إلى> تاريخ النشر: 22 أغسطس 2026
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<إلى clإلىss="inline-flex w-fit items-center" href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/deed.es" tإلىrget="_blإلىnk" rel="noopener noreferrer" إلىriإلى-lإلىbel="عرض تفاصيل ترخيص Creإلىtive Commons CC BY-NC 4.0">صيغة استشهاد مقترحة
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El hijo del carpintero. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-hijo-del-carpintero.
C
3
I / 110
Autógrafa.
Leg.º 3 / 10
El hijo del carpintero, por don Pedro Francisco Lanini Sagredo.
En el fondo de la página se observa un texto deslavado (palimpsesto) correspondiente al reparto y comienzo de una obra sobre la reina Ester. Se leen nombres como «El rey Asuero», «La reina Vasti», «Amán», «Mardoqueo», «Bigtán y Teres», «Zeres» y «un judío», seguidos de acotaciones («Sale el rey Asuero...») y restos de versos (como «el grande Dios de Abraham»). El folio fue lavado y reutilizado para la portada de esta obra.
Gran rúbrica central y sello circular de la biblioteca.
El rey don Fernando
La reina doña Isabel
Domingo Manuel, niño
José del Valle, barba
Don Ramón de Moncada
Fray Tomás Torquemada
Chirimía, gracioso
Lucindo, que es el demonio
María, dama
Una niña que hace a la Virgen
Un niño que hace a Cristo
Ángeles
Moisén rabí, judío
Samuel, judío
Rabac, judío
Músicos
Acompañamiento
Dentro voces: ¡Matarlos a todos!
¡Muera aquesta hebrea canalla!
que a Dominguito, uno de ellos, ha dado una bofetada
Dentro
¡Dios de Israel, cómo así
a tu pueblo desamparas!
Dentro
¡Seguid a ese rabí,
muera el primero que rabia!
Sale Moisén judío, como huyendo.
Primero que a vuestras iras,
pues la fuga no me basta,
a mis desesperaciones
acabarán mis desgracias,
arrojándome desde este
muro; y pues me desampara
el grande Dios de Abrahán...
Va a precipitarse hacia un lado del teatro y sale deteniéndole el demonio.
¡Todo el infierno me valga!
Ya lo hace mi astucia; no
te precipites, aguarda,
que aunque tal vez fue valor
por redimir de la infamia
la vida, darse la muerte,
siempre ha sido más hazaña
saber sufrir las injurias
para animarse a vengarlas.
¿Quién eres, di, que suspendes
con piedades tan extrañas
mi resolución, haciendo
que de mi furor la saña,
que amenazaba mi vida,
la trate con quien me agravia?
Pues no me conoces, grande
debe de ser tu ignorancia,
pues de mi infernal astucia
siempre fueron las más claras
señas de quien soy, ser quien
persuade a la venganza;
pero que no me conozcas
me importa ahora.
¿No acabas
de responderme?
No admires
que mi sentimiento se haga
silencio, pues de tu injuria
tan grande parte me alcanza.
¿De mi injuria?
Sí.
Pues, ¿sabes
quién soy yo?
Sé que te llamas
Moisén, y que rabí eres,
que la ley docto declaras
de Moisén a este pueblo,
que al Mesías aguarda,
para que del cautiverio
en que abatido se halla
le saque.
Y cuán abatido,
si, pues un rapaz solo basta,
hijo de un vil carpintero,
para ultrajarnos.
Ten, aguarda,
que no quiero a tus noticias
repetir la circunstancia
menor del caso, porque
conozcas que quien alcanza
a saber lo porvenir
mejor sabrá lo que pasa;
y por este rapaz que dices,
habéis de salir de España
desterrados y abatidos
cuantos hebreos se hallan
en ella.
¡Qué es lo que dices!
Si a la astrología sabia
debes dar crédito, yo,
que no solo en ella, en cuantas
ciencias hay, soy quien a todos
los humanos aventaja,
en su horóscopo he observado
no solo aquesto, mas tantas
admiraciones, en ese
niño que Domingo llaman;
pero atiende, que aunque sean
en tu atención excusadas
las noticias que ya tienes,
les es preciso a mis ansias
referirte las que sabes
porque sepas las que faltan.
De Josep del Valle, un hombre
cuya virtud, cuyas canas
le hacen respetado en toda
Zaragoza, con tan alta
dicha, que sin atender
la nobleza más hidalga
de esta ciudad al humilde
ejercicio en que empleada
ven su virtud (mejor fuera
pobreza llamarla),
pues siendo de ilustre sangre,
por dar a pobres confianza
y liberal de su hacienda,
troncos y madera labra,
por ello su estimación
consigue con alabanzas,
y de María su esposa
permite que en ella haga
tan buena ilación; pues si
en José méritos se hallan,
con perfección en María
belleza tan soberana,
modestia tan reverente,
virtud y humildad tan santa,
que con ser de todos cuantos
ven su hermosura adorada,
en respeto se convierte
el amor que la profana;
y no te admire que sea
yo el mismo que los alaba,
pues la virtud en el hombre
es excelencia tan alta,
que aun el demonio no puede
dejar tal vez de ensalzarla,
ni de admirarse, que siendo
José de edad dilatada,
hiciese elección tan rara;
pero sin duda que el cielo,
con providencia más sabia,
aun más que para marido,
que se le dio para guarda
de su pura honestidad
y de su belleza casta.
Pues los juntó en uno el
sacramento que da gracia,
nació Domingo Manuel
(con atención aquí llama
mi discurso) de José
y de María (¡qué rabia!).
Manuel Domingo nació,
y mira cuánta semejanza
en los nombres hay de aquel
que porque se intitulaba
el verdadero Mesías
crucificó vuestra saña,
pues aunque alta en el ser hijo
de un carpintero le iguala,
y no es el mayor portento
que en su nacimiento halla
mi observación; pues en él
notaron la circunstancia,
al examinar del día
la primer luz, en su infancia,
que de un círculo vago
de puro color de nácar
coronada la cabeza,
y desde el hombro a la espalda,
de la señal del madero
que dicen que de la humana
redención fue causa, trajo
la misma insignia grabada.
aquí es adonde mi ciencia,
mejor dijera mi rabia,
no queda absorta, mas no duda
que en las conjeturas halla,
del rojo color de aquella
nueva hermosa guirnalda
que la corona, felice
del martirio le señala.
Mas la insignia del madero
es solo lo que me pasma,
porque la razón alcanza
apenas sus padres vieron
de sus dos fecundas ramas
el fruto, oh bendición,
cuando dando al cielo gracias
a Dios se le consagraron
ofreciendo, para que grata
mejor su ofrenda aceptase,
el que guardarían casta
continencia, sin manchar
la pureza de las almas,
revalidándolo el voto,
el cual tan puros le guardan,
que de su amor lo halagüeño
aun a hablarse no basta.
Creció Domingo, y crecieron
con la suave enseñanza
de sus padres las virtudes
en él; y apenas le hallan
capaz, cuando en la Seo,
e Iglesia mayor, la plaza
de infante, o niño de coro
le consiguieron; con tanta
ostentación del Cabildo,
que cayéndoles en gracia
la travesura de ver
que con un látigo echaba
los judíos de la iglesia,
su mismo aplauso fue causa
para que otras muchas veces
con ignominia lo haga,
de que indignado tú, ahora,
que en el templo acaso entrabas
a hacer irrisión sin duda
de sus ceremonias sacras,
vengar la injuria quisiste
de que contigo lo usara,
y a no valerte la fuga
a las manos acabaras
de los cristianos: Moisén,
para esto de tu venganza
en la ira, en el reparo,
oye de nuestro pueblo amenaza
es, y no juzgues carece
de gran misterio la causa,
burla de echar los hebreos
de la que ellos llaman casa
de Dios; pues en el que adoran
crucificado se halla
que del templo los echaron
también con castigo echaba.
Perseguidos de un rapaz
os halláis; pues ¿a qué aguardan
vuestras iras? Este niño
muera, no esperéis se haga
ruina el presagio, que el cielo
en mis voces os declara;
pues os vuelvo a repetir
habéis de salir de España
desterrados y abatidos.
Mas deciros esto basta.
que la infamia
es tan mía como vuestra,
os ofrezco a la venganza
ayudaros, y no solo
en él emplear la rabia,
sino en José y María,
perturbando en ellos cuanta
virtud cariñosa ilustra
el sosiego de sus almas;
pues encendiendo el deseo
de don Ramón de Moncada,
con quien ya me he introducido
tomando la forma humana
de un amigo suyo, que
se perdió en una batalla,
pues la belleza festeja
de María, haré que caiga
de su fortaleza el muro,
y que José, a la llama
de sus celos, trueque toda
la quietud en destemplanza;
que para esto el poder
de mi ciencia, de mi magia
usará de las violencias,
los conjuros, las palabras,
las cautelas, los engaños
de mi envidia, que basta.
Cuando el presagio no fuera
bastante, nos obligara
a darle la muerte solo
la casual semejanza
que tiene, con ese a quien
crucificó nuestra saña;
pero ¿qué te mueve a ti
a mirar con pasión tanta
por este abatido pueblo
que la ley de Moisés guarda?
Ser yo a quien su salvación
le más importa, y no te engaña
ahora en nada mi cautela,
pues soy quien en la ignorancia
de vuestros ciegos errores
os tiene con pertinacia.
¿Sigues la ley de Moisés?
Sí.
Pues solo me faltaba
saber eso, para que
de todo me declarara
contigo: este rapaz muera
esta noche, cuando salga
devoto a la salve, que
en el pilar siempre canta;
yo y Samuel, un hebreo
de valor y astucia rara,
con un engaño que ahora
decirte no es de importancia,
le prenderemos, que ya
su muerte estaba trazada
de modo que, a asegurarle,
ha de ir primero mi capa.
Eso es darle la muerte,
que para todo mi espada
y mi valor le tenéis
dispuesto.
¿Cómo te llamas?
Mundo, que de Luzbel y mío
casi están equivocadas
las voces.
¿Y dónde buscarte
podré?
Siempre que me hayas
menester, me hallarás.
¿Dónde?
En cualquiera parte.
... te la rindo en recompensa.
En eso no me das nada,
pues de justicia ya es mía.
Mas vete, Moisén, que pasa
el invicto rey Fernando
con doña Isabel su amada
esposa, que de Castilla
ahora de venir acaba
a tomar la posesión
de aquellos reinos.
Tanta
la ojeriza que nos tiene,
que poner cruces nos manda
por los caminos (dolor que
siento).
No ignoro nada,
yo te buscaré, que hablar
a don Ramón de Moncada
quiero, que aquí viene.
A Dios.
Vase Moisén y sale don Ramón.
Empiece ya la batalla
de mi engaño. Don Ramón...
Lucindo.
¿Dónde con tanta
prisa?
Voy acompañando
Yo juzgaba
que a María ibais siguiendo,
que del Pilar ahora acaba
de salir.
¿Qué es lo que dices?
Eso solo me obligara
a excusarme de ir sirviendo
a Fernando por hablarla,
o verla.
Y, ¿cómo de afecto
con ella os va?
Es tan extraña
su virtud, que no hallo modo
de rendirla, ni obligarla;
pero llevadme hacia donde
la visteis.
Es excusada
diligencia, que aquí viene
¿Del sacristán de la casa
del Pilar?
Sí, pues no es
de embarazo, llega a hablarla.
Salen María y Chusmía vestido de gorrón ridículo.
Váyase, que notarán
me acompañe.
Eso he de creer,
pues dígame, ¿hay ya mujer
que no lleve un sacristán?
Un hombre, que sirve a Dios
no acompaña.
Esa es porfía.
Quédese aquí, Chusmía.
Yo he de ir, siendo cierto que hay Dios,
que hay mil hombres atrevidos.
Tal no digan sus razones.
Que es no, y se hacen moscones
para inquietar los oídos.
Llégase D. Ramón.
Cobarde la llego a hablar.
¿Qué veo? Este es don Ramón.
Ande, que aqueste moscón
la solicita picar.
Espera, hermosa María,
y ya que cruel tu rigor
desprecie mi fino amor,
atiende a la pena mía,
oye.
Es sorda, porque apoye
la porfía con que lucha.
Mi amante pasión escucha.
No le oiga.
Va ella andando, sin mirarle, y Don Ramón se pone delante de ella como deteniéndola
Callando y siento vencer
tantas necias persuasiones.
Pues, mis nobles atenciones,
¿no bastan a detener
el sol celestial que sigo?
Entre belleza, grosero
me harás ser.
¡Ah, caballero,
pues ¿no ve que va conmigo?
¿Qué importa?
Algo en mi sentir,
pues aun los santos no están
seguros de un sacristán
que los suele sacudir.
Pues, Chirimía, tan cruel,
¿qué intentas?
¿Qué he de intentar?
Matarle.
Apártase el Demonio
Eso he de pensar.
Y aun doblar luego por él.
Estorbar es cosa impía;
antes, Chirimía, yo
fuera su tercero.
No
toque usted esa chirimía.
Vamos, señora.
Supuesto
que hacéis querer tiranía,
vuestros afectos, señor
Don Ramón, y que peligra
el claro honor de mi esposo,
y el mío, en cuantos os miran
detenerme, decid presto
a qué vuestro amor aspira,
para que, sin esperanza,
deje yo vuestra osadía.
¿Qué es escuchar?
Tente.
Yo
nunca he sido alcamonías.
