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testo digitale di Dar bien por mal

Data di pubblicazione: 22 agosto 2026

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Dar bien por mal. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/dar-bien-por-mal.

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DAR BIEN POR MAL

Jornada primera

Pag. 1

En el margen superior izquierdo: d. d. En la esquina superior izquierda, dentro de la rúbrica inicial, se lee el número 158. En el margen superior derecho, con otra letra: Comedia de Montes.

Personas

Don Diego

Castaño gracioso

Don Luis viejo

Clara criada

Don Juan

Don Pedro

Doña Ana

Feliciana

Félix sacerdote

La Justicia

Un alcalde villano

Bras villano

Toribio villano

Sale don Diego y Castaño.

Sello circular de la Biblioteca Nacional en el margen derecho.

Don Diego.

Esta es mi patria, Toledo.

Castaño.

Gracias a Dios que has llegado.

Don Diego.

Con el tiempo que ha pasado,

ya perdí, Castaño, el miedo;

pues en dos años de ausencia,

dime, ¿quién se ha de acordar

de mí, para procurar

venganzas con más violencia?

Desto vivo confiado,

después que de él me partí,

y de mis delitos volví,

atrevido, no enmendado.

Mi padre, caduco y viejo,

Pag. 2

Página izquierda, de muy difícil lectura por la tinta traspasada.

Don Diego.

con su consejo

mudo, con locos dejé

después que Dios es Dios,

y mi gallo tordigo,

hasta ser Padre Adán

un hombre debe vivir.

Castaño.

Luego, ¿tú quieres no morir,

o no te has de casar jamás?

Don Diego.

¡Casarme! Soy más dichoso.

Castaño.

¿Cómo dices eso, si andas

en cien delitos manchado?

Don Diego.

¿Qué quiero? Que me divierta

y viva; y por más castigo

que le darán a un amigo

disfrazado de mujer.

Castaño.

¿Ves en esto cosa linda?

Como amar y desear,

que es penar y que es gozar,

que uno es muerte, y otro es vida.

Don Diego.

Del vivir de soltero

te hallo tan enfadado,

que el hombre más animoso

temería el casamiento.

Esta ley es buena,

que es un oficio divino.

Castaño.

¿Cómo se trata de lejos,

o la condición le rinde?

Don Diego.

Huya un hombre un rigor

y váyase por el mundo,

sea un Lucifer segundo

el que nació con valor.

Castaño.

Y tú decías el jugar

en fiestas y mascarillas,

hace al alma cosquillas,

y así ese blando manjar.

Don Diego.

Y no una sola mujer,

que yo soy a lo soltero;

tantas veo, cuantas quiero,

o de más es menester.

Castaño.

Que haya bastado contento

con vivir enamorado,

una mujer deseando

por horas su casamiento.

Don Diego.

En dos delitos, por Dios,

peca este amante maldito:

querer una es un delito;

casarse con ella, dos.

Castaño.

Yo amé a una vieja dos años,

y me casara con ella

a no hacérseme doncella,

que son daños sobre daños.

Pag. 3

Don Diego.

¿Qué tal intento has tenido

hoy para aborrecerte?

Castaño.

¡Cómo me holgara de verte

en posesión de marido!

¿Sabes en qué me entretengo

cuando estoy apasionado,

y en algún dolor pesado,

divertido me detengo?

En tiempos de velaciones

a mi parroquia me voy,

donde viendo alegre estoy

entrar maridos visiones.

Que es ver un rubio marido

con una moza de quince,

obligándose a ser lince

de un ciego no nacido.

Que es ver entonar un barbado

muy lleno de cadenillas,

que con bellas joycillas

lleva el bigote disfrazado.

Muy mozo va, y muy corrido

por marido novel;

lleva apuntando el papel

uno tan anexo marido.

Y el simplón enamorado,

al mentiroso placer,

lleva un punzón por mujer

sobre un vestido clavado.

Don Diego.

Deja pesadas quimeras.

Castaño.

Pues ya a miedos llegamos,

¿por qué las mulas dejamos,

mientras tan alegre esperas?

Don Diego.

Por ser menos conocido

y llegar más disfrazado.

Castaño.

Ni te revelas casado,

ni tal intento has tenido.

Siendo así, no es importante.

Don Diego.

Es verdad, pero es mi gusto.

Castaño.

Conmigo el tuyo es tan justo,

que te obedece constante.

Don Diego.

Poco a poco hemos llegado

a la casa de mi padre.

Castaño.

La memoria de mi madre

me tiene desconsolado.

Si viviera, ¡qué contenta

con sus brazos me llamara!

Don Diego.

¿Llorara por ti?

Castaño.

Llorara

por mí, y por otros cuarenta.

Túvome amor con exceso,

a toda ley, tener madre;

Don Diego.

¿quién, fue Castaño tu padre?

Castaño.

Opinión que hay en eso.

Don Diego.

Espera.

Castaño.

¿Qué gente sale?

Si no me engaña la ausencia...

Don Diego.

No pensé ver su presencia.

Castaño.

No hay gusto que al verle iguale.

Pag. 4

Don Diego.

No en mí, que siempre he vivido

aborreciendo su nombre.

Castaño.

Harás por Dios que me asombre;

Don Diego.

cánsame el ser comedido.

Sale don Luis, viejo, con báculo.

Don Luis.

¿Quién es?

Don Diego.

Quien vuelve obediente

Castaño.

para avisarte lo que es,

¿qué miras? Tu hijo es,

y yo Castaño su asistente.

Don Luis.

¿Eres don Diego?

Don Diego.

Sí.

Don Luis.

De aquesta puerta

no ha de pasar quien arrogante entiende

hacer injuria a la vejez yerta;

quien tan soberbio mi valor ofende,

quien tan altivo mi pesar concierta,

quien arrojado, deshonor pretende,

y quien inflexible a mi despecho

la sangre ofende que le dio mi pecho.

¿Tú eres pedazo de este viejo noble?

¿Parte eres tú de aquestas blancas canas,

que vives inclinado a bulto doble?

Mentira fue, pues que mi honor profanas;

hijo, en montaña de un silvestre roble

naciste al mundo en presunciones vanas;

si no, en este que miras horizonte,

parto de alguna fiera de algún monte.

¿A mi presencia vuelves atrevido?

¿A ver mis canas llegas arrojado?

¿Cuando te imaginaba entretenido,

sirviendo al rey, en el flamenco estado,

tú en comunes acciones divertido

vives, del honor, sin premios, olvidado?

¿Tú vuelves sin traer a tu despecho

escritas tus hazañas en tu pecho?

Afrenta de tu patria, tú de aqueste

muro del cielo, toledano Atlante,

porque la vida y el honor me cueste,

¿vuelves a mis ojos arrogante?

¿De qué morisca contra España hueste

con mil despojos veniste triunfante,

para que tierno (añadiendo lazos)

hijo segunda vez de aquestos brazos?

Muestra esa espada, aqueste palo toma,

arrímate, caduco, en edad tierna,

que, aunque mi brío el largo tiempo doma,

verás que aqueste brazo la gobierna.

Hasta el Sol, que por la cumbre asoma,

de este viejo figura fama eterna;

y si fue en esta mano la cuchilla

la mejor de las huestes de Castilla,

vendrás a ver las mujercillas locas

con quien mi hacienda alegre desperdicias,

a enredarte vendrás en blancas tocas...

Pag. 5

Don Luis.

donde desprecios del valor codicias

¡oh, qué bien a imitarme te provocas!,

mereces que te dé mi pecho albricias.

Cierto que eres bizarro; a un tan valiente

eterno nombre te dará la gente.

No soy tu padre ya, si tu enemigo,

no me llames jamás con ese nombre,

mientras que soy de tu inquietud testigo;

vuelve por tu opinión, busca renombre,

que el ofendido ha de ser mi amigo.

Fiera te miro aquí, que no eres hombre;

no te imagines parte de mi pecho

mientras no me dejares satisfecho.

Aparte.

Don Diego.

Tales desprecios de mi honor escucho.

De enojo estoy temblando, ¡vive el cielo!,

precipitado voy con ansia, ciego,

que me derriban a un mortal desvelo.

Si mi padre no fueras, ¡qué de mucho

que este nombre, que le tengo recelo,

y no es justo las manos ensuciara

en las venas de un hombre soberano.

Ciego estoy, reportarme es imposible;

llevarme de pasión tan ciega

no puede más mi condición terrible,

que ya en diluvios de rigor se anega;

¿tú eres mi padre, di?, ¿será posible,

posible fue que si a mirar se llega, que

quien vive tan altivo y arrojado,

de condición tan fiera, fue engendrado?

¿Qué son los abrazos que mi pecho

del tuyo aguarda, aquellos donde un padre

los lazos de la paz, con amor estrecho?

Tigre cruel debió de ser tu madre,

criado al fin en la breña más áspera;

no tengo culpa, que a quien hoy le cuadre

mirarte a ti, que me engendraste altivo,

que por tu causa inobediente vivo.

Tú, mereces de pasiones ciegas,

cuando te pensé amoroso, desabrido;

tú, cuando humilde a un amoroso ruego

te muestras más que todos ofendido,

a estas canas que te presumes ciego

opusiste al ser padre eterno olvido,

yo no te ofendí (aunque en rigor te cuadre)

quien el nombre merece de mi padre.

De desperado voy de tu presencia;

no tocarás jamás los tiernos lazos

de un hijo que engendra la desobediencia,

si no llega a tus pies hecho pedazos;

no te pido al partirme más licencia,

ni quiero que me obligues con tus brazos,

porque el favor que más he de hacerte

es partirme de ti para no verte.

¡Plegue a Dios que tus iras levantadas,

que calma el hado con cristales puros,

se vean de mi sangre salpicadas!

Pag. 6

Don Diego.

Cierto fin de mis celos, malos agüeros,

allí mis enemigos agraviados

metal ardiente, en los enojos duros,

arrojen a mi pecho, y muera luego

templando con mi sangre el plomo y fuego.

Entonces sí que vivirás contento,

brío alentando a tus soberbias canas;

quédate a Dios, hasta que falte aliento

en nobles fuerzas, que imaginas vanas,

y agradece a quien soy, el sufrimiento

cuando soberbio mi valor profanas;

que a no tenerle, ya midiera el suelo

ese que vive en ti, loco desvelo.

Hace que se va y detiénele don Luis.

Don Luis.

Espera, vuelve, hijo, no te ausentes,

que ya advertido por extraños daños,

no son enojos los que ves aparentes,

consejos son para tus verdes años;

advierte en estos ojos dos corrientes,

rocían tu afeto sanos baños;

toma mis brazos, que si te he ofendido,

aunque tu padre, tu perdón te pido.

La cara muestras y inclinado,

a tus pies, verás del alma mía

de nuevo amor, el paternal cuidado;

Don Diego.

Vencióme, (aunque enojado) tu porfía

terrible, estás en el caduco estado.

Don Luis.

Si aspereza mostré, solo sería,

por verte reportado en tus acciones;

Don Diego.

ya te pido, señor, que me perdones.

Castaño.

Hasta que os he visto en paz,

a llegar no me he atrevido;

mas ya que los dos, te pido

(si no es que estás pertinaz)

conmigo también las manos

Don Luis.

horro de severidad.

