귀속 대상:> 공개일: 2026년 8월 22일
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El mejor hijo de Madrid, San Dámaso. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-mejor-hijo-de-madrid.
El mejor hijo de Madrid
San Dámaso=
Comedia en 3 jornadas.
Leg. 6
5-6
14
~ Personas. ~ San Dámaso. San Jerónimo. Claudio, general de la Iglesia. Aurelio, que hará el demonio. Efremio, ermitaño barba. Chicharra, gracioso. Un Pastor. Irene, dama. Dos damas que hacen ángeles. Una niña que hace a la Virgen. Calisto. Licinio. Magencio, obispo hereje. Músicos y acompañamiento.
La fachada del palacio de San Pedro se ha de ver por teatro, y una de las ventanas que pueda abrirse, y salen Aurelio, Calisto, y Licinio, y Chicharra gorrón.
Siete días ha que están
en la elección.
Mucho tarda
el cónclave en elegir.
Por fe que
trancadas
del palacio de San Pedro
están puertas y ventanas
de suerte, que más parece
recolección de beatas
que junta de cardenales.
La sacra Iglesia romana
ha de darnos siempre el jo,
cuando
cuando hay elección de Papa.
Pues y minorando los van
el valimento.
¿A qué aguardan?
A que el Espíritu Santo,
cuya asistencia, no falta
nunca en estas elecciones,
digno Pontífice haga.
Mucho sintiera lo fuese
Dámaso, pues me estorbara
cuando favorece a Irene
que se lograren mis ansias.
Chicharra, que es gran bonete.
Que es bonete, y aun sotana.
No sé, no sé.
Diga.
Pues,
famulillo a la voz anda,
de Jerónimo, a quien hizo
su Secretario la sacra
Junta del conclave, pues
decidnos, ¿quién será Papa?
Dámaso.
¿Tengo la funda?
Y no pretenderlo en nada,
pues al desierto se fue.
Tiene muy adelantada
la elección Ursino.
Es cierto,
que ustedes más se alegraran
lo sea Ursino, pues como
son los dos gente, a quien llaman
matones, que sirven solo
de lo que adquiere la espada,
siendo el Pontífice, aura
más que saquear en su casa,
que es lo que se estila en Roma
con el que se elige Papa;
mas si Dámaso lo es
no han de hallar por más que hagan
que cilicios, disciplinas
para que los dos no gastan.
¿Cómo habla de esa manera?
Porque a mí nada me espanta,
que español soy.
Ya sabemos
que allá el montañés jugaba
de esgrimir con gran valor.
Y aun el de San Pablo.
Vaya.
¿Y a qué viene aquí?
A lo mismo,
a que se ha agregado tanta
gente a ver a quien eligen
Pontífice.
Que ignorancia
es que Dámaso ha de serlo
no pierda las esperanzas.
Eso ha de venir de arriba.
Dan golpes, como para abrir la ventana prevenida.
Calisto, que la tapada
ventana rompen.
Sin duda,
Papam habemus.
Es clara
consecuencia, pues ya a ver
a Jerónimo se alcanza,
a quien por ser Secretario
toca (según la Romana
ceremonia) publicar
Pontífice; con las altas
palabras, que anunció el Ángel
a los Pastores la sacra
venida de Cristo.
Acaba de abrir la ventana y de ella aparece San Jerónimo.
Oigamos
a quien por Pastor aclaman.
Anuncio os, Pueblo Romano,
Católica Iglesia Santa,
una feliz nueva: ya
tenéis verdadero Papa
al Muy Santísimo Padre
Dámaso, que le dé Dios largas,
viva para exaltación
de nuestra fe sacrosanta.
Dicen todos al son de chirimías, y cajas.
¡Viva Dámaso!
Y reviva.
¡Qué saliere!
Con qué caras
han quedado.
Voces. ¡Ursino viva,
pío beatísimo Papa!
¿Qué escucho? ¿Qué cisma es esta
que en la Iglesia se declara,
contra la sacra elección
de Dámaso?
Ya trocada
la suerte está.
Quítase de la ventana.
Tanto daño
pronto al remedio me llama.
¡Viva el Pontífice Ursino!
¡Viva Dámaso!
Dentro.
Las armas,
sean, quien en posesión
mantenga a Ursino.
La causa
sigamos de Ursino.
A eso
me atengo: señor Chicharra,
ahora puede el montante
jugar de San Pablo.
Vanse.
Vayan,
que mañas veremos.
Grande
ocasión mi afecto halla
en este cisma, pues puedo
entre el tumulto de armas
conseguir con la violencia
la belleza soberana
de Irene, sin que el respeto
de Dámaso que la ampara
por su gran virtud me estorbe
que lo emprenda mi arrogancia;
vamos, pues es mi pasión
quien con tal fuerza me arrastra,
con ella a lograr que
logre vencer mis ansias.
Vase.
La cisma se va encendiendo
pues ya la plebe romana
dividida en bandos, unos
por Dámaso se declaran
y otros por Ursino.
¡Mueran
cuantos a Dámaso aclaman!
¡Muera quien contra la Iglesia
defiende así a un Antipapa!
Ya aquí llegan, el terciado
saco, sépalo que Chicharra
es terremoto de gentes.
Salen Claudio, Calisto, y Licinio, y algunos peleando al tiempo que sale San Jerónimo, y se pone en medio.
Todos,
mueran.
¡Matadlos!
Las armas
suspended, nobles romanos,
no manche el furor las aras
de la Religión, creyendo
que el celo las desenvaina
en defensa de la Iglesia;
pues más a la Iglesia agravia
quien pidiendo a la Justicia,
solo apela a la venganza,
y como tú, Claudio, siendo
el Senescal de las armas
de la Iglesia, ¿contra ella
vibras la airada saña?
Como al sucesor defiendo
de Pedro, que la tiara
dignamente posee.
Siente
que solo Dámaso es Papa
canónicamente electo
con la asistencia sagrada
del Santo Espíritu, siendo
más que por razón humana
por
por disposición divina
su persona confirmada.
¿Elegido Ursino fue
según los cánones mandan
del concilio?
Ignaro error,
es su persona ordenada,
por un cismático obispo
fue solo, que es Sumo Papa
según yace.
Miente el que,
porque en cónclave declara
a Dámaso de Roma,
duda su origen y patria.
Y este es el motivo solo
por desterrar la ignorancia,
que le presten después
por su hijo regiones varias.
Atended a las noticias
de su heroica estirpe y famas.
De suyo pendiente toda
nuestra suspensión se halla.
Del muy santísimo padre
Dámaso, que a la elevada
silla ascendió de San Pedro
por sus virtudes preclaras;
generoso oriente suyo
fue la Mancha Carpetana,
o Madrid, en cuyo clima,
no sin providencia suma
nació, pues como a ser sol
de la Iglesia se ilustraba,
amaneció en horizonte
adonde el sol con más gratas,
más benignas influencias
alumbra con luces claras.
En su templo, en que la fe
rinde a Dios puras aras,
con el nombre de Parroquia
de San Salvador, el agua
del bautismo recibió
en su primer tierna infancia,
para que más presto entrase
por la puerta de la gracia.
Y la razón de dudar
cuál sea su patria ensalza
más a Dámaso, supuesto
que a las plumas sagradas
de los cuatro evangelistas
le dan a Cristo tres patrias:
la de Belén, como oriente
de su divina luz clara;
Nazaret, adonde tuvo
la educación de su infancia;
y Cafarnaún, donde obró
maravillas tan extrañas.
Da tres a Dámaso, que
providencia, más que humana,
porque a Cristo se parezca,
siendo verdad asentada,
que Madrid su oriente fue,
la educación le dio Italia,
y Roma la exaltación
a la dignidad más sacra.
Que fueron nobles sus padres
por consecuencia se saca,
pues que al árbol califica,
más que el verdor de las ramas,
el fruto que lleva, siendo
fruto que Dios mismo ensalza
a vice Dios en la tierra
Dámaso (quien sin extraña
contradicción) negar puede
heroica nobleza y clara
a un árbol, que fértil produce
fruto que a Dios mismo agrada.
Como...
como el precursor Baptista
desde su pueril infancia,
por el desierto dejó
los halagos de su casa;
Dámaso dejó la suya
por las ásperas campañas.
Sin duda de las dehesas,
pues es humo de la zarza,
y callando su nobleza,
aun las acciones recata
de su infancia, no sin grande
misterio; pues que la Sacra
Sabiduría divina
como a Dámaso guardaba
para Vicario de Cristo,
y del mismo Cristo callan
los sacros Evangelistas
las acciones de su infancia;
así no es bien que se ignoren
las operaciones claras
de un Vice-Dios de la tierra.
Si de un Dios y hombre se callan:
¿en qué el tiempo ocupaba?
De los efectos se saca,
pues salió tan consumado
Maestro en las ciencias claras,
tan adelantado en todas
las virtudes que le esmaltan,
que su reverencia admira,
su caridad suma pasma,
edifica su modestia,
su humildad rendida espanta,
siendo el desprecio tan sumo
a las dignidades altas,
que porque el Papa Liberio
con misteriosas palabras,
predijo antes de expirar,
que de su dignidad sagrada
le había de suceder,
Dámaso, a la solitaria
mansión se fue del desierto
(a quien Roma Valle llama
de San Silvestre) buscando
con afectuosas ansias
a Efremio, que allí eremita
angélica vida pasa,
de la vista corporal
privado, no lo del alma;
y porque a la antecedente
proporción satisfaga,
de que su elección fue hecha
por idea soberana
estando el Cónclave todo
en no elegirle (a la instancia
de un ruego) y disconformes
en elección acerbadas,
se acordó, que por escrito
diesen los votos, a causa
de que si el cielo señalase
algún más digno encontrara,
y al sacar las suertes todas
a Dámaso le nombraban,
sin que ninguno de cuantos
en el cónclave se hallaban
hubiere escrito su nombre,
y atribuyéndolo a alta
disposición, a una voz
prorrumpieron todos, Papam
habemus: Pues si Dios es
quien a Dámaso le exalta
a la silla de San Pedro,
quién contra Dios, ni en quien tantas
excelencias, y virtudes
habrá.
habrá que San Dámaso haga,
pues maestro en todas ciencias
pasmado el orbe le aclama,
esclarecido doctor
en la teología sacra,
martillo fiel contra tantos
infieles heresiarcas, y
en fin, el claro diamante
de la fe, según le llaman
en uno y tantos concilios
por su firmeza y constancia.
¿Y ser excelente poeta,
que es pobreza voluntaria?
¡Viva el gran Dámaso!
¡Ursino
viva!
Pues, en fin, ¿no basta
mi razón a convenceros?
No; pues los que confirmadas
la elección está en Ursino,
y es verdadero papa.
Eres cismático.
Mueran
los que a la obediencia faltan
del que es vicedios.
Primero
me habéis de dar muerte.
Aparta,
Jerónimo, no pretendas
que el furor de nuestras armas
por tu respeto atropellen.
En su defensa muralla
he de ser.
Traigo yo
haciendo dos mil tajadas
a estos perros.
¿De mis iras
quien a defenderlos basta?
(Baja San Dámaso con las vestiduras pontificias, una espada de fuego en la mano, y al llegar a las tablas en la apariencia desplegará unas alas, quedando en la forma de ángel.)
Yo: que tutelar custodio
de Roma soy; y la humana
forma aparente tomando
de Dámaso con las sacras
vestiduras pontificias,
con que han de aclamarle papa
por él vengo a amedrentaros
con aquesta ardiente espada.
¿Qué pasmo es este?
¡Qué asombro!
¡Qué prodigio!
Soberana
visión es aquesta.
Padre,
si ausente Dámaso estaba,
¿por dónde vino?
(Sube en la apariencia.)
Romanos,
veed que el brazo os amenaza
de Dios, si no dais fin
de este infiel cisma que causa
vuestro terror contra su iglesia;
Ursino es solo antipapa:
por disposición divina
a mi humildad elevada
a la silla de San Pedro
para gloria de Dios alta;
y así temed mis censuras,
que os muestra representadas
mi potestad en aquesta
flamígera ardiente espada,
con las cuales daros puedo
muerte eterna, si postrada
adoración no me dais,
como verdadero papa.
¡Qué horror!
¡Qué miedo!
¡Qué asombro!
(Vanse.)
De este incendio que amenaza
más las almas que las vidas,
huyamos.
(Vase.)
No huyáis, que es vana
apariencia, mueran cuantos
por papa a Ursino no aclaman,
saqueadles las casas.
Ciega
obstinación; pero aguarda,
soberano asombro, que
a Dámaso me retratas.
Sale Ángel 1º.
Varón peregrino,
pasmo a más penitente,
logras verme presente;
no en la forma que vivo,
por Dámaso, mi ser, sino en la forma
en que el humano juicio me transforma.
Contra el infernal odio
(porque a Dios sacrifico),
de esta ciudad me hizo
tutelar custodio;
obligación es mía defenderla
por mí propio, por Dámaso, y por ella.
Mas, por juicios arcanos
de Dios, que incomprensibles
son en todo, imposibles
a los juicios humanos
de este clima, permite sangriento
de que mérito se haga el sufrimiento.
Durará siete días
en que serán violadas
las iglesias sagradas,
con muertes, tiranías;
mas deshecho el infiel ciego nublado,
será en su silla Dámaso exaltado.
Tú, ve a buscarle, entrando,
Jerónimo, al desierto,
que aunque estar encubierto
quiera su celo santo,
antorcha que le alumbra misteriosa
enseñándole, está también hermosa.
Ya parto a obedecerte,
divina inteligencia,
sintiendo tu presencia
dejar.
En detenerte,
suspendiéndole a Dámaso consuelo,
al precepto faltando estás del cielo.
Al punto voy.
Padre mío,
¿quién habla? que aquí no veo
a nadie, sin duda, es sople
la voz, pues no tiene cuerpo.
Camine, hermano Chicharra.
¿Dónde vamos?
Al desierto
a buscar a nuestro santo
padre Dámaso.
