إلى> تاريخ النشر: 22 أغسطس 2026
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<إلى clإلىss="inline-flex w-fit items-center" href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/deed.es" tإلىrget="_blإلىnk" rel="noopener noreferrer" إلىriإلى-lإلىbel="عرض تفاصيل ترخيص Creإلىtive Commons CC BY-NC 4.0">صيغة استشهاد مقترحة
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La venganza en el sepulcro. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-venganza-en-el-sepulcro.
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La venganza en el sepulcro.
Comedia
en tres actos.
de
D. Alonso de Córdova y Maldonado.
Legº 4º 22
s - 6.
Primera jornada de la venganza en el sepulcro de Caba[tachado]
La venganza en el sepulcro de don Alonso de Córdova y Maldonado, criado de su majestad.
Hablan
Don Juan Tenorio
Colchón, gracioso
El marqués de la Mota
Don Gonzalo de Ulloa
El Asistente
Un alcaide
Un alguacil
Doña Ana, dama
Inés, criada
Dos criados
Acompañamiento
Músicos
Sale don Juan y doña Ana de camino.
Detén, deidad hermosa,
para no ser cruel, más cariñosa
el curso acelerado,
no revoques la dicha de mi estado;
vuelve, vuelve a la fuente,
que en el puro cristal de su corriente
prodigio te traslada,
bien que ofendida por no bien pintada,
no de su culpa tu esplendor cobrado
de tu luz matizado,
mejor que de sus flores,
pues son los que matices resplandores,
tu beldad soberana,
cuyos rayos lucientes la mañana
toda la hacen aurora, toda oriente.
Más propicio me escuche, ¡ay, Dios!, detente,
que aun solo imaginada
ya me mata tu ausencia, o cuando airada
se opone a mi quietud y a tu desvío,
dueño de mi albedrío,
cuánto me cuesta ya, que no es amante
el que ausente viviere un solo instante.
No permitas, oh asombro de ti propia,
traslado de tu copia,
tormentos de mi idea,
si no has de dar lugar a que te vea,
si no has de ser piadosa;
¿quién creyera que hermosa
me pudieras matar, o quién creyera
entrañas de una fiera
en pecho de una diosa?
No me mates, cruel, bástate hermosa.
¿Por qué mis pasos sigues?
¿Quién eres, di, que a una mujer persigues,
pródiga de temor y sentimiento?
¿Quién te provoca a tan extraño intento?
Déxame, hombre, o fiera,
déxame, no me sigas.
Oye, espera.
No puedo.
De estos riscos
precipicio seré, porque obeliscos
queden aquí a los dos sepultura,
si no me escuchas.
Abreviar procura.
Di quién eres, prosigue, di quién eres,
porque después me digas que me quieres.
Por eso empezaré, que es lo primero
ha de ser el que sepas que te quiero.
Pero escucha y sabrás a quién venciste,
y por que admires en mí lo que supiste,
sabrás, prodigio de luz,
milagro opuesto a la alteza
de los rayos en que Febo
da espíritu a las estrellas,
que fue Sevilla mi patria,
si esto por nacer en ella,
que el mundo, patria común,
lo es ya por gusto o por fuerza.
Don Juan Tenorio me llamo,
por el nombre o por las señas
pienso que ya me conoces,
pero por si no te acuerdas,
don Pedro Tenorio, aquel
que vio sin menguarse llena
por tantos años la luna
de su privanza y grandeza,
fue mi padre, bien lo sabes.
No ha tanto que yace muerta
su fama. El rey de Castilla,
que Dios guarde, a su llaneza
fio del gobierno el peso;
que los reyes, aunque reinan,
cuando privados admiten
no parece que gobiernan.
Murió, en fin, como es notorio,
mucho antes que muriera,
dejando su casa, y yo,
de tres o cuatro, aun no apenas,
destierro fue el resolverme,
se creyó tuvo de estrella,
pues ser hijo de privado
no pudo estorbar mi ausencia.
Partí, en fin, dejé la casa
de mis padres, la grandeza,
el regalo, la lisonja,
el lugar, la preeminencia,
la futura sucesión
de la privanza, pues fuera,
por industria de mi padre,
segura en mí; ¡oh, cuánto yerra
el consejo en poca edad,
si consigo se aconseja
el que, cual yo, se resuelve
por elección o por tema!
Con un criado, que solo
y que leal no me deja,
partí, como digo, habrá
otras tres lunas, que ciega
obra la razón, en tanto
que el apetito no enfrena.
Fue mi destino ver mundo;
no sé si el mundo se pesa
de que le viese, o a mí
de haberle visto, resuelva.
esta duda, lo que oirás,
porque me escuches atenta.
Caminé a Toledo, y antes
de llegar una o dos leguas
está un lugar donde había
una boda, cuya fiesta
rústicamente ostentaban
banquetes, bailes y ofrendas.
Parecióme bien la novia,
acerquéme con sospechas
del novio que me atendía
ya celoso; que cautela
no apreviene un villano
aun antes que tenga fuerza
en la intención, y en efeto,
su malicia o su experiencia
dio luego con mi cuidado.
Tan mal sufrido, que arriesga
en una resolución
las vidas de a cincuenta
que me acometen furiosos
con chuzos, dardos y piedras.
Resistíles animoso,
que aun para llevar las nuevas
no salve siquiera alguno
de tantos, o cuanto es fea
acción el huir, pues quita
la victoria que pusiera
ser mayor en los que huyen
que en los que muriendo dejan
opinión. Paso adelante,
que aquesto es nada; la arena
piso del dorado Tajo
y habitando sus riberas,
porque el suceso pasado
no me aseguraba, un tema
con cierto hidalgo de allí
tuve un día, que si es necia
la porfía, porque causa
no lo es menos, porque della
se ocasionan mil disgustos
que paran siempre en pendencias.
Fuime a un mesón, do luego
un bofetón me despuerta;
acudí a mi obligación,
sacó la espada, saquéla;
amotinóse el vulgo
una tropa que me cerca,
a tiempo que ya apretado
una punta me endereza
de darla, y por el hilo
de su espada, tan derecha
corrió a su pecho la mía,
que cuando el reparo entra,
ya es envainada en su pecho
mi espada, que la pendencia
la ha de acabar una herida
si es de buen pulso, o si es diestra.
Cayó muerto, al tiempo mismo
que aun esgrimiendo sangrienta
venganza de tanta ruina,
como me acomete y cerca,
con mi ofensa me defiendo;
éste muere, aquél pelea,
uno huye, otro se ahoga,
pero todos escarmientan.
Cuando, dejándome el campo,
fueron esmaltar su yerva,
no de la sangre que corre
ni del miedo que la yela;
mas paso paso adelante,
que aquesto es nada. La sierra
fue forzoso que habitase,
porque del sitio la cueva
me amparase contra un mundo
que me sigue; estuve en ella
muchos días disimulando
espías y centinelas,
salí una mañana al valle
donde una serrana bella
me sale al paso, rindióme.
Y esta fue la vez primera
que tuve amor, pero no,
no fue amor, que es fuego y tienta,
gozarla, apetito fue,
que quien la dicha no espera
sabiendo obligar no ama,
apetece, y desea
para ser la posesión
olvido de tanta deuda.
Era hermosa la serrana,
y aunque serrana discreta,
miróme como ofendida,
escuchó menos severa,
y neutral en las acciones,
entre el agrado y vergüenza
me dijo: Pues que a vivir
señor como yo estas selvas,
no será el por otro día
que nos veamos. Quisiera
detenerla yo, mas viendo
asomar por una cuesta
una tropa de caballos,
recelé, recatóse ella.
Fuese, y embosquéme yo,
pensión de que agravia, pena
del delito, que no importa
que el castigo no se tema,
si es la conciencia el ympulso
cuando el ánimo se altera.
Apenas pues otro día
comenzava su carrera
el dorado febo, cuando
yo en el valle, y en las selvas
ya estaba logrando auroras,
pues a un tiempo en competencia
Celia y la mañana salen,
pero más hermosa Celia,
catéla en fin, mal ay cielo
que aunque la halle, no era ella,
porque una injusta mudanza
me hizo dudar de las señas.
Un príncipe, dueño Aldino
de aquel distrito, a la sierra
salió a cazar ese día,
y siguiendo en la maleza
del monte un corzo ligero
al corzo dejó por Celia.
Viola el príncipe (¡ay de mí!),
viola, enamoróse de ella,
hablóla amante, rindióse;
pues en sus brazos quisiera
que repetido este agravio,
como allí en tu presencia
me vieras lograr venganza.
Tan honrado, que dijeras:
no es quien obra aquí la fuerza,
la sangre sí, por ser buena,
que de un poderoso nadie
se satisface o se venga,
sino en obra de valor
donde la sangre se prueba.
Vila en sus brazos en fin
y con la daga, aun cerca
de mi enemigo, me arrojo,
que se murió sin que sepa
si fui yo quien le dio muerte,
pues no a bolver la cabeza
le dio lugar el aliento,
y a cadáver y a tragedia,
el cuerpo, pues al amago
sobró el golpe de manera
que cuando el alma lo siente
ya estaba el cuerpo sin ella.
Mas paso a paso adelante,
que aquesto es nada, fue fuerza
dejar la tierra, huí a Cádiz
adonde en una galera
me embarqué, surqué los mares,
precipicios de mi estrella
que me despeña atrevida,
que me provoca soberbia;
siguiendo siempre y en fin
en un navío en que trueca
la galera mi viaje,
atravesé a Inglaterra
y después a Flandes donde
serví con una jineta,
y sabiendo que una noche
desembarcaban en tierra
cuatrocientos enemigos
que en dos barcas landesas
vinieron a nuestro campo,
les embaracé la empresa.
Dos cabos de nuestro campo
envidiosos de mi estrella
no quiero decir que fueron
cobardes, pues no es flaqueza
acometerme dos juntos.
Temeridad sé que fuera
presumir uno de sí
lo que un escuadrón no piensa.
Desafiáronme al campo,
matélos y di la vuelta
a España, y porque en Sevilla
mi patria, solo por nuevas
mi valor se sabe, quiero
se sepa por experiencia,
siendo horror, causando espanto,
asombro, temor y pena
a los hombres, a los brutos,
a los montes y a las fieras.
Hoy a tus murallas llego
y hallándote fuera de ellas
en el cristal de esta fuente
te vi primero, tan bella,
tan señora, tan bizarra,
tan airosa y tan honesta,
que di primero a tus mañas
que a ti misma la obediencia.
Tuyo soy y de ser sirvo,
no a disgusto, no por fuerza,
sabiendo obligarte, sí,
dime quién eres, no temas
acción que sea descortés
ni palabra que te ofenda.
Rendida señora,
el de que escuchaste atenta
alma de toda la ira,
rayo de toda la fiereza,
tienes a tus pies postrado
mi rendimiento, esta deuda
no me pagues mal, repara
en mi natural llaneza,
que no te he de ganar por miedo
lo que por amor empieza.
