إلى> تاريخ النشر: 22 أغسطس 2026
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<إلى clإلىss="inline-flex w-fit items-center" href="https://creativecommons.org/licenses/by-nc/4.0/deed.es" tإلىrget="_blإلىnk" rel="noopener noreferrer" إلىriإلى-lإلىbel="عرض تفاصيل ترخيص Creإلىtive Commons CC BY-NC 4.0">صيغة استشهاد مقترحة
Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El ángel de la guarda. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-angel-de-la-guarda-0.
MSS 15277
Biblioteca Nacional de España
II-186
Mss. 15277
4ª
El Ángel de la guarda =
Comedia en 3 jornadas -
(En la portada pone: De Valdivieso)
Legº 18
2
Biblioteca Nacional de España
A 61
de Valdivieso.
Personas. Laurencio Galán. Morcón Capigorrón. Clavela Dama. Ángel de la guarda. Demonio. dos pescadores. Claudio Galán. El gobernador. un Alguacil. un esclavo. Labradores. cuatro bravos. un fraile. Cristo.
Sale Laurencio galán, medio desnudo con capa y espada, el Ángel al lado diestro y el demonio al siniestro.
Defendido y verde muro
del bello jardín que adoro,
de cuyas manzanas de oro
el dragón no está seguro,
ablanda tu pecho duro
tus paredes entreabriendo,
pues si un abismo oyendo
su dureza enterneció,
bien podré ablandarte yo,
pues en mayor fuego me enciendo.
Mandas, niño Serafín,
que de mi amor lo has de ser,
que al jardín te venga a ver
siendo tú el mismo jardín.
porque la rosa y jazmín,
clavel, mosqueta y narciso
que en tus beldades diviso,
con que enamoras y encalmas,
te forman un jardín de almas,
retrato del Paraíso.
Mas no te falta retama,
porque en su gusto y color
se retrata del amor
el amargor y la llama.
Abre al que a tu jardín llama,
seré en la margen del río,
sobre un laurel árbol mío,
abeja que labre amores
y que coja de tus flores
sabrosa miel del rocío.
Mi Clavela.
Abrázala.
Mi querido.
Sale Clavela y Morcón capigorrón.
Pese a tal cómo la agarra,
no vi jamás olmo y parra
tan mujer y tan marido.
Mi Laurencio y mi laurel,
de quien siempre seré Apolo.
Pues yo seré laurel solo
que corone ese clavel.
¿Es posible, mi alegría,
que vives un mes sin mí?
Sin duda no le viví
ausente la vida mía.
Esta ocasión he buscado
en que este necio tropiece.
Por buena que te parece,
quizá quedarás burlado.
¿En tres años que poseo
tengo de ver con disgusto
las espaldas siempre al gusto
y siempre el rostro al deseo?
No puedo más.
¿Nunca?
Nunca.
Es porque no lo deseas.
Señores Dido y Eneas,
busquemos una espelunca,
que en mi lumbre tendrán
que los encubra sus menguas.
Los árboles tienen lenguas,
y mis flaquezas dirán,
o en ellos, pues hojas son,
las dejará el tiempo escritas.
¿Por qué la gloria me quitas
que merece mi afición?
Los árboles serán mudos,
señora, dellos te fía,
que otros dice que algún día
cubrieron otros desnudos.
¿No ves que mi hermano está
con mi padre hacia la fuente?
Advierte que si nos siente,
que la muerte nos dará.
Depón los tímidos sustos,
pues soy tu agente mayor,
y un seguro colector
de tus amorosos gustos,
y guardaré tu decoro
cual grulla en un pie velando,
entra, no temas, a Orlando
goza tu galán Medoro.
Ya determinado está
en la lasciva ocasión.
Pues yo buscaré invención
que della le sacará.
A Laurencio.
Dime, ¿cómo estás desnudo?
Porque el hombre apercebido
diz que ha medio combatido.
Desnudarme el amor pudo.
Ninguno hace eso mejor
que el amor, por ser sin duda
que nadie mejor desnuda
que la noche y el amor.
Supe que al jardín salías
que el cristal del Tajo riega
y bajéme por la vega
por ver esas luces mías,
y, impaciente de esperar
(que es impaciente el amor)
quise el fuego de mi ardor
en esas aguas templar.
Desnudéme desta suerte
para echarme al agua luego,
pensando echar agua al fuego
que se acrecienta con verte,
y en esto Morcón llegó,
que es de nuestro amor Mercurio.
Pienso que desto me injurio.
Aunque ando medio
y así asióme así descompuesto,
que en mi tierra no dudo
que me hallara más desnudo
por poder llegar más presto.
¿Sabe algo de volteador
de maroma y de estacada?
Nunca lo desnudo enfada
a quien ve que es amor.
Pesia tal, qué bueno fuera
andar los hombres desnudos
como en los principios rudos
se vivió en la edad primera,
que hubiera de malqueridas
que entonces fueran amadas,
y qué hubiera de adoradas
que fueran aborrecidas.
Dios se lo perdone a Adán,
que a sastres nos obligó,
pues que, desde que pecó,
introducidos se han.
A voces al Ángel.
Mucho sube el sol y es tarde,
y estoy en los vuestros ciego.
Fuego, fuego, fuego, fuego,
fuego, que el jardín se arde.
Agua.
Suena dentro y fuego.
Abrázalos.
Cogeré esta joya
y mis amados Penates,
y vos como fiel Acates
para sacarlos de Troya.
Vete, mi bien, que por pies,
que mi hermano vendrá aquí.
Sin duda el fuego encendí
con el grande suspiro.
Vete y este abrazo toma.
Vase.
Adiós.
Fuego, fuego, fuego.
Todos dentro: ¡fuego!
¿Qué fuego es este? Reniego
de ti.
Casi el de Sodoma,
fuego, fuego.
Ven, Morcón.
Vanse.
¿Estás loco, boquimulso?
Las aguas de otro diluvio
anieguen esta ocasión,
fuego, fuego, fuego digo.
Sin duda que tú estás ciego.
¿Fuego, fuego, qué más fuego
que el que traes siempre contigo?
Miro con atención, avisto
ser Eva y Adán los dos,
sierpe tú, yo Ángel de Dios,
que guardo este paraíso,
y como fuego no hallo
para apartarlos de aquí,
volví y hallé tanto en ti
que contigo los cegué.
¿Para apartar a aquellos dos
aquellas voces has dado?
Sí que a Laurencio he estorbado
estas ofensas de Dios.
Vanse.
Salen el Padre de Clavela, su hermano y hortelano con cántaros e instrumentos para matar el fuego.
Allegad por aquí con esos cántaros.
Fuego, fuego, Morcón.
Traigan jeringas
con que hacen medicinas a este fuego.
¿Adónde el fuego está?
Por aquí, amigo.
Mira, Morcón, la cama si se quema.
¡Fuego, hola, fuego!
¿Adónde está este fuego?
Saca a tu hermana del jardín, muchacho,
y miren las pinturas, no se quemen.
¿Con qué se han de quemar?
Fuego, agua, fuego.
Sale Clavela.
Padre, señor, hermano de mi alma.
Ven conmigo, Clavela, mi señora,
porque este fuego se convierte en humo
con que te andan dando humazo a tus deseos.
No hay fuego en el jardín.
Miradme el alma.
¿Qué ciega burla es esta?
Fuego, fuego.
Callad, mal fuego a todos os abrase.
Señor gobernador, bravo gatazo,
quien hubiere visto o hallado
un fuego mal encendido,
por mal recaudo perdido,
venga, llevará su hallazgo.
Huélgome que la pena pare en risa.
Pues la risa de alguno para en pena.
¿Quién ha sido el inventor de este fuego?
No sé, por Dios.
Por Dios, si lo supiera,
que me había de pagar la necia burla.
Fríos hemos quedado.
Si no hay fuego,
¿qué mucho quedar fríos
pues eso haremos?
¿D'este agua?
¿hay más de vaciarla?
Regad aquellos cuadros, no se pierda,
y venid a almorzar.
Bueno, me aplace.
Buen fuego te dé Dios en el alma y en el cuerpo.
Fuego, fuego dan voces, fuego suena,
pesada burla, quemamos Clavela.
Vanse todos.
Salen dos pescadores con redes.
¿Traéis remendadas las redes?
Sí, Amintas, y yo te fío
que en el remanso del río
seguro tenderlas puedes,
porque no las vi mejores.
Pues caudaloso el Tajo va.
Pues hoy río vuelto será
ganancia de pescadores.
Que si bien su orilla fresca
los nadadores perturban,
y sus claras aguas turban
con que remontan la pesca.
Aquel escollo sombrío
que hace con la punta un arco,
quiero que suba el barco
y echar el tresmallo al río.
Ya sabes que el barco bogo
con ligereza gallarda.
Laurencio dentro.
Jesús, Ángel de mi guarda,
Madre de Dios, que me ahogo.
¿Quién da voces?
Dios te valga,
pobre mancebo.
Hace que le ven.
Ángel mío.
Como pez me vuelvo al río
para que a su margen salga.
Que me ahogo.
Amintas, vuela
entre las olas turbadas,
y pues como delfín nadas,
como otro Arión le consuela.
Ya se sumergió una vez.
Que me ahogo, Ángel de Dios.
Ya se ha sumergido dos.
Corta el agua humano pez,
desmayado y amarillo;
con la muerte y ondas lucha,
su ventura ha sido mucha,
pues encontró un arbolillo;
asióse a una débil rama
mientras Amintas llegó.
Sin duda se le antojó
su buen Ángel que le ama.
Abrazado a Amintas sale
medio vivo y medio muerto,
de arenas y algas cubierto
a oír el último vale.
Sale Laurencio abrazado al pescador Zafido. A un tramo de que tirará el Ángel, que llevará al cuello un rosario y en la una mano una capa. Y saldrá desnudo decentemente.
Valgame Dios, que me ahogo.
Ánimo hidalgo cristiano.
Mi intento ha salido vano.
¿No ves que por el ahogo
esta rama le ofrecí
para que se asiese de ella?
Virgen del Sagrario bella,
María, acordaos de mí.
Con justa razón la nombras
en este penoso paso.
Pese al fuego en que me abraso,
y a sus infernales sombras.
No la nombres, que te juro
de ahogarte si el río no oso.
No, que estoy de guarda yo
y él con mi guarda seguro.
Procura que el agua lance.
Dios lo haga como puede.
Si este bien nos concede,
llegado habemos a buen lance.
Dios, acordaos de la capa
de que en un pobre hizo empleo,
y sea la de Eliseo,
que de las ondas le escapa.
Y ved que el Rosario rezó
siempre a vuestra Madre hermosa,
y que ella como piadosa
pues escala se le hizo.
Porque en este desconsuelo
son sus cuentas escalones
por donde hasta los balcones
puedo subir de ese cielo.
Su peligro temo harto.
Mi devoto Ángel, ¿no vienes?
Hijo mío, aquí me tienes,
que nunca de ti me aparto.
Pesar de quien le sacó
de entre el furioso raudal,
que estaba en culpa mortal
y que a su alma deseo.
Mas yo haré que venga aquí,
que en el jardín voces da
pensando si muere acá
el que está viviendo allí.
Ella al río le sacó,
y ella le habrá de vencer,
que a veces una mujer
puede mucho más que yo.
Deja la incierta conquista,
que podré hacer si la llamo
que esta hiel que derramo
le medicine la vista.
¿Eso cómo puede ser?
Como el yugo de amor grave
le haga Dios yugo suave,
dándosela por mujer.
¿No ves que el padre no quiere,
que en los dos no hay igualdad?
Sale Clavela.
Pues a dar vida volad
a mi vida que se muere,
¡ay, mi Laurencio!, ¡ay, mi bien!
¿Es Clavela quien me nombra
o es de Clavela sombra?
que aun su sombra me hará bien.
¿Mi dulce Laurencio amado?
¡Ay, hermoso clavel mío!
¿Qué es esto?
Llegarme al río
como hombre desesperado.
¡Señor! ¿estáis de yelo?
Amor mi ceguedad fragua;
desnudo me arrojé al agua
por apagar tanto fuego.
¡Ay, dulce Laurencio mío!
Mi bien, reportaos por Dios,
no me queráis ahogar vos,
pues que no me ha ahogado el río.
Dos estos ojos serán
con su llorar importuno,
mi bien, si me ahogara uno,
dos vuestros mejor lo harán.
Y en sus luces considero
el farol que a Ero me guía.
Si viera muerto la mía,
fuera por vos otra Ero.
No es tiempo de eso, señora,
ved que es mejor que busquéis
lugar donde le abriguéis.
El del alma, donde mora,
mas porque en falta caeré
con mi padre que allí dejo
haciendo del Tajo espejo
donde muerta me mire,
os ruego que a su posada,
pues os es bien conocida,
la llevéis, que con mi vida
será esta amistad pagada.
Mi silla podéis tomar
de brazos.
Y la atraer.
Y mi casa de placer
es casa de mi pesar.
Lo que nos mandas haremos
sin más premio que servirte.
Levántale.
Segura puedes partirte,
de que te obedeceremos.
Adiós, mi bien, ¿cómo vais?
Llévanle.
Después que esos soles vi
llover estrellas en mí,
voy como me deseáis.
¿De qué sirve ser de guarda
y despierta centinela?
Si Dios la ciudad no vela,
vela en vano quien la guarda.
Medio muerto le has puesto,
y con estar medio muerto
deja al que por él ha muerto
y a quien le ha muerto lleva.
Orden tengo que le guarde,
aunque más a Dios ofenda.
Vanse.
Muy tarde verás su enmienda.
Si viene, no viene tarde.
Tu muerte vives aquí
y aviva, muerta en ti, vivo,
pues en ti miro un muerto vivo
y una viva muerta en mí.
Al jardín quiero volverme
donde a mi padre dejé,
y dos fuentes le daré
hasta en fuentes resolverme.
Serán espinos sus flores,
sus arrayanes los dos,
sus fuentes las de mis ojos
y sus frutos, mis dolores.
Mi señora Clavela.
¿Quién me nombra?
Tu sirviente Morcón, tu capigorrigo
que te viene a vocar porque te voca
Dominus Pater.
Lindo gusto rompes.
Cuando sin el corazón titilo.