¿Eso es bueno?,
¿no estuvo aquí ahora?
Calle,
y venga.
¿Tomaremos
las postas en que él camina,
y llegaremos más presto?
¿Cuáles?
Las siete cabrillas,
que son las postas del cielo.
Ande.
Al pie de la letra
y sin bota no lo apruebo.
¿Parar es?
Pararé
con paradas, mas a tiempo.
Vanse los dos.
Entrad, y saquead la casa
de Irene.
El honor expuesto
de aquesta casta mujer
se ve a dos riesgos expuesto:
al de este ciego tumulto,
y al de un lascivo mancebo
que intenta su castidad
violar con torpes deseos.
Que acuda a su noble amparo
disposición es del cielo,
pues defendiendo su honor
el de Dámaso defiendo,
pues aunque los dos ocultan
su cercano parentesco,
por humildad nada puede
darle culto, ni encubierto
(habiendo ya superado)
en mi inteligencia, y puesto
que trascender de una parte
a otra en su instante puede
en su socorro me halle
quien a Dios busca por medio
en su aflicción.
Da vuelta a los paños el Ángel, y sale Irene huyendo de Aurelio.
De tu injusto
torpe, aleve atrevimiento
me defenderá Dios.
Cuando
solicitase mi ciego
lascivo amor profanar
tu castidad, sin intento
de que el nudo indisoluble
del matrimonio, aun estrecho
lazo, juntase dos almas,
(así engañarla pretendo)
no hay duda se ofendiera
de mis violencias el cielo;
pero atendiendo, a que hacer
de ser mi esposa desprecio
siendo caballero yo,
Romano, y tu nacimiento
tan humilde, que aun su origen
ejecuta su silencio,
el cielo no ha de librarte
de mis brazos.
Empeño
se hizo de su providencia
amparar a quien ha hecho
voto de guardar perpetua
castidad.
Yo estoy resuelto,
y una vez habiendo ya
asaltado con despecho
las tapias de este jardín,
para entrar hasta aquí con brío,
y dejar quien me asegure
la salida en cualquier riesgo,
he de lograr mis favores.
Mira que a Dios ofendiendo
estás.
¿Qué me importa su ofensa
cuando enamorado incendio
me abrasa?
Teme el castigo
de Dios.
Su poder no temo.
Fuerte blasfemo, se hizo
digno de castigo eterno
por alto juicio de Dios
de muerte el instrumento
he de ser.
En vano intentas
resistirte.
A Dios apelo.
No bastará su poder.
Sí bastará, que es inmenso
en todo.
Pónese en medio de los dos el Ángel.
¿Qué miro, hombre,
en tu cara?
¿Qué estoy viendo?
Mas yo vengaré mi agravio.
Tu castigo verás presto,
muere infeliz.
Saca la espada Aurelio, y del Ángel un espadín, da el primer toque y cae muerto Aurelio.
Muerto soy,
superior brazo me ha envuelto;
grande es el poder de Dios.
Grande, pues siendo sus yerros
tantos, con su sacro auxilio
aprovechaste el tiempo
que te quedaba de vida;
dichoso de ti, que un momento
te bastó a no condenarte.
¿Qué has hecho, galán mancebo,
pues su generoso amparo
ha de redundar en riesgo
de mi fama?
Nada temas,
casta Irene, pues al cielo
toca
toca mirar por tu honor,
por los méritos excelsos
de Dámaso, y por la ardiente
caridad con que su celo
los peregrinos hospeda,
que a reverenciar el cuerpo
de Pedro vienen a Roma:
queda en paz.
Aguarda.
Vase.
Dentro voces.
Del suelo
caigan las puertas, y entrad.
Abrid aquí.
Cúbrele con la alfombra, y por debajo de las tablas se ha de mudar el cuerpo de Aurelio en el de Licinio.
¡Raro empeño!
Por esta parte llamando,
y por otra allí rompiendo
están mis puertas, ¿qué haré
si muerto hallan aquí a Aurelio?
Ocultarle es ya imposible
por la brevedad del tiempo,
nada discurro; mas esta
alfombra sea monumento
de ese cadáver, en tanto
que compadecido el cielo
de mi inocencia previene
en tanto daño remedio,
mas ya entró ciego tropel.
Cuanto se halle, la saqueemos,
no hospede más peregrinos.
Anda, corta.
Sale Claudio.
Teneos,
soldados, no profanéis
casa, que es sagrado templo
de un ángel.
Aparte.
Aqueste es Claudio,
y amigo el mayor de Aurelio;
en gran riesgo estoy, si le halla
muerto aquí, pero del ruego
me he de valer, y así, no
por Dámaso de quien puedo
quien soy: que en tus plantas
halle amparo el rendimiento
de una mujer infeliz, por mujer
y desvalida.
Aparte.
Del suelo
levanta, Irene; en mi vida
vi unidas en un objeto
honestidad y hermosura
con milagros más perfectos,
que se haya hasta aquí privado
de haberla visto mi afecto;
Irene, pierde el temor,
que nunca aquel privilegio
que se debe a la hermosura
rompió el humano despecho;
segura estás de que nadie
falte al debido respeto
de tu casa, y la guarda
la inmunidad de su dueño;
vamos todos, y advierto
que yo esta casa defiendo.
Aparte.
Prospere el cielo tu vida,
salí del susto.
Aparte.
No acierto
a ausentarme, ¡vive Dios!,
que ardiente amoroso incendio
es este que ha introducido
tan presto amor en mi pecho.
Sin mí estoy. Vamos. A verla
volveré.
Sale un Hombre.
Aparte.
¿Dónde está Aurelio?
Perdida soy.
¿Por qué aquí
le buscas?
Porque aquí dentro
entró, y que le ha dado muerte
algún aleve, sospecho.
¿A Aurelio? ¿De qué lo infieres?
Desde que estando en este huerto
guardándole las espaldas,
oí pronunciar a Aurelio
(con voz triste): muerto soy,
superior brazo me ha muerto,
entrar averiguarle quise;
pero una puerta (que él mismo
cerró sin duda) me pudo
embarazar el intento,
no dando paso a esta cuadra,
y no pudiendo en el suelo
derribarla, por las tapias
por donde entramos revueltos
antes los dos, salí.
Espera.
¿Las tapias asaltó Aurelio
para entrar aquí?
No hay duda.
Tan aprisa amor, y celos
a Aurelio entran a buscar,
o al agresor que le ha muerto.
Descubre la alfombra y se verá el cuerpo de Licinio.
No tiene que entrar ninguno
pues Aurelio, en tristes ecos,
ay que afirma, que dijo:
superior brazo me ha muerto.
Siendo de Dios la justicia
quien de su muerte instrumento
fue, su justicia dispone
no encubra el difunto cuerpo,
pues cuando obra de Dios
el poder, para escarmiento,
nunca se debe ocultar
por ser siempre justo, y bueno.
Este es Aurelio: ¡qué miro!
¿Qué te asusta?
Otro portento,
que este no es Aurelio.
Pues
es verdad.
Pues lo que vemos,
este es Licinio a quien muerte
dio su propio atrevimiento,
queriendo entrar a saquear
de San Pedro el sacro templo.
Él es.
A vista de todos
desapareció su cuerpo.
¿Dudáraslo, Irene?
No.
¿Pues quién trajo aquí este cuerpo?
Aun no acierta a discurrirlo
mi turbación.
¿Que era Aurelio
no dijiste el muerto?
Sí.
¿Pues cómo a Licinio vemos?
La admiración no lo alcanza.
¿Pues con qué satisfacernos
puedes?
Con decir que son
al humano juicio nuestro
incomprensibles las cosas
que permite, u obra el cielo,
que haciéndose incomprensibles,
mal puede el humano ingenio
satisfacer cuando son
tan arcanos los misterios.
Sale Aurelio con traje que le figure el Demonio.
Retirad el cuerpo, y donde
está Aurelio.
Aquí está Aurelio,
pues mi espíritu infernal
tomando su forma el cuerpo,
huyó al abismo a otra parte,
y el de Licinio trayendo
aquí, logró confundir
el humano juicio, puesto
que es en mí todo posible,
con la permisión del cielo,
cuyos efectos ha obrado
mi soberbia, para efecto
de eclipsar los esplendores
de Dámaso, confundiendo
en sombras todas las luces,
las virtudes en defectos.
Que te habrán dado muerte
creyó Irene.
Ni aun el cielo
puede hacerlo.
Atónita estoy.
Aquí hay oculto secreto,
¿y a qué asaltando se halla
entrarse aquí?
Aparte.
A lo mismo
que tú en ella, te detiene,
bien hallado; así el incendio
de amor que en él vio prudente
he de avivar con los celos.
Aparte.
¿Qué más claro puede hablar?
¿Somos amigos?
Es cierto.
¿Pues sabe que por mi cuenta
corre de Irene el sosiego?
Aparte.
No se le ofendo (si lo hago),
pero apurarle más quiero
con desconfianzas.
Vamos,
que yo te diré en saliendo
por qué corre por mis cuentas
esta causa.
Eso pretendo;
pues con tu amante delirio
desacreditar espero
de Irene la castidad,
de Dámaso, en fin, tu celo;
y pues hay Ángel que toma
forma humana para aumento
de los elogios de entrambos,
Ángel de un lóbrego seno,
en este humano cadáver
perseguir a ambos espero.
Adiós, Irene.
Dios te guarde.
¡A triunfar, invidia impía!
Vase.
Celos,
a morir si sois verdad,
y a vivir si sois inciertos;
mas que asalta una casa
no tiene por suyo al dueño.
Vase y sale Efremio de ermitaño, como que es ciego.
Tan nunca vistos prodigios
no sé si crea que fueron
ilusiones de la idea,
u operaciones del cielo.
¿Qué antorcha misteriosa,
cielos, es esta que contemplo
hermosa,
cuando me hallo privado
de gozar y de ver cuanto animado
o inanimado vive?
Sin duda que esta luz a ver previene,
con tan tranquila calma,
con los ojos la fe solo del alma;
pues habiendo treinta años que
en estas soledades tejen canos
para mi sien cultivos,
y desde que en vista alguna hubo
no vi antorcha jamás tan refulgente,
pues un copo es de luz su llama ardiente.
Pensar que es astro nuevo que ha criado
el autor celestial, es caso errado,
pues aunque más luciera,
si candor no tuviera
con ardiente porfía
de blandón a la noche, albor al día;
pues prestada su luz, preciso era
que al iluminar mayor retrocediera
el candor, alumbrando su albor solo
luciendo el sol en contrapuesto polo.
No hay duda que anunciando
se halla aquí misteriosa, o enseñando
algún pasmo viviente,
pues dejando su curso trasparente,
tal vez se mueve astro, y tal se para,
quien su sabio secreto penetrara,
quien, Señor soberano, digno fuera
de la asistencia vuestra, que supera,
cuando el discurso y la razón deslumbra
a quien este candor hermoso alumbra.
Desde que salió Efremio se ha de ver una Estrella que sale de un lado del teatro, y así como el Ángel empieza a cantar se abren los rayos de la Estrella, y aparece un Ángel que va cantando y ha de llevar una hacha en la mano, y así como va cantando irá caminando la Estrella.
Hoy es ya de la Iglesia
sacro, sumo pastor
a Dámaso, que al solio
de Pontífice el Cielo le elevó.
Su potestad tan grande
es, tan alto su honor,
que, en Dios, en hombres, siendo
privilegio con que le honra Dios.
Esplendor es del orbe,
y como a sacro sol
que le alumbra, y preside
a él le asiste, y alumbra mi esplendor.
De diadema a sus sienes
le sirve mi candor,
para que hallado sea
el que ya es en la tierra vice Dios.
¿Qué escucho? Quién encontrarle
pudiera, la privación
de la vista es quien me impide
tal dicha.
Sale San Dámaso.
¿Bueno halle yo
a Efremio?
¿Quién me ha nombrado?
Dámaso.
Sumo Pastor
de la Iglesia, ya está Efremio
a esos pies, por vice Dios,
permitid, que os dé mi fe
reverente adoración.
Levanta, ¿qué es lo que dices?
¿Pontífice yo?
Mi voz
no os habla, que el Cielo os habla,
ya sois digno sucesor
de la silla de San Pedro.
De veras digno no soy
de la tierra que piso, el que
ha de ocupar tanto honor
pues habiendo otros varones
justos, y amigos de Dios,
¿me habrá a mí elegido
la Iglesia?
Negaros no
puedo, que hay varones justos,
mas las obras del Señor
aunque a nuestro juicio humano
tan incomprensibles son
vemos que son justas, pues
que de Isaac la bendición
que era herencia de Esaú
el Cielo la dio a Jacob.
Pues siempre de lo más justo,
elige Dios lo mejor.
Buscando las soledades
vengo del desierto.
Error
fuera extraviar el camino,
por donde os conduce Dios.
Si el desierto es más seguro
camino a la perfección
¿no es, cómo tú le sigues
penitente?
Es que el Señor
no a todos por una senda
conduce, que a disposición
suya está la del acierto
no a la nuestra, Señor.
Y así sin su alta asistencia
nadie el camino acertó
de agradarle, sino el de
guiarse siempre de Dios.
Mucho he conseguido en verte
y hablarte, para crisol,
adonde
adonde sepulten
mis acciones; si el Señor
por sola senda me guía,
la que buscando yo
vengo; conmigo los dos.
Beatísimo Padre, no,
me obliguéis con obediencia,
a que deje la mansión
de los desiertos yertos,
básteme el sumo dolor
de no veros, ya que os hablo.
¿Deseas verme?
Aunque no
he echado la vista menos,
pues en Dios mirando estoy
todas sus obras, que ver
humilde, no deseo
al que es Vicario de Cristo.
Pues en nombre del Señor
que es el que todo obra,
la vista que te faltó,
vuelve a cobrar.
¡Qué portento!
¡Grande es vuestra fe, ya estoy
viéndoos, Santísimo Padre,
cercado de un resplandor
sobrenatural! Ya veo
las claras luces del sol,
árboles, riscos, y fuentes.