Tuya es la victoria, baste
que postrado la confiesa
en el más valiente pecho
la más rendida fineza.
Admite pues la disculpa
porque olvidada la queja
a tu gusto, a tu albedrío,
a tu gracia, a tu clemencia,
viva si quieres que viva,
muera si quieres que muera.
Viose mayor confusión
Aparte.
que la mía en riesgo tal
que una mujer principal
se vea en esta ocasión
o nunca al campo saliera
mas válgame aquí un engaño
con que remediando el daño
me libre de aquella fiera
ya de vuestra suspensión
mi rendimiento agraviado
teme que por despreciado
no hacéis de él estimación
no has visto un arroyuelo
que con plantas de hielo
huye de la montaña
entre juncia escondido y espadaña
o en remanso que explayó licores
se aloja entre las flores
haciendo una represa
con que parece que su curso cesa
hasta que más seguro se dilata
vertiendo perlas y sembrando plata
pues yo en el campo así, yo en este monte
pirámide inmortal de su horizonte
de tu presencia huyendo
horrible entonces porque presumiendo
hallar donde esconderme procuraba
ya el curso aceleraba
ya detenerle intento
recogida la voz, torpe el aliento
con paso desairado
con desaire alentado
con aliento medroso
fingiendo lo animoso
tan dentro del aprieto
monstruo te presumí, temí en efeto
mas ya que humano veo
el que temí trofeo
al arroyuelo seguro que desata
en corriente veloz hilos de plata
el ánimo sosiego
amante te escuché, mirote ciego
eres valiente cuando amante eres
triunfar de fieras y ofender mujeres
no es acción de valor, pues no consiste
ser a un tiempo cobarde y ser valiente
tu amor me has dicho, ya te he escuchado
y baste saber que estás enamorado
déjame lo demás, no te apresures
ni más que haberlo dicho aquí procures
no has visto pajarillo aprisionado
que atento a su cuidado
y al son de contrapunto y primores
lamenta de una jaula los rigores
ya ensaya libertades
con las alas, ya entona suavidades
y ya del contrapunto
para dulces gemidos toma asunto
ya intratable, ya triste, ya halagüeño
cuando viniendo el dueño
a darle de comer, suelta un palillo
por donde el pajarillo
la prisión desocupa
el vuelo esgrime y otro sitio ocupa
tan lozano y alegre que publica
su libertad y canta y se salpica
este pues pajarillo aprisionado
en mi gusto eres tú y en mi cuidado
yo te doy libertad, sea el palillo
por donde el pajarillo
dejándome engañado
mis esperanzas burle y mi cuidado
Don Gonzalo de Ulloa, un caballero
a quien debe su acero
más triunfos y victorias
que a aquellos nueve de la fama glorias
de los bronces y plumas
es mi padre, y agora no presumas
puesto que ya mi calidad has visto
que a tu amor me desisto
no agradecida, pero ser liviana
cómo es posible que lo sea doña Ana
de Ulloa, aquí te baste.
Si fácil me juzgaste
de Sevilla esta tarde me he alejado
para coger de esa fuente en este prado
las perlas que salpica
de su cristal el acacia rica
que matizando flora
milagro despide cada aurora
halléte a ti donde busqué el recreo
ni lo extraño ni creo
que admirar ni creer a la fortuna
es de necios sin experiencia alguna
empeño de un acaso
este accidente fue, vamos al caso
en Sevilla es mi casa patria tuya
con esto es bien concluya
que en decirte mi casta, así le engaño
verás, suceso extraño
lo que he de hacer por ti, mas tú lo piensa
que en decírtelo yo me hago ofensa
adiós don Juan, adiós que ya el ocaso
desnudándose el sol me impide el paso
Pues cómo, ¿así te vas, así me dejas?
Injustas son tus quejas
pues me quedo contigo
cuando me ausento, de temor lo digo
Que no me engañas.
No.
Jurarlo tienes.
Por ti.
Qué mayor dicha.
Inés no viene.
¿Quién es aquella Inés?
Una criada
que allí entre aquellos sauces retirada
me espera. Adiós, don Juan.
Detente un poco.
No puedo, ven Inés.
Dejasme loco.
Salen Inés y Colchón y vanse las dos pero tras de [...]
¿Qué has pescado?
La hermosura
flor a flor en un jardín
un ángel un serafín
y en fin la mayor ventura
Pensabas que del anzuelo
ya cuelga alguna lamprea
y será algún tollo.
Sea.
Que te has de engañar recelo.
Colchón, qué mujer, qué dama
fue posible que engañase
que manchada no quedase
en la opinión de la fama
malicia es tuya, no mía
que aquella rara belleza
es efeto de nobleza
como de la luz el día
es hija de don Gonzalo
de Ulloa, conócesle bien
y su calidad también
que estás que aun yo no le igualo
mira pues si puede ser
que mujer de tan gran fama
me enamore como dama
y engañe como mujer
Sí puede ser
porque nacer principal
no es haber mudado el ser
y es el engaño mujer
según regla general
Todas engañan, Colchón.
Todas engañan, don Juan.
A mí no me engañarán.
De la mujer y el melón
cierto discreto decía
que antes que se calabasen,
se probasen o catasen,
y nadie se engañaría.
Mas di, si en la relación
que de tu vida la hiciste
tan tremendo discurriste
que te pintaste un león,
¿cómo, con ceder, se pudo
sobornarte su favor?
Si en vez de tenerte amor,
es fuerza te tenga miedo.
¿Cómo, si aquí no estuviste,
lo que la dije has sabido?
Como aplicando el oído
escuché cuanto dijiste.
¿Pudo, pues, desagradarla,
al pintarme tan león,
la rendida adoración
con que procuré obligarla?
A lo crudo y a lo hampón
se inclina su voluntad,
ganó tu temeridad
y venció tu condición.
Pero téngolo contrario
por más conforme a una dama,
y que ninguna que ama
se inclina a lo temerario.
La prueba de amor mejor,
aun a lo culto y racional,
es vencer el natural
por cariño o por amor;
luego a mí que de una fiera
lo duro y áspero imito,
el favor que solicito,
por rendido se debiera;
mas al tiempo, lo dejemos,
y dime cómo te fue
con la criada.
Se fue.
¿Y no hubo más?
Dos extremos:
uno en ella de pedir,
y en mí otro de no dar,
con que se quiso enojar,
y yo me quise reír,
llamola en esto su ama,
fuese, y dejome contigo,
que eres mejor para amigo
que no ella para dama.
¿Con poco acompañamiento
salió al campo?
Una criada,
un coche y una emboscada
de gentileshombres, que a ciento
llegaran en poco.
No
son tantos.
No te asombres,
que solo en un gentilhombre
se me midió, en fin, salió
en coche y como te digo,
y por la fe de español,
que si tiene coche el Sol,
que no eres tú su enemigo.
Ea, vamos, acertaré
dónde es mi casa en Sevilla,
y no será maravilla,
si ha tanto que la dejé.
Mi madre bien sé que vive,
como que murió mi padre,
si me estima como madre,
veré en cómo me recibe.
¿Y no me has de dar hallazgo?
¿De lo que he perdido?
No,
de lo que has hallado.
Yo
heredar el mayorazgo
de mi casa no es hallar.
Dios le perdone a mi padre.
Como también a tu madre,
si no quieres te arrugar.
Cuántas dichas me aguardan.
ministerios de la fortuna.
Como son llenos de luna
poco sus menguantes tardan.
En esa filosofía
quién te mete.
Mi experiencia.
Déjame, que mi conciencia
es bastante profecía.
Vamos, mas oye, que agora
me acuerdo que la criada
me dijo que va tratada
de casarse su señora.
¿Con quién?
No sé más, espera,
¿no hay un marqués de la Mota
en Sevilla?
¿De la Mota?
Sí hay.
Ese es.
Muera.
Si se me opone el marqués,
hoy penetraré su intento,
le estorbaré el casamiento,
y le verás a mis pies.
Pero nos echan ya de ver,
pues doña Ana principal.
Yo os lo doy natural
por lo que mira a mujer.
Vanse, y salen don Gonzalo, barba, y el Marqués.
Señor marqués de la Mota,
saber deseo qué día
resuelve Vueseñoría
casarse por sí, y nota
el que antes de casarse
me haga aqueste favor
con su visita.
Señor,
lo que siento el dilatarme
sabe Amor.
Pero no creo
que toma resolución.
En tan justa prevención
padecer tiene el deseo,
es un siglo cada instante,
y una edad cada momento;
mas tantos apercibimientos
me detienen en tanto amante,
para de aquí a quince días
tengo resuelta la boda.
Algo me da a la moda,
mas como sus bizarrías
conozco por experiencia,
no es mucho tiempo el que pide,
mas advierta que le impide
las visitas mi licencia.
Sale doña Ana.
Padre y señor.
Mi doña Ana.
¿Cómo ayer tarde te fue
en el campo?
Bien logré
la tarde, y aun la mañana
en la tarde, pues es vana
sin el campo aquella hora
que dijeran que la aurora.
Entonces le saludara,
perdone Vueseñoría
que me llene de afecto
de mi padre.
Ese respeto
a sus canas se debía
siempre en vos tan cortesana,
y persuadís tan discreta,
que os conocen por perfecta,
de modo, que por doña Ana...
Eso será por favor
que se deba a vuestro afecto,
siendo mayor el objeto
donde es el mérito menor.
A ser mayor es así,
donde no hay merecimiento;
aquí de vuestro argumento
me he de valer para mí.
Sale Ynés.
Para entrar un forastero
pidiendo licencia está.
Entre luego, ¿quién será?
Yo, señor, aquel caballero...
que se habló en el campo es
Turbase con demostración.
¡Ay de mí, perdida soy!
Dejad que entre.
Yo voy.
Turbada doña Ana.
Y Inés.
Aparte.
Con un forastero ayer
que habló en el campo, me dijo
su criada y lo escribo.
De esto turbarte, y perder
el color oyendo, ¡cielos!
que entran celos y amor,
dad oídos al temor
para ser amor y celos.
Salen don Juan y Colchón.
Ya, Colchón, vengo informado
de los dos, que el uno es
don Gonzalo y el Marqués
el otro.
Pues ten cuidado.
Que le tendré, cosa es llana;
pues que solo es mi intención
el buscar aquí ocasión
de ver o hablar a doña Ana.
Dadme, señor don Gonzalo,
los brazos a vuestros pies,
y deme el señor Marqués
la mano.
No va esto malo.
A un caballero a quien
he de dar los brazos quiero...
Yo también.
A un caballero
que puede a los dos también
preguntar.
No prosigáis,
que no es mi intento ofenderos,
los dos somos caballeros,
puesto que en ello os fundáis.
Llegad, llegad a mis brazos,
y a los del Marqués después;
que aunque es primero el Marqués,
no lo han de ser sus abrazos,
y ahora pues el corazón
conozcamos la persona
porque el valor que la abona
no pierda en la estimación.