¿Per quam causam tus ojos perlifican
y de la pulcra frente candidata
mina de perlas, si hay de perlas mina,
por las bellas acequias olulatos
in longa vena disipadamente
se dejan resbalar en tus mandíbulas
tan puras y de aceradas lachrimonias?
¡Ay de mí triste, ay de mí, ay Laurencio!
¿Qué es esto de Laurencio? Vicit Dominus
que coraconis meis palpitabuntur.
Si este tu amante vive en negativa
negando el matrimonio de futuro
porque le diste gusto de pretérito,
y quier huiste, tempore presenti
o ay de vivos celorum contumelia.
No es esto, Morcón.
Pues, ¿qué, señora?
¿Sabe el Gobernador tu pater nobilis
o tu hermano tus tratos y contratos
con este gorrador de tus partículas?
No, mi Morcón.
Pues di, ¿qué hay de Laurencio?
Pienso que es muerto, ea.
¡Válgame el cieligo,
quién le occidió, que juro por tus óculos,
si sé quién perpetró tal acrimonia
que le tengo de hacer una invectiva
y un Cicerón meterle in suis visceribus!
¡Salga aquí este gallina que le occidit
que en romance y latín le desafío
cuerpo a cuerpo, le espero en la palestra!
Dime quién es, que por la cuba Sántula
apelada del vulgo Saguntina
(estigio lago de los bebedores
porque este es su inviolable juramento)
que si llego a saber quién le ha necado
le he de sacar atado a una carreta
donde entraré triunfando, sicut Cesaris.
En el río a nadar entró, no ha una hora
y dudo si la tiene ya de vida
que medio ahogado de sus olas fieras
le sacó un pescador y en una sábana
a su casa le llevan.
¡Oh agua pútrida,
tirana, sufocatrix de Christícolas!
Mal haya el que en su boca te tomare.
y no quiero decir para beberte
más ni aun para nombrarte solo trinca
o vino santo, plácido y alegrulo
o vino salutífero y beato
o divino, ¿pues sino divino?
para divinizar tu nombre basta
a quien jamás ahogaste, vino lindo
y si a alguno has de ahogar a mí me ahoga
que por vida tendré tu dulce muerte
pues eres hijo de vides, y das vidas.
Déjanos con estos disparates
y ve volando en casa de mi enfermo
a saber del estado de mis males
y pues que solo sabes mis secretos
guárdate de mi hermano no te encuentre
que viene de Laurencio receloso
pues si bien son amigos, ya le trata
con alguna sospecha de mi empleo
ve, que me ahoga el agua que le ahogara.
Al punto parto.
Mi Morcón, en breve.
Mal haya quien te nombra y quien te bebe.
Vanse. Y sale el Ángel.
Cuánto debes a mi amor
hombre y qué poco me pagas
pues que me duelen tus llagas
siendo incapaz de dolor.
Desde que a este común día
saliste te desengaño
te defiendo te acompaño
con incansable porfía,
llevarte siempre en mis palmas
para que a caso no tropieces
y tú en ellas desmereces
lo que ganarán mil almas.
Niño tu sangre guardé
de quien chupártela quiso
más crecido te di aviso
con que al bien te enderecé.
Un esclavo tropezó
que en sus brazos te llevaba
y mi amor que te guardaba
en estos te sustentó.
Por cierta calle pasaste
y una teja vi caer
tus pies hice detener
hasta que a tus pies la hallaste.
Determinado te vi
en una y otra ocasión
y antes de su ejecución
tu fealdad te descubrí.
Con santas inspiraciones
te regalo y acaricio
corro la cortina al vicio
cuando tú más se la pones.
Represéntote el infierno
para que temiendo no peques
y el temor en amor trueques
y ames a tu amante eterno.
Los peligros que en sí tiene
la vida que es sombra vana
la muerte siempre temprana
pues que nunca tarde viene.
Téngote ya reducido
a una atenta confesión;
si la haces de corazón,
albricias al cielo pido.
Sal, mi querido doliente,
cuya salud reparé,
pues del mal que te libré
estás bien convaleciente.
Sale Laurencio convaleciente y con él el Demonio, y el Ángel se le pone al lado.
Devoto y tierno suspira
a aquel cielo que te espera,
a aquel Dios todo de cera
que derretido te mira.
Dentro un Pobre.
Páguos, ilustre mancebo,
Dios con liberales manos.
Tomad y creed, hermanos,
que menos pago que debo.
Mucho os debo, Señor mío,
mucho os debo y poco os pago,
beví de la muerte el trago
cuando me tragaba el río.
Prometí de temor lleno
una confesión bien hecha.
Ese cuidado desecha
pues que ya te sientes bueno.
Mas pues que mejor me va,
quédese para después.
Hijo Laurencio, ¿no ves
que el Señor se indignará?
Indignar a Dios es malo
y en mí grande ingratitud.
Repara más tu salud
y cuida de tu regalo,
deja esas melancolías
para cuando estés mejor.
También es mucho rigor
melancolizar mis días.
Y si murieras ahogado,
dime, ¿qué fuera de ti?
Pero, ¿qué fuera de mí?
Si me hubiera condenado.
¡Válame Dios!
Di, cruel,
Clavela, ¿qué pensará?
Pero, ¿qué de mí dirá
mi regalada Clavela?
Que ya el deleite se fue.
Mas ya el gusto se pasó.
Dime, ¿quién la deshonró?
Dirá que la deshonré.
¿Cómo podrás no estar firme
en los gustos que has gozado?
De los gustos que me ha dado,
¿cómo podré arrepentirme?
¿Y si su hermano te mata?
¿Que ya tiene de ti celos?
Si Claudio con sus recelos
traidoramente me trata.
Vuelve a Dios.
A Dios me vuelvo.
Postra al cielo las rodillas.
Pónese de rodillas, y el Ángel.
¡Pese a las perdidas sillas!
Y al infierno que revuelvo,
que este hombre se me arrepiente
y se va de mi prisión.
Como que reza.
Quiebre este corazón,
Laurencio, un dolor vehemente.
Tu oración he de subir
al cielo, esfuerza tu fe.
Calla, que parece que
le ayudas a bien morir.
A ayudarle siempre acudo,
que mi oficio lo requiere,
y si el hombre siempre muere,
a morir siempre le ayudo.
Y tú le ayudas también,
pero debes advertir
que tú nomás de a morir,
y yo solo a morir bien.
Haz actos de contrición,
suspira, gime, solloza,
mira que el cielo se goza
del hombre en la conversión.
Señor, pequé contra vos,
y aunque contra vos pequé,
de vuestras entrañas sé
que son entrañas de Dios.
Sé que lágrimas las mueven
y que borran sus enojos.
Las lágrimas de estos ojos
los ángeles se las beben.
Ved este penitente,
Señor, y mirad que llora,
que yo sé que os enamora
quien con dolor se arrepiente.
Di, Señor:
Señor.
A mí.
A mí.
Me pesa.
Me pesa.
Y más de que no me pesa.
Y más de que no me pesa
Tanto como os ofendí.
Tanto como os ofendí,
pero suplirá el valor
de vuestra pasión mi falta,
pues el dolor que me falta
os sobró a vos de dolor.
Es tal arrepentimiento,
y sé que os alegra a vos.
Llora, y espanta a Dios,
llora, que le das contento.
¡Oh, qué ángel tan bullicioso!
¡Oh, qué demonio tan necio!
No me trates con desprecio.
No seas tú licencioso.
¿Para qué es ir y volver
tantas veces de este a Dios,
pues cuanto aquí hacéis los dos
tengo yo de deshacer?
Gran gozo he de conseguir
si el Miserere dijere.
Decir quiero el Miserere.
Esto no podré sufrir,
¿qué yo invención hallaré
con que turbe su sosiego
este mi impío fuego?
Pues ladrones fingiré.
Dicen el hombre y el Ángel un verso del Miserere.
Miserere mei, Deus.
Secundum magnam misericordiam tuam.
¡Ladrones! ¡Hola, ladrones!
Ladrones.
¿Qué es esto, cielos?
Ladrones. Al entresuelo,
deja aquellas oraciones,
ladrones.
Sosiégate,
que son vanas ilusiones.
Ladrones.
¿Cómo ladrones?
Mi casa defenderé.
¿Y mi espada?
Sale corriendo y vuelve con una espada y rodela.
Fuese, en fin.
Este enredo, ¿a qué efecto?
Como tú el fuego que echaste
para echallos del jardín.
Como la devoción
que tanto corrido te has.
Dondequiera que tú estás
no puede faltar ladrón,
pues como ladrón quisiste
a Dios al cielo escalar,
si bien él te hizo arrojar
por la escala que pusiste.
A Adán la inocencia hurtaste,
a Eva la discreción,
a Caín la dilección
y a Abel la vida.
¿Acabaste?
Cuando en ti se acabe el mal,
pues condenado a galeras,
robaste con manos fieras
la justicia original.
Mil divinos hurtos hago.
Con que aumentas tu dolor.
Soy famoso salteador.
Mas sueles dar salto en vago.
Sale Claudio con un vaso de veneno.
No hallo a Laurencio en la cama,
¿si está levantado ya?
Vida al cielo le dará
porque de muerte a mi fama.
Perdió el decoro a mi honra,
a mi sangre, a mi amistad,
y con villana lealtad
quitó a mi hermana la honra.
Engañóme como amigo,
que es el engaño mayor,
y fue un amigo traidor
que es el mayor enemigo.
Mas vengaré mi deshonra,
y un día que he de matarle,
veneno tengo de darle
en el vaso de mi honra:
ya le vi de mi honra lleno,
mas como se la vació,
de honra le vació
y llenóle de veneno.
Beba Laurencio, bebí
lo que a mi medio le doy,
si a darle veneno voy,
primero me le dio a mí.
Vuelve Laurencio y va a dar a Claudio que estaba de espaldas.
¿Cómo te atreviste a entrar,
ladrón, a robar mi casa?
Con esta espada le pasa.
Vuelve loco y tiénele el Ángel.
¿Pues qué es esto?
Desatinar.
Jesús, ¿qué imaginaciones?
¿Pues qué es esto, amigo querido?
Jurárate que había oído
que me robaban ladrones.
¡Válgame Dios, si te diera,
y aquí fuera tu homicida!
Por ser ladrón de tu vida
muy justo pago tuviera,
que tan adelante pasa
tu flaqueza.
A esto se extiende.
Fiel Ángel, no te defiende,
esta espada te pasa.
Gracias a Dios.
Juraré
que casi algún ladrón vi.
Yo lo seré; vuelve en ti.
Deja la espada.
Vuelvo en mí porque en ti esté.
Yo te acepto este vaso
que es récipe de alma y vida.
Muy tuya es esta venida
y muy tuyo este caso.
¿Pues no te sientes mejor?
Mucho, después que te veo.
Para estar como deseo,
toma y bebe este licor,
una pócima cordial
que conficionó Clavela,
que en mi gusto se desvela
porque me falta en tu mal.
Bébela, que si la bebes
tu mal diré que se acabó,
y que mi pena cobró
el descanso que le debes.
Toma el vaso.
¿Quién sino tú, Claudio amado,
pudiera la vida darme,
y dándomela obligarme
a darte la que me has dado?
De ti la he de recibir,
pues se la quiero deber;
vivir tengo por beber,
y beber para vivir.
Clavela, a mi pecho paso
la vida que aquí te debo,
pues lo que en ti yo bebo
me envías en este vaso.
Vida y vidas sabes dar,
porque en fin das lo que eres;
mas cuantas vidas me dieres,
tantas te sabré tornar.
Bebe, que se pasará
su virtud si te detienes.
Tu muerte en el vaso tienes.
Tu vida en el vaso está.
¡Qué imaginación tan triste!
¿En qué reparas?
No sé.
Recibiste de mi fe
Va a beber.
Impertinente Andriliste,
ya verás si me recelo.
Aquí nos hay más que esperar.
Derríbale.
El vaso le he de quitar
y dar con él en el suelo.
Jesús, ¡qué grande desgracia!
La mía ha sido mayor;
¿pues qué te ha dado?
Un temblor
que me yela y me desgracia.
Temblé, y el vaso ligero
cayó; pues mi dicha apoca,
pues con la vida a la boca
te puedo decir que muero.
En vano la suerte hice,
mas la maneja por quien pena,
pues no sale con el veneno
con sangre la sacaré.
Derramador de solaces,
¿son estos tuyos?
¿Pues cuyos?
Bien dices, porque los tuyos
de dar veneno los haces.
En harto mi amor estimas
y agradeces mi deseo.
Basta verme cuál me veo.
Claudio, ¿por qué me lastimas?
La pócima no tomaba,
¿qué pude hacer más?
¿Qué más?
Si por matarme me das
el veneno que te daba.
Viene Morcón como que no ve a Claudio.
Ve a su amo y túrbase.
Laurencio, tu amada bella,
mi señora, tu querida
Clavela, que es tu sin vida
hasta ver si estás con ella,
me envía a saber de ti.
Y de mí, que muerto estoy
porque le he visto.
Muerto soy.
Y yo también me morí.
¿Qué hay, Morcón?
Desgracia extraña,
él me peca de anhelión,
vici, domine, y Morcón,
que te ha cogido la araña.
A Morcón.
Este necio descubre
cómo veneno le daba,
hoy nuestra amistad se acaba.
Finge, disimula, encubre.
Morcón, cuanto aquí me oyeres
concede con libertad.
Él te saca la verdad.
Juraré cuanto quisieres.
No encubras lo que yo sé:
Clavela a saber te envía
qué efecto el licor hacía
que anoche le encomendé.
¿No es esto verdad?
¿Y cómo?
Jamás vi verdad mayor.
Pues dile que este señor
lo tomó cual yo lo tomo.
que queriéndolo beber
se le cayó de la mano,
que su cuidado fue en vano
y más lo que quise hacer,
esta la respuesta es.
Quedose.
A mi señora Clavela,
que en mi salud se desvela,
dirás que beso los pies.
Dijo que luego allá fueses,
si estás bueno.
Bueno estoy.
El jardín a abrirte voy,
muchos años se los beses.
¡Ay honor, ay ruin hermana,
falso amigo, mal sirviente!
Voyme.
Nada desto cuente
el vil a aquella villana.
Pespuntaréme la boca.
Vase Morcón.
