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Digittol text

Digittol text for El mtoyor trtonce de honor

Publication date: August 22, 2026

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Suggested cittotion

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El mayor trance de honor. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-mayor-trance-de-honor.

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EL MAYOR TRANCE DE HONOR

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Ptog. 1

El mayor trance de honor. Famosísima comedia. Por el alférez Jacinto Cordero. Personas que hablan: Ladislao, duque de Calabria. - Diego de Ávila. El conde Federico. - Fadrique. Conrado, su hermano. - Manuel de León. Octavia, hermana del duque. - Señora Flora. Laura, su prima. - Señora Isabel. La señora doña Manuela. Serafina, hermana del conde. - Señora Jusepa. Silvia, criada. - Señora Mariana. Alberto, gracioso. - Coronel. Unos músicos.

Ptog. 2

Página en blanco con pruebas de pluma, un sello de la Biblioteca Nacional y trasluz del texto de la cara opuesta.

Jornada primera

Ptog. 3

Salen Ladislao, duque de Calabria, Conrado y Alberto. Los tres de camino. Y Federico.

Federico.

No es bien hecho.

Duque.

Es gusto mío,

y mi gusto es ley, no más.

Federico.

Terrible, señor, estás.

Duque.

Ya es hecho.

Federico.

Fue desvarío.

Duque.

No se inclinó mi albedrío

a su gracia, a su hermosura;

salir el alma procura

del golfo deste rigor.

No pudo darle el amor

conmigo, conde, ventura.

Conrado.

Sicilia queda agraviada

y ha de ostentar su poder.

Duque.

Si trato de obedecer

a sujeción tan pesada,

muerto es mi padre; la espada

desnude el Rey enfadado;

no he de casarme forzado,

ni han de darme, ¡qué injusto!,

una mujer contra gusto.

Ptog. 4

Duque.

A quien nunca me he inclinado.

Venga su tío en persona,

su venganza tome a cargo

por ver si en pleito tan largo

me ha de vencer su corona.

Federico.

Poco tu nobleza abona,

este desprecio que has hecho.

Duque.

Que me predicáis sospecho.

Federico.

Señor, no os predico,

antes solo os certifico

las verdades de mi pecho.

Alberto.

Mal te acomodas al uso;

verdades no se usan bien,

miente, adula y entretén,

medrarás.

Federico.

De eso me excuso.

Duque.

Vivo mi padre, dispuso

que casara con Leonor;

obedecí su rigor,

fui a Sicilia donde he estado

sin casarme tan forzado,

que resistí a mi valor.

Luego que supe su muerte,

en secreto mi partida

dispuse, porque mi vida

trocase mi adversa suerte.

Ya en Calabria llego a verte,

adonde sus damas bellas

darán luz a mis centellas.

Ptog. 5

Duque.

Aliviando mi pasión,

porque no hay, conde, afición,

si no inclinan las estrellas.

Federico.

Tendrás amor en Calabria,

que de eso nace tu furia.

Duque.

Mucho tu lengua me injuria,

conde, para ser tan sabia.

Federico.

Mucho más, señor, me agravia

vuestra Alteza en presumir

que yo le puedo decir

cosa que no le esté bien.

Duque.

Ya sé, conde, que sois quien

Federico.

más os desea servir.

Vuestro padre aquí en palacio

me dio un cuarto donde vivo.

Aparte.

Duque.

Gusto notable recibo,

que así podré hablar despacio

a su hermana.

Alberto.

Frío y vacío

este camino me ha puesto.

Duque.

Entremos a hablar de presto.

Octavia.

Conrado.

¡Ay, luz soberana!

Muero por ver a su hermana.

Vanse los dos.

Duque.

Ven, Conrado.

Alberto.

Pues, ¿qué es esto?

Federico.

Hablar verdad llanamente.

Alberto.

Ya del mundo te despide,

que en él ninguno reside.

Ptog. 6

Alberto.

la quiere ni lo consiente,

ya no vive entre la gente.

Y yo de ti, a ti, apelo,

viéndole en tan grandes celos,

de ti, señor, le destierra

y no busques en la tierra

la verdad, que es ida al cielo.

Yo en Sicilia no la vi,

ni sé qué color tenga,

desde aquel infausto día

que de Calabria partí;

tú por vengarte de mí

me hiciste ir en conclusión

con tu hermano.

Federico.

Cosas son

que no tratemos, Alberto.

Alberto.

¿Cómo estáis de amores?

Federico.

Muerto.

Y ciego de mi pasión,

adoro a Laura de suerte,

y ella me quiere también,

que entre los dos ya no hay bien

que iguales no nos concierte;

y pienso que ni la muerte

podrá apartar

Alberto.

¡Qué locura!

Federico.

nuestro amor.

Alberto.

Solo procura

no morirte tú primero,

y pondrás este letrero

Ptog. 7

Alberto.

A Laura en la sepultura

como me dio tener

más finezas de amor,

muere quien muere, señor,

lo demás es perecer.

Ya no hay Tisbes en querer,

ni Píramos, ¡qué locura!

De las historias procura

apartar esas memorias,

y pon en nuestras historias

que el tiempo todo lo cura.

Federico.

Bachiller, vienes un poco

de condición no has mudado.

Alberto.

Si hablo bien, ¿en qué te enfado?

Federico.

En que me hueles a loco.

Alberto.

Pues si yo el olfato toco

del juego que me barajas,

y con razones atajas,

cansado en tu tenaceo,

diré, conde, en lo que veo:

o tú duérmete en las pajas.

alb. X

Federico.

¿A mí sátiras?

Vaya saliendo Laura.

Alberto.

Es llano

que la verdad nunca agrada;

cuando me metes la espada,

quieres que tenga la mano.

Pero aplica al soberano

candor apacible de foro

Licorisa átomos de oro,

por trepas de nácar puro.

Federico.

¿Qué dices?

Alberto.

Que hablar procuro.

Ptog. 8

Alberto.

cuyo blasón no es menor,

Vase Alberto.

Federico.

Mi Laura.

Laura.

Dueño querido,

triste vengo a tu presencia,

mas segura en esta ausencia

curará amor mi sentido.

Mi primo el duque ha venido,

y se esfuerza con más recato

en nuestro amoroso trato

vivir, Conde.

Federico.

Ay Laura bella,

amor todo lo atropella

todo lo compra barato.

Laura.

De día mal podré hablarte,

pero la noche hará salva,

comunicando hasta el alba

los dos en oculta parte.

Federico.

Ay mi bien, no sufre amarte

amor con pensión tan fuerte

como sin hablarte y verte

los días he de pasar,

qué triste será el pesar

de mi desdichada suerte.

Y pues quiere mi alegría

que así mi gloria trasnoche,

del día haré triste noche

de la noche claro día;

en tus brazos mi porfía

cesará con dulce acento,

entre el pesar y el contento,

deste gusto y desta pena.

Ptog. 9

Cruz

Laura.

Atado a dulce cadena

vivirá mi pensamiento

y, conde, ya puedes ver

cómo lo podré pasar.

El día se irá en llorar,

como la noche en temer

perderte al amanecer,

y, en fin, entre otros desvelos,

combatida de recelos

y de enojos combatida,

habré de pasar la vida

temerosa de mis celos.

Sé que eres hombre y galán,

no tan bueno como es justo,

y que ha de aplicar el gusto

a ocasiones que te dan.

Gózalas, conde, si están

sujetas a tu albedrío;

tenerlas no te desvío,

que fueran casos injustos,

mas en mitad de sus gustos

acuérdate que eres mío.

Federico.

Y lo seré eternamente,

vida mía, Laura, amores,

desmintiendo esos temores

en que vives tan presente.

Galantear por accidente

se permite, y yo lo apruebo,

a todo galán mancebo,

pero a mí no, Laura hermosa,

Ptog. 10

Federico.

Que mi vista no reposa

a la vista de otro ceño,

no se sintiera agraviarte

la ley de mi obligación,

que todas sus partes son

para amarte y adorarte;

ver sus ojos, contemplarte,

¿a quién no obliga a quererte?

Laura.

Cómo adulando me advierte,

conde, su lengua suave

los engaños con que sabe

persuadirme...

Federico.

No ofenderte.

Laura.

No prometas tanto, conde,

que en las razones que escucho

veo que prometes mucho.

Va a meter la mano en la manga

y saca un papel.

Federico.

A mis promesas responde

mi amor, que si corresponde

al alma con dulces sobras,

en que eternamente cobras

de amor finezas y labras,

advierte que las palabras

corresponden con las obras.

¿Qué es esto?

Laura.

Cierto papel

que para ti había escrito

en este punto.

Federico.

Decidlo.

Ptog. 11

Federico.

será no informarme de

lo que dice.

Laura.

Esta cruel

venida del duque ha sido

la causa, y así ha querido

por mitigar tu dolor,

darte, amor, este favor.

Federico.

Tú enloqueces mi sentido.

Leo.

Sale Alberto.

Laura.

Después le leerás,

toma esta llave, y advierte

si puedo en trance tan fuerte

hacer, conde, por ti más.

Federico.

Mi bien, pues así te vas...

Laura.

Detenerme más no puedo,

mira que ya estoy con miedo

que nos hallen a los dos.

Federico.

Pues mi bien, adiós.

Laura.

Adiós.

Triste voy.

Vase Laura.

Federico.

Sin alma quedo.

Lee Federico para sí.

Alberto.

De la cámara de amor

pienso que tienes la llave;

mucho puede el trato, mucho,

a cuanto quiere da alcance.

Decía un hombre discreto,

de buen gusto y buenas partes,

que del trato y la ocasión

todas las desdichas nacen.

Federico.

¡Oh, venturoso papel!

Ptog. 12

Cruz en el margen superior

Alberto.

Alguna reliquia grande

este papel en sí encierra,

¿quieres darme de ella parte?

Federico.

Calla, necio, que estas dichas

no nacen para ignorantes.

Alberto.

¿Puedo leer dos razones

siquiera, para alegrarme?

¿Solo apetitillo, no más?

Federico.

No hables, necio, disparates,

a ningún hombre su secreto

dice ni a su mismo padre.

Alberto.

¿Y a su madre?

Federico.

Menos, bestia.

Alberto.

¿Ni a su tía?

Gestos haces

como si fueras poeta

de estos que sorben el aire,

andando veinte y cuatro horas

dando caza a un consonante,

y van al arte poética

a forzalle y a esforzarse.

leyendo.

Federico.

a las dos en punto espero.

Alberto.

Ya acabó con los visajes.

Federico.

¡Oh, papel más venturoso!

Alberto.

Que un necio sin duda nace

de heredar.

Federico.

Febo, apresura

tu carro, que de diamantes

te tachonará las ruedas

mi amor.

Alberto.

¡Qué bravo dislate!

Ptog. 13

Cruz en el margen superior.

Alberto.

todo amante es loco en suma.

Federico.

¿Sabes tú qué es ser amante?

¿Comprehende tu entendimiento

una gloria que en sí trae

tantos gustos?

Alberto.

Ciertos gustos,

¿vienen fuera de pesares?

Vase.

Federico.

El amor no espera necios,

ni para qué exagerarle.

Alberto.

Necio soy, mas vive Dios,

que el papel, gestos y llaves

me huelen a que ha de haber

esta noche diablo o carne.

Sale Serafina.

Serafina.

¡Oh, Alberto!

Alberto.

Señora mía.

Serafina.

¿Cómo estás?

Alberto.

Ya fuera de hambre,

pues que llego a ver tus ojos.

Neniña, desenvaine,

da seis puntos de pie,

para que mi boca pague

las sumisiones que debe

a tal gracia, a tal donaire.

Serafina.

Humor gastas como siempre.

Alberto.

No me pesa de gastarle;

porque un cuerpo con humores

está sujeto a hospitales;

ya que huelgue yo de no vellos,

¿qué quieres tú que no gaste?

Sello: BIBLIOTECA NACIONAL MANUSCRITOS

Ptog. 14

Alberto.

gastaré de mi ración

los quesos porque no ladren

perros amigos de güesos.

Gastaré todo el vinagre

que me dan para ensaladas

en invierno, y será fácil

gastarlo todo, señora,

por no ver contrarios tales

pelear en mi barriga

como son vino y vinagres.

Sale el Duque.

Serafina.

El Duque viene, ¡ay de mí!

Duque.

Aquí está mi hermosa Dafnes,

siempre a mi amor fugitiva.

Alberto.

Ya se ven los dos amantes

frente a frente, el que los dejo

para que a su gusto charlen.

Vase.

Duque.

Al acento y suavidad

de tu voz, Dafnes hermosa,

como simple mariposa,

mi amor llega a tu beldad;

si se acabó la crueldad

de aquel antiguo rigor,

a tus pies llega mi amor

de mi firmeza animado.

Sea de tu amor pagado,

si merece tu favor.

Serafina.

Si en Sicilia vuestra alteza

dejó su amor en Leonor,

¿cómo le pide a mi amor

favores con tal grandeza?

¿No veis, señor, que es bajeza?

Ptog. 15

Cruz

Serafina.

engañar a dos mujeres.

Duque.

Si darme tormento quieres,

y aumentar mi confusión,

anima tu condición

a tan extraños poderes.

