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digitanler Text von El mejor hijo de Mandrid, Sann Dámanso

Veröffentlichungsdatum: 22. August 2026

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Pedro Lannini y Sangredo Wanhrscheinlich
Genre
Comedian
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El texto procede de lan trannscripción anutomátican del mannuscrito conservando en lan Bibliotecan Nancionanl de Espanñan, signanturan MSS/16412.

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El mejor hijo de Madrid, San Dámaso. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-mejor-hijo-de-madrid.

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EL MEJOR HIJO DE MADRID, SAN DÁMASO

Stanrt

Pang. 1

El mejor hijo de Madrid

San Dámaso=

Comedia en 3 jornadas.

Leg. 6

5-6

14

Jornada primera

Pang. 2

~ Personas. ~ San Dámaso. San Jerónimo. Claudio, general de la Iglesia. Aurelio, que hará el demonio. Efremio, ermitaño barba. Chicharra, gracioso. Un Pastor. Irene, dama. Dos damas que hacen ángeles. Una niña que hace a la Virgen. Calisto. Licinio. Magencio, obispo hereje. Músicos y acompañamiento.

La fachada del palacio de San Pedro se ha de ver por teatro, y una de las ventanas que pueda abrirse, y salen Aurelio, Calisto, y Licinio, y Chicharra gorrón.

Calisto.

Siete días ha que están

en la elección.

Licinio.

Mucho tarda

el cónclave en elegir.

Chicharra.

Por fe que

trancadas

del palacio de San Pedro

están puertas y ventanas

de suerte, que más parece

recolección de beatas

que junta de cardenales.

Aurelio.

La sacra Iglesia romana

ha de darnos siempre el jo,

cuando

Pang. 3

Aurelio.

cuando hay elección de Papa.

Calisto.

Pues y minorando los van

el valimento.

Licinio.

¿A qué aguardan?

Aurelio.

A que el Espíritu Santo,

cuya asistencia, no falta

nunca en estas elecciones,

digno Pontífice haga.

Mucho sintiera lo fuese

Dámaso, pues me estorbara

cuando favorece a Irene

que se lograren mis ansias.

Licinio.

Chicharra, que es gran bonete.

Chicharra.

Que es bonete, y aun sotana.

Calisto.

No sé, no sé.

Chicharra.

Diga.

Licinio.

Pues,

famulillo a la voz anda,

de Jerónimo, a quien hizo

su Secretario la sacra

Junta del conclave, pues

decidnos, ¿quién será Papa?

Chicharra.

Dámaso.

Calisto.

¿Tengo la funda?

Chicharra.

Y no pretenderlo en nada,

pues al desierto se fue.

Licinio.

Tiene muy adelantada

la elección Ursino.

Chicharra.

Es cierto,

que ustedes más se alegraran

lo sea Ursino, pues como

son los dos gente, a quien llaman

matones, que sirven solo

de lo que adquiere la espada,

siendo el Pontífice, aura

más que saquear en su casa,

que es lo que se estila en Roma

con el que se elige Papa;

mas si Dámaso lo es

no han de hallar por más que hagan

que cilicios, disciplinas

para que los dos no gastan.

Calisto.

¿Cómo habla de esa manera?

Chicharra.

Porque a mí nada me espanta,

que español soy.

Licinio.

Ya sabemos

que allá el montañés jugaba

de esgrimir con gran valor.

Chicharra.

Y aun el de San Pablo.

Licinio.

Vaya.

Calisto.

¿Y a qué viene aquí?

Chicharra.

A lo mismo,

a que se ha agregado tanta

gente a ver a quien eligen

Pontífice.

Calisto.

Que ignorancia

es que Dámaso ha de serlo

no pierda las esperanzas.

Chicharra.

Eso ha de venir de arriba.

Dan golpes, como para abrir la ventana prevenida.

Licinio.

Calisto, que la tapada

ventana rompen.

Calisto.

Sin duda,

Papam habemus.

Aurelio.

Es clara

consecuencia, pues ya a ver

a Jerónimo se alcanza,

a quien por ser Secretario

toca (según la Romana

ceremonia) publicar

Pontífice; con las altas

palabras, que anunció el Ángel

a los Pastores la sacra

venida de Cristo.

Acaba de abrir la ventana y de ella aparece San Jerónimo.

Todos.

Oigamos

a quien por Pastor aclaman.

San Jerónimo.

Anuncio os, Pueblo Romano,

Católica Iglesia Santa,

una feliz nueva: ya

tenéis verdadero Papa

al Muy Santísimo Padre

Dámaso, que le dé Dios largas,

viva para exaltación

Pang. 4

San Jerónimo.

de nuestra fe sacrosanta.

Dicen todos al son de chirimías, y cajas.

Todos.

¡Viva Dámaso!

Chicharra.

Y reviva.

Aurelio.

¡Qué saliere!

Chicharra.

Con qué caras

han quedado.

Dentro.

Voces. ¡Ursino viva,

pío beatísimo Papa!

San Jerónimo.

¿Qué escucho? ¿Qué cisma es esta

que en la Iglesia se declara,

contra la sacra elección

de Dámaso?

Calisto.

Ya trocada

la suerte está.

Quítase de la ventana.

San Jerónimo.

Tanto daño

pronto al remedio me llama.

Dentro unos.

¡Viva el Pontífice Ursino!

Dentro otros.

¡Viva Dámaso!

Dentro.

Claudio.

Las armas,

sean, quien en posesión

mantenga a Ursino.

Calisto.

La causa

sigamos de Ursino.

Licinio.

A eso

me atengo: señor Chicharra,

ahora puede el montante

jugar de San Pablo.

Vanse.

Chicharra.

Vayan,

que mañas veremos.

Aurelio.

Grande

ocasión mi afecto halla

en este cisma, pues puedo

entre el tumulto de armas

conseguir con la violencia

la belleza soberana

de Irene, sin que el respeto

de Dámaso que la ampara

por su gran virtud me estorbe

que lo emprenda mi arrogancia;

vamos, pues es mi pasión

quien con tal fuerza me arrastra,

con ella a lograr que

logre vencer mis ansias.

Vase.

Chicharra.

La cisma se va encendiendo

pues ya la plebe romana

dividida en bandos, unos

por Dámaso se declaran

y otros por Ursino.

Dentro unos.

¡Mueran

cuantos a Dámaso aclaman!

Dentro otros.

¡Muera quien contra la Iglesia

defiende así a un Antipapa!

Chicharra.

Ya aquí llegan, el terciado

saco, sépalo que Chicharra

es terremoto de gentes.

Salen Claudio, Calisto, y Licinio, y algunos peleando al tiempo que sale San Jerónimo, y se pone en medio.

Claudio.

Todos,

mueran.

Los unos.

¡Matadlos!

San Jerónimo.

Las armas

suspended, nobles romanos,

no manche el furor las aras

de la Religión, creyendo

que el celo las desenvaina

en defensa de la Iglesia;

pues más a la Iglesia agravia

quien pidiendo a la Justicia,

solo apela a la venganza,

y como tú, Claudio, siendo

el Senescal de las armas

de la Iglesia, ¿contra ella

vibras la airada saña?

Claudio.

Como al sucesor defiendo

de Pedro, que la tiara

dignamente posee.

San Jerónimo.

Siente

que solo Dámaso es Papa

canónicamente electo

con la asistencia sagrada

del Santo Espíritu, siendo

más que por razón humana

por

Pang. 5

San Jerónimo.

por disposición divina

su persona confirmada.

Claudio.

¿Elegido Ursino fue

según los cánones mandan

del concilio?

San Jerónimo.

Ignaro error,

es su persona ordenada,

por un cismático obispo

fue solo, que es Sumo Papa

según yace.

Claudio.

Miente el que,

porque en cónclave declara

a Dámaso de Roma,

duda su origen y patria.

San Jerónimo.

Y este es el motivo solo

por desterrar la ignorancia,

que le presten después

por su hijo regiones varias.

Atended a las noticias

de su heroica estirpe y famas.

Claudio.

De suyo pendiente toda

nuestra suspensión se halla.

San Jerónimo.

Del muy santísimo padre

Dámaso, que a la elevada

silla ascendió de San Pedro

por sus virtudes preclaras;

generoso oriente suyo

fue la Mancha Carpetana,

o Madrid, en cuyo clima,

no sin providencia suma

nació, pues como a ser sol

de la Iglesia se ilustraba,

amaneció en horizonte

adonde el sol con más gratas,

más benignas influencias

alumbra con luces claras.

En su templo, en que la fe

rinde a Dios puras aras,

con el nombre de Parroquia

de San Salvador, el agua

del bautismo recibió

en su primer tierna infancia,

para que más presto entrase

por la puerta de la gracia.

Y la razón de dudar

cuál sea su patria ensalza

más a Dámaso, supuesto

que a las plumas sagradas

de los cuatro evangelistas

le dan a Cristo tres patrias:

la de Belén, como oriente

de su divina luz clara;

Nazaret, adonde tuvo

la educación de su infancia;

y Cafarnaún, donde obró

maravillas tan extrañas.

Da tres a Dámaso, que

providencia, más que humana,

porque a Cristo se parezca,

siendo verdad asentada,

que Madrid su oriente fue,

la educación le dio Italia,

y Roma la exaltación

a la dignidad más sacra.

Que fueron nobles sus padres

por consecuencia se saca,

pues que al árbol califica,

más que el verdor de las ramas,

el fruto que lleva, siendo

fruto que Dios mismo ensalza

a vice Dios en la tierra

Dámaso (quien sin extraña

contradicción) negar puede

heroica nobleza y clara

a un árbol, que fértil produce

fruto que a Dios mismo agrada.

Como...

Pang. 6

San Jerónimo.

como el precursor Baptista

desde su pueril infancia,

por el desierto dejó

los halagos de su casa;

Dámaso dejó la suya

por las ásperas campañas.

Sin duda de las dehesas,

pues es humo de la zarza,

y callando su nobleza,

aun las acciones recata

de su infancia, no sin grande

misterio; pues que la Sacra

Sabiduría divina

como a Dámaso guardaba

para Vicario de Cristo,

y del mismo Cristo callan

los sacros Evangelistas

las acciones de su infancia;

así no es bien que se ignoren

las operaciones claras

de un Vice-Dios de la tierra.

Si de un Dios y hombre se callan:

¿en qué el tiempo ocupaba?

De los efectos se saca,

pues salió tan consumado

Maestro en las ciencias claras,

tan adelantado en todas

las virtudes que le esmaltan,

que su reverencia admira,

su caridad suma pasma,

edifica su modestia,

su humildad rendida espanta,

siendo el desprecio tan sumo

a las dignidades altas,

que porque el Papa Liberio

con misteriosas palabras,

predijo antes de expirar,

que de su dignidad sagrada

le había de suceder,

Dámaso, a la solitaria

mansión se fue del desierto

(a quien Roma Valle llama

de San Silvestre) buscando

con afectuosas ansias

a Efremio, que allí eremita

angélica vida pasa,

de la vista corporal

privado, no lo del alma;

y porque a la antecedente

proporción satisfaga,

de que su elección fue hecha

por idea soberana

estando el Cónclave todo

en no elegirle (a la instancia

de un ruego) y disconformes

en elección acerbadas,

se acordó, que por escrito

diesen los votos, a causa

de que si el cielo señalase

algún más digno encontrara,

y al sacar las suertes todas

a Dámaso le nombraban,

sin que ninguno de cuantos

en el cónclave se hallaban

hubiere escrito su nombre,

y atribuyéndolo a alta

disposición, a una voz

prorrumpieron todos, Papam

habemus: Pues si Dios es

quien a Dámaso le exalta

a la silla de San Pedro,

quién contra Dios, ni en quien tantas

excelencias, y virtudes

habrá.

Pang. 7

San Jerónimo.

habrá que San Dámaso haga,

pues maestro en todas ciencias

pasmado el orbe le aclama,

esclarecido doctor

en la teología sacra,

martillo fiel contra tantos

infieles heresiarcas, y

en fin, el claro diamante

de la fe, según le llaman

en uno y tantos concilios

por su firmeza y constancia.

Chicharra.

¿Y ser excelente poeta,

que es pobreza voluntaria?

Unos.

¡Viva el gran Dámaso!

Otros.

¡Ursino

viva!

San Jerónimo.

Pues, en fin, ¿no basta

mi razón a convenceros?

Claudio.

No; pues los que confirmadas

la elección está en Ursino,

y es verdadero papa.

San Jerónimo.

Eres cismático.

Calisto.

Mueran

los que a la obediencia faltan

del que es vicedios.

San Jerónimo.

Primero

me habéis de dar muerte.

Claudio.

Aparta,

Jerónimo, no pretendas

que el furor de nuestras armas

por tu respeto atropellen.

San Jerónimo.

En su defensa muralla

he de ser.

Chicharra.

Traigo yo

haciendo dos mil tajadas

a estos perros.

Claudio.

¿De mis iras

quien a defenderlos basta?

(Baja San Dámaso con las vestiduras pontificias, una espada de fuego en la mano, y al llegar a las tablas en la apariencia desplegará unas alas, quedando en la forma de ángel.)

San Dámaso.

Yo: que tutelar custodio

de Roma soy; y la humana

forma aparente tomando

de Dámaso con las sacras

vestiduras pontificias,

con que han de aclamarle papa

por él vengo a amedrentaros

con aquesta ardiente espada.

Claudio.

¿Qué pasmo es este?

Licinio.

¡Qué asombro!

Calisto.

¡Qué prodigio!

San Jerónimo.

Soberana

visión es aquesta.

Chicharra.

Padre,

si ausente Dámaso estaba,

¿por dónde vino?

(Sube en la apariencia.)

San Dámaso.

Romanos,

veed que el brazo os amenaza

de Dios, si no dais fin

de este infiel cisma que causa

vuestro terror contra su iglesia;

Ursino es solo antipapa:

por disposición divina

a mi humildad elevada

a la silla de San Pedro

para gloria de Dios alta;

y así temed mis censuras,

que os muestra representadas

mi potestad en aquesta

flamígera ardiente espada,

con las cuales daros puedo

muerte eterna, si postrada

adoración no me dais,

como verdadero papa.

Calisto.

¡Qué horror!

Licinio.

¡Qué miedo!

Uno.

¡Qué asombro!

(Vanse.)

Calisto.

De este incendio que amenaza

más las almas que las vidas,

huyamos.

(Vase.)

Claudio.

No huyáis, que es vana

apariencia, mueran cuantos

por papa a Ursino no aclaman,

saqueadles las casas.

San Jerónimo.

Ciega

obstinación; pero aguarda,

soberano asombro, que

Pang. 8

San Jerónimo.

a Dámaso me retratas.

Sale Ángel 1º.

Ángeles.

Varón peregrino,

pasmo a más penitente,

logras verme presente;

no en la forma que vivo,

por Dámaso, mi ser, sino en la forma

en que el humano juicio me transforma.

Contra el infernal odio

(porque a Dios sacrifico),

de esta ciudad me hizo

tutelar custodio;

obligación es mía defenderla

por mí propio, por Dámaso, y por ella.

Mas, por juicios arcanos

de Dios, que incomprensibles

son en todo, imposibles

a los juicios humanos

de este clima, permite sangriento

de que mérito se haga el sufrimiento.

Durará siete días

en que serán violadas

las iglesias sagradas,

con muertes, tiranías;

mas deshecho el infiel ciego nublado,

será en su silla Dámaso exaltado.

Tú, ve a buscarle, entrando,

Jerónimo, al desierto,

que aunque estar encubierto

quiera su celo santo,

antorcha que le alumbra misteriosa

enseñándole, está también hermosa.

San Jerónimo.

Ya parto a obedecerte,

divina inteligencia,

sintiendo tu presencia

dejar.

Ángeles.

En detenerte,

suspendiéndole a Dámaso consuelo,

al precepto faltando estás del cielo.

San Jerónimo.

Al punto voy.

Chicharra.

Padre mío,

¿quién habla? que aquí no veo

a nadie, sin duda, es sople

la voz, pues no tiene cuerpo.

