帰属先:> 公開日: 2026年8月22日
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de Dar bien por mal. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/dar-bien-por-mal.
En el margen superior izquierdo: d. d. En la esquina superior izquierda, dentro de la rúbrica inicial, se lee el número 158. En el margen superior derecho, con otra letra: Comedia de Montes.
Don Diego
Castaño gracioso
Don Luis viejo
Clara criada
Don Juan
Don Pedro
Doña Ana
Feliciana
Félix sacerdote
La Justicia
Un alcalde villano
Bras villano
Toribio villano
Sale don Diego y Castaño.
Sello circular de la Biblioteca Nacional en el margen derecho.
Esta es mi patria, Toledo.
Gracias a Dios que has llegado.
Con el tiempo que ha pasado,
ya perdí, Castaño, el miedo;
pues en dos años de ausencia,
dime, ¿quién se ha de acordar
de mí, para procurar
venganzas con más violencia?
Desto vivo confiado,
después que de él me partí,
y de mis delitos volví,
atrevido, no enmendado.
Mi padre, caduco y viejo,
Página izquierda, de muy difícil lectura por la tinta traspasada.
con su consejo
mudo, con locos dejé
después que Dios es Dios,
y mi gallo tordigo,
hasta ser Padre Adán
un hombre debe vivir.
Luego, ¿tú quieres no morir,
o no te has de casar jamás?
¡Casarme! Soy más dichoso.
¿Cómo dices eso, si andas
en cien delitos manchado?
¿Qué quiero? Que me divierta
y viva; y por más castigo
que le darán a un amigo
disfrazado de mujer.
¿Ves en esto cosa linda?
Como amar y desear,
que es penar y que es gozar,
que uno es muerte, y otro es vida.
Del vivir de soltero
te hallo tan enfadado,
que el hombre más animoso
temería el casamiento.
Esta ley es buena,
que es un oficio divino.
¿Cómo se trata de lejos,
o la condición le rinde?
Huya un hombre un rigor
y váyase por el mundo,
sea un Lucifer segundo
el que nació con valor.
Y tú decías el jugar
en fiestas y mascarillas,
hace al alma cosquillas,
y así ese blando manjar.
Y no una sola mujer,
que yo soy a lo soltero;
tantas veo, cuantas quiero,
o de más es menester.
Que haya bastado contento
con vivir enamorado,
una mujer deseando
por horas su casamiento.
En dos delitos, por Dios,
peca este amante maldito:
querer una es un delito;
casarse con ella, dos.
Yo amé a una vieja dos años,
y me casara con ella
a no hacérseme doncella,
que son daños sobre daños.
¿Qué tal intento has tenido
hoy para aborrecerte?
¡Cómo me holgara de verte
en posesión de marido!
¿Sabes en qué me entretengo
cuando estoy apasionado,
y en algún dolor pesado,
divertido me detengo?
En tiempos de velaciones
a mi parroquia me voy,
donde viendo alegre estoy
entrar maridos visiones.
Que es ver un rubio marido
con una moza de quince,
obligándose a ser lince
de un ciego no nacido.
Que es ver entonar un barbado
muy lleno de cadenillas,
que con bellas joycillas
lleva el bigote disfrazado.
Muy mozo va, y muy corrido
por marido novel;
lleva apuntando el papel
uno tan anexo marido.
Y el simplón enamorado,
al mentiroso placer,
lleva un punzón por mujer
sobre un vestido clavado.
Deja pesadas quimeras.
Pues ya a miedos llegamos,
¿por qué las mulas dejamos,
mientras tan alegre esperas?
Por ser menos conocido
y llegar más disfrazado.
Ni te revelas casado,
ni tal intento has tenido.
Siendo así, no es importante.
Es verdad, pero es mi gusto.
Conmigo el tuyo es tan justo,
que te obedece constante.
Poco a poco hemos llegado
a la casa de mi padre.
La memoria de mi madre
me tiene desconsolado.
Si viviera, ¡qué contenta
con sus brazos me llamara!
¿Llorara por ti?
Llorara
por mí, y por otros cuarenta.
Túvome amor con exceso,
a toda ley, tener madre;
¿quién, fue Castaño tu padre?
Opinión que hay en eso.
Espera.
¿Qué gente sale?
Si no me engaña la ausencia...
No pensé ver su presencia.
No hay gusto que al verle iguale.
No en mí, que siempre he vivido
aborreciendo su nombre.
Harás por Dios que me asombre;
cánsame el ser comedido.
Sale don Luis, viejo, con báculo.
¿Quién es?
Quien vuelve obediente
para avisarte lo que es,
¿qué miras? Tu hijo es,
y yo Castaño su asistente.
¿Eres don Diego?
Sí.
De aquesta puerta
no ha de pasar quien arrogante entiende
hacer injuria a la vejez yerta;
quien tan soberbio mi valor ofende,
quien tan altivo mi pesar concierta,
quien arrojado, deshonor pretende,
y quien inflexible a mi despecho
la sangre ofende que le dio mi pecho.
¿Tú eres pedazo de este viejo noble?
¿Parte eres tú de aquestas blancas canas,
que vives inclinado a bulto doble?
Mentira fue, pues que mi honor profanas;
hijo, en montaña de un silvestre roble
naciste al mundo en presunciones vanas;
si no, en este que miras horizonte,
parto de alguna fiera de algún monte.
¿A mi presencia vuelves atrevido?
¿A ver mis canas llegas arrojado?
¿Cuando te imaginaba entretenido,
sirviendo al rey, en el flamenco estado,
tú en comunes acciones divertido
vives, del honor, sin premios, olvidado?
¿Tú vuelves sin traer a tu despecho
escritas tus hazañas en tu pecho?
Afrenta de tu patria, tú de aqueste
muro del cielo, toledano Atlante,
porque la vida y el honor me cueste,
¿vuelves a mis ojos arrogante?
¿De qué morisca contra España hueste
con mil despojos veniste triunfante,
para que tierno (añadiendo lazos)
hijo segunda vez de aquestos brazos?
Muestra esa espada, aqueste palo toma,
arrímate, caduco, en edad tierna,
que, aunque mi brío el largo tiempo doma,
verás que aqueste brazo la gobierna.
Hasta el Sol, que por la cumbre asoma,
de este viejo figura fama eterna;
y si fue en esta mano la cuchilla
la mejor de las huestes de Castilla,
vendrás a ver las mujercillas locas
con quien mi hacienda alegre desperdicias,
a enredarte vendrás en blancas tocas...
donde desprecios del valor codicias
¡oh, qué bien a imitarme te provocas!,
mereces que te dé mi pecho albricias.
Cierto que eres bizarro; a un tan valiente
eterno nombre te dará la gente.
No soy tu padre ya, si tu enemigo,
no me llames jamás con ese nombre,
mientras que soy de tu inquietud testigo;
vuelve por tu opinión, busca renombre,
que el ofendido ha de ser mi amigo.
Fiera te miro aquí, que no eres hombre;
no te imagines parte de mi pecho
mientras no me dejares satisfecho.
Aparte.
Tales desprecios de mi honor escucho.
De enojo estoy temblando, ¡vive el cielo!,
precipitado voy con ansia, ciego,
que me derriban a un mortal desvelo.
Si mi padre no fueras, ¡qué de mucho
que este nombre, que le tengo recelo,
y no es justo las manos ensuciara
en las venas de un hombre soberano.
Ciego estoy, reportarme es imposible;
llevarme de pasión tan ciega
no puede más mi condición terrible,
que ya en diluvios de rigor se anega;
¿tú eres mi padre, di?, ¿será posible,
posible fue que si a mirar se llega, que
quien vive tan altivo y arrojado,
de condición tan fiera, fue engendrado?
¿Qué son los abrazos que mi pecho
del tuyo aguarda, aquellos donde un padre
los lazos de la paz, con amor estrecho?
Tigre cruel debió de ser tu madre,
criado al fin en la breña más áspera;
no tengo culpa, que a quien hoy le cuadre
mirarte a ti, que me engendraste altivo,
que por tu causa inobediente vivo.
Tú, mereces de pasiones ciegas,
cuando te pensé amoroso, desabrido;
tú, cuando humilde a un amoroso ruego
te muestras más que todos ofendido,
a estas canas que te presumes ciego
opusiste al ser padre eterno olvido,
yo no te ofendí (aunque en rigor te cuadre)
quien el nombre merece de mi padre.
De desperado voy de tu presencia;
no tocarás jamás los tiernos lazos
de un hijo que engendra la desobediencia,
si no llega a tus pies hecho pedazos;
no te pido al partirme más licencia,
ni quiero que me obligues con tus brazos,
porque el favor que más he de hacerte
es partirme de ti para no verte.
¡Plegue a Dios que tus iras levantadas,
que calma el hado con cristales puros,
se vean de mi sangre salpicadas!
Cierto fin de mis celos, malos agüeros,
allí mis enemigos agraviados
metal ardiente, en los enojos duros,
arrojen a mi pecho, y muera luego
templando con mi sangre el plomo y fuego.
Entonces sí que vivirás contento,
brío alentando a tus soberbias canas;
quédate a Dios, hasta que falte aliento
en nobles fuerzas, que imaginas vanas,
y agradece a quien soy, el sufrimiento
cuando soberbio mi valor profanas;
que a no tenerle, ya midiera el suelo
ese que vive en ti, loco desvelo.
Hace que se va y detiénele don Luis.
Espera, vuelve, hijo, no te ausentes,
que ya advertido por extraños daños,
no son enojos los que ves aparentes,
consejos son para tus verdes años;
advierte en estos ojos dos corrientes,
rocían tu afeto sanos baños;
toma mis brazos, que si te he ofendido,
aunque tu padre, tu perdón te pido.