Si de mi padre forzado,

para aumentar mis enojos,

viste que dejé tus ojos,

y en ellos dejé el cuidado;

si apenas nuevas me han dado

de tu muerte, cuando a un punto,

obediencia y poder junto,

atropellé desta suerte,

cómo me niegas el verte,

si a tus pies llego difunto?

Mas tu condición me advierte,

hermosa y bella homicida,

en un lugar que espero vida

vengo a hallar mi triste muerte.

Mal me tratas por quererte,

ley propia de vuestro error,

pues mostráis todo rigor

a quien con amor os trata.

Ya tengo el ejemplo, ingrata,

en las pruebas de mi amor.

Ausente y de un año,

divertía mi pasión

con tus memorias, que son

consuelos de mi deseo,

imposibles de mi empleo,

Ptog. 16

Duque.

No te tengan temerosa,

dulce Serafina hermosa;

ya no hay temor que te cuadre,

que, pues es muerto mi padre,

tú serás mi amada esposa.

Agora importa el secreto,

porque Sicilia agraviada

ha de desnudar la espada.

Con más rigor te prometo,

si ejecuto yo el decreto

deste amor, y es caso llano

que más lo impide tu hermano

el conde, porque él ha sido

quien más mal le ha parecido

venir donde tu amor gano.

Si me declaro con él,

y hago luego el casamiento,

aclararase el intento

de mi término cruel;

descubrirase el babel

del engaño que me inclina

a ser tu esposo, divina

imagen de mi afición,

mas no podrá el corazón

tanto esperar, Serafina,

a no ser con tus favores

y de tu gracia animado,

de tu fineza pagado,

premiado de tus amores,

con tus brazos, con las flores.

Ptog. 17

En la parte superior central hay una cruz o rúbrica.

Duque.

desos rosados claveles,

solo en mi daño crueles,

en cuya rara belleza

se admira naturaleza

y el arte esconde pinceles.

Serafina.

Tan lisonjero venís

y tan cortés aduláis,

que pienso que me engañáis

en todo lo que decís.

Los favores que pedís,

con que el amor os provoca

a esforzar pasión que loca

en tan amorosos grillos,

si a vos os toca el pedillos

a mí el negallos me toca.

Id a descansar, señor.

Duque.

¿Cómo puedo en tales lazos,

sin darme, mi bien, los brazos

siquiera aquí por favor?

Serafina.

Mucho pedís a mi amor.

Duque.

¿Qué importa, si los negáis?

Pero como no me amáis,

mi crédito disuadís.

Serafina.

Mucho, Duque, me pedís.

Duque.

Vos ningún favor me dais.

Serafina.

Negaros, Duque, los brazos

no es rigor sino decoro,

que cuanto más os adoro

En el margen derecho hay garabatos o pruebas de pluma.

Ptog. 18

Serafina.

es razón ser más esclavos

por vuestro honor, que si lazos

de amor, Duque, aquí queréis,

yo os quiero y vos lo sabéis,

que aunque suena a amor, prefiero

lo que pedís, también quiero,

más quiero que lo estiméis.

Vase Serafina, sale Octavia

Texto añadido en el margen derecho para sustituir lo tachado

Duque.

¡Qué discreta es en amar!

Aquesto obligarme ha sido.

Octavia.

¿Hablástela?

Duque.

Mas, por dicha,

que rabia mi fiero trabajo.

Octavia.

No demos que sospechar

al Conde alguna locura,

vete, Duque, y deja

a mi pensamiento.

Vase el Duque y sale Conrado

Conrado.

Nunca consiguió su intento

Amor, que no se aventura;

gracias a Dios que mis ojos,

cuando una ausencia me agravia,

llegan a ver, bella Octavia,

esos luceros por despojos.

Como en gloria tan crecida,

después de tanto pesar,

te podré significar

lo que sentí esta partida.

Ptog. 19

Conrado.

Las horas contó por días

mi amor, con tus dos engaños,

haciendo los días años

mis confusas alegrías.

Octavia.

¿A quién no podrá engañar,

Conrado, tu discreción?

Conrado.

Mis penas, que eternas son,

di, si quieres acertar;

y mis celos, que en mí están

dándome a fuerza tormento.

Si tu hermano en casamiento

te da al duque de Milán...

Octavia.

No te enojes, podrá ser

que el tiempo mejor lo ordene.

Conrado.

Quien poca ventura tiene,

¿qué esperanza ha de tener?

Octavia.

De mi parte cree, Conrado,

que lo sabré dilatar.

Conrado.

Dilatar, mas no estorbar

podrás, que soy desdichado.

Octavia.

Mi palabra empeño aquí

de hacer que no tenga efeto.

Conrado.

Es el duque muy discreto.

Yo desdichado nací,

que hermano segundo, Octavia,

de un conde, mi bien, mirad.

Octavia.

Nunca miró en calidades

amor, que de eso se agravia.

Ptog. 20

Octavia.

Ánimo, ten sufrimiento,

prosigue firme en tu amor,

y confía en mi valor,

que ayude tu pensamiento.

Conrado.

Esa palabra me anima.

Octavia.

Si mi amor puede ser más,

Conrado.

si siempre así firme estás,

Octavia.

Conrado, mi amor estima.

Vanse. Salen de noche el Duque, el Conde y Alberto.

Duque.

Está la noche a mi gusto.

Federico.

Que esto, señor, te entretiene.

Duque.

Sí, que el día aborrecible

me fastidia y aborrece;

que el despachar memoriales,

el oír quejas rebeldes,

el juzgar como señor

y andar reportado siempre,

cosa civil es, por Dios.

Déjenme negocios, dejen,

que al gusto dé posesión,

y al alma un rato, en que alegre,

con desenfadado humor,

mis alegrías festeje.

¡Ay, Serafina, ay, amores!

Federico.

¡Ay, Laura, qué dulce suerte

tendré esta noche en hablarte!

Duque.

Alberto, licencia tienes

para hablar tus disparates.

Alberto.

Pues disparates empiecen.

Ptog. 21

Duque.

Entremos por esta calle.

Alberto.

Mira, señor, que no entres,

porque, aunque la calle calle,

el callar yo ser no puede

los defectos que hay en ella.

Duque.

Pues los defectos empiecen.

Alberto.

Aquí vive una casada

rubia.

Duque.

Buena color tiene.

Y está el marido en Calabria.

Alberto.

¡Oh, qué bueno! Y consiente

que la visiten de noche

y de día la requiebren.

Duque.

¿Es hermosa?

Alberto.

Una boquita

tiene mayor que una sierpe,

pero préciase de dama,

y cuando reírse quiere

tapa la boca a melindres

por no enseñar treinta dientes.

Duque.

¿Y el marido es muy galán?

Alberto.

Hombre es que a un carro de bueyes

puede servir de pastor,

y, a faltar un buey, bien puede

entrar él en su lugar.

Duque.

Que a estos hombres no los quemen

siquiera vivos no más...

Federico.

¡Qué civil cosa y qué aleve!

Alberto.

Aquí viven dos doncellas,

pero, señor, son al temple.

Ptog. 22

Cruz en el margen superior

Alberto.

Una tiene buena cara,

pero los pies con juanetes.

Duque.

Pues eso ¿cómo se sabe?

Alberto.

Porque ellas fingen que duerme

el padre, y de noche abriendo,

cenan gustosos sainetes.

Duque.

¿Y él duerme?

Alberto.

Como yo agora.

Duque.

Modo de vivir solemne.

Alberto.

¡Cómo de esos modos hay!

Federico.

Trata bien a las mujeres,

Alberto, y más no murmures.

Duque.

Dejad, conde, entretenerme,

que gusto de oírle hablar.

Alberto.

Gran alcahueta aquí tienes

en esta casa que ves,

junto aquesta reja verde.

Duque.

Cosa es esa muy común,

novedades me refiere.

Alberto.

Aquí vive una viuda

que vive pobremente

por lo que tiene de honrada.

Duque.

No digas que vive, muere.

Claro está que si es honrada

que entre sus tocas perece.

Alberto.

Un mentiroso aquí vive,

hay un tramposo luego enfrente.

Duque.

Buena vecindad harán.

A fe que ellos se conserven.

Alberto.

Y aquí, señor, un tahúr...

Ptog. 23

+

Alberto.

que no grite cuando pierde,

Duque.

gran insensible será,

que hombre que perder no siente

no se puede llamar hombre,

ni en buena opinión tenerse.

Alberto.

Un logrero en esta esquina,

y allí un sastre que no miente.

Duque.

Será pésimo oficial.

Alberto.

Es gran señor, excelente.

Duque.

Pues, ¿cómo no ha de mentir?

Alberto.

No miente el tiempo que duerme,

que de creerse de un sastre...

Duque.

Apenas, y mal.

Lidoro.

Solemne

anduvo agora su Alteza.

Duque.

Así, conde, me parece.

Alberto.

Aquí vive un loco necio

que hace versos de repente.

Duque.

Di tú un necio mentecapto,

y acertarás desta suerte,

que necedad y locura

son causas muy diferentes.

Ser loco es acción nacida

de un pensamiento que, a leyes

de altivas autoridades,

con presunciones se atreve.

Aquel le da en valentía,

al otro en querer ponerse

en estados desiguales

de su nacimiento y suerte.

Ptog. 24

Duque.

a este le da en ser galán,

al otro en jugar con rejas,

a otros en ser presumidos,

sin que quieran conocerse.

Alberto.

Esa es la peor locura,

que no hay ninguno que deje

de ser loco en este mundo

que va su camino.

Tocan dentro.

Duque.

Bien puedes

afirmarlo con verdad;

tú hablaste discretamente.

¿Quién es, Alberto, el que toca?

Alberto.

Conrado será, que tiene

ciertos amores, señor.

Duque.

¿Quién son?

Alberto.

Decir no se puede,

que es cierta mujer casada.

Duque.

¿Y ella a él le favorece?

Alberto.

No, señor, mas de su ausencia

como con deseos vuelve,

de verla querrá cantarla,

porque con músicas quiere

atropellar su opinión.

Federico.

Vuestra alteza, señor, llegue,

que le riña, que es razón.

Duque.

Callad, que la tropa viene,

aguardadme en la esquina

los dos.

Federico.

Ay, que amor me vence.

A verte voy, Laura hermosa.

Vanse los dos, salen Conrado y unos músicos.

Ptog. 25

Conrado.

Este es el puesto a que vienen.

Duque.

Salgan.

Conrado.

¿Quién es?

Duque.

Adviertan un rato.

Conrado.

¿Qué queréis?

Duque.

Haz que despejen

estos músicos la calle.

Conrado.

Qué importa.

Vuesas mercedes, y aguarden

en esotra que está enfrente.

Músico.

Allí mismo os aguardamos.

Vanse los músicos y llega el Duque.

Conrado.

Pues, ¿qué es esto?

Duque.

¿Conocéisme?

Conrado.

Señor, vuestra alteza aquí.

Duque.

Sí, que me traen a verte

las quejas de una mujer,

que con tal infamia ofendes.

¿No sabes tú que es casada?

Conrado.

Sí, señor.

Duque.

Pues, ¿cómo tienes

atrevimientos tan graves,

términos tan insolentes?

¿Músicos traes a ser

testigos de que sospechen

favores que no te ha dado

una hermosura inocente?

Libelos difamatorios.

Ptog. 26

Duque.

Son las músicas, y a veces

campanas del deshonor,

que despertando, impacientes

vecinos mal inclinados,

dan a sus lenguas rebeldes,

con lazos de la dulzura,

el veneno que en sí tienen.

¡Vive Dios, si en esta calle

entras otra vez o emprendes

infamar estos umbrales

porque su dueño está ausente...!

Conrado.

Señor, mira...

Duque.

En porfía,

mira, mi castigo teme.

Conrado.

No te enojes, tú gustas...

Duque.

Cúmplelo así; que si vuelves

te sabré quitar la vida,

y darte a estas puertas muerte.

Éntranse. Sale Tachado: el duque Federico, Conde.

Federico.

A Alberto dejo avisado:

si le preguntan por mí,

el duque, diga que fui

para quitar a Conrado

sospechas; que aunque se avise

el duque de su osadía,

¡ay, querida Laura mía!

bien premia tu amor mi fe

el avisarme en papel

que a las dos, mi bien, me aguardas.

Ptog. 27

Federico.

Pero si en el puesto tardas,

me matará amor cruel.

Este el retrete ha de ser,

mi bien, en que me has de hablar;

mas ya debes de esperar,

la seña yo quiero hacer.

El bloque anterior se encuentra en el margen derecho, marcado con una cruz (+) que remite a la cruz al inicio del siguiente verso.

Federico.

¡Laura! ¡Laura!

Laura.

Ruido siento,

¿es el conde?

Federico.

Dueño mío,

yo soy, que amante porfío

con mi amoroso tormento.

Laura.

Ya bajo, la llave aplica

al retrete, que ya voy.

Federico.

Temeroso, amor, estoy,

mucho a mi valor implica

un temeroso desvelo

que un hielo mi pecho encierra;

tropiezo en la misma tierra,

mas, ¿qué es esto, corazón?

Animadme, amor suave,

abridnos, dichosa llave,

el cuarto de mi afición.

Saca la llave y cáesele un papel.

Sale Laura.

Laura.

Está abierto.

Federico.

Amores, sí;

entrad, y la llave quito.

Laura.

Si es por amor, fue delito,

¿quién no me disculpa a mí?

Entran los dos y cierran por dentro.