Pues las gracias le da a Dios.
Ya vos después, mas no tanto
estoy con admiración,
que la luz, que de diadema
os servía, su candor
ha ausentado.
Encúbrese arriba la estrella que ha estado en el siniestro lado, habiéndose quitado la que hace al Ángel, y salen San Jerónimo, y Chicharra.
Anda, Chicharra,
que el norte, que nos guió
para hallar nuestro refugio,
mueve el curso a nuevo esplendor.
Pues cerca el refugio está,
si va delante el farol;
mas con nuestro Santo Padre
dimos ya; con un varón
anciano está aquí.
Efremio:
Romanos, ya el sucesor
de Pedro hallamos, llegad,
a adorarle.
En la voz,
Jerónimo, no los llames.
¿Qué es no, cuando con fervor
cristiano, vienen buscando
como ovejas al Pastor
y anda el lobo hambriento en Roma?
Santísimo Padre, no
debe vuestra Beatitud,
siendo alta disposición
de Dios, hacer resistencia,
y más cuando ya el furor
del cisma infiel por instantes
va creciendo.
Pues, ¿qué causó
cisma en la Iglesia? ¡Qué pena!
Ursicino, a quien consagró
Antipapa un ciego obispo,
pasando a tanto el rigor
de sus parciales, que en sangre
bañados sin compasión
de los templos, y sus aras
profanadas.
¡Qué dolor!
Por mí tal cisma, en Ursino
renunciaré.
Padre, no
podéis renunciar.
Si a él
que Cristo a Pedro mandó
que apaciente sus ovejas
de quien se quedó pastor,
¿así renunciar en otro
no puede el que es sucesor
de Pedro la potestad,
en su Vicario amplio
Cristo, cuando solo de él
sus ovejas le encargó,
pero lo que puedo obrar
es el hacer oración
en el cónclave sagrado,
para que, con el favor
del Santo Espíritu, elija
meritísimo Pastor,
pues de dignidad tan sacra
confieso que indigno soy.
Vuestra Beatitud, mi padre,
quita a Madrid el honor
de que un Pontífice tenga
por hijo.
Ya ese blasón,
siendo Pontífice y santo,
a mi feliz patria dio
Melquiades.
Mas siempre he oído
decir, que es mucho mejor
que una perdiz, hermanado
un par, porque en fin son dos;
mire Vuestra Beatitud,
que soy su paisano yo.
¿De Madrid?
Diminutivo
y superlativo.
No
le entiendo.
Pues ya me explico:
mi padre, en gracia de Dios,
en Madridejos me hizo,
mas del parto me nació
en Vaciamadrid mi madre,
y en Madrid me bautizó;
conque mis patrias son tres,
sacada la conclusión,
pues de Madrid, Madridejos,
y de Vaciamadrid soy,
y Chicharra me llamaron,
porque entonces nací al sol.
Humor gasta.
En vez de rosa
me purgo yo con la flor
del berro.
Vamos a Roma,
padre, que a vista del sol
se ahuyentan las pardas sombras
de la noche.
Si el Señor
le está llamando, ¿a qué espera,
amado padre?
A que Dios
me inspire si a su servicio
conviene que acepte yo.
Y así, que me dejen solo
les pido.
Obedeceremos.
Dando a Dios gracias estoy
de ver en vos, quien será
luz, y Máximo Doctor
de la Iglesia.
¿Qué decís,
padre Efremio? Ved que soy
solo un humilde gusano
de la tierra; ser yo vos,
que asombro sois penitente,
tomara.
No es mala flor
decir que le ve.
Sí veo,
hermano, que a intercesión
de Dámaso no ha un instante
que Dios me restituyó
la corporal vista.
¡Qué oigo!
Santo es Dámaso.
Vanse.
¡Así yo lo fuera!
Como sabiendo,
amantísimo Señor,
Vos mismo mi insuficiencia,
¿me podéis mandar que yo
(siendo tan indigno) acepte
el alto, sagrado honor
de vuestro Vicario, cuando
no hay mérito superior
en el hombre, para ser
en la Tierra Vice-Dios.
Mas si para gloria vuestra,
para más exaltación
de vuestro poder inmenso
con el cual todo se obró
de nada, de nada hacer
me queréis, merezca yo
saber ser siervo vuestro,
mi humilde resignación.
Vos, soberana María,
en quien el Verbo tomó
humana carne, quedando
Virgen siempre, y puro Sol,
sed intercesora mía
para que aqueste favor
consiga de vuestro hijo,
pues tanto podéis con Dios
que nada obra su poder,
que no lo obre por vos;
pero, ¿qué acorde armonía
suavizando la región
del aire es todo cadencia?
Mas, ¿qué es lo que viendo estoy?
Baja una Niña en una apariencia, y de un lado de las tablas subirá un dragón a su tiempo para que la niña sobre la cabeza del dragón suba de pie.
Dámaso.
Señora mía.
Mi sagrada intercesión
tanto puede con mi hijo,
que has conseguido que yo
venga a desterrar las nieblas
de tu humilde, fiel temor.
El Señor te constituye
digno para ser Pastor
de su Iglesia, pues por él
crecerá su exaltación.
Los aumentos de la fe
obras serán del Señor.
Partirás a Roma luego,
pues ya su cisma cesó,
aunque nunca con total
ha de cesar la ambición,
que el enemigo común
te ha de hacer para mayor
mérito tuyo, y porque
a triunfar de su furor
envidia te alientes, mira
cómo, porque se atrevió
a oponerse a mi pureza,
la escamada cerviz yo
de la serpiente infernal
victoriosa hollando estoy;
con mi humildad le vencí,
que es la que hacerme exaltó
en la mente preservada
del Altísimo Señor,
de la culpa original,
para ser Madre de Dios.
Sube ahora el dragón, y se desengancha la niña de arriba, y sube en la apariencia del dragón, el cual ha de mover la cola, y manos, y dar bramidos al ponerle la niña el pie.
Dichoso yo, que a ver llego
misterio tan superior,
que vio allá en su Apocalipsis
Juan, cuando triunfante os vio
coronada de luceros,
vestida del mismo Sol,
y calzada de la luna,
cuya celestial visión
representa misteriosa
vuestra pura Concepción,
pues aquella es toda luz
nunca la sombra llegó.
Lograrás con tu humildad,
Dámaso, ser vencedor,
pisando con fe valiente
sobre el áspid, y el dragón
queda en paz.
Sube la Niña, y, quitada de la apariencia, el Dragón vuela, o, a la cazuela, o, por la claraboya.
Aguarda, espera,
purísimo hermoso sol,
no te ausentes.
Dentro voces.
Dar queremos
a Dámaso adoración,
no lo embaraceis.
El pueblo
católico con fervor
me pretende ver, al paso
le quiero salir, Señor,
gloria vuestra es exsaltaros
los humildes, y así vos
cuando me ensalzáis humilde
a ser sagrado Pastor,
y a empeño hacéis el aumento
de la fe, la exsaltación,
de vuestra Iglesia, en que siempre
tan glorificado sois.
Jornada 2.ª
Salen Claudio, Aurelio, y Calisto.
Aquí me has conducido
a este sitio, a estas horas, y advertido
que venga disfrazado?
A que el odio obstinado,
que a Dámaso tenemos,
esta noche matándole apuremos.
Cómo intentas, que él muera,
sabiendo, Aurelio, que lograrse espera
entrando por la mina,
que a su cámara oculta se destina.
Esta incierta esperanza
nos dilata ya mucho la venganza.
Siendo tanto el desprecio
de que a Ursino baldone, y hagas aprecio
de Jerónimo, habiéndole creado
Príncipe Cardenal, y sublimado
a consultor de cuanto fiel se sujeta
en la curia Romana, o, se consulta.
Haber también depuesto
(oprobio es noto) sin ningún pretexto
cruel a Magencio de la Iglesia griega,
porque su ciencia niega,
que el Espíritu Santo
no es igual con el Padre, ni Hijo, en cuanto
a la esencia, y le ha obligado
que a Ostia venga, y deje su obispado.
Dan motivo a que espera
esta noche este monstruo injusto muera.
Cómo es posible lograrlo
si a la mina, no se apela.
Ya no es necesaria, pues
sé que aquesta noche mesma
oculto Dámaso sale
con el criado que era
de Jerónimo.
A qué sale?
Darte pesar no quisiera
pero que dejar por él
supo a Irene, cosa es cierta
no se le busca.
Otras veces
se agradece la fineza
de dejarla por mí; ahora
a qué sale me da cuenta?
A ver a Irene.
Qué dices?
Que no es la noche primera
que a verla viene (es bien cierto,
pero esta noche le fuerza,
un astuto engaño mío.
No sé, Aurelio, si lo crea,
pues previniendo esta noche
me tiene que vaya a verla,
y en el apacible mar
de amor ninguna tormenta
corrió la nave hasta aquí
de esta correspondencia.
(Aparte)
¡Ay, del infeliz!, que no es
Irene, quien tu amor premia
sino un infernal ministro
mío, que toma su mesma
forma humana.
¿De qué sabes
de cierto?
A mi inteligencia
nada se oculta pues
he inquirido hasta las señas
de un gabán que trae morado.
Pues mis celos, ¿a qué esperan
para darle muerte?
Yo
desataré de sus venas
el coral viviente.
Pues
a buscarle.
Esta es la mesma
calle por adonde sé
que viene.
(Dentro un ángel 1º)
¡Hay quien se duela
de aqueste mísero enfermo!
¿Qué tristes voces son estas?
(Aparte)
De algún pobre son (no sé,
qué conjetura hacer deba
de esta voz, que atemoriza
mi pecho) demos la vuelta
a la calle por si antes
tal vez a Dámaso encuentra.
Dices bien, vamos.
(Vanse y salen San Dámaso y Chicharra)
Así
huiré de este eco.
Estas quejas
lastimosas son imanes
que
que tras sí el alma me llevan;
sepamos quién las anima.
Buena flema,
de alguna dueña serán
que está con dolor de muelas.
¿Que este humor tenga?
Fuera tener el que ella;
pero, vuestra beatitud,
advierta que no es decencia
de su sacra dignidad
que así disfrazado venga
a buscar pobres.
¡No digas
que puede hacer extrañeza
la caridad, en quien es
sacro pastor de la iglesia!
pues como del fiel rebaño
que apacienta grato, es deuda
buscar la oveja perdida,
lo es acudir a la enferma,
afligida, triste, y pobre.
Pues buen partido la dueña
tiene, pues las dueñas son
las más perdidas ovejas.
¿Adivino dónde se oía
la voz?
Será en la Noruega,
que aquí nada vemos.
(Descúbrese echado a unas campanas)
¡Ay,
quién de un mísero se duela
al tiempo que la plegaria
aquí está!
¿Qué le molesta?
¿qué siente?
Algún mal de madre
tendrá.
Su locura enmienda;
¿no ve que es un joven?
Yo
creí, que una dueña era.
Esta capa, amigo mío,
sea
sea alivio en la inclemencia
que siente.
(Aparte)
Esta caridad
anticipada te premia
el altísimo.
¿Qué hace?
Restituir lo que es deuda.
¿Lo que le hace falta da?
(Está San Dámaso poniéndole la capa)
No hace, que esta diferencia
sepa, que hay entre el usar
de la caridad perfecta,
que el que da lo que le sobra
que satisface se advierta
pero el que de lo preciso
compasivo se enajena
este solo da, y el otro
restituye lo que es deuda.
¿Y el que da lo que no es suyo?
Ese las más veces peca;
mas, Chicharra, vaya al punto
y busque con diligencia
quien a llevar a este joven
le ayude.
Imposibles piensa,
¿quién he de hallar a estas horas?
Gente anda en la calle.
Ésa
no es de las que sale a hacer
obras bien.
No se detenga.
(Vase)
Luego voy, digo.
El mal que siente,
hijo, al Señor, se le ofrezca.
Solo mi espíritu puedo,
ofrecer que a la inclemencia
del frío, el vital calor
pierde las débiles fuerzas
y muero.
(Vase)
Qué mal que hice
en intentar que se fuera
Chicharra; pero a llamarle
quiero ir, y tenga paciencia,
hijo, que a llevarle vuelvo
donde algún alivio tenga.
Cuantos movimientos obra
y inspiraciones secretas
son de Dios para apartarle
de aquí.
(Vuelven a salir Claudio, Aurelio, y Calisto)
No hay dudas que era
el que pasó por delante
de nosotros.
Que se pierda
esta ocasión siento.
No
se perdió, pues a la tenua
luz, que da la luna, veo
que es él que está aquí.
Las señas
son suyas, pues el gabán
lo dice.
Pues ya, ¿a qué esperan
vuestras iras?
El primero
seré que su sangre vierta.
(Los dos le van a dar con los puñales, y el Ángel vuela dejando la capa)
Muere, hipócrita.
Tiranos,
Dámaso corre por cuenta
de Dios, que ampara su vida
para defender su Iglesia.
¡Qué pasmo!
¡Qué horror!
¡Qué asombro!
¡Qué luz es la que nos ciega!
¿Qué poder el que nos hace
volver la espalda?
(Vanse)
¡Qué pena!
que a mi ciencia reservase
el cielo que un Ángel era
sabio Dámaso: aguardad
no huyáis.
Sale San Dámaso.
Si no percibiera
que tal vez padece engaños
nuestro sentido; dijera
que oí una voz, que decía
Dámaso corre por cuenta
Toma la capa y se la pone.
de Dios, que ampara su vida,
para defender su Iglesia;
¡pero iluso!, que sin duda
no hallé a Chicharra, y mi fiera
pasión me vuelve a ayudar
de este joven; mas, ¡qué nueva
maravilla es la que toco!
¡Ya no está aquí! ¡Qué extrañeza!
¡Y el gabán me dejó, cielos!
Aquí hay causa más secreta
de las que el discurso alcanza,
y no sé si a creer me atreva,
cuando tan indigno soy
de esa pura inteligencia.