Castaño.

Llaneza, amor, amistad,

con términos más humanos.

Don Luis.

¿Vienes bueno?

Castaño.

De Sevilla

vengo, señor, mareado,

por el mayor desvelado

que se conoce en Castilla.

Sale Clara.

Don Luis.

¡Hola, Clarilla!

Clara.

Señor.

Don Luis.

Pon en esa cuadra asiento;

pues ha dado a mis contentos

la puerta franca el temor.

Clara.

Mi señor don Diego vino,

deme mil veces los brazos.

Don Diego.

¡Oh, Clara!

Clara.

En aquestos lazos

doblado el gusto imagino.

Don Luis.

A llamar a tus amigos

voy, que quiero que te vean

Pag. 7

Vase.

Don Luis.

porque todos juntos sean

de tanto placer testigos.

Clara.

¿El vellacón de Castaño

vino también?

Castaño.

¿No le ves

aguardando que le des

los brazos?

Clara.

Lindo tacaño.

Castaño.

¡Qué donosa Marcelina!

Por lo agudo, toledana;

diré mejor, segoviana

por lo que tiene de fina.

¿Andas de inquietos ojuelos

después que yo me partí?

¿Cuántos di, Clarilla, di,

amas lacayos mozuelos?

¿Cuántos pajes que, de crudos,

cuando vas a la oración,

por aceite o por carbón,

siguen tus pasos menudos?

¿Cuántos libran desnudos

las míseras faltriqueras,

a puras libras de peras,

de las ninfas del fregado

ordinaria colación?

¿Y cuántos has despedido?

Que los que te han merecido

yo sé que infinitos son.

Clara.

¡Oh, qué bribón! A mi brío

no se le atreven lacayos;

tres jetudos mozos bayos

desvanecen el amor mío;

tres poetas mendicantes

me conquistan a sonetos,

y otros tres vicediscretos

pretenden ser mis amantes;

tres mocitos de guedejas

por hablarme se deshacen,

de estos que guedejos hacen

cárceles de sus orejas;

tres de faldudo cabello

por delante y por detrás

que andan muriendo, verás,

por ver este rostro bello.

Y, como ausente has estado,

con todos me he divertido,

pero agora que has venido,

en ti pondré mi cuidado,

que quiero (así yo me goce)

solo a ti si estás presente,

pero cuando estás ausente

no me contento con doce.

Castaño.

¡Qué condición de mujer,

tan al vivo retratada!

Don Diego.

¿Mi hermana está levantada?

¿Cómo no me sale a ver?

Pag. 8

Clara.

Toma, señor, el llavero.

Don Diego.

¿Y salió muy de mañana

fuera?

Clara.

Fue con Aldana,

que la sirve de escudero.

Don Diego.

Dime, ¿el buen Aldana...

Clara.

Sí.

Don Diego.

...con su ordinaria jaqueca,

ha sido tu amante?

Clara.

Peca

en viejo, aunque para mí

hallo los mismos aceros

en un viejo adinerado

que en un mozo almidonado

que tiene pocos dineros.

Don Diego.

¿Y la bella Feliciana?

Clara.

Está como el mismo Mayo,

de sus ojos hace un rayo

más alegre la mañana.

Tiene dos mil mocecitos

por sus locos pretendientes,

destos sin barba valientes,

pocas obras, muchos gritos.

Don Diego.

Yo pensé que se casara

con Félix.

Clara.

Ya se ordenó.

Ha un mes que misa canta,

si bien de su buena cara

olvidarse es imposible,

sus padres no le dejaron

casar, y al fin le forzaron

que se ordenase.

Don Diego.

¿Es posible?

Clara.

Mas si va a decir verdad,

él muere por Feliciana.

Don Diego.

Será su intención liviana,

mas mudará voluntad.

Clara.

Trae su media sotanilla

con balconcillo brillante,

liga con oro galante,

rico, bravo, y que de chilla

porque a lo galán pretende

y con lastimosas quejas

no deja al mozo estas rejas.

Don Diego.

¿De liviano amor se enciende?

Clara.

Yo haré que mude de intento.

Es clérigo muy pulido,

de todo mozo admitido,

porque en la misa es un viento,

abrevia en las oraciones,

y afana con desenfado

y vive el más celebrado

de todos los dormilones.

Sale don Juan y don Pedro.

Don Juan.

Seas, Don Diego, bienvenido.

Don Pedro.

Dadme mil veces los brazos.

Pag. 9

Don Diego.

Don Juan, entre aquestos lazos

vuelvo a ser enredado.

Llegan sillas. Siéntanse.

Don Pedro.

¿Cómo estáis?

¡Cómo, Diego, venís!

Don Diego.

Que como estoy, me decís

cuando favores me dais.

Castaño.

Si puede participar

Castaño de tanta dicha.

Don Pedro.

Será menor su desdicha.

Llega, bien puedes llegar.

Danos a todos los brazos.

Castaño.

No hay en Castilla tal conde,

ese merecido nombre

gana dicha en estos lazos.

Don Juan.

¿Cómo habéis estado ausente?

Don Diego.

En Sevilla divertido,

que es el lugar más lucido

por lo rico y lo valiente.

Don Pedro.

¿Buenas mozas?

Don Diego.

Limpias son.

Don Juan.

No digáis más alabanza,

prolijas en la esperanza,

no falta la posesión.

Don Diego.

Como no falte dinero,

lo mismo veréis acá.

Don Juan.

Doña Clara, ¿cómo está?

Don Diego.

Tiene dueña y escudero.

¿Esta moza?

Don Pedro.

Lo parece,

aunque la edad desengaña.

Don Diego.

¿Tiene visitas?

Don Juan.

Y araña,

al que no la da, perece.

Don Diego.

¿Qué se hizo la morena?

Don Pedro.

Por airosa celebrada,

y está de opinión quebrada.

Don Diego.

¿Está mala?

Don Pedro.

No está buena.

Don Diego.

¿Qué se hizo la bobilla

de don Juan, bello sujeto?

Don Juan.

Casóse con un discreto,

que la sustenta y que la abriga.

Don Diego.

¿Está buena?

Don Juan.

Hace una falta:

tres dientes, si bien airosa,

habla, medio acezosa.

Don Diego.

Eso la belleza esmalta.

Don Juan.

Como la faltan tres dientes,

si la hablan de su marido,

por Dios, que los ha vendido,

por agüero los presentes.

Don Diego.

¿Habéis estado en Madrid?

Don Juan.

En estas fiestas pasadas

estuve, y hay dos casadas

niñas.

Don Diego.

¡Vive Dios! ¿Decid?

Pag. 10

Don Juan.

Mas tienen mil fullerías,

todas huérfanas de padre,

pero ninguna de madre,

ni de pedigüeñas tías.

Don Diego.

¿Hay estadas de juego?

Don Juan.

¡A tahúres!

nadie se escapa.

Don Diego.

¿Fulleros?

Don Juan.

De buena capa.

Don Diego.

¿Embustidores?

Don Juan.

Aquí

los hallaréis a millares

en cualquier conversación.

Don Diego.

¿Hay valientes?

Don Juan.

Pocos son

los que vengan sus pesares;

anda la de Guadalupe

ayudada en las pendencias.

Don Diego.

¿Amigos?

Don Juan.

Malas ausencias

que tienen algunos, suple.

Don Diego.

¿Bajan damas a la vega?

Don Juan.

Dos mil niñas madrugonas.

Don Diego.

¿Pedigüeñas?

Don Juan.

A pasto,

cuando la noche se llega.

Don Diego.

¿Hay meriendas?

Don Juan.

Las sencillas

de banquetes ocupadas.

Don Diego.

Vamos a ver tapadas,

Don Juan.

tachonadas chinelinas;

veréis que llevan los ojos

del más tibio corazón.

Vanse los dos.

Don Diego.

Vamos a ver las que son

dulce fin de mis enojos.

Clara.

¿Quedaste, Castaño?

Castaño.

Sí.

Clara.

¿No vas a ver las fregonas?

Castaño.

Tú entre todas te coronas,

por eso me quedo aquí.

Clara.

¿Has sido firme?

Castaño.

Y ausente.

Clara.

Que no es poca maravilla.

¿Fuiste rufián en Sevilla?

Castaño.

Fui por parecer valiente.

Clara.

¿Tendré celos?

Castaño.

¡Tuyo soy!

Clara.

Habrá furia.

Castaño.

Será en vano.

Vanse.

Clara.

Doyte de amiga la mano,

y a la cocina me voy.

Salen doña Ana y Feliciana con mantos.

Doña Ana.

No poco me he divertido,

¡oh, la vega, Feliciana!

Feliciana.

Mira, amiga, que mañana

has de tener prevenido

el coche.

Pag. 11

Doña Ana.

Ya te he pedido

Feliciana.

a don Juan. ¿Será cierto?

Doña Ana.

Lo que me importa le advierto.

Feliciana.

Segura dél estarás.

Porfía en su amor.

Doña Ana.

Jamás

vivió en los dos más despierto.

Feliciana.

El que te tuvo mi hermano

olvidaste con violencia.

Doña Ana.

La mujer en viendo ausencia,

olvidar luego es tan llano.

Feliciana.

Y Félix cánsase en vano,

que es sacerdote, y no quiero

que llegue su amor grosero

hasta ofender mi honor,

cuando a pesar de su amor

casarme, doña Ana, espero.

Doña Ana.

A mi casa hemos llegado;

cansada vienes, aquí

serás servida de mí.

Feliciana.

De nuevo me has obligado,

pero estará con cuidado

mi padre.

Doña Ana.

Félix es este.

Feliciana.

Plegue a Dios que no le cueste

ser porfiado la vida.

Sale Félix con media botinilla y se detiene.

Félix.

Para alcanzar mi homicida

sus alas Amor me preste.

Doña Ana.

Háblale resueltamente,

declárale tu intención,

que hará eterna tu afición

hablando secretamente.

Félix.

Feliciana hermosa, advierte,

para que pueda obligarte

darte de mis penas parte,

que después que llegue a hablarte,

si no es llegando mi muerte,

será imposible olvidarte.

Feliciana.

Procura, pues, divertirte

con otro sujeto hermoso,

pues el estado tan dichoso

no ha podido persuadirte.

Advierte a desdecirte,

que si antes fuiste querido,

de mi sentido el olvido

y rigor mostrando van,

porque no ha de ser galán

quien no puede ser marido.

Yo confieso que estimé

en otro estado tu amor,

pero ya volví en rigor

lo que antes favor juzgué.

Quien porfía, cuando ve

(porque honor estimo y precio)

de su inquietud el desprecio,

Pag. 12

Feliciana.

Solo pudiera, arrogante,

de poca edad, un amante

con obligación de necio.

Félix.

Puede la vida quitarme

un hermano con valor,

tengo honor y tengo amor,

y los dos han de matarme.

Feliciana.

Y el cielo podrá vengarme

de ti; librarte conviene;

mira que tu fin previene

en la locura que das,

que, si enamorado estás,

matarante mis desdenes.

Félix.

