إلى> تاريخ النشر: 22 أغسطس 2026
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<إلى clإلىss="inline-flex w-fit items-center" href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/deed.es" tإلىrget="_blإلىnk" rel="noopener noreferrer" إلىriإلى-lإلىbel="عرض تفاصيل ترخيص Creإلىtive Commons CC BY-NC 4.0">صيغة استشهاد مقترحة
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El príncipe del desierto y ermitaño de palacio. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-principe-del-desierto-y-ermitano-de-palacio.
368
17
El príncipe del desierto y ermitaño de palacio.
Comedia en 3 jornadas, de
don Diego de Villanueva y Núñez, y
don Joseph de Luna y Morentín.
Legajo 14 17
368
Barlaam y Josafat.
Comedia famosa.
El príncipe del desierto y ermitaño de palacio.
De don Diego de Villanueva y don Josef de Luna.
Personas que hablan en ella:
Josafat.
Abenir, su padre, barba.
Barachías, galán.
Irida, barba.
Rosa, su hija.
Fenisa, su criada.
Zardán.
Pimienta, gracioso.
Un criado.
Barlán, viejo.
Demonio, que ha de hacer Nacor y Ario.
Tolomeo, rey de Egipto.
Darcia, su hermana.
Zafrán, gracioso.
Dos ángeles.
Música y acompañamiento.
Compuesta por los licenciados
don Diego de Villanueva y Núñez,
y don Joseph de Luna y Morentín.
Aparece Seridas viejo sentado a la puerta de una cueva delante un bufete con un compás y libros.
Retirado de palacio,
desde esta lóbrega gruta,
(en cuyo espacio sombrío,
la noche sombras estudia)
leo el volumen celeste,
cuyas cláusulas confusas,
en signos, planetas y astros:
la vida humana dibujan.
Con este estudio curioso,
divierto mi edad caduca,
(si divertimiento puede
tener, tan penosa angustia)
Y agora que da lugar
el retiro, a las consultas
de espíritus soberanos,
intento (el alma se inunda
en gozo) de Josaphat,
cuyas sienes siempre augustas
corona dan de laureles,
vean edades futuras:
los progresos de su imperio
descubrir. Alzo figura.
Mas, cielos, ¿qué es lo que veo?
(un frío temor ocupa
todo el aliento del alma)
tan villana conjetura
= Levántase. =
Miente. ¿Cómo puede ser?
(el pecho en penas fluctúa)
Josaphat, el que tremole
de nuestra secta en injuria,
de Cristo los estandartes?
Esto es cierto; porque nunca,
fue falso anuncio del mal,
la pena en sangrienta duda.
Y que ha de ser fatal ruina
de nuestros dioses, en cuyas
providencias, se establece
este imperio, ¡cruel angustia!
Josaphat, dicen los astros.
Tal mi cólera pronuncia;
sin que el fuego de mi rabia
abrase, la arquitectura
del cielo, y vuelva ceniza
sus inmóviles columnas.
Del príncipe Josaphat,
tal los astros no presuman;
que si verdad sospechara,
lo que luz trémula anuncia:
Juro, por la alta diadema
de Júpiter, deidad suma,
pondría a tantos prodigios
estorbo sagaz, mi industria;
haciendo, que entrambos polos,
si no se quiebren, se crujan.
Mas si el peligro amenaza,
parece poca cordura
no prevenir el remedio.
Ea, deidades augustas:
pues que vuestro honor sagrado,
todo mi aliento procura
se divulgue; para ello
válgame aquí, vuestra ayuda.
= Sale el Demonio. =
Yo te lo prometo, Teudas.
Todo el corazón se turba,
¿quién me lo promete?
Yo,
que puedo, con sola una
acción, de este hermoso globo,
eclipsar tanta hermosura.
Pues por un antojo mío,
cayeron, con grande furia,
desde el cielo hasta el infierno,
de estrellas copiosa suma;
quedando feos borrones,
los que fueron luces puras.
Yo.
No pases adelante,
que con tu amparo segura,
me prometo la victoria,
que bien sé, que en cuya
mano, depende del orbe
esta máquina caduca.
Ea pues, Teudas valiente,
yo te doy la investidura
de capitán general
de mis huestes, no confundan
temores tu heroico pecho.
Desde oy a tu imperio crujan,
de ese zafir de luceros,
las estables ataduras.
El mar a tu voz responda
en procelosas espumas,
que al bajel que se te oponga,
den infausta sepultura.
La tierra te este obediente,
dando entre voces confusas
terremotos que amedrenten
al que intentare tu injuria.
El ayre te este rendido,
dando en tempestuosas lluvias
de granizos triste asombro,
al que tu ultraje procura.
El fuego, a tu intento atento,
vivas centellas escupa,
que en abrasadores Etnas
toda la tierra confundan.
En fin, todo te obedezca
de cielo, tierra y espumas,
ayre y fuego, contra tanto
volcan que a mi pecho asusta.
Si tanto aliento me alientas:
Como el mundo no se turba,
que del Nazareno Cristo
sigue el pendon, cuando empuñas,
la diestra del fuerte Teudas,
tu augusto poder, en cuya
excelencia el que le sigue
assegura sus venturas.
Mira, Teudas, que el contrario
es valeroso?
Si dudas,
ofendes a mi valor.
Armate bien con industria,
porque se lo has menester.
No pongas freno a mi furia,
porque he de ser el que ponga
tu nombre sobre la luna.
Eso intento.
Pues al arma,
Príncipe y Señor, esculpa
el orbe de tu memoria
timbre heroico a tu fortuna.
Aparte.
Yo pagare vuestro celo
(con llamas, que eternas duran,
que este es de los que me siguen
el premio). Teudas, la astucia
es madre del buen suceso:
tu en Babilonia procura
estorbar por cuantos medios
perito el arte te induzca;
del gran Josaphat la suerte,
que triste presagio anuncia:
mientras yo calo de Egipto,
en guerra triste y confusa,
un asombro que me espanta,
y un portento que me asusta.
Vasse.
Pues a mí nada me asombra:
que si a buena luz se juzga,
si a tu imperio soberano
paga feudo la fortuna,
también a la mía, pues
me favorece tu ayuda.
¿Quién se atreviera a los dos?
= Canta una voz dentro =
Dios.
¿Cómo a tan grande valor?
Es Señor.
¿Cuál es su imperio divino?
Uno y trino.
Mal en tanta pena atino
con mi mal, pues que veloz
dice compuesta la voz:
Dios es Señor, uno y trino.
¿Quién a ese engaño da fe?
La fe.
¿Y cuál de la fe es la seña?
Enseña.
¿Y es su doctrina elegante?
Vigilante.
Pues la ciencia es importante,
de la fe a la escuela iré,
y aprenderé agora lo que
la fe enseña vigilante.
¿ Dónde su fin se consigue?
Sigue.
¿Cuál es su senda divina?
Su doctrina.
¿Tiene eficacia bastante?
Amante.
No sé a qué vuelva el semblante,
en confusión tan atroz,
pues dice afable esta voz:
Sigue su doctrina amante.
Mas mis riquezas son más.
Tendrás.
¿Qué tendré en ese hemisferio?
Imperio.
¿Y es seguro ese destino?
Divino.
¿Qué me detengo, que fino
no sigo escuela sagrada,
que me dice confiada:
Tendrás imperio divino.
Ese mi voz te asegura,
Teudas, si siguiendo vas
a Cristo, pues hallarás
suerte, bien, premio y venturas.
Confuso mi pensamiento,
en huracán declarado,
aún no encuentra de turbado
salida a tanto tormento.
Ilusión, o fantasía,
que tirana me atormentas,
¿con qué fundamento intentas
privarme de la alegría
que en mi fortuna poseo?
Cae.
Vase.
a ese Cristo, Dios fingido.
Pues implica a la verdad
ser Dios y mirarse muerto,
cuando es atributo cierto
de Dios la inmortalidad.
Pues, si conozco el engaño,
impelido del dolor,
¿a qué aguarda mi rigor,
que no le amenaza el daño?
Sale Barachías y el demonio.
Una y mil veces los brazos,
amigo Filipo, os doy,
tan gozoso de encontraros,
cuando por muerto os juzgó
mi amistad, que la alegría
vivifica el corazón;
de tal mo ue le debe
su vida, más que al calor,
que aquí dentro lo fomenta,
a este contento exterior.
(Aparte)
Casi en un grado compiten
con tu cariño mi amor;
digo bien, porque mi vida
consiste en su perdición,
pues en mi ausencia el recuerdo
de mi antigua obligación,
con deseo de lograr
de serviros ocasión.
Como conmigo lo hiciste,
mis alientos fomentó.
Como por muerto la plebe,
tan falsamente os juzgó.
(aparte)
Larga ausencia de mi patria,
para ello motivos dio.
¿No me dirás, a qué fin
asistes la Corte hoy,
cuando ya de tus despachos,
el dichoso fin llegó?
(Aunque la causa no ignoro
le pregunto, así le doy
luz y motivos, porque
me descubra su intención;
para fraguar mis quimeras)
poco mi amor te debió.
Ea descubre tu pecho,
y advierte que en mi valor
hallará tu mal remedio,
y secreto tu intención.
De tu amistad satisfecho,
nada mi pecho dudó,
y porque no estés quejoso,
te descubro el corazón.
Atiende y sabrás mi pena.
Ya escucho con atención.
A componer disensiones,
que este antiguo Reino tuvo
con Babilonia, a quien paga
rico Éufrates tributo.
Vine a esta ciudad, tan libre
de los arpones agudos
de amor, cuanto soy agora,
tributario de sus triunfos.
Fue la causa, que una tarde,
de las del ardiente Julio,
cuando el sol en tumbas de oro,
daba a sus rayos sepulcros.
Vi a Porcia, que despojando
el blanco pie, del coturno,
y el cuerpo airoso, de galas,
con quien el planeta rubio
cara sombra; acrecentaba
cristal, a un estanque puro,
que deseoso de beber
nieve, del tesoro oculto,
que su cristal sustentaba;
por cada vez daba astuto,
entre diluvios de perlas,
inmensidad de carbuncos.
Y viendo, cuan liberal
pagaba el cristal, el gusto
de tocarla, dije atento:
no presumas, que das mucho,
aunque tantas perlas ferias,
pues yo, con contento sumo,
te feriaría mi vida
solo, porque fuera asunto,
de su atención cuidadosa;
aunque nunca fuera suyo;
y era aún satisfacción corta,
porque jamás nadie pudo,
con paga tan limitada,
pagar lo que fin no tuvo.
Compadecióse el amor
de mi amor tan sin segundo,
pues cuando más desafiaba
Porcia, en deleitosos baños,
los cristales, con sus brazos,
envidiosos los descubro,
o avarientos, que intentaban
entre soberbios orgullos,
sepultar tanta hermosura,
a fin, si bien lo discurro,
de robarme tanta nieve,
para que creciese a tumbos
de sus aguas el caudal,
o porque viendo difunto,
lo terso de su belleza,
no diera al cristal, más sustos
ni más envidia, a las fuentes.
advirtió el peligro, y surco
bajel animado, el golfo,
y entre el furioso tumulto
de las olas confusadas,
si bien turbado, y confuso,
a Porcia tomo en mis brazos;
y como cielo la juzgo
dije: grande es mi poder,
pues rompo los estatutos
del imposible, venciendo
mi valor, esta vez uno:
pues toca mi mano el cielo;
y desde ahora no dudo,
que la antigüedad fingiese,
que del cielo el peso sumo
sustenta Atlante, pues puedo
sustentar firme, y seguro,
el cielo desta belleza,
de quien el otro es dibujo.
Divertido en tanta gloria,
el blando cristal sacudo,
hasta que libre del riesgo
puse a Porcia bella, a cuyo
rostro robó la congoja,
aquel arminio purpúreo
que ni es bien grana, ni nieve;
si un agregado confuso
de entrambos, en cuya junta,
amor sus incendios puso.
Rendida a un triste desmayo,
por un breve espacio estuvo,
hasta que el carmín del alba
fue de su vida preludio.
Y como vi con la gala
que amaneció, con mil lustros
de perfección su belleza,
dije: el que miro es abuso
de naturaleza, pues
apenas el sol se puso,
sin haber sembrado el cielo
su hermoso feliz nocturno,
ya ha amanecido la aurora
para admiración del mundo.
Y no se engañó mi idea,
pues en sus ojos descubro
dos soles, que siguen fijos
de amor mi feliz anuncio:
porque agradecida Porcia,
ya recobrada del susto,
me dijo: la vida os debo,
pero os la vuelvo con gusto,
Barachías, más que obligada,
y si os la doy, no hago mucho,
porque si una vida os debo,
lo que os debo os restituyo.
Mira, Filipo, si el alma,
cuando mi dicha dispuso
dar tal principio a mi suerte,
sin temer riesgo ninguno,
pudo entrar en alta mar,
siguiendo de amor el rumbo.
Seguíla en fin como amante,
Porcia como casta supo,
sin negarme los favores,
concedérmelos tan puros,
que el epíteto más grande,
será sombra, no dibujo.
En esta calma de amor
gozaría dichosos triunfos,
cuando para pena mía,
nube opaca se interpuso
a mi fortuna, y por ello
viste de confusión lutos,
sin saber determinarse.
Es el caso que con Julio,
a quien por su rey Escocia
le ciñe el laurel augusto:
el rey Tolomeo quiere
casar a Porcia por justos
títulos, que a Egipto importan
con tan presuroso orgullo,
que aunque Porcia se resiste,
el tirano, cruel e injusto,
ha firmado los contratos:
que solos diez días puso,
por término a la partida.
Con estas penas confuso
estaba, esta tarde, cuando
Porcia entre penas y sustos
me dijo que la librara
deste riguroso nudo,
que mañana se efectuaba.
Quedé de oírlo difunto;
y solos tiernos sollozos
descubrieron lo que encubro.
No le respondí palabra,
y ella en copiosos diluvios
de perlas lloró, no oídos,
de tanto amor los arrullos.
Huyó irritada mi vista,
y yo de mí mismo huyo,
pues ocasioné perderse
tantos rubíes menudos.
Como de librarla el medio
ni lo alcanzo ni discurro,
entre agonías y ansias,
amante, atento y confuso,
este mal es quien me ahoga,
este pesar el que sufro,
este dolor el que siento,
en esta borrasca lucho,
en esta tormenta peno,
en esta confusión busco,
o para vivir más muertes,
o para morir más sustos.
Admirado y suspendido,
con justas causas me deja,
por muy sentido, su mal,
por muy llorada, su pena.
Mas pues de pagar mi amor
aquellas antiguas deudas
me da ocasión la fortuna,
quiero, Barachías, que me debas
la fineza más amante.
Solo en tu celo pudiera
prometerse mi desdicha
pasar a feliz de adversa.
¿No determinas librar
a Porcia?
Amor lo desea.
Pues robémosla de Egipto,
y Babilonia la vea
dar belleza a sus pensiles,
como divina Amaltea.
Bien dices, mas la lealtad
(aquí el discurso se anega)
a Tolomeo le debo
muchas amantes finezas;
y...
Ya entiendo tu intención.
sin que su lealtad ofenda
esta acción he de librarla,
para que, si haces la deshecha
de tu partida, esperando
en esta vecina isleta
que el mar guarnece con plata,
confía de mi cautela,
que he de poner en tus manos
lo que tu afecto desea.
Y porque el rey Tolomeo
de ti ofenderse no pueda,
con nombre mío robada,
se logrará lo que intentas.
¿Con qué he de pagar, amigo,
tanta inmensidad de deudas
que nuevamente me impones?
No quiero que lo agradezcas,
cuando es mi negocio proprio.
El alma es paga pequeña
a obligación tan precisa.
En mi amistad espera.
Digo que desde hoy es tuya.
(Aparte)
¡Oh voluntad, y qué ciega,
sin mirar inconvenientes,
por tanto mal atropellas!
Mira lo que prometiste,
que de tu fina promesa
me he de valer algún día.
Nada tu cariño tema,
si haces que en dichosa paz
a Porcia hermosa posea.
Antes que el parto de Delfos
con su encrespada madeja
dore los montes de Egipto,
será de tu afecto prenda.
De tu lealtad lo confío.
Parte, y a mi diligencia
fía el resto de tu dicha.
Vase.
Quiera amor que por bien sea.
El cielo os guarde, Filipo.
Él te guarde. Mi cautela
atrona el mundo, pues mi enojo
con Dios competir intenta.
Baraquías de mis palabras
confiado, el cristal molesta
con su nave, a quien hermosa
envidia la primavera.
Y tú con sombras opacas,
hecho abrasado cometa,
trasformado hoy en Barlaán,
cuya apariencia es la mesma
que en mí se muestra visible,
has de hacer que mi fiereza
sea escándalo del mundo,
turbando toda la tierra.
Vase.
Salen Rosa y Fenisa.
El día, que el valle umbroso,
con su vista te deleita,
dando hermosura, a las flores,
y gala, a la primavera;
cómo tú, señora mía,
no das a tu llanto treguas,
marchitando en desperdicios,
lo que derramas en perlas?
Rendirse al común sentir,
fue, siempre, atención discreta.
y tú, por diferenciar,
de lo que el vulgo, profesa,
deste pensil deleitoso,
cuando te aman por su Reina,
en vez de animar su gala,
das desmayo a su belleza.
Es tan prolijo el dolor,
en que fluctúa (qué pena)
el alma, que aunque procure
dar, de mi alegría muestras:
es imposible, mirado,
a la escasa luz, que presta
la filosofía docta,
porque si bien se contempla,
al dolor, que es interior,
poco el exterior deleita,
pues este para en los ojos;
y aquel, hasta el alma llega.
Verdad es, no dificulto
esa razón; pero advierta
tu discreción, que hay del alma
otra causa, que promueva
a dar al pecho alegría.
¿Y cuál es?
Muy buena es esa.
que lo sabe todo el mundo,
y quieres, que yo te crea
al decirme, que lo ignoras.
Lo dices, Fenisa bella,
porque mi padre, que el cielo
dotó de tan alta ciencia,
que lo por venir conoce;
mas, que el Rey Avenir reina,
en la voluntad de todos,
desde el día, que en la escuela
de los astros estudió,
más que en medianas sospechas,
que el Príncipe Josaphat,
en su verde adolescencia,
había de tremolar,
sobre las altas almenas
de Babilonia, el pendón,
que en rojo esmalte demuestra
de ese Galileo Cristo,
las hazañas, y proezas?
Por lo mismo lo decía,
pues cuando a la diligencia
de Seridas su padre, vive
en esa torre, que apuesta
competencias a los astros,
su arquitectura soberbia,
Josafat; sin más noticias
que le dan humanas letras,
que con ingenio aprehendió,
de etíopes, maestros y persas,
todo a fin de que, ingenioso,
ni oiga, ni alcance, ni entienda
esa falsa religión
que los cristianos profesan,
deseoso de que los dioses
su sacro culto no pierdan.
