Sirena
Princesa de Grecia que, tras la muerte de su primer amante, vive retirada y enemiga del amor hasta que acaba enamorándose del caballero encubierto.
Juan de Matos Fragoso, Antonio Martínez de Meneses y Juan de Zabaleta
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Cuéllar, Álvaro. "Resúmenes asistidos por modelos de lenguaje para un vasto corpus de obras literarias del Siglo de Oro". En: El teatro del Siglo de Oro en el horizonte de las humanidades digitales. Peter Lang, 2026 (en prensa).
En un retiro palaciego cercano a Atenas, Sirena vive consagrada al recuerdo de un amante muerto y rechaza a todos sus pretendientes hasta que Alejandro, príncipe extranjero, se introduce disfrazado de sabio para acercarse a ella. Aprovechando que Sirena contradice cuanto se le aconseja, Alejandro la induce por oposición a abrirse a fiestas, torneos y cacerías, donde él mismo, como caballero encubierto, despierta su curiosidad, sus celos y finalmente su amor. Tras un encuentro nocturno en el parque y una prueba fingida con un león en el palacio, el encubierto revela que es Alejandro y obtiene la mano de Sirena, mientras la obra concluye con la unión secundaria de Anteo y Diana.
La obra se abre cerca de Atenas, en el retiro palaciego donde vive Sirena, princesa griega, apartada del trato masculino desde la muerte prematura de su amado. Fiel a ese recuerdo, ha rechazado a cuantos príncipes han pretendido su mano y persiste en una vida de luto, libros, música y contemplación del retrato del difunto. Su obstinación preocupa a sus vasallos, que han intentado curarla con fiestas y con sabios venidos de diversas partes, sin resultado. Hasta ese lugar llega disfrazado Alejandro, príncipe de Ciro, enemigo político de Grecia, acompañado de su criado Machín. Enamorado de Sirena por fama y retratos, decide ocultar su identidad para poder acercarse a ella. Una primera ocasión surge cuando se declara un incendio en la quinta, pero Aureliano, viejo servidor y ayo de la princesa, impide que los príncipes rivales entren a socorrerla por mandato de la propia Sirena. Fracasada también una intriga de fuego provocada por Hipólito, uno de los pretendientes, Alejandro idea una nueva traza: fingirse sabio médico con el nombre de Lidoro para entrar en palacio y examinar la melancolía de la dama.
Admitido en presencia de Sirena como filósofo y sanador, Alejandro advierte pronto que ella lleva la contraria a cualquier consejo recibido. Por eso, en vez de recomendarle olvido y distracción, apoya con fingida seriedad su fidelidad al amante muerto y le aconseja apartarse de festejos y diversiones; justamente esa oposición despierta en Sirena el deseo contrario, de modo que decide abrirse a la caza, a las fiestas y al cortejo de sus pretendientes. El plan produce efecto. En unos juegos caballerescos, Alejandro participa encubierto y vence a los demás; Sirena, sin saber quién es, queda impresionada por su destreza y empieza a pensar en él. Lidoro intenta luego apartarla del desconocido para avivar más su interés, mientras Hipólito y Anteo, los principales rivales, se consumen de celos y procuran averiguar quién es el caballero embozado. Sirena recibe además retratos de posibles esposos enviados por Atenas, entre ellos el de Alejandro, príncipe de Tiro según el texto transmitido en este pasaje, y advierte una semejanza notable entre ese retrato, Lidoro y el encubierto vencedor. Aunque no logra confirmarlo, su antigua firmeza se resquebraja. Durante una jornada de caza en el monte, Alejandro vuelve a socorrerla, ahora defendiéndola de un jabalí sin descubrirse, pero su aparente desinterés la hiere aún más y convierte la curiosidad en amor y celos.