Yo confieso que te adoro,

y, en el estado que ves,

juzgo burlado el deseo,

perdiendo al cielo el decoro.

Y, como tórtola al compás,

los juncos servir verás

de lenguas en este río,

diciendo al desvelo mío:

si prosigues, perderás.

Feliciana.

¿No has visto mano homicida

de un inocente que, al viento,

luego arroja el instrumento

para no ser conocida?

Pues yo, primero advertida,

que no me obligue el tormento

del fuego de amor que siento;

arrojar quiero tu amor,

si para perder mi honor

ha de ser el instrumento.

Si con astutas razones

piensas que olvidarte puedo,

engañaste, Feliciano,

que antes crecen los deseos

a quien has querido tanto;

por la dignidad que tengo,

llevada de ser mujer,

¿quién se olvidará primero?

Bien puede ser de tu parte,

mas de la mía no pienso

que dejarán de crecer,

contigo viven mis desvelos.

Si quieres que olvide amando,

será imposible el hacerlo,

como es imposible al sol

alumbrar a un mismo tiempo

todo el mundo, siendo fuerza

repartir los rayos bellos;

como imposible un arroyo

dejar de mostrar imperio

cuando las nieves de octubre

le dan cristales de hielos.

Pag. 13

Feliciana.

Como imposible, aun cobarde,

confesar que tuvo miedo,

y como el dar de ser

agradecido, indiscreto,

pides a Amor que me mate;

vive tú, mas yo le ruego

no que me mate, que viva,

porque si a tus manos muero

tendré, después de matarme,

corto bien, fácil tormento.

Félix.

Viví para verte amante,

tu marido estimo y quiero

para vivir y morir

entre batallas de celos,

que con verte haré mayor

el disgusto y el tormento.

Dícesme que temes, cuando

ese temor considero

bien haces, teme el delito;

mas no prevengas con eso

que yo turbe a Amor vencido,

siendo imposible el remedio.

Feliciana.

No te desvanezcas tanto;

esos aires que advirtieron

entre los juncos palabras

que te mentirán los ecos,

que si los jurados mudos

a lo que te adoro, ¡oh celos!

pensaran ofensas cuyas

vive Amor que en el incendio

de tu amor los abrasara,

o quedara por lo menos

ahilado de sangrar,

perdido el vital aliento.

No prodigas en matarme

los dichos encarecimientos

del homicida que deja,

temiendo ser descubierto,

el acero que manchó

en el inocente pecho,

pensando acobardarme a mí

como a villano instrumento,

que yo no podré olvidarte

aunque, en mis amores ciego,

burlara la divina merced

la dignidad de San Pedro.

Félix.

Que aunque es verdad que esos gustos

se detienen poco tiempo

y los fines peligrosos

hallan rigurosos premios,

mientras doy logros al gusto

de los fines no me acuerdo;

Pag. 14

Félix.

¿Qué importa que despeñado

de la región de los vientos

Ícaro rompa cristales

al violento golpe opuestos,

si atrevido se levanta

del cretense muro al cielo

y donde dé luz a sus

logrados desvanecimientos?

Fijo de mi amor llevado

a imitación de este ejemplo,

llego a la luz de ese sol

a tocar tus rayos bellos,

donde me ofrezcas amable

favores de glorias llenos;

por quien a pesar del mundo

entretenido y suspenso

pase mi vida adorando,

viva mi amor mereciendo,

goce fragancias de olores

de esos dos claveles tiernos,

de quien para enamorar

hurtan los aires alientos.

Y aunque aborrecido viva,

Feliciana, me contento

con ver esos bellos ojos,

si no acariciado en ellos,

siendo por amante firme

milagro de aquestos tiempos.

Después de logrado el gusto,

llegue, atraído el desprecio,

mas no llegue, no me cobres

la palabra, que aborreces;

fabulosos desengaños,

mentidas historias cuento;

no olvides, no me despeñes,

pues sabes que no merezco

violenta furia de quien

vive adorada de mi genio,

en no poder ser tu esposo,

no soy culpado, ni pienso

seguir de Pedro el camino

cuando tus favores pierdo;

no quieras precipitarme

porque con golpe violento

cobres a traición el gusto

y agravias lo que te quiero.

Confiesa que me quisiste

y en el mismo sentimiento

ejecutas tus rigores.

Mujer, en fin; donde anhelo

igual viviendo el olvido

Pag. 15

+

Félix.

del amor rapaz, grosero,

si de la cumbre de un monte

precipitado hasta el suelo

vieras un hombre arrojado,

¿no te lastimara el verlo?

Sí, pues, ¿por qué, rigurosa,

desde la cumbre del cielo

donde admiraban favores

precipitas mis deseos?

esta condición esquiva

es rayo, que rompe el viento,

es corriente despeñada,

es volcán que arroja el fuego,

es áspid entre las flores,

es tigre manchada a trechos,

es toro celoso herido,

es lobo ladrón sangriento,

es un león desatado,

es mujer propia con celos.

Feliciana.

Yo no puedo más;

mi honor, contrario soberbio,

vuelve el amor que te tuve

en libre aborrecimiento;

vive Dios, que no han podido

obligarte mis afectos,

que he de forzar de tu honor

valor, que le disimulas,

mentida fuerza le has dado,

porque has mudado de intento.

Félix, en la calle estamos;

no des lugar que el respeto

se pierda a quien no merece

villanos atrevimientos.

Doña Ana.

Don Juan viene aquí.

Feliciana.

Y mi hermano.

Félix.

Si no me engaña el deseo,

cobarde amor, no desmayes,

cuando en mis brazos te llevo.

Sale don Diego y don Juan.

Don Juan.

Feliciana es la que veo,

y doña Ana.

Don Diego.

¿Aquel mancebo

no es Félix? Sí, que mi honor

no me da lugar al verlo

para poder reportarme;

buscándote, hermana, vengo.

Feliciana.

Dame mil veces los brazos.

Don Juan.

Mil glorias me das con verlos;

a ver tus cielos doraba

afrenta del dios de Delo;

llego, si bien temeroso

de sus luces, porque tiemblo.

Pag. 16

Don Juan.

un tiempo del que ha llegado,

y en fin sus mudanzas temo.

Doña Ana.

¿No se acordará de mí?

¿No te asombras desta angustia?

Don Diego.

Doña Ana, dame los brazos,

mi amor, con favores nuevos,

nace mirando tus ojos.

Doña Ana.

¿No pudo de ausencia el tiempo

borrar tu memoria?

Don Diego.

No,

que te he llevado en mi pecho.

Don Juan.

¡Vive Dios, que estoy corrido!

Porque para cumplimiento

del extremo de doña Ana

me ha dado ocasión a celos

que fue Diego su galán,

y a su mudanza veo.

Félix.

Hermano, tarde parece,

mas despacio nos veremos

en casa, porque mi padre

que esté con cuidado temo.

Doña Ana.

Esta es mi casa. Si acaso

dura el amoroso incendio

todavía, amor enciende

la antigua llama en mi pecho.

Don Diego.

En mí vive la memoria.

Doña Ana.

Y en mí el agradecimiento.

Félix.

A don Juan dejas celoso.

Doña Ana.

Este amor nació primero.

Vanse las dos, y al irse a entrar Félix, le detiene don Diego.

Don Juan.

A don Diego quiero hablar

para asegurar recelos.

Don Diego.

Félix, deteneos un poco,

que hablaros a solas quiero,

que presumo que voláis

de mi honor al claro cielo,

y antes que voléis más alto

aconsejaros pretendo.

Félix.

Don Juan está aquí; si acaso

os está bien el silencio,

apartémonos los dos.

Don Diego.

Bien decís. Don Juan, ya vuelvo;

aguardad, mientras castigo

la arrogancia deste necio.

Vanse los dos.

Don Juan.

Este mozo, este mancebo

tiene perdido el respeto

al cielo, pues a su padre

no fue posible tenerlo.

Pedísele como amigo

no intente cortarle el vuelo

a mi amor, pues ha dos años

Pag. 17

En el margen superior izquierdo de la página aparecen dos líneas tachadas: "que conquisto mereciendo / suenadentro vn golpe de bofeton".

(Dentro).

Don Diego.

Yo tomo satisfacción

desta suerte de mi agravio.

Don Juan.

¡Don Diego!...

En el manuscrito, a continuación del nombre de Don Juan, aparece tachado "(el enoxo rauio)". Debajo, también tachado, se lee "dio a felix vn bofeton.".

Sale don Diego, y don Félix arrodillándose a sus pies.

Don Diego.

A los que arrogantes son

doy semejante castigo.

Félix.

Vuelve, Diego; vuelve, amigo;

con la injuria que blasonas

me engrandeces, me coronas,

y a obedecerte me obligo.

En la mejilla siniestra

tu airada mano pusiste,

pero es la que tú ofendiste

la que agraviada se muestra;

mira que aguarda la diestra

el honor que estimo y gano,

agora, si estás tirano,

y yo avergonzado y triste,

pues honrarme no quisiste

segunda vez de tu mano.

Yo confieso que he vivido

en el estado presente,

soberbio, altivo, inclemente,

inobediente, atrevido;

pero de ti he recibido

el bofetón que me has dado,

con haberte perdonado

pidiéndote otro, recelo

que me levante hasta el cielo

porque a tus pies me he humillado.

Don Diego.

¡Qué necias bachillerías!

A los mozuelos llorones

no se han de llamar varones

con tantas doncellerías.

Si por humillarte fías

la gloria, Dios te la dé;

yo, por lo menos, vengué

mi agravio en el bofetón;

si para ti premios son,

cuantos pidas te daré.

Pero no quiero, no, darte

el que tú agora me pides,

porque, si el golpe no impides,

pienso que no he de agraviarte.

El que allí acabé de darte

agraviado te dejó,

pues sin voluntad te halló.

Pag. 18

Don Diego.

de querelle reñir;

y el que vienes a pedir

Félix.

no quiero dártele yo.

Don Diego.

Digo, ya parto obligado,

Félix.

y quedo más atrevido.

Don Diego.

yo voy de ti agradecido,

Félix.

yo quedo de ti vengado.

Don Diego.

y un amigo has ganado.

Félix.

de tu amistad desconfío.

Don Diego.

verás que en serlo porfío.

Félix.

has mostrado poco aliento.

Vase.

Don Diego.

Dar bien por mal, es mi intento.

Félix.

dar mal por bien es el mío.

Don Juan.

De mis agravios llevado,

de Félix enternecido,

aunque a hablarle he pretendido,

con el dolor me he turbado.

Félix.

¿De qué tienes demudado el rostro?

Don Juan.

Ocasión me das.

Félix.

Habla, ¡conmigo estás!

Don Juan.

Que aliento me falta, siento.

Félix.

Pues vete a cobrar aliento

y luego hablarme podrás.

Finis operis. Del acto 1.

Jornada segunda

Pag. 19

En la esquina superior derecha se lee el número de folio 19.

Salen don Juan y don Pedro.

Don Juan.

Esto pasa.

Don Pedro.

¡Vive Dios,

que no le dieras la muerte!

Don Juan.

Que tiempo no falte, advierte,

para vengarnos los dos.

Don Pedro.