A lo que aspira mi amor
es, bellísima María,
a idolatrar tu belleza,
a ser de tu luz divina
mariposa, que en la llama
festeje su muerte misma;
a rendirte en oblaciones
no solo el alma, la vida
que te adora, sino cuantas
riquezas y oro en sus minas
la tierra avarienta esconde
y el mar en nácares cría;
y esto con tan grande empeño,
que aunque tu rigor, tu ira,
tus desprecios, tus desdenes
soliciten mis ruinas,
templar a los desengaños
de tu condición esquiva
será imposible dejar
de adorarte mi porfía.
¿Es vuestra resolución
ésa?
Sí.
Pues esta es mía.
Yo, señor Don Ramón, soy
una mujer, bien nacida,
en calidad tan humilde,
que aun no juzgo que soy digna
de ser vuestra esclava; pues
sois, como el mundo publica,
por la casa de Moncada,
de tan ilustre familia.
Mi esposo es un carpintero,
vos, señor; ved cuánto dista
de un pobre oficial a vos,
que por señor os estiman.
Conque no podréis juzgar,
lo desigual en los dos,
que no premiar compañía.
Vuestro amor, vuestros decoros
puede ser altivez mía,
porque jamás me he valido
de la vanidad de linda;
el respeto que a Dios tengo
es quien a hacerlo me obliga,
y la honra de mi esposo,
a quien decoro estima,
con afecto tan constante,
con fe tan casta y tan limpia,
que primero faltarán
rayos al sol, luz al día,
que en su honra llegue a haber mancha
ni sombra alguna en la mía.
Esto os he dicho otras veces,
y os he pedido rendida
me dejéis de compasión;
y de nuevo os lo suplica
mi humildad, para que, si no
lo hacéis, señor, y porfía
vuestra tema o vuestro amor
en perseguirme, por vida
de mi esposo, que me dé
la muerte, para que digan:
hubo mujer tan constante
a quien le sobró osadía
por no aventurar su fama,
a darse muerte ella misma;
y faltó para dejarla
en un hombre bizarría.
Vase.
Aguarda, María, espera,
escucha.
Buena hija,
mujer de herrero parece,
pues sabe echar tan bien chispas.
Mira.
Aparte.
Notable mujer.
Mas sus resistencias mismas
le están bien a mis engaños.
Vuestro afecto no la siga,
pues ¿qué medio puedo hallar
cuando de mi amor se aviva
más el fuego en su tibieza?
Convertir tantas caricias
en violencias.
¿De qué modo?
Yendo esta noche a su misma
casa, que a los atrevidos
les da Amor solo las dichas.
¿Cómo es posible lograrlo?
Si mi industria os facilita
la entrada, tendréis valor
para el logro.
¡Que eso diga
quien me ve tan ciego!
Pues
yo os ofrezco lo consiga
vuestro amor, mas no perdáis
la ocasión, que os da la dicha.
Yo os prometo no perderla,
mas que os pregunte es precisa
circunstancia, ¿de qué modo
en casa tan recogida
intentáis introducirme?
Habiendo en la astucia mía
visto asombros, ¿qué dudáis?
Nada apurar solicita
quien en vuestro ingenio halla
prodigios, que solo admiran.
Pues vamos, que ya del sol
la luz trémula declina.
Hoy, tirana, he de lograrte.
Aparte.
Hoy, José, la paz tranquila
de tu vir...
Vanse, y salen María y Chirivía.
Pero bajan mis envidias;
no le digas a José cosa
de lo que a mí me pasó.
¿Que Chirivía se vio
que jamás fuese chismosa?
Mi silencio callará
cuanto ha llegado a entender,
pero a José quiero ver.
Córrese una cortina y aparece una oficina de carpintería; José y Domingo aserrando un madero.
Ya aquí trabajando está.
Domingo, de este grosero
madero, que aquí aferrar
me ayudas, he de formar
el más dichoso madero
de la humana redención;
la insignia de él he de hacer.
Mira con cuánto placer
debe aferrar tu atención.
Con tanto, que mis sencillas
fuerzas, padre, al escuchar
que cruz de él has de formar,
te ayuda ya de rodillas;
que aunque ve mi devoción
que no llega a estar formada,
a la cruz imaginada
aún se debe adoración.
Pónense a aserrar de rodillas.
Dejan de aserrar.
Hijo querido, levanta
del suelo, que en ti contemplo
me da tu virtud ejemplo
con advertencia tan santa.
Amado José.
María,
¿cómo te fue en el pilar?
Bien, pues vengo de gozar
de su aurora.
¿Chirivía
que con mi esposa ha venido
sirviendo de rodrigón?
La ha servido mi atención.
Mucho tu ausencia he sentido,
pues ya al ver tu arrebol,
todo el penar se destierra.
Si José quedó en la sierra,
echar menos debía el sol.
Dominguito, por juguete,
me ha ayudado este madero
a aserrar.
Es carpintero;
bien acepilla un zoquete.
Harto estimara mi afán
saber este arte.
Es mancilla;
¡lo que, Dios, que acepilla
bien! Son zoquetes de pan.
Hoy cantas, has de ir
a la Salve a nuestra Señora,
que es sábado.
¿Diga, es hora?
Aún no es tarde, en mi sentir.
Yendo en vuestra compañía,
no quedo con pena tanta.
Solamente porque canta
se le acompaña Chirivía.
Su ayo soy, y vamos los dos
en la iglesia, pues limpiar
suele a veces el altar
cuando yo tomo mis zorros.
¿Quién dice los toma?
¿Quién?
Yo; si dudosos están,
pues no hay ningún sacristán
que no despavile bien.
Pues temprano dice que es
para que vaya a la Salve,
estar ocioso no quiero.
Bájase a coger astillas en una esportilla.
Domingo hace bien, trabaje,
pues no huelga la madera
jamás en aqueste arte.
Vaya recogiendo astillas.
Llora.
Ya a mi obediencia lo hace,
que dejar quiero encendida
lumbre: reprimir en balde
puedo el llanto.
¿Por qué lloras,
hijo, de esa suerte?
Madre,
de celestial alegría
aquestas lágrimas nacen,
pues acordándome ahora
cómo en casa de mis padres,
José, y María, Jesús,
con divinas humildades
astillas recogería
también como yo; tan grande
es en mí el gozo de ver
que en algo llego a imitarle,
que el corazón por los ojos
en lágrimas se deshace.
Válgate Dios por rapaz,
en todo eres admirable.
Su terneza misteriosa
aun a mí llorar me hace.
Vase.
Mientras que la lumbre enciendo...
¡Aguarde!
¡Acabe!
Que no soy judío yo
para aguardar.
Sale Samuel, judío.
Dios os guarde,
señores.
Aparte.
Ya hay quien lo hará
mejor que yo.
Muy sagaces
cautelas me traen a ver
por que no se nos escape,
si está este rapaz aquí.
¡Que siempre llegue a asustarme
que esta gente veo!
¿Qué
se os ofrece? ¿En qué mandarme?
Querrá le haga algún calcaño,
y eso ninguno lo hace
mejor que yo.
Ya sabéis
cómo del Rey inviolable
orden es que a nuestra costa
por los caminos y partes
públicas pongamos cruces;
y yo, sabiendo que nadie
las hace mejor que vos,
he venido a que me saque
vuestro primor del empeño,
haciéndome una.
Sale Dominguito.
Ya, madre,
el fuego encendido está.
¡Ah, fuera bien emplearle
en este hebreo! Mas diga,
¿qué es lo que le quiere, Padre?
Padre,
que le haga una cruz.
Aparte.
¡Qué susto!
No haga tal, porque sin luz
este hebreo en esa cruz
quiere poner algún justo;
y así, no pretenda hacella,
que aunque pecador me ve,
aun yo no estoy libre de
que ellos me pongan en ella.
Porque su simple pasión
tan mal nos llega a querer...
Porque él nunca pudo ver
a la tribu de Zabulón.
Porque vuestra culpa fiera...
puso en el sacro madero
al Mesías verdadero,
y hoy aún vuestro horror le espera.
Aunque tu discurso alabo,
tú no sabes la razón
que tiene nuestra nación.
Bien sabe que tienen rabo.
La razón que dais, la sé,
y algún día...
En roída soga.
¿Qué?
Iré a la sinagoga,
y con todos argüiré.
Hijo.
Domingo, ¿qué bríos
son estos?
No hay que culparme,
que yo no puedo templarme
en viéndome con judíos.
Y ayer del templo eché,
pero con furia irritada,
me dio uno una bofetada.
¿Quién fue? Yo le mataré.
No hará tal, pues es bien visto
que cruel mano a Jesús dio
otra, y él le perdonó;
hacer debo lo que Cristo.
¡Qué puerca esta gente es!
Nadie lo puede dudar.
¿Puerca? Pues, ¿en qué?
En andar
todo el año con un mes.
Que aquellas afrentas sufra,
pero presto mi ultraje
se vengará con la muerte
de aqueste rapaz.
Acabe
de irse el judío.
La cruz
que queréis hacerme,
al instante
la pondré por obra, pero
mirad, que habéis de llevarme
a que yo la fije.
Todo
sea como vos gustareis;
aquí queda este dinero.
¿Qué vas, que son treinta reales?
¿De qué lo inferís?
De que
en ese precio comprasteis
a Cristo.
Aparte
¡Adiós!
¡A qué valga
ira, mi enojo, a aguardarle,
disfrazándome de pobre
para engañarle más fácil!
Dominguito, mira que
ya es hora para la Salve.
Pues vamos.
Hermano, mire
que no le deje un instante
solo; que estoy temerosa
de estos judíos infames.
No tenga temor.
La mano
me den.
Querido, no tardes
en venir presto, que están
sin ti muy solos tus padres.
Sí haré, madre.
Vanse Chirivía y Dominguito
Mi María.
José mío.
Aquesta tarde
me envió a avisar cierto pobre
que de una llaga incurable
el rigor padece, y voy
a socorrerle y curarle.
Pues me quedaré sola.
Dios quede con vosotros.
No obstante,
dejad cerrada la puerta,
José, y llevaos la llave.
Pues ¿qué recelas, María?
Vase José.
No sé a qué me persuade
el corazón, que tal vez
pronóstico es de los males.
Mas si de cualquiera humana
tribulación es amable
refugio María, a ella
acuda con humildad
mi devota fe.
Córrese una cortina a un lado y ha de estar debajo una imagen de Nuestra Señora del Pilar en retrato y ella se pone de rodillas.
Sale el Demonio y don Ramón.
Ya, sin que os estorbe nadie,
dentro de su casa estáis;
pues mi engaño, que dejase
cerrada en falso la puerta,
hizo a José: no cobarde
estéis, llegad, que María
allí se ve, y pues, amante,
os dejo ya en la ocasión,
yo os aguardaré en la calle;
aquí haré a José volver,
a que sus celos le maten.
Espera... mas ya se fue.
Ea, temores cobardes,
¿a qué aguardáis? Mas ¿qué miro?
Delante allí de una imagen
de María del Pilar
está de rodillas, que hace
sagrado, que la defiende.
Mas ¿para qué ha de embarazarle
el respeto, a quien, ya torpe,
en sus mismas ceguedades
obstinado, no repara
en la ofensa que a Dios hace?
Levántase asustada.
¿Qué es lo que veo?
Hombre, ¿por adónde entraste?
¿Quién te ha dado esta osadía?
¿Quién? Tú misma, crueldades,
pues al ver que tú desprecias
mis rendimientos amantes,
cansados ya de ser ruegos,
resoluciones se hacen.
¿Qué dices?
Que de mi amor
ya defenderte es en balde;
y así, consulta contigo
lo que debes hacer antes
que mis corteses afectos
a ser violencias se pasen.
Señor don Ramón, lo que
debo hacer en este lance
es lo que esta tarde no hice,
porque me miré en la calle,
que es ponerme a vuestros pies.
Rendidas mis humildades,
a pediros os volváis
a salir por donde entrasteis;
si no queréis que yo os cumpla
la palabra que constante
os di de darme la muerte;
pues ya en mi pena es tan fácil,
que el honrado sentimiento
de mi decoro, mi valor,
para quitarme mil vidas
que tuviera, era bastante.
Esto os pido por aquesta
sagrada divina imagen
de María, por su hijo,
a quien más la ofensa hace
vuestro ciego error, que a mí.
y si aquesto no bastare
a obligaros como noble
y como cristiano, basten
estas lágrimas que vierto
a que os volváis al instante
antes que vuelva mi esposo
y a ver su deshonra alcance;
hacedlo presto, que si
lo dilatáis, es constante
que en el raudal de mi llanto
habéis de ver anegarme.
Qué pasión es esta, mía,
que en desvelos de templarse
en sus lágrimas se enciende
más el amor que en mí arde.
No os resolvéis?
Cómo quieres,
cuando con tu llanto añades
más belleza a tu hermosura,
que yo con mi afecto acabe,
que por parecer atento
quiere parecer cobarde?
Pues qué intentáis?
Que lograr
esta ocasión.
Que no pase
más adelante; mas, ¡ay Jesús!
te pido que, si no...
En balde
es tu resistencia.
Mira...
En vano me persuades.
Sale José al tiempo que Don Ramón se va acercando a ella y María resistiéndose.
El haber dejado a la puerta
el falso, echada la llave,
me hace volver; mas, qué miro?
Que no te obligo?
Es cansarte.
Pues será preciso que
mi honor defienda esta mano.
De qué suerte?
De esta suerte.
Saca la espada y, al ir a acometerle, sale José y se pone en medio.
Osada mujer, qué haces?
Dar al honor de mi esposo
y a mis nobles esmaltes
con tu muerte...
Ten, María,
qué intentas? Tu impulso aguarde.
Esposo, José, señor,
muerta estoy.
Extraño lance.
