

si no temiera del mayor peligro

por parte del amor que a aquél le tiene

y del respeto, y fe que se le guarda.

Que ayer, poniendo Fúnez y Alvarado,

con otros del jaez, mano a las armas,

ni el Rey fue parte ni los grandes todos

para quitarlos, hasta que al ruido

allegó este señor de quien se trata,

que, viéndole, bajaron sus cabezas,

metiendo avergonzados las espadas;

que en verse el Rey pospuesto a su criado

lo ha sentido, señor, con tantas veras

que lo ha mandado se le tomen cuentas

con orden de llevarle luego a España,

que ya los contadores, bien solícitos,

buscan papeles, sumas y libranzas

para hacerle cargo del recibo.

Pag. 20

Don Nuño.

que montará a trescientos mil ducados,

yo huélgome, por Dios, que se las tome,

porque se abaje de fanfarria y punto

y pierda el cielo que en Italia tiene.

Don Jorge.

Ora esperad, Nuño, que he pensado

en tanto que me habéis tratado deso,

un buen ardid, y no será de quema,

aunque nos servirá de más que dársela,

hasta saber lo que en su pecho tiene.

Buscadme agora dos o tres mochachos,

veréis, burla burlando, lo que intento.

Don Nuño.

Veislos allí, están jugando.

Conténtalos con dineros.

Don Jorge.

Muchachos, llegaos acá.

¿Cuál de vosotros querrá...?

Mas tengo de entrar pagando.

Veníos luego conmigo,

para que, en donde os pusiere

y por la orden que diere,

os burléis de cierto amigo.

Que quiero que le sigáis,

y adonde fuere y parare,

o dondequiera que entrare,

¡que viva el rey! le digáis.

Don Nuño.

Maravillosa invención.

Maravillosa será.

Veamos cómo ceba

con aquesta tentación.

Entra el Gran Capitán y Paredes.

Gran Capitán.

¿Qué os parece desta cuenta,

Paredes?

Paredes.

Señor, no sé;

que en faltando, acudiré

con lo poco de mi renta.

Gran Capitán.

Ríome, y con gran razón,

del tropel de contadores

y de algunos mis señores

que buscarme esta ocasión.

Muchachos.

¡Viva el rey!

Gran Capitán.

Viva en buen hora,

como en quien mi gloria estriba.

Muchachos.

¡Viva el rey!

Gran Capitán.

Mil años viva,

y la reina mi señora.

Muchachos.

¡Viva el rey!

Gran Capitán.

Matóme. Yo...

tiéntanme, ¡ay!, Dios me vala.

Paredes.

Muchachos, no va mala,

¿habéis de callar o no?

Gran Capitán.

Dejadlos, digan y tengan

un viva el rey en su boca,

que por lo que a mí me toca

gusto de que me entretengan.

Paredes.

Reniego de amigos tales,

que haya en hombres principales

tal modo de proceder.

Vive Dios, que es caso fuerte,

y pésame, a la verdad,

de que ante Su Majestad

haya cosa desta suerte.

Después sabido quién son

será un rapaz, y el estado

marquesote almidonado,

ahembrado maricón;

y será un viejo incapaz

de todo el bien de la tierra,

inútil para la guerra,

y hablador en la paz,

aforrado de un ropón,

guardado del viento y frío,

haciendo del señorío

en toda conversación.

¡Guay del pecador que está

los meses y el año entero

vestido de un grueso acero,

lo que él de martas allá!

Gran Capitán.

Ora dejémonos deso,

que va la cuenta despacio,

acudamos a palacio,

que será de mucho peso.

Salen don Jorge y don Nuño, y vanse el Capitán y Paredes.

Don Jorge.

Cumpliéndonos va el deseo.

Pag. 21

Don Nuño.

De veras, su majestad,

con mucha severidad

y pesadumbre le veo;

en la mano está la cuenta,

ya vienen los contadores.

Sale el Gran Capitán, y par de sí dos contadores, y sacan una mesa, y papeles, y escribanía y libros.

Gran Capitán.

Muy en buen hora, señores;

póngase mi vida en venta.

Contador.

Sabe vuestra señoría

a lo que somos venidos.

Gran Capitán.

No ha llegado a mis oídos

nueva de más alegría,

la del alma es de temer;

que la cuenta del que vive

mala o buena se recibe,

cuál la mía habrá de ser.