De don Pedro, que murió
en la privanza del Rey,
soy hijo.
Y por justa ley
a quien más estimé yo.
¿Sois don Juan Tenorio?
Sí.
Volved, volved a mis brazos,
porque en más estrechos lazos
conozcáis mi amor aquí;
don Juan Tenorio, el contento
siento que me ha de matar;
que bien que supo premiar
vuestro padre, con que siento
la privanza y la ambición.
A sultana, nunca vi
se desvaneciese, y fui
quien tuvo su corazón
en las manos, que un prudente
nunca sin aconsejarse
de quien llega a consultarse
en la ejecución consiente...
en fin él solo privó
sin mudanza de fortuna,
que logra llenos de luna
quien sin ambición subió.
Lo mismo decir podré:
no tuve amigo mayor.
Tuvo del Rey el favor,
púdolo ser, y grave
por vos cuanto pueda.
Vos...
Yo pues...
Notable locura.
Mucho este hombre me apura
la paciencia, y bien se ve
que si me enfado...
Es posible...
Es posible que hoy siquiera
no dejarás de ser fiera,
¡qué condición tan terrible!
¿No es este de quien consorte
doña Ana ha de ser?
Tratado está.
Ya he provocado,
¿quieres que aquí me reporte?
Con vuestra licencia quiero
despachar con un recado
a un amigo este criado.
Vuestro gusto es lo primero.
Temerario es el mozo.
Con tal cuenta de la fama
que a don Juan...
Aquesta llama
no se reporta.
A destrozos.
Como a sirviente, que toquen
sería bien donde estuvieres,
pues no hay hombres y mujeres
seguros.
No me provoquen,
y lo estarán, mas de quien
saber podrás si doña Ana
está en casa, o si tirana
me olvida.
Como me den
entrada en su cuarto, yo
lo sabré, y aun la diré
lo que padeces.
Y que
se acuerde de que me dio
la palabra de ser mía;
la di también, y después,
como sepa que el marqués
me ofende con su porfía,
que me excuse estos desvelos
y no me dé estos enojos,
sino que por sus ojos
jura de vengar mis celos.
Ruegue a Dios que no elija
por respuesta algunos palos,
que vio muchos Gonzalos,
y este Gonzalo en la tela.
Fuera perderme el respeto,
y no lo llevara bien.
Vase.
Para mí el que me los den
es de este lance el aprieto,
mas yo voy.
Aparte.
Poco estimara,
señor, lo que os debo agora,
no siendo hoy el primero
que en Sevilla os sirviera;
vengo a veros y a pediros
me dejéis para ocuparme,
pues sois quien ha de mandarme,
y yo quien ha de serviros.
De esta suerte le entretengo
por si doña Ana a esta pieza
sale, que es poca fineza
no sepa que a verla vengo.
También yo os he deseado
de veros, señor don Juan,
que llego a creer que están
mis sentidos sin sentido,
que aquesto puede un contento,
como tal vez un pesar,
puesto que suele matar
un gozo como un tormento.
No permite estos excesos
voluntad tan bien pagada.
¿Cómo de vuestra jornada
no me decís los sucesos?
Son muy largos.
Mi atención
no se cansará de oíllos.
Es obediencia el decillos,
yo buscaré otra ocasión.
Mucho el silencio me estrecha,
mucho crece, ¡oh cómo son
verdugos del corazón
cuidados de una sospecha!
Que somos uno los dos,
advertid.
¡Fieros tormentos!
Mas yo sabré sus intentos.
Señor don Gonzalo, a Dios.
A Dios, señor don Gonzalo.
Id, caballeros, con Dios,
no diferencio a los dos,
pues en mi amor los igualo.
Vase.
Yo he de hablar con el Marqués
claramente.
Con don Juan
me declararé.
Un volcán
es mi pecho.
Aquesto es
lo mejor.
Mal se reporta,
viendo que aquesto pasa.
¿Que me olvide?
¿Que se case?
Al remedio, pues importa.
Vanse, y sale doña Ana.
¡Qué desdichada que soy!
Nunca saliera ayer
al campo, pues llego a ver
los riesgos de ayer y hoy.
Ayer de mi honor temí
la mancha sin culpa mía
y hoy aquí, qué triste día,
que vacilando le vi.
Pues mi susto y turbación
al entrar don Juan a hablar
dieron ensayos de mostrar
huidas sin disculpación.
Señales de que se infieren
culpas con tal evidencia,
que hay muchos con inocencia
que de aqueste achaque mueren.
Luego yo, que me turbé
tan a vista del indicio,
que no hiciese allí su oficio
el castigo, mucho fue.
Mudemos, pues, el intento
y oigamos al desengaño,
que se experimenta el daño
para los escarmientos.
Mas mi padre viene, ¡ay Dios!
De mi turbación acaso
reparó que tuve caso.
Sale don Gonzalo.
¿Hay alguien aquí con vos?
Sola estoy. Sin duda es esto.
Pues si estáis sola...
¡Ay de mí!
Quiero que sepáis aquí,
serán vuestras bodas presto
con el marqués de la Mota.
Ya respira el corazón.
Sin duda mi turbación
pasó, sin que diese nota.
Qué vergonzosa, desde hoy
en quince días os casáis.
Bien será que os prevengáis.
Y a Dios, que a un negocio voy,
y si vuelvo tarde, la puerta
esté cerrada temprano,
que pues traigo llave, en vano
será el tenérmela abierta.
Vase.
Siempre que mi padre vuelve
tarde de noche, recelo
algún mal suceso, el cielo
le guarde, y pues se resuelve
casarme, no me ha de ver
el Marqués, porque el favor
se le ha de negar mejor
al que marido ha de ser.
¡Inés!
Salen Inés y Colchón.
Señora.
¿Qué hacías?
Estaba...
No estaba, hablaba
en un colchón que buscaba
para su cama.
Podrías
con más recato
a entender...
la culpa tuvo el colchón
por llegar en ocasión
que Inés le había menester,
díjome a mí concertarle,
mas el colchón que lo oiga
la dijo señora mía
para su cama de balde.
Id con Dios.
¿Me despedís
sin preguntarme quién soy,
dónde vengo, o dónde voy,
o a quién sirvo?
¿A quién servís?
De don Juan el temerario,
lacayo he sido hasta ahora,
pero después que te adora
me ha hecho su secretario;
y en fin yo soy enviado
de mi amo a que te diga
el empeño a que te obliga
la palabra que le has dado,
que te adora, y que por ti
se muere.
No prosigáis.
Que los celos...
No calláis.
Del marqués...
Idos de aquí.
Le han inquietado de modo...
Qué es esto.
Que pueden...
Baste.
Dar...
Qué.
Con su amor al traste,
y en esto lo he dicho todo.
Diréis, pues, a vuestro amo,
puesto que a mí os envió,
que se acuerde que soy yo
doña Ana, y que Ulloa me llamo;
y que escuche, ¿no escucháis?
Sin perder punto.
La nota
que ha dado, y que el de la Mota
es mi dueño, y no volváis
vos aquí, que haré que den,
y no lo dudéis, la muerte,
y decidlo de esta suerte
a vuestro amo también.
Vase Ana y Inés.
Pues, por Dios, de una Lucrecia
que, según lo que imagino,
que habéis hallado un Tarquino
que os deje burlada y necia.
Vase, y sale el marqués de noche.
Celoso y desesperado
vengo donde amar solía
sin celos; mas en un día,
qué cosa no se ha mudado;
triste sí, nunca enojado,
de bien querido, envidiado,
pero, ¿quién fue desdichado
sin ser primero dichoso?
Que habló doña Ana he sabido
con don Juan ayer, y sé
que hoy se sirvió, y se fue,
que él tan ruin la causa ha sido;
salió conmigo de allí
qué altivo y vano don Juan,
para decirme que están
concertados, ¡ay de mí!,
de casarse; ¡qué rigor!,
tan conformes; ¡qué tormento!,
que será su casamiento
tan presto; ¡qué falso amor!,
que no ha de pasar, ¡ay, cielos!,
de esta noche, y de que sea
suya doña Ana; ¡mate, ah!,
igual si mi amor, y mis celos
serán muerte del dolor;
mas cuando el dolor es tan fuerte
fue medicina la muerte
para que cese el rigor;
esto desde ayer me tiene
en un tormento mortal,
mas cuando del bien y el mal
a las espaldas no viene
que se casa, que con gala
con él me dijo, y mi espada
él a mí el propio bocado
doblo, para aquilarla
decoro a mí, el reportarme
fue de doña Ana, y su casa
de amor como se casa.
Sin vencerme aquí a matarme,
aquí le pienso esperar,
para dejarle advertido
con ofensa de marido,
la que me resuelvo a vengar,
que un casamiento aceptado
posesión es ya que obliga
a la defensa; no diga
lo contrario el que es honrado.
Aquí, pues, le aguardaré,
donde con tanta razón
tomaré satisfacción,
y mis celos vengaré.
Esta es la calle y la casa
de quien puede uno matarme.
Más bien será retirarme,
mientras esta gente pasa.
Sale don Juan y Colchón con capas diferentes
¿Doña Ana te dijo eso?
Esto me dijo doña Ana,
y que ansí te lo dijese.
Mis celos no me bastaban,
pues vive Dios que he de ver
cómo lo dice mañana;
gozarla tengo esta noche,
que quiebra uno mi palabra
cumpliéndole yo al Marqués,
pues le dije se casara
conmigo esta noche; entremos,
mas la puerta está cerrada,
y un hombre en aquella esquina.
Sale don Gonzalo
Otro por la calle pasa.
Pues a qué pasa aguardemos,
que aun otra industria me falta,
mas parece que una llave
se hace; la puerta franca
de casa debe de ser.
Hace que abra una puerta
¡Ah del mi colchón,
qué brazos!
Pues a qué pasa, aguardemos;
entran con seña abriendo,
matarle luego, y la casa
saquearle, muerte a muerte,
porque quede cosa humana
que no muera en ella, pues
mi sed, mi rencor, mi rabia
solo es ya de beber sangre,
hasta verme con doña Ana.
Llega, pues no cierre.
Hidalgo,
el que otra puerta le abra
donde uno se encierra, es justo
alabarnos todos.
Falta
saber, si quiero yo.
Desnudo va a la espada
sin ira; poco buen viejo
al ser vos la barba cana
para no ofender la fuerza
del castillo, y de una ingrata.
Don Juan Tenorio parece.
Don Gonzalo es con quien hablas.
Ya le conocí y me pesa
de matarle.
Dad la causa
de un atrevimiento iguala.
Yo he de entrar en vuestra casa
porque en ella vuestra hija
o me cumpla una palabra
o me dé la posesión
de su hermosura que es tan rara.
Primero os haré pedazos.
Acuchíllanse
De que ya no estéis sin habla
me admiro, mas es valiente,
no hay sangre fría en sus canas.