Tantos rebozos abrir
que no puedo no decir
la liviandad de esta loca.
Que esta noche vaya allá,
me parece, le advirtió;
si él va, y uno que llegó,
que la postrera será.
Mucho debes a mi hermana,
dudo que pagar podré.
Sí harás, que yo cobraré,
y quizá antes de mañana.
Laurencio, ¿mejor estás?
Y para servirte bueno.
Yo estoy de cuidados lleno.
Quédate a Dios.
¿Dónde voy?
A ver a cierta señora
que celoso me desvela.
¿Acaso conoceréla?
Sí, dirás que es amadora.
¿Has de ir solo?
Bien podré,
pero tú allá te hallarás.
¿Cómo, enfermo?
Como estás,
donde quiera que yo esté,
y podré muy mal sin ti
alcanzar lo que pretendo.
Iré contigo.
Yo entiendo
que siempre tú vas en mí.
A Dios.
Él vaya contigo,
por mi mal no te acompaño.
Como que se va.
Vase.
Ese fuera exceso extraño,
vuelve seguro, te digo.
Tú no te quedas de mí,
porque antes que salga el día
lavará la infamia mía
la vil sangre que hay en ti.
Cuatro bravos hallaré
destos rasgados que son
matantes en la opinión
y a tu puerta los pondré,
para que al salir o al entrar
en tu casa, este villano
si le errare esta mano
en las suyas venga a dar.
Pensamientos son honrosos
en defensa de mi honor,
que Laurencio me es traidor
y aun traidor, cuatro alevosos.
Parece que se recela
Claudio de mí; pero yo
iré donde me mandó
mi hermosísima Clavela.
¿si en el vaso que quebré
veneno acaso me daba?
¿qué incivilidad tan brava,
tal dije, tal sospeché?
mi bien me mandó llamar,
luego a verla quiero ir.
Vase.
Mira que vas a morir.
Si no es que vas a matar.
Vanse y salen Morcón y Clavela.
¿Eso pasó?
Fiel corzo.
Pero no que aquí viniese,
dudo que en el vaso fuese
que dices, pues se quebró.
No sé más, que atestigua
que tú el badulaque hiciste.
¿Que viniese le dijiste?
Dudo que a la puerta esté.
¿Sospechó mi hermano acaso
de lo que de ti escuchó
siquiera bien?
¿Qué sé yo?
Dificultad tiene el caso,
no se dio por entendido
al menos de mi recado
porque en el vaso quebrado
todo estaba divertido.
¿Qué sospechará de mí?
Lo que quisiere podrá.
Antes que embarcarla,
¿no vieras si estaba allí?
Cegáronme las albricias,
y así ciego tropecé,
y sin ellas me quedé.
Y tú sin lo que codicias.
Y aun el agua a la boca,
a fondo se va mi honor.
Sale Laurencio.
No, que está aquí un nadador
a quien la cara le toca,
abracaos a mí y saldréis.
Como enfadada.
Peligraremos los dos,
que si os ahogáis solo vos
mejor con los dos lo haréis.
Si cordeles me dais,
podréis ahogarme con él.
Mejor será a tiros de él,
supuesto que mal nadáis.
Miré atento este sol mío,
y sentí abrasarme luego,
y para apagar el fuego
fue menester todo un río.
Si sois sol, bien me eclipsastes,
pues que mi luz muerta vi,
que más lágrimas vertí
que gotas de agua tragastes.
Hace que se va.
Detened, mi bien, el paso,
que si pretendéis matarme,
excusado fue enviarme
de licor precioso el vaso,
e hice bien de no beberle.
Muy bien a lo que sospecho,
si como yo le había hecho
fue mucho mejor verterle.
Sepamos ya qué hacer
antes que acierte a venir
Claudio, y le haga diferir,
¡pardiez!, antes de comer.
Morcón tiene harta razón.
Yo de los moscones vengo,
que moscón es mi abolengo,
porque soy un gran moscón.
Y como tal os aviso.
¿Heme de enojar, mi bien?
Su hermano entra aquí muy bien,
que esto es ya de improviso.
Cuando sucediere tal,
sabré yo guardarle de él.
Tus flores son de clavel,
tus espinas de rosal.
No habéis de nadar jamás.
Digo que no nadaré.
Llama Claudio.
Abre aquí.
Triste, ¿qué haré,
que este es mi hermano?
¡San Blas!
San Panuncio, san Andrés,
san Lucas, san Serafín.
Mi tragedia llegó al fin.
Mal olemos todos tres.
Entrome en este aposento.
Éntrase.
Mira, pues el de mi hermano.
No fue mi recelo vano.
Logróse mi pensamiento,
que aquí no podrás librarle.
Libraréle aunque te pese.
Mas, con tu turbación, cese,
abre, no espere en la calle.
Él me sacude las faldas,
¿un hombre ha de temer tanto?
Diga, ¿sabe de algún santo
devoto de las espaldas?
Entra Claudio.
Abre, Morcón, buena pieza.
Aparte.
Importa disimularme.
Hermano.
Vengo a acostarme.
¿Duélete algo?
Aparte.
La cabeza.
Quiérome entrar a acostar,
y asegurar a los dos,
y a la una o a las dos
podré la cama dejar.
¿Qué te turbas y retiras?
¡Bien lo revuelvo y perturbo!
Tú, Clavela, ¿qué me miras?
Mirábate este ojo.
¿Duélete algo?
No, clavel,
una espinilla hay en él.
Que te hará por fuerza enojo.
Si Claudio se entra acá dentro,
vive Dios que he de matarle,
que no tengo por cordura
esperar a que él me mate.
Llega acá.
Míralo bien.
Cierra el ojo.
Que me place.
¿Por qué me tapas el otro?
Cúbrale los ojos.
Para sacar la espinilla.
No la siento.
Pues es grande,
tanto que aun a mí me ha herido.
Aprieta bien.
Que me place.
¿A quién digo, espina mía?
¿Qué quieres?
Buen suspirito.
Y aun no estoy de él muy seguro.
Va saliendo Laurencio, y el Ángel a su lado.
¿Sale la espina?
Ya sale.
Vete, y vuelve, espina mía.
De mi vista no te apartes.
No hay Argos con tantos ojos
a quien Mercurio no engañe.
Sal, espina de mis ojos.
Aprieta bien.
Que me place.
¿Salió?
Vase Laurencio.
Poco falta.
Pése a mi linaje,
que me has quebrado los ojos,
por ellos puedo jurarte
que la tuve ya en el alma.
Hermana, tu causa haces,
¿qué era?
Muy grande nada.
¿Muy grande una espina?
As de un aire,
pues a salir tan presto
quizá pudiera matarte.
Digo que asombrado quedo
de lo que una mujer sabe,
y puedo, siendo demonio,
ser aprendiz de sus artes.
Parece esta traza mía.
Encubridora es un ángel.
No más, pues en el peligro
debo procurar librarle.
¡Qué me hiciera una brújula
de lo que esta mujer hace!
Vivís, dóminus, que temo
no me haga andar por los aires.
Clavela, déjame solo,
y tú, Morcón, puedes quedarte.
Mi señora, haga invisible
los palos que quiere darme.
Amigo Morcón, di nones.
Si los palos me da a pares,
¿cómo podré nonear?
Llora primero que cante.
Habrá una espina traída
que del otro ojo le saque;
que, vive Dios, si me aprieta,
que he de vomitar verdades.
Acostarme voy, hermana;
cuida que el sueño me guarde,
por mi dolor de cabeza.
Será mi cuidado grande.
Linda cebada comí.
Fiel, uno no fue cobarde
que puede temer en ti.
Se nos va a hacer de vinagre.
Claudio se hace cruces.
Claudio, ¿de qué te haces cruces?
Si de cuernos tus pilares,
Por mi vida, ¿de qué, hermano?
túrbase algo.
Escucha, y no te espantes.
Con decirte dos mentiras
sabré de ella seis verdades,
que le saldrán a los ojos
pulsos de las voluntades.
Salía de ver a Laurencio
ya mejor de sus achaques,
y al salir, topé una dama
de gentil persona y talle;
díjome: «Pues sois amigo,
decid a mi ingrato amante
que me restituya el honor
que falso supo robarme,
que a sí mismo se me dé,
pues él solo mi honor vale;
que Dios le libró del río,
porque conmigo se case.
Que la cédula me cumpla,
pues que la firmó con sangre;
de dos hijos que me espera
por pedazos de su padre.
Esto dijo», y yo roguéla
que se desarebocase,
y dejándome confuso,
de mí llorosa se parte.
¡Ay, traidor! ¿Quién puede ser?
Note.
Ocasión es notable.
El fuego le hierve en el seno.
Fuego en el seno me echaste.
Bien pienso que disimulo
mis penas y mis pesares,
pero yo los cogeré
como el alano suele al ave,
y cuando de estas manos
por mi desdicha se escape,
dará en las de aquellos brazos
que le rindarán la calle.
¿Soy aquí más menester?
Vase.
Ve y llama quien me descalce.
El alma se vuelve al cuerpo,
al rostro el vino y la sangre.
Muerta soy.
Yo voy contento
y mis costillas cabales;
el campo tengo seguro,
ya no hay de qué recelarme.
¡Ay, Morcón!, que me ha vendido
este Sinón infame.
Vengaréme, vive el cielo.
Yo sacaré la de Juanes.
fin de la 1ª
2ª
Salen de noche cuatro bravos, los de las espadas desnudos
Sois honrados aquí,
el hombre ha de perecer.
A conciencia se ha de hacer
esta muerte, ¿óyenlo?
Sí.
A Claudio satisfaremos,
que es honrado y es bien quisto,
y estas almas con Cristo
a las veinte se le enviaremos.
Pues si es hidalgo aspa del
que en fin tendrá que cenar.
Por aquí suele pasar.
Perezca el hombre.
Perezca.
Laurencio de noche, Ángel y Demonio
¡En qué peligros paso
hoy! ¡qué singular lance!
Cómo a Claudio no maté,
cómo a él no me mató.
A los bravos
Claudio, mi señor, me envía,
y por mí a los cuatro advierte
que al que tienen de dar muerte
es este.
Si viva te salpica
Y el diablo
Que lo lleve
hable bien o llevará.
en la honra a Claudio toca
en cobrar lo que se le debe
y por mí se lo suplica.
Mejor se lo matarán,
que es medio más galán
y que la mejor botica.
Va a pasar, dice el Ángel.
¡Ay, pobre de ti, que has dado
en las manos de la muerte!
Mas tengo de defenderte
y asistir siempre a tu lado.
¿Quién va allá?
Sí va.
¿Quién va?
Gente de paz.
Eso no,
que de esa gente soy yo,
que soy quien siempre ha de
El Laurencio.
¿Quién sois vos
que eso me preguntáis?
Quien
desea vuestro bien
y os quiere muy bien, por Dios.
Desde el día que nacistes,
que más viejo que vos soy,
tan amigo vuestro estoy,
aunque no me conocistes.
Que vuestra vida deseo
y muy buena os la procuro,
y porque estéis más seguro,
porque en gran peligro os veo;
porque cuatro embozados
miro resueltos, de suerte
de daros temprana muerte,
quizá por vuestros pecados.
Y ruego que a instancia mía
esta calle no paséis,
aunque si pasar queréis,
os he de hacer compañía.
Que he de estar a vuestro lado
hasta la muerte, y creed
que me haréis grande merced
y que lo tomáis acertado.
¿Quién sois, caballero?
Yo,
vuestro amigo, tan amigo
que de algún vuestro enemigo
quizá guardando os estoy.
¿A mí, conocéisme bien?
Y cómo. Pluguiera a Dios
que os conociera de vos
como yo os conozco, amén.
Tan ciego llegáis a veros
que con razón lo dudáis,
que los pasos en que andáis
no son para conoceros.
¿Qué pasos?
Tan buenos son
a los que ahora salís,
pues creed que si vivís
quizá es por mi intercesión.
Tanta gracia referís.
Sí, a fe.
Quiero agradecello.
Mal podéis, que estáis sin ella,
que es lo que me pena a mí.
Retiraos, porque sospecho
que aquellos hombres se han de acercar
y ver cómo os cercan,
que os dejen pedazos hecho.
Laurencio, volvéis a falla,
y creed a un buen amigo:
mirad que vuestro enemigo
por vuestra mala noche pasa.
Huir será cobardía.
No será, sino cordura,
que esperar será locura
y no esperar valentía.
No sé qué siento en el pecho
que me obliga a respetaros.
Puede mi amor obligaros,
Que se nos vuelve sospecho.
Pónese delante el Ángel.
¡Muera el vil!
¿Por qué no esperar?
Huye, Laurencio.
¡Ay de mí!
¡Pese a hombre!
¿Aquí estás?
Sí,
porque él viva y porque mueras.
¿De mi pereza te ríes?
¡Válgame hombrecillo mocoso!
Furia, enojo, fuego, ahogo.
A brazos.
Yo tengo furia y fuego.
Mataréle.
¿A mí?
Y a Dios
le matara si pudiera,
para que desta manera
me vengara de los dos.
A los brazos.
Danle.
Porque sepas si te temo,
he de hacer que estos brazos,
que tienes por mis esclavos,
se fatiguen por blasfemo,
y de fatigarte me afrento,
y así en mis obras crueles,
haré a estos hombres viles
verdugos de tu tormento.
Éste es el que mi Señor
(a los cuatro) por mí condena;
dejo de sus culpas la pena
porque este es el malhechor.
Éste es el que si pudiera
a mi Señor deshonrara,
de la silla le quitara
y su vida pretendiera.
Pretendió su paraíso,
que es lo que supo querer,
y quiso subir a ser
y bajó a lo que no quiso.
Castigad a aquel ingrato,
falso, fementido, aleve.
¿Cómo, el hombre se me atreve?
A todos veréis que mato.
¡Ay, pesar de los cielos!
¿Y quién de vos me arrojó?
Cae.
Este soberbio lazo
caí al eterno desconsuelo.
El pie en el lazo metiste,
que para Laurencio armaste,
en la cueva que labraste,
cual David de Goliaste.
Horca para Mardoqueo
levantó Amán desdichado,
y quedó Amán de ella ahorcado,
que es lo mismo que aquí veo.
Al Demonio.
¿Es hecho? ¿Con quién hablo?
¿Qué quieren?