Por lo cual es también visto
de todos, que lo veneran
como deidad, que procura
el honor de nuestra secta;
siendo alegría común
su venerable presencia.
Pues si es así, bien fundada
está mi razón; que esfuerza,
que alegría tan común,
que por conveniente llega,
tanto a las almas de todos,
que en la tuya permanezca,
porque es grande implicación,
como el filósofo enseña,
que donde hay gozo común,
haya particular pena.
No me arguyas con razones,
porque es bien, Fenisa, adviertas:
que el amor (ya dije amor
o pesia al alma) que entrega
todo el secreto del pecho,
a lo fácil de la lengua,
es niño, y como rapaz,
cuando piensa acertar, hierra
y como ciego y vendado,
nunca la razón encuentra.
Pues si es amor, no me espanto,
que sea excepción de regla
tu tristeza, mas me admira,
que siendo advertencia cuerda,
el comunicar el mal,
para desasogar la pena,
no lo hayas comunicado
conmigo, pues estás cierta
que en el secreto y amor,
no tiene igual mi fineza.
No comunique mi mal,
Fenisa, contigo atenta,
porque juzgue, y con razón,
que las vivezas violentas,
que poco a poco han formado,
Un incendio de volcán, y etna,
en mi pecho, al despedirse
del corazón, a la lengua;
quitarán la amable vida
al pecho, que las engendra.
Mas pues es fuerza decirlo,
por justificar tu queja,
oye mi amante pasión.
La relación aquí empieza.
Ruido dentro.
En aquel dichoso día,
que todo el coro celeste
de Dioses, hizo heredero
del imperio del oriente,
al príncipe Josafat.
Pero, ¿qué rumor es este,
que ha interrumpido mi voz
tan intempestivamente?
Según la gran confusión
de voces, dejan entenderse,
que hacia este parque brillante;
el festivo aplauso viene,
que a cuidados de tu padre,
el rey Avenir previene,
para que el príncipe invicto
coronado de laureles,
dejando prisión estrecha
salga a libertad alegre.
Pues a celebrar tal triunfo
salimos de casa, quede
en este estado mi amor.
Sírvanos de canceles
para mirar tanta gloria
la pompa destos cipreses.
Dentro voces dicen.
¡Viva Josafat invicto!
¡Nuestro rey Avenir reine!
Para que adquiriendo triunfos,
prospere nuevos laureles.
Siendo Avenir, quien los gana,
hoy Josafat los herede.
Sale el más acompañamiento que se pudiere. Zardán, Pimienta gracioso, y Josafat coronado; y delante de todos la música, y dice:
En hora dichosa salga
a ilustrar su corte alegre
el príncipe Josafat
para que diga el oriente.
Repítese lo de arriba.
Confuso, y turbado a un tiempo,
no es mucho, vasallos, quede,
viendo las diversas cosas,
que he descubierto en el breve
es parte deste paseo,
pues cada una por sí puede
causar dudas, sustos, pasmos,
a la atención más prudente.
Y lo que más fuerza me hace
es, mirar los diferentes
rostros humanos, los cuales,
uno a otro no se parecen,
ciencia a mi ver reservada,
a algún brazo omnipotente.
¿Eso gran señor le espanta?
a mí no, que muchas veces
he visto a un hombre dos caras,
y es cosa, que hacerla suele
un menguado, sin quitar
la virtud a los presentes.
En eso gran Señor fundo,
de los Dioses los poderes;
pues sin artificio alguno,
ni borrones de pinceles
con solo un querer se haga,
la operación permanece.
Y pues los Dioses permiten,
que tanto aplauso celebren
tus vasallos amorosos,
mientras a palacio vuelves,
consagrados a tu culto
las dulces voces resuenen.
Vuelve a repetir la música en hora dichosa etcétera y dice un Coso dentro
Den su bendita limosna,
a un pobre,
¿qué ruido es este?
Sale Coso, que nunca entra con buen pie en cosa alguna, que emprende.
¿A dónde va el galopín?
retírese allá, ¿a qué viene?
Mas no lo diga, que ya
según a mí me parece,
sé bien del pie, que cojea:
y sepa seor mequetrefe,
que soy pimienta por negro;
y si de mí algo pretende,
aunque me haga cortesías,
no pienso hacerle mercedes.
Llegad hombre, ¿qué buscáis?
Que Vuestra Alteza remedie
mi necesidad.
¿qué mal os aflige?
Un accidente
de mal dispuestos humores,
que la salud me pervierte,
dejando esta pierna, y muslo,
para andar insuficientes,
decidme más; ese mal
es daño, que comúnmente
se halla en los hombres?
Señor,
ya dije, que es accidente;
que el tenerlo, o no tenerlo
de superior causa viene.
Pues si de superior causa,
esta enfermedad depende
y es libre el comunicarla
en aquel, que le parece;
con justa causa debemos,
ser a esta causa obedientes,
porque no se vengue, en darnos,
lo que la culpa merece.
Y con razón, a esta causa,
rendirse gracias se debe;
pues pudiendo habernos dado
semejantes accidentes,
por causas, que yo no alcanzo,
nos ha conservado indemnes.
Tomad, amigo, este socorro,
que mi mano te previene,
que aunque yo no te lo diera
por la pena que padeces,
de tu achaque, lo daría
y en albricias de verme
libre de mal tan prolijo,
porque es razón, que contemple
que aunque Rey estoy sujeto,
del hado a varios vaivenes.
Júpiter sumo, y divino,
por este bien que me ofreces,
esculpa eterno tu nombre
en sus altos chapiteles.
Amigo, ¿cuánto cayó?
Tres doblones.
Tres juguetes
me dejaría quitar
de las narices, por verme
señor de tanto tesoro.
Pero mira, si tú quieres
partir la mitad conmigo,
siempre que gustares, vente
a palacio, y por Mercurio,
mi fe amigable te ofrece,
partir la ración contigo.
Vase.
Amigo Pimiento, tente,
que aunque con tus cortesías
los doblones me festejes,
de mí no has de sacar blanca
que soy liseado; y advierte,
que aunque cortesías me hagas,
no pienso hacerte mercedes.
Por Marte me la ha pegado;
mas si mi vista no miente,
un pobrete, allí descubro;
Y ha de ser aquel pobrete
quien me despique del otro.
Vase acerca.
Sale un ciego.
¿Hay quien remedie
la necesidad a un ciego?
Que velo, y piensan que duerme.
Apártese, no me impida.
Amigo, repare, advierte
que siendo aquí guía suya,
quiero que al príncipe llegues
sin tropezar al pedirle.
(Aparte)
No hayas miedo que tropiece.
Que el amor desto me obliga.
(Aparte)
Así como verás, medres.
Príncipe invicto, de quien
el mundo es columna breve
para sustentar los triunfos
que a tu grandeza se deben,
tu gran piedad me socorra.
Por Venus, que no le duele
la lengua al diablo del ciego,
según lo gasta elocuente.
¿Qué enfermedad os molesta?
Un achaque, que a los crueles
rigores con que me hirió
de la pupila la débil
parte, que en los claros ojos
sirve de farol luciente
para que a su luz distinga
cuanto visible se muestre,
me ha privado aquella luz;
y como de ella carecen
mis ojos, siempre en un caos
vivo como aquel que muere.
¡Válgame el cielo! Las dudas
que a mi corazón se ofrecen
a cada paso que doy,
pues en cada uno se embeben
tal laberinto de dudas.
¿Es posible que un viviente
que no quiere sujetarse
a los dioses muchas veces,
pues rompe los estatutos
del sagrado de sus leyes,
no se pueda resistir
a un tan soberbio accidente?
¡Y siendo el hombre su causa!
Sin duda que se contiene
en esto tan gran poder,
que hasta los dioses excede.
¿Hasta los dioses, qué he dicho?
¿Hasta los dioses? Pues ¿puede
haber causa superior
que a ellos no se sujete?
Sí, la experiencia lo dice;
no, que la experiencia miente;
sí, que el corazón lo indica;
no, que el valor lo desmiente;
sí, no, mas ¿qué es lo que digo?
Si más discurro, más crece
la dificultad, y el alma,
ni a uno, ni a otro, se resuelve.
Parad, ay, que al alma,
tantas dudas, le previene
el discurso, que oprimido
del dolor, lágrimas vierte.
Por tu gran piedad augusta,
Júpiter, y Apolo premien
tu celo, haciendo, que ufano
cuentes, los años del fénix.
Aquí entra ahora la mía.
Ciego amigo, que ser puedes
presto ciego de los ciegos,
de los tuertos presidente,
de sotaciegos caudillo,
de la Vizcaya regente,
de Zegamas maese de sala,
gran chanciller de cegueles.
¿Qué intentas con tanta prosa?
Esa es buena, que me cuentes
la mitad de ese dinero.
Amigo, ¿qué drecho tienes?
Yo tengo dos ojos buenos,
ni aun uno, mostrarme puedes.
Digo, que tenéis razón,
de cuatro doblones vienen
a tocarte a ti, los dos.
Toma.
Ya caes en las redes.
Vase.
Pero, si por ciego a mí,
estos doblones me ofrecen,
yo te daré la mitad,
Pimienta, cuando te ciegues.
Primero que en tal me vea
a ti los diablos te lleven.
Del príncipe Josafat,
amigos, las penas crecen,
y así para divertirlas,
con sonorosos motetes,
cantad, porque la armonía
temple el rigor, que lo hiere,
diciendo en acordes voces
conmigo nobleza, y plebe:
En hora dichosa, etc.,
salga a ilustrar su corte,
a verse el príncipe Josafat,
para que diga el oriente
Zardán, guiad a palacio:
que al dolor, que el alma siente,
poco este aplauso reprime.
Todos, señor, te obedecen,
publicando, en alegría,
lo que esta canción advierte.
En hora dichosa, etc.
Descúbrese un viejo muy venerable sentado.
En hora dichosa vengas,
oh Príncipe, a este retrete;
para que mi edad caduca,
habiéndote visto, cuente,
los presagios de mi vida
en una dichosa muerte.
Hombre, monstruo, o fantasma,
que aquí retóricamente
mueves, a mi pecho, dudas.
¿Quién eres? dime, ¿quién eres?
Un esqueleto soy vivo,
que ha llegado infaustamente,
al límite del vivir.
¿Luego esta vida fin tiene?
Sí, gran señor.
¿De esta vida,
cuánto dura, y permanece?
No hay cosa en esto segura.
Pues si es así, ¿cómo puede
estar ninguno seguro,
esperando incierta muerte?
Zardán, ¿quién habrá, que pueda
sacarme ingeniosamente
de tanto tropel de dudas?
Ninguno, señor.
Desaparece.
Advierte,
que si a Jesucristo sigues,
tendrás la luz, que pretendes.
Hombre, mira, atiende, espera.
¿Qué es esto? aquí no parece.
Zardán, vasallos, amigos,
¿qué es esto que me sucede?
Señor, será algún encanto,
que los cristianos aleves,
suelen formar ofendidos
de lo mucho, que padecen
al rigor, de vuestro padre.
Vase.
No, Zardán, mentir no puede
voz, que con imperio grave,
dudas, y sustos conmueve.
Cielos, si no concedéis
la luz, que mi fe pretende,
¿qué me sirve esta corona?
¿qué me importan los laureles?
Tras nuestro príncipe, vamos,
amigos, y dulcemente
pronunciemos alta voz,
por ver si su pena vence.
En hora dichosa salga, etc.
+ 2ª Jornada
Salen de donde han estado retiradas Rosa y Fenisa.
No vi triunfo más lucido.
Por justas razones debe,
la admiración, celebrarlo,
¿viste ingenio más prudente,
que el de Josafat?
Señora,
a mí me eleva, y suspende.
Pero dejando esto aparte,
a coger el hilo vuelve,
al principio de tu historia.
Sabrás, si con gusto atiendes.
En aquel dichoso día,
en que este globo celeste,
como he dicho, de los dioses
hizo...
Mas tu padre viene.
¡Válgame el cielo, que nunca
me falten inconvenientes,
para despedir del pecho,
rigor, que tan cruel me hiere!
Sin duda alguna, señores,
el poeta gusta, que quede
mi amo en sus trece al decirlo,
y yo, a lo bobo en mis trece.
Sale Seridas, viejo. Rosa y Fenisa.
Por participarme, Rosa,
aquel contento, que bebe
el alma, al mirar tus ojos;
teniendo noticia, que a este
pensil hermoso de flores,
del cielo dibujo breve;
que al influjo de sus rayos,
teje varios ramilletes:
bajaste; vine en tu busca,
porque mal el alma puede,
siendo tu vista su vida,
vivir de tu vista ausente.
Señores, yo sé que el viejo
sabe, lo que vale un peine:
pero de que eche esas flores,
no se admiren vuesas mercedes,
cuando hay viejas que remozan,
que haya también viejos verdes.
Señor, haber recibido
el cortejo, que me ofrece
vuestra afición, no es de nuevo
en el alma, porque siempre
fue hijo del paterno afecto,
este amor, que a amarme os mueve.
¡Fabio, Lidoro, acudid,
que voraz el fuego prende
toda la quinta: a la parte
que la habitación contiene
de la gente que la asiste;
con mayor rigor se enciende!
¡Gran mal!
¡Gran susto!
¡Gran pena!
¿Quién a este mal, remedie?
Esto le toca al valor.
Fuerza es, que acuda valiente,
a remediar este daño.
Va a entrar y al mismo tiempo sale Porcia y cae desmayada en sus brazos.
¡Ay infeliz!
De esta fuente,
Rosa, Fenisa, traed agua:
pero no, no, que ya vuelve,
porque los bellos jazmines,
los ha cambiado en claveles.
¡Ay, infeliz! ¿Dónde estoy?
Señora, si acaso puede
suplir mi cariño amante
algún alivio que llegue
a dispensar el rigor
que vuestro pecho padece,
disponedlo.
¡Ay de mí triste!
Toda el alma os agradece
a vos, señor, una vida
que el pecho confiesa os debe;
y a vos, señora, el alivio
que vuestra afición me ofrece.
Mas, pues los dioses permiten
que por vos la vida encuentre,
quiera su clemencia sacra
que hoy los rigores dispensen,
porque vuestras canas sirvan
de escudo contra mi suerte.
Porcia, princesa de Egipto
soy, a quien hado inclemente;
pero temo que las penas
con mis voces se renueven.
No prosigáis en decirlas,
que basta, señora, el verse
la ejecutoria de ser
de una mujer a quien crueles
ofenden hados injustos,
para que cuerdo y prudente
se abalance en ampararla
el que de noble se precie.
Así, hija mía, en tu cuarto
Porcia hermosa tenga albergue,
mientras de fortuna triste
no pasa a fortuna alegre.
Las gracias te doy rendidas.
Con gusto el alma obedece.
Venid, señora, conmigo,
que yo quisiera al presente,
fuera el retirado hospicio
que mi cariño os previene
digna concha de tal perla,
de tanto sol digno oriente.
Si es vuestro el oriente y concha,
perla y sol bastante tiene.
Vamos.
Perdonad, señora,
que a mi voluntad no deje
serviros esta ocasión,
pues me incumbe y me compete,
por gobernador del reino,
acudir en accidentes
como el presente impensados,
por saber si hay delincuente.
Cumplir con su obligación
más autoriza que ofende.
Vanse.
Milagro es no haberme muerto
callando, pues las mujeres
cuando hablan dicen que viven,
y cuando callan, que mueren.
Fuéronse, ahora es forzoso,
A inquirir diligente
quién de tan soberbio daño
fue el agresor, porque suelen
peligrar, en la omisión,
las cosas que más convienen.
Pero el fuego, a lo que miro,
se ha mitigado de suerte
que sus encendidas llamas,
más que se avivan, perecen.
Con que en esta parte cesa
el mayor inconveniente,
entro a la quinta a mirar
si hay daño.
Dentro Tolomeo.
¡Cielos, valedme!
Pero, ¿qué voz lastimosa
perturba mi intento, y hiere
el aire? Pequeño barco,
que allí zozobrando viene,
entre la espuma de Éufrates,
que altiva sorberlo quiere,
descubro, y dél despeñado
(si aquestos ojos no mienten)
un mancebo, que orgulloso,
rompiendo el cristal, pretende
abrir veredas de plata
por entre rumbos de nieve.
¡Qué valeroso se muestra,
qué airoso su furia vence!
Si el agua le embiste a olas,
a dos manos se defiende;
más se resiste al cristal,
si el cristal se ensoberbece,
más con la espuma combate,
cuanto más la espuma crece.
¡Ánimo, gallardo joven,
piadosos cielos, valedle!
Pero ya toca la orilla;
gracias al cielo, que puede,
saliendo invicto del agua,
hollar la tierra.
Sale Tolomeo.
Corteses
vuestras piedades me obligan,
a que le dé parabienes
a mi fortuna, de hallar
en vuestras canas prudentes,
contra el mal de mis desdichas,
alivio, que las consuele.
Gallardo joven, ¿quién sois?
que no sé qué el alma siente
al miraros, que a latidos
el corazón dulcemente,
dando saltos de alegría,
más que se para, se mueve.
Yo soy, mas antes de hablar
quisiera.
Joven, detente,
que si importara mi vida
honor, hacienda, intereses,
por ampararte perdiera
cuanto aquí he dicho, y advierte
que es Frates quien te lo dice,
y Frates quien lo promete.
(Aparte)
Esto supuesto: Alejandro,
(que en mejor esfera reine,
hollando azules espacios)
fue mi padre; cuya muerte
me vinculó la diadema
de Egipto, dándome Menfis
de Tolomeo en el nombre,
los blasones de sus reyes.
Mas como no corren a una,
estable el imperio con la suerte,
cuanto aquél, mis glorias sube,
aquella, las desvanece.
Dígolo, porque mi hermana
(¡pluguieran los dioses, fuese
mi vida, antes de nombrarla,
de la Parca adorno breve!)
con un amante fingido,
liviana, frágil y débil,
rompiendo los estatutos
y profanando las leyes
del decoro, se ausentó
de mi casa (¡cómo puede
dejar de morir rendida
el alma a tantos vaivenes!)
al tiempo que del Escocia
concluidos los poderes
del casamiento tratado,
se esperaba el lazo alegre.
Y como la ofensa llama
al honor para que vengue
el agravio, seguir quise
de Porcia el rumbo (que este
es el nombre de la ingrata
que mi heroico honor ofende).
Aparejando una armada
del mar en la espalda fuerte;
fuimos tan mal recibidos
de sus olas, que, impacientes,
en breve espacio de tiempo,
a los ya rotos bajeles,
en promontorios de espumas,
dieron sepulcros de nieve;
reduciéndose a un barquillo
toda la armada luciente.
