إلى> تاريخ النشر: 22 أغسطس 2026
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<إلى clإلىss="inline-flex w-fit items-center" href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/deed.es" tإلىrget="_blإلىnk" rel="noopener noreferrer" إلىriإلى-lإلىbel="عرض تفاصيل ترخيص Creإلىtive Commons CC BY-NC 4.0">صيغة استشهاد مقترحة
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de La firmeza en el ausencia. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/la-firmeza-en-la-ausencia.
J 16 LA FIRMEZA EN LA AUSENCIA COMEDIA COMPUESTA POR DOÑA LEONOR DE LA CUEVA Y SILVA. Hablan en ella las personas siguientes: Don Juan, caballero. [Tachado: Regidor...] Don Carlos, su amigo. Tristán, lacayo de don Juan. Filiberto, rey de Nápoles. La infanta Celidaura, su hermana. Armesinda, dama. Leonor, su criada. Leonelo, criado del rey. Soldados, caja y bandera.
Página en blanco. Se transparenta la tinta del folio anterior (portada).
Acto primero
Salen don Carlos caballero, de camino, y don Juan su amigo, y Tristán lacayo.
Pésame de haber venido
tarde en aquesta ocasión.
Y con muy justa razón,
porque habéis, Carlos, perdido
una fiesta la mejor
que vio Nápoles famosa,
que de gozo está hermosa
que envidiara el mismo amor.
Fui con cartas de su alteza
por la posta al soberano;
no fue, don Juan, en mi mano
volver con mayor presteza,
aunque harto lo procuré;
mas los negocios de un rey
son yugo a toda ley.
Decís bien.
Pues que tardé,
que me contéis el torneo,
galas, letras e invenciones
aunque aportéis de razones,
solo serviros deseo,
y así, pues os lo cuento,
bien me podréis perdonar.
Descubrid vuestro disimulo al hablar,
y en el del alma.
Estadme atento.
A los dichosos años que cumplía
el rey, ordena justa y torneos,
donde Nápoles muestra en bizarría,
su belleza, su amor y sus deseos.
Aquí suena la chirimía y armonía,
allí canciones que, afrentando Orfeos,
llevan dulce recreo a los sentidos
en tantas variedades suspendidos.
Después, en una máscara vistosa,
nuestro gallardo peregrino embozado,
con librea tan rica y tan costosa
que del pastor de Anfriso fue envidiado,
corrió a las rejas de mi prenda hermosa,
pero su sol divino, retirado,
no dio lugar a que gozar pudiera
un solo rayo de su luz primera.
Sentido de desdén tan riguroso,
quiso darla a entender su amor constante,
Reclamo: y en
y enviola un lazo mío por más hermoso,
remataba un bellísimo diamante
con una banda de color celoso,
cierta señal de enamorado amante,
en que hizo alarde de firmeza y celos,
manifestando en esto sus desvelos.
Llegose en fin el aplazado día,
y los amantes ricos de favores
ostentaron con nueva gallardía
de sus hermosas damas los mayores;
compitiendo en las galas, a porfía,
la plaza hicieron un jardín de flores,
y por saber el dueño de mis ojos,
me dio de él prevenidos los despojos.
Ya que ocupados todos los balcones
de caballeros y de damas bellas,
que causan su vista admiraciones,
un cielo hermoso pareció de estrellas
en nuevas divinas perfecciones
que liberal el cielo puso en ellas;
como el sol Armesinda se mostraba,
que los humanos ojos deslumbraba.
Entró el mantenedor bravo y brioso,
príncipe de Taranto, que llevaba
de tela verdegayo e hilo airoso,
sobre nácar, que el verle deleitaba.
Reclamo: y por
y por empresa un corazón fogoso
que una hermosa doncella le arrancaba;
la letra dice: "Ya acaba mi esperanza,
y tu crueldad comienza en mi mudanza".
Salióle apadrinando el duque Arnesto,
padre de la gallarda Serafina,
y con aire vistoso tomó el puesto,
y al rey y damas la rodilla inclina.
El son de los clarines se oyó en esto,
porque entró por la calle más vecina
el de Visiniano, el príncipe, el primero,
hecho de amor valiente aventurero.
De morado y pajizo era el vestido,
con recamos de plata, linda cosa,
y por empresa un caballero herido
de una dama cruel y desdeñosa;
el corazón tenía dividido,
y encajada una flecha rigurosa;
la letra: "En mis colores he mostrado
que me trae su rigor desesperado".
Tras él entró Salerno, que ninguna
gala igualó la suya en lo lucido,
más brillante que el rastro de la luna,
todo de fina plata guarnecido;
llevaba por empresa la Fortuna,
y un bello joven de su rueda asido;
Reclamo: la letra
La de una, aunque más culpas demuestre,
no podrá hacer que deje de quererse.
Salió el conde, y en medio la plaza luego,
vestido de leonado y verde oscuro,
cierta señal de congojoso fuego,
poca esperanza en mal de amor tan duro.
Ya en presencia el amor, desnudo y ciego,
rompiendo del pecho el fuerte muro,
un retrato sacaba, otro ponía;
la letra: "ya no vive quien solía".
Yo, en medio de oro y azul, con las colores
y favor que me dio mi prenda hermosa,
en el escudo puestas con primores,
de un amante la fuerza poderosa.
Un león que, más manso sus rigores,
seguía a una cordera temerosa,
y la letra: "pastores, estad alerta,
que si os dormís, huelga perdida es cierta".
Después de varias suertes que no cuento,
por no ser tan prolijo, en que se mostraron
su destreza, valor y pensamiento,
la gloria a ventaja todos le dejaron,
y dando a todos general contento,
mil parabienes a su dueño enviaron;
que en tanta dicha afición, ya gozante,
gozaba de los premios un amante.
yo que aguardado hasta este punto había,
al contrario me acerco, que orgulloso
a mí, con esperanza se venía
de hacer algún encuentro venturoso.
Mintiole esta vez su fantasía
y, rendido a mi brazo poderoso,
con el bote primero de mi lanza
dejé, Carlos, burlada su esperanza.
Dieronme el parabién del vencimiento
con mil muestras de gusto y alegría,
publicando sus voces por el viento
la alegre y venturosa suerte mía;
el vulgo grato, a mi fortuna atento,
rompió el silencio en alabanza mía
con tanto aplauso, que esparció la gente
el víctor por el aire, dulcemente.
Suspenso me habéis tenido,
fiesta, por cierto, estremada.
Lo que os he dicho no es nada,
conforme a que ello ha sido;
mas por no daros enfado
pasé en silencio mil cosas
peregrinas y curiosas
con que el rey me ha festejado.
Mira que sale Leonelo
con un papel.
Yo me iré,
otra vez os veré.
Reclamo: Don Juan.
Mil años os guarde el cielo.
Vase y sale Leonelo, criado de Lorenzo, con un papel.
Ya ha entrado.
Señor don Juan...
¡Oh, Leonelo!
Este papel
es del rey, mirad en él
el favor y honra que os dan.
Mostrad acá.
Sin duda alguna
que quiere darte, señor,
el premio de vencedor.
Vive dichosa y gran fortuna.
Beso la mano. Ya abrilo,
y me avisa mi temor
que esto es venganza de amor.
Léele, acaba.
Dice ansí:
Lea.
«Don Juan, en este punto acabo de leer las cartas
que me trujo don Carlos del príncipe de Rosano,
en que me avisa que el de Francia, su hermano,
armada ha entrado por las tierras de Nápoles.
A vos os toca la defensa de mis reinos,
que, como cierto de vuestro valor y lealtad,
os he escogido más que a otro para reprimir su
osadía. Apercibíos al punto, porque mañana
ha de ser vuestra partida. El cielo os guarde.
El Rey.»
¿Qué respondéis?
Que obedezco,
y que tan sujeto estoy
que mi vida y cuanto soy
a sus pies humilde ofrezco;
que aunque no soy digno yo
de una merced tan subida,
la tiene bien merecida
mi lealtad, si el valor no.
Luego sus pies besaré.
Justamente en vos se emplea.
Quien di que mi pena crea.
Yo me voy.
Pues luego iré.
Dios os guarde.
¿Qué tenemos?
Vase Leonelo.
¿Qué he de tener sino enojos?
¿Más que humedeces los ojos?
Deja, por Dios, los extremos.
Y si te digo verdad,
quiero más que un condado,
en arenal me he quedado
a paga de mi necedad.
Más linda es, señor, la guerra,
y no hay cosa que haga a un hombre
ganar grande fama y nombre
como salir de su tierra.
Deja vanos disparates
y tráeme tinta y papel.
¿Quieres me alistar en él?
Reclamo: por
No me trates
de guerra ni de soldados,
veme por lo que te pido.
Yo me encajo un apellido
de los que son más nombrados;
jineta de capitán
tendrá mi brazo robusto,
y entonces llamarme gusto
don Fulano de Guzmán.
Acaba, necio.
Ya voy.
No hay más Leonor en el mundo,
mi dicha en la guerra fundo.
Vase.
Vivo, amor, muriendo estoy,
pues ánimo le ha faltado
para contaros mi mal,
ángel bello y celestial,
al corazón desmayado.
Denme paciencia los cielos,
y alivio en tanto rigor,
pues no hay tormento mayor
en amor que ausencia y celos.
Sale Tristán con recaudo de escribir, llegue un bufete y silla.
Aquí está tinta y papel.
Pues en tanto que la pluma
hace de mi mal la suma,
llama a Carlos.
Yo voy por él.
Vase Tristán y siéntase a escribir.
Escribe.
Vuelve a escribir.
Ciérrale.
Remedio Amor ha trazado,
y que ha de tenerle creo,
a medida del deseo,
este celoso cuidado.
No he comenzado muy mal,
pase la pluma adelante,
pintando el poder gigante
de quien causa pena igual.
Ya acabé, mas no es posible
en tan severo rigor
que tenga fin mi dolor,
siendo en todo tan terrible
que a todo mal se prefiere.
Ya el papel está cerrado,
y yo en mi amor abrasado.
Salen Don Carlos y Tristán, y levántase Don Juan.
¿Qué es lo que don Juan me quiere?
No lo sé, mas aquí está
suspenso y solo consigo.
Háblale.
Don Juan, amigo.
Él sus penas te dirá.
Carlos.
Vengo a saber
para qué me habéis llamado.
Comunicar el cuidado
su remedio suele ser.
Mas antes despacharé
a Tristán. Oye.
Señor.
Dale el papel.
Da este papel a Leonor,
que me importa.
Ansí lo haré.
Vase.
Ya estamos solos. ¡Ay, Carlos!