La cara muestras y inclinado,
a tus pies, verás del alma mía
de nuevo amor, el paternal cuidado;
Vencióme, (aunque enojado) tu porfía
terrible, estás en el caduco estado.
Si aspereza mostré, solo sería,
por verte reportado en tus acciones;
ya te pido, señor, que me perdones.
Hasta que os he visto en paz,
a llegar no me he atrevido;
mas ya que los dos, te pido
(si no es que estás pertinaz)
conmigo también las manos
horro de severidad.
Llaneza, amor, amistad,
con términos más humanos.
¿Vienes bueno?
De Sevilla
vengo, señor, mareado,
por el mayor desvelado
que se conoce en Castilla.
Sale Clara.
¡Hola, Clarilla!
Señor.
Pon en esa cuadra asiento;
pues ha dado a mis contentos
la puerta franca el temor.
Mi señor don Diego vino,
deme mil veces los brazos.
¡Oh, Clara!
En aquestos lazos
doblado el gusto imagino.
A llamar a tus amigos
voy, que quiero que te vean
Vase.
porque todos juntos sean
de tanto placer testigos.
¿El vellacón de Castaño
vino también?
¿No le ves
aguardando que le des
los brazos?
Lindo tacaño.
¡Qué donosa Marcelina!
Por lo agudo, toledana;
diré mejor, segoviana
por lo que tiene de fina.
¿Andas de inquietos ojuelos
después que yo me partí?
¿Cuántos di, Clarilla, di,
amas lacayos mozuelos?
¿Cuántos pajes que, de crudos,
cuando vas a la oración,
por aceite o por carbón,
siguen tus pasos menudos?
¿Cuántos libran desnudos
las míseras faltriqueras,
a puras libras de peras,
de las ninfas del fregado
ordinaria colación?
¿Y cuántos has despedido?
Que los que te han merecido
yo sé que infinitos son.
¡Oh, qué bribón! A mi brío
no se le atreven lacayos;
tres jetudos mozos bayos
desvanecen el amor mío;
tres poetas mendicantes
me conquistan a sonetos,
y otros tres vicediscretos
pretenden ser mis amantes;
tres mocitos de guedejas
por hablarme se deshacen,
de estos que guedejos hacen
cárceles de sus orejas;
tres de faldudo cabello
por delante y por detrás
que andan muriendo, verás,
por ver este rostro bello.
Y, como ausente has estado,
con todos me he divertido,
pero agora que has venido,
en ti pondré mi cuidado,
que quiero (así yo me goce)
solo a ti si estás presente,
pero cuando estás ausente
no me contento con doce.
¡Qué condición de mujer,
tan al vivo retratada!
¿Mi hermana está levantada?
¿Cómo no me sale a ver?
Toma, señor, el llavero.
¿Y salió muy de mañana
fuera?
Fue con Aldana,
que la sirve de escudero.
Dime, ¿el buen Aldana...
Sí.
...con su ordinaria jaqueca,
ha sido tu amante?
Peca
en viejo, aunque para mí
hallo los mismos aceros
en un viejo adinerado
que en un mozo almidonado
que tiene pocos dineros.
¿Y la bella Feliciana?
Está como el mismo Mayo,
de sus ojos hace un rayo
más alegre la mañana.
Tiene dos mil mocecitos
por sus locos pretendientes,
destos sin barba valientes,
pocas obras, muchos gritos.
Yo pensé que se casara
con Félix.
Ya se ordenó.
Ha un mes que misa canta,
si bien de su buena cara
olvidarse es imposible,
sus padres no le dejaron
casar, y al fin le forzaron
que se ordenase.
¿Es posible?
Mas si va a decir verdad,
él muere por Feliciana.
Será su intención liviana,
mas mudará voluntad.
Trae su media sotanilla
con balconcillo brillante,
liga con oro galante,
rico, bravo, y que de chilla
porque a lo galán pretende
y con lastimosas quejas
no deja al mozo estas rejas.
¿De liviano amor se enciende?
Yo haré que mude de intento.
Es clérigo muy pulido,
de todo mozo admitido,
porque en la misa es un viento,
abrevia en las oraciones,
y afana con desenfado
y vive el más celebrado
de todos los dormilones.
Sale don Juan y don Pedro.
Seas, Don Diego, bienvenido.
Dadme mil veces los brazos.
Don Juan, entre aquestos lazos
vuelvo a ser enredado.
Llegan sillas. Siéntanse.
¿Cómo estáis?
¡Cómo, Diego, venís!
Que como estoy, me decís
cuando favores me dais.
Si puede participar
Castaño de tanta dicha.
Será menor su desdicha.
Llega, bien puedes llegar.
Danos a todos los brazos.
No hay en Castilla tal conde,
ese merecido nombre
gana dicha en estos lazos.
¿Cómo habéis estado ausente?
En Sevilla divertido,
que es el lugar más lucido
por lo rico y lo valiente.
¿Buenas mozas?
Limpias son.
No digáis más alabanza,
prolijas en la esperanza,
no falta la posesión.
Como no falte dinero,
lo mismo veréis acá.
Doña Clara, ¿cómo está?
Tiene dueña y escudero.
¿Esta moza?
Lo parece,
aunque la edad desengaña.
¿Tiene visitas?
Y araña,
al que no la da, perece.
¿Qué se hizo la morena?
Por airosa celebrada,
y está de opinión quebrada.
¿Está mala?
No está buena.
¿Qué se hizo la bobilla
de don Juan, bello sujeto?
Casóse con un discreto,
que la sustenta y que la abriga.
¿Está buena?
Hace una falta:
tres dientes, si bien airosa,
habla, medio acezosa.
Eso la belleza esmalta.
Como la faltan tres dientes,
si la hablan de su marido,
por Dios, que los ha vendido,
por agüero los presentes.
¿Habéis estado en Madrid?
En estas fiestas pasadas
estuve, y hay dos casadas
niñas.
¡Vive Dios! ¿Decid?
Mas tienen mil fullerías,
todas huérfanas de padre,
pero ninguna de madre,
ni de pedigüeñas tías.
¿Hay estadas de juego?
¡A tahúres!
nadie se escapa.
¿Fulleros?
De buena capa.
¿Embustidores?
Aquí
los hallaréis a millares
en cualquier conversación.
¿Hay valientes?
Pocos son
los que vengan sus pesares;
anda la de Guadalupe
ayudada en las pendencias.
¿Amigos?
Malas ausencias
que tienen algunos, suple.
¿Bajan damas a la vega?
Dos mil niñas madrugonas.
¿Pedigüeñas?
A pasto,
cuando la noche se llega.
¿Hay meriendas?
Las sencillas
de banquetes ocupadas.
Vamos a ver tapadas,
tachonadas chinelinas;
veréis que llevan los ojos
del más tibio corazón.
Vanse los dos.
Vamos a ver las que son
dulce fin de mis enojos.
¿Quedaste, Castaño?
Sí.
¿No vas a ver las fregonas?
Tú entre todas te coronas,
por eso me quedo aquí.
¿Has sido firme?
Y ausente.
Que no es poca maravilla.
¿Fuiste rufián en Sevilla?
Fui por parecer valiente.
¿Tendré celos?
¡Tuyo soy!
Habrá furia.
Será en vano.
Vanse.
Doyte de amiga la mano,
y a la cocina me voy.
Salen doña Ana y Feliciana con mantos.
No poco me he divertido,
¡oh, la vega, Feliciana!
Mira, amiga, que mañana
has de tener prevenido
el coche.
Ya te he pedido
a don Juan. ¿Será cierto?
Lo que me importa le advierto.
Segura dél estarás.
Porfía en su amor.
Jamás
vivió en los dos más despierto.
El que te tuvo mi hermano
olvidaste con violencia.
La mujer en viendo ausencia,
olvidar luego es tan llano.
Y Félix cánsase en vano,
que es sacerdote, y no quiero
que llegue su amor grosero
hasta ofender mi honor,
cuando a pesar de su amor
casarme, doña Ana, espero.
A mi casa hemos llegado;
cansada vienes, aquí
serás servida de mí.
De nuevo me has obligado,
pero estará con cuidado
mi padre.
Félix es este.
Plegue a Dios que no le cueste
ser porfiado la vida.
Sale Félix con media botinilla y se detiene.
Para alcanzar mi homicida
sus alas Amor me preste.
Háblale resueltamente,
declárale tu intención,
que hará eterna tu afición
hablando secretamente.
Feliciana hermosa, advierte,
para que pueda obligarte
darte de mis penas parte,
que después que llegue a hablarte,
si no es llegando mi muerte,
será imposible olvidarte.
Procura, pues, divertirte
con otro sujeto hermoso,
pues el estado tan dichoso
no ha podido persuadirte.
Advierte a desdecirte,
que si antes fuiste querido,
de mi sentido el olvido
y rigor mostrando van,
porque no ha de ser galán
quien no puede ser marido.
Yo confieso que estimé
en otro estado tu amor,
pero ya volví en rigor
lo que antes favor juzgué.
Quien porfía, cuando ve
(porque honor estimo y precio)
de su inquietud el desprecio,
Solo pudiera, arrogante,
de poca edad, un amante
con obligación de necio.
Puede la vida quitarme
un hermano con valor,
tengo honor y tengo amor,
y los dos han de matarme.
Y el cielo podrá vengarme
de ti; librarte conviene;
mira que tu fin previene
en la locura que das,
que, si enamorado estás,
matarante mis desdenes.
Yo confieso que te adoro,
y, en el estado que ves,
juzgo burlado el deseo,
perdiendo al cielo el decoro.
Y, como tórtola al compás,
los juncos servir verás
de lenguas en este río,
diciendo al desvelo mío:
si prosigues, perderás.
