Texto digital

Texto digital de El hijo del carpintero

Fecha de publicación: 22 de agosto de 2026

Metadatos de la obra

Atribución tradicional
Atribución estilometría
Género
Comedia
Estado del texto
Transcripción automática de manuscrito
Procedencia
El texto procede de la transcripción automática del manuscrito conservado en la Biblioteca Nacional de España, signatura MSS/14811.

Aviso

Puede incluir errores u omisiones. Si dispones de una edición mejor, te agradecemos que contactes con nosotros para incorporar actualizaciones.

Licencia

Este contenido se ofrece bajo la licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0. Reutilización permitida con cita; usos comerciales no permitidos.

Licencia Creative Commons CC BY-NC 4.0

Cita sugerida

Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El hijo del carpintero. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-hijo-del-carpintero.

Primera página de la obra
Primera página de la obra
Última página de la obra
Última página de la obra

EL HIJO DEL CARPINTERO

Pag. 1

C

3

I / 110

Autógrafa.

Leg.º 3 / 10

Pag. 2

El hijo del carpintero, por don Pedro Francisco Lanini Sagredo.

Jornada primera

Pag. 3

En el fondo de la página se observa un texto deslavado (palimpsesto) correspondiente al reparto y comienzo de una obra sobre la reina Ester. Se leen nombres como «El rey Asuero», «La reina Vasti», «Amán», «Mardoqueo», «Bigtán y Teres», «Zeres» y «un judío», seguidos de acotaciones («Sale el rey Asuero...») y restos de versos (como «el grande Dios de Abraham»). El folio fue lavado y reutilizado para la portada de esta obra.

Gran rúbrica central y sello circular de la biblioteca.

Pag. 4

Personas

El rey don Fernando

La reina doña Isabel

Domingo Manuel, niño

José del Valle, barba

Don Ramón de Moncada

Fray Tomás Torquemada

Chirimía, gracioso

Lucindo, que es el demonio

María, dama

Una niña que hace a la Virgen

Un niño que hace a Cristo

Ángeles

Moisén rabí, judío

Samuel, judío

Rabac, judío

Músicos

Acompañamiento

Dentro voces: ¡Matarlos a todos!

Uno.

¡Muera aquesta hebrea canalla!

que a Dominguito, uno de ellos, ha dado una bofetada

Dentro

Uno.

¡Dios de Israel, cómo así

a tu pueblo desamparas!

Dentro

Otro.

¡Seguid a ese rabí,

muera el primero que rabia!

Sale Moisén judío, como huyendo.

Moisén.

Primero que a vuestras iras,

pues la fuga no me basta,

a mis desesperaciones

acabarán mis desgracias,

arrojándome desde este

muro; y pues me desampara

el grande Dios de Abrahán...

Pag. 5

Va a precipitarse hacia un lado del teatro y sale deteniéndole el demonio.

Moisén.

¡Todo el infierno me valga!

Demonio.

Ya lo hace mi astucia; no

te precipites, aguarda,

que aunque tal vez fue valor

por redimir de la infamia

la vida, darse la muerte,

siempre ha sido más hazaña

saber sufrir las injurias

para animarse a vengarlas.

Moisén.

¿Quién eres, di, que suspendes

con piedades tan extrañas

mi resolución, haciendo

que de mi furor la saña,

que amenazaba mi vida,

la trate con quien me agravia?

Demonio.

Pues no me conoces, grande

debe de ser tu ignorancia,

pues de mi infernal astucia

siempre fueron las más claras

señas de quien soy, ser quien

persuade a la venganza;

pero que no me conozcas

me importa ahora.

Moisén.

¿No acabas

de responderme?

Demonio.

No admires

que mi sentimiento se haga

silencio, pues de tu injuria

tan grande parte me alcanza.

Moisén.

¿De mi injuria?

Demonio.

Sí.

Moisén.

Pues, ¿sabes

quién soy yo?

Demonio.

Sé que te llamas

Moisén, y que rabí eres,

que la ley docto declaras

de Moisén a este pueblo,

que al Mesías aguarda,

para que del cautiverio

en que abatido se halla

le saque.

Moisén.

Y cuán abatido,

si, pues un rapaz solo basta,

hijo de un vil carpintero,

para ultrajarnos.

Demonio.

Ten, aguarda,

que no quiero a tus noticias

repetir la circunstancia

menor del caso, porque

conozcas que quien alcanza

a saber lo porvenir

mejor sabrá lo que pasa;

y por este rapaz que dices,

habéis de salir de España

desterrados y abatidos

cuantos hebreos se hallan

en ella.

Moisén.

¡Qué es lo que dices!

Demonio.

Si a la astrología sabia

debes dar crédito, yo,

que no solo en ella, en cuantas

ciencias hay, soy quien a todos

los humanos aventaja,

en su horóscopo he observado

no solo aquesto, mas tantas

admiraciones, en ese

niño que Domingo llaman;

pero atiende, que aunque sean

en tu atención excusadas

las noticias que ya tienes,

les es preciso a mis ansias

referirte las que sabes

porque sepas las que faltan.

De Josep del Valle, un hombre

Pag. 6

Demonio.

cuya virtud, cuyas canas

le hacen respetado en toda

Zaragoza, con tan alta

dicha, que sin atender

la nobleza más hidalga

de esta ciudad al humilde

ejercicio en que empleada

ven su virtud (mejor fuera

pobreza llamarla),

pues siendo de ilustre sangre,

por dar a pobres confianza

y liberal de su hacienda,

troncos y madera labra,

por ello su estimación

consigue con alabanzas,

y de María su esposa

permite que en ella haga

tan buena ilación; pues si

en José méritos se hallan,

con perfección en María

belleza tan soberana,

modestia tan reverente,

virtud y humildad tan santa,

que con ser de todos cuantos

ven su hermosura adorada,

en respeto se convierte

el amor que la profana;

y no te admire que sea

yo el mismo que los alaba,

pues la virtud en el hombre

es excelencia tan alta,

que aun el demonio no puede

dejar tal vez de ensalzarla,

ni de admirarse, que siendo

José de edad dilatada,

hiciese elección tan rara;

pero sin duda que el cielo,

con providencia más sabia,

aun más que para marido,

que se le dio para guarda

de su pura honestidad

y de su belleza casta.

Pues los juntó en uno el

sacramento que da gracia,

nació Domingo Manuel

(con atención aquí llama

mi discurso) de José

y de María (¡qué rabia!).

Manuel Domingo nació,

y mira cuánta semejanza

en los nombres hay de aquel

que porque se intitulaba

el verdadero Mesías

crucificó vuestra saña,

pues aunque alta en el ser hijo

de un carpintero le iguala,

y no es el mayor portento

que en su nacimiento halla

mi observación; pues en él

notaron la circunstancia,

al examinar del día

la primer luz, en su infancia,

que de un círculo vago

de puro color de nácar

coronada la cabeza,

y desde el hombro a la espalda,

de la señal del madero

que dicen que de la humana

redención fue causa, trajo

la misma insignia grabada.

Pag. 7

Demonio.

aquí es adonde mi ciencia,

mejor dijera mi rabia,

no queda absorta, mas no duda

que en las conjeturas halla,

del rojo color de aquella

nueva hermosa guirnalda

que la corona, felice

del martirio le señala.

Mas la insignia del madero

es solo lo que me pasma,

porque la razón alcanza

apenas sus padres vieron

de sus dos fecundas ramas

el fruto, oh bendición,

cuando dando al cielo gracias

a Dios se le consagraron

ofreciendo, para que grata

mejor su ofrenda aceptase,

el que guardarían casta

continencia, sin manchar

la pureza de las almas,

revalidándolo el voto,

el cual tan puros le guardan,

que de su amor lo halagüeño

aun a hablarse no basta.

Creció Domingo, y crecieron

con la suave enseñanza

de sus padres las virtudes

en él; y apenas le hallan

capaz, cuando en la Seo,

e Iglesia mayor, la plaza

de infante, o niño de coro

le consiguieron; con tanta

ostentación del Cabildo,

que cayéndoles en gracia

la travesura de ver

que con un látigo echaba

los judíos de la iglesia,

su mismo aplauso fue causa

para que otras muchas veces

con ignominia lo haga,

de que indignado tú, ahora,

que en el templo acaso entrabas

a hacer irrisión sin duda

de sus ceremonias sacras,

vengar la injuria quisiste

de que contigo lo usara,

y a no valerte la fuga

a las manos acabaras

de los cristianos: Moisén,

para esto de tu venganza

en la ira, en el reparo,

oye de nuestro pueblo amenaza

es, y no juzgues carece

de gran misterio la causa,

burla de echar los hebreos

de la que ellos llaman casa

de Dios; pues en el que adoran

crucificado se halla

que del templo los echaron

también con castigo echaba.

Perseguidos de un rapaz

os halláis; pues ¿a qué aguardan

vuestras iras? Este niño

muera, no esperéis se haga

ruina el presagio, que el cielo

en mis voces os declara;

pues os vuelvo a repetir

habéis de salir de España

desterrados y abatidos.

Mas deciros esto basta.

que la infamia

Pag. 8

Demonio.

es tan mía como vuestra,

os ofrezco a la venganza

ayudaros, y no solo

en él emplear la rabia,

sino en José y María,

perturbando en ellos cuanta

virtud cariñosa ilustra

el sosiego de sus almas;

pues encendiendo el deseo

de don Ramón de Moncada,

con quien ya me he introducido

tomando la forma humana

de un amigo suyo, que

se perdió en una batalla,

pues la belleza festeja

de María, haré que caiga

de su fortaleza el muro,

y que José, a la llama

de sus celos, trueque toda

la quietud en destemplanza;

que para esto el poder

de mi ciencia, de mi magia

usará de las violencias,

los conjuros, las palabras,

las cautelas, los engaños

de mi envidia, que basta.

Moisén.

Cuando el presagio no fuera

bastante, nos obligara

a darle la muerte solo

la casual semejanza

que tiene, con ese a quien

crucificó nuestra saña;

pero ¿qué te mueve a ti

a mirar con pasión tanta

por este abatido pueblo

que la ley de Moisés guarda?

Demonio.

Ser yo a quien su salvación

le más importa, y no te engaña

ahora en nada mi cautela,

pues soy quien en la ignorancia

de vuestros ciegos errores

os tiene con pertinacia.

Moisén.

¿Sigues la ley de Moisés?

Demonio.

Sí.

Moisén.

Pues solo me faltaba

saber eso, para que

de todo me declarara

contigo: este rapaz muera

esta noche, cuando salga

devoto a la salve, que

en el pilar siempre canta;

yo y Samuel, un hebreo

de valor y astucia rara,

con un engaño que ahora

decirte no es de importancia,

le prenderemos, que ya

su muerte estaba trazada

de modo que, a asegurarle,

ha de ir primero mi capa.

Demonio.

Eso es darle la muerte,

que para todo mi espada

y mi valor le tenéis

dispuesto.

Moisén.

¿Cómo te llamas?

Demonio.

Mundo, que de Luzbel y mío

casi están equivocadas

las voces.

Moisén.

¿Y dónde buscarte

podré?

Demonio.

Siempre que me hayas

menester, me hallarás.

Moisén.

¿Dónde?

Demonio.

En cualquiera parte.

Pag. 9

Moisén.

... te la rindo en recompensa.

Demonio.

En eso no me das nada,

pues de justicia ya es mía.

Mas vete, Moisén, que pasa

el invicto rey Fernando

con doña Isabel su amada

esposa, que de Castilla

ahora de venir acaba

a tomar la posesión

de aquellos reinos.

Moisén.

Tanta

la ojeriza que nos tiene,

que poner cruces nos manda

por los caminos (dolor que

siento).

Demonio.

No ignoro nada,

yo te buscaré, que hablar

a don Ramón de Moncada

quiero, que aquí viene.

Moisén.

A Dios.

Vase Moisén y sale don Ramón.

Demonio.

Empiece ya la batalla

de mi engaño. Don Ramón...

Don Ramón.

Lucindo.

Demonio.

¿Dónde con tanta

prisa?

Don Ramón.

Voy acompañando

Demonio.

Yo juzgaba

que a María ibais siguiendo,

que del Pilar ahora acaba

de salir.

Don Ramón.

¿Qué es lo que dices?

Eso solo me obligara

a excusarme de ir sirviendo

a Fernando por hablarla,

o verla.

Demonio.

Y, ¿cómo de afecto

con ella os va?

Don Ramón.

Es tan extraña

su virtud, que no hallo modo

de rendirla, ni obligarla;

pero llevadme hacia donde

la visteis.

Demonio.

Es excusada

diligencia, que aquí viene

Don Ramón.

¿Del sacristán de la casa

del Pilar?

Demonio.

Sí, pues no es

de embarazo, llega a hablarla.

Salen María y Chusmía vestido de gorrón ridículo.

María.

Váyase, que notarán

me acompañe.

Chirimía.

Eso he de creer,

pues dígame, ¿hay ya mujer

que no lleve un sacristán?

María.

Un hombre, que sirve a Dios

no acompaña.

Chirimía.

Esa es porfía.

María.

Quédese aquí, Chusmía.

Chirimía.

Yo he de ir, siendo cierto que hay Dios,

que hay mil hombres atrevidos.

María.

Tal no digan sus razones.

Chirimía.

Que es no, y se hacen moscones

para inquietar los oídos.

Llégase D. Ramón.

Don Ramón.

Cobarde la llego a hablar.

María.

¿Qué veo? Este es don Ramón.

Chirimía.

Ande, que aqueste moscón

la solicita picar.

Don Ramón.

Espera, hermosa María,

y ya que cruel tu rigor

desprecie mi fino amor,

atiende a la pena mía,

oye.

Chirimía.

Es sorda, porque apoye

la porfía con que lucha.

Don Ramón.

Mi amante pasión escucha.

Chirimía.

No le oiga.

Pag. 10

Va ella andando, sin mirarle, y Don Ramón se pone delante de ella como deteniéndola

María.

Callando y siento vencer

tantas necias persuasiones.

Don Ramón.

Pues, mis nobles atenciones,

¿no bastan a detener

el sol celestial que sigo?

Entre belleza, grosero

me harás ser.

Chirimía.

¡Ah, caballero,

pues ¿no ve que va conmigo?

Don Ramón.

¿Qué importa?

Chirimía.

Algo en mi sentir,

pues aun los santos no están

seguros de un sacristán

que los suele sacudir.

Demonio.

Pues, Chirimía, tan cruel,

¿qué intentas?

Chirimía.

¿Qué he de intentar?

Matarle.

Apártase el Demonio

Demonio.

Eso he de pensar.

Chirimía.

Y aun doblar luego por él.

Demonio.

Estorbar es cosa impía;

antes, Chirimía, yo

fuera su tercero.

Chirimía.

No

toque usted esa chirimía.

Vamos, señora.

María.

Supuesto

que hacéis querer tiranía,

vuestros afectos, señor

Don Ramón, y que peligra

el claro honor de mi esposo,

y el mío, en cuantos os miran

detenerme, decid presto

a qué vuestro amor aspira,

para que, sin esperanza,

deje yo vuestra osadía.