Ptog. 28

Salen El Duque y Alberto.

Duque.

que apartándose de su hermano

se fue el Conde.

Alberto.

Sí, señor,

Duque.

que a alguna empresa

de amor

iría, Alberto, es muy

llano.

Duque.

¿Las cuántas son?

Alberto.

Las dos dadas.

Duque.

Todos estarán dormidos.

Alberto.

Quedando mis sentidos

entre broqueles y espadas.

Duque.

Entra al punto y trae luces,

o a que me desnuden llama.

Alberto.

Que está por hacer mi cama

juraré yo entre treinta cruces.

Vase.

Duque.

Al cuarto del Conde he ido,

donde mi amor más me inclina,

por ver si a mi Serafina

puedo hablar, que estoy perdido

por sus celestiales ojos.

Del alma dichoso empeño,

Serafina amada y dueño,

a ti corro por despojos.

Ata mi altivo poder,

mi grandeza y albedrío,

sujétame a mí, si no es mío

mi gusto, vida y querer.

Sale Alberto con dos candeleros.

Ptog. 29

Alberto.

Aquí están luces, señor.

Duque.

El paso al resguardo aplica,

mas espera, ¿qué papel

es este?

Alberto.

De letanías.

Vendrá a ser por que recemos

Duque.

¿No es de mi prima

Laura, aquesta letra? ¡Cielos!

Aparte.

Alberto.

El color pierde con ira,

más que anda por aquí el Conde.

Duque.

La luz, Alberto, retira,

y llega una vela bien.

Lea el Duque.

Alberto.

Ya tiendo esta culebrina.

Papel.

Esta noche, amado Conde,

pues la ocasión nos convida,

con esa llave el retrete

del Duque en que están metidas

las dos ninfas de cristal,

al pie de mi barandilla

abriréis, porque yo espero

a que hagáis la seña misma

con que me habláis las más noches.

Que yo bajaré, mi vida,

a las dos en punto espero.

Duque.

Apártate allá, desvía.

Ptog. 30

Alberto.

Por Dios, que está el conde dentro,

otra más haya esta desdicha;

hoy le mata, avisar quiero

a su hermana Serafina,

que si ella no lo remedia

peligro corre su vida.

Duque.

Si sabe este ya mi ofensa,

¡ah, leyes fieras y esquivas

las del honor, que atropellan

noblezas tan bien nacidas!

Disimulad, corazón.

Salte afuera.

Alberto.

Mal me mira;

¡ah, llave!, yo adiviné

estas de amor fullerías.

Vase Alberto. Toma el duque un candelero y saca una llave.

Duque.

Este el retrete es nombrado,

y que están dentro me avisa

aqueste papel infame

en que mi deshonra cifran.

Con esta llave abrir quiero;

otra por dentro me estorba.

¿Qué dudo a abrir? Conde infame,

quita esta llave enemiga

que detiene mi furor.

Dentro.

Federico.

Laura, esposa, Laura mía,

no desmayes.

Laura.

Muerta soy.

Ptog. 31

Abre el Conde la puerta y con la espada desnuda va a salir.

Federico.

Vuestra Alteza no permita,

de una pasión con mi muerte el afrentarse;

cuerdo advierta, y cuerdo siga

pundonores de su honor.

Duque.

¡Ah, traidor!

Sale Serafina y pónese en medio.

Serafina.

¡Ay, fatal desdicha!

Duque.

Traidor, pues tiendes la espada...

Va saliendo de la puerta el Conde, y Laura con él.

Federico.

La defensa es permitida.

Vuestra Alteza se reporte.

Serafina.

¡Duque, señor!

Duque.

¿Quién podía

librarle aquí de mis manos

sino tú?

Serafina.

Hazaña es digna

de tu generoso pecho.

Laura.

Señor, Vuestra Alteza...

Duque.

Viva

esta fiera.

Federico.

¡Gran señor!

Detén la espada atrevida,

porque Laura es ya mi esposa,

y a defenderla me anima.

Duque.

Vos sois de quien confianza

hacía yo, y a las envidias

fomentaban mis favores,

con ventajas tan crecidas.

Ptog. 32

Duque.

por cierto bien empleadas,

no sabéis a qué se obliga

quien lleva un hombre a su casa

y hace confianza altiva

de su sincera amistad.

Mi padre os trajo a la mía

no como vasallo, Conde,

como amigo en quien tenían

halladas depositadas

obligaciones tan vivas.

Archivo de su privanza

fue vuestro gusto los días

que en ella os tuvo su error,

y en satisfacción debida

al premio de su amistad

solicitáis a mi prima;

y llega el amor a estado

que el desengaño me diga

vuestra traición en mi ofensa,

vuestra maldad a mi vista.

Diréis que es Laura mujer,

amor ciego, y que no mira

amor puntos de amistad,

y quizás Laura daría

ocasión a vuestro error.

Federico.

Vuestra alteza, cuerdo, admira

ponderaciones que justa

Ptog. 33

Federico.

que aquí culpen mi malicia.

Laura no es mujer, señor,

que dé ocasión ni permita

acciones tan descompuestas;

todas, señor, fueron mías.

Yo tuve la culpa toda,

el culpado soy, y es digna

mi culpa de tu rigor,

si es que como hombre te olvides

de nuestra naturaleza;

pero si el serlo te obliga,

discurre humanas historias,

ya modernas, o ya antiguas,

mete la mano en el pecho,

sin pasión verás distinta

mi culpa de tanta pena

como tu enojo acrimina.

Que Laura ya es mi mujer,

puesto que sea tu prima,

pues a nadie está obligada

y que son las prendas mías

capaces de su nobleza.

Y si esto, señor, no miras,

ciego de enojo y furor

contra razón y justicia,

mi espada pongo a tus pies;

la vida, señor, me quita,

eres duque y yo vasallo.

Ptog. 34

Federico.

tú, señor, yo, humilde hormiga;

tú, poderoso, yo, solo.

Sujeta tienes mi vida,

yo soy hombre y tuve amor,

tú, justo Rey, eterniza

tu nombre con esta hazaña,

que si hazañas eternizan,

la de perdonar agravios

es la que más autoriza.

Serafina.

Ya a vuestros pies humillada

y por el conde os suplica

una desdichada hermana

que perdonéis su osadía.

Duque.

Los dos me atan las manos,

y me detienen la ira;

quiérola bien, y mi amor

no sufre que ella me pida

cosa que no le conceda.

Ya la balanza declina

con el amor del honor.

Perdonado sois, don Juan;

solo porque es gusto vuestro,

dense las manos.

Serafina.

Ánima

tu grandeza mi confianza.

Laura.

Vuestra alteza,

Duque.

¿Qué replicas?

No me pidas perdón, Laura,

porque ya no eres mi prima.

Ptog. 35

Cruz

Duque.

Vete con tu esposo el Conde

y al mismo nacer del día

no estéis los dos en palacio.

Laura.

Cuerdo su agravio castiga.

Serafina.

¡Qué prudencia tan extraña!

Duque.

¡Ah, femeniles desdichas!

Loco voy con este agravio,

viendo que en él no permita

mi amor a mi honor venganza,

pues la impide Serafina.

Éntranse.

Fin de la primera Jornada de El mayor trance de honor

Alabado sea el Santísimo Sacramento y la inmaculada Concepción de la Virgen María concebida sin pecado original. Joseph Cordero.

Ptog. 36

Fragmento teológico ajeno a la secuencia dramática: Advierto, señora, aquel espejo de luces y luz de su mesmo espejo, que reflejando esplendores es de su Padre reflejo, aquella purísima de los fulgores eternos, una palabra infinita que habla al Padre en su silencio; y hablar poco considerando conviene cuando cuando no retienes callada cosa que hablara a Dios más de una, no fuera infinito el Verbo. El Hijo de Dios, después que baja de paralelos

Pruebas de pluma en la parte superior e inferior de la página.

Ptog. 37

+

Sale un músico cantando esta copla.

Músico.

Verdades de mis amores,

siempre fuisteis despreciadas;

buen ejemplo son las mías,

que con matarme se acaban.

El papel muestra restos de un texto anterior borrado (palimpsesto), prácticamente ilegible, donde pueden adivinarse palabras sueltas como «Jornada», «mayor» y fragmentos de versos.

Jornada primera

Ptog. 38

[Borrador muy tenue e ilegible en su mayor parte] aquí fin de [...] estos [...] [...] pues de vos así lo espero que el fiar de ti mi honor no fuere con el secreto que no ha de quedar con vida para contallo

Jornada segunda

Ptog. 39

Jornada Segunda del mayor trance de honor.

Salen Ladislao Partidas Sigismundo , duque de Calabria, el conde Federico, y Conrado.

Duque.

Bien sé que a Laura se agravia,

y que ofendo su presencia,

pero es, conde, aquesta ausencia

muy importante a Calabria.

Federico.

Es Laura discreta y sabia,

y a vuestro gusto, señor,

como a dueño superior

sujetará el albedrío,

demás que, no siendo mío,

cesan cuestiones de amor.

Duque.

Yo escribo al Rey, como sabio,

el parecer de su error,

y que confesar Leonor

era publicar su agravio;

tomad, conde, cierra el labio,

y abreviad con la partida.

Vase el conde.

Federico.

Prospere el cielo su vida.

¡Ay, Laura, que he de dejarte!

El corazón se me parte,

muerto voy, Laura querida.

Duque.

Vos, Conrado, al casamiento

de mi hermana, a Corte

BIBLIOTECA NACIONAL MANUSCRITOS

Ptog. 40

Duque.

mejor partiera a mi muerte,

rabioso es ya mi tormento.

Duque.

Partid luego.

Conrado.

¡Ah, sufrimiento,

que he de hacer mi muerte trato!

Duque.

Con esta carta y retrato

partid a Milán al punto.

Conrado.

Mudo estoy, cielos, difunto,

¡ay, amor, conmigo ingrato!

Entrase el Duque y sale Octavia.

Conrado.

¡Mal haya la suerte mía

pues nací tan desdichado!

Octavia.

¿Quejas y voces, Conrado?

¿De qué nace esta porfía?

Conrado.

De que muere mi alegría

a manos de mi tristeza.

La copia de esa belleza

para dejarme mortal,

me dio el Duque por mi mal.

De Milán seréis Duquesa.

Al punto manda que parta

a tratar el casamiento.

Loco me tiene el tormento

que de vos, mi bien, me aparta.

¡Ay, bella Octavia!, esta carta

cifra ha sido de mi muerte,

que a perderme y a perderte

me lleva su tiranía,

donde mi suerte porfía

que tenga tan triste suerte.

Ptog. 41

Conrado.

Duquesa en Milán serás,

justa ley en que me fundo,

que nunca puede un segundo

hermano de un conde más.

Muy bien empleada estás;

si en trance tal considero

perdido lo que te quiero,

ya que envían a Milán

quien pensó ser tu galán,

vendrá por tu tercero.

Esto el duque determina

con absoluto rigor;

mira qué he de hacer si amor

a darme muerte se inclina.

¡Ay, mi Octavia peregrina,

aconséjame en mi mal!

Mi dolor es inmortal,

mi pena igual no permite,

Amor la vida me quite,

o me enseñe en trance igual.

Octavia.

Si en tan distinta ocasión

de mi amor, de mi deseo,

quiere hacer mi hermano empleo,

fuerza de desdichas son.

El duque en resolución,

dueño y señor de Calabria,

yo la hermana a quien agravia;

pero es fuerza obedecer;

mira qué medio ha de haber,

o qué remedio en Octavia.

Esto no es comedia en suma,

en cuya suposición

Ptog. 42

Octavia.

Fuerza Amor la obligación

y hace de la leve espuma,

corta a su gusto la pluma,

pero aquí no, que es forzosa,

obedecer rigurosa

la ley que al gusto le dan:

partir Conrado a Milán

y ser yo del duque esposa.

Entrase Octavia.

Conrado.

¿Partir Conrado a Milán

y ser yo del duque esposa?

¡Ay ocasión más forzosa

que esta que al gusto le dan!

En cuyo rigor están

confusos mis pensamientos,

anegados mis intentos

y mi paciencia, de suerte

que hoy quisiera que la muerte

diera fin a mis tormentos.

Esto de Octavia en seis años

me dio Amor por galardón.

¡Qué buena satisfacción

me han dado sus desengaños!

No más, rigores extraños,

en quien mi loca esperanza

alentaba su bonanza

con atrevido poder,

que, en siendo Octavia mujer,

había de ser mudanza.

No más, Amor, que es locura

sujetar en ley tan fuerte

el albedrío a la muerte

de una tirana hermosura.

Ptog. 43

Conrado.

matarme, ¡oh, fama profana!,

vana, altiva y rigurosa;

si es mujer, ley es forzosa

que diga, por darme afán,

partir Conrado a Milán

y ser yo del duque esposa.

Ya parto, ingrata homicida,

a darle vida a tu amor;

fuera de mí mi dolor

me lleva, ¡ay, triste!, sin vida;

y si mi pena crecida,

mis tormentos, mis recelos,

mis congojas, mis desvelos

no pueden matarme, siento

que no tengo entendimiento,

si no me matan mis celos.

Entrase, salen Laura y el conde.

Federico.

Suspended, mi bien, el llanto,

basta, amores, Laura mía,

no son años, no, mi ausencia,

ni es mi muerte mi partida.

