à> Date de publication: 22 août 2026
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Ce contenu est proposé sous licence Creàtive Commons CC BY-NC 4.0. Réutilisàtion àutorisée àvec citàtion ; usàges commerciàux non àutorisés.
<à clàss="inline-flex w-fit items-center" href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/deed.es" tàrget="_blànk" rel="noopener noreferrer" àrià-làbel="Voir les détàils de là licence Creàtive Commons CC BY-NC 4.0">Citàtion suggérée
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La firmeza de la Iglesia. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-firmeza-de-la-iglesia.
En el folio izquierdo se leen pruebas de pluma y texto tachado: "y porq a viendo / y porq a viendo sa / cado . dos Varas . de longanisa", línea tachada "[...] la longanisa y por q no estaba [...]", y trazos "Los Cuatro mill p[eso]s".
Figuras: Cristo Iglesia Discreción Fe Esperanza Caridad Fortaleza Soberbia Herejía Gentilidad Judaísmo
Salen Cristo a lo soldado, y con él Fe, Esperanza, y Caridad, Discreción y Fortaleza todos con espadas y con ellos la Iglesia como llorando.
Iglesia misteriosa,
del celestial Adán, Eva dichosa,
de divinos deleites paraíso,
si me tienes narciso
copiado en tus cristales,
estanca las corrientes celestiales.
Cuando mi sed te adora,
deje el llanto su aurora,
no derrames más perlas,
si obligarme no quieres a cogerlas,
y que, menor amante,
mis dichas llore y sus memorias cante.
Cada lágrima bella
es del cielo desquiciada estrella,
cada globo de cristal que viertes
me ocasiona mil muertes.
pues son iris tus ojos,
cuelga el arco de paz a tus enojos.
Forzosa es mi partida.
Y forzosa será la de mi bien.
La causa atiende y mi favor confía,
que no puede faltar si eres mía.
La causa atiendo y tu favor confío,
que no puede faltarme si eres mío.
Después que en aquel retiro
de inaccesibilidad,
uno, eternidad, estuve
Luz de Luz consustancial,
después que afectó mi amor,
inmenso, eterno, inmortal,
invisible, inaccesible,
sin poder necesitar
de criaturas, me obligué,
a imperios de mi bondad,
a ser pródigo de mí
en excesos liberal.
Con esto produje el ser
del ejército galán
de los ángeles, que son
retratos de mi beldad,
lenguas de mis maravillas,
ojos de mi majestad.
Que, aunque en incompasadas tropas
llegaron a contemplar
de mi ser el lucimiento,
mas mi singularidad.
¡Oh, envidia de mis grandezas!
¡Oh, soberbia más fatal!
Abatió parte no breve,
llegando a experimentar,
con eternos escarmientos,
castigos de su maldad.
Para suplir tales ruinas
que padeció esa ciudad,
que con círculos de bronce
gira máquina mundial,
formé al hombre de la tierra,
juntando aliento vital
a tan grosera materia
para que luciese más.
Y fue la reina de mis obras,
llegándose a apellidar
de mis manos las altas,
de mi espíritu el carcaj.
No se entendió en estas honras,
queriéndose comparar,
inobediente y grosero,
al necísimo animal.
Aquí vi segunda vez
de mi liberalidad
desperdicios, que me obligan
mis retiros a humanar
a ser, del Adán primero,
celestial Segundo Adán,
la corrección de sus yerros,
de su culpa santidad.
y por que no convenía
a Dios hombre soledad,
desde entonces, a tu ser,
a ti, esposa celestial,
a ti, querida paloma,
di principio en mi verdad.
En ti planté el edificio
que coronándose está
en el cielo de luceros,
que dicen tu inmunidad.
En ti fundé la belleza
tan sin mancha ni la abra,
que, siendo luna en tus luces,
tienes de sol el caudal.
En ti puse aquella corona
y prodigiosa señal,
aunque combatida de ondas,
de inviolable integridad.
El iris fuiste divino
que pronostica leal
las treguas de mi justicia
que prometí de guardar,
puesto tan firme principio
siendo la fidelidad
de mis promesas por mía
a costa de varias.
Después que en algunos siglos
llegaron a desear
mil justos de mi rocío
eterna fecundidad,
después que me ejecutaron
con escritura legal,
que les otorgue pidiendo
misericordia y verdad,
aunque a costa de mis glorias,
que las llegué a declinar
disimulando mi ser.
Salí gallardo jayán,
dando admiración al cielo,
a correr con prisa tal,
que quedó Febo corrido
mirándome descansar.
Fue de sol mi nacimiento,
pues llegó a participar
de las luces de mis albas
cielo, tierra, viento y mar.
Mas aunque fui en mi carrera
vista al ciego, sanidad
al enfermo, vida al muerto,
lucí en mis extremos, mas
en el occidente fue
cuando llegué a descifrar
sacramentadas grandezas;
aquí me vieras brotar
por cada mano mil flores,
y en cada vivo coral
el precio de todo el mundo
con mayor condignidad.
Hasta los ciegos me vieron
tan divinamente a unas
que, al desestancar mis luces,
dicen mi divinidad.
Llegué con sed a mi ocaso
cuando estruendo militar
De la nube más vecina
rompió el costado mortal.
Aquí fue de mi fineza
el extremo al desatar
un mar hermoso mis venas
junto con claro cristal.
Destas prodigalidades
te quise, Iglesia, dotar
dejándote en testamento
toda mi divinidad.
En este dichoso sueño
te llegaste a reformar
saliendo de mi costilla,
tan hermosa como estás.
Joyas te di tan preciosas
que en siete vasos están
las Indias de tus deseos;
que no hay más que desear.
Aquí fuiste paraíso
que llegaste a deleitar
a el Adán que te plantó
de su tierra virginal;
caduco fue aquel primero,
eterno el tuyo ha de estar,
a pesar de inquietas ondas,
establecido y vivaz.
Fundada quedaste en mí,
siendo mi piedra angular
diamante de tu firmeza
y de tu estabilidad;
sobre doce fundamentos
que el suelo indio oriental
de tantas preciosas perlas
tu firmeza estribará;
y las virtudes que mistas
fe, esperanza y caridad,
fortaleza y religión
y las demás a sembrar
el lecho vienen de flores
y en el tálamo nupcial
del eterno Salomón,
eternas guardas serán
unos aceros ceñidos
y otros con que pelear.
Torre con esto has quedado
cuyo edificio minaz
con mil pendientes escudos,
armas a los fuertes da;
Nave quedas aferrada
a quien el golfo voraz
cortés, reverencie el tuyo
en su mayor tempestad;
Muro, así quedas fundado,
tan cercano a mi raudal
que del mar las inquietudes
no te pueden zozobrar;
Ciudad quedas sobre monte,
que coronándole estás,
luz de tinieblas ajena,
y de la tierra la sal;
Montes habrá sobre montes
que con gigante impiedad,
en su confusión pretendan
sus alturas escalar;
de las obras de sus manos
otra torre más locuaz
formarán, aleves hombres,
que la que Babel en Sena hay
vulpejas habrá en su viña,
y paso tan sin compre
que collado de ignorancia
su tierra intente pisar.
Mas, ¿son sordas las vulpejas?
Josué de tierra tal,
querubín del paraíso,
guarda de tal heredad.
Bramará león nacido
en el tribu de Judá,
siendo mis garras castigo
de tan injusta maldad.
Mi ausencia ahora es forzosa,
virtudes, velad, velad,
que en vuestro cuidado estriba
su ventura y mi amistad.
Esposo, ¿cómo me dejas?
Vase Cristo.
Contigo prometo estar
cuando estés atribulada.
Cielos, conmigo llorad.
Buenas noches nos dé Dios,
buenas pascuas y San Juan,
a escuras nos ha dejado,
¡oh, qué de tinieblas hay!
Con la falta de salud
ya me considero andar
vendado en un laberinto,
tropezando en un desván.
Hasta que amanezca el día,
montes, conmigo llorad;
mirad que en tanta desdicha
es la piedad sin piedad;
porque estando el sol ausente,
no será justo formar
risas de sus hermosuras
que lutos sin él serán.
Y vosotras, soberanas
virtudes que camináis
conmigo, atentas decid
si hay otro dolor igual
al que padezco de tu ausencia.
