à> Date de publication: 22 août 2026
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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El africano Nerón, Muley Ismael. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-africano-neron-muley-ismael.
va duplicando gargantas.
Dentro Muley.
Aunque en arena ardiente
los rayos a la campaña
inunden, endulcen himnos,
prosigan las consonancias.
Y tú, fugitivo monstruo,
porque no creas burlada
mi osadía, del abismo
penetraré las entrañas
en tu alcance.
Con el susto
ni aun dos pasos de garganta
podré dar.
Fuerza es que el eco
cese; pues Muley lo manda.
¡Al gran Profeta inmortal!
Dentro Alí.
En seguimiento del bruto
la persona va empeñada
de Muley.
Voces.
¡Cielos, piedad!
Dentro Muley.
Con porfiada constancia
te he de rendir, aunque el miedo
te ampare.
Cesa el terremoto, sale Abdalla vestido de pieles, huyendo de Muley Ismael, quien le sigue con un venablo en la mano.
Detén la saña.
Por Alá, que es el primer
asombro a que mi obstinada
violencia se ha suspendido;
di, ¿pues quién eres, que nada
le asusta, a quien como yo,
un Etna vive por alma?
Yo soy, ¡oh invencible, excelso
Muley Ismael!, Abdalla,
a quien el segundo ser
debió tu primera infancia;
pues solo a mis experiencias
se le fió tu crianza.
Por ella, y por ver en ti,
una altivez tan osada,
una inclinación tan libre
y una impiedad tan extraña,
(aunque atento a mi dictamen
sagaz las disimulabas)
ignorando las primeras,
busqué en las segundas causas.
tus influjos, y con ellos
viéndola tan exaltada
a tu fortuna, te dije
que a la diadema africana
de Mequínez y Marruecos,
cuantas puntas la faltaban
la darías, cuando fuese
sazón de tus esperanzas.
Supo el rey tu hermano Ahit
el vaticinio, y con trazas
astutamente crueles,
solicitó que empezaran
sus tragedias por mi vida
como si lo motivara,
con aciertos de mi ciencia,
destinos de su desgracia.
Mas, conociendo el valor
volver al poder la espalda,
vine huyendo a las fragosas
cavernas enmarañadas
de esta selva, vegetable
penacho de esa montaña.
y aquí entregado a las ciencias
vivía.
El acento para,
y antes que segundo asombro
a la admiración pasmada
des, escucha en lo que ignoras
de mí, novedades raras.
Mi hermano Ahit discurriendo
medios con que se frustraran,
en sus actos, en los míos,
violencias tan encontradas:
con los premios, y el agrado
solicitó se templaran,
en mi ambición los deseos,
y en él las desconfianzas;
y así desde entonces, parte
medió en dependencias varias,
dizque (¡qué error!) el manejo
del despacho me fiaba;
llegué a dudarlo,
pues en edad tan temprana
todas las mercedes, él
las hacía, y él las daba.
Conque, notando mi astucia
que tan robusta ignorancia
con ánimo de impedirlas,
mis dichas me anticipaba,
fingía a mis enemigos
(porque más me aseguraran
menospreciar el gobierno,
diciendo con afectada
modestia, que apetecía
no el cargo, solo la carga.
Y que en servicio del pueblo
con infalible constancia,
el último aliento mío,
consagraba a mi patria.)
Creyéronme, pero yo
que atento a todo me hallaba,
para atraer los afectos,
sembré con discreta mano
en el pensil de aquel vulgo
mucho tesoro en alhajas,
mucha vanidad en fiestas,
de cuya amena abundancia
por laurel cogí coronas,
cetro cultivé por palma.
Fue el caso, que habiendo
Muley, que entonces mandaba,
como Gran Basa a Marruecos,
solevado las escuadras
de aquel reino, le juraron
por su absoluto Monarca.
Fuele a mi hermano forzoso
ir en persona a campaña
para que el traidor, y cuantos
tan vilmente se negaban
a obedecer sus decretos
rindiesen sus armas.
consiguiólo, mas no bien
sus lanas vio tremoladas
en la gran Marruecos, cuando
en su más pública plaza
quiso domeñar también
la ruda altivez lozana
de un castaño berberisco
afrenta fiel de la fama,
pues la competía el vuelo
sin necesitar las alas,
mas él creciendo baldón
el yugo a que le estrechaban,
(que aun brutos instintos hacen
de la libertad jactancia)
se dispuso a no admitirle
con inobediencia tanta,
que a mi hermano (que ya iba
perdiendo las esperanzas
de refrenar con sus aceros
más que al bruto, a su desgracia)
le condujo hasta la muerte
su cólera desbocada.
Llegó a Fez la novedad
adonde yo gobernaba
de orden del Zaid, y la plebe
satisfecha, o engañada,
de mis fingidas costumbres,
en públicas voces altas
me aclamó sin competencia
más digno de la africana
diadema, que cuantos fueron
de su Augusto tronco ramas.
Fueros diles, y diles bien,
pues apenas empuñadas
tuve con seguridad
las riendas de aquestas vastas
provincias, cuando porque
jamás medras disgustaran,
empecé a ejecutoriar
mi derecho con la espada.
A los oídos de mi hermano,
alarguen si lo intentaran
en algún tiempo pudieran,
servir de estorbo a mi saña,
por delitos que fingí,
hice que a unos despeñaran,
a otros en barcos sin remos
a la primera borrasca y
del mar entregaren, y a otros
los metiesen en estatuas
de bronce ardiendo, y en fin
a los pocos que quedaban
lo mismo les di la muerte,
mas como sedienta estaba
de sangre mi crueldad
en fe de disimulada,
hidrópica se quedó,
y es que solo se saciara,
si como quitó las vidas,
fuera bebiendo las almas.
Tan no prevenido el daño
los cogió, que no acertaban
a creer sus desventuras,
aun con mirar mis mudanzas.
Y no lo admiro, porque era
máxima por mí observada
estén las inclinaciones
en un rey tan cauteladas
que ha de fingir muchas buenas
para ejercer una mala.
Algunos sabios del reino,
prudentes me aconsejaban
que de proseguir tenaz
en la impiedad empezada,
aborrecible me haría,
mas con noticias humanas
(que a tu ciencia se le puede
hacer demostración clara,
de que es indigno del cetro
quien con el cetro se apiada).
La majestad (les decía)
consiste, si se repara,
en más que en ser autorizada,
luego, si no la afianza
en el temor el poder,
¿quién duda que atropellada,
sacrílegos desacatos,
la profanarán las aras?
¿Qué púrpura para serlo
de sangre no está manchada?
Si en las haciendas y vidas
aquel que despótico manda
como lo tiene dominio
¿sería acción acertada,
que por complacer su gusto
a mi grandeza faltara?
¿Quién dudará que en un rey
la paciencia y tolerancia,
adelantando los vicios,
la inobediencia adelanta?
Disimular es flaqueza,
indignidad o ignorancia,
esperar en su persona
culpas para castigarlas.
Pues ¿quién de tales principios,
por consecuencia no saca,
que donde falta la ira,
también la justicia falta:
y que el enojo y el celo,
la soberbia y la arrogancia,
serán en la arquitectura
de un trono, sólidas basas?
Por esto, y porque mi aliento,
con algo se lisonjeara,
a pesar de mil envidias,
tomé por empresa de armas,
el vulgo en un desbocado
caballo, a quien le paraba
mi valor, pues le servía
de freno mi cimitarra.
Y para que con el ocio
el pueblo no maquinara
contra mi persona, hice
que las tropas se alistaran
de mi reino, y disputé
los límites de mi patria
con sus confinantes reyes;
y en tan política traza
conseguí dos cosas, una
que mi brío acreditara,
que no era para traiciones
hábil, sino para hazañas.
Dígalo haber dilatado
mi imperio hasta donde el Asia
con peñascos y cristales,
divide la Etiopía, y Magna
Etiopía, siempre adusta
por su esfera abrasada
del sol, donde todos nacen
a ser tizones con alma;
la otra, porque aborrecida
mi nación de las demás
se ha hecho; y viendo que todas
aspiran a dominarla,
ha de conservar mi vida
para mantener su fama.
Este soy, aqueste he sido,
y en fin, mi genio con nada
se deleita, ya que impiedad
no sea, y aun deseara
haber debido a la suerte,
el nacer rey de Cambaya,
donde a su príncipe crían
con hierbas avenenadas,
y tan basilisco crece,
que a quien le ofende o le toca,
con la vista le inficiona,
con el aliento le mata.
Envidia tengo al que dice,
que para que asombrara
el mundo a su enojo, ver
quisiera en una garganta,
desde que en el solio estoy,
lo haría, que yo no valga
de mi palacio a verter
sangre, pues con una lanza,
que empuña mi diestra, pruebo
el pulso en el que me agrada.
Los que de su gran Profeta
la religión Mahometana
celebra edades que cumple,
salir dispuse a esta caza
uniendo en ella lo acorde
de músicas y de zambras,
con lo cruel de su empleo,
cinco mil me acompañan
mis mujeres, mas los rostros
ocultos, porque a mirarlas
nadie se atreva, bien que este
precepto solo se guarda,
cuando en Mequinez resido,
porque en saliendo a campaña
ni aun esto de mis soldados
recata mi confianza.
En la tempestad que huiste
creyéndote fiera extraña
te seguí, y pues informado
quedas de lo que ignorabas
prosigue, mas advirtiendo
que jamás a mi arrogancia,
han de competir crueldades,
los tiranos de Trinacria,
los caribes de la Paria
los bárbaros de la Tracia,
los trogloditas del Norte,
los isleños de la Hircania,
pues con ellos, y los fieros
de aquesta región templada
he de lograr que el alfombra
digna, sirva a mi planta,
desde donde el Norte hiela,
hasta donde el Austro abrasa.
Aquí entregado a las ciencias
(vuelvo a decir) de la Magia,
de la Piromancia,
de la Nigromancia, y cuantas
milagros llamó la Persia
supersticiones España
me rindo, y a mi voz
O retrocede, o separa,
las ruinas, el mayor peñasco
se mueve, un cadáver habla
y aun lo futuro penetro,
de que es evidencia clara
haber visto que a tu vida
una traición amenaza.
Y creyendo que en mi sexo
obligación ampararla,
(pues su fortuna lo pide,
y mi inclinación lo manda)
dispuso aquel terremoto
para que te separaras
de los tuyos, y este avío
lograres.
Dentro.
No quede rama
que no se inquiera en sus breñas.
Dentro.
Dad cien vueltas a las selvas,
para que el acosado altivo muera.
Sale al ruido Muley.
Cuida, rey, de ti, y Alá
tu vida prospere.
Aguarda,
que aunque ya llega mi gente,
para que te ausentes, falta
lo permita yo.
¿Qué intentas?
Que con mi persona vayas
a Mequinez; pues contigo
todas las amenazas
frustraré.
Desiste intento.
Salen por una puerta las damas moras como antes, y por otra Alí y moros con venablos.
Aquí está.
Danos tus plantas.
Llegad oficiosos todos,
Del suelo levanta.
¡Qué monstruo!
Ídolo parece
donde los brutos se abaten.
No os altere mi semblante
lo que mi pecho recata.
Gran señor, con una posta
ahora ha llegado esta carta
para vuestra Majestad
de Amete, alcaide de Alcázar,
y teniente general
de las fronteras de España.
Muy gran novedad,
sin duda este alivio causa;
veré lo que dice Amete.
Aparte a Fátima.
Señora Fátima, mi ama,
¿es posible que un desprecio,
tanto obliga, tanto arrastra,
que sin mirar a tu honor
te tienes entre las damas
de Muley Ismael, hombre
que dispondrá, si le agradas,
que la ofensa del embozo
vengue una tarquinada?
Luna, si sabes que, habiendo
vencido Alí la constancia
de mis desdenes, quedaron
mis bodas capituladas
para después que, en servicio
de Muley, Alí tomara
el Larache (¡a vil memoria!),
y sabes que, lograda,
volvió, el que agradar esperaba,
sin que sepa quién causó
en mi olvido su mudanza;
¿cómo admiras que, en acecho
de su traidora, villana
alevosía, mi enojo
vele, y más no siendo obstancia
que arriesgue la opinión, quien
tiene perdida la fama?
En albricias de que os veo,
dadme los brazos, Abdalla.
En ellos vuestra amistad
seguridades alcanza.
Ea, amigos, la fortuna
al mayor blasón nos llama.
En esta, muestra Amete,
que faltando a las pactadas
condiciones de la tregua,
el gobernador que manda
a Ceuta, a su gran presidio
fortalezas adelanta,
y que a deshacer sus obras
envió tres mil corazas.
Reclamo: asaltos, y fiera contención
españoles de la plaza
a mi pesar los pusieron
en fuga precipitada.
Bien que Hamete desde entonces
a Ceuta tiene bloqueada,
este baldón, este ultraje
pidiéndome esta venganza,
pues ocasión pide
Ceuta para restaurarla.
Yo he de ser el que la quite
la estrecha cadena injusta
en que cerca de tres siglos
a su pesar vive esclava.
La que metrópoli fue
de toda la Mauritania
Tingitania, y lo que es más,
la que es hoy llave de España,
¿a otro que yo ha de admitir
por dueño? Por esas altas
esferas, que me ha de ver
Ceuta pisar su campaña,
restaurando con valor
lo que rindieron en maña.
¿Qué os parece?
Que el empeño
la temeridad repara,
pues aunque toda la Europa
hoy se mira trabajada
con sangrientas guerras, tiene
sus banderas acampadas
sobre Ceuta, antemural
de la religión cristiana,
¿quién duda que contra ti
unan sus fuerzas?
Basta;
¿qué decís vos?
Que respecto
de haber dificultad tanta
en su toma, es solo digna
empresa para tus armas.
Eso sí llega a mis brazos,
y supuesto que no alcanza
lo que quedó, por testigo,
te he de llevar a campaña,
a que abultaras tus fuerzas
y yo blandiré mi lanza.
En el margen derecho de las últimas líneas se aprecian fragmentos de palabras ("Vanse", "fuerz", "por or", "el per", "ttes") que parecen corresponder al folio siguiente o a una hoja subyacente.
gobernando quedará
mi corte la gran sultana,
y vosotras seguiréis
mi persona.
Ley se guarda
tu precepto.
(Aparte)
(Aparte a Abdalla)
Alí, sin duda,
irá a la guerra trazada,
mas si celosa estoy, dime,
ni aun su ausencia me acobarda
en su seguimiento partir.
¿Con que Alí cómplice en nada
anda?
Leal tentaba.
(empezad, venganzas)
(en mi corte
vos gozaréis de privanza)
(Vase)
Antes que empiecen mis marchas,
vos, Alí, me aprestaréis
de las marciales, arregladas
milicias, diez mil flecheros,
infantes, y de mis guardias
cinco mil negros montados,
para que al romper del alba
la orden ejecutéis
que os diere
,
pues fío en un aviso
la merced más soberana,
a Mahoma fío en que han de
cumplir, yo he de castigarla,
aprehendida antes de apartarme,
público voto en sus aras
de que, junta a días míos,
eternamente atada,
la he de tener
.
La banda a proseguir
vuelva; vos seguidme, Abdalla,
y los demás divididos
por diversas sendas varias
con alternados solaces,
repartid las consonancias.
(Vase)
Tras ti voy.
(Unos a la eminencia, otros a la espesura, otros a la falda.)
Del grande profeta...
(Vánse los moros por una puerta, y las damas por otra, quedándose al paño Fátima y una criada, y Alí saca un retrato.)
Alí se ha quedado solo,
escucharemos retiradas.
Leonor es menos tirana
que tú; la dice en suspiros
lo que ausente pende el alma.
Leonor dijo, y aun retratos
mira.
El aliento me falta.
¡Ah, traidora!
Mas sígueme;
dile al dueño que retratas,
tema a mi amor, que saldrán
contra su desdén mis armas.
