إلى> تاريخ النشر: 22 أغسطس 2026
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<إلى clإلىss="inline-flex w-fit items-center" href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/deed.es" tإلىrget="_blإلىnk" rel="noopener noreferrer" إلىriإلى-lإلىbel="عرض تفاصيل ترخيص Creإلىtive Commons CC BY-NC 4.0">صيغة استشهاد مقترحة
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La verdad y el tiempo en tiempo. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-verdad-y-el-tiempo-en-tiempo.
Mss 14830
VV 100
Mss. 14830
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V 57 Nº 6
Biblioteca Nacional
Personas que hablan en ella: El Almirante Don Pedro Núñez Don Francisco Taullor Don Bernardo Tirado El Tiempo España, dama Castilla, dama La Verdad, dama Dama de acompañamiento Músicos
Canta la Verdad, sin acabar de salir al teatro, como retirada.
Discretas soledades,
que amantes de verdades,
mi retiro advertís,
venid a ver llorar,
venid a ver reír.
Suaves ruiseñores,
que alternando primores,
de un métrico sentir,
venid a ver llorar, etc.
Clavellinas hermosas,
que en fuentes bulliciosas
matices repartís,
venid a ver llorar, etc.
Y pues vivo contenta,
y el alma se alimenta
en un quieto vivir,
venid a ver llorar, etc.
Sale España muy bizarra, vestida a la francesa, con cola muy larga, jubón saboyano, bien descotados pechos, crespos altos, encajes alechugados blancos y muy profanos, como hoy se trae.
Elévase, y emballenada, Lectura dudosa: "con punta, y onde tras días" con punta, y onde tras días, sale como escuchando con música.
¿Quién con acento tan dulce
las esferas del aire puebla
y con cláusulas sonoras
el oído lisonjea?
¿Quién es quien canta?
Sale la Verdad pobremente vestida, y en traje español decente.
Yo soy,
que ¿quién sino yo pudiera
sin engaños ni lisonjas
divertirte?
Aunque quien seas
ignoro, porque al mirarte
tan pobre y tan macilenta,
sin adorno, ni esplendor
que autoricen su belleza,
tan sola, y sin ningún fausto,
sin séquito, ni las señas
que hoy dan de dónde eres muestra,
el desconocerte es fuerza;
aunque no conoce, y aspan
a quien no gasta estas señas,
pide decir verdad,
aunque te vuelvo la idea,
juzgo que nunca te he visto.
Esa es mi mayor pena,
que viva tan ignorada
donde fue mi patria misma,
y donde fui tan bien quista.
Di, ¿quién eres?
Por las señas,
¿no me conoces?
Sí y no,
porque si reparo en ellas,
las voces son de advertida,
y el traje de poco atenta;
por lo pobre malbatida,
ajada de humildeza.
¿Señas de humilde mal te pesan?
Sí, supuesto acobardeza,
dime quién eres y acaba.
Sí haré, aunque con harta
de verte como te veo;
pues harto mejor pudiera
extrañar las señas tuyas
que tú las mías, pues fuera
más presto errar en dudarte,
siendo España, cuando llego
a tanto tu menosprecio,
tu delirio y tu indecencia,
que olvidada de ti misma,
y olvidando tu modestia
(aunque te imita bizarra
en manía indiscreta)
vistas el ajeno traje,
imitando a la corneja
que ajenas plumas la adornan
y el falso engaño la alienta.
Ya la imitas, y aun la excedes
de la nación francesa,
pues es ultraje que traiga
modas para ti inmodestas;
que si te miraras bien,
llena de oropel y telas
arrastrando el pundonor
en esa falda que llevas,
más erizada de encajes
que los crespos que te afean,
con jubones tan de adorno,
sino tormentos que aprietan
alma y cuerpo, pues se hacen
con tan indigna inmodestia
que habiendo dado a la culpa
por castigo, que trajera
cubierto el cuerpo, le traes
descubierto, de manera
que aun la más noble española
hace gala de pechera.
Con ballenas de dos caras,
siendo ya por las ballenas
un Jano cada mujer,
pues dos fachadas nos muestra.