Iglesia, tiempo tendrás
para sentir; los dolores
no anticipes con llorar
los males que pronosticas;
cuando lleguen, llorarás.
Mira que en mí fe te asiste,
y que es mayor la lealtad
de tu esposo.
Así lo creo.
A tu lado me tendrás; verás
que en el más inquieto rumbo
fija el áncora tenaz.
Tan una serás en mí
que el error más pertinaz
que divisiones intente,
por ti se verá frustrar.
Y cuando todos te falten,
tu fortaleza será
en mis manos el acero,
en mis brazos el metal,
que soy fortaleza yo.
Fortaleza, brava estás.
Pues, ¿no tengo por qué estarlo?
Basta, conservemos paz,
que es flaqueza aquesa furia
al tiempo de pelear.
Después suele dar en tierra,
a ver tuya, eso es verdad.
Pretender yo por valiente
alentada necedad
fuera, aunque tal vez se juntan
el saber y ejecutar.
A la fortaleza, amigos,
que es hora de retirar.
Vanse todos.
Después de haber por una boca disparado fuego Soberbia, de soldado, todo de negro.
Yo del cielo arrojado,
yo del cielo abatido,
siendo en el mayorazgo el mejorado
de la casa de Dios, y habiendo sido
entre sus luces bellas
el sol que enriquecía sus estrellas.
Yo vestido de horrores,
ya a penas condenado,
siendo entre resplandores
de luces y hermosuras adornado,
que por Dios mas y que en mis perfeciones
y afectó mi grandeza adoraciones.
Yo del cielo el gigante
tan empequeñecido,
habiendo sido entre esplendor brillante
lucero tan lucido
que en su oriente salía
con mis luces formando nuevo día.
Porque Dios vengativo
me puso en las tinieblas en que vivo
que de horrores abismo,
me aborrezco a mí mismo,
y pertinaz, rebelde y obstinado,
lo que afecta, aborrezco despechado.
Mas aunque en la mañana
fui Benjamín querido,
con pretensión tan vana
soy ahora león embravecido,
que a la tarde le duda en mis enojos
tengo en su Iglesia de ganar despojos.
¿No es de su amor primicias,
no es de su asiento cielo,
blanco de sus caricias,
no es su cuidado y su mayor desvelo?
Pues muera al arma, muera
a pesar de su Dios y de su esfera.
Para su fe constante
Nerones apercibo,
Atilas tengo contra su diamante,
Luteros, Faraones, y en su horror estribo,
y contra sus firmezas
hidra seré abundante de cabezas.
Las puertas infernales
no han de prevalecer contra su muro,
en fuerzas desiguales
tremolan sus banderas por seguro,
sin acordarse que en sus pequeñeces
ha quedado vencida tantas veces.
Apenas fue nacida,
y Caín imprudente
fue de su hermano Abel torpe homicida,
con que humilló su frente,
y en mil persecuciones
he postrado en la tierra sus pendones.
Ésta es la puerta hermosa
de finas margaritas embutida,
veré si es poderosa
a sufrir de mi furia embravecida.
Los golpes. ¡Oh, terrible
lugar para mis fuerzas invencible!
Llegó a la puerta y cayó. Sale Discreción.
Cayó el pez. ¡Oh, qué perrada!
¡A caballero paciencia,
que con cuernos penitencia
es cosa muy sazonada!
Levántase.
¿Para un buen renegador
hay detenerla, incapaz?
¡Es infierno aquesa paz
siempre tenida al amor!
Reniego de mí y reniego
de quien ansí me limita
con su potencia infinita,
y reniego.
¿A qué, soniego?
Reniego.
Harto ha renegado.
Otras mil veces reniego.
No, y queramos un manchego
carretero, o un casadi-
con bieso. ¿Quién es?
Tal vez el diablo.
Apártese un poco.
Ansí se maca a lo loco,
aún dios soy.
Sí, de deseo.
Mucho sabes.
Soy la sal.
Pues poco gusto me ha dado.
Qué tal la sal aguzada,
que aun al diablo sabemos.
No es hoy para gracias.
No, pues, bien pudiera ser
tan gracioso bachiller
cuando rey se blasona.
Y agora, ¿qué pesadumbre
le obligó a dar tal vaivén?
No puse los pies muy bien,
como tiene de costumbre.
A la majestad terrible
de tan tremendo lugar,
con más tiento ha de llegar,
porque es tierra inaccesible.
Tembló Jacob al mirar
sus amagos en un sueño,
y a grandes voces su dueño
mandó a Moisés se retirar.
Y quiere, sin cortesía,
quien no es Jacob ni Moisés,
llegar con groseros pies
y con pertinaz porfía.
Quien ha hecho su sitial
poner sobre el aquilón,
ha de temer esta unión
a su altura desigual.
Como quedó de aquel tiro
tan bien despachado, e intento
salir con esta afrenta.
Convocaré el poder mío.
Y per signum crucis habrá
con que nos librará Dios
de tener...
Yo puedo, ella oirá.
Vase.
Tome otro oficio si trata
de vivir y de medrar,
mas no le querrá buscar
por no pagar medianata.
Sale la Iglesia.
Apacibles riberas
que, gozando de eternas primaveras,
al lirio con las flores
dais eternos olores
sin conocer al envidioso invierno.
Si de mi esposo tierno
las bellas plantas vistes,
oh, rosas, ¿entre las vuestras le tuvistes?
Despertad a mis celos
de amorosos desvelos,
y si formados de azahares lazos
a sus pasos le sirven de embarazo,
no queráis, ambiciosas,
acrecentar mis quejas amorosas.
Mucho has sentido la ausencia
de tu esposo, y con razón.
El ya quieta la afición,
necesita su presencia.
Puede, Iglesia, consolarte
el ser tan lucida y bella.
De su farol soy estrella,
y de su todo soy parte.
No hay en mí hermosura alguna
que a mi esposo no atribuya,
toda hermosura es suya,
solo es sol, y sola luna.
A toda esa fidelidad
debes, al que en tus amores
muerto, te honró, confesores
dignos de su majestad.
Y en su muerte se mostró
tan tuyo, que enteramente
te dio a sí mismo en sustento
en que todo se cifró.
Pues ¿cómo, mirando ausente
sus hermosuras, no haré
estremos, como mi fe
para llevar a las fuentes?
Agua no pide, y más cuando
brama el león de Luzbel,
obstinado y infiel,
con todo el infernal bando.
¡Ay de mí!
¿De ti por qué?
Habiéndote edificado
sobre su firmeza, y dado
en arras su firme fe,
y establece y sacramento divino
sin que darle más que dar
al bendecir tu lugar
su firmeza en pan y vino.
Y si llega a embravecerse
el león...
Pues ¿qué te importa?
Jurisdicción que es tan corta
muy poco puede estenderse.
No dijo que había de estar
siempre...
contigo y como patrón
una ha de gobernar.
Atice el mar en sus furias
sus ondas, brame en sus feras
el viento, y en la primera
región el fuego haga injurias.
Con rayos el cielo se abra
en su rigor fulminante,
que faltará su diamante
primero que su palabra.
Entran Fe, Esperanza y Caridad y Fortaleza.
Mayor es la caridad,
conmigo no hay competencia.
Es la fe la subsistencia
y argumento de verdad.
El áncora es la firmeza
de la esperanza.
Yo soy
la fortaleza que doy
a su ser la fortaleza.
Sin mí sois todas metal
tan muerto que en el sonido
libráis vuestro ser lucido
sin tener otro caudal.
Yo soy quien la casa fundo.
Sin mí no puede crecer.
Por mí ha de prevalecer
y ser eterna en el mundo.
La iglesia vuestra cuestión
ha oído, y vuestras sentencias,
cesen vuestras competencias.
Tú has de ser el Palemón.
Esta contienda, virtudes,
de invenciones vanas
es fruto de Satanás
que es padre de inquietudes,
y así, pues ya convenido
habéis que yo sea patrón
con que alegue Discreción,
quede el caso definido.
A letrado tan discreto
no habrá nadie disconforme.
Pues yo le mando que informe.
Por ser su gusto lo hago.
Son caminos tan distantes
los de Dios en sus empleos
que los nuestros son pigmeos
y los suyos son gigantes.
Cuanta altura con brillantes
luces el cielo camina
con presteza peregrina
tanta hace diferencia
sin que tengan convenencia
nuestra altura y la divina.