Con el cual pude costear
del Éufrates las corrientes,
juzgando hallar en sus olas
más piedad, o ¡qué mal puede
uno asegurar firmezas
en elemento tan débil!
Dígalo, mas ya lo visteis
cómo conmigo crueles,
crueles diré; no, piadosas
sí, pues pudieron traerme,
donde en logros desempeñe,
Consiga el obedecerte:
siendo mi amparo, y mi asilo,
conforme el alma pretende.
Tolomeo, estrecho lazo
una dos almas; que llegue
mi dicha, a estimarte prenda
de Alejandro, ¿a quién le debe
tantos blasones mi casa?
Bien hizo el pecho prudente,
anticipando alegrías,
darte de ello parabienes.
Vamos, Tolomeo, donde
puedas descansar, que el verte,
de tanto susto afligido,
hace que ahora dispense,
noticias, que pretendía.
El alma os sigue obediente.
Cielos, ¿quién se vio en tal lance,
por cosas tan diferentes?
Como son el fuego y agua,
quiere la fortuna encuentre
dos hermanos ofendidos,
a quienes mi empeño debe,
al uno asistir brioso,
al otro guardar prudente.
Vanse.
Salen Barlán, y Zafrán.
Zafrán.
Señor.
Este es,
según el fuerte edificio
lo muestra, el palacio, adonde
el gran Josafat invicto
asiste sin libertad,
sirviéndole de presidio.
¿Y qué intentas en palacio?
Zafrán, ser norte, y asilo
de Josafat, alumbrando
su entendimiento, a que, vivo,
conozca, que hay solo un Dios.
¿Y para eso me has traído
tanto número de leguas,
mudando el traje, y vestido,
de ermitaños tratantes?
Sí; que a los humanos juicios,
guía sabia la clemencia
de Dios, por varios caminos,
y a veces, labra el acierto,
en el mayor precipicio.
¿Quién te obligó a tanto empeño?
¿Siendo tan cierto el peligro?
¿Si saben que eres cristiano?
Que en la posada me han dicho,
que a los cristianos en Pascua,
degüellan como cabritos.
Ya lo sé, y que a la ira
de Avenir, en el distrito
de su imperio, no hay seguro
ningún monje, mas confío
en Dios, que será algún día
del gremio de Jesucristo.
Una inspiración del Cielo
me fuerza a ello, y aunque indigno,
espero coger el fruto,
que Dios tiene prometido,
al que su santa palabra,
procura ensalzar sencillo.
Para hablar a Josafat,
¿cómo has de tener arbitrio,
si de sus guardas ninguno,
tienes, señor, conocido?
Corra por cuenta de Dios,
que, pues su honor solicito,
espero de su clemencia,
me abrirá franco el camino.
Llama a esta puerta.
Llama y sale Pimienta cerrando tras sí la puerta.
¿Quién llega
a este umbral tan atrevido,
sin mirar si los de adentro
están al sueño rendidos?
Dormidos ya sé que están,
pero es notable delirio,
que con la muerte a los ojos,
haya quien esté dormido.
Amigo, al rey Josafat,
comunicar necesito.
¿Qué es lo que al príncipe quiere?
Dígamelo, porque aviso
tengo del rey Avenir,
que ninguno entre a este sitio,
sin que de mí sea siempre,
bien visto y reconocido,
que como alcaide del rey,
me toca esto por oficio.
Pues yo, sin ser menestral,
al veros he conocido,
que habéis cerrado estas bisagras.
Yo solo cerré el postigo.
No hagáis chanza del negocio;
a que vengo, que inducido,
de que solo Josafat,
vuestro rey, se sirva digno
del tesoro inestimable
que en diamantes y zafiros
traigo de tierras remotas:
mostrársele determino.
Y así, al príncipe decid.
Dejo lo que más me mueve
a alentarme en tal designio,
es el traer una piedra
de tan grandiosos prodigios,
que admiran por soberanos
y pasman por exquisitos.
Pues a su virtud divina
cobran los sordos oídos,
los mudos, voz manifiesta,
manos y pies, los tullidos,
los tristes, grande alegría,
consuelo, los afligidos.
39 (tachado)
los ciegos, vista, salud,
los enfermos decaídos,
y finalmente el demonio,
huye su vista corrido.
Yo, aunque he visto muchas piedras,
piedra, como esa, no he visto.
Eso lo espanta; traemos
una esmeralda, que es fijo,
que por su gran concavidad,
tiene fundado un castillo;
y es cierto, que andando en él,
muchos hombres se han perdido.
Hombre, mira que estás loco,
y a mí me tienes sin juicio.
¿Dónde ha venido esa piedra?
En un carro, que los indios
fabricaron de cristal,
el cual ligero impelido
de cien millones de bueyes,
pareció su curso altivo,
breve exhalación de rayos,
de esas campañas de vidro.
Este hombre me descalabra,
me tengo de ir por no oírlo,
a llamar a Josafat.
Aguarde, espérese, amigo,
que aún me falta lo mejor.
Sale el Príncipe Josafat.
¿Pimienta?
Señor.
¿Qué ruido
es el que aquí se escuchaba?
Gran señor.
Príncipe invicto,
el que causó el alboroto
está a tus plantas rendido.
¡Cielos santos! El semblante,
que aquí veo, ¿no es el mismo,
de aquel prudente varón,
que en el sueño, con estilo
soberano, me enseñaba
ciencias, que en el alma imprimo?
¿O si lo que allí vi muerto,
aquí lo mirara vivo?
Alzad del suelo, y decidme
de vuestra suerte el destino,
que no sé qué impulso, o causa,
con soberanos auxilios,
me impele, a que atento escuche,
lo que en el pecho concibo.
Idos vosotros de aquí,
o quedaréis prendidos.
Yo, amigo, no puedo creer
lo que aquí me has referido.
¿Y si lo ves lo creerás?
Sí.
Pues encaja esos cinco.
Y si mi promesa falta...
...lo habrá de suplir el vino.
Vanse.
Bien decís, Señor, que os mueve
a oírme impulso divino,
pues de ese mismo obligado,
vuestra atención solicito.
A nueva dotrina os llamo,
no os espante que os afirmo,
que si en tierra sazonada
cae la palabra que intimo,
en progresos de virtud,
produce frutos opimos.
Del retiro de mi cueva,
que en la Tebaida de Egipto
me sirve, contra el demonio,
de puerto, amparo, y asilo,
de una inspiración llamado,
y de mi afecto movido,
salí, Señor, a buscaros;
y por vos he padecido
en mar, y en tierra, tormentas,
huracanes, y peligros.
Y por solo veros libre
del error, en que remiso
fluctuáis, estoy gozoso,
porque en mi miseria miro,
que más padeció mi Dios
por volvernos a su aprisco.
Y así, porque en la razón
rayen superiores visos
de la verdad, que procuro;
dejaros quisiera instruido
de las dudas, que padece
vuestro ingenio peregrino.
Mas que el mismo desengaño,
que espero, el amor estimo,
con que por mí procuráis
por tan incultos caminos
siendo el hilo la verdad
dar salida al laberinto.
Decidme, varón piadoso,
¿hay algún Dios, que benigno,
de Júpiter, Marte, Apolo,
Venus, Minerva, y Cupido,
exceda las excelencias?
Sí lo hay, y en tan subido
grado de excelencia, como
excede el cielo al abismo
en hermosura; y este es
un Señor, que en el principio
era sin principio Dios,
y sin fin; pues infinito,
aunque el discurso lo intente
no puede ser comprehendido.
Criador universal
de cuanto visible admiro,
e invisible, pues su diestra,
a un fiat ha producido,
cuanto en campos de zafir,
ostentan astros, y signos,
cuanto en encrespadas olas,
cifran vivientes marinos,
cuanto muestra en dulces aves,
del aire el cristal pulido;
y cuanto en brutos, y hombres,
plantas, y tesoros ricos,
ha producido la tierra;
y así, es error conocido
dar la adoración de dioses,
a unas cosas, que han debido
a este Dios, que he publicado,
el ser, si alguno han tenido.
Y dime, ¿no hay más de ese Dios?
No; pero ten advertido
que la divinidad se halla
en tres supuestos distintos
que son, como la fe enseña,
el Padre, el Verbo, el Espíritu
Santo; de modo que el Padre
origen, fuente, y principio
de la Trinidad Sagrada,
fecundo, fértil, y activo
con intelección perfecta
conociéndose a sí mismo,
produce un Verbo, o concepto
del entendimiento, vivo
espejo de su bondad,
y de su esencia expresivo
parto, que copia en su ser
todo el ser intelectivo:
el cual, o Verbo, o concepto,
es el que se llama Hijo.
Y el Padre, y el Hijo amantes
recíprocamente unidos,
mirándose en lo perfecto,
igualmente parecidos;
se aman tan estrechamente,
con lazo tan indiviso;
que deste vínculo estrecho
procede, copiando al vivo
toda la esencia de entrambos,
un amor, tan encendido,
que es la Tercera Persona,
a quien la fe llama Espíritu
Santo; sin que en esto haya
duda, en cuál es más antiguo;
pues Padre, Verbo, y Amor
todo es, a un instante mismo.
Por más que discurro atento,
y cuidadoso escudriño
tanto misterio, no alcanzo:
En eso, está lo divino
de la Trinidad Sagrada.
Pues ¿no implica en buen juicio,
que tres sujetos distintos,
sean uno solo?
Admito;
que regularmente hablando
es así, mas ya se han visto,
al poder grande de Dios,
los imposibles, vencidos.
Mas que la experiencia enseña
que si a un espejo bruñido
hieren los rayos del sol,
se dibuja en él al vivo
su imagen, y si formando
reflejos y airosos visos
el vidrio herido del sol
del espejo producido
hiere una fuente, sus rayos
hallan abierto camino
a otra segunda expresión
de su ser, y a un tiempo mismo
verá quien lo mire atento
tres soles, y aunque distintos
parezcan, la verdad muestra
que son los tres uno mismo.
Luego si se puede ver
en el sol con artificio
experiencia semejante,
cuánto mejor en Dios mismo
se podrá ver, que su ser
es cuanto ser ha podido.
Tus razones me convencen,
mas, fuera del silogismo,
¿quién esta verdad apoya?
El Evangelio de Cristo.
¿Quién da fe de lo que encierra?
Cuatro abonados testigos,
que, secretarios del cielo,
dan testimonio.
¿Soy digno
de leerlo?
Sí, mas no puede
entender su alto sentido
quien no sea...
¿Qué?
Cristiano.
¿Qué haré para conseguirlo?
Bautizaros en el agua.
¿Qué asegura este bautismo?
Conseguir la vida eterna.
¿De dónde al agua le vino
el poder salvar los hombres?
De aquel valor infinito
de la sangre, que Dios hombre
derramó por redimirnos,
cuando en una cruz murió.
¿Dios morir? ¡Qué desvarío!
Deidad y muerte, ¿no implican?
Sí, gran señor, mas Dios quiso,
sujetándose a la muerte;
no como Verbo divino,
pues ese morir no puede,
sí tomando en sí el vestido
del ser humano, que fue
hecho, bordado y tejido
por el Espíritu Santo
de los cándidos armiños,
de la virginal pureza
de la Reina del Empíreo
María, Señora Nuestra,
dar a la vida principio.
¿Y quién la vida estragó?
La muerte.
¿La muerte has dicho?
¿Qué es la muerte, que me pasma
solo el nombre repetido?
Muerte es un común achaque
infausto, que contrajimos,
desde que en Adán pecamos;
de cuyos sangrientos filos,
no se reserva el monarca
por poderoso, no el rico
por sus tesoros, no el pobre
por su miseria, no el niño
por su tierna edad, pues todos
cuando nacemos morimos,
justa pena de un pecado,
y de una culpa castigo.
Sale un criado.
Decidme más, porque el alma
consigue ufana el alivio
cuando de tus labios pende,
padre amado,
Vase.
Rey invicto
Josafat, que guarde el cielo,
para admiración del siglo.
Vuestro padre me ha mandado
que os dé, gran señor, aviso,
el que a Vuestra Alteza aguarda
en el ameno retiro
de su estudio.
Ya obedezco.
Conquito el alma, maldigo,
pues apartarme de ti
es del corazón martirio.
El obedecer es deuda
a los padres.
Qué bien dijo
el que el gozo comparó
a la hermosura del lirio,
pues apenas lo ve hermoso
cuando lo llora marchito.
Padre, ¿volverás a verme?
Ese es, señor, mi destino;
pues solo desea el alma
que pasen desde el oído
tantos misterios al pecho.
Será cuidadoso archivo,
si llega el alma a entenderlos.
De Dios, gran señor, confío
que a tanto empeño me anima,
hará el deseo cumplido.
¡Ojalá el mismo lo quiera!
Insta, señor, en pedirlo.
Será mi pecho, entre tanto,
fragua de ardientes suspiros.
Y de amorosos incendios,
Etna y volcán será el mío.
Padre, adiós.
El mismo os guarde,
señor, y quiera, benigno,
que el príncipe en el desierto,
sea del cielo prodigio,
y el ermitaño en palacio,
viendo su gusto cumplido,
dé admiración a la fama,
siendo el pasmo de los siglos.
Fin de la primera jornada.
Segunda jornada
Salen el rey Avenir y Barachías.
Con justa razón el mundo
te publica firme basa
de mi imperio.
Ser hechura
de vuestras manos, le basta
a mi humildad para ser
el que con fe pura y clara
intente el obedeceros.
Tu obediencia, aunque es, Barachías,
el origen de mi dicha,
dispone mi suerte varia,
se siga el gozo que alivia,
un rigor que me maltrata.
Si yo puedo, gran señor,
ser quien aclare y deshaga
las nubes que pronostican
a vuestro pecho borrascas,
daré mi vida en aromas
y en sacrificios el alma.
Obrando tan leal conmigo,
mal mi cariño pagara
al decoro que se debe,
si con la noticia escasa
de mis negocios no diera
a vuestros méritos paga.
Para premio a mis servicios,
ser vuestro esclavo me basta.
Ya te acuerdas que aquel día
En que mi consorte amada,
Irene, dio en sangre envuelta
la sucesión a mi casa.
Y que Irene, vuestra esposa,
que en mejor solio descansa,
dando a un infante la vida
pagó su feudo a la parca.
Motivado de ver,
entre dichas y desgracias,
aquí un infante con vida
y allí una reina sin alma.
Filósofos consultaste
con prudencia (aquí se pasma
el corazón) que dijeron
(no acierta el alma turbada):
que sería Josafat
de mis imperios infausta
tragedia, que cruel arruine
los baluartes que los guardan.
Siendo el primero que afije
sobre sus almenas altas
el rojo pendón de Cristo,
escándalo de la patria.
De que mi impiedad movida
hizo la venganza tanta
de los monjes que profesan
esa infausta ley cristiana.
Que en menos de cuatro días
se vieron destas campañas
la verde alfombra de flores
hecho tapete de nácar.
que entre las sombras opacas
de la noche, difundieron
avisos a mi ignorancia.
Y a veces he presumido,
que decírmelo intentabas,
Zardán, que suele del pecho
ser vivo fiscal la cara.
Si de Zardán conjeturas,
señor...
Ya te entiendo, basta;
sea tu prudencia el faro
de las tormentas del alma.
Zardán a esta parte llega,
yo me voy porque embaraza
la presencia de los reyes
donde hay vasallos, que agravian.
Vase.
Sale Zardán.
Noticia de tu venida
me impele, amigo Barachías,
a que rompiendo estatutos,
que a mi cuidado se encargan,
llegue a enlazarme en tus brazos,
de cuya junta renazca,
en perpetuidad dichosa,
la dulce unión de dos almas.
Mi cariño lo asegura,
y creed, que esta acción hidalga
de vuestro amante deseo,
lo que me debe me paga.
No hay paga, que recompense
deudas que mi lengua calla.
¿Qué hay de cuidados, Zardán?
Uno tengo que desata
en diluvios de tormentos,
de mi pecho la bonanza.
¿Es de amor?
No, y sé, que quiere
mi suerte cruel, y tirana,
que por amante me pierda,
porque un temor me embaraza
para hablar.
¡No puedo, ¡ay, amigo!
que en este mal que me abrasa,
el mismo decirlo ofende,
y el mismo callarlo agravia.
Diferente será tu suerte
de la mía.
Cómo engaña
el que en la rueda del hado,
quiere desmentir mudanza.
Dígalo yo, pues si firme
aseguré mi esperanza
en Rosa, el menor vaivén
de la suerte, que lo manda,
hube de dejar en Rosa,
por hermosa desgraciada,
todo el amor en olvido;
viendo la hermosura rara
de Porcia, infanta de Egipto.
Nadie fíe en las humanas
voluntades, que las tuerce
ausencia, tiempo, y distancia.
Corrí en amante dichoso
se nos mostró en las campañas,
que contra el escita fuerte,
turbó el imperio de Albania)
con el falso presupuesto
de la amistad, de quien habla
con bronco buril el bronce,
y en rico esmalte la plata,
fue moviendo mis deseos,
y encendiendo mi esperanza,
hasta que consentí el robo;
y porque no peligrara
mi honor, en el pundonor
de Tolomeo, que infama
mi determinación loca,
sacando al duelo la cara
Filipo, con nombre suyo
me dio la perla robada,
que por gloria de sus triunfos,
ufano el Nilo la aclama.
¿Quién creyera, quién creyera,
que con simulación falsa,
con capa del beneficio
Filipo mi ofensa labra?
No lo creí, mas lo vi;
que hay ofensas de tal data,
que aunque el alma no las crea,
da hasta los ojos la infamia.
Bien mi dolor lo confiesa,
pues a la tercer jornada,
que hecho bajel de los vientos,
y cometa de las aguas,
corrió el navío a la mar,
puerto de una isla a la playa,
y bajé de él a buscar bastimentos,
juzgué entonces de importancia,
apenas el suelo inculto
me dio en su albergue posada
cuando Filipo alevoso,
hecho de ese mar pirata,
robándome en Porcia hermosa,
la mejor joya del alma:
dejó el inánime cuerpo,
hecho al parecer estatua.
Dile voces compasivo:
mas mis voces no le ablandan;
ponderéle obligaciones,
a todas vuelve la espalda,
y aleve, falso y traidor,
frustrando mis esperanzas,
dando yo al aire suspiros;
dio sus intentos al agua.
Quise arrojarme furioso
en sus olas encrespadas;
y deseoso de beber
la cruel sangre que me agravia,
dispuse contra mi vida,
la ejecutiva venganza.
Entre las fieras me quejo,
de una amistad mal pagada;
llega una nave a aquel puerto,
que de Egipto a Senar pasa,
y dicen que Tolomeo
sale en busca de su hermano
con una armada valiente
en ella me embarco, y se halla
mi deseo en Babilonia,
(corriendo el mar con bonanza
en menos de cuatro días);
mi atención desengañada
de lo que son los sucesos
de la fortuna, que avara
dando vueltas no permite,
a su firmeza constancia.