Discurrir en lo que hace
fuera oscurecer mi fama
cuando el matarse dos hombres
puede aquí estorvar mi espada
a caballeros.
Jesús, confesión.
Cae muerto
Qué gran desgracia.
Esto es hecho, lo demás
es menester que se haga,
pero sin matar a este hombre
no es posible.
¡Cuchilladas
en la calle!
La justicia.
¡Qué estorbo! Ya mi esperanza
se perdió, pero estar preso
es peor; Colchón, ¿qué aguardas?
Sígueme.
Por esta calle.
Vanse todos, salen por otra parte el Asistente y alguaciles con linternas.
Den, caballeros, las armas.
Yo a ninguno doy las mías.
¿Cómo? ¿No prenderle?
Aguarda.
Llegad luz. Señor marqués...
¿Qué es esto que por mí pasa?
No excusa vuestra prisión,
ya lo veis.
Es excusada,
pues que solo ponía paz
por remediar tal desgracia.
Pues, ¿quién ha muerto a aquel hombre?
Ya quien le mató se escapa
por esta calle.
Mirad,
llegad la luz a la cara
del muerto; ¡válgame el cielo!
Don Gonzalo es este, y clara
ya contra el marqués la culpa.
A don Gonzalo alzad,
luego entre todos llevad.
¡Vive Dios, que en su venganza...!
Señor marqués, a esta parte
me escuchad una palabra.
A don Juan Tenorio el cielo
vuelva hoy aquí por mi causa.
A doña Ana pretendéis,
y a la puerta de su casa
os hallo cuando a su padre
muerto aquí de una estocada;
la espada os hallé desnuda,
que no es poca circunstancia.
Sabe el cielo que quisiera,
y sabe Dios si me holgara
de no hallaros en la calle
cuando ha sido esta desgracia.
Cumplir yo con la justicia,
y conmigo en esta causa,
dificultoso parece
sin vuestra prisión.
Me agravia
en esta resolución,
que si me dan a dos causas
para matar, no las niego,
por excusarme la infamia
de vengarme sin valor;
que es cobarde la venganza
que no publica el castigo
donde agravios desagravia.
Como administro justicia,
de consecuencia tan clara
es fuerza que me desvíe.
Averiguar lo que pasa
le toca a vueseñoría.
Y, ¿cómo lo averiguara
sin sustanciar este indicio?
Diciéndolo yo.
No basta,
que causas tan criminales
por lo escrito se sustancian,
que verbalmente no pueden.
Cuando esta es la circunstancia
de mi persona, se puede.
¡Hola! Ya esto me cansa.
Vaya el marqués a una torre.
Señor Asistente...
Basta.
Que he de pasar por aquesto
por no infamar a doña Ana.
Preso voy, vayan delante.
Si el Asistente lo manda.
Hombres como yo...
No hacen delitos.
Por esta vara.
Y sin ella, mal me valga.
que en empeños de palabras
nunca fueron para jueces
puestas a lides las armas,
perdiendo por imprudentes
lo que por cuerdos ganaran.
Fin.
Tiene esta jornada 1086 versos.
Salen don Juan, Colchón, doña Ana e Inés y éstas de luto
El pésame vengo a daros
tan triste por lo que siento,
que consuelo mi tormento
si pretendo consolaros.
Y vive Dios, que al marqués,
a no estar en la prisión,
le sacara el corazón,
comiéndomele después.
Ved, pues, lo que me mandáis,
que, como me lo encarguéis,
vos veréis como os vengáis.
Goza, Inés, de la ocasión,
a esta parte te retira.
Su desenfado me admira.
Yo extraño tu condición.
Mi peligro es el que evito.
Pues, ¿qué defiendes?
Mi honor.
A falla que no es amor.
A traidor que es apetito.
Hallólos, o si al desdén
atribuya el suspenderos,
no resuelvo.
Agradeceros
vuestro sentimiento es bien,
y estimaros la venganza
que me ofrecéis, pero no,
no la acepto, porque yo
no he perdido la esperanza
de vengarme, viva estoy,
tengo valor, tengo brío
y sangre tal que fío,
pero quien sepa quien soy
nada de esto dudará;
y cuando se dude de ello,
soy yo, sí, quien ha de hacello,
y el tiempo quien lo dirá.
Tanto valor, o me engaño
o el blanco de su amenaza
he sido.
Qué infame traza.
Aparte.
¡Qué alevosía, qué engaño!
En ver si habla, y me mira
vengativa en el semblante.
Aparte.
Ofender el que es amante
puede; es engaño, es mentira;
luego el Marqués no, no ha sido
quien mató a mi padre, no;
luego don Juan le mató.
¡Aleve y cruel vellido!
¿Tan divertida?
No hay duda.
¿Me escucháis?
¡Qué falso amor!
¿Qué me ofendéis?
¡Ah, traidor!
Pero si el cielo me ayuda...
¿Antes el sentimiento
tan justo...?
... de mi venganza.
Pensaba...
... tengo esperanza.
Que es otro ya vuestro intento.
En el campo, o me engañasteis,
ser mía me prometisteis;
pero cuando en casa os vistes
vuestra palabra negasteis.
Señor hacéis del honor
prevenciones de marido,
que teme, y ve el que ha perdido,
porque se rindió el valor.
Soy mujer, donde el honor
es vidrio tan quebradizo
que al soplo con que se hizo
se suele tal vez quebrar.
Aunque se pueda enmendar
puesto que ya se deshizo;
luego yo, que soy mujer,
luego yo, que tengo honor,
soy vidrio que en vuestro amor
puedo quebrarme o perderme.
No queráis, pues, deshacer,
señor, con vuestra porfía,
la luz con que alumbra el día,
pues tenéis en su claridad
menor en mi calidad
como mi fama en ser mía.
Pues mirad, ¿cómo ha de ser
que dejar mi pretensión
no es posible, ni es razón?
Me dejé en esto vencer,
ya como a propia mujer
os miro, y os galanteo.
No soy dueño del deseo
porque tiene mal de dueño;
y no volverá a ser mío
en tanto que no os poseo.
¿Hacer mi esposo aspiráis?
Todo estaba en mi favor
pues me obligáis con amor,
cuando marido me honráis.
En el silencio os culpáis,
pues entonces como aquí
no os declarasteis allí.
¡Oh, cuánto en un pensamiento
facilita un casamiento!
Vuestra soy, vuestra nací,
si supiera que se engañó
segunda vez...
No lo creo,
por lo que duda el deseo
hasta ver el desengaño.
Solo un día.
Será un año.
Os pido.
Acortad el día.
De plazo.
Para ser mío.
Aparte.
¿Quién lo duda? Y con mi muerte.
Loco estoy; que de otra suerte
no cumpliera mi alegría.
Aparte.
Hoy entrando en la prisión,
disfrazada del Marqués,
sabré el intento, y después
tomaré resolución.
¿Qué, os volvéis a suspender?
¿Ya arrepentida parece...?
Como en mí se fortalece,
es mi palabra, mi ser.
Eso me hace creer
que no es mi esperanza vana.
No hay mucho de aquí a mañana.
Mis deseos lo dirán.
Vase.
Válgate Dios por don Juan.
Válgate Dios por doña Ana.
Adiós, y a más ver Colchón.
¿Oyes?
Vete presto.
Inés,
yo te lo diré después.
Vase.
¡Qué taimado socarrón!
Vuelve, ¿el qué decías?
Yo he de gozar a doña Ana
antes que llegue mañana,
matando suegras y tías.
Qué querer yo no sabía,
qué era amor, ni qué hermosura,
solo en condición tan dura
predominó valentía,
desgarro, venganza, guerra,
para las cosas de amor
siendo un yelo y un furor,
otro azote de la tierra.
Mas no sé, Colchón, no sé
qué encanto tiene, qué hechizo
esta mujer que deshizo
este rayo que vibré.
Pues en este brazo el cielo
parece puso la injuria
de su enojo, y de mi furia
para castigo del suelo.
Y ciego, tirano Cupido,
ni es rayo, furia, ni enojo,
sino un rendido despojo
a un ángel que me ha vencido.
Tú te ablandas con ficción.
Sí, sin perjuicio del brío,
que mi valor siempre es mío.
Con una resolución,
¡y ay Colchón!, ¡y ay de doña Ana!,
si me da con el Marqués
celos, y ay de ella pues,
si no es mía de aquí a mañana.
¿De aquí a mañana?
Sí,
porque palabra me dio
de serlo.
Pues de otra yo
te quiero informar aquí
si me escuchas.
¿Qué te dijo?
Que te diese recado,
digo, el que ella me ha dado
para ti, de que colijo
que al instante que te vio
la enamoraste.
¿Al instante?
Es de repente un amante.
No por los ojos entró.
Dejome, en fin, te dijese,
había en Sevilla una dama
que te adora.
¿Y qué se llama?
¿Cómo?
Eso quiso que fuese
desvelo de tu cuidado,
adónde vive y quién es.
Mas yo lo sabré después,
volveré.
Es excusado.
Déjame saber quién es.
De lo que dices se dijo,
lo que puede ser, colijo.
Doña Ana es mi dueño, pues,
mi esposa, espero que sea
tan amante de mi esposa
que ella fea fuera hermosa
y esta hermosa fuera fea.
Ni es posible sea verdad
un amor tan repentino.
Pues, ¿qué ha de ser?
Vase.
Descamino
de alguna facilidad.
Vamos, que voy al Marqués
en la prisión de ser mío.
Toma del gusto el camino.
y deja esos desgravios,
y en el porque a verte voy,
y menos de honor te precia;
pues no puede ser Lucrecia
quien se esconde porque doy
Vase, y sale el Marqués en la prisión.
La prisión que padezco
fiel afecto la siente como injusta,
contento la obedezco
por si Doña Ana gusta
que a su rigor padezca, entonces justa
mi queja, no es primero;
que Doña Ana, si gusto suyo ha sido
que se casa con ella, o caso fiero
de Don Juan he sabido,
mas no puede Don Juan haber mentido.
Sí puede; pues detente
resolución, que ofendes a aquel cielo
que padece y no siente.
Mas ay, que no es consuelo
ser opinión la culpa, y no el desvelo,
en tan fuerte mudanza
que no me olvide pido.
Falsa proposición de la esperanza,
pues posible no ha sido
haber mudanza sin haber olvido.
Don Gonzalo de Ulloa
vivo yace en su fama; pues ya muerto
se eterniza en su loa.
Y a mí, que desconcierto
me deja infame en la traición que advierto
de la leve homicida,
pago la culpa en la opinión que pierdo.
Déxeme pues la vida
con solo aquel mal cuerdo,
que apetecer la infame es desacuerdo.
Mas no me deje viva,
que morir sin morir es gran tormento,
y si en vivir esquiva
jamás el sentimiento,
en la muerte me quite el vencimiento.
Grillos de delincuente,
si cadenas de amante me aprisionan,
de vos no afrenten
mi sangre ni los triunfos que me abonan.