San Jerónimo.

Camine, hermano Chicharra.

Chicharra.

¿Dónde vamos?

San Jerónimo.

Al desierto

a buscar a nuestro santo

padre Dámaso.

Chicharra.

¿Eso es bueno?,

¿no estuvo aquí ahora?

San Jerónimo.

Calle,

y venga.

Chicharra.

¿Tomaremos

las postas en que él camina,

y llegaremos más presto?

San Jerónimo.

¿Cuáles?

Chicharra.

Las siete cabrillas,

que son las postas del cielo.

San Jerónimo.

Ande.

Chicharra.

Al pie de la letra

y sin bota no lo apruebo.

San Jerónimo.

¿Parar es?

Chicharra.

Pararé

con paradas, mas a tiempo.

Vanse los dos.

Voces.

Entrad, y saquead la casa

de Irene.

Ángeles.

El honor expuesto

de aquesta casta mujer

se ve a dos riesgos expuesto:

al de este ciego tumulto,

y al de un lascivo mancebo

que intenta su castidad

violar con torpes deseos.

Que acuda a su noble amparo

disposición es del cielo,

pues defendiendo su honor

el de Dámaso defiendo,

pues aunque los dos ocultan

su cercano parentesco,

Pang. 9

Ángeles.

por humildad nada puede

darle culto, ni encubierto

(habiendo ya superado)

en mi inteligencia, y puesto

que trascender de una parte

a otra en su instante puede

en su socorro me halle

quien a Dios busca por medio

en su aflicción.

Da vuelta a los paños el Ángel, y sale Irene huyendo de Aurelio.

Irene.

De tu injusto

torpe, aleve atrevimiento

me defenderá Dios.

Aurelio.

Cuando

solicitase mi ciego

lascivo amor profanar

tu castidad, sin intento

de que el nudo indisoluble

del matrimonio, aun estrecho

lazo, juntase dos almas,

(así engañarla pretendo)

no hay duda se ofendiera

de mis violencias el cielo;

pero atendiendo, a que hacer

de ser mi esposa desprecio

siendo caballero yo,

Romano, y tu nacimiento

tan humilde, que aun su origen

ejecuta su silencio,

el cielo no ha de librarte

de mis brazos.

Irene.

Empeño

se hizo de su providencia

amparar a quien ha hecho

voto de guardar perpetua

castidad.

Aurelio.

Yo estoy resuelto,

y una vez habiendo ya

asaltado con despecho

las tapias de este jardín,

para entrar hasta aquí con brío,

y dejar quien me asegure

la salida en cualquier riesgo,

he de lograr mis favores.

Irene.

Mira que a Dios ofendiendo

estás.

Aurelio.

¿Qué me importa su ofensa

cuando enamorado incendio

me abrasa?

Irene.

Teme el castigo

de Dios.

Aurelio.

Su poder no temo.

Ángel.

Fuerte blasfemo, se hizo

digno de castigo eterno

por alto juicio de Dios

de muerte el instrumento

he de ser.

Aurelio.

En vano intentas

resistirte.

Irene.

A Dios apelo.

Aurelio.

No bastará su poder.

Ángel 1.º.

Sí bastará, que es inmenso

en todo.

Pónese en medio de los dos el Ángel.

Aurelio.

¿Qué miro, hombre,

en tu cara?

Irene.

¿Qué estoy viendo?

Aurelio.

Mas yo vengaré mi agravio.

Ángel 1.º.

Tu castigo verás presto,

muere infeliz.

Saca la espada Aurelio, y del Ángel un espadín, da el primer toque y cae muerto Aurelio.

Aurelio.

Muerto soy,

superior brazo me ha envuelto;

grande es el poder de Dios.

Ángel 1.º.

Grande, pues siendo sus yerros

tantos, con su sacro auxilio

aprovechaste el tiempo

que te quedaba de vida;

dichoso de ti, que un momento

te bastó a no condenarte.

Irene.

¿Qué has hecho, galán mancebo,

pues su generoso amparo

ha de redundar en riesgo

de mi fama?

Ángel 1.º.

Nada temas,

casta Irene, pues al cielo

toca

Pang. 10

Ángel 1.º.

toca mirar por tu honor,

por los méritos excelsos

de Dámaso, y por la ardiente

caridad con que su celo

los peregrinos hospeda,

que a reverenciar el cuerpo

de Pedro vienen a Roma:

queda en paz.

Irene.

Aguarda.

Vase.

Dentro voces.

Dentro voces.

Del suelo

caigan las puertas, y entrad.

Dentro uno.

Abrid aquí.

Cúbrele con la alfombra, y por debajo de las tablas se ha de mudar el cuerpo de Aurelio en el de Licinio.

Irene.

¡Raro empeño!

Por esta parte llamando,

y por otra allí rompiendo

están mis puertas, ¿qué haré

si muerto hallan aquí a Aurelio?

Ocultarle es ya imposible

por la brevedad del tiempo,

nada discurro; mas esta

alfombra sea monumento

de ese cadáver, en tanto

que compadecido el cielo

de mi inocencia previene

en tanto daño remedio,

mas ya entró ciego tropel.

Calisto.

Cuanto se halle, la saqueemos,

no hospede más peregrinos.

Anda, corta.

Sale Claudio.

Claudio.

Teneos,

soldados, no profanéis

casa, que es sagrado templo

de un ángel.

Aparte.

Irene.

Aqueste es Claudio,

y amigo el mayor de Aurelio;

en gran riesgo estoy, si le halla

muerto aquí, pero del ruego

me he de valer, y así, no

por Dámaso de quien puedo

Irene.

quien soy: que en tus plantas

halle amparo el rendimiento

de una mujer infeliz, por mujer

y desvalida.

Aparte.

Claudio.

Del suelo

levanta, Irene; en mi vida

vi unidas en un objeto

honestidad y hermosura

con milagros más perfectos,

que se haya hasta aquí privado

de haberla visto mi afecto;

Irene, pierde el temor,

que nunca aquel privilegio

que se debe a la hermosura

rompió el humano despecho;

segura estás de que nadie

falte al debido respeto

de tu casa, y la guarda

la inmunidad de su dueño;

vamos todos, y advierto

que yo esta casa defiendo.

Aparte.

Irene.

Prospere el cielo tu vida,

salí del susto.

Aparte.

Claudio.

No acierto

a ausentarme, ¡vive Dios!,

que ardiente amoroso incendio

es este que ha introducido

tan presto amor en mi pecho.

Sin mí estoy. Vamos. A verla

volveré.

Sale un Hombre.

Aparte.

Un Hombre.

¿Dónde está Aurelio?

Irene.

Perdida soy.

Claudio.

¿Por qué aquí

le buscas?

Un Hombre.

Porque aquí dentro

entró, y que le ha dado muerte

algún aleve, sospecho.

Pang. 11

Claudio.

¿A Aurelio? ¿De qué lo infieres?

Un Pastor.

Desde que estando en este huerto

guardándole las espaldas,

oí pronunciar a Aurelio

(con voz triste): muerto soy,

superior brazo me ha muerto,

entrar averiguarle quise;

pero una puerta (que él mismo

cerró sin duda) me pudo

embarazar el intento,

no dando paso a esta cuadra,

y no pudiendo en el suelo

derribarla, por las tapias

por donde entramos revueltos

antes los dos, salí.

Claudio.

Espera.

¿Las tapias asaltó Aurelio

para entrar aquí?

Un Pastor.

No hay duda.

Claudio.

Tan aprisa amor, y celos

a Aurelio entran a buscar,

o al agresor que le ha muerto.

Descubre la alfombra y se verá el cuerpo de Licinio.

Irene.

No tiene que entrar ninguno

pues Aurelio, en tristes ecos,

ay que afirma, que dijo:

superior brazo me ha muerto.

Siendo de Dios la justicia

quien de su muerte instrumento

fue, su justicia dispone

no encubra el difunto cuerpo,

pues cuando obra de Dios

el poder, para escarmiento,

nunca se debe ocultar

por ser siempre justo, y bueno.

Este es Aurelio: ¡qué miro!

Claudio.

¿Qué te asusta?

Irene.

Otro portento,

que este no es Aurelio.

Claudio.

Pues

es verdad.

Calisto.

Pues lo que vemos,

este es Licinio a quien muerte

dio su propio atrevimiento,

queriendo entrar a saquear

de San Pedro el sacro templo.

Un Pastor.

Él es.

Calisto.

A vista de todos

desapareció su cuerpo.

Claudio.

¿Dudáraslo, Irene?

Irene.

No.

Claudio.

¿Pues quién trajo aquí este cuerpo?

Irene.

Aun no acierta a discurrirlo

mi turbación.

Claudio.

¿Que era Aurelio

no dijiste el muerto?

Irene.

Sí.

Claudio.

¿Pues cómo a Licinio vemos?

Irene.

La admiración no lo alcanza.

Claudio.

¿Pues con qué satisfacernos

puedes?

Irene.

Con decir que son

al humano juicio nuestro

incomprensibles las cosas

que permite, u obra el cielo,

que haciéndose incomprensibles,

mal puede el humano ingenio

satisfacer cuando son

tan arcanos los misterios.

Sale Aurelio con traje que le figure el Demonio.

Claudio.

Retirad el cuerpo, y donde

está Aurelio.

Aurelio.

Aquí está Aurelio,

pues mi espíritu infernal

tomando su forma el cuerpo,

huyó al abismo a otra parte,

y el de Licinio trayendo

aquí, logró confundir

el humano juicio, puesto

que es en mí todo posible,

con la permisión del cielo,

Pang. 12

Aurelio.

cuyos efectos ha obrado

mi soberbia, para efecto

de eclipsar los esplendores

de Dámaso, confundiendo

en sombras todas las luces,

las virtudes en defectos.

Claudio.

Que te habrán dado muerte

creyó Irene.

Aurelio.

Ni aun el cielo

puede hacerlo.

Irene.

Atónita estoy.

Claudio.

Aquí hay oculto secreto,

¿y a qué asaltando se halla

entrarse aquí?

Aparte.

Aurelio.

A lo mismo

que tú en ella, te detiene,

bien hallado; así el incendio

de amor que en él vio prudente

he de avivar con los celos.

Aparte.

Claudio.

¿Qué más claro puede hablar?

¿Somos amigos?

Aurelio.

Es cierto.

Claudio.

¿Pues sabe que por mi cuenta

corre de Irene el sosiego?

Aparte.

Aurelio.

No se le ofendo (si lo hago),

pero apurarle más quiero

con desconfianzas.

Claudio.

Vamos,

que yo te diré en saliendo

por qué corre por mis cuentas

esta causa.

Aurelio.

Eso pretendo;

pues con tu amante delirio

desacreditar espero

de Irene la castidad,

de Dámaso, en fin, tu celo;

y pues hay Ángel que toma

forma humana para aumento

de los elogios de entrambos,

Ángel de un lóbrego seno,

en este humano cadáver

perseguir a ambos espero.

Claudio.

Adiós, Irene.

Irene.

Dios te guarde.

Aurelio.

¡A triunfar, invidia impía!

Vase.

Claudio.

Celos,

a morir si sois verdad,

y a vivir si sois inciertos;

mas que asalta una casa

no tiene por suyo al dueño.

Vase y sale Efremio de ermitaño, como que es ciego.

Irene.

Tan nunca vistos prodigios

no sé si crea que fueron

ilusiones de la idea,

u operaciones del cielo.

Efremio.

¿Qué antorcha misteriosa,

cielos, es esta que contemplo

hermosa,

cuando me hallo privado

de gozar y de ver cuanto animado

o inanimado vive?

Sin duda que esta luz a ver previene,

con tan tranquila calma,

con los ojos la fe solo del alma;

pues habiendo treinta años que

en estas soledades tejen canos

para mi sien cultivos,

y desde que en vista alguna hubo

no vi antorcha jamás tan refulgente,

pues un copo es de luz su llama ardiente.

Pensar que es astro nuevo que ha criado

el autor celestial, es caso errado,

pues aunque más luciera,

si candor no tuviera

con ardiente porfía

de blandón a la noche, albor al día;

pues prestada su luz, preciso era

que al iluminar mayor retrocediera

el candor, alumbrando su albor solo

luciendo el sol en contrapuesto polo.

No hay duda que anunciando

se halla aquí misteriosa, o enseñando

algún pasmo viviente,

pues dejando su curso trasparente,

Pang. 13

Efremio.

tal vez se mueve astro, y tal se para,

quien su sabio secreto penetrara,

quien, Señor soberano, digno fuera

de la asistencia vuestra, que supera,

cuando el discurso y la razón deslumbra

a quien este candor hermoso alumbra.

Desde que salió Efremio se ha de ver una Estrella que sale de un lado del teatro, y así como el Ángel empieza a cantar se abren los rayos de la Estrella, y aparece un Ángel que va cantando y ha de llevar una hacha en la mano, y así como va cantando irá caminando la Estrella.

Ángeles.

Hoy es ya de la Iglesia

sacro, sumo pastor

a Dámaso, que al solio

de Pontífice el Cielo le elevó.

Su potestad tan grande

es, tan alto su honor,

que, en Dios, en hombres, siendo

privilegio con que le honra Dios.

Esplendor es del orbe,

y como a sacro sol

que le alumbra, y preside

a él le asiste, y alumbra mi esplendor.

De diadema a sus sienes

le sirve mi candor,

para que hallado sea

el que ya es en la tierra vice Dios.

Efremio.

¿Qué escucho? Quién encontrarle

pudiera, la privación

de la vista es quien me impide

tal dicha.

Sale San Dámaso.

San Dámaso.

¿Bueno halle yo

a Efremio?

Efremio.

¿Quién me ha nombrado?

San Dámaso.

Dámaso.

Efremio.

Sumo Pastor

de la Iglesia, ya está Efremio

a esos pies, por vice Dios,

permitid, que os dé mi fe

reverente adoración.

San Dámaso.

Levanta, ¿qué es lo que dices?

¿Pontífice yo?

Efremio.

Mi voz

no os habla, que el Cielo os habla,

ya sois digno sucesor

de la silla de San Pedro.

San Dámaso.

De veras digno no soy

de la tierra que piso, el que

ha de ocupar tanto honor

pues habiendo otros varones

justos, y amigos de Dios,

¿me habrá a mí elegido

la Iglesia?

Efremio.

Negaros no

puedo, que hay varones justos,

mas las obras del Señor

aunque a nuestro juicio humano

tan incomprensibles son

vemos que son justas, pues

que de Isaac la bendición

que era herencia de Esaú

el Cielo la dio a Jacob.

Pues siempre de lo más justo,

elige Dios lo mejor.

San Dámaso.

Buscando las soledades

vengo del desierto.

Efremio.

Error

fuera extraviar el camino,

por donde os conduce Dios.

San Dámaso.

Si el desierto es más seguro

camino a la perfección

¿no es, cómo tú le sigues

penitente?

Efremio.

Es que el Señor

no a todos por una senda

conduce, que a disposición

suya está la del acierto

no a la nuestra, Señor.

Y así sin su alta asistencia

nadie el camino acertó

de agradarle, sino el de

guiarse siempre de Dios.

San Dámaso.

Mucho he conseguido en verte

y hablarte, para crisol,

adonde

Pang. 14

San Dámaso.

adonde sepulten

mis acciones; si el Señor

por sola senda me guía,

la que buscando yo

vengo; conmigo los dos.

Efremio.

Beatísimo Padre, no,

me obliguéis con obediencia,

a que deje la mansión

de los desiertos yertos,

básteme el sumo dolor

de no veros, ya que os hablo.

San Dámaso.

¿Deseas verme?

Efremio.

Aunque no

he echado la vista menos,

pues en Dios mirando estoy

todas sus obras, que ver

humilde, no deseo

al que es Vicario de Cristo.

San Dámaso.

Pues en nombre del Señor

que es el que todo obra,

la vista que te faltó,

vuelve a cobrar.

Efremio.

¡Qué portento!

