إلى> تاريخ النشر: 22 أغسطس 2026
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<إلى clإلىss="inline-flex w-fit items-center" href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/deed.es" tإلىrget="_blإلىnk" rel="noopener noreferrer" إلىriإلى-lإلىbel="عرض تفاصيل ترخيص Creإلىtive Commons CC BY-NC 4.0">صيغة استشهاد مقترحة
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de No estaba de Dios. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/no-estaba-de-dios.
Respuesta respondió de mi compadre Hipólito.
Cómo
En el fin Ay, temido de mi señor En el Initium Don Pedro En el fin Presto habrá Dios, si hace mal, si le comen sin sazón. Comedia de No estaba de Dios.
En el folio izquierdo se leen pruebas de pluma: y cómo y cómo
Dionisio, rey de Sicilia Alemania Lisandro, príncipe de Nápoles Filarda, hija del duque de Ancona Tiberino Ludovico, duque viejo de Ancona Leonardo, su hijo Quintín, lacayo Lisena, criada Lidora, princesa de Italia Aurelio, secretario
Salgan por una parte Aurelio, Lisena, Lidora, Dionisio, y por otra soldados, Leonardo, Quintín, Ludovico con bastón, y de afuera [...] son de una caja.
A mis brazos venid, duque de Ancona.
A vuestros pies estoy, pagado y rico.
Merecéis la mitad de mi corona.
Indigno de tal favor me significo.
Merece más honor vuestra persona.
Pues si así me paga vuestra alteza,
juzgaré indignidad mi fortaleza.
de Lisandro alcance digna victoria,
vencí, señora, pero cuando veo
que dais a mi virtud tan alta gloria,
humilde reconozco mi trofeo.
No tan adelantada en la memoria
de quien sois, me parece tan corto empleo,
que no hay hazaña que a ese honor se iguale,
y dais por esta más de lo que vale.
¿Qué hay de Lisandro?
Si me dais licencia,
Llega, Leonardo.
A tu gentil presencia.
Esclavo vuestro soy.
Qué cortesía.
¿Hallóse en la batalla?
Por serviros.
Decid, Leonardo.
Gustaré de oíros.
Lisandro bien disculpado,
si no por rey, por amante,
que a ningún rey se consiente
privilegio de deidades,
viendo que a su majestad,
a quien siempre favorables
dilatados años rindan
mil venturosas edades,
vigorosa a sus deseos
su hermana no quiere darse,
princesa de Italia y reina
de mil asias voluntades, África,
dejó de desiertas
las cien divididas calles
que edificó en el mar
en cien atrevidas naves.
Y tan riguroso Atila
como Jerjes arrogante,
vino en los brazos del mar,
temeroso de enojarle.
A ser de húngaro lucero ajeno
rayo, que de Italia abrase, carta
un helado corazón
y hiele caliente sangre,
llegó a Rímini y cercó
sus altivos baluartes.
Desdichados por valientes,
por descuidados, cobardes,
que crueldades
fue de Febo,
Celosa de Diana,
el aura de amante
dio apenas la primer queja,
quejosa de que se tarde,
cuando nembrones de soberbios
capitanes,
ornato infame del muro,
colgaron estandartes,
y flojas despertadores
de los ciudadanos hacen.
hambrientos tiros
y airado clamor
escándalos y ardores
mujeres salen,
más que del mundo
o imaginan que se acaba
con que el mal salió
fulminante
con la luz
a nubes
no infames
pajes quito
el calor
vapores que del mal obrada
una clase
e flama
que animo
como antece a veronicarse
del fiero:
s...
escuadras
así a un
los atrevidos aceros
los clarines y metales
confusos
en caliginosa cárcel
habitadores del limbo
pudieran imaginarse;
porque como suele el rayo
espantado de los reyes,
desacreditando nubes
y humillando majestades,
con el candor que en el monte
roble enciende o corra sauce,
descuidándole de hacerlo,
tan espantado dejarle
para huir
ni aliento para quejarse,
lo deja la confusión
de su desastre.
dejó el impensado ultraje
este que en el subiro rayo.
Temiéndose como muerte,
pues viendo que quitaba
fuerzas fieras naturales,
en t...
al borno de la armada
confusamente delante
nubes que traban ciegos
y nieblas exhalan al estanque
que subieron desengaños,
las trompetas y los parches
cuyos conciertos tristes
de su desdicha señales
la armada estaba sin gente
porque fueron a aforrarse
a Illimana los soldados.
Aquí el monserete abate el
cabeza de los nuestros
combate
nuestros navíos,
y leones
consideran sus furias
cada cual y de azul
y Neptuno fiero los bajes
atemorizando peces
en sus cóncavos cristales
y presuroso sacando quillas
chafaldetes y blandales,
cansado de resistir.
Aquí de despojos un monte
otro ancho vaso
el viento proceloso izare el
el promontorio
negro de Francia
levantada
sepulcro de su grandeza
escombros verdes el Téber
ruinas no han encañada
obras monstruos navegando
sin que les valgan delfines
ni de Arión los cantares
otros a la tierra salen ufanos
oscuridad
furibundos faros
dudoso el hado
locamente
las velas varo
labradas de desgracia
llegamos a las murallas
dejando el piélago un dante
que han de parar transparente
manchado en sangre
rrimar unas escalas
a las coronas murales
unos por subir
por ver que bajen
almenas
amparaba cayendo de las almenas
almenado capitel
mi padre en medio de todos
levantado el estandarte
mortal
el miradlo los guiones
éndole casi sin voz
inmenso
de los blasones de Italia
y el pecho roble inexorable
en la siniestra mano
y en la derecha el alfanje
que aunque la espada soltarle pude,
este nombre por cortante
voceando animas con voces
aunque si bien llaman
así apasionado un padre.
te aun en su daño
nunca el corazón se rinde,
deje de decir arrojos,
no por familiar más reyes
una boca sin juramento
que para tener ánimo menos
nomás de por alabarte.
porque podréis subiros
por las diestras echando un áspid
a embeber con las murallas
como si fueran
sube
por gleria de los aves
Frey de la medrosa barca
el sexero gerifalte.
Como por la escala arriba
mi amado habes,
y vos que ma tes
sois uno de prosinaje,
que en efeto del Romero
das vidas
que es religión adelante,
el primero que aclame
granates
y
de las almenas plumaje
aquí huyeron
y entregándole las llaves
de la ciudad ya huyendo
venturas trujere
vasallos por tales,
vos por lo que siempre os
y a Liandro por cobarde.
Fray do receloso
sea mi postrimero trance,
porque no os falte qué honrar
ni quien os espere falte.
En mí vos un error fuerte,
un ejemplo de leales,
un humilde que ensalcéis
y un soberbio que os ensalce,
tan agradecido estoy
a vuestros leales pertrechos
que no sé con qué pagaros
ni ser todo lo que soy,
con una que consiento
y con que inati
que si darle pudiera
consigo
más de lo que hoy os dura
mi noble agradecimiento.
Con lo que habéis pagado
que si me hubierais quejado
no quedarais obligado
y ahora lo estáis, señor.
sumamente divertida
mira a Leonardo Lidora,
el alma en sus ojos mora,
lo demás está sin vida,
y así me da pesar
el ver sus locos deseos,
parece que tengo celos.
Idos, duque, a descansar,
y porque admiráis mi amor,
aunque en nada satisfago
lo que merecéis, os hago
de Italia gobernador,
virrey del reino y grado,
como debo le he mandado.
Viva vuestra majestad.
Mas que esto solo
donde requiere moderno
satisface alguna parte
de lo que os debe mi pecho.
Soylo en efeto, señor.
Ahora, don Enrique,
y porque quiero casar
a mi hermana con Leandro
y envío por ella a Leandro
venciendo del ancho mar,
vos, adorando digna hechura
de aqueste anciano valor,
vais hoy de embajador.
¡Qué desdicha!
¡Qué ventura!
Bien sé que os ha de pesar
el no habérselo primero
dicho que daros quiero
Nunca os faltarán vasallos
si de ese modo pagáis.
Leonardo, que luego os vais
importa.
Vuelva a llorar Alejandro.
Vanse
Y yo que pienso que Lisandro
querrá cobrar lo perdido.
No importa, pues Dios en vos.
Gran valor mi reina alcanza.
Viva mi esperanza
en vos.
Resuelto a mi daño voy.
Vanse y queda Leon y Quintín
¿Qué te parece, Quintín?
Que es hombre de bien el rey.
le debes.
Su legado eres, en fin.
Hoy ha de salir de Italia.
Alabo tu bizarría.
Busca postas para Hungría.
Más que vamos en Vandalía.
Tengo de ir a la posada.
Yo de mejor gana fuera
en un caballo de palo
o en algún rinoceronte,
que estos caballos son llanos.
Yo quisiera que vistieras.
Pues vistes sobre
donosa la batería.
Sola mi lealtad me abona.
Ya no te acuerdas de Ancona,
después que tratas de Hungría,
y a su padre, que ya espero
que, siendo gobernador
de Italia, pierda el amor
que la mostraba primero;
y preguntarte quisiera
si se ha de quedar acá
Filarda tu hermana.