¡Qué halladera,
que sombrita le pusiera,
y huyera del pie del diablo!
Aun si fuera el diablo mismo,
que diablos no temo yo.
¡Arrenegue,
diga ox!
¡Sórbame el ciego abismo!
Y con cautelas y modos,
astucias, peligros, daños,
dobleces, fraudes, engaños,
no me ampare de todos.
Sus penas asaz mayores.
Esas penas son mis gozos.
No dirás que aquí los justos
pagan por los pecadores.
Vuelvo; pues le he de armar
de peligros y ocasiones.
Vanse. Laurencio turbado.
De los crueles leones
le procuraré librar.
Sale el Ángel y el Demonio.
Notablemente he corrido,
y dolorido y cansado,
que de huir de un hombre honrado
quedo cansado y molido.
No quería mejor morir
que no venir como vengo,
pues de mí vergüenza tengo,
que en fin huir es huir.
Mucho quisiera saber
quién sería el rebozado
de mí tan aficionado,
que a fuerza me hizo volver.
Un ángel bueno sería
el hombre que me animó,
aunque, pues me conoció,
culpará mi cobardía.
¡Oh, válgame Dios, qué de lazos
que me pone el enemigo!
Si hiciera lo que le digo,
todos los haría pedazos.
¿Qué he de hacer?
Atropellad
los deleites engañosos.
Que los ratos preciosos
no se pueden olvidar.
¿Quién habrá que deseo no tenga
del gusto que al alma abrasa?
Quien ve que el gusto se pasa,
antes que a ser gusto venga.
Mil veces puedo decir
que se pasó sin llegar,
No le puedo ver reposar
y ha de volver a venir
Mil veces pecar te puedo
y si haces que sea durable
La muerte
La muerte es bien que le hable
para que le meta miedo
¡Ay muerte amarga
cómo me hielas los pechos!
Que te estragan sus disgustos
si te espera vida larga
¡Qué sueño tan pegajoso!
Mejor es estar en vela
si os deja ir a ver a Clavela
Duérmese
Que venzas, será forzoso
¡Oh sueño, qué necio estás
con la condición que tienes!
cuando no te quiero vienes
cuando te quiero te vas
Ésta sí, llámese vida
venido para vencerme
triste hermano de la muerte
y muerte de nuestra vida
Ya el sueño le tiene muerto
que en dormir le has pretendido
Haré que escuche dormido
lo que no puedo despierto
En vano le persuades
los consejos que le inspiras
pues pueden más mis mentiras
con él, que no tus verdades
Bien tengo que de él espere
que aún no ha el acto consumado
va a ahogarle y luchan
Y es caso averiguado
que quien mal vive, mal muere
y se ha de morir, o así
déjame ahogarle
¡Oh villano!
no pongas en él la mano
mira que la pondré en ti
que si él duerme, yo le velo
y de ti le libraré
A tu pesar le ahogaré
y a pesar de todo el cielo
¡Oh soberbio!
Celos de él
que tuviste a derruir
del cielo
Cae el demonio
Ni su fin
siempre preparas a él
abátete ingrato
¡Oh pesia!
Aun hablas viendo crüel
que estoy como a Micael
pinta la sagrada Iglesia
Vengarme he en este de ti
Poco te enmiendas, demonio
¿Puedo yo?
Descúbrense las apariencias y las almas
Di no, siempre ha de ser no
como siempre sí, mi sí
¿qué es esto?
Secretos son
que le descubro soñando
Sorda representando
en esta selva de honor.
Cantan uno dentro.
Quien duerme recuerde,
recuerde quien duerme.
El que atado a la hermosura,
que en ella si no es ensueño,
no hace de su alma dueño
y que como sueño dura,
busque al sueño la blancura,
mire el peligro que tiene
quien duerme recuerde.
Aparecen el Alma del Infierno por el tablado ardiendo; la del Purgatorio entre fuego llorando; la del Cielo gloriosa. Serán personas vivas; del otro lado la apariencia como se dice en romance.
Estremécese.
Mientras duermen los sentidos
que son ministros del alma
y de la labor del día
los lleva el sueño a la cama,
mientras el alma está
en su quietud retirada
y deja de dar audiencia
a especie y semejanza.
Mira dormido Laurencio
en estas vivas estampas
de tu vida los peligros
y los que al morir te aguardan.
Como Faraón dormido
mira las catorce vacas,
siete gruesas de tus bienes
y de tus males siete flacas.
Como el rey Nabuco mira
que tu vida es una estatua
que tiene los pies de lodo
porque todo en lodo para.
Mira que aunque por Joseph
el sol rubio y luna blanca
y las estrellas te adoren
que son tus glorias soñadas.
Aquel hombre mira asido
que pende de aquella rama
cuyas raíces unos gusanos
blancos y negros socavan.
El arbolillo es la vida,
los gusanos que la gastan
si son blancos son tus días,
si negros tus noches pardas.
Mira sobre tu cabeza
un ángel con una espada,
que es el juicio de Dios
que con rigor te amenaza.
Airado mira tus culpas
que contra ti al cielo claman,
porque los gustos del hombre
son fiscales de su causa.
Al otro mira la muerte
afilando su guadaña
que espera que la mies rubia
esté más madura y cana.
Mira al tiempo que tu vida
pone en una de sus alas,
y de su reloj de arena
arena te da contada.
A los pies para abrasarte
mira serpientes y llamas.
gloriosas y horribles visiones,
fuego eterno, eternas ansias,
y en medio de estos peligros
cuando en todo guerra y armas,
por mapa de mis trabajos
veas mares de retama,
la miel en el vis de ley, rey,
la que es el clavel que amas,
clavo que esclavo te ha hecho,
y que clavo hierra al clavo.
Váleme Dios, ¡qué de males
me buscan, cercan y asaltan!
espada, muerte, juicios,
tierra, cielo, sierpes, llamas.
Vuelve, dormido Laurencio,
y mira aquellas tres almas,
que una de ellas has de ser.
Jesús, Ángel de mi guarda.
Mira aquella miserable
que arde entre infernales brasas,
rodeada de demonios,
de Dios desacompañada,
cuya vida es muerte viva,
que es muerte que vive y mata,
cuya muerte es vida muerta
porque muere y nunca acaba.
¡Qué desesperada visión!
porque la sangre me cuaja;
quiero huir y no puedo,
Jesús, Ángel de mi guarda.
La otra mira en otro seno
que está bebiendo sus lágrimas,
que cual fénix se renueva
entre el fuego que la abrasa.
El purgatorio es taller
donde las piedras se labran
para el edificio eterno
de la Jerusalén santa;
en esta oficina purgan
algunas pequeñas manchas,
de cuyo crisol saldrá
hecha de oro puro un alma.
Mi ángel bueno la lleva
misas, sufragios, plegarias,
que con la sangre de Cristo
todo cuanto debe paga.
¡Qué dolores tan vehementes
esta alma afligida pasa!
ardores, suspiros, llantos,
amores, ausencias, ansias.
La que cerca da del sol,
vence en hermosura al alba,
y de la gloria que goza
esparce rayos de gracia.
Es la que a llegar segura
a Dios mira cara a cara,
y en aquel piélago inmenso
vive bienaventurada.
¡Venturosa mil veces!
que de estrellas coronada
gozas de Dios la hermosura
que harta siempre y nunca harta.
Laurencio, mira por ti,
que al cabo de la jornada
desta misma ha de ser
intermedia, buena o mala
y no se excuse bien
alienta tus esperanzas
gime tus daños presentes
llora tus glorias pasadas
haz continuas oraciones
macera tu carne flaca
reza el rosario divino
al Ave María de gracia
haz sobre todo limosna
que, dada a Dios, las manos ata
porque el todopoderoso
con una limosna bien dada
yo soy paje que te sirve
un ayo que te acompaña
un preceptor que te enseña
un soldado que te guarda
una luz que te alumbra
que te vela una atalaya
un adalid que te guía
un natural de tu patria
un amigo que te sufre
un hermano que te ama
un padre que te acaricia
un pastor que te regala
un viejo que te aconseja
un mancebo que te trata
un valiente que te defiende
un sabio que te desengaña
tenme respeto, Laurencio
y en mi presencia no hagas
lo que si en la de un hermano
hicieras, te avergonzaras
¿Para qué tantas razones
tan inútilmente gastas
en un sueño, pues que sabes
que como sueño se pasa?
(Desparecen las demostraciones y despierta)
¡Válame Dios!, ¿qué es esto?
Un sueño, una sombra vana
que solo en que abras los ojos
consiste ser todo nada
¡Oh, qué brava pesadilla!
Es la verdad muy pesada
Mira que espera Clavela
en tus gustos desvelada
¿Clavela me espera?
Sí, iré a verla
No vayas
teme el fuego y las llamas
Mucho el sueño me acobarda
¿Tanto te amilana un sueño?
Tanto un sueño me amilana
Mira que Dios te habla en él
Si Dios me habla en él
Ve esta noche solo a verla
y aborrécela mañana
Iré a verla esta noche
mañana pondré cuidado
tomo resolución
pues que le di mi palabra
de irla a ver y confesarme
de todo esta semana
Vase.
Bien toca con son divino,
pues como ovejuela mansa
la llevo donde se pierda.
Sabrá el buen pastor buscarla.
Salen Clavela y Morcón, atados los brazos, y un esclavo tirando de él.
La verdad diga el ladrón,
o apriétale.
No me apriete.
Di la verdad alcahuete.
Como me apriete a Morcón.
Apriétale porque cante.
Nunca cantan los Morcones
sino nones, digo nones.
La verdad diga el bergante.
Háblenle.
No adivino.
Tira, hasta que salte sangre,
aprieta, salte la sangre.
Primero saltará el vino.
Que me derrito, reniego.
No aprietes,
yo soy el juez.
Derretiráse la pez
con que está adobado el cuero.
Hacedlo mi mal donaire.
No apriete.
Hago mi oficio.
Quiere sacar al cuero el aire.
Pues eres hombre de bien,
dinos la verdad, Morcón.
Yo, hombre puesto en razón
cuando me llevan por bien.
Nos manda aquel de perrengue
que me suelte.
Suéltale.
¿dirás verdad?
Al esclavo.
Sí diré:
buscaré como me vengue.
Yo soy un moro gallego,
tal cual al señor le plugo,
capigorrón, muy leal,
entre bacetines y lobunos.
Mi madre fue una mujer,
porque se ha puesto en uso
el parir siempre las mujeres
que no pare hombre ninguno.
Nací, y a mis padres,
debí de nacer desnudo,
que allá no nacen vestidos
aunque visten los difuntos.
Criéme entre otros muchachos,
no pienso que blancos, rubios,
sino mestizos, mandingas, indios,
entre cafres y guineos.
Estuve sin saber hablar
hasta que llegó el ayuno,
porque de diez y seis años
aún se rapaba el pandero.
Mamé hasta el tiempo que pude,
demasiado mi mendrugo,
pues para mamar con orden
sola mi madre me trajo.
¿Qué disparates son estos?
No te turbes.
No me turbo.
¿Perdióle?
Por mi deshonor pregunto,
di la verdad.
Verdad digo,
y por verdad te la juro.
¿Perdió mi hermana el honor?
No te turbes.
No me turbo.
¿Perdióle?
Estaba yo allí.
Dígalo ella que lo probó.
Vive el cielo, si no dices
si hizo el amoroso hurto
Laurencio y burló a mi hermana,
que he de hacer en tus dos muslos
Amenázale con una daga.
¡Tente! La verdad sea dicha.
El diablo sea sordo y mudo.
Al pan como él se quisiere,
mas el vino añejo y puro.
Entre las diez y la una,
cuando está borracho el mundo,
y se sorbe la lechuga
y le da la vaya el búho,
Clavela me despertó,
y vive Dios que hizo mucho,
porque fue como saltar
un muerto de su sepulcro.
Para poder despertarme,
de aquí para allí me trajo,
ya buscándome dos locos,
como al que juega al columpio.
A llamar me envió Laurencio,
que es causa de este disgusto,
y el que entre los dos negros
ha anegado el honor tuyo.
A estas horas poco menos
en el jardín se ven juntos,
yo te he dicho el daño llano,
echa ahora el contrapunto.
Vase.
¡Plegue a los cielos, que vea
a la ingrata y al perjuro!
Al listano.
Voy a avisarlos si puedo,
paparé, y me lo disimulo.
Salen Ángel, Demonio, Laurencio y Clavela.
Yo sé una funda, cabrón,
que yo te he de hacer caer.
Si soy tuya, ¡oh! di mujer,
de dulzura, y a palabra.
¡Oh, qué bien, pídele a falsos
cuentas, y os las da sin razón!
Cumple con tu obligación,
de las mías no hagas caso.
Vete a quien te prometiste,
de mi ofensa te absuelvo,
cuanto me has dado te vuelvo,
no sé que no me lo diste.
Si yo sé, mi desdicha,
cuando me tienes por tuya,
vida, el cielo me destruya,
si otra que tú lo ha de ser.
Mi merecido me tengo,
que como quien eres da,
del menos se saca a más
y de más a menos vengo.
Quisiste igualar a mí,
que mi ser, y igual naciste,
quisiste subir, no pudiste,
y bajásteme a ser así
tan baja como he sido,
que es lo más que puede ser,
ya quedo sin mi mujer,
pues tan igual me tratáis.
Pero no, que ya la tregua
muy largos años le cuesta.
Habla bien y no des voces,
mira que en paño me coges.
Eso digo que lo estoy,
ingrato más es de ti,
de quien me quejo es de mí,
que de ti quejos no doy.
¡Qué buen pago me has dado!
Plegue a Dios, bella Clavela,
que del mal que te desvela
muera yo desesperado
si en solo el pensamiento
te ofendí.
Créditos cobros,
sabrán sido todos locos
para mi mayor tormento.
Mas, padre, el gobernador,
cuando lo sepa, dirá
que otros a los otros días
y a él le quitará su honor.
Y, en fin, sepa lo que pasa,
dé a tus culpas dignas penas,
eche la casa a serenas,
haga justicia en su casa,
y en Claudio que a ti te vea,
vengas tu honor, mátame,
porque muera en mi la fe
que mudo en lo que me toca.
¡Ah, Cielos!
Pues daré voces.
Echa mano a la daga y sacada.