Chirimía.

¿Qué es escuchar?

Demonio.

Tente.

Chirimía.

Yo

nunca he sido alcamonías.

Don Ramón.

A lo que aspira mi amor

es, bellísima María,

a idolatrar tu belleza,

a ser de tu luz divina

mariposa, que en la llama

festeje su muerte misma;

a rendirte en oblaciones

no solo el alma, la vida

que te adora, sino cuantas

riquezas y oro en sus minas

la tierra avarienta esconde

y el mar en nácares cría;

y esto con tan grande empeño,

que aunque tu rigor, tu ira,

tus desprecios, tus desdenes

soliciten mis ruinas,

templar a los desengaños

de tu condición esquiva

será imposible dejar

de adorarte mi porfía.

María.

¿Es vuestra resolución

ésa?

Don Ramón.

Sí.

María.

Pues esta es mía.

Yo, señor Don Ramón, soy

una mujer, bien nacida,

en calidad tan humilde,

que aun no juzgo que soy digna

de ser vuestra esclava; pues

sois, como el mundo publica,

por la casa de Moncada,

de tan ilustre familia.

Mi esposo es un carpintero,

vos, señor; ved cuánto dista

de un pobre oficial a vos,

que por señor os estiman.

Conque no podréis juzgar,

Pag. 11

María.

lo desigual en los dos,

que no premiar compañía.

Vuestro amor, vuestros decoros

puede ser altivez mía,

porque jamás me he valido

de la vanidad de linda;

el respeto que a Dios tengo

es quien a hacerlo me obliga,

y la honra de mi esposo,

a quien decoro estima,

con afecto tan constante,

con fe tan casta y tan limpia,

que primero faltarán

rayos al sol, luz al día,

que en su honra llegue a haber mancha

ni sombra alguna en la mía.

Esto os he dicho otras veces,

y os he pedido rendida

me dejéis de compasión;

y de nuevo os lo suplica

mi humildad, para que, si no

lo hacéis, señor, y porfía

vuestra tema o vuestro amor

en perseguirme, por vida

de mi esposo, que me dé

la muerte, para que digan:

hubo mujer tan constante

a quien le sobró osadía

por no aventurar su fama,

a darse muerte ella misma;

y faltó para dejarla

en un hombre bizarría.

Vase.

Don Ramón.

Aguarda, María, espera,

escucha.

Clarín.

Buena hija,

mujer de herrero parece,

pues sabe echar tan bien chispas.

Don Ramón.

Mira.

Aparte.

Demonio.

Notable mujer.

Mas sus resistencias mismas

le están bien a mis engaños.

Vuestro afecto no la siga,

Don Ramón.

pues ¿qué medio puedo hallar

cuando de mi amor se aviva

más el fuego en su tibieza?

Demonio.

Convertir tantas caricias

en violencias.

Don Ramón.

¿De qué modo?

Demonio.

Yendo esta noche a su misma

casa, que a los atrevidos

les da Amor solo las dichas.

Don Ramón.

¿Cómo es posible lograrlo?

Demonio.

Si mi industria os facilita

la entrada, tendréis valor

para el logro.

Don Ramón.

¡Que eso diga

quien me ve tan ciego!

Demonio.

Pues

yo os ofrezco lo consiga

vuestro amor, mas no perdáis

la ocasión, que os da la dicha.

Don Ramón.

Yo os prometo no perderla,

mas que os pregunte es precisa

circunstancia, ¿de qué modo

en casa tan recogida

intentáis introducirme?

Demonio.

Habiendo en la astucia mía

visto asombros, ¿qué dudáis?

Don Ramón.

Nada apurar solicita

quien en vuestro ingenio halla

prodigios, que solo admiran.

Demonio.

Pues vamos, que ya del sol

la luz trémula declina.

Don Ramón.

Hoy, tirana, he de lograrte.

Aparte.

Demonio.

Hoy, José, la paz tranquila

de tu vir...

Pag. 12

Vanse, y salen María y Chirivía.

María.

Pero bajan mis envidias;

no le digas a José cosa

de lo que a mí me pasó.

Chirimía.

¿Que Chirivía se vio

que jamás fuese chismosa?

Mi silencio callará

cuanto ha llegado a entender,

pero a José quiero ver.

Córrese una cortina y aparece una oficina de carpintería; José y Domingo aserrando un madero.

María.

Ya aquí trabajando está.

José.

Domingo, de este grosero

madero, que aquí aferrar

me ayudas, he de formar

el más dichoso madero

de la humana redención;

la insignia de él he de hacer.

Mira con cuánto placer

debe aferrar tu atención.

Domingo.

Con tanto, que mis sencillas

fuerzas, padre, al escuchar

que cruz de él has de formar,

te ayuda ya de rodillas;

que aunque ve mi devoción

que no llega a estar formada,

a la cruz imaginada

aún se debe adoración.

Pónense a aserrar de rodillas.

Dejan de aserrar.

José.

Hijo querido, levanta

del suelo, que en ti contemplo

me da tu virtud ejemplo

con advertencia tan santa.

María.

Amado José.

José.

María,

¿cómo te fue en el pilar?

María.

Bien, pues vengo de gozar

de su aurora.

José.

¿Chirivía

que con mi esposa ha venido

sirviendo de rodrigón?

Chirimía.

La ha servido mi atención.

José.

Mucho tu ausencia he sentido,

pues ya al ver tu arrebol,

todo el penar se destierra.

Chirimía.

Si José quedó en la sierra,

echar menos debía el sol.

José.

Dominguito, por juguete,

me ha ayudado este madero

a aserrar.

Chirimía.

Es carpintero;

bien acepilla un zoquete.

Domingo.

Harto estimara mi afán

saber este arte.

Chirimía.

Es mancilla;

¡lo que, Dios, que acepilla

bien! Son zoquetes de pan.

Hoy cantas, has de ir

a la Salve a nuestra Señora,

que es sábado.

Domingo.

¿Diga, es hora?

Chirimía.

Aún no es tarde, en mi sentir.

María.

Yendo en vuestra compañía,

no quedo con pena tanta.

Chirimía.

Solamente porque canta

se le acompaña Chirivía.

Su ayo soy, y vamos los dos

en la iglesia, pues limpiar

suele a veces el altar

cuando yo tomo mis zorros.

José.

¿Quién dice los toma?

Chirimía.

¿Quién?

Yo; si dudosos están,

pues no hay ningún sacristán

que no despavile bien.

Domingo.

Pues temprano dice que es

para que vaya a la Salve,

estar ocioso no quiero.

Bájase a coger astillas en una esportilla.

Chirimía.

Domingo hace bien, trabaje,

pues no huelga la madera

jamás en aqueste arte.

Pag. 13

José.

Vaya recogiendo astillas.

Llora.

Domingo.

Ya a mi obediencia lo hace,

que dejar quiero encendida

lumbre: reprimir en balde

puedo el llanto.

María.

¿Por qué lloras,

hijo, de esa suerte?

Domingo.

Madre,

de celestial alegría

aquestas lágrimas nacen,

pues acordándome ahora

cómo en casa de mis padres,

José, y María, Jesús,

con divinas humildades

astillas recogería

también como yo; tan grande

es en mí el gozo de ver

que en algo llego a imitarle,

que el corazón por los ojos

en lágrimas se deshace.

José.

Válgate Dios por rapaz,

en todo eres admirable.

María.

Su terneza misteriosa

aun a mí llorar me hace.

Vase.

Domingo.

Mientras que la lumbre enciendo...

Chirimía.

¡Aguarde!

¡Acabe!

Que no soy judío yo

para aguardar.

Sale Samuel, judío.

Samuel.

Dios os guarde,

señores.

Aparte.

Chirimía.

Ya hay quien lo hará

mejor que yo.

Samuel.

Muy sagaces

cautelas me traen a ver

por que no se nos escape,

si está este rapaz aquí.

María.

¡Que siempre llegue a asustarme

que esta gente veo!

José.

¿Qué

se os ofrece? ¿En qué mandarme?

Chirimía.

Querrá le haga algún calcaño,

y eso ninguno lo hace

mejor que yo.

Samuel.

Ya sabéis

cómo del Rey inviolable

orden es que a nuestra costa

por los caminos y partes

públicas pongamos cruces;

y yo, sabiendo que nadie

las hace mejor que vos,

he venido a que me saque

vuestro primor del empeño,

haciéndome una.

Sale Dominguito.

Domingo.

Ya, madre,

el fuego encendido está.

José.

¡Ah, fuera bien emplearle

en este hebreo! Mas diga,

¿qué es lo que le quiere, Padre?

Samuel.

Padre,

que le haga una cruz.

Aparte.

Domingo.

¡Qué susto!

No haga tal, porque sin luz

este hebreo en esa cruz

quiere poner algún justo;

y así, no pretenda hacella,

que aunque pecador me ve,

aun yo no estoy libre de

que ellos me pongan en ella.

Samuel.

Porque su simple pasión

tan mal nos llega a querer...

Chirimía.

Porque él nunca pudo ver

a la tribu de Zabulón.

Domingo.

Porque vuestra culpa fiera...

Pag. 14

Domingo.

puso en el sacro madero

al Mesías verdadero,

y hoy aún vuestro horror le espera.

Samuel.

Aunque tu discurso alabo,

tú no sabes la razón

que tiene nuestra nación.

Chirimía.

Bien sabe que tienen rabo.

Domingo.

La razón que dais, la sé,

y algún día...

Chirimía.

En roída soga.

Samuel.

¿Qué?

Domingo.

Iré a la sinagoga,

y con todos argüiré.

María.

Hijo.

José.

Domingo, ¿qué bríos

son estos?

Domingo.

No hay que culparme,

que yo no puedo templarme

en viéndome con judíos.

Y ayer del templo eché,

pero con furia irritada,

me dio uno una bofetada.

Chirimía.

¿Quién fue? Yo le mataré.

Domingo.

No hará tal, pues es bien visto

que cruel mano a Jesús dio

otra, y él le perdonó;

hacer debo lo que Cristo.

Chirimía.

¡Qué puerca esta gente es!

Nadie lo puede dudar.

Samuel.

¿Puerca? Pues, ¿en qué?

Chirimía.

En andar

todo el año con un mes.

Samuel.

Que aquellas afrentas sufra,

pero presto mi ultraje

se vengará con la muerte

de aqueste rapaz.

Domingo.

Acabe

de irse el judío.

José.

La cruz

que queréis hacerme,

al instante

la pondré por obra, pero

mirad, que habéis de llevarme

a que yo la fije.

Samuel.

Todo

sea como vos gustareis;

aquí queda este dinero.

Chirimía.

¿Qué vas, que son treinta reales?

Samuel.

¿De qué lo inferís?

Chirimía.

De que

en ese precio comprasteis

a Cristo.

Aparte

Samuel.

¡Adiós!

¡A qué valga

ira, mi enojo, a aguardarle,

disfrazándome de pobre

para engañarle más fácil!

Chirimía.

Dominguito, mira que

ya es hora para la Salve.

Domingo.

Pues vamos.

María.

Hermano, mire

que no le deje un instante

solo; que estoy temerosa

de estos judíos infames.

Chirimía.

No tenga temor.

Domingo.

La mano

me den.

María.

Querido, no tardes

en venir presto, que están

sin ti muy solos tus padres.

Domingo.

Sí haré, madre.

Vanse Chirivía y Dominguito

José.

Mi María.

María.

José mío.

José.

Aquesta tarde

me envió a avisar cierto pobre

que de una llaga incurable

el rigor padece, y voy

a socorrerle y curarle.

María.

Pues me quedaré sola.

Pag. 15

José.

Dios quede con vosotros.

María.

No obstante,

dejad cerrada la puerta,

José, y llevaos la llave.

José.

Pues ¿qué recelas, María?

Vase José.

María.

No sé a qué me persuade

el corazón, que tal vez

pronóstico es de los males.

Mas si de cualquiera humana

tribulación es amable

refugio María, a ella

acuda con humildad

mi devota fe.

Córrese una cortina a un lado y ha de estar debajo una imagen de Nuestra Señora del Pilar en retrato y ella se pone de rodillas.

Sale el Demonio y don Ramón.

Demonio.

Ya, sin que os estorbe nadie,

dentro de su casa estáis;

pues mi engaño, que dejase

cerrada en falso la puerta,

hizo a José: no cobarde

estéis, llegad, que María

allí se ve, y pues, amante,

os dejo ya en la ocasión,

yo os aguardaré en la calle;

aquí haré a José volver,

a que sus celos le maten.

Don Ramón.

Espera... mas ya se fue.

Ea, temores cobardes,

¿a qué aguardáis? Mas ¿qué miro?

Delante allí de una imagen

de María del Pilar

está de rodillas, que hace

sagrado, que la defiende.

Mas ¿para qué ha de embarazarle

el respeto, a quien, ya torpe,

en sus mismas ceguedades

obstinado, no repara

en la ofensa que a Dios hace?

Levántase asustada.

María.

¿Qué es lo que veo?

Hombre, ¿por adónde entraste?

¿Quién te ha dado esta osadía?

Don Ramón.

¿Quién? Tú misma, crueldades,

pues al ver que tú desprecias

mis rendimientos amantes,

cansados ya de ser ruegos,

resoluciones se hacen.

María.

¿Qué dices?

Don Ramón.

Que de mi amor

ya defenderte es en balde;

y así, consulta contigo

lo que debes hacer antes

que mis corteses afectos

a ser violencias se pasen.

María.

Señor don Ramón, lo que

debo hacer en este lance

es lo que esta tarde no hice,

porque me miré en la calle,

que es ponerme a vuestros pies.

Rendidas mis humildades,

a pediros os volváis

a salir por donde entrasteis;

si no queréis que yo os cumpla

la palabra que constante

os di de darme la muerte;

pues ya en mi pena es tan fácil,

que el honrado sentimiento

de mi decoro, mi valor,

para quitarme mil vidas

que tuviera, era bastante.

Esto os pido por aquesta

sagrada divina imagen

de María, por su hijo,

a quien más la ofensa hace

vuestro ciego error, que a mí.

Pag. 16

María.

y si aquesto no bastare

a obligaros como noble

y como cristiano, basten

estas lágrimas que vierto

a que os volváis al instante

antes que vuelva mi esposo

y a ver su deshonra alcance;

hacedlo presto, que si

lo dilatáis, es constante

que en el raudal de mi llanto

habéis de ver anegarme.

Don Ramón.

Qué pasión es esta, mía,

que en desvelos de templarse

en sus lágrimas se enciende

más el amor que en mí arde.

María.

No os resolvéis?

Don Ramón.

Cómo quieres,

cuando con tu llanto añades

más belleza a tu hermosura,

que yo con mi afecto acabe,

que por parecer atento

quiere parecer cobarde?

María.

Pues qué intentáis?

Don Ramón.

Que lograr

esta ocasión.

María.