Ya
sé que en saliendo aquí quisiera,
mas de su padre en fin
se fía.
Es verdad,
pues vete a la ciudad,
deja don Cuartín.
Vamos a Hungría, señor,
que una venganza he de hacer.
Notable.
Tórnela a ver.
Tú no eres embajador,
y en mi casa está seguro
cualquier delincuente.
Ah.
Pues déjame hablar a mí,
un húngaro que en el muro
de Xinaque me ofendió
como al inventor de Roma
le he de poner, si te anima,
donde se pueda ver y
conoceréle.
¿Dices?
Tú eres un loco gentil.
Conoceréle entre mil
en viéndole las narices.
Que son en ellas
y muy malas.
¿Cómo?
Un melón
para sonarse traía.
Por Dios, que como un león
por las escalas subí,
sacudiendo aquí y allí;
mas el fiero jabarrón
y cuando
dio con ellas y dio
conmigo del muro abajo.
¿Con ellas te echó?
Condena,
que me echaron en el abismo,
por Cristo, que fue lo mismo
que darme con una almena.
Ven, locazo.
Aguarda, señor.
¿Qué quieres?
¿No has advertido
un papel que se ha caído
de aquel...?
¿Qué será?
Nadie nos priva
de verle.
¿Qué puede ser?
Como mala mujer es,
cayóme.
¿Cómo?
Boca arriba.
Y ¿cómo dice?
A Leonardo.
Mejor es que me desvele.
A carne el papel me huele.
Ya que me le des, aguardo.
Haré como el lobo,
que primero que le coma
la diferencia...
Acaba.
Toma.
Estoy por dar un bocado.
¿No es anillo?
Sí, por Dios.
Y me parece diamante.
Es a una estrella semejante.
Pues que hallamos los dos,
vamos, señor, a la parte,
toma el papel para ti
y dame el anillo a mí.
¿Leer quieres?
Y yo escucharte.
"Porque os importa, primero
que a Hungría, Leonardo, os vais,
que a Hungría os volváis
este estilo en el tercero."
La infanta.
¿Qué?
No me desengañaré;
amor que no ha estudiado
no fía como letrado.
Si es la infanta y con infanta,
pues bien, ¿qué tienes de hacer?
Amar a solas, prevengas,
que en el tercero las penas
que se acaban de ver
papel, lo que aquí me dices
De noche y postas ¿quieres
ir a Hungría, infantes?
Ya ofende tu dilación,
esta noche partiremos.
Tu agudeza ya veremos,
la trampa del barrigón.
Vase
¿Qué me importa —dice a él—
satisfacer su cuidado?
Mil pensamientos me ha dado
cada letra del papel.
¿Qué quiere, que yo este diamante
suyo, de su mano en rojo,
lleve a Lisandro, dichoso
émulo de un firme amante?
Y juntamente con él
quiere darme algún recelo,
con que sepa que es amado,
mas es engaño cruel;
que si aquesto verdad fuera,
como yo lo presumiera,
no me hubiera dicho aquí
que el anillo le volviera.
Si me quiere, ¡qué locura!
¡Qué pensamiento!
¡Qué arrogante atrevimiento!
¡Qué traición desatino!
No quiere perdonar honor,
que incapaz desatinos,
yo visto los dos divinos
ojos, flechas del amor.
Y a Lisbes, que a verla volví,
que me viese recatado,
me hallé turbado mirando
que bella me miraba a mí,
hecho blanco de sus tiros,
y aviva de su memoria,
encubrir su
tiernamente me miró
con el alma de sus ojos.
En este papel
si lo son mis fieros limos,
que cese su levo equivo,
rayos de su aurora,
perdón, su altivo ser,
y mi confuso temor,
que si aquesto no es amor,
no sé lo que pueda ser.
Salen Aurelio y el Rey.
Notable enojo recibo.
Dicen que a Génova
de tu armada fugitivo,
guiando volvió,
vengativo,
su poder.
Cielo, cierto es esto.
Que pudo venir tan presto,
qué poco dura un placer.
¿Qué te espantas, presupuesto
que el socorro que pidió
Leandro a Hungría llegó,
señor, aquel mismo día,
que de los nuestros huía?
Previó la venganza el cielo.
A Ancona llegó y se recela.
¿Quién la defiende?
Unas hermanas
de Leonardo, que a la goleta
no rinden la cara y don beberio
martirio la guarda solo.
El sol de estos dos.
Sale Fidelio
¿Qué dices, Fidelio?
No pensó
si no fuera
presuroso.
¿Qué dices?
Postas tomó
y se partió a la ribera.
Como noble obedece.
A que mi valor espera,
por el cielo soberano,
que yo mismo he de llegar
a hechos con mi mano,
que no es Ancona Romano,
ni tiempo propio a la mar,
que pues queda por señor
de Nápoles Balduino,
y tú su embajador,
parte de nobleza ha de
ya de volver por su honor.
Al gobernador decir
podéis, pues ya el sol esconde
entre nubes zafir,
por que no me vean partir
que a todo Nápoles donde.
Eres un César cristiano.
Yo un Alcides soy
contra este indicas dios.
La victoria está en tu mano,
bien puedes decir: vencí.
Vanse y sale al balcón Lisena
Divertida la vista, el alma atenta,
libre miraba hoja frondosa,
jazmín, lidoro, fluida y rosa,
mientras Leonardo sus hazañas cuenta,
y al paso que se mira de asistencia
más en mi pecho llama poderosa
de amor, con cuyo fuego mariposa
abrasarse a los celos el alma intenta.
Lecila amante, y mide retirada,
ver que escribe mi ciego, que ni pude
declarar celos previniendo enojo,
ahora vengo a ver si declarada,
si ver a Adonis Venus vil acude,
Amor dame por penas desengaños.
Ahora acaba de dar
el reloj.
Salen de noche Príncipe y Leonardo
¡Ay, corazón!
Las nueve pienso que son.
Y las podrá dar al sol.
junto al mar.
para ocultar mis nieblas,
noche que confusa pueblas
de horror, suspiros que animo,
aunque me dejen en blanco
lo negro de tus tinieblas.
Helada estoy, quisiera
hacer ruido.
Hasta las doce
hablaré y así me goce
Voy, que el sueño me
aniquila,
y si él no me despabila
me quedaré cojo o manco
en el primero barranco.
Él.
Ya salió mi sibila.
¿Es mi señora la infanta?
¿Es Leonardo?
El mismo soy.
Que donde mandáis estoy,
a que presto se adelanta
mi mal, su rigor me espanta,
recibió mi papel
y hallé mil dudas en él.
Hasta aquí pude llegar,
que ¿cómo tengo de hablar
si echa confuso papel?
Si yo por dicha supiera
lo que en el papel decía,
a la primera daría
con propiedad responder,
mas de dicha descubrirme
si advierte que no estoy firme
en el principio, Leonardo.
¿Qué me mandáis, Leonardo?
Para partirme.
¿Acertasteis a leer,
Leonardo, lo que escribí?
Señora, a leerlo sí,
mas no lo pude entender.
Por aquí tengo de ver
si declaro aquesta historia,
mas debáis de leer.
¡Qué gloria!
de un hombre.
Altercamos mal
las mujeres.
Decía tal,
casi la sé de memoria.
Memoria, ¡qué falsedad!
Pues para cuatro renglones
llenos de mil confusiones,
fuerzan gran dificultad.
No lo creo, aquí ayudad,
de mi cuidado.
Yo pienso que me engañáis.
Es id porque lo creáis.
"Porque os importa primero
que a Hungría, Leonardo, os vais,
os ruego que si volvéis
este anillo en lo tercero."
Decid lo demás que espero,
¿Que no hay más?
¡Cuerpo de Dios!
Pues si lo escribisteis vos,
¿a qué preguntáis a mí?
Sin duda alguna, señora,
viendo que del rey la cataba,
que Leonardo se ausentaba,
a quien tiernamente adora,
quiso declararse ahora
con el que el anillo dio
Y pues no ha de quedar con él,
aunque me cueste la vida,
poned la sortija asida
en esa cinta.
¡Cruel!
Es de mi vida cordel.
Soy triste, que Hungría
Ya prendí.
Ya se prendió.
Pues, a Dios.
Parte.
Fuese, ce ce.
Señora, el ya se fue.
yo he quedado sin mí,
¡ay, enano más pesado!,
que ha habido burla más fiera,
solo pasarla pudiera
un hombre tan desdichado,
en que Lidora ha culpado
mi pecho aquí se acaba,
y ofenderme afrenta brava
pierdo el ser,
Lidora
me temí que me burlaba,
¡y vive Dios que estoy casado!
¿Sí, Leonardo?
Pero quedo
que soy, ya decirlo puedo.
Lidora soy.
Eso pido.
Mas no quiere hablar fingido,
que me da pena, sé.
Sí, tarde.
Perdonad que de aquí eche
cierta dama que impedía
que os dijera la osadía
con que os adora mi fe.
¡Vive el cielo que me amó!
Y que primero es, sin duda,
estuvo en decirte muda
por temor de aquesta dama,
que era hielo de su llama
y sombra que la turbó,
y cuando a decirme empezó
todo aquesto del dolor,
yo estoy resuelta a querer.