Si pudiese mi dolor
manifestaros la pena
y terrible confusión
que pasa un pecho abrasado
en dulces llamas de amor,
donde el alma es mariposa
que deslumbrada al candor
de los ojos de Armesinda
tan ciega, ¡ay, Dios!, se llegó
a sus rayos soberanos
sin recelar el rigor
con que el más helado pecho
Reclamo: vuelven
vuelven en fuego, que estoy
tan preso en sus dulces lazos
y en su amorosa prisión,
que como el imán al hierro
y como a la rosa el sol,
atraen a sí, deste modo
sigo su hermosura yo,
mas dejando de contaros
adonde llega mi amor,
que es un principio sin fin
porque quiero con pasión,
ya os acordaréis que os dije
en la relación de hoy,
como el rey quiere a Armesinda
y pretende su favor,
y que una banda y diamante
que de su mano la dio,
mil despojos hizo, efetos
de un rendido corazón;
pues en este mismo día
sin encubrirlas mostró
las señales de su pena,
de sus iras el furor,
y por vengar su desprecio
me ausenta con la ocasión
de la guerra del de Francia,
dando tan buena color,
Reclamo: que su
que su general me hace,
con que mi esperanza en flor
se ha de marchitar sin tiempo,
perdiendo su galardón.
Mi fe también me ha vencido,
porque viendo que me voy,
Armesinda, y que la quiere
un rey de tanto valor,
se rendirá a sus halagos,
pues nunca menos se vio
en una mujer ausente
que apetecer lo mejor.
Yo me voy, Carlos amigo,
a morir de mi dolor
sin alma, mirad si tengo
para sentirlo razón,
mas entre tantos pesares
que veneno al alma son,
un consuelo me ha quedado
fundado, Carlos, en vos.
El amigo sois más caro;
yo os dejo por otro yo,
para que, Argos vigilante,
con más ojos que el pavón,
guardéis la prenda que adoro
de este tirano rigor,
que hasta su cielo divino
más soberbio que Nembrot,
con la escala del poder
donde no hay oposición,
pretende subir ufano,
bajando de él mi amor.
Esto os ruego, Carlos mío,
por Dios, por mí, por quien sois,
que si tal merced alcanzo,
tendréis en mí desde hoy,
no digo un amigo grande,
sino un esclavo el menor,
que a vuestros pies humillado
para mí el lugar mejor
podréis ponerme al instante.
Con el hierro vengador
la señal de servidumbre,
que tal amistad granjeó,
anticiparte contento,
ya que sin recelos, no,
en fin, más asegurado
de mi cobarde temor,
que aunque de mi dueño hermoso
tengo gran satisfacción,
no os espantéis de que tema,
que es mujer, y amante soy.
De rodillas.
Levanta, don Juan, del suelo,
pues menos ponderación
bastaba a no ver mi pecho
a ser mi amistad menor;
mas pues sabes que conservo
de siempre, mío, el blasón,
antes faltará a los cielos
de Admeto el rubio pastor,
al manto azul las estrellas
y de Cintia el resplandor,
al prado su primavera,
al árbol la fruta y flor,
al mar los peces, y al día
bella esposa de Titón,
que yo falte en tu servicio;
y no es exageración,
pues diera por ti mi vida,
cuanto valgo y cuanto soy.
Vive, don Juan, sin cuidado,
cumple con tu pundonor,
porque se acabe la guerra
y del rey la indignación,
que en tu lugar quedaré
por guarda de aquesta yo,
sin que me engañe Mercurio;
y esta palabra te doy.
Mil veces besar quisiera
tus pies, Carlos.
Y yo no,
que están los brazos más cerca.
Abrázanse.
Solo ellos mi amparo son.
¿Sabe tu ausencia Armesinda?
En un papel la llevo.
Tristán la dura sentencia
de mi triste muerte, ¡ay Dios!,
y sin eso la he de ver
esta noche.
Pues ya el sol
quita el freno de diamantes
a Eeto, Flegón y Pirois,
no te detengas, don Juan,
que se acaba el día.
Voy,
y veré primero al rey;
entremos juntos los dos.
Otro Pílades seré.
Y como otro Orestes yo.
Vanse y salen Armesinda,
dama, y Leonor, criada, con
un papel.
Este papel para ti
me acaba de dar Tristán.
Muestra; mas si es de don Juan,
¿qué puede escribirme aquí?
A novedad lo he tenido,
pues en seis años de amor
Reclamo: es el
y el primero, Leonor, que a mis
que a mis manos ha venido.
Jamás confié a la pluma
mis secretos, que en querer,
nunca en papel quise hacer
de mis amores la suma;
que suelen ser de una dama,
por un descuido, la puerta
que la deja siempre abierta
para perder honra y fama.
Don Juan, siguiendo mi gusto,
tan de esta opinión asido,
que jamás ha pretendido
salir de lo que es tan justo;
y al cabo de tantos años
escribirme, extraña cosa.
El alma está temerosa.
Deja esos locos engaños,
veamos qué escribe aquí.
Abro temblando el papel,
si viene mi muerte en él.
Abre, acaba.
Escucha.
Di.
Lea.
«A recelo de mí,
y enamorado y perdido,
para vengarse ha querido
que yo me ausente de aquí,
Rásgale.
de su reino a la frontera
me envía por capitán.
Fuerte sentencia me dan,
pues amor manda que muera.
De celos será forzoso
que me mate el rigor fiero,
pues en tu ausencia no espero
tener fin más venturoso.
Esta noche pienso verte
y despedirme de ti,
que es bien que celebre ansí
las vísperas de mi muerte.
Guárdenme mi bien los cielos,
que yo he de ser en amar
firme cual roca en el mar
entre tormentas de celos.»
No puedo pasar de aquí.
¡Ay tal desdicha, Leonor!
¡Ay tal tragedia de amor
como comienza por mí!
¡Oh papel, quiero romperte,
pues el alma me has herido,
y en tanto dolor has sido
mensajero de mi muerte!
¿Don Juan ausentarse, cielos?
¿El rey me ausenta a Don Juan?
Reclamo: mas
mis celos, que no sobran;
no eran vanos mis recelos,
pero pierda la esperanza,
porque antes viva abrasada
todo ese cielo estrellado
que en mi amor haya mudanza;
no piense que ha de poder
de ausencia el fiero rigor
contrastar tanto valor,
porque al contrario ha de ser.
Bien puede estar seguro
de que no soy nieve al sol,
sino cual oro en crisol,
que sale más limpio y puro.
Esta ausencia lo ha de ser,
y he de amar hasta morir,
porque se pueda decir
que asísteme algún mártir.
Mira que sale la infanta.
¡Ay!, ¿cómo puede
mal que a todo mal excede
hallarme en desdicha tanta?
Ya llega.
Sale la infanta.
Cortos pasos que doy
aquí, a la medida que llego
quien ansí se ha desconsuelto
que de quien eres celosa.
Yo, ¿qué celos? No, mi señora;
todo con Leonor ha sido.
Mala disculpa has fingido,
pues yo te oí como ahora.
¿Has visto si dio el papel?
Y de ti vi lo que noto:
que no me hayas dicho cosa
de esa tu pena cruel,
sabiendo lo que te quiero
y mi buena voluntad.
Encubrirte la verdad
fuera término grosero;
a ese valor soberano
de quien soy humilde esclava,
y de quien vivo segura;
mas porque sale su hermano
me voy, después te hablaré;
que me sigue con cuidado,
y de noche enamorado
temo que a mí me le dé,
y así sospechas tan tarde.
Conmigo es vano temor.
Lo que yo temo es su amor.
Pues vete.
A Dios.
Él te guarde.
Reclamo: Aur.
A don Juan voy a esperar.
Vase con Leonor y sale el Rey.
¿No estaba Armesinda aquí?
Anda con temor de ti,
y no te quiso aguardar.
¡Ay, tan grande crueldad!
Pues de mí, ¿por qué ocasión?
Teme alguna sinrazón,
hija de tu voluntad.
No me hallo un punto sin ella.
¿Tan enamorado estás?
No puede, hermana, ser más.
Lo que esta enemiga bella
me hace sufrir y penar.
Injustos son tus desvelos.
¿Qué quieres? Mátanme celos,
y anégame un mar de amar.
Vi a don Juan favorecido
de quien tanto estimo y precio
con mil prendas, y el desprecio
la causa dice haber sido.
Ofrecióse esta ocasión
en que de aquí se ha ausentado,
con que quedaré vengado
Sea o no sea razón,
amor no admite ninguna.
Dice bien, que al fin es rey,
y no está sujeto a ley;
solamente guarda una.
¿Cuál?
La del gusto.
Y antes,
mas quien tiene discreción
sujétase a la razón.
No estoy, Celidaura, en mí;
quiero y amo con exceso
aquesta ingrata hermosura,
origen de mi locura,
pues por ella pierdo el seso.
Tengo un desvanecimiento
dentro de mi fantasía,
y una rebelde porfía
que no admite rendimiento.
Y en efeto tengo llena
el alma de mil enojos,
y así se asoma a los ojos
como a ventana mi pena.
Ablándame este diamante
en firmeza y en dureza,
pues no basta mi grandeza,
ni ser en su amor constante.
Yo haré todo mi poder
pierde por mí ese cuidado;
veis un monte ahora allanado
si venzo esta mujer.
Vanse, y salen don Juan y Tristán de noche.
¿Es muy tarde?
No, señor,
las doce en punto dio agora.
¡Oh, si saliese mi aurora!
¡Oh, si saliese Leonor!
Sal, divino sol, a darme
luz en tiniebla tan fría.
Acaba, soplona mía,
de salir a consolarme.
Lleguemos paso y despacio,
por si viene gente acá.
Bien desocupado está
el terrero de palacio.
Ya siento abrir la ventana;
ponte a este lado, Tristán,
y haz la vela.
Salen Armesinda y Leonor a la ventana.
¿Es mi don Juan?
Yo soy. ¡Oh, suerte inhumana,
que me has de quitar, envidia,
unos ojos que me dan...
vida en su vista.
Leonor y Tristán.
Si me quisieres, que nunca...
¿Y posible que se ausenta
el rey cruel de mis ojos,
y que para darme enojos
vencer mi desdén intenta?
¿Es posible que sin ti
he de poder tener vida?
No es posible, porque asida
con el alma se la di;
contigo llevas, mi bien,
alma, vida y corazón,
que mi amor y fe es razón
que estos cuidados se den.
Del rey la fuerza amorosa
no te dé, don Juan, disgusto,
que en el resistir su gusto
verás mi firmeza honrosa.