¿No has visto mano homicida
de un inocente que, al viento,
luego arroja el instrumento
para no ser conocida?
Pues yo, primero advertida,
que no me obligue el tormento
del fuego de amor que siento;
arrojar quiero tu amor,
si para perder mi honor
ha de ser el instrumento.
Si con astutas razones
piensas que olvidarte puedo,
engañaste, Feliciano,
que antes crecen los deseos
a quien has querido tanto;
por la dignidad que tengo,
llevada de ser mujer,
¿quién se olvidará primero?
Bien puede ser de tu parte,
mas de la mía no pienso
que dejarán de crecer,
contigo viven mis desvelos.
Si quieres que olvide amando,
será imposible el hacerlo,
como es imposible al sol
alumbrar a un mismo tiempo
todo el mundo, siendo fuerza
repartir los rayos bellos;
como imposible un arroyo
dejar de mostrar imperio
cuando las nieves de octubre
le dan cristales de hielos.
Como imposible, aun cobarde,
confesar que tuvo miedo,
y como el dar de ser
agradecido, indiscreto,
pides a Amor que me mate;
vive tú, mas yo le ruego
no que me mate, que viva,
porque si a tus manos muero
tendré, después de matarme,
corto bien, fácil tormento.
Viví para verte amante,
tu marido estimo y quiero
para vivir y morir
entre batallas de celos,
que con verte haré mayor
el disgusto y el tormento.
Dícesme que temes, cuando
ese temor considero
bien haces, teme el delito;
mas no prevengas con eso
que yo turbe a Amor vencido,
siendo imposible el remedio.
No te desvanezcas tanto;
esos aires que advirtieron
entre los juncos palabras
que te mentirán los ecos,
que si los jurados mudos
a lo que te adoro, ¡oh celos!
pensaran ofensas cuyas
vive Amor que en el incendio
de tu amor los abrasara,
o quedara por lo menos
ahilado de sangrar,
perdido el vital aliento.
No prodigas en matarme
los dichos encarecimientos
del homicida que deja,
temiendo ser descubierto,
el acero que manchó
en el inocente pecho,
pensando acobardarme a mí
como a villano instrumento,
que yo no podré olvidarte
aunque, en mis amores ciego,
burlara la divina merced
la dignidad de San Pedro.
Que aunque es verdad que esos gustos
se detienen poco tiempo
y los fines peligrosos
hallan rigurosos premios,
mientras doy logros al gusto
de los fines no me acuerdo;
¿Qué importa que despeñado
de la región de los vientos
Ícaro rompa cristales
al violento golpe opuestos,
si atrevido se levanta
del cretense muro al cielo
y donde dé luz a sus
logrados desvanecimientos?
Fijo de mi amor llevado
a imitación de este ejemplo,
llego a la luz de ese sol
a tocar tus rayos bellos,
donde me ofrezcas amable
favores de glorias llenos;
por quien a pesar del mundo
entretenido y suspenso
pase mi vida adorando,
viva mi amor mereciendo,
goce fragancias de olores
de esos dos claveles tiernos,
de quien para enamorar
hurtan los aires alientos.
Y aunque aborrecido viva,
Feliciana, me contento
con ver esos bellos ojos,
si no acariciado en ellos,
siendo por amante firme
milagro de aquestos tiempos.
Después de logrado el gusto,
llegue, atraído el desprecio,
mas no llegue, no me cobres
la palabra, que aborreces;
fabulosos desengaños,
mentidas historias cuento;
no olvides, no me despeñes,
pues sabes que no merezco
violenta furia de quien
vive adorada de mi genio,
en no poder ser tu esposo,
no soy culpado, ni pienso
seguir de Pedro el camino
cuando tus favores pierdo;
no quieras precipitarme
porque con golpe violento
cobres a traición el gusto
y agravias lo que te quiero.
Confiesa que me quisiste
y en el mismo sentimiento
ejecutas tus rigores.
Mujer, en fin; donde anhelo
igual viviendo el olvido
+
del amor rapaz, grosero,
si de la cumbre de un monte
precipitado hasta el suelo
vieras un hombre arrojado,
¿no te lastimara el verlo?
Sí, pues, ¿por qué, rigurosa,
desde la cumbre del cielo
donde admiraban favores
precipitas mis deseos?
esta condición esquiva
es rayo, que rompe el viento,
es corriente despeñada,
es volcán que arroja el fuego,
es áspid entre las flores,
es tigre manchada a trechos,
es toro celoso herido,
es lobo ladrón sangriento,
es un león desatado,
es mujer propia con celos.
Yo no puedo más;
mi honor, contrario soberbio,
vuelve el amor que te tuve
en libre aborrecimiento;
vive Dios, que no han podido
obligarte mis afectos,
que he de forzar de tu honor
valor, que le disimulas,
mentida fuerza le has dado,
porque has mudado de intento.
Félix, en la calle estamos;
no des lugar que el respeto
se pierda a quien no merece
villanos atrevimientos.
Don Juan viene aquí.
Y mi hermano.
Si no me engaña el deseo,
cobarde amor, no desmayes,
cuando en mis brazos te llevo.
Sale don Diego y don Juan.
Feliciana es la que veo,
y doña Ana.
¿Aquel mancebo
no es Félix? Sí, que mi honor
no me da lugar al verlo
para poder reportarme;
buscándote, hermana, vengo.
Dame mil veces los brazos.
Mil glorias me das con verlos;
a ver tus cielos doraba
afrenta del dios de Delo;
llego, si bien temeroso
de sus luces, porque tiemblo.
un tiempo del que ha llegado,
y en fin sus mudanzas temo.
¿No se acordará de mí?
¿No te asombras desta angustia?
Doña Ana, dame los brazos,
mi amor, con favores nuevos,
nace mirando tus ojos.
¿No pudo de ausencia el tiempo
borrar tu memoria?
No,
que te he llevado en mi pecho.
¡Vive Dios, que estoy corrido!
Porque para cumplimiento
del extremo de doña Ana
me ha dado ocasión a celos
que fue Diego su galán,
y a su mudanza veo.
Hermano, tarde parece,
mas despacio nos veremos
en casa, porque mi padre
que esté con cuidado temo.
Esta es mi casa. Si acaso
dura el amoroso incendio
todavía, amor enciende
la antigua llama en mi pecho.
En mí vive la memoria.
Y en mí el agradecimiento.
A don Juan dejas celoso.
Este amor nació primero.
Vanse las dos, y al irse a entrar Félix, le detiene don Diego.
A don Diego quiero hablar
para asegurar recelos.
Félix, deteneos un poco,
que hablaros a solas quiero,
que presumo que voláis
de mi honor al claro cielo,
y antes que voléis más alto
aconsejaros pretendo.
Don Juan está aquí; si acaso
os está bien el silencio,
apartémonos los dos.
Bien decís. Don Juan, ya vuelvo;
aguardad, mientras castigo
la arrogancia deste necio.
Vanse los dos.
Este mozo, este mancebo
tiene perdido el respeto
al cielo, pues a su padre
no fue posible tenerlo.
Pedísele como amigo
no intente cortarle el vuelo
a mi amor, pues ha dos años
En el margen superior izquierdo de la página aparecen dos líneas tachadas: "que conquisto mereciendo / suenadentro vn golpe de bofeton".
(Dentro).
Yo tomo satisfacción
desta suerte de mi agravio.
¡Don Diego!...
En el manuscrito, a continuación del nombre de Don Juan, aparece tachado "(el enoxo rauio)". Debajo, también tachado, se lee "dio a felix vn bofeton.".
Sale don Diego, y don Félix arrodillándose a sus pies.
A los que arrogantes son
doy semejante castigo.
Vuelve, Diego; vuelve, amigo;
con la injuria que blasonas
me engrandeces, me coronas,
y a obedecerte me obligo.
En la mejilla siniestra
tu airada mano pusiste,
pero es la que tú ofendiste
la que agraviada se muestra;
mira que aguarda la diestra
el honor que estimo y gano,
agora, si estás tirano,
y yo avergonzado y triste,
pues honrarme no quisiste
segunda vez de tu mano.
Yo confieso que he vivido
en el estado presente,
soberbio, altivo, inclemente,
inobediente, atrevido;
pero de ti he recibido
el bofetón que me has dado,
con haberte perdonado
pidiéndote otro, recelo
que me levante hasta el cielo
porque a tus pies me he humillado.
¡Qué necias bachillerías!
A los mozuelos llorones
no se han de llamar varones
con tantas doncellerías.
Si por humillarte fías
la gloria, Dios te la dé;
yo, por lo menos, vengué
mi agravio en el bofetón;
si para ti premios son,
cuantos pidas te daré.
Pero no quiero, no, darte
el que tú agora me pides,
porque, si el golpe no impides,
pienso que no he de agraviarte.
El que allí acabé de darte
agraviado te dejó,
pues sin voluntad te halló.
de querelle reñir;
y el que vienes a pedir
no quiero dártele yo.
Digo, ya parto obligado,
y quedo más atrevido.
yo voy de ti agradecido,
yo quedo de ti vengado.
y un amigo has ganado.
de tu amistad desconfío.
verás que en serlo porfío.
has mostrado poco aliento.
Vase.
Dar bien por mal, es mi intento.
dar mal por bien es el mío.
De mis agravios llevado,
de Félix enternecido,
aunque a hablarle he pretendido,
con el dolor me he turbado.
¿De qué tienes demudado el rostro?
Ocasión me das.
Habla, ¡conmigo estás!
Que aliento me falta, siento.
Pues vete a cobrar aliento
y luego hablarme podrás.
Finis operis. Del acto 1.
En la esquina superior derecha se lee el número de folio 19.
Salen don Juan y don Pedro.
Esto pasa.