El joven, en quien no vi
aun más que de humano señas,
y que defendió mi vida,
según la voz me amonesta
(pues al tiempo hallé dos hombres
que, tropezando en mi misma
turbación, diciendo iban
que poder así nos fuerza
a volver la espalda, y juzgo
que Claudio y Calisto eran
mis contrarios); ¡ah, Señor,
a qué de riesgos expuesta
está esta caduca llama
de la vida, siempre incierta!
Mas volverme a mi palacio
determino.
Al oído.
No te vuelvas
sin examinar primero,
si Irene tu sangre afrenta,
pues saliste a ello.
Vase.
¡Qué fácil
las resoluciones trueca
la idea! Pues me propone
que antes apure, si es cierto
la noticia que me dieron,
de que Irene el amor premia
de Claudio, mas no es posible
en la admirable pureza
de Irene; a volver iré,
si es que voy por inadvertencia;
y pues el papel me avisa
que esta es la hora, en que entra
Claudio a verla, y de la casa
tengo yo llave maestra
para excusar más la nota
de entrar, cuando vengo a verla,
sin dificultad podré
borrar tan vanas sospechas.
Dios encamine mis pasos
al mejor fin.
Si no fuera
Dios el que te asiste, ya
fueras caduca pavesa
del incendio de mi envidia;
pero pues Él te preserva
tu vida, y la permisión
de perseguirte me deja.
Pues a la casa de Irene,
ya te conduje, y en ella
te ha de hallar Claudio, prevengo
el juicio humano a que vea
(en lo que el caso dicta)
adonde mi astucia llega,
pues no es fácil conjetura,
y puesto que mi asistencia
es necesaria en la casa
de Irene, y sentado queda
que en mi esencia las distancias
a instantes casi se abrevian,
ya en su casa me hallo; pero,
¿qué veo? Aquí (¡fiera pena!)
Efremio está con un Ángel.
¡Oh!, cuando Dios le reserva
a mi inteligencia, pues
se oculta a mi inteligencia
a qué Efremio viene a Roma;
pero mi agudeza atienda,
que por los antecedentes
de los que tratan penetra.
Salen Efremio y el Ángel 2º.
A mandatos del Señor,
¿quién se puede resistir?
Nadie, si quiere cumplir
con su ley y con su amor;
pero ama tan tiernamente
mi afecto la soledad,
que un punto la voluntad
no sabe estar de ella ausente;
pero, ¿a qué me traes aquí?
No intentes investigar
de Dios misterio.
Apurar
no es, preguntar solo así.
El Altísimo me ordena
que te traigas aquí, Efremio, a ver
una singular mujer
que está de virtudes llena.
Notable es su caridad.
Nada en lo que hablan indicio.
De pobres es grato hospicio
su casa.
Su honestidad,
la más singular que vi
en mujer, siendo tan bella;
pero ya aquí sale ella.
Sale Irene. Córrese una cortina y se verá un baño y asientos, y en un aparador una copa de plata sobre él dorada y toallas.
A disponer pronta fui
el baño para lavaros,
con celo humilde los pies.
Sentaos.
Excusado es,
humillaros, que no quiero,
aunque más os ensalzáis,
a quien no es digno por mí
(esto es hablando por mí)
de la piedad que ostentáis.
Cuando a Dios mirando en los dos
estoy, con tal claridad,
un pasmo de santidad,
y una luz pura de Dios,
la que es indigna, solo es
soy yo; la que no merezco,
cuando a serviros me ofrezco,
ni aun estar a vuestros pies.
Y así, dejad que postrada
os los lave.
No lo impidas,
que a su profunda humildad
este mérito la quitas.
Ya aquí estoy violento, que es
la caridad tiricia
de mi envidia, a conducir
voy a Claudio más aprisa.
Vase.
Ya estamos sentados.
Siendo
saludable medicina
el baño, que uso con cuantos
peregrinos se encaminan
a Roma.
Y premio de Dios
tendréis.
Preguntar querría
si sois sacerdote?
Sí.
(Descalzándose)
Pues ya más enternecida
os descalzo a vos primero
por la alta prerrogativa
de Cristo en la tierra; pues
aunque de esa jerarquía
de purezas, este joven
fuese un ángel desprendido
del trono excelso de Dios,
preferirle a él no debía,
que Ángeles, y Sacerdotes
casi una cosa son misma,
pues si los Ángeles son
en la sacra Monarquía
trono de Dios, a las manos
del Sacerdote se mira
bajar Dios Sacramentado,
a que de trono le sirvan.
Es sana mujer.
Sin ser
visto, mi temor registra
la casa de Irene; pero
¿qué es lo que mis ojos miran?
Lavando los pies está
con humildad, bien rendida
a los peregrinos: ¿cómo
puede caber culpa indigna
en esta piedad?
Parece
que lloráis?
Enternecida
que la presa suelte al llanto
de mis ojos, que os admira.
Si contemplándoos estoy
a Cristo, y en las ansias mías
me acuerdo de aquella insigne
mujer siempre esclarecida
que lavándole los pies
deshecha en lágrimas vivas
le pagara en perlas, cuando
él rubíes le derrama.
Detened la presa ahora
del llanto.
Enjugándoles los pies.
Porque consiga
este zendal enjugar
lo que antes humedecían
mis ojos, lo haré.
Causando
me está su piedad envidia.
Ahora, galán mancebo,
permitidme, que la misma
diligencia obre con vos.
Aunque estáis fortalecida
de su caridad, no es
decente, en mi edad permitáis
el contacto de vuestra mano
a los mis pies, que peligra
su honestidad, y a que no
se vicie, esclarecida...
Toma la copa y los da a beber.
Contradeciros no quiero,
porque en su presencia admiran
mis ojos, no sé qué oculta
celestial soberanía,
y ahora porque fortalezca
la parte que debilita
el baño, el más generoso
licor mi celo os ministra
en esta dorada copa.
Bebe, Efremio.
Mi fe brinda
al mayor, más alto aumento
de su piedad.
Prevenida
tenéis vuestra mesa, pobres,
aunque de aseos rica.
Efremio es el que estoy viendo,
que hasta aquí no conocía.
Entrad a cenar.
De solo
descanso necesita
la fatiga del camino
¿oyes, Efremio?
Divina
inteligencia, ¿qué ordenas?
Que esa copa, que es de lágrima
has de quitar luego.
Así fuiste,
pues la piadosa hidalguía
de hospedaros pagar dudo
con una acción tan indigna.
Dios te lo manda.
Reparad,
Ángel 2.
¡No repliques!
¡No será
el encanto vano afán!
Aquesta es la estancia misma
donde le hallaréis: entrad.
Irene, el Señor, de arriba,
vuelve a instarte a tomar
esta capa.
(Vanse los dos)
A mi continua
oración mi fe me llama.
Sale San Dámaso.
Espérate, Irene mía.
¿Vuestra Beatitud aquí?
Ya a vuestras plantas se humilla
mi obediencia.
Alza del suelo.
¿Qué dicha no prevenida
cierta? Que si aun la corta
de atender, a que podíais
haber llegado, me tiene!
(Aparte)
Por excusar la noticia
a tu cuidado, aun la puerta
abierta hallo; malicia
fue del temor; mas estando
empleada en tan benigna
ocupación no fue mucho
que no oyeses mi seña!
¿Yo?
Sí, que sentidos que a Dios
peregrinos ansían
lavando los pies al uno.
Claudio al paño.
¡Que me tenga esta enemiga
la puerta abierta esperando
a Dámaso; mas ¿qué miran
mis celos! ¡Ya hablando está
con él aquí!
Efemio al paño.
Ser precisa
la obediencia en mí, me atrae
y a por la copa: ¡Oh, divinas
disposiciones! Que nunca
habéis de ser comprehendidas; pero
pero ¿qué ves? Aquí está
Dámaso: ¡Villana vista
de un pontífice!
Mis obras
de vuestra piedad son hijas,
que a vuestro amor tiran
las dos.
Mucho me obligas,
y con razón tierna, Irene,
te amo tanto.
Con la misma
fineza os pago la deuda
de verme correspondida.
Cuando yo no te debiera
más que ocultar las noticias
de aquel vínculo de amor
que a querernos nos destina
te deba mucho.
Nada
hago en callar advertida,
si promesa al Cielo hicimos
que a nadie revelaría
el secreto aunque importase
al crédito.
¡Qué me tira
y ay deuda de honor, pues tanto
al secreto entrambos fían!
Por eso, con más afecto
te estima mi fe.
Rendida
a vuestro albedrío estoy.
Las almas se comunican
por los afectos.
¿Qué escucho?
Tan licenciosas caricias
no son de la Santidad
de Dámaso.
Cuanto humillas
más tu afecto, más te ensalzas
al mío, llega, querida
Irene, a mis brazos.
(Vase)
Cielos,
por no verlo de mi vista
huyendo iré.
Ya que aguardo
mueran a la saña mía.
Cadena amorosa sean
y eslabone siempre unida
nuestras almas.
Mas ¿qué es esto?
en vano mover (¡qué ira!)
los pies puedo.
Adiós, Irene.
(Vanse los dos)
Una ausencia el bien me eclipsa
que gozaba.
Mi vengarme
será, que a la tierra asidas
sean raíces mis plantas
que el cielo matar me impida
a un adúltero? mas ya
venció la opresión que impía
tras él van mis rencores,
que si otra vez a mis iras
no se desvanece sombra
le haré pedazos.
(Sale Irene con otro traje diferente al de antes)
Que impida
su impulso importa; ha señor
Claudio, ¿dónde vais?
¡Qué mira
mi enojo! ¿cómo es posible
que esté aquí, la que allí esquiva
me ofende; pero mujer
que mudarse facilita
tan presto, también podrá
transmutarse tan aprisa.
(Aparte)
Con esta engañada forma
se ha de admirar mi malicia.
¿No respondéis?
A dar muerte
voy, alevosa enemiga,
a tu amante.
(Aparte)
Suspended
las revueltas osadías,
no eche a perder un error
los que un afecto os fabrica
seguridades, no celos
vuestra persona deba
tener, supuesto que impropios
son, de quien los imagina
solo engaño; pues los celos
víboras son encendidas
que del fuego de amor nacen
no de apagadas cenizas:
De Dámaso los tenéis,
afectada hazañería
de amor, es temer que arda
en su cariñosa pira,
mas, que la llama que empieza
cae trémula ya expira.
A dar fuerza a cuanto oigo,
para mi infernal envidia
yo os confieso que me debe
obligaciones antiguas
Dámaso, mas quien ignora,
que deudas de muchos días
si con tibiezas se pagan
se cobran con ellas mismas
siendo aquesto así, y que vuestra
fineza no me conquista
para mujer, porque excede
vuestra nobleza a la mía
de que os podéis disgustar,
cuando ya una vez corrida
la máscara a mi recato
me hallaréis menos esquiva.
Calla mujer fácil, pues
de los celos las heridas
al manifestarse mal
se sienten, que al eximirla
yo había (de enojo muerto)
de sacrificar a indignas
aras, que mancharon locas,
torpes, profanas caricias,
un alma, que estaba haciendo
suya mi amante porfía
y al ídolo torpe y ciego
del apetito, y osadía
de rendir adoraciones
por gozar de sus delicias
no cabe en mí, y porque veas
cuánto se desautoriza
flor atada de otra mano,
que a gusto la desperdicia,
todo el amor que te tuve
en odio se trueca e ira.
Creéte, que aunque parezca
venganza en mi sangre indigna
en público tribunal,
te he de acusar de lasciva,
profana mujer, con ese
sacro pastor, que la limpia,
cándida piel de cordero
mancha con tal ignominia,
que adulterio es con la Iglesia
ser esposa.
(Aparte)
Esto es a que aspira
mi fiera saña; advierto,
que no es en vos hidalguía
acusar a quien no tiene
culpa: Dámaso.
Enemiga,
no le disculpes; pues es
afectada hipocresía
su virtud, que vive el cielo,
que si mi cólera impía
les viera aquí; que es a él
su sombra, a la llama activa
de mis celos fuera yo
leve pavesa.
Claudio, rendida
te pido...
Sale Efremio, viendo que Irene, acompañando salía, a Dámaso a ejecutar.
(Toma la copa)
(Mata la luz, y atraviesa el tablado)
Vuelvo al orden, que me intima
ley soberana: la copa
es esta; mas ¡qué desdicha!
Gente hay aquí; la luz mato
porque no sea conocida
mi persona.
¿Qué es aquesto?
¡Ah, aleve! ¿Aun aquí temías
a tu amante?
¿Qué decís?
Al matar esta bujía
vi su sombra; pero ahora
morirá.
Ya aquí es precisa
mi fuga, tras mí esta puerta
cierro porque no me siga.
(Éntrase cerrando una puerta, y Claudio la quiere abrir.)
Aguarda, aleve, no cierres,
ya lo ejecutó, cenizas
hará mi fuego la puerta.
(Vase)
Hasta aquí, pudo mi inicua
astucia llegar, ahora
no sé cómo a Irene impida
que Aurelio no salga; pero
siendo, que en la caverna
baje a Dámaso, luzbel
con su sabiduría
le estorbará.
¡Que la puerta
a mí!
a mi fiera severidad.
Sale Aurelio con una llave en la mano abriendo la puerta que quiere derribar Claudio.
Solo estorbo, van formando
aquesta causa, en la misma
que yo por Aurelio habito,
quien con tan grave osadía
mi casa me inquieta: mas Claudio
¿tú aquí, Aurelio?
¿Qué te admira
que esté en mi casa?
¿Qué dices?
¡tu casa! Si es fantasía
mía, o, obra del Demonio
esta, donde esta enemiga
mujer se ha ocultado.
De las
confusiones, que en la misma
turbación tuya conozco,
cuanto ignorante vacilas.
pues no sabiendo que Irene
(lo cual callado, se llama)
de artes diabólicas usa,
de magias, y hechizerías,
se hallará cualquier sugeto
suyo asombrado.
¿Qué afirmas?
¿artes diabólicas sabe?
