귀속 대상:> 공개일: 2026년 8월 22일
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El gran cardenal de España, fray Francisco Jiménez de Cisneros (segunda parte). BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-gran-cardenal-de-espana-fray-francisco-jimenez-de-cisneros.
Fray Francisco Jiménez de Cisneros. Ventosa, lego. El conde de Alcaudete, barba. Don Luis de Cárdenas. Calahorra, criado. Don Fernando Maza, viejo. Don Juan, su hijo. Doña Ana Maza. Doña Isabel Cefrí. Inés, criada. Una niña. Dos ángeles. Dos frailes franciscos. [Tachado] Un mayordomo. Un secretario. Moros y acompañamiento.
Caja y clarín, y salen don Luis de Cárdenas de capitán y Calahorra de sargento.
Ya al nuevo gobernador
tenemos, don Luis, muy cerca.
Venga el conde de Alcaudete
a Orán muy enhorabuena,
que esta plaza necesita
bien de un hombre de sus prendas,
de su experiencia y valor,
para que a ella no se atrevan
los moros de Tremecén,
que cada día nos cercan
ayudados del poder
de Barbarroja.
Más llevan
que contar siempre que vienen
con ser cortas nuestras fuerzas;
mas las muchas oraciones,
Y continuas asistencias
de fray Francisco Jiménez
esta plaza nos consuelan.
Mas, ¿no ves ya desde aquí
la gente que se despuebla
a ver la entrada del conde?
Es que todos le desean
por tener tantas noticias
de sus generosas prendas.
¿Y cómo intentas portarte
con él?
De la suerte mesma
que con todos los demás
gobernadores que esta
plaza ha tenido.
Por Dios,
si es de la propia manera,
que presto andaréis de mala.
¿Por qué, Calahorra?
Buena
pregunta. Pues ven acá,
hablemos, don Luis, de veras;
¿ha habido gobernador
que tus inquietudes pueda
tolerar?
Ya estás borracho.
No he hecho, porque en mi conciencia,
a fe de pobre sargento,
sino es que ahora lo creas,
porque hablo verdades puras.
¿Verdades llamas a esas?
¿Qué inquietudes son las mías,
di, loco?
¿Quieres saberlas?
No, si acaso no pretendes
que te rompa la cabeza.
Tu condición solo yo
tolerarte la pudiera
no haciendo caso de ti.
Bien me pagas la fineza
de no haberse hecho quitar
en ocasiones diversas
la alabarda que te dio
en mi compañía mesma
el conde Pedro Navarro,
cuando se partió a la guerra
de Italia.
Señor don Luis
de Cárdenas, valga flema,
pues ¿por qué quería usted
quitármela?
Buena en esta
por gallina.
¿Por gallina?
Si es que otro me lo dijera,
por vida de los demonios
que oyera de mí.
¿Qué oyera?
Que mejor es ser gallina
que capón en mi conciencia;
mas si no fuera por mí
no estás ya mascando tierra,
pues te tenían los moros
por tu condición perversa,
sentenciado ya a colgar,
como si tu día fuera.
A fray Francisco Jiménez
(blasón de España) la deuda
de mi libertad y vida
es a quien solo confiesa
mi noble agradecimiento,
pues es cosa verdadera
que si aquel día no logran
sus oraciones la empresa
de Orán, que muero al rigor
de aquella canalla fiera;
pero a su Eminencia yo
recompenso la fineza
Pues por el de guarnición
me quedé en Orán, con esta
insignia de Capitán,
olvidando mi entereza,
patria, y padres, por pagar
con mi valor tanta deuda.
Mas fue por doña Ana, hija
de don Fernando, o Zulema,
en cuyo poder te hallabas
cautivo, y tu amor lo era
más de su beldad, con ser
entonces mora profesa.
Prométote, Calahorra,
que a su divina belleza
tan obligado me hallaba,
que si entonces pretendiera
tirana mi libertad
sacudía las dulces flechas,
de quien mi pecho hizo aduana
el amor, que no pudiera,
por más que con mi albedrío
lidiar la razón quisiera.
Mira qué harán mis afectos
ahora, que a su firmeza
debe mi amor, que al asombro,
o, maravilla suprema
de ver detenerse el sol
milagroso en su carrera.
El carácter del bautismo
doña Ana pidió, y con ella
su padre, y hermano, y tantas
familias como confiesan
nuestra fe, a quien Fray Francisco
Jiménez, con ansias tiernas,
concedió que se quedasen
en Orán con sus haciendas,
y blasones de sus casas,
siendo la demás nobleza
la de don Fernando Maza,
a quien con mayores muestras
de cariño, Fray Francisco
honra, viendo que se esmera
más que todos en el culto
de nuestra fe, y en defensa
de esta playa.
¿Luego crees
que es don Fernando de veras
cristiano?
Pues, ¿eso dudas?
¿Si lo dudo? Buena es esa.
Como el alma de Mahoma
es cristiano.
Chanzas deja.
¿Qué son chanzas? Vive Dios
que no es posible lo sea,
pues hace al tocino ascos,
y el vino le da jaquecas.
Del Rey de Marruecos es
descendiente.
Mejor fuera
serlo del de Tetuán,
y que sus monas cogiera.
Mas nuestro Gobernador
tarda en llegar.
Mientras llega
ven conmigo, Calahorra,
que quiero ver si a esta vega
doña Ana ha bajado, a ver
entrar el Conde.
No fuera
necedad no haber salido.
Como su padre recela
que la galanteo, ha dado
en guardarla.
Pues, ¿es fiesta
doña Ana para guardarla?
Mas si voy contigo, es fuerza
que la halles, que soy tahúr
de fortuna tan adversa,
que me vienen sotas cuando
sietes busco a la primera.
Mas vino.
¿Quién ha venido,
loco?
Quien quieres que venga,
mi azar. ¿No la ves las patas?
Inesilla.
¿Hablas de veras?
¿No la ves?
Señor don Luis.
Sale Inés con manto.
Inés mía, ¿dónde dejas
a tu ama?
Con Isabel
Cegrí ya a este sitio llega;
mas viéndose, me mandó,
don Luis, que te previniera
que por Isabel se excuse
de hablarla.
Pues, ¿qué se arriesga?
Muchísimo.
Dime en qué.
No será la tal tercera...
No es eso.
Pues, di, ¿qué es?
Nadie pierde por mi lengua.
Difícil será en mi afecto
no hablarla.
Hártate de verla,
que lo demás es querer
que don Juan, su hermano, sepa
que la has hablado.
Soltóse.
Di que se ha soltado. ¿Vesla?
La canilla del secreto
Mas yo me aparto, don Luis,
porque las dos aquí llegan.
Apártase Inés, y salen doña Ana y doña Isabel con mantos.
Dejar de hablar a doña Ana
no es posible.
Si la arriesgas,
¿no es temeridad?
No, pues
hablando a Isabel, con ella
hablaré.
Lo mismo es eso
que a ti se lo digo, hijuela.
¿Preveníssele a don Luis?
Ya hice esa diligencia.
Pues no te apartes, Inés,
que hacia nosotras se acerca.
Llega a hablar don Luis con doña Isabel, y doña Ana e Inés se quedan apartadas.
En vano puede un rendido
corazón enamorado
estar solo bien hallado,
con la gloria de un sentido;
y así, aunque más prevenido
esté de vuestro vigor,
que no os hable aquí, en mi amor
mal os pude obedecer,
pues no hablaros fuera hacer
insufrible tanto ardor.
Severo en vuestros enojos,
mas si culpáis mis arrojos
vuestra hermosura culpad,
pues en esta ceguedad
de violar vuestro precepto
la disculpa de mi afecto
me la da vuestra beldad.
Ya entiendo lo que decís.
¿Qué me entendéis?
Ya os entiendo.
Pues que lo logre pretendo
quien amó.
Señor don Luis,
con vuestro intento advertís
a quien lo pueda entender.
¿Qué es esto, señora?
Ser
don Luis aleve, y traidor.
¿Si habla contigo su amor?
Que eso llegues a creer.
Y muy disculpada está
vuestra amorosa pasión,
y en vez de la indignación
a la esfera donde va
agrados merecerá
no castigos vuestra fe.
Que mi sufrimiento esté
disimulando por mí.
¿No es esto, doña Ana, así?
Lo que me dices no sé.
¡Si me entendiera, doña Ana!
¿Qué más quieres que te entienda?,
un niño de la doctrina
entender esto pudiera.
Sale don Juan Maza quedándose al paño.
Siguiendo a Isabel venía,
pero a mi hermana y a ella
entre el tropel de la gente
las perdió mi inadvertencia;
mas, ¿qué veo?, con don Luis
están. Mi cólera ciega
halló ocasión de vengar
los disgustos que me cuesta
este hombre, si a mi hermana
su osadía galantea;
mas quien con él está hablando
es Isabel, por cualquiera
de las dos, tiene el valor
satisfacer esta ofensa;
desengañarme pretendo
por quien el duelo hacer deba
por sí mi honor, o mis celos
sabiendo a la que festeja.
Llega a hablar a doña Isabel, y doña Ana está retirada siempre.
Mal reprimirse un ardor
puede; pues quien más intenta
ocultar de amor la llama
da de su incendio más señas;
pues lo que la voz no dice
los ojos lo manifiestan.
Decís muy bien, y no sé
por qué razón amor deba
dar más mérito al silencio
que dársele a la elocuencia.
del que su pasión explica.
¿Es posible que consientas
a tus ojos este agravio?
Darme por sentida fuera
decir que don Luis me quiso,
y basta, Inés, que él me ofenda
sin que yo misma ofender
mis presunciones pretenda.
Cuerdísima estás.
Mis celos
ya se hicieron evidencias;
pues a Isabel solo habla,
y aunque mi afecto lo sienta,
le está mejor a mi fama,
que de mi venganza sean
motivo solo mis celos.
Mas mi valor ¿a qué espera,
cuando en la omisión está
desairada mi impaciencia?
En el margen: Vale
Tu hermano don Juan.
¿Qué veo?
¡Mi hermano, terrible pena!
Líneas tachadas: Isab. ¿Si hablar con don Luis me ha visto? Inés. Cayóse la casa a cuestas. Cal. Don Luis lo remediará que es hombre de gran prudencia.
Sale don Juan.
Don Luis, vuestras osadías
excusaros bien pudieran
la libertad de llegar,
a tomaros la licencia
de hablar a estas damas, cuando
hay en mí quien por cualquiera
de las dos sabrá dejar
castigada la indecencia.
Yo creí, que la una sola
tocaros a vos pudiera;
mas si os importan entrambas
mataros por una es fuerza,
elegid vos de las dos
la que quisiereis que sea,
y si no será preciso
que os dé muerte por cualquiera.
Aparte.
El decoro de doña Ana
este respeto me deba
de no decirle más claro,
que la que me importa es ella.
Miren si lo echa a perder,
y a él dejará defenderla.
Palabra tachada antes de "defenderla".
Por las dos sabré mataros.
Dificultosa es la empresa.
Va a empuñar la espada.
De esta suerte lo sabré.
Tened; que si esta ofensa
ya sea de honor, o celos
queréis dejar satisfecha
no es apropósito el sitio.
Decís bien, guiad.
Ya truena,
tempestad ha de haber.
Don Luis, deteneos.
Don Juan, mira.
Aparta.
Suelta.
Sale don Fernando.
¿Qué es esto?
Cielos, mi padre.
Ya escampa, y llueven culebras.
Mi padre, disimular
conviene.
Callar es fuerza,
por don Fernando.
¿No habláis?
Nada, en cuya presencia.
Cajas y clarín tocan dentro atabales, y un clarín.
¿Cómo no? Mas, ¿qué pregunto,
cuando viendo mi ofensa
aquí a don Luis, y a mi hija,
sin duda ha sido por ella
este empeño de don Juan?
Ya son ciertas mis sospechas,
y vive Dios, que mis iras
han de castigar; mas esta
no es ocasión, pues el conde
de Alcaudete está tan cerca,
que las cajas, y clarines,
avisan de que ya llega;
y pues ellos disimulan
disimule mi impaciencia,
hasta saber de mi hijo,
si es lo que mi honor recela;
que entonces sabrá mi saña
dar castigo a la soberbia
de un hombre a quien aborrezco,
y que ayer mi criado era.
Mascando encías está el viejo,
y no masca cosa buena.
Doña Ana, vuélvase a casa.
Ya lo hace mi obediencia.
¿Vienes, Isabel?
Sí, amiga;
Sin alma voy.
Yo voy muerta.
Don Juan, ¿ha de presumir +
que don Luis me galantea?
¡Que esto acontezca a mi amor!
¡Que esto a mis celos suceda!
Una entrada a ver venimos,
y esta entrada ha sido buena.
Vanse
dentro disparan algunos tiros.
Buenos quedan todos tres;
mas sin duda el conde llega,
pues le hace la artillería
salva real.
A su excelencia
lleguemos a recibir.
De su carroza se apea
generoso alarde haciendo
de sus atenciones.
Salen el conde de Alcaudete, y acompañamiento al son de atabales, y clarines.
Sea
vuecelencia, bien venido
a ser valiente defensa
de esta plaza, y reconozca
con rendidas obediencias,
en mí a don Fernando Maza,
y a mi hijo don Juan, que besan
él, y yo su heroica mano.
Don Luis de Cárdenas llega
a hacer lo mismo, señor,
y a daros la enhorabuena.
Tómela, doy a mí propio,
de que los primeros sean,
que a recibirme han llegado +
los primeros han de ser.
Como dirá la experiencia
pues para vos, don Fernando,
traigo de la corte, inmensas
recomendaciones, todas
muy dignas de vuestras prendas,
cuando para vos, don Luis,
traigo muchísimas quejas.
¿Quejas de mí?
De vos, +
y agora os las diré, paciencia.
haced, porque os cueste algo
la fortuna de saberlas.
¿De quién serán?