Laura.

Para mí, conde y señor,

más es que muerte este día,

vos ausente de Calabria,

¡ay, querido esposo!

Federico.

¡Mía,

gloria mía, que me matas!,

si así lloras, por tu vida,

que no he de tardar dos meses,

de más que las horas mismas

siglos me han de parecer

con la ausencia de tu vista.

Ptog. 44

Laura.

¡Ay, Federico, ay [de mí]!

Federico.

No te enternezcas, que eclipsas

dos soles de amor con perlas,

y, dando al nacer envidia

por celajes del favor,

las despeñan tus mejillas.

Presto he de volver, amores.

Laura.

No es posible hallarme viva

cuando vuelvas, conde amado.

Mas pues el duque te obliga,

parte, esposo, y déjame,

que con lágrimas escriba

tu ausencia y mi soledad

por estas cuadras que pisas.

Aquí en diluvios, Amor,

dará lágrimas aprisa,

haciendo mares mis ojos,

en que se aneguen las niñas

sin ver su alegre retrato

en el cristal de tu vista.

Sale Alberto y Serafina.

Alberto.

Señor, el duque está en casa,

todo el mundo se aperciba.

Serafina.

Hermano y señor, ¿qué es esto?

Federico.

¡Ay, Serafina!, a Sicilia,

a negocios de Calabria.

Sale el Duque.

Duque.

Vengo a estorbar que se impidan

llantos en esta ocasión,

porque atropellas y oscureces

amor y agravios de Laura.

Federico.

Aumentando cortesías

viene vuestra alteza a honrarnos.

Duque.

Señora Laura, que asista

el conde en esta ocasión.

Ptog. 45

Duque.

dad licencia algunos días,

que breve será la vuelta.

Laura.

Si vuestra Alteza le envía,

y el conde, como vasallo,

su lealtad tanto acredita,

no es menester mi licencia;

que para cosas tan dignas

del gusto de vuestra Alteza,

todas le están permitidas.

Duque.

Guárdeos el cielo, condesa.

La señora Serafina

muy enojada estará.

Serafina.

Todos aquí se dedican

a servirle a vuestra Alteza.

Aparte.

Duque.

Ay, bella imagen divina,

destello de amor que adoro,

su discreción maravilla.

Alberto.

A punto están los caballos,

que echan ya en jerigonza relin-

chan, porque de esperar se amohinan.

Federico.

Dadme, condesa, los brazos.

Laura.

Y en ellos el alma y vida,

parte a acompañaros, conde.

Duque.

Quién pudiera, gloria mía,

ceñir tu cuello también.

Serafina.

Mira, señor, que nos miran.

Duque.

Respóndeme a este papel.

Mira, mi bien, que me escribas.

Serafina.

Esta noche escribiré.

Federico.

Adiós, esposa querida.

Laura.

Conde, adiós.

Federico.

Sin alma parto.

Ptog. 46

Alberto.

Yo sin bota, ¡qué desdicha!

Federico.

Serafina, adiós.

Serafina.

Él vaya,

hermano, en tu compañía.

Federico.

Triste voy.

Laura.

Y yo así me quedo.

Tachado: Alb. Laura asi sera babieca / q deue de llover y esta baco

Duque.

Tened, señora, alegría.

Federico.

¡Ay, condesa de mis ojos!

Laura.

¡Ay, esposo de mi vida!

Alberto.

Ay, Juana, solo te dejo,

tú buscarás compañía,

porque estas noches de invierno

para solas son muy frías.

Entrase, queda Serafina sola.

Serafina.

Papel del bien en que adoro,

quiero ver qué en vos se cifra,

dos papeles juntos vienen,

este primero me anima

a que lea sus razones

discretas y peregrinas.

Abre y lee uno de los papeles.

Papel.

Amores, con tus hermanos

no tengo instante en el día

en que pueda ver tus ojos,

ni un hora puedo en tu esquina

pasar las noches velando

para aliviar mis desdichas.

Y poder de noche hablarte

como el alma determina,

a Sicilia envió el conde

Conrado; a mí, tan no impidas

la gloria al duque de verte,

que, aunque le pesa a Sicilia.

Ptog. 47

Duque.

Serás duquesa en Calabria,

y porque veas, si estima

mi amor solo su deseo,

esta cédula te sirva

de asegurar tus recelos,

de aumentar tus alegrías.

Y pues que el secreto importa

gusto, honor, poder y vida;

la tuya aumenten los cielos

en mi alegre compañía,

los años que te deseo.

Lea el dicho.

Serafina.

De sentido amor me priva,

en tan dichosa ocasión.

En este el duque se firma.

Papel.

Yo, Ladislao de Calabria,

duque, nombro a Serafina

por mi legítima esposa,

y a Dios prometo cumplirla

esta cédula presente.

Yo, el duque.

Serafina.

Bien acredita

su amor con fineza igual.

Aunque el alma en tanta dicha

nuevos temores recela,

y de este bien desconfía.

Que es hombre el duque, en efecto.

Aunque es de su sangre indigna

esta hazaña, rescatarla,

y el intentarla sería

ponerle fuego a Calabria;

mas como si amante estima

mis favores y papeles,

y en ellos pasa los días.

Ptog. 48

Serafina.

entreteniendo en sus letras

las penas de amor que obligan

a finezas semejantes.

¿Despreciando una sobrina

del de Sicilia? Es error.

Este papel lo acredita.

No conoce a mis hermanos,

no sabe que en ellos cifra

el valor su estirpe honrosa;

pues cómo el temor se aplica

a oponerse a mi esperanza,

a eclipsar mis alegrías.

Vencido quede el temor,

viva el amor, amor viva,

que mayores victorias le acreditan.

Sale el Duque.

Duque.

Mi bien, el conde se ha ido.

Serafina.

¿Cómo tu alteza aquí ha entrado?

Duque.

Como estoy enamorado.

No tengo, amores, sentido,

que ciego, loco y perdido

vuelvo a verte y vuelvo a ver

que no tengo, amor, poder

para dejarte un instante,

que en tus favores amante

hidrópico vengo a ser.

Serafina.

Y si Laura aquí le halla,

¿qué he de hacer? Mi mal es cierto.

Duque.

Ay, mi bien, que ya estoy muerto.

Calla, Serafina, calla.

Serafina.

Pues cuando en fiera batalla

se ven su amor y mi honor,

es fuerza que mi temor.

Ptog. 49

+

Serafina.

Tan bien os quiero y adoro

que tengo ese mismo amor,

mas reprimiendo su ardor,

males siento y penas lloro,

porque el respeto, el decoro,

que se debe a mi opinión,

luchan en mí, y ellos son

quien a echaros me provoca,

mas si os despide la boca

luego os llama el corazón.

¿No os vais? Mas fuerza ha de ser,

¿por qué causa? ¡Ay, duque mío!

cuando os adoro os envío

para quedarme a padecer.

Que quereros y querer

que os vayáis es fuerza y rigor;

pero cuando os llama amor,

mi honor a que os vayáis me esfuerza,

y pues es de honor la fuerza,

obedecelde al honor.

Ptog. 50

Serafina.

desta locura le advierta.

Mirad, señor, que estoy muerta,

que eso es locura y no amor.

Quien ama, siempre igualmente

respeta el honor y amor,

al señor por superior,

que esto el amor lo consiente.

Dar honor quien ama intente,

y no disgusto y pesar.

¿Qué dirá quien os vio entrar?

Eso es a fuerza querer,

ni dar honor, ni saber

amar como se ha de amar.

X aquí entran estas dos décimas

Duque.

Si he venido a disgustarte,

mi bien, que me pesa advierte,

que más quisiera la muerte

que en cosa alguna enojarte.

Que al menos, no sea parte

mi vista de enojo igual.

Serafina.

¡Ay, Dios! Helada estoy mortal,

y no penséis que es desdén,

sino que a vistas del bien

es fuerza temer el mal;

esta noche os hablaré,

id con Dios.

Duque.

¡Qué dulce calma!

Mas, ¿cómo nos deja el alma?

A partirme acertaré.

Mi amor, deseo y mi fe,

todos de mí conjurados,

están en vos transformados,

y mis sentidos perdidos.

Serafina.

Adiós, quejosos sentidos.

Ptog. 51

Duque.

Adiós, dichosos cuidados.

Vase el Duque.

Serafina.

Si el Amor, con amor pagado ha sido,

no hay gloria que se iguale a su cuidado;

pero si con traiciones es pagado,

no hay pena que se iguale a su sentido.

Si Amor de dos estrellas ha nacido,

engaño es el temer su adverso estado;

pero si de un deseo mal logrado,

qué presto llega a estar arrepentido.

Mil ejemplos de amor el tiempo ofrece,

en cuyo desengaño mides almas,

Amor, que me persigues la memoria.

Pero si a las estrellas obedece

la recíproca unión de nuestras almas,

qué venturoso Amor, qué dulce gloria.

Sale Laura.

Laura.

¡Ay, querido esposo mío,

y conde y señor ausente!

¡Cómo quisiera presente

darte estas quejas que envío!

Bien sé que en vano porfío

con mi tormento y dolor,

y que no puede el temor

vivir con segura calma,

porque nacen muy del alma

estos afectos de amor.

Serafina.

Sentir su ausencia es razón,

mas no con extremos tales

que vengan a ser mortales;

del disgusto y tu pasión

agrava tu corazón.

Y de a dos meses de ausencia,

Ptog. 52

Serafina.

Una discreta paciencia,

pues se hermana muy llano,

que antes dellos a mi hermano

lo prendas en tu presencia.

Laura.

No puede ser para mí

nueva de tanto contento.

Serafina.

Cese, Laura, tu tormento,

haciéndome un gusto aquí.

Laura.

¿Pues qué es?

Serafina.

Escribe por mí.

Laura.

¿A quién?

Serafina.

Al duque; es forzoso.

Laura.

¡Ay de mí, que no reposo!

Mira que muy mal están.

Serafina.

Ya el duque no es mi galán,

sino, mi Laura, mi esposo.

En esta cédula suya

se confirma mi esperanza;

mucho mi amor hoy se afianza,

desta ventura se arguya,

ya corre por cuenta tuya

el hacerme este favor;

así goces el amor

de mi hermano muchos años.

Laura.

Mira que hay muchos engaños.

Serafina.

Esto, mi Laura, es error.

Por si este brazo te esfuerza

que tú le escribas por mí.

Laura.

Llego a obedecerte aquí,

obligada de tu fuerza.

Serafina.

Mi ventura, Laura, esfuerza,

que mi fe te lo merece.

Laura.

Todo infierno me parece.

Sera. de la ventura que espero

Laura.

Recado de escribiente,

que ya el gusto te obedece.

Ptog. 53

Sale Florinda con un bufete de manos, con dos velas encendidas y re- cado de escribir.

Florinda.

Aquí tienes lo que pides,

ves si alguna cosa falta.

A continuación, hay un bloque de versos tachados: Lau. entrate alla y di a florinda y di a fenisa y a claudia a marcela y a laureta a porcia y a feliciana que ninguna hable palabra y dejen la musica Flor. ya voy a hacer lo que mandas

Laura.

Di, ¿qué quieres que escriba?

Serafina.

Necedades de quien ama.

Pónese a escribir Laura y dice Serafina:

Serafina.

Tan agradecida...

Laura.

...ida.

Serafina.

Duque mío, el alma...

Laura.

...el alma.

Serafina.

Al amor que ve...

Laura.

...que ve...

Serafina.

Se siente obligada...

Laura.

...ada.

Serafina.

Que aunque el conde venga,

y aunque el conde vaya...

Laura.

Que venga será muy justo,

pero que vaya en la carta,

yo no lo pienso poner.

Serafina.

Escucha un poco, mi Laura.

Laura.

No hay escuchar, porque injusta

será tan injusta causa.

Serafina.

Pues ¿cómo? Si así te enojas,

no te diré más palabra.

(Dentro.)

Don Juan.

Aquesta es seña del duque.

Ptog. 54

Serafina.

pues a Laura enfadada

no escribas más, que no es justo,

acabarás la mañana

y dirás que venga a verme

a la tarde, si te enfadas.

Laura.

Ahora el sueño me ofende.

Éntrase.

Serafina.

Estás, Laura, muy cansada

del enojo que has tenido;

voy a mi cuarto, descansa

un poco, que luego vuelvo.

¡Ay, duque mío!, quien ama

no sosiega solo un punto.

Recuéstase a dormir Laura con la

mano en la mejilla, y salen Federico y Conrado.

Laura.

Escribir quiero una carta

para el conde, mi señor;

válgame Dios, que me abaja

tanto el sueño este deseo

que hasta la pluma se cansa.

¡Qué pensión! ¡Ay, conde mío!,

¡quién te viera y quién te hablara!

Mas, pues el sueño me vence,

mujer soy, que no soy Laura.

Federico.

La puerta abrí del jardín

con la llave maestra, aguarda,

hermano, no hagas ruido,

ya que fue mi dicha tanta

que nos topamos los dos.

Conrado.

Loco me ha traído, ¡oh, Laura!,

hermano, no estoy en mí;

yo vengo a tomar sus cartas

y dárselas esta noche

con las prendas que acompañan

las infames letras suyas.

Federico.

Por despedirme y de paso

Ptog. 55

Federico.