Yo, si no fuera por vos,

hubiera sido homicida

de su sangre, que atrevida

quiere a todos sujetarnos,

y es vileza no vengarnos,

atropellando su vida.

El otro día en la casa

del juego, de enojo llano,

le dio principio a un agravio,

ya la cólera me abrasa,

dijo que en Toledo pasa

con opinión de valiente

don Pedro, y por tal se cuente,

darle valor a sus manos,

y es falta de Toledanos;

pues él se ha de desmentir.

—El enojo me molesta

tanto, que aun siento el agravio

desde la garganta al labio,

se me olvidó la respuesta.

Con esta daga, con esta,

quise la lengua atrevida

cortarle, mas reducida

quedó a otro la elección.

Pag. 20

Don Pedro.

que no faltará ocasión

para quitarle la vida.

Lo que con Félix pasó

por lo que he sido su amigo

he de vengar, que el castigo

a mí solo me tocó.

Quien tan soberbio nació

que a su padre no obedece,

desdichado fin merece;

deja, que llegue a mis manos,

sabrá, si entre toledanos

lo que valgo, desmerece.

Don Juan.

En este sitio que ves,

enfrente de aquella casa

donde mi pecho se abrasa,

pidió Félix a sus pies

otro agravio, pero es

tan cruel, que aunque debía

que más dichoso le haría

en darle otra bofetada,

por no darle gusto en nada

no le dio lo que pedía.

Vete, que doña Ana viene,

si no me engaño, a su casa,

y el recelo que me abrasa

declarar mi amor previene,

porque si afición le tiene,

vive Dios que he de matarle.

Don Pedro.

Esta noche he de buscarle,

porque la lengua y el labio

te he de cortar, que mi agravio

es imposible olvidarle.

Vase. Sale doña Ana con manto.

Doña Ana.

Fuese Feliciana a casa,

y sola a la mía vengo.

Don Juan.

Por hablarte me detengo,

doña Ana.

Doña Ana.

Adelante pasa.

Don Juan.

Tanto mi pecho se abrasa,

que de llama encendida

temo que salga atrevida

a abrasar una mujer

que tan loca viene a ser

que a un tiempo adora y olvida.

Doña Ana.

No llegues tan arrogante,

don Juan, a pedirme celos.

Don Juan.

Perdiéronte mis recelos

el respeto; no te espante,

en dos días, tierno amante,

en dos días, tanto olvido;

a quien tanto te ha querido,

quíteme el cielo la vida

por no ver aborrecida

alma que tan tuya ha sido.

No tengo ya qué pedir

al cielo tanto rigor,

que basta hacerte favor

para llegar a morir;

mas ya que llego a sentir

tanto, doña Ana, el desprecio,

Pag. 21

La plana izquierda se encuentra tachada con un aspa de lado a lado.

Don Juan.

Yo haré que tu amante necio

pierda la vida a mis manos,

que favores soberanos

no piden menor el precio.

Ese arrogante mozuelo

le verás presto abatido,

pues llegará pretendido,

bizarro y loco hasta el cielo;

que no menos su desvelo,

que este castigo merece,

que llega a tu sol parece.

Pero verásle caer,

que el fuego que siento arder

ya sus alas enternece.

Y quisiera verle aquí

para mostrar mi violencia,

que matarle en tu presencia

será gloria para mí.

Nunca, doña Ana, sentí,

con afectos tan extraños,

dar a un hombre desengaños

de prendas como las mías.

Doña Ana.

Renació en esos dos días

el amor de tantos años,

propuse poner en ti

los ojos y, aunque me hallo

ausente y en mi retorno

a encender la llama en mí,

pensé olvidarle sin ti,

contigo, amor, y atrevido

se muestra más encendido.

Porque en materia de amar

es el pensar olvidar

despertar más el cuidado;

yo vuelvo a querelle bien,

porque no pudo su ausencia

tanto, que al ver su presencia

no vuelva a amarle tan bien.

Don Juan.

¿Cómo sufría un desdén

quien se juzga enamorado?

Doña Ana.

Olvidar tuvo por pasado.

Don Juan.

Aunque quise, no he podido.

Doña Ana.

Pues júzgate aborrecido

y saldrás de ese cuidado.

Salen don Diego y Castaño.

Don Diego.

Poco sosiega quien ama,

todo le causa inquietud,

poco estima su salud,

todo lo vence su llama.

Aquí, doña Ana, mi dama,

es dueño de mi albedrío,

ni celos ni desconfío,

ni envidio suerte más buena,

dicen, no hay amor sin pena,

siendo así, no lo es el mío.

Castaño.

Ese discurso condeno.

¿Que no celas?

Don Diego.

No, Castaño.

Castaño.

¿Ni estorbas?

Don Diego.

No temo engaño.

Castaño.

Para mí, ando más bueno,

anda amor de engaños lleno.

Pag. 22

En el margen superior derecho de la plana derecha aparece el número 22. El texto de toda la página (ambas planas) se encuentra tachado con varias líneas diagonales.

Castaño.

en la mujeril flaqueza,

y tú con tanta simpleza

vives con satisfacción;

tú serás de esa opinión,

mas guarde Dios mi cabeza.

¿Que no temes?

Don Diego.

Ni recelo.

Castaño.

Luego, ¿vives confiado?

Don Diego.

De que no seré olvidado.

Castaño.

¿Amarás cosa del cielo?

Don Diego.

Al cielo adoro en el suelo,

pompas de rosas y jazmines.

Castaño.

Pésame que te imagines

amado, y no respondido,

cuando tu desvelo ha sido

un serafín en chapines.

Don Diego.

No puede haber en amor

olvido, engaño y desprecio;

no hay en dos amantes precio

como sustentar su ardor.

Castaño.

Aquí a doña Ana, señor,

y a don Juan tienes presentes.

Don Diego.

De celos siento accidentes.

Castaño.

Verás agora tu error;

pues con ansia y con rigor

el verla con otro sientes.

Quien vive tan confiado,

para su locura en esto,

es mujer, mira que presto,

don Diego, te la ha pegado.

Don Diego.

Huélgome de haberte hallado.

Aparte.

Doña Ana.

Este es Diego, soy perdida.

Don Juan.

Aquí de un alma ofendida

verás impulsos ardientes.

Doña Ana.

En mi presencia no intentes

acción tan descomedida;

dame este gusto, don Juan,

por lo bien que me has querido.

Don Juan.

¿No ves que estoy ofendido?

Mas en mí, ¿qué no podrán

tus ruegos?

Don Diego.

Hoy se verán

tus pasiones en el viento,

pues con loco pensamiento

a mi amistad correspondes,

si no es que ya me respondes

que no has cobrado tu aliento.

Delante de lo que adoras

fuerza ha de ser alentarte;

aquí estoy, ven a vengarte,

porque tu valor desdoras;

advierte, si es que lo ignoras,

que no hay disculpas que aguarde

quien no hace valiente alarde

delante de lo que quiere;

y el que tímido lo hiciere

será dos veces cobarde.

Pag. 23

Ambas páginas presentan tachaduras generales en forma de aspa.

Don Diego.

Aquí se ofendió mi amor,

y aquí puso un disfavor

fin a tu esperanza vana.

Ahora aquí verá doña Ana

quién la merece mejor.

Vete, Castaño, que a mí

nadie me ha de acompañar;

yo solo le he de matar.

Castaño.

Para obedecer nací.

Don Diego.

Este no es miedo.

Castaño.

Este sí.

Don Diego.

Aquí te daré a entender

si es valor o si es temor.

Vete, pues, que a Livia mandólo así.

Riñendo los dos a placer. Vase.

Castaño.

Estoylo yo deseando.

Don Diego.

Aquí quiero yo que sea

la venganza que buscaste.

Doña Ana.

Eso es perderme el respeto.

Don Diego.

Quiero que tú estés delante;

desvíate, no aventures

el valor que quiso darme

el cielo.

Doña Ana.

No me respetas.

Don Diego.

No he respetado a mi padre,

¿y quieres tú, qué locura,

que a ti respeto te guarde?

Don Juan.

Deja ese loco, doña Ana,

porque pise los umbrales

de la puerta de la muerte,

siendo mi espada la llave.

Doña Ana.

Pues vive Dios, pues llegáis

los dos a no respetarme,

de no veros en mi poder

de no hallaros en balde

favor que eleva al cielo

a quien es tan fiel amante;

de noche rondáis mi casa,

de día pasáis mi calle,

vosotros, locos mancebos,

buscáis por tercero a Marte.

¡Qué rebelde galanteo!

¡Qué descorteses galanes!

Esto de sacar cuchillas

que admiren al sol y al aire

en la guerra luce bien,

que en enamorosas paces

elija la dama el joven,

y al que despreciado hallare,

aquel desvelo nacido

sin voluntad de las partes,

desista de la locura

de que el otro se enlace

como la amorosa yedra

trepando riscos de jaspe

en la añudada encina,

sino como flor fragante

siempre cercada de espinas,

que si la adornan la guarden,

porque hieran estas a aqueste,

porque tú a aquestos acobardes.

Pag. 24

El texto de esta doble página presenta grandes trazos diagonales, lo que indica que todo este pasaje fue tachado o suprimido.

Doña Ana.

Hallas en este mi gusto,

hallasme en aqueste afable,

la elección consiste en mí,

si yo nombro el que me agrade,

¿qué importa que tú le mates,

si muere el que adoro yo,

si vive el que despreciare,

tan muerto como el que dejo,

y el que yo aborrezco yace?

Esto supuesto, decid,

¿de qué sirve que arrogantes

midáis los dos los aceros

si ha de ser la suerte igual?,

pero pues no respondéis

mostrando airado el semblante

y los dos como enemigos

queréis que la empresa acaben

los temerarios impulsos

que engendraron arrogantes

el valimiento del uno

y del otro las crueldades.

¡Vive Dios, tanto me ofenden!,

que he de ser de aquí adelante

roca opuesta al golpe de agua

que en batiendo se deshace;

y si al uno aborrecí

y al otro propuse amarle,

pues no he de querer ninguno,

esta vez os dejo iguales.

Y tened agora atención,

que quiero ver cómo sale

por el golpe de la herida

caliente humor en corales,

pero no, no quiero daros

el gusto de estar delante;

que por mujer soy piadosa,

y no quiero yo obligar

a la piedad de los celos

cuando despidáis raudales.

Mataos sin que yo lo vea,

y estad atentos, escuchadme,

que aunque los dos tengáis vida

después del valiente trance,

ninguno de mis favores

ha de poder alabarse.

Castigo que merecéis

por las que usáis necedades,

tú, por porfiado amante,

tú, por lo suyo arrogante;

ninguno de aquestas puertas

para pretenderme pase,

ni en la calle, si es posible,

que si le veo en la calle,

sabré atravesar su pecho,

sabré una flecha tirarle;

que una mujer ofendida

es rayo, es veneno, es áspid.

Pag. 25

Doña Ana.

escondido entre las rosas

fingidas que el rostro trae,

adonde hallará prisiones

quien piensa hallar libertad.

Vase.

El texto a partir de aquí y hasta el final de la columna presenta grandes trazos diagonales indicando su supresión.

Don Juan.

