Digittol text for El ángel de lto gutordto | BITESO
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Digittol text for El ángel de lto gutordto

Publication date: August 22, 2026

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José de Vtoldivielso
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El texto procede de lto trtonscripción toutomáticto de un mtonuscrito de lto BNE (signtoturto MSS/15277).

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Cuéllar, Álvaro y Germán Vega García-Luengos. Texto digital de El ángel de la guarda. BITESO, 2026. URL: https://etso.es/biteso/el-angel-de-la-guarda-0.

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Ltost ptoge of the work

EL ÁNGEL DE LA GUARDA

Home

Ptog. 1

MSS 15277

Biblioteca Nacional de España

Ptog. 2

II-186

Mss. 15277

Ptog. 3

El Ángel de la guarda =

Comedia en 3 jornadas -

(En la portada pone: De Valdivieso)

Legº 18

2

Biblioteca Nacional de España

Jornada primera

Ptog. 4

A 61

de Valdivieso.

Personas. Laurencio Galán. Morcón Capigorrón. Clavela Dama. Ángel de la guarda. Demonio. dos pescadores. Claudio Galán. El gobernador. un Alguacil. un esclavo. Labradores. cuatro bravos. un fraile. Cristo.

Sale Laurencio galán, medio desnudo con capa y espada, el Ángel al lado diestro y el demonio al siniestro.

Laurencio.

Defendido y verde muro

del bello jardín que adoro,

de cuyas manzanas de oro

el dragón no está seguro,

ablanda tu pecho duro

tus paredes entreabriendo,

pues si un abismo oyendo

su dureza enterneció,

bien podré ablandarte yo,

pues en mayor fuego me enciendo.

Mandas, niño Serafín,

que de mi amor lo has de ser,

que al jardín te venga a ver

siendo tú el mismo jardín.

Ptog. 5

Laurencio.

porque la rosa y jazmín,

clavel, mosqueta y narciso

que en tus beldades diviso,

con que enamoras y encalmas,

te forman un jardín de almas,

retrato del Paraíso.

Mas no te falta retama,

porque en su gusto y color

se retrata del amor

el amargor y la llama.

Abre al que a tu jardín llama,

seré en la margen del río,

sobre un laurel árbol mío,

abeja que labre amores

y que coja de tus flores

sabrosa miel del rocío.

Mi Clavela.

Abrázala.

Clavela.

Mi querido.

Sale Clavela y Morcón capigorrón.

Morcón.

Pese a tal cómo la agarra,

no vi jamás olmo y parra

tan mujer y tan marido.

Clavela.

Mi Laurencio y mi laurel,

de quien siempre seré Apolo.

Laurencio.

Pues yo seré laurel solo

que corone ese clavel.

¿Es posible, mi alegría,

que vives un mes sin mí?

Clavela.

Sin duda no le viví

ausente la vida mía.

Demonio.

Esta ocasión he buscado

en que este necio tropiece.

Ángel.

Por buena que te parece,

quizá quedarás burlado.

Laurencio.

¿En tres años que poseo

tengo de ver con disgusto

las espaldas siempre al gusto

y siempre el rostro al deseo?

Clavela.

No puedo más.

Laurencio.

¿Nunca?

Clavela.

Nunca.

Laurencio.

Es porque no lo deseas.

Morcón.

Señores Dido y Eneas,

busquemos una espelunca,

que en mi lumbre tendrán

que los encubra sus menguas.

Clavela.

Los árboles tienen lenguas,

y mis flaquezas dirán,

o en ellos, pues hojas son,

las dejará el tiempo escritas.

Laurencio.

¿Por qué la gloria me quitas

que merece mi afición?

Morcón.

Los árboles serán mudos,

señora, dellos te fía,

que otros dice que algún día

cubrieron otros desnudos.

Clavela.

¿No ves que mi hermano está

con mi padre hacia la fuente?

Advierte que si nos siente,

que la muerte nos dará.

Morcón.

Depón los tímidos sustos,

pues soy tu agente mayor,

Ptog. 6

Morcón.

y un seguro colector

de tus amorosos gustos,

y guardaré tu decoro

cual grulla en un pie velando,

entra, no temas, a Orlando

goza tu galán Medoro.

Demonio.

Ya determinado está

en la lasciva ocasión.

Ángel.

Pues yo buscaré invención

que della le sacará.

A Laurencio.

Clavela.

Dime, ¿cómo estás desnudo?

Morcón.

Porque el hombre apercebido

diz que ha medio combatido.

Laurencio.

Desnudarme el amor pudo.

Morcón.

Ninguno hace eso mejor

que el amor, por ser sin duda

que nadie mejor desnuda

que la noche y el amor.

Laurencio.

Supe que al jardín salías

que el cristal del Tajo riega

y bajéme por la vega

por ver esas luces mías,

y, impaciente de esperar

(que es impaciente el amor)

quise el fuego de mi ardor

en esas aguas templar.

Desnudéme desta suerte

para echarme al agua luego,

pensando echar agua al fuego

que se acrecienta con verte,

y en esto Morcón llegó,

que es de nuestro amor Mercurio.

Morcón.

Pienso que desto me injurio.

Laurencio.

Aunque ando medio

y así asióme así descompuesto,

que en mi tierra no dudo

que me hallara más desnudo

por poder llegar más presto.

Morcón.

¿Sabe algo de volteador

de maroma y de estacada?

Laurencio.

Nunca lo desnudo enfada

a quien ve que es amor.

Morcón.

Pesia tal, qué bueno fuera

andar los hombres desnudos

como en los principios rudos

se vivió en la edad primera,

que hubiera de malqueridas

que entonces fueran amadas,

y qué hubiera de adoradas

que fueran aborrecidas.

Dios se lo perdone a Adán,

que a sastres nos obligó,

pues que, desde que pecó,

introducidos se han.

A voces al Ángel.

Laurencio.

Mucho sube el sol y es tarde,

y estoy en los vuestros ciego.

Ángel.

Fuego, fuego, fuego, fuego,

fuego, que el jardín se arde.

Agua.

Suena dentro y fuego.

Abrázalos.

Laurencio.

Cogeré esta joya

y mis amados Penates,

y vos como fiel Acates

para sacarlos de Troya.

Clavela.

Vete, mi bien, que por pies,

que mi hermano vendrá aquí.

Ptog. 7

Laurencio.

Sin duda el fuego encendí

con el grande suspiro.

Clavela.

Vete y este abrazo toma.

Vase.

Laurencio.

Adiós.

Ángel.

Fuego, fuego, fuego.

Todos dentro: ¡fuego!

Demonio.

¿Qué fuego es este? Reniego

de ti.

Ángel.

Casi el de Sodoma,

fuego, fuego.

Clavela.

Ven, Morcón.

Vanse.

Demonio.

¿Estás loco, boquimulso?

Ángel.

Las aguas de otro diluvio

anieguen esta ocasión,

fuego, fuego, fuego digo.

Demonio.

Sin duda que tú estás ciego.

Ángel.

¿Fuego, fuego, qué más fuego

que el que traes siempre contigo?

Miro con atención, avisto

ser Eva y Adán los dos,

sierpe tú, yo Ángel de Dios,

que guardo este paraíso,

y como fuego no hallo

para apartarlos de aquí,

volví y hallé tanto en ti

que contigo los cegué.

Demonio.

¿Para apartar a aquellos dos

aquellas voces has dado?

Ángel.

Sí que a Laurencio he estorbado

estas ofensas de Dios.

Vanse.

Salen el Padre de Clavela, su hermano y hortelano con cántaros e instrumentos para matar el fuego.

Padre.

Allegad por aquí con esos cántaros.

Otro.

Fuego, fuego, Morcón.

Morcón.

Traigan jeringas

con que hacen medicinas a este fuego.

Otro.

¿Adónde el fuego está?

Claudio.

Por aquí, amigo.

Padre.

Mira, Morcón, la cama si se quema.

Otro.

¡Fuego, hola, fuego!

Otro.

¿Adónde está este fuego?

Padre.

Saca a tu hermana del jardín, muchacho,

y miren las pinturas, no se quemen.

Claudio.

¿Con qué se han de quemar?

Otro.

Fuego, agua, fuego.

Sale Clavela.

Clavela.

Padre, señor, hermano de mi alma.

Morcón.

Ven conmigo, Clavela, mi señora,

porque este fuego se convierte en humo

con que te andan dando humazo a tus deseos.

Otro.

No hay fuego en el jardín.

Clavela.

Miradme el alma.

Padre.

¿Qué ciega burla es esta?

Todos.

Fuego, fuego.

Clavela.

Callad, mal fuego a todos os abrase.

Morcón.

Señor gobernador, bravo gatazo,

quien hubiere visto o hallado

un fuego mal encendido,

por mal recaudo perdido,

venga, llevará su hallazgo.

Padre.

Huélgome que la pena pare en risa.

Morcón.

Pues la risa de alguno para en pena.

Claudio.

¿Quién ha sido el inventor de este fuego?

Morcón.

No sé, por Dios.

Claudio.

Por Dios, si lo supiera,

que me había de pagar la necia burla.

Otro.

Fríos hemos quedado.

Ptog. 8

Morcón.

Si no hay fuego,

Otro.

¿qué mucho quedar fríos

pues eso haremos?

Morcón.

¿D'este agua?

¿hay más de vaciarla?

Padre.

Regad aquellos cuadros, no se pierda,

y venid a almorzar.

Otro.

Bueno, me aplace.

Otro.

Buen fuego te dé Dios en el alma y en el cuerpo.

Morcón.

Fuego, fuego dan voces, fuego suena,

pesada burla, quemamos Clavela.

Vanse todos.

Salen dos pescadores con redes.

Pescador 1.

¿Traéis remendadas las redes?

Pescador 2.

Sí, Amintas, y yo te fío

que en el remanso del río

seguro tenderlas puedes,

porque no las vi mejores.

Pescador 1.

Pues caudaloso el Tajo va.

Pescador 2.

Pues hoy río vuelto será

ganancia de pescadores.

Que si bien su orilla fresca

los nadadores perturban,

y sus claras aguas turban

con que remontan la pesca.

Pescador 1.

Aquel escollo sombrío

que hace con la punta un arco,

quiero que suba el barco

y echar el tresmallo al río.

Pescador 2.

Ya sabes que el barco bogo

con ligereza gallarda.

Laurencio dentro.

Laurencio.

Jesús, Ángel de mi guarda,

Madre de Dios, que me ahogo.

Pescador 1.

¿Quién da voces?

Pescador 2.

Dios te valga,

pobre mancebo.

Hace que le ven.

Laurencio.

Ángel mío.

Pescador 1.

Como pez me vuelvo al río

para que a su margen salga.

Laurencio.

Que me ahogo.

Pescador 1.

Amintas, vuela

entre las olas turbadas,

y pues como delfín nadas,

como otro Arión le consuela.

Pescador 2.

Ya se sumergió una vez.

Laurencio.

Que me ahogo, Ángel de Dios.

Pescador 2.

Ya se ha sumergido dos.

Corta el agua humano pez,

desmayado y amarillo;

con la muerte y ondas lucha,

su ventura ha sido mucha,

pues encontró un arbolillo;

asióse a una débil rama

mientras Amintas llegó.

Sin duda se le antojó

su buen Ángel que le ama.

Abrazado a Amintas sale

medio vivo y medio muerto,

de arenas y algas cubierto

a oír el último vale.

Ptog. 9

Sale Laurencio abrazado al pescador Zafido. A un tramo de que tirará el Ángel, que llevará al cuello un rosario y en la una mano una capa. Y saldrá desnudo decentemente.

Laurencio.

Valgame Dios, que me ahogo.

Pescador 2.

Ánimo hidalgo cristiano.

Demonio.

Mi intento ha salido vano.

Ángel.

¿No ves que por el ahogo

esta rama le ofrecí

para que se asiese de ella?

Laurencio.

Virgen del Sagrario bella,

María, acordaos de mí.

Ángel.

Con justa razón la nombras

en este penoso paso.

Demonio.

Pese al fuego en que me abraso,

y a sus infernales sombras.

No la nombres, que te juro

de ahogarte si el río no oso.

Ángel.

No, que estoy de guarda yo

y él con mi guarda seguro.

Pescador 1.

Procura que el agua lance.

Pescador 2.

Dios lo haga como puede.

Pescador 1.

Si este bien nos concede,

llegado habemos a buen lance.

Ángel.

Dios, acordaos de la capa

de que en un pobre hizo empleo,

y sea la de Eliseo,

que de las ondas le escapa.

Y ved que el Rosario rezó

siempre a vuestra Madre hermosa,

y que ella como piadosa

pues escala se le hizo.

Porque en este desconsuelo

son sus cuentas escalones

por donde hasta los balcones

puedo subir de ese cielo.

Pescador 2.

Su peligro temo harto.

Laurencio.

Mi devoto Ángel, ¿no vienes?

Ángel.

Hijo mío, aquí me tienes,

que nunca de ti me aparto.

Demonio.

Pesar de quien le sacó

de entre el furioso raudal,

que estaba en culpa mortal

y que a su alma deseo.

Mas yo haré que venga aquí,

que en el jardín voces da

pensando si muere acá

el que está viviendo allí.

Ella al río le sacó,

y ella le habrá de vencer,

que a veces una mujer

puede mucho más que yo.

Ángel.

Deja la incierta conquista,

que podré hacer si la llamo

que esta hiel que derramo

le medicine la vista.

Demonio.

¿Eso cómo puede ser?

Ángel.

Como el yugo de amor grave

le haga Dios yugo suave,

dándosela por mujer.

Demonio.

¿No ves que el padre no quiere,

que en los dos no hay igualdad?

Sale Clavela.

Ptog. 10

Clavela.

Pues a dar vida volad

a mi vida que se muere,

¡ay, mi Laurencio!, ¡ay, mi bien!

Laurencio.

¿Es Clavela quien me nombra

o es de Clavela sombra?

que aun su sombra me hará bien.

Clavela.

¿Mi dulce Laurencio amado?

Laurencio.

¡Ay, hermoso clavel mío!

Clavela.

¿Qué es esto?

Laurencio.

Llegarme al río

como hombre desesperado.

Clavela.

¡Señor! ¿estáis de yelo?

Laurencio.

Amor mi ceguedad fragua;

desnudo me arrojé al agua

por apagar tanto fuego.

Clavela.

¡Ay, dulce Laurencio mío!

Laurencio.

Mi bien, reportaos por Dios,

no me queráis ahogar vos,

pues que no me ha ahogado el río.

Dos estos ojos serán

con su llorar importuno,

mi bien, si me ahogara uno,

dos vuestros mejor lo harán.

Y en sus luces considero

el farol que a Ero me guía.

Clavela.

Si viera muerto la mía,

fuera por vos otra Ero.

Pescador 1.

No es tiempo de eso, señora,

ved que es mejor que busquéis

lugar donde le abriguéis.

Clavela.

El del alma, donde mora,

mas porque en falta caeré

con mi padre que allí dejo

haciendo del Tajo espejo

donde muerta me mire,

os ruego que a su posada,

pues os es bien conocida,

la llevéis, que con mi vida

será esta amistad pagada.

Mi silla podéis tomar

de brazos.

Pescador 2.

Y la atraer.

Clavela.

Y mi casa de placer

es casa de mi pesar.

Pescador 2.

Lo que nos mandas haremos

sin más premio que servirte.

Levántale.

Pescador 1.

Segura puedes partirte,

de que te obedeceremos.

Clavela.

Adiós, mi bien, ¿cómo vais?

Llévanle.

Laurencio.

Después que esos soles vi

llover estrellas en mí,

voy como me deseáis.

Demonio.

¿De qué sirve ser de guarda

y despierta centinela?

Ángel.

Si Dios la ciudad no vela,

vela en vano quien la guarda.

Demonio.

Medio muerto le has puesto,

y con estar medio muerto

deja al que por él ha muerto

y a quien le ha muerto lleva.

Ángel.

Orden tengo que le guarde,

aunque más a Dios ofenda.

Vanse.

Demonio.

Muy tarde verás su enmienda.

Si viene, no viene tarde.

Ptog. 11

Clavela.

Tu muerte vives aquí

y aviva, muerta en ti, vivo,

pues en ti miro un muerto vivo

y una viva muerta en mí.

Al jardín quiero volverme

donde a mi padre dejé,

y dos fuentes le daré

hasta en fuentes resolverme.

Serán espinos sus flores,

sus arrayanes los dos,

sus fuentes las de mis ojos

y sus frutos, mis dolores.

Morcón.

Mi señora Clavela.

Clavela.

¿Quién me nombra?