Ea, hágaseme el cargo,

si está sumado el recibo.

Contador.

Tráiganse mientras escribo

los papeles del descargo.

Gran Capitán.

Conmigo los traigo aquí;

ya sale su majestad.

Sale el Rey.

Rey Fernando.

¡Qué pobreza de ciudad,

nunca tal della creí!

Al fin le tomáis la cuenta;

por mi contento la haced,

y los propios recoged

desta ciudad y su renta.

Gran Capitán.

Hanla robado franceses,

ya en la España les gastado,

que habrán de tener sobrado

fuera de picas y arneses;

hierro les sobra y acero,

y la sangre derramada

al que la tiene ganada

con todo este reino entero.

Búsquense debajo tierra

si hay tesoros encubiertos,

quizá los tienen los muertos

que murieron en la guerra.

O vaya a mi posada,

hallarán racimos de oro

del granjeado tesoro

de la tierra conquistada.

O de mi estado se entienda,

en cuanto salgo empeñado,

lo que me habrán enviado

de esa poca de mi hacienda.

Contador.

Por setenta y dos partidas

que a aquesta suma conviene,

vuestra señoría tiene

cien mil doblas recibidas

de frutos desta ciudad,

y lo que este reino ha dado,

que por lo abajo firmado

aún monta más cantidad,

que serán trescientos mil,

con las de España enviadas,

puestas aquí ya sentadas,

hasta primero de abril.

Ésta en efeto es la suma

del cargo que se le hace.

Saca un papel.

Gran Capitán.

Y la que me satisface,

que he recibido gran suma.

Primero doy por descargo

estos treinta mil ducados,

que repartí con soldados.

Contador.

Ya se han quitado del cargo.

Gran Capitán.

Más dos mil que gasté ayer

que me dio su majestad,

más por orden de ciudad

dos mil, que más deben ser.

Súmese todo y veamos

lo que se resta debiendo.

Contador.

Vamos con más procediendo,

que aún al cuarto no llegamos;

es la cuarta parte escasa.

Gran Capitán.

No traigo toda la cuenta;

vuestra majestad consienta

que llegue hasta mi casa,

que me importará un papel.

Rey Fernando.

Id, capitán, en buen hora.

Vase el Gran Capitán.

Pag. 22

Voz no identificada.

No le apuréis tanto ahora,

contador, pasa con él,

que me pone compasión

de velle tan fatigado,

y a tan famoso soldado

se le hace sinrazón.

Rey Fernando.

Tomad la cuenta que os debe,

demasiada la daba.

Don Nuño.

Ni un alcance adeudara

dándola como él quisiere.

Rey Fernando.

De trescientos mil ducados

resta la satisfacción.

Paredes.

En todo hay cuenta y razón,

pocos siento atesorados;

él ha servido a su Rey,

Don Nuño.

y a él muy mucho que ha ganado.

Paredes.

Ya este hablar apasionado

y fuera de toda ley,

que por vida de Paredes

que solo tiene heridas

a un real pecho ofrecidas

de todas Vuestras mercedes,

y los demás no tenemos

más que una buena esperanza

que cualquier soldado alcanza,

el más bajo que sabemos;

y quien publicarse atreve

que el Gran Capitán ha hecho

más por su mismo provecho

que por lo que al Rey se debe,

tómese de mí ese guante

que en esa mesa le arrojo.

Entra el Gran Capitán con un librillo de cuentas.

Gran Capitán.

¿De dónde nace este enojo,

estando aquí el Rey delante?

Paredes.

Hase de considerar

la tierra que está ganada

a puro golpe de espada,

y no a virón sacar.

Toma el Rey el guante de la mesa y volviéndosele a Paredes dice.

Rey Fernando.

Paredes, tenéis razón,

y el otro guante tomad,

que esa es la pura verdad

y estotro todo es pasión.

Él me ha servido mejor

que sabré significar,

y es hombre particular

de mucho pecho y valor;

y vos le sois buen amigo,

aunque sobra de amistad

donde está mi autoridad

buscar de industria enemigo.

Paredes.

Yo pido perdón, señor.

Rey Fernando.

Bien está, vayan las cuentas.

Gran Capitán.

Exhibo estas cartas cuentas,

si fueren de algún valor.

Y adviértase que el alcance

me ha de ser restituido

como dinero debido

cuando en un real alcance,

que no lo perdonaré

al mesmo que me ha engendrado,

porque lo tengo gastado

y también lo trabajé.