Diego, si quieres venir,

aquí me tienes constante;

mas a quien te da favores

no es razón darle pesares.

Remitámonos el disgusto,

al campo allí se declare

con la ventura del uno,

dicha en el otro mudable.

Don Diego.

Donde recibo el agravio

allí pretendo vengarme;

nunca salgo a desafíos

al campo, que puede helarse

la sangre que es del enojo;

¿adónde vas a vengarte?

aquí matarte pretendo,

o aquí quiero que me mates,

que jamás he despreciado

a mi enemigo arrogante,

soberbia que suele ser

verdugo en la propia sangre.

Don Juan.

En efeto, ¿no hay remedio?

Don Diego.

Aunque el cielo lo mandase.

Don Juan.

¡Ah, soberbio!

Don Diego.

¡Vive Dios!

Él me valga.

Meten mano y al partir tropieza don Diego y cae a los pies de don Juan, y él levanta la espada de don Diego que al tropezar se le cae de la mano, y al quererle matar sale Félix y le detiene.

Don Juan.

Tropezaste,

ya soy dueño de tu vida.

Félix.

Tente, por Dios, no le mates.

Don Juan.

No haré, pues eres testigo,

Félix, que puedo matarle.

Don Diego.

Pese a la infamia,

déjame que me levante,

vuélveme mis aceros

para que le quite alardes.

Félix.

Vete, don Juan, no le ofendas,

hazlo, por Dios, por su madre.

Don Juan.

Por ti, Félix, le perdono,

sus armas he de llevarme,

serán en nombre valiente,

si lo fueron de un cobarde.

Félix.

Das las armas a don Diego,

que eso es, don Juan, afrentarme,

y advierte que no es razón

que tú cobarde le llames;

soberbio quiso ofenderte,

y tuvo fatal ventaja,

y tropezando en las piedras...

Pag. 26

Félix.

tendido a tus plantas yace,

que bien sabes tú que Diego

no es cobarde, no te alabes,

que este no fue rendimiento

sino desdicha notable;

el honor suyo es el mío.

Dale la espada a Félix y vase.

Don Juan.

Las armas puedes darle,

aunque darle bien por mal

ni lo agradezca ni pague.

Félix.

Estas son tus armas, Diego;

afligirte es disparate,

ya conocen tu valor,

y a lo que tú puedes saben;

esta es desdicha, y advierte

que tú propio la causaste.

Mira que se cansa el cielo,

pon freno a tus libertades,

teme desgraciada muerte,

y sé obediente a tu padre,

que el sucederte desdichas

de tu inobediencia nacen.

Don Diego.

Después de haberme ofendido,

te pones a predicarme.

Vete de aquí, no te vea,

que desde el primer instante

que te vi me han sucedido

mil desdichas, mil pesares.

Lleva esas armas contigo,

que espada que tú tomaste

quién duda que ya tendrá

con los aceros cobardes.

Félix.

Mira, Diego, lo que dices,

mira que a Dios enojaste,

mira que yo soy tu amigo,

desde aquel primer instante

que tu mano coronó

mi mejilla de granates;

cíñete la espada, Diego,

que no vuelve a ti cobarde.

Don Diego.

¿Quieres que pierda el respeto

al cielo? No quiero dejarme.

Vase.

Félix.

No, amigo, a tus pies la pongo,

y advierte que el ampararte,

que tu agravio en mi mejilla

es corona de diamantes.

Don Diego.

No sé por dónde comience

a declarar mis pesares.

Haré pedazos mi pecho,

manchará el suelo mi sangre,

sí, que tan infame aliento

no es bien que mis venas guarde.

Yo he de vivir afrentado,

Pag. 27

Levanta la espada y enváinala.

Don Diego.

antes la tierra me trague,

levántense pardas nubes

de cuyos densos volantes

arrojen partos de fuego

que me quemen, que me abrasen;

todo es azar en Toledo

desde que vi los umbrales

de sus puertas; desde entonces

parece que el fuego, el aire,

la tierra, el agua, las fieras

me persiguen, me combaten;

pero ¿yo temo prodigios,

ni yo doy crédito a azares?

Y así, desde que nací,

inobediente a mis padres,

sin respeto, sin temor,

atrevido, ¿a amedrentarme

puedo? Ni yo doy lugar

que un tropiezo me acobarde.

Mataré a don Juan; seré

fiera segur que la estambre

de su vida corte al viento;

morirán cuantos tomaren

por su cuenta el defenderle;

yo no soy hombre, soy áspid.

Vuelve tu acero a ceñirme,

que lo que la suerte hace

no puede culparse en ti.

Hijo soy destos gigantes

riscos que a Toledo ostentan

y alfombras visten de nácares;

valor tengo, no he perdido

aquel aliento admirable

con que a pesar de enemigos

amago vivo de Marte,

no es ofensa del valor

tropezar, que el aflojarme,

ciego, causó mi desdicha,

azar que previne antes;

mas yo volveré por mí,

que pretendo levantarme

al cielo, porque su aliento

me dé Marte para airarme;

que para que yo me asiente

no es mucho que él se levante.

Vase. Salen Clara y Castaño.

Clara.

De visitar su fregona

vendrá agora el buen Castaño.

Castaño.

No, Clarilla, no te engaño,

mi buen término me abona.

Clara.

Habrá habido su requiebro

al uso de amante fino,

será la pícara fina

y darále algún quiebro.

Pag. 28

La página izquierda del manuscrito está tachada con una gran aspa. Aparece el número de folio "28" en la esquina superior derecha de la página derecha.

Castaño.

Vendió fineza la tal,

hubo acaso de moquete,

y voces de un acá y vete,

que estoy de celos mortal.

Clara.

Pensará que yo me fino

por sus necias travesuras.

Castaño.

Pienso que mi amor procuras.

Clara.

¡Oh, qué lindo desatino!

De donde cuenta prosiga,

Castaño, el jardín pasea.

Castaño.

Como agradarle deseo,

haces que verdad le diga.

Fuimos a Zocodover

y dionos la bienvenida

una hermosa y lucida

que andaba a escuras ayer.

Bajámonos a la vega,

hubo paseo galante

y vámonos delante,

pero mi brío las ciega.

¿Qué hago? pues llego estirado

haciendo de lo garboso,

salió un toro luego al coso,

su marido disfrazado.

Llegó haciendo del dormido

y reconoció el pelaje,

viome en figura de paje

y halló sin pájaro el nido.

Tripuló mi galanteo,

llegó con los labios mudos,

vino derramando escudos,

y agradable a su deseo,

el marido se durmió,

la moza tomó el dinero,

vino luego el enfermero

y al hospital me llevó.

Clara.

¿Qué hospital?

Castaño.

Hay en Toledo

un hospital donde cura

amante toda locura.

Clara.

Es como tuyo el enredo.

Ese modillo de amantes

para mí no hace cosquillas,

por traer en las toquillas

embelecos semejantes.

Yo conozco un mozalvillo

que a una niña que adoró

un mal tan grande le dio

que el accidente maldito

los dientes le echó de fuera,

cuando el fatigado amante

los recogió en un instante,

luego en la fiesta primera,

saliendo galán al uso,

por pensar mejor lucilla

en la flor de la toquilla

con este letrero los puso:

"Por estos que veis, mi dama,

la boca hermosa tenía,

mas ya la tiene vacía".

Castaño.

Quitole el necio la fama

porque algunos pensarían...

Pag. 29

Castaño.

que por viejos perdí.

Sale don Luis viejo.

Don Luis.

¿Dónde dicen que quedó

Clara.

el viejo?

Don Luis.

Que así porfían

los impulsos temerarios

deste rapaz a matarme,

si para más penas darme

no le matan sus contrarios,

agora que el sol se acuesta

como no vuelva a su casa

tanto por otras se abrasa

y tanto se entibia en esta.

¿Dónde queda la impiedad

de Diego?

Castaño.

Yo le dejé

en misa en Santo Tomé.

Don Luis.

¿Ahora en misa?

Castaño.

Es verdad,

que para misa es muy tarde,

que ya sus rayos el sol

baña en el mar español;

mas quedó, así Dios me guarde,

con unas monjas hablando,

en Zocodover.

Clara.

¿Qué dices?

Don Luis.

Mis hados son infelices.

Sale don Diego alborotado.

Don Diego.

Llego a mi casa llamando:

Castaño, dame un broquel,

toma esta daga, otra capa,

si de mi furia se escapa

y va al infierno tras él.

Don Luis.

¿Que yo soy de aqueste padre?

¡Oh, qué bien, alma, dudáis!

Castaño.

Por Dios, que si lo negáis

que queda afrentada su madre.

Don Luis.

¿Qué tienes?

Don Diego.

No tengo nada.

Don Luis.

¿Tienes pendencia?

Don Diego.

Tampoco.

Don Luis.

¿Cómo vienes?

Don Diego.

Vengo loco.

Don Luis.

Descansa, pues.

Don Diego.

No me agrada.

Don Luis.

Habla conmigo.

Don Diego.

No puedo.

Don Luis.

¿Por qué?

Don Diego.

Porque falta gusto.

Don Luis.

Pues, ¿qué te obliga?

Don Diego.

Un disgusto.

Don Luis.

¿De qué?

Don Diego.

De que muerto quedo.

Don Luis.

¿Puedo remediarlo?

Don Diego.

No.

Don Luis.

¿Ni ayudarte puedo?

Don Diego.

¿A mí?

Don Luis.

¿Busco tu provecho?

Don Diego.

Sí.

Don Luis.

¿Quién fue el agraviado?

Don Diego.

Yo.

Don Luis.

¿Toca a tu honor?

Don Diego.

Es mi afrenta.

Don Luis.

¿Tócame a mí?

Pag. 30

Don Diego.

no te toca

Don Luis.

habla pues

Don Diego.

soy una roca

Don Luis.

sosiega

Don Diego.

como tormenta

Don Luis.

declárate más

Don Diego.

no quiero

Don Luis.

así me respondes

Don Diego.

Don Luis.

ten temor

Don Diego.

temor en mí

Don Luis.

y el castigo

Don Diego.

no le espero

Don Luis.

dímelo

Don Diego.

qué necedad

Don Luis.

hágaslo por mí

Don Diego.

por vos

Don Luis.

dejadnos solos los dos

que yo sabré la verdad

Vase Clara y Castaño. don Diego hace que se va y detiénele su padre.

Don Diego.

no he de escuchar, vive Dios

Don Luis.

qué importa que tú no quieras

no soy yo tu padre

Don Diego.

Don Luis.

no eres mi hijo

Don Diego.

quisiera

no serlo

Don Luis.

soberbio estás

Don Diego.

por poder soltar la rienda

a mi inclinación altiva

Don Luis.

prosigue pues, qué hicieras

Don Diego.

dejadme padre por Dios

no apuréis mi inobediencia

Don Luis.

no has de salir esta noche

Don Diego.

no me obliguéis a que os pierda

el respeto

Don Luis.

ingrato joven

aun creyendo que no fuera

tu padre por estas canas

debes tenerme obediencia

a dónde piensas tan libre

llegar, dime, dónde piensas

esos altivos impulsos

poner, dónde te aconsejas

que subas, loco mozuelo

si han de humillar tu soberbia

advierte que los soberbios

son como las pardas nieblas

que se levantan pomposas

de los hombros de la tierra

y antes que el sol en su oriente

descoja las rubias trenzas

el oscuro pabellón

sobre todos señorea

pero llega la mañana

abre el aurora las puertas

sale el sol y el denso velo

vencido a su sol cesa

y aunque sucede mil veces

desde que nace y se asienta

Pag. 31

[P0: falta al comienzo de la página un bloque activo de unas treinta líneas del parlamento de don Luis, entre «desde que nace y se asienta» y «a que a mí no me obedezcas»; no se restituye por conjetura.]