Afirmártelo podrá
el pasmo de haber hallado,
(sin saber cómo) en su misma
casa difunto a Licinio,
cuando en aquel punto había
muerto en el distante templo
de San Pedro.
Mas no digas
porque no siendo por arte
diabólica no podrá
suceder que estando ahora
en su casa.
No prosigas
hasta que entrando en mi cuarto,
recobrado, me repitas
el caso.
Entremos.
Mas no
puedo escusar que me digas
antes, si a Dámaso hallaste
con Irene?
Sí, y mi misma
ofensa vi, pues la trataba
lascivo.
Y ¿qué determinas?
Públicamente acusarla
de impura.
Aunque es tan indigna
venganza en tu pecho, vea
la Iglesia al hombre que estima,
por Papa.
Esso intento.
Pues,
lo que en llegar falta al día
gastemos en disponerlo
mas si el logro de la mina
hallamos, mejor será
que muera.
A todo me incita,
y está dispuesta.
Y a todo
mi infernal envidia aspira.
Vanse y sale Chicharra.
A, o han de entrar, o me recelo
que lloverán mojicones.
Sale San Dámaso.
¿Qué es esto?
Unos rodrigones
que quieren que los absuelva
vuestra Beatitud.
¿Pecado
es ser rodrigón?
¡Qué horror!
y tan grande, que es peor
que ser calvo consumado.
Tal dice: a fe me alegra.
Quien a rodrigón se amaña,
y a su señora acompaña,
acompañará a su suegra.
¿Qué es de tus locuras, di,
cómo anoche no volviste
por aquel joven?
¿Que es no?
Sí volví, y a nadie hallé,
y fue tal mi desvarío
en no hallarle, cosa es llana
que
que me dio a mí la terciana.
¿La terciana?
Y aun el frío.
¿En qué vio, que se condena,
que el frío le pudo dar?
En que me forzó a arropar
con las mantas de Lucena.
¿Conoció, cuando volvió,
dos hombres deslumbrados
que huían?
Muchos almagrados
hallé que iban como yo.
(Aparte)
Pues a Claudio aquello crea
inspirándome deidad
el cielo. Chicharra.
Ya
su virtud me chicharrea.
A Claudio me llame aquí,
y dígale que le espero,
que a solas hablarle quiero.
(Estará esta mesa con
recado de escribir en
medio del teatro,
luces y libros.)
Dirélo ansí; mas allí
de escribir queda recado
y luz, mas aunque es virtud
no haga otra beatitud
versos que me han arruinado.
¿Versos hace?
Aunque por versos
los hago con grande ardid,
mas oh hijo de Madrid
no hace razonables versos.
De el ingenio esclavo pardo,
que a sustos se desarmarán.
Tomáramos y pagarán
y a pasteles de aguardo.
Vaya a lo que digo.
Voy
a obedecer.
(Vase)
(Siéntase a es-
cribir)
Mientras viene
Claudio, a quien pienso obligar
a que su error ciego deje;
la epístola que escribiendo
estaba contra el hereje,
Hebrión, proseguir quiero,
el cual engañado siente
haber empezado a ser
hombre Cristo solamente
en María madre suya
sin que antes de serlo fuere
hombre, ni otra cosa alguna,
en que niega torpemente
el misterio soberano
de la encarnación, que fuente
es de los misterios; pues
dar en Cristo la fe debe
dos generaciones, una
sin tiempo, y otra realmente
en tiempo, como Miqueas
profeta de Dios le advierte.
Sin tiempo cuando engendrado
el Verbo fue eternalmente
del Padre Eterno, y en tiempo,
cuando encarnado en el siempre
puro claustro de María
darlo a entender a este hereje
quiero con la sacra luz
que la escritura previene.
(Baja Lucero sobre
una mariposa en la
apariencia del
torno, y hace
círculos a la
luz.)
Pues infernal mariposa
soy, que a oscuras pretende
la luz del claro evangelio
turbar con mis alas siempre
la luz material que alumbra
a Dámaso, porque deje
de aclarar este misterio,
a eclipsar mi rabia viene.
¿Qué infelice mariposa
es esta?
(Escribiendo.)
Ciega, que ciegamente
galantea su peligro
en la llama que apetece,
la luz me descifra: errarás
en el Cupidillo que mueves
declara la humanidad,
y divinidad en este,
Señor, cuando dice: en vano
vas a escribir: de esta suerte
haré que esta ciega fiera
en nombre de Dios se ausente.
(Hace la señal de la cruz.)
¿Pero a mí, que esta señal
pueda así desvanecerme?
Mas yo haré, que con el numen
poético tuyo ser
desvaríes.
(Vuelve a subir en la apariencia.)
Ya se ha ausentado;
proseguir la pluma puede;
mas, ¿qué es esto? en un instante
barajadas las especies
de lo que escribiendo iba,
la memoria me refiere
melodía a escribir
al Alba cuando amanece.
(Canta dentro una voz sola.)
Aquel ruiseñor,
clarín del albor
al Alba gorjea
se contrapuntea
con diestro primor
saluda con sonora
acorde melodía
a aquella luz del día
que es del sol precursora,
y al ver que se mejora
por puntos su candor.
(Repiten lo cantado.)
Aquel ruiseñor, etc.
Que este numen armonioso
tan dulce al oído suene.
(Sale Chicharra.)
Claudio, pide para entrar
licencia, pero aquí huele
a versos.
¿Huelen los versos?
No; mas quien los hace huele
siempre a pobre, que es peor
que a zumaque.
Diga que entre
Claudio, y el Chicharra al punto
prevenga una posta, que lleve
a Jerónimo este pliego
que en Hostia con el hereje
Magencio está, procurando
de sus yerros de hereje
a Jerónimo lecciones
que la traducción alteren
de la Biblia, que ha de ser
luz de la fe.
¿Ciertamente
me manda, que tome posta?
Sí.
¿Yo postas?
Pues ¿qué teme?
El puesto es rabanal
pero voy a obedecerle
al punto.
(Vase, y sale Claudio.)
Habiendo sabido
que a solas hablarme quiere
a Calisto le he avisado
que esté con los confidentes
en la mina, para que
cuando yo la seña diere
de tres golpes en la tierra
a abrirla acaben: ¡oh, llegue
la ocasión de mi venganza!
una beldad me tiene
a su obediencia!
Yo Claudio
os llamo benignamente
para saber de vos mismo
si mi persona os ofende,
o alguna queja tenéis
de mí; pues como prudente
me la declaréis, ya sea
justa, o injusta os ofrece
mi humildad satisfaceros,
pues, ofendido no os quiere
quien os busca arrepentido
de los impulsos crueles.
en general, de la Iglesia
que ocupabais dignamente
(antes del Pontificado
mío) os mantengo; en teniente
di a Aurelio, y a Calisto
honores hice, y mercedes
y a todos vuestros parciales
aliados, y parientes,
he elevado; y estos mismos
porque más los favorece
mi gracia, son los que más
a mi descrédito atienden
machinando contra mí
no solo injurias aleves
sino sacrílegos fieros
intentando darme muerte.
Monstruos de ambas cabezas,
sois Claudio vos, no lo niegue
vuestro labio, y aunque el rostro
lo dice en amarilleces
yo lo sé, y este papel
(que hoy me han dado) claramente
me lo avisa, asegurando
que de vuestras iras crueles
aun seguro en mi palacio
no estoy: rigor inclemente
es que en la ignorancia, el filo
del acero se ensangriente.
mi muerte es lo menos, pues
tarde, o temprano, que llegue
es fuerza, la ofensa sola
que al Señor habéis de hacerle
es lo que siento: advertid,
Claudio, que a veces suspende
el justo castigo Dios
no porque el horror consienta
en el pecador, sino
porque aguarda a que se enmiende
pero cuando de su recta
justicia más se desnude
el brazo para el castigo
el golpe se hace más fuerte.
no aguardéis la ejecución
solo el amago os enfrene.
si acaso yo os he ofendido
(como ya dije) a poderme
postrar, Claudio, a vuestras plantas
lo hiciera, mas me detiene
la dignidad de Pastor
sagrado, a que no consiente.
pero en la forma, que puedo
os pido rendidamente
me perdonéis.
¿Que esto escuche?
y que el volcán no reviente
de mis celos, y la turba
diga, que es; pero refrene
mi indignación ver que sabe
que intenté darles la muerte,
y puede tener la guarda
llamada para prenderme,
y arriesgando mi venganza
es también inconveniente
para avisar que la mina,
abran: negarme conviene
cuanto dice.
¿Enmudecéis?
Que con las voces no encuentre
no es mucho, cuando las voces
en mí en iras se convierten.
Yo no he intentado mataros,
y vive mi enojo ardiente
que al traidor, desleal, que pudo
decirlo, sea el que fuere
por el pecho le arrancara
el atrevimiento aleve
con que...
Basta, basta.
Se
atrevió.
Dará tres golpes en el suelo con el báculo que ha de traer.
Basta; déjeme
llevar fácil del dolor
de ver que su culpa niegue;
poco fiáis de mi grande
clemencia, y que tan rebelde
su error no confiesa, está
muy lejos de que se enmiende.
¿Qué he de confesar, si nunca
aliados, ni parientes
conspiré contra vos?
Ved
que los indicios.
Os mienten
los indicios.
Son muy ciertos.
Falsos son.
Hacen ruido para descubrir la boca de la mina, y después la abre Calisto y sale por ella.
¿Qué ruido es este?
La mina, rompen, (acaso
raro) que los golpes diere
para la seña.
Vencimos
la resistencia.
¿Quién miente
pues la misma tierra abortas,
deslealtades que os convencen?
Sin mí estoy.
Muera.
Llegad,
si es que el cielo os lo consiente
dadme muerte.
¿A qué aguardamos?
Chirimías, y baja el Ángel 1º en un alambre seráfico.
Ínclito defensor me tienes,
Dámaso, que a más afrentas
y trabajos, te previene
el Altísimo, que me manda
que adonde se halla te lleve
Jerónimo, argumentando
con Magencio ciego hereje
para que en su celo logres
de su engaño convencerle.
Su voluntad ejecuta
luz celestial.
Chirimías, y llévase el Ángel a San Dámaso en el alambre que bajó.
Cielos, que a dar el
muera, más sombra en el aire
se hace y se desvanece
la imagen.
Todo es encantos,
todo prodigios.
¡Qué fuerte
pesar! que así de mis iras
se burle.
¿Qué hacer pretendes?
Que por la mina te vuelvas
porque yo su boca cierre,
y por el palacio salga
pues no hay riesgo.
Y si
me prenden.
No harán, vete.
Ya lo hago.
Vase, y cierra en instante la mina.
Que Aurelio no me asistiese
pero ¿qué podrá hacer
Aurelio, si este hombre tiene
el
el infierno de su parte.
Mas mis ofensas apelen
a acusarle de lascivo
y así he de satisfacerme.
(Vase y salen por lo alto de un peñasco que rebaja a un lado Efremio, y el Ángel, y abajo un pastor sentado en la cima del peñasco cantando).
¿A qué a este risco me vas
subiendo, cuando temor
me causas ya?
A este pastor
oye, y de él lo sabrás.
A aquel que de nada
todo lo crió
y vida, y ser dio,
y forma animada
a cuanto formó:
con ecos suaves
flores, fuentes, aves
luna, sol, esferas
le den con primor
alabanzas al sumo inmenso hacedor.
A aquel que formó
solo con querer
su amor, y poder
cuando le ilustró
le dio a conocer
con acorde acento
agua, tierra, viento,
lluvia, fuego, día,
tarde, y noche fría
le den con primor etcétera.
A aquel que engrandece
con tiempo sin fin
sacro el Serafín
la luz que amanece
en todo el confín
con sonoros ecos,
montes, valles, huecos,
mares, ríos, fuentes,
brutos, peces, gentes,
le den con primor etcétera.
(Despeña el Ángel al Pastor).
¿Qué haces?
Mira: alto poder
le despeña.
¡Qué rigor!
Muerto soy.
Este pastor
aunque es culpado, que a creer
no puedo aquí, que ángel seas
de luz, pues en cuanto obras
de ángel malo son las obras
e infernal.
Porque me creas
ángel de luz; puede, di,
el demonio penetrar
tu pensamiento?
Alcanzar
no puede, si no hay en mí
acción, obra, o movimiento
por donde conjetura
de él haga.
Siendo luz pura
yo, ¿alcanzo tu pensamiento?
Tampoco, si Dios a él
no se le revela.
Pues
ángel de luz soy, si veis
que me le revela a mí;
cuando te hallé en el desierto,
Efremio, estabas pensando
cómo investigar de Dios
los misterios soberanos;
y porque veas que son
incomprensibles te traigo
conmigo, a que reconozcas
que en cuanto obra Dios es santo
es, y justo, y que la mujer
a quien robaste el vaso
no tenía puesto en otra
cosa temporal (es llano)
el afecto, todo en Dios
lo tenía, y así grato
su amor dispuso, que en nada
que fuese interés humano
se emplease sino en él
solo; por ser el más alto
precioso bien de los bienes,
y le quitó por su mano
el riesgo que se condene
después.
¿Que a un hombre que hallamos
al salir de Roma diste
la copa?
Desesperado
este hombre por no tener
con que mantener a cuatro
hijos, y mujer, ni sueldo
iba a echarse al cuello un lazo
y aunque de la providencia
de Dios no fió, apiadado
dejó el paternal amor
le moviese, a pesar santo
con el precio de la copa
le socorrió Dios, en tanto
que fía de su providencia
asistidos en sus trabajos.
El pastor que despeñé
el cual estaba cantando
himnos a Dios, este había
de ser por su ingenio raro
un heresiarca grande
y por los méritos altos
de su padre que fue justo
le abrevió a su vida el plazo
Dios, cogiéndole la muerte
en el más feliz estado:
estos son sus juicios mira
si incomprensibles son.
Santo,
que lo que injusto juzgaba
admito justo, y mi llanto
recompensa sea.
