귀속 대상:> 공개일: 2026년 8월 22일
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El mayor trance de honor. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-mayor-trance-de-honor.
El mayor trance de honor. Famosísima comedia. Por el alférez Jacinto Cordero. Personas que hablan: Ladislao, duque de Calabria. - Diego de Ávila. El conde Federico. - Fadrique. Conrado, su hermano. - Manuel de León. Octavia, hermana del duque. - Señora Flora. Laura, su prima. - Señora Isabel. La señora doña Manuela. Serafina, hermana del conde. - Señora Jusepa. Silvia, criada. - Señora Mariana. Alberto, gracioso. - Coronel. Unos músicos.
Página en blanco con pruebas de pluma, un sello de la Biblioteca Nacional y trasluz del texto de la cara opuesta.
†
Salen Ladislao, duque de Calabria, Conrado y Alberto. Los tres de camino. Y Federico.
No es bien hecho.
Es gusto mío,
y mi gusto es ley, no más.
Terrible, señor, estás.
Ya es hecho.
Fue desvarío.
No se inclinó mi albedrío
a su gracia, a su hermosura;
salir el alma procura
del golfo deste rigor.
No pudo darle el amor
conmigo, conde, ventura.
Sicilia queda agraviada
y ha de ostentar su poder.
Si trato de obedecer
a sujeción tan pesada,
muerto es mi padre; la espada
desnude el Rey enfadado;
no he de casarme forzado,
ni han de darme, ¡qué injusto!,
una mujer contra gusto.
A quien nunca me he inclinado.
Venga su tío en persona,
su venganza tome a cargo
por ver si en pleito tan largo
me ha de vencer su corona.
Poco tu nobleza abona,
este desprecio que has hecho.
Que me predicáis sospecho.
Señor, no os predico,
antes solo os certifico
las verdades de mi pecho.
Mal te acomodas al uso;
verdades no se usan bien,
miente, adula y entretén,
medrarás.
De eso me excuso.
Vivo mi padre, dispuso
que casara con Leonor;
obedecí su rigor,
fui a Sicilia donde he estado
sin casarme tan forzado,
que resistí a mi valor.
Luego que supe su muerte,
en secreto mi partida
dispuse, porque mi vida
trocase mi adversa suerte.
Ya en Calabria llego a verte,
adonde sus damas bellas
darán luz a mis centellas.
Aliviando mi pasión,
porque no hay, conde, afición,
si no inclinan las estrellas.
Tendrás amor en Calabria,
que de eso nace tu furia.
Mucho tu lengua me injuria,
conde, para ser tan sabia.
Mucho más, señor, me agravia
vuestra Alteza en presumir
que yo le puedo decir
cosa que no le esté bien.
Ya sé, conde, que sois quien
más os desea servir.
Vuestro padre aquí en palacio
me dio un cuarto donde vivo.
Aparte.
Gusto notable recibo,
que así podré hablar despacio
a su hermana.
Frío y vacío
este camino me ha puesto.
Entremos a hablar de presto.
Octavia.
¡Ay, luz soberana!
Muero por ver a su hermana.
Vanse los dos.
Ven, Conrado.
Pues, ¿qué es esto?
Hablar verdad llanamente.
Ya del mundo te despide,
que en él ninguno reside.
la quiere ni lo consiente,
ya no vive entre la gente.
Y yo de ti, a ti, apelo,
viéndole en tan grandes celos,
de ti, señor, le destierra
y no busques en la tierra
la verdad, que es ida al cielo.
Yo en Sicilia no la vi,
ni sé qué color tenga,
desde aquel infausto día
que de Calabria partí;
tú por vengarte de mí
me hiciste ir en conclusión
con tu hermano.
Cosas son
que no tratemos, Alberto.
¿Cómo estáis de amores?
Muerto.
Y ciego de mi pasión,
adoro a Laura de suerte,
y ella me quiere también,
que entre los dos ya no hay bien
que iguales no nos concierte;
y pienso que ni la muerte
podrá apartar
¡Qué locura!
nuestro amor.
Solo procura
no morirte tú primero,
y pondrás este letrero
A Laura en la sepultura
como me dio tener
más finezas de amor,
muere quien muere, señor,
lo demás es perecer.
Ya no hay Tisbes en querer,
ni Píramos, ¡qué locura!
De las historias procura
apartar esas memorias,
y pon en nuestras historias
que el tiempo todo lo cura.
Bachiller, vienes un poco
de condición no has mudado.
Si hablo bien, ¿en qué te enfado?
En que me hueles a loco.
Pues si yo el olfato toco
del juego que me barajas,
y con razones atajas,
cansado en tu tenaceo,
diré, conde, en lo que veo:
o tú duérmete en las pajas.
alb. X
¿A mí sátiras?
Vaya saliendo Laura.
Es llano
que la verdad nunca agrada;
cuando me metes la espada,
quieres que tenga la mano.
Pero aplica al soberano
candor apacible de foro
Licorisa átomos de oro,
por trepas de nácar puro.
¿Qué dices?
Que hablar procuro.
cuyo blasón no es menor,
Vase Alberto.
Mi Laura.
Dueño querido,
triste vengo a tu presencia,
mas segura en esta ausencia
curará amor mi sentido.
Mi primo el duque ha venido,
y se esfuerza con más recato
en nuestro amoroso trato
vivir, Conde.
Ay Laura bella,
amor todo lo atropella
todo lo compra barato.
De día mal podré hablarte,
pero la noche hará salva,
comunicando hasta el alba
los dos en oculta parte.
Ay mi bien, no sufre amarte
amor con pensión tan fuerte
como sin hablarte y verte
los días he de pasar,
qué triste será el pesar
de mi desdichada suerte.
Y pues quiere mi alegría
que así mi gloria trasnoche,
del día haré triste noche
de la noche claro día;
en tus brazos mi porfía
cesará con dulce acento,
entre el pesar y el contento,
deste gusto y desta pena.
Cruz
Atado a dulce cadena
vivirá mi pensamiento
y, conde, ya puedes ver
cómo lo podré pasar.
El día se irá en llorar,
como la noche en temer
perderte al amanecer,
y, en fin, entre otros desvelos,
combatida de recelos
y de enojos combatida,
habré de pasar la vida
temerosa de mis celos.
Sé que eres hombre y galán,
no tan bueno como es justo,
y que ha de aplicar el gusto
a ocasiones que te dan.
Gózalas, conde, si están
sujetas a tu albedrío;
tenerlas no te desvío,
que fueran casos injustos,
mas en mitad de sus gustos
acuérdate que eres mío.
Y lo seré eternamente,
vida mía, Laura, amores,
desmintiendo esos temores
en que vives tan presente.
Galantear por accidente
se permite, y yo lo apruebo,
a todo galán mancebo,
pero a mí no, Laura hermosa,
Que mi vista no reposa
a la vista de otro ceño,
no se sintiera agraviarte
la ley de mi obligación,
que todas sus partes son
para amarte y adorarte;
ver sus ojos, contemplarte,
¿a quién no obliga a quererte?
Cómo adulando me advierte,
conde, su lengua suave
los engaños con que sabe
persuadirme...
No ofenderte.
No prometas tanto, conde,
que en las razones que escucho
veo que prometes mucho.
Va a meter la mano en la manga
y saca un papel.
A mis promesas responde
mi amor, que si corresponde
al alma con dulces sobras,
en que eternamente cobras
de amor finezas y labras,
advierte que las palabras
corresponden con las obras.
¿Qué es esto?
Cierto papel
que para ti había escrito
en este punto.
Decidlo.
†
será no informarme de
lo que dice.
Esta cruel
venida del duque ha sido
la causa, y así ha querido
por mitigar tu dolor,
darte, amor, este favor.
Tú enloqueces mi sentido.
Leo.
Sale Alberto.
Después le leerás,
toma esta llave, y advierte
si puedo en trance tan fuerte
hacer, conde, por ti más.
Mi bien, pues así te vas...
Detenerme más no puedo,
mira que ya estoy con miedo
que nos hallen a los dos.
Pues mi bien, adiós.
Adiós.
Triste voy.
Vase Laura.
Sin alma quedo.
Lee Federico para sí.
De la cámara de amor
pienso que tienes la llave;
mucho puede el trato, mucho,
a cuanto quiere da alcance.
Decía un hombre discreto,
de buen gusto y buenas partes,
que del trato y la ocasión
todas las desdichas nacen.
¡Oh, venturoso papel!
Cruz en el margen superior
Alguna reliquia grande
este papel en sí encierra,
¿quieres darme de ella parte?
Calla, necio, que estas dichas
no nacen para ignorantes.
¿Puedo leer dos razones
siquiera, para alegrarme?
¿Solo apetitillo, no más?
No hables, necio, disparates,
a ningún hombre su secreto
dice ni a su mismo padre.
¿Y a su madre?
Menos, bestia.
¿Ni a su tía?
Gestos haces
como si fueras poeta
de estos que sorben el aire,
andando veinte y cuatro horas
dando caza a un consonante,
y van al arte poética
a forzalle y a esforzarse.
leyendo.
a las dos en punto espero.
Ya acabó con los visajes.
¡Oh, papel más venturoso!
Que un necio sin duda nace
de heredar.
Febo, apresura
tu carro, que de diamantes
te tachonará las ruedas
mi amor.
¡Qué bravo dislate!
Cruz en el margen superior.
todo amante es loco en suma.
¿Sabes tú qué es ser amante?
¿Comprehende tu entendimiento
una gloria que en sí trae
tantos gustos?
Ciertos gustos,
¿vienen fuera de pesares?
Vase.
El amor no espera necios,
ni para qué exagerarle.
Necio soy, mas vive Dios,
que el papel, gestos y llaves
me huelen a que ha de haber
esta noche diablo o carne.
Sale Serafina.
¡Oh, Alberto!
Señora mía.
¿Cómo estás?
Ya fuera de hambre,
pues que llego a ver tus ojos.
Neniña, desenvaine,
da seis puntos de pie,
para que mi boca pague
las sumisiones que debe
a tal gracia, a tal donaire.
Humor gastas como siempre.
No me pesa de gastarle;
porque un cuerpo con humores
está sujeto a hospitales;
ya que huelgue yo de no vellos,
¿qué quieres tú que no gaste?
Sello: BIBLIOTECA NACIONAL MANUSCRITOS
gastaré de mi ración
los quesos porque no ladren
perros amigos de güesos.
Gastaré todo el vinagre
que me dan para ensaladas
en invierno, y será fácil
gastarlo todo, señora,
por no ver contrarios tales
pelear en mi barriga
como son vino y vinagres.
Sale el Duque.
El Duque viene, ¡ay de mí!
Aquí está mi hermosa Dafnes,
siempre a mi amor fugitiva.
Ya se ven los dos amantes
frente a frente, el que los dejo
para que a su gusto charlen.
Vase.
Al acento y suavidad
de tu voz, Dafnes hermosa,
como simple mariposa,
mi amor llega a tu beldad;
si se acabó la crueldad
de aquel antiguo rigor,
a tus pies llega mi amor
de mi firmeza animado.
Sea de tu amor pagado,
si merece tu favor.
Si en Sicilia vuestra alteza
dejó su amor en Leonor,
¿cómo le pide a mi amor
favores con tal grandeza?
¿No veis, señor, que es bajeza?
Cruz
engañar a dos mujeres.
Si darme tormento quieres,
y aumentar mi confusión,
anima tu condición
a tan extraños poderes.
Si de mi padre forzado,
para aumentar mis enojos,
viste que dejé tus ojos,
y en ellos dejé el cuidado;
si apenas nuevas me han dado
de tu muerte, cuando a un punto,
obediencia y poder junto,
atropellé desta suerte,
cómo me niegas el verte,
si a tus pies llego difunto?
Mas tu condición me advierte,
hermosa y bella homicida,
en un lugar que espero vida
vengo a hallar mi triste muerte.