Va don Diego haciendo las acciones que dice su padre.

Don Luis.

Mas si airas, que no te ciegas,

tanto el enojo, que llega

a que a mí no me obedezcas,

¿qué me vuelves a mirar?

¿Qué acciones, dime, son estas?

¡Inobediente, atrevido!

¿La daga cobarde tientas?

¿Yo te engendré? No es posible.

Hijo eres de una fiera,

de que has perdido el color.

El rostro airado no vuelvas.

¡Plegue a Dios! ¿Que me amenazas?

¡Llega, ejecuta la fiera

saña que de oírme tienes

en estas canas, en estas!

Pon esas manos traidoras,

que quien con tanta soberbia

en las de Cristo las puso,

que lo mismo representa

un sacerdote, no es mucho

que a mí el respeto me pierda.

¿Otra vez la daga empuñas?

¡Suelta, pues, soberbio, suelta!

Muestra la espada y la daga,

Pag. 32

Quítale la capa.

Don Luis.

¿Qué me miras, no me tiemblas?

Así sé yo castigarte,

así quiero yo que entiendas

que soy tu padre y que estás

obligado, aunque no quieras,

a obedecerme, y la capa

he de llevarme, si intentas

salir de casa esta noche;

sal sin armas, sal sin ella,

a lo sordo y no obediente,

pues no de grado, por fuerza

con los rigores que miras

he de hacer que me obedezcas.

Vase.

Don Diego.

No sé cómo le he sufrido;

alguna deidad secreta

me tuvo atadas las manos.

En el margen izquierdo figura la indicación "castano" como aviso de entrada.

Sale Castaño.

Castaño.

¿Salimos fuera?

¿Qué es de la capa y la espada?

Don Diego.

Entra allá dentro por ella.

Castaño.

¿Quién se la lleva?

Don Diego.

Mi padre.

Castaño.

¿Fue de voluntad?

Don Diego.

Por fuerza.

Castaño.

¿Y se lo sufriste?

Don Diego.

Sí.

Castaño.

¿Que has tenido tal paciencia?

¡El mundo quiere acabarse,

pues tú obediente te muestras!

Don Diego.

Tráemela, pues.

Castaño.

¿Cómo puedo,

si tu padre se la lleva?

Don Diego.

Entra por ella, acabemos.

Castaño.

Aguarda, que ya se acuesta;

encima del bufetillo

lo puso, conmigo sea

un Nerón.

Vase.

Don Diego.

No hagas ruido,

porque el viejo no te sienta;

saldré, si lo estorba el mundo,

aunque sin espada fuera.

Sale Castaño.

Castaño.

¿Oyes?

Don Diego.

¿Qué hay?

Castaño.

Más acertado

me parece en mi conciencia

aguardar, pues que no es tarde,

a que el viejo se durmiera;

que tiene junto a la cama

un palo, y pienso que apenas

he de llegar por la espada,

cuando me dé en la cabeza

cuatro palos; que los viejos,

que tú sin fuerzas contemplas,

son cuchillos que no cortan.

Pag. 33

Castaño.

que si bien lo consideras,

para acertar tienen filos

y los viejos tienen fuerzas.

Don Diego.

Vuelve, cobarde, no dudes,

aquí estoy yo. ¿Qué recelas?

Castaño.

Si adentro me dan de palos,

aquí fuera, ¿qué aprovechas?

Don Diego.

Ya se ha metido en la cama.

Llega a la puerta y vuélvese.

Castaño.

Ahora en Dios y en hora buena,

voy. Está aquel bufetillo

pegado a su cabecera,

y tu espada y capa encima,

y sus vestidos sobre ella.

Y el viejo tiene tanto ojo

abierto; si yo pudiera

quitarle primero el palo,

fuera gran cosa.

Don Diego.

Y no es fuerza

que esté dormido.

Castaño.

Tan presto.

Si ahora marido fuera,

no fuera mucho, mas ya...

Don Diego.

Calla, borracho.

Castaño.

Paciencia.

Dios ponga alas en mis pies.

Diego, una salve me reza.

Vase.

Don Diego.

No me acuerdo haber tenido

con mi padre más paciencia.

Del disgusto que he tomado

tanto el enojo me ciega.

Sale Castaño con la espada y capa, y en ella revuelto lo que dirá abajo.

Castaño.

Lindamente lo he sacado.

Tu espada y tu capa es esta.

Don Diego.

¿Qué es eso que se cayó?

Levanta, pues no se pierda.

Castaño.

Una balona del padre,

que vino revuelto en ella;

una media, un escarpín

y aqueste par de calcetas.

Como puso los vestidos

encima, yo con presteza

agarré tu espada y capa,

saquélo todo acá fuera.

Don Diego.

Pues vuélvelo adentro y vamos.

Castaño.

Belcebú que allá volviera

a ahogarlo desde la puerta.

La primera vez entré

con más miedo que vergüenza,

y no es el sueño del viejo

para hacer segunda prueba,

que yo soy poco dichoso

y hay palo a la cabeza.

Fin del acto 2º.

Jornada tercera

Pag. 34

En el margen superior derecho aparece el número 34.

Salen don Diego y Castaño.

Castaño.

La noche es acomodada.

Don Diego.

Callar, Castaño, procura,

y seguirme.

Castaño.

Tan oscura

y de nubes tan cerrada,

no la vi jamás.

Don Diego.

Aquí

he de vengarme, Castaño.

Castaño.

¿Y de quién?

Don Diego.

No seas extraño;

seguirme te toca a ti.

Castaño.

¿Soy yo de alguna importancia

para tu venganza?

Don Diego.

No.

Castaño.

Pues vuélvome.

Don Diego.

Quiero yo

que de la loca arrogancia

de mi enemigo a mis pies

seas, Castaño, testigo.

Castaño.

Yo diré que tu enemigo

cayó a tus plantas después

de darle mil bofetadas,

sin que lo vea, señor,

que se me acaba el valor

pensando en las cuchilladas.

¿He de reñir yo?

Don Diego.

Tú no.

Castaño.

¡Qué necio le pregunté

cosa que tan bien la sé!

Don Diego.

En este puesto sé yo

que he de hallar a mi enemigo.

Castaño.

No parece por aquí

una sombra, ¡pese a mí!

Pag. 35

Castaño.

que a ser testigo me obligó

destos casos.

Don Diego.

Siéntate.

Castaño.

¿No llamas a la ventana

de tu requiebro a doña Ana?

Don Diego.

Hasta que vengado esté

no he de comer ni dormir.

Castaño.

Ni yo tampoco, calambre

me da en el vientre y de hambre

voy empezando a morir.

¡Plegue a Dios que venga presto

este que hemos de matar!

Que ya estoy para espirar,

mira qué flaco me he puesto;

¿si no, podré recostarme

hasta que venga, señor?

Don Diego.

Hasta que venga tu humor,

Castaño, de consolarme.

Castaño.

Pues, ¿qué humor he de tener

si me llegas a decir

que ni comer ni dormir?

Tan imposible ha de ser

hasta que tú estés vengado.

Dios nos saque de este empeño,

con estorbármelo el sueño.

Parece que me ha llamado

ahora no más de tantico,

con tu licencia me arrimo

a esta piedra.

Duérmese.

Suena dentro un golpe con rodelas y espadas.

Don Diego.

Más estimo

verme de venganzas rico,

que si me diera en el cielo

Apolo su carro de oro,

aquí honoro a quien adoro,

y de remontar el vuelo

en este mismo lugar.

¡Día feliz el bofetón!

Y aquí para más blasón,

a don Juan he de matar

por hacer deste penso,

que le tuviera respeto,

el que me ofende, sujeto

a que le agravie, quedo.

No vuelva, pues ya lo ha visto,

a darme nuevo pesar,

que otra vez le he de afrentar

aunque se presente a Cristo.

Parece que se le dio,

según se sonó en la calle.

¡Despierta, Castaño!

¡Despierta, Castaño!

Castaño.

¡Dalle!

Aún apenas me dormí,

y ya me llamas, ¿nos vamos?

Pag. 36

Castaño.

A comer y a dormir.

Don Diego.

No.

Castaño.

Pues, pese a quien me parió,

si no comemos, durmamos.

Don Diego.

No te duermas, ¿escuchaste

una bofetada aquí,

o estabas durmiendo? Di.

Castaño.

¿Qué bofetada soñaste?

Qué preguntas tan cansadas.

Pero ya sé lo que fue:

dormido estaba y soñé

que daba de bofetadas

a un león, y aunque dormía,

tal cólera hubo en mí,

que con mis manos me di,

y este el bofetón sería.

Don Diego.

¿Es eso cierto?

Castaño.

Sí, es cierto,

¿quieres que lo diga yo?

Don Diego.

Pues, cobarde, ¿por qué no?

Duérmese.

Castaño.

Porque no estaba despierto.

El león no hay que dudar,

con él fue cierto el reñir;

déjame otra vez dormir,

le acabaré de matar.

Suena otra vez el bofetón dentro.

Don Diego.

Cuando esto no sea el sueño

que este ignorante decía,

no es demostrar cobardía,

así mi valor enseño;

no hay agüeros para mí,

vana ilusión no me admira,

lo que no veo es mentira.

Si yo el respeto perdí,

no sé, clérigo cobarde,

si el mi deshonor busco,

justo castigo llevo,

y segunda vez le aguarde.

Otra vez, no es esto sueño.

¡Castaño!

Castaño.

¡Tanto Castaño!

¿Qué me quieres?

Don Diego.

Nuevo engaño.

Si no es prodigio, le enseño.

El león, dime, porfía...

Castaño.

Amigos somos los dos,

porque ahora juro a Dios

que soñaba que bebía.

Don Diego.

Pues tercera vez, vamos,

no me burlan si es engaño,

porque mi espada castiga,

universal Sevillano soy,

si alguno quiere engañarme

vive necio y engañado,

que no temo y voy a decir:

¡perdonadme, hermosos Rayos!

Pag. 37

Suena tercera vez el bofetón.

Don Diego.

que sobre ese raso azul

servís de lucientes clavos,

que a perderos el respeto

iba el furor arrojado,

porque cuantos viven hoy

sobre la tierra amarrados

los contemplo átomos viles,

tejiendo invisibles lazos.

¡aquí de Dios! si me ofende

Félix, y quiso, olvidando

la dignidad de San Pedro,

violar el honor más claro

que el padre hermoso del día,

¿por qué, por qué con mis manos

no he de sellar en sus rostros

el intento temerario,

porque otra vez no se atreva

y viva siempre enredado?

ea, que no me arrepiento;

¿qué esto escucho?

despierta, Castaño.