Eso es decirme mi traje,
no tu nombre, y si no fuera
por no ajar mi vanidad,
con brevedad conocieras
que a mi esplendor no se dicen
razones tan desatentas;
pero por pobre te dejo.
Haces bien, que es cosa cierta
que eres rica, y bien se ve
el colmo de tus riquezas
en los erarios que guardas,
pues ellos solo pudieran
mantener tantas armadas,
tantas escuadras diversas
como a costa de tu olvido
logran huestes extranjeras;
y que por pobre me dejes
no me admira en tu soberbia,
pero es soberbia sin manos
toda cifrada en la lengua.
Y es verdad que en tu oído
mi nombre tanto disuena
que aun sin decirle has mostrado
tu enojo.
Porque las señas
nada me han dicho y así
o vete o más no te tengas.
decía tu nombre.
Pues con displicencia no sea
necia en contribuir
mi afecto con mi obediencia.
Soy la Verdad.
¡Ay de mí!
que solo de oírlo tiembla
el corazón, y aun pasma
un yelo, un pasmo, una pena,
un delirio, un frenesí,
y un desmayo, que me alteran
las potencias y sentidos
que con el asombro quedan
sin voz, aliento, ni vida;
los sentidos y potencias
y el corazón a latidos
parece que sale fuera
del pecho como quien dice
busquemos presto otra esfera,
¡ay infeliz de mí!
pero yo al rendirme (como)
cobre el corazón su fuerza.
Pues, ¿qué sientes?
No seas necia,
si digo que al corazón
ha llegado tanta pena,
y es el corazón España.
La Corte no es cosa cierta,
que en oyendo la Verdad
desmayan todas sus fuerzas.
Pues se fundan en lisonjas
y la Verdad las destierra.
Si lealtad, si no traición
ese corazón tuviera,
fuera aliento y no desmayo
el que a mis voces debiera,
que es píctima la Verdad
pues el corazón preserva,
mas sea de advertir también
que es con esta diferencia,
que en un todo está dañado,
antídotos no aprovechan.
Bueno es que hable de ese modo
hallándose en mi presencia.
No puedo hablar.
No podrás,
porque un decreto
¿Qué pena?
Sabrá quitar.
¿Qué dolor?
Los acentos a tu lengua,
anda, quítate de ahí,
mis ojos más no te vean,
que me cansan presumidas
discursivas advertencias.
En fin, ¿me abandonas?
Sí.
Pues teme...
Nada hay que tema.
El que has de llorar tu ruina,
si de una vez me destierras.
Retírase la Verdad a un lado, y sale Castilla la Vieja mezclado el traje francés, zagal Lectura dudosa: zagal / lugar el, con maragatos, y ropilla, y en todos trajes muy encontrados, y copete de crespos, y un velillo negro.
Cuando lo que enalteza
hermosa España, su garbo,
cuando tan linda y compuesta
llena de adornos y galas
en mí misma te recreas,
sin acordarme de más
que el adorno de mí misma,
pues ni en tiempo no dudo,
tú, Monarquía, que hoy, que hoy renuevas,
de mirarte tan bizarra,
¿quién se atreve a darte pena?
Es esa necia Verdad,
pudiera excusar lo necia,
pues con pronunciar su nombre
descifraba cuán molestas
son en mi oído sus voces,
y porque mejor lo adviertas,
los trajes me reprehende.
Corriente bueno fuera
que hoy se redujera España
a ninguna cosa cuerda;
pues aunque corren Castilla
por ser noble, por ser vieja,
no consiento en mi memoria...
ni una toca en mi cabeza,
pues en los más regios solios
que este hemisferio encierra
verás mil hermafroditas,
y no verás una dueña;
y para adornarme yo
a tu imitación atenta,
he mezclado con primor
alhajas tan contrapuestas
que las halla la locura,
y no las nombra la lengua;
y si quieren nombrarme
por mi nombre, es cosa cierta
que al ir a decir Castilla
han de pronunciar Ginebra.
Y así deja sentimientos,
gocemos de esta era
que hoy mando yo, y pues lo mando
en el gobierno y conciencia
del Rey, ¿qué puede temer,
ni qué habrá de que yo tema?
Con tu dominio me animo.
Que un bando y hielo casi está.