Mal me tratas por quererte,
ley propia de vuestro error,
pues mostráis todo rigor
a quien con amor os trata.
Ya tengo el ejemplo, ingrata,
en las pruebas de mi amor.
Ausente y de un año,
divertía mi pasión
con tus memorias, que son
consuelos de mi deseo,
imposibles de mi empleo,
No te tengan temerosa,
dulce Serafina hermosa;
ya no hay temor que te cuadre,
que, pues es muerto mi padre,
tú serás mi amada esposa.
Agora importa el secreto,
porque Sicilia agraviada
ha de desnudar la espada.
Con más rigor te prometo,
si ejecuto yo el decreto
deste amor, y es caso llano
que más lo impide tu hermano
el conde, porque él ha sido
quien más mal le ha parecido
venir donde tu amor gano.
Si me declaro con él,
y hago luego el casamiento,
aclararase el intento
de mi término cruel;
descubrirase el babel
del engaño que me inclina
a ser tu esposo, divina
imagen de mi afición,
mas no podrá el corazón
tanto esperar, Serafina,
a no ser con tus favores
y de tu gracia animado,
de tu fineza pagado,
premiado de tus amores,
con tus brazos, con las flores.
En la parte superior central hay una cruz o rúbrica.
desos rosados claveles,
solo en mi daño crueles,
en cuya rara belleza
se admira naturaleza
y el arte esconde pinceles.
Tan lisonjero venís
y tan cortés aduláis,
que pienso que me engañáis
en todo lo que decís.
Los favores que pedís,
con que el amor os provoca
a esforzar pasión que loca
en tan amorosos grillos,
si a vos os toca el pedillos
a mí el negallos me toca.
Id a descansar, señor.
¿Cómo puedo en tales lazos,
sin darme, mi bien, los brazos
siquiera aquí por favor?
Mucho pedís a mi amor.
¿Qué importa, si los negáis?
Pero como no me amáis,
mi crédito disuadís.
Mucho, Duque, me pedís.
Vos ningún favor me dais.
Negaros, Duque, los brazos
no es rigor sino decoro,
que cuanto más os adoro
En el margen derecho hay garabatos o pruebas de pluma.
es razón ser más esclavos
por vuestro honor, que si lazos
de amor, Duque, aquí queréis,
yo os quiero y vos lo sabéis,
que aunque suena a amor, prefiero
lo que pedís, también quiero,
más quiero que lo estiméis.
Vase Serafina, sale Octavia
Texto añadido en el margen derecho para sustituir lo tachado
¡Qué discreta es en amar!
Aquesto obligarme ha sido.
¿Hablástela?
Mas, por dicha,
que rabia mi fiero trabajo.
No demos que sospechar
al Conde alguna locura,
vete, Duque, y deja
a mi pensamiento.
Vase el Duque y sale Conrado
Nunca consiguió su intento
Amor, que no se aventura;
gracias a Dios que mis ojos,
cuando una ausencia me agravia,
llegan a ver, bella Octavia,
esos luceros por despojos.
Como en gloria tan crecida,
después de tanto pesar,
te podré significar
lo que sentí esta partida.
Las horas contó por días
mi amor, con tus dos engaños,
haciendo los días años
mis confusas alegrías.
¿A quién no podrá engañar,
Conrado, tu discreción?
Mis penas, que eternas son,
di, si quieres acertar;
y mis celos, que en mí están
dándome a fuerza tormento.
Si tu hermano en casamiento
te da al duque de Milán...
No te enojes, podrá ser
que el tiempo mejor lo ordene.
Quien poca ventura tiene,
¿qué esperanza ha de tener?
De mi parte cree, Conrado,
que lo sabré dilatar.
Dilatar, mas no estorbar
podrás, que soy desdichado.
Mi palabra empeño aquí
de hacer que no tenga efeto.
Es el duque muy discreto.
Yo desdichado nací,
que hermano segundo, Octavia,
de un conde, mi bien, mirad.
Nunca miró en calidades
amor, que de eso se agravia.
†
Ánimo, ten sufrimiento,
prosigue firme en tu amor,
y confía en mi valor,
que ayude tu pensamiento.
Esa palabra me anima.
Si mi amor puede ser más,
si siempre así firme estás,
Conrado, mi amor estima.
Vanse. Salen de noche el Duque, el Conde y Alberto.
Está la noche a mi gusto.
Que esto, señor, te entretiene.
Sí, que el día aborrecible
me fastidia y aborrece;
que el despachar memoriales,
el oír quejas rebeldes,
el juzgar como señor
y andar reportado siempre,
cosa civil es, por Dios.
Déjenme negocios, dejen,
que al gusto dé posesión,
y al alma un rato, en que alegre,
con desenfadado humor,
mis alegrías festeje.
¡Ay, Serafina, ay, amores!
¡Ay, Laura, qué dulce suerte
tendré esta noche en hablarte!
Alberto, licencia tienes
para hablar tus disparates.
Pues disparates empiecen.
Entremos por esta calle.
Mira, señor, que no entres,
porque, aunque la calle calle,
el callar yo ser no puede
los defectos que hay en ella.
Pues los defectos empiecen.
Aquí vive una casada
rubia.
Buena color tiene.
Y está el marido en Calabria.
¡Oh, qué bueno! Y consiente
que la visiten de noche
y de día la requiebren.
¿Es hermosa?
Una boquita
tiene mayor que una sierpe,
pero préciase de dama,
y cuando reírse quiere
tapa la boca a melindres
por no enseñar treinta dientes.
¿Y el marido es muy galán?
Hombre es que a un carro de bueyes
puede servir de pastor,
y, a faltar un buey, bien puede
entrar él en su lugar.
Que a estos hombres no los quemen
siquiera vivos no más...
¡Qué civil cosa y qué aleve!
Aquí viven dos doncellas,
pero, señor, son al temple.
Cruz en el margen superior
Una tiene buena cara,
pero los pies con juanetes.
Pues eso ¿cómo se sabe?
Porque ellas fingen que duerme
el padre, y de noche abriendo,
cenan gustosos sainetes.
¿Y él duerme?
Como yo agora.
Modo de vivir solemne.
¡Cómo de esos modos hay!
Trata bien a las mujeres,
Alberto, y más no murmures.
Dejad, conde, entretenerme,
que gusto de oírle hablar.
Gran alcahueta aquí tienes
en esta casa que ves,
junto aquesta reja verde.
Cosa es esa muy común,
novedades me refiere.
Aquí vive una viuda
que vive pobremente
por lo que tiene de honrada.
No digas que vive, muere.
Claro está que si es honrada
que entre sus tocas perece.
Un mentiroso aquí vive,
hay un tramposo luego enfrente.
Buena vecindad harán.
A fe que ellos se conserven.
Y aquí, señor, un tahúr...
+
que no grite cuando pierde,
gran insensible será,
que hombre que perder no siente
no se puede llamar hombre,
ni en buena opinión tenerse.
Un logrero en esta esquina,
y allí un sastre que no miente.
Será pésimo oficial.
Es gran señor, excelente.
Pues, ¿cómo no ha de mentir?
No miente el tiempo que duerme,
que de creerse de un sastre...
Apenas, y mal.
Solemne
anduvo agora su Alteza.
Así, conde, me parece.
Aquí vive un loco necio
que hace versos de repente.
Di tú un necio mentecapto,
y acertarás desta suerte,
que necedad y locura
son causas muy diferentes.
Ser loco es acción nacida
de un pensamiento que, a leyes
de altivas autoridades,
con presunciones se atreve.
Aquel le da en valentía,
al otro en querer ponerse
en estados desiguales
de su nacimiento y suerte.
a este le da en ser galán,
al otro en jugar con rejas,
a otros en ser presumidos,
sin que quieran conocerse.
Esa es la peor locura,
que no hay ninguno que deje
de ser loco en este mundo
que va su camino.
Tocan dentro.
Bien puedes
afirmarlo con verdad;
tú hablaste discretamente.
¿Quién es, Alberto, el que toca?
Conrado será, que tiene
ciertos amores, señor.
¿Quién son?
Decir no se puede,
que es cierta mujer casada.
¿Y ella a él le favorece?
No, señor, mas de su ausencia
como con deseos vuelve,
de verla querrá cantarla,
porque con músicas quiere
atropellar su opinión.
Vuestra alteza, señor, llegue,
que le riña, que es razón.
Callad, que la tropa viene,
aguardadme en la esquina
los dos.
Ay, que amor me vence.
A verte voy, Laura hermosa.
Vanse los dos, salen Conrado y unos músicos.
Este es el puesto a que vienen.
Salgan.
¿Quién es?
Adviertan un rato.
¿Qué queréis?
Haz que despejen
estos músicos la calle.
Qué importa.
Vuesas mercedes, y aguarden
en esotra que está enfrente.
Allí mismo os aguardamos.
Vanse los músicos y llega el Duque.
Pues, ¿qué es esto?
¿Conocéisme?
Señor, vuestra alteza aquí.
Sí, que me traen a verte
las quejas de una mujer,
que con tal infamia ofendes.
¿No sabes tú que es casada?
Sí, señor.
Pues, ¿cómo tienes
atrevimientos tan graves,
términos tan insolentes?
¿Músicos traes a ser
testigos de que sospechen
favores que no te ha dado
una hermosura inocente?
Libelos difamatorios.
Son las músicas, y a veces
campanas del deshonor,
que despertando, impacientes
vecinos mal inclinados,
dan a sus lenguas rebeldes,
con lazos de la dulzura,
el veneno que en sí tienen.
¡Vive Dios, si en esta calle
entras otra vez o emprendes
infamar estos umbrales
porque su dueño está ausente...!
Señor, mira...
En porfía,
mira, mi castigo teme.
No te enojes, tú gustas...
Cúmplelo así; que si vuelves
te sabré quitar la vida,
y darte a estas puertas muerte.
Éntranse. Sale Tachado: el duque Federico, Conde.
A Alberto dejo avisado:
si le preguntan por mí,
el duque, diga que fui
para quitar a Conrado
sospechas; que aunque se avise
el duque de su osadía,
¡ay, querida Laura mía!
bien premia tu amor mi fe
el avisarme en papel
que a las dos, mi bien, me aguardas.
Pero si en el puesto tardas,
me matará amor cruel.
Este el retrete ha de ser,
mi bien, en que me has de hablar;
mas ya debes de esperar,
la seña yo quiero hacer.
El bloque anterior se encuentra en el margen derecho, marcado con una cruz (+) que remite a la cruz al inicio del siguiente verso.
¡Laura! ¡Laura!
Ruido siento,
¿es el conde?
Dueño mío,
yo soy, que amante porfío
con mi amoroso tormento.
Ya bajo, la llave aplica
al retrete, que ya voy.
Temeroso, amor, estoy,
mucho a mi valor implica
un temeroso desvelo
que un hielo mi pecho encierra;
tropiezo en la misma tierra,
mas, ¿qué es esto, corazón?
Animadme, amor suave,
abridnos, dichosa llave,
el cuarto de mi afición.
Saca la llave y cáesele un papel.
Sale Laura.
Está abierto.
Amores, sí;
entrad, y la llave quito.
Si es por amor, fue delito,
¿quién no me disculpa a mí?
Entran los dos y cierran por dentro.
Salen El Duque y Alberto.
que apartándose de su hermano
se fue el Conde.
Sí, señor,
que a alguna empresa
de amor
iría, Alberto, es muy
llano.
¿Las cuántas son?
Las dos dadas.
Todos estarán dormidos.
Quedando mis sentidos
entre broqueles y espadas.
Entra al punto y trae luces,
o a que me desnuden llama.
Que está por hacer mi cama
juraré yo entre treinta cruces.
Vase.
Al cuarto del Conde he ido,
donde mi amor más me inclina,
por ver si a mi Serafina
puedo hablar, que estoy perdido
por sus celestiales ojos.