A nuevas dudas expuesto
me eleva, asusta y espanta
vuestro suceso y el mío;
porque si bien se repara,
si a ti Filipo te injuria,
a mí Filipo me agravia.
¿Cómo, Zardán? No os entiendo.
Porque siendo atenta guarda
del príncipe Josafat,
yo, de cuya vigilancia
fía el gran rey Avenir,
los deseos de sus ansias,
disfrazado este Filipo,
con cuerda atención y traza
de mercader, ha intentado,
e intenta con cotidianas
persuasiones, reducir
a Josafat (que en su gracia
lo recibe cariñoso)
a Cristo, en quien idolatra
esa religión fingida,
que del Galileo llaman.
Y temo que Josafat
prendido de quien lo engaña,
dejando cultos divinos,
adore glorias humanas.
Y que Abenir ofendido,
viendo mi descuido haga,
de mi cabeza dormida,
despierto aviso a la escarpia,
siendo de tan fatal ruina,
este Filipo la causa.
¿Qué dices, Zardán, qué dices?
¿Filipo puede (que anida)
ser inventor desta ofensa?
Sí, que lo afirman, Barachías,
sin desmentir las noticias,
los indicios de la cara.
Pues si es así, como hecho
ardiente incendio, mi rabia,
por mí, que tirano ofende,
y por Josafat, que agravia,
por Abenir, que desprecia,
y por los dioses, que infama,
y por ti, que eres mi amigo,
¿no tomo justa venganza?
Si esa, Barachías, pretendes,
presto la verás lograda.
La vida en esto intereso.
Ten de mi lealtad confianza,
que expuesto a las iras tuyas,
pruebe tu animosa saña,
con recato, y con prudencia.
Si eso dispones, la gracia
del rey Abenir te ofrezco,
con razón justa enojada
por tu descuido.
Los cielos
han de volver por mi causa,
a la torre me retiro.
Y mirad con vigilancia.
Vase.
Y así, que a la industria mía,
hoy dulcemente se enlaza,
el principio de mi dicha
al fin de vuestra desgracia.
¡Oh falso amigo, tirano a mi desvelo!
¡Oh Porcia ingrata, con mi amor fingida!
que pudisteis, quitándome una vida,
dejarme con eterno desconsuelo.
De vuestra grande ingratitud apelo
a la corte de Apolo esclarecida,
que su potente diestra, en mí ofendida,
dará castigo a vuestro infame celo.
Áspid sois, en obras dañosamente,
hidra, en guardar veneno en el estilo,
sirena encantadora dulcemente,
cocodrilo, que ofende junto al Nilo,
y aun mi muerte intentáis más cuerdamente,
que áspid, hidra, sirena y cocodrilo.
Sale el rey Abenir.
Barachías, ¿logró el cuidado,
la noticia de mis males?
Sí, gran señor, que tal vez
suele más diligenciarse,
con el cariño de amigo,
que del Rey con el semblante.
Bien receló vuestra Alteza;
pues, sin que las guardas basten,
con fementida cautela
hay un Sinón, que os agravie.
¿Qué decís, esto es verdad?
¿Esto es verdad, y no salen
los dioses a la defensa?
¡Viven los cielos, que lave
con la sangre de este aleve
la mancha de sus altares!
Eso a mi esfuerzo le toca.
¡Viven los dioses, que antes
que el sol, por rumbos de estrellas,
corra giros de diamantes;
que sea aleve destrozo
de la Parca inexorable!
Industrias vencen cautelas,
y así, Barachías, con arte
cuanto la cautela arruine,
mi prevención lo repare.
Sí, gran Señor, desde hoy
Argos seré vigilante.
De vos mi atención lo fía;
porque digan las edades,
que los yerros, que hace el hijo,
prudente remedia el Padre.
Eso, Señor, aseguro
para que la fama cante
que si hay quien quiera ofenderlo,
hay Barachías, que lo ampare.
Vanse.
2ª Jornada.
Sale Porcia, Rosa, y Fenisa.
Quedó, como digo, Rosa,
Barachías, mi fino amante,
en esa isla; siendo entonces
entre opuestos huracanes
navecilla, que naufraga
a la violencia del aire,
mi pecho, en tanta desdicha,
y el alma, en tantos pesares.
No se contentó Phelipo,
Rosa, entonces con privarme
de Barachías, si también
haciendo a mi amor ultraje
dejarme al rigor expuesta;
en esa isla inhabitable:
donde a cuidados del cielo
llegó a arribar una nave,
que gozosa en recogerme,
feliz a Senar me trae:
donde a violencias del fuego,
he logrado sus piedades.
Con tu historia se enternece
el pecho, oh, qué mal hace
la mujer, que inadvertida
pretende al amor postrarse;
pues suele ser comúnmente
doble trato, el rostro afable.
En el margen izquierdo: O X O.
Deponed la bizarría
de los mantos, que al desgaire
son de la nave de amor,
al más venturoso lastre;
pues ya el paseo dio fin,
y a casa nos trae la tarde.
Dices bien.
Dice Tolomeo dentro.
Aunque te escondas
del Dios Vulcano, la cárcel
serás de mi ira escarmiento.
Sale el Demonio y dice apresurado.
Señoras, si acaso valen
peregrinas persuasiones
de un hombre que aquí lo abaten
las olas de un ofendido;
os suplico que me ampare
vuestra piedad, siendo asilo
del riesgo que me combate.
Cielos, ¿no es este Filipo?
mas ¿cómo de mis pesares
el veneno no apagó
la vida a su pecho infame?
Pero defenderlo toca
a mi honor en este lance;
porque quien fue la ofendida
sola la venganza alcance.
Apriesa a ese cuarto entrad,
que ofrecemos ampararte.
Escóndese.
Vuestra piedad os estimo;
nadie, Señoras, se espante
de que al rostro a mi enemigo
el hombre vuelva cobarde,
siendo el Demonio, si intento
(si no mienten las señales)
que vengue en Porcia su hermano
los baldones de su sangre.
Sale Tolomeo.
Aquí entró.
Cúbrese.
Aparte.
Pero ¡qué miro!
¿no es mi hermano? (aquí mis males
dan principio), la cautela
el riesgo que temo ataje,
siendo a mi rostro oportuno
del manto el negro celaje.
Cielos, que quiera mi suerte
que un mismo tiempo halle
aquí un hermano ofendido,
y allí un traidor que me agravie.
Aquí entró, y es imposible
pueda a mi enojo ocultarse
por más que...
Yo lo defiendo.
Pues si lo defiende un ángel,
a no moverme e instarme
el deshonor en los ojos,
y el agravio en el semblante.
Desatento
es vuestro modo arrogante.
Sin honor no hay atención,
y más cuando ofensas tales.
Sale Fenidar viejo.
Rosa, ¿qué es esto?
Señor.
Yo lo diré, que más fácil,
al impulso del deseo,
da permisión al examen.
Decidlo, no hagáis que al pecho
un dolor a otro lo alcance.
Señor, el traidor Filipo
(perdóname que no acabe
de decirlo, porque el pecho
está arrojando volcanes)
En la calle se le opuso,
y ha dado aquí, en que cobarde,
para asegurar su vida,
vino a tu casa a ampararse.
Ya lo dijo Rosa bella,
y pues ya lo dijo, dadles
licencia a mis sentimientos,
para que de esos desvanes,
y esos incultos retiros,
sean linces mis pesares.
Será inútil diligencia,
pues es imposible hallarle
no habiendo entrado aquí dentro.
Señor, si aquí no me vale
vuestra autoridad de medio,
para que en tantos quilates
del deshonor cobre algunos;
serán eternos mis males.
Ampararos prometí,
y así a tu lado me halle
cualquiera acontecimiento.
Por diez que aprieta este lance.
Porcia, ya es empeño nuestro,
el que Filipo se escape, de este riesgo.
Así lo entiendo,
Rosa, porque el mundo aclame,
que hay también duelo en las damas.
¿Cómo podremos librarle?
Salir de este laberinto
a mi cuidado se encargue.
Señor, la verdad han dicho
Rosa y Tolomeo (halle
cautela la industria mía)
pues yo vi que hacia esa parte
un hombre entró presuroso,
(y el no haberlo visto es fácil,
porque estaba divertida)
y que siguiendo su alcance,
tras él, entró Tolomeo.
Pues ¿a qué aguardo que el aire,
no enciendo con mis suspiros?
Vamos, que si en ampararte
me empeñé, seré a tu lado
un castillo inexpugnable.
Vanse los dos.
Entretanto que a Filipo
de este empeño doy escape,
asistid aquí las dos,
porque, aunque de aquí me aparte
no repararán en mí,
como en vosotras.
Pues antes
si puede ser que aquí vuelvan,
haz que ese Filipo estampe
sus huellas entre las flores
del jardín, para que afable
de las tormentas del susto,
goce las tranquilidades.
= llega al paño Porcia y ase de la mano a don Antonio. =
Venid conmigo, traidor,
que si agora mi dictamen
os defiende aquí la vida,
es porque el injuriado no aclame,
siendo la ofendida yo,
que otro vuestra vida acabe.
Poco el favor agradezco;
pero yo haré que en tal lance,
lo que mi industria no pudo,
mi diligencia lo fragüe.
Vanse.
Fenisa, porque no juzguen
que nosotras somos parte,
para no hallar lo que buscan,
vamos tras ellos, que es fácil,
un pensamiento en los hombres,
que nos imputen culpables.
Vanse.
= Sale Zafrán. =
Hecho un fiero basilisco,
rabiando de viva hambre,
vengo buscando a mi amo,
y no es posible encontrarle.
Toda esta casa he andado,
y si va a decir verdades,
he dado mil tropezones,
pero ninguno en la carne.
Bajando por un retrete,
divisé entre unos desvanes
una vieja, que a mi ver,
tenía cien navidades.
De mi amo le pregunté,
y ella con una voz grave
me respondió: no me toque,
que estoy con un achaque.
No quise escucharle más,
temiendo no me tragase,
que aunque no me mostró dientes,
le vi arrugado el semblante.
Víneme huyendo a esta pieza,
por ver si mi industria y arte,
sin tener cuentas con mi amo,
pudiese en algo alcanzarle.
Pero según lo que miro
no está aquí, mas será fácil
que en este otro cuarto esté.
Entro, aunque encuentre un gigante.
Vase.
Acotación tachada: Salen Fridas, Tolomeo, Rosa, y Fenisa.
Si aquí no está, vive el cielo,
que se ha escapado en el aire.
Sale Zafrán.
Ello pensar encontrarlo,
es la vida perdurable.
Pero aquí está el agresor.
Aquí has de ver.
Santa Inés,
San Roberto, San Nicasio.
Tened el rayo brillante,
Señor, que no es mi enemigo
este que tienes delante.
Pues di, ¿quién eres, traidor,
y qué motivo o dictamen
te ha traído a profanar,
lo sacro de estos umbrales?
Yo soy un sucio criado
de aquel hombre, que en la calle
se le opuso Tolomeo,
y como lo miré entrarse
en esta casa, seguile
hasta esta pieza, y a Marte
ruego, que donde estuviese,
le piquen mil alacranes.
Pues ¿por qué así lo tratáis?
(Aparte)
Porque es un monstro espantable
que al gran Josafat invicto,
por mañanas, y por tardes,
con capa de mercader,
(miren pues qué lindo traje)
lo induce de Jesucristo
a la ley, y vigilante
cuanto remonta a su Dios,
a nuestros Dioses abate.
(Aquí me importa fingir,
que por Cristo será fácil,
como soy tan gran pellejo
que procuren reventarme.)
Tolomeo, no dejemos
estancia, donde ocultarse
pueda este aleve, sin que
la registremos, y amantes
de nuestros Dioses, sirviendo
este delincuente inhábil
le bajemos de donde arriba
entraba para sepultarle.
Vamos, y como impelido
de duplicados pesares,
en vivos corajes,
tengo de beber su sangre.
Yo entendiéndolo he de hacer,
con mi cara de azabache,
que no me dé pan de perro,
y que me dé pan de sastre.
Fenisa, Porcia estará
con cuidado, por hallarse
sola, y así procuremos,
pues ya salimos del lance,
ir a su cuarto.
Vanse
Señora,
que mi obediencia consagre
a vuestros mandatos, muy justo
le parece a mi dictamen.
Salen el Príncipe Josafat, y Barlán.
Hijo Josafat, en quien
halla el alma su descanso,
desde que en la sacra fuente
del bautismo, renovado,
fuiste de Dios la atención,
y del demonio el espanto.
¡Cuánto despedirme siento
de tu presencia, que al raro
esplendor de tus virtudes,
todo mi afecto ilustrado,
en dulce unión del deseo
vivía el cariño ufano.
Orden del cielo me anima,
Josafat, que despreciando
los tesoros, que me ofreces,
vuelva a mi retiro santo,
donde en lágrimas desecho,
vuelva a llorar mis pecados.
Padre y señor, ¿cómo dejas,
siendo con mi amor ingrato,
en medio de la ocasión,
al que del mundo arrastrado,
puede volver al peligro
antiguo? Buen desengaño
nos dio la alta providencia
de Dios, a Moisés sacando,
para aumentar su virtud,
de los riesgos de palacio,
a Abrán de entre los caldeos,
y a Lot del pueblo nefando.
Pues si mi humildad no llega
a ser, ni aun pequeño rasgo
de la virtud de Moisés,
Abrán, y Lot, ¿qué resguardo
le queda a mi pequeñez,
para que pueda burlando,
los riesgos de la ocasión,
salir indemne quedando
entre bárbaros caldeos,
en deliciosos palacios,
y finalmente sujeto
a todo un pueblo nefando?
La gracia de Dios te basta,
pues su poderoso brazo,
cuando es mayor el peligro,
da auxilios más soberanos;
dígalo un Josef vendido,
y un gran David desterrado.
¿No es mejor padre amoroso,
que dando al mundo de mano,
os imite en el retiro?
No Josafat, porque es llano,
que vuestro padre ofendido,
intente hacer nuestro agravio.
Dejadlo en manos de Dios,
que de su piedad aguardo,
que postre de Babilonia
rendido el culto profano
de los dioses, con mayor gloria,
sea su nombre ensalzado.
Pues si te vas, padre mío,
no dejes desconsolado
a este hijo, que ha renacido.
del dulce imán de tus labios
goce de una prenda tuya,
de quien más aprecio hago
que de cuanto dueño soy.
Dáselo.
Este cilicio os encargo.
¿Y no os veré, padre, más?
Sí, que el cielo ha decretado
que, después que en el gobierno
deste reino y deste estado
goce la fe su renombre,
que en el desierto nos veamos,
donde en obsequios divinos
cultos a Dios le rindamos.
Con esa esperanza alegre,
merezco, padre, entre brazos,
que renaciendo amoroso
en víctimas y holocaustos,
llegue a verme más felice;
sea la hiedra destos lazos.
Del cielo, hijo, lo espero.
Pero a los ojos el llanto,
como me aparto, se llena
el corazón a pedazos,
y en diluvios de tormentas,
si no me anego, naufrago.
Pues ¿qué hará, padre, mi pecho
entre penas mal hallado,
si al ir a buscar contentos,
sale la tristeza al paso?
Por no morir del pesar,
me voy, y es caso acertado,
porque al partirse mi vida,
no quede mi pecho helado.
Padre, adiós, tus oraciones
sean mi asilo y mi amparo.
Con él te quedas, y permita
Dios omnipotente y alto
que el príncipe en el desierto
sea imán de vuestro agrado.
Vanse.
Y hasta la vista seré
el ermitaño en palacio.
Gracias te doy, gran Señor,
porque habiéndonos criado
de la nada, redimiendo
nuestras almas de pecado,
y aunque frágiles tal vez,
caigamos despeñados
al vicio, padre prudente,
nos vuelves, Señor, al sacro
aprisco de vuestra gracia;
veamos, Señor, logrado,
yo y Josafat, con serviros,
de vuestra diestra el amparo.
Mirad por este cordero,
que con sudor y trabajo,
de vuestra gracia asistido,
saque del confuso caos
de la ignorancia, a que sea
de vuestra gracia holocausto,
santifique y riegue a un tiempo
Gozando frutos doblados,
(lo inculto de su virtud)
riego del Espíritu Santo.
Confortadlo con auxilios,
que sean firme reparo
(cumpliendo vuestra promesa)
de nuestro común contrario.
No apartéis de él el socorro,
guiadlo, Señor, guiadlo,
a que haga la voluntad
de vuestros decretos altos.
Tened por bien que se haga
conmigo, un indigno esclavo,
de vuestra gloria heredero;
para que sea ensalzado
por Dios de misericordias,
vuestro nombre soberano.
Quédase estático y sale por una puerta Barachías, que se queda al paño.
Zardán me dijo, que queda
mi enemigo en este cuarto;
y en el de su aleve sangre
he de hacer hirviente lago,
orando está. No es prudencia
salir, si hay quien estorbarlo
pueda, mi valor espere,
mientras este examen hago.
Sale al paño Porcia.
Movida con las noticias
confusas, que dio el criado
de este alevoso Filipo,
las guardas he sobornado
(que al interés fácilmente
se rinden pechos humanos)
deste castillo, y me han dicho,
que en este aposento orando,
suele asistir comúnmente;
donde en este acero labro
la venganza de mi injuria.
Aquí está... y no es acertado
salir expuesta al peligro,
sin prevenir el resguardo.
Al paño Tolomeo.
Sabiendo, que acudir suele
aquí mi enemigo, osado
pretendo dar con su sangre,
honroso lustro a mi agravio.
Aquí está; pero conviene
(ya que fingiendo he entrado
a ver el palacio augusto)
que con prudente recato,
sin que embarace ninguno,
mi desvelo temerario;
y sin que nadie me vea,
logre mi intento; cuidados,
prevenid mientras lo advierto,
ruinas, incendios y rayos.
Al paño Teudas.
He sabido (¡qué dolor!)
que un alevoso cristiano,
al deshonor solicita
de nuestros dioses, y trazo,
que antes que logre su intento,
Sea de mi furia estrago.
Mas aquí está recogido;
con atención prevengamos
pena, y dolor, que no sea
mi noble aliento, el del rayo,
que primero avisa el trueno,
que le ejecuta el amago.
Que soliciten mi muerte
con rigor, a un tiempo cuatro;
si vos me asistís, mi Dios,
no me da ningún espanto.
Y así, Señor, en mi ayuda
vuestro gran socorro llamo;
apresuradlo benigno,
pues es el necesitado,
de vuestra sacra clemencia
el más atento cuidado.
Tened compasión de mí,
mi Dios. Mas no porque extraño
padecer por vos la muerte;
sino porque siendo salvo,
vengan al conocimiento
de la verdad, que he deseado,
los que mi muerte procuran.