Don Fernando,
de quien os trae mi obediencia
tantas recomendaciones,
es, señor, de su Eminencia
don fray Francisco Jiménez
de Cisneros, que con muestras
de afecto, vuestra persona
estima de tal manera
que casi, casi os está
envidiosa mi grandeza;
pero de vuestra amistad
muy desconfiado queda;
pues dice que le faltáis
siempre a su correspondencia
no escribiéndole.
No es culpa,
la que en mí solo error sería
sino querer con mis cartas,
no siendo de consecuencia,
embarazar su atención;
mas es por no dar respuesta
a tantas exhortaciones
con que siempre me amonesta
que viva en la fe constante,
cuando mis dudas recelan,
si errado voy en haber
a mi religión primera
faltado.
Yo, don Luis,
escribiré a su Eminencia
dándole vuestra disculpa,
que sé que ha de agradecerla:
las quejas, señor don Luis,
aunque este sonido tengan,
debéis estimarlas mucho,
pues son amorosas quejas
de vuestro padre don Diego
de Cárdenas, que desea
veros al paso, que vos
habéis con tanta extrañeza
olvidado sus cariños,
y lo que su amor recela
es, que sin duda tenéis
en Orán, quien os detenga,
y yo también lo presumo.
Y a don Fernando le pesa;
Vuestro padre es deudo mío;
y aunque por mi puesto sienta,
que me haga falta un soldado
como vos, daros licencia
ya es fuerza.
Pues excusadla,
porque hasta que en recompensa
de la libertad y vida
que mi obligación confiesa
a fray Francisco Jiménez
alguna hazaña no emprenda
mi valor, con que volver
victorioso a su presencia,
ha de perdonar mi padre.
Cumplís con vuestra nobleza,
mas presto, señor don Luis,
habrá ocasión de comprenderla.
Muy presto, que a Barbarroja
mis confianzas esperan.
Pues vueselencia, se acuerde
de mí, si acaso hay empresa.
¿Quién sois?
¿Quién soy? Calahorra.
Al margen: Ojo
Si de vos no dais más señas,
no es posible que os conozca.
Pues conózcame vuelencia
por matarlo todo.
Aparta.
Decidnos, señor invicto,
cómo queda Su Eminencia.
Tercera vez gobernando
a España, con tal prudencia,
tal valor, que más parece
milagrosa providencia
del cielo, que natural
causa, que en sus hombros pueda
el infatigable peso
de una Monarquía entera
sustentar, sin que en su edad
dé de sus fatigas señas.
Mas sus acciones son todas
milagrosas de manera
que cada suceso suyo
por un prodigio se cuenta.
Y si no, dígalo el mundo
de los que admiró en ideas
fielmente representados
hasta la gloriosa empresa
de Orán, de que el sol fue
coronista, que con bellas
luces los recopiló,
parándose a la obediencia,
de fray Francisco Jiménez
en su luciente carrera;
+ más de los que no escribió
coronista mi voz sea
pues conquistada ya a Orán
ganó con sus huestes mesmas
a Bujías, y a Trípol,
consiguiendo sus proezas
arrancadas las raíces
de la Mahometana seta
en el África plantar
la fe Católica nuestra
pasando después a España
(por la muerte de la Reyna
Católica) gobernó
la Monarquía, en ausencia
del Católico Fernando,
hasta que en sus manos mesmas
juró Phelipe primero,
a quien la parca severa
cortó el estambre vital
tan presto, que en su grandeza
le logró apenas España,
cuando perderle fue apenas.
En él cumpliéndose toda
la profecía de aquella
anciana mujer, que dijo
mirándole, que más tierra
difunto caminaría.
que no vivo; pues la Reyna
Doña Juana enamorada
aun de sus cenizas yertas
en una caja le trajo
atribuyendo a clemencia
el pueblo su amor, que aun no
están las personas viejas
libres, de que nuestra atención
del vicio parezca.
Por la Reina doña Juana
fray Francisco a la eminencia
volvió del gobierno, hasta
que intitulándose en ella
Carlos Rey de nuestra España
con poderes de su Alteza,
y común aclamación
hoy a Castilla gobierna
con tal gloria, tal aplauso,
tal acierto, y providencia
que por él se ve ilustrada
toda España, la nobleza
gustosa, la común plebe
en sus alivios contenta,
y en sus mayores tumultos,
(que es lo más) Castilla quieta,
sus tributos minorados
desempeñada la hacienda
Real, y todos confesando,
que Dios su vida conserva,
pues no vive para sí,
sino es para conveniencia
de España, y de sus vasallos,
pues magnánimo remedia
en su miseria al que es pobre,
al enfermo en su dolencia,
a la viuda en su dolor,
a la huérfana doncella
en su desamparo, siendo
admiración que su atenta
vigilancia, sin faltar
a la continua tarea
del político gobierno
asistir a todo pueda,
pues haciendo cada día
estas fundaciones nuevas
de conventos, de hospitales,
añadiéndoles más rentas
a los ya fundados, dando
más riquezas a sus Iglesias,
y sirviendo para todos
(como antes dije) no deja
de servir para sí mismo,
pues tantas las penitencias
son, que hace, y tan notorias,
que sabiendo la aspereza
de su rigurosa vida
el gran pastor de la Iglesia
León Décimo, le ha mandado
pena de santa obediencia,
que en sus mortificaciones
cese, y que no se abstenga
de manjares regalados,
porque su mucha edad pueda
mantener, pues hasta aquí
siempre comió de abstinencia
observando religioso
los preceptos de su regla,
y de suerte, que no hay cosa
que ame más que la pobreza,
Con tanto desasimiento,
que en sus mayores grandezas
nada para sí codicia,
nada ama, nada desea;
mas solo al partir me dijo,
que si a alguna cosa, en esta
vida, tenía cariño,
era a Orán, pues con certeza
sabía que la fe nunca
podía faltar en ella.
(Aparte.)
Bien a su eminencia paga
Orán tan grande fineza,
pues vive en los corazones
de todos, de tal manera
que no hay quien copia o retrato
de su persona no tenga,
en su casa, porque sirva
de estar viendo al que respetan,
y yo a mi pesar le tengo.
Mucho mi afecto se alegra
que le tengan tal respeto.
Vuestra excelencia, señor, venga
a Orán, porque de la plaza
se le haga luego la entrega.
Pues a palacio guiad.
Hoy ha de honrar vuestra excelencia
mi casa, pues la ciudad,
no juzgando tan apriesa
que vuestra excelencia vendría,
se le está con diligencia
previniendo.
Mucho estimo,
que adelantado se hubiera
mi viaje, don Fernando,
para que mi afecto tenga
tan presto qué agradeceros.
Tomo hoy la enhorabuena
de que halle mi rendimiento
en que le honre vuestra excelencia.
(Vanse.)
Vamos, señores.
Don Luis.
Don Juan.
¿Qué me ordenáis?
Ve adelante acompañando.
Que avisarle no pudiera.
Hablarme quiso don Juan,
pero ya entendido queda.
De don Juan me informaré,
porque ha sido la pendencia,
porque si no es por su hermana
daré al conde al punto cuenta.
Que es cualquier desazón, mucho
embarazarme pudiera,
cuando estoy con Barbarroja
tratando mis confidencias.
(Vanse todos, y salen el hermano Bentosa, el Capitán Estrada, anciano, y una viuda, y un hombre con memoriales. Texto original tachado: un Capitán, soldado anciano, una viuda, y dos hombres. Corregido entre líneas. )
Esperen, que ya saldrá
su eminencia a dar audiencia.
Tarda, cansa la paciencia.
Pues ¿qué hace, que no se va?
Porque le tengo que dar
este memorial por mí.
Pues ¿piensa que no hay aquí
más que llegar y besar?
No puedo acabar conmigo,
esperar, que soy soldado.
Con eso no habrá esperado
con su vida al enemigo.
Sí, he esperado, y con respeto.
Muy bien lo sé, que en Orán
le conocí capitán,
pero ya es soldado viejo.
Allí hizo notables rizas
el hermano Ventura.
Como que
en dos horas despaché
más moros que longanizas.
Pasaje marcado para supresión con líneas verticales y horizontales
Allí mi esposo murió,
¿Y por eso a pretender
viene, hermana?
¿Qué he de hacer,
si tan pobre me dejó?
Sí, cuanto a pique de ser
ha llegado a merecer.
que tiene que pretender
quien ha llegado a enviudar.
quedar sin marido, crea
que no es fortuna.
Que yo
no vi mujer jamás
que lo mismo no desea.
pero su eminencia sale
a dar audiencia en esta sala.
Córrese la cortina. Sale fray Francisco.
Hermano Ventura.
Padre.
Diga que llegando vayan
los pretendientes, señor;
ya en vano pueden mis flacas
fuerzas resistir el peso
que sobre mis hombros carga
la causa que me obligó
a que el gobierno aceptara
tercera vez; fue, Dios mío,
la gloria que os resultara
a vos mismo, en que estos reinos,
donde vuestra fe ensalzada
tanto se mira, hubieran
en tan deshecha borrasca
quien alumbrado de vos
inquietos los gobernara.
por vos, Dios mío, lo hice
no por ambición humana;
pues razón será, Señor,
que me aliviéis de esta carga
permitiendo ya, que Carlos
a gobernar venga a España:
¿No llegan, hermano?
¿Cómo
han de llegar si se para
usencia a los varios altos
desde los bajos con tanta
admiración?
Lleguen, pues.
Veneración verle causa.
Cincuenta años ha, señor,
que sirviendo al Rey se halla
mi persona, y ya cargado
de enfermedades y canas,
para retirarme pido
que su Majestad me haga
alguna merced, con que
pueda volverme a mi casa,
relación de mis servicios
este memorial os haga.
Demás, deja el memorial,
que tengo noticias hartas,
señor, de vuestros servicios,
Ya sé que habéis en Italia,
en Granada y en Orán
servido con mucha fama;
por señas, que os di yo mismo
(cuando se ganó la plaza
de Orán) una compañía
de las que dejé formadas
para su defensa.
Y es cierto
de que os vuelvo a dar las gracias.
¿Cuánto ha que de Orán salistes?
Solo ha, señor, seis semanas.
¿En fin queda Barbarroja
en inquietarnos la playa?
Cada día con su gente
anda en hacer entradas,
y temo...
Nada temáis,
que Dios es quien a Orán guarda.
Vueselencia allá me envíe,
que mi valor solo basta
para hacer a Barbarroja
en dos días barba cana.
Dadme el memorial, y aquí
esperad un poco, Herrada.
El capitán Diego Osuna,
mi marido en una entrada,
que en Orán hizo el alarbe,
murió quedando mi herman a, tan postrada,
enferma, viuda y pobre
sin más remedio en sus ansias
que la real merced que espera
que su Majestad le haga
viendo su necesidad.
Bien entona la plegaria.
En tanto, que se consigna
alguna cosa en las arcas
reales, la socorreré
de mi hacienda, porque basta
que le falte su marido
sin que todo le haga falta.
tachado en recuadro: Sí. Desde que enviudó estará la pobre ya acomodada.
Llame, hermano, al limosnero.
A llamarle voy.
(Vase.)
Son tantas
las limosnas que hoy se han dado,
que a sentir cierto llegara
no tener, que poder dar,
pues se me enternece el alma
en viendo un pobre.
Sale un hombre 1.º
Salen el limosnero y Ventura.
A mi padre
Don Juan Álvarez de Ayala
le hizo su Majestad
por sus servicios y hazañas
la merced de una encomienda,
murió casi sin gozarla,
y por sus servicios pido,
que su Majestad me haga
la propia merced a mí.
Ya está esta encomienda dada.
¿La encomienda, señor?
Sí.
Si de morir ahora acaba
mi padre, ¿cómo es posible?
Como el capitán Herrada
ha que la está mereciendo
cincuenta años en campaña.
Mirad, si Su Majestad
se la podrá tener dada.
Los hábitos y encomiendas
se hicieron con justa causa
para los que contra infieles
las merecen con la espada.
Merecedla vos, señor,
sirviendo con vuestras armas,
porque se os dé de justicia
lo que ahora pedís de gracia.
Quedo, señor, advertido,
y yo haré que mis hazañas
la merezcan.
Entre tanto,
ponga a calentar el agua.
(Vase)
Corrido voy.
¡Qué justicia!
Todo es aciertos.
Proveída,
de esta encomienda Su Alteza
os hace merced, mañana
id a la secretaría
donde hallaréis despachada
la cédula en toda forma.
Beso, señor, vuestras plantas.
Al Rey las gracias le dad,
que yo en esto no hago nada,
pero encomendadme a Dios.
Yo os doy, señor, la palabra,
de hacerlo toda mi vida.
(Vase)
¿Y el limosnero?
¿Qué manda
Vuestra Eminencia?
Decidme,
¿acaso tendréis en casa
con qué poder socorrer,
temiendo estoy no lo haya,
la necesidad de una
pobre viuda?
Aunque son tantas
las limosnas que habéis hecho
ahora, señor, fui a las arcas
donde tengo vuestras rentas,
e imaginando encontrarlas
sin ningún dinero, llenas
las hallé todas de plata.
¿De plata? La flota vino.
¡Qué maravilla tan rara!
Con que así librar bien puede,
vuestra Eminencia con grata
caridad cuanto gustase,
pues la providencia sacra
de Dios no solo se aumenta
sus rentas, con tan extraña
ventura; pero le da
con liberal mano franca
para que al pobre socorra.
¿Qué decís? Rendidas gracias
por tanto favor, Dios mío,
os da mi humildad postrada.
Dadla doscientos ducados.
Deja que bese tus plantas,
varón justo.
Al cielo solo
agradezca merced tanta.
No los gaste en perendengues.
Soy viuda.
Por esta causa
los gastaba, que las viudas
ya se usan arreboladas.
Vase la viuda y el limosnero.
Dale memorial.
La devota cofradía,
señor, de la Inmaculada
María, Señora nuestra,
en su ser puro de gracia,
de quien sois el fundador,
por este os pide que vaya
vuestra eminencia esta noche
a la junta, donde aguarda
la deis sus constituciones.