Castaño.

guarda, Pablo,

juro a Dios que va de veras,

y que mis costillos guardo.

Don Diego.

¿otra vez? pues, ¡vive Dios!

sombra, ¿quién eres? si saco

la espada, mal me reporto

cuando me siento enojado.

aquí estoy, sombra, ¿qué aguardas?

llega, que estoy esperando.

Castaño.

mira que no soy la sombra,

búscala por otro lado;

hago testigos que yo

no soy la sombra.

Hace que ve la sombra y, dejando caer la capa y espada, finge que se abraza con ella y se entra, y saldrá la sombra.

Don Diego.

ya aguardo,

¿eres tú? sin armas vienes.

llega, verás si te enlazo

de suerte... ¡válgame Dios,

que me matan!

Castaño.

¡Santiago!

San Gil, San Blas, San Tadeo,

San Quílez y San Torcato,

san cuantos hay en el cielo

aquí sean en mi amparo.

está borracho este mozo;

un poco más de temblando

estoy.

Sale don Diego tropezando.

Don Diego.

¿que ya me dejaste?

no me matarán tus brazos.

Pag. 38

En la esquina superior derecha aparece el número 88.

Don Diego.

¿eres tú?

Castaño.

No sé.

Don Diego.

Tú eres,

vuelve a abrazarme, veamos

el que sale vencedor.

Ásele a Castaño y abrácase con él, y ásele de la garganta.

Castaño.

Señor.

Don Diego.

¿Quién eres?

Castaño.

El diablo,

que me trujo aquí aquesta noche

a morir medio ahogado.

Don Diego.

¿Eres Castaño?

Castaño.

No soy,

sino encina, y a porrazos

no me has dejado bellota.

Don Diego.

Luego contigo he luchado.

Castaño.

Con el diablo que me lleve.

Un pujamiento me ha dado

de vino como apretaste

los gaznates desdichados.

Pónese don Diego capa y espada y sosiégase.

Don Diego.

Imaginación ha sido,

ni temo yo sombra vana,

estoy, que me quiere el cielo,

si es el corazón de mármol.

Castaño.

Irémonos a dormir.

Don Diego.

No es tiempo.

Castaño.

No es tiempo, ¿cuándo

ha de ser tiempo? Si ya

viene el alba retirando

sombras, y adorna sus luces

las puntas de esos peñascos,

ya las hermosas flores

se esperezan en los campos;

la mitad de aquella nube

vuelve su volante pardo,

viendo la cara del sol,

rubí encendido a sus rayos,

porque hagan maridaje

un rubí con un topacio.

Don Diego.

Gente parece que suena.

Castaño.

Gente suena aquí, fue el diablo

en lugar de Troya.

Entran don Juan y don Pedro embozados.

Don Diego.

Espera,

que estos dos son mis contrarios;

Castaño.

dos vienen, esto es peor;

esta vez quedo obligado

a morir, dame licencia,

ya vuelvo, pues hay espacio

de ir a tomar dos raciones.

Pag. 39

Castaño.

En casa de aquel mulato

que vive a Santo Tomé,

que es muy diestro, y, entre tanto,

entreténlos con palabras,

trayré estudiados dos tajos.

Parece que ya los veo.

Con que caminen entrambos

al infierno. Miedo tengo.

Don Pedro.

Este es.

Castaño.

¡Qué lindos hombrazos!

Y qué talles, ellos son

dos, pero vienen tan bravos

que, a mi miedo, han parecido

cuatrocientos de a caballo.

Don Juan.

Llegaremos bueno a bueno.

Don Pedro.

No hay respeto si hay agravio.

Acuchíllanse.

Don Diego.

Ya os conozco, pocos sois,

siendo gallinas entrambos.

¡Ah, cobardes!

Castaño.

¡Retiraos,

hombres, que quiero embestir!

Don Juan.

Muerto soy.

Castaño.

Con intentarlo...

Señal es, si esta justicia

la que nos viene cercando.

Sale la Justicia y gente.

Justicia.

¡Ténganse al rey!

Castaño.

Obedezco.

Don Diego.

Yo no.

Justicia.

¿Quién eres?

Don Diego.

Soy hidalgo.

Justicia.

¡Mataldo si no se diere!

Don Diego.

Si pudiéredes, villanos.

Éntranse acuchillando.

Queda Castaño.

Castaño.

Qué nuevas se lleva el viejo,

pero si él es temerario,

tómese lo que le viene

y guarde el cielo mis cascos.

Vase y sale un Alcalde villano, y Bras y Toribio, villanos.

Alcalde.

¿De qué sirve prohijar?

Cásese la moza luego.

Toribio.

Yo, que no se case, os ruego.

Alcalde.

Casaré todo el lugar,

si dais en irme a la mano.

Yo no so casado,

Bras.

Sí.

Alcalde.

Pues yo lo so, pese a mí;

cásese todo cristiano.

No ha de quedar un mancebo

por casar.

Toribio.

Callad, Alcalde.

Bras.

Ved que es un tonto de balde;

Alcalde.

yo sé muy bien lo que debo.

Y veredes que tengo la vara,

Toribio.

Los casamientos a vos

no os tocan.

Alcalde.

Pues, ¡juro a Dios,

que ha de casarse!

Bras.

Repara

que dirán mil desatinos.

Pag. 40

Alcalde.

Yo sé que en casarla acierto,

Bras.

¿no miráis que el novio es tuerto

y ella tiene dos divinos?

Alcalde.

Pues por eso ha de casarse.

¡Juro a Dios, no seáis prolijos!

Que quiero ver si en sus hijos

puede esta falta enmendarse.

Toribio.

¿No veis que es tuerto?

Alcalde.

No es falta,

porque es hijo de buen padre.

La novia no tiene madre...

Bras.

Sí, morena, seca y alta.

Alcalde.

Muera la vieja en un potro,

concertado está con padre

el tuerto, y ella con madre;

váyase uno por otro.

Sale don Diego, en cuerpo, con la espada en la mano, y mojado, como que ha pasado el río.

Don Diego.

Huyendo vengo de la vil canalla

que ofensas mías con rigor procura,

dando ocasión que el Tajo a nado pasalla,

media legua he corrido hasta dejalla.

¡Quién se ascondiera aquí! Mas es locura

mientras que el sol en su carrera abrase,

que hoy parece a mis penas ha salido

por seguirme también más encendido.

Gente hay aquí; si es el alcalde aqueste

desta aldea, no importa, estoy cansado,

seguiránme si dellos me retiro.

Para engañallos, la ocasión me preste

sutil cabello que al valor turbado

aliento ofrezca, pues con él le admiro,

que engañarle esta vez será importante,

pues no es posible, ¡ay, Dios!, pasar delante.

Alcalde.

¿Adónde vais, buen hombre?

Don Diego.

(Yo le engaño;

si me turbo al hablarle, soy perdido.)

Alcalde.

¿Cuántos días estuvieron en remojo?

En este tiempo no es muy grande el daño,

que anda el sol enojado y encendido.

Don Diego.

Yo finjo, esta ofensa es un despojo

de lo que esta desdichada suerte,

a quien nació infeliz, escucha, advierte:

una hermana, ¡ay de mí!, qué duras penas,

no quisiera, aunque importa, referillas,

que me lastiman al través el pecho,

tan grandes son, que si las viera ajenas,

forzoso era llorallas y sentillas,

hasta quedar su dueño satisfecho.

De un rico viejo, viuda, ser esposa

desdicha fue, mas no naciera hermosa.

Esta, en fin, de un mancebo enamorada,

su honor malogra, su amistad procura,

por gozar de sus años juveniles;

ausentose su esposo, y ella, amada,

en sus brazos se goza bien segura

de la violencia de setenta abriles.

¡Ay, amor conquistado en la presencia...!

Pag. 41

Don Diego.

Y de olvidado, a la menor ausencia,

volvió su esposo y engendró mudanzas,

y en el alma el indio con mil suspiros

rigor en su marido, recelando

por ciertas del amor locas venganzas.

Siempre trae de oro y en los ardientes tiros,

de oro y de plomo el pasador mezclando;

pues al compás que amante se encendía,

tanto al mozo después aborrecía.

Viéndose pues el mozo despreciado

por el caduco, las paredes salta;

dala la muerte, y yo que agravios siento,

siguiéndole este río paso a nado,

y paro aquí porque el valor me falta,

hasta cobrar el ya perdido aliento,

para alcanzar el vengativo amante

que el tronco derribó de flor fragante.

Si por aquí pasare el homicida,

prendelde, alcalde, que premiaros toca

a quien sigue sus pasos atrevidos;

que fue segur de una valiente vida,

al tiempo en tierna edad opuesta o loca,

como pusiera en años tan floridos.

Dándome a mí mientras el sol se pasa,

dichoso albergue en más segura casa.

Alcalde.

Habéisme dado dolor,

pero sabéis que he notado

que para venir cansado

sois grandísimo hablador.

Ahora bien, la cosa será

que en mi casa descanséis,

y si le veo, le veréis;

si le prendo, aquí os entra.

Que es mi casa. ¡Marina!

Sal, da a este mancebo al lado,

que coma y, pues va mojado,

alojalde en la cocina.

Entre su merced.

Don Diego.

Alcalde,

si preguntaren por mí,

que no me vistes, decid.

Alcalde.

Yo le prenderé de balde.

Don Diego.

Yo voy con vuestra licencia

a descansar.

Alcalde.

Bien podéis.

Don Diego.

Mirad que no os descuidéis

de hacer esta diligencia.

Alcalde.

Perded cuidado.

Vase don Diego.

Don Diego.

Yo voy.

Pasé a la orilla de esta parte

del río; a nado me eché;

aquí bien seguro estoy

en casa del mismo alcalde.

En vano el temor resisto;

no digáis que me habéis visto.

Salen Félix, don Luis y Castaño.

Alcalde.

Yo os le prenderé de balde.

Hombre honrado me parece y brioso,

aunque este llega ahogado.

Félix.

Por las señas que me han dado,

Don Luis.

Aquí ha de estar,

o se ofrece.

Pag. 42

Don Luis.

nuevos peligros mi honor.

Félix.

Cansado vendréis, buen viejo,

descansad, que yo el espejo

en quien os miráis mejor

buscaré; lleva, Castaño,

esas mulas al mesón.

Castaño.

¿Estos labradores son?

Alcalde.

Soy el alcalde de hogaño.

Díganme cuál de los tres

dio muerte a un viejo, que importa

para prenderle.

Don Luis.

¿Qué le porta?

La cólera no nos des-

que no somos homicidas;

todos la quietud profesan.

Alcalde.

Por Dios, que si lo confiesan,

que corren riesgo sus vidas.

¿Qué mandan en nuesa aldea?

Félix.

¿Habéis visto por aquí

un hombre?

Alcalde.

Pienso que sí;

si a un hombre desea

vuelva su merced contento,

pues nos ha visto a los tres.

Castaño.

¡Qué dudo, alcalde, después

que aquí llegastes jumento!

¿Visteis un hombre pasar?

Alcalde.

Vos el jumento llegastes,

y mirad bien cómo hablastes.