Y a ser uno Lidora y yo,
y resolvíme de estar suerte
a decir mi pensamiento,
no temiendo mi casamiento,
mejor dijera mi muerte,
que aunque mi temor advierte
que por mí padecería
de honor dado y mala tierra,
y temo en la misma mi fin,
que aquesto se acaba en fin
y aguardo eterna guerra,
que balde
le ordenáis guardalde
Si me le dais caro, es llano
que no saldrá de mi mano.
Tente, tienes, yo estoy ciega.
Pues.
Vase.
Ya se llega.
A Dios, que temo a mi hermano.
Sale rebozado con una linterna Ludovico
Grande contento me ha dado
que Leonardo obedeciera
a su rey, y luego se fuera,
él hizo como hombre honrado.
Aunque me ha dado
si le tienen de alcanzar
los que le han ido a buscar
y a estorbarle la embajada,
que si Ancona está cercada,
él ya se sabrá guardar.
Dionisio va a defendella
y aquesta noche se parte.
¡Ay Filarda, con qué arte
lloré el temor que as pella!
Mi queja, ¡ay estrella!
Mi desdicha el mundo asombre,
maldígate Dios por hombre,
que me veniste a matar.
El rey me mandó rondar
a Nápoles en su nombre,
cerca mi gente quedó.
Ya la sombra me daba
cuando este infierno llegaba.
Allí ahora un hombre habló.
A mirarme se paró,
este es bastante delito
para matarle o incito
mi cólera, conociendo
que por él estoy muriendo.
Mi comisión ejerzo,
quiero llegar.
Esto es hecho,
él va llevando atrevido,
yo estoy ciego y ofendido,
he de atravesarle el pecho.
Hacia mí viene derecho,
vía la espada desnudé.
Téngase
el cielo no
me ayude.
a tu jheres.
Con mi muerte lucho.
Si el honor mudas, no es mucho
que la color se te mude,
pues aquí te estás ahora
cuando el rey, agradecido,
pensó que te habías partido.
Bien el honor que atesora
en tu pecho se mejora,
mátame, porque me cuadre,
que no es novísima ley
que quien engaña a su rey
quiera matar a su padre.
Nunca yo he de matarte.
A traidor, ¿sabes
muertes?
Cómo tienes padre cobarde,
al revés de esta manera,
pues viven los cielos, ,
deshonra de mi opinión,
que he de hacer mi obligación
y prenderte y desarmarte,
nunca habías de desalmarte.
Huir a más justa prisión
no aguardarás a mañana;
por Dios, honrosa corona,
¡ay fe!, oradaba Belona
la dejas por Diana
a una ventana
Vete, villano, de aquí,
que se acerca ya la ronda
y quiero yo que se asconda
toda tu deshonra en mí;
vete, y no te vayas ya
a dar tu infausta traslada,
que tu hermana está cercada
y el rey a librarla va.
Lisandro en Ancona está,
vete, que llega mi gente.
Vase
Voyme, ¡ay, fortuna inclemente!,
¡ay, mal perdido interés!
¡Eh, hombres!, ¿está aquí quien es?
Ya acabo.
¿Quién es?
Detente, ya me levanto Jesús.
¿Osé despertar? Me espanta.
Soy yo moro.
Este es Quintín.
¿Viste infanta serafín?
Parécese mucho la infanta,
¡ay desdicha!
Esto tenemos también
que ver yo.
Unos desdén,
que callas mucho, señor.
De esta suerte anda mi honor.
Si hemos de partirnos, vete,
que es tarde y bien ahí,
las postas y el postillón.
¿Qué es esto? Paro.
Que espiaron
el acueste.
Sí, cae.
Sí.
¡Ah, señor! Llegase a mí.
Prended ese hombre ,
que a ruin
vuelve las armas.
¿Qué?
Ya me levanto, ¡qué bestia!
De aquese modo despiertas.
Quintín
está dormido.
Por Dios, que ahora falta estrella.
No hay traza de amanecer
en y está maja
la noche, que es una desdicha
y las postas medio recas
y el postillón hecho posta,
echas áncoras las postas
enterradas en arena.
¿A dónde quieres que vamos,
señor, de aquesta manera?
Esto aguardarás a que salga
alba eruñida y tersa.
No hay cosa como la aurora,
bien lo dicen los poetas.
Por eso los quiero bien,
no responder malas sertas.
¿Hablaste ya con la infanta?
¿Hubo desdenes?
¡Ay, fiera
desdicha!, ¿qué es lo que escucho?
Temo que el sentido pierda.
Atrevimiento en mi hijo
para traición tan inmensa.
Vive el cielo que le mate.
Señor, no te duermas,
sino vámonos a casa,
que no eres también de piedra
que has de pasar sin dormir.
No respondes, linda flema,
mas ¿qué escuadrón es aqueste
que a mí se llega?
Sale toda la ronda
Aquí está el gobernador.
Señor, mira que se acerca.
Prended a aquese picaño.
Vuelve las armas, ¿qué esperas?
Yo debo de estar soñando,
¡qué pesadilla tan fiera!
Que es el hombre toda pieza,
yo remediaré mi honor.
Vive Cristo, que me lleva.
Bendición de obras y libros otorgada por Francisco Gascón, mayordomo, vecino de la ciudad de Cartago en favor de Alonso Riquelme, autor de comedias estante en dicha ciudad.
233 533 766 1532 3064 6128 12256 24512 49024 98048 196096 Como ya la Jesús María
S o S o S o S o S o S o S o S o S o S o S o S o S o S o S o S o S o
Salgan por aca una parte algunos soldados, y detrás Aurelio y Dionisio. Y por otra soldados y Lisandro. Y en lo alto Filarda.
Supuesto que a mi patria, rey Dionisio,
he defendido aunque mujer valiente,
por ocuparse en su real servicio
mi hermano y padre de su ausente,
recelando el precipicio,
no temeraria sino más prudente,
que a quien toca debe ser de especial caso,
que el hombre solo el ánimo bizarro.
Contenta estoy que a defender a Ancona
vengas valiente, y a quitar injusto
marcial oficio en mujeril persona;
y merece del varón robusto,
que aunque Palas, Tamiras y Belonas
del sita helado al de Etiopía adusto
admiradas famosas han tenido
del soberano dios, desprecio de Cupido.
porque no basta que animosa sea,
sino traslado de la madre Eva.
O yo haré que el mundo
o nada dije el C. Italiano to...
César de Borgia, y esto a mí me abona,
pues dice: o nada, o el de ser Belona.
Con aqueste en mujer atrevimiento,
y
de su gala y ornamento,
estas armas me ofrece, en espanto.
Con que parezco al sol y enluto el viento,
quemando de esas naves gavia y cable,
con máquina sombría
al día en noche, y a la noche en día.
Mas ya que con armada
como bien regida
no te espante
que desprecie en los dos, mal repartida
victoria, aun no para quien soy bastante,
y entera bien merecida.
Y si así fuera, aunque grande gloria,
alguna mereciera mi victoria.
Vase
¡Ay, mi Dios, señor!, que la nena es tuya
que ella en ti su fortaleza incluya,
estas son, toma sus doradas llaves;
de Licandro arrogancia se concluya,
mata su gente, quémale las naves,
que yo pues vengo a ser tan desdichada,
pues no pude ser César, vuelvo a nada.
Prométote, Dionisio, que he tenido
tan deseado hablarte,
por no preguntarte
la ocasión de negarme lo que pido,
que por esto me agrada
que vengas contra mí con esa armada.
Soy de toda victoria
absoluto señor y rey supremo.
No hay que me teman y no temo,
de donde nace a donde
es más noble corona,
es más rica del más profunda zona.
Pretendes,
tu vano ceño, tu corona altiva,
o sola la hermosura
de quien del seso y libertad me priva,
este Licandro villano,
que enlazar no merece real mano.
¿Fue delito rendirme
a quien el sol rindiera ardiente?
Libertad firme,
aunque en Clitie la viera convertida,
y en su carro estuviera, si se atreve
a otra Dafne velada cultos de nieve.
Mátame el cielo, que no siento tanto,
pues me acuerdo de Dafne loca y necia,
amenazas de
como ver que desprecia
a quien tierna la adora
con presunciones de Lidora;
y tan loco me tiene
que aunque más se resista
tu valor y su ingrato pensamiento,
primero que desprecie mi conquista
pinos
has de laurel a mi deseo.
Lisandro, miro tu causa.
Amor tienes, que él también
suele vestirse las armas.
No te he negado a Lidora,
porque no piense que igualas
Ya sé que de Hungría, rey,
tus mares y tierras mandas,
y que de Italia también
te han respetado las aguas;
primero te hallabas
porque sabes que estimar
ya que no tan enemiga
no enteramente en mi gracia.
Que no me vieras humilde,
si humilde me replicaras;
que como supe que era
amor el que te obligaba,
y que eras tú el que pedías,
entendí que porfiaras.
Supe después que arrogante,
tus soberbias amenazas,
más airado que valiente,
y dije: pues vive Dios,
que pues ausente me agravias,
que he de castigar con obras
al que ofende con palabras,
y que primero que enlace
una de paz y otra de armas
las manos robusta y bella
de de mi hermana,
que o ha de vencerme, o vencido
tiene de venir a Italia.