Y así en modo singular
es descrecer el crecer
en su casa, y el saber
es lo mismo que ignorar,
aborrecer es amar,
la muerte es segura vida,
el ayunar es comida,
recoger es desperdiciar,
desperdiciar es servicio,
valentía es la huida.
por retrógrado camino
se consiguen altos fines,
los más topos son del lince
y la ciencia es desatino.
El ascenso más divino
es el descenso mayor,
gigante es el que es menor,
y en cualquiera conferencia
la humildad sin eminencia
tiene asiento superior.
Aquella madre piadosa,
ambiciosa y pedigüeña,
por lo santo y por lo dueña
tuvo respuesta afrentosa;
y la contienda ambiciosa
que en el colegio escogido
el demonio ha introducido,
como su misma caída
por majestad pretendida,
despierta el más torpe olvido.
Bien os acordáis que un día
al cultivar esta viña,
los amagos de una riña
compuso con hacedía;
y no dejó la porfía
sin admitir petición,
ni dar lugar a cuestión,
que siendo supremo Rey
solo su gusto es su ley,
que no padece excepción.
Yo, visto aqueste proceso,
fallo que la caridad
por su mucha calidad
merece tener exceso,
pues conforme a texto expreso
de Paulo en su ley primera,
la caridad persevera,
y es sin tener presunciones,
sol que dora dos regiones,
luz que mudanza no espera.
Atiendo tu sentencia, yo,
Iglesia, a errar no sujeta,
es la sentencia discreta
y yo estoy a lo juzgado.
Con razón has declarado,
por la caridad no quiero
ser en aprobar postrero,
yo, aunque me quita el lugar,
no quiero ser singular,
a los demás me refiero.
Iguales a parecer,
fe, esperanza y caridad,
sed arcos de mi ciudad.
La fe, visión ha de ser,
la que la eleva ha de hacer,
la fortaleza, que puede,
aquí de puerta se quede,
discreción, que siempre vela,
ha de ser la centinela,
ninguno tu gusto excede.
Vanse todos, y queda de puerta la Fortaleza y la Discreción. Súbese al balcón.
Cuando un soldado se vio
premiado por merecer,
y cuando un don bachiller
de balde el pan no comió,
mi valor no mereció
tener superioridad.
tuvo la caridad,
fuerte al parecer sin brío;
mas, si la Iglesia se alista,
obedecer y callar.
Soy soldado tan famoso,
que yo solo he sustentado,
atlante, el cielo estrellado,
Alcides, el suelo hermoso.
A atreverme, ¿qué dirijo?
A presentar peticiones;
apelaré a la razón,
no que, de cosa juzgada,
obedecida y mandada,
no se admite apelación.
Procuraré pelear
con tal valor y destreza
que aclamen a fortaleza
en el superior lugar.
Empiece, pues, a temblar,
a porfiada intención,
desespere del perdón
el desacierto villano
del príncipe más tirano
al verme en resolución.
¿No soy quien al pescador,
prenda digna de memoria,
hoy portero en la gloria,
por celoso del honor,
cuando con un cuerdo furor
a un sayón desvergonzado
le dejó sordo de un lado,
y, si el montante no tiende
Cristo y al sayón defiende,
fuera muy bien despachado?
¿No soy yo quien derribé
con señales faraones?
¿No animé yo a más sansones
y retuve a Josué?
El paso al sol, ¿no vedé?
¿Yo lides no vencí?
¿El Jordán no dividí,
estancando sus corrientes?
¿Montes no allané eminentes
y su aspereza ofendí?
¿Por mí en Abel no triunfó
la Iglesia, siendo Jordán
su sangre, y en Abrahán
obediente Ignacio,
por mí no se conservó
en Egipto con portentos?
¿No causé sus lucimientos
cuando, a pesar de más reyes,
hice publicar sus leyes
con tan flacos instrumentos?
Ahora me rinde el velar,
suma en una noche ciega,
el sueño a mis ojos niega,
si me quieres ayudar,
aquí quiero descansar,
el santo es Pedro, que fue
el fundamento en su fe;
el sueño me ha acometido,
mas en el cuerpo dormido
con el alma velaré.
Échase y sale Cristo embozado.
En vano la ciudad vela,
la fortaleza mayor,
sin el Argos de su belleza
desvela, así no.
con ojos siempre despiertos
y cuidadosa afición,
centinela de Israel,
vela sus crueles sitios.
En ella sus ojos puestos,
y ella en sus ojos causó
la vital correspondencia
con que se miran los dos.
Fortaleza se ha dormido
cuando de posta quedó;
muerte merece tal sueño
de la guerra en el rigor.
Durmieron los de mi guarda
en el huerto del Cedrón
sin poderlos despertar
el cuidado ni mi voz;
¿qué mucho que Fortaleza,
cuando de posta quedó,
se duerma? Quiero llegar
y examinar su tesón.
¡Ah de la posta!
¡San Pedro!
Retírase a un lado.
El salto dormido dio.
¡Oh, qué advertencia ha tenido!
Él duerme, y vela Simón.
Si tornare a despertarle,
¿no es mejor que le deje,
y descanse Fortaleza?
¡Oh, qué generosa acción!
Quiero aquí guardarle el sueño
mientras que duerme por mi Sión,
para mayores victorias
mis retiros afecto.
Noche, en sus oscuridades
resplandores de mi sol,
hallen pardos embarazos
sin descubrir su candor.
Salen embozados Soberbia, Herejía, Judaísmo y Gentilidad.
En aquesta fortaleza
que con grave mutación,
vencida, desacredita
con el cielo superior,
en este edificio bello,
que de la noche el horror
con las más brillantes piedras
lucidísimo ahuyentó,
entre muros de diamante,
y diamante de su error,
la causa de nuestras guerras
habita con presunción,
y dice que es margarita
el campo fértil, la flor
que no ha conocido invierno,
y la ciudad de Sión,
la palma que de su peso
gloriosamente triunfó,
Jerusalén militante,
la tierra de bendición,
vestida toda de luces,
tan gallarda campeó,
que se presumió divina
al mirar su resplandor.
¡Qué gracioso disparate!
Hoy ha de perder su error,
deshechos los embelecos,
esta circe...
¡Oh, Galalón!
O apóstata de mi casa,
soldado que se tornó
al bando del enemigo
por gustar de ser traidor.
De nuevo me torna a ver
resucitado Nerón.
Si con mejor providencia
no la corrige el temor,
A su pertinacia sea
vivo ejemplo Faraón,
sepultado entre las ondas
cuando mis pasos siguió.
Un consejo os quiero dar.
Y es.
Que en aqueste balcón
suele estar, y si la llamo
y baja sin detención,
será robo en nuestras manos
sin que la valga el favor.
Bien has dicho, yo he de ser
Paris de esta Paladión.
La cautela nos importa
al trabar la ejecución.
Un soldado está de vela.
De sueño dirás mejor.
¡Ah, de la posta!
San Pedro.
Aun en sueños pone horror.
Temen.
Despiértale.
El santo ha dado.
Esta vez el pez cayó.
¡Ah, de la posta!
Despierta.
Dé el santo.
San Pedro, amigos.
¡Ay, Dios,
que con manos de Esaú
tiene la voz de Jacob!
Habiéndote dado el santo,
¿qué recelas?
Yo, la voz,
que suelen dar tales lances;
no sosiega el corazón.
Otra vez el santo dé.
San Pedro. Otra vez te doy,
y digo tercera vez:
San Pedro, y diré un millón,
si así estás de pesado.
Poco a poco, mi señor,
que no es mucho preguntar
tres veces en ocasión
que andan cosarios en tierra;
y puede él ser el mayor
lobo, ser robador,
y paliado con la noche,
desvergonzado y feroz,
en el rebaño escogido
ocasione división.
Concedo, seas el ciego,
aunque la voz te engañe.
Trata mejor los soldados
y excusemos la cuestión,
que habiéndote dado el santo,
detenernos no es razón.
Pase.
Entretenedle agora
mientras yo llegando voy.
Con fortaleza.
Llega; amigos somos todos.
Incapaz de condición
llego a temer, castigado;
esposa, a tu puerta estoy,
del rocío aljofarado
que la noche me ofreció.
Ábreme la puerta, hermana,
y escusarás mi dolor,
si no quieres que mis celos
infiernos formen de amor.