Pasan las dos, y ocultamente, quítale Fátima el retrato. Vase, y al quererla seguir, sale Muley, y le detiene.
Poco importan, pues hay celos
que sabrán desbaratarlas.
Espera, detente...
Alí.
¡Ay suerte más desgraciada!
Señor.
A cuantos estén
en la lista que mañana
te enviaré, quita las vidas,
y saquea, y da sus casas
a mis soldados.
Si queda
mi lealtad a saber.
Nada
me digas; aquesto importa,
y por si en alguno falta
la ejecución, tu cabeza
tomo yo, Alí, por fianza.
¡Ah, crueles hados!
Esto solo me faltaba.
¡Ay, Fátima!, mas locura
sería aquí imaginarla.
Bueno ha quedado mi amor,
esquiva, hermosa, cristiana,
perdí tu retrato, y temo
que con él mi esperanza.
Vase.
Disparan dentro, tocan cajas y clarines, y salen el Marqués, don Gerónimo, don Pedro, Leonor, y Laura de hombres.
¡Viva Valparaíso!
¡Viva, viva!
Con gozoso renombre el tiempo...
Valientes capitanes, esforzado
terror del mundo, apellido glorioso,
que invictos siempre en campaña
que es a lo que os dicta vuestro hacer
a la bárbara jactancia,
En la esquina superior derecha aparece el número 89.
a su nombre glorioso,
de sus intentos hoy se opone osado,
el coraje español, siempre envidiado;
que a sentir el empeño, que te trajo,
dicte el ingenio, y ejecute el brazo.
Pues el brío que advierto en su esperanza,
nos dice que el valor también es ciencia.
De sus preceptos instruido, veo
que es escaso peligro el de un bloqueo;
y no es discurrir vano,
pues el campo africano
que a la fama de Ceuta osado aspira,
consta solo (si el miedo no lo mira)
de mil escopeteros,
dos mil caballos, y tres mil honderos.
Señor, mas si a mi prudencia atiendo,
(sin que a su esfuerzo mi opinión ofenda)
que enemigo que tanto se ha empeñado
no es para despreciado,
y más, cuando una mora esclava osada,
hoy por mí en los ataques apresada,
con vanidad pregona
que Muley Ismael viene en persona
al asedio de Ceuta, y ha nombrado
por su lugarteniente al renegado,
pérfido Alí, por cuya dicha extraña,
África ríe lo que llora España;
y así importa con uno, y otro medio,
prevenir a tal daño, igual remedio.
De vuestro brío (gran Guevara hispano)
que sin ver el peligro, cele el daño;
pues aunque del alarbe presumido,
todo el poder en tempestad unido,
escuadras de aceros granizara,
y a Ceuta de marlotas inundara,
sus intentos los viera malogrados;
que somos españoles los soldados.
El capitán Don Lope de Haro atento
al joven brío de su heroico aliento,
mi razón adelanta,
y hoy a mi ver espanta,
que aunque no contradigo,
diréis al enemigo
En el margen superior izquierdo, dentro de un recuadro, aparece una acotación: "Empuñan".
Empuñan.
No es modo que diga el que lo oyere
que el temor lo ocasiona.
¿Quién creyere,
que en mí la prevención temora
de esta suerte?
Pues, ¿cómo tan atrevido,
Don Pedro, en mi presencia osasteis fiero
empuñar el acero?
¿Un Sargento Mayor de Ceuta, cuando
la milicia en su brío está estudiando
desórdenes, alienta?
Quien desluzca mi pundonor intento,
aquí, señor Marqués, ya se comprende
que a mí me agravia, y a Vuestra Excelencia ofende.
Ved que no he de daros
satisfacción, Don Pedro, y empeñaros;
error será, cuando en campaña elija
confirmar mi dictamen con mi espada.
Siempre fue incompetente para nada,
el mejor argumento, el de la espada.
Con la mía leal, más que algún hecho,
no en vano lo sospecho,
comprobaré, que el parecer que he dado
no perdió por prudente lo acertado.
Héroes valerosos, cuyas
no competidas proezas
dan a vuestras sienes, tanto
verde laurel como peinan.
La que en otra edad Elisa
el tiempo llamó, y hoy Ceuta.
Centro, la que es heredad
católica de la iglesia,
hoy amenazada viste
de la invasión sarracena;
y para que lo veáis,
la situación y defensas
de la plaza oíd, que aunque
todo esto, como sabéis,
toda la ciudad ceñida,
a la que diques le sirve
de muralla que es gruesa,
a quien navegable un brazo
del océano le apresta
foso cristalino en vagas
inundaciones de perlas.
en la cortina que mira
a las berberiscas tiendas,
el San Pedro, y San Pablo,
los dos baluartes se elevan,
fábrica industriosa, y tan
antigua como perfecta.
En lo exterior se asegura
con una estrada encubierta
delineada con tan sabia
militar pericia diestra,
que con poca gente se hace
defendible, pues en ella
demás de ser el recinto
muy corto, su fortaleza
de las fajinas, estacas,
y empalizadas cubiertas
incontrastable se rinde,
y más cuando en sus opuestas
extremidades, tres medios
baluartes se señorean;
obra debida al ingenio,
disposición y experiencias
de Francisco Barona,
Barona, honor de la patria nuestra.
Hoy el arte a las antiguas
obras adelanta nuevas,
con la zapa y con la pala,
en líneas, traveses, medias
lunas, rebellines, osas ,
y hornabeques, de manera,
que aún hay mucho que vencer
en solo las obras muertas.
En fin, menos que quitando
con una armada muy gruesa
a Ceuta el socorro, nunca
tomada puede ser Ceuta.
El señor maestre de campo
don Jerónimo de Oropesa
al enemigo no tanto
su militar experiencia
atenta al presidio, como
al valor de el dueño atenta,
don Pedro lo contradice,
y con todo él acierta,
su razón, pues se hace cargo
de que el África se empeña
en la toma de esta plaza,
y aunque hoy Amete no tenga
más que seis mil combatiendo,
y que son tropas expertas
en la milicia, el bloqueo
de Ceuta, es bastante prueba.
Atrás de Arcila, y el foso,
sus reales el moro asienta.
Y porque el mayor padrastro
suyo, es la estacada nuestra
en el llano, puesto el tiro
de su artillería gruesa
batiendo el recinto; pero
como oposición no encuentra
la batería, las más
estacas se terraplenan,
y la que dispone ruina,
nos sirve para defensa.
Seis ataques ha formado,
cuyos aproches demuestran,
en su fin, que trabajando
los gastadores la tierra,
a nuestra gran plaza de armas
atrincherada, y cubierta
llegue su gente, venciendo
la oposición que recela
para entrarla con las minas
que en las subidas apuesta,
y no lo piensa mal, si puede
lograrlo como lo piensa;
pero es imposible, cuando
de los picos la tarea
a escasa profundidad,
que en el agua toque encuentra,
pues el mar, y la campaña
en equilibrio se ostentan,
a más de que en los traveses
nuestras contraminas quedan,
nos aseguran; mas ellos
ya van inventando proezas
el valor no hace de cada
pecho una murada almena,
recelar repudio; pero
¿quién, siendo español, recela?
oídme, pues, lo que supe
de uno que fue a tomar lengua.
El injusto rey aleve,
Muley Ismael, espera
hoy a Amete, y aunque trae
tantas lunadas banderas,
que el aire gime oprimido,
desde la hora que le pueblan,
hay mayor peligro a vista
de que el bárbaro protesta
que en tanto que como a dueña
Ceuta su planta no besa,
ha de vivir trabajada
de sus armas; porque espera
recompensar de esta suerte
no sé qué especial fineza
que se hace de fiesta el día
y años de su vil profeta
Mahoma (el África a siete
de setiembre los celebra)
de modo que nos hallamos
con la hostilidad perpetua
de un odio de religión,
siendo quien en él se empeña,
ese tirano a quien hizo
la fortuna lisonjera,
soberbio con las victorias,
poderoso con las presas.
Prevéngase la constancia
para tanto golpe y prevenga
lauros a la emulación
la que empezó competencia;
y no la discordia, mas ¿quién
esta novedad fomenta?
Cajas, clarines, tiros, y ruido de armas, y sale un soldado.
Señor, la atalaya avisa
que al campo enemigo le entra
tanto número de tropas,
que el terreno queda apenas
a acuartelarlas, y que
cajas, clarines, flechas,
ondas, y tiros repiten
salvas, que al viento amedre[ntan].
Sin duda Muley llegó
a sus reales.
Aparte.
¡Que suspenda
el respeto de el Marqués
mi cólera!
Enhorabuena
reciba el valor, pues ya
algo que vencer le espera.
Acotación marginal borrosa, parece decir "Dentro ruido bélico" o similar.
Dentro ruido.
Aunque con la guarnición
que hoy la plaza tiene, puede
mantenerse, pues tres mil
soldados, en la vereda
hoy se hallaron, sin los muchos
presidiarios, que sustenta,
y aventureros; un barco
para Gibraltar se apresta
al Conde de la Corzana,
para que con diligencia
disponga enviarnos el tercio
mejor de la armada nuestra.
Pues los más moros del campo
son honderos, mejor fuera
que a Madrid se despachase.
¿Por qué?
Por una pedrea.
¿Pues teméis a los honderos?
¡Qué mucho!, si solo yerran
el tiro la vez que apuntan
al ojo, y dan en la ceja;
y aun hay más razón.
¿Cuál es?
Que un astrólogo en mi tie[rra]
me dijo, señor, que había
de morir de mal de piedra.
No le escuchéis, que es un ne[cio].
No le crea Vuecelencia,
que sabe, y sabe muy bien
un Pernil de buena pierna.
¿Pues de dónde sois?
De Orense;
y el llamarme Pernil era
porque mi padre fue un du[que]
y mi madre una puer[ca].
Buen humor gastan.
El tal
Francillo, es en conciencia,
discreto como una tía,
valiente como una dueña.
Dentro un estruendo muy grande como de bombas, y sale el soldado.
¡Piedad, Cielos!
¡Que me abraso!
¿Qué nueva inquietud es esta?
Que a bombardearnos la plaza
el Moro, señor, empieza,
y las mujeres, y niños,
con sus lamentos la alteran.
(Vase Laura, Leonor e Inés)
De que a Gibraltar y Cádiz
pasen, daré providencia.
¡Vive Dios, que me he corrido
de que haya mujer que tema!
¿Piensas que en el mundo hay
otra que temor padezca?
(Vase)
Pues el día a la noche,
que le sustituya, deja.
A rondar voy en persona
los cuarteles, por si intenta
nueva opresión Muley,
con mi persona venga.
(Vase)
La noche (que aun a mi intento
menos lisonja no sea)
más lo que importa es buscar
a don Pedro, porque advierta,
que desprecia bien al mozo,
quien como yo le desprecia.
(Vase)
En busca de Lorenzillo
volveré.
¿Que te diviertan
de tal modo los estragos?
¿Qué mucho, si las ternezas
me ofenden?
Esto ha de ser.
Señor don Lope, quisiera
hablaros a solas.
Causa
tenéis, pero nada entienda
don Gerónimo.
Está bien.
Sola, porque se cautelan
de mí, por dar algunos
(Vanse.)
de este secretico cuenta.
Dan vuelta a los paños.
Seguidme.
¿Qué queréis? Ver,
lo que don Pedro intente.
Saca un pliego.
Aquella más retirada
parte de la plaza es esta
donde para los hornillos
la pólvora se reserva,
y que la luz de la luna
desmiente del sol la ausencia,
leed el sobreescrito de este
pliego.
A lo que percibo, o
a don Lope de Haro dice.
(Y aun parece que esta letra
es de Alí, alcaide de Tetuán.)
Pues oíd, si ahora se esfuerza
una traición, el que tuvo
valor para cometerla.
Tan nuevo estilo (señor
don Pedro) dudarle esfuerza
a hombres como vos, si acaso...
Atended, por vida vuestra.
Álvaro y don Gerónimo.
Con el aviso de Laura
(mientras que la ronda con
el Marqués) siguiendo vengo
a Leonor, mejor dijera
a mis celos; mas allí
la miro, detrás de aquesta
pared, desperdicio antiguo
de una de las obras muertas
de la plaza, escucharé.
El moro que en las trincheras
nuestras apresé, traía
entre instrucciones diversas
este pliego para vos;
díjome que de Alí era,
general de Muley, con que
me excuso el romper la me-
sura, para discurrir
la bárbara intención vuestra.
Folio 13 (con un 12 tachado u obsoleto en la esquina superior derecha).
¿Qué escucho?
Echa el pliego en el suelo y desempuña.
Que es, al menos,
la secreta inteligencia
con el moro, mal podréis
negarla, pues las estrellas
arbitrio de tanto empeño
a mi pundonor le dan;
aquí os he traído a fin
de que el mundo nunca sepa
que hubo un español traidor;
la carta de Lope es esta,
la vida me habéis primero
de quitar si queréis leerla,
porque, viviendo don Pedro
de Guevara, mal pudierais
leerla. Aunque es forzoso el reñir,
también probaros esfuerza
que solo traidor se queda
quien de mi honor y nobleza
tan torpemente discurre,
tan villanamente piensa.
¿Quién creerá que la traición
solo para mí se crea?
En El Arache nací,
donde a mi madre le cuesta
el primer aliento mío,
la respiración postrera.
Quedé en poder de mi padre,
que en aquella fortaleza
mandaba dos compañías,
y como en mi infancia tierna
solo escuché los arrullos
de cajas y de trompetas,
tan inclinado crecí
a la inquietud de la guerra,
que teniendo poco más
de dos lustros, cuando (apenas
sin muchos suspiros, sabía
una, acordar la lengua)
los agarenos tomaron
el presidio, en su defensa
acredité que los años
jamás el valor aumentan.
= al mío inclinado. Ay,
(no diré que a mi belleza)
en el saco de la playa
muerte estorbó que me dieran,
= y habiendo hecho esclavo suyo
a mi padre (¡suerte adversa!)
la libertad me dio
para que tratar pudiera
su rescate; habrá quien diga
que es objeción no pequeña
que enamorado de mí
el moro alcaide estuviera
y que me dejase ir libre,
mas él daba por respuesta
que habiendo de volver
a Mequínez a dar cuenta
de la victoria, y despojos,
luego que Muley me viera
con su inclinación dejara
más imposibles sus nuevas
esperanzas, conque haciendo
mérito la conveniencia,
con la prenda de mi padre
quedó prenda, y con la prenda
de un retrato mío, dejó
que me retirase a Ceuta.
= Tomó puerto en esta plaza
mi fortuna, pues en ella
hallé al invicto Marín,
cuyo padre tuvo estrecha
fina amistad con el mío,
y continuando en la empresa
D. Gerónimo, a muy pocos
días, tan bizarras muestras
dio mi brío, que en el tercio
fui subiendo, y una bandera.
= Si desempeñé, o no el cargo
no lo ha de decir mi lengua,
pues vos sabéis, que el Marqués
de Valparaíso; en muestra
de que satisfecho estaba
de mis servicios en esta
plaza, me honró, y pues ya
En el margen derecho aparecen dos anotaciones incompletas por el corte de la hoja. Arriba: "A / pl / on". Abajo: "ale c / ond / aura" (posiblemente una acotación como "Sale el Conde y Laura").
de mi honor, vida y nobleza
os he informado, sacad
la espada, que aunque se pierda
la vida, no importa cuando
dé a mi opinión venganza.
Aquí toma el pliego, sale don Gerónimo y Lope.
Hay dos versos tachados: "D. Ger. Quién os detiene, qué aguardáis, / solo por mi respeto".
Esperad.
Le apostaré
que son amantes ternezas
lo que el mozo escribe; hasta
que la palabra te diera
de casar, que eres mujer.
¿Qué diré?
Que aunque así sea,
como lo afirmáis, lo cual
se verá de esta manera,
es muy mal medio.