Veniste contra Riuano,
y en afrenta de tu patria
vilmente la combatiste
ayudándote Diana,
que injusta esforzó tu pecho
y dio a saco las murallas,
cubriendo en conchas de nubes
su tornasolado nácar.
Fue contra ti Ludovico,
noble padre de Filarda,
esta que te ha rendido
nueva Camila o Cleopatra,
nuevo ser, nuevo milagro,
y aun para decir estorbo,
nueva estrella que me inclina,
nuevo rayo que me abrasa.
Este pues, fuerte soldado,
de mis muros barbacana,
padre, amigo, consejero
y báculo de mi fama,
te presentó tus navíos
a las bellas pléyadas,
ninfas que
en vidrosas salas
del mar ,
tendidas banderas
esparcen capas
a los vientos por desprecio
y a la tierra por infamia.
Él fue en efeto bastante,
con poca gente, aunque honrada,
a hacer
espaldas.
Entró en Nápoles triunfante,
dando nombres y estatuas,
donde, si no le pagué,
le di regias alabanzas.
Y dije: ya que Lisandro
ha temido mi pujanza
y conoce lo que puede
la ira de mi deshora,
quiero que le dé la hermosa
mano Lidora madama,
iris para mis tesoros
y de sus amores palma;
y, criando embajador,
y a que con una embajada
salió de Nápoles duca
con gusto y presteza tanta
que entiendo que se calzó
en lugar de espuelas alas.
Supe en fin que como suele
el toro herido en la plaza
dejar al que va siguiendo
y seguir al que le agravia,
dejaste a Rímini libre,
y acreditando la esclava
de su ofendido valor,
la noble Ancona cercabas.
Ofendióme tu presteza
y vine con esta armada
a ofenderte y defender
a la que ahora me mata.
Los dos estamos aquí,
y porque conozcas cuánta
grandeza encierran de un rey
nobilísimas entrañas,
te digo ahora lo mismo
que primero me escusas,
y la embajada te doy
si lo admites, cesarán
estas prolijas batallas,
y en efeto excusarás
el peligro que te aguarda;
porque si llego a sacar
el acero de la vaina
para poder resistirlo
tus naves y tus escuadras,
haz un castillo de bronce
cada movediza casa,
un infierno cada pieza,
una furia cada bala.
Entre encantos un tesoro,
otro vellocino de oro
entre toros de metal,
en un león un farol.
plata en píldora, esperanza
en muertes, quieta bonanza
entre sirtes procelosas,
y entre adelfas, puras rosas
me has propuesto a mi cansanza.
Dasme a tu hermana ,
y al dármela me disfamas
mezclando entre amantes llamas
otras que mi honra llora.
No tratas pues de ahora
de que servís blasonar
de mi agravio, y muestras dar
de que padeces a quien
primero el bien
para volverle a negar.
Ya que darte intentabas,
no le dieras sin pensión
de agravios en mi opinión,
con amenazas tan bravas.
¿No adviertes que me negabas
lo mismo con que me obligas?
Mas, que el haberme vencido
ver que ahora me digas:
"Ay, Dionisio, ¿quién pudiera
atropellando su honor,
lograr intentos de amor?"
Quien menos del valor fuera,
pues como menos irrita
procura luego embestir,
y aun ayúdame a sentir
mi desventura también,
pues cuando me das el bien
no le puedo recibir.
Déjame que de mí entiendas,
Lisandro, que aquesa suerte
no fue mi intento ofenderte
al darte tan altas prendas;
hícelo porque no ofendas
de mi real homenaje
la amistad con el ultraje
de por ventura
que te daba esta hermosura
por tímido vasallaje.
Y viendo que era mayor
tu armada que oprime al mar,
muy bien pudiste pensar
que lo hacía por temor;
y cuando fuera rigor,
bien sabes, pues eres sabio,
que no ofendió brazo o labio
en guardándose lealtad,
que es necia la amistad
del veneno del agravio;
y de que venciese
no estés tampoco ofendido,
que el vencedor al vencido
no en la dicha venció.
Que bien a saber llegó
el que profesa cordura,
que no hay alteza segura,
ni bien constante victoria,
que en osar está la gloria
y en el vencer la ventura.
La bien merecida palma
recibo, ya que me ofreces,
que no es mucho que vencieses
a un cuerpo que iba sin alma.
Ya mi
te agradece con razón
que le des esta ocasión
con que a mi honor satisfaga,
para que digno me haga
de tan alto galardón.
Que estaba de suerte Amor,
que aunqu
Pues vuestra alteza me dé
sus brazos.
A vuestra alteza, a los
dos sujeto
Noble grandeza.
Siempre su amigo seré.
Yo, que siempre pagaré,
la que ha de ser deuda mía.
Tema ese valor Turquía.
Y el vuestro la ingrata Galia.
Decid todos: ¡viva Italia!
Decid todos: ¡viva Hungría!
Filarda viene.
Sale Filarda
¡Ay de mí!
Venga en buen hora Filarda,
para que en sus ojos arda
el alma que la vendí.
Dame tus pies.
Yo te vi
y es tu vista girasol.
Mal, Diana, tu arrebol
en la humilde tierra emplea.
Si más razón es que sea
la cuna baja del sol.
Ya valerosa Filarda,
que no soy competidor,
digo que es grande el valor
de quien ofende gallarda,
mas vuestra vista acobarda
vuestro acero,
y a Nápoles llevaré
esta vida por quien muero.
Ya rindo mi fuerte acero
a quien dichoso fue.
Ludovico os quiere ver,
venid a verle conmigo.
Viváis mil años.
Amigos
Neptuno nos quiere ser.
Aun toca recoger.
Bien estoy.
Qué cortesía.
estoy en la tierra mía,
al diestro lado venid.
Que viva Italia, decid.
Decid todos: ¡viva Hungría!
Vanse. Salen Lidora y Lisena
Fía más de su valor.
Siempre es mudable la suerte.
Vencedor tiene de verte.
Tendré hasta verle temor.
Pues si me dejas decir
lo que siento como a prima,
que otra cosa te lastima
da tu tristeza a sentir;
que bien puede el rey vencer,
aunque puede ser vencido,
y es tu mal, de mal que ha sido,
y este está por suceder.
Si sabe mi amor, Lisena,
¡ay, Dios!, mas ¿qué me fatiga?
¿Puedo hallar mejor amiga
para mi amorosa pena?
¿No es mi sangre y propio ser,
sujeta también a amor?
Pues, ¿de qué tengo temor
de decir que soy mujer?
Descubrirle mi mal quiero,
porque me ayude a sentir,
que el no haber a quien decir
el dolor, es el más fiero.
¡Ay, prima!
Triste de mí,
ella quiere declararse.
¿Quién podrá determinarse?
No me ayuda.
Yo perdí
la esperanza que me anima.
Si la dejo de declarar,
que ha de quitarme el lugar
de lástima a quien estima,
también que no
cabe en un noble sujeto
ofender con el secreto
a quien se le descubrió;
y que si después le quiero,
buscará agravio también,
que ponga mi amor en quien
ella le puso primero.
La corona de este guante
cubre el anillo, temor,
demos la muerte a su amor
antes que llegue a gigante.
¡Ay, semejante mujer!,
que cuando fui a declararme
no la obligara a ayudarme
el deseo de saber.
Cruel eres, prima mía.
A mi amor debes
ese nombre.
Cuando ves
fiestas, Lisena, algún día
rompiendo lanzas y frenos,
Dios te ayude, por lo menos,
pues ya que quisiste ver,
obligándome a decillas,
las fiestas que mis mejillas
pudieron entristecer,
y a no verte en mis colores
vergonzosas las libreas,
y si jinetes deseas,
¿no lo fueron mis temores?,
¿no fueron mis lanzas,
y mis deseos caballos,
que pudieran alcanzallos
no más de mis esperanzas?
¿No fue encierro el pecho mío
de un torillo que salió
por mis ojos, y corrió
tras de mi tardo albedrío?
Toro de tanto poder,
que puede sin ver volar,
con alas al alcanzar,
sin ojos al ofender,
pues, ¿fuera mucho, Lisena,
siendo tan una las dos,
con un "ayúdete Dios"
sentir algo de mi pena?
Perdóname por tu vida,
que al escucharte el atento
corazón, un pensamiento
me entretuvo divertida;
y declárate conmigo
con toda tu libertad,
que mi honor y voluntad
a solo tu gusto obligo.
Prima.
Acaba.
Yo.
No temas, di.
No me atrevo.
Cierto nuevo
accidente.
¿De mal?
No,
sino...
¿Qué melancolía?
Más es.
Pues di.
Un frenesí.
Es de amor.
Ahora sí
que me ayudas, prima mía.
Quieres bien.
Y quiero bien hasta el fin.
Pues ¿qué humano serafín
fue de tu desdén?
Yo adoro, prima.
Detente.
Digo que mi alma adora...
No sé qué tienes, señora,
sobre la cándida frente,
un mal compuesto cabello,
era el que la deslustraba.