Sale al balcón Discreción.
¿A quién con esta dulzura
vil sirena no encanta?
En el balcón.
Voz del esposo parece,
mas ¿cómo no conocéis?
Siendo de faltar incapaz,
recelo alguna traición.
¡Oh, qué discreción tan cuerda!
Quiero descubrir el son
de estas Indias de favores,
el reino que me ofreció;
que si vanidad ofrece
soberbia y adoración,
áspid cubierto de flores
su veneno me cifró.
Quiero callar a sus voces,
que el silencio nunca erró.
Como, si mi voz oíste,
¿el sacrificio tardo
de tu obediencia, sabiendo
que es la tardanza rigor?
Baja a abrirme y no permitas
que con nuevo resplandor
me halle la aurora y publique
en el traje que me vio.
Y si aquesto no te mueve,
muévate la compasión
de los escarchados rocíos
que a mi paciencia esmaltó
la noche, llorando perlas,
su tardanza y mi aflición.
¿Cómo, si el esposo eres,
y yo mitad del tuyo,
no me has conocido?
Advierte,
tienes, Discreción, razón,
que a mí, como enamorado,
tanta luz me ha turbado.
Llámala, que en las tardanzas
es mi volcán mi pasión.
¡Oh, qué galán has andado!
Ya la llamo.
¡Ah, Discreción,
sin discreción, que te engaña!
Gallardamente corres
el lance, y nos favorece
la noche con pardo horror.
Valientemente has orado.
Soy en eso un Cicerón.
Esta vez lució el engaño,
mal año para Sinón.
Todo el mundo se aperciba.
En un laberinto estoy,
todo cercado de dudas.
La puerta suena, chitón.
Yo miraré los engaños
que su cautela trazó.
Salen Iglesia, Discreción y Fe, Esperanza y Caridad.
Lavados los pies estaba
en el lecho que la flor
entre virginales lazos
para nuestro amor formó.
Y yo a tu puerta velaba,
tan apacible amador,
que las injurias del tiempo
aumentaban mi afición.
Acerquémonos a oírlos.
No llegar será mejor,
porque todo el enamorado
de la soledad gustó.
Aunque en tinieblas parece,
con amagos de ilusión,
aquesta visión engaña.
¡Ah, Fe! Descubre el error,
pues eres delfín que nadas
ríos que hielo cuajó,
lince que penetra cielos
y águila que bebes sol.
Llega y asela, herejía.
Vuestra comunicación,
serpientes, me está vedada
desde la primera acción,
que con soplos de lisonjas
demonio fue vuestra acción.
Gentilidad, ¿a qué aguardas?
Judaísmo, llega.
¡Ay, Dios!
Contigo prometo estar
en toda tribulación.
¡Cómo tardan tus favores!
Sale Cristo con una luz, a la cual caen los vicios.
Cae.
Mi favor nunca faltó.
Contigo prometo estar,
Iglesia, contigo estoy.
No hay quien sufra de estos soles
el eterno resplandor.
¡Ay, engaño como aqueste!
Es nuestro comercio,
pues tan sin armas venimos...
Quien más contento me dio
en rodar fue aquel judío,
que diera por verle yo
a todos. De aqueste modo
la luz desapareció,
dejando aquesta tragedia
del segundo Gedeón;
lechuzas debéis de ser,
pues tanto luz ofendió
un ensayo solo de luz.
El que hace mal nunca ama
la luz que su ser descubre,
siempre la noche afectó,
compañía de ladrones
que su torpeza escondió.
Soberbia, tú tienes la culpa.
De todo la tengo yo,
habiendo vosotros sido
de la tardanza ocasión.
Mientes, cuanto aqueso afirmas.
Y lo mismo afirmo yo.
Que valgo agora por dos.
Buena está la pillería.
Desatado rayo soy.
Mentís, a mí me servís.
No conocemos señor.
Pedazos he de volver
fieros de quien es carbón.
Acuchillándose se entran los vicios.
Soy Babilonia como está.
Otra miraras mayor.
Su fortaleza los sigue,
mientras a mi esposo doy
las gracias de la victoria.
Vase.
Llamas brota mi dolor.
Parda nube descortés,
estancando su arrebol
viste de lutos al sol,
con un villano interés;
mas descompuesta después
por el sol, que la ha herido,
torna a renacer lucido,
haciendo segundo Oriente
de la nube impertinente,
dejando su horror corrido.
Así, con grosero intento,
opuesta sombra a tus rayos
pausas causó, no desmayos,
en bizarro lucimiento,
y renaciendo su aliento,
de opacidad atrevida,
ha cobrado nueva vida,
quedando de sus temores
cercada de resplandores
y de todo el sol vestida.
Pone astuto cazador
lazo a la incauta avecilla,
que en su inocencia sencilla
no teme la tal furor,
y sucediendo mejor,
pasó en su suerte dichoso;
descubrió el lazo engañoso,
quedó el ave agradecida
del rescate de su vida,
y el cazador querelloso.
Lazo astuto me ponía
la Soberbia con desvelo,
habiendo sido en el cielo
dañosa su compañía;
a mis puertas se atrevía
la Herejía pertinaz,
amenazando lo audaz;
mas el que mi ciudad vela,
ha deshecho su cautela
y ha confirmado mi paz.
Ruido dentro de todos instrumentos de guerra y sale Fortaleza.
La segunda experiencia
es de tu resistencia,
la que en hechos altísimos escudas,
segundas pruebas son segundas luchas.
La Soberbia vencida,
más valiente dispone su venida,
y siendo en dos sentencias condenada,
segunda apelación tiene jurada;
Etna su pecho, mil volcanes vierte,
guerra amenaza y amenaza muerte,
siguiendo sus pisadas
contra ti conjuradas.
El judaísmo errante,
gentilidad de confusión gigante
y la vana herejía
errores visten al luciente día
mientras Argos mi Dios la ciudad vela,
en vano se desvela.
Sombras abraza y leves vientos sigue
cuando más me persigue.
Déjame sola a mí, que yo a mis solas
tercera vez enfrenaré sus olas.
Eso será si el sueño da licencia.
Pues tuviste descuido, ten paciencia.
Entre negros horrores
que esparcen mil temores,
montes de confusiones y desvelos
formando de sus humos Mongibelos
en forma, aunque de este, quien sin sosiego
todo a dar despliego
una noche movible
que apenas en sus sombras es visible,
su curso acá dispone
y en confusión la que ella trae me pone,
un infierno parece que desata
y que suspende y su temor me trata.
La soberbia es aquesta
que su poder tercera vez asesta.
La que antes me tiraba
me vi; de sus engaños enlazada,
quiero con mi presencia
enfrenar y ofender su inobediencia.
Con la mayor propiedad y aparato que ser pueda, con acompañamiento y armas de fuego, entren los vicios marchando hasta el teatro.
¡Cuánto eres apacible
en este lugar terrible!
Aparte todos.
Ya me parece que al fijar tus plantas
con rigor nuevo mi cerviz quebrantas.
Su ser majestuoso
me tiene temeroso.
Su mirar grave y fuerte
me tiene a pique de abrazar la muerte.
Siéntese Iglesia.
Aunque a tan viles vicios
les niego mis umbrales
porque son desperdicios infernales,
hoy agradable espero.
A vuestras sinrazones oír quiero.
Asiento nos señala en cortesía;
no lo debo hacer ni es pompa mía,
quien sobre el aquilón ponerse intenta,
sufrirá aquesta afrenta.
Ya vi de aquellos amagos de vislumbres
son estas pesadumbres
crepúsculo torcido
entre nocturna luz anochecido,
y que nacido apenas
arrastras de tu culpa las cadenas,
lucero inobediente,
que habiendo madrugado
y entre encendidas piedras cresteado,
del cielo Absalón fuiste,
pues que por tu hermosura te perdiste,
y tan de los cabellos
que de lazo sirvieron con ser bellos.
Narciso malogrado
entre luz anegado,
que más resplandeciente
a tu soberbia le sirvió de frente
necio esplendor espante,
despedido del cielo por chocante,
ángel aborrascado,
pobre aunque caballero,
tan falto que de asquero
por más de lo que vales engañado.
Asiento aquí quería,
habiendo dado Ambrosio en Berbería
tripulado del cielo,
por Orador del suelo.