Mas ay, que ya en la voz no me perdonan,
Don Juan Tenorio, ay triste.
Con indicios me ofendes, con desvelos
juzgando que consiste
en mi muerte, en mis celos,
mi culpa en su traición; valedme, cielos.
Doña Ana me persigue,
si es cierto el ser mudable, el ser tirana.
Sin esperar mitigue
su fiereza inhumana,
que esto es estar celoso de Doña Ana.
Salen D. Ana, e Inés tapadas, y disfrazadas.
Sáquese mi nombre fuera,
que entraba en buena ocasión
a veros en la prisión,
señor Marqués, defendiera.
Mas sin que Doña Ana sea,
que esta piedad me debáis
quiero, y que me permitáis
el que aquí tapada os vea.
Lo que os mueve mereced
a verme con tal piedad.
Si creéis que es voluntad
no recelaréis que ardid.
Con tal agradecimiento
os estimo la visita,
que los recelos me quita
y me pone al vencimiento.
¿Para qué?
Para pediros
que os descubráis.
No es posible.
Pero será convenible
para que pueda serviros.
No quiero me agradezcáis
lo que solo es piedad mía,
o que por cualquiera haría
puesto como vos estáis.
Mas decidme, ¿queréis mucho
a esa dama, a esa Doña Ana
que nombrasteis?
Soberana
es su belleza.
¿Qué escucho?
Biblioteca Nacional de España
Y an esfuerza que la quiera,
que la estime, que la adore,
y que sus mudanzas llore.
Sus mudanzas, ¿a qué espera
mi sufrimiento? ¿Mudable
es la dama o corresponde?
Mudable.
¿O por quién, o dónde?
Que en aquesto no le hable.
Favor me haced.
Pues, ¿por qué?
Por ser justo este decoro.
Justo.
Sí, porque la adoro
con alma, con vida y fe.
¿Y cómo se compadece
ofenderla y adorarla?
Pues, ¿en qué puedo agraviarla?
¿Qué otro título merece
matar a su padre? Digo
si esta Doña Ana es su hija
de Don Gonzalo.
Corrija,
hablando en esto conmigo,
las palabras vuestra lengua,
vuestro pecho la intención;
porque en mí fuera traición,
fuera infamia, fuera mengua,
no ser pública venganza
su muerte. Si me ofendiera,
Yo de ella fuera, os dejara,
mas en lo de su mudanza,
¿cómo quedamos?
A vos,
¿qué os importa?
Defender
el crédito de mujer.
Esto para entre los dos
ha de ser, cuando la vea.
Descubriéndose.
Pues decírselo podéis,
que aquí a Doña Ana tenéis,
y no es bien que ante mí sea
ofender su opinión.
Señor Marqués, sino aquí
para que vuelva por sí,
desmintiendo esa opinión.
Del murmurio digo, pues
con deciros que yo soy,
pruebo qué segura estoy
en mí misma, en que, pues el
mi valor bastante mira
para defender mi honor,
que donde hubiere valor
estará el honor seguro.
No es deshonor la mudanza
que fuere arrepentimiento,
o por otro casamiento
u diferente esperanza.
Señor Marqués, yo os he dado
palabra de esposa, luego
mis obligaciones niego,
si de intención he mudado.
Según eso, no me estáis
en ser mi esposa.
Y tan firme,
que mi mano lo confirme,
puesto que vos lo dudáis.
Mas esto sea de entender,
porque con mi sangre cuadre,
no habiendo muerto a mi padre.
Eso es quererme ofender.
Don Juan Tenorio.
¡Ay de mí!
Echad el manto antes que entre.
Sale Don Juan y Colchón.
Ruego al cielo que no encuentre
con otros celos aquí.
Sin su favor mi pena
no podré, si no creéis.
Mas, ¿así os entretenéis?
Tendréis la prisión por buena,
¿qué decís de estas mujeres
que me han puesto en mil cuidados?
Los indicios son fundados,
sospecha lo que quisieres.
Descubrirlas es el modo
de averiguar la verdad.
Como sea temeridad,
tuve a enojaros a todo.
Señor don Juan, la visita
os estimo como es justo.
Pruebe, marqués, mi disgusto
la pena que le acredita
el sentir vuestra prisión,
de que solo vengo a daros
el pésame, y a envidiaros
la padezcáis sin razón.
Pero lo que fuera en vos
o en otro curiosidad,
es en mí temeridad:
no puedo más. Juro a Dios,
saber quién son las tapadas
pretendo.
Perderos fuera.
Como razón os quisiera.
Son mucho las emboscadas.
Eso es bueno para mí;
cuando obro de tal suerte
que el rayo que es lo más fuerte
puede más.
No es para aquí.
Si pide su ejecución
aquí el rayo, aquí se espere.
Si yo no lo defendiere...
Tomaré resolución.
¡Qué hombre tan temerario!
¡Perdidas somos, Inés!
Escusad, señor marqués,
el tenerme por contrario,
pues sabéis mi condición.
¿Qué os obliga?
Una sospecha.
Presto la veréis deshecha.
¿Dónde?
En mi satisfacción.
¿No es mejor que ellas lo digan?
¿Cómo?
Descubiertas.
No,
porque estoy presente yo
y a su defensa me obligan.
Estáis preso.
No lo estoy
para lo que a mí me toca.
Pensaréis que no me atrevo.
Entenderéis que hoy lo soy.
Pues vive Dios que a de ser.
Va a descubrirlas y sale el alcaide y se detiene don Juan.
Ya es esta mucha desorden,
señor marqués, y a la orden
que tengo no se a de hacer
violencia vuestra porfía;
sabe que no puede hablar
con nadie, ni aquí a de entrar
mujer ni hombre.
Este día
fue el postrero de mi honor,
séalo también de mi vida.
Señor alcaide, perdida
la libertad, el valor
suele obrar desesperado;
y en esto mucho apretar
un ardid me a de sacar
del lance tan apretado.
Valedme de vos aquí:
no escuche el señor don Juan;
estas mujeres están
a gran peligro por mí,
mujer y criada son
del alcaide que fingiendo
salir fuera...
Ya os entiendo,
de harto riesgo es la ocasión,
mas remediarlo os prometo:
sin que lo repare agora,
despedid a esa señora,
yo le entretendré.
¡Qué aprieto!
Eso habéis de hacer por mí.
Perdidas somos, Inés.
Yo le agravaré al marqués
la prisión.
Vete de aquí,
porque aguardes en la calle
estas mujeres que quedo
sospechoso.
Y ofendido.
¿Qué he de hacer?
Desenredalle,
siguiéndolas hasta que
sepas su casta y quién son.
Y no me dan tras cantón.
No eres tú tan lerdo, Ce.
A mujeres, no te metas,
es apurar su embeleco,
tres años ha que no peco
por no meterme con ellas.
Vase.
Señora, que al punto os vais,
por esta parte conviene,
mientras don Juan se entretiene
con el Alcaide.
Quedáis
seguro de mí.
Y vos,
no lo estáis de mí.
También.
Pues adiós, apriesa.
Bien.
En fin, como os digo...
Al Alcaide.
Adiós.
Vanse doña Ana y Inés.
...lo malquisto se ocasiona
de devolver por oficio
distinguir del ejercicio
ésta, de aquella persona;
diferencia ha de tener
el que es noble, del vulgar,
y el hombre particular
del que tiene gran poder;
aun en astros e influencias,
en cielos y en jerarquías,
se ven estas mayorías,
porque hay estas diferencias.
Y del señor Almirante
hay la horden que sabéis
de mí, ¿por qué os ofendéis?
Es horden ya impertinente.
No puedo más.
¿Qué podéis?
O que no, vuestro ejercicio
es ese, haced vuestro oficio.
Yo haré...
¿Qué?
...lo que mandáis.
Vase.
¡Oh prolijos cumplimientos!
Permitiera la amistad
cuando aquí mi voluntad
os rinde agradecimientos,
con voluntad y razones
os reconociera aquí
lo que habéis hecho por mí.
Marqués, buscad ocasiones
en que me hayáis menester,
en riesgos, penas o gustos,
pero de celos insultos,
os desculpad.
Responder
a esa proposición
quiero, escuchadme.
Marqués,
yo soy vuestro y vuestro es
no darme tal ocasión;
para sacaros de aquí
la prisión podré romper,
mas sufrir no he de poder
vuestros celos.
¡Ay de mí!
A doña Ana quiero bien,
será mi esposa doña Ana;
de que habéis de ser mañana,
que me dan el parabién,
vuelvo otra vez a deciros,
no me deis celos, mirad
que perderéis mi amistad;
no tengo más que advertirvos.
Vase.
¿Qué es lo que pasa por mí?
¿Habrá quien pueda creerlo?
Si dudarlo a padecerlo
me sucede a un tiempo aquí.
Don Juan por mí se ha empeñado,
dejándome en el empeño;
otra vez parece sueño,
y otra vez me ha despertado.
Don Juan me quiso matar
con ardidoso fingir,
quiero a Doña Ana escribir,
pues que no la puedo hablar.
Diréla cuánto ha pasado
con Don Juan aquí, y diré
cuánto le debe a mi fe,
pues no creyó, ha dudado.
Esto es en cuanto a Doña Ana,
que en cuanto a Don Juan saldré
de la prisión, y veré
si con ambición tan vana,
en el campo o en la calle,
hace y dice como aquí,
que se me atreviese así,
vive Dios, que he de buscarle,
que no ha de ser mi prisión
eterna, y salir espero,
volver a ceñir mi acero
y restaurar mi opinión.
Desta prisión tan tirana
déjame el cielo vengar,
o máteme luego en entrar,
quiero a escribir a Doña Ana.
Vase y salen Don Juan y Colchón
Despéname, di, Colchón,
qué averiguaste.
La iglesia
donde se entraron.
¡Oh, perla!
Déjame hacer relación,
digo que apenas dejaron
la cárcel, cuando las dos,
a dar mil gracias a Dios,
en esta iglesia se entraron,
de lo cual es bien que arguyas
que el socorro soberano
las tuvo tan de su mano
que las libró de las tuyas.
Entré en la iglesia, busquélas,
encontré con una tuerta,
púseme en fin a la puerta,
no salieron y dejélas.
Esta es la relación
de las busconas buscadas,
y si ellas son tantas y nadas,
qué culpa tendrá Colchón.
Ven, que por la iglesia quiero
buscarlas.
Es por demás,
pues mil tapadas verás
que habían entrado primero,
y el hacer una experiencia,
que por locura tendré.
La dificultad se ve,
pero a ver mi diligencia.
Alto, pues, a visitar
las capillas empecemos.
Esta tiene mil extremos
que son dignos de admirar,
qué fábrica, qué hermosura,
no miras en cada parte
un prodigio por el arte
y un primor por la moldura.
Y desta, ¿qué se parece?
No es al discurso posible.
Y esta.
Tiene lo imposible
que su admiración merece.
Pues aquí bien hay que ver.
Sí, despacio lo veamos,
y este letrero leamos.