Con el enojo y las ansias,

la carta del duque olvido,

y he vuelto agora a buscarla.

Entremos por ella, Fernando,

que así una fiera me engaña.

En el margen derecho, separado por una línea:

Ciego de pena y amor, mas forzado del deseo de ver mi querida Laura, que casi se ha de ablandar, que la carta me ha de dar. Éntranse.

En sueños.

Laura.

Conde mío, vos aquí,

la ventura en mí se halla.

Tachado: Vuelven a salir

Sale Federico.

Toma la carta y léela donde dice:

Federico.

Notable suerte he tenido;

luego topé con la carta

que está sobre un bufete,

sin sentirme las criadas.

Todos duermen, y aquí sola

está mi condesa amada

dormida; quedó escribiendo.

¡Qué hermosa está! Como es nácar,

agraciando sus mejillas,

cautivo en ellas se ufana.

Ver quiero lo que me ha escrito,

que tiene Laura mil gracias.

Papel.

Tan agradecida doy...

Federico.

¡Qué bien!

Papel.

Duque mío, el alma...

Federico.

¿El alma, y duque? Si erro,

yerro fue loca esperanza.

Papel.

al amor que os debe...

Dice.

Federico.

Y es justo.

Papel.

se siente obligada...

Federico.

¡Mas, ay!

Papel.

que aunque el Conde venga...

Federico.

Aquí se aclaró mi infamia.

El duque pensó ser hierro,

hierro salido de mujer falsa,

falsa como mi opinión,

¡qué opinión tan encontrada!

Ptog. 56

Federico.

Al parecer de mi honor,

honor que en mujer se guarda,

¿cómo puede ser honor?

Enrique.

No digas esas palabras.

Conrado.

Mira, hermano, si es engaño;

Federico.

el hijo, Conrado, aparta;

¿no conoces su letra?

Lee, toma, mira si basta

este proceso en que cifran

el deshonor que dudabas.

Conrado.

De la Condesa es la letra;

¡quién dijera, quién pensara

que en una mujer tan noble

esto sucediera!

Federico.

Calla,

¿no ves que es Laura mujer?

¡Mal hayan leyes, mal hayan,

que en una mujer pusieron

todo el tesoro del alma!

Si se trocaran las suertes,

las leyes se trocaran,

ofendiéranlas los hombres

si en ellos depositaran

las leyes el santo honor;

no es posible, cosa es clara,

que quien entiende las leyes

es solo aquel que las guarda.

Quien nace solo con lengua

y en ella tiene sus armas,

¿cómo entenderá del honor?

Muerto es el mío, sin falta,

falta fue de mi ventura,

sobra fue de mi desgracia,

daré la muerte, sin duda.

Ptog. 57

Saca la daga y va a darla, y detiénele Conrado.

Federico.

que en dudas que son tan claras

a mi valor hago ofensa,

que tardo en matarla.

Conrado.

Detente, por Dios, hermano,

no alborotemos la casa,

porque venganzas de honor

honor es saber vengarlas;

esto es ofensa en papel.

Federico.

¿Eso me dices? Aparta

la infamia de tus razones.

La intención sola no basta

para quitarla mil vidas;

que, letras no hablaran.

¡Duque mío! ¡Ah, mujer fiera!

Deja rasgar las entrañas

de una ingrata que me ofende;

por esto el duque en el alma

sintió tanto el casamiento,

que darme muerte trataba.

Y pluguiera a Dios que a mi vida

pusiera fin con las bascas

de aquel celoso rigor

que agora, ¡ay triste!, me mata.

Conrado.

Fadrique, templa el furor.

Federico.

Pues tú condenas mi rabia,

da que mirar si no juzgas

que, si el amor te picara

de la suerte que a mí, no,

no suspendieras mi daga.

Conrado.

Los hombres de tu valor,

en una ocasión tan alta,

Ptog. 58

Conrado.

Muestran quién son, Federico;

vuelve la daga a la vaina.

Conde, ¿pues no soy tu hermano?

¿No es también mía esta causa?

Sosiega el pecho invencible;

mejor ocasión aguarda,

que cosas que tanto importan

importa mucho el mirarlas

con el acuerdo que piden.

En sueños.

Laura.

¡Válgame Dios, qué cansada!

Conrado.

Ya la condesa despierta;

muestra, y pondréle la carta,

apártate a aquella parte.

Federico.

Muerto estoy y estoy sin alma.

Vuelve Conrado a poner la carta donde estaba, y escóndense él y el conde detrás de un paño del vestuario.

Conrado.

Así la vuelvo a poner,

el corazón me desmaya

viendo el suceso presente.

Despierta Laura.

Laura.

¡Jesús! Parece que hablaba

agora. ¿Adónde? ¡Qué error!

Proseguir quiero esta carta;

triste, que Serafina

o pienso cansada.

Federico.

Quién oyera lo que dice;

ella escribe.

Conrado.

Paso, calla.

Federico.

¡Ay, que esta ley de honor,

y cómo el pecho me abrasa,

no sosiega el corazón!

Ptog. 59

Escribe.

Laura.

Y así por instantes habla

con la pena que me aflige.

Dios os guarde,

aquesto baste,

voy a rezar por el Conde,

¡ay, mi bien, el cielo os traiga!

Entrase Laura.

Conrado.

Entrose y dejó el papel.

Léale el papel.

Federico.

Deja, veré lo que falta

a la ofensa de mi honor.

¡Ah, letras! ¿Quién os borrara

con sangre de esta enemiga?

En fin, de venga quedaba...

Que ya aunque venga el Conde,

no importa su ausencia nada,

y vos le enviéis de aquí,

que después que duerma hay harta

ocasión de poder vernos;

vengáis, mi bien, mañana,

porque a las doce os espero.

Dios os guarde.

Federico.

¡Esto faltaba!

Mostrad valor, corazón,

si hay valor que pueda haber

en hombre que su mujer

pone en tan fuerte ocasión.

En mi agravio hay dilación,

¿qué aguardáis, infame espada,

tan cobarde y desvainada?

En vos el valor se asconde.

Que ya aunque venga el Conde,

no importa su ausencia nada.

Razones que me habéis muerto,

tan descuidado me han visto.

Ptog. 60

Federico.

Como a mi dolor resisto,

si de mi infamia hallé el puerto.

Ay, hermano, que no acierto

a leer esta infame carta,

el dolor la vista aparta,

y con todo, atención a mí,

ni vos le enviéis de aquí,

que después que duerme, hay harta

harta pena en dolor tal

para darme muerte injusta,

pues que mi desgracia gusta

que muera en desdicha igual.

Morir fuera menos mal,

mas sin honor cosa es llana

que ya mi suerte tirana

me da en tormentos eternos

ocasión de poder vernos,

sea que es mi bien mañana.

Mañana, fieros desvelos,

dos muertes me da el dolor,

una con fuerza de honor,

otra con rabia de celos,

que confusos paralelos,

opuestos penando guardo.

En dar la muerte, tardo,

como mi poder se humana,

viendo escrito que mañana,

y que a las doce os aguardo.

Tanta cruz, oh papel,

para darme muerte cruel,

tanto tiempo ha de esperar.

Ptog. 61

Federico.

Corazón, ¡qué pesar,

qué enojo, qué desvarío!

Honor, puesto en desafío,

quedar vencido no es mengua;

mas pues lo dijo la lengua,

no aguardéis tanto honor mío.

Yo era el sabio, el presumido,

yo el querido y estimado;

tú eres mi hermano honrado,

Conrado.

Él ha perdido el sentido.

Federico.

Pues, ¿cómo me has detenido

que quitara vida y ser

a tan infame mujer?

Di, ¿qué has hecho, fiero hermano?

Miento, que no serlo es llano,

porque detienes mi poder.

Matarle agora es mejor,

y después, más ufano,

dar muerte al Duque tirano,

que fue de mi ofensa autor.

Conrado.

No, hermano, medio hay mejor,

que así quedamos perdidos,

deshonrados y abatidos;

matémosle entre sus puertas.

Federico.

Mátenme dudas inciertas,

pero no agravios sabidos.

Conrado.

Calla y vete poco a poco,

toma pues mi sabio acuerdo,

que está ser hombre en ser cuerdo.

Federico.

Ser hombre es ser aquí loco,

con mi agravio me provoco,

no puedo más.

Conrado.

Muéstrate fuerte,

dame el papel que escribiste.

Ptog. 62

Conrado.

el alma en tu resistencia.

Federico.

Tanto amor en mi presencia

y tanto engaño yo ausente.

Conrado.

El papel vuelvo a poner

en el lugar en que estaba.

Federico.

¡Cómo al partirme lloraba,

que así finja una mujer!

Conrado.

Sosiega.

Federico.

No puede ser.

Conrado.

Ven, no nos sientan, señor.

Federico.

Loco me lleva tu error.

Conrado.

Esto ha de ser cosa es vana,

Federico.

y ansí, a esperar mañana

el mayor trance de honor.

Éntranse, sale arriba Serafina en un balcón.

Serafina.

Gente en la calle he sentido

del duque, y a otro balcón

quiere que en esta ocasión

elija amor por partido;

¡qué discreto, qué entendido,

qué cortés, qué bien hablado!

Parece que en él cifrado

se miran en competencia

el alma con la presencia,

el valor con el estado.

Sale el duque.

Duque.

Este es el balcón, si espera.

Ce, ¿sois vos, gloria mía?

Ptog. 63

Serafina.

Quién, sino yo, ser podía.

Duque.

Ay, amores, bien pudiera

dar vuestra brillante esfera

rayos de luz al deseo.

Merezca, pues, por trofeo,

mi esperanza esta ventura,

cuando el alma os asegura

del venturoso himeneo.

Salen Conrado, y el Conde.

Conrado.

Calla, que un hombre está parado.

Federico.

Cierto es que el duque ha de ser,

que está hablando a mi mujer.

¡Ah, honor, qué andáis descuidado!

Duque.

Que mi amor no haya obligado

de soberana belleza...

Serafina.

Sea amante vuestra alteza,

señor, con más sufrimiento.

Duque.

Dilatarme este contento,

parece mucha aspereza.

Serafina.

Porque veáis cuánto os quiero,

la puerta tengo

mañana de abriros.

Duque.

¡Mañana!

Tachado: Ser.

Duque.

Mis suspiros

tendrán fin.

Federico.

Cielos, ¿qué espero?

Entre mi congoja muero.

Vase Serafina.

Serafina.

Adiós, que gente he sentido.

Duque.

¿Mi bien, adiós? ¿Quién ha sido

el que estorbó mi alegría?

Ptog. 64

Duque.

¿Quién va? ¿Quién es?

Federico.

Si porfía

todo, hermano, va perdido;

apártate, un hombre honrado...

Duque.

Pues que desvergüenza fue

osar poner aquí el pie.

Federico.

Hablad, señor, reportado.

Duque.

Andáis muy desvergonzado

y por vida de quien soy

que habéis de conocer hoy.

Federico.

¡Qué pesado que andáis!

La muerte sé que buscáis.

Conrado.

Ca, que a tu lado estoy.

Sacan la espada los dos contra el duque y detiene Federico a Conrado.

Federico.

Apártate, que es error;

yo solo le he de matar;

vive Dios que he de mostrar

si hay en mi pecho valor;

no llegues, mira, traidor.

Duque.

Mucho valor te acompaña.

Federico.

Pelea.

Duque.

¡Fiereza extraña!

Conrado.

¿Qué valor? ¿Qué valentía?

Mete el conde al duque a cuchilladas.

Duque.

Muerto soy.

Conrado.

A su porfía

su escarmiento dé venganza.

¿Hay hombre más valeroso

que tanta confianza tenga,

que no quiere que a su lado

le sirva yo de defensa?

Ptog. 65

Sale el Conde.

Federico.

Conrado.

Conrado.

Hermano, ¿qué ha sido?

Federico.

Ya revolcado en la tierra

queda con dos estocadas;

aguija el paso, no vengan

y nos conozcan por dicha.

Conrado.

Por desgracia, hermano, fuera.

Federico.

Ven acá, ¿no te parece

que a cara de luego vuelta

y a sangrientas puñaladas

le dé muerte a la condesa?

Conrado.

Jesús, hermano, ¿estás loco?

¿Eso dices? ¿Eso piensas?

Camina.

Federico.

Ya voy tras ti,

aunque el alma en dura guerra

ya no me cabe en el pecho,

porque a vengarme me alienta.

Conrado.

Que luego el duque sabrá...

Federico.

¿Qué es el duque? Cuando fueran

mil hombres que le guardaran,

entre todos le ofendiera.

Mas conoces al honor,

si con causa le despiertan,

es muy valiente ofendido.

Conrado.

Pues mira...

Federico.

¿Qué es lo que intentas?

Conrado.

Vamos donde los caballos

con el criado te esperan.

Federico.

¿No será volver mejor

a dar muerte a aquella fiera?

Mira que no puedo, hermano.

Ptog. 66

Federico.

dar paso sin ver la muerte.

Conrado.

¡Qué necio estás! ¡Qué terrible!

Federico.

¿Dónde, Conrado, me llevas?

Conrado.

A que coloques tu honor

sobre el cielo desta empresa.

Federico.

¿Pues cómo, hermano querido?

Conrado.

Como con la mayor priesa

que te pueda ser posible

parte, conde.

Federico.