Animadme, porque flaco
vuestro aliento,
no quede, Señor, postrado;
y porque pueda sirviéndoos
continuamente alabaros:
pues reverente he cumplido,
vuestros divinos mandatos.
(Aparte.)
Solo en el cuarto se escucha.
(Aparte.)
No hay a mi ver embarazo.
(Aparte.)
Sola la sierra es testigo.
(Aparte.)
Los dioses lo van trazando
conforme mi fe lo anhela.
Y así cruel, y bizarro,
y así con valor resuelto,
y así con brío alentado,
y así con furia sangrienta,
¡Muera cobarde a mis manos!
Vuestro gran favor invoco,
Padre, Hijo y Espíritu Santo,
para que libre del riesgo,
el labio quede pasmado.
(Al tiempo que los cuatro quieren herirle, vuela en tramoya rápido.)
¡Qué confusión!
¡Qué delirio!
¡Qué horror!
¡Qué susto!
¡Qué pasmo!
Mas cielos, ¿qué es lo que veo?
¡Borre tu vida mi agravio!
Vence, gran Teudas, mis fieros
tu prudencia.
Lance raro,
que de mis dos ofensores,
cuando el uno hiere, al otro hallo.
En dos hermanos partido,
está el empeño luchando,
sobre si ampare al que ofende.
Sale a darle.
Muere a mis manos.
Ministros
del imperio del espanto,
despeñad sombras oscuras.
Oscurecen el tablado, y escóndense las luces con notable ruido.
¿Qué se hizo? (Apenas no hallo
palabras para explicarme)
Dioses sagrados
que sin merecerlo yo
me favorecéis.
Turbado
de tantos pasmos, fluctuo.
Vase.
Con esta prevención gano,
el que no juzguen los tres,
que fue prodigio, o milagro
de Cristo, el librar el hombre,
que a los ojos se ha ocultado;
pues por librar hoy a Porcia
lo habrán ejecutado
en defensa de los Dioses,
por mi ciencia, y que enojado
no ejecute en Porcia hermosa
la airada intención su hermano,
cuando de mi casta Patria
juzgó seguro el amparo.
Yo quisiera entre las sombras
de la muerte, ir tropezando
a manos de Tolomeo;
pero ya es menor mi daño,
que esta sin duda es la prueba.
Por más que intento alentado,
dar a mi hermana la muerte;
no la encuentro.
Declarado
ya el peligro, al valor toca,
querer prudente estorbarlo.
¿Quién a Porcia, aunque ofendido,
pudiera amparar?
Vase.
¿Qué aguardo,
que con el riesgo a la vista,
no huyo del peligro, dando
a los Dioses, que me ayudan
toda el alma en holocaustos?
Vase.
No la encuentro, aunque la busco.
Dioses, si habéis reservado
de mi venganza el delito
que me ofende, castigadlo;
porque de la ofensa mía,
quede mi aliento vengado.
Mas pues no puedo entre sombras,
tanto rigor remediarlo,
denme los Cielos paciencia,
para que de tantos pasmos,
con la luz de la razón,
encuentre los desengaños.
Vase.
Sale Josafat, solo.
Arrodíllase.
¿Qué es esto, Padre amoroso?
¿En qué mi celo ha pecado,
para que entre sombras frías
experimente el desamparo?
Si voy huyendo las sombras
del horror, ¿cómo las hallo
al primer paso que doy?
Padre de la luz amado,
principio de la deidad,
de la luz espero claro,
Espíritu, incendio de amor,
Padre, Hijo y Espíritu Santo,
tres personas que venero
siendo un solo Dios que amo;
pues debe a vuestro poder
su ser el luciente astro,
que a influjos de su virtud
puebla el zafir de topacios;
y pues tenéis prometido
que, al que con fe y culto santo
en vuestro nombre dijese:
«mudad de asiento, peñasco»;
que al punto se mudaría,
mandad, Señor soberano,
que el sol otra vez benigno
vuelva a difundir sus rayos,
alumbrando la ceguera
de este vuestro indigno esclavo.
Aparece un ángel con una hacha, y canta.
Descubren el tablado, y aparecen las hachas.
A tu voz obediente
responda el astro,
que a tu virtud envidia
lucientes rayos.
Y obedientes las luces
que de él respiran,
dando alegría al campo,
den luz al día.
Josafat, tú prosigue
tan alto empleo:
pues son tus oraciones
llaves del cielo.
Padre de misericordias,
como con David yo canto,
en himnos de la alegría,
a vuestra grandeza salmos.
¿Quién soy, para que a mí así
vuestra grandeza a dos manos,
me levante y me sublime?
¿Soy más que un feo gusano,
que ha producido la tierra?
Y aun menos soy: esto es claro,
pues yo ingrato os ofendí,
y él nunca pudo irritaros.
Pues si es así, no malogre
vuestros favores sagrados,
mi indignidad; repartidlos
a quien prudente ha logrado
con tanto celo cumplir
vuestros divinos mandatos.
Que yo, Señor, satisfecho
de lo que en serviros gano,
mereciendo mi humildad
ser uno de los esclavos
que, con la sangre de Cristo,
dejó el alma rubricada;
en el retiro del pecho
nuevos incendios fraguando
en holocausto de amor,
infinitas gracias dando
por tan inmensos favores,
por solo, Señor, que alcanzo
sea de vuestra gracia oído,
estaré alegre y ufano,
haciendo de mi retiro
templo en que pueda alabaros.
Vase.
† Y sigue la primera parte. Fin deste pedazo del Príncipe en el desierto y el ermitaño en palacio. Fin de primera parte.
Ruido dentro de guerra, y dicen.
Dentro.
Cercad del monte el contorno,
y a vuestro brío sangriento
no quede monje con vida.
En el monte de docientos
pasan ya los que constantes
por Cristo las vidas dieron
en menos de cinco días.
Si permanece funesto
el estrago, de dos mil
cumplir el número intento.
Corra el monte el escuadrón
todo en hileras compuesto,
y el soldado que, animoso,
me trujere muerto o preso
a este Filipo o Barlán,
seis mil ducados le ofrezco.
Pase y corra la palabra.
Anime a la escuadra el premio.
Sale Barachías.
Por mandado de Abenir,
rey de Babilonia excelso
(que, sentido del ultraje
que Filipo o Barlán ha hecho
contra sus dioses augustos,
a Josafat convirtiendo
a la religión de Cristo,
pretende con su veneno
ser de las vidas estrago),
he corrido el hemisferio
de esa montaña, que altiva
es garzota de los vientos;
en cuyo espacio a mi diestra
quedan con coraje muertos
cuantos cristianos osados
quisieron morir por serlo;
y mientras el escuadrón
que guío, escudriña atento
las cavernas de esas peñas,
en cuyos cóncavos huecos,
sepultados a la vida,
mueren vivos esqueletos,
quiero lograr el descanso
que es atributo del sueño.
Pero ¿qué miro? ¿No es
el que del tropel violento
de mi escuadra se ha escapado
un monje? Sí, ¿cómo puedo
permitirme al sueño, cuando
tanto en prenderlo intereso?
Pues a Barlán se parece.
Ya voy tras ti, mas ¿qué es esto?
A mí me llama, el temor
embarga al alma el aliento.
Y sin verlo mis soldados
por más que digan.
Lo espeso
de esta maleza lo encubre;
no se huya.
Muerto, o preso, lo traiga
quien antes lo halle.
Al valle va descendiendo
y siempre por señas llama.
(Hasta ahora nunca del miedo
vi la cara). ¿Qué me quieres,
sombra, voz o devaneo?
Que me sigas.
Ya te sigo.
titubeo, ya te sigo
Con valor, mas ¿a qué efeto?
Entra por una puerta y sale por otra guiándolo un monje.
Por entre sendas ocultas,
me traes, prodigio, a este puesto,
de mí mismo enajenado.
¿Tendrás valor para verlo?
Sé que Barachías me nombro,
y soy.
Quítase un velo que le cubre el rostro, y se ve una calavera.
Ya estoy satisfecho,
que aunque seas lo que pintas,
solo eres, Barachías, esto.
¡Sombra, ilusión, fantasma,
pasmo, susto, devaneo,
que pasmas y atemorizas!
¿Quién eres? Dime.
Tú mesmo.
Mas de lo que eres, y soy,
Barachías, oye el concepto.
Por más que tu devaneo
haga presunción de ti,
cual tú te ves, yo me vi;
y de verte, tal me veo.
Como tú fui poderoso,
y de reyes estimado,
y hoy me ves en tal estado,
En el margen izquierdo hay unos versos apenas legibles: Asómate, lance fuerte, como tú te puedes ver, pasamos tiempo a ver, como me veo de este asomo, la cueva de la muerte, creo que es mi dicha fue, y hoy conoce tu necedad...
que decir quién soy no oso.
No te juzgues por dichoso,
por verte en dichoso empleo:
pues fui del morir trofeo
aunque altivo presumí,
y tuve mi frenesí
por más que tus devaneos.
Aunque corrió mi fortuna
firme con dicha no poca,
mas apenas el fin toca,
que es sujeción de la luna
(digo la muerte inoportuna),
cuando mi pompa perdí,
y conjeturé que allí
no importa avaro el tesoro
para que, fiado del oro,
haga presunción de sí.
La nobleza esclarecida
fue en aquel punto ultrajada;
siendo convertido en nada,
la presunción de la vida.
No porque yace perdida
mi pompa, sea de ti
despreciado, mira en mí
avisos de tus locuras,
pues en pompa, y hermosuras,
cual tú te ves, yo me vi.
Pues si no hay contra la muerte,
riqueza, fausto, y grandeza,
estimación, y nobleza
que valga, caso es muy fuerte;
que quiera, hombre, perderte
por seguir tus devaneos.
No busques al bien rodeos;
procura atento vivir;
mira, que te has de morir:
y te verás, cual me veo.
¡Qué nuevo fuego en calmas
va poco a poco prendiendo,
que ya en ardientes volcanes
respira el corazón hielos,
a la luz del desengaño,
viendo este vivo esqueleto!
¿Que soy, en fin, lo que miro,
que he de verme, cual le veo,
y que no puede librarme,
poder, grandeza, ni imperio
del estrago de la muerte?
No, Barachías, que sujetos
desde la cuna nacimos
a su guadaña. No en eso
te parezca que está el mal,
que cuidadoso prevengo;
sino, en que al morirse sigue
una gloria, y un infierno,
este castigo del malo,
aquello premio del bueno;
y nadie viviendo mal,
puede conseguir el premio.
¿Infierno y gloria, qué oigo?
¿Después que salga del cuerpo
el alma, ha de tener vida?
Sí, que dura un siglo eterno
o para pena en el abismo
o para gozo en el cielo.
¿Y puedo yo conseguir
esta dicha y gozo inmenso?
Sí.
¿Cómo?
De Jesucristo,
que llamas el Galileo,
de quien con cruel rigor
vas el nombre persiguiendo,
si sigues el estandarte;
en cuyo campo sangriento,
dando el redentor la vida,
nos aseguró el remedio.
Pues ¿qué haré para seguirlo?
que ya lo procura el pecho.
Bautizarte. Y porque logres
en dulce paz tus deseos,
se ha reservado del daño
(por soberanos decretos
de Dios) de tu enojo y tu saña,
un sacerdote su siervo
en una cueva que oculta,
es de la montaña centro.
Con cuya enseñanza adquirirás
perfecto conocimiento
de las cosas desta vida,
y otros santos documentos.
Y porque de aquí a la cueva,
tiene la selva rodeos,
y perdido se malogre
tu intención, si me da el cielo
licencia para guiarte.
Sigue mis pasos.
Atento
a la dicha que consigo,
y grande bien que intereso,
suplico al cielo me ayude,
para que pueda mi afecto,
a los pies de su clemencia
sacrificarle el deseo;
que renaciendo amoroso,
de mi afectuoso contento,
asegure en estos pasos,
el gozo amante que espero.
Vase.
Sale Pimienta.
Todo es músicas la corte;
desde el mayor al pequeño.
A puro tañer, le quita
el oficio a los barberos.
Todo es saraos, festines,
danzas, bailes, galanteos;
y todo esto a hacer se viene
por un grandísimo hechicero.
Miren mi razón, y miren
el caso ello por ello.
Que revoló el ermitaño
Barlán, ya ustedes lo vieron.
Que Josafat es cristiano,
ya hay buen testimonio de ello
en la tramoya, que han visto.
Que por estas causas terco
Abenir mandó a Barachías,
hacer destrozo sangriento
de los monjes, ya lo ha dicho
el pasado lance, pero
que por quedarse Barachías
ya cristiano en el desierto,
se volvieron sus soldados
nadie sabe; y así, atentos,
les suplico que me escuchen,
que aquí es donde entra mi cuento.
Volvióse la compañía
de soldados, que dijeron
a Abenir lo que pasaba;
el cual, en cólera ciego,
al príncipe Josafat
entró a reprender revuelto.
Y solo dio por respuesta
grandiosas cosas del cielo.
Y viendo que por enojos
no tiene su mal remedio,
y que el volverlo a su trece
es la intención de su celo.
Por el consejo de Teudas,
que es un grandísimo hechicero,
que nos dijo buenas noches,
por quitarme allá esos berros.
Tiene para hoy decretado
en público un argumento;
en donde el vencedor sea
un astrólogo o hebreo
(que a muchos de todas partes
tiene llamados para eso)
y Nacor sea vencido
(que con el nombre supuesto
de Barlán, aquí comparece
está inducido), creyendo
que Josafat deste modo
volverá al culto perverso
de los dioses (y que lo es
firme cristiano lo creo).
Viendo que el mismo Barlán
(pues quieren hacer creerlo,
diciendo que en las montañas
los soldados le prendieron),
no se puede resistir
a los fuertes argumentos
de la seta que ellos siguen.
Pero la verdad espero
que con decoro y grandeza
les ha de dar par de coces.
Y porque juzgan que hoy
efectúan sus intentos,
en públicos regocijos
resuenan los instrumentos;
y sin saber de qué modo,
me vengo a hallar en el puesto
del argumento, y se escucha
que ya se llega el festejo.
Sale por una puerta el rey Abenir, Teudas, Zardán y acompañamiento de gentiles y música. Y por la otra puerta Josafat, Nacor, Barachías y acompañamiento de cristianos y música. Debajo de un dosel habrá un sitial para el rey y príncipe, que a su tiempo se sientan.
Llegad, hebreos, llegad.
Venid, cristianos, venid.
Donde en pruebas del ingenio,
donde en pruebas del ingenio,
acuerdo prudente y sutil.
De nuestros dioses.
De Cristo.
Sea dichosa la lid.
Ya estamos en la batalla,
vasallos míos y deudos,
donde en vez de armas lucidas
y de brillantes aceros,
a la fuerza del discurso,
campeen los argumentos,
que de nuestros dioses altos,
publiquen el triunfo excelso.
Ya estamos en la campaña,
de Dios escogido pueblo,
donde la Nación fabrique,
hoy heroicos vencimientos,
dando a su nombre el esmalte,
que tuvo, y tiene ab eterno.
Vuestra Majestad ocupe
el dosel y sitial regio,
digno de vuestra grandeza.
Siéntase.
Oh, quiera piadoso el cielo
que, en culto de las deidades,
logre mi intención su efeto.
Vuestra Alteza, gran señor,
dando excelencia al asiento,
sea el imán de esta corte.
Siéntase.
De vuestra clemencia espero,
mi Dios,
nuestro mayor lucimiento.
Corte ilustre de Senar,
gran Babilonia, que centro
del culto de tantos dioses,
consagras dignos inciensos.
Corte de la confusión,
que con loco devaneo,
malogras en torpe culto
tantos aromas sabeos.
Probar la deidad suprema
de vuestros dioses pretendo.
Lo falso de vuestro juicio
es lo que borrar intento.
Y así.
Zardán, advertid,
y todo el concurso inmenso
de sabios, que concurrís
a este acto, que si mi intento
a la luz de las razones,
no persuade el argumento,
probando que Barlán yerra,
seréis deshechos fragmentos
de coraje de mi ira,
haciendo que vuestros cuerpos
sean en átomos breves,
de los brutos alimento.
Con la fuerza de mi ciencia,
seguro nada recelo.
Aparte.
Aunque sé lo que hay trazado,
sin declararme discreto
he de animar a Nacor;
pues está creyendo el pecho,
que como Balán profeta
yendo a maldecir el pueblo
de Dios, le echó bendiciones,
así de Nacor el celo
asistido de la gracia
tendrá por Dios vencimientos.
Barlán, muy bien has conocido
lo forzoso de este empeño.
Una de dos os conviene,
o con heroicos conceptos
probar de Cristo la ley,
que amante por vos profeso,
dando luz a la ignorancia
de tanto infelice reino;
o ser despojo de mi ira,
siendo un cadalso sangriento
desengaño del que emprende
contra su rey embelecos y errores,
que los pruebe la ignorancia
no perdiendo el argumento.
Aparte.
¿Qué es esto que por mí pasa?
Entremos, alma, en consejo,
que los cargos que te imputan
hacen mayor el proceso.
En dos empeños te hallas,
que diametralmente opuestos,
si el uno afianza el peligro,
el otro asegura el riesgo.
Si me inclino al rey, por fuerza
del contrato y del concierto,
del príncipe Josafat
el justo rigor ostento;
no por lo que soy en mí;
sí por lo que represento.
Mas si a Josafat me inclino,
en dos peligros me veo,
uno en el rey, que amenaza,
otro en emprender soberbio
defensa, que yo no alcanzo,
ni ciencia, que yo no entiendo;
pues ¿qué haré en tal confusión?
Si del lance retrocedo,
Josafat queda ofendido,
y Abenir no satisfecho.
Si en el lance me abalanzo,
a uno de los dos lo pierdo.
¿Qué haré? pero siempre fue
elegir del mal el menos,
cordura de la atención,
y así en tal trance deseo
inclinarme a Josafat,
que ha de ser el heredero,
por fuerza de la corona;
pues la ocasión redimiendo
del morir, para el perdón
halla el prudente remedio.
Pero aun la dificultad
resta en pie, con qué pretexto
fundado he de defender
la ley de Cristo, cumpliendo
¿Con la orden de Josafat?
Mas eso le toca al cielo,
que a medida del trabajo
reparte alegre el consuelo.
Obediente, gran señor,
estoy a vuestros decretos,
para que conozca el mundo,
que en la palestra desnudo,
de Jesucristo guiado,
en quien firmemente creo,
pasmo fatal del gentil,
y escándalo del caldeo,
Aquí el certamen empieza
de cristianos, y de hebreos,
que por salir con la suya,
hacen ascos de los ciegos.