En la tercera jornada, Hipólito y Anteo, desesperados por el caballero oculto, recurren a Machín, que por interés hace creer que su amo domina artes mágicas y puede revelar el secreto. La traza desemboca en un encuentro nocturno en el parque, donde Sirena, movida por sus sospechas, sale también y conversa con el embozado sin identificarlo todavía; la escena confirma la inclinación mutua, aunque él sigue rehusando declararse plenamente y ella manda prender a los rivales cuando intervienen. Ya consumida por la pasión, Sirena confiesa a Lidoro que este la ha curado de su odio a los hombres para dejarla enferma de amor, y, creyendo que el encubierto favorece a Diana, cae en nuevos celos. Llega incluso a despedir a Lidoro, pero al advertir que viste el mismo traje del desconocido urde una prueba definitiva: hace fingir que un león se ha soltado para ver quién acude a defenderla. Alejandro se arroja a socorrerla y, creyéndola desmayada, se descubre como el caballero encubierto y confiesa su amor. Entonces se revela también como príncipe de Ciro, explicando que se disfrazó por la enemistad entre los estados y por falta de esperanza de ser admitido abiertamente. Sirena reconoce la constancia e ingenio del príncipe, acepta darle la mano y el final dispone asimismo la unión de Anteo con Diana, mientras queda demostrado el principio cómico central de la obra: Sirena va siempre contra el consejo que se le da.
Princesa de Grecia que, tras la muerte de su primer amante, vive retirada y enemiga del amor hasta que acaba enamorándose del caballero encubierto.
Príncipe de Ciro que, enamorado de Sirena, entra disfrazado primero como sabio llamado Lidoro y luego actúa también como caballero embozado para conquistarla.
Criado de Alejandro, figura cómica que participa en los disfraces, facilita engaños y complica la acción con su locuacidad y codicia.
Anciano servidor y ayo de Sirena, leal custodio de su retiro y ejecutor de sus órdenes dentro del palacio.
Dama y parienta cercana de Sirena, interviene en su intimidad y termina emparejada con Anteo.
Uno de los principales pretendientes de Sirena, celoso del caballero encubierto y finalmente unido a Diana.
Otro pretendiente principal de Sirena, rival de Anteo y también obsesionado con descubrir y apartar al caballero desconocido.
Dama de Sirena que acompaña a su señora en varias escenas y participa en los equívocos del último tramo de la obra.
Espacio central de la acción, aislado y reservado casi solo a mujeres, donde Sirena vive su luto y donde Alejandro entra disfrazado de sabio.
Ámbito exterior de fiestas cinegéticas donde Sirena comienza a divertirse y donde el caballero encubierto la socorre frente al jabalí.
Lugar nocturno de encuentros secretos, celos y confusiones, decisivo para intensificar el amor y el conflicto entre pretendientes.
Espacio interior evocado como santuario del recuerdo amoroso de Sirena, donde conserva el retrato de su primer amado.
Escenario de la competición caballeresca en la que el encubierto sobresale y despierta la atención amorosa de Sirena.
La acción se organiza en torno a la inclinación de Sirena a obrar al contrario de lo que se le recomienda, lo que convierte el consejo en instrumento indirecto de seducción.
El punto de partida de la obra es la perseverancia de Sirena en el recuerdo de su amante muerto y su resistencia a sustituirlo por otro.
Alejandro recurre a nombres fingidos, traje de sabio y embozo de caballero para acercarse a Sirena y probar su amor sin revelar de inmediato quién es.
La rivalidad de Hipólito, Anteo y el caballero encubierto impulsa torneos, persecuciones, sospechas y enfrentamientos que aceleran el cambio de Sirena.
La conquista no depende solo del valor, sino de la capacidad para leer el carácter ajeno y usar con astucia la contradicción de la dama.
La obra insiste en que el amor debe mostrarse en acciones de riesgo, como el socorro en el incendio, la caza del jabalí y la falsa alarma del león.
La presión de Atenas para que Sirena elija esposo y asegure sucesión política se entrelaza con la enemistad entre reinos y con la resolución matrimonial final.