Lee los papeles.

Gran Capitán.

Primeramente tengo dados a frailes,

sacerdotes y religiosos y pobres monjas,

los cuales continamente estaban

en oración rogando a nuestro Señor

Jesucristo y a todos sus santos y santas

que me diesen victoria, doscientos mil

y setecientos y treinta y seis ducados

y nueve reales.

Más tengo gastado en portes de cartas

por todos los reinos y diligencieros,

despachos y negocios, treinta y siete

mil y cuatrocientos ducados

y seis reales y medio.

Más setecientos mil y cuatrocientos

y noventa y cuatro ducados que

secretamente tengo dados a espías para

saber los designios de los enemigos,

por los cuales he ganado tantas victorias,

y finalmente de un tan

gran reino.

Más de premios a soldados por

hazañas que han hecho, ayudándome

en todas las ocasiones en

Pag. 23

Gran Capitán.

servicio de su majestad ciento y veinte

y tres mil ducados y tres reales

y un cuartillo más.

Rey Fernando.

Para aquesta cuenta cese,

que estos papeles pasados

me alcanzan en mis estados,

y pagaré en que me pese.

Buenas cuentas habéis dado,

mucho se os debe, pariente,

triunfa y gasta llanamente

de eso que puede quedar.

Y vamos, que os veo enfadado

de tanto papel y cuenta;

satisfecho me ha la cuenta

y en parte regocijado.

Jornada cuarta

Pag. 24

Sale el Gran Capitán y Paredes.

Gran Capitán.

Extremo gusto de volver a España,

por ver la dulce patria y los amigos.

Paredes.

Harto más dulce fuera la campaña;

y en ella beber sangre de enemigos,

ya entiendo, tanto proceder de maña

y los cielos, allá me son testigos

que lo tengo de atrás pronosticado

que ha sido el rey de muchos incitado.

Y bien entendí, señor, que nos dejara

en este reino con algún oficio,

y en el gobierno de la dulce y cara

ciudad en que le hicisteis tal servicio.

Gran Capitán.

Antes, por mi salud, que me pesara;

yo en el trabajo, goce del vicio

el virrey que le deja su Fernando,

que es el de Leo, agora Conde Orlando.

Paredes.

Muy tarde partió el rey.

Gran Capitán.

No hace al caso.

Derecho va a Saona, para allí partiremos.

Luego, ¿qué importa?, va a seguirle el caso,

y así quiero que luego despachemos,

adónde viene el Capitán Circaso.

No partió con el rey, pues de ello sabremos.

Entra el Capitán Circaso.

Circaso.

Como no embarca vuestra señoría,

aderezando estoy, ya yo querría.

Muy triste queda el reino y suspira,

vienen muy muchos hacia la marina

que no lo hicieron en el rey Fernando;

también las damas, Julia y Agustina,

de aquesta ausencia tuya blasfemando,

y del que así la hace repentina,

porque quisieran toda aquesta gente

gozar de tu presencia eternamente.

Sale el soldado del guante.

Soldado.

Las manos de su excelencia.

Gran Capitán.

¿Qué manda el señor soldado?

Soldado.

Viene el hombre alborotado,

con la nueva de esta ausencia,

y no sé qué venía a pedir,

y antes me caeré aquí muerto.

Gran Capitán.

¿Qué quieres pedir?

Soldado.

¿Es cierto

que quieres, señor, partir?

Cáesele un papel del guante al soldado.

Gran Capitán.

Es el negocio importante,

porque me culpéis en él.

Mirad qué es ese papel

que cayó de ese guante.

Soldado.

Del guante cayó.

Gran Capitán.

Así pasa;

paréceme que le vi.

Soldado.

Pues yo ni le puse aquí,

ni tal saqué de mi casa.

Lee el papel el Gran Capitán.

Gran Capitán.

Mostrad, que yo lo veré.

De persona es conocida,

Paredes, por vuestra vida,

tómale, Paredes, y léele,

que no me toca, lee.

Decid, ¿quién os dio este guante?

Soldado.

Señor, allá le tenía,

una prima hermana mía,

llamada Julia Violante,

diomele y dijo: "acudiese

aquí a vuestra señoría,

que la merced me haría

que yo en efecto pidiese".

Paredes.