Del alma dichoso empeño,
Serafina amada y dueño,
a ti corro por despojos.
Ata mi altivo poder,
mi grandeza y albedrío,
sujétame a mí, si no es mío
mi gusto, vida y querer.
Sale Alberto con dos candeleros.
Aquí están luces, señor.
El paso al resguardo aplica,
mas espera, ¿qué papel
es este?
De letanías.
Vendrá a ser por que recemos
¿No es de mi prima
Laura, aquesta letra? ¡Cielos!
Aparte.
El color pierde con ira,
más que anda por aquí el Conde.
La luz, Alberto, retira,
y llega una vela bien.
Lea el Duque.
Ya tiendo esta culebrina.
Esta noche, amado Conde,
pues la ocasión nos convida,
con esa llave el retrete
del Duque en que están metidas
las dos ninfas de cristal,
al pie de mi barandilla
abriréis, porque yo espero
a que hagáis la seña misma
con que me habláis las más noches.
Que yo bajaré, mi vida,
a las dos en punto espero.
Apártate allá, desvía.
Por Dios, que está el conde dentro,
otra más haya esta desdicha;
hoy le mata, avisar quiero
a su hermana Serafina,
que si ella no lo remedia
peligro corre su vida.
Si sabe este ya mi ofensa,
¡ah, leyes fieras y esquivas
las del honor, que atropellan
noblezas tan bien nacidas!
Disimulad, corazón.
Salte afuera.
Mal me mira;
¡ah, llave!, yo adiviné
estas de amor fullerías.
Vase Alberto. Toma el duque un candelero y saca una llave.
Este el retrete es nombrado,
y que están dentro me avisa
aqueste papel infame
en que mi deshonra cifran.
Con esta llave abrir quiero;
otra por dentro me estorba.
¿Qué dudo a abrir? Conde infame,
quita esta llave enemiga
que detiene mi furor.
Dentro.
Laura, esposa, Laura mía,
no desmayes.
Muerta soy.
Abre el Conde la puerta y con la espada desnuda va a salir.
Vuestra Alteza no permita,
de una pasión con mi muerte el afrentarse;
cuerdo advierta, y cuerdo siga
pundonores de su honor.
¡Ah, traidor!
Sale Serafina y pónese en medio.
¡Ay, fatal desdicha!
Traidor, pues tiendes la espada...
Va saliendo de la puerta el Conde, y Laura con él.
La defensa es permitida.
Vuestra Alteza se reporte.
¡Duque, señor!
¿Quién podía
librarle aquí de mis manos
sino tú?
Hazaña es digna
de tu generoso pecho.
Señor, Vuestra Alteza...
Viva
esta fiera.
¡Gran señor!
Detén la espada atrevida,
porque Laura es ya mi esposa,
y a defenderla me anima.
Vos sois de quien confianza
hacía yo, y a las envidias
fomentaban mis favores,
con ventajas tan crecidas.
┼
por cierto bien empleadas,
no sabéis a qué se obliga
quien lleva un hombre a su casa
y hace confianza altiva
de su sincera amistad.
Mi padre os trajo a la mía
no como vasallo, Conde,
como amigo en quien tenían
halladas depositadas
obligaciones tan vivas.
Archivo de su privanza
fue vuestro gusto los días
que en ella os tuvo su error,
y en satisfacción debida
al premio de su amistad
solicitáis a mi prima;
y llega el amor a estado
que el desengaño me diga
vuestra traición en mi ofensa,
vuestra maldad a mi vista.
Diréis que es Laura mujer,
amor ciego, y que no mira
amor puntos de amistad,
y quizás Laura daría
ocasión a vuestro error.
Vuestra alteza, cuerdo, admira
ponderaciones que justa
que aquí culpen mi malicia.
Laura no es mujer, señor,
que dé ocasión ni permita
acciones tan descompuestas;
todas, señor, fueron mías.
Yo tuve la culpa toda,
el culpado soy, y es digna
mi culpa de tu rigor,
si es que como hombre te olvides
de nuestra naturaleza;
pero si el serlo te obliga,
discurre humanas historias,
ya modernas, o ya antiguas,
mete la mano en el pecho,
sin pasión verás distinta
mi culpa de tanta pena
como tu enojo acrimina.
Que Laura ya es mi mujer,
puesto que sea tu prima,
pues a nadie está obligada
y que son las prendas mías
capaces de su nobleza.
Y si esto, señor, no miras,
ciego de enojo y furor
contra razón y justicia,
mi espada pongo a tus pies;
la vida, señor, me quita,
eres duque y yo vasallo.
tú, señor, yo, humilde hormiga;
tú, poderoso, yo, solo.
Sujeta tienes mi vida,
yo soy hombre y tuve amor,
tú, justo Rey, eterniza
tu nombre con esta hazaña,
que si hazañas eternizan,
la de perdonar agravios
es la que más autoriza.
Ya a vuestros pies humillada
y por el conde os suplica
una desdichada hermana
que perdonéis su osadía.
Los dos me atan las manos,
y me detienen la ira;
quiérola bien, y mi amor
no sufre que ella me pida
cosa que no le conceda.
Ya la balanza declina
con el amor del honor.
Perdonado sois, don Juan;
solo porque es gusto vuestro,
dense las manos.
Ánima
tu grandeza mi confianza.
Vuestra alteza,
¿Qué replicas?
No me pidas perdón, Laura,
porque ya no eres mi prima.
Cruz
Vete con tu esposo el Conde
y al mismo nacer del día
no estéis los dos en palacio.
Cuerdo su agravio castiga.
¡Qué prudencia tan extraña!
¡Ah, femeniles desdichas!
Loco voy con este agravio,
viendo que en él no permita
mi amor a mi honor venganza,
pues la impide Serafina.
Éntranse.
Fin de la primera Jornada de El mayor trance de honor
Alabado sea el Santísimo Sacramento y la inmaculada Concepción de la Virgen María concebida sin pecado original. Joseph Cordero.
Fragmento teológico ajeno a la secuencia dramática: Advierto, señora, aquel espejo de luces y luz de su mesmo espejo, que reflejando esplendores es de su Padre reflejo, aquella purísima de los fulgores eternos, una palabra infinita que habla al Padre en su silencio; y hablar poco considerando conviene cuando cuando no retienes callada cosa que hablara a Dios más de una, no fuera infinito el Verbo. El Hijo de Dios, después que baja de paralelos
Pruebas de pluma en la parte superior e inferior de la página.
+
Sale un músico cantando esta copla.
Verdades de mis amores,
siempre fuisteis despreciadas;
buen ejemplo son las mías,
que con matarme se acaban.
El papel muestra restos de un texto anterior borrado (palimpsesto), prácticamente ilegible, donde pueden adivinarse palabras sueltas como «Jornada», «mayor» y fragmentos de versos.
[Borrador muy tenue e ilegible en su mayor parte] aquí fin de [...] estos [...] [...] pues de vos así lo espero que el fiar de ti mi honor no fuere con el secreto que no ha de quedar con vida para contallo
Jornada Segunda del mayor trance de honor.
Salen Ladislao Partidas Sigismundo , duque de Calabria, el conde Federico, y Conrado.
Bien sé que a Laura se agravia,
y que ofendo su presencia,
pero es, conde, aquesta ausencia
muy importante a Calabria.
Es Laura discreta y sabia,
y a vuestro gusto, señor,
como a dueño superior
sujetará el albedrío,
demás que, no siendo mío,
cesan cuestiones de amor.
Yo escribo al Rey, como sabio,
el parecer de su error,
y que confesar Leonor
era publicar su agravio;
tomad, conde, cierra el labio,
y abreviad con la partida.
Vase el conde.
Prospere el cielo su vida.
¡Ay, Laura, que he de dejarte!
El corazón se me parte,
muerto voy, Laura querida.
Vos, Conrado, al casamiento
de mi hermana, a Corte
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mejor partiera a mi muerte,
rabioso es ya mi tormento.
Partid luego.
¡Ah, sufrimiento,
que he de hacer mi muerte trato!
Con esta carta y retrato
partid a Milán al punto.
Mudo estoy, cielos, difunto,
¡ay, amor, conmigo ingrato!
Entrase el Duque y sale Octavia.
¡Mal haya la suerte mía
pues nací tan desdichado!
¿Quejas y voces, Conrado?
¿De qué nace esta porfía?
De que muere mi alegría
a manos de mi tristeza.
La copia de esa belleza
para dejarme mortal,
me dio el Duque por mi mal.
De Milán seréis Duquesa.
Al punto manda que parta
a tratar el casamiento.
Loco me tiene el tormento
que de vos, mi bien, me aparta.
¡Ay, bella Octavia!, esta carta
cifra ha sido de mi muerte,
que a perderme y a perderte
me lleva su tiranía,
donde mi suerte porfía
que tenga tan triste suerte.
Duquesa en Milán serás,
justa ley en que me fundo,
que nunca puede un segundo
hermano de un conde más.
Muy bien empleada estás;
si en trance tal considero
perdido lo que te quiero,
ya que envían a Milán
quien pensó ser tu galán,
vendrá por tu tercero.
Esto el duque determina
con absoluto rigor;
mira qué he de hacer si amor
a darme muerte se inclina.
¡Ay, mi Octavia peregrina,
aconséjame en mi mal!
Mi dolor es inmortal,
mi pena igual no permite,
Amor la vida me quite,
o me enseñe en trance igual.
Si en tan distinta ocasión
de mi amor, de mi deseo,
quiere hacer mi hermano empleo,
fuerza de desdichas son.
El duque en resolución,
dueño y señor de Calabria,
yo la hermana a quien agravia;
pero es fuerza obedecer;
mira qué medio ha de haber,
o qué remedio en Octavia.
Esto no es comedia en suma,
en cuya suposición
Fuerza Amor la obligación
y hace de la leve espuma,
corta a su gusto la pluma,
pero aquí no, que es forzosa,
obedecer rigurosa
la ley que al gusto le dan:
partir Conrado a Milán
y ser yo del duque esposa.
Entrase Octavia.
¿Partir Conrado a Milán
y ser yo del duque esposa?
¡Ay ocasión más forzosa
que esta que al gusto le dan!
En cuyo rigor están
confusos mis pensamientos,
anegados mis intentos
y mi paciencia, de suerte
que hoy quisiera que la muerte
diera fin a mis tormentos.
Esto de Octavia en seis años
me dio Amor por galardón.
¡Qué buena satisfacción
me han dado sus desengaños!
No más, rigores extraños,
en quien mi loca esperanza
alentaba su bonanza
con atrevido poder,
que, en siendo Octavia mujer,
había de ser mudanza.
No más, Amor, que es locura
sujetar en ley tan fuerte
el albedrío a la muerte
de una tirana hermosura.
matarme, ¡oh, fama profana!,
vana, altiva y rigurosa;
si es mujer, ley es forzosa
que diga, por darme afán,
partir Conrado a Milán
y ser yo del duque esposa.
Ya parto, ingrata homicida,
a darle vida a tu amor;
fuera de mí mi dolor
me lleva, ¡ay, triste!, sin vida;
y si mi pena crecida,
mis tormentos, mis recelos,
mis congojas, mis desvelos
no pueden matarme, siento
que no tengo entendimiento,
si no me matan mis celos.
Entrase, salen Laura y el conde.
Suspended, mi bien, el llanto,
basta, amores, Laura mía,
no son años, no, mi ausencia,
ni es mi muerte mi partida.
Para mí, conde y señor,
más es que muerte este día,
vos ausente de Calabria,
¡ay, querido esposo!
¡Mía,
gloria mía, que me matas!,
si así lloras, por tu vida,
que no he de tardar dos meses,
de más que las horas mismas
siglos me han de parecer
con la ausencia de tu vista.
¡Ay, Federico, ay [de mí]!
No te enternezcas, que eclipsas
dos soles de amor con perlas,
y, dando al nacer envidia
por celajes del favor,
las despeñan tus mejillas.