Vase el hombre 2º.
Iré de muy buena gana;
hermano Ventura...
Padre.
Benedícite, ¿qué manda?
A prevenir vaya al punto
una carroza, en que salga,
que, aunque me quedan que ver
tantos memoriales, tantas
consultas, el breve tiempo
que mis fervorosas ansias
emplearen en la junta,
será preciso que haya
de quitársele al descanso
esta noche.
Buena gracia,
diga, padre, ¿cuánto duerme?
Harto, hermano, en tanta carga.
Más duermo yo en una hora
que usencia en cuatro semanas.
Vaya, que anochece ya.
¿Y digo, da limonada
la cofradía?
No sea ignorante.
¿Y da horchata
de Esquivias?
Vaya por Dios.
Pues no voy, si no regalan.
Vase.
Soberana María,
a vuestra gran pureza
consagro mi terneza;
aquesta cofradía
y a vuestra concepción, mi fe constante
en corazón consagro el más amante
A el misterio sagrado
de vuestra limpia y pura
preservación, procura
mi afecto enamorado
que en él la devoción más se acreciente,
y más cultos le rinda la fe ardiente,
para que yo le pueda
conseguir aliviado.
De este afán y cuidado
vuestro ruego interceda,
como de amado hijo, y Dios eterno
me alivie de la carga del gobierno.
Incapaz ya me veo
del peso, y cada día
mi aliento desconfía
de mí mismo, pues creo
que nada acierto, y todo soy temores,
dudas, fatigas, ansias, y dolores.
Y así, Virgen, pues puede
Conmovióselo tanto
vuestro ruego, pues cuanto
le pedís os concede,
por mí pedid, que inútil me confieso,
que me ayude a llevar tan grave peso.
Baja una niña que hace a la Virgen vestida de concepción, y dos ángeles en dos apariencias cantando.
Fía, fray Francisco, fía
en María soberana,
que es en tus tribulaciones
para con Dios tu abogada.
Que si el peso no pueden
llevar tus amantes ansias,
a su propio hijo el gobierno
por ti su piedad encarga.
Fía y descansa,
que ya por cuenta corren
de Dios tus ansias.
Sube fray Francisco en un escañillo.
¿Qué es lo que mis ojos ven?
¡Qué gloria tan soberana!
Francisco.
Señora mía.
El amor con que me amas,
y al puro misterio tienes
de mi concepción sagrada,
te viene a premiar mi amor.
Por ti, y a mi inmaculada
pureza logra en obsequios
fervorosas alabanzas,
y así a mi hijo por ti
de tus ruegos obligada
le han pedido mis afectos
te ayude a llevar la carga
de este gobierno, confía
que cuando más fatigadas
se hallen tus fuerzas, verás
tus fatigas aliviadas.
¿Cómo a un humilde gusano
hacéis mercedes tan altas?
Porque es digna tu humildad
de honras tan soberanas.
Fía y descansa,
que ya por cuenta corren
de Dios tus ansias.
Súbense las apariencias y baja fray Francisco.
Aguarda, espera, divina
Aurora.
Sale Ventura.
Padre, ¿a quién llamas?
Al alba que se ausentó.
Pues el coche ya le aguarda,
ofrézcasele, y verás
cómo a oír coche se para.
Sin mí estoy, vamos, hermano.
Ello voy de mala gana
a una cofadría, donde
los cofadres no dan nada.
Vanse y tocan cajas y clarines, y salen el Conde de Alcaudete, y don Luis, y Calahorra.
Solo, don Luis, fiara a vuestro aliento
mi obligación, mi saña y mi ardimiento,
la empresa a que os envío,
pues conozco vuestro mucho brío
salir a castigar de Barbarroja
la altiva presunción, con que se arroja
Caja.
a dar vista a esta plaza, no advirtiendo,
que soy yo quien atento la defiendo.
Mucho estimo, señor, a Vueselencia
que haga de mis alientos experiencia,
ya Barbarroja espero
traérsele a sus plantas prisionero,
donde tenga el castigo merecido,
de que estando aquí vos, se haya atrevido
tan presto con su gente,
a inquietarnos a Orán.
Aparte.
Tan insolente
es, señor, que con nadie no se ahorra,
mas allá va el sargento Calahorra
y de un Barbarroja he de traerle,
(harto diera mi miedo por no verle.)
En nombre del Rey os hago
merced, don Luis, de este tercio
para que a esta facción
salgáis por mí con tal puesto.
Beso, señor, vuestras plantas.
¿Conque reformado quedo,
y no soy sargento vuestro?
Mas lo que os pido es que luego
marchéis; pues ya prevenida
la gente estará.
Al momento
me partiré.
A don Fernando
le debéis mucho, pues viendo,
que yo salir no podía
(siendo tan mío el empeño)
por causas, que hasta averiguarlas
hacer públicas no puedo,
al instante me propuso
vuestra persona, atendiendo
a vuestro mucho valor.
Yo, señor, se lo agradezco.
No es muy buena su intención,
mas ya cumple con ser suegro.
Y mirad, don Luis, que yo
tomé la mano en el duelo,
que tuvisteis con don Juan
su hijo.
Ya estoy en ello,
señor.
Pues a preveniros
id al punto, que yo espero,
que habéis de volver triunfante.
O no volveré, es muy cierto,
si a Barbarroja no os traigo.
Pues, ¿adónde vais?
Cumpliendo
con la obligación, señor,
de acompañaros mi afecto.
La casa de don Fernando
tengo aún por alojamiento,
y ya dentro de ella estoy.
Adiós, pues.
Vase el conde.
Ya os obedezco.
¿Calahorra?
¿Qué me mandas?
¿Cómo pudiera mi afecto
despedirse de doña Ana?
Como entrándose allá dentro,
puesto está en casa de su padre;
mas a este recibimiento
ella sale.
Soy dichoso.
Conforme quisiere el viejo.
pues se huele de cien leguas,
que aun el olfato es de perro.
Salen doña Ana e Inés.
Hermosa doña Ana mía,
ya de mis injustos celos
creo que a mis persuasiones
se acusa de amor satisfecho,
pues lo que a Isabel hablaba
contigo hablaba mi afecto.
Aunque le está a mi altivez
también, don Luis, el creeros
de parte de mi pasión,
persuadirme en vano puedo;
pues cuando se satisfacen
en mí estos leves recelos,
tantas las desconfianzas
con que me están desmintiendo
vuestra fe, que a persuadir
a mis temores no acierto
si son falsas las sospechas
o es vuestro amor verdadero.
¿Desconfianzas de mí?
Sí, don Luis.
Otra tenemos;
¿cuándo hay gusto en los amantes,
si siempre han de andar riñendo?
Ahora sabes, Inesilla,
que el amor en sus empleos
por un instante de gloria
da muchísimos de infierno.
Declárate, que en la duda
se apuran mis sufrimientos.
Inés.
Señora.
Ten cuenta
si viene mi padre.
Harélo.
Al paño Inés y Calahorra.
¿De qué nacen, dueño mío,
tus desconfianzas, viendo
que te adoro tan rendido?
De que mientras tus afectos
más me acercan a ser tuya,
estoy de serlo más lejos.
¿Más lejos, doña Ana mía?
Sí, don Luis; pues con el duelo,
que tuviste con mi hermano,
aunque se está persuadiendo
mi padre, no fue por mí,
son mayores sus desvelos.
¿Qué puedo hacer yo?
¿Qué puedes
hacer, amante y resuelto,
pidiéndole ya mi mano?
Si licencia para hacerlo
jamás me has dado, no culpes
por tibiezas los respetos.
¿Me la has pedido tú?
No.
Pues si ni amoroso ruego
no me la pidió, no digas
que no te la dio mi afecto.
Digo que tienes razón,
y por ahora la tengo,
yo te ofrezco de mi parte
buscar tan presto los medios,
que a no estar mi marcha ya
dispuesta que fuera luego.
¿Tu marcha? Pues, ¿dónde vas?
A castigar va mi aliento
de Barbarroja el orgullo.
Tachado: mas aqueste sentimiento
¿Qué dices? ¡Válgame el cielo!
El conde de mí ha fiado
esta empresa, de que debo
estarle reconocido;
¿más de qué te asustas?
¿Puedo,
dejar, don Luis, de asustarme,
viéndote salir a un riesgo?
¿De mi valor desconfías?
No desconfío; mas temo
de parte de mi desgracia,
no de parte de tu esfuerzo.
No temas, que tu hermosura
me asegura el vencimiento,
pues que te llevo conmigo.
Todos son sustos mi afecto.
Señora.
Don Luis.
Tu padre.
Don Fernando.
Di, ¿qué haremos?
Retirarme, don Luis, yo,
que tú puedes tus recelos
asegurar, con que sales
de hablar al conde.
Se apresta.
Mas no te vayas, si acaso
se entra a tu cuarto, que quedo
oculta de estos canceles.
Escóndense doña Ana e Inés, y sale don Fernando.
Estoy, doña Ana, en hacerlo.
Ya el odio, que a don Luis
por tantas razones tengo,
me vengará Barbarroja.
pues al conde le he propuesto
para esta facción, por ser
tan evidente su riesgo,
seguro puedo ya estar
que no he de volver a verlo.
Mas ¿no es él?
Miren qué cara
de renegado le ha puesto.
Don Luis, si al gobernador
tenéis que hablar, os prevengo
que a la plaza de armas sale;
buscadle en ella, advirtiendo
que no gusto que mi casa
frecuentéis con ese intento.
No busco al gobernador.
Pues, ¿a quién?
A vos os vengo
a buscar.
¿A mí?
¿Qué mucho?
Vea doña Ana si puedo
hacer de mi parte más.
¿Qué intentará, don Luis, cielo!
¿Qué me queréis?
Calahorra,
ve allá fuera.
Obedezco.
Vase.
Ya estamos solos, decid.
No dudo que a atrevimiento
tendréis, señor don Fernando,
que yo llegue a proponeros
Por mí mismo una materia
en que siempre busca el ruego
para excusar el desaire
la autoridad de un tercero,
pero siendo como sois
tan ilustre caballero
no podréis desestimar
cuando yo no desmerezco
por mi sangre y calidad
nada, que sea yo mesmo
quien tercero de mi amor
hoy haga a mi rendimiento.
Ap.
¿Dónde irá esto a parar?
su osadía estoy temiendo.
Vuestra hija, y mi señora
Doña Ana.
Ap.
Ap.
¡Ay, tan gran despecho!
no paséis más adelante:
no eran falsos mis recelos
mas como quiere a Isabel;
pero no es del caso esto.
Ap.
Temiendo estoy su respuesta.
La ira estoy reprimiendo:
muy buena elección, D. Luis,
vuestro amor hubiera hecho,
si yo intentara casar
a mi hija; mas no tengo
intento ahora; y así
borradlo del pensamiento.
¿Cuándo ahora desmerecí
que me deis señor, os ruego
esperanza.
Ap.
¿Qué llamáis
esperanza? Vive el cielo
que la paciencia me falta.
Vais hacer de mí desprecio,
y merezco, vive Dios.
Lo que merecéis; supuesto
que me apuráis, he deciros,
que no gusto de ello,
y así en esto no me habléis.
Vase, y sale D. Ana
Que haya tenido paciencia
para oír tantos despegos
que a darme muerte no baste
en mí tan gran sentimiento.
Ya has visto, que de mi parte,
hermosa Doña Ana, he hecho
cuanto he podido.
Don Luis.
Ya ves lo que te debo,
y que nací desdichada.
No digas que puede serlo,
cuando sabes que te adoro
con tan constantes extremos,
que aunque tu padre lo impida,
aunque el mundo sea mi opuesto,
o has de ser, Doña Ana mía,
o aqueste vital aliento,
que a merced de tu hermosura
está animando mi pecho,
han de perder mis porfías,
mis ansias, y mis despechos.
Agradecida a tu amor
lo mismo, Don Luis, te ofrezco.
Caja
pues mi vida ha de ser tuya,
o, no, ha de ser mía; pero
qué es esto?
Tocan dentro una caja a marchar.
Que ya a marchar,
me están llamando los ecos
de la caja.
Qué desdicha!
Qué ansia!
Qué desconsuelo!
En fin, don Luis, que te vas?
Faltar, doña Ana, no puedo
a mi obligación.
Qué pena!
Válgate con bien el cielo.
Adiós, mi bien; pero, lloras?
No he de llorar, si te veo
salir a un peligro, cuando,
con tantos pesares quedo?
Vuelven a tocar.
No temas, doña Ana, el mío,
pues ya te he dicho que llevo
por adalid tu hermosura,
y ningún peligro temo;
pero la caja otra vez
está llamando mi esfuerzo.
Don Luis, a marchar.
Doña Ana,
a lograrse el vencimiento.
Darse, don Luis, a campaña,
que, en tanto que a verte vuelvo,
serán dos mares mis ojos
donde se cobre mi aliento.
No enternezcas con tu llanto,
más mis ansias, cuando el pecho
para no sentir tu ausencia
quisiera tener de acero!
Adiós, pues esto es forzoso.
Adiós, pues es fuerza esto.
Fin.
Córrese una cortina, y aparécese asentado fray Francisco Jiménez junto a un bufete, en que habrá recado de escribir, leyes, memoriales, y un Cristo crucificado, una calavera, y un reloj de arenas, y deja de escribir.
Toca la calavera.
Oh, mortal ser, que rendido
de poco cansancio al ceño
te acuerda la muerte el sueño,
se acerca el sueño al olvido:
comúnmente parecido
llaman el sueño a la muerte;
mas si la razón advierte,
todos los comunes modos,
la muerte que aduerme a todos
sea la que me despierte.
Espejo del desengaño,
cuya limpia claridad
muestra viva la verdad,
y cadáver el engaño.
Copíame, y mi sueño extraño
quede en ti desvanecido,
mas por qué necio te pido,
siendo el espejo más cierto,
que tú me copias despierto,
si me miro en ti dormido.