Morcón.

Tu sirviente Morcón, tu capigorrigo

que te viene a vocar porque te voca

Dominus Pater.

Clavela.

Lindo gusto rompes.

Morcón.

Cuando sin el corazón titilo.

¿Per quam causam tus ojos perlifican

y de la pulcra frente candidata

mina de perlas, si hay de perlas mina,

por las bellas acequias olulatos

in longa vena disipadamente

se dejan resbalar en tus mandíbulas

tan puras y de aceradas lachrimonias?

Clavela.

¡Ay de mí triste, ay de mí, ay Laurencio!

Morcón.

¿Qué es esto de Laurencio? Vicit Dominus

que coraconis meis palpitabuntur.

Si este tu amante vive en negativa

negando el matrimonio de futuro

porque le diste gusto de pretérito,

y quier huiste, tempore presenti

o ay de vivos celorum contumelia.

Clavela.

No es esto, Morcón.

Morcón.

Pues, ¿qué, señora?

¿Sabe el Gobernador tu pater nobilis

o tu hermano tus tratos y contratos

con este gorrador de tus partículas?

Clavela.

No, mi Morcón.

Morcón.

Pues di, ¿qué hay de Laurencio?

Clavela.

Pienso que es muerto, ea.

Morcón.

¡Válgame el cieligo,

quién le occidió, que juro por tus óculos,

si sé quién perpetró tal acrimonia

que le tengo de hacer una invectiva

y un Cicerón meterle in suis visceribus!

¡Salga aquí este gallina que le occidit

que en romance y latín le desafío

cuerpo a cuerpo, le espero en la palestra!

Dime quién es, que por la cuba Sántula

apelada del vulgo Saguntina

(estigio lago de los bebedores

porque este es su inviolable juramento)

que si llego a saber quién le ha necado

le he de sacar atado a una carreta

donde entraré triunfando, sicut Cesaris.

Clavela.

En el río a nadar entró, no ha una hora

y dudo si la tiene ya de vida

que medio ahogado de sus olas fieras

le sacó un pescador y en una sábana

a su casa le llevan.

Morcón.

¡Oh agua pútrida,

tirana, sufocatrix de Christícolas!

Mal haya el que en su boca te tomare.

Ptog. 12

Morcón.

y no quiero decir para beberte

más ni aun para nombrarte solo trinca

o vino santo, plácido y alegrulo

o vino salutífero y beato

o divino, ¿pues sino divino?

para divinizar tu nombre basta

a quien jamás ahogaste, vino lindo

y si a alguno has de ahogar a mí me ahoga

que por vida tendré tu dulce muerte

pues eres hijo de vides, y das vidas.

Clavela.

Déjanos con estos disparates

y ve volando en casa de mi enfermo

a saber del estado de mis males

y pues que solo sabes mis secretos

guárdate de mi hermano no te encuentre

que viene de Laurencio receloso

pues si bien son amigos, ya le trata

con alguna sospecha de mi empleo

ve, que me ahoga el agua que le ahogara.

Morcón.

Al punto parto.

Clavela.

Mi Morcón, en breve.

Morcón.

Mal haya quien te nombra y quien te bebe.

Vanse. Y sale el Ángel.

Ángel.

Cuánto debes a mi amor

hombre y qué poco me pagas

pues que me duelen tus llagas

siendo incapaz de dolor.

Desde que a este común día

saliste te desengaño

te defiendo te acompaño

con incansable porfía,

llevarte siempre en mis palmas

para que a caso no tropieces

y tú en ellas desmereces

lo que ganarán mil almas.

Niño tu sangre guardé

de quien chupártela quiso

más crecido te di aviso

con que al bien te enderecé.

Un esclavo tropezó

que en sus brazos te llevaba

y mi amor que te guardaba

en estos te sustentó.

Por cierta calle pasaste

y una teja vi caer

tus pies hice detener

hasta que a tus pies la hallaste.

Determinado te vi

en una y otra ocasión

y antes de su ejecución

tu fealdad te descubrí.

Con santas inspiraciones

te regalo y acaricio

corro la cortina al vicio

cuando tú más se la pones.

Represéntote el infierno

para que temiendo no peques

y el temor en amor trueques

y ames a tu amante eterno.

Los peligros que en sí tiene

la vida que es sombra vana

la muerte siempre temprana

pues que nunca tarde viene.

Ptog. 13

Ángel.

Téngote ya reducido

a una atenta confesión;

si la haces de corazón,

albricias al cielo pido.

Sal, mi querido doliente,

cuya salud reparé,

pues del mal que te libré

estás bien convaleciente.

Sale Laurencio convaleciente y con él el Demonio, y el Ángel se le pone al lado.

Ángel.

Devoto y tierno suspira

a aquel cielo que te espera,

a aquel Dios todo de cera

que derretido te mira.

Dentro un Pobre.

Pobre.

Páguos, ilustre mancebo,

Dios con liberales manos.

Laurencio.

Tomad y creed, hermanos,

que menos pago que debo.

Mucho os debo, Señor mío,

mucho os debo y poco os pago,

beví de la muerte el trago

cuando me tragaba el río.

Prometí de temor lleno

una confesión bien hecha.

Demonio.

Ese cuidado desecha

pues que ya te sientes bueno.

Laurencio.

Mas pues que mejor me va,

quédese para después.

Ángel.

Hijo Laurencio, ¿no ves

que el Señor se indignará?

Laurencio.

Indignar a Dios es malo

y en mí grande ingratitud.

Demonio.

Repara más tu salud

y cuida de tu regalo,

deja esas melancolías

para cuando estés mejor.

Laurencio.

También es mucho rigor

melancolizar mis días.

Ángel.

Y si murieras ahogado,

dime, ¿qué fuera de ti?

Laurencio.

Pero, ¿qué fuera de mí?

Si me hubiera condenado.

¡Válame Dios!

Demonio.

Di, cruel,

Clavela, ¿qué pensará?

Laurencio.

Pero, ¿qué de mí dirá

mi regalada Clavela?

Ángel.

Que ya el deleite se fue.

Laurencio.

Mas ya el gusto se pasó.

Demonio.

Dime, ¿quién la deshonró?

Laurencio.

Dirá que la deshonré.

Demonio.

¿Cómo podrás no estar firme

en los gustos que has gozado?

Laurencio.

De los gustos que me ha dado,

¿cómo podré arrepentirme?

Ángel.

¿Y si su hermano te mata?

Laurencio.

¿Que ya tiene de ti celos?

Si Claudio con sus recelos

traidoramente me trata.

Ángel.

Vuelve a Dios.

Laurencio.

A Dios me vuelvo.

Ángel.

Postra al cielo las rodillas.

Pónese de rodillas, y el Ángel.

Demonio.

¡Pese a las perdidas sillas!

Ptog. 14

Demonio.

Y al infierno que revuelvo,

que este hombre se me arrepiente

y se va de mi prisión.

Como que reza.

Ángel.

Quiebre este corazón,

Laurencio, un dolor vehemente.

Tu oración he de subir

al cielo, esfuerza tu fe.

Demonio.

Calla, que parece que

le ayudas a bien morir.

Ángel.

A ayudarle siempre acudo,

que mi oficio lo requiere,

y si el hombre siempre muere,

a morir siempre le ayudo.

Y tú le ayudas también,

pero debes advertir

que tú nomás de a morir,

y yo solo a morir bien.

Haz actos de contrición,

suspira, gime, solloza,

mira que el cielo se goza

del hombre en la conversión.

Laurencio.

Señor, pequé contra vos,

y aunque contra vos pequé,

de vuestras entrañas sé

que son entrañas de Dios.

Sé que lágrimas las mueven

y que borran sus enojos.

Ángel.

Las lágrimas de estos ojos

los ángeles se las beben.

Ved este penitente,

Señor, y mirad que llora,

que yo sé que os enamora

quien con dolor se arrepiente.

Di, Señor:

Laurencio.

Señor.

Ángel.

A mí.

Laurencio.

A mí.

Ángel.

Me pesa.

Laurencio.

Me pesa.

Ángel.

Y más de que no me pesa.

Laurencio.

Y más de que no me pesa

Ángel.

Tanto como os ofendí.

Laurencio.

Tanto como os ofendí,

pero suplirá el valor

de vuestra pasión mi falta,

pues el dolor que me falta

os sobró a vos de dolor.

Es tal arrepentimiento,

y sé que os alegra a vos.

Ángel.

Llora, y espanta a Dios,

llora, que le das contento.

Demonio.

¡Oh, qué ángel tan bullicioso!

Ángel.

¡Oh, qué demonio tan necio!

Demonio.

No me trates con desprecio.

Ángel.

No seas tú licencioso.

Demonio.

¿Para qué es ir y volver

tantas veces de este a Dios,

pues cuanto aquí hacéis los dos

tengo yo de deshacer?

Ángel.

Gran gozo he de conseguir

si el Miserere dijere.

Laurencio.

Decir quiero el Miserere.

Demonio.

Esto no podré sufrir,

¿qué yo invención hallaré

con que turbe su sosiego

este mi impío fuego?

Pues ladrones fingiré.

Dicen el hombre y el Ángel un verso del Miserere.

Ptog. 15

Ángel.

Miserere mei, Deus.

Laurencio.

Secundum magnam misericordiam tuam.

Demonio.

¡Ladrones! ¡Hola, ladrones!

Ladrones.

Laurencio.

¿Qué es esto, cielos?

Demonio.

Ladrones. Al entresuelo,

deja aquellas oraciones,

ladrones.

Ángel.

Sosiégate,

que son vanas ilusiones.

Demonio.

Ladrones.

Laurencio.

¿Cómo ladrones?

Mi casa defenderé.

¿Y mi espada?

Sale corriendo y vuelve con una espada y rodela.

Demonio.

Fuese, en fin.

Ángel.

Este enredo, ¿a qué efecto?

Demonio.

Como tú el fuego que echaste

para echallos del jardín.

Como la devoción

que tanto corrido te has.

Ángel.

Dondequiera que tú estás

no puede faltar ladrón,

pues como ladrón quisiste

a Dios al cielo escalar,

si bien él te hizo arrojar

por la escala que pusiste.

A Adán la inocencia hurtaste,

a Eva la discreción,

a Caín la dilección

y a Abel la vida.

Demonio.

¿Acabaste?

Ángel.

Cuando en ti se acabe el mal,

pues condenado a galeras,

robaste con manos fieras

la justicia original.

Demonio.

Mil divinos hurtos hago.

Ángel.

Con que aumentas tu dolor.

Demonio.

Soy famoso salteador.

Ángel.

Mas sueles dar salto en vago.

Sale Claudio con un vaso de veneno.

Claudio.

No hallo a Laurencio en la cama,

¿si está levantado ya?

Vida al cielo le dará

porque de muerte a mi fama.

Perdió el decoro a mi honra,

a mi sangre, a mi amistad,

y con villana lealtad

quitó a mi hermana la honra.

Engañóme como amigo,

que es el engaño mayor,

y fue un amigo traidor

que es el mayor enemigo.

Mas vengaré mi deshonra,

y un día que he de matarle,

veneno tengo de darle

en el vaso de mi honra:

ya le vi de mi honra lleno,

mas como se la vació,

de honra le vació

y llenóle de veneno.

Beba Laurencio, bebí

lo que a mi medio le doy,

si a darle veneno voy,

primero me le dio a mí.

Vuelve Laurencio y va a dar a Claudio que estaba de espaldas.

Ptog. 16

Laurencio.

¿Cómo te atreviste a entrar,

ladrón, a robar mi casa?

Demonio.

Con esta espada le pasa.

Vuelve loco y tiénele el Ángel.

Claudio.

¿Pues qué es esto?

Laurencio.

Desatinar.

Jesús, ¿qué imaginaciones?

Claudio.

¿Pues qué es esto, amigo querido?

Laurencio.

Jurárate que había oído

que me robaban ladrones.

¡Válgame Dios, si te diera,

y aquí fuera tu homicida!

Clavela.

Por ser ladrón de tu vida

muy justo pago tuviera,

que tan adelante pasa

tu flaqueza.

Laurencio.

A esto se extiende.

Fiel Ángel, no te defiende,

esta espada te pasa.

Claudio.

Gracias a Dios.

Laurencio.

Juraré

que casi algún ladrón vi.

Clavela.

Yo lo seré; vuelve en ti.

Deja la espada.

Laurencio.

Vuelvo en mí porque en ti esté.

Demonio.

Yo te acepto este vaso

que es récipe de alma y vida.

Ángel.

Muy tuya es esta venida

y muy tuyo este caso.

Clavela.

¿Pues no te sientes mejor?

Laurencio.

Mucho, después que te veo.

Clavela.

Para estar como deseo,

toma y bebe este licor,

una pócima cordial

que conficionó Clavela,

que en mi gusto se desvela

porque me falta en tu mal.

Bébela, que si la bebes

tu mal diré que se acabó,

y que mi pena cobró

el descanso que le debes.

Toma el vaso.

Laurencio.

¿Quién sino tú, Claudio amado,

pudiera la vida darme,

y dándomela obligarme

a darte la que me has dado?

De ti la he de recibir,

pues se la quiero deber;

vivir tengo por beber,

y beber para vivir.

Clavela, a mi pecho paso

la vida que aquí te debo,

pues lo que en ti yo bebo

me envías en este vaso.

Vida y vidas sabes dar,

porque en fin das lo que eres;

mas cuantas vidas me dieres,

tantas te sabré tornar.

Clavela.

Bebe, que se pasará

su virtud si te detienes.

Ángel.

Tu muerte en el vaso tienes.

Demonio.

Tu vida en el vaso está.

Laurencio.

¡Qué imaginación tan triste!

Clavela.

¿En qué reparas?

Laurencio.

No sé.

Clavela.

Recibiste de mi fe

Ptog. 17

Va a beber.

Laurencio.

Impertinente Andriliste,

ya verás si me recelo.

Demonio.

Aquí nos hay más que esperar.

Derríbale.

Ángel.

El vaso le he de quitar

y dar con él en el suelo.

Laurencio.

Jesús, ¡qué grande desgracia!

Claudio.

La mía ha sido mayor;

¿pues qué te ha dado?

Laurencio.

Un temblor

que me yela y me desgracia.

Temblé, y el vaso ligero

cayó; pues mi dicha apoca,

pues con la vida a la boca

te puedo decir que muero.

Claudio.

En vano la suerte hice,

mas la maneja por quien pena,

pues no sale con el veneno

con sangre la sacaré.

Demonio.

Derramador de solaces,

Ángel.

¿son estos tuyos?

Demonio.

¿Pues cuyos?

Ángel.

Bien dices, porque los tuyos

de dar veneno los haces.

Claudio.

En harto mi amor estimas

y agradeces mi deseo.

Laurencio.

Basta verme cuál me veo.

Claudio, ¿por qué me lastimas?

La pócima no tomaba,

¿qué pude hacer más?

Claudio.

¿Qué más?

Si por matarme me das

el veneno que te daba.

Viene Morcón como que no ve a Claudio.

Ve a su amo y túrbase.

Morcón.

Laurencio, tu amada bella,

mi señora, tu querida

Clavela, que es tu sin vida

hasta ver si estás con ella,

me envía a saber de ti.

Y de mí, que muerto estoy

porque le he visto.

Laurencio.

Muerto soy.

Morcón.

Y yo también me morí.

Claudio.

¿Qué hay, Morcón?

Morcón.

Desgracia extraña,

él me peca de anhelión,

vici, domine, y Morcón,

que te ha cogido la araña.

A Morcón.

Claudio.

Este necio descubre

cómo veneno le daba,

hoy nuestra amistad se acaba.

Laurencio.

Finge, disimula, encubre.

Claudio.

Morcón, cuanto aquí me oyeres

concede con libertad.

Laurencio.

Él te saca la verdad.

Morcón.

Juraré cuanto quisieres.

Claudio.

No encubras lo que yo sé:

Clavela a saber te envía

qué efecto el licor hacía

que anoche le encomendé.

¿No es esto verdad?

Morcón.

¿Y cómo?

Jamás vi verdad mayor.

Laurencio.

Pues dile que este señor

lo tomó cual yo lo tomo.

Ptog. 18

Laurencio.

que queriéndolo beber

se le cayó de la mano,

que su cuidado fue en vano

y más lo que quise hacer,

esta la respuesta es.

Quedose.

Laurencio.

A mi señora Clavela,

que en mi salud se desvela,

dirás que beso los pies.

Morcón.

Dijo que luego allá fueses,

si estás bueno.

Laurencio.

Bueno estoy.

Morcón.

El jardín a abrirte voy,

muchos años se los beses.