Presto he de volver, amores.
No es posible hallarme viva
cuando vuelvas, conde amado.
Mas pues el duque te obliga,
parte, esposo, y déjame,
que con lágrimas escriba
tu ausencia y mi soledad
por estas cuadras que pisas.
Aquí en diluvios, Amor,
dará lágrimas aprisa,
haciendo mares mis ojos,
en que se aneguen las niñas
sin ver su alegre retrato
en el cristal de tu vista.
Sale Alberto y Serafina.
Señor, el duque está en casa,
todo el mundo se aperciba.
Hermano y señor, ¿qué es esto?
¡Ay, Serafina!, a Sicilia,
a negocios de Calabria.
Sale el Duque.
Vengo a estorbar que se impidan
llantos en esta ocasión,
porque atropellas y oscureces
amor y agravios de Laura.
Aumentando cortesías
viene vuestra alteza a honrarnos.
Señora Laura, que asista
el conde en esta ocasión.
dad licencia algunos días,
que breve será la vuelta.
Si vuestra Alteza le envía,
y el conde, como vasallo,
su lealtad tanto acredita,
no es menester mi licencia;
que para cosas tan dignas
del gusto de vuestra Alteza,
todas le están permitidas.
Guárdeos el cielo, condesa.
La señora Serafina
muy enojada estará.
Todos aquí se dedican
a servirle a vuestra Alteza.
Aparte.
Ay, bella imagen divina,
destello de amor que adoro,
su discreción maravilla.
A punto están los caballos,
que echan ya en jerigonza relin-
chan, porque de esperar se amohinan.
Dadme, condesa, los brazos.
Y en ellos el alma y vida,
parte a acompañaros, conde.
Quién pudiera, gloria mía,
ceñir tu cuello también.
Mira, señor, que nos miran.
Respóndeme a este papel.
Mira, mi bien, que me escribas.
Esta noche escribiré.
Adiós, esposa querida.
Conde, adiós.
Sin alma parto.
Yo sin bota, ¡qué desdicha!
Serafina, adiós.
Él vaya,
hermano, en tu compañía.
Triste voy.
Y yo así me quedo.
Tachado: Alb. Laura asi sera babieca / q deue de llover y esta baco
Tened, señora, alegría.
¡Ay, condesa de mis ojos!
¡Ay, esposo de mi vida!
Ay, Juana, solo te dejo,
tú buscarás compañía,
porque estas noches de invierno
para solas son muy frías.
Entrase, queda Serafina sola.
Papel del bien en que adoro,
quiero ver qué en vos se cifra,
dos papeles juntos vienen,
este primero me anima
a que lea sus razones
discretas y peregrinas.
Abre y lee uno de los papeles.
Amores, con tus hermanos
no tengo instante en el día
en que pueda ver tus ojos,
ni un hora puedo en tu esquina
pasar las noches velando
para aliviar mis desdichas.
Y poder de noche hablarte
como el alma determina,
a Sicilia envió el conde
Conrado; a mí, tan no impidas
la gloria al duque de verte,
que, aunque le pesa a Sicilia.
Serás duquesa en Calabria,
y porque veas, si estima
mi amor solo su deseo,
esta cédula te sirva
de asegurar tus recelos,
de aumentar tus alegrías.
Y pues que el secreto importa
gusto, honor, poder y vida;
la tuya aumenten los cielos
en mi alegre compañía,
los años que te deseo.
Lea el dicho.
De sentido amor me priva,
en tan dichosa ocasión.
En este el duque se firma.
Yo, Ladislao de Calabria,
duque, nombro a Serafina
por mi legítima esposa,
y a Dios prometo cumplirla
esta cédula presente.
Yo, el duque.
Bien acredita
su amor con fineza igual.
Aunque el alma en tanta dicha
nuevos temores recela,
y de este bien desconfía.
Que es hombre el duque, en efecto.
Aunque es de su sangre indigna
esta hazaña, rescatarla,
y el intentarla sería
ponerle fuego a Calabria;
mas como si amante estima
mis favores y papeles,
y en ellos pasa los días.
entreteniendo en sus letras
las penas de amor que obligan
a finezas semejantes.
¿Despreciando una sobrina
del de Sicilia? Es error.
Este papel lo acredita.
No conoce a mis hermanos,
no sabe que en ellos cifra
el valor su estirpe honrosa;
pues cómo el temor se aplica
a oponerse a mi esperanza,
a eclipsar mis alegrías.
Vencido quede el temor,
viva el amor, amor viva,
que mayores victorias le acreditan.
Sale el Duque.
Mi bien, el conde se ha ido.
¿Cómo tu alteza aquí ha entrado?
Como estoy enamorado.
No tengo, amores, sentido,
que ciego, loco y perdido
vuelvo a verte y vuelvo a ver
que no tengo, amor, poder
para dejarte un instante,
que en tus favores amante
hidrópico vengo a ser.
Y si Laura aquí le halla,
¿qué he de hacer? Mi mal es cierto.
Ay, mi bien, que ya estoy muerto.
Calla, Serafina, calla.
Pues cuando en fiera batalla
se ven su amor y mi honor,
es fuerza que mi temor.
+
Tan bien os quiero y adoro
que tengo ese mismo amor,
mas reprimiendo su ardor,
males siento y penas lloro,
porque el respeto, el decoro,
que se debe a mi opinión,
luchan en mí, y ellos son
quien a echaros me provoca,
mas si os despide la boca
luego os llama el corazón.
¿No os vais? Mas fuerza ha de ser,
¿por qué causa? ¡Ay, duque mío!
cuando os adoro os envío
para quedarme a padecer.
Que quereros y querer
que os vayáis es fuerza y rigor;
pero cuando os llama amor,
mi honor a que os vayáis me esfuerza,
y pues es de honor la fuerza,
obedecelde al honor.
desta locura le advierta.
Mirad, señor, que estoy muerta,
que eso es locura y no amor.
Quien ama, siempre igualmente
respeta el honor y amor,
al señor por superior,
que esto el amor lo consiente.
Dar honor quien ama intente,
y no disgusto y pesar.
¿Qué dirá quien os vio entrar?
Eso es a fuerza querer,
ni dar honor, ni saber
amar como se ha de amar.
X aquí entran estas dos décimas
Si he venido a disgustarte,
mi bien, que me pesa advierte,
que más quisiera la muerte
que en cosa alguna enojarte.
Que al menos, no sea parte
mi vista de enojo igual.
¡Ay, Dios! Helada estoy mortal,
y no penséis que es desdén,
sino que a vistas del bien
es fuerza temer el mal;
esta noche os hablaré,
id con Dios.
¡Qué dulce calma!
Mas, ¿cómo nos deja el alma?
A partirme acertaré.
Mi amor, deseo y mi fe,
todos de mí conjurados,
están en vos transformados,
y mis sentidos perdidos.
Adiós, quejosos sentidos.
Adiós, dichosos cuidados.
Vase el Duque.
Si el Amor, con amor pagado ha sido,
no hay gloria que se iguale a su cuidado;
pero si con traiciones es pagado,
no hay pena que se iguale a su sentido.
Si Amor de dos estrellas ha nacido,
engaño es el temer su adverso estado;
pero si de un deseo mal logrado,
qué presto llega a estar arrepentido.
Mil ejemplos de amor el tiempo ofrece,
en cuyo desengaño mides almas,
Amor, que me persigues la memoria.
Pero si a las estrellas obedece
la recíproca unión de nuestras almas,
qué venturoso Amor, qué dulce gloria.
Sale Laura.
¡Ay, querido esposo mío,
y conde y señor ausente!
¡Cómo quisiera presente
darte estas quejas que envío!
Bien sé que en vano porfío
con mi tormento y dolor,
y que no puede el temor
vivir con segura calma,
porque nacen muy del alma
estos afectos de amor.
Sentir su ausencia es razón,
mas no con extremos tales
que vengan a ser mortales;
del disgusto y tu pasión
agrava tu corazón.
Y de a dos meses de ausencia,
Una discreta paciencia,
pues se hermana muy llano,
que antes dellos a mi hermano
lo prendas en tu presencia.
No puede ser para mí
nueva de tanto contento.
Cese, Laura, tu tormento,
haciéndome un gusto aquí.
¿Pues qué es?
Escribe por mí.
¿A quién?
Al duque; es forzoso.
¡Ay de mí, que no reposo!
Mira que muy mal están.
Ya el duque no es mi galán,
sino, mi Laura, mi esposo.
En esta cédula suya
se confirma mi esperanza;
mucho mi amor hoy se afianza,
desta ventura se arguya,
ya corre por cuenta tuya
el hacerme este favor;
así goces el amor
de mi hermano muchos años.
Mira que hay muchos engaños.
Esto, mi Laura, es error.
Por si este brazo te esfuerza
que tú le escribas por mí.
Llego a obedecerte aquí,
obligada de tu fuerza.
Mi ventura, Laura, esfuerza,
que mi fe te lo merece.
Todo infierno me parece.
Sera. de la ventura que espero
Recado de escribiente,
que ya el gusto te obedece.
Sale Florinda con un bufete de manos, con dos velas encendidas y re- cado de escribir.
Aquí tienes lo que pides,
ves si alguna cosa falta.
A continuación, hay un bloque de versos tachados: Lau. entrate alla y di a florinda y di a fenisa y a claudia a marcela y a laureta a porcia y a feliciana que ninguna hable palabra y dejen la musica Flor. ya voy a hacer lo que mandas
Di, ¿qué quieres que escriba?
Necedades de quien ama.
Pónese a escribir Laura y dice Serafina:
Tan agradecida...
...ida.
Duque mío, el alma...
...el alma.
Al amor que ve...
...que ve...
Se siente obligada...
...ada.
Que aunque el conde venga,
y aunque el conde vaya...
Que venga será muy justo,
pero que vaya en la carta,
yo no lo pienso poner.
Escucha un poco, mi Laura.
No hay escuchar, porque injusta
será tan injusta causa.
Pues ¿cómo? Si así te enojas,
no te diré más palabra.
(Dentro.)
Aquesta es seña del duque.
pues a Laura enfadada
no escribas más, que no es justo,
acabarás la mañana
y dirás que venga a verme
a la tarde, si te enfadas.
Ahora el sueño me ofende.
Éntrase.
Estás, Laura, muy cansada
del enojo que has tenido;
voy a mi cuarto, descansa
un poco, que luego vuelvo.
¡Ay, duque mío!, quien ama
no sosiega solo un punto.
Recuéstase a dormir Laura con la
mano en la mejilla, y salen Federico y Conrado.
Escribir quiero una carta
para el conde, mi señor;
válgame Dios, que me abaja
tanto el sueño este deseo
que hasta la pluma se cansa.
¡Qué pensión! ¡Ay, conde mío!,
¡quién te viera y quién te hablara!
Mas, pues el sueño me vence,
mujer soy, que no soy Laura.
La puerta abrí del jardín
con la llave maestra, aguarda,
hermano, no hagas ruido,
ya que fue mi dicha tanta
que nos topamos los dos.
Loco me ha traído, ¡oh, Laura!,
hermano, no estoy en mí;
yo vengo a tomar sus cartas
y dárselas esta noche
con las prendas que acompañan
las infames letras suyas.
Por despedirme y de paso
Con el enojo y las ansias,
la carta del duque olvido,
y he vuelto agora a buscarla.
Entremos por ella, Fernando,
que así una fiera me engaña.
En el margen derecho, separado por una línea:
Ciego de pena y amor, mas forzado del deseo de ver mi querida Laura, que casi se ha de ablandar, que la carta me ha de dar. Éntranse.
En sueños.
Conde mío, vos aquí,
la ventura en mí se halla.
Tachado: Vuelven a salir
Sale Federico.
Toma la carta y léela donde dice:
Notable suerte he tenido;
luego topé con la carta
que está sobre un bufete,
sin sentirme las criadas.