Roca seré incontrastable
en este mar proceloso,
que a su viento riguroso
he de estar firme y estable.
¿No me respondes?
¿Qué puedo
responder, si estoy mortal,
y temiendo mayor mal,
turbado y confuso quedo?
Que el poderoso contrario
Reclamo: de un
De un mozo rey el poder
y es justa cosa prever
mudanzas del tiempo vario;
seis años con fe gloriosa
vista he podido vivir,
pues ¿cómo podré sufrir
tu ausencia triste y forzosa?
Que la pena de no verse
pienso que me ha de matar,
que es mejor que no llegar,
dulce señora, a perderse.
Es tanto el tormento mío,
y lo que siento y padezco,
que a las piedras enternezco
con los suspiros que envío;
que no hay duda, mas sentiré,
si me olvidas, Armesinda.
La muerte, don Juan, me rinda
antes que falte a mi fe;
y porque partas de aquí
seguro de mi valor,
la satisfacción mayor
quiero darte, y escucha.
Di.
Si yo, ingrata, olvidare tu amor y
me burlare, mudable, mi esperanza,
en un golfo de celos sin bonanza
me anegue de tu ausencia en los rigores,
de mi edad juvenil las frescas flores,
marchite en mayo el tiempo y su mudanza,
haga de un envidioso confianza,
y un vil esclavo goce mis favores,
no tenga en cosa que procure gusto,
penas me sean las mayores glorias,
persígame su sombra en cualquier parte,
viva muriendo en cautiverio injusto
y atorméntenme el alma tus memorias
si yo, don Juan, dejare de adorarte.
Pues si dejare un punto de quererte
ni olvidare jamás tu rostro hermoso
no halle en cosa que emprenda fin dichoso
y en flor me coja desastrada muerte,
tenga en todas mis cosas mala suerte,
con el rey me enemiste un mentiroso,
no vuelva desta guerra victorioso
y máteme la pena de no verte,
gócese el rey, y rompa mis despojos,
ostente los favores de su mano,
pase mi cuerpo, desta a la otra parte,
con mi espada delante de mis ojos,
la mano del más rústico villano,
si dejare, Armesinda, de adorarte.
Vítor a los dos, Leonor.
Don Juan, esta calle deja
y pásate a esa otra puerta
donde hablaremos mejor.
Reclamo: qu
que es muy baja.
Así lo haré.
Pues ve, que en ti puesto espero.
Quítase.
Mi amor llegará primero
con las alas de su fe.
Entrase Don Juan.
Y ella no me dice nada,
pues ve que también me ausento.
Cierto, Tristán, que lo siento
con grande extremo.
¡Uy, taimada!
Ya he comenzado a temer
que, en faltando yo, no hay más;
por otro me dejarás
como mula de alquiler.
No hayas miedo.
Pues porque sea
en esta ausencia consuelo,
asegura mi recelo.
Sí haré, oye, Tristán.
Vaya.
Si yo olvidare, cielo, eternamente
el amor y las gracias de Tristán,
con campanas me anuncie un sacristán,
y beba en el verano agua caliente,
persígame un galán impertinente,
no halle flor en el campo por San Juan,
en piedra dura se me vuelva el pan
y tenga sarampiones en la frente.
no halle descanso ni contento en cosa,
pulgas me piquen en cualquiera parte,
y si durmiere que me den enojos,
quede cuando llorare, lagañosa,
si yo dejare, mi Tristán, de amarte,
porque hereje el candil de aquellos ojos.
Pues si yo te olvidare, mi Leonor,
ni borrare del alma tu retrato,
con sus razones me persiga un gato,
con sus golpes me acuerde un herrador,
ande astroso, ser mozo de un señor,
de mis favores haga un necio plato,
con preguntas me mate un mentecato,
y atraviese mi cuerpo un asador,
parezca cocinero de convento,
no tenga en esta guerra buena suerte,
un escudero goce mis despojos,
y pónganme a guardar un monumento,
si yo, Leonor, dejare de quererte,
porque hereje las niñas de estos ojos.
Basta, satisfecha estoy.
Quedo por Dios, mi señor.
Sale don Juan.
No hay más fe, no hay más amor
que el de mi bien.
Yo me voy.
Quítase de la ventana Leonor y sale.
Y salen el Rey, don Carlos y Leonelo, de noche; embózanse don Juan y Tristán.
Gente, Carlos, hay aquí.
Y la ventana cerraron;
con ellos sin duda hablaron.
Estos se acercan a mí.
¿Conócelos?
No, señor.
Pues pregunta.
Es razón.
¿Qué gente?
Dos hombres son.
¿Quién vive?
Solo el amor.
¿Es Carlos?
Sí, ¿y Filiberto?
Este
es el que viene conmigo.
No sé qué he de hacer, amigo,
si vengo a ser descubierto.
¿Y él quién es?
Soy un soldado
de amor.
Pues el nombre di.
Espere, y se lo diré,
el amante sin cuidado.
Descúbrase.
Bien estoy.
¿Y si os lo mandase el rey,
no lo haréis?
Es justa ley.
Pues descubríos, que yo soy.
Si eso es cierto, veisme aquí
a vuestros pies.
Descúbrese.
Reclamo: Y don
¿Y don Juan?
Sí, señor.
¿Y este?
Mi criado.
Pues, ¿cómo a tal hora andáis?
Salí con el gran calor
a tomar un poco el fresco.
No sería mal ejercicio
si acaso os le diese el amor;
y más acertado fuera
ordenar vuestra partida,
pues ya la gente lucida
en la campaña os espera,
y advertid que a esta ventana
no os pongáis a galantear,
ni lleguéis jamás a hablar
con las damas de mi hermana.
Yo, señor ...
No habléis,
idos, don Juan, a acostar,
porque habéis de madrugar.
Señor...
No me repliquéis.
Ven, Carlos.
¡Ay tal rigor!
Vase el Rey y sus criados.
Idos, don Juan, a acostar,
porque habéis de madrugar.
Lindo consejo, señor.
Amor y temor que el alma
Reclamo: celáis
celáis en un mismo tiempo
sin tener en tantos males
ni descanso ni consuelo.
Qué guerra injusta es aquesta
que hacéis en mi pensamiento
de sospechas mal nacidas
en que por puntos me anego.
No es bien que temáis mudanza
de quien es de amor portento,
de firmeza maravilla,
de hermosura el mismo cielo.
Sosegaos, sospechas mías,
no os alteréis, pensamientos,
dormid seguros, cuidados,
dejadme un poco los celos.
Mas ¡ay! que es fuerte enemigo,
flaco el muro de mi pecho,
la ausencia de amor contraria,
y que es mujer considero.
Si la combate el poder,
con muy justa causa peno,
con razón suspiro y lloro,
con ocasión desespero.
¡Oh, cielo airado, inhumano,
que escuchas mis tristes ecos!
por qué culpas me condenas
para un infierno de celos,
para un millón de pesares,
para un siglo de tormento,
para un mar tempestuoso
y para un mal sin remedio.
En fineza entre mil quejas,
oye mis suspiros tiernos;
a mis pesares te ablanda
y escucha mi sentimiento.
No sé cómo tengo vida
cuando a la desdicha llego
en que de mi bien me aparto
y de sus ojos me alejo.
¿Es posible que me voy?
No es posible, no lo creo,
que el alma se queda acá
y solo se parte el cuerpo.
Noche que oyes mi llanto,
dile a Armesinda cuál quedo;
estas ansias la refiere,
que es menor de lo que siento.
Y vos, otras bellas luces
de ese hermoso firmamento,
decid a las de sus ojos
lo que por ellas padezco.
Reclamo: iré
y tú, sol, que el mundo alumbras,
pues gozas ufano el cerco
de rayos que desperdicia
el resplandor de mi dueño,
cuando mirare su rostro
menos altivo y más bello,
recuérdale las memorias
de aquellos pasados tiempos.
Mi dulce señora mía,
resiste el poder violento
deste Teseo segundo
que quiere asaltar tu cielo;
derriba sus pretensiones,
aniquila sus intentos,
desespera su esperanza
y confunde su deseo,
que si de esta suerte lo haces,
partiré a morir contento,
pues me ausento de la vida
que tengo mientras te veo.
Y con esto me despido.
Adiós, bellísimo dueño,
adiós, rejas y paredes
donde toda el alma dejo,
adiós, Nápoles la bella,
adiós, palacios soberbios.
Reclamo: Sale
Destierro de la ciudad
y patria de lisonjeros,
la partida a la guerra,
cuidados y pensamientos,
seguid a Marte animoso,
dejad a Cupido tierno;
mas, ¿qué digo?, estad alerta
por centinelas desvelos,
mirad que este muro asalta
de un poderoso el deseo.
Acabose la oración.
No tiene fin lo que siento.
Vense a acostar con el diablo,
mira que todo me duermo.
¿Qué hora es?
Las cuatro y media.
Pues ven que voy casi muerto.
Y yo de sueño y de hambre
por seguir qué poco seso.
Fin del acto primero
Acto Segundo
Salen el Rey y don Carlos solos.
Que respondió tan cruel.
Si quiere a don Juan, sospecho...
Es un duro mármol pecho,
hecho de nieve y clavel.
Dila, señor, el papel,
con tiernos ruegos de amor,
y con no visto vigor,
manifestado en sus ojos,
respondió...
Bravos enojos.
que no espere su favor.
¿Hay tal cosa? Estoy perdido;
mas no pierdo la esperanza,
que de mujer la mudanza
nunca desechada ha sido;
pues ya que no engendra olvido
en ella, Carlos, la ausencia,
bien podrá mi diligencia
hacer con algún engaño
que cese el desdén extraño
con que apura mi paciencia.
Muy bien, señor, me parece,
pero ¿cómo le has trazado?
El decir que se ha casado
su amante; mi amor me ofrece,
con tantos desdenes crece,
después de inciertos que estoy
olvidado de quien soy,
y ocasiona mi locura
esta divina hermosura,
mas que a un hechizo me voy.
¿No has visto la bella rosa,
Carlos, que llaman del sol,
seguir a su claro arrebol
lozana y presuntuosa,
y que en la noche medrosa,
como la faltan sus rayos,
se encoge con mil desmayos
hasta que al siguiente albor
vuelve a ver su resplandor
y a repetir nuevos mayos?
Así yo, ni más ni menos,
altivo, bien como ella,
sigo de Armesinda bella
el de sus ojos serenos;
mas en el punto que ajenos
los míos están de ver
su beldad, vengo a perder
el gusto para otra cosa,
hasta que su luz hermosa
me vuelve a dar nuevo ser.