Tened;
que pues vine en busca vuestra
para conducir el duelo,
que empezó la competencia,
y hoy, habiéndoos escuchado,
mayor desaire me empeña
a daros muerte, supuesto
que es preciso que me ofenda
quien creyó pude inclinarme
a quien ser traidor pudiera.
Y así, conmigo venid,
ya que no es razón que tenga
ésta más, el que mayor es
satisfacción su desprecio.
Aguardad.
Nada he de oíros.
Ni yo, pues a tanta ofensa
contra las vidas de entrambos
mi espada será centella.
En vano lidiar podréis,
pues nunca bien parecerá
que lo sea el agraviado,
y otro el que me vengue sea.
Ved, don Lope.
Poco os debo,
pues aquí es donde el ruido suena,
mas, ¿qué es esto?
Sale el Marqués rebozado con capote, y Laura, Pernil, solos.
¿Qué miro?
Aquí ha de haber una y buena.
Cuando obstinado el alarbe
la plaza nos bombardea
tan diestramente, que ya
es cada edificio un Etna;
¿son estos los acertados
medios, que el valor inventa
para despicarse? ¡Viven
los cielos, que si no ceja
vuestra discordia, pues creo
que será la causa ella
de este empeño, que de todo
daré a su majestad cuenta!
Aparte a don Jerónimo.
Sí dirá él la que don Pedro...
Siendo noble, mal pudiera.
Hasta apurar tantos enigmas,
enmudecerá mi lengua.
Mas ya que vuestro silencio
sabia mi razón aprueba,
juramentados habéis
de quedar en mi presencia
de que mientras Ceuta esté
sitiada, jamás encelados
esgrimiréis los aceros,
Aunque contra el moro sea,
pronto al homenaje estoy.
En manos de Vuecelencia
lo juro.
(Aparte.)
Y yo le confirmo.
(Que aunque vengarme no pueda
dentro de la plaza, yo
dispondré lograrlo fuera).
Ruido de bombas.
Ya descarga, y llueven bombas
tales, que la más pequeña
es como bola de la
fuente segoviana nuestra.
Y de clavos, herraduras,
y balas, vienen rellenas.
Mas mucho daño a la ciudad
solo hacen.
Algo mayor fuera
si alguna llegase aquí,
pues hallándose tan cerca
la pólvora, que a las obras
de los hornillos se apresta,
y al abrirse, cae algún casc[ote]...
En el margen derecho se aprecian fragmentos de palabras (indiz, teatro, obre, apos, me, alab, cl, ote, es) que parecen corresponder al recto del folio siguiente, visible por el corte irregular del papel. He restituido "casc[ote]" en el último verso apoyándome en el fragmento "ote" visible.
de su encendida materia,
sobre los barriles, toda
de seguro la plaza ardiera.
¡Notable infelicidad
sería!
¡Qué lindas nuevas
nos da el señor ingeniero!
Y aun a la vista, y a osadas,
haría este paraíso de bienes
una bomba.
¡Santa Tecla!
¿Qué decís?
Que aquí sin duda...
Arrímanse en medio del teatro, junto a la cortina, unos barriles de pólvora, sobre los cuales tendrá el Marqués su capote; cae una bomba en medio de las tablas, y al abrirse echan algunos clavos y pedazos de enramadura sobre el capote, sacúdele el Marqués y pónesele.
Valor, ¿a qué esperáis,
tú y este capote, habéis
de ser los que nos ofrendan?
¿Qué intentará el Marqués?
¿Cómo, va de miedo, reinas?
Pues nadie se vaya, que ahora,
los fuegos de Ceuta empiezan.
¡Vaya el capricho!
Envídiolo
de ver mediar la acción.
No cuenta
tome ya el mundo, mayor
hazaña de Julio César.
Esto de torear las bombas,
por Dios, que pide destreza.
(Vase)
Ya que igual riesgo quedó
frustrado, seguir es fuerza
la ronda de los cuarteles
hasta que la aurora tenga
tanta visibilidad, algún
despique.
(Vanse)
Con Vuestra Excelencia
podremos, a fin al destino
mandarle las contingencias.
¡Oh, qué de dudas, memoria,
para atormentarme llevas!
Detiene Leonor a Don Jerónimo.
Esperad.
Pues, ¿qué procuras?
Que aquella carta me vuelva
presencia.
Sí haré,
mas será después de leerla.
No importará, como cargo
os hagáis de que desprecia
caricias de un moro, quien
No pago enojos, vuestra clase
mas que el pliego ha de expre
me has dicho tirana fiera,
mas si callé en ambos
no sé qué con celos queda.
Canta la música y salen las damas moras, con toneletes sesgados, Muley, Alí, Abdalla, Amete y moros.
Música. Cajas, clarines y voces.
Dentro.
Para avasallar el mundo
el nuevo Marte tirano,
en hora dichosa llegue
a su real invicto campo,
diciendo en su aplauso,
los músicos, y felices
ecos alternados.
¡Viva el sitiador de Ceuta,
viva el Nerón africano!
Ya que en mi corte quedó
el castigo ejecutado,
en los que contra mi vida
imaginé conjurados;
¿qué esperanzas hay, Amete,
del bloqueo?
Que en dos años
Ceuta será tuya.
Mira
lo que asegura tu labio.
Yo lo afirmo.
Aunque jamás
del buen suceso he dudado
en esta empresa del tiempo;
sí, gran señor; pues notamos
que mal estorbar podremos
el socorro a los sitiados,
pues de Gibraltar, y Cádiz
por horas les está entrando
gente, y víveres.
Entran oficiales, y salen de descubiertos a la redonda.
¿Qué mucho,
si es su frecuente alivio el Océano?
Mi vida, señor, será
de mi palabra resguardo.
Yo lo admito, y porque el fin
llevamos adelantando
trasladad a la montaña
la artillería, que el llano
ocupa, y para que vea
el español, cuán despacio
vengo, cultiven los moros
aquestos vecinos campos
para lograr mi indus...
que habitéis atrincherados
otra Zeuta; émula Micenas
de la que tomas aguardo.
Tarde creo que será.
En todo es Muley extraño.
Dentro cajas y clarines.
Ya que abatís la estrada
al sol la Aurora ha empezado;
pues veinte mil combatientes
de buenas milicias traigo;
¡Toca! mal quien a mí
los preceptos ha burlado.
Sale Moro.
El enemigo, señor,
salida hace, y desde el campo
se han descubierto de España
velas que vienen costeando.
Serán sus galeras.
(Vase)
Pues,
agarenos gallardos,
sean vuestras cimitarras
rémoras de orgullo tanto;
corónense los ataques,
y con el grueso salgamos
a recibirlos.
(Vanse)
Y todos
moriremos a tu lado.
(Vase)
Y yo probaré que soy
ingenio de los romanos.
(Vase)
Y yo, si el verte, Leonor bella,
le debiera yo a este acaso.
Éntranse desenvainando como haciendo estruendo de armas, cajas, y clarines y salen dándose la batalla y descubriéndose en los primeros corredores las galeras de España y adonde dispararán al tiempo que abran los primeros.
Aferra la mayor.
Pon
la proa a la playa, entretanto
que contra moros ataques
de cada cañón un rayo.
Ya es por los difuntos, verde
panteón el morisco campo.
¡Arma, guerra!
En cuerpos muertos
se va el terreno inundando.
Éntranse y salen Fátima y Luna de moros. Hay texto ininteligible en el margen izquierdo por corte de encuadernación.
¿Cómo, si el susto es de verme,
no habéis muerto ya?
¡Santiago!
¡Cierra, España!
A lindo tiempo has llegado.
Solo dudo, si el valor...
dominio tiene en los dos.
¿Qué intentas?
Con una vida
satisfacer mil agravios.
¿Cómo?
Quitándosela
al injusto Alí.
No es malo
para la facción el sitio.
Oiga Gallo
Pónense detrás del paño y salen Alí y Leonor y ella con el alfanje de Alí en la mano.
Pues llega con un cristiano,
detrás de aquestas fajinas
escuchemos.
Ya que esclavo
tuyo la fortuna me ha hecho,
quisiera, español gallardo,
saber quién sois.
Quien os vuelve
el limpio acero, pagando,
la libertad que algún día
le disteis.
¡Sujeto extraño!
Libre estáis, mas de mí
no sabréis.
Vuelven Andrés al ent.º con Abdalla
Sale Laura tan empeñada y Gerónimo Marín.
La señora en los contrarios,
que peligra su persona;
pues, ¿si de esto escucho, a qué aguardo,
que no voy a socorrerle?
Vanse.
Oye, bello monstruo ingrato,
¿no bastan, Leonor injusta,
órdenes que no contraste,
sino que, al desconocerte,
por la confusión de acasos,
digan quién eres los celos?
Mas en tu alcance iré.
Íbase, y le detiene Fátima.
En vano
lo procurarás.
Pues, ¿quién tiene
aliento para estorbarlo?
Quien la vida, que otra os di,
sabrá por traidor quitaros.
Según eso, también dama
seréis, mas si lo reparo...
Soy
Fátima, que aun mi nombre
suena mal en tu labio.
Ap(arte)
Sin duda Fátima fue
la que me quitó el retrato;
¿Qué diré para evitarle?
¡Traidor, alevoso, falso,
ven en mis iras...!
Los celos
suspende, dueño adorado,
¿Que aquesto escuche?
Disparan en las galeras.
¡Arma, arma!
¡Dale fuego!
Y pues cargando
de ese sitio viene todo
el grueso de entrambos campos,
la satisfacción suspendo
hasta otra vez.
No la aguardo.
¡Arma, arma! ¡Guerra, guerra!
En las gal(eras).
¡Boga a cía, tierra aferrando
y a la mayor batalla!
Vuelven a salir dando la batalla, y al entrarse detiene Muley a Abdalla.
Disparan.
¡Ponga el fuego!
Espera, predito sabio,
Puede leerse "predito" (predicho) o "precito" (condenado).
¿Qué intentas?
Saber de ti
lo que el cielo ha decretado
en esta empresa.
Es a mucho
a lo que empeñas mi labio.
¿Sábeslo?
Mal lo averiguo;
¿Dúdaslo?
No bien lo alcanzo.
Di lo que penetras.
Solo
que en tomar a Ceuta en vano
porfías, mientras que a España
domine el segundo Carlos.
(Vase.)
Yo probaré con mi acero,
que saben mentir los astros,
puesto que unas voces y otras
van alternando en mi aplauso.
¡A la playa, que nos cortan!
Pues se retira el cristiano,
carguémosle.
en las galeras unos el remo mete, y partamos, otros vuelve a asaltar la plaza Muley, siguiendo por mar a Laura.
viva el sitiador de Ceuta,
viva el Nerón africano.
Con salva de las galeras, artillería, música y estruendo de ondas se da fin a la jornada.
D. Nicolás de Villarroel
Jornada segunda.
El Africano Nerón Muley sitiador de Ceuta.
Primera parte.
Página casi en blanco. En el centro, escrito del derecho, se lee "Primera parte". En la mitad superior, escrito del revés, figura el título de la segunda jornada. En el margen derecho se aprecian los inicios de línea de la página contigua (recto).
Primera parte.
Texto del revés: Jornada segunda. El africano Nerón, Muley Ismael.
En el margen superior izquierdo: Jesús María Joseph. En el margen superior derecho: 1 / 19.
Dentro música a cuatro y después salen Leonor en traje de moro y Laura.
Alarifes, a la obra,
a la tarea, oficiales,
y vuestro afán labre
en la nueva Ceuta
palacio que ocupa, que da ya realces
al nunca vencido africano Marte.
A buena ocasión llegamos,
celebrando con árabes
y métricas voces, están
y con zambras, que arrogante
Muley Ismael ocupe
el real alcázar, que a afanes
del sudor mandó labrar
en este sitio; y no en balde
intenté aquesta salida,
noticiada de esto antes,
y noticiada de que
en tanto tiempo, que ha casi
un año facción se ha hecho
digna de ser memorable,
tan solo con cien hombres
que cada cual es un Marte.
Habiéndonos conducido
la lancha real a esta parte
del foso, para su secreta
surtida, nos fue tan fácil
el introducirnos hasta
este palacio, en que yace
Ismael, sin que hasta aquí
nos hayan sentido.
Dables
son en ti estas bizarrías,
mas ¿qué intentas en el traje
de moro, pues hasta aquí
no me lo has dicho?
En los márgenes superiores hay anotaciones cortadas; a la izquierda parece decir "Lop." (indicando que habla Lope) o "Les", y a la derecha "sale... / lado d..." (quizá "sale [Lope por el] lado derecho"). El parlamento es continuación de la página anterior.
ni a nadie
participé a lo que vengo;
pues solo con el dictamen
de inquietar al enemigo
esta noche en sus ataques,
y traer lengua, que nos diga
los designios de este alarbe
rey moro, pedí licencia,
que me concedió, al instante
Valparaíso y mi intento
es también en esto, darle
hoy a entender a don Pedro
de Guevara, que quien hace
en servicio de su rey
hechos que solo en mí caben
sabe ser leal, y valiente
pero ser traidor no sabe.
Salen a los paños don Jerónimo y Pernil.
Y introduciéndome oculto
entre la gente, que trae
don Lope en la lancha, vengo
siguiéndole, porque me halle
a su lado.
Por tu vida,
que de la duda me saques,
¿qué te va en ello a ti?
Ser
su amigo: mejor su amante
pudiera decir.
Para cierto,
que es bien fuerte disparate,
y mayor traerme contigo;
pues que soy pedrero sabes,
y que con la honda que traigo,
mataré de día un gigante,
mas de noche.
Deja ahora
frialdades.
No son frialdades,
que es prevención que importa
como se verá adelante.
Sale Don Pedro al otro lado de los paños.
Siguiendo a Don Lope vengo,
pues logré el incorporarme
con la gente que conduce,
sin ser notado de nadie,
puesto que aun mal satisfecho
me hallo de sus lealtades,
para estorbar que no intente
alguna traición infame.
En emprender cosas que no
emprendieran Durandarte,
Oliveros, ni Roldán,
el Cid, o Fernán González,
creyera...
Qué necedad,
siempre has de hablar disparates.
Mayor lo es, si lo discurro
que a lo que vienes me calles,
siendo así.
Si ha de decirlo
el tiempo, fuera culpable
que lo que presto ha de verse
al discurso lo adelante.
Aparte.
Muerte a dar vengo a Muley
Ismael, y de esto a nadie
he dado noticia; pues
nunca en las temeridades
que intenta el valor, se halla
quien quiera entrar a la parte;
muera este monstruo tirano,
y si el impulso lo errare
a la fe, y al rey intento
mi vida sacrificarles.
Para cualquiera facción
de la gente que mandaste,
que se quedase de escolta,
no es acierto que te apartes
tanto, que ya de los moros
que hacen guardia vigilante,
Sale un moro que hace posta con su arcabuz y cuerda calada encendida y se pasea.
al palacio estamos cerca,
y tan cerca, que el que hace
posta, o centinela, vemos
junto a nosotras pasearse,
y si el nombre, o contraseña
te pide, no puedes darle,
no sabiéndole.
bien dices;
pero algo ha de fiarse
de la fortuna, que a veces
a muchos fue favorable
en sus acasos, y el que
lograr espero, es muy fácil,
sin que nadie objeción ponga,
retírate a aquesta parte.
hacia la guardia camina
del palacio.
Los cinco versos siguientes aparecen dentro de un recuadro con un "no" en el margen izquierdo, indicando su supresión para la representación.
hacia los reales se acerca.
qué intentará?
qué podrá ser su dictamen?
sale un moro, hacia él llega.
escucha.
Sale Amete.