Yo no le acierto a leer.
Aguarda, aquí de un traidor
que Dios venganza me dé,
desta sentencia apelé,
cuando fui el ejecutor
de vuestra muerte, buen cielo,
Don Gonzalo, es el que miras.
Córrese una cortina, descúbrese un sepulcro bien formado y adornado, y en él Don Gonzalo de Ulloa como le vio el convidado de piedra antiguamente, y un letrero.
De Ulloa.
¿Y qué te admiras?
De que tú en aquel espejo
no te miras.
Me predicas.
Los dientes me hace crujir
el letrero.
A mí reír,
que cosas tiene tan ricas
la capilla.
Y del sepulcro,
¿qué dices?
Que es cosa rara.
Un crítico le achacara,
para allanarle lo pulcro.
Eh, señor don Gonzalo,
aguardáis que os vengue Dios,
hoy es mejor vengaros vos,
yo desde luego os señalo
por campo mi casa; en ella,
esta noche a pelear
os espero, y a cenar.
Lo que el valor le aprovecha.
A un muerto un vivo convida.
Y le prometo regalar
como lo quiera aceptar.
Baje la cabeza.
Señor muerto, por su vida,
que no lo acepte. Mas ya
parece que lo aceptó,
que la cabeza bajó.
Vamos pues, donde estaba
la tapada.
Aun no os pensáis
en ello.
Se habrá ido.
Ya señor tendrás sabido
lo del perro, porque pienso
que se entró en la iglesia.
Entró por hallarla abierta.
Bien,
pues por estarlo también,
la tapada se salió.
A mí así me lo parece,
y hace sereno temprano
estas noches de verano.
Pues a cenar que anochece.
Corre la cortina.
A cenar me voy. Venid
y no me hagáis esperar.
Con un muerto has de cenar,
vive Dios, que eres un Cid.
¡Qué fiereza para conmigo!
¿no ves que es poco blasón
para ser comparación
de mi valor?
Vase.
Vase y salen dos criados que pondrán la mesa, ostentosamente.
Ello digo.
Pero por este refrán,
algún demonio fue padre
y alguna demonia madre,
sin duda, de este don Juan.
Don Juan, mi señor, envía
a decir que viene luego
a cenar, pongan recado.
La mesa falta.
Pues presto,
pedid manteles y plata.
Ya lo ha dado el repostero.
Pues mientras pongo la mesa
poned a enfriar.
Ya tengo
en dos sepulcros de nieve
dos cantimploras.
Haremos
colación con agua fría.
¿No es mejor con vino añejo?
No, que hace gran calor.
Un fuego saca otro fuego.
El aparador nos falta.
Puesto le dejo allá dentro.
Alto pues, traigan la cena
que viene mi amo.
Vase, y sale don Juan y Colchón.
Bueno.
¿No quitáis capa y espada?
Vase Colchón.
La espada no, el sombrero
toma. ¿No hay músicos?
Sí.
Pues que canten allá dentro,
que la música me suena
mucho mejor algo lejos.
¿Las cantimploras no oygo?
Frescos beberéis.
que es fresco,
tan frío ha de ser que sea
toda la despensa de yelo.
Pongan otro asiento aquí,
porque un convidado espero.
Traerán la cena.
Esperad,
que es persona de respeto.
Sale Colchón.
El convidado, señor,
tienes ya en casa.
Hacedle...
dejadme.
Voy por la cena.
Vase.
Sin respiración aliento.
Tanto ha obrado mi temor,
aun antes de entrar el muerto,
que parece que he tomado
unción de ruibarbo a un ciento.
Mira, Colchón, si se abren.
¿Para qué, si ya él está dentro
sin llamar ni abrirle?
¿Temes?
Pero, ¿qué desmayo siento?
¡Válgame aquí mi valor!
Sale don Gonzalo en tafetán madera, convidado de piedra.
Yo no tengo para esto
ánimo; déxame ir.
¿Qué es irte? ¡Viven los cielos,
que si te desvías un punto
te he de enviar a cenar
mientras con el muerto ceno!
¡Que te obliguen los graciosos
de las comedias a esto,
siendo tan gran disparate
pensar que puede ser cierto
que al lado de un muerto un vivo
tenga humor para ser gracioso!
No me deja un sudor frío.
Ea, sentaos, porque cenemos;
bien cumplís vuestra palabra.
Salen con la cena dos o tres, caéseles lo que traen, y rodando se vuelven adentro.
¡Válgame el cielo!
¿Qué es esto?
Que con la cena
ha dado el miedo en el suelo;
no quedó paje, señor,
que tropezando en su miedo
no cayese, y que rodando
no se volviese allá dentro.
Pues sirve la cena tú,
y de beber.
Temblando llego.
No temas. Y en otra copa
le da al convidado.
Espero
a que lo pida.
Sirve, ¿caes?
Soy yo muy gran palaciego;
pero no come bocado.
Canten.
Que canten mi miedo.
Dentro los músicos.
Los placeres de esta vida
son engaño,
si se mira el desengaño
en su medida;
pues en la edad más florida,
la juventud más lozana,
es alba de la mañana
que muere de su venida.
No prosigáis, porque en mí
no están al tiempo sujetos
los placeres ni la vida:
todo dura lo que quiero,
todo se sujeta a mí,
y nada obedece al tiempo.
¡Blasfemáis!
Dad de beber.
Cantad, y no sea lo mesmo.
Brindo, señor don Gonzalo,
a vuestra victoria, puesto
que en levantando la mesa
es fuerza que peleemos.
Primero que la ración
haga, que pruebe le ruego
este jamón, en crudo...
que se le come en el cielo,
será este manjar, pues todos
son allá cristianos viejos.
No cantáis.
Mientras que cantan,
por esta parte me entro,
porque ya no puedo más.
Juro a Cristo aunque me esfuerzo...
Colchón, donde yo te vea...
Penetróme el pensamiento.
Cantan dentro.
Qué loca la confianza
de este mundo;
bien ser tan caduco fundo
lo que alcanza.
No hay sin tormenta bonanza,
mas aquí todo es tormenta,
sin bonanza, porque mienta
la más segura esperanza.
Músicos impertinentes
y predicadores necios,
que veis provocar impaciencia
con bárbaros documentos,
si el mundo me teme a mí,
y yo al mundo no temo,
caducas mis esperanzas
y apresumís en sus riesgos,
no cantéis más, no.
Por señal
que la mesa levantemos
parece que dice.
Sí.
Yo la quito.
Ya os entiendo.
Que quedemos solos, dice.
Pues yo me voy.
Vete luego.
Vase.
Si me voy de buena gana,
vea si quiere lo que quiero.
Echad la llave a la puerta.
No la toma.
Ya lo hice y os la entrego.
Cumpliréis me una palabra.
De mi palabra me preciáis,
porque sé mi obligación.
Ya sé que sois caballero,
dadme la mano también
y no temáis.
¿No temo
a mil enemigos vivos,
como a uno y este muerto,
podré temer?
A esta hora,
en mi capilla os espero
mañana a cenar conmigo,
no dejéis de ir, porque de esto
me dais la mano y palabra.
Y a darla de nuevo vuelvo.
De cumplirlo.
De cumplirlo.
Pues adiós.
Y nuestro duelo,
¿adónde ha de ser?
Allá.
También para allá le acepto.
Gran valor.
Siempre le tuve.
Quedad.
A abriros intento.
Aunque me abriesen, entré.
Haced ahora lo mismo.
Yo me voy por esta parte.
Y yo por esta me entro.
En fin, mañana os aguardo.
Y en fin, allá nos veremos.
Fin de la 2ª jornada.
Tiene esta jornada 789 versos.
Apertura sin texto inscrito: se excluye el transparentado de otras caras que la transcripción automática había convertido erróneamente en 36 versos y personajes ajenos.
†
Jornada 3.ª de la venganza en el sepulcro
El resto del folio presenta texto borrado e ilegible.
Sale el Asistente, don Juan y Colchón, y acompañamiento
No el Asistente, un amigo
que os habla, señor don Juan,
me creed, y no, no es bien
que el escándalo seáis
de Sevilla, todo en quejas,
todo agravios, sin que ya
como administro justicia
lo pueda disimular.
Corregid vuestras acciones,
del natural enmendad,
que el sabio y el noble deben
los astros predominar
cuando tuercen las costumbres
por vicio o por natural.
Vuestros consejos estimo,
porque déboos respetar,
que por lo demás, tal sufro.
Todo eso es por demás.
Esto como amigo os dije,
sabré como juez obrar.
Por vida del rey, si vos
no os reducís y enmendáis.
Doña Ana a llamar me envía,
que pienso que delatar
quiere con Israel, que en duda
de que en la muerte será
de su padre, o por indicios
o porque ella lo sabrá.
Don Juan, adiós, pues, ¿qué hacéis?
Con vos he de ir.
Quedad.
Dadme licencia.
Después
nos veamos, no me vais,
que no pasaré de aquí.
Quedarme quiero.
Mirad
que me veáis, su prisión
pienso esta noche trazar.
que es una muerte el indicio
y su vida un generar
escándalo, esto ha de ser.
Vase.
Aunque se os hace mal,
por dos veces que se vea
me ha dicho, cuando me da
en lo que habla Ana entre sí
no poco que sospechar.
Qué te suspendes, qué tienes?
Mataréle.
Dónde vas con tu discurso?
Ea, muera,
muera el asistente.
Ya
de tu suspensión me ofendo;
en mí no sueles hallar
sordos consejos de estado
y guerra, pues dónde van
tus cuidados por salida
se los, quien te la ha de dar.
De matar al asistente
trato.
Si le has de tomar,
daréte un consejo.
Y es?
Que vayas sin mí.
Qué más
se esperara de un gallina?
Por qué le quieres matar?
Porque imagino que trata
de prenderme, y no tendrán
por grande hazaña el matarle
los que me conocen.
Das
venganza a tus enemigos.
Muy poco les durará
pues retirarme al principio
es cuanto me ha de costar.
Y dónde matarle intentas?
En resistencia será,
porque su mucha ventaja
me pueda a mí disculpar.
La justicia no disculpa
Luego los jueces no están
en las pendencias también
obligados a s'igualar?
Di que el rey y la justicia
nunca se han de aventurar
para vencer, luego en ellos
no hay ventaja desigual.
Traiga, pues, el asistente
consigo al mundo y verá
que cuando el mundo le ayuda
vencer no puede a Don Juan.
Con que la mano me espera
de doña Ana, bien será
testigo de tanta dicha.
Pues si lo cumplirá?
Pues no ves si da la palabra
dos veces me ha dado?
Dan
palabra a sí las mujeres
con mucha facilidad.
Mas dime, cómo ha de ser
ir con el muerto a cenar
esta noche, y esta noche
desposarte?
Ya estabas descuidado
tratando de apretado
primero me he de casar
cenar después con el muerto
con lo que pasare más
y volverme luego.
Dónde?