Mi inocencia...
Ya, él, le he visto,
vete, y ese acero dame.
Dale la espada y vase.
Vase.
Sin mí voy.
Aparte.
Qué intentará?
Para el mundo dudar nadie
puede que ignoro lo que
debía hacer, mas quien sabe
que en la ley de Dios no hay duelo
que obligue a un hombre a vengarse;
pues mi honor sin mancha miro,
no me tendrán por cobarde.
Señor Don Ramón, negar
no podéis en mi severo
enojo, viéndoos sin acero,
que aquí os pudiera matar;
pues no fuera alevosía
aunque os hallo sin defensa,
pues me ofendéis, y la ofensa
se venga sin bizarría;
mas yo, que la ley de Dios
y no la del duelo sigo,
obro por mí, así os obligo
lo que no obraréis vos;
y es, cuando inadvertida
vuestra pasión ciega intenta
solicitar más mi afrenta,
el daros yo a vos la vida.
Por si llego a vencer
cuando deudos os miráis,
que otra vez no me ofendáis
dejándoos yo de ofender.
Dios, señor, porque lo entienda
mejor vuestro ciego error,
no castiga al pecador
porque aguarda en él la enmienda;
mi impulso para con vos
Dios le gobierna, y así
lo que obrando estoy aquí
es lo que manda hacer Dios.
Esta noble humildad mía
oblígueos, pues, a mirar
por quien cuerdo sabe usar
con tan honrada hidalguía
que en vez de vengar su ofensa
por juzgar ya asegurada
mi honra en vos, os da la espada
y se queda sin defensa.
Dale la espada.
Aparte.
Corrido de haber sufrido
estoy tan grande desaire;
mas disimular conviene.
Que tenéis razón bastante
os asegure, José,
que me vaya sin vengarme
de la reprensión molesta
que me habéis dado arrogante.
¿Dónde vais?
A acompañaros.
Quedaos.
Replicáis en balde,
que en mi casa estoy y en ella
no es bien que ninguno mande.
Yéndose Don Ramón y él siguiéndole.
Vanse, y sale Dominguito.
A chirimía he dejado,
después de haber a la salve
asistido de la Virgen,
para que no me embarace
repartir entre los pobres
unos tres o cuatro reales
que hoy en la iglesia me dieron;
pues caritativos saben
los canónigos que cuanto
me dan, su noble piedad,
como hacienda de los pobres,
mi compasión la reparte
en ellos; pero mi afecto
a ninguno halla en la calle.
Al paño Mossen, Rabí y Samuel, vestido de pobre.
Ea, hebreos, que ya viene
la causa de nuestros males.
Vestido de pobre habéis
de ver qué logro llevarlo
a nuestra casa, donde
a nuestras iras acabe.
Fingid lo que he dicho,
que ha de ser en esta parte
que es más oculta.
Métense dentro a ejecutar lo que dicen.
Dentro.
Empezad.
Dentro.
Muere, vil cristiano
e infame.
Dentro.
Judíos, ¿cómo a un pobre
maltratáis?
Dentro.
Nuestros ultrajes
en ti vengamos por ser
cristiano.
¡Desdicha grande!
No hay quien mi vida socorra.
Yo lo haré, aunque me maten.
Tres piedras aquí he encontrado;
aguardad, viles cobardes,
que, hecho ya otro David, voy
contra tan fieros gigantes.
Éntrase Dominguito, y entre tanto que da vuelta a los paños, dicen ellos los versos, y al salir encuentre...
Gente parece que viene,
huyamos.
Huyamos.
No huyáis, infames.
Sale, y ase de un judío, pero ya al pobre dejaron.
Con Samuel de pobre
os ha herido su furor
Una herida en este lado
me han dado.
Otra en el costado
a Cristo dio su rigor,
y en vano el llanto vierto,
que a vos sin duda su fe
ciega, os maltrató, porque
retrato el pobre es de Cristo.
Hijo, pues a enternecer
de mi dolor os llegáis,
os pido un gusto, me hagáis.
Padre, ¿qué puedo yo hacer?
Que vuelva noble piedad,
y a una casa me ayudéis
donde me curen.
Ya acude
mi fe a hacerlo; levantad.
Mas os cause, padre, asombro
que lo haga con sentimiento,
pues no tener fuerzas siento
para llevaros al hombro;
que a un niño gran peso sobre.
Padre, cruz es la pobreza,
ved si fuera en mí fiereza
llevar la cruz en un pobre.
Ya su suerte encamina,
donde en ella morirá.
¿Es lejos adonde vas?
No estamos lejos, camina.
Caminando por el tablado y salen los otros judíos.
Samuel le trae engañado,
siguiéndole vamos.
Muera
a nuestra furia severa
quien tanto nos ha ultrajado.
Sí, que si este se descubre,
mucho nos ha de costar.
Sale el Demonio.
Temeroso eso me tiene.
Aquí mi furia infernal
importa para que estos
cometan esta maldad,
y para que la ejecuten
más presto, de esta sagaz
cautela me valgo.
Voces dentro
¡Mueran!
todas las calles tomad.
¡Ay, Moisén, que descubiertos
somos! ¿Qué haremos?
Dejar
el muchacho; ven, Samuel.
¿Que me queríais matar,
judíos? Que ya os conozco.
No le soltéis ahora, ¡están
cobardes!
Agarran a Domingo los judíos.
Creciendo van.
¿Cuándo, hoy que ayudar
os vengo, es la ocasión
que perdimos.
No hiciereis tal.
Como, si pensáis tomar.
Poco importa, si le echáis
en el pozo de esta casa,
el cual está sin brocal,
y al punto escapar.
Bien dice,
que con eso juzgarán
que él se cayó, y nuestra culpa
queda oculta.
Entra con él Samuel al vestuario y se hace dentro un ruido como de caída.
No hagan tal,
miren que matarme pueden.
Ea, al pozo, vaya.
Ya está este gozo en el pozo.
Virgen Santa del Pilar,
socorredme.
Arriba.
Ya, Domingo,
te socorre mi piedad.
¿Qué voz soberana es esta?
¡Qué resplandor celestial
es este!
Vanse
De quien el mismo
infierno aun huyendo va.
Baja la niña que hace a la Virgen en una tramoya; ha de venir sobre un pilar, el cual se ha de venir fumando al bajar, porque ha de ser a manera de una linterna de campana; por los lados salen dos ángeles en dos apariencias cantando; Dominguito sube en un escotillón y ha de venir sobre una estrella resplandeciente, que ha de llevar hasta incorporarse casi con la niña, y la estrella se ha de mover alrededor.
Clarines soberanos,
las dichas aclamad
de que la tierra oiga
cielo el aurora ya.
Suenen los clarines, los clarines
en su felicidad,
las glorias a María
de nuestra suavidad.
canta
Sube, Domingo, en aquesta
estrella, que quedarás
siempre fija en este pozo
por soberana señal.
canta
Sube a ver del sol las luces,
dejando la oscuridad
de un cristal que es todo sombras,
a verte en mejor cristal.
Qué gloria, cielos, es esta,
que ve mi dicha, viendo esta.
Llega, Domingo, a mis brazos,
porque merezcas gozar
con mi soberana vista
de mi suprema piedad.
Purísima aurora bella,
que es Dominguito, mirad,
indigno de tantas honras.
Tu virtud y tu humildad
son dignas de más favores,
de mi hijo la celestial
majestad servido ha sido
el que te baje a librar.
Y , porque logres la dicha
para que guardado estás,
en las manos de este ingrato
pueblo has de renovar
de mi soberano hijo
la pasión, él te dará
en la cruz, como dio a Cristo,
el triunfo más celestial.
Señora de tanta dicha,
ya gozosa el alma está,
y a mi sinagoga propia
les prometo ir a buscar.
Ten valor.
Si a vos os tengo,
¿cómo faltarme podrán
valor y amor para que
desee a Cristo imitar?
De ecos, júbilos, mi dicha,
con la acorde potestad
de tanto querube alado,
con ellos mi voz dirá:
Súbense las apariencias y Domingo baja, y la estrella se hunde.
Clarines soberanos,
las glorias aclamad
de un sol que es trino y uno
de una alba celestial;
y ángeles y hombres
su inmensa piedad
sin cesar no dejen
siempre de alabar.
Laus Deo.
Sub correctione Sanctae Matris Ecclesiae.
La imagen muestra las páginas 17v y 18r. El folio 17v presenta texto invertido por traspaso de tinta y restos de escritura lavada. El folio 18r sirve de portada para la segunda jornada, escrita sobre un texto previo lavado (palimpsesto) del que aún pueden leerse algunos fragmentos.
Sale María.
¿Adónde mis desvelos,
en pesar tan prolijo,
hallarán, sacros cielos,
a Domingo, mi hijo?
Tres días ha que se perdió y tres días
ha que le buscan las congojas mías.
Mi pena, mi cuidado,
casa, plaza ni calle
del lugar no ha dejado
donde no ha ido a buscarle;
y no hallando en él (cielos) a mi gloria,
mi cariño le encuentra en la memoria.
¡Ay, hijo de mis ojos!,
¿por qué, dime, te has ido?
¿Cómo tantos enojos
das a mi fe, ¡ay, querido?
¿Qué disgusto una madre que te adora
darte pudo que así tu ausencia llora?
Mas, ¡ay!, Domingo mío,
que en tu amor no es posible
ser culpa este desvío.
Desgracia es infalible
mía perderte, que yo no merecía
gozar de tu apacible compañía.
Pero ya que por madre
mi amor no te merece,
de tu querido padre
¿cómo no te enternece
el cariñoso llanto que derrama,
al buscar en ti el sol que tierno ama?
Mas ya no hay parte alguna
que no hemos discurrido;
mas sola y sin fortuna
al campo me he salido,
tan fuera de mí, que hasta aquí, cielos,
no lo habían notado mis desvelos.
Si perderme mi esposo
podrá, mas no, si advierto
que en pesar tan forzoso
las lágrimas que vierto,
para buscarme, amante, en dolor tanto,
una senda le dejan de mi llanto.
Pero pues estoy donde
llamar puedo a mi hijo,
aunque no me responde,
por más que hacerlo elijo,
por consolarme, quiero los veloces
vientos poblar, llamándole aquí a voces:
¡Hijo, Domingo querido!
Dentro, Domingo
¡Madre!
¡Cielos!, ¿qué es aquello?
¿Si es acaso fantasma
de mi amoroso deseo?
Pues parece que una voz
me respondió; pero vuelvo
a llamarle por si logro
otra vez el mismo acento.
¡Hijo Dominguito!
Dentro
¡Madre!
Ya no es ilusión, supuesto
que su misma voz es esta;
de gozo estoy, que no acierto
a discurrir hacia donde
la escuche, pero no veo
en todo el campo persona
ninguna: sí de los huecos
cóncavos de aquestas peñas
fue el eco quien mis deseos
engañó; pero ¡ay!, temores
de un infeliz, ¡y qué necios
discurrís!, porque si fuera
de mi voz el eco, es cierto
que lo mismo que pronuncio
se articulara en el viento,
y me volviera a Domingo,
que es al que llama mi afecto.
Mas temerosa en mi duda
llamarle otra vez intento.
¡Hijo Dominguito!
Dentro
¡Madre!
Desengañóse mi miedo,
que de Domingo es la voz;
pues en los confusos lejos,
conozco que en la distancia
consiste no ver su cielo.
¡Domingo!
Dentro
¡Madre!
Su voz
de norte le irá siguiendo
al animado bajel
de mi cariño halagüeño.
¡Dominguito!
Dentro
¡Madre!
Vase.
Aguarda;
no me engañen tus acentos.
Al irse, sale el Demonio
¿Cómo no te han de engañar,
si mi astucia está fingiendo
esa voz tan parecida,
porque, hecha imán de tus aceros,
te conduzcan hacia donde
te encuentre tu amante ciego,
a quien mi violencia trajo
hacia aqueste sitio mismo,
para que la confianza
que José tiene, no habiendo
culpádote en nada ahora,
le haga, viéndote sin celos
con don Ramón en aquesta
retirada parte... Pero,
¿para qué prevengo astuto
lo que se ha de ver tan presto?
Sale María
¡Ah, hijo Domingo!
Dentro
¡Madre!
¿Dónde estás? ¡Qué es esto, cielos!
Mientras más mi curso sigue
los halagos de su acento,
parece que más de mí
se aparta su mismo eco;
pero es ley de desdichados,
común a pensiones, fueros,
que de ellos huyan las dichas
cuando más las van siguiendo.
Dentro.
Madre.
Dentro.
María.
¡En gran confusión me veo!
Allí me llama José
y a mi hijo estoy oyendo
aquí; si acudo a mi esposo,
el norte feliz pierdo
de mi hijo; y si a José
de responder también dejo,
alejándome yo tanto
que José me pierda, arriesgo.
¿Qué haré? Pues entre dos males,
dos penas, dos desconsuelos,
perder a mi hijo es lo más
y perderme a mí es lo menos.
Pues siempre la compasión
acudió con el remedio
no al mal que está por venir,
sino al que se está sintiendo.
No dudaba yo que había
de elegir eso su intento.
Dentro.
María.
Dentro.
Madre.
Domingo,
ya te sigo, amado dueño.
Al huirse María, se encuentra con don Ramón, que sale.
Felice yo, que en sus labios
oír tal favor merezco;
que aunque por mío María
no le juzgan mis afectos,
el acaso de escucharla
me basta, cuando te encuentro.
Apartad, no embaracéis,
pues puede ya el escarmiento
teneros más advertido
a qué vayan mis desconsuelos.