Ea, valor, no desmayes,
muera Muley Ismael,
muera esta fiera intratable,
a quien de hombre le desmienten
sus crueles atrocidades:
yo le ofrecí, cuando puse
sitio a aquesta plaza, darle
vendida a Ceuta en dos años,
cambiando la empresa al trance
de mi causa, y dos veces
ya aquesa luciente nave
que golfos celestes surca,
nunca fija, y siempre errante
de los contrapuestos polos
dio vista a una y otra margen,
hoy el término se cumple,
y mañana este arrogante
monstruo de crueldad es fuerza
que a darme la muerte pase,
pues quien para diversión
de exsaciar aquel infame
cruel apetito de fieras
transformar los hombres hace
con las pieles de leones
en sus formas semejantes,
para que con aquel odio
natural sus fieros canes
o los devoren hambrientos,
o crueles los despedacen,
madrugue el valor y osado
su muerte a la mía cambie
mi esfuerzo, que puede ser,
si mi impulso lo lograre,
que lo que traición es hoy,
mañana lealtad se aclame;
entrar quiero en su palacio,
sea sepulcro a este alarbe.
Encuentra con el que hace posta, el cual cala el mosquete y aviva la cuerda.
Ténganse allá, ¿quién va?
Amigos.
El nombre me dé.
Larache,
Ismael.
La contraseña.
La nueva Ceuta.
Ahora pase.
Esto es cumplir con el puesto,
en que estoy, señor alcaide
de Alcázar, ahora me toca,
que rendido os acompañe
hasta la guardia.
No deje
su puesto.
Esto no es dejarse.
Éntranse los dos y salen Leonor y Laura al tablado.
Mira si un acaso pudo
nombre y contraseña darme,
tú vete ahora.
¿Qué intentas?
Aprovechar este traje
de moro con este acaso.
Señora, que van sin advertir.
No harán, a la escolta avisa
que a socorrerme a la parte
acudan, adonde vieren,
que al arma el moro tocare,
que será en este palacio.
¿Dentro has de entrar?
¿Pues no es fácil?
El modo es el que yo ignoro,
y muchos lo harán.
Si saben
tengo nombre y contraseña,
dudarlo no puede nadie.
Vase.
Aguarda; mas detenerla
no es posible.
A los soldados de escolta
voy a dar la orden, que ande
yo con mujer, que por vicio
siempre anda buscando lances.
Vase Laura.
¡Ay semejante
arrojo! Por entre toda
la guardia entra.
No es dudable
que hay traición; pues solo Alí
pudo la entrada allanarle.
Fuerza es que a su riesgo asista,
quiero a la guardia acercarme.
Aunque mi persona arriesgue,
pasaré al último examen.
Don Gerónimo y Don Pedro se encuentran y echan mano a las espadas.
¿Quién va?
¿Quién me lo pregunta?
Tempestad, que si tronare
luce al cáñamo, o la onda;
pues afrentan los estandartes.
Pero aquesta voz conozco.
Su voz no puede engañarme.
¿Don Gerónimo?
¿Don Pedro?
¿Vos aquí?
El anticiparse
vuestra pregunta a la mía...
Aparte.
no ser una misma la hace,
siguiendo a Don Lope vine,
pues siendo fuerza arriesgarse
la opinión de nuestras armas
se arriesgan, y es bien me halle
para que no se aventure
en aquesta empresa: darle
a entender que vengo a esto
conviene: y no abrirnos antes
en la lancha conocido,
(para que el reparo se salve)
noche, silencio, y disfraz
traen estas casualidades;
a vos os traerá esto mismo.
Es muy otro mi dictamen.
¿Cómo otro?
Como he venido
a confirmar deslealtades
en Don Lope.
Aparte.
Advertid, que
nunca he sufrido, que se hable
aun de aquel que es mi enemigo
mal en su ausencia: llevarme
de mi pasión deste: y que aunque
hicimos pleito homenaje
al Marqués de Valparaíso,
cualquiera de los dos sabe,
que aquí no escusa.
Es verdad,
y que fenecer el lance
nuestro pudiéramos; pero
cuando otro empeño nos trae
tan del servicio del Rey,
fuera querer malograrle,
y que yo apurar malogre,
que es caso tan importante
en Don Lope una traición.
¿Qué traición?
¿Podéis negarme,
que sin haber confidencia
entre Alí, y Don Lope, entrarse
a ese palacio no pudo,
venciendo la guardia?
Dable
pudo ser con la cautela,
mas no con traición.
El talle
tiene y cara de capón,
y nada bueno ellos hacen.
Dentro.
Múdense las centinelas.
Esta es otra.
Hacia esta parte
el cabo de guardia viene.
En peligro estamos grande,
retirémonos de aquí.
Fuerza es, mas siento dejarle
a don Lope en el peligro,
que rumor no se oiga.
El aire
solo de armoniosos ecos
el lejano ruido fue.
Suenan instrumentos de música.
A escucharlos nos paremos,
y no nos saldrá de balde
la música; pues ya llegan;
Vamos.
¡Oh, quién transformarse,
en golondrina pudiera,
y volar hasta Getafe!
Entranse y canta la música dentro y sale Amete.
En cuna de flores
diciéndole amores
al vendado Dios,
descanse el campeón
Héctor africano,
y ríndale ufano
de dulce halagüeño
de grato beleño
el blando susurro
de nuestra sonora armoniosa voz.
A este tirano sus damas
con su sonoro primor
le están convidando al sueño;
¡ea, altivo corazón,
de ti necesito, alienta
mi osadía tú, que yo
En el manuscrito parece decir "rinbale", se transcribe como "ríndale". En el margen derecho se aprecian restos de texto cortado correspondientes, posiblemente, a otra hoja o a anotaciones marginales perdidas en la encuadernación: "sal...", "en que...", "do mas", "dupas..." (o dudar), "y Cae...", "Voze...".
para dar muerte a este aleve
pondré la resolución;
sin luz está todo el cuarto,
al lecho a buscarle voy;
pues, provocándole al sueño,
durmiendo estará.
Sale Leonor.
El rumor
de la música fue norte,
que a esta estancia me guio,
en ella estará Muley,
no hay duda; pues la razón
persuadiéndomelo está,
pues esta música no
pudo prevenirse a otro.
Sus ecos siguiendo voy,
para encontrarle. ¿Quién va?
Aparte.
Descubierto he sido:
de esta industria he de valerme,
si no logro, al furor
apelo de esta pistola.
¡Muley Ismael!
Encuéntranse y, echando mano a las pistolas, disparan a un tiempo y cae muerto Amete.
Logro
cuanto pudo mi fortuna,
muere al veneno veloz
de esta víbora de fuego.
Antes mi osado valor
así lo conseguirá.
No es muy fácil.
Muerto soy.
Esto ya logrado queda,
y pues murió ya este atroz
monstruo humano de crueldades,
vengan riesgos, que es menor
el que mi vida peligre;
pues será con el blasón
de que la perdí en defensa
de la fe.
Voces dentro.
¡Traición, traición
en palacio!
¡Ah de la guardia!
Esta misma confusión
mi fuga ampara.
Entrase Leonor y salen Muley, Alí, Audalla, Fátima y Luna, y por otra, las damas moras suyas.
¿Qué es esto?
¿Quién bárbaro se atrevió
(sin temer el no apagado
incendio de mi rigor)
a profanar el sagrado
de palacio?
¿Quién traidor
cometió tan grave insulto?
¿Quién este estruendo causó?
¿No hay ninguno que lo diga?
Yo lo diré, aunque mejor
lo dirá aqueste cadáver,
que con muda suspensión
dice más en lo que calla,
que pronunciara con voz.
Tómele la pistola que tendrá en la mano.
El muerto es Amete, y aun
conserva su infiel rencor
esta pistola en la mano,
y aun caliente está el cañón
manifestando, que él fue
quien ahora disparó.
¿El muerto es Amete? ¡Qué ira
que mi cruel indignación
me malogre ajeno impulso!
Cuando espectáculo hoy
a su vista hice, de aquellos,
a quien devoró el furor
de mis canes, fue para que él
anticipado el atroz
castigo mirase en sí,
porque cobarde, y traidor
me ofreció ganar a Ceuta,
y a su palabra faltó.
En eso él se anticipaba
a darse la muerte.
No
lo comprendo, si él, el muerto
solo es. ¿Quién ejecutó
en él su estrago?
Bien dudas,
y solo a la observación
de la magia le he debido
tan rara noticia. Dos
fueron, los que darte muerte
intentaron, y el horror
de uno creyendo que Amete
eras tú, que él lo fingió,
fue quien consiguió su ruina.
¿Quién fue ese hombre, traidor,
que de imaginarlo solo,
muerto antes no se cayó?
(Aparte)
¿No es hombre? Con la verdad
le dejo en más confusión
acreditando mi ciencia;
mucho le debes, señor,
al estudio infatigable
de mi magia; pues a no
haber compelido a impuro
espíritu, que trasmutó
la infelicidad en ese
funesto difunto horror,
ejecutado la tuya,
hubiera uno de los dos.
Llevad de aquí ese cadáver,
y pues vivo no logró,
ser pasto de mis lebreles,
muerto lo será: mas yo
de ti he saber, qué hombre
el otro es, que si a blasón
de valor a mí se atrevió.
No puedo
decirlo, que superior
causa me lo impide: tu
deidad lo sabe, pues su voz
dice, siendo acometido
de tu gente.
(Dentro)
Asombro soy,
que la fe de Dios defiende, aleves.
Dentro ruido de armas y dicen voces.
(Dentro)
¡Traición, traición!
(Dentro)
¡Cristianos en nuestro campo!
¡Arma, guerra! ¿Qué rumor?
es este?
Sale un Moro.
Señor, aleve
tropa cristiana logró
introducirse en tus reales;
pero apenas del valor,
o el ímpetu de los tuyos
rechazada se miró;
cuando de la plaza han hecho
salida, que al esplendor
que ya esparce ese lucero
primer precursor del sol,
lo vieron las atalayas.
A castigar su feroz
orgullo saldré en persona.
A marcha toque el tambor,
tú en tanto que a disponer
el modo de la lid voy,
no dejes cristiano vivo.
Fíalo de mi valor.
Y del mío, que al incendio
de mi celosa pasión
Etnas aliento.
Nosotras
también trocaremos hoy
a las delicias de Venus,
de Marte el bélico honor.
Toca al arma.
Éntranse tocando arma.
Al arma toca.
Que no pueda vengar yo
contigo, que a los conjuros
de la magia vencedor
te veas de Ceuta? Pues
con el encanto logró
el África cantar veces
su mayor exaltación;
sino dígalo el armada,
que Carlos quinto perdió
a vista de Argel a la vista.
Ya
te he dicho en otra ocasión,
no he de deber a la magia,
lo que puedo a mi valor.
Éntranse y sale Leonor.
Con la espada desnuda.
Sobre mí
vienen los moros cargando;
de unos me voy retirando,
y otra tropa llega aquí.
No hay más medio, que vender
a costa suya mi vida,
supuesto que socorrida
ya de nadie puedo ser.
Dentro voces y salen a los paños Alí y moros, y después se retiran.
Seguidle.
Por aquí va.
Muera, pues este es el mismo,
que muerte dio a Amete.
Nadie
pase de aquí, que a mi brío
esta empresa solo toca;
retiraos.
Sale Fátima a los paños.
¿Qué es lo que miro?
Alí es este.
Todo el campo
siguiendo a Alí he venido;
que aunque dél me veo ofendida,
no he podido más conmigo;
aquí con un moro está.
Cristiano, que desmentido
con ese traje intentaste
dar muerte a Muley, el limpio
acero rinde, o la vida.
Mal podrá rendirle, aleve,
quien el que noble fulminas,
así te volvió, en debido
canje de una libertad,
que también te dio.
Cae.
¿Qué miro?
Voz, semblante y señas
engañar pueden: divino
adorado dueño, ¿cómo
en traje tan conocido
osadamente aventuras,
una vida por quien vivo?
¡Qué oigo! ¡Viven mis celos!
¿Tú aquí? ¿A qué fin disfrazada?
A dar la muerte a un tirano,
siendo la fe de Dios blanco,
donde mis tiros dirijo,
y a verte a ti.
Aparte.
Esos acentos
no dejan duda a mis celos.
Tanto el verte aquí me admira,
que mudo, absorto, y pasmado
te miro. A riesgo tan grande
¿cómo pudo amor...
Amor
y celos los imposibles
allanan: yo amando y celosa
estos imposibles venzo.
Aparte.
A los dos.
Ya no más, aleve, infiel
los enojos disimulo
del ver que me está ofendiendo
esta mora... Mora dije?
Cristiano la ha dicho él mismo,
no importa para mis celos.
Volved la cabeza, ¡aleve,
que la ofensa disimulas
tan cobarde, cuando es cierto
que en mi estimación te fundas!
¡Fátima! ¡Cielos, qué es esto!
¡Embozado el rostro a mí!
Descúbrele a ver si advierto,
que mi competidora sea.
Aparte los tres.
En el margen derecho se encuentra anotado "Batalla / tiempo / D. Pedro", parcialmente cortado por la encuadernación.
¿Qué resolución es buena?
Dudarla es acción cobarde.
¡Venga la espada a ser centro!
En el margen inferior se lee "Cajas secas", indicación para los tambores de la compañía o banda sonora de la escena.
¿Dama un hombre?
Sí, cristiana,
que a no haberlo del oído,
aquí, este retrato tuyo,
que yo le he quitado a él mismo,
lo manifiesta.
¿Qué oigo?
El que eres mujer confieso;
pues siempre en las más, los celos
causan tales desvaríos.
Sea, lo que fuere: Yo
pues Alí favorecido,
vive en ese pecho, del pecho
con este acero, que vibro,
te le he de sacar.
Ya en esto
que eres mujer averiguo,
y no quisiera matarte.
Ese es miedo conocido.
No es sino lástima.
Tenla
de ti, que estragos fulmino.
Fuerza es matarla.
Batallan las dos y al tiempo salen Don Gerónimo, Don Pedro, Pernil y Laura.
Rompiendo
por los ataques, conseguimos
salir libres.
No tan libres,
que aquí dos moros diviso,
peleando.
¿Qué será?
Mátense como cochinos,
pues no nos importa.
Cae Fátima y Don Gerónimo se pone en medio.
¡Ay!
No le mates; pues rendido,
le ves a tus pies.
Levanta
moro, y a vos ¿quién os dijo,
que soy hombre, que en el suelo
le matara? Mas ¿qué admiro?
¡Don Gerónimo, Don Pedro,
Conde, Don Lope!
¡Ah, hados impíos!
Ya perdí la libertad,
y aun he de perder el juicio,
viendo la llaman don Lope.
¿Qué es aquesto?
Haber vendido
a este moro.
Tú, Lorenzo,
creí que no me habías visto,
pues no me has hablado.
Aparte a ella.
Lleva
prisionero, no cautivo,
a Ceuta a este moro, y haz
que el tratamiento debido
como a noble se le haga:
bella mora, no he querido
decir, por si es que te importa
que eres mujer.
Yo te estimo
esa atención.
Y ve en fe
de que se ha hecho empeño mío,
que tuyo sea Alí.
Esa palabra
te acepto.
Y yo la confirmo,
llévale luego.
Entranse Fátima y Laura.
Don Lope,
vuestros arrestados bríos
en gran riesgo nos han puesto;
pues en la lancha venimos
ambos con vos.
¿Qué decís,
don Gerónimo?
Y os vimos
entrar en el nuevo alcázar
del rey.
A haberlo sabido,
no hubiera salido yo
sin darle muerte: herré el tiro,
y a Amete, alcaide de Alcázar,
pues le di muerte.
¿Qué oigo?
Asombro...
Alzo...
En el margen derecho hay una acotación cortada en la encuadernación: "dentro [...] / tiros d[...] / y despu[...] / alguno[...]". Al pie de la página, el texto está cortado, dificultando la lectura de las últimas dos intervenciones.
no ser una misma la hace,
¿Aqueste hombre trae consigo
familiar, o es el primer
valiente, siendo un don lindo?
¿Qué decís, don Pedro?