Basta, señor, ¿qué queréis,

que cumpla lo prometido?

Ya yo el billete he leído,

si debo, también debéis.

Pag. 25

V.

Pero lo que es el dinero

yo lo tengo de pagar,

leed, que quiero gustar

d'ese concepto primero.

Léele.

Famoso capitán y soldado, la merced que se me ha de hacer salvo el guante a ningún tiempo de más importancia que agora que tengo necesidad de que vuestra merced interceda por su parte ante el excelentísimo Gonzalo Fernández, que sea servido de corresponder con la voluntad que me está obligado a la que yo tengo de serville de grandeza de voluntad.

Julia Violante.

Voz no identificada.

No saben vuestra partida,

mas veisla aquí, por mi vida,

que sale de la ciudad.

V.

Toma esta prenda, soldado.

Soldado.

Beso las manos, señor,

por tal merced y favor.

Gran Capitán.

¿Qué se os parece? Ya está pagado.

Va.

No, no, que es mi obligación;

pase vuestra señoría

por esta licencia mía,

que es mía en resolución.

Entra Violante y yéndose a humillar al Gran Capitán, cáese amortecida.

Violante.

¿Que es cierta aquesta partida,

señor?

Gran Capitán.

No haya más, señora,

cese el cumplimiento agora,

basta que está amortecida.

V.

¡Oh, qué terrible experiencia!

Soldado.

¡Cómo está muerta, señor!

Paje.

Sí, muerta estará de amor,

que es grande mal el de ausencia.

V.

Pues otra dama se acerca.

Gran Capitán.

Si hubiéramos ya embarcado

se hubiera todo excusado,

estando la mar tan cerca.

V.

Ya vuelve. Dama, ¿qué es esto?

Violante.

¡Ay, pesadumbre y enojos,

que puse en unos llorosos,

que se han de poner tan presto

Gran Capitán.

saliendo de aquese oriente!

Dama, que se ponga allá,

ha de volver por acá

con mi alma juntamente.

Paje.

Cumpla vuestra señoría

con aquesa hermosa dama,

que doña Agustina llama.

Gran Capitán.

Pésame, por vida mía.

V.

Muy presto vuelve, señora.

Violante.

Ya el ánimo tengo y pecho

al puro martirio hecho.

Sale doña Agustina con un velo tapado el rostro y con ella una criada.

Doña Agustina.

¿Qué es esta partida agora?

¿Qué puedes, señor, partir?

¿Cuál razón lo determina?

Gran Capitán.

¡Oh, mi señora Agustina!

¿Adónde me tengo de ir,

que solo el cuerpo se parte,

y el alma queda obligada

en esa ciudad amada,

donde tenéis tanta parte?

Dadme vuestra bendición,

que no partiré sin ella,

alzad esa mano bella

sobre vuestro corazón.

Alzalda, por vida mía.

Doña Agustina.

¿Agora, a la despedida,

lo que no ha hecho en su vida,

burla vuestra señoría?

Gran Capitán.

Gente crece, ¿qué haremos?

A no se ha de estar aquí,

adereza un esquife ahí,

adonde presto saltemos.

Viene gente de la ciudad y dice

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Ciudad.

Mira este pueblo, señor,

lo que siente tu partida,

mira que es la nuestra vida

en que nos hagas favor,

pues no pretendemos cosa

de más contento y placer

que tu presencia tener

en vida tan trabajosa.

En la España, ¿qué te dan,

si allá te alejan forzado?

Quédate acá por soldado

cuando no por capitán,

y todos te respetaremos,

y con la fortuna tuya

cada cual pondrá la suya

con las veras que sabemos.

Y ya partió su majestad,

huelga un poco con nosotros.

Gran Capitán.

¿Qué gustáis de eso vosotros?

Ciudad.

Gusta toda la ciudad

y eres su hijo, es tu madre,

con ramos te admitirán

y en hombros te llevarán

como de la patria a padre.

Gran Capitán.

Estos me han de detener,

yo quiero el cuerpo hurtarles

y con dinero engañarles.

Ea, soldados, al coger.

Saca dineros de la faltriquera, y espárcelos, y entretanto que ellos los cogen, vase sin que le vean.

Soldado 1.

Aquí, soldados, aquí,

nada sea desperdiciado.

¡Ay, que se nos ha embarcado!

Burlado nos ha.

Soldado 2.