Pues si no te has de casar
Reclamo: noy
no es lo que quieres locura.
Muy bien puede su hermosura
a mi grandeza igualar,
mas si lo llego a intentar,
ya ves que no es justa cosa
ni para mi estado honrosa
casarme yo con quien sé
que tiene en otro su fe,
y que es conmigo engañosa;
que aunque vivo satisfecho
que su amor bien arraigado,
de palabras no ha pasado
ni otra malicia sospecho,
es menester que del pecho
la arranquemos a don Juan,
que con eso cesarán,
dándole, Carlos, la muerte,
los tormentos y ansia fuerte
que tanta pena me dan.
Sentencia por cierto injusta
cuando sirviéndote está.
Pues tanta pena me da,
no es injusta, sino justa.
En fin, de matarle gusta
vuestra alteza.
Lo que quiero
decirte en esto, el que espero
fingiendo su muerte hacer
que se rinda esta mujer
a un amor tan verdadero.
Aun lleva mejor camino.
Antes que ponga este medio
que es el último remedio
con que acabar imagino
su conquista, determino
hacerla entender por ti
que se ha casado, y ansí,
creerá que es cierto el suceso
por ser tu amigo y con eso
tendrá más piedad de mí.
Aparte.
¡Ay, pobre don Juan ausente!
¿Qué dices?
Que será ya bueno.
Ansí emprendré mi pena.
Pues vete porque lo intente,
que en teniendo la presente
daré a mi traza lucida
principio.
A mí la vida,
si sales, Carlos, con ello.
Aparte.
Echaré a mi industria el sello
por conocer si es fingida.
Vase el Rey.
Reclamo: D. Ca=
Ya es ido el rey, y confuso
me deja su loco amor,
aunque seguir no es error
de aquestos tiempos el uso;
el cumplir aquí no escuso
lo que me deja mandado.
Mas si soy amigo honrado,
¿cómo puedo hacer que rinda
su amor al rey, Armesinda,
habiéndomela encargado?
Yo soy amigo leal
y soy vasallo del rey;
su obediencia es justa ley,
e impedir también el mal
de mi amigo. ¡Ay pena igual!
Si al uno quiero servir,
al otro le he de mentir;
porque en término sucinto,
no hay en este laberinto
un hilo para salir.
Mas ya le halla mi deseo
en la misma confusión,
pues me le da la ocasión,
y sin ser el de Teseo,
que saldrá a mi intento creo.
Reclamo: porque
porque fingiendo saber,
si es todo lo que se ve
de Armesinda con don Juan,
y en este toque saldrán,
los quilates de su fe,
que no hay en una mujer
con base más fuerte y recia
como de un hombre el desprecio
para venir a caer,
esta la prueba ha de ser
con que se muestre mejor
de su fineza el valor;
y si este viere constante
será a un vicio semejante,
mas ya sale con Leonor.
Salen Armesinda y Leonor.
Bravo olvido en tanto tiempo.
Aquí está don Carlos, llega
y háblale, que este dará
de don Juan algunas nuevas.
Bien dices. Señor don Carlos.
Descubierto.
¿Hay en qué serviros pueda?,
que lo haré con mucho gusto.
Solo vengo a daros quejas
de un amigo el más ingrato,
Reclamo: per
perdonad que con la pena
y sentimiento, no es mucho
el faltar a mi modestia.
Bien podéis hablar segura.
Salte, Leonor, allá fuera,
mientras hablo con don Carlos,
y tenme muy buena cuenta
si alguien viene.
Ansí lo haré.
Vase.
Ya se fue Leonor.
Pues deja
que sienta, Carlos, y llore
ingratitud como aquesta.
Seis meses ha que don Juan
se ausentó de mí a la guerra,
y seis meses que no veo
de su mano ni una letra.
¿Es bueno, por dicha, es bueno
que haciendo yo resistencia
a los intentos del rey,
despreciando su grandeza,
no mujer, sino diamante,
firme roca, no veleta,
y siendo a tan grandes olas
inmóvil risco en firmeza,
halle en don Juan tanto olvido
que ni un recaudo siquiera...
Reclamo: para
para consuelo nuestro
desta rigurosa ausencia.
¿Qué dices, Carlos, qué dices?
¿no respondes?, ¿en qué piensas?
Si son las disculpas tuyas,
no me mandes que las crea.
Habla, o si no pensaré
que eres muerto.
A Dios pluguiera
que yo no supiera hablar
para darte tales nuevas.
Con razones tan preñadas
mi triste muerte conciertas,
declárate más, por Dios.
Pues digo...
Aparte.
¡Ay!, ¡el alma tiemblo!
Aparte.
La color se le ha mudado,
aquí el engaño comienzo,
sabe Dios lo que yo siento
haber de darle esta pena,
mas, ¿qué he de hacer?, la amistad
y la obediencia me fuerzan.
Acaba, ¿qué te detienes?,
pues es mejor cuando llega
el mal, que venga de golpe,
que no con imprudencias.
Digo, en fin, señora mía...
Reclamo: Ar.
Ya sé que un sueño me deja muerta.
Que don Juan, como mudable,
ausente de su belleza
y olvidado de sus gracias,
¡oh, lo que puede el ausencia!,
prosiguiendo, como sabes,
con el de Francia la guerra,
con infinitas victorias,
aumento de su nobleza,
prendió al almirante Alberto,
por gran dicha, en una de ellas;
y tratando del rescate
con don Juan, los dos conciertan
que, dándole libertad
y a alguna gente francesa,
en retorno le daría
su hija, madama Clabela,
con trescientos mil florines
en dote y algunas tierras.
Don Juan aceptó el partido,
que tanto un hombre se ciega
cuando con una hermosura
se junta también riqueza.
Dicen la novia
con tantas galas y fiestas
Reclamo: que para
que para de rey, faltó
poca pompa a su grandeza.
No sé si está concluido
el casamiento, aunque cierta
nueva de lo que se ha dicho
por toda Nápoles vuela,
si bien no me ha escrito nada,
y creo que de vergüenza
de ver cuán mal ha pagado
mi amistad y mi firmeza.
¿Que se ha casado y que es cierto?
Yo quisiera no lo fuera.
Aparte.
¡Válgame el cielo, qué ahogos
el alma en el pecho anegan!
Aparte.
Ya empieza amor sus efetos.
¿Cómo es posible que pueda
vivir?
¿Qué tienes, señora?
¿Qué he de tener que no sea
ansias, tormentos, enojos,
iras, venganzas, afrentas,
desdichas, desconfianzas,
desesperaciones, penas,
que como enemigos fieros
para matarme me cercan?
¿No has visto, Carlos, no has visto
Reclamo: alguna
alguna mina encubierta,
en que el fuego voraz
de repente se apodera,
que sin resistencia alguna,
con tan gran furia revienta,
que el más constante edificio,
deshecho, en el aire vuela;
todo lo abrasa y consume,
ya acabada su violencia;
el fuego a su esfera sube,
queda en su lugar la tierra
y sobre ella como en centro
las desbaratadas piedras,
sin quedar otra señal
de haber sido lo que era.
Así yo, del mismo modo,
contra cuya fortaleza
ni los combates del tiempo,
ni los rigores de ausencia,
ni el amor del ver bastaron
a hacer en mi pecho mella;
un desprecio y un olvido
fueron la mina soberbia
que aquel hermoso edificio
de mi amor, deshecho en piezas,
arruinar, Carlos, pudieron,
Reclamo: y echar
Llora.
y echar de mi pecho fuera,
volviendo los materiales
de que bien compuesto era,
a su primero lugar.
Y así, desde agora, dejan
al campo sus esperanzas,
al diamante su firmeza,
a las rocas su constancia,
y su amor a la francesa,
quedando en este lugar
unas pequeñas centellas
de la Troya que aquí fue,
entre las cenizas muertas.
Y esto no para mudarme
a otro amor, porque es empresa
tan difícil olvidar
jamás mi afición primera,
aunque por ello ganara
el ser de Nápoles reina;
que primero se verán
vueltas flores las estrellas,
en la tierra, y el azul
manto, una verde floresta,
que yo me vuelva a rendir,
y tenlo por cosa cierta.
Reclamo: Con tal
Con tal amor y lealtad.
Goce, goce de ella el cielo,
don Juan muy felices años.
Notablemente me pesa
de haber sido yo la causa
de los disgustos que muestras,
perdona, por Dios te pido.
Aparte.
Antes desde aquí me dejas
muy obligada a servirte.
¡Cielos, dadme más paciencia!
Seis días lo he dilatado,
pero viendo que era fuerza
saberlo tú, te lo he dicho,
porque de una vez lo sientas
y sienta también mi agravio.
Fuera un rigor me lo ocultaras,
que viendo que en mis engaños
eternamente viviera.
Aún agora no se sabe
si las bodas están hechas.
Sí estarán, siendo en mi daño.
Hasta saberlo, sosiega
sin hacer más novedad.
Aparte.
Yo lo haré; ¡ay Dios, si pudiera!
Que por respuesta tu carta
y la mía harán que vuelva.
Reclamo: de sus
de sus pretensiones
y rehúsa el agradecer.
Mal que no llegue a sus manos.
De sentimientos se deja,
y quédase, porque voy
a ver al rey, que me espera
para salir de palacio,
ve a acompañarle, fuerza.
Pues ve y el cielo te guarde.
Por llorar perdida queda.
Vase don Carlos.
Ay suceso,
válgame Dios, lo que yerra
la que fía de quien tiene
tan varia naturaleza
como en el hombre se encierra;
pues vuelve la espalda apenas,
deja de amar, y en dos días
no hay cosa que no apetezca.
Mal ha dicho quien ha dicho
que la mudanza se engendra
solamente en las mujeres
por su femenil flaqueza,
pues cuando alguna se rinde
a amar...
Reclamo: con tan
a amor y querer de veras,
no hay amor, no, que se ponga
con el suyo en competencia.
Díganlo Artemisa y Julia,
Annia Romana y Porcia,
Leostene, Porcia y Aria,
y Sicrata y Valeria,
y bien puedo yo contarme
por más constante que éstas,
pues amo, mas sin tener
las obligaciones que ellas.
En fin, don Juan, te has casado.
¿Quién tal mudanza creyera
después de un amor tan largo,
y que por otra me dejas?
¿Eres tú quien me decía,
al partir, con ansias tiernas,
que un villano te matase
cuando olvidarme pudieses?
Cielos, la venganza os pido
tan justa de mi querella;
pues yo no puedo vengarme
en nada de estas ofensas,
que admitís a Filiberto.