¿No es mi anillo? Aquí se acaba
mi vida.
Ya llego a vello.
Aguarda, por vida mía.
¡Jesús, qué manos tan bellas!
No las cubras, dos estrellas
no hacen tanta argentería.
Muero de celos.
Repara.
Vuelve, prima, a descubrillas,
que más con tus rayos brillas
que con los dos de tu cara.
Acaba, no seas necia,
vuélvete a quitar el guante.
Si tu rostro está delante,
la más clara luz desprecia.
y aun admiro tu favor
al decirme que están bellas,
porque hoy no me he puesto en ellas
nuevo artificial color,
no lo mandes si te agrada.
Mira que me enojaré
y te le quitaré.
Detente.
Ya estás pesada.
¿No basta mandarlo yo
para obedecerme luego?
¡Ay celos, monstruos de fuego!
Bebió mi veneno, no,
quiero darte más disgusto,
vesla aquí.
No está en aquesta.
Si más me afliges no es justo.
Ella está
burlándose de mis celos.
Son lo mismo.
Para quien muriendo está
tu confianza te engaña.
Cierto que has estado extraña,
esta es la mano.
¡Ay, Lisena!
¿Quién pudiera...?
Muestra a ver esa sortija.
Aunque mi lengua se aflija,
perdóname que no quiera;
y pues a más de ser yo
tu prima, soy tu criada,
y fuiste siempre inclinada
a honrar a quien te sirvió,
muestra tus gallardos bríos;
Leonardo a quien tierna vi,
puso los ojos en mí
al punto que vio los míos,
por los cuales declarar
lástimas del alma pudo,
y el invidiable escudo
de mi pecho penetrar.
Conmigo
con tal temor, que tuviera
no tanto si a reñir fuera
con el más fiero enemigo.
Díjome en fin que sería
mi esposo, y lo mismo yo,
y esta sortija me dio
porque le diera otra mía,
gloria de dos corazones,
y así te ruego, señora,
Vaya
pues le adoro y él me adora,
que me ayudes, y perdones
no haberte obedecido
fiando de ti el diamante,
para que de adelante
tu mano hubiera temido;
mas a Leonardo es forzoso,
por concierto firme y llano,
que he de dársela en su mano
cuando me la dé de esposo.
Sale Ludovico
El toro herido en el cercado coso,
la víbora pisada, el tigre herido,
burlado el elefante y ofendido
del cazador el jabalí cerdoso;
cuando le falta la comida el oso,
la leona si el hijo le han cogido,
el perro cuando rabia y no ha mordido,
un corazón celoso
en mis ojos verás tu fiera muerte.
Ya, Leonardo enemigo, me fastidias,
que un hombre desleal con sus mudanzas
todo el deseo en odio le convierte,
todas las esperanzas en envidias,
y todos los amores en venganzas.
Su padre es este, honra amad
a tan ingrato subjeto.
Hablando con el
que debo a tu majestad,
si de escucharme no os pesa,
os ruego que me escuchéis.
Decid pues lo que queréis.
Una jara me atraviesa
en cada palabra vuestra,
ser padre de aquel traidor.
Un mal vestido color
su pecho y beldad contrasta,
triste está con gran estremo
que aun no me quiere mirar,
y si más le he de enojar,
decirle mi agravio temo.
Mas
una tremenda afrenta
matarla presto es valor,
que es como mina el honor
que en un instante revienta.
Señora...
¿Qué querrá?
Vengo a que me remediéis,
bien hacéis, no me miréis.
Pena el golpe me da,
por que el mirar no os admire
deshonra en noble lugar,
que ya no debo de estar
para que nadie me mire.
El olvido de Leonardo
que os quiere,
sol de Licandro gallardo.
Porque el rey, señora mía,
aunque se mostró cruel,
quiere casaros con él
y hacer paces con victoria,
que aunque están competidores
os quieren sus majestades,
y hará de sus tempestades
aurora de sus amores.
Aquesto vuestro honor miro ahora,
que como a viejo señora
oráculo me consulta;
y como tal, perdonad
que os aconseje también,
en mi bien
le diré a su alteza.
Aunque ofenda mi opinión,
que es caso de inquisición
el honor en la nobleza,
peca el que no lo descubre
pudiéndolo remediar.
De la humilde afición
vuelva vuestro amor atrás,
y a nadie le doy jamás
más honra de la que saco.
Que si un cántaro preciado
echando agua se ha llenado,
en viniendo lleno el vaso,
toda la demás se vierte.
Que como el poco veneno
no daña por comutado,
y el néctar desapropiado
tampoco puede ser bueno.
¿A cuál mujer como yo
sucedió tan gran desdicha?
Mal haya quien engrandece
a quien la fortuna humilla.
Mal haya la que se rinde
al talle y la bizarría,
flores que de infamia el áspid
encubierto las marchita,
mal haya amén y todos la maldigan;
en el mar de su belleza
me embarqué en onada un día,
una nave mal regida
mientras pensaba
¡qué favorable regía
el viento de su esperanza
a las velas de mi dicha!
Mas ya que humilde se ve
entre Caribdis y Escila,
Caribdis de sus desprecios,
Escila de mis celos y ira;
aquí ya cansada y rota,
las ligeras velas caen,
y menos ligera aguarda
tanta funeral ruina,
dan voces: "¡amaina, aliza!",
y entre las ondas se asconde
la mísera navecilla.
Ya murió mi amor, mas ¡ay!,
que no son ondas estigias
que han de cubrir con olvido
mis amorosas reliquias.
Mas, ¿por qué no, cuando puedo
hacer que de olvido sirvan
la memoria de un ingrato,
dignamente aborrecida?
Ma. ¡Ay!, otra vez que siempre
nuestro corazón se inclina
al más ingrato por tema,
y a los celos por envidia.
Sale Leonardo
Maldígate Dios, amén.
Ingrata y propina.
Mas ¿por qué, si
ha sido la culpa mía?
Mal haya amén, y todos me maldigan,
si se ha visto alguna vez,
con escuridad el día,
la primavera sin flores,
el alba hermosa sin risa,
el sol sin rayos, la luna
de los que le da mendiga,
las floretas sin olores
aspiran
sin luz las claras estrellas,
Y ahora que estáis triste...
porque alegre de vuestra vista,
les presta con más ventajas
a la primavera, al día,
al alba, al sol, a la luna,
a los prados y avecillas,
y a las estrellas y fuentes,
flores, claridades, risas,
dulce y sonoroso canto,
luz, corriente y plata fina.
Si se ha visto alguna vez,
en la sangre limpia
deslealtad, en la firmeza
necedad, en un
iras con tiernas raciones,
rabia en gusto, muerte en vida;
es ahora que tú vives
para que mi pecho diga,
que vistes con vil ventajas
viles, a esta valentía
a tu boca
amor
dichos,
indignidad, mala lengua,
deslealtad, deshonra impía,
necedad, agravios,
celos, muertes, rabias, iras.
A villano, no bastó
dejarme por mi enemiga
Lidora, sino también
hacer que su padre riña
mi amor, por decirle tú
mis amorosas fatigas.
No tengo de quien quejarme,
sino solo de mí misma,
mas pues soy tan desdichada,
bien es que agraviada diga:
la que rinde libertades
a engañosas tiranías,
finezas a falsedades,
grandeza al que el hado humilla,
honra a un vil, amor a celos,
y verdades a mentiras.
Vase [Lidora]
Sale Quintín
Fin
Mal haya amén y todos la maldigan.
Señora, detente, escucha.
Dime primero qué es esto,
óyeme, espera, ¡ay!, presto
con mi dicha el hado lucha.
Oye, y diré que jamás
te he ofendido con Lisena;
mas por darme mayor pena,
sin escucharme te vas;
que en este infierno de amor,
que ya no es bien que resista,
el carecer de tu vista
es el tormento mayor.
Rómpeme el pecho, señora,
y hallarás, ardiente robo ,
no corazón, sino un globo
del resplandor de Lidora;
y verás, en lo que has hecho,
que por el alma te di;
cuando enojada te vi
no se me salió del pecho.
¿Yo en favore obcura mengua ?
¿Yo no amor, yo falsedad?
¿Yo infamia , yo deslealtad?
¿Yo infamia, yo mala lengua?
No puede ser, vive el cielo,
que en mi vida te ofendí,
fleche el viento contra mí,
nubes y montes el suelo,
sufra mi espada y mi labio
un mentís, corazón,
un desprecio, una traición,
un mentís, que es más agravio.
No esté yo con vida un hora,
mas ¡ay!, fortuna enemiga,
¿qué importa que yo lo diga
si no me escucha Lidora?
Viendo el cecares escuadrón
vestido de infamia y luto,
y con más ocasión
te he perdonado
por ver la desdicha mía,
que es la mayor valentía
el poder ser desdichado.
Pues aquí te estás ahora.
Pues bien, ¿qué tengo de hacer?
¿Por qué no sales a ver
lo que el sol de invidia llora
y se ha parado a mirar?
Vive Dios, que he sospechado
que aqueste infame criado
es causa de mi pesar.
Hablador, me taladre,
¿de qué estás triste, señor?