Versos añadidos en el margen superior derecho:
Como ahora me domine,
después más que tapicadas,
dase y queda a la pared
que acuitado y retasado al
paño.
¡Ay, infeliz de mí!
¿de qué ha servido a mi lengua
el incensar las verdades
que en mi leal pecho se encierran,
si lisonjas y mentiras
a Castilla señorean,
y ella manda ciega a España,
y España vive aún más ciega,
pues no sabe su caída
y yugo que tanto la aprieta,
y deja a nuestro monarca
a gusto de la tormenta?
Pero pues nada remedio,
esperemos en la idea
soberana, poderosa,
que aclara la cabeza
como en un punto amanezca,
y pues que nada remedio,
mi dolor, saquemos pies.
A parte.
Oh, qué instrumento que sea
entre música y dolor,
ni bien música ni queja,
diciendo en voces acordes
al compás de tristes cuerdas.
Canta triste.
¡Ay de ti, Castilla!
cuando mande el Padre Manilla.
¡Ay, infelices pueblos!
¡Ay, infeliz corona!
¡Ay, comercio abatido!
¡Ay, quejas lastimosas!
de soldados caídos,
de viudas que lloran,
de huérfanos sin padres
que hacia el cielo pregonan,
sin pan ni otro sustento,
desnudos que ocasionan
sus llantos y sus lamentos
escuchar sus congojas,
y penetran el cielo
estas jaculatorias
que dicen sin aliento
que apenas las refirman.
¡Ay de ti, Castilla!
cuando manda el Padre Manilla.
¡Ay, infeliz España!
pues el Padre Núñez tu guadaña.
Quédase dormida y sale el Tiempo, vestido de corteza de árboles, muy viejo, y canas y cabellos blancos, un azadón por arrimo y un reloj, en esta vista que se abre dando el tablado. Canta lo que se sigue muy despacio.
¡Oh, verdad infeliz,
que despreciada te quejas,
y logras por desvalida
un sueño que no aprovecha!
No en suspensión mi tardanza
a esta soledad te venga,
que si dejara a los tiranos
libre el campo a sus empresas,
el Tiempo soy, que aunque pase,
yo no paso, pues me quedan.
para muchos escarmientos,
para algunos experiencia.
No culpes al gran monarca,
ni culpes, respeto a vella,
pues desear lo mejor,
y yerran sin experiencia.
Culpa a aquel que, cauteloso,
gobierna mal su conciencia,
y a un Rey que es todo piedades
en solo crueldades le emplean.
Solo ellos son los tiranos;
no hay del monarca más quejas
que le aplican nuevos Ulises
al oído mucha cera.
Las sirenas, al revés,
son las que hoy no le dejan
allí encantaba escucharlas,
aquí con quejos ajaquexas.
Para disculpar sus robos,
los pretextan con la Reina,
y la ceban con migajas
de los tesoros que encierran.
Y un tirano por broquel
puso el confesor que hiciera
espaldas a Pedro Núñez
y al Almirante rodela.
Los cuentos de laberinto
les importa porque tenga
el pueblo asunto que hablar
y olviden su insolencia.
Los presidentes se ponen
con tan mañosa cautela,
que antes bajan las consultas
que memoriales se lean.
Las órdenes militares
que empleaban en nobleza,
y en soldados solicitaban
en pavés, cruces y pruebas;
si Montalto por su sangre
sube a aquella presidencia
que llaman del Nuevo Mundo,
y enjuaque hacen con ella,
pasada por Monte Llano,
como por agua la entregan
a Pedro Núñez, porque...
Las Indias también se pierdan
Monsalto poco advertido
olvidando a su entereza
en casa de Pedro Núñez
a darle la enhorabuena.
Al tiempo de esto no culpen
porque esa inútil queja
no hace el tiempo lo que hace
la falsa desvergüenza.
Con esto don Pedro Núñez
tan desvanecido queda,
que a dos hermanos poniendo
oficios de consecuencia,
pobres, oscuros y humildes,
no han servido, y los emplea
en Almadén y Toledo
a que hagan experiencias.
Bastones y virreinatos,
gobiernos y togas quedan
con ignominia empleadas
al pregón de una almoneda.
Los parientes que esta infamia
hoy por su sangre pudieran
atajar hablando al rey
le callan al rey tal mengua.