Claudio.

¡Ay honor, ay ruin hermana,

falso amigo, mal sirviente!

Morcón.

Voyme.

Claudio.

Nada desto cuente

el vil a aquella villana.

Morcón.

Pespuntaréme la boca.

Vase Morcón.

Claudio.

Tantos rebozos abrir

que no puedo no decir

la liviandad de esta loca.

Que esta noche vaya allá,

me parece, le advirtió;

si él va, y uno que llegó,

que la postrera será.

Laurencio.

Mucho debes a mi hermana,

dudo que pagar podré.

Claudio.

Sí harás, que yo cobraré,

y quizá antes de mañana.

Laurencio, ¿mejor estás?

Laurencio.

Y para servirte bueno.

Claudio.

Yo estoy de cuidados lleno.

Quédate a Dios.

Laurencio.

¿Dónde voy?

Claudio.

A ver a cierta señora

que celoso me desvela.

Laurencio.

¿Acaso conoceréla?

Claudio.

Sí, dirás que es amadora.

Laurencio.

¿Has de ir solo?

Claudio.

Bien podré,

pero tú allá te hallarás.

Laurencio.

¿Cómo, enfermo?

Claudio.

Como estás,

donde quiera que yo esté,

y podré muy mal sin ti

alcanzar lo que pretendo.

Laurencio.

Iré contigo.

Claudio.

Yo entiendo

que siempre tú vas en mí.

A Dios.

Laurencio.

Él vaya contigo,

por mi mal no te acompaño.

Como que se va.

Vase.

Claudio.

Ese fuera exceso extraño,

vuelve seguro, te digo.

Tú no te quedas de mí,

porque antes que salga el día

lavará la infamia mía

la vil sangre que hay en ti.

Cuatro bravos hallaré

destos rasgados que son

matantes en la opinión

y a tu puerta los pondré,

para que al salir o al entrar

en tu casa, este villano

si le errare esta mano

en las suyas venga a dar.

Pensamientos son honrosos

en defensa de mi honor,

que Laurencio me es traidor

y aun traidor, cuatro alevosos.

Laurencio.

Parece que se recela

Claudio de mí; pero yo

iré donde me mandó

mi hermosísima Clavela.

Ptog. 19

Laurencio.

¿si en el vaso que quebré

veneno acaso me daba?

¿qué incivilidad tan brava,

tal dije, tal sospeché?

mi bien me mandó llamar,

luego a verla quiero ir.

Vase.

Ángel.

Mira que vas a morir.

Demonio.

Si no es que vas a matar.

Vanse y salen Morcón y Clavela.

Clavela.

¿Eso pasó?

Morcón.

Fiel corzo.

Clavela.

Pero no que aquí viniese,

dudo que en el vaso fuese

que dices, pues se quebró.

Morcón.

No sé más, que atestigua

que tú el badulaque hiciste.

Clavela.

¿Que viniese le dijiste?

Morcón.

Dudo que a la puerta esté.

Clavela.

¿Sospechó mi hermano acaso

de lo que de ti escuchó

siquiera bien?

Morcón.

¿Qué sé yo?

Dificultad tiene el caso,

no se dio por entendido

al menos de mi recado

porque en el vaso quebrado

todo estaba divertido.

Clavela.

¿Qué sospechará de mí?

Morcón.

Lo que quisiere podrá.

Clavela.

Antes que embarcarla,

¿no vieras si estaba allí?

Morcón.

Cegáronme las albricias,

y así ciego tropecé,

y sin ellas me quedé.

Clavela.

Y tú sin lo que codicias.

Y aun el agua a la boca,

a fondo se va mi honor.

Sale Laurencio.

Laurencio.

No, que está aquí un nadador

a quien la cara le toca,

abracaos a mí y saldréis.

Como enfadada.

Clavela.

Peligraremos los dos,

que si os ahogáis solo vos

mejor con los dos lo haréis.

Laurencio.

Si cordeles me dais,

podréis ahogarme con él.

Clavela.

Mejor será a tiros de él,

supuesto que mal nadáis.

Laurencio.

Miré atento este sol mío,

y sentí abrasarme luego,

y para apagar el fuego

fue menester todo un río.

Clavela.

Si sois sol, bien me eclipsastes,

pues que mi luz muerta vi,

que más lágrimas vertí

que gotas de agua tragastes.

Hace que se va.

Laurencio.

Detened, mi bien, el paso,

que si pretendéis matarme,

excusado fue enviarme

de licor precioso el vaso,

e hice bien de no beberle.

Clavela.

Muy bien a lo que sospecho,

si como yo le había hecho

fue mucho mejor verterle.

Morcón.

Sepamos ya qué hacer

antes que acierte a venir

Claudio, y le haga diferir,

¡pardiez!, antes de comer.

Laurencio.

Morcón tiene harta razón.

Morcón.

Yo de los moscones vengo,

que moscón es mi abolengo,

porque soy un gran moscón.

Laurencio.

Y como tal os aviso.

¿Heme de enojar, mi bien?

Ptog. 20

Demonio.

Su hermano entra aquí muy bien,

que esto es ya de improviso.

Ángel.

Cuando sucediere tal,

sabré yo guardarle de él.

Laurencio.

Tus flores son de clavel,

tus espinas de rosal.

Clavela.

No habéis de nadar jamás.

Laurencio.

Digo que no nadaré.

Llama Claudio.

Claudio.

Abre aquí.

Clavela.

Triste, ¿qué haré,

que este es mi hermano?

Morcón.

¡San Blas!

San Panuncio, san Andrés,

san Lucas, san Serafín.

Laurencio.

Mi tragedia llegó al fin.

Morcón.

Mal olemos todos tres.

Laurencio.

Entrome en este aposento.

Éntrase.

Clavela.

Mira, pues el de mi hermano.

Ángel.

No fue mi recelo vano.

Demonio.

Logróse mi pensamiento,

que aquí no podrás librarle.

Ángel.

Libraréle aunque te pese.

Clavela.

Mas, con tu turbación, cese,

abre, no espere en la calle.

Morcón.

Él me sacude las faldas,

¿un hombre ha de temer tanto?

Diga, ¿sabe de algún santo

devoto de las espaldas?

Entra Claudio.

Claudio.

Abre, Morcón, buena pieza.

Aparte.

Clavela.

Importa disimularme.

Hermano.

Claudio.

Vengo a acostarme.

Clavela.

¿Duélete algo?

Aparte.

Claudio.

La cabeza.

Quiérome entrar a acostar,

y asegurar a los dos,

y a la una o a las dos

podré la cama dejar.

Morcón.

¿Qué te turbas y retiras?

Demonio.

¡Bien lo revuelvo y perturbo!

Claudio.

Tú, Clavela, ¿qué me miras?

Clavela.

Mirábate este ojo.

Claudio.

¿Duélete algo?

Clavela.

No, clavel,

una espinilla hay en él.

Laurencio.

Que te hará por fuerza enojo.

Si Claudio se entra acá dentro,

vive Dios que he de matarle,

que no tengo por cordura

esperar a que él me mate.

Clavela.

Llega acá.

Claudio.

Míralo bien.

Clavela.

Cierra el ojo.

Claudio.

Que me place.

Claudio.

¿Por qué me tapas el otro?

Cúbrale los ojos.

Clavela.

Para sacar la espinilla.

Laurencio.

No la siento.

Clavela.

Pues es grande,

tanto que aun a mí me ha herido.

Claudio.

Aprieta bien.

Clavela.

Que me place.

Laurencio.

¿A quién digo, espina mía?

Clavela.

¿Qué quieres?

Buen suspirito.

Laurencio.

Y aun no estoy de él muy seguro.

Va saliendo Laurencio, y el Ángel a su lado.

Claudio.

¿Sale la espina?

Clavela.

Ya sale.

Vete, y vuelve, espina mía.

Laurencio.

De mi vista no te apartes.

Morcón.

No hay Argos con tantos ojos

a quien Mercurio no engañe.

Ptog. 21

Clavela.

Sal, espina de mis ojos.

Claudio.

Aprieta bien.

Clavela.

Que me place.

Claudio.

¿Salió?

Vase Laurencio.

Clavela.

Poco falta.

Claudio.

Pése a mi linaje,

Clavela.

que me has quebrado los ojos,

por ellos puedo jurarte

que la tuve ya en el alma.

Claudio.

Hermana, tu causa haces,

¿qué era?

Clavela.

Muy grande nada.

Claudio.

¿Muy grande una espina?

Clavela.

As de un aire,

pues a salir tan presto

quizá pudiera matarte.

Demonio.

Digo que asombrado quedo

de lo que una mujer sabe,

y puedo, siendo demonio,

ser aprendiz de sus artes.

Ángel.

Parece esta traza mía.

Demonio.

Encubridora es un ángel.

Ángel.

No más, pues en el peligro

debo procurar librarle.

Morcón.

¡Qué me hiciera una brújula

de lo que esta mujer hace!

Vivís, dóminus, que temo

no me haga andar por los aires.

Claudio.

Clavela, déjame solo,

y tú, Morcón, puedes quedarte.

Morcón.

Mi señora, haga invisible

los palos que quiere darme.

Clavela.

Amigo Morcón, di nones.

Morcón.

Si los palos me da a pares,

¿cómo podré nonear?

Clavela.

Llora primero que cante.

Morcón.

Habrá una espina traída

que del otro ojo le saque;

que, vive Dios, si me aprieta,

que he de vomitar verdades.

Claudio.

Acostarme voy, hermana;

cuida que el sueño me guarde,

por mi dolor de cabeza.

Clavela.

Será mi cuidado grande.

Morcón.

Linda cebada comí.

Clavela.

Fiel, uno no fue cobarde

que puede temer en ti.

Morcón.

Se nos va a hacer de vinagre.

Claudio se hace cruces.

Clavela.

Claudio, ¿de qué te haces cruces?

Morcón.

Si de cuernos tus pilares,

Clavela.

Por mi vida, ¿de qué, hermano?

túrbase algo.

Claudio.

Escucha, y no te espantes.

Con decirte dos mentiras

sabré de ella seis verdades,

que le saldrán a los ojos

pulsos de las voluntades.

Salía de ver a Laurencio

ya mejor de sus achaques,

y al salir, topé una dama

de gentil persona y talle;

díjome: «Pues sois amigo,

decid a mi ingrato amante

que me restituya el honor

que falso supo robarme,

que a sí mismo se me dé,

pues él solo mi honor vale;

que Dios le libró del río,

porque conmigo se case.

Que la cédula me cumpla,

pues que la firmó con sangre;

de dos hijos que me espera

por pedazos de su padre.

Esto dijo», y yo roguéla

que se desarebocase,

y dejándome confuso,

de mí llorosa se parte.

Clavela.

¡Ay, traidor! ¿Quién puede ser?

Claudio.

Note.

Clavela.

Ocasión es notable.

Claudio.

El fuego le hierve en el seno.

Clavela.

Fuego en el seno me echaste.

Claudio.

Bien pienso que disimulo

mis penas y mis pesares,

pero yo los cogeré

como el alano suele al ave,

y cuando de estas manos

por mi desdicha se escape,

dará en las de aquellos brazos

que le rindarán la calle.

Morcón.

¿Soy aquí más menester?

Vase.

Claudio.

Ve y llama quien me descalce.

Morcón.

El alma se vuelve al cuerpo,

al rostro el vino y la sangre.

Ptog. 22

Clavela.

Muerta soy.

Morcón.

Yo voy contento

y mis costillas cabales;

el campo tengo seguro,

ya no hay de qué recelarme.

Clavela.

¡Ay, Morcón!, que me ha vendido

este Sinón infame.

Vengaréme, vive el cielo.

Morcón.

Yo sacaré la de Juanes.

fin de la 1ª

Jornada segunda

Ptog. 23

Salen de noche cuatro bravos, los de las espadas desnudos

Rufián 1.

Sois honrados aquí,

el hombre ha de perecer.

Rufián 2.

A conciencia se ha de hacer

esta muerte, ¿óyenlo?

Rufián 1.

Sí.

Rufián 2.

A Claudio satisfaremos,

que es honrado y es bien quisto,

y estas almas con Cristo

a las veinte se le enviaremos.

Rufián 1.

Pues si es hidalgo aspa del

que en fin tendrá que cenar.

Rufián 2.

Por aquí suele pasar.

Rufián 1.

Perezca el hombre.

Todos.

Perezca.

Laurencio de noche, Ángel y Demonio

Laurencio.

¡En qué peligros paso

hoy! ¡qué singular lance!

Cómo a Claudio no maté,

cómo a él no me mató.

A los bravos

Demonio.

Claudio, mi señor, me envía,

y por mí a los cuatro advierte

que al que tienen de dar muerte

es este.

Rufián 1.

Si viva te salpica

Demonio.

Y el diablo

Rufián 2.

Que lo lleve

hable bien o llevará.

Ptog. 24

Clavela.

en la honra a Claudio toca

en cobrar lo que se le debe

y por mí se lo suplica.

Morcón.

Mejor se lo matarán,

que es medio más galán

y que la mejor botica.

Va a pasar, dice el Ángel.

Ángel.

¡Ay, pobre de ti, que has dado

en las manos de la muerte!

Mas tengo de defenderte

y asistir siempre a tu lado.

¿Quién va allá?

Laurencio.

Sí va.

Ángel.

¿Quién va?

Laurencio.

Gente de paz.

Ángel.

Eso no,

que de esa gente soy yo,

que soy quien siempre ha de

El Laurencio.

Laurencio.

¿Quién sois vos

que eso me preguntáis?

Ángel.

Quien

desea vuestro bien

y os quiere muy bien, por Dios.

Desde el día que nacistes,

que más viejo que vos soy,

tan amigo vuestro estoy,

aunque no me conocistes.

Que vuestra vida deseo

y muy buena os la procuro,

y porque estéis más seguro,

porque en gran peligro os veo;

porque cuatro embozados

miro resueltos, de suerte

de daros temprana muerte,

quizá por vuestros pecados.

Y ruego que a instancia mía

esta calle no paséis,

aunque si pasar queréis,

os he de hacer compañía.

Que he de estar a vuestro lado

hasta la muerte, y creed

que me haréis grande merced

y que lo tomáis acertado.

Laurencio.

¿Quién sois, caballero?

Ángel.

Yo,

vuestro amigo, tan amigo

que de algún vuestro enemigo

quizá guardando os estoy.

Laurencio.

¿A mí, conocéisme bien?

Ángel.

Y cómo. Pluguiera a Dios

que os conociera de vos

como yo os conozco, amén.

Tan ciego llegáis a veros

que con razón lo dudáis,

que los pasos en que andáis

no son para conoceros.

Laurencio.

¿Qué pasos?

Ángel.

Tan buenos son

a los que ahora salís,

pues creed que si vivís

quizá es por mi intercesión.

Laurencio.

Tanta gracia referís.

Ángel.

Sí, a fe.

Laurencio.

Quiero agradecello.

Ptog. 25

Ángel.

Mal podéis, que estáis sin ella,

que es lo que me pena a mí.

Retiraos, porque sospecho

que aquellos hombres se han de acercar

y ver cómo os cercan,

que os dejen pedazos hecho.

Laurencio, volvéis a falla,

y creed a un buen amigo:

mirad que vuestro enemigo

por vuestra mala noche pasa.

Laurencio.

Huir será cobardía.

Ángel.

No será, sino cordura,

que esperar será locura

y no esperar valentía.

Laurencio.

No sé qué siento en el pecho

que me obliga a respetaros.

Ángel.

Puede mi amor obligaros,

Los dos.

Que se nos vuelve sospecho.

Pónese delante el Ángel.

Morcón.

¡Muera el vil!

¿Por qué no esperar?

Ángel.

Huye, Laurencio.

Laurencio.

¡Ay de mí!

Morcón.

¡Pese a hombre!

Demonio.

¿Aquí estás?

Ángel.

Sí,

porque él viva y porque mueras.

Morcón.

¿De mi pereza te ríes?

¡Válgame hombrecillo mocoso!

Furia, enojo, fuego, ahogo.

A brazos.

Demonio.

Yo tengo furia y fuego.

Mataréle.

Ángel.

¿A mí?

Demonio.

Y a Dios

le matara si pudiera,

para que desta manera

me vengara de los dos.

A los brazos.

Danle.

Ángel.

Porque sepas si te temo,

he de hacer que estos brazos,

que tienes por mis esclavos,

se fatiguen por blasfemo,

y de fatigarte me afrento,

y así en mis obras crueles,

haré a estos hombres viles

verdugos de tu tormento.