Él solo supo mi amor,
y él se lo dijo a mi padre;
sacaréle la verdad
a puñaladas del pecho.
Ven, verás el mar estrecho
la ciudad,
con mil naves, que si corres
el paso que pasas,
juzgarás los vasos casas,
y árboles y torres.
Ven, divisarás salvajes
que visten velas nevadas,
con entenas por espadas,
con banderas por plumajes.
Ven, verás que el escuadrón
charco marino
como quien echa en el vino
mondado melocotón.
Ven, pensarás que en el mar
cayéndose cien montañas
por maravillas extrañas
han aprendido a nadar.
Verás nubes de madera
turbando soles serenos,
escupir rayos y truenos
en la marítima esfera.
Verás el azul tridente,
por milagro peregrino,
parir, con ser masculino,
dos ejércitos de gente:
uno del Licandro,
y otro del rey poderoso
Dionisio, más venturoso
que el invencible Alejandro;
y entre ellos Filarda, luna
que a abrace,
pues nueva Venus renace
de la procelosa cuna;
y aquel húngaro que sabe
que mis costillas padecen,
cuyas narices parecen
otra diferente nave.
Todo Nápoles se altera,
tú faltas allí,
ven presto y así
verás más que uno que espera,
vendrán tan presto...
Ya vienen,
pues mientras vienen, infame,
si no quieres que derrame
sangre que tus venas tienen...
para infamia de la mía.
Jesucristo sea conmigo.
Has de decirme...
Ya digo.
Ciegos de santa Lucía,
digo que soy gallina,
un lobo, un calino, un macho,
un ignorante, un borracho,
un episto, una medicina,
una soria, un jarabe,
una purga, un cirujano,
un dotor...
Calla, villano,
que haré de tu pecho alabe.
Dos mil veces esta daga
aquí tienes de morir, o
o me tienes de decir...
¿Qué quieres que diga o haga,
amo de mi corazón?
Dime qué has hablado,
con que infelice me has quitado
la fama de mi opinión.
Los reyes vienen aquí.
Reyes santos, reyes magos.
Salen de Rante los que pudieren
y Lise Ludovico, Lisena, Lidora, Filarda
y Fronicro y Licandro
Dignas de eternas palmas
son: campo de amistad, victoria de almas.
Siempre la mía adora,
digna de adoración a mi Lidora.
Yo os quiero agradecido
por hermano y mi hermana por marido.
Razón es advertirme
que no llega mi hermana a recibirme.
está sin vida,
y en mí mi alma de la suya asida.
Ya sin amor me veo,
celos le han dado muerte, aunque es...
Mucho a Licandro mira.
Estos, sí que son celos, rabias, iras.
Ofrécele en fin
un lacayo de cera a san Quintín.
No es bien, querida hermana,
dilatar los de hoy hasta mañana,
dale la mano al príncipe.
Que muero.
Obedeceros y agradaros quiero.
Yo, pues soy tan dichoso...
Qué ventura.
Os la doy de vuestro esposo.
Y yo a vos, aunque triste,
a mi amor.
¡Ay de mí!
¿Qué ruido es ese?
¡Ay, semejante desdicha!
Aurelio
¿Qué es esto, Aurelio?
No esperéis,
valeroso rey Dionisio,
y tú, Licandro valiente,
a miraros sin vasallos,
que sobre una triste muerte
que dio un húngaro enfadado
a un italiano, se enciende
de manera entrambos campos,
que infinita gente muere.
Vamos, Licandro.
¡Ay de mí!
La ocasión huyó la frente.
El cielo miró por mí.
Ya me pesa.
¡Ay, triste suerte!
Al navío con ropas altas
como nuevas he de ponerle.
Sale Quintín
Entre estas verdes ramas,
de día libres suaves,
de los tonos de las aves,
y noche frescas camas,
pabellón de rosas, ramas,
en que reciben al sol
pisando una y otra col
desta huerta, ¡ay suerte mía!
Murciélago soy de día,
y de noche caracol.
Temo a Leonardo, que ha dado
en decir que yo le ofendo,
no sé qué chismes diciendo
el mismo diablo ha enredado,
y por no verle enojado,
a mi costa, sin razón,
ando hecho un san Antón
en este yermo protervo
donde aguardo a que pase un cuervo
que me traiga la ración.
linda cosa para mí.
fuentecillas, arroyuelos,
denme paciencia los cielos
mientras me tienen aquí.
A cierto poeta oí
que no hay vida como aquesta,
le denuncié de escribir,
que alegre pudo decir
a una cosa tan molesta.
Sí, bien hayan los poetas
de ahora, desde el primero
al más aprendiz postrero,
no como tú, que interpretas
las rosas y las violetas,
molde de poetas cuerdos.
No es bien que a tales absurdos
tus conceptos encamines,
deja de pintar jardines,
pinta casados y sordos.
Sale Lidora
Ilustres de aqueste jardín,
suaves que habitáis sus hojas,
flores moradas y rojas,
lirio azul, blanco jazmín,
Lidora soy, en fin,
de su misma voluntad.
Arroyuelos, murmurad,
aves, cantad, y roncas
flores, pues perdí las mías,
ni que os pise me dejad.
¡Ay cruel antipatía
de un alma que se inclinó!
Que amara a Leonardo yo,
¡ay mísera suerte mía!
Aprendo mi osadía,
cuando piadoso derribó
el cielo el que amante te vio.
Licandro, amado interés,
como el que piensa después
en el peligro en que estaba.
Mas ya que remedio tengo,
dejemos alma de amar,
hoy me tengo de casar,
a ser de Licandro vengo;
vanamente me entretengo.
aborrecida, que
cuando quiere y es querida.
Sale Leonardo
Desesperada esperanza,
acoge de mi quietud
de mis gustos ataúd,
uracán de mi bonanza.
¿A qué ideas te abalanza
mi ya pertinaz cuidado?
un cielo derribado,
sin saber lo que te humillas.
Quiero sentarme a la orilla
deste arroyo corcovado
a dormir, que he comido,
y en no teniendo yo llena
de las tripas la alacena,
y el caput favorecido
del dios Bromio, ni un ronquido
me alentará procupino.
Leonardo está allí; adivina
el alma, que celosa
esta entretejida rosa
de mi honor hará cortina.
¿Qué me queréis, ilusiones,
fantasmas de mis deseos,
ilustres teseos
de inmortales corazones?
Dejadme con mis pasiones,
ya sé que hoy se casa Isura,
memoria,
pues házelo con mi mano.
Pero no, que soy cristiano,
que si no, que lo mucho hiciera,
que mi amor y mi firmeza
fiero ingrato desconoces.
No des voces,
que me quiebras la cabeza.
¡Ay más que ingrata belleza!
Pero ¿no es este Quintín?
Ay, glorioso san Mamerto,
consuela un alma que llora.
No te escaparás ahora.
¿Qué es, en fin?
Yo quiero como tú sabes.
Adelante, que soy primero,
sino al cielo de un raro
amago del mismo cielo,
que por mi desdicha
ingratamente la veo,
muerte de mis esperanzas
y la de mis deseos.
Ya sabes tú que Lidora
me mostraba amor y mensa.
al compás que yo la amaba.
¡Ay!, esto es cierto.
¿Quién llegóme más cerca?
Pues yo me pasé aquel tiempo,
ya se consumió su amor
en un asomo de hielo.
Juzgaba yo duraderas
mis esperanzas en él
ven más.
¡Ay, amigo infiel!
ahora vete.
Vete a Dios, que es muy malo
y que tú la has de tener.
Infame, honesto es lo mesmo
tan malas obras hacer,
recibiste de mi pecho...
Señores, yo bien confieso
que digo de hablar en falso.
Con la lengua de raíz
espinosa apercibe el
a los fales de estos
experimente él.
A don Pedro, te ruego
que mi mal, por Dios, exceptes.
Yo a tu padre...
Vete, villano,
pues me tenías por tan necio
que no conozca que vos,
y díjeme la pues si, o
que solamente fue de
de mí bací mi secreto.
Vuelbasetio del colodrillo
sé yo, señor.
Ruegos, perdón.
Mas mire el diablo.
¿Qué dices?
Plegue a mis insiencias, que quiero
aquesta estrella, lucero y rayos
no de ver diamantes.
Pues...
Escucho, ¡ay Lisena!
Ella abrió y fingiendo
a mí no me miró
en den, vive el cielo,
esplendón, le ruegas.
Si rigurosas tus culpas,
ya es tiempo que te perdone,
vuelve, Leonardo, a mi pecho.
¿Qué te detienes? Acaba.
Tente, que tu error de mí.
Di la verdad ahora, tente,
que solo tu boda intento.
No esperes de mí otra cosa,
porque soy muy verdadero.
Presto, prosigue.
Despacio,
porque nos entre en provecho,
que estoy un poco turbado
y con los dientes tropiezo
mientras hablo, al fin
como día de mi cuenta
me eché a dormir al lecho.
Sepultóme entre sus ondas,
nadando como un cangrejo,
que aunque sus corrientes son
como el cristal, agua veo.
Por mí se pudo decir
sepultado en hondo sueño,
que porque no se me aguara
lo tenía en mi pelegio.