Que no pase

más adelante; mas, ¡ay Jesús!

te pido que, si no...

Don Ramón.

En balde

es tu resistencia.

María.

Mira...

Don Ramón.

En vano me persuades.

Sale José al tiempo que Don Ramón se va acercando a ella y María resistiéndose.

José.

El haber dejado a la puerta

el falso, echada la llave,

me hace volver; mas, qué miro?

María.

Que no te obligo?

Don Ramón.

Es cansarte.

María.

Pues será preciso que

mi honor defienda esta mano.

Don Ramón.

De qué suerte?

María.

De esta suerte.

Saca la espada y, al ir a acometerle, sale José y se pone en medio.

Don Ramón.

Osada mujer, qué haces?

María.

Dar al honor de mi esposo

y a mis nobles esmaltes

con tu muerte...

José.

Ten, María,

qué intentas? Tu impulso aguarde.

María.

Esposo, José, señor,

muerta estoy.

Don Ramón.

Extraño lance.

María.

Mi inocencia...

José.

Ya, él, le he visto,

vete, y ese acero dame.

Dale la espada y vase.

Vase.

María.

Sin mí voy.

Aparte.

Don Ramón.

Qué intentará?

José.

Para el mundo dudar nadie

puede que ignoro lo que

debía hacer, mas quien sabe

que en la ley de Dios no hay duelo

que obligue a un hombre a vengarse;

pues mi honor sin mancha miro,

no me tendrán por cobarde.

Señor Don Ramón, negar

no podéis en mi severo

enojo, viéndoos sin acero,

que aquí os pudiera matar;

pues no fuera alevosía

aunque os hallo sin defensa,

pues me ofendéis, y la ofensa

se venga sin bizarría;

mas yo, que la ley de Dios

y no la del duelo sigo,

obro por mí, así os obligo

lo que no obraréis vos;

y es, cuando inadvertida

vuestra pasión ciega intenta

solicitar más mi afrenta,

el daros yo a vos la vida.

Pag. 17

José.

Por si llego a vencer

cuando deudos os miráis,

que otra vez no me ofendáis

dejándoos yo de ofender.

Dios, señor, porque lo entienda

mejor vuestro ciego error,

no castiga al pecador

porque aguarda en él la enmienda;

mi impulso para con vos

Dios le gobierna, y así

lo que obrando estoy aquí

es lo que manda hacer Dios.

Esta noble humildad mía

oblígueos, pues, a mirar

por quien cuerdo sabe usar

con tan honrada hidalguía

que en vez de vengar su ofensa

por juzgar ya asegurada

mi honra en vos, os da la espada

y se queda sin defensa.

Dale la espada.

Aparte.

Don Ramón.

Corrido de haber sufrido

estoy tan grande desaire;

mas disimular conviene.

Que tenéis razón bastante

os asegure, José,

que me vaya sin vengarme

de la reprensión molesta

que me habéis dado arrogante.

¿Dónde vais?

José.

A acompañaros.

Don Ramón.

Quedaos.

José.

Replicáis en balde,

que en mi casa estoy y en ella

no es bien que ninguno mande.

Yéndose Don Ramón y él siguiéndole.

Vanse, y sale Dominguito.

Domingo.

A chirimía he dejado,

después de haber a la salve

asistido de la Virgen,

para que no me embarace

repartir entre los pobres

unos tres o cuatro reales

que hoy en la iglesia me dieron;

pues caritativos saben

los canónigos que cuanto

me dan, su noble piedad,

como hacienda de los pobres,

mi compasión la reparte

en ellos; pero mi afecto

a ninguno halla en la calle.

Al paño Mossen, Rabí y Samuel, vestido de pobre.

Moisén.

Ea, hebreos, que ya viene

la causa de nuestros males.

Vestido de pobre habéis

de ver qué logro llevarlo

a nuestra casa, donde

a nuestras iras acabe.

Rabí.

Fingid lo que he dicho,

que ha de ser en esta parte

que es más oculta.

Métense dentro a ejecutar lo que dicen.

Dentro.

Samuel.

Empezad.

Dentro.

Moisén.

Muere, vil cristiano

e infame.

Dentro.

Samuel.

Judíos, ¿cómo a un pobre

maltratáis?

Dentro.

Moisén.

Nuestros ultrajes

en ti vengamos por ser

cristiano.

Dentro.

¡Desdicha grande!

No hay quien mi vida socorra.

Domingo.

Yo lo haré, aunque me maten.

Tres piedras aquí he encontrado;

aguardad, viles cobardes,

que, hecho ya otro David, voy

contra tan fieros gigantes.

Éntrase Dominguito, y entre tanto que da vuelta a los paños, dicen ellos los versos, y al salir encuentre...

Moisén.

Gente parece que viene,

huyamos.

Rabí.

Huyamos.

Domingo.

No huyáis, infames.

Sale, y ase de un judío, pero ya al pobre dejaron.

Pag. 18

Con Samuel de pobre

Domingo.

os ha herido su furor

Samuel.

Una herida en este lado

me han dado.

Domingo.

Otra en el costado

a Cristo dio su rigor,

y en vano el llanto vierto,

que a vos sin duda su fe

ciega, os maltrató, porque

retrato el pobre es de Cristo.

Samuel.

Hijo, pues a enternecer

de mi dolor os llegáis,

os pido un gusto, me hagáis.

Domingo.

Padre, ¿qué puedo yo hacer?

Samuel.

Que vuelva noble piedad,

y a una casa me ayudéis

donde me curen.

Domingo.

Ya acude

mi fe a hacerlo; levantad.

Mas os cause, padre, asombro

que lo haga con sentimiento,

pues no tener fuerzas siento

para llevaros al hombro;

Samuel.

que a un niño gran peso sobre.

Domingo.

Padre, cruz es la pobreza,

ved si fuera en mí fiereza

llevar la cruz en un pobre.

Samuel.

Ya su suerte encamina,

donde en ella morirá.

Domingo.

¿Es lejos adonde vas?

Samuel.

No estamos lejos, camina.

Caminando por el tablado y salen los otros judíos.

Moisén.

Samuel le trae engañado,

siguiéndole vamos.

Rabí.

Muera

a nuestra furia severa

quien tanto nos ha ultrajado.

Moisén.

Sí, que si este se descubre,

mucho nos ha de costar.

Sale el Demonio.

Rabí.

Temeroso eso me tiene.

Demonio.

Aquí mi furia infernal

importa para que estos

cometan esta maldad,

y para que la ejecuten

más presto, de esta sagaz

cautela me valgo.

Voces dentro

Voces.

¡Mueran!

todas las calles tomad.

Rabí.

¡Ay, Moisén, que descubiertos

somos! ¿Qué haremos?

Moisén.

Dejar

el muchacho; ven, Samuel.

Domingo.

¿Que me queríais matar,

judíos? Que ya os conozco.

Demonio.

No le soltéis ahora, ¡están

cobardes!

Agarran a Domingo los judíos.

Moisén.

Creciendo van.

Demonio.

¿Cuándo, hoy que ayudar

os vengo, es la ocasión

Moisén.

que perdimos.

Domingo.

No hiciereis tal.

Samuel.

Como, si pensáis tomar.

Demonio.

Poco importa, si le echáis

en el pozo de esta casa,

el cual está sin brocal,

y al punto escapar.

Moisén.

Bien dice,

que con eso juzgarán

que él se cayó, y nuestra culpa

queda oculta.

Entra con él Samuel al vestuario y se hace dentro un ruido como de caída.

Domingo.

No hagan tal,

miren que matarme pueden.

Rabí.

Ea, al pozo, vaya.

Samuel.

Ya está este gozo en el pozo.

Domingo.

Virgen Santa del Pilar,

socorredme.

Arriba.

La Niña.

Ya, Domingo,

te socorre mi piedad.

Moisén.

¿Qué voz soberana es esta?

Samuel.

¡Qué resplandor celestial

es este!

Pag. 19

Vanse

Demonio.

De quien el mismo

infierno aun huyendo va.

Baja la niña que hace a la Virgen en una tramoya; ha de venir sobre un pilar, el cual se ha de venir fumando al bajar, porque ha de ser a manera de una linterna de campana; por los lados salen dos ángeles en dos apariencias cantando; Dominguito sube en un escotillón y ha de venir sobre una estrella resplandeciente, que ha de llevar hasta incorporarse casi con la niña, y la estrella se ha de mover alrededor.

Música.

Clarines soberanos,

las dichas aclamad

de que la tierra oiga

cielo el aurora ya.

Suenen los clarines, los clarines

en su felicidad,

las glorias a María

de nuestra suavidad.

canta

Ángel 1.

Sube, Domingo, en aquesta

estrella, que quedarás

siempre fija en este pozo

por soberana señal.

canta

Ángel 2.

Sube a ver del sol las luces,

dejando la oscuridad

de un cristal que es todo sombras,

a verte en mejor cristal.

Domingo.

Qué gloria, cielos, es esta,

que ve mi dicha, viendo esta.

Niña.

Llega, Domingo, a mis brazos,

porque merezcas gozar

con mi soberana vista

de mi suprema piedad.

Domingo.

Purísima aurora bella,

que es Dominguito, mirad,

indigno de tantas honras.

Niña.

Tu virtud y tu humildad

son dignas de más favores,

de mi hijo la celestial

majestad servido ha sido

el que te baje a librar.

Y , porque logres la dicha

para que guardado estás,

en las manos de este ingrato

pueblo has de renovar

de mi soberano hijo

la pasión, él te dará

en la cruz, como dio a Cristo,

el triunfo más celestial.

Domingo.

Señora de tanta dicha,

ya gozosa el alma está,

y a mi sinagoga propia

les prometo ir a buscar.

Niña.

Ten valor.

Domingo.

Si a vos os tengo,

¿cómo faltarme podrán

valor y amor para que

desee a Cristo imitar?

De ecos, júbilos, mi dicha,

con la acorde potestad

de tanto querube alado,

con ellos mi voz dirá:

Súbense las apariencias y Domingo baja, y la estrella se hunde.

Música y Domingo.

Clarines soberanos,

las glorias aclamad

de un sol que es trino y uno

de una alba celestial;

y ángeles y hombres

su inmensa piedad

sin cesar no dejen

siempre de alabar.

Laus Deo.

Sub correctione Sanctae Matris Ecclesiae.

Pag. 20

La imagen muestra las páginas 17v y 18r. El folio 17v presenta texto invertido por traspaso de tinta y restos de escritura lavada. El folio 18r sirve de portada para la segunda jornada, escrita sobre un texto previo lavado (palimpsesto) del que aún pueden leerse algunos fragmentos.

Jornada segunda

Pag. 21

Sale María.

María.

¿Adónde mis desvelos,

en pesar tan prolijo,

hallarán, sacros cielos,

a Domingo, mi hijo?

Tres días ha que se perdió y tres días

ha que le buscan las congojas mías.

Mi pena, mi cuidado,

casa, plaza ni calle

del lugar no ha dejado

donde no ha ido a buscarle;

y no hallando en él (cielos) a mi gloria,

mi cariño le encuentra en la memoria.

¡Ay, hijo de mis ojos!,

¿por qué, dime, te has ido?

¿Cómo tantos enojos

das a mi fe, ¡ay, querido?

¿Qué disgusto una madre que te adora

darte pudo que así tu ausencia llora?

Mas, ¡ay!, Domingo mío,

que en tu amor no es posible

ser culpa este desvío.

Desgracia es infalible

mía perderte, que yo no merecía

gozar de tu apacible compañía.

Pero ya que por madre

mi amor no te merece,

de tu querido padre

¿cómo no te enternece

el cariñoso llanto que derrama,

al buscar en ti el sol que tierno ama?

Mas ya no hay parte alguna

que no hemos discurrido;

mas sola y sin fortuna

al campo me he salido,

tan fuera de mí, que hasta aquí, cielos,

no lo habían notado mis desvelos.

Pag. 22

María.

Si perderme mi esposo

podrá, mas no, si advierto

que en pesar tan forzoso

las lágrimas que vierto,

para buscarme, amante, en dolor tanto,

una senda le dejan de mi llanto.

Pero pues estoy donde

llamar puedo a mi hijo,

aunque no me responde,

por más que hacerlo elijo,

por consolarme, quiero los veloces

vientos poblar, llamándole aquí a voces:

¡Hijo, Domingo querido!

Dentro, Domingo

Domingo.

¡Madre!

María.

¡Cielos!, ¿qué es aquello?

¿Si es acaso fantasma

de mi amoroso deseo?

Pues parece que una voz

me respondió; pero vuelvo

a llamarle por si logro

otra vez el mismo acento.

¡Hijo Dominguito!

Dentro

Domingo.

¡Madre!

María.

Ya no es ilusión, supuesto

que su misma voz es esta;

de gozo estoy, que no acierto

a discurrir hacia donde

la escuche, pero no veo

en todo el campo persona

ninguna: sí de los huecos

cóncavos de aquestas peñas

fue el eco quien mis deseos

engañó; pero ¡ay!, temores

de un infeliz, ¡y qué necios

discurrís!, porque si fuera

de mi voz el eco, es cierto

que lo mismo que pronuncio

se articulara en el viento,

y me volviera a Domingo,

que es al que llama mi afecto.

Mas temerosa en mi duda

llamarle otra vez intento.

¡Hijo Dominguito!

Dentro

Domingo.

¡Madre!

María.

Desengañóse mi miedo,

que de Domingo es la voz;

pues en los confusos lejos,

conozco que en la distancia

consiste no ver su cielo.

¡Domingo!

Dentro

Domingo.

¡Madre!

María.

Su voz

de norte le irá siguiendo

al animado bajel

de mi cariño halagüeño.

¡Dominguito!

Dentro

Domingo.

¡Madre!

Vase.

María.

Aguarda;

no me engañen tus acentos.

Al irse, sale el Demonio

Demonio.

¿Cómo no te han de engañar,

si mi astucia está fingiendo

esa voz tan parecida,

porque, hecha imán de tus aceros,

te conduzcan hacia donde

te encuentre tu amante ciego,

a quien mi violencia trajo

hacia aqueste sitio mismo,

para que la confianza

que José tiene, no habiendo

culpádote en nada ahora,

le haga, viéndote sin celos

con don Ramón en aquesta

retirada parte... Pero,

¿para qué prevengo astuto

lo que se ha de ver tan presto?

Sale María

María.

¡Ah, hijo Domingo!

Dentro

Domingo.

¡Madre!

Pag. 23

María.

¿Dónde estás? ¡Qué es esto, cielos!

Mientras más mi curso sigue

los halagos de su acento,

parece que más de mí

se aparta su mismo eco;

pero es ley de desdichados,

común a pensiones, fueros,

que de ellos huyan las dichas

cuando más las van siguiendo.

Dentro.

Domingo.

Madre.

Dentro.

José.

María.

María.

¡En gran confusión me veo!

Allí me llama José

y a mi hijo estoy oyendo

aquí; si acudo a mi esposo,

el norte feliz pierdo

de mi hijo; y si a José

de responder también dejo,

alejándome yo tanto

que José me pierda, arriesgo.