Este silencio traidor
otro daño dentro encierra,
pues que por desfrutar parte,
dejan que todo se pierda.
Si es tan muda la verdad,
señora, digan, ¿qué esperan?
que sacudan oprimidos
el yugo, plebe y nobleza.
Si el remediarlo es posible,
y todo el remedio dejan,
o a milagro o a castigo,
es contingente experiencia.
¿No se acuerdan de la noche,
que en misteriosa advertencia
el ciego de Carlos pudo
cantar la última miseria?
¡Oh, qué bien dijo el que dijo
en elocuencia discreta
que chapitel y cimientos
fueron una cosa misma!
Despertad, prócere grande,
no con la verdad se duerman
vuestros pechos, que si tardan,
será inútil la advertencia.
Lo que un lenitivo no alcanza,
suele medicina diestra
poner cauterios, y si no,
con el fuego se remedia.
Aplicad fuego a este cáncer;
viva Carlos, porque sea
rey como debe, y no manden
tiranas libres violencias.
Tú, Verdad apacible,
prosigue tu advertencia,
que a tus voces fío solo
lo que alcanzó mi experiencia.
Vase el Tiempo, despiertan.
La Verdad se presenta.
¡Válgame Dios, si soñaba!
Claro está, sería sueño,
pues me pareció escuchaba
mil advertencias del Tiempo.
De cosas tan no sufribles,
en la Justicia del Cielo,
que a ser verdad se cayeran
los ejes del firmamento.
Y en defensa de esta pobre
engañada España, a un tiempo
esgrimiera el mundo espadas
y rayos esgrimiera el Cielo.
Mas ¿cómo en estos discursos
tan inútil me detengo?
Busquemos modo que a Carlos
lleguen de mi voz los ecos.
Saquémosle de una vez
de tan bajo cautiverio,
que a sus leales ilustres
conocerán que el Tiempo
logrará nuestro principio.
Sello ovalado en tinta azul: Biblioteca Nacional.
No se ignora vuestro aprecio,
de un pueblo aburrido,
de los más leales pechos,
pues el crisol de la injuria
se aquilata de nuestro precio.
Acudid a socorrer
al rey en el vil cautiverio,
con grillos de adulaciones
le tiene palacio preso.
Sacadle, quiera o no quiera,
que un vasallo puede hacerlo
sin obrar inobediente
contra su mismo respeto.
Ya sabéis que en Portugal
pudo el valor de Hernán Tello
poner a riesgo su vida
por dejar libre el gobierno.
Intentad su bien por bien,
y no logrando el intento
librad a Carlos, leales,
aunque sea a sangre y fuego.
Vase como obligada, y salen el Almirante con muchos,
Jurado y muchos de acompañamiento, y el Almirante tan pensativo.
¡Ay de mí, divina,
que amarme tanto ha de ser mi ruina!
¿Quién pudiera olvidarte?
Pero es caso imposible, con lograrte.
Tomando esta corona,
y tantas sinrazones eslabona
la ambición de mandarla,
que un día me ha de acabar el no gozarla.
Disimulo, no me vean
los que por su ambición necios se emplean
en aplaudir vanos extremos míos,
que causa algún cuidado mi desvío.
¿Qué hay, vasallos?
¿Qué hay, Jurado?
El veros divertido, con cuidado,
gran señor, me ha tenido.
¿Cuándo está el Almirante divertido?
Discurrir atina
en la tarea de esta monarquía
que a su discurso no le viene grande.
Y quiera el Cielo, que mil años mande,
pues que nuevo Alejandro sin segundo,
se le hace estrecho el ámbito del mundo.
¿Queréis, señor, que canten siquiera
para entretener la música, y que sea,
digo otra vez al mundo,
que el Almirante más jamás tuvo segundo?
Canten, y sea la letra
esa que mis pasiones interpreta.
Cantan los músicos, y el Almirante
se pasea, y se advierta que es
robada la letra de la que apla-
uden por del Almirante.
Déjenme por Dios,
déjenme por Dios,
siquiera esta pobre
imaginación,
déjenme por Dios.
