La garapiña
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En un ambiente cortesano urbano, probablemente madrileño, doña Lázara y doña Blasa desean tener “flatos” porque los consideran una moda distinguida entre las damas. Don Gil, ayudado por don Tristán, acude a la botillería de maese Coquerón y prepara en una redoma una mezcla de garapiñas, limonadas y sorbetes para presentarla como remedio o causa de esos flatos. La acción termina en casa de Blasa, donde la persecución de los vendedores y la intervención de doña Aloja desengañan a las damas y revelan satíricamente el ridículo de seguir modas sin entenderlas.