Tras una gloria que sigo,
¡qué gloria, tirano dueño,
es la que siguiendo vas!
Todo mi bien, mi consuelo.
Buen modo es para obligarme
a ser cortés, darme celos.
¿Qué celos dice? ¡Aparta!
¡Hijo, Domingo!
¿Qué es esto?
Domingo, extraña desdicha,
ya no me responde, pero
loca iré tras él.
Abrázase con ella.
Aguarda,
que si juzga el devaneo
de tu sinrazón librarse
de mí con los fingimientos,
en vano lo solicitas;
que ya en mis brazos te veo.
¡Virgen del Pilar, Señora,
socorredme en tanto riesgo!
Baja un ángel a la mitad del teatro en una apariencia rápida.
Por su hijo te socorre.
Dichosa mujer, haciendo
que aqueste hombre, a quien ese
infernal monstruo soberbio
trajo aquí con la violencia
para más grave tormento,
suyo sea el mismo quien
le desaparezca.
Desaparece el ángel y en una tramoya rápida de alambre se desaparece el demonio y don Ramón.
Cielos,
¿qué rápido viento airado
me arrebata?
El de mí mismo
furor infernal, pues me hace
por fuerza obrar esto el cielo.
Muerta he quedado al mirar
tan nunca visto portento,
pues sin saber quién lo ha obrado...
desapareció en el viento
con razón, y yo en la misma
parte donde mis suspensos
discursos notaron antes,
que sin elección ni acuerdo
había al campo salido
en donde ahora me veo.
Sin duda que del demonio
fue todo engaño; el aliento
me falta. ¡Esposo!
Sale José.
María.
José mío.
¿Qué es aquesto
que tienes, que de tu rostro
en la palidez contemplo
aún más que de tu penar,
de algún susto los efectos?
Aparte
Callar quiero lo que he visto,
pues aventuras en hacerlo
que no me creas, y le doy
más causas a mis recelos.
¿No me respondes, María?
¿Qué suspensión turba el cielo
de tu hermosura?
A Domingo
llamarme ahora, ¿no oyeron
tus dudas?
¿Qué es lo que dices,
María?
¿Luego su acento
no escuchaste?
¡Qué dolor!
Esposa, vuelve en tu acuerdo,
si no quieres que, a la pena
de haber perdido en mi tierno
hijo la mitad del ser,
del alma, vida y aliento,
perdiendo en ti la otra media
porción, que es tu hermoso cielo,
acaben con mis penares
estos débiles esfuerzos.
¡Ay, hijo del alma mía,
Domingo!
Ten sufrimiento,
que de Dios estos trabajos
son regalos, y no es cuerdo
quien se aflige de que Dios
se acuerde de él.
¿Cómo puedo
dejar de llorar?
Aparte
No es mucho,
que yo también me enternezco,
y aunque consuelo te doy,
no hallo para mí consuelo.
¡Ay, Domingo de mi vida!
Que el dolor temples te ruego.
¡José! ¿Con qué he de templarle?
Esposa, con este ejemplo
podré explicarte: José,
padre adoptivo del Verbo,
y María, madre suya,
en Jerusalén perdieron
a Jesús, su amado hijo.
¿Quién duda que el sentimiento
en los dos sería más grande
del que puede ser el nuestro,
cuanto en la pérdida va,
si a lo divino atendemos,
de una criatura humana
al que es Criador supremo?
Pues conoces en los dos tanta,
tan grande la pena, es cierto
que no se vio en su paciencia
de su dolor los extremos.
Pues solos sus corazones
de sus congojas supieron,
y ansí a María y José,
esposa mía, imitemos,
y solo el cielo y nosotros
sepan nuestros sentimientos.
Ay, José, que si afligidos
a Jesús niño perdieron
sus padres, también le hallaron
a tres días en el templo;
y habiendo los mismos yo,
ninguna esperanza tengo
de hallarle.
Aparte
De Dios confía,
que nos le ha de dar; que nuevo
impulso en mí ha despertado
este sagrado Misterio.
¿Que en fin confías hallarle?
Sí, María.
¿Dónde, ay cielos?
Vamos a la sinagoga,
que es templo de los hebreos,
que allí entre sus rabíes
ha de estar.
Vamos, que el mismo
corazón con sobresaltos
lo propio me está diciendo;
y el ofrecer aquel judío
que iría a argüir con ellos,
mas ¿quién aquesta advertencia
prevenirnos pudo?
Dentro
El cielo.
El cielo, dichoso anuncio,
ya hallar a Domingo espero.
Sale Chirimía
El cielo, digo, me valga,
pues pedazos vengo hecho
por buscar a este muchacho.
Mas hasta el sábado, es cierto,
no ha de parecer.
¿De qué
lo infiere, hermano?
Lo infiero
de que los domingos vienen
tras los sábados.
Su necio
descuido tuvo la culpa
de haberle perdido.
Bueno,
¿yo le perdí?
No porfíe,
¿no nos dijo aqueste, es cierto,
que estuvo el niño en la salve?
Sí, mas no estuvo en el Credo,
con estar Poncio Pilatos
en él, y no ser tan bueno
como Domingo; mas yo
soy desgraciado en extremo
con criaturas.
¿Por qué?
Porque se me pierden luego,
pues tres o cuatro chiquillos
que han sido mis candeleros,
después de salir a luz
de sarampión me han muerto.
Vamos, que de sus locuras
no hay que hacer caso.
Confieso
mi culpa. ¡Ay, mi Dominguito!,
mas ¿adónde van?
Queremos
ver si está en la sinagoga.
¿Adónde? ¿Entre los hebreos?
Si allá está, ya le tendrán
puesto como a un Cristo; ellos
son peores que el demonio.
Sale el demonio
No lo son, pues solo el cielo
contra mi infernal astucia
ejecuta lo severo
de su justicia, estorbando
con pasmos mis vencimientos.
Vamos, que por aquí huele
a pastillas del infierno.
Doleos, Virgen Sagrada,
de mi triste desconsuelo,
y pues vos al tercer día
al Niño Dios en el templo
hallasteis; permitid que
halle a Domingo mi afecto.
Por la Virgen del Pilar
hallar a mi hijo espero.
Vanse y queda solo el demonio
Ya vuestro ruego ha oído,
a pesar de mi enojo enfurecido,
María, pura estrella.
Pues e inspiradas iras, dichas de ella,
conduce vuestro anhelo
donde en los dos acabe el desconsuelo,
y en mí la rabia empiece;
pues para más tormento no carece
de las noticias mi furor violento
de cuánto este rapaz, este portento,
ha hecho en los tres días
que ha que en vano le buscan las porfías
de sus padres llorando.
Pues apenas María le habló cuando,
en vez de huirse a su casa
(aquí mi furia y mi rencor se abrasa)
de gozo de que había
de renovarse en él, como María
Soberana le dijo,
la pasión sacrosanta de su hijo;
al campo se salió donde empleado
en Dios su espíritu ha estado
todo el tiempo ha que falta.
En purísima y alta
contemplación rindiendo sus fervores
al altísimo, gracias por favores.
Y tanto es el deseo
de padecer a manos del hebreo
pueblo, que para afrenta
tan suya y mía él mismo se presenta
a ellos, que admirados
de verle vivo, y más de ver pasmados,
el que en su sinagoga
(aquí la rabia, aun más que antes me ahoga)
siendo ignorante y niño,
argüir elocuente
con los rabíes en las profecías
de la venida cierta del Mesías.
Están todos, y yo lo estoy, pues prendo;
ya a mi pesar lo estoy, que está arguyendo.
Córrese una cortina y se aparece Domingo sentado en una silla eminente, a las otras en que estarán sentados Moisén, Samuel y Rabael, judíos, y ha de haber otra donde se siente después el demonio.
Aunque venir con vosotros
a razón, difícil sea,
pues en quien la razón falta
no tienen ninguna fuerza
los argumentos; sin ellos...
Empieza.
Contra la proporción
pertinaz vuestra, que niega
haber venido el Mesías
prometido en los profetas,
¿qué razón halláis?
No haber
cumplídose las setenta
hebdomédas, o semanas,
de Daniel.
¿En qué lo pruebas?
En que cada una contiene
cien años, según lo enseñan
algunos rabíes, y otros
son de mil.
Con solo esa
razón estáis convencidos.
Pues ¿en qué?
En la diferencia
con que vuestros maestros mismos
las semanas interpretan;
pues donde hay disparidad
no puede darse certeza;
las hebdomédas de siete
años son, según lo prueba
haber, desde que el arcángel
Gabriel a Daniel profeta
le reveló que el Mesías
del cielo vendría a la tierra,
hasta el instante en que vino
cuatrocientos y noventa
años, que cada semana
toca a siete según buena
aritmética. Así ya
se cumplieron las setenta
hebdómadas. Luego vino
el Mesías; y si esta
consecuencia no os convence,
abrid el Génesis, leed
vuestro error, que Jacob dice:
"En la casa de Judea
el cetro faltará cuando
el Mesías Cristo venga."
Luego ya vino, pues falta
entre vosotros quien tenga
cetro, ni del pueblo hebreo
llamarse Príncipe puede.
Y esas profecías, ¿quién
las acredita por ciertas?
El profeta David en
el salmo ciento y cuarenta
y cuatro, que es donde dice
que Dios es fiel en cualquiera
palabra suya; y así
quien creyere con fe cuerda
que por sus ángeles Dios
en uno y otro profeta
habló, no podrá negar
que lo que ellos dicen sea.
Por aquí, Lucindo.
Sí,
que cumplo con la promesa
de asistiros; pues me otorgas
que Dios habla con su esencia
en los profetas, y son
sus palabras verdaderas,
contra lo que tú propones
saco aquesta consecuencia.
Isaías dice que
vendrá el Señor cuando venga
de lejos con tal furor,
como avenida soberbia
de ríos, que caudaloso
plantas y árboles se lleva.
El Eclesiastés afirma
también que el cielo y la tierra
y todo el abismo junto
temblarán en su presencia
al ver en él el poder,
la majestad y grandeza.
Luego si en ellos Dios habla
y son ciertas sus promesas,
el verdadero Mesías
no ha venido; pues las señas
le desconocen, del que
vosotros decís que era
el Mesías prometido
en la ley de los profetas;
pues vino mansueto, humilde,
sin pompa, fausto y decencia
de soberano monarca.
Eso ninguno lo niega.
Luego son sus profecías
falsas, y Dios no habló en ellas.
Con aquesta distinción
se convence tu propuesta:
no quita que haya venido
para que otra vez venga;
como Isaías le aguarda
y el Eclesiastés le espera.
¿Haber venido y venir
no son dos cosas opuestas?
Cuando son dos las veces,
¿De qué manera?
Una cuando a redimir
vino al mundo con su misma
sangre preciosa, y la otra
cuando al mundo a juzgar vuelva.
¡Oh, pese a todo el infierno!
Que, de un tapar, la ignorancia
ilustre el cielo con tantas
noticias que me convenza.
Que vais errados no hay duda,
y si no, leed vuestras mismas
escrituras, y hallaréis
cumplidas todas y ciertas
las profecías en Cristo.
Su humildad lo manifiesta,
sus milagros lo aseguran,
lo acredita su paciencia,
los prodigios en su muerte.
Pues según Josefo cuenta,
vuestro mismo historiador,
cuantos se vieron en ella
fueron, dice, fuera del
orden de naturaleza.
En vuestro Talmud decís
con ironía proterva
que porque a Dios enojado
tanto le tenéis, no llega
el Mesías; si ha venido,
como vuestro error le espera,
y si no, leed a Rabí
Rab, docto en vuestra lengua,
que dice en el Sanedrín,
libro de vuestra ley misma:
no hay que esperar al Mesías
sino es por la penitencia.
Razón tiene, porque si
vuestra fe no le confiesa
con el arrepentimiento,
que vino ya, y que era
el verdadero Mesías,
Cristo y Dios hombre, a quien vuestra
misma ceguedad dio muerte,
no hay esperar a que venga,
advertid que el que tenéis
que ya no es error de cuenta
en las semanas, sino
pertinacia torpe y ciega
de corazón, el castigo
de vuestra culpa, que es fuerza
vuestra maldición se cumpla,
pues al mirar su inocencia
el juez: "Vosotros dijisteis,
crucifica al justo, y venga
su sangre sobre nosotros
y nuestros hijos", y ciega
desde entonces vuestra gente,
vuestro pueblo, vuestras mismas
ceremonias, ley y ritos,
por condenados la iglesia
católica siempre ha dado,
y el fallo de la sentencia
en el consumatum est
de su Cristo, cuando inmensa
su bondad al eterno Padre
dio el alma por pura ofrenda.
¡Condenados y malditos
sois!
Levántanse todos los judíos como a acometerle, y Domingo se levanta al tiempo que salen Chirimía, José y María, y se acercan a Domingo.
¿Cómo estas blasfemias
sufre el pueblo de Israel?
¡Matadle!
Aquí están. ¿No entran?
¿Dónde, Chirimía?
Entre estos
escribas de la ley vieja.
¡Hijo querido!
¡Domingo!
A no venir satisfechos
quedaran nuestras injurias...
Que a estorbar su muerte vienes.
Disimular es forzoso.
Mas, hijo, ¿qué crueldad es esta?
¿Cómo tu amor ha faltado
a nuestras caricias mismas?
¿Adónde has ido?
A coger
novillos.
No le den quejas,
que reñir no es bien a un niño
que tiene tanta agudeza.
Con nosotros aquí ha estado
disputando.
Que agradezca
las honras que le habéis hecho
es razón.
Si no vinieras,
fueran mayores.