¿Qué haré? Pues entre dos males,

dos penas, dos desconsuelos,

perder a mi hijo es lo más

y perderme a mí es lo menos.

Pues siempre la compasión

acudió con el remedio

no al mal que está por venir,

sino al que se está sintiendo.

Demonio.

No dudaba yo que había

de elegir eso su intento.

Dentro.

José.

María.

Dentro.

Domingo.

Madre.

María.

Domingo,

ya te sigo, amado dueño.

Al huirse María, se encuentra con don Ramón, que sale.

Don Ramón.

Felice yo, que en sus labios

oír tal favor merezco;

que aunque por mío María

no le juzgan mis afectos,

el acaso de escucharla

me basta, cuando te encuentro.

María.

Apartad, no embaracéis,

pues puede ya el escarmiento

teneros más advertido

a qué vayan mis desconsuelos.

Don Ramón.

Tras una gloria que sigo,

¡qué gloria, tirano dueño,

es la que siguiendo vas!

María.

Todo mi bien, mi consuelo.

Don Ramón.

Buen modo es para obligarme

a ser cortés, darme celos.

María.

¿Qué celos dice? ¡Aparta!

¡Hijo, Domingo!

Don Ramón.

¿Qué es esto?

María.

Domingo, extraña desdicha,

ya no me responde, pero

loca iré tras él.

Abrázase con ella.

Don Ramón.

Aguarda,

que si juzga el devaneo

de tu sinrazón librarse

de mí con los fingimientos,

en vano lo solicitas;

que ya en mis brazos te veo.

María.

¡Virgen del Pilar, Señora,

socorredme en tanto riesgo!

Baja un ángel a la mitad del teatro en una apariencia rápida.

Ángel.

Por su hijo te socorre.

Dichosa mujer, haciendo

que aqueste hombre, a quien ese

infernal monstruo soberbio

trajo aquí con la violencia

para más grave tormento,

suyo sea el mismo quien

le desaparezca.

Desaparece el ángel y en una tramoya rápida de alambre se desaparece el demonio y don Ramón.

Don Ramón.

Cielos,

¿qué rápido viento airado

me arrebata?

Demonio.

El de mí mismo

furor infernal, pues me hace

por fuerza obrar esto el cielo.

María.

Muerta he quedado al mirar

tan nunca visto portento,

pues sin saber quién lo ha obrado...

Pag. 24

María.

desapareció en el viento

con razón, y yo en la misma

parte donde mis suspensos

discursos notaron antes,

que sin elección ni acuerdo

había al campo salido

en donde ahora me veo.

Sin duda que del demonio

fue todo engaño; el aliento

me falta. ¡Esposo!

Sale José.

José.

María.

María.

José mío.

José.

¿Qué es aquesto

que tienes, que de tu rostro

en la palidez contemplo

aún más que de tu penar,

de algún susto los efectos?

Aparte

María.

Callar quiero lo que he visto,

pues aventuras en hacerlo

que no me creas, y le doy

más causas a mis recelos.

José.

¿No me respondes, María?

¿Qué suspensión turba el cielo

de tu hermosura?

María.

A Domingo

llamarme ahora, ¿no oyeron

tus dudas?

José.

¿Qué es lo que dices,

María?

María.

¿Luego su acento

no escuchaste?

José.

¡Qué dolor!

Esposa, vuelve en tu acuerdo,

si no quieres que, a la pena

de haber perdido en mi tierno

hijo la mitad del ser,

del alma, vida y aliento,

perdiendo en ti la otra media

porción, que es tu hermoso cielo,

acaben con mis penares

estos débiles esfuerzos.

María.

¡Ay, hijo del alma mía,

Domingo!

José.

Ten sufrimiento,

que de Dios estos trabajos

son regalos, y no es cuerdo

quien se aflige de que Dios

se acuerde de él.

María.

¿Cómo puedo

dejar de llorar?

Aparte

José.

No es mucho,

que yo también me enternezco,

y aunque consuelo te doy,

no hallo para mí consuelo.

¡Ay, Domingo de mi vida!

Que el dolor temples te ruego.

María.

¡José! ¿Con qué he de templarle?

José.

Esposa, con este ejemplo

podré explicarte: José,

padre adoptivo del Verbo,

y María, madre suya,

en Jerusalén perdieron

a Jesús, su amado hijo.

¿Quién duda que el sentimiento

en los dos sería más grande

del que puede ser el nuestro,

cuanto en la pérdida va,

si a lo divino atendemos,

de una criatura humana

al que es Criador supremo?

Pues conoces en los dos tanta,

tan grande la pena, es cierto

que no se vio en su paciencia

de su dolor los extremos.

Pues solos sus corazones

de sus congojas supieron,

y ansí a María y José,

esposa mía, imitemos,

y solo el cielo y nosotros

sepan nuestros sentimientos.

Pag. 25

María.

Ay, José, que si afligidos

a Jesús niño perdieron

sus padres, también le hallaron

a tres días en el templo;

y habiendo los mismos yo,

ninguna esperanza tengo

de hallarle.

Aparte

José.

De Dios confía,

que nos le ha de dar; que nuevo

impulso en mí ha despertado

este sagrado Misterio.

María.

¿Que en fin confías hallarle?

José.

Sí, María.

María.

¿Dónde, ay cielos?

José.

Vamos a la sinagoga,

que es templo de los hebreos,

que allí entre sus rabíes

ha de estar.

María.

Vamos, que el mismo

corazón con sobresaltos

lo propio me está diciendo;

y el ofrecer aquel judío

que iría a argüir con ellos,

mas ¿quién aquesta advertencia

prevenirnos pudo?

Dentro

Chirimía.

El cielo.

José.

El cielo, dichoso anuncio,

ya hallar a Domingo espero.

Sale Chirimía

Chirimía.

El cielo, digo, me valga,

pues pedazos vengo hecho

por buscar a este muchacho.

Mas hasta el sábado, es cierto,

no ha de parecer.

María.

¿De qué

lo infiere, hermano?

Chirimía.

Lo infiero

de que los domingos vienen

tras los sábados.

José.

Su necio

descuido tuvo la culpa

de haberle perdido.

Chirimía.

Bueno,

¿yo le perdí?

José.

No porfíe,

¿no nos dijo aqueste, es cierto,

que estuvo el niño en la salve?

Chirimía.

Sí, mas no estuvo en el Credo,

con estar Poncio Pilatos

en él, y no ser tan bueno

como Domingo; mas yo

soy desgraciado en extremo

con criaturas.

José.

¿Por qué?

Chirimía.

Porque se me pierden luego,

pues tres o cuatro chiquillos

que han sido mis candeleros,

después de salir a luz

de sarampión me han muerto.

José.

Vamos, que de sus locuras

no hay que hacer caso.

Chirimía.

Confieso

mi culpa. ¡Ay, mi Dominguito!,

mas ¿adónde van?

José.

Queremos

ver si está en la sinagoga.

Chirimía.

¿Adónde? ¿Entre los hebreos?

Si allá está, ya le tendrán

puesto como a un Cristo; ellos

son peores que el demonio.

Sale el demonio

Demonio.

No lo son, pues solo el cielo

contra mi infernal astucia

ejecuta lo severo

de su justicia, estorbando

con pasmos mis vencimientos.

Chirimía.

Vamos, que por aquí huele

a pastillas del infierno.

María.

Doleos, Virgen Sagrada,

de mi triste desconsuelo,

y pues vos al tercer día

Pag. 26

María.

al Niño Dios en el templo

hallasteis; permitid que

halle a Domingo mi afecto.

José.

Por la Virgen del Pilar

hallar a mi hijo espero.

Vanse y queda solo el demonio

Demonio.

Ya vuestro ruego ha oído,

a pesar de mi enojo enfurecido,

María, pura estrella.

Pues e inspiradas iras, dichas de ella,

conduce vuestro anhelo

donde en los dos acabe el desconsuelo,

y en mí la rabia empiece;

pues para más tormento no carece

de las noticias mi furor violento

de cuánto este rapaz, este portento,

ha hecho en los tres días

que ha que en vano le buscan las porfías

de sus padres llorando.

Pues apenas María le habló cuando,

en vez de huirse a su casa

(aquí mi furia y mi rencor se abrasa)

de gozo de que había

de renovarse en él, como María

Soberana le dijo,

la pasión sacrosanta de su hijo;

al campo se salió donde empleado

en Dios su espíritu ha estado

todo el tiempo ha que falta.

En purísima y alta

contemplación rindiendo sus fervores

al altísimo, gracias por favores.

Y tanto es el deseo

de padecer a manos del hebreo

pueblo, que para afrenta

tan suya y mía él mismo se presenta

a ellos, que admirados

de verle vivo, y más de ver pasmados,

el que en su sinagoga

(aquí la rabia, aun más que antes me ahoga)

siendo ignorante y niño,

argüir elocuente

con los rabíes en las profecías

de la venida cierta del Mesías.

Están todos, y yo lo estoy, pues prendo;

ya a mi pesar lo estoy, que está arguyendo.

Córrese una cortina y se aparece Domingo sentado en una silla eminente, a las otras en que estarán sentados Moisén, Samuel y Rabael, judíos, y ha de haber otra donde se siente después el demonio.

Domingo.

Aunque venir con vosotros

a razón, difícil sea,

pues en quien la razón falta

no tienen ninguna fuerza

los argumentos; sin ellos...

Samuel.

Empieza.

Domingo.

Contra la proporción

pertinaz vuestra, que niega

haber venido el Mesías

prometido en los profetas,

¿qué razón halláis?

Moisén.

No haber

cumplídose las setenta

hebdomédas, o semanas,

de Daniel.

Domingo.

¿En qué lo pruebas?

Moisén.

En que cada una contiene

cien años, según lo enseñan

algunos rabíes, y otros

son de mil.

Domingo.

Con solo esa

razón estáis convencidos.

Samuel.

Pues ¿en qué?

Domingo.

En la diferencia

con que vuestros maestros mismos

las semanas interpretan;

pues donde hay disparidad

no puede darse certeza;

las hebdomédas de siete

años son, según lo prueba

haber, desde que el arcángel

Gabriel a Daniel profeta

Pag. 27

Domingo.

le reveló que el Mesías

del cielo vendría a la tierra,

hasta el instante en que vino

cuatrocientos y noventa

años, que cada semana

toca a siete según buena

aritmética. Así ya

se cumplieron las setenta

hebdómadas. Luego vino

el Mesías; y si esta

consecuencia no os convence,

abrid el Génesis, leed

vuestro error, que Jacob dice:

"En la casa de Judea

el cetro faltará cuando

el Mesías Cristo venga."

Luego ya vino, pues falta

entre vosotros quien tenga

cetro, ni del pueblo hebreo

llamarse Príncipe puede.

Demonio.

Y esas profecías, ¿quién

las acredita por ciertas?

Domingo.

El profeta David en

el salmo ciento y cuarenta

y cuatro, que es donde dice

que Dios es fiel en cualquiera

palabra suya; y así

quien creyere con fe cuerda

que por sus ángeles Dios

en uno y otro profeta

habló, no podrá negar

que lo que ellos dicen sea.

Moisén.

Por aquí, Lucindo.

Demonio.

Sí,

que cumplo con la promesa

de asistiros; pues me otorgas

que Dios habla con su esencia

en los profetas, y son

sus palabras verdaderas,

contra lo que tú propones

saco aquesta consecuencia.

Isaías dice que

vendrá el Señor cuando venga

de lejos con tal furor,

como avenida soberbia

de ríos, que caudaloso

plantas y árboles se lleva.

El Eclesiastés afirma

también que el cielo y la tierra

y todo el abismo junto

temblarán en su presencia

al ver en él el poder,

la majestad y grandeza.

Luego si en ellos Dios habla

y son ciertas sus promesas,

el verdadero Mesías

no ha venido; pues las señas

le desconocen, del que

vosotros decís que era

el Mesías prometido

en la ley de los profetas;

pues vino mansueto, humilde,

sin pompa, fausto y decencia

de soberano monarca.

Domingo.

Eso ninguno lo niega.

Demonio.

Luego son sus profecías

falsas, y Dios no habló en ellas.

Domingo.

Con aquesta distinción

se convence tu propuesta:

no quita que haya venido

para que otra vez venga;

como Isaías le aguarda

y el Eclesiastés le espera.

Demonio.

¿Haber venido y venir

no son dos cosas opuestas?

Domingo.

Cuando son dos las veces,

Pag. 28

Demonio.

¿De qué manera?

Domingo.

Una cuando a redimir

vino al mundo con su misma

sangre preciosa, y la otra

cuando al mundo a juzgar vuelva.

Demonio.

¡Oh, pese a todo el infierno!

Que, de un tapar, la ignorancia

ilustre el cielo con tantas

noticias que me convenza.

Domingo.

Que vais errados no hay duda,

y si no, leed vuestras mismas

escrituras, y hallaréis

cumplidas todas y ciertas

las profecías en Cristo.

Su humildad lo manifiesta,

sus milagros lo aseguran,

lo acredita su paciencia,

los prodigios en su muerte.

Pues según Josefo cuenta,

vuestro mismo historiador,

cuantos se vieron en ella

fueron, dice, fuera del

orden de naturaleza.

En vuestro Talmud decís

con ironía proterva

que porque a Dios enojado

tanto le tenéis, no llega

el Mesías; si ha venido,

como vuestro error le espera,

y si no, leed a Rabí

Rab, docto en vuestra lengua,

que dice en el Sanedrín,

libro de vuestra ley misma:

no hay que esperar al Mesías

sino es por la penitencia.

Razón tiene, porque si

vuestra fe no le confiesa

con el arrepentimiento,

que vino ya, y que era

el verdadero Mesías,

Cristo y Dios hombre, a quien vuestra

misma ceguedad dio muerte,

no hay esperar a que venga,

advertid que el que tenéis

que ya no es error de cuenta

en las semanas, sino

pertinacia torpe y ciega

de corazón, el castigo

de vuestra culpa, que es fuerza

vuestra maldición se cumpla,

pues al mirar su inocencia

el juez: "Vosotros dijisteis,

crucifica al justo, y venga

su sangre sobre nosotros

y nuestros hijos", y ciega

desde entonces vuestra gente,

vuestro pueblo, vuestras mismas

ceremonias, ley y ritos,

por condenados la iglesia

católica siempre ha dado,

y el fallo de la sentencia

en el consumatum est

de su Cristo, cuando inmensa

su bondad al eterno Padre

dio el alma por pura ofrenda.

¡Condenados y malditos

sois!

Levántanse todos los judíos como a acometerle, y Domingo se levanta al tiempo que salen Chirimía, José y María, y se acercan a Domingo.

Demonio.

¿Cómo estas blasfemias

sufre el pueblo de Israel?

Rabí.

¡Matadle!

Chirimía.

Aquí están. ¿No entran?

María.

¿Dónde, Chirimía?

Chirimía.

Entre estos

escribas de la ley vieja.