¿En qué, cristiano, te fundas,
para que altivo y soberbio,
despreciando nuestros dioses,
a nuevo error induciendo
a Josafat (de quien sea
largo coronista el tiempo)
te atrevas a persuadir
engaño tan manifiesto,
que lo repugnan los ojos,
y se implica en los efectos?
Vosotros en el engaño
estáis tristemente envueltos;
que la luz de la verdad
es la que solo defiendo.
Pues es verdad, que los dioses
Júpiter, Apolo, y Venus,
Juno, Minerva, y Cupido
no gozan del privilegio
de la deidad?
Señor Zardán,
oye, y verás que lo pruebo.
No es el concepto primario
de la deidad, ser concreto
de todas las perfecciones;
de tal suerte que si atento
una perfección le quitas
como queda ya imperfecto,
y puede perfeccionarse,
ya pierde el noble concepto
de Dios, pues no es en su esfera
en todo lo más perfecto.
Sí, porque así lo conoce
la luz del entendimiento.
Luego, no podrá ser Dios
aquel, que tenga defectos.
Concedo la consecuencia.
Pues a cada paso encuentro,
de vuestros dioses maldades,
y el torpe amor deshonesto,
defecto, que dice en un Dios ser
lo más inicuo, y violento:
luego no pueden ser dioses.
Todo el argumento niego.
Vuestras historias son prueba
de mi razón y argumento.
De Júpiter no contáis,
que perdido su deseo
de la hermosura de Europa,
¿siendo un toro, el instrumento
de su intención cavilosa,
consiguió infame su efecto?
¿Y no referís que Apolo,
de Dafne el rigor siguiendo,
no logró su pretensión,
porque piadosos los cielos,
pagando el desdén esquivo,
en laurel la convirtieron?
¿No celebráis de Cupido
por siguir hermosa muerta,
ni amor se libra de amor,
haciendo el lance proverbio?
(¿De Venus dice la fama,
lo que de Adonis mancebo
publica en sangre teñida
la rosa? El pastor de Admeto
canta la facilidad
¿De Minerva? Todo el cielo
(como vosotros decís)
de Juno canta el perverso
amor; ¿qué al cíclope vano,
(que solicitó soberbio
tener en el cielo solio)?)
Pues si a estas faltas sujetos
están como los demás
hombres: luego bien infiero
que no son dioses, ni gozan
de tan alto privilegio,
que solo de Dios es propio
Sabio, poderoso, eterno,
Justo.
¿Quién es ese Dios,
que honras con tanto epíteto?
Yo no le honro, porque él solo
se puede honrar a sí mesmo.
Este Dios es un Señor
que justo, sabio, y perfecto,
sin tener principio, y fin,
crió todo el Universo,
dando gala y hermosura
a tierra, plantas, y cielos.
¿Y está sujeto a vaivenes
de la fortuna, y el tiempo,
como dices de mis dioses?
No, pues no es material cuerpo
como el tuyo, antes bien es
un espíritu puro exempto
de todo lo material,
por lo cual no está sujeto,
a las pasiones humanas.
¿Y al amor no paga feudo?
No necesitado a amar,
sí, porque quiso quererlo;
y fue, porque el hombre ingrato,
siguiendo su devaneo,
por un antojo liviano,
quebró de Dios el precepto:
por lo cual gemía triste
en eterno cautiverio.
Y este Señor compasivo
la miseria conociendo
del hombre, a quien de nada hizo
Con su soberano aliento
determinó redimirlo
llevado de amor inmenso,
que su remedio incitara;
y así amante descendiendo
desde el zafir, corte suya,
de tres personas (que siendo
un solo Dios las tres, son
cada una en sí Dios perfecto,
el Verbo que es la segunda)
el tosco sayal vistiendo
de nuestra carne pasible.
Tomó en las entrañas puerto
de María, la gran Virgen,
nos lo parió, siendo el hielo
templado incendio a su ansia,
y poco a poco creciendo
(con la edad, no en el saber,
que tuvo desde ab eterno)
llegó a obrar tantos prodigios,
que ofendidos los hebreos
le dieron muerte afrentosa;
en fin, hicieron el yerro.
Mas de su muerte nació
de nuestra vida el remedio;
pues desde esclavos pasamos
a tener derecho en el Reino,
que es vínculo de la gloria.
Siendo este Dios el primero
que resucitado abrió,
desde la tierra, hasta el Cielo,
el camino, que conduce
a los descansos eternos.
Todo esto nuestro Dios hizo
amante, fino, y contento
por ver que en ello lograra
de su cariño el afecto,
el hombre; que quedó rico
con la mina, que le abrieron
para enriquecer su alma,
siete Santos Sacramentos.
Luego un Señor tan amante,
tan sabio, justo, y perfecto
solo es Dios. ¿No me respondes?
¿No concluye el argumento?
¿Por señas dices que sí?
Habla, Zardán.
tartamudeando
No puedo,
contra verdad tan divina,
formar palabra, el silencio
sea intérprete del alma.
De rabia y cólera muero.
Habla tú, Teudas.
tartamudeando
Señor,
aún a formar acentos
la respiración se embarga.
¿Qué es esto, Cielos?, ¿qué es esto?
Prodigios, con que acredita
de nuestra fe los misterios,
Cristo Jesús, Dios, y hombre.
Corra la voz por el pueblo,
que es el Dios de los cristianos,
al que dar culto debemos.
Primero que yo tal vea
Vase.
en rabia, y cólera envuelto,
el reventón de un peñasco,
me sirva de monumento.
Pues ¿qué evidencias más claras
queréis, idólatras ciegos?
Ya con el nombre os convido,
ya con el prodigio os venzo,
ya con el caso os confundo,
ya os muevo con el ejemplo,
ya la mentira descubro,
ya la verdad manifiesto,
Ea, sabios, que me oís,
logre la razón su efecto,
creyendo que es solo Dios,
sin principio, fin, ni tiempo,
el que encarnó siendo Dios,
y el que murió siendo eterno.
Yo para mi fe firme,
y constante roca apetezco,
la muerte en tan nobles
tormentos espero,
para que luz de fecunda
verdad que defiendo,
y no muera oscura, que
mi pecho a voces publicará
que Cristo es Dios verdadero.
Vase.
Por no escuchar las blasfemias,
que de los dioses y el cielo,
ha articulado su voz,
entre admirado, y suspenso,
sea de mi infausta vida
trágico fin el abismo.
Vase.
Cobarde, y avergonzado
de tan plausible portento,
quede mi vida entre dudas
neutral, si caeo, digo, caeo.
Vase.
Venid, Nacor, a mis brazos,
donde sea el lazo estrecho,
crisol de dos voluntades,
digno de su ciencia, premio.
Y por tan alta merced
hecho Vesubio mi pecho,
en centellas del cariño,
dé nueva luz al afecto.
Ya conseguís el deseo.
Con el alma lo confieso.
Pues goce el deseo en frutos
lo que en flores da el cielo.
Y entre contentos, y famas.
Y entre alegrías, contentos.
Publicando testimonios,
Y resonando el acento,
Promulgue glorias sublimes,
Publique triunfos excelsos.
De Cristo, que es Dios, y hombre.
De Cristo hombre y Dios a un tiempo.
Diciendo en dulce alegría.
En dulce, y apacible, diciendo.
Viva Cristo Dios, y hombre,
aclámense sus misterios,
pues confundiendo al gentil,
dio nueva luz a su imperio.
Y porque a Dios le rindamos
el digno honor, que debemos,
de altar y templo profanos,
hagamos sagrado templo.
Para que sean dichosos
noble admiración del tiempo,
Fin de la Segunda Jornada.
Jornada Tercera
Sale el Demonio y Tolomeo.
Todo el suceso, señor,
he referido.
Traiciones,
como esta, solo el acero
hará que la afrenta borre.
Aparte.
Hasta aquí aparte.
Disfrazado en este traje
de Celio (que el mal esconde
desde el día que la armada
de Tolomeo, en salobres
espumas, halló difuntas
sus altivas presunciones),
hoy se logra mi industria,
mortal estrago del hombre,
que Babilonia y Egipto
arda en crueles sediciones;
porque el estruendo de Marte
la ley de Cristo alborote.
He descubierto el enigma
que en aquella infausta noche...
¡Qué Barachías indomable,
Celio, rompiera arrogante
aquel límite que ponen
entre amistad y decoro,
respeto y obligaciones!
¡Vive el cielo, causa espanto!
No así incrédulo malogres
las verdades que acredito;
porque el amor, y ocasiones,
dan al hombre atrevimiento.
Bien, Celio amigo, conoces
la fuerza del cruel amor.
Bien conozco sus rigores.
Sé la verdad, mi pública
Celio, y confirma el informe
haber visto, que Barachías,
a Filipo, (que ser monje
con Josafat se fingía)
quisiese dar muerte enorme,
ofendido del agravio,
que con intentos traidores
ejecutó, con robar
a Porcia; que pueda el hombre
pronunciar desta alevosía,
aunque en cólera rebose,
pues todo el incendio del alma;
pues si es así, mi fe cobre
todo el honor que he perdido.
Bien haces, señor, pregone
el mundo en lenguas de acero,
tu venganza en firme bronce.
Bien me animas, Celio amigo.
(Aparte)
(Hasta aquí aparte)
El alma, señor, desahogue
la muerte de tu enemigo,
aquí entran mis pretensiones.
Al amor quiero incitarle,
para que sin dilaciones
a casa de Rosa vaya
a lograr castos amores;
donde a Barachías encuentre
y con su muerte se logre,
mi casta intención.
Antes que la opaca noche
mis pretensiones aliente,
quisiera ver.
Entre ardores
de nácar, a Rosa, dices,
bien haces, que a sus primores
les paga tributo el mayo.
¡Quién pudiera, que con firmes
vínculos estrecho enlazara
dos amantes corazones!
Toda la ocasión lo logra.
¡Mas ay! que en mis confusiones,
todo mi azar lo deshace,
cuanto mi suerte dispone.
Virtudes vencen señales;
será bien, que atento notes.
(Vanse)
Contra su suerte ninguno,
es, de mi cuidado móvil.
Salen Porcia y Barachías.
Bien dicen, Porcia bella,
Rosa, en Egipto, en Babilonia estrella,
que deben a tus gracias, y primores,
rosas, y estrellas, rayos, y colores.
por más, que el sol, y primavera hermosa,
den luz al día, y nácar a la Rosa.
Bien dijo mi cuidado,
que en él vivía el sol idolatrado,
por más que los rigores
de una ofensa contiendan los temores;
pues donde amor preside,
lo que aja el miedo, el pundonor lo mide;
y que en dichosa calma,
pues yo viviré, que aun vivirá el alma;
y pues que yo te adoro,
nadie pudo eclipsar tanto decoro;
pues amando prudente,
muere la ofensa, y muere el delincuente,
y que a la luz del día,
solo un Ícaro altivo se atrevía;
pero encenizó en el ceño
del sol ardiente trágico despeño.
Ya, Porcia, lo he sabido;
que tiene el pecho superior sentido,
por donde alcanza atento,
la luz del desengaño el pensamiento;
que si no ha procurado
volver al alma joyas, que ha robado;
volviendo a mi decoro,
lo que por mí perdido, triste lloro.
Cesen, Barachías, voces lisonjeras,
que ya sé las quimeras
de tu altivo deseo;
salga del pecho el loco devaneo:
y en átomos veloces,
no confundas el eco de mis voces;
porque altivas, y osadas,
de tu desdén me miran vengadas.
¿Qué dices de quimeras, y de engaños?
antes intento reparar los daños,
que por mí, Porcia bella, has padecido
en rigor tan sentido.
Si esto, mi bien, te enoja,
penetrante esta hoja
vierta del pecho líquidos corales,
con que lave el agravio de tus males.
No daba de la gloria el cruel obraje,
que no hacen bien, Barachías, maridaje;
tener empates al alma dividida,
sin cortarse el estambre de la vida.
Este caos no penetro, Porcia hermosa,
Pues de esta confusión os saque Rosa.
Vase.
Sale Rosa, y repita Barachías.
Pues de esta confusión os saque Rosa.
¿Quién me nombra curioso?
Quien rendido, turbado, y temeroso,
torpe la voz, y ciego en esta ciega
a vuestras plantas yace.
¿Cómo llega
a ser objeto infame de mis ojos
el motivo fatal de mis enojos?
como loco, atrevido,
imprudente, grosero, y presumido,
ofendido el decoro,
que estimo ciegada, si prudente adoro
faltando a obligaciones,
que son del noble heroicas atenciones.
Sin reparar en la ocasión que mueve,
poco atento se atreve
a pisar los umbrales desta casa,
sin ver y sin notar que, cuando abrasa
al mundo de mi furia ardiente el fuego,
puede abrasar a su dueño ciego.
Dígolo, porque es caso mal mirado
se atreva un hombre osado,
a vista propia del objeto que ama,
decir tiernos amores a otra dama.
Vase.
¿Qué es esto que sucede al pensamiento?
¿Pudo encontrar el alma más tormento?
Pues cuando, hecho cristiano, pretendía
recuperar lo que por causa mía
perdido yace, en loco devaneo,
logrando en matrimonio o himeneo
la paz amante que prudente afano,
siendo de Cristo el más humilde esclavo;
conociendo que fue loco artificio
del demonio, que tiene por oficio
engañar los mortales
(siendo origen fatal de tantos males),
hallo que Rosa hermosa,
con razón de su honor escrupulosa,
estorba mis intentos,
siendo del alma crueles los tormentos;
pero el pecho constante en Dios confía
que llegará algún día
en que, en dichoso empleo,
cumpliendo el cargo, logre mi deseo.
Mas Tolomeo llega presuroso.
Sale Tolomeo.
Esta ocasión intrépido y fogoso
vengo buscando el lance, que es tan fiero.
Sacad al punto el luminoso acero.
Sacan las espadas a un tiempo.
No lo excuso, mas ¡qué acción indistinta!
Pluma mi espada, vuestra sangre tinta,
caracteres impriman de mi agravio,
porque ellos digan lo que calla el labio.
Entran retirándose.
¡Brío orgulloso! ¡Fuerte resistencia!
Que dure tanto, opuesto a mi impaciencia.
Dentro.
¡Muerto soy! ¡Santos cielos!
Vuelve a salir Tolomeo.
Ya su impulso lograron mis desvelos,
mas qué mucho si concedió la suerte,
rayo a mi espada, que fulmine muerte.
El lance sucedido
es caso inadvertido,
no previene el daño,
pues sea de mí aquello desengaño.
Pues tenga o no malicia,
mueve a sus deudos, llama la justicia.
Este cadáver frío
(triste despojo a mi sangriento brío).
para que aquella, busque el delincuente,
y de estos, aun la cólera ferviente
quiera labrar, mirándose ofendida,
su amarga muerte con mi dulce vida;
y así en dolor y pena tan urgente,
será forzoso que de aquí me ausente,
porque su furia no borre mi desdicha,
aquello proprio, que labró mi dicha.
¡Quién de mi cruel hermana,
cocodrilo traidor, Circe inhumana
fuera, en fatal desmayo,
contra su vida el más sangriento rayo!
Vase.
Sale el Rey Abenir asustado y Teudas, que lo reporta.
¿Qué queréis, fantasmas,
opacas sombras de las luces mías?
¿Qué intentáis, devaneos,
que confundís con dudas mis deseos?
¿Qué pretendéis, delirios,
que asaltáis a mi pecho con martirios?
Vuestra Alteza prudente se reporte.
Pasmo, luz, desengaño, aviso, norte,
¿qué queréis de mi vida,
que a tanto amago la tenéis rendida?
Señor, mira y advierte.
¿Qué he de advertir, si trémula la muerte,
vuelto el gozo en desmayos,
vibra contra el vivir ardientes rayos?
Mira, señor, que es vano fingimiento;
muero por vida, o vivo para la muerte.
Gran señor, todas esas fantasías
solo tienen el ser alevosías
de los viles cristianos,
que aleves, y tiranos,
nos ponen por encanto, señales
en cada hechizo inmensidad de males.
Ya he discurrido un modo suficiente,
para que alegre Josafat valiente
niegue la religión de los cristianos,
y la sepulte con sus propias manos.
Teudas, cuidado con la industria, y arte.
Vanse.
Vamos, señor, que siendo sola parte
la mágica doctrina a mi empeño,
he de hacer, encumbrando el desempeño,
si se me opone bronce,
al tronco, rama, y a la rama, tronco.
Salen Josafat, y Pimienta.
Ya Barachías de la herida
con que inánime quedó,
la mejoría logró.
Fue del alma muy sentida.
Todo el pueblo en general
lloró su suerte importuna.
Dicha fue de la fortuna,
el llegar a caso tal,
que todos lloren su muerte;
porque es cosa conocida,
queda crédito a la vida,
la alabanza de la muerte.
Yo verdad he de decir,
en llegándome a dormir,
tengo grandísima quietud.
Tal vez del celo llevado
del fuego del corazón
(a puro hacer la oración)
suelo quedarme arrobado.
Y en visiones prodigiosas
de una revelación varia,
con lúcida luminaria,
veo infinidad de cosas.
Por la carne me echa un tiento,
del demonio la inquietud,
con fiereza, y muy atento
dije (mira qué virtud)
si no quiere, no consiento.
Y viendo que ya me inclina
la carne con más pujanza,
me voy luego a la cocina,
y un pernil me da enseñanza
de tomar la disciplina.
Y en fin es por varios modos,
tan gigante mi virtud,
que soy ejemplo de todos,
y han de llamar mi quietud,
San Pimienta de los Godos.
Pimienta, deja locuras
de tu loca fantasía.
Bueno, cuando ya los curas,
por mis claras luces puras,
me ponen en letanía.
Ya es tiempo que a la oración
le pague el feudo debido,
este humilde corazón.
Y que también lo bebido,
haga en mí su operación,
ya el sueño llama a dormir.
Ya el pecho llama a velar;
alerta, vivo sentir.
No sé por dónde empezar,
con la modorra a reñir.
Duerme Pimienta.
Divino Señor, que amante
mis bienes solicitáis,
como en incendio flamante
el corazón me abrasáis,
¿que sigue la luz constante?
para que en fuego amoroso,
renaciendo mi desvelo,
lograse en triunfo glorioso,
dando más almas al cielo,
hacer mi Reino dichoso.
No miréis a la humildad,
de quien amante os suplica;
a vuestro pecho mirad,
que es fuente, que mana rica
raudales de caridad.
Lógrese en dichosa calma,
en este Reino tirano,
de vuestra sangre la palma;
y espero de vuestra mano,
que tendrá contento el alma.
Está en oración Josafat y sale Teudas.
En la oración divertido
está, logre mi intención,
lo que tengo prevenido,
que a tan fiera tentación,
todo hombre queda rendido.
Goce, eterno, vuestra Alteza,
con unión de amantes lazos,
(que es yugo de la fineza)
en mis venturosos brazos,
y de Dacia la belleza.