Pues daré las yo también,
porque nos oigan más bien,
mas, a mi impaciencia concedes.
Acabarás de ver, ahora,
mi muerte y mi regocijo.
Que harás huérfanos tus hijos
y viuda a aquella señora.
Plugo a Dios que he de matarme.
No haya miedo.
Sale Ángel, detiene a Clavela.
Por bueno.
Paso, que guardaré yo
de ti mismo.
Deja darme.
Confiado y caprichoso,
que no tengo de dejarte,
pero, si quieres matarte,
mátame a mí, que, en mi vivo,
será con menos rigor
mi muerte que ver los cielos
que la que me das de celos
viene a ser mucho peor.
Sale Morcón.
¿Qué es lo que pasa? ¿Qué es esto, tan rústicos?
daca para otra dama de nado,
un famélico hidalgo rahidalgo,
que puede ser su hambre, hambre plática.
¡Oh, viril que aportas mi vademécum,
la despensilla digo dila de Joanes,
que nos ha de hacer morcilla el mazalquino!
Daca para Clavela la mi señora,
que los vidrios del santo hichiviclinos,
después de vino, se le hall repletos,
que lloro para perderme y sofocarte.
Estás loco, o borracho.
Como lino,
Tráigolo la mesura y la solana.
Paso, Morcón.
¿Qué es paso? Pese al hipre,
cuando le sirve rede desmesura
tres años ha, y yo a un mes, ¡oh, domibus!
desencuadernado, y de solapas,
cuando arriesgas tu vida por tu gusto,
cuando te costó honor atil levada,
cuando yo por los dos vengo baldado,
de una manuerda que me ha dado Claudio,
con que ha puesto a Morcón a porta inferi,
porque de su bra diestras inmundicias,
pasa opreso uno a Marte y Eneas,
y a otros temerarios rigorosos.
¿Qué dices, Morcón mío?
Nada, nada,
venga Claudio, a que nos desliquios.
Mira, Morcón, mi honor, mi vida atiende.
Apiádese Laurencio a mi señora,
la vida que te dio sane Clavela,
que me ha descoyuntado los maxilares,
y que se le he confesado que a ti pasa
y que viene a buscaros, sin juicio.
Huid de su rigor, remedio es sano.
Mi vida y amistad se remataron.
Cerraste esta puerta.
Con cerrojo,
porque tengáis lugar antes que llegue
de que pongáis en cobro vuestras vidas.
Laurencio, ven conmigo.
Presto, presto,
que a la puerta llamará.
Por este muro
del jardín le haremos mal tabanco,
y mientras a la puerta llega y llama,
nos descolgamos.
Vanse.
¡Ay, cielo mío,
que de sola el que lo diría esta naca!
Peor está que estaba, que su hermano
por la parte baja ha de cogerle,
y grande nobleza es de mi tía
que hace que se despene cuando baje.
De ver bajar, vamos a ti te pesa,
y siempre de que ves que alguno sube,
mas tu traba sé yo, ya he de librarle.
Vase.
Pobre Morcón, el cielo te socorra,
pues no hueles por ojos, se llora.
Quiero a la calle salir
y ayudar a Claudio.
Yo no sabré guardarle.
Mas, ¿qué aquí le ha de hacer, Morón?
Posos son, ha de haber ruido,
muerta la do a la porfía,
y por ella subirá.
Claudio con el criado
que trae una escala
Buscaré el cimiento,
colgarse ha de la almena
que viste aquese jazmín,
gala florida del jardín,
subiré a buscar mi pena;
si por fuerza quiero entrar
la puerta no estará abierta,
y mientras llamo a la puerta
se me podrán escapar.
Mas, subiendo por el muro
seguro los cogeré
y seguro mataré
a quien me hace mal seguro.
Muy bien te puedes subir.
Apones la escala ayudes.
Toma la escala para subirla, y al subir le ayuda el Demonio.
Siempre fueron mis ayudas
para ayudar a caer.
Baja ya.
Clavela y Laurencio, y Morcón con la sábana, por lo alto, donde llega la escala.
Oh, luz serena,
pues me avisan tus enojos
del cielo de aquellos ojos
al infierno de mi pena.
Vuelo de amor subí
y de él caí, como de amor,
como a indigno poseedor
de la gloria en que me vi.
En el infierno caeré
cual Luzbel no arrepentido,
pues de lo que te he querido
jamás me arrepentiré.
Tu hermano pienso que viene.
Por de dentro.
En fin, bajo en tu desgracia.
Sí bajas.
Pues sin tu gracia,
que mucho que me condene.
Baja, ingrato.
Señor, presto,
mira que hay peligro grave.
Mas, qué de prisa te das
a decirme qué es esto.
Escala es la que he tocado,
que estos son escalones.
Bien en la escala me pones,
como a hombre sentenciado;
de mi injusto casamiento
pienso, Clavela cruel,
viendo el potro y el cordel,
que quieres darme tormento.
Tócala.
Al alma me llegas.
Cruel, con el que me das,
mereciéndote yo más,
que eres quien la verdad niegas.
Tócala, que me disculpa.
Si es este tu pensamiento,
¿por qué me das el tormento,
si eres quien tiene la culpa?
Mas, porque mi amor se pierda,
me das con tu trato ingrato,
de un día uno y otro trato,
sin haber rato de cuerda;
son tus hijos y mujer
que me levantan estos,
¿y estos los tratos honestos
que me quieres hacer creer?
No te entiendo de un vado.
A Clavela quien creyera
que yo el ignorante fuera
y que fueses la culpada.
¿Qué es esto, mis señores?
No lo sé, Morcón, por Dios.
Qué bien convenís los dos,
hoy me pesa el que te adora.
Dos villanos hemos sido,
y no quien os ha pesado,
pues han subido y bajado,
y hay quien bajado ha sido.
Espero en su mano gloria,
no le creas perro cruel,
y pienso que está sin pies,
sin duda falsos serán.
¡Plega a Dios que sea verdad,
negar hijos y mujer,
y la niegues a querer,
despreciando mi lealtad,
si con solo el pensamiento
te ofendí!
Creo a vos,
habrán sido celos locos
para mi mayor tormento.
¿Quién andará por la ronda,
que se oyen confusas voces?
¿Qué darse?
Pues, mejor es
aguardar que se responda.
Ya no hay respuesta que darme,
ya por muerto me tuviste,
pues que tu mano me diste,
propia para amortajarme.
Quiero subir, sea quien fuere.
Quiero bajar.
¿Quién va allá?
Triste de mí, ¿qué será?
y el pobre Morcón muere.
En mal, Morcón enemigo,
que fingiéndote un bocado,
en el aviso que has dado,
te me muestras muy amigo.
Es que me vayas, procuras,
porque te dio lugar, venga,
muy enhorabuena vengo.
Empiezan ya sus locuras.
¡Falso!
¡Cruel! ¿Por qué los
quemas, dándome la mandada,
y dándome la bofetada?
A decirme, no desvelos,
y que atento le dejé
para dar a los dos muerte.
¿Quieres ya la triste hacerte?
De esta vuelta, ¡mal podré!
Pues que al ver evocado,
hables y de por miento yo.
Ha de hablar a Clavela siento.
¡Morconcillo me ha engañado!
Quiero hablarle.
Sin duda
piensa que Laurencio soy,
por Dios, por fingirlo voy,
sabré la verdad desnuda.
¡Quién va!
Un firme laurel
que de sí ha de ser dos
a los rayos del rigor
que el cielo al ofensor
señala en el infierno
de vuestro grave enojo
que avise al dueño de los
de vuestro valor eterno
y un verde laurel
por mi esperanza segura
y porque vuestra hermosura
pienso, causa un coral
laurel no diferencie
porque para vuestra belleza
será un laurel en fineza
sin sustos fuegos de ausencia
tenía y otra para hablaros
A Laurencio dos ausencias
tristeza
mas no varios
y a vos mis agravios claros
En tan poco me estimaste
que a quererme te atreviste
el secreto a otro dijiste
que tan presto gozaste
Ay mujer
a vos lo fío
que Laurencio a Laura adora
que es un hermano recelo
Morcón da escalera mora
Matarme quiero, bajar
la escala quiero tirar
Sube, ejecuta rigor
quiero subir
Tiran la escala, el demonio huye dentro
Ay de mí
tiran la escala a mis manos
Ay Laurencio que es mi hermano
honrado soy si esto vi
por el jardín quiero entrar
pues cuando fue infame puerta
a mi agravio, no esté abierta
ella podrá derribar
Baja Laurencio
Morcón
es la luz de amanecer
qué es esto, Dios
verdad da lugar señor
qué haré, qué rayo arrojó
Echan la escala
la dirán mis intentos vanos
que en mis hombros y en mis manos
te trajo de sus ventas
Baja
Cómo quedamos de escala
como te quisieres ver te
Ahora que no se miente
en los pies ponga los dos
Dentro Laurencio
donde para descender
faust me tiene de dar
y favor para bajar
cuando se suelte perder
A Morcón, llave da
tome
que mi hermano llama
presto
En gran peligro estoy puesto.
Ten, Morcón, afirma el pie,
atrás las cuerdas voy,
y dar con él en el suelo.
Vase huyendo el demonio.
No podrás.
Bájame, cielo,
Ángel de Dios.
Aquí estoy.
Ten, Morcón.
Lindo asombro,
si la cuerda se rompiere.
Sube el Ángel por la escala y pone Laurencio el un pie en el hombro del Ángel y él le tiene con las dos manos.
Mis hombros te he de poner,
y sustentarte en mis hombros;
seré Atlante de tu vida,
seré Eneas en mi amor,
imitaré al buen pastor
con la ovejuela perdida.
Struck-out text: Demonio. Afe que la carga pesa. Ángel. Es muy pesado el pecado, y al que no le ha pesado, de lo que más me pesa. Carga es que no se consuela, pues en sí tanto le carga, que le vi luchar con la carga, y dar consigo en el suelo.
En el suelo Laurencio.
Bájame, Dios.
Llévale,
aunque no se vale de él,
que en fe de ofender a él,
le quiero, y quiero se ampare.
Laurencio, bajar quisiera,
que temo y tengo por qué.
Pues baja.
Pareceré
a la muerte en gran brío.
Baja, mira, no te líes.
Ya he perdido mis temores
por tus obras mejores,
que lo haces me lo parece;
tenga bien, mire que bajo.
Baja.
Sabe qué ha de hacer.
Qué.
Sabe qué ha de hacer,
si me viere caer,
apartarse de debajo.
Tiene el Gobernador de la cuerda sin tiento, no se baje.
Con cuidado me lo tengo.
Pensé cierto salir al jardín.
Si vuelve esta espada a asir
Lo que puede ser prevengo,
sin duda que mi hijo sale
huyendo de mi rigor
por la puerta falsa.
Amor,
en esta ocasión me vale.
Quién va.
La justicia es,
y el padre de mi adorada.
De la escala aquí asida.
Laurencio, tu muerte ves.
Tírala.
Resistiréme
al que es padre de mi amor.
Tírala, tírala, dos.
Clavela es, calla que teme.
El Gobernador a dos ha asido.
ahora por el poco bien pasa,
quiérome entrar porque enfada
que des voces y ruido.
Vase.
Quiero callar.
Hijo ingrato,
honras de estas paredes,
callos de vergüenza puedes,
conociendo mi maltrato.
Por tu hijo me reprendo.
Por tu mocedad liviana
has perdido a mi hermana;
un noble que la pretende,
cuando estaba prometida.
¿A qué crueldad la iguala,
mi liviandad necia la halla,
mi honor, su deshonra y mi vida?
Prometida, muerta soy,
quiero dejarme ahorcarme.
Y tu la capa.
Si para ahorcarme,
pues desesperado estoy.
Haz que le entre a portal.
Entra en casa, impertinente.
No sé si entrar dentro intente.
Entrad, heme de enojar.
Entraré.
¿Qué aguardas, loco?
En dudar que he de perder;
si pierdo a vuestra mujer,
perder seso y vida es poco.
Llamad los dos a la puerta,
la capa quitad los dos.
Defiéndeme, ángel de Dios.
Señor, la puerta está abierta.
Alumbrad.
Un rebozado
con una espada desnuda
sale de adentro.
Sale Claudio de rebozo con la espada desnuda.
Me ayuda
a que esta vez he mostrado.
¡Quién va allá!
¡Quién va!
El señor gobernador.
Éste es Claudio, mi señor.
Pues envuelto, ¿quién será?
¿Quién sois vos?
Con justo efecto,
Laurencio.
¿Por qué has callado?
Por tu hijo me has juzgado,
y callo, pues tu hijo soy.
Bien dije que Claudio es,
que está en el zaguán de mi
posada, y por aquí
vimos la flaqueza, y ves
quedó la calle a guardar,
y yo entré a mirar la casa.
¿Y qué es lo que dentro pasa?
No pude al ladrón hallar,
que sospecho que se fue
por esta la capa.
Oh, no,
que al pie del muro cayó.
Al pie.
Sí.
¿Qué? ¿Que te di pie?
Mas eres como mi hermano.
Bien sabes que no lo soy.
Como si yo el pie te di,
ya me tomas la mano.
Si la tomo, será mía.
Cerca de las doce son,
y cánsame ese ladrón,
y a vos Juana os la dio.
Por lo cual quiero pedirte,
señor, que entres a sondarte.
Vase.
De los dos puedes fiarte,
que al ladrón hemos de asir.
Con los dos vaya la gente,
la joya irán a buscar.
La gente podrá estorbar.
Pues a Dios.
Vanse todos.
Conmigo vente.
Morcón, ¿oyes lo que pasa?
Sí, y reconcomio me da
que a matarse los dos van.
Oye, ¿esta joya se ha hallado?
Dame la espada, y rodela de mi hermano.
¿Para qué?
Mi vida he de defender.
Espera, animosa Clavela,
detente.
Vase.
¿Podrás parar
un caballo desbocado,
un río desenfrenado,
un rayo que ves volar?
Vanse.
Yo también armarme quiero,
y seré un Alejandro,
y do muriera Alejandro,
muera yo, muera yo.
Salen Claudio y Laurencio. Claudio desnuda la espada.