Que
de la sospecha he salido;
y envidioso me ha dejado.
Pues ya llegan al recato
de los ataques los nuestros,
¿a qué aguardamos?
Dentro, disparando tiros, dice el Marqués y después sale con algunos soldados.
¡Invictos
españoles, al avance!
La voz de Valparaíso
es esta.
A él nos acerquemos.
Ya aquí él llega.
El cruel granizo
de tanta víbora ardiente,
tanto fuego arrojadizo,
no temáis, nobles soldados;
pues, despreciando el peligro,
el primero soy que expone
el pecho a su incendio activo.
A tu lado estamos, ¡a ellos!
Obre el esfuerzo prodigios.
Don Jerónimo, don Pedro,
decid, ¿cómo habéis salido
sin mi orden de la plaza?
Viendo a don Lope en peligro.
Basta, pues cualquier disculpa
agrava más el delito,
y por vida del Rey...
Moros dentro, voces.
¡Arma,
guerra, guerra!
El enemigo
se nos va acercando: vos,
don Pedro, con vuestros bríos
de ese costado a la gente
acalorad; y lo mismo
vos obraréis en el otro,
con vuestro valor invicto,
que en el cuerpo de batalla
don Lope queda conmigo,
haciendo de sus escuadras
fuerte y animoso invicto,
y vos, bizarro don Lope,
la vuestra haréis, y os prevengo
que hasta ver la artillería
nuestra, los dos la habéis visto
en los baluartes de San Pedro,
como aquel que el de San Pablo,
no den fuego; no nos abramos;
porque con el daño mismo
suyo, le habemos de dar
hoy el postrero castigo.
¿Y yo dónde me pondré?
Cerca, donde a dar os avise.
¿Cerca?
Mándeme ir a dar a Madrid el aviso.
Señor, no es razón ahora
que un delito tan sabido
delatar quiero, que aunque
fue contra mí el que se hizo,
fue contra la Real Corona
también; porque a un mismo tiempo
don Pedro, y don Jerónimo,
con cautelas de un aviso
falso, intentaron matarme.
Solo yo fui el que atrevido,
falso don Lope te busco
para acabar mi delito.
Don Lope es un fementido,
y yo busco mi venganza.
Basta, por ahora, y al campo;
que el furor del enemigo
se acerca ya a las trincheras.
Dentro.
¡Avanza, avanza a los muros,
toca arma!
Toquen a un mismo
tiempo nuestras cajas, ¡arma!
A los ecos de las cajas entra Audalla.
Valiente don Lope, invictos
españoles, retiraos;
que Muley, el inhumano
monstruo, previno hornillos,
con que volar este foso
tiene intentado; retiraos.
Ya en don Lope esto es delito.
Sin duda de ello ha sido
sabedor.
Don Lope, presto,
¿cómo es esto?
Yo me admiro.
A él no le culpéis, pues
lo que tiene puesto hornillos
Muley de la plaza fue,
estando el campo dormido.
¿Quién eres, pues procuras
salvar los riesgos?
Soy el mismo
a quien don Lope dio muerte,
y a quien también restituyó,
dando de su valor signos,
a la libertad; Audalla
soy, que con agradecido
pecho en tan fiero riesgo,
pudiendo un asombro esquivo,
o sombra funesta suya,
hacer de esto a todos sabios.
Que me libró, es mi valor.
¿Quién creerá prodigio
semejante? Ya que te hallas
en nuestro campo, no has visto
este riesgo a qué hora intentan,
o de dar fuego a estos sitios,
o el dar avance a la plaza?
Viendo desde aquel macizo,
que hace la seña el tambor,
dar fuego Muley ha dicho
a los hornillos, y a un tiempo
hacer un asalto invicto.
Pues yo el asalto le espero.
No puedes, y solo arbitrio
para tu salud es este,
toca a retirar.
Me admiro,
pero no hay ya en que dudar,
que esto importe es conocido;
toca a recoger, y diles
a aquellos que están prevenidos
a nuestra estacada dentro
del muro.
Dentro.
¡Avanza!
¿Qué he oído?
¿Prisionero? Vueselencia
perdone, que si el abismo
abortara furias, yo
le he de librar.
El Marqués hace seña con un lienzo y vuelven a salir Muley Audalla y Moros, y peleando se retiran los cristianos, y Audalla queriendo detener a Muley y este resistiéndose, le coge de la mano y en una apariencia le lleva sobre donde están sus pontones, y volviendo a salir puestos en fuga los cristianos, a los pasos estallarán los hornillos, y disparados vuelan algunos moros, cuyos cuerpos estarán imitados, y los cristianos se entran antes del fuego.
Ya di aviso
a los artilleros, solo
la fuga es medio.
Seguidlos.
Que huyen.
A ellos.
Detente,
no pases de aquí.
Impedirlo,
intentas en vano.
Pues
no quieres creer mis avisos,
sea la violencia quien
te asegure del peligro
de esta suerte.
¡Qué portento!
¡Traición, traición!
Mas, ¿qué miro?
Desde esta colina, ahora
ve, si es incierto el destino.
Reniego del gran profeta,
y reniego de mí mismo;
pues abortando la fiera
volcanes, lo más lucido
de mi campo, es ya del viento
abrasado desperdicio;
mas, puesto de esta fiera
traición vil, mi coraje cruel espera
tomar satisfacción, y pues montada
está la artillería
sobre aquesos pontones, y asestadas
las piezas de batir para este intento,
¿no ha de hacer, ¡oh, la venganza mía!,
que demuela su gruesa artillería
los fuertes baluartes
de San Pedro y San Pablo por dos partes?
A vuestra invencible osadía,
contra la plaza cruel,
han de medir con la tierra.
Hace seña con un lienzo.
y pues que preeminente
me veo a los pontones, a mi gente
haré a esta seña mía,
que empiece a disparar la artillería.
Ya tu seña notaron y ya empieza
la batería.
Tema mi fiereza,
pues Nerón me apellida ya africano,
vamos, Audalla.
¡Oh, si a la magia mía
obrar dejaras!
Yo lo haré algún día.
Disparan de un lado del tablado a otro unas y otras piezas y, después de haberse entrado Muley y Audalla, dicen dentro las voces que se sigue y saldrán inmediatamente el Marqués, don Pedro, Leonor, Laura y soldados y dejan de disparar.
Dentro.
A la invasión que nos hace
el infiel, nuestros cañones
correspondan.
Dentro.
Y los dos
baluartes se coronen
de gente, por si es que asalto
intenta dar.
Que lo logre
es imposible, soldados;
pues además de que corre
su defensa, y ha corrido
con tal valor por los nobles,
eclesiásticos, mandados
y gobernados por orden
de su ilustrísimo obispo
de Ceuta, en las ocasiones
de diferentes asaltos
que dio a la plaza disformes
el enemigo, ahora menos
creerse puede, que se arroje
a nuevo asalto, supuesto
que es fuerza los incomode
el rebellín, que se hizo y
cuyas fortificaciones
le impiden cualquiera avance.
Es un resguardo enorme
que a los baluartes de bronce
horas, que los cañonea,
sin que brecha abriese.
Donde
han hecho notable daño
sus continuas municiones,
es en la iglesia mayor,
y palacio.
Despicose
el moro de nuestra empresa,
mas ha sido a mucho coste
suyo; pues de alarbes cuerpos
lleno el campo se conoce,
solamente los hornillos
(según han corrido voces)
le valieron más de mil
moros.
Verlos era entonces
gusto subir por el aire
hechos pedazos.
Logróse
felizmente la salida,
mas los moros no suponen,
aunque tres mil sean los muertos,
a tres tan fuertes campeones
como prisioneros quedan,
que aunque quién son no se ignore
fuerza es que los nombre, cuando
voz de su fama es el bronce;
don Lorenzo de Ripalda
es el uno, a quien su noble
valor le mereció el puesto
que ocupaba con honores
hoy, de sargento mayor
de batalla, el otro
es el capitán Urbina;
cuyas hazañas a voces
aclama Ceuta, el otro,
aunque el último le nombre
el primero que en proezas
aquesta plaza conoce
a Gerónimo Marín
Maestre de Campo.
Pícole
el alacrán, y así habla
con pasión.
Fuerza que apure,
que la pérdida es muy grande
en tan esforzados hombres,
mas teniendo aquesta plaza
(como todos reconocen)
tan valientes capitanes;
cuyas hazañas, mayores
no ha obrado hasta aquí ninguno,
de cuantos celebra el orbe;
desconfiar no se debe
de ellos, ni de vos, don Lope,
que a la primera salida
que hiciéremos, aunque logre
tenerlos cautivos hoy
el moro en duras prisiones,
que mañana han de ser,
sin que nadie nos lo estorbe,
o que se libren a golpe,
o con la espada se cobren.
Dice muy bien Vuescelencia.
La dilación no malogre
nuestro deseo.
Ocasión
buscaré, en que el valor obre:
tú, moro, cuán noble eres,
según las estimaciones,
que hace don Lope de ti,
si a quien eres correspondes,
di qué hay de nuevo en el campo
de tu rey.
Nada que ignore
Vueselencia decir puedo;
pues sabe, que se compone
el ejército africano
de más de veinte mil hombres,
y cada día le entran
ya de turcos, ya de etíopes,
ya de moros, siendo esto
quien causa más su desorden,
pues que los mantenimientos,
y pagas faltan, conforme
a la gente que se alista,
y si ahora no le socorre
Fez, a quien un donativo
pide grande, corren voces
que Muley levante el sitio,
o se pierda.
Entre los versos "o se pierda." y "No supone" aparece tachada la acotación "la piedra con la carta".
No supone
en nada, para mi intento
su noticia, que no logre
yo algún medio, de dejar
castigado a aquel enorme
¿Bashaw infiel? Mas ¿qué es esto?
En una piedra cae al tablado un pliego. Levántale Laura y se la da a Leonor.
Que hecha postillón al trote
un pliego esta piedra trae.
Sí será aviso que importe.
No hay duda; pues esta letra,
que es de Marín se conoce.
Al Marqués de Valparaíso
dice.
Lee.
La nema ya rompe
mi gozo: su contenido
dice así en pocos renglones.
Pongo en noticia a V. E. cómo este bárbaro rey tiene pública
para mañana un festivo general banquete en honor y culto
su falso profeta; paréceme que no puede haber ocasión más o-
tuna, para hacer una salida de esa plaza, con el designio
arruinar todas las operaciones de sus ataques, y poner en a-
lternación su campo: V. E. obrará con su gran talento, lo que
fuere más del servicio del rey nuestro señor, y exaltación
de sus católicas armas: el Maestre de Campo D. Jerónimo Marín.
Parece que con mi intento
este aviso corresponde,
ya me puedo desquitar
de las fieras invasiones
que de lo que se dispone,
se guarde secreto.
De ello
palabra damos conformes.
Yo la tomo. Vamos, pues,
que ocultas las prevenciones
haré para la salida.
Eso conviene.
Vanse.
Don Lope,
escuchad.
Fátima hermosa,
si es pedirme que te otorgue
segunda vez la palabra,
que te di, el temor depones;
pues habiéndome contado
más con lágrimas que voces
que a Ach.º veniste siguiendo,
y que tantas atenciones
te debe, ya se hizo en mí
empeño su amparo, porque
mujer que pide llorando,
pide mandando en un noble.
Eres mujer, y en ti es
propia la piedad.
No borres
con un error cuanto en mí
vencieron tus aflicciones,
¿yo mujer?
Mi error confieso;
y te pido que perdones
aquesta incredulidad,
en que vacilan aún torpes
mis ojos, y mis oídos.
Cuando algunas persuasiones
te puedan hacer, debías;
pues yo te mantengo hombre
con todos, crédito dar
ya a lo que miras y oyes.
Entróse Fátima y retíranse.
Apurarla más no intento
que me está mal que se enoje
una fiera crueldad tirana.
Dentro voces de lamento, y después sale Muley con una lanza ensangrentada, y juntamente salen Alí, Audalla, don Gerónimo y presos.
su sed apaga con la sangre humana.
¡Qué rigor!
¡Qué fiereza!
Blasón más que bajeza
es, míseros cristianos,
rendir las vidas a mis nobles manos
en culto del profeta a quien adora
del orbe la más parte, que el sol dora,
y en odio vil morir de vuestra vana
supersticiosa religión cristiana.
Con este fresno herrado
batiendo los ijares, aun forrado,
bruto veloz, que parto fue del viento,
su último estrago consiguió mi aliento.
No hay deleite en mí alguno, sino cuando
crueldades estoy ejecutando.
Este es rigor, Alí, y aun es afrenta.
Templar su indignación está a mi cuenta.
¿Qué es lo que haces, señor?
¿No adviertes que cruel derogas
los fueros de la piedad,
que es la que a un rey más corona
que el real círculo dorado
que de carbunclos se adorna?
Repórtate.
Arroja la lanza.
¡Moro aleve!
¿Cómo atrevido te arrojas
a reprenderme, sabiendo
que rayo soy, que destroza
cuanto encuentra? Vive Alá,
que haga con tu persona
lo que con ellos; mas porque
conservarte así me importa,
este que fue el instrumento
de mi ira, al viento le arroja
mi furor, por no asestarle
intrépidamente contra
tu pecho vil.
Ponzoñas
y sabandijas aborta,
en vez de víboras.
En el margen superior se lee "19 / 32"
Como
con tus favores me honras,
me atreví.
Pues no te fíes
de esos, que no me reporta
lo cruel a afecto ninguno,
ni pasión por vanagloria
lo repito; pues bien sabes,
que idolatrando entre otras
bellas africanas, una,
la más hermosa de todas,
porque quebrantó el precepto
de cortar vanagloriosa
un clavel de una maceta,
reservada a mi persona,
casi estando para dar
a luz a cortas auroras
opimo fruto, que era
de los dos prenda amorosa,
en una prensa la hice
poner, y a vueltas muy pocas,
infante y madre a mi vista
se vieron ajadas rosas.
Obró muy bien, en hacerlo;
pues parecen unas diosas
las mujeres aprensadas.
¡Qué crueldad tan rigurosa!
Andalla.
¿Si habrá tenido
efecto el pliego?
A mi honda
y tintero de fornillo
se deberá, si se logra,
por si alguno lo ha olvidado.
Que hablara Muley a solas
con Andalla; pero darme
más cuidado debe ahora,
ver a Fátima cautiva,
que aunque a Leonor mi fe adora,
lo he sentido.
En el margen inferior derecho hay un reclamo a la siguiente página: "Anda. digo que"
con mi magia prodigiosa;
(pues te subo en ello) haré,
que arda Fez segunda Troya
al conjuro.
Así vengado
quedaré, de su traidora
ingratitud, si me negare
(en ocasión tan forzosa)
el preciso donativo,
que le pedí, mas la hora
en que la he de ver arder
abrasada mariposa,
es cuando esté en el banquete
para lograr de esta forma,
el ser segundo Nerón,
como el África me nombra;
pues si él pulsando la lira,
celebró con la sonora
armonía de las cuerdas,
el ver abrasar a Roma,
yo con la cadencia dulce
de mis damas armoniosa,
y a un tiempo con los manjares
que el apetito sazona,
celebraré ver arder
a Fez en su llama propia.
Veráslo así ejecutado
Señor, en la misma forma,
y aún haré, que al ver su incendio
sus tristes lamentos oigas;
aunque lograrlo pudiera,
pues no hay imposible cosa
reservada a los impuros
espíritus, que se postran
a mi obediencia, fue Fez
oriente a mí, infante aurora,
y siendo mi patria, fuera
ingratitud rigurosa,
y así, solo con la vana
apariencia hace, que en sombras
la vea arder.
¿Alí, se ha obrado
lo que te mandé?
Aparte
En la forma
que ordenaste, destroncadas
quedan sus cabezas:
todas
son crueldades en él.
Dentro instrumentos
Ya
convocando están sonoras
las cláusulas al banquete.