Éste es el que mi Señor

(a los cuatro) por mí condena;

dejo de sus culpas la pena

porque este es el malhechor.

Éste es el que si pudiera

a mi Señor deshonrara,

de la silla le quitara

y su vida pretendiera.

Pretendió su paraíso,

que es lo que supo querer,

y quiso subir a ser

y bajó a lo que no quiso.

Castigad a aquel ingrato,

falso, fementido, aleve.

Demonio.

¿Cómo, el hombre se me atreve?

A todos veréis que mato.

¡Ay, pesar de los cielos!

¿Y quién de vos me arrojó?

Ptog. 26

Cae.

Demonio.

Este soberbio lazo

caí al eterno desconsuelo.

Ángel.

El pie en el lazo metiste,

que para Laurencio armaste,

en la cueva que labraste,

cual David de Goliaste.

Horca para Mardoqueo

levantó Amán desdichado,

y quedó Amán de ella ahorcado,

que es lo mismo que aquí veo.

Al Demonio.

Morcón.

¿Es hecho? ¿Con quién hablo?

¿Qué quieren?

¡Qué halladera,

que sombrita le pusiera,

y huyera del pie del diablo!

Aun si fuera el diablo mismo,

que diablos no temo yo.

¡Arrenegue,

diga ox!

Demonio.

¡Sórbame el ciego abismo!

Y con cautelas y modos,

astucias, peligros, daños,

dobleces, fraudes, engaños,

no me ampare de todos.

Ángel.

Sus penas asaz mayores.

Demonio.

Esas penas son mis gozos.

Ángel.

No dirás que aquí los justos

pagan por los pecadores.

Demonio.

Vuelvo; pues le he de armar

de peligros y ocasiones.

Vanse. Laurencio turbado.

Ángel.

De los crueles leones

le procuraré librar.

Sale el Ángel y el Demonio.

Laurencio.

Notablemente he corrido,

y dolorido y cansado,

que de huir de un hombre honrado

quedo cansado y molido.

No quería mejor morir

que no venir como vengo,

pues de mí vergüenza tengo,

que en fin huir es huir.

Mucho quisiera saber

quién sería el rebozado

de mí tan aficionado,

que a fuerza me hizo volver.

Un ángel bueno sería

el hombre que me animó,

aunque, pues me conoció,

culpará mi cobardía.

¡Oh, válgame Dios, qué de lazos

que me pone el enemigo!

Ángel.

Si hiciera lo que le digo,

todos los haría pedazos.

Laurencio.

¿Qué he de hacer?

Ángel.

Atropellad

los deleites engañosos.

Demonio.

Que los ratos preciosos

no se pueden olvidar.

Laurencio.

¿Quién habrá que deseo no tenga

del gusto que al alma abrasa?

Ángel.

Quien ve que el gusto se pasa,

antes que a ser gusto venga.

Laurencio.

Mil veces puedo decir

que se pasó sin llegar,

Ptog. 27

Demonio.

No le puedo ver reposar

y ha de volver a venir

Laurencio.

Mil veces pecar te puedo

y si haces que sea durable

La muerte

Ángel.

La muerte es bien que le hable

para que le meta miedo

Laurencio.

¡Ay muerte amarga

cómo me hielas los pechos!

Demonio.

Que te estragan sus disgustos

si te espera vida larga

Laurencio.

¡Qué sueño tan pegajoso!

Demonio.

Mejor es estar en vela

si os deja ir a ver a Clavela

Duérmese

Laurencio.

Que venzas, será forzoso

¡Oh sueño, qué necio estás

con la condición que tienes!

cuando no te quiero vienes

cuando te quiero te vas

Ésta sí, llámese vida

venido para vencerme

triste hermano de la muerte

y muerte de nuestra vida

Demonio.

Ya el sueño le tiene muerto

que en dormir le has pretendido

Ángel.

Haré que escuche dormido

lo que no puedo despierto

Demonio.

En vano le persuades

los consejos que le inspiras

pues pueden más mis mentiras

con él, que no tus verdades

Ángel.

Bien tengo que de él espere

que aún no ha el acto consumado

va a ahogarle y luchan

Demonio.

Y es caso averiguado

que quien mal vive, mal muere

y se ha de morir, o así

déjame ahogarle

Ángel.

¡Oh villano!

no pongas en él la mano

mira que la pondré en ti

que si él duerme, yo le velo

y de ti le libraré

Demonio.

A tu pesar le ahogaré

y a pesar de todo el cielo

Ángel.

¡Oh soberbio!

Demonio.

Celos de él

que tuviste a derruir

del cielo

Cae el demonio

Ángel.

Ni su fin

siempre preparas a él

abátete ingrato

Demonio.

¡Oh pesia!

Ángel.

Aun hablas viendo crüel

que estoy como a Micael

pinta la sagrada Iglesia

Demonio.

Vengarme he en este de ti

Ángel.

Poco te enmiendas, demonio

Demonio.

¿Puedo yo?

Descúbrense las apariencias y las almas

Ángel.

Di no, siempre ha de ser no

como siempre sí, mi sí

¿qué es esto?

Ángel.

Secretos son

que le descubro soñando

Ptog. 28

Sorda representando

en esta selva de honor.

Cantan uno dentro.

Música.

Quien duerme recuerde,

recuerde quien duerme.

El que atado a la hermosura,

que en ella si no es ensueño,

no hace de su alma dueño

y que como sueño dura,

busque al sueño la blancura,

mire el peligro que tiene

quien duerme recuerde.

Aparecen el Alma del Infierno por el tablado ardiendo; la del Purgatorio entre fuego llorando; la del Cielo gloriosa. Serán personas vivas; del otro lado la apariencia como se dice en romance.

Estremécese.

Ángel.

Mientras duermen los sentidos

que son ministros del alma

y de la labor del día

los lleva el sueño a la cama,

mientras el alma está

en su quietud retirada

y deja de dar audiencia

a especie y semejanza.

Mira dormido Laurencio

en estas vivas estampas

de tu vida los peligros

y los que al morir te aguardan.

Como Faraón dormido

mira las catorce vacas,

siete gruesas de tus bienes

y de tus males siete flacas.

Como el rey Nabuco mira

que tu vida es una estatua

que tiene los pies de lodo

porque todo en lodo para.

Mira que aunque por Joseph

el sol rubio y luna blanca

y las estrellas te adoren

que son tus glorias soñadas.

Aquel hombre mira asido

que pende de aquella rama

cuyas raíces unos gusanos

blancos y negros socavan.

El arbolillo es la vida,

los gusanos que la gastan

si son blancos son tus días,

si negros tus noches pardas.

Mira sobre tu cabeza

un ángel con una espada,

que es el juicio de Dios

que con rigor te amenaza.

Airado mira tus culpas

que contra ti al cielo claman,

porque los gustos del hombre

son fiscales de su causa.

Al otro mira la muerte

afilando su guadaña

que espera que la mies rubia

esté más madura y cana.

Mira al tiempo que tu vida

pone en una de sus alas,

y de su reloj de arena

arena te da contada.

A los pies para abrasarte

mira serpientes y llamas.

Ptog. 29

Laurencio.

gloriosas y horribles visiones,

fuego eterno, eternas ansias,

y en medio de estos peligros

cuando en todo guerra y armas,

por mapa de mis trabajos

veas mares de retama,

la miel en el vis de ley, rey,

la que es el clavel que amas,

clavo que esclavo te ha hecho,

y que clavo hierra al clavo.

Laurencio.

Váleme Dios, ¡qué de males

me buscan, cercan y asaltan!

espada, muerte, juicios,

tierra, cielo, sierpes, llamas.

Ángel.

Vuelve, dormido Laurencio,

y mira aquellas tres almas,

que una de ellas has de ser.

Laurencio.

Jesús, Ángel de mi guarda.

Ángel.

Mira aquella miserable

que arde entre infernales brasas,

rodeada de demonios,

de Dios desacompañada,

cuya vida es muerte viva,

que es muerte que vive y mata,

cuya muerte es vida muerta

porque muere y nunca acaba.

Laurencio.

¡Qué desesperada visión!

porque la sangre me cuaja;

quiero huir y no puedo,

Jesús, Ángel de mi guarda.

Ángel.

La otra mira en otro seno

que está bebiendo sus lágrimas,

que cual fénix se renueva

entre el fuego que la abrasa.

El purgatorio es taller

donde las piedras se labran

para el edificio eterno

de la Jerusalén santa;

en esta oficina purgan

algunas pequeñas manchas,

de cuyo crisol saldrá

hecha de oro puro un alma.

Mi ángel bueno la lleva

misas, sufragios, plegarias,

que con la sangre de Cristo

todo cuanto debe paga.

Laurencio.

¡Qué dolores tan vehementes

esta alma afligida pasa!

ardores, suspiros, llantos,

amores, ausencias, ansias.

Ángel.

La que cerca da del sol,

vence en hermosura al alba,

y de la gloria que goza

esparce rayos de gracia.

Es la que a llegar segura

a Dios mira cara a cara,

y en aquel piélago inmenso

vive bienaventurada.

Laurencio.

¡Venturosa mil veces!

que de estrellas coronada

gozas de Dios la hermosura

que harta siempre y nunca harta.

Ángel.

Laurencio, mira por ti,

que al cabo de la jornada

Ptog. 30

Ángel.

desta misma ha de ser

intermedia, buena o mala

y no se excuse bien

alienta tus esperanzas

gime tus daños presentes

llora tus glorias pasadas

haz continuas oraciones

macera tu carne flaca

reza el rosario divino

al Ave María de gracia

haz sobre todo limosna

que, dada a Dios, las manos ata

porque el todopoderoso

con una limosna bien dada

yo soy paje que te sirve

un ayo que te acompaña

un preceptor que te enseña

un soldado que te guarda

una luz que te alumbra

que te vela una atalaya

un adalid que te guía

un natural de tu patria

un amigo que te sufre

un hermano que te ama

un padre que te acaricia

un pastor que te regala

un viejo que te aconseja

un mancebo que te trata

un valiente que te defiende

un sabio que te desengaña

tenme respeto, Laurencio

y en mi presencia no hagas

lo que si en la de un hermano

hicieras, te avergonzaras

Demonio.

¿Para qué tantas razones

tan inútilmente gastas

en un sueño, pues que sabes

que como sueño se pasa?

(Desparecen las demostraciones y despierta)

Laurencio.

¡Válame Dios!, ¿qué es esto?

Demonio.

Un sueño, una sombra vana

que solo en que abras los ojos

consiste ser todo nada

Laurencio.

¡Oh, qué brava pesadilla!

Ángel.

Es la verdad muy pesada

Demonio.

Mira que espera Clavela

en tus gustos desvelada

Laurencio.

¿Clavela me espera?

Sí, iré a verla

Ángel.

No vayas

teme el fuego y las llamas

Laurencio.

Mucho el sueño me acobarda

Demonio.

¿Tanto te amilana un sueño?

Laurencio.

Tanto un sueño me amilana

Ángel.

Mira que Dios te habla en él

Laurencio.

Si Dios me habla en él

Demonio.

Ve esta noche solo a verla

y aborrécela mañana

Laurencio.

Iré a verla esta noche

mañana pondré cuidado

tomo resolución

pues que le di mi palabra

de irla a ver y confesarme

de todo esta semana

Vase.

Ptog. 31

Clavela.

Bien toca con son divino,

pues como ovejuela mansa

la llevo donde se pierda.

Ángel.

Sabrá el buen pastor buscarla.

Salen Clavela y Morcón, atados los brazos, y un esclavo tirando de él.

Clavela.

La verdad diga el ladrón,

o apriétale.

Morcón.

No me apriete.

Clavela.

Di la verdad alcahuete.

Morcón.

Como me apriete a Morcón.

Clavela.

Apriétale porque cante.

Morcón.

Nunca cantan los Morcones

sino nones, digo nones.

Clavela.

La verdad diga el bergante.

Clavela.

Háblenle.

Morcón.

No adivino.

Clavela.

Tira, hasta que salte sangre,

aprieta, salte la sangre.

Clavela.

Primero saltará el vino.

Morcón.

Que me derrito, reniego.

Esclavo.

No aprietes,

yo soy el juez.

Clavela.

Derretiráse la pez

con que está adobado el cuero.

Morcón.

Hacedlo mi mal donaire.

Esclavo.

No apriete.

Laurencio.

Hago mi oficio.

Clavela.

Quiere sacar al cuero el aire.

Pues eres hombre de bien,

dinos la verdad, Morcón.

Morcón.

Yo, hombre puesto en razón

cuando me llevan por bien.

Nos manda aquel de perrengue

que me suelte.

Clavela.

Suéltale.

¿dirás verdad?

Al esclavo.

Morcón.

Sí diré:

buscaré como me vengue.

Yo soy un moro gallego,

tal cual al señor le plugo,

capigorrón, muy leal,

entre bacetines y lobunos.

Mi madre fue una mujer,

porque se ha puesto en uso

el parir siempre las mujeres

que no pare hombre ninguno.

Nací, y a mis padres,

debí de nacer desnudo,

que allá no nacen vestidos

aunque visten los difuntos.

Criéme entre otros muchachos,

no pienso que blancos, rubios,

sino mestizos, mandingas, indios,

entre cafres y guineos.

Estuve sin saber hablar

hasta que llegó el ayuno,

porque de diez y seis años

aún se rapaba el pandero.

Mamé hasta el tiempo que pude,

demasiado mi mendrugo,

pues para mamar con orden

sola mi madre me trajo.

Ptog. 32

Clavela.

¿Qué disparates son estos?

No te turbes.

Morcón.

No me turbo.

Clavela.

¿Perdióle?

Por mi deshonor pregunto,

di la verdad.

Morcón.

Verdad digo,

y por verdad te la juro.

Clavela.

¿Perdió mi hermana el honor?

No te turbes.

Morcón.

No me turbo.

Clavela.

¿Perdióle?

Morcón.

Estaba yo allí.

Dígalo ella que lo probó.

Clavela.

Vive el cielo, si no dices

si hizo el amoroso hurto

Laurencio y burló a mi hermana,

que he de hacer en tus dos muslos

Amenázale con una daga.

Morcón.

¡Tente! La verdad sea dicha.

El diablo sea sordo y mudo.

Al pan como él se quisiere,

mas el vino añejo y puro.

Entre las diez y la una,

cuando está borracho el mundo,

y se sorbe la lechuga

y le da la vaya el búho,

Clavela me despertó,

y vive Dios que hizo mucho,

porque fue como saltar

un muerto de su sepulcro.

Para poder despertarme,

de aquí para allí me trajo,

ya buscándome dos locos,

como al que juega al columpio.

A llamar me envió Laurencio,

que es causa de este disgusto,

y el que entre los dos negros

ha anegado el honor tuyo.

A estas horas poco menos

en el jardín se ven juntos,

yo te he dicho el daño llano,

echa ahora el contrapunto.

Vase.

Clavela.

¡Plegue a los cielos, que vea

a la ingrata y al perjuro!

Al listano.

Morcón.

Voy a avisarlos si puedo,

paparé, y me lo disimulo.

Salen Ángel, Demonio, Laurencio y Clavela.

Demonio.

Yo sé una funda, cabrón,

que yo te he de hacer caer.

Laurencio.

Si soy tuya, ¡oh! di mujer,

de dulzura, y a palabra.

Clavela.

¡Oh, qué bien, pídele a falsos

cuentas, y os las da sin razón!

Cumple con tu obligación,

de las mías no hagas caso.

Vete a quien te prometiste,

de mi ofensa te absuelvo,

cuanto me has dado te vuelvo,

no sé que no me lo diste.

Si yo sé, mi desdicha,

cuando me tienes por tuya,

vida, el cielo me destruya,

si otra que tú lo ha de ser.

Ptog. 33

Clavela.

Mi merecido me tengo,

que como quien eres da,

del menos se saca a más

y de más a menos vengo.

Quisiste igualar a mí,

que mi ser, y igual naciste,

quisiste subir, no pudiste,

y bajásteme a ser así

tan baja como he sido,

que es lo más que puede ser,

ya quedo sin mi mujer,

pues tan igual me tratáis.

Pero no, que ya la tregua

muy largos años le cuesta.

Laurencio.

Habla bien y no des voces,

mira que en paño me coges.

Clavela.

Eso digo que lo estoy,

ingrato más es de ti,

de quien me quejo es de mí,

que de ti quejos no doy.

¡Qué buen pago me has dado!

Laurencio.

Plegue a Dios, bella Clavela,

que del mal que te desvela

muera yo desesperado

si en solo el pensamiento

te ofendí.

Clavela.

Créditos cobros,

sabrán sido todos locos

para mi mayor tormento.