Soñaba que me pondrían
estas dos torres fuego,
porque venía azafrán
a hacer locrando sarmiento,
un aguacil barbita
y un escribano bermejo,
que con untarse con otra
de auge de color se habrán vuelto,
y el plumígero ministro
convertido en un esclavo
me hizo ignorante a lo que
azafrán vendes, sabiendo
que por no tenerle yo
doy dinero al barbero,
las de Vizcaya, señor.
Y respondí con gran áspero:
"No son barbas de azafrán,
que toda la lana es pelos."
Mas apenas lo hube dicho,
cuando agarrándome el cuello,
a coces y empujones
el sueño me echó del cuerpo.
Desperté y hallé a mi lado.
Despierta, Quintín, diciendo
a un hombre por quien retuve,
le conté todo el suceso,
y preguntándole yo,
deseoso de saberlo:
¿era el tal hombre tu padre,
que más astuto que un suegro,
llamó a su ronda y me tuvo
cuatro días en un cepo?
Todos pronósticos crueles
de aquel diablo fariseo.
Y cuando verás que yo
estos trabajos padezco
entre estas grutas amargas,
más cruel que Polifemo,
ya me ofendes con sospechas,
me acabarás con desvelos,
me traspasas con ayunos,
y me derriengas con celos.
A fe que de esta suerte
se pagan servicios buenos,
honran leales criados,
ilustran honrados pechos.
No se tiró de la raya,
que si no, en esta vez consiento.
Si yo soy Hernán Cortés,
véngome a ser lacayo en cueros.
Oye, Quintín, no te ahogues,
quiérote bien, ya me pierdo.
¡Ay, Leonardo de mi vida!
¡Qué adversidad y qué encierros
de mi fortuna bastaron
a sacarme de mi pecho!
Pero bastaron invidias
de una mujer porque aun muero,
aunque es discreta en quererte
y disculpada por cielos,
que se alentase briosa
a tan atrevimiento
desleal rompiendo leyes
del que me debe respeto.
Apenas estoy con recelo
vengarme, un alevoso,
que tan locas desvergüenzas
no por amor se sufrieron.
¿Te parece, Quintín,
que desdichas y enredos
tan pesados me quitan
la gloria de mis deseos?
No es posible si permites
que venga a su asiento.
Que aquel amor de Isidora
fuera, si verdadero,
que amor que por un agravio
en dos, ni tres, ni quinientos
apaga su ardiente llama
o se encubre tanto tiempo,
no es amor, ni calabazo,
y en Isidora lo pienso,
que ni han quedado cenizas
de aquel su pasado incendio.
Ay, Quintín, ¿qué es el honor
en principales sujetos?
Grave enemigo de amor,
fuerte freno del deseo.
No sé qué ha de ser de mí.
Mira, Leonardo, aunque es viejo,
esto de dar celos es
sabrosa cosa a su tiempo.
Lisena por ti se muere,
finge, y vuelves diestro,
apunta aquí y tira allá,
como el cazador que es diestro.
Hártas veces he querido
usar de esa estratagema;
días ha que con tal recelo,
a un poderoso efeto,
tuve una grave ocasión
de darlos el otro día,
mas quitóme la intención
temeroso el corazón.
Mas ahora que me le visto
sin temor, viven los cielos,
que he de hartarme de dar celos.
Eso sí, cuerpo de Cristo,
mas oye ahora, señor,
que el propósito no deja
lo que le dijo a una vieja
un hombre de buen humor:
"Acuérdome, tu isonia hermana,
que a treinta años diferencia,
que tenías cuatro dientes,
y siempre con renegra cana.
Dioste una tos, y volaron
dos dientes, y te dejó;
vino otra y te quitó
otros dos, y te quedaste,
ya ahora de reír has de arrancarte
y has de perder la voz,
pues aunque de dos en dos
no tiene ya que gastarse".
pues es bien, Quintín, que empieces,
habla a Lisena por mí.
Vase [Leonardo]
Salen Aurelio y el Rey [Dionisio]
Vete y déjame, que aquí
suele salir muchas veces.
¡Ay de mí!
Advierte, señor,
que no es bien con tal tristeza
deslucir tu grandeza.
Váyanse, causa es amor.
Váyanse, pero no es ley
que cause en ti tal desmayo.
Si es el amor como el rayo,
menos poder tiene un rey;
mi afición se inmortaliza
a la pena de su desdén,
desta mujer.
Y también
tu ser
Tan loco estoy, que a morir
el llegar a intentar
no pensara
ver en Italia al casar
que el honrado Ludovico,
fiel, cuerdo, noble y valiente...
Fuerte es su accidente.
Mi muerte me pronostica.
Nobleza tiene,
el duque genovés ha hallado,
señor, el primer criado
que no ha sido adulador,
aunque a los humildes maltrate.
Que mucho no cuides tú
remediar con hacer
tu esposa tanta belleza,
que tememos tus vasallos
algún impensado mal
en tu persona real;
bien excusará agradallos.
Mas temo con justa ley
a mi padre, que aunque ya,
Aurelio, que enfermo está,
tantos años aun es rey,
y temo su indignación.
Muera Diomedes, ¿a qué aguardas?
Como lo burle Lisarda,
fineza de su afición.
Mas, ¿no es Quintín?
Sí.
¡Hola!
¡Oh, hidalgo!
Yo no soy,
mas ahora oculto estoy,
no debe de ser a mí.
¡Oh, caballero!
Sin don
y caballero tampoco
me dicen a mí.
Estáis loco,
su alteza os llama.
Blasón
haré aquesta armadura
de mi solar condenado.
¿Cómo no habéis respondido?
Soy muy cuerdo.
Esa es cordura.
Llamó "hidalgo" y aunque ayuno
a ese santo y cierto estoy
de que hidalgo soy,
aun no lo sabe ninguno.
Y cosas sabidas son
que cualquiera caballero
lo puede ser sin dinero,
sí, pero no sin don.
Pues tan caros valen ya.
Como los hay a montones,
despreciamos a los dones,
lacayos de por acá.
Mas yo, señor, apostara
a enredar cierta invención
con que no se hallara un don
por un ojo de la cara.
Dila, a ver.
Cuando quitaron
allá en Castilla el azul
y en ropas de gandul
los osmates engastaron,
y encubridores
a los cuellos destruyeron,
de una treta se valieron
los señores regidores.
¿Y fue?
Que porque ninguna
hicieron que los trujera
toda la gente ruina.
Así aquestos caballeros,
quisiera yo que mandaran
que solo del don gozaran
los lacayos y cocheros,
y que viendo esto cualquier hombre honrado y vergonzoso, buscaran un uso nuevo para acompañar el nombre.
Pero dejando esto aparte,
Quintín, tengo en qué ocuparte.
Manda al más leal criado.
Yo quiero a Filarda, y quiero...
que le lleves un papel;
¡qué mandato tan cruel!
Es Leonardo fiero,
y si me topase al fin
en estas ocupaciones,
no hay chicos lanzones
para el mísero Quintín.
Mal haces si aqueso sientes,
que no eres tú el que la adoras.
¿Que ahora la ley inoras?:
"facientes et consencientes".
Pues una vez, gran señor,
en guerra un contrario,
al otro en el campo vario
le cautivó el atambor,
el cual, viéndose cautivo,
dijo: "Duélanse de mí,
que de vuesarcedes por mí,
no hay hombre que no esté vivo.
Jamás he reñido yo,
ni vio mi espada su gente",
mas el capitán valiente,
airado, le respondió:
"En aqueso pecas más,
pues en el contino alarde,
aunque eres el más cobarde,
animas a los demás".
Toma este anillo, Quintín,
y espera aquí a que dé
Aurelio el papel.
Vanse Aurelio y el Rey
Sale Lisena
Sí haré.
¡Oh, qué oficio tan ruin!
¡Ay vida más desdichada
de una mujer que desea
y no se tiene por fea,
como vivir despreciada!
Si iguales mis partes son
a Leonardo, adversidades,
¿por qué en estas igualdades
no proporción?
¿Por qué permitís morirse
a las manos de un desdén
un alma que quiere bien
sin porder arrepentirse?
¡Ay estrellas desiguales,
puestas contra el poder
de una mísera mujer!
Quintín triste...
Hay grandes males.
Males, Quintín, pues, ¿qué tienes?
Mil palos, mil mojicones
y muchas malas mujeres
causadas de tus desdenes.
¿De mis desdenes?, pues di
a quién le mude el desdén.
No es preguntar a quién,
Leonardo, que fuera de ti.
Qué dices, lléguese más.
¿Leonardo por mí?
Sin duda.
Ay, ahora si no te muda,
grande esperanza me das.
Cincuenta doblones,
si no me engañas, Quintín.
No es tan firme san Martín
ni la torre de Lodones.
Estase por ti muriendo.
Ventura el amor me preste,
mas ay, Quintín, ¿no es aqueste?
El mismo que estás temiendo,
llega y háblale, que viene.
Echa el alma un almidón,
que yo llegue no es razón.
Pues él, temeroso, viene,
no llegará si primero
no le quitas el temor.
Qué recelos creando Amor.