Con mi mujer.
Cenarás
con la novia, es mandamiento
de las bodas.
Muchas hay
donde no se cena, y caso
que obligue la cena, hay más
que cenar dos veces?
Yo
como asno te haga amar
tengo en ello, mas escucha
que otra dificultad me queda.
Y es...
Isabela.
¿Qué Isabela?
La que está muerta por ti,
muerta por ti, no te he dicho;
hay en aquesta ciudad
una dama que te adora,
cuyo estado y calidad,
casa y nombre no has sabido.
Pues de la repulsa gran
me quejaré, que por marido
ya doña Ana no querrá.
Y Isabela por su dama.
¿Y Isabela?
Es principal.
Pues ¿qué importa que lo sea,
si tiene facilidad?
Y he yo de agradecer
lo que con todos hará.
Un vestido y cien escudos
señor, como de salvas
me quitas.
Para alcahuete
no es mucha tu habilidad.
Pues ¿qué quieres? ¿Que la engañe
diciendo que a verla vas
y que le coja el vestido?
Eso digo.
Y se me dan
mitad de alcahuete.
Den,
pues el llegar a buscar
por ese camino es premio.
Sí, pero no es dignidad.
Mas en fin, ¿qué la diré?
Pues ¿la has vuelto a hablar?
Muchas veces, pretendiendo
que a verla vayas.
Dila
que allá después de mis bodas
quizá la veré.
Vase, y salen doña Ana e Inés.
¿Quizá?
De esta respuesta, mujeres,
aprended a no rogar,
que se pierde estimación
cuando no se gana un dar.
Gran dicha, Inés, es librarnos
en la cárcel de don Juan,
tan resuelto a enojarnos.
Él es el mar, que es muy sagaz.
Es crisol de la prudencia
el riesgo.
Remediar
no se pudo de otra suerte.
Ni más bien.
Tomar iglesia
por sí fue curiosidad.
El seguirnos no fue malo.
Todo debió de importar;
al asistente he llamado,
con que pienso encaminar
la libertad del Marqués.
¿Cómo, Marqués le llamaste?
Llaman.
Inés, responde, si fuese
el asistente...
Salen don Juan y Colchón.
Llamar
después que llaman, juzgo
por el cuidado; mirad
cuánto me precio de ser
dueño de esta casa ya.
Don Juan es, grande desdicha.
Dueño dijo, ¡qué pesar!
Contando atento las horas
he ido tan puntual,
pasóse el día.
Yo muero.
¿En qué decís reparáis?
Que me deis la mano aguardo.
¿Quién tuvo congoja igual?
Cielos, ¿qué mudanza es esta?
¿Para hoy no acordáis,
tenéis resuelto el desposarme?
¿Qué respondéis?
Que es verdad,
pero quisiera que un día
más determino...
Perdonad,
un año siempre...
un delfín cortando el mar,
un caballo en la carrera,
de una creciente el raudal;
que todo aquesto es más fácil
que vuelva en su curso atrás,
que yo en mi intento, que yo
ni sufrido ni galán,
ni cortés ni enamorado,
use con vos de piedad.
Llego aquí.
¡Grande aprieto!
Llego, digo.
Esperad.
La mano.
Terrible riesgo.
Oíd primero a qué mar
llegó el extremo del mío.
¿Qué tengo más que esperar?
Digo, ¡ay de mí!, que primero
me habéis, señor, de vengar.
Tened, decidme de quién,
decidlo presto, acabad,
que de mí mismo, si fuera
de quien agraviada estáis,
os vengara con mi muerte.
Yo lo acepto.
Pues hablad.
Decidme quién es, decidlo.
Es...
¿Quién?
Don Juan.
¿Qué don Juan?
Tenorio.
¿En qué os ofendió?
Mató a mi padre.
[Aparte]
Mas
reparo ahora contraer
cosa de tanta gravedad.
Cielos, que es grande empeño,
la palabra de vengar
su ofensa aún de mí la he dado,
cuando soy en la crueldad
del delito, solo el reo;
y es también condición dar
que la he de vengar primero
que me dé la mano. ¡Gran
confusión! Pero la industria
cuando no ha podido más,
¿qué tengo? Si pues doña Ana
me ha pretendido engañar,
que yo la engañe también
es justo, y aun forzoso. Vaya
el engaño y la cautela
corriendo a la par e igual.
Suspenso ha quedado.
¿En qué
decís, señora, fundáis
el recelo, o quién dio la muerte
a vuestro padre?
De entrar
en mi casa aquella noche
que le mataron.
No más.
Tratáis de él, mal, qué penas
defiendo.
Lo demás
obré yo. Saqué la espada
cuando él con valor igual
la envidada se defendía.
Peleamos, metió paz
el Marqués, pero no a tiempo
que le pude, en fin, matar.
Llegó el asistente a punto,
que de otra temeridad
se libró el Marqués, pues quise
matarle; mas por no dar
lugar a que me prendiesen,
me ausenté. Ahora escuchad
lo que en orden a vengaros
intento; no ha de faltar
mi palabra, yo os la di
de vengaros, que cumpláis
de vuestra parte es forzoso.
Dadme esa mano y lugar
dando a la venganza, ea,
¿qué os detenéis? Pues pensad
que yo de mí...
En el margen inferior del folio izquierdo consta el número 35.
no hay quien os pueda vengar.
mayor aprieto es aquel ve...
qué intentaba.
rematarle,
seguiréle a mi amo.
los cielos
me den socorro.
en agraz
el racimo de la vida
no cortes, deja lograr
en tu juventud lozana
lo florido de tu edad,
no desesperes, espera,
y has de desesperar,
ahorca, le dije, no cuchillo.
pues dos.
el Asilvense.
el Asilvense.
vendrá
a que te mate también.
todo lo has de matar,
matador de por San Lucas,
pues del ser sino a tal
barca que riega gargantas
sin excepción al segar.
a saber, tenéis visita,
no entrara, bien que llamado
de vos he sido.
un cuidado vuestra...
vuestra venida me quita
cuando me libraba un bien
por vana pretensión
de un fuego, en una traición.
traición y fuego ¿con quién
le habéis tenido?
señor,
a este tirano aquí,
el preguntároslo a mí
es escusado.
¿queréis
decirme?, pues no hay lugar
de escusar lo que sentís,
desta muerte ¿qué decís?
después podré declarar.
decidme a mí brevemente,
si a conjurar se porfía.
sale el asilvense con todo el acompañamiento que se pueda
contra don Juan.
¿no es él, jura,
no más clara y evidente
prueba de que en él se inflama?
él aquí lo ha confesado,
o ya de celos pesada,
o ya de muy arrogante.
y aquí con vos ¿qué ha tenido?,
¿ha de ser impuesto?
y tantos,
que estorba el dolor al llanto
por privarme del sentido.
¿yo padezco aquí?
señor don Juan,
por libre vos os he puesto,
¿hacéis con mujeres esto?
justamente entenderán
que vuestras hazañas son
fingidas, pues como aquí
os descomponéis así,
no escuso vuestra prisión.
pague don Juan su delito.
ahora que se parece.
que se venga y favorece.
sobre todo por escrito
mañana declararéis.
y aquí con él me dejáis,
señor.
eso llevaréis,
que aquí se prende veréis,
y hoy también de la prisión
salgo al marqués porque luego
os dé la mano.
no niego,
señor, esa mi pretensión,
mas ruego, como a dueño,
y le amo, y como a esposo.
noto que es más dichoso,
pero ya es mío el empeño,
lo que hago por vos veréis,
a que conmigo os vengáis
y aguardo.
pues aguardad
lo que no conseguiréis.
Y vos, porque lo intentáis,
conque sois el asistente,
y traéis toda esa gente,
veréis cuán poco duráis;
porque si saco la espada,
porque si la capa tercio,
un escuadrón todo entero
para resistirme es nada.
Y dos pies, y dos, agora
que aún no me llegue a enojar,
porque quiero perdonar
por vos y aquesta señora.
Dejaos; no he de ceder,
haceros espero...
Rendíos a los aceros,
el remedio ahora ha de ser...
Saca la espada y éntranse los dos acuchillándose.
Matalde.
¡De espada fría!
Soy muy poco diestro, dame
un broquel.
Dentro.
Canalla, infame,
todos moriréis.
Rabio.
Será mejor escurrir.
No te aventures, Colchón.
No haré, que mi salvación
la fundo, Inés, en huir.
Vase.
Todos huyen, ¿de qué furia
se creyera tal destrozo?
Lo valiente de este mozo
me enamora.
Aparte.
De mi injuria
tomaré venganza en él.
Persiguiendo su malicia,
que es piadosa la justicia
que castiga lo cruel.
Él procura con su amor
mi agravio, y mi ofensa, pues
dio muerte a mi padre y es
por quien padece mi honor;
que una fama en opiniones
nunca fue segura fama,
resuelta voz que la infama
el que es de ruines intenciones.
Luego es justa la venganza
a que aspiro, luego debo
al valor por quien me muevo
dar lo que amo esperanza.
Ciega, Inés, muera don Juan,
para que viva mi honor;
pues a su luz deste sol
que está sin mancha verán.
Y un papel que del Marqués
he recibido en esta hora
que responda; y Inés.
Señora.
Que pongas recado anda
para escribir.
Ahora dentro.
Id.
Yo voy.
Vase.
Que amor ciega
mientras al centro no llega
lo que anhela por incendio;
esta fuerza, esta violencia
padece mi alma, pues
como es su centro el Marqués,
no se goza por la ausencia;
mas a pesar del rigor,
y de don Juan a pesar,
y a mi centro a parar,
impedida de mi amor,
al Marqués cuanto ha pasado
con don Juan escribiré,
y de mi padre diré
que la muerte ha confesado;
siendo mi alivio correo
que despache el corazón,
alivio de la pasión,
cuidando de mi deseo.
Vase y sale el Marqués.
¡Qué ay de mí! Me volveré,
a doña Ana, el vivir rendido he de;
pues ya se pasa el día y no ha venido,
matarame su olvido.
Lloraré su mudanza;
qué loca es de un amante la esperanza;
el que parece altivo, medrosito,
llora y no ceja...
lo posible me engaña
la libertad me daña
la prisión me divierte
ya rehúso la muerte
y a la vida me cansa,
y en lo que solo el corazón descansa
y en lo que padece,
quizá porque obedece
a doña Ana en prisión tan triste y dura,
mas pudo haber prisión de mal ventura,
pues desta la mesma memoria
me está acordando siempre la que es gloria
de haber sido primero
de un ángel prisionero.
¡Oh, suave prisión, no aquí justa y dura,
pues pudiese ser gozo y hermosura,
por memoria gloriosa
de la prisión más dulce y más hermosa!
Mas ya doña Ana tarda. ¡Oh, si viniese!
Sale Inés con manto, y un papel.
Que el celo por servirte,
doña Ana me ha mandado.
No sé por Dios, Inés, lo que has tardado,
más que causa alivio,
de que ella no viniese.