Si de honrados amigos este agravio,
es de buenos hidalgos esta afrenta,
mi honor me quita el que mi honor le debe,
a quien todos mi vida me la quitan,
mi joya invidia quien guarda la aura,
amigo falso, que bien con mi deshonra
para darte la muerte que mereces.
Tiran los dos de la espada, y van a jugar. El Ángel y el Demonio, del lado de Claudio.
Claudio, repórtate, tenme respeto,
no te precipites en necedades,
mira que te lo ruego por mi hermana,
mi señora Clavela, que es mi esposa.
Por ser hermana tuya la he querido,
honrando con mi sangre tu nobleza.
La amistad de los dos quise hacer deudos,
tu vida estimo como propia vida.
No me he de defender, sácame el alma.
Dale, cobarde, no des honra tuya.
Detén el brazo, mira que es tu hermano.
¿Aún te rinde la mano? Vive el cielo,
que he de acusarte, quien me rinde el brazo.
Detiéneles el Ángel.
Yo me he de defender, dame la muerte.
Clavela con una espada al lado de Laurencio.
Defendiéndose de mí, seré tu enemigo.
A los dos matas a uno, a mí me matas.
Mátame a mí, no mates a Laurencio,
vida de esta alma, y alma de esta vida.
Echa mano.
¡Infame! A entrambos os daré la muerte.
También entra, señor, no es mi esposa,
a mí no me ofendiendo que soy suyo.
Mi esposa sí, que deudo como mío
quien me detiene que a todos no mate.
Salen armados de burla con armas e hachas y el gobernador con peto.
¡Afuera, aquí del Rey, cuerpos ruines!
Tengan respeto que es el de los Misos,
que si Morcón la cólera deslíe
la gana de comer que se arma de uno.
¿Qué es esto, Clavela? Ten la espada, loco.
Clavela, razón darnos.
La razón es
yo defiendo a Laurencio, mi marido.
¿Cómo marido?
Como maridando.
Laurencio, ¿es verdad esto?
No lo niego.
Mi bendición os doy, y aquese los brazos.
¿Qué es esto, padre?
Lo que a padre debo,
para asentar las cosas a su avío.
Ello está muy bien hecho, a gusto de todos,
que miente quien dijere lo contrario.
Y de reto y le llamo al desafío,
y como caballero de la Mancha
aunque en mi casa no ha habido ninguno,
porque todos los traigo en la sotana,
le espero como el bravo don Quijote
en una empanada de dos tocinos.
Caballero en un cuero sanmartino,
con una estaca en la derecha mano,
de sol a sol le venceré en el campo,
hasta caer defenderé la causa.
No quiero con Morcón más pesadumbre,
sino abrazos a mi Laurencio amado,
que el gusto de mi padre remitiolo,
y pues le tiene denmela en buen hora,
y a mi amor grande dé mi nueva dicha.
Mi ventura será, tan noble esposo.
La mía esclavo ser de vos de nuevo.
Los dos son para en uno.
Y plega al cielo
que os dé de este nocturno matrimonio
hijos mosquitos, femeninos y neutros.
Commune, duum & commune tribus.
Entrad y celebraremos vuestras bodas,
y glorioso he salido.
Yo vencido.
No hay san honrado a sopas de pesadumbre,
como en una bodega entre dos cubas
echando de una y de otra trapadas.
Morcón, ahora no hay pariente pobre,
no, que habrá lindos asados en esta boda.
También panza andará de todo crudo.
Mal loquente, no buféis caldo,
que sepa más que Bartolo, y que Baldo.
Finis opera.
3
Demonio.
¿Esto puedo tolerar,
esto sufro, esto paso?
Pero el fuego en que me abraso,
¿a quién más puede penar,
pues al ángel de mayor vuelo,
por un pensamiento solo,
siendo más bello que Apolo,
le hizo antípoda del cielo?
A Adán, por una manzana
que parece niñería,
le cambió Dios su hidalguía
en una prisión villana.
A aquél que es su mayor regalo,
Cristo, porque le miró
en traje del que pecó,
le hizo poner en un palo.
Y a Laurencio, ¡y Dios!, siento
que rebelde a su lumbre,
a su pesar, de costumbre
pecando sin escarmiento,
¿le libre de tantos daños,
sin querer darme licencia
que en final impenitencia
y en agraz corte sus años?
¿Esto no es injusticia?
Es, por Dios, que sí lo es.
aunque sé que para mí
el velo y todo justicia
dista dél, aunque no quiero,
la cama nupcial de flores
he de sembrar de dolores,
y hacer que a mis manos muera
si siete esposos maté
de Sara por la belleza,
porque la bestial torpeza
por celos le arrojé.
Mejor con este me va,
que cual bestia desbocada
tras la belleza adorada
que es el deleite se va.
Mire, pues, lo que aguardo,
que está dentro mi enemigo.
Da en entrar y sale el Ángel, y pónense a brazos.
Mas, ¡oh, celos!, con rigor,
que aquí estoy y a ti te guardo.
Déxame entrar.
Tente, loco.
¿No tiene mi clavo y llave?
Yo le haré que se confiese
con llanto y dolor no poco,
y a la llaga de amistad
hizo el matrimonio santo.
Himnos a los cielos canta.
Como si fuese verdad,
él va a malograr sus días,
que a otro se le malogre.
Otro Rafael seré,
y a atarte por Tobías.
Eso no podré sufrir,
tengo de lidiar allá dentro.
Abrasaréte en el centro
donde mueres sin morir.
¿Tú a mí?
Yo lo suelo hacer.
Luchan y cae el Demonio
Pero, si anotalle defiende,
Pienso que caer pretendes,
pues no haces sino caer.
¡Que de esto siempre vencido,
pesar de quien me sirvió,
déxame, que en amanecido
el Sol, que en mí ha anochecido!
Levántase, turbado Laurencio, y asiéndole.
Aquel sueño que soñé
me trae inquieto y turbado,
tanto que no me ha dejado
gozar lo que deseé,
que ha de ser, aunque no quiera.
¡Oh, aquellas tres almas, una!
Una tregua no importuna
ha pasado su carrera.
¡Válame Dios, que he de ser
o alma del purgatorio
o el divino Consistorio
eternamente he de ver!
O mientras fuere Dios,
he de arder en los infiernos.
Dios, sed de nos eternos,
y corred siempre los dos.
¡Ay, Señor, que os ofendí,
debiendo haberos amado!
cómo de vos me he olvidado
y nunca lo estáis de mí.
Arrepentido y contrito,
prometo una confesión
quizá digna del perdón
que llorando os solicito.
Abrid del pecho la puerta,
que es del perdón, perdón Dios,
pues para darlosle vos
siempre la tenéis abierta.
De llorar tengo, de llamar,
llorar, suspirar, gemir,
que más tardaré en pedir
que vos en quererme dar.
María de gracia llena
y las que en vos oraréis,
haced que vos le perdonéis
para que yo la dé buena.
¡Oh dolor del alma, siento
de haber a Dios enojado!
Sale Morcón.
¿Cómo ha tan madrugado
llegó el arrepentimiento?
No es el que piensas, Morcón,
de mis breves alegrías,
sino el de las culpas mías
que tantas y tales son.
Confiesa, ten un tardón,
mira que el tiempo te aprieta.
Mucho un temor me inquieta,
quiero me ir a confesar.
¿Qué tienes?
¡Pobre de mí!
¿Qué es tu mal? ¡Comunícame!
Pudiera de ver pesarme.
¿Qué viste?
Mi engaño vi.
¿De qué es el dolor perdido
que manifiesta tu pena?
No hay disculpa que sea buena
siendo el juez el ofendido.
Alma ingrata, a ti te atienes,
a quien tu vida mejora,
a ti te atreves, traidora,
a quien tan grande amor debes.
Clavela en qué habrá pecado
que de ella está quejoso.
¿Ah amaneciste ya su esposo?
¿Qué falta vos en ella ha hallado?
Si por verse en posesión
hace de su amor delito,
se tapa el apetito
y espanta sin privación.
Si os da la melancolía
de que favor no ha hallado,
muriol el asno de cansado,
sin duda que lo sabía.
¡Cielos! ¿Cómo no os abrís,
estas culpas miráis?
Como si culpas vengáis
ahora culpas sufrís,
castigue el ofensor
y muera.
Sentencia fiera.
Clavela quiere que muera,
diréselo a mi señor
que será gran villanía
si a su vida no acudiere.
Si Clavela te dijere,
donde voy, por vida mía,
le digas que luego vengo,
que me llegue a san Antonio.
detiénele el demonio
¿Qué le detiene, demonio?
La confesión le detengo.
Si Claudio te preguntare,
díselo, Morcón.
¿Qué más?
Morcón, nada le dirás.
Por Dios, que es bien que repare
en su turbación, que es fuerte,
y en su pálido color;
si parece que su temor
dado ha a Clavela la muerte.
Porque a la una levantarse,
turbarse, descolorirse,
huyendo a sagrado irse,
y de Claudio recatarse,
testimonio es suficiente
de que ha hecho algún mal hecho.
Nunca tal pudiera, pecho.
vase
De lo hecho se arrepiente.
Vive Dios, que no va bueno,
o que es mala mi señora,
pues ríe apenas la Aurora,
y el valle de lágrimas lleno
él lleva muy mal olor,
él la mató y irse quiere,
véase lo que ser fuere,
decírselo he a mi señor,
sin buscarle ha parecido.
sale Claudio
¿Qué hay, Morcón, tan de mañana?
Preguntáselo a mi hermana,
qué mal recado ha parecido.
¿Cómo?
El novio no está ahí.
¿Pues adónde?
Qué sé yo;
si este novio se vio,
¿Qué pudo ver? ¡Ay de mí!
Desabrido y turbado
salió de esta sala ahora,
llamando ingrata y traidora
a Clavela.
¿A desdichado?
Yo digo lo que se es,
pienso que la deja muerta.
¡Rompe, Morcón, la puerta!
sale Clavela vistiéndose
Hermano, ¿qué es lo que ves?
Viva está, viva, y reviva,
salto y bailo.
¿Qué es, Morcón?
Viva.
¿Qué locuras son?
Que está mi ama viva.
En efecto
a Laurencio hallé
tan de mañana y tan triste
que dudo fuese quien fuiste
o el eco del que fue
porque de lloros que saca
con infinitas razones
Un paso al cuello me pones.
Ve a ver si se burlaba.
Sin duda que el alma ofrece
a aquella que me contaste
que en su zaguán la contraste
y que ya a mí me aborrece
pues desde que se acostó
con un estar entre dientes
con mil suspiros ardientes
con que el alma me dejó
entre sueños de los
pesares antiguos, díjolos
ayes me dijo por quejas
y suspiros por amores
en sus sueños le sentí
que estremeciéndose hablaba
y el corazón le faltaba
quizá por irse de mí
con esto yo desperté
diciendo Jesús y luego
que me abraso, fuego fuego
y vala si lo fuera yo
se levantó, y turbado
le dije qué es esto esposo
y mirándome lloroso
se fue sin decirme nada
¡Ay hermano que él se va
a otros disgustos vanos
dejando rotos los lazos
que amor en el alma da!
Nunca hermana tu locura
mejor fin me prometió
pues todo ello se fundó
en deleite y hermosura.
Vase.
Por vengarme salgo hoy.
Si como a Dios perdiste
no miraré lo que fuiste
sino solo lo que soy.
Morcón por darme placer
ven, y vamosle a buscar
vase y sale Laurencio
Bien le irán fácil de hallar
que no habrá mucho que hacer
Sediento llego como cierva herida
fuente del paraíso, a las corrientes
de sus ríos, cinco caudalosas fuentes
a ahogar mi muerte, y a beber mi vida
mi pasión disipada, y consumida
vuelvo a los brazos de mi padre amantes
perdíme por los pastos aparentes
mas soy oveja vuestra aunque perdida
huyo de vos a vos en mi desvío
a vos dejo por vos en mi dolencia
de vos apelo a vos Dios ofendido
huyo viéndoos con vara de justiciero
vuelvos viendo con brazos de clemencia
de vos agrado a quien os ha herido
y pídome de vos, señor,
padre mío.
va a irse
Llegué aquí.
¡Ay de lo que oigo y siento!
llegue ya mi fin, Señor;
crece en mí con justos abismos
contra mí fiscal crüel,
mi dolor por lo que del
y el verdugo de mí mismo.
Será el tormento de brea
con agua de mis enojos;
digan la verdad los ojos
llanto pare la boca.
de rodillas como que se confiesa
De que tiene el rostro cano
más verdad es llorados
que vendrán a ser cantadas
de los que a Dios cantan tanto.
Llegaron mis alegrías.
La boca le he de cerrar
tápale la boca
con plomos que al oír volar
ha de dar de Jeremías.
¡Qué de plomo pesado!
el peso de hierro
que en el alma ardiendo está
de haber a Dios enojado.
Del veneno que en furor
opilaré el pecho grave.
De lágrimas, ¡ay!, farraque
con polvos de contrición.
Lo haré en un mayor hora
a este Lázaro que hiede.
Dios resucitarle puede
con su voz, Morcón, y mora.
Entraréme dentro dél
y volverle he a lo que mudo.
Quien de otros le echó y pudo
hará que no entres en él.
no
Deja entrarme en él.
Detente.
detiénele
¿Lloras, mi Laurencio?
Sí.
Confieso, ¡triste de mí!,
que si llora, se arrepiente.
llora
Lloras y de flacos hombros.
Llora que al cielo enamoras,
que es la lágrima que lloras
grano de trigo que siembras;
tus ojos son la piscina
de los paralíticos males
del ángel que te ha movido
y Cristo la medicina.
Bien su corazón ensanchas.
De dolor del corazón
y lágrimas hay favor
para que laves sus manchas;
de lágrimas y ceniza
haz para el alma colada,
y verás que en ella echada
segunda vez la bautiza.