Todos duermen, y aquí sola
está mi condesa amada
dormida; quedó escribiendo.
¡Qué hermosa está! Como es nácar,
agraciando sus mejillas,
cautivo en ellas se ufana.
Ver quiero lo que me ha escrito,
que tiene Laura mil gracias.
Tan agradecida doy...
¡Qué bien!
Duque mío, el alma...
¿El alma, y duque? Si erro,
yerro fue loca esperanza.
al amor que os debe...
Dice.
Y es justo.
se siente obligada...
¡Mas, ay!
que aunque el Conde venga...
Aquí se aclaró mi infamia.
El duque pensó ser hierro,
hierro salido de mujer falsa,
falsa como mi opinión,
¡qué opinión tan encontrada!
Al parecer de mi honor,
honor que en mujer se guarda,
¿cómo puede ser honor?
No digas esas palabras.
Mira, hermano, si es engaño;
el hijo, Conrado, aparta;
¿no conoces su letra?
Lee, toma, mira si basta
este proceso en que cifran
el deshonor que dudabas.
De la Condesa es la letra;
¡quién dijera, quién pensara
que en una mujer tan noble
esto sucediera!
Calla,
¿no ves que es Laura mujer?
¡Mal hayan leyes, mal hayan,
que en una mujer pusieron
todo el tesoro del alma!
Si se trocaran las suertes,
las leyes se trocaran,
ofendiéranlas los hombres
si en ellos depositaran
las leyes el santo honor;
no es posible, cosa es clara,
que quien entiende las leyes
es solo aquel que las guarda.
Quien nace solo con lengua
y en ella tiene sus armas,
¿cómo entenderá del honor?
Muerto es el mío, sin falta,
falta fue de mi ventura,
sobra fue de mi desgracia,
daré la muerte, sin duda.
Saca la daga y va a darla, y detiénele Conrado.
que en dudas que son tan claras
a mi valor hago ofensa,
que tardo en matarla.
Detente, por Dios, hermano,
no alborotemos la casa,
porque venganzas de honor
honor es saber vengarlas;
esto es ofensa en papel.
¿Eso me dices? Aparta
la infamia de tus razones.
La intención sola no basta
para quitarla mil vidas;
que, letras no hablaran.
¡Duque mío! ¡Ah, mujer fiera!
Deja rasgar las entrañas
de una ingrata que me ofende;
por esto el duque en el alma
sintió tanto el casamiento,
que darme muerte trataba.
Y pluguiera a Dios que a mi vida
pusiera fin con las bascas
de aquel celoso rigor
que agora, ¡ay triste!, me mata.
Fadrique, templa el furor.
Pues tú condenas mi rabia,
da que mirar si no juzgas
que, si el amor te picara
de la suerte que a mí, no,
no suspendieras mi daga.
Los hombres de tu valor,
en una ocasión tan alta,
Muestran quién son, Federico;
vuelve la daga a la vaina.
Conde, ¿pues no soy tu hermano?
¿No es también mía esta causa?
Sosiega el pecho invencible;
mejor ocasión aguarda,
que cosas que tanto importan
importa mucho el mirarlas
con el acuerdo que piden.
En sueños.
¡Válgame Dios, qué cansada!
Ya la condesa despierta;
muestra, y pondréle la carta,
apártate a aquella parte.
Muerto estoy y estoy sin alma.
Vuelve Conrado a poner la carta donde estaba, y escóndense él y el conde detrás de un paño del vestuario.
Así la vuelvo a poner,
el corazón me desmaya
viendo el suceso presente.
Despierta Laura.
¡Jesús! Parece que hablaba
agora. ¿Adónde? ¡Qué error!
Proseguir quiero esta carta;
triste, que Serafina
o pienso cansada.
Quién oyera lo que dice;
ella escribe.
Paso, calla.
¡Ay, que esta ley de honor,
y cómo el pecho me abrasa,
no sosiega el corazón!
Escribe.
Y así por instantes habla
con la pena que me aflige.
Dios os guarde,
aquesto baste,
voy a rezar por el Conde,
¡ay, mi bien, el cielo os traiga!
Entrase Laura.
Entrose y dejó el papel.
Léale el papel.
Deja, veré lo que falta
a la ofensa de mi honor.
¡Ah, letras! ¿Quién os borrara
con sangre de esta enemiga?
En fin, de venga quedaba...
Que ya aunque venga el Conde,
no importa su ausencia nada,
y vos le enviéis de aquí,
que después que duerma hay harta
ocasión de poder vernos;
vengáis, mi bien, mañana,
porque a las doce os espero.
Dios os guarde.
¡Esto faltaba!
Mostrad valor, corazón,
si hay valor que pueda haber
en hombre que su mujer
pone en tan fuerte ocasión.
En mi agravio hay dilación,
¿qué aguardáis, infame espada,
tan cobarde y desvainada?
En vos el valor se asconde.
Que ya aunque venga el Conde,
no importa su ausencia nada.
Razones que me habéis muerto,
tan descuidado me han visto.
Como a mi dolor resisto,
si de mi infamia hallé el puerto.
Ay, hermano, que no acierto
a leer esta infame carta,
el dolor la vista aparta,
y con todo, atención a mí,
ni vos le enviéis de aquí,
que después que duerme, hay harta
harta pena en dolor tal
para darme muerte injusta,
pues que mi desgracia gusta
que muera en desdicha igual.
Morir fuera menos mal,
mas sin honor cosa es llana
que ya mi suerte tirana
me da en tormentos eternos
ocasión de poder vernos,
sea que es mi bien mañana.
Mañana, fieros desvelos,
dos muertes me da el dolor,
una con fuerza de honor,
otra con rabia de celos,
que confusos paralelos,
opuestos penando guardo.
En dar la muerte, tardo,
como mi poder se humana,
viendo escrito que mañana,
y que a las doce os aguardo.
Tanta cruz, oh papel,
para darme muerte cruel,
tanto tiempo ha de esperar.
Corazón, ¡qué pesar,
qué enojo, qué desvarío!
Honor, puesto en desafío,
quedar vencido no es mengua;
mas pues lo dijo la lengua,
no aguardéis tanto honor mío.
Yo era el sabio, el presumido,
yo el querido y estimado;
tú eres mi hermano honrado,
Él ha perdido el sentido.
Pues, ¿cómo me has detenido
que quitara vida y ser
a tan infame mujer?
Di, ¿qué has hecho, fiero hermano?
Miento, que no serlo es llano,
porque detienes mi poder.
Matarle agora es mejor,
y después, más ufano,
dar muerte al Duque tirano,
que fue de mi ofensa autor.
No, hermano, medio hay mejor,
que así quedamos perdidos,
deshonrados y abatidos;
matémosle entre sus puertas.
Mátenme dudas inciertas,
pero no agravios sabidos.
Calla y vete poco a poco,
toma pues mi sabio acuerdo,
que está ser hombre en ser cuerdo.
Ser hombre es ser aquí loco,
con mi agravio me provoco,
no puedo más.
Muéstrate fuerte,
dame el papel que escribiste.
el alma en tu resistencia.
Tanto amor en mi presencia
y tanto engaño yo ausente.
El papel vuelvo a poner
en el lugar en que estaba.
¡Cómo al partirme lloraba,
que así finja una mujer!
Sosiega.
No puede ser.
Ven, no nos sientan, señor.
Loco me lleva tu error.
Esto ha de ser cosa es vana,
y ansí, a esperar mañana
el mayor trance de honor.
Éntranse, sale arriba Serafina en un balcón.
Gente en la calle he sentido
del duque, y a otro balcón
quiere que en esta ocasión
elija amor por partido;
¡qué discreto, qué entendido,
qué cortés, qué bien hablado!
Parece que en él cifrado
se miran en competencia
el alma con la presencia,
el valor con el estado.
Sale el duque.
Este es el balcón, si espera.
Ce, ¿sois vos, gloria mía?
Quién, sino yo, ser podía.
Ay, amores, bien pudiera
dar vuestra brillante esfera
rayos de luz al deseo.
Merezca, pues, por trofeo,
mi esperanza esta ventura,
cuando el alma os asegura
del venturoso himeneo.
Salen Conrado, y el Conde.
Calla, que un hombre está parado.
Cierto es que el duque ha de ser,
que está hablando a mi mujer.
¡Ah, honor, qué andáis descuidado!
Que mi amor no haya obligado
de soberana belleza...
Sea amante vuestra alteza,
señor, con más sufrimiento.
Dilatarme este contento,
parece mucha aspereza.
Porque veáis cuánto os quiero,
la puerta tengo
mañana de abriros.
¡Mañana!
Tachado: Ser.
Mis suspiros
tendrán fin.
Cielos, ¿qué espero?
Entre mi congoja muero.
Vase Serafina.
Adiós, que gente he sentido.
¿Mi bien, adiós? ¿Quién ha sido
el que estorbó mi alegría?
¿Quién va? ¿Quién es?
Si porfía
todo, hermano, va perdido;
apártate, un hombre honrado...
Pues que desvergüenza fue
osar poner aquí el pie.
Hablad, señor, reportado.
Andáis muy desvergonzado
y por vida de quien soy
que habéis de conocer hoy.
¡Qué pesado que andáis!
La muerte sé que buscáis.
Ca, que a tu lado estoy.
Sacan la espada los dos contra el duque y detiene Federico a Conrado.
Apártate, que es error;
yo solo le he de matar;
vive Dios que he de mostrar
si hay en mi pecho valor;
no llegues, mira, traidor.
Mucho valor te acompaña.
Pelea.
¡Fiereza extraña!
¿Qué valor? ¿Qué valentía?
Mete el conde al duque a cuchilladas.
Muerto soy.
A su porfía
su escarmiento dé venganza.
¿Hay hombre más valeroso
que tanta confianza tenga,
que no quiere que a su lado
le sirva yo de defensa?
Sale el Conde.
Conrado.
Hermano, ¿qué ha sido?
Ya revolcado en la tierra
queda con dos estocadas;
aguija el paso, no vengan
y nos conozcan por dicha.
Por desgracia, hermano, fuera.
Ven acá, ¿no te parece
que a cara de luego vuelta
y a sangrientas puñaladas
le dé muerte a la condesa?
Jesús, hermano, ¿estás loco?
¿Eso dices? ¿Eso piensas?
Camina.
Ya voy tras ti,
aunque el alma en dura guerra
ya no me cabe en el pecho,
porque a vengarme me alienta.
Que luego el duque sabrá...
¿Qué es el duque? Cuando fueran
mil hombres que le guardaran,
entre todos le ofendiera.
Mas conoces al honor,
si con causa le despiertan,
es muy valiente ofendido.
Pues mira...
¿Qué es lo que intentas?
Vamos donde los caballos
con el criado te esperan.
¿No será volver mejor
a dar muerte a aquella fiera?
Mira que no puedo, hermano.
dar paso sin ver la muerte.
¡Qué necio estás! ¡Qué terrible!
¿Dónde, Conrado, me llevas?
A que coloques tu honor
sobre el cielo desta empresa.
¿Pues cómo, hermano querido?
Como con la mayor priesa
que te pueda ser posible
parte, conde.
¡Linda flema,
para quien está rabiando,
es esta buena receta!
Yo soy tu hermano menor,
pero agora advierte, piensa
que me ha dejado provista
la razón que a ti te ciega.
Ven acá, si vas a casa
y das muerte a la condesa,
¿no ha de sospechar Calabria
luego tu infamia y tu afrenta
si el duque a las puertas muerto?
Mira que, conde, será fuerza.
Queda tu estado perdido,
queda Calabria revuelta,
y queda, en fin, tu opinión
al discurso de las lenguas,
triste del que en ellas cae,
aunque más honrado sea,
que ya del mayor amigo
son infames las ausencias.