Tu besamano ha sido
tal, que me admira a mí que le he sufrido.
Siéntase sobre la capa o manto.
De poco se ha admirado,
siendo ansí que el besamano nos es pecado,
y que por Orador mereció asiento
de la suerte hacerle intento,
pues que tu tiranía
se precia de tener descortesía.
Víboras ponzoñosas,
las lenguas venenosas
enfrenen los temores del castigo,
que al cielo hago testigo
que a la primera injuria
sentiréis escarmiento de mi furia.
Tu Orador, haz tu oficio;
a enojos con su imperio me provoca.
Sin aguardar cortesía,
que no la debe de haber
en tu casa, pues están
nobles príncipes en pie;
sin que otra señal me brinde
ni otra licencia me des,
doy principio a mi oración
en servicio de mi rey.
Dicen que Iglesia te llamas,
título que a merecer
no llegaron tus hazañas
por ser todas mendiguez;
¿no es la Iglesia en sus blasones
aquella Jerusalén
que del cielo descendía,
nueva adornada y doncel,
de su esposo acompañada,
a quien de la grande,
del trono, una voz le dice:
el tabernáculo es este
de Dios con los hombres?
Pues ¿cómo puedes tú ser
tabernáculo de Dios,
si habita tinieblas él,
o, por mejor decir, luces
que no llega a comprehender
de serafines alados
ejército más cortés?
Aquel águila real
que de Patmos, pasmo fue,
y se coronó del cielo
tocando su candidez,
en el libro de sus sueños
¿no nos cuenta una mujer,
que señal grande en el cielo
tiene la luna a los pies,
a quien coronan luceros,
y el sol con propio interés
la viste, haciendo sus rayos
los del día anochecer?
Si es, pues, el cielo su asiento,
y tal su gala y poder,
¿cómo, con atrevimiento,
te coronas su laurel?
¿Cómo te haces adorar,
fijando silla y dosel,
y en majestuoso trono
te llegas a engrandecer?
El profeta fugitivo
que adoró a Dios en Betel,
eligiendo a su grandeza
noble título después,
en el sueño misterioso
que de Harán a Bersabé
tuvo en misteriosa escala,
¿no miró al Dios de Israel?
que del cielo la fijaba,
queriéndose aparecer
a su siervo con su iglesia,
nuevo Jacob, aunque aquel
tota pulchra, amica mea,
macula non est in te,
enamorado y galán
no la pronunció su rey.
Y al dar las señas que hace,
sin mengua de conocer,
hermosa suya la llama,
y su amiga amigo fiel.
A sus ojos de paloma,
que imitan en su sencillez,
sus cabellos, que del oro
son agradable llama, grey
que baja de Galaad
sus dientes al ascender
del baño; rebaño llama
en su igualdad y en su tez.
Sus labios, grana, y sus voces
excesos son de la miel.
Su cuello, de David torre,
y entre halagos de clavel
sus pechos son cabritillos;
mientras llega a anochecer,
tan herido de sus ojos
se siente, que adolecer
llega en excesos de amor,
divinamente cruel,
paraíso le parece
cuando llega a florecer
en variedad tan vistosa,
y en tan divino vergel,
sin arruga ni mancha alguna,
cuando la fundó en Abel,
la conserva por su esposa,
y tú llegas a hacer
que sin estas hermosuras
adoraciones te den.
Impugnado ya tu nombre,
de tu esposo ¿qué diré?
Oye, por el judaísmo,
a quien escándalo fue
sumirte en leño afrentoso,
mirándole padecer,
cuando glorioso le espera
de la raíz de Jesé.
A aquella puerta oriental,
deseada a aquel
en que el príncipe sentado
el pan habrá de comer,
¿no dice que ha de ser virgen
su madre, y que en su niñez
ha de parir al Mesías
que al pueblo ha de engrandecer?
Pues ¿cómo puede ser virgen,
desposada con Josef,
y hija de Joaquín y Ana,
María de Nazaret?
Pone mano a la espada Fortaleza.
Calla, escorpión venenoso.
Calla, y los labios detén.
Detente tú, Fortaleza,
que no se ha de defender
mi iglesia con los aceros,
pero sí que, y mira más bien,
que no toques esa presa,
so pena de mi merced.
¿Cómo puede ser tu esposo,
y tu iglesia, el que nacer
le mostraste en pobre albergue,
en un portal, en Belén,
si es el que de nada hizo
esa turquesada piel?
que con lenguas caldeadas
desta diciendo su ser.
Si viste al lirio tan bello
que pudo reconocer
ventaja el Rey más sabio
como en tanta desnudez,
del aliento necesita
que le pueden ofrecer
en un pesebre dos brutos;
ni lo entiendo ni lo sé.
Si es el dios de las batallas,
cómo huyó del poder
de Herodes, ocasionando
tanto trágico tropel.
Y por eso el Judaísmo
adora al dios que el arnés
desta máquina compuso
de la nada en días seis.
El que desatando mares
de las nubes a Noé
en el seno que fabrica
le quiso favorecer.
El que a su siervo Jacob
hizo a Egipto descender
para que a Josef mirase
dios de Egipto, y su virrey.
Con brazo poderoso
de la tierra de Jesén
obrando tantas señales
los rescató por Moisés.
El que dividió los mares
urna formando al calce
los cristales fugitivos
de los daños que hoy se ven.
El que turbados los cielos
con tempestad vio arder
el monte cuando en temores
quiso promulgar su ley.
El que dio a la hambre pan,
tanta lealtad a la sed
al imperio de una voz
un mármol mandó correr.
El que fijó por tres días
a la voz de Josué
ese padre de las luces
para que le vea vencer.
¿Éste por dios reverencia,
no un humilde, no un José,
a quien entre dos ladrones
brindaron vinagre y hiel?
El pueblo gentil te dice
que es necedad el creer
que puede encubrir deidad
forma que de un siervo es.
La fertilidad a quien
un Júpiter predomina,
un Marte viste el arnés.
Un Neptuno doma mares
y si acaso alguna vez
Júpiter no forma rayos
feroz y enojado es,
toro en cuyas hermosuras
miró Europa su preñez.
estos por dioses venero.
Escucha de mí, porque
tan contrario a tus intentos
los procuro deshacer;
quiero convenir contigo
en el "verbum factum est
caro" que al mundo anunció
el ángel de paz Gabriel,
aunque en esta parte he sido
de contrario parecer,
por boca de Valentino
en un texto que creéis,
en Pablo que así lo afirma,
llegando a contraponer
primero y segundo Adán:
celestial este, y aquel
terrestre, llama del barro
que se llegó a componer;
mas consintiendo esta parte,
decidme por qué queréis
que en velos de pan asista,
divino Melquisedec,
dando su carne en comida,
su sangre dando a beber,
si en cruento sacrificio
asistió sola una vez;
con eterna redención,
manifiesto agravio hacéis
a su pasión, iterando
millares de hostias después.
No cifró los sacrificios,
llegándose a fenecer
en el suyo las figuras
que publicó con su ley;
no es de infinito valor
su sangre, pues, ¿para qué
en el altar cada día
derramada la creéis?
Si os obligan las palabras,
de estas palabras daré
trescientas exposiciones
que el "corpus meum hoc est"
al más rudo entendimiento
claro se den a entender,
sin que Dios en pan se críe
ni se ponga en tal cancel,
y que es verdad lo que digo...
Levántase.
No me puedo contener
al oírte tal blasfemia;
calla, infame, que pondré
fuego a la paja que das.
Levántase.
Yo a su pertinacia haré
que la verdad se conozca.
Oiga, señor bachiller,
casquivanos y ruidosos
parecen de alguna nuez
y el follaje de mentiras
que nos trae junto con él;
un judío caduco
y un gentil con cascabel,
tenga, lleve el poteratis
que le merece muy bien;
no fue pequeño el que tuvo
en la torre de Babel
en la confusión de lenguas
cuando llegó a pretender
el eternizar su nombre,
y segundo Lucifer.
En los amagos que do,
siendo título del San Miguel,
no fue su retrato al vivo
la adúltera Jezabel,
perseguidora de Helías,
pues, ¿cómo quiere vender,
habiendo dado de lado,
por tan dama su doblez?
Venere lo que ha impugnado,
porque labra Afección y paz,
y me huele a chamusquina
si ya no dice pequé.