María.

¡Hijo querido!

José.

¡Domingo!

Moisén.

A no venir satisfechos

quedaran nuestras injurias...

Pag. 29

Samuel.

Que a estorbar su muerte vienes.

Demonio.

Disimular es forzoso.

María.

Mas, hijo, ¿qué crueldad es esta?

¿Cómo tu amor ha faltado

a nuestras caricias mismas?

José.

¿Adónde has ido?

Chirimía.

A coger

novillos.

Moisén.

No le den quejas,

que reñir no es bien a un niño

que tiene tanta agudeza.

Con nosotros aquí ha estado

disputando.

José.

Que agradezca

las honras que le habéis hecho

es razón.

Samuel.

Si no vinieras,

fueran mayores.

Demonio.

Hebreos,

vamos, que de nuestra ofensa

presto hallaremos venganza.

Vanse el Demonio y los judíos.

María.

¿Cómo, dime, en tanta pena

tuviste a tu padre y madre,

que buscándote con tiernas

ansias habemos andado?

Domingo.

Que me perdonéis os ruego,

mi fe, y hallarme aquí ahora

a la Virgen lo agradezcan,

pues no volvieran a verme

si por su piedad no fuera;

y otra vez que me perdieren,

los pido no se enternezcan,

porque es voluntad de Dios

en lo que mi fe se emplea.

José.

¡María, misterio tiene

en Domingo esta respuesta!

Chirimía.

No hay sino echarle un corma

y verán cómo escarmienta.

María.

Vamos, Dominguito, a casa.

Domingo.

Primero he de ir a la iglesia.

José.

Ven, comerás.

Domingo.

Ya he comido.

Chirimía.

¿Qué? Con los hebreos buena

habrá sido la comida.

Domingo.

Buena, que Dios alimenta.

Chirimía.

Pues ya les faltó el maná,

y comen carne de oveja,

mas ¿a qué a la iglesia ha de ir?

Domingo.

A que en la iglesia me vean,

y a dejar aquesta ropa.

Chirimía.

Ahora está la iglesia llena

de gente, que en ella está

el rey Fernando y la reina

doña Isabel, que después

de haber tomado de aquesta

leal ciudad la posesión,

del reino como cabeza

de Aragón, a darle gracias

a Dios ha venido a ella.

Domingo.

Pues por eso iré mejor,

ahora que con su licencia,

padres, hablar a los reyes

quiero.

José.

Domingo, ¿qué intentas?

Domingo.

Pedirle al rey una cosa

que importa mucho a la iglesia

católica.

José.

¿Pues no teme

tu humildad en la presencia

del rey ponerse?

Domingo.

No, padre,

porque si a Dios representa

el rey, y a Dios, lo que es justo,

a pedirle el hombre llega,

¿por qué se ha de desdeñar

el rey de lo que la inmensa

majestad de Dios sagrada

vemos que no se desdeña?

Chirimía.

El rapaz tiene más humos

que las siete chimeneas.

Dentro voces.

Voces.

¡Plaza, plaza!

Chirimía.

Ya el rey sale.

Pag. 30

Chirimía.

También yo hablarle quisiera.

José.

¿Qué quiere pedirle?

Chirimía.

Que eche del mundo las brujas.

Domingo.

Lo que no puede la muerte

hacer, quiere que el Rey pueda.

Chirimía.

Sí puede, que con mandar

sacarlas a la vergüenza

con las fees de bautismo,

al punto que sepan ellas

que todos saben sus daños,

las más morirán de pena.

Sale el Rey, la Reina y acompañamiento.

Rey.

A nuestra real majestad,

¿qué le parece la Iglesia

Mayor?

Reina.

Que es digna joya

de tal Reino, en su grandeza

verla he estimado infinito;

que aunque el afecto me lleva

la del Pilar por el grande

milagro, que en sí venera,

la devoción no deslustra

lo magnífico de aquesta,

grande santuario son.

De rodillas.

Domingo.

Dele los pies vuestra alteza,

gran señora, a Dominguito,

por ser infantico en ella,

se los besaré.

Reina.

Qué niño tan bello, la mano sea

la que me bese, levanta.

Domingo.

Pardiez, pues me da licencia

que se la he de besar

por santa, y luego por Reina.

Reina.

Grande inocencia, por santa.

Domingo.

No inobediencia le parezca,

porque Reyes que el renombre

de Católicos esperan,

mucho han de tener de santos

para que ambos le merezcan.

Rey.

Raro discurso, ¿quién eres?

Domingo.

No me conoce su alteza,

Dominguillo soy, señor,

el que de la Iglesia echa

los judíos.

Chirimía.

Yo también,

Chirimía.

Aparte.

Domingo.

Chiri, deja

que le hable.

Rey.

Y vos, ¿quién sois?

Chirimía.

Sacristán, con su licencia,

del Pilar soy, Chirimía,

y gran bonete en la solfa.

Rey.

¿Por qué Chirimía os llaman?

Chirimía.

Porque yo no soy corneta.

Reina.

Ven acá, ¿persigues mucho

a los judíos?

José.

Admirado estoy, María,

de sus pláticas.

María.

Yo suspensa.

Domingo.

Mis fuerzas,

gran señora, son muy pocas

para lograr tanta empresa.

Chirimía.

Porque no comen tocino,

con el látigo los pega

del perriguero, pues son

peores que perros esta

canalla, pues al torrezno

aun siquiera no se llegan.

Domingo.

Solo el Rey, mi señor, puede,

no solo con su grandeza

perseguirlos, sino echarlos

de España por vil afrenta;

de cuantas naciones hay,

pues ninguna hay que aborrezca

a Cristo crucificado

sino ellos; pues le confiesa

el hereje, le recibe

el gentil, y por profeta

suyo aun el moro le aclama,

y el bárbaro le ruega.

Pag. 31

Domingo.

Es gente soez, maldita,

abominable, perversa,

sin honra, sin ley, y en fin,

como Zuritas lo muestra,

las heces son de Israel,

de Jacob las sobras feas;

no hay delito, no hay traición

que su maldad no cometa

contra nuestro Redentor,

y contra cuantos profesan

la ley de Cristo.

Chirimía.

Es verdad,

señor, pues verás, que enseñan

sus hijos a boticarios,

y a médicos porque puedan

matar con las medicinas,

y otros con las recetas,

a los cristianos; diez

que curan, el uno entierran,

y yo lo sé, que en los muertos

tengo segura mi renta.

Domingo.

Señor, echadlos de España,

que, si lo hacéis, mi inocencia,

de parte del sumo cielo,

ofrece en vuestra grandeza

que seréis el más felice

soberano rey que esta

monarquía haya tenido;

pues no solamente buenas

hazañas añadirán

a aquesta corona excelsa

otros reinos, sino otro

nuevo mundo que obedezca

al rey que ha de ser antorcha

de la católica Iglesia.

Reina.

Con otro espíritu habla,

porque no pueden ser estas

razones suyas.

Rey.

Suspenso

me ha tenido; harto desea

mi fe echar los judíos

de España, mas se enajena

de innumerables vasallos

mi corona.

Domingo.

No suspenda,

señor, a su majestad

eso; cuando cuando la clemencia

de Dios por mí le promete

darle otros muchos que tenga.

Reina.

Mucho el cardenal Mendoza

en que los echen aprieta,

y fray Tomás Torquemada

con más arduas diligencias.

Rey.

Yo haré junta sobre ello.

¿Quieres venir con la reina

y conmigo, Dominguito,

a Castilla?

Domingo.

Sin licencia

de mis padres no podré.

Reina.

¿Dónde están?

Arrodíllanse los dos.

José.

Señora, a buscar

plantas...

Reina.

Ya te las darán.

Domingo.

Padres, no me la concedan,

que no podré obedecer.

Reina.

Dominguito, a lo que ordena

el rey, te excusa.

Domingo.

Señora,

antes que a Castilla vuelvan

Vuestras Sacras Majestades,

otra jornada me espera

que hacer a mí.

Rey.

Pues, ¿con quién?

Domingo.

Con Majestad más suprema.

Rey.

En cuanto dice hay misterio.

Reina.

Yo gustaré que me vea.

Chirimía.

No es para palacio; a mí

me lleven por...

Pag. 32

Rey.

¿Para qué lo eres?

Chirimía.

Para

despabilar vinajeras.

Rey.

Vamos.

José.

¿Dónde vas, Domingo?

Domingo.

A traer el coche con su Alteza.

Vanse todos y sale don Ramón.

Don Ramón.

Ni el pasmo, asombro, ni horror

que me arrebató violento

con tan extraño portento

a María, con rigor

en mi pasión, no han bastado

a templar la llama ardiente

de mi amor; antes, vehemente,

siento que la han avivado.

Mas ¿qué mucho si mi anhelo

la tuvo en mis brazos, que

crezca el fuego de mi fe

al contacto de mi cielo?

Tan ciego estoy, tan corrido,

sintiendo el bien que perdí,

que todo el infierno en mí

parece se ha introducido;

siendo claro testimonio

de mi horror en tanta calma

que al demonio diera el alma.

Sale el demonio.

Demonio.

Ya te la acepta el demonio.

Don Ramón.

Por conseguir otro acaso

como el que llegué a lograr,

que así pudiera templar

todo el fuego en que me abraso.

Demonio.

Don Ramón.

Don Ramón.

Lucindo, amigo.

Demonio.

¿Tan ciego estás que le ofreces

al demonio el alma?

Don Ramón.

Sí.

Demonio.

Lo que prometes, advierte.

Don Ramón.

Digo que el alma le diera

si me pusiera...

Demonio.

Detente.

¿Con María? Pues si yo

con ella ahora os pusiese,

pues casi tocando estamos

de su casa las paredes,

¿qué me daríais?

Don Ramón.

El alma,

que mi furor, impaciente,

ofreció al demonio.

Aparte.

Demonio.

Haz cuenta

que es a mí mismo a quien la ofreces.

Don Ramón.

¿Qué dices?

Demonio.

Que mi amistad

tanto, don Ramón, le debes,

que he hablado a María y ya,

trocadas sus altiveces

en cariños, os aguarda

más apacible.

Don Ramón.

Que bese

tus pies permite, Lucindo,

por tanto favor.

Aparte.

Demonio.

Detente,

no me agradezcas lo que

hago por mí; ya empiecen

mis engaños. Vea el mundo

lo que mis cautelas pueden,

que, sabiendo que José

ha dos días que está ausente,

valiéndome de su voz

y de las sombras, que piense

haré a María que es

su esposo Ramón; al verle

ya don Ramón, que el afecto

cariñoso con que suele

recibir ella a José,

él a María merece,

cuyos astutos engaños

fabrican mis esquiveces

para que José los oiga

y sus celos, evidentes,

confirme; pero el acaso

lo dirá.

Don Ramón.

¿Qué te suspende?

Pag. 33

Don Ramón.

Lucindo, ¿qué me dilatas

las dichas que me prometes?

Demonio.

No es dilatarlas, dar tiempo

a que las sombras se acerquen

para el logro.

Don Ramón.

Ya es de noche.

Demonio.

Pues entra conmigo.

Don Ramón.

Advierte

que es esta la puerta.

Demonio.

Anda,

por otra falsa que tiene

a otra calle aquesta casa

has de entrar.

Don Ramón.

Mucho te debe

mi afecto.

Dan la vuelta por detrás de los paños

Demonio.

Ya dentro estamos.

Que te prevenga conviene

lo que María me dijo,

y es, que si José viniere,

avisándote yo al punto,

te salgas; porque, si quieres

no malograr sus finezas,

no has de aventurar que llegue

a saberlo José.

Don Ramón.

Haré cuanto me pidiere.

Demonio.

Pues yo a ser voy centinela

que os asegure; comiencen

mis cautelas a María.

Vase el demonio y José la llama dentro. Sale María

Dentro

José.

Esposa.

María.

José es este.

En hora feliz, señor,

mi bien y mi dueño, llegues,

donde mi fe te consagre

veneraciones decentes.

Cree que todo este tiempo

que a tus afectos corteses

se han negado mis caricias,

culpas a mi amor no puedes,

pues como en mi pecho vives,

aun el reporte te enajene.

De mi vista, en mi memoria

siempre has estado presente.

Al paño sale José

Don Ramón.

De mi dicha el mismo gozo

mis pasiones enmudece.

José.

Llegando a mi casa, un hombre

me ha dicho: "Infeliz suerte,

que don Ramón está en ella";

mas aquí juzgo que hay gente.

María.

¿No me respondes, señor,

mi bien, mi dueño? ¿Qué tienes?

¿Te ha enojado mi cariño?

José.

¡Qué escucho, cielos! ¡Valedme!

¿No es María la que oigo?

Ya mi ofensa es evidente.

Sale el demonio

Demonio.

Lográronse mis engaños.

Don Ramón.

María...

Demonio.

Ramón.

Don Ramón.

¿Qué quieres?

Demonio.

Vamos, que viene José.

Don Ramón.

Aguarda.

Demonio.

Mira que pierdes

a María; ven aprisa.

Don Ramón.

¡Qué poco duran los bienes

en un infeliz! Vamos.

María.

¿La espalda a mi afecto vuelves,

esposo? José, señor.

Va María siguiendo a don Ramón, y José la responde por el lado siniestro, y ella queda admirada

José.

¡Ingrata, tirana, aleve!

Pero ¿qué digo? María...

María.

¡Qué miro! ¡Cielos, valedme!

¿No era José con quien

hablaba? ¿Qué engaño es este?

¿No hablaba, esposo, contigo?

José.

Ingrata, conmigo vete

de mi presencia, no irrites

mis iras.

María.

Esposo, advierte

que las sombras, los engaños,

mi susto la voz suspende

articular.

Pag. 34

José.

Vete, ingrata,

no tu turbación le deje

a mi agravio otro testigo.

María.

Ella ha de ser quien condene

mi inocencia; ya me voy.

María, favorecedme

vos, volviendo por mi causa,

pues veis que estoy inocente.

Vase María.

José.

¿Qué es lo que pasa por mí?

¿Qué es esto que me sucede?

María mi honor profana,

mi esposa ingrata me ofende.

No es posible. Miente el labio

y mi propio dolor miente,

porque en mujer en quien tanta

virtud noble resplandece,

tanta honestidad, recato,

caber en ella no puede

culpa que en mil perfecciones

el puro candor afeen.

Mas pudieron engañarse

mis ojos, sí, que son jueces

apasionados, y juzgan

con la ceguedad que tienen.

Mas, cuando ellos engañasen,

a tantas sombras infieles

mis oídos, ¡qué dolor!

mentir mi agravio no pueden.

Mas sí pueden, y faltar

puede todo, y la más leve

culpa no puede en mi esposa

hallarse. Yo, quien la ofende,

soy, y pues es ejemplar

su vida, y quien a Dios tiene

tan de su parte, imposible

es que, ciega, cometiese

contra Dios, contra mi honor.