Parte a Sicilia al momento
con esta carta que llevas,
demás que en esta muerte
Cartas y regocijos sean,
y en el primer correo
das a Calabria la vuelta,
donde, a tu gusto y contento,
fingiendo alegría inmensa
en los brazos de tu esposa,
desmentirás sus sospechas;
y cuando más ignorante
esté ya de que su afrenta
sabes, tú dispón su muerte,
pues hay venenos que puedan
castigar su infame vida
sin que tu agravio se sepa.
Dices bien, cuando lugar
mi propio agravio me diera,
hermano, no puedo más.
Haz por poder, que es prudencia
el reportar tu valor;
muchos hay que en sus ofensas
su valor han reportado,
que la venganza es cautela.
Quien duerme sobre su agravio
nombre de honrado no tenga;
de reportado sí, hermano,
eso el alma lo confiesa,
de honrado no, no lo digas,
ni es posible que lo crea,
ni puede tal nombre darse
al que agraviado sosiega
la mujer falsa e infame.
Ya estás loco.
A tanto esfuerza,
porque forzado el sentido,
cuerdo siente y loco pena.
¡Ay, hermano!, no hay valor,
no hay sentido, no hay paciencia
para tan terrible trance.
Tú, no sabes lo que aprieta
el alma, solo lo diga
cuando en tal golfo se anega.
¡Ay, ten lástima de mí!
¿Ahora flaqueza muestras?
¿Qué, pues flaqueza, valentía
di tú, y hacer resistencia
a los impulsos del alma,
que todo el pecho me quema
porque mate a aquella ingrata,
infamia de mi nobleza?
Yo no puedo más, Conrado,
perdona si me aconsejas,
más es mi honor que mi hermano.
Voy a matar la condesa.
Saca la espada Conrado.
Pues, conde, ya que tú quieres
que se pregone tu afrenta,
que se sepa la desgracia
de tan infame bajeza,
¡vive Dios!, que he de morir
primero yo que se sepa.
Saca, pues, conde, la espada,
valor tienes, no lo niega
el alma. Mátame primero a mí;
¿en qué dudas, a qué esperas?
Ay que esperes
que yo vivo no he de ver
tu opinión en contingencia.
No me apures, no, Conrado.
Saca el Conde la espada.
Saca la espada sangrienta,
mátame, que puesto a tierra,
si a tu infamia te despeñas.
Aparta, Conrado, aparta.
Eso, hermano, es cosa necia,
que por la punta de esta espada
ha de pasar tu soberbia.
De tu valor invencible
digna ha sido esta alta prueba,
con que animoso me obligas,
con que atentado me quiebras
la inadvertencia atrevida
de mi ofendida paciencia.
Ciego he estado y vuelto en mí.
Ves, hermano, que me enseñas
ponderaciones tan justas
a venganza tan discreta.
Dispón de mi honor y vida,
que ya corre por tu cuenta
mandar tú y obedecer
el alma a cuanto tú quieras.
Generoso Federico,
noble hermano, da la vuelta
que importa al punto a Sicilia;
en ella fija tu asistencia
dos meses puede durar,
que yo en Milán la suspenda.
del alma que puedo estar,
y como a Calabria vuelves,
a su muerte prevenciones
te darán justas cautelas.
Yo quiero seguir tu gusto,
mas la palabra me empeña
que harás lo que aquí te pido.
Cuanto quisieres ordena,
pide, hermano conde, pide.
Pido que si en esta ausencia,
con el dolor que me aflige,
la muerte impide que vuelva
a Calabria, que tú, hermano,
mi venganza por tu cuenta
tomes al punto a tu cargo
y que la condesa muera.
Hermano, yo lo prometo.
Parte seguro, no temas,
que si te falta la vida,
falte quien vengue tu ofensa.
Ya con esto a Sicilia parto.
Y yo a Milán, donde lleva
el poder loco mi amor,
aunque desde hoy amor cesa
si en dos mujeres he visto,
en distancia tan pequeña,
en una tanta mudanza
y en otra tanta flaqueza.
Conde, a Dios.
A Dios, Conrado.
La palabra...
En mí la dejas.
Yo sabré cumplirla, hermano.
Loco voy, adiós te quedas.
Fin de la segunda jornada del mayor trance de honor. Por el alférez Jacinto Cordeiro.
2
Jornada Tercera del mayor trance de honor.
Salen Laura y Serafina, el duque, y Silvia y Faunia.
Parabién goce tu alteza,
señor, la nueva salud.
Y con ella, la inquietud
de vuestra altiva fiereza.
Sabe Dios cuánto me pesa,
y he sentido, dueño amado,
las heridas que os han dado,
que quisiera daros vidas
al paso que las heridas
la vuestra han atormentado.
Desconcertado he tenido
dos meses este brazo,
y así, en este largo plazo
di que a Laura le he
pedido
que escriba por mí, y han sido
tan pocas veces, señor,
que a tres cartas su rigor
viendo que he visto cifrado,
aunque no os darán cuidado
estas finezas de amor,
que ya rotas las tendréis
y a mí también olvidada.
Como estáis tan confiada,
decísme cuanto queréis;
todas tres aquí tenéis,
que por instantes tales...
Saca unas cartas el duque.
haciendo alarde el deseo
en ellas de su afición,
que solo sus letras son
del alma gustoso empleo.
Basta, no las quiero ver.
Muy triste el alma aquí os siente.
Prima, con el conde ausente,
¿qué alegría he de tener?
No soy en esto mujer,
porque es tal la pena mía
que aborrezco noche y día.
Yo suplico a vuestra alteza...
Y adorando mi tristeza,
aborrezco mi alegría.
Canta, Silvia, o di a Fileno
que venga a cantarme un poco;
notables tristezas toco.
La tristeza no condeno,
si nace de verme .
Ea, canta, sin templar.
Para poderte alegrar,
Sirena quisiera ser.
Canta Silvia.
Qué gran desdicha es querer
si no se llega a gozar.
Aprended, flores, de mí,
lo que va de ayer a hoy,
que ayer maravilla fui,
y hoy sombra mía no soy.
En la parte superior de la página aparecen nueve líneas tachadas de las que se puede leer lo siguiente: "no lamentos / no a bajeza que enojos dura / si quiere el recato a mi intento / baja a ver a mis tormentos / vuelve a la cárcel oscura / ya trae en [...] / porque espanto, y pasmo, o miedo, / que morirá sin remedio / en faltándole ventura".
Sale el Conde.
Aparte.
¿Qué es esto? ¡Terrible error!
Porque soy de ella tan falto.
Vengo a hallar en mis tormentos
tan terribles desengaños.
Laura y el duque, ¡qué bueno!
Vengo, señor, de palacio,
y no hallando a vuestra alteza
me dijeron que hoy ha honrado
esta humilde casa mía.
Conde, a tan noble vasallo
se debe aqueste favor;
anteayer me levanté
de mis heridas, y hoy quise
visitar mi prima, dando
indicios del grande amor
con que siempre la he tratado.
Aparte.
¡Nunca pluguiera a los cielos
viera tantos desengaños!
¿Qué aguardáis, paciencia mía,
cuándo de celos me abraso?
Perdóneme vuestra alteza
queriendo mi justo llanto,
y no dar lugar a que amor
Disimula en este paso,
dadme los brazos, esposo.
Aparte.
De lo fiera estoy turbado,
pues como pide al duque licencia
para darme a mí este abrazo.
¿Cómo venís, Federico?
Aparte.
Gracias a Dios, salud traigo;
o veneno, ¡qué rigor!
Vuestra alteza tome a cargo
honrar esta humilde hechura
de Alberto Frangipilato.
Los siguientes versos hasta "franqui reportado" se encuentran enmarcados, posiblemente para ser suprimidos o sustituidos por los versos del margen.
¿Franqui os llamáis?
Sí, señor;
mas no escribo ningún falso.
Hacéis bien, porque mentiras
escribiréis todo el año.
No soy de esos franquis yo,
que soy franqui reportado.
Mudaos el nombre por mí.
Pues Alberto Ladislao
me nombro de aquí adelante.
Volved, condesa, a sentaros.
Triste está el conde, ¡ay de mí!
Contad lo que habéis pasado,
conde, con el de Sicilia.
Para tan estrecho paso,
pienso yo que a relaciones
no da lugar el agravio;
solo a vuestra alteza digo
se guarde de mí, que honrado
le aseguro que ofendido.
ha de seguirle los pasos
el conde
¿Qué decís, conde?
Señor, que estoy agraviado,
dijo el Rey. Yo querría
vengarme, no sé qué traigo,
que no acierto en lo que digo
y así aquí me he equivocado,
mas bien se deja entender:
él irá su gente juntando,
espías ha de tener;
mirad por vos, que el contrario
está ofendido, Señor,
y en sus ardides fiado
procura tomar venganza;
prevenid vos, como sabio,
claridad si estáis sin culpa,
que le aclare en sus engaños;
que, cuanto a mí, estas heridas
con esta espada que traigo
me maten si no se os dieron,
y pusiera yo la mano
en el fuego a sustentar
que el Rey y Leonor mandaron
que os las diesen.
Conde, así lo he imaginado
conmigo por muchas veces,
bien que del caso no trato.
No imagine vuestra alteza
sino que yo las he dado.
el sentido donde son.
Donde anduvo tan gallardo
el hombre que me le dio,
que juro a fe de soldado
que si en Calabria estuviera
le perdonara, con tanto
que quisiera ser mi amigo.
Ya no lo será, que el daño
temerá que vuestro poder,
cuanto a mí, él quiso mataros.
Pues yo por muerto quedé.
Confieso que fue milagro.
¡Ah, mal haya mi desdicha!
Anduvo tan alentado
y tan soldado conmigo,
que trayendo para el caso,
otro hombre en su compañía,
partiendo conmigo el campo,
detuvo el otro y no quiso
que llegara.
Caso extraño.
Notable valor, por Dios.
Valeroso y temerario;
dos estocadas me dio
cuerpo a cuerpo y mano a mano.
¿Sería
de vuestro cuerpo,
ni más alto, ni más bajo.
Aparte.
Más bajo no puede ser,
ni puede en más vil estado
estar hombre que yo estoy
a vista de mis agravios.
En fin, que el rey se apercibe,
y apresta gente y soldados.
Señor, con mucha presteza
haz tú lo mismo entretanto.
Saca el Duque un papel y dale al Conde
La lista de coroneles
esta es, conde; examinadlos,
y de ocho que van escritos
los reduciréis a cuatro.
General de mar y tierra
en esta ocasión os hago,
ordenad y disponed,
de todo, conde, os encargo.
Librad en mis tesoreros
todo el dinero del gasto,
la brevedad encomiendo.
O encomiendo o encenando
será Su Alteza servido.
Donoso, Alberto, has andado;
llega, toma este diamante.
Vivas más que un mentecato,
porque suelen vivir mucho
si es que no toman tabaco.
Lleguen los coches al punto,
a cazar a Soria vamos;
quedad, condesa, con Dios.
El cielo os guarde mil años.
Los ojos lleva tras él,
en vivos celos me abraso.
quedad con Dios, Serafina.
Adiós, señor.
Soberanos
ojos, tened la luz pura
de vuestros ardientes rayos.
Serafina y Laura, adiós.
Octavia, adiós.
Yo acompaño
a vuestra alteza, señor.
No es tiempo, conde, aplicaos
a la consulta que os di.
Solo a obedeceros trato.
Vase el Duque, Octavia y sirvientes.
¡Ay de mí, pierdo el sentido,
loco estoy, penando rabio!
Conde mío, ¿qué tenéis?
No sé, Laura, qué me ha dado,
dejadme a solas un poco.
Advierto, llega recado
de desdichas.
¿Qué es esto, conde?
¿Enojado estáis, hermano?
¿Qué es esto, por vida mía?
Dejadme las dos un rato
para ver esta consulta.