Ya que sin paz ni sin gloria
está por mí, no ha de haber.
Al arma, amigos, marchemos,
y al Ejército se dé
orden para que acometa.
Cría dioses, váyase.
Toquen al arma.
Andad vos,
que esperando moriréis.
Vanse.
Suena apercibo de batalla
Ingrata, defiéndete.
Ni te agradezco el consejo
ni quiero que me le des.
No hay razón por que me niegues,
siendo yo tu mano diestra,
Iglesia, en esta ocasión
el bastón de tu defensa.
Como lo has hecho tan bien,
ya son para burlas, necias,
y para veras, pesadas.
¿Soy una sal?
Y ansí aprietas.
Guárdales esa sazón
para cuando al asa vuelvan
los que oyeron su vejamen
a su pesar con paciencia.
Todos la hemos menester,
y siempre los que bravean
a los primeros envites
el resto enojados echan.
¿Tú, por decir un concepto,
a la amistad más sincera
dirás una pesadumbre
si un buen dicho se atraviesa?
Iglesia, dame el bastón,
pues después de la sentencia
en mi favor fulminada,
pides posesión siniestra.
Aqueso será en la paz,
mas en guerra tan sangrienta
Fe, Esperanza, Caridad,
y Afección hermosean
la Iglesia, y yo la defiendo.
Así en sueño como en vela
a lo primero me atengo.
Otra vez...
Y otras trecientas.
Iglesia, el caso define,
porque el enemigo apuesta
hoy a la prevención esta
lo fino de tu firmeza.
Mayor General espero.
Sale Cristo con bastón de General.
Yo soy, Iglesia, tu César,
porque no puedo faltar
a tu fe ni a mi promesa;
estando en tribulación
eres fundamental piedra
en que estriba mi edificio,
eres mi paz y sin ella...
soy tronco inútil, sin nombre,
como cuerpo sin cabeza.
¿Cómo en tu casa hay cuestiones,
quién competencias fomenta,
sabiendo que en su unidad
se funde de mi belleza?
No pasan a divisiones
aquestas riñas caseras;
cuando comemos un pan,
hacemos una mesma,
mas cuando me ven cercada
de las infernales fieras,
cada cual quiere ser rey,
aunque la vida le cuesta,
en defensa de mi honor.
Ya salta a ser la primera.
La competencia es honrada;
mas en mi presencia cesa,
pues he de ser solo yo
el Aquiles de su Grecia,
el Hércules de este golfo,
y el Alcides de su empresa.
¿Cómo no hablas, Discreción?
La palabra más discreta
en tu presencia es silencio.
Cuando muda la elocuencia
sacrificios de alabanza
en Sión se representa;
y por eso es docto orador
el cielo, que forma lenguas
de sus luces, que callando,
la gloria tuya nos cuenta.
Y tú también, siempre lince
a mis mayores grandezas.
Eres imán de mi norte
y de mi fuego centella,
Fe, Caridad y Esperanza,
Religión y Fortaleza,
de la casa de mi esposa,
bello adorno, luces bellas.
Agradecido me tienes.
Somos, sin tu fe, tinieblas;
sin tu resplandor, horrores;
y nada, sin tu presencia.
Toquen.
En las alas de los vientos,
los ecos de una trompeta
una novedad publican,
que, por novedad, despierta.
Y de fieras velocidades,
afrenta de sus ligerezas.
Atrevido un caballero
a tus murallas se acerca,
y no viene a guisa de paz:
adarga en brazo, lanza enhiesta.
Y acelerando sus pasos,
deja de correr y vuela;
el hábito es militar,
y la postura, soberbia.
Yo prometo que serán
muy pueriles sus saetas.
Herejía, a caballo, y desde él habla; entrará en la forma que mejor se tratare.
A ti, junta de prodigios,
que te blasonas Iglesia,
viniendo al apellidarte
poca afición y vergüenza;
a ti, que en tus vanidades,
de pecadores con puerta,
eras cueva de ladrones
y de bandoleros selva,
A ti, que desvanecida,
siendo por extremo fea
tirana, del Sol te vistes
y te coronas de estrellas,
a ti y al que esposo llaman,
y a toda aquesta caterva
que con nombre de virtudes
disimulan tu bajeza;
cito, emplazo y desafío,
y porque mi nombre sepas,
no te digo el que mereces,
sino el que me da tu lengua:
soy en tu boca herejía,
que con este nombre intentas
usurparme mis estados
y tiranizar mis tierras.
Pretenden tus engaños,
con pasiones manifiestas,
a que no pudiste dar
absolución ni respuestas.
Y porque tus ignorancias
no te acrediten de necia,
y yo cumpla con mi oficio,
segunda vez y tercera
te amonesto que te rindas,
pues de títulos ajena,
a costa de tantas vidas
has sufrido tantas quiebras
de tus doce pares, viste,
que fueron tus doce piedras
en su mayor valentía,
la más sangrienta tragedia
testigos tienes en Roma,
que del coral de esas venas
enrojecieron los campos
y matizaron sus hierbas.
Testigos son tantas urnas
que tu devoción venera,
ofreciendo adoraciones
a sus cenizas y a muertas.
Sarmenticios los llamaron
de las llamas que fomentan
antiguamente a tus hijos,
defensores de tus temas.
Entre las olas nacidos
del bautismo reverencian,
el agua que inútil tocan,
no el fuego que los acendran.
De aceite y bálsamo hacen
otra cataplasma nueva
que confirmación la llaman,
como apoyo de sus fuerzas.
Aborrezco esas unturas
como trazas hechiceras,
que después de viga en viga
a los ungidos descuelgan.
Segunda tabla apellidan
la que llaman penitencia,
diciendo secreto a un hombre
las culpas a Dios abiertas.
Y en los altares que eligen,
por los hombres que tú ordenas,
instituyen de pan y vino
todas de Dios las finezas.
¿Qué diré del matrimonio,
el que Adán en su inocencia
le mandó Dios celebrar,
tan trocado le celebras?
Aborrezco tus ayunos,
desprecio tus indulgencias,
detesto tus disciplinas
y blasfemo de tus penas.
No creo tus purgatorios
y sufragios que dispensas,
cruces, reliquias, medallas,
rosarios, altares, ceras,
pues son invenciones tuyas,
contra la Escritura afrentas.
¿De qué sirven las asperezas,
las cogullas y las cuerdas,
el hábito, los desiertos,
y encarcelarse en las breñas?
Todas son hipocresías,
como el encerrar doncellas,
para que violentas vivan
a tantos votos sujetas.
Por esto y por descortés
te cito para esta guerra,
a defender lo que he dicho
en tu casa y en la ajena.
Esta banda, que fue asiento
mío, el agravio te acuerda;
yo he de volver a cobrarla
dentro de tu propia tienda.
Arroja una banda.
Óyeme un poco, blasfemo,
detén un rato la rienda
de tus venenosos labios
que tan aprisa despeñas.
Excomulgado villano,
planta que, dos veces muerta,
eres inútil estorbo
hasta que llegue tu quema;
oro mentido que huyes,
tan lleno de falsas mezclas,
que si con luces engañas,
desengañas con tinieblas;
Circe de engaños, abismo
que con voces halagüeñas,
víbora, veneno alojas,
y engaños siembras, sirena.
A las armas lo remito,
cuando con las experiencias
ni te valgan de baldones
ni te valgan esas quejas.
Vase corriendo.
No te mueras de cobarde,
que si en el campo me esperas,
por no morir a mis manos,
te darás muerte violenta.
¡Qué bravo aliento ha tenido!
Son tigres aquellas fieras,
a quien la música hace
tener superior fiereza.
Solo, Señor, te suplico
que me entregues esta prenda,
para que el cobarde lleve
el premio de las afrentas.
Mía ha de ser, porque yo
la merezco.
No lo creas.
Pues no me perdonó a mí,
justo es que me pertenezca.
Entre todos se divida.
Parecido a la ramera
que en el tribunal más justo
fue condenada por rea.
Toda la da al que quisiere.
toda quieres tú que sea
tuya.
Salomón divino
define aquesta contienda.
En tu gracia, Iglesia, quiero
ser hoy el divino Eneas
a quien de Turno la banda
obligue a negar clemencia,
y yo he de ser el que la bata,
hasta que el contrario muera
a mis manos.