Mas, padre, el gobernador,

cuando lo sepa, dirá

que otros a los otros días

y a él le quitará su honor.

Y, en fin, sepa lo que pasa,

dé a tus culpas dignas penas,

eche la casa a serenas,

haga justicia en su casa,

y en Claudio que a ti te vea,

vengas tu honor, mátame,

porque muera en mi la fe

que mudo en lo que me toca.

Laurencio.

¡Ah, Cielos!

Clavela.

Pues daré voces.

Echa mano a la daga y sacada.

Laurencio.

Pues daré las yo también,

porque nos oigan más bien,

mas, a mi impaciencia concedes.

Acabarás de ver, ahora,

mi muerte y mi regocijo.

Clavela.

Que harás huérfanos tus hijos

y viuda a aquella señora.

Laurencio.

Plugo a Dios que he de matarme.

Clavela.

No haya miedo.

Sale Ángel, detiene a Clavela.

Laurencio.

Por bueno.

Ángel.

Paso, que guardaré yo

de ti mismo.

Laurencio.

Deja darme.

Clavela.

Confiado y caprichoso,

que no tengo de dejarte,

pero, si quieres matarte,

mátame a mí, que, en mi vivo,

será con menos rigor

mi muerte que ver los cielos

que la que me das de celos

viene a ser mucho peor.

Sale Morcón.

Morcón.

¿Qué es lo que pasa? ¿Qué es esto, tan rústicos?

Ptog. 34

Morcón.

daca para otra dama de nado,

un famélico hidalgo rahidalgo,

que puede ser su hambre, hambre plática.

¡Oh, viril que aportas mi vademécum,

la despensilla digo dila de Joanes,

que nos ha de hacer morcilla el mazalquino!

Daca para Clavela la mi señora,

que los vidrios del santo hichiviclinos,

después de vino, se le hall repletos,

que lloro para perderme y sofocarte.

Laurencio.

Estás loco, o borracho.

Morcón.

Como lino,

Tráigolo la mesura y la solana.

Clavela.

Paso, Morcón.

Morcón.

¿Qué es paso? Pese al hipre,

cuando le sirve rede desmesura

tres años ha, y yo a un mes, ¡oh, domibus!

desencuadernado, y de solapas,

cuando arriesgas tu vida por tu gusto,

cuando te costó honor atil levada,

cuando yo por los dos vengo baldado,

de una manuerda que me ha dado Claudio,

con que ha puesto a Morcón a porta inferi,

porque de su bra diestras inmundicias,

pasa opreso uno a Marte y Eneas,

y a otros temerarios rigorosos.

Clavela.

¿Qué dices, Morcón mío?

Morcón.

Nada, nada,

venga Claudio, a que nos desliquios.

Clavela.

Mira, Morcón, mi honor, mi vida atiende.

Morcón.

Apiádese Laurencio a mi señora,

la vida que te dio sane Clavela,

que me ha descoyuntado los maxilares,

y que se le he confesado que a ti pasa

y que viene a buscaros, sin juicio.

Huid de su rigor, remedio es sano.

Laurencio.

Mi vida y amistad se remataron.

Clavela.

Cerraste esta puerta.

Morcón.

Con cerrojo,

porque tengáis lugar antes que llegue

de que pongáis en cobro vuestras vidas.

Clavela.

Laurencio, ven conmigo.

Morcón.

Presto, presto,

que a la puerta llamará.

Clavela.

Por este muro

del jardín le haremos mal tabanco,

y mientras a la puerta llega y llama,

nos descolgamos.

Vanse.

Laurencio.

¡Ay, cielo mío,

que de sola el que lo diría esta naca!

Demonio.

Peor está que estaba, que su hermano

por la parte baja ha de cogerle,

y grande nobleza es de mi tía

que hace que se despene cuando baje.

Ángel.

De ver bajar, vamos a ti te pesa,

y siempre de que ves que alguno sube,

mas tu traba sé yo, ya he de librarle.

Vase.

Morcón.

Pobre Morcón, el cielo te socorra,

pues no hueles por ojos, se llora.

Demonio.

Quiero a la calle salir

y ayudar a Claudio.

Ángel.

Yo no sabré guardarle.

Demonio.

Mas, ¿qué aquí le ha de hacer, Morón?

Claudio.

Posos son, ha de haber ruido,

muerta la do a la porfía,

y por ella subirá.

Claudio con el criado

que trae una escala

Ptog. 35

Claudio.

Buscaré el cimiento,

colgarse ha de la almena

que viste aquese jazmín,

gala florida del jardín,

subiré a buscar mi pena;

si por fuerza quiero entrar

la puerta no estará abierta,

y mientras llamo a la puerta

se me podrán escapar.

Mas, subiendo por el muro

seguro los cogeré

y seguro mataré

a quien me hace mal seguro.

Muy bien te puedes subir.

Ángel.

Apones la escala ayudes.

Toma la escala para subirla, y al subir le ayuda el Demonio.

Demonio.

Siempre fueron mis ayudas

para ayudar a caer.

Clavela.

Baja ya.

Clavela y Laurencio, y Morcón con la sábana, por lo alto, donde llega la escala.

Laurencio.

Oh, luz serena,

pues me avisan tus enojos

del cielo de aquellos ojos

al infierno de mi pena.

Vuelo de amor subí

y de él caí, como de amor,

como a indigno poseedor

de la gloria en que me vi.

En el infierno caeré

cual Luzbel no arrepentido,

pues de lo que te he querido

jamás me arrepentiré.

Morcón.

Tu hermano pienso que viene.

Por de dentro.

Laurencio.

En fin, bajo en tu desgracia.

Clavela.

Sí bajas.

Laurencio.

Pues sin tu gracia,

que mucho que me condene.

Clavela.

Baja, ingrato.

Morcón.

Señor, presto,

mira que hay peligro grave.

Laurencio.

Mas, qué de prisa te das

a decirme qué es esto.

Escala es la que he tocado,

que estos son escalones.

Bien en la escala me pones,

como a hombre sentenciado;

de mi injusto casamiento

pienso, Clavela cruel,

viendo el potro y el cordel,

que quieres darme tormento.

Clavela.

Tócala.

Laurencio.

Al alma me llegas.

Cruel, con el que me das,

mereciéndote yo más,

que eres quien la verdad niegas.

Clavela.

Tócala, que me disculpa.

Laurencio.

Si es este tu pensamiento,

¿por qué me das el tormento,

si eres quien tiene la culpa?

Mas, porque mi amor se pierda,

me das con tu trato ingrato,

de un día uno y otro trato,

sin haber rato de cuerda;

son tus hijos y mujer

que me levantan estos,

¿y estos los tratos honestos

que me quieres hacer creer?

Ptog. 36

Clavela.

No te entiendo de un vado.

Laurencio.

A Clavela quien creyera

que yo el ignorante fuera

y que fueses la culpada.

Morcón.

¿Qué es esto, mis señores?

Clavela.

No lo sé, Morcón, por Dios.

Laurencio.

Qué bien convenís los dos,

hoy me pesa el que te adora.

Dos villanos hemos sido,

y no quien os ha pesado,

pues han subido y bajado,

y hay quien bajado ha sido.

Espero en su mano gloria,

no le creas perro cruel,

y pienso que está sin pies,

sin duda falsos serán.

Clavela.

¡Plega a Dios que sea verdad,

negar hijos y mujer,

y la niegues a querer,

despreciando mi lealtad,

si con solo el pensamiento

te ofendí!

Laurencio.

Creo a vos,

habrán sido celos locos

para mi mayor tormento.

Clavela.

¿Quién andará por la ronda,

que se oyen confusas voces?

Laurencio.

¿Qué darse?

Clavela.

Pues, mejor es

aguardar que se responda.

Laurencio.

Ya no hay respuesta que darme,

ya por muerto me tuviste,

pues que tu mano me diste,

propia para amortajarme.

Clavela.

Quiero subir, sea quien fuere.

Laurencio.

Quiero bajar.

Clavela.

¿Quién va allá?

Morcón.

Triste de mí, ¿qué será?

y el pobre Morcón muere.

Laurencio.

En mal, Morcón enemigo,

que fingiéndote un bocado,

en el aviso que has dado,

te me muestras muy amigo.

Es que me vayas, procuras,

porque te dio lugar, venga,

muy enhorabuena vengo.

Morcón.

Empiezan ya sus locuras.

Laurencio.

¡Falso!

Morcón.

¡Cruel! ¿Por qué los

quemas, dándome la mandada,

y dándome la bofetada?

A decirme, no desvelos,

y que atento le dejé

para dar a los dos muerte.

Clavela.

¿Quieres ya la triste hacerte?

Laurencio.

De esta vuelta, ¡mal podré!

Pues que al ver evocado,

hables y de por miento yo.

Clavela.

Ha de hablar a Clavela siento.

¡Morconcillo me ha engañado!

Laurencio.

Quiero hablarle.

Clavela.

Sin duda

piensa que Laurencio soy,

por Dios, por fingirlo voy,

sabré la verdad desnuda.

¡Quién va!

Ptog. 37

Clavela.

Un firme laurel

que de sí ha de ser dos

a los rayos del rigor

que el cielo al ofensor

señala en el infierno

de vuestro grave enojo

que avise al dueño de los

de vuestro valor eterno

y un verde laurel

por mi esperanza segura

y porque vuestra hermosura

pienso, causa un coral

Demonio.

laurel no diferencie

porque para vuestra belleza

será un laurel en fineza

sin sustos fuegos de ausencia

tenía y otra para hablaros

Laurencio.

A Laurencio dos ausencias

Morcón.

tristeza

Demonio.

mas no varios

Laurencio.

y a vos mis agravios claros

Clavela.

En tan poco me estimaste

que a quererme te atreviste

el secreto a otro dijiste

que tan presto gozaste

Laurencio.

Ay mujer

Clavela.

a vos lo fío

Demonio.

que Laurencio a Laura adora

Morcón.

que es un hermano recelo

Ángel.

Morcón da escalera mora

Laurencio.

Matarme quiero, bajar

Morcón.

la escala quiero tirar

Demonio.

Sube, ejecuta rigor

Clavela.

quiero subir

Tiran la escala, el demonio huye dentro

Demonio.

Ay de mí

Clavela.

tiran la escala a mis manos

Ay Laurencio que es mi hermano

honrado soy si esto vi

por el jardín quiero entrar

pues cuando fue infame puerta

a mi agravio, no esté abierta

ella podrá derribar

Baja Laurencio

Ángel.

Morcón

Laurencio.

es la luz de amanecer

Clavela.

qué es esto, Dios

Demonio.

verdad da lugar señor

qué haré, qué rayo arrojó

Echan la escala

Ángel.

la dirán mis intentos vanos

que en mis hombros y en mis manos

te trajo de sus ventas

Baja

Laurencio.

Cómo quedamos de escala

Clavela.

como te quisieres ver te

Morcón.

Ahora que no se miente

en los pies ponga los dos

Dentro Laurencio

Laurencio.

donde para descender

faust me tiene de dar

y favor para bajar

cuando se suelte perder

Clavela.

A Morcón, llave da

Morcón.

tome

Clavela.

que mi hermano llama

presto

Ptog. 38

Laurencio.

En gran peligro estoy puesto.

Demonio.

Ten, Morcón, afirma el pie,

atrás las cuerdas voy,

y dar con él en el suelo.

Vase huyendo el demonio.

Ángel.

No podrás.

Laurencio.

Bájame, cielo,

Ángel de Dios.

Ángel.

Aquí estoy.

Laurencio.

Ten, Morcón.

Morcón.

Lindo asombro,

si la cuerda se rompiere.

Sube el Ángel por la escala y pone Laurencio el un pie en el hombro del Ángel y él le tiene con las dos manos.

Ángel.

Mis hombros te he de poner,

y sustentarte en mis hombros;

seré Atlante de tu vida,

seré Eneas en mi amor,

imitaré al buen pastor

con la ovejuela perdida.

Struck-out text: Demonio. Afe que la carga pesa. Ángel. Es muy pesado el pecado, y al que no le ha pesado, de lo que más me pesa. Carga es que no se consuela, pues en sí tanto le carga, que le vi luchar con la carga, y dar consigo en el suelo.

En el suelo Laurencio.

Laurencio.

Bájame, Dios.

Ángel.

Llévale,

aunque no se vale de él,

que en fe de ofender a él,

le quiero, y quiero se ampare.

Morcón.

Laurencio, bajar quisiera,

que temo y tengo por qué.

Laurencio.

Pues baja.

Morcón.

Pareceré

a la muerte en gran brío.

Laurencio.

Baja, mira, no te líes.

Morcón.

Ya he perdido mis temores

por tus obras mejores,

que lo haces me lo parece;

tenga bien, mire que bajo.

Laurencio.

Baja.

Morcón.

Sabe qué ha de hacer.

Laurencio.

Qué.

Morcón.

Sabe qué ha de hacer,

si me viere caer,

apartarse de debajo.

Tiene el Gobernador de la cuerda sin tiento, no se baje.

Laurencio.

Con cuidado me lo tengo.

Gobernador.

Pensé cierto salir al jardín.

Laurencio.

Si vuelve esta espada a asir

Gobernador.

Lo que puede ser prevengo,

sin duda que mi hijo sale

huyendo de mi rigor

por la puerta falsa.

Laurencio.

Amor,

en esta ocasión me vale.

Justicia.

Quién va.

Laurencio.

La justicia es,

y el padre de mi adorada.

Gobernador.

De la escala aquí asida.

Laurencio.

Laurencio, tu muerte ves.

Gobernador.

Tírala.

Laurencio.

Resistiréme

al que es padre de mi amor.

Justicia.

Tírala, tírala, dos.

Gobernador.

Clavela es, calla que teme.

Morcón.

El Gobernador a dos ha asido.

Ptog. 39

Laurencio.

ahora por el poco bien pasa,

quiérome entrar porque enfada

que des voces y ruido.

Vase.

Laurencio.

Quiero callar.

Gobernador.

Hijo ingrato,

honras de estas paredes,

callos de vergüenza puedes,

conociendo mi maltrato.

Laurencio.

Por tu hijo me reprendo.

Gobernador.

Por tu mocedad liviana

has perdido a mi hermana;

un noble que la pretende,

cuando estaba prometida.

¿A qué crueldad la iguala,

mi liviandad necia la halla,

mi honor, su deshonra y mi vida?

Laurencio.

Prometida, muerta soy,

quiero dejarme ahorcarme.

Gobernador.

Y tu la capa.

Laurencio.

Si para ahorcarme,

pues desesperado estoy.

Demonio.

Haz que le entre a portal.

Gobernador.

Entra en casa, impertinente.

Laurencio.

No sé si entrar dentro intente.

Gobernador.

Entrad, heme de enojar.

Laurencio.

Entraré.

Gobernador.

¿Qué aguardas, loco?

Laurencio.

En dudar que he de perder;

si pierdo a vuestra mujer,

perder seso y vida es poco.

Gobernador.

Llamad los dos a la puerta,

la capa quitad los dos.

Laurencio.

Defiéndeme, ángel de Dios.

Justicia.

Señor, la puerta está abierta.

Gobernador.

Alumbrad.

Criado.

Un rebozado

con una espada desnuda

sale de adentro.

Sale Claudio de rebozo con la espada desnuda.

Demonio.

Me ayuda

a que esta vez he mostrado.

Clavela.

¡Quién va allá!

Justicia.

¡Quién va!

Clavela.

El señor gobernador.

Justicia.

Éste es Claudio, mi señor.

Criado.

Pues envuelto, ¿quién será?

Gobernador.

¿Quién sois vos?

Laurencio.

Con justo efecto,

Laurencio.

Gobernador.

¿Por qué has callado?

Laurencio.

Por tu hijo me has juzgado,

y callo, pues tu hijo soy.

Clavela.

Bien dije que Claudio es,

que está en el zaguán de mi

posada, y por aquí

vimos la flaqueza, y ves

quedó la calle a guardar,

y yo entré a mirar la casa.

Gobernador.

¿Y qué es lo que dentro pasa?

Clavela.

No pude al ladrón hallar,

que sospecho que se fue

por esta la capa.

Laurencio.

Oh, no,

que al pie del muro cayó.

Clavela.

Al pie.

Ptog. 40

Laurencio.

Sí.

Claudio.

¿Qué? ¿Que te di pie?

Mas eres como mi hermano.

Laurencio.

Bien sabes que no lo soy.

Claudio.

Como si yo el pie te di,

ya me tomas la mano.

Laurencio.

Si la tomo, será mía.

Claudio.