Y tus bellas damas prontas
a él a conducirte vienen,
esparciendo puras rosas
para el suelo.
Salen dos moros y sobre la alfombra tienden unos manteles y ponen almohadas, y después salen las moras damas arrojando rosas por el suelo y Luna sirviendo.
Ya, señor,
el mantel cubre la alfombra,
siéntate a comer, que en tanto
suavizaremos nosotras
el viento con nuestra acorde
armonía sonorosa.
¿Cristiano?
¿Qué es lo que mandas,
señor?
Pues el puesto logras
de ser maestre de campo,
quiero que conmigo comas
a mi mesa.
En un cautivo
indigna fuera la honra,
no me he de sentar.
Por vida
del rey de España, que ahora
te has de sentar.
Aparte
En su nombre
me siento.
Aquella lisonja
presto llorarás.
A mí
también sentarme me toca,
que como bien advertiréis...
pipián, saíno, y mazamorra.
Quita, villano.
Usted tenga,
que no hay comida famosa
adonde falta pernil,
y yo lo soy, si lo notan.
¿Tú eres pernil?
Y por serlo,
temo, que aquí me hagan lonjas.
En pie comerás.
Así
llenaré mejor la alforja.
Siéntanse en las almohadas Muley, Alí, a Genaro, y al tiempo se oyen voces dentro y van sirviendo platos.
¡Viva Muley!
¡Viva, viva!
¿Qué es esto?
Que tu persona
aclaman, agradeciendo
el real banquete que logran.
Vosotras cantad, y tú
lo que me ofreciste obra,
anda, arda ya. Ministros míos
en fin, idas, vanas sombras.
Tómense unos bastidores y se verá arder una ciudad, la cual esté pintada en un lienzo transparente, de suerte que se ejecute al natural el incendio, y cantan al tiempo las damas moras.
Cuando de Cupido
la llama amorosa,
que halaga abrasando,
del alma se apropia,
a fuego, a fuego, fuego tocan
en el pecho las ansias,
que arden gustosas.
Dentro voces.
¡Fuego, fuego!
¡Qué desdicha!
¡Qué lástima!
¡Qué congoja!
Nunca he empleado más bien
vista y oído, qué gloria
es oír aquel lamento,
es ver que se arda Troya;
mas, ardiendo aún arde menos,
al fuego, que a mí se apropia.
Al beber se incorporan todos y toca el clarín y cesa de beber.
¿Si será vino?
Pues, ¿qué había de ser?
Aloja
de danzantes; mas ¿le beben
los moros?
Como las moras.
Para hacerlo, del gran turco
sin duda que bula toman.
De amor al incendio
hechos mariposas
son los albedríos,
quien la llama ronda.
A fuego, a fuego, fuego tocar,
que del se abrasan las almas,
y se enamoran.
El postrer plato.
Aquí está.
Sale un moro con una fuente en que trae dos cabezas cubiertas con un tafetán.
Al descubierto te toca,
a ti, a quitar... así.
Ya lo hago,
¡el cielo me valga! Toda
mi constancia he menester,
para sufrir tal deshonra.
¿Conoces estas cabezas?
No quieras que las conozcas.
De Don Lorenzo Ripalda
es la una (¡cruel!) y la otra
es de Don Pedro de Urbina.
Mi saña reserva ahora
tu cabeza, en tanto, que
aquesta cuchilla corva
con la de Valparaíso
entrambas cabezas corta.
No es fácil, y a ser posible
que de persona a persona
me lo dijeras...
Villano,
como atrevido te arrojas...
Dentro ruido de guerra, y tocan a arma y sale el Moro 3º.
¡Arma, guerra!
Al final de la página aparece "Pern. Zumbilicario / es pliego." escrito sobre el sello, posiblemente siendo un reclamo o aviso de fin de pliego.
Zumbilicario
es pliego.
¿Qué es esto?
Toda
nuestra campaña se inunda
de corazas españolas
e infantes, y ya avanzando
a nuestros ataques, logran
desalojar nuestra gente
de ellos, con fuego que arrojan
sus granaderos.
¿Qué escucho?
Esto nuestro ocio ocasiona,
pero presto castigar
sabré arrogancia tan loca,
seguidme.
Quita el alfanje a un moro y Pernil a otro.
El primero yo.
Pues me hace mi gente escolta,
seré con aqueste acero
quien a tu saña me oponga,
de esta suerte.
¿Y mondo acaso
yo nísperos, o zanahorias?
A vil cristiano matalde.
¡Muera!
No es fácil.
Éntranse retirando a Don Gerónimo y a Pernil, y dentro dice el Marqués lo que se sigue y después salen Don Pedro, Leonor, el Marqués y cristianos. Salen.
Dentro.
Ahora
fuego al hornillo se dé.
Dentro.
Efecto ha hecho, pues las obras
del segundo ataque ya
se ven arruinadas todas.
Pues al tercero, y granadas
lluevan.
Arrojan granadas y de los ataques disparan los moros.
Los que le coronan
volcanes disparan.
Nada
contra nuestro esfuerzo importa;
al avance.
Salen Don Gerónimo y Pernil.
Para darle
ya a vuestro lado me logra
Vueselencia.
Y a Pernil
alcalde de Valdeorras.
Don Gerónimo, los brazos.
midad.
No, señor, que agora
de ellos necesito para
que obre el valor.
Nuestras tropas
el moro viene cargando,
a rechazarle, que es poca
nuestra gente.
Éntranse por una puerta y por otra salen Muley Alí, Abdalla y moros, y pues vuelven a salir los que entraron y se dan batalla, retirando a los moros, y después que se ha lidiado algo de la batalla, salen el Marqués, Don Gerónimo, Leonor, Don Pedro, Punil y cristianos con dos banderas.
Ea, africanos,
a ellos.
¡Viva Mahoma!
Batalla.
¡La fe viva!
Muera aquesta
canalla.
Aunque de rota
llevamos al enemigo,
el retirarnos importa,
que la multitud de moros
malograrnos la victoria
puede.
A retirar, soldados.
Dentro, voces.
A retirar, que nos cortan.
Pues en señal de que habemos
conseguido aquesta gloria,
de ganar hasta el tercero
ataque suyo, se pongan
en estas filas dos banderas
con las armas españolas.
Poner las banderas en las puntas del tablado.
Yo lo apruebo, en fe de que
estos bárbaros conozcan
que volveremos por ellas.
El triunfo de hoy a la Aurora
del África le debemos,
a quien en Ceuta devota
rogativa el clero hace.
Pues dándole a ella la gloria,
marche a la plaza la gente.
Y al son de cajas y tropas,
digan las voces que viva
la fe.
Tocan cajas, clarín.
¡Viva victoriosa!
Laudes.
Página en blanco. Solo se aprecia la tinta traspasada del lado opuesto del folio.
En el margen superior izquierdo y de forma muy tenue se lee "Jesús, María, Joseph" y bajo ello, en un recuadro, una acotación apenas legible que parece decir "Salen Alí y Fátima". En la esquina superior derecha aparece el número "36". El texto pálido del cuerpo de la página corresponde a tinta traspasada del vuelto del folio.
Tercera jornada.
De la primera parte del Africano Nerón: Mu-
ley sitiador de Ceuta.
Página en blanco. Solo se aprecia texto calcado de la cara opuesta y un número 5 manuscrito en el centro.
Jesús, María, José.
Salen Alí y Luna.
En el manuscrito original, bajo "Luna" aparece tachado "Fátima".
Descrédito es de tu fama,
y de tu valor desdoro,
viendo a Fátima cautiva,
que no procure tu arrojo,
libertarla.
(Aparte.)
Cesa, Luna,
de acordarme ahora lo propio,
que noble olvidar no puedo;
la crueldad del rey estorbo
es, para no declararle,
(para no motivar su enojo)
que está en poder del cristiano
Fátima con el embozo
de Celín, por si lograse
con algún canje oneroso
la restituya; mas es,
para que si de ello le informo
con ella me ha de obligar,
a que me case, y malogro
la esperanza de que sea
mía Leonor, al soborno
de darle libre a su padre,
lo cual conseguir dispongo
muy presto.
Cuando te acuerdes
de lo que la debes, ¿cómo
te olvidas de lo que a mí
me debes?
¿Pues en qué modo
de ti me olvido?
Dejando
que en esta línea, ¡oh demonio!,
que fabricando Muley
esté con tan presuroso
afán, sea yo peón,
digo que la plaza intentes
acometer, y a tu gloria,
y aumento mío verás,
antes de muy pocas horas,
por la magia, si mi acierto,
y tu valor me coronan.
Que al banquete se prepare
todo.
Será en poca
detención.
Fátima mía.
Señor.
Hablándola aparte, de suerte, que Alí les vea el ademán.
Alí, no la oigas.
¿Estás del cristiano?
Amante.
Mira, que Alí de celosa
ansia perece: manténle
el engaño.
Esa es mi gloria.
Aparte.
A mí, mirando, hablar
los dos, presunción notoria
es de quererme ofender,
si la envidia, o si la lisonja
se han unido en Muley.
De mis celos me recato
para ocasión más forzosa.
¡A las damas! que yo en tanto
prevenido de las sombras
de Acheronte que me asisten
llegaré.
Señor, perdona.
Vase.
Andalla, la mesa asistan
los presos.
Oírle provoca
temor. Aquí están.
Salen Don Gerónimo, y Pernil encadenados.
Rigor,
pues que de mi honor te mofas,
el morir es mi recurso.
¿Y a qué, el almorzar en forma?
Manda que den de almorzar
a ese bellaco.
A mi olla
En el margen derecho se aprecian restos de letras apenas legibles, cortadas por la encuadernación.
su crueldad más ocasiono;
pues maestro he sido de ellas.
Señor, piedad.
Ya dispongo
tenerla ahora de ti,
mas ha de ser de este modo.
¡Hola!
¿Qué mandas, señor?
Que con el cadáver propio
a quien di muerte, a ese aleve
se haga atar, porque al penoso
horror del difunto venga
a morirse poco a poco.
Mayor rigor hay.
Di, ¿cuál?
Que premiarte te propongo,
si extraño fuere.
Es atar
a un discreto con un tonto,
o para que se consuman,
que ande un poeta con otro.
Llevadle.
De tu impiedad
me vengue Alá poderoso.
Llévanle.
Tarde será eso: que habiendo
hecho a la plaza notorio
con un trompeta, que aún
en nuestros ataques propios
se conservan sus banderas,
por ver si así los provoco
que vengan a restaurarlas,
para vengar yo mi enojo,
no me hayan respondido, pero
¿qué clarín puebla sonoro
el aire?
Tocan dentro el clarín y sale el Moro 2.º.
Un cristiano ahora
llegó al campo, y el forzoso
salvoconducto pide
para hablarte.
Yo le otorgo,
que llegue: ¿qué intentará
el gobernador?
Bien pronto
puedes saberlo; pues ya
huella el cristiano este coto.
Salen Pernil y el Moro.
Aparte.
A ti, Muley Ismael,
Rey de Mequínez glorioso,
el marqués de Valparaíso
e invicto caudillo heroico
de Ceuta, salud te envía,
y agradecido en retorno
del aviso que le diste,
de que en tus ataques propios
aun mantienes las banderas,
que el deseo vanaglorioso,
en señal de que a arruinar
las obras logró su arrojo,
hoy a llevárselas vuelve:
de esto te hace noticioso,
porque no digas que fue
traición después, el que ocio
fue, o descuido de tu campo,
que en militar duelo honroso
los ardides de la guerra,
no son tratos alevosos:
como lo estudié, lo he dicho,
pues si no, como abalorios
ensartara disparates,
unos grandes y otros gordos.
Cristiano, a Valparaíso
dirás que lo que respondo,
es que en campaña le aguardo.
Mas parece te conozco;
¿no eres Pernil tú?
ven acá, ¿no eres criado
del que traidor y alevoso
se huyó de mis reales?
Bueno.
Usted me tiene por otro.
Lo fui,
mas ahora soy solomo.
pues asado en una lanza
pasto serás de mis dogos,
a no recatarte el salvo
conducto.
fuera mal como.
con una emboscada aguardo
del cristiano el fiero arrojo
castigar: vamos, que presto
el tiempo nos dirá el modo.
Éntranse y se queda Pernil.
Voces dentro.
En buena, Pernil, te has visto,
¿yo pasto de dogos? Voto
a la mitria de Pilatos,
que a poder vengar mi oprobio,
diera a este perro zarazas;
pero ya a campar los trozos
de caballos y de infantes
nuestros, la campaña noto,
y Valparaíso llega
aquí, diciendo.
Salen el Marq., Leonor, D. Gerónimo, Don Pedro, y Fátima en traje de cristiano: Laura y soldados.
Famosos
capitanes y soldados
pendiente está de vosotros
la reputación de España,
crédito se hizo de todos
recobrar nuestras banderas;
pues nos provoca a ello el Moro,
lo que el gozo huyó de un triunfo,
enmiéndelo ahora el arrojo;
voluntario fue el fiarlas,
y cobrarlas es forzoso,
y tanto, que todo el resto
de nuestro ejército heroico
nos es fuerza, empeñar.
Yo
a Vueselencia en retorno
de haberme su Majestad,
honrado (como es notorio)
con el puesto que vacó
(su muerte infeliz aún lloro)
de don Lorenzo Vipalda,
una bandera no solo
restaurar ofrezco.
Ved,
don Jerónimo, que hay otros,
que también recuperar,
la otra sabrán.
Más que a todos
a mí me toca; supuesto
el arbitrio he sido solo,
de dejar en los ataques
las banderas.
No me opongo,
a que vos seáis, don Lope,
quien logréis la empresa; el odio
que le tuve, su valor
me trocó en afecto.
Vanse todos.
Solos,
don Lope, estamos acá.
¿Tú en este traje?
El soborno
pudo darme este vestido.
¿Pues qué intentas?
Ver si logro
hallar a Alí en la batalla;
que ingrato, y alevoso
no intentado mi rescate,
que se ha olvidado, es notorio
de mí; he de castigar
su ingratitud.
Ese arrojo
es muy hijo de tus celos;
pero en mi lealtad forzoso
es estorbártele.
Ten
que en impedirlo, conozco.
En el margen superior derecho: 4 / 40
que es desconfiar de mí,
y hago a Alá solemne voto,
de no pasarme a mi campo
¿Eso me responde el moro?
Eso respondió, y me quiso
hacer pasto de sus dogos.
¿Por gallina?
Peor fuera
por capón.
Pues yo te tomo
la palabra.
Voces dentro y tocan a arma.
Arma, arma, guerra.
Tí, lí, lí, lí.
Ya los moros,
vienen avanzando.
A ellos,
avancemos pues nosotros
espada en mano.
¡Santiago!
¡Mahoma!
¡A ellos!
Salen Muley, Andalla, Alí, Fátima y moros.
Valerosos
africanos, hoy el día
ha de ser nuestro, en oprobio
de los cristianos.
No es fácil,
bárbaro e infiel.
Danse batalla, y los cristianos entran retirando a los moros.
Qué mondongo
tan bravo ha de hacer el diablo,
de la sangre que en arroyos
de los moros van vertiendo
los nuestros; aquí un bitoro
cristiano una tropa viene
acosándole, el socorro
no me toca, que no soy
toreador: soleta tomo
y venga lo que viniere,
que esto es lo mejor.
Éntrase y sale Leonor con la espada en la mano.
A todos
En el margen superior izquierdo aparece una letra "P"
los batallones rompiendo
al tercer ataque logro
llegar, la bandera erecta,
y sino de seda airoso
serenidades anuncia,
diluvios flechan de plomo
los que le guarnecen: pero
a restaurarla me arrojo
a pesar de tanto incendio.
Habiendo disparado desde el ataque algunos tiros llega Leonor y toma la bandera y salen algunos moros a impedírselo.
Primero serás destrozo
de nuestras iras, que logres
ganar ese real despojo.