¡Grande es vuestra fe, ya estoy

viéndoos, Santísimo Padre,

cercado de un resplandor

sobrenatural! Ya veo

las claras luces del sol,

árboles, riscos, y fuentes.

San Dámaso.

Pues las gracias le da a Dios.

Efremio.

Ya vos después, mas no tanto

estoy con admiración,

que la luz, que de diadema

os servía, su candor

ha ausentado.

Encúbrese arriba la estrella que ha estado en el siniestro lado, habiéndose quitado la que hace al Ángel, y salen San Jerónimo, y Chicharra.

San Jerónimo.

Anda, Chicharra,

que el norte, que nos guió

para hallar nuestro refugio,

mueve el curso a nuevo esplendor.

Chicharra.

Pues cerca el refugio está,

si va delante el farol;

mas con nuestro Santo Padre

dimos ya; con un varón

anciano está aquí.

San Jerónimo.

Efremio:

Romanos, ya el sucesor

de Pedro hallamos, llegad,

a adorarle.

San Dámaso.

En la voz,

Jerónimo, no los llames.

Chicharra.

¿Qué es no, cuando con fervor

cristiano, vienen buscando

como ovejas al Pastor

y anda el lobo hambriento en Roma?

San Jerónimo.

Santísimo Padre, no

debe vuestra Beatitud,

siendo alta disposición

de Dios, hacer resistencia,

y más cuando ya el furor

del cisma infiel por instantes

va creciendo.

San Dámaso.

Pues, ¿qué causó

cisma en la Iglesia? ¡Qué pena!

San Jerónimo.

Ursicino, a quien consagró

Antipapa un ciego obispo,

pasando a tanto el rigor

de sus parciales, que en sangre

bañados sin compasión

de los templos, y sus aras

profanadas.

San Dámaso.

¡Qué dolor!

Por mí tal cisma, en Ursino

renunciaré.

San Jerónimo.

Padre, no

podéis renunciar.

San Dámaso.

Si a él

que Cristo a Pedro mandó

que apaciente sus ovejas

de quien se quedó pastor,

¿así renunciar en otro

no puede el que es sucesor

de Pedro la potestad,

Pang. 15

San Dámaso.

en su Vicario amplio

Cristo, cuando solo de él

sus ovejas le encargó,

pero lo que puedo obrar

es el hacer oración

en el cónclave sagrado,

para que, con el favor

del Santo Espíritu, elija

meritísimo Pastor,

pues de dignidad tan sacra

confieso que indigno soy.

Chicharra.

Vuestra Beatitud, mi padre,

quita a Madrid el honor

de que un Pontífice tenga

por hijo.

San Dámaso.

Ya ese blasón,

siendo Pontífice y santo,

a mi feliz patria dio

Melquiades.

Chicharra.

Mas siempre he oído

decir, que es mucho mejor

que una perdiz, hermanado

un par, porque en fin son dos;

mire Vuestra Beatitud,

que soy su paisano yo.

San Dámaso.

¿De Madrid?

Chicharra.

Diminutivo

y superlativo.

San Dámaso.

No

le entiendo.

Chicharra.

Pues ya me explico:

mi padre, en gracia de Dios,

en Madridejos me hizo,

mas del parto me nació

en Vaciamadrid mi madre,

y en Madrid me bautizó;

conque mis patrias son tres,

sacada la conclusión,

pues de Madrid, Madridejos,

y de Vaciamadrid soy,

y Chicharra me llamaron,

Chicharra.

porque entonces nací al sol.

San Dámaso.

Humor gasta.

Chicharra.

En vez de rosa

me purgo yo con la flor

del berro.

San Jerónimo.

Vamos a Roma,

padre, que a vista del sol

se ahuyentan las pardas sombras

de la noche.

Efremio.

Si el Señor

le está llamando, ¿a qué espera,

amado padre?

San Dámaso.

A que Dios

me inspire si a su servicio

conviene que acepte yo.

Y así, que me dejen solo

les pido.

San Jerónimo, Efremio.

Obedeceremos.

Efremio.

Dando a Dios gracias estoy

de ver en vos, quien será

luz, y Máximo Doctor

de la Iglesia.

San Jerónimo.

¿Qué decís,

padre Efremio? Ved que soy

solo un humilde gusano

de la tierra; ser yo vos,

que asombro sois penitente,

tomara.

Chicharra.

No es mala flor

decir que le ve.

Efremio.

Sí veo,

hermano, que a intercesión

de Dámaso no ha un instante

que Dios me restituyó

la corporal vista.

San Jerónimo.

¡Qué oigo!

Efremio.

Santo es Dámaso.

Vanse.

Chicharra.

¡Así yo lo fuera!

San Dámaso.

Como sabiendo,

amantísimo Señor,

Vos mismo mi insuficiencia,

¿me podéis mandar que yo

(siendo tan indigno) acepte

Pang. 16

San Dámaso.

el alto, sagrado honor

de vuestro Vicario, cuando

no hay mérito superior

en el hombre, para ser

en la Tierra Vice-Dios.

Mas si para gloria vuestra,

para más exaltación

de vuestro poder inmenso

con el cual todo se obró

de nada, de nada hacer

me queréis, merezca yo

saber ser siervo vuestro,

mi humilde resignación.

Vos, soberana María,

en quien el Verbo tomó

humana carne, quedando

Virgen siempre, y puro Sol,

sed intercesora mía

para que aqueste favor

consiga de vuestro hijo,

pues tanto podéis con Dios

que nada obra su poder,

que no lo obre por vos;

pero, ¿qué acorde armonía

suavizando la región

del aire es todo cadencia?

Mas, ¿qué es lo que viendo estoy?

Baja una Niña en una apariencia, y de un lado de las tablas subirá un dragón a su tiempo para que la niña sobre la cabeza del dragón suba de pie.

Virgen.

Dámaso.

San Dámaso.

Señora mía.

Virgen.

Mi sagrada intercesión

tanto puede con mi hijo,

que has conseguido que yo

venga a desterrar las nieblas

de tu humilde, fiel temor.

El Señor te constituye

digno para ser Pastor

de su Iglesia, pues por él

crecerá su exaltación.

San Dámaso.

Los aumentos de la fe

obras serán del Señor.

Virgen.

Partirás a Roma luego,

pues ya su cisma cesó,

aunque nunca con total

ha de cesar la ambición,

que el enemigo común

te ha de hacer para mayor

mérito tuyo, y porque

a triunfar de su furor

envidia te alientes, mira

cómo, porque se atrevió

a oponerse a mi pureza,

la escamada cerviz yo

de la serpiente infernal

victoriosa hollando estoy;

con mi humildad le vencí,

que es la que hacerme exaltó

en la mente preservada

del Altísimo Señor,

de la culpa original,

para ser Madre de Dios.

Sube ahora el dragón, y se desengancha la niña de arriba, y sube en la apariencia del dragón, el cual ha de mover la cola, y manos, y dar bramidos al ponerle la niña el pie.

San Dámaso.

Dichoso yo, que a ver llego

misterio tan superior,

que vio allá en su Apocalipsis

Juan, cuando triunfante os vio

coronada de luceros,

vestida del mismo Sol,

y calzada de la luna,

cuya celestial visión

representa misteriosa

vuestra pura Concepción,

pues aquella es toda luz

Pang. 17

Virgen.

nunca la sombra llegó.

Lograrás con tu humildad,

Dámaso, ser vencedor,

pisando con fe valiente

sobre el áspid, y el dragón

queda en paz.

Sube la Niña, y, quitada de la apariencia, el Dragón vuela, o, a la cazuela, o, por la claraboya.

San Dámaso.

Aguarda, espera,

purísimo hermoso sol,

no te ausentes.

Dentro voces.

Músicos.

Dar queremos

a Dámaso adoración,

no lo embaraceis.

San Dámaso.

El pueblo

católico con fervor

me pretende ver, al paso

le quiero salir, Señor,

gloria vuestra es exsaltaros

los humildes, y así vos

cuando me ensalzáis humilde

a ser sagrado Pastor,

y a empeño hacéis el aumento

de la fe, la exsaltación,

de vuestra Iglesia, en que siempre

tan glorificado sois.

Jornada segunda

Pang. 18

Jornada 2.ª

Salen Claudio, Aurelio, y Calisto.

Claudio.

Aquí me has conducido

a este sitio, a estas horas, y advertido

que venga disfrazado?

Aurelio.

A que el odio obstinado,

que a Dámaso tenemos,

esta noche matándole apuremos.

Claudio.

Cómo intentas, que él muera,

sabiendo, Aurelio, que lograrse espera

entrando por la mina,

que a su cámara oculta se destina.

Aurelio.

Esta incierta esperanza

nos dilata ya mucho la venganza.

Calisto.

Siendo tanto el desprecio

de que a Ursino baldone, y hagas aprecio

de Jerónimo, habiéndole creado

Príncipe Cardenal, y sublimado

a consultor de cuanto fiel se sujeta

en la curia Romana, o, se consulta.

Claudio.

Haber también depuesto

(oprobio es noto) sin ningún pretexto

cruel a Magencio de la Iglesia griega,

porque su ciencia niega,

que el Espíritu Santo

no es igual con el Padre, ni Hijo, en cuanto

a la esencia, y le ha obligado

que a Ostia venga, y deje su obispado.

Aurelio.

Dan motivo a que espera

esta noche este monstruo injusto muera.

Claudio.

Cómo es posible lograrlo

si a la mina, no se apela.

Aurelio.

Ya no es necesaria, pues

sé que aquesta noche mesma

oculto Dámaso sale

con el criado que era

de Jerónimo.

Claudio.

A qué sale?

Aurelio.

Darte pesar no quisiera

pero que dejar por él

supo a Irene, cosa es cierta

no se le busca.

Claudio.

Otras veces

se agradece la fineza

de dejarla por mí; ahora

a qué sale me da cuenta?

Aurelio.

A ver a Irene.

Claudio.

Qué dices?

Aurelio.

Que no es la noche primera

que a verla viene (es bien cierto,

Pang. 19

Aurelio.

pero esta noche le fuerza,

un astuto engaño mío.

Claudio.

No sé, Aurelio, si lo crea,

pues previniendo esta noche

me tiene que vaya a verla,

y en el apacible mar

de amor ninguna tormenta

corrió la nave hasta aquí

de esta correspondencia.

(Aparte)

Aurelio.

¡Ay, del infeliz!, que no es

Irene, quien tu amor premia

sino un infernal ministro

mío, que toma su mesma

forma humana.

Claudio.

¿De qué sabes

de cierto?

Aurelio.

A mi inteligencia

nada se oculta pues

he inquirido hasta las señas

de un gabán que trae morado.

Claudio.

Pues mis celos, ¿a qué esperan

para darle muerte?

Calisto.

Yo

desataré de sus venas

el coral viviente.

Claudio.

Pues

a buscarle.

Aurelio.

Esta es la mesma

calle por adonde sé

que viene.

(Dentro un ángel 1º)

Ángeles.

¡Hay quien se duela

de aqueste mísero enfermo!

Claudio.

¿Qué tristes voces son estas?

(Aparte)

Aurelio.

De algún pobre son (no sé,

qué conjetura hacer deba

de esta voz, que atemoriza

mi pecho) demos la vuelta

a la calle por si antes

tal vez a Dámaso encuentra.

Claudio.

Dices bien, vamos.

(Vanse y salen San Dámaso y Chicharra)

Aurelio.

Así

huiré de este eco.

San Dámaso.

Estas quejas

lastimosas son imanes

que

que tras sí el alma me llevan;

sepamos quién las anima.

Chicharra.

Buena flema,

de alguna dueña serán

que está con dolor de muelas.

San Dámaso.

¿Que este humor tenga?

Chicharra.

Fuera tener el que ella;

pero, vuestra beatitud,

advierta que no es decencia

de su sacra dignidad

que así disfrazado venga

a buscar pobres.

San Dámaso.

¡No digas

que puede hacer extrañeza

la caridad, en quien es

sacro pastor de la iglesia!

pues como del fiel rebaño

que apacienta grato, es deuda

buscar la oveja perdida,

lo es acudir a la enferma,

afligida, triste, y pobre.

Chicharra.

Pues buen partido la dueña

tiene, pues las dueñas son

las más perdidas ovejas.

San Dámaso.

¿Adivino dónde se oía

la voz?

Chicharra.

Será en la Noruega,

que aquí nada vemos.

(Descúbrese echado a unas campanas)

Ángeles.

¡Ay,

quién de un mísero se duela

al tiempo que la plegaria

aquí está!

San Dámaso.

¿Qué le molesta?

¿qué siente?

Chicharra.

Algún mal de madre

tendrá.

San Dámaso.

Su locura enmienda;

¿no ve que es un joven?

Chicharra.

Yo

creí, que una dueña era.

San Dámaso.

Esta capa, amigo mío,

sea

Pang. 20

San Dámaso.

sea alivio en la inclemencia

que siente.

(Aparte)

Ángel 1.º.

Esta caridad

anticipada te premia

el altísimo.

Chicharra.

¿Qué hace?

San Dámaso.

Restituir lo que es deuda.

Chicharra.

¿Lo que le hace falta da?

(Está San Dámaso poniéndole la capa)

San Dámaso.

No hace, que esta diferencia

sepa, que hay entre el usar

de la caridad perfecta,

que el que da lo que le sobra

que satisface se advierta

pero el que de lo preciso

compasivo se enajena

este solo da, y el otro

restituye lo que es deuda.

Chicharra.

¿Y el que da lo que no es suyo?

San Dámaso.

Ese las más veces peca;

mas, Chicharra, vaya al punto

y busque con diligencia

quien a llevar a este joven

le ayude.

Chicharra.

Imposibles piensa,

¿quién he de hallar a estas horas?

San Dámaso.

Gente anda en la calle.

Chicharra.

Ésa

no es de las que sale a hacer

obras bien.

San Dámaso.

No se detenga.

(Vase)

Chicharra.

Luego voy, digo.

San Dámaso.

El mal que siente,

hijo, al Señor, se le ofrezca.

Ángel 1.º.

Solo mi espíritu puedo,

ofrecer que a la inclemencia

del frío, el vital calor

pierde las débiles fuerzas

y muero.

(Vase)

San Dámaso.

Qué mal que hice

en intentar que se fuera

Chicharra; pero a llamarle

quiero ir, y tenga paciencia,

hijo, que a llevarle vuelvo

donde algún alivio tenga.

Ángel 1.º.

Cuantos movimientos obra

y inspiraciones secretas

son de Dios para apartarle

de aquí.

(Vuelven a salir Claudio, Aurelio, y Calisto)

Aurelio.

No hay dudas que era

el que pasó por delante

de nosotros.

Claudio.

Que se pierda

esta ocasión siento.

Calisto.

No

se perdió, pues a la tenua

luz, que da la luna, veo

que es él que está aquí.

Claudio.

Las señas

son suyas, pues el gabán

lo dice.

Aurelio.

Pues ya, ¿a qué esperan

vuestras iras?

Calisto.

El primero

seré que su sangre vierta.

(Los dos le van a dar con los puñales, y el Ángel vuela dejando la capa)

Los dos.

Muere, hipócrita.

Ángel 1.º.

Tiranos,

Dámaso corre por cuenta

de Dios, que ampara su vida

para defender su Iglesia.

Claudio.

¡Qué pasmo!

Calisto.

¡Qué horror!

Claudio.

¡Qué asombro!

Calisto.

¡Qué luz es la que nos ciega!

Claudio.

¿Qué poder el que nos hace

volver la espalda?

(Vanse)

Aurelio.

¡Qué pena!

que a mi ciencia reservase

el cielo que un Ángel era

sabio Dámaso: aguardad

no huyáis.

Sale San Dámaso.

San Dámaso.

Si no percibiera

que tal vez padece engaños

nuestro sentido; dijera

que oí una voz, que decía

Dámaso corre por cuenta

Pang. 21

Toma la capa y se la pone.