¡Vive Dios,
que no le dieras la muerte!
Que tiempo no falte, advierte,
para vengarnos los dos.
Yo, si no fuera por vos,
hubiera sido homicida
de su sangre, que atrevida
quiere a todos sujetarnos,
y es vileza no vengarnos,
atropellando su vida.
El otro día en la casa
del juego, de enojo llano,
le dio principio a un agravio,
ya la cólera me abrasa,
dijo que en Toledo pasa
con opinión de valiente
don Pedro, y por tal se cuente,
darle valor a sus manos,
y es falta de Toledanos;
pues él se ha de desmentir.
—El enojo me molesta
tanto, que aun siento el agravio
desde la garganta al labio,
se me olvidó la respuesta.
Con esta daga, con esta,
quise la lengua atrevida
cortarle, mas reducida
quedó a otro la elección.
que no faltará ocasión
para quitarle la vida.
Lo que con Félix pasó
por lo que he sido su amigo
he de vengar, que el castigo
a mí solo me tocó.
Quien tan soberbio nació
que a su padre no obedece,
desdichado fin merece;
deja, que llegue a mis manos,
sabrá, si entre toledanos
lo que valgo, desmerece.
En este sitio que ves,
enfrente de aquella casa
donde mi pecho se abrasa,
pidió Félix a sus pies
otro agravio, pero es
tan cruel, que aunque debía
que más dichoso le haría
en darle otra bofetada,
por no darle gusto en nada
no le dio lo que pedía.
Vete, que doña Ana viene,
si no me engaño, a su casa,
y el recelo que me abrasa
declarar mi amor previene,
porque si afición le tiene,
vive Dios que he de matarle.
Esta noche he de buscarle,
porque la lengua y el labio
te he de cortar, que mi agravio
es imposible olvidarle.
Vase. Sale doña Ana con manto.
Fuese Feliciana a casa,
y sola a la mía vengo.
Por hablarte me detengo,
doña Ana.
Adelante pasa.
Tanto mi pecho se abrasa,
que de llama encendida
temo que salga atrevida
a abrasar una mujer
que tan loca viene a ser
que a un tiempo adora y olvida.
No llegues tan arrogante,
don Juan, a pedirme celos.
Perdiéronte mis recelos
el respeto; no te espante,
en dos días, tierno amante,
en dos días, tanto olvido;
a quien tanto te ha querido,
quíteme el cielo la vida
por no ver aborrecida
alma que tan tuya ha sido.
No tengo ya qué pedir
al cielo tanto rigor,
que basta hacerte favor
para llegar a morir;
mas ya que llego a sentir
tanto, doña Ana, el desprecio,
La plana izquierda se encuentra tachada con un aspa de lado a lado.
Yo haré que tu amante necio
pierda la vida a mis manos,
que favores soberanos
no piden menor el precio.
Ese arrogante mozuelo
le verás presto abatido,
pues llegará pretendido,
bizarro y loco hasta el cielo;
que no menos su desvelo,
que este castigo merece,
que llega a tu sol parece.
Pero verásle caer,
que el fuego que siento arder
ya sus alas enternece.
Y quisiera verle aquí
para mostrar mi violencia,
que matarle en tu presencia
será gloria para mí.
Nunca, doña Ana, sentí,
con afectos tan extraños,
dar a un hombre desengaños
de prendas como las mías.
Renació en esos dos días
el amor de tantos años,
propuse poner en ti
los ojos y, aunque me hallo
ausente y en mi retorno
a encender la llama en mí,
pensé olvidarle sin ti,
contigo, amor, y atrevido
se muestra más encendido.
Porque en materia de amar
es el pensar olvidar
despertar más el cuidado;
yo vuelvo a querelle bien,
porque no pudo su ausencia
tanto, que al ver su presencia
no vuelva a amarle tan bien.
¿Cómo sufría un desdén
quien se juzga enamorado?
Olvidar tuvo por pasado.
Aunque quise, no he podido.
Pues júzgate aborrecido
y saldrás de ese cuidado.
Salen don Diego y Castaño.
Poco sosiega quien ama,
todo le causa inquietud,
poco estima su salud,
todo lo vence su llama.
Aquí, doña Ana, mi dama,
es dueño de mi albedrío,
ni celos ni desconfío,
ni envidio suerte más buena,
dicen, no hay amor sin pena,
siendo así, no lo es el mío.
Ese discurso condeno.
¿Que no celas?
No, Castaño.
¿Ni estorbas?
No temo engaño.
Para mí, ando más bueno,
anda amor de engaños lleno.
En el margen superior derecho de la plana derecha aparece el número 22. El texto de toda la página (ambas planas) se encuentra tachado con varias líneas diagonales.
en la mujeril flaqueza,
y tú con tanta simpleza
vives con satisfacción;
tú serás de esa opinión,
mas guarde Dios mi cabeza.
¿Que no temes?
Ni recelo.
Luego, ¿vives confiado?
De que no seré olvidado.
¿Amarás cosa del cielo?
Al cielo adoro en el suelo,
pompas de rosas y jazmines.
Pésame que te imagines
amado, y no respondido,
cuando tu desvelo ha sido
un serafín en chapines.
No puede haber en amor
olvido, engaño y desprecio;
no hay en dos amantes precio
como sustentar su ardor.
Aquí a doña Ana, señor,
y a don Juan tienes presentes.
De celos siento accidentes.
Verás agora tu error;
pues con ansia y con rigor
el verla con otro sientes.
Quien vive tan confiado,
para su locura en esto,
es mujer, mira que presto,
don Diego, te la ha pegado.
Huélgome de haberte hallado.
Aparte.
Este es Diego, soy perdida.
Aquí de un alma ofendida
verás impulsos ardientes.
En mi presencia no intentes
acción tan descomedida;
dame este gusto, don Juan,
por lo bien que me has querido.
¿No ves que estoy ofendido?
Mas en mí, ¿qué no podrán
tus ruegos?
Hoy se verán
tus pasiones en el viento,
pues con loco pensamiento
a mi amistad correspondes,
si no es que ya me respondes
que no has cobrado tu aliento.
Delante de lo que adoras
fuerza ha de ser alentarte;
aquí estoy, ven a vengarte,
porque tu valor desdoras;
advierte, si es que lo ignoras,
que no hay disculpas que aguarde
quien no hace valiente alarde
delante de lo que quiere;
y el que tímido lo hiciere
será dos veces cobarde.
Ambas páginas presentan tachaduras generales en forma de aspa.
Aquí se ofendió mi amor,
y aquí puso un disfavor
fin a tu esperanza vana.
Ahora aquí verá doña Ana
quién la merece mejor.
Vete, Castaño, que a mí
nadie me ha de acompañar;
yo solo le he de matar.
Para obedecer nací.
Este no es miedo.
Este sí.
Aquí te daré a entender
si es valor o si es temor.
Vete, pues, que a Livia mandólo así.
Riñendo los dos a placer. Vase.
Estoylo yo deseando.
Aquí quiero yo que sea
la venganza que buscaste.
Eso es perderme el respeto.
Quiero que tú estés delante;
desvíate, no aventures
el valor que quiso darme
el cielo.
No me respetas.
No he respetado a mi padre,
¿y quieres tú, qué locura,
que a ti respeto te guarde?
Deja ese loco, doña Ana,
porque pise los umbrales
de la puerta de la muerte,
siendo mi espada la llave.
Pues vive Dios, pues llegáis
los dos a no respetarme,
de no veros en mi poder
de no hallaros en balde
favor que eleva al cielo
a quien es tan fiel amante;
de noche rondáis mi casa,
de día pasáis mi calle,
vosotros, locos mancebos,
buscáis por tercero a Marte.
¡Qué rebelde galanteo!
¡Qué descorteses galanes!
Esto de sacar cuchillas
que admiren al sol y al aire
en la guerra luce bien,
que en enamorosas paces
elija la dama el joven,
y al que despreciado hallare,
aquel desvelo nacido
sin voluntad de las partes,
desista de la locura
de que el otro se enlace
como la amorosa yedra
trepando riscos de jaspe
en la añudada encina,
sino como flor fragante
siempre cercada de espinas,
que si la adornan la guarden,
porque hieran estas a aqueste,
porque tú a aquestos acobardes.
El texto de esta doble página presenta grandes trazos diagonales, lo que indica que todo este pasaje fue tachado o suprimido.
Hallas en este mi gusto,
hallasme en aqueste afable,
la elección consiste en mí,
si yo nombro el que me agrade,
¿qué importa que tú le mates,
si muere el que adoro yo,
si vive el que despreciare,
tan muerto como el que dejo,
y el que yo aborrezco yace?
Esto supuesto, decid,
¿de qué sirve que arrogantes
midáis los dos los aceros
si ha de ser la suerte igual?,
pero pues no respondéis
mostrando airado el semblante
y los dos como enemigos
queréis que la empresa acaben
los temerarios impulsos
que engendraron arrogantes
el valimiento del uno
y del otro las crueldades.
¡Vive Dios, tanto me ofenden!,
que he de ser de aquí adelante
roca opuesta al golpe de agua
que en batiendo se deshace;
y si al uno aborrecí
y al otro propuse amarle,
pues no he de querer ninguno,
esta vez os dejo iguales.
Y tened agora atención,
que quiero ver cómo sale
por el golpe de la herida
caliente humor en corales,
pero no, no quiero daros
el gusto de estar delante;
que por mujer soy piadosa,
y no quiero yo obligar
a la piedad de los celos
cuando despidáis raudales.
Mataos sin que yo lo vea,
y estad atentos, escuchadme,
que aunque los dos tengáis vida
después del valiente trance,
ninguno de mis favores
ha de poder alabarse.