Hebreos,
vamos, que de nuestra ofensa
presto hallaremos venganza.
Vanse el Demonio y los judíos.
¿Cómo, dime, en tanta pena
tuviste a tu padre y madre,
que buscándote con tiernas
ansias habemos andado?
Que me perdonéis os ruego,
mi fe, y hallarme aquí ahora
a la Virgen lo agradezcan,
pues no volvieran a verme
si por su piedad no fuera;
y otra vez que me perdieren,
los pido no se enternezcan,
porque es voluntad de Dios
en lo que mi fe se emplea.
¡María, misterio tiene
en Domingo esta respuesta!
No hay sino echarle un corma
y verán cómo escarmienta.
Vamos, Dominguito, a casa.
Primero he de ir a la iglesia.
Ven, comerás.
Ya he comido.
¿Qué? Con los hebreos buena
habrá sido la comida.
Buena, que Dios alimenta.
Pues ya les faltó el maná,
y comen carne de oveja,
mas ¿a qué a la iglesia ha de ir?
A que en la iglesia me vean,
y a dejar aquesta ropa.
Ahora está la iglesia llena
de gente, que en ella está
el rey Fernando y la reina
doña Isabel, que después
de haber tomado de aquesta
leal ciudad la posesión,
del reino como cabeza
de Aragón, a darle gracias
a Dios ha venido a ella.
Pues por eso iré mejor,
ahora que con su licencia,
padres, hablar a los reyes
quiero.
Domingo, ¿qué intentas?
Pedirle al rey una cosa
que importa mucho a la iglesia
católica.
¿Pues no teme
tu humildad en la presencia
del rey ponerse?
No, padre,
porque si a Dios representa
el rey, y a Dios, lo que es justo,
a pedirle el hombre llega,
¿por qué se ha de desdeñar
el rey de lo que la inmensa
majestad de Dios sagrada
vemos que no se desdeña?
El rapaz tiene más humos
que las siete chimeneas.
Dentro voces.
¡Plaza, plaza!
Ya el rey sale.
También yo hablarle quisiera.
¿Qué quiere pedirle?
Que eche del mundo las brujas.
Lo que no puede la muerte
hacer, quiere que el Rey pueda.
Sí puede, que con mandar
sacarlas a la vergüenza
con las fees de bautismo,
al punto que sepan ellas
que todos saben sus daños,
las más morirán de pena.
Sale el Rey, la Reina y acompañamiento.
A nuestra real majestad,
¿qué le parece la Iglesia
Mayor?
Que es digna joya
de tal Reino, en su grandeza
verla he estimado infinito;
que aunque el afecto me lleva
la del Pilar por el grande
milagro, que en sí venera,
la devoción no deslustra
lo magnífico de aquesta,
grande santuario son.
De rodillas.
Dele los pies vuestra alteza,
gran señora, a Dominguito,
por ser infantico en ella,
se los besaré.
Qué niño tan bello, la mano sea
la que me bese, levanta.
Pardiez, pues me da licencia
que se la he de besar
por santa, y luego por Reina.
Grande inocencia, por santa.
No inobediencia le parezca,
porque Reyes que el renombre
de Católicos esperan,
mucho han de tener de santos
para que ambos le merezcan.
Raro discurso, ¿quién eres?
No me conoce su alteza,
Dominguillo soy, señor,
el que de la Iglesia echa
los judíos.
Yo también,
Chirimía.
Aparte.
Chiri, deja
que le hable.
Y vos, ¿quién sois?
Sacristán, con su licencia,
del Pilar soy, Chirimía,
y gran bonete en la solfa.
¿Por qué Chirimía os llaman?
Porque yo no soy corneta.
Ven acá, ¿persigues mucho
a los judíos?
Admirado estoy, María,
de sus pláticas.
Yo suspensa.
Mis fuerzas,
gran señora, son muy pocas
para lograr tanta empresa.
Porque no comen tocino,
con el látigo los pega
del perriguero, pues son
peores que perros esta
canalla, pues al torrezno
aun siquiera no se llegan.
Solo el Rey, mi señor, puede,
no solo con su grandeza
perseguirlos, sino echarlos
de España por vil afrenta;
de cuantas naciones hay,
pues ninguna hay que aborrezca
a Cristo crucificado
sino ellos; pues le confiesa
el hereje, le recibe
el gentil, y por profeta
suyo aun el moro le aclama,
y el bárbaro le ruega.
Es gente soez, maldita,
abominable, perversa,
sin honra, sin ley, y en fin,
como Zuritas lo muestra,
las heces son de Israel,
de Jacob las sobras feas;
no hay delito, no hay traición
que su maldad no cometa
contra nuestro Redentor,
y contra cuantos profesan
la ley de Cristo.
Es verdad,
señor, pues verás, que enseñan
sus hijos a boticarios,
y a médicos porque puedan
matar con las medicinas,
y otros con las recetas,
a los cristianos; diez
que curan, el uno entierran,
y yo lo sé, que en los muertos
tengo segura mi renta.
Señor, echadlos de España,
que, si lo hacéis, mi inocencia,
de parte del sumo cielo,
ofrece en vuestra grandeza
que seréis el más felice
soberano rey que esta
monarquía haya tenido;
pues no solamente buenas
hazañas añadirán
a aquesta corona excelsa
otros reinos, sino otro
nuevo mundo que obedezca
al rey que ha de ser antorcha
de la católica Iglesia.
Con otro espíritu habla,
porque no pueden ser estas
razones suyas.
Suspenso
me ha tenido; harto desea
mi fe echar los judíos
de España, mas se enajena
de innumerables vasallos
mi corona.
No suspenda,
señor, a su majestad
eso; cuando cuando la clemencia
de Dios por mí le promete
darle otros muchos que tenga.
Mucho el cardenal Mendoza
en que los echen aprieta,
y fray Tomás Torquemada
con más arduas diligencias.
Yo haré junta sobre ello.
¿Quieres venir con la reina
y conmigo, Dominguito,
a Castilla?
Sin licencia
de mis padres no podré.
¿Dónde están?
Arrodíllanse los dos.
Señora, a buscar
plantas...
Ya te las darán.
Padres, no me la concedan,
que no podré obedecer.
Dominguito, a lo que ordena
el rey, te excusa.
Señora,
antes que a Castilla vuelvan
Vuestras Sacras Majestades,
otra jornada me espera
que hacer a mí.
Pues, ¿con quién?
Con Majestad más suprema.
En cuanto dice hay misterio.
Yo gustaré que me vea.
No es para palacio; a mí
me lleven por...
¿Para qué lo eres?
Para
despabilar vinajeras.
Vamos.
¿Dónde vas, Domingo?
A traer el coche con su Alteza.
Vanse todos y sale don Ramón.
Ni el pasmo, asombro, ni horror
que me arrebató violento
con tan extraño portento
a María, con rigor
en mi pasión, no han bastado
a templar la llama ardiente
de mi amor; antes, vehemente,
siento que la han avivado.
Mas ¿qué mucho si mi anhelo
la tuvo en mis brazos, que
crezca el fuego de mi fe
al contacto de mi cielo?
Tan ciego estoy, tan corrido,
sintiendo el bien que perdí,
que todo el infierno en mí
parece se ha introducido;
siendo claro testimonio
de mi horror en tanta calma
que al demonio diera el alma.
Sale el demonio.
Ya te la acepta el demonio.
Por conseguir otro acaso
como el que llegué a lograr,
que así pudiera templar
todo el fuego en que me abraso.
Don Ramón.
Lucindo, amigo.
¿Tan ciego estás que le ofreces
al demonio el alma?
Sí.
Lo que prometes, advierte.
Digo que el alma le diera
si me pusiera...
Detente.
¿Con María? Pues si yo
con ella ahora os pusiese,
pues casi tocando estamos
de su casa las paredes,
¿qué me daríais?
El alma,
que mi furor, impaciente,
ofreció al demonio.
Aparte.
Haz cuenta
que es a mí mismo a quien la ofreces.
¿Qué dices?
Que mi amistad
tanto, don Ramón, le debes,
que he hablado a María y ya,
trocadas sus altiveces
en cariños, os aguarda
más apacible.
Que bese
tus pies permite, Lucindo,
por tanto favor.
Aparte.
Detente,
no me agradezcas lo que
hago por mí; ya empiecen
mis engaños. Vea el mundo
lo que mis cautelas pueden,
que, sabiendo que José
ha dos días que está ausente,
valiéndome de su voz
y de las sombras, que piense
haré a María que es
su esposo Ramón; al verle
ya don Ramón, que el afecto
cariñoso con que suele
recibir ella a José,
él a María merece,
cuyos astutos engaños
fabrican mis esquiveces
para que José los oiga
y sus celos, evidentes,
confirme; pero el acaso
lo dirá.
¿Qué te suspende?
Lucindo, ¿qué me dilatas
las dichas que me prometes?
No es dilatarlas, dar tiempo
a que las sombras se acerquen
para el logro.
Ya es de noche.
Pues entra conmigo.
Advierte
que es esta la puerta.
Anda,
por otra falsa que tiene
a otra calle aquesta casa
has de entrar.
Mucho te debe
mi afecto.
Dan la vuelta por detrás de los paños
Ya dentro estamos.
Que te prevenga conviene
lo que María me dijo,
y es, que si José viniere,
avisándote yo al punto,
te salgas; porque, si quieres
no malograr sus finezas,
no has de aventurar que llegue
a saberlo José.
Haré cuanto me pidiere.
Pues yo a ser voy centinela
que os asegure; comiencen
mis cautelas a María.
Vase el demonio y José la llama dentro. Sale María
Dentro
Esposa.
José es este.
En hora feliz, señor,
mi bien y mi dueño, llegues,
donde mi fe te consagre
veneraciones decentes.
Cree que todo este tiempo
que a tus afectos corteses
se han negado mis caricias,
culpas a mi amor no puedes,
pues como en mi pecho vives,
aun el reporte te enajene.
De mi vista, en mi memoria
siempre has estado presente.
Al paño sale José
De mi dicha el mismo gozo
mis pasiones enmudece.
Llegando a mi casa, un hombre
me ha dicho: "Infeliz suerte,
que don Ramón está en ella";
mas aquí juzgo que hay gente.
¿No me respondes, señor,
mi bien, mi dueño? ¿Qué tienes?
¿Te ha enojado mi cariño?
¡Qué escucho, cielos! ¡Valedme!
¿No es María la que oigo?
Ya mi ofensa es evidente.
Sale el demonio
Lográronse mis engaños.
María...
Ramón.
¿Qué quieres?
Vamos, que viene José.
Aguarda.
Mira que pierdes
a María; ven aprisa.
¡Qué poco duran los bienes
en un infeliz! Vamos.
¿La espalda a mi afecto vuelves,
esposo? José, señor.
Va María siguiendo a don Ramón, y José la responde por el lado siniestro, y ella queda admirada
¡Ingrata, tirana, aleve!
Pero ¿qué digo? María...
¡Qué miro! ¡Cielos, valedme!
¿No era José con quien
hablaba? ¿Qué engaño es este?
¿No hablaba, esposo, contigo?
Ingrata, conmigo vete
de mi presencia, no irrites
mis iras.
Esposo, advierte
que las sombras, los engaños,
mi susto la voz suspende
articular.
Vete, ingrata,
no tu turbación le deje
a mi agravio otro testigo.
Ella ha de ser quien condene
mi inocencia; ya me voy.
María, favorecedme
vos, volviendo por mi causa,
pues veis que estoy inocente.
Vase María.
¿Qué es lo que pasa por mí?
¿Qué es esto que me sucede?
María mi honor profana,
mi esposa ingrata me ofende.
No es posible. Miente el labio
y mi propio dolor miente,
porque en mujer en quien tanta
virtud noble resplandece,
tanta honestidad, recato,
caber en ella no puede
culpa que en mil perfecciones
el puro candor afeen.
Mas pudieron engañarse
mis ojos, sí, que son jueces
apasionados, y juzgan
con la ceguedad que tienen.
Mas, cuando ellos engañasen,
a tantas sombras infieles
mis oídos, ¡qué dolor!
mentir mi agravio no pueden.
Mas sí pueden, y faltar
puede todo, y la más leve
culpa no puede en mi esposa
hallarse. Yo, quien la ofende,
soy, y pues es ejemplar
su vida, y quien a Dios tiene
tan de su parte, imposible
es que, ciega, cometiese
contra Dios, contra mi honor.
Mas si contra su inocencia
es fuerza que la condenen
mis ojos y mis oídos,
y no hay quien por ella alegue
en su favor. La Justicia
de mi agravio contrapone
los indicios de su culpa
y los descargos que tiene.
Mi memoria y voluntad
de balanza aprovechen;
de fiel, el entendimiento
mío, supuesto que siempre
se inclina a la parte donde
más peso la razón tiene.
Pongo en aquesta balanza
de la voluntad los fieles
cariños con que su amor
me ha tratado; cargo aqueste
que a la memoria le toca:
mi ofensa (¡dolor vehemente!).
¡Oh, lo que pesa un agravio!
Y qué ligero, qué leve
es el amor. Mas, ¿qué mucho
que uno más que el otro pese,
si un agravio en la memoria
tan pesado ha sido siempre?
Añadir quiero a esta parte,
porque vencer no se deje
la memoria a tanto peso,
los méritos excelentes
de María, la virtud
y la vida penitente,
la honestidad, la pureza...