Reclamo: aunque
aunque el rey, será bajeza
de mi sangre que por dama
en su palacio me tenga,
si me caso, es imposible
que algún gusto tener pueda
en brazos de ajeno dueño,
y siendo don Juan mi esfera;
pues entrarme en religión
de qué sirve, si se queda
él contento con su dama
y yo triste con mi pena;
ninguna cosa me cuadra
ni me deja satisfecha
sino el morir, que el morir
todas las cosas remedia.
Vase por una puerta y salen por la otra don Juan y tres soldados.
Vencidos ya los franceses
en tres trances tan famosos,
no nos muestran orgullosos
sus cuellos y paveses.
Han sentido tu valor
porque eres el mismo Marte,
y así no es mucho temblarte
como a invicto vencedor.
Reclamo: Por
No se igualan, ¡pesia tal!,
César, Pompeyo, romano,
Escipión, el bravo africano,
ni de Cartago Aníbal.
Mucho agradezco, soldados,
el amor con que me honráis
y el gran valor que mostráis,
de que seréis bien premiados.
A Su Alteza escribiré
en la primera ocasión,
que os dé el justo galardón
de vuestra lealtad y fe.
¿Qué mayor que militar
debajo de tu estandarte?
Vive Dios, que a cualquier parte
contigo iré a pelear.
Tengo aviso de una espía
que se apercibe el de Francia
con socorro de importancia
y que por el mar envía
su armada, y viene en persona
a proseguir esta empresa,
que ya sabéis que interesa
de Nápoles la corona.
Conviene estorbar la entrada.
Reclamo: bas
bastante gente tendré,
y a Sicilia escribe
que no den paso a la armada.
Mil despojos me prometo,
que estoy sin blanca, por Cristo;
mal mi fortuna resisto.
No juréis.
Soy un pobrito.
Pues de ayuda cien escudos
les doy agora a los tres.
Cual la dádiva real es,
hablen en su loor los mudos.
Nápoles su rey se vea.
Vayan a que se los den
en mi tienda.
Vivas, amén,
más que un cura de una aldea.
Vanse los soldados.
Mientras me dejan los celos,
y dan treguas a mi mal,
quiero, ausente celestial,
referirte mis desvelos.
Después que de ti partí,
vivo con tantos enojos,
que no sé si estoy en mí,
mas no es mucho, si en tus ojos
la primer vez me perdí.
Reclamo: desta
desta guerra mis recelos
son vigilantes soldados
que en iguales paralelos
me cercan por todos lados
mientras me dejan los celos
las penas y pensamientos
son bagaje y los suspiros
arcabuces que a los vientos
hacen mil fogosos tiros
con balas de mis tormentos
es el amor general
que gobierna mis pendones
en mi memoria inmortal
este alivia las pasiones
y da treguas a mi mal
el ánimo es la esperanza
de gozar de su belleza
la guarda desconfianza
centinela en su firmeza
el temor de su mudanza
de estos doy a cada cual
por vanguardia delantera
de mi desdicha mortal
la imaginación ligera
quiero ausente celestial
a aquesta gente briosa
Reclamo: mis
mis confianzas la dan
de pelear a victoria
un valiente capitán
que llamo firmeza honrosa
entre oscuros negros velos
contra mí el poder sin ley
viene escalando los cielos
pues ¿de qué sirve si el ver
referirse mis desvelos?
Sale Tristán con un pliego.
Dame albricias.
Yo las doy,
mas dime de qué, Tristán.
Estas cartas lo dirán,
que al real han llegado hoy.
Muestra.
Págame primero.
Yo te haré mi capitán.
Eso sí, ¡víctor, don Juan!
Desde aquí soy caballero.
Toma el pliego.
Aquesta es letra
de don Carlos.
Así es,
que es de su parte.
Esta es
de quien mi alma penetra.
Mil besos la quiero dar.
¿Y posible que ya veo
cosa que tanto deseo?
Reclamo: Tri.
Locuras no han de faltar.
Lee Don Juan.
Mi bien, después que te fuiste,
solo han tenido mis ojos
pesar, lágrimas y enojos,
efetos de ausencia triste.
El rey procura ablandarme,
y que deje de quererte;
mas yo me daré la muerte
si de él no puedo librarme.
Seguro puedes vivir,
que no han de vencerme engaños.
Dios te guarde muchos años,
tuya siempre hasta morir.
¿Qué te parece?
Que es mucha
su firmeza.
Y mi temor
es y será mucho mayor.
Mas la de Carlos, que es otra.
Carta.
Amigo, después que faltas de Nápoles
no ha habido novedad de que os poder
dar cuenta, por no ser de consideración.
Solo os digo que en vuestro particular
podéis vivir seguro, porque vuestra
dama os adora con la misma firmeza.
Reclamo: que
que antes no temáis, que yo estaré a la
mira y os avisaré de todo, el cielo os guarde.
Vuestro amigo don Carlos.
Ves cómo te has engañado.
Siempre la desconfianza
a quien tiene amor alcanza.
Pues no estés desconfiado,
mas cuánto va que Leonor
se acuerda agora de mí
como el gran turco de ti
y el asno del ruiseñor.
Pero cuando llegue a ver
que sois tan gran capitán
y me llamo don Tristán,
o lo que por mí ha de hacer.
Deja esos vanos ensayos.
Una casa he de poner
que no haya más que ver,
un paje y treinta lacayos,
una docena de fregonas,
veinte caballos morcillos,
cuatro bayos, seis tordillos,
un papagayo y dos monas.
Que te lo parece agora,
anda, necio, que estás loco.
Lo que he referido es poco,
Reclamo: Don Juan.
¿Quién viera mi ausente aurora?
Esos vanos cuidados,
que no sabemos, señor,
si te agradece el amor,
o nos tiene ya olvidados;
que cuando es más verdadero,
suele mudarse en presencia
del bien, pues ¿qué hará en ausencia?
¿Eso dices, majadero?
Dos mil ninfas hay aquí,
y sin verme capitán,
que ni un cuidado me dan,
aunque se mueren por mí.
Ea, huelga, y así vivas.
Necio, ¿quieresme dejar?
¿De esa manera has de hablar
a un capitán matacribas?
Tocan una caja dentro.
¿Qué caja es esta?
No sé.
Sal allá, mira lo que es,
que yo iré tras ti después.
A avisarte volveré.
Vase.
¡Qué lleno estoy de cuidados!
Más guerra tengo en mi pecho
que la que al de Francia he hecho
con tanta gente y soldados.
Sale Tristán apriesa.
No pierdas [tiempo] en vano.
¿Qué es, Tristán?
Que el rey de Francia
ha llegado, y su arrogancia
pasar quiere el Garrellano.
Mira que hay distancia poca
y una puente quiere echar.
Pues vamos se lo a estorbar.
Toca al arma.
¡Al arma toca!
Éntranse con ruido de cajas y salen por el otro lado la Infanta y Armesinda y Leonor.
¿Es posible que no puedes,
tan ofendida, olvidar?
Nada me ha de contrastar.
A toda mujer excedes
en quien suele la venganza
que esperan de sus enojos
cerrar a todos los ojos
hasta que mejor la alcanza.
Reclamo: Fili[?]
Filiberto adora en ti,
y con tan grande pasión,
que aquesta loca afición
le tiene fuera de sí.
Su mujer te quiere hacer,
siendo supremo señor;
no estimar tanto favor
dime, en quién puede caber.
Don Juan te ha pagado mal,
si bien no se debe cosa
más de su constancia honrosa,
y querelle como a igual.
Deja ya fineza vana,
que ya pica en grosería.
Alaba, por vida mía.
Así fuese más inhumana.
Perdona, por Dios, señora,
que no puedo consolarme.
Haz esto por agradarme.
No lo he pensado hasta agora.
El rey viene, ten cordura,
y respóndele más bien.
Salen el rey y don Carlos.
¿Ha templado ya el desdén,
Armesinda, su hermosura?
Reclamo: Arm.
No se canse vuestra alteza.
Yo descanso con cansarme.
¿En fin, no quiere dejarme?
En venciendo esa aspereza.
Pues imposible ha de ser.
El tiempo todo lo muda.
En mí, esa regla es en duda.
No lo es, siendo mujer.
Pensad en que soy diamante.
Yo le sabré bien labrar.
Nadie a tanto ha de bastar.
Puede mucho un rey amante,
y como tal mostrará,
ya que tan cruel estás,
cuál de los dos puede más.
Aparte.
Inmoble en su intento está,
bravamente se defiende.
Aparte.
¡Válgame Dios, qué tormento!
Determínate al momento,
que ya esa altivez me ofende,
a quererme, que si no,
a Don Juan he de matar.
Aparte.
¿Quién en las olas del mar
más combatida se vio
que yo? ¡Rigurosa suerte!
Mas, si Don Juan me ha olvidado,
y con otra se ha casado...
Reclamo: que
quien porfía, que le den muerte,
pero ¿cómo he de vivir
teniendo la vida en él?
Que aunque me ha sido infiel,
no me puedo dividir
de su amor. ¡Confusión brava!
La palabra me has de dar.
Primero lo he de pensar.
Señora...
Déjame.
Acaba,
que si no, ¡viven los cielos,
cruel, ingrata, homicida,
que he de quitarle la vida
porque cesen mis desvelos!
¿Pues tiene de mi rigor
para que pague por mí
sospecha algo, don Juan?
Sí.
No teniendo yo amor,
dime, ¿cómo puede ser?
Porque le estimas, padezco.
(Aparte.)
Antes, señor, le aborrezco,
y me lo puedes creer.
¡Ay, don Juan, y cómo miento!
Pues ¿por qué dudas agora?
Por no ser merecedora
de tan alto casamiento.
Si yo te quiero igualar
a mí, y ponerte en la cabeza...
que merece su nobleza,
¿qué disculpa puedes dar?
Déjame mirarlo un poco.
Tan gran firmeza no he visto.
En vano mi amor sigilo,
mira que me tienes loco,
y como tal, ¡vive Dios,
que si no me das el sí,
le he de dar muerte, y ansí
me vengaré de los dos!
Señor...
No hay que replicar,
ya se acabó la piedad.
Advierta su majestad...
Yo le tengo de matar.
Vase el Rey y Don Carlos.
Y será muy justa cosa,
pues tanto un rey se desprecia.
Mi señora...
Eres muy necia,
y así para mí enfadosa.
Vase la Infanta y Leonor tras ella.
Ni sé si muero, cielos, o si vivo,
enajenada en mi dolor esquivo,
sola entre tanta pena,
que estoy de alivio y de consuelo ajena.