Y hoy,
que para mayor descargo
de tu error te manda Dios
que de Dámaso los pasos
observes hasta su muerte
y de un juicio temerario
que de él has hecho, él te absuelva
con Magencio disputando
en este lugar está,
y tan cerca, que su aplauso
se oye a ver que le convence
queda en paz.
(Vase)
Aguarda, claro
pasmo sin fin: mas ¿qué miro?
(Corriéndose una cortina / se verán en el medio / del theatro sentados / a San Dámaso, y San Jerónimo / vestido de cardenal, / y a Chicharra en / pie, y a Aurelio de- / tras de Magencio / como inspirando- / le al oído.)
¡Viva Dámaso!
Admirado
estoy de hallarme a la vista
de la disputa.
A inspirarle
vuelva mi astucia.
Concedo,
mayor, y menor.
Borracho,
aún está el hereje.
Niego
la consecuencia, pues dado
que como sumo bien Dios
se comunique por acto
de su entendimiento al hijo
una vez comunicado
todo, y incapaz la Deidad
queda (el argumento es claro
de comunicarse a otro)
luego el Espíritu Santo
no es Dios, ni consustancial
con el Padre.
Ya probado
te tengo, que es Dios, y que
una esencia en los tres damos
y una sustancia, no tres
esencias, y esto asentado
paso a tu argumento; tú
dices, que comunicado
Dios todo una vez, no puede
comunicarse a otro.
Es llano.
Pues con esto te concluyo:
en Dios, no tan solo damos,
entendimiento, sino
voluntad, y por el acto
de su entendimiento, habiendo
comunicádose (es claro)
que engendrar no puede otro
hijo (este es tu reparo
el cual te concedo) pues
solo un verbo confesamos,
pero no siendo en Dios menos
fecunda (por ser sacro)
la voluntad, que lo es el
entendimiento, por acto
de voluntad, sumamente
los dos amándose en ambos
el amor procede, que
es Espíritu Santo;
pues conociéndose el Padre
engendra al hijo, y amando
del Padre al hijo, y el hijo
al Padre, procede el Santo
Espíritu, con que en una
esencia, y sustancia hallamos
que increado el Padre fue
del Padre el hijo engendrado,
y el Espíritu Santo, que
es procedido de entrambos.
No tengo que responder
convencido estoy.
Si algo
respondiera, ya en el fuego
fuera chicharrón humano.
En fin, Magencio, ¿confiesa
de voluntad este alto
misterio?
Así lo publico,
y a tus pies estoy postrado.
Prodigios Dámaso obra.
¿Qué has hecho?, de pena rabio.
Ocultar dentro del pecho
el veneno de un engaño
hasta que tome venganza
de Dámaso.
Pues yo aguardo
lo logres; (pues como ya
te he dicho,) dispone Claudio
acusarle de lascivo
y el aire inficionando
con la magia yo, verás,
a un pestilente contagio
gemir Roma atribuyendo
a Dámaso sus estragos.
De Claudio, y de él confío
mi venganza.
Padre Santo,
solo vuestra beatitud
con su ciencia, y celo santo
a Magencio convencerá.
Docto Jerónimo, cuando
yo llegue, ya convencido
de vos estará.
A Dios el lauro
demos del triunfo.
Y a él
después mucho se ha estimado
la noticia, de que hayas
la traducción acabado
de la Biblia.
Luego espero
consagrarla en vuestras manos.
Yo aguardo recibirla
con el solemne aparato
que es debido.
Vase.
Dos columnas
de la Iglesia son entrambos,
mas antes que en mí reparen
partiré a Roma.
Nos vamos,
Padre Santo.
Las carrozas
haga prevenir, hermano
Chicharra.
Qué son carrozas,
a pie mi Padre Santo
vino, y aun creo que fue
por el viento, pues marchando
antes yo, ya aquí le hallé.
Este lugar, no es muy sano,
vuestra beatitud disponga
su partida a Roma.
En dando
gracias a Dios de este triunfo
partiremos, retirado
me quiero quedar.
Chicharra.
Deo gracias.
Venga.
A vengarnos,
Aurelio.
Vanse los dos.
Presto será.
En fin, hermano, ha medrado.
Sí, en corcovas.
¿No lo está
siendo del Papa criado?
¿No era bodeguero yo
en el monesterio sacro
de Belén?
Sí, y es mejor.
Vanse y queda solo San Dámaso.
¿Qué llama mejor, y santo,
que el cargo de bodeguero
no trocara a un obispado?
Va subiendo el santo en una elevación y arriba se aparecerá una gloria de ángeles, y vuela la niña que hace a la Virgen.
En amorosos incendios
suban, Señor soberano,
de mi fe rendida a vos
las voces en holocaustos, y
suban a vos porque sirvan,
mi Dios, de recompensaros
los inmensos beneficios
que logro de vuestra mano.
La hipostática unión vuestra
que en tres respetos sagrados
aunque distintos reduces
la fe a una esencia, he logrado
defender; pero ¿qué es esto?
Parece que arrebatado
el espíritu se eleva
a otro espacio imaginario,
mas la celestial señora
viendo estoy que iluminando
la están angélicos coros,
y el alba pura ilustrando.
Dámaso.
Señora mía.
En honra de que has logrado
la consubstancial deidad
e igual esencia del Santo
Espíritu aclarar, de quien
divina esposa me llamo,
a su celestial mansión
mi hijo te ha trasladado,
a que veas la igualdad
con que están los coros sacros
en tres distintas personas
solo un Dios glorificando.
A cuatro.
Al que es solo uno,
y tres adoramos,
Ángeles, serafines,
luces, y astros
demos humillados
gloria al Padre, al Hijo,
al Espíritu Santo.
Sube la apariencia y vase el Santo.
¡Oh aclamación tan gloriosa
que hasta aquí no había logrado
escuchar jamás la tierra
para honra de Dios, y lauro
de la católica Iglesia!
Humilde añadir aguardo
al solemne fin de todos
sus cánticos, y sus salmos
para que Ángeles, y hombres
en tierra, y empíreo sacro
con la música demos humillados &c.
Dámaso, así lo ejecuta,
pues el que será de agrado,
eternamente a mi hijo
queda en paz.
Divino Astro,
no te ausentes; pero mal
hago en detenerte, cuando
en la triunfante Sion,
te quedas siempre gloriando,
el que den los puros coros
de serafines alados
gloria al Padre, gloria al Hijo,
gloria al Espíritu Santo.
Jornada 3.ª
Salen Claudio, Magencio, y Calisto.
La acusación de Dámaso afianza
tu venganza Magencio, y mi venganza,
ya a Roma persuadida
está de su torpeza, y que fingida
fue castidad, que en él creyó admirada;
tanto puede en el vulgo deslumbrada
la razón, tanto vale
esparcida opinión, que desiguale
un mérito creído,
y le sepulte en sombras del olvido;
y tanto que ya Roma
ha hecho el concepto de infalible axioma,
que del mortal contagio que padece,
y cruel en las vidas se embravece,
es Dámaso la causa, y que imagina
ser su escándalo solo la ruina
fatal del horizonte, y que irritado
el cielo de su torpe, e infiel pecado
a el pueblo le castiga gravemente,
porque su ofensa en Dámaso consiente,
que es la mayor, que a la deidad desplace
un escándalo aquel que de ejemplo nace.
Yo hice la acusación, y como amigos,
vosotros con Aurelio sois testigos,
que el fuego que mis iras exhalaron
Otras deposiciones, confirmaron
Ríndase, que irritado
el pueblo a destruir del estado,
en que la hipocresía
le elevó a la más alta prelacía,
ni tampoco, que Ursino sublimado
grato me restituya mi obispado
y aunque quede en lo público vencido
a la creencia que tesón ha sido
del concilio Niceno, en que se establece
con substancialidad, que pertenece
al Espíritu Santo, Padre, y Hijo
aun vivo en mi dictamen, que prolijo
áspid oculto brotará el veneno,
contra la errada tema del Niceno.
Si el vulgo se conmueve
y a exclamar se inclina, o se desboque
bruto indómito fiero
pues presenta Jerónimo a este fuero
hipócrita la Biblia, que tradujo
más que a obediencias suyas al influjo
de celestial deseo
en el latino del idioma hebreo
cuyo acto solemne
para que más autorizado suene
en consistorio público recibe
la sagrada escritura.
Porque avive
más mi rencor, al verle coronado
de la sacra tiara.
Si ha llegado
la acusación a su noticia?
Creo
que por ser el delito en él tan feo
ninguno se ha atrevido
a decírselo a él.
Terror ha sido
Pero, en público auto,
nos hallamos ya a la vista.
Sale Efremio.
Por cumplir con el precepto
soberano, que me intima
el Ángel, vengo a observar
las operaciones dignas
de aplauso en Dámaso, pues
según ya tuve noticias,
basta que es muy evidente
fe, y celo.
Sale Chicharra.
Qué bravo día
es para aprensar las capas!
No cabe ya, ni una hormiga
en el consistorio.
Hermano,
Chicharra.
Pues a qué miran
mis ojos, a estas funciones
se meten los eremitas?
Que vengan, quién quita.
Aurelio
no parece aquí.
Sus iras
no pueden sufrir aplausos
de Dámaso.
Qué le admira
ver que cada día está
más viejo, pero de prisa
cómo va?
Muy bien!
Cobrarla
debió a Dámaso: mas diga
qué hay de nuevo en el yermo?
Por allá no se practican
novedades?
Pues con esto
no se oirán tantas mentiras;
pero alguna novedad
fuerza es que haya?
A mi noticia
ninguna llega.
Pues es no,
no será cosa precisa
el que allá se sepa cuando
han venido golondrinas.
Buen humor gastas.
Yo tengo
otro
sto, mas las chirimías,
avisan, y ya en el solio
está Dámaso.
(Chirimías)
Envidilla,
ya antes enemigo vemos
con Jerónimo.
¡Fuera!
(Córrese una cortina y aparece San Dámaso vestido de Pontifical en un trono; San Jerónimo de rodillas, dándole un libro, que es la Biblia)
Ya que en mi obediencia solo,
(Beatísimo Padre) estriba
este cuidadoso estudio
que el acierto solicita,
sirva al fervor el deseo,
ya que al acierto no sirva
de uno y otro Testamento
en esta Sagrada Biblia,
del oscuro idioma hebreo
en el nuestro traducida.
Veinte y dos libros contiene
la ley de Moisés antigua,
esto es de veinte y dos letras
que, altas, misteriosas cifras
de las tres pronunciaciones,
hebrea, caldea y siria,
hallé este divino emblema
en tres clases dividida;
cinco libros, que Moisés
llamó la ley, que admitida
desde el principio del mundo
duró hasta la ley escrita,
contienen las ceremonias,
castigos, mansiones, dichas
que en el pueblo de Dios fueron
verdades figurativas;
ocho de los vaticinios
que, sagradas profecías,
alumbraron la esperanza
y venida del Mesías
verdadero al mundo los
vemos ciertas, y cumplidas
nueve de escrituras santas,
y de los Santos, que explica
el hagiógrafo, que lenguaje
esto mismo significa:
estos veinte y dos se aumentan
(no sin misterioso enigma)
dos libros, que es el de Ruth,
y el llanto de Jeremías,
para que en número sean
de veinte y cuatro, que cifran
los veinte y cuatro varones
que atendió la aguda vista
de Juan en su Apocalipsis,
cuyas coronas rendidas
a las plantas del cordero
altamente simbolizan
cuanto aventaja la ley
de gracia, a la ley escrita:
los del nuevo Testamento
son los cuatro Evangelistas,
hechos de Apóstoles, Cartas
de los mismos, profecía
del Apocalipsis de Juan,
pura águila que registra
al Sol, Padre de las luces,
los reflejos en noticias;
esta traducción ofrezco
a la Iglesia, siendo cifra
de mi obediencia, y el logro
vio en mandarme la disculpa.
Al altísimo Señor
se den las gracias debidas
Jerónimo, que en sus fieles
puso la sabiduría.
tan alto conocimiento
no es cosecha de fatigas
humanas, que son efectos
de su asistencia divina;
instrumento de Dios mismo
sois, Jerónimo, en la Biblia
que ofrecéis, que yo la apruebo
en nombre de Dios, que inspira
a su vicario en la tierra
las decisiones, que afirma,
y hago notorio de parte,
de aquel Señor, que registra
el más retirado impulso
la intención más escondida,
que vuestra fiel traducción,
tan venerada se admita
de los siglos, que en ninguno
se dude, borre, ni impida
la menor sílaba della
sino que sagrado enigma
del más reverente culto
sea, norte, rumbo, y guía
de la Iglesia, y puerto donde
arribe la fe más viva.
A vos, beatísimo Padre,
todo el aplauso se rinda.
Dentro voces.
¡Misericordia, Señor!
Vuestra piedad nos asista.
¿Qué llanto es este?
Del pueblo
que el contagio respira
en lamentos.
¡Qué dolor
su voz mi pecho lastima!
Yo hallo un medio, con que ceses
la peste.
¿El medio nos diga?
Echar de Roma las viejas,
pues son peste.
Dentro.
De las ruinas
de la ciudad es la causa
el Pontífice.
A mis iras
corresponden y a los ecos.
¿Qué es lo que oigo? No me admira
que digan, que mis errores
son la causa de la ira
del cielo, y soy el malo.
Dentro.
Por Dámaso nos castiga
Dios, a un concilio se apele,
que le deponga, y las vidas
asegure el Pueblo.
¿En qué
a Roma tengo ofendida?
Dentro voces.
Lascivo es Dámaso.
Mienten.
Jerónimo, di, ¿qué incita
a este motín?
Un engaño
de una aprehensión.
¿En qué estriba?
Temo.
No temas.
¿Qué es esto?
Como destemplado el clima
de esta ciudad al contagio
mira peligrar sus vidas,
pues conficionado el aire
de un grueso vapor marchita
cuanto debió de esperanzas
toda la verde campiña;
no habiendo mies, planta, flor
que con palidez no diga
que de universales riesgos
son la causa iras divinas,
da el Pueblo en decir, que sois
la causa de estas desdichas
por un formado proceso
que fulminó la malicia,
en que prueban que de Irene
la conversación no es digna
de un pontífice, y son
profanas sus visitas.