Mas, ¡ay dolor!, que no excede
al peso de tanto agravio
tanta virtud reverente,
pues la razón solo iguala.
las balanzas, sin que deje
el fiel del entendimiento
de la voluntad vencerse;
pues si iguales en mi honor
pesan, para que me atormenten,
las razones, disculparse
y las que mi agravio tiene,
y para absolverla, no hay
disculpa que convencerme
pueda, sin que en la sospecha
con mi deshonor no encuentre.
¡Muera mi esposa! Mas, ¿qué
digo? ¿Cómo mis crueles
iras intentan matarla
sin darme yo antes la muerte,
que idolatro su hermosura,
pero sin satisfacerse
cómo quedará mi agravio?
Mas no hay agravio, ni hacerle
debo en mi esposa, sino es
que el cielo me lo dijese,
que fue mala; pero aunque
me sobra valor prudente,
para creer no me ha ofendido,
mi pundonor no se atreve
a mantenerme a la vista
de mis sospechas aleves,
y de María; pues, males,
¿qué remedio que valerme
de la fuga? Y pues las sombras
mis intentos favorecen,
huir de mi esposa trato
y de mis dudas infieles.
Mas, estrellas, cielos, astros,
y sombras, testigos sedme
que si huyo de María
no es porque en ella piense
que haber pudo humana culpa,
sino es por si acaso pueden
mis recelos hallar luces
divinas que los destierren.
Vase José y parece Domingo, corriéndose una cortina, puesto de rodillas.
Dulcísimo Dios mío,
amantísimo Padre,
pues me dio vuestra Madre
palabra, de quien confío,
de que en mí se vería renovada
vuestra pasión purísima y sagrada,
permitidme que el día
a mis afectos llegue
y no tal favor se niegue
a la esperanza mía,
pues cuanto en mí se tarda este trofeo,
crecen las ansias más en mi deseo;
pero ver figurada
vuestra pasión quisiera
en mí, para que se viera
antes que la pesada
cruz vuestra, mi Dios, causando asombros,
me anticipo a llevarla ya en mis hombros.
Mas, ¿qué dulce armonía
ocupa el vago viento,
que todo este firmamento
baja a esta estancia mía?
¡Y en insignia ya admiro figurada
de Cristo la pasión pura y sagrada!
Bajan en dos apariencias dos ángeles, que hacen dos damas, una con la lanza y otra con la esponja, y abren los seis u ocho ángeles cantando.
De la pasión, Domingo,
las insignias heroicas
que, humillado Dios mismo,
se muestra misteriosas,
felice logra, logra,
el verlas figuradas
en su paciencia todas.
Con estas armas, Cristo,
en su pasión gloriosa,
De cartón con las insignias de la pasión pintadas en una apariencia muy vistosa, un niño que hace a Cristo con la cruz a cuestas y con una corona de espinas. Sube Domingo en unos cordones hasta incorporarse con el Niño; ha de ir de rodillas.
Muriendo por los hombres
consiguió la victoria.
Felice logra, logra
para el triunfo que esperas
lo que pasar te toca.
Domingo.
Señor divino.
La palabra que amorosa
te dio mi Madre sagrada
mi amor también te la otorga.
Mas dime, ¿tendrás valor
para sufrir las congojas,
los tormentos, las injurias
de mi pasión rigurosa?
Vos, Señor, me le daréis,
pues aunque es mi edad tan poca,
aunque las fuerzas me faltan
en los deseos me sobran.
Pues, prueba a llevar mi cruz.
Dale la cruz y Domingo cae con ella.
Valedme Vos, pues que toda
la máquina de este orbe
parece que se desploma
sobre mis hombros. Caí
con ella; mas, ¿qué me asombra?
Si Vos con la cruz caísteis,
siendo quien sois, que mis cortas
fuerzas no puedan llevarla,
Señor, sin que me socorra
vuestro poder...
Ponele la corona de espinas que lleva el Niño.
Pues, levanta,
Domingo, que para gloria
de mi eterno Padre y mía,
para que logre tu heroica
fe en la mayor batalla
la más celestial victoria,
de mi fortaleza te armo
y de mi constancia propia,
siendo aquesa cruz tu espada
y yelmo aquesta preciosa
diadema de espinas, que antes
del triunfo tu amor corona.
Cantado con la música.
Pues que de tu fortaleza
y tu constancia me adornas,
y para la lid, Señor,
ya es allegada la hora,
diga mi fervor valiente:
¡Toca alarma, alarma toca,
a marchar toquen las dichas
y a recogerse las sombras
del temor, para que alcance
mi fe la mayor victoria!
Vayan subiendo en las apariencias y Domingo baje.
Ea, prevénte, Domingo,
a vencer tantas congojas.
Ya está mi amor prevenido,
diciendo mi fe amorosa,
que en los triunfos dichosos
que el hombre logra,
suyos son los trofeos,
de Dios la gloria.
Fin. Laus Deo.
La página (folio 35 recto) presenta un texto subyacente borrado (palimpsesto) que ocupaba toda la plana. Apenas son legibles algunos versos sueltos (como «nadie en mi pensamiento», «que a los cielos sirva», «la engañosa esperanza» o «el papel de mi cuidado»). El papel se lavó y se reutilizó como portada para la tercera jornada.
Jornada tercera.
El hijo del carpintero.
Sale José.
En vano, cielos, intento
huir de mi esposa bella,
pues mientras más huyo de ella
más la hallo en mi pensamiento.
Pero ¿adónde mi dolor,
agraviados cielos, irá?
Si en mi corazón está,
¿qué no la encuentre en mi amor?
Toda la noche ha que, incierto,
el bajel de mi cuidado
el mar surca despoblado
de este campo, y no halla puerto.
Pero ¿cómo le he de hallar
cuando en tan confuso abismo
de penas, mi temor mismo
fluctúa en tanto pesar?
Dudo mi agravio, y no acierto
a creer, se contradicen
mis recelos, ellos dicen
la verdad, mas no lo cierto.
¡Oh, triste estado de un mal
donde entre dudarle o creerle,
la pena de padecerle
la hace el honor casi igual!
Pero las luces del día
las sombras van desterrando,
y no sé dónde me esconda
porque no vean manchado
los puros rayos del sol
el cristal de mi honor claro.
Pero de aqueste desierto,
donde neutrales mis pasos
sin elección me han traído,
entre sus duros peñascos
me esconderé de mí propio.
Mas al preciso cansancio
de mi edad
Recuéstase sobre un peñasco portátil.
de mis recelos y agravios
rendido estoy; quiero hacer
de este risco, en vez de blando
catre, campo de batalla
a mis penas, que un cuidado
siempre halla el desasosiego
adonde busca el descanso.
Mas, si ofendido me miro,
¿para qué la vida guardo?
Como víbora, la pena
el corazón a pedazos
no me deshace. Mas, ¡ay!,
que como es simulacro
de la beldad de mi esposa,
respeta en él su retrato.
Viendo su inocencia, y viendo
que sin mancha su honor casto
está, que ella no es la mala,
que solo yo soy el malo,
pues estando defendida
de sus honestos recatos,
no la defienden de mí
mis recelos temerarios.
Mas no he de creer que hay delito
en quien hay virtud, y a tanto
extremo llega la fe
que de sus méritos hago,
que antes que una culpa en ella
espero encontrar milagros
que me abonen su inocencia.
Vos, Señor, vos, Dios sagrado,
corred el velo a mis dudas;
no sea, Señor, mi pecado
quien empañe con la niebla
de mi propio error el claro
espejo de su pureza.
Mas ¿qué pesado letargo
es aqueste, que entorpece
mis potencias, deslustrando
mis honrados sentimientos,
pues que se rinde a su halago
mi dolor, como si no
fuera tan suyo mi agravio?
A su apacible veneno
resistirme intento en vano.
Sin duda hay oculta fuerza
en él, o, aunque es tan pesado
este concepto, sin duda
pues mis celos al descanso
se sujetan, no son celos
o son los indicios falsos.
Duérmese y pasa un ángel cantando, que atraviesa el teatro todo.
Cantando.
Córrese una cortina y aparece María de rodillas delante de una imagen.
Quien con poder tan supremo
rinde al ocio mi cuidado,
de mi inspiración divina
el dominio soberano
es, José, quien tus potencias
rinden al sosiego, llaman al descanso.
Tu custodio soy, que opuesto
a la lid de ese ángel malo,
cuando inquieta tu discurso
inspirarte debo, darte desengaños.
Oficio es de mi asistencia,
pues de tu guarda me encargo,
inspirarte, sin que sea
prodigio el que miran, el que ven milagro.
No temas, no desconfíes
de la virtud, del recato
de tu esposa, que en tus dudas
son los indicios, los recelos falsos.
Del enemigo común
es ardid de sus engaños.
Y si no, mira a tu esposa
ser cielo en la tierra, en la oración pasmo;
vuélvete a tu casa, y sea
fiel testimonio de cuanto
al visto en sueños hallarla
devota pidiendo, milagrosa orando.
Vase y despierta José.
¡Ilusión divina, espera!
¡Aguarda, numen sagrado,
a lo que en sombras me anuncia,
califíquenlo tus claros
resplandores! Mas ¿qué intento?
¿Cómo a pedir me adelanto,
sin merecimiento alguno,
favores más soberanos
de los que le debo al cielo?
Pues con asombros tan raros
deja satisfechos todos
los recelos de mi agravio;
pero no es en mi humildad
culpa creer que al cielo santo,
siendo yo tan pecador,
le he de deber favor tanto.
¿Si lo es? Vana ilusión
fue de mi deseo cuanto
en imágenes el sueño
aquí me ha representado.
Mas no fue ilusión, ni debo
dejar de creer que es milagro,
pues cuando no le merezca
yo por mí, siendo tan malo,
la virtud y la inocencia
de mi esposa están clamando
al cielo, y el cielo siempre
fue de inocentes amparo;
y sin ser grave delito,
no debo dudarlo, cuando
para que me satisfaga,
me deja el aviso grato
un examen que hacer pueda.
Pues ¿cómo al punto no parto
a mi casa donde espero
hallar a mi esposa, dando
glorias a Dios y a mi honor
venturosos desengaños?
¡Cuánto ya aquí me detengo!
¡A lo agradecido falto!
¡Présteme el viento sus alas
para que llegue volando!
Vase y sale Chirimías, hablando como que le ve ya lejos.
Va hacia él y da vuelta a los paños.
Él es un falcón, le nada;
gracias a Dios que le he hallado
a José, señor, espera,
si irá acaso convidado.
Más que los locos corre,
de un ciervo corriendo tanto,
aguarda, espera; alcanzarle
es imposible: en el campo
no hay viejo que no sea verde,
sin duda no tiene el Santo
gota, pues mal de ricos
nunca le tiene el que es santo.
Mucho me importaba hablarle,
pues él andará buscando
a Dominguito, y ahora
me dijo cierto muchacho
que el infantico, que está
en este desierto orando,
Domingo, que a él el secreto
le fió, pero el vellaco
es bermejo, y que le venda
no es mucho; mas ya me hallo
aquí, y el buscarle esfuerza.
Este niño es caso raro,
me hace echar por estos cerros,
mas es el afecto tanto
que le tengo, que por él
pasaré cualquiera estrago;
y pues para aquestos lances
también mi botilla traigo,
porque gracioso sin bota...
Saca una bota muy grande.
Bebe.
Vuelve a beber.
en comedia que es de santo
es como fiesta de toros
en quien no lucen caballos
y quedan los toreadores.
Ansí la persona saco
de mi respeto; esta es,
preñada, esta, que es espanto,
que al verla a todos provoca
a una, no dudo ya,
pues la pobrecita está
con la barriga a la boca.
Pero fuera conocida
deshonra que, con afán,
teniendo en mí un sacristán,
que ella anduviese escurrida.
Jamás ha tenido riñas
con ella mi afecto fino,
porque el hacer muy buen vino
eso le hace como hay viñas.
Que haya quien beba me quejo
en plata; si manirrota
le sirve a un hombre una bota
hasta dejar el pellejo.
Que hablo y bebo; sin mancilla
dirán, mas bien es lo haga,
que se me seca la llaga,
y acudo a la pelotilla;
no teman que se me suba
arriba, aunque puro está
y es añejo, porque ya
este es vino de otra cuba.
Malos estos pasos son
de garganta para hallar
a Domingo, que el estar
suele en los de la pasión.
Pero llamarle pretendo:
¡Domingo!
En el primer corredor se descubre Domingo en un peñasco, el cual ha de ser grande porque sirve para después.
Señor divino,
vos por mí, hombre, ayunasteis
cuarenta días continuos,
con sus noches, y yo, ¡ay, triste!,
que imitaros solicito,
en algo, aun cuarenta horas
que ha, señor, que mortifico
con hambre y sed las pasiones
de mi ser, flaco y rendido,
para proseguir, humanas
fuerzas faltan en mis bríos.
¿No es Domingo este que oigo,
que hace en aqueste risco?
¡Ah, Domingo! ¡Baja acá!
¿No me oyes, Dominguito?
Mas, de esta elevada punta
descender no determino,
aunque la flaqueza es grande,
por si aquí el hambre reprimo.
Baja acá, si es que eres hombre,
y llevarás un codillo
y pan para que a la vida
eches un remiendo lindo.
Vos, señor, fortaleced
aqueste desmayo mío.
¡Que te desmayas! Bizcochos,
ven, los mojarás en vino.
En tanta mortal angustia
socórrame vuestro auxilio.
Baja una dama que hace un ángel de las tinieblas con un cesto en la mano y quédese en el peñasco arrimada a Domingo.
Ángel a Domingo.
¿Quién me llama...?
mas, ¿qué veo, paraninfo
bello?, ¿qué quieres?