San Dámaso.

de Dios, que ampara su vida,

para defender su Iglesia;

¡pero iluso!, que sin duda

no hallé a Chicharra, y mi fiera

pasión me vuelve a ayudar

de este joven; mas, ¡qué nueva

maravilla es la que toco!

¡Ya no está aquí! ¡Qué extrañeza!

¡Y el gabán me dejó, cielos!

Aquí hay causa más secreta

de las que el discurso alcanza,

y no sé si a creer me atreva,

cuando tan indigno soy

de esa pura inteligencia.

El joven, en quien no vi

aun más que de humano señas,

y que defendió mi vida,

según la voz me amonesta

(pues al tiempo hallé dos hombres

que, tropezando en mi misma

turbación, diciendo iban

que poder así nos fuerza

a volver la espalda, y juzgo

que Claudio y Calisto eran

mis contrarios); ¡ah, Señor,

a qué de riesgos expuesta

está esta caduca llama

de la vida, siempre incierta!

Mas volverme a mi palacio

determino.

Al oído.

Aurelio.

No te vuelvas

sin examinar primero,

si Irene tu sangre afrenta,

pues saliste a ello.

Vase.

San Dámaso.

¡Qué fácil

las resoluciones trueca

la idea! Pues me propone

que antes apure, si es cierto

la noticia que me dieron,

de que Irene el amor premia

de Claudio, mas no es posible

en la admirable pureza

de Irene; a volver iré,

si es que voy por inadvertencia;

y pues el papel me avisa

que esta es la hora, en que entra

Claudio a verla, y de la casa

tengo yo llave maestra

para excusar más la nota

de entrar, cuando vengo a verla,

sin dificultad podré

borrar tan vanas sospechas.

Dios encamine mis pasos

al mejor fin.

Aurelio.

Si no fuera

Dios el que te asiste, ya

fueras caduca pavesa

del incendio de mi envidia;

pero pues Él te preserva

tu vida, y la permisión

de perseguirte me deja.

Pues a la casa de Irene,

ya te conduje, y en ella

te ha de hallar Claudio, prevengo

el juicio humano a que vea

(en lo que el caso dicta)

adonde mi astucia llega,

pues no es fácil conjetura,

y puesto que mi asistencia

es necesaria en la casa

de Irene, y sentado queda

que en mi esencia las distancias

a instantes casi se abrevian,

ya en su casa me hallo; pero,

¿qué veo? Aquí (¡fiera pena!)

Pang. 22

Aurelio.

Efremio está con un Ángel.

¡Oh!, cuando Dios le reserva

a mi inteligencia, pues

se oculta a mi inteligencia

a qué Efremio viene a Roma;

pero mi agudeza atienda,

que por los antecedentes

de los que tratan penetra.

Salen Efremio y el Ángel 2º.

Ángel 2.º.

A mandatos del Señor,

¿quién se puede resistir?

Efremio.

Nadie, si quiere cumplir

con su ley y con su amor;

pero ama tan tiernamente

mi afecto la soledad,

que un punto la voluntad

no sabe estar de ella ausente;

pero, ¿a qué me traes aquí?

Ángel 2.º.

No intentes investigar

de Dios misterio.

Efremio.

Apurar

no es, preguntar solo así.

Ángel 2.º.

El Altísimo me ordena

que te traigas aquí, Efremio, a ver

una singular mujer

que está de virtudes llena.

Efremio.

Notable es su caridad.

Aurelio.

Nada en lo que hablan indicio.

Ángel 2.º.

De pobres es grato hospicio

su casa.

Efremio.

Su honestidad,

la más singular que vi

en mujer, siendo tan bella;

pero ya aquí sale ella.

Sale Irene. Córrese una cortina y se verá un baño y asientos, y en un aparador una copa de plata sobre él dorada y toallas.

Irene.

A disponer pronta fui

el baño para lavaros,

con celo humilde los pies.

Sentaos.

Efremio.

Excusado es,

humillaros, que no quiero,

aunque más os ensalzáis,

a quien no es digno por mí

(esto es hablando por mí)

de la piedad que ostentáis.

Irene.

Cuando a Dios mirando en los dos

estoy, con tal claridad,

un pasmo de santidad,

y una luz pura de Dios,

la que es indigna, solo es

soy yo; la que no merezco,

cuando a serviros me ofrezco,

ni aun estar a vuestros pies.

Y así, dejad que postrada

os los lave.

Ángel 2.º.

No lo impidas,

que a su profunda humildad

este mérito la quitas.

Aurelio.

Ya aquí estoy violento, que es

la caridad tiricia

de mi envidia, a conducir

voy a Claudio más aprisa.

Vase.

Efremio.

Ya estamos sentados.

Irene.

Siendo

saludable medicina

el baño, que uso con cuantos

peregrinos se encaminan

a Roma.

Efremio.

Y premio de Dios

tendréis.

Irene.

Preguntar querría

si sois sacerdote?

Efremio.

Sí.

(Descalzándose)

Irene.

Pues ya más enternecida

os descalzo a vos primero

por la alta prerrogativa

de Cristo en la tierra; pues

aunque de esa jerarquía

de purezas, este joven

fuese un ángel desprendido

del trono excelso de Dios,

preferirle a él no debía,

Pang. 23

Irene.

que Ángeles, y Sacerdotes

casi una cosa son misma,

pues si los Ángeles son

en la sacra Monarquía

trono de Dios, a las manos

del Sacerdote se mira

bajar Dios Sacramentado,

a que de trono le sirvan.

Efremio.

Es sana mujer.

San Dámaso.

Sin ser

visto, mi temor registra

la casa de Irene; pero

¿qué es lo que mis ojos miran?

Lavando los pies está

con humildad, bien rendida

a los peregrinos: ¿cómo

puede caber culpa indigna

en esta piedad?

Efremio.

Parece

que lloráis?

Irene.

Enternecida

que la presa suelte al llanto

de mis ojos, que os admira.

Si contemplándoos estoy

a Cristo, y en las ansias mías

me acuerdo de aquella insigne

mujer siempre esclarecida

que lavándole los pies

deshecha en lágrimas vivas

le pagara en perlas, cuando

él rubíes le derrama.

Efremio.

Detened la presa ahora

del llanto.

Enjugándoles los pies.

Irene.

Porque consiga

este zendal enjugar

lo que antes humedecían

mis ojos, lo haré.

San Dámaso.

Causando

me está su piedad envidia.

Irene.

Ahora, galán mancebo,

permitidme, que la misma

diligencia obre con vos.

Ángeles.

Aunque estáis fortalecida

de su caridad, no es

decente, en mi edad permitáis

el contacto de vuestra mano

a los mis pies, que peligra

su honestidad, y a que no

se vicie, esclarecida...

Toma la copa y los da a beber.

Irene.

Contradeciros no quiero,

porque en su presencia admiran

mis ojos, no sé qué oculta

celestial soberanía,

y ahora porque fortalezca

la parte que debilita

el baño, el más generoso

licor mi celo os ministra

en esta dorada copa.

Ángeles.

Bebe, Efremio.

Efremio.

Mi fe brinda

al mayor, más alto aumento

de su piedad.

Irene.

Prevenida

tenéis vuestra mesa, pobres,

aunque de aseos rica.

San Dámaso.

Efremio es el que estoy viendo,

que hasta aquí no conocía.

Irene.

Entrad a cenar.

Ángeles.

De solo

descanso necesita

la fatiga del camino

¿oyes, Efremio?

Efremio.

Divina

inteligencia, ¿qué ordenas?

Ángeles.

Que esa copa, que es de lágrima

has de quitar luego.

Efremio.

Así fuiste,

pues la piadosa hidalguía

de hospedaros pagar dudo

con una acción tan indigna.

Ángeles.

Dios te lo manda.

Efremio.

Reparad,

Ángel 2.

Pang. 24

Ángeles.

¡No repliques!

Irene.

¡No será

el encanto vano afán!

Ángeles.

Aquesta es la estancia misma

donde le hallaréis: entrad.

Irene, el Señor, de arriba,

vuelve a instarte a tomar

esta capa.

(Vanse los dos)

Irene.

A mi continua

oración mi fe me llama.

Sale San Dámaso.

San Dámaso.

Espérate, Irene mía.

Irene.

¿Vuestra Beatitud aquí?

Ya a vuestras plantas se humilla

mi obediencia.

San Dámaso.

Alza del suelo.

Irene.

¿Qué dicha no prevenida

cierta? Que si aun la corta

de atender, a que podíais

haber llegado, me tiene!

(Aparte)

San Dámaso.

Por excusar la noticia

a tu cuidado, aun la puerta

abierta hallo; malicia

fue del temor; mas estando

empleada en tan benigna

ocupación no fue mucho

que no oyeses mi seña!

Irene.

¿Yo?

San Dámaso.

Sí, que sentidos que a Dios

peregrinos ansían

lavando los pies al uno.

Claudio al paño.

Claudio.

¡Que me tenga esta enemiga

la puerta abierta esperando

a Dámaso; mas ¿qué miran

mis celos! ¡Ya hablando está

con él aquí!

Efemio al paño.

Efremio.

Ser precisa

la obediencia en mí, me atrae

y a por la copa: ¡Oh, divinas

disposiciones! Que nunca

habéis de ser comprehendidas; pero

pero ¿qué ves? Aquí está

Dámaso: ¡Villana vista

de un pontífice!

Irene.

Mis obras

de vuestra piedad son hijas,

que a vuestro amor tiran

las dos.

San Dámaso.

Mucho me obligas,

y con razón tierna, Irene,

te amo tanto.

Irene.

Con la misma

fineza os pago la deuda

de verme correspondida.

San Dámaso.

Cuando yo no te debiera

más que ocultar las noticias

de aquel vínculo de amor

que a querernos nos destina

te deba mucho.

Irene.

Nada

hago en callar advertida,

si promesa al Cielo hicimos

que a nadie revelaría

el secreto aunque importase

al crédito.

Claudio.

¡Qué me tira

y ay deuda de honor, pues tanto

al secreto entrambos fían!

San Dámaso.

Por eso, con más afecto

te estima mi fe.

Irene.

Rendida

a vuestro albedrío estoy.

Claudio.

Las almas se comunican

por los afectos.

Efremio.

¿Qué escucho?

Tan licenciosas caricias

no son de la Santidad

de Dámaso.

San Dámaso.

Cuanto humillas

más tu afecto, más te ensalzas

al mío, llega, querida

Irene, a mis brazos.

(Vase)

Efremio.

Cielos,

por no verlo de mi vista

huyendo iré.

Claudio.

Ya que aguardo

Pang. 25

Claudio.

mueran a la saña mía.

Irene.

Cadena amorosa sean

y eslabone siempre unida

nuestras almas.

Claudio.

Mas ¿qué es esto?

en vano mover (¡qué ira!)

los pies puedo.

San Dámaso.

Adiós, Irene.

(Vanse los dos)

Irene.

Una ausencia el bien me eclipsa

que gozaba.

Claudio.

Mi vengarme

será, que a la tierra asidas

sean raíces mis plantas

que el cielo matar me impida

a un adúltero? mas ya

venció la opresión que impía

tras él van mis rencores,

que si otra vez a mis iras

no se desvanece sombra

le haré pedazos.

(Sale Irene con otro traje diferente al de antes)

Irene.

Que impida

su impulso importa; ha señor

Claudio, ¿dónde vais?

Claudio.

¡Qué mira

mi enojo! ¿cómo es posible

que esté aquí, la que allí esquiva

me ofende; pero mujer

que mudarse facilita

tan presto, también podrá

transmutarse tan aprisa.

(Aparte)

Irene.

Con esta engañada forma

se ha de admirar mi malicia.

¿No respondéis?

Claudio.

A dar muerte

voy, alevosa enemiga,

a tu amante.

(Aparte)

Irene.

Suspended

las revueltas osadías,

no eche a perder un error

los que un afecto os fabrica

seguridades, no celos

vuestra persona deba

tener, supuesto que impropios

son, de quien los imagina

solo engaño; pues los celos

víboras son encendidas

que del fuego de amor nacen

no de apagadas cenizas:

De Dámaso los tenéis,

afectada hazañería

de amor, es temer que arda

en su cariñosa pira,

mas, que la llama que empieza

cae trémula ya expira.

A dar fuerza a cuanto oigo,

para mi infernal envidia

yo os confieso que me debe

obligaciones antiguas

Dámaso, mas quien ignora,

que deudas de muchos días

si con tibiezas se pagan

se cobran con ellas mismas

siendo aquesto así, y que vuestra

fineza no me conquista

para mujer, porque excede

vuestra nobleza a la mía

de que os podéis disgustar,

cuando ya una vez corrida

la máscara a mi recato

me hallaréis menos esquiva.

Claudio.

Calla mujer fácil, pues

de los celos las heridas

al manifestarse mal

Pang. 26

Claudio.

se sienten, que al eximirla

yo había (de enojo muerto)

de sacrificar a indignas

aras, que mancharon locas,

torpes, profanas caricias,

un alma, que estaba haciendo

suya mi amante porfía

y al ídolo torpe y ciego

del apetito, y osadía

de rendir adoraciones

por gozar de sus delicias

no cabe en mí, y porque veas

cuánto se desautoriza

flor atada de otra mano,

que a gusto la desperdicia,

todo el amor que te tuve

en odio se trueca e ira.

Creéte, que aunque parezca

venganza en mi sangre indigna

en público tribunal,

te he de acusar de lasciva,

profana mujer, con ese

sacro pastor, que la limpia,

cándida piel de cordero

mancha con tal ignominia,

que adulterio es con la Iglesia

ser esposa.

(Aparte)

Irene.

Esto es a que aspira

mi fiera saña; advierto,

que no es en vos hidalguía

acusar a quien no tiene

culpa: Dámaso.

Claudio.

Enemiga,

no le disculpes; pues es

afectada hipocresía

su virtud, que vive el cielo,

que si mi cólera impía

Claudio.

les viera aquí; que es a él

su sombra, a la llama activa

de mis celos fuera yo

leve pavesa.

Irene.

Claudio, rendida

te pido...

Sale Efremio, viendo que Irene, acompañando salía, a Dámaso a ejecutar.

(Toma la copa)

(Mata la luz, y atraviesa el tablado)

Efremio.

Vuelvo al orden, que me intima

ley soberana: la copa

es esta; mas ¡qué desdicha!

Gente hay aquí; la luz mato

porque no sea conocida

mi persona.

Claudio.

¿Qué es aquesto?

¡Ah, aleve! ¿Aun aquí temías

a tu amante?

Irene.

¿Qué decís?

Claudio.

Al matar esta bujía

vi su sombra; pero ahora

morirá.

Efremio.

Ya aquí es precisa

mi fuga, tras mí esta puerta

cierro porque no me siga.

(Éntrase cerrando una puerta, y Claudio la quiere abrir.)

Claudio.

Aguarda, aleve, no cierres,

ya lo ejecutó, cenizas

hará mi fuego la puerta.

(Vase)

Irene.

Hasta aquí, pudo mi inicua

astucia llegar, ahora

no sé cómo a Irene impida

que Aurelio no salga; pero

siendo, que en la caverna

baje a Dámaso, luzbel

con su sabiduría

le estorbará.

Claudio.

¡Que la puerta

a mí!

Pang. 27

Claudio.

a mi fiera severidad.

Sale Aurelio con una llave en la mano abriendo la puerta que quiere derribar Claudio.

Aurelio.

Solo estorbo, van formando

aquesta causa, en la misma

que yo por Aurelio habito,

quien con tan grave osadía

mi casa me inquieta: mas Claudio

Claudio.

¿tú aquí, Aurelio?

Aurelio.

¿Qué te admira

que esté en mi casa?

Claudio.

¿Qué dices?

¡tu casa! Si es fantasía

mía, o, obra del Demonio

esta, donde esta enemiga

mujer se ha ocultado.

Aurelio.

De las

confusiones, que en la misma

turbación tuya conozco,

cuanto ignorante vacilas.

pues no sabiendo que Irene

(lo cual callado, se llama)

de artes diabólicas usa,

de magias, y hechizerías,

se hallará cualquier sugeto

suyo asombrado.