Y no a mí,

dando las velas al viento;

porque nos dejas, señor,

pago indigno de un amor

de tanta fe y fundamento.

Y ora a la ciudad volvamos.

Soldado 3.

Con muy gentiles ducados,

Soldado 4.

ricos y desconsolados,

no sé cierto en qué medramos.

Vanse, y sale el rey Luis de Francia y el rey don Fernando en Saona, juntos.

Rey Luis.

Ya vuestra majestad tiene contento

con un tan grande reino conquistado,

y la Castilla sin impedimento,

que no poco la muerte ha negociado,

cortó la flor y marchitóla el viento.

Rey Fernando.

Murió mi yerno al fin, perdiose el vado.

Rey Luis.

Dejémosla y hablemos de otra suerte:

¡Gentil suceso tuvo tanta guerra!

que es la española valerosa gente

puede muy mucho fuera de su tierra

y en los trabajos sea constantemente.

Acuérdome de aquel, que al mundo suena,

cuán presto le acabó aquel excelente

y gallardo español capitán grande,

muy mucho es su valor.

Rey Fernando.

Sí, por cierto.

Rey Luis.

Y felice puede, es cierto, un rey llamarse

que alcanza en ocasión un tal criado

con quien pueda en efecto descuidarse

de semejantes cosas de cuidado.

¿Fuele forzoso en Nápoles quedarse

o fue por vuestra majestad mandado?

Rey Fernando.

No hice tal, mas antes de partirse

él quiso de la Italia despedirse.

Si a vuestra majestad parece, entremos

a ver la gente que estará aguardando;

mas la intención del pecho que tenemos

de lo que ayer veníamos tratando,

es bien, y, ínclito rey, disimulemos

los que tenemos el imperio y mando,

la rabiosa codicia veneciana,

su presunción hidrópica tirana,

y nos la iguala con el padre santo

de que hayan a la iglesia defraudado,

Faenza y Arímino y todo cuanto

en la vacante descuidó el estado,

y de Pulla y demás tierra de Otranto

no podré sufrir me hayan quitado

la posesión que dellas ya tenía,

siendo realmente posesión tan mía.

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Rey Luis.

¿Y yo podré sufrir de aquesta gente

que a Bérgamo, Cremona, Crema y Bresa,

del milanés gobierno, falsamente,

me haya quitado, haciendo della presa?

Rey Fernando.

A Vuestra Majestad será decente

vista mi injuria, la de Roma y esa,

que pongan en ello buenas manos,

no riendo de nosotros venecianos.

Entran don Nuño y don Jorge, émulos del Gran Capitán, y vanse el Rey don Fernando y el Rey Luis.

Don Jorge.

Que el día y noche ocupados

hasta los reyes están

con este Gran Capitán,

que nos tiene ya enfadados;

y sabe agora el Rey Luis

lo que yo sé decir dél.

Sale el Gran Capitán tras ellos y escúchales lo que dicen, escondido en alguna parte.

Gran Capitán.

¡Oh, espectáculo cruel!

¿Hasta agora me argüís?

Quiero ver en lo que para.

Don Nuño.

Agora esta carta mira,

leedla y considerad

que le ha de costar bien cara.

. C. R. M. Ha sentido Nápoles con tanto extremo la partida de Vuestra Majestad que no sabré significarlo, aunque en parte les ha consolado la presencia de Gonzalo Fernández, Gran Capitán, que Vuestra Majestad aquí dejó para su regalo, que ya de lo pasado no acuerdan, porque en efeto le adoran; y si Vuestra Majestad mucho le olvidase podría olvidar deste reino, y ha de venir tiempo en el cual, aunque no quiera, se la han de poner en la cabeza, y no de espinas; y adivinase del amor que le tienen &c.

Don Jorge.

Buena está. ¿Qué se ha de hacer

para que el Rey esa lea?

Don Nuño.

De cualquier suerte que sea

la habrá de ver y leer.

Don Jorge.

Descuidaremosla así

aquí, en aqueste lugar,

que alguno la habrá de alzar

pasado el Rey por aquí,

y vamos adentro luego.

Sale el Gran Capitán y alza la carta.

Gran Capitán.

¡Oh, mal fundada intención!

¡Ay, otra mala traición!

De amigos tales me niego.

¿Qué terné de por amigo

aqueste infame traidor,

y procúreme dolor

como el mayor enemigo?