Luzbel,
príncipe de los abismos,
como a ministro me manda
suyo, que, con el fingido
traje de ángel, atentar
venga a este humano prodigio.
¿No me respondes?
Espero
que te cobres en ti mismo.
Ya lo estoy.
Hablando está,
mas con quién es, no distingo.
Va que es con alguna vieja,
que, como son basiliscos,
no he podido verlas nunca,
y ahora me pasa lo mismo.
Viendo tu flaqueza, el Cielo
esta vianda propicio
te envía; come, y será
celestial tu ser.
¡Qué lindo!
Del cielo le traen vianda,
va que son perdigoncitos,
porque es comida de vuelo.
Aunque es tan corto mi juicio,
en esa proposición
que no eres Ángel divino
conozco, monstruo infernal,
pues con ese engaño mismo
triunfaste de la primera
mujer, y todos perdimos
el ser de gracia, heredando
la mancha de aquel delito.
No andes en cumplimientos,
come a dos manos, Domingo,
y harás muy buenos mofletes,
si comes a dos carrillos.
Pues me has conocido ya,
elevar quiero tu espíritu
sobre la región del aire.
No temo mi precipicio,
que si no te da licencia
Dios, no puede tu maligno
furor maltratarme en nada.
El demonio le lleva en una apariencia hasta la claraboya del patio, y quedan los dos entrambos pendientes de los alambres, los cuerpos ladeados que puedan mirar a los patios del teatro; y a la caída, la en el frontis del teatro se descubra un globo en que estén pintados montes, ciudades y mares; y este globo, mientras hablan, se mueva alrededor.
Mas ¿qué veo a Dominguito?
¿Qué es esto? ¡En el aire está!
Señores, ¿o yo he bebido,
o di qué ver desde aquí?
Domingo, ves
todo el orbe reducido
a un globo, cuyo terrestre
círculo el cielo propicio
por todas partes rodea,
cuyo cuerpo, o sea prodigio
de la santa omnipotencia,
u ocupar su centro mismo,
en el aire está suspenso
sin que en nada se vea fijo:
en setenta y dos regiones
habitables dividido
se mira, de varias gentes
y naciones poseído.
La hermosura, la abundancia
de aves, brutos, fuentes, ríos,
mares, peces, selvas, flores,
plantas, árboles, opimos
frutos, perlas y diamantes,
oro y metales distintos;
tan grande es, que solo Dios,
siendo, como es, en sí mismo
infinito, pudo todo
hacerlo tan infinito.
Domingo, si a ver el orbe
allá arriba te has subido,
ve si el rey don Sebastián
hallas, que no ha parecido
en el mundo, y aun le aguardan
los portugueses muy finos.
¿No ves esa maravilla,
esa grandeza, ese rico
teatro del orbe, que
solo en un instante has visto?
Todo es mío, pues lo es
el mundo, y si tú, Domingo,
me siguieres, te haré dueño
con absoluto dominio
de todas cuantas riquezas
contiene.
Detente, altivo,
soberbio, vano, que a Dios,
que con su poder lo hizo
todo de nada, es a quien
alabar debo rendido;
y así, vete, Satanás,
no se vea el enojo mío
sin que desde aquí te arroje
antes.
El demonio arroja a Domingo como precipitándole, y va a parar al peñasco de donde salió, el cual se abre y dentro viene un ángel, que le recibe, y el demonio va a parar a la cazuela alta.
Jesús sea conmigo
y me ampare en tanto riesgo.
Ya por mí lo hace, Domingo,
pues te socorren mis brazos.
Y yo huyendo iré al abismo
por no verlo.
¿Qué es aquesto?
¿A Domingo, qué se hizo?
¿Ya no ves dónde está?
Él se ha desaparecido.
Cielos, o aqueste milagro
o hay otro Baco en el siglo,
porque esto no puede hacerse
sin alambres del teatro;
y a detenerme en buscarle
fuera hacer un desatino.
Cuenta a José voy a dar
de todo cuanto aquí he visto,
que él, como es carpintero,
y es tan propio de su oficio
el saber hacer tramoyas,
sabrá en las que anda su hijo,
que yo, con lo que me sucede,
no sé ni me determino
a creer si esto es cierto, o...
algo de lo que he bebido.
Córrese la cortina, y aparece María como la vio José.
En vuestra soberana
presencia, Virgen bella,
he de estar, sin que de ella
mi fe se aparte humana,
hasta ver a mi esposo satisfecho,
que se vuelve al halago de mi pecho.
Corred, señora, el velo
a tanta duda incierta;
abrid, piadosa, puerta
a un infeliz consuelo,
no viva en su recelo sospechoso
el sentimiento grave de mi esposo.
Por él, señora mía,
os lo pide mi llanto,
pues siento su quebranto
aun más que mi agonía;
pues él su deshonor llora violento,
y yo su ausencia sola es la que siento.
Su virtud prodigiosa,
su caridad afable,
merezca la entrañable
piedad vuestra gloriosa;
por él lo haced, que yo a ser condeno,
yo soy la mala y José el bueno.
Si en esto no he ofendido
a vuestro hijo amado,
ni el honor he manchado
de mi esposo querido,
dél os doled en tanta pena mía,
y a José me traed, Virgen María.
Pero, ¿qué es lo que estoy viendo?
Sale José.
Satisfechos mis temores
quedan, pues la encuentro orando.
María.
José, ¿adónde
has estado, que el rigor
es este que desconoce
en ti las señas de amante
y de esposo los blasones?
porque de mí te ausentaste,
como afligida en la noche
me dejaste de mi pena,
cuando mis afectos nobles,
ni aun con la imaginación
te han ofendido: ilusiones
fueron del engaño cuantos
tus celos.
Detén las voces,
que quien rendido a tus ojos
vuelve amante, siendo noble,
preciso es que satisfecho
venga ya de sus temores.
Ya, esposa, no procures
hacerlo, porque se pone
en duda de ser culpada
la que da satisfacciones.
Yo sé tu virtud, y sé
que es imposible que borre
ninguna niebla del sol
los lucientes resplandores;
pues si acaso algún vapor
entre su luz se interpone
y nuestra vista, sus rayos
le deshacen, sin que logre
más que dar en la victoria
al sol más puros candores.
Entendida creí, María,
allá el concepto, acomoda
tu discurso, y yo en tus brazos
tranquilo sosiego goce.
A tus plantas, José mío,
mis humildades me ponen,
que mi fe no te merece
más dichas, ni más favores.
Tanto mereces, María,
que cuerdas mis atenciones
la tierra envidian pisada
donde tú las plantas pones;
y Domingo, ¿dónde está,
que a verme no viene?
¿Dónde
está? No sé; solo sé,
José, que en las aflicciones
mías aun ese consuelo
no he tenido, ya ha dos noches
que falta.
¡Qué es lo que dices!
Tus cariñosos fervores
¿cómo a buscarle no han ido?
Como al sufrimiento bronce
mi afecto, viendo que tú
me faltabas, este golpe
quise añadir a mi pena,
antes que mis atenciones,
dejándome tu desaire
este albergue nuestro pobre.
Muerto al oírlo he quedado.
Esposo, no te congojes,
que Dios nos le ha de traer,
que un muchacho de los doce
infanticos de la iglesia
que es el que más le favore,
logra de Domingo; vino
a avisarme que a ese monte
desierto se había retirado
a estar en contemplaciones
con Dios.
Absorto me tiene,
ir a buscarle dispone
mi pena.
Ya Chirimía
ha ido a buscarle por donde
dijo el muchacho.
¿Y ha vuelto
Chirimía?
Sale Chirimía y hace gestos.
Absum, domine,
ya estoy aquí.
¿Y Dominguito?
¿Qué dice? No me responde.
No es mucho que no lo haga,
Si yo le he dado más voces
que suelen dar las mujeres
cuando riñen con los hombres,
y no me respondió...
¿Cuándo?
Cuando atravesaba el monte.
¿No le oí? ¡Alto a Domingo!
Domingo voló.
¡Qué oye
mi pesar!
¿Qué es lo que dice?
Que voló.
De sus razones,
lo que me dice no infiero.
Si no lo infiere, acabóse.
Venga acá, ¿estuvo con él?
Sí, estuve, y porque no ignore
el hijo que Dios le dio,
sepan que es un santo, porque
desde lo alto de un risco
le vi con admiraciones
subir a esta, la región
del aire, y no sé por dónde
desapareció después;
y aunque le di muchas voces,
hizo lo que José hizo,
que es no responderme entonces.
Estas son locuras suyas.
¡Por el perro de San Roque,
que es verdad cuanto he contado!
Pasmó el muchacho, y no es troque.
¿Adónde le vio?
Lléveme.
Vamos.
No tomes
pena, María, que yo
te traeré al niño.
Vanse los dos.
Si él coge
el vuelo que dio a mi vista,
preciso es llevar halcones.
¡Qué mísera navecilla,
a quien combaten conformes
agua y viento, se había visto
en tan grandes confusiones,
en tantas zozobras, como
mi corazón se ve! ¿Dónde
han de llegar, cruel fortuna,
mis sustos y tus rigores?
¿Puede haber en mí más penas?
Sale don Ramón.
Sí puede; en mi afecto noble
sea disculpa para que
esta licencia me tome.
Sabes que al campo José
salió por las razones
que le oí; permite, hermosa
María...
Detente, hombre.
¡Qué atrevimiento es extraño!
¿Qué intentan tus sinrazones?
Si apuras con la porfía,
solicitan tus pasiones
mi constancia, ¿ya no has visto
que a tus ruegos soy de bronce,
a tus halagos de mármol,
de roca a tus persuasiones?
María, pues, ¿qué mudanza
es aquesta que supone
tu afecto ahora conmigo?
¿Tú misma no fuiste dócil
quien a llamar me enviaste
con Lucindo la otra noche?
A tu halago, ¿no debí
que, trocados los rigores
en caricias, de tus llamas
diese amante razones?
Hombre, ¿qué es lo que pronuncias?
¿Cómo es posible que apoyes
que yo llamarte he podido,
ni que has oído en mis voces,
siendo quien soy, más que ultrajes?
desdenes e indignaciones.
Como es verdad lo que digo,
no es, sino es engaño enorme
de tu cautela.
No es.
Ya que a negarlo te opones,
si no es inconstancia tuya,
y puesto que a mis pasiones
diste ya una vez licencia,
mal podrás de mis ardores
defenderte.
¿Cómo no?
¡Cielos, cuando te arrojes,
castigará tu delito!
Titubeando.
Mis ciegas obstinaciones
al cielo, ni aun a Dios temen.
Pu, pu, pue...
¿Qué dices, hombre?
Mas, ¿qué prodigio es aqueste?
Titubeando.
¿Qué pasmo es este que inmóvil
suspende así mis sentidos?
En vano la lengua rompe
la voz, la vista he perdido.
¡Dios castigó mis errores!
Cae en el suelo.
¡Ay, Don Ramón! ¡Ay, señor!
Ni habla, ni ve, ni oye.
¿Qué haré, Cielos, en tan grande
desgracia?
Sale Domingo.
No se congoje,
madre, que a nadie Dios falta
cuando en las tribulaciones
le llama el Señor.
Domingo,
hijo mío, aqueste hombre...
Hace demostraciones de arrepentimiento.
Ya sé que está mudo, sordo
y ciego, que sus atroces
delitos así le tienen.
El infernal monstruo enorme,
con permisión que le ha dado
el cielo, estas aflicciones
causa en él, pero es tan grande
para con los pecadores
de Dios la misericordia,
que este castigo dispone
para que llore sus culpas
y el piadoso le perdone.
Mas ya su dolor lo hace,
según las demostraciones,
y pues el cielo me inspira
con auxilios a que obre
este prodigio, infernal,
maligno espíritu, en el nombre
de Dios te mando que al punto
dejes libres sus vigores,
sus sentidos, y que salgas
del cuerpo de aqueste hombre.
Dentro el demonio.
Ya a mi pesar lo ejecuto.
Toda soy admiraciones.
Levántase admirado Don Ramón.
Arrodíllase a él.
Señor, mis culpas confieso,
y mi ceguedad conoce
vuestra gran misericordia,
pues para que el llanto borre
mis errores, este tiempo
me concedes en favores;
y pues instrumento ha sido
Domingo para que logre
mi dicha este bien, a él
mis rendimientos se postren.
A ti este auxilio te debo,
prodigioso niño, y porque
mi arrepentimiento veas,
dispondré muy presto donde
mi penitencia sea enmienda,
ejemplo dé a todo el orbe.
Vase.
Aguarde, espera.
Domingo.
Madre, ya de sus temores
Dios la ha librado, y mi padre
a buscarte ha ido al monte
desierto donde tú estabas.
Madre, adiós.
Pues, ¿qué rigores
son estos? ¿Dónde vas, hijo?
¿Dónde? A excusar a mi pobre
padre el cansancio a buscarle.
Ya él vendrá.
Sale José y Chuimía
Bien dijo el hombre
que a casa le vio venir,
aquí está. José le azote,
que, según vuela, que tiene
muchas alas se conoce.
Pues, ¿cómo tu virtud, hijo,
obra con tanto desorden
que faltas a la asistencia
de tus padres?
No se enoje,
padre y señor, que si al tierno
cariño con que sus nobles
afectos me han procreado
se niegan mis atenciones,
no es culpa en mí, pues que Dios
en sus preceptos dispone
que, por seguirle a él, dejen
padre y madre. Dios a voces
me llama para que siga
de su gloria el feliz norte;
pues no hay razón que de Dios
falte a las inspiraciones
para no faltar a mis padres.
Y así, es bien que me perdonen
y su bendición me echen.