Cerca de las doce son,

y cánsame ese ladrón,

y a vos Juana os la dio.

Por lo cual quiero pedirte,

señor, que entres a sondarte.

Vase.

Laurencio.

De los dos puedes fiarte,

que al ladrón hemos de asir.

Gobernador.

Con los dos vaya la gente,

la joya irán a buscar.

Claudio.

La gente podrá estorbar.

Gobernador.

Pues a Dios.

Vanse todos.

Claudio.

Conmigo vente.

Clavela.

Morcón, ¿oyes lo que pasa?

Morcón.

Sí, y reconcomio me da

que a matarse los dos van.

Clavela.

Oye, ¿esta joya se ha hallado?

Dame la espada, y rodela de mi hermano.

Morcón.

¿Para qué?

Clavela.

Mi vida he de defender.

Morcón.

Espera, animosa Clavela,

detente.

Vase.

Clavela.

¿Podrás parar

un caballo desbocado,

un río desenfrenado,

un rayo que ves volar?

Vanse.

Morcón.

Yo también armarme quiero,

y seré un Alejandro,

y do muriera Alejandro,

muera yo, muera yo.

Salen Claudio y Laurencio. Claudio desnuda la espada.

Claudio.

Si de honrados amigos este agravio,

es de buenos hidalgos esta afrenta,

mi honor me quita el que mi honor le debe,

a quien todos mi vida me la quitan,

mi joya invidia quien guarda la aura,

amigo falso, que bien con mi deshonra

para darte la muerte que mereces.

Tiran los dos de la espada, y van a jugar. El Ángel y el Demonio, del lado de Claudio.

Laurencio.

Claudio, repórtate, tenme respeto,

no te precipites en necedades,

mira que te lo ruego por mi hermana,

mi señora Clavela, que es mi esposa.

Por ser hermana tuya la he querido,

honrando con mi sangre tu nobleza.

La amistad de los dos quise hacer deudos,

tu vida estimo como propia vida.

No me he de defender, sácame el alma.

Demonio.

Dale, cobarde, no des honra tuya.

Ángel.

Detén el brazo, mira que es tu hermano.

Claudio.

¿Aún te rinde la mano? Vive el cielo,

que he de acusarte, quien me rinde el brazo.

Detiéneles el Ángel.

Laurencio.

Yo me he de defender, dame la muerte.

Clavela con una espada al lado de Laurencio.

Clavela.

Defendiéndose de mí, seré tu enemigo.

A los dos matas a uno, a mí me matas.

Mátame a mí, no mates a Laurencio,

vida de esta alma, y alma de esta vida.

Echa mano.

Claudio.

¡Infame! A entrambos os daré la muerte.

Ptog. 41

Laurencio.

También entra, señor, no es mi esposa,

a mí no me ofendiendo que soy suyo.

Clavela.

Mi esposa sí, que deudo como mío

quien me detiene que a todos no mate.

Salen armados de burla con armas e hachas y el gobernador con peto.

Morcón.

¡Afuera, aquí del Rey, cuerpos ruines!

Tengan respeto que es el de los Misos,

que si Morcón la cólera deslíe

la gana de comer que se arma de uno.

Pobre.

¿Qué es esto, Clavela? Ten la espada, loco.

Clavela, razón darnos.

Clavela.

La razón es

yo defiendo a Laurencio, mi marido.

Pobre.

¿Cómo marido?

Morcón.

Como maridando.

Pobre.

Laurencio, ¿es verdad esto?

Laurencio.

No lo niego.

Pobre.

Mi bendición os doy, y aquese los brazos.

Clavela.

¿Qué es esto, padre?

Pobre.

Lo que a padre debo,

para asentar las cosas a su avío.

Morcón.

Ello está muy bien hecho, a gusto de todos,

que miente quien dijere lo contrario.

Y de reto y le llamo al desafío,

y como caballero de la Mancha

aunque en mi casa no ha habido ninguno,

porque todos los traigo en la sotana,

le espero como el bravo don Quijote

en una empanada de dos tocinos.

Caballero en un cuero sanmartino,

con una estaca en la derecha mano,

de sol a sol le venceré en el campo,

hasta caer defenderé la causa.

Clavela.

No quiero con Morcón más pesadumbre,

sino abrazos a mi Laurencio amado,

que el gusto de mi padre remitiolo,

y pues le tiene denmela en buen hora,

y a mi amor grande dé mi nueva dicha.

Mi ventura será, tan noble esposo.

Laurencio.

La mía esclavo ser de vos de nuevo.

Pobre.

Los dos son para en uno.

Morcón.

Y plega al cielo

que os dé de este nocturno matrimonio

hijos mosquitos, femeninos y neutros.

Commune, duum & commune tribus.

Pobre.

Entrad y celebraremos vuestras bodas,

y glorioso he salido.

Laurencio.

Yo vencido.

Morcón.

No hay san honrado a sopas de pesadumbre,

como en una bodega entre dos cubas

echando de una y de otra trapadas.

Clavela.

Morcón, ahora no hay pariente pobre,

no, que habrá lindos asados en esta boda.

También panza andará de todo crudo.

Mal loquente, no buféis caldo,

que sepa más que Bartolo, y que Baldo.

Finis opera.

Ptog. 42

3

Jornada tercera

Ptog. 43

Demonio.

Demonio.

¿Esto puedo tolerar,

esto sufro, esto paso?

Pero el fuego en que me abraso,

¿a quién más puede penar,

pues al ángel de mayor vuelo,

por un pensamiento solo,

siendo más bello que Apolo,

le hizo antípoda del cielo?

A Adán, por una manzana

que parece niñería,

le cambió Dios su hidalguía

en una prisión villana.

A aquél que es su mayor regalo,

Cristo, porque le miró

en traje del que pecó,

le hizo poner en un palo.

Y a Laurencio, ¡y Dios!, siento

que rebelde a su lumbre,

a su pesar, de costumbre

pecando sin escarmiento,

¿le libre de tantos daños,

sin querer darme licencia

que en final impenitencia

y en agraz corte sus años?

¿Esto no es injusticia?

Es, por Dios, que sí lo es.

Ptog. 44

Demonio.

aunque sé que para mí

el velo y todo justicia

dista dél, aunque no quiero,

la cama nupcial de flores

he de sembrar de dolores,

y hacer que a mis manos muera

si siete esposos maté

de Sara por la belleza,

porque la bestial torpeza

por celos le arrojé.

Mejor con este me va,

que cual bestia desbocada

tras la belleza adorada

que es el deleite se va.

Mire, pues, lo que aguardo,

que está dentro mi enemigo.

Da en entrar y sale el Ángel, y pónense a brazos.

Ángel.

Mas, ¡oh, celos!, con rigor,

que aquí estoy y a ti te guardo.

Demonio.

Déxame entrar.

Ángel.

Tente, loco.

Demonio.

¿No tiene mi clavo y llave?

Ángel.

Yo le haré que se confiese

con llanto y dolor no poco,

y a la llaga de amistad

hizo el matrimonio santo.

Demonio.

Himnos a los cielos canta.

Como si fuese verdad,

él va a malograr sus días,

que a otro se le malogre.

Ángel.

Otro Rafael seré,

y a atarte por Tobías.

Demonio.

Eso no podré sufrir,

tengo de lidiar allá dentro.

Ángel.

Abrasaréte en el centro

donde mueres sin morir.

Demonio.

¿Tú a mí?

Ángel.

Yo lo suelo hacer.

Luchan y cae el Demonio

Demonio.

Pero, si anotalle defiende,

Ángel.

Pienso que caer pretendes,

pues no haces sino caer.

Demonio.

¡Que de esto siempre vencido,

pesar de quien me sirvió,

déxame, que en amanecido

el Sol, que en mí ha anochecido!

Levántase, turbado Laurencio, y asiéndole.

Laurencio.

Aquel sueño que soñé

me trae inquieto y turbado,

tanto que no me ha dejado

gozar lo que deseé,

que ha de ser, aunque no quiera.

¡Oh, aquellas tres almas, una!

Una tregua no importuna

ha pasado su carrera.

¡Válame Dios, que he de ser

o alma del purgatorio

o el divino Consistorio

eternamente he de ver!

O mientras fuere Dios,

he de arder en los infiernos.

Dios, sed de nos eternos,

y corred siempre los dos.

¡Ay, Señor, que os ofendí,

debiendo haberos amado!

Ptog. 45

Laurencio.

cómo de vos me he olvidado

y nunca lo estáis de mí.

Arrepentido y contrito,

prometo una confesión

quizá digna del perdón

que llorando os solicito.

Abrid del pecho la puerta,

que es del perdón, perdón Dios,

pues para darlosle vos

siempre la tenéis abierta.

De llorar tengo, de llamar,

llorar, suspirar, gemir,

que más tardaré en pedir

que vos en quererme dar.

María de gracia llena

y las que en vos oraréis,

haced que vos le perdonéis

para que yo la dé buena.

¡Oh dolor del alma, siento

de haber a Dios enojado!

Sale Morcón.

Morcón.

¿Cómo ha tan madrugado

llegó el arrepentimiento?

Laurencio.

No es el que piensas, Morcón,

de mis breves alegrías,

sino el de las culpas mías

que tantas y tales son.

Morcón.

Confiesa, ten un tardón,

mira que el tiempo te aprieta.

Laurencio.

Mucho un temor me inquieta,

quiero me ir a confesar.

Morcón.

¿Qué tienes?

Laurencio.

¡Pobre de mí!

Morcón.

¿Qué es tu mal? ¡Comunícame!

Laurencio.

Pudiera de ver pesarme.

Morcón.

¿Qué viste?

Laurencio.

Mi engaño vi.

Morcón.

¿De qué es el dolor perdido

que manifiesta tu pena?

Laurencio.

No hay disculpa que sea buena

siendo el juez el ofendido.

Alma ingrata, a ti te atienes,

a quien tu vida mejora,

a ti te atreves, traidora,

a quien tan grande amor debes.

Morcón.

Clavela en qué habrá pecado

que de ella está quejoso.

Laurencio.

¿Ah amaneciste ya su esposo?

Morcón.

¿Qué falta vos en ella ha hallado?

Si por verse en posesión

hace de su amor delito,

se tapa el apetito

y espanta sin privación.

Si os da la melancolía

de que favor no ha hallado,

muriol el asno de cansado,

sin duda que lo sabía.

Laurencio.

¡Cielos! ¿Cómo no os abrís,

estas culpas miráis?

Como si culpas vengáis

ahora culpas sufrís,

castigue el ofensor

Ptog. 46

Morcón.

y muera.

Sentencia fiera.

Clavela quiere que muera,

diréselo a mi señor

que será gran villanía

si a su vida no acudiere.

Laurencio.

Si Clavela te dijere,

donde voy, por vida mía,

le digas que luego vengo,

que me llegue a san Antonio.

detiénele el demonio

Ángel.

¿Qué le detiene, demonio?

Demonio.

La confesión le detengo.

Laurencio.

Si Claudio te preguntare,

díselo, Morcón.

Morcón.

¿Qué más?

Laurencio.

Morcón, nada le dirás.

Morcón.

Por Dios, que es bien que repare

en su turbación, que es fuerte,

y en su pálido color;

si parece que su temor

dado ha a Clavela la muerte.

Porque a la una levantarse,

turbarse, descolorirse,

huyendo a sagrado irse,

y de Claudio recatarse,

testimonio es suficiente

de que ha hecho algún mal hecho.

Laurencio.

Nunca tal pudiera, pecho.

vase

Morcón.

De lo hecho se arrepiente.

Vive Dios, que no va bueno,

o que es mala mi señora,

pues ríe apenas la Aurora,

y el valle de lágrimas lleno

él lleva muy mal olor,

él la mató y irse quiere,

véase lo que ser fuere,

decírselo he a mi señor,

sin buscarle ha parecido.

sale Claudio

Claudio.

¿Qué hay, Morcón, tan de mañana?

Morcón.

Preguntáselo a mi hermana,

qué mal recado ha parecido.

Claudio.

¿Cómo?

Morcón.

El novio no está ahí.

Claudio.

¿Pues adónde?

Morcón.

Qué sé yo;

si este novio se vio,

Claudio.

¿Qué pudo ver? ¡Ay de mí!

Morcón.

Desabrido y turbado

salió de esta sala ahora,

llamando ingrata y traidora

a Clavela.

Claudio.

¿A desdichado?

Morcón.

Yo digo lo que se es,

pienso que la deja muerta.

Claudio.

¡Rompe, Morcón, la puerta!

sale Clavela vistiéndose

Clavela.

Hermano, ¿qué es lo que ves?

Morcón.

Viva está, viva, y reviva,

salto y bailo.

Clavela.

¿Qué es, Morcón?

Morcón.

Viva.

Clavela.

¿Qué locuras son?

Morcón.

Que está mi ama viva.

Ptog. 47

Morcón.

En efecto

a Laurencio hallé

tan de mañana y tan triste

que dudo fuese quien fuiste

o el eco del que fue

porque de lloros que saca

con infinitas razones

Clavela.

Un paso al cuello me pones.

Claudio.

Ve a ver si se burlaba.

Clavela.

Sin duda que el alma ofrece

a aquella que me contaste

que en su zaguán la contraste

y que ya a mí me aborrece

pues desde que se acostó

con un estar entre dientes

con mil suspiros ardientes

con que el alma me dejó

entre sueños de los

pesares antiguos, díjolos

ayes me dijo por quejas

y suspiros por amores

en sus sueños le sentí

que estremeciéndose hablaba

y el corazón le faltaba

quizá por irse de mí

con esto yo desperté

diciendo Jesús y luego

que me abraso, fuego fuego

y vala si lo fuera yo

se levantó, y turbado

le dije qué es esto esposo

y mirándome lloroso

se fue sin decirme nada

¡Ay hermano que él se va

a otros disgustos vanos

dejando rotos los lazos

que amor en el alma da!

Clavela.

Nunca hermana tu locura

mejor fin me prometió

pues todo ello se fundó

en deleite y hermosura.

Vase.

Claudio.

Por vengarme salgo hoy.

Si como a Dios perdiste

no miraré lo que fuiste

sino solo lo que soy.

Clavela.

Morcón por darme placer

ven, y vamosle a buscar

vase y sale Laurencio

Morcón.

Bien le irán fácil de hallar

que no habrá mucho que hacer

Laurencio.

Sediento llego como cierva herida

fuente del paraíso, a las corrientes

de sus ríos, cinco caudalosas fuentes

a ahogar mi muerte, y a beber mi vida

mi pasión disipada, y consumida

vuelvo a los brazos de mi padre amantes

perdíme por los pastos aparentes

mas soy oveja vuestra aunque perdida

huyo de vos a vos en mi desvío

a vos dejo por vos en mi dolencia

de vos apelo a vos Dios ofendido

huyo viéndoos con vara de justiciero

Ptog. 48

Laurencio.

vuelvos viendo con brazos de clemencia

de vos agrado a quien os ha herido

y pídome de vos, señor,

padre mío.

va a irse

Fraile.

Llegué aquí.

Laurencio.

¡Ay de lo que oigo y siento!

llegue ya mi fin, Señor;

crece en mí con justos abismos

contra mí fiscal crüel,

mi dolor por lo que del

y el verdugo de mí mismo.

Será el tormento de brea

con agua de mis enojos;

digan la verdad los ojos

llanto pare la boca.

de rodillas como que se confiesa

Laurencio.

De que tiene el rostro cano

más verdad es llorados

que vendrán a ser cantadas

de los que a Dios cantan tanto.

Ángel.

Llegaron mis alegrías.

Demonio.

La boca le he de cerrar

tápale la boca

Demonio.

con plomos que al oír volar

ha de dar de Jeremías.

Ángel.

¡Qué de plomo pesado!

el peso de hierro

que en el alma ardiendo está

de haber a Dios enojado.

Demonio.

Del veneno que en furor

opilaré el pecho grave.

Ángel.

De lágrimas, ¡ay!, farraque

con polvos de contrición.

Demonio.

Lo haré en un mayor hora

a este Lázaro que hiede.

Ángel.

Dios resucitarle puede

con su voz, Morcón, y mora.

Demonio.

Entraréme dentro dél

y volverle he a lo que mudo.

Ángel.

Quien de otros le echó y pudo

hará que no entres en él.

no

Demonio.

Deja entrarme en él.

Ángel.

Detente.

detiénele

Ángel.

¿Lloras, mi Laurencio?

Laurencio.

Sí.

Demonio.

Confieso, ¡triste de mí!,

que si llora, se arrepiente.

llora

Demonio.

Lloras y de flacos hombros.

Ángel.