Claudio.

¿Qué afirmas?

¿artes diabólicas sabe?

Aurelio.

Afirmártelo podrá

el pasmo de haber hallado,

(sin saber cómo) en su misma

casa difunto a Licinio,

cuando en aquel punto había

muerto en el distante templo

de San Pedro.

Claudio.

Mas no digas

porque no siendo por arte

diabólica no podrá

suceder que estando ahora

en su casa.

Aurelio.

No prosigas

hasta que entrando en mi cuarto,

recobrado, me repitas

el caso.

Claudio.

Entremos.

Aurelio.

Mas no

puedo escusar que me digas

antes, si a Dámaso hallaste

con Irene?

Claudio.

Sí, y mi misma

ofensa vi, pues la trataba

lascivo.

Aurelio.

Y ¿qué determinas?

Claudio.

Públicamente acusarla

de impura.

Aurelio.

Aunque es tan indigna

venganza en tu pecho, vea

la Iglesia al hombre que estima,

por Papa.

Claudio.

Esso intento.

Aurelio.

Pues,

lo que en llegar falta al día

gastemos en disponerlo

mas si el logro de la mina

hallamos, mejor será

que muera.

Claudio.

A todo me incita,

y está dispuesta.

Aurelio.

Y a todo

mi infernal envidia aspira.

Vanse y sale Chicharra.

Chicharra.

A, o han de entrar, o me recelo

que lloverán mojicones.

Sale San Dámaso.

San Dámaso.

¿Qué es esto?

Chicharra.

Unos rodrigones

que quieren que los absuelva

vuestra Beatitud.

San Dámaso.

¿Pecado

es ser rodrigón?

Chicharra.

¡Qué horror!

y tan grande, que es peor

que ser calvo consumado.

San Dámaso.

Tal dice: a fe me alegra.

Chicharra.

Quien a rodrigón se amaña,

y a su señora acompaña,

acompañará a su suegra.

San Dámaso.

¿Qué es de tus locuras, di,

cómo anoche no volviste

por aquel joven?

Chicharra.

¿Que es no?

Sí volví, y a nadie hallé,

y fue tal mi desvarío

en no hallarle, cosa es llana

que

Pang. 28

Chicharra.

que me dio a mí la terciana.

San Dámaso.

¿La terciana?

Chicharra.

Y aun el frío.

San Dámaso.

¿En qué vio, que se condena,

que el frío le pudo dar?

Chicharra.

En que me forzó a arropar

con las mantas de Lucena.

San Dámaso.

¿Conoció, cuando volvió,

dos hombres deslumbrados

que huían?

Chicharra.

Muchos almagrados

hallé que iban como yo.

(Aparte)

San Dámaso.

Pues a Claudio aquello crea

inspirándome deidad

el cielo. Chicharra.

Chicharra.

Ya

su virtud me chicharrea.

San Dámaso.

A Claudio me llame aquí,

y dígale que le espero,

que a solas hablarle quiero.

(Estará esta mesa con

recado de escribir en

medio del teatro,

luces y libros.)

Chicharra.

Dirélo ansí; mas allí

de escribir queda recado

y luz, mas aunque es virtud

no haga otra beatitud

versos que me han arruinado.

San Dámaso.

¿Versos hace?

Chicharra.

Aunque por versos

los hago con grande ardid,

mas oh hijo de Madrid

no hace razonables versos.

San Dámaso.

De el ingenio esclavo pardo,

que a sustos se desarmarán.

Chicharra.

Tomáramos y pagarán

y a pasteles de aguardo.

San Dámaso.

Vaya a lo que digo.

Chicharra.

Voy

a obedecer.

(Vase)

(Siéntase a es-

cribir)

San Dámaso.

Mientras viene

Claudio, a quien pienso obligar

a que su error ciego deje;

la epístola que escribiendo

estaba contra el hereje,

Hebrión, proseguir quiero,

el cual engañado siente

haber empezado a ser

hombre Cristo solamente

en María madre suya

sin que antes de serlo fuere

hombre, ni otra cosa alguna,

en que niega torpemente

el misterio soberano

de la encarnación, que fuente

es de los misterios; pues

dar en Cristo la fe debe

dos generaciones, una

sin tiempo, y otra realmente

en tiempo, como Miqueas

profeta de Dios le advierte.

Sin tiempo cuando engendrado

el Verbo fue eternalmente

del Padre Eterno, y en tiempo,

cuando encarnado en el siempre

puro claustro de María

darlo a entender a este hereje

quiero con la sacra luz

que la escritura previene.

(Baja Lucero sobre

una mariposa en la

apariencia del

torno, y hace

círculos a la

luz.)

Aurelio.

Pues infernal mariposa

soy, que a oscuras pretende

la luz del claro evangelio

turbar con mis alas siempre

la luz material que alumbra

a Dámaso, porque deje

de aclarar este misterio,

a eclipsar mi rabia viene.

San Dámaso.

¿Qué infelice mariposa

es esta?

Pang. 29

(Escribiendo.)

San Dámaso.

Ciega, que ciegamente

galantea su peligro

en la llama que apetece,

la luz me descifra: errarás

en el Cupidillo que mueves

declara la humanidad,

y divinidad en este,

Señor, cuando dice: en vano

vas a escribir: de esta suerte

haré que esta ciega fiera

en nombre de Dios se ausente.

(Hace la señal de la cruz.)

Aurelio.

¿Pero a mí, que esta señal

pueda así desvanecerme?

Mas yo haré, que con el numen

poético tuyo ser

desvaríes.

(Vuelve a subir en la apariencia.)

San Dámaso.

Ya se ha ausentado;

proseguir la pluma puede;

mas, ¿qué es esto? en un instante

barajadas las especies

de lo que escribiendo iba,

la memoria me refiere

melodía a escribir

al Alba cuando amanece.

(Canta dentro una voz sola.)

Voz.

Aquel ruiseñor,

clarín del albor

al Alba gorjea

se contrapuntea

con diestro primor

saluda con sonora

acorde melodía

a aquella luz del día

que es del sol precursora,

y al ver que se mejora

por puntos su candor.

(Repiten lo cantado.)

Músicos.

Aquel ruiseñor, etc.

San Dámaso.

Que este numen armonioso

tan dulce al oído suene.

(Sale Chicharra.)

Chicharra.

Claudio, pide para entrar

licencia, pero aquí huele

a versos.

San Dámaso.

¿Huelen los versos?

Chicharra.

No; mas quien los hace huele

siempre a pobre, que es peor

que a zumaque.

San Dámaso.

Diga que entre

Claudio, y el Chicharra al punto

prevenga una posta, que lleve

a Jerónimo este pliego

que en Hostia con el hereje

Magencio está, procurando

de sus yerros de hereje

a Jerónimo lecciones

que la traducción alteren

de la Biblia, que ha de ser

luz de la fe.

Chicharra.

¿Ciertamente

me manda, que tome posta?

San Dámaso.

Sí.

Chicharra.

¿Yo postas?

San Dámaso.

Pues ¿qué teme?

Chicharra.

El puesto es rabanal

pero voy a obedecerle

al punto.

(Vase, y sale Claudio.)

Claudio.

Habiendo sabido

que a solas hablarme quiere

a Calisto le he avisado

que esté con los confidentes

en la mina, para que

cuando yo la seña diere

de tres golpes en la tierra

a abrirla acaben: ¡oh, llegue

la ocasión de mi venganza!

una beldad me tiene

a su obediencia!

San Dámaso.

Yo Claudio

Pang. 30

San Dámaso.

os llamo benignamente

para saber de vos mismo

si mi persona os ofende,

o alguna queja tenéis

de mí; pues como prudente

me la declaréis, ya sea

justa, o injusta os ofrece

mi humildad satisfaceros,

pues, ofendido no os quiere

quien os busca arrepentido

de los impulsos crueles.

en general, de la Iglesia

que ocupabais dignamente

(antes del Pontificado

mío) os mantengo; en teniente

di a Aurelio, y a Calisto

honores hice, y mercedes

y a todos vuestros parciales

aliados, y parientes,

he elevado; y estos mismos

porque más los favorece

mi gracia, son los que más

a mi descrédito atienden

machinando contra mí

no solo injurias aleves

sino sacrílegos fieros

intentando darme muerte.

Monstruos de ambas cabezas,

sois Claudio vos, no lo niegue

vuestro labio, y aunque el rostro

lo dice en amarilleces

yo lo sé, y este papel

(que hoy me han dado) claramente

me lo avisa, asegurando

que de vuestras iras crueles

aun seguro en mi palacio

no estoy: rigor inclemente

es que en la ignorancia, el filo

del acero se ensangriente.

mi muerte es lo menos, pues

tarde, o temprano, que llegue

es fuerza, la ofensa sola

que al Señor habéis de hacerle

es lo que siento: advertid,

Claudio, que a veces suspende

el justo castigo Dios

no porque el horror consienta

en el pecador, sino

porque aguarda a que se enmiende

pero cuando de su recta

justicia más se desnude

el brazo para el castigo

el golpe se hace más fuerte.

no aguardéis la ejecución

solo el amago os enfrene.

si acaso yo os he ofendido

(como ya dije) a poderme

postrar, Claudio, a vuestras plantas

lo hiciera, mas me detiene

la dignidad de Pastor

sagrado, a que no consiente.

pero en la forma, que puedo

os pido rendidamente

me perdonéis.

Claudio.

¿Que esto escuche?

y que el volcán no reviente

de mis celos, y la turba

diga, que es; pero refrene

mi indignación ver que sabe

que intenté darles la muerte,

y puede tener la guarda

llamada para prenderme,

Pang. 31

Claudio.

y arriesgando mi venganza

es también inconveniente

para avisar que la mina,

abran: negarme conviene

cuanto dice.

San Dámaso.

¿Enmudecéis?

Claudio.

Que con las voces no encuentre

no es mucho, cuando las voces

en mí en iras se convierten.

Yo no he intentado mataros,

y vive mi enojo ardiente

que al traidor, desleal, que pudo

decirlo, sea el que fuere

por el pecho le arrancara

el atrevimiento aleve

con que...

San Dámaso.

Basta, basta.

Claudio.

Se

atrevió.

Dará tres golpes en el suelo con el báculo que ha de traer.

San Dámaso.

Basta; déjeme

llevar fácil del dolor

de ver que su culpa niegue;

poco fiáis de mi grande

clemencia, y que tan rebelde

su error no confiesa, está

muy lejos de que se enmiende.

Claudio.

¿Qué he de confesar, si nunca

aliados, ni parientes

conspiré contra vos?

San Dámaso.

Ved

que los indicios.

Claudio.

Os mienten

los indicios.

San Dámaso.

Son muy ciertos.

Claudio.

Falsos son.

Hacen ruido para descubrir la boca de la mina, y después la abre Calisto y sale por ella.

San Dámaso.

¿Qué ruido es este?

Claudio.

La mina, rompen, (acaso

raro) que los golpes diere

para la seña.

Calisto.

Vencimos

la resistencia.

San Dámaso.

¿Quién miente

pues la misma tierra abortas,

deslealtades que os convencen?

Claudio.

Sin mí estoy.

Calisto.

Muera.

San Dámaso.

Llegad,

si es que el cielo os lo consiente

dadme muerte.

Calisto.

¿A qué aguardamos?

Chirimías, y baja el Ángel 1º en un alambre seráfico.

Ángel 1.º.

Ínclito defensor me tienes,

Dámaso, que a más afrentas

y trabajos, te previene

el Altísimo, que me manda

que adonde se halla te lleve

Jerónimo, argumentando

con Magencio ciego hereje

para que en su celo logres

de su engaño convencerle.

San Dámaso.

Su voluntad ejecuta

luz celestial.

Chirimías, y llévase el Ángel a San Dámaso en el alambre que bajó.

Claudio.

Cielos, que a dar el

muera, más sombra en el aire

se hace y se desvanece

la imagen.

Calisto.

Todo es encantos,

todo prodigios.

Claudio.

¡Qué fuerte

pesar! que así de mis iras

se burle.

Calisto.

¿Qué hacer pretendes?

Claudio.

Que por la mina te vuelvas

porque yo su boca cierre,

y por el palacio salga

pues no hay riesgo.

Calisto.

Y si

me prenden.

Claudio.

No harán, vete.

Calisto.

Ya lo hago.

Vase, y cierra en instante la mina.

Claudio.

Que Aurelio no me asistiese

pero ¿qué podrá hacer

Aurelio, si este hombre tiene

el

Pang. 32

Claudio.

el infierno de su parte.

Mas mis ofensas apelen

a acusarle de lascivo

y así he de satisfacerme.

(Vase y salen por lo alto de un peñasco que rebaja a un lado Efremio, y el Ángel, y abajo un pastor sentado en la cima del peñasco cantando).

Efremio.

¿A qué a este risco me vas

subiendo, cuando temor

me causas ya?

Ángeles.

A este pastor

oye, y de él lo sabrás.

Un Pastor.

A aquel que de nada

todo lo crió

y vida, y ser dio,

y forma animada

a cuanto formó:

con ecos suaves

flores, fuentes, aves

luna, sol, esferas

le den con primor

alabanzas al sumo inmenso hacedor.

A aquel que formó

solo con querer

su amor, y poder

cuando le ilustró

le dio a conocer

con acorde acento

agua, tierra, viento,

lluvia, fuego, día,

tarde, y noche fría

le den con primor etcétera.

A aquel que engrandece

con tiempo sin fin

sacro el Serafín

la luz que amanece

en todo el confín

con sonoros ecos,

montes, valles, huecos,

mares, ríos, fuentes,

brutos, peces, gentes,

le den con primor etcétera.

(Despeña el Ángel al Pastor).

Efremio.

¿Qué haces?

Ángeles.

Mira: alto poder

le despeña.

Efremio.

¡Qué rigor!

Un Pastor.

Muerto soy.

Efremio.

Este pastor

aunque es culpado, que a creer

no puedo aquí, que ángel seas

de luz, pues en cuanto obras

de ángel malo son las obras

e infernal.

Ángeles.

Porque me creas

ángel de luz; puede, di,

el demonio penetrar

tu pensamiento?

Efremio.

Alcanzar

no puede, si no hay en mí

acción, obra, o movimiento

por donde conjetura

de él haga.

Ángeles.

Siendo luz pura

yo, ¿alcanzo tu pensamiento?

Efremio.

Tampoco, si Dios a él

no se le revela.

Ángeles.

Pues

ángel de luz soy, si veis

que me le revela a mí;

cuando te hallé en el desierto,

Efremio, estabas pensando

cómo investigar de Dios

los misterios soberanos;

y porque veas que son

incomprensibles te traigo

conmigo, a que reconozcas

que en cuanto obra Dios es santo

es, y justo, y que la mujer

a quien robaste el vaso

Pang. 33

Ángeles.

no tenía puesto en otra

cosa temporal (es llano)

el afecto, todo en Dios

lo tenía, y así grato

su amor dispuso, que en nada

que fuese interés humano

se emplease sino en él

solo; por ser el más alto

precioso bien de los bienes,

y le quitó por su mano

el riesgo que se condene

después.

Efremio.

¿Que a un hombre que hallamos

al salir de Roma diste

la copa?

Ángel 2.º.

Desesperado

este hombre por no tener

con que mantener a cuatro

hijos, y mujer, ni sueldo

iba a echarse al cuello un lazo

y aunque de la providencia

de Dios no fió, apiadado

dejó el paternal amor

le moviese, a pesar santo

con el precio de la copa

le socorrió Dios, en tanto

que fía de su providencia

asistidos en sus trabajos.

El pastor que despeñé

el cual estaba cantando

himnos a Dios, este había

de ser por su ingenio raro

un heresiarca grande

y por los méritos altos

de su padre que fue justo

le abrevió a su vida el plazo

Dios, cogiéndole la muerte

en el más feliz estado:

estos son sus juicios mira

si incomprensibles son.

Efremio.

Santo,

que lo que injusto juzgaba

admito justo, y mi llanto

recompensa sea.