Ángeles, mirad que llora
aquel hombre que pecó.
y de que te guardas
Todos me dan la en buen hora
los músicos en lo alto del árbol
Piensa que gozoso esté
Dichoso el cielo renombre
ves que lágrimas del hombre
vuestra agua de ángeles es
ángeles de ellas bebed
que aunque el vaso es de amargura
le ha dado tanta dulzura
que a Dios le maravilla sed
con tus lágrimas sobornas
la justicia en tus pecados
porque son ruegos callados
con que deseos retornas
que a ti aun puñado de polvo
perdone Dios
vase que le absuelve el fraile caerse han máscaras de Laurencio
Ya Naaman
sale limpio del Jordán
con aquel azote asolvo
las cadenas se rompieron
como a otro Pedro dormido
como Sansón ha rompido
las sogas que le prendieron
Cantan los músicos
Canten los serafines que el hombre llora
pues su penitencia aumenta su gloria
del diluvio amargo
de sus culpas llora
a la orilla sale
con ropas de bodas
en la confesión
las culpas ahoga
y vuela a los cielos
cual blanca paloma
los ángeles
Ha de allá bien que cantéis
pues de Dios participáis
Si puedo lo que cantéis
mañana habré que nací
Levántase de allá un fraile
Quitó Dios el yugo grave
de mis espaldas brumadas
y de solas descansadas
con otro leve y suave
Una espiritual dulzura
mejora mi desconsuelo
cuanto se parece al cielo
una conciencia segura
Pague a vuestra caridad
Dios la grande que me ha hecho
Frecuente lo que ha hecho
que lleva la eternidad
vase el fraile queda Laurencio de rodillas y el demonio
Ya del cielo de esta alma
cede pena Michael
y con fuego otro cherub
del jardín que de Dios es
desesperado Caín
en vano insidias Abel
que a pesar del diluvio
le saca al puerto Noé
El soberano Abraham
destierra a Agar y a Ismael
a Acab castiga otro Elías
como a Saúl Samuel
Envidioso mal hermano
mira al vendido Josep
con la ropa y el anillo
con que quiso honrarle el Rey
De Josué que es Jesús
huye cobarde Amalec
Rinde soberbios Amorreos
Sino divino Moisés,
saca Dios del mar Bermejo
a su lucido Israel,
y al caballo y caballero
hace que se anegue en él.
Por Dina vuelve a Jacob,
mal herido de Sichem,
corta la vida a Urías,
trae la de la muerte el prez;
del lago de los leones
sale el joven Daniel,
y queda Sísara muerto
por la gallarda Jael.
Cae a los pies de David
la cabeza de Saúl,
y del impío Holofernes
corta la fuerte mujer.
Al favorecido Amán
ahorca la hermosa Esther,
y a los inicuos jueces
condena el casto juez.
Raab a los exploradores
descuelga por un cordel,
y la estatua de Dagón
del arca cae a los pies.
Atado queda Zarán,
sale primero Fares,
la condenada Tamar
del fuego libre se ve.
Pónense a nueva vida
los huesos de Ezequiel,
vuela la tabla con plomo
y ronda con la pared,
sale de esta cárcel,
muerto el matador Abner,
y de la ballena Jonás,
y cumplidos los días tres,
del oprimido Saúl.
Sale florido Aarón,
David al son de la arpa tocada
de los mandamientos diez.
Y al sacerdote cruel
que el Ángel le exprime el tan fiel,
que da de bofetadas
con la vara de Jesé.
Ya sacrifica su hija
el capitán Jepté,
y en el sagrado Jordán
el pueblo amado halla pie.
Y al Ángel que vido San Joan
prende al astuto Luzbel
y le encierra por mil años
que eternamente ha de ser.
De contento que has quedado
aun no paso su carrera
y haré primero que muera
que reincida en su pecado.
Levántase Laurencio.
Hijo, la limosna advierte,
sobre el alma tomad.
¡Mirable piedad!
No deja al hombre en la muerte;
del pobre el cielo a ser viene,
que en manos del pobre se
de lo que tiene le da,
y darse ha de lo que tiene
en el seguro contrato.
Ciento por uno repara;
compré de buena gana,
que el pobre vende barato.
Desnudo me he de quedar,
para cuanto dar pudiere,
que aquello tengo que diere,
pues no hay tener como dar.
Sale Clavela rebozada y Moscón riendo.
Fuera de la iglesia espera,
quizá a su dama.
Saldré,
y que la soy fingiré.
Tápate.
No salgas fuera.
Pobre, ¿cómo no venís?
Venid, que a mí daros quiero;
ved que los bienes que espero
con la tardanza impedís.
Mi cielo en que os detenéis,
que cielo sois, pues le dais,
ved que el cielo me quitáis
y que en pena me tenéis.
Sin duda a su amada llama,
pues ansioso la vocea.
Mirad que el alma os desea,
porque de veras os ama.
¿Venís?
Es tan de mañana
que no pude antes venir.
En vos pudiera salir
otra más bella y lozana,
mas yo no os espero a vos.
Yo lo creo, pues a quien
A quien tengo por mi bien,
y se le he de hacer por Dios.
Como un recién desposado
madrugó al amanecer.
Jesús, ¿no pudiera ser
madrugarme otro cuidado?
Traidor sois, de temor
dejar la cama desierta.
Sabe Dios que me despierta
muy de madrugada amor.
Muy desconocido estáis,
pues no me habéis conocido,
que yo su cuidado he sido,
tirano, me descartáis.
Yo no os conozco, por Dios.
¿Cómo no? Si el alma os di,
y vengo por mí, sin mí,
por hallarme en vos, mi Dios.
Pues, ¿quién sois?
Vuestra prenda cara,
en quien dos hijos tenéis.
Con razón cara la hacéis,
pues muy caro me costara;
sospechara, a no saber
que Clavela en fosa está,
como en este error da
que esta dama podría ser.
¿Hijos?
Sale Claudio.
Gracias al cielo, a fe,
que he encontrado a mi enemigo
y con su dama.
Hijos digo.
De la acusación apelo,
pues esto es el amor.
Qué oscuridad os desvela.
Que el cielo, que es Clavela,
que estoy por darla un picor.
Aparte.
Quiero mejor informarme
antes que muerte le dé.
Yo sé bien guardar la fe,
jamás a quien sabe amarme.
Si no ofendiese los cielos,
traición sin son, tan bien hecha,
fingiera lo que sospecha,
porque me alegran sus celos.
Pero de qué han de indignarse,
si es mi esposa y debo amarla,
la verdad ha de ensañarla,
que consigo ha de engañarse,
que por ella la he de hablar
sin dar a entender que es ella,
fingiendo desconocella
consigo se ha de engañar.
Y sí misma será el cisma
que es el engaño mayor,
pues no hay engaño mejor
que enamorarse de sí misma.
A esto madruga el traidor.
¡Ay, hermana mal pagada!
¿Veisla rebozada?
¿Quién os trae aquí?
El amor.
¿Qué queréis?
Que me paguéis.
Pues, ¿qué os debo?
A vos.
¿Yo a vos?
Sí, que uno somos los dos,
y en el alma me tenéis,
y tengo de vos dos prendas
de que vos me dais mal pago.
Pues, entre tanto que os pago,
las podéis tener en prendas.
Dos hijos tenéis de mí.
Ojalá que uno os debiese.
¿Qué sería que esta fuese
lo que a mi hermana fingí?
Quiero acechar.
No paguéis
mi fe con tan largos olvidos.
Plega a Dios, si le he tenido,
que de mí no os acordéis.
Ni estimo sino a vos,
y mis prendas amorosas,
no por celos hermosas,
con que os hizo sola Dios.
Ingrato, pues, ¿por qué,
ha mil años que no os veo?
Muchos más cuenta el deseo,
lo que hice fuerza fue.
Que por fuerza os han casado.
Por fuerza de buen querer.
Galeras vendrán a ser,
pues os tenéis por forzado,
¿no queréis a vuestra esposa?
Mi bien a Dios, guarde Dios,
que no quiero sino a vos,
ni hay otra para mí hermosa,
adoro las facciones.
de quereros y gozaros,
y espero que he de pagaros
todas mis obligaciones,
y del cargo que me hacéis,
de los hijos, creed, señora,
que espera el que en vos adora,
que muchos más me daréis.
Y que no me he arrepentido
de quereros, vuestra hermosura
en mi fe tanto asegura
cuando mi fe en vos lo ha sido.
¿Queréis más, hermosa mía?
Mucho más.
¿Qué más?
¡Traidor!
Mucho más, que es más mi amor.
¡Ay, tan grande alevosía!
A Claudio.
¿Qué aguardas? Dale la muerte.
Mataréle y vengaréla.
¡Ay, ingrato!
Mi Clavela,
no os congojéis de esa suerte,
que porque os he conocido
me he burlado aquí con vos.
Dale Claudio, y huye.
Muera el vil.
¡Válame Dios!
Muerto soy.
Cae Laurencio en las faldas de Clavela.
¡Mi hermano ha sido!
¡Mísera de mí!
Esta vez
tuvo ejecución mi intento.
Mil nuevos júbilos siento
de que ya amansó al juez,
después de una confesión
hecha con dolor de los vicios;
mil parabienes recibo
del soberano Salvador,
y no quise a Claudio estorbar
lo que tal vez le ha tocado,
porque estaba en buen estado.
Pues en malo ha de acabar.
El mal que bien ha de hacerle
no fue la protección mía,
porque entonces no sería
guardarle, sino ofenderle.
Si está de Dios tan contrito
y en gracia del que ofendió,
reniego de cuanto erró,
lo que siempre solicitó,
pues su salvación
Espera,
¿que al cielo piensas que ha de ir?
¿Si no, dejárale herir?
Primero juro que muera.
En linda ofensión,
flacamente os desmayáis.
Cae como desmayada.
Cielos, por los que adoráis,
mi bien, mis heridas son
Son las lágrimas que vierto
agua de vida, no de mayo.
Pues la herida fue al soslayo.
Ay, dos hermanos me han muerto;
mas vos, matáisme de amor
y de pena.
Sale Morcón.
¿Qué es esto?
Morcón, fortuna ha hecho el resto.
Mira que es de muerte, advierta.
De muerte la herida ha sido.
Mi amor vos lo dio, el herido
y yo la herida y la muerta.
Morcón, a casa me lleva,
y a mi confesor me llama.
Levántale.
Lloroso al cielo llama.
Señor, a tenerte prueba.
Ay, mi vida, vuestra vida,
por la abierta herida os doy.
Pues si vuestra vida soy,
volverme he a entrar por la herida.
En vano de mí se queja
Claudio, y mi mal solicita,
mas si mi vida me quita
otra vida en vos me deja.
Mejor iré entre los dos
porque desangrarme siento.
Jure el arrepentimiento
de las ofensas de Dios.
No perdone, renegado,
que en tal estado se pone.
Para que Dios le perdone
de él es bien sea perdonado.
Vamos, mi bien.
Ay de mí.
Como báculo seré.
Su impenitencia veré.
Yo el bien que le pretendí.
Este es de mi amor el fruto.
De grana tinto le veo
y lo blanco de la cara
que no es color para luto.
Amor, déjame en mi ceniza.
Dos lutos, Morcón, espera,
de bayeta por de fuera
y de triste por de dentro.
Vanse, sale Claudio turbado.
Oh mano para el mal de pluma leve,
oh mano para el bien de plomo grave,
mejor entre las llamas pavorosas
de la que con razón se llama Roma
venganza afrentosa a quien te sigue
que el arrepentimiento que a Laurencio
alma del alma, y vida de mi vida
por ventura por ser mi hermana fácil
la muerte he dado, pues que a vos me cuesta.
En vos de buscar honra la he perdido
busqué el descanso, y encontré el tormento
porque si él muere pierdo patria y padre
y a vos, amigo, que os amo más que a padre y patria
pues es lo mismo, y es la vida mía.
Y esto si la justicia no me prende
pues no valdrá tener el padre Alcalde
que en esta causa es justo que no sea
el padre, padre, ni el amigo, amigo,
sino que se me vuelvan en mi daño
el amigo en fiscal, en juez el padre.
Pero, ¿qué es esto, Claudio?, no te ciegues,
adonde no hay remedio, no le busques,
pues se tiene tu vida por el hilo,
cuando por mí no sea que entre penas
sea mi vida muerte dilatada.
¿No es este Morcón? Llorando viene,
presagio triste del dolor que tiene.
¿Qué nuevas traes de mi hermano?
Habla, que espero impaciente.
Los pies tiene cara oriente
y la candela en la mano.
¿Muere?
Sí, con el reparo
que para almorzar le dio
cuando el tripas le abrió;
te dejarán de amarlo.
¿Cómo muere?
Riéndose,
que no de muy buena gana.
¿Y por desdicha mi hermana
ha sabido quién le hirió?
Era la dama que viste
con él a la puerta hablada.
¡Clavela!
¡Mas que dedal!
Que a los dos la muerte diste.
Él, loco y de temor lleno,
fingió ser su dama.
¡Ay, cielo!
¡Cómo mostráis que los cielos
nunca hicieron cosa buena!
¡Ay, triste de mí!
Él ya muere
y ella queda medio muerta.
Ninguna muerte da enojos
cierto que la mía.
Hablar te quiere.
Que te quiere perdonar.
Como si quieres morirte,
sino quieres me matar.
Nada te estará mejor
que tratar de perdonarte.
Vendrá la muerte sin parte
y parte al Gobernador.
Sal de la selva, que espero
hallarle este último plazo.
Claudio, temes irle a ver,
porque de vergüenza muera.
Con duelo en mi pena hallo
que espero en este acueducto
verme cubierto de luto
hasta los pies el cabello.
Vanse. En la cama Laurencio, el fraile a la cabecera, un Cristo en la mano.
Con dolor verdadero
pida a mi Cristo perdón,
y no le tema león
sino llámale cordero.
Sea suma penitencia
si su salvación cudicia.
Clavela, Demonio, Ángel.
Aquí Dios todo es justicia.
Aquí Dios todo es clemencia.
Échase a los pies clavados,
a esos brazos, a ese pecho,
un diluvio de amor hecho
para anegar sus pecados.
¡Qué cielo, perro, te aguarda!
Desespera, desconfía.
En esta abierta confía,
que te ha de dar la otra a besos.
¡Agua bendita, agua allí!
¡Que está allí una bestia fiera!
Jesús mío.
En él espera.
que está llagado por ti.
Invoqué el Ángel de Dios.
En Dios confía,
que te he de hacer compañía
hasta ir a verle los dos.
Clavela.
Prenda amada.
Mi Laurencio.
apártala.
Mi señora,
este paso, y a estas horas,
pide que esté retirada;
y si la salvación desea,
como debe de desear,
no es bien que la vea llorar
ni que tampoco la vea.
¿Cómo podré dividirme
de mi alma, ay, dulce amado?
vase ella.
La vida me han quitado;
por fuerza habré de morirme.
¡Qué belicosa prenda vella,
quien desata el lazo fuerte!
Por Dios que tema su muerte.
¿Qué más muerte que no vella?
Aquí viene tu cuñado;
que darle muerte intento.
A dársele
entra Claudio.
Lloró;
que perderás lo ganado.
Arde mi corazón herido;
mi cuñado.
Véngate.
¿Cómo matarle podré?
Mátale de pensamiento.
¡Oh, pasión terrible y fuerte!
La irascible se le alteró;
hijo, en la cruz considero
a Dios perdonar su muerte.
Señor Claudio, llegue aquí
a abrazar a su hermano amado,
que por Dios le ha perdonado.
¿No?
Sí.
le abraza.
Llegue, que esta agonía
Fuerte ocasión.
Claudio, yo os pido perdón,
pues que fue la culpa mía.
Y yo os le pido a vos,
os perdono cien mil veces.
A un hombre que no lo merece,
¿con qué ley se le perdona?
abrázanse.
Abracémonos los dos,
y quedemos muy amigos;
que a perdonar enemigos
lo deprendimos de Dios.
Pues que cuando no os debiera
en el mal que me habéis hecho,
más de haberme abierto el pecho
donde Clavela se viera,
y haberme herido en estado
en que no dudo salvarme,
pudiera, amigo, obligarme
a amaros como os he amado.
Si Dios perdona
al que mi enemigo fue,
¿por qué no perdonaré
al amigo que he de amar?
Y vos, si herido fuistes,
pues somos uno los dos,
vos os perdonad a vos,
pues en mí a vos os heristes.
Quisiera satisfacerme
en mi enmienda mengua,
mas trabóseme la lengua
por estar cerca mi muerte.
Y sin duda le prevengo,
pues que se muere mi vida.
¡Ay, cielos! Darme otra herida
dentro del alma que os tengo.
Mas, ¿cómo decís aqueso,
pues somos uno los dos,
el que os mató muere en vos,
y el que muere vive en mí?
Creed que os he de ser
un amigo verdadero.
Dos cosas pediros quiero.
Muchas por vos pienso hacer.
Mirad lo que me queréis.
Pues dos almas tengo.
Dos.
Sí, y imágenes de Dios
que por ellas me miréis.
Una, la que a Dios vuela
porque él la perdonará,
y otra que en el alma está,
que alma del alma es, Clavela.
Con la una he de pagar
la deuda que debo a Dios,
y la otra os debo a vos,
que hasta el alma os he de dar.
Ved que en mi lugar quedáis,
y que en él me sucedéis,
y que para que la améis,
todo mi amor heredáis.
Dejoos en este dechado
mi amor para mi querida,
y en ella os dejo mi vida,
ved si os dejo mejorado.
De dos almas que tenía,
hermano, parto con vos,
la que es de Dios dejo a Dios,
y a vos os dejo la mía.
Yo muero.
No moriréis,
que sois mozo.
Mozo sois.
No te espante que se muere,
mira que muriendo estás.
Llame con mucha eficacia
la paz de nuestra discordia,
la toda misericordia,
María Madre de Gracia.
Llame al santo de su nombre,
Laurencio al rayo laurel.
al vencedor Michael,
a Joseph, que es ángel hombre,
al Bautista, su ahijado,
a Francisco, su devoto,
para que el barquillo roto
el alma tome en nado.
Esté muy fortalecido
en la fe que a Dios profesa.
Mi Señor, mucho me pesa
si mucho os tengo ofendido;
que, en reconociendo el yerro,
en dolor fiero, atrito,
y de ti, ya contrito,
estoy hecho un mar de amor.
En esta clara ocasión
de la pasión me valdré,
que para vos pasión fue,
y para mí, Redentor.
Aparecen los santos.
Laurencio, Joseph, María,
Juan, Francisco, Michael.
¡Oh, pese a Luzbel crüel
que este favor le envía!
¡Qué soberano contento,
Joseph mío, Virgen bella,
con tan soberana estrella
mi nave ya en salvamento!
¿Que así reúne a todos?
Que no son sino verdades,
sal de estas penalidades,
alma, a las eternas bodas.
Jesús, María
Yo lo entiendo.
Que agoniza.
¡Ay, Ángel mío!
De tus manos mi alma fío,
y en las de Dios la encomiendo.
Muere.
Los santos de la pared se cubren. La cama de bajo se baja, y saca el Ángel un niño pequeño que será el alma, vestido de blanco.
Vaya al juicio de Dios.
Digo yo que no, enemigo.
Mas, si tiene el padre alcalde,
ya es segura a juicio.
Deja que conmigo vaya.
No quiero, sino conmigo,
porque llevarla en mis palmas
me tiene Dios cometido.
Y pues la ves en mis brazos,
y con tan buenos padrinos,
no has de tener parte en ella
por un solo comino.
Suena una trompeta, aparece Cristo sentado, con llagas en las manos, y una espada en la diestra, y en la cual un peso donde se pesarán unos papeles.
El Ángel, de rodillas.
El alma.
Venid, esta ovejuela,
cuyo pastor siempre he sido;
vuelvo a las noventa y nueve
a apacentarlas yo mismo.
He sido de este, os aviso,
un Rafael muy amigo,
que a su padre y a su patria
vuelve alegre del camino.
Guiéle por el desierto
en la salida de Egipto.
siéndole de día y de noche
nube opaca, fuego vivo;
como Profeta a Abacuc
de un pelo le saqué a pelo
de la fosa de leones
a la luz del paraíso;
de Babilonia en el horno,
entre su fuego, rocío,
le acompañé, que el amor
se ve en el mayor peligro.
Dormido le desperté
como a otro Pedro dormido,
y de la cárcel del cuerpo
con vuestro favor le libro.
De entre la altivez tirana
cogí esta espiga de trigo,
y de esta mar para traella,
de entre las conchas del vicio.
Al lado de las ovejas
está, no al de los cabritos,
pues alma criada con sangre
de vuestro pecho la miro;
y pues que trae vuestra marca,
vuestro, dulcísimo Cristo,
y siéndolo, vuestro pecho
ha de ser su eterno aprisco.
Como padre abrid los brazos,
que vuelve el pródigo hijo,
dadle la estola de gloria
y de su triunfo el anillo.
A mi armado Michael,
Maestre de mis cielos imperios,
y mi justicia mayor,
que la pese la remito;
a Miguel, contraste del cielo,
y a quien he constituido
por Príncipe, que a las almas
de luz quilates divida
en aquel peso de estrellas,
uno de los doce signos,
donde la incorrupta Astrea
pesó en los dorados siglos
las malas y buenas obras,
pese de esa alma.
Yo pido,
aunque quiebre a los pesos
el peso de tantos vicios.
Pongo que formada fue
a imagen del uno y trino
con tres ilustres potencias,
discurso y libre albedrío.
Pongo que siendo quien es,
Dios de Dios y de Dios hijo,
una cosa con el Padre
que le engendra sin principio,
por esta ingrata bajaste
al virginal vellocino,
adonde la humanidad
depositaste en ti mismo.
Pongo los treinta y tres años
de un prolongado martirio,
espinas, columna, azote,
clavos, cruz, lanza, martillo.
Ponen un libro que después parece blanco y baja mucho la balanza.
Pongo los lagos que son
fuentes de otro paraíso
y aquel costado abierto
que cerraron los delitos.
Y que todo este tesoro
que es de valor infinito
pródigo desperdició
y gastó descomedido.
Pongo que le reengendraste
en la vida del bautismo
cuyas aguas fueron sangre
de aquel pecho rompido.
Pongo la confirmación
con que fue fortalecido
y pongo la penitencia
donde pudo quedar limpio.
Pongo el pan que bajó del cielo
hecho del virginal trigo
y el vino de vuestra sangre
que embriaga a los divinos.
Pongo el matrimonio santo
vínculo que el amor hizo
y pongo la extrema unción
con que en la muerte fue ungido.
Pongo favores y gracias
y otros muchos beneficios
que pues no le aprovechan
hacen mayor su juicio.
Pongo treinta años de amores
con pensamientos lascivos
y tan de honestas obras
que por vos no las repito.
Pongo que dejó de oír
misa entera seis domingos,
que confesó mal dos veces
y que juró falso cinco.
Pongo que dio a usura fiel
no vio los templos divinos
cometió diez adulterios
deseó cuatro homicidios.
Quebró ayuno una cuaresma
y vendió a su mejor amigo
y que estando en mortal culpa
se puso a muchos peligros.
Y se lo pongo, y todo cuanto
está escrito en este libro
que es proceso de sus culpas
y es proceso infinito.
Castigad, recto juez,
justísimo Dios altísimo,
vaya ardiendo en vivas llamas
a los oscuros abismos.
Oíd otro fiscal del hombre.
Guarda del hombre, ya he dicho.
Mucho pesan estos bultos.
Favorecedme, Ángel mío.
Bien sabéis, eterno Dios,
como quien todo lo sabe,
que este es padre de mentiras
y que del engaño es padre,
y todo lo que es verdad
todo el cargo que le hace
por cargo a esta balanza
porque con la carga baje.
Y que son, y no lo niego,
todos sus pecados graves,
pues por ser contra vos son
infinitamente graves.
Digo que de muchos cargos
que alega por hacer parte
y en su favor me aprovecho,
porque mejor se descargue.
Dije, Señor, que a esta alma
a vuestra imagen formaste,
y es decir que la amáis mucho
pues la hicisteis vuestra imagen.
¿Quién creyó, Señor,
que tan requinto amante
que ofendido de quien bien quiere
no perdone alegre y fácil?
Para que alejes amores,
en aquel proceso mi nota lee,
donde la misericordia
ya no puede tener parte.
El que mereció las llaves
dicen que mal se le hace,
y a ti en mi fe se abrace.
Aquese enemigo calle.
Pongo, pues, Dios amoroso,
de esta alma que tanto amaste
en esta diestra balanza
obras en que os agradaste.
Pongo que lleva en la frente,
escrito con vuestra sangre,
el tao del sacro bautismo
en cuya vida renace.
Que al tiempo que la sacó
que es flor que entre espinas sale,
labró, dio de vuestro culto
fruto oloroso y suave.
Que guardó vuestros preceptos,
que en él fueron inviolables;
no digo en las culpas leves,
que en esas el justo cae.
Y si en las graves cayó,
que obró en un vaso frágil,
pues las más fueron de amor,
casi invencible gigante.
Pongo que en los tres años
de amorosos disparates,
se sirvió de un freno
con un dolor entrañable.
Pongo que desde pequeño
frecuentó los hospitales,
ayunos y disciplinas,
con que castigó la carne.
Pongo que fue muy devoto
de la rosa y los rosales,
a donde el Ave María
trajo el ramo de las paces.
que dio a un muerto una mortaja,
para un cautivo rescate,
que a un peregrino hospedó,
y que visitó la cárcel.
Este bolsillo pongo,
todo de escudos y reales,
con que reparó piadoso
algunas necesidades;
que oyó misa cada día,
y que dio a un convento un cáliz,
a una honrada viuda un manto,
a pobres cuartos y panes.
Una capa pongo entera,
cual que con vos la parte
dais el cielo, al que os la dio
entera, ¿podéis negarle?
Pongo que salió lloroso
de las cortinas nupciales,
de dolor y de amor lleno,
de sus culpas a acusarse,
y que las lloró contrito,
hechos los ojos dos mares,
y que quedó en gracia vuestra
pues que se las perdonaste,
y pongo que estando en ella,
cosa que tanto os aplace,
padeció el martirio,
aquel sangriento desastre,
y que estuvo abierto el pecho
tan entero y tan constante,
que perdonó a su enemigo
porque vos le perdonasedes.
Esto os ofrezco, Señor,
pues la palabra empeñastes
de que a quien le perdonare
aquel por vos perdonare.
Y cuando estos papeles
menos que aquellos pesasen,
cosa que no puede ser
como lo verá el Arcángel,
pongo, divino Señor,
de vuestra vida admirable
nacer, gemir, padecer,
frío, sed, cansancio y hambre.
Pongo de vuestra pasión
la soga, azotes, sangre, y bofetón, espinas, cruz,
clavos, lanza, hiel, vinagre.
Pongo aquel pecho roto
donde va segura el ave
por el ramo de la oliva
después de las tempestades.
Y pongo la intercesión
de vuestra piadosa madre,
la de Pedro y Francisco,
y la del español mártir.
Pone el bolsillo y pone el libro y pesa más esta balanza.
Aquí no valen favores,
la pasión aquí no vale,
justicia, recto Juez.
Clemencia, divino amante.
¿Qué os parece, Michael?
Digo, Dios inescrutable,
que el demonio alega mal,
y que alega bien el Ángel,
porque de esta Alma las culpas
en la cruz, Señor, borraste.
¿Que es borradas?
Da blanco el libro de las culpas.
Mira y lee.
En vano la suerte echaste.
Según lo alegado, fallo,
vedando por no buena lid,
que no probó su intención
el mordedor Ceraste,
y que el Ángel la probó
con razones evidentes,
y así de su acusación
libro y absuelvo a su parte.
Vase.
Si estas sentencias pronuncias
y miras a aquesas señales,
permíteme que me vaya,
que apasionado juzgaste.
Abrid las puertas obscuras,
calabozos infernales,
para que mis negligencias
sempiternamente pague.
Abrázala, dale la palma, y pónele guirnalda de flores.
Abrid las puertas del cielo,
cortesanos celestiales,
y de esta insigne victoria
mil enhorabuenas dadme.
Celebre el cielo mi dicha,
Alma, y su victoria cante,
y sobre el carro del sol
entra gloriosa y triunfante,
ángeles salgan por ella
conmigo festivos dancen,
que entrar un Alma en el cielo
mayores sus dichas hacen.
Entrad, regalada mía,
al pecho que enamoraste,
que abierto me le
porque al corazón entraste.
Entra a gozar de tu Esposo
por tan infinitas edades,
y con esto se da fin
a la Custodia del Ángel.
Finis operis
En la página, escrito al revés y muy desvaído, se lee:
Auto del ángel
de la guarda,
compuesto por el
maestro Josef de
Valdivielso.