Llora que al cielo enamoras,

que es la lágrima que lloras

grano de trigo que siembras;

tus ojos son la piscina

de los paralíticos males

del ángel que te ha movido

y Cristo la medicina.

Demonio.

Bien su corazón ensanchas.

Ángel.

De dolor del corazón

y lágrimas hay favor

para que laves sus manchas;

de lágrimas y ceniza

haz para el alma colada,

y verás que en ella echada

segunda vez la bautiza.

Ángeles, mirad que llora

aquel hombre que pecó.

Ptog. 49

y de que te guardas

Ángel.

Todos me dan la en buen hora

los músicos en lo alto del árbol

Música.

Piensa que gozoso esté

Otro.

Dichoso el cielo renombre

Ángel.

ves que lágrimas del hombre

vuestra agua de ángeles es

ángeles de ellas bebed

que aunque el vaso es de amargura

le ha dado tanta dulzura

que a Dios le maravilla sed

con tus lágrimas sobornas

la justicia en tus pecados

porque son ruegos callados

con que deseos retornas

Demonio.

que a ti aun puñado de polvo

perdone Dios

vase que le absuelve el fraile caerse han máscaras de Laurencio

Ángel.

Ya Naaman

sale limpio del Jordán

con aquel azote asolvo

las cadenas se rompieron

como a otro Pedro dormido

como Sansón ha rompido

las sogas que le prendieron

Cantan los músicos

Música.

Canten los serafines que el hombre llora

pues su penitencia aumenta su gloria

del diluvio amargo

de sus culpas llora

a la orilla sale

con ropas de bodas

en la confesión

las culpas ahoga

y vuela a los cielos

cual blanca paloma

los ángeles

Ángel.

Ha de allá bien que cantéis

pues de Dios participáis

Demonio.

Si puedo lo que cantéis

mañana habré que nací

Levántase de allá un fraile

Laurencio.

Quitó Dios el yugo grave

de mis espaldas brumadas

y de solas descansadas

con otro leve y suave

Una espiritual dulzura

mejora mi desconsuelo

cuanto se parece al cielo

una conciencia segura

Pague a vuestra caridad

Dios la grande que me ha hecho

Fraile.

Frecuente lo que ha hecho

que lleva la eternidad

vase el fraile queda Laurencio de rodillas y el demonio

Ángel.

Ya del cielo de esta alma

cede pena Michael

y con fuego otro cherub

del jardín que de Dios es

desesperado Caín

en vano insidias Abel

que a pesar del diluvio

le saca al puerto Noé

El soberano Abraham

destierra a Agar y a Ismael

a Acab castiga otro Elías

como a Saúl Samuel

Envidioso mal hermano

mira al vendido Josep

con la ropa y el anillo

con que quiso honrarle el Rey

De Josué que es Jesús

huye cobarde Amalec

Rinde soberbios Amorreos

Ptog. 50

Ángel.

Sino divino Moisés,

saca Dios del mar Bermejo

a su lucido Israel,

y al caballo y caballero

hace que se anegue en él.

Por Dina vuelve a Jacob,

mal herido de Sichem,

corta la vida a Urías,

trae la de la muerte el prez;

del lago de los leones

sale el joven Daniel,

y queda Sísara muerto

por la gallarda Jael.

Cae a los pies de David

la cabeza de Saúl,

y del impío Holofernes

corta la fuerte mujer.

Al favorecido Amán

ahorca la hermosa Esther,

y a los inicuos jueces

condena el casto juez.

Raab a los exploradores

descuelga por un cordel,

y la estatua de Dagón

del arca cae a los pies.

Atado queda Zarán,

sale primero Fares,

la condenada Tamar

del fuego libre se ve.

Pónense a nueva vida

los huesos de Ezequiel,

vuela la tabla con plomo

y ronda con la pared,

sale de esta cárcel,

muerto el matador Abner,

y de la ballena Jonás,

y cumplidos los días tres,

del oprimido Saúl.

Sale florido Aarón,

David al son de la arpa tocada

de los mandamientos diez.

Y al sacerdote cruel

que el Ángel le exprime el tan fiel,

que da de bofetadas

con la vara de Jesé.

Ya sacrifica su hija

el capitán Jepté,

y en el sagrado Jordán

el pueblo amado halla pie.

Y al Ángel que vido San Joan

prende al astuto Luzbel

y le encierra por mil años

que eternamente ha de ser.

Demonio.

De contento que has quedado

aun no paso su carrera

y haré primero que muera

que reincida en su pecado.

Levántase Laurencio.

Ángel.

Hijo, la limosna advierte,

sobre el alma tomad.

Laurencio.

¡Mirable piedad!

Ángel.

No deja al hombre en la muerte;

del pobre el cielo a ser viene,

que en manos del pobre se

de lo que tiene le da,

y darse ha de lo que tiene

en el seguro contrato.

Ptog. 51

Ángel.

Ciento por uno repara;

compré de buena gana,

que el pobre vende barato.

Laurencio.

Desnudo me he de quedar,

para cuanto dar pudiere,

que aquello tengo que diere,

pues no hay tener como dar.

Sale Clavela rebozada y Moscón riendo.

Morcón.

Fuera de la iglesia espera,

quizá a su dama.

Clavela.

Saldré,

y que la soy fingiré.

Morcón.

Tápate.

Clavela.

No salgas fuera.

Laurencio.

Pobre, ¿cómo no venís?

Venid, que a mí daros quiero;

ved que los bienes que espero

con la tardanza impedís.

Mi cielo en que os detenéis,

que cielo sois, pues le dais,

ved que el cielo me quitáis

y que en pena me tenéis.

Clavela.

Sin duda a su amada llama,

pues ansioso la vocea.

Laurencio.

Mirad que el alma os desea,

porque de veras os ama.

¿Venís?

Clavela.

Es tan de mañana

que no pude antes venir.

Laurencio.

En vos pudiera salir

otra más bella y lozana,

mas yo no os espero a vos.

Clavela.

Yo lo creo, pues a quien

Laurencio.

A quien tengo por mi bien,

Clavela.

y se le he de hacer por Dios.

Como un recién desposado

madrugó al amanecer.

Laurencio.

Jesús, ¿no pudiera ser

madrugarme otro cuidado?

Clavela.

Traidor sois, de temor

dejar la cama desierta.

Laurencio.

Sabe Dios que me despierta

muy de madrugada amor.

Clavela.

Muy desconocido estáis,

pues no me habéis conocido,

que yo su cuidado he sido,

tirano, me descartáis.

Laurencio.

Yo no os conozco, por Dios.

Clavela.

¿Cómo no? Si el alma os di,

y vengo por mí, sin mí,

por hallarme en vos, mi Dios.

Laurencio.

Pues, ¿quién sois?

Clavela.

Vuestra prenda cara,

en quien dos hijos tenéis.

Laurencio.

Con razón cara la hacéis,

pues muy caro me costara;

sospechara, a no saber

que Clavela en fosa está,

como en este error da

que esta dama podría ser.

¿Hijos?

Sale Claudio.

Claudio.

Gracias al cielo, a fe,

que he encontrado a mi enemigo

y con su dama.

Clavela.

Hijos digo.

Laurencio.

De la acusación apelo,

pues esto es el amor.

Ptog. 52

Clavela.

Qué oscuridad os desvela.

Laurencio.

Que el cielo, que es Clavela,

que estoy por darla un picor.

Aparte.

Clavela.

Quiero mejor informarme

antes que muerte le dé.

Laurencio.

Yo sé bien guardar la fe,

jamás a quien sabe amarme.

Si no ofendiese los cielos,

traición sin son, tan bien hecha,

fingiera lo que sospecha,

porque me alegran sus celos.

Pero de qué han de indignarse,

si es mi esposa y debo amarla,

la verdad ha de ensañarla,

que consigo ha de engañarse,

que por ella la he de hablar

sin dar a entender que es ella,

fingiendo desconocella

consigo se ha de engañar.

Y sí misma será el cisma

que es el engaño mayor,

pues no hay engaño mejor

que enamorarse de sí misma.

Clavela.

A esto madruga el traidor.

¡Ay, hermana mal pagada!

Laurencio.

¿Veisla rebozada?

¿Quién os trae aquí?

Clavela.

El amor.

Laurencio.

¿Qué queréis?

Clavela.

Que me paguéis.

Laurencio.

Pues, ¿qué os debo?

Clavela.

A vos.

Laurencio.

¿Yo a vos?

Clavela.

Sí, que uno somos los dos,

y en el alma me tenéis,

y tengo de vos dos prendas

de que vos me dais mal pago.

Laurencio.

Pues, entre tanto que os pago,

las podéis tener en prendas.

Clavela.

Dos hijos tenéis de mí.

Laurencio.

Ojalá que uno os debiese.

Laurencio.

¿Qué sería que esta fuese

lo que a mi hermana fingí?

Quiero acechar.

Clavela.

No paguéis

mi fe con tan largos olvidos.

Laurencio.

Plega a Dios, si le he tenido,

que de mí no os acordéis.

Ni estimo sino a vos,

y mis prendas amorosas,

no por celos hermosas,

con que os hizo sola Dios.

Clavela.

Ingrato, pues, ¿por qué,

ha mil años que no os veo?

Laurencio.

Muchos más cuenta el deseo,

lo que hice fuerza fue.

Clavela.

Que por fuerza os han casado.

Laurencio.

Por fuerza de buen querer.

Clavela.

Galeras vendrán a ser,

pues os tenéis por forzado,

¿no queréis a vuestra esposa?

Laurencio.

Mi bien a Dios, guarde Dios,

que no quiero sino a vos,

ni hay otra para mí hermosa,

adoro las facciones.

Ptog. 53

Laurencio.

de quereros y gozaros,

y espero que he de pagaros

todas mis obligaciones,

y del cargo que me hacéis,

de los hijos, creed, señora,

que espera el que en vos adora,

que muchos más me daréis.

Y que no me he arrepentido

de quereros, vuestra hermosura

en mi fe tanto asegura

cuando mi fe en vos lo ha sido.

¿Queréis más, hermosa mía?

Clavela.

Mucho más.

Laurencio.

¿Qué más?

Claudio.

¡Traidor!

Clavela.

Mucho más, que es más mi amor.

Laurencio.

¡Ay, tan grande alevosía!

A Claudio.

Demonio.

¿Qué aguardas? Dale la muerte.

Claudio.

Mataréle y vengaréla.

Clavela.

¡Ay, ingrato!

Laurencio.

Mi Clavela,

no os congojéis de esa suerte,

que porque os he conocido

me he burlado aquí con vos.

Dale Claudio, y huye.

Claudio.

Muera el vil.

Laurencio.

¡Válame Dios!

Muerto soy.

Cae Laurencio en las faldas de Clavela.

Clavela.

¡Mi hermano ha sido!

¡Mísera de mí!

Demonio.

Esta vez

tuvo ejecución mi intento.

Ángel.

Mil nuevos júbilos siento

de que ya amansó al juez,

después de una confesión

hecha con dolor de los vicios;

mil parabienes recibo

del soberano Salvador,

y no quise a Claudio estorbar

lo que tal vez le ha tocado,

porque estaba en buen estado.

Demonio.

Pues en malo ha de acabar.

Ángel.

El mal que bien ha de hacerle

no fue la protección mía,

porque entonces no sería

guardarle, sino ofenderle.

Si está de Dios tan contrito

y en gracia del que ofendió,

reniego de cuanto erró,

lo que siempre solicitó,

pues su salvación

Demonio.

Espera,

¿que al cielo piensas que ha de ir?

Ángel.

¿Si no, dejárale herir?

Demonio.

Primero juro que muera.

Clavela.

En linda ofensión,

flacamente os desmayáis.

Cae como desmayada.

Laurencio.

Cielos, por los que adoráis,

mi bien, mis heridas son

Clavela.

Son las lágrimas que vierto

agua de vida, no de mayo.

Demonio.

Pues la herida fue al soslayo.

Laurencio.

Ay, dos hermanos me han muerto;

mas vos, matáisme de amor

y de pena.

Sale Morcón.

Morcón.

¿Qué es esto?

Clavela.

Morcón, fortuna ha hecho el resto.

Ptog. 54

Ángel.

Mira que es de muerte, advierta.

Laurencio.

De muerte la herida ha sido.

Clavela.

Mi amor vos lo dio, el herido

y yo la herida y la muerta.

Laurencio.

Morcón, a casa me lleva,

y a mi confesor me llama.

Levántale.

Ángel.

Lloroso al cielo llama.

Morcón.

Señor, a tenerte prueba.

Laurencio.

Ay, mi vida, vuestra vida,

por la abierta herida os doy.

Clavela.

Pues si vuestra vida soy,

volverme he a entrar por la herida.

Laurencio.

En vano de mí se queja

Claudio, y mi mal solicita,

mas si mi vida me quita

otra vida en vos me deja.

Mejor iré entre los dos

porque desangrarme siento.

Ángel.

Jure el arrepentimiento

de las ofensas de Dios.

Demonio.

No perdone, renegado,

que en tal estado se pone.

Ángel.

Para que Dios le perdone

de él es bien sea perdonado.

Laurencio.

Vamos, mi bien.

Clavela.

Ay de mí.

Ángel.

Como báculo seré.

Demonio.

Su impenitencia veré.

Ángel.

Yo el bien que le pretendí.

Clavela.

Este es de mi amor el fruto.

Morcón.

De grana tinto le veo

y lo blanco de la cara

que no es color para luto.

Clavela.

Amor, déjame en mi ceniza.

Morcón.

Dos lutos, Morcón, espera,

de bayeta por de fuera

y de triste por de dentro.

Vanse, sale Claudio turbado.

Claudio.

Oh mano para el mal de pluma leve,

oh mano para el bien de plomo grave,

mejor entre las llamas pavorosas

de la que con razón se llama Roma

venganza afrentosa a quien te sigue

que el arrepentimiento que a Laurencio

alma del alma, y vida de mi vida

por ventura por ser mi hermana fácil

la muerte he dado, pues que a vos me cuesta.

En vos de buscar honra la he perdido

busqué el descanso, y encontré el tormento

porque si él muere pierdo patria y padre

y a vos, amigo, que os amo más que a padre y patria

pues es lo mismo, y es la vida mía.

Y esto si la justicia no me prende

pues no valdrá tener el padre Alcalde

que en esta causa es justo que no sea

el padre, padre, ni el amigo, amigo,

sino que se me vuelvan en mi daño

el amigo en fiscal, en juez el padre.

Pero, ¿qué es esto, Claudio?, no te ciegues,

adonde no hay remedio, no le busques,

pues se tiene tu vida por el hilo,

cuando por mí no sea que entre penas

sea mi vida muerte dilatada.

¿No es este Morcón? Llorando viene,

presagio triste del dolor que tiene.

Ptog. 55

Claudio.

¿Qué nuevas traes de mi hermano?

Habla, que espero impaciente.

Morcón.

Los pies tiene cara oriente

y la candela en la mano.

Claudio.

¿Muere?

Morcón.

Sí, con el reparo

que para almorzar le dio

cuando el tripas le abrió;

te dejarán de amarlo.

Claudio.

¿Cómo muere?

Morcón.

Riéndose,

que no de muy buena gana.

Claudio.

¿Y por desdicha mi hermana

ha sabido quién le hirió?

Morcón.

Era la dama que viste

con él a la puerta hablada.

Claudio.

¡Clavela!

Morcón.

¡Mas que dedal!

Que a los dos la muerte diste.

Él, loco y de temor lleno,

fingió ser su dama.

Claudio.

¡Ay, cielo!

¡Cómo mostráis que los cielos

nunca hicieron cosa buena!

¡Ay, triste de mí!

Morcón.

Él ya muere

y ella queda medio muerta.

Claudio.

Ninguna muerte da enojos

cierto que la mía.

Morcón.

Hablar te quiere.

Que te quiere perdonar.

Claudio.

Como si quieres morirte,

sino quieres me matar.

Morcón.

Nada te estará mejor

que tratar de perdonarte.

Vendrá la muerte sin parte

y parte al Gobernador.

Sal de la selva, que espero

hallarle este último plazo.

Claudio.

Claudio, temes irle a ver,

porque de vergüenza muera.

Morcón.

Con duelo en mi pena hallo

que espero en este acueducto

verme cubierto de luto

hasta los pies el cabello.

Vanse. En la cama Laurencio, el fraile a la cabecera, un Cristo en la mano.

Fraile.

Con dolor verdadero

pida a mi Cristo perdón,

y no le tema león

sino llámale cordero.

Sea suma penitencia

si su salvación cudicia.

Clavela, Demonio, Ángel.