Mas si contra su inocencia

es fuerza que la condenen

mis ojos y mis oídos,

y no hay quien por ella alegue

en su favor. La Justicia

de mi agravio contrapone

los indicios de su culpa

y los descargos que tiene.

Mi memoria y voluntad

de balanza aprovechen;

de fiel, el entendimiento

mío, supuesto que siempre

se inclina a la parte donde

más peso la razón tiene.

Pongo en aquesta balanza

de la voluntad los fieles

cariños con que su amor

me ha tratado; cargo aqueste

que a la memoria le toca:

mi ofensa (¡dolor vehemente!).

¡Oh, lo que pesa un agravio!

Y qué ligero, qué leve

es el amor. Mas, ¿qué mucho

que uno más que el otro pese,

si un agravio en la memoria

tan pesado ha sido siempre?

Añadir quiero a esta parte,

porque vencer no se deje

la memoria a tanto peso,

los méritos excelentes

de María, la virtud

y la vida penitente,

la honestidad, la pureza...

Mas, ¡ay dolor!, que no excede

al peso de tanto agravio

tanta virtud reverente,

pues la razón solo iguala.

Pag. 35

José.

las balanzas, sin que deje

el fiel del entendimiento

de la voluntad vencerse;

pues si iguales en mi honor

pesan, para que me atormenten,

las razones, disculparse

y las que mi agravio tiene,

y para absolverla, no hay

disculpa que convencerme

pueda, sin que en la sospecha

con mi deshonor no encuentre.

¡Muera mi esposa! Mas, ¿qué

digo? ¿Cómo mis crueles

iras intentan matarla

sin darme yo antes la muerte,

que idolatro su hermosura,

pero sin satisfacerse

cómo quedará mi agravio?

Mas no hay agravio, ni hacerle

debo en mi esposa, sino es

que el cielo me lo dijese,

que fue mala; pero aunque

me sobra valor prudente,

para creer no me ha ofendido,

mi pundonor no se atreve

a mantenerme a la vista

de mis sospechas aleves,

y de María; pues, males,

¿qué remedio que valerme

de la fuga? Y pues las sombras

mis intentos favorecen,

huir de mi esposa trato

y de mis dudas infieles.

Mas, estrellas, cielos, astros,

y sombras, testigos sedme

que si huyo de María

no es porque en ella piense

que haber pudo humana culpa,

sino es por si acaso pueden

mis recelos hallar luces

divinas que los destierren.

Vase José y parece Domingo, corriéndose una cortina, puesto de rodillas.

Domingo.

Dulcísimo Dios mío,

amantísimo Padre,

pues me dio vuestra Madre

palabra, de quien confío,

de que en mí se vería renovada

vuestra pasión purísima y sagrada,

permitidme que el día

a mis afectos llegue

y no tal favor se niegue

a la esperanza mía,

pues cuanto en mí se tarda este trofeo,

crecen las ansias más en mi deseo;

pero ver figurada

vuestra pasión quisiera

en mí, para que se viera

antes que la pesada

cruz vuestra, mi Dios, causando asombros,

me anticipo a llevarla ya en mis hombros.

Mas, ¿qué dulce armonía

ocupa el vago viento,

que todo este firmamento

baja a esta estancia mía?

¡Y en insignia ya admiro figurada

de Cristo la pasión pura y sagrada!

Bajan en dos apariencias dos ángeles, que hacen dos damas, una con la lanza y otra con la esponja, y abren los seis u ocho ángeles cantando.

Ángel 1.

De la pasión, Domingo,

las insignias heroicas

que, humillado Dios mismo,

se muestra misteriosas,

felice logra, logra,

el verlas figuradas

en su paciencia todas.

Ángel 2.

Con estas armas, Cristo,

en su pasión gloriosa,

Pag. 36

De cartón con las insignias de la pasión pintadas en una apariencia muy vistosa, un niño que hace a Cristo con la cruz a cuestas y con una corona de espinas. Sube Domingo en unos cordones hasta incorporarse con el Niño; ha de ir de rodillas.

Cantan.

Muriendo por los hombres

consiguió la victoria.

Felice logra, logra

para el triunfo que esperas

lo que pasar te toca.

Niño.

Domingo.

Domingo.

Señor divino.

Niño.

La palabra que amorosa

te dio mi Madre sagrada

mi amor también te la otorga.

Mas dime, ¿tendrás valor

para sufrir las congojas,

los tormentos, las injurias

de mi pasión rigurosa?

Domingo.

Vos, Señor, me le daréis,

pues aunque es mi edad tan poca,

aunque las fuerzas me faltan

en los deseos me sobran.

Niño.

Pues, prueba a llevar mi cruz.

Dale la cruz y Domingo cae con ella.

Domingo.

Valedme Vos, pues que toda

la máquina de este orbe

parece que se desploma

sobre mis hombros. Caí

con ella; mas, ¿qué me asombra?

Si Vos con la cruz caísteis,

siendo quien sois, que mis cortas

fuerzas no puedan llevarla,

Señor, sin que me socorra

vuestro poder...

Ponele la corona de espinas que lleva el Niño.

Niño.

Pues, levanta,

Domingo, que para gloria

de mi eterno Padre y mía,

para que logre tu heroica

fe en la mayor batalla

la más celestial victoria,

de mi fortaleza te armo

y de mi constancia propia,

siendo aquesa cruz tu espada

y yelmo aquesta preciosa

diadema de espinas, que antes

del triunfo tu amor corona.

Cantado con la música.

Domingo.

Pues que de tu fortaleza

y tu constancia me adornas,

y para la lid, Señor,

ya es allegada la hora,

diga mi fervor valiente:

¡Toca alarma, alarma toca,

a marchar toquen las dichas

y a recogerse las sombras

del temor, para que alcance

mi fe la mayor victoria!

Vayan subiendo en las apariencias y Domingo baje.

Niño.

Ea, prevénte, Domingo,

a vencer tantas congojas.

Domingo.

Ya está mi amor prevenido,

diciendo mi fe amorosa,

Domingo y la música.

que en los triunfos dichosos

que el hombre logra,

suyos son los trofeos,

de Dios la gloria.

Fin. Laus Deo.

Jornada tercera

Pag. 37

La página (folio 35 recto) presenta un texto subyacente borrado (palimpsesto) que ocupaba toda la plana. Apenas son legibles algunos versos sueltos (como «nadie en mi pensamiento», «que a los cielos sirva», «la engañosa esperanza» o «el papel de mi cuidado»). El papel se lavó y se reutilizó como portada para la tercera jornada.

Jornada tercera.

El hijo del carpintero.

Pag. 38

Sale José.

José.

En vano, cielos, intento

huir de mi esposa bella,

pues mientras más huyo de ella

más la hallo en mi pensamiento.

Pero ¿adónde mi dolor,

agraviados cielos, irá?

Si en mi corazón está,

¿qué no la encuentre en mi amor?

Toda la noche ha que, incierto,

el bajel de mi cuidado

el mar surca despoblado

de este campo, y no halla puerto.

Pero ¿cómo le he de hallar

cuando en tan confuso abismo

de penas, mi temor mismo

fluctúa en tanto pesar?

Dudo mi agravio, y no acierto

a creer, se contradicen

mis recelos, ellos dicen

la verdad, mas no lo cierto.

¡Oh, triste estado de un mal

donde entre dudarle o creerle,

la pena de padecerle

la hace el honor casi igual!

Pero las luces del día

las sombras van desterrando,

y no sé dónde me esconda

porque no vean manchado

los puros rayos del sol

el cristal de mi honor claro.

Pero de aqueste desierto,

donde neutrales mis pasos

sin elección me han traído,

entre sus duros peñascos

me esconderé de mí propio.

Mas al preciso cansancio

de mi edad

Pag. 39

Recuéstase sobre un peñasco portátil.

José.

de mis recelos y agravios

rendido estoy; quiero hacer

de este risco, en vez de blando

catre, campo de batalla

a mis penas, que un cuidado

siempre halla el desasosiego

adonde busca el descanso.

Mas, si ofendido me miro,

¿para qué la vida guardo?

Como víbora, la pena

el corazón a pedazos

no me deshace. Mas, ¡ay!,

que como es simulacro

de la beldad de mi esposa,

respeta en él su retrato.

Viendo su inocencia, y viendo

que sin mancha su honor casto

está, que ella no es la mala,

que solo yo soy el malo,

pues estando defendida

de sus honestos recatos,

no la defienden de mí

mis recelos temerarios.

Mas no he de creer que hay delito

en quien hay virtud, y a tanto

extremo llega la fe

que de sus méritos hago,

que antes que una culpa en ella

espero encontrar milagros

que me abonen su inocencia.

Vos, Señor, vos, Dios sagrado,

corred el velo a mis dudas;

no sea, Señor, mi pecado

quien empañe con la niebla

de mi propio error el claro

espejo de su pureza.

Mas ¿qué pesado letargo

es aqueste, que entorpece

mis potencias, deslustrando

mis honrados sentimientos,

pues que se rinde a su halago

mi dolor, como si no

fuera tan suyo mi agravio?

A su apacible veneno

resistirme intento en vano.

Sin duda hay oculta fuerza

en él, o, aunque es tan pesado

este concepto, sin duda

pues mis celos al descanso

se sujetan, no son celos

o son los indicios falsos.

Duérmese y pasa un ángel cantando, que atraviesa el teatro todo.

Cantando.

Córrese una cortina y aparece María de rodillas delante de una imagen.

Ángel.

Quien con poder tan supremo

rinde al ocio mi cuidado,

de mi inspiración divina

el dominio soberano

es, José, quien tus potencias

rinden al sosiego, llaman al descanso.

Tu custodio soy, que opuesto

a la lid de ese ángel malo,

cuando inquieta tu discurso

inspirarte debo, darte desengaños.

Oficio es de mi asistencia,

pues de tu guarda me encargo,

inspirarte, sin que sea

prodigio el que miran, el que ven milagro.

No temas, no desconfíes

de la virtud, del recato

de tu esposa, que en tus dudas

son los indicios, los recelos falsos.

Del enemigo común

es ardid de sus engaños.

Y si no, mira a tu esposa

ser cielo en la tierra, en la oración pasmo;

vuélvete a tu casa, y sea

fiel testimonio de cuanto

Pag. 40

Ángel.

al visto en sueños hallarla

devota pidiendo, milagrosa orando.

Vase y despierta José.

José.

¡Ilusión divina, espera!

¡Aguarda, numen sagrado,

a lo que en sombras me anuncia,

califíquenlo tus claros

resplandores! Mas ¿qué intento?

¿Cómo a pedir me adelanto,

sin merecimiento alguno,

favores más soberanos

de los que le debo al cielo?

Pues con asombros tan raros

deja satisfechos todos

los recelos de mi agravio;

pero no es en mi humildad

culpa creer que al cielo santo,

siendo yo tan pecador,

le he de deber favor tanto.

¿Si lo es? Vana ilusión

fue de mi deseo cuanto

en imágenes el sueño

aquí me ha representado.

Mas no fue ilusión, ni debo

dejar de creer que es milagro,

pues cuando no le merezca

yo por mí, siendo tan malo,

la virtud y la inocencia

de mi esposa están clamando

al cielo, y el cielo siempre

fue de inocentes amparo;

y sin ser grave delito,

no debo dudarlo, cuando

para que me satisfaga,

me deja el aviso grato

un examen que hacer pueda.

Pues ¿cómo al punto no parto

a mi casa donde espero

hallar a mi esposa, dando

glorias a Dios y a mi honor

venturosos desengaños?

¡Cuánto ya aquí me detengo!

¡A lo agradecido falto!

¡Présteme el viento sus alas

para que llegue volando!

Vase y sale Chirimías, hablando como que le ve ya lejos.

Va hacia él y da vuelta a los paños.

Chirimía.

Él es un falcón, le nada;

gracias a Dios que le he hallado

a José, señor, espera,

si irá acaso convidado.

Más que los locos corre,

de un ciervo corriendo tanto,

aguarda, espera; alcanzarle

es imposible: en el campo

no hay viejo que no sea verde,

sin duda no tiene el Santo

gota, pues mal de ricos

nunca le tiene el que es santo.

Mucho me importaba hablarle,

pues él andará buscando

a Dominguito, y ahora

me dijo cierto muchacho

que el infantico, que está

en este desierto orando,

Domingo, que a él el secreto

le fió, pero el vellaco

es bermejo, y que le venda

no es mucho; mas ya me hallo

aquí, y el buscarle esfuerza.

Este niño es caso raro,

me hace echar por estos cerros,

mas es el afecto tanto

que le tengo, que por él

pasaré cualquiera estrago;

y pues para aquestos lances

también mi botilla traigo,

porque gracioso sin bota...

Pag. 41

Saca una bota muy grande.

Bebe.

Vuelve a beber.

Chirimía.

en comedia que es de santo

es como fiesta de toros

en quien no lucen caballos

y quedan los toreadores.

Ansí la persona saco

de mi respeto; esta es,

preñada, esta, que es espanto,

que al verla a todos provoca

a una, no dudo ya,

pues la pobrecita está

con la barriga a la boca.

Pero fuera conocida

deshonra que, con afán,

teniendo en mí un sacristán,

que ella anduviese escurrida.

Jamás ha tenido riñas

con ella mi afecto fino,

porque el hacer muy buen vino

eso le hace como hay viñas.

Que haya quien beba me quejo

en plata; si manirrota

le sirve a un hombre una bota

hasta dejar el pellejo.

Que hablo y bebo; sin mancilla

dirán, mas bien es lo haga,

que se me seca la llaga,

y acudo a la pelotilla;

no teman que se me suba

arriba, aunque puro está

y es añejo, porque ya

este es vino de otra cuba.

Malos estos pasos son

de garganta para hallar

a Domingo, que el estar

suele en los de la pasión.

Pero llamarle pretendo:

¡Domingo!

En el primer corredor se descubre Domingo en un peñasco, el cual ha de ser grande porque sirve para después.

Domingo.

Señor divino,

vos por mí, hombre, ayunasteis

cuarenta días continuos,

con sus noches, y yo, ¡ay, triste!,

que imitaros solicito,

en algo, aun cuarenta horas

que ha, señor, que mortifico

con hambre y sed las pasiones

de mi ser, flaco y rendido,

para proseguir, humanas

fuerzas faltan en mis bríos.

Chirimía.

¿No es Domingo este que oigo,

que hace en aqueste risco?

¡Ah, Domingo! ¡Baja acá!

¿No me oyes, Dominguito?

Domingo.

Mas, de esta elevada punta

descender no determino,

aunque la flaqueza es grande,

por si aquí el hambre reprimo.

Chirimía.

Baja acá, si es que eres hombre,

y llevarás un codillo

y pan para que a la vida

eches un remiendo lindo.

Domingo.

Vos, señor, fortaleced

aqueste desmayo mío.

Chirimía.

¡Que te desmayas! Bizcochos,

ven, los mojarás en vino.

Domingo.

En tanta mortal angustia

socórrame vuestro auxilio.

Baja una dama que hace un ángel de las tinieblas con un cesto en la mano y quédese en el peñasco arrimada a Domingo.