Está bien,
no hay quien mejor la merezca.
Divino medio elegiste
para que todos te teman
y queden todos vengados.
Tú seguirás mi bandera,
y la Religión me siga
con todos los que profesan
sus estatutos loables
en jerarquías diversas.
Tú a tu ciudad te retira
hasta que triunfante venga.
Fe, Caridad y Esperanza
te acompañen a gabela.
Discreción, y al arma toquen,
aunque Febo se detenga,
y para mirar venganza
ríndame el sol obediencia.
(Vanse todos y queda Discreción y toma un arcabuz)
Yo quedo solo de guarda,
plega a Dios que no me duerma.
Deme su alerta un mancebo
enamorado o una vieja
celosa, un vecino tonto,
o alguno que trate en afrentas,
vestiré escopetazos.
(Sale Soberbia)
Disimulado quisiera
ser el Sinón desta Troya.
Discreción de posta queda.
Bulto ocupa la campaña.
¡Oh, qué tentación tan presta!
Repito el ne nos inducas,
las carnes tiemblan,
doy pasos tras.
Ánimo, mas ya la cera
se derrite, mas no es bien
que Discreción tan vil sea.
¿El santo de...?
¿Quién le pide?
Quien puede. ¡Oh, hala la mecha!
No me espantan a mí fuegos.
Tan diamante es su fiereza.
A quien volcanes habitan,
¿qué le importa una centella?
Que abochornado, Señor,
va fe, que no es de la tierra.
Seré de la tierra baja.
Detenga el paso, aunque sea
del cielo.
Fuilo algún día.
El santo me dé o se vuelva.
Háseme olvidado el santo.
¡Qué graciosa impertinencia!
Al primer paso que dé,
le tiro.
En el rigor cesa,
que tienes para un amigo
una cólera muy ciega,
Discreción.
mi nombre ha dado
tú, mi amigo, y porque de regla
porque el más discreto he sido
y pude poner escuela
entre todas las criaturas,
y aunque he venido a miseria,
me ha quedado esta afición.
Con todo, téngase afuera.
¿Tanta crueldad apercibes
para quien humilde ruega?
tira el arcabuz
Poca o mucha crueldad,
allá va, toma, espera.
¡Ay, que no le ha hecho daño!
Jesús, ¿qué fantasma es esta?
San Antón, San Agustín,
San Roque, Santa Quiteria,
San Sebastián, San Cristóbal,
Santa Úrsula.
No temas,
y deja esas letanías.
¿Eres de bronce, eres piedra?
¿Una bala no te ofende?
¿Eres cuña, eres suegra,
eres ángel?
Ese soy,
pero no de los que piensas.
Aparte
No sé qué me veo en él,
señor ángel que me inquieta,
porque los santos al uso
de ahora visiones cuentan
de ángeles que no lo son,
porque hay ángeles que sueñan.
Quiero mirarle la cara,
ay razon que le afea,
pluma que quede mal,
nunca escriue bien con ella.
Ya llegas a estar protervo.
Basta, basta la experiencia.
Muestre el rostro.
No me atrevo.
¿No es por bien?
Es reverencia
al trono que Dios habita.
¿Al trono?
¿Si no te acuerdas
de aquellos seis serafines
que caladas las viseras
y las piquetas echadas
de sus alas reverencian
con solo mover los labios
y el corazón la grandeza
del trono en que Dios asiste?
Convencídome ha la prueba.
Entremos en la ciudad,
que bien sé yo que tu reina
me recibirá apacible,
y más en tiempo de guerra,
siendo embajador de paz
cuando tanto la desea.
Treguas pide el enemigo,
y es razón el darle treguas,
pues en todo pleito es
lo mejor la convenencia.
Yo así siempre lo he juzgado;
llega conmigo a la puerta.
teme al llegar
¡Oh qué paso tan terrible!
Parece que de entrar tiemblas.
va a entrar y sale fuego y cae
No, sino que es cortesía,
y cortesía por fuerza,
la memoria del castigo
tercera vez me atormenta.
Entra.
¡Oh terrible lugar!
No hay quien a ti prevalezca.
Ne nos inducas.
Jesús, cómo cuando truena.
¡Favor, favor aquí, amigos!
¡Fuego, fuego!
¿Quién se quema?
¿No te estás quemando tú?
Y más de lo que tú piensas.
Salen Iglesia, Fe, Esperanza y Caridad.
¿Quién se quema? ¿Quién se abrasa?
Aquí es una buena pieza.
Buen agüero de victoria.
Pone el pie sobre Soberbia.
Llegaré a poner las huellas
sobre el áspid venenoso.
Hoy se cumple la promesa,
pues que piso el basilisco
y al león en su fiereza,
con el dragón siendo sola.
Ya la batalla se empieza.
Y para mayor castigo,
sucediera en mi presencia.
Y lo merecéis muy bien,
pues sois el fuego y la yesca.
Fínjese una batalla, y a sus tiempos vayan disparando y tirando.
Tiran.
Tocan.
Tiran.
El primero el general.
Bizarro el campo presenta
Fortaleza y Religión
siguen sus blancas banderas,
con gallarda infantería.
Por acá la borrachera
de herejes disparan balas,
villanos que son de cera.
Ya de nuestros argumentos
tiemblan todos la pelea.
Será cierta, que ya huyen.
¡Oh, qué bien, judío en tierra!
Así todos los judíos
en tu cabeza estuvieran.
Ya asoma gentilidad.
Mahoma se vuelve a Meca.
La apostasía se esconde.
El fuego va contra ella.
¡Oh, qué pieza bien lograda
a Lutero hice, y con ella,
por vergonzoso lugar,
le echo las tripas de fuera!
Calvino muere con él.
Aquesta es la mejor nueva.
Muera todo calvinista,
no quede clavo en la Iglesia.
¡Víctor, víctor, nuestro campo,
que predomina a las setas!
Tuya, Iglesia, es la victoria.
Y por mi daño la cuentas.
Ya, dragón, te dejo libre,
pues se acabaron tus fuerzas.
En posta, con su postillón y trompetilla delante, entra Fortaleza y se apea en el teatro.
De rodillas.
Albricias me da, y los pies.
Los brazos te doy, contentos.
Y mi esposo...
Escucha el caso.
Del suceso estoy suspensa.
Luego que partió tu esposo
de tu vista a toda prisa,
orden dio a la Religión
para que hiciese levas.
Diligente a su mandado,
de sus familias concierto,
un ejército vistoso
en que tantas diferencias
de naciones concordaron,
que puedo decir de veros
lo que de un César cantaban
por el logro en una fiesta.
En número y valentía
siguieron a sus banderas,
que gozoso por pelear
tantos que a los que hicieran
ventaja al cielo en sus luces,
exceso al mar en su arena,
caminaron alentados
en numerosas hileras.
Siguiendo su general
cuyo brío es bien atiendas,
si bien querer referirlo
no es de humana inteligencia.
Salió vestido de blanco,
título que a su inocencia
y al jurarle por su rey
le concede la Suprema,
cuando de la nieve envidia
hizo en el Tabor reseña,
desestancando el milagro
que dio a conocer quien era.
El bordado fue de nácar,
para que en él se cumpliera
candidus et rubicundus,
que su esposa le requiebra.
Con esta gala divina
tanto el general campea,
que preparando el recamo
las damas de las almenas
preguntan a los soldados,
admiradas y discretas:
¿Quién es el que de Edón viene
con vestidura sangrienta
y tan hermoso en su estola?
Tanto saber no quisiera.
Los celos te solicitan.
Son muy crueles si empiezan.
Prosigue.
Del oro excesos
su cabeza representa;
asiento de la Deidad
que tiene en su casa mesma,
los cogollos de las palmas
imitaron sus guedejas,
sobre lo rubio del oro,
para que luciesen negras.
Dos soles eran sus ojos,
sus labios fuentes eternas,
de mirra a torno sus manos
de oro y jacinto llenas.
Y tan galán que de trato,
a sombra fue, aunque pequeña,
el Líbano en sus alturas
de su estatura dispuesta.
Desta coluna guiador,
grande estrago a las ofensas,
del ardor luz en la noche,
para todo el mundo presta.