Las señas me pueden dar.

Castaño.

Pálido el rostro, unos...

Alcalde.

Pabilo

dicen que en el rostro tiene.

En la esquina superior derecha de la página aparece el número de folio original: 42.

Don Luis.

pues no es él.

Toribio.

Callar conviene,

que no entendéis ese estilo.

Alcalde.

Ese mozo espabilado

no ha pasado por aquí,

¿es algo moreno?

Félix.

Sí,

y tiene el color quebrado

del rostro.

Alcalde.

Pues este entero

tiene el rostro, no le he visto.

Don Luis.

Mal el cansancio resisto.

Alcalde.

Allí vive el mesonero,

váyase y descanse.

Félix.

Vamos,

que yo iré a buscalle.

Castaño.

¿Habrá

qué comer?

Alcalde.

No faltará

paja y cebada.

Castaño.

Llegamos

a buen puerto.

Félix.

Si llego a verle,

si con la espada ni el labio

me vengo, que con mi agravio

soy su amigo hasta la muerte.

Éntranse Félix y don Luis y detiene el alcalde a Castaño.

Alcalde.

Vení acá, bien encarado.

Pag. 43

Castaño.

somos los dos parecidos

Alcalde.

a que sois aquí venidos

Aparte.

Castaño.

a buscar un desbocado

mozo hijo de aquel viejo

a quien mil agravios cuesta

pensamos hallarle en esta

aldea porque el pellejo

dejará en todo de ver

presto si de aquí no escapa

que tiene ofendido al papa

porque le dio a su placer

a este que se fue de aquí

que es clérigo un bofetón

de tan mala digestión

es el dicho yo le vi

matar él solo a una aldea

de cuatrocientos vecinos

los ochocientos desatinos

por quien prenderle desea

si le halla el corregidor

si pasare por aquí

porque le dejen así

quiero ponelle este temor

de Toledo se escapó

matando con un cuchillo

diez corchetes y un chiquillo

que al verlos matallos lloro

si le vieren por aquí

déjenle libre pasar

esto sirve de avisar

que Dios me lo manda así

miren que es la misma muerte

no le ascondan en su casa

porque todas las abrasa

no vi condición más fuerte

y otro ítem más no hay mujer

que si la ve esté segura

todas gozarlas procura

Alcalde.

las señas quiero saber

por si pasa por aquí

que guardemos nuestras casas

y mujeres

Castaño.

ya te abrasas

por saberlo escucha

Alcalde.

di

Castaño.

es un mozo bien vestido

y ha de venir bien enojado

que es el leopardo airado

Alcalde.

y a mi mujer ha caído

Vase.

Castaño.

digo que os guardéis alcalde

adiós y avisa a la aldea

y a vuestra mujer

Alcalde.

es fea

no la querrá ni aun de balde

Bras.

salidle vos al encuentro

y a vuestra mujer guarda

Alcalde.

ya de nada servirá

que ha rato que está allá dentro

Pag. 44

Toribio.

¿Habéis visto tal maldad?

Sale don Pedro.

Alcalde.

Luego dice que es ligero,

¡qué hombre tan gran hablador!

No me trataba verdad.

Don Pedro.

¿Está aquí el alcalde?

Alcalde.

Aquí,

de aquel tamaño que so.

¿Qué queréis, pues que aquí está?

Don Pedro.

Un mandamiento.

Alcalde.

Decí.

Don Pedro.

Del señor corregidor

de Toledo.

Alcalde.

Es importante.

Don Pedro.

Manda que estéis vigilante.

Alcalde.

¿Las vecillas con temor

que las guardemos nos manda?

Tráigalas pues, ¿quién le mete

con las vecillas?

Don Pedro.

Respete

al corregidor que anda

demasiado.

Alcalde.

No ando tal; vos conocéis que soy

demasiado; si veis pasar, os libre Dios,

el huésped que está en mi casa,

si a mi mujer hace mal.

Don Pedro.

¿Habéis tenido cuidado

si ha pasado por aquí

un mozo?

Alcalde.

Decid de él,

¿con algún diablo he topado?

Decid, ¿un mozo lampiño

este río pasó a nado?

Don Pedro.

Ese mismo.

Alcalde.

Él me ha engañado,

como si fuera algún niño,

yo os le prenderé, que estoy

enojado con él.

Don Pedro.

Basta,

Alcalde.

dicen que es de buena casta,

porque mi mujer no miro,

que no la goce aquel día.

Don Pedro.

Engaño, por Dios, extraño.

Alcalde.

Si es engaño o no es engaño,

cuidado me da la mía.

Don Pedro.

Este se fue por delitos

de Toledo, y yo que soy

deudo del alcalde, voy

a prenderle.

Alcalde.

De infinitos

hombres, diz que fue homicida.

Don Pedro.

Es un gallina.

Alcalde.

Por Dios,

pues yo a prenderle voy,

mi persona es conocida,

y en bien ruin red ha caído.

Pag. 45

Alcalde.

Él es gallina en efeto.

Don Pedro.

Sí, alcalde.

Alcalde.

Pues yo os prometo

que esta vez no ha de librarse.

Don Pedro.

En la posada os espero.

Alcalde.

¿Estáis cierto que es gallina?

O, ¿que vos lo sois?

Don Pedro.

Camina,

que te valdrá buen dinero.

Alcalde.

Sea el demonio del gato;

si él topó con mi mujer,

juro a Dios que ha de saber

que es hombre en estado el alcalde.

Vanse. Sale don Diego.

Siéntase en el suelo.

Don Diego.

Apenas tengo seguro

el corazón, aunque aquí

ver puedo más. ¡Ay de mí!

Parece que ya procuro

sosegar en el empeño

del sueño, que si el cuidado

atrevido se ha quitado

la jurisdicción al sueño.

En fin, fingidas apariencias,

como buen descuidado,

no como en cama de estado,

duermen bien malas conciencias.

Yo en este suelo,

como en delitos advierto,

estoy dormido despierto,

y estoy despierto dormido.

Imaginación pesada,

vete, descansa, que el día

que el valor te desconfía

estando al lado mi espada,

de almohada servirás,

descansaré sobre ti,

parece que me rendí.

Tachado: se met

Recuéstase y duérmese. Salen el alcalde armado y de gran briosidad, y Toribio, y Bras.

Alcalde.

Pasitico, que, ¡par Dios!,

que esta vez preso se vea.

Mirad que somos vendidos

si antes de llegar despierta.

Toribio.

Llegad, alcalde, y prendelde.

Alcalde.

Llegad vos primero.

Toribio.

¡Bestia!

¿No veis que sois el alcalde,

que la prisión es para vos?

Tira de allegar y vuélvese.

Alcalde.

Ahora bien, yo voy.

¿Habéis oído en la iglesia

si ha habido algún santo alcalde?

Porque agora me parece

Tachado: defende

Bras.

Andad, cobarde.

Alcalde.

¿Sois vos?

Pag. 46

Va a llegar y vuélvese.

Alcalde.

muy valiente bien él os sustenta

ahora Dios vaya conmigo

no son buenas armas estas

Bras.

acabad

Va a llegar y vuélvese.

Alcalde.

ya llego Bras

pero mirad no quisiera

que me volviese un revés

que me quebrase las muelas

Toribio.

decid deténgase al Rey

Alcalde.

y eso basta

Toribio.

y sobra

Despierta don Diego y espántanse los villanos.

Alcalde.

ea

yo llego téngase al Rey

parece que me respeta

Don Diego.

que ya descansan mis sentidos

Alcalde.

válgame Santa Quiteria

quién le tiene a su merced

Don Diego.

qué queréis Alcalde

Alcalde.

duerma

su merced que esto no es nada

Don Diego.

dónde vais de esa manera

Alcalde.

señor vamos a prender

al que mató al Visorrey

Levántase.

Don Diego.

sea en buena hora y yo también

iré con vos vamos fuera

Toribio.

no su merced se sosiegue

que haremos la diligencia

como verá

Don Diego.

yo presumo

que me engañáis

Alcalde.

y lo acierta

que venimos a prendelle

Don Diego.

a prenderme

Alcalde.

en mi conciencia

Don Diego.

a prenderme y si no quiero

Alcalde.

nadie habrá que le haga fuerza

Bras.

tened valor y pese a tal

Alcalde.

decilde vos que se tenga

el valor en mí que yo

quedo estoy si no me deja

ahora déjese prender

si a bien su merced lo lleva

Don Diego.

no os he dicho que no quiero

Bras.

decilde que al Rey se tenga

Alcalde.

pues téngase al Rey

Don Diego.

sí haré

Apalea Alcalde a los villanos y échalos a rodar y vase.

Alcalde.

mal se hará de esta manera

aquí del Rey que me matan

Toribio cierra las puertas

Toribio.

Que las cierre Barrabás.

Bras.

como un rayo salió fuera

síganle todos Alcalde

no quede mozo en la aldea

que no vaya

Alcalde.

vayan todos

y decid que al Rey se tenga

Bras.

¿estáis herido?

Alcalde.

no sé

que no me llegué tan cerca

que me pudiese alcanzar

solo siento en las caderas que pase

Sale don Pedro solo.

Don Pedro.

a mí me ha dicho Alcalde amigo

que la prisión está hecha

Alcalde.

engañóse el que lo dijo

no quiso que le prendieran

y se defendió al Rey

Pag. 47

Sello de la Biblioteca Nacional en el margen superior derecho.

Alcalde.

y como si le dijera:

"¡Corred por él, fieras!",

se fue por aquesas sierras.

Don Pedro.

¡Qué lindos bríos de alcalde!

Alcalde.

Siguiéndole va el aldea.

Don Pedro.

Cerquémosle en ese monte,

dadme, alcalde, una escopeta;

si no quiere bien a buenas,

le hemos de prender por fuerza.

Alcalde.

No es menester tantas armas,

que el mozo tiene obediencia.

Dígale "teneos al Rey",

verá cómo las aprieta.

Vanse, y sale don Diego.

Don Diego.

Cercado me ven en el monte,

y por estas asperezas,

aunque pretendo escaparme,

los villanos no me dejan.

Dentro dice Bras.

Bras.

Aquél es, cercad el monte.

Sube don Diego a lo alto de un monte, y sale don Juan con una escopeta y los villanos con chuzos, y don Luis y Félix y Castaño deteniéndoles.

Don Diego.

A parar, gigante peña,

estos pasos destos riscos

que el corazón me gobiernan.

Cara a cara he de aguardarte,

aunque mil hombres trujeras,

porque todos son gallinas

como tú en estas bregas.

Aguarda,

pues apuntas la escopeta;

déjate de rogar,

villano, a que vengas

a las manos hoy. Dispara,

y mira bien que si yerras

te he de hacer pedazos

este pecho.

En el margen inferior izquierdo hay unos versos tachados: "don Luis / Teneos por Dios que me / afrento, / a don Juan que es deudo".

[P0: la página 0050 queda truncada después de «este pecho»: falta el desenlace, aproximadamente setenta y cinco líneas con disparo, caída de don Diego, arrepentimiento y cierre de la comedia. Debe retranscribirse visualmente desde este punto hasta el final.]