No me puedo resistir
al sueño, y no decretados
vuelca el reloj
pone los memoriales sobre la peana del Cristo
los negocios señalados
tengo de hoy podré decir
en disculpa de dormir,
una vez que fue concierto
de las que no dormí, es cierto
pero podrán responderme,
que aquel por quien el Rey duerme
debe estar siempre despierto
diré que lidié, aunque en vano
con el sueño pues venció,
y que no es mucho que yo
siendo un humilde gusano
pague los feudos de humano,
pues me rindo esto diré,
pero antes suspenderé
este reloj transparente
porque las horas no cuente
que a mi obligación falté.
y a vos Jesús mío os pido,
que pues estamos los dos
vos despierto siempre Dios
hombre yo siempre dormido
que no quede suspendido
por mí el despacho y pues es
todo divino interés,
la Justicia que os dispongo
estos memoriales pongo.
Jesús mío a vuestros pies.
Y pues que eres verdadera
Imagen del ser humano,
desde que perdiste el vano
verdor de tu primavera
sírveme de cabecera
para que aprisa despierte
en tu memoria con verte
mi sueño, y contento horror
será mi despertador
la memoria de la muerte.
quédase dormido y pasan dos ángeles encontrados por la medianía del teatro cantando.
Duerme, duerme
porque tal vez descanse,
quien vela siempre.
Duerme, varón insigne
que Dios, que veas quiere
que te premia dormido
el tiempo que no duermes
En tu dura fatiga
tener Dios por ti ofrece
esta vez el cuidado
que tú por Dios tuviste tantas veces.
Y así los memoriales
que hoy a sus pies previenes
hallarás decretados
con los mismos decretos de tu mente.
Pues cuando Dios, Francisco,
tu corazón no viese
siempre Dios decretara
como el que la Justicia nunca tuerce.
chirimías y desaparecen.
Duerme, duerme,
porque una vez descanse, que vela siempre.
tachado: Cis.
se levanta
No acabo de despertar
Que estos tontos pretendientes
no se quieran persuadir
a que son hombres los jueces,
y a que han de tener sus horas
de descanso; impertinentes,
¿cómo esperan buen despacho
del que están moliendo siempre
no dejándole comer
ni dormir? Y ¿hay quien desee
estos puestos en el mundo?
Pues yo, si fraile no fuese,
antes que soldán de Egipto
fuera mozo de cordeles.
Dormido está nuestro Padre
al afán de los papeles,
no le quiero despertar.
Una sola vez que duerme,
mas siendo hora del despacho
que aguardan los pretendientes
ha de sentirlo, pues nadie
mayor agrado le debe
que el que le dispone a que
los negocios no le esperen.
Y así, yo le llamo: Padre.
Despierta.
¿Qué es, hermano, lo que quiere?
Decirle, Padre, que es hora.
¡Pobre de mí!
Y qué de gente
está la secretaría
llena ya.
Va tomando los memoriales de la peana.
¡Oh, ladrón dos veces,
sueño, que robas la vida
y la obligación suspendes!
Toma la pluma y déjala.
De rodillas.
Levántase.
Aguarde un instante, hermano,
porque despachados queden
estos memoriales; pero,
¿qué nuevo favor es este?
Todos están decretados.
Mas ¿por qué admirarme debe,
que lo que a Dios le encargué,
este despacho hubiese,
y aunque yo duerma, por mí
está Dios despierto siempre?
Gracias, oh sumo Señor,
a vos por tantas mercedes
como hacéis a mi humildad;
felices los pretendientes
que de la recta Justicia
de Dios su despacho tienen.
Llame aprisa al secretario.
El Padre pienso que viene
con un pliego.
Que entre,
dígale, hermano, que llegue.
Sale el secretario con un pliego.
Vuestra Eminencia, señor,
me dé los pies.
¡Gran bonete!
¿Y con qué andará después?
Dígame, ¿qué pliego es ese?
Señor, del pesquisidor
que Vuestra Eminencia tiene
en Talavera.
Ya sé,
porque es justo que me acuerde,
que contra mi persona fue.
de mi enviado, a que viese
y averiguase si culpa
tiene, y contra él procediese
Don Sancho de Villarroel
mi primo en hacer las leyes
de la justicia, según
los que se quejan pretenden.
Señor, el señor don Sancho
obrará como quien tiene
sangre de vuestra eminencia.
Lee.
Deme el pliego, y eso deje,
que si bien hubiere obrado
habrá sido mi pariente
y yo habré acertado en darle
la alcaidía que posee,
y si hubiese obrado mal
ni mi sangre ha de valerle,
ni yo en darle habré acertado
aquello que no merece.
Cumpliendo con mi obligación, y atendiendo al celo, con que
vuestra eminencia mira las materias, que pertenecen
a la justicia, he sustanciado el proceso, contra el señor
don Sancho de Villarroel primo de vuestra eminencia
alcaide de la fortaleza de Talavera, casas arzobispa-
les, y juez en la jurisdicción temporal, y hallando justi-
ficadas las querellas, de los que de su injusticia a vues-
tra eminencia se quejaron; me ha parecido no resolver
nada, antes de representar a vuestra eminencia los muchos
servicios de este caballero, y la calidad de su persona,
y autoridad de su parentado; pues aunque las leyes
se hicieron iguales para todos en semejantes casos las suele
desigualar la buena política.
Y fuera bueno que yo
el estilo permitiese
de que a la justicia venzan
políticos intereses:
Antes, señor,
que vuestra eminencia intente
resolver de que don Sancho
es primo suyo se acuerde.
Yo soy juez, y el que ha de dar
lo que a la justicia debe
de las humanas pasiones
ha de estar desnudo siempre.
Pariente don Sancho es
de fray Francisco Jiménez,
y aunque fray Francisco sienta
su castigo, no le siente
de Toledo el arzobispo,
que es a quien le pertenece
castigar este delito,
que solo son de los jueces
la justicia, y la razón,
los inmediatos parientes.
Sirva, de que los que vean
que supe castigar a este
porque faltó a la justicia,
viendo que a otros mantiene
mi dignidad en los puestos,
que ellos por sí se merecen,
aunque mis parientes son
dirán que no los defiende.
mi pasión sino sus obras,
pues que castigado viene
a uno porque no obró bien.
Conocerá si es prudente
en los que viere premiados
que cumplen con lo que deben.
Y así el juez pesquisidor
le responderá que deje
desposeído a don Sancho
de los honores que tiene,
por definitivo fallo,
para ahora, y para siempre,
sin que mi sangre le indulte,
pues la justicia lo quiere,
que es lo que solo le encargo;
y más que si mereciere
en la persona castigo
proceda según las leyes.
No se ahorraba con su padre.
Señor.
No hay que detenerse,
que esos puestos, que don Sancho
trató con juicio imprudente,
me están dando mucha prisa
de que mejor los emplee.
Voy al punto.
Tome, y antes
estos memoriales lleve
a que los aguardan, y mire
aunque disgustados queden
de estos que yo decreté
con razón los pretendientes.
si de esto no se disgustan
dígales, que no merecen
nada más de los que llevan,
y que contentarse deben,
porque estos los decretó
quien engañarse no puede.
Sí haré; misterio hay en esto.
Ahora entro yo lindamente:
¿había, padre mío, acaso
para un nuevo pretendiente
una audiencia desechada?
¿Pues el hermano pretende?
Sí, padre.
Sus pretensiones
todas de gracia ser suelen,
y yo solo hago justicia.
A la Reina de mí apele,
que en Tordesillas está,
por quien el Gobierno tiene
de España mi obligación,
en tanto que a España llegue
el mancebo Carlos Quinto.
que dilatarse no puede,
pues ya al mar bruman los hombros
los deseados bajeles;
Dios mío, facilitad su llegada,
porque de este
peso del gobierno pueda
sacudir mi espalda senil,
que es mucha carga, Señor,
para quien fuerza no tiene
y para quien cuidadoso
aunque llorar bien pretende,
reparar en lo que hace,
que no hace lo que debe.
Justicia era, Padre mío,
lo que pido, si quisiere
escucharme.
Diga, hermano.
En el margen izquierdo, tachado con líneas verticales y diagonales:
Escúcheme.
Diga.
Que mande que se destierren
estos sombrerazos
grandes
con que los hombres pa-
recen
lanzas con una cabeza.
Lo siguiente se encuentra tachado en el texto principal:
Que mande que se destierren
estos sombrerazos grandes
con que los hombres parecen
lanzas con una cabeza
cada una de Holofernes;
pues luego que son baratos,
pues luego si se humedecen,
que sí parecen aletas
de pollino cuando llueve;
pues luego que huelen bien.
En un recuadro a la derecha, escrito en vertical y también tachado con un aspa:
Sombrilla luego al punto
con que las damas parecen
por lo hueco y lo viudo
el velo sobresaliente;
llevar un aire sereno
que le cerca o lo guarnece,
donde sirve encuentra un vaivén
espumilla que no quiebra.
Esos disparates deje,
y dígame qué ha sabido
de Orán.
Calahorrilla suele
escribirme, Padre mío,
que les va famosamente,
y que está la ciudad rica
con los socorros que deben
a vuestra eminencia todos.
Dios es quien los favorece,
acrecentándome a mí,
amoroso y providente,
las rentas, para que acuda
a lo que servirse puede.
Y aunque ahora Barbarroja
por tierra y por mar intente
ganar a Orán, no podrá,
porque Dios a Orán defiende;
y aun puede ser que la vida
el vano intento le cueste.
Mas ¿qué dice don Luis de Cárdenas?
Que la peste
no es tan mala, aunque tan noble,
tan soldado y gran valiente.
Dios le haga bueno.
Del vicio,
don Fernando dice a veces,
que con enjundias de pollas
encarga que le lardeen
lo que se asa para él.
¿Y qué en eso decir quiere?
Que tiene asco del tocino,
y esto, Padre, les sucede
a los que la ley profesan
que profesó Muley Hueque.
Prevéngame al limosnero.
(Vase.)
Voy, Padre.
Cuidado debe
costarme que don Fernando
tampoco de mí se acuerde,
que no me escriba, debiendo
temer que pesarle puede
en haberle hecho cristiano;
o ¡válgame Dios si fuere
este olvido suyo, en odio
de seguir la ley que debe.
Sí.
¿Qué escucho? ¿Será aviso
este que acaso parece?
Sí.
Entre las líneas aparece añadido: "su Eminencia lo dice"
Si yo de creer hubiese
aviso lo que fue acaso,
yo me obligaba dos veces,
pero aunque cuerdo no deba
creer estos accidentes,
no los debo despreciar,
cuerdo, y para salir deste
temor, tengo de escribir,
o al conde de Alcaudete,
y si sobre la materia
en duda me respondiere,
tengo de volver a Orán
otra vez, y otras mil veces,
porque no se pierda un alma
que conocimiento tiene
ya de Dios, y del bautismo
la gracia desaproveche;
pero ¿qué ofrezco, si ya
los penosos accidentes
de mi vejez a la puerta
llamando están de la muerte,
fuera de que si no olvido
el aviso que a Dios debe,
mi fin muy cercano está...
el plazo, que Dios me advierte;
malo me siento, Señor...
no que mi vida se augmente
pido, sino que el difícil
acto de morir acierte.
Vanse, y sale doña Ana, doña Isabel y Inés.
Volvió don Luis victorioso,
y con tan dichosa suerte
que dio a Barbarroja muerte.
Es el Luisillo famoso.
Cumplirá con su nobleza
don Luis.
También ha cumplido
que al general le ha traído
del pirata la cabeza.
¿Parece que te ha alegrado
su buena suerte?
En rigor
las acciones de valor
se oyen siempre con agrado.
¿Pésate a ti?
Mis recelos
se augmentan con su alegría
no me pesa, Isabel mía.
Esto huele un poco a celos.
Ni desesperarme, pues
desear fama he debido
a hombre que mi esclavo ha sido.
Y no dices que lo es.
Libróle de la prisión
como todos.
Sé bien esto,
y también que quedó presto
su albedrío en tu pasión.
El siguiente pasaje está tachado en el manuscrito:
¿Mucho sabes?
Mucho no,
pues sé por comunes modos
lo que saben todos.
¿Todos?
Pues más que todos sé yo.
¿Qué?
Que quedase en Orán,
no pienso que fue por mí.
Pues ¿por qué, doña Ana, di?
Mas si estas se averiguaran...
No puedo decirlo.
No,
poco mi amistad obliga.
Tachado: Ana
¿Por qué?
De quien lo digo,
sabrás tanto como yo;
ni pienso que has menester
que mi Luis te lo diga,
porque si mi aviso, amiga,
te pudiera pesar...
Revientes.
Y que a don Juan
estime tu hermano, sé,
por qué se quedó en Orán
don Luis; y mira...
No, no,
que no se quedó por mí.
¿Eso piensas? Pues por ti
lo haría de dos ojos.
¡Ah, taimada!
Sé que quieres
a mi hermano, y él a ti.
Pues sabe que no nací
de las comunes mujeres
que en estilo sin asiento
hacen varios los semblantes,
queriendo a muchos amantes,
y no queriendo a ninguno.
¿Te has enojado?
No sé.
Mira que me das pesar,
Dame licencia, que quiero
bañarme.
Con mi hermano
logre la dicha de verte,
servirte.
Dame, Inés, el manto.
No se le des, por mi vida,
que te has de estar otro rato,
y por vida de don Juan...
Ya después de muerto el asno,
le asientan la cebada;
¿adónde dice el adagio?
Perdóname, Isabel mía,
y sabe que es tan tirano
de amor el imperio altivo,
que hace esgrimir los aceros;
mas ya debes de saberlo,
pues amas, y mira que amo,
y que los celos están
siempre al amor acechando;
tú eres bella, y de don Luis
está celoso mi hermano;
cuadra a don Luis, disculpa
mi temor en este caso.
Muy bien llamarse pudiera
esta confesión de plano.
Presumes que no entendí
los equívocos de cuando
te hablaba, hablando conmigo;
plática que hizo mi hermano
arrancó la mentira del suelo.