No espero, no es excusado
de la consulta, mi bien,
ea, acabad,
consultadnos,
a las dos vuestro disgusto.
Aparte.
Disimulad, pecho airado,
no os deis a entender sin tiempo,
que os puede el tiempo enseñaros
venganza en vuestras ofensas
y medio en vuestros agravios.
¿Pensáis, condesa, que habiendo
en este papel nombrados
ocho hombres como hay escritos,
con quien yo me he averiguado,
que serán todos, y es justo,
para tan ilustre cargo?
Los más nobles de Calabria,
que no me da gran cuidado
agraviar los cuatro dellos.
Dejadme agora mirallos,
condesa, por vida mía,
con el acuerdo y espacio
que pide aquesta elección.
Haced lo que os ha ordenado
el duque, y ya quedáis solo.
Dejémosle, Laura, vamos.
Vanse las dos.
¿Yo, señor?
Tú también,
vete, Alberto.
Extraño caso. No entiendo
aquesta quimera,
aunque fuera la consulta
de algún poeta ermitaño
destos que escriben de noche
con siete llaves cerrados,
que hacen un verso en seis meses,
y en seis años un traslado
de una canción de Agispirvio,
que era un poeta toscano,
no hiciera más prevenciones.
Vase Alberto y abre el papel el conde.
Dice así. Ya el papel abro.
¿Qué es este celoso error?
¿Duermo acaso, o estoy soñando?
Desta condesa es la letra:
«García de Guerra, secretario»,
y viene a hacer mala aquí.
de suerte que en mí pararon
las balas que el duque tira.
¡Oh sufrimiento, ¿qué aguardo?!
tantos papeles el duque
de la condesa ha juntado,
que se truecan las consultas
que por ellas a mis manos
viene mi infamia a mis ojos,
bebiendo el alma en el vaso
de este papel atrevido
rayos de tinta que han dado
al pecho un Etna de fuego,
siendo ya el griego caballo
que por engaño ha metido
el duque, y ha derribado
las murallas de mi honor.
¡Oh griego duque! ¡Ah tirano!
¡Sinón de mis desventuras!
¡Ah fiera mujer!, ¿qué daños
no inventó vuestra flaqueza?,
¿no emprendió vuestro error falso?
¡Oh fementido papel!,
si quiero leerte me abraso,
y si romperte me quemo;
y entre estas dudas temblando,
firme ánimo, a ver tus letras,
aun temo de esta alma el desmayo.
¡Ánimo, corazón!,
nuestras ofensas leamos,
que en ellas me animaréis
a la venganza que aguardo.
Lee el papel.
Tanto, mi bien, he sentido
las heridas que os han dado,
que en tan infelice estado
están mi amor y sentido;
que el sentido, a amor unido
en caso tan superior,
partiendo igual el dolor,
los dos me tienen de suerte
que el sentido está a la muerte
y a la muerte está el amor.
Mirad si en tales extremos
están sentido y amor,
mi bien, con tanto dolor
como estar los tres podemos.
Si lo que queréis queremos,
viviendo a vuestra alma asida
mi sentido, amor y vida;
juzgad vos cómo estará
quien sin vos por vos está
tan triste como rendida.
Acaba de leer.
Tan triste como rendida
está el alma que entregó
su libertad a quien dio
en mi opinión tal herida.
Ya no hay medio, honor y vida,
alma, el caso es superior;
y aunque la vida al dolor
resiste en tan triste suerte,
ya está la vida a la muerte
y a la muerte está el honor.
están mi honor y mi vida
en ocasión tan perdida,
como estar los tres podemos;
solo venganza queremos,
Amor alabe, no el dolor;
yo tengo vida, valor,
honor; si estáis de esta suerte,
no esté la vida a la muerte
ni esté a la muerte el honor.
Fiad más del pecho mío,
no desmayéis, porque es mengua
que confiese aquí mi lengua
que yo carezco de brío.
¿Yo soy yo? Y pues yo fío
de mí, que tengo valor
para vencer el dolor
de tan infelice suerte,
no esté la vida a la muerte
ni esté a la muerte el honor.
Hoy mi ofensa a la venganza
con nuevo ardor me provoca;
ya el alma tengo en la boca
y en las manos la esperanza.
Sembré amor, cogí mudanza,
mas cuando en mujer hay fruto
de más alegre tributo,
si os dan ya por posesión,
afligido corazón,
beber llanto y vestir luto.
Consultad, pues que sois sabio,
los coroneles en suma,
+
Lee.
Porque el tiempo no os consuma
tiempo alguno en este agravio,
abrí el pecho y leerá el labio,
nombra el primer coronel.
De vuestra venganza cruel
mi honor el primero sea,
lleve la vanguardia y lea
su ofensa en este papel.
¿Quién ha de ser el segundo
coronel? ¿quién? mi opinión.
¿Y el tercero? mi razón.
Si más no vale el del mundo,
contra el poder, yo me fundo,
en que a mí me ha de valer;
¿y el cuarto quién ha de ser?
¿El cuarto? mi entendimiento,
que en la retaguardia atento
sabrá ordenar y vencer.
Hago sargentos mayores
mis cuidados y desvelos,
los capitanes mis celos,
alféreces mis dolores,
ayudantes mis clamores,
sargentos mis pensamientos,
que al orden de honor atentos
ordenen las compañías,
que son de las ansias mías
atentados instrumentos.
Y pues el campo ordenado
tengo en término sucinto.
Aquí escribe el conde.
Veamos el laberinto
del orden que honor ha dado.
Sargento mayor, cuidado,
¿qué orden tenéis en efeto?
Señor, el orden prometo
que es buena; decidla apriesa:
matar al duque y condesa;
pero ha de ser en secreto.
Callalda, y no la digáis
hasta venir la ocasión,
porque estas cosas no son
como vos imagináis.
Si el orden de honor lleváis,
acertaréis el intento
con divino pensamiento,
porque es regla general
que no se hará cosa mal
fundada en entendimiento.
Entrad, paje atrevido,
disimulando en mi pecho
los agravios que me han hecho,
y los que su conde atrevido,
los cuatro que me ha pedido
que le consulte el duque.
Tan grave el primero, sí,
y Sigismundo el segundo,
el tercero sea Raymundo,
y el cuarto sea Albaní.
Estos merecen el cargo,
y si nombrados no son,
diré al duque en conclusión
que mi conciencia descargo.
¡Ay trance duro y amargo!
¿Quién puede en caso tan fuerte
de confusión comprenderse,
si es fuerza en tanto pesar
vivir, hasta poder dar
al Duque y Laura la muerte?
Sale Laura.
Si es que puede mi amor, en dolor tanto,
en ocasión tan triste, en tanta pena,
suspender de vuestra causa los enojos,
merezca, amado esposo, en la cadena
de vuestra confusión mi amargo llanto.
Rendir el alma triste por despojos,
lágrimas den mis ojos
con amarga porfía,
aumentando al pesar suspensión grave,
la pena que me envía,
a que sepa de vos, señor Jacinto,
este encantado y ciego laberinto
en que apenas del alma el dolor cabe,
sin querer del secreto abrir la llave.
Si son de Amor del alma los secretos
y del gusto el quererse entre dos, vida,
con que aumenta el deseo altivas glorias,
¿cómo negáis a un alma a vos unida
la causa que os aflige, si en efectos
se os conoce el dolor en las memorias?
No son, esposo, glorias
sufrir el sentimiento
sin darme parte a mí de penas tales,
pues crece mi tormento,
viéndoos metido, esposo, en tal abismo.
que os olvidáis de vos dentro en vos mismo
con ansias, con suspiros, con señales
de que a mí se conducen vuestros males.
Vuestro semblante esquivo me amenaza,
vuestros ojos me dicen que está airado
el corazón conmigo. ¡Ah, triste suerte!
No sé, esposo y señor, qué causa he dado;
un hielo me suspende, un fuego abrasa,
mi confusión se aumenta en mal tan fuerte.
Si apetecéis mi muerte,
o si es que ya os enfada
mi vida, amado dueño y caro esposo,
sacad la heroica espada,
y con mi muerte acabaréis, que es justo,
la causa de que nace este disgusto,
que en Sicilia ha quedado aventuroso
dueño con quien casaros, esforzoso.
Si es Leonora, mi bien, esposa vuestra,
si queda entre los dos hecho el contrato,
siendo el precio mi sangre aborrecible,
no es bien ser a su amor esposo ingrato.
Entre dudas parece que se muestra
vuestro pecho, señor, todo es posible,
que amor es muy terrible.
(Aparte.)
¡Cómo, si lo ha sido!
¿en ti, fiera, homicida, esquiva, ingrata?
Ya no puede el sentido
sufrir, Laura, tu error; mal consideras
de mi amor invencible esas quimeras,
pues solo de tu amor mi pecho trata
y en tus memorias, Laura, se retrata.
Nace, mi bien, mi sentimiento amargo
de un honrado y terrible desafío,
en que un poco mi honor cargado asiste,
por la ley deste duelo, ¡qué agravio!,
en que el mundo está puesto ha tiempo largo,
esta es la causa, esposa, en que consiste
mi sentimiento triste;
desto mi dolor nace,
que no quiso en Sicilia concederme
campo el Rey, esto pase.
Que en Calabria será más, cuanto espero
es muerte para mí, si considero
¿qué agravio a Laura? ¡Ay, triste!, pudo hacerme
el que supo agraviarme y no entenderme.
Vase el Conde.
Vistosa pompa del mayo
son las flores en su esfera,
cuando alegre primavera
en su hermosura hace ensayo.
Pero si el ardiente rayo
derriba su flor ansí,
como ha derribado aquí
el Conde mi altivo amor,
rayo ha sido, y pues fui flor,
aprender, flores, de mí.
Ya de su gracia caída,
estoy temiendo mi suerte,
porque hay de amor a la muerte
lo que hay de amor a la vida.
Era del Conde querida,
y agora en estado estoy
que en verme pasar le doy,
y con mi vista se enfada.
Mirad, pues, vida cansada,
lo que va de ayer a hoy.
Con amores me quería,
con favores me adoraba,
y en mis brazos solo hallaba
la gloria que pretendía.
Ya se aparta y ya porfía
por alejarse de mí;
hoy con verme le ofendí,
triste y riguroso espanto,
mas tened, ojos, el llanto,
que ayer maravilla fui.
Si hoy en penas tan mortales
se aflige mi pensamiento,
que de mi esposo el tormento
crece al paso de mis males;
si son ciertas las señales
del descontento en que estoy,
siguiendo mi muerte voy;
porque agora conocí
que ayer maravilla fui
y hoy sombra mía no soy.
Vase Laura. Salen el Duque y Conrado.
De aquí a dos días vendrá,
a lo que entiendo, señor.
¿Qué decís de su valor?
Que bien empleada está
tu hermana en tan gran sujeto.
A fe que te ha parecido
es hombre bien entendido.
Y con extremo discreto.
¡Qué talle!
Aparte.
Gentil persona
y buena disposición,
y tantas sus partes son,
que es digno de una corona.
Si alabar a mi enemigo
me sirve al alma de pesar,
es que quiero castigar
en ella el amor que sigo.
Sale Conde.
La gente está prevenida,
señor, todo tengo aprestado.
Están, valiente soldado,
de mi estado honor y vida.
Aparte.
Y tú eres muerte que aumenta
con poderosos desvelos
mi furia con locos celos,
con un engaño mi afrenta.
Acertasteis la elección
con divino y sabio acuerdo.
Si en la consulta fui cuerdo,
veremos en la ocasión.
Mucho me ha hecho admirar
no consultar a Conrado.
Es bueno para soldado,
mas no para gobernar.
A un hermano no es razón,
si alta elección le encomiendo...
Yo consulto lo que entiendo,
sin cegarme la afición.
Sois conde muy entendido.
y digno de cargo igual.
Serélo por vuestro mal,
y es mucho ser el ofendido.