De vuestro padre llamada
viene, Señor, a que sea,
de vos esposa estimada,
de quien la sucesión vea,
de todo el Reino deseada.
¿Qué decís, a tal dolor
mi padre, señor y Rey,
condena mi casto amor,
contra toda justa ley?
Mirad, mirad, si es error.
¿Cómo podía el deseo
engañar cruel a quien ama?
Cese tan cruel devaneo:
pues venid, mi dama,
a lograr tan buen empleo.
Aquí, ministros sangrientos,
mi decreto ejecutad,
que entre obedientes y atentos
haced parecer verdad
mis altivos pensamientos.
Sale Porcia con mucho acompañamiento de damas y galanes. La música cantando.
En hora dichosa venga
a gozar en dulce unión
el príncipe Josafat
a Porcia, centro de amor.
En hora dichosa venga
donde amante el corazón
logre a tus pies, rey invicto,
entre el respeto y temor,
la dicha que se consigue
y el triunfo que se logró.
A Teudas.
Bien mi intención se ha logrado
pues ese ministro ocupo
y el mismo cuerpo de Porcia
por dar al daño color.
¿Qué es esto, mi Dios, qué es esto?
¿Es idea o confusión
de los sentidos, que torpes
perturban a la razón?
Mi padre pudo intentar
desvarío altivo y atroz
por conquistar mi pureza
tan loca resolución.
La voz se engaña, y el labio,
pero no, no se engañó,
que en declarándose el mal
por una parte el dolor,
lo que más le toca al alma
es más cruel vencedor.
¿Cómo, señor, tan esquivos
os mostráis?, ¿el pundonor
de mi nobleza no os mueve?
¿Así de la sinrazón
os dejáis llevar, sin que
os deba ni una atención?
¿En qué confusión flecháis?
Señora, torpe la voz,
balbuciente el pensamiento,
sin destino el corazón,
no acierta a decir, confuso
entre hermosura y amor,
que habéis malogrado, amante,
el intento, y que perdió
por poco dichosa mi alma
lo que el amor dispensó.
Mirad, señor, que turbado
vuestra Alteza permitió
las razones. ¿No advertís
que lo que el padre pactó
debe ejecutar el hijo?
Pues ¿cómo en tanto rigor
lo que compone el albedrío
destruye la prevención?
Señor, vuestra Alteza atienda
que hermosa Porcia dejó
en Egipto, que es su patria,
la conveniencia mayor
por lograr a vuestras plantas
lo que el desprecio usurpó
de vuestro turbado pecho.
Bien tu afecto me advirtió.
Perdonadme, Porcia hermosa,
mi confusa turbación,
y despreciando prolijos
devaneos, que fingió
¿la imaginación cobarde?
Digo que en el corazón
imprimió tanta fineza;
pero quiera mi pasión
que se malogre en deseos
lo que en efectos se quedó.
Dígolo porque imposible
le parece a mi dolor
que junte en lazo dos almas
que no crió una religión.
Si eso disuade el efecto
mirad que resuelta estoy
a lograr en el bautismo
sagrada renovación.
Reconocida de que es
el que en la Cruz derramó
su sangre por redimirnos
Cristo, Jesús, hombre y Dios.
Pero si acaso inhumano
intentáis (por desamor)
no pagar a mi cariño
lo que el afecto debió,
airada, cruel, vengativa,
bárbara, loca y atroz
me daré muerte sangrienta
para que veáis que sois
por mi desgraciada muerte
causa de mi perdición.
Pues ¿qué queréis, Porcia hermosa?
Que en matrimonio de amor
os hagáis una conmigo
pues vuestro padre llamó
mi humildad para este efecto
que si logro este favor
ganaréis al Cielo una alma.
Vana es vuestra petición
porque aunque yo solicite
vuestra feliz salvación
no quiere el Cielo que sea
con un pecado mayor.
¿Pues el casaros ofende?
Sí.
Vuestro labio lo erró
pues aunque atenta he leído
esos libros, que dictó
según dicen los cristianos
el Santo Espíritu, que es Dios,
en ninguno tal he visto;
antes mi cuidado halló
razones que lo confirman.
¿No dice Pablo: mejor
es casarse, que quemarse?
Dignas de alabanza son
las bodas, que sin mancilla
tálamo hizo el corazón.
Hasta el mismo Cristo dice:
lo que una vez Dios juntó
no aparte jamás el hombre.
Y en fin Dios no levantó
del estado de contrato
el matrimonio al honor
de ser Sacramento, sí:
luego mi voz concluyó
que puede el hombre casarse
aunque cristiano, noto
mas mi advertencia, que fueron
los de mayor perfección.
del Antiguo Testamento
casados, y el pescador
que fue príncipe de todos
los apóstoles logró
el casamiento dichoso:
luego debe tu atención
no deslucir con ofensas
lo que es de tu profesión.
Verdad es cuanto decís,
pero no se concedió
a ninguno que ha votado
de la pureza el albor,
manchar la pureza intacta,
la cual mi amor consagró,
cuando recibí gozoso
el bautismo, que lavó
la mancha de mis pecados,
conservar limpia, mi amor.
Pues, ¿de qué, Porcia, lloráis?,
no desfrutéis con rigor
el caudal de tantas perlas
que atenta el alma envidió.
¿Qué os aflige, qué os da pena?
Ver que mi amor fabricó
tropiezo infausto, que sea
de mi nobleza baldón.
Dígolo, pues padeciendo
mi cariñoso fervor
por mar y tierra trabajos
que cruel el hado trazó
contra mi vida, quisiera,
infame, aleve y traidor,
ponerme en tanta desdicha
que por tan leve ocasión
padezca de vuestro agrado
tan tirano desamor.
Pues si a obligarte no basta
mi grave pena, señor,
viendo que por ti padezco
el más tirano baldón,
quedando mi honor perdido
y deshecha mi opinión,
atiende a que no se frustre
aquel precioso valor
de la sangre del Cordero
Cristo, pues si la atención,
cumpliendo mi amor y gusto,
trata de hacerme el favor
de hablarte en tu cuarto a solas,
logrando triunfos de amor,
conseguirás que el bautismo
reciba en dulce prisión,
quedará el alma cautiva,
pues mi cariño logró,
ya que no el mayor cariño,
otro afecto no menor.
Válgame Dios, vuestra ayuda,
que ya el alma titubea
temerosa en tanto riesgo.
Si no atiendes al dolor
que me aflige, me retiro
adonde logre el rigor
con mi muerte el desengaño
de tu cruel obstinación.
A vuestras plantas, Dios mío,
recurre mi corazón.
libradme, Señor, libradme
de tormento tan atroz
que si no me socorréis
recelo mi perdición.
Rindióse todo mi engaño
al poder de la oración.
Y deshecha la arrogancia
toda el alma es confusión.
Al hincar las rodillas Josafat a la oración, desaparece la música y acompañamiento, y quedan Teudas y Porcia postrados en la tierra, y des- pierta Pimienta. =
Duérmese.
¿No es posible que no dejen
a un hombre, que consiguió
estarse en Dios embebido,
estar con tanto rumor?
Pero ¿qué tramoya es esta?
Este es paso de oración
del huerto. Este el que ora,
los que duermen estos dos,
y porque no falte nada
les haré mi tercio yo.
En ti, Señor, esperé,
no me confundáis, mi Dios.
No se alegre el enemigo
de que mi afecto burló.
Asístame vuestra gracia
siendo amparo y protector,
que contra el común tirano
me infunda firme valor
con el cual siempre en serviros
permanezca mi atención,
enderezad mi voluntad
porque siempre lo mejor
obre con vuestros auxilios.
Mirad, Señor, mi afición.
Aparecen dos ángeles: uno con una espada en la mano diestra, y una calavera en la siniestra, y otro con un ramillete de rosas, y a este tiempo se eleva Josafat y cantan los Ángeles. =
El castigo.
El premio.
Feliz retorna
el que al vicio
con gracia
rinde valiente en dulces victorias.
De la muerte ministro
justo me nombra
desta muerte y espada
semblante triste, y filos que cortan.
El ministro supremo
soy de la gloria
y lo muestra la insignia
de flores dulces y fragantes rosas.
¿Para qué a tanta grandeza,
mi Dios, la humildad remontas
deste humilde esclavo vuestro?
Porque veas lo que logras.
Porque admires lo que huyes
en el infierno.
Y la gloria.
Y porque mejor lo veas.
Porque mejor lo conozcas.
Mi voz lo cante en suspiros.
Mi voz en lenguas canoras.
En el lamento eterno
que la luz roba,
penan almas, que tristes
gimen confusas, y perdidas lloran.
En la gloria que lucen
claras rebosan,
en delicias eternas
almas se alegran, y espíritus se gozan.
Aquí el llanto durable
es la congoja
que en lamentos funestos
al deleite despide, y al dolor provoca.
Aquí afable el contento
hace notorias
en recreos amantes
alegrías, que admiran dulces gozosas.
Aquí el vicio destina
mal, que inficiona,
y con ay lamentable
da al dolor más tormento, y al vicio corona.
Aquí la virtud guía
y es dulce cosa
que al trabajo fatigan
delicias que elevan, y el gusto aprisionan.
Bien veo mi Dios amante
que la justicia provocan
mis delitos, y pecados;
mas vuestra misericordia
es la basa, donde estriban
de mi pecho las congojas.
Representando.
Y vosotros, que dormís
en la noche tenebrosa
del pecado, despertad.
No vuestra afición escoja
huyendo de lo que atento
mi noble afecto pregona.
Lo que en desdicha funesta
amenaza mi acrimonia.
Y así cuerdos, y advertidos
desengañaos de que logra
en esto el alma el deseo
pues dice mi voz gustosa
El castigo.
En el premio.
Feliz retorna.
El que al vicio.
Con gracia.
Rinde valiente en dulces victorias.
Al tiempo que van cantando esto se suben los dos ángeles, baja Josafat, y se levantan Teudas, Porcia, y Pimienta.
Qué asombro al alma confunde.
Qué pasmos al pecho asombran.
Una muerte me amenaza.
Un cadáver me repara.
Un prodigio me da aliento.
Un asombro me provoca
a nueva vida.
¿Qué es esto?
Que con mano prodigiosa
(A Teudas.)
(A Porcia.)
Dios os comunica auxilios
eficaces con que abona
el caudal de su piedad,
os mueve a que engañosas
las vanidades del mundo
despreciéis, pues la ponzoña
del basilisco infernal
se difunde tan mañosa
que deja el alma cautiva
en lamentable mazmorra.
Dos caminos solos hay
por donde el afecto corra,
uno sembrado de espinas,
otro bordado de rosas,
este, que afirma un tormento,
y aquel que ofrece una gloria.
Mirad, pues, cuál escogéis,
porque es imposible cosa
que el camino del deleite
a quien los gustos lo bordan
tengan fin en el contento,
que es consecuencia forzosa
que no son bastantes medios
los que el fin no proporciona.
El vicio infame, que ciegas
vuestras almas aprisiona,
a un cruel tormento os conduce,
tomad atentos la otra
senda, que a la gloria guía,
y mirad, que se malogra
por vuestro liviano antojo
una felice corona.
Esa Cristo Dios ofrece
al que con fina fe toma
del crucificado Dios
las insignias vencedoras.
Lave el sagrado bautismo
las cautelas mentirosas
que fabricó la ignorancia;
esculpa fiel la memoria
beneficios, que te ilustran,
y favores, que te honran,
a ti porque te da luz
para huir la mentirosa
ceguera, que el alma oprime.
Y a ti, porque prodigiosa
la mano de Dios te libra
usando misericordias
del demonio, que ocupó
tu cuerpo con furia loca.
¿Quién con tan raro prodigio
humilde el alma no postra?
¿Quién viendo tanto portento
todo el fausto no despoja
de los bienes, que da el mundo?
Consiga misericordias
quien a vuestros pies postrado
vuestro gran favor invoca.
Halle el perdón de sus culpas
la que del honor ya rotas
las velas, que conducían
al dulce puerto mi pompa,
logró a tus pies desengaños.
¡Oh, Dios, cuya gracia heroica
de piedras fabrica hijos!
del grande Abran, Teudas, Porcia,
un sacerdote ermitaño
que del seno en la concha
bruta de un fiero peñasco,
que a embates ufanos bañadas,
es perla, que labra el cielo
con lágrimas de la aurora,
dará a vuestras ignorancias
luces, con que fiel conozca
en el bautismo de Cristo
excelencias misteriosas
el alma.
Pedid al cielo
mi gran miseria socorra.
Suplicad a nuestro Dios
que entre atenciones devotas
logre tal dicha el cariño.
De su clemencia piadosa
lo confío.
El cielo quiera, pues con tal dicha nos honra,
hoy sea nuestro bautismo
para gozo de sus glorias.
Vanse.
Sí lo será, pues es cierto
que más el cielo se goza
de que un pecador contrito
su grave yerro conozca
y a su gran Dios se convierta,
que con los justos que adornan
ese zafir, que es el centro
de la más dichosa honra.
Vase.
Ya ven los grandes prodigios
que mi diestra poderosa
hace en convertir gentiles,
pues en menos de dos horas,
si lo tomo por mi cuenta,
he de hacer que Babilonia
se vuelva en blanca cristiana,
aunque es negra como mora.
Vase.
Salen Barlán y Zafrán.
Ya que empezaste a decirme, no dejes,
lo que a tu corazón devota,
amante, el cielo ha inspirado,
después que de la derrota
que padecí por el vuelo,
que con mi ruido, garzota,
fuiste rompiendo las luces,
dejándome a mí a la sombra.
Cuando por librarme de ella
valiente mi valor toma
saco de muy buen pellejo
y un fino casco de zorra, y.
Calla, loco Zafrán,
que en dulces himnos mi boca
publicará del gran Dios
los prodigios y victorias.
Quedo, como tengo dicho,
con la conversión dichosa
de Porcia y Teudas. Confieso
el rey Abenir malogra
inteligencias superfluas,
providencias amorosas;
y viendo que sus combates
Josafat, constante roca,
que ha de hacer que el mundo vea
hecho un cielo Babilonia,
desprecia, resuelve cuerdo.
que el Príncipe sabio escoja
del reino una parte, y de ella
rey absoluto lo nombra
y concede a sus vasallos,
que en distinción tan notoria
de leyes elijan firmes
la que quisieren, y en la otra
parte del soberbio imperio
la idolatría corona
atento a sus falsos dioses.
En este estado las cosas
estaban cuando del cielo
(que siempre su intento logra)
vino el decreto de muerte
contra Abenir (lo que asombra
ver que ni el rey con ser rey
tan triste lance no estorba).
Y conociendo Abenir
por las prolijas congojas
de la enfermedad el riesgo
(¡oh clemencia prodigiosa!)
a su hijo Josafat llama
y con su presencia varia logra
con el bautismo el auxilio
de una muerte venturosa.
Logróla en dichosa calma
y, renunciando zozobras
que una corona acarrea,
Josafat con fe amorosa
en Barachías la renuncia,
queriendo el cielo que ponga
la corona en la cabeza
del que en afición piadosa
logró primero de Cristo
labrar con la fe corona.
Coronado ya Barachías,
Josafat, hecho paloma,
que al nido de sus esperanzas,
como cometa volante
del aire vuelve constante,
corre su alma presurosa
a lograr en el desierto
entre fragantes aromas
de su encendido deseo
ser del amor mariposa.
Dentro Josafat.
Padre amoroso.
¿Qué eco,
que a lástima me provoca,
escucho?
Dentro Josafat.
¡Padre amoroso!
La segunda vez informas
el dulce acento al oído.
Dentro Josafat.
Barlán, padre, no te escondas
a quien fino os ha buscado,
como a su estrella amorosa.
La voz es, si no me engaña
el oído (¡dulce gloria!)
de Josafat; ¿quién pudiera,
sin impedirlo las rocas,
ser cometa desatado
que, con violencia orgullosa,
al mismo punto que parte,
todos sus impulsos logra?
Vase.
Que se vaya de esa suerte,
vive Dios, que es fuerte cosa,
que más haría, señores,
si fuera rocín de noria.
Él es un gran majadero,
mas no hay ya medio, y ahora
¿qué has de hacer aquí, Zafrán,
hecho estafermo de monjas
y capones? Pero ignoro
en tan terrible congoja
cuál es peor, ser capón
o ser devoto de monjas.
Que aquí me quiera dormir
no es obra dificultosa,
que a cierra ojos lo ejecuto
siempre y cuando se me antoja.
Pero soy tan desgraciado
que temo en tanta zozobra
no me hagan abrir los ojos
una legión de langostas
o de sastres, que es lo mismo,
pues ambos tratan si cortan.
Que quiera pronosticar
lo que aquella voz denota,
será hacerme temerario
y me hallo con fuerzas cortas.
Pero el pronóstico va.
Aquella voz lastimosa
indica que siente mucho
el morirse, y su congoja
es porque, siendo muy rico,
no se lleva allá la bolsa.
Pero a Josafat invicto
y a Pimienta entre unas rocas,
cincuenta leguas de aquí,
lo descubro, y por la posta
voy en su busca, que ellos
no dejarán de traer bota.
Vase.
Salen Tolomeo y el Demonio.
Mal se logra tu intención,
señor.
¡Tirano tormento,
que no acabase la vida
al rigor de mi veneno!
¿Qué determinas, altivo,
para acabar con el duelo
que tanto al alma le toca?
Que vea el muro soberbio
de Babilonia arruinado
el que hizo mi desprecio,
porque conozca que sabe
entre el honor y el respeto,
cuando un Barachías agravia,
dar castigo un Tolomeo.
Bien haces, señor, castigue
lo que no pudo tu acierto
en un Barachías que ofende
en un fementido reino
que a tu enemigo corona.
Bien me aconsejas, Lucero;
parte y dispón una armada
que en jarcias, velas y remos
excite siempre mi agravio.
Así lo haré, porque pienso,
siendo el rencor el motivo
de mi excesivo ardimiento,
dar entre odio y venganza
a estos pasmos que contemplo
en Josafat y Barlán,
siendo campaña el desierto.
sepulcro infausto a sus triunfos.
Vase.
Dioses, si asistís mi intento,
dándome en dichosas calmas
el noble fin que pretendo,
prometo a vuestros altares
en las ascuas de mi pecho
en culto de vuestras glorias
quemar dichosos incienso .
Y tú, infeliz Babilonia,
teme el estrago sangriento
que he de ejecutar altivo,
para que vean los cielos
que, si hay un poder que ofenda,
hay para el castigo alientos.
Vase.
Sale Fenisa.
¿Quién de una ama que he perdido
me dirá? Mas que molesto
por entre mezquinas dudas
corre vago el pensamiento.
Buscando a su padre sendas
vinimos a este desierto,
y Rosa con buena flor
andará a la flor del bujo.