Jamás turba mis sentidos
nada, que no sea ambición;
mas el llegar todo el mundo,
me lo estorba la razón,
déjenme por Dios.
Que haya dinero o el escudo
de a dinero la confesión,
y con veintidós verdugos
cautive mi corazón,
déjenme por Dios.
Si porque en casa no vino
solo a palacio me voy,
y de reales objetos
ha de ser mi deliberación,
déjenme por Dios.
A embarazar nuevos vanos,
la cámara nació;
porque es boba, y aun traidora,
quitan los que bobos son.
Déjenme por Dios.
Que han de ser un hombre entre infinita
personas que no lo son,
y por grandes, y fantasmas
tiene la colocación,
déjenme por Dios.
En fin, dejo todo el mundo,
para que hallen en razón,
y a mandar mil disparates,
no me dejan mansión.
Déjenme por Dios,
que era bueno para rey,
dijo madama, y su voz
pudo alentar mi altivez
a lo que callando estoy.
Déjenme por Dios,
que del rey no esté en la gracia,
qué importa si tengo yo
los Guisas y a madama,
Aneta la condesa.
Déjenme por Dios,
déjenme por Dios,
siquiera esta pobre
imaginación.
No cantéis más, ¿qué os parece
don Juan de Andlos
el sentido de este canto?
A esa pregunta, señor,
no me toca responder.
Hable del mundo la voz,
que por claustros o religión
de todo el mundo, señor,
diga que no le exceden,
esta vez, concluiréis,
se ha venido a vuestras manos.
Es verdad, pero el rigor
de mi estrella me embaraza
lograr la dicha mayor
libremente.
¿Por qué causa?
¿Hay quien se atreva a oponerse
a vuestro gusto?
A lo descubierto no,
pero en secreto me doran
y se aúnan. (¡Tan que son!)
Ya a ti que te conozco,
y conozco que de hoy
azotarles con la vaina
quejas de imbeles son,
tan sin fruto, que no tienen
otro alivio que la voz.
Porque madama, que pudo
con arte e industria (¡oh primor!)
obligada a hacerme
caballerizo mayor,
que pudo dar a mi arbitrio...
mirando, don Juan de bultos
presidencias, que son
de esta monarquía polos
(pues Indias y hacienda hoy
tiranizan el caudal),
sabrán mantenerme, y yo
podré destruir en dos años
el cebo de su ambición
a que vengan a su mano
por medio de la Junta, y doy
desde la perla más clara
al más oculto doblón.
Al de Castilla, que fuera
(quien en tan ardua ocasión
hablando verdad al rey)
destruirme, supe yo
poner a quien no pudiese
usar la jurisdicción,
rectitud e industria,
con que ya sin valer, son
las quejas de mal obrar,
pues por su contemplación
viniera aquel que subjeto
al arbitrio de mi voz.
Los grandes (cosa de risa)
parece se diga que
grandes, cuando todos tienen
tan enano el corazón.
Estos no hablarán palabra,
y al que hablare, sabré yo
por medio de la burla
disponer su distracción.
Por esa corte esparcidos
tengo con arte y primor
vanidades andantes
disfrazados, por quien yo
cambio mitras, bastones
y cuanto el mundo estimó,
o por premio, o por codicia
de damas, vana ambición,
no me declaro valido,
porque así logro mejor
en confusión continuada
el robo y la perdición.
Si alguno quisiere hablar
la verdad, dispondré yo
que le corte las orejas.
Mirándole.
Y si otras de más sangre
dieren aliento a su voz
emboscando un desacato,
tirado con atención
a darme gusto sabrá
aplicando a su valor
un tercio más como suyo
(quitan la voz a su voz)
que es de Sevilla hembra
para esto y jurisdicción,
que en hablar y acuchillarse
no apostaré de quien mejor
se pueda fiar el logro
de tan ilustre facción.
Otras sabandijas tengo,
porque no es impropia acción
introducir tales bastos,
que en todo tiempo se halló
para lograr la esperanza
por el resquicio menor.
Entran unos mequetrefes,
polillas de la ambición,
de la enfermedad del Rey,
que tantos cuidados dio
a mi ambición; tengo ya
sosegado el corazón.