Sale Alberto.
Con treinta naves dilatando al viento
hinchadas velas, cuyo ardor preñado,
entre la confusión del movimiento
campo parece en selva dilatado.
De árboles ya, que en círculo violento
de su mismo poder el viento airado
llena de ufano de ver que les da plumas,
con que burlando al mar, levantan espumas.
Las flámulas conducen sus cristales
al altivo color de sus colores.
Las trompetas, clarines y atabales
ecos les dan al mar, y el mar clamores
les da como agraviado en las señales,
porque ve que se juzgan vencedores
en su playa, señor, y así a la arena
salen sus olas a decir su pena.
Dijo un soldado tuyo, que huyó a nado,
del Armada escapó, que el Rey traía
en la Real Capitana al mar colgado
un estandarte en que pintado había
al Duque Ladislao, preso y atado
a los pies de Leonora, y que tenía
por orla aquesta letra en el retrato:
«Así pagas, soberbio, el ser ingrato.»
Mil hombres, vos y Conrado,
al punto habéis de llevar,
y diez piezas asestar
en el lugar señalado.
Porque el Rey no desembarque
y sus intentos se impida
mi gente...
Si le convida
la playa, yo haré que embarque
la gente con más presteza
de lo que el Rey imagina.
(aparte)
Esta noche, Serafina,
he de gozar tu belleza.
Conde, vase haciendo tarde,
la brevedad aquí importa.
Qué mal el duque reporta
de su amor el fiero alarde.
¡Oh, pensamiento cruel!
Señor, vámosle a servir,
hoy el duque ha de morir
y esta condesa con él.
Éntranse. Sale Serafina al balcón.
Obscura noche, mi error
disculpe tu oscuridad,
no juzgando a liviandad
aquello que en mí es amor.
Quejarse el duque, en rigor,
de mi esquiva tiranía,
amarme, amando, porfía
y me imputa de cruel,
mas mi voluntad con él
suya es ya, que ya no es mía.
Esta noche su esperanza
tomar quiere posesión
de prendas que suyas son
contra el tiempo y la mudanza.
Mi temor puesto en balanza
Ya por instantes se aguarda,
y si el temor me acobarda,
cuando el alma al duque estima,
amor como a amor me anima,
aunque ve que el duque tarda.
Sale el conde y Conrado
Esta es, hermano, la llave;
acaba, pues abre presto
esa puerta del jardín,
y ponte luego en cubierto
junto del mismo oratorio,
que yo a la condesa quiero
hablar en este balcón,
que ha de esperar, y es muy cierto,
al duque sin duda alguna;
por el habla le pretendo,
y luego que abra la puerta
ahogarla sin remedio,
y aguardando dentro al duque
los dos matarle podemos.
Embózase Conrado
Gente parece que siento.
Entrase Conrado
Voy a obedecerte, hermano.
Esta es la condesa, cielos.
Fingiré que soy el duque.
Es mi bien.
Amado dueño,
quién sino yo ser pudiera.
Paso, palabras escusemos,
Ya abrí la puerta, señora.
Yo bajo a abriros.
¡Ha, cielo!,
ayudadme a la venganza
y dadme aquel sufrimiento
hasta vengarme del duque,
que, ya de cólera ciego,
no sé si estoy en la tierra,
mas estoy en los infiernos
del deshonor en que vivo.
Sale Serafina y métese el duque allende, y sale Conrado, apareciendo al mismo tiempo dos velas en un bufete.
Duque, entrad, que ya está abierto.
Ingrata, aquí morirás.
Fantásticas represento
mil confusiones en mí
con atrevidos desvelos,
que esto emprenda una mujer,
¡válgame Dios!, dudo y tiemblo
de imaginar su error.
Sale el conde, y Serafina, el conde asido della para ahogalla.
¡Ha, fiera mujer!
¿Qué es esto?
Conde, mira que yo soy...
Ah, fiera, pues de intento
también tú vendes mi honor,
tú al duque traes, ¡qué bueno!,
al cuarto de la condesa,
¡hay más rabia, hay más veneno!
Conde, ¿qué es esto que dices?
¿qué locuras has propuesto?
Si el duque es mi esposo ya,
su esclava por lo menos,
infame, hermana, aquí has sido.
Hermano, sosiega el pecho,
que esto puede ser verdad.
Que no hay verdades, enredos
son estos todos, Conrado;
el duque me hace adulterio
con la condesa.
Jesús,
si yo esta cédula tengo,
que el duque, hermano, me ha dado
de seguro y casamiento,
y no ha casado en Sicilia
solo por ese respeto.
Di, ¿qué inventas, Federico?
Lee la cédula.
Lea Federico el papel que le da Serafina.
Ya leo.
Yo Ladislao de Calabria,
Hermano, leerla no puedo.
duque, nombro a Serafina
¿Qué más quieres?
¿Qué más quiero?
por mi legítima esposa,
Acaba, que estás sin seso.
y a Dios prometo cumplirla.
Tu engaño se ha descubierto.
Esta cédula presente,
yo el duque.
Que esto no creo.
✝
Cautelas hay aquí escritas,
no son
La carta que tengo,
de la condesa aquí escrita,
que el duque me dio por cierta,
¿qué disculpa tiene, hermano?
Que es de ella.
Toma, son estos
engaños, ¡ah Serafina!,
¿a qué falsa a hallarte vengo?
Mas, siendo tu castigo muy...
hoy te ha de abrasar mi fuego.
¿No es esta letra de Laura?
Dices bien, yo lo confieso,
Laura la escribió por mí.
Ves cartas que yo no pueda
con este brazo, que el día
que te partiste al concierto
del duque para Sicilia,
desde aquel día no he vuelto
a escribir, porque este brazo
caí en el jardín, cayendo,
y aquella noche escribió
Laura por mí, de mis ruegos
importunada, una carta.
No hay tal, que estaba escribiendo
sola Laura.
Fue que el duque
hizo la seña en el puerto,
y la dejé por hablarle.
Ves, hermano, cómo sueños
se han vuelto ya tus ofensas.
¿Duermo, acaso, o estoy despierto?
Sosegado el corazón
ya me anima y me da alientos.
¿Quieres saber quién es Laura?
Pues mira, conde, este espejo
de honestidad de casadas
y de mujeres ejemplo.
Descubren una cortina y parece un oratorio y Laura durmiendo con el rosario en la mano, recostada sobre una almohada.
Esto no puede mentir,
porque es santo, conde, y bueno,
que quien a vistos de Dios,
su esposo ausente, durmiendo,
queda elevada en su vista,
buenos son sus pensamientos.
Corre otra vez la cortina.
Vete, hermana, y vuelve al puesto
en que aguardabas al duque,
retírale a tu aposento,
que no ha de salir de aquí
sin que se case primero
contigo; de presto parte.
Vase Serafina.
Voy a obedecerte luego.
Parte, Conrado, tú al sitio
en que la gente tenemos,
que importa allá tu persona.
Cortina.
Loco estoy ya de contento.
Conde, si desvanecido
emprende tu error sangriento,
manchar con atrevimiento
tu honor, intentando ofendido,
vuelve a cobrar el sentido,
vuelve animoso a tu ser,
vuelve a vella y vuelve a ver
que tu engaño te restaura
de las ofensas que en Laura
juzgabas como mujer,
si atropellando desvelos
emprenden tus desatinos
buscar a ofensas caminos
entre agravios y recelos,
suspende a tu pecho celos,
a tu ardor la tiranía,
a tu engaño la porfía,
y a tu error el ser ingrato,
pues sola en este retrato
su virtud te desafía.
Cruz
Mira si mienten papeles
y si firmas se desmienten,
mira si los ojos mienten
con ilusiones crueles,
las espadas, los broqueles,
la cólera y confusión,
la ira, la suspensión
trueca en gloria, en alegría,
y de tu ciega porfía
le pide a Laura perdón.
Si imperios de furia loca
tu alma en prisión tuvieron,
y con nublados hicieron
salir furias de tu boca,
salga el sol que los apoca
con rayos de su poder,
y acaba agora de ver
en la virtud que señala,
cómo podía ser mala
tan virtuosa mujer.
Corrido en mi engaño estoy,
pero tan otro que creo
que me ha de matar el gusto.
Vete, hermana, vuelve al puesto.
Cruz
Vase.
¿Yo voy, Conde? Con acuerdo
juzgue el prudente sus causas
si quiere acertar discreto.
Retírase a una parte, salen el Duque y Serafina.
¡Ay, Laura, qué hermosa estás!
Perdonadme, que mis yerros
nacieron de urgentes causas.
Como te adoro, y te quiero,
¡qué hermosa me has parecido
sin la mancha que te he puesto!
Ya te miro con amor,
ya te adoro con respeto.
¡Qué otra estás para mi vista!
Pasos parece que siento;
retirarme quiero aquí.
¿Es posible, amado dueño,
que tengo tanta ventura?
Por mía, señor, confieso
esta que logra mi amor.
¿Dónde está el cuarto, mi cielo?
Por aquí podéis entrar.
Ya sigo tus pasos.
Van a entrar, y ásele el Conde por una parte.
Buenos
son estos para un señor
que a lealtades documentos
daba en furiosos rigores.
Duque, yo en aqueste puesto,
soy duque, y rey de mi casa,
En el margen superior hay un pequeño trazo a modo de invocación.
y en ella como rey reino,
esta espada a vuestros pies
humillada estuvo un tiempo,
y mi cabeza al peligro
de vuestro rigor soberbio.
Serafina, hermana es mía;
yo vuestro vasallo, y creo
que vuestra sangre y la mía
no tienen por qué ser deudos;
pero sin venir verdugos,
guardas, criados, porteros,
vuestra Alteza le ha de dar
la mano de esposo luego,
o morir aquí los dos,
será del pleito el remedio.
Saca la espada el Conde.
Conde, vos tenéis razón.
Pues, señor, si razón tengo,
dad la mano a Serafina.
Sale Laura.
Aquí su Alteza, ¿qué es esto?
Conde, desnuda la espada,
¿por qué son estos excesos,
mi bien, qué ocasión ha habido?
El Duque y mi hermana fueron
causa desto, Laura mía.
Sale Conrado.
Duque invicto.
¿Qué tenemos,
cuñado?
Tanto favor
en nombre, señor, acepto.
Cruz
que en albricias de las nuevas
del servicio que os he hecho.
Conrado, ¿qué nuevas traes?
Señor, al Rey tengo preso,
que agora de una emboscada,
yo y Sigismundo saliendo,
le embestimos con treinta hombres;
desconociendo su riesgo,
se dio a prisión y nombró,
y en palacio prisionero
le tienes a tu servicio.
Solo de tu heroico pecho
se esperaba tal hazaña;
pide mercedes, que quiero
concederte cuanto pidas.
A Octavia, si la merezco,
pido, señor, por esposa.
Pues si casada la tengo
con el duque de Milán,
que por momentos espero,
¿cómo puede ser, Conrado?
De la amistad que profeso
con el duque de Milán,
fío yo, que a hacer me atrevo
que deje a Octavia por mí,
y a Leonora acepte en premio
de su heroico casamiento altivo.
Pues si te atreves a hacerlo,
tuya es Octavia, Conrado,
Sello de la Biblioteca Nacional
Pues yo con el Rey prometo
de allanar este partido
y hacer las paces espero.
Vamos al punto a palacio
a asentar los casamientos,
que aquí me tenéis cuñados.
Lo mismo era decir suegros,
que hay cuñados de por vidas,
que en el vivir son eternos.
Y aquí, Senado, da fin
su autor, Jacinto Cordero,
al Mayor trance de honor
y desengaño de celos;
perdón de sus yerros.
Fin de la tercera jornada. De El mayor trance de honor, por el alférez Jacinto Cordero, en Lisboa.
Alabado sea el Santísimo Sacramento y la inmaculada concepción de la Virgen María, concebida sin pecado original.