Esto entendido del pueblo,
juzga que Dios le castiga
como a Israel por David,
cuando en Joab solicita
ver ejecutadas sumas
la amplitud de sus provincias,
siendo del pueblo la pena
y de David la osadía.
¿Quién lo cree?
Testigos
que del delito justifiquen.
Serán infernales monstruos,
abortos de la mentira.
No son.
Visto y verde bueno,
así es una niñería;
pero miente, otra vez digo,
y remiente, aunque lo oigan
cien calvos, que es gente que
descubren sus faltas mismas.
Lo que recelé yo ver,
tan secreta república.
Hacedlos, mi deshonor
no siento, aunque bien podrá
sentir el de Irene, que es
virgen ilustre; mas mira
la razón que son efectos
de providencias divinas,
porque más méritos logre
su inocencia perseguida.
Y si más que padecer
en tan injusta ignominia,
pues luz celestial mendigo,
que Dios guardaba mi vida
para más afrentas, vengan
afrentas, porque redima
en algo lo que por mí
pasó el Autor de la vida,
en la Redención humana;
pues más que todos me obliga
satisfacer como deudas
aquella sangre vertida,
cuando, más malo que todos,
vengo a ser de bien semilla.
Bien pudiera declarar
que Irene es; pero reprima
el labio la obligación
que a Dios tengo prometida.
Jerónimo, si el proceso
que contra mí la malicia
ha fulminado me imputa
de lascivo, no es justicia
sea exento de la pena
con que el derecho castiga
al adúltero; y yo a serlo,
vengo con la Iglesia misma,
que es mi esposa; y para que
o mi culpa convencida,
o inocencia quede, quiero
a el examen reducirla.
Júntese luego un concilio
jurídico, donde asistan
los cardenales y obispos,
que en Roma al presente habitan,
en esta Basílica nueva,
que fabriqué a las reliquias
del valiente español mártir
Laurencio, y para que sirva
de panteón a mi cuerpo,
y donde cenizas frías
reposan de Marcia, sea
el lugar que sacro elijan
para el concilio; que en él,
las acciones que se examinan
de una vida sea en parte,
donde ha de parar la vida.
Allá veremos si son
calvos todos los que pleitean.
Dentro, voces.
Misericordia, Señor.
Otra vez a la divina
piedad de Dios llama el pueblo.
Dentro, voces.
Su favor nos asista.
Trueno.
Pero ¿cómo no recurro
a obligación que es tan mía,
cuando clamando están
con lastimosas fatigas?
Venid todos, aplaquemos
del cielo las justas iras.
Vamos al templo de Pedro.
Pero ¿qué mis ojos miran
en el alto Capitolio
inteligencia maligna?
Negros vapores esgrime
y los vientos caliginan.
¡Qué dolor! El cielo airado
visiblemente castiga.
Todo es horror cuanto ves
desde que cubrió Callista.
El aire entre sí batalla
y negros vapores vibra.
¡Qué horror!
¡Qué asombro!
¡Qué pasmo!
Fuego el ambiente respira.
En una apariencia se ha de ver a Aurelio acuchillando el aire.
Inficionó mi soberbia
cuanto mi espada acuchilla.
Alguna legión de suegras
debe de andar allá arriba.
Con las armas de la Iglesia,
con exorcismos se libra
contra negras potestades
que el lóbrego seno habitan
del abismo Dios. Pues sois
misericordia infinita,
destruid, aniquilad
el furor que solicita
ensangrentarse en los fieles;
caiga la serpiente antigua,
carbón que en horror humea,
bastarda luz de sus iras.
En nombre de vos, Señor,
la arruinaré con la insignia
de la cruz.
Suba en una elevación San Dámaso con una cruz en la mano que sacará del pecho.
Su gran poder
mi soberbia precipita.
Despéñase Aurelio en la misma apariencia y baja San Dámaso.
Anda con dos mil demonios
y a la tal legión de arpías
o suegras cayó.
¡Qué raro
prodigio!
¡Qué maravilla!
Ya despeñado a la tierra
cesó el horror.
Ya se mira
claro el cielo.
Y el ambiente
afablemente respira.
Dentro, voces.
Santo es Dámaso, sus obras
milagrosas le acreditan.
Y el bocado de la peste
de suegras viejas, y tías.
¡Que haya visto este milagro
el pueblo...
¡Qué rabia!
¡Qué extra...!
(A los dos.)
Ya pues, beatísimo Padre,
que el pueblo en tan suma dicha
con mejor conocimiento
de lo que sois desde hoy fía,
inútil será el concilio.
No, Jerónimo, no digan
que mi culpa, o mi inocencia
la junta no justifica;
el concilio se disponga
luego al punto.
Y en él mi ira
de imperio ha de convencerles.
Y a examen se determina
y espero tomar venganza.
A dar las gracias debidas
a Dios vamos.
Mi obediencia
a Vuestra Santidad ya está rendida.
Santo es Dámaso.
Y muy grande,
que Madrid santazos cría.
No sé a quién crédito dé,
si a tan clara maravilla
o a lo que vieron mis ojos,
que en todo mi juicio peligra,
pero a lo que hiciere la junta,
apelan las dudas mías.
(Vanse, y sale Irene con manto.)
Mas que de mi pundonor
de la compasión guiada
a hablar a Claudio arrebatada
vengo, a que de su error
a que desista del daño
que a sí mismo se está haciendo,
pues cruel al cielo ofendiendo
está con su mismo engaño, y
que aunque en mí desdoro sienta
mi deshonor entre dos
penas, la ofensa de Dios
siento más que no mi afrenta,
en nada ser ofendido
debe el que es suma bondad,
que apura en Dios la piedad
quien le ofende inadvertido, y
quien sabe con su malicia
que a otro daña, y por vengarse
llega osado a confiarse
que Dios no ha de hacer justicia.
Y de este la acusación
le he de pedir con mi llanto
si es que cabe en rigor santo
moverse a la compasión
y del horror detestable,
que contra Dámaso sigue,
pues la inocencia persigue
que solo a mí me delate,
porque roca siempre fui
a su amorosa porfía, y
al tesón de su osadía
honesta me resistí,
pues no sé en la jerarquía
que de mí ha pasado a hacer
qué tenga más que imponer
que mi noble resistencia
de este el delito al castigo,
es bien que yo me prefiera,
hallar a Claudio quisiera
por si con llanto le obligo.
En este templo se junta
el concilio, y aquí yace
podré a aquella que renace
en mi amor, aunque difunta,
aquí en fin le pienso hallar,
pues le es preciso asistir
al concilio, y en él ir.
Ya no puedo mi pesar
llevar en mi irresolución,
que alguno me la condena,
la vengaré con mi pena
y disculpará mi pasión.
Sale Claudio.
Que vaya a traer a Irene
me ordena el sacro concilio
para que reo parezca
en la Junta; mas, ¿qué miro?
Ésta es mi enemiga.
Cielos,
Claudio es, mármol me animo
al verle solo.
A buscaros
yo bajo.
Si arrepentido
de la injusta acusación
que contra Dámaso hizo,
para ingrato reo venís
a retractaros, deliro,
no lo creáis que nunca tarde
llega, quien llega advertido
a volver por la inocencia.
¡Qué inocencia!, es un delito,
que el suyo tan manifiesto
y con pretextos fingidos
abonándole pretende
su cauteloso artificio.
¿Disculpar su liviandad?
¿Puedes negar que me has dicho
que te debe obligaciones?
¿Qué decís? ¿Estáis sin juicio?
¿Yo os he dicho que me debe
obligaciones? ¡Si sorda
siempre fui a la persuasión
de su amante delirio,
negándome aun al cortés
cumplimiento permitido
de escucharos, porque creí
que sonaban a lascivia
sus voces afables,
y unos corteses rendidos!
Pues si no os he hablado nunca
sino la vez que advertido
mi casa ampararéis, cómo
suponéis que yo os he dicho
me debe Dámaso...
Calla,
engañoso cocodrilo,
que apuras mi sufrimiento
con tu cauteloso hechizo;
que no me has hablado dices,
cuando su halago fingido
tantas veces en tu casa
me admitió hasta que, testigo
fiel de mi ofensa, encontrando
a ese hipócrita contigo,
gozando de sus favores.
Sin duda estáis persuadido
del Padre de la mentira,
pues tan falso desvarío
no es posible le advierta
contra un honor casto y limpio,
hombre que el sacro carácter
de cristiano ha recibido:
no solo a vos, ni a hombre alguno
en mi casa le he admitido
para deshonor de estado.
Harásme que pierda el juicio, mujer,
mujer, pero en sus engaños,
en sus cautelas, no admiro
que niegues facilidades,
el querer a un tiempo mismo
premiar mi amor, con que yo
consintiese en el delito,
y hablar a Dámaso como
me lo propuso su mismo
deudo, diciendo, que,
el velo una vez corrido
al recato, se hallaría,
menos esquiva el cariño.
¿Pues lo que decís? Mas yo
soy quien me ofendo en oíros;
pero volviéndoos la espalda
cumplo con vos, y conmigo.
Ten, aguarda.
¿Qué intentáis
en mi ofensa?
Ya te he dicho,
te buscaba.
¿Para qué?
Para que ordena el concilio
parezcas en él.
No excusa
la que sin culpa ha vivido
parecer reo, que Dios
volverá por mi honor limpio.
En el juicio lo veremos.
Y en él tan falsos motivos
se aclararán; pero a vista
ya nos vemos del concilio
y sentándose van.
Salen San Dámaso, San Jerónimo, Magencio, Calisto, y Chicharra y se sientan.
Claudio,
¿habéis a Irene traído?
Aquí está Irene.
Fiscal,
beatísimo Padre, me hizo
la junta.
Pues el proceso
fiscalícese,
fiscalícese el delito.
En él propongo a Claudio
que la acusación ha visto
con Irene, como juez
a quien le fue remitido
por Gobernador de Roma.
Y Pilatos ab initio.
En la culpa en fin deponen
contestes los tres testigos
así de noxias suyas,
como de claros indicios
contra vos, que varias noches
con disfraces os han visto
entrar en casa de Irene,
y que ella con sus cariños
os recibía, pasando,
a declarar los dichos
testigos, uno que vio
que de los brazos tejido
lazo cariñoso entrambos
formaban.
Ese testigo
desea, que le sacasen
los dientes, y aun los colmillos.
Conque sustanciada en todo
la acusación, y en sus dichos
ratificados aquellos
que deponen de lo visto,
comprobada está la culpa,
y solo resta admitiros
a Irene el descargo, y a vos,
para lo cual os ha traído
aquí el concilio, esperando
que deis desvanecidos
tantos indicios.
Descargo
ninguno hallo en favor mío,
siendo tan malo.
Ni yo les
tengo.
Pues convenidos
estáis en la acusación.
Siendo Pontífice, es visto
que por dignidad suprema
no estáis sujeto al arbitrio
de ningún juez en la tierra,
pues el Vicario de Cristo
como sucesor de Pedro
es a todos preferido;
así se vio con Marcelo
Pontífice, su concilio,
cuando desdoblaba él
que acusador de sí mismo
el cual se impuso a él la pena
y así, si en lo deducido
contra vos hay culpa, solo
vos sois juez de este delito.
Yo condenarme no puedo
cuando sin culpa me miro.
¿Es verdad que visitáis a Irene?
Sí, yo lo afirmo,
y que la estimo y la quiero;
y que cuanto los testigos
deponen en el proceso
es verdad, mas es distinto
lo interior a lo exterior;
pues varía con los motivos
a los dos, solo toca
el ver la acción, mas no el juicio
del motivo, con que se hace
que este solo es conocido
de Dios, que a su inteligencia
se reserva lo escondido.
Vuestra beatitud declare
esos fines, o motivos
de la amistad con Irene.
Eso no puedo darlo,
porque he prometido al cielo
callarlo.
Pues referirlo
puede Irene.
En mí también
es el secreto preciso
pues también ofrecí al cielo
ocultarlo, aunque a peligro
esté de perder mi fama.
Aquí hay misterio escondido.
Pues si no hay quien lo declare
convencido en el delito
fuerza es daros.
¿No tenéis,
ya que callarlo es preciso
los dos, quien lo diga?
No,
pues no hay quien viva en el siglo
que pueda saberlo.
¿Pues
los muertos han de decirlo?
No es difícil, pues en este
suntuoso sepulcro frío
yace Marcia; si pudiera
declararlo, si benigno
el cielo en justa defensa
lo diré del blanco armiño
de la castidad de Irene,
querrá hacerlo.
Estremecido
el mármol al pronunciarlo
se desune de sí mismo.
Por Dios que los muertos
se levantan.
¡Qué prodigio!
¡Qué asombro!
¡Qué maravilla!
Desde que salieron a la alabanza se ha de descubrir un sepulcro, que estará en el espacio que hace dentro el vestuario, y al abriéndose habla Marcia, y luego se cierra
Sepa el mundo, que mis hijos
Dámaso, e Irene son,
y el imputado delito engaño
engaño, pues siendo hermanos
es natural el cariño;
voto hicieron de secreto,
que desde que venimos
a Roma, por despreciar,
vanos del siglo,
y en Dámaso alojados
aguardamos más previstos.
¡Extraño caso!
¡Pasmoso!
Corrido estoy.
¡Que haya visto
este desengaño, ¡ah cielos!
Cómo se engaña el sentido.
Mucho le importara al mundo
que declararan sus hijos
los difuntos.
¡Muerto estoy!
¡Qué pesar!
Carifruncidos
están los tres, muy bien pueden
alquilar dientes postizos.
Dentro voces.
Mueran los acusadores
de Dámaso.
Mueran, digo,
que deshonrarán a un santo.
Dentro voces.
Mueran todos.
El concilio
que se castiguen ordena;
Magencio, Aurelio y Calisto
son los testigos, y Claudio
el calumniador.