En el margen superior izquierdo: "no", subrayado, indicando la supresión de los dos primeros versos, que aparecen recuadrados.
que hasta hoy ha conservado
en ofensa de mi amor.
De ahí nacieron mis reparos,
y de ser amante mucho,
ser escrupulosa tanto.
Pues engañástete en todo.
Ya ves, amiga, mi engaño.
¿Traeré el manto?
No le traigas.
No se irá, que aún es temprano.
Cuéntame ahora por tu vida
lo que oíste en los aplausos
de don Luis.
Que victorioso
del ejército africano
volvió a Orán, y que de todos
su valor ha acompañado.
Con la truncada cabeza
de Barbarroja a Palacio
se encaminó, y esto digo
en paga de haber fiado
a mi amistad tu secreto,
pues tuve determinado
que ni blasones ni ultrajes
oyeses más en mis labios
de don Luis, por impedir
tus melindrosos cuidados.
¿Melindres llamas de amor
a los efectos tiranos?
¡Ay, don Luis, qué de fatigas,
qué de ansias y sobresaltos
me cuesta tu ausencia!
Pero,
señora, no haber enviado
a Calahorra, parece
descuido.
No hay reparo;
despierte, si está dormido,
el temor de mi cuidado.
Y el embustero bufón,
sin licencia de su amo,
no pudiera adelantarse.
Es Calahorrilla un menguado
que es un...
Sale Calahorra.
Ya Inesilla me honra;
a lindo tiempo he llegado;
pero aquí doña Isabel,
presumo que no he acertado
en entrar por el secreto
de este amor tan recatado,
que nadie le sabe, y pienso
que le cantan los muchachos;
mas yo lo remediaré,
señoras, desalumbrado
entré aquí pensando que era
la casa de más abajo;
perdonadme, y guarde os Dios.
Aguarda, que ese reparo
no tienes ahora que hacerle,
pues nada a Isabel recato.
¿Luego puedo hablar?
Bien puedes.
Pues de parte de mi amo
vengo a besaros los pies;
dame el que esté más a mano,
y perdona que las plantas,
no dije mal cortesano,
pues las que flores producen,
siempre plantas se llamaron.
Oigan, qué discreto viene.
Seas muy bien llegado,
¿cómo viene mi señor?
Hecho un Marte castellano,
tan harto de matar moros
como yo, que ya me llamo
Calahorra matamoros
por los que he despabilado.
¿A qué te envía?
A decirte
que, habiendo visto en palacio
a tu hermano y a tu padre,
amante ha determinado
que sepas de él por mi aviso
seguro de que embarazo
no tendría su llegada
a tu presencia, entre tanto
que en palacio detenidos
están tu padre y tu hermano.
Los siguientes ocho versos están tachados en el manuscrito.
Y así licencia te pide si le das licencia, ahora
de verse con el recato
de otras noches, esta noche;
responde, no sea el diablo
que
que acabando su consejo
los que en palacio quedaron
vengan hallándome aquí
a estorbarme los pasos.
¡Oh, matamoros!
Inés,
a los moros declarados
no les tengo miedo yo,
pero temo a los cristianos
en duda.
Dile a don Luis
que mi amor es fino tanto
que, en riesgo de honor y vida
no haciendo ningún reparo,
si mi licencia le puede
asegurar que le aguardo,
y que entre dos luces puede
venir sin que sea notado.
Diréle que en tu entrecelo
venga como lo has mandado,
que venir entre dos luces
es venir entre dos astros.
¿Conceptos, Calahorrilla?
Tal hambre halla, se ha parado.
Vete aprisa, y me perdona.
Llega a doña Isabel.
Porque hayas asegurado
de mi amistad tus temores,
perdona, doña Ana, el rato
que he estado sin ti.
¡Ay, señora!
¿Qué sientes, Inés?
Miedos, amor.
¿Podré salir?
No es posible.
¡Infeliz de mí!
Cuidado
no tengas, que pues la noche
viene, doña Ana, bajando,
y es preciso que a esta hora
me acompañen, no rehusando
yo su cortesía, queda
el paso desocupado
y podrá ese hombre salir.
Bien dices, y tú entre tanto
retírate a ese cancel.
A prisa que van entrando,
aprisa.
No más mensajes,
si de este sin leña escapo.
Escóndese y salen don Fernando y don Juan.
Sin mí vengo de pesar
que a Barbarroja ayudado
la muerte don Luis, y él vuelva
vivo a crecer mis cuidados.
Disgustado está mi padre.
Hoy que había deseado,
señor, que a casa volviésedes,
¿más aprisa has dilatado
más su venida?
Dudé
que fuese dichoso tanto,
que tal huéspeda la honrase.
Yo me honro con visitaros,
y a mi señora doña Ana.
Por cariños heredados
los Zegríes, y los Mazas
siempre amistad profesaron.
No hablas a doña Isabel,
don Juan.
La mira a lo zaino.
Si en mí pudiera ser nuevo
sacrificar al aplauso
de su deidad rendimientos
muchas veces explicados,
pudieras culparme, hermana,
haber esta vez faltado
a la obligación de atento,
y a la ley de cortesano;
pero debes advertir
que no viendo aprovechado
mi afecto con explicarle
para merecer tu agrado,
a mi silencio encargué
el oficio de mis labios,
Hablan doña Ana y don Fernando.
y lo que erré con acentos
quise enmendar con recatos.
Divierte a tu padre mientras
yo le respondo a tu hermano.
Sí haré, pero date prisa
y mira, que estoy temblando.
Al paño.
Un diablo de un estornudo
me ha tenido reventando,
y aun me tiene, y si me oyen
saldré de aquí muerto a palos.
¡Por Dios que aprieta, Inesilla!
No hagas ruido, mentecato.
Hayle menester, porque yo quiero
estornudar.
¡Ay tal asno!
Allá va, Inesilla.
Entróse Inés, y estornuda Calahorra.
Venga
con más de trescientos diablos.
¿Quién hizo, Inés, ese ruido?
Yo, señor, que he estornudado,
maldito seas.
¡Que haya
quien se esconda con catarro!
Sí, fuerza es acompañarla.
Bien, don Juan, desengañaros
pudiera, a no ser quien soy,
de este concepto bastardo.
en que tenéis mi fineza;
mas no puedo declararos
más de que no era conmigo,
con quien don Luis habló.
Y dado
que con vos no hablase, ¿quién
le respondía?
Negaros
no puedo que yo, mas no era
yo, por quien, si más declaro
a doña Ana, arriesgo mucho
y no poco a mí me falto.
Pues, ¿por quién?
Decid no puedo
más de que mi amor no ha dado
motivo a vuestro recelo.
¿Y lo que yo vi?
Fue engaño.
Mis ojos y mis oídos
¿se engañaron?
Se engañaron,
y que yo lo diga, sobra.
Mas no basta, porque...
Muchacho, ¿qué es esto?
El señor don Juan
que porfía cortesano
en acompañarme, y yo
que lo excuso reparando
cuánto dará que decir
ver a un galán tan bizarro
acompañando a una dama
de mi calidad y estado.
Esto era, señor.
Pues yo
promediaré en este caso
de modo que don Juan vaya
y que nadie murmurarlo
pueda, yendo con él,
sirviendo y acompañando.
De ese modo no replico.
¿Ella lo había pensado?
Es discreta.
A fe, Belisa,
que no os emendé yo tanto.
Mis criadas llama, Inés.
Ya están, señora, aguardando.
Yo a que me deis licencia.
Guarde os Dios muchos años
por la merced que me has hecho.
En cuanto por ti haya obrado,
cumplí con mi obligación,
pues tu amiga, bien mirado,
no tienes culpa de que
sea mi amor desgraciado.
Venid.
¿No venís, don Juan?
Sí, señora.
Vamos.
Vamos.
Venid, y veréis que presto
os dejo desengañado
de todos vuestros temores,
pues ya remedio he encontrado
para que sin hablar yo
halléis vuestro desengaño.
Quiéralo amor.
A don Luis
haré que oiga recatado.
Vanse y asómase Calahorra al paño.
¿Fueronse?
Sí, ya se han ido.
Sale Cal.
Hecha la lengua pedazos
tengo a puras mordeduras
por no estornudar.
Menguado,
Notable susto me diste;
pero no nos detengamos.
Ve presto, y dile a don Luis,
Sale don Luis.
Don Luis, que estaba esperando.
a saber, querido dueño,
llena el alma de cuidados
de esta dilación la causa,
la ocasión aprovechando
dichosa de ver salir
a mi padre y a mi hermano;
no ha menester que le digan
nada, pues dichoso en tanto,
que cuando a tu casa llega,
oye su nombre en tus labios.
Si más esperaras, más
oyeras de mi abrasado
corazón.
¿Qué más oyera?
Que más la voz se ha pasmado
de la alegría de verte.
Intérpretes serán claros
tus ojos de mis venturas.
Y también, don Luis, mis brazos.
¿Este sí es recibimiento?
Pues ¿qué quería el pazguato?
Que me abrazaras.
¿Yo, a un
gallina?
Es muy buen reparo,
porque tú, Inesilla, pienso,
que no abrazas sino gallos.
Inés, saldráste allá fuera
porque puedas avisarnos.
Él me espera en la calle.
Como yo no esté encerrado,
venga el mundo, que de todo
el mundo no haré yo caso.
Pues ¿en qué se fía?
En
las suelas de mis zapatos.
Vanse.
¿Cómo en mi ausencia se ha ido?
Ofensa haces a mi amor.
¿Hasme olvidado, señor?
Pues ¿cabe en mi amor olvido?
Si eso de mí has presumido,
súfreme, doña Ana, a mí
que solo piense de sí,
porque sin hacerte ofensa
nadie de otro amante piensa
lo que no sabe de sí.
No lo piense ni porfía.
Pues no injuries mi firmeza.
Creo, don Luis, tu fineza,
porque tú creas la mía;
A esto debe mi alegría
dejar el temor vencido,
pues aunque se haya creído
lo contrario a mi entender,
no puede nadie querer
si no sabe que es querido.
Amor es correspondencia.
Sale Inés.
Ya mi señor ha llegado;
retírese allí don Luis
que en metiéndose en su cuarto
podrá salir; pero ¡ay!
¿Qué, Inés?
Que viene cerrando
todas las puertas.
¡Ay triste!
Si te vio entrar.
El cuidado
pierde, que para salir
tengo aquí quien me abra el paso.
¿Mi vida?
Pues yo había
de ponerme sin ti en salvo:
¿qué se hizo Calahorra?
Echó a correr como un gamo.
Hizo bien.
Sí, que un gallina
solo sirve de embarazo.
Don Luis, no debe el suceso
de ser como le pensamos,
pues mi padre viene solo,
y, recogido, a mi hermano
deja en su cuarto; y si fuera
haberse visto, es muy llano
que de sí no le apartara.
Sea lo que fuere, el caso
me hallará dispuesto a todo.
Retírate, que llegando
viene ya.
(Retírase al paño don Luis, y sale don Fernando.)
Desde aquí atento
seré de tu vida Argos.
(A doña Ana)
Esta noche no ha de darme
el señor don Luis cuidado.
Cerradas dejo las puertas
para dormir con descanso,
aunque mis discursos quieren
que esté siempre desvelado.
Ya queda doña Isabel
en su casa, y yo cansado
estoy; recógete, hija,
y prevén tú a los criados,
que si fuere menester
abrir las puertas acaso,
yo
yo tengo todas las llaves
que me asisten en mi cuarto,
pues desde hoy soy el portero
de mi casa.
Ya es el caso
distinto del que pensé.
Vivamos, señor, vivamos,
que esto no es lo que creí;
preciso es, que este reparo,
nuevo, me obligue a pensar,
señor, que procede de algo
que te da disgusto.
Hija,
procede de dos cuidados.
Don Luis, sin duda es el uno,
¿cuál será el otro? Ya he dado
en él; fue el hombre buen mozo,
y no será buen cristiano.
Recógete, hija, y el tiempo
llegue de mi desengaño.
(Vase y sale don Luis.)
¿Ves, bien mío, cómo fueron
todos tus recelos vanos?
Pero veo que no tienes
por donde salir.
Gran daño,
por cierto, queriéndoos bien,
es haberos encerrado,
pero por lindo camino
fue Margaritón, mi amo.
¿Qué dices, Inés?, ¿no puedes
pasar, don Luis, a tu cuarto?
No, señora, que la puerta
del suyo abierta ha dejado
tu padre, y es fácil verle
estando la puerta al paso.
Ya habiendo visto
que tienen estos reparos
más señas de ingratitudes
en ti, que no de recatos;
yo, doña Ana, dejaré
tus tibiezas sin cuidado
arrojándome por esta
ventana.
No hagas tal, amo.
Arrójate; pero no
te arrojes; mas como falto
a mi decoro, ¿qué aguardas?
Antes a saber aguardo
si a perderme te resuelves.
No, don Luis.
Pues ya he notado
que arrojarme no es posible.
Di, ¿por qué?
Porque si cuando
me arrojare hay quien me vea,
debiendo yo ir recatado,
o, viéndome desde lejos,
sabrá que un hombre ha bajado
por tu ventana, mas no
que soy yo, y este reparo
te hará, doña Ana, perderse;
pues aunque yo asegurado
esté de que huyo, puede
el que lo viere, no estarlo.
¡Pues ay infeliz!
Prosigue.
Ya que a otro remedio no hallo
a este forzoso apelar,
¿En qué suspendes el labio?
¿Darme palabra?
¿Esto dudas?
¿De ser mi esposo?
Un esclavo.
¿Y darásela a alguno que yo te diga?
A todo me allano,
porque de mi fe no dudes.
El retrato. Corre una cortina, detrás de la cual habrá un representante que haga a fray Francisco Jiménez, vestido como antes.
Pues dásela a este retrato
de fray Francisco Jiménez,
porque quedes obligado
a cumplirla, que yo fío
tanto de él, que retratado
para mi seguridad
dejo mi deuda a su cargo.