Hijo, ¿qué es lo que dispones?
¿Qué intentas?
Que en mí se cumpla
de Dios la inviolable orden.
¿Qué orden dices?
La que dada
tiene para que lo logre
el mayor bien.
Hijo mío,
¿no en nuestros corazones
enterneces?
De la tierra
te levanta.
Seré inmóvil
hasta que su bendición
consiga.
Échanle la bendición
Bien, que la logres;
ésta, tu bien, la de Dios
y la mía te le otorgue.
Y la mía, porque sea
con todas sus bendiciones.
Y las mías. Mira que no te has de ir.
Dejaba ahora...
Perdonen,
que Dios me llama, y es fuerza
siga el imán de sus voces.
¿Quieres dejarnos?
No es
dejarlos, si reconocen
que asintiendo a Dios, asisto
más a sus obligaciones.
Aguarda.
Espera.
Es en vano.
¿No te obligan mis razones?
¿No te enternece mi llanto?
Si me enternece, no lloren,
mas preciso es que a Dios siga;
no contra lo que dispone
su poder vayan.
Esperen,
que Chuimía le entone
dos pasacalles; verán
cómo se queda.
No estorben
mi impulso.
Aguarda.
No puedo
obedecer.
Mis veloces...
mis plantas te siguen.
Vase Domingo, y José tras él.
En vano
es, padre, seguirme, porque
no hay humana diligencia
contra divinos fervores.
Chirimía, síguele
también.
Si el muchacho corre
como vuela, no podrán
alcanzarle postillones.
Vase.
Si de Dios, Domingo, es,
y aquestas disposiciones
son de Dios, en él se cumpla
lo que a su servicio importe,
que antes es su voluntad
que mis penas y dolores.
Vase.
Sale el Demonio.
¡Infeliz monarquía!
Aquella es donde, ¡oh, importuno!,
lo que una mano guía
lo baraja el impulso de otra mano.
¡Infeliz es el reino en quien mantiene
uno el dominio y otro el cetro tiene!
Dígalo mi grandeza,
¡ay, infeliz!, y mi poder lo diga,
pues cuanto mi agudeza
procura que en el orbe se consiga,
Dios lo deshace, pues, de un solo vuelo;
él tiene el mando y yo la carga solo;
yo el vituperio grave,
él el glorioso acierto y yo la injuria;
pues como el mundo sabe,
cuando triunfar podía con mi furia
de don Ramón, José y de María,
auxilios eficaces les envía;
pero pues me ha quedado
en quien vengarse puedan mis rencores,
colérico, obstinado,
incitaré de nuevo los furores
del pueblo hebreo que matar intenta
a este rapaz, origen de su afrenta.
Muera, que si la gloria
en infeliz martirio no dilato,
me queda la victoria,
pues de Dios es el hombre fiel retrato,
y es deshacer, borrar, manchar la pura
imagen que de Dios es fiel hechura.
Muera aqueste portento,
este prodigio, asombro, aqueste espanto,
que con tanto ardimiento
a Cristo en su pasión imita tanto,
que, huyendo de su padre, encuentra puertos,
fugaz para orar aun en un huerto.
Pero ya que mi ira
hallar otra venganza en vano aguarda,
y cumplido en él mira
el término fatal, ¿cómo se tarda
mi enojo en incitar al pueblo hebreo
que le busque y le prenda su deseo?
Pues, aunque yo pudiera
adonde está decirle y conducirle,
para que le prendiera,
que busque, solo intento persuadirle,
otro muchacho, a quien el precio ciegue
y le venda Domingo, y se le entregue.
Pero, ¿a mi enojo
en el huerto le ven, que quiere el cielo
que le vean mis ojos
para más fiera rabia, más desvelo?
Pero huyendo iré dél, basta, me vuelo,
sin que a oírle me aguarde ni a atenderle.
Descúbrese Domingo de rodillas y el Demonio se va.
Desconfiado, Señor,
de mi ser humano, vuelvo
segunda vez a pediros
me socorra vuestro esfuerzo.
Morir aguardo por vos,
y cuanto más lo deseo,
más el corazón se asusta,
mas lo rehúsa...
de la muerte, que, como es
tan horroroso suceso,
no hay valor que no convierta
en temor el desaliento.
Mas, ¿qué mucho, si por mí mismo
la temisteis, que yo siendo
de humana naturaleza
y de humilde vaso hecho,
tiemble asustado y confuso,
y que mi débil esfuerzo
a la congoja, a la pena,
al temor, al desconsuelo
exhale arroyos de agua
por poros y ojos haciendo
mar, en tantas agonías,
lo anchuroso de este huerto?
Tanto es mi temor, Señor,
que si posible en mi afecto
fuera el pediros rendido
que de mi muerte el decreto
cesase... Mas, ¿qué pronuncio?
No es este cobarde miedo
efecto del corazón
mío; de otro impulso, efecto
es, que no alcanzo; pues si
murió por mí en un madero
(dogma siendo Dios y hombre),
¿cómo por su amor yo tiemblo
morir, cuando en tanta dicha
me aguarda tan feliz premio?
Señor, mis yerros perdona,
que hijos no son de mi afecto.
Venga la muerte que aguardo;
llegue, sí, el plazo que espero.
Pasa un ángel en un carro por el tablado cantando.
Ya se cumplió, Domingo,
y Dios llena de esfuerzos
tu amor, para que le imites
también en su sufrimiento.
Ya vienen a prenderte
tus enemigos mismos
y serás de sus iras
sacrificio cruento.
Pues si llegó el plazo a tu deseo,
entrégate a la saña de su pecho.
Aguarda, espera, divino
espíritu.
Salen los judíos y un muchacho con ellos de adentro, y traen teas.
En aqueste huerto
es donde Domingo está.
Pues ya tú estás satisfecho,
enséñanosle.
Este es el mismo
que buscáis, y os he cumplido;
pues entregado os le dejo.
¿Eres tú Domingo?
Domingo soy, ¿qué recelos
os acobardan? Llegad,
prendedme, pues indefenso
estoy.
¡Qué raro prodigio
es este!
Todos lleguemos.
Ya yo me entrego a vosotros.
Pues se logró nuestro intento,
nuestra venganza se logre.
Renueve del Nazareno
la pasión, muera este vil
rapaz.
Sus oprobios mismos
sufra.
Danle empellones y golpes.
Llevadle a empellones.
Si yo en huir no me defiendo,
¿para qué me atropelláis?
Por ignominia y desprecio
mayor.
Ven, infame.
Vamos.
De vuestra pasión inmensa,
Dios mío, los propios pasos
va mi ventura siguiendo.
Vanse, y sale el Demonio.
Ya se logró mi venganza;
mas no se lo...
que les cuesta a mis fatigas
tantos sustos el suceso
de este rapaz, este asombro
de quien ya la muerte espero,
pues avisados del propio
muchacho que a los hebreos
le entregó, anda María
y José tristes, haciendo
tantas lástimas por toda
la ciudad que sus lamentos
han llegado a los oídos
tan piadosos, como regios
de Fernando e Isabel.
Ya la acompañan atentos
ellos en persona misma
desde anoche que supieron.
Acaso le andan buscando
no perdonando su celo
casa de hebreo ninguna,
pero mi poder opuesto
a sus piadosas fatigas
con fantásticos objetos,
con vanas sombras, la casa
donde está los he encubierto,
de suerte que son en balde
sus católicos empeños;
pero la hora de tercia
va llegando en que el hebreo
pueblo darle muerte aguarda,
y pues distancia ni tiempo
se da en mi ser, que en un punto
veo, examino, penetro
cuanto con mi inteligencia
angélica ver deseo,
lo que con Domingo obra
su airada saña ver quiero
desde aquí, pero ¿qué miro?
Ya después de haber entre ellos
hecho jueces y ministros,
entregándole cual reo
a la justicia, de uno
a otro tribunal protervo
le llevan, y no hallan culpa,
sobrando rigor en ellos.
Ya la mano airada pone
en él un judío, haciendo
en su rostro que dé señas
el golpe del vituperio.
Ya los ojos para herirle
con burla venda el desprecio,
y apagándole las luces,
aun ellos quedan más ciegos.
Ya de los pobres vestidos
le despojan, consiguiendo
que, niño, amor y desnudo,
sea amor todo su afecto.
Ya amarrado a una columna,
sobre el delicado cuerpo
tanta tempestad de azotes
desciende airada que, siendo
la lluvia de sangre, hace
la tierra ver mar bermejo.
Ya una diadema le ponen
de espinas, cuyos acerbos
rayos sus sienes taladran.
Ya llagado al pueblo hebreo
le enseñan, y los rigores
que no caben en los mismos
ojos de quien lo ejecuta,
caben en su sufrimiento.
Ya sobre sus hombros carga
con gusto el pesado leño.
Ya llega al lugar adonde
ha de morir, y el madero
fijo en la tierra le mira
con reverencia y sin miedo.
Ya sus manos y sus pies
traspasan con duros hierros.
Baja una cortina que cubre el teatro. Tiene pintada de estrellas a una parte el sol y a otra la luna, los cuales espacios de uno y otro han de ser trasparentes.
Ábrese la cortina por medio y, corriéndose o levantándose, aparece Domingo en la...
Ya está del leño pendiente,
y ya de la saña el denuedo
de los atroces ministros
es sacrificio cruento.
Y ya viendo que no espira
a tan repetido exceso
de tormentos, y que es
su paciencia tal que, viendo
que ellos le injurian, les pide
perdón y ruega por ellos
al cielo: con una lanza
el amante y tierno pecho
le atraviesan, y aún no muere.
Pero, ¿qué raro portento
es este? El cielo se cubre
de horrores y, airando el ceño,
el sol excusa sus luces,
la luna muda el aspecto.
Todo padece, y en tanto
sentimiento gemir veo
la tierra, el aire, el agua y el fuego.
Dentro, músicos a cuatro
Lloren, suspiren, sientan los excesos
de la saña, la ira del pueblo hebreo.
La tierra con temblores,
con suspiros el viento,
con lágrimas el agua,
con ardores el fuego.
Lloren, suspiren, sientan sus excesos
la tierra, el aire, el agua y el fuego.
Un asombro a otro sucede,
pues que, rasgándose el velo
que, de las nubes tejido,
embarazo fue del cielo,
se desprenden de la esfera
luces que el dichoso acierto
descubren; pues, con Fernando
e Isabel, llega diciendo
todo el pueblo:
Dentro, voces
Aquí se ocultó,
En una cruz ha de estar desnudo, y la cruz ha de ocupar la mitad del teatro de género que parezca que está en el aire.
En un escotillón baja el demonio, hundiéndose. Salen todos.
Otras voces
Pues nos le revela el cielo.
Entremos,
antes que lleguen.
Sepúlteme a mí el infierno.
Descubiertos hemos sido.
Y aún este infame no ha muerto.
Acabémosle.
Todos
Aquí están.
¿Qué miro?
¿Qué es lo que ves?
¡Cómo a un Cristo estos judíos
a un dominguito han puesto!
¡Qué lástima!
¡Qué dolor!
¡Qué pena!
¡Qué sentimiento!
¡Hijo querido!
¡Hijo amado!
Padres, tengan gran consuelo,
pues tienen un hijo mártir.
Infames, viles hebreos,
¿qué habéis hecho? A vuestra culpa
dará castigo mi acero.
Católico rey Fernando,
que los perdones te ruego
por si es que de sus errores
tienen arrepentimiento;
pero, de parte de Dios,
segunda vez te amonesto,
católico rey, que si
desterrares los hebreos
de España, que en recompensa
de vasallos tan protervos,
a Nápoles, a Navarra,
y el feliz descubrimiento
de las Indias, te dará
por premio dichoso el cielo.
Yo te lo ofrezco, Domingo,
y ser, como son, seiscientos
mil los hebreos, si fueran
muchos más, mi ardiente celo...
de mi reino los echará.
Salgan desterrados luego
los que la ley no siguieren
de Cristo y Dios verdadero.
Y yo un santo tribunal
formar al punto prometo,
que conozca de sus culpas
y de sus errores, siendo
fray Tomás de Torquemada,
mi confesor, el primero
inquisidor general
de todos mis leales reinos.
Felices Reyes seréis.
Mas ya me falta el aliento.
En tus manos, inefable
Señor, mi espíritu encomiendo.
Espira, y bajan dos ángeles cantando y le trae uno una palma y otro una corona.
Ya expiró su luz hermosa.
Ya el sol y mi gloria ha muerto.
Ángeles, hombres,
astros y elementos,
alabanzas canten
y glorias al cielo,
pues sube a su alcázar
coronado de luces y trofeos
el mártir glorioso,
el infante feliz del Aseo.
De músicas celestiales
sube acompañado al cielo
su espíritu.
La cortina cubre otra vez el teatro.
¡Qué ventura!
Sin alma, sin vida quedo.
No sintáis su feliz muerte,
que yo de vuestro consuelo
cuidaré.
Estos judíos
mueran vivos en el fuego,
que hasta el suplicio yo mismo
la leña llevar intento.
Y yo atizaré la hoguera,
que en atizar soy muy diestro.
Pongan los judíos.
Tente,
que morir en la ley quiero
de Cristo, el bautismo pido.
Dénsele, mas muera luego.
Nosotros no, que en la ley
de Moisés morir queremos.
Pues vengan vivos a ser
chicharrones del infierno.
Yo a ejemplo tan admirable
religioso ser espero
de Domingo, pues a otro
Domingo mi enmienda debo.
Y aquí, Senado, da fin
El hijo del carpintero,
cuyo cuerpo Zaragoza
venera en su sacro Aseo.