Pues la mandará hacer
a mi arbitrio, dudo yo,
se hiciera tan vil, siendo
un achaque que impidió
el que Rey mande por él,
no en mandar yo por su voz.
Con que ni miedos ni bríos
se mantienen con la acción
de sirvientes, asaz el daño,
y para la enmienda no
los ministros y consejos
están sin suposición;
pues si enmiendo, los reforme,
tan contemplativos son
que no votan su sentir;
y así los conozco yo.
Porque aunque mi absoluto
me fastidia su temor,
que son como los traidores,
que el que de ellos se valió,
aunque la traición le importe,
siempre aborrece al traidor.
El Cardenal que pudiera
ser freno en esta ocasión
impidiendo a este peligro
tan intrépido furor,
me deja, porque le delatan
los que alentaron su voz,
que en aquel ruido habló el miedo.
Larra calló a aquel temor,
y contento con comer
la salada maldición
del consejero de estado,
del Cardenal y pastor,
a gusto de malbedrío,
de la Reina a la ambición,
a la crueldad de Adanero,
soberbia del confesor.
Y los clamores de todos
no avivan su corazón,
a mirar por un mediano
sin mayoral y pastor,
con que el buque parecía
escollo, en que naufragó
la nave, de quien me miro
más diestro piloto, estoy
al Puerto donde da fondo,
y soy Dueño del timón
que alta providencia puso
en mis manos, y yo
pirata a la Majestad,
sin lealtad ni religión,
Maquiavelo oculto, sigo
tan esta dura opinión,
solo es mi gusto ley,
tropiece o no en la Razón;
y aunque pudiera callar
los fondos de mi invención,
fío a vuestro pecho todo
lo oculto del corazón,
porque ambos me ayudéis
con lealtad y discreción
al mayor logro y poder,
entenderle, sin mi voz,
estos papeles impresos,
que sirven de diversión,
les permito porque tenga
algún descanso el dolor,
y como a un perro que rabia
Sello circular de la Biblioteca Nacional
Se le echan, ingrato amigo,
para verdad bastantes
estos papeles los dos,
el de Nápoles a no dar,
es mi máxima mayor;
porque la razón sin fuerzas
nunca parece razón.
El confesor capuchino
es la disculpa que doy
al vulgo ignorante, como
si esta fuera razón
que él no pudiera mandar.
Al no mandar antes yo,
ni han de a no conservarnos
máximas del confesor,
que como plantilla viva
sirve a mi dictamen, yo
¿quién me podrá desviar?
Sale un criado.
La Verdad
Válgame Dios,
qué acaso tan no pensado
ha respondido a mi voz.
La Verdad pide licencia
para hablarte.
Di que no
doy audiencia, me vendrá
con quejas; como no
quisiera oír argumentos
sobre lo que obrando estoy.
¿Qué os parece mi dictamen?
Lo que yo siento es, señor,
que es en todo inimitable.
Lo contrario siento yo,
y nadie, señor, desea
más vuestro acierto que yo;
mas para que dure el logro
del gobierno que intento,
el caudal de vuestro ingenio
se ha de excusar el clamor
de las quejas, porque han sido
lima sorda que labró,
continuadas cada día,
el más duro corazón.
Y así mezclando tal vez
entre cariño y vigor,
y amados y atributos
Podréis corregir mejor
sin claridad descuidado
del dueño la permisión.
Pero ¿qué florida escuadra
de bellezas donde estoy
ha entrado?
Parece España,
o su significación
en lo bizarra y garbosa;
pues adornándose hoy
con ella como Castilla,
se equivoca la nación
con otras muchas del mundo.
¿España? ¡Qué dulce voz!
Solo el nombrarla le quita
el frío al corazón,
y late, como violento
de no lograr la extensión.
Sale España muy bizarra y con muchas joyas, pero que se las puedan quitar cuando se diga. Y Castilla en el traje que se dijo, mezclado de español y francés, y bufón detrás. El Tiempo y La Verdad, como que entran sin que los vean.
Divina España.
Señor.
A no venir a alentarme,
hubiera buscado yo,
que no tuve tal aliento
sin que le aliente tu voz;
y aunque logre tus favores
tan desconfiado voy,
que me asusta verme amante
como su dueño no soy.