Castigo que merecéis
por las que usáis necedades,
tú, por porfiado amante,
tú, por lo suyo arrogante;
ninguno de aquestas puertas
para pretenderme pase,
ni en la calle, si es posible,
que si le veo en la calle,
sabré atravesar su pecho,
sabré una flecha tirarle;
que una mujer ofendida
es rayo, es veneno, es áspid.
escondido entre las rosas
fingidas que el rostro trae,
adonde hallará prisiones
quien piensa hallar libertad.
Vase.
El texto a partir de aquí y hasta el final de la columna presenta grandes trazos diagonales indicando su supresión.
Diego, si quieres venir,
aquí me tienes constante;
mas a quien te da favores
no es razón darle pesares.
Remitámonos el disgusto,
al campo allí se declare
con la ventura del uno,
dicha en el otro mudable.
Donde recibo el agravio
allí pretendo vengarme;
nunca salgo a desafíos
al campo, que puede helarse
la sangre que es del enojo;
¿adónde vas a vengarte?
aquí matarte pretendo,
o aquí quiero que me mates,
que jamás he despreciado
a mi enemigo arrogante,
soberbia que suele ser
verdugo en la propia sangre.
En efeto, ¿no hay remedio?
Aunque el cielo lo mandase.
¡Ah, soberbio!
¡Vive Dios!
Él me valga.
Meten mano y al partir tropieza don Diego y cae a los pies de don Juan, y él levanta la espada de don Diego que al tropezar se le cae de la mano, y al quererle matar sale Félix y le detiene.
Tropezaste,
ya soy dueño de tu vida.
Tente, por Dios, no le mates.
No haré, pues eres testigo,
Félix, que puedo matarle.
Pese a la infamia,
déjame que me levante,
vuélveme mis aceros
para que le quite alardes.
Vete, don Juan, no le ofendas,
hazlo, por Dios, por su madre.
Por ti, Félix, le perdono,
sus armas he de llevarme,
serán en nombre valiente,
si lo fueron de un cobarde.
Das las armas a don Diego,
que eso es, don Juan, afrentarme,
y advierte que no es razón
que tú cobarde le llames;
soberbio quiso ofenderte,
y tuvo fatal ventaja,
y tropezando en las piedras...
tendido a tus plantas yace,
que bien sabes tú que Diego
no es cobarde, no te alabes,
que este no fue rendimiento
sino desdicha notable;
el honor suyo es el mío.
Dale la espada a Félix y vase.
Las armas puedes darle,
aunque darle bien por mal
ni lo agradezca ni pague.
Estas son tus armas, Diego;
afligirte es disparate,
ya conocen tu valor,
y a lo que tú puedes saben;
esta es desdicha, y advierte
que tú propio la causaste.
Mira que se cansa el cielo,
pon freno a tus libertades,
teme desgraciada muerte,
y sé obediente a tu padre,
que el sucederte desdichas
de tu inobediencia nacen.
Después de haberme ofendido,
te pones a predicarme.
Vete de aquí, no te vea,
que desde el primer instante
que te vi me han sucedido
mil desdichas, mil pesares.
Lleva esas armas contigo,
que espada que tú tomaste
quién duda que ya tendrá
con los aceros cobardes.
Mira, Diego, lo que dices,
mira que a Dios enojaste,
mira que yo soy tu amigo,
desde aquel primer instante
que tu mano coronó
mi mejilla de granates;
cíñete la espada, Diego,
que no vuelve a ti cobarde.
¿Quieres que pierda el respeto
al cielo? No quiero dejarme.
Vase.
No, amigo, a tus pies la pongo,
y advierte que el ampararte,
que tu agravio en mi mejilla
es corona de diamantes.
No sé por dónde comience
a declarar mis pesares.
Haré pedazos mi pecho,
manchará el suelo mi sangre,
sí, que tan infame aliento
no es bien que mis venas guarde.
Yo he de vivir afrentado,
Levanta la espada y enváinala.
antes la tierra me trague,
levántense pardas nubes
de cuyos densos volantes
arrojen partos de fuego
que me quemen, que me abrasen;
todo es azar en Toledo
desde que vi los umbrales
de sus puertas; desde entonces
parece que el fuego, el aire,
la tierra, el agua, las fieras
me persiguen, me combaten;
pero ¿yo temo prodigios,
ni yo doy crédito a azares?
Y así, desde que nací,
inobediente a mis padres,
sin respeto, sin temor,
atrevido, ¿a amedrentarme
puedo? Ni yo doy lugar
que un tropiezo me acobarde.
Mataré a don Juan; seré
fiera segur que la estambre
de su vida corte al viento;
morirán cuantos tomaren
por su cuenta el defenderle;
yo no soy hombre, soy áspid.
Vuelve tu acero a ceñirme,
que lo que la suerte hace
no puede culparse en ti.
Hijo soy destos gigantes
riscos que a Toledo ostentan
y alfombras visten de nácares;
valor tengo, no he perdido
aquel aliento admirable
con que a pesar de enemigos
amago vivo de Marte,
no es ofensa del valor
tropezar, que el aflojarme,
ciego, causó mi desdicha,
azar que previne antes;
mas yo volveré por mí,
que pretendo levantarme
al cielo, porque su aliento
me dé Marte para airarme;
que para que yo me asiente
no es mucho que él se levante.
Vase. Salen Clara y Castaño.
De visitar su fregona
vendrá agora el buen Castaño.
No, Clarilla, no te engaño,
mi buen término me abona.
Habrá habido su requiebro
al uso de amante fino,
será la pícara fina
y darále algún quiebro.
La página izquierda del manuscrito está tachada con una gran aspa. Aparece el número de folio "28" en la esquina superior derecha de la página derecha.
Vendió fineza la tal,
hubo acaso de moquete,
y voces de un acá y vete,
que estoy de celos mortal.
Pensará que yo me fino
por sus necias travesuras.
Pienso que mi amor procuras.
¡Oh, qué lindo desatino!
De donde cuenta prosiga,
Castaño, el jardín pasea.
Como agradarle deseo,
haces que verdad le diga.
Fuimos a Zocodover
y dionos la bienvenida
una hermosa y lucida
que andaba a escuras ayer.
Bajámonos a la vega,
hubo paseo galante
y vámonos delante,
pero mi brío las ciega.
¿Qué hago? pues llego estirado
haciendo de lo garboso,
salió un toro luego al coso,
su marido disfrazado.
Llegó haciendo del dormido
y reconoció el pelaje,
viome en figura de paje
y halló sin pájaro el nido.
Tripuló mi galanteo,
llegó con los labios mudos,
vino derramando escudos,
y agradable a su deseo,
el marido se durmió,
la moza tomó el dinero,
vino luego el enfermero
y al hospital me llevó.
¿Qué hospital?
Hay en Toledo
un hospital donde cura
amante toda locura.
Es como tuyo el enredo.
Ese modillo de amantes
para mí no hace cosquillas,
por traer en las toquillas
embelecos semejantes.
Yo conozco un mozalvillo
que a una niña que adoró
un mal tan grande le dio
que el accidente maldito
los dientes le echó de fuera,
cuando el fatigado amante
los recogió en un instante,
luego en la fiesta primera,
saliendo galán al uso,
por pensar mejor lucilla
en la flor de la toquilla
con este letrero los puso:
"Por estos que veis, mi dama,
la boca hermosa tenía,
mas ya la tiene vacía".
Quitole el necio la fama
porque algunos pensarían...
que por viejos perdí.
Sale don Luis viejo.
¿Dónde dicen que quedó
el viejo?
Que así porfían
los impulsos temerarios
deste rapaz a matarme,
si para más penas darme
no le matan sus contrarios,
agora que el sol se acuesta
como no vuelva a su casa
tanto por otras se abrasa
y tanto se entibia en esta.
¿Dónde queda la impiedad
de Diego?
Yo le dejé
en misa en Santo Tomé.
¿Ahora en misa?
Es verdad,
que para misa es muy tarde,
que ya sus rayos el sol
baña en el mar español;
mas quedó, así Dios me guarde,
con unas monjas hablando,
en Zocodover.
¿Qué dices?
Mis hados son infelices.
Sale don Diego alborotado.
Llego a mi casa llamando:
Castaño, dame un broquel,
toma esta daga, otra capa,
si de mi furia se escapa
y va al infierno tras él.
¿Que yo soy de aqueste padre?
¡Oh, qué bien, alma, dudáis!
Por Dios, que si lo negáis
que queda afrentada su madre.
¿Qué tienes?
No tengo nada.
¿Tienes pendencia?
Tampoco.
¿Cómo vienes?
Vengo loco.
Descansa, pues.
No me agrada.
Habla conmigo.
No puedo.
¿Por qué?
Porque falta gusto.
Pues, ¿qué te obliga?
Un disgusto.
¿De qué?
De que muerto quedo.
¿Puedo remediarlo?
No.
¿Ni ayudarte puedo?
¿A mí?
¿Busco tu provecho?
Sí.
¿Quién fue el agraviado?
Yo.
¿Toca a tu honor?
Es mi afrenta.