Reclamo: Don
Don Juan traidor, casado;
el rey, de mis desdenes enojado;
la infanta, desabrida;
y yo de todos, pues, aborrecida
en un mar proceloso
adonde sopla el viento riguroso
del poder invencible,
que escapar de su furia es imposible
a un pobre barquilla,
no hallando en tanto mal segura orilla
ni en su tormenta calma
donde descanse por un rato el alma,
anegada en la furia
de un desprecio, un olvido y una injuria.
Venganza amor previene,
y él mismo de tomarla se detiene;
después sé que al momento
que quiere ejecutar su pensamiento
arrojando el retrato
que tiene el pecho, de don Juan ingrato,
de sí, vuelve al instante
a ser en mi memoria de diamante;
y por más que deseo
vengarme haciendo en Filiberto empleo,
poniendo su grandeza
y estampa, por lugar de más alteza,
del corazón en el ardiente fragua,
mas es pintar figuras en el agua,
porque tengo a don Juan tan arraigado,
que de ninguno puede ser borrado.
Yo muero, yo le adoro,
su ingratitud y mi firmeza lloro.
No es posible olvidarle,
ni por amor mayor dejar de amarle;
y antes el cielo bajará a ser tierra,
y en su lugar se subirá la sierra,
acuchillando el viento pececillos,
y el undoso elemento pajarillos,
que en mí se pueda ver mudanza alguna,
por más que me persiga la fortuna,
a sus golpes inmoble,
y a los del Rey, como la encina o roble.
Mas, ¡ay triste!, ¿qué digo?,
cuando aquel enemigo,
en brazos de Clabela,
por amarla y matarme se desvela,
gozándola contento,
sin acordarse del dolor que siento.
¡Válgame Dios, qué extrañas sinrazones
padezco entre tan grandes confusiones!
Tachado: sin poder hallar puerto
Tachado: que una venganza engendra en mis entrañas
Reclamo: porq
pues si aquí
ya a Filiberto por vengarme admito,
en ese venturoso empleo
a mi enemigo con Clabela veo.
¿Cómo tendré alegría
cuando no la halla la desdicha mía?,
que aunque desobligada
para con él de la palabra dada
estoy, no habrá sin gusto
ninguna cosa que me venga al justo.
Si no me caso con el rey, es cierto
que don Juan será muerto,
con que pierdo la vida,
que está pendiente y de la suya asida;
porque tenerla en ella,
al punto que le quise, fue mi estrella.
Si el honor me debiera,
yo la homicida de mí misma fuera;
mas ni una sola mano
pudo alcanzar ufano,
que a mi recato honesto
el tiempo de seis años se hizo presto
para que sus amores
alcanzasen de mí tales favores,
que es muy necia la que antes de himeneo
cumple al hombre su antojo o su deseo.
Reclamo: con
porque después en posesión de esposo
de su lealtad viene a vivir dudoso,
presumiendo, muy loco y arrogante,
que los que a él se hicieron siendo amante
gozará otro en dulcísimos despojos,
con que siempre es un Argos de sus ojos,
y por eso, advertida,
cuanto saqué a ver rendida,
en tiempo dilatado,
mi limpio honor guardar sin ser manchado,
para ser de don Juan esposa cara;
pero mi suerte avara
impedir quiso el bien de amor tan cierto,
poniendo en mí los ojos Filiberto;
con que en seis años no ha tenido logro
la dicha que por él tanto malogro,
y agora, fiero hado,
no hay duda, de esperar don Juan cansado,
me deja sola, triste y olvidada,
y más que el primer día enamorada,
entre ahogos crueles
que a mi garganta aprietan los cordeles,
el temor de su muerte
entre tantos contrarios es más fuerte.
¿Qué haré, que estoy dudosa,
sin que pueda cuadrarme alguna cosa
que h...
que traiga mi remedio,
pues poner tierra en medio
no es a mi estado honesto conveniente,
ni tampoco que intente,
que es bárbara locura,
el darme con mis manos muerte dura.
Mas pues falta del cielo
remedio, al tribunal de amor apelo.
Él me le dé, pues es mi resistencia
la más rara firmeza en la ausencia.
Vase.
Fin del acto segundo
Acto tercero
Sale un alarde de soldados que vayan pasando por su orden con caja y bandera, y detrás don Juan con su bastón y Tristán con jineta de capitán a lo gracioso.
Marchen todos con buen orden
Reclamo: los
En todo obedeceremos
lo mandado, pues sabemos
el mal que trae la desorden.
Después de tantas victorias
no has de qué tener temor.
Por el descuido menor
se pierden mayores glorias;
alargue el paso la gente.
¡Ea, a caminar, soldados!
Acaban de pasar, y quedan solos don Juan y Tristán.
¿Que han de tener mis cuidados
fin, Tristán, tan brevemente?
Nada puedo asegurar.
Si no son desdichas mías,
dentro de dos o tres días
en Nápoles he de entrar.
Yo entrara de mejor gana
en un pernil de tocino
con dos azumbres de vino
y un pan por cada mañana,
que a ver la reina Ginebra
ni del preste Juan las bodas.
Reclamo: con
con el coloso de Rodas,
que tanto el mundo celebra.
Lleve el diablo la jineta,
más hambre tengo que un galgo,
ni que un escudero hidalgo
que presume de ser poeta.
Ya se va llegando el fin
de los trabajos pasados
con que seremos premiados.
Flaco estoy, como un rocín.
No sé cómo vuelvo vivo,
ni en año y medio de ausencia
he sufrido con paciencia
el mal de no verla, esquivo.
Si conservara el amor
que me tiene prometido
y con él habrá vencido
tan fuerte competidor
como el rey, estoy dudoso,
que aunque Carlos me asegura
por cartas, de mi ventura,
soy yo tan poco dichoso,
que temo con gran razón.
Ella sería harto necia,
si por ti, como Lucrecia
Reclamo: no le
se mata, en cualquier ocasión,
que el rey podría tener
siempre dentro de palacio.
Vete, necio, más despacio,
o aquí mi muerte has de ver.
Esto solamente ha sido
hablar de burla, señor,
que de armas sin duda el valor
bien le tengo conocido.
Da priesa a la retaguardia.
A punto todos están.
Pues caminemos, Tristán,
que se aleja la vanguardia.
El sol sus rayos inclina
escondiendo la luz pura.
Todo será noche oscura
hasta ver mi luz divina.
Tornen a tocar las cajas y éntrense por una puerta, y salgan por la otra el Rey con una carta, y don Carlos.
Hoy esta carta he tenido
Reclamo: carta
cartas de don Juan, dichoso,
en que dice ha concluido
las guerras, y vitorioso
a Nápoles se ha partido,
y que en toda esta semana
llegará, para mi daño,
con que mi suerte inhumana
ha de frustrar el engaño,
saliendo su industria vana,
y así será lo mejor
darla ya a entender su muerte,
porque no se pase en flor
el tiempo, que de esta suerte
se rendirá su rigor;
pues las cartas que la escribe,
tan buena maña me he dado
que de ella ninguna recibe;
mira cuál es mi cuidado,
que sé hacer engaños, vive,
y no puedo sosegar
en tanta contradición.
Bien, mas has de reparar
que, según es su afición,
la puede el dolor matar.
No hará, que, en fin, es mujer.
Reclamo: Quien
Quien ser firme tiene en poco,
siendo de tan flaco sexo,
no se rendirá tan poco.
Esto, Carlos, ha de ser;
aunque se ha vuelto porfía,
yo la tengo de gozar,
basta que es empresa mía
para acabar de intentar
derretir nieve tan fría.
Mira lo que te ha servido
en tanto tiempo don Juan.
Ya lo tengo bien sabido.
Y lo que de ti dirán.
Qué importa, si estoy perdido.
Y así será ya excusado
el consejo que me dieres.
Es ley de buen criado;
mas, señor, pues no le quieres,
no seré en esto cansado.
Lo que importa es la presteza
antes que pueda llegar
don Juan.
(Aparte)
Dice bien tu alteza;
quién la pudiera avisar.
Porque quiebre su entereza
a verla voy, ven conmigo.
Reclamo: D. Ca.
hablaré antes a mi hermana.
Aparte.
A cumplir la ley de amigo
con su afición tan tirana
voy.
¿No vienes?
Ya te sigo.
Vanse y salen Armesinda y Leonor.
Sin duda está concluido
lo que Carlos me ha contado.
Bien puede haberse engañado.
Desengáñame su olvido,
que puede la causa ser
de no me escribir, Leonor,
ni agradecer tanto amor,
sino amar otra mujer.
Que si alguno me tuviera,
hiciera finezas locas,
mas las que hace son tan pocas
que aún no he visto la primera.
Escribiérame, que solo
de aquesta cruel ausencia
mostrara menos paciencia,
y pintárase celoso.
Año y medio ha que se fue
y no he visto letra suya.
Reclamo: que de
que de mi firmeza arguía
correspondencia a mi fe,
cuando yo, siendo mujer,
desmintiendo mi flaqueza,
resisto a tanta grandeza,
y burlo tanto poder.
Y, en fin, tan mal ha pagado
mi fe, ¡ay cielos!, su mudanza,
que, burlando mi esperanza,
con Clabela se ha casado.
No hay en los hombres verdad;
miente, Leonor, quien dijere
que a la mujer se prefiere
en firmeza y en lealtad.
Pretende el galán la dama
que le ha parecido bien,
y conquista su desdén
bien a costa de su fama;
paséala un mes la calle
en el caballo brioso,
con ostentación de airoso,
haciendo alarde del talle;
de noche las rejas mira,
con músicas la enamora,
y a sus umbrales la aurora
Reclamo: leal
le halla cuando rayos tira,
ella incauta y obligada
del amante cauteloso,
le hace dueño venturoso
de la prenda más preciada;
y apenas, pues, ha gozado
aquello que pretendía,
cuando porque el otro día
vio que la calle ha pasado
otro, y que por cortesía
Leonor le quitó el sombrero,
por encubrir prepóstero
término y bellaquería,
dice que quien se rindió
tan presto a su amor primero,
que aquel no será el postrero,
pues a muchos puerta abrió,
y fundando sobre nada
su maldad e injusta queja,
se va a otra parte y la deja
para siempre deshonrada.
¡Cómo se pintó el hombre!
Bien, mas no corre por ti
ese discurso, farfante,
que nunca ofendí mi nombre.
Reclamo: y a haberme
y a haberme don Juan gozado,
disculpa alguna tenía;
mas todo es desdicha mía.
¡Qué amor tan mal empleado!