Ángel 2.º.

Y hoy,

que para mayor descargo

de tu error te manda Dios

que de Dámaso los pasos

observes hasta su muerte

y de un juicio temerario

que de él has hecho, él te absuelva

con Magencio disputando

en este lugar está,

y tan cerca, que su aplauso

se oye a ver que le convence

queda en paz.

(Vase)

Efremio.

Aguarda, claro

pasmo sin fin: mas ¿qué miro?

(Corriéndose una cortina / se verán en el medio / del theatro sentados / a San Dámaso, y San Jerónimo / vestido de cardenal, / y a Chicharra en / pie, y a Aurelio de- / tras de Magencio / como inspirando- / le al oído.)

Voces.

¡Viva Dámaso!

Efremio.

Admirado

estoy de hallarme a la vista

de la disputa.

Aurelio.

A inspirarle

vuelva mi astucia.

Magencio.

Concedo,

mayor, y menor.

Chicharra.

Borracho,

aún está el hereje.

Magencio.

Niego

la consecuencia, pues dado

que como sumo bien Dios

se comunique por acto

Pang. 34

Magencio.

de su entendimiento al hijo

una vez comunicado

todo, y incapaz la Deidad

queda (el argumento es claro

de comunicarse a otro)

luego el Espíritu Santo

no es Dios, ni consustancial

con el Padre.

San Dámaso.

Ya probado

te tengo, que es Dios, y que

una esencia en los tres damos

y una sustancia, no tres

esencias, y esto asentado

paso a tu argumento; tú

dices, que comunicado

Dios todo una vez, no puede

comunicarse a otro.

Magencio.

Es llano.

San Dámaso.

Pues con esto te concluyo:

en Dios, no tan solo damos,

entendimiento, sino

voluntad, y por el acto

de su entendimiento, habiendo

comunicádose (es claro)

que engendrar no puede otro

hijo (este es tu reparo

el cual te concedo) pues

solo un verbo confesamos,

pero no siendo en Dios menos

fecunda (por ser sacro)

la voluntad, que lo es el

entendimiento, por acto

de voluntad, sumamente

los dos amándose en ambos

el amor procede, que

es Espíritu Santo;

pues conociéndose el Padre

engendra al hijo, y amando

del Padre al hijo, y el hijo

al Padre, procede el Santo

Espíritu, con que en una

esencia, y sustancia hallamos

que increado el Padre fue

del Padre el hijo engendrado,

y el Espíritu Santo, que

es procedido de entrambos.

Magencio.

No tengo que responder

convencido estoy.

Chicharra.

Si algo

respondiera, ya en el fuego

fuera chicharrón humano.

San Dámaso.

En fin, Magencio, ¿confiesa

de voluntad este alto

misterio?

Magencio.

Así lo publico,

y a tus pies estoy postrado.

Efremio.

Prodigios Dámaso obra.

Aurelio.

¿Qué has hecho?, de pena rabio.

Magencio.

Ocultar dentro del pecho

el veneno de un engaño

hasta que tome venganza

de Dámaso.

Aurelio.

Pues yo aguardo

lo logres; (pues como ya

te he dicho,) dispone Claudio

acusarle de lascivo

y el aire inficionando

con la magia yo, verás,

a un pestilente contagio

gemir Roma atribuyendo

a Dámaso sus estragos.

Pang. 35

Magencio.

De Claudio, y de él confío

mi venganza.

San Jerónimo.

Padre Santo,

solo vuestra beatitud

con su ciencia, y celo santo

a Magencio convencerá.

San Dámaso.

Docto Jerónimo, cuando

yo llegue, ya convencido

de vos estará.

San Jerónimo.

A Dios el lauro

demos del triunfo.

San Dámaso.

Y a él

después mucho se ha estimado

la noticia, de que hayas

la traducción acabado

de la Biblia.

San Jerónimo.

Luego espero

consagrarla en vuestras manos.

San Dámaso.

Yo aguardo recibirla

con el solemne aparato

que es debido.

Vase.

Efremio.

Dos columnas

de la Iglesia son entrambos,

mas antes que en mí reparen

partiré a Roma.

Chicharra.

Nos vamos,

Padre Santo.

San Jerónimo.

Las carrozas

haga prevenir, hermano

Chicharra.

Chicharra.

Qué son carrozas,

a pie mi Padre Santo

vino, y aun creo que fue

por el viento, pues marchando

antes yo, ya aquí le hallé.

San Jerónimo.

Este lugar, no es muy sano,

vuestra beatitud disponga

su partida a Roma.

San Dámaso.

En dando

gracias a Dios de este triunfo

partiremos, retirado

me quiero quedar.

San Jerónimo.

Chicharra.

Chicharra.

Deo gracias.

San Jerónimo.

Venga.

Magencio.

A vengarnos,

Aurelio.

Vanse los dos.

Aurelio.

Presto será.

San Jerónimo.

En fin, hermano, ha medrado.

Chicharra.

Sí, en corcovas.

San Jerónimo.

¿No lo está

siendo del Papa criado?

Chicharra.

¿No era bodeguero yo

en el monesterio sacro

de Belén?

San Jerónimo.

Sí, y es mejor.

Vanse y queda solo San Dámaso.

Chicharra.

¿Qué llama mejor, y santo,

que el cargo de bodeguero

no trocara a un obispado?

Va subiendo el santo en una elevación y arriba se aparecerá una gloria de ángeles, y vuela la niña que hace a la Virgen.

San Dámaso.

En amorosos incendios

suban, Señor soberano,

de mi fe rendida a vos

las voces en holocaustos, y

suban a vos porque sirvan,

mi Dios, de recompensaros

los inmensos beneficios

que logro de vuestra mano.

La hipostática unión vuestra

que en tres respetos sagrados

aunque distintos reduces

la fe a una esencia, he logrado

defender; pero ¿qué es esto?

Parece que arrebatado

el espíritu se eleva

a otro espacio imaginario,

mas la celestial señora

viendo estoy que iluminando

la están angélicos coros,

y el alba pura ilustrando.

Virgen.

Dámaso.

San Dámaso.

Señora mía.

Pang. 36

Virgen.

En honra de que has logrado

la consubstancial deidad

e igual esencia del Santo

Espíritu aclarar, de quien

divina esposa me llamo,

a su celestial mansión

mi hijo te ha trasladado,

a que veas la igualdad

con que están los coros sacros

en tres distintas personas

solo un Dios glorificando.

A cuatro.

Música.

Al que es solo uno,

y tres adoramos,

Ángeles, serafines,

luces, y astros

demos humillados

gloria al Padre, al Hijo,

al Espíritu Santo.

Sube la apariencia y vase el Santo.

San Dámaso.

¡Oh aclamación tan gloriosa

que hasta aquí no había logrado

escuchar jamás la tierra

para honra de Dios, y lauro

de la católica Iglesia!

Humilde añadir aguardo

al solemne fin de todos

sus cánticos, y sus salmos

para que Ángeles, y hombres

en tierra, y empíreo sacro

con la música demos humillados &c.

Virgen.

Dámaso, así lo ejecuta,

pues el que será de agrado,

eternamente a mi hijo

queda en paz.

San Dámaso.

Divino Astro,

no te ausentes; pero mal

hago en detenerte, cuando

San Dámaso.

en la triunfante Sion,

te quedas siempre gloriando,

el que den los puros coros

de serafines alados

Música.

gloria al Padre, gloria al Hijo,

gloria al Espíritu Santo.

Jornada tercera

Pang. 37

Jornada 3.ª

Salen Claudio, Magencio, y Calisto.

Claudio.

La acusación de Dámaso afianza

tu venganza Magencio, y mi venganza,

ya a Roma persuadida

está de su torpeza, y que fingida

fue castidad, que en él creyó admirada;

tanto puede en el vulgo deslumbrada

la razón, tanto vale

esparcida opinión, que desiguale

un mérito creído,

y le sepulte en sombras del olvido;

y tanto que ya Roma

ha hecho el concepto de infalible axioma,

que del mortal contagio que padece,

y cruel en las vidas se embravece,

es Dámaso la causa, y que imagina

ser su escándalo solo la ruina

fatal del horizonte, y que irritado

el cielo de su torpe, e infiel pecado

a el pueblo le castiga gravemente,

porque su ofensa en Dámaso consiente,

que es la mayor, que a la deidad desplace

un escándalo aquel que de ejemplo nace.

Yo hice la acusación, y como amigos,

vosotros con Aurelio sois testigos,

que el fuego que mis iras exhalaron

Pang. 38

Claudio.

Otras deposiciones, confirmaron

Magencio.

Ríndase, que irritado

el pueblo a destruir del estado,

en que la hipocresía

le elevó a la más alta prelacía,

ni tampoco, que Ursino sublimado

grato me restituya mi obispado

y aunque quede en lo público vencido

a la creencia que tesón ha sido

del concilio Niceno, en que se establece

con substancialidad, que pertenece

al Espíritu Santo, Padre, y Hijo

aun vivo en mi dictamen, que prolijo

áspid oculto brotará el veneno,

contra la errada tema del Niceno.

Claudio.

Si el vulgo se conmueve

y a exclamar se inclina, o se desboque

bruto indómito fiero

pues presenta Jerónimo a este fuero

hipócrita la Biblia, que tradujo

más que a obediencias suyas al influjo

de celestial deseo

en el latino del idioma hebreo

cuyo acto solemne

para que más autorizado suene

en consistorio público recibe

la sagrada escritura.

Magencio.

Porque avive

más mi rencor, al verle coronado

de la sacra tiara.

Calisto.

Si ha llegado

la acusación a su noticia?

Claudio.

Creo

que por ser el delito en él tan feo

ninguno se ha atrevido

a decírselo a él.

Calisto.

Terror ha sido

Claudio.

Pero, en público auto,

nos hallamos ya a la vista.

Sale Efremio.

Efremio.

Por cumplir con el precepto

soberano, que me intima

el Ángel, vengo a observar

las operaciones dignas

de aplauso en Dámaso, pues

según ya tuve noticias,

basta que es muy evidente

fe, y celo.

Sale Chicharra.

Chicharra.

Qué bravo día

es para aprensar las capas!

No cabe ya, ni una hormiga

en el consistorio.

Efremio.

Hermano,

Chicharra.

Chicharra.

Pues a qué miran

mis ojos, a estas funciones

se meten los eremitas?

Efremio.

Que vengan, quién quita.

Magencio.

Aurelio

no parece aquí.

Claudio.

Sus iras

no pueden sufrir aplausos

de Dámaso.

Efremio.

Qué le admira

Chicharra.

ver que cada día está

más viejo, pero de prisa

cómo va?

Efremio.

Muy bien!

Chicharra.

Cobrarla

debió a Dámaso: mas diga

qué hay de nuevo en el yermo?

Efremio.

Por allá no se practican

novedades?

Chicharra.

Pues con esto

no se oirán tantas mentiras;

pero alguna novedad

fuerza es que haya?

Efremio.

A mi noticia

ninguna llega.

Chicharra.

Pues es no,

no será cosa precisa

el que allá se sepa cuando

han venido golondrinas.

Efremio.

Buen humor gastas.

Chicharra.

Yo tengo

otro

Pang. 39

Chicharra.

sto, mas las chirimías,

avisan, y ya en el solio

está Dámaso.

(Chirimías)

Claudio.

Envidilla,

ya antes enemigo vemos

con Jerónimo.

Magencio.

¡Fuera!

(Córrese una cortina y aparece San Dámaso vestido de Pontifical en un trono; San Jerónimo de rodillas, dándole un libro, que es la Biblia)

San Jerónimo.

Ya que en mi obediencia solo,

(Beatísimo Padre) estriba

este cuidadoso estudio

que el acierto solicita,

sirva al fervor el deseo,

ya que al acierto no sirva

de uno y otro Testamento

en esta Sagrada Biblia,

del oscuro idioma hebreo

en el nuestro traducida.

Veinte y dos libros contiene

la ley de Moisés antigua,

esto es de veinte y dos letras

que, altas, misteriosas cifras

de las tres pronunciaciones,

hebrea, caldea y siria,

hallé este divino emblema

en tres clases dividida;

cinco libros, que Moisés

llamó la ley, que admitida

desde el principio del mundo

duró hasta la ley escrita,

contienen las ceremonias,

castigos, mansiones, dichas

que en el pueblo de Dios fueron

verdades figurativas;

ocho de los vaticinios

que, sagradas profecías,

alumbraron la esperanza

y venida del Mesías

verdadero al mundo los

vemos ciertas, y cumplidas

nueve de escrituras santas,

y de los Santos, que explica

el hagiógrafo, que lenguaje

esto mismo significa:

estos veinte y dos se aumentan

(no sin misterioso enigma)

dos libros, que es el de Ruth,

y el llanto de Jeremías,

para que en número sean

de veinte y cuatro, que cifran

los veinte y cuatro varones

que atendió la aguda vista

de Juan en su Apocalipsis,

cuyas coronas rendidas

a las plantas del cordero

altamente simbolizan

cuanto aventaja la ley

de gracia, a la ley escrita:

los del nuevo Testamento

son los cuatro Evangelistas,

hechos de Apóstoles, Cartas

de los mismos, profecía

del Apocalipsis de Juan,

pura águila que registra

al Sol, Padre de las luces,

los reflejos en noticias;

esta traducción ofrezco

a la Iglesia, siendo cifra

de mi obediencia, y el logro

vio en mandarme la disculpa.

San Dámaso.

Al altísimo Señor

se den las gracias debidas

Jerónimo, que en sus fieles

puso la sabiduría.

Pang. 40

San Dámaso.

tan alto conocimiento

no es cosecha de fatigas

humanas, que son efectos

de su asistencia divina;

instrumento de Dios mismo

sois, Jerónimo, en la Biblia

que ofrecéis, que yo la apruebo

en nombre de Dios, que inspira

a su vicario en la tierra

las decisiones, que afirma,

y hago notorio de parte,

de aquel Señor, que registra

el más retirado impulso

la intención más escondida,

que vuestra fiel traducción,

tan venerada se admita

de los siglos, que en ninguno

se dude, borre, ni impida

la menor sílaba della

sino que sagrado enigma

del más reverente culto

sea, norte, rumbo, y guía

de la Iglesia, y puerto donde

arribe la fe más viva.

San Jerónimo.

A vos, beatísimo Padre,

todo el aplauso se rinda.

Dentro voces.

Voces.

¡Misericordia, Señor!

Vuestra piedad nos asista.

San Dámaso.

¿Qué llanto es este?

San Jerónimo.

Del pueblo

que el contagio respira

en lamentos.

San Dámaso.

¡Qué dolor

su voz mi pecho lastima!

Chicharra.

Yo hallo un medio, con que ceses

la peste.

Calisto.

¿El medio nos diga?

Chicharra.

Echar de Roma las viejas,

pues son peste.

Dentro.

Voces.

De las ruinas

de la ciudad es la causa

el Pontífice.

Claudio.

A mis iras

corresponden y a los ecos.

San Dámaso.

¿Qué es lo que oigo? No me admira

que digan, que mis errores

son la causa de la ira

del cielo, y soy el malo.

Dentro.

Voces.

Por Dámaso nos castiga

Dios, a un concilio se apele,

que le deponga, y las vidas

asegure el Pueblo.

San Dámaso.

¿En qué

a Roma tengo ofendida?

Dentro voces.

Voces.

Lascivo es Dámaso.

Chicharra.

Mienten.

San Dámaso.

Jerónimo, di, ¿qué incita

a este motín?

San Jerónimo.

Un engaño

de una aprehensión.

San Dámaso.

¿En qué estriba?

San Jerónimo.

Temo.

Magencio.

No temas.

San Dámaso.

¿Qué es esto?

San Jerónimo.