De los principios que dan,
cuando mis damas y yo
venimos a divertiros
y haceros en gran primor
un rato en que conmigo
dancéis, porque mi atención
solo hoy previene festejos.
El de adentro, señor,
pide licencia de entrar.
A muy buen tiempo llegó.
Pues con fidencia se podrá
danzar, que en esta ocasión
no hay fiesta sin don Núñez.
Sale el Conde de Adanero en su baile.
A tus plantas, gran señor,
está el conde de Adanero,
eco humilde de tu voz.
Señor conde de Adanero,
venga enhorabuena vos
a ayudarnos; como apenas
del festejo a la función
España, y yo, con sus damas,
con Tirado y con Trullos,
en aplauso de mis dichas
un festejo hacemos hoy,
quiero que entre en el sarao.
No murmure la ambición
que a los tizones le busque
y que a los de linaje no.
Tome su puesto cada uno,
lo mismo España y yo,
los primeros; y al compás
de la música, el primor
del lazo y de compases
oigan con acorde voz.
Toman los primeros puestos el Almirante y España, y Adanero y Castilla los segundos, y después Tirado y Trullos con otras dos damas, y el Tiempo y la Verdad, quedando atrás, para danzar a su tiempo; y van danzando y representando.
Por vos, España divina,
con fe, a todo el mundo pierdo.
Es verdad que soy en deudo
por mi vuestro nacimiento.
De caballero almirante,
soy tirano caballero.
Al hacer los brazos cruzados, engancha su mudanza don Núñez y Castilla, y al cruzarse don Núñez con España, le arranca toda la banda y el- El texto de la acotación queda interrumpido en el margen derecho.
Yo, por solo obedecer,
en festejo que no entiendo,
al son que me mandan danzo,
y con tiranos ando inmenso.
En la plaza de Madrid,
sus tesoros te saqueo.
Un bufón que ejecuta,
con engaños o fuero,
el desposeer a España
de sus riquezas.
A ver,
que ni tesoros y joyas
se han librado de este fuego;
pero déjame a mí obrar,
¡a lo que se tarda, digo!
Porque yo, que en mi patria
tan desconocida vengo
a vella, Flamenca,
¿que pareces a los príncipes
del bosque llamarle abuelos?
La Dama con la música.
Dama, ¿no me das un favor?
Esta flor que significa
la gloria de mi valimiento.
Y a mi señora doncella,
siquiera de cumplimiento,
¿no me daréis por mi amo
por favor este lienzo?
Sí, daré, pero me queda
de vos el conocimiento;
esta Flamenca,
ya como no ve a miralla,
al punto su intención al viento.
Vuelve el Almirante a hacer otra mudanza con España, y al hacer el cruzado, danzan su mudanza al tiempo que la Verdad tropieza el Almirante con la Verdad, y da una caída de golpe.
Española hermosa, ¿qué es esto?
Infeliz presagio.
No es de caer mucho,
ha caído grande hostia.
Qué poco duró el suceso.
¡Ay de mí!, cómo he quedado
con solo el conocimiento
de que todo ha sido engaño,
y solo lo que hallo cierto
es el robarme mi joya
por manos del de Flandes.
¿Qué es eso, Conde?
No sé,
yo de esta culpa no tengo,
que no tengo qué perder.
Vase.
Y saco del efeto
el verme en lo que llamas
aun no imaginó el deseo.
Vase.
Pues yo, a no tocar ni un manto,
no se rinda a los modernos
del valor que ya faltó,
a mi posada me vuelvo.
¡Ay de mí! ¿Cómo he quedado?
Si cuantos discursos ensayo
si he caído, o si dormía,
todo viene a ser lo mismo.
Pero parece que aquí,
que de confiado sospecho,
la Verdad, que nos escuche,
que así se mudan los tiempos.
Almirante, la Verdad soy,
y la Verdad y el Tiempo
te advierten que, aunque discurro
caminar tus desafueros,
advierte, ten advertencias;
y si no mudas de intento,
para la segunda parte
de tu bélico suceso,
perdonando nuestras faltas
convidamos los discretos,
porque aquí solo se ve
la Verdad y el Tiempo en tiempo.
Cúbrase todo el teatro y queda en troncos desnudos, que es como estamos todos.