No evito
que se prendan, pues se hicieron
dignos del propio castigo
que yo, a ser verdad la culpa,
que me imputaban impíos;
y desde hoy establezco
por decreto decisivo,
que el falso calumniador,
tenga aquel castigo mismo
que tuviera el acusado
a ser verdad el delito.
La pena de talión llame
el mundo esta ley.
Brinco
de contento, a ver quemados
se condenaron, que el mismo
castigo es del adulterio,
a llevarlos me destino,
vamos.
Llevadlos.
¡Qué afrenta!
¡Qué injusticia!
¡Infeliz destino!
Después se buscará a Aurelio
vengan ahora los testigos
falsos.
Beatísimo Padre,
ya el tratamiento debido
de Princesa a Irene, es fuerza
hacerse; pues se ha sabido
quién es.
Antes humillada,
Beatísimo Padre, os pido
que por Palacios y grandezas
me permitáis el retiro
de este Templo de Laurencio,
y que acompañe los fríos
mármoles de este sepulcro,
porque pague el beneficio,
que a Marcia después de Dios
en la calumnia debimos.
Acompañad, pues, a Marcia
mía madre, que es su sitio
cátedra, donde se leen
desengaños de los siglos.
Jerónimo, a Irene lleva
al cuarto, que prevenido
la di aquí para gozar
el más celestial retiro:
Id en paz.
El Cielo os guarde.
Vanse los dos.
A tus plantas rendido,
Beatísimo Padre, os ruego
perdonéis compadecido
aun
aun ingrato.
Pues, Efremio,
¿en qué serlo haber podido?
En haber usado mal
de los mismos beneficios.
Yo, en el eremito ejercicio
los os pedí, al vicio
en la humana flaqueza,
y pues el cielo no quiso
que los tuviera, era cierto
que el quitármelos convino,
pues a no tener yo vista
no hubiera errado en el juicio,
que de vos y de Irene hice,
cuando os vi, que con cariños
la abrazabais; ya, mi Padre,
demás del perdón que os pido
de mis yerros, a estas plantas
humildemente os suplico,
volváis a dejarme ciego,
que los que fueron principio,
a más ceguedad se animan,
miran a su precipicio.
Vuelva, pues, ciego al eremito,
quien para su error ha visto.
Llegad, Efremio, a mis brazos,
yo os alabo los disignios
del retiro, mas seguros
que los afanes del siglo.
El decreto soberano
creed que ya habéis cumplido;
pues si os mandó el cielo, que
mis acciones advirtáis
y observéis hasta mi muerte,
ya de vida poco animo
tampoco, que mañana
gozar de la eterna, fío.
Vuestra bendición me echad.
Id en paz.
(Vase San Dámaso.)
(Vase.)
Cielos benignos,
¡qué bien creíste! Mis ojos
perdieron el ejercicio
de las luces, y ya estoy ciego
(con qué contento lo digo),
Dámaso me dio la vista,
y Dámaso a ruegos míos
me ha privado de ella: gracias
os doy, Señor, pues me animo
ya solamente con dos
para ir a llorar delitos.
Sale Chicharra.
(Dentro voces.)
Quien con envidia cruel, y fiera
osado infama las virtudes.
(Dentro voces.)
¡Muera!
Ya llevan al suplicio los detractores,
de Dámaso, e Irene infamadores,
y el pueblo con sus voces de falsete
les va a coros cantando este motete.
(Dentro voces.)
¡Mueran testigos falsos!
¡Qué armonía
notable es en su muerte la alegría!,
pues parece, según lo considero,
que cualquiera se juzga su heredero,
ya pasan de Laurencio por el templo
sirviendo de escarmiento, no de ejemplo,
mas desde Iglesia Dámaso, e Irene
salen, a su presencia se detiene
todo el concurso; mas que contradice
su muerte Irene; el caso ya es felice.
Salen San Dámaso y San Jerónimo por una puerta, e Irene por la otra diciendo el primer verso a los paños.
Suspended la ejecución,
beatísimo Santo Padre,
a los enemigos fieros
estos que al suplicio traen
has de darles la vida
pudiendo, y siendo ambos parte,
que ya parecer venganza,
eso la justicia hace.
Ley divina nos precisa
a amar a quien con ultraje
nos trató, porque aunque indigno
el enemigo se halle
de la piedad, mayor gloria
da al que llega a perdonarle.
Cristo en la cruz perdonó
a sus enemigos; grande
fue aquella culpa, pues va
de la vida, a la que afable
él perdona, lo que dista
de ser cometida en parte
al Criador, y ser hecha
a la criatura frágil.
Ejemplo en Cristo tomemos
para perdonarlos.
Baste,
Irene, cesen tus ruegos,
que aunque más méritos añaden
a tu piedad, nada en mí
vencen, cuando mis piedades
venían a darlos vida;
todos queden libres.
Padre,
menos Aurelio, que el susto
no ha pasado.
Acción es grande.
Dentro unos.
¡Perdón, perdón!
Dentro otros.
¡Viva el santo
pontífice!
Salen Claudio, Magencio, Calisto y Aurelio.
Ya aclamarle
por abogado de falsos
testimonios pueden.
Padre
beatísimo, a vuestras plantas
arrepentido a postrarse
llega quien honor y vida
de vos recibe.
Constante
mi fe a vuestros pies se arroja.
Y en vuestras piedades
halla amparo, vida y honra.
Alzad del suelo, abrazadme,
que Dios solo que se enmiende
quiere el pecador.
Y hace
que en mejor conocimiento
abjure errado dictamen,
y reducido al gremio
de la Iglesia, el rito abrace
confesando una igualdad,
una esencia, en Hijo, Padre,
y Espíritu Santo.
Otra vez
vuelve, Magencio, a abrazarme,
y a tu obispado a regir
vuelve; Claudio, como antes,
a su gobierno, Calisto
su teniente sea.
Alcance
perdón Aurelio también.
Aurelio murió.
Delante
está, Santo Padre.
Luego
sabréis quién es, que admirable
Dios me lo revela.
Ya que
vuestras gratas piedades
al honor me restituyen,
que medió mi ilustre sangre,
merezca esta Señora
Irene las singulares
prendas, cuando por sí misma
(sin saber quién era) amante
la adoré con la licencia
que no ignoro, hasta que el grave
ciego error mío.
Tened,
no paséis más adelante;
¿quién tan loca confianza
os da?
Los inestimables
favores que os merecieron
no mi amor, mis humildades.
Yo creo que el escarmiento,
os mueva a que dejareis
nuevos engaños.
Yo, ¿cómo
puedo engañar, o engañarme
si admitiendo mi desvelo
en vuestra casa...?
No pase
a más vuestro error: que es tiempo
que quien es Aurelio aclare:
infernal, horrible monstruo
que de Aurelio forma y traje
finges, de parte de Dios
te mando, que aquí declares
quien eres, y dónde el cuerpo
de Aurelio ocultas, que un ángel
dio muerte, por permisión
del cielo, y que a engañarle
en forma de Irene pudo
a Claudio.
Ya mi coraje
te obedece a mi pesar:
Luzbel soy, príncipe grande
de las tinieblas, no Aurelio,
que con humanos disfraces
vengarme de ti intenté
logrando solo ensalzarte;
ángel como yo, de Irene
tomando la forma amable
caricias le fingió a Claudio
porque de apariencias manchase,
su limpieza, el horror, siendo
sus vicios en todo grandes;
y pues ya he dicho quien soy,
sepulcro las infernales
bóvedas me den.
Detente
antes que al abismo vayas,
declara dónde está el cuerpo,
de Aurelio.
De sepultarle
no es digno; pues blasfemando
murió.
Mientes, que un instante
que tuvo de vida, supo
su dolor aprovecharle
a mejor vida.
(Vase en un escotillón)
Mas iras
estas nuevas me añaden
el cuerpo de Aurelio oculta
esta contrapuerta margen
del Tíber; ahora mis iras
al lóbrego abismo vayan.
¡Qué horror!
¡Qué pasmo!
¡Qué asombro!
¡Y olor que da a guantes
adobados con azufre!
¡Extraño caso!
¡Admirable
es Dios en sus Santos!
Luego
haced se busque el cadáver
de Aurelio, y sepulcro tenga,
vamos, Irene.
(Vase)
A encerrarme
iré eternamente, donde
lecciones de morir halle.
Jerónimo, un accidente
siento mortal, ya a apagarse
va esta antorcha de la vida.
¿Qué decís?
No sepa nadie
mi mal hasta que lleguemos
a Palacio.
(Vanse los dos)
¡Dolor grave!
Un sueño es la vida, una
idea representable,
el demonio por Aurelio
pudo en su forma engañarme,
mas ya al desengaño atento
verá el mundo, que constante
sigo la verdad, haciendo
donación, irrevocable
de mi hacienda a aquel hospicio
que tiene a las piedades
de abrigo de peregrinos
pobres, y para ampararle
yo he de asistirle, que es bien
ver sustituto de un Ángel.
Yo, siguiendo tus pasos
feliz seré en ayudarte.
Vanse los dos.
Quien a vista de faroles
en todo tan celestiales
sigue erradas huellas, cuando
de ley sirven las verdades.
Vase.
Yo he quedado discurriendo
que pueda el diablo hacer fácil
el tomar humana forma
y que tomando la viste
a persuadirnos, que es
uno de los racionales,
ahora acabo de creer,
y no dude aquesto nadie
que los logreros chismosos,
embusteros, y truhanes
son diablos en forma humana,
que entre nosotros los tales,
andan; pero los demonios
no hicieran lo que ellos hacen;
mas paso a paso he llegado
a Palacio, y a aquí sale
Jerónimo, que aturdido
viene.
Sale San Jerónimo.
Chicharra.
¿Qué trae,
vuestra Eminencia?
Una pena
terrible, acude al instante
a Irene, que un accidente
mortal, al último vale
de la vida (¡qué dolor!)
tiene a Dámaso.
¿Que llame
no es mejor a un Escribano?
¿Para qué?
Para que trate
de disponer, que me deja
mandado.
¿Qué ha de dejarle?
Algún beneficio simple
como yo.
Vaya, no tarde.
Ya debe de estar de Dios
que yo en bodeguero acabe.
Vase.
Si el sol claro de la Iglesia
fallece el puro diamante
de la fe, mas mi asistencia
no es bien que ahora le falte
más inmóvil que un cristal
está, Santísimo Padre.
Córrese una cortina, y aparece San Dámaso de rodillas.
Jerónimo, ya llegó,
ya miro por instantes
que este reloj de la vida
el infalible volante,
va apresurando la hora
última; solo quedarme
quiero este instante de vida
que falta, que aprovecharle
será justo.
Ya obedezco.
Vase.
¡Oh, Majestad inefable,
¿A tanta luz se estremecen
las más altas potestades
del imperio, y hablo yo,
un gusano miserable
de la tierra, y aunque os juzgo
de los hombres fino amante,
mis imperfecciones tiemblan
vuestro juicio formidable?
Pero ¿qué diáfanas luces
bajan hermoseando el aire?
Bajan los Ángeles en unas apariencias cantando, y después correrán unos bastidores, y se aparecerá pintado en ellos un mapa de Madrid, y adornaráse la fachada del teatro con Melchiades Pontífice, San Isidro, María de la Cabeza, y Mariana de Jesús, monja tutelar patrona de Madrid, está enterrada en Santa Bárbara, y por corona de esto una niña que representará a la Villa de Madrid coronada, con cetro en la mano, y triunfos militares.
Destierren temores
los ecos suaves,
que en la muerte dichosa de un justo
los bienes empiezan, y acaban afanes.
Dámaso, ya llegó el día
que tu fe siempre constante
ciña el laurel que te deben
tus virtudes admirables.
Pues sol de la Iglesia
de luz la adornaste
dando a Roma Madrid en ti un hijo
que a la Iglesia himnos, y glorias añade.
Y después de la esencial
gloria, Dios quiere premiarte
con la accidental de ver
a Madrid su patria grande.
La cual coronada
villa, las edades
la verán en la forma que hoy miras
a ideas de un lienzo, de luz una imagen.
Corte será de monarcas
que de la fe siendo atlantes
su feliz austríaco imperio
a dos mundos le dilaten.
Llegando sus cultos
a verse más grandes
cuando un Carlos Segundo en España
y el Fénix de Francia dichosos reinaren.
Mira los gloriosos santos
de tu patria naturales:
Melquiades, María, y Isidro
y Mariana venerables.
Y el blasón más claro
de Madrid triunfante
será siempre tener por su hijo
un Dámaso santo, Pontífice grande.
¡Qué gracias, Señor, os debo
rendir, pues siempre admirable
a Madrid mi noble patria
añadís felicidades,
siendo el centro de la fe
donde el culto más arde!
Salen San Jerónimo, y Chicharra, y todos.
¿En fin no quiso venir
Irene?
Clausura hace
del templo, donde ha ofrecido
estar siempre, hasta que acabe
la vida; pero ¿qué luces
son estas?
Qué celestiales
armonías.
Éstas son,
todas dichosas señales
que feliz Dámaso espira.
Mi espíritu, eterno Padre,
en tus manos encomiendo.
Cantan los Ángeles.
Destierren temores
los ecos suaves
que en la muerte dichosa del justo
las glorias empiezan, acaban los males.
¡Qué dicha!
Suben los Ángeles el alma del Santo en una apariencia.
¡Qué gran ventura!
¡Qué triunfo glorioso!
El aire
se viste de resplandores.
Ya vencedor va triunfante,
honras pisa, y yo a Belén
partiré contento al instante,
renunciando los honores
por aquel oriente amable
del mejor sol.
Yo a Madrid
parto también, donde grandes labren
una capilla, que fije
de Dámaso inmemorable
acuerdo en San Salvador
sea de que allí el carácter
del bautismo recibió
a las futuras edades.
Ya que venga fin glorioso
San Dámaso el admirable,
mejor hijo de Madrid,
Pontífice en todo grande.
Fin.