¡Linda flema,

para quien está rabiando,

es esta buena receta!

Conrado.

Yo soy tu hermano menor,

pero agora advierte, piensa

que me ha dejado provista

la razón que a ti te ciega.

Ven acá, si vas a casa

y das muerte a la condesa,

¿no ha de sospechar Calabria

luego tu infamia y tu afrenta

si el duque a las puertas muerto?

Mira que, conde, será fuerza.

Queda tu estado perdido,

queda Calabria revuelta,

y queda, en fin, tu opinión

al discurso de las lenguas,

triste del que en ellas cae,

aunque más honrado sea,

que ya del mayor amigo

son infames las ausencias.

Parte a Sicilia al momento

con esta carta que llevas,

demás que en esta muerte

Ptog. 67

Conrado.

Cartas y regocijos sean,

y en el primer correo

das a Calabria la vuelta,

donde, a tu gusto y contento,

fingiendo alegría inmensa

en los brazos de tu esposa,

desmentirás sus sospechas;

y cuando más ignorante

esté ya de que su afrenta

sabes, tú dispón su muerte,

pues hay venenos que puedan

castigar su infame vida

sin que tu agravio se sepa.

Federico.

Dices bien, cuando lugar

mi propio agravio me diera,

hermano, no puedo más.

Conrado.

Haz por poder, que es prudencia

el reportar tu valor;

muchos hay que en sus ofensas

su valor han reportado,

que la venganza es cautela.

Federico.

Quien duerme sobre su agravio

nombre de honrado no tenga;

de reportado sí, hermano,

eso el alma lo confiesa,

de honrado no, no lo digas,

ni es posible que lo crea,

ni puede tal nombre darse

al que agraviado sosiega

la mujer falsa e infame.

Conrado.

Ya estás loco.

Ptog. 68

Federico.

A tanto esfuerza,

porque forzado el sentido,

cuerdo siente y loco pena.

¡Ay, hermano!, no hay valor,

no hay sentido, no hay paciencia

para tan terrible trance.

Tú, no sabes lo que aprieta

el alma, solo lo diga

cuando en tal golfo se anega.

¡Ay, ten lástima de mí!

Conrado.

¿Ahora flaqueza muestras?

Federico.

¿Qué, pues flaqueza, valentía

di tú, y hacer resistencia

a los impulsos del alma,

que todo el pecho me quema

porque mate a aquella ingrata,

infamia de mi nobleza?

Yo no puedo más, Conrado,

perdona si me aconsejas,

más es mi honor que mi hermano.

Voy a matar la condesa.

Saca la espada Conrado.

Conrado.

Pues, conde, ya que tú quieres

que se pregone tu afrenta,

que se sepa la desgracia

de tan infame bajeza,

¡vive Dios!, que he de morir

primero yo que se sepa.

Saca, pues, conde, la espada,

valor tienes, no lo niega

el alma. Mátame primero a mí;

¿en qué dudas, a qué esperas?

Ptog. 69

Ay que esperes

Conrado.

que yo vivo no he de ver

tu opinión en contingencia.

Federico.

No me apures, no, Conrado.

Saca el Conde la espada.

Conrado.

Saca la espada sangrienta,

mátame, que puesto a tierra,

si a tu infamia te despeñas.

Federico.

Aparta, Conrado, aparta.

Conrado.

Eso, hermano, es cosa necia,

que por la punta de esta espada

ha de pasar tu soberbia.

Federico.

De tu valor invencible

digna ha sido esta alta prueba,

con que animoso me obligas,

con que atentado me quiebras

la inadvertencia atrevida

de mi ofendida paciencia.

Ciego he estado y vuelto en mí.

Ves, hermano, que me enseñas

ponderaciones tan justas

a venganza tan discreta.

Dispón de mi honor y vida,

que ya corre por tu cuenta

mandar tú y obedecer

el alma a cuanto tú quieras.

Conrado.

Generoso Federico,

noble hermano, da la vuelta

que importa al punto a Sicilia;

en ella fija tu asistencia

dos meses puede durar,

que yo en Milán la suspenda.

Ptog. 70

Conrado.

del alma que puedo estar,

y como a Calabria vuelves,

a su muerte prevenciones

te darán justas cautelas.

Federico.

Yo quiero seguir tu gusto,

mas la palabra me empeña

que harás lo que aquí te pido.

Conrado.

Cuanto quisieres ordena,

pide, hermano conde, pide.

Federico.

Pido que si en esta ausencia,

con el dolor que me aflige,

la muerte impide que vuelva

a Calabria, que tú, hermano,

mi venganza por tu cuenta

tomes al punto a tu cargo

y que la condesa muera.

Conrado.

Hermano, yo lo prometo.

Parte seguro, no temas,

que si te falta la vida,

falte quien vengue tu ofensa.

Federico.

Ya con esto a Sicilia parto.

Conrado.

Y yo a Milán, donde lleva

el poder loco mi amor,

aunque desde hoy amor cesa

si en dos mujeres he visto,

en distancia tan pequeña,

en una tanta mudanza

y en otra tanta flaqueza.

Conde, a Dios.

Federico.

A Dios, Conrado.

La palabra...

Conrado.

En mí la dejas.

Ptog. 71

Conrado.

Yo sabré cumplirla, hermano.

Federico.

Loco voy, adiós te quedas.

Fin de la segunda jornada del mayor trance de honor. Por el alférez Jacinto Cordeiro.

Jornada tercera

Ptog. 72

2

Jornada Tercera del mayor trance de honor.

Salen Laura y Serafina, el duque, y Silvia y Faunia.

Serafina.

Parabién goce tu alteza,

señor, la nueva salud.

Duque.

Y con ella, la inquietud

de vuestra altiva fiereza.

Serafina.

Sabe Dios cuánto me pesa,

y he sentido, dueño amado,

las heridas que os han dado,

que quisiera daros vidas

al paso que las heridas

la vuestra han atormentado.

Desconcertado he tenido

dos meses este brazo,

y así, en este largo plazo

di que a Laura le he

pedido

que escriba por mí, y han sido

tan pocas veces, señor,

que a tres cartas su rigor

viendo que he visto cifrado,

aunque no os darán cuidado

estas finezas de amor,

que ya rotas las tendréis

y a mí también olvidada.

Duque.

Como estáis tan confiada,

decísme cuanto queréis;

todas tres aquí tenéis,

que por instantes tales...

Saca unas cartas el duque.

Ptog. 73

Duque.

haciendo alarde el deseo

en ellas de su afición,

que solo sus letras son

del alma gustoso empleo.

Serafina.

Basta, no las quiero ver.

Octavia.

Muy triste el alma aquí os siente.

Laura.

Prima, con el conde ausente,

¿qué alegría he de tener?

No soy en esto mujer,

porque es tal la pena mía

que aborrezco noche y día.

Serafina.

Yo suplico a vuestra alteza...

Laura.

Y adorando mi tristeza,

aborrezco mi alegría.

Duque.

Canta, Silvia, o di a Fileno

que venga a cantarme un poco;

notables tristezas toco.

Serafina.

La tristeza no condeno,

si nace de verme .

Duque.

Ea, canta, sin templar.

Silvia.

Para poderte alegrar,

Sirena quisiera ser.

Canta Silvia.

Duque.

Qué gran desdicha es querer

si no se llega a gozar.

Silvia.

Aprended, flores, de mí,

lo que va de ayer a hoy,

que ayer maravilla fui,

y hoy sombra mía no soy.

Ptog. 74

En la parte superior de la página aparecen nueve líneas tachadas de las que se puede leer lo siguiente: "no lamentos / no a bajeza que enojos dura / si quiere el recato a mi intento / baja a ver a mis tormentos / vuelve a la cárcel oscura / ya trae en [...] / porque espanto, y pasmo, o miedo, / que morirá sin remedio / en faltándole ventura".

Sale el Conde.

Aparte.

Federico.

¿Qué es esto? ¡Terrible error!

Porque soy de ella tan falto.

Vengo a hallar en mis tormentos

tan terribles desengaños.

Laura y el duque, ¡qué bueno!

Vengo, señor, de palacio,

y no hallando a vuestra alteza

me dijeron que hoy ha honrado

esta humilde casa mía.

Duque.

Conde, a tan noble vasallo

se debe aqueste favor;

anteayer me levanté

de mis heridas, y hoy quise

visitar mi prima, dando

indicios del grande amor

con que siempre la he tratado.

Aparte.

Federico.

¡Nunca pluguiera a los cielos

viera tantos desengaños!

¿Qué aguardáis, paciencia mía,

cuándo de celos me abraso?

Laura.

Perdóneme vuestra alteza

queriendo mi justo llanto,

y no dar lugar a que amor

Ptog. 75

Laura.

Disimula en este paso,

dadme los brazos, esposo.

Aparte.

Federico.

De lo fiera estoy turbado,

pues como pide al duque licencia

para darme a mí este abrazo.

Laura.

¿Cómo venís, Federico?

Aparte.

Federico.

Gracias a Dios, salud traigo;

o veneno, ¡qué rigor!

Alberto.

Vuestra alteza tome a cargo

honrar esta humilde hechura

de Alberto Frangipilato.

Los siguientes versos hasta "franqui reportado" se encuentran enmarcados, posiblemente para ser suprimidos o sustituidos por los versos del margen.

Duque.

¿Franqui os llamáis?

Alberto.

Sí, señor;

mas no escribo ningún falso.

Duque.

Hacéis bien, porque mentiras

escribiréis todo el año.

Alberto.

No soy de esos franquis yo,

que soy franqui reportado.

Duque.

Mudaos el nombre por mí.

Alberto.

Pues Alberto Ladislao

me nombro de aquí adelante.

Duque.

Volved, condesa, a sentaros.

Laura.

Triste está el conde, ¡ay de mí!

Duque.

Contad lo que habéis pasado,

conde, con el de Sicilia.

Federico.

Para tan estrecho paso,

pienso yo que a relaciones

no da lugar el agravio;

solo a vuestra alteza digo

se guarde de mí, que honrado

le aseguro que ofendido.

Ptog. 76

Federico.

ha de seguirle los pasos

el conde

Duque.

¿Qué decís, conde?

Federico.

Señor, que estoy agraviado,

dijo el Rey. Yo querría

vengarme, no sé qué traigo,

que no acierto en lo que digo

y así aquí me he equivocado,

mas bien se deja entender:

él irá su gente juntando,

espías ha de tener;

mirad por vos, que el contrario

está ofendido, Señor,

y en sus ardides fiado

procura tomar venganza;

prevenid vos, como sabio,

claridad si estáis sin culpa,

que le aclare en sus engaños;

que, cuanto a mí, estas heridas

con esta espada que traigo

me maten si no se os dieron,

y pusiera yo la mano

en el fuego a sustentar

que el Rey y Leonor mandaron

que os las diesen.

Duque.

Conde, así lo he imaginado

conmigo por muchas veces,

bien que del caso no trato.

Federico.

No imagine vuestra alteza

sino que yo las he dado.

Ptog. 77

Federico.

el sentido donde son.

Duque.

Donde anduvo tan gallardo

el hombre que me le dio,

que juro a fe de soldado

que si en Calabria estuviera

le perdonara, con tanto

que quisiera ser mi amigo.

Federico.

Ya no lo será, que el daño

temerá que vuestro poder,

cuanto a mí, él quiso mataros.

Duque.

Pues yo por muerto quedé.

Confieso que fue milagro.

Federico.

¡Ah, mal haya mi desdicha!

Duque.

Anduvo tan alentado

y tan soldado conmigo,

que trayendo para el caso,

otro hombre en su compañía,

partiendo conmigo el campo,

detuvo el otro y no quiso

que llegara.

Federico.

Caso extraño.

Notable valor, por Dios.

Duque.

Valeroso y temerario;

dos estocadas me dio

cuerpo a cuerpo y mano a mano.

Federico.

¿Sería

Duque.

de vuestro cuerpo,

ni más alto, ni más bajo.

Aparte.

Federico.

Más bajo no puede ser,

ni puede en más vil estado

estar hombre que yo estoy

a vista de mis agravios.

Duque.

En fin, que el rey se apercibe,

Federico.

y apresta gente y soldados.

Ptog. 78

Serafina.

Señor, con mucha presteza

haz tú lo mismo entretanto.

Saca el Duque un papel y dale al Conde

Duque.

La lista de coroneles

esta es, conde; examinadlos,

y de ocho que van escritos

los reduciréis a cuatro.

General de mar y tierra

en esta ocasión os hago,

ordenad y disponed,

de todo, conde, os encargo.

Librad en mis tesoreros

todo el dinero del gasto,

la brevedad encomiendo.

Alberto.

O encomiendo o encenando

será Su Alteza servido.

Duque.

Donoso, Alberto, has andado;

llega, toma este diamante.

Alberto.

Vivas más que un mentecato,

porque suelen vivir mucho

si es que no toman tabaco.

Duque.

Lleguen los coches al punto,

a cazar a Soria vamos;

quedad, condesa, con Dios.

Laura.

El cielo os guarde mil años.

Federico.

Los ojos lleva tras él,

en vivos celos me abraso.

Duque.

quedad con Dios, Serafina.

Serafina.

Adiós, señor.

Duque.

Soberanos

ojos, tened la luz pura

de vuestros ardientes rayos.

Octavia.

Serafina y Laura, adiós.