¿Tócame a mí?
no te toca
habla pues
soy una roca
sosiega
como tormenta
declárate más
no quiero
así me respondes
sí
ten temor
temor en mí
y el castigo
no le espero
dímelo
qué necedad
hágaslo por mí
por vos
dejadnos solos los dos
que yo sabré la verdad
Vase Clara y Castaño. don Diego hace que se va y detiénele su padre.
no he de escuchar, vive Dios
qué importa que tú no quieras
no soy yo tu padre
sí
no eres mi hijo
quisiera
no serlo
soberbio estás
por poder soltar la rienda
a mi inclinación altiva
prosigue pues, qué hicieras
dejadme padre por Dios
no apuréis mi inobediencia
no has de salir esta noche
no me obliguéis a que os pierda
el respeto
ingrato joven
aun creyendo que no fuera
tu padre por estas canas
debes tenerme obediencia
a dónde piensas tan libre
llegar, dime, dónde piensas
esos altivos impulsos
poner, dónde te aconsejas
que subas, loco mozuelo
si han de humillar tu soberbia
advierte que los soberbios
son como las pardas nieblas
que se levantan pomposas
de los hombros de la tierra
y antes que el sol en su oriente
descoja las rubias trenzas
el oscuro pabellón
sobre todos señorea
pero llega la mañana
abre el aurora las puertas
sale el sol y el denso velo
vencido a su sol cesa
y aunque sucede mil veces
desde que nace y se asienta
[P0: falta al comienzo de la página un bloque activo de unas treinta líneas del parlamento de don Luis, entre «desde que nace y se asienta» y «a que a mí no me obedezcas»; no se restituye por conjetura.]
Va don Diego haciendo las acciones que dice su padre.
Mas si airas, que no te ciegas,
tanto el enojo, que llega
a que a mí no me obedezcas,
¿qué me vuelves a mirar?
¿Qué acciones, dime, son estas?
¡Inobediente, atrevido!
¿La daga cobarde tientas?
¿Yo te engendré? No es posible.
Hijo eres de una fiera,
de que has perdido el color.
El rostro airado no vuelvas.
¡Plegue a Dios! ¿Que me amenazas?
¡Llega, ejecuta la fiera
saña que de oírme tienes
en estas canas, en estas!
Pon esas manos traidoras,
que quien con tanta soberbia
en las de Cristo las puso,
que lo mismo representa
un sacerdote, no es mucho
que a mí el respeto me pierda.
¿Otra vez la daga empuñas?
¡Suelta, pues, soberbio, suelta!
Muestra la espada y la daga,
Quítale la capa.
¿Qué me miras, no me tiemblas?
Así sé yo castigarte,
así quiero yo que entiendas
que soy tu padre y que estás
obligado, aunque no quieras,
a obedecerme, y la capa
he de llevarme, si intentas
salir de casa esta noche;
sal sin armas, sal sin ella,
a lo sordo y no obediente,
pues no de grado, por fuerza
con los rigores que miras
he de hacer que me obedezcas.
Vase.
No sé cómo le he sufrido;
alguna deidad secreta
me tuvo atadas las manos.
En el margen izquierdo figura la indicación "castano" como aviso de entrada.
Sale Castaño.
¿Salimos fuera?
¿Qué es de la capa y la espada?
Entra allá dentro por ella.
¿Quién se la lleva?
Mi padre.
¿Fue de voluntad?
Por fuerza.
¿Y se lo sufriste?
Sí.
¿Que has tenido tal paciencia?
¡El mundo quiere acabarse,
pues tú obediente te muestras!
Tráemela, pues.
¿Cómo puedo,
si tu padre se la lleva?
Entra por ella, acabemos.
Aguarda, que ya se acuesta;
encima del bufetillo
lo puso, conmigo sea
un Nerón.
Vase.
No hagas ruido,
porque el viejo no te sienta;
saldré, si lo estorba el mundo,
aunque sin espada fuera.
Sale Castaño.
¿Oyes?
¿Qué hay?
Más acertado
me parece en mi conciencia
aguardar, pues que no es tarde,
a que el viejo se durmiera;
que tiene junto a la cama
un palo, y pienso que apenas
he de llegar por la espada,
cuando me dé en la cabeza
cuatro palos; que los viejos,
que tú sin fuerzas contemplas,
son cuchillos que no cortan.
que si bien lo consideras,
para acertar tienen filos
y los viejos tienen fuerzas.
Vuelve, cobarde, no dudes,
aquí estoy yo. ¿Qué recelas?
Si adentro me dan de palos,
aquí fuera, ¿qué aprovechas?
Ya se ha metido en la cama.
Llega a la puerta y vuélvese.
Ahora en Dios y en hora buena,
voy. Está aquel bufetillo
pegado a su cabecera,
y tu espada y capa encima,
y sus vestidos sobre ella.
Y el viejo tiene tanto ojo
abierto; si yo pudiera
quitarle primero el palo,
fuera gran cosa.
Y no es fuerza
que esté dormido.
Tan presto.
Si ahora marido fuera,
no fuera mucho, mas ya...
Calla, borracho.
Paciencia.
Dios ponga alas en mis pies.
Diego, una salve me reza.
Vase.
No me acuerdo haber tenido
con mi padre más paciencia.
Del disgusto que he tomado
tanto el enojo me ciega.
Sale Castaño con la espada y capa, y en ella revuelto lo que dirá abajo.
Lindamente lo he sacado.
Tu espada y tu capa es esta.
¿Qué es eso que se cayó?
Levanta, pues no se pierda.
Una balona del padre,
que vino revuelto en ella;
una media, un escarpín
y aqueste par de calcetas.
Como puso los vestidos
encima, yo con presteza
agarré tu espada y capa,
saquélo todo acá fuera.
Pues vuélvelo adentro y vamos.
Belcebú que allá volviera
a ahogarlo desde la puerta.
La primera vez entré
con más miedo que vergüenza,
y no es el sueño del viejo
para hacer segunda prueba,
que yo soy poco dichoso
y hay palo a la cabeza.
Fin del acto 2º.
En el margen superior derecho aparece el número 34.
Salen don Diego y Castaño.
La noche es acomodada.
Callar, Castaño, procura,
y seguirme.
Tan oscura
y de nubes tan cerrada,
no la vi jamás.
Aquí
he de vengarme, Castaño.
¿Y de quién?
No seas extraño;
seguirme te toca a ti.
¿Soy yo de alguna importancia
para tu venganza?
No.
Pues vuélvome.
Quiero yo
que de la loca arrogancia
de mi enemigo a mis pies
seas, Castaño, testigo.
Yo diré que tu enemigo
cayó a tus plantas después
de darle mil bofetadas,
sin que lo vea, señor,
que se me acaba el valor
pensando en las cuchilladas.
¿He de reñir yo?
Tú no.
¡Qué necio le pregunté
cosa que tan bien la sé!
En este puesto sé yo
que he de hallar a mi enemigo.
No parece por aquí
una sombra, ¡pese a mí!
que a ser testigo me obligó
destos casos.
Siéntate.
¿No llamas a la ventana
de tu requiebro a doña Ana?
Hasta que vengado esté
no he de comer ni dormir.
Ni yo tampoco, calambre
me da en el vientre y de hambre
voy empezando a morir.
¡Plegue a Dios que venga presto
este que hemos de matar!
Que ya estoy para espirar,
mira qué flaco me he puesto;
¿si no, podré recostarme
hasta que venga, señor?
Hasta que venga tu humor,
Castaño, de consolarme.
Pues, ¿qué humor he de tener
si me llegas a decir
que ni comer ni dormir?
Tan imposible ha de ser
hasta que tú estés vengado.
Dios nos saque de este empeño,
con estorbármelo el sueño.
Parece que me ha llamado
ahora no más de tantico,
con tu licencia me arrimo
a esta piedra.
Duérmese.
Suena dentro un golpe con rodelas y espadas.
Más estimo
verme de venganzas rico,
que si me diera en el cielo
Apolo su carro de oro,
aquí honoro a quien adoro,
y de remontar el vuelo
en este mismo lugar.
¡Día feliz el bofetón!
Y aquí para más blasón,
a don Juan he de matar
por hacer deste penso,
que le tuviera respeto,
el que me ofende, sujeto
a que le agravie, quedo.
No vuelva, pues ya lo ha visto,
a darme nuevo pesar,
que otra vez le he de afrentar
aunque se presente a Cristo.
Parece que se le dio,
según se sonó en la calle.
¡Despierta, Castaño!
¡Despierta, Castaño!
¡Dalle!
Aún apenas me dormí,
y ya me llamas, ¿nos vamos?
A comer y a dormir.
No.
Pues, pese a quien me parió,
si no comemos, durmamos.
No te duermas, ¿escuchaste
una bofetada aquí,
o estabas durmiendo? Di.
¿Qué bofetada soñaste?
Qué preguntas tan cansadas.
Pero ya sé lo que fue:
dormido estaba y soñé
que daba de bofetadas
a un león, y aunque dormía,
tal cólera hubo en mí,
que con mis manos me di,
y este el bofetón sería.
¿Es eso cierto?
Sí, es cierto,
¿quieres que lo diga yo?
Pues, cobarde, ¿por qué no?
Duérmese.
Porque no estaba despierto.
El león no hay que dudar,
con él fue cierto el reñir;
déjame otra vez dormir,
le acabaré de matar.
Suena otra vez el bofetón dentro.
Cuando esto no sea el sueño
que este ignorante decía,
no es demostrar cobardía,
así mi valor enseño;
no hay agüeros para mí,
vana ilusión no me admira,
lo que no veo es mentira.
Si yo el respeto perdí,
no sé, clérigo cobarde,
si el mi deshonor busco,
justo castigo llevo,
y segunda vez le aguarde.
Otra vez, no es esto sueño.
¡Castaño!
¡Tanto Castaño!
¿Qué me quieres?
Nuevo engaño.
Si no es prodigio, le enseño.
El león, dime, porfía...
Amigos somos los dos,
porque ahora juro a Dios
que soñaba que bebía.
Pues tercera vez, vamos,
no me burlan si es engaño,
porque mi espada castiga,
universal Sevillano soy,
si alguno quiere engañarme
vive necio y engañado,
que no temo y voy a decir:
¡perdonadme, hermosos Rayos!