Sí haré; copia de aquel hombre
prodigioso, varón santo,
a quien ve el respeto vivo,
y todos ven copiado,
yo la palabra te doy
de que le daré la mano.
a doña Ana, y desde hoy quedo
a ser su esposo obligado.
Por detrás del retrato fray Francisco.
Y yo la tomo, don Luis.
Parece que habló el retrato.
Todos los retratos buenos
parece que están hablando.
¿Estás ya segura?
Ya,
soy tu esposa, y el reparo
está siendo lo sentido
de que quedes en mi cuarto.
Corre tachado Corre la cortina
Pues vamos a contar cuentos,
lo que hay de aquí al día.
Vamos,
esposa adorada.
Ya,
holgúese nombre, te encargo.
Y ahora yo.
Y yo, feliz.
Miren lo que trajo el diablo,
y por dónde sin pensar
se hallan estos dos casados.
Vanse y salen Ventura y el secretario.
Déjenme hartar de llorar
los kyries, y aun será poco.
Jesús, hermano, ¿está loco?
¿Para qué es Jesusear?
Si este bendito varón
dice que hoy se ha de morir,
es cosa para reír
oír el kyrie eleison.
Que a Roa un tan grande hombre
se venga a morir, a Roa,
lugar de tan poca loa,
que nadie sabe su nombre.
En Roa nada divierte,
secretario, mi mancilla;
muere un hombre que a Sevilla
pudiera honrar con su muerte,
que es a Sevilla, a Lisboa,
a Nápoles, y aun a Huete,
miren, yo soy un pobrete,
y no me muriera en Roa.
A recibir de Madrid
salió al glorioso mancebo
Carlos; pero tan cansado,
tan anciano y tan enfermo,
que muere en Roa, sin que
conseguir pueda el deseo
de ver al Rey.
Mucha pena
me diera a mí, hermano, esto,
mas verme morir en Roa
fuera cosa sin consuelo.
En Roa; mas entre a verle
y a pedirle por lo menos
que, si lo puede excusar,
no muera en Roa.
El intento
logrará de verle aquí;
pues ya le quedan vistiendo
y ha mandado que a esta pieza
le saquen.
Tendrá misterio
vestirse para morir,
mas ¿qué vestido le han puesto?
Con el que manda enterrarse.
Ya le traen sus compañeros.
Religiosos. ¿Llora, hermano?
¿A qué corazón de acero
no le enternecerá su muerte?
A punto el home, lloremos.
Sacan a Sale tachado fray Francisco Ximénez sentado, su secretario, y mayor como de religioso, el tachado Mayordomo, y otros criados.
No lloréis, hijos míos,
sino es que lloren, temiendo
mi salvación, por mi mala
vida, y el no buen ejemplo
que les di con relajar
a los puestos, atendiendo
de mi padre San Francisco
la regla, y aunque sea esto,
no lloren.
Yo,
pues que yo la culpa tengo.
Tu muerte lloramos, padre.
(Siéntanle.)
Siéntanme, veré si puedo
responderles, que este humano
edificio al grave peso
de la edad, y los achaques
se venció por los cimientos.
¡Oh, Virgen llena de gracia!
para este trance severo
os solicito devoto.
Valedme en él, pues ya ves
cumplido el plazo, señora,
de esta deuda, que a Dios debo.
Él se muere, ¡ay padre mío!
cuánto en su vida perdemos.
¿No nos deja nada?
Sí,
esta advertencia les dejo:
es, hijos, la vida humana,
si es algo, un caduco instante,
es una hora inconstante,
y una abreviada mañana,
una pequeña semana,
un mes corto, y si se advierte,
la que más tiempo divierte
más está a la muerte unida,
que no da paso la vida
con que no alcance la muerte;
y siendo la vida nada,
no hay razón de que lloremos
aquello en que no se pierde
nada; sea el llanto nuestro
no aprovechar el instante,
la hora, el día pequeño,
la breve semana, el mes,
y el año, de aquel estrecho
término, que hay en el hombre
desde estar vivo a estar muerto.
Ochenta y un años tuve
de vida; no pocos fueron,
si fueran aprovechados,
mas ninguno contar debo,
que años en que no se supo
valer el conocimiento
son en el número muchos,
y ningunos en el provecho.
En Uceda fui arcipreste,
arzobispo fui en Toledo,
inquisidor general
en España, en el Colegio
de Roma cardenal fui,
goberné a España los reinos
tres veces, como yo supe,
y de todos estos puestos,
y estas dignidades, solo
a la sepultura llevo
este saco que aprecié
más que todos los empleos,
pues ¿qué caso hay, hijos míos,
que hacer de la vida? premios
temporales solo sirven
al dejarlos de escarmientos.
Todo con la vida acaba
y solo no acaba aquello
que se obra bien en la vida;
pues sobre dejar el cuerpo
honrado en la sepultura,
las buenas obras sabemos
que son las sendas derechas
por donde va el alma al cielo.
Por la infinita bondad
de Dios no sé que haya hecho
a nadie injusticia, aunque
muy bien recelarlo debo
de mi capacidad corta,
pero aseguro y prevengo
que fue ignorancia invencible
la sinrazón que haya hecho.
Nunca he tenido aversión
a nadie; cuantos los puestos
me han dado he distribuido
en católicos empleos,
y lo que ha sobrado, pido
que se despenda en lo mesmo.
Padre Guardián de Alcalá,
secretario, compañero,
hermano Ventura.
Padre.
¡Qué forzoso sentimiento!
¿Saben que tenga algún cargo
que no deje satisfecho?
Uno sé yo.
Diga aprisa.
Ves que un hombre de seso
a morir a Roa.
Aquí
es donde Dios lo ha dispuesto.
De rodillas.
Écheme su bendición.
Bendícelos.
Dadnos, padre.
El supremo
Señor, los bendiga, hijos.
A mí, porque me voy luego
a Orán.
Véame morir,
Ventura hermano, primero,
y después vaya en buen hora.
Lindo convite por cierto,
verle morir, padre mío,
y en Roa.
De rodillas.
Dos desconsuelos
llevo, Señor, de esta vida,
y entrambos os los ofrezco;
no haber visto al rey el uno,
y otro el forzoso recelo
de que don Fernando olvide
la verdad del Evangelio;
y en los dos, Señor, os pido
para Carlos los aciertos,
para don Fernando luces
de uso, conocimiento.
¡Oh, soberana María,
ahora, señora, es tiempo!
¡Qué sentimiento!
¡Qué angustia!
¡Qué pena!
¡Qué desconsuelo!
¡Ay, que en efecto se muere,
y muere en Roa en efecto!
Nací, Señor, y siendo del pecado
por tu preciosa sangre redimido;
viví de aquella mancha tan teñido
como si no la hubieras ni lavado.
si en descuido del hombre, fue el cuidado
de mi amante pasión, si un solo olvido
una vez a la cruz me tuvo asido,
que de ella te asiré yo crucificado.
Muchas; pero mi culpa no me asombre
si halla el dolor en mí, que me ocasiona
ver ofendido de mi horror mi nombre.
Llore yo, y crezca, pues mi fe lo abona,
que peca siempre el hombre como hombre,
y que Dios, como Dios, siempre perdona.
Descúbrese una gloria con chirimía, y en ella una niña que representa a la Virgen, y los dos ángeles a los lados.
Mi Hijo te aguarda, Francisco,
pierde el temor, que mis ruegos
por ti abogarán, pues tanto
de ti obligada me veo.
¡Oh, Abogada de los hombres!
Pero, ya, Señora, muero;
en tus manos, Señor mío,
el espíritu encomiendo.
Córrese la cortina que cubrirá al santo, y subirá el alma en una apariencia cantando los ángeles.
Te Deum laudamus,
te Dominum confitemur.
¡Qué celestial armonía!
¡Qué soberano consuelo!
Oyen ustedes, señores:
aunque el alma se fue al cielo,
sepan que no se acabó la comedia.
Perdió el Reino
de España un varón insigne.
Con España lloraremos
una pérdida tan grande.
Lloren, que yo solo siento,
no que haya muerto, sino
ver que en Roa se haya muerto.
Jornada 3.ª
Descúbrese el retrato, y sale Inés.
Mientras escribe un papel
a don Luis, que la desvela,
mi ama, de centinela
vengo a estar. ¿Y cuál es él?
Ya pienso yo que en el olvido
todo el cariño trocó,
mas ¿qué mucho, si llegó
a hallarse de arrepentido?
Salen don Luis y Calahorra.
¿Qué hace tu señora?
Está
escribiéndote un papel.
Di, que yo vengo por él.
¿Pues así te entras acá?
¿Qué importa que se entre?
Nada.
A mí me trae a su lado.
Cierto que vendrá fiado
en una muy buena espada.
Avisa a doña Ana.
Mira
que es muy posible que vuelvan
tu padre, o su hermano a casa,
y que a mi señora arriesgas,
porque te aborrecen tanto,
que primero se la dieran
a Santiaguillo que a ti,
aunque un lado les comiera.
Yo, Inés, no puedo sufrir
que a doña Ana le parezcan
tibiezas mis atenciones,
ni descuidos mis finezas,
Y así, aunque todo se arriesgue
como peligro no ponga
el crédito de mi amor
en los temores que muestra
a nada quiero atender
más que a que doña Ana sepa
que le adoro tan rendido,
tan fiel.
Sale doña Ana con un papel.
Si yo lo creyera
ni el discurso fatigara
ni parcial de mis sospechas
me vieran mis sentimientos
puesta al lado de mis penas,
pues aunque
lo que mi temor recela
dime lo que quieres.
Mucho.
Y que mi descuido veas
en que insufrible de amante
hoy apele a la postrera
esperanza de mi amor
pues viendo, que no me queda
ya por donde suavizar
de mi padre la dureza
al Gobernador pedí
que con él intercediera
Si fuera yo tan dichosa
don Luis que creerse pudiera,
acusando mis temores
diera al olvido mis penas.
Bastará para creerme
que el efecto, mi bien, veas
¿hoy?
¿hoy?
Y ahora que el Conde
tanto en honrarme se empeña,
que no tardará en venir,
a tratar esta materia
Una intercesión tan grande
preciso es que logros tenga.
El siguiente fragmento aparece tachado en el manuscrito:
mis desconfianzas, cuando
en esperanzas las truecas.
Dame ese papel ahora.
Por mi vida, que no leas
temores de amor y honor.
¿Quién te ha dicho que no suenan
a los amantes oídos,
doña Ana, las asperezas
que se ve que de amor nacen
como si favores fueran?
¿Quién sabe, que no hay papel
discreto fuera de aquella
ocasión en que se escribe?
Digo que no hay que pueda
moverlo.
Tómale, pues,
y léele con mucha flema.
Dale el papel.
El siguiente fragmento, aunque tachado, aparece validado con un "Sí" en el margen:
Vendrán mis amos.
Parto yo;
no me escondas aunque vengan,
que me dura aún el catarro.
Mudismo se llama en las bestias.
Lee, Luis.
Lee.
Si intentases ser ingrata,
Ana, tú te vales de ingrato;
porque el cardenal murió;
faltando a tu amante trato,
sabe que aunque él falleció
queda vivo su retrato.
Nunca en mi memoria puede
morir, pues extraño fuera,
cuando en las de todos vive,
que en mi memoria muriera.
Si tú en pensar bien hiciste
que yo faltar puedo a deuda
que,
que, sobre ser tuya, fue
con la vida en la presencia
de un retrato, a quien miro
con la propia reverencia
que al original miraba,
que en los retratos se aprecia
no el primor que les da el arte,
sino lo que representan.
Cata que en esto, señora,
siento ruido en la escalera.
Pese a mi alma; mas, señor,
el conde es.
Cuánto me pesa
de que aquí se halle.
Doña Ana,
de este modo se remedia
tu cuidado; entra conmigo,
Calahorra.
Retírase al paño don Luis.
Si me matan,
no me meteré otra vez
donde estornudar no pueda.
Pues, ¿qué has de hacer?
Escaparme
entretanto que ellos entran,
que en mí no repararán.
Vase, y dentro Fernando y el Conde.
Dentro.
Tantas honras, Vuexcelencia...
Ya mi señor ha llegado.
Retírate tú a esta pieza,
que yo desde aquí oiré
de mi muerte la sentencia
o el indulto de mi vida.
Dispúsose de manera
el lance, que haya de oír
o mi ventura o mi pena.
Salen el conde de Alcaudete, don Fernando y criados.
Es tanto lo que os debía...
que mandarme, nunca diera
lugar de que me buscaran,
pues adelantado hubiera,
señor Conde, por serviros
severa la diligencia.
Señor don Fernando, vaya,
mandad, que se salgan fuera
estos criados, que hablar
a solas con vos quisiera.
¿Qué será esto? Si el cielo,
que aun de mis labios recela
mi cuidado, ¿se sabrá?
Mas no, salid todos fuera.
Ya han quedado solos.
Calla,
que amor, pues que te precias
de piadoso, el sacrificio
admite de quien te ruega.
Amor, pues dificultades
e imposibles atropellas,
vence esta por mí.
En la copia
de aquel hombre insigne atenta
toda el alma tiene el Conde.
Con extraña reverencia
le mira; pero ¿qué mucho
que a él esta atención le deba,
si a mí, a quien solo cuidado
ha debido, ansias, y penas,
para perderle el respeto
no me da el temor licencia?
Estará el Conde mirando el retrato de fray Francisco de Cisneros, con el sombrero en la mano desde que repara.
Faltaste, y un hombre grande
faltó en el mundo, que sienta
su pérdida, es deuda justa
no por ti, que las estrellas
pisas, sino por la falta
que nos hiciste en la tierra.
¿Estamos ya solos?
Sí,
señor, y si Vueselencia
quiere pasar a mi cuarto,
es aquel.
En esta pieza,
pues no hay nadie, estamos bien.
Mucho mi temor recela,
mas mi susto disimula.
Hablad muy enhorabuena.