Ptog. 79

Laura.

Octavia, adiós.

Federico.

Yo acompaño

a vuestra alteza, señor.

Duque.

No es tiempo, conde, aplicaos

a la consulta que os di.

Federico.

Solo a obedeceros trato.

Vase el Duque, Octavia y sirvientes.

Federico.

¡Ay de mí, pierdo el sentido,

loco estoy, penando rabio!

Laura.

Conde mío, ¿qué tenéis?

Federico.

No sé, Laura, qué me ha dado,

dejadme a solas un poco.

Advierto, llega recado

de desdichas.

Serafina.

¿Qué es esto, conde?

¿Enojado estáis, hermano?

¿Qué es esto, por vida mía?

Federico.

Dejadme las dos un rato

para ver esta consulta.

Laura.

No espero, no es excusado

de la consulta, mi bien,

ea, acabad,

consultadnos,

a las dos vuestro disgusto.

Aparte.

Federico.

Disimulad, pecho airado,

no os deis a entender sin tiempo,

que os puede el tiempo enseñaros

venganza en vuestras ofensas

y medio en vuestros agravios.

¿Pensáis, condesa, que habiendo

en este papel nombrados

ocho hombres como hay escritos,

con quien yo me he averiguado,

que serán todos, y es justo,

para tan ilustre cargo?

Ptog. 80

Federico.

Los más nobles de Calabria,

que no me da gran cuidado

agraviar los cuatro dellos.

Dejadme agora mirallos,

condesa, por vida mía,

con el acuerdo y espacio

que pide aquesta elección.

Laura.

Haced lo que os ha ordenado

el duque, y ya quedáis solo.

Serafina.

Dejémosle, Laura, vamos.

Vanse las dos.

Alberto.

¿Yo, señor?

Federico.

Tú también,

vete, Alberto.

Alberto.

Extraño caso. No entiendo

aquesta quimera,

aunque fuera la consulta

de algún poeta ermitaño

destos que escriben de noche

con siete llaves cerrados,

que hacen un verso en seis meses,

y en seis años un traslado

de una canción de Agispirvio,

que era un poeta toscano,

no hiciera más prevenciones.

Vase Alberto y abre el papel el conde.

Federico.

Dice así. Ya el papel abro.

¿Qué es este celoso error?

¿Duermo acaso, o estoy soñando?

Desta condesa es la letra:

«García de Guerra, secretario»,

y viene a hacer mala aquí.

Ptog. 81

Federico.

de suerte que en mí pararon

las balas que el duque tira.

¡Oh sufrimiento, ¿qué aguardo?!

tantos papeles el duque

de la condesa ha juntado,

que se truecan las consultas

que por ellas a mis manos

viene mi infamia a mis ojos,

bebiendo el alma en el vaso

de este papel atrevido

rayos de tinta que han dado

al pecho un Etna de fuego,

siendo ya el griego caballo

que por engaño ha metido

el duque, y ha derribado

las murallas de mi honor.

¡Oh griego duque! ¡Ah tirano!

¡Sinón de mis desventuras!

¡Ah fiera mujer!, ¿qué daños

no inventó vuestra flaqueza?,

¿no emprendió vuestro error falso?

¡Oh fementido papel!,

si quiero leerte me abraso,

y si romperte me quemo;

y entre estas dudas temblando,

firme ánimo, a ver tus letras,

aun temo de esta alma el desmayo.

¡Ánimo, corazón!,

nuestras ofensas leamos,

que en ellas me animaréis

a la venganza que aguardo.

Ptog. 82

Lee el papel.

Papel.

Tanto, mi bien, he sentido

las heridas que os han dado,

que en tan infelice estado

están mi amor y sentido;

que el sentido, a amor unido

en caso tan superior,

partiendo igual el dolor,

los dos me tienen de suerte

que el sentido está a la muerte

y a la muerte está el amor.

Mirad si en tales extremos

están sentido y amor,

mi bien, con tanto dolor

como estar los tres podemos.

Si lo que queréis queremos,

viviendo a vuestra alma asida

mi sentido, amor y vida;

juzgad vos cómo estará

quien sin vos por vos está

tan triste como rendida.

Acaba de leer.

Federico.

Tan triste como rendida

está el alma que entregó

su libertad a quien dio

en mi opinión tal herida.

Ya no hay medio, honor y vida,

alma, el caso es superior;

y aunque la vida al dolor

resiste en tan triste suerte,

ya está la vida a la muerte

y a la muerte está el honor.

Ptog. 83

Federico.

están mi honor y mi vida

en ocasión tan perdida,

como estar los tres podemos;

solo venganza queremos,

Amor alabe, no el dolor;

yo tengo vida, valor,

honor; si estáis de esta suerte,

no esté la vida a la muerte

ni esté a la muerte el honor.

Fiad más del pecho mío,

no desmayéis, porque es mengua

que confiese aquí mi lengua

que yo carezco de brío.

¿Yo soy yo? Y pues yo fío

de mí, que tengo valor

para vencer el dolor

de tan infelice suerte,

no esté la vida a la muerte

ni esté a la muerte el honor.

Hoy mi ofensa a la venganza

con nuevo ardor me provoca;

ya el alma tengo en la boca

y en las manos la esperanza.

Sembré amor, cogí mudanza,

mas cuando en mujer hay fruto

de más alegre tributo,

si os dan ya por posesión,

afligido corazón,

beber llanto y vestir luto.

Consultad, pues que sois sabio,

los coroneles en suma,

Ptog. 84

+

Lee.

Federico.

Porque el tiempo no os consuma

tiempo alguno en este agravio,

abrí el pecho y leerá el labio,

nombra el primer coronel.

De vuestra venganza cruel

mi honor el primero sea,

lleve la vanguardia y lea

su ofensa en este papel.

¿Quién ha de ser el segundo

coronel? ¿quién? mi opinión.

¿Y el tercero? mi razón.

Si más no vale el del mundo,

contra el poder, yo me fundo,

en que a mí me ha de valer;

¿y el cuarto quién ha de ser?

¿El cuarto? mi entendimiento,

que en la retaguardia atento

sabrá ordenar y vencer.

Hago sargentos mayores

mis cuidados y desvelos,

los capitanes mis celos,

alféreces mis dolores,

ayudantes mis clamores,

sargentos mis pensamientos,

que al orden de honor atentos

ordenen las compañías,

que son de las ansias mías

atentados instrumentos.

Y pues el campo ordenado

tengo en término sucinto.

Ptog. 85

Aquí escribe el conde.

Federico.

Veamos el laberinto

del orden que honor ha dado.

Sargento mayor, cuidado,

¿qué orden tenéis en efeto?

Señor, el orden prometo

que es buena; decidla apriesa:

matar al duque y condesa;

pero ha de ser en secreto.

Callalda, y no la digáis

hasta venir la ocasión,

porque estas cosas no son

como vos imagináis.

Si el orden de honor lleváis,

acertaréis el intento

con divino pensamiento,

porque es regla general

que no se hará cosa mal

fundada en entendimiento.

Entrad, paje atrevido,

disimulando en mi pecho

los agravios que me han hecho,

y los que su conde atrevido,

los cuatro que me ha pedido

que le consulte el duque.

Tan grave el primero, sí,

y Sigismundo el segundo,

el tercero sea Raymundo,

y el cuarto sea Albaní.

Estos merecen el cargo,

y si nombrados no son,

diré al duque en conclusión

que mi conciencia descargo.

Ptog. 86

Don Jacinto.

¡Ay trance duro y amargo!

¿Quién puede en caso tan fuerte

de confusión comprenderse,

si es fuerza en tanto pesar

vivir, hasta poder dar

al Duque y Laura la muerte?

Sale Laura.

Laura.

Si es que puede mi amor, en dolor tanto,

en ocasión tan triste, en tanta pena,

suspender de vuestra causa los enojos,

merezca, amado esposo, en la cadena

de vuestra confusión mi amargo llanto.

Rendir el alma triste por despojos,

lágrimas den mis ojos

con amarga porfía,

aumentando al pesar suspensión grave,

la pena que me envía,

a que sepa de vos, señor Jacinto,

este encantado y ciego laberinto

en que apenas del alma el dolor cabe,

sin querer del secreto abrir la llave.

Si son de Amor del alma los secretos

y del gusto el quererse entre dos, vida,

con que aumenta el deseo altivas glorias,

¿cómo negáis a un alma a vos unida

la causa que os aflige, si en efectos

se os conoce el dolor en las memorias?

No son, esposo, glorias

sufrir el sentimiento

sin darme parte a mí de penas tales,

pues crece mi tormento,

viéndoos metido, esposo, en tal abismo.

Ptog. 87

Laura.

que os olvidáis de vos dentro en vos mismo

con ansias, con suspiros, con señales

de que a mí se conducen vuestros males.

Vuestro semblante esquivo me amenaza,

vuestros ojos me dicen que está airado

el corazón conmigo. ¡Ah, triste suerte!

No sé, esposo y señor, qué causa he dado;

un hielo me suspende, un fuego abrasa,

mi confusión se aumenta en mal tan fuerte.

Si apetecéis mi muerte,

o si es que ya os enfada

mi vida, amado dueño y caro esposo,

sacad la heroica espada,

y con mi muerte acabaréis, que es justo,

la causa de que nace este disgusto,

que en Sicilia ha quedado aventuroso

dueño con quien casaros, esforzoso.

Si es Leonora, mi bien, esposa vuestra,

si queda entre los dos hecho el contrato,

siendo el precio mi sangre aborrecible,

no es bien ser a su amor esposo ingrato.

Entre dudas parece que se muestra

vuestro pecho, señor, todo es posible,

que amor es muy terrible.

(Aparte.)

Federico.

¡Cómo, si lo ha sido!

¿en ti, fiera, homicida, esquiva, ingrata?

Ya no puede el sentido

sufrir, Laura, tu error; mal consideras

de mi amor invencible esas quimeras,

pues solo de tu amor mi pecho trata

y en tus memorias, Laura, se retrata.

Nace, mi bien, mi sentimiento amargo

Ptog. 88

Federico.

de un honrado y terrible desafío,

en que un poco mi honor cargado asiste,

por la ley deste duelo, ¡qué agravio!,

en que el mundo está puesto ha tiempo largo,

esta es la causa, esposa, en que consiste

mi sentimiento triste;

desto mi dolor nace,

que no quiso en Sicilia concederme

campo el Rey, esto pase.

Que en Calabria será más, cuanto espero

es muerte para mí, si considero

¿qué agravio a Laura? ¡Ay, triste!, pudo hacerme

el que supo agraviarme y no entenderme.

Vase el Conde.

Laura.

Vistosa pompa del mayo

son las flores en su esfera,

cuando alegre primavera

en su hermosura hace ensayo.

Pero si el ardiente rayo

derriba su flor ansí,

como ha derribado aquí

el Conde mi altivo amor,

rayo ha sido, y pues fui flor,

aprender, flores, de mí.

Ya de su gracia caída,

estoy temiendo mi suerte,

porque hay de amor a la muerte

lo que hay de amor a la vida.

Era del Conde querida,

y agora en estado estoy

que en verme pasar le doy,

y con mi vista se enfada.

Ptog. 89

Laura.

Mirad, pues, vida cansada,

lo que va de ayer a hoy.

Con amores me quería,

con favores me adoraba,

y en mis brazos solo hallaba

la gloria que pretendía.

Ya se aparta y ya porfía

por alejarse de mí;

hoy con verme le ofendí,

triste y riguroso espanto,

mas tened, ojos, el llanto,

que ayer maravilla fui.

Si hoy en penas tan mortales

se aflige mi pensamiento,

que de mi esposo el tormento

crece al paso de mis males;

si son ciertas las señales

del descontento en que estoy,

siguiendo mi muerte voy;

porque agora conocí

que ayer maravilla fui

y hoy sombra mía no soy.

Vase Laura. Salen el Duque y Conrado.

Conrado.

De aquí a dos días vendrá,

a lo que entiendo, señor.

Duque.

¿Qué decís de su valor?

Conrado.

Que bien empleada está

tu hermana en tan gran sujeto.

Duque.

A fe que te ha parecido

es hombre bien entendido.

Ptog. 90

Conrado.

Y con extremo discreto.

Duque.

¡Qué talle!

Aparte.

Conrado.

Gentil persona

y buena disposición,

y tantas sus partes son,

que es digno de una corona.

Si alabar a mi enemigo

me sirve al alma de pesar,

es que quiero castigar

en ella el amor que sigo.

Sale Conde.

Federico.

La gente está prevenida,

señor, todo tengo aprestado.

Duque.

Están, valiente soldado,

de mi estado honor y vida.

Aparte.

Federico.

Y tú eres muerte que aumenta

con poderosos desvelos

mi furia con locos celos,

con un engaño mi afrenta.

Duque.

Acertasteis la elección

con divino y sabio acuerdo.

Federico.

Si en la consulta fui cuerdo,

veremos en la ocasión.

Duque.

Mucho me ha hecho admirar

no consultar a Conrado.

Federico.

Es bueno para soldado,

mas no para gobernar.

Duque.

A un hermano no es razón,

si alta elección le encomiendo...

Federico.

Yo consulto lo que entiendo,

sin cegarme la afición.

Duque.

Sois conde muy entendido.

Ptog. 91

Duque.

y digno de cargo igual.

Federico.