Muera.
Si lloviera el mismo
cielo hombres como vosotros,
me la he de llevar.
Matalde.
Difícil es: mas, qué oprobio.
Caí, perdiendo de la mano
el triunfo, que ya malogro.
Cae Leonor perdiendo de la mano la bandera y a este tiempo sale Don Pedro.
Muera.
A buen tiempo llego.
Don Lope, alcaide, mientras cobro
la bandera, que perdisteis.
A ellos, Don Pedro.
Pelean con los moros y los hacen retirar.
Es cada cual uno.
Ya es en vano
la resistencia en nosotros.
Retíranse.
En fuga se han puesto.
Y yo
a vuestras plantas, pues logro
la vida, que os debo.
Aun más
me habéis de deber.
Ignoro,
qué ser puede.
Este trofeo,
que a pesar de tanto aborto
En el margen superior derecho: 5 y 41.
de arrojadizos volcanes
pudisteis ganar brioso.
Vos restaurarla ofrecisteis,
yo no, y en mí fuera oprobio,
por apropiarme a mí un triunfo
enajenársele a otro;
tomad la bandera.
No
he de tomarla.
Es ocioso,
por vida del rey, que habéis
de recibirla.
La tomo,
constituyéndome esclavo
vuestro.
Mi amigo sois solo.
Óyese batalla dentro y, saliendo Don Jerónimo, se lleva la otra bandera y se entra.
(Dentro)
Mal de mi esfuerzo podéis
restaurarla ya.
¿Qué oigo?
La voz de Marín es esta,
en algún riesgo le noto.
Pues el tafetán al cuerpo
me ciño y el asta arrojo.
Vamos allá.
Quita el tafetán del asta y se le ciñe al cuerpo, y entre tanto no dejan de oírse ruido de espadas, y entrándose salen Fátima y Alí.
Vamos.
Dime,
¿qué es lo que intenta tu arrojo,
sacándome de la lid?
¿Cristiano?
Darte, vil moro,
ingrato, mal caballero,
la muerte, porque engañoso
a una dama has olvidado,
a quien debes, entre otros
favores, el de seguirte,
abandonando el decoro
suyo a este sitio.
¿Qué miro?
Esta es, no hay duda, pues ¿cómo
tu forma en este traje...?
En el margen derecho superior: entra D Geronimo y =
no preguntes, alevoso,
el modo, sino prevénte
a la batalla.
El hermoso
enojo depón.
No es fácil,
que ha de llevarte mi arrojo
cautivo, porque padezcas
lo que padezco en oprobio
de tu valor, pues me tienes
prisionera.
Pues que logro
verte libre, ¿qué más dichas?
Vente conmigo.
Es ocioso
tu intento, que he de matarte.
Ya es cruel rigor, ese odio
con quien te adora: engañarla
fuerza es.
Mientes, cauteloso
enemigo, que a Leonor
es a quien quieres.
Tus locos
celos no malogren ahora
tu libertad con tu enojo.
Dentro voces.
¡Arma, guerra!
Mira, que
ya cargando el grueso todo
del cristiano, a aquella parte
viene.
Eso es en mi abono;
pues pasándome a él, te dejo
con el baldón vergonzoso,
de, siendo mujer, pude,
arrestada, rostro a rostro,
decirte mi sentimiento,
y no admitir en mí
cautiverio, ni libertad
que no te debo a ti propio.
Entrase.
Aguarda, espera; mas ya
se ha incorporado su arrojo
con los cristianos, y puesto
que otro desquite no topo,
su estrago he de ser.
Entranse y salen el Marqués, don Jerónimo, Leonor, Pedro y soldados.
¡Soldados
gloriosos,
para el crédito de España
volvemos!; pues nos vemos tan gozosos,
estoy, que entrambas banderas
se han ganado.
La una pongo
del rey a las plantas reales.
Y yo esta mía le postro.
Pues a la plaza, que temo,
que alguna emboscada el moro
nos tenga puesta.
A la plaza.
A la plaza.
Pase la palabra a todos.
Entranse y salen Muley, Abdalla y Alí, Luna y moros.
De mi fortuna reniego,
que permita aqueste oprobio
Alá en mis armas.
Su fuga,
sigamos.
Yo dispongo;
pues la emboscada que puse
no ha tenido ningún logro,
mas aunque lo impida el cielo
y sus astros rigurosos,
a su pesar ha de entrar
en Ceuta mi ira, y no solo
triunfo ha de ser de mi esfuerzo,
mas la ha de abrasar mi enojo.
Entranse y salen Pantuflo y Laura, haciendo posta.
Posta hacer nos ha tocado
en la muralla a los dos,
y ya de andar, ¡vive Dios!,
que me veo despeado.
Un hombre se ha de quejar
de andar; si fuera mujer,
¿qué hiciera?
Mostrar placer,
que ellas rabian por andar.
Dele eso; y vea que el mundo
todo lo muda, y disfraza,
pues exequias esta plaza
hace hoy por Carlos Segundo,
con fúnebre pompa y llanto
por rey, que en el cielo está,
las hace.
Cierto es que está allá
que fue Carlos un rey santo.
Iguales hace sus leyes
la muerte con todos.
Es,
aun más que obediente, pues
se mueren hasta los reyes.
Suena la sordina.
Mas las sordinas avisan,
que ya el funeral fenece;
pues a la plaza de armas
en filas formada viene
nuestra gente.
Y arrastrando
traen las banderas, que fieles
sus vasallos a tal rey
le batieron tantas veces.
Tocando la sordina y tambor atraviesan el tablado el Marqués, don Gerónimo, don Pedro, Fátima, Leonor y los soldados que se pudiere vestidos con casacas negras y sombreros de plumas, y pasan arrastrando las banderas y picas.
Con qué profundo silencio
caminando van.
Parece,
que su dolor pavoroso
hoy los corazones hiere.
Si este llanto no enjugara
nuestro sol que ya amanece,
¡qué infeliz España fuera!;
pero ya invicto rey tiene,
que unirá a nuestros leones,
los reales lises franceses.
Hoy le ha de jurar la plaza;
pero, ¿qué clarín es este?
Tocan un clarín y sale un soldado.
Aunque distante se mira,
gallardo un moro parece
que señas hace de paz,
ya reparo, cómo advierte,
no se le responde.
Entrase el soldado.
Aviso
al marqués de esto se lleve.
Yo iré al punto.
Un caso a otro
en un instante sucede.
Esa objeción pondrá quien
en la comedia no advierte,
que lugar, tiempo o distancia
no se da, y que no se pueden,
mudar los gobernadores
según los casos presentes.
El marqués llega.
Salen el Marqués don Jerónimo, don Pedro, Leonor, Fátima y soldados.
¿Qué es esto?
Verlo vuestra excelencia puede.
Con la voz de un clarín que asusta el viento
un arrogante moro al muro llega,
en un bruto que al sol bebe el aliento,
negro lunar o sombra de la vega.
¿Qué puede ser del bárbaro el intento
que sin seguro a tal acción se entrega?
De parte de su rey algún partido
vendrá a pedir.
Alabo lo atrevido.
Habiendo tocado el clarín, entra por el patio en un caballo negro Muley.
¡Ah, del muro!
¿Quién llama?
Quien pudiera,
ser conocido en su impaciencia ardiente
de llegar sin seguro, que no espera
pues le tiene en su cólera valiente:
Muley Ismael soy, de Alá primera
emulación en el poder y gente,
y el que a vuestro caudillo invicto llama.
Ya te escucha el que asunto es de la fama.
Pues sabed que la línea ya acabada
tengo a mi campo, el cual fortificado
con ataques, con foso o empalizada
un espín de saetas es armado,
y que vuestra defensa bien frustrada
vuestro fin a que espera denodado
espera a que mi cruel enojo ciego
entre la plaza airado a sangre y fuego.
Si a Ceuta no rendís algún partido
que ofrezco haceros, al primer amago
de mi justo rigor enfurecido
llorará su infeliz último estrago:
a merced la rendid del advertido
consejo que os previene aquí mi halago
porque si llego a desnudar la espada
la veréis reducida a polvo, a nada.
Ceuta es mía: ya ha llegado el caso;
pues benévolo astro me predice,
ha de ser mía, luego que a su Ocaso,
llegue el segundo Carlos, rey felice
pues glorioso se mira al mismo paso
que en su menor edad murió infelice
mentir no puede el cielo Ceuta es mía
sin rey se ve su excelsa Monarquía.
No pases más adelante
bárbaro rey, que ya tiene
heroico Monarca España,
que entre sus ínclitos reyes
es quinto Planeta suyo,
porque a Marte represente,
y porque mejor lo creas,
verás, si es que te detienes
ocupando al bruto el fuste,
y afirmado en los borrenes,
su aclamación.
Verla quiero.
Córranse los bastidores y se verá un retrato del rey a caballo y a sus pies algunos moros rendidos en el suelo con cadenas.
Que nuestro rey Filipo es este,
que a sus plantas aherrojados
a la cadena ya tiene
a tanto alarbe moro.
La aclamación ahora empiece.
Oíd, oíd, atended,
soldados, nobleza y plebe.
Ceuta por el rey Filipo
Quinto, que viva, que reine,
monarca ínclito de España.
Dentro tocan el clarín y cajas.
Reine y viva inmortal siempre.
Tiros.
Yo en señal que aclamado
está ya, según las leyes
de Castilla, este estandarte
bato una, dos y tres veces,
a sus generosas plantas,
repitiendo en tan solemne
acto, con la salva real
de piezas, y de mosquetas,
y las cítaras de Marte
para aplauso más alegre
que Filipo Quinto viva.
Disparan dentro algunos tiros y toca el clarín y caja.
Viva, triunfe, venza y reine.
Ya la aclamación has visto,
rey moro; mira si puede
ser Ceuta tuya teniendo
monarca que la defiende
con mayor poder que nunca,
y con el valor que siempre.
Mi invencible esfuerzo ahora
mejor puede prometerse
que Ceuta sea suya; pues
si enseñado con aqueste
rayo acicalado está
a destrozar tantas veces
leones de España, mejor
cortará lises franceses.
Como perro con carlancas
va.
Éntrase en el caballo, volviendo a tocar el clarín, y córrense los bastidores, ocultando al rey y a los cautivos.
Relámpago parece.
Qué arrogante.
Qué soberbio.
Del enemigo jamás
la amenaza ha de temerse.
pero no es bien, que del todo
el que es cuerdo la desprecie,
y así quede la muralla
bien guarnecida de gente.
Ello está más que bien.
Pues vamos,
que para lo que sucediere,
hacer consejo de guerra
intento.
Vamos a hacerle.
Éntranse, quedándose algunos soldados, Pernil y Lauro.
¿Y nos quedamos de postas?
Pues, ¿no lo ve, Pernil?
Pese
al que postas inventó.
Pues con ellas aun mal muele.
Digo, señores soldados,
¿no será bien que se juegue?
Don Pedro Francisco Lanini Sagredo.
Saca Pernil dados, échalos sobre el tambor, y el soldado 2º hace que los huele.
Me place.
Tambor y dados
hay aquí.
¿Los está oliendo?
No los huelo, que estoy viendo
si están los dados cargados.
Cierto que es linda partida
el sargento, y fulero,
que pudiera darle
dados falsos, por mi vida
que...
¿Qué pendencia tenemos?
No es malo para mi humor.
Ya nos espera el tambor.
Pues riñamos, o juguemos.
Juegan.
Por mano, tiro el primero.
Treses eché, y los gano.
Azar es, perdí la mano.
Más lo era asar de carnero.
Digo, ¿y se juegan al azar,
en rematando el dinero?
¿Quién lo duda?
Pues paran.
Yo le paro escudo y medio,
el medio delante.
Yo,
escudo y doblón.
Empiezo.
Azares los vi.
¡Qué lindo!
Cuidado con mis derechos.
Recoge lo ganado el soldado 2º, y el 1º tira los dados.
Cincos.
Mas que mil demonios
os lleven.
Y a ti con ellos.
Dados.
Saca otros dados Pernil.
Vuesa merced me debe
una suerte.
No lo niego.
Paro esta banda, y el ante,
estos cuartos.
Pondrán banda y coleto junto al tambor.
El coleto,
con lo que me queda, paro.
Toco.
Al olor lo creo,
que dos legiones de sastres
se te han entrado en el cuerpo.
Estarán divertidos escuchando a Laura y al tirar los dados el Soldado 1º se oye como al caer un golpe que consigo entró debajo de el tambor.
No me dirán por su vida,
aquí en natural secreto,
qué valdrá entre dos amigos
esta piel.
No tiene precio.
Son diez.
Vamos.
Son diez.
Voto a Dios que se han vuelto;
echa la suerte, y que a quien
lo contradijere...
Quedo,
que aquí lo dirán.
Los doses
he visto.
Y todos lo mismo.
Pícaros, pues mentís, y
me cobraré por entero.
Muera.
No es fácil, cobardes.
Cuidado con los derechos.
Muerto soy.
Echa a rodar el tambor, y salen el Marqués, don Gerónimo, don Pedro, y Leonor.
En la muralla
se escucha el ruido.
¿Qué es esto?
Que ese soldado holandés,
habiendo perdido al juego
de los dados una suerte,
intentó vano, y soberbio,
barajarla, por decir
que los dados se volvieron;
y nadie lo vio, conque todos
contradijimos su intento,
él tan escaso de juicio,
como falto de dinero,
sacó la espada...
Y en breve,
a dos hirió, y a uno ha muerto.
Hola, prendedle, que aunque
no paga su error muriendo
lo que una vida no vale,
lo suplirá un escarmiento.
Daos a prisión.
Difícil
será.
Pues ¿cómo?
Arrojándome,
aventuraré aquel...
Arrójase al mar de un salto, asido de un arpeo, síguele un soldado, y despeñado y sangriento, cobra justa y militar licencia el foro y su intento.
desesperado vengarme,
Vase y disparan dentro.
Se arrojó al foso.
Tiradle.
Dorado el cristal rompiendo
tierra toma.
Y porque el corte
se saque, yo su coleto.
Levanta el coleto.
A los moriscos ataques
llegó.
Propio es el riesgo.
Este acaso de otra causa
proviene.
¿De qué?
¿No es cierto
que el desorden procedió
de que los dados tuvieron
movimiento, sin haber
quien les diese el movimiento?
Así fue.
Y para jugar,
¿el tambor no estaba puesto
en la muralla?
No hay duda,
Pero ¿qué se infiere de eso?
Que el moro nos mina, y no hay
prueba para conocerlo
como el tambor, y los dados
sobre la muralla; puesto
que aun a media legua el golpe
obra el referido efecto.
Don Jerónimo, el reparo
ha sido muy compuesto.
Y propio.
Solo falta
confirmarlo.
Pues probemos.
Vuelve a echar los dados sobre el tambor y prosiguen los golpes compases.
Milagros el arte inventa.
Sin son danzan; y esto es hecha.
Ya no hay que dudar, y aviso
se dé a nuestros ingenieros,
para que el daño reparen,
y Lila en tanto el rabel
tan cauto, que la fortuna
penda del arbitrio nuestro.
Vase.
A don Lope voy cobrando.
Una afición que no entiendo,
y si me cumpliese Alí
la palabra de que presto
libre me dará a mi padre.
(Vase)
(Y Zamora)
¿Cuándo (injusta Leonor)
tendrá fin pasión que le
malquista con mi silencio?
Pero yo no sé la mina.
Salen Muley, Abdalla, Alí, Luna y moros.
Aun parece que mi intento...
Yo (gran señor) no quisiera
que te aventurases resuelto,
por un aviso, que en nada
te asegura el vencimiento.