Sentaos.
Por obedeceros.
Siéntanse.
Marca de "ojo" en el margen derecho
Oiga esto.
A esto atienda.
Don Luis de Cárdenas, cuya
nunca ignorada nobleza
sabéis, señor don Fernando.
Ya es eso ociosa materia,
y aunque sensible, no tanto,
como lo que juzgué que era.
De mí se ha valido, a fin
de que con vos interceda,
que a la señora doña Ana
le deis, vuestra hija bella,
por esposa, y como yo,
a este caballero deba
tanto por su calidad,
por su valor, y sus prendas,
por la pasada victoria
de Barbarroja, y la deuda,
de sangre, y obligación,
que tienen las casas, mas
no me he podido excusar,
a que de mi labio sepa
la pretensión vuestro oído;
pero antes, que la respuesta
me deis, sabed don Fernando,
que me debéis, que no sepa
don Luis que hay en vos razones,
y no por vuestra nobleza,
para que él no solicite
casarse con hija vuestra,
ni para que aunque él sea noble
mi sangre, se lo consienta.
¡Válgame Dios!
¡Ay de mí!
Esta boda salió huera.
Mirad señor Conde bien
que tanto un delito pueda,
que aun para el descargo quite
la libertad de la lengua,
mas vuelva el valor por mí
quien pensare.
Nadie piensa.
Que yo
Quiérese levantar y detiénele el Conde.
Volved a asentaros,
y sea con advertencia,
que yo, como yo sabré
dar con la espada respuesta,
y como Gobernador
os cortaré la cabeza.
¡Grave mal!
¡Lance terrible!
Echóle la ley a cuestas.
¿La cabeza a mí? Decid
que vuestro puesto respeta
la obligación de mi sangre.
No os salgáis de la materia
que a eso ya estáis respondido;
¿reconocéis esta letra?
De fray Francisco Jiménez
es.
La última es esta
que vi suya, en que me encarga
que este capítulo os lea,
con amistad, y yo lo hago
y que la ocasión me fuerza,
porque veáis cuán difícil
es volverle la respuesta
a don Luis que por mí aguarda
deso.
El corazón tiembla.
¡Muerta estoy!
Sin alma vivo.
Lee.
A don Fernando, que crea
que no hay duda en que la ley
de Cristo es la verdadera,
y que a Orán defiende Dios,
porque la esperanza pierda
de volver a ver mezquitas,
las que llegó a ver iglesias.
Moriré, amor.
Esperanza,
moriste.
Requiem aeternam.
Supuesto, don Fernando,
que gran fundamento tengan
porque no acaso las hizo
estas cuerdas advertencias
ved, ¿qué a esto respondéis?
Acabad conmigo penas,
¿Queréis más desdichas mías?
Infelice amor, paciencia.
¡Que esto haya oído, don Luis!
Que doña Ana (¡ay de mí!) sepa
que esto oí, porque ningún
alivio, aunque infame, tenga.
Dentro Ventosa.
¿Qué haré?
Yo tengo de entrar,
que para mí nunca hay puerta
cerrada, ni aun en la plaza.
¿Qué es esto?
Sale uno.
Que a vuestra excelencia
de san Francisco un donado
que ahora de España llega
busca, y sabiendo que está
aquí con porfía necia
dice que ha de entrar.
Jamás
a ese hábito se le niega
la entrada en parte ninguna;
entre muy enhorabuena,
si dais licencia.
En todo
sois dueño.
De esta manera
descansó el paso que iba,
ya tan tirada la cuerda
que era forzoso romperse.
Salir (¡ay de mí!) quisiera
de aquí sin ver a doña Ana,
por no morirme de verla.
Ventura ha sido este acaso,
Inés, si en suerte tan fiera
cabe alguna, porque así
don Luis de aquí salir pueda
sin nota, pues no me atrevo
ni a verle, ni a que me vea.
Yo, señora, discurría
en que esto lo mejor era.
Lo más forzoso a lo menos.
Y yo a ser monja, no apelar,
no hay a qué pelar.
Y de aquel retrato
remedio mi mal espera.
Cualquier yerro, don Fernando,
se deshace con la enmienda.
¿Cómo ha de enmendarse quien
no conoce en lo que yerra?
Conociéndolo.
Sin duda
en mí es falta de advertencia
lo que dudo de la fe;
pues no sé cómo ser pueda
tres personas, y un Dios solo,
lo que me obliga a que crea
la fe de la Trinidad.
Salen algunos, y el hermano Ventosa.
Sobre marcha tan molesta,
¿parécele que es razón
que la entrada me defiendan,
señor conde de Alcaudete?
Hermano Ventosa, ¿es esta
a qué es su venida a Orán?
No me hallo bien sin la guerra;
y así, ya que nuestro padre
dio su alma a Dios, con licencia
suya me vengo al convento,
porque la vez que se ofrezca
vean que vive Ventosa
los morillos de estas sierras.
Hoy, con su presencia, hermano,
la memoria me renueva
de aquel varón singular
¡Oh, pues si morir le viera!
Llora.
Buena ocasión me parece
esta, que el acaso ordena
o hay acaso, en lo que casi
misterio se representa
para que esta fe, si duerme
al ruido despertar pueda;
¿vio el morir a nuestro padre?
Mira el retrato.
Pluguiera a Dios no lo viera,
pero, ¡hola!, que allí está vivo.
Don Fernando se desvela
teniéndole aquí, en que el mundo
conozca la reverencia
que tiene a la obligación
de hacerle hijo de la Iglesia.
Yo lo creo, aunque no hay muchos
que lo digan.
Otra afrenta
ya no sé, ¡oh, mi ceguedad!,
¡oh, mi peligro!, ¿a qué esperan?
Mío bendito varón.
Pues divertidos es fuerza
que estén en oírle, yo
aprovechándome de esta
ocasión salgo, y al punto
que en mi posada me vea
el viaje para España,
dispondré dándole cuenta
a doña Isabel primero
para que doña Ana sepa
mi ausencia, y que si ha caído
en la traidora violencia
de mi destino, valor
para huir de su belleza
no hay en mi amor osadía
para no adorarla y verla.
Vase.
Logróse mi intento.
¿Cómo?
Tomó don Luis la escalera.
Salí con esto de un susto
aunque no pocos me quedan.
Voyme yo también, pues ya
sin este cuidado quedas.
Vase.
Sí, Inés, y porque mi padre
que esto has oído no entienda.
Su santa muerte fue así,
ahora a la forma atiendan
de su entierro, porque santo
en la aclamación le vean,
y prevengo, que el estilo
no extrañen porque en materia
de respecto tan sagrado
fuera la chanza indecencia
embalsamando su cuerpo,
aunque contra la mortaja
de su precepto, pues solo
pidió que a la tierra fuera
sin artificio, porque
no le extrañase la tierra,
le volvieron a poner
su hábito, capilla, y cuerda,
obedeciéndole en esto
pues no quiso que pudiera
la muerte diferenciarle
de la vida, ni que diera
de su mudanza de talle
la muerte a la vida quejas;
sobre el grosero sayal
por la forzosa decencia
el pontifical adorno
le pusieron, cuya tela
de raso pardo, morada,
con un galón de oro y seda
devoción y gravedad,
más que suntuosa, honesta,
y más devota que rica.
Pero ¿qué mucho, si eran
sus reverentes puntadas
de mano de aquella sierva
de Dios, Juana de la Cruz?
Pues no menos ser debiera
que obra de tal mano, gala
que a tal santo le pusieran.
Sacáronle así a una sala
aunque muy grande, pequeña
para el devoto concurso
que de todas las aldeas
a verle se convocaba
con tan no vista presteza,
que parece que la muerte
fue primero pregonera,
que ejecutora de aquel
golpe de tanta tristeza.
Las cuatro líneas siguientes están tachadas en el original
Llorando todos decían,
viendo que imposible era
llegar donde estaba: «Saquen
el santo cuerpo a la iglesia».
Sacaron el santo cuerpo,
y porque efecto tuviera
el consuelo general
con majestad y grandeza,
de la corte acompañado,
de la villa, y de las tierras
no solo circunvecinas,
sino distantes y lejas,
del infante don Fernando,
y de la ilustre eminencia
de Adriano, el cardenal,
y muchas lágrimas tiernas.
Confundidas entre sí
de regocijo y de pena,
que aunque llora el dolor, suele
llorar también la terneza.
Llegó a la Iglesia Mayor
de aquella luz la pavesa
menguada toda la vida,
y toda la fama entera.
Las rodillas por el suelo
con una alegre tristeza
todos los pies le besaban,
y, si cuidado no hubiera
con sus santas vestiduras,
según la devoción era,
por reliquias las hurtara
el fervor común; que queda
la osadía disculpada
de la devota impaciencia.
Santo le llamaban todos
a voces, para dar señas
de que honra en la tierra Dios
a quien se humilla en la tierra.
Hechas las honras, el día
siguiente en una litera
o andas salió de Roa,
y a verle gente tan nueva
Las cuatro líneas siguientes están tachadas en el original
y tanta que embarazado
el camino no pudiera
pasar el difunto cuerpo,
si los propios que con tierna
demostración le cercaban
con respeto no le abrieran.
Cuál tocaba el ataúd
con la mano y este era
muy dichoso; cuál besaba
las varas de la litera
con la boca, venerando
la caja de aquella perla.
Llegando a Torrelaguna
fue, donde la mayor muestra
dio la aclamación piadosa
de su santidad perfecta,
porque esta virtud sin duda
muy sin artificio cierta
de aquel que aun muerto, su patria,
recibe con reverencia.
Llegó a Alcalá, finalmente
por ceñirme, que no fuera
posible, si por menor
hacer relación quisiera
de los actos reverentes,
las devociones diversas,
de los muchos que quisieron
no perderle en pocas leguas,
ni tampoco en el volumen
de muchas hojas cupiera
si decir solicitara
la ternura, la grandeza
con que Alcalá recibió
el fundador de su escuela.
Y así pasó a que su santo
cuerpo para gloria eterna
de aquel supremo colegio
fenecidas las exequias
más grandes, más suntuosas,
que las memorias acuerdan,
quedó allí como reliquia,
pues tan venerado, queda
como padre, pues a todos,
el tierno llanto recuerda
como dueño, pues cadáver
el respeto le venera,
y como santo también
(que lo diga me concedan)
pues no hay en la voz común,
nada que contrario sea.
Con qué dominio en mi alma,
llamando está esta advertencia,
a cuyo ruido las dudas,
que antes tenía despiertas
se aduermen; y a cuyo aviso,
toda la razón despierta.
Caja. Armas y cajas.
Gran perdición; mas ¿qué cajas
intempestivas son estas?
¡Arma, que el África toda
desciende por estas sierras!
¿Qué es esto?
Sale Cala.
Esto es, que ha llegado,
señor, una centinela
de la de afuera diciendo
que se ha cubierto la tierra
de bárbaros aduares
y de milicias turquescas,
y ser verdad lo que dice
se ve desde las almenas.
de Orán, con que ya cerradas
todas las puertas quedan,
y en arma puesta la gente.
¿Cómo sin que se supiera
antes pudieron llegar?
Mas no en esto me detenga;
¿dónde queda vuestro amo?
A España con mucha prisa
previniendo su jornada.
¡Ay de mí!
Sin la respuesta
que de mí aguarda, ¿se va?
Esto sé.
Por cierto, en buena
ocasión, buscadle aprisa,
y decidle que me vea.
Voy, señor;
no os detengáis.
Hermano Ventosa, venga,
le daré la bien venida.
Vamos, Calahorra, y sepan
esos moros que si falta
un cardenal, que defienda
a Orán, queda en su lugar
Ventosa el de Talavera,
para que sepan que hay quien
les sale a las pisaderas.
Aun se es valiente.
Y aun se es
el gallina por la cuenta.
Vanse y suena la caja.
Caja.
Suspenso está don Fernando;
mas la caja otra vez suena,
señor don Fernando, ved
que una ocasión como esta
puede dejar vuestro honor
limpio de cualquier sospecha,
como noble proceded,
que en vuestro obrar de veras espera
mi confianza, que todas
las dudas verán absueltas.
Ya a don Luis responderé,
conforme a lo que envuelva.
¿Dónde vais?
Voy a serviros.
Quedaos, y estas materias
consultad con aquel cuadro,
y rogadle que interceda
por la defensa de Orán.
Con Dios, quede en su defensa.
Vase.
Buena he puesto mi opinión,
pero apelemos, cielos,
a los ojos, pues los dos
son lenguas del corazón,
notoria es la sinrazón
de mi desmayada fe,
mi poca lealtad se ve,
pues ya ¿a qué puedo apelar
más que al baldón de llorar?
Sale doña Ana.
Llora, y yo te ayudaré.
¿Sientes tú mi dolor?
Sí,
y tanto a mí me tocó
que si el trueno en ti sonó,
el rayo resultó en mí.
¿Oíste la causa?
Oí.
¿Y qué remedio me das?
Que llores, y llores más,
tu quebranto, y mi quebranto,
que no te cegará el llanto
supuesto que ciego estás.
Mi temor causó el efeto
de mi tibieza en la fe,
mas no, aunque dudé
a la fe perdí el respeto,
pues como erraba el concepto
tan hecho a mi amado rito,
tuve por yerro infinito.
Suspende el acento ingrato
mientras cubro este retrato,
porque no oiga tu delito.
Cubre el retrato, y luego en el lugar del cuadro se pondrá el que representó a fray Francisco en otro lienzo retratado en la misma forma.
Juzgué que erraba en faltar
a la ley en que nací,
y no poco padecí
viendo en Orán dominar
al cristiano a mi pesar;
y así intenté reduciros.
Que calles debo pedirte
si has de hablar de esa manera;
mira aquel santo qué hiciera
si yo me ofendo de oírte;
pero mal hice encubrir
a tus ojos su presencia,
pues su respeto sin duda
temor a tu voz pusiera.