Suena tercera vez el bofetón.
que sobre ese raso azul
servís de lucientes clavos,
que a perderos el respeto
iba el furor arrojado,
porque cuantos viven hoy
sobre la tierra amarrados
los contemplo átomos viles,
tejiendo invisibles lazos.
¡aquí de Dios! si me ofende
Félix, y quiso, olvidando
la dignidad de San Pedro,
violar el honor más claro
que el padre hermoso del día,
¿por qué, por qué con mis manos
no he de sellar en sus rostros
el intento temerario,
porque otra vez no se atreva
y viva siempre enredado?
ea, que no me arrepiento;
¿qué esto escucho?
despierta, Castaño.
guarda, Pablo,
juro a Dios que va de veras,
y que mis costillos guardo.
¿otra vez? pues, ¡vive Dios!
sombra, ¿quién eres? si saco
la espada, mal me reporto
cuando me siento enojado.
aquí estoy, sombra, ¿qué aguardas?
llega, que estoy esperando.
mira que no soy la sombra,
búscala por otro lado;
hago testigos que yo
no soy la sombra.
Hace que ve la sombra y, dejando caer la capa y espada, finge que se abraza con ella y se entra, y saldrá la sombra.
ya aguardo,
¿eres tú? sin armas vienes.
llega, verás si te enlazo
de suerte... ¡válgame Dios,
que me matan!
¡Santiago!
San Gil, San Blas, San Tadeo,
San Quílez y San Torcato,
san cuantos hay en el cielo
aquí sean en mi amparo.
está borracho este mozo;
un poco más de temblando
estoy.
Sale don Diego tropezando.
¿que ya me dejaste?
no me matarán tus brazos.
En la esquina superior derecha aparece el número 88.
¿eres tú?
No sé.
Tú eres,
vuelve a abrazarme, veamos
el que sale vencedor.
Ásele a Castaño y abrácase con él, y ásele de la garganta.
Señor.
¿Quién eres?
El diablo,
que me trujo aquí aquesta noche
a morir medio ahogado.
¿Eres Castaño?
No soy,
sino encina, y a porrazos
no me has dejado bellota.
Luego contigo he luchado.
Con el diablo que me lleve.
Un pujamiento me ha dado
de vino como apretaste
los gaznates desdichados.
Pónese don Diego capa y espada y sosiégase.
Imaginación ha sido,
ni temo yo sombra vana,
estoy, que me quiere el cielo,
si es el corazón de mármol.
Irémonos a dormir.
No es tiempo.
No es tiempo, ¿cuándo
ha de ser tiempo? Si ya
viene el alba retirando
sombras, y adorna sus luces
las puntas de esos peñascos,
ya las hermosas flores
se esperezan en los campos;
la mitad de aquella nube
vuelve su volante pardo,
viendo la cara del sol,
rubí encendido a sus rayos,
porque hagan maridaje
un rubí con un topacio.
Gente parece que suena.
Gente suena aquí, fue el diablo
en lugar de Troya.
Entran don Juan y don Pedro embozados.
Espera,
que estos dos son mis contrarios;
dos vienen, esto es peor;
esta vez quedo obligado
a morir, dame licencia,
ya vuelvo, pues hay espacio
de ir a tomar dos raciones.
En casa de aquel mulato
que vive a Santo Tomé,
que es muy diestro, y, entre tanto,
entreténlos con palabras,
trayré estudiados dos tajos.
Parece que ya los veo.
Con que caminen entrambos
al infierno. Miedo tengo.
Este es.
¡Qué lindos hombrazos!
Y qué talles, ellos son
dos, pero vienen tan bravos
que, a mi miedo, han parecido
cuatrocientos de a caballo.
Llegaremos bueno a bueno.
No hay respeto si hay agravio.
Acuchíllanse.
Ya os conozco, pocos sois,
siendo gallinas entrambos.
¡Ah, cobardes!
¡Retiraos,
hombres, que quiero embestir!
Muerto soy.
Con intentarlo...
Señal es, si esta justicia
la que nos viene cercando.
Sale la Justicia y gente.
¡Ténganse al rey!
Obedezco.
Yo no.
¿Quién eres?
Soy hidalgo.
¡Mataldo si no se diere!
Si pudiéredes, villanos.
Éntranse acuchillando.
Queda Castaño.
Qué nuevas se lleva el viejo,
pero si él es temerario,
tómese lo que le viene
y guarde el cielo mis cascos.
Vase y sale un Alcalde villano, y Bras y Toribio, villanos.
¿De qué sirve prohijar?
Cásese la moza luego.
Yo, que no se case, os ruego.
Casaré todo el lugar,
si dais en irme a la mano.
Yo no so casado,
Sí.
Pues yo lo so, pese a mí;
cásese todo cristiano.
No ha de quedar un mancebo
por casar.
Callad, Alcalde.
Ved que es un tonto de balde;
yo sé muy bien lo que debo.
Y veredes que tengo la vara,
Los casamientos a vos
no os tocan.
Pues, ¡juro a Dios,
que ha de casarse!
Repara
que dirán mil desatinos.
Yo sé que en casarla acierto,
¿no miráis que el novio es tuerto
y ella tiene dos divinos?
Pues por eso ha de casarse.
¡Juro a Dios, no seáis prolijos!
Que quiero ver si en sus hijos
puede esta falta enmendarse.
¿No veis que es tuerto?
No es falta,
porque es hijo de buen padre.
La novia no tiene madre...
Sí, morena, seca y alta.
Muera la vieja en un potro,
concertado está con padre
el tuerto, y ella con madre;
váyase uno por otro.
Sale don Diego, en cuerpo, con la espada en la mano, y mojado, como que ha pasado el río.
Huyendo vengo de la vil canalla
que ofensas mías con rigor procura,
dando ocasión que el Tajo a nado pasalla,
media legua he corrido hasta dejalla.
¡Quién se ascondiera aquí! Mas es locura
mientras que el sol en su carrera abrase,
que hoy parece a mis penas ha salido
por seguirme también más encendido.
Gente hay aquí; si es el alcalde aqueste
desta aldea, no importa, estoy cansado,
seguiránme si dellos me retiro.
Para engañallos, la ocasión me preste
sutil cabello que al valor turbado
aliento ofrezca, pues con él le admiro,
que engañarle esta vez será importante,
pues no es posible, ¡ay, Dios!, pasar delante.
¿Adónde vais, buen hombre?
(Yo le engaño;
si me turbo al hablarle, soy perdido.)
¿Cuántos días estuvieron en remojo?
En este tiempo no es muy grande el daño,
que anda el sol enojado y encendido.
Yo finjo, esta ofensa es un despojo
de lo que esta desdichada suerte,
a quien nació infeliz, escucha, advierte:
una hermana, ¡ay de mí!, qué duras penas,
no quisiera, aunque importa, referillas,
que me lastiman al través el pecho,
tan grandes son, que si las viera ajenas,
forzoso era llorallas y sentillas,
hasta quedar su dueño satisfecho.
De un rico viejo, viuda, ser esposa
desdicha fue, mas no naciera hermosa.
Esta, en fin, de un mancebo enamorada,
su honor malogra, su amistad procura,
por gozar de sus años juveniles;
ausentose su esposo, y ella, amada,
en sus brazos se goza bien segura
de la violencia de setenta abriles.
¡Ay, amor conquistado en la presencia...!
Y de olvidado, a la menor ausencia,
volvió su esposo y engendró mudanzas,
y en el alma el indio con mil suspiros
rigor en su marido, recelando
por ciertas del amor locas venganzas.
Siempre trae de oro y en los ardientes tiros,
de oro y de plomo el pasador mezclando;
pues al compás que amante se encendía,
tanto al mozo después aborrecía.
Viéndose pues el mozo despreciado
por el caduco, las paredes salta;
dala la muerte, y yo que agravios siento,
siguiéndole este río paso a nado,
y paro aquí porque el valor me falta,
hasta cobrar el ya perdido aliento,
para alcanzar el vengativo amante
que el tronco derribó de flor fragante.
Si por aquí pasare el homicida,
prendelde, alcalde, que premiaros toca
a quien sigue sus pasos atrevidos;
que fue segur de una valiente vida,
al tiempo en tierna edad opuesta o loca,
como pusiera en años tan floridos.
Dándome a mí mientras el sol se pasa,
dichoso albergue en más segura casa.
Habéisme dado dolor,
pero sabéis que he notado
que para venir cansado
sois grandísimo hablador.
Ahora bien, la cosa será
que en mi casa descanséis,
y si le veo, le veréis;
si le prendo, aquí os entra.
Que es mi casa. ¡Marina!
Sal, da a este mancebo al lado,
que coma y, pues va mojado,
alojalde en la cocina.
Entre su merced.
Alcalde,
si preguntaren por mí,
que no me vistes, decid.
Yo le prenderé de balde.
Yo voy con vuestra licencia
a descansar.
Bien podéis.
Mirad que no os descuidéis
de hacer esta diligencia.
Perded cuidado.
Vase don Diego.
Yo voy.
Pasé a la orilla de esta parte
del río; a nado me eché;
aquí bien seguro estoy
en casa del mismo alcalde.
En vano el temor resisto;
no digáis que me habéis visto.
Salen Félix, don Luis y Castaño.
Yo os le prenderé de balde.
Hombre honrado me parece y brioso,
aunque este llega ahogado.
Por las señas que me han dado,
Aquí ha de estar,
o se ofrece.
nuevos peligros mi honor.
Cansado vendréis, buen viejo,
descansad, que yo el espejo
en quien os miráis mejor
buscaré; lleva, Castaño,
esas mulas al mesón.
¿Estos labradores son?
Soy el alcalde de hogaño.
Díganme cuál de los tres
dio muerte a un viejo, que importa
para prenderle.
¿Qué le porta?
La cólera no nos des-
que no somos homicidas;
todos la quietud profesan.