Extraño, por cierto, yerro;
mira que es injusta ley
despreciar marido rey
que te adora.
Llega Leonor una silla.
¿En eso das?
No lo trates, por tus ojos,
porque no me he de rendir
de nuevo, para sufrir
tantos pesares y enojos.
Sueño me da, estoy cansada,
llégame esa silla aquí,
que esta noche no dormí
de cuidados desvelada,
que me inquietan mil recelos.
Pues yo te quiero dejar
porque puedas reposar.
Siéntase, y vase Leonor.
Harto hará quien tiene celos;
el alma tu rigor siente...
Reclamo: cuanto
cuanto amante, temeroso
de la deslealtad que noto
de aquel mi enemigo ausente;
mas dejad, ojos cansados,
que os ciegue el corazón
con el sueño, que es razón
dar tregua a tantos cuidados.
Duérmese y salen el Rey y Leonor.
Yo entiendo que se ha dormido,
espere vuestra alteza,
llamaréla.
Qué belleza
que muestra en tanto descuido;
no la despiertes, Leonor,
déjame, que quiero hablarla
¿Durmiendo?
Sí, y preguntarla
si agradece ya mi amor.
Pues yo me retiro allí.
Vase Leonor, sale don Carlos al paño.
Siguiendo al rey he venido,
la obligación me ha traído
de mi amistad, desde aquí
podré mejor escucharlos.
Reclamo: que
que dice el rey,
ha estado divertido el rey.
¿Quién vio agora
el sol, si duerme el aurora,
que es quien luz le puede dar?
Mas ya miro que, parado,
suspende su movimiento,
a tanta hermosura atento
y en tal beldad elevado.
¿No me oís, desdén cruel?
Sois de nieve a tanto fuego,
pues nunca os toco, aunque llego,
que soy rayo y vos laurel.
Apiadaos de un rey rendido,
ángel en humano velo;
mirad que se ofende el cielo
de rigor tan conocido.
Habla Armesinda entre sueños.
Pretende en vano,
que siempre soy la que fui;
no temas, don Juan, de mí,
que me venza este tirano.
Entre sueños habla, ¡ay cielos!
Más cerca quiero llegar
y lo que dice escuchar.
No se enojen de mis celos.
Esto habla con don Juan,
mas mi poder y grandeza
rendirán tanta aspereza
y de amor...
No podrán.
No podrán, extraña cosa,
mas que dudo si es mujer
que olvide...
No puede ser.
(Aparte)
¡Ay, tal cosa! Yo me abraso,
que aun en sueños le desprecia,
no da a mi mal aprecio.
Mira que muero por ti,
quiéreme.
No soy tan necia
que no estime en más mi amor
que mostrar el ser propio de dama.
Todo esto es desengañarme
en que espero...
Ni un favor
de mí ha podido alcanzar.
A fe que habla bien de veras,
aunque parecen quimeras.
Solo tú me has de gozar.
¿Qué escucho?
Que por ti muero.
Reclamo: Pues
¡Ay, bellísima homicida,
pues aun estando dormida
pagáis tan mal lo que os quiero!
Pues me ofrece la ocasión
el cabello, llegaré
y su mano besaré.
Antes que llegue a ella, salga don Carlos de donde estaba fingiéndose muy alborotado.
¡Hay tan grande confusión,
señor!
¿Qué es esto? ¿Qué ha habido?
¡Oh, qué descuidado estáis!
Pues, ¿qué hay de nuevo?
No más
de que, por cierto, he sabido
que está para entrar don Juan
en Nápoles.
¡Qué desdicha!
Ya ha de impedirse la dicha
que estos engaños tendrán.
Abrevia el darla a entender,
antes que llegue, su muerte,
pues vencerá, de esta suerte,
el desdén de esta mujer.
Que yo no quise aguardar,
pues lo que ya ha llegado
Reclamo: al tie
a tiempo, por ti ordenado,
sino venirte a avisar.
El mayor servicio ha sido
que he recibido de ti.
Aparte.
Mi obligación cumplo ansí,
que bien su gusto he impedido.
Pues ponte detrás del paño,
que la quiero despertar
para que podamos dar
principio y fin al engaño,
yo me esconderé contigo.
Aparte.
Mi industria salió valiente,
y cumplí famosamente
con la ley de buen amigo.
Tira el Rey de la manga a Armesinda, y escóndese con don Carlos.
Yo me escondo.
Despierta.
Dulce sueño,
qué corto me ha parecido
el rato que me ha tenido
los sentidos en empeño.
Reclamo: con
con mi ingrato me soñaba
como si fuera verdad,
y de mi mucha lealtad
satisfacciones le daba.
«Que te quiere el rey es llano»,
me dijo, y yo respondí:
«Siempre he de ser la que fui,
no temas, pretende en vano».
Replicó: «¡Viven los cielos
que padezco mil enojos!»
Yo le dije: «Por mis ojos,
no te enojen mis recelos».
«Pues ¿cómo me dejarán,
si vencerán tu firmeza
poder, grandeza y riqueza?»
Respondile: «No podrán».
Prosiguió: «Siendo mujer,
es cierto te rendirás,
mi amor olvidarás».
Yo dije: «No puede ser;
que aunque por mujer me precia
y el rey no te puede darme,
de mi fe no he de mudarme,
que no soy, don Juan, tan necia,
pues no ha podido alcanzar
Reclamo: de mí
de mí, ni un solo favor,
no hagas caso de su amor
que solo me has de gozar;
y cuando alegre llegaba
a darle tiernos abrazos,
los dulces y alegres lazos
soñé que el rey me estorbaba,
que con nunca visto ceño
airado a mí se llegó,
y del brazo me tiró;
desperté, ¡qué extraño sueño!
¡Ay, si verdadero fuera,
qué dichosa me juzgara,
pues nada me fatigara
como en sus brazos me viera!
Pero bien puede ser cierto
haberle visto dormida,
si es alma de aquesta vida.
Salga don Carlos fingiéndose muy triste y diga sin mirarla, quedándose el rey escuchando.
Todo es aire, todo incierto
cuanto el mundo trae consigo,
bien la ocasión lo ha mostrado,
pues ya veo malogrado
Reclamo: del
Levántase Armesinda.
del alma el mayor amigo.
¡Ay, don Juan!
Carlos, ¿qué es esto?
¡Ah, fiera enemiga parca!
Dime por Dios lo que tienes,
que ya se alborota el alma.
No me mandes que lo diga,
pues será doblar mis ansias
y a ti quitarte la vida.
Con esto lo has dicho, basta;
ya es muerto don Juan, sin duda.
¡Qué confusión tan extraña!
El corazón se me parte.
Aparte.
¡Oh, quién la desengañara!
mas el rey está a la mira
escuchando lo que pasa.
¿Para qué, sin don Juan, quiero
vida tan triste y amarga?
Y yo, ¿para qué la estimo
sin quien a mí me la daba?
¿Es cierto, Carlos, es cierto
que aquella furia tirana
del rey ha podido tanto
que le dio la muerte? ¡Ay, ansias!
No le mató el rey, señora.
Reclamo: A
A un buen tiempo me engañas,
pues ¿quién se la pudo dar?
Disparáronle una bala
los enemigos franceses
en la postrera batalla.
Si eso es cierto, ya no más,
aquí para mí se acaba
todo gusto; adiós, don Carlos,
adiós, mundo, que me llama
mejor vida en mis desdichas.
Vase a entrar y sálenla al paso el Rey, la Infanta y Leonor, que la detienen.
Detente.
Esto me faltaba.
Dime, ¿estás loca, Armesinda?
Oye, bellísima Infanta
y mi señor soberano,
mi intento en breves palabras;
ya sabéis los dos quién soy.
Reclamo: Vos
la nobleza de mi casa
que con el cielo compite,
y el lustre que la acompaña
desde mis primeros años,
de padres desamparada,
vine, señor, a palacio
para servir a su hermana;
aficionose don Juan
de mí, con fineza tanta
que creyendo sus engaños
rendida a su amor, disfrazada.
Es don Juan del de Gayazo
el hijo heredero, y basta
para amarle su nobleza
que a los cielos se levanta.
Seis años le quise firme,
siendo igualmente pagada,
sin que
Reclamo: sin
sin que este amor se extendiese
a más que honestas palabras,
hasta que un necio favor,
de todos mil males causa,
removió a que le ausentases
a la guerra del de Francia.
Fuese, y como es en el hombre
tan natural la mudanza,
se casó y en breves días
me olvidó. ¿Quién tal pensaba?
Propuse en mí desde entonces,
del mundo desengañada,
no admitir segundo empleo
y olvidar sus pompas vanas.
Mas tú, señor, no cansado
de mi resistencia honrada,
amante me lo impediste
con mil ruegos y amenazas.
Vime de ti combatida,
de don Juan desobligada;
por una parte su amor
y por otra mi venganza
venció a aquel, como constante.
¿A quién no admira y espanta
que luego no la tomase
y más viéndome agraviada?
Reclamo: que el
que el amor tan poderoso
cuando al principio se arraiga
en el pecho, que ninguna
ofensa a matarle basta.
Procuré animarme en vano
a dar lugar en el alma,
por vengarme, a tu grandeza;
mas como el gusto faltaba,
ni promesas de ser reina,
ni ruegos de Celidaura,
ni razones de don Carlos,
ni ofensas tan declaradas,
ni el hallarme aborrecida,
y tan sola y desdichada,
bastó a mi constante pecho
para que hiciese mudanza;
y esto no porque creyese
pues fuera necia esperanza,
que don Juan estimaría
tanto amor, firmeza tanta;
sino que no pude más,
con mi presunción gallarda,
rendida al que fue primero.
Mas ya que la dura parca
ha querido que don Juan
muera, aquí el alma se arranca
y yo quedé con la vida.
Reclamo: Señor
de rodillas
Señor, a tus pies postrada
humildemente te pido
perdones el serte ingrata,
y des licencia que pueda,
de la corte retirada,
acabar en un convento
las penas que aquí me acaban.
No me lo niegues, te ruego,
pues quedaré ansí obligada
para encomendar al cielo
los aumentos de tu casa.
Muévanse, señor invicto,
las lágrimas que derraman
mis ojos, que, vueltos fuentes,
a formar un mar bastarán.
Pues que cesarán desta suerte
los enojos, penas, y ansias,
las memorias, los agravios,
las desdichas, las desgracias,
la ingratitud, las ofensas
que me atormentan y matan
por puntos, mas ya la voz
el dolor intenso apaga,
sin dejarme proseguir.