Señor mío, aunque deba
agradecer este bien,
el que vos me queráis bien
solo a la ventura mía
lo agradezco a vuestro brío,
a vuestro valor y prudencia,
pues que me han dado licencia
de que os pueda llamar mío.
De que era de vos amada,
Quintín palabra me dio,
decidme si me engañó,
sabré si soy desdichada.
Mal de vuestra discreción
mostráis ilustres despojos,
pues no entendéis por mis ojos
lo que dice el corazón.
Mil años ha que padezco
por vos, mi dura terneza,
que mis tiernas asperezas
bien sé que en ellos merezco;
con mi amor, por mi memoria,
que es Dios, y es bien me agradezca,
que estos trabajos padezca
por alcanzar tanta gloria.
Si no doy justo castigo...
Sale Lidora
de Lisena al proceder,
no pienso que el de poder
a mí conmigo.
¡Ah infame!, que por ti fui
ingrata al mejor amante,
mas ay fortuna inconstante.
En cuanto dije mentí,
esa novedad me espanta
con aquellos desengaños.
¡Ay, amor, monstruo de engaños!
¡Ay, triste de mí, la infanta!
No importa, finge, Lisena.
Que estás algo divertida
viéndome de ti querida,
el estarlo me da pena;
y por vida de los dos,
que cuando no pienso en ti,
pienso que no estoy en mí.
¡Eso sí, cuerpo de Dios!
Y no amar a una engreída
gravedad, ¡ay que me ven!
Mujer, o no quieras bien
o no temas en tu vida.
No pueden ser, aunque ves
mi desdicha con mis ojos,
ni ciertos estos enojos,
ni cabal este deseo.
Y aunque lo son sin certeza,
me da temor los recelos
de que, dándome estos celos,
saca fuerzas de flaqueza
su amoroso proceder.
Considero, sin creerlo,
mas fácil será saberlo
ahora o presto ver.
¡Lisena!
Señora mía.
¿De qué te turbas?
Estaba...
Si estás triste, ya se acaba
tu pesar con tu alegría;
dale albricias a tu amor
de un bien que te vengo a dar.
Siempre me tienes de honrar.
Ni aun ha mudado el color.
¡Ay, Quintín! ¡Qué necios son
los que se valen de celos!
¿De qué aprovechan anzuelos
si hay marrajo o tiburón?
Ya por el príncipe van
porque la mano le ofrezca.
No hay cosa que no merezca.
Es entendido y galán.
Ay cielos, con más espacio
hasta que pierda el sentido.
Más colores te has vestido
que un pretensor de palacio.
Yo te quiero dar esposo,
Leonardo, dale la mano.
Mil glorias en esto gano.
¿Qué es esto, amor riguroso?
¡Oh, maestra de mujeres!
Mi bien, ¿en qué os detenéis?
Pesares, ¿qué me queréis?
A tus mismas manos mueres.
Dale la mano, ¿a qué aguardas?
Señora, ay loca esperanza.
¡Qué dulce es una venganza!
¿De qué esposo te acobardas?,
que en tan venturosos fines
cifrada mi dicha está.
Que mi esposo viene ya,
avisan estos clarines.
Señora, en su mano estoy.
Tiénese de dar la mano,
amor, muera este tirano
o no seré yo quien soy.
Tocan y sale de acompañamiento, y avisa Ludovico, Dionisio y Lisandro, galán
Quintín, en tan triste suerte,
pues de cualquier modo muero,
yo conmigo fiero,
me tengo de dar la muerte.
Harás muy bien, en verdad.
Tú verás que a Bruto imito.
Y será, por Dios bendito,
muy grande crueldad.
Ya, señora, ha llegado venturoso
el luminoso día en que os merezco,
y os ofrezco un esclavo y un esposo.
El amoroso agradezco
que dais al que padece generoso,
venturoso parentesco.
Suelta, porque mi sangre vil derrame.
Señor, detente y mira.
Sale Aurelio
Suelta, infame.
Señor, aunque me perdones
en esta ocasión los ruegos...
de que tu padre se muere,
será razón que lo sepas.
Iré a su muerte sin vida.
Licandro, fuerzas son estas
de amor; si me ves llorar,
no imagines que es flaqueza.
El cielo vuelve por mí,
mi esperanza a vivir vuelva.
Mucho me burlas, fortuna,
detén un poco la rueda.
Pecho de bronce animado,
alma de diamantes hecha,
poco discretos sentidos,
inadvertidas potencias.
Dionis me quiere bien,
¿por qué le cerráis la puerta
cuando puede hacer un rey
del poder llave maestra?
¿Hasta cuándo han de durar
mis honradas resistencias,
contra mil ternezas blandas
y mil amenazas fieras?
Es una real gentileza
y una sutil discreción
y una heroica fortaleza.
Mas responderéis que honor
es justa razón que venza;
yo confieso que es verdad,
pero si sentís mis penas,
debéis a mi padre amistas,
que yo casarme quisiera,
porque me dice el espejo
que no es la hermosura eterna.
Sale Dionisio
Un repentino accidente
es forzoso que padezca,
ya que no la muerte misma
efeto de su inclemencia,
volvió mi padre a la vida
y yo al centro de mis penas.
El rey...
Esperad, señora,
y oíd de un rey que os desea,
celosas desconfianzas
y desesperadas quejas.
yo os adoro y loco estoy.
Deténgase vuestra alteza,
que mi honor está conmigo.
Amor le pondrá su venda,
una mano sola os pido,
pondré mis labios en ella.
No lo consiente mi sangre.
Pues remitióme a la fuerza,
para ver si tanto fuego
un monte de nieve templa.
Daré voces.
Loco estoy.
Sale Ludovico
El extranjero se altera,
muerto soy, válgame Dios.
¡Ay triste!
Grave presencia,
temor el viejo me pone.
Sus ojos vierten centellas.
Pues bien, duque, ¿qué decís?
Que los húngaros quisieran
ver hecho este casamiento;
porque sospechan
que es engaño esta tardanza,
aunque no por culpa vuestra.
Vase
Gobernador, poco importa
que hoy motivan sus sospechas;
que mi verano es de amor.
Aquí muero.
Filarda, el hábito trueca,
ponte luego de camino,
y ven, que tu padre espera.
No me repliques.
Pues ya voy.
Vanse
Salen Leonardo y Lidora
No te detengas,
Ancona, en ti me veré
más seguro de mi afrenta,
mas favorece a quien es
de su honor segundo Eneas,
que incendios de amor abrasan
Si mis tristes fatigas
pueden mover la rígida venganza
con que un alma castigas,
óyeme.
Qué enfadosa confianza.
Quedarán tus crueldades satisfechas.
Sale Lisardo
¿Dónde, celoso, me llevas sospechas?
Oír quisiera lo que están hablando.
Y Lisardo quisiera oíllo.
no sin razón mi daño recelando,
pues no podré sufrillo,
que en la mayor alteza
viene a ser más terrible la bajeza
en fiero agravio tardo.
Cuando más sin amor y más olvido...
Ya estoy casada, déjame Leonardo.
Ella está empedernida.
En mis más fieros rigores
solo rendid oídos, no favores.
Loco pueden llamarte,
esta noche me caso, ¿a qué esperas?
No pido que me quieras,
solo procuro, ¡ay cielos!, que al casarte
te acuerdes con clemencia
de mi amor, mi valor y mi paciencia,
y por esto te ruego
que mi inocencia escuches mi disculpa.
Estoy temblando,
que el rey me está esperando.
¡Ay fiero agravio!, hélome de fuego.
Yo, Leonardo, acredito
que no ha sido ninguno tu delito
cuando honrado, impaciente,
y comprehendió tu padre mis amores.
Mas, porque no te ignores,
no del todo inocente,
dejarme por Lisena
no es digna ingratitud de mayor pena.
Viven los cielos que le pide celos.
Quise, desesperado,
ver si celos podían con desvelos
despertar tu cuidado.
Necio, Leonardo, fuiste.
¡Qué mal a mi agravio mi valor resiste!
Nunca el lebrel castizo
corrió por el azote más ligero
el venado echadizo,
ni con el acicate hizo al overo
el español jinete
que juntase el codón con el copete;
la remendada pía
no tira alegre la imperial carroza,
ni aspira bizarría,
ni con relinchos claros se alboroza,
si leve el perigallo,
que basta por el aire traspasallo.
el arbolillo tierno
de vientos sin descanso combatido
en un perpetuo invierno,
temblando está, sin gala y sin vestido,
y en vez de dulce fruto
da a Vulcano su troco por tributo.
No amansan al novillo
los haces de garrochas en el coso,
que busca algún portillo
con ellas hecho bravo y más furioso
que el que mató a Teseo,
o beben de las aguas de Peleo;
ni al que es discreto amante
le forzaban los celos el deseo,
ni hicieron más constante.
Sigue, Leonardo, el comenzado empleo,
pues es Lisena hermosa,
hoy voy a ser de mi Lisandro esposa.
Peregrina belleza
la de Lidora, pero no consiente
liviandades mi alteza.
Poderoso mi amor, mas mi honor sufre
que a tan altos inventos,
si son viles, ofenden pensamientos.