Ángel a Domingo.

Domingo.

¿Quién me llama...?

mas, ¿qué veo, paraninfo

bello?, ¿qué quieres?

Ángel Demonio.

Luzbel,

príncipe de los abismos,

como a ministro me manda

suyo, que, con el fingido

traje de ángel, atentar

venga a este humano prodigio.

Domingo.

¿No me respondes?

Pag. 42

Ángel Demonio.

Espero

que te cobres en ti mismo.

Domingo.

Ya lo estoy.

Chirimía.

Hablando está,

mas con quién es, no distingo.

Va que es con alguna vieja,

que, como son basiliscos,

no he podido verlas nunca,

y ahora me pasa lo mismo.

Ángel Demonio.

Viendo tu flaqueza, el Cielo

esta vianda propicio

te envía; come, y será

celestial tu ser.

Chirimía.

¡Qué lindo!

Del cielo le traen vianda,

va que son perdigoncitos,

porque es comida de vuelo.

Domingo.

Aunque es tan corto mi juicio,

en esa proposición

que no eres Ángel divino

conozco, monstruo infernal,

pues con ese engaño mismo

triunfaste de la primera

mujer, y todos perdimos

el ser de gracia, heredando

la mancha de aquel delito.

Chirimía.

No andes en cumplimientos,

come a dos manos, Domingo,

y harás muy buenos mofletes,

si comes a dos carrillos.

Ángel Demonio.

Pues me has conocido ya,

elevar quiero tu espíritu

sobre la región del aire.

Domingo.

No temo mi precipicio,

que si no te da licencia

Dios, no puede tu maligno

furor maltratarme en nada.

El demonio le lleva en una apariencia hasta la claraboya del patio, y quedan los dos entrambos pendientes de los alambres, los cuerpos ladeados que puedan mirar a los patios del teatro; y a la caída, la en el frontis del teatro se descubra un globo en que estén pintados montes, ciudades y mares; y este globo, mientras hablan, se mueva alrededor.

Chirimía.

Mas ¿qué veo a Dominguito?

¿Qué es esto? ¡En el aire está!

Señores, ¿o yo he bebido,

o di qué ver desde aquí?

Ángel Demonio.

Domingo, ves

todo el orbe reducido

a un globo, cuyo terrestre

círculo el cielo propicio

por todas partes rodea,

cuyo cuerpo, o sea prodigio

de la santa omnipotencia,

u ocupar su centro mismo,

en el aire está suspenso

sin que en nada se vea fijo:

en setenta y dos regiones

habitables dividido

se mira, de varias gentes

y naciones poseído.

La hermosura, la abundancia

de aves, brutos, fuentes, ríos,

mares, peces, selvas, flores,

plantas, árboles, opimos

frutos, perlas y diamantes,

oro y metales distintos;

tan grande es, que solo Dios,

siendo, como es, en sí mismo

infinito, pudo todo

hacerlo tan infinito.

Chirimía.

Domingo, si a ver el orbe

allá arriba te has subido,

ve si el rey don Sebastián

hallas, que no ha parecido

en el mundo, y aun le aguardan

los portugueses muy finos.

Ángel Demonio.

¿No ves esa maravilla,

esa grandeza, ese rico

teatro del orbe, que

solo en un instante has visto?

Pag. 43

Ángel Demonio.

Todo es mío, pues lo es

el mundo, y si tú, Domingo,

me siguieres, te haré dueño

con absoluto dominio

de todas cuantas riquezas

contiene.

Domingo.

Detente, altivo,

soberbio, vano, que a Dios,

que con su poder lo hizo

todo de nada, es a quien

alabar debo rendido;

y así, vete, Satanás,

no se vea el enojo mío

sin que desde aquí te arroje

antes.

El demonio arroja a Domingo como precipitándole, y va a parar al peñasco de donde salió, el cual se abre y dentro viene un ángel, que le recibe, y el demonio va a parar a la cazuela alta.

Domingo.

Jesús sea conmigo

y me ampare en tanto riesgo.

Ángel.

Ya por mí lo hace, Domingo,

pues te socorren mis brazos.

Demonio.

Y yo huyendo iré al abismo

por no verlo.

Chirimía.

¿Qué es aquesto?

¿A Domingo, qué se hizo?

¿Ya no ves dónde está?

Él se ha desaparecido.

Cielos, o aqueste milagro

o hay otro Baco en el siglo,

porque esto no puede hacerse

sin alambres del teatro;

y a detenerme en buscarle

fuera hacer un desatino.

Cuenta a José voy a dar

de todo cuanto aquí he visto,

que él, como es carpintero,

y es tan propio de su oficio

el saber hacer tramoyas,

sabrá en las que anda su hijo,

que yo, con lo que me sucede,

no sé ni me determino

a creer si esto es cierto, o...

algo de lo que he bebido.

Córrese la cortina, y aparece María como la vio José.

María.

En vuestra soberana

presencia, Virgen bella,

he de estar, sin que de ella

mi fe se aparte humana,

hasta ver a mi esposo satisfecho,

que se vuelve al halago de mi pecho.

Corred, señora, el velo

a tanta duda incierta;

abrid, piadosa, puerta

a un infeliz consuelo,

no viva en su recelo sospechoso

el sentimiento grave de mi esposo.

Por él, señora mía,

os lo pide mi llanto,

pues siento su quebranto

aun más que mi agonía;

pues él su deshonor llora violento,

y yo su ausencia sola es la que siento.

Su virtud prodigiosa,

su caridad afable,

merezca la entrañable

piedad vuestra gloriosa;

por él lo haced, que yo a ser condeno,

yo soy la mala y José el bueno.

Si en esto no he ofendido

a vuestro hijo amado,

ni el honor he manchado

de mi esposo querido,

dél os doled en tanta pena mía,

y a José me traed, Virgen María.

Pero, ¿qué es lo que estoy viendo?

Sale José.

José.

Satisfechos mis temores

quedan, pues la encuentro orando.

María.

María.

José, ¿adónde

has estado, que el rigor

es este que desconoce

en ti las señas de amante

y de esposo los blasones?

Pag. 44

María.

porque de mí te ausentaste,

como afligida en la noche

me dejaste de mi pena,

cuando mis afectos nobles,

ni aun con la imaginación

te han ofendido: ilusiones

fueron del engaño cuantos

tus celos.

José.

Detén las voces,

que quien rendido a tus ojos

vuelve amante, siendo noble,

preciso es que satisfecho

venga ya de sus temores.

Ya, esposa, no procures

hacerlo, porque se pone

en duda de ser culpada

la que da satisfacciones.

Yo sé tu virtud, y sé

que es imposible que borre

ninguna niebla del sol

los lucientes resplandores;

pues si acaso algún vapor

entre su luz se interpone

y nuestra vista, sus rayos

le deshacen, sin que logre

más que dar en la victoria

al sol más puros candores.

Entendida creí, María,

allá el concepto, acomoda

tu discurso, y yo en tus brazos

tranquilo sosiego goce.

María.

A tus plantas, José mío,

mis humildades me ponen,

que mi fe no te merece

más dichas, ni más favores.

José.

Tanto mereces, María,

que cuerdas mis atenciones

la tierra envidian pisada

donde tú las plantas pones;

y Domingo, ¿dónde está,

que a verme no viene?

María.

¿Dónde

está? No sé; solo sé,

José, que en las aflicciones

mías aun ese consuelo

no he tenido, ya ha dos noches

que falta.

José.

¡Qué es lo que dices!

Tus cariñosos fervores

¿cómo a buscarle no han ido?

María.

Como al sufrimiento bronce

mi afecto, viendo que tú

me faltabas, este golpe

quise añadir a mi pena,

antes que mis atenciones,

dejándome tu desaire

este albergue nuestro pobre.

José.

Muerto al oírlo he quedado.

María.

Esposo, no te congojes,

que Dios nos le ha de traer,

que un muchacho de los doce

infanticos de la iglesia

que es el que más le favore,

logra de Domingo; vino

a avisarme que a ese monte

desierto se había retirado

a estar en contemplaciones

con Dios.

José.

Absorto me tiene,

ir a buscarle dispone

mi pena.

María.

Ya Chirimía

ha ido a buscarle por donde

dijo el muchacho.

José.

¿Y ha vuelto

Chirimía?

Sale Chirimía y hace gestos.

Chirimía.

Absum, domine,

ya estoy aquí.

José.

¿Y Dominguito?

¿Qué dice? No me responde.

Chirimía.

No es mucho que no lo haga,

Pag. 45

Chirimía.

Si yo le he dado más voces

que suelen dar las mujeres

cuando riñen con los hombres,

y no me respondió...

José.

¿Cuándo?

Chirimía.

Cuando atravesaba el monte.

José.

¿No le oí? ¡Alto a Domingo!

Chirimía.

Domingo voló.

María.

¡Qué oye

mi pesar!

José.

¿Qué es lo que dice?

Chirimía.

Que voló.

José.

De sus razones,

lo que me dice no infiero.

Chirimía.

Si no lo infiere, acabóse.

José.

Venga acá, ¿estuvo con él?

Chirimía.

Sí, estuve, y porque no ignore

el hijo que Dios le dio,

sepan que es un santo, porque

desde lo alto de un risco

le vi con admiraciones

subir a esta, la región

del aire, y no sé por dónde

desapareció después;

y aunque le di muchas voces,

hizo lo que José hizo,

que es no responderme entonces.

José.

Estas son locuras suyas.

Chirimía.

¡Por el perro de San Roque,

que es verdad cuanto he contado!

Pasmó el muchacho, y no es troque.

José.

¿Adónde le vio?

Lléveme.

Chirimía.

Vamos.

José.

No tomes

pena, María, que yo

te traeré al niño.

Vanse los dos.

Chirimía.

Si él coge

el vuelo que dio a mi vista,

preciso es llevar halcones.

María.

¡Qué mísera navecilla,

a quien combaten conformes

agua y viento, se había visto

en tan grandes confusiones,

en tantas zozobras, como

mi corazón se ve! ¿Dónde

han de llegar, cruel fortuna,

mis sustos y tus rigores?

¿Puede haber en mí más penas?

Sale don Ramón.

Don Ramón.

Sí puede; en mi afecto noble

sea disculpa para que

esta licencia me tome.

Sabes que al campo José

salió por las razones

que le oí; permite, hermosa

María...

María.

Detente, hombre.

¡Qué atrevimiento es extraño!

¿Qué intentan tus sinrazones?

Si apuras con la porfía,

solicitan tus pasiones

mi constancia, ¿ya no has visto

que a tus ruegos soy de bronce,

a tus halagos de mármol,

de roca a tus persuasiones?

Don Ramón.

María, pues, ¿qué mudanza

es aquesta que supone

tu afecto ahora conmigo?

¿Tú misma no fuiste dócil

quien a llamar me enviaste

con Lucindo la otra noche?

A tu halago, ¿no debí

que, trocados los rigores

en caricias, de tus llamas

diese amante razones?

María.

Hombre, ¿qué es lo que pronuncias?

¿Cómo es posible que apoyes

que yo llamarte he podido,

ni que has oído en mis voces,

siendo quien soy, más que ultrajes?

Pag. 46

María.

desdenes e indignaciones.

Don Ramón.

Como es verdad lo que digo,

María.

no es, sino es engaño enorme

de tu cautela.

Don Ramón.

No es.

Ya que a negarlo te opones,

si no es inconstancia tuya,

y puesto que a mis pasiones

diste ya una vez licencia,

mal podrás de mis ardores

defenderte.

María.

¿Cómo no?

¡Cielos, cuando te arrojes,

castigará tu delito!

Titubeando.

Don Ramón.

Mis ciegas obstinaciones

al cielo, ni aun a Dios temen.

Pu, pu, pue...

María.

¿Qué dices, hombre?

Mas, ¿qué prodigio es aqueste?

Titubeando.

Don Ramón.

¿Qué pasmo es este que inmóvil

suspende así mis sentidos?

En vano la lengua rompe

la voz, la vista he perdido.

¡Dios castigó mis errores!

Cae en el suelo.

María.

¡Ay, Don Ramón! ¡Ay, señor!

Ni habla, ni ve, ni oye.

¿Qué haré, Cielos, en tan grande

desgracia?

Sale Domingo.

Domingo.

No se congoje,

madre, que a nadie Dios falta

cuando en las tribulaciones

le llama el Señor.

María.

Domingo,

hijo mío, aqueste hombre...

Hace demostraciones de arrepentimiento.

Domingo.

Ya sé que está mudo, sordo

y ciego, que sus atroces

delitos así le tienen.

El infernal monstruo enorme,

con permisión que le ha dado

el cielo, estas aflicciones

causa en él, pero es tan grande

para con los pecadores

de Dios la misericordia,

que este castigo dispone

para que llore sus culpas

y el piadoso le perdone.

Mas ya su dolor lo hace,

según las demostraciones,

y pues el cielo me inspira

con auxilios a que obre

este prodigio, infernal,

maligno espíritu, en el nombre

de Dios te mando que al punto

dejes libres sus vigores,

sus sentidos, y que salgas

del cuerpo de aqueste hombre.

Dentro el demonio.

Demonio.

Ya a mi pesar lo ejecuto.

María.

Toda soy admiraciones.

Levántase admirado Don Ramón.

Arrodíllase a él.

Don Ramón.

Señor, mis culpas confieso,

y mi ceguedad conoce

vuestra gran misericordia,

pues para que el llanto borre

mis errores, este tiempo

me concedes en favores;

y pues instrumento ha sido

Domingo para que logre

mi dicha este bien, a él

mis rendimientos se postren.

A ti este auxilio te debo,

prodigioso niño, y porque

mi arrepentimiento veas,

dispondré muy presto donde

mi penitencia sea enmienda,

ejemplo dé a todo el orbe.

Vase.

Domingo.

Aguarde, espera.

María.

Domingo.

Domingo.

Madre, ya de sus temores

Dios la ha librado, y mi padre

Pag. 47

Domingo.

a buscarte ha ido al monte

desierto donde tú estabas.

Domingo.

Madre, adiós.

María.

Pues, ¿qué rigores

son estos? ¿Dónde vas, hijo?

Domingo.

¿Dónde? A excusar a mi pobre

padre el cansancio a buscarle.

María.

Ya él vendrá.

Sale José y Chuimía

Chirimía.

Bien dijo el hombre

que a casa le vio venir,

aquí está. José le azote,

que, según vuela, que tiene

muchas alas se conoce.

José.

Pues, ¿cómo tu virtud, hijo,

obra con tanto desorden

que faltas a la asistencia

de tus padres?

Domingo.

No se enoje,

padre y señor, que si al tierno

cariño con que sus nobles

afectos me han procreado

se niegan mis atenciones,

no es culpa en mí, pues que Dios

en sus preceptos dispone

que, por seguirle a él, dejen

padre y madre. Dios a voces

me llama para que siga

de su gloria el feliz norte;

pues no hay razón que de Dios

falte a las inspiraciones

para no faltar a mis padres.