No entiendo esta flor, señores,
pero sí, sí, ya la entiendo,
que es mujer, y por andar
echará por esos cerros.
Con un cestillo salió,
mas es conocido yerro
que andando tan encestada
se lleve consigo el cesto.
Mas allí dos ermitaños
diviso, y el uno de ellos
como está flaco parece
aprendiz de calavera.
Si no lo juzgara santo
mirándolo tan hambriento,
huyera, pues tras la carne
fuera un diablo del infierno.
Toda esta salida se quite
Salen Pimienta y Zafiro, ermitaños.
A la enfermedad rendido
está Barlán.
Yo lo siento,
por Josafat, mas, ¿qué miro?
¿Es ilusión del deseo,
o es Fenisa? Ella es,
cobarde soy si no llego.
¡Fenisa, hermoso prodigio!
Fenisa, raro portento.
no se represente
Calla.
¿Por qué?
Porque llevo
al cesto por muy amigo,
y quebraré con el tiesto.
Pimienta, ¿por estos barrios?
Lo mismo te reconvengo,
pero de que yo aquí habite
no te espante, porque puedo
hacer prodigios tan grandes
que puede cualquiera hacerlos.
Pues, ¿qué milagros hacéis?
Hace siete mañanas y algo
que en menos de cinco meses
quepan dos en la pelleja.
El milagro es concepcionero.
Eso os admira, yo ofrezco
hacer de una pieza misma
dos sastres, y dos barberos.
Eso, ¿cómo puede ser?
Porque cada instante veo
A muchos barberos sastres,
y a muchos sastres barberos.
Y yo, como licenciado,
lo confirmo, porque es cierto
que, si unos rapan la lana,
los otros rapan el pelo.
Pero dime, Fenisilla,
de los dos que aquí estás viendo,
¿por cuál se te salta el ojo?
Por ninguno.
¿Cómo es eso?
Sin duda, para agradarte,
tengo muy mal aparejo.
Ven acá, hagamos una olla,
y, al sazonarla, pondremos,
mi camarada, azafrán;
yo, pimienta; y pondré luego
la mano...
Y yo, ¿qué pondré?
Tú puedes poner el mortero.
¡Por Dios, que pica Pimienta
a buen afeite tu cuento!
Pero, dejando eso aparte,
¿qué hace Josafat, que el Reino
en Barachías renunció?
Está con mi compañero
Barlán, que, en dulces coloquios
el achaque divirtiendo,
hacen la enfermedad triste
breve dibujo del cielo.
Quisiera verlo.
Bien haces,
que es el mirarlos portento.
Corren una cortina y descúbrese Barlán, de rodillas, y Josafat, llorando.
No porque llegue mi muerte,
hijo Josafat, aliente
falte a tu constancia.
Padre,
¿cómo me dejas tan presto,
de tu auxilio destituido?
¿Será porque no merezco
ser alfombra de tus plantas,
viendo lo manchado y feo
que el pecado me dejó?
Así el triste desconsuelo
de dos años que os busqué
por montes, riscos y cerros,
pagáis con tan triste ausencia.
Señor, mas ¿de qué me quejo?
Cúmplanse en todo y por todo
vuestros santos mandamientos.
Hijo Josafat, al alma
hiere el triste sentimiento
que os aflige, mas atenta
la providencia del cielo
quiere que dure tu vida
hasta que en paz y sosiego
goce Egipto y Babilonia
el más dichoso contento.
Y, viendo Su Majestad
que ya se ha cumplido el tiempo
de mi vida, la consagro
ufano, humilde y atento
a las aras de su amor.
Si algún cariño te debo,
para que logre mi cuerpo
en su centro este descanso,
que es del polvo el polvo centro.
Si el cielo así lo dispone
en mis congojas me alegro.
Mas ¿cómo resistiré
a los combates soberbios
del demonio sin virtudes,
cómo reprimir su esfuerzo
podré, si en tantos conflictos
está el valor inexperto?
¡Qué fácil será a su astucia,
como de maestro experto,
rendirme al primer impulso!
Padre y señor, de mí temo.
No receléis, Josafat,
porque de Dios es portento
que sin faltar a ninguno
de auxilio eficaz su celo
para que pueda rendir
todo el valor del infierno
el que con fino cariño
llega a suplicarlo al cielo.
Pedidlo, padre, por mí.
Con fino amor lo prometo.
Padre amoroso de almas,
Dios Uno y Trino, que creo,
Rey de reyes, y Señor
de señores, fiel ofrezco
a vuestras plantas divinas
el sacrificio pequeño
de mis obras, aunque indignas,
porque logre como espero
la remisión general
de mis insultos, y yerros.
Mirad con ojos piadosos
a Josafat, vuestro siervo;
libradlo del enemigo
para que consiga cuerdo
huir su enredoso lazo.
Dadle valor, dadle aliento
con que logre, fino amante,
hollar el dragón sangriento.
Repartid en él la gracia,
que es de vuestra gracia efecto
para que, habiendo servido,
goce descansos eternos;
los cuales me conceded,
no por mis merecimientos,
que por ellos, sé, mi Dios,
que eterna pena merezco.
Sino porque amante y fino
derramaste en un madero
vuestra sangre, Dios y hombre,
por dar a mis obras precio.
En vuestras manos, Señor,
mi espíritu y alma encomiendo.
Ya a Dios ha entregado el alma.
¡Raro prodigio!
Laus Deo.
Pero, ¿qué voces sonoras
dulce adulación del viento
se escuchan?
Echando chispas
de luz, un dulce jilguero
puebla la región del aire.
¡Gran milagro!
¡Gran portento!
Baja un ángel cantando, y en llegando a Barlán sube juntamente = con él. =
Representado.
Cantado.
Sube en dichosa calma,
Barlán excelso,
donde en premios felices
goces, ufano, dichas, contentos.
Sube donde noblemente
compitiendo los afectos,
entre el gozo y la alegría,
goces, ufano, dichas, contentos.
Sube la tramoya a medida con lo cantado, y, en llegando arriba, = canta la música. =
Te Deum laudamus,
te Dominum confitemur.
Nunca cese de cantar,
en noble aplauso, el deseo
vuestras grandezas, Señor,
siendo el pecho el instrumento
que eternamente publique
tantos felices misterios.
Bajo este verso hay texto tachado ilegible y en el margen un recuadro que indica: "Se dice esto: / con fe viva, a tal portento, / mudo, oigo, confundido, / a tal poder, misterio."
Prodigios son cuantos miro
desde este peñasco en el centro.
Era Barlán un gran santo.
Josafat no será menos.
Yo dar de tantos milagros
relación a Rosa quiero,
y por el monte a buscarla,
que estará, a lo que yo pienso,
en la cueva de su padre
Teudas.
¿Y es santo?
Lo creo,
porque así todos lo dicen.
Pues aunque sea muy viejo,
no será muy viejo santo
estando en la cueva fresco.
Porque Fenisa no ande
perdida por vericuetos,
guiémosla hasta la cueva.
Yo, amigos, nunca me pierdo.
Yo lo creo, que ganado
se da a quien le da dinero.
Vanse.
Sale Barachías.
Haga alto de este valle en la llanura
este copioso ejército arrogante,
cuya alegre y vistosa compostura
igual compite con el sol brillante,
mientras que Tolomeo la espesura
ocupa fuerte con valor constante,
para que el fuego que mi pecho encierra
asombre el mundo en procelosa guerra.
Sale Tolomeo.
Haga alto de este bosque en la llanura
de este escuadrón el brío, que arrogante
al compás de la hermosa compostura
iguala lo valiente a lo brillante,
mientras Barachías llega a la espesura
a oponerse a mi aliento, que constante
pueda al impulso del valor, que encierra,
sepultar mi venganza en cruda guerra.
Sea este valle pira, que eminente
mis triunfos solemnice en los anales,
porque me rindan culto reverente
esas láminas sacras imperiales,
Barachías soy, que con valor prudente
defiendo mis imperios orientales
de quien procura entre rigores fuerte
dar corona a sus triunfos con mi muerte.
Sea este bosque humilde eminente
que cubra pavoroso a los anales
mi agravio triste, dando reverente
aplauso a mi venganza, que imperiales
laureles me corone, pues prudente
pude rendir las Indias orientales,
vea Barachías, que arrogante, y fuerte
fabricó tumba a su sangrienta muerte.
Mas no ha de conseguir su valentía.
Pero sí logrará mi noble aliento.
Su loco intento, en tanta tiranía.
La venganza feliz de mi ardimiento.
Sin que primero la justicia mía.
Por más que quiera con rigor violento.
Fuerte y constante.
Que el coraje encierra.
Siga victoria al arma.
Guerra, guerra.
Pero, ¿quién a mis acentos
responde altivo y osado?
Pero, ¿quién? ¿Qué es lo que miro?
¿no es Barachías? Feliz hado
a mi fortuna responde.
¿No es Tolomeo?
¿Qué aguardo
que al impulso de mi ira
no logro el más feliz lauro?
Logre mi espada este triunfo.
Adquiera glorias mi brazo,
muere a mis manos aleve.
Sacar las espadas.
No lo logrará humano,
que no es faltar el valor
padecer desdichas tanto
al impulso de la suerte.
Riñen.
Mas, ¿por qué me canso,
pues sin la muerte de muchos
adquiero triunfos más altos.
Constante brío.
No es mucho,
pues pasé a rey de vasallo.
Dentro.
Penitencia.
Mas, ¿qué acentos?
Penitencia.
Tan helados
suspenden la ejecución.
Un vivo esqueleto humano
que penitente suspende,
y admira como dechado
de la virtud, a este puesto
dirige modestos pasos.
Sale Porcia suelto el cabello con una cruz en la mano derecha =
Penitencia, penitencia
es el dichoso sagrado
que de divina indignación
para vivos desengaños.
¿Quién eres, que grave mueves
mi noble aliento indignado?
¿Quién eres, que al pecho incitas
dulces, y suaves agrados?
.15
Soy un indigno ministro
que el cielo me ha destinado
para que veáis contentos
el más dichoso presagio.
¿Su nombre?
No lo diré
mas advertid, que ha trazado
el cielo, que feliz sea
la conveniencia de entrambos.
Seguid mis pasos.
Ya os sigo
con susto, triste, y turbado.
Yo alegre pues veo son
de Dios portentos sagrados.
Nuestro duelo hasta después,
Barachías, quede asignado.
Bien está pero estoy viendo
en las cosas, que he notado
que nos solicita el cielo
nuestra quietud con milagros.
Vanse
Salen Teudas, Rosa, y Fenisa.
La guerra está declarada
pues encontrados los campos
de Babilonia, y Egipto
pronostican el estrago.
Pues busquemos la defensa
en lo más enmarañado
de la sierra.
Y sea asilo
Guía aprisa
señor, que altivo un soldado
nos viene siguiendo, y temo
no nos suceda un fracaso
que suelen ser atrevidos
y tú ya estás muy anciano.
se muestra peligro claro la cueva de Josafat que al fin su amor o locura nos venga a quitar la vida todo es un riesgo tan declarado
no
El cielo pague tus nuevas.
Señor, no nos detengamos
que corre el diablo del yerno
más ligero que un galgo.
Vanse
Sale el Demonio.
Vive la rabia que espiro,
vive el fuego, en que me abraso
que si capaz de morir
fuera mi vivir infausto
me hubiera dado mil muertes
primero que haber llegado
al estado, en que me veo
que quiera el cielo (¡qué agravio!)
que esté sujeto (¡qué ira!)
al hombre, siendo criado
yo en lo más alto del cielo,
y él del más humilde barro;
pero si bien lo muerdo
pues habiéndome dejado
el cielo la ciencia, aunque
Perdí la gracia (¡qué pasmo!)
y con tener absoluto
poder contra el hombre flaco
con mis astucias y mañas
jamás pude conquistarlo
a este Josafat que temo.
Castigue el cielo con rayos
mi indignación y confunda
mi altivo ser abrasado
antes que en su cueva, adonde
vengo con rigor forzado,
entre; pero así lo quiere
el cielo y a sus mandatos
aunque altivo los resisto
los obedezco forzado.
Vase.
Salen Porcia, Tolomeo y Barachías.
Bástanos, que es prodigio.
¿Dónde encaminas los pasos
de nuestro turbado afecto?
A este retiro sagrado
donde por orden del cielo
vengo felice logrando
hallarme en la muerte dulce
de Josafat ermitaño.
Corre la cortina y se ve en medio Josafat de rodillas, y al un lado los dos graciosos, hincados , y al otro Teudas, Flora, Fenisa, y sale el Demonio.
¿Qué de prodigios admiro?
¿Qué de portentos alcanzo?
¿Es fin este de comedia
pues todos los personados
los va sacando el Poeta
unos por otros al tablado
menos cuatro, que ya han muerto
que son Barlán nuestro santo,
Abenir en Babilonia,
Zardán, que murió azotado
por no salir con la suya,
y Nacor, que profesando
la ley de Cristo, dio al cielo
el contento más ufano?
¿Pues qué es?
Claro portento
de aquel Señor soberano.
Pues quiere el cielo (cumplidos
los días de mis trabajos
que premia con ser indignos
con soberanos descansos)
que Babilonia y Egipto
dichosamente hermanados
gocen de la paz dichosa.
Y porque vean el daño
de donde ha nacido, hablad
infernal monstruo.
Declaro
que envidioso a los prodigios
de Barlán tomé prestado
su rostro, y traje mintiendo
el mismo nombre y estado
de Filipo, que este fue
engaño
a Barachías, en que robé
a Porcia, logró el engaño
Con decir que yo lo hice
darlo al mar, en el embarco,
dejo a Barachías confuso
en una isla; de allí parto,
a Astra y a Porcia rendidos
asiste afán de un letargo,
desesperada la dejo,
tomo el traje del cuñado
de Tolomeo, y lo incito
a la venganza; y juzgando
su muerte, hasta Menfis voy.
Pero el engaño abriguado,
le aviso. Como ya es rey,
siente ofendido el agravio;
partimos para el Oriente,
pueblos y villas talamos;
sale a defender sus tierras
Barachías, y, aunque alentado
Tolomeo le acomete,
no se vio su fin logrado;
y viendo yo que, confuso,
tan numerosos milagros
no reprimo cruel corrido,
y aunque soberbio, afrentado,
huyo donde eternas llamas
den a mi incendio descanso.
Húndese por un escotillón con mucho ruido y sale humo.
A ungüento de sarna huele,
azafrán, todo este patio.
¿Qué admira, si el demonio
se fue, Pimienta, por bajo?
Fineza amante de Dios.
Mejor dijeras milagro.
Cuanto estoy viendo es prodigio.
Admira en Dios el cuidado
de volver por la opinión
de sus siervos, pero raros
en hermosura y belleza
cruzan por el aire rayos,
y, despedidos del cielo,
entre luces y topacios
descienden, bordando luces,
dos mancebos, que, gallardos,
dan luz al opaco seno
deste dichoso peñasco.
Y en consonancias dichosas
vienen el aire poblando
de hermosura con las luces,
de suspensión con el canto.
Y Josafat, suspendido
en éxtasis soberanos,
el aire convierte cielo.
¿Sabes, Zafiro, qué reparo?
¿Qué?
Que sabe jugar a trancos,
pues hace idas por alto.
Qué fragancia celestial
respira el aire ilustrado.
Bajan dos ángeles con sus coronas, y sube Josafat hasta que se encuentren y pongan los pies en el bufetón de Josafat, y cantan.
Subid respirando luces,
contento, alegre y ufano,
Josafat, donde celebren
tu triunfo espíritus alados.
¿En qué, Señor, mereció
este siervo, que humillado
yace a vuestros pies, favor
que por divino no alcanzo,
cuando mi miseria es digna
del castigo más tirano?
Su gran piedad te destina.
Su grande amor te ha dotado
por cortesano del cielo
de privilegios sagrados.
¿Cómo, si no lo merezco?
Esto mi voz lo dirá.
Y mi labio.
De un reino que renunciaste,
Josafat, el premio traigo,
porque a un trono que renuncias
por Cristo está vinculado
imperio y corona
que dure eterno,
pues lo que deja el hombre
duplica el cielo.
Yo te traigo un cetro ilustre
que un Adonis has ganado,
pues el lograr para el cielo
un rey, Dios lo estima tanto,
que retorna en favores,
feliz su afecto,
por un reino, que gana,
dichoso un cetro.
Y así, Josafat invicto,
y así, Josafat sagrado,
ciñan tus sienes corona,
empuñe cetro tu mano.
Y los cielos se alegren
viendo que logran
en Josafat invicto
cetro y corona.
Como a tan grandes favores
no responde desmayado
el pecho, cesad, Señor,
vengan sobre mí trabajos,
pues el padecer por vos
más que tormento es regalo.
Penas, Señor, penas, penas,
pero el corazón helado
desmaya, mi Dios, Señor,
como Padre soberano,
mi espíritu en vuestras manos.
¡Ya ha espirado, qué prodigio!
¡Ya murió, dichoso pasmo!
Y pues ya logró el deseo
la pretensión que intentamos,
resuenen sonoros ecos
vuestro gozo publicando,
coros celestes, pues sube
¿No ha nacido el duelo
porque Barachías osado
fue ultraje de vuestro honor?
Sí.
Luego el mal remediado
que por esta parte nace,
quedará el duelo acabado.
Es cierto.
¿Luego la dicha
mayor consiste en el lazo
de Barachías y de Porcia?
Es así.
Solo ha anhelado
el alma este fin dichoso
de mis fortunas por lauro.
Descúbrese.
Pues estáis los dos conformes
y mi cariño ha logrado
el cumplimiento feliz
del voto, que hice sagrado
de penitencia, amorosa,
esta es, Barachías, mi mano.
El pecho logra con ella
triunfos del alma sagrados,
pues con el alma y la vida
tan justa obligación pago.
Confirme este lazo estrecho
tan dulce unión; y si gano,
noble deudo, que aprisione
dos vidas un mismo lazo,
haciendo amor que con Rosa
la esperanza de mi mayo
se corone en fiel tributo
te rindo el alma postrado.
Bien veo lo que intereso,
pero mi pecho cristiano,
a quien idolatra ciego,
no da su fe liviano.
Si estorbarlo
puede eso solo, prometo
que lave el bautismo santo
de mi alma la mancha fea,
y confírmelo mi mano.
Yo amorosa la recibo,
viendo que fina he logrado,
si en Barachías pierdo un reino,
que en Tolomeo otro gano.
Y celebrando festivos
los ejércitos ufanos
de Rosa, y Porcia el amor
que amantes finos logramos,
el ronco estruendo de Marte
vuelva de Venus halagos.
Y hoy don Diego Villanueva,
don José de Luna gratos
del príncipe del desierto
y ermitaño de palacio,
dan fin a la gran comedia,
y si acaso han acertado
a serviros con deseos,
dadles vítor de barato.
Finis.