Lance por cierto se ha echado

a la entrada de Saona;

quiero buscar la persona

de aqueste hidalgo honrado.

Pase, y salen a poner la mesa el Repostero y criados.

Repostero.

Aprisa poné la mesa,

que es hora ya de comer;

aquí se puede poner.

Ea, micer Juan, aprisa,

y presto, que su majestad

lo tiene mandado ansí;

sacad y aderezá aquí

con toda la brevedad.

Mientras se pone el recado, sale el Gran Capitán por otro lado, sacando por el brazo al que echó la carta.

Gran Capitán.

Quiéros avisar, señor,

siquiera para otro día,

que se os ponga en fantasía.

¿Qué carta es esta?, leed.

¿Qué habéis conocido en mí

desto que decís aquí?

Pero hacéisme gran merced:

levantáis mi pensamiento

do nunca puso la mira,

que a mayor gloria no aspira.

Pag. 28

rompe la carta

Gran Capitán.

que a dar a su rey contento

que es de servir a mi rey

mi perpetua voluntad

hagámonos amistad

guardemos la buena ley

esto será lo más sano

Rey Fernando.

dadme el castigo, señor,

de que soy merecedor

alzad contra mí esa mano

abra calle

Gran Capitán.

si alcancé más para aquesto

que deso no me doy nada

la mesa está aderezada

los reyes salen al puesto

salen los Reyes y encuentran con el gran capitán

Rey Fernando.

oh, duque, seáis bien venido

que os tenía aderezado

Rey Luis.

oh, capitán y soldado,

que mejor que el mundo vido

dadnos parte del señor

Gran Capitán.

dénseme, señor, tus manos

besarélas, que en cristianos

se estiman de más valor

Rey Luis.

no las tenéis de besar

levantad, y os estoy contento

con cualquiera cumplimiento

y vámonos a sentar

Rey Fernando.

Vuestra majestad se siente

cómo habéis tanto tardado

Gran Capitán.

amigos me han ocupado

de aquí la ciudad y gente

Rey Luis.

un asiento le sacad

y asiéntese par de mí

Gonzalo Hernández aquí

si manda su majestad

Rey Fernando.

todo cabe en su valor

Rey Luis.

quiero que comáis conmigo

como con un vuestro amigo

Gran Capitán.

no cabe en mí tal valor

y de un plato y de una presa

Rey Luis.

por qué no hacéis mi mandado

Gran Capitán.

es que el señor y el criado

no caben en una mesa

y no se me debe mandar

Rey Luis.

dejemos de tantas leyes

quien ha vencido a los reyes

con reyes se ha de asentar

y ya questo me satisface

Rey Fernando.

lo que se os manda haced

recibid esta merced

que su majestad os hace

hágase su voluntad

como ve que le traen silla toma una almohada y híncase de rodillas descaperuzado

Gran Capitán.

aquí, señor, bueno estoy

será este día de hoy

el de mi felicidad

Rey Luis.

como eres, oh, de soldado

en todo punto estáis bien

hacéislo, señor, tan bien

que me tiene aficionado

y es digno cierto del nombre

que por el mundo le dan

de tan grande capitán

Gran Capitán.

agora, señor, soy hombre

que me haces tal merced

y doy por bien empleado

todo el trabajo pasado

traen recado y cantan y el gran capitán reparte de allí a sus soldados que le miran

Rey Luis.

aun más merecéis, creed

alcen aquesto de aquí

mucho me habéis contentado

duque porque habéis estado

el más gallardo que vi

Gran Capitán.

de haberte, señor, servido

que no pudiera esperar

Rey Luis.

agora podréis alzar

la plata en que se ha comido

y así, duque, disponed

de toda aquesa vajilla

Gran Capitán.

quiero, señor, recebilla

pues se me hace merced

Pag. 29

Gran Capitán.

Y así hago, como mía,

ea, soldado, ir al tesoro,

asid de esa plata y oro,

que hoy debe ser vuestro día.

Entran muchos soldados y no dejan pieza en el aparador, y espantado el Rey Luis dice.

Rey Luis.

Espantado me ha, por Dios,

tanta liberalidad.

Grande fue mi voluntad,

mas téngoos envidia a vos.

En tanto nos recojamos,

que hay mucho que concluir,

y yo me habré de partir,

que ha mucho tiempo que holgamos.

FINIS