Serélo por vuestro mal,

y es mucho ser el ofendido.

Sale Alberto.

Alberto.

Con treinta naves dilatando al viento

hinchadas velas, cuyo ardor preñado,

entre la confusión del movimiento

campo parece en selva dilatado.

De árboles ya, que en círculo violento

de su mismo poder el viento airado

llena de ufano de ver que les da plumas,

con que burlando al mar, levantan espumas.

Las flámulas conducen sus cristales

al altivo color de sus colores.

Las trompetas, clarines y atabales

ecos les dan al mar, y el mar clamores

les da como agraviado en las señales,

porque ve que se juzgan vencedores

en su playa, señor, y así a la arena

salen sus olas a decir su pena.

Dijo un soldado tuyo, que huyó a nado,

del Armada escapó, que el Rey traía

en la Real Capitana al mar colgado

un estandarte en que pintado había

al Duque Ladislao, preso y atado

a los pies de Leonora, y que tenía

por orla aquesta letra en el retrato:

«Así pagas, soberbio, el ser ingrato.»

Duque.

Mil hombres, vos y Conrado,

al punto habéis de llevar,

y diez piezas asestar

en el lugar señalado.

Ptog. 92

Duque.

Porque el Rey no desembarque

y sus intentos se impida

mi gente...

Federico.

Si le convida

la playa, yo haré que embarque

la gente con más presteza

de lo que el Rey imagina.

(aparte)

Duque.

Esta noche, Serafina,

he de gozar tu belleza.

Conde, vase haciendo tarde,

la brevedad aquí importa.

Con.

Qué mal el duque reporta

de su amor el fiero alarde.

Federico.

¡Oh, pensamiento cruel!

Señor, vámosle a servir,

hoy el duque ha de morir

y esta condesa con él.

Éntranse. Sale Serafina al balcón.

Serafina.

Obscura noche, mi error

disculpe tu oscuridad,

no juzgando a liviandad

aquello que en mí es amor.

Quejarse el duque, en rigor,

de mi esquiva tiranía,

amarme, amando, porfía

y me imputa de cruel,

mas mi voluntad con él

suya es ya, que ya no es mía.

Esta noche su esperanza

tomar quiere posesión

de prendas que suyas son

contra el tiempo y la mudanza.

Mi temor puesto en balanza

Ptog. 93

Serafina.

Ya por instantes se aguarda,

y si el temor me acobarda,

cuando el alma al duque estima,

amor como a amor me anima,

aunque ve que el duque tarda.

Sale el conde y Conrado

Federico.

Esta es, hermano, la llave;

acaba, pues abre presto

esa puerta del jardín,

y ponte luego en cubierto

junto del mismo oratorio,

que yo a la condesa quiero

hablar en este balcón,

que ha de esperar, y es muy cierto,

al duque sin duda alguna;

por el habla le pretendo,

y luego que abra la puerta

ahogarla sin remedio,

y aguardando dentro al duque

los dos matarle podemos.

Embózase Conrado

Serafina.

Gente parece que siento.

Entrase Conrado

Conrado.

Voy a obedecerte, hermano.

Federico.

Esta es la condesa, cielos.

Fingiré que soy el duque.

Es mi bien.

Serafina.

Amado dueño,

quién sino yo ser pudiera.

Federico.

Paso, palabras escusemos,

Ptog. 94

Conrado.

Ya abrí la puerta, señora.

Serafina.

Yo bajo a abriros.

Federico.

¡Ha, cielo!,

ayudadme a la venganza

y dadme aquel sufrimiento

hasta vengarme del duque,

que, ya de cólera ciego,

no sé si estoy en la tierra,

mas estoy en los infiernos

del deshonor en que vivo.

Sale Serafina y métese el duque allende, y sale Conrado, apareciendo al mismo tiempo dos velas en un bufete.

Serafina.

Duque, entrad, que ya está abierto.

Federico.

Ingrata, aquí morirás.

Conrado.

Fantásticas represento

mil confusiones en mí

con atrevidos desvelos,

que esto emprenda una mujer,

¡válgame Dios!, dudo y tiemblo

de imaginar su error.

Sale el conde, y Serafina, el conde asido della para ahogalla.

Federico.

¡Ha, fiera mujer!

Serafina.

¿Qué es esto?

Conde, mira que yo soy...

Federico.

Ah, fiera, pues de intento

también tú vendes mi honor,

tú al duque traes, ¡qué bueno!,

al cuarto de la condesa,

¡hay más rabia, hay más veneno!

Serafina.

Conde, ¿qué es esto que dices?

¿qué locuras has propuesto?

Ptog. 95

Serafina.

Si el duque es mi esposo ya,

Federico.

su esclava por lo menos,

infame, hermana, aquí has sido.

Conrado.

Hermano, sosiega el pecho,

que esto puede ser verdad.

Federico.

Que no hay verdades, enredos

son estos todos, Conrado;

el duque me hace adulterio

con la condesa.

Serafina.

Jesús,

si yo esta cédula tengo,

que el duque, hermano, me ha dado

de seguro y casamiento,

y no ha casado en Sicilia

solo por ese respeto.

Di, ¿qué inventas, Federico?

Conrado.

Lee la cédula.

Lea Federico el papel que le da Serafina.

Federico.

Ya leo.

Papel.

Yo Ladislao de Calabria,

Federico.

Hermano, leerla no puedo.

Papel.

duque, nombro a Serafina

Conrado.

¿Qué más quieres?

Federico.

¿Qué más quiero?

Papel.

por mi legítima esposa,

Conrado.

Acaba, que estás sin seso.

Papel.

y a Dios prometo cumplirla.

Conrado.

Tu engaño se ha descubierto.

Papel.

Esta cédula presente,

yo el duque.

Federico.

Que esto no creo.

Ptog. 96

Conrado.

Cautelas hay aquí escritas,

no son

Federico.

La carta que tengo,

de la condesa aquí escrita,

que el duque me dio por cierta,

¿qué disculpa tiene, hermano?

Conrado.

Que es de ella.

Federico.

Toma, son estos

engaños, ¡ah Serafina!,

¿a qué falsa a hallarte vengo?

Mas, siendo tu castigo muy...

hoy te ha de abrasar mi fuego.

¿No es esta letra de Laura?

Serafina.

Dices bien, yo lo confieso,

Laura la escribió por mí.

Ves cartas que yo no pueda

con este brazo, que el día

que te partiste al concierto

del duque para Sicilia,

desde aquel día no he vuelto

a escribir, porque este brazo

caí en el jardín, cayendo,

y aquella noche escribió

Laura por mí, de mis ruegos

importunada, una carta.

Federico.

No hay tal, que estaba escribiendo

sola Laura.

Serafina.

Fue que el duque

hizo la seña en el puerto,

y la dejé por hablarle.

Ptog. 97

Conrado.

Ves, hermano, cómo sueños

se han vuelto ya tus ofensas.

Federico.

¿Duermo, acaso, o estoy despierto?

Sosegado el corazón

ya me anima y me da alientos.

Serafina.

¿Quieres saber quién es Laura?

Pues mira, conde, este espejo

de honestidad de casadas

y de mujeres ejemplo.

Descubren una cortina y parece un oratorio y Laura durmiendo con el rosario en la mano, recostada sobre una almohada.

Conrado.

Esto no puede mentir,

porque es santo, conde, y bueno,

que quien a vistos de Dios,

su esposo ausente, durmiendo,

queda elevada en su vista,

buenos son sus pensamientos.

Corre otra vez la cortina.

Federico.

Vete, hermana, y vuelve al puesto

en que aguardabas al duque,

retírale a tu aposento,

que no ha de salir de aquí

sin que se case primero

contigo; de presto parte.

Vase Serafina.

Serafina.

Voy a obedecerte luego.

Federico.

Parte, Conrado, tú al sitio

en que la gente tenemos,

que importa allá tu persona.

Ptog. 98

Cortina.

Federico.

Loco estoy ya de contento.

Serafina.

Conde, si desvanecido

emprende tu error sangriento,

manchar con atrevimiento

tu honor, intentando ofendido,

vuelve a cobrar el sentido,

vuelve animoso a tu ser,

vuelve a vella y vuelve a ver

que tu engaño te restaura

de las ofensas que en Laura

juzgabas como mujer,

si atropellando desvelos

emprenden tus desatinos

buscar a ofensas caminos

entre agravios y recelos,

suspende a tu pecho celos,

a tu ardor la tiranía,

a tu engaño la porfía,

y a tu error el ser ingrato,

pues sola en este retrato

su virtud te desafía.

Ptog. 99

Cruz

Serafina.

Mira si mienten papeles

y si firmas se desmienten,

mira si los ojos mienten

con ilusiones crueles,

las espadas, los broqueles,

la cólera y confusión,

la ira, la suspensión

trueca en gloria, en alegría,

y de tu ciega porfía

le pide a Laura perdón.

Si imperios de furia loca

tu alma en prisión tuvieron,

y con nublados hicieron

salir furias de tu boca,

salga el sol que los apoca

con rayos de su poder,

y acaba agora de ver

en la virtud que señala,

cómo podía ser mala

tan virtuosa mujer.

Federico.

Corrido en mi engaño estoy,

pero tan otro que creo

que me ha de matar el gusto.

Vete, hermana, vuelve al puesto.

Cruz

Ptog. 100

Vase.

Conrado.

¿Yo voy, Conde? Con acuerdo

juzgue el prudente sus causas

si quiere acertar discreto.

Retírase a una parte, salen el Duque y Serafina.

Federico.

¡Ay, Laura, qué hermosa estás!

Perdonadme, que mis yerros

nacieron de urgentes causas.

Como te adoro, y te quiero,

¡qué hermosa me has parecido

sin la mancha que te he puesto!

Ya te miro con amor,

ya te adoro con respeto.

¡Qué otra estás para mi vista!

Pasos parece que siento;

retirarme quiero aquí.

Duque.

¿Es posible, amado dueño,

que tengo tanta ventura?

Serafina.

Por mía, señor, confieso

esta que logra mi amor.

Duque.

¿Dónde está el cuarto, mi cielo?

Serafina.

Por aquí podéis entrar.

Duque.

Ya sigo tus pasos.

Van a entrar, y ásele el Conde por una parte.

Federico.

Buenos

son estos para un señor

que a lealtades documentos

daba en furiosos rigores.

Duque, yo en aqueste puesto,

soy duque, y rey de mi casa,

Ptog. 101

En el margen superior hay un pequeño trazo a modo de invocación.

Federico.

y en ella como rey reino,

esta espada a vuestros pies

humillada estuvo un tiempo,

y mi cabeza al peligro

de vuestro rigor soberbio.

Serafina, hermana es mía;

yo vuestro vasallo, y creo

que vuestra sangre y la mía

no tienen por qué ser deudos;

pero sin venir verdugos,

guardas, criados, porteros,

vuestra Alteza le ha de dar

la mano de esposo luego,

o morir aquí los dos,

será del pleito el remedio.

Saca la espada el Conde.

Duque.

Conde, vos tenéis razón.

Federico.

Pues, señor, si razón tengo,

dad la mano a Serafina.

Sale Laura.

Laura.

Aquí su Alteza, ¿qué es esto?

Conde, desnuda la espada,

¿por qué son estos excesos,

mi bien, qué ocasión ha habido?

Federico.

El Duque y mi hermana fueron

causa desto, Laura mía.

Sale Conrado.

Conrado.

Duque invicto.

Duque.

¿Qué tenemos,

cuñado?

Conrado.

Tanto favor

en nombre, señor, acepto.

Ptog. 102

Cruz

Conrado.

que en albricias de las nuevas

del servicio que os he hecho.

Duque.

Conrado, ¿qué nuevas traes?

Conrado.

Señor, al Rey tengo preso,

que agora de una emboscada,

yo y Sigismundo saliendo,

le embestimos con treinta hombres;

desconociendo su riesgo,

se dio a prisión y nombró,

y en palacio prisionero

le tienes a tu servicio.

Duque.

Solo de tu heroico pecho

se esperaba tal hazaña;

pide mercedes, que quiero

concederte cuanto pidas.

Conrado.

A Octavia, si la merezco,

pido, señor, por esposa.

Duque.

Pues si casada la tengo

con el duque de Milán,

que por momentos espero,

¿cómo puede ser, Conrado?

Conrado.

De la amistad que profeso

con el duque de Milán,

fío yo, que a hacer me atrevo

que deje a Octavia por mí,

y a Leonora acepte en premio

de su heroico casamiento altivo.

Duque.

Pues si te atreves a hacerlo,

tuya es Octavia, Conrado,

Sello de la Biblioteca Nacional

Ptog. 103

Federico.

Pues yo con el Rey prometo

de allanar este partido

y hacer las paces espero.

Duque.

Vamos al punto a palacio

a asentar los casamientos,

que aquí me tenéis cuñados.

Alberto.

Lo mismo era decir suegros,

que hay cuñados de por vidas,

que en el vivir son eternos.

Federico.

Y aquí, Senado, da fin

su autor, Jacinto Cordero,

al Mayor trance de honor

y desengaño de celos;

perdón de sus yerros.

Fin de la tercera jornada. De El mayor trance de honor, por el alférez Jacinto Cordero, en Lisboa.

Alabado sea el Santísimo Sacramento y la inmaculada concepción de la Virgen María, concebida sin pecado original.

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