Del ejército enemigo
llegamos a ver las tiendas,
tan mejoradas de sitio,
tan ceñidas de trincheras,
como llenas de naciones
superiores a las nuestras:
mas entre sí tan discordes
que abrían tantas sentencias
cuantas cabezas había,
unas con otras opuestas;
¿y no has visto una tempestad
que de exhalaciones ciegas
montes de nubes compone,
y furiosa a la belleza
del sol la tierra herida
de sus luces, y traviesos
discurrir con sordo ruido
amenazados cometas,
formar rayos, brotar fuegos,
y de sus mismas violencias
con recíprocos encuentros
los senos en que se engendran
de las nubes esparcidas,
pues tal era la tormenta
de encontradas opiniones,
víboras al fin tan necias
que con su parto morían.
Catorce divinos temas
en artículos dispone
de tu fe, la sutileza
de la túnica inconsútil;
forman, pues, cada materia
en millares de millares
de sus divisiones niegan
sus enemigos; aquí
atrevidos a la esencia
de Dios su unidad destruyen
en siete coplas blasfemas:
gnósticos y marcionitas
con la secta maniquea.
Allí de los arrianos
la divinidad desprecian
del Hijo; Eunomio y Fotino
tan cismática Grecia;
al Espíritu se atreve,
resultando la secta
de los impíos macedonios
y Teodoreto ya muerta.
Si no quieres que te canse,
no me mandes que refiera
los que al sacramento grande
de la encarnación intentan
con Nestorio y sus secuaces
sombras oponer funestas;
mas donde el número crece,
que no hay pluma, que no hay lengua
que su variedad explique,
es en la parte que asestan
los tiros a tu unidad,
a tu adorno, a tu firmeza.
Aquí el pozo del abismo
vomitó una nube espesa
de terrestres animales;
aquí difundió la lepra
y creció el cáncer maligno;
aquí la peste se aumenta
inficionando afecciones
y encadenando blasfemias.
Aquí otra vez Lucifer
desquició de las estrellas
de tu cielo las tres partes.
No es bien, Iglesia, que quiero,
obligarme a que te diga
el número que pudiera,
y la gentilidad fiera
de idólatras, pues fuera
querer acabar el día
y no empezar sus quimeras.
Ningún temor nos causó
infinidad tan inmensa,
antes como el sol deshace,
al descomponer las hebras
de sus cabellos, las nubes,
dividiendo las tinieblas
en bocados de cristal,
ansí, con la luz que ostenta,
tu esposo causó su herida.
¿Ave no has visto que otea
ejército de palomas,
y cuando caer se deja,
rayo de plumas librado,
con temores las ahuyenta?
Ansí al mirar sus enojos,
huyeron como la cera
huye del fuego la vista,
y unos de otros con querellas
intentan tomar venganza,
mas vanamente la intentan.
Vencedor queda tu esposo,
y así quiere que preceda
al triunfo que le dispones
en la fiesta que hoy celebras,
la gloria de sus victorias,
y que yo te dé la cuenta.
Gracias al cielo, que quiso
engrandecer a su sierva,
mostrando a las gentes hoy
de su brazo la potencia.
Y a ti las gracias te doy,
que con tan dichosa nueva
fortaleza alegraste mi ciudad.
El carro del triunfo se ha de hacer con...
Por todo te doy las gracias.
Causa de todos es fiesta.
Al son de música y tambores y campanas y danzas, fuegos, y lo que más se pudiere, con acompañamiento entre Cristo con cáliz y hostia en la mano, y la Herejía, Gentilidad y Judaísmo presos. Llegue al teatro donde la Iglesia le reciba con mucha humildad y cortesía.
Cuando en Jerusalén entras,
triunfante, quiero decir
con los músicos hebreos:
«¡Hosanna, filio David!»
Bendito sea el que viene,
ante todo serafín,
en el nombre del Señor.
Y yo quiero referir,
pues es por ti la victoria,
lo que a la hermosa Judit,
agradecida del hecho,
el pontífice Joaquín
hizo repetir a todos:
A mujer tan varonil,
tú de Jerusalén gloria,
tú su alegría, y por ti
se ha restaurado a su honra
del Holofernes gentil.
Segunda vez entonad,
decid, músicos, decid,
en el triunfo de mi esposo:
«¡Hosanna, filio David!»
Con las chirimías y las voces digan esta antífona.
Cante un ministril. Las chirimías y cajas.
Pues tu música me ha dado
la gloria, a Jerusalén
haciendo salva feliz.
A la Iglesia sujetad,
prisioneros, la cerviz,
reconoced vuestro dueño,
y a quien habéis de servir.
Muy bien lo hiciste, Soberbia,
dejarme en la lid.
Ya te acogiste a sagrado
cuando no lo hice ansí.
De linda lanza os fiasteis.
Es el demonio sutil
que en urdiendo una pendencia
procura luego huir,
y algunos búhos he oído
que con cauteloso ardid
cuando secreto promete
toca luego un tamboril.
Despídense, y la Iglesia a todos los enemigos.
De todo cuanto ha pasado
ninguna cosa sentí
tanto como esta obediencia.
Aquí callar y sufrir.
No fueras tú tan gallina
si más humo de nariz
no fueras tan centurión.
Aquí no sirve reñir.
A los prisioneros doy
libertad, luego partid.
No será mejor que a ellos
y a este judío freír.
Llevad todos los despojos,
porque no podáis decir
que de ellos me he enriquecido.
Las fieras sueltas ansí...
Darles esta libertad
juzgo, Iglesia, convenir,
haya herejías y cismas,
que por eso permití
su fuga.
Pues en hora mala
se salgan, vayan de ahí,
ellos darán otras trazas.
Yo me quedo, Iglesia, aquí.
Y a los que quedan acá
es menester advertir
cómo han de honrar a su esposa.
Más que nos haces reír.
De los santos que hay ahora
dejen el duelo ruin,
y no finjan, porque son
vidrios que saltan a un tris.
Que no profanen la Iglesia
en parlar y con mentir,
ni a título de ir a misa
vayan a mirar y a oír.
Que no den tantas mamolas
con humildades sin fin,
ni hagan acto de virtud
la visita y el festín.
Que el sacrílego no haga
del comulgar retintín,
ni de sus frecuencias haga
a sus vilezas tapiz.
Y ni hagan plaza la Iglesia
donde dan al honor fin.
hay mil maulas en aquesto,
pues ¿qué podría decir?
De curiosas, yo sé algunas
que enseñan un melindrín
de tomar agua bendita,
mojando un modo sutil
con la cruz de su rosario,
donde besan, porque allí
asco les da la otra cruz
baboseada de mil.
Bueno es taparse por fiesta
en esta fiesta feliz.
Tristes hipócritas son;
será el vulgo su alguacil.
Entre estas persecuciones,
más, Iglesia, has de lucir,
como el oro en el crisol,
como la flor en abril.
Después de un furioso invierno,
como la abundante vid,
cuando ya rindió a la hoz
los sarmientos que te di,
como la zarza en las llamas,
sin poder disminuir
sus verduras los ardores,
mientras vivieres en mí,
serás el grano de trigo
que renaces al morir.
Este sacramento santo,
con cuya señal vencí,
por arras de mi firmeza
te doy, que, lazo feliz,
a mi grandeza contiene
entre halagos de jazmín.
Entre cárceles de plata
tendrás el oro de Ofir,
y entre cándidas espumas,
admirado al querubín
de océanos abreviados,
en que me quise ceñir.
Con esta señal os pago
haber querido asistir,
virtudes, a esta victoria,
y pagar por uno mil.
Tú, fe, tendrás ejercicio,
pues, lince, has de descubrir
los tesoros escondidos.
Yo, Señor, lo haré ansí.
Dulces prendas de la gloria
tendrá la esperanza aquí,
entreteniendo el deseo
hasta que llegue a surgir.
La caridad tendrá aumentos,
llegándose a recibir,
con vida, este pan de vida;
por ella se ha de instruir.
Tú, discreción, abrirás
los ojos, porque al partir
deste pan, la ciencia crece;
serás, fortaleza, Cid,
fortalecido del pan.
Todos lo haremos ansí.
Las finezas de tu amor
le quiero al mundo decir,
repitiendo el Hosanna
con que triunfante te vi.
Vamos todos a esta fiesta,
en que viene a consistir
la firmeza de la Iglesia,
como su dichoso fin.
Con la propia fiesta se entran.
Fin.