No ha podido,
por haberlo estorbado un accidente.
¡Oh, cuán a prisa está el que vive ausente!
Leer el papel quiero,
con que sin culpa por doña Ana muero.
Lee.
De albricias me prometo
una villa a lo menos en secreto,
liberal el marqués, pues tales nuevas
no se escuchan sin pruebas
de lo más liberal y generoso,
que es lo que toca al ser más dichoso.
Es verdad, ven acá; mas no, que sueño.
Sin duda, Inés, que veré a mi dueño.
Teniendo libertad, no, no lo creo,
tan grande es mi deseo,
que sin duda ha podido,
que en fin don Juan ha sido
quien mató a don Gonzalo; mis recelos
ciertos han sido, pero no mis celos.
¡Oh, crisol invencible del decoro!
Doña Ana en fin de Ulloa, a quien adoro.
Porcia no fue más casta, ni matrona.
De la Sevilla, pues, otra corona,
que con tal desengaño,
de don Juan el engaño,
se supo, el Asistente
pretende estando a todo...
Y tan presente
que escuchó de doña Ana
quejas contra don Juan, cosa es bien llana,
como también lo es, yo fui testigo,
fomentó su prisión para el castigo.
Pues, Inés, ¿qué detiene aqueste estado?
Ya no soy desdichado.
¿Doña Ana dirás, no, que me vea?
Dirásla por que crea
que el papel he leído,
esperaré sufrido
a tener libertad para ir a verla,
solo en fe de adorarla y de creerla.
Su culpa es ya forzoso se deshaga
con que podrás, señor...
Amor lo haga.
En su casa gozar de sus caricias.
No por paga de Inés por las albricias,
este bolsillo, Inés, dad a quien llora,
que le piensas decir a tu señora.
Yo nada.
Pues ¿de quién?
Estos escudos,
habladores al paso, que son mudos.
Vase, y sale don Juan, y Colchón.
Ésta es la iglesia, Colchón,
adonde estoy convidado
a cenar, y este el sagrado
que me libra de prisión.
No sé si te ha de valer,
la iglesia por desvergüenza.
Tendremos otra pendencia,
aunque hubiese más que ver.
que son muchos los heridos
y muchos los muertos,
cojos, mancos, ciegos, tuertos,
corcovados y tullidos;
mas dime, cuando de ti
en ti mismo la venganza,
a doña Ana, ¿qué intentabas?
¿qué querías hacer allí?
Que la engañaba es muy llano
cuando vengarla creyese,
pues solo intenté me diese
con aquel ardid la mano.
Allí no se creyó.
¿Qué?
Que matar te querías.
¿Hay quien crea boberías?
¿Tendré yo la culpa?
No.
En fin, Colchón, se desvela
doña Ana, en fin me aborrece.
¿Qué importa, si esto entristece,
cuando te adora Isabela?
Importa no dar lugar
algún secreto de estrella
a poder aborrecella
para poderla olvidar.
Entremos en la capilla,
que ya parece que espera
don Gonzalo; la postrera
noche será de Sevilla.
Cerca de la sepultura
no tiene esto buen sentido;
siempre esta cena he temido.
Pues divertirme procura
de ese presagio, Colchón;
no sé qué accidente siento,
que respiro sin aliento
y se estrecha el corazón.
Aquí bien podréis pasar
sin mí.
Dondequiera puedo,
mas quiero pierdas el miedo
a mi lado.
Córrese la cortina y descúbrese don Gonzalo en pie, y luego la cena y aparato por tramoya y todo negro.
Por cenar
a no temer me acomodo,
en peligro tan urgente,
que es el hambre tan valiente
que pierde el temor a todo;
y a la cortina corrida
el señor muerto te espera.
O ya la noche postrera
la justicia te convida.
Tan benaca, ¿no, no oíste
aquella voz?
¿Qué voz? No.
Lo mismo que dije yo
dijeron.
¿Lo que dijiste?
O ya la noche postrera
la justicia te convida.
Guarden los cielos tu vida,
vera ilusión o quimera;
vive Dios que va esto malo.
En un yelo, en un temblor
si titubea mi valor;
mas ya espera don Gonzalo.
Ea, temores, baste ya,
que se avergüenza mi acero.
Buenas noches, caballero,
ya estamos todos acá.
Que a cenar nos sentemos,
que os espera gran jornada;
mas, ¿por qué empuñáis la espada?
No sé. Cenemos, cenemos.
Servid la cena.
Sale de bajo del tablado la mesa con manteles y platos y luces, que serán velas amarillas, y queda en el sitio donde estaban sentados, y sirviendo platos.
Aquí es ello,
de algún diablo o de algún brujo;
tramoya fue esta mesa,
aquí es el quedar sin pulsos.
a quien es desatar asirse
de mala pasta y mal bujo
no cenais tu
destos platos
decid
no son de mi gusto
a víboras y alacranes
nos conbida el señor difunto
nuestros manjares son estos
si a los vivos no es justo
tratarlos como a los muertos
no los quiero
no esteis mudo
hablad y cenad, don Juan
traygan otros platos
muchos os daran
os daban mas resplandecientes
que embocan tan confuso
sin duda deven de ser
en guinea el otro mundo
pues cuanto se sirve es negro
y nada se me va al uso
levantad la mesa
es presto
canten
que tambien ay musicos
y tambien alla se templa
esa pena no era justa
que entre las demas faltara
mas oye una letra al uso
de alla o de aca
de alla
con razon no lo dudo
que en el infierno no cantan
como lo enmienda ninguno
Cantan dentro
honbre tu plazo llego
esta es tu ora postrera
pues muera
muera
quien viviendo no obro
nuebos temores me asonbran
cuanto miro cuanto escucho
presagios son de la muerte
que sensible que la juzgo
no cenais
de todo ceno
o por lo menos lo gusto
parece me que me escueze
que esta muy cerca del fuego
quien participa del humo
Sale el alcayde con un acompañamiento
como es posible escaparse
sacarle vengo y os juro
por los cielos soberanos
que en un cadahalso al punto
le ande cortar la caveca
señor acerquese
al mundo
puede hacer rostro la jente
que cerca la yglesia
dudo
que ya no le han hecho pedazos
Señor
junto al sepulcro
de don Gonzalo o me engaño
diviso algunos bultos
yo me acerco, mas que veo
Cenando con un difunto
don Juan esta caso raro
desde aqui todos ocultos
a el fin de tan gran prodigio
esperemos
con un mendrugo
de pan se abita mi estomago
y cuanto se sirve es crudo
buelvan a cantar
ya es tarde
canten
de cortes lo sufro
mucho teneis que sufrir
por ser lo que dura mucho
ya me cansan vuestros
vuestros equívocos dudo,
mas claro hablad, o...
¿Qué habéis?
De otro sudor me cubro.
Dentro la música.
No se ha de decir
racional aquel
que es la vida en el
nacer y morir;
quien ha de vivir
muriendo vivió,
hombre, su plazo llegó,
esta es su hora postrera.
Pues muera.
Muera
quien viviendo no vivió.
Ya entre los dientes el alma
parece que rompe el nudo,
haciendo divorcio el cuerpo
a su pesar, qué trasunto
es de la vida en la muerte.
Tanto me turbo y descubro
en lo que miro que estoy
dudando y creyendo a un punto.
Don Gonzalo es con quien cena,
y algún celestial impulso
dispuso que yo llegase
a este tiempo y que ninguno
de cuantos lo ven desmaye,
siendo así que aun yo me turbo.
Grande es sin duda el misterio.
Júzgame el pase nocturno.
Hay plato de caracoles,
que son sendos avechuchos.
Empiece el duelo.
Es de Dios
mi venganza.
¿Cuándo cumplo
de mi parte el desafío,
de otro os valéis?
Presumo
con que es juicio de Dios.
Pues yo si vos concluyo,
con que a mataros mil veces
volviera.
¿Qué es lo que escucho?
A matarle llegó él,
le quitó la vida, y pudo
atribuirse al marqués
el delito que fue suyo.
Verdad me dijo doña Ana
cuando contra él depuso.
¿Vos me matasteis?
Sí.
¿Qué si digo?
Y no presumo
que nadie lo ignore, ya.
¿De mi hija, torpe y astuto,
codicioso?
No lo niego.
¿Mas si vos, a quien lo atribuyo,
de vos la libró?
También
confieso que firme estuvo,
nunca conseguí un favor
solicitando a menudo.
¡Oh, valerosa doña Ana!
Esto el cielo lo dispuso
para librarle al marqués
y quedar yo sin escrúpulo,
pues veo su inocencia cuando
de doña Ana el valor juzgo.
Prometió darme la mano
de esposa.
No es ese triunfo
para vos, es del marqués.
Cielos, ¿qué es esto que escucho?
¿Del marqués? Primero...
Ya
no podréis, que el poder sumo
las fuerzas os quita y quiere
que yo, por quien en él me fundo,
venga de tantos agravios.
Tachado: esta es justicia de Dios
que me abraso.
que me hundo.
húndese con estallidos y truenos, desaparece don Gonzalo y Colón rueda por las tablas
prodigiosa maravilla,
¡oh cuán recto, oh cuánto es justo
Dios en su justicia, y cuánto,
y cuán en sus atributos
misericordioso, espera
para castigar insultos!
De la prisión al Marqués
voy a sacar, porque al punto
le dé a doña Ana la mano,
que triste fin haya uno,
y mientras yo al Marqués,
a doña Ana, luego al punto...
él se halló la llave,
vamos presto.
Porque en sus juicios altos
tenga su fin portentoso
la Venganza en el Sepulcro.
vase con todo el acompañamiento
o me he humo
o el olor de tanto azufre
ha echado por otro rumbo,
si he de acertar a salir
de la iglesia, al fin que tuvo
mi amo, mi conversión
ha de ser siendo cartujo.
vase y sale doña Ana e Inés, criada
notable suceso ha sido,
siento su condenación.
castigos, señora, son
de quien tan mal ha vivido.
¿lloras?
sí, que el sentimiento
es aquí muy natural,
miro una alma racional
eterna para el tormento,
mas mira quién entra, Inés.
los valerosos valientes.
Salen el Asistente y el Marqués y acompañamiento
pues a qué con tanta gente
a traeros, al Marqués,
ya, señora, habréis sabido
el lastimoso suceso
de don Juan.
y que os confieso
que con piedad lo he sentido.
disculpa en su confesión
al Marqués dio, fui testigo,
y así tan fiel como amigo
le saqué de la prisión,
dadle la mano, llegad.
Señor Marqués, lograréis
el premio que merecéis.
corone mi voluntad
ese amor, quien me le ofrece
para premiar mi firmeza.
si disputamos fineza
sabe amor quien le merece.
dentro de un grado a los dos
apremiando la esperanza
dando fin a la Venganza
en el castigo de Dios.
Fin de la tercera jornada
Tiene esta jornada 750 versos / que son todos los de la comedia 2620