¿Cómo no? Si aquel cristiano
que a mi campo llegó huyendo
huyendo mil peligros,
dice que si con denuedo
en la primera estación
de la tarde cuando el terso
luciente blandón del día
mejora sus lucimientos,
con secreta marcha al muro
nos acercamos, y luego
en la plaza de armas tropas
introducimos, podremos
(aunque Alá lo contradiga)
no solo tomarla, pero
darles lograré un buen día
a los obstinados ceños.
Impiedad, y no en balde
crédito le doy, supuesto
que las tareas continuas
de sus obras sin aliento
los tiene; y aun más que ellas
los encendidos reflejos
del sol, causando que cuando
(no poco así lo encarezco)
no se rindan a mis armas,
se dejen vencer del sueño.
¿Nada basta a convencerte?
Solo, Abdalla, me convenzo
cuando la razón del labio,
ve la opinión de mi acero.
Pues la gente que compon-
el nuevo destacamiento,
(a quien la empresa deba)
con impaciencia el precepto
tuyo aguarda.
Yo le digo
que marche.
Yo iré.
y Alí.
Ya estás, negro,
tú de escogidas milicias,
y vas con algunos tercios
de Tetuán.
Harálo ansí.
Pues a Ceuta.
Yo el primero
seré que su muro pise.
¿Del peligro?
Le he propuesto
no para huirle cobarde,
sí para vencerle cuerdo.
Pues seguidme.
Desfilados
los tuyos, dicen.
Marchemos
mudos, pausando el clarín,
y cesen marciales ecos.
Éntranse por una puer- ta, y salen por otra algunos moros con es- calas (que arrimarán a los muros) y después Muley, y Abdalla con
A la muralla llegamos.
Las escalas arrimemos.
Esperad, que yo he de ser
el que antes que todos puesto
tome en la muralla, en fe
de que me da como a dueño
posesión Ceuta.
Quien noble
osa competir tu aliento,
soy yo.
Van subiendo por las es- calas Muley, y Abda- lla, y después los moros.
En todos prodigios
obrará tan noble ejemplo.
Ya superior a la plaza
me miro, y en ella veo
entregadas sus milicias
a un común letargo (y cierto
fue el aviso) a jactanciosos
españoles, hoy veremos,
si os escarmienta dormidos,
el que despreciáis despiertos.
Entremos pues.
Vea Ceuta
ya esta media luna en su cielo.
Entretanto que se entran, sale Alí con cajas, clarines y algazara dentro.
Ya los dos mil combatientes
que a Muley oranense siguiendo,
la plaza entraron, y ya
parece que dice el eco:
¡Arma, guerra!
¡Muley viva!
¡Traición, traición!
Sarracenos,
nuestro es el día.
¡Ay de mí!
A pesar del remedio,
sea el último.
En las ondas
quizá piedad hallaremos.
Ya es tanta la confusión
que van aumentando y cerco
los cristianos contra sí,
pues los que huyen del acero
en el foso encuentran ya
cristalino monumento.
¡Guerra, guerra!
¡Muley viva!
No es posible defendernos.
Mueran todos.
Españoles,
no con tan vil desaliento
indignamente os rindáis
aun a más que al golpe, al miedo.
Aunque la estacada nuestra
han tomado, con denuedo
desalojémoslos de ella.
Tarde o nunca podréis, puesto
que a imitación de Muley
es cada africano un Héctor.
Soldados, levantad tierra
donde nos fortifiquemos.
Ya del tesón han cedido,
se retiran.
¡A ellos!
¡Arma, arma, guerra, guerra!
Córranselos bastidores que serán una puerta desquiciada; y salen algunos huyendo, y Muley y moros.
Pero, ¿qué escucho? Mintieron
sus voces, pues ya sin duda
(pues la abren) abran los huecos,
tomada la puerta, pronto
acudiré a socorrerlos;
huyamos, pues muchas vidas
en cada amago perdemos.
Abdalla retirándose, y don Jerónimo, y don Pedro, Leonor y soldados, que los van acuchillando hasta meterlos en sus ataques.
¿Cómo, cobardes, huís
de la victoria? Reniego
de Alá, y aun de mí, pues no
bastó para el vencimiento.
Pues esperaron otra
a nuestro pesar portentos.
Volved, los infames,
cobardes.
Pues van huyendo
con tal precipitación
que no pueden socorrerlos
los que de escolta avanzados
tenían, seguidme, a ellos,
amigos, hasta que en sus
ataques los encerremos.
Disparan y piques de rebato; entran los nuestros por sus ataques; salen Alí y moros tirando a don Jerónimo.
Por imitar vuestra gloria
fulmina un Etna bajeles
cada bala.
Pues la línea
se atreven a entrar revueltos
cargados del plomo, abrid
aún más estragos que estruendos.
Muy engañado le tiene
su temerario denuedo
a don Jerónimo.
En vano,
retirándote soberbio,
cristiano, podrá tu patria
librar del azote mi enojo.
Aunque herido de una bala
estoy en el hombro izquierdo,
bien he de vender mi vida.
¡A retirar!
Mas, ¿qué es esto?
Estremecida la tierra
sepulcro me da en su centro.
Oyéndose un ruido grande de mina dentro, caen algunos pedazos de muralla sobre don Jerónimo, de modo que parezca que el medio cuerpo le tiene enterrado.
Retirémonos, pues ya
llegó la mina a su efecto.
Mas, ¿quién sino yo, ¡ay de mí!,
se vio enterrado y no muerto?
Mas esperad, que la mina
solo una parte del lienzo
de la muralla ha volado,
y entre sus ruinas aún res
pira vivo aquel cristiano;
moros, pues acabe al furor nuestro.
¿Quedar sin vida
podré? Mas no sin aliento, (+)
pues más allá de la muer-
te un español el esfuerzo
dura; mas, ¡ay!, que me falta
no el ánimo; el movimiento,
y es que aún más que con vosotros
batallo conmigo mesmo.
¿Que aún viva?
Ya, ya por tantas
bocas, como heridas tengo
huye la vida; (¡qué angustia!)
mas, ¡oh, cuán gustoso muero
sabiendo que la consagro
a mi patria, al Rey, y al Cielo.
Muere, y por la puerta de la empalizada salen el Marqués, Pernil y Laura, cruzan acuchillando a los moros, y huyen por distintos ataques. Salen Leonor, Don Pedro, el Marqués, soldados, Pernil y Laura.
Ya expiró.
Lo he dejado...
No os aventuréis revueltos.
Perros, ay, vamos a caja.
Solo, en difuntos tropiezo.
A la plaza antes que logren
cortarnos.
El plomo ha hecho
notable estrago en nosotros.
Señor Marqués...
Caballeros,
no diréis que no he llegado
a vuestro socorro a tiempo.
Ignora el mundo que estaba
esperando por momentos
una temprana, y forzoso
os fue el retiraros dentro
de la ciudad.
Por tener...
Mas, puesto que con verdad
aún no he sabido el suceso,
referidle.
El más notable
ha sido, del siglo nuestro.
Entró Muley la estacada
con dos mil moros, a tiempo
que del sol y la tarea
cobraba tributo el sueño,
con que, árbitro su coraje,
de racional mies de cuerpos,
iba con sus encorvadas
cuchillas, segando cuellos.
El desorden, la impiedad,
tanta confusión, fueron
a la realidad posibles,
mas no al encarecimiento.
En fin de la plaza de armas,
la entrada encubierta, dueño
se vio Muley, y aunque diera
a la ciudad, si tan luego
Don Francisco Palomino
no echara el rastrillo.
Pero
duróle poco al alarbe
la gloria del vencimiento;
pues Don Pedro Macareno,
que acudió, que guardaba un puesto
fuera de la plaza, osada
(¡qué glorioso atrevimiento!)
corrió el cerrojo a la puerta
de nuestra estacada, y luego
Don Jerónimo Marín,
con aquel noble ardimiento
(y de su valor) tanto
coraje nos fue infundiendo,
que con ser dos mil los moros,
y fortificados dentro
de la plaza, y los que al digno
Marín conmigo siguieron
no más que setenta, espada
en mano, lograr pudieron
no solo desalojarlos,
sino en sus ataques mismos
cargarlos.
Victoria es, digna
de que la celebre el tiempo.
¿Y qué gente habremos perdido?
Doscientas, a lo que yo infiero.
Un general de batalla,
seis capitanes, sargentos
mayores, dos, y otros muchos
cabos.
¿Conque mi amo ha muerto?
Marín murió.
Y yo también.
[Déjase caer Pernil]
¿Qué ha de ser?
Por sentir tan de lejos,
que me he de morir adrede
siquiera de cumplimiento.
Quita, loco.
A ser posibles
lágrimas en mí, confieso
que hoy inundara al semblante
la compasión de mi pecho.
De sus cenizas será
la fama obelisco eterno.
Toca al arma, y pues avisa
de nuestras obras protervos,
se mantienen repetid
las cargas.
Con todo el grueso,
Muley avanza a nosotros.
Pues recibámosle; pero
solo a fin de que a la plaza
en orden nos retiremos,
pues fatigada la gente
está y vienen de refresco.
Ea, maometanos míos,
dentro avanzad.
Salen Muley y moros, y a su encuentro los nuestros, y en acabándose de entrar por la puerta de la estacada, se cierra.
Mal podremos,
cerrada la puerta.
En vano
vencer su fortuna quiero,
mas pues logré el fin que fue
reconocer del terreno,
a los cuarteles volvamos.
Música. Entran. Sale Alí.
Oíd, señor; tu esfuerzo
abra, que el rey de Argel,
la fe y la tregua rompiendo,
con treinta mil combatientes
talando va a sangre y fuego
tus tierras.
Sale por otra puerta Abdalla.
Por otro aviso
de cabo mayor suceso,
tu tío Muley Ismael,
quien con el nombre el dominio
te heredó, en consternación
la ciudad de Fez ha puesto,
arguyendo que dictaba al dominio
universal de tu imperio.
a cuyo amparo, acogidos
los que de ti mal contentos
viven, de tus iniquidades
vengarse trazan resueltos.
No prosigas, o pese
a todo el rencor que aliento.
¿Lo que fue de la fortuna
único despótico dueño,
así una gloria abandono,
así una victoria pierdo,
mi hijo se me conspira,
y un rey me invade mis reinos?
Si los astros... mas los astros
mis desaires no influyeron,
pues sabe el cielo, que en mí
no tiene dominio el cielo.
Y así cautelosamente
he de triunfar de mi ceño.
¿Llegaron ya los cautivos?
Sale Luna.
Sí, gran señor, y sabemos
por los de Tánger, que allí
un grande desembarco han hecho
las galeras de la Iglesia,
y España.
Pues empecemos
astucias, y lo que falta
al poder, supla el ingenio.
Toca trompetas a el muro.
Tocan un clarín, y saldrán al muro el Marqués, Leonor, y don Pedro.
Llamada del campo han hecho.
Y es Muley.
¿Qué es lo que intentas?
El gobernador deseo
que me escuche.
El Marqués soy.
¿Quieres que capitulemos
una suspensión de armas,
y canje de prisioneros?
A los dos el Marqués.
¿Qué os parece?
Que conviene
para reforzarnos, puesto
que al calor de las continuas
operaciones tenemos
tan gastada la gente
que, sin que la reclutemos.
no se asegura la plaza.
Y tan bien que faltan creo
víveres y municiones.
El salvoconducto espero
para efectuar el tratado.
Ya le tienes.
Pasemos.
¿Qué es lo que trazas?
Triunfar
de todos, tomando tiempo
para lograrlo.
Pues cuando
a los pactos atendiendo
que ahora he de proponer
convenga el Marqués, es cierto
que después podré lograr
lo que ha tanto que deseo.
Pero ya llega.
Salen el Marqués, Leonor, don Pedro, Fátima, Persil, y Laura, y Sol.
Los pactos,
rey moro, ve proponiendo.
Que la tregua por dos meses
dure, ha de ser el primero.
Prosigue.
Que no haya adelantamiento
en las obras, hasta que
la suspensión que he propuesto
de armas, se concluya.
Adelante.
Y el tercero
que hecho el cómputo en entrambos
campos, de los prisioneros
sea general el canje.
¿Pretendes más?
Sí pretendo,
óyeme: en estos dos meses
capitulados, tu dueño
el rey, no ha de dar amparo
al vasallo de mi reino
que al mío pasarse intente.
Yo en su nombre te lo ofrezco
aunque el fin ignoro.
(Ap.)
El fin
es asegurar con esto
que con mi ausencia en mi corte
no haya el desorden que temo.
Favorables los tratados
son todos.
(Ap.)
Mucho interese
en uno.
(Ap.)
Con rara astucia
se va acomodando al tiempo
Muley.
A Fátima he visto,
no sé (¡ay de mí!) qué recelo;
mas solo para concluir
el particular proyecto
falta que juréis.
Pues juro
al sagrado Alcorán nuestro,
por Alá y por la deidad,
que en Meca recibe inciensos,
cumplir cuanto aquí propuse.
Lo mismo a los Evangelios
sagrados, donde la fe
atesoró sus misterios
juro.
Pues el canje ahora
se ha de empezar.
Aquí es ello.
Cumplidme, Alí, la palabra,
dándole a mi padre luego
libertad.
Sí haré, mas vos
me habéis de cumplir primero
la condición, que faltando
a nada obligado quedo,
y más cuando vuestro padre
no sé que tenga sujeto
con quien cambiarse.
Mucho
lo que en mi favor espero.
Sí me tiene, y porque veas,
que con todo cumplo a un tiempo,
lo que en rescate ofrecí
de mi padre, ¿no es, que dueño
tendrías con quien casares?
Es así.
Pues este bello
joven es Fátima, y pues
con ella tratado hecho
tienes de bodas, por ella
me da a mi padre cumpliendo
con tu honor, y con su fama,
y quedamos tan bien puestos,
pues meter pies en los
lodos de muchos empeños.
De esta suerte
gran señor, satisfaceros
procuro; aquesta es mi mano,
bella Fátima.
Danse las manos.
Agradezco
las tormentas de mis hados,
por las fortunas del puerto.
Fátima, ya es tuyo Alí.
Nueva esclavitud confieso.
Nada que suplir me queda.
De admirado estoy suspenso.
Señora, dadme los brazos.
Luna mía.
Yo estoy lelo.
A don Antonio llamad.
Vase.
Voy por él.
A don Lope atento
su Majestad (que Dios guarde
a nobles servicios nuestros)
de una encomienda merced
os hace.
Salen el moro 1, don Antonio, y Lope de cautivo.
De todo vengo
informado, ¿qué me mandas?
Libre estás.
Aun no lo creo
de mi desventura.
Solo
bastó a vencerla mi esfuerzo.
¡Qué miro! ¿Leonor es? Ya
dadme los brazos.
Abrázala.
¿Qué es esto?
Que adviertan, haber probado
que las mujeres podemos
agotarles a los hombres
fortuna, valor e ingenio.
Doña Leonor López de Haro
soy, señor marqués; y aquesto,
que los premios del valor
son sin circunstancia premio,
la encomienda a don Antonio
mi padre le dejó,
la que darte la muerte
intentó.
Vase.
Raro portento.
Ve a Ceuta a serenar
tanta tempestad de fieros,
y volveré a que en su golfo
tragedia fiera el tiempo intentó.
Siempre al Lope le tuve
por hombre muy contrahecho.
Ya se disiparon todas
las confusiones del ciego.
El gato de la encomienda
tenéis (¡extraño suceso!).
Pues no sea para mí.
¿Para quién?
Para don Pedro
de Guevara, a quien casado
con Leonor, mi hija, tengo
por poderes que me envió
cuando el Larache era nuestro,
y la servirá de dote.
Es verdad: y pues muriendo
Marín y siendo quien soy,
cesan escrúpulo y duelo,
vuestro soy.
Danse las manos.
A tanta dicha
en vano negarme puedo.
Y de el Nerón africano
sitiador de Ceuta, damos
fin a la primera parte;
y si el aplauso por premio
mereciere, la segunda,
ofrecen los dos ingenios.
Fin.
Don Nicolás de Villarroel.