Por Dios, que si lo confiesan,
que corren riesgo sus vidas.
¿Qué mandan en nuesa aldea?
¿Habéis visto por aquí
un hombre?
Pienso que sí;
si a un hombre desea
vuelva su merced contento,
pues nos ha visto a los tres.
¡Qué dudo, alcalde, después
que aquí llegastes jumento!
¿Visteis un hombre pasar?
Vos el jumento llegastes,
y mirad bien cómo hablastes.
Las señas me pueden dar.
Pálido el rostro, unos...
Pabilo
dicen que en el rostro tiene.
En la esquina superior derecha de la página aparece el número de folio original: 42.
pues no es él.
Callar conviene,
que no entendéis ese estilo.
Ese mozo espabilado
no ha pasado por aquí,
¿es algo moreno?
Sí,
y tiene el color quebrado
del rostro.
Pues este entero
tiene el rostro, no le he visto.
Mal el cansancio resisto.
Allí vive el mesonero,
váyase y descanse.
Vamos,
que yo iré a buscalle.
¿Habrá
qué comer?
No faltará
paja y cebada.
Llegamos
a buen puerto.
Si llego a verle,
si con la espada ni el labio
me vengo, que con mi agravio
soy su amigo hasta la muerte.
Éntranse Félix y don Luis y detiene el alcalde a Castaño.
Vení acá, bien encarado.
somos los dos parecidos
a que sois aquí venidos
Aparte.
a buscar un desbocado
mozo hijo de aquel viejo
a quien mil agravios cuesta
pensamos hallarle en esta
aldea porque el pellejo
dejará en todo de ver
presto si de aquí no escapa
que tiene ofendido al papa
porque le dio a su placer
a este que se fue de aquí
que es clérigo un bofetón
de tan mala digestión
es el dicho yo le vi
matar él solo a una aldea
de cuatrocientos vecinos
los ochocientos desatinos
por quien prenderle desea
si le halla el corregidor
si pasare por aquí
porque le dejen así
quiero ponelle este temor
de Toledo se escapó
matando con un cuchillo
diez corchetes y un chiquillo
que al verlos matallos lloro
si le vieren por aquí
déjenle libre pasar
esto sirve de avisar
que Dios me lo manda así
miren que es la misma muerte
no le ascondan en su casa
porque todas las abrasa
no vi condición más fuerte
y otro ítem más no hay mujer
que si la ve esté segura
todas gozarlas procura
las señas quiero saber
por si pasa por aquí
que guardemos nuestras casas
y mujeres
ya te abrasas
por saberlo escucha
di
es un mozo bien vestido
y ha de venir bien enojado
que es el leopardo airado
y a mi mujer ha caído
Vase.
digo que os guardéis alcalde
adiós y avisa a la aldea
y a vuestra mujer
es fea
no la querrá ni aun de balde
salidle vos al encuentro
y a vuestra mujer guarda
ya de nada servirá
que ha rato que está allá dentro
¿Habéis visto tal maldad?
Sale don Pedro.
Luego dice que es ligero,
¡qué hombre tan gran hablador!
No me trataba verdad.
¿Está aquí el alcalde?
Aquí,
de aquel tamaño que so.
¿Qué queréis, pues que aquí está?
Un mandamiento.
Decí.
Del señor corregidor
de Toledo.
Es importante.
Manda que estéis vigilante.
¿Las vecillas con temor
que las guardemos nos manda?
Tráigalas pues, ¿quién le mete
con las vecillas?
Respete
al corregidor que anda
demasiado.
No ando tal; vos conocéis que soy
demasiado; si veis pasar, os libre Dios,
el huésped que está en mi casa,
si a mi mujer hace mal.
¿Habéis tenido cuidado
si ha pasado por aquí
un mozo?
Decid de él,
¿con algún diablo he topado?
Decid, ¿un mozo lampiño
este río pasó a nado?
Ese mismo.
Él me ha engañado,
como si fuera algún niño,
yo os le prenderé, que estoy
enojado con él.
Basta,
dicen que es de buena casta,
porque mi mujer no miro,
que no la goce aquel día.
Engaño, por Dios, extraño.
Si es engaño o no es engaño,
cuidado me da la mía.
Este se fue por delitos
de Toledo, y yo que soy
deudo del alcalde, voy
a prenderle.
De infinitos
hombres, diz que fue homicida.
Es un gallina.
Por Dios,
pues yo a prenderle voy,
mi persona es conocida,
y en bien ruin red ha caído.
Él es gallina en efeto.
Sí, alcalde.
Pues yo os prometo
que esta vez no ha de librarse.
En la posada os espero.
¿Estáis cierto que es gallina?
O, ¿que vos lo sois?
Camina,
que te valdrá buen dinero.
Sea el demonio del gato;
si él topó con mi mujer,
juro a Dios que ha de saber
que es hombre en estado el alcalde.
Vanse. Sale don Diego.
Siéntase en el suelo.
Apenas tengo seguro
el corazón, aunque aquí
ver puedo más. ¡Ay de mí!
Parece que ya procuro
sosegar en el empeño
del sueño, que si el cuidado
atrevido se ha quitado
la jurisdicción al sueño.
En fin, fingidas apariencias,
como buen descuidado,
no como en cama de estado,
duermen bien malas conciencias.
Yo en este suelo,
como en delitos advierto,
estoy dormido despierto,
y estoy despierto dormido.
Imaginación pesada,
vete, descansa, que el día
que el valor te desconfía
estando al lado mi espada,
de almohada servirás,
descansaré sobre ti,
parece que me rendí.
Tachado: se met
Recuéstase y duérmese. Salen el alcalde armado y de gran briosidad, y Toribio, y Bras.
Pasitico, que, ¡par Dios!,
que esta vez preso se vea.
Mirad que somos vendidos
si antes de llegar despierta.
Llegad, alcalde, y prendelde.
Llegad vos primero.
¡Bestia!
¿No veis que sois el alcalde,
que la prisión es para vos?
Tira de allegar y vuélvese.
Ahora bien, yo voy.
¿Habéis oído en la iglesia
si ha habido algún santo alcalde?
Porque agora me parece
Tachado: defende
Andad, cobarde.
¿Sois vos?
Va a llegar y vuélvese.
muy valiente bien él os sustenta
ahora Dios vaya conmigo
no son buenas armas estas
acabad
Va a llegar y vuélvese.
ya llego Bras
pero mirad no quisiera
que me volviese un revés
que me quebrase las muelas
decid deténgase al Rey
y eso basta
y sobra
Despierta don Diego y espántanse los villanos.
ea
yo llego téngase al Rey
parece que me respeta
que ya descansan mis sentidos
válgame Santa Quiteria
quién le tiene a su merced
qué queréis Alcalde
duerma
su merced que esto no es nada
dónde vais de esa manera
señor vamos a prender
al que mató al Visorrey
Levántase.
sea en buena hora y yo también
iré con vos vamos fuera
no su merced se sosiegue
que haremos la diligencia
como verá
yo presumo
que me engañáis
y lo acierta
que venimos a prendelle
a prenderme
en mi conciencia
a prenderme y si no quiero
nadie habrá que le haga fuerza
tened valor y pese a tal
decilde vos que se tenga
el valor en mí que yo
quedo estoy si no me deja
ahora déjese prender
si a bien su merced lo lleva
no os he dicho que no quiero
decilde que al Rey se tenga
pues téngase al Rey
sí haré
Apalea Alcalde a los villanos y échalos a rodar y vase.
mal se hará de esta manera
aquí del Rey que me matan
Toribio cierra las puertas
Que las cierre Barrabás.
como un rayo salió fuera
síganle todos Alcalde
no quede mozo en la aldea
que no vaya
vayan todos
y decid que al Rey se tenga
¿estáis herido?
no sé
que no me llegué tan cerca
que me pudiese alcanzar
solo siento en las caderas que pase
Sale don Pedro solo.
a mí me ha dicho Alcalde amigo
que la prisión está hecha
engañóse el que lo dijo
no quiso que le prendieran
y se defendió al Rey
Sello de la Biblioteca Nacional en el margen superior derecho.
y como si le dijera:
"¡Corred por él, fieras!",
se fue por aquesas sierras.
¡Qué lindos bríos de alcalde!
Siguiéndole va el aldea.
Cerquémosle en ese monte,
dadme, alcalde, una escopeta;
si no quiere bien a buenas,
le hemos de prender por fuerza.
No es menester tantas armas,
que el mozo tiene obediencia.
Dígale "teneos al Rey",
verá cómo las aprieta.
Vanse, y sale don Diego.
Cercado me ven en el monte,
y por estas asperezas,
aunque pretendo escaparme,
los villanos no me dejan.
Dentro dice Bras.
Aquél es, cercad el monte.
Sube don Diego a lo alto de un monte, y sale don Juan con una escopeta y los villanos con chuzos, y don Luis y Félix y Castaño deteniéndoles.
A parar, gigante peña,
estos pasos destos riscos
que el corazón me gobiernan.
Cara a cara he de aguardarte,
aunque mil hombres trujeras,
porque todos son gallinas
como tú en estas bregas.
Aguarda,
pues apuntas la escopeta;
déjate de rogar,
villano, a que vengas
a las manos hoy. Dispara,
y mira bien que si yerras
te he de hacer pedazos
este pecho.
En el margen inferior izquierdo hay unos versos tachados: "don Luis / Teneos por Dios que me / afrento, / a don Juan que es deudo".
[P0: la página 0050 queda truncada después de «este pecho»: falta el desenlace, aproximadamente setenta y cinco líneas con disparo, caída de don Diego, arrepentimiento y cierre de la comedia. Debe retranscribirse visualmente desde este punto hasta el final.]