Como destemplado el clima

de esta ciudad al contagio

mira peligrar sus vidas,

pues conficionado el aire

de un grueso vapor marchita

cuanto debió de esperanzas

toda la verde campiña;

no habiendo mies, planta, flor

que con palidez no diga

que de universales riesgos

son la causa iras divinas,

da el Pueblo en decir, que sois

la causa de estas desdichas

por un formado proceso

Pang. 41

San Jerónimo.

que fulminó la malicia,

en que prueban que de Irene

la conversación no es digna

de un pontífice, y son

profanas sus visitas.

Esto entendido del pueblo,

juzga que Dios le castiga

como a Israel por David,

cuando en Joab solicita

ver ejecutadas sumas

la amplitud de sus provincias,

siendo del pueblo la pena

y de David la osadía.

San Dámaso.

¿Quién lo cree?

Magencio.

Testigos

que del delito justifiquen.

San Dámaso.

Serán infernales monstruos,

abortos de la mentira.

Claudio.

No son.

Chicharra.

Visto y verde bueno,

así es una niñería;

pero miente, otra vez digo,

y remiente, aunque lo oigan

cien calvos, que es gente que

descubren sus faltas mismas.

Efremio.

Lo que recelé yo ver,

tan secreta república.

San Dámaso.

Hacedlos, mi deshonor

no siento, aunque bien podrá

sentir el de Irene, que es

virgen ilustre; mas mira

la razón que son efectos

de providencias divinas,

porque más méritos logre

su inocencia perseguida.

Y si más que padecer

en tan injusta ignominia,

pues luz celestial mendigo,

que Dios guardaba mi vida

para más afrentas, vengan

afrentas, porque redima

en algo lo que por mí

pasó el Autor de la vida,

en la Redención humana;

pues más que todos me obliga

satisfacer como deudas

aquella sangre vertida,

cuando, más malo que todos,

vengo a ser de bien semilla.

Bien pudiera declarar

que Irene es; pero reprima

el labio la obligación

que a Dios tengo prometida.

Jerónimo, si el proceso

que contra mí la malicia

ha fulminado me imputa

de lascivo, no es justicia

sea exento de la pena

con que el derecho castiga

al adúltero; y yo a serlo,

vengo con la Iglesia misma,

que es mi esposa; y para que

o mi culpa convencida,

o inocencia quede, quiero

a el examen reducirla.

Júntese luego un concilio

jurídico, donde asistan

los cardenales y obispos,

que en Roma al presente habitan,

en esta Basílica nueva,

que fabriqué a las reliquias

Pang. 42

San Dámaso.

del valiente español mártir

Laurencio, y para que sirva

de panteón a mi cuerpo,

y donde cenizas frías

reposan de Marcia, sea

el lugar que sacro elijan

para el concilio; que en él,

las acciones que se examinan

de una vida sea en parte,

donde ha de parar la vida.

Chicharra.

Allá veremos si son

calvos todos los que pleitean.

Dentro, voces.

Músicos.

Misericordia, Señor.

San Dámaso.

Otra vez a la divina

piedad de Dios llama el pueblo.

Dentro, voces.

Músicos.

Su favor nos asista.

Trueno.

San Dámaso.

Pero ¿cómo no recurro

a obligación que es tan mía,

cuando clamando están

con lastimosas fatigas?

Venid todos, aplaquemos

del cielo las justas iras.

Vamos al templo de Pedro.

Pero ¿qué mis ojos miran

en el alto Capitolio

inteligencia maligna?

Negros vapores esgrime

y los vientos caliginan.

San Jerónimo.

¡Qué dolor! El cielo airado

visiblemente castiga.

Efremio.

Todo es horror cuanto ves

desde que cubrió Callista.

Magencio.

El aire entre sí batalla

y negros vapores vibra.

Claudio.

¡Qué horror!

Calisto.

¡Qué asombro!

Chicharra.

¡Qué pasmo!

San Jerónimo.

Fuego el ambiente respira.

En una apariencia se ha de ver a Aurelio acuchillando el aire.

Aurelio.

Inficionó mi soberbia

cuanto mi espada acuchilla.

Chicharra.

Alguna legión de suegras

debe de andar allá arriba.

San Dámaso.

Con las armas de la Iglesia,

con exorcismos se libra

contra negras potestades

que el lóbrego seno habitan

del abismo Dios. Pues sois

misericordia infinita,

destruid, aniquilad

el furor que solicita

ensangrentarse en los fieles;

caiga la serpiente antigua,

carbón que en horror humea,

bastarda luz de sus iras.

En nombre de vos, Señor,

la arruinaré con la insignia

de la cruz.

Suba en una elevación San Dámaso con una cruz en la mano que sacará del pecho.

Aurelio.

Su gran poder

mi soberbia precipita.

Despéñase Aurelio en la misma apariencia y baja San Dámaso.

Chicharra.

Anda con dos mil demonios

y a la tal legión de arpías

o suegras cayó.

Músicos.

¡Qué raro

prodigio!

Músicos.

¡Qué maravilla!

San Jerónimo.

Ya despeñado a la tierra

cesó el horror.

Claudio.

Ya se mira

claro el cielo.

Magencio.

Y el ambiente

afablemente respira.

Dentro, voces.

Músicos.

Santo es Dámaso, sus obras

milagrosas le acreditan.

Chicharra.

Y el bocado de la peste

Pang. 43

Chicharra.

de suegras viejas, y tías.

Claudio.

¡Que haya visto este milagro

el pueblo...

Magencio.

¡Qué rabia!

Calisto.

¡Qué extra...!

(A los dos.)

San Jerónimo.

Ya pues, beatísimo Padre,

que el pueblo en tan suma dicha

con mejor conocimiento

de lo que sois desde hoy fía,

inútil será el concilio.

San Dámaso.

No, Jerónimo, no digan

que mi culpa, o mi inocencia

la junta no justifica;

el concilio se disponga

luego al punto.

Claudio.

Y en él mi ira

de imperio ha de convencerles.

Magencio.

Y a examen se determina

y espero tomar venganza.

San Dámaso.

A dar las gracias debidas

a Dios vamos.

San Jerónimo.

Mi obediencia

a Vuestra Santidad ya está rendida.

Efremio.

Santo es Dámaso.

Chicharra.

Y muy grande,

que Madrid santazos cría.

Efremio.

No sé a quién crédito dé,

si a tan clara maravilla

o a lo que vieron mis ojos,

que en todo mi juicio peligra,

pero a lo que hiciere la junta,

apelan las dudas mías.

(Vanse, y sale Irene con manto.)

Irene.

Mas que de mi pundonor

de la compasión guiada

a hablar a Claudio arrebatada

vengo, a que de su error

a que desista del daño

que a sí mismo se está haciendo,

pues cruel al cielo ofendiendo

está con su mismo engaño, y

que aunque en mí desdoro sienta

mi deshonor entre dos

penas, la ofensa de Dios

siento más que no mi afrenta,

en nada ser ofendido

debe el que es suma bondad,

que apura en Dios la piedad

quien le ofende inadvertido, y

quien sabe con su malicia

que a otro daña, y por vengarse

llega osado a confiarse

que Dios no ha de hacer justicia.

Y de este la acusación

le he de pedir con mi llanto

si es que cabe en rigor santo

moverse a la compasión

y del horror detestable,

que contra Dámaso sigue,

pues la inocencia persigue

que solo a mí me delate,

porque roca siempre fui

a su amorosa porfía, y

al tesón de su osadía

honesta me resistí,

pues no sé en la jerarquía

que de mí ha pasado a hacer

qué tenga más que imponer

que mi noble resistencia

de este el delito al castigo,

es bien que yo me prefiera,

hallar a Claudio quisiera

por si con llanto le obligo.

En este templo se junta

el concilio, y aquí yace

Pang. 44

Irene.

podré a aquella que renace

en mi amor, aunque difunta,

aquí en fin le pienso hallar,

pues le es preciso asistir

al concilio, y en él ir.

Ya no puedo mi pesar

llevar en mi irresolución,

que alguno me la condena,

la vengaré con mi pena

y disculpará mi pasión.

Sale Claudio.

Claudio.

Que vaya a traer a Irene

me ordena el sacro concilio

para que reo parezca

en la Junta; mas, ¿qué miro?

Ésta es mi enemiga.

Irene.

Cielos,

Claudio es, mármol me animo

al verle solo.

Claudio.

A buscaros

yo bajo.

Irene.

Si arrepentido

de la injusta acusación

que contra Dámaso hizo,

para ingrato reo venís

a retractaros, deliro,

no lo creáis que nunca tarde

llega, quien llega advertido

a volver por la inocencia.

Claudio.

¡Qué inocencia!, es un delito,

que el suyo tan manifiesto

y con pretextos fingidos

abonándole pretende

su cauteloso artificio.

¿Disculpar su liviandad?

¿Puedes negar que me has dicho

que te debe obligaciones?

Irene.

¿Qué decís? ¿Estáis sin juicio?

¿Yo os he dicho que me debe

obligaciones? ¡Si sorda

siempre fui a la persuasión

de su amante delirio,

negándome aun al cortés

cumplimiento permitido

de escucharos, porque creí

que sonaban a lascivia

sus voces afables,

y unos corteses rendidos!

Pues si no os he hablado nunca

sino la vez que advertido

mi casa ampararéis, cómo

suponéis que yo os he dicho

me debe Dámaso...

Claudio.

Calla,

engañoso cocodrilo,

que apuras mi sufrimiento

con tu cauteloso hechizo;

que no me has hablado dices,

cuando su halago fingido

tantas veces en tu casa

me admitió hasta que, testigo

fiel de mi ofensa, encontrando

a ese hipócrita contigo,

gozando de sus favores.

Irene.

Sin duda estáis persuadido

del Padre de la mentira,

pues tan falso desvarío

no es posible le advierta

contra un honor casto y limpio,

hombre que el sacro carácter

de cristiano ha recibido:

no solo a vos, ni a hombre alguno

en mi casa le he admitido

para deshonor de estado.

Claudio.

Harásme que pierda el juicio, mujer,

Pang. 45

Claudio.

mujer, pero en sus engaños,

en sus cautelas, no admiro

que niegues facilidades,

el querer a un tiempo mismo

premiar mi amor, con que yo

consintiese en el delito,

y hablar a Dámaso como

me lo propuso su mismo

deudo, diciendo, que,

el velo una vez corrido

al recato, se hallaría,

menos esquiva el cariño.

Irene.

¿Pues lo que decís? Mas yo

soy quien me ofendo en oíros;

pero volviéndoos la espalda

cumplo con vos, y conmigo.

Claudio.

Ten, aguarda.

Irene.

¿Qué intentáis

en mi ofensa?

Claudio.

Ya te he dicho,

te buscaba.

Irene.

¿Para qué?

Claudio.

Para que ordena el concilio

parezcas en él.

Irene.

No excusa

la que sin culpa ha vivido

parecer reo, que Dios

volverá por mi honor limpio.

Claudio.

En el juicio lo veremos.

Irene.

Y en él tan falsos motivos

se aclararán; pero a vista

ya nos vemos del concilio

y sentándose van.

Salen San Dámaso, San Jerónimo, Magencio, Calisto, y Chicharra y se sientan.

Magencio.

Claudio,

¿habéis a Irene traído?

Irene.

Aquí está Irene.

San Jerónimo.

Fiscal,

beatísimo Padre, me hizo

la junta.

San Dámaso.

Pues el proceso

fiscalícese,

San Dámaso.

fiscalícese el delito.

San Jerónimo.

En él propongo a Claudio

que la acusación ha visto

con Irene, como juez

a quien le fue remitido

por Gobernador de Roma.

Chicharra.

Y Pilatos ab initio.

San Jerónimo.

En la culpa en fin deponen

contestes los tres testigos

así de noxias suyas,

como de claros indicios

contra vos, que varias noches

con disfraces os han visto

entrar en casa de Irene,

y que ella con sus cariños

os recibía, pasando,

a declarar los dichos

testigos, uno que vio

que de los brazos tejido

lazo cariñoso entrambos

formaban.

Chicharra.

Ese testigo

desea, que le sacasen

los dientes, y aun los colmillos.

San Jerónimo.

Conque sustanciada en todo

la acusación, y en sus dichos

ratificados aquellos

que deponen de lo visto,

comprobada está la culpa,

y solo resta admitiros

a Irene el descargo, y a vos,

para lo cual os ha traído

aquí el concilio, esperando

que deis desvanecidos

tantos indicios.

San Dámaso.

Descargo

ninguno hallo en favor mío,

siendo tan malo.

Irene.

Ni yo les

Pang. 46

Irene.

tengo.

Claudio.

Pues convenidos

estáis en la acusación.

San Jerónimo.

Siendo Pontífice, es visto

que por dignidad suprema

no estáis sujeto al arbitrio

de ningún juez en la tierra,

pues el Vicario de Cristo

como sucesor de Pedro

es a todos preferido;

así se vio con Marcelo

Pontífice, su concilio,

cuando desdoblaba él

que acusador de sí mismo

el cual se impuso a él la pena

y así, si en lo deducido

contra vos hay culpa, solo

vos sois juez de este delito.

San Dámaso.

Yo condenarme no puedo

cuando sin culpa me miro.

Magencio.

¿Es verdad que visitáis a Irene?

San Dámaso.

Sí, yo lo afirmo,

y que la estimo y la quiero;

y que cuanto los testigos

deponen en el proceso

es verdad, mas es distinto

lo interior a lo exterior;

pues varía con los motivos

a los dos, solo toca

el ver la acción, mas no el juicio

del motivo, con que se hace

que este solo es conocido

de Dios, que a su inteligencia

se reserva lo escondido.

Claudio.

Vuestra beatitud declare

esos fines, o motivos

de la amistad con Irene.

San Dámaso.

Eso no puedo darlo,

porque he prometido al cielo

callarlo.

Magencio.

Pues referirlo

puede Irene.

Irene.

En mí también

es el secreto preciso

pues también ofrecí al cielo

ocultarlo, aunque a peligro

esté de perder mi fama.

Efremio.

Aquí hay misterio escondido.

Calisto.

Pues si no hay quien lo declare

convencido en el delito

fuerza es daros.

San Jerónimo.

¿No tenéis,

ya que callarlo es preciso

los dos, quien lo diga?

San Dámaso.

No,

pues no hay quien viva en el siglo

que pueda saberlo.

Claudio.

¿Pues

los muertos han de decirlo?

San Dámaso.

No es difícil, pues en este

suntuoso sepulcro frío

yace Marcia; si pudiera

declararlo, si benigno

el cielo en justa defensa

lo diré del blanco armiño

de la castidad de Irene,

querrá hacerlo.

San Jerónimo.

Estremecido

el mármol al pronunciarlo

se desune de sí mismo.

Chicharra.

Por Dios que los muertos

se levantan.

San Jerónimo.

¡Qué prodigio!

Claudio.

¡Qué asombro!

Magencio.

¡Qué maravilla!

Desde que salieron a la alabanza se ha de descubrir un sepulcro, que estará en el espacio que hace dentro el vestuario, y al abriéndose habla Marcia, y luego se cierra

Marcia.

Sepa el mundo, que mis hijos

Dámaso, e Irene son,

y el imputado delito engaño

Pang. 47

Marcia.

engaño, pues siendo hermanos

es natural el cariño;

voto hicieron de secreto,

que desde que venimos

a Roma, por despreciar,

vanos del siglo,

y en Dámaso alojados

aguardamos más previstos.

San Jerónimo.

¡Extraño caso!

Chicharra.

¡Pasmoso!

Claudio.

Corrido estoy.

Efremio.

¡Que haya visto

este desengaño, ¡ah cielos!

Cómo se engaña el sentido.

Chicharra.

Mucho le importara al mundo

que declararan sus hijos

los difuntos.

Magencio.

¡Muerto estoy!

Calisto.

¡Qué pesar!

Chicharra.

Carifruncidos

están los tres, muy bien pueden

alquilar dientes postizos.

Dentro voces.

Músicos.

Mueran los acusadores

de Dámaso.

Chicharra.

Mueran, digo,

que deshonrarán a un santo.

Dentro voces.

Músicos.

Mueran todos.

San Jerónimo.