Reclamo: El
con un nudo a la garganta,
que los crueles ahogos
impiden a mis palabras,
o has de hacer lo que te pido
o matarme con tu espada.
Levántase con el lienzo a los ojos.
Aparte.
¡Ay, semejante mujer!
Callen griegas y romanas.
Aparte.
Por demás es porfiar.
¡Ay, qué firmeza tan extraña!
Dichoso don Juan mil veces.
Todos admirados callan.
Hazme esta merced tan grande.
Aparte.
¿Qué haré en confusiones tantas,
pues mi amor se ve perdido?
Ninguna cosa me cuadra
sino proseguir mi intento.
¿No respondes? ¿En qué tardas?
Mis brazos son la respuesta.
Llégase a ella.
Mi esposa has de ser.
Aparta,
señor, mira que es injuria
de tu grandeza bizarra.
Deja, hermano, de cansarte,
Reclamo: con
pues ya lo pasado valer.
Aparte.
¡Qué lance tan apretado!
Dame aquesa mano ahora,
o tomaréla por fuerza.
Daréme mil puñaladas
antes que el intento mude.
¡Qué ira tan inhumana, rey!
Suenan cajas y sale Leonelo corriendo.
¡Albricias, señor!
Leonelo,
¿de qué?
De que agora acaba
de entrar don Juan vitorioso.
Aparte.
¡Qué nuevas, cielos, tan malas!
Don Juan, ¿cómo puede ser?
Ya entra bizarro en la sala.
Tornen a tocar un clarín y salgan los más soldados que puedan muy galanes y asistan, y demás don Juan con su bastón muy bizarro llegue al rey e hínquese de rodillas.
¿Qué es esto que ven mis ojos?
¿Ilusión imaginaria?
Deme los pies vuestra alteza.
Levanta, don Juan, levanta,
que bien mereces mis brazos;
¿vienes bueno?
Lo que basta
para servirte, señor,
como siempre.
Habla a mi hermana.
A ella.
Aquí tenéis vuestro esclavo,
bellísima Celidaura.
La gloria de tus victorias
hasta los cielos se ensalza.
¡Ay, tal confusión, Leonor!
Disimula, sufre y calla.
Escucha, invicto señor,
sabrás todo lo que pasa
y lo que dejo ofendido.
Aparte.
Será conforme esperaba
de tu valor, que vinieses
a tal punto, fuerte armada.
Generoso Filiberto,
príncipe Nápoles heroico,
a quien el cielo prospera
largos siglos y dichosos;
por mandado de tu alteza
contra el francés orgulloso
salí a reprimir la furia
con que...
Reclamo: con q
con que rindiéndolo todo
casi por fuerza quería
gozar el supremo solio
del reino, que dignamente
en ti tiene el mejor logro.
Llegué a pesar de su campo
con el Rey a paso belicoso
a la ciudad de Salerno,
una tarde cuando Apolo
trocando por arreboles
en encendidos y rojos
por el poniente pasaba.
Al plaustro hiciese de oro
a la región donde el día
nace, cuando a caballos
sube para entrar en ello.
Con los franceses vimos
algunas escaramuzas
en un paso peligroso,
mas esforzando la gente
le dimos tal carga todos
que en salirnos apresurados
entramos con el socorro,
era el mariscal de Anbila
general, llamado Astolfo.
Reclamo: de todo
de todo el campo francés,
y en la guerra valeroso,
que no desmayando en todos,
acometió por mil modos
y ardides ganar la entrada;
pero valiéronle poco,
porque aunque escaló dos veces,
confiado y animoso,
los muros, les defendimos
dar el asalto de modo
que les fue fuerza dejarle;
y rebatidos al foso
de tal manera caían
los que por más animosos
a subir se adelantaron,
ignorando su destrozo,
que como espeso granizo
cayendo unos sobre otros,
tan gran monte levantaron
que pudiera tener logro
la pretensión que les trujo
a suceso lastimoso,
intentando desde encima
volver a asaltar briosos
el muro a quien igualaba
el de los muertos en torno,
que pasaron de seis mil,
Reclamo: Con que
con que el mariscal dudoso
por no aventurar el resto
viendo tan grandes estorbos
levantó el cerco, y apenas
tendió la noche su toldo
cuando con toda la gente
caminando presuroso
dio de repente en Amalfi
y allí fingiendo industrioso
que era gente tuya, entró
la ciudad sin alboroto
donde matando las guardas
con muchas muertes y robos
y con prisión de los nobles
se apoderaron de todo.
Quiso mi suerte dichosa
y quiso el cielo piadoso
que antes del alba saliese
a recorrer el contorno
y viendo la fuga, al punto
de algún daño temeroso
dejando grueso presidio
dentro en Salerno, de un soplo
nos pusimos en camino.
En su alcance, mas a pocos
Reclamo: pasos
pasos, me llegó la nueva
del suceso riguroso
y de la toma de Amalfi,
con que, siguiendo furioso
el camino comenzado,
tan aprisa llego y rompo
la defensa de los muros
que, como rayos fogosos
asaltando denodados,
bien ayudados del plomo,
retiraron los franceses,
y ya menos presuntuosos,
a pedir partido enviaron,
que piadoso les otorgo,
con que saliesen sin armas;
y, acabado de este modo,
quedó la ciudad segura
de peligro tan notorio.
Pasando de allí a Venosa,
a poco dinare, topo
capitán bien conocido
con ejército copioso,
quiso excusar el encuentro,
mas, viendo que era forzoso,
se aparejó a la batalla;
y al mismo punto nosotros,
aunque éramos inferiores
en el número y en todo
acometimos valientes,
sin huir al golpe el rostro;
y cuando ya de vencida
íbamos, por ser tan pocos,
ordenó la buena suerte
que los franceses que rotos
por mí de allí salieron
con el partido afrentoso
asomaron, aunque lejos.
Yo entonces, que reconozco
nuestro cercano peligro,
de un ardid maravilloso
me valí para vencerlos;
y dando voces, me pongo
a decirles: «Ea, amigos,
que ya nos viene el socorro;
mueran los franceses, mueran».
Ellos entonces medrosos,
creyendo que era verdad
por ver la gente en mi abono,
por montes, valles y sotos,
sin bastar a detenerlos
su capitán animoso,
que escapó por gran ventura
Reclamo: con
con una herida en el hombro
con esta insigne victoria
que echó su soberbia a fondo
quedaron tan oprimidos
desanimados, y flojos
que las fuerzas que tenían
ganadas en tiempo corto
de toda Basilicato
a mi obediencia los postro
pasé desde allí a Barleta
donde hice en breve lo propio
y cuando ya parecía
que estaba acabado todo
llegó el de Francia en persona
a vengar tantos oprobios
de su gente, con la flor
de los franceses más mozos
junté la gente que pude
y aunque no era poderoso
mi ejército contra el suyo
a resistirle me opongo
junto al río Garellano
lugar para mí, dichoso
que quiso pasar por puente
cuya intención le interrumpo
Reclamo: tube
se ve la postrera batalla,
tan sangrienta y tan dudoso
su fin, que fue maravilla
vencer el impetuoso
valor de tantos franceses
con ejército tan corto.
La enemistad y la ira
fue tan grande, y espantoso
el número de los muertos,
que, corriendo mil arroyos
de la sangre humana, el río
parecía de ello un golfo,
y la infinidad de cuerpos,
de monte asolado troncos.
En fin, tal carga les dimos,
que aunque bramaba de enojo
el rey contra sus soldados,
su autoridad valió poco;
pues huyeron de los nuestros,
que como sangrientos lobos
entre manadas de ovejas
discurrían siendo monstruos
de nunca visto valor,
hasta que el velo lustroso
del día se retiró
y parece que de asombro
Reclamo: cerró
Da al Rey un retrato, y él le mira atento.
del horrendo sacrificio,
mi gente entonces reposó,
a descansar del alcance;
que cargados de despojos
ricos y alegres gozaban
de sus trabajos el colmo.
Aquella noche me vino
con una embajada Astolfo
pidiendo paz el de Francia.
Con este partido honroso,
que la infanta mi señora
sea de las lises de oro,
y que él se dará a su hermano
Madama Blanca en retorno,
cuya belleza verás
en este retrato hermoso.
Breve copia de sus gracias
tan dignas de tal esposo.
Esto es, señor, lo que pasa,
aunque guardando el decoro
a tu elección, no he dejado
confirmado mi empeño y voto:
mis servicios son aquestos;
si bien se me hicieron poco
por servirte, como a Francia
humillar del mundo el globo.
Reclamo: rei=
Abrázale.
Otra vez te doy mis brazos.
¡Oh, capitán generoso!
Ellos son el mayor premio.
Pide mercedes, que pongo
a los cielos por testigos
que, si gozara el tesoro
de Midas, te le rindiera.
Los mayores antepongo,
porque me des a Armesinda,
en cuya beldad adoro.
Aparte.
Alto.
Hoy aumento mil victorias,
con ganar la de mí propio,
que esto es ser rey y cumplir
con el fin a lo que gozo,
y por premiar un vasallo
matar mi fuego amoroso,
pues la hermosura de Blanca
tan presto me ha vuelto en otro
del que antes era.
Armesinda,
da a don Juan la mano.
¿Cómo,
señor, si viene casado,
y a Isabela alevoso?
¿Yo casado, prenda mía?
Detén ya tan locos celos
y penas, bella Armesinda,
con saber que ha sido todo
Reclamo: probar
probar la rara firmeza
de quien ejemplo glorioso
has sido, perdón te pido.
Con mil gustos te perdono,
y doy a don Juan la mano.
Tu esclavo soy, y tu esposo.
Danse las manos.
Doyte en merced cuatro villas,
y a Armesinda hermosa, doto
en trescientos mil ducados.
Pues yo de mi parte pongo
otros seis mil para galas.
Viváis años venturosos.
Pregónese paz con Francia,
y para mis desposorios
con Blanca, se ordenen fiestas.
¿Viose cuento más donoso?
Nadie trata de Tristán,
y vive Dios que yo solo
he muerto más enemigos
que un boticario pomposo,
ni que un médico moderno.
Mas yo me iré a matar moros,
que aquí no se premian buenos.
Hace que se va.
Vuelve, Tristán, ¿estás loco?
Reclamo: rei
Yo le daré una alcaidía,
y con real despojo a todos
premiaré como merecen.
Pues con Leonor me rebozo,
ya renuncio la quimera.
Pues esposa, Tristán, me nombro.
Danse las manos.
Y aquí se acaba, senado,
perdonad mi estilo tosco,
La firmeza en la ausencia,
cuyos yerros son notorios.
Fin de la comedia.