Y así, es bien que me perdonen

y su bendición me echen.

José.

Hijo, ¿qué es lo que dispones?

María.

¿Qué intentas?

Domingo.

Que en mí se cumpla

de Dios la inviolable orden.

José.

¿Qué orden dices?

Domingo.

La que dada

tiene para que lo logre

el mayor bien.

María.

Hijo mío,

¿no en nuestros corazones

enterneces?

José.

De la tierra

te levanta.

Domingo.

Seré inmóvil

hasta que su bendición

consiga.

Échanle la bendición

José.

Bien, que la logres;

ésta, tu bien, la de Dios

y la mía te le otorgue.

Chirimía.

Y la mía, porque sea

con todas sus bendiciones.

María.

Y las mías. Mira que no te has de ir.

Dejaba ahora...

Domingo.

Perdonen,

que Dios me llama, y es fuerza

siga el imán de sus voces.

José.

¿Quieres dejarnos?

Domingo.

No es

dejarlos, si reconocen

que asintiendo a Dios, asisto

más a sus obligaciones.

María.

Aguarda.

José.

Espera.

Domingo.

Es en vano.

José.

¿No te obligan mis razones?

María.

¿No te enternece mi llanto?

Domingo.

Si me enternece, no lloren,

mas preciso es que a Dios siga;

no contra lo que dispone

su poder vayan.

Chirimía.

Esperen,

que Chuimía le entone

dos pasacalles; verán

cómo se queda.

Domingo.

No estorben

mi impulso.

María.

Aguarda.

Domingo.

No puedo

obedecer.

José.

Mis veloces...

Pag. 48

José.

mis plantas te siguen.

Vase Domingo, y José tras él.

Domingo.

En vano

es, padre, seguirme, porque

no hay humana diligencia

contra divinos fervores.

María.

Chirimía, síguele

también.

Chirimía.

Si el muchacho corre

como vuela, no podrán

alcanzarle postillones.

Vase.

María.

Si de Dios, Domingo, es,

y aquestas disposiciones

son de Dios, en él se cumpla

lo que a su servicio importe,

que antes es su voluntad

que mis penas y dolores.

Vase.

Sale el Demonio.

Demonio.

¡Infeliz monarquía!

Aquella es donde, ¡oh, importuno!,

lo que una mano guía

lo baraja el impulso de otra mano.

¡Infeliz es el reino en quien mantiene

uno el dominio y otro el cetro tiene!

Dígalo mi grandeza,

¡ay, infeliz!, y mi poder lo diga,

pues cuanto mi agudeza

procura que en el orbe se consiga,

Dios lo deshace, pues, de un solo vuelo;

él tiene el mando y yo la carga solo;

yo el vituperio grave,

él el glorioso acierto y yo la injuria;

pues como el mundo sabe,

cuando triunfar podía con mi furia

de don Ramón, José y de María,

auxilios eficaces les envía;

pero pues me ha quedado

en quien vengarse puedan mis rencores,

colérico, obstinado,

incitaré de nuevo los furores

del pueblo hebreo que matar intenta

a este rapaz, origen de su afrenta.

Muera, que si la gloria

en infeliz martirio no dilato,

me queda la victoria,

pues de Dios es el hombre fiel retrato,

y es deshacer, borrar, manchar la pura

imagen que de Dios es fiel hechura.

Muera aqueste portento,

este prodigio, asombro, aqueste espanto,

que con tanto ardimiento

a Cristo en su pasión imita tanto,

que, huyendo de su padre, encuentra puertos,

fugaz para orar aun en un huerto.

Pero ya que mi ira

hallar otra venganza en vano aguarda,

y cumplido en él mira

el término fatal, ¿cómo se tarda

mi enojo en incitar al pueblo hebreo

que le busque y le prenda su deseo?

Pues, aunque yo pudiera

adonde está decirle y conducirle,

para que le prendiera,

que busque, solo intento persuadirle,

otro muchacho, a quien el precio ciegue

y le venda Domingo, y se le entregue.

Pero, ¿a mi enojo

en el huerto le ven, que quiere el cielo

que le vean mis ojos

para más fiera rabia, más desvelo?

Pero huyendo iré dél, basta, me vuelo,

sin que a oírle me aguarde ni a atenderle.

Descúbrese Domingo de rodillas y el Demonio se va.

Domingo.

Desconfiado, Señor,

de mi ser humano, vuelvo

segunda vez a pediros

me socorra vuestro esfuerzo.

Morir aguardo por vos,

y cuanto más lo deseo,

más el corazón se asusta,

mas lo rehúsa...

Pag. 49

Domingo.

de la muerte, que, como es

tan horroroso suceso,

no hay valor que no convierta

en temor el desaliento.

Mas, ¿qué mucho, si por mí mismo

la temisteis, que yo siendo

de humana naturaleza

y de humilde vaso hecho,

tiemble asustado y confuso,

y que mi débil esfuerzo

a la congoja, a la pena,

al temor, al desconsuelo

exhale arroyos de agua

por poros y ojos haciendo

mar, en tantas agonías,

lo anchuroso de este huerto?

Tanto es mi temor, Señor,

que si posible en mi afecto

fuera el pediros rendido

que de mi muerte el decreto

cesase... Mas, ¿qué pronuncio?

No es este cobarde miedo

efecto del corazón

mío; de otro impulso, efecto

es, que no alcanzo; pues si

murió por mí en un madero

(dogma siendo Dios y hombre),

¿cómo por su amor yo tiemblo

morir, cuando en tanta dicha

me aguarda tan feliz premio?

Señor, mis yerros perdona,

que hijos no son de mi afecto.

Venga la muerte que aguardo;

llegue, sí, el plazo que espero.

Pasa un ángel en un carro por el tablado cantando.

Ángel.

Ya se cumplió, Domingo,

y Dios llena de esfuerzos

tu amor, para que le imites

también en su sufrimiento.

Ya vienen a prenderte

tus enemigos mismos

y serás de sus iras

sacrificio cruento.

Ángel.

Pues si llegó el plazo a tu deseo,

entrégate a la saña de su pecho.

Domingo.

Aguarda, espera, divino

espíritu.

Salen los judíos y un muchacho con ellos de adentro, y traen teas.

Muchacho.

En aqueste huerto

es donde Domingo está.

Samuel.

Pues ya tú estás satisfecho,

enséñanosle.

Muchacho.

Este es el mismo

que buscáis, y os he cumplido;

pues entregado os le dejo.

Moisén.

¿Eres tú Domingo?

Domingo.

Domingo soy, ¿qué recelos

os acobardan? Llegad,

prendedme, pues indefenso

estoy.

Samuel.

¡Qué raro prodigio

es este!

Rabí.

Todos lleguemos.

Domingo.

Ya yo me entrego a vosotros.

Samuel.

Pues se logró nuestro intento,

nuestra venganza se logre.

Moisén.

Renueve del Nazareno

la pasión, muera este vil

rapaz.

Rabí.

Sus oprobios mismos

sufra.

Danle empellones y golpes.

Samuel.

Llevadle a empellones.

Domingo.

Si yo en huir no me defiendo,

¿para qué me atropelláis?

Moisén.

Por ignominia y desprecio

mayor.

Rabí.

Ven, infame.

Domingo.

Vamos.

De vuestra pasión inmensa,

Dios mío, los propios pasos

va mi ventura siguiendo.

Vanse, y sale el Demonio.

Demonio.

Ya se logró mi venganza;

mas no se lo...

Pag. 50

Demonio.

que les cuesta a mis fatigas

tantos sustos el suceso

de este rapaz, este asombro

de quien ya la muerte espero,

pues avisados del propio

muchacho que a los hebreos

le entregó, anda María

y José tristes, haciendo

tantas lástimas por toda

la ciudad que sus lamentos

han llegado a los oídos

tan piadosos, como regios

de Fernando e Isabel.

Ya la acompañan atentos

ellos en persona misma

desde anoche que supieron.

Acaso le andan buscando

no perdonando su celo

casa de hebreo ninguna,

pero mi poder opuesto

a sus piadosas fatigas

con fantásticos objetos,

con vanas sombras, la casa

donde está los he encubierto,

de suerte que son en balde

sus católicos empeños;

pero la hora de tercia

va llegando en que el hebreo

pueblo darle muerte aguarda,

y pues distancia ni tiempo

se da en mi ser, que en un punto

veo, examino, penetro

cuanto con mi inteligencia

angélica ver deseo,

lo que con Domingo obra

su airada saña ver quiero

desde aquí, pero ¿qué miro?

Ya después de haber entre ellos

hecho jueces y ministros,

entregándole cual reo

a la justicia, de uno

a otro tribunal protervo

le llevan, y no hallan culpa,

sobrando rigor en ellos.

Ya la mano airada pone

en él un judío, haciendo

en su rostro que dé señas

el golpe del vituperio.

Ya los ojos para herirle

con burla venda el desprecio,

y apagándole las luces,

aun ellos quedan más ciegos.

Ya de los pobres vestidos

le despojan, consiguiendo

que, niño, amor y desnudo,

sea amor todo su afecto.

Ya amarrado a una columna,

sobre el delicado cuerpo

tanta tempestad de azotes

desciende airada que, siendo

la lluvia de sangre, hace

la tierra ver mar bermejo.

Ya una diadema le ponen

de espinas, cuyos acerbos

rayos sus sienes taladran.

Ya llagado al pueblo hebreo

le enseñan, y los rigores

que no caben en los mismos

ojos de quien lo ejecuta,

caben en su sufrimiento.

Ya sobre sus hombros carga

con gusto el pesado leño.

Ya llega al lugar adonde

ha de morir, y el madero

fijo en la tierra le mira

con reverencia y sin miedo.

Ya sus manos y sus pies

traspasan con duros hierros.

Pag. 51

Baja una cortina que cubre el teatro. Tiene pintada de estrellas a una parte el sol y a otra la luna, los cuales espacios de uno y otro han de ser trasparentes.

Ábrese la cortina por medio y, corriéndose o levantándose, aparece Domingo en la...

Demonio.

Ya está del leño pendiente,

y ya de la saña el denuedo

de los atroces ministros

es sacrificio cruento.

Y ya viendo que no espira

a tan repetido exceso

de tormentos, y que es

su paciencia tal que, viendo

que ellos le injurian, les pide

perdón y ruega por ellos

al cielo: con una lanza

el amante y tierno pecho

le atraviesan, y aún no muere.

Pero, ¿qué raro portento

es este? El cielo se cubre

de horrores y, airando el ceño,

el sol excusa sus luces,

la luna muda el aspecto.

Todo padece, y en tanto

sentimiento gemir veo

la tierra, el aire, el agua y el fuego.

Dentro, músicos a cuatro

Músicos.

Lloren, suspiren, sientan los excesos

de la saña, la ira del pueblo hebreo.

La tierra con temblores,

con suspiros el viento,

con lágrimas el agua,

con ardores el fuego.

Lloren, suspiren, sientan sus excesos

la tierra, el aire, el agua y el fuego.

Demonio.

Un asombro a otro sucede,

pues que, rasgándose el velo

que, de las nubes tejido,

embarazo fue del cielo,

se desprenden de la esfera

luces que el dichoso acierto

descubren; pues, con Fernando

e Isabel, llega diciendo

todo el pueblo:

Dentro, voces

Voces.

Aquí se ocultó,

En una cruz ha de estar desnudo, y la cruz ha de ocupar la mitad del teatro de género que parezca que está en el aire.

En un escotillón baja el demonio, hundiéndose. Salen todos.

Otras voces

Voces.

Pues nos le revela el cielo.

Demonio.

Entremos,

antes que lleguen.

Sepúlteme a mí el infierno.

Mosén.

Descubiertos hemos sido.

Samuel.

Y aún este infame no ha muerto.

Rabí.

Acabémosle.

Todos

Todos.

Aquí están.

José.

¿Qué miro?

María.

¿Qué es lo que ves?

Chirimía.

¡Cómo a un Cristo estos judíos

a un dominguito han puesto!

Rey.

¡Qué lástima!

Reina.

¡Qué dolor!

Don Ramón.

¡Qué pena!

Chirimía.

¡Qué sentimiento!

María.

¡Hijo querido!

José.

¡Hijo amado!

Domingo.

Padres, tengan gran consuelo,

pues tienen un hijo mártir.

Rey.

Infames, viles hebreos,

¿qué habéis hecho? A vuestra culpa

dará castigo mi acero.

Domingo.

Católico rey Fernando,

que los perdones te ruego

por si es que de sus errores

tienen arrepentimiento;

pero, de parte de Dios,

segunda vez te amonesto,

católico rey, que si

desterrares los hebreos

de España, que en recompensa

de vasallos tan protervos,

a Nápoles, a Navarra,

y el feliz descubrimiento

de las Indias, te dará

por premio dichoso el cielo.

Rey.

Yo te lo ofrezco, Domingo,

y ser, como son, seiscientos

mil los hebreos, si fueran

muchos más, mi ardiente celo...

Pag. 52

Rey.

de mi reino los echará.

Salgan desterrados luego

los que la ley no siguieren

de Cristo y Dios verdadero.

Reina.

Y yo un santo tribunal

formar al punto prometo,

que conozca de sus culpas

y de sus errores, siendo

fray Tomás de Torquemada,

mi confesor, el primero

inquisidor general

de todos mis leales reinos.

Domingo.

Felices Reyes seréis.

Mas ya me falta el aliento.

En tus manos, inefable

Señor, mi espíritu encomiendo.

Espira, y bajan dos ángeles cantando y le trae uno una palma y otro una corona.

Reina.

Ya expiró su luz hermosa.

María.

Ya el sol y mi gloria ha muerto.

Cantores.

Ángeles, hombres,

astros y elementos,

alabanzas canten

y glorias al cielo,

pues sube a su alcázar

coronado de luces y trofeos

el mártir glorioso,

el infante feliz del Aseo.

Rey.

De músicas celestiales

sube acompañado al cielo

su espíritu.

La cortina cubre otra vez el teatro.

Don Ramón.

¡Qué ventura!

José y María.

Sin alma, sin vida quedo.

Reina.

No sintáis su feliz muerte,

que yo de vuestro consuelo

cuidaré.

Rey.

Estos judíos

mueran vivos en el fuego,

que hasta el suplicio yo mismo

la leña llevar intento.

Chirimía.

Y yo atizaré la hoguera,

que en atizar soy muy diestro.

Pongan los judíos.

Moisén.

Tente,

que morir en la ley quiero

de Cristo, el bautismo pido.

Rey.

Dénsele, mas muera luego.

Samuel.

Nosotros no, que en la ley

de Moisés morir queremos.

Chirimía.

Pues vengan vivos a ser

chicharrones del infierno.

Don Ramón.

Yo a ejemplo tan admirable

religioso ser espero

de Domingo, pues a otro

Domingo mi enmienda debo.

Rey.

Y aquí, Senado, da fin

El hijo del carpintero,

cuyo cuerpo Zaragoza

venera en su sacro Aseo.