Y si su respeto no
tuvo fuerza, pues no fuera
la primer vez que a su voz
sin su presencia te oyera;
y así para que corrijas
al verle tu inadvertencia,
y estas sombras de tu alma
en claridades conviertas,
mírale, y porque le mires
Corre la cortina con el retrato.
Abre la cortina adonde se aparece fray Francisco en la forma dicha.
con él, y sin mí te queda.
Oye, hija.
Don Fernando.
¿Quién me llama?
Yo.
Aunque suena
aquí una voz, ni discurro
ni veo cuya ser pueda.
Alza los ojos.
Mira al retrato.
A ver.
¡Un asombro que me hiela,
un prodigio que me pasma,
y un susto que me amedrenta!
Cóbrate, y mírame bien.
La admiración no me deja,
pues creyéndote cadáver
vivo se me representa.
Yo, don Fernando, deseé
fortalecer la flaqueza
de tu fe, volviendo a Orán
vivo, y no tuve licencia
de Dios, porque con mi muerte
mi deseo feneciera;
morí en este cuidado,
y la suma omnipotencia
de Dios, que quiere piadoso
que tu alma no se pierda,
lo que deseé vivo quiso
que muerto lo consiguiera;
a decirte que la ley
de Cristo es la verdadera
vuelvo al mundo, que así Dios
clementísimo lo ordena;
y porque Dios, a quien nada
se esconde de la dureza,
que en creer el alto misterio
de la Trinidad demuestras,
siendo este, motivo el que hace
que los dos misterios no entiendas,
pues no aprovecha ninguno
al que uno desaprovecha.
Manda, que yo te le explique,
óyeme con alma atenta.
Apenas respira el labio.
Las tres personas eternas
del Padre, el Hijo, y el Santo
Espíritu de una esencia
son, y de una perfección,
de un poder y una grandeza,
sin que duración alguna
o tiempo, se dé en que quepa,
que la una sin la otra
en un ser no se mantengan.
El Padre solo de sí
procede sin dependencia
de otra persona, y el Hijo
procede de la suprema
persona del Padre así
como su palabra mesma,
por obra de entendimiento,
y la persona tercera
que es el Espíritu Santo
procede por obra tierna
de voluntad de los dos,
Padre, Hijo, sin que tenga
dos principios sino uno,
No
Llora D. Fernando.
porque de una virtud mesma
de amor procede aunque como
de dos amantes proceda
en tres personas distintas
por relaciones diversas
de Padre, y Hijo, y de Santo
Espíritu, y una mesma
sustancia, y divinidad
con una naturaleza,
pues al modo que en el hombre,
aunque tan inferior sea
el ejemplo en la substancia
de un alma, están tres potencias,
así en Dios, las tres personas
en una substancia quedan.
No gora llores, D. Fernando,
que lo que mi voz te enseña
no se ha de hacer entender,
en los oídos se hierra.
Lloro la duda que hube.
Pues llora aura, que esa seña
que da tu arrepentimiento
llevaré a Dios de tu enmienda.
Cúbrese el retrato.
Aguarda, varón divino,
porque más indicios veas
de mi dolor, mas no aguardes,
que si al cielo afectos llegan
los de mi arrepentimiento,
haré que en el cielo veas,
pues tan unida a mi alma
tu viva voz la fe deja,
quedan, y a Dios, que de ahora
protesto morir por ella.
Dentro.
Mira por la honra de Dios
y de tu honra nada temas.
¿Con vos está en tanto riesgo?
Como yo miro por ella.
Pues tan divinos favores
es justo que te agradezca,
en la defensa de Orán
hoy será mi espada lengua
que aclame la fe de Cristo
contra la ley agarena.
Vanse, y salen el conde de Alcaudete y don Luis.
Bueno fuera que faltara
hombre de vuestro valor
a esta función, mi señor.
Quién con la vida acababa.
Hizo discurso de que
vuestro despecho naciera.
¡Ojalá no lo supiera
vuestra excelencia!
No lo sé.
Yo sí, que en una, señor,
mañana lograr espero
lo que hoy por vos he dejado
pasando a España.
¿Tan cierto
tenéis ya, que desta noche
de manera escaparemos
que podáis partir mañana?
Para mí, señor, lo mesmo
será morir esta noche
que partir mañana.
Bueno,
¿y mi señora doña Ana,
y la respuesta que os tengo
de dar yo por don Fernando?
Que me dijera, confieso,
viendo que se halla, señor,
en tan conocido riesgo,
sin dolor me dejara.
Todo ha de tener remedio
si desta noche salimos;
pues de don Fernando espero,
don Luis, muy buena respuesta,
cuando lo que obra estoy viendo.
Pues de fe armado y solo,
él, con valor y con celo
cristiano defiende a Orán,
a su nobleza atendiendo.
Mas dispone que tu hija,
animada de mi fuego,
de las damas acaudille
glorioso escuadrón bello.
Dentro moros. Mahoma, lililili.
Cerca están los moros, puesto
que la algarabía se oye.
Pasar de aquí no debemos
hasta que la poca gente
llegue a que conducir debo,
porque no desordenados
a los moros asaltemos.
Aguardadme aquí, don Luis,
y cuenta con este puesto,
que fray Francisco Jiménez
es el nombre.
Ya lo entiendo.
Id seguro así, ¡ay de mí!
lo que diera yo del fiero
dolor de haberse perdido.
Vase.
Doña Ana tan sin remedio.
para la desdicha; en un
mal lograrse el amor mío,
sin culpa de mi fineza,
ni delito de mi afecto.
Las siguientes cuatro líneas están tachadas con un recuadro y un "No" al margen.
Salen en faldas cortas doña Ana, y Inés.
Pues el conde se volvió,
sin duda que en este puesto
se queda don Luis.
Inés,
tanto, aunque hablarle deseo,
el lance temo de verle,
que, a no defender el ceño
de la noche mi semblante,
no me atreviera a este ruego.
Pues dime, señora, tú
¿qué culpa has tenido en esto?
Ninguna; mas la razón
de don Luis negar no quiero.
Allí hay un bulto, no sea
alguno de tus abuelos,
que porque cristiana eres
te venga a dar pan de perro
de el otro mundo.
De burlas
estás, cuando yo me muero.
Si fuese perro vivo,
ya que no sea perro muerto,
¿qué haremos?
No hay estorbos
para mi amante despecho.
¡Ay, adorada doña Ana!
No he llegado a muy mal tiempo,
pues no olvida mi amor, quien
mi nombre está repitiendo.
¿Quién va?
Amor, y amor, don Luis,
desdichado.
¡Qué oigo, cielos!
Doña Ana es, este dolor
le faltaba a mi tormento.
¿Qué haré? pues faltar de aquí
para me oírla no puedo;
mas de qué huir querría
mis finezas, y sabiendo
que me dé susto la muerte,
por oír susto me muero.
¿No me conoces, don Luis?
Sí, que fuera muy grosero
si aún se olvidara, aunque
olvide lo que te debo.
¿Lo que me debes, olvidar?
Sí, que viene a ser lo mesmo
no pagarlo, que olvidarlo,
cuando pagarlo no puedo.
¿Y tu fe?
Ya de mi padre.
Ya de su consentimiento
muestran sus demostraciones
los católicos efectos.
Eso no es ya, doña Ana,
y lo que hoy saber de vos.
¿Y mi fineza?
Es muy grande,
mas mi sangre es lo primero;
y a lo que os diga perdona,
ya que me aprietas, no puedo
casarme contigo, mientras
en la fe dudoso creo
a tu padre; a él le culpa
y no a mí, pues el defecto
de conocerla mayor,
y faltar a ella es cierto.
¿Y estás resuelto? ¡Ay de mí!
Sí, amor es, pues es lo mesmo
que a vivir sin ti.
¡Ha, cruel!
¿pues qué culpa, dime, tengo?
Ninguna, ni yo tampoco,
pues te adoro, aunque te pierdo.
Pues yo no te he de perder,
porque ver cumplida espero
la palabra que le diste,
para ser de mi honor dueño,
a fray Francisco Jiménez
en su retrato.
Ya a eso,
¿quién me podrá obligar?
Sale fray Francisco Jiménez por la otra parte del paño.
Yo,
que de que tomé me acuerdo,
don Luis, la palabra viva,
que le diste a mi derecho.
No sé qué susto en el alma
me introdujo este recuerdo.
Mi honor se ha de restaurar
por aquel varón perfecto,
y en fe de que estoy segura
de restaurarle, te dejo,
y a él en súplicas le envío,
lo que a ti no vale en ruegos.
Sin mí estoy.
Vamos, Inés.
Vamos, que esto es perder tiempo.
Santo Cardenal, mirad
por mi fama y vuestro empeño.
Vanse.
Sí haré, y pues ya de mi padre
la fe venerada veo,
también a él le cumpliré
la palabra que le debo.
Vase llegando a don Luis.
A un susto no natural
se rinde todo mi aliento;
a un ignorado temor
desde el pie a la frente tiemblo;
pero un bulto se me acerca,
y aun darle fuerza no puedo
a la voz. ¿Quién va? ¿Quién va?
Sale el Conde de Alcaudete.
Pierde, don Luis, el recelo.
Diga, señor.
Prevenida
ya toda la gente dejo;
mas, ¿con quién habla don Luis?
Justo es que el Conde oiga esto.
Diga, ¿quién es?
Fray Francisco
Jiménez.
Padre...
No es esto
lo que ahora quiero.
¿Pues qué?
Decirte que te arrepientas;
don Fernando arrepentido
conoce a Dios verdadero.
Cumple, don Luis, la palabra
que diste de casamiento
delante de mi retrato
a doña Ana, previniendo
Tramoya.
que sin escrúpulo puedes
y que yo te obligo a ello,
como testigo, que fui
del contrato ante mí hecho;
y di al conde de Alcaudete,
que es el que nos está oyendo,
que no dilate el combate,
pues yo, con licencia, vengo
de Dios a ser de los fieles
de Orán caudillo, atendiendo
a que dure la fe firme
en el africano suelo.
Oye.
Aguarda.
Pero en aire
transformado...
Vuelto en viento,
Se esconde a la vista.
¡Raro
asombro!
¡Extraño portento!
Don Luis.
Señor conde.
Nada
discurramos, sino demos
a los moros la batalla;
hijos, rómpase el silencio,
lidiemos ya sin recato,
pues tal caudillo tenemos.
Salen don Fernando, y todas las damas, y en faldas cortas, Ventosa y Calahorra.
Ea, hijos, por la honra
de Dios, vivamos muriendo.
Nuestro femenil temor
venza el católico celo.
La fe de Dios defendamos.
Todas por él moriremos.
¡Santiago, y el venerable
fray Francisco de Cisneros!
¡Santiago y fray Francisco!
Ruido de batalla y éntranse tocando siempre alarma.
¡África!
¡España!
Esto es hecho.
Venga, hermano.
Vaya él,
que yo, hermanos, aquí me quedo,
para darles sartenazos
a los que vuelen huyendo.
¡Alama, Mahoma!
¡Santiago!
Batalla.
Allá va, Ventosa, perros.
Tome agasajo, que aquí
es cordura tener miedo.
Sale fray Francisco Jiménez con espada y un crucifijo, retirando a los más que pueden salir de moros.
Solo este fraile nos vence.
Libremos de su esfuerzo.
Dios defiende a Orán.
Vanse.
Huyamos,
pues resistir no podemos.
Batalla.
Salen las damas retirando a los moros.
Brava ventaja; mas ya
a tomarme juramento
dijera, que es fray Francisco
aquel de quien van huyendo
los moros; mas por acá
vuelve la zurra, yo vuelvo
a agazaparme.
El insigne
fray Francisco de Cisneros
nos acaudilla.
Salen don Juan y don Fernando, y Ventosa.
Ea, hija.
Ea, esposa.
Ea, podencos.
¡Santiago y fray Francisco!
Ya tomaron lías estos,
mas por acá vienen otros.
Vanse y salen el conde, y don Luis acuchillando, a los moros que salieren.
A ellos, don Luis.
Batalla.
A ellos,
Córdobas famosos.
Huyamos.
Tan empujado el esfuerzo
va de los fieles, que ya
entre los moros, es cierto
que han de perecer manchando
los católicos aceros
de su católica sangre.
A este peligro no ves
remedio, pues de aquí al día
más de tres horas recelo
que faltan.
Humano no,
pero hay divino remedio.
¿Cómo?
Así: varón ilustre,
pues tuvo tu voz imperio
en la conquista de Orán
de parar al sol su fuego,
a Dios para defender
a Orán, apresure el lento
paso del sol en socorro
deste católico pueblo.
Pasará fray Francisco alto, en una apariencia, la cual traiga al sol delante de sí.
Lidiad, hijos, que ya envía
Dios al sol a socorreros.
Tres horas madrugó el sol.
Gran favor.
Milagro nuevo.
Batalla.
Pues que con el sol vencimos
y los moros van huyendo,
volvamos a Orán.
Volvamos.
Vanse todos.
A dar gracias al supremo
Señor, y al varón Francisco,
e insigne protector nuestro,
que al sol nos anticipó,
a los fieles defendiendo.
¡Víctor, mi bendito padre!
Pues a lograr los nuestros,
vuecelencia venga a Orán.
Dadme respuesta primero
a lo que os dije.
Respondo
que estéis al dictamen vuestro.
Pues, don Luis.
Señor.
La mano
le dad a doña Ana luego.
Y con ella el alma.
Hubo
fin mi desgracia.
Lo mesmo
haz tú con doña Isabel.
Soy su esclavo.
Eres mi dueño.
¿Y yo?
Señora Inés.
Para después lo dejemos,
porque habrá venturoso
fin. Y con aquesto le demos,
en esta segunda parte,
a este volumen pequeño,
Los dos versos siguientes están tachados por una línea a lo largo de ellos:
del Gran Cardenal de España,
fray Francisco Jiménez de Cisneros.
Del gran Cardenal de España,
virtuoso y muy invicto Cisneros,
don fray Francisco Jiménez,
portento de los portentos.