El concilio

que se castiguen ordena;

Magencio, Aurelio y Calisto

son los testigos, y Claudio

el calumniador.

San Dámaso.

No evito

que se prendan, pues se hicieron

dignos del propio castigo

que yo, a ser verdad la culpa,

que me imputaban impíos;

y desde hoy establezco

por decreto decisivo,

que el falso calumniador,

tenga aquel castigo mismo

que tuviera el acusado

San Dámaso.

a ser verdad el delito.

La pena de talión llame

el mundo esta ley.

Chicharra.

Brinco

de contento, a ver quemados

se condenaron, que el mismo

castigo es del adulterio,

a llevarlos me destino,

vamos.

San Jerónimo.

Llevadlos.

Claudio.

¡Qué afrenta!

Calisto.

¡Qué injusticia!

Magencio.

¡Infeliz destino!

Chicharra.

Después se buscará a Aurelio

vengan ahora los testigos

falsos.

San Jerónimo.

Beatísimo Padre,

ya el tratamiento debido

de Princesa a Irene, es fuerza

hacerse; pues se ha sabido

quién es.

Irene.

Antes humillada,

Beatísimo Padre, os pido

que por Palacios y grandezas

me permitáis el retiro

de este Templo de Laurencio,

y que acompañe los fríos

mármoles de este sepulcro,

porque pague el beneficio,

que a Marcia después de Dios

en la calumnia debimos.

San Dámaso.

Acompañad, pues, a Marcia

mía madre, que es su sitio

cátedra, donde se leen

desengaños de los siglos.

Jerónimo, a Irene lleva

al cuarto, que prevenido

la di aquí para gozar

el más celestial retiro:

Id en paz.

Irene.

El Cielo os guarde.

Vanse los dos.

Efremio.

A tus plantas rendido,

Beatísimo Padre, os ruego

perdonéis compadecido

aun

Pang. 48

Efremio.

aun ingrato.

San Dámaso.

Pues, Efremio,

¿en qué serlo haber podido?

Efremio.

En haber usado mal

de los mismos beneficios.

Yo, en el eremito ejercicio

los os pedí, al vicio

en la humana flaqueza,

y pues el cielo no quiso

que los tuviera, era cierto

que el quitármelos convino,

pues a no tener yo vista

no hubiera errado en el juicio,

que de vos y de Irene hice,

cuando os vi, que con cariños

la abrazabais; ya, mi Padre,

demás del perdón que os pido

de mis yerros, a estas plantas

humildemente os suplico,

volváis a dejarme ciego,

que los que fueron principio,

a más ceguedad se animan,

miran a su precipicio.

Vuelva, pues, ciego al eremito,

quien para su error ha visto.

San Dámaso.

Llegad, Efremio, a mis brazos,

yo os alabo los disignios

del retiro, mas seguros

que los afanes del siglo.

El decreto soberano

creed que ya habéis cumplido;

pues si os mandó el cielo, que

mis acciones advirtáis

y observéis hasta mi muerte,

ya de vida poco animo

tampoco, que mañana

gozar de la eterna, fío.

Efremio.

Vuestra bendición me echad.

San Dámaso.

Id en paz.

(Vase San Dámaso.)

(Vase.)

Efremio.

Cielos benignos,

¡qué bien creíste! Mis ojos

perdieron el ejercicio

de las luces, y ya estoy ciego

(con qué contento lo digo),

Dámaso me dio la vista,

y Dámaso a ruegos míos

me ha privado de ella: gracias

os doy, Señor, pues me animo

ya solamente con dos

para ir a llorar delitos.

Sale Chicharra.

(Dentro voces.)

Voces.

Quien con envidia cruel, y fiera

osado infama las virtudes.

(Dentro voces.)

Voces.

¡Muera!

Chicharra.

Ya llevan al suplicio los detractores,

de Dámaso, e Irene infamadores,

y el pueblo con sus voces de falsete

les va a coros cantando este motete.

(Dentro voces.)

Voces.

¡Mueran testigos falsos!

Chicharra.

¡Qué armonía

notable es en su muerte la alegría!,

pues parece, según lo considero,

que cualquiera se juzga su heredero,

ya pasan de Laurencio por el templo

sirviendo de escarmiento, no de ejemplo,

mas desde Iglesia Dámaso, e Irene

salen, a su presencia se detiene

todo el concurso; mas que contradice

su muerte Irene; el caso ya es felice.

Salen San Dámaso y San Jerónimo por una puerta, e Irene por la otra diciendo el primer verso a los paños.

Irene.

Suspended la ejecución,

beatísimo Santo Padre,

a los enemigos fieros

estos que al suplicio traen

has de darles la vida

pudiendo, y siendo ambos parte,

que ya parecer venganza,

Pang. 49

Irene.

eso la justicia hace.

Ley divina nos precisa

a amar a quien con ultraje

nos trató, porque aunque indigno

el enemigo se halle

de la piedad, mayor gloria

da al que llega a perdonarle.

Cristo en la cruz perdonó

a sus enemigos; grande

fue aquella culpa, pues va

de la vida, a la que afable

él perdona, lo que dista

de ser cometida en parte

al Criador, y ser hecha

a la criatura frágil.

Ejemplo en Cristo tomemos

para perdonarlos.

San Dámaso.

Baste,

Irene, cesen tus ruegos,

que aunque más méritos añaden

a tu piedad, nada en mí

vencen, cuando mis piedades

venían a darlos vida;

todos queden libres.

Chicharra.

Padre,

menos Aurelio, que el susto

no ha pasado.

San Jerónimo.

Acción es grande.

Dentro unos.

Unos.

¡Perdón, perdón!

Dentro otros.

Otros.

¡Viva el santo

pontífice!

Salen Claudio, Magencio, Calisto y Aurelio.

Chicharra.

Ya aclamarle

por abogado de falsos

testimonios pueden.

Claudio.

Padre

beatísimo, a vuestras plantas

arrepentido a postrarse

llega quien honor y vida

de vos recibe.

Magencio.

Constante

mi fe a vuestros pies se arroja.

Calisto.

Y en vuestras piedades

halla amparo, vida y honra.

San Dámaso.

Alzad del suelo, abrazadme,

que Dios solo que se enmiende

quiere el pecador.

Magencio.

Y hace

que en mejor conocimiento

abjure errado dictamen,

y reducido al gremio

de la Iglesia, el rito abrace

confesando una igualdad,

una esencia, en Hijo, Padre,

y Espíritu Santo.

San Dámaso.

Otra vez

vuelve, Magencio, a abrazarme,

y a tu obispado a regir

vuelve; Claudio, como antes,

a su gobierno, Calisto

su teniente sea.

Claudio.

Alcance

perdón Aurelio también.

San Dámaso.

Aurelio murió.

Magencio.

Delante

está, Santo Padre.

San Dámaso.

Luego

sabréis quién es, que admirable

Dios me lo revela.

Claudio.

Ya que

vuestras gratas piedades

al honor me restituyen,

que medió mi ilustre sangre,

merezca esta Señora

Irene las singulares

prendas, cuando por sí misma

(sin saber quién era) amante

la adoré con la licencia

que no ignoro, hasta que el grave

ciego error mío.

Irene.

Tened,

no paséis más adelante;

¿quién tan loca confianza

os da?

Claudio.

Los inestimables

Pang. 50

Claudio.

favores que os merecieron

no mi amor, mis humildades.

Irene.

Yo creo que el escarmiento,

os mueva a que dejareis

nuevos engaños.

Claudio.

Yo, ¿cómo

puedo engañar, o engañarme

si admitiendo mi desvelo

en vuestra casa...?

San Dámaso.

No pase

a más vuestro error: que es tiempo

que quien es Aurelio aclare:

infernal, horrible monstruo

que de Aurelio forma y traje

finges, de parte de Dios

te mando, que aquí declares

quien eres, y dónde el cuerpo

de Aurelio ocultas, que un ángel

dio muerte, por permisión

del cielo, y que a engañarle

en forma de Irene pudo

a Claudio.

Aurelio.

Ya mi coraje

te obedece a mi pesar:

Luzbel soy, príncipe grande

de las tinieblas, no Aurelio,

que con humanos disfraces

vengarme de ti intenté

logrando solo ensalzarte;

ángel como yo, de Irene

tomando la forma amable

caricias le fingió a Claudio

porque de apariencias manchase,

su limpieza, el horror, siendo

sus vicios en todo grandes;

y pues ya he dicho quien soy,

sepulcro las infernales

bóvedas me den.

San Dámaso.

Detente

antes que al abismo vayas,

declara dónde está el cuerpo,

de Aurelio.

Aurelio.

De sepultarle

no es digno; pues blasfemando

murió.

San Dámaso.

Mientes, que un instante

que tuvo de vida, supo

su dolor aprovecharle

a mejor vida.

(Vase en un escotillón)

Aurelio.

Mas iras

estas nuevas me añaden

el cuerpo de Aurelio oculta

esta contrapuerta margen

del Tíber; ahora mis iras

al lóbrego abismo vayan.

Claudio.

¡Qué horror!

Magencio.

¡Qué pasmo!

Calisto.

¡Qué asombro!

Chicharra.

¡Y olor que da a guantes

adobados con azufre!

Irene.

¡Extraño caso!

San Jerónimo.

¡Admirable

es Dios en sus Santos!

San Dámaso.

Luego

haced se busque el cadáver

de Aurelio, y sepulcro tenga,

vamos, Irene.

(Vase)

Irene.

A encerrarme

iré eternamente, donde

lecciones de morir halle.

San Dámaso.

Jerónimo, un accidente

siento mortal, ya a apagarse

va esta antorcha de la vida.

San Jerónimo.

¿Qué decís?

San Dámaso.

No sepa nadie

mi mal hasta que lleguemos

a Palacio.

(Vanse los dos)

San Jerónimo.

¡Dolor grave!

Claudio.

Un sueño es la vida, una

idea representable,

el demonio por Aurelio

pudo en su forma engañarme,

mas ya al desengaño atento

verá el mundo, que constante

Pang. 51

Claudio.

sigo la verdad, haciendo

donación, irrevocable

de mi hacienda a aquel hospicio

que tiene a las piedades

de abrigo de peregrinos

pobres, y para ampararle

yo he de asistirle, que es bien

ver sustituto de un Ángel.

Calisto.

Yo, siguiendo tus pasos

feliz seré en ayudarte.

Vanse los dos.

Magencio.

Quien a vista de faroles

en todo tan celestiales

sigue erradas huellas, cuando

de ley sirven las verdades.

Vase.

Chicharra.

Yo he quedado discurriendo

que pueda el diablo hacer fácil

el tomar humana forma

y que tomando la viste

a persuadirnos, que es

uno de los racionales,

ahora acabo de creer,

y no dude aquesto nadie

que los logreros chismosos,

embusteros, y truhanes

son diablos en forma humana,

que entre nosotros los tales,

andan; pero los demonios

no hicieran lo que ellos hacen;

mas paso a paso he llegado

a Palacio, y a aquí sale

Jerónimo, que aturdido

viene.

Sale San Jerónimo.

San Jerónimo.

Chicharra.

Chicharra.

¿Qué trae,

vuestra Eminencia?

San Jerónimo.

Una pena

terrible, acude al instante

a Irene, que un accidente

mortal, al último vale

de la vida (¡qué dolor!)

tiene a Dámaso.

Chicharra.

¿Que llame

no es mejor a un Escribano?

San Jerónimo.

¿Para qué?

Chicharra.

Para que trate

de disponer, que me deja

mandado.

San Jerónimo.

¿Qué ha de dejarle?

Chicharra.

Algún beneficio simple

como yo.

San Jerónimo.

Vaya, no tarde.

Chicharra.

Ya debe de estar de Dios

que yo en bodeguero acabe.

Vase.

San Jerónimo.

Si el sol claro de la Iglesia

fallece el puro diamante

de la fe, mas mi asistencia

no es bien que ahora le falte

más inmóvil que un cristal

está, Santísimo Padre.

Córrese una cortina, y aparece San Dámaso de rodillas.

San Dámaso.

Jerónimo, ya llegó,

ya miro por instantes

que este reloj de la vida

el infalible volante,

va apresurando la hora

última; solo quedarme

quiero este instante de vida

que falta, que aprovecharle

será justo.

San Jerónimo.

Ya obedezco.

Vase.

San Dámaso.

¡Oh, Majestad inefable,

Pang. 52

San Dámaso.

¿A tanta luz se estremecen

las más altas potestades

del imperio, y hablo yo,

un gusano miserable

de la tierra, y aunque os juzgo

de los hombres fino amante,

mis imperfecciones tiemblan

vuestro juicio formidable?

Pero ¿qué diáfanas luces

bajan hermoseando el aire?

Bajan los Ángeles en unas apariencias cantando, y después correrán unos bastidores, y se aparecerá pintado en ellos un mapa de Madrid, y adornaráse la fachada del teatro con Melchiades Pontífice, San Isidro, María de la Cabeza, y Mariana de Jesús, monja tutelar patrona de Madrid, está enterrada en Santa Bárbara, y por corona de esto una niña que representará a la Villa de Madrid coronada, con cetro en la mano, y triunfos militares.

Ángeles.

Destierren temores

los ecos suaves,

que en la muerte dichosa de un justo

los bienes empiezan, y acaban afanes.

Ángel 1.º.

Dámaso, ya llegó el día

que tu fe siempre constante

ciña el laurel que te deben

tus virtudes admirables.

Ángeles.

Pues sol de la Iglesia

de luz la adornaste

dando a Roma Madrid en ti un hijo

que a la Iglesia himnos, y glorias añade.

Ángel 2.º.

Y después de la esencial

gloria, Dios quiere premiarte

con la accidental de ver

a Madrid su patria grande.

Ángeles.

La cual coronada

villa, las edades

la verán en la forma que hoy miras

a ideas de un lienzo, de luz una imagen.

Ángel 1.º.

Corte será de monarcas

que de la fe siendo atlantes

su feliz austríaco imperio

a dos mundos le dilaten.

Ángeles.

Llegando sus cultos

a verse más grandes

cuando un Carlos Segundo en España

y el Fénix de Francia dichosos reinaren.

Ángel 2.º.

Mira los gloriosos santos

de tu patria naturales:

Melquiades, María, y Isidro

y Mariana venerables.

Ángeles.

Y el blasón más claro

de Madrid triunfante

será siempre tener por su hijo

un Dámaso santo, Pontífice grande.

San Dámaso.

¡Qué gracias, Señor, os debo

rendir, pues siempre admirable

a Madrid mi noble patria

añadís felicidades,

siendo el centro de la fe

donde el culto más arde!

Salen San Jerónimo, y Chicharra, y todos.

San Jerónimo.

¿En fin no quiso venir

Irene?

Chicharra.

Clausura hace

del templo, donde ha ofrecido

estar siempre, hasta que acabe

la vida; pero ¿qué luces

son estas?

Pang. 53

Claudio.

Qué celestiales

armonías.

San Jerónimo.

Éstas son,

todas dichosas señales

que feliz Dámaso espira.

San Dámaso.

Mi espíritu, eterno Padre,

en tus manos encomiendo.

Cantan los Ángeles.

Ángeles.

Destierren temores

los ecos suaves

que en la muerte dichosa del justo

las glorias empiezan, acaban los males.

Magencio.

¡Qué dicha!

Suben los Ángeles el alma del Santo en una apariencia.

Claudio.

¡Qué gran ventura!

Calisto.

¡Qué triunfo glorioso!

Claudio.

El aire

se viste de resplandores.

San Jerónimo.

Ya vencedor va triunfante,

honras pisa, y yo a Belén

partiré contento al instante,

renunciando los honores

por aquel oriente amable

del mejor sol.

Chicharra.

Yo a Madrid

parto también, donde grandes labren

una capilla, que fije

de Dámaso inmemorable

acuerdo en San Salvador

sea de que allí el carácter

del bautismo recibió

a las futuras edades.

Todos.

Ya que venga fin glorioso

San Dámaso el admirable,

mejor hijo de Madrid,

Pontífice en todo grande.

Fin.

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