Demonio.

Aquí Dios todo es justicia.

Ángel.

Aquí Dios todo es clemencia.

Fraile.

Échase a los pies clavados,

a esos brazos, a ese pecho,

un diluvio de amor hecho

para anegar sus pecados.

Demonio.

¡Qué cielo, perro, te aguarda!

Desespera, desconfía.

Ángel.

En esta abierta confía,

que te ha de dar la otra a besos.

Laurencio.

¡Agua bendita, agua allí!

¡Que está allí una bestia fiera!

Jesús mío.

Ángel.

En él espera.

Ptog. 56

Laurencio.

que está llagado por ti.

Laurencio.

Invoqué el Ángel de Dios.

Ángel.

En Dios confía,

que te he de hacer compañía

hasta ir a verle los dos.

Laurencio.

Clavela.

Prenda amada.

Clavela.

Mi Laurencio.

apártala.

Gracia.

Mi señora,

este paso, y a estas horas,

pide que esté retirada;

y si la salvación desea,

como debe de desear,

no es bien que la vea llorar

ni que tampoco la vea.

Clavela.

¿Cómo podré dividirme

de mi alma, ay, dulce amado?

vase ella.

Laurencio.

La vida me han quitado;

por fuerza habré de morirme.

¡Qué belicosa prenda vella,

quien desata el lazo fuerte!

Gracia.

Por Dios que tema su muerte.

Laurencio.

¿Qué más muerte que no vella?

Demonio.

Aquí viene tu cuñado;

que darle muerte intento.

A dársele

entra Claudio.

Ángel.

Lloró;

que perderás lo ganado.

Laurencio.

Arde mi corazón herido;

mi cuñado.

Demonio.

Véngate.

Laurencio.

¿Cómo matarle podré?

Demonio.

Mátale de pensamiento.

Laurencio.

¡Oh, pasión terrible y fuerte!

Ángel.

La irascible se le alteró;

hijo, en la cruz considero

a Dios perdonar su muerte.

Gracia.

Señor Claudio, llegue aquí

a abrazar a su hermano amado,

que por Dios le ha perdonado.

Demonio.

¿No?

Ángel.

Sí.

le abraza.

Laurencio.

Llegue, que esta agonía

Claudio.

Fuerte ocasión.

Laurencio.

Claudio, yo os pido perdón,

pues que fue la culpa mía.

Y yo os le pido a vos,

os perdono cien mil veces.

Demonio.

A un hombre que no lo merece,

¿con qué ley se le perdona?

abrázanse.

Laurencio.

Abracémonos los dos,

y quedemos muy amigos;

que a perdonar enemigos

lo deprendimos de Dios.

Pues que cuando no os debiera

en el mal que me habéis hecho,

más de haberme abierto el pecho

donde Clavela se viera,

y haberme herido en estado

en que no dudo salvarme,

pudiera, amigo, obligarme

a amaros como os he amado.

Ptog. 57

Laurencio.

Si Dios perdona

al que mi enemigo fue,

¿por qué no perdonaré

al amigo que he de amar?

Y vos, si herido fuistes,

pues somos uno los dos,

vos os perdonad a vos,

pues en mí a vos os heristes.

Clavela.

Quisiera satisfacerme

en mi enmienda mengua,

mas trabóseme la lengua

por estar cerca mi muerte.

Y sin duda le prevengo,

pues que se muere mi vida.

Laurencio.

¡Ay, cielos! Darme otra herida

dentro del alma que os tengo.

Clavela.

Mas, ¿cómo decís aqueso,

pues somos uno los dos,

el que os mató muere en vos,

y el que muere vive en mí?

Creed que os he de ser

un amigo verdadero.

Laurencio.

Dos cosas pediros quiero.

Clavela.

Muchas por vos pienso hacer.

Mirad lo que me queréis.

Laurencio.

Pues dos almas tengo.

Clavela.

Dos.

Laurencio.

Sí, y imágenes de Dios

que por ellas me miréis.

Una, la que a Dios vuela

porque él la perdonará,

y otra que en el alma está,

que alma del alma es, Clavela.

Con la una he de pagar

la deuda que debo a Dios,

y la otra os debo a vos,

que hasta el alma os he de dar.

Ved que en mi lugar quedáis,

y que en él me sucedéis,

y que para que la améis,

todo mi amor heredáis.

Dejoos en este dechado

mi amor para mi querida,

y en ella os dejo mi vida,

ved si os dejo mejorado.

De dos almas que tenía,

hermano, parto con vos,

la que es de Dios dejo a Dios,

y a vos os dejo la mía.

Yo muero.

Demonio.

No moriréis,

que sois mozo.

Clavela.

Mozo sois.

Ángel.

No te espante que se muere,

mira que muriendo estás.

Gracia.

Llame con mucha eficacia

la paz de nuestra discordia,

la toda misericordia,

María Madre de Gracia.

Llame al santo de su nombre,

Laurencio al rayo laurel.

Ptog. 58

Gracia.

al vencedor Michael,

a Joseph, que es ángel hombre,

al Bautista, su ahijado,

a Francisco, su devoto,

para que el barquillo roto

el alma tome en nado.

Esté muy fortalecido

en la fe que a Dios profesa.

Laurencio.

Mi Señor, mucho me pesa

si mucho os tengo ofendido;

que, en reconociendo el yerro,

en dolor fiero, atrito,

y de ti, ya contrito,

estoy hecho un mar de amor.

En esta clara ocasión

de la pasión me valdré,

que para vos pasión fue,

y para mí, Redentor.

Aparecen los santos.

Laurencio.

Laurencio, Joseph, María,

Juan, Francisco, Michael.

Demonio.

¡Oh, pese a Luzbel crüel

que este favor le envía!

Laurencio.

¡Qué soberano contento,

Joseph mío, Virgen bella,

con tan soberana estrella

mi nave ya en salvamento!

Demonio.

¿Que así reúne a todos?

Ángel.

Que no son sino verdades,

sal de estas penalidades,

alma, a las eternas bodas.

Laurencio.

Jesús, María

Gracia.

Yo lo entiendo.

Laurencio.

Que agoniza.

¡Ay, Ángel mío!

De tus manos mi alma fío,

y en las de Dios la encomiendo.

Muere.

Los santos de la pared se cubren. La cama de bajo se baja, y saca el Ángel un niño pequeño que será el alma, vestido de blanco.

Demonio.

Vaya al juicio de Dios.

Ángel.

Digo yo que no, enemigo.

Mas, si tiene el padre alcalde,

ya es segura a juicio.

Demonio.

Deja que conmigo vaya.

Ángel.

No quiero, sino conmigo,

porque llevarla en mis palmas

me tiene Dios cometido.

Y pues la ves en mis brazos,

y con tan buenos padrinos,

no has de tener parte en ella

por un solo comino.

Suena una trompeta, aparece Cristo sentado, con llagas en las manos, y una espada en la diestra, y en la cual un peso donde se pesarán unos papeles.

El Ángel, de rodillas.

El alma.

Cristo.

Venid, esta ovejuela,

cuyo pastor siempre he sido;

vuelvo a las noventa y nueve

a apacentarlas yo mismo.

He sido de este, os aviso,

un Rafael muy amigo,

que a su padre y a su patria

vuelve alegre del camino.

Guiéle por el desierto

en la salida de Egipto.

Ptog. 59

Cristo.

siéndole de día y de noche

nube opaca, fuego vivo;

como Profeta a Abacuc

de un pelo le saqué a pelo

de la fosa de leones

a la luz del paraíso;

de Babilonia en el horno,

entre su fuego, rocío,

le acompañé, que el amor

se ve en el mayor peligro.

Dormido le desperté

como a otro Pedro dormido,

y de la cárcel del cuerpo

con vuestro favor le libro.

De entre la altivez tirana

cogí esta espiga de trigo,

y de esta mar para traella,

de entre las conchas del vicio.

Al lado de las ovejas

está, no al de los cabritos,

pues alma criada con sangre

de vuestro pecho la miro;

y pues que trae vuestra marca,

vuestro, dulcísimo Cristo,

y siéndolo, vuestro pecho

ha de ser su eterno aprisco.

Como padre abrid los brazos,

que vuelve el pródigo hijo,

dadle la estola de gloria

y de su triunfo el anillo.

Cristo.

A mi armado Michael,

Maestre de mis cielos imperios,

y mi justicia mayor,

que la pese la remito;

a Miguel, contraste del cielo,

y a quien he constituido

por Príncipe, que a las almas

de luz quilates divida

en aquel peso de estrellas,

uno de los doce signos,

donde la incorrupta Astrea

pesó en los dorados siglos

las malas y buenas obras,

pese de esa alma.

Demonio.

Yo pido,

aunque quiebre a los pesos

el peso de tantos vicios.

Pongo que formada fue

a imagen del uno y trino

con tres ilustres potencias,

discurso y libre albedrío.

Pongo que siendo quien es,

Dios de Dios y de Dios hijo,

una cosa con el Padre

que le engendra sin principio,

por esta ingrata bajaste

al virginal vellocino,

adonde la humanidad

depositaste en ti mismo.

Pongo los treinta y tres años

de un prolongado martirio,

espinas, columna, azote,

clavos, cruz, lanza, martillo.

Ptog. 60

Ponen un libro que después parece blanco y baja mucho la balanza.

Demonio.

Pongo los lagos que son

fuentes de otro paraíso

y aquel costado abierto

que cerraron los delitos.

Y que todo este tesoro

que es de valor infinito

pródigo desperdició

y gastó descomedido.

Pongo que le reengendraste

en la vida del bautismo

cuyas aguas fueron sangre

de aquel pecho rompido.

Pongo la confirmación

con que fue fortalecido

y pongo la penitencia

donde pudo quedar limpio.

Pongo el pan que bajó del cielo

hecho del virginal trigo

y el vino de vuestra sangre

que embriaga a los divinos.

Pongo el matrimonio santo

vínculo que el amor hizo

y pongo la extrema unción

con que en la muerte fue ungido.

Pongo favores y gracias

y otros muchos beneficios

que pues no le aprovechan

hacen mayor su juicio.

Pongo treinta años de amores

con pensamientos lascivos

y tan de honestas obras

que por vos no las repito.

Pongo que dejó de oír

misa entera seis domingos,

que confesó mal dos veces

y que juró falso cinco.

Pongo que dio a usura fiel

no vio los templos divinos

cometió diez adulterios

deseó cuatro homicidios.

Quebró ayuno una cuaresma

y vendió a su mejor amigo

y que estando en mortal culpa

se puso a muchos peligros.

Y se lo pongo, y todo cuanto

está escrito en este libro

que es proceso de sus culpas

y es proceso infinito.

Castigad, recto juez,

justísimo Dios altísimo,

vaya ardiendo en vivas llamas

a los oscuros abismos.

Ángel.

Oíd otro fiscal del hombre.

Demonio.

Guarda del hombre, ya he dicho.

Mundo.

Mucho pesan estos bultos.

Alma.

Favorecedme, Ángel mío.

Ángel.

Bien sabéis, eterno Dios,

como quien todo lo sabe,

que este es padre de mentiras

y que del engaño es padre,

y todo lo que es verdad

Ptog. 61

Ángel.

todo el cargo que le hace

por cargo a esta balanza

porque con la carga baje.

Y que son, y no lo niego,

todos sus pecados graves,

pues por ser contra vos son

infinitamente graves.

Digo que de muchos cargos

que alega por hacer parte

y en su favor me aprovecho,

porque mejor se descargue.

Dije, Señor, que a esta alma

a vuestra imagen formaste,

y es decir que la amáis mucho

pues la hicisteis vuestra imagen.

¿Quién creyó, Señor,

que tan requinto amante

que ofendido de quien bien quiere

no perdone alegre y fácil?

Demonio.

Para que alejes amores,

en aquel proceso mi nota lee,

donde la misericordia

ya no puede tener parte.

Ángel.

El que mereció las llaves

dicen que mal se le hace,

y a ti en mi fe se abrace.

Cristo.

Aquese enemigo calle.

Ángel.

Pongo, pues, Dios amoroso,

de esta alma que tanto amaste

en esta diestra balanza

obras en que os agradaste.

Pongo que lleva en la frente,

escrito con vuestra sangre,

el tao del sacro bautismo

en cuya vida renace.

Que al tiempo que la sacó

que es flor que entre espinas sale,

labró, dio de vuestro culto

fruto oloroso y suave.

Que guardó vuestros preceptos,

que en él fueron inviolables;

no digo en las culpas leves,

que en esas el justo cae.

Y si en las graves cayó,

que obró en un vaso frágil,

pues las más fueron de amor,

casi invencible gigante.

Pongo que en los tres años

de amorosos disparates,

se sirvió de un freno

con un dolor entrañable.

Pongo que desde pequeño

frecuentó los hospitales,

ayunos y disciplinas,

con que castigó la carne.

Pongo que fue muy devoto

de la rosa y los rosales,

a donde el Ave María

trajo el ramo de las paces.

Ptog. 62

Ángel.

que dio a un muerto una mortaja,

para un cautivo rescate,

que a un peregrino hospedó,

y que visitó la cárcel.

Este bolsillo pongo,

todo de escudos y reales,

con que reparó piadoso

algunas necesidades;

que oyó misa cada día,

y que dio a un convento un cáliz,

a una honrada viuda un manto,

a pobres cuartos y panes.

Una capa pongo entera,

cual que con vos la parte

dais el cielo, al que os la dio

entera, ¿podéis negarle?

Pongo que salió lloroso

de las cortinas nupciales,

de dolor y de amor lleno,

de sus culpas a acusarse,

y que las lloró contrito,

hechos los ojos dos mares,

y que quedó en gracia vuestra

pues que se las perdonaste,

y pongo que estando en ella,

cosa que tanto os aplace,

padeció el martirio,

aquel sangriento desastre,

y que estuvo abierto el pecho

tan entero y tan constante,

que perdonó a su enemigo

porque vos le perdonasedes.

Esto os ofrezco, Señor,

pues la palabra empeñastes

de que a quien le perdonare

aquel por vos perdonare.

Y cuando estos papeles

menos que aquellos pesasen,

cosa que no puede ser

como lo verá el Arcángel,

pongo, divino Señor,

de vuestra vida admirable

nacer, gemir, padecer,

frío, sed, cansancio y hambre.

Pongo de vuestra pasión

la soga, azotes, sangre, y bofetón, espinas, cruz,

clavos, lanza, hiel, vinagre.

Pongo aquel pecho roto

donde va segura el ave

por el ramo de la oliva

después de las tempestades.

Y pongo la intercesión

de vuestra piadosa madre,

la de Pedro y Francisco,

y la del español mártir.

Pone el bolsillo y pone el libro y pesa más esta balanza.

Demonio.

Aquí no valen favores,

la pasión aquí no vale,

justicia, recto Juez.

Ángel.

Clemencia, divino amante.

Dios.

¿Qué os parece, Michael?

Ptog. 63

San Miguel.

Digo, Dios inescrutable,

que el demonio alega mal,

y que alega bien el Ángel,

porque de esta Alma las culpas

en la cruz, Señor, borraste.

Demonio.

¿Que es borradas?

Da blanco el libro de las culpas.

San Miguel.

Mira y lee.

En vano la suerte echaste.

Cristo.

Según lo alegado, fallo,

vedando por no buena lid,

que no probó su intención

el mordedor Ceraste,

y que el Ángel la probó

con razones evidentes,

y así de su acusación

libro y absuelvo a su parte.

Vase.

Demonio.

Si estas sentencias pronuncias

y miras a aquesas señales,

permíteme que me vaya,

que apasionado juzgaste.

Abrid las puertas obscuras,

calabozos infernales,

para que mis negligencias

sempiternamente pague.

Abrázala, dale la palma, y pónele guirnalda de flores.

Ángel.

Abrid las puertas del cielo,

cortesanos celestiales,

y de esta insigne victoria

mil enhorabuenas dadme.

Celebre el cielo mi dicha,

Alma, y su victoria cante,

y sobre el carro del sol

entra gloriosa y triunfante,

ángeles salgan por ella

conmigo festivos dancen,

que entrar un Alma en el cielo

mayores sus dichas hacen.

Cristo.

Entrad, regalada mía,

al pecho que enamoraste,

que abierto me le

porque al corazón entraste.

Ángel.

Entra a gozar de tu Esposo

por tan infinitas edades,

y con esto se da fin

a la Custodia del Ángel.

Finis operis

Ptog. 64

En la página, escrito al revés y muy desvaído, se lee:

Ángel.

Auto del ángel

de la guarda,

compuesto por